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Templarios y Masones

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TEMPLARIOS Y MASONES, LA CONEXIÓN ESCOCESA

Fernando Arroyo
(Dedicado al H.·. en el Arte A.L.V.)

ÍNDICE

INTRODUCCION

I PARTE: DE LAS ANTIGUAS FRATERNIDADES A LA MASONERÍA DECIMONÓNICA

I. De la tradición salomónica al Compañerismo de Oficio.

II. La francmasonería operativa medieval. El hermetismo constructivo.

III. La transición masónica: De la operatividad a la especulación.

IV. La masonería decimonónica.

II PARTE: DE LA ORDEN DEL TEMPLE A LA MASONERÍA TEMPLARIA

I. El final de la Orden del Temple.

II. Filiación de Larmenius: entre jesuitas y masones.

III. La tradición jacobita.

IV. Los Maestros Escoceses, el estuardismo y la Guardia Escocesa.

V. Del Rito Escocés de Ramsay al Rito Escocés Rectificado.


INTRODUCCIÓN

Mucho es lo que se ha venido especulando, desde dentro y fuera de la masonería, en torno a la


vinculación histórica y tradicional que existiría entre los caballeros templarios medievales y los
masones.

El asunto desde luego no es baladí, ni algo que promuevan únicamente grupos de fantasiosos,
charlatanes, románticos o mitómanos, sino que se trata de un debate que, aún hoy, sigue
generando las más vivas controversias.

En un tema tan complejo como este, lejos de implicar rigurosidad historiográfica cualquier
posicionamiento categórico, la objetividad requiere de una enorme cautela a la hora de
pronunciarse. Aunque no sea una definición que guste a todos los masones, lo cierto es que la
institución masónica se encuadraría dentro de lo que denominamos como sociedades secretas. Es
por ello que resulta del todo pretencioso, y hasta temerario, adoptar esa característica actitud de
autosuficiencia metodológica que frecuentemente adoptan quienes se erigen en fieles seguidores
del dogma académico. Éste, por esas particularidades secularmente secretistas que concurren, es
de los pocos asuntos históricos en que los hechos se decantan claramente hacia el lado
metodológicamente “heterodoxo“ de la balanza. El saber iniciático tiene sus propios medios de
transmisión, que desde luego difieren de los meramente documentales, lo que implica que las
simples refutaciones ideológicas que puedan esgrimirse carezcan normalmente de solidez alguna,
y hasta pequen a menudo de lo que podríamos denominar "subjetividad cientifista". En ocasiones,
tras estas actitudes de formalismo negacionista por sistema lo que en realidad subyacen son los
condicionamientos del más inveterado academicismo, cuando no otro tipo de motivaciones
mucho más sospechosas, como son las que parten de prejuicios ideológicos y doctrinales, y hasta
de intereses partidistas generalmente inconfesables. De entre estos, en ocasiones virulentos
embestidores contra cualquier cosa que implique conceder a la masonería un legado tradicional y
el beneficio de la duda en cuanto a sus objetivos e intenciones, tendríamos algunos que se
inscribirían en lo que se han dado en llamar corrientes antimasónicas, las cuales generalmente
parten de las mismas instancias políticas y eclesiásticas de siempre.

No entraremos en ello, pues no nos corresponde, amén de que hoy por hoy, con estudios tan
historiográficamente científicos y documentados como los de Paul Naudon, por ejemplo, el
planteamiento de un debate airado en torno a la vinculación primigenia entre templarios y
masones (que no a la prolongación ininterrumpida hasta nuestros días) es más una cuestión de
mera inercia frentista, o salubridad intelectual, que otra cosa.

Desde luego, el debate no es nuevo, e incluso en España por ejemplo ya levantaron en su


momento una gran polvareda, durante finales del siglo XVIII y toda la primera mitad del siglo XIX,
las consideraciones vertidas por el obispo de Vich, el jesuita Agustín Barruel S.J., en los dos
volúmenes de sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo (Luis Barja, Vich, 1870). Y
entre estas consideraciones, estaba su convicción de conceder una dependencia templaria a los
masones. El hecho de que Barruel fuese duramente fustigado por los liberales de toda condición y
pelaje, no sólo de su época sino de la España reciente también, así como su asesinato en extrañas
circunstancias, ya de por sí demuestran lo que hemos comentado anteriormente, sobre los
oscuros intereses partidistas que en este asunto han movido siempre a determinadas instancias
del totalitarismo dogmático, ya sea religioso o político. En este caso concreto, indicar que el propio
Ricardo de la Cierva, ex ministro español y uno de los más prestigiados y controvertidos
historiadores contemporáneos, reconoce que el conocimiento de Barruel sobre la Masonería y la
Ilustración fue directo y profundo, y la documentación que manejó en la elaboración de su obra
asombrosa.

No es el único caso, éste que comentamos, en que los jesuitas aparecen envueltos en oscuros
asuntos relacionados con la masonería y el neotemplarismo, e incluso se ha dicho, y así lo recoge
René Guénon en sus Estudios sobre la Francmasonería y el Compañerazgo, que fueron los propios
jesuitas quienes queriendo perpetuarse secretamente, formaron la “clase eclesiástica del orden
interior del Régimen de la Estricta Observancia”. Varios autores masones, entre ellos Ragon y
Limousin, se encargaron de propagar esta leyenda sobre los orígenes de este Régimen masónico
que está fundamentado en la tradición templaria, y del que nos ocuparemos más adelante.

En España, resultan de gran interés los estudios del jesuita José Antonio Ferrer Benimelli, miembro
del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, con sede en Zaragoza. En uno de los
Cursos de Verano que organizó dicha institución en San Sebastián, Guipuzcoa, el profesor Ferrer
Benimelli recalcó que “decir que hay incompatibilidad entre la fe cristiana y la masonería es un
error”, y añadió que muchos pastores protestantes, anglicanos, metodistas y presbiterianos son
masones”...

I PARTE: DE LAS ANTIGUAS FRATERNIDADES A LA MASONERÍA DECIMONÓNICA

I. De la tradición salomónica al Compañerismo de Oficio

Se ha pretendido buscar a la masonería un origen mucho más remoto del que seguramente tiene,
quizá por ese afán de remontar todo lo esotérico a Egipto, Mesopotamia y Grecia. No obstante, en
el que sería el documento más antiguo de la masonería, el Manucristo Regius (datado hacia 1390),
es donde se establece la fundación de la masonería en Egipto por Euclides. Y en el tercer grado
masónico, denominado Maestro Masón, aparece la leyenda en que se atribuye el origen de la
masonería a la construcción del Templo de Jerusalén.

Otras tradiciones masónicas, de las que por ejemplo nos habla J.N. Casavis en El origen griego de
la francmasonería (Nueva York, 1955), establecen estos orígenes en los Artífices de Dionisio, que
aparecieron justo en el momento en el que se inició la construcción del Templo de Jerusalén. Su
arquitectura estuvo basada en la filosofía hermética y la geometría sagrada, y emplearon de forma
operativa y especulativa, es decir constructiva y filosófica, algunos símbolos de albañilería como el
martillo y el cincel.
Los Esenios, que poseían costumbres y rituales masónicos, también son considerados precursores.
Según Filón de Alejandría, “cuando los esenios escuchaban a su jefe tenían la mano derecha sobre
el pecho, un poco por debajo de la barba, y la izquierda más abajo, en la parte del costado”. Cierto
es que nos encontramos, en definitiva, ante un signo de reconocimiento de uno de los primeros
grados de la masonería moderna.

Los romanos collegia de Numa de 751 a.C., el simbolismo pitagórico y los Caballeros Templarios
medievales forman también parte de las tradiciones que nos hablan del origen de la masonería.

Los Antiguos Reglamentos del movimiento masónico, que se remontan a principios del siglo XV,
señalan la influencia del Mediterráneo Oriental sobre toda la tradición medieval relativa a la
construcción del Templo de Salomón, confundido frecuentemente por los peregrinos con el
santuario musulmán de la Cúpula de la Roca.

En uno de los documentos masónicos más antiguo que se conserva, el Manuscrito Cooke, de 1410,
se dice que “Salomón confirmó los Reglamentos que su padre David había dado a los canteros”.
Este manuscrito presenta a Salomón como Gran Maestre de la Logia primigenia de Jerusalén,
mientras que Hiram, arquitecto del primer Templo, era Gran Maestre delegado, el diseñador y
operario más consumado de la tierra. Interesante respecto de la relación de los templarios con la
importación de la leyenda de Hiram desde Tierra Santa es la obra de G.W. Speth, Builders´ Rites
and Ceremonies: The Folk Lore of Masonry (Ars Quatuor Coronatorum Pamphlet, Londres, 1951)

“En casi todos los catecismos masónicos más antiguos –refiere el historiador escocés Andrew
Sinclair en La Espada y el Grial-, la serie de preguntas y respuestas confirmaba la tradición de la
fundación de la primera logia masónica en el lado occidental del Templo de Salomón, donde Hiram
había levantado dos columnas de bronce. Se le daba el sobrenombre de Abiff, derivado de la
palabra hebrea que significa “padre”, como si Hiram fuera el padre de todos los masones”.

Para los Compañeros constructores medievales, el Templo de Salomón era no sólo el símbolo de
su oficio, sino la cumbre de la sabiduría, “y consideraban que los maestros que habían intervenido
en su construcción eran “iniciados” en todos los misterios que la Divinidad había tenido a bien
revelarles”, y ejemplos a seguir si se quería alcanzar propósitos de altura.

Los historiadores masónicos explicaban por varios caminos la transmisión directa de los ritos y
prácticas desde la logia del rey Salomón en Jerusalén hasta la actualidad. Aunque al parecer la
palabra logia procede del término loggia, que eran los lugares de reunión de los antiguos Magistri
Comacini, un misterioso gremio de arquitectos que vivían en una isla fortificada en el lago Como
en la época de la disgregación del Imperio Romano.

Un rey lombardo otorgó ciertos privilegios a los Comacini en un edicto promulgado en el año 643,
y parece ser que estos habrían enseñado los secretos de la geometría sagrada y de los métodos de
construcción a los constructores italianos de Rávena y de Venecia, y, a través de éstos, a los
gremios artísticos y artesanos del Medievo.
A los herederos en Francia se les conoció como la Compangonnage (el Compañerazgo), cuya
primera reunión constatada fue en el siglo XII, con motivo de la construcción de la catedral de
Chartres. Algunos se llamaban Hijos de Salomón, que fueron los encargados de erigir casi todas las
catedrales dedicadas a Nôtre-Dame. Otras líneas del Compañerazgo fueron las del Maestro
Santiago –Maître Jacques-, también conocidos como Compañeros del Deber, y la del Padre
Soubisse, que fue una escisión de la del Maestro Santiago. Todos ellos eran los gremios de
artesanos que construyeron las catedrales góticas mayores, dirigidos en ocasiones por maestros
canteros cistercienses o templarios llamados Fratres Solomonis. Para sir Laurence Gardner, san
Bernardo de Claraval, el fundador de la Orden del Cister y mentor de la Orden del Temple, habría
logrado descifrar la geometría secreta de los constructores del Templo de Salomón, lo cual no
debe resultar disparatado si nos atenemos a los enigmas existentes en torno a quién envió a Tierra
Santa a los nueve caballeros fundadores de la Orden del Temple y con qué finalidad concreta. Esta
colaboración y convivencia entre la Caballería Guerrera de los Templarios y el Compañerismo de
Oficio de los Constructores produciría una corriente de doble sentido, que trasvasaría ritos,
símbolos, conocimientos y experiencias en ambas direcciones, al servir todos ellos a la misma
causa trascendente. El enriquecimiento por ello fue mutuo, teniendo estos ritos e iniciaciones
caballerescos y de oficio su reflejo simplificado en los ritos con que las jerarquías superiores
dirigían, del modo más aprovechable posible, las potenciales capacidades psico-espirituales del
pueblo medieval a quien se dirige principalmente la construcción religiosa.

Desde los inicios de la Orden del Temple, hubo cierto número de templarios que recibieron la
iniciación compañeril durante alguno de los grados de ascenso dentro de la fraternidad, cuando
fueron requeridos a dirigir los trabajos de construcción o a ejercer de maestros para los
aprendices. De tal forma, muchos de los templarios aunaron en su persona la Caballería Guerrera
y el Compañerismo de Oficio, como es el caso de aquellos templarios que tras alcanzar el grado de
Maestros Constructores y desarrollar una dilatada carrera ejerciendo como tales, merecieron la
distinción de ser enterrados en la más emblemática edificicación por ellos erigida. Al respecto,
Rafael Alarcón nos refiere en A la sombra de los Templarios el caso de los Maestros del Temple de
París, o en España el de Nuestra Señora del Templo en Villalcazar de Sirga, en la provincia de
Palencia. Hecho significativo es que el abacus, que aparece grabado en los sillares de algunas
construcciones templarias, fue el símbolo utilizado indistintamente por el Maestre del Temple y
por el Magister de los Constructores.

De especial interés a la hora de demostrar de forma concluyente la estrecha relación existente


entre los templarios y la masonería operativa medieval son los estudios del masón Paul Naudon,
en su obra Les origenes religieuses et corporatives de la Franc-Maçonnerie (París, 1979), en los
que con gran profusión documental expone cosas como esta que tradujera el Dr. Carlos Raitzin
para un artículo sobre templarios y masones:

“Citemos finalmente al caso de Metz, donde los templarios instalaron una comandería a partir de
1133. Ella creció rápidamente y ya se hallaba profundamente arraigada cuando san Bernardo
mismo vino a la diócesis a predicar la Segunda Cruzada en 1147. Es interesante señalar que hacia
fines del siglo XIII una fraternidad de masones se reunía en el oratorio de la comandería de los
templarios de Metz. En 1285, se encuentra el nombre de “Jennas Clowanges, li maires de la frairie
des massons dou Temple” (Jennas Clowanges, el alcalde de la fraternidad de masones del Temple).
Una lápida funeraria, descubierta en 1861 frente a la capilla, recuerda la memoria de cierto
“Freires Chapelens ki fut Maistres des Mazons dou Temple de Lorene” (Freire Capellán –o sea
Caballero Templario- que fue Maestre de los masones del Temple de Lorena) durante veintitrés
años y que murió “la vigille de la Chandelour Ian [Link]” (la vigilia de la Candelaria el año
1287)”

Sin duda la obra de Naudon supone, no sólo la prueba historiográfica irrefutable de la vinculación
entre los masones operativos del Medievo y el Temple, sino también de su relación con los franc
mestiers, que permitía a los oficios, en particular el de la construcción, desempeñarse dentro de
los dominios templarios libres de los impuestos reales o señoriales.

Un detalle curioso es que todas estas hermandades masónicas de la Francia medieval a las que nos
hemos referido, corrieron la misma suerte que los templarios cuando en el siglo XIV la Inquisición,
de la mano de los dominicos, fijó su atención en ellos.

II. La francmasonería operativa medieval. El hermetismo constructivo

Las asociaciones o cofradías de albañiles (maçons en francés) existen con toda certeza en el siglo
XIII, pues de 1275 data el primer documento al respecto (gran asamblea de Estrasburgo).

Hacia el siglo XIV ya se utilizaba la palabra “lodge” (logia) para designar los lugares de reunión de
los artesanos del oficio. El manuscrito Halliwell recomendaba al cantero que mantuviera el
secreto:

“Lo secreto de la cámara no lo digas a nadie,

Ni nada de lo que hagan en la logia”

Ahora bien, resulta poco menos que sorprendente que para historiadores de reconocida solvencia,
como por ejemplo el catedrático de Historia de las religiones César Vidal, no parezca que tales
asociaciones hubieran ido más allá del terreno laboral y, según él, no hay rasgos de que poseyeran
un saber esotérico y milenario. Si no fuera por que existen pruebas más que evidentes en
contrario, incluso documentales, diríamos que la conclusión de Vidal entraría dentro del clásico
encorsetamiento ideológico con que la historiografía academicista acoge todo aquello que se sale
de sus parámetros empíricos, pero en este caso, precisamente por las pruebas a las que aludimos,
tales consideraciones resultan, simple y llanamente, un soberbio dislate. No hace falta siquiera
remitirse a los estudios alquímicos de los grandes Adeptos del Ars Regia como Fulcanelli, pues ello
daría pie a las manidas acusaciones de subjetividad y fantasiosidad con que muchos estudiosos
descalifican todo aquello que, por su incapacidad de comprensión, prefieren desdeñar sin más.
Ignorar, por ejemplo, que el simbolismo arquitectónico, iconográfico y gliptográfico de los
constructores trascendía con mucho las meras directrices de la religiosidad exotérica imperante,
emanada de Roma, supone ignorar el más ingente y tangible de los archivos documentales, en
este caso pétreo e imperecedero, de las corrientes heterodoxas de Occidente. No es intención
nuestra osar criticar el trabajo de alguien como Vidal a quien admiramos, y si más bien
lamentarnos de lo que más parece una dinámica establecida y viciada, en la que por fuerza deben
primar las ideas preconcebidas sobre el expansus metodológico, pues resulta del todo inexplicable
que una auténtica eminencia como Vidal, que a sus 42 años posee tres doctorados (Historia,
Teología y Filosofía) y una licenciatura (Derecho) y es conocedor de 16 lenguas, no sea capaz
siquiera de vislumbrar en la piedra las significaciones ocultas del Lenguaje de los Pájaros, ese
lenguaje simbólico y alegórico de Salomón y de otros sabios, en particular de la tradición
musulmana.

Que las cofradías de constructores se fundamentaban en algo más que en una mera asociación
laboral, la tenemos en hechos como el de los santos mártires Claudio, Nicóstrato, Sinforiano,
Castorio y Simplicio, escultores cristianos que fueron condenados a ser encerrados vivos en
sarcófagos de plomo y ser precipitados al mar, por negarse a esculpir un ídolo pedido por el
emperador Diocleciano. ¿Qué asociación meramente laboral se cuestionaría llevar a cabo, a costa
de su persecución, el encargo de un trabajo ordenado por el emperador?... Curiosamente, la
existencia de estos santos, los Sancti Quattro Coronatti, se menciona en los estatutos de los
picapedreros de Venecia del año 1317, y también en el Manuscrito Regius de 1390.

El manuscrito francés nº 19.093 de la Biblioteca Nacional de París resulta también de gran interés
a la hora de ilustrar lo que tratamos de demostrar. En 1849, es mencionado por Jules Quicherat;
Jean-Baptiste Lassus (arquitecto que participó en la restauración de Nôtre-Dame de París y de la
Sainte-Chapelle) se ocupa de su publicación, que tiene lugar en 1857 y en 1859 aparece una
edición inglesa. La Biblioteca Nacional francesa publicó un facsímil bajo la dirección de Henri
Omont en 1906. Posteriormente hay nuevas ediciones, algunas comentadas, de este llamado
Cuaderno de Villard de Honnecourt. Precisamente en Honnecourt, cerca de Cambrai, nació Villard
en tiempos de Luis IX. En este lugar existe un priorato de la orden de Cluny, y en 1235 finalizaban
los trabajos de la abadía cisterciense de Vaucelles.

El cuaderno se trata de un documento único, del que se conservan 33 hojas de pergamino, frente
a las 62 con que presumiblemente contaba el original. Incluye esbozos, croquis y anotaciones en
dialecto picardo dirigidos a los técnicos, ya que “en este libro se puede encontrar gran ayuda para
instruirse acerca de los principios fundamentales de la masonería y de la construcción del
armazón...” y el autor añade: “... también del método para dibujar un trazado, como el arte de la
geometría enseña y exige”.

Este documento nos desvela algunos de los conocimientos en geometría que tenían los
constructores medievales y las técnicas del tallado de la piedra, e incluso tiene algunos dibujos
que aún no han sido interpretados. Roland Bechmann ha analizado estos dibujos, por ejemplo el
trazado de un arco mitral.
El cuaderno de Villard aún debe ser estudiado con más detenimiento, pues sin duda en él se hallan
algunas de las claves del simbolismo aplicado en el templo, que como la logia masónica, se
extiende de oriente a occidente, del sur al norte, del nadir al cenit. Esto nos recuerda la extraña
pregunta de Bernardo de Claraval que, en De consideratione (cap. XIII) parafrasea a san Pablo
cuando en su Epístola a los Efesios (III, 18) pregunta: “¿Qué es Dios?”, y se le responde: “Él es
longitud, anchura, altura, profundidad”.

Precisamente es la relación de magnitud entre las diferentes partes de un todo -la aplicación de la
proporción, en suma-, la que se extendió a todos los saberes cuantificables, dando lugar en el
decurso de los siglos a desarrollos la mayoría de las veces místicos, y el arte constructivo no fue
una excepción. Citando a Monseñor Devocoux, Jean Hani dice que, entre muchas otras iglesias y
catedrales, la de Troyes (Francia) contiene toda una serie de proporciones y mediciones
relacionadas con los nombres sagrados. Al respecto, Manuel Plana sostiene que “todos estos
códigos simbólicos coinciden en el edificio formando parte de una ciencia sagrada (de los ciclos y
los ritmos) cuya base es esencialmente numérica...” Plana, sin duda, alude al sagrado Número
Áureo que estaba ya presente en las obras del arte del antiguo Egipto, y cuya teoría se expuso por
vez primera en el siglo III a.C. en Elementos de geometría de Euclides, si bien esta obra es, en
realidad, una síntesis del pensamiento matemático griego de épocas anteriores, en concreto
inspiradas en Pitágoras, fundador en el siglo VI de una escuela científica y mística destinada a
ejercer una notable influencia sobre el pensamiento antiguo y moderno. El mismo Platón dijo que
“todo está hecho conforme al número”, y añadió: “Dios geometriza al crear”.

Volviendo a la cuestión de los conocimientos secretos y ancestrales de los constructores, otro


ejemplo significativo lo tenemos en la Confraternidad de la catedral de Estrasburgo, cuyo nombre
primitivo era "Los hermanos de San Juan", que tenía una jurisdicción particular independiente de
otras corporaciones similares. Tenía su propio tribunal en la Logia y juzgaba sin apelación todas las
causas que eran tratadas según la Regla y los Estatutos.

En algunos de los artículos de estos Estatutos, elaborados en 1495 y conservados en el archivo


catedralicio, pueden apreciarse instrucciones que sin duda van más allá de lo que marcaría un
mero régimen disciplinar de tipo laboral, o, lo que es lo mismo, entraría de lleno en el implícito
secretismo de lo esotérico. Por ejemplo, en el art. 2 “se establece que los miembros de esta
confraternidad no tengan comunicación con otros constructores que solamente supieran emplear
el mortero y la paleta”; en el art. 13 “se prohíbe a los Maestros y Compañeros instruir a los
extraños en sus Estatutos”; o en el art. 55 se dice que “el Aprendiz elevado a Compañero prestaba
juramento de no revelar jamás de palabra o por escrito las palabras secretas del saludo”...

Como nos refiere Gloria de Válor en sus Apuntes sobre Pythagoras y los Compañeros del Saber, “la
Logia de Estrasburgo mantuvo una tradición acatada y mantenida hasta 1870 que obligaba al
Maestro de Obras, una vez al año, ser introducido al crepúsculo en la Catedral por el obispo de la
ciudad y pasar allí la noche, ya que esta Catedral estaba declarada sede tradicional del
Compañerismo y desde donde se propone una serie de signos lapidarios característicos que se
extienden por el Este de Europa hasta Moldavia”.
En cuanto a los documentos bibliográficos que constatan la existencia de una francmasonería
operativa en el Medievo, en este caso tardío, podemos citar un tratado de alquimia datado hacia
1450 y citado en Spence, An Encyclopaedia of Occultism, que utiliza explícitamente la palabra
freemason; otro tratado alquímico del siglo XV, citado en Thomas Norton, Ordinall of Alchemy,
alude a los masones bajo el nombre de “obreros de la alquimia”, definición que se hace patente
incluso en nuestros días, y por poner un ejemplo, en la denominación como “rosa de los
alquimistas” del rosetón norte de Nôtre-Dame de París.

Significativa es también la fórmula de Juramento que aparece en un manuscrito conservado en el


Archivo de Edimburgo, fechada en 1646:

"Juro por Dios y por San Juan, por la Escuadra y el Compás someterme al juicio de todos, trabajar
al servicio de mi Maestro en esta venerable Logia del lunes por la mañana al sábado y guardar las
llaves, bajo pena de que me sea arrancada la lengua a través del mentón y ser enterrado bajo las
olas, allá donde ningún hombre lo sabrá"

En El Misterio de las Catedrales (1926) y en Las Moradas Filosofales (1931), Fulcanelli expone el
verdadero significado de la alquimia y su reflejo en las grandes obras arquitectónicas del Medievo,
las catedrales góticas. Como iniciado, Fulcanelli descubrió todo el proceso de ascesis grabado en
las piedras con que se edificaron los templos góticos, explicando como entre sus medallones y
estatuas se puede seguir de forma muy clara el antiguo camino alquímico en sus diferentes
etapas. Tal como observó Patrick Ravignant, Fulcanelli interpretó la antigua ciencia de la alquimia
como una técnica que había de ser empleada para alcanzar la iluminación más interior. Para este
enigmático sacerdote, del que se desconoce su verdadera identidad, la catedral no debía ser
observada como “una obra dedicada únicamente a la gloria de Cristo, sino más bien como una
vasta concreción de ideas y tendencias, de fe popular, un todo perfecto al cual uno puede referirse
sin temor en cuanto se trata de penetrar el pensamiento de los antepasados, sea en el terreno que
sea”.

Resulta evidente que Hermes Trismegisto, fundador de la alquimia y de la doctrina hermética,


influyó mucho sobre los caballeros de la Orden del Templo de Salomón y, a través de éstos, sobre
los masones. Un documento medieval que todavía se conserva en París, el Léviticon, nos habla de
las creencias que trajeron los templarios del Próximo Oriente, e incluso dicho credo aparece
reproducido en The Knights Templar (Londres, 1910), de A. Bothwell-Gosse.

Se haría demasiado extenso enumerar y analizar, y no es el propósito de este ensayo, las múltiples
manifestaciones del simbolismo hermético que concurren en el arte constructivo medieval, que se
concibieron en recuerdo de las antiguas religiones paganas de origen solar fundamentalmente, y
cuya comprensión estaba sólo al alcance de unos pocos iniciados. Iniciados que, como los
francmasones medievales, supieron velar y proteger sus conocimientos bajo el manto sutil del
simbolismo constructivo.
III. La transición masónica: De la operatividad a la especulación

Sin duda es la profanidad del siglo lo que en muchas ocasiones impide a algunos historiadores del
Arte y estudiosos de las formas arquitectónicas medievales entender que la cosmovisión y la
cualidad cognoscitiva ancestral se regían bajo concepciones místicas y ascéticas que nada tienen
que ver con los planteamientos ultra racionalistas, materialistas y desacralizados que imperan en
el mundo moderno occidental y en su perspectiva cartesiana del conocimiento científico. Y,
precisamente en el Medievo, el sabio manifestó a través del simbolismo esotérico ese anhelo de
liberación ascética.

Estos ideales de libertad reciben un impulso en el amanecer de la nueva época anunciada por el
Renacimiento del conocimiento y la cultura clásicas durante el siglo XV, tiempo de gran actividad
creativa, de rupturas de ataduras, de liberación de un renovado y vital espíritu que había sido
coartado por la oscuridad dogmática de la Edad Media, y cuyo resultado fue lo que ha dado en
llamar la Reforma. Cotteril, en su History of Art, habla de una “liberación de la ley tradicional” y de
“restauración al individuo de un gobierno autónomo moral e intelectual”...

Debemos decir, sin embargo, que en Europa el intento llevado a cabo por sabios como Ficino,
Erasmo, Tomás Moro o los plotonianos de Italia de ofrecer una perspectiva más amplia de la
doctrina cristiana, reinterpretándola a la luz de la filosofía de Platón y Plotino, fracasó. A pesar de
partir del seno de la Iglesia romana, la Reforma se realizó fuera de la Iglesia durante el siglo XVI.
Fue un intento de purificar la Iglesia de sus abusos, de hacer que sus enseñanzas se aproximasen a
una más íntima armonía con las nuevas ideas, si bien debemos admitir que poco se hizo para
mejorar las cosas desde el punto de vista espiritual, aunque se avanzó en libertad de creencia y en
libertad para que el intelecto individual buscase la verdad por sí misma. Tan grande fue, empero,
la ignorancia e intolerancia de los reformadores, que engendraron una teología más intolerable
que la de Roma.

Después de la Reforma en Inglaterra la arquitectura eclesiástica sufrió un importante retroceso, y


las Logias operativas entraron en disolución debido a que su trabajo ya no era indispensable. Pero
mientras la Reforma dañaba de esta manera a la Masonería operativa, daba a Europa seguridad
para el resurgimiento del arte especulativo abiertamente, dando pie a la introducción de
constructores (masones) teóricos en el seno de las Logias.

Siguiendo al destacado masón y teósofo [Link], podemos atribuir un período de


oscurantismo y desintegración, así como los escasos registros referentes a los secretos masónicos
que de esta época nos han llegado, no sólo al Juramento de no escribir esos secretos, sino también
a que muchas logias operativas habían perdido casi todo indicio de sus trabajos rituales, olvidando
los secretos tradicionales y simbólicos de la construcción. Sin embargo, es durante este período de
posreforma, en que las antiguas logias casi habían olvidado la gloria de su herencia, tanto
operativa como especulativa, cuando por primera vez hallamos minutas de las reuniones de Logia.
La minuta más antigua está guardada en los archivos de la Logia de Edimburgo, Mary´s Chapel nº
1, en el rollo de la Gran Logia de Escocia, y está fechada en 1598. Aun cuando parece ser que
desde los tiempos más remotos las logias operativas “aceptaran” a hermanos no operativos, el
primer registro de ello, la admisión en 1600 de John Boswell de Auchinlech, lo encontramos en los
mismos archivos. La importancia de este documento radica en que, a través de la marca que
precede a la firma de Boswell (una cruz encerrada en un círculo, símbolo a menudo utilizado por
los hermanos de la Rosa Cruz), se pone de manifiesto la profunda conexión de los alquimistas
rosacruces con la Masonería. Si bien entrar en este tema requeriría de un estudio aparte.

En 1641 existe como referencia comprobada la afiliación a la misma Logia de Edimburgo de sir
Robert Moray, y en 1646 es admitido en la Masonería uno de los más notables iniciados
masónicos de los hay constancia en aquellos tiempos. Se trata de Elias Ashmole, fundador del
Ashmolean Museum de Oxford, que además de alquimista, hermético y rosacruz, fue el primero
que, en Historia de la Orden de la Jarretera según Ashmole (1640), escribió sobre los templarios en
términos elogiosos desde la supresión de la Orden. A este respecto, indicar que Frances Yates, en
El Iluminismo Rosacruz, descubre una estrecha vinculación entre los rosacruces del siglo XVII y la
Orden de la Jarretera, detalle muy sugerente si tenemos en cuenta que en esta Orden se ha visto,
cuando menos en el aspecto ceremonial, una continuación de los templarios.

Sir Christopher Wren, arquitecto de la catedral de San Pablo de Londres y último Gran Maestre de
la Masonería antigua, que murió en 1702, habría tenido acceso a documentos antiguos del oficio.
Wren no dudaba de la relevancia de los Caballeros de la Orden del Templo de Salomón y de otros
cruzados en la importación desde Oriente Próximo de las ideas arquitectónicas musulmanas. “Lo
que ahora llamamos vulgarmente gótico –escribió- debería llamarse con mayor verdad y
propiedad arquitectura sarracena refinada por los cristianos, que surgió en primer lugar en
Oriente, tras la caída del imperio griego, por el éxito prodigioso de aquellas gentes que se
adhirieron a la doctrina de Mahoma y que, movidos de su celo religioso, construyeron mezquitas,
caravasares y sepulcros en todas las partes a las que llegaban.

Concebían estas obras con forma redonda, porque no querían imitar la figura cristiana de la cruz,
ni las antiguas maneras griegas que tenían por idólatras...”

IV. La masonería decimonónica

La Masonería, que es una sociedad esotérica de corte iniciático, adquiere gran preponderancia
durante el siglo XVIII y XIX, si bien había tenido precedentes en la Royal Society fundada en 1662.
Esta sociedad, de corte científico, en realidad fue el establecimiento oficial de lo que había sido en
principio el “Colegio Invisible” de los masones, creado en 1645.

La masonería decimonónica, que al contrario que las logias francmasónicas medievales no


desarrolla trabajos operativos propios de los constructores, sino que es fundamentalmente
simbólica, ilustrada y filosóficamente especulativa, se genera en 1717 con la reunión de todas las
logias inglesas en una sola, que se funda con el nombre de Gran Logia de Londres. Esta moderna
masonería, que por principios es filantrópica y en ocasiones está muy politizada, se consolida en
1721 con la redacción de las Constituciones de Anderson de la regularidad masónica anglosajona,
en las que se eliminaron las fórmulas católicas de los Antiguos Deberes para reflejar el espíritu
ecuménico. De cualquier forma, ya por esas fechas se practicaban en Francia, de forma privada,
los Ritos de Clermont y de Heredom. Otras fechas significativas para la masonería decimonónica
son 1725, en que aparecen las primeras logias estuardistas o jacobitas; 1732, fecha en que se
funda la Gran Logia de Francia; y 1737, que es cuando surge el Rito Escocés de Ramsay, el cual
entra en conflicto con la Gran Logia londinense. En España, el duque de Wharton fundó las dos
primeras logias españolas en 1728. En 1739, como nos recuerda Ferrer Benimelli, el cardenal
Firrao, secretario de los Estados Pontificios, prohibió las reuniones masónicas, condenó a muerte a
los masones y ordenó la demolición de sus viviendas.

En 1771, fecha en que se produce el primer intento de unificación de todas las logias, la masonería
ya contaba con un notable influjo político, bajo el impulso de Luis Felipe. Este intento de
unificación de las logias masónicas no fructificó, sin embargo de él sobrevino la creación en 1773
de la Orden Real de la Francmasonería, que toma el nombre de Gran Oriente de Francia, llegando
a ser Gran Maestre del mismo el propio Luis Felipe. Tenemos con ello que, lejos de lograr el
propósito de la unificación, lo que supuso la gestación del Gran Oriente es un auténtico cisma
dentro de la masonería.

Sería otro intento de unificación de las logias el que se pretendió en la reunión celebrada en 1782
en Wihelmsbad, donde Joseph de Maistre declaró que las ciencias esotéricas son una farsa, negó
el origen templario de los masones y suplicó que éstos regresaran, como él, al seno del
cristianismo. Hasta entonces, la masonería nunca había puesto en tela de juicio su vinculación con
los templarios. Es más, antes del resurgimiento de la masonería como actividad ilustrada y
especulativa, ésta ya venía reclamando su origen templario, incorporando a partir del siglo XVIII
dicho origen a los ritos de sus diversas obediencias. Tal es así, que incluso en nuestros días existe
una Orden del Temple asociada con la Gran Logia de Inglaterra, principal obediencia de la
masonería universal, la cual sigue considerando la tradición templaria como la más venerada
esencia de sus rituales. De cualquier forma, a pesar de que existan pretensiones al respecto, hoy
puede decirse que poco de templario hay en la masonería, salvo alusiones y detalles
característicos en ciertos grados. Es más, podemos decir sin temor a equivocarnos, que la
constitución de la Gran Logia londinense lo que marcó en realidad, como acertadamente señalan
L. Picknett y C. Prince, es la conversión de una verdadera sociedad secreta “en un cenáculo algo
pomposo donde se reunían unos amigos, y tomaba un carácter semipúblico porque ya no tenía
ningún secreto que guardar”. En definitiva, estas palabras ilustran muy bien el panorama de
conjunto de la actual Masonería que, salvo la honrosa excepción de “muchos francmasones
modernos que sin duda se someten a sus iniciaciones respetando lo solemne y con sentido de
espiritualidad”, es una organización que ha perdido su sentido originario. Tal como señala Guénon,
por ejemplo en la masonería inglesa 24 de los 33 grados se otorgan sin celebrar ningún rito, lo cual
también sucede con los llamados Altos Grados templarios de algunas órdenes vinculadas a la
masonería, que se otorgan de palabra, sin necesidad de llevar a cabo rito alguno. Antes de la
formación de la Gran Logia los francmasones propagaban el mismo tipo de saberes que los
templarios sobre geometría sacra y hermetismo. Hoy, muchos reniegan o desconocen sus raíces,
pues en gran medida la cadena de transmisión se ha roto por demasiados eslabones.

II PARTE: DE LA ORDEN DEL TEMPLE A LA MASONERÍA TEMPLARIA

I. El final de la Orden del Temple

“El tiempo altera y borra la palabra del hombre, pero lo que se confía al fuego perdura
indefinidamente...”

RITUAL MASÓNICO

Incineración del testamente filosófico

Llegados a este punto, y tras el resumen histórico expuesto hasta el momento, se hace preciso
retroceder nuevamente en el tiempo para tratar de hallar dónde se habrían gestado las
conexiones directas entre el Temple y la Masonería.

La abolición de la Orden del Temple fue decidida por el Concilio de Vienne, en el valle del Ródano,
en el año de 1311. Para la historiografía oficial, éste sería el inicio de un prolongado final, cuyo
desenlace se materializaría definitivamente con el suplicio del último gran Maestre de la Orden,
Jacques de Molay y Geoffrey de Charney, Preceptor de Normandía, ardiendo “a fuego lento” en
una hoguera de la isla de los Judíos de París, frente a la gran catedral de Nôtre-Dame. Era un
fatídico lunes, 11 de marzo de 1314 (según el calendario juliano, 18 de marzo según el gregoriano),
víspera de san Gregorio.

Cuando pensamos en la actitud pasiva con que generalmente los templarios asumieron la
disolución, salvo en algunos casos aislados en España en que se resistieron con las armas a la
orden de arresto, no podemos por menos que preguntarnos cómo es posible que esta orden de
arresto en Francia tomase por sorpresa a los mandatarios de la Orden. Por fuerza, algunos oficiales
reales tuvieron que advertir discretamente a miembros de su familia que profesaban en el Temple
sobre el golpe de mano que urdía el rey Felipe IV “el Hermoso”. Esto no es algo que se prepare de
la noche a la mañana, y resulta imposible concebir el desconocimiento absoluto por parte de las
más altas instancias templarias. Del mismo modo que este sobreaviso podría explicar las pocas
cosas que se incautaron en las encomiendas tras el arresto, cabría pensarse con lógico
fundamento que entre la inmensa mayoría de templarios que permanecieron libres en el resto de
Europa, hubiese quienes se reuniesen para decidir cómo afrontarían su futuro tras las decisiones
pontificias que habrían de fijar su destino definitivo. Tal como señala el historiador francés Michel
Lamy en La otra historia de los Templarios, el Temple, en buena parte, permanecía en libertad, sus
comendadores se reunían cuando lo estimaban oportuno, los freires vivían en sus castillos,
celebraban sus capítulos e incluso mantenían contactos entre los miembros de los distintos
Estados. A pesar de estar descabezados por la prisión de su Gran Maestre Jacques de Molay,
resulta evidente que la vejez de éste tenía por fuerza que haber planteado ya la necesidad de un
sucesor inmediato. Es por todo lo expuesto que estudiosos como el mencionado Lamy, con las
debidas muestras precautorias, consideran que existen múltiples razones para creer en una
transmisión de la herencia templaria.

Diversas órdenes militares y monásticas de toda Europa, e incluso las hermandades laicas de la
Fede Santa italiana, fueron los herederos “oficiales” de la Orden del Temple, aunque en ningún
caso cabe pensar que hubieran recibido igualmente la herencia espiritual y los diversos secretos
que dimanan de la tradición templaria.

Sobre una continuidad clandestina de la orden del Temple mucho se ha venido escribiendo incluso
desde su misma supresión en la segunda década del siglo XIV, y especialmente a partir del siglo
XVIII. Como ya hemos dicho, resulta indudable que, si no como tal Orden del Temple estructurada
y organizada, muchos fueron los templarios que sobrevivieron, que tuvieron diferentes destinos, e
incluso es un hecho que gran parte de ellos ingresaron en nuevas órdenes militares creadas ex
profeso para recibir los bienes y caballeros templarios, tal es el caso de la orden de Montesa en el
reino de Aragón y la de Cristo en Portugal. Pero independientemente de estas evidencias
“prolongatorias” del Temple, lo que mayores controversias suscita es la posibilidad de una
continuidad ininterrumpida y secreta de la tradición templaria, transmitida hasta nuestros días.

Para no entrar una vez más en este sempiterno y complicado debate, sobre el que se han vertido
ríos de tinta, diremos únicamente que a tenor de un manuscrito recientemente hallado en la
Biblioteca Nacional de Madrid por la documentalista Gloria de Válor, resulta innegable que en el
siglo XVII, cuando menos en España, existía un denominado “Prior del Temple”, de nombre Fr.
Pablo Inglés, que recibe de la reina doña Mariana de Austria “doscientos escudos, por cuenta de
los doscientos ducados de pensión, que tiene situados sobre algunas Rectorías y Prioratos de la
Orden”... Este documento, sobre el que no existe la más mínima duda de autenticidad, se halla
actualmente en estudio, y resulta ya por sí mismo una prueba fehaciente que demuestra una
continuidad templaria. Pero no es la única; además de ésta, de entre las muchas y variopintas
ramificaciones prolongatorias que se proponen, estaría también la de la masonería.

Un detalle significativo al respecto lo encontramos incluso durante el largo proceso inquisitorial al


que se sometió a la Orden, cuando y el traidor y delator Squieu de Floyran fue apuñalado por
miembros de las guildas de constructores inmediatamente después del arresto del Gran Maestre
Jacques de Molay y de los Caballeros para ser sometidos a la infame parodia de juicio por todos
conocida.

II. Filiación de Larmenius: entre jesuitas y masones

Una de las más controvertidas filiaciones, que hoy día esgrimen algunas órdenes neotemplarias, es
la que se asienta sobre la denominada Charta Transmissionis.
Esta carta no ha sido lo suficientemente estudiada como para permitir una opinión concluyente
sobre su supuesta falsedad, y así lo expresan algunos investigadores que se han ocupado del
asunto, entre ellos los británicos Lynn Picknett y Clive Prince en su obra La Revelación de los
Templarios. Cierto es que hay algunos detalles, y entre ellos precisamente la inexistencia de
estudios exhaustivos, que hacen sospechar de su invención, pero en cualquier caso, quienes
adolecen de la necesaria cautela y se permiten la audacia de pronunciarse de manera taxativa
incurre en una manifiesta carencia de rigurosidad que muy poco dice en favor de las tesis,
deslegitimadoras o no, que promueven. Tal es el caso del masón F.T.B. Clavel en su Historia
pintoresca de la francmasonería, pues a tenor de cuanto expone pareciera que maneja una
información tan exhaustiva que esclarecería hasta de los más nimios detalles, lo cual no deja de
resultar poco creíble, y hasta sospechoso…

Insistimos en que la única postura razonable y sensata a la hora de emitir un juicio de valor sobre
los datos de que se dispone hoy por hoy, es la mantenida por los citados Picknett y Prince, o por
Michel Lamy, quien en La otra historia de los Templarios, dice que “resulta en verdad difícil
pronunciarse sobre esta carta cuyo carácter apócrifo no ha sido nunca claramente demostrado, así
como tampoco su autenticidad”.

La carta se atribuye al caballero Johannes Marcus Larmenius (el armenio), que habría sucedido en
la clandestinidad a Jacques de Molay. En ella constarían las firmas de todos los grandes maestres
del Temple que, desde Molay, se habrían ido sucediendo en la sombra, cuando menos hasta 1804
en que ocupó este elevado rango el masón Fabré-Palaprat.

El documento fue escrito en latín codificado, dispuesto en dos columnas en un pergamino de gran
tamaño adornado con ricos motivos arquitectónicos, y curiosamente, si no atenemos al
desciframiento y traducción del original llevado a cabo por el paleógrafo J.S.M. Ward, aparece el
término “grado” para designar, por ejemplo, a la Maestría templaria. Esto, sin ningún género de
dudas, representa una clara alusión a la terminología masónica, a pesar de que algunas
traducciones posteriores de instancias neotemplarias afines al catolicismo, y por ende interesadas
en desterrar cualquier vinculación de la Masonería con el Temple, omiten y sustituyen estos
términos por otros más acordes a la terminología templaria exotérica.

En el documento, Larmenius comienza refiriéndose a Jacques de Molay y señalando:

Yo, hermano Johannes Marcus Larmenius, de Jerusalén, por la gracia de Dios y por el grado más
secreto del Venerable y Supremo mártir, el Maestre Supremo de la Orden del Temple, que Dios
tenga en su gloria, confirmado por el Consejo común de la Hermandad, poseedor del grado más
elevado de Maestre Supremo de toda la Orden del Temple, a todos los que lean esta carta de
decretos, salud, salud.

En las firmas de los Maestres que se fueron sucediendo - se sabe de algunos que fueron masones -
, podemos ver otras referencias a la palabra “grado”:
Yo, Johannes Marcus Larmenius, hice entrega del presente escrito el 18 de febrero de 1324.

Yo, Theobald, recibo el grado de supremo Maestre con la ayuda de Dios en el año de Cristo 1324.

Yo, Arnald de Braque, recibo el grado de supremo Maestre con la ayuda de Dios en 1340 d.J.C.

Otro pasaje interesante es en el que Larmenius arremete contra los templarios huidos a Escocia en
estos términos:

Por último, por decreto de la Asamblea Suprema y por la Suprema autoridad a mí otorgada, deseo
y ordeno que los templarios escoceses desertores de la Orden sean maldecidos, y que ellos y los
hermanos de San Juan de Jerusalén – se refiere a los hospitalarios -, expoliadores de la propiedad
de la Orden de los Caballeros (que Dios tenga piedad de ellos), sean expulsados del círculo del
Temple, ahora y para siempre.

Una hipótesis plantea, sin embargo, que esta carta que supuestamente data de 1324, fue en
realidad fraguada en el siglo XVIII por el duque Felipe de Orleáns, quien se la habría encargado a
un jesuita de nombre Bonnati (o Bone). En cualquier caso, lo que sí parece cierto es que el duque
de Orleáns fue elegido Gran Maestre de los templarios en 1705, en Versalles, donde se redactaron
los Estatutos de una Orden que incluso llegó a ser años después impulsada por Napoleón (como ya
hiciera con la francmasonería francesa al colocar a su hermano al frente de ésta), hasta el punto
de autorizar una ceremonia solemne en la iglesia de San Pablo y San Antonio en memoria de
Jacques de Molay. Corría el año 1808, y era por entonces Gran Maestre de esta orden el ex
seminarista, médico y masón Raymond Bernard Fabré-Palaprat, el cual seguramente siempre
creyó en la legitimidad de su filiación.

Curiosamente, en la tradición de Larmenius, éste calificó a los caballeros medievales de la Orden


huidos a Escocia como los “templarios desertores”, lo cual hace pensar que, si efectivamente la
carta de transmisión fue una invención de elementos de la masonería decimonónica, tan dados
algunos de ellos a fabricar falsos documentos históricos, genealógicos y filiativos, lo que se
pretendía con ella, desde instancias de la masonería francesa, es deslegitimar o arremeter contra
la filiación escocesa. ¿Chauvinismo, o meros subterfugios de la masonería regular, cuya intención
sería deslegitimar la incipiente masonería jacobita?...

En cualquier caso debemos señalar que varios cultivados eruditos creen que este documento es
auténtico, y en tal caso las dos tradiciones que existen (la escocesa y la de Larmenius), habrían
vuelto a ser unidas por el Chevalier Ramsay, del que hablaremos más adelante, cuando llevó
consigo el antiguo Rito escocés a París, donde el príncipe Carlos Estuardo vivía en el exilio.

III. La tradición jacobita

El abad Velly en su Historia de Francia refiere que cuando los cuerpos de los dignatarios del
Temple, Jacques de Molay y Geoffrey de Charney, no eran más que unos restos carbonizados, el
pueblo se abalanzó hacia las hogueras, a pesar de que permanecían allí algunos guardias, “y
recogió ceniza de los mártires para llevársela como una preciosa reliquia. Todos se persignaban y
no querían oír nada más.

Su muerte fue bella, y tan admirable e inaudita, que todavía hizo más sospechosa la causa de
Felipe “el Hermoso”...”

Antes del fatal desenlace, entre la muchedumbre, grupos de tres o cuatro Compañeros
constructores, canteros y carpinteros, que eran una especie de tercera orden corporativa bajo la
protección de los Caballeros del Temple, habían oído la voz de Molay como una sentencia. A decir
de Robert Ambelain, gran maestro de varias obediencias masónicas, esta sentencia significaba
para ellos a la vez una orden para avanzar y una esperanza...

Según un documento que a decir de Michel Lamy cabe fechar hacia 1745: “los templarios que
escaparon al suplicio abandonaron sus bienes y se dispersaron, unos se refugiaron en Escocia,
otros se retiraron a lugares apartados y escondidos donde llevaron una vida de ermitaños”. En
España, un caso muy evidente de esto último lo encontramos en el refugio en la ciudad eremítica
de Cívica, auténtico dédalo excavado en la roca, de templarios procedentes de varias encomiendas
de la provincia de Guadalajara, entre las que estarían las de Torija, Albares y Ocentejo, y
seguramente también las de Peñalver, Campisábalos y Albendiego. Cabe pensar por ello, respecto
del documento de 1745 a que se refiere Lamy, que el refugio en Escocia de varios templarios
fugados de Francia también sea una realidad. Además hay pruebas más que notorias de que esto
fue así, tal como veremos. Por otra parte, y ello también lo corrobora Lamy, lo que está más que
constatado es que la flota templaria del Mediterráneo, y sin duda una parte de la del Atlántico
también, se refugió en Portugal y España, siendo luego recuperadas para las órdenes de Cristo y
Montesa respectivamente. Otra parte de la flota, si nos atenemos a los testimonios del Maestre de
Escocia, Walter de Clifton, y de otro Caballero Templario, William de Middleton, habría zarpado, al
mando del comendador de Ballantrodoch “allende la mar” y con rumbo desconocido...

Algunos estudiosos han presentado argumentos convincentes de que la francmasonería tuvo sus
orígenes en la herencia templaria. Tal es la hipótesis de los investigadores británicos Michael
Baigent y Richard Leigh en El Templo y la Logia, y también la del historiador norteamericano John
J. Robinson en Nacidos en sangre. Sin embargo, en ambas obras se llega a la misma conclusión
desde diferentes caminos.

Para Baigent y Leigh, la continuidad de los templarios habría partido de Escocia, mientras que
Robinson investigó los orígenes de los ritos masónicos actuales, viéndose también conducido por
esa pista hasta los templarios. Ambos libros se complementan y proporcionan una visión amplia
de los vínculos que habría entre esas dos grandes organizaciones.

Las divergencias entre Baigent-Leigh y Robinson es que los primeros consideran que la
francmasonería tuvo su origen en los templarios refugiados en Escocia, y que pasaron a Inglaterra
en 1603 cuando ocupó el trono el rey escocés Jaime IV. Por el contrario Robinson piensa que fue
en Inglaterra donde se convirtieron en francmasones los templarios, llegando incluso a estar tras
la insurrección campesina de 1381, lo cual no resulta nada descabellado si consideraciones
detalles tan curiosos como que durante las revueltas se atacaron propiedades de la Iglesia y de los
Caballeros Hospitalarios –las dos organizaciones principales enemigas del Temple-, mientras que
se tuvo cuidado de no dañar las antiguas construcciones templarias.

De lo que no cabe ninguna duda es de que los templarios hicieron de Escocia uno de sus
principales refugios tras la disolución oficial, seguramente por que allí no alcanzaba la autoridad
de Roma, al haber recaído en aquella época sobre el país un interdicto papal que situaba al rey, los
nobles y los villanos en condición de excomulgados.

Los actuales caballeros templarios de Escocia, que se dicen descendientes de aquellos fugitivos,
celebran a las afueras de Edimburgo, en la capilla de Rosslyn -foco de los francmasones modernos-
, los aniversarios de la batalla de Bannockburn, acaecida el 24 de junio de 1314. En esta batalla, en
la que Roberto I (Robert Bruce) derrotó definitivamente a las tropas de Eduardo II de Inglaterra
(yerno de Felipe IV “el Hermoso” de Francia, para más señas), el rey escocés contó con el apoyo de
un contingente de 432 templarios, entre ellos sir Henry St. Clair, barón de Rosslyn y sus dos hijos
Henry y William. Este último murió más tarde en España junto a otros caballeros escoceses,
atacando a los musulmanes, cuando llevaba el corazón del rey Bruce (que había muerto en
Cardross víctima de la lepra) para enterrarlo en Jerusalén.

Fue con la anulación en 1329 de la excomunión a Robert Bruce - tras los intentos que el monarca
escocés había hecho por recibir el perdón de la Iglesia, evitando con ello que pudiera haberse
organizado una cruzada contra su país como la que se lanzó contra los herejes cátaros del
Languedoc -, que el rey solicitó a los templarios que se convirtiesen en una organización secreta, la
cual daría origen a las posteriores fraternidades masónicas.

Para recompensar el valor de los templarios en la batalla de Bannockburn, Bruce fundó la Real
Orden de Escocia, de la que el rey sería Gran Maestre soberano y los Saint Clair Grandes Maestres
hereditarios. Esta Real Orden de Escocia todavía hoy existe en secreto, pues el cargo de gran
maestre sigue teniendo carácter real. Muchos destacados templarios escoceses entraron a formar
parte de Real Orden, entre ellos el que por entonces era Maestre del Temple en Escocia.

Al mismo tiempo, Robert Bruce habría elevado de categoría a la Orden de Kilwinning del Heredom
(es decir, del “asilo” o “refugio”), que según la tradición era la primera logia escocesa de los
canteros que habían construido la abadía de Kilwinning en tiempos del rey escocés David I,
generoso benefactor de los templarios, y que se transformó en la Gran Logia Real del Heredom, la
principal logia de Escocia, situada junto a la antigua abadía de Ayrshire. La familia Saint Clair de
Rosslyn presidía sus asambleas anuales, en su papel hereditario de protectores del rey y del
príncipe heredero, y también como vecinos poderosos y amigos de los templarios, que tenían su
cuartel general en Ballantrodoch. Estas órdenes absorbieron a la proscrita Orden del Temple, y sus
doctrinas secretas se convertirían en las prácticas de los masones posteriores. Andrew Sinclair,
que es descendiente del príncipe Henry St. Clair, nos dice que una autora muy versada en esta
materia y miembro de la masonería escribió, hacia 1912, que “la tradición que relaciona a
Kilwinning con los grados templarios es insistente y sale a relucir constantemente (...) Es verosímil,
pues explica la unión de la llana y la espada, tan notable en los grados superiores”.

En modo alguno resultan incompatibles ni se desvirtúan entre sí las filiaciones que se esgrimen en
la tradición masónica, que confirma al pretendiente Larmenius asumiendo el cargo de Gran
Maestre del Temple en Francia y excluyendo a la nueva orden escocesa bajo la calificación de sus
miembros como templi desertores.

Las mismas tradiciones nos hablan que a la cabeza de los siete templarios que se refugiaron en
una isla de Escocia para contactar con el comendador escocés George de Harris se encontraba el
caballero Pierre d´Aumont, del que se decía fue Preceptor de Auvernia y sucesor directo de
Jacques de Molay. D´Aumont, que más tarde fue nombrado Maestre de los templarios de Escocia
durante el Capítulo extraordinario celebrado el día de San Juan de 1313, habría velado los rituales
templarios tras los símbolos de la masonería y habría hecho que los miembros del Temple escocés
se hicieran pasar por “masones libres” o francmasones. Sin embargo, así como algunos consideran
falsa la tradición de Larmenius, otros consideran falsa la tradición de D´Aumont, pues el Preceptor
de Auvernia era Imbert Blanke, que huyó a Inglaterra, donde fue encarcelado y liberado después.

Existe otra versión de esta tradición en la que Pierre d´Aumont habría sucedido al frente del Gran
Maestrazgo templario al conde François de Beaujeau, a quien Jacques de Molay antes de su
suplicio habría encargado la misión de hacer revivir la Orden y continuar su labor. El conde de
Beaujeau no sólo habría restablecido la Orden, sino que fue el depositario del tesoro y los secretos
templarios.

En cualquier caso, parece ser que en 1361 la sede de la Orden habría sido establecida en
Aberdeen, para luego expandirse nuevamente por toda Europa bajo el velo de la Masonería.

Estas tradiciones podrían entroncarse también con las que hacen del Rito Sueco de la Masonería,
del que es Gran Maestre el rey de Suecia, una fundación de los templarios en el exilio. Y,
curiosamente, la reforma masónica alemana conocida como Estricta Observancia Templaria,
fundada por el barón Von Hund en el siglo XVIII, de la que hablaremos más adelante, se hallaba
influenciada por la masonería sueca; de hecho, como nos dice Antoine Faivre en El esoterismo del
siglo XVIII, “importado de Francia y alimentado por leyendas rosacruces por Eckleff, el “sistema
sueco”, lleno de hermetismo, acababa de ser introducido en Alemania por un desertor de la E.O.T.,
Johann Wilhelm Ellenberg, conocido como Zinnendorf, médico y masón, hombre muy ambicioso”.

IV. Los Maestros Escoceses, el estuardismo y la Guardia Escocesa

Si bien la masonería escocesa no fue establecida hasta 1736 como Gran Logia, existen abundantes
pruebas que demuestran que la masonería había existido en Escocia desde hacía mucho tiempo
atrás. Incluso si dejamos a un lado las nuevas evidencias de Rosslyn, existen actas de las reuniones
de las logias que se remontan a 1598, y actas sobre Jacobo VI de Escocia en las que es inciado en la
Logia de Perth y Scoon en 1601, dos años antes de que se trasladara a vivir a Londres, pues como
se sabe también reinó en Inglaterra con el nombre de Jacobo I.
Cuando en 1717 se estableció la Gran Logia de Londres, los miembros renegaron de sus orígenes
escoceses debido a que tales orígenes eran demasiado jacobitas para la política censuradora de la
casa de Hannover del momento. Casi un siglo después, se fundó la Gran Logia Unida de Inglaterra
y su nuevo Gran Maestre, el duque de Sussex y otros hombres que no sabían nada del significado
verdadero de la masonería, hicieron todo lo que pudieron para transformar y suprimir los rituales
de los 33 grados del antiguo Rito escocés, a los que consideraba ultrajantes, suprimiendo con ello
los mensajes secretos que tan cuidadosamente introdujeron en el primer rito escocés William St.
Clair y otros descendientes de los caballeros del Temple. Sin embargo, no puede dudarse que tales
grados y ritos (vinculados a los caballeros templarios y a la tradición Rex Deus) siguen usándose en
Escocia, Francia y Norteamérica. Ahora bien, lo que también es cierto es que el acceso a dichos
grados, así como lo que significan realmente, se halla restringido a una minoría privilegiada., que
para Hopkins, Simmans y Wallace-Murphy son “los que ya saben, por su nacimiento, y los que han
merecido los niveles de confianza más altos en virtud de sus acciones”.

A pesar de la negación por parte de la Gran Logia Unida de Inglaterra, el seno de la Masonería
contemporánea se desarrolló en Escocia, tras la desaparición de los Caballeros del Temple, que
habían basado sus propias creencias en las enseñanzas de la primera Iglesia de Jerusalén. Todas las
pruebas señalan a un templario que extrajo los manuscritos secretos que enterraron los judíos
meses antes de que los romanos, en el año 70 d.C., destruyeran el templo y los eliminaran. Si nos
basamos en esto, en la capilla de Rosslyn, construida por el conde William St. Clair en 1440, se
hallarían las claves del origen templario de la masonería escocesa, pues no sólo posee elementos
simbólicos entre su abigarrada ornamentación - donde el desorden es sólo aparente -, que aluden
claramente a la masonería, sino también a las familias Rex Deus, al linaje sacro, a la historia oculta
de los caballeros templarios, y a la Jerusalén del siglo I. Entre lo muchos elementos a los que nos
referimos, podemos comentar un relieve existente entre dos pilares en el exterior de la capilla,
que muestra una ceremonia de iniciación al primer grado de la Masonería. El candidato,
arrodillado, tiene los ojos vendados y lleva una soga alrededor del cuello, cuyo extremo sostiene
un personaje ataviado con la túnica de los Caballeros del Temple. Sus pies están colocados en la
posición que los candidatos masones continúan adoptando hoy en día en las ceremonias
modernas, y en la mano izquierda sostiene una Biblia. Este relieve fue realizado alrededor de
1450, casi doscientos setenta años antes de la fecha en que, según afirma la Gran Logia Unida de
Inglaterra, se inició la Masonería.

Unos estudios actuales muy interesantes son los llevados a cabo por sir Laurence Gardner,
plasmados en su obra La herencia secreta del Grial. Gardner, que es prior de la Iglesia celta del
Sagrado Linaje de San Columba, Chevalier Labhràn de Saint Germain y miembro del Consejo
Europeo de Príncipes, es además un experto en genealogía y mantiene estrechas relaciones con la
Casa Real de los Estuardo. Ello ha posibilitado que para la elaboración de su exhaustivo estudio
sobre ciertas familias de la nobleza europea encuadradas en una tradición denominada Rex Deus,
que nos habla de alianzas entre antiquísimos linajes europeos que se remontan a Bizancio y a la
Palestina bíblica, el príncipe Miguel de Albany permitiese a Gardner consultar los documentos de
caballería y de la Casa Real estuardista. Asimismo ha consultado documentos en los Archivos
Jacobitas de Saint-Germain. Del complejo asunto de la tradición Rex Deus también se han
encargado otros investigadores británicos como Michael Baigent, Richard Leigh, Henry Lincoln,
Christopher Knight, Robert Lomas, Marilyn Hopkins, Graham Simmans y Tim Wallace-Murphy.

Gardner ha conseguido gracias a ello averiguar cosas tan interesantes como que en 1128 Hugo de
Payens, primer Maestre del Temple, había pactado con el rey David I de Escocia tras el Concilio de
Troyes en que se fundó el Temple, y que san Bernardo de Claraval había promovido la integración
de su poderosa orden cisterciense en la Iglesia celta. Lógicamente, este dato convierte ya en algo
más que en mera especulación la tradición que nos habla de un san Bernardo iniciado en los
misterios druídicos, e incluso otorga rango de veracidad a esa famosa carta número XII (excluida
por la Iglesia de sus Obras Completas), en la que san Bernardo le habla a Hugo de Payens del
bautismo iniciático del Hombre Primordial entre los celtas y de la “ciudad de los sacerdotes
druidas”: Bethphagé (¿Baphomet?).

Siguiendo con el pacto entre Payens y el rey David I, diremos que este entregó a los templarios los
territorios de Ballantrodoch, adyacentes al estuario de Forth (un lugar conocido a partir de
entonces como el poblado del Temple), estableciéndose al principio al sur de Esk. Sucesivos
monarcas escotos apoyaron y promovieron la Orden, especialmente Guillermo “el León”. Los
templarios recibieron gracias a ello grandes extensiones de tierras, en su mayoría cerca de
Aberdeen (otro dato importante que explicaría el por qué se establecieron allí tras pasar a la
clandestinidad) y Lothians, así como Ayr, la zona oeste de Escocia. Tras la batalla de Bannockburn,
en la que ya hemos comentado que participaron los St. Clair, además de otros miembros de las
familias Rex Deus (entre ellos un Montgomery), los templarios aumentaron su presencia en las
zonas de Lorne y Argyll. A partir de Robert Bruce, que como ya dijimos se convirtió en soberano y
Gran Maestre de los templarios escoceses, todo sucesor Bruce y Stewart (Estuardo) era templario
desde el momento de su nacimiento. En nuestros días, el príncipe Miguel de Albany, jefe de la
Casa Real de los Estuardo y descendiente directo de Robert Bruce, ostentaría tal condición.

Dice Gardner: “Los libros de historia actuales y las enciclopedias afirman casi unánimemente que
los templarios desaparecieron en el siglo XIV. Pero se equivocan. La Orden de Caballería del
Templo de Jerusalén (distinta de la de los masones templarios, creada con posterioridad) continúa
floreciendo en la Europa continental y en Escocia”… Y nosotros sospechamos, por la mención que
en el apartado de agradecimientos Gardner hace de la Ordo Supremus Militaris Templi
Hyerosolymitani (OSMTH), quienes se hallan detrás de esa “Orden de Caballería del Templo de
Jerusalén” a la que se refiere…

En 1593 el rey escocés Jacobo I de Inglaterra (que reinó en Escocia como Jacobo VI tras suceder a
su madre María Estuardo) fundó la Orden de San Andrés del Cardo. Indicar que el cardo era el
emblema de Escocia y san Andrés el supuesto evangelizador. En ese mismo año fundó también la
Rosa Cruz Real con treinta y dos caballeros de la citada Orden de San Andrés del Cardo. Jacobo era
en ese momento Gran Maestre de los masones operativos de Escocia.
Habiendo sido olvidada a falta de un reclutamiento valedero, o ratificada en secreto, la Orden de
San Andrés del Cardo fue restablecida en 1687 por el rey Jacobo II, antes de su exilio en Francia. Es
de esta forma como aparecería abiertamente una orden masónica en 1659 denominada Orden de
los Maestros Escoceses de San Andrés, probablemente fundada por el general Monck, que era un
masón aceptado. El grado de Maestro Escocés de San Andrés, que durante mucho tiempo se
mantuvo en secreto, encabeza la masonería jacobita, es decir estuardista, a partir del siglo XVII. El
grado es único y sucede al de Maestro Masón ordinario, aunque eventualmente.

Tanto en las Ordenanzas Generales de 1743 de la Gran Logia de Francia (con filiación masónica
jacobita), como en la obra del abate Calabre-Péreau, L´Ordre des Franc-Maçons trahi et leur secret
révélé (La Orden de los Francmasones traidores y su secreto revelado), fechada en Amsterdam en
1744, aparecen dos testimonios muy importantes sobre la existencia de una Orden de los
Maestros Escoceses, especie de masonería superior que no revela sus objetivos ni sus orígenes, y
que no son otros que los Caballeros de san Andrés, es decir, los partidarios de los Estuardo, que
disimulan sus raíces para infiltrase más fácilmente en la masonería francesa.

Indicar que en España, el movimiento conocido como de los Alumbrados, sinónimo de Illuminati,
derivó también de las primitivas logias masónicas seguidoras de los Estuardo.

En el manuscrito de Devaux d´Hugueville, Instrucción general del grado de Caballero Rosa-Cruz”,


fechado en 1746, se hace constar que en el siglo XVIII se encontrará el grado de Maestro Escocés
de San Andrés asociado al nuevo grado llamado Rosa Cruz, el cual porta diversos títulos:
“Caballero Rosa Cruz”, “Caballero del Águila”, “Caballero del Pelícano”, “Masón de Heredom” y
“Caballero de San Andrés”. Según Ambelain, el ritual de esta orden evoca la reconstrucción del
Templo de Jerusalén por Zorobabel y sus Compañeros, cuando regresó del exilio en Babilonia. En
secreto, evoca también al retorno a Gran Bretaña después del exilio en Francia, con la
restauración de los Estuardo.

Por su parte, el historiador A. Sinclair apunta que “los templarios se identificaron con los
constructores guerreros de Zorobabel, que convencieron al rey Darío de que permitiese la
reconstrucción del Templo de Jerusalén. Heredaron de los gnósticos y de san Juan la creencia de
que el Templo era el centro místico del mundo; así se resistían secretamente al poder y a la
autoridad de los papas y de los reyes de Europa. Los emblemas de color blanco y negro de su
orden, una cruz octogonal roja sobre un hábito blanco, manifestaban su gnosticismo y su
maniqueísmo, la creencia en la lucha continua en el mundo del demonio contra la Inteligencia de
Dios. Legaron a los masones los losanges blancos y negros y los mosaicos dentados de sus logias. Y
antes de morir el último de los grandes maestres, Jacques de Molay, “organizó” e instituyó la que
después se llamaría masonería oculta, hermética, o del Rito Escocés”.

Un hecho significativo de toda esta relación que encontramos entre los monarcas escoceses
exiliados en Francia, ha sido la tradicional colaboración militar franco-escocesa, derivada natural
de la auld alliance, o “vieja alianza”, que se inició con el tratado de 1326 entre Robert Bruce y
Carlos IV de Francia. Esta colaboración se mantuvo durante la guerra de los Cien Años y aun siglos
después. Fueron tropas escocesas las que desempeñaron un relevante papel en las campañas
conducidas por Juan de Arco y se distinguieron en el sitio de Orléans. La influencia escocesa en
Francia por aquel entonces fue notable. Reseñable es incluso la posterior creación de un ejército
permanente por parte de Carlos VII - primero en su especie que existió en Europa tras la
desaparición del Temple -, cuyo regimiento de élite era la Compagnie des Gendarmes Écossais.
Con ello se honraban más de 100 años de servicios distinguidos de las tropas escocesas a la corona
francesa, que culminaron en 1424 durante la sangrienta batalla de Verneuil, donde cayó
aniquilado casi todo el contingente escocés al mando de John Stewart, conde de Buchan. Este acto
colectivo de valor y la lealtad durante tanto tiempo demostrada, llevaron a la creación de una
unidad especial de tropas escocesas encargadas a la protección personal del rey de Francia,
conocida como Garde Ecosse (Guardia Escocesa). Todos los oficiales y comandantes de esta
Guardia tuvieron además el honor de ser recibidos en la Orden de San Miguel, de la que poco
después hubo una rama en Escocia.

La Guardia Escocesa, a diferencia de otras órdenes caballerescas europeas de militancia teórica,


como las de la Jarretera o la del Toisón de Oro, fue una orden militar auténtica, que además de
acciones de guerra desempeñó importantes labores en el ámbito político y diplomático.

Las similitudes entre la Guardia Escocesa y los Templarios, en todos los sentidos, es muy
significativa, hasta el punto de que la Guardia Escocesa reclutó a sus oficiales de entre las más
nobles familias de Escocia, algunas de las cuales habían apoyado siglos atrás el ascenso al trono
escocés de Robert Bruce y promovido la independencia de su país, como los Seton, los St. Clair, los
Stewart o Estuardo, los Montgomery, los Hamilton… Curiosamente, estas familias estaban
íntimamente vinculadas con el Temple y con Rex Deus, e incluso en 1689 podía apreciarse en el
entorno de los Estuardo una Orden de templarios que combatía en nombre de los reyes escoceses
y cuyo Gran Maestre era el vizconde de Dundee, John Claverhouse.

Baigent y Leigh refieren el caso de un Montgomery contemporáneo que les habló orgulloso de la
antigua relación de su estirpe con la Guardia Escocesa y de la existencia dentro de la familia de
una orden de caballería de tipo neomasónico y acceso restringido llamada Orden del Temple, a la
que todos los varones Montgomery tenían derecho a entrar por el mero hecho de serlo. Este
detalle sin duda recuerda al sistema hereditario establecido por Robert Bruce en el Temple
clandestino.

V. Del Rito Escocés de Ramsay al Rito Escocés Rectificado

El origen de los grados y ritos masónicos es difícil de establecer, y son muchos y variopintos. Por
eso trataremos aquí brevemente los que nos interesan por su posible vinculación con el Temple, y
que no siempre son los grados y ritos engalanados con el título de Escocés, ya que casi ninguno de
estos tiene que ver con Escocia y ni siquiera en dicho país se practican.

Aunque durante el siglo XVIII ya fueron apareciendo grados superiores - aparte de los tres clásicos
del simbolismo masónico de Aprendiz, Compañero y Maestro -, que luego pasarían a formar parte
preferente del llamado Escocismo, con la restauración monárquica y la subida al trono inglés de
Carlos II la masonería fue poco a poco recuperando sus antiguos cauces, si bien se mantuvieron los
grados superiores creados (Maestro Secreto, Perfecto y Elegido).

Un año determinante en la masonería decimonónica, que sin duda marcó un antes y un después,
fue el de 1724, en el que el baronet escocés Andrew Mitchell Ramsay, más conocido como
Chevalier Ramsay, propuso a la Gran Logia de Inglaterra un sistema que comprendía la adopción
de tres grados superiores: Escocés, Novicio y Caballero del Templo. Esta propuesta, que buscaba
en el Temple raíces prestigiosas para la francmasonería, fue rechazada por la Gran Logia inglesa,
mas sin embargo tuvo gran acogida en Francia. Estos grados fueron los precursores de la gran
cantidad de sistemas de toda índole que fueron apareciendo después. La reforma de Ramsay al
parecer sólo tenía por objeto la restauración de los Estuardo, o el fortalecimiento del catolicismo
en Inglaterra.

En 1755, el conde de Clermont y príncipe de sangre real, Luis de Borbón-Condé (que por cierto
consta como Gran Maestre del Temple en la Carta de Larmenius a partir de 1741), sustituye al
duque de Antin como Gran Maestre de la masónica Gran Logia de Francia. En ese momento Luis
de Borbón gobierna en París una logia de tan significativo nombre como Saint-Jean-de-Jerusalem.
Posteriormente firma unos Estatutos que servirán de reglamento para todas las logias del reino de
Francia, en los que se reconoce el nuevo grado de Maestro Escocés. Estos Estatutos precisan
además que sólo los Maestros de logia y los Maestros Escoceses tendrán en adelante el privilegio
de permanecer cubiertos en el interior de la logia. No obstante, los Maestros Escoceses
aventajarían a los meros Maestros de logia, pues se les encomendó la misión de inspeccionar los
trabajos de las logias y restablecer el orden en caso necesario. Esta misión se convertirá después
en el privilegio de los que ostentan el grado de Maestro Escocés de San Andrés o de Caballero
Rosa Cruz en el Rito Escocés Rectificado o en el Rito de Memphis-Misraïm, los cuales mantuvieron
este uso antiquísimo.

Del Rito de Memphis (fusionado desde 1908 con el de Misraïm), decir que se constituyó en Francia
en el siglo XIX, tras la expedición de Napoleón a Egipto, en la que participaron varios científicos
masones. Su fundador, Marconis de Négre, sostenía que los templarios, antepasados directos de la
masonería, habían recibido su doctrina esotérica de una hermandad oriental fundada por “un
sabio egipcio de nombre Ormus, sacerdote de Memphis, convertido al cristianismo por san
Marcos”. Este Rito no sólo se le supondría continuación de los misterios egipcios, sino también de
la India.

En 1772 se disolvió en Francia la Gran Logia, fundándose posteriormente el Gran Oriente de


Francés, el cual no aceptó más que los tres grados simbólicos del Rito Inglés, a los que denominó
Rito Francés. En cuanto a la joya masónica emblemática del grado de Maestro Escocés de San
Andrés, dejó de ser la misma una vez integrado en el nuevo Rito Francés que suplantó al Rito
Escocés Primitivo, el cual había sido llevado a Francia por las logias militares estuardistas. Mucho
más esotérico es el que adoptará en 1778 en el Convento de Lyon, constitutivo del Rito Escocés
Rectificado: “En el anverso, una corona real sobre la que figura la Cruz paté encerrada en un Sello
de Salomón (estrella de seis puntas) flamígero. En el centro, la letra mayúscula H, entre el compás,
la escuadra, el nivel y la plomada. En el reverso representa a san Andrés en su Cruz en forma de X.
La letra H puede significar Hiram o Heredom, la ciudad mística de la masonería escocesa”.

Sobre el Rito Escocés Rectificado, quizá una de las últimas manifestaciones del templarismo
masónico, cabe decir que tiene su origen en la Estricta Observancia Templaria del barón Karl Von
Hund, gran señor de Lipse, tras la que al parecer se encontraría la tradición del Caballero
d´Aumont que huyera a Escocia en los tiempos de la persecución. Esta tradición, de hecho, tuvo
especial acogida en la masonería alemana.

En el denominado Capítulo de Clermont, que se practicó en Alemania entre 1758 y 1764, y era
antecedente directo de la Estricta Observancia Templaria (E.O.T), se proponía ya dos altos grados
de carácter esotérico: Caballero de San Andrés del Cardo y Caballero de Dios y de su Templo.

Como dijimos al principio de este escrito, hay fuentes masónicas que atribuye a los jesuitas la
creación de la Estricta Observancia. Al respecto son de gran interés los apuntes de René Guénon
en su artículo La Estricta Observancia y los Superiores Desconocidos, incluido en sus Estudios
sobre la Francmasonería y el Compañerazgo, obra fundamental a la cual remitimos. Para Guénon,
no obstante, esto parece algo obsesivo, pero en caso de ser cierto tendríamos que los jesuitas, de
una u otra forma, habrían intervenido en fraguar las dos principales filiaciones templarias, la de
Larmenius y la de los escoceses.

Lo cierto es que este régimen masónico y templario de la Estricta Observancia tiene su origen en la
iniciación que Von Hund recibió en Francfort en 1742, y en la concesión de los altos grados
templarios, en 1743, en el Capítulo de Clermont en París, por parte del príncipe Carlos Eduardo
Stewart (Estuardo), que se encontraría exiliado en Francia. Como quiera que se ha demostrado
que no había ningún Estuardo en París por esa fecha, muchos autores, entre ellos el propio René
Guénon, deslegitimaron toda esta historia. Sin embargo, nuevas evidencias encontradas en los
archivos de la Stella Templum (grupo escocés que se reclama también heredero de la Orden del
Temple), y que recogen Baigent y Leigh en El Templo y la Logia, y Hopkins, Simmans y Wallace-
Murphy en Los hijos secretos del Grial, apuntan a que no fue Carlos Estuardo el que inició a Von
Hund en los altos grados templarios, sino que se trataría de otro templario escocés ligado a Rex
Deus; nos estamos refiriendo al conde de Eglinton, Alexander Montgomery, lo cual es
significativamente plausible, pues recordemos la relación de los Montgomery con los Estuardo
desde la época de Robert Bruce... Este templario no sería otro que el famoso Eques a Penna Rubra
(Caballero de la Pluma Roja), que Von Hund había confundido con un Estuardo al comprobar que
alguno de los presentes, posiblemente Lord Kilmarnock, se dirigía a él como “Stewart” o “Steward”
(Senescal). Y es que ese era precisamente su rango en la Orden del Temple.

Posteriormente Von Hund se hizo otorgar el título de Gran Maestre de los templarios, lo cual
originó algunas protestas en el mundo masónico. En cualquier caso, creó la Estricta Observancia
Templaria, a la que con el tiempo pertenecerían figuras de la talla de Mozart, Haydn o Goethe, y
declaró haber recibido la misión de reformar la francmasonería alemana y reconstruir la Orden del
Temple, suprimida en 1314 por el papa Clemente V. Esta misión, según él, la habría recibido de
unos “Superiores Desconocidos”, que es precisamente donde algunos masones, como
Ribeaucourt, han visto a los jesuitas, incluso se ha pretendido ver en las iniciales S.J. o S.I.
características de la Societas Iesu las de “Superiores Desconocidos” (“Superiors Inconnu” en
francés).

Von Hund introduce en sus rituales una doble leyenda: 1ª) su obediencia, la masonería rectificada,
procede de la Orden del Temple; 2ª) la masonería escocesa es la obra de los Estuardo destronados
(leyenda llamada jacobita).

Tras una expansión considerable, una fusión con la Clericatura del ministro protestante Starck, la
creación de altos grados muy secretos reunidos en torno a un llamado Colegio Metropolitano y
otros acontecimientos más o menos tempestuosos, Von Hund fallece en 1776. En 1782, la Estricta
Observancia celebra un Convento en el que, entre otras conclusiones, se llega a la de que la
filiación templaria solamente tiene un significado moral, místico cristiano. Es entonces cuando el
duque Fernando de Brunswick se convierte en el jefe del nuevo sistema con el título de Gran
Maestro General de la Orden de los Caballeros Bienhechores y de la Masonería Rectificada. Sin
embargo, hacia 1786 el duque Fernando se desentiende totalmente de la Orden, y hacia el año
1806 ya no existe prácticamente la Estricta Observancia Templaria. Sin embargo, antes de esa
fecha, entre 1774 y 1782, se había gestado en Francia el Régimen Escocés Rectificado por parte de
dos grupos de masones de Lyon y Estrasburgo, entre los que cabe citar a Jean y Bernard Turkheim
y Rodolphe Saltzmann, de Estrasburgo, y sobre todo a Jean-Baptiste Willermoz, de Lyon, quien fue
el artífice del Régimen y dio forma a la doctrina del Rito.

Entre los orígenes y fuentes del Régimen Escocés Rectificado tenemos a la Estricta Observancia
Templaria, también denominada “Masonería Rectificada” o “Reformada de Dresde”, que era el
sistema alemán que implantó Von Hund, y en el que el aspecto caballeresco primaba
absolutamente sobre el aspecto masónico. Como ya dijimos, la Estricta Observancia no sólo
pretendió ser la heredera, sino también la restauradora de la antigua Orden del Temple abolida en
1312. Sin embargo, el Rito Escocés Rectificado no aspira a ser tanto, y únicamente se conforma
con erigirse en detentador de una tradición espiritual templaria, mas en ningún caso de una
filiación histórica. Hoy día este rito de masonería cristiana se sigue practicando en varias
obediencias, entre ellas en la masonería regular española.

Podemos decir que, en lo que al aspecto “visible” se refiere, el Rito Escocés Rectificado
representaría el último eslabón de una cadena de transmisión entre los templarios medievales y la
masonería. Sin embargo, ¿existirán en nuestros días otros eslabones no tan “visibles”?...
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