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Baila para Mi

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BAILA PARA MÍ

Marta Francés
© Marta Francés
1ª edición, septiembre de 2018
ASIN: B07H8F4QHT
Diseño de cubierta: Marta Francés
Imagen: Pixabay

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de


esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en
cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia,
grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del
copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la
propiedad intelectual.
Mierda. Mierda.
Llegaba tarde, muy tarde.
Hacía media hora que había empezado mi turno, pero mi camioneta no había
colaborado a la hora de ponerse en marcha. Ese maldito cacharro del demonio…
Vale que le tenía mucho cariño porque llevaba conmigo desde que abandoné la
casa de mis padres y me independicé. Vale que había vivido demasiadas
aventuras con ella y que si esa tapicería hablara podría contar verdaderas
barbaridades. ¡Pero la odiaba! Debería comprarme otro coche. Claro, si tuviera
dinero suficiente. Esa era la principal razón de que esa chatarra continuara
siendo mi medio de transporte.
Aparqué al lado de un Ford color gris y bajé de un salto. Eché a correr hasta
la puerta trasera del local.
—¿Otra vez tarde, Clara? –me preguntó el portero con una sonrisa y los
brazos cruzados a la altura del pecho.
—Sí, Sam, esa jodida camioneta no arrancaba.
—Pedro ha preguntado por ti.
Mierda.
—¿Gritando? —Le miré con expresión esperanzada para que no fuera así.
—Bueno… —contestó abriéndome la puerta—, ¿si te dijera que estaba al
borde del infarto te serviría como respuesta?
—Joder.
Entré como una exhalación por el oscuro pasillo iluminado con una tenue
luz rojiza y dejé atrás a Sam riendo a carcajadas. ¿Por qué siempre hay gente que
se divierte con las desgracias de los demás?
Abrí la puerta del camerino casi sin aliento por la carrera y lancé mi bolso
sobre una de las sillas. Se podía escuchar la música de fondo. Me quité el abrigo
y lo colgué de la percha de detrás de la puerta. Me desprendí de mi ropa y fui
hacia el perchero de los disfraces, como a mí me gustaba llamarlo. Busqué entre
los conjuntos que me tocaban ese día. El primero de la noche: marinera. Cogí la
percha donde estaba colgado y me lo puse a la velocidad de la luz. Tampoco es
que estuviera compuesto por demasiadas prendas. Constaba de una minúscula
falda blanca de pliegues con una raya azul en el bajo, unas medias azules hasta la
mitad del muslo que sujeté con un liguero blanco, y un top de rayas blancas y
azules que me llegaba por encima del ombligo y que dejaba a la vista todo mi
escote; llevaba un ancla roja muy mona bordada a la altura del pecho derecho.
Para rematar el conjunto me puse el sombrerito de marinera antes de mirarme en
el espejo. Ya estaba lista.
Me arreglé un poco el maquillaje y empecé a atusarme el pelo para darle
más volumen. Estaba inmersa en mis propios pensamientos cuando escuché la
tos que podría reconocer en cualquier parte del mundo. Me volví y sonreí con
inocencia.
—Lo siento, Pedro. Mi camioneta…
—No digas ni media palabra, Clara –me cortó antes de dar una calada al
cigarrillo que sujetaba en la mano derecha—. Sal ahí fuera ahora mismo y haz lo
que sabes hacer tan bien.
—Como digas –contesté agachando la mirada.
No era buena idea cabrear a Pedro. Había escuchado demasiadas cosas sobre
él y ninguna era buena.
Fui hacia la esquina donde dejábamos los zapatos y me subí a unos
taconazos de lentejuelas azules.
—Sabes muy bien que este retraso te va a costar el diez por ciento de lo que
saques esta noche –anunció con esa voz ronca que le caracterizaba.
Asentí cagándome internamente en mi camioneta.
—Si no fueras mi mejor chica te habría mandado a la puta calle. Lo sabes,
¿verdad?
—Lo sé, Pedro.
Sonrió y tuve que reprimir una mueca de asco. Tenía los dientes más
horribles del mundo entero. Amarillos, empezando a ennegrecerse en las encías,
uno encima de otro… Puaj. Si combinábamos sus dientes con sus pintas de chulo
teníamos la imagen perfecta de alguien del que escaparías agarrando el bolso
como una loca si te lo encontraras por la calle, y no necesariamente de noche.
Era mucho más terrorífico a la luz del día. Con ese pelo engominado, esos ojos
casi siempre inyectados en sangre a causa del alcohol y ese olor constante a
tabaco. Lo dicho, horripilante.
Se acercó a mí y me miró de arriba abajo. Asintió con la cabeza, dándome el
visto bueno, y se hizo a un lado para que pudiera salir del camerino. Pasé a su
lado, caminando con aplomo, tratando de concienciarme para hacer bien mi
número.
La música había terminado y se escucharon los gritos habituales en una
noche de viernes. Llegué hasta la tela granate que separaba el backstage del
escenario y esperé a que me nombraran. En ese momento Cris abrió la cortina y
salió cubriéndose los pechos con el brazo.
—Joder, Clara –me recriminó con gesto enfadado—. He tenido que hacer el
primer número otra vez. Sabes que lo odio.
—Lo siento, Cris.
—¿Tu camioneta de nuevo?
Asentí.
—Puto cacharro –murmuró pasando a mi lado—. Por cierto, prepárate, hoy
tenemos una despedida de soltero.
—Perfecto.
Despedida de soltero era sinónimo de más pasta.
Tomé aire. Moví el cuello a ambos lados e hice un par de estiramientos para
prepararme. Entonces escuché la voz de Pedro presentándome.
—Ahora demos un gran aplauso a Celeste, nuestra sexy marinera de agua
dulce.
Bufé al escucharle. Odiaba ese nombre artístico con el que Pedro me había
bautizado. Celeste era nombre de puta. En fin, prefería eso a que los clientes
supieran cuál era mi verdadero nombre.
Las primeras notas de S&M de Rihanna empezaron a sonar y abrí la cortina
para salir al escenario. Las luces me impactaron directamente en los ojos, pero
estaba acostumbrada al fogonazo inicial. Puse mi mejor cara de golfa,
frunciendo un poco los labios, con expresión seria. Caminé despacio e insinuante
hasta el centro del escenario mientras escuchaba los gritos de los ahí reunidos.
Me agarré a la barra metálica que presidía todo en su verticalidad y me dejé caer
para girar sobre mí misma mientras doblaba una pierna. Me incorporé arqueando
mi cuerpo al ritmo de la música y avancé hasta el borde del escenario. Era cierto
que esa noche estábamos a tope. Pude ver a los componentes de la despedida de
soltero. Me moví sugerente mientras llevaba un dedo a mi boca para morderlo,
ganándome una ovación. Vi al supuesto novio ahí sentado. Llevaba una muñeca
hinchable agarrada a la espalda. Le miré de forma sensual mientras pasaba la
lengua por mis labios para terminar mordiéndome el labio inferior y me
agachaba con las piernas abiertas. Fui elevándome muy lenta, sin quitarle ojo de
encima, con mi mirada más explosiva. Él se quedó boquiabierto y todos sus
acompañantes le jalearon mientras golpeaban su espalda y aplaudían. Casi podía
leer sus labios diciéndole: “Eh, tío, está claro que le pones, te ha mirado como si
te fuera a echar un polvo”.
Iluso.
Uno de ellos se acercó hasta el escenario con un billete en la mano. Me
agaché para que pudiera meterlo en la cinturilla de mi falda y le sonreí. Hay que
ser agradecida con los clientes.
Continué con mi baile y me quité el top. De nuevo gritos, alaridos, aplausos.
Hombres… Tan predecibles. Me quité la falda sin dejar de moverme al ritmo de
la música, sensual, erótica, poniéndoles a cien, tomando el control de la
situación. Sí, el control. ¿Por qué? Pues porque un hombre borracho viendo a
una mujer en ropa interior mientras baila pierde el control por completo. Se
olvida de su mujer, de su novia, de sus hijos, de todo. Solo recuerda que cuanto
más dinero meta entre los pliegues de la ropa de la estríper, mejor. Porque así
ella le obsequiará con una sonrisa o con una caricia. Porque esa sonrisa o esa
caricia se deben a que él podría tener a la estríper en cualquier momento. O por
lo menos, eso es lo que dejamos que crean.

***

Al fin había terminado mi último número. Volví al camerino cubriéndome


los pechos con las manos y Cris me miró con una enorme sonrisa bailándole en
los labios pintados de rojo.
—Hoy hemos sacado un pastón.
—Menos un diez por ciento para mí –puntualicé mientras cogía una toalla
para secarme el sudor.
—Tienes que deshacerte de esa camioneta –dijo a la vez que se abrochaba
las botas, ya vestida como una persona normal.
—Sí, estaba pensando en comprarme un Porsche –susurré pensativa,
poniéndome la camiseta—. Ah, no, espera, que no va a ser posible. Tengo que
pagarme los estudios.
—¿Los estudios? ¿Hace cuánto no vas a clase?
Fruncí los labios para no contestarle de malas maneras.
—Ni siquiera te has matriculado este semestre.
Chasqueé la lengua.
—Vale, Cris, está bien. No me des el coñazo, no eres mi madre.
—Si tu madre supiera lo que haces cinco noches a la semana sufriría una
embolia.
La observé por el rabillo del ojo. Ahí estaba, tan tranquila, contando los
billetes que le habían dado los borrachos. Su pelo corto azabache brillaba bajo
las luces de los focos del tocador. Su pícara sonrisa le daba aspecto de duende a
su rostro, combinando a la perfección con el color verde musgo de sus ojos. Era
tan alta como yo, tenía el cuerpo fibroso y bien cuidado gracias a las horas de
gimnasio que nos metíamos entre pecho y espalda para estar a la altura de lo que
se esperaba de nosotras en nuestro trabajo como bailarinas nocturnas. Muchas
horas de baile, movimientos cuidados y subidas por la barra.
Cristina y yo nos conocimos cuando ambas llegamos a Barcelona para
comenzar la universidad y coincidimos en la puerta de un edificio en el que se
ofrecían dos habitaciones para alquilar. La dueña era una señora encantadora que
nos preparaba la comida y nos cuidaba como a sus hijas. Pero nos cansamos de
tanto control y cuidados, necesitábamos vivir a nuestro aire. Así que dos meses
después alquilamos un piso para ambas. ¿El problema? Pagar el alquiler, la
matrícula de la universidad, los libros, la comida y poder vivir con algo de
desahogo. Mis padres me daban una cantidad de dinero irrisoria y los padres de
Cris habían fallecido cuando era una niña, su abuela la había cuidado siempre,
pero no podía hacer frente a tantos gastos. Acabamos en un casting para
bailarinas que se anunciaba en un periódico que Cris leyó en el bar bajo nuestro
piso. Nos cogieron, pero cuando nos contaron la verdad y anunciaron que se
trataba de un trabajo como estríper, las dos nos echamos atrás. Pasamos una
semana dándole vueltas al asunto. Era mucho dinero, sacaríamos unos
seiscientos euros a la semana cada una. Mucho dinero por un trabajo que
ninguna teníamos en mente cuando pensamos en buscar un empleo. Yo no me
veía desnuda bailando para nadie, nunca me lo había planteado, es más, jamás
creí tener que plantearme algo así. No es una profesión en la que pienses cuando
la gente te pregunta: “¿Qué quieres ser de mayor?” Sin embargo, a la semana
siguiente sucedió algo que inclinó la balanza y nos obligó a aceptar. Se rompió el
calentador del apartamento. ¿El arreglo? Novecientos euros. ¿La solución?
Bailar.
Y ahí estábamos dos años después. Nuestro ritmo de vida había cambiado.
Vivíamos mejor, mucho mejor. Toda nuestra ropa tenía etiquetas de Dolce &
Gabbana, Guess, Calvin Klein, Miss Sixty, Levi's… Comíamos alimentos de
primeras marcas. Los muebles de nuestro apartamento eran carísimos. Nos
sometíamos a tratamientos de belleza que ni las celebrities: depilación láser,
limpiezas de cutis todas las semanas, presoterapia, peelings faciales, etc, etc. Y
qué decir de las marcas de nuestros productos de belleza.
En fin, vivíamos como Dios.
Dejamos un poco de lado los estudios, la verdad. Cristina seguía yendo a
clase de vez en cuando. Estudiaba Arte Dramático, muy de su estilo. Yo empecé
con Literatura Hispánica, pero ir a clase por las mañanas se convirtió en
imposible con lo tarde que llegaba a casa por las noches. De esa manera, poco a
poco, fui cambiando de parecer y preferí tener dinero contante y sonante en el
bolsillo a estudiar. Pasé de trabajar dos noches a la semana a cuatro, después
fueron cinco. Y ahí estaba, siendo estríper.
Joder, mi madre sufriría una embolia si se enterara.
Estaba recogiendo la ropa con la que había llegado al club cuando Pedro
entró por la puerta como un huracán.
—¡Sofía! –gritó a la chica nueva que todavía temblaba antes de salir al
escenario. Principianta, pobrecilla—. ¡Te toca! No te olvides de sonreír, cielo.
Muy nerviosa, Sofía salió corriendo sobre los tacones y llevando ese
horrible conjunto de vaquera mientras Pedro le metía prisa. Le había tocado
cerrar la noche, el peor número. Todos irían tan borrachos que sería difícil
mantenerlos a raya.
—Clara.
Me volví al escucharle llamándome.
—No te vistas, han pedido un baile privado contigo.
—Pedro… son las cinco de la mañana.
—Me importa una mierda qué hora sea –soltó con enfado—. Van a pagarte
doscientos euros por hacerle un baile especial al novio. ¿Prefieres que se lo dé a
otra?
Doscientos pavos. Perfecto para comprarme ese vestido que había visto en la
tienda de Guess.
—No, no. Ahora mismo voy.
—Si se pasan ya sabes lo que tienes que hacer –dijo justo antes de salir de la
sala.
Asentí.
—¿Te espero? –me preguntó Cris agitando un fajo de billetes en la mano.
—No, tranquila. Ya iré a casa cuando termine. Tú ve corriendo a esconder
eso debajo del colchón.
Rio mientras cogía su bolso del respaldo de su silla.
—Ya sabes, nena –dijo conforme se acercaba a la salida—. Menea ese culito
como tú sabes.
Me eché a reír mientras negaba con la cabeza y le di una patada sin fuerza
en el culo. Ella dio un saltito mientras se llevaba una mano a la boca con falsa
expresión de susto y abrió la puerta.
—Te veo en casa.
Me acerqué a ella y la besé en la mejilla.
—Vale, Cris. Hasta luego.
Se fue soltando risitas como una niña feliz con una piruleta, solo que en
lugar de un caramelo llevaba trescientos euros en la mano.
Cogí un mini vestido de lentejuelas rojas que se adhería a mi cuerpo como
una segunda piel y me lo puse pensando en lo que me tocaba en unos minutos.
Un baile especial para el novio. Tomé una honda bocanada de aire. Me dolían los
gemelos de pasar tantas horas subida a los malditos tacones, pero todo sea por
ese vestido de Guess.
Salí del camerino y fui hacia la sala donde solíamos hacer los bailes
privados. Abrí la puerta y vi al supuesto novio sentado en una silla en medio de
la estancia. La tenue luz que la iluminaba no me dejó ver su cara con claridad.
Me acerqué hasta él lentamente, caminando de manera sinuosa. Levantó la vista
y me miró. Un momento, ese no era el novio. No era el de la muñeca hinchable
que llevaba viendo gritar como un loco toda la noche. El de la muñeca era
mucho más grande que ese chico. Y, además, era moreno y éste tenía el pelo
castaño claro, ¿o era rubio? Bueno, ¿qué importaba? Iban a pagarme igual
bailara para quien bailara.
—Hola –dije con mi mejor voz de buscona—, ¿alguien ha pedido un baile
especial para el novio?
—Mis amigos –respondió con voz cortante.
Bueno, parecía un caso más de novio anti-estríper que había sido arrastrado
hasta allí a la fuerza por sus amigos. Sonreí. Esos eran los peores.
—Pero querrás que baile para ti, ¿verdad?
Me acerqué más a él para poder mirarle de cerca. Levantó la vista y sus ojos
se clavaron en los míos. Eran verdes. Los ojos más verdes que he visto nunca.
Me miró fijamente, casi traspasándome. Parpadeé confusa, presa de esa mirada
tan penetrante. Me di la vuelta para pulsar el botón que ponía la música en
marcha y así poder centrarme tras el ligero descoloque que habían provocado en
mí sus ojos claros.
Permanecí de espaldas a él escuchando las primeras notas de Fever saliendo
de los altavoces y llenando la habitación con su insinuante melodía. Comencé a
moverme despacio, agachándome poco a poco mientras me tocaba con ensayada
lentitud. Giré la cara para mirarle. Sus ojos habían adquirido la oscuridad
habitual que el deseo suele provocar. Observé que sus labios formaban una
perfecta línea recta en su tranquilo rostro. Me acerqué contoneándome para
detenerme justo frente a él. Levantó la mirada y la situó en mis pechos. Estiré la
mano para acariciar su mejilla. Fue como tocar un cable de alta tensión. Una
corriente eléctrica me recorrió desde las yemas de los dedos hasta la punta de los
pies. Seguí adelante con mi baile, ignorando esa sensación y el nerviosismo que
me provocaba su mirada tan fija en mi cuerpo.
Joder, Clara, eres bailarina. Todos te miran así. ¿Qué pasa con este tío?
Y es que esa mirada me estaba resultando lo más sexy que veía desde hacía
mucho tiempo.
Me senté sobre sus rodillas quedando frente a él con las piernas abiertas.
Como hacía siempre, igual que en todos los bailes privados. Él llevó las manos a
mi culo sin dejar de mirarme a los ojos. Empecé a ponerme nerviosa. Observé su
rostro. Piel clara, nariz recta, mandíbula marcada, barba de un par de días, labios
carnosos. Joder, era muy atractivo.
Me incorporé sin prisa, acercando mis pechos más a él, igual que siempre.
Sus manos se deslizaron de mi trasero y cayeron pesadas sobre sus rodillas. Me
di la vuelta para empezar a desnudarme. Bajé un tirante del vestido y luego el
otro. Mi corazón latía excesivamente rápido en mi pecho. ¿Qué coño estaba
pasándome?
Al bajar la cremallera del vestido volví la cara para afrontar su mirada de
nuevo. Él seguía ahí, serio, observándome. Me sentí desnuda ante su intensidad.
Menuda gilipollez, pensarás. Y haces bien, porque después de todo estaba
quitándome la ropa para él, era estríper, ya estaba casi desnuda. Pero me
embargó una sensación extraña, como cuando te desnudas por primera vez para
uno de tus ligues y sientes ese nerviosismo tonto a causa del qué pensará.
Deslicé el vestido por mi cuerpo al ritmo de la canción, quedándome con un
culote de encaje negro como única prenda sobre mi piel. Me giré despacio para
acercarme a él sin dejar de moverme sensual, intentando que no se notara el
estúpido nerviosismo que me había invadido. Pasé una pierna a cada lado de las
suyas mientras apoyaba una mano en su hombro. Él levantó la cabeza para
mirarme a la cara mientras alargaba una mano para acariciarme el muslo.
Joder. Casi tengo que sentarme en el suelo del tembleque de piernas que me
dio.
Si antes me había recorrido una corriente al tocarle lo de entonces fue como
un tsunami.
Abrí la boca presa del placer más absoluto ante sus incesantes caricias en mi
muslo. Casi gemía. Agaché el rostro para mirarle. En ese momento su seriedad
desapareció dando paso a una sonrisa ladeada que jamás olvidaré. Sus ojos
verdes chispearon llenos de lujuria mientras sus labios dibujaban esa sonrisa
torcida tan canalla.
Mi cara debía ser un poema. Por no hablar de la situación.
Ahí estaba yo, la estríper, por si alguien lo había olvidado, medio en pelotas
delante de ese pedazo de hombre que irradiaba sensualidad por todos los poros
de su piel, presa por completo de esa mirada seductora que me estaba dedicando.
¿No solía ser yo la que tenía el control sobre los hombres?
—La canción ya ha terminado –susurró.
Aparté la mirada de la suya, turbada. Joder. Ni me había dado cuenta.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí parada con semejante cara de gilipollas?
Perfecto, Clara, cojonudo.
Di un paso atrás dispuesta a recoger mi vestido del suelo y salir por patas de
ese cuarto, cuando su mano agarró con más fuerza mi muslo. Agaché la mirada
para afrontar de nuevo sus ojos. Seguía sonriendo de esa manera. En ese
momento supe que la tela de mis braguitas se había mojado.
Se incorporó de la silla lentamente, sin apartar sus dedos de mi piel.
Muévete, Clara, apártate de él y sal corriendo.
Sí, sí, cerebro, te escucho, pero no quiero hacerte caso.
Se puso de pie, moviendo despacio su mano sobre mi cuerpo hasta terminar
apoyada en mi trasero. Mi respiración se aceleró de manera notoria. Entonces me
di cuenta de que era un poco más alto que yo, unos cuantos centímetros. Tenía la
espalda ancha en la zona de los hombros, era delgado y supuse que musculoso.
Bueno, en mi mente le vi cachas como a Hugh Jackman en X-Men. Mi mente
me juega malas pasadas en ocasiones, y esa no iba a ser menos.
—¿Tu verdadero nombre es Celeste?
Su voz aterciopelada me envolvió colapsando mi sistema nervioso. Negué
con la cabeza, imposibilitada por completo a articular palabra. Si por lo menos
apartara la mano de mi culo…
Un momento.
Mi cerebro pareció reaccionar por fin.
—¿Te importaría apartar tu manaza de mi culo? –solté con mucha más
entereza de la que esperaba.
Sonrió abiertamente dejándome obnubilada con esa maravilla de dentadura.
Qué le voy a hacer, tengo un problema con las dentaduras. Si veo una bonita no
puedo evitar pensar: “Joder, qué dientes”. Y claro, añadamos unos dientes
bonitos a una cara perfecta, ¿qué tenemos? Ese jodido gilipollas que seguía sin
quitar su mano de mi culo.
—¿Qué pasaría si no lo hago? –preguntó con tono seductor.
—¿Qué pasaría si el segurata te rompiera las piernas?
Eso sí que surtió efecto. Apartó la mano como si le acabara de echar aceite
hirviendo por encima.
Pero yo seguía clavada al suelo sin poder moverme ni un milímetro. Él se
dio cuenta de ese detalle y me obsequió con la sonrisa torcida de nuevo.
—Parece que te sientes cómoda estando desnuda delante de un desconocido
–murmuró mirándome de arriba abajo.
Llevé las manos a mis pechos para cubrirlos.
—Es mi trabajo.
Sacudió la cabeza afirmativamente, sin dejar de mirarme.
—Me preguntaba si sería posible algo más que un baile con Celeste.
Noté mi corazón detenerse un par de segundos. Ese tío quería acostarse
conmigo. Algo dentro de mí comenzó a hacer un bailecito ridículo, del mismo
estilo que los bailes que solía hacer Chandler en Friends.
—N-no… —contesté como pude porque la garganta se me había secado por
completo.
Chasqueó la lengua.
—Vaya, es una pena. Habría pagado mucho dinero por pasar algo más de
tiempo contigo.
Céntrate, Clara. No puedes acostarte con los clientes, ni por todo el dinero
del mundo. Aunque se trate de clientes que estén tan buenos como este. Aunque
te pagara mil euros. Joder… Por mil euros podría tirármelo.
¡Clara!
Gracias a Dios que una parte de mi cerebro solía ayudarme cuando me
perdía dentro de un bucle mental.
—No sé qué tienes pero desde que te he visto bailar ahí fuera me has dejado
loco. –Acercó una mano a mi hombro y lo recorrió despacio hasta el codo,
provocándome un escalofrío por todo el cuerpo—. Te mueves de una manera tan
sexy…
Se acercó a mí despacio. Mis ojos le miraban desenfocados. Noté su aliento
en mi rostro, suave, fresco. No olía a alcohol. Ese hombre no había bebido nada.
Olía a menta y a tabaco. Me encantó. Cerré los ojos mientras me deleitaba en ese
aroma.
Un momento. No, no, no.
Abrí los ojos inmediatamente. ¿Qué coño me estaba pasando?
Di un paso atrás de manera brusca. Él me miró frunciendo el ceño. Sin
pronunciar palabra me agaché para recoger el vestido del suelo, dar media vuelta
y salir a toda velocidad de esa habitación que se había tornado claustrofóbica.
Me sentía acalorada, respiraba con esfuerzo, mi corazón latía a un ritmo
vertiginoso en mi pecho. ¿Qué narices había pasado ahí dentro?
Fui al camerino, me vestí todo lo rápido que pude y salí del club. No le hice
ni caso a Sam que me preguntaba qué hacía allí todavía a esas horas. Dirigí hacia
él un simple gesto con la mano queriendo decirle algo, no sé el qué, pero algo
trataba de significar. Me monté en mi camioneta y salí pitando hacia mi casa. La
muy cabrita sí arrancó a la primera esa vez. Conduje por las calles de Barcelona
por inercia, con la mente en otro lado. ¡Qué narices en otro lado! En ese hombre.
En esos ojos. En esas manos. En ese olor…
Grité agarrando el volante con fuerza. Me sentí mejor. Respiré hondo un par
de veces y me alegré al descubrir que ya estaba llegando a mi dirección.
Aparqué en un hueco que encontré delante de mi edificio y salí del coche. Subí
en el ascensor sin mirarme en el espejo. No quería ver mi cara porque sabía qué
iba a encontrarme escrita en ella. Llegué al apartamento y abrí la puerta. Lancé
el bolso al suelo y suspiré aliviada de encontrarme allí por fin, en mi refugio.
—Joder, Clara. —La voz de Cris me sobresaltó—. Parece que acabas de
echar el mejor polvo de tu vida.
Rio a carcajadas. La miré con cara de mala leche. Acababa de decirme justo
lo que no quería saber que reflejaba mi rostro.

***

—¿Y te fuiste sin que te diera los doscientos euros?


Dejé caer la cabeza sobre mis manos.
—Sí, Cris, soy gilipollas y me olvidé por completo de ese detalle.
Empezó a reír escandalosamente.
—No me jodas, Clara. Tenía que estar muy bueno para que te olvidaras de
que te pagara. Eso no te había pasado nunca.
—Lo sé.
¿Qué coño me había sucedido? Olvidarme el dinero de un baile, ¡por Dios!
Eso no era propio en mí. Nada de lo que había sucedido dentro de aquella
habitación había sido propio en mí.
—Voy a acostarme, Cris, necesito olvidar este asunto cuanto antes.
—Sí, yo también voy a acostarme. Mañana seguiré metiéndome contigo por
todo esto.
Soltó una risa demoniaca que ignoré por completo levantándome del sofá y
encerrándome en mi cuarto. Me tumbé en la cama y me cubrí con las mantas
hasta las cejas. Tras pasar un rato sin poder dejar de ver en mi mente esos ojos
verdes cargados de matices sexuales, pudieron ser minutos como horas, me
quedé dormida.
Desperté descansada, como nueva. Fui al gimnasio con Cris y tuve que
aguantar sus bromas acerca de lo sucedido la noche anterior. Cuando casi salté
sobre su yugular dejó de mencionar cualquier cosa relacionada con el “bailecito
al novio sexy”, tal y como ella había denominado el incidente. Puedo tener
mucho mal genio en ocasiones, sobre todo si no dejan de meterse conmigo y
tocarme las narices.
Volvimos a casa, comimos algo rápido y me dediqué a leer una novela de mi
biblioteca personal, aprovechando esas horas de descanso. Cogí mi vieja edición
de Romeo y Julieta y me tumbé en la cama dispuesta a perderme en la Italia
medieval y en esa historia de amores y dramas familiares.
Como solía ser normal cuando me ponía a leer en la cama, desperté
sobresaltada un rato después. Miré el reloj, en un par de horas teníamos que estar
en el club de nuevo.
Nos duchamos, nos vestimos y salimos en mi camioneta. Llegamos
puntuales y sonrientes. Sam nos saludó con una enorme sonrisa, no mencionó
nada acerca de mi espantada como alma que lleva el diablo la noche anterior.
Entramos en el local conversando animadamente sobre tonterías. Pedro ya nos
esperaba impaciente, con el cigarro perpetuo en los labios.
Aquella noche yo abría el espectáculo. Me puse el traje de Mouline Rouge y
Cris me maquilló con sombras oscuras para darme más aspecto de cabaretera.
Me pintó los labios con color “rojo putilla” (bautizado de esa manera por una
antigua bailarina del club) y fui hacia el escenario.
—Recibamos como se merece a Celeste, la cabaretera más sexy del Mouline
Rouge.
Puse los ojos en blanco escuchando a Pedro presentándome. Qué poco
innovador era. Siempre las mismas tonterías.
Salí sonriente, caminando despacio sin dejar de menear el culo al ritmo de
Lady Marmalade. Di una vuelta al escenario, sujetando la falda con ambas
manos mientras la movía como hacían las cabareteras, enseñando el encaje de
las bragas minúsculas que llevaba debajo. El público, entregado, gritó y silbó.
Me dejé caer lentamente hasta el suelo y fui gateando hasta el borde del
escenario, con mirada felina. Eché un rápido vistazo al público de esa noche.
Borrachos y más borrachos. Nada novedoso. Me tumbé por completo en el suelo
y me toqué los pechos mientras levantaba una y otra vez las caderas, arrancando
silbidos y aullidos. Me incorporé despacio, muy sexy, desabrochándome el
chaleco. Cuando estuve de pie me lo quité lanzándolo hacia la gente. En ese
momento un destello entre el público llamó mi atención. Seguí bailando aunque
mirando disimuladamente eso que había detectado entre el gentío. Dejé caer la
falda hasta el suelo y me agarré a la barra metálica para girar sobre mí misma.
En una de mis vueltas lo vi. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para seguir
agarrada a la barra y no caer de morros contra el suelo.
Él. Estaba ahí. Sentado y sonriendo con esa dentadura perfecta. Mirándome
con los ojos verdes llenos de perversión, traspasándome de nuevo, haciéndome
sentir completamente desnuda. Y ya lo estaba. Él me hacía sentir desnuda a un
nivel mucho más personal, más íntimo, más primitivo.
Un calor repentino e inesperado me recorrió de arriba abajo.
Obligué a mi nervio óptico a apartar los ojos de él. Por mi propio bien.
Porque no quería cagarla delante de tanta gente. Porque no quería romperme los
dientes al caer sobre el escenario en uno de mis giros.
Cuando mi número terminó atravesé pitando la cortina granate y fui al
camerino.
—Chica, ni que hubieras visto un fantasma –exclamó Cris al verme entrar
con esa cara.
Yo me senté sobre una silla, sin vestirme, respirando con esfuerzo.
—¿Qué pasa, Clara? Me estás asustando, ¿estás bien?
Sacudí la cabeza.
—Joder, tienes la misma cara que ayer cuando llegaste a casa.
La miré con los ojos muy abiertos.
—No me digas… —Me cogió de los hombros—. ¿Ha venido?
Asentí y ella estalló en carcajadas.
—No me hace gracia, Cris.
—Lo sé, lo sé. Perdona. –Pero la muy cabrona no dejaba de reírse—. Es que
no te había visto así nunca. Ni siquiera con Pablo ponías esas caras.
—¡Ni lo nombres!
No me sentía con ánimos para hablar del cabrón de mi ex que había decidido
ponerme los cuernos con la mitad de su clase de Derecho.
—Bueno, es mi turno –anunció Cris poniéndose la cofia de su traje de
chacha, bueno, de porno-chacha para ser más exactos—. Lo buscaré entre el
público. Ojos verdes, sonrisa perfecta, la palabra sexo escrita en la frente… ¿Me
dejo algo?
Sonreí y negué con la cabeza.
—Absolutamente nada.
Salió del camerino entre risas. Yo me quedé ahí, pensativa.
Había vuelto. ¿Por mí? Igual quería volver a proponerme lo de pasar más
rato conmigo. Igual quería hacerme alguna proposición indecente como Robert
Redford a Demi Moore en la película con el mismo título.
Clara, deja de pensar en tonterías. Ese hombre ha intentado acostarse
contigo por dinero. Piensa lo que eso significa. Cree que eres una puta.
Yo no soy una puta.
Pues no te comportes como tal.
Joder, es que está tan bueno. Lo haría incluso si no fuera a pagarme nada.
Puede que no quiera pagarme. Puede que solo haya venido para verme de nuevo
porque se quedó prendado de mí…
Gilipollas. ¿De qué se quedó prendado? ¿De tus chistes? ¿De tu facilidad
para mantener una conversación? ¿De tu sonrisa? ¡Espabila! Se quedó
prendado de tus tetas y de tu cuerpo, de nada más.
Me sobresalté al escuchar a alguien entrar en el camerino. Era Teresa.
Menos mal. Mi bipolaridad me preocupaba en muchas ocasiones. Eso de estar
manteniendo una conversación conmigo misma en mi cabeza era más normal de
lo que cabría esperar. Si Teresa no hubiera entrado, mis dos yos se habrían
enzarzado en una pelea para ver quién tenía razón. Y no sería la primera vez.
Pasé el resto de la noche actuando tensa, casi de manera automática, sin
mirar ni una sola vez al público por miedo a encontrarme con sus ojos de nuevo.
Me desconcentraba, conseguía ponerme muy nerviosa, y no podía permitir que
eso pasara mientras bailaba. En definitiva, aquella noche fue un completo
desastre. No en cuanto al dinero, eso estuvo bastante bien. Hace falta mucho más
que una simple expresión de desconcierto o nerviosismo para que los hombres
no sigan tirando su dinero a una mujer desnuda. Ellos ni siquiera se habrían dado
cuenta de mi estado.
Respiré aliviada cuando terminé mi último baile. Fui al camerino cruzando
los dedos para que Pedro no me dijera que había alguien que quería un baile
privado. Cuando pasé a su lado antes de marcharme y no me dijo nada me sentí
ligeramente decepcionada.
Me reprendí al instante. Tonta Clara…
Salí al aparcamiento para esperar dentro de la camioneta a Cris que todavía
estaba terminando de vestirse. Sam no estaba por ahí. Habría ido al baño. Saqué
las llaves de la camioneta y me dirigí hacia ella.
—Ya empezaba a pensar que no saldrías.
Pegué un grito y se me cayeron las llaves al suelo. Me volví para ver de
quién era esa voz.
Joder. No podía ser.
—¿Te he asustado? –preguntó con esa sonrisa torcida que había revivido en
mis pensamientos más de la cuenta desde la noche anterior.
—Un poco.
Y más que me estaba asustando. ¿Qué hacía ahí? ¿Era un acosador? ¿Dónde
cojones estaba Sam? Di un par de pasos atrás tratando de acercarme a mi
camioneta.
—Ayer te fuiste tan deprisa que te marchaste sin esto.
Dio dos pasos hacia mí y me tendió un sobre blanco. Miré sus ojos verdes
que chispeaban divertidos. Hizo un gesto con la cabeza para que lo cogiera. Yo
estaba paralizada, acojonada de miedo. Estiré la mano y descubrí que se trataba
del dinero. Los doscientos euros. Levanté la vista y él sonrió.
—No me gusta dejar las cosas sin pagar.
Asentí frunciendo los labios. Por mi mente no dejaban de pasar imágenes
con las situaciones que podían suceder entonces:

1. Él sacaba un cuchillo y me lo clavaba en el corazón para


largarse después riendo malévolamente.
2. Yo violada detrás de mi camioneta sin que nadie escuchara
mis gritos.
3. Él secuestrándome para llevarme en su coche hasta su casa
donde me retendría durante meses, obligándome a mantener
relaciones sexuales todas las noches.

Joder, Clara. Estás fatal de la cabeza. Deberías mirarte esto pero ya.
Él seguía ahí, ante mí, observándome con expresión seria, como si todavía
me estuviera viendo sin ropa, haciéndome sentir como si me encontrara así en
realidad.
Me agaché a recoger las llaves de mi camioneta del suelo.
—Bueno… —murmuré—, gracias. Me voy a marchar ya porque…
—Supongo que sigue sin existir la posibilidad de pasar un rato a solas
contigo.
Lo dijo enarcando una ceja, sugerente, dejando claro por el tono de su voz
que ese rato a solas consistiría en echar un polvo.
La llama de la ira se encendió dentro de mí.
—No soy puta –mascullé entre dientes, mirándole de mala manera.
—Nadie ha dicho que lo seas.
—Dejaste claro que pagarías por estar conmigo.
—¿Y no es eso lo que hice ayer ya?
Utilizó un tonito de suficiencia que me cabreó. Joder, es que encima tenía
razón.
—¿Tú no te casas la semana que viene? –solté cruzándome de brazos y
poniéndome a la defensiva.
—¿Te importaría?
Dio un paso hacia mí elevando las comisuras de los labios. Sexy, prepotente,
chulo y completamente deseable.
—No te conozco de nada, me importa una mierda que te vayas a casar. Pero
tu novia debería saber que estás aquí ofreciéndome dinero a cambio de sexo.
Se echó a reír, despreocupado.
—Si te lo ofreciera, ¿qué dirías?
Cometí el error de vacilar. En mi mente empecé a sopesar las opciones que
tenía. Acostarme con él…
—Acepto el silencio como una respuesta positiva –susurró.
—¡No! –exclamé despertando de mi letargo—. No voy a acostarme contigo.
—¿Estás segura de eso?
Dio otro paso hacia mí. Estaba muy cerca. Demasiado. Aspiré el aroma de
su aliento otra vez. Menta y tabaco. Mmmm... Delicioso.
Me miró a los ojos fijamente. Casi podía escuchar la voz de sus
pensamientos.
Sexo… Sexo… Sexo…
¡Malditos fueran! Gritaban demasiado alto.
Tragué en seco. Mi corazón latía desbocado y un nerviosismo demasiado
alentador se instaló en mí. Me recorría el cuerpo, aleteando, despertando las
ganas acumuladas. Él dio un último paso hacia mí. Yo no reaccioné, no pude ni
quise moverme.
Llevaba mucho tiempo sin echar un polvo. Cuatro meses son demasiado.
Más que demasiado, ¡es una pasada de tiempo! Y él me lo estaba poniendo en
bandeja de plata. Estaba buenísimo. Qué importaba que fuera a casarse. Yo no
conocía a su novia. La compadecía por tener un novio así, pero en el fondo me
importaba una mierda. En ese momento pensaba en mí y solamente en mí.
Bueno, y en él. En sus manos sobre mi piel, en sus labios carnosos sobre los
míos, en su cuerpo desnudo…
Lo miré a los ojos, que brillaban llenos de deseo. Casi vi el reflejo de los
míos con ese mismo brillo. Sonrió de esa manera torcida que me resultaba tan
eróticamente perfecta. Se acercó a mí muy despacio.
Una pequeña vocecilla empezó a gritar dentro de mi cabeza.
¿Qué haces, estúpida? Muévete, vete de aquí, no dejes que lo haga.
La hice callar acercándome más a él y besándole.
Respondió enseguida, cogiéndome por la cintura y atrayéndome a él. Me
rendí por completo a las sensaciones que me invadieron. Llevé las manos a su
pelo. Su lengua pidió paso en mi boca y se lo di encantada.
—Vente conmigo –susurró contra mis labios.
Asentí. No sé por qué, pero asentí.
Me arrastró hasta un coche aparcado una calle más allá, casi oculto entre las
sombras. Me recostó sobre el capó y me besó de nuevo, haciéndome olvidar
hasta de mi nombre. Empezó a meterme mano. Yo respondí gimiendo como una
estúpida, echando por tierra mi anterior actuación que intentaba dejar claro que
yo era una mujer dura y que no hacía ese tipo de cosas.
A la mierda la mujer dura.
Abrió el coche y entramos en el asiento de atrás. Sin hablar. Sin dejar de
besarnos. Ni siquiera me fijé en el color del vehículo, puede que fuera plateado
pero qué más daba. Le quité el jersey y la camiseta. Él se deshizo de mi abrigo y
mi chaqueta. Unos segundos después estábamos completamente desnudos los
dos, presos de la pasión y el desenfreno. Jadeando, besándonos sin parar,
tocándonos de arriba abajo. Yo estaba tan caliente que ni siquiera me sentí
incómoda cuando me tumbó bruscamente sobre el asiento. Solo podía pensar en
lo bueno que estaba, en lo bien que besaba, en lo duros que sentía sus músculos
bajo mis manos, en el roce de su lengua en mis pezones, en el sudor de su cuerpo
sobre el mío…
Fue un polvo increíble. Acojonante. El mejor polvo de mi vida. Me quedé
temblando de placer cuando salió de mi interior, respirando a duras penas.
Escuchaba su respiración en mi oído mientras sus labios todavía rozaban la piel
de mi cuello.
—Solo quiero que sepas una cosa –susurró mientras se incorporaba.
Yo me quedé embobada observando su torso desnudo. Musculoso, definido,
fibroso, suave. Tuve que morderme el labio para evitar lanzarme de nuevo sobre
él.
—No voy a darte ni un euro por esto.
Sonreí todavía bajo su cuerpo. No hacía falta que me diera ni un jodido
céntimo. Incluso me estaba planteando la posibilidad de pagarle yo a él.
—Celeste… —susurró mientras acariciaba uno de mis pezones.
Di un bote en el asiento por el roce inesperado. Él sonrió.
—Me gusta tu nombre profesional. ¿Alguna posibilidad de conocer el
verdadero?
Negué con la cabeza mientras su mano seguía acariciando mi pecho.
Empezaba a perder de nuevo la capacidad de raciocinio.
—¿Puedo yo conocer el tuyo? –pregunté, dejando claro cómo me sentía por
la forma en que tembló mi voz.
Él negó sonriendo.
Bueno, puede que fuera lo mejor. Echar un polvo de esa manera con un
desconocido. No decirnos nuestros nombres y guardar eso en la memoria como
lo que había sido: sexo puro y duro. Sin tapujos. Sin cuidado. Sin vergüenza. Sin
pudor.
Perfecto.
—Será mejor que me vaya –dije, incorporándome—. Mi amiga me estará
esperando.
—Supongo que esto es un adiós.
Recogí mi ropa y empecé a vestirme.
—Creo que nunca ha habido un hola.
Escuché su risa sofocada.
—Tienes razón.
Nos vestimos en silencio dentro de ese espacio tan pequeño. Las ventanillas
estaban totalmente empañadas. Abrió la puerta para salir y después me ayudó,
ofreciéndome su mano. Demasiado caballeroso en comparación con la
brusquedad con la que había actuado conmigo hacía unos minutos.
Me colgué el bolso del hombro y lo miré un instante, intentando grabar en
mi mente el color verde de sus ojos y esa sonrisa tan perfecta. Joder, la cabrona
que se iba a casar con él era afortunada. Bueno, dejando a un lado que acababa
de acostarse con una estríper en un callejón detrás del club donde trabajaba.
Vale, eso le hacía perder puntos como marido. Mentira, le hacía perder todos los
puntos. Pero no era yo la que iba a convertirse en su esposa.
Me miró serio e hizo un gesto con la cabeza, a modo de despedida supuse.
—Celeste…
—Desconocido…
Sonrió mientras me tendía la mano.
—Ha sido un placer… —Lo pensó unos segundos—. Ha sido un placer
echar este polvo contigo.
Me eché a reír y cogí la mano que me tendía. La manera en que sonrió
entonces se quedó grabada en mi mente. Asentí con la cabeza y empecé a
caminar hacia el aparcamiento del club. Las piernas todavía me temblaban.
Quería volverme para mirarle una última vez, pero me auto-convencí para no
hacerlo. Anduve erguida y a paso firme hasta la esquina. Entonces escuché el
sonido de un motor arrancando y me volví. El coche plateado (había acertado
con el color después de todo) dio marcha atrás y se perdió en la oscuridad de la
calle.
Suspiré.
Seguí caminando hacia mi camioneta.
—¡Tú eres tonta!
Casi me dio un infarto cuando Cris salió de detrás de mi viejo cacharro con
cara de loca y me agarró de los hombros con fuerza.
—¿Dónde cojones estabas? –gritó, agitándome— Creíamos que te habían
secuestrado, que te habían violado, que te…
Me observó un instante.
—¿Acabas de echar un polvo? –Levantó una ceja a la vez que me miraba
inquisitiva.
—Oh, vamos, Cris –exclamé apartándola de mí mientras aguantaba la
sonrisa—. No digas tonterías. ¿Con quién voy a echar un polvo aquí?
Sam salió del club en ese momento. Iba sofocado, le faltaba el aliento. Se
me quedó mirando mientras se llevaba una mano al pecho y resoplaba.
—Joder, Clara, menudo susto nos has dado.
—Lo siento, chicos –les dije completamente en serio—. Me he acercado
hasta allí porque he oído un ruido y me he quedado mirando unos carteles que
había en esas paredes. Hay unos conciertos que me interesaría ir a ver.
Cris me observaba con esa mirada que pone cada vez que sabe que le estoy
mintiendo. Intenté no hacerle caso y me acerqué a Sam para darle un abrazo.
—De verdad lo siento –le dije al oído—. No volveré a hacerte pasar por
esto.
—Más te vale.
Nos separamos y me sonrió justo antes de darme un golpecito amistoso en el
hombro.
—Venga, Clara, vámonos a casa.
Hice caso a Cris y abrí la camioneta para que ambas nos montáramos en
ella.
—Dirás lo que quieras —empezó cuando arrancamos—, pero tienes ese
brillo en los ojos que solo se tiene después de practicar sexo del bueno.
La ignoré y seguí conduciendo con la mirada al frente. Sentía sus ojos sobre
mí constantemente, observándome, buscando una prueba que me delatara ante
ella. Cristina era como un perro sabueso en ocasiones. Y la verdad es que jamás
se le escapaba ni una.
De repente se echó a reír como una loca. Casi doy un volantazo del susto
que me dio.
—¿Qué mierdas te pasa, Cris?
—Llevas la camiseta del revés.
Señaló el cuello de mi prenda y me llevé la mano allí rápidamente. Mierda.
Tenía razón. Ahí estaba, delatándome, la etiqueta asomando por encima de la
tela.
Ya no podía fingir más. Tampoco quería. Soportar a mi amiga mientras lo
negaba sería demasiado.
—Vale, Cris, he echado un polvo.
—¿Con quién? ¿Dónde? –Me miraba con ojos curiosos, escrutando mi
rostro en busca de algún detalle que se le escapara.
Involuntariamente, mis mejillas se tiñeron de un tono cercano al escarlata.
Eso me descubrió por completo.
—¡No me digas! ¡No me digas que el novio del bailecito ha aparecido!
Asentí con la cabeza ganándome una salva de aplausos y gritos de la loca de
mi amiga. Incluso daba golpes en el techo del coche. De repente se quedó
callada y se volvió a mirarme muy seria.
—¿Cobrando o sin cobrar?

A ti, que acabas de leer esta historia, GRACIAS por elegirme y por estar ahí.
Eres grande, porque con cada sonrisa que esta historia te ha provocado has
conseguido que mis ganas de continuar escribiendo aumenten. Pronto… más.

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