Capítulo 7
La Cruz
A. A. ALLEN
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz cada día, y
sígame” (Lucas 9:23).
Hay muy poca ganancia en el negarse a sí mismo, a no ser que también tome- mos
nuestra cruz y sigamos a Jesús. Con la palabra cruz, me refiero a la carga de
dolor, sufrimiento, o sacrificio que podríamos, si quisiéramos, dejar a un lado,
pero lo cargamos voluntariamente por causa de otros.
Es aquello que, en lo natural, dejaríamos a un lado. Pero comprendiendo que no
existe otra manera de traer salvación, liberación, o sanidad a los perdidos,
enfermos, y deprimidos, voluntariamente soportamos nuestra cruz.
Puestos los ojos en Jesús, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz,
menospreciando el oprobio (Hebreos. 12:2).
Jesús no tenía que soportar la cruz, aun en la noche que fue capturado, él de-
claró que podía, hasta en la última hora, orar al padre y él le podría enviar doce
legiones de ángeles que le rescatasen de su destino (Mateo 26: 53,54). Pero él fue
a la cruz porque se había propuesto en su corazón cumplir las escrituras, y liberar
la raza de hombres perdidos y pecadores de la doble maldición de pe- cado y
enfermedad, llevando los azotes en su espalda, y siendo sacrificado, como un
cordero sin mancha y sin contaminación en la cruz.
Moisés participó de este espíritu, cuando rechazó el trono de Egipto para iden-
tificarse con sus hermanos, una raza de esclavos. Para que así pudiera, a través
del sufrimiento y el sacrificio, traerle liberación a todos ellos (hebreos 11: 24,
26). Pablo demostró la misma determinación cuando dejó su lugar en el sane- drín
para unirse a la despreciada y perseguida secta de los cristianos, para no ser
desobediente a la visión celestial, y que así pudiera traer libertad a los gen-
tiles.
Él estaba siguiendo a Jesús llevando su cruz, cuando declaró, “he aquí, ligado yo
en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que
el espíritu santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan
prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo
preciosa mi vida para mí mismo, para dar... testimonio del evangelio de la gra- cia
de Dios (Hechos. 20: 22-24).
Cuando Charles Finney dejó una prometedora carrera de derecho para entrar al
ministerio – un campo en el cual él no tenía ningún entrenamiento especial – él
tomó su cruz. Pero tomar la cruz no es suficiente. ¡Debe ser tomada a diario! debe
ser llevada voluntariamente y cargada con fidelidad, sin impacientarse.
Es muy fácil hacer una consagración -a llevar la cruz- durante un llamado inspi-
racional de consagración, pero muchos fallan en tomarla otra vez la mañana
siguiente, o en la próxima.
Cristo nunca se tomó unas vacaciones de su cruz. ¡La cruz fue con él hasta en sus
vacaciones! aunque a veces se apartaba en tiempos de descanso, aun así, sentía la
carga pesada sobre él.
Una vez cuando Jesús estaba cansado y hambriento, él se sentó a descansar al lado
de un pozo en samaria, mientras que sus discípulos iban a la ciudad por comida, él
tuvo tiempo y fuerzas para llevar un alma a la salvación y comenzar un movimiento
que más tarde trajo el gran avivamiento, que llevó a casi toda samaria hacia el
reino de dios. (Juan. 4).
Cuando Jesús fue enfrentado con una de sus más grandes aflicciones en su vida
humana, la repentina y violenta muerte de su primo y buen amigo, juan el bau-
tista, él pensó que se podría apartar por un corto tiempo (Mateo 14:13,14). Pero el
pueblo vio hacia a donde él iba y aún entonces, le siguieron. Cuando él les vio,
fue lleno de compasión, se le olvidó su propia pena, y tomó su cruz, y siguió
sanando los enfermos y ministrando a sus necesidades.
La cruz no fue un accidente que le sobrevino al final de su vida, él nació, vivió,
y murió debajo de la sombra de la cruz, él sabía que estaba ahí todo el tiempo,
pero ni una sola vez la apartó de él, ni una sola vez falló en tomar su cruz cada
día, no hubo un día en que él pudiera decir, “este día es mío. Iré a hacer los ne-
gocios de mi padre mañana”. Nunca hubo una experiencia en su vida en la cual él
pudiera decir, “esto es mío para yo disfrutarlo, el pueblo debe esperar hasta
que esto termine. Después me reuniré con ellos y ministraré a sus necesidades
otra vez”.
Aún en sus tiempos de tristeza él no pudo decir, “mi propia aflicción es muy
grande. Debo ser confortado ahora. Que ellos me ministren a mí”.
En la noche que Jesús fue traicionado, cuando él sabía que el tiempo había lle-
gado, y que el falso discípulo que le iba a traicionar estaba sentado entre aque-
llos a los que él ministraba, fue que se levantó de la mesa para lavar los pies de
sus discípulos, demostrando lo que él había dicho antes, “el hijo del hombre no
vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por mu-
chos” (Marcos 10:45). Para los ojos del mundo parece ser que sólo fue en ese oscuro
día del calvario que él tomó su cruz y caminó (juan. 19: 16). Pero Jesús había
estado cargando su cruz mientras caminaba entre la gente, pobre, des- preciado,
solitario y malentendido, y aun así siguió haciendo el bien y sanando
voluntariamente a todos los oprimidos por el diablo para llevar con Él a muchos
hijos a la gloria.
El mundo no ve ni entiende nuestra cruz. Pero cada uno de nosotros tiene su propia
cruz dada por Dios, aunque decidamos cargarla o no. No es la enferme- dad la cual
no podemos dejar a un lado. No son las circunstancias desagrada- bles de la vida,
que son nuestras, sirvamos a Dios o no. Es aquello que acepta- mos voluntariamente,
un sacrificio personal de nosotros mismos, para así ser obedientes a Dios y
bendecir a otros.
¿Te has estado halagando porque cargas tu cruz, o es que te estás compade- ciendo
por las circunstancias en tu vida? ¿O has tomado voluntariamente las cargas,
aflicciones y sufrimientos de otros, para así levantarles y bendecirles y traerles
salvación y liberación a los que están en necesidad?
Tú dices que quieres el poder milagroso de Dios, ¿Estás dispuesto a pagar el
precio. ¿Estás dispuesto a tomar tu cruz a diario y seguir a Jesús hasta el final?
Si sigues a Cristo completamente, le seguirás al lugar donde Él fue lleno del Es-
píritu, y después hasta el desierto—a las horas de ayuno y oración, a las horas en
que su servicio ni fue apreciado, con las persecuciones y malentendidos, a las
noches cuando estuvo solo en oración.
Esto significará seguirlo hasta el huerto llevando la carga de los perdidos y pen-
sando que alguien cercano está compartiendo la carga, sólo para encontrar que todo
el mundo se ha acostado a dormir. Después llegarás al salón del juicio, acusaciones
falsas y decisiones injustas. Después a la columna del látigo y a la corona de
espinas y al vinagre y a la hiel.
No debes retroceder, ni aún del dolor y sufrimiento de la cruz. A lo mejor dirás,
“Eso suena como perder mi vida del todo”. En verdad, lo es. Pero Jesús dijo, “Todo
el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de
mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8:35).
Esto es vida abundante - ¡la vida de poder! es la vida de la satisfacción real.
¡Saber que no has vivido en vano! ciertamente esto vale todo sacrificio ¡saber que
hemos seguido los pasos del hijo de Dios!