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Regreso y reconstrucción en Esdras

Este documento describe dos regresos de judíos desterrados a Jerusalén. El primero ocurrió bajo Ciro el Grande donde se reconstruyó el templo. Luego hubo años de decadencia espiritual hasta que Esdras lideró un segundo regreso para restaurar el cumplimiento de la ley.

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Regreso y reconstrucción en Esdras

Este documento describe dos regresos de judíos desterrados a Jerusalén. El primero ocurrió bajo Ciro el Grande donde se reconstruyó el templo. Luego hubo años de decadencia espiritual hasta que Esdras lideró un segundo regreso para restaurar el cumplimiento de la ley.

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Primer regreso de los desterrados

(Esdras 1 – 6)

A. Se organiza el retomo a Jerusalén (Esdras 1, 2)

El escritor sagrado señala, claramente que Jehová movió el espíritu de Ciro para que permitiera
el regreso de los judíos a su patria. El personaje máximo de la restauración de Jerusalén no fue
Ciro, Zorobabel, ni Esdras, sino Dios. El monarca persa afirmó que él estaba comisionado por
"Jehová, el Dios de los cielos" para construir un templo en Jerusalén. Demostraba así verdadera
generosidad, al conceder no sólo permio para volver, sino también ayuda material además de
instar a los vecinos a prestar su cooperación.

En el libro de Esdras, se encuentran dos copias de la proclamación de Ciro: la primera (1:2-4)


está escrita en hebreo y la segunda (6:3-5) en arameo. Ni la una ni la otra son completas, pues
son complementarias. La promulgación de dicho decreto fue publicada en hebreo por heraldos
enviados a los judíos en el exilio y la copia en arameo fue archivada en Ecbatana (Acmeta,
Esdras 6:2), la residencia de verano de Ciro. Sin duda, el decreto hecho en hebreo fue
redactado por empleados judíos de la corte persa o quizá por Daniel mismo.

También el edicto persa fue el cumplimiento de la profecía de Jeremías. Este profeta había
predicho que los cautivos pasarían solamente 70 años (cifra redonda) en Babilonia (Jeremías
29). Al parecer Dios, en su misericordia, abrevió el período de cautiverio, pues proclamó su
liberación en el año 538 a.e. (el "primer año de Ciro", de su reinado sobre Babilonia). Así que el
cautiverio duró aproximadamente 60 años, desde 597 hasta 538.

Ciro mismo devolvió los vasos sagrados que Nabucodonosor había llevado del templo de
Jerusalén.

Dios levantó dos grandes líderes: Zorobabel, un descendiente de la casa de David, y Josué
(Jesúa), el sumo sacerdote.

¿Qué fue lo que impulsó a los desterrados a volver con Zorobabel? Sin duda, fueron en gran
parte el fervor patriótico y la fe santa de sus dirigentes, que conmovieron al pueblo. El gran
entusiasmo de ellos era contagioso. Solamente 42.360 judíos volvieron, y con los esclavos y
músicos, sumaban unas 50.000 personas.

Los anales reflejan la pobreza de los repatriados. De cada seis personas, una era dueña de un
burro y de un esclavo. De cada 60, sólo una disponía de un caballo. De cada 100 personas, una
tenía un camello; de cada 175, una era dueña de una mula.

Se considera que este regreso fue un segundo éxodo de Israel. El gozo y los cánticos
caracterizaron los preparativos y la partida. Un salmista desconocido expresa los sentimientos
de los repatriados: "Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que
sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza" (Salmo 126:1,
2).

El camino era largo, unos 1.500 kilómetros, ya través del desierto. Fue un viaje de cuatro
meses. Pero por el gozo que sentían, no les pareció tan largo ni fastidioso. Los músicos tocaban
y el pueblo cantaba. Era como un avivamiento o un nuevo nacimiento.
B. Reconstrucción del templo (Esdras 3 - 6)

Uno de los primeros esfuerzos comunes de los repatriados fue edificar un altar, construido en
el mismo sitio donde Salomón colocara el altar de bronce, unos cuatro siglos atrás. ¿Por qué
reconstruyeron el altar antes de comenzar la reedificación del templo? Seguramente se dieron
cuenta de que la adoración misma es más importante que la casa de adoración.

El altar es de importancia básica para el culto a Jehová, pues no existe acceso a Dios sin el
derramamiento de sangre. Los israelitas recomenzaron su vida nacional obedeciendo la Ley de
Moisés. También sacrificaron holocaustos de consagración a Jehová en gratitud por el
renacimiento de la nación. Finalmente, temían a los samaritanos y otros pueblos y querían
ganar el favor y la protección de Dios.

Celebraron también la fiesta de los Tabernáculos, recordando, así como Dios había enviado el
maná, les había proporcionado agua de la roca y los había guiado y atendido en todas sus
necesidades. Mediante la fiesta, querían significar que aún confiaban exclusivamente en Dios,
quien los dirigía y satisfacía sus necesidades.

Los dirigentes judíos reunieron obreros y materiales para comenzar la construcción del templo.
Cuando se echaron los cimientos, el pueblo se congregó para alabar a Jehová y agradecerle
esta evidencia de fidelidad. Las trompetas convocaron a la asamblea al culto. Luego los levitas
cantaron salmos.

Un grupo respondía a otro, de una manera muy similar a la de los Salmos 116 y 136. Muchos
de los repatriados lanzaron gritos de gozo al ver convertido en realidad el sueño de reconstruir
el templo, pero los pocos ancianos que habían visto el primer templo de Salomón, lloraron
amargamente porque los cimientos del nuevo edificio eran de inferior calidad a los del anterior.

No se había avanzado mucho en la construcción cuando surgieron los disturbios. Los


samaritanos al norte, Amón al oriente, Gesem y sus árabes al sur, y al oeste la ciudad de Asdod,
eran más bien enemigos que amigos (cf. Nehemías 4:7).

Los dirigentes de los samaritanos, al saber que los judíos habían comenzado a reedificar el
templo, ofrecieron ayudarles, alegando que adoraban al mismo Dios. ¿Por qué no aceptaron
los judíos su ayuda? Los samaritanos no practicaban la religión pura de Jehová. El rey asirio
Sargón había traído colonos de otras partes de su imperio para mezclarlos con los pocos
israelitas que él dejara en el territorio del reino septentrional. Más tarde, estos pueblos
aceptaron la religión de Jehová, pero también mantuvieron su idolatría.

Los judíos no excluyeron a todos los samaritanos, sino que aceptaron a los que se purificaron
espiritualmente. El escritor inspirado afirma que los israelitas celebraron la Pascua "con todos
aquellos que se habían apartado de las inmundicias de las gentes de la tierra para buscar a
Jehová Dios de Israel" (Esdras 6:21). Los samaritanos se volvieron hostiles hacia los repatriados
e hicieron todo lo posible para estorbar la construcción.

Mediante maniobras políticas, el pueblo de Samaria pudo convencer al rey de Persia que le era
conveniente interrumpir los trabajos. Se ve también que los judíos permitieron que se
propagara el desaliento cuando se intensificó la oposición. Se suspendió la construcción por 16
años.
A pesar de la inactividad del pueblo, Dios no abandonó sus planes. En el año 520 a.c., Jehová
levantó a dos profetas, Hageo y Zacarías, para alentar al pueblo a continuar en la obra. Hageo
les manifestó a los judíos que no era extraño que se quejaran de la difícil situación y de la
carestía de la vida, pues Dios estaba en su contra. Habían construido casas hermosas para sí,
mientras que en el templo no se había hecho nada más.

Los instó a recomenzar la construcción (Hageo 1, 2). Zacarías también conmovió al pueblo
señalando que los "cuernos que dispersaron a Judá" (los poderes enemigos) son derribados, es
decir, no hay oposición a la construcción (1:18-21); que "los dos ungidos" (Zorobabel, el
príncipe, y Jesúa, el sacerdote) "están delante del Señor de toda la tierra" (4:14); que "las
manos de Zorobabel echarán el cimiento de esta casa, * y sus manos la acabarán".

El nuevo esfuerzo en la construcción del templo llamó la atención del gobernador Tatnai, de
Setar-boznai y de sus compañeros. Estos comenzaron una investigación, tal vez para intimidar
nuevamente a los judíos. Pero los judíos estaban convencidos de la protección de Dios y se
mantuvieron activos en sus trabajos.

El rey persa Daría hizo anular la oposición, mandó a Tatnai y Setar-boznai entregar fondos
reales de los impuestos de la región Transeufratina a los judíos para ayudar a la construcción, y
ordenó que se les dieran animales para los sacrificios.

La construcción del templo duró cinco años. Los materiales que se emplearon en la edificación
fueron de inferior calidad a los que se usaron en el templo de Salomón, y faltaba el arca, pues
ésta había sido destruida por los babilonios en la toma de Jerusalén. Sin embargo, Dios le
inspiró a Hageo esta afirmación: "La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera"
(Hageo 2:9). De más valor es un rústico salón donde habita la gloria de Dios, que una suntuosa
catedral sin su presencia.

La dedicación del templo fue una ceremonia impresionante y motivo de gran gozo. Entre los
muchos sacrificios ofrecidos, estuvo el de doce machos cabríos en expiación por las doce tribus
(6:17). Al parecer, los judíos consideraron que se había restaurado la nación entera. La
celebración de la Pascua fue muy interesante. Esta había sido instituida para que los hebreos
recordaran siempre su liberación de la esclavitud de Egipto. Ahora se gozaban también de la
liberación de Babilonia.
Segundo regreso
(Esdras 7 - 10)

Los años intermedios. Entre la dedicación del templo y la llegada de Esdras a Jerusalén, hay un
lapso de 58 años. El capítulo 6 de Esdras termina en el año 516 a.c. . Esdras mismo entra en la
escena en el capítulo 7, en el 458 a.c. Entre estos dos capítulos, Jerjes (Asuero) ascendió al
trono de Persia (485-465 a.c.), de tal manera que los acontecimientos del libro de Ester
ocurrieron en este período. Hacia fines de este intervalo, la espiritualidad decayó en Jerusalén.

La nueva generación nada sabía del fervor de sus padres y abuelos. La desidia y la debilidad
caracterizaban las prácticas de fe; es decir, los judíos no cumplían estrictamente la Ley de
Moisés, por lo que Jerusalén marchaba nuevamente hacia la decadencia. Pero Dios levantó a
un hombre, Esdras, para hacer volver a su pueblo.

Cuando Esdras presentó su solicitud a Artajerjes, rey de Persia, Dios predispuso el corazón del
monarca para que éste lo favoreciera. El rey no solamente concedió el permiso para retornar,
sino que también dio órdenes para que se recolectaran dinero y bienes para el templo, y
eximió a los funcionarios del templo de pagar impuestos. Además, autorizó a Esdras a ejercer
jurisdicción sobre todas las colonias judías situadas al oeste del Eufrates. Esdras recibió
autoridad para hacer cumplir las leyes de Jehová.

Su empresa era reformar al pueblo, espiritual y moralmente. Pronto congregó unos 1.500
hombres que, junto con sus familias, se ofrecieron para emprender el largo viaje a Jerusalén. Al
ver a los que se habían reunido, pudo notar que no figuraban levitas entre ellos. Dado que la
restauración había insistido en un culto puro, se había prestado especial atención a los
sacerdotes y se habían descuidado los levitas.

De manera que éstos no tenían mucho estímulo para regresar. Esdras deseaba que el culto
fuera completo, y tuviera canciones, coro y músicos. También los sacerdotes necesitaban la
ayuda de los levitas. Por esto, persuadió a unos 250 levitas para que retornaran con sus
familias.

No había pedido soldados que los escoltasen durante el trayecto hasta Jerusalén, ya que le
había dado su testimonio al rey acerca del poder de su Dios. Muy pronto los judíos
emprendieron el viaje a través del desierto, donde podrían correr peligro, pues habían formado
una rica caravana que despertaría la codicia de las hordas beduinas que infestaban las
desoladas regiones de Arabia y Siria. Se calcula que el oro y la plata que los judíos llevaban para
el templo equivaldrían más o menos a unos 2.500.000 dólares.

"La buena mano" de su Dios estuvo sobre ellos protegiéndolos en el camino, un viaje de cuatro
meses. Al llegar, Esdras les presentó a los sacerdotes nuevos vasos sagrados y otros 254 Los
libros históricos utensilios para uso del templo, luego se ofreció un sacrificio y se comunicaron
las órdenes de Artajerjes a los gobernadores de las provincias vecinas, quienes les brindaron
ayuda a Esdras y a su gente, cumpliendo así con la palabra del rey. B. La refonna de Esdras
(Esdras 9 y 10)

Un grupo de los jefes del pueblo le informó a Esdras que algunos de los repatriados se habían
casado con personas extranjeras. Entre los culpables se encontraban miembros de la familia
del sumo sacerdote y oficiales civiles. Era una violación de la Ley de Moisés (Deuteronomio 7:1-
5), que lo prohibía, no por prejuicios raciales, sino porque llevaba a la idolatría. La confesión de
los príncipes apenó grandemente a Esdras. Rasgó sus vestidos, se arrancó los cabellos y se
sintió angustiado. Se dio cuenta de que la continuación de la existencia misma del pueblo
escogido dependía de una reforma inmediata y completa. A la hora del sacrificio, oró con
corazón quebrantado en el patio del templo, confesando el pecado de su pueblo ante Dios. Se
identificó íntimamente con ellos. Ante el dolor de Esdras, el pueblo se conmovió y también
lloró amargamente. Secanías, portavoz del pueblo en esta ocasión, reconoció que el pecado
existía y propuso que los culpables despidieran a sus esposas paganas juntamente con los
niños que éstas hubieran dado a sus maridos.

El cumplimiento de las profecías mesiánicas dependía de que se mantuviera separado el


pueblo escogido. Aprovechando el apoyo que el pueblo le brindaba, Esdras convocó a una
asamblea a todos aquellos repatriados que moraban en Jerusalén y sus alrededores. Les dio un
plazo de tres días para reunirse en la plaza ante el templo, so pena de ser excomulgados y de
perder sus derechos de propiedad.

Les explicó la gravedad de su pecado y les exhortó a separarse de sus esposas paganas. El
pueblo expresó su conformidad con la propuesta de Esdras. Pero las intensas lluvias de
diciembre no permitían que se quedaran al descubierto mucho tiempo. Esdras nombró una
comisión de hombres selectos Los libros históricos 255 para examinar cada supuesto caso de
matrimonio ilegal por separado, y dar su juicio conforme a las evidencias. Este examen duró
tres meses.

El total de culpables que se casaron con mujeres extranjeras fueron 114 hombres, incluyendo
una proporción de sacerdotes relativamente alta. Los sacerdotes habían formado un diez por
ciento de los repatriados, pero el quince por ciento de los culpables eran sacerdotes.

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