SIMONE DE BEAUVOIR
EL SEGUNDO SEXO
1. CONTEXTO BIOGRÁFICO (Paris, 1908-1986)
Simone de Beauvoir nace en París, el 9 de enero de 1908 en el seno de una
familia de la burguesía acomodada parisina. Fue educada en los códigos sociales y
morales de la misma, algo que criticaría después en su autobiografía. La mala situación
económica que se produce en su familia tras la Primera Guerra Mundial la libera del
destino del casamiento interesado o del convento que les esperaba a la mayor parte
de sus compañeras del colegio católico al que fue.
En 1927 obtiene la licenciatura de Filosofía en la Sorbona y en 1929 aprueba el
concurso de Agregación que le permite acceder al trabajo como profesora. En este
periodo conoce a Jean-Paul Sartre, con el que mantendrá una estrecha relación
afectiva e intelectual toda su vida.
La caída de la República española y la creación de los campos de concentración
nazi, (1939) afectan mucho a Beauvoir que, decide deja de lado su vida individualista y
antihumanista y empieza a participa activamente en la Resistencia contra la ocupación
de Francia por los nazis, adquiriendo la tarea de escribir como forma de compromiso
político.
El éxito de su primera novela publicada, La invitada (1943), contribuye a su
decisión de abandonar la enseñanza para dedicarse exclusivamente a escribir. A partir
de este momento comienzan a sucederse las publicaciones: Pyrrhus et Cinéas (Para
qué la acción) (1944) Ensayo dedicado a la ética existencialista; La sangre de los otros
(1945) y Todos los hombres son mortales (1946), un ensayo sobre la moral; Para una
moral de la ambigüedad (1947). En 1944 participa en la fundación de la revista Les
Temps Modernes, que ha ejercido una gran influencia en la vida intelectual y en la vida
política francesa. Allí se publicaron algunos de los capítulos de El Segundo Sexo antes
de que apareciera de manera completa en 1949. Aunque en esta obra se plantean los
temas básicos del movimiento feminista que cobra fuerza sobre todo en los años 70,
su autora no se identifica en esta época como feminista. El ensayo surge como
necesidad personal de reflexión sobre lo que para ella misma había significado ser
mujer, pero alcanza proporciones mucho más amplias, acerca de la condición
femenina en general.
La participación activa de Simone de Beauvoir en el movimiento feminista
comienza a partir de 1970, cuando ya tiene 62 años. Ha viajado mucho y sabe que
tampoco las experiencias socialistas han logrado la emancipación de las mujeres, como
parecía confiar en El Segundo Sexo. Se vincula al Movimiento de Liberación de la
Mujeres, que recoge parte de las ideas que provocaron las revueltas de los estudiantes
de Mayo del 68, porque encuentra que sus planteamientos persiguen la
transformación radical de la sociedad. En 1973 promueve una nueva sección en la
revista Les Temps Modernes titulada Le sexisme quotidien (El sexismo cotidiano).
Tras la muerte de Jean-Paul Sartre, en 1980, publica La Ceremonia del adiós
(1981), su último libro, en el que ofrece su visión de los últimos diez años de la vida del
filósofo. Mantuvo su actividad pública hasta su muerte en París el 14 de abril de 1986.
2. INFLUENCIAS
2.1. Del Psicoanálisis
Esta teoría se debe al médico vienés Sigmund Freud. Para
él, la racionalidad consciente queda relegada a una pequeña
porción de la mente que interacciona con otra parte, mucho más
amplia, que es el insconciente. El inconsciente afecta
profundamente a la conducta humana.
Freud distingue dos tipos de contenidos fundamentales en el inconsciente: El
ello, que son lo impulsos vitales, principalmente sexuales, libidinales, dirigidos al
placer, o impulsos destructivos o agresivos; y el superyó, constituido por las normas
morales que han sido interiorizadas desde la infancia y que ejercen un papel represor
de los impulsos mencionados anteriormente. Frente a esto se halla el yo, que conecta
al individuo con la realidad y le permite adaptarse a ella, pero también recibe
conflictivamente las influencias de todo lo inconsciente. Los impulsos que constituyen
el ello son impulsos reprimidos tanto por el superyó como por el mismo yo, ya que
sería socialmente problemático dejarlos aflorar sin cortapisas. La represión de esas
pulsiones genera conflictos que en ocasiones son causa de patologías en los individuos.
Beauvoir compartirá con el psicoanálisis la idea de que lo que existe no es un
cuerpo-objeto como describen los científicos, sino "el cuerpo vivido" por el sujeto,
integrado en una determinada estructura valorativa. También realizará una
interpretación del Complejo de Castración de Freud desde una versión existencialista
del psicoanálisis.
2.2. Del Materialismo Histórico
El materialismo histórico es el nombre que recibe la concepción de la historia
en la filosofía de Karl Marx. El marxismo rechaza la concepción del ser humano propia
de la modernidad. No considera válida la noción de sujeto abstracto, individual y
racional que se había consolidado en la Ilustración. El ser humano es, por encima de
cualquier otra característica, un ser social y la humanidad una realidad histórica que se
desarrolla a través de la acción humana. El ser humano necesita trabajar, transformar
su entorno para sobrevivir. La base de cualquier forma social es la estructura
económica integrada por las fuerzas productivas (fuerza de trabajo, conocimientos
técnicos, etc.) y las relaciones de producción que se establecen en cada etapa
histórica. La estructura económica determina la superestructura, la forma de
pensamiento, cultura o ideología de esa época.
A lo largo de la historia se han sucedido distintos modos de producción: etapa
primitiva, modo de producción esclavista, feudal y burgués o capitalista. En este modo
de producción entran en conflicto los intereses de los burgueses, que son los dueños
de los medios de producción y buscan el enriquecimiento, con los intereses del
proletariado, que son explotados por la burguesía. El proletario posee su fuerza de
trabajo, pero no recibe a cambio de ella el sueldo que le corresponde de manera justa
por lo que produce. La lucha entre las distintas clases sociales dará lugar al cambio
histórico, un nuevo modo de producción de relaciones sociales justas e igualitarias
donde la propiedad privada será abolida y la sociedad resultante de esa revolución del
proletariado será la sociedad comunista.
Beauvoir recoge del materialismo que la humanidad es una realidad histórica
que se desarrolla a través de la acción humana y que la acción
humana está condicionada por la estructura económica de la
sociedad, pero rechaza su determinismo económico.
También crítica el análisis que realiza Engels (colaborador
de Marx) de las causas de la opresión de las mujeres en su obra
El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Engels sitúa esta opresión en la
aparición de la propiedad privada en la era de los metales. Beauvoir desarrollará una
explicación de los motivos que llevaron a esa opresión.
Tampoco le convencen otras tesis como que con la sociedad comunista se
aboliría la familia liberando de este peso a la mujer. El estado puede pretender
controlar la función reproductora de las mujeres para conseguir determinados
objetivos. Esto ya ha ocurrido, según advierte nuestra filósofa en la URSS con la puesta
en marcha de una política natalista desde el final de la década de los años 30 del siglo
XX.
Para Beauvoir desde la perspectiva existencialista sí que se podrán contestar
muchas de estas preguntas con coherencia.
2.3. Del Existencialismo
El existencialismo es una corriente filosófica que se desarrolla en Europa en la
primera mitad del siglo XX. Se considera al filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-
1855) como su principal precursor, por centrar su reflexión en el ser humano concreto
que se constituye en su existencia particular. Ser y tiempo (1927) de Martin Heidegger
es una de las obras más influyentes en los pensadores existencialistas. Simone de
Beauvoir se identifica con el existencialismo ateo francés. El Segundo Sexo afirma que
la perspectiva que adopta es la de Heidegger, Sartre y Merleau-Ponty.
El primer principio del existencialismo del que partirá Sartre se encuentra en la
afirmación de que en el ser humano, la existencia precede a la esencia. Es decir, los
seres humanos no se pueden caracterizar por una naturaleza común cuyos rasgos se
pueden establecer de antemano. El ser humano inicialmente no es nada, será aquello
que resulte de su propia acción. No hay conceptos generales previos a la existencia
que puedan definirlo. Cada individuo concreto no es más que lo que hace a lo largo de
su vida. No hay Dios que conciba al ser humano en algún sentido. El ser humano está
solo: no es nada más que lo que resulte de sus propios proyectos. Puede elegir cómo
hacerse, es inevitablemente libre y el único responsable de lo que haga de sí mismo.
Ahora bien, en su elección
sobre lo que hace de su vida
involucra a los otros. La acción de
un ser humano compromete a los
otros que se ven afectados por la
acción, y eso hace que la
responsabilidad de cada uno sea
mayor, porque es también
responsable de los efectos de su
acción sobre la humanidad.
Según Sartre, la conciencia de la responsabilidad puede producir angustia que
manifiesta todo aquel que sabe que al decidir opta por una vía y deja de lado otras
posibilidades. Esta toma de conciencia de que el sentido de la vida depende de uno
mismo hace que nos sintamos solos, desamparados.
Vivir es necesariamente elegir al actuar, inventar; por eso el ser humano es
libertad y el existencialismo rechaza cualquier tipo de determinismo. Acudir a este tipo
de explicaciones para justificar nuestras acciones es poner excusas, autoengañarse. A
eso le llamará mala fe. Por el contrario, el bien moral se identifica con la asunción de la
soledad de cada individuo en la elección. La moral existencialista es una moral de la
acción y del compromiso. Porque la acción que uno decide y en la que se compromete
no es estrictamente individual: cada ser humano se capta a sí mismo necesariamente
en relación a otras personas. La libertad se realiza en un marco de intersubjetividad, la
libertad propia afecta al desarrollo de la de los demás. La elección siempre se produce
en una situación determinada, que puede ensanchar las posibilidades de acción de los
demás o obstaculizarla. Cada individuo está moralmente obligado a realizar su libertad
y querer al mismo tiempo la libertad de los demás.
También recoge influencias de Merleau-Ponty. En El Segundo Sexo insiste en su
afirmación de que el ser humano no es una especie natural, sino una idea histórica
cuyo cuerpo se entiende como situación: no es una mera cosa, sino la forma humana
de aprehender el mundo y esbozar los proyectos propios.
Beauvoir recoge todas estas influencias y realiza una versión particular y propia
del existencialismo, usando las mismas herramientas que sus compañeros pero
dándoles sentido diferente.
3. LA HERMENÉUTICA EXISTENCIALISTA DE BEAUVOIR EN
EL SEGUNDO SEXO
Llamamos hermenéutica a los elementos propios que la filósofa desarrolla en la
interpretación (hermenéutica) que realiza de la filosofía existencialista en diálogo con
otros autores. Esta interpretación la realizaremos desde las cuestiones específicas que
aparecen en El Segundo Sexo, donde también plantea respecto a la mujer, algunos
elementos sobre su concepción moral que ya se esbozaban en sus dos obras
anteriores: Para qué la acción (1944) y Para una moral de la ambigüedad (1947)
3.1. La mujer como la "otra" (alteridad): la falta de
simetría entre hombres y mujeres
El modo de vivir de las mujeres y de realizar sus proyectos empezó a interesar a
Beauvoir a partir de los treinta años. La primera cuestión que se planteó sobre el tema
fue en qué medida le había afectado en su vida el hecho de ser mujer. Pronto
comprendió que responder a esta pregunta requería el análisis de todo el entramado
cultural en el que iba envuelta: desde los mitos hasta la educación. Así que, como
buena filósofa, generalizó la indagación y, en vez de tratar de explicarse tan solo qué
había significado para ella el hecho de ser mujer, se puso a investigar en qué consistía
ser mujer en una sociedad como la suya, o como la nuestra. Fruto de esta investigación
nació El Segundo Sexo, una obra compleja en dos tomos que aunque problemática y
discutible tiene la importancia de que por primera vez la pregunta “¿qué es una
mujer?” se plantea de una manera explícita y sitúa la duda filosófica sobre un concepto
que parecía natural e indudablemente constituido.
Por ello su reflexión inició una nueva manera de enfocar el feminismo en el
plano teórico: el paso de la reivindicación de derechos al análisis de las condiciones
que hacen posible la fabricación de "ese producto intermedio entre el varón y el
castrado que se califica como femenino". Es decir, el paso de la reivindicación a la
crítica radical, la que va a la raíz.
Empezó Beauvoir analizando los mitos de nuestra cultura. En ellos encontró un
denominador común: el hombre, el varón, se presenta siempre como «el Mismo», el
punto de referencia. En los mitos el varón se afirma como lo esencial y niega
reconocimiento a lo que es su término correlativo, la mujer, reduciéndola a «Otra»,
(categoría que recoge de Hegel).
Desde los mitos se constata en nuestra sociedad la falta de simetría entre
hombres y mujeres, una falta de simetría que ha prevalecido a lo largo de la historia.
Beauvoir expondrá las causas que han provocado el desequilibrio anterior e indicará
cuáles han sido las dificultades principales que han impedido la ruptura de una relación
que se ha alimentado de su misma injusticia.
En la “Introducción” de El Segundo Sexo la filósofa existencialista esboza los
aspectos principales de sus planteamientos. La respuesta a la pregunta "¿Qué es una
mujer?" comienza con una constatación de la desigualdad enraizada en todas las
sociedades conocidas. Esta desigualdad se manifiesta incluso en el hecho de que, para
las mujeres, parece necesario presentarse como mujeres antes que mediante
cualquier otra característica. Se suele considerar que ser mujer sitúa a éstas en un
punto de vista parcial, específico, que no puede ser pasado por alto. No ocurre lo
mismo con la caracterización de varón. La sociedad, afirma Beauvoir, no considera que
ser varón posicione a esta mitad de la humanidad en una perspectiva singular. La
perspectiva del varón se considera sin más como la perspectiva del ser humano en
general, objetiva, neutra, que no requiere justificación. Pongamos un ejemplo: cuando las
mujeres dirigen películas o escriben novelas, se plantea a veces la existencia de un "cine de mujeres" o
de una "literatura de mujeres". Ante el cine o la literatura realizada por varones no se plantea la
cuestión: se trata simplemente de cine o de literatura.
Esta diferente consideración lleva a Beauvoir a afirmar que hombres y mujeres
no constituyen dos categorías humanas simétricamente definibles. No son polos
opuestos (metáfora de los terminales positivo y negativo de un circuito eléctrico) entre
los que se mantienen relaciones recíprocas de reconocimiento mutuo. La mujer ha
sido concebida como la Otra, la Alteridad, por el varón, que se considera a sí mismo
como el elemento positivo y neutro al mismo tiempo. El varón se define como "el
Mismo" frente a "la Otra" que es la mujer. "La humanidad es masculina y el hombre
define a la mujer no por ella misma, sino en relación con él", encontramos en la
“Introducción”.
En todas las sociedades conocidas la cultura ha constituido dos categorías de
individuos que se relacionan desde posiciones de poder desiguales e injustas, en la
medida en que los individuos que son adscritos a una de esas categorías, la de mujer,
se encuentran en situación de dependencia e inferioridad respecto a aquellos que se
identifican a sí mismos con la humanidad. "La humanidad es masculina y el hombre
define a la mujer no por ella misma, sino en relación con él", encontramos en la
“Introducción”.
Todo ser humano es consciente de sí. Es por ello, una conciencia: se reconoce
como conciencia particular, distinta a los demás. El reconocimiento de uno mismo
requiere que cada sujeto se afirme como tal frente a otras conciencias, que a su vez
afirmarán el papel de sujetos para sí mismas. Todo individuo consciente de sí puede
ser "el otro" para los demás. Entre seres humanos que mantienen entre sí relaciones
igualitarias ha de ser posible el reconocimiento mutuo como conciencias.
El problema se plantea cuando los varones se afirman como sujetos, relegando
a las mujeres el papel de "otras" y éstas no realizan la operación simétrica de afirmarse
como sujetos y, por el contrario, se someten a un punto de vista ajeno. Se ha de
averiguar qué circunstancias históricas y ontológicas (vinculadas a la constitución de
los seres humanos como tales) se dieron para impedir que las mujeres reivindicasen su
legítimo papel de sujetos y quedaran relegadas a una situación de inferioridad y
dependencia respecto a los varones. El poder social y la autoridad fueron asumidos por
los varones de manera generalizada. Esta situación fue legitimada y consolidada por
mitos y códigos diversos, que fueron elaborados con este fin.
3.2. Lectura feminista de la dialéctica del amo y del
esclavo
Para clarificar el tipo de relación desigual y jerárquica que se ha establecido
entre hombres y mujeres, Beauvoir realiza un paralelismo con la relación entre los
amos y sus esclavos que fue frecuente en sociedades pasadas y que describe Hegel en
su Fenomenología del espíritu. Por una parte están los amos, hombres que someten
por la fuerza a otros seres humanos para que trabajen para ellos. Por otra los esclavos,
que reconocen el poder del amo y le dan su trabajo a cambio de protección. El filósofo
alemán caracterizó de "dialéctica" la relación del amo con el esclavo. El que la relación
sea dialéctica significa que implica una oposición o enfrentamiento entre dos
elementos que, pese a su oposición, se necesitan mutuamente. Se trata de una
relación de dependencia recíproca, pero desigual y jerárquica. Es una relación
desequilibrada, que favorece, como veremos, al opresor frente al oprimido. La tesis de
Simone de Beauvoir es que la relación entre los esclavos y sus amos posee muchas
similitudes con la relación que se ha establecido tradicionalmente en la sociedad
patriarcal entre hombres y mujeres.
Cada individuo, cada sujeto, cada conciencia se afirma como tal oponiéndose a
otras conciencias o sujetos a los que considera "los otros". Cada uno de esos otros se
afirman como sujetos haciendo lo mismo. De forma que unos a otros, los distintos
sujetos, se necesitan para afirmarse como tales. Para Beauvoir en lo referente a la
relación entre hombre y mujer el problema se plantea cuando se descubre que en
dicha relación, que en principio es una relación entre conciencias, la mujer no es capaz
de afirmarse como sujeto frente al hombre. La mujer aparece como conciencia
dependiente, esclava, como "otra" y se vive como tal, en el seno de una totalidad en la
que hombres y mujeres se necesitan recíprocamente. Según Hegel, las relaciones entre
amo y esclavo se caracterizan por ser asimétricas y, al mismo tiempo,
complementarias; quedan plasmadas en las tareas que uno y otro desempeñan: el
amo ha arriesgado la vida en el combate y ha conseguido la libertad; el esclavo ha
temido por su vida, ha preferido la vida a la libertad y sólo se reconoce como ser
humano en la conciencia libre del amo: lo contempla como su esencia, como su ideal.
Lo mismo ocurre a muchas mujeres, aún más en 1947. Dependen en su relación de pareja de las
decisiones que adopta el varón: a ellas les toca «ceder» y «condescender»; ellos deciden las vacaciones,
la distribución del dinero, la educación de los hijos... y en la distribución social de las tareas, ellas suelen
ser las secretarias, las azafatas, las enfermeras y las empleadas de hogar.
El paralelismo con la relación amo-esclavo, según el planteamiento hegeliano,
es útil porque ayuda a entender cómo, a pesar de la necesidad que el amo tiene del
esclavo para identificarse como amo mediante el ejercicio del poder, esta necesidad
no puede ser usada por el esclavo para su emancipación. Amo y esclavo están unidos
por una necesidad económica que no libera al esclavo. El amo necesita al esclavo y, sin
embargo, esta necesidad no es usada por el esclavo para exigir su liberación. ¿Por qué?
Porque el esclavo reconoce el prestigio del amo y se sabe dependiente: ha
interiorizado la necesidad que tiene del amo. Si el esclavo no reconociera el prestigio,
el poder del amo no tendría razón de ser para el esclavo y la rebelión ante un poder
arbitrario sería concebible. Esa es la clave. Aplicándolo a la relación entre hombres y
mujeres, la relación dialéctica resultaría del modo siguiente: desde las sociedades
primitivas el varón obtiene prestigio por la realización de acciones en las que se
arriesga la vida (la caza y la guerra). "Las servidumbres de la reproducción", supusieron
un fuerte lastre para el desarrollo existencial de las mujeres, que no podían entonces
decidir ni controlar sus maternidades, lo que impedía su libre desarrollo y su
participación en las actividades que otorgan prestigio y reconocimiento social. Este
hecho posibilitó que el varón ejerciera su poder sobre las mujeres, que son sometidas.
No obstante, los varones necesitan como conciencias el reconocimiento de las
mujeres, por lo cual dependen de la relación que mantienen con ellas. Para obtener su
reconocimiento y mantenerlo, los varones compensarán las desventajas que las
mujeres padecen en la relación no igualitaria asumiendo tareas de protección material
sobre ellas. Al mismo tiempo, ellos asumen todos los riesgos del existir humano,
porque son los únicos que toman la iniciativa en empresas propias, son los únicos
sujetos.
El prestigio y reconocimiento social, conseguido por los varones mediante la
realización de acciones que conllevaban riesgo, posibilitó la gestación y consolidación
de un sistema de opresión sobre las mujeres. Cuando este sistema se organiza en
instituciones y se justifica mediante códigos escritos recibe la denominación de
patriarcado. La afirmación y desarrollo de esta forma jerárquica de organización social,
en la que las mujeres son relegadas a un segundo plano en casi todos los ámbitos
vitales pasa por fases diferentes a lo largo de la historia.
3.3. Moral existencialista de Beauvoir desde la perspectiva
feminista
Podemos hacer una lectura desde la moral existencialista que plantea Simone
de Beauvoir de este sistema de opresión sobre las mujeres En la Introducción de El
Segundo Sexo Beauvoir ya avanza que en su investigación adoptará esta perspectiva de
la moral existencialista. Y esta moral entiende y califica como opresión el coartar la
libertad a un ser humano y no permitirle ejercer su trascendencia. El ser humano es
trascendencia precisamente porque tiene forzosamente que ejercer su libertad
mediante el proyectar y el llevar a cabo sus proyectos. Al proyectar y perseguir un
proyecto se confirma como ser humano, como ser que proyecta y, por tanto, como ser
libre. No podemos dejar de ser libres si queremos seguir siendo humanos. Si no
ejercemos nuestra libertad nos rebajamos ontológicamente, descendemos a la
categoría de cosa. Nos quedamos en la inmanencia renunciando a trascendernos.
Sartre había defendido en El existencialismo es un humanismo que «estamos
condenados a ser libres», de lo contrario, dejaríamos de tener categoría humana. Cada
vez que no ejercemos la libertad, degradamos nuestra existencia, nos quedamos a la
altura de las cosas.
Visto desde el plano de la moralidad, este no elegir es una degradación moral,
un mal moral. Quedarse en la inmanencia puede deberse a dos diferentes motivos: a)
a que consentimos en no hacer el esfuerzo de ejercer nuestra libertad, lo cual es caer
en la inmanencia por consentimiento: inmanencia consentida, lo que equivale a la
mala fe; b) a que no podemos ejercer la libertad porque se nos impide: inmanencia
infligida, lo que equivale a opresión. En ambos casos un mal, un mal absoluto. Pero
que puede venir por dos vías diferentes: por aceptación del sujeto, o por imposición, y
esto es fundamental para comprender correctamente el pensamiento de Beauvoir.
Algunas intérpretes, muy consideradas en los años 80 y 90, no repararon en ello.
¿En qué consisten estos dos tipos de mal? El primero (a) en que el sujeto
consiente, es decir, renuncia libremente a elegir, obra de mala fe como cuando por no
hacer el esfuerzo de decidir, hacemos lo que hacen los demás -vamos, como Vicente,
adonde va la gente-. En este caso es un comportamiento inmoral por su parte, una
falta moral.
El segundo (b), en que se le impide obrar libremente: sin contar con su
voluntad, sin consultarle, se le frustran sus expectativas o se le prohíbe ejercer su
libertad, en una palabra, se le oprime. Como cuando, por el hecho de ser mujer, te
inculcan que has de ejercer una comprensión «extra>> sobre los problemas de los
demás, que no debes manifestar espontáneamente tu opinión, o te impiden el acceso
a ciertos estudios, profesiones o puestos de responsabilidad y poder. El oprimido es,
como el esclavo de Hegel, un ser moralmente degradado, pero no porque haya
consentido en serlo, sino porque se le cierra desde fuera el ejercicio de la libertad.
Esto se relaciona con su concepto de sujeto situado. La situación para Beauvoir
es el contexto en el que se ejerce, o no puede ejercerse, la libertad. Un contexto que
puede facilitar u obstaculizar nuestros proyectos y que es siempre su afuera. Si bien la
libertad es algo constitutivo de la realidad humana, las posibilidades concretas que a
cada uno se le ofrecen para realizarse como libertad son finitas y, además se pueden
aumentar o disminuir desde "fuera", esto es, desde los "otros" y desde las cosas. La
situación posibilita o coarta la libertad, la ensancha o la comprime.
Beauvoir ve que lo que hacen los hombres con las mujeres en nuestras
sociedades patriarcales es opresión: no les permiten actuar como seres humanos,
proyectar libremente lo que quieren ser y realizar sus proyectos, trascenderse. Se las
educa para que no sientan la necesidad de asumir por ellas mismas la existencia, para
que dimitan o abdiquen de su autonomía, para que cedan a los varones su capacidad
de elección, decisión y actuación. Las obligan a permanecer en la inmanencia, a
cosificarse, a elegir a través de una voluntad que no es la suya, como la del esclavo
hegeliano. Las convierten en "Otras".
4. EL ANÁLISIS DE LA CONDICIÓN DE LAS MUJERES:
MÉTODO REGRESIVO-PROGRESIVO
El análisis de esta condición femenina lo realiza Beauvoir mediante un método
que denomina el método regresivo-progresivo y que desarrollará en los dos volúmenes
en los que se estructura El Segundo Sexo.
4.1. El método regresivo-progresivo
- En la primera perspectiva, la analítica y regresiva, (primer tomo) Beauvoir
trata de esclarecer cómo se ha constituido, cómo ha evolucionado a lo largo del
tiempo y qué discursos han contribuido a la consolidación de la feminidad. Aquí las
mujeres se constituyen como objeto de estudio, tal como se presenta a los demás. En
esta primera fase, situada en el primer volumen, Beauvoir hace un recorrido por los
datos, hechos, instituciones, conceptos que puedan arrojar luz sobre el hecho de que
las mujeres sean consideradas seres de segunda categoría con respecto a los varones
(de ahí el título del ensayo), tengan estatus inferiores en la sociedad y desempeñen
papeles secundarios. Luego sigue un recorrido por la historia de la humanidad en el
que se muestra que las mujeres nunca tuvieron el poder. Y termina el primer tomo con
el estudio de los mitos como un ejemplo que refleja este estado de cosas y el análisis
de las obras de cinco escritores contemporáneos de Beauvoir (Montherlant, Lawrence,
Claudel, Breton y Stendhal) como una muestra de hasta qué punto los mitos de
nuestra civilización también están presentes en la literatura más reciente.
- En la segunda, perspectiva sintética y progresiva, situada en el
volumen segundo, describe la forma como las mujeres viven su
condición de «otras», como sujetos con vivencias concretas. Se
muestra como han vivido las mujeres en las distintas etapas
de la vida, su situación concreta; por eso su subtítulo es «la
experiencia vivida»>.
Esta segunda parte comienza con la célebre frase: «No se
nace mujer: se llega a serlo», que no siempre se ha entendido
correctamente. Porque no quiere decir que «una mujer»> tiene que
construirse como tal por su cuenta. Eso sería considerarla autónoma. Es todo
lo contrario lo que quiere decir Beauvoir: que la hacen mujer por la fuerza; que
es un producto de los usos y costumbres sociales, las leyes, la educación y la
cultura. Si seguimos leyendo se entiende mejor: «Es el conjunto de la civilización el que
elabora ese producto intermedio entre el varón y el castrado que se califica como
femenino». Lo femenino, pues, no es una esencia, no es la esencia de las mujeres -una
existencialista no admite esencias fijadas de antemano ni construidas en serie-, sino
una forma de ser que nos ha sido impuesta por el conjunto de la sociedad cuyo poder
no está en nuestras manos. Eso es lo que nuestra autora va a demostrar a lo largo del
ensayo.
El segundo tomo de El Segundo Sexo consiste en un recorrido por la vida de las
mujeres, desde la infancia hasta la vejez en la que se muestra -con ayuda de datos
estadísticos, historiales clínicos, autobiografías, diarios y descripciones
fenomenológicas de la vida en cada etapa- cómo viven y se sienten las mujeres como
"Otras" teniendo que buscar su independencia a contracorriente, en lucha contra la
educación que se les ha dado, al darse cuenta de que el ser que se les propone ser no
les permite trascenderse, no responde a sus libres proyectos, sino que es un modo de
ser impuesto. De modo que el ejercicio de su trascendencia comienza por una lucha
contra el ser que se les fuerza a ser. Al final de este segundo tomo nos encontramos
con una parte titulada «Hacia la liberación» que contiene un solo capítulo titulado «La
mujer independiente» en el que Beauvoir nos invita, a pesar de las dificultades, a
luchar por conseguir esta meta, al mismo tiempo que señala vías para ello. El libro
termina con una Conclusión (de lectura obligatoria para la PAU, junto con la
Introducción) en la que ofrece a las mujeres vías de salida de la opresión, una vez
explicadas sus causas.
4.2. Indagación sobre las causas de la opresión de la mujer
La pregunta que se plantea Beauvoir desde el inicio de su ensayo es la
siguiente: ¿qué factores condicionan la posición de subordinadas que sufren las
mujeres en nuestra sociedad?
Rechazo al determinismo biológico.
El primer capítulo de la primera parte, titulado «Los datos de la biología»
constituye una indagación, a partir de los conocimientos biológicos de su tiempo, para
averiguar si en la configuración biológica de las mujeres puede encontrarse la
respuesta a la subordinación que padecen. El resultado es negativo, porque lo que
verdaderamente distingue a la hembra humana del macho concluye Beauvoir- no son
tanto las peculiaridades anatómicas o los componentes hormonales -que, al fin y al
cabo, son de la misma familia desde el punto de vista de la química- como la evolución
que sufren las funciones que va asumiendo su cuerpo. Hasta la pubertad hombre y
mujer crecen igual, pero al llegar a la pubertad, la especie se apodera del cuerpo de las
mujeres: de la pubertad a la menopausia la mujer es la sede de una historia que se
desarrolla en ella, pero que no le concierne a ella como individuo, sino solamente
como especie; cada ciclo menstrual le recuerda que ella es su cuerpo, pero su cuerpo
es otra cosa que ella misma; porque la prepara para reproducción, aunque ella no lo
haya decidido. La mujer, pues, está subordinada a la especie, en cuanto hembra, cosa
que no sucede con el hombre en cuanto macho. Lo haya decidido o no, la gestación es
un trabajo costoso que no produce beneficio individual a la mujer, y el parto es
doloroso y peligroso; la lactancia una servidumbre.
Todos estos factores -continúa Beauvoir en este capítulo- son elementos
esenciales de su situación. Pero no son determinantes de su ser. No explican porqué la
mujer es la «Otra». ¿Por qué no? Porque Beauvoir, como filósofa existencialista,
considera que el ser humano, mucho más que naturaleza, es historia y cultura; y en
este punto coincide con Sartre, Heidegger, Merleau-Ponty y Ortega y Gasset. Por lo
tanto, los datos de la biología han de interpretarse a la luz del contexto ontológico,
económico, social y psicológico. Por sí mismos no explican la reducción de la mujer a lo
<<Otro»>.
La historia de una opresión
También se pregunta Beauvoir por el posible origen temporal o histórico de la
opresión de las mujeres. Engels, en su célebre obra El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, explica el origen de la subordinación de las mujeres por causas
económico-sociales y lo sitúa en la Edad de los Metales. Aquellos primitivos núcleos de
población asentados en territorios cultivables, que disponían de armas más eficaces
que el garrote y la piedra, debieron organizarse en función de una tierra propia y de
sus aptitudes para la caza, la guerra y la reproducción. Debió dividirse el trabajo entre
los sexos adaptándose a la nueva situación vital: explotación de la tierra en pequeños
huertos, caza de animales y guerra para defender las tierras propias. Aparece la
propiedad privada y el sometimiento de la mujer que, al poseer menos fuerza física, es
menos apta para el manejo de las armas de caza y de guerra y, por ser la que engendra
y pare, está mucho más sometida a los ciclos biológicos y a las servidumbres de la
maternidad y la crianza que los varones.
Beauvoir está de acuerdo con Engels, pero no del todo; la explicación
exclusivamente económica de Engels le parece insuficiente. Ella piensa que, más que
una ambición económica fue una ambición ontológica (la tendencia de los varones
afirmarse como sujetos, tendencia que no se da en las mujeres por distintas causas),
reforzada por la diferencia de fuerza física y de dedicación a la prole, lo que dio el
poder a los varones en ese determinado momento del desarrollo de la humanidad que
fue la Edad de los Metales.
De modo que la opresión de las mujeres no se puede reducir a causas
económicas, sino que se asienta en la misma tendencia originaria de los varones de
afirmación en su individualidad que satisfacen en la Edad del Bronce, cuando logran
sentirse autónomos frente a la naturaleza y creadores ante los productos de su
trabajo. Tal afirmación en su singularidad permite comprender mejor el interés por sus
posesiones. Y también el hecho de que incluyeran a las mujeres entre sus posesiones.
¿Por qué ellas no defenderían su autonomía? Beauvoir coincide con Engels en que la
menor fuerza física de las mujeres para manejar las armas de caza y de guerra y las
«servidumbres fisiológicas» a la especie, en aquella precisa coyuntura prehistórica, les
fueron absolutamente desfavorables y los varones se beneficiaron de su ventaja y las
sometieron a su poder.
Las mujeres, además, reconocieron el valor del guerrero, el que conquista
tierras, vence al enemigo y caza; celebraron sus victorias con toda la tribu. Mientras el
hombre mata -en la guerra y en la caza- es decir, quita la vida, la mujer tiene como
tarea fundamental la de parir hijos, es decir, dar la vida. Uno es el sexo que mata; otro
el sexo que engendra. Y el primero dominó al segundo. (Las resonancias hegelianas de
la explicación están a la vista: también el amo somete al esclavo porque no teme la
muerte, pone la libertad por delante de la vida, mientras que el esclavo teme la
muerte y pone la vida por encima de la libertad).
En esta etapa inicial no hay todavía instituciones que justifiquen la superioridad
de los varones. Beauvoir emprende un recorrido por la Historia que muestra de modo
exhaustivo las fases diferentes por las que pasa la afirmación y el desarrollo de esta
jerarquía que denominará patriarcado. El patriarcado, entendido como la forma de
organización social caracterizada por la hegemonía masculina y la consiguiente
opresión de las mujeres se formará y consolidará a través de lentas transformaciones
que conducirán a su establecimiento definitivo con la redacción escrita de mitologías y
leyes.
En este recorrido que la filósofa realiza a largo de la Historia de la sociedad
occidental muestra sobre todo, la falta de oportunidades de la mayor parte de la
mujeres para decidir sus proyectos propios y desarrollar su libertad, salvo en
circunstancias excepcionales.
En el siglo XIX tuvo lugar la gran revolución que cambió bastante la suerte de
las mujeres: la revolución industrial que supone una nueva era en la historia. La
incorporación de las mujeres en masa al trabajo industrial las dota del protagonismo
económico sin el cual, para Beauvoir no hay liberación posible. Sin embargo, esta
incorporación será en durísimas condiciones de explotación de las cuales la salida será
terriblemente lenta.
Los motivos serán los siguientes:
- Por una parte, aunque en muchos casos las máquinas anulan las diferencias
en relación a la fuerza física entre trabajadores y trabajadoras, los empresarios tiene
muy claro desde el principio que la mano de obra femenina es más fácilmente
explotable por la tradición de sometimiento en la que están inmersas, por la presión
de las cargas familiares, por el carácter complementario de su suelto y por la falta de
solidaridad y conciencia colectiva, que hace tardía y escasa su organización sindical.
- Por otra parte, las mujeres han de afrontar la conciliación entre su papel
reproductor y el trabajo productor.
La opresión es cultural
Los cuentos infantiles clásicos son una excelente ilustración de los papeles
masculino y femenino tal como la sociedad los requiere. En los cuentos, los personajes
masculinos, y sobre todo el protagonista, siempre son seres activos que han de
enfrentarse a miles de obstáculos, que corren riesgos para alcanzar su meta: la
princesa o la amada, el premio a sus hazañas. Mientras que ellas -princesas, bellas
durmientes o cenicientas- están confinadas en sus castillos o en sus humildes casas
dedicadas a las tareas del hogar, pero ante el varón/amado son pasivas, no les cabe
otro papel que la espera. Y, aunque en los cuentos hay hadas, sirenas o brujas que
quedan fuera del alcance de los hombres, su existencia es incierta, su intervención en
el mundo humano ocasional y, en cuanto se convierten en mujeres, su suerte es el
sufrimiento y el yugo del amor.
La educación que reciben niños y niñas es diferente: desde la infancia hasta la
edad adulta se educa a las mujeres en la subordinación, y cuando ya son mayores y
tienen bien aprendido el papel, se espera que continúen transmitiéndolo a sus hijas y
nietas.
A las niñas se les educa de manera diferente que a los niños: se les colma de
caricias y arrumacos, se les prodigan las manifestaciones afectivas y se les pone una
muñeca en las manos para que la
cuiden y acaricien como los adultos y
la madre hacen con ellas. Mientras
que a los niños se les fomenta desde
el principio la independencia y la
represión de los sentimientos con
mensajes como: «los niños no
lloran», «los niños no se miran a los
espejos», etc.
Para las niñas, la feminidad es
un aprendizaje, como lo es para los
niños la virilidad. Pero, para ellas, desde el punto de partida hay un conflicto entre su
existencia autónoma y su «ser otra»: se les enseña que para gustar han de hacerse
objeto y, por tanto, tienen que renunciar a su autonomía. Se les trata como a muñecas
vivientes y se les sustrae la libertad; se las encierra en el círculo vicioso de que cuanto
menos ejerzan la libertad para comprender, captar y descubrir el mundo que les rodea,
menos recursos encontrarán en él y menos se atreverán a afirmarse como sujetos.
Todos les estimulan la «vocación» de madre y les rodean de muñecas para facilitar el
adiestramiento. Y como las muñecas son cosa de niñas, a la niña le parece que los
niños son cosa de mujeres.
La educación sexual también es diferente, como diferente es la vivencia de la
sexualidad, no solamente por razones biológico-hormonales, sino, sobre todo, por
razones sociales y psicológicas que la confinan a un papel pasivo y receptivo, coartan
su iniciativa y la expansión de su afectividad. Por lo que se refiere al matrimonio,
Beauvoir señala que, desde el punto de vista de la filosofía existencialista, en el grupo
conyugal es el varón quien ejerce la trascendencia; a la mujer se le asigna la
inmanencia. En cuanto a la maternidad, la desmitifica como institución desmontando
mitos: no es cierto que la maternidad baste para colmar a una mujer; no es cierto que
para la mujer poder engendrar hijos sea un privilegio; no es cierto tampoco que el hijo
encuentre una felicidad segura en los brazos de la madre. Por el contrario, el
psicoanálisis ha mostrado hasta qué punto los trastornos psicológicos tienen su origen
en el pasado familiar.
En conclusión, en nuestra sociedad patriarcal los mitos sobre la maternidad
tienen el fin de hacer creer a las mujeres que en el papel de madres alcanzarán su
plenitud como mujeres. Pero el mito de la maternidad es una trampa. No es que
Beauvoir piense que la maternidad es algo malo; lo malo es presentarla como una
gloria-prisión para las mujeres, y así es como lo concibe la sociedad en 1949.
5. PROBLEMATIZACIÓN DE LA CATEGORÍA MUJER
¿Qué es entonces una mujer? Beauvoir niega la existencia del «<eterno
femenino», ser hombre o ser mujer no consiste en poseer una determinada esencia
que nos hace diferentes, sino en comportarse según determinados modos de
actuación que los usos sociales imponen en función del sexo biológico con el que
nacemos.
Los varones no nacen siendo valientes, decididos, duros, combativos,
esforzados y fríos emocionalmente. Ni las mujeres nacen siendo cobardes, indecisas,
sensibles, adaptadas a las circunstancias, flojas y sentimentales. Se las educa para que
sean así, y como todo el entorno –la familia, el colegio, los/las amigas, los juegos, las
fiestas, las modas y las costumbres- les transmite el mismo mensaje y espera de ellas
iguales conductas, llegan a la edad adulta moldeadas como seres femeninos.
Lo que sea un varón y lo que es una mujer constituyen sendos productos
culturales que se fabrican desde el nacimiento hasta la edad adulta. Con la famosa
sentencia: «No se nace mujer, se llega a ser mujer», Beauvoir se adelantó en unos
cuantos años a la conceptualización del género, es decir, a la noción de género como
una construcción cultural. El sexo haría referencia a las distintas características
biológicas que diferencian a varones y hembras. El género se relaciona con los
diferentes roles o papeles que la sociedad reserva a hombres y mujeres que implican
distintos modos de comportarse y distintas actitudes. Digamos que el sexo hace
referencia a diferencias establecidas por la
naturaleza entre machos y hembras de una especie,
mientras que el género hace referencia a
diferencias establecidas por la cultura y la sociedad
entre hombre y mujeres. Según esta
conceptualización, hecha en la década de los 70 por
la antropóloga Gayle Rubin, lo masculino y lo
femenino son productos sociales de lo que
denomina sistema de género/sexo en virtud del
cual la hembra humana (biológica) se transforma
en mujer (oprimida) de un modo similar al que la
institución de la esclavitud transforma al «negro»
en esclavo. Es decir, las relaciones de dominación
patriarcal son las que llegan a convertir a un ser
humano mujer en doméstica o reproductora o en
objeto sexual al servicio de los varones. El sexo,
convertido en género es un principio organizador
de la sociedad, el que determina qué puede hacer
una mujer y qué puede hacer un hombre.
6. LA EDUCACIÓN EN PARIDAD, LA INDEPENDENCIA
ECONÓMICA Y LA LUCHA COLECTIVA COMO MEDIOS DE
LIBERACIÓN
A lo largo del desarrollo de la fase progresiva del método, muestra Beauvoir
cómo es la cultura la que hace a las mujeres ser lo que son; tanto la educación como
los roles de esposa y madre son determinados por la cultura y la sociedad, no tienen
nada de natural. Luego, lo que son las mujeres no lo son por tener una esencia
supuestamente femenina, sino porque la cultura las hace así, les ha fabricado una
forma de ser subordinada, dependiente y sin iniciativas porque en todas las etapas de
su vida les inflige la opresión. Y dado que la opresión es infligida, se trata de una
opresión de la que pueden liberarse.
Para conseguir la liberación de la opresión, nuestra filósofa recomienda: en
primer lugar, educar a las niñas en la autonomía; es decir, como se educa a los niños. Y
trae a la memoria casos de mujeres educadas por su padre, como la hija de Tomás
Moro, que fue una ilustre humanista de su tiempo, respetada por su dominio de las
lenguas clásicas. En segundo lugar, recomienda que, de adultas, las mujeres consigan
la independencia económica teniendo un trabajo propio y en igualdad de condiciones
con los varones. En tercer lugar, concienciar y educar para que no recaigan sobre ellas
exclusivamente las tareas del cuidado y puedan decidir con plena libertad la
maternidad. Todo esto se tendrá que conseguir a través de una lucha colectiva -que
forzosamente tendrá carácter político- por su emancipación como género.
En el capítulo final hace consideraciones sobre lo difícil que es para una mujer,
educada en el rol de ser Otra, de no realizar su trascendencia, conseguir ser autónoma
no sólo en su vida profesional sino, sobre todo, en su vida de pareja y en su vida
afectiva toda. Porque si durante la juventud se forjó una idea del varón como héroe
liberador y dador de felicidad, seguirá cultivando esa fantasía durante la vida adulta,
esperando fascinar a algún varón que la «salve», que justifique su existencia, en vez de
buscar la satisfacción por sí misma. Y esto sería una salida de «mala fe», porque
implica que asume la opresión. Por tanto, hay que tener en cuenta que la
independencia económica es una condición de emancipación, pero no es todavía estar
emancipada.
En efecto, muchas mujeres están divididas entre sus intereses profesionales y
sus impulsos afectivos. Les cuesta mucho equilibrar unos y otros y, si lo consiguen, es a
costa de concesiones, sacrificios y acrobacias que las tienen siempre en tensión
(problemas de la «doble jornada»: el trabajo fuera y dentro de casa, que dieron lugar a lo que
se llamó en los 80 la «superwoman»), «cargas propias de su sexo» que les adjudican la
sociedad y la cultura. Pero si el trabajo no profesional, el que requiere la casa y la
familia, se repartiera equitativamente entre los sexos, las mujeres podrían llevar, aun
en los momentos de mayor esfuerzo requeridos por la familia y la maternidad, una
vida feliz viéndose en este trabajo equiparadas con los varones.
El problema de las mujeres es que no se valoran sus esfuerzos como los del
varón y esto tanto en sus familias de origen como en el grupo familiar formado con su
pareja. Por eso, muchas de ellas no se plantean metas profesionales muy elevadas, y si
lo hacen, han de mostrar su valía como el primero de los varones, porque la casta
superior siempre es hostil a los recién llegados de la casta inferior. Y no se valoran
porque lo primero que se le pide a una mujer es que cumpla con las tareas propias de
su sexo, como se decía en la época en que escribió su ensayo Simone de Beauvoir. Los
carnets de identidad de las mujeres españolas expresaban perfectamente esa
ideología; las que no tenían un trabajo fuera del hogar debían escribir en la casilla
«profesión»>: <<sus labores»>.
Si bien la historia nos muestra que las mujeres siempre han estado en segundo
plano, los hechos históricos no implican que siempre haya de ser así, solamente
traducen una situación que, precisamente por ser histórica, está en vías de cambio. De
modo que Beauvoir es optimista cara al futuro.