¿Un laberinto sin salida?
En una fría y oscura mañana, me encontraba en el salón de clases
cursando mi último año de colegio, cuando un horrible y
desesperante sentimiento de no tener rumbo en la vida me invadió.
Sentía que mi existencia era monótona, como si cada paso estuviera
predeterminado. Mis pensamientos inundaron mi mente mientras
observaba la ciudad a través de la fría ventana. Me sumergí tanto
en ellos que perdí la noción del tiempo y del espacio, y cuando volví
en mí, ya habían pasado las dos primeras horas de clase. Me sentía
agobiada, perdida en un camino sin destino, reflejo de cómo me
sentía en general.
Unos meses después, específicamente el día 18 de octubre, llegó el
último día junto a mis compañeros, amigos y profesores. A algunos
les tenía aprecio, pero a la mayoría les profesaba un profundo y
abrumador odio. Te preguntarás la razón de ese odio hacia la
mayoría de mis compañeros. Deja que te cuente: se remonta a mis
oscuros años de primaria, cuando descubrí cuánta malicia pueden
albergar los niños. Contradictorio, ¿no? Se supone que los niños son
puros, pero para mí eso no tenía sentido. Siempre fui acosada,
tanto psicológica como físicamente, ya sea por mi nombre un tanto
peculiar, mi apariencia, mi estatura o diversas situaciones. Ellos
siempre encontraban una manera de hacerme sentir miserable.
En ese momento, estos pensamientos intrusivos invadieron a una
niña de 9 años que solo quería hacer amigos, pero que era incapaz.
En esos momentos de mi vida, desearía retroceder en el tiempo y
abrazar a esa niña, consolarla, algo que nadie hizo. Simplemente se
dejó llevar por sus innumerables pensamientos. Cuando ingresó a
secundaria en 2018, hizo un grupo de amigos que le dieron una
pizca de esperanza y un poco de dirección en su vida. Pasó el 2019
como un año común y corriente, pero en 2020, con la llegada de la
pandemia, cayó de nuevo en ese vacío del que le había costado
tanto salir. Los recuerdos atormentadores de su infancia regresaron,
y comenzó a tener comportamientos tóxicos consigo misma.
Intentó cambiar su apariencia física, pero fue en vano. Al final,
seguiría siendo la misma persona. Con el tiempo, llegó la
adolescencia, y así fue como transcurrió el tiempo hasta que
terminó la pandemia.
Ya conocido el trasfondo, ese día salí como si fuera uno común y
corriente. Claro, iba a extrañar a mis amigos, a los pocos que quería,
pero ahora estaba segura de que me esperaba una etapa
totalmente diferente. Durante esas vacaciones, fui sanando las
pequeñas heridas internas que tenía conmigo misma y con mi
apariencia. Me di cuenta de que la belleza es subjetiva y que lo que
realmente importa en esta vida es ser feliz y ser una buena persona
a pesar de las difíciles situaciones que se presenten. Por fin entendí
cuál era el rumbo de mi vida: ser feliz siendo yo misma, sin
necesidad de cambiar.
Actualmente, siento que poco a poco estoy aprendiendo a amarme
tal como soy y a sanar esas heridas de mi pasado para ser una
mejor persona cada día, sin dejar de ser feliz a pesar de los
obstáculos que la vida me presente. Con respecto a mi nueva etapa,
que es la universidad, me siento muy feliz con mi carrera, no es lo
que yo realmente quería, que era medicina, pero si es una parte de
mi sueño, hay días que puede ser demasiado agobiante debido a
que de mi colegio no salí con muy buenas bases de matemáticas,
pero no es algo que me detenga para llegar a esa meta que tengo,
con esfuerzo y dedicación iré superando esas falencias. Ya en el
aspecto social, hice unas amistades los días de inducción y me
siento realmente feliz con esto y claro como podría dejar atrás a mi
pareja actual, él ha sido una de las mejores compañías en lo que ha
pasado del semestre.
Me siento muy agradecida con cada mínima cosa que ocurre,
aprendí a valorar cualquier situación, así sea mala o buena, porque
al final de todo, no existen situaciones malas, sino lecciones que la
vida nos da. Con esto llego al final de mi crónica, espero haya sido
de su agrado.