ODISEA
Homero
Versión de Ezequiel Zaidenwerg
Esta obra ha sido cedida por su Editorial para uso exclusivo de
personas con discapacidad visual, usuarios de la Biblioteca
Tiflolibros.
Libro realizado en el proyecto "Libros escolares accesibles el
primer día de clases", con el apoyo del Consorcio de Libros
Accesibles (ABC) y la COPIDIS del Gobierno de la Ciudad de
Buenos Aires.
Revisión y adaptación: Azul Romanin
Asociación Civil Tiflonexos
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Biblioteca Tiflolibros
Av. Corrientes 2548 4° I (1046) - Ciudad de Buenos Aires
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Grandes Obras de la Literatura Universal
Fundada en 1953
Colección pionera en la formación escolar de jóvenes lectores
Títulos de nuestra colección
El matadero, Esteban Echeverría.
Cuentos fantásticos argentinos, Borges, Cortázar, Ocampo y
otros.
¡Canta, musa! Los más fascinantes episodios de la guerra de
Troya, Diego Bentivegna y Cecilia Romana.
El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert L. Stevenson.
Seres que hacen temblar – Bestias, criaturas y monstruos de
todos los tiempos, Nicolás Schuff.
Cuentos de terror, Poe, Quiroga, Stoker y otros.
El fantasma de Canterville, Oscar Wilde.
Martín Fierro, José Hernández.
Otra vuelta de tuerca, Henry James.
La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca.
Automáticos, Javier Daulte.
Fue acá y hace mucho, Antología de leyendas y creencias
argentinas.
Romeo y Julieta, William Shakespeare.
Equívoca fuga de señorita, apretando un pañuelo de encaje
sobre su pecho, Daniel Veronese.
En primera persona, Chejov, Cortázar, Ocampo, Quiroga, Lu
Sin y otros.
El duelo, Joseph Conrad.
Cuentos de la selva, Horacio Quiroga.
Cuentos inolvidables, Perrault, Grimm y Andersen.
Odisea, Homero.
Los tigres de la Malasia, Emilio Salgari.
Odisea
Homero
Versión de Ezequiel Zaidenwerg
Estudio preliminar y propuestas de actividades de Dolores Gil
Grandes Obras de la Literatura Universal
Dirección editorial: Profesor Diego Di Vincenzo. Coordinación
editorial: Alejandro Palermo. Jefatura de arte: Silvina Gretel Espil.
Introducción, notas y actividades: Dolores Gil. Diseño de tapa:
Natalia Otranto.
Asistencia en diseño: Jimena Ara Contreras.
Cartografía: Miguel Forchi.
Diseño de maqueta: Silvina Gretel Espil y Daniela Coduto.
Diagramación: estudio gryp.
Corrección: Inés Fernández Maluf.
Documentación: Gimena Castellón Arrieta.
Coordinación de producción: María Marta Rodríguez Denis.
Asistencia de producción: Agostina Angeramo y Juan Pablo
Lavagnino.
Homero
Odisea / Homero; adaptado por Ezequiel Zaidenwerg 1a ed. Buenos
Aires, Kapelusz, Alejandro Palermo, 2009.
192 p.; 20 x 14 cm GOLU (Grandes Obras de la Literatura
Universal) ISBN 978-950-13-2336-8
1. Literatura griega clásica. I. Zaidenwerg, Ezequiel, adapt. II. Título
CDD 880
Primera edición. Segunda reimpresión: enero de 2015
© Kapelusz editora S.A., 2009.
San José 831, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
[Link].
Obra registrada en la Dirección Nacional del Derecho de Autor.
Hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Libro de edición argentina.
Impreso en la Argentina Printed in Argentina
ISBN: 978-950-13-2336-8
PROHIBIDA LA FOTOCOPIA (ley 11.723). El editor se reserva
todos los derechos sobre esta obra, la que no puede reproducirse total
o parcialmente por ningún método gráfico, electrónico o mecánico,
incluyendo el fotocopiado, el de registro magnetofónico o el de
almacenamiento de datos, sin su expreso consentimiento.
Queridos colegas, nos interesaría mucho recibir sus observaciones y
sugerencias sobre este volumen u otros, tanto en lo que respecta al
texto en sí, como a la introducción o a las actividades. Pueden
acercarlas mediante correo electrónico a: pdiab@kapelusz. [Link].
Leeremos con gusto sus comentarios.
Contenido
Nuestra colección
Leer hoy y en la escuela
Avistaje
Palabra de expertos
Odisea
Sobre terreno conocido
Comprobación de lectura
Actividades de comprensión
Actividades de análisis
Actividades de producción
Recomendaciones para leer y para ver
Bibliografía
Nota de la correctora: El libro original contiene notas al pie que
fueron agregadas al final del libro. Fin de nota.
Nuestra colección
Comencemos con una pregunta: ¿qué significa ser lector?
Quienes hacemos Grandes Obras de la Literatura Universal
(GOLU) entendemos que el lector es aquella persona capaz de
comprender, analizar y valorar un texto; de relacionarlo con
otras manifestaciones culturales del momento particular de su
producción; de seguir el trayecto de las diversas lecturas que
ese libro fue provocando en el transcurso del tiempo.
Pero entendemos que ser lector también significa “dejarnos
llevar” por lo que una historia cuenta, sumergirnos en las
palabras al tiempo que estas nos inundan y nos pueblan. Los
que así leen abren paso para que la literatura funcione como
parte de sus vidas. Una novela, un cuento, algún poema o una
pieza dramática, entonces, ayudan a que cada lector se
comprenda a sí mismo y le ofrecen varios puntos de vista que
le permiten enriquecer su comprensión del mundo.
Todo lo que aprendemos, todo lo que atesoramos a partir de
nuestras lecturas, es algo que “llevamos puesto”, una increíble
posesión de la que disponemos a voluntad y sin que se agote.
Nuestra colección se funda en el deseo de colaborar con sus
profesores y con ustedes en la formación de jóvenes lectores.
Hacia este fin se encaminan tanto la selección de títulos como
la redacción de los estudios preliminares —escritos por
reconocidos especialistas— y la propuesta de actividades
—elaboradas por docentes con probada experiencia en la
enseñanza de la literatura.
Si bien en esta colección encontrarán no solamente obras
consideradas clásicas, sino también algunas de las que no se
han incluido en esta categoría —ciertamente amplia y
variable—, coincidimos con el escritor italiano Italo Calvino,
quien comienza su libro Por qué leer los clásicos1 proponiendo
varias definiciones de “obra clásica”. Entre ellas, afirma que
los clásicos son esos libros que “ejercen una influencia
particular”, en parte porque “nunca terminan de decir lo que
tienen que decir”, aun cuando se los ha leído y releído, y
aunque han pasado siglos desde que se los escribió. Además,
destaca el papel de la escuela no solamente como institución
que está obligada a dar a conocer cierto número de clásicos,
sino también como aquella que debe ofrecer a los estudiantes
las herramientas necesarias para que puedan elegir sus propios
clásicos en el futuro, es decir, para que construyan su propia
“biblioteca”.
Estamos convencidos de que leer las grandes obras que en esta
colección les ofrecemos constituye una de las actividades
orientadas a favorecer el desarrollo para comunicarse y para
pensar; a allanar el camino de cada uno de ustedes en la
formación escolar, universitaria, profesional; a ayudar a que se
desempeñen en el ámbito del estudio y del trabajo, del
fructífero intercambio de ideas y del respeto por los demás.
Por estas razones, creemos que la lectura de los libros de esta
colección puede incluirse entre las acciones a la formación de
personas más libres.
Leer hoy y en la escuela
Odisea
Uno de los mitos más famosos de la cultura griega es el que
protagoniza Odiseo —o Ulises, como es llamado en la tradición
latina—, el héroe errante que, una vez finalizada la guerra de
Troya,
demora diez años en volver a su hogar. Las aventuras que vive
en ese difícil regreso conforman el poema que hoy conocemos
como Odisea. Tan famosa es la historia de las desventuras de
este personaje en altamar, que el sustantivo común odisea hace
referencia, en las lenguas modernas, a un viaje largo y lleno de
peripecias.
La Odisea no solo es el primer libro de aventuras de la
literatura occidental; es, también, uno de los más importantes
de nuestra cultura. Cuando decimos que se trata de un clásico,
nos referimos al hecho de que hay algo en esta obra que
continúa interpelándonos, que sigue teniendo sentido hoy en
día, cuando han pasado casi tres mil años desde su
composición. El relato de las vicisitudes de un hombre que
extraña a su familia y quiere volver a pisar el suelo de su patria
nos conmueve y nos interesa porque es un tema universal,
profundamente humano, y porque quizás, alguna vez, hemos
conocido a alguien que estuvo en una situación similar.
Incontables son las aventuras que vive Odiseo en su viaje de
regreso. Aunque no hayamos leído la Odisea todavía, todos
hemos escuchado hablar de las sirenas1 —esas terribles
mujeres con cuerpo
de ave que atraen a los navegantes con su enigmático canto
para luego devorarlos— o de cómo el cíclope Polifemo fue
engañado por la astucia de nuestro protagonista. ¿Quién no
sabe que Penélope, la paciente y fiel esposa del héroe, tejía de
día una larga tela blanca y luego, por la noche, la destejía, para
así ganar tiempo y burlarse de los pretendientes que querían
casarse con ella? Todos estos elementos míticos forman parte
de nuestra imaginación, se han filtrado en nuestra cultura, son
saberes que poseemos aun antes de leer las obras en las que se
manifiestan.
La Odisea despliega ante nosotros dos mundos: el de la
aventura —el de los seres fantásticos, los monstruos, las
hechiceras y tempestades— y el del hogar —la tierra patria, la
familia, la vida doméstica y el orden. El desafío que enfrenta
Odiseo consiste en poder sacar lo mejor de uno para regresar al
otro siendo más sabio, más experimentado, habiendo aprendido
algo. No olvidemos que la Odisea es, principalmente, el relato
de un viaje. No solo el que lleva a Odiseo de Troya a Ítaca —en
donde se encuentran su hogar, su esposa y su hijo—, sino
además el de las infinitas vicisitudes de la vida, de sus idas y
vueltas, de sus problemas, de sus dolores y, también, de sus
alegrías.
Lo bueno e interesante de la literatura es que nos permite vivir,
aunque sea temporalmente, en mundos alternativos. Nos
permite conocer otras geografías, encontrarnos con personajes
maravillosos, vivir las mismas aventuras que los héroes. No
hay duda de que la Odisea nos proporciona este tipo de
experiencia. La importancia de leer este texto tiene que ver
también, para los lectores jóvenes, con el hecho de que, de
alguna manera, toda la literatura posterior está contenida en
este primer gran relato. Quien lee la Odisea lee el germen de
toda historia. Y eso no es poco decir.
Avistaje
Las siguientes actividades tienen como propósito recuperar y
activar algunos conocimientos que les permitirán leer con
mayor facilidad y provecho la Odisea.
1. Busquen en el diccionario el sustantivo común odisea y
anoten el significado.
a. Piensen en situaciones de la vida (viajes, tareas difíciles,
problemas cotidianos) que pueden ser nombradas con esta
palabra.
b. Compartan oralmente con sus compañeros relatos de las
situaciones que eligieron en el punto anterior. Comparen las
historias y saquen conclusiones sobre lo que tienen en común.
2. En la Odisea aparecen diferentes monstruos que atemorizan
al protagonista y a los integrantes de su tripulación. La palabra
española monstruo proviene del latín monstrum, “prodigio”, de
la misma raíz que el verbo monere, “advertir”; es probable que
esta etimología se deba a que los antiguos creían que los seres
monstruosos eran enviados por los dioses a modo de
advertencia para los humanos.
A. Confeccionen una lista de los monstruos que ya conocen a
través de la literatura o el cine. Debatan: ¿qué característica los
hace monstruosos?
b. Escriban una definición personal de monstruo y, luego,
compárenla con la que aparece en algún diccionario.
3. Odiseo, Áyax, Aquiles y Diomedes son algunos de los
héroes de la mitología clásica.
a. En una obra de referencia sobre la mitología grecolatina
(como las que se recomiendan en la “Bibliografía”, página
191), busquen información sobre estos y otros personajes
heroicos. Escriban en la carpeta las características de cada uno
y una breve biografía.
b. ¿Qué es un héroe para ustedes? Discutan con sus
compañeros una posible definición. Tengan en cuenta los
héroes que aparecen en la literatura, las historietas, las
películas, y hasta en los noticieros.
c. Luego de leer la Odisea, vuelvan a pensar cómo es el héroe
que presenta este texto. ¿Encuentran alguna diferencia con la
definición que habían escrito antes?
4. En libros de historia o en enciclopedias, busquen
información sobre el descubrimiento de la antigua ciudad de
Troya. Luego, respondan a las preguntas.
a. ¿Quién descubrió Troya? ¿Qué otros descubrimientos llevó a
cabo este arqueólogo?
b. ¿Qué importancia tienen estos descubrimientos para entender
los relatos mitológicos?
c. ¿En qué fecha aproximada podemos ubicar la guerra de
Troya?
5. Las aventuras de Odiseo tienen lugar en la cuenca del
Mediterráneo. Observen en detalle el mapa de la página 26 y
ubiquen en él las siguientes islas y ciudades. Busquen
información acerca de ellas:
Creta – Ítaca – Troya – Esparta – Micenas – Sicilia – Pilos
6. Investiguen y discutan los diferentes significados de la
palabra mito. ¿Qué significa para ustedes? Entre todos, hagan
una lista de características que, según ustedes, deben tener las
historias míticas. Luego, busquen una definición de mito en un
diccionario o una enciclopedia. Vuelvan a elaborar una lista a
partir de esta información. ¿Qué diferencias encuentran con la
lista que habían confeccionado antes?
Palabra de expertos
El mundo de la Odisea
Dolores Gil
La poesía épica
Desde la Antigüedad, la tradición ha atribuido la autoría de la
Odisea y la Ilíada a Homero, el poeta ciego de Quíos, una isla
griega emplazada en el mar Egeo, cerca de las costas de la
actual Turquía. Sin embargo, a partir de la época helenística, y
a medida que los eruditos ahondaron en el estudio de estos
poemas, fue cobrando fuerza la idea de que dicho poeta no
había existido nunca, o de que, de haber existido, no era el
autor del texto en el sentido en que entendemos el término
autor hoy en día. Para comenzar a entender las discusiones que
suscita la autoría de un texto como la Odisea, conviene primero
hacer una referencia a las características de la poesía épica, el
género literario al que pertenece esta obra.
La épica es un género que cuenta historias y leyendas
protagonizadas por héroes, en forma de extensos poemas
narrativos. Estos poemas son de carácter oral y muchas veces,
también, popular; esto quiere decir que en su origen no fueron
pensados por un único autor ni tampoco circularon en forma
escrita, sino que se compusieron de manera colectiva, a través
de la recitación acompañada con música. Es el caso de muchos
poemas épicos, como el Cantar del Mio Cid o la Chanson de
Roland, para nombrar dos textos pertenecientes a la Edad
Media, y también, por supuesto, la Ilíada y la Odisea, en la
Antigüedad.
Hacia finales del siglo xix, el arqueólogo Heinrich Schliemann
—convencido de que la Ilíada y la Odisea eran obras que
contenían valiosos testimonios de hechos que habían ocurrido
en el pasado, y no el simple fruto de la fantasía de un poeta—
descubrió, luego de numerosas excavaciones, las ruinas de la
antigua ciudad de Troya. Ese descubrimiento revolucionó el
estudio de la historia y la literatura antiguas: Troya había
existido, y al menos parte de lo que relataban los poemas
homéricos tenía que haber sucedido.
Pie de imagen: Heinrich Schliemann (1822-1890), el
descubridor de Troya.
Pie de imagen: Máscara funeraria del siglo xv a. C., hallada por
Heinrich Schliemann en 1876, durante las excavaciones
efectuadas en Micenas.
Otro innovador estudioso, Milman Parry, a principios del siglo
xx, forjó una interesante teoría acerca de la composición de
estas obras épicas. Parry descubrió, gracias a sus
investigaciones de los poemas serbios y yugoeslavos que
todavía se seguían recitando de manera oral en zonas rurales,
algunos de los factores que desempeñan un rol fundamental en
la composición épica. En primer lugar, comprobó que la
principal herramienta de que se servían los recitadores era la
memoria y que, por lo tanto, contaban con diferentes técnicas
que les permitían
recordar extensos pasajes de una historia popular, sin ayuda de
ningún soporte escrito. Parry postuló que el uso constante de
fórmulas fijas en este tipo de poemas era prueba de ello: dado
que el recitador tiene que recordar miles de versos, la tarea se
facilita muchísimo si puede encontrar constantes en su
material. Es por eso que, cuando hoy leemos estas obras,
tenemos la impresión de que el lenguaje es muy repetitivo y de
que hay muchas escenas que aparecen en una parte que están
literalmente “copiadas” en otra. Los aedos —que es el nombre
que se les daba a estos recitadores en la antigua Grecia—
tenían en su memoria un catálogo de escenas típicas (por
ejemplo, el despuntar del día, la realización de un sacrificio a
los dioses, la descripción de un banquete) del que podían hacer
uso en cualquier momento. También contaban con una
estructura métrica fija, lo que le daba al recitado un ritmo
constante. Otro de los elementos que utilizaban los aedos eran
los epítetos, es decir, adjetivos o construcciones que
acompañan siempre a un sustantivo, por lo general propio. Así,
en los poemas de Homero, Atenea es “la diosa de ojos
glaucos”, Odiseo es “astuto”, Aquiles es “el de los pies
veloces”, las naves son “rápidas”… Estos epítetos cumplían
una función doble: por un lado, servían para completar
métricamente el verso; por el otro, contribuían a reforzar las
características de los personajes o los objetos que se
mencionaban en la narración.
Aedos y rapsodas
Los aedos conocían las historias populares y los mitos que se
contaban desde tiempos inmemoriales. Se cree que la recitación
tenía lugar en los festivales y en las cortes, como modo de
entretenimiento del pueblo. Sin embargo, no es mucho lo que
conocemos acerca del modo de composición de la épica, y
debemos contentarnos con especulaciones acerca del modo en
que habrían circulado originariamente estos textos. Debemos
recordar que la naturaleza de la épica es fundamentalmente
oral; es decir, que el material estaba en la mente de los aedos,
no en los libros, que eran objetos desconocidos en la
época arcaica.
Pie de imagen: Homero, según una escultura del siglo v a. C.
Pie de imagen: Homero representado como un aedo.
Bajorrelieve realizado en 1806 por Antoine-Denis Chaudet.
Los aedos profesionales se presentaban frente a un público y
cantaban las historias famosas que la audiencia ya conocía pero
que, no obstante, se deleitaba en escuchar una y otra vez. Lo
que interesaba no era la novedad de lo que se cantaba, sino la
originalidad y el modo particular en que cada aedo componía
su versión sobre la base de un repertorio amplísimo de historias
tradicionales.
Algunos estudiosos sostienen que resultaría prácticamente
imposible que un solo aedo haya compuesto por su propia
cuenta poemas de tanta perfección formal como la que se pone
de manifiesto en la Ilíada y en la Odisea. Una de las hipótesis
que se manejan para explicar la composición de estos poemas
es que, luego del auge de los aedos —que tuvo lugar entre los
siglos x y viii a. C.— y con la aparición de la escritura
—hacia el 750 a. C.—, una nueva generación de recitadores,
los rapsodas, hicieron el trabajo de edición. Estos rapsodas, que
sabían leer y escribir, se dedicaban no ya a componer —puesto
que el empleo del medio escrito condujo a que perdieran sus
habilidades mnemotécnicas—, sino a unir los cantos que ya
conocían, como si cosieran los distintos fragmentos que les
llegaban (de hecho, la palabra rapsoda proviene
16 del verbo ráptein, que en griego significa “coser”, y el
sustantivo odé,
“canto”). Quizás uno de estos rapsodas haya sido Homero, un
hombre que —con una visión de conjunto y una sensibilidad
especiales— supo tomar las historias tradicionales que más
gustaban para crear obras de vasta complejidad. Incluso, hay
quienes suponen que bajo el nombre “Homero” podría
esconderse un grupo de rapsodas que llevaron a cabo la
espectacular tarea. Sea uno o sean varios los autores, lo cierto
es que estas obras perduraron lo suficiente como para ser
copiadas en forma manuscrita una y otra vez, hasta llegar hasta
nosotros.
Uno de los mitos preferidos por los aedos y los rapsodas fue,
desde siempre, el relato de la guerra de Troya, una ciudad
ubicada en el Asia Menor, en el territorio que actualmente
ocupa Turquía. Esa leyenda cuenta cómo una confederación de
pueblos griegos asedió la ciudad fortificada de Troya durante
diez años y luego la asoló hasta dejarla en ruinas. Durante
mucho tiempo se pensó que Troya solamente había existido en
el mito y en la imaginación de los poetas; sin embargo, desde
1871, con el impresionante descubrimiento de Schliemann, se
sabe que esa ciudad efectivamente existió, y que fue atacada,
destruida y reconstruida en distintas oportunidades a lo largo de
los siglos. Se cree que la guerra que la tuvo por protagonista
sucedió en el siglo xiii a. C., aunque los historiadores no se
ponen de acuerdo al respecto de una datación exacta. Es
posible, por lo tanto, que los sucesos que podrían haber
inspirado la Ilíada y la Odisea hayan tenido lugar alrededor del
1200 a. C.
Pie de imagen: Reconstrucción imaginaria de la ciudad de
Troya, según los resultados de las excavaciones que Heinrich
Schliemann llevó a cabo en 1871.
Dioses y héroes
Los relatos que nos presentan los poemas homéricos no están
protagonizados solamente por seres humanos, sino que los
dioses olímpicos tienen un papel fundamental en el desarrollo
de las acciones. En la mitología griega, los dioses poseen
características antropomórficas; es decir, se asemejan a las
personas: sienten, aman, se enojan, envidian, son caprichosos.
El rasgo que los distingue de mujeres y hombres es la
inmortalidad.
Desde el punto de vista de los poemas homéricos, el mundo de
los mortales parece estar afectado directamente por la acción y
la voluntad de las divinidades, de cuya inf luencia los héroes no
pueden escapar. Esto se percibe muy claramente en la Ilíada, en
donde el conf licto humano, la guerra entre dos pueblos, tiene
su contrapartida en el ámbito divino: dos bandos enfrentados de
dioses parecen manejar a los humanos casi como a títeres, en
una obra que ellos mismos dirigen según sus pasiones. Zeus, el
más poderoso de los olímpicos, sabe, sin embargo, que existe
una fuerza superior a la de los dioses que nadie puede torcer ni
cambiar: la del Destino.
En la Odisea, si bien están presentes las discusiones de los
dioses en el Olimpo, la acción se centra más en el plano
humano. La relación entre Odiseo y Atenea, la divinidad que lo
protege, resulta más cercana, más íntima y directa. La diosa de
la sabiduría comparte varios rasgos con su protegido, y lo
acompaña, aconseja y ayuda hasta que se concreta su venganza
final. También se pone junto a Telémaco, el hijo del héroe, y lo
impulsa a dar el paso de la niñez a la madurez.
Por otra parte, en la Odisea, las divinidades parecen estar más
preocupadas por el cumplimiento de la justicia que guiadas por
los impulsos de su voluntad. Un claro ejemplo de ello es
Poseidón, que perseguirá a Odiseo durante casi todo el viaje en
castigo por haber cegado a su hijo Polifemo. La ira del dios del
mar significará para el héroe muchos años de peripecias y una
vuelta solitaria a Ítaca.
La guerra de Troya
La historia del regreso de Odiseo a su hogar forma parte de un
ciclo de leyendas más vasto, el de la guerra de Troya: un
conjunto de relatos conectados entre sí que los griegos de la
Antigüedad conocían a la perfección. En los párrafos que
siguen, aparecen resumidos los acontecimientos más
sobresalientes del ciclo troyano.
Cuenta el mito que Eris, la discordia, enfurecida por no haber
sido invitada a la boda de Peleo y Tetis, arrojó en medio de los
asistentes a la fiesta una manzana de oro que decía “Para la más
bella”. Las tres diosas más importantes —Atenea, Hera y
Afrodita— se disputaron ese trofeo por considerarse
merecedoras del título. Llamaron entonces a Paris, un joven
príncipe troyano, para que juzgara cuál de ellas se haría con el
triunfo. Cada diosa le prometió algo al joven, pero a Paris lo
convenció la promesa de Afrodita: si la elegía, ella le daría el
amor de Helena, la mujer más bella de la Tierra. Y así fue
como Afrodita se quedó con la manzana de la discordia. A
partir de ese momento, Atenea y Hera, enfurecidas, dieron
rienda suelta a su odio contra los troyanos.
Helena estaba casada con Menelao, soberano de Esparta y
hermano de Agamenón, el rey de Micenas. Un día, Paris visitó
Esparta; por obra de Afrodita, Helena se enamoró de él y,
aprovechando la momentánea ausencia de su esposo, huyó a
Troya. Los griegos no tardaron en reaccionar: Agamenón, rey
de reyes, se puso al mando de un enorme ejército de estados
aliados que partió hacia el Oriente a recuperar el honor aqueo.
Durante diez años, los griegos intentaron en vano quebrantar
las murallas fortificadas de Troya.
La Ilíada comienza relatando que, en el décimo año de la
guerra, Agamenón había raptado a Criseida, una joven doncella
troyana hija de un sacerdote de Apolo. El dios, a pedido del
padre de la muchacha, asoló las tropas aqueas con una peste en
castigo por el rapto. El jefe de los aqueos accedió a devolver a
la cautiva, a cambio de que le otorgaran como compensación
una de las esclavas de Aquiles, Briseida. Enfurecido por esta
decisión, Aquiles se negó a seguir combatiendo.
Las consecuencias no tardaron en hacerse notar… Aquiles era
el más
valiente de los guerreros aqueos. Su madre, la diosa Tetis, había
bañado al pequeño, al nacer, en las aguas de la laguna Estigia,
haciendo que su cuerpo fuera invulnerable a las armas, excepto
en uno de sus talones, por donde lo había sostenido al
sumergirlo.
Pronto los troyanos corrieron con ventaja: ante la ausencia de
Aquiles, Héctor —uno de los hijos de Príamo, el rey de
Troya— atemorizaba a los enemigos, que estaban desgastados
por tantos años de guerra y querían regresar a sus hogares.
Preocupado por el avance de los troyanos, Patroclo persuadió a
su amigo Aquiles para que le prestara su armadura. Haciéndose
pasar por Aquiles, Patroclo mostró valentía y mató a varios
troyanos, hasta que Héctor se cruzó en su camino y terminó con
su vida. Este hecho llenó de dolor a Aquiles y le dio el impulso
que le faltaba para volver al combate. Frente a las murallas de
Troya, finalmente se enfrentó con Héctor, al que venció luego
de una ardua lucha. Arrastró y desfiguró el cadáver de su
oponente. Finalmente, Aquiles se compadeció del viejo
Príamo; devolvió el cuerpo a sus deudos y concedió una tregua
para que se oficiaran los juegos fúnebres en honor al héroe
caído. Este es el punto del relato en el que termina la Ilíada.
Aquiles murió poco después, sorprendido por una flecha del
cobarde Paris, quien lo hirió justo en el talón, la única parte
vulnerable de su cuerpo.
Sin Héctor, los troyanos estaban desesperados. Los aqueos no
se encontraban en una situación mucho más favorable: a pesar
de tantos años de asedio, no habían podido franquear las
puertas de la ciudad fortificada. Entonces, Odiseo —que se
destacaba por su habilidad para los engaños y la mentira— tuvo
una idea: propuso a sus compañeros que construyeran un
enorme caballo de madera para ofrecérselo a los troyanos como
regalo de paz. Dentro del caballo irían los más bravos guerreros
aqueos y, una vez que la enorme ofrenda estuviese dentro de las
murallas de Troya, saldrían del interior del caballo de madera y
tomarían la ciudad. El plan fue ejecutado a la perfección y, en
pocas horas, Troya quedó en manos del enemigo. Muchísimos
troyanos murieron, las mujeres fueron tomadas prisioneras;
algunos pocos, como Eneas, pudieron huir.
Luego de la caída de Troya, los héroes aqueos emprendieron el
regreso a sus hogares, sin saber que para muchos el viaje sería
arduo. El relato de esos viajes constituye un subgénero épico
especial: el de los nostoi, o “regresos”. Los hay felices, como el
de Menelao o el de Néstor, a los que se hace referencia en la
Odisea; pero también los hay trágicos, como el de Agamenón,
que al llegar a su palacio encuentra la muerte a manos de su
esposa Clitemestra y el amante de esta, Egisto. Y también hay
regresos difíciles, como el de Odiseo, quien no dejará de sufrir
una vez que pise Ítaca, puesto que allí tendrá que lidiar con los
problemas originados por haber estado ausente del reino
durante veinte años.
La figura del héroe
La visión del mundo que se manifiesta en la Odisea presenta
significativas diferencias con la que aparece en la Ilíada. Esta
es una de las razones por las que algunos sostienen que ambas
obras no pueden pertenecer a una misma mentalidad o a una
misma fecha. Principalmente, observamos en la Odisea un
cambio en lo que respecta a la figura heroica. El héroe es
alguien que se destaca por sus características especiales, que le
permiten diferenciarse del resto de los mortales. En la antigua
cultura griega se creía que para cada miembro de la sociedad
existía una areté, es decir, una cualidad sobresaliente, un rasgo
de excelencia. En el caso del héroe de la Ilíada, esa areté es la
valentía, tal como se pone en evidencia en la figura de Aquiles,
quien sacrifica una vida larga y tranquila, a favor de la gloria y
la fama que supone la muerte en el campo de batalla en la flor
de la edad.
Frente a esa figura, la Odisea presenta un héroe cuya cualidad
principal no tiene que ver con la fuerza ni con la destreza en el
combate. Odiseo es astuto, inteligente, hasta embaucador. No
hace uso de la fuerza física para resolver los problemas o para
sobrevivir, sino que su fortaleza reside en su intelecto, como se
trasluce en la mayoría de
las aventuras que debe enfrentar.
Este cambio de la manera de ver el mundo también se observa
en la temática que presenta la obra. De cantar la gloria de los
héroes de guerra, como ocurre en la Ilíada, se pasa a cantar al
individuo en su lucha con el medio que lo rodea. Las aventuras
que vive Odiseo en altamar tienen, casi sin excepción, un
carácter fantástico: islas pobladas de seres extraños, monstruos
marinos, hechiceras con poderes prodigiosos, viajes
infernales… Es evidente que esta obra presenta la aparición de
una nueva sensibilidad. La geografía que recorre el
protagonista en su derrotero oscila entre el realismo y la más
pura fantasía.
A su vez, la Odisea es un relato de la nostalgia: la primera
aparición del héroe, en el canto v, resulta sumamente
significativa en este sentido. Odiseo se halla en Ogigia, la isla
en donde Calipso le ofrece todas las comodidades y hasta la
vida eterna, pero él está sentado frente al mar y llora porque
quiere regresar a su patria y no puede. Y no es la única vez que
lo vemos llorar: ya en Feacia, cuando escuche al aedo cantar
historias sobre la guerra de Troya en las que él había
participado, no podrá contenerse y tendrá que esconder su
semblante para que sus anfitriones no sospechen su identidad.
La estructura de la Odisea
Otro aspecto en el que se advierte un cambio profundo entre la
Ilíada y la Odisea es el que se relaciona con la estructura
narrativa peculiar de esta última. Como ocurre en muchas
novelas y películas actuales, la secuencia cronológica de los
hechos se presenta desordenada. En este sentido, se puede
señalar que la estructura de la Odisea se organiza básicamente
en tres partes.
En primera instancia, leemos la Telemaquia —que abarca los
cantos i a iv—, en donde se relata la situación actual en el
palacio de Odiseo y el viaje que emprende Telémaco en busca
de noticias sobre su padre.
Luego, asistimos a las aventuras en el mar —recogidas en los
cantos v a xii—, en el momento en que Odiseo parte desde la
isla de Calipso rumbo a Feacia. Allí contará, en un extenso
relato, todos los sucesos fantásticos que vivió desde el
momento en que partió de Troya
hasta naufragar en la isla Ogigia. Desde el punto de vista
narrativo, esta parte resulta particularmente interesante, ya que
Odiseo, el personaje principal, se convierte en una especie de
aedo que canta sus propias desventuras ante la corte de los
feacios, lo que deviene en una especie de reflejo de la obra
dentro de sí misma.
Por último, los cantos xiii a xxiv narran los sucesos que ocurren
una vez que Odiseo llega a su patria, Ítaca. A partir de ese
momento, llevará a cabo una cuidadosa estrategia para
enfrentar a los numerosos pretendientes de Penélope que se
comen su hacienda y malgastan sus bienes día tras día. En esta
parte, al encontrarse Telémaco con su padre, se unen finalmente
los hilos que el narrador tendió en la primera y en la segunda.
La Odisea, un clásico
Según imagina el crítico George Steiner, Homero habría
compilado la Ilíada en su juventud, a partir de materiales
heredados, y habría redactado la Odisea siendo ya anciano.
Sostiene esta hipótesis dado que “no parece probable que el
mismo poeta pudiera articular ambas concepciones de la vida
[…]. Con intuición maravillosa, Homero eligió como
protagonista la figura de la leyenda troyana que más cerca
estaba de la ‘modernidad’. […] Como Odiseo, Homero
abandonó los incipientes y rudimentarios valores inherentes al
mundo de Aquiles”.1
El hecho es que la Odisea es una obra que, a través de los
siglos, sigue fascinando a los lectores. No hay duda de que
constituye un clásico de la literatura occidental. Sin embargo,
lo verdaderamente significativo reside en que esta obra llegue a
convertirse en uno de los clásicos personales de cada uno de
nosotros, es decir, que pase a formar parte de ese tesoro
individual que va creciendo a medida que uno encuentra sus
propios favoritos. Este es el desafío que les presentamos…
¡que lo disfruten!
Odisea
Los viajes de Odiseo
las investigaciones actuales han tratado de reconstruir el
itinerario del héroe desde Troya hasta Ítaca. En el mapa se
representa el recorrido en el que coincide la mayoría de los
estudiosos.
Nota de la correctora: el libro presenta un mapa con las
siguientes referencias. Fin de la nota.
1 Troya
2 Cícones
3 Lotófagos
4 Cíclopes
5 Eolo
6 Lestrigones
7 Circe
8 Hades
9 Sirenas
10 Escila y Caribdis
11 Isla del Sol
12 Calipso
13 Feacios
14 Ítaca
Canto i
Invocación. Háblame, Musa,1 del varón astuto que, luego de
arrasar la ciudadela de Troya,2 anduvo mucho tiempo errante y
conoció los hábitos de numerosos pueblos, y soportó penurias,
mientras surcaba el mar, pugnando por su vida e intentando
ayudar a que los compañeros volvieran a la patria; pero los
insensatos se comieron
el rebaño del Sol,3 quien les negó el regreso.
La asamblea de los dioses. Ya todos los que habían conseguido
escapar de la muerte estaban sanos y salvos en sus casas, a
excepción de Odiseo, que se hallaba cautivo de la ninfa4
Calipso. Ella lo tenía preso en la isla de Ogigia, deseosa de
tomarlo por esposo. Ya había llegado el tiempo decretado por
los dioses para que regresara a Ítaca,5 su patria, y todas las
deidades se apiadaban de él, excepto Poseidón,6 a cuyo hijo
Polifemo7 había cegado.
Un día se reunió la asamblea de los dioses: todos se habían
dado cita en el palacio del olímpico Zeus,8 excepto Poseidón,
quien se encontraba en el lejano país de los etíopes, donde
asistía a unos sacrificios que habían preparado en su honor.
Recordando el ejemplo de Egisto,9 a quien Orestes había dado
muerte, el padre de los hombres fue el primero en tomar la
palabra:
—Los humanos nos echan la culpa de sus males, cuando en
verdad son ellos quienes se los buscan con sus propias locuras.
Aunque enviamos a Hermes10 para desalentarlo, Egisto se casó
igualmente con la esposa de Agamenón11 y lo mató cuando
este volvía a su casa.
Le respondió Atenea,12 la diosa de ojos glaucos:13
—Has dicho la verdad. Y ojalá perezcan igual que él quienes se
atrevan a imitar su ejemplo. Pero es distinto el caso de Odiseo.
¿Acaso olvidó hacerte un sacrificio? ¿Tan enojado estás con él?
Y Zeus, el que junta las nubes, respondió:
—¿Qué palabras son esas, hija mía? ¿Cómo podría olvidarme
del divino Odiseo, que por su ingenio y sus ofrendas a los
dioses siempre se destacó entre los demás hombres? Es
Poseidón, el que sacude el suelo, el que sigue enojado con él, a
causa de su hijo Polifemo, ya que lo dejó ciego el héroe. Por
eso es que le impide retornar a la patria. Pero ya es momento de
que regrese. Dispongamos su vuelta. Que Poseidón renuncie a
su rencor, porque él solo no podrá contra la voluntad del resto
de los dioses.
Le respondió Atenea, la diosa de ojos glaucos:
—Padre Zeus, si al resto de los dioses les complace su regreso,
enviemos a Hermes a la isla de Ogigia, para que le transmita
nuestras órdenes a la ninfa Calipso y ella le permita irse. Yo,
por mi parte, partiré hacia Ítaca, donde le infundiré a su hijo
Telémaco14 coraje para que llame a una asamblea15 y se
enfrente a los crueles pretendientes16 que consumen su
hacienda; más tarde lo haré ir a
la arenosa Pilos17 y a Esparta,18 la de anchos valles, para
buscar noticias del regreso de su querido padre, y para que se
haga fama y renombre entre la gente.
Atenea visita a Telémaco.
Así dijo, y se colocó en los pies las hermosas sandalias
inmortales, con las que podía volar, transportada en el viento,
sobre las aguas y la tierra. Y tras tomar la lanza, dio un gran
salto desde la cumbre del nevado Olimpo y, rauda, se posó
frente a las puertas del palacio de Odiseo, en Ítaca, tomando la
apariencia de Mentes,el señor de los tafios.
Pie de imagen: Atenea desciende del Olimpo hacia Ítaca.
Ilustración de John Flaxman, 1810.
Encontró a los soberbios pretendientes que jugaban a los dados
frente a la puerta del palacio. Hacía mucho tiempo que pasaban
el día consumiendo la despensa de la casa de Odiseo, de
banquete en banquete,
en tanto que esperaban que su esposa Penélope escogiera a uno
de ellos para que la desposara. Telémaco, con el corazón
angustiado por la ausencia del varón que, en caso de que
volviera, expulsaría a aquellos insolentes, fue quien notó
primero la presencia de la diosa. Hizo ingresar al huésped al
vestíbulo y le tendió la mano, saludándolo:
—Sé bienvenido, huésped. Aquí te trataremos como a un
amigo. Pero antes de que nos digas a qué has venido, come y
sacia tu apetito.
Dicho esto, Telémaco hizo entrar a la diosa en el palacio y le
ofreció un sillón para sentarse, en un sitio alejado de los
pretendientes, para que el griterío de aquellos sinvergüenzas no
los perturbara, con la idea de solicitarle al extranjero noticias
de su padre, y él mismo tomó asiento junto a ella en una
hermosa silla. Tras lavarse las manos, disfrutaron de exquisitos
manjares. Poco después, entraron en la sala los viles
pretendientes, y luego de que hubieron comido hasta llenarse,
Femio, el divino aedo,19 entonó un hermoso canto.
—Querido huésped —le dijo Telémaco a la diosa—, espero que
no te enojes por lo que te voy a decir. Estos no tienen otra
ocupación más que la música y el canto, y nada les importa,
pues consumen impunes la hacienda de otro hombre, un varón
cuyos huesos se pudren lejos en alguna playa, o las olas
arrastran por los mares. Pero ahora dime por favor quién eres y
cómo y con qué fin has llegado a mi casa.
Le respondió Atenea, la diosa de ojos glaucos:
—Soy Mentes, y me jacto de reinar sobre los tafios. Me dirigía
a Temesa a buscar bronce, y me detuve aquí porque me
aseguraron que tu padre había regresado. Sin duda que los
dioses se oponen a su vuelta; porque lo cierto es que Odiseo
vive, aunque está prisionero del océano, en una fértil isla. Yo
no soy adivino ni intérprete de sueños, pero igual te diré lo que
va a suceder: no estará mucho tiempo alejado
de su patria, por más fuertes que sean las cadenas que lo tienen
sujeto. Pero dime, ¿qué clase de reunión es esta? ¿Acaso se
celebra un casamiento? ¿Por qué permites semejante
despilfarro?
—Ya que preguntas, huésped, yo te responderé: esta casa fue
antaño respetada, mientras vivió mi padre con nosotros. Ahora
todos los hijos de las familias nobles de Duliquio, de Same, de
Zaquinto y de la áspera Ítaca pretenden a mi madre y arruinan
nuestra casa. Mi madre, sin embargo, no rechaza las nupcias ni
sabe poner freno a este atropello, y mientras tanto estos odiosos
hombres consumen nuestra hacienda, y pronto acabarán
conmigo mismo.
—¡Oh dioses! ¡Si el ausente regresara! ¡Qué amargas bodas se
celebrarían entonces! ¡Las vidas de estos necios cuánto se
abreviarían! Pero ahora depende de los dioses que tu padre
regrese y se cobre venganza; tú debes meditar cómo habrás de
expulsar a estos insolentes de tu casa. Presta atención a lo que
te voy a decir: convoca a una asamblea en el ágora20 mañana,
e intima a los pretendientes a que abandonen tu palacio; y si tu
madre acaso busca segundas nupcias, que regrese a la casa de
su padre, que habrá de decretar su casamiento y fijará su
dote.21 En cuanto a ti, dispón tu mejor nave, y vete a preguntar
por Odiseo; primero irás a Pilos, que es la morada del divino
Néstor,22 y luego rumbo a Esparta, donde reina Menelao.23 Si
uno y otro te dicen que tu padre está vivo, soporta todo esto un
año más, aunque estés afligido; pero si acaso oyes que
él ha muerto, vuelve sin demora y levántale un túmulo, hónralo
con exequias, y búscale a Penélope un marido. Y una vez que
todo esto esté cumplido, medita cómo habrás de darles muerte
a los odiosos pretendientes en el palacio, si abiertamente o con
algún engaño, pues es preciso que dejes de comportarte como
un niño: ya tu edad te lo impide. Ahora debo partir. Te pido que
sigas mis consejos.
Telémaco convoca a una asamblea. Luego de hablar, la diosa de
ojos glaucos partió rauda, volando como un pájaro, infundiendo
en el alma de Telémaco coraje y esperanza, y avivando en su
mente el recuerdo de su padre. Al verla, sospechó el hijo de
Odiseo que no era un mortal con quien había hablado. Luego se
dirigió a los pretendientes:
—¡Soberbios pretendientes de mi madre! Dejen ya de gritar, y
escuchemos a Femio, nuestro aedo, cuya voz se compara con la
de los dioses, mientras disfrutamos del banquete. Cuando se
haga de día, iremos hasta el ágora, donde habrá una asamblea.
Allí les pediré que salgan del palacio, y que de aquí en más
celebren sus banquetes en sus casas, comiendo de sus propios
bienes. Pero si aun así siguieran consumiendo impunemente la
hacienda de mi padre, yo invocaré a los dioses, por si Zeus
concede que las acciones de ustedes sean castigadas, y quizás
un día mueran aquí en este palacio sin que nadie los vengue.
Los pretendientes, sorprendidos por la audacia con que
Telémaco había hablado, apenas atinaron a protestar; y luego,
por la noche, se marcharon a dormir a sus casas. Telémaco
subió a su habitación, acompañado por su nodriza, Euriclea,24
quien iba alumbrándole el camino. Una vez acostado en su
cómodo lecho, cubierto con un edredón de piel de oveja, pasó
toda la noche dando vueltas en su mente al plan que Palas
Atenea le había aconsejado.
Canto ii
Telémaco habla ante la asamblea. No bien surgió la hija de la
mañana, Eos,25 de dedos sonrosados, Telémaco salió de la
cama, y luego de vestirse se puso al hombro la afilada espada y
colocó en sus pies las hermosas sandalias, y semejante a un
dios en su fisonomía dejó la habitación. Acto seguido ordenó a
los heraldos26 que llamaran al ágora a todos los aqueos,27 que
muy pronto empezaron a acudir. Allá se dirigió, empuñando la
lanza de bronce y con dos perros que le seguían los pasos; en el
camino, Palas Atenea adornó su figura con la gracia de los
dioses, y cuando llegó al ágora, la gente lo miraba con
asombro. Allí ocupó la silla de su padre, puesto que los
ancianos le hicieron un lugar. Esa era la primera vez que se
convocaba a una asamblea, tras la partida de Odiseo. Telémaco
pidió la palabra, y Pisénor, el heraldo, puso el cetro28 en sus
manos:
—Habitantes de Ítaca: no los he convocado para hablar de un
asunto de orden público, sino de una desgracia que ha caído
sobre mi propio hogar. Pensándolo mejor, son dos mis
preocupaciones: que he perdido a mi padre, que reinaba sobre
todo su pueblo con amor paternal, ese ya es un hecho conocido;
pero ahora resulta que destruyen mi casa y acaban con mi
hacienda los crueles pretendientes de mi madre, los hijos de los
nobles itacenses, sin que ella lo consienta. Vienen todos los
días a mi casa, nos degüellan los bueyes, se comen las ovejas y
las cabras y beben locamente el rojo vino en banquetes sin fin,
aprovechando que no está Odiseo, que les haría frente si
estuviera. Les ruego, pretendientes de mi madre, por Zeus y por
Temis,29 que se avergüencen ante sus vecinos y se detengan en
su ultraje; de lo contrario, los perseguirá la ira de los dioses,
irritados por sus obras perversas.
Dicho esto, Telémaco, furioso, sufrió un ataque súbito de
llanto, y arrojó el cetro al suelo. Todo el pueblo, en silencio,
sintió piedad por él, y hasta los pretendientes se quedaron
callados, todos menos Antínoo, que era el más insolente, quien
contestó con aspereza:
—Telémaco, has hablado con palabras encendidas; modera tus
impulsos y deja de insultarnos. No tenemos la culpa de lo que
nos acusas: es tu madre quien nos ha dado falsas esperanzas,
que alienta con astucias. Hace tres años ya, y pronto vendrá el
cuarto, que teje una mortaja30 para que use Laertes, el padre de
Odiseo, el día de su entierro. “¡No se puede consentir, jóvenes
pretendientes, que a un hombre tan opulento se lo entierre sin
mortaja!”, nos decía. Así nos persuadió; pero más tarde
descubrimos que cada noche destejía todo lo que había tejido
en la jornada. Nos tuvo en el engaño mucho tiempo: tres años.
Sin embargo, finalmente la descubrió una esclava. Telémaco,
escucha la respuesta que les damos a ti y a los demás
ciudadanos: ordénale a tu madre que regrese a la casa de su
padre y que tome por esposo a quien él le aconseje y a ella más
le plazca.
—¿Cómo podría, Antínoo, expulsar de mi casa contra su
voluntad a quien me dio la vida y me crió? Quizá murió mi
padre, quizá vive. Hasta que no lo sepa, no pienso restituir la
dote de mi madre al viejo Icario. No fuera cosa que Odiseo
regresara y las odiosas Erinias31 se enojaran conmigo. Jamás
daré esa orden. Lo que les pido ahora es que salgan de mi casa,
y que coman la hacienda de otro hombre o la propia, si quieren
celebrar algún banquete.
Así dijo Telémaco, y Zeus le envió dos águilas que echaron a
volar desde la cima de un monte cercano. En el momento de
llegar al ágora, las aves giraron velozmente y miraron a todos a
la cara, en presagio32 de muerte, antes de desgarrarse con las
uñas la cabeza y el cuello; y luego se marcharon por la derecha,
encima de las casas, y a través de la ciudad.
Pie de imagen: Zeus con el águila. Vasija del siglo vi a. C.
El prodigio dejó a todos perturbados. El anciano Haliterses, que
sabía interpretar el vuelo de las aves, intentó señalarles sus
fechorías a los pretendientes. Pero estos no le hicieron caso y se
burlaron de él. Telémaco pidió de nuevo la palabra:
—Pretendientes, concédanme al menos una cosa: denme una
buena nave con veinte compañeros. Iré a Esparta y a la arenosa
Pilos, a recabar noticias de mi padre. Si me dicen que vive y
que va a regresar, aunque estoy afligido, soportaré todo esto un
año más; pero si llego a escuchar que él ha muerto, volveré
inmediatamente, le levantaré un túmulo, lo honraré con
exequias y casaré a mi madre.
Así dijo Telémaco, y luego tomó asiento. Una vez que hubo
hablado, se levantó el buen Méntor,33 amigo de Odiseo, y con
benevolencia arengó a los presentes:
—Habitantes de Ítaca, escuchen mis palabras. Ojalá ningún rey
los vuelva a gobernar con clemencia y justicia, ya que se han
olvidado de Odiseo, que reinaba sobre Ítaca con amor paternal.
Y, les pido que me crean, me enojan tanto los ultrajes de estos
orgullosos pretendientes como me indigna el resto de ustedes,
itacenses, que contemplan, sentados en silencio, cómo estos,
que son pocos, se salen con la suya, y no se animan a
reprenderlos.
Le respondió Leócrito, uno de los pretendientes:
—¿Qué cosas dices, Méntor, insensato? Tus palabras son
vanas, porque estos nada pueden hacer contra nosotros. Si
volviera Odiseo en persona e intentara expulsarnos de su casa,
poco se alegraría su mujer, que lo espera, pues allí mismo le
daríamos muerte. Que a Telémaco lo ayuden en su viaje
Haliterses y Méntor, amigos de su padre. Y si a mí me
preguntan mi opinión, no creo que Telémaco viaje a ninguna
parte. Seguramente permanecerá sentado aguardando noticias
de su padre. Ahora, regresemos cada uno a su casa.
Así dijo, y al instante concluyó la asamblea. Telémaco se fue
apenado a la playa y allí invocó a Atenea, lamentándose de lo
que había ocurrido en el ágora. La diosa de ojos glaucos
escuchó su plegaria y apareció ante él tomando la apariencia
del buen Méntor:
—Telémaco, tú no serás en el futuro cobarde ni imprudente, si
es que has heredado el carácter de tu padre. Vas a emprender tu
viaje. No te preocupes por los pretendientes, ni por sus
insolencias, ni por los planes que puedan tramar contra ti. Para
ellos, la muerte ya está cerca. Vete a tu casa ahora y dispón las
provisiones para el viaje, que yo me ocuparé de elegir una nave
y buscar tripulación.
Telémaco se prepara para el viaje. Tras oír a la diosa, Telémaco
fue a su casa, y encontró a los soberbios pretendientes que
desollaban cabras y asaban unos cerdos en el patio. Antínoo
nuevamente lo insultó, y el hijo de Odiseo, contrariado, bajó
hasta la bodega de su padre, en donde se guardaban oro,
bronce, vestidos y aromático aceite, y vasijas de un dulce vino
añejo, por si un día llegara a volver Odiseo a su casa. La
guardiana de todo era Euriclea, nodriza y despensera de la casa.
A ella le pidió Telémaco que preparara las provisiones para el
largo viaje. Pero la fiel nodriza rompió en llanto y le dijo:
—¡Hijo mío! ¿Por qué se te ha metido esto en la cabeza? ¿Para
qué quieres ir a tierras tan lejanas, siendo único hijo y tan
querido? Tu padre ha muerto lejos de su patria, y es seguro que
ahora los viles pretendientes van a prepararte una emboscada
para matarte y usurpar tu hacienda.
El prudente Telémaco le respondió a la anciana:
—Tranquilízate, que esto no lo he resuelto yo, sino que un dios
me ha aconsejado así. Prométeme una cosa: que no le dirás a
mi madre nada de este viaje, hasta que hayan pasado once o
doce días, o hasta que haya oído que partí.
Mientras tanto, Atenea había tomado el aspecto de Telémaco, y
estaba recorriendo la ciudad en busca de voluntarios honrados
que quisieran embarcarse, ordenándoles que al anochecer se
reunieran con él junto a la nave.
Cuando se hizo de noche, Atenea acudió al palacio de Odiseo y
les infundió el dulce sueño a los pretendientes, hasta tal punto
que las copas se les caían de las manos. Se apresuraron todos a
volver a sus casas a acostarse, y el sueño no tardó en cerrarles
los párpados.
Tomando la figura de Méntor, Atenea exhortó a Telémaco a
partir:
—¡Es momento, Telémaco! Te esperan ya tus compañeros en
los bancos, listos para remar, aguardando tus órdenes. Vamos,
no retrasemos más el viaje.
Una vez en la orilla, cargaron las vituallas en la nave. El hijo de
Odiseo tomó asiento en la popa, y a su lado se ubicó Atenea,
mientras los compañeros quitaban las amarras y ya se
disponían en los bancos. La diosa de ojos glaucos les envió un
viento próspero, el Céfiro, que sobre el mar vinoso soplaba
suavemente. Cuando ya se alejaban de la costa, hicieron
libaciones34 a los dioses, en especial a Palas Atenea. Y la nave
siguió el curso establecido durante toda la noche y la siguiente
aurora.
Canto iii
Telémaco en Pilos. El sol ya se elevaba tras surgir de la
hermosa laguna,35 por el cielo de bronce, llevándoles la luz a
dioses y a hombres, cuando arribó Telémaco con su tripulación
a la arenosa Pilos, la ciudad construida por Neleo.36 Hallaron
en la orilla a los pilios, que hacían sacrificios a Poseidón, el
dios que sacude la tierra: había nueve grupos de quinientos
hombres, y cada grupo estaba sacrificando nueve toros negros.
Telémaco y los suyos anclaron en el puerto y saltaron a tierra,
Atenea primero, y Telémaco después. La diosa de ojos
glaucos dijo así:
—Telémaco, ya no debes mostrar vergüenza en cosa alguna,
tras cruzar el océano buscando información sobre tu padre. No
te demores. Pregúntale directamente a Néstor, domador de
caballos; veamos qué noticias tiene para darte.
A esto dijo Telémaco:
—Méntor, ¿cómo podría acercarme hasta él? ¿Cómo podría ir a
saludarlo? Aunque yo soy discreto, cualquier joven sentiría
vergüenza de interrogar a un viejo.
Y repuso la diosa:
—Algunas cosas se te ocurrirán por sí solas y otras te las
inspirará un dios, pues has nacido y te has criado con el favor
de los dioses. De eso estoy seguro.
Pie de imagen: Atenea, bajo la figura de Méntor, acompaña a
Telémaco en Pilos.
Ilustración de John Flaxman, 1810.
Luego de este diálogo, emprendieron la marcha guiados por la
diosa, hasta llegar al sitio donde estaban reunidos los varones
de Pilos. Allí se había sentado Néstor junto a sus hijos, y en
torno a él los pilios preparaban un festín de abundante carne
asada. Apenas vieron que tenían huéspedes, los pilios se
acercaron para estrechar sus manos. Pisístrato, que era uno de
los hijos de Néstor, se adelantó a los otros. Los saludó y los
invitó al banquete, y señaló unas pieles donde tomar asiento
junto a su padre Néstor y a su hermano Trasimedes. Pisístrato
sirvió una copa de vino y se la dio a Atenea,
—Alza tus ruegos, huésped mío, al soberano Poseidón, puesto
que celebramos en su honor este banquete. Tras libar de la
copa, y hecho el ruego, pásale el dulce vino a tu compañero
para que también él pueda beber, invocando a los dioses
inmortales, porque todos los hombres necesitan la ayuda de los
dioses.
Telémaco habla con Néstor. Tras realizar las libaciones, Atenea
y Telémaco comieron y bebieron a sus anchas. Una vez que
estuvieron satisfechos, así les
habló Néstor:
—Ahora que han comido y han bebido, la ocasión es propicia
para interrogarlos. ¿Quiénes son, forasteros? ¿De dónde vienen,
tras navegar por los húmedos caminos? ¿A qué se debe su
visita?
El prudente Telémaco, a quien la diosa de ojos glaucos había
infundido coraje para que preguntara sobre el padre y
adquiriese gloriosa fama entre los hombres, respondió:
—Nos preguntas, ¡oh Néstor!, de dónde hemos venido, y yo te
lo diré: de Ítaca, situada al pie del monte Neyo, y lo que aquí
nos trae no es un asunto público, sino particular. De todos los
guerreros que lucharon en Troya se sabe el paradero: algunos
están muertos y otros viven. Sin embargo, la suerte de Odiseo,
mi padre, Zeus nos ha prohibido conocerla: nadie puede
decirnos claramente en dónde pereció, si en el mar o en la
tierra. Por eso abrazo tus rodillas, Néstor, por si pudieras darme
información sobre su muerte.
A esto respondió el insigne Néstor:
—¡Hijo mío! ¡Qué recuerdos me vienen a la mente de todas las
desgracias que sufrimos los aqueos en la ciudad de Príamo!37
Los mejores guerreros que teníamos hallaron la muerte allí:
yacen en
Troya el valeroso Áyax,38 y Aquiles39 y Patroclo.40 Allí
también encontró la muerte Antíloco, mi hijo. Padecimos
desgracias incontables en esos nueve años; y durante el asedio,
no hubo ningún otro que igualase en prudencia a tu padre
Odiseo. Jamás tuvimos entredicho alguno, y siempre
aconsejamos con sensatez a los demás aqueos, que a veces
desoyeron nuestras reconvenciones: algunos de ellos
cometieron impiedades y desataron la cólera divina. Algunos
de los nuestros, terminada la guerra, partieron enseguida. Otros
permanecimos en la playa, haciendo sacrificios a los dioses,
con el fin de aplacarlos. Aquella fue la última vez que vi a tu
padre. Embarqué con los míos y puse rumbo a Pilos: los dioses
han querido mi regreso. Solo sé de los otros que el rubio
Menelao volvió a casa, y que Agamenón murió, asesinado por
el cruel Egisto. ¡Qué suerte, para un muerto, si llega a dejar un
hijo! Porque Orestes mató a Egisto, y de ese modo vengó a
Agamenón. Seguramente tú, que tanto te pareces a tu padre,
estarás a su altura.
Le respondió Telémaco:
—¡Oh Néstor! Con justicia tomó venganza Orestes. Los aqueos
difundirán sus hechos y lo cubrirán de gloria. Ojalá a mí los
dioses me infundieran fuerzas para vengarme de los
pretendientes que me insultan y traman maldades contra mí.
Dijo el insigne Néstor:
—Ha llegado a mis oídos la noticia de que los pretendientes de
tu madre cometen atropellos en tu casa. ¿Quién sabe si tu padre
los
vengará algún día? Ojalá que la diosa de ojos glaucos, la divina
Atenea, te asista como antes hizo con Odiseo. Pero no pierdas
tiempo. Vuelve ahora a la nave y dirígete a Esparta, a visitar al
rubio Menelao; o si acaso prefieres ir por tierra, aquí tienes un
carro con corceles. Mis propios hijos te acompañarán.
Luego de estas palabras, cayó el sol y se hizo de noche. Al
notar que Telémaco y la diosa se disponían a volver al barco,
Néstor los retuvo:
—Que Zeus no permita que duerman en la nave, cuando en mi
casa no faltan lechos ni lindas colchas. El hijo de Odiseo no
dormirá en las tablas de la cubierta mientras yo viva o queden
mis hijos en mi casa para honrar a mis huéspedes.
Así dijo Atenea, la de los ojos glaucos:
—Has hablado bien, anciano, y es conveniente que Telémaco te
obedezca. Él te seguirá a tu casa para pasar la noche. Yo
volveré a la nave, junto a los compañeros, a fin de darles ánimo
y dejar todo listo. Dormiré allí unas horas, y no bien amanezca
me marcharé al país de los caucones, donde tengo una deuda
por cobrar. Tú envía al muchacho a Esparta, con uno de tus
hijos; dale tu mejor carro y los caballos más fuertes y veloces.
Pie de imagen: El asesinato de Agamenón a manos de Egisto y
Clitemestra.
Copa ateniense del siglo v a. C.
La partida de Atenea. Dicho esto, la diosa se transformó en un
águila, y se marchó volando, para maravilla de todos. El
anciano, perplejo por lo que
había visto, pronunció estas palabras:
—¡Amigo! Ya no temo que puedas ser cobarde o débil en el
futuro, puesto que siendo tan joven te acompañan los dioses.
Porque esa no era otra que Palas Atenea, que siempre estuvo al
lado de tu padre.
Y cuando se mostró Eos, de dedos sonrosados, hija de la
mañana, Néstor sacrificó junto a sus hijos una hermosa novilla
a Palas Atenea, que le había hecho un honor tan grande al
visitar su casa. Una vez celebrado el sacrificio, les ordenó a sus
hijos preparar los caballos y el carruaje, y pidió a la despensera
que trajera provisiones dignas de los reyes. Telémaco subió al
excelente carro, y junto a él iba Pisístrato. Este tomó las riendas
y azotó a los caballos, que partieron surcando la llanura.
Al arribar a Feras, el sol ya se ponía. Allí durmieron esa noche,
hospedados por Diocles, quien los recibió con gusto. Pero al
amanecer prepararon nuevamente el carro y se pusieron en
camino, y al fin de la jornada llegaron a una fértil llanura donde
el viaje terminaba: tan rápido corrían los caballos.
Y luego el sol se puso, y las sombras cubrieron los caminos.
Canto iv
Telémaco en Esparta. Apenas llegaron a Esparta, la de valles
profundos, dirigieron sus pasos al palacio del rubio Menelao,
quien se encontraba allí con amigos, festejando las bodas de su
hijo y las de su hija. Mientras todos gozaban del banquete, un
aedo divino cantaba acompañado de la cítara, y un dúo de
bailarines recorría la sala al ritmo de la música entre la
muchedumbre, como entretenimiento. Al notar la presencia de
los dos compañeros, los hicieron sentar y les sirvieron
abundante comida y rojo vino. El rubio Menelao, saludándolos
con la mano, les
dijo estas palabras:
—Coman y regocíjense. Después que hayan comido nos dirán
quiénes son entre los hombres, pues se advierte que son hijos
de reyes por su estampa y figura.
Dicho esto, les dio a probar un trozo de suculento lomo asado,
que solo a él le habían servido. Los jóvenes comieron y
bebieron, y cuando se saciaron, Telémaco acercó la cabeza a
Pisístrato para no ser oído, y le dijo estas cosas:
—¡Observa, hijo de Néstor, buen amigo, cómo reluce el bronce
en el palacio, a la par del ámbar, la plata y el marfil! Así debe
de ser por dentro la morada del olímpico Zeus.
El rubio Menelao oyó lo que decían y los amonestó:
—¡Hijos míos queridos! ¡Ningún mortal se puede comparar
con el divino Zeus, cuya hacienda es eterna! Es cierto, sin
embargo, que entre los hombres no hay quien me aventaje en
riquezas, tantos son los tesoros que traje en mis navíos, tras
pasar muchas penas y andar errante mucho, por Chipre, por
Egipto, por Fenicia, por Libia, por Sidón, por Etiopía, al
regreso de Troya. Pero ojalá viviera en mi palacio con la
tercera parte de mis bienes, con tal de que se hubiesen salvado
los que hallaron la muerte en la ciudad de Príamo. Por todos
me entristezco, pero por nadie lloro como por Odiseo, el que
más sufrió de todos. Seguramente penan por él su viejo padre,
Laertes, la discreta Penélope y Telémaco, su hijo, a quien dejó
recién nacido en casa.
Menelao y Helena reconocen a Telémaco.
Así habló y en Telémaco se despertó el deseo de llorar, al
escuchar que hablaban de su padre. Rodó por sus mejillas una
lágrima, y levantó el muchacho el manto color púrpura, para
cubrirse el rostro. No dejó de advertirlo Menelao, y meditó en
su mente si debía esperar a que Telémaco mencionara a su
padre, o si sería mejor interrogarlo.
Entretanto, su esposa, la bellísima Helena, salió de su aposento
perfumado y tomó asiento al lado de él. Al ver a los dos
jóvenes, interrogó a su marido de este modo:
—¿Sabemos, Menelao, quiénes son esos hombres que han
llegado hasta nuestra morada? Quizá me equivoque, pero nunca
he visto un parecido semejante, en mujer, hombre o niño, como
el que guarda este joven con Odiseo.
A lo que contestó el rubio Menelao:
—Ya se me había ocurrido lo que estás sugiriendo. Sus pies,
sus manos, su mirada, la cabeza y los cabellos son los mismos
de aquel. Y además, hace un rato, recordando a Odiseo, vi
cómo lagrimeaba este muchacho; de hecho, se cubrió con el
purpúreo manto para evitar ser visto.
Luego dijo Pisístrato:
—¡Oh Menelao, conductor de pueblos! Este que ves, por cierto,
es Telémaco, el hijo de Odiseo. Pero, como es discreto y
decoroso, ha sentido pudor de hablar en tu presencia. Con él
me envía Néstor, mi padre, pues Telémaco busca tu consejo.
Muchos males padece en casa el hijo cuyo padre está ausente,
si no hay nadie que lo auxilie, como le ocurre a él: su padre
falta en Ítaca, y no hay en todo el pueblo quien lo asista en la
desgracia.
Contestó Menelao:
—¡Oh dioses! Ha llegado a mi morada el hijo del varón amado
que por mí sostuvo tantas luchas, y a quien yo había prometido
honrar por encima de todos los aqueos, si acaso llegaba a
regresar. Yo le habría asignado una ciudad, en Argos, para que
la habitase y se hiciera un palacio, y trajera a los suyos y a su
pueblo, para que nos reuniéramos seguido. Y habríamos sido
siempre amigos y felices, sin que nada pudiera separarnos, a
excepción de la muerte, si algún dios envidioso no lo hubiera
privado, a él y solo a él, de volver a la patria. He visto muchas
tierras y conocido diferentes pueblos, pero nunca vi a nadie
como él, ninguno con su corazón y con su ingenio. ¡Las
hazañas que en Troya realizó! Lo último que supe de él es que
se hallaba prisionero en la isla de Calipso. El anciano Proteo,41
que habita cerca de la costa egipcia, me lo hizo saber, cuando
yo regresaba con mis naves, tras afrontar peligros incontables.
Acto seguido, el rubio Menelao les contó su regreso, plagado
de peligros y penurias. Cuando al fin su relato concluyó, se
había hecho muy tarde, y Helena encomendó a sus esclavas que
dispusieran camas para los invitados. En ellas se acostaron
Telémaco y Pisístrato. Y el rubio Menelao y la divina Helena se
fueron a su cuarto.
No bien se mostró Eos, de dedos sonrosados, hija de la mañana,
Menelao se levantó del lecho y fue a sentarse al lado de
Telémaco. Luego de saludarlo, le dijo estas palabras:
—Quédate en mi palacio algunos días más. Luego te irás
repleto de regalos: tres caballos, un carro espléndido, una copa
labrada para que hagas libaciones a los dioses inmortales y te
acuerdes de mí todos los días.
A lo cual el discreto Telémaco repuso:
—Yo pasaría un año junto a ti sin extrañar mi casa ni a mis
padres: tan gratas son para mí tus palabras. Pero no me
retengas, porque mis compañeros deben de estar impacientes
en la arenosa Pilos. Los caballos que ofreces te los agradezco
mucho, pero no voy a llevarlos: solo hay cabras en Ítaca, no es
tierra de caballos.
Así habló Telémaco, y el rubio Menelao le hizo una caricia en
la cabeza y dijo:
—Hijo mío, se muestra en tus palabras que eres de sangre
noble. Te daré otro regalo, el objeto más hermoso y más caro
que hay en mi palacio: una vasija de plata bien labrada, con los
bordes de oro, obra de Hefesto,42 que me dio el héroe Fédimo,
el rey de los sidonios, cuando volvía a casa y me detuve en sus
tierras. Es eso lo que quiero regalarte.
Mientras así decían, los invitados iban arribando al palacio.
Unos traían ovejas y otros, vino, que reconforta el ánimo. Sus
esposas venían con el pan, adornadas las cabezas con
espléndidas cintas. Así se preparaba la comida.
Los pretendientes traman un plan.
En Ítaca, mientras tanto, en el palacio de Odiseo, se divertían
los viles pretendientes lanzando jabalinas y discos en el patio.
Antínoo y Eurímaco, que por su linaje eran los cabecillas,
permanecían
sentados. Noemón, hijo de Fronio, quien le había prestado a
Telémaco la nave, se acercó adonde estaban y le preguntó a
Antínoo:
—Antínoo, ¿sabemos por ventura cuándo piensa volver
Telémaco de Pilos? Se marchó con mi nave y ahora la necesito.
Se quedaron atónitos cuando escucharon esto, dado que no
sabían del viaje de Telémaco. Al fin contestó Antínoo:
—Responde y sé sincero. ¿Cuándo se fue y con quiénes?
Replicó Noemón:
—Iban con él los jóvenes más destacados del pueblo. Los
lideraba Méntor… o tal vez fuera un dios, puesto que ayer lo vi
por aquí nuevamente, y eso que ya había partido la nave de
Telémaco.
Dichas estas palabras, Noemón se marchó. Antínoo y
Eurímaco, con ánimo irritado, llamaron a los otros, que dejaron
sus juegos para oírlos. Así les habló Antínoo, colérico, con
fuego en la mirada:
—¡Oh dioses! ¡Gran proeza ha logrado Telémaco con
semejante viaje! ¡Decíamos nosotros que sería incapaz de
realizarlo! A pesar de que somos numerosos, se fue el
muchachito y consiguió reunir a los mejores en su tripulación.
De aquí en más deberíamos precavernos de él; ojalá quiera
Zeus acabar con su vida antes de que madure. Pero, ¡vamos!,
busquemos una nave con veinte tripulantes; procuraré tenderle
una emboscada, de modo que, al regreso, en el estrecho que
separa de Ítaca a la escarpada Samos, encuentre su final.
Así les dijo Antínoo, y todos aprobaron sus palabras y
alentaron sus propósitos.
Sin embargo, Penélope no tardó en enterarse de sus planes.
Creía que Telémaco había ido al campo, tal como
acostumbraba. No bien tuvo noticia de lo que sucedía, el
corazón se le llenó de angustia y ya no pudo contener el llanto.
Cuando logró calmarse, se puso ropas limpias, y se marchó a su
cuarto junto a sus criadas. Tras llenar una cesta con granos de
cebada, le dirigió esta súplica a Palas Atenea:
—¡Óyeme, hija de Zeus, tú que llevas la égida!43 Si alguna vez
te hizo sacrificios el astuto Odiseo dentro de este palacio, no te
olvides de ellos y protege a mi hijo, y aparta de él a los
perversos y orgullosos pretendientes.
Aquella misma noche, la diosa de ojos glaucos apareció en sus
sueños, tomando la figura de una hermana de Penélope, Iftima,
y le habló de esta forma:
—Penélope, no temas. Los dioses no quieren que llores y te
angusties. Tu hijo va a volver, pues nunca ha cometido ofensa
contra ellos: Atenea ha escuchado tus plegarias.
No bien le dijo esto, la figura de Iftima se disipó en el aire, y
por la cerradura de la puerta dejó la habitación. Se despertó
Penélope, aliviada, puesto que un sueño claro la había visitado
entre las sombras de la noche.
Pie de imagen: Atenea se presenta en sueños a Penélope bajo la
figura de Iftima.
Ilustración de John Flaxman, 1810.
Mientras tanto, los viles pretendientes se habían embarcado, y
surcaban la líquida llanura, meditando en su ánimo la muerte
de Telémaco. Hay en el mar, entre Ítaca y la escarpada Samos,
una isla pedregosa a la que llaman Ásteris: allí se emboscaron
los pretendientes aguardando a Telémaco.
Canto v
Nueva asamblea de los dioses.
Eos se levantaba de su lecho, dejando que Titón44 les llevara la
luz a mortales e inmortales, cuando los dioses convocaron a
asamblea, presidida por Zeus, el que truena en el cielo. Atenea,
trayendo a la memoria las muchas peripecias de Odiseo, les
contó a las deidades cómo el héroe se hallaba prisionero en el
palacio de la ninfa Calipso:
—¡Padre Zeus! ¡Felices dioses inmortales! Ojalá ningún rey
vuelva a gobernar a los itacenses con clemencia y justicia, pues
ninguno de ellos se acuerda del divino Odiseo, que reinaba en
la isla con amor paternal. Se encuentra prisionero en una isla,
cautivo en el palacio de la ninfa Calipso; el regreso a la patria
es imposible, porque le faltan naves y una tripulación que lo
conduzca por las anchas espaldas del océano. Y por si fuera
poco, los crueles pretendientes de su esposa buscan matar al
hijo, que ha ido a la sagrada Pilos y luego, a Esparta en busca
de noticias de su padre.
Esto contestó Zeus, que amontona las nubes:
—¿Qué tonterías son esas, hija mía? ¿No habíamos convenido
que Odiseo volviera y se vengara de ellos? Acompaña a
Telémaco para que vuelva sano y salvo a casa, y que los
pretendientes en la nave tengan que regresar sin cumplir su
objetivo.
Dirigiéndose a Hermes, su hijo amado, le habló de esta manera:
—Ya que eres mensajero, ve a casa de Calipso y dile que los
dioses han decretado esto: que Odiseo regrese a su morada.
Volverá en una balsa, sin ayuda de hombres o de dioses. Pasará
por la tierra de los feacios, quienes le harán honores,
brindándole una nave cargada de riquezas para volver a Ítaca.
Su destino es regresar entre los suyos.
El mensajero Hermes no desobedeció el pedido de su padre: se
colocó en los pies las hermosas sandalias de oro con que podía
volar sobre la tierra y el océano, rápido como el viento;
empuñó su cayado con el que era capaz de dormir o despertar
los ojos de los hombres, y luego emprendió el vuelo a toda
prisa, como hacen las gaviotas cuando pescan, mojándose las
patas en su vuelo rasante.
El mensaje de Hermes. Cuando llegó a la isla de Calipso,
prosiguió su camino hasta la vasta gruta que ella tenía por casa.
Rodeaba su morada un fértil bosque, y aves de todo tipo
anidaban en las ramas de los árboles. Junto a la honda cueva
había una hermosa viña cargada de racimos. Manaban cuatro
fuentes cristalinas, que regaban los frescos prados de violetas
que había alrededor. Era tan agradable el panorama, que
hasta un dios que llegara a esos parajes se habría maravillado.
Halló a Calipso en casa. Adentro de la gruta, ardía en el hogar
un fuego acogedor, y el cedro al chamuscarse perfumaba el
ambiente. Al tiempo que tejía, Calipso entonaba una canción
con melodiosa voz. Pero no encontró allí a Odiseo, que lloraba
en la playa con los ojos fijos en el océano.
No bien vio entrar a Hermes, Calipso supo quién era él, pues
por lejos que vivan unos de otros, los dioses siempre se
conocen entre sí.
Hizo sentar al mensajero, y le sirvió ambrosía y rojo néctar.45
Una vez que comió y bebió, le dijo esto:
—¿Por qué, querido Hermes, vienes a mi morada, cuando antes
no solías frecuentarla?
Y Hermes le contestó:
—No es por mi voluntad que te visito, sino siguiendo órdenes
de Zeus. Él dice que contigo hay un varón, el más infortunado
de cuantos combatieron en la guerra de Troya durante nueve
años. El viento y el oleaje lo trajeron aquí cuando intentaba
regresar a casa. Zeus te ordena que lo dejes ir, puesto que su
destino no es morir lejos de su familia, sino verlos de nuevo y
regresar.
Se estremeció Calipso y respondió:
—¡Qué crueles y celosos son los dioses! Se irritan contra mí
porque amo a un mortal, cuando Orión46 amó a Eos, y la diosa
Deméter a Yasión,47 y cuando quien hundió la nave de Odiseo
en el océano no fue otro que Zeus.48 En el medio del mar
murieron todos sus compañeros: no quedó ninguno. Él llegó
aquí solo, traído por el viento y el oleaje. Yo misma lo cuidé y
lo alimenté, y le hice la promesa de una vida eterna si decidía
quedarse junto a mí. Pero no me es posible contrariar los
designios de Zeus. Dejaré que se marche como me has
ordenado, aunque antes le diré cómo llegar a tierra sano y
salvo.
Calipso y Odiseo. Así dijo Calipso, y Hermes se marchó con la
tarea cumplida. La ninfa fue a la playa, donde encontró a
Odiseo llorando sin cesar: anhelaba el regreso, y aunque
Calipso estaba enamorada de él, no la correspondía. Se pasaba
los días sentado en unas rocas de la playa,
con los ojos clavados en vano en el océano, llorando y
suspirando.
Pie de imagen: Odiseo y Calipso. Pintura de Arnold Böcklin,
1883.
Ella le habló de esta manera:
—Desdichado Odiseo, no te lamentes más ni consumas tu vida
de esta forma, puesto que gustosamente dejaré que partas.
Corta grandes maderos y ensámblalos con bronce para hacerte
una balsa. Yo la llenaré con pan y agua y rojo vino, que
regocija el ánimo, y te daré vestidos para cubrir tu cuerpo. Haré
que sople un viento favorable que te lleve a tu patria sano y
salvo, si lo quieren los dioses de ese modo.
Al oír a la ninfa, el prudente Odiseo se estremeció y le dijo:
—Diosa, seguramente tramas algo, y no creo que sea mi
partida, enviándome a surcar en una frágil balsa los abismos
del mar, terrible
y peligroso, que otras naves de buenas proporciones y velas, a
las que el mismo Zeus asistió con su soplo, no han logrado
cruzar tan fácilmente. No subiría a tu balsa, salvo que me
juraras que no tramas causarme ningún mal.
La diosa le sonrió y le acarició la mano, diciendo estas
palabras:
—Eres astuto, por cierto. Por Gea49 y por el cielo que la cubre,
y por las aguas subterráneas de la Estigia,50 juro que no
maquino contra ti ningún daño. Ese es el juramento más
solemne que puede hacer un dios. Es cierto que quisiera tenerte
aquí conmigo para siempre, pero también entiendo que deseas
regresar con tu esposa y con los tuyos.
Y le dijo Odiseo:
—Bien sabes que Penélope, que es de sangre mortal, no puede
competir en hermosura y gracia contigo. Sin embargo, yo añoro
día a día regresar a mi casa con los míos.
Así habló, y mientras tanto sobrevino la noche. Se fueron a
acostar, disfrutando los goces del amor, y cuando salió el sol
dieron comienzo a los preparativos. Cuatro días después, la
balsa estaba lista. Al quinto día Calipso dejó que Odiseo se
marchara, no sin antes lavarlo y vestirlo con ropas perfumadas,
y enviarle una brisa favorable.
Él desplegó las velas, contento, y navegó en el mar por
diecisiete días. Al día dieciocho, ya era capaz de ver los montes
del país de los feacios.
La tempestad.
Pero hete aquí que Poseidón volvía entonces de Etiopía, y pudo
ver de lejos a Odiseo. El dios, lleno de cólera, sacudió la
cabeza y se dijo a sí mismo:
—Parece que los dioses han cambiado de idea con respecto a
Odiseo mientras yo me hallaba ausente. Ya está cerca del país
de los
feacios, donde el destino quiere que se libre de todos sus
pesares. Pero sospecho que le queda aún un sufrimiento más.
Eso dijo, y echando mano a su tridente51 juntó las nubes y
agitó las olas, e hizo soplar un viento huracanado. Cubrió el
mar y la tierra con nubes de tormenta, y de un momento a otro
sobrevino la noche, al tiempo que unas olas gigantescas
sacudían la barca de Odiseo, quien se quejó amargamente en
medio de la tempestad:
—¡Ay! ¿Qué será de mí? Parece que las predicciones de la
diosa han sido equivocadas. Ahora me espera una terrible
muerte. Ojalá hubiera perecido yo con los otros que cayeron en
Troya: habría sido mejor que este final sin gloria.
Mientras decía esto, una ola gigantesca tumbó la embarcación.
El héroe fue arrojado en medio del océano, mientras un
torbellino destruía la nave. Permaneció Odiseo hundido mucho
tiempo. Cuando al fin emergió, escupiendo agua amarga,
atravesó las olas y se asió a los restos de la balsa, que era
arrastrada por la corriente a su antojo.
Así lo encontró Ino,52 la de los bellos pies, que había sido
mortal, y ahora vivía en las profundidades del océano.
Apiadándose de él, surgió de las aguas y se posó en la balsa a
su lado, diciendo estas palabras:
—¡Desdichado! ¿Por qué Poseidón, que sacude la tierra, se ha
enojado contigo de este modo? Pero por mucho que lo intente,
no logrará causarte daño. Haz lo que te digo: quítate esos
vestidos, abandona la balsa a merced de los vientos y nada
hasta la costa. Este velo inmortal que voy a darte extiéndelo
debajo de tu pecho y ya no temas: no bien llegues a tierra,
despójate de él y arrójalo en el mar.
Tras darle el velo, Ino se sumergió en las aguas. En ese mismo
instante, Poseidón levantó una ola colosal que cayó sobre el
héroe. Aferrado a un madero, se quitó los vestidos que le había
obsequiado Calipso y extendió el velo de Ino debajo de su
pecho.
Dos días con sus noches anduvo así, perdido por el mar, hasta
que al fin, al alba del tercero, las aguas se calmaron y pudo ver
la tierra. Cuando ya parecía que llegaba a la orilla, una ola
gigante lo arrojó contra las rocas; se habría hecho pedazos si
Atenea no hubiera intervenido, infundiéndole la idea de
aferrarse a una saliente. Cuando pasó la ola, siguió nadando en
busca de una playa, hasta que llegó por fin a la boca de un río,
en donde elevó una súplica:
—¡Óyeme, dios del río, quienquiera que seas! He llegado hasta
ti escapando del mar embravecido: el que trama mi ruina es
Poseidón.
El río lo aceptó y lo llevó en su seno hasta la orilla. Se
encontraba agotado: le faltaba el aliento, tenía el cuerpo
hinchado, y de su boca y su nariz manaba agua salada. Cuando
al fin respiró y pudo volver en sí, se quitó el velo y lo arrojó en
el río. Se lo llevó una ola hacia el océano, y pronto estuvo en
manos de Ino nuevamente.
Entonces Odiseo se apartó del río, se inclinó al lado de unos
juncos y besó la tierra. Agotado, se puso a buscar dónde
dormir, y se tendió entre dos arbustos. Luego se cubrió con
unas hojas verdes y Atenea derramó el sueño sanador sobre sus
párpados, para que descansara de sus tribulaciones.
Canto vi
El sueño de Nausícaa.
Mientras así dormía el paciente Odiseo, rendido por el sueño y
el cansancio, Atenea se dirigió a la ciudad de los feacios, donde
reinaba Alcínoo, a fin de acelerar el regreso del héroe. Cuando
llegó al palacio, entró en la habitación donde dormía una
muchacha hermosa, semejante a los dioses en belleza: era
Nausícaa, hija del rey Alcínoo. Las hojas de la puerta estaban
entornadas, pero la diosa de los ojos glaucos se coló por la
hendija como un soplo de viento y se ubicó junto a la cabecera
de la cama. Tomando la figura de la hija de Dimante, que era
una amiga suya, y de su misma edad, le dijo estas palabras:
—Nausícaa, ¿cómo puedes ser tan perezosa? Has descuidado
tus espléndidos vestidos, y ya está cerca el día de tu boda, en
que tendrás que ataviarte con tus mejores ropas y deberás vestir
a tu cortejo de manera acorde. Vayamos, pues, cuando despunte
el alba, a lavar tus vestidos en el río. No seguirás soltera mucho
tiempo. Te pretenden los más nobles de los feacios. Apenas
amanezca, dile a tu padre que te preste un carro para llevar tus
ropas a lavar, que el río queda lejos.
Dichas estas palabras, la diosa de ojos glaucos se encaminó
Eos, de bello trono, llegó enseguida y despertó a Nausícaa, de
hermosa cabellera. Admirada del sueño que acababa de tener,
corrió por los salones del palacio en busca de sus padres, para
poder contárselo. Su madre, junto al fuego, tejía lana púrpura,
rodeada de sus siervas, y el padre se aprestaba para ir a reunirse
en consejo con los nobles feacios. Dijo Nausícaa a Alcínoo:
—¿Podrías ordenar, querido padre, que me preparen un
carruaje sólido, para que vaya al río a lavar mis vestidos? Y los
tuyos también, puesto que te conviene estar bien ataviado
cuando celebras asamblea con los más insignes entre los
feacios. Mis hermanos también tienen necesidad de ropa
limpia, y yo soy quien se encarga de lavarla.
Así dijo Nausícaa, sin atreverse a hablar de casamiento. Pero su
padre, comprendiendo todo, le otorgó de inmediato lo que le
pedía. Ordenó a los criados que prepararan el carruaje de
inmediato, y pronto la princesa y sus doncellas se pusieron en
camino.
El despertar de Odiseo.
Ya en la orilla del río, de límpida corriente, desuncieron las
mulas y las dejaron que pastaran libres. Descargaron el carro y
lavaron la ropa en las aguas profundas, y luego las tendieron
encima de las rocas de la playa, para que se secaran. Acto
seguido se bañaron ellas, se perfumaron con lustroso aceite, y
se pusieron a comer, sentadas en la orilla del río. Después de la
comida, Nausícaa y sus criadas se quitaron el velo para jugar a
la pelota un rato. Mientras jugaban, la de brazos níveos,
Nausícaa, entonó un canto.
En eso la princesa le arrojó la pelota con demasiada fuerza a
una de sus criadas y erró el pase, haciendo que el balón fuera a
parar al río. Las mujeres a coro se pusieron a gritar y el bullicio
despertó al divino Odiseo, que pensó: “¿Qué clase de personas
habitan esta tierra? ¿Serán violentos y salvajes, o acaso serán
hospitalarios y sentirán respeto por los dioses? Y aquellas
voces de mujer que oigo ¿pertenecerán acaso a ninfas?”.
Pie de imagen; Nausícaa y sus criadas juegan a la pelota,
mientras Atenea vigila.
Ilustración de John Flaxman, 1810.
Mientras meditaba estas cosas, Odiseo salió de su escondite
entre aquellos arbustos y cortó una rama frondosa para cubrir
su desnudez. Así, como un león salvaje, se apareció ante las
doncellas. Ellas se asustaron mucho al verlo en ese estado,
sucio y casi desnudo, con la piel arrugada por el sol y la sal, y
con el cabello revuelto. Y todas escaparon, menos Nausícaa,
porque Atenea le infundió valor. Odiseo dudaba entre
implorarle de lejos o abrazarse a sus rodillas.53 Al final decidió
hablarle a la distancia, no fuera que Nausícaa lo juzgara
atrevido:
—¡Oh reina, yo no sé si eres diosa o mortal, pero atiende mi
súplica! Si eres diosa, te encuentro muy parecida a Ártemis,54
por tu hermosura y porte; si eres mortal, ¡dichosos son tu padre,
tu madre y tus hermanos! Sus corazones deben rebosar de
alegría cuando te ven bailar. De todos modos, estoy seguro de
que el más dichoso será quien te despose y te lleve a su casa.
Es tanta tu belleza que no me atrevo a ir adonde estás y abrazar
tus rodillas como suelen hacer los suplicantes, aunque me
abruma una terrible pena. Ayer logré salir de las garras del mar,
después de
veinte días de penurias, a merced de las olas y los vientos,
desde que en una balsa me alejé de la isla de Ogigia. Ahora el
destino me ha traído hasta aquí y tú eres la primera persona que
me encuentro. Te ruego que me des algo para que cubra mis
vergüenzas. ¡Y que te proporcionen los dioses todo lo que
deseas: un esposo, familia y la felicidad!
Le contestó Nausícaa, la de brazos de nieve:
—Forastero, ya que no me pareces insensato ni vil, debes saber
que el padre Zeus distribuye la dicha entre los buenos y los
malos, y si te dio estas penas, tendrás que soportarlas con
paciencia. Ahora que has llegado a esta ciudad, no va a faltarte
nada, ni ropa ni comida: has venido al país de los feacios,
donde gobierna Alcínoo, que es mi padre.
Así habló. Acto seguido les pidió a las criadas que le dieran
una muda de ropa, y algo de comer y de beber. Estas
obedecieron y le dieron un manto y una túnica. El divino
Odiseo les pidió a las mujeres que se alejaran, pues sentía gran
vergüenza de mostrarse desnudo en su presencia. Luego de
esto, se bañó en el río y se quitó de los anchos hombros la sal
del mar. Y luego de lavarse bien el cuerpo, se vistió con la ropa
que le dieron. Y la diosa Atenea hizo que pareciera más alto y
más fornido, y embelleció su rostro, derramando la gracia sobre
él. Así, resplandeciente de belleza, comió con avidez, puesto
que hacía mucho que no probaba bocado.
Las instrucciones de Nausícaa.
Mientras tanto, Nausícaa dobló y guardó la ropa, volvió a
enganchar las mulas al carro y, tras montar, llamó a Odiseo:
—Forastero, levántate: vamos a la ciudad, donde te llevaré a la
casa de mi padre. Y como eres discreto, voy a pedirte algo: que
no subas conmigo en el carruaje, sino que vayas caminando
atrás, junto con las criadas, para evitar los chismes. Pues en los
pueblos siempre hay malas lenguas, y tal vez cuando vean que
vienes con nosotras se pregunten: “¿Quién es este extranjero
tan apuesto que acompaña
a Nausícaa? ¿Ha encontrado marido en otra parte? ¿Será por
eso que desdeña a los feacios que pretenden tomarla por
esposa?”. Haz lo que yo te diga: marcha detrás del carro junto
con las criadas, y a poco de llegar a la ciudad, cuando veas un
bosque de álamos, aguarda allí sentado, mientras nosotras
vamos a casa de mi padre. Y cuando creas que ya hemos
llegado, entra en la población y busca la morada de Alcínoo, mi
padre. Te será fácil encontrarla, pues nadie entre los feacios
tiene otra tan espléndida, y hasta un niño podría señalártela.
Cuando llegues allí, pasa de largo el trono de mi padre y abraza
las rodillas de la reina, mi madre. Si ella te recibe con ánimo
favorable, también lo hará mi padre, y podrás regresar a tu
patria muy pronto.
Así habló y con el látigo hizo andar a las mulas, que tiraron del
carro.
Pie de imagen: Odiseo sigue a Nausícaa. Ilustración de John
Flaxman, 1810.
El sol ya se ponía cuando entraron en el bosque sagrado de
Atenea. Allí Odiseo se detuvo solo, invocando a la diosa:
—¡Escúchame, indomable hija de Zeus, ya que no me oíste
cuando me maltrataba Poseidón, que sacude la tierra! Permite
que los feacios me den la bienvenida y se apiaden de mí.
Esa fue su plegaria y la escuchó la diosa; pero no se mostró
delante
Canto vii
Odiseo llega al palacio de Alcínoo.
Mientras así rogaba el paciente Odiseo, Nausícaa iba en el
carro a la ciudad. No bien llegó a la casa de su padre, sus
hermanos, hermosos como dioses, corrieron a ayudarla.
Desuncieron las mulas y llevaron la ropa adentro de la casa, y
ella se encaminó a su habitación, donde estaba la fiel
Eurimedusa, la vieja esclava que la había criado y ahora le
encendía el fuego y preparaba su comida.
En ese mismo instante se levantó Odiseo para ir a la ciudad; y
Atenea, que tanto lo quería, lo envolvió en una nube: no fuera a
suceder que un feacio en el camino lo interrogara. Cuando
llegó al poblado se apareció la diosa ante sus ojos, tomando la
figura de una doncella que llevaba un cántaro. El divino Odiseo
le hizo esta pregunta:
—¡Hija mía! ¿Podrías indicarme cuál es el palacio de Alcínoo,
que gobierna a este pueblo? Vengo desde muy lejos y no
conozco a nadie en estas tierras.
Le respondió Atenea, la diosa de ojos glaucos:
—El palacio que buscas yo te lo mostraré, pues está cerca de la
casa de mi padre. Pero tú anda en silencio, y yo te guiaré. No
mires ni interrogues a nadie en el camino: aquí los forasteros
no son bien recibidos.
Así hablo Atenea, y condujo a Odiseo por las calles. Nadie se
percató de su presencia: una niebla celestial lo envolvía.
Contemplaba los puertos y los barcos, el ágora y los grandes y
altos muros con ojos asombrados. Y una vez que llegaron al
palacio de Alcínoo, la diosa de ojos glaucos le dijo estas
palabras:
—Es este, forastero, el palacio que buscabas. Adentro
encontrarás, celebrando un banquete, a los reyes… No temas, y
entra ya.
Dichas estas palabras, la diosa se marchó. Al llegar a las
puertas del palacio, Odiseo se detuvo: la morada de Alcínoo
relucía con el brillo del sol o de la luna. Adornaban la entrada
dos perros de oro y plata, que había fabricado Hefesto para
Alcínoo. Admirado, Odiseo penetró en el palacio, cubierto
todavía por la nube. Así llegó a la estancia donde estaban los
reyes, y abrazó las rodillas de la reina. En ese instante se
esfumó la niebla, y todos los presentes enmudecieron de
sorpresa al verlo. Entonces Odiseo le dirigió esta súplica a la
reina:
—Arete, me presento ante tu esposo, ante tus invitados y ante
ti, tras muchos sufrimientos, y abrazo tus rodillas. ¡Ojalá que
los dioses les concedan una vida feliz! He venido a pedirles una
nave con su tripulación para que me conduzcan de regreso a mi
patria, pues hace mucho tiempo que ando errante, padeciendo
infortunios.
Y dicho esto, Odiseo se sentó al lado del hogar, en las
cenizas,55 en señal de aflicción. Todos los invitados
permanecieron mudos, hasta que habló Equeneo, que en edad y
elocuencia era el mayor de todos, arengándolos:
—No corresponde, Alcínoo, que un huésped permanezca
sentado en las cenizas. Dale una buena silla, y manda a los
heraldos que mezclen rojo vino para ofrecerle libación a Zeus,
dios de los suplicantes. Y que la despensera le traiga de comer.
Entonces el rey Alcínoo le tendió la mano al prudente Odiseo y
le ofreció una silla bien labrada, en el lugar de su hijo
Laodamante, que le cedió su puesto al forastero. La despensera
puso ante sus ojos pan y muchos manjares, y todos los
presentes bebieron y ofrecieron libaciones a Zeus. Una vez que
concluyeron, les dijo estas palabras el magnánimo Alcínoo:
—Escuchen mis palabras, capitanes y príncipes feacios.
Terminado el banquete, que cada uno vaya a dormir a su casa.
Mañana, convocados los ancianos, hemos de decidir en
asamblea cómo lo ayudaremos a volver a su patria, no sin antes
cumplir con los deberes de la hospitalidad y ofrecerles a las
divinidades hermosos sacrificios.
Así dijo, y los feacios estuvieron de acuerdo en ayudar al
huésped a volver a la patria. Hechas las libaciones, y tras haber
bebido cada uno cuanto le vino en gana, volvieron a sus casas.
Odiseo habla con Arete y Alcínoo. El divino Odiseo se quedó
en el palacio, junto al rey y la reina, mientras que las esclavas
levantaban las mesas. La primera en hablar fue Arete, pues al
ver las ropas de Odiseo había reconocido la túnica
y el manto que había tejido junto a sus esclavas:
—Ante todo, ¡oh huésped!, quisiera interrogarte. ¿Quién eres y
de qué país procedes? ¿Quién te dio esos vestidos? ¿No dices
que llegaste errante por los mares?
El astuto Odiseo así le respondió:
—Difícil me sería, ¡oh reina!, relatarte todas las desventuras
que los dioses tramaron para mí. Alejada de todo, en el medio
del mar hay una isla, cuyo nombre es Ogigia. Allí vive una
diosa de hermosa cabellera, la temible Calipso. Con nadie tiene
trato, ni con hombres mortales ni con los inmortales.
Seguramente algún dios me condujo a su isla, después que
Zeus destrozó mi nave con un ardiente rayo, en el medio del
mar: todos mis compañeros se ahogaron en las aguas y solo yo
logré sobrevivir. Permanecí flotando nueve días aferrado a un
madero, entre las olas, hasta que los dioses me arrojaron a la
costa de Ogigia. Me recibió Calipso con bondad, y me dio de
comer, y no pocas veces prometió que me haría inmortal: no
logró convencerme. Siete años pasé junto a Calipso, regando
con mis lágrimas las vestiduras que me dio la diosa. Al
cumplirse el octavo, por mandato de Zeus o porque así lo quiso
ella, no lo sé, me permitió partir y dispuso mi vuelta en una
balsa, que abasteció con mucho pan y vino. Me dio buenos
vestidos y me envió una brisa favorable. Estuve navegando por
diecisiete días, y en el decimoctavo alcancé a divisar los
montes de esta tierra. Comenzaba a alegrarme; sin embargo,
Poseidón, que sacude la tierra, volvió a cerrarme el paso. Agitó
con violencia las aguas y los vientos, e hizo trizas la balsa. Yo
nadé como pude hasta la costa, y aunque casi me matan unas
rocas contra las cuales me arrojó el oleaje, llegué al fin hasta un
río. En la orilla me eché, entre dos arbustos, y me quedé
dormido hasta el día siguiente. Al despertar, oí gritar a unas
mujeres: las siervas de tu hija jugaban en la orilla, y entre ellas
pude ver a la hermosa Nausícaa, semejante a una diosa. Le
rogué protección y me la dio, haciendo gala de una discreción
inusual a su edad. Me ofreció de comer y de beber, hizo que me
lavaran en el río y me entregó estas ropas. A pesar de mis
penas, te he dicho la verdad de todo lo ocurrido.
Así dijo Odiseo, y Alcínoo respondió:
—Huésped, no fue discreta por completo mi hija, puesto que no
te trajo personalmente a casa.
Le contestó Odiseo:
—Yo no quisiera, ¡oh rey!, que por mi culpa censures a tu hija.
Aunque ella me rogó que la siguiera, por temor de irritarte y de
las malas lenguas, yo preferí no hacerlo.
Y a esto dijo Alcínoo:
—Huésped, mi corazón no se irrita sin causa, y lo mejor es
siempre lo más justo. ¡Ojalá te quedaras por siempre con
nosotros y tomaras a mi hija como esposa! Yo te daría casa y
abundantes riquezas.
Pero aquí nadie habrá de retenerte, pues eso disgustaría al
padre Zeus. Mañana mismo emprenderás tu viaje: así lo he
decretado. Mientras duermas, vencido por el sueño, te llevarán
a casa los feacios, sin importar cuán lejos se encuentre tu país.
Así comprobarás cuán buenas son mis naves y qué hábiles
somos en la navegación.
Así habló, y Odiseo elevó a Zeus la siguiente súplica:
—¡Ojalá, padre Zeus, Alcínoo cumpla lo que ha prometido!
¡Que su fama perdure para siempre en el mundo, si yo regreso
a casa!
La reina, acto seguido, ordenó a las criadas que arreglaran un
lecho, con abundantes sábanas y mantas color púrpura.
Y allí durmió Odiseo, luego de despedirse de los reyes.
Canto viii
La asamblea de los feacios.
No bien surgió la hija de la mañana, Eos, la de dedos rosados,
salió del lecho Alcínoo, al tiempo que Odiseo también dejaba
el suyo. Ambos se dirigieron hacia el ágora, que habían
construido los feacios junto al puerto, donde tendría lugar una
asamblea. Mientras tanto, Atenea, tomando la figura de un
heraldo de Alcínoo, recorría las calles, incitando a los jefes y a
los nobles a encaminarse al ágora:
—¡Vamos, jefes y príncipes feacios! Vengan al ágora y
conocerán al forastero que llegó al palacio de nuestro rey
Alcínoo ayer, después de andar errante por los mares. Se parece
a los dioses inmortales por su porte y su gracia.
Así los fue arengando la diosa de ojos glaucos, y pronto se
llenaron los asientos del ágora. Los feacios contemplaban a
Odiseo con ojos admirados, puesto que había derramado Palas
la gracia sobre él, y parecía más alto y más fornido.
Cuando estuvo reunida la asamblea, Alcínoo fue el primero en
tomar la palabra:
—Escuchen mis palabras, capitanes y príncipes feacios. No sé
quién podrá ser el forastero que llegó a mi casa tras andar tanto
tiempo errante por los mares, ni si viene de oriente o de
occidente.
Y ahora nos pide ayuda para volver a casa con los suyos: es
menester que lo ayudemos, como en el pasado hicimos con
tantos otros en el mismo trance. Echemos, pues, al mar un
barco no estrenado con cincuenta y dos jóvenes, de los mejores
entre los feacios, que llevarán los remos. Luego vayamos todos
a mi casa y disfrutemos de un banquete regio, en homenaje al
huésped. Y llamen a Demódoco, el aedo divino, a quien los
dioses otorgaron su don.
Los festejos en el palacio. Así habló, y Odiseo y los nobles
feacios lo siguieron, y en el palacio comenzó el banquete, tras
hacer sacrificios. Un heraldo condujo hasta la sala al aedo
Demódoco, quien había recibido de los dioses un bien y una
desgracia al mismo tiempo: le quitaron la vista, pero a
cambio le otorgaron el canto.
Y una vez que comieron y bebieron cuanto les vino en gana, las
Musas inspiraron al aedo a celebrar la gloria de dos héroes
famosos, Odiseo y Aquiles, y a cantar la disputa que tuvieron
en medio de un banquete en honor de los dioses. Al oírlo, a
Odiseo le brotaron las lágrimas, y se cubrió la cara con el
manto, pues sentía vergüenza de llorar delante de los feacios. A
pesar de su esfuerzo por ocultar las lágrimas, Alcínoo, que
estaba junto a él, se dio cuenta, y habló de esta manera a los
feacios:
—Escuchen, capitanes y príncipes feacios. Como ya hemos
disfrutado del banquete y del canto, salgamos y midamos
nuestras fuerzas en competencias56 de distinto tipo, de modo
que, al volver entre los suyos, el huésped les refiera a sus
amigos cómo nos destacamos los feacios en la lucha, en el salto
y las carreras.
Así dijo, y salió y todos lo siguieron. El heraldo tomó de la
mano a Demódoco y lo condujo afuera de la casa, para que
presenciara los juegos con los otros.
Compitieron los jóvenes en diferentes pruebas: pugilato,
carreras, lanzamiento de disco y luchas. Después tuvo lugar
una excelente exhibición de baile, que despertó la admiración
del huésped y los feacios por igual. Al concluir los juegos y la
danza, Alcínoo habló así:
—Escuchen, capitanes y príncipes feacios. Demos a nuestro
huésped un regalo, como lo exige la hospitalidad. Trece reyes
gobiernan a este pueblo, y yo soy el primero entre mis pares.
Que cada uno traiga un manto y una túnica y un talento57 de
oro, para que se le alegre el corazón.
Así habló, y todos lo aplaudieron, y pidieron acto seguido a los
heraldos que trajeran los regalos. Alcínoo les mandó que
trajeran un cofre muy hermoso, para guardar allí los dones
recibidos. Luego le pidió a Arete que les diera la orden a las
criadas de que prepararan un baño para el huésped, cosa que
hicieron inmediatamente. Una vez que lo hubieron lavado,
perfumado y ungido con aceite, le dieron una túnica y un
espléndido manto, y al punto fue a reunirse con los hombres,
que ya estaban bebiendo vino. Nausícaa, la hermosa hija de
Alcínoo y la reina Arete, se paró en el umbral y admirando a
Odiseo le dijo estas palabras:
—Ojalá que los dioses, oh huésped, quieran que cuando estés
de regreso en tu patria aún te acuerdes de mí, a quien debes la
vida.
El astuto Odiseo respondió:
—Nausícaa, si Zeus me concede regresar a mi casa, allí como
el de diosa invocaré tu nombre mientras viva, puesto que fuiste
tú mi salvadora.
El canto de Demódoco.
Dichas estas palabras, se sentó en un sillón. Sirvieron la comida
y el vino, y el heraldo fue junto a Demódoco, que se ubicó en el
medio del salón. Y entonces Odiseo, cortando una tajada de
espinazo de cerdo, bien cubierta de grasa, le dijo estas palabras:
—Demódoco, te alabo sobre todos los hombres, porque el don
que posees proviene de la Musa, o acaso Apolo te lo concedió.
Con admirable estilo cantaste las hazañas de los aqueos en
Troya, todo cuanto sufrieron y sus hechos gloriosos, como si de
verdad lo hubieras presenciado. Te pido que nos cantes sobre el
caballo de madera58 que, con el auxilio de Atenea, Epeo59
construyó: aquella máquina que el divino Odiseo llevó con sus
engaños a la acrópolis,60 con el vientre repleto de soldados,
que destruyeron Troya. Si acaso eres capaz de contar todo esto
como ocurrió en verdad, yo les diré a los hombres que algún
dios bondadoso te concedió tu don.
Pie de imagen: El caballo de Troya, relieve de una tinaja del
siglo vii a. C.
Así dijo, y Demódoco, inspirado, cantó. Y en su canto, contó
de qué manera los aqueos subieron a sus naves, fingiendo
retirarse, mientras que los mejores, junto con Odiseo,
permanecían ocultos en
el vientre del caballo que los mismos troyanos arrastraron hasta
la ciudadela. Cantó la discusión que sostuvieron los troyanos,
dudando si acaso desarmarlo para ver su contenido, o arrojarlo
al océano desde un acantilado, u ofrecerlo a los dioses como
ofrenda. Esta última resolución fue la que prevaleció, y los
aqueos al amparo de la noche salieron del caballo y asolaron la
ciudad. También cantó Demódoco de qué modo Odiseo y el
rubio Menelao sitiaron la morada de Deífobo,61 y cómo
combatieron arduamente hasta alcanzar el triunfo, con la ayuda
de Palas Atenea.
Así cantó Demódoco, y al escucharlo el rostro de Odiseo se
cubría de lágrimas. Alcínoo, al percatarse, ordenó que el aedo
dejara de cantar, y dijo estas palabras:
—Escuchen, capitanes y príncipes feacios. Que deje de tocar
Demódoco la cítara, ya que su canto no les gusta a todos: desde
que nos pusimos a comer y nuestro aedo comenzó su canto, el
huésped no ha dejado de llorar. La nave está dispuesta, y en su
cofre ya están guardados los presentes, que en señal de amistad
le regalamos, pues cualquiera que tenga algo de sensatez trata a
los suplicantes y a los huéspedes cual si fueran hermanos. Por
eso, forastero, no ocultes con malicia lo que he de preguntarte,
porque es justo que hables con verdad. Dime cómo te llaman
tus padres y la gente que habita en tu país, pues todo lo que
nace, nace con algún nombre. Dime cuál es tu tierra, cuál es tu
pueblo y cuál es tu ciudad, para que allí podamos llevarte en
nuestras naves. Pero habla ahora, y dinos por qué parajes
anduviste errante, qué tierras conociste y qué ciudades, y con
qué hombres trataste. Cuéntanos por qué lloras cuando
escuchas hablar de los aqueos, y de sus desventuras y de Troya.
¿Acaso algún pariente tuyo murió allá? ¿Fue un esforzado
compañero, acaso? Puesto que un compañero dotado de
prudencia no es, a decir verdad, inferior a un hermano.
Canto ix
Odiseo se da a conocer ante los feacios.
Y el astuto Odiseo les relató lo que sigue.
—Mi nombre es Odiseo, y soy hijo de Laertes. Los hombres
me conocen por mi ingenio. Tengo mi casa en Ítaca, la isla
donde se alza el monte Nérito, que se ve desde el mar.
Alrededor hay otras islas: Same, Duliquio y la umbrosa
Zaquinto. Es áspera la tierra de Ítaca, mi patria, pero cría
varones excelentes. No existe tierra alguna más dulce para mí.
Pie de imagen: Odiseo llora al escuchar el canto de Demódoco.
Ilustración de John Flaxman, 1810.
”Y aun cuando Calipso me tuvo prisionero para hacerme su
esposo, y la engañosa Circe62 me retuvo en su palacio, jamás
me persuadieron en mi ánimo ni una ni la otra: para quien
alejado de los suyos habita en tierra extraña, por más que sea
en un palacio espléndido, nada es más grato que la propia casa
y la propia familia.
Odiseo inicia el relato de sus aventuras. Los cícones.
”Pero te contaré cómo fue mi regreso desde Troya, decretado
por Zeus, lleno de sufrimientos y pesares. De Troya me
llevaron los vientos al país de los cícones,63 en Ísmaro.
Saqueamos la ciudad y matamos a quienes la habitaban. Luego
nos repartimos equitativamente el botín y las mujeres. Insté a
mis compañeros a que nos retiráramos con prisa. No pude
persuadirlos. ¡Insensatos! Y mientras en la costa mis hombres
comían y bebían con exceso, los cícones que habían
conseguido escapar llamaron a los otros que vivían tierra
adentro. Eran muy numerosos y valientes, además de más
diestros en la lucha. Se presentaron al rayar el alba,
innumerables como las hojas y las flores que en primavera
brotan. Nos combatieron junto a los navíos. Logramos
contenerlos durante todo el día; pero al atardecer nos
derrotaron, y encontraron la muerte seis aqueos. Los demás
escapamos como nos fue posible, esperando hasta último
momento por si acaso volvían los que al fin no volvieron. Y
una vez que zarpamos, Zeus, el que amontona las nubes,
levantó una tempestad, que cubrió de negrura la tierra y el
océano.
”Extraviamos el rumbo y los vientos rasgaron nuestras velas.
Las recogimos, pues, y logramos llevar la nave hasta una playa,
donde permanecimos dos días con sus noches, mientras la
angustia y el cansancio nos roían el alma. Al tercer día, una vez
más partimos con velas desplegadas.
Los lotófagos. ”Y habríamos llegado a salvo a nuestra patria, si
el viento y el oleaje no hubieran desviado nuestra nave, al
doblar en el cabo de Malea,64 conduciéndonos lejos, más allá
de Citera.65 Durante nueve días nos arrastraron vientos
enemigos. Al décimo llegamos al país de los lotófagos,66 que
solo comen flores. Bajamos a la costa y cargamos agua fresca.
Después mis compañeros comieron al costado de las naves.
Escogí a dos de ellos y a un heraldo, y los mandé a informarse
quiénes vivían en aquellas tierras. Enseguida partieron, y
pronto se toparon con los hombres comedores de loto, quienes,
en vez de hacerles algún daño, les regalaron lotos para que los
comiesen. Tan pronto como degustaron aquel fruto dulcísimo
se olvidaron de todos los pesares y los abandonó el deseo del
regreso, y prefirieron quedarse allí, con los lotófagos. A pesar
de sus lágrimas, me los llevé conmigo y los até a los bancos de
las cóncavas naves. Inmediatamente ordené a los otros que
zarparan, temiendo que olvidasen el regreso si probaban la flor
ellos también. Me hicieron caso y enseguida azotaban las olas
con los remos.
Los cíclopes.
”Partimos con el ánimo afligido y muy pronto llegamos al país
de los soberbios cíclopes,67 pueblo sin ley que no cultiva el
campo, confiándose a los dioses inmortales, al que todo le nace
sin semilla ni arado. Ellos no deliberan en el ágora y carecen de
leyes. Habitan en las cumbres de montes escarpados, y cada
uno gobierna a su mujer y a sus hijos, sin importarles los demás
en nada. Al lado de la isla
de los cíclopes hay otra más pequeña, apenas un islote. Allí
desembarcamos en medio de la noche, y al punto nos echamos
a dormir aguardando la aurora.
”No bien se mostró Eos, la de dedos rosados, hija de la
mañana, recorrimos la isla, cazamos y comimos y bebimos del
vino de los cícones. Cuando cayó la noche, nos acostamos a
dormir de nuevo. Y cuando salió el sol, convoqué al ágora y
dije a mis amigos:
”—Compañeros leales, permanezcan aquí. Con mi nave y mi
gente iré a enterarme quién habita en la isla que vemos desde
aquí, y si sus habitantes son soberbios, salvajes e injustos, o si
acaso reciben a sus huéspedes con amistad y temen a los
dioses.
”Después nos despedimos y subimos a las naves. Y una vez
que llegamos a la cercana isla, divisamos una elevada gruta
muy cerca de la orilla, rodeada de altos pinos, encinas y un
laurel, que escondía la entrada. Un copioso rebaño de ovejas y
de cabras pastaba alrededor. Allí vivía un monstruo alto como
una montaña, que alejado de todo cuidaba sus rebaños, y nunca
frecuentaba al resto de los cíclopes, porque era cruel de ánimo
y albergaba siniestros pensamientos.
La cueva de Polifemo.
”Entonces ordené a mis compañeros que se quedaran a cuidar
la nave y elegí solo a doce, los mejores. Nos pusimos a andar,
llevando con nosotros algunas provisiones y un gran odre
rebosante de dulce y negro vino, regalo de Marón, sacerdote de
Apolo. Pronto llegamos a la enorme gruta, y como no había
nadie, decidimos entrar e investigar. Nos sorprendió encontrar
tanta abundancia: cestos llenos de quesos, y establos rebosantes
de corderos y cabritos. Me insistieron mis hombres en que
tomáramos de allí unos quesos y algunos animales. Pero yo me
negué, aunque en verdad habría sido lo más prudente, porque
deseaba conocer al cíclope y que me concediera dones
hospitalarios.
”Encendimos el fuego, hicimos sacrificios, comimos de los
quesos y esperamos. El cíclope llegó, transportando en sus
brazos gran cantidad de leña que traía para hacer su comida. La
arrojó con estrépito en la entrada, y presas del terror huimos
hacia el fondo de la gruta. Hizo entrar el rebaño, y luego colocó
un enorme peñasco a manera de puerta; tan grande era la roca,
que ni veintidós carros de cuatro ruedas que tiraran juntos
habrían sido capaces de moverla. Acto seguido se sentó a
ordeñar las ovejas y las cabras. Después puso a cuajar la mitad
de la leche, y el resto lo guardó para bebérselo durante la
comida. Finalmente hizo el fuego, y al vernos nos habló:
”—¿Quiénes son, forasteros? ¿Desde dónde han venido por el
mar?
¿Los trae algún negocio, o van sin rumbo fijo, igual que los
piratas? ”El miedo que nos daban su ronca voz y su espantoso
aspecto
nos encogía el corazón. De todos modos junté valor y pude
hablarle: ”—Somos aqueos que venimos desde Troya, surcando
el ancho
mar. Los vientos, caprichosos, nos impidieron el regreso a casa,
y nos trajeron hasta aquí. Luchamos en el ejército de
Agamenón, famoso en todo el mundo por su triunfo. Hemos
venido en calidad de suplicantes. Te abrazamos las rodillas,
para que nos recibas con bondad y nos ofrezcas un regalo,
como es costumbre entre los huéspedes. Sé respetuoso de los
dioses, y en especial de Zeus, ya que venimos como
suplicantes.
”Así hablé y él me dijo estas crueles palabras:
”—¿Eres tonto, extranjero, o vienes de muy lejos, que no sabes
que a nosotros los cíclopes no nos importan Zeus ni los dioses
felices, porque somos más fuertes? No les perdonaría la vida
por temor a Zeus ni a nadie. Pero dime en qué sitio has dejado
tu nave cuando llegaste aquí.
”Me dijo esas palabras procurando engañarme; pero yo me di
cuenta de sus intenciones y así le respondí con otro engaño:
”—El que sacude el suelo, Poseidón, acabó con mi nave, tras
hacerla chocar contra las rocas de esta isla, pero mis
compañeros y yo fuimos capaces de salvar nuestras vidas.
“Por única respuesta, el cíclope atrapó a dos compañeros, como
si hubieran sido dos cachorros, y los arrojó al suelo,
partiéndoles el cráneo con el golpe. Acto seguido, los
despedazó y se comió su carne y sus entrañas, y ni siquiera
perdonó los huesos, como un león salvaje.
”Nosotros, aterrados, elevamos las manos, suplicándole a Zeus.
Cuando se hubo saciado de leche y carne humana, se echó a
dormir el cíclope. Entonces yo le hubiera atravesado el pecho
con la espada hasta llegar al hígado. Empero, me contuve al
darme cuenta de que no habríamos podido alzar la roca de la
entrada y habríamos perecido sin remedio. De modo que
aguardamos, sollozando, la aurora.
”Cuando surgió la hija de la mañana, Eos, la de dedos rosados,
el cíclope hizo fuego y se sentó a ordeñar. Y después de
cumplir esta tarea, agarró a dos compañeros y se los devoró.
Luego sacó a pastar los animales, retirando la piedra de la
entrada sin el menor esfuerzo, y volvió a cerrar.
”Yo me quedé tramando la venganza, por si acaso Atenea me
otorgaba la victoria, hasta que al fin tomé una decisión. Al lado
del establo, el cíclope había puesto un gran tronco de olivo para
que se secara, del tamaño de un mástil. Yo separé una rama, del
largo de dos brazos extendidos, y con los compañeros la
pulimos, la aguzamos de un lado, luego la endurecimos en el
fuego, y después la ocultamos debajo del estiércol que cubría la
gruta.
”El cíclope regresó al atardecer, arriando sus rebaños. Volvió a
cerrar la entrada con la puerta y se sentó a ordeñar como el día
anterior; al terminar, tomó a dos compañeros y se los devoró a
manera de cena. Entonces me acerqué, llevándole una copa del
vino que traíamos, y le hablé de esta forma:
”—Escúchame, ¡oh cíclope! Toma este vino y bébelo. Verás
que se acompaña muy bien con carne humana. Lo traía en la
nave para ti, por si acaso querías ayudarnos. Pero nadie se
iguala en cólera contigo. ¿Cómo se acercarán otros, en
adelante, si no sabes lo que es la compasión?
”Así le hablé, y tomó la copa y bebió el vino. Y tanto le gustó
que luego pidió más:
”—Dame más vino, huésped, y hazme saber tu nombre, para
que pueda darte un don hospitalario.
”Yo obedecí y volví a servirle vino. Tres veces le serví, y tres
veces más vació la copa. Y cuando el vino le nubló la mente, le
hablé de esta manera:
”—Cíclope, me preguntas por mi nombre. Te lo revelaré, a
cambio del regalo que prometes. Mi nombre es Nadie; Nadie
me llaman mis amigos y mis padres.
”Me respondió con cruel talante el cíclope:
”—A Nadie me lo habré de comer último, y a todos los demás,
antes que a él: ese será mi don hospitalario.
”Y tras hablar así, cayó ebrio de vino y eructó y se quedó
dormido allí mismo, en el suelo. Entonces acerqué la punta de
la estaca a las brasas ardientes para calentarla, mientras les
daba ánimo a los otros, para que no temieran. Cuando ya
estuvo al rojo vivo, ellos se la clavaron en el ojo al cíclope, y
yo me apoyé encima y la hice girar. Mucha sangre brotaba
alrededor de la caliente estaca mientras la revolvía.
Pie de imagen: Odiseo y sus hombres ciegan al cíclope
Polifemo.
Detalle de un ánfora del siglo vii a. C.
”El cíclope dio un grito espeluznante, que retumbó por toda la
caverna, y nosotros corrimos a escondernos, mientras él se
arrancaba la estaca y la arrojaba lejos de allí con furia, y
llamaba a los gritos al resto de los cíclopes. Cuando oyeron sus
gritos acudieron algunos, y detrás de la roca le preguntaron qué
lo atormentaba:
”—Polifemo, ¿por qué gritas de esa manera en la divina noche,
tan enojado, despertándonos? ¿Algún hombre te roba las
ovejas? ¿O acaso alguien intenta matarte con engaño o con la
fuerza?
”Y respondió el robusto Polifemo desde adentro:
”—¡Amigos míos! Nadie me mata con engaño, no con fuerza.
”Y ellos le contestaron:
”—Pues si estás solo y nadie te hace daño, no podrás evitar la
enfermedad que te ha enviado Zeus. ¡Pídele ayuda a Poseidón,
tu padre!
”Y luego se marcharon.
”Yo me reía para mis adentros de cómo había logrado el
engaño del nombre. El cíclope, gimiendo dolorido, retiró el
gran peñasco de la puerta y se sentó en la entrada, por si
lograba capturar a alguien que intentara salir con las ovejas.
¡Qué iluso, si esperaba que fuera tan ingenuo! Yo me puse a
pensar cómo salir de aquella desgraciada situación, y se me
ocurrió un plan: había unos carneros hermosos y muy bien
alimentados; con varillas de mimbre los até de tres en tres, y
cada compañero se colgaba del vientre del medio, mientras los
otros dos lo protegían. Yo mismo me aferré al vientre del más
grande. Así permanecimos, aguardando la aparición de Eos.
”Cuando al fin se mostró la hija de la mañana, los carneros
salieron presurosos a pastar. El cíclope palpaba sus lomos para
ver si estábamos nosotros sobre ellos. Así mis compañeros
salieron de la cueva sin que él lo notara. El último en salir fue
el que me transportaba, que era su favorito. Y tras palparlo, el
cíclope le dijo:
”—¡Mi querido carnero! ¿Por qué hoy eres el último en salir de
la cueva, cuando siempre salías el primero? Sin duda has de
extrañar el ojo de tu amo, a quien cegó un malvado que se
llamaba Nadie.
¡Si pudieras hablar y me dijeras dónde se está ocultando de mi
cólera, esparciría sus sesos por la cueva!
”Y tras hablarle así, lo dejó ir. Cuando nos alejamos un trecho
prudencial, me solté del carnero y luego hice lo propio con mis
compañeros. Arriamos los carneros a la nave, apurándonos
todo lo que nos fue posible y procurando no hacer ruido
alguno.
”¡Qué alegría sintieron los demás al ver que habíamos vuelto!
¡Cómo lloraban por los otros, muertos! Una vez que cargamos
el ganado, partimos en la nave a toda prisa. Cuando nos
alejamos lo suficiente para estar a salvo, y que pudiera el
cíclope escucharme todavía, le espeté estas palabras, hirientes y
mordaces:
”—¡Cíclope! ¡No debiste emplear tu gran fuerza para comerte a
los amigos de un varón indefenso! Han hallado castigo tus
acciones, ya que te has atrevido a comerte a tus huéspedes en tu
propia morada.
”Así dije, irritando aun más su corazón. Comenzó a arrojar
rocas contra la embarcación, pero las esquivamos. Y aunque
mis compañeros querían disuadirme e intentaban callarme,
volví a gritar furioso:
”—Cíclope, si algún hombre te pregunta quién te ha dejado
ciego, tú dile que Odiseo, el hijo de Laertes, habitante de Ítaca,
te privó de tu ojo.
”Entonces, Polifemo lanzó un suspiro y dijo:
”—¡Oh dioses!, se han cumplido los pronósticos que me
vaticinaron que sería privado de la vista por mano de Odiseo.
Sin embargo, esperaba que fuera un hombre alto y fuerte; y es
un hombre pequeño, débil y despreciable, quien me ha dejado
ciego, con la ayuda del vino. Pero ayúdame, padre Poseidón, tú
que abrazas la tierra. Cumple lo que te pido: que Odiseo, que
tiene en Ítaca su casa, no regrese jamás a su palacio. Y si acaso
los dioses ya han dispuesto que vuelva, que sea tarde y mal, en
nave ajena, muertos sus compañeros, y que halle un nuevo mal
en su morada.
”Así rogó, y su padre lo escuchó.
”Cuando al fin regresamos a la isla donde las otras naves
aguardaban, bajamos el ganado y pasamos el día celebrando un
banquete, no sin antes hacerle sacrificio a Zeus del carnero
preferido del cíclope. Pero el dios no hizo caso de nuestro
sacrificio, y meditaba ya cómo perder mis naves y a los fieles
compañeros.
”Cuando llegó la noche nos echamos a dormir en la playa, y no
bien surgió Eos, hija de la mañana, la de dedos de rosa,
desatamos amarras y partimos, con el ánimo triste, pero felices
de salvar la vida.”
Canto x
Eolo. ”Arribamos a Eolia,68 donde habitaba Eolo, el guardián
de los vientos, querido por los dioses. Nos hospedó en su
espléndido palacio, nos deleitó con música y banquetes y nos
hizo preguntas sobre Troya,
que yo le contesté como corresponde.
”Pasamos allí un mes, y al expresarle yo que deseaba partir, el
rey no me retuvo. Por el contrario, me entregó un regalo
valiosísimo: un cuero de buey de nueve años, en que había
encerrado los mugidores vientos, con excepción del Céfiro.69
Ató el cuero a la nave con un hilo de plata a fin de que ninguno
se escapara, y nos envió el Céfiro para que nos llevara de
regreso.
”Navegamos sin pausa nueve días con sus noches, y al décimo
pudimos divisar la tierra patria, donde vimos hogueras
encendidas en la costa. Todo ese tiempo yo había gobernado el
timón de la nave, sin cedérselo a nadie, para llegar más rápido.
Pero en aquel momento tan feliz, me sentí fatigado, y el sueño
me venció.
”Mientras yo dormitaba, mis hombres discutían, creyendo que
en el cuero que Eolo me había dado yo guardaba riquezas. Uno
de ellos dijo:
”—¡Cuán querido y honrado es este hombre! ¡Muchos y muy
valiosos objetos se ha traído como botín70 de Troya, y nosotros
volvemos con las manos vacías! ¡Y ahora ha recibido esto de
Eolo! Veamos cuánto oro y plata hay en el cuero.
”Fue así que desataron, ¡insensatos!, el cordón para ver lo que
había dentro.
”Los vientos, desatados, soplaron a su antojo y nos llevaron
lejos otra vez. Finalmente volvimos a la isla de Eolia,
soportando vientos huracanados, mientras lloraba la tripulación
y yo me lamentaba de su ingratitud. No bien desembarcamos,
me presenté ante Eolo en el palacio.
”El rey, al verme entrar, me preguntó, asombrado:
”—¿Qué haces otra vez aquí, Odiseo? ¿Acaso no te di todo lo
necesario para volver a casa?
”Y yo le contesté, con pesar en el alma:
”—La insensatez de mi tripulación y un sueño inoportuno han
causado este daño. Sin embargo, este mal tiene remedio: tú
puedes ayudarme una vez más.
”Tras un largo silencio, Eolo respondió, con el ánimo airado:
”—¡Vete de aquí cuanto antes, miserable! Yo no puedo ayudar
a un hombre que se ha hecho odioso ante los dioses.
Los lestrigones. ”Al ver que era imposible conseguir el auxilio
de Eolo, regresé cabizbajo. Volvimos a zarpar, y durante seis
días navegamos, hasta que al fin al séptimo llegamos al país de
Lestrigonia.71 Todos mis compañeros amarraron sus naves en
el puerto, pero yo la dejé amarrada
a un peñasco, a bastante distancia. Luego envié a dos hombres
junto con un heraldo, para que averiguaran qué gente vivía allí.
Al punto se pusieron en camino, y enseguida encontraron a una
joven que recogía agua de un arroyo. Ella les indicó dónde
quedaba el palacio del rey, y fueron hacia allá.
”Al entrar, encontraron a la reina, que era mucho más alta que
una mujer común, y más fornida. Ella no dijo nada, pero mandó
a llamar al rey Antífates, que cuando entró y vio a mis
compañeros, agarró a uno de ellos y se lo devoró. Los otros
escaparon, aterrados, de regreso a las naves, mientras el rey
Antífates daba gritos de aviso por toda la ciudad. ”Enseguida
acudió una multitud de fuertes lestrigones, que más
que hombres parecían gigantes, y se pusieron a arrojar
peñascos de gran tamaño contra nuestras naves. Los fuertes
lestrigones atrapaban a nuestros compañeros como a peces y se
los devoraban. Yo corté las amarras de mi barco, y al punto
insté a los hombres a remar. La nuestra fue la única nave que
logró huir de la desgracia.
Circe.
”Luego llegamos a la isla de Eea,72 donde vive Circe, la
hechicera de las hermosas trenzas. Tras atracar, bajamos de la
nave y nos echamos a dormir dos días y dos noches seguidos,
agotados por semejante esfuerzo. Al tercer día yo me levanté y
busqué un mirador. Desde allí pude ver el palacio de Circe. Al
volver, encontré a los compañeros con el ánimo triste,
sollozando por los hechos del lestrigón Antífates y la violenta
cólera del cíclope. De nada nos servía lamentarnos: los dividí
en dos grupos y asigné a cada uno un capitán. Yo mandaría a
uno, y Euríloco sería el capitán del otro. Hicimos un sorteo y le
tocó al grupo de Euríloco inspeccionar el área.
”En el medio de un valle se encontraba el palacio de la
hechicera Circe. Alrededor, había animales feroces, lobos y
leones, a los que Circe
había hechizado dándoles un mágico brebaje. Pero estos
animales no atacaron a los hombres de Euríloco, sino que con
la cola les hicieron fiesta, como hacen los perros con sus amos.
Los hombres, temerosos, se detuvieron ante las puertas del
palacio. Oyeron desde allí a Circe que cantaba con voz
melodiosa mientras tejía. Polites, uno de los hombres, dijo:
”—Debe ser una diosa o una mujer quien canta mientras teje.
¿Por qué no la llamamos?
”Así les dijo y ellos la llamaron a voces. Circe vino enseguida,
les abrió la puerta y los invitó a pasar. Los hombres la
siguieron, todos menos Euríloco, que sospechaba que se trataba
de alguna trampa. La diosa hizo sentar en cómodos sillones a
los hombres y les dio de comer y de beber, pero con la comida
mezcló un brebaje mágico, para hacer que los hombres se
olvidaran completamente de su patria y del regreso. Una vez
que comieron y bebieron, Circe los tocó con su varita, y al
punto los convirtió en cerdos. Luego los encerró en unos
chiqueros. Tenían de los cerdos la cabeza y el cuerpo, y la piel
y la voz, pero aún conservaban la inteligencia humana.
Encerrados, lloraban, mientras Circe les daba de comer bellotas
y otras cosas que a los cerdos les gustan.
”Euríloco volvió sin demora a la cóncava nave, para
informarme sobre lo ocurrido. Era incapaz de contener el llanto
y se le había hecho un nudo en la garganta. Cuando al fin pudo
relatarnos lo que había visto, me colgué la espada y le ordené
que fuera conmigo, para indicarme cómo llegar a la mansión de
Circe; pero él, abrazando mis rodillas, me dijo estas palabras:
”—No me obligues a ir, te lo suplico: pues yo sé que de allí no
volverás trayendo de regreso a nuestros compañeros. Huyamos
enseguida los que estamos presentes, que aún podemos escapar
de aquí.
”Y yo le contesté:
”—Euríloco, tú quédate a comer y beber al lado de la nave.
Pero yo iré, que así me lo exige el deber.
”Dicho esto, me alejé de la nave y del mar.
Circe transforma en cerdo a uno de los compañeros de Odiseo.
Dibujo sobre un altar del siglo vi a. C.
”Cuando iba por el valle y me acercaba a la mansión de Circe,
se apareció el dios Hermes, adoptando la figura de un joven
radiante de hermosura. Tomándome la mano, me habló de esta
manera:
”—¿Dónde vas, infeliz, sin conocer esta región?
Transformados en cerdos, tus amigos se encuentran encerrados
en sólidos chiqueros en la casa de Circe. De querer liberarlos,
la misma suerte correrías tú. Pero quiero ayudarte: te daré esta
raíz, que oficiará de antídoto contra cualquier brebaje que Circe
quiera darte. Cuando ella te golpee con su vara, tú sacarás la
espada y la amenazarás. Ella se asustará y te invitará a que
duermas con ella. No la rechaces, pero pídele que te jure que no
maquinará ningún mal contra ti.
”Luego de estas palabras, me hizo entrega de una planta: su
raíz era negra y era blanca su flor, como la leche. Los dioses la
conocen con el nombre de moly, y solo ellos pueden arrancarla.
Luego el dios se marchó, y yo llegué al palacio de la hechicera
Circe. Cuando llamé a la puerta, Circe vino, me abrió, y me
invitó a pasar. Yo la seguí, confieso, con temor. Me hizo sentar
en un sillón hermoso y me dio de beber en una
”—¡Anda, vete al chiquero a revolcarte junto a tus
compañeros! ”Pero la poción no había hecho efecto. Saqué la
espada y me
abalancé sobre ella. Circe, lanzando un grito, se arrojó a mis
rodillas y dijo, entre lamentos:
”—¿Quién eres y de qué país procedes? Ningún otro mortal
resistió mis brebajes. Seguramente, tú eres Odiseo: Hermes ya
me advirtió de tu venida. Pero vayamos a la cama ahora: que
crezca entre nosotros la confianza.
”Así dijo la diosa, y yo le contesté:
”—¿Cómo me pides que confíe en ti, si has convertido en
cerdos a los míos, y hace instantes quisiste hacerme a mí lo
mismo? No enfundaré la espada ni dormiré contigo a menos
que prometas por los dioses inmortales que no maquinarás
ningún daño en mi contra.
”Eso le dije y ella elevó el juramento que yo le demandaba.
Luego vinieron sus cuatro criadas, que calentaron agua para
que me bañara, y me trajeron ropas limpias y me dieron
comida. Pero yo no quería comer, y me quedé sentado,
cabizbajo. Al verme en ese estado, Circe me preguntó qué me
ocurría:
”—¿Por qué estás así, mudo, Odiseo y no quieres probar estos
manjares? Ya no debes temer, pues te he jurado por los dioses
que nada tramaría contra ti.
”Y yo le respondí:
”—¿Quién comería, Circe, mientras están los suyos
transformados en cerdos? Si en verdad tienes buena voluntad,
libera a mis amigos.
”Eso dije, y ella salió rumbo al chiquero y les untó a mis
hombres un brebaje distinto. Enseguida perdieron la pelambre,
el hocico y la cola, y recobraron su figura humana, aunque
estaban más jóvenes y más altos que antes. Cuando me vieron,
me reconocieron y me dieron la mano, agradecidos. Pronto en
toda la casa resonaba un llanto conmovido, y hasta la misma
Circe se apiadó, diciendo estas palabras:
”—Ingenioso Odiseo, de linaje divino, den tregua a sus pesares.
Yo sé cuánto han sufrido en el mar y en la tierra. Pero ahora es
momento de comer y beber y recobrar las fuerzas que tenían
cuando partieron de sus casas, en Ítaca.
”Así habló, y escuchamos su consejo. Pero, al cabo de un año,
que pasamos de banquete en banquete, me llamaron aparte mis
amigos y me dijeron esto:
”—Compañero, es momento de pensar en la patria, si acaso has
de salvarte y volver con los tuyos.
”Así dijeron, y al ponerse el sol, subí al lecho de Circe y le
rogué: ”—Circe, mi corazón está impaciente por retornar a
casa, e iguales ansias sienten mis amigos. Es hora de que
cumplas tu promesa de ayudarme a volver. ”Circe me
respondió:
”—Ingenioso Odiseo, no permanezcan más en mi palacio si ya
no lo desean. Pero antes de que vuelvas a tu casa, te espera un
nuevo viaje: irás a la mansión de Hades73 y Perséfone,74 para
pedirle oráculo75 al alma de Tiresias,76 el adivino ciego, que
conserva su mente intacta todavía. Entre todos los muertos,
solamente a él le concedió Perséfone razón e inteligencia. Los
otros no son más que sombras pasajeras.
”Al oír sus palabras, mi corazón dio un vuelco. Rompí a llorar,
y mi alma no quería vivir ni ver la luz del sol. Y cuando al fin
las lágrimas cesaron, le dije estas palabras:
”—Circe, ¿quién va a guiarme en este viaje? Ningún hombre
ha llegado hasta el Hades jamás en un negro navío.
”Me contestó la diosa:
”—Ingenioso Odiseo, no te preocupes más. No habrá necesidad
de guía en este viaje. Tú despliega las velas de tu nave y
siéntate en cubierta. El viento ha de llevarte a través del
océano, hasta la playa donde crece el bosque tupido, propiedad
de la diosa Perséfone, con sus árboles negros. Amarra allí tu
nave y encamínate a la mansión de Hades. En el lugar en donde
el Piriflegetón y el Cocito desaguan en el río Aqueronte,77
hallarás una roca. Ve hasta allí, cava un hoyo y ofrece
libaciones en honor de los muertos. Primero has de ofrecerles
leche y miel, vino a continuación y finalmente agua.
Espolvorea todo con harina y suplica a los muertos,
prometiéndoles hacerles sacrificios cuando llegues a Ítaca, y
también que a Tiresias le inmolarás aparte un buen carnero
negro. Después presta atención a las aguas del río: por ellas
observarás que vienen muchas almas de difuntos. Ordénales
entonces a los tuyos que maten animales con la espada y que
los quemen y supliquen a los dioses y a Hades y a Perséfone.
Desenvaina la espada y no permitas que los muertos se
acerquen a la sangre antes de interrogar al adivino. Cuando
llegue Tiresias, te indicará el camino y la forma en que habrás
de regresar a Ítaca, y cuánto tardarás.
”Así me dijo Circe, y pronto llegó Eos, la del trono de oro.
Entonces fui a buscar a mis amigos que dormían. Pero tampoco
pude regresar esta vez con la tripulación completa e íntegra.
Elpénor, el más joven de mis hombres, había subido borracho a
la terraza y se había quedado dormido. Cuando escuchó los
ruidos que venían del palacio, trató de levantarse, pero se
tropezó y se cayó del techo, se rompió las vértebras del cuello y
su alma se hundió en la mansión de Hades.
”Antes de la partida, dije a mis compañeros:
”—Sin duda creerán que estamos yendo a casa, a la querida
patria. Pues bien, Circe nos ha indicado que hemos de hacer un
viaje a la mansión de Hades y Perséfone, a pedirle a Tiresias
que nos dé su oráculo.
”Cuando les dije esto, rompieron a llorar y se tiraban del
cabello. Pero con lamentarse no consiguieron nada. Afligidos,
subimos a la nave. Circe se presentó y nos dejó un carnero y
una oveja negros, y luego se alejó sin ser notada. ¿Quién puede
ver a un dios si no quiere ser visto?”
Canto xi
En el Hades.
”Al llegar a la costa, echamos en el agua la negra embarcación,
y tras izar el mástil desplegamos las velas. Cargamos el
ganado, y por fin nos hicimos a la mar, con el alma angustiada
y vertiendo muchas lágrimas. Impulsaba la nave una brisa
propicia, enviada por Circe, la de las lindas trenzas, así que
anduvimos a velas desplegadas durante todo el día, hasta que el
sol se puso, y arribamos al confín del océano, de profunda
corriente. Amarramos la nave y desde allí marchamos por la
costa hasta el lugar que Circe nos había indicado.
”Entonces cavé un pozo con la espada y ofrecí libaciones a los
muertos, con leche y miel primero, después con vino y al final
con agua. Espolvoreé la harina, supliqué a los difuntos, y
prometí que al regresar a Ítaca les sacrificaría la mejor vaca que
poseyera en mis corrales y, en honor de Tiresias, un carnero
negro. Acto seguido, degollé por encima del pozo las reses que
habíamos traído en nuestra nave. Corrió la negra sangre y al
instante vinieron desde el Érebo78 las almas de los muertos:
doncellas y muchachos fallecidos en la flor de la edad,
ancianos agobiados por mil penas, y varones caídos en
combate, heridos por las lanzas, con la armadura toda
ensangrentada. Se acercaban causando un gran estrépito,
mientras daban aullidos terroríficos: al verlas, se adueñó de mi
persona el pálido terror. Enseguida, exhorté a los compañeros a
desollar las reses y a quemarlas de inmediato, en honor de
Hades y Perséfone. Desenvainé la espada y me senté, para
impedirles a las almas de los muertos que se acercaran a beber
la sangre, antes de interrogar a Tiresias, el adivino ciego.
”La sombra que primero se acercó fue la de Elpénor, nuestro
compañero, que yacía insepulto en la mansión de Circe. Al
verlo, me cayeron unas lágrimas y le hablé de este modo:
”—¿Cómo has llegado, Elpénor, a esta tierra sombría?
¿Llegaste a pie, antes que nuestra nave?
”Y Elpénor suspiró, diciendo estas palabras:
”—¡Odiseo, hijo de Laertes, del linaje de Zeus! La saña de
algún dios y el exceso de vino me han causado la ruina. Caí de
una terraza del palacio de Circe; tras quebrárseme el cuello, mi
alma bajó al Hades. Pero sé que al regreso pasarás por Eea
nuevamente: te suplico, Odiseo, que te acuerdes de mí y no
dejes la isla sin llorarme ni darme sepultura. No sea que mi
desgracia te atraiga a ti la cólera divina.
”Así me dijo él, y yo le prometí hacer lo que pedía.
”Vino después la sombra de mi madre, Anticlea, a la que dejé
viva cuando partí hacia Troya. Cuando la vi, lloré
copiosamente, pero me sobrepuse a mi congoja y le impedí
acercarse hasta la sangre.
El oráculo de Tiresias.
”Por fin se acercó el alma de Tiresias, empuñando su cetro. Al
verme, me habló así:
”—¡Odiseo, hijo de Laertes, del linaje de Zeus! ¡Ingenioso
Odiseo!
¿Por qué has abandonado la dulce luz del sol y visitas la tierra
de los muertos? Apártate del pozo y retira la espada, para que
tras beber la negra sangre te pueda revelar lo que desees saber.
Pie de imagen: Odiseo invoca el espíritu de Tiresias, que surge
del mundo subterráneo.
Ánfora del siglo iv a. C.
”Así lo hice yo, y el adivino bebió con fruición la negra sangre.
Cuando hubo bebido, me dijo estas palabras:
”—Odiseo, tú buscas el regreso, pero un dios te lo impide: es
Poseidón, que se irritó cuando cegaste al cíclope Polifemo, su
hijo. Lo lograrás, tras soportar más penas, si logras contenerte y
contener a tu tripulación en la isla de Trinacria. Allí se
encontrarán unos rebaños de vacas y de ovejas, cuyo dueño es
el Sol, el que todo lo ve y todo lo escucha. Si se abstienen tus
hombres de tocar el rebaño, llegarán a la patria; pero si le hacen
daño, desde ahora te anuncio que perderás tu nave y a tus
compañeros. Volverás a la patria en un barco extranjero, y allí
te encontrarás con otra plaga en casa: unos hombres soberbios
que se comen tu hacienda, pretenden a tu esposa y le ofrecen
regalos. Al llegar vengarás sus insolencias, valiéndote de
astucias o empuñando la espada. Cuando te hayas vengado, has
de tomar un remo y te irás tierra adentro, donde viven los
hombres que no saben lo que es el mar ni han visto nunca un
barco, y que jamás probaron la comida con sal. Allí, cuando te
salga al paso un caminante y te pregunte por el rastrillo que en
el hombro cargas, clava el remo en la tierra y sacrifica tres
animales al que mueve el suelo, Poseidón soberano.
Luego vuelve a tu hogar y haz sacrificios para los otros dioses
inmortales. Si cumples todas mis indicaciones, te llegará la
muerte en la vejez, lejos del mar; y en Ítaca los ciudadanos
vivirán felices. Todo lo que te he dicho es la verdad.
”Así dijo Tiresias, y yo le contesté:
”—¡Tiresias! Esas cosas las han dispuesto así los mismos
dioses. Pero ahora respóndeme: allá está el alma de mi madre
muerta, que se queda en silencio al lado de la sangre,
negándose a mirar a su hijo de frente y a conversar con él.
¿Qué debo hacer para que me conozca?
”Me respondió Tiresias:
”—Es muy sencillo. Te lo explicaré: aquel de los difuntos a
quien tú le permitas acercarse a la sangre conversará contigo y
te dará noticias. Y a los que se la niegues, se alejarán sin más.
Odiseo habla con su madre. ”Diciendo estas palabras, y una vez
concluidos sus oráculos, el alma de Tiresias volvió al Hades.
Yo me quedé en silencio hasta que se acercó mi madre, que
bebió la negra sangre. Me conoció inmediatamente y dijo, al
tiempo que vertía muchas lágrimas:
”—¡Hijo mío! ¿Cómo llegaste aquí si todavía vives? ¿Regresas
desde Troya, tras navegar sin rumbo durante mucho tiempo con
tus compañeros? ¿Aún no llegaste a Ítaca ni viste a tu mujer en
el palacio?
”Y yo le respondí de esta manera:
”—¡Madre mía! Fue la necesidad la que me trajo hasta el
Hades, a consultar el alma del tebano Tiresias. La patria no la
he visto desde que me embarqué, siguiendo a Agamenón, para
luchar en Troya. Pero responde: ¿cómo te ha alcanzado la
muerte? ¿Fue alguna enfermedad o las flechas de Ártemis?
Háblame de mi padre y de mi hijo, y dime si conservan mi
dignidad real. Revélame también la voluntad y el pensamiento
de mi esposa legítima: si vive con mi hijo y cuida bien mi casa,
o si ya se casó con algún noble de Ítaca.
”Así dije, y mi madre respondió:
”—¡Hijo mío! Tu trono no lo ha ocupado nadie. Tu esposa
continúa en el palacio, con ánimo paciente y angustiado.
Telémaco se ocupa de tus bienes y asiste a los banquetes a los
que es convidado. Tu padre permanece en el campo, sin bajar a
la ciudad, y no acepta dormir en un cómodo lecho con
abrigadas mantas, sino que las cenizas del hogar son su cama
en invierno, y en el verano duerme sobre las hojas secas en el
campo, afligido y llorándote, mientras le llega la vejez ingrata.
En cuanto a mí, no fue una enfermedad ni las flechas de
Ártemis lo que me trajo al Hades, sino la soledad que sentía sin
ti, y el recuerdo de todos tus cuidados y la ternura con que me
tratabas.
”Así dijo mi madre, y luego quise abrazarme a su alma. Tres
veces me acerqué, puesto que así me lo pedía el ánimo; tres
veces se escurrió de entre mis dedos, como se va volando una
sombra o un sueño. Entonces se adueñó de mí un pesar muy
hondo, que se iba acrecentando a cada instante. Le dije estas
palabras:
”—¡Madre mía! ¿Por qué huyes de mí cuando intento
abrazarte?
¿Eres un simulacro enviado por Perséfone para que se
acrecienten mi llanto y mis lamentos?
”A lo que respondió:
”—¡Hijo mío! ¡Ay de mí! No te engaña Perséfone, sino que así
les pasa a los mortales cuando les llega el trance de la muerte:
los nervios ya no pueden sujetar los huesos ni la carne, y todo
lo consume un fuego ardiente cuando la vida desampara al
cuerpo: se va volando el alma, como un sueño. Ahora vuelve
donde brilla el sol, para que un día puedas referirle a tu esposa
lo que acabas de oír.
Otras almas. ”Me quedé viendo cómo se alejaba mi madre, y
pronto comenzaron a acercarse otras almas de mujeres. Así fue
que vi a Alcmena, la madre del gran Hércules; y Ariadna, que
ayudó a Teseo a matar al
Minotauro. Vi a la hermosa Epicastra, que fue madre de Edipo,
y pude ver y oír a numerosas almas de mujeres.
”Y cuando estas se fueron, se presentaron ante mí las almas de
cuantos combatieron en Troya junto a mí. Primero apareció el
glorioso Agamenón, a quien creía muerto en el océano, rota su
embarcación por alguna tormenta. Pero él me relató su fatídica
muerte, a manos de su esposa Clitemestra y de su amante
Egisto. Después vino Patroclo y luego, Antíloco, y el gran
Áyax tras ellos.
”Acto seguido, apareció la sombra del famoso héroe Aquiles, el
de los pies veloces, que se acercó a beber la negra sangre.
Cuando me conoció, me dijo estas palabras:
”—Ingenioso Odiseo, ¿qué estás tramando ahora? ¿Cómo te
has atrevido a bajar hasta aquí, donde los muertos vagan como
sombras?
”Así me dijo, y yo le respondí:
”—Aquiles, el mejor y el más valiente de todos los aqueos, he
venido hasta aquí para hablar con Tiresias y que me dé su
oráculo, pues no he vuelto a mi patria tras embarcar en Troya, y
aún no se terminan mis trabajos. Tú fuiste más dichoso: los
aqueos te honramos como a un dios, y aquí entre los difuntos
sobresales también. No debes apenarte de estar muerto.
”Y él me respondió:
”—Odiseo, no intentes consolarme. Preferiría ser un labrador al
servicio de un hombre miserable, que apenas puede mantener
su hacienda, a mandar en el reino de los muertos. Pero dime
qué ha sido de mi hijo, si se ha quedado en casa o acaso ha ido
a la guerra, para ser el primero en la batalla. Y cuéntame
también, si es que tienes noticias, de mi padre.
”A lo que contesté:
”—No he tenido noticias de Peleo, tu padre; pero sí puedo
hablarte de tu hijo, Neoptólemo. Yo mismo lo llevé en mi
cóncava nave desde Esciro hasta el campamento aqueo. En el
consejo hablaba siempre antes que ninguno, y siempre con
razón. Y no tenía rival en el combate.
”Así le dije, y su alma se fue por la pradera subterránea, feliz
por lo que le había dicho de su hijo.
”Y luego vi al rey Minos, que juzga entre los muertos, quienes
en su presencia le exponen sus historias. Y vi al gigante Orión,
que sigue persiguiendo con su maza de bronce los animales que
mató en su vida. Y vi también a Ticio, el hijo de la Tierra,
acostado en el suelo: dos buitres le roían el hígado sin que él
pudiera defenderse. Y vi después a Tántalo, el cual crueles
tormentos padecía, sumergido en un lago cuya agua le llegaba
al mentón: cada vez que el anciano intentaba beber, las aguas se
esfumaban, absorbidas por la tierra; colgaban sobre él las frutas
de altos árboles, y cuando alzaba el brazo para agarrar alguna,
se las llevaba el viento a las sombrías nubes. Vi de igual modo
a Sísifo, que soportaba una labor muy dura, empujando una
piedra con las manos, intentando llevarla hasta la cima de un
monte; sin embargo, cuando ya estaba cerca de la cumbre, una
fuerza irresistible volvía a empujar la roca cuesta abajo; y
nuevamente Sísifo emprendía la tarea, y el sudor le corría por
el cuerpo y sobre su cabeza se levantaba el polvo. Y vi al
fornido Heracles,79 mejor dicho, su imagen, porque él está
junto a los dioses, comparte sus banquetes y tiene como esposa
a Hebe, de hermosos pies. Cuando me vio, me conoció
enseguida y me habló de este modo:
”—¡Ingenioso Odiseo, hijo de Laertes, del linaje de Zeus! Sin
duda te persigue algún hado funesto, como el que yo sufría
mientras estaba vivo. Aunque era hijo de Zeus, tuve que
padecer males sin cuenta, puesto que estaba sometido a un
hombre muy inferior80 que me ordenó trabajos penosos. Una
vez me envió a estos parajes para
que me llevara al Cancerbero,81 creyendo que no habría
trabajo más difícil para mí; y yo me lo llevé y lo saqué del
Hades, con la ayuda de Hermes y Palas Atenea, la de los ojos
glaucos.
”Así me dijo y luego volvió a hundirse en el Hades. Y yo
habría conocido a los hombres antiguos, a quienes quería ver, a
Teseo82 y Pirítoo,83 si una turba de muertos no se hubiera
congregado con griterío inmenso. El pálido terror se apoderó de
mí, temiendo que Perséfone me enviase del Hades la cabeza de
la horrible Gorgona.84
”Volví enseguida al barco junto a mis compañeros, y soltamos
amarras. Presurosos, mis hombres batieron el oleaje con los
remos, y partimos de allí, con la ayuda de un viento favorable.”
Canto xii
De regreso en la isla de Eea.
“Al regresar a Eea, no bien surgió la hija de la mañana, Eos,
envié algunos hombres al palacio de Circe, para que recobraran
el cadáver de Elpénor. Luego cortamos troncos y le hicimos
una pira en la orilla. Y una vez que quemamos el cadáver y las
armas del muerto, le erigimos un túmulo y clavamos el remo
sobre él.
”En eso vino Circe, seguida de sus criadas, trayendo pan y
carne y rojo vino. Comimos y bebimos todo el día, y cuando el
sol se puso los demás se acostaron junto al barco. Pero a mí
Circe me llevó del brazo a un lugar apartado, para que le
contara todo lo sucedido. Y cuando hube terminado, me dijo
estas palabras:
”—Ya ves que se ha cumplido todo lo que te dije. Ahora
recuerda bien lo que voy a decirte. Cuando partas de aquí,
primero encontrarás a las sirenas,85 que hechizan a los
hombres con su canto. Quien se acerca a escucharlas ya nunca
vuelve a ver a su esposa ni disfruta a sus pequeños hijos
jugando alrededor, celebrando felices el regreso del padre,
puesto que las sirenas, sentadas en un prado junto a un montón
de huesos
humanos putrefactos, lo atraen con su canto irresistible hacia
los afilados peñascos de la costa. Tú pasarás de largo, y taparás
con cera los oídos de los tuyos. Sin embargo, si quieres
deleitarte con su canto, hazte atar de pies y manos al mástil de
tu nave. Cuando haya pasado este peligro, ya no puedo decirte
qué camino escoger. Ante ti se presentan dos posibilidades: la
primera es un estrecho que los dioses llaman Rocas Erráticas.
Se trata de unas rocas prominentes, por donde los navíos no
pasan sin peligro; ni siquiera las tímidas palomas que llevan la
ambrosía al padre Zeus logran salir airosas, pues las rocas a
veces arrebatan alguna. Solo la nave Argo,86 por todos
conocida, logró sortear con éxito este imponente escollo, y eso
fue porque Hera87 quería bien a Jasón. Por el otro camino, se
alzan dos promontorios enfrentados. En uno habita Escila y en
el otro, Caribdis. Para escapar de alguno de estos monstruos
hay que acercarse al otro. Escila tiene doce pies deformes y seis
cuellos larguísimos, y en cada uno de ellos, una horrible
cabeza, en cuya boca hay tres filas de dientes filosos y
apretados. Caribdis vive enfrente, sobre las turbias aguas; una
higuera silvestre la oculta de la vista. Tres veces cada día sorbe
agua y tres veces la vomita horriblemente. No te encuentres allí
cuando la sorbe, porque, si eso ocurre, ni Poseidón habría de
salvarte. Por el contrario, debes acercarte a la cueva en donde
vive Escila, y procurar que tu navío pase lo más rápidamente
que le sea posible. Pues es mejor que extrañes a seis de tus
amigos que a todos ellos. Luego llegarás a la isla de Trinacria,
donde pastan las vacas y ovejas del Sol, que nunca tienen cría,
pero que nunca mueren. Si los tuyos no tocan el rebaño,
regresarán a Ítaca; pero si le provocan algún daño, se perderá la
nave con su tripulación, y si logras salvarte, volverás a tu patria
después de mucho tiempo.
”Así me dijo Circe, y pronto surgió Eos, la del trono dorado.
Las sirenas. ”De regreso en la nave, les ordené a los míos que
subieran y soltaran amarras. Enseguida zarpamos, y batieron
las olas con los remos. Nos conducía un viento favorable,
enviado por Circe. Les expliqué a mis hombres lo que me había
aconsejado Circe. Mientras nos acercábamos a la isla de las
sirenas, tomé un pan de cera, corté pequeños trozos, los
ablandé en mis manos y tapé los oídos de la tripulación. Ellos
me ataron a su vez al mástil con firmes ligaduras,
y luego se sentaron para seguir remando.
”No tardaron mucho las sirenas en percibir que nos
aproximábamos, y pronto se pusieron a cantar:
”—¡Odiseo famoso, gloria de los aqueos, ven aquí! Acércate y
detén la marcha de tu nave para que escuches nuestra bella voz.
Nadie ha pasado por aquí en su nave sin escuchar la suave voz
que fluye de nuestra boca, sino que se marchan tras recrearse
en ella y aprender muchas cosas: pues sabemos lo mucho que
han sufrido aqueos y troyanos por voluntad divina, y también
conocemos cualquier cosa que ocurre sobre la fértil tierra.
Pie de imagen: Odiseo y las sirenas. Mosaico del siglo ii.
”Así decían con su hermosa voz, y en mi alma yo anhelaba
continuar escuchándolas. Llegué incluso a gritarles a los míos
que me dejaran libre, pero no me escucharon. Luego les hice
señas con las cejas, pero ellos se encontraban concentrados
remando; yo les había advertido que no me hicieran caso
aunque les suplicara.
Escila y Caribdis.
”Una vez que dejamos atrás a las sirenas, mis leales
compañeros se quitaron la cera que tapaba sus oídos y soltaron
los nudos que me sujetaban. Poco después, noté delante de
nosotros el vapor de unas olas gigantescas y llegó a mis oídos
un ruido atronador. El miedo se adueñó de mi tripulación y los
remos cayeron de sus manos. La nave se detuvo. Entonces,
exhorté así a mis compañeros:
”—¡Amigos! Ya sabemos lo que es sufrir desgracias. Esta
amenaza no es peor que el cíclope. De él nos escapamos
también por mi valor, decisión y prudencia, como no dudo que
recordarán. Hagan lo que les digo: permanezcan sentados en
los bancos y batan con los remos el oleaje del mar, por si Zeus
quisiera concedernos escapar de la ruina. Y a ti, piloto, yo te
ordeno esto: aparta nuestra nave del vapor y las olas, y procura
acercarla a aquel escollo.
”Así dije y los hombres pronto me obedecieron. No les hablé
de Escila, sin embargo: me había decidido por el mal menor,
evitando la ruta de las Rocas Erráticas, y manteniendo nuestra
embarcación lo más lejos posible de Caribdis. Cruzamos el
estrecho entre lamentos: de un lado estaba Escila y del otro,
Caribdis, sorbiendo enormes cantidades de agua y arrojándolas
luego con violencia por sus horribles fauces. El pálido terror se
apoderó de todos, y mientras nuestros ojos se posaban en
Caribdis, nos atacaba Escila por el otro costado.
”El monstruo arrebató con sus seis bocas al mismo número de
compañeros, que aullaban de agonía y extendían los brazos,
suplicantes, mientras los devoraba la infausta criatura. De los
horrores que sufrí en el mar, aquel fue el más penoso.
Pie de imagen: Escila arrebata a los hombres del barco de
Odiseo.
Cuenco de bronce romano del siglo i.
Los rebaños del Sol. ”Cuando al fin escapamos de Caribdis y
Escila, llegamos a Trinacria, la hermosa isla del Sol, donde
pastaban muchas vacas y ovejas gordas. Recordé los presagios
de Tiresias y Circe y les dije a
mis hombres:
”—Compañeros, escuchen mis palabras. Tiresias el tebano y
Circe me han predicho que debía evitar a toda costa la isla de
Trinacria, que alegra a los mortales, puesto que nos esperan allí
grandes desgracias.
”Así les dije, y todos se sintieron molestos. Y Euríloco, que al
llegar a la isla de la hechicera Circe había hecho gala de
proverbial prudencia, me espetó, fastidiado, estas palabras:
”—¡Eres cruel, Odiseo! Eres muy vigoroso y tu cuerpo no se
cansa. Seguramente eres de hierro, puesto que no permites que
los tuyos, fatigados, amarremos la nave en esta isla y tomemos
la cena y durmamos aquí. Al alba nos pondremos en marcha
una vez más.
”Los demás apoyaron la moción. Entonces comprendí que
algún dios tramaba una desgracia contra nosotros, y le hablé de
esta forma:
”—Euríloco, soy uno contra todos ustedes. Pero prométanme
esto: si nos topamos con una manada de vacas o de ovejas,
ninguno matará, cediendo a la locura, ni una vaca tan solo, ni
una oveja, sino que comerán lo que Circe nos dio.
”Así le dije, y ellos prestaron juramento de que lo harían así.
”Atracamos la nave y bajamos a la isla. Mis hombres
prepararon la comida, y después de comer y de beber, lloraron
recordando a los que habían muerto en las fauces de Escila.
Luego el sueño se apoderó de ellos. Durante todo un mes sopló
sin pausa el Noto, y no nos fue posible emprender el regreso.
Mientras hubo comida y rojo vino, mis hombres se abstuvieron
de tocar los rebaños del Sol. Agotados los víveres, fabricaron
anzuelos e intentaron pescar o cazar pájaros, puesto que el
hambre nos atormentaba. Yo me interné en la isla, para orar a
los dioses y ver si alguno de ellos me mostraba el camino de
regreso a la patria. Me alejé de los míos y me lavé las manos y
les rogué a los dioses del Olimpo, los cuales derramaron sobre
mis párpados el dulce sueño. Y mientras yo dormía, así
exhortaba Euríloco a los otros:
”—Compañeros, escuchen mis palabras. Cualquier clase de
muerte es odiosa a los hombres, pero morir de hambre es la
forma más mísera de cumplir el destino que tenemos fijado.
Tomemos, pues, a las mejores vacas del rebaño del Sol y
hagamos sacrificios en honor de los dioses que habitan en el
cielo. Si nos es concedido regresar a la patria, construiremos
para el Sol un templo ricamente labrado. Y si, irritado por sus
vacas, quiere el hijo de Hiperión destruir nuestra nave y así lo
aprueban los restantes dioses, preferiría morir tragando el agua
de las olas a consumirme lentamente aquí.
”Así les dijo Euríloco, y los otros se mostraron de acuerdo. De
modo que eligieron las mejores vacas, elevaron las súplicas,
degollaron las reses, las trozaron y las pusieron en los asadores.
”El dulce sueño abandonó mis párpados en ese mismo instante,
y rumbeé hacia la nave. Cuando ya estaba cerca de la costa, me
llegó el agradable aroma de la grasa. Suspirando, clamé de esta
manera a los dioses eternos:
”—¡Padre Zeus y demás dioses bienaventurados! Sin duda que
para causarme un daño me han enviado el sueño, pues mientras
yo dormía, mis compañeros han cometido un delito
imperdonable.
”Luego puede enterarme —pues Calipso, que lo había
escuchado de la boca de Hermes, me lo contó después— de que
el Sol también alzó sus plegarias a Zeus y a los dioses:
”—¡Padre Zeus y el resto de los dioses felices e inmortales!
Les pido que castiguen a los compañeros de Odiseo, hijo de
Laertes, pues presas de soberbia han matado mis vacas, a las
que yo me complacía en ver cuando subía al estrellado cielo,
tanto como al bajar de nuevo a tierra. Y si no me compensan,
voy a hundirme en el Hades, y solamente alumbraré a los
muertos.
”Y Zeus, que amontona las nubes, respondió:
”—¡Oh Sol! ¡Sigue alumbrando a dioses y a mortales, pues con
mi ardiente rayo les hundiré la nave en el vinoso mar!
”Cuando yo llegué a la nave, amonesté a mis compañeros,
aunque ya no había remedio, puesto que estaban muertas ya las
vacas. Pronto varios prodigios nos mostraron los dioses: los
cueros se arrastraban solos por el suelo, y mugía la carne en la
parrilla.
El naufragio. ”Seis días más siguió soplando el Noto, y luego
de este plazo pudimos arrojar la nave al mar. Pero no
conseguimos avanzar durante mucho tiempo: el Céfiro sopló
sobre nosotros, y desencadenándose produjo una tormenta de
grandes dimensiones: el viento huracanado quebró el mástil,
que cayó en la cabeza del piloto, matándolo en el acto.
Enseguida se puso negro el cielo y Zeus fulminó la nave
con sus rayos.
”Todos mis compañeros cayeron por la borda y fueron
engullidos por las olas: un dios les denegaba el regreso a la
patria. Yo, sin embargo, me mantuve en pie en cubierta, hasta
que el mar abrió los flancos de la quilla y el mástil se rompió
en su unión con ella. Alcancé a rescatar una soga de cuero que
encontré sobre el mástil; até mástil y quilla, y sentándome en
ambos, dejé que me llevaran los perniciosos vientos. Pronto ya
no sopló el violento Céfiro, y sobrevino el Noto, que me
arrastró toda la noche hasta que pasé nuevamente junto a Escila
y Caribdis; me mantuve agarrado de la higuera mientras
Caribdis vomitaba el mástil y la quilla de sus horribles fauces;
no quiso Zeus que me viera Escila, porque de lo contrario no
me habría librado de una muerte terrible.
”Durante nueve días anduve a la deriva, y a la noche del
décimo los dioses me llevaron a la isla de Ogigia, donde vive
Calipso, la de las lindas trenzas, la cual me recibió con amistad,
y me ofreció su amor y sus cuidados. Pero esto ya lo sabes,
Alcínoo, pues ayer te relaté los hechos en esta misma casa, en
presencia de Arete. ¿Para qué repetir lo que ya se ha explicado
claramente?”
Canto xiii
La última travesía. Cuando Odiseo terminó de hablar, se
quedaron callados los presentes, como si su relato los hubiera
hechizado. Pero Alcínoo enseguida contestó:
—¡Odiseo! Mañana, según creo, volverás a tu patria, y ya no
deberás andar errante, aunque hayan sido muchas tus penurias.
Luego se fueron a dormir, cada uno a su casa. Y no bien surgió
Eos, la de rosados dedos, todos se encaminaron a la nave
llevando los regalos y los víveres y allí mismo gozaron de un
banquete, donde cantó Demódoco, e hicieron sacrificios a
Zeus, por el éxito del viaje. Luego subieron a la embarcación, y
los diestros marinos tendieron una colcha y una tela sobre las
tablas de la popa, para que Odiseo pudiera dormir
profundamente. Los otros se sentaron en los bancos, soltaron
las amarras y golpearon las olas con los remos, mientras sobre
los párpados de Odiseo caía un sueño muy pesado, suave y
dulce, parecido a la muerte. Así, surcaba el ancho mar la nave,
más veloz que un halcón.
Cuando salió la estrella más brillante,88 la que anuncia que Eos
se dispone a surgir, llegaron a la isla. En la playa dejaron a
Odiseo, que seguía dormido, con todas las riquezas que le
habían obsequiado.
El castigo de Poseidón.
Poseidón, sin embargo, continuaba irritado. Fue a visitar a Zeus
y le dijo:
—¡Zeus! Ya nunca me honrarán entre los inmortales, pues ni
siquiera me honran los mortales: ya ves que los feacios, que
para peor son de mi misma estirpe, llevaron a Odiseo hasta su
patria, tras haberlo colmado de regalos.
Zeus le respondió:
—¿Qué tonterías dices? No te odian los dioses: sería difícil
herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre. Empero, si
acaso los humanos te deshonran, dejo librado a tu voluntad que
te vengues de ellos. Obra, pues, como quieras.
Replicó Poseidón:
—Así lo había pensado, Zeus, pero temía tu cólera. Quiero
hacer naufragar la hermosa nave de los feacios, cuando esta
vuelva a casa; y para que en el futuro se abstengan de escoltar
con barcos a los hombres, también quiero ocultar bajo una gran
montaña su ciudad.
Repuso Zeus, que amontona las nubes:
—Lo mejor será esto: cuando los ciudadanos estén mirando
cómo vuelve la nave, transfórmala en un peñasco al lado de la
costa, parecido a una nave, para que luego todos recuerden lo
ocurrido, y cubre la ciudad con una gran montaña.
Cuando oyó Poseidón, que sacude la tierra, las palabras de
Zeus, fue a Esqueria, donde viven los feacios, y se detuvo allí.
Mientras la nave se acercaba, rauda, de regreso a la patria, el
dios la interceptó y
la transformó en un peñasco enorme, con el toque de su mano
inclinada, y luego se marchó. Los feacios, que esperaban en la
costa, quedaron asombrados; entre sí se miraban, sin
comprender lo sucedido. Entonces, Alcínoo les habló:
—¡Oh dioses! Se han cumplido los antiguos presagios de mi
padre, quien me advirtió que Poseidón un día habría de irritarse
con nosotros, por llevar a los hombres por el mar sin nunca
sufrir daño. Decía que algún día haría naufragar una nave
hermosísima, al volver de llevar a un extranjero, y luego
ocultaría nuestra ciudad bajo una gran montaña. Eso dijo mi
padre, y así se está cumpliendo. Escuchen, por lo tanto, lo que
voy a decirles: de ahora en más, no escoltaremos a nadie que
llegue a la ciudad Y sacrificaremos doce toros en honor del que
mueve la tierra, Poseidón, para ver si se apiada de nosotros y
no nos cubre la ciudad bajo una gran montaña.
Así habló, y eso hicieron los feacios.
Odiseo en Ítaca.
Mientras tanto, Odiseo se despertó en su patria. Después de
estar ausente tanto tiempo, no la reconoció; además, Atenea lo
había envuelto en una espesa nube, para que su llegada no fuera
conocida. Entonces se presentó ante él la diosa, tomando el
aspecto de un pastor, joven y agraciado en su figura como el
hijo de un rey. Al verlo, se alegró Odiseo y le dijo estas
palabras:
—¡Salud, amigo! Tú eres el primero que encuentro en estas
tierras. Ojalá no te acerques con malas intenciones. Te ruego
que me ayudes. Dime, ¿qué tierra es esta? ¿Qué pueblo vive
aquí?
Le respondió Atenea, la diosa de ojos glaucos:
—Forastero, eres tonto o vienes de muy lejos. El nombre de
esta tierra no es oscuro. Es escarpada, es cierto, y también es
impropia para andar a caballo; no es, sin embargo, estéril por
completo: produce trigo en abundancia y vino, y son buenos
sus cabras y sus bueyes, y frondosos sus bosques; y tiene
manantiales que jamás se
agotan. Por eso, forastero, hasta Troya ha llegado el nombre de
esta tierra, aunque es muy lejos: Ítaca.
Así le dijo, y se alegró Odiseo, al saber que se hallaba de
regreso en su patria. Enseguida le dijo estas palabras, que no
eran verdaderas, pues no quería revelar su identidad:
—En Troya escuché hablar de la lejana Ítaca. Soy oriundo de
Creta, y voy huyendo puesto que maté a Orsíloco, hijo de
Idomeneo, porque quería privarme del botín. Me acogieron
unos fenicios, a quienes supliqué que me llevaran hasta Pilos o
a Élide, a cambio de una parte del tesoro. Pero la nave se
perdió, y llegamos aquí, luego de andar a la deriva toda la
noche. El sueño se apoderó de mí, y me dejaron con todas mis
riquezas en la playa.
Así dijo Odiseo, y Atenea asumió la figura de una mujer
hermosa y alta, y le habló de esta forma:
—Muy astuto ha de ser quien te supere en la invención de
engaños, Odiseo. ¿Ni siquiera en tu tierra eres capaz de
renunciar a los inventos y a las palabras mentirosas, que
siempre fueron de tu agrado? No hablemos más de ello, que
ambos somos expertos en astucias, pues si tú te destacas entre
todos los hombres, yo soy reconocida entre los dioses. ¿No me
has reconocido todavía? Soy Palas Atenea, hija de Zeus, que
siempre te protege y te auxilia en tus penas. Vengo ahora hasta
ti para forjar un plan, para esconder estas riquezas que por mi
inspiración te dieron los feacios y para revelarte los trabajos
que tendrás que soportar en tu morada. Deberás tolerarlos en
silencio y aguantar los ultrajes que te hagan.
Y el astuto Odiseo respondió:
—Diosa, hasta al más hábil le sería difícil conocerte, pues
tomas la figura que te place. Yo sabía que estabas a mi lado
mientras luchaba en Troya. Pero cuando la guerra terminó,
partimos en las naves y un dios nos dispersó; desde entonces,
jamás volví a verte, hija de Zeus. Pero dime si es cierto que he
llegado a mi querida tierra.
Le contestó Atenea, la diosa de ojos glaucos:
—Tú siempre te comportas con la misma cordura; por eso es
que no puedo abandonarte en la desgracia, porque eres
despierto, inteligente y justo. Te mostraré tu tierra, para que
puedas despejar tus dudas.
Así dijo la diosa y disipó la nube. Enseguida sus ojos pudieron
contemplar la cumbre del boscoso monte Nérito, y la gruta de
las Náyades, las ninfas de los ríos, a quienes Odiseo solía hacer
ofrendas.
Alegrándose en su alma, Odiseo besó la fértil tierra y dijo estas
palabras:
—¡Ninfas Náyades, hijas de Zeus! No creí que volvería a
verlas. Ahora las saludo, pero pronto he de volver a hacerles
sacrificios, si Palas Atenea me conserva la vida.
La diosa de ojos glaucos respondió de esta forma:
El plan.
—No te preocupes, Odiseo, ahora, y pongamos de prisa tu
tesoro en el fondo de la gruta, donde estará seguro, y tramemos
un plan para que todo se haga de la mejor manera. Debes
pensar cómo te vengarás de los desvergonzados pretendientes
que mandan en tu casa y cortejan a tu esposa, que aunque les da
esperanzas, en su interior suspira por que vuelvas.
El astuto Odiseo contestó:
—¡Oh dioses! Habría muerto en mi palacio, igual que
Agamenón, si no me hubieras instruido, diosa, acerca de todo
esto. Vamos, tú traza el plan para que los castigue, e infúndeme
coraje y fortaleza, como cuando luchábamos en Troya codo a
codo. Pues si tú me acompañaras como lo hiciste entonces, yo
lucharía solo contra trescientos hombres.
Y le dijo la diosa de ojos glaucos:
—Puedes estar seguro de que te asistiré cuando llegue el
momento. Pero ahora te haré irreconocible a todos los mortales:
te arrugaré
la piel, haré parecer rala tu rubia cabellera, llenaré de lagañas
tus hermosos ojos y cubriré tu cuerpo con harapos, para que en
el palacio nadie te reconozca. Antes que nada debes visitar al
porquero, el guardián de tus cerdos, que se mantiene fiel, y que
adora a tu hijo y a tu esposa. Lo encontrarás sentado entre los
cerdos, que se alimentan cerca de la Roca del Cuervo, en la
fuente Aretusa, y beben aguas turbias y devoran bellotas. Tú
siéntate a su lado y pregúntale todo cuanto quieras, mientras yo
voy a Esparta, la de hermosas mujeres, a buscar a Telémaco, tu
hijo, que ha viajado hasta allí a ver a Menelao y preguntarle si
su padre aún se encontraba con vida.
Le respondió Odiseo:
—Diosa, ¿por qué no se lo revelaste tú misma, ya que todo lo
sabes? ¿Para que él también pase muchas penurias en el mar y
se coman su hacienda mientras tanto?
Y contestó Atenea, la diosa de ojos glaucos:
—No debes preocuparte por Telémaco. Yo misma lo escolté,
con el propósito de que se hiciera fama de valiente. Es cierto
que lo acechan en su nave los pretendientes y traman matarlo
cuando regrese a Ítaca. Pero te garantizo que no lo lograrán.
Dichas estas palabras, tocó con su varita al divino Odiseo. De
pronto sus cabellos se volvieron ralos, la piel se le arrugó y se
llenaron de lagañas sus hermosos ojos. Lo cubrió con harapos
sucios y rotosos, y le puso en las manos un bastón y una bolsa
de mendigo. Luego se despidieron, y la diosa se marchó rumbo
a Esparta, donde estaba Telémaco.
Canto xiv
En la cabaña de Eumeo. Odiseo, dejando atrás el puerto,
emprendió su camino por el bosque, y atravesó un sendero
escarpado hacia el sitio donde Atenea le había señalado que
encontraría a Eumeo. Y allí encontró al porquero, junto a la
entrada de un corral muy amplio que él mismo había
construido con piedras y maderos, para los cerdos del ausente
rey.
Cuatro fieros perrazos cuidaban a los cerdos. Cuando oyeron
que alguien se acercaba, corrieron a su encuentro ladrando con
violencia. Astutamente, el héroe dejó caer el báculo en el suelo
y se sentó allí mismo. Pero habría sufrido una desgracia si el
porquero no hubiera corrido tras los perros, gritándoles para
que se dispersaran. Eumeo lo ayudó a ponerse en pie y le habló
de esta forma:
—Anciano, faltó poco para que en un instante mis perros te
despedazaran, y seguro me habrías echado a mí la culpa.
Bastante sufrimiento tengo yo, llorando a mi señor y
engordando a sus cerdos para que otros los coman; y él quizás
esté hambriento y ande peregrinando por pueblos y ciudades de
gente extraña que habla extrañas lenguas, si es que aún vive y
ve la luz del sol. Pero sígueme, anciano, vayamos a mi casa
para que pueda darte de comer y beber y me cuentes quién eres
y qué padecimientos has sufrido.
Así habló, y lo condujo a su cabaña. Allí esparció en el suelo
un manto de hojas secas, colocándole encima una abrigada y
gruesa piel de cabra, a manera de lecho. Se alegró Odiseo del
recibimiento, y dijo estas palabras:
—¡Que Zeus y los otros dioses inmortales te concedan aquello
que más quieras, ya que me has recibido con bondad!
Le respondió el porquero:
—¡Oh forastero! Yo no podría rechazar a un huésped, puesto
que son de Zeus todos los forasteros y los pobres. Cualquier
regalo que se le haga a un huésped les es grato a los dioses, por
insignificante que sea; así suelen ser los regalos que hacen los
esclavos, que siempre tienen miedo cuando su amo es joven.
Pues los dioses, sin duda, impidieron que el mío regresara; él
me quería mucho y me había concedido una casa, un terreno y
una mujer hermosa, todo aquello que un amo bondadoso le da a
su servidor si este trabaja para él con ganas. Pero él pereció en
Troya, adonde fue siguiendo a Agamenón.
Dichas estas palabras, salió hacia los chiqueros, atrapó dos
lechones y los sacrificó, y tras descuartizarlos los puso a la
parrilla. Cuando estuvieron listos, se los sirvió a Odiseo y le
entregó además una copa de vino, diciendo estas palabras:
—Oh huésped, come ahora esta carne de lechón, que es lo
único que hay para los siervos; pues los cerdos más gordos los
devoran los viles pretendientes, sin temer la venganza de los
dioses y sin piedad alguna.
Así le habló el porquero. Y cuando terminaron de comer,
Odiseo le dijo estas palabras:
—¡Amigo! Cuéntame ahora quién es ese hombre rico y
poderoso del que me hablabas antes, ese amo tan querido.
¿Dices que pereció defendiendo el honor de Agamenón, en
Troya? Dime cómo se llama, por si acaso pudiera conocerlo.
Quizá yo lo haya visto, y pueda darte alguna nueva de él, pues
he viajado mucho.
Le respondió el porquero:
—¡Anciano! Ni su esposa ni su hijo se dejarían convencer si
por casualidad un vagabundo llegara con noticias suyas. Pues
cada peregrino que aparece en la isla le va a contar mentiras a
Penélope, y mi ama lo recibe y le da de comer y le hace mil
preguntas con los ojos llorosos. Tú mismo inventarías cualquier
cosa, con la esperanza de que te den un manto y una túnica.
Pero seguramente los perros y las aves de rapiña ya le habrán
arrancado a mi amo la carne de los huesos, y su alma debe
haberlo abandonado. O tal vez en el mar lo hayan devorado los
peces y sus huesos estén en una playa, mezclados con la arena.
A quienes lo queríamos ya no nos queda más que la tristeza; y
sobre todo a mí, que nunca encontraré amo tan generoso como
lo era Odiseo.
Y el paciente Odiseo dijo entonces:
—Amigo, ya que niegas con incredulidad la vuelta de tu amo,
te daré mi palabra, y si es preciso bajo juramento, de que tu
amo, Odiseo, está en camino. Solo te pido a cambio de esta
buena noticia un manto y una túnica, que me darás a su llegada.
Es mejor que me creas, pues me son más odiosos que las
puertas del Hades los que buscan aliviar su miseria con
mentiras. Todo se cumplirá tal como te lo anuncio: Odiseo
vendrá este mismo mes, regresará a su casa, y allí se vengará de
todos los que ultrajan a los suyos.
Le contestó el porquero:
—Anciano, no tendré que darte nada por la buena noticia, ni
tampoco el ausente regresará a su casa. Pero bebe tranquilo y
cambiemos de tema, que cada vez que escucho hablar de él se
me entristece el alma. Mejor dime quién eres, en qué país
naciste y por qué estás aquí.
Odiseo inventa una historia.
Así lo interrogó el fiel Eumeo, y Odiseo contó que había estado
en Troya, y se inventó una larga historia, llena de un sinfín de
detalles, para que pareciera verdadera. Y mientras conversaban
sobrevino
la noche, destemplada y sin luna. Zeus hizo soplar el fuerte
Céfiro, y derramó una lluvia persistente. Entonces, Odiseo
tramó un nuevo relato, para ver si el porquero le regalaba un
manto:
—Escucha ahora, Eumeo, pues quisiera decir unas palabras, ya
que me incita el vino, que hasta al más sensato le hace sentir
deseos de cantar y reír con alegría, y lo impulsa a bailar y a
contar cosas que más le convendría guardarse para sí. Pero
dado que he comenzado a hablar, ya no me detendré. ¡Ojalá
fuera joven y tuviera las fuerzas que tenía en Troya, en ocasión
de una emboscada que hicimos junto al muro! Nos guiaban
Odiseo y Menelao, y yo era el tercero. Cuando llegamos junto a
la muralla, nos ocultamos en los matorrales y nos cubrimos con
nuestros escudos. Cayó la noche cruel. Soplaba un viento
gélido y comenzó a nevar. Una capa de hielo cubría los
escudos, y todos los aqueos dormían enfundados en sus
mantos. Pero, insensato, yo me lo había dejado en la cóncava
nave, sin prever una helada. En medio de la noche, lo desperté
a Odiseo, que estaba junto a mí, y así le dije: “¡Ingenioso
Odiseo, de linaje divino! Ya no me contarán entre los vivos,
porque el frío me vence. No traje manto. Me engañó algún dios
cuando dejé las naves vestido con la túnica, y ahora no
encuentro forma de evitar la desgracia”. Así le dije y él, astuto
como siempre, me susurró: “¡Silencio! Que no te escuche
nadie”. Entonces, apoyándose sobre los codos dijo, levantando
la cabeza: “¡Escuchen, compañeros! Un dios me mandó un
sueño: como estamos tan lejos de las naves, que vaya alguno a
preguntarle a Agamenón si puede enviarnos más hombres”. Así
habló y enseguida se puso en pie Toante, y abandonando el
manto se fue a toda carrera hacia las naves. Yo me envolví con
alegría en él, se calentó mi cuerpo, y pronto surgió Eos, la de
dedos de rosa. ¡Ojalá yo tuviera la edad que tenía entonces, y
ese mismo vigor! Quizá, de ser así, me daría un porquero un
manto, por respeto y amistad a un valiente; pero ahora me
desprecias porque cubren mi cuerpo miserables harapos.
Le respondió el porquero:
—¡Anciano! Tu relato es intachable, y todo lo que has dicho es
útil y sensato; por eso te daré el manto que pides, y cualquier
otra cosa propia de un suplicante. Pero otra vez mañana
volverás a vestirte con harapos: aquí no sobra nada, y cada uno
tiene su manto y nada más. Cuando vuelva Telémaco, el hijo de
Odiseo, él te dará un manto y una túnica, y te conducirá donde
tú quieras ir.
Dichas estas palabras, se levantó y le preparó una cama cerca
del fuego al huésped, y la llenó de pieles de ovejas y de cabras.
Se acostó allí Odiseo, y Eumeo le echó encima el manto que
tenía para cubrirse en noches de tormenta. A continuación se
abrigó y se colgó al hombro la espada, y enseguida salió de la
cabaña, porque no le gustaba dormir lejos de sus queridos
cerdos.
Y se alegró Odiseo al ver con cuánto celo Eumeo se ocupaba
de su hacienda.
Canto xv
Telémaco se marcha de Esparta.
Mientras tanto, Atenea había ido a Esparta, para instar a
Telémaco a regresar a Ítaca. Pisístrato dormía en el palacio,
pero encontró a Telémaco a su lado, despierto en medio de la
noche: la suerte de Odiseo lo inquietaba. Atenea, la diosa de
ojos glaucos, se le acercó y le dijo:
—Telémaco, no es bueno que demores lejos de tu palacio, pues
has dejado allí muchas riquezas y unos hombres soberbios: no
sea que se repartan tu hacienda y se la coman, y luego el viaje
te resulte inútil. Pídele a Menelao, valiente en el combate, que
te deje partir, para que halles aún en tu palacio a tu madre,
Penélope, pues ya su padre y sus hermanos la exhortan a
casarse con Eurímaco, que supera a los otros pretendientes en
dádivas nupciales. Y te advierto otra cosa: los más poderosos
de los pretendientes se encuentran emboscados, aguardando
que vuelvas, en el estrecho que separa a Ítaca de la escabrosa
Same. Se frustrarán sus planes: tú embárcate de noche y
mantén el navío alejado de las islas, pues el dios que te auxilia
te enviará unos vientos favorables. Cuando llegues a Ítaca, irás
directamente a casa del porquero, el que cuida los cerdos y te
es fiel. Pasa la noche allí, y envíalo a la ciudad para anunciarle
a tu madre Penélope que has vuelto sano y salvo.
Tras hablar de esta forma, la diosa se marchó al lejano Olimpo.
Entonces Telémaco despertó a Pisístrato y le dijo estas
palabras:
—¡Despierta, hijo de Néstor, y engancha los caballos, para que
nos pongamos en camino!
Le contestó Pisístrato:
—Telémaco, aunque estemos apurados por emprender el viaje,
no es posible guiar a los caballos mientras dure la noche
tenebrosa. Ya va a mostrarse Eos. Esperemos a que el héroe
Menelao, famoso por su lanza, nos traiga los regalos y mande
que los carguen en el carro. Y luego despidámonos de quien
nos recibió hospitalariamente: es menester que sea así,
Telémaco.
Así dijo. Enseguida surgió Eos, la de trono dorado. Y entonces
Menelao se levantó del lecho, que compartía con la hermosa
Helena. Al ver que se acercaba, se levantó Telémaco, y luego
de vestirse, fue a su encuentro y le dijo:
—¡Oh Menelao, príncipe de hombres, del linaje de Zeus!
Permíteme partir a mi querida patria, que ya siento deseos de
volver a mi hogar.
Le contestó el valiente Menelao:
—Telémaco, si es ese tu deseo, yo no te retendré: me es
igualmente odioso tanto el anfitrión que trata al huésped con
excesivo amor como el que lo recibe con un ánimo hostil; ser
moderado es siempre conveniente. Pero espera que traiga mis
regalos y mande que los pongan en tu carro, junto con
provisiones para la travesía.
Helena interpreta un presagio.
Así se hizo, y luego de cargar los regalos en el carro, subieron
ellos mismos, dispuestos a partir. Pero antes de azuzar a los
caballos ocurrió algo asombroso: por sobre sus cabezas pasó
volando un águila que llevaba en las garras un ganso blanco,
enorme, que había arrebatado quizá de algún corral, pues la
seguían hombres y mujeres que daban grandes gritos; al llegar
junto al carro, giró hacia la derecha.
Al ver este prodigio, se les alegró el alma a todos los presentes,
y dijo así Pisístrato:
—¡Oh Menelao, príncipe de hombres, del linaje de Zeus!
Explícanos si el dios que envió este presagio lo hizo aparecer
para nosotros o solo para ti.
Menelao se puso a meditar qué respuesta ofrecerle, pero la
hermosa Helena se adelantó, diciendo estas palabras:
—Escuchen: les diré lo que sucederá, pues así me lo inspiran
los dioses en el ánimo, y creo firmemente que así se cumplirá.
De la misma manera en que el águila vino del monte, donde
tiene sus pichones y su morada, y arrebató este ganso, criado en
una casa, así, tras padecer muchas penurias y andar errante
largo tiempo, regresará Odiseo y logrará vengarse, si es que no
está ya en casa tramando muchos males contra los
pretendientes.
Y respondió Telémaco:
—¡Que Zeus cumpla lo que dices! En ese caso, te invocaré en
mi casa como a una diosa cada día que viva.
Luego se despidieron, y los caballos se lanzaron a correr por la
ciudad, buscando la llanura.
Telémaco se embarca rumbo a Ítaca.
Ya de regreso en Pilos, así le habló Telémaco a Pisístrato:
—Ya que nos unen viejos lazos hospitalarios, por la amistad
que tienen nuestros padres, además de que somos de la misma
edad, y estamos más unidos tras este viaje juntos, voy a pedirte
algo: déjame aquí, junto a la embarcación; no sea que tu padre
me retenga contra mi voluntad, queriendo agasajarme, pus a mí
me urge llegar lo antes posible a casa.
Así dijo, y Pisístrato le concedió el pedido. Sin más demora, se
embarcó Telémaco, y Atenea, la diosa de ojos glaucos, le envió
un viento propicio, a fin de que el navío atravesara el mar lo
más pronto posible. Mientras guiaba el barco, Telémaco
pensaba si lograría huir de la emboscada o si lo apresarían para
darle muerte.
Odiseo conversa con Eumeo.
Mientras tanto, Odiseo cenaba con Eumeo y algunos
campesinos que con él trabajaban. Después de la comida,
Odiseo habló así, para ver si el porquero seguiría albergándolo
en su casa:
—Amigos míos, oigan lo que voy a decirles: cuando amanezca,
me pondré en camino a la ciudad. No quiero convertirme en
una carga para ustedes. Solo te pido, Eumeo, que me indiques
cómo llegar a la ciudad, o que alguien de los tuyos me
acompañe. Mendigaré en las calles, por si alguien quiere darme
una copa de vino y un mendrugo de pan. También iré al palacio
de Odiseo, para darle noticias a Penélope, y veré a los
soberbios pretendientes, a ver si me convidan algo de comer, ya
que tienen de todo en abundancia; a cambio haré lo que me
pidan ellos, pues nadie me supera en preparar el fuego, en
trinchar y asar carne, o en escanciar el vino: son esos los
servicios que les prestan los criados a sus amos.
Le respondió, muy afligido, Eumeo:
—¿Qué cosas dices, huésped? Lo que tú buscas es morir, sin
duda, si quieres tener trato con los viles pretendientes, cuya
violencia y arrogancia enormes llegan hasta el firmamento. En
nada se parecen sus criados a ti: siempre los sirven jóvenes de
hermosa cabellera y rostro rozagante, que van vestidos con su
manto y su túnica. Quédate con nosotros, que tu presencia no
molesta a nadie. Cuando venga el amado hijo de Odiseo, te
obsequiará una túnica y un manto, y te conducirá adonde tú
quieras.
Le respondió el paciente y divino Odiseo:
—¡Eumeo! ¡Ojalá Zeus te llegue a querer tanto como te quiero
yo, puesto que me has librado de la miseria y del vagabundeo!
No hay, para el hombre, nada más terrible que una vida errante.
Así dijo Odiseo, y luego preguntó por su padre, Laertes. Eumeo
le contó que el anciano vivía, aunque todos los días le suplicaba
a Zeus que le enviara la muerte, abrumado de pena por la
ausencia de su hijo y la pérdida de su esposa.
Y siguieron hablando, hasta que al fin el sueño los venció,
aunque no por mucho tiempo, porque enseguida vino Eos, la de
trono dorado.
Telémaco llega a Ítaca. Mientras tanto, la nave de Telémaco,
gracias a los consejos de Atenea, había llegado a tierra,
eludiendo la emboscada, y los hombres quitaron rápidamente el
mástil y plegaron las velas. Luego de esto, llevaron la nave al
fondeadero, arrojaron el ancla y ataron las amarras. Después de
desembarcar, comieron y bebieron, y tras la cena
dijo así Telémaco:
—Compañeros, ahora lleven la negra nave a la ciudad, pues yo
me iré al campo a ver a los pastores: cuando caiga la tarde, una
vez que haya recorrido mis fincas, volveré a la ciudad. Y
mañana les daré, como premio, un banquete abundante de
dulce vino y carnes.
Así dijo Telémaco, y los hombres volvieron a embarcar,
llevando a la ciudad la negra nave. Telémaco se ató las
hermosas sandalias, tomó la fuerte lanza y emprendió su
camino, marchando a paso vivo, hasta donde guardaba sus
abundantes cerdos el fiel porquero Eumeo.
Canto xvi
Telémaco en la cabaña de Eumeo.
No bien surgió la aurora, Odiseo y Eumeo encendieron el fuego
en la cabaña y se pusieron a hacer el desayuno, después de
despedir a los pastores, que se fueron con los cerdos. Entonces
escuchó el astuto Odiseo unos pasos afuera y advirtió que los
perros no ladraban. Le dijo estas palabras al porquero:
—Eumeo, me parece que algún amigo o conocido viene,
porque escucho pisadas y los perros no ladran.
Apenas dijo esto, apareció en la puerta su querido Telémaco.
Sorprendido, el porquero se levantó y se le cayeron unas tazas
en que estaba mezclando el negro vino. Fue enseguida al
encuentro de Telémaco y besó su cabeza, su rostro delicado,
sus ojos y sus manos, como un padre que abraza a su único hijo
que le nació de viejo. Mientras lloraba de alegría, Eumeo le
dijo estas palabras:
—¡Mi dulce luz, Telémaco, has llegado! Ya no pensaba verte,
desde que te marchaste a Pilos en esa nave. Pero entra, hijo
querido, para que pueda verte y se alegre mi alma. No vienes a
menudo a ver el campo. Prefieres la ciudad, como si te
agradara estar entre esos viles pretendientes.
Le respondió Telémaco:
—Anciano, así lo haré, pues he venido a verte especialmente a
ti, para saber si mi madre se encuentra aún en el palacio, o
alguno de esos hombres la ha desposado ya.
Le contestó el porquero:
—Tu madre permanece en el palacio, con el alma afligida, y
consume sus días y sus noches llorando sin cesar.
Después de hablar así, tomó la lanza de Telémaco y lo hizo
pasar al interior de la cabaña. Entonces Odiseo hizo ademán de
levantarse, pero se lo prohibió Telémaco, diciendo estas
palabras:
—Huésped, no te levantes: seguro que hallaremos otra silla.
Eumeo extendió entonces una piel de cordero sobre un colchón
de hojas, y allí se acomodó el hijo de Odiseo. Luego les sirvió
Eumeo carne asada que había sobrado de la víspera, y les dio
vino en una copa rústica. Una vez que comieron y bebieron,
Telémaco le dijo al fiel porquero:
—¿De dónde viene el forastero, anciano? ¿Cómo ha llegado a
Ítaca? Le contestó el porquero:
—Afirma haber venido en barco desde Creta, después de visitar
muchas ciudades, puesto que así se lo tramó el destino. Y ahora
yo te lo encomiendo: haz por él lo que mejor te parezca, pues
se jacta de ser tu suplicante.
Le contestó Telémaco:
—Eumeo, tus palabras me producen una enorme congoja.
¿Cómo puedo acoger al huésped en mi casa? Soy joven y no
tengo la fuerza necesaria para salir en su defensa, en caso de
que lo injurie alguno de los pretendientes. Pero le entregaré un
manto y una túnica, vestidos muy hermosos, le obsequiaré una
espada y unas lindas sandalias, y le prestaré ayuda para que
vaya adonde más desee. Y si quieres tenerlo aquí en tu casa, te
enviaré vestidos y comida, a fin de que no gastes en su
manutención. Pero, eso sí: no le permitiré que vaya allá, a
juntarse con los viles pretendientes, pues si lo ofenden me
provocarían un enorme disgusto: un hombre, por más fuerte
que sea, no
puede hacerles frente a tantos enemigos. Pero ahora apresúrate:
es urgente que vayas a avisarle a mi madre que he vuelto sano y
salvo, y procura que nadie se entere de mi vuelta, pues son
muchos los que maquinan males en mi contra. Mientras tanto,
yo me quedaré aquí.
Odiseo se da a conocer a Telémaco.
Así dijo Telémaco. Enseguida se puso en marcha el fiel
porquero Eumeo. Entonces Atenea asumió la figura de una
mujer hermosa y se paró en la entrada. Solo Odiseo era capaz
de verla, pues los dioses no se hacen visibles para todos. Nada
notó Telémaco; sin embargo, los perros percibieron su
presencia, y en vez de ladrar escaparon al fondo del establo
entre gemidos. La diosa le hizo señas a Odiseo, y este salió de
la cabaña y se reunió con ella.
Entonces Atenea le dijo estas palabras:
—Ingenioso Odiseo, de linaje divino, es hora de que hables con
tu hijo y le digas quién eres, para que luego de tramar la ruina
de los soberbios pretendientes vayan juntos a la ciudad; y yo no
estaré lejos de ustedes mucho tiempo, deseosa como estoy de
entrar en la batalla.
Así dijo Atenea, y lo tocó con su varita de oro. Al instante, una
túnica y un manto le cubrían el cuerpo, y parecía más alto y
vigoroso. Recuperó también su tez morena, las mejillas se le
redondearon y le brotó de nuevo negra barba.
Luego de esto, la diosa se marchó y el héroe volvió a entrar en
la cabaña. Cuando lo vio su hijo querido, se asombró, y
temiendo que pudiera ser un dios, apartó la mirada y le habló
así:
—¡Forastero! Parece que eres otro… Ya no tienes las mismas
vestiduras y tu cuerpo tampoco es el de antes. Sin duda eres un
dios: te ruego que nos seas favorable, para que te ofrezcamos
sacrificios y te hagamos regalos. ¡Ten piedad de nosotros!
Le respondió Odiseo:
—No soy un dios, Telémaco, sino tu padre amado, por quien
sufres y lloras, y aguantas los ultrajes de esos hombres.
Diciendo así, besó al fin a su hijo, y dejó que las lágrimas, que
hasta el momento había contenido, brotaran de sus ojos. Sin
embargo, Telémaco aún no estaba convencido de que fuera su
padre y le habló así:
—Tú no eres Odiseo, mi padre, sino un dios que pretende
engañarme, para que me lamente más todavía. ¿Cómo es
posible que, hace un rato, fueras un anciano andrajoso, y ahora
te parezcas a uno de los dioses que habitan en el cielo?
Y el astuto Odiseo respondió:
—Telémaco, no esperes que venga otro Odiseo más que yo.
Tras veinte años regresé a la patria, después de sufrir penas
incontables. El cambio en mi figura es obra de Atenea, la diosa
de ojos glaucos, pues ella puede hacerlo. Cualquiera de los
dioses que habitan en el cielo puede darle la gloria a un hombre
o destruirlo.
Dichas estas palabras, se sentó. Telémaco abrazó a su padre, y
los dos lloraron largamente, como gimen las aves cuando los
campesinos les roban los pichones que no saben volar. Y la
puesta del sol los habría encontrado abrazados llorando, si
Telémaco de pronto no le hubiera preguntado a su padre de qué
manera había llegado a Ítaca.
Odiseo y Telémaco traman la venganza.
Le respondió el paciente y divino Odiseo:
—Hasta aquí me trajeron los feacios, famosos por sus naves,
que escoltan a los huéspedes que llegan a sus tierras. Llegué
dormido y ellos me dejaron en la playa, con múltiples tesoros,
que ahora están a salvo en una gruta. Después vine hasta aquí,
siguiendo los consejos de Atenea, a fin de que tramemos juntos
la ruina de los pretendientes. Pero háblame de ellos y dime
cuántos son, para ver si podremos bastarnos los dos solos, o
será menester pedir ayuda.
Le respondió Telémaco:
—¡Oh padre! Estaba al tanto de tu fama, tanto en la lucha como
en el consejo, pero dos hombres solos nada podrán hacer contra
tantos varones esforzados. No son diez ni son veinte, sino en
verdad muchísimos:
cincuenta y dos vinieron de Duliquio, acompañados por seis
escuderos. De Same hay veinticuatro; de Zaquinto son veinte, y
de la misma Ítaca son doce, y todos ellos valerosos. Si les
hacemos frente en el palacio, creo que pagaremos con la
muerte el propósito de vengar sus excesos.
Y le dijo Odiseo:
—¿Te parece que Zeus y Palas Atenea son suficiente ayuda, o
he de buscar auxilio en otra parte?
Le respondió Telémaco:
—Padre, ambos son aliados excelentes; pero ellos viven en el
ancho cielo.
Le respondió el paciente y divino Odiseo:
—No permanecerán muy lejos de nosotros cuando haya que
luchar. Ahora escucha bien lo que voy a decirte: apenas surja
Eos, vete a casa y únete a los soberbios pretendientes. El
porquero, más tarde, me llevará hasta el pueblo, y me
presentaré transformado en un anciano y miserable mendigo. Si
esos hombres me insultan o maltratan, deberás soportarlo,
aunque me arrastren por los pies o me echen. Tú con suaves
palabras amonéstalos, para que pongan fin a sus locuras; pero
no te harán caso, pues está cerca el día de su muerte. Y no bien
Atenea me lo indique, yo te haré una señal con la cabeza y tú
recogerás todas las armas que encuentres en la casa, para luego
guardarlas en el sótano. Si alguno de los viles pretendientes te
pregunta el motivo, le dirás que el fuego del hogar estropea las
armas de Odiseo, que han perdido su brillo, y que además te
preocupa que haya una disputa entre los pretendientes y acaben
matándose entre ellos. Y te diré algo más: si en verdad eres
sangre de mi sangre, a nadie le dirás que Odiseo está en casa, ni
al anciano Laertes, ni al fiel porquero Eumeo, ni a los siervos,
ni a la misma Penélope. Será nuestro secreto.
Los pretendientes se enteran del regreso de Telémaco.
Mientras los dos planeaban estas cosas, la nave que había
traído de Pilos a Telémaco arribó a la ciudad. No bien
desembarcaron,
enviaron un heraldo a casa de Penélope, para comunicarle que
Telémaco había regresado sano y salvo, y ahora estaba en el
campo, recorriendo sus fincas. En la puerta, el heraldo se
encontró con Eumeo, que había ido hasta ahí con el mismo fin.
Una vez que cumplió su cometido, el fiel porquero se marchó
hacia el campo. Los pretendientes, cuando se enteraron, se
sintieron confusos y afligidos. Salieron del palacio, y afuera se
sentaron delante de la puerta. Su cabecilla, Antínoo, los exhortó
diciendo estas palabras:
—¡Los dioses han librado de este mal a Telémaco! ¡Pensemos
otra forma de matarlo, y que esta vez no escape! Mientras él
viva, no podremos cumplir nuestro propósito. Vamos, démonos
prisa, antes de que reúna a los aqueos en el ágora, y allí
denuncie cómo tramamos contra él una muerte terrible. No
aprobará nuestro accionar el pueblo; quizá nos ejecuten o tal
vez nos destierren. Matémoslo en el campo, lejos de la ciudad,
y luego repartámonos sus bienes equitativamente entre
nosotros.
Así les dijo Antínoo, y todos se quedaron en silencio. Se puso
de pie Anfínomo, y les dijo:
—Amigos, no quisiera que matemos a Telémaco, pues es delito
grave destruir el linaje de los reyes. Consultemos primero la
voluntad divina. Si los dioses lo aprueban, lo mataré yo mismo.
Pero si no es así, les aconsejaré que desistan de hacerlo.
Así les dijo Anfínomo, y los otros pretendientes se mostraron
de acuerdo. Casualmente, Penélope escuchó lo que los
pretendientes estaban discutiendo; subió a su habitación y se
acostó en la cama, llorando amargamente, hasta que al fin la
diosa de ojos glaucos vertió sobre sus párpados el sueño.
Mientras tanto, el porquero volvió con Odiseo y Telémaco, y
juntos prepararon la cena. Atenea ya había vuelto a tocar con su
vara a Odiseo y lo había convertido nuevamente en un anciano,
para que el fiel Eumeo no lo reconociera. Una vez que
comieron y bebieron, los tres se recostaron en sus lechos y el
sueño los rindió.
Canto xvii
Telémaco vuelve al palacio.
Cuando surgió la hija de la mañana, Eos, la de dedos de rosa,
Telémaco se ató las hermosas sandalias, y tras tomar la lanza,
mientras se disponía a ir a la ciudad, le dijo así al porquero:
—Anciano, vuelvo raudo a Ítaca, para que así mi madre pueda
verme y deje el triste llanto. Te pido que acompañes a la ciudad
al huésped infeliz, para que pueda mendigar allí.
Así dijo, y salió de la cabaña, andando a paso firme y
maquinando males contra los pretendientes. Cuando llegó al
palacio, la discreta Penélope corrió a echarse en sus brazos, le
cubrió de besos la cabeza y los ojos, y le dijo, entre lágrimas:
—¡Mi dulce luz, Telémaco, has llegado! Ya no pensaba verte
desde que te marchaste a Pilos en esa nave, a escondidas y
contra mi deseo, para buscar noticias de tu padre. Pero vamos,
relátame lo que has podido averiguar de él.
Sin embargo, Telémaco le dijo solamente lo que le había dicho
Menelao: que Odiseo vivía, y que era prisionero en el palacio
de la ninfa Calipso, donde permanecía contra su voluntad, pues
no tenía nave ni una tripulación que lo ayudara a atravesar el
mar.
El perro Argos reconoce a Odiseo. En tanto conversaban
Penélope y Telémaco, Eumeo y Odiseo se ponían en camino.
Cuando ya se acercaban al palacio, oyeron el sonido de la lira
de Femio, que tocaba y cantaba para los pretendientes. Y al
llegar a las puertas del palacio, le dijo así Odiseo al fiel
porquero:
—Esta ha de ser sin duda la casa de Odiseo. Se distingue entre
todas las demás por tener más de un piso, por su muro
almenado alrededor del patio, y las hermosas puertas de dos
hojas. Nadie despreciaría semejante mansión. Creo que en su
interior multitud de varones celebran un banquete, pues siento
olor a carne asada y oigo la melodiosa lira, que los dioses
hicieron compañera natural del banquete.
Así dijo Odiseo, y al escuchar su voz, un perro de la casa, que
estaba echado allí, levantó la cabeza y paró las orejas: era
Argos, el perro de Odiseo, quien lo había criado desde
cachorro, aunque luego no había podido disfrutarlo, porque
había tenido que partir hacia Troya. Antes de su partida, lo
llevaban los jóvenes a cazar, pero ahora, en ausencia de su
dueño, estaba echado encima del estiércol que tenían allí, junto
a la puerta, para que los criados abonaran los campos. Cuando
vio que Odiseo se acercaba, movió la cola, alegre, y bajó las
orejas, y aunque intentó moverse y salir a su encuentro, no
pudo levantarse. Cuando lo vio, Odiseo, sin que lo viera el otro,
se secó con la mano una lágrima, y dijo:
—¡Eumeo! Me sorprende que ese perro esté sobre el estiércol,
pues su cuerpo es hermoso, aunque no sé si era veloz de joven,
o si era más bien como aquellos perros que los señores crían en
la casa para que los diviertan.
Le contestó el porquero:
—Ese perro que ves perteneció antiguamente a un hombre que
murió lejos de aquí. Si tú lo hubieras visto en vida de Odiseo,
te habrías admirado de lo veloz y ágil que era: entonces no
dejaba escapar ninguna presa. Pero ahora ya nadie cuida de él.
Y tras hablar así, atravesó las puertas de la casa y penetró en la
sala donde estaban los viles pretendientes. Y en ese mismo
instante, después de veinte años de esperar a Odiseo, la negra
muerte se adueñó de Argos.
Odiseo, disfrazado, mendiga entre los pretendientes.
Al ver entrar a Eumeo, le hizo señas Telémaco para que se
sentara junto a él. Poco después, entró Odiseo en el palacio,
convertido en un viejo y miserable mendigo, que se apoyaba en
un bastón e iba vestido con harapos, y se sentó en el piso, al
lado de la puerta. Telémaco tomó un trozo de carne y un pedazo
de pan, y le dijo al porquero:
—Llévale esto al huésped, y mándale que vaya por las mesas y
les pida a los viles pretendientes, pues el pudor no le conviene
al hombre que está necesitado.
Así lo hizo Eumeo, y llevó la comida y transmitió el mensaje.
Poniendo las vituallas sobre su bolsa, sucia y harapienta,
Odiseo comió. Cuando el aedo concluyó su canto, Atenea, la
diosa de ojos glaucos, se aproximó a Odiseo y lo instó a
mendigar entre los pretendientes, para ver cuáles de ellos eran
justos y cuáles, más benévolos, aunque ninguno de ellos habría
de salvarse de la muerte. Se puso en pie Odiseo y empezó a
mendigar, pidiendo a cada uno con la mano extendida, como si
hubiera mendigado siempre. Ellos, compadeciéndose, le
ofrecían limosna, se miraban entre ellos, extrañados, y se
preguntaban quién podría ser el huésped. Y Antínoo, al
enterarse de que Eumeo lo había traído a la ciudad, lo increpó
de esta forma:
—¡Afamado porquero! ¿Por qué trajiste a este hombre a la
ciudad? ¿Acaso no tenemos suficientes mendigos, que arruinan
los banquetes? ¿O te parece poco que los que aquí se juntan
den cuenta de los bienes de tu amo Odiseo, y quisiste invitar
también a este?
Le respondió el porquero:
—Antínoo, has sido siempre, de entre cuantos pretenden a
De todos modos, yo no me preocupo, mientras vivan aquí
Penélope y Telémaco, que es semejante a un dios.
Telémaco le dijo así a Antínoo:
—Antínoo, me aconsejas con el celo de un padre por su hijo,
cuando me ordenas expulsar al huésped. ¡No permitan los
dioses que algo así suceda! Dale algo, que no te lo prohíbo; por
el contrario, quiero que lo hagas, y no temas que mi querida
madre o alguno de los siervos puedan tomarlo a mal. Pero no
hay en tu pecho tal propósito, ya que prefieres comer tú solo en
vez de compartir.
Y Antínoo respondió:
—¡Eres un fanfarrón, Telémaco, incapaz de contener tu enojo!
Si todos los demás hicieran como yo y no le dieran nada,
pronto nos libraríamos de él, y para siempre.
Sin embargo, los otros pretendientes le dieron a Odiseo un poco
de comida cada uno y llenaron su bolsa. Y ya Odiseo iba a
sentarse de nuevo al lado de la puerta para comer la carne y el
pan que le habían dado, pero al pasar al lado de Antínoo se
detuvo y le habló de este modo, inventando una historia
fabulosa:
—Amigo, dame algo, porque no pareces menos noble que los
otros, sino más distinguido, y semejante a un rey. Por eso debes
darme más pan que los demás, y yo divulgaré tu fama por la
tierra. Hace años, yo también vivía en un palacio, tenía criados
y ofrecía limosna al vagabundo, sin importar quién fuera ni la
naturaleza de su necesidad. Pero la voluntad de Zeus me
arruinó, instándome a ir a Egipto con mis naves; allí nos
capturaron los piratas, y a muchos los mataron, pero a mí me
entregaron a Dmétor, que reinaba con gran poder en Chipre, y
desde allí he venido, después de padecer mil infortunios.
Y Antínoo respondió:
—¿Qué dios nos ha enviado esta peste a arruinarnos el
banquete? Todos dan sin medida, pues comen de la hacienda de
otro hombre. Apártate de aquí, no sea que te envíe a mendigar a
Chipre o al amargo Egipto nuevamente.
Y mientras se alejaba, Odiseo le dijo:
—¡Oh dioses! En verdad tu inteligencia en nada se compara
con tu noble figura. Ni un puñado de sal darías de tu casa a
quien te suplicara, ya que ahora, sentado en mesa ajena, no has
querido ofrecerme ni un mendrugo de pan, y eso que tienes a
mano tantas cosas.
Así dijo, y Antínoo se irritó más aun, y mirándolo fijo le habló
de esta manera:
—¿Te atreves a insultarme? ¡Ya no saldrás impune del palacio!
Y tomó el escabel89 que tenía a sus pies, lo arrojó contra
Odiseo y alcanzó a golpearlo en el hombro derecho. Pero
Odiseo se mantuvo firme y agitó la cabeza, tramando en su
interior siniestros planes. Entonces se alejó y se sentó en el
piso, en el lugar de antes, y les habló así a los pretendientes:
—Escuchen, pretendientes de la ilustre Penélope: ningún varón
se apena si lo hieren por defender su hacienda; pero Antínoo
me hirió por causa del funesto vientre, que tantos males
ocasiona al hombre. Si en algún lado existen los dioses que
protegen a los pobres mendigos, que le den muerte a Antínoo
antes de que la boda se realice.
Así dijo. Y Telémaco, al ver cómo golpeaban a su padre, sintió
en su corazón una gran pena, pero contuvo el llanto y agitó la
cabeza, tramando en su interior siniestros planes.
Cuando supo Penélope que Antínoo había golpeado al
forastero, le dijo estas palabras a su criada Eurínome:
—Todos los pretendientes son odiosos, pero sin duda Antínoo
es el más despreciable. ¡Ojalá Febo Apolo, famoso por su arco,
lo mate con sus flechas!
En ese mismo instante, Telémaco estornudó con fuerza.
Entonces, Penélope mandó a llamar a Eumeo y le habló así:
—Vamos, dile al forastero que venga. ¿No has visto que mi
hijo estornudó después de mis palabras? Es señal inequívoca de
que los pretendientes morirán, sin que escape ninguno. Y te
diré algo más: si lo que dice el huésped es verdad, yo le
regalaré un manto y una túnica, vestidos muy hermosos.
Así dijo, y Eumeo fue a buscar a Odiseo, quien le dijo en
respuesta:
—Eumeo, sin tardanza iría a ver a la reina Penélope, pero temo
a los crueles pretendientes, cuya soberbia llega al mismo cielo,
que hace instantes apenas me golpearon, y nadie lo impidió. Tú
anúnciale a Penélope que acudiré a su lado no bien se ponga el
sol, para darle noticias de su esposo.
Eumeo transmitió el mensaje a la reina, y ella estuvo de
acuerdo. Acto seguido, fue donde estaba Telémaco y le dijo:
—Amigo, yo me voy de nuevo con los cerdos, y a cuidar de tu
hacienda y de la mía. De todo lo de aquí has de ocuparte tú: y
sobre todo cuídate tú mismo, pues muchos son los que traman
daños en tu contra.
¡Ojalá los destruya el padre Zeus antes de que se vuelvan una
plaga!
Le respondió Telémaco:
—Anciano, así se hará. Ahora vete a casa, y regresa mañana
con el alba, y trae contigo hermosos animales; que yo me
ocuparé de las cosas de aquí, con la ayuda de los dioses.
Así dijo, y Eumeo abandonó el palacio, donde los pretendientes
seguían recreándose con el canto y la danza, y volvió con los
cerdos mientras caía la tarde.
Canto xviii
Odiseo pelea contra Iro.
No bien se marchó Eumeo, apareció en el palacio un mendigo
al que llamaban Iro, que solía pedir por las calles de Ítaca;
todos lo conocían por su glotonería inmoderada. Al llegar, se
propuso expulsar a Odiseo y le habló con palabras injuriosas:
—Anciano, sal de ahí, para que yo me siente, si quieres evitar
que te saque arrastrándote de un pie.
Y mirándolo fijo, el astuto Odiseo respondió:
—¡Desdichado! Ningún daño te causo, y tampoco me opongo a
que te den limosna. Aquí hay lugar para los dos: no envidies lo
mío. Me parece que eres un vagabundo como yo, y son los
dioses quienes conceden la abundancia. Pero no me provoques
a luchar: no sea cosa que, viejo como soy, te haga brotar la
sangre por el pecho y los labios; y así descansaría más
tranquilo mañana, pues no creo que intentes el regreso a casa
de Odiseo.
Y el vagabundo Iro le respondió, enojado:
—¡Oh dioses! ¡Miren qué desfachatez! Habla como una vieja,
el muy glotón. En guardia, vejestorio, verás cómo te bajo los
dientes de la boca con mis puños.
Antínoo, que miraba divertido, entre risas les dijo a los demás:
—¡Amigos! Jamás hubo diversión semejante en esta casa.
Algún dios la ha traído. El forastero e Iro no dejan de insultarse
y provocarse; hagamos que peleen cuanto antes.
Después de decir esto, todos rodearon a los dos mendigos, y así
les dijo Antínoo:
—Ilustres pretendientes, escuchen mis palabras: en el fuego
hay dos vientres de cabra deliciosos. El que gane el combate se
quedará con el que más le guste. Y por si fuera poco, el
ganador compartirá el banquete con nosotros, y nunca
dejaremos que entre otro mendigo a pedir a la casa mientras él
esté aquí.
Así les habló Antínoo, y el astuto Odiseo, que meditaba
engaños, les dijo estas palabras:
—¡Amigos! Aunque no es justo que un hombre viejo,
abrumado por múltiples desgracias, combata con un joven, a mí
me mueve el hambre a aceptar el convite, por más que acabe
muerto por los golpes. Pero prometan todos que ninguno, por
socorrer a Iro, y actuando injustamente, caerá sobre mí.
Todos juraron como se lo solicitó el astuto Odiseo, y comenzó
el combate. Odiseo dudaba si era mejor matar de un solo golpe
a Iro, precipitando su alma súbitamente al Hades, o darle un
golpe suave que lo echara por tierra, para que los soberbios
pretendientes no lo reconocieran. Al fin se decidió por esto
último, y lanzó un puñetazo que alcanzó a su oponente en la
mandíbula, debajo de la oreja, que le rompió los huesos y le
hizo echar sangre por la boca. Iro quedó tendido inmóvil en el
suelo, mientras los pretendientes levantaban los brazos y se
morían de risa. Entonces Odiseo tomó a Iro del pie, lo arrastró
hasta el patio, lo sentó a un costado de la puerta y le puso un
bastón en la mano. Luego le dijo así:
—Quédate ahí sentado y no molestes. No quieras, siendo
pobre, convertirte en el rey de los mendigos. No sea que te
atraigas un daño aun peor que el que has sufrido ahora.
Y una vez que habló así, volvió a colgarse del hombro su bolsa
sucia y llena de agujeros, y se sentó de nuevo al lado de la
puerta. Antínoo cumplió con su palabra y le puso delante un
gran vientre de cabra, y le ofrecieron vino en una copa de oro.
Penélope se muestra ante los pretendientes. Mientras tanto,
Atenea, la diosa de ojos glaucos, puso en el corazón de la
discreta Penélope el deseo de aparecer ante los pretendientes:
quería que la reina ganara mayor honra ante su esposo y su
hijo. Riendo sin motivo, Penélope llamó a su criada y le dijo:
—Eurínome, mi ánimo me pide lo que antes no deseaba:
aparecer ante los pretendientes, aunque me son odiosos.
Y Eurínome repuso:
—Me parece oportuno lo que dices. Pero antes deberías lavarte
y colorearte las mejillas. No te muestres ante ellos con el rostro
afeado por el llanto, que no es bueno afligirse sin descanso.
Y así le contestó la prudente Penélope:
—No me pidas, Eurínome, que me lave y me arregle, pues los
dioses que habitan el Olimpo destruyeron mi belleza cuando
partió Odiseo. Ahora ve a buscar a mis doncellas, Hipodamia y
Autónoe, a fin de que me hagan compañía, puesto que me
avergüenza presentarme sola ante los varones.
Así dijo, y la vieja se fue por el palacio a buscar a las mujeres.
Entonces Atenea, la diosa de ojos glaucos, le infundió el dulce
sueño a la hija de Icario, que se quedó dormida de inmediato; y
mientras tanto la diosa le otorgó belleza incomparable para que
cautivara a los varones: limpió con ambrosía el rostro hermoso,
la hizo parecer más alta y más esbelta, y confirió a su piel el
brillo del marfil recién labrado. Una vez hecho esto, la diosa se
marchó, justo cuando llegaban las criadas. La reina despertó y
salió de su cuarto con las criadas. Cuando llegó al salón en
donde estaban los viles pretendientes, con el rostro cubierto con
un hermoso velo y una honrada doncella a cada lado,
todos los pretendientes sintieron que las rodillas se les
aflojaban, el amor inundó sus corazones y sus cuerpos
temblaron de deseo. Pero ella le habló así a su hijo Telémaco:
—¡Telémaco! Has perdido la firmeza, la voluntad y el juicio
que tenías de niño. Ahora eres un hombre, y a juzgar por tu
aspecto y tu belleza, cualquiera que te viera diría que es tu
padre un hombre noble. Y así y todo, has dejado que en esta
misma sala maltrataran a un huésped.
Le respondió Telémaco:
—¡Madre mía!, comprendo tu irritación y no te la reprocho.
Pero ya soy capaz de distinguir lo bueno de lo malo, y aunque
antes era un niño, he dejado de serlo. Comprende que no puedo
solucionarlo todo con prudencia, pues me rodean estos
hombres viles, y yo no tengo a nadie que me ayude.
Hablaban de esta forma madre e hijo. Y Eurímaco le dijo así a
Penélope:
—Penélope, discreta hija de Icario, si todos los aqueos
pudieran contemplarte, serían muchos más los pretendientes
que del amanecer hasta la noche celebrarían banquetes en tu
casa, pues sobresales entre las mujeres por tu belleza y porte y
por tu juicio.
La discreta Penélope así le contestó:
—¡Eurímaco! Los dioses inmortales acabaron con todos mis
encantos, la hermosura y la gracia de mi cuerpo, el día que
partieron a Troya los aqueos, y Odiseo con ellos. Si él volviera
a cuidarme, tal vez recobraría algo de mi belleza. Pero ahora
me abruman desgracias incontables que me ha enviado un dios.
Cuando Odiseo abandonó la patria, me tomó de la mano y me
habló de esta forma: “Yo no creo, mujer, que todos los aqueos
vuelvan de Troya sanos y salvos, porque dicen que los troyanos
son diestros en la guerra. Y no sé si algún dios me dejará
volver, o pereceré en Troya. Todo lo que hay aquí quedará a tu
cuidado; y acuérdate también de mi padre y mi madre como lo
haces ahora, o todavía más, cuando yo esté ausente. Y cuando
nuestro hijo tenga barba, cásate con quien quieras y abandona
el palacio”.
Así me dijo y todo fue cumpliéndose. Ya se acerca la noche de
mi boda, que yo tanto aborrezco: ¡desdichada de mí, que Zeus
me ha privado de la felicidad! Pero un pesar terrible me llega al
corazón: antes no se portaban así los pretendientes. Cuando
alguien pretendía a una mujer ilustre, compitiendo con otros
por su mano, ofrecía banquetes y espléndidos regalos a todos
los amigos de la novia, en vez de devorar impunemente bienes
ajenos, como ocurre ahora.
Así habló, y el paciente y divino Odiseo se alegró en su
interior, al ver que les pedía que le hicieran regalos, y buscaba
engañarlos con palabras dulces, cuando eran tan distintos los
propósitos que tramaba en su mente.
Y Antínoo respondió:
—Penélope, discreta hija de Icario, acepta los regalos que te
demos, puesto que no está bien rechazar un presente, pero no
iremos a ninguna parte hasta que no te cases con quien sea el
mejor de los aqueos.
Así le dijo Antínoo, y todos los demás estuvieron de acuerdo.
Cada uno envió a su propio heraldo a buscarle a Penélope un
regalo. El heraldo de Antínoo trajo una hermosa túnica con
doce broches de oro; el de Eurímaco, un collar de oro y ámbar
que relucía como el mismo sol. Euridamante le ofreció dos aros
con tres perlas brillantes cada uno, Pisandro le obsequió una
delicada gargantilla; y los otros aqueos trajeron, cada uno, su
regalo.
Eurímaco ofende a Odiseo. Penélope volvió a subir a su cuarto,
y las esclavas se llevaron los magníficos regalos, mientras los
pretendientes volvían a gozar de la danza y del canto. Estaban
aún en eso cuando llegó la noche, y entonces se hizo un fuego
en el salón. Junto a él se quedó el paciente Odiseo, removiendo
las brasas, mientras tramaba los planes que llevaría a cabo. Y
tampoco esa vez quiso Atenea que se abstuvieran los soberbios
pretendientes de injuriar a Odiseo, a fin de que el pesar
atormentara
aun más su corazón. Y así, para burlarse de él, le dijo
Eurímaco:
—¿Te gustaría, huésped, si te tomase a sueldo, trabajar en mis
campos, poniendo cercas y plantando árboles? Yo te daría pan,
vestidos y calzado todo el año. Pero como eres ducho en malas
artes, no quieres trabajar, sino pedir limosna por el pueblo, para
llenar tu estómago sin fondo.
El astuto Odiseo así le respondió:
—Ojalá compitiéramos, Eurímaco, tú y yo, trabajando en el
campo hasta el anochecer: verías cómo no nos faltaría
alimento. E igualmente, si Zeus suscitara una guerra en algún
lado, y yo tuviera escudo y una lanza, me verías luchar en las
primeras filas, junto a los más valientes, y ya no me hablarías
de mi estómago. Pero eres insolente y tu ánimo es cruel, y crees
que eres grande y poderoso, porque estás entre pocos y no de
los mejores. Si volviera Odiseo, estas puertas tan anchas te
serían angostas para salir huyendo.
Así le habló Odiseo, irritando la cólera de Eurímaco, que le
dijo a su vez:
—¡Miserable! Muy pronto pagarás por la audacia que muestras
al hablar sin temor ante tantos varones. Será que el vino te
nubló la mente, o es así tu carácter, y por eso dices estupideces.
Así habló, y alzando el escabel que tenía a sus pies, se lo arrojó
a Odiseo, pero falló y le dio en la mano a un muchacho que les
servía el vino: se le cayó la jarra causando un enorme estrépito,
y él mismo vino a dar de espaldas en el suelo.
Hubo gran alboroto entre los pretendientes, y uno le dijo a otro:
—¡Ojalá hubiera muerto el forastero antes de aparecer por el
palacio! Ahora estamos peleando por culpa de un mendigo.
Y el paciente y divino Telémaco les dijo:
—¡Desgraciados! Se están volviendo locos: no pueden ocultar
los efectos de tanta comida y tanto vino. Pero ya que comieron
y bebieron, váyase cada uno a dormir a su casa cuando le venga
en gana: no pienso echar a nadie.
Así les dijo, y todos se calmaron. Hicieron una última libación
a los dioses, y luego cada uno se fue a dormir a casa.
Canto xix
Odiseo se presenta disfrazado ante Penélope. Cuando los
pretendientes se marcharon, Odiseo y Telémaco guardaron
todas las armas dentro del palacio. Una vez que lo hicieron,
Telémaco se fue a su habitación y se acostó a aguardar la salida
de la divina Eos. Pero Odiseo se quedó en la sala, tramando
junto con
Atenea la matanza de los pretendientes.
En eso, abandonó su habitación la prudente Penélope,
semejante en belleza a Ártemis o a Afrodita,90 y fue a sentarse
en el sillón labrado, con adornos de plata y de marfil, en que
solía sentarse, junto al fuego, en la sala. Vinieron las doncellas
a levantar las mesas del banquete, y echaron leña al fuego, para
que hubiese más luz y calor. Y una de las esclavas —Melanto
era su nombre— increpó así a Odiseo:
—¡Forastero! ¿Nos vas a molestar también de noche, andando
por la casa y espiando a las mujeres? Vete afuera y conténtate
con lo que ya comiste, si no quieres que te eche a bastonazos.
Penélope escuchó lo que decía y se lo recriminó de esta
manera:
—¡Perra desvergonzada y atrevida! Escuché tus palabras, y tus
malas acciones recibirán castigo: bien sabías que yo quería
interrogar al forastero acerca de mi esposo en esta sala, pues
estoy afligida.
Entonces ordenó que le trajeran una silla a Odiseo. Cuando
estuvo sentado, la prudente Penélope le dijo:
—¡Forastero! Ante todo quisiera preguntarte: ¿quién eres y de
qué país procedes?
Y el astuto Odiseo respondió:
—Mujer, ningún mortal sobre la vasta tierra podría censurarte,
pues tu gloria ha llegado al ancho cielo, como la de una reina
sabia y temerosa de los dioses. Pero, ahora que nos hallamos en
tu casa, pregúntame otras cosas. No quieras conocer mi linaje
ni mi patria, porque el recuerdo acrecienta mis pesares.
Le respondió Penélope:
—¡Oh huésped! Los dioses inmortales acabaron con todos mis
encantos, la hermosura y la gracia de mi cuerpo, el día que
partieron a Troya los aqueos, y Odiseo con ellos. Si él volviera
a cuidarme, tal vez recobraría algo de mi belleza. Pero ahora
me abruman desgracias incontables que me ha enviado un dios.
Porque todos los hijos de las familias nobles de Duliquio, de
Same, de Zaquinto, y de la áspera Ítaca, pretenden desposarme
contra mi voluntad y arruinan nuestra casa. Ellos me exhortan a
casarme pronto, y yo maquino engaños: primeramente, un dios
me sugirió que tejiera una tela sutil e interminable, y entonces
les hablé a los pretendientes: “¡Jóvenes pretendientes! Ya que
ha muerto Odiseo, no tengan tanto apuro por casarme, y
esperen que termine de tejer este lienzo, que será la mortaja de
Laertes en el fatal momento de la terrible muerte: si no, se
indignarían las mujeres aqueas de que se entierre sin mortaja a
un hombre que en vida poseyó tantos bienes”. Así les dije, y
pude convencerlos.
Y me pasaba el día tejiendo la gran tela; pero, al llegar la
noche, a la luz de las antorchas, destejía lo hecho en la jornada.
Así logré engañarlos por tres años; pero al cumplirse el cuarto,
una de mis esclavas me vio y me delató. Ahora ya no puedo
demorar más mi boda, ni sé de otros engaños. Mis padres
quieren que me case pronto, y mi hijo se indigna al ver cómo
devoran nuestros bienes. Pero háblame ahora de mi esposo, a
quien, según me has dicho, alojaste en tu palacio, junto a sus
compañeros. Dime cómo vestía, qué aspecto tenía él, y cómo
eran los que lo acompañaban.
Pie de imagen: Un pretendiente descubre el truco de Penélope
en el telar.
Copa del siglo v a. C.
Y el astuto Odiseo respondió:
—¡Oh mujer! Es difícil recordarlo después de tanto tiempo,
pues veinte años han pasado ya. Te contaré, sin embargo, cómo
es la imagen que de él guarda mi corazón: llevaba un manto
doble de lana color púrpura, con un broche de oro sujetándolo;
y en la parte de atrás del
cervatillo al que miraba forcejear. También tenía una túnica,
que era muy suave al tacto y relucía como el mismo sol. Pero
quizás Odiseo no tenía la misma vestimenta cuando partió de
Ítaca; tal vez se la dio algún compañero en la nave o algún
varón que lo haya recibido en su casa… Odiseo tenía
incontables amigos, pues eran pocos los aqueos que podían
comparársele. Yo mismo le obsequié una espada de bronce y un
manto púrpura, además de una túnica, y fui a despedirlo cuando
partió en su nave. Con él iba un heraldo que se llamaba
Euríbates. Era un poco más viejo que Odiseo, con los hombros
arqueados, de cabellos rizados y piel morena. Lo estimaba
Odiseo por sobre los demás, porque sus opiniones solían
coincidir.
Así dijo, y Penélope lloró, porque reconocía los detalles que le
daba Odiseo con tanta exactitud. Y cuando sus deseos de llorar
se saciaron, le dijo estas palabras:
—¡Oh huésped! Hasta ahora te tuve compasión, pero de ahora
en más quiero que seas recibido con respeto y cariño en esta
casa, porque yo misma le entregué a Odiseo esas ropas que
dices. Pero él no volverá a su hogar ni a su patria, pues con
hado funesto partió a Troya, esa ciudad nefasta.
Y el astuto Odiseo respondió:
—¡Oh, venerable esposa de Odiseo! No mortifiques más tu
hermoso cuerpo, ni consumas tu ánimo llorando a tu marido.
Deja ya de llorar y escucha mis palabras: Odiseo está vivo y
está cerca, y viene de regreso. Trae muchas riquezas que pudo
recoger por el camino, aunque perdió a sus fieles compañeros y
la cóncava nave en el océano, al salir de la isla de Trinacria. Sin
embargo, él se encuentra sano y salvo, y no pasará mucho lejos
de sus amigos y su patria. Voy a jurarte algo, y pongo a Zeus
como testigo: Odiseo vendrá antes de fin de mes.
La discreta Penélope así le respondió:
—¡Forastero, ojalá se cumpla lo que dices! Pronto conocerías
mi amistad, y te daría regalos incontables. Pero presiento en mi
ánimo lo que ha de ocurrir: no volverá Odiseo.
Así dijo Penélope, y ordenó a las criadas que lavaran al
huésped y prepararan para él un lecho muy abrigado y cómodo,
para que descansara. Pero dijo Odiseo:
—¡Oh, venerable esposa de Odiseo! Desde el momento en que
dejé mi patria, aborrezco las mantas y las colchas. Me acostaré
como antes, en el suelo. Y los baños de pies también me
desagradan, salvo que de tus siervas haya alguna muy vieja y
de ánimo discreto, que haya sufrido tanto como yo; a ella no le
impediría yo que me toque los pies.
La discreta Penélope así le respondió:
—¡Querido huésped! Hay aquí en mi casa una mujer anciana
como la que describes. Ha criado a Odiseo desde su
nacimiento: ella te lavará los pies, aunque sus fuerzas son
escasas. ¡Acércate, Euriclea!, y lava a este varón, que es de la
misma edad que tu señor: así deben ser sus manos y sus pies en
este mismo instante, pues la desgracia envejece al hombre.
Euriclea reconoce a Odiseo.
Así dijo. La anciana se levantó, cubriéndose el rostro con las
manos, y se puso a llorar, mientras decía:
—¡Odiseo, ay de ti, que no puedo salvarte! Sin duda, Zeus le
cobró más odio que a ningún otro hombre, a pesar de que él
siempre respetó a los dioses. Quizá de él también se burlaron
las criadas en el palacio de otro, como ahora lo hacen estas
perras, cuyas infamias innumerables seguramente quieres
evitar, al no permitir que te laven ellas. Te lavaré los pies,
porque así me lo ordena la discreta Penélope, pero también
porque tus desventuras me han conmovido el ánimo. Y además
te diré que, de todos los huéspedes que han venido a esta casa,
ninguno se parece como tú, en el cuerpo, en la
Pie de imagen: Euriclea lava los pies de Odiseo. Copa
ateniense del siglo v a. C.
Enseguida tomó un caldero reluciente, mezcló allí agua caliente
y agua fría, y se puso a lavarle los pies a su señor. Pronto
reconoció la cicatriz que le hizo un jabalí con sus colmillos,
una vez que salió de cacería por el monte Parnaso. No bien la
anciana tocó la cicatriz, le soltó el pie de golpe, conmovida. La
pierna vino a dar contra el caldero, que se agitó, y el agua se
derramó en el suelo. Invadieron el alma de la anciana
emociones mezcladas, alegría y tristeza, le brotaron las
lágrimas y se quedó sin voz. Tomando de la barba a Odiseo, le
dijo:
—Tú eres Odiseo, hijo querido; y no te conocí hasta que te
toqué con estas manos.
Así dijo Euriclea, y luego le hizo señas a Penélope, para
comunicarle la noticia. Pero Penélope no pudo verla, pues en
ese instante la distrajo Palas Atenea. Entonces Odiseo tomó a
Euriclea por los hombros, la atrajo hacia sí y le dijo estas
palabras:
—Tú misma me criaste, ¿y ahora quieres arruinarme? En
efecto, soy yo: tras soportar fatigas incontables, después de
veinte años, estoy de vuelta en la querida patria. Ahora que lo
sabes, calla, que en el palacio nadie debe enterarse.
Penélope anuncia su decisión.
Así dijo, y la anciana se fue a buscar más agua. Y una vez que
su cuerpo estuvo limpio y ungido con aceite, él se sentó junto
al fuego para calentarse y se cubrió la cicatriz con los harapos.
Entonces, la discreta Penélope le dijo:
—¡Huésped! Quiero que escuches una cosa más: no tardará en
salir la infausta Eos, dando comienzo a un desdichado día, pues
dejaré la casa de Odiseo. Celebraré un certamen para los
pretendientes: Odiseo solía alinear doce hachas, de esas que
tienen en el medio un hueco, y luego, desde lejos, disparaba sus
flechas, haciendo que pasaran por los huecos. Y yo me casaré
con aquel que, de ellos, usando el arco de Odiseo, logre hacer
pasar las flechas por los ojos de las hachas, y dejaré esta casa, a
la que llegué virgen: esta casa tan hermosa y llena de riquezas,
de la que me acordaré en mis sueños, según creo.
Y el astuto Odiseo respondió:
—¡Oh mujer de Odiseo, venerable! Ya no postergues esa
competencia, pues antes de que ellos con el pulido arco logren
tensar la cuerda y disparar la flecha, regresará Odiseo.
La prudente Penélope le dijo:
—¡Huésped! Me quedaría conversando contigo en esta sala, y
el sueño nunca me sobrevendría. Pero a los mortales no nos
está permitido permanecer en vela todo el tiempo. Voy a
acostarme ahora sobre mi lecho, que está siempre húmedo de
lágrimas que lloro por mi esposo Odiseo, desde que se fue a
Troya, esa ciudad nefasta. Tú acuéstate aquí mismo, donde te
halles más cómodo.
Así dijo, y subió a su habitación, junto con sus esclavas. Y
cuando llegó allí, otra vez rompió en llanto por Odiseo, su
querido esposo, hasta que Palas Atenea, la diosa de ojos
glaucos, le derramó en los párpados el sueño.
Canto xx
Noche de tribulaciones.
Odiseo tendió en el suelo del vestíbulo la piel cruda de un buey,
y encima colocó muchas pieles de oveja. Tras acostarse,
Eurínome lo tapó con un manto. Sin embargo, por más que lo
intentaba, era incapaz de conciliar el sueño: tramaba muchos
males contra los pretendientes. Mientras yacía en el lecho,
desvelado, se le acercó Atenea, bajando desde el cielo, y le
habló de este modo:
—¿Por qué estás desvelado? Esta es tu casa y tienes en ella a tu
mujer y a tu hijo, que ya quisieran otros que el suyo fuera así.
Le respondió Odiseo:
—¡Oh diosa! Es cierto lo que dices. Pero mi ánimo medita sin
cesar cómo podría deshacerme, yo solo, de esos
desvergonzados, que son muchos y siempre están en grupo. Y
también me preocupa qué pasará conmigo si es que logro
matarlos: tal vez sus familiares intentarán vengarse, y tendré
que buscar refugio en otro lado.
Le respondió la diosa de ojos glaucos:
—¡Desdichado! Si un hombre confía en un amigo, que es
mortal, ¿por qué no puedes tú creer en las palabras de una
diosa? Ahora entrégate al sueño, porque es molesto pasar la
noche en vela, vigilando: pronto tus males llegarán a término.
Así dijo la diosa, y derramó sobre los ojos de Odiseo el sueño.
Luego volvió al Olimpo. Y en el instante mismo en que Odiseo
se quedaba dormido, su esposa despertaba, llorando
amargamente. Y una vez que su ánimo se sació de llorar, elevó
esta plegaria:
—¡Ártemis, venerable hija de Zeus! ¡Cómo quisiera que me
quitaras ahora mismo la vida con tus flechas, o que una
tempestad me arrebatara y me arrastrara a los confines del
océano! ¡Que los dioses me maten y me hundan en la tierra tan
odiosa, para ver a Odiseo nuevamente y no tener que alegrar la
mente de otro hombre!
El presagio de Zeus.
Así se lamentaba la prudente Penélope, y pronto surgió Eos, la
de dorado trono. Sus llantos despertaron a Odiseo, quien
recogió las pieles y el manto sobre los que había dormido, los
puso en una silla, salió al patio, y allí, alzando las manos, le
dirigió esta súplica al padre de los dioses:
—¡Padre Zeus! Si fue la voluntad de los dioses traerme de
regreso a la patria, tras enviarme males incontables, haz que
alguien de esta casa me diga algún presagio, y muéstrame tú
mismo algún prodigio.
Así rogó Odiseo, y Zeus lo escuchó. Desde el Olimpo, encima
de las nubes, hizo tronar el cielo. Y dentro de la casa, una
criada que estaba allí moliendo el trigo y la cebada fue la que
dio el presagio:
—¡Padre Zeus, que riges a los dioses y a los hombres! Has
enviado un trueno desde el cielo estrellado, y no hay ninguna
nube: sin duda, debe ser una señal que le envías a alguien.
Cúmpleme a mí también lo que voy a pedirte: que sea este el
último banquete para los pretendientes, puesto que mis rodillas
desfallecen por el duro trabajo que me imponen, de molerles la
harina. ¡Que sea la de hoy su última cena!
Así dijo la criada, y se alegró Odiseo al ver las dos señales,
sabiendo que tendría éxito en su venganza.
Odisea
Deliberaciones de los pretendientes. En el salón, las otras
esclavas encendían el fuego del hogar, cuando Telémaco salió
del lecho, se vistió, se colgó la espada al hombro, se puso las
hermosas sandalias en los pies, y empuñando
la lanza, abandonó su cuarto.
Luego llegó el porquero, y también los pretendientes, que se
pusieron a sacrificar ovejas, cabras, cerdos y una vaca. Con
astucia, Telémaco sentó a su padre dentro de la casa, al lado de
la puerta, donde le colocó una modesta silla y una mesa
pequeña. Le sirvió de comer, puso vino en su copa y le habló
de este modo:
—Huésped, siéntate aquí entre estos varones, y bebe vino. Yo
te libraré de los insultos y las agresiones que pudieran hacerte,
ya que esta casa no es pública, sino que es de Odiseo. Y
ustedes, pretendientes, contengan su violencia: que no haya
disputas ni altercados.
Así les dijo, y todos se mordieron los labios, admirados al ver
que Telémaco hablaba con semejante audacia. Pero Atenea no
dejó que los soberbios pretendientes se abstuvieran del todo de
injuriar a Odiseo. Había entre ellos un hombre de ánimo
perverso —Ctesipo era su nombre—, que venía de Same, y
confiado en sus vastas posesiones, pretendía a Penélope; les
habló a los soberbios pretendientes diciéndoles así:
—Ilustres pretendientes, escuchen mis palabras. Como es
debido, el forastero tiene en su mesa una parte semejante a la
nuestra. Es razonable y justo, pues no estaría bien privar de los
manjares a un huésped de Telémaco. Así que yo también voy a
ofrecerte el don de la hospitalidad.
Luego de decir esto, tomó de un canastillo una pata de buey y
se la arrojó a Odiseo, quien la esquivó, bajando la cabeza.
Desdeñoso, Odiseo le sonrió, y la pata fue a dar a la pared.
Telémaco le dijo a Ctesipo estas palabras:
—Por suerte para ti, has fallado, Ctesipo, porque de lo
contrario te habría atravesado con mi lanza, y en vez de
celebrar tu casamiento
tu padre habría tenido que enterrarte. Por lo tanto, que nadie
sea insolente dentro de la casa, que ya no soy un niño, y puedo
distinguir el bien del mal. Si antes he soportado que maten mis
ovejas y se beban mi vino y se coman mi pan, es porque,
siendo uno, no puedo contra todos. Pero ya no me causen más
daños, y si no, directamente mátenme, pues prefiero morir
antes que ver cómo maltratan a mis huéspedes y acosan a las
criadas.
Así dijo Telémaco, y todos se quedaron en silencio, hasta que
habló Agelao, uno de los pretendientes:
—Amigos, que ninguno se irrite, pues Telémaco ha hablado
con justicia. No maltraten al huésped, ni tampoco a los siervos
que viven en la casa del divino Odiseo. Pero quisiera darle un
consejo a Telémaco: Odiseo ya no regresará, de manera que ve
y dile a tu madre que tome por esposo al mejor de nosotros,
para que tú te quedes con la hacienda de tu padre, y tu madre
cuide la casa de otro.
Y contestó Telémaco:
—No postergo, Agelao, la boda de mi madre; por el contrario,
la insto a que se case con el mejor de ustedes; pero no quiero
echarla del palacio contra su voluntad. ¡No permitan los dioses
que eso suceda!
Así dijo Telémaco, y los demás siguieron conversando y
comiendo; sin embargo, Telémaco no les prestó atención, y se
quedó mirando en silencio a su padre, aguardando el momento
en que habrían de vengarse de los desvergonzados
pretendientes.
Mientras tanto, Penélope había puesto un sillón frente a los
pretendientes, y oía lo que hablaban en la sala. Los hombres se
reían, preparándose para el almuerzo, que fue grato y dulce,
porque sacrificaron muchas reses; pero ninguna cena sería tan
amarga como la que la diosa y el esforzado héroe muy pronto
les darían.
Canto xxi
Penélope propone el certamen con el arco.
Atenea, la diosa de ojos glaucos, le inspiró a la discreta
Penélope que les trajera el arco de Odiseo a los desvergonzados
pretendientes, a fin de celebrar aquel certamen que sería
preludio a su matanza. Junto con dos criadas, subió a la
habitación más escondida, donde guardaba los objetos más
valiosos de Odiseo, además de su arco, que colgaba de un
clavo, envuelto de una funda muy hermosa. Tras descolgar el
arco, se sentó allí Penélope y lo sostuvo sobre sus rodillas. Lo
sacó de la funda, llorando consternada, y cuando se cansó de
lamentarse se fue a la habitación en donde estaban los viles
pretendientes, con el flexible arco en una mano, y en la otra el
carcaj, en el que había gran cantidad de dolorosas flechas. Allí
se dirigió a los pretendientes:
—¡Soberbios pretendientes, que vienen cada día a comer y
beber la hacienda de mi esposo ausente, sin hallar otra excusa
que el deseo de casarse conmigo! ¡Escuchen! Les propongo el
siguiente certamen: voy a poner aquí el arco de Odiseo. El que
logre curvarlo, y hacer pasar las flechas por el anillo de estas
doce hachas, será con quien me vaya, y dejaré esta casa a la
que llegué virgen, que es tan hermosa y llena de riquezas, de la
que me acordaré en mis sueños, según creo.
Así dijo Penélope, y le entregó al porquero el arco con las
flechas para que lo llevara entre los pretendientes. El porquero
lo recibió llorando y lo puso en la tierra; el boyero, Filetio, que
estaba allí, también rompió a llorar. Antínoo, al verlos, les dijo
estas palabras, increpándolos:
—¡Rústicos campesinos, que no piensan más que en el día a
día!
¿Por qué, vertiendo lágrimas, conmueven el corazón de esta
mujer, cuando ella ya lo tiene sumido en el dolor, tras perder a
su esposo? Coman aquí, en silencio, o váyanse a llorar afuera
del palacio.
De esa manera habló, y Telémaco dijo:
—Vamos, ya no retrasen el certamen. A ver quién es capaz de
armar el arco. Yo probaré también… Si tengo éxito, no tendré
que soportar que mi madre se marche del palacio con un nuevo
marido.
La prueba.
Dichas estas palabras, se despojó del manto, tomó las doce
hachas sin el mango y las clavó en el suelo, con el filo hacia
abajo, una detrás de otra, y empleando una cuerda alineó los
anillos. Tras esto, se alejó, levantó el arco y trató de tensarlo.
Tres veces lo intentó, y las tres veces le faltaron fuerzas. Y
quizá, de intentarlo una vez más, lo habría conseguido, pero
con una seña se lo prohibió Odiseo. Entonces dijo así el sufrido
Telémaco:
—¡Oh dioses, ay de mí! Soy débil y cobarde, o demasiado
joven para fiarme de la fuerza de mis brazos y luchar contra
alguien que me insulte. Pero, ¡vamos!, mejor prueben ustedes,
que me ganan en fuerza, y terminemos el certamen de una vez.
Después de hablar así, dejó el arco en el suelo y se volvió a
sentar. Luego se levantó uno de los pretendientes, que era el
único de ellos que se irritaba por las malas obras que el resto
llevaba a cabo. Su nombre era Leodes. Pero tampoco él pudo
tensar el arco; antes se le cansaron las manos delicadas y lo
dejó en el suelo, diciendo estas palabras a los otros
pretendientes:
—¡Amigos míos, yo no puedo armarlo! Mejor que pruebe otro,
aunque dudo que alguno lo consiga.
Y, airado contra él, Antínoo le dijo estas palabras:
—¿Qué tonterías dices, Leodes? Si tu madre no te hizo para
que fueras un experto con el arco y las flechas, no creas que por
eso los otros pretendientes no lo podrán lograr.
Así le dijo Antínoo, y luego, uno por uno, fueron probando los
demás varones, pero a todos las fuerzas les flaqueaban al
intentar tensarlo.
Odiseo se da a conocer a Eumeo y a Filetio. El plan.
Mientras tanto, salían de la casa Eumeo y el boyero. Al verlos,
Odiseo fue tras ellos. Y cuando ya estuvieron afuera del
palacio, les habló de esta forma:
—¡Escúchenme! Mi ánimo me impulsa a revelarles lo que
pienso. Si Odiseo llegara de repente, porque un dios lo trajera,
¿ustedes se pondrían de su lado o lucharían con los
pretendientes?
Y le dijo el boyero:
—¡Ojalá Zeus me concediera que volviese Odiseo! Si aquello
sucediera, pronto conocerías la fuerza de estos brazos.
El porquero también habló del mismo modo, suplicando a los
dioses por la vuelta de su amo. Y cuando supo el héroe lo que
pensaban en verdad sus súbditos, les habló de esta forma:
—Odiseo está en casa. Aquí lo tienen: heme aquí, soy yo, que
he llegado después de veinte años, tras sufrir muchas penas.
Apenas hubo dicho estas palabras, apartó los harapos y les
mostró la extensa cicatriz que tenía en el pie. Luego de
examinarla con cuidado, se echaron a llorar y lo abrazaron.
Odiseo también los abrazó, y así se habrían quedado hasta el
anochecer, de no haberles hablado Odiseo de este modo:
—Dejen ya de llorar, no sea cosa que alguno que salga del
palacio nos vea y vaya con el cuento adentro. Entremos en la
casa, pero no
todos juntos, sino uno tras otro. Escuchen lo siguiente: sé que
los pretendientes no me permitirán tomar el arco; pero tú, noble
Eumeo, cruzarás el salón y lo pondrás en mis manos, y después
les dirás a las criadas que cierren las puertas del palacio y que
les echen traba, y que luego se queden quietas y en silencio,
aunque oigan que en la sala hay gritos y alboroto. Y tú, Filetio,
cerrarás con llave la puerta que da al patio, y la asegurarás con
una soga.
Después de hablar así, volvió a entrar en el palacio, y se sentó
en la silla que había ocupado antes. Poco después entraron
Eumeo y el boyero.
Los pretendientes fracasan en la prueba.
Mientras tanto intentaba tensar el arco Eurímaco, sin éxito.
Tras darse por vencido, dijo así:
—¡Oh dioses! Siento un gran pesar, por mí y por todos ustedes.
Y aunque me aflige la frustrada boda, no me lamento tanto a
causa de eso, pues hay muchas aqueas para elegir en Ítaca y en
las demás ciudades, sino porque ha quedado demostrado que
nuestras fuerzas son tan inferiores a las de Odiseo. ¡Qué
vergüenza si llegan a saberlo en el futuro nuestros
descendientes!
Le contestó Antínoo:
—Estás equivocado, Eurímaco, y lo sabes. En el pueblo
celebran una fiesta dedicada a Apolo: ¿quién podría tender el
arco ahora? Déjalo ya en el suelo, y que las hachas queden tal
como están. Que ahora sirvan vino, y dejemos el arco.
Hagamos libaciones, y mañana, tras ofrecerle a Apolo
sacrificios, terminaremos el certamen.
Odiseo pasa la prueba.
Así le dijo Antínoo, y todos aprobaron sus palabras. Hechas las
libaciones, el astuto Odiseo les habló:
—Ilustres pretendientes de la reina, escuchen mis palabras:
dejen ahora el arco y atiendan a los dioses, y mañana la
voluntad divina
le dará fuerzas a quien se le antoje. Pero permítanme intentar
tensarlo, para ver si en mis brazos hay el mismo vigor que
había antes, o si la vida errante y la falta de cuidados arruinaron
mi fuerza.
Y Antínoo le dijo:
—¡Oh huésped miserable! ¿Es que has perdido el juicio? ¿No
te basta estar sentado aquí, compartiendo el banquete con
nosotros? Sin duda, te trastorna el dulce vino, que daña a quien
lo bebe sin medida. Y te sobrevendrá una gran desgracia si
acaso llegas a tender el arco, pues no habrá en la ciudad quien
te defienda. Bebe tranquilamente y no compitas con varones
más jóvenes.
Entonces, la discreta Penélope le dijo estas palabras:
—Antínoo, no es justo que se ultraje así a un huésped de
Telémaco, sin importar quién sea. ¿O piensas que si este
hombre logra tender el arco de Odiseo, me llevará a su casa
para tomarme por esposa? Ni él mismo concibió tal esperanza.
Y le dijo Telémaco a su madre:
—Madre mía, ninguno de estos hombres puede decirme a quién
puedo entregarle el arco, pues detento el poder en el palacio.
Tú ve a tu habitación y vuelve a tus labores junto con tus
criadas. Y deja que del arco se ocupen los varones, y
especialmente yo, que mando en esta casa.
Se sorprendió Penélope de las palabras de su hijo, e hizo lo que
este le mandaba: subió a su habitación, y allí rompió a llorar
por su esposo Odiseo, hasta que Palas Atenea derramó sobre
sus ojos el dulce sueño.
Entonces le ordenó Telémaco al porquero que le entregara el
arco al prudente Odiseo, a pesar de las burlas de los
pretendientes. Eumeo así lo hizo, y después llamó a Euriclea, a
quien le dijo estas palabras:
—Euriclea, Telémaco te manda que cierres bien las puertas del
salón. Y dice que si alguna de las criadas escucha que allí
dentro hay gritos y alboroto, que permanezca quieta y en
silencio, atendiendo a lo suyo.
Pie de imagen: Odiseo tensa el arco. Vasija del siglo vi a. C.
Así habló, y Euriclea, sin responder palabra, se fue a cerrar las
puertas del salón. A su vez, el boyero, con sigilo, cerró las
puertas que daban al patio, y las aseguró con una soga.
Mientras tanto, Odiseo tenía el arco en las manos, y lo estaba
estudiando para ver si los años lo habían estropeado. Y sin
esfuerzo alguno, armó Odiseo el arco, e hizo vibrar la cuerda
con la mano derecha, que resonó en el aire, emitiendo un agudo
sonido semejante al canto de la golondrina. Los pretendientes
empalidecieron; acto seguido, Zeus despidió como señal un
trueno, y se alegró el paciente y divino Odiseo del presagio.
Tomó una veloz flecha, la acomodó en el arco, y tiró de la
cuerda, apuntó y disparó. La flecha limpiamente atravesó desde
el primer anillo de las hachas hasta el último. Y entonces
Odiseo le dijo así a Telémaco:
—Telémaco, no te deshonra el huésped que albergas en tu casa.
No erré al blanco ni me costó trabajo armar el arco. Mis fuerzas
están íntegras aún, aunque estos pretendientes creían lo
contrario. Pero ya es hora de aprestar la cena, mientras hay luz;
y luego se deleitarán con el canto y la lira, que son los
ornamentos del banquete.
Así dijo Odiseo, haciendo con las cejas una señal a su hijo, que
se ciñó la espada, y tras tomar la lanza, se colocó de pie junto a
su padre.
Canto xxii
La matanza.
El astuto Odiseo se quitó los harapos, saltó al umbral armado
con el arco, desparramó las flechas delante de sus pies y les
habló a los pretendientes:
—Demos por terminado este certamen. Ahora tiraré contra
otros blancos, adonde nunca nadie apuntó antes, a ver si me
concede la gloria el dios Apolo.
Y dicho esto, disparó la amarga flecha contra Antínoo, que
tenía en la mano una copa de oro y estaba por beber el rojo
vino, sin pensar en la muerte. ¿Quién imaginaría que, entre
tantos hombres, uno solo los mataría a todos, por más fuerte
que fuese? Pero alcanzó la flecha de Odiseo en la garganta a
Antínoo. Se le soltó la copa de la mano, la sangre le brotó de la
nariz, y se cayó de espaldas, empujando la mesa y esparciendo
la comida en el piso, donde el pan y la carne asada se
mancharon.
Al verlo, los otros pretendientes se pusieron de pie con gran
tumulto, y buscaron las armas que solían colgar de las paredes,
pero no hallaron nada. Y, airados, increparon a Odiseo:
—¡Forastero! Haces mal en disparar el arco contra un hombre.
Pero ya no hallarás otros certámenes. Ahora te aguarda una
terrible
muerte. Has matado a un varón que era el mejor de Ítaca, y en
castigo por ello te comerán los buitres aquí mismo.
Así hablaban, pensando que había dado muerte por error a
aquel hombre, y los muy insensatos no sabían que la ruina
pendía sobre ellos. Mirándolos con odio, les respondió Odiseo:
—¡Ah, perros! No creían que volvería de Troya, y por ese
motivo devoraban mi hacienda y cortejaban a mi esposa,
estando yo aún vivo, sin temer a los dioses que habitan en el
cielo ni recelar venganza alguna de los hombres. Ya la ruina se
cierne sobre todos ustedes.
Así dijo, y a todos los invadió el terror. Cada uno buscaba
adónde huir, para librarse de una muerte horrible.
Y Eurímaco fue el único que se atrevió a decirle unas palabras:
—Si es cierto que tú eres Odiseo que ha vuelto, te asiste la
razón al hablar de esta forma de todo lo que hacían los aqueos,
pues muchas injusticias se han cometido en el palacio y en el
campo. Pero yace en la tierra el culpable de todo, Antínoo, que
fue quien promovió aquellas acciones, no por necesidad ni afán
de matrimonio, sino para reinar sobre el pueblo de Ítaca, tras
matar a tu hijo. Pero no quiso Zeus que así fuera, y ahora lo ha
pagado con su vida, como era justo. Así que perdónanos, y
nosotros te resarciremos por todo lo que hemos consumido de
tu hacienda, y te daremos mucho bronce y oro para aplacar tu
corazón airado.
El astuto Odiseo le respondió, mirándolo con odio:
—¡Eurímaco! Aunque ustedes me dieran, cada uno, todo su
patrimonio, añadiendo, además, otros bienes de origen
diferente, ni aun así habría de abstenerme de matarlos, hasta
que todos paguen sus excesos. Ahora tienen dos alternativas:
luchar conmigo o escapar, si es que alguno lo logra, aunque no
creo.
Así dijo Odiseo, y a todos les flaquearon las rodillas y el
espíritu. Y Eurímaco, exhortándolos a todos al combate,
desenvainó la espada y se lanzó gritando hacia Odiseo. Pero
este, al mismo tiempo, le disparó una flecha, que lo alcanzó en
el hígado. Eurímaco cayó de frente al suelo, y una espesa
neblina le veló la mirada.
Anfínomo también se lanzó contra el héroe, para ver si podía
echarlo de la puerta, pero Telémaco se anticipó y le clavó la
lanza entre los hombros, hasta que le salió la punta por el
pecho, y Anfínomo cayó ruidosamente al suelo. Telémaco dejó
la larga lanza clavada en el cadáver de Anfínomo, temiendo
que mientras la arrancase, alguien pudiera herirlo con la lanza o
la espada. Corrió hacia donde estaba Odiseo y le dijo:
—Padre, será mejor estar armados. Voy a traerte un casco, dos
lanzas y un escudo, y en el camino me armaré yo mismo y les
daré otras armas a Eumeo y a Filetio.
Y el astuto Odiseo respondió:
—Apúrate, Telémaco, mientras me quedan flechas y puedo
defenderme.
Le obedeció Telémaco, y regresó enseguida con las armas. Y
mientras tuvo flechas, Odiseo siguió matando pretendientes sin
cesar. Cuando se le acabaron, dejó el arco apoyado contra una
pared, se echó al hombro un escudo, se cubrió la cabeza con un
labrado yelmo que tenía un penacho de crines de caballo, y asió
dos fuertes lanzas con la punta de bronce.
Pie de imagen: La matanza de los pretendientes. Vasija del
siglo iv a. C.
Sin embargo, Melantio, el odioso cabrero que ayudaba a los
viles pretendientes, descubrió dónde estaban escondidas las
armas y se fue a buscar lanzas y escudos para todos. Se
aflojaron las piernas de Odiseo y le dio un vuelco el corazón, al
ver que tomaban las armas sus rivales, porque ahora la lucha
sería ardua.
Entonces Atenea, la diosa de ojos glaucos, se ubicó junto a él,
tomando la figura y el aspecto de Méntor. Cuando lo vio,
Odiseo se alegró y le habló de esta forma:
—Aleja de nosotros, Méntor, los infortunios, y acuérdate de mí,
tu compañero amado.
Así dijo, a pesar de haber reconocido a Palas Atenea. Y la
diosa, deseosa de probar a Odiseo y a su hijo Telémaco, no
queriendo otorgarles una fácil victoria, le habló de este modo:
—Odiseo, no tienes ya el vigor con el que combatiste nueve
años en Troya, donde mataste a muchos y aconsejaste cómo
tomar la ciudadela.
¿Cómo, ahora, en tu casa, solicitas ayuda contra los
pretendientes?
Después de hablar así, tomó la forma de una golondrina y voló
hasta posarse en una viga del techo, ennegrecida por el humo.
Mientras tanto, Agelao exhortaba a los otros pretendientes:
—¡Amigos! ¡A la carga! Ahora es el momento, pues Méntor se
marchó y los dejó de nuevo solos junto a las puertas. Pero no
ataquen todos a la vez, sino de seis en seis, que si Zeus nos
concede que hiramos a Odiseo, los otros no nos presentarán
resistencia.
Les dijo así Agelao a los mejores que quedaban vivos:
Anfimedonte, Eurínomo, Pólibo, Demoptólemo y Pisandro. Y
ellos le obedecieron, pero Atenea desvió sus lanzas. Una vino a
clavarse en la columna que había en la habitación, otra golpeó
la puerta y otra acabó clavada en la pared. Repelido este
ataque, dispararon Odiseo y los suyos, dando muerte a
Euridamante, Anfimedonte, Pólibo y Ctesipo. Entonces, desde
el techo, Atenea alzó su égida, y se llenaron de pavor las almas
de los pretendientes que quedaban con vida, y huyeron por la
sala como vacas que un tábano persigue, mientras los
acechaban
Odiseo y los suyos, como buitres que atacan a otras aves en el
llano, y arremetían contra ellos, matándolos e hiriéndolos con
furia, entre gemidos, mientras la negra sangre corría por el
suelo.
La purificación.
Cuando al fin la matanza concluyó, Odiseo se puso a examinar
la sala, por si quedaba alguno de esos hombres todavía con
vida. Pero todos yacían, amontonados unos sobre otros, entre el
polvo y la sangre, como los peces que los pescadores sacan del
agua con sus redes y amontonan en la arena de la orilla,
deseosos de las olas y del sol reluciente. Entonces, Odiseo
ordenó a las criadas que limpiaran la sala, mientras él y los
suyos retiraban los cuerpos y raspaban el piso con espátulas.
Y una vez que el salón estuvo limpio, los hombres se lavaron, y
Odiseo llamó a Euriclea y le dijo:
—Anciana, trae azufre91 y también fuego, así purificamos el
salón. Haz que venga Penélope junto con sus criadas, y diles a
las esclavas del palacio que vengan a la sala.
Y le dijo Euriclea:
—Así lo haré, hijo mío. Pero antes permíteme que te traiga una
túnica y un manto: sería deshonroso que en tu propio palacio
continuaras vestido con harapos.
Y el astuto Odiseo respondió:
—Antes que cualquier cosa, quiero tener el fuego encendido en
la casa.
Así dijo, y la anciana no desobedeció. Llevó fuego y azufre, y
Odiseo purificó la sala, el patio y las demás habitaciones.
Canto xxiii
Euriclea le anuncia a Penélope la llegada de Odiseo. La
anciana, con el corazón contento, subió las escaleras para
anunciarle a su señora que su amado esposo había regresado.
Cuando llegó a su habitación, le dijo:
—Penélope, despierta, hija querida, para ver con tus ojos lo que
todos los días anhelabas: ya ha llegado Odiseo a su morada, por
más tarde que fuese, y ha matado a los viles pretendientes que
comían tu hacienda, deshonraban tu casa y maltrataban a tu
hijo.
La discreta Penélope le dijo:
—¡Mi querida nodriza! Los dioses inmortales te han
trastornado el juicio; porque ellos pueden hacer que enloquezca
el más cuerdo y dar prudencia al más irreflexivo, y ahora te han
vuelto insensata a ti, que antes solías ser discreta. No te burles
de mí, que suficientes penas tengo ya. Vuelve al salón, que si
otra de las criadas viniera a despertarme con ese mismo cuento,
la echaría de malos modos; pero a ti la vejez te disculpa de ello.
Y contestó Euriclea:
—No me burlo de ti, hija querida. Es verdad que Odiseo ha
regresado, y que está en esta casa, como te lo conté: era ese
mismo huésped al que todos insultaban. Lo sabía Telémaco
hace tiempo,
pero no dijo nada, con prudencia, mientras su padre preparaba
un plan para vengarse de los pretendientes.
La prudente Penélope le dijo:
—¡Mi querida nodriza! Si es verdad lo que dices, ¿cómo ha
podido él solo, y siendo tantos ellos, matar a los soberbios
pretendientes?
Le contestó Euriclea:
—No lo sé, no lo he visto, solamente oí los suspiros de los que
caían muertos, pues nosotras permanecimos llenas de pavor en
nuestra habitación con las puertas cerradas, hasta que luego tu
hijo vino desde la sala y me llamó por orden de su padre. Vi a
Odiseo de pie, entre los cadáveres, que estaban apilados en el
suelo. ¡Si lo vieras manchado con la sangre y el polvo, parecido
a un león, tu corazón se llenaría de júbilo! Ahora todos yacen
en el patio, y ha encendido un gran fuego tu marido, tras
esparcir azufre por la sala. Me ha mandado a llamarte. ¡Se te ha
cumplido tu mayor deseo: ver a Odiseo vivo regresar al hogar
junto a ti y a tu hijo, tras vengar a los crueles pretendientes en
su propio palacio! Ven conmigo, Penélope, para que ambos
puedan alegrarse, después de haber pasado tantas penas.
La prudente Penélope le dijo:
—¡Mi querida nodriza! No hay que cantar victoria antes de
tiempo. Bien sabes cuán felices estaríamos todos si él volviera,
y especialmente tú, y el hijo que engendramos él y yo. Pero lo
que me dices no es cierto: fue algún dios el que mató a los
crueles pretendientes, irritado con sus malas acciones. Pero
para Odiseo la esperanza del regreso murió lejos de Ítaca, y él
ha muerto también.
Le respondió Euriclea:
—¡Hija mía! ¿Qué dices? Tu ánimo es siempre incrédulo:
afirmas que tu marido no volverá a esta casa, cuando ya está en
la sala, calentándose al lado del hogar. Voy a darte una prueba:
cuando lavé sus pies, le vi la cicatriz que hace ya muchos años
le hizo un jabalí con sus blancos colmillos. Yo quería decírtelo,
pero él me lo impidió, con su astucia de siempre. Ahora,
vamos, sígueme; y si te engaño, mátame.
Le respondió Penélope:
—Por más inteligente que una sea, es difícil saber los planes de
los dioses inmortales. De todos modos, vamos, llévame con
Telémaco, para que pueda ver a los muertos y a aquel que los
mató.
Penélope pone a prueba a Odiseo.
Así dijo, y bajaron a la sala. Mientras tanto, Atenea le había
dado a Odiseo el don de la belleza, y parecía más alto y más
fornido. Y cuando traspusieron el umbral, tomó asiento
Penélope junto al fuego, enfrente de Odiseo, que se hallaba
sentado con la mirada baja, esperando que su querida esposa le
hablara finalmente y lo mirara. Pero estuvo Penélope mucho
tiempo callada, creyendo a veces que era su marido, y otras
veces dudándolo.
Pie de imagen: Penélope y Odiseo disfrazado de mendigo.
Relieve de terracota del siglo v a. C.
Al fin habló Odiseo:
—¡Desdichada! Los dioses te han dado un corazón más duro
que el de las demás mujeres. Ninguna permanecería así, con el
ánimo firme, lejos de su marido, cuando él, tras veinte años de
pasar tantos males, vuelve a casa. Pero, vamos, nodriza,
prepárame la cama, porque quiero acostarme, pues ella tiene en
su pecho un corazón de hierro.
La discreta Penélope le dijo:
—No hay en mí ni desprecio ni orgullo, ¡oh desdichado!, ni
tampoco me admiro en demasía, pues sé muy bien cómo eras
cuando partiste de Ítaca. Euriclea, prepara para el huésped el
lecho que Odiseo construyó, y sácalo de nuestra habitación,
para que duerma solo.
Así dijo Penélope, queriendo probar a su marido; pero, airado,
Odiseo le respondió a Penélope:
—¡Oh mujer! En verdad me apena lo que dices. ¿Quién ha
podido trasladarme el lecho? Pues solo un dios podría
cambiarlo de lugar… Había en nuestro patio un ancho olivo,
que tenía el grosor de una columna. Alrededor de él construí
nuestro cuarto, con paredes de piedra, un excelente techo y
puertas sólidas. Después corté las ramas del olivo y pulí el
tronco desde la raíz, y tras enderezarlo lo convertí en el pie de
nuestra cama; y a partir de ese pie, hice toda la cama, y la
adorné con oro, con plata y con marfil, y puse en su interior
unas correas de buey de color púrpura. Pero ahora no sé si
sigue allí mi lecho, o alguien lo trasladó, cortando por el pie de
la cama el olivo.
Así dijo Odiseo, y a Penélope le flaquearon las rodillas y el
corazón al escuchar lo que su esposo le contaba. Corrió hacia él
llorando, lo abrazó, lo besó, y le dijo estas palabras:
—¡No te enojes conmigo, Odiseo, que eres el más discreto de
todos los hombres! Temía, horrorizada, que viniese algún
hombre y me engañara con palabras, pues muchos traman
males con astucias. Pero me das señales tan precisas, que no
puedo más que creerte.
El reencuentro de Penélope y Odiseo. Así dijo Penélope, y
Odiseo lloró, abrazado a su esposa, como abraza la tierra un
náufrago que acaba de salvarse. Euriclea y Eurínome
prepararon el lecho, y luego se marcharon a sus habitaciones, y
marido y mujer subieron a acostarse.
Una vez que gozaron del amor tan deseado y postergado,
Odiseo y Penélope se contaron el uno al otro sus historias. Ella
le dijo cuánto había sufrido por culpa de los viles pretendientes,
que usándola de excusa, comían y bebían de la hacienda de
Odiseo. Por su parte, Odiseo le contó de los males que les había
causado a otros hombres y los que él mismo había sufrido, y
luego le narró sus aventuras: le habló sobre los cícones y sobre
los lotófagos, de Polifemo, el cíclope, y de Eolo. Le contó
sobre Circe y sus hechizos, y sobre el viaje al Hades, donde
volvió a encontrarse con su madre y con los compañeros
muertos en el camino. Le explicó cómo pudo escuchar el
sublime canto de las sirenas, y cómo superó el formidable
escollo de la horrenda Caribdis y la terrible Escila. Le habló de
los rebaños del Sol, y le contó cómo los suyos habían perecido
por comérselos. Le refirió su estancia en la isla de Ogigia, con
Calipso, y cómo lo retuvo, tras ofrecerle la inmortalidad, sin
poder doblegar su corazón. Y le contó de qué manera, al fin,
llegó a la isla donde vivían los feacios, que lo trataron como a
un dios y lo trajeron de regreso a la patria. Y aquello fue lo
último que dijo, porque ya lo vencía el dulce sueño, que relaja
los miembros y deja el alma libre de inquietudes.
Y una vez que juzgó que Odiseo y Penélope habían disfrutado
del amor y el descanso, Atenea, que había contenido la
aparición de Eos para alargar la noche con sus goces, permitió
que surgiera del océano la hija de la mañana, para llevar su luz
otra vez a los hombres. Entonces, Odiseo se levantó del lecho y
le dijo a su esposa:
—¡Mujer! Hemos sufrido suficientes penurias. Pero ahora que
del palacio, que yo me ocuparé de reponer las reses que
comieron los soberbios pretendientes, y llenaré de nuevo los
establos. Pero ahora iré al campo, para ver a mi padre, que está
tan afligido por mi ausencia. Y tú, que eres juiciosa, haz lo que
te diré: muy pronto la noticia de que maté a los pretendientes se
divulgará. Tú quédate en el piso de arriba con las siervas, y no
hables con nadie ni preguntes nada.
Así dijo, y se puso la armadura y dejó la habitación. Tras
despertar a su hijo, al porquero y al boyero, les mandó armarse
a ellos también. Ellos le obedecieron, y tras armarse con el
bronce, salieron de la casa. Y aunque ya había luz sobre la
tierra, los ocultó Atenea con una oscura nube, y raudamente los
sacó de la ciudad.
Canto xxiv
Las almas de los pretendientes van al Hades. Hermes guió las
almas de los pretendientes por lúgubres senderos, trasponiendo
las corrientes del océano y las puertas del sol, y tras dejar atrás
el País de los Sueños, arribaron muy pronto a la pradera de
asfódelos,92 morada de las almas, que son imágenes de los
difuntos. Cuando las vio llegar, el alma del divino Agamenón
se llenó de alegría, al saber que Odiseo había regresado
finalmente
a su patria.
Odiseo se reencuentra con Laertes.
Mientras tanto, Odiseo, Telémaco y los suyos dejaron la ciudad
y llegaron al hermoso y cultivado campo de Laertes, que en
otro tiempo este había comprado haciendo un gran esfuerzo.
Odiseo les dijo a los siervos y a Telémaco:
—Ustedes sacrifiquen el mejor de los cerdos que encuentren en
la casa para que lo comamos, que yo voy a probar si al verme
ante sus ojos, después de tanto tiempo, me conoce mi padre.
Así les dijo y les confió sus armas. Al llegar a la viña, encontró
allí a su padre, que estaba solo, trabajando el campo. Vestía un
manto sucio y remendado, unos rotosos guantes de trabajo y un
gorro miserable hecho con piel de cabra. Al verlo así,
abrumado por los años y la melancolía, se detuvo al lado de un
peral, y ya no pudo contener las lágrimas. No sabía qué hacer,
si abrazarlo y besarlo y contarle su regreso, o si probarlo antes
de darse a conocer. Tras pensarlo un instante, se decidió por la
segunda opción, y se acercó al anciano que seguía cavando en
torno de una planta, con la cabeza gacha, diciendo estas
palabras:
—¡Anciano! Sabes cultivar un huerto, pues en este está todo
bien cuidado, y no hay planta, ni higuera, ni olivo, ni peral que
no lo esté. Pero voy a decirte una cosa, y espero no te enojes: el
que no me parece bien cuidado eres tú, pues no solo te agobia
la vejez, sino que estás roñoso y harapiento. No creo que tu
amo te tenga en ese estado por holgazanería; además, no se ve
nada servil en ti, pues por tu aspecto te pareces a un rey. Pero
dime: ¿a quién sirves? ¿De quién es este huerto que cultivas?
Yo quisiera saber si estoy realmente en Ítaca, como me dijo un
hombre que encontré en el camino. Hace tiempo, en mi tierra,
recibí a un huésped tan discreto como ninguno que haya
recibido antes. Decía ser de Ítaca, y que el nombre de su padre
era Laertes. Lo albergué en mi palacio y le entregué regalos de
hospitalidad: siete talentos de oro, una jarra de plata, doce
mantos sencillos, doce túnicas; y además, le entregué cuatro
mujeres, diestras en toda clase de tareas.
Así dijo, y Laertes respondió con los ojos llorosos:
—¡Forastero! En efecto, estás en Ítaca. Pero ahora la rigen unos
hombres malvados e insolentes, y te serán en vano esos regalos
que le hiciste a aquel huésped. Si lo encontraras vivo en la
ciudad de Ítaca, él no permitiría que partieras sin llenarte de
obsequios para corresponder a tus presentes y a tu hospitalidad,
como se debe hacer. Pero cuéntame, ¿cuándo recibiste a este
huésped, mi hijo infortunado, si
es que no ha sido un sueño? Lejos de sus amigos y su patria,
los peces en el mar se lo comieron, o en la tierra fue pasto de
las fieras y las aves. Y ni su madre le hizo una mortaja, ni su
rica mujer, la discreta Penélope, lloró sobre su lecho ni le cerró
los ojos, como era justo hacer, porque tales son las honras
debidas a los muertos. Vamos, dime quién eres y de dónde has
venido.
Y el astuto Odiseo contestó:
—Mi patria es Alibante, donde tengo magnífica morada. El rey
Afidas es mi padre y mi nombre es Epérito. Algún dios
confundió mi derrotero y me trajo hasta aquí. Mi nave está
amarrada en una playa, lejos de la ciudad. Y en cuanto a tu
pregunta, pasaron cinco años del día en que Odiseo abandonó
mi casa. Lo despedí contento y partió con alegría, con augurios
propicios; confiábamos los dos en volver a encontrarnos, e
intercambiar magníficos regalos.
Así dijo Odiseo, y Laertes se vio envuelto en una negra nube de
dolor. Tomó un poco de tierra, y la arrojó, llorando, por sobre
su cabeza. Entonces Odiseo sintió pena en su ánimo, y saltando
a sus brazos, lo besó y le habló de esta forma:
—Padre, yo soy aquel por quien preguntas, que regresa a la
patria después de veinte años. Deja ya de llorar y de estar triste,
que el tiempo nos apremia: maté a los pretendientes en mi casa,
vengando sus injurias y sus malas acciones.
Le respondió Laertes:
—Si eres en verdad Odiseo que ha vuelto, dame alguna señal
que me convenza.
Le contestó Odiseo:
—Mira, aquí está la herida que un jabalí me hizo en el pie,
cuando niño. Además, te diré cuáles fueron los árboles que tú
me regalaste en aquel tiempo: yo te seguía por la huerta y tú me
los ibas nombrando. Eran trece perales, diez manzanos,
cuarenta higueras y cincuenta vides.
Así dijo Odiseo, y a Laertes le flaquearon las rodillas y el
corazón, porque reconocía las señales que su hijo le daba.
Abrazando a su hijo, le dijo estas palabras:
—¡Padre Zeus! Ustedes los dioses inmortales permanecen aún
en el Olimpo, si es verdad que los viles pretendientes tuvieron
su castigo merecido. Pero ahora temo que sus familiares, al
enterarse de lo que pasó, te vengan a buscar.
Y el astuto Odiseo le respondió a su padre:
—No te preocupes, padre, y vamos a la casa. Ya están allí
Telémaco, junto con el porquero y el boyero, haciendo la
comida.
La paz. Cuando llegaron a la hermosa casa, Telémaco, el
porquero y el boyero cortaban mucha carne y mezclaban negro
vino. Enseguida, una esclava lavó a Laertes y le puso un manto
encima de los hombros, y Atenea lo hizo parecer más alto y
más fornido de lo que era antes. Cuando salió del baño, se
sorprendió Odiseo, pues parecía un dios. Mientras gozaban del
banquete Odiseo y los suyos, la Fama93 mensajera recorrió la
ciudad, anunciando la muerte de los pretendientes. Sus
familiares, cuando se enteraron, corrieron al palacio de Odiseo
con gritos y lamentos, y cada uno se llevaba el cuerpo de su
pariente para darle sepultura. Y a los que habían venido de
otras ciudades los ponían en las rápidas naves para llevar a
cada uno a casa. Y luego se reunieron todos en el ágora, con el
ánimo triste. Allí les habló Eupites, que era el padre de
Antínoo, vertiendo muchas
lágrimas por su hijo asesinado:
—Amigos, este hombre les ha hecho gran traición a los aqueos.
A muchos y valientes se los llevó en sus naves, para luego
perder las naves y los hombres; y al regresar, ha matado a los
mejores de los itacenses.
Si nuestros descendientes llegaran a enterarse de estas cosas,
sería vergonzoso. Y si no castigáramos a quienes han matado a
nuestros hijos y hermanos, para mí la vida sería ingrata, y ojalá
me muriese cuanto antes, para estar con los muertos. Pero
vayamos pronto, antes de que se escapen.
Así dijo, entre lágrimas, y movió a compasión a los aqueos.
Entonces, Haliterses les habló de esta forma:
—Itacenses, escuchen mis palabras. Todo esto ha ocurrido por
la debilidad de ustedes, porque no se dejaron persuadir, ni por
mí ni por Méntor, cuando los exhortábamos a impedir las
locuras de sus hijos; ellos mismos, a causa de su orgullo,
devorando la hacienda y ultrajando a la mujer de un varón
excelente, que pensaban que ya no volvería, se buscaron su
propia ruina. Háganme caso a mí: no vayamos, no sea que
alguien halle el mal que se buscaba.
Así dijo Haliterses, y hubo un gran tumulto entre la
concurrencia, y más de la mitad estuvieron de acuerdo y se
marcharon. Sin embargo, a los otros no les gustó el discurso de
Haliterses, y corrieron a armarse junto a Eupites.
Entonces, Atenea le habló a Zeus:
—¡Padre Zeus, respóndeme! ¿Qué tramas? ¿Tendrán lugar la
perniciosa guerra y el horrible combate, o pondrás amistad
entre unos y otros?
Y Zeus, que amontona las nubes, respondió:
—¡Hija mía! Tú misma formulaste ese plan: que Odiseo
volviera y se vengara de ellos. Haz lo que te parezca, pero yo te
diré lo que conviene: ya que Odiseo se ha vengado de los
pretendientes, que ahora hagan las paces, y él reine para
siempre sobre los itacenses. Por nuestra parte, hagamos que se
olvide la matanza de los hijos y hermanos; que se amen los
unos con los otros, y haya paz y riqueza en abundancia.
Y una vez que habló Zeus, Atenea bajó desde las cumbres
brillantes del Olimpo.
Mientras tanto, Odiseo y los suyos se armaron y salieron de la
casa, listos para luchar contra los que venían. Enseguida, el
combate comenzó y Atenea inspiró renovado vigor al anciano
Laertes, que arrojó la gran lanza contra Eupites, quien cayó con
estrépito en el suelo, sin vida. Y Odiseo y los suyos los habrían
matado a todos si Atenea no hubiera detenido el combate con
un grito:
—¡Abandonen la lucha y sepárense, itacenses, sin derramar
más sangre!
Así dijo la diosa de ojos glaucos, y el pálido terror se apoderó
de todos. No bien se oyó la voz de la deidad, los del bando de
Eupites tiraron las armas en el suelo y se dieron a la fuga. El
paciente Odiseo, con horrible alarido, se lanzó tras de ellos,
como un águila. Pero Zeus arrojó un ardiente rayo, que fue a
caer delante de Atenea. Y al ver esta señal de su padre, la diosa
de ojos glaucos le dijo así a Odiseo:
—¡Ingenioso Odiseo, hijo de Laertes, del linaje de Zeus!
Contente ya, que cese este combate, funesto para todos. No sea
cosa que Zeus se moleste contigo.
Así dijo Atenea, y él se alegró de oírla y obedeció su orden. Y
Palas Atenea, transfigurada en Méntor, hizo que los dos bandos
acordasen la paz.
Sobre terreno conocido
Comprobación de lectura
Coloquen la V de verdadero o la F de falso al lado de las
siguientes afirmaciones. En la carpeta, corrijan las afirmaciones
incorrectas.
a. En la primera asamblea de los dioses, Atenea convence a
Zeus de favorecer el regreso de Odiseo.
b. Calipso se niega terminantemente a dejar partir a Odiseo y a
ayudarlo en su retorno.
c. Odiseo desea regresar a Ítaca, pero no puede porque perdió a
sus compañeros y su nave en un naufragio.
d. Telémaco emprende un viaje a Pilos y a Esparta para
averiguar noticias de su padre.
e. Penélope, cansada de esperar a su marido, elige a Antínoo
para casarse con él y entregarle el trono de Ítaca.
f. Atenea toma la forma de una anciana para incitar a Telémaco
a emprender el viaje.
g. Los pretendientes de Penélope consumen los bienes del
palacio de Odiseo.
h. Cuando comienza el relato, hace veinte años que finalizó la
guerra de Troya y que Odiseo está vagando sin poder regresar
al hogar.
En la carpeta, respondan a las siguientes preguntas.
1. ¿Qué dios impide el regreso de Odiseo a Ítaca? ¿A qué se
debe esta actitud?
2. ¿Qué artimaña idea Penélope para retrasar la elección de un
nuevo
esposo?
3. ¿Quién encuentra a Odiseo en la isla de los feacios? ¿Cómo
llega el héroe al palacio de Alcínoo?
4. ¿Por qué llora Odiseo cuando escucha al aedo en el banquete
que
ofrece Alcínoo?
5. ¿Cómo revela Odiseo su identidad ante Alcínoo y Arete?
¿Qué historias les cuenta?
6. ¿Qué diosa recibe a Odiseo en Ítaca? ¿Cómo es el plan que
urden juntos para llegar hasta el palacio y llevar a cabo la
venganza contra los pretendientes?
7. ¿Cómo se presenta Odiseo frente a Eumeo, el porquerizo
fiel?
8. ¿Cómo tratan los pretendientes a Odiseo?
9. ¿En qué consiste el certamen del arco propuesto por
Penélope?
¿Quién lo gana?
Marquen con una cruz la opción correcta.
1. Los cíclopes son…
a. dioses vengativos.
b. gigantes de un solo ojo, desconocedores de la hospitalidad.
c. gigantes que ayudan a los extranjeros que pasan por sus
costas.
2. El rey Eolo le regala a Odiseo…
a. una bolsa llena de oro y joyas preciosas.
b. la mejor de sus naves.
c. una bolsa que contiene vientos.
3. Los lestrigones reciben a Odiseo y a sus compañeros…
a. con un banquete, juegos y música.
b. arrojándoles piedras y comiéndose a quienes capturaban.
c. prohibiéndoles acercarse al palacio.
4. Los compañeros que van a investigar el palacio de Circe…
a. se enamoran de la hechicera y no regresan.
b. vuelven decepcionados porque no encuentran nada
interesante allí.
c. son convertidos en cerdos y encerrados en jaulas.
Actividades de comprensión
1. Relean los primeros seis renglones de la Odisea. Estas
palabras preliminares conforman el proemio, que contiene un
resumen de la obra y una invocación a la Musa, la diosa a la
que se le pide inspiración. ¿Qué datos se mencionan en el
proemio? ¿A qué episodio se refiere cada uno de esos datos?
Justifiquen la respuesta.
2. La estructura de la Odisea es compleja. El relato no se
desarrolla siguiendo una línea cronológica estricta, sino que
comienza por la mitad. Los hechos anteriores a este punto se
narran, luego, en forma de raccontos o retrospecciones. En
términos técnicos, se dice que esta es una estructura en anillo,
porque tiene forma circular: la historia comienza en un punto,
retrocede y luego vuelve al punto donde se había iniciado.
Cuando una historia no se narra desde el principio, se dice que
está comenzada in medias res, que en latín significa “por la
mitad del asunto”.
a. Armen dos líneas temporales, en paralelo. En una, presenten
las acciones principales en el orden en que aparecen en la obra
y, en la otra, ordenen los hechos cronológicamente.
b. Comparen las líneas y extraigan conclusiones. ¿Qué les
parece que aporta a la trama este tipo de estructura? (Piensen
en otras obras literarias, películas, series televisivas o
historietas donde se use este recurso.)
3. En la épica antigua es frecuente que a los personajes, tanto
mortales como dioses, así como a algunos objetos, se les
atribuya uno o más epítetos fijos. Estos epítetos son adjetivos o
construcciones que sirven para caracterizar a los seres a los que
se refieren y presentar alguno de sus rasgos sobresalientes.
a. Relacionen cada personaje u objeto de la columna de la
izquierda con el epíteto que le corresponde, en la columna de la
derecha.
Nota de la correctora: para la adaptación se transcribirá una
columna debajo de la otra. Fin de la nota.
Columna 1
Poseidón
Zeus
Penélope
Eos
Circe
Aquiles
Menelao
Néstor
Odiseo
Atenea
Columna 2
la de ojos glaucos
el de los pies veloces
astuto
el que junta las nubes
prudente
la de hermosas trenzas
la de dedos de rosa
el que sacude la tierra
rubio
domador de caballos
b. Presten atención al epíteto de Odiseo. ¿Qué nos dice acerca
de su personalidad? Busquen los otros epítetos que se le
atribuyen a ese personaje y confeccionen una lista. ¿Qué
conclusiones pueden extraer a partir de la lista que
confeccionaron?
c. Propongan dos epítetos, además de los que aparecen en la
obra, para cada uno de los siguientes personajes de la Odisea:
Telémaco, Penélope, Zeus, Atenea, Poseidón y Odiseo.
Actividades de análisis
1. La Odisea se estructura en tres partes bien diferenciadas.
Indiquen qué cantos comprende cada parte y escriban un breve
resumen de la temática y la importancia de cada una de ellas.
¿Qué personajes predominan en cada parte?
Parte 1. Telemaquia
Parte 2. Aventuras de Odiseo en el mar
Parte 3. Odiseo en Ítaca
2. A partir del canto ix, y hasta el canto xii, Odiseo, como si
fuera un aedo, relata sus aventuras ante el auditorio que lo
escucha en el palacio de los feacios. Este recurso que presenta
el texto se llama puesta en abismo. La puesta en abismo es una
técnica pictórica que consiste en representar la obra (o las
condiciones de su producción) dentro de la misma obra. Si
observan el famoso cuadro de Velázquez, Las Meninas,
comprobarán que el artista se representó a sí mismo pintando
un cuadro para los reyes de España.
Pie de imagen: Diego Velázquez, Las Meninas o la familia de
Felipe IV
(1656, óleo sobre lienzo, 310 x 276 cm, Museo del Prado,
Madrid).
En la Odisea sucede algo análogo: el protagonista, Odiseo,
toma el lugar del aedo y se convierte en narrador de las
diversas aventuras que él mismo ha vivido. Estos relatos
enmarcados constituyen una “pequeña Odisea” dentro de la
“gran Odisea”.
a. ¿Qué característica especial tiene el relato de Odiseo? ¿Qué
tipo de acciones cuenta?
b. ¿Qué conclusión pueden sacar del hecho de que los sucesos
fantásticos estén en boca del protagonista? ¿Es Odiseo un
personaje creíble? Discutan las conclusiones con sus
compañeros.
3. A lo largo de sus aventuras en el mar, Odiseo se encuentra
con varios personajes monstruosos.
a. Confeccionen una lista de los monstruos que aparecen entre
los cantos ix y xii. Redacten una breve descripción de cada
uno, teniendo en cuenta si contribuye al regreso de Odiseo o lo
obstaculiza.
b. Imaginen otros monstruos que podrían aparecer en la Odisea.
Inventen una nueva aventura en la que el héroe tenga que
enfrentarse con él.
En la Odisea, los personajes femeninos, ya se trate de diosas o
de humanas, son muy importantes.
a. Realicen una lista de todos los personajes femeninos que
aparecen en el relato. Escriban una breve biografía de cada uno
de ellos, destacando la importancia que tienen en relación con
el protagonista de la historia.
b. ¿Qué características especiales de Atenea y Penélope las
hacen más cercanas a Odiseo? ¿En qué se parecen a él? Piensen
en el modo de actuar y en la personalidad de cada una.
5. La hospitalidad constituía un valor esencial en el mundo
griego arcaico; según se creía, tratar bien a los extraños era un
mandato divino. Varios episodios de la Odisea tocan este tema,
por ser el protagonista un viajero que visita muchas tierras
extrañas.
a. Busquen en el texto ejemplos de episodios donde se haga
presente el tema de la hospitalidad, tanto de manera positiva
como de manera negativa. ¿Qué consecuencias acarrea la
violación de la hospitalidad?
b. Redacten las reglas de la hospitalidad que tenían vigencia en
el mundo de la Odisea. Comparen la importancia que tenía la
hospitalidad para los griegos antiguos con la que le damos
nosotros hoy en día.
6. De todos los lugares que Odiseo conoce en su extenso viaje,
hay uno que se destaca: el Hades. Sin embargo, Odiseo no es el
único personaje mitológico que realiza un viaje al mundo de los
muertos. En la literatura clásica, se llama katábasis (que
significa “ida hacia abajo”) al descenso a los infiernos de un
personaje vivo.
a. ¿Qué es el Hades? ¿Cómo llegan Odiseo y sus compañeros
allí?
Describan la geografía de ese espacio infernal, tal como ustedes
se la representan.
b. Orfeo y Heracles también descendieron al Hades. Averigüen
quiénes fueron estos personajes de la mitología y por qué
llevaron a cabo esa acción. Copien en la carpeta los detalles de
los mitos y compartan estas historias con sus compañeros.
c. ¿A quiénes encuentra Odiseo en el Hades? Confeccionen una
lista de los personajes a los que solamente ve y otra de los
personajes con los que habla. Expliquen la importancia de los
diálogos con Anticlea, Tiresias y Elpénor.
d. Presten atención a lo que dice Aquiles cuando conversa con
Odiseo: “No intentes consolarme. Preferiría ser un labrador al
servicio de un hombre miserable, que apenas puede mantener
su hacienda, a mandar en el reino de los muertos”.
¿Por qué dice esto Aquiles? Busquen información sobre este
héroe. ¿Creen que en vida hubiera dicho algo similar?
Comparen a Aquiles con Odiseo. ¿En qué se parecen los dos
héroes y en qué se diferencian?
7. En el canto xii, Odiseo se enfrenta a un desafío particular:
escuchar el canto de las sirenas sin que estas lo atraigan y lo
devoren.
a. ¿Qué estrategia utiliza Odiseo para lograrlo?
b. Piensen en todos los episodios en que el héroe hace uso de su
inteligencia y no de su fuerza física para escapar de algún
peligro. Comparen las estrategias y saquen conclusiones acerca
de las características de Odiseo como héroe.
8. Una vez que Odiseo se encuentra en Ítaca, el desafío mayor
es que sus amigos y familiares lo reconozcan en el momento
oportuno. Debemos tener presente que han pasado veinte años
desde que partió rumbo a la guerra de Troya y que, además,
Atenea lo avejentó y lo vistió con ropas de mendigo.
Enumeren los reconocimientos que tienen lugar entre los cantos
xv y xxiv. ¿Cómo sucede cada uno de ellos? Compárenlos y
señalen los elementos que tienen en común.
9. La venganza final presenta un conflicto desde el siguiente
punto de vista: Odiseo ha matado a todos los jóvenes solteros
de la isla. Los familiares, indignados, se enfrentan con Odiseo
y Laertes en una nueva batalla. Parece que la tensión no va a
resolverse.
a. ¿Cómo se soluciona finalmente el conflicto?
b. Busquen en una enciclopedia la definición de la expresión
latina deus ex machina y relaciónenla con el final de la Odisea.
¿Recuerdan haber visto este recurso empleado en alguna
película o alguna serie de televisión?
Actividades de producción
1. El arte de contar historias. Los aedos eran expertos en unir
diferentes cantos, que memorizaban para formar historias más
extensas y con una trama complicada.
Organícense en, al menos, cuatro grupos. Cada grupo deberá
inventar un episodio nuevo de la Odisea, memorizarlo y, luego,
contárselo a los demás. Traten de ponerse de acuerdo en la
distribución de los temas, de modo que cada relato pueda
“conectarse” con el siguiente.
2. La Odisea en el arte. Elijan la escena de la Odisea que más
les haya gustado y represéntenla plásticamente. Pueden
inspirarse en las ilustraciones ya existentes, como las que hay
sobre ánforas, mosaicos o relieves antiguos (algunas de ellas se
reproducen en esta edición). Discutan qué escena elegirán, qué
personajes serán representados, qué técnica y qué soporte
utilizarán. Será provechoso que trabajen con la asistencia del
docente de Educación Plástica.
[Link] comparaciones. Los símiles homéricos son
comparaciones de construcción compleja que aparecen
frecuentemente en el relato. A continuación se transcriben
algunos ejemplos en los que el símil aparece destacado en
color:
Telémaco abrazó a su padre, y los dos lloraron largamente,
como gimen las aves cuando los campesinos les roban los
pichones que no saben volar. (Canto xvi)
Huyeron por la sala como vacas que un tábano persigue,
mientras los acechaban Odiseo y los suyos, como buitres que
atacan a otras aves en el llano, y arremetían contra ellos,
matándolos e hiriéndolos con furia, entre gemidos, mientras la
negra sangre corría por el suelo. (Canto xxii)
Pero todos yacían, amontonados unos sobre otros, entre el
polvo y la sangre, como los peces que los pescadores sacan del
agua con sus redes y amontonan en la arena de la orilla,
deseosos de las olas y del sol reluciente. (Canto xxii)
a. Inventen otros símiles tomando como ejemplo los anteriores.
Recuerden que, por lo general, el símil establece una
comparación entre un individuo o una acción y un elemento de
la naturaleza.
b. Compartan los símiles con sus compañeros y elijan los cinco
que más les gustaron. Justifiquen la elección.
c. Elijan un párrafo de la Odisea y expándanlo insertando un
símil (o más de uno, si se animan).
4. Recreaciones de los mitos. A lo largo de la Odisea se relatan
varios regresos, entre ellos el de Menelao, el de Néstor y el de
Agamenón.
a. En obras de referencia sobre mitología clásica (como las que
se enumeran en la Bibliografía, página 191), investiguen cómo
fue cada uno de esos regresos. Copien la información en la
carpeta.
b. Escriban un diálogo imaginario entre Menelao y Helena al
retornar a Esparta. Tengan en cuenta lo sucedido en la guerra
de Troya. Luego, escriban un diálogo entre Agamenón y
Clitemestra, antes de que Egisto lo asesinara. (Este último
regreso es el tema de una tragedia de Esquilo, llamada
Agamenón, cuya lectura les recomendamos.)
c. Escriban un texto, en forma de crónica periodística, en el que
relaten cada uno de estos regresos. Hagan hincapié en el de
Odiseo, a quien se cree perdido o muerto. Inventen hipótesis
para resolver el enigma de su paradero.
Recomendaciones para leer y para ver
Si les gustó esta versión de la Odisea, les recomendamos leer el
texto completo, en alguna de las excelentes traducciones al
español que se han realizado:
Homero. Odisea. Buenos Aires, Losada, 2000, traducción de
Luis Segalá y Estalella.
Homero. Odisea. Madrid, Cátedra, 1998, traducción de José
Luis Calvo. Homero. Odisea. Madrid, Gredos, 1998, traducción
de José Manuel
Pabón.
Homero. Odisea. Madrid, Alianza, 2005, traducción de Carlos
García Gual.
Pueden encontrar una versión sencilla y completa del ciclo de
la guerra de Troya en:
Bentivegna, Diego y Romana, Cecilia. ¡Canta, musa! Los más
fascinantes episodios de la guerra de Troya. Buenos Aires,
Kapelusz, colección GOLU, 2009.
Para leer otros poemas épicos:
Homero. Ilíada. Buenos Aires, Losada, 1996, traducción de
Luis Segalá y Estalella.
Virgilio. Eneida. Madrid, Gredos, 2005, traducción de J. de
EchaveSustaeta.
Apolonio de Rodas. Argonáuticas. Madrid, Gredos, 1996,
traducción de M. Valverde Sánchez.
Anónimo. Poema de Mio Cid. Buenos Aires, Colihue, 2007,
edición de Leonardo Funes.
Si quieren profundizar en los relatos clásicos de mitología
griega y latina:
Hesíodo. Obras y fragmentos. Teogonía, Trabajos y días.
Madrid, Gredos, 1997, traducción de A. Pérez Jiménez y A.
Martínez Díez.
Ovidio. Metamorfosis. Madrid, Cátedra, 1995. Edición y
traducción de Consuelo Álvarez y Rosa María Iglesias.
Pueden encontrar reelaboraciones de la Odisea en muchas
obras de autores modernos:
Joyce, James. Ulises. Buenos Aires, Losada, 1999. Esta novela
parodia y rinde homenaje a la Odisea, al relatar un día en la
vida de Leopold Bloom, un Odiseo moderno, en la Dublín de
principios del siglo xx.
Pavese, Cesare. Diálogos con Leucó. Madrid, Tusquets, 2000.
Se trata de una colección de pequeños diálogos entre
personajes mitológicos. Hay uno muy interesante entre Odiseo
y Calipso.
Cortázar, Julio. “Circe”. En: Bestiario. Buenos Aires,
Alfaguara, 2001.
Un cuento escalofriante, cuya protagonista está inspirada en la
célebre hechicera.
Cavafis, Constantino. “Ítaca”. Un bello poema inspirado en las
aventuras de Odiseo. Pueden hallarlo en:
[Link]
m Borges, Jorge Luis. “Odisea, libro vigésimo tercero”. En: El
otro, el
mismo. Buenos Aires, Emecé, 1998. Este soneto se centra en
los sentimientos de Odiseo una vez que ha consumado la
venganza. Fontanarrosa, Roberto. Los clásicos según
Fontanarrosa. Buenos Aires,
De La Flor, 1996. Entre las historietas de este libro, hay una
divertida parodia de los poemas homéricos.
Adaptaciones cinematográficas:
Ulises, dirigida por Mario Camerini (1954). Una adaptación
clásica, con Kirk Douglas en el papel de Odiseo y Anthony
Quinn como Antínoo.
La Odisea, miniserie para la televisión, dirigida por Andrei
Konchalovsky (1997).
Troya, dirigida por Wolfgang Petersen (2004), se centra en los
últimos días de la guerra de Troya.
¿Dónde estás hermano?, dirigida por Joel y Ethan Coen (2000).
Tres presidiarios escapan de la cárcel en el sur de los Estados
Unidos y tienen un largo viaje de regreso a casa. Hay
muchísimas referencias a la Odisea.
Bibliografía
Sobre la cultura griega en general y los poemas homéricos en
particular
Calvino, Italo. “Las Odiseas en la Odisea”. En: Por qué leer los
clásicos.
Barcelona, Tusquets, 1992.
Finley, M. I. El mundo de Odiseo. México, FCE, 1961.
Flacelière, Robert. Adivinos y oráculos griegos. Buenos Aires,
Eudeba, 1997.
Kirk, G. S. Los poemas de Homero. Barcelona, Paidós, 1995.
Kitto, H. D. F. Los griegos. Buenos Aires, Eudeba, 1994.
Lesky, Albin. Historia de la literatura griega. Madrid, Gredos,
1989. Steiner, George. Lenguaje y silencio. Barcelona, Gedisa,
1982.
Vidal-Naquet, Pierre. El mundo de Homero. Buenos Aires,
FCE, 2001.
Obras de referencia sobre la mitología griega y latina
Burn, Lucilla. Mitos griegos. Madrid, Akal, 1998.
Buxton, Richard. Todos los dioses de Grecia. Madrid, Oberón,
2004. Graves, Robert. Los mitos griegos. Madrid, Alianza,
1998.
Grimal, Pierre. Diccionario de mitología griega y romana.
Barcelona, Paidós, 1991.
Ruiz de Elvira, Antonio. Mitología clásica. Madrid, Gredos,
1995. Vernant, Jean-Pierre. La naturaleza de los mitos griegos.
Barcelona,
Labor, 1992.
Vernant, Jean-Pierre. Érase una vez. El universo, los dioses, los
hombres.
Buenos Aires, FCE, 2000.
Sobre el mito en general
Bauzá, Hugo Francisco. El mito del héroe. Morfología y
semántica de la figura heroica. Buenos Aires, FCE, 1998.
Bauzá, Hugo Francisco. Qué es un mito. Una aproximación a la
mitología clásica. Buenos Aires, FCE, 2005.
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del
mito.
México, FCE, 1972.
Kirk, Geoffrey. El mito. Su significado y funciones en la
Antigüedad y otras culturas. Barcelona, Paidós, 1985.
Esta obra se terminó de imprimir en enero
de 2015, en los talleres de Buenos Aires Print, Presidente
Sarmiento 459, Lanús, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Contratapa
La Odisea no solamente es el primer libro de aventuras de la
literatura occidental, sino que es, también, uno de los más
importantes de nuestra cultura. Hay algo en esta obra que
continúa interpelándonos y que sigue teniendo sentido para
nosotros hoy en día, casi
' tres mil años después de su composición. El relato de las
vicisitudes de un hombre que extraña a su familia y
quiere volver a pisar el suelo de su patria nos conmueve y nos
interesa porque es un tema universal y profundamente humano.
Este libro nos permite conocer otras geografías, encontrarnos
con personajes maravillosos, vivir las mismas aventuras que los
héroes ... La importancia de leer la Odisea tiene que ver
también, para los lectores jóvenes, con el hecho de que, de
alguna manera, toda la literatura posterior está contenida en
este primer gran relato.
La cuidadosa versión que presentamos reúne los pasajes
fundamentales de la obra, conservando los recursos y la
vitalidad de la poesía homérica. Las abundantes notas y las
ilustraciones, tomadas de las tradiciones clásica y moderna,
permiten que los lectores reconstruyan el contexto en el que
surgió la obra. Por su parte, las propuestas de actividades,
además de centrarse en el mundo de la épica antigua, llaman la
atención acerca de la actualidad de esta obra, tanto por su
elaborada estructura como por su constante reaparición en las
más diversas manifestaciones de nuestra cultura.
ce 290022s9
ISBN 978-950-13-2336-8
9 789501 323368
KCllJ IUSZ
Norma
Notas al pie de Nuestra colección
1 Italo Calvino. Por qué leer los clásicos. Barcelona, Tusquets,
1992.
Notas al pie de Leer hoy y en la escuela
1 En la mitología griega, las sirenas tienen cuerpo de ave,
aunque posteriormente se las representó con cola de pez.
Notas al pie de Palabra de expertos
1 Steiner, George. “Homero y los eruditos”. En: Lenguaje y
silencio. Barcelona, Gedisa, 1982.
Notas al pie de Odisea
1 Musa: cualquiera de las nueve diosas, hijas de Zeus y
Mnemosine (la Memoria), que se ocupaban de inspirar la
música y el canto.
2 Troya: ciudad del Asia Menor donde, según la leyenda, se
llevó a cabo una de las guerras más famosas de los griegos.
3 Sol: en la mitología griega, el Sol era una divinidad; se lo
imaginaba como un hermoso dios coronado con una aureola
brillante, que cada día recorría el cielo en su carro.
4 Ninfas: diosas secundarias que pueblan los bosques, los
campos y las aguas. Se las consideraba hijas de Zeus y
representaban la belleza femenina y la fecundidad. A menudo
se las representaba cantando e hilando.
5 Ítaca: isla griega emplazada en el mar Jónico. Es la patria de
Odiseo, en donde reina junto a Penélope. A menudo se la
describe como una isla montañosa, árida y apta para criar
cabras.
6 Poseidón: dios del mar. Es hijo de Crono y Rea, y, por lo
tanto, hermano de Zeus, Hades y Hera. Es un dios irascible; a
menudo suscita tormentas y remueve las aguas con ayuda de su
tridente. Está enojado con Odiseo, puesto que este ha cegado a
su hijo amado, Polifemo.
7 Polifemo: hijo de Poseidón y de la ninfa Toosa, es un gigante
salvaje y horrible, que desconoce los lazos sociales más
básicos, se alimenta de carne cruda y vive aislado en una
caverna (ver canto ix).
8 Zeus: es el rey del Olimpo, la divinidad más importante, que
domina el cielo y la tierra. Está casado con Hera, pero es un
dios muy enamoradizo y tiene incontables hijos con otras
diosas y con mujeres mortales. Preside la asamblea de los
dioses, vela por el respeto de los juramentos y de la
hospitalidad.
9 Egisto: primo de Agamenón y Menelao. Cuando estos parten
hacia Troya, Egisto se queda en el palacio junto a Clitemestra,
a quien finalmente seduce. Cuando Agamenón vuelve de la
guerra, lo recibe con un banquete y lo asesina. Reina durante
siete años más hasta que Orestes (el hijo de Agamenón y
Clitemestra) lo mata.
10 Hermes: hijo de Zeus y Maya. Inventor de la lira y la flauta,
Hermes es el mensajero de los dioses. Se lo representa con
sandalias aladas y un sombrero de ala ancha. Una de sus
funciones consiste en guiar a las almas de los muertos hacia el
Hades.
11 Agamenón: llamado Atrida por ser hijo de Atreo,
Agamenón es hermano de Menelao y jefe del ejército aqueo en
la guerra de Troya. Es el rey de Argos, marido de Clitemestra y
padre de Orestes, Ifigenia y Electra. Su disputa con Aquiles por
el botín obtenido en un saqueo da comienzo al relato de la
Ilíada.
12 Atenea: hija de Zeus y Metis, Atenea es la diosa de la
sabiduría, las labores, la inteligencia y la guerra. Al igual que
Zeus, lleva la égida, con la cual aterroriza a los enemigos en el
campo de batalla. Es la compañera inseparable de Odiseo, a
quien aconseja y guía en su vuelta a Ítaca.
13 Glauco: de color verde claro, como el del mar.
14 Telémaco: hijo de Penélope y Odiseo, tiene veinte años
cuando comienza el relato.
Al igual que su madre, sufre al ver a los pretendientes saquear
las riquezas de su palacio, pero no puede hacer nada al
respecto.
15 Asamblea: reunión de los ciudadanos en la que se discutían
temas de importancia y se decidía qué rumbo de acción tomar.
16 Pretendientes: jóvenes ricos y solteros de Ítaca que quieren
casarse con Penélope. Son maleducados, groseros y se pasan
todo el día festejando y dilapidando los recursos del palacio de
Odiseo.
17 Pilos: ciudad ubicada al sudoeste del Peloponeso, en donde
reina Néstor.
18 Esparta: ciudad del sur de Grecia continental; allí se
encuentra el palacio de Menelao.
19 Aedo: recitador de poesía. Los aedos cuentan con una gran
memoria que les permite recordar extensos relatos a medida
que cantan y tocan la lira. En la Odisea hay dos: Femio y
Demódoco. Su tarea es entretener a los comensales en los
banquetes contándoles historias famosas, como las de la guerra
de Troya.
20 Ágora: plaza pública donde se realizan las asambleas.
21 Dote: conjunto de bienes y derechos aportados por la mujer
al matrimonio.
22 Néstor: rey de Pilos, es el prototipo del anciano sabio al que
todos acuden a pedir consejo.
23 Menelao: hermano de Agamenón y esposo de Helena,
Menelao es rey de Esparta. La leyenda cuenta que la guerra de
Troya se originó porque Helena, la más hermosa de las
mortales, se escapó a Troya junto con el apuesto Paris. Esto
suscitó la ira de los Atridas, que juntaron todas las fuerzas
aqueas y se embarcaron rumbo a Ilión para recuperar el honor
perdido.
24 Euriclea: nodriza de Odiseo, una de las pocas criadas fieles
que existen aún en el palacio.
25 Eos: diosa que personifica la Aurora. Sus dedos de color de
rosa les abren las puertas a los carros del Sol, que ilumina la
tierra día tras día.
26 Heraldo: mensajero.
27 Aqueos: designación general de los pueblos que habitan la
península griega. El nombre proviene de la palabra Acaya,
región que se encuentra al norte del Peloponeso. En los poemas
homéricos, el nombre se usa para designar a las tropas griegas.
28 Cetro: vara confeccionada con un material precioso, que
simboliza la autoridad e indica a quién le corresponde la
palabra en la asamblea.
29 Temis: diosa que personifica la Justicia, madre de las
Parcas.
30 Mortaja: vestidura o lienzo en que se envuelve el cadáver
para el sepulcro.
31 Erinias: llamadas también Euménides, son divinidades
terribles encargadas de la venganza de los crímenes familiares.
32 Presagio: señal que indica, previene y anuncia un suceso.
Los griegos creían en diversas formas de adivinación, como la
interpretación del vuelo de las aves, de los fenómenos
meteorológicos, los estornudos, etcétera.
33 Méntor: viejo amigo de Odiseo, cuya forma toma Atenea en
repetidas ocasiones para ayudar a Telémaco.
34 Libación: ceremonia que consistía en derramar vino, leche u
otro líquido en honor de los dioses.
35 Laguna: el océano. Según la creencia de los griegos, el Sol,
al terminar su jornada de trabajo recorriendo el cielo, se bañaba
en las aguas del océano y desde allí volvía a emprender el
camino.
36 Neleo: hijo de Tiro y Poseidón, fue abandonado por su
madre y amamantado por una yegua que su padre le envió para
que no muriera. Fundó la ciudad de Pilos.
37 Príamo: rey de Troya durante el sitio y el saqueo de esta
ciudad. Es el padre de Paris y de Héctor. Cuando los aqueos
logran entrar en Troya, el hijo de Aquiles, Neoptólemo, mata al
anciano rey y deja su cuerpo insepulto.
38 Áyax: es el guerrero aqueo más valiente, después de
Aquiles. Según la leyenda, enloqueció luego de perder en
concurso las armas de Aquiles frente a Odiseo, y por ello
terminó suicidándose.
39 Aquiles: hijo de Tetis, una diosa marítima, y Peleo, un
mortal, es el héroe por excelencia. Su madre lo bañó, siendo
pequeño, en las aguas de una laguna infernal para volverlo
invulnerable. El único lugar que las aguas no tocaron fue su
talón, de allí que Aquiles muriera cuando una flecha lo hirió en
este punto. Es fuerte, hermoso, valiente y temerario.
40 Patroclo: el mejor amigo de Aquiles, su compañero en la
batalla. Muere al luchar con la armadura del héroe, lo que
desencadena la furia de Aquiles y su vuelta al combate para
vengar la muerte del amigo.
41 Proteo: divinidad marítima que posee el don de la profecía.
Como es reacio a que le pregunten acerca del futuro, puede
metamorfosearse de mil maneras para intentar escapar de
quienes esperan respuesta.
42 Hefesto: dios del fuego, hijo de Zeus y Hera. Este dios, que
suele ser representado como feo y deforme, es el encargado de
forjar las armas de muchos héroes. Está casado con Afrodita, la
diosa del amor y la belleza.
43 Égida: piel de cabra adornada con la cabeza del monstruo
Medusa, es el atributo con que se representa a Zeus y a su hija
Atenea.
44 Titón: mortal muy hermoso, fue raptado por Eos (la
Aurora), quien le pidió a Zeus la inmortalidad de su amado.
Como olvidó pedirle también la juventud eterna, Titón
envejeció cada vez más hasta convertirse en una cigarra.
45 Ambrosía y néctar: alimento y bebida de los dioses del
Olimpo.
46 Orión: personaje que también fue raptado por Eos, que lo
llevó a Delos. Se dice que cierto día intentó violar a Ártemis, y
esta se defendió enviándole un escorpión que lo picó en el
talón.
47 Yasión: hijo de Zeus y Electra, de sus amores con Deméter
nació Pluto (la Riqueza).
48 Quien hundió la nave de Odiseo en el océano no fue otro
que Zeus: referencia al episodio en que los compañeros de
Odiseo se comen las vacas del Sol, en Trinacria. El Sol le
implora a Zeus que castigue la ofensa, y por ello Zeus hace
naufragar la embarcación de Odiseo.
49 Gea: diosa que representa la Tierra.
50 Estigia: laguna infernal.
51 Tridente: cetro en forma de arpón de tres puntas, atributo de
Poseidón.
52 Ino: a causa de sus amores con Zeus, Hera hizo enloquecer a
Ino al punto de impulsarla a arrojar a su propio hijo en una
caldera de agua hirviendo. Al darse cuenta de sus actos se
arrojó al mar, pero las divinidades marinas se apiadaron de ella,
transformándola en nereida, y le dieron el nombre de Leucotea,
que significa “la diosa blanca”.
53 Abrazarse a sus rodillas: este gesto era considerado como
signo de súplica en la cultura griega.
54 Ártemis: hermana gemela de Apolo, Ártemis es una diosa
asociada a la caza y el culto de la luna. Su personalidad es
arisca y vengativa. Se la representa como una muchacha
hermosa, con el arco y la flecha.
55 Cenizas: en muchas culturas de la Antigüedad, eran símbolo
de la desdicha y la penitencia.
56 Competencias: los juegos deportivos eran parte de las
celebraciones de la hospitalidad.
57 Talento: moneda que circulaba en el mundo griego.
58 Caballo de madera: el famoso caballo de Troya fue el
artificio que ideó Odiseo para poder entrar en la ciudadela y así
arrasarla. Este gigantesco animal de madera sirvió para
esconder en su interior hueco a los aqueos, quienes lo
ofrecieron a los troyanos como un gesto de paz.
59 Epeo: guerrero aqueo que construyó el caballo con el que
engañaron a los troyanos.
60 Acrópolis: la parte más alta de la ciudad.
61 Deífobo: uno de los hijos de Príamo y Hécuba, los reyes de
Troya.
62 Circe: diosa hechicera, hija del Sol y Perseis.
63 Cícones: tribu de Tracia.
64 Malea: pequeña península del sureste del Peloponeso.
65 Citera: isla griega al sudoeste del Peloponeso.
66 Lotófagos: pueblo legendario que solía identificarse con una
población del noreste de África.
67 Cíclopes: hijos de Urano y Gea, son gigantes con un solo
ojo en medio de la frente; viven aislados, en cuevas, cuidando
de sus ovejas. Son salvajes y desconocen la vida en sociedad.
68 Eolia: isla flotante en donde se encuentra la mansión de
Eolo, identificada con la actual isla de Strómboli, al norte de
Sicilia.
69 Céfiro: viento del oeste, suave y agradable.
70 Botín: conjunto de las armas, provisiones y demás
posesiones de un ejército vencido y de los cuales se apodera el
vencedor.
71 Lestrigonia: ciudad legendaria habitada por gigantes
caníbales que devoran a los extranjeros, y a la que se suele
ubicar en la isla de Córcega.
72 Eea: isla que suele localizarse en la costa oeste de Italia.
73 Hades: dios de los muertos, hermano de Zeus y Poseidón.
Habita el mundo subterráneo, también llamado Hades, en el
que reina junto con su esposa Perséfone.
74 Perséfone: hija de Zeus y Deméter, Perséfone fue raptada
por Hades, su tío, mientras recogía f lores en el campo. Su
madre suplicó a Zeus que se la devolvieran, y este dispuso que
la joven pasara mitad del año en el Hades y la otra mitad junto
a su madre en el Olimpo.
75 Oráculo: mensaje profético inspirado por los dioses.
76 Tiresias: uno de los adivinos más famosos de la mitología
griega. Fue cegado por Palas Atenea en castigo por haberla
visto desnuda.
77 Aqueronte: río infernal que deben atravesar las almas en su
ingreso al mundo de los muertos, con la ayuda del barquero
Caronte.
78 Érebo: lugar infernal al que llegan las almas de los muertos.
79 Heracles: también llamado Hércules, es el héroe por
antonomasia. Hijo de Zeus y la mortal Alcmena, participó en
infinitas aventuras, entre ellas la de los Doce Trabajos que le
impuso su primo Euristeo, que le dieron gloria eterna. A su
muerte fue convertido en un dios.
80 Un hombre muy inferior: se refiere a Euristeo, que es un
hombre cobarde, feo e indigno de su posición de poder. Debido
al odio que le tenía a Heracles, le impuso los famosos trabajos.
81 Cancerbero: monstruo horrible, perro de tres cabezas que
custodia la entrada del Hades. Uno de los trabajos de Heracles
consistió en sacarlo del Hades y llevarlo a la Tierra sin utilizar
sus armas. Heracles cumplió con esto pero Euristeo se asustó
tanto que ordenó devolver el monstruo a las tinieblas.
82 Teseo: hijo de Egeo y Etra, Teseo es uno de los héroes que
participaron en la conquista del Vellocino de Oro. También
mató al Minotauro con la ayuda de la hermana de este,
Ariadna.
83 Pirítoo: amigo de Teseo, quiso raptar a Perséfone junto con
este. Ambos pudieron llegar al Hades, pero quedaron
prisioneros allí hasta que Heracles liberó a Teseo.
84 Gorgona: también llamada Medusa, es un monstruo cuya
cabeza está poblada de serpientes. Su mirada es letal: no solo
causa horror y espanto, sino que además quien la mira queda
petrificado. Cuida que no se escapen las almas del Hades.
85 Sirenas: criaturas marítimas mitológicas, mitad ave y mitad
mujer. Con su hermoso canto atraen a los marineros, a quienes
devoran una vez que los tienen cerca.
86 Argo: famosa nave mítica en la que viajaron los héroes que
acompañaron a Jasón en busca del Vellocino de Oro.
87 Hera: hija de Crono y Rea, hermana y esposa de Zeus. Es la
más importante de las diosas olímpicas. Se enoja con facilidad,
sobre todo con Zeus, y es muy vengativa con las amantes de su
marido.
88 La estrella más brillante: en realidad, el planeta Venus,
conocido como “el lucero de la mañana”.
89 Escabel: tarima pequeña que se pone delante de la silla para
que descansen los pies de quien está sentado.
90 Afrodita: diosa del amor. Es bella, caprichosa y risueña.
Está casada con Hefesto, pero sus aventuras amorosas con otros
dioses y hombres son frecuentes. Se la relaciona con la causa
de la guerra de Troya por haberle inspirado a Helena una
pasión irrefrenable por Paris.
91 Azufre: elemento químico que se utilizaba en la Antigüedad
como desinfectante, por sus propiedades medicinales y
antisépticas.
92 Asfódelo: flor blanca y roja, de tallo largo, que se usaba en
los ritos funerarios de la antigua Grecia.
93 Fama: alegoría del rumor, que se representa con miles de
bocas que viajan rapidísimo repitiendo las noticias oídas.