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El Milagro de la Adoración y Predicación

Este capítulo discute cómo la predicación, sobrenaturalmente, se convierte en un medio para la adoración. Explica que la adoración es un milagro y no es posible solo por medios naturales. También argumenta que los cristianos necesitan ayuda para mantener un corazón adorador, y que la predicación ha sido diseñada por Dios para proporcionar esta ayuda durante la adoración corporativa.
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El Milagro de la Adoración y Predicación

Este capítulo discute cómo la predicación, sobrenaturalmente, se convierte en un medio para la adoración. Explica que la adoración es un milagro y no es posible solo por medios naturales. También argumenta que los cristianos necesitan ayuda para mantener un corazón adorador, y que la predicación ha sido diseñada por Dios para proporcionar esta ayuda durante la adoración corporativa.
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PARTE 3

¿Cómo se convierte la predicación,


sobrenaturalmente, en un medio
para el milagro de la adoración?

La exaltación expositiva en el poder del Espíritu Santo


La exultación expositiva

Un acto humanamente imposible con


un efecto humanamente imposible

El objetivo de este capítulo y del siguiente es aclarar por qué la adoración


y la predicación son humanamente imposibles y lo que puede hacer el pre-
dicador para ser partícipe de ambos milagros.

La belleza de la adoración corporativa


Es bellamente apropiado que el pueblo cristiano se reúna cada semana para
la adoración corporativa. Cuando lo hace, revela una expresión unida de
su conocimiento fundado en la verdad acerca del Dios trino y de su afecto
fundado en su aprecio por todo lo que Dios es en Jesús. Ha Visto con los
ojos de su corazón (Ef. 1:18) la belleza suprema de Dios y de sus caminos. Y
ha logrado apreciar el valor supremo de este tesoro (Mt. 13:44; Fil. 3:8). Y
cuando ha concluido su exaltación colectiva de las glorias de Dios, continúa
adorando en las miles de tareas cotidianas donde el valor supremo de Cristo
gobierna sus Vidas. Esto es lo que significa ser cristiano.

Por qué necesitamos ayuda en la adoración


No es que los cristianos experimenten una plenitud constante que el Señor
pone a su disposición a diario y que rebosa en alabanza gozosa cuando se
reúnen para adorar. Dios se glorifica en la adoración no solo por aquellos
que Vienen llenos, sino también por aquellos que Vienen con una necesidad
urgente y han depositado todas sus esperanzas en un encuentro con Dios. El
mismo corazón que adora y dice “gracias” y “te alabo” cuando está lleno,
La exultación expositiva 105

Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo


de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos
a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de
vosotros se endurezca por el engaño del pecado (He. 3:12-13).

Evitar un corazón malo y perseverar en la fe gozosa que resiste el pecado


son logros que dependen de la exhortación de otros creyentes. No estamos
diseñados para sobrevivir sin el ministerio de la palabra de otros.
Cuarto, es claro que dependemos de la ministración de otros, porque
Dios diseñó el cuerpo de Cristo de esta manera, y Pablo dijo que nos nece-
sitamos los unos a los otros:

Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el


cuerpo, como e'l quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde
estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo
es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco
la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros (1 Co. 12:18-21).

Es evidente, según Pablo usa la palabra necesidad en 1 Corintios 12:21,


que él no considera la dependencia del cristiano de otros cristianos como
un defecto en nuestra dependencia de Dios. Depender completamente de la
gracia de Dios no significa que no dependamos de los canales de gracia de
los cuales se sirve Dios. Si Dios dispone que nuestra dependencia de Él a
veces sea directa y sin mediaciones, y en otras indirecta y mediada, entonces
no somos menos dependientes de Dios en ninguno de los dos casos. Nuestra
vida física depende de Dios y también del alimento que Él provee. Nuestros
recursos emocionales para tener paciencia dependen del Espíritu y del sueño
reparador que Él da. Nuestra fortaleza espiritual depende de la Palabra de
Dios y de los ministros que pone en nuestro camino.
Quinto, la Escritura deja claro que necesitamos el ministerio de la pala-
bra de otros cristianos, porque Pablo mandó a Timoteo: “que prediques
la palabra” (2 Ti. 4:2). Ese no es un mandato innecesario. Predicar es un
mandato porque es menester predicarl.

La predicación ministra a los adoradores agotados


He argumentado que, entre las diversas maneras como el pueblo de Dios
se ayuda mutuamente a perseverar en la fe y a llevar vidas de adoración

1. Véase el capítulo 3, pp. 63-65, donde presento detalladamente el contexto de 2 Tim‘oteo 4:2.
106 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... P.

gozosa, la predicación es única en su diseño por su papel esencial en la


adoración corporativa. Cuando las personas se reúnen a expresar unidas
su conocimiento de Dios y su amor por Dios, Él ha dispuesto especialmente
la predicación para demostrar este amor por medio de su exultación y para
traer tanto el conocimiento como el amor por medio de su exposición.
La necesidad que tenemos de esta asistencia de la predicación cuando
nos reunimos para adoración, también queda evidenciada en nuestra expe-
riencia personal y en lo que vemos en todos los cristianos que nos rodean.
La vida cristiana cotidiana es agotadora. No estamos diseñados para vivir
de las misericordias pasadas.

Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca


decayeron sus misericordias. Nuez/as son cada mañana; grande es tu
fidelidad (Lm. 3:22-23).

Cada día trae su afán agotador (Mt. 6:34), y cada día tiene sus propias
misericordias restauradoras (Lm. 3:23). Cuando David dice: “Confortara'
mi alma” (Sal. 23:3), sugiere que el alma necesita restaurarse con frecuencia.
De ahí que clamemos: “Vuélveme el gozo de tu salvación” (Sal. 51:12). “Oh,
Dios, resta’uranos; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos” (Sal. 80:3).
“Resta’uranos, oh Dios de nuestra salvación” (Sal. 85:4).
Esta es una experiencia universal en los cristianos. En parte se debe a que
somos pecadores. Nuestra Vieja naturaleza batalla contra el alma y trata de
hundirla (Ga'. 5 :17; Col. 3:5; 1 P. 2:11). Parte de esa batalla es agotamiento.
Otro aspecto de nuestra necesidad de restauración de parte de otros seres
humanos obedece a nuestra condición de criaturas. Siempre seremos cria-
turas y, por consiguiente, siempre necesitaremos la gracia de Dios. Incluso
los santos que han sido perfeccionados y glorificados todavía pueden bene-
ficiarse del ministerio de otros santos en el siglo venidero, donde no habrá
pecado. De lo contrario, no existirían relaciones significativas. Así pues, sea
que nos consideremos como pecadores o como criaturas, necesitamos ayuda
para mantener un corazón que adora.
La predicación ha sido diseñada especialmente por Dios como una parte
central de esta ayuda en la adoración corporativa. La exaltación expositiua
corresponde a la naturaleza de la adoración corporativa. Su contenido y
su actuación son idóneos, por designio divino, para restaurar y ensanchar
nuestro conocimiento de Dios (expositivo) y para restaurar y ensanchar
nuestro fervor por Dios (exultación). Lo logra no por fuera de la experiencia
La exultacíón exposítiz/a 107

de adoración como un entrenador que está al margen del campo de juego,


ni como un director que está tras bambalinas durante la obra, sino como
partícipe de la experiencia misma de la adoración. La predicación favorece
la adoración en tanto que adoración.

Qué es y que” no es el tema que nos ocupa


El objetivo de este capítulo es mostrar de manera más específica como la
exultación expositiva ayuda a los cristianos a adorar de forma genuina,
tanto en el culto de adoración como en la Vida diaria, los cuales Dios ha
dispuesto por igual para que sean demostraciones de su valor y belleza
(ICO. 10:31; Ro. 12:1-2).
Este es un asunto apremiante, porque la adoración verdadera, tanto en
la liturgia como en la Vida, es un milagro. No es un efecto producido por
simples causas naturales. No pierda de Vista lo que dije en el capítulo 1
acerca de la esencia de la verdadera adoración. Los “cultos de adoración”
que no son más que un espectáculo pueden ser el efecto de simples causas
naturales. Pero no si la esencia de la adoración está presente en los adora-
dores. Estar satisfechos con todo lo que Dios es para nosotros en Jesús, que
es la forma como he definido la esencia de la adoración, no es el resultado
de simples causas naturales.
Así pues, la pregunta que nos planteamos no es: ¿Qué acciones natu-
rales puede realizar un predicador para incrementar su conocimiento y su
sentir naturales? No me interesa en absoluto esa pregunta. Predicar no es
una subcategoría de la retórica natural. No es un modo de usar el lenguaje
para persuadir la mente natural para que actúe de otra manera. La retórica
puede inclinar la mente natural de maneras asombrosas. Existen movimien-
tos sociales completos que pueden surgir de esa habilidad retórica. Pero
este efecto en la mente puede que no guste la belleza y el valor de Dios. A
la predicación no le interesa esa clase de persuasión. La predicación busca
abrir la Vista espiritual a las glorias de Dios en Cristo. Su meta es despertar
y sustentar el “gusto” espiritual para percibir que Dios es sumamente bello
y que satisface por completo. Los éxitos retóricos que están por debajo de
esta medida son fatales, especialmente en la iglesia.

La predicación y su finalidad no son posibles por medio


de personas “naturales”
En el capítulo 4 Vimos que “el hombre natural no percibe las cosas que son
del Espíritu de Dios, porque para e’l son locura, y no las puede entender,
108 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... .3

porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). “Las cosas que


son del Espíritu” hace referencia al contenido de la verdadera predicación.
Son las glorias de Cristo crucificado y resucitado que reina, y todo lo que
es Dios para nosotros en El. Pablo acababa de referirse a lo que él impartía
por medio de la predicación:

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que
se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios (1 Co. 1:18).

Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios


mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura
de la predicación (1 Co. 1:21).

Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo,


y a éste crucificado (1 Co. 2:2).

Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría


humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual
a lo espiritual (1 Co. 2:13).

Esto es lo que “el hombre natural” no puede percibir. Esto es lo que se ha de


“discernir espiritualmente”. Esto es lo que los gobernantes de este siglo no
conocieron cuando mataron al Hijo de Dios: “la que ninguno de los prín-
cipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían
crucificado al Señor de gloria (1 Co. 2:8).
De modo que el objetivo primordial y final de la predicación, que es
llevar a las personas a ver, a gustar y a manifestar la gloria de Cristo, y todo
lo que Dios es para nosotros en Él, es un objetivo que no puede lograrse
por medio de un predicador que es un “hombre natural”. No puede ocurrir
en personas que son “hombres naturales”. La retórica puede lograr cosas
asombrosas por medio de la emoción y la persuasión. Pero ese no es el obje-
tivo de la predicación. Lo que hace de la predicación algo único es que es un
milagro cuyo objetivo consiste en ser un agente de milagros. Y el milagro
principal que busca experimentar y producir es la Vista espiritual y el gusto
espiritual de la gloria de Dios revelada en la Escritura.

El objetivo es “lo espiritual”, no “lo místico”


En 1 Corintios 2:14, la palabra espiritual (“discernir espiritualmente”, pneu-
matikós ana/erinetai) no significa “religioso”, “místico” o “sobrenatural”.
La exultación exposz'tz'va 109

Quiere decir que lo produce el Espíritu Santo y que posee la cualidad del
Espíritu Santo. Podemos ver esto en Romanos 8:7-9, donde se describe al
“hombre natural” de 1 Corintios 2:14 como alguien que tiene “una mente
carnal” cuyos frutos son, naturalmente, la dureza contra la supremacía glo-
riosa de Dios y la incapacidad de recibir y de agradar a Dios:

Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque
no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según
la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne,
sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y
si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.

No obstante, observe que lo contrario a “la mente carnal” no es una espi-


ritualidad vaga, sino la presencia de la persona del Espíritu Santo: “Mas
vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu
de Dios mora en vosotros”. Lo opuesto al hombre natural no es una persona
religiosa y mística, sino una persona en quien mora el Espíritu Santo, el cual
produce el milagro del discernimiento espiritual.

La predicación y sus objetivos solo son posibles por medio del Espíritu
Por consiguiente, los objetivos primordiales y finales de la predicación son
imposibles aparte de la obra prodigiosa del Espíritu Santo. Sin su obra
sobrenatural, ni el predicador ni la congregación pueden ver ni gustar la
belleza y el valor de Dios. En cambio, cuando el Espíritu obra este prodigio,
Él resucita al que está muerto espiritualmente (Ef. 2:5). Él va más allá de lo
que ni “carne ni sangre” pueden revelar de la verdad de Cristo (2 Co.4:4).
Él brilla “en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la
gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). Él alumbra los ojos del
corazón (Ef. 1:18). Él nos deja ver a cara descubierta y revela la belleza y
el valor de Jesús, y transforma al que contempla, “como por el Espíritu del
Señor” (2 Co. 3:18).
En otras palabras, sin la obra soberana del Espíritu de Dios que imparte
vida, quita la ceguera, ilumina el corazón y revela la gloria, la predicación
como exultación expositiva no puede alcanzar sus objetivos. De hecho, no
puede existir. La predicación es adoración que busca adoración. Y ninguno
de estos actos de adoración es menos que la contemplación y el deleite
milagrosos de la belleza de Cristo que para el hombre natural es locura. Él
no puede ver a Cristo tal como es, sumamente bello y valioso.
110 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... 9.

¿Cómo puede el predicador convertirse en un instrumento para el milagro?


Por tanto, la pregunta que nos formulamos es: ¿Cómo puede un predicador
convertirse en instrumento del Espíritu Santo para obrar el milagro de la
adoración en los corazones de las personas? ¿Cómo puede convertirse en
el medio a través del cual el Espíritu Santo concede la vista, el deleite y la
manifestación de la belleza y el valor de Cristo? Para responder, empezaré
por lo fundamental. Cuando digo “lo fundamental”, me refiero a algo tan
esencial que cualquier cosa que se haga sin esto es como edificar sobre la
arena. Sin esta realidad fundamental como base, todo lo demás es contra-
producente. No da lugar al Espíritu y no produce adoración. Esta realidad
fundamental debe estar presente antes de que venga lo demás. De lo con-
trario, no son espirituales y no producirán fruto espiritual alguno. Sin esto
no hay suministro del Espíritu.

El fundamento es el oír con fe


La base que permite a un predicador convertirse en el medio a través del
cual el Espíritu Santo produce el milagro de la adoración en los corazones
de las personas es la fe, fe en las promesas de Dios que fueron compradas
por sangre, y que ayudan al predicador conforme a cada necesidad. Tomo
como soporte principal Ga'latas 3:5: “Aquel, pues, que os suministra el Espí-
ritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o
por el oír con feP”. La pregunta que Pablo responde aquí es cómo tener un
“suministro del Espíritu Santo”. La respuesta que Pablo espera a su pre-
gunta retórica es: “Dios suministra el Espíritu mediante el oír con fe”. Por
consiguiente, si esperamos recibir un suministro del Espíritu que obre mila-
gros por medio de nuestra predicación, el consejo de Pablo es: “oír con fe”.
Cuando dice “oír”, doy por hecho que se refiere a “oír la Palabra de
Dios” y, en particular, a las promesas de Dios de darnos lo que necesita-
mos en cada momento del ministerio. En el contexto inmediato, el oír fue
primero y ante todo el evangelio de Cristo. Sin embargo, los beneficios del
evangelio de Cristo que compró con sangre mediante su sacrificio incluyen
na
todas las promesas de Dios. odas las promesas de Dios son en Él s l
“T

(2 Co.1:20). “En Él” quiere decir allí donde cada cristiano se encuentra por
la fe. Y es allí donde todas las promesas de Dios son sí.
Otra forma extraordinaria de expresar esto se encuentra en Romanos
8:32: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosaSP”. O
como dijo Pablo en Filipenses 4:19: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que OS
La exaltación exposz'tz'va 111

falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesus . odas las cosas” y
’ 3, “T

“todo lo que [nos] falta” y que necesitamos para hacer la voluntad de Dios
y glorificar su nombre fueron comprados y asegurados para nosotros por
medio de la sangre de Jesús.
Ahora volvamos a Gálatas 3:5. El Dios que nos suministra el Espíritu y
obra milagros en nosotros y por medio de nosotros (y por medio de nues-
tra predicación) lo hace mediante “el oir con fe”. Es decir, el suministro
del Espíritu fluye por medio de la fe en las promesas de Dios que fueron
compradas por sangre. ¿Queremos predicar en el poder el Espíritu Santo?
Entonces debemos identificar algunas promesas de Dios relevantes, confiar
en ellas en cada hora de nuestra preparación, y cuando subimos al púlpito.

Podríamos dejar el tema aquí. Podría decir que hemos dejado claro por
qué la adoración y la predicación son humanamente imposibles. Y podría
decir que hemos respondido la pregunta de lo que el predicador puede hacer
para participar del milagro que son las dos, a saber, recibir el suministro del
Espíritu confiando en las promesas de Dios. El Espíritu que obra milagros
es suministrado mediante “el oír con fe”. Sin embargo, durante años expe-
rimente’ la gran frustración que significa oír una fórmula parecida, como
predicar con fe, y aun así no saber cómo llevarla a la práctica. Así que no
voy a dejarlo aquí con la misma frustración. En el siguiente capítulo lo lle-
varé a conocer la experiencia de treinta años de aplicar esta fórmula, en lo
cual intentaré ser tan práctico como me sea posible.
La exultación exp‘ositiva por la fe

Cómo busqué el milagro en mi predicación

En la Parte 3, intentamos esclarecer por qué la adoración y la predicación


son humanamente imposibles y lo que puede hacer el predicador para par-
ticipar en el milagro que estas son. En el capítulo 6, vimos que la adoración
no es un espectáculo humano que puede hacerse a voluntad. Es el fruto de
una Vida nueva sobrenatural en Cristo, cuya esencia es un estado de satis-
facción con todo lo que Dios es para nosotros en Jesús. Esta clase de deleite
en las glorias de Dios no es algo natural en los seres humanos caídos. Es un
don. Un milagro de vida nueva y de nuevos deleites espirituales.
Asimismo, vimos que la predicación no es una clase de retórica que
influye sobre la congregación para que piense nuevas ideas y se lance a
grandes hazañas. Los oradores han hecho esto durante siglos sin ninguna
ayuda del Espíritu Santo. Eso no es exultación expositiva. La finalidad de
la exultación expositiva es convertirse en un instrumento en las manos de
Dios para que al ver, saborear y manifestar las glorias de la Escritura, la
iglesia pueda despertar sobrenaturalmente para ver, saborear y manifestar
lo mismo; es decir, para que pueda adorar.
Vimos que según Gálatas 3:5, la clave para experimentar el suministro
del Espíritu que obra milagros es el “oír con fe”. Por este medio podemos
ser guiados por el Espíritu, andar en el Espíritu y llevar fruto en el Espíritu.
Es decir, mediante ese “oír con fe” podemos experimentar el milagro de
comportarnos de tal modo que ya no somos nosotros solos obrando sino
la gracia de Dios por medio de nosotros (1 Co. 15:10). Así podemos expe-
rimentar el milagro de la predicación.
114 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... .9

¿Cuál fue mi aproximación al suceso de la predicación como tal?


En este capítulo, quiero tratar de desarrollar el tema del milagro de la pre-
dicación desde mi propia experiencia de treinta y tres años de predicación
pastoral en una iglesia. Voy a enfocarme en el acto de predicar como tal,
no en la preparación del mensaje. Gran parte de lo que tengo para decir
acerca de la preparación, es decir, de la batalla concreta con el texto bíblico
para discernir su significado, lo he expuesto en La lectura sobrenatural de
la Biblia.1
Sin embargo, existe una yuxtaposición importante en la manera como
busco tanto la preparación como la transmisión por el Espíritu. Para ambas
sigo los pasos R.O.C.A.D. Se trata de un acróstico que me guía en mi bús-
queda de predicar por el Espíritu o para hacer cualquier otra cosa por medio
del Espíritu: “ [vivir] por el Espíritu” (Ga’. 5:25), “ [andar] en el Espíritu”
(Ga'. 5:16), “ [ser guiado] por el Espíritu” (Ga'. 5:18; ver también Ro. 8:14),
“ [hacer] morir las obras de la carne” por el Espíritu” (Ro. 8:13), o “ [adorar]
en el Espíritu de Dios” (Fil. 3:3, LBLA).
R.O.C.A.D. significa Reconocer, Orar, Confiar, Actuar, Dar gracias. Estos
son los pasos que yo considero necesarios en nuestra búsqueda del “sumi-
nistro del Espíritu” para el acto de predicar. El cómo esto sucede es un gran
misterio. Un ser bumano le dice a otro que haga algo. Debemos predicar
por el Espíritu. Debemos hacerlo. Aun así, otro debe hacerlo por medio
de nosotros. Esto es profundamente sobrenatural y maravilloso. Es el gran
objetivo de la vida: vivir, pero vivir de tal manera que otro viva en nosotros
y por medio de nosotros para que el otro reciba la gloria.

Yo predique’, pero no fui yo


Este “yo, pero no yo” está profundamente entretejido en la forma como
Pablo concibe la vida cristiana y el ministerio:

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo
en mi; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios,
el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga’. 2:20).

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano
para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino
la gracia de Dios conmigo (1 Co. 15:10).

1. John Piper, La lectura sobrenatural de la Biblia: Ver y saborear la gloria de Dios en 1‘15
Escrituras (Grand Rapids, MI: Portavoz, 2018), pp. 175-390.
La exultación expositiz/a por la fe 115

Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni


el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento
(1 Co. 3:6-7).
Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que
en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad
(Fil. 2:12-13).

Este es el precioso misterio de la Vida cristiana y el misterio del ministerio,


y por ende el misterio de la predicación. “Ya no soy yo quien predica, sino
Cristo que predica en mí”. “No fui yo quien predicó, sino la gracia de Dios
conmigo”. “Yo predique’, pero el que predicó no es algo, sino Dios que da el
crecimiento”. “Predica, porque Dios es el que está dispuesto y lleva a cabo
la predicación en ti”.
Así pues, la gran pregunta para mí respecto a cómo predicar ha sido:
¿Cómo es posible que yo lo realice plenamente y aún así no sea yo? ¿Cómo
puedo expresar un mensaje con la plenitud de mis poderes y aún así vivirlo
en el Espíritu Santo de tal modo que no sea yo sino la gracia de Dios en mi?
¿Cómo puedo llegar a ser un instrumento por medio del cual el Espiritu
Santo obra el milagro de la adoración en los corazones de las personas?

Mi experiencia con R.O.C.A.D. en la adoración


Mi respuesta es R.O.C.A.D. Imagine que estoy sentado en la primera fila
de nuestro templo. En cuestión de uno o dos minutos voy a predicar. Uno
de los ancianos o aprendices está leyendo el texto. No es la primera vez que
aplico R.O.C.A.D. en mi preparación para predicar este sermón. Pero es la
más urgente. Repaso R.O.C.A.D. en mi mente, buscando la ayuda de Dios
para ser tan sincero y tan serio como me sea posible.
R—Reconocer. Digo en voz baja: “Reconozco, Padre, que dependo por
completo de ti ahora que voy a subir al pu'lpito. Sin tu providencia no
tendría vida ni aliento ni nada (Hch. 17:25). Sin tu ayuda sobrenatural
mientras predico, nadie en este recinto se convertirá a Cristo. Nadie se
levantará de la muerte espiritual. Nadie recibirá un corazón de carne a
cambio del corazón de piedra. Nadie discernira’ el verdadero significado
de este texto. Nadie verá belleza espiritual. Nadie percibirá tu valor infi-
nito. Nadie será transformado en tu semejanza”. Lo reconozco plena y
gustosamente.
O-Orar. Luego oro pidiendo la ayuda que necesito. Podría decir nada
116 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... 9.

más: “¡Ayúdame!” pero, por lo general, siento alguna carga, desafío, debi-
lidad o necesidad particular. De modo que pido ayuda específica. “Padre,
concédeme humildad y la capacidad de olvidarme de mí mismo. Dame la
claridad mental y en mi forma de expresarme. Conce'deme libertad de mi
manuscrito y no permitas que me pierda o me confunda. Concédeme protec-
ción del maligno y de todas sus artimañas para robar la palabra. Concédeme
gozo en la verdad que comunico y dame los afectos que corresponden a la
gravedad o al gozo que comunica el texto. Permíteme sentir amor por tu
pueblo y compasión por el perdido y el débil. Ayúdame a ser genuino”.
C -Confiar. Este paso es decisivo. Confiar. Este es el Vínculo con Gála-
tas 3:5 que examinamos en el capítulo 6. “Aquel, pues, que os suministra el
Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o
por el oír con feP”. Dios suministra el Espíritu y obra maravillas gracias a
nuestra predicación por medio de nuestro “oír con fe”. Invitamos al Espíritu
cuando oímos una de las promesas de ayuda que Dios ha comprado por su
sangre, y la creemos.
En este punto creo que muchos nos perdernos la plenitud de la bendición
de Dios al aceptar por defecto generalidades imprecisas. En vez de concen-
trarnos en promesas bíblicas muy específicas y concretas, no nos enfocamos
en ninguna. Pensamos de manera general en la bondad o el poder de Dios.
Esto nada tiene de malo, pero yo creo que Dios nos ofrece algo mejor. Por
lo menos eso es lo que yo he comprobado. Existen tres prácticas que se han
convertido en hábitos maravillosos a lo largo de los años.

Cómo practicar la “C ”—Confiar: el primer hábito


La primera práctica consiste en recordar en el aposento de oración 1 Pedro
4:11 en compañía de otras personas que oran, y una media hora antes del
inicio del culto. Estoy seguro de que este pasaje fue el más citado en la reu-
nión de oración previa a nuestros cultos de adoración.

Si alguno habla, [que] hable conforme a las palabras de Dios; si alguno


ministra, mz'm'stre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea
Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio
por los siglos de los siglos. Amén.

Me fascina esta exhortacio’n y promesa. Sienta las bases para lo que va a


suceder de manera más urgente y definitiva en los minutos previos a ml
predicación. Pone de manifiesto que soy yo quien debe hablar y ministrar.
La exaltación expositiva por la fe 117

También deja claro que mis palabras y mi servicio deben hacerse “conforme
al poder que Dios da”. Y deja claro por qué eso es importante: “para que
en todo sea Dios glorificado por Jesucristo”. El que da la fortaleza es quien
recibe la gloria por el mensaje. Ese versículo ha sido el punto de partida de
cientos de mensajes a lo largo de los años.

Cómo practicar la “C”—Confiar: el segundo hábito


La segunda práctica consiste en almacenar en mi memoria una reserva pre-
ciosa de promesas que estén a mi disposición para confiar en ellas en este
punto de R.O.C.A.D. que es la C de confiar. Dichas promesas son de tal
envergadura que siempre son relevantes sin importar cuál sea el contexto o
el tema de la predicación. Tres de ellas son:

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios


que te esfuerzo; siempre te ayudará, siempre te sustentaré con la diestra
de mi justicia (Is. 41:10).

Ni nunca oyeron, ni oidos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti,


que hiciese por el que en él espera (Is. 64:4).

Mi Dios, pues, suplira’ todo lo que os falta conforme a sus riquezas en


gloria en Cristo Jesús (Fil. 4:19).

Estas promesas están siempre presentes en mi memoria para cualquier desa-


fío que se presente en la predicación; siempre están disponibles para que yo
deposite en ellas mi confianza. Y en esa confianza están siempre disponibles
para convertirse en un canal para el suministro del Espíritu. Sin embargo,
antes de hablar acerca de cómo yo abrazo estas promesas para predicar,
veamos la tercera práctica.

Cómo practicar la “C ”—Confiar: el tercer hábito


La tercera práctica consiste en escudriñar a fondo la Escritura para encon-
trar una promesa especial de Dios. Lo hago temprano en la mañana del
domingo durante mi tiempo de oración y meditación a solas. En otras
palabras, durante mi lectura de la Biblia para ese dia o cuando amplío mi
lectura, busco constantemente una promesa especifica y a la medida que
Dios quiera aplicar de manera personal y particular a mi vida y que corres-
ponda a esa mañana.
Por ejemplo, supongamos que mi esposa y yo hemos tenido un conflicto
118 ¿“Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... .3

serio en los últimos días. Yo me siento culpable y desanimado. He dado


pasos para restaurar la situación, pero me siento derrotado en mi actitud
pecaminosa. Esto se convierte en un gran obstáculo para predicar con liber-
tad y gozo. ¿Cómo voy a poder predicar? ¿Cómo recibiré la ayuda del Señor
cuando me siento tan fracasado?
Cuando clamo a Dios para pedir su ayuda, Él me guía al Salmo 25,
donde leo:

Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino.


Encaminara' a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su
carrera (vv. 8-9).

El Señor toma estas palabras (¡lo ha hecho tantas veces!) y me las predica a
mí. Él me recuerda que me guiará conforme yo predico, aunque soy pecador,
porque “Él encamina a los humildes por el juicio”. Ahí está. Precisamente
en la Escritura. Esta es una promesa concreta y específica, a la medida de
mi situación. Esta especificidad de la Palabra de Dios ha demostrado para
mí ser más poderosa que las generalidades acerca de la gracia que tengo en
mi cabeza (¡por gloriosas que seanl). Tal vez se trate de una debilidad mía.
Tal vez no debería ser así. Pero me parece que la razón por la cual Dios ha
dado tantas promesas concretas y específicas en la Biblia acerca de tantas
situaciones es precisamente para que nos aferremos a ellas y tengamos una
palabra específica en la cual confiar.
En efecto, hay muchas promesas a la medida del predicador. Si estoy
ansioso respecto a la incapacidad de predicar con claridad o poder, Dios
puede darme esta promesa:

No os preocupe’is por cómo o qué hablare’is; porque en aquella bora os


sera” dado lo que habéis de hablar (Mt. 10:19).

Si estoy desanimado porque tengo la impresión de que mi predicación


tiene muy poco resultado, puede que Dios me diga:

Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá,


sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que
siembra, y pan al que come, así sera” mi palabra que sale de mi boca; no
volverá a mi vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en
aquello para que la envié (Is. 55 :10-11).
La exaltación exposz'tíva por la fe 119

Si me asedian pensamientos que insinu’an que lo que tengo para decir es


irrelevante y que tal vez las personas lo pasen por alto, Dios puede darme
esta promesa:

Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón;


El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos...
Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado;
Y dulces más que miel, y que la que destila del panal (Sal. 19:8, 10).

Si me encuentro en un ambiente hostil y temo por mi vida cuando pre-


dico acerca de Dios, puede que El me diga:

No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno


pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pue-
blo en esta ciudad (Hch. 18:9-10).

Si estoy enfermo, mi nariz gotea y tengo la garganta irritada que casi me


dan ganas de toser, puede que Él me prometa:

Ba’state mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Co.


12:9).

Si cometo el error de leer mi correo electrónico justo antes de ir a la


iglesia y leí una crítica mordaz por haber expresado una convicción que
tenía, el Señor puede darme lo siguiente:

Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os


aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo,
por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque
he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus
padres con los profetas (Lc. 6222-23).

El instante previo a la predicación


Así que estoy sentado en la primera fila, después de reconocer (R) que
seré completamente ineficaz sin la ayuda del Espíritu, de haber orado (O)
por la clase de ayuda que necesito especialmente, y de haberme aferrado
a una promesa para confiar (C). Ahora Viene la prueba de fuego. En este
momento de predicación como tal, ¿confiaré en las promesas de Dios? Pablo
120 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... 9.

no prometió el suministro del Espíritu refiriéndose a R-Reconocer la nece-


sidad o a O-Orar para pedir ayuda. Él lo prometió refiriéndose a C-Confiar
en la promesa comprada por la sangre. (La razón por la cual insisto en
“comprada por la sangre”, a partir de Romanos 8:32, es que reconoce la
obra de Cristo, no la mía, como el fundamento de mi confianza).
Tomo la promesa que he escogido y allí mismo, en primera fila, segundos
antes de predicar, repito la promesa para mi propia alma. Le digo al Señor:
“Confío en ti”. A veces digo: “Creo, ¡ayuda mi incredulidad!” (Mr. 9:24).
Me abstengo de pensar en mí mismo; la introspección en ese momento es
una práctica inútil, ya que siempre es posible dudar de la idoneidad de lo
que uno ve en su propia alma. Me enfoco en la promesa y me la repito de
nuevo varias veces conforme me dirijo al púlpito.
Digo la promesa para mí mismo como si Dios me la estuviera diciendo.
Intento escuchar su voz como si la estuviera pronunciando para mí. Siento
un afecto especial por la Palabra de Dios que Él mismo me dirige de manera
personal en esos momentos. Coincido con Spurgeon en exultar ante la
expresión personal de lo que Dios nos promete. En su sermón de Génesis
9:16, “El arcoiris”, Spurgeon dijo:

Queridos amigos, el corazón se regocij a al pensar en las poderosas decla-


raciones mediante las cuales Dios promete y se compromete a hacer lo
que ha dicho, aquellos pilares inamovibles que ni la muerte ni el infierno
pueden estremecer, las expresiones divinas en las que Él promete y se
compromete.2

Después hago mi proclamación con las palabras que Dios ha pronun-


e ayudaré”, “te fortalecerá”, “te sostendrá”, “te
“T
ciado en la Escritura:
daré lo que necesitas decir”, “te protegeré del Malo”, “haré eficaces tus
palabras”, “te amo”, “yo te he llamado”, “eres mío”, “te he ayudado cientos
de veces, ¿no es aSÍP”, “.‘Ahora, ve! Sé fuerte. Esfuérzate. Yo estoy con-
tigo. Yo obro a través de tu boca”. Para ser exactos, yo me repito a mí
mismo estas palabras, o unas parecidas, cuando me aproximo al púlpito.
No conozco otra manera de experimentar el regocijo de decir junto con el
apóstol Pablo: “El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por
mí fuese cumplida la predicación” (2 Ti. 4:17).

2. C. H. Spurgeon, “The Rainbow”, en The Metropolitan Tabernacle Pulpit Sermons, vol. 9


(Londres: Passmore 8€ Alabaster, 1863), p. 364.
La exaltación exposítiva por la fe 121

Llega el momento de la predicación como acción


A—-Actuar. Esta es la gran paradoja: actuar. Pablo dice: “ocupaos en vues-
tra salvación... porque Dios es el que en vosotros produce así el querer
como el hacer” (Fil. 2:12-13). Usted hace porque Dios produce la obra.
Él opera el milagro del discurso sustentado por el Espíritu. Usted actu'a el
milagro.3 Jonathan Edwards capta la paradoja de la siguiente manera:

En esto no nos limitamos a ser pasivos y Dios tampoco hace una parte
y nosotros hacemos el resto, sino que Dios hace todo y nosotros hace-
mos todo. Dios produce todo y nosotros actuamos todo. Porque eso
es lo que Él produce, nuestros propios actos. Dios es el único autor
propiamente dicho, y la fuente; nosotros somos nada más los actores.
Somos en diferentes sentidos completamente pasivos y completamente
activos.4

Si bien yo confío en la promesa de que Dios va a ser el poder decisivo en


esta predicación, yo uso mi mente para discernir el momento, uso mi volun-
tad para decidir dirigirme al púlpito, uso mis músculos y mis piernas para
llegar allí y uso mi mente, mi voluntad y mi garganta para decir: “Oremos”.
Estoy ejecutando una acción. Y por la fe en las promesas de Dios, creo que
estoy sirviendo “conforme al poder que Dios da” (1 P. 4:11).
En raras ocasiones, mientras predico, mi mente rememora la promesa
que escogí para subir al púlpito. Me concentro tanto en el texto y en la
exposición del mismo cuando predico, que rara vez experimento la liber-
tad de desviarme a considerar otro pasaje. Pero sí ocurre a veces, en un
momento de confusión cuando he perdido mis soportes y estoy tratando
de ubicarme. La promesa vuelve a aparecer en mi mente, por una fracción
de segundo y me infunde aliento. Sin embargo, acostumbro por lo general
enfocar mi atención en la tarea que tengo por delante, descansando en la
realidad de la promesa, si no en la consciencia de ella. Eso también es un
misterio, descansar en una realidad que no está en mi consciencia inme-
diata.

3. Hemos dedicado una conferencia entera y un pequeño libro a esta paradoja: John Piper
y David Mathis, eds., Acting the Miracle: God’s Work and Ours in the Mystery of Sanctification
(Wheaton, IL: Crossway, 2013).
4. Jonathan Edwards, Writings on the Trinity, Grace, and Faith, ed. Sang Hyun Lee y Harry
S. Stout, vol. 21, The Works ofjonathan Edwards (New Haven, CT: Yale University Press, 2003),
p. 251; cursivas añadidas.
122 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... .9

Aunque rara vez vuelvo de manera consciente a la promesa inicial mien-


tras predico, es bastante común que mi mente experimente la libertad de
susurrar oraciones a Dios durante mi predicación. Estas suelen ser muy
breves, peticiones de ayuda de uno o dos segundos, en términos generales
o cuando olvido algo específico, o porque veo a una persona en la congre-
gación que pareciera necesitar un toque de Dios. Creo que esas oraciones
simplemente brotan de la fe que me sostiene en ese momento.

Por la fe sabemos que Dios está obrando


Ga'latas 3:5 me asegura que por medio de mi fe obra el Espíritu Santo. Esto
es tan importante que vale la pena volver a citarlo: “Aquel, pues, que os
suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las
obras de la ley, o por el oír con feP”. Este es el milagro de la predicación.
Allí es donde ocurre la realidad sobrenatural. Puede que usted sienta algo
inusual en la “unción sagrada”, o puede que no. No se le ha prometido
que sentirá escalofríos, sino solo que el Espíritu sera’ suministrado y hara’
sus maravillas. A veces puede ver evidencias inmediatas de su obra en las
personas. Por regla general, es mejor no dar por sentado que lo visible es
algo espiritual. Hay muchas respuestas no espirituales a la predicación
ungida que parecen importantes, pero no lo son. Y hay milagros que son
imposibles de ver. Es mejor confiar en que Dios hace la obra y luego estar
disponible al final en caso de que alguien quiera acercarse para hablar u
orar.

Cuando el mensaje termina


D—Dar gracias. Por último, el mensaje termina y yo desciendo del pu'lpito.
Cantamos. Yo doy la bendición. Y me quedo de pie a disposición de las
personas que deseen hablar u orar. Durante la canción de cierre, mi corazón
dice “gracias”. Esa es la última D. Y mientras hablo con las personas, a veces
susurro “gracias”. Y cuando camino a casa, con frecuencia digo en voz alta
en el puente de la avenida 11, “gracias, gracias”.
Desconozco todo lo bueno que Dios hizo o hará por medio del mensaje.
Lo que sí sé es que estoy vivo. No arruine’ por completo el mensaje. Sentí
el favor de Dios y su libertad, a veces más, a veces menos. Descubrí cosas
nuevas en el texto, incluso mientras predicaba. Sentí con mayor intensidad
la dulzura de la verdad del pasaje cuando lo expuse que cuando lo estU'
die”. Escuche varias expresiones sinceras de personas que recibieron ayuda-
La exaltación expositz'va por la fe 123

Siento, aun mientras escribo esto, el privilegio inconmensurable de ser un


embajador del Rey del universo. Así que vuelvo a decir “gracias”.

Predicar por el Espíritu con el fin de adorar en el Espíritu


Así pues, tengo que buscar predicar por medio del Espíritu a fin de alen-
tar a mi congregación a adorar, ahora y para siempre, en el Espíritu. No
me interesa entretener a mi congregación ni limitarme a convencerla sobre
verdades doctrinales. El diablo es más experimentado que yo en entreteni-
miento y doctrina. Y a él de nada le aprovecha. Tampoco hace con ello nada
provechoso en las personas. Yo no quiero consagrar mi Vida a hacer lo que
el diablo hace, lo cual además logra hacer mucho mejor que yo.
Lo que el diablo no puede hacer es ver la gloria de Cristo como suma-
mente hermosa y supremamente valiosa. Él no puede deleitarse en esta
belleza que está por encima de todas las cosas y no puede Vivir para darla
a conocer. Sin embargo, esa es la razón de ser del universo, de la iglesia, de
la adoración corporativa y de la predicación. Este propósito de adorar y
predicar sería imposible sin la obra sobrenatural del Espíritu. Por lo tanto,
Dios ha determinado que, en la adoración corporativa, la actividad humana
de la predicación se haga en el poder del Espíritu Santo. Como tal, la pre-
dicación se convierte en adoración y despierta la adoración. Por medio del
Espíritu, la predicación ve y comunica la gloriosa verdad de la Escritura. Y
por el Espíritu, la predicación se deleita y celebra la glorias de esas verda-
des. Aquellos que oyen y son asistidos mediante estas experiencias de ver y
saborear, hacen lo mismo. De este modo, la predicación como exultación
expositiva fomenta la adoración adorando en el Espíritu.

Vive el milagro
Nuestro enfoque en la Parte 2 ha sido la dimensión sobrenatural de la
predicación y lo que sucede en la congregación. La predicación del pastor
y la adoración del pueblo de Dios son un milagro. He tratado de hacer un
recorrido por la enseñanza bíblica acerca de cómo la predicación se lleva
a cabo “en el Espíritu”. Y he usado mi propia experiencia de R.O.C.A.D.
para ilustrar la manera como creo que se pone en práctica esta enseñanza
bíblica.
Ahora pasamos de un enfoque en lo sobrenatural a uno sobre lo natu-
ral. El predicador usa el lenguaje humano. Usa la lógica. Esclarece la
historia, la teología y los caminos de obediencia. Sus objetivos siempre son
124 ¿Cómo se convierte la predicación, sobrenaturalmente, en un medio... 9.

sobrenaturales. Su propósito es ayudar a las personas a ver con los ojos del
corazón, a deleitarse con sus sentidos espirituales, y a demostrar mediante
la acción inspirada por el Espíritu el valor y la belleza de Dios. Todo esto
es imposible aparte de la obra sobrenatural del Espíritu. Entonces, ¿debe el
predicador poner a funcionar todos sus poderes naturales para el logro de
este milagro? De eso se trata la Parte 4.

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