Un joven en crisis y su plan audaz
Un joven en crisis y su plan audaz
gran casa de cinco pisos, un joven, que, lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente
de K***. Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona que habitaba en el piso
cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando
salía el joven, había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que esto ocurría
experimentaba aquél una molesta sensación de temor que, humillándole, le hacía fruncir el
entrecejo. Tenía una deuda no pequeña con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla. No
quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada de eso; pero la verdad era que,
desde hacía algún tiempo, se hallaba en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la
hipocondría. A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no solamente de su
patrona, sino de toda relación con sus semejantes. La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó
de ser sensible a sus efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y, en
el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera tomar en contra suya. Pero el
verse detenido por ella en la escalera, el oír las tonterías que pudiera dirigirle, el sufrir
reclamaciones, amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y mentiras, eran
para él cosas insoportables. No; era preferible no ser visto de nadie, y deslizarse como un felino
por la escalera. Esta vez él mismo se asombró, cuando estuvo en la calle, del temor de encontrar a
su acreedora. «¿Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan
atrevido?—se decía, riendo de un modo extraño—. Sí... el hombre lo tiene todo entre las manos y
lo deja que se le escape en sus propias narices tan sólo a causa de su holgazanería... Es un
axioma... Me gustaría 5 saber qué es lo que le da más miedo a la gente... Creo que temen, sobre
todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero hablo demasiado... Tal vez por el hábito
adquirido de monologar con exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razón podría
decir que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo hace que he
tomado la costumbre de monologar acurrucado durante días enteros en un rincón, con el espíritu
ocupado con mil quimeras. Veamos: ¿por qué me doy esta carrera? ¿Soy capaz de eso? ¿Es serio
eso? No, de ningún modo; patrañas que entretienen mi imaginación, puras fantasías.» Hacía en la
calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal, de los ladrillos, de los andamios y esta
fetidez especial, tan conocida de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una
casa de campo durante el verano, todo contribuía a irritar cada vez más los nervios del joven. El
insoportable olor de las tabernas y figones, muy numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los
borrachos que a cada paso se encontraba, aunque aquel era día laborable, acabaron por dar al
cuadro un repugnante colorido. Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonomía de
nuestro héroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no carecía de ventajas
físicas; era alto, enjuto y bien formado; tenía el cabello castaño y hermosos ojos de color azul
obscuro. Poco después cayó en profunda abstracción o más bien en una especie de sopor
intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso y sin querer reparar en ellos.
De vez en cuando murmuraba algunas palabras; porque, como él reconocía poco antes, tenía por
costumbre el monologar. En aquel momento echó de ver que se embrollaban sus ideas, y que
estaba muy débil: puede decirse que había pasado dos días sin comer. Iba tan miserablemente
vestido, que otro que no hubiera sido él habría tenido escrúpulos para salir en pleno día con
semejantes andrajos. A decir verdad, en aquel barrio se podía ir de cualquier modo. En los
alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San Petersburgo habitadas en su
mayoría por obreros, a nadie asombra la más rara indumentaria. Pero tan arrogante desdén existía
en el alma del joven, que, a pesar de su vergüenza, algunas veces cándida, no le daba ninguna de
ostentar en la calle sus harapos. Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o
antiguos camaradas, de cuyo encuentro huía siempre... Sin embargo, se detuvo de 6 pronto al
notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona, que atraía la atención de los
paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero alemán». El que acababa de lanzar esta exclamación era un
borracho a quien conducían, no sabemos dónde ni por qué, en una gran carreta. Con un
movimiento convulsivo, el aludido se quitó el sombrero y se puso a examinarlo. Era el tal
sombrero de copa alta, comprado en casa de Zimmerman, pero ya muy estropeado, raído,
agujereado, cubierto de abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar de
todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de aquella especie de gorro
experimentó más inquietud que humillación. —¡Ya me lo figuraba yo!—murmuró en su
turbación—; ¡lo había presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la mía, una tontería
insignificante puede echar a perder el negocio. Sí; este sombrero produce demasiado efecto, y el
efecto nace precisamente de que es ridículo. Para llevar estos harapos es indispensable usar gorra.
Mejor que este mamarracho será una boina vieja. No hay quien lleve semejantes sombreros; de
seguro que éste llama la atención a una versta de distancia. Después lo recordarían y podría ser un
indicio; lo importante es no llamar la atención de nadie... Las cosas pequeñas tienen siempre
importancia; por ellas suele ser por las que uno se pierde. No tenía que ir muy lejos; sabía la
distancia exacta que separaba su casa del sitio adonde se dirigía; setecientos pasos justos. Los
había contado cuando su proyecto no era más que un vago sueño. En aquella época no creía que
llegase el día en que se trocara lo imaginado en acción; se limitaba a acariciar en su mente una
idea espantosa y seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, comenzaba a
considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios se reprochase su falta de
energía y su irresolución, habíase ido, sin embargo, habituando poco a poco e involuntariamente,
en cierto modo, a mirar como posible la realización de su sueño, no obstante continuar dudando
de sí mismo. En aquel momento iba a hacer el ensayo general de su empresa, y a cada paso
aumentaba su agitación. Con el corazón desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor, se
aproximó a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del otro a la calle... Este edificio,
dividido en multitud de cuartitos de alquiler, tenía por inquilinos industriales de todas las clases,
sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categorías, mujeres públicas y humildes 7
empleados, etc. Un continuo hormiguero entraba y salía por las dos puertas. Tres o cuatro
dvorniks prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción suya, el joven no encontró a
nadie. Después de haber pasado el umbral sin ser notado, tomó por la escalera de la derecha.
Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le desagradaba, pues así no eran
de temer las miradas curiosas. «Si ahora tiemblo, ¿qué será cuando venga en serio?», no pudo
menos de pensar cuando llegaba al cuarto piso. Allí le cerraron el paso antiguos soldados
convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de los cuartos, ocupado, el joven
lo sabía, por un funcionario alemán y su familia. —Gracias a la marcha del alemán, no habrá
durante algún tiempo en ese rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo que
pueda suceder. Así pensó, y tiró del llamador de la casa de la vieja. Débilmente sonó la campanilla,
como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en esas casas las campanillas de todos los pisos.
Sin duda había olvidado este detalle; aquel sonido particular debió de traerle repentinamente a la
memoria algún recuerdo, porque el joven se estremeció y se alteraron sus nervios. Al cabo de un
instante se entreabrió la puerta, y, por la estrecha abertura, la dueña de la casa examinó al recién
venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus ojillos como dos puntos luminosos en la
obscuridad, pero al advertir que había gente en el descansillo se tranquilizó y abrió por completo
la puerta. El joven entró en un sombrío recibimiento, dividido en dos por un tabique, tras del cual
estaba la cocina. En pie delante del joven, la vieja callaba interrogándole con la vista. Era una
mujer de sesenta años, pequeñuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada maliciosa. Tenía la
cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a encanecer, relucían untados de aceite.
Llevaba puesto al cuello, que era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela,
y, a pesar del calor, habíase echado sobre los hombros un abrigo apolillado y amarillento. La vieja
tosía a menudo. Debió de mirarla el joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana
recobraron bruscamente su expresión de desconfianza. —Raskolnikoff, estudiante. Estuve aquí, en
esta casa, hace un mes—se 8 apresuró a decir el joven, medio inclinándose, porque había pensado
que lo mejor era mostrarse afable. —Sí, lo recuerdo, lo recuerdo—respondió la vieja, que no
cesaba de mirarle con recelo. —Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo género—
continuó Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la desconfianza que inspiraba. «Quizá
esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo eché de ver»—pensó el joven
desagradablemente impresionado. La vieja permaneció algún tiempo silenciosa como si
reflexionase. Luego señaló la puerta de la sala a su visitante, y le dijo haciéndose a un lado para
dejarle pasar delante de ella. —Entre usted. La salita en la cual fué introducido el joven, tenía
tapizadas las paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina, había tiestos de
geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello viva claridad. «¡Sin embargo, entonces brillaba el
sol de la misma manera!»—dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigió rápidamente una mirada en
torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y grabarlos en la memoria. En la habitación no
había nada de particular. Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sofá con gran
respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sofá, un lavabo y un espejo entre las
dos ventanas, sillas a lo largo de las paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban
señoritas alemanas con pájaros en las manos; a esto se reducía el mobiliario. En un rincón, delante
de una pequeña imagen, ardía una lámpara; tanto los muebles como el suelo relucían de puro
limpios. «Es Isabel la que arregla todo esto»—pensó el joven. En toda la habitación no se veía un
grano de polvo. «Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para ver tanta
limpieza»—continuó monologando Raskolnikoff, y miró con curiosidad la cortina de indiana que
ocultaba la puerta correspondiente a otra salita; en 9 esta última, en la que jamás había entrado,
estaban la cama y la cómoda de la vieja. —¿Qué quiere usted?—preguntó secamente la dueña de
la casa, que, habiendo seguido a su visitante, se colocó frente a él para examinarle de cerca. —He
venido a empeñar una cosa. Véala usted. Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que
tenía grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero. —Aun no me ha devuelto usted la
cantidad que le tengo prestada; anteayer cumplió el plazo. —Le pagaré aún el interés del otro
mes; tenga un poco de paciencia. —Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el
objeto empeñado, si se me antoja... —¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna? —Lo que trae
aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di a usted dos billetes pequeños por un anillo
que se puede comprar nuevo en la joyería por rublo y medio. —Déme usted cuatro rublos y lo
desempeñaré. Perteneció a mi padre. Pronto recibiré dinero. —Rublo y medio, y he de cobrar el
interés por adelantado. —¡Rublo y medio!—exclamó el joven. —Acepta usted, ¿sí o no? Y dicho
esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó
que la prestamista era su último recurso; además, había ido allí para otra cosa. —¡Venga el
dinero!—dijo con tono brutal. La vieja buscó las llaves en el bolsillo y entró en la habitación
contigua. Cuando el joven se quedó solo en la sala, se puso a escuchar, 10 entregándose a diversos
cálculos. A poco oyó cómo la usurera abría la cómoda. «Debe ser el cajón de arriba—supuso
Raskolnikoff—; ahora sé que lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que están todas reunidas en
una anilla de acero... Una de ellas es tres veces más gruesa que las otras, y tiene las guardas
dentadas; esa llave no es de la cómoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o
alguna arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son generalmente de esa
forma... ¡Pero qué innoble es todo esto!...» Volvió a entrar la vieja. —Mire usted: como cobro una
grivna al mes por cada rublo, y empeña usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y
queda satisfecho el interés por adelantado. Además, como usted me suplica que espere otro mes
para devolverme los dos rublos que le tengo prestados, me debe usted por este concepto 20
kopeks, que, unidos a los 15 que le desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un
rublo y 15 kopeks. Aquí están. —¡Cómo! ¿De modo que no me da usted ahora más que un rublo y
15 kopeks? —Nada más tengo que darle a usted. Tomó el joven el dinero sin discutir. Miraba a la
vieja sin darse prisa a marcharse. Parecía tener intención de hacer algo; pero no sabía con
precisión lo que deseaba... —Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una
cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un amigo a quien se la he prestado.
Dijo estas palabras con manifiesto embarazo. —Pues bien, entonces hablaremos. —Adiós... ¿Sigue
usted viviendo sola, sin que su hermana le haga compañía?—preguntó con el tono más indiferente
que le fué posible en el momento en que entraba en la antesala. 11 —¿Y qué le importa a usted mi
hermana? —Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adiós, Alena Ivanovna.
Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas veces como rendido por sus
emociones. «¡Dios mío, cómo subleva el corazón todo esto!—exclamó cuando llegó a la calle—.
¡Es posible, es posible que yo...! No, es una tontería, un absurdo—añadió resueltamente—. ¿Y ha
podido ocurrírseme tan espantosa idea? ¿He de ser yo capaz de tal infamia? ¡Esto es odioso,
innoble, repugnante!... ¿Y por espacio de un mes entero yo...?» Para expresar la agitación que
sentía, eran impotentes las exclamaciones y palabras. La sensación de inmenso disgusto que
comenzó a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja, alcanzaba ahora
intensidad tan grande que el joven no sabía cómo substraerse a semejante suplicio... Caminaba
por la acera como un borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezándose con ellos. En la calle
siguiente volvió a recobrar ánimos y, mirando en torno suyo, advirtió que estaba cerca de una
taberna; una escalera situada al nivel de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento.
Raskolnikoff vió salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en el otro,
injuriándose recíprocamente. Vaciló el joven un instante, y después bajó la escalera. Nunca había
entrado en una taberna; pero en aquel momento sentía vahídos, le atormentaba ardiente sed.
Tenía ganas de beber cerveza fresca, y atribuía su debilidad a lo vacío del estómago. Después de
sentarse en un rincón, sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, pidió cerveza y bebió el primer
vaso con avidez. Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron sus ideas. «Todo esto es
absurdo—se dijo ya confortado—. No había motivo para turbarse. ¡Es sencillamente efecto de un
mal físico; con un vaso de cerveza y un bizcocho habría recobrado la fuerza de mi inteligencia, la
precisión de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué insignificante es todo ello!» 12 A
pesar de tan desdeñosa conclusión, estaba contento, como si se viese libre de un peso enorme, y
dirigía miradas amistosas a las personas presentes. Pero al mismo tiempo sospechó que fuese
ficticio aquel retorno a la energía. Quedaba muy poca gente en la taberna; después de los dos
borrachos, salió una banda de cinco músicos, y el establecimiento quedó silencioso; no había en él
más que tres personas: un individuo algo ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase
media, estaba sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de él, tendido en el banco,
dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con un largo levitón, y en completo
estado de embriaguez. De cuando en cuando parecía despertarse bruscamente; se ponía a hacer
sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rápidamente el busto, sin levantarse del banco
sobre el cual estaba echado. Tales gestos y ademanes servían de acompañamiento a una canción
necia, de la que el hombre se esforzaba para recordar los versos: Durante un año entero yo he
acariciado. Du-ran-te un a-ño en-te-ro yo he a-ca-ri-cia-do a mi mujer. O esta otra: En la
Podiatcheshaïa. He encontrado a mi vieja... Nadie hacía caso de la alegría de aquel melómano. Su
mismo compañero escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de disgusto. El
tercer consumidor parecía un antiguo funcionario. Sentado aparte se llevaba de vez en cuando el
vaso a los labios, mirando en derredor suyo; parecía que también él era presa de cierta agitación.
13 14 II Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos dicho, desde hacía
algún tiempo evitaba las compañías de sus semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los
hombres. Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución y que el
instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado durante un mes completo a los sueños
morbosos que la soledad engendra, tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que
deseaba encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano. Así, pues,
por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de las mesas con verdadero placer. El
dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y entraba frecuentemente en la
sala. Desde el umbral, sus hermosas botas de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las
miradas; llevaba un paddiovka y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa y no
tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador se hallaba un mozo de catorce
años, y otro más joven servía a los parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas,
trozos de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba olor a rancio. El
calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan cargada de vapores alcohólicos, que parecía
imposible pasar en aquella sala cinco minutos sin emborracharse. Ocurre a veces que nos
encontramos con desconocidos que nos interesan por completo a primera vista, antes de cruzar
una palabra con ellos. Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía el
aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta primera impresión, el joven la
atribuyó a un presentimiento. No quitaba los ojos del desconocido, sin duda porque este último no
dejaba tampoco de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A los demás
consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire impertinente y altanero; eran,
evidentemente, personas que estaban por debajo de él en condición social y en educación para
que se dignase dirigirles la palabra. 15 Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años,
era de mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte calva, no conservaba
más que algunos cabellos grises. El rostro largo, amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de
incontinencia; bajo los gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que más
impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la inteligencia y del entusiasmo se
alternaba con no sé qué expresión de locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo
desgarrado, y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente con el único
botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de nanquin, dejaba ver la pechera de la camisa rota y
llena de manchas. La ausencia de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse
afeitado en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un pelo muy espeso.
Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática; pero, en aquel momento, parecía
conmovido. Se revolvía los cabellos, y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa
pringosa, sin temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las dos manos.
Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a Raskolnikoff. —¿Será una indiscreción
por mi parte, señor, hablar con usted? Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje,
mi experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un asiduo parroquiano de
taberna. Siempre he dado mucha importancia a la educación, unida, por supuesto, a las cualidades
del corazón. Pertenezco al Tchin. Permítame usted que me presente: Simón Ivanovitch
Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si ha pertenecido usted a la
administración? —No, yo soy estudiante—respondió el joven sorprendido de aquel cortés
lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía la palabra a quema ropa.
Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel momento que se le
despertara el mal humor que solía experimentar cuando un extraño trataba de ponerse en
relaciones con él. —¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?—repuso vivamente el
funcionario—; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo olfato, señor, un olfato muy fino,
gracias a mi larga experiencia! Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que
tenía 16 de su capacidad cerebral. —Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus
estudios? Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de estar ebrio,
hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre
una presa, se hubiera podido suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado
los labios ni para decir esta boca es mía. —Señor—declaró con cierta solemnidad—, la pobreza no
es un vicio, seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud. Pero la
indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En la pobreza conserva uno el orgullo
nativo de sus sentimientos; en la indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a
palos de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y hacen bien, porque el
indigente está dispuesto a envilecerse y esto es lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que
Lebeziatnikoff pegó a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto más
sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta, ¡oh! por simple
curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en los barcos de heno? —No, jamás—
contestó Raskolnikoff—; ¿por qué me lo pregunta usted? —Pues bien, para mí será hoy la quinta
vez que dormiré allí. Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje y en sus
cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las apariencias, lo menos hacía cinco días
que no se había desnudado ni lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto,
estaban también extremadamente sucias. La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con
bastante despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero había bajado
también, sin duda para oír a aquel hombre original. Sentado a cierta distancia bostezaba con aire
importante. Evidentemente Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según
todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar en la taberna con todos los
parroquianos que se ponían a su alcance. Tal costumbre se convierte en una necesidad para
ciertos borrachos, 17 principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas poco
tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de orgía la consideración que no
encuentran en sus hogares. —¡Por vida de...!—dijo en voz fuerte el tabernero—. ¿Por qué no
trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado? —¿Por qué no trabajo, señor?—
siguió diciendo Marmeladoff, encarándose exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le
hubiera dirigido la pregunta—. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me
disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con sus propias manos,
mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame
usted, joven; ¿le ha ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin esperanza?
—Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza? —Quiero decir, sabiendo
perfectamente de antemano que no le darán a usted nada. Por ejemplo, usted tiene la
certidumbre de que tal hombre, tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek;
porque, dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no ha de
devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de las nuevas ideas y aseguraba el otro
día que la compasión, en nuestra época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina
reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo, repito, ese hombre habrá de
prestarle a usted dinero? Está usted seguro de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige
usted a... —¿Para qué ir en ese caso?—interrumpió Raskolnikoff. —Pues porque es preciso ir a
alguna parte; porque no hay otra salida y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o
mala gana, a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir en la policía tuve que ir
también con ella (porque mi hija tiene cartilla)—añadió entre paréntesis, mirando al joven con
expresión de inquietud—. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado—se apresuró a decir
con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del mostrador, y hasta el mismo tabernero
sonreían—. ¡Poco me importa! No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas
son conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es con desprecio sino
con resignación, 18 como yo acepto mi suerte. ¡Sea! ¡Ecce Homo! Permítame, joven, que le
pregunte si puede usted, o, mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar que
no soy un cerdo. El joven no respondió. El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas
provocadas por sus últimas palabras. Después añadió: —Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es
una señora. ¡Llevo impreso el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona
bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un bufón empedernido; pero mi mujer
tiene un gran corazón, sentimientos elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese
piedad de mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar piedad en
alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza de alma, es injusta... Pues bien, con
tal de que yo llegue a comprender que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés
hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos, joven)—insistió, creciendo en
dignidad al oír nuevas carcajadas—. Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez...
pero no, no; dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido lo que deseaba; ni
una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero tal es mi carácter; soy un verdadero bruto... —
Lo creo—dijo bostezando el tabernero. Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa. —Tal es mi
carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor, que me he bebido hasta sus medias? No
digo sus zapatos, porque esto se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus
medias, las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta de pelo de
cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía antes de casarse conmigo y que era de
su propiedad y no de la mía. Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado
un catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina Ivanovna trabaja de la
noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa, porque desde muy joven está acostumbrada a la
limpieza. Por desgracia, tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me preocupa.
¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento. Es para sentir y 19 sufrir más por lo
que me entrego a la bebida; ¡bebo porque quiero sufrir doblemente! E inclinó la cabeza sobre la
mesa con aire de desesperación. —Joven—continuó en seguida incorporándose—, me parece leer
en su semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido advertirlo, y por eso le he
dirigido inmediatamente la palabra. Si le cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la
burla de esos ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque busco la
simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que mi mujer ha sido educada en una
pensión aristocrática de provincia, y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del
gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba por haber obtenido una
medalla de oro y un diploma. La medalla... la hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En
cuanto al diploma, lo conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama de
nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta ostentar ante los ojos de
cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo en cara, porque su única alegría ahora es acordarse
de los hermosos días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un alma
ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan negro; pero no permite que se le
escatimen ciertas consideraciones. Así es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y
cuando, para vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima, mi mujer
tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su dignidad que el dolor de los golpes
recibidos. »Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había estado casada en
primeras nupcias con un oficial de infantería, con quien huyó de casa de sus padres; amaba
extremadamente a su marido; pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y
murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta que no era cariñosa con él, lo
que no le impide ahora llorar por el difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y
mi persona, comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo; más bien me
complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo. »Después de la muerte de su marido se
encontró sola con tres hijos pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su
miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con fuerzas para describirla. Todos
sus parientes la habían abandonado; por otra parte, su 20 orgullo le hubiera impedido siempre
implorar la piedad de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo también, y
que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí mi mano a aquella pobre mujer; tanta
pena me daba verla sufrir. »Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo, en
casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en que la pobre viviría. Acogió mi
proposición llorando, sollozando y retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde
ir. »¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras: «No tener ya adónde
ir»? ¡Usted no lo comprende todavía! »Durante un año entero cumplí mi deber honrada y
santamente, y sin probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía delante);
porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A poco perdía mi empleo y no por falta
mía; reformas administrativas determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué
cuando me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia Ludvigovna
Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué vivimos. Hay allí muchos inquilinos
además de nosotros; es una ratonera aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la
hija que yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra la ha hecho sufrir.
»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer irascible e incapaz de
contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí, ¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted
comprender, Sonia no ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle
Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte en estas materias, y como
además no tenía a mi disposición un buen manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos
detuvimos en Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó algunas novelas.
Lebeziatnikoff le prestó hace poco la Fisiología de Ludwig. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha
encontrado muy interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se limita toda su
cultura. »Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una joven pobre, pero
honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una habilidad especial, ganará 15 kopeks al
día, y para llegar a esa cifra tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia
hizo media 21 docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado Ivan Ivanovitch
Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no sólo está esperando aún que se le paguen,
sino que la pusieron a la puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien la
medida del cuello. »En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se pasea por la
habitación retorciéndose las manos, mientras en sus mejillas aparecen las manchas rojizas, propias
de su enfermedad. «Holgazana—decía a mi hija—, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer nada?
Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que la pobre muchacha podría
beber y comer cuando en tres días los niños no habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo
estaba en aquel momento acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi
Sonia respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una carita siempre pálida
y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué me dice usted esas cosas?» »Tengo que añadir
que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala mujer muy conocida de la policía, le había hecho
insinuaciones en nombre del propietario de la casa. «Vaya—dijo irónicamente Catalina Ivanovna—
, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no la acuse usted. No tenía conciencia de
lo que decía; estaba agitada, enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más
bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al vicio... Catalina Ivanovna es así;
cuando oye llorar a sus hijos les pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco
y oí que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto. »A las ocho volvió. Al llegar, se fué
derecha a Catalina Ivanovna, y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de
plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde (un pañuelo que sirve
para toda la familia), se envolvió la cabeza y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared;
un continuo temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo estado... En
aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también silenciosamente, se arrodillaba junto
al lecho de Sonia. »Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y rehusando
levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las
dos!... sí; y yo continuaba lo mismo, sumido en la 22 embriaguez. Se calló Marmeladoff, como si la
voz le hubiera faltado; luego llenó la copa, la vació y siguió, después de un corto silencio: —Desde
entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia desgraciada, y con motivo de cierta
denuncia de personas perversas (Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque
quería vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija Sonia Semenovna fué
inscrita en el registro de policía y se vió obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado
inflexible en este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había favorecido las
intrigas de Daría Frantzovna. »Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de
Sonia fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio estuvo muy solícito con
Sonetchka; pero de repente se sintió herido en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón—
dijo—ha de habitar en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó partido
por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad mi hija viene a menudo a vernos a la
caída de la tarde, y ayuda con lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre
cojo y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta su mujer tiene no sé
qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen en la misma sala; pero a Sonia le han cedido
una habitación, separada de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas muy
pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse mis harapos, elevé las manos al
cielo y me fuí a ver a Su Excelencia Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no
conoce a un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del altar del Señor. Mi
historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón
Ivanovitch—me dijo—, has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo mi
exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo: «Procura acordarte de lo pasado,
para no reincidir, y retírate.» Besé el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su
Excelencia no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy penetrado de las
ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes. ¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó
cuando anuncié en casa que tenía un destino! De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a
detenerse. En aquel 23 momento invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la
puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un chiquillo cantaba la Petite
Ferme. La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos se apresuraban a servir a
los recién llegados. Sin reparar en este incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario
era cada vez más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de su reciente
reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante. Raskolnikoff no perdía ni una sílaba
de sus palabras. —Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna y
Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me encontraba como transportado al
paraíso. Antes no hacía más que abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas
desde aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños, diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá
viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la oficina me daban café con crema, pero no crea, crema
verdadera, ¿eh? No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin de
arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a cabeza; tuve botas, chaleco de
magnífico hilo y uniforme, todo en muy buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando
entregué íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en la mejilla,
diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente, esto ocurrió cuando estábamos
solos. Dígame usted si no es encantador... Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero
súbito temblor agitó su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff no
sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía cinco días, durmiendo en los
barcos de pesca, y, a pesar de todo, sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba
con la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar. Estaba enojado
consigo mismo por haber entrado en la taberna. —¡Señor, señor!—dijo el funcionario
disculpándose—, quizá halle usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy
fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi existencia doméstica; mas
para mí no crea usted que son divertidos, porque le aseguro que siento todas estas cosas...
Durante aquel día maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar nuestra
vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer, de sacar del fango a mi 24 hija única.
¡Oh, cuántos planes formaba! Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente;
levantó la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco hace hoy, después de
haber acariciado todos estos sueños, robé, como un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé
del baúl todo lo que quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo.
Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en ella qué es de mí; he
perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una taberna y me han dado este traje en su lugar...
Todo, todo ha acabado... Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y
cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento cambió bruscamente la
expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con afectado cinismo y dijo riéndose: —¡He estado hoy
en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber! ¡Je, je, je! —¡Y te lo ha dado!—gritó,
riéndose, uno de los parroquianos que formaba parte del grupo recién llegado a la taberna. —Con
su dinero he pagado esta media botella—repuso Marmeladoff dirigiéndose exclusivamente a
nuestro joven—. Sonia fué a buscar treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto
con mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio, una mirada que no
pertenece a la tierra, una mirada como deben tener los ángeles que lloran sobre los pecados de
los hombres pero no los condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks, sí,
que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor? Ahora tiene ella que ir bien
arreglada. La elegancia y los afeites, indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá
usted; hay que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito el pie para
lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende usted la importancia de esta limpieza y
elegancia? Pues bien, yo, su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks para
bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha de tener compasión de un
hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted
piedad de mí? ¿Sí o no? ¡Je, je, je! Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media
botella estaba vacía. 25 —¿Por qué se ha de tener lástima de ti?—gritó el tabernero. Estallaron
risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las palabras del ex funcionario, formaban coro
con los otros, solamente al ver su catadura. Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa
que la interpelación del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó vivamente
y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con exaltación: —¡Por qué tener compasión de mí!
¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme,
ponerme en la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo, ten piedad de mí! Así
iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú,
tendero, que tu media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza y lágrimas
en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado. Pero Aquel que ha tenido piedad de
todos los hombres, Aquel que todo lo comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez,
El vendrá el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado por una madrastra
odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos? ¿Dónde está la joven que ha tenido piedad
terrestre y no ha vuelto con horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces:
«Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez... ahora, todos tus pecados te
son perdonados, porque has amado mucho...» Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo
he sentido en mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El y El perdonará a
todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos,
nos tocará la vez a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los borrachos,
acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos aproximaremos todos sin temor y El nos
dirá: «¡Sois unos cochinos! ¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!» Y
los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a éstos?» Y El responderá: «Yo los
recibo ¡oh sabios! porque ninguno de ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los
brazos y nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas... y
comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el mundo, y Catalina Ivanovna
también comprenderá... Señor, vénganos el tu reino. 26 Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco
sin mirar a nadie, como si desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de las
personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas de ultratumba. Sus palabras
produjeron cierta impresión; durante un momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a
estallar las risas, mezcladas con invectivas: —¡Muy bien hablado! —¡Gruñón! —¡Charlatán! —
¡Burócrata! —Vámonos, señor—dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza y
dirigiéndose a Raskolnikoff—; condúzcame usted al patio de la casa Kozel... Ya es tiempo de que
vuelva al lado de mi mujer. Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido o frecer el
apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun menos firmes que la voz; de
modo que iba casi colgado del brazo de su compañero. La distancia que tenían que recorrer era de
doscientos o trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio, parecía más
inquieto y preocupado. —No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora
miedo—balbuceaba conmovido—. Ya sé que empezará por tirarme de los cabellos; pero, ¿qué me
importa? Me alegro que me tire de ellos. No, no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus
ojos, sí, sus ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo además su
respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa enfermedad... cuando experimentan
una emoción violenta? Temo las lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de
comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes no les tengo miedo... sabe, en
efecto, que, lejos de hacerme sufrir, esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin
ello... Sí, es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale así; pero he ahí la
casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán, hombre rico... ¡Acompáñeme!... 27 Después de
haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto piso. Eran cerca de las once, y, aunque
propiamente hablando no había aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más
obscura encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa. La puertecilla ahumada
que daba al descansillo estaba abierta; un cabo de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez
pasos de largo. Esta pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor
desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada, extendida de manera
conveniente, ocultaba uno de los rincones, el más distante de la puerta; detrás de este biombo
improvisado, había, probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y un sofá
de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de pino, sin barnizar y sin tapete.
Encima de la mesa, en un candelero de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la
pieza. Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los otros cuartos
alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y se oía ruido de voces; sin duda, en aquel
momento jugaban a cartas y tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos,
sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas. Raskolnikoff reconoció en seguida a
Catalina Ivanovna. Era una mujer flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy
enfermizo. Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho Marmeladoff,
sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y
se paseaba de un lado a otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual; los
ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil. Iluminada por la luz moribunda del
cabo de vela, su rostro de tísica producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina
Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho más joven que su marido...
No advirtió la llegada de los dos hombres; parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.
Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera emanaciones infectas; sin
embargo, a Catalina Ivanovna no se le había ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del
interior, solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que hacía toser a la
enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa. La niña más pequeña, de seis años, dormía en el
suelo con la cabeza 28 apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela,
temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La mayor, una muchachilla
de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una camisa toda rota, y echado sobre los hombros
desnudos un viejo burnus señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente
no le llegaba más que hasta las rodillas. En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado
el brazo, largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le hablaba muy quedo,
sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos, obscuros, abiertos por el terror, parecían aún
mayores en aquella carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se arrodilló
en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer, al ver un desconocido, se detuvo
distraídamente ante él, tratando de explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese
hombre?»—se preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a casa de algún
otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era un sitio de paso. Así, pues,
desentendiéndose de aquel extraño, se preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de
repente lanzó un grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral. —¡Ah! ¿Al fin
vuelves?—dijo, con voz en que vibrara la cólera—. ¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas
en los bolsillos? ¿Qué traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla! Se
apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff apartó ambos brazos para
facilitar el registro de los bolsillos. No llevaba encima ni un solo kopek. —¿Dónde está el dinero?—
gritaba su esposa—. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había
en el cofre!... Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y lo arrastró
violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de Marmeladoff: el hombre siguió
dócilmente a su mujer arrastrándose de rodillas tras de ella. —¡Si me da gusto, si no es un dolor
para mí!—gritaba, dirigiéndose a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con
fuerza la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el suelo. 29 La niña, que
dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho, de pie en uno de los ángulos de la habitación,
no pudo soportar este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia su hermana;
el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor temblaba como la hoja en el árbol. —¡Se lo
ha bebido todo; se lo ha bebido todo!—vociferaba Catalina Ivanovna en el colmo de la
desesperación—. ¡Ni siquiera conserva el traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!—repetía
retorciéndose las manos y señalando a los niños—. ¡Oh vida tres veces maldita! ¿Y a usted cómo
no le da vergüenza de venir aquí al salir de la taberna?—añadió volviéndose bruscamente hacia
Raskolnikoff—. Has estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con él?...
¡Vete, vete!... El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir una palabra, en el
momento que la puerta interior se abría de par en par y aparecían en el umbral muchos curiosos
de mirada desvergonzada y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros
cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan ligeros de ropa que rayaba en la
indecencia; algunos no habían dejado los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a
Marmeladoff, arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto. Empezaban ya los
inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente se oyó una voz irritada; era Amalia
Ludvigovna en persona que, abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a
su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que dejar el cuarto al día
siguiente. Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes. Raskolnikoff
llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la taberna. Antes de salir tomó del
bolsillo un puñado de cobres y, sin ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero
antes de bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para que subiese de nuevo
a casa de Marmeladoff. —¡Valiente tontería he hecho!—pensaba—. Ellos cuentan con Sonia, pero
yo no cuento con nadie—. Reflexionó, sin embargo, que no podía recobrar su dinero y que aunque
pudiese, no lo haría. Después de esta reflexión prosiguió su camino—. Le hace falta pomada a
Sonia—continuó diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle—. La elegancia 30 cuesta
dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy. La caza del hombre es como la
caza de los animales silvestres; se corre el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que
mañana lo pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han encontrado en ella
buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto no les preocupaba nada; se han acostumbrado
ya a ello. Al principio lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y se
hace a todo! Raskolnikoff se quedó pensativo. —¡Pues bien; si he mentido—exclamó—, si el
hombre no es necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos los
prejuicios que le detienen!