MIRANDO A MIRANDA – TOMO 2.
INTRODUCCIÓN
Han contestado presente algunos de los escritores de la primera edición de
“Mirando a Miranda”, libro histórico del año 1993, que otra vez han sido convocados
para sacar adelante una nueva edición de esta magistral obra de consulta que ha
servido para muchas generaciones de estudiantes.
Y, por supuesto, no podía dejarse pasar una inyección de nueva cronología con
escritores que se encuentran en nuestro entorno y que no participaron en la primera
publicación.
Nace esta segunda crónica durante el cuatrienio de la Administración “Amor por
Miranda” en el marco del Plan de Desarrollo 2020 – 2023.
Bien vale la pena mencionar el nombre de los gestores de la primera edición, para
que no se pierdan de la memoria, en las páginas de este libro que fue una sensación
para la época, dadas las circunstancias como se escribió y salió a la luz pública.
Fueron ellos:
Olivar Antonio Calvache Rosero, Luz Marina Cárdenas, Aura Teodolinda Dicue,
Leonel Saavedra Muñoz, María Gladis Pérez de Saavedra, María Lesbia Oliveros
Rentería, Homero Montaña Narváez, Luz Mary Realpe Prado, Jesús Olmedo Ortega
Yela, Alexander Montaña Narváez, María Rosalba Ruiz Bedoya, Claudia Mercedes
Ordoñez, Julio Edgar Mera, Doris de la Cruz Muñoz, Abelardo Cunda, Norman Trullo
Toro y Vera Andrea Carvajal.
Y, por supuesto, esta es la lista de los nuevos escritores que se asoman a las
páginas de este libro histórico que, siguiendo los parámetros de su antecesor, se
titula: Mirando a Miranda – Tomo 2.
Son ellos:
Alberto Pizarro Quintero, Arturo Gerardo Rodríguez Rengifo, Crysth Allison
Montenegro Bernal, Daniel Pontón Martínez, Eugenio Zúñiga Palacios, Hellen Vivas
Hincapié, Liliana Tapasco Rosas, Luis Fernando Orozco Gutiérrez, Luis Gabriel
Arias Díaz, Luis Arney Zuleta Ríos, Nilson D. Campo Toro, Oscar Velasco Cosme y
William Sánchez Martínez.
Repiten en esta nueva oportunidad los docentes Leonel Saavedra Muñoz y Luz
Mary Realpe Prado.
Cada uno de los escritores participantes, tanto los antiguos como los nuevos, han
puesto de su parte todo el potencial que le permita presentar un escrito que llene
las expectativas propuestas para generar un producto final con calidad. Esto lo
pudimos apreciar en las reuniones previas que se realizaron.
Se busca en esta oportunidad seguir con la esencia de la primera edición, vale decir
su cronología, que los escritos sean cortos pero con contenido que valga la pena
para quienes, a futuro, buscarán en sus páginas información, ilustración y
pedagogía para la elaboración de trabajos y tareas escolares, además de recrear la
historia de Miranda con sus mitos sacados de ultratumba, por contadores de
historias. Recrear de tal manera el estar inmersos en tiempos de violencia que no
terminan, y suspirar al leer los versos de sus poetas y cantores.
Miranda tiene mucho de donde escoger para que, de hoy en adelante y, de acuerdo
con las políticas de cultura, cada año lanzar un libro histórico que por su riqueza
busque y, lo digo con certeza, poder superar al anterior.
Los mirandeños tenemos talento para concretar ideas y mostrarlas ante propios y
extraños y como decían las abuelas: “no necesitamos de que nos estén empujando,
es diciendo y haciendo y haciendo cosas buenas”.
Quienes hemos aceptado este reto, tenemos fija la mente en lograr un producto
que, de inmediato, impacte en la comunidad con el granito de arena que cada uno
trae a la espalda para lograr hacer una montaña de arena que alcance en lo alto,
hasta el infinito.
Cada uno de los escritores participantes, tanto los antiguos por su experiencia,
como los nuevos por su conocimiento, han puesto de su parte todo el potencial que
les permita presentar un escrito que llene las expectativas propuestas para generar
un producto final con calidad.
Queda a consideración de los lectores el calificativo para esta obra literaria.
Bienvenida La obra: Mirando a Miranda – Tomo 2.
Eugenio Zúñiga Palacios-Gestor Cultural
MIRANDO A MIRANDA DESDE LA MONTAÑA
(Ensayo)
CRYSTH ALISON MONTENEGRO BERNAL NILSON D. CAMPO TORO
Docente y directivo Pensador critico
Docente en el y filosofo de la
Institución educativa Universidad del
Agropecuario Cauca.
Monterredondo. Cofundador del
Magister en estudios colectivo juvenil
Interculturales de la en narrativa
Universidad del Cauca. Digital
Química Industrial de la contemporánea
UTP, Investigadora y “el andén”,en
Luchadora popular. Miranda Cauca.
A mediados del año 2018 realizamos un viaje de reconocimiento previo, hacia el
municipio de Miranda, ubicado en el Google maps a 133 kilometros de la ciudad de
Popayán, en la que vivíamos entonces; relativamente cerca, nos dijimos. Quisimos
más allá del mapa reconocer en donde quedaba tal territorio y cómo se llegaba al
colegio, Institución Educativa Agropecuario de Monterredondo (IEAM), que por
motivo de nombramiento por concurso de méritos se iba a convertir en nuestro
nuevo lugar de trabajo y de residencia.
Hasta entonces Miranda no figuraba en nuestro imaginario social, no tenía
existencia real ni menos importancia, era un pueblito perdido en las profundidades
del norte del Cauca, próximo con Corinto, que es la referencia más usual. Nos
habían dicho que Miranda era una buena opción para escoger la plaza del
nombramiento docente, porque era un lugar activo culturalmente junto a Florida y,
además, de fácil conexión con la ciudad de Cali. Nos decidimos. Entramos por la
vía nacional que conecta Santander de Quilichao – Palmira, cuando finalmente
llegamos nos detuvimos en el parque principal Julio Fernández Medina, frente a
unas instalaciones de dos pisos que nos parecieron ser la alcaldía. Sin bajarnos del
carro, preguntamos a un transeúnte
Disculpe, andamos en busca del colegio de Monterredondo, ¿cómo podemos
llegar?
-Monterredondo? es p’arriba, pero no le sé decir, yo no conozco. Pero quizá ahí en
la alcaldía -señaló con su rostro- el señor le dé razón.
Me acerque a la entrada de la alcaldía y pregunte nuevamente, esta vez haciendo
énfasis en que mi compañera había sido nombrada como docente y en que
queríamos conocer el colegio antes de venir en definitiva. El señor nos abrió los
ojos, y miró hacía dentro del carro. Luego exclamó en alerta
-Allá no pueden ir sin acompañamiento, y menos en ese carro. Por allá los dejan.
Espere un momento yo pregunto.
El señor se adentró en la alcaldía mientras nosotros en zozobra nos regresamos a
ver las caras, nuestros rostros dibujaron expresiones de duda, pues con semejante
impresión como bienvenida. El primero, que ni conocía, el siguiente, que ni locos
podíamos subir…en eso salió el señor nuevamente, acompañado de un funcionario
de la alcaldía que con toda tranquilidad nos dijo, eso está muy tranquilo por estos
días, suban que no hay ningún problema. El viaje había durado alrededor de tres
horas y no lo íbamos a perder por miedos y rumores, subimos decididamente a
conocer el colegio, pero ahora con una atenta precaución.
Seguimos las indicaciones que el lugareño nos había dado, girar hacia la derecha
por Cuatro esquinas y subir aproximadamente 9km, una media hora. Recién
subiendo nos sorprendió un portón blanco, grande como la entrada de una
hacienda, pero cuyo rótulo decía “Zona de Reserva Campesina -Miranda
departamento del Cauca-”, íbamos comentando esta eventualidad mientras
seguíamos subiendo despacio, nuevamente nos llevamos otra sorpresa, vimos por
los lados de la cantera a las señalizaciones de tránsito marcadas con aerosol negro
las siglas AUC. En Colombia es consecuente que a toda organización popular y
campesina le siga una paramilitar, explicábamos, mientras nos iban refrescando los
paisajes a medida que ascendíamos. Ahora nos topábamos, en Calandaima, un
poco más adelante del ascenso al cerro, un letrero metálico blanco con la inscripción
“territorio intercultural en defensa de la vida”. Nos sorprendió. Pero bien lo
entendimos cuando casi llegando al colegió vimos alusiones al resguardo, al Cric,
con pintas rojas y verdes, por gran parte del trayecto de placa huella que
comenzaba, irónicamente, con un alojamiento de la policía y culminaba a orillas del
ETCR (espacios territoriales de capacitación y reincorporación) de Monterredondo.
Encontramos las instalaciones del colegio con el portón abierto y desolado,
entramos en el carro, nos bajamos, paseamos por las aulas y los pasillos, nos
extraviamos y contemplamos el paisaje, era sin duda un colegio privilegiado, con
una gran potencia cultural y educativa.
Hay que internarse en las montañas de Miranda para encontrarlas increíblemente
valiosas y diversas, desenmascarar los estereotipos creados tras los relatos de la
violencia. Rescatar las memorias negadas y apreciar los colores variopintos en sus
pieles y voces, estar atento sí, pero para oír la sensibilidad en la expresión y el
pensamiento de los campesinos, indígenas nasa y comuneros de la montaña. Es
necesario internarse por trochas y caminos, saberse perder, y saber salir de nuevo
para leer sus páginas más íntimas, reavivar los recuerdos, sueños y lo silenciado
en los gritos que levantan.
Memorias de la colonialidad y el despojo
A Miranda se la divide en dos zonas, la rural y la urbana: a su vez la zona rural está
geográfica y económicamente divida en dos, parte plana y parte alta, que
comprenden el terreno de mayor extensión en relación al casco urbano. Lo rural se
enmarca en un sistema de dicotomías, propio del pensamiento binario occidental,
que teatraliza el supuesto triunfo del orden urbano sobre extensos territorios
salvajes. Margarita Serje, profesora del departamento de antropología de la
Universidad de los Andes, explica cómo se van construyendo universos simbólicos
alrededor de las nociones de ‘bosque’ y de ‘ciudad’:
Los bosques se concibieron en la Antigüedad como fundamentalmente hostiles a la
ciudad (…) El bosque se convierte en el umbral contra el cual se define el espacio
cívico. De hecho, los bosques se consideraban lugares que no pertenecían a nadie.
La ciudad (civitas) y el bosque (silva) aparecen rigurosamente opuestos el uno al
otro. En adelante, el bosque se ve opuesto a la civilización, y más tarde a la razón1
Tal sistema de binarismos reduce la complejidad del campo a un primitivismo
instintivo y simple: donde lo rural se concibe como un espacio por fuera de lo cívico
y representado como el polo opuesto del orden, la norma y la ley. La zona
Montañosa de Miranda también conocida como zona alta, parte alta o como la
Montaña, se sitúa en la condición histórica de este sistema de oposiciones, en el
que la globalización digital ha disparado el ideal de la ciudad como una suerte de
quimera al alcance de todos, como oportunidad, orden, progreso y salvación.
Mientras que, de forma antagónica, el campo queda relegado a tierras de nadie,
atraso y fracaso, a un producto de la lucha armada en el campo colombiano, que
sigue generando todo tipo de violencias, miseria y olvido.
La construcción del campo, en Latinoamérica, comparte desde su origen una
condición histórica de colonización, pues surge a partir de su invisibilización social
y cultural, a partir del distanciamiento binario entre lo urbano y lo rural, dando cuenta
de la colonialidad como su matriz fundante. Siguiendo al sociólogo peruano Aníbal
Quijano, la colonialidad es un elemento constitutivo del patrón de poder capitalista
fundamentado en “la imposición de una clasificación racial/étnica” como piedra
angular de dicho poder.
Así pues, si bien el período colonial en las Américas terminó en el primer cuarto del
siglo XIX, la colonialidad se extiende hasta nuestros días, con nuevas y cada vez
más sofisticadas maneras. En Miranda este fenómeno de la colonialidad se expresa
en la historia de exclusión y subalternización que configuró ambas partes de la zona
rural, por un lado, los indígenas de los pueblos originarios violentamente
desplazados hacían las periferias de los centros poblados, y por el otro, los
establecimientos de los negros libertos en los múltiples movimientos de la diáspora
africana.
1
Véase en El revés de la nación: territorios salvajes, fronteras y tierras de nadie. 2011. Pag 122
Y recientemente, estas lógicas coloniales del capitalismo neoliberal se han
acentuado en el territorio bajo la forma de explotación asalariada o informal, sobre
estos sectores sociales y ejecutada con una mal disimulada segregación racial. En
la zona plana la agroindustria de la caña logró acaparar la casi totalidad de la tierra
y trazar los destinos de la economía en el sector, el Ortigal, la Lindosa, Santa Ana
y San Andrés, cuyos pobladores son la gente negra del norte del Cauca y sur del
Valle, que en su mayoría viven hoy como corteros de caña2. La zona alta, por su
parte, carga consigo el flagelo de las disputas por el control territorial, entre grupos
armados cada vez más fragmentados y sin una orientación que permita entender
su incidencia o la legitimidad de sus acciones sobre las dinámicas del poder.
Así mismo, debe agregarse que también la visión y la proyección de Miranda como
un lugar moderno, su exaltación a los proceres de la libertad marcada en su mismo
nombre fundacional, dan cuenta de ese estado de colonialidad por medio del cual
se han negado las memorias y los imaginarios de nuestras propias culturas, para
instaurar e imponer un ideal euro-norteamericano de sociedad y un imaginario
cosmopolitismo. Por ello, es menester liberar nuestra mirada sobre Miranda de la
miopía eurocéntrica y su mito de la modernidad. Reconocer nuestra propia
experiencia y lugar de marginalidad en la historia y desterrar de nuestros ojos el
lente dominador, cuestionando decisivamente sus rasgos ideológicos.
Por tal razón, ascender a la montaña es vincularse con sus texturas y
materialidades, es mimetizarse en medio de las propiedades cromáticas y sentirse
entre sus memorias de la guerra y el dolor. Desde allí arriba a Miranda se la ve a la
distancia, como algo distinto, quizás, puede que en los siguientes años la riqueza
policromática de “la Montaña de mil colores” (como llamaron los comuneros a su
actual proyecto de ecoturismo comunitario en Monterredondo), le pinte una
esperanza a Miranda, si esta está dispuesta a dejarse construir desde su frontera.
Pero para que Miranda se abra a la Utopía de la paz como algo posible y deseable,
necesita actualizar a la juventud y en especial a los líderes y dirigentes en las
2
Quien quiera profundizar en este tema puede consultar la tesis Luchas Cantadas de Danilo Reyes Abonia, en
el repositorio de la Universidad del Cauca, Facultad de Ciencias humanas y sociales.
corrientes críticas del pensamiento contemporáneo mundial, las cuales han dejado
atrás el anquilosado discurso colonial del progreso y su tendencia a la
modernización e industrialización. Hablamos para Miranda de una poética rural que
estructura posibilidades de vivir otras, desde la labranza campesinas, el tejido
indígena y la solidaridad de la acción comunera. Amplia amalgama de valores que
han forjado los rasgos característicos de nuestra historia regional propia, los cuales
merecen ser rescatados y visibilizados con la finalidad de proyectar la construcción
de una identidad digna para el municipio.
Más allá del recurrente relato de la violencia, en la parte alta de Miranda se
manifiestan colores de resistencia que se hacen notar y se distancian radicalmente
del orden y poderío colonial. Colores de tinta montañera trazan Epistemologías del
Sur, que resultan del:
Reclamo de nuevos procesos de producción, de valorización de conocimientos válidos,
científicos y no científicos, y de nuevas relaciones entre diferentes tipos de conocimiento, a
partir de las prácticas de las clases y grupos sociales que han sufrido, de manera
sistemática, destrucción, opresión y discriminación causadas por el capitalismo, el
colonialismo y todas las naturalizaciones de la desigualdad en las que se han desdoblado3.
De la nomenclatura jurídico-política en la época colonial como “tierras de indios” a
Territorio intercultural en defensa de la vida, actualmente, la Montaña se ha
configurado por las razones históricas descritas como territorio de resistencias.
Hábitat marginal y fronteriza, estratégica y simbólicamente ubicada al pie de la
cordillera central de los Andes, desde donde se transgreden los imaginarios sociales
coloniales como también los idearios, la planeación urbanística y demás
disposiciones de los entes administrativos que ostentan el poder.
Rastrear la memoria posibilita descubrir lo íntimo de la Montaña, donde además de
realizar un ejercicio catártico y depurativo que transita entre crónicas, dramas y
cruentos testimonios particulares de la violencia, se convierte en un recurso
necesario para analizar y entender el anverso y reverso de un campo que se edifica
3
Véase en Una epistemología del sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación social. Boaventura
de Sousa Santos. 2011. Pag 16
de forma colectiva. Un territorio que se teje como lugar epistémico desde el “Otro”,
campesinos, indígenas y comuneros que llevan consigo ‘enmalezadas’ voces,
saberes, haceres, sensibilidades y experiencias, que nos ofrecen una dialéctica
permanente entre tierra y comunidad, que va más allá de la dicotomía campo y
ciudad, que deconstruye la polaridad urbano y rural.
El camino a la montaña, la montaña como camino
Las consecuencias de la antinomia urbano y rural las evidencia el carácter
inequitativo que estos sectores tienen en los planes de gobierno municipales. Los
beneficios y servicios siempre se han concentrado para la parte urbana, mientras la
zona rural alta apenas empieza a contemplarse por el auge del llamado ecoturismo,
y lo que este representa como posibilidad económica para el sector. Otro tanto
proviene del acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc firmados en el año 2017, y
que hicieron de Miranda uno de los municipios dentro del PDET (programa de
desarrollo con enfoque territorial), lo que ha puesto al municipio en la mira de
instituciones y organismos internacionales.
La migración campo-ciudad desde los años 80’s en el país, causada principalmente
por la violencia, no solo armada, sino, también en sus diversas formas del abandono
estatal, como falta de garantías laborales y ausencias institucionales de todo tipo,
actualmente empieza a presentar un viraje, un punto de inflexión en el que el campo
mismo y la ruralidad se transforma en posibilidad, futuro y proyección de la vida.
Puesto que la ciudad entendida como un organismo vivo no parado de crecer,
endémicamente, ante este panorama el campesino y el indígena, han resignificado
lo rural y la vida en el campo, reinterpretándolo a contraluz del proyecto civilizatorio
moderno-colonial y, en mayor medida a la luz de las experiencias al interior de la
ciudad como vivencias traumáticas del más puro individualismo.
Las siguientes líneas son una pequeña presentación del camino andado por los
diferentes procesos organizativos de la Montaña que nos abren posibilidades de
construir otro tipo de sociedad, con maneras otras de vivir bien la vida, de cuidarla,
y de ser desde el corazón, desde la memoria, y de arribar hacía, lo que algunos
llamaran, una comunidad de Vida.
Identidad y lucha Campesina: por la vida y el territorio
La lucha campesina ha recorrido la ruralidad colombiana a lo largo y ancho de sus
relieves. En Miranda, debido a las realidades históricas de abandono y ausencia, un
grupo de comunidad rural se organiza como filial Fensuagro (Organización
campesina Nacional), alineándose en su plataforma de lucha con líneas de
fortalecimiento organizativo, organización de mujeres y jóvenes, protección del
medio ambiente, defensa de DD. HH., soberanía alimentaria y acceso a la tierra.
Así pues, los logros de esta organización se ven reforzados por el calor de la
movilización para plantear sus exigencias a nivel local, regional y nacional. De estas
luchas, logran obtener la finca la Elvira, como resultado de múltiples exigencias
frente a la necesidad de impulsar el desarrollo rural, titulación de tierra y el respeto
de la vida en medio de un conflicto armado.
En Miranda, los campesinos se organizan en Asprozonac (Asociación pro
constitución de zona de reserva campesina del municipio de Miranda departamento
del Cauca), desde donde han venido luchando por la vida y el territorio en el
municipio y en el norte del Cauca, consolidando una amplia red de apoyo con
cooperación internacional, facilitando la puesta en marcha de un Plan económico
que le apuesta a la Soberanía alimentaria y a la constitución de territorios
agroalimentarios. Una evidencia de cooperación está en la inauguración del
Mercapaz, ubicado sobre la avenida centenario enseguida del colegio Leopoldo
Pizarro, desde donde se fortalecen las economías populares, al ser un lugar de
acopio de iniciativas productivas locales.
La finca la Elvira tenía, en los planes de gobierno, vocación de parcelación, al estilo
de la urbanización San Carlos, sin embargo, al ser adquirida bajo titulación colectiva
por el campesinado, trasgredió y cambio la fisionomía del municipio. Ahora, la Elvira
representa, desde los últimos cinco años, un lugar permanente de formación y
aprendizaje teórico-practico, proceso con el que han conseguido ir estructurando
una propuesta de Educación popular, con apoyo de las Universidades del Valle y
Javeriana, para fortalecer la apuesta Agroecológica, la economía del cuidado y
temas de género, por medio de escuelas y diplomados que generan alto impacto en
la renovación de referentes políticos, relevos generacionales y estructuración de
políticas con aliados estratégicos del sector productivo.
Sueños poéticos y políticos que a nivel nacional van adquiriendo respaldo a través
del actual reconocimiento al campesinado como sujeto de derechos, y desde donde
proyectan ya la creación de una Universidad Campesina, como forma potente de
educación intercultural propia, capaz de continuar la tarea de empoderamiento de
hombres y mujeres campesinas, la autonomía de economías populares que crecen
y potencian el territorio.
Pensamiento Indígena: Los Nasa somos todos
El sentir del pueblo Nasa corre por las montañas como agua que brota del fondo de
la tierra. “Los Nasa somos Todos los que vivimos en el territorio, no solo personas,
también los animales, las plantas, el espíritu del agua, de la tierra, de las
piedras…somos todos los que vivimos y compartimos el territorio”, nos aclaran los
mayores y mayoras de la comunidad. La lucha y resistencia de este pueblo indígena
constituye su expresión cultural, en tanto que la forma y los estilos de vida devienen
fácilmente de la cotidianidad hacia el gesto político de la pervivencia.
La colonización como la memoria materialmente viva de un violento proceso de
masacre genocida, invasión, saqueo, esclavización, humillación, y demás
vejámenes cometidos contra nuestros pueblos originarios, derivó en la expulsión de
sus territorios ancestrales hacía diversos lugares de acopio, en medio de las
montañas, tierra adentro, para salvaguardarse y curarse de la profunda y lacerada
herida. Pese a ello, su especial vínculo con la naturaleza continúa latente como un
potente legado espiritual, desde donde se edifica el trasegar e historia del
Resguardo Indígena Cilia o La Calera, que configura hoy el territorio indígena del
municipio.
La comunidad Nasa celebra en Miranda las ceremonias de los cinco rituales
mayores: Ipx fxicxanxi (Apagada del fogón), Khabu fxizehnxi (Refrescamiento de
chontas), Sek Buy (Recibimiento del sol), Saakhelu (Despertar de las semillas) y
Çxapuç (Ofrenda a los espíritus). Estos representan una parte importante de la
espiritualidad viva del mundo andino, en sus principios de reciprocidad y
correspondencia, relacionalidad y analogía, los cuales cifran la responsabilidad
ética y moral que conlleva co-existir junto a la totalidad de los seres en el entero
universo cósmico. El pueblo Nasa nos habla de la Ley de origen, aquella que nos
enseña que la vida es un camino que se recorre de diversas formas y nunca termina.
Nos indica que todos los seres físicos y espirituales de este cosmos siempre
estamos en permanente relación y por eso siempre habrá tiempos especiales para
festejar estas relaciones.
“Somos parte de la tierra no dueños de ella”
Así, las comunidades indígenas parecen refundirse en sus orígenes para enraizar
la memoria de sus resistencias acumuladas. La poética de la resignificación del
territorio rural viene desde abajo y entreteje posibilidades ‘otras’ de conocer,
relacionarse y aprender del mundo a través de la revivificación de la lengua Nasa,
haciendo semilleros, tejiendo entre mayores y mayoras, hombres, mujeres, jóvenes
y niños los saberes de salud, educación y gobierno propio. Se trata de experiencias
que constituyen un compendio de significaciones sociales que entran en
contradicción con los discursos públicos y hegemónicos, para reescribir una historia
que lleva enmalezadas tierras, culturas y saberes. Caminantes de la palabra, con
voces que surcan la tierra, con altura de monte, con aromas y vientos mensajeros
que van haciendo sendero con su plan de vida Unidad Páez.
Organización de Comuneros: Juntas de acción comunal
La ceguera de la estigmatización nos ha privado de entender una Miranda viva y
coloreada que florece desde la Montaña. Ceguera que no ha dejado pensarse esos
patrimonios periféricos vivientes del que nos hablan las organizaciones comuneras,
desde donde se vivifica un sentido de pertenencia colectivo que surge como parte
y resultado de una historia de conflictos, de un patrón de memoria asociado a esa
historia y que es percibido como una identidad. En el conjunto de la población de la
zona alta, se entiende por comuneros a aquellos que reconociéndose o no en la
organización campesina o en el Resguardo indígena, se juntan para una causa o
un bien común. Por lo que el valor primordial es, como reza en su lema, el de la
unidad, manifiesta en Mingas, ollas comunitarias y proyectos colectivos, como
estrategias para contrarrestar el egoísmo propio de la mentalidad burguesa en la
sociedad moderna, en el que cada quien busca como pueda salir adelante,
siguiendo su propio interés y beneficio.
Las juntas han venido fortaleciendo su estructura organizativa en la plataforma de
Coordinación de Juntas de acción comunal zona rural alta del municipio de Miranda,
desde donde articulan las exigencias y necesidades de las comunidades de las
veredas de la montaña. Lo interesante de revisar sus formas organizativas, es que
no se construye desde la falacia del armónico acrisolamiento de diversidades
culturales, sino que surge en medio de las contradicciones de sujetos históricamente
marginalizados que construyen y resignifican los lugares comunes que habitan.
Cada comunero arrastra consigo sus historias, no para repetirla como trágica
letanía, sino como memoria viva, que surge cada día de la hermosa contradicción
de nacer muriendo y crear rompiendo. La memoria es la sangre que nutre los días,
y en los caminantes de estas montañas, las memorias bullen y surcan en
movimiento perpetuo el trascurrir de sus días. Fragmentos de múltiples universos
fluyen en las veredas, caminos y deshechos, en trazos finos y gruesos las memorias
van travesando su fertilidad en propuestas, planes de vida, proyectos colectivos y
juntanzas que entre la resistencia encuentran la semilla facultativa para reverdecer
su territorio.
LA RESISTENCIA
En esas montañas, a veces lejanas y desconocidas, se propician encuentros entre
extraños constitutivamente diferentes, señalados y localizados por la totalidad como
iguales e insurrectos. Entre la segregación y la exclusión, la Resistencia es un rasgo
común, entendiéndose por ella “no únicamente como una forma contestataria al
ejercicio de la dominación, sino también como una forma afirmativa de construcción
de procesos culturales, económicos, políticos y sociales propios”, tal como nos
señala el profesor Diego Jaramillo4. Así, la resistencia, revitaliza el pasado para la
construcción de futuro, con memorias a ras de suelo, que de forma táctil y cinética,
van juntando experiencias, propuestas y sueños, y que a su paso tejen lugares y
reverdecen la hechura del espacio.
La resistencia se afirma como la vida misma, con la fuerza suficiente para enfrentar
o eludir al dominador y para producir y reproducir aquello que el poder quieren
eliminar. En palabras del maestro Albán y Rosero, asume el reto de: “Restituir el
lugar de los pueblos excluidos y minorizados por la racionalidad occidentalizante,
desmontando el sistemático olvido y el silenciamiento de historias y trayectorias
como estrategia de poder, y haciendo posible que otras voces -venidas desde los
pasados remotos y perpetuadas en el tiempo- puedan ser escuchadas desde sus
saberes y cosmovisiones”, sus formas de relacionamiento con la naturaleza, los
sistemas alimentarios y de conservación de la salud, sus pedagogías para hacer
comprensible el mundo y los modos de organizarse para mantener la existencia,
pese a todas las contingencias adversas. Así, las resistencias se configuran como
una posibilidad de “descolonización y liberación” en los territorios, desde donde
también in-surge la esperanza revitalizadora de la co-presencia de la igualdad, de
la solidaridad y de la libertad de todas las gentes.
.Miranda requiere volver su mirada a una montaña esculpida por variopintas manos
que resultan siendo el motor de la cotidianidad, manos soberanas que materializan
el tejido consciente y activo de la vida misma, como ejercicio consensuado y directo
de poder. Manos unidas, cuya embrionaria y compleja proximidad germina
horizontes sustentados en saberes, memorias, sentires y proximidades que nos
permitan hacer la historia, en lugar de repetirla. Plantear la necesidad de
transmutación y permanencia de saberes que emergen de la tierra y que tienden
4
Libro Resistencias comunitarias. 2018
sus raíces entre resistencias que buscan, luchan e inventan a su paso, la cosecha
de mundos nuevos.