1. La primera cita es de Elias Canetti, ganador del premio Nobel en 1981.
Es
conocido por su libro Masa y poder y por su novela Auto de fe. La cita que les
comparto viene de un libro suyo de aforismos que se llama La provincia del hombre.
Dice: “Pronto no quedará ningún escrito antiguo sin descifrar, y no aparecerá ningún
escrito nuevo para ser descifrado. Así, la escritura perderá su carácter sagrado”.
¿Qué signi ca o en qué consiste el carácter sagrado de la escritura? No estoy del
todo seguro, pero lo que sí sé es que si la escritura lo perdiera, sólo podría quedarse
su carácter profano. Sabemos muy bien en qué consiste este último.
Funcionalmente, ¿de qué sirve la escritura? Sirve para la comunicación; más bien
para la captación o comprensión de lo que se quiere comunicar. Cuando la escritura,
en este sentido, funciona bien, cuando lo que expresa se entiende, la escritura misma
desvanece, se vuelve transparente, convirtiéndose en mero vehículo para que en el
lugar del signi cante aparezca el signi cado. ¿Alguna vez has estado viendo la tele y
aparece un perro en el programa y con emoción le dices a tu perro que yace ahí al
lado “mira, mira ese perro” y señalas con el dedo el perro en la tele y tu perro queda
viendo tu dedo en vez del objeto que indica? Pues según la cita de Canetti, habría
algo cuasi-sagrado en lo que hace el perro. En vez de descifrar la escritura, el
signi cante, para pasar al signi cado, se queda jado en la opacidad de ese símbolo
con esa maravillosa mirada que hacen cuando ladea la cabeza a un lado. Y nosotros
humanos corremos tras el brillo de la información. Nuestra sociedad se ha llamado la
sociedad de la información, y sus ingenieros y sus mercadólogos se han empeñado
en eliminar todo ruido de la señal que nos llega, es decir, se han esforzado en hacer
que el consumo de información sea instantáneo y fácil.
En su libro Minima moralia, Teodoro Adorno habla de “la cción liberal de la
comunicabilidad libre y universal de cada pensamiento”. Tiene razón en lo que dice,
sin embargo, la gran mayoría de los pensamientos en nuestra sociedad son en efecto
fácilmente comunicables debido en buena parte a su calidad. Es que se busca el
denominador común más bajo lo cual resulta en ideas inofensivas y banales que no
hacen más que re ejar de forma anodina la ideología dominante actual. Esta
escritura profana, como lo caracterizamos hace poco, al ser conformista, es opresiva y
peligrosa. El efecto que tiene en la sociedad es una especie de censura que bloquea
la expresión de pensamientos que no se conformen a lo que todo el mundo piensa, a
lo que es “obvio”. Esta censura no es externa sino interna, una auto-censura que
impide lo idiosincrásico y lo singular en el pensamiento. Obviamente, la vida social
depende de la comunicación y de que nos entendamos, sin embargo la salud social
depende de que la uniformidad en el pensamiento no sea completo, que haya un
espacio precisamente sagrado en el que los pensamientos no tienen que
conformarse. Antiguamente, la universidad se concibió como ese espacio y durante
mucho tiempo fungió ese papel, pero en las últimas décadas ha llegado a rendirse
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ante presiones económicas, tecnológicas y políticas – hay que ser e ciente,
productivo y relevante. La universidad está al parecer en un proceso de profanación.
No dudo que hayas pensado que lo que hago en la Fonda es precisamente
profano en este sentido, ya que descifro estas grandes obras del pensamiento para
su consumo a gran escala. Pues, cuando explico un Hegel o un Spinoza, lo que estoy
haciendo no es losofía, de la misma manera que un divulgador de la ciencia que
explica la teoría de la relatividad por ejemplo tampoco con ello está haciendo
ciencia. La diferencia entre él y yo es que lo que él comunica es algo medianamente
objetivo, al menos hasta ese momento en el avance de la ciencia. Es conocimiento
que expresa el resultado de un proceso de investigación. Ese resultado puede
desprenderse del proceso y ser asimilado por gente ajena. En la medida en que la
gente entiende esa información se puede decir que tiene conocimiento cientí co. Yo
también les presento el resultado de un proceso de pensamiento, sin embargo, si
identi cáramos la losofía con este resultado, algún texto publicado como libro,
estaríamos engañados. Lo que tendríamos en la mano es un pájaro muerto, un
pájaro que no vuela. Como muy bien dice Hegel en el prefacio de la Fenomenología
del espíritu, la losofía no es el resultado nal, sino ese resultado junto con el proceso
que lo generó. Lo que explico en la Fonda es el resultado nal, más no el proceso.
Este último no puede presentarse sino sólo suscitarse. Volviendo a nuestra
comparación con la ciencia, la ciencia avanza con el tiempo y deja por atrás ciertos
planteamientos. Hoy en día ya no se discute si Ptolomeo tenía razón o no. La losofía
no es ciencia. Notoriamente, la losofía no produce resultados jos u objetivos.
Platón no comparte el mismo destino que Ptolomeo, sino que sus ideas siguen
vigentes hoy en día, como puede apreciarse por ejemplo en la ontología que
sostienen la mayoría de los matemáticos.
A lo que voy es que la losofía es una empresa interpretativa. La realidad que
la ciencia descifra, ese gran libro de la naturaleza, como decía Galileo, está escrito
con matemáticas. Pareciera que la realidad que la losofía trata de descifrar está
escrito con jeroglí cos. Lo que yo hago en la Fonda es, en realidad, algo muy
super cial. Simplemente expongo y explico las diferentes claves de interpretación
que han propuesto diversos lósofos de la historia. Imagínate que hubiera hecho
vídeos sobre todos los lósofos y sus libros en la tradición y que habías tú visto todos
ellos o, lo que es mejor, que habías leído todos esos libros y los habías entendido.
Luego ¿qué pasaría, qué dirías? ¿Dirías “Uy, qué bien, ya entiendo todo eso, ahora
puedo pasar a otra cosa”? ¿Puedes dejar por atrás la losofía de la misma manera
que dejas atrás Química Orgánica I una vez que hayas entendido sus principios y
aprobado el curso? No. Si realmente aprendiste bien química orgánica, no van a
surgir dudas y preguntas posteriormente. En el caso de la losofía, por mucho que
leas y entiendas, las dudas y preguntas no cesan. Planteado de otra forma, imagínate
que todos los lósofos académicos llegaran algún día a un acuerdo o consenso
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universal sobre todos los temas losó cos, una uniformidad en la opinión como
comentamos antes. ¿Qué dirían entonces? ¿Dirían “Ah, qué bueno, pues todo
resuelto así que ya no tenemos que volver a la uni a investigar, ya podemos ir a casa a
hacer otra cosa”? No. Se despertarán en la mañana y abrirán los ojos a un mundo
tan enigmático y maravilloso como el que Sócrates, Platón y Aristóteles miraban. El
mundo académico quiere convertirlos en cientí cos, quiere profanar su pensamiento,
pero el propio mundo, su misteriosa escritura, los mantiene en una condición de
principiantes con la misma mirada que ese perro, y en eso hay algo sagrado, me
parece.
Un último comentario sobre este tema. Al re exionar sobre esta interesante
idea de Canetti sobre la escritura se me vino a la mente cosas que había leído sobre
el problema de cómo crear un lenguaje que personas o seres miles de años en el
futuro puedan comprender, aun cuando no hablen ningún idioma que existe en la
actualidad. Este problema es especialmente pertinente para los que desarrollan
sitios para almacenar residuos radiactivos. Tienen que poner letreros que indican
que el sitio es peligroso y que no se acerque. El lenguaje obviamente no puede ser
simbólico porque la clave de su interpretación sería una convención social a la que
esos humanos en el futuro muy probablemente no serían partícipes. Entonces,
tendría que ser icónico. La imagen que signi ca “ser humano” es una gura con un
palito para el tronco, dos para las piernas, dos para los brazos y un círculo para la
cabeza. Todos lo hemos visto. Es icónico porque se parece cualitativamente a lo que
signi ca. El problema es cómo representar icónicamente el peligro. Ha habido
muchas propuestas pero ninguna convincente. Volviendo a la a rmación de Canetti,
el que gente en el futuro encontraría una escritura que no podría descifrar signi caría
que esa escritura guardara su carácter sagrado. Pero imagínate que esa gente por
ello lo tomaran como un sitio sagrado, como nosotros hacemos con Stonehenge, que
se reunieran ahí para hacer quien sabe qué. El punto es que, irónicamente, habrían
hecho precisamente el contrario de lo que pretendían los creadores de los letreros.
2. La segunda cita viene de Wittgenstein, un aforismo que está en el libro que
se editó como “Cultura y valor”. Dice: “A veces uno ve ideas de la misma manera que
un astrónomo ve estrellas en la lejana distancia”. Es sugerente lo que dice, sin
embargo la comparación no está muy clara. ¿Cómo ve un astrónomo las estrellas?
¿Se re ere al modo de ver del astrónomo (que las ve por la pura vista o por la ayuda
del telescopio), o se re ere a cómo aparecen las estrellas que ve? Exploremos las
posibilidades. Imagínate que el astrónomo tomara esas luces que ve allá arriba
como hoyitos en el cielo, en el domo del cielo, y que fuera la misma luz más allá de
ese domo la que brillara por todos los hoyos. Si así viera las ideas, signi caría que
toda idea trasmite algo de la verdad, quizá que cada idea es una verdad parcial. La
primera vez que leí esta cita, pensé en el hecho de que las estrellas desde hace
mucho tiempo no se ven de forma aislada sino en grupos, en constelaciones. Las
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estrellas que en su articulación componen constelaciones no se escogen de forma
aleatoria, es decir, no son un mero agregado de estrellas sino un grupo cuyo
contorno forma un dibujo reconocible: un oso, un cazador, un cisne. Es interesante,
aunque no sorprendente, que diferentes culturas en diferentes tiempos ven distintas
guras, y eso gracias a la variedad de culturas. Sin embargo, la cultura no es el único
determinante de lo que uno ve sino la posición que ocupa en el cosmos. Pareciera
que las estrellas que conforman el dibujo estuvieran todas en un mismo plano, es
decir, que todas estuvieran a la misma distancia de uno. Pero sabemos que no es así.
Una puede estar a dos años luz y otra a mil años luz. Si uno pudiera posicionarse en
otra parte del cosmos, al otro lado de la galaxia digamos, vería un cielo distinto, y así
quizá otros objetos, otros animales saldrían a la vista.
Pasando a las ideas, si uno las ve de la misma manera que el astrónomo ve las
estrellas, entonces las vería y las tomaría en grupos, en constelaciones de ideas. La
diferencia es que consideramos las relaciones que guardan las ideas entre sí en
términos epistémicos. Si un grupo de ideas tiene cierto contorno, lo tiene porque se
supone que esa combinación o articulación es lo que produce la verdad, o conduce a
ella. Una cosa que me gusta de la lectura de la historia de la losofía es ver todos
esos sistemas losó cos, esos grupos o constelaciones de ideas, que en su momento
parecían obvias, su articulación entre sí como natural, casi como si las ideas se
consideraran como ocupando un solo plano, como cuando vemos la constelación del
oso. Lo que casi siempre da paso a un nuevo sistema, un nuevo grupo de ideas, es
un cambio de perspectiva, como si uno de repente pasara al otro lado de la galaxia
de las ideas y viera nuevas posibilidades de conexión.
Pero lo que realmente me interesa en esta re exión es la cuestión estética, la
posibilidad de que, sin abandonar la preocupación por la verdad, se empleara un
criterio estético al escoger y articular las ideas en una constelación, de modo que, a
través de ellas, se manifestara una especie de dibujo o alguna presentación que
podría experimentarse como estética. Imagínate un joven que abriera un libro y que
ante su imaginación se le articularan cosmovisiones de forma tan viva como las
constelaciones que se dibujan ante la vista cada noche.
3. La última cita es de Roland Barthes, de la conferencia inaugural que dio al
ser admitido al College de France en 1977. Viene al nal de la conferencia donde
habla de la nueva vida que está emprendiendo. Dice: “Intento pues dejarme llevar
por la fuerza de toda vida viviente: el olvido. Hay una edad en la que se enseña lo
que se sabe; pero inmediatamente viene otra en la que se enseña lo que no se sabe:
eso se llama investigar. Quizás ahora arriba la edad de otra experiencia: la de
desaprender, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que el olvido impone
a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha
atravesado. Esta experiencia creo que tiene un nombre ilustre y pasado de moda,
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que osaré tomar aquí sin complejos, en la encrucijada misma de su etimología:
Sapientia: ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor”.
Barthes no es el primero en dividir la vida en distintas edades. Los biólogos y
los psicólogos lo han hecho, y también los lósofos, como Nietzsche (pienso en las
tres transformaciones del espíritu que comenta en Así habló Zaratustra). Se me viene
a la mente también la división que hace el pensamiento de la India Antigua. Ahí
había cuatro edades. La primera (parecida a la transformación nietzscheana del
espíritu en camello) era la etapa de la juventud, de someterse a los padres y maestros
para convertirse en miembro de la sociedad. La segunda (como la transformación en
león) era la etapa de adulto, de hacer familia, criar hijos, y trabajar contribuyendo así
a la reproducción de la sociedad. Al empezar los hijos a hacer su propia familia, esa
segunda etapa termina y empieza la tercera. En ésta, uno abandona la sociedad y va
al bosque a un ashram. En pequeña comunidad uno dirige la vista hacia el interior,
hacia el alma o Atman para descifrar allí el principio correspondiente cósmico – el
Brahman. En la última etapa uno abandona esta comunidad y va solo a las
profundidades del bosque a encontrar su muerte.
Bueno, veo algo de esto en lo que dice Barthes. Dice: “Hay una edad en la
que se enseña lo que se sabe”. ¿Qué es lo que sabe? Pues, toda la información que
de joven te enseñaron en la escuela y en la universidad. “Pero inmediatamente viene
otra en la que se enseña lo que no se sabe: eso se llama investigar”. Ésta es la etapa
de adulto, de investigación y creación. Uno ya no asimila sino que aporta, y eso
Barthes en su vida hizo muy bien. Y luego dice: “Quizás ahora arriba la edad de otra
experiencia: la de desaprender, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que
el olvido impone a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias
que uno ha atravesado”. Al inicio de la cita habla de la fuerza de toda vida viviente: el
olvido. Dice que se deja llevar por esa fuerza. No estoy muy seguro qué quiere
decir, pero se me ocurre lo siguiente. Nosotros somos seres físicos, empíricos, y
pertenecemos por tanto al mundo natural. La física nos enseña que todo en el
mundo natural es susceptible de un proceso de disolución, lo que llaman la entropia.
En el mundo físico, el olvido se mani esta como entropia. Por otro lado, la psicología
observa que la vejez es acompañada por un olvido literal; la memoria nos falla, y en
ciertos casos el olvido, en la forma de la demencia, traga a uno casi por completo.
Seguramente, Barthes no acepta su admisión al College de France como pretexto
para volverse demente, al menos no psicológicamente. Pero socialmente, quizá sí. El
olvido no como algo que le pasa a uno, algo que sufre, sino como algo que cultiva,
una experiencia, dice, de desaprender, de dejar trabajar a la recomposición
imprevisible que el olvido impone a la sedimentación de los saberes, de las culturas,
de las creencias que uno ha atravesado. Todo este último es lo aprendido y lo
trabajado de las primeras dos edades, producto del intelecto o la consciencia.
‘Consciencia’ viene del latín – scientia – es decir, hecho con scientia, o ciencia. Barthes
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nos dice que ahora va a dejar la ciencia atrás, va a desaprender. Esto no porque lo
aprendido y lo trabajado sea falso o incorrecto sino porque son, digamos,
irrelevantes para la nueva forma que asume su animo o espíritu. Como las
transformaciones del espíritu en Nietzsche, el de Barthes sufre un cambio muy
marcado en esta nueva etapa de vida. Ya no es con-sciencia, sino con-sapiencia. Esta
experiencia que emprende, dice “tiene un nombre ilustre y pasado de moda, que
osaré tomar aquí sin complejos, en la encrucijada misma de su etimología: Sapientia:
ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor”. En su
conferencia habla de la relación entre el discurso y el poder y ahora en esta nueva
etapa busca liberarse del poder, no de sufrirlo sino de ejercerlo ya que esclaviza a
uno. Por eso dice ‘ningún poder’ seguido por “Y un poco de prudente saber”. La
palabra sapientia traduce la palabra griega ’so a’. La so a no es un saber teórico, no
es scientia, sino un saber práctico, sapientia. Y como nal ‘el máximo posible de
sabor’. Me encanta que en francés y en español, y supongo que en italiano también,
las palabras para conocimiento y sabor tienen la misma raíz latina. Saber algo
saboreándolo – ¡una sabiduría basada en el gusto! Dice en otra parte de su
conferencia: “En el orden del saber, para que las cosas se conviertan en lo que son, lo
que han sido, hace falta este ingrediente: la sal de las palabras. Este gusto de las
palabras es lo que torna profundo y fecundo al saber”.
En la cita anterior sobre las estrellas y las ideas, hablamos sobre la posibilidad
de que una constelación de ideas manifestara una imagen o un dibujo que podría
captarse estéticamente. Y aquí, sin que me diera cuenta, hemos llegado a tocar el
mismo tema, la relación entre las palabras que conforman el saber, y otra modalidad
estética, a saber, el sabor que encierran, la sal de las palabras. Como puedes
imaginar, todo esto es levadura para mi pan de la losofía artesanal. (Perdón, no
pude evitar una metáfora gastronómica).
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