ACTIVIDADES PLAN LECTOR SEGUNDO PERIODO GRADO 9
Actividad #1 Rúbrica
Entrega 8 al 12 de abril
Académico
Social
Personal
Autoevaluación
Definitiva
El cuadro debe ser presentado en toda la extensión de la hoja del cuaderno, no dejar
espacios sin colorear y dibujar dentro del cuadro la respuesta a la siguiente pregunta. ¿Qué
profesión jamás te gustaría ejercer?
Actividad #2
Entrega 22 al 26 de abril
Cada respuesta debe ser contestada con tus propias ideas y tener una extensión de 130
palabras
Texto: La madre de Ernesto
• ¿Cuáles son los límites de la amistad?
• ¿Lo que ahora te parece divertido, lo será cuando seas adulto?
• ¿Existen personas que tengan una doble fachada como el restaurante Alabama?
La madre de Ernesto
Cuento de Abelardo Castillo
Grado 9°
Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el
caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a
verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos
había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña,
turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa
edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo
éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos
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bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa
inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían
construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán
inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba
en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco
se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
—¡No!
—Sí. Una mujer.
—¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos —porque él tenía un particular
virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable,
como a un módico Brummel de provincias—, y luego, en voz baja, preguntó:
—¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía
sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso
regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
—¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
—¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido
hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos:
descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba.
Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
—Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo
mejor, ya la teníamos.
—Si no fuera la madre…
No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos
veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las
pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
—Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que
está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después
me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera
tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
—Pero es la madre.
—La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
—Y se los come.
—Claro que se los come. ¿Y entonces?
—Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
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Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando,
y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
—Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y
amplia; no tenía nada de maternal.
—Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una
provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy
creo —quién sabe— que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos
pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto,
ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo
monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de
nosotros.
—No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal
y yo lo esperábamos en el bulevar.
—No se lo deben de haber prestado.
—A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de
plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
—No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
—¿Cómo será ahora?
—Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos,
y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer
morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer
morena. Amplia.
—Esto es una asquerosidad, che.
—Tenés miedo —dije yo.
—Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros.
—Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y
que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella
nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
—¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el
estruendo de un coche con el escape libre.
—Es Julio —dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape.
Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
—Se la robé a mi viejo.
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Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban
los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también
le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o ahora me parecía que se los había visto brillar.
Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
—Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal: lo
que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
—¿Cuánto falta?
—Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos: pero ahora eran largos exactamente al revés. No
sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando
ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo,
y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
—Al fin de cuentas, es un castigo —tu voz, Aníbal, no era convincente—: una venganza en
nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
—¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a
carcajadas y Julio aceleró más.
—¿Y si nos hace echar?
—¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un
escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del
pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé
el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el
turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me
di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
—Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las
caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me
contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra
del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal,
casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé
a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
—A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en
voz muy baja.
—Como en misa —dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin
embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie
de resoplido, agregó:
—¡Mirá si en una de esas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos
serios. El que estaba dentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito.
Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió
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el labio y puso los ojos en blanco. Después, mientras se oían los pasos del hombre que
bajaba, Julio preguntó:
—¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me
ocurriese, que íbamos a estar solos, separados —eso: separados— delante de ella. Me
encogí de hombros.
—Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio.
Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara, la puerta acababa de abrirse del todo.
Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde
de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del
cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia
ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional: una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella,
en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió “bueno”, y era como una orden: una orden
pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su
deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
—Voy yo —murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos. nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de
golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de
asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba
a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así,
titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta,
gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio,
durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció
haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante.
Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.
Actividad #3
Entrega 6 al 10 de mayo
Cada respuesta debe ser contestada con tus propias ideas y tener una extensión de 130
palabras
Texto: A la deriva
• ¿Qué se recuerda más el dolor o la el placer?
• ¿El cuento expresa lo vano de oponerse a la muerte o que este fenómeno es banal?
• ¿Por qué creemos que en los últimos momentos de nuestras vidas pensaremos en
cosas importantes y no en banalidades?
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A la deriva
Cuento de Horacio Quiroga
Grado 9°
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y
al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba
otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban
dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la
cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las
vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante
contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo
el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su
rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre
sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la
herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica
sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos
violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía
adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un
ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había
sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos
vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una
monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle.
La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par.
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Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose
en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí
sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre
esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba
la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre
desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre
pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su
compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo
fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros,
exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo.
En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta
su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros,
encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto,
asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla
lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua
fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin
embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un
violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía
mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta
inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas
para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que
antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en
la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera
también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer
sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una
pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
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Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma
ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y
pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald.
¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio?
Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves…
Y cesó de respirar.
Actividad #4
Entrega 20 al 24 de mayo
Cada respuesta debe ser contestada con tus propias ideas y tener una extensión de 130
palabras
Texto: EVELINE
• ¿Por qué razón migrarías a otro país?
• ¿Cuál es el mayor temor de Eveline?
• ¿Qué es mejor: un mal conocido o un bien desconocido?
NINETH GRADE
JAMES JOYCE
EVELINE
She sat at the window watching the evening invade the avenue. Her head was leaned
against the window curtains and in her nostrils was the odour of dusty cretonne. She was
tired.
Few people passed. The man out of the last house passed on his way home; she heard
his footsteps clacking along the concrete pavement and afterwards crunching on the
cinder
path before the new red houses. One time there used to be a field there in which they
used to
play every evening with other people's children. Then a man from Belfast bought the field
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and built houses in it—not like their little brown houses but bright brick houses with
shining
roofs. The children of the avenue used to play together in that field—the Devines, the
Waters, the Dunns, little Keogh the cripple, she and her brothers and sisters. Ernest,
however,
never played: he was too grown up. Her father used often to hunt them in out of the field
with his blackthorn stick; but usually little Keogh used to keep nix and call out when he
saw
her father coming. Still they seemed to have been rather happy then. Her father was not
so
bad then; and besides, her mother was alive. That was a long time ago; she and her
brothers
and sisters were all grown up her mother was dead. Tizzie Dunn was dead, too, and the
Waters had gone back to England. Everything changes. Now she was going to go away like
the others, to leave her home.
Home! She looked round the room, reviewing all its familiar objects which she had
dusted once a week for so many years, wondering where on earth all the dust came from.
Perhaps she would never see again those familiar objects from which she had never
dreamed
of being divided. And yet during all those years she had never found out the name of the
priest whose yellowing photograph hung on the wall above the broken harmonium beside
the
coloured print of the promises made to Blessed Margaret Mary Alacoque. He had been a
school friend of her father. Whenever he showed the photograph to a visitor her father
used
to pass it with a casual word:
“He is in Melbourne now.”
She had consented to go away, to leave her home. Was that wise? She tried to weigh
each side of the question. In her home anyway she had shelter and food; she had those
whom
she had known all her life about her. O course she had to work hard, both in the house
and at
business. What would they say of her in the Stores when they found out that she had run
away with a fellow? Say she was a fool, perhaps; and her place would be filled up by
advertisement. Miss Gavan would be glad. She had always had an edge on her, especially
whenever there were people listening.
“Miss Hill, don't you see these ladies are waiting?”
“Look lively, Miss Hill, please.”
She would not cry many tears at leaving the Stores.
But in her new home, in a distant unknown country, it would not be like that. Then
she would be married—she, Eveline. People would treat her with respect then. She would
not
be treated as her mother had been. Even now, though she was over nineteen, she
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sometimes
felt herself in danger of her father's violence. She knew it was that that had given her the
palpitations. When they were growing up he had never gone for her like he used to go for
Harry and Ernest, because she was a girl; but latterly he had begun to threaten her and
say
what he would do to her only for her dead mother's sake. And now she had nobody to
protect
her. Ernest was dead and Harry, who was in the church decorating business, was nearly
always down somewhere in the country. Besides, the invariable squabble for money on
Saturday nights had begun to weary her unspeakably. She always gave her entire wages—
seven shillings—and Harry always sent up what he could but the trouble was to get any
money from her father. He said she used to squander the money, that she had no head,
that he
wasn't going to give her his hard-earned money to throw about the streets, and much
more,
for he was usually fairly bad on Saturday night. In the end he would give her the money
and
ask her had she any intention of buying Sunday's dinner. Then she had to rush out as
quickly
as she could and do her marketing, holding her black leather purse tightly in her hand as
she
elbowed her way through the crowds and returning home late under her load of
provisions.
She had hard work to keep the house together and to see that the two young children
who had
been left to hr charge went to school regularly and got their meals regularly. It was hard
work—a hard life—but now that she was about to leave it she did not find it a wholly
undesirable life.
She was about to explore another life with Frank. Frank was very kind, manly, open-
hearted. She was to go away with him by the night-boat to be his wife and to live with him
in
Buenos Aires where he had a home waiting for her. How well she remembered the first
time
she had seen him; he was lodging in a house on the main road where she used to visit. It
seemed a few weeks ago. He was standing at the gate, his peaked cap pushed back on his
head and his hair tumbled forward over a face of bronze. Then they had come to know
each
other. He used to meet her outside the Stores every evening and see her home. He took
her to
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