0% encontró este documento útil (0 votos)
64 vistas15 páginas

La Dualidad del Infinito y la Nada

El documento presenta pensamientos de Pascal sobre la naturaleza del hombre y su lugar en el universo. Pascal argumenta que el hombre es insignificante en comparación con el infinito universo, pero que dentro de cada cosa pequeña existe un universo infinito. El hombre se encuentra en el medio entre la nada y el infinito, incapaz de comprender los extremos.

Cargado por

Walter White
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
64 vistas15 páginas

La Dualidad del Infinito y la Nada

El documento presenta pensamientos de Pascal sobre la naturaleza del hombre y su lugar en el universo. Pascal argumenta que el hombre es insignificante en comparación con el infinito universo, pero que dentro de cada cosa pequeña existe un universo infinito. El hombre se encuentra en el medio entre la nada y el infinito, incapaz de comprender los extremos.

Cargado por

Walter White
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

C A F Í T l'I O II

PASCAL

Pensamientos (selección)

I. IO S DOS IN F IN IT O S

72. Que el hombre contemple, pues, la naturaleza entera en


su alta y plena majestad, que aleje su vista de los bajos objetos
que le rodean. Que mire esta resplandeciente luz. puesta como
una lámpara eterna para iluminar el universo, que la tierra le
parezca como un punto comparada con la extensa órbita que des­
cribe y que se asombre de que esta misma órbita sólo es un pe­
queño punto respecto de la que abarcan los astros que giran por
el firmamento. Pero si nuestra vista se detiene ahi, que la imagi­
nación vaya más allá; antes se cansará ella de concebir que la
naturaleza de suministrar. Todo este mundo visible no es más que
un trazo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. Ninguna
idea se le acerca. Por más que hinchemos nuestras ideas más allá
de los espacios imaginables, sólo engendramos átomos en compa­
ración con la realidad de las cosas. Es una esfera, cuyo centro
está en todas partes, y la circunferencia en ninguna. En fin, el

1. Los números corresponden ■ la edición B runschvkj

51
T ex to s de los g ra n d e s filó so fo s

carácter sensible más grande de la omnipotencia de Dios es que


nuestra imaginación se pierde en este pensamiento.
Que el hombre, volviendo a sí mismo, considere lo que es él
comparado con lo que es; que se mire como perdido en este rincón
apartado de la naturaleza, y que desde esta pequeña celda en que
se halla alojado, es decir el universo, aprenda a estimar la tierra,
los reinos, las ciudades y a sí mismo en su justo valor. ¿Qué es
un hombre en el infinito'’
Pero, para presentarle otro prodigio igualmente asombroso, que
busque las cosas más delicadas en aquellos que conoce. Que un
pequeño insecto le ofrezca en la pequeñez de su cuerpo unas partes
incomparablemente más pequeñas, sus patas con articulaciones,
venas en sus patas, sangre en sus venas, humores en esta sangre,
gotas en estos humores y vapores en estas gotas; que, dividiendo
aun estas últimas cosas, agote sus fuerzas en estos conceptos, y
que el último objeto al que pueda llegar, sea ahora el de nuestro
discurso; pensará tal vez que ésta es la extrema pequeñez de la
naturaleza. Yo quiero hacerle ver ahí dentro un nuevo abismo.
Quiero pintarle no sólo el universo visible, sino la inmensidad que
se puede concebir de la naturaleza, dentro del recinto de este
resumen que es el átomo. Que vea ahí una infinidad de universos,
cada uno de los cuales tiene su firmamento, sus planetas, su tierra,
en la misma proporción que el mundo visible; en esta tierra de
los animales, y por último de los insectos, en los que encontrará lo
que los primeros han dado; y hallando aun en las demás la misma
cosa sin fin y sin reposo, que se pierda en estas maravillas, tan
asombrosas en su pequeñez como las otras por su extensión; pues,
quién no se admirará de que nuestro cuerpo, que hace poco no
era perceptible en el universo, imperceptible en el seno del todo,
sea ahora un coloso, un mundo, o más bien un todo, respecto de
la nada a donde se puede llegar.
Quien se considere de esta suerte se asustará de sí mismo y.
considerándose sostenido en la masa que la naturaleza le ha dado,
entre estos dos abismos del infinitio y la nada, temblará a la vista
de tales maravillas; y creo que cambiándose su curiosidad en admi­
ración, estará más dispuesto a contemplarlas en silencio que a
buscarlas con presunción.

52
P ascal

Porque, en fin. ¿qué es el hombre en la naturaleza? Una nada


en comparación con el infinito, un todo en comparación con la
nada, un medio entre nada y todo. Infinitamente alejado de com­
prender los extremos, el fin de las cosas y su principio están para
él invenciblemente ocultos en un secreto impenetrable, igualmente
incapaz de ver la nada de donde está sacado, y el infinito en que
está sumergido.
¿Qué hará, pues, sino conocer [alguna] apariencia del medio
de las cosas, en una desesperación eterna de no poder conocer ni
su principio ni su fin? Todas las cosas han salido de la nada y
han sido llevadas hasta lo infinito. ¿Quién seguirá estos asombro­
sos avances? El autor de estas maravillas las comprende. Los
demás no pueden.
Por falta de haber contemplado estos infinitos, los hombres se
han dedicado temerariamente a la investigación de la naturaleza,
como si tuviesen alguna proporción con ella. Es cosa extraña que
hayan querido comprender los principios de las cosas, y de ahí
llegar a conocerlo todo, con una presunción tan infinita como su
objeto. Pues es indudable que no puede formarse este proyecto
sin una presunción o una capacidad infinita, como la naturaleza.
Cuando se es instruido, se comprende que, habiendo la natu­
raleza grabado su imagen y la de su autor en todas las cosas, ellas
casi todas participan de su doble infinitud. Y así vemos que todas
las ciencias son infinitas en la extensión de sus investigaciones, pues
¿quién duda de que la geometría, por ejemplo, tiene una infinidad
de infinidades de proposiciones para exponer? Son también infi­
nitas en la multitud y debilidad de sus principios; pues ¿quién no
ve que los que se proponen como los últimos no se sostienen por
sí mismos, y que están apoyados en otros, que teniendo a otros
como apoyo, no permiten que haya nunca uno último? Pero nos­
otros hacemos con los últimos que aparecen a la razón como
hacemos con las cosas materiales, en las que llamamos un punto
indivisible aquél más allá del cual nuestros sentidos ya no per­
ciben nada, aunque sea infinitamente divisible por su naturaleza.
De estos dos infinitos de las ciencias, el de la grandeza es el
más visible, y por ello son muy pocos los que pretenden conocer
todas las cosas. «Voy a hablar de todo», decía Demócrito.

53
T ex to s de los g ra n d e s filó so fo s

Pero lo infinito en pequeño es mucho menos visible. Los filó­


sofos han pretendido llegar a él, y ahí todos han tropezado. Esto
ha dado lugar a estos títulos tan corrientes: De los principios de
las cosas. De los principios de la filosojía, y a otros parecidos,
tan fastuosos en realidad, aunque menos en apariencia, que este
otro que salta a los ojos: De otnni scibili.
Nos creemos naturalmente más capaces de llegar al centro de
las cosas que de abarcar su circunferencia; la extensión visible del
mundo nos sobrepasa visiblemente, pero como nosotros sobrepa­
samos a las cosas pequeñas, nos creemos más capaces de poseerlas,
y sin embargo no se necesita menos capacidad para llegar hasta
la nada que para llegar hasta el todo: es necesario que sea infinita
para lo uno y para lo otro, y me parece que aquel que hubiese
comprendido los últimos principios de las cosas podría también
llegar a conocer el infinito. Lo uno depende de lo otro, y lo uno
conduce a lo otro. Estos extremos se tocan y se unen a fuerza de
estar alejados, y se encuentran en Dios y solamente en Dios.
Conozcamos pues nuestro alcance; somos algo y no lo somos
todo; el ser que tenemos nos roba el conocimiento de los prime­
ros principios que nacen de la nada; y el poco ser que tenemos
nos oculta la vista del infinito.
Nuestra inteligencia en el orden de las cosas inteligibles tiene
el mismo puesto que nuestro cuerpo en la extensión de la natu­
raleza.
Limitados de todas maneras, este estado que ocupa el medio
entre dos extremos se halla en todas nuestras potencias. Nuestros
sentidos no perciben nada extremo, demasiado ruido nos ensor­
dece, demasiada luz nos deslumbra, demasiada distancia y de­
masiada proximidad impide la visión, demasiada longitud y dema­
siada brevedad del discurso lo obscurecen, demasiada verdad nos
asombra (yo sé de quien no puede comprender que si de 0 se qui­
tan 4 queda 0), los primeros principios tienen demasiada eviden­
cia para nosotros, demasiado placer incomoda, demasiadas conso­
nancias desagradan en la música, y demasiados beneficios irritan,
queremos tener con qué pagar con creces la deuda. (...) Demasiada
juvatud o demasiada vejez estorban a la inteligencia, demasiada
instrucción o demasiado poca; en resumen, las cosas extremas son

54
P ascal

para nosotros como si no existiesen, y nosotros no existimos res­


pecto de ellas; se nos escapan, o nosotros a ellas.
Éste es nuestro estado verdadero; es lo que nos hace inca­
paces de saber ciertamente y de ignorar absolutamente. Navega­
mos en un intermedio vasto, siempre inciertos y flotantes, arras­
trados de un extremo al otro. Cualquier término al que pense­
mos asirnos y afianzarnos, se bambolea y nos abandona; y si lo
seguimos, escapa a nuestros intentos de asirlo, nos resbala y huye
con una huida eterna. Nada se detiene para nosotros. Es el estado
que nos es natural, y. sin embargo, el más contrario a nuestra in­
clinación; ardemos en deseos de hallar una posición firme, y una
última base estable para edificar en ella una torre que se eleve
hasta el infinito, pero todo nuestro fundamento se derrumba y la
tierra se abre hasta los abismos.
No busquemos, pues, seguridad ni firmeza. Nuestra razón se ve
constantemente desengañada por la inconstancia de las apariencias,
nada puede fijar lo finito entre los dos infinitos que lo encierran
y se le escapan.
Comprendido esto, creo que cada cual se estará quieto en el
estado en que la naturaleza lo colocó. Y como este medio que nos
ha tocado en suerte está siempre distante de los extremos, ¿qué
importa que el hombre tenga un poco más de inteligencia de las
cosas' Si la tiene, las toma desde un poco más alto. ¿No está
siempre infinitamente alejado del fin, y la duración de nuestra
vida no está de igual modo infinitamente alejada de la eternidad,
aunque dure diez años más?
En presencia de estos infinitos, todos los finitos son iguales;
y yo no veo por qué se deba asentar la imaginación más sobre
uno que sobre otro. Sólo la comparación que hacemos de nosotros
con lo finito nos causa pesar.
Si el hombre se estudiase él primero, vería qué incapaz es de
pasar más allá. ¿Cómo sería posible que una parte conociese d
todo? Pero aspirará tal vez a conocer al menos las partes con las
que guarda proporción. Pero las partes del mundo tienen todas
entre sí una relación y un encadenamiento tal, que creo imposible
conocer la una sin la otra y sin el todo.
El hombre, por ejemplo, tiene relación con todo lo que oo-

55
T ex to s de los g ra n d e s filó so fo s

noce Necesita de un lugar para ser contenido, del tiempo para


durar, del movimiento para vivir, de elementos que lo compongan,
de calor y alimentos para nutrirse, de aire para respirar; ve la luz.
siente los cuerpos; en fin, todo está en relación con él. Es nece­
sario. pues, para conocer al hombre, saber por qué necesita el aire
para subsistir, y para conocer el aire, saber por qué tiene esta
relación con la vida del hombre, etc. La llama tampoco vive sin
el aire; así, para conocer lo uno, hay que conocer lo otro. Y puesto
que todas las cosas son causadas y causantes, ayudadas y ayu­
dantes, mediatas e inmediatas, y todas se unen por un lazo natural
e insensible que ata las más alejadas y las más diferentes, con­
sidero imposible conocer las partes sin conocer el todo, e igual­
mente conocer el todo sin conocer particularmente las partes.
Y lo que acaba de hacer completa nuestra imposibilidad de
conocer las cosas, es que ellas son simples y nosotros somos com­
puestos de dos naturalezas opuestas y de diverso género, el alma
y el cuerpo. Pues, es imposible que la parte que razona en nos­
otros sea otra cosa que espiritual, y si se pretendiese que somos
simplemente corpóreos, quedaríamos aún más excluidos del cono­
cimiento de las cosas, ya que no hay nada tan inconcebible como
decir que la materia se conoce a sí misma; no nos es posible co­
nocer cómo se conocería. Y así, si somos simplemente materiales,
no podemos conocer en absoluto, y si estamos compuestos de
espíritu y de materia, no podemos conocer perfectamente las cosas
simples, espirituales o corpóreas.
De ahí viene que casi todos los filósofos confunden las ideas
de las cosas, y hablan de las cosas corpóreas espiritualmente y de
las espirituales corporalmente. Porque dicen con atrevimiento que los
cuerpos tienden hacia abajo, que aspiran a su centro, que huyen
de su destrucción, que temen d vado, que tienen inclinaciones,
simpatías, antipatías, cosas todas que sólo pertenecen a los espí­
ritus. Y al hablar de los espíritus, los consideran como en un lugar,
y les atribuyen el movimiento de un sitio a otro, cosas que per-
teneceu a los cuerpos.
En lugar de recibir las ideas de estas cosas puras, las teñimos
con nuestras cualidades, e impregnamos de nuestro ser compuesto
todas las cosas simples que contemplamos.

56
P ascal

¿Quién no creería, al vernos componer todas las cosas de es­


píritu y de cuerpo, que esta mezcla nos sería muy comprensible?
Y, sin embargo, es la cosa que se comprende menos. El hombre
es para sí mismo el más prodigioso objeto de la naturaleza; pues
no puede concebir qué es el cuerpo, y aún menos qué es el espí­
ritu, y menos que ninguna otra cosa, cómo un cuerpo puede estar
unido a un espíritu. Este es el colmo de sus dificultades, y sin
embargo es su propio ser: Modus quo corporibus adhaerent spi-
ritus roinprehendi ab hominibus non potest, el hoc lamen homo est.

II. LA APUESTA

233. Infinito-nada. Nuestra alma está puesta en el cuerpo, en


el que encuentra número, tiempo, dimensiones. Ella razona sobre
esto y lo llama naturaleza, necesidad, y no puede creer otra cosa.
La unidad añadida a lo infinito no lo aumenta en nada, igual
que un pie añadido a una medida infinita. Lo finito se anula en
presencia de lo infinito, y se convierte en la nada. Así ocurre con
nuestro espíritu ante Dios, y nuestra justicia ante la justicia di­
vina. (...)
Conocemos que hay un infinito e ignoramos su naturaleza. Como
sabemos que es falso que los números sean finitos, por lo tanto
es verdadero que hay un infinito en número. Pero no sabemos lo
que es: es falso que sea par, y es falso que sea impar; pues aña­
diéndole la unidad no cambia de naturaleza; sin embargo es un
número, y todo número es par o impar (verdad es que esto se
entiende de todo número finito). Así puede conocerse que hay
un Dios sin saber qué es.
¿No hay una verdad substancial, viendo tantas cosas que no
son la verdad misma?
Nosotros pues conocemos la existencia y la naturaleza de lo
finito, porque somos finitos y extensos como él. Y conocemos la
existencia de lo infinito e ignoramos su naturaleza, porque tiene
extensión como nosotros, pero no límites como nosotros. Pero no
conocemos ni la naturaleza ni la existencia de Dios, porque Dios
no tiene ni extensión ni límites.

57
T e x to s de los g ra n d e s filó so fo s

Pero conocemos su existencia por la fe, y conoceremos su natu­


raleza por la gloria. Ahora bien, ya he demostrado que puede
conocerse la existencia de una cosa sin conocer su naturaleza.
Hablemos ahora según las luces naturales.
Si hay un Dios, es infinitamente incomprensible, porque no te­
niendo ni partes ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros.
Somos pues incapaces de conocer ni qué es ni si es. Siendo así,
¿quién se atreverá a intentar resolver esta cuestión? No nosotros,
que no tenemos ninguna relación con él.
¿Quién censurará pues a los cristianos el que no puedan darnos
razón de su creencia, cuando ellos profesan una religión de la
que no pueden dar razón? Ellos declaran al exponerla al mun­
do que es una necedad, slultitiam; y ¡después os quejáis de que
no la prueben! Si la probasen, no tendrían palabra: precisamente
por esta falta de pruebas no están faltos de sentido. — «Si, pero
aunque esto excuse a los que la ofrecen así y les libra de la cen­
sura de presentarla sin razón, no excusa a los que la reciben.» —
Examinemos pues este punto, y digamos: «Dios existe o no exis­
te.» Pero, ¿de qué lado nos inclinaremos? La razón nada puede
determinar: hay un caos infinito que nos separa. Se está jugando
un juego, al extremo de esta distancia infinita, en donde saldrá
cara o cruz. ¿Por cuál apostaréis? Según la razón, no podéis ha­
cerlo ni por lo uno ni por lo otro; por la razón no podéis defender
ninguna de las dos.
No censuréis pues de falsos a los que han tomado un partido,
pues vosotros no sabéis nada. — «No, pero yo los censuraré no
por haber escogido esto, sino por haber escogido, porque, aunque
el que dice cara y el que dice cruz estén en una falta equivalente,
los dos están en falta: lo justo es no apostar.»
— Sí. pero es necesario apostar; no es voluntario, os habéis em­
barcado. ¿Qué partido tomaréis, pues? Veamos. Puesto que es
fuerza escoger, veamos qué os interesa menos. Tenéis dos cosas
que perder: la verdad y el bien, y dos cosas a comprometer: vues­
tra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra feli­
cidad. y vuestra naturaleza tiene dos cosas de las que debe huir:
el a ro r y la miseria. Vuestra razón no queda más lastimada al
elegir uno que el otro, porque es necesario escoger. Éste es un

58
P ascal

punto resuelto. Pero ¿y vuestra felicidad? Pesemos la ganancia y


la pérdida, llamando cruz a que Dios existe. Consideremos estos
dos casos: si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada.
Apostad pues que existe, sin vacilar. — «Esto es admirable. Sí,
es necesario apostar; pero tal vez apuesto demasiado» —. Veamos.
Puesto que hay un azar igual de ganancia y de pérdida, si no tu­
vieseis que ganar más que dos vidas por una, podríais apostar;
pero si se pudiesen ganar tres, sería necesario jugar (ya que estáis
en la necesidad de jugar) y seríais imprudente, cuando os veis
forzado a jugar, si no arriesgaseis vuestra vida para ganar tres en
un juego en el que hay igual probabilidad de ganancia y de pér­
dida. Pero lo que hay es una eternidad de vida y de felicidad.
Y siendo así. habiendo una infinidad de probabilidades de suerte,
de las que sólo una fuese la vuestra, aun tendríais razón en apos­
tar uno para obtener dos, y obraríais equivocadamente, estando
obligado a jugar, rehusando jugar una vida contra tres en un
juego en el que, entre una infinidad de probabilidades de suerte,
hay una para usted, si hubiese que ganar una infinidad de vida
infinitamente feliz. Pero aquí hay una infinidad de vida infinita­
mente feliz que ganar, una probabilidad de ganar contra un nú­
mero finito de probabilidades de pérdida, y lo que jugáis es finito.
Esto quita todo partido: en dondequiera que existe lo infinito,
y no hay infinidad de probabilidades de pérdida contra la de la
ganancia, no hay que sopesar nada, es necesario darlo todo. Y así,
cuando es fuerza jugar, hay que renunciar a la razón para con­
servar la vida, más que arriesgarla por la ganancia infinita tan
pronta a llegar como la pérdida de la nada.
Porque de nada sirve decir que es incierto si se ganará, y que
es cierto que se arriesga, y que la infinita distancia que hay entre
la certeza de lo que se expone, y la incertidumbre de lo que se ga­
nará, iguala el bien finito, que se expone con certeza, con el infi­
nito que es incierto. Esto no es así. Todo jugador arriesga con
certidumbre para ganar con incertidumbre; y, sin embargo, arriesga
lo finito con certidumbre para ganar con incertidumbre lo finito
sin pecar contra la razón. No hay una infinita distancia entre esta
certeza de lo que se expone y la incertidumbre de la ganancia: esto
es falso. Hay en verdad un infinito entre la certeza de ganar y la

59
T ex to s de los g ra n d e s filó so fo s

certeza de perder. Pero, la inccrtidumbre de ganar es proporcio-


nada a la certeza de lo que se arriesga, según la proporción de las
probabilidades de ganancia y de pérdida. Y de ahí viene, que si
hay tantas probabilidades de un lado como de otro, el partido es
jugar igual contra igual, y entonces la certeza de lo que se expone
es igual a la incertidumbrc de la ganancia; da lo mismo que esté
infinitamente distante. Y así nuestra proposición tiene una fuerza
infinita, cuando se arriesga lo finito en un juego en el que hay
iguales probabilidades de ganancia que de pérdida, y se puede
ganar lo infinito. Esto es demostrativo; y si los hombres son ca­
paces de alguna verdad, ésta es una.
«Lo confieso, lo reconozco. Pero ¿no hav medio de \er el fon­
do del juego?» — Sí, la Escritura y lo demás.
«Sí. pero tengo las manos atadas y la boca muda; me fuerzan
a apostar, y no tengo libertad; no me dejan en libertad, y estoy
hecho de tal manera que no puedo creer. ¿Qué queréis pues que
haga?»
— Es verdad. Pero comprobad al menos vuestra impotencia
para creer, ya que la razón os lleva a ello, y sin embargo no podéis.
Trabajad, pues, no en convenceros por el aumento de las pruebas
de la existencia de Dios, sino en la disminución de vuestras pasio­
nes. Queréis ir a la fe pero no sabéis el camino; queréis curaros
de la infidelidad y pedís el remedio: aprended de los que han es­
tado ligados como vosotros, y que ahora apuestan toda su fortuna;
son gentes que conocen el camino que queréis seguir, y que se
han curado del mal del que queréis sanar. Seguid la manera como
ellos han comenzado: haciéndolo todo como si creyeran, tomando
agua bendita, haciendo decir misas, etc. Naturalmente esto os hará
creer y os embrutecerá. — «Pero esto es lo que yo temo.» — ¿Y
por qué? ¿Qué tenéis que perder?
Pero como señal de que esto conduce a ello, esto disminuirá
las pasiones, que son vuestros grandes obstáculos.
Fin de este discurso. — Ahora bien, ¿qué mal os ocurrirá to­
mando este partido? Seréis fiel, honrado, humilde, agradecido, be­
néfico, amigo sincero, verdadero. En verdad, no estaréis ya en
los placeres corrompidos, en la gloria, en las delicias; pero ¿no
tendréis otros? Os digo que ganaréis en esta vida, y a cada paso

60
P ascal

que deis por este camino, veréis tanta certeza de ganancia, y tanto
la nada de lo que arriesgáis, que reconoceréis al fin que habéis
apostado por una cosa cierta, infinita, por la que no habéis dado
nada.
«Oh, este discurso me transporta, me cautiva, etc.»
Si este discurso os agrada y os parece importante, sabed
que está hecho por un hombre que se puso de rodillas antes y
después, para rogar a este Ser infinito y sin partes, al que somete
lodo lo suyo, que se someta también lo vuestro para vuestro bien
propio y para su gloria, y que así la fuerza se avenga con esta
bajeza.

M I. E L C O R A ZÓ N Y L A R A ZÓ N

253. Dos excesos: excluir la razón, no admitir sino la razón.

267. El último paso de la razón es reconocer que hay una


infinidad de cosas que la sobrepasan; sólo es débil si no llega hasta
reconocer esto.
Y si las cosas naturales la sobrepasan, ¿qué se dirá de las so­
brenaturales?

268. Sumisión. Es preciso saber dudar donde hace falta, afir­


mar donde hace falta, sometiéndose donde hace falta. Quien no
lo hace así no entiende la fuerza de la razón. Hay algunos que
faltan contra estos tres principios, o afirmándolo todo como demos­
trable, por falta de ser hábil en demostraciones; o dudando de
todo, por falta de saber dónde es preciso someterse; o sometién­
dose en todo, por falta de saber dónde es necesario juzgar.

269. Sumisión es uso de la razón, y en ello consiste el ver­


dadero cristianismo.

270. San Agustín. La razón no se sometería jamás si no con­


siderarse que hay ocasiones en que debe someterse. Es pues justo
que se someta cuando juzga que debe someterse.

61
T e x to s de los g ra n d e s filó so fo s

272 . No hay nada más conforme a la razón que esta desauto­


rización de la razón.

273. Si todo se somete a la razón, nuestra religión no tendrá


nada misterioso ni sobrenatural. Si se choca con los principios de
la razón, nuestra religión será absurda y ridicula.

274. Todo nuestro razonamiento se reduce a ceder al senti­


miento. Pero la fantasía es parecida y contraria al sentimiento, de
suerte que no se puede distinguir entre estos contrarios. Uno dice
que mi sentimiento es fantasía, el otro que su fantasía es senti­
miento. Sería necesario tener una regla. Se ofrece la razón, pero
ésta es indinable en todos sentidos, y así no hay ninguna.

275. Los hombres con frecuencia toman su imaginación como


su corazón, y creen estar convertidos desde que piensan en con­
vertirse.

276. Roannez decía: «Las razones me vienen después, pero


primero la cosa me agrada o me desagrada sin saber la razón, y
sin embargo, me desagrada por aquella razón que sólo después
descubro.» Pero yo creo no que esto desagrade por razones que
se hallan después, sino que se encuentran estas razones porque
esto nos desagrada.

277. El corazón tiene razones que la razón no conoce; se


sabe en mil cosas. Yo digo que el corazón ama al ser universal
naturalmente, y a sí mismo naturalmente, según se entregue a ellos;
y se endurece contra el uno o el otro, a elección. Habéis recha­
zado uno y conservado otro: ¿os amáis por razón?

278. Es el corazón el que siente a Dios y no la razón. Esto


es la fe. Dios sensible al corazón, no a la razón.

280. ¡Qué distancia hay del conocimiento de Dios a amarlo!

281. Corazón, instinto, principios.

62
P ascal

282. Conocemos la verdad, no sólo por la razón, sino tam­


bién por el corazón. De esta última manera conocemos los pri­
meros principios, y es en vano que el razonamiento que no tiene
parte en ellos, trate de combatirlos. Los pirrónicos lo tienen como
único objeto, e inútilmente trabajan en ello. Sabemos que no so­
ñamos, por impotentes que seamos de probarlo por la razón, y
esta impotencia no lleva a otra conclusión que la debilidad de
nuestra razón, pero no la incertidumbre de todos nuestros cono­
cimientos, como ellos pretenden. Pues el conocimiento de los pri­
meros principios, como que hay espacio, tiempo, movimiento, nú­
meros, es más firme que ninguna de las razones que nos dan. Y es
necesario que la razón se apoye en estos conocimientos del co­
razón y del instinto, y en ellos fundamente todo su discurso. (El
corazón siente que hay tres dimensiones en el espacio, y que los
números son infinitos; y la razón demuestra después que no hay
dos números cuadrados de los que el uno sea el doble del otro.
Los principios se sienten, las proposiciones se concluyen; y todo
con certeza, aunque por distintos caminos.) Y es tan inútil y tan
ridículo que la razón pida al corazón pruebas de sus primeros prin­
cipios, para consentir en ellos, como sería ridiculo que el corazón
pidiese a la razón un sentimiento de todas las proposiciones que
demuestra para aceptarlas.
Esta impotencia no puede pues servir sino para humillar la
razón, que querría juzgar de todo, pero no para combatir nuestra
certeza, como si la razón fuese la única capaz de instruimos. ¡Plu­
guiese a Dios que nunca tuviésemos necesidad de ella, y que co­
nociésemos todas las cosas por instinto y por sentimiento! Pero la
naturaleza nos ha negado este bien, y, por el contrario, nos ha dado
muy pocos conocimientos de esta clase; todos los demás no pueden
ser adquiridos sino por razonamiento.
Por ello aquellos a quienes Dios ha dado la religión por senti­
miento del corazón son muy felices y legítimamente persuadidos.
Pero a aquellos que no la tienen no podemos dársela sino por
razonamiento, esperando que Dios se la dé por sentimiento de
corazón, sin el cual la fe no es más que humana e inútil para la
salvación.

63
T e x to s d e los g ra n d e s filó so fo s

2*3. El orden. Contra la objeción de que la Escritura no tiene


orden. El corazón tiene su orden; el espíritu tiene el suyo, que es
por principios v demostraciones; el del corazón es distinto. No
puede probarse que se deba ser amado, exponiendo por orden las
causas del amor; sería ridículo.
Jesucristo y san Pablo tienen el orden de la caridad, no el del
entendimiento; pues querían enardecer, no instruir. San Agustín,
lo mismo. Este orden consiste principalmente en la digresión sobre
cada punto que se relaciona con el fin, para mostrar siempre este fin.

IV. LOS TRES ÓRDENES

793. La distancia infinita de los cuerpos a los espíritus figura


la distancia infinitamente más infinita de los espíritus a la caridad,
pues ésta es sobrenatural.
Todo el esplendor de las grandezas no tiene brillo para las
gentes que están consagradas a las investigaciones del espíritu.
La grandeza de los espirituales es invisible a los reyes, a los
ricos, a los capitanes, a todos estos grandes de la carne.
La grandeza de la sabiduría, que no hay ninguna sino de Dios,
es invisible a los camales y a los espirituales. Son tres órdenes di­
ferentes en género.
Los grandes genios tienen su imperio, su esplendor, su gran­
deza, su victoria, su brillo, y no necesitan las grandezas carnales,
con las que no tienen relación. Son vistos con el espíritu, no con
lo» ojos, y les basta.
Los santos tienen su imperio, su esplendor, su victoria, su brillo,
y no necesitan las grandezas carnales o espirituales, con las que
no tienen ninguna relación, porque no añaden ni quitan. Son vistos
por Dios y los ángeles, y no por los cuerpos ni por los espíritus
curiosos; Dios les basta.
Arquímedes, sin esplendor, merecería la misma veneración. No
ha dado batallas que vean los ojos, pero ha proporcionado a todos
los espíritus sus invenciones. ¡Qué resplandor tiene para los espí­
ritus!
Jesucristo, sin bienes y sin ninguna producción de ciencia, está

64
P ascal

en su orden de santidad. No ha dado ninguna invención, no ha


reinado, pero fue humilde, paciente, santo, santo para Dios, terrible
para los demonios, sin ningún pecado. ¡Cómo ha venido con gran
pompa y prodigiosa magnificencia a los ojos del corazón, que ven
la sabiduría!
Hubiese sido inútil a Arquímedes presentarse como príncipe en
sus libros de geometría, aunque lo fuese.
Hubiese sido inútil a nuestro Señor Jesucristo, para resplan­
decer en su reino de santidad, venir como rey; pero vino con el
resplandor de su orden.
Es completamente ridículo escandalizarse por la humildad de
Jesucristo, como si esta bajeza fuese del mismo orden al que per­
tenece la grandeza que él quería hacer triunfar. Considérese esta
grandeza en su vida, en su pasión, en su obscuridad, en su muerte,
en la elección de los suyos, en su abandono, en su secreta resurrec­
ción, y en todo lo demás, se la verá tan grande, que no habrá
motivo para escandalizarse de una bajeza que no existe.
Pero hay quienes no pueden admirar sino las grandezas car­
nales, como si no hubiese otras espirituales; y otros que solamente
admiran las espirituales, como si no hubiese otras infinitamente
más altas en la sabiduría.
Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus
reinos, no valen tanto como el menor de los espíritus; pues éste
conoce todo esto y a sí mismo, y los cuerpos, nada.
Todos los cuerpos juntos, y todos los espíritus juntos, y todas
sus realizaciones, no valen tanto como el menor movimiento de
la caridad. Éste es un orden infinitamente más elevado.
De todos los cuerpos juntos no pueden hacerse salir un pen­
samiento, ni aun pequeño; es imposible y de otro orden. De todos
los cuerpos y espíritus no puede sacarse un movimiento de verda­
dera caridad, es imposible y de otro orden sobrenatural.

65
V erneaux, Textos raod. 5

También podría gustarte