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Falsas Concepciones de Dios en Religiones

Este documento describe varias concepciones erróneas de Dios como el politeísmo, maniqueísmo, gnosticismo, panteísmo y antropomorfismo. Explica que el politeísmo adoraba a dioses limitados y que el maniqueísmo y gnosticismo creían en principios opuestos de bien y mal. También analiza las diferentes formas de panteísmo y cómo la Biblia usa antropomorfismos para describir a Dios aunque es un ser espiritual infinito.

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Falsas Concepciones de Dios en Religiones

Este documento describe varias concepciones erróneas de Dios como el politeísmo, maniqueísmo, gnosticismo, panteísmo y antropomorfismo. Explica que el politeísmo adoraba a dioses limitados y que el maniqueísmo y gnosticismo creían en principios opuestos de bien y mal. También analiza las diferentes formas de panteísmo y cómo la Biblia usa antropomorfismos para describir a Dios aunque es un ser espiritual infinito.

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LECCION 3.

FALSAS CONCEPCIONES DE DIOS

1. El politeísmo

Nos dice el Génesis (1:26, 27) que Dios hizo al hombre a Su imagen y
semejanza: inteligente, dominador y recto; «pero ellos buscaron muchas
perversiones» (Ecles. 7:29). Y una de las mayores fue que los hombres se
hicieron sus dioses a su propia imagen y semejanza. La multitud de «dioses» se
llama politeísmo (del griego «poly» = mucho, y «theós» = dios).

El politeísmo ha revestido diferentes formas: en los pueblos primitivos se


comenzó a divinizar las fuerzas naturales, la fecundidad (de ahí los cultos
fálicos), diversos animales, y aun a los muertos; los dioses greco-romanos tenían
ya una especie de jerarquía: los héroes míticos o semidioses, a veces producto
del cruzamiento de un dios con una mujer, a veces alcanzando la «apoteosis» o
introducción en el Olimpo, a causa de sus extraordinarias hazañas. Saturno o
Cronos era el dios del tiempo; Marte, de la guerra; Venus Afrodita, de lo sexual;
Eolo, de los vientos; Neptuno, de las aguas; Vulcano, del fuego; etc.; y sobre
todos ellos, Zeus o Júpiter (que significa «padre de los dioses»), verdadero dios
del Cielo y de la tempestad («Júpiter tonante»). Otra forma del politeísmo,
especialmente en pueblos primitivos, consiste en divinizar fuerzas invisibles, de
influjo benéfico o maléfico, o poseyendo ambos a la vez.

Una forma refinada, y siempre moderna, de politeísmo es poner el corazón en


algo hasta tal punto que, con olvido o desprecio del verdadero Dios, se le sirve
con entrega y se le levanta un altar. Los «ídolos» («sólo figura», de «eidos» =
forma, y «hólos» = todo) no son solamente las imágenes de piedra, madera o
metal que los gentiles se han fabricado para darles culto, sino que también hay
ídolos de joyas, de carne, de papel-moneda, etc., ante los cuales incluso los
creyentes tienen peligro de prosternarse.

2. El maniqueísmo

El maniqueísmo, fundado por Manes, un persa del siglo III, que luego marchó a
la India para predicar su religión, mezcla elementos cristianos con otros de
origen iranio e hindú (budista) y, llevando al extremo el dualismo de Marción,
establece la coexistencia y lucha de dos supremos principios: Ormuz, dios del
bien, de la luz y de lo espiritual; y Ahrimán, dios del mal, de la noche, de lo
material. El hombre primero fue creado por el dios bueno, pero el hombre actual
es obra del dios malo. Sólo por la iluminación y el ascetismo el hombre puede
volver a su prístino estado. Las reminiscencias platónicas son claras en esta
concepción de la divinidad y del hombre.

Una forma similar, pero anterior y más sutil que el maniqueísmo, es el


gnosticismo. Aquí, el supremo principio es bueno, pero incognoscible. El mundo
ha sido creado por un principio inferior, el demiurgo. Este demiurgo es en Platón
el mismo Dios, en cuanto ordenador supremo del Universo. Plotino hace de él el
Espíritu o Alma Universal, que organiza el mundo de lo material. El gnosticismo
hacía también de la materia algo impuro, originado por un principio malo. Esto
les llevó a negar la Encarnación del Verbo y la resurrección. Sus características
doctrinales son dos: A) El hombre se espiritualiza, no por fe ni por obras, sino
por una iluminación espontánea y definitiva (reminiscencia de Platón, para quien
el «saber» era la suma perfección del hombre), reservada a un grupo de
«iniciados»; de ahí su hermetismo, que perdura en todas las sectas ocultistas,
como la Teosofía, la Masonería, los Rosa-Cruz, etc. B) Los «iniciados» que se
han situado en la gnosis («conocimiento») salvadora están por encima de las
normas éticas del bien y del mal. Efesios, Colosenses y la 1.ª Epístola de Juan
van especialmente dirigidas contra los gnósticos que pretendían cubrirse bajo el
nombre de Cristo e incluso se colaban de matute en las iglesias (Simón Mago,
Nicolás, Basílides, Valentín, etc.).
3. El panteísmo

El panteísmo («pan» = todo, y «theós» = dios) es una doctrina que, en general,


hace de Dios y del mundo una misma cosa. Puede dividirse en tres clases:

A) Panteísmo emanatístico (Giordano Bruno, Spinoza, etcétera), según el cual


todo es emanación de la única sustancia eterna e infinita, puesto que los seres
sólo pueden existir como participación del único Ser (principio de univocidad).

B) Panteísmo evolucionístico, sostenido especialmente por un grupo de filósofos


franceses del siglo XIX, según el cual el Universo va evolucionando en espiral
hasta llegar a poseer atributos divinos (deviene Dios), o sea, que Dios se está
haciendo en la medida en que lo existente asciende a las cimas supremas del ser.

C) Panteísmo gnoseológico o idealístico (Hegel), según el cual todo lo que existe


tiene consistencia únicamente en la Idea Absoluta.

Hay filosofías que, sin afirmar una identificación total de las cosas con Dios,
enfatizan demasiado la inmanencia divina, con menoscabo de la trascendencia.
Así tenemos: a) el pansiquismo de Averroes, según el cual sólo existe una Mente
Universal, de la que participan todas las conciencias individuales; b) el
naturalismo de Goethe, para quien la naturaleza era como una unidad viva,
consciente, dotada de atributos casi divinos, que se manifiestan cuando entramos
en «comunión» con las cosas; c) el Teosofismo y otras sectas ocultas, para las
que Dios es el Eter que todo lo pervade, o el Cósmico Universal, con quien nos
llegamos a identificar por medio de nuestra mente superior, con el éxtasis (salida
del cuerpo astral) y mediante la sacralización de la materia (de ahí la importancia
que dan a la alquimia).
4. El antropomorfismo

En su afán de formarse una idea de la divinidad, podemos observar, por lo que


precede, cómo la mente humana, pervertida por el pecado, no ha sabido evitar
uno de los dos extremos, incapaz de unir la inmanencia con la trascendencia de
Dios. Así vemos que los orientales han tendido a hacer de Dios un ser infinito,
pero impersonal, mientras que los occidentales se forjaron dioses personales,
pero limitados en su esencia y en su poder. El Dios verdadero, como nos lo
presenta la Biblia, es un Ser Supremo que, a un mismo tiempo, es «inaccesible»
(1.ª Timoteo 6:16), o sea, es sumamente trascendente y, por otra parte, está en el
fondo mismo de nuestro ser, puesto que «en él vivimos, y nos movemos, y
somos» (Hech. 17:28), o sea, que es profundamente inmanente.

Estas dos supremas propiedades divinas juntas, la trascendencia y la inmanencia,


unidas a la infinitud y a la espiritualidad pura de Dios, hacen que no podamos
formarnos de El una idea cabal ni siquiera después de la Revelación Especial
que ha tenido a bien hacer de Sí. Por eso, la Santa Biblia emplea lo que se llama
«antropomorfismos», para poder acomodar a nuestro lenguaje el ser y la acción
de Dios. Así, la Biblia nos habla del «dedo de Dios» o los «dedos de Dios» (e.g.
en Ex. 8:19; Sal. 8:3; Luc. 11:20), para simbolizar la facilidad con que Dios
realiza Sus obras maravillosas, mientras expresa en el «brazo extendido y
remangado de Dios» (e.g. Is. 52:10) Su gran poder para salvar a los Suyos.
Igualmente nos habla de los ojos y de los oídos de Dios; Dios pasea, va y viene,
tiene rostro y espalda, desciende, se encoleriza y se arrepiente, etc. Con todo
ello, la Palabra de Dios quiere expresarnos en lenguaje popular que Dios no es
una hierática esfinge, sin mentalidad, sin afectividad, sin decisiones, a pesar de
ser un simplicísimo y puro Ser, infinito, inmenso, inmutable, etc.

Si el lector de la Biblia no tiene en cuenta dichos «antropomorfismos», corre el


peligro de imaginarse a Dios con figura realmente humana (un vigoroso anciano
de luenga barba blanca). Las representaciones de la imaginería de todos los
tiempos pueden dar pie a tal equivocación. Dios es puro Espíritu, como veremos
en la Segunda parte de este volumen, aunque ello no signifique que hayamos de
figurárnoslo como algo vaporoso y anodino, sino como una pura Energía en
grado infinito, libre de las limitaciones y de la inercia que lo material comporta.
Por eso, Dios no necesita ojos materiales para ver, ni oídos materiales para oír,
etc.

Una forma más refinada, pero no menos peligrosa, de imagen antropomórfica de


Dios es la de muchos miembros de confesiones «cristianas», poco familiarizados
con la Biblia, quienes tienen la idea de un «Dios-policía», en continua vela para
dar el oportuno porrazo a quien se desmande, o de un «Dios-fontanero», a quien
se acude en rogativa para que suelte un poco de agua sobre las tierras en secano,
etc. Como siempre, el hombre natural tiende a forjarse su propio «Dios», hecho a
su propia mentalidad y ajustado a la medida de sus necesidades y afanes. Ello
supone una rémora para la salvación y para la santificación, porque para llegarse
a Dios no hay más que un «Camino»: el que Dios, no el hombre, ha establecido.

CUESTIONARIO:

1. ¿Cuáles son las principales formas de politeísmo? — 2. ¿Está el hombre


moderno, y aun el creyente, libre de «ídolos»? — 3. Maniqueísmo y
Gnosticismo. — 4. ¿En qué lugares principales de la 1.ª Juan ve usted una clara
alusión a la doctrina gnóstica? — 5. Clases de panteísmo. — 6. ¿Qué otras
doctrinas exageran la inmanencia divina. — 7. ¿Qué expresan los
antropomorfismos de la Biblia?

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