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Robyn Donald - La Llegada de La Novia

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La llegada de la novia

Robyn Donald

La llegada de la novia (1981)


Título Original: Bride at Whangatapu (1981)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Jazmín 73
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Logan Sutherland y Fiona Ward

Argumento:
Fiona es madre soltera y necesita urgentemente un trabajo en un lugar
cálido ya que su hijo está enfermo y el clima de Londres le hace empeorar.
En una entrevista de trabajo vuelve a encontrarse por casualidad con
Logan Sutherland, el padre de su hijo. En cuanto él averigua la verdad de
su paternidad, los obliga a acompañarlo a Nueva Zelanda, no sin antes
casarse con Fiona.
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Capítulo 1
Fiona Ward estaba nerviosa. Se notaba por la manera en que sus dedos
apretaban la parte superior de la cartera, con tal fuerza que se veían blancos sobre la
oscuridad de la piel. Se mostraba en la expresión de sus ojos color gris oscuro; en sus
labios tensos, normalmente suaves y sonrientes. En su dedo la sortija de oro resaltaba
como un vínculo de servidumbre, en desacuerdo con sus facciones extremadamente
jóvenes, ya que a pesar de tener veintitrés años no parecía mayor de diecinueve. Sólo
sus ojos, fríos y distantes, cubiertos por las sombras de un recuerdo doloroso,
revelaban que ya no era una niña recién salida de la escuela.
La espera se hacía insoportable. ¡Tanto dependía de aquella entrevista! La salud
de Jonathan, su propia tranquilidad, todo se esperaba del hombre que se encontraba
al otro lado de la fría y burlona puerta del hotel. El doctor había dicho que Jonathan
necesitaba pasar por lo menos un año en el campo, corriendo libremente y aspirando
el aire puro, si deseaba deshacerse de la terrible tos que estremecía su cuerpecito
durante todo el invierno. Fiona rezaba a Dios para que le fuera bien en la entrevista,
permitiéndole abandonar el frío y húmedo Wellington, y marchar a aquella bella
península del norte de Nueva Zelanda, donde el sol cálido acariciaba la tierra.
Le había parecido una respuesta a sus oraciones cuando la eficiente señorita
Dobbs, de la agencia de empleos, le habló del trabajo.
—Es como secretaria —le había explicado—; de preferencia con conocimientos
de contabilidad, aunque no indispensable.
Sus grandes ojos oscuros habían mirado compasivos a la delgada muchacha
sentada al otro lado del escritorio. La señora Ward parecía muy joven para ser viuda;
pero aun así, era la madre de un niño de cuatro años. Era trágico que su
desaparecido esposo no hubiera podido dejarlos mejor situados y que ella se hubiera
visto obligada a buscar desesperadamente un empleo en el que aceptaran a su hijo.
—Creo que es perfecto para usted señora Ward. La propiedad es muy grande,
creo que fue una de las primeras granjas que se establecieron allí, y la casa es una
antigua residencia colonial. El propietario necesita alguien que le ayude con el
trabajo de oficina. Usted trabajará no sólo para él, sino también para su madre, que es
una conocida escritora. Eso la mantendrá bastante ocupada. El sueldo es bueno, y no
tienen ninguna objeción hacia el niño. Parece que la esposa de uno de los pastores
está dispuesta a atenderlo mientras usted trabaja. Es una propiedad en la costa, y la
casa está junto a la playa.
—Parece... ideal —dijo Fiona en voz baja, imaginándose a su hijo Jonathan
bronceado, sano y feliz, corriendo y gritando bajo el sol. Con un esfuerzo regresó su
pensamiento a la realidad. Gracias a Dios su padre le recomendó que tomara un
curso de secretaria después que Jonathan nació.
—Aquí está la dirección. El propietario está hospedado en el hotel Settlers. Su
cita es mañana a las cuatro. Pregunte por el señor Smith.
—¿Smith?

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—Sí. Ese no es su verdadero nombre, claro, pero no se preocupe, señora Ward.


Durante años hemos tratado con ellos; no le ocurrirá nada malo con la familia...
Smith. ¡Buena suerte!
Bueno, ahora sí necesitaría suerte. Jonathan... se negó a pensar en él. Un ruido
detrás de la puerta hizo que Fiona apretara nerviosa los labios y relajara sus dedos
tensos. ¡Tenía que aparecer calmada y segura de sí! El señor Smith, quienquiera que
fuere, no debía notar lo desesperada que estaba por el trabajo; por lo menos era
dueña de su orgullo.
Se abrió la puerta y el hombre salió.
—¿Señora Ward? Siento haberla hecho esperar... —su voz se apagó al mirarla
con mayor atención.
Era alto, moreno y atractivo, lleno de esa serenidad que se da sólo con la
seguridad en uno mismo.
Ella murmuró, los labios pálidos:
—¡No... no! —extendió los brazos como queriendo apartarlo, luego sintió que la
habitación daba vueltas a su alrededor; cayó hundiéndose en una momentánea
inconsciencia.
La náusea la invadió espesando su garganta. Con una mano temblorosa retiró
un mechón de cabello de su frente húmeda. Durante un momento se preguntó lo que
había sucedido. Logan Sutherland le ponía un vaso en los labios y le decía
firmemente:
—Bebe esto.
—No —dijo en tono apenas audible, y luego se sofocó cuando la obligó a beber
el fuerte líquido, sin compasión.
—Es sólo brandy. ¿Lo beberás o tendré que hacerte tragar el resto? Fiona abrió
los ojos lentamente. El estaba arrodillado junto al sofá, su brazo fuerte como el acero
le rodeaba los hombros.
—Lo beberé —dijo temblorosamente.
—Bien —colocó el vaso sobre la mesa y se puso en pie, mirándola con aquellos
ojos que parecían de hielo azul—. Date prisa.
El vidrio rechinaba contra sus dientes mientras sorbía el licor lentamente, la
cabeza inclinada para eludir la mirada acusatoria. Cuando terminó, él se alejó
dándole la espalda para mirar por la ventana.
Fiona bajó rápidamente las piernas del sofá, tratando de recoger sus
pertenencias, con la cabeza aún dándole vueltas. Estaba en una sala amueblada con
elegancia, con floreros llenos de rosas de muchos colores. Su perfume era penetrante
y evocador. Buscó su cartera, la vio encima de la mesa y la tomó. Con el pretexto de
sacar el peine, tomó la fotografía de su hijo y la metió en su monedero, estrujándola
al hacerlo. El ruido crujiente pareció producir eco en el cuarto, pero comprendió que
era idea suya a causa de la tensión. Era imposible que él oyera un sonido tan leve.
Luego peinó su cabellera cobriza, guardó el peine y cerró la cartera.

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—Me... siento mejor ahora.


—Bien —él se volvió, examinándola—. Sí, tienes un poco más de color en tus
mejillas. ¿Seguro que estás bien?
—Sí gracias —se puso de pie, vacilante aún y se apoyó rápidamente en el brazo
del sofá—. Estoy bien —contestó determinada—. Ahora me iré.
—¿Porqué?
—¿Por qué? —repitió—. Yo... creo que es natural. Sin duda no querrá que
trabaje para usted, y yo... —su voz se hizo más fuerte—, yo no quiero hacerlo.
—Posiblemente —dijo él, pero no hizo ningún movimiento para abrirle la
puerta, lo cual era raro en alguien que poseía una cortesía instintiva—. No creo que
debas irte todavía. Era una bebida muy fuerte y, si no recuerdo mal, tu cabeza no
soporta mucho el alcohol.
—Estoy bien, gracias. Adiós —le dijo con frialdad.
Atravesó el cuarto, pero Logan llegó antes, tomándola del brazo.
—Creo que sí tenemos algo que discutir —contestó, terminante—. La encargada
de la agencia de empleos me informó que tenías un hijo de cuatro años. Debiste
casarte muy pronto después de... conocemos.
—Así fue —ella trató de soltar su brazo.
El la apretó con mayor fuerza; sus dedos le hacían daño.
—¿Casada y viuda tan pronto? Has vivido momentos trágicos desde que nos
vimos la última vez, señora Ward. ¿Cómo murió tu esposo?
Ella se mordió el labio, y la mentira, dicha tantas veces, brotó con facilidad:
—En un accidente automovilístico —murmuró—. ¡Suéltame... me estás
lastimando!
—Lo siento —soltó su brazo, pero se mantuvo cerca, observándola—. Había
olvidado lo frágil que eres.
Rígida, con los nervios a punto de estallar, Fiona miro el borde blanco del
pañuelo que asomaba por el bolsillo del traje de Logan. Todos sus instintos le
advertían que huyera, que corriera como si el mismo diablo la estuviera
persiguiendo, pero sabía que no podría. Pero, si le era imposible huir, lucharía.
—Estoy segura que sí —le dijo con cortesía—. En realidad no tiene objeto
recordar. Es un ejercicio sin sentido, que le interesa sólo a los viejos, así que
podremos despedirnos ¿no crees?
El se rió con suavidad.
—¡Oh, no, señora Ward, no nos despediremos! ¿Cómo se llama tu hijo?
—Jonathan —contestó rápida—. Y no ha cumplido cuatro años todavía.
—¿Ah, no? Debes perdonarme por no creerte. ¿Sabes? Me gustaría verlo. Te
llevaré a tu casa y podré conocerlo.

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—¡No! —contestó con excesiva rapidez. Nerviosamente, improvisó—: Se... se ha


quedado en casa de un amigo.
—Una lástima. ¿A quién se parece, a ti o a su padre?
—Eso qué importa. No sé lo que te propones, pero no tengo por qué permitir
que te metas en mis asuntos. Adiós.
Rápidamente, él cogió su cartera.
—La mayoría de las madres —dijo con insolencia—, llevan una fotografía de
sus hijos en el bolso. Mi madre siempre lo ha hecho.
Abrió el cierre, y mientras sus dedos registraban la cartera, Fiona se sofocó.
—¡No te atrevas! ¡No te...!
Cubriéndose con un brazo, y con una rapidez que la asombro, Logan vació el
contenido de la cartera sobre la mesa, buscó el monedero y lo abrió. Fiona respiró con
irregularidad y le propinó un fuerte puntapié en la pierna.
Aunque ella se estiró para agarrar la foto, Logan la cogió y, con el otro brazo,
atrajo a la joven, tomándola con furia por el cabello. Las lágrimas cegaron los ojos de
Fiona. Sollozó y se llevó las manos a la cabeza, tratando de librarse del doloroso
cautiverio.
Le pareció que pasaba una eternidad antes que la soltara. Una vez más trató de
quitarle la foto, pero él lo evitó, dándole la vuelta para leer lo que ella había escrito
en la parte posterior.
—Jonathan Logan Ward, cuatro años —dijo en un tono completamente carente
de emoción; luego rompió la fotografía en pedazos—. ¡Jonathan Logan Sutherland
debió llamarse, pequeña zorra!
—Tendré que mandar hacer una copia del negativo —miró con tristeza los
pedazos de cartulina—. Era la única que tenía.
—Fiona... ¿por qué? —su voz se oía fría, las manos la apretaban fuertemente de
los hombros—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Después de lo que me llamaste? —susurró—. ¿Después de lo que me hiciste?
¿Hubieras creído que el bebé era tuyo cuando te dijera que estaba embarazada? —su
voz temblaba mientras hablaba—. Si recuerdo bien, dijiste que era una cualquiera,
una viciosa y eso fue sólo el principio.
—Claro que lo hice —movió la cabeza, alejándola como si tocarla lo
manchara—. ¡Dios Santo, Fiona, estaba furioso! Tenías dieciocho años y caíste en mis
brazos como una ciruela madura. Yo tenía veintiséis, lo bastante mayor para haber
sabido que no era correcto acostarme con una niña casi recién salida de la escuela.
¿Cómo esperabas que reaccionara?
—Bueno, ése es un asunto enterrado, ¿no crees? —dijo sin entonación—. Yo...
comprendo que ha sido una sorpresa para ti...

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—¿Una sorpresa? —la interrumpió respirando agitado; luego continuó con más
calma—. Sí, supongo que puedes llamarlo una sorpresa. Siéntate, Fiona. Tenemos
mucho de que hablar.
—No tenemos nada de qué hablar —contestó con frialdad.
—No seas tonta —dijo con impaciencia—. Claro que tenemos que discutir esto.
Debiste saber que no podría dar la vuelta y olvidar el asunto una vez que supiera lo
del niño, o no hubieras luchado tanto para evitar que me enterara.
—Nada ha cambiado —sentía un temor incontenible—. Jonathan es mi hijo.
—Y mío —murmuró Logan en voz baja y luego la amenazó—: ¿Te vas a sentar
o tengo que obligarte?
Ella se mordió el labio, dio la vuelta, y comenzó a llorar sin lograr contenerse.
—¡Dios santo! —exclamó él, poniéndole un pañuelo en la mano, sujetándola
contra su pecho mientras ella lloraba por todas las preocupaciones y temores que
sintiera en los últimos cinco años. Lloró porque ahora Jonathan tenía un padre y
también porque ahora no sería sólo suyo.
—Lo... lo siento —murmuró entre sollozos, dando un paso atrás.
—Yo también, pero por lo menos llorar te habrá aliviado. Quizá debas beber un
poco más de brandy.
—No... no, gracias, ya estoy bastante aturdida.
—Pareces exhausta. Ve al baño y mientras te arreglas un poco, pediré té. Luego
hablaremos.
La habitación era grande y estaba lujosamente amueblada. Había un
despertador de viaje en la mesita de noche, junto a la cama matrimonial, pero ése era
el único testimonio de la presencia de Logan. En el baño, Fiona se asustó con la
imagen que se reflejaba en el espejo. Nunca había visto tal desesperación en su
rostro, ni siquiera cuando murieron sus padres tan penosamente, dos años antes.
Se lavó la cara y peinó sus cabellos hacia atrás, antes de aplicarse un poco de
lápiz labial. Aunque era barato, su color coral le quedaba bien; su aspecto mejorado
le prestaba apoyo para la lucha que le esperaba.
Sería una batalla, lo sabía, y aunque reprimía toda emoción, no podía evitar el
temblor que corría por su cuerpo.
—No podría separarme de ti, pequeño mío —murmuró, como si estuviera su
hijo con ella.
Logan se encontraba junto a la ventana cuando ella regresó, mirando de nuevo
el día nublado y tempestuoso.
—Lista para el combate, ya veo. Tú sirve el té, Fiona. Los sándwiches son para
ti.
—Gracias... tengo hambre —admitió, hundiéndose en una butaca—. Tomas el té
sin leche, ¿no es así?

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—Sí —fue a sentarse frente a ella, cogiendo la taza de té con aquella cortesía que
una vez ella encontró encantadora—. Anda, come, parece que lo necesitas.
Los sándwiches estaban deliciosos; eran de salmón ahumado, paté y pollo, y los
comió con verdadero apetito.
—Verás que yo también recuerdo tus gustos —dijo Logan suavemente. Hubo
una larga y tensa pausa—. Háblame de él, Fiona. ¿Cómo es?
Sorprendida, dejó la taza y, por primera vez, lo miró a los ojos. Sobre sus
atractivas facciones maduras, vio las infantiles de su hijo, tan parecidas, que con sólo
mirar una fotografía era suficiente para reclamar la paternidad del niño.
—Es grande para su edad —sonrió suavemente—. Llora cuando se hace daño,
da terribles gritos, pero luego se levanta y continúa con lo que está haciendo; es muy
especial. Ocasionalmente coge rabietas, pero cada vez son menos, ya que está
aprendiendo a controlar su temperamento. Es muy afectuoso con las personas que
conoce. Es... —alzó los hombros y abrió las manos— es Jonathan. Una persona con
sus derechos, no una copia de nadie, ni un vehículo para continuar esperanzas ni
sueños.
—Mientes, Fiona. Es tu esperanza, el objeto de tus sueños. ¿Por qué no me lo
dijiste? ¡Oh...! —la interrumpió cuando ella quiso comentar algo—. Comprendo que
al principio era difícil. Fui un bruto, y tú eras demasiado joven para comprender que
mi ira se dirigía hacia mí y no a ti. Pero después... debiste suponer que te ayudaría.
—Sí, supongo que sí —arrugando la frente, trató de recordar exactamente cómo
se sintió en aquel entonces, cuando el terror y la vergüenza eran los únicos
compañeros que no podía evadir—. Yo... en realidad no sé lo que sentía. Verás, yo te
amaba y pensé que... que al hacerme el amor, significaba que me amabas. Era muy
ingenua, muy tonta. De cualquier modo, te enfadaste tanto, que volví enseguida con
mis padres. Luego, cuando descubrí que estaba embarazada, se lo dije a ellos. Se
portaron de maravilla. Papá quería avisar al padre, pero nunca confesé que eras tú.
—Pero como padre de la criatura, yo tenía derecho...
—Lo sé, pero estaba demasiado herida por tu rechazo, para darme cuenta. En
realidad no relacionaba al bebé contigo, aunque parezca tonto. Hasta que no
comenzó a parecerse tanto a ti, no pensé que... tenías derechos sobre él. Y luego...
bueno, mis padres murieron, y Jonathan era todo lo que tenía. Temía que si te
enterabas, tratarías de interferir en nuestras vidas. Ella esperó encontrar alguna
emoción reflejada en su rostro, pero se equivocó, ya que su expresión era remota, tan
fría como la caridad que le ofrecía... y que ella iba a aceptar por el bien de Jonathan.
—Quieres interferir, ¿verdad? —preguntó categórica.
—Tengo que hacerlo, Fiona. No tenías derecho a esconderme el nacimiento de
Jonathan, aunque comprendo por qué lo hiciste. Obviamente, necesitas dinero; si no,
no hubieras venido a la entrevista. ¿Por qué?
—No es tanto por el dinero en sí. Es por Jonathan. Tuvo un fuerte ataque de
bronquitis hace algunos meses y aún tose. El doctor dice que necesita sol y una vida
en el campo. Es por eso por lo que... esta oportunidad me pareció maravillosa.

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—Lo siento —Logan arrugó la frente—. ¿La enfermedad le ha dejado algún


rastro grave?
—No... ¡oh, no!
—Creo que le podemos dar esa vida en el campo —dijo, mirándola.
—¡No puedo trabajar para ti! —exclamó ella, acalorada—. No seas absurdo.
—No quería decir eso. Sugiero que nos casemos. Será cinco años más tarde
pero, como se dice, "mejor es tarde que nunca".
Fiona tragó saliva, incapaz de pronunciar una palabra.
—Tienes que estar loco, yo no podría... —murmuró.
—Puedes y lo harás, querida —se inclinó hacia adelante—. Es lo más sensato,
como comprenderás, cuando lo pienses un poco. El niño necesita una familia, un
padre. Es mi hijo y soy responsable de él. No tengo la intención de dejarlo sufrir bajo
el estigma de la ilegitimidad, así que tendremos que casarnos. ¡Oh!... —continuó
cuando ella lo miró aterrorizada—. Será sólo un formulismo, te lo prometo, a no ser
que desees que se convierta en un verdadero matrimonio.
—¡No!
—Lo suponía... ¡Pobre Fiona! Has sufrido mucho por una noche de locura,
debida a la sangre caliente de la juventud y al exceso de vino. Nunca podré
compensarte estos últimos cinco años, pero te garantizo que tu futuro y el de
Jonathan están seguros.
Comprendió que no podría escaparse de él. La desesperación vibraba en su voz
cuando objetó:
—Pero... todos lo sabrán. Es decir... lo siento, Logan, pero no podría enfrentar el
que la gente supiera que fui tan estúpida como para... bueno, para amarte tanto.
—Es una manera anticuada de expresarlo, querida, pero te comprendo. Nadie
se enterará, con excepción de mi madre, quien tendrá que saberlo, pero no te
preocupes por ella. Su única ambición durante los últimos cinco años ha sido que me
case, así que aceptará la situación, especialmente cuando vea a Jonathan. No, la
historia que contaremos es que nos conocimos y nos casamos hace cinco años a pesar
de los reparos de tus padres, pero discutimos y nos separamos. No me avisaste del
nacimiento de Jonathan porque temías que yo fuera a quitártelo. Pero ahora nos
hemos encontrado de nuevo, y hemos decidido que aún nos amamos.
—¿Cómo explicarás el no haber comunicado tu matrimonio a los tuyos? —
preguntó Fiona fríamente.
—Porque hería mi orgullo que una mujer me abandonara. Muchas personas me
encontrarán completamente incapaz de admitir un fracaso. Fiona tembló ante el
ligero tono de desprecio de su voz. Lo miró fijamente, viendo la diferencia después
de cinco años. En aquel entonces él era increíblemente atractivo, temerario por la
seguridad que le daban su apostura, su riqueza, pero, principalmente, su
personalidad. Por ello se había adueñado de su corazón y su cuerpo con tanta
facilidad. En resumen, su imprudencia y su pasión habían dado lugar a Jonathan, y

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era él, el producto de la locura juvenil, quien importaba. Sin pensarlo más, sabía que
se casaría con él, con aquel hombre frío y calculador, que se lanzaba al matrimonio
porque pensaba que era su obligación hacerlo.
—Todo depende de Jonathan. Si le caes bien, llevaremos a cabo los planes. De
otra manera... no.
El se rió, pero sin pizca de humor.
—Te casarás conmigo aunque él grite cada vez que me mire. Es un Sutherland...
no espero que comprendas lo que eso significa hasta que hayas vivido en
Whangatapu, pero él tiene derecho a una mejor vida de la que tú puedes ofrecerle.
Así que decídete, Fiona. Considera que el destino ha querido que nos encontráramos
de nuevo. No hay escape ni para ti ni para mí. Ahora, te llevaré a casa. Deseo conocer
a mi hijo —sonrió con poco entusiasmo.
Fiona se puso de pie, ignorando la última frase.
—No puedes obligarme a que me case contigo —dijo firmemente, tratando de
esconder el miedo que vibraba en su voz.
—No lo creas —contestó fríamente—. No tienes otra salida, querida. Debes
tratar de aceptarlo y disfrutarlo, ya que deberás aparentar ser una esposa enamorada
cuando nos vayamos hacia el norte. No deseo más murmuraciones de las necesarias.
Las lenguas se soltarán durante algunas semanas, hasta que les llegue otro tema de
discusión. Bueno, ¿qué esperamos? Es hora de irnos.
Logan disponía de un coche que había alquilado, no demasiado grande, para
facilitar su estacionamiento, pero sí muy lujoso.
Cuando llegaron frente a una vieja mansión, convertida en un panal de
apartamentos de alquiler, él la miró con desagrado.
—Este no es un lugar para un niño —comentó—. Entra y búscalo. Dile a quien
sea que lo esté cuidando que vais a pasar la noche con unos parientes. Tráete una
maleta con alguna ropa.
—Pero... ¿adónde...?
—He reservado una habitación para vosotros en el hotel. De regreso haré los
arreglos para la boda. Eso nos dará tres días para conocernos más. Luego será mejor
que tomemos un par de semanas de vacaciones para que el niño se acostumbre a mí
—la miró con ironía— y... tú también.
Jonathan estaba sentado en la pequeña sala de la señora Wilson, ante el
televisor, viendo un programa para niños. Cuando su madre entró, gritó
entusiasmado y saltó, colocando sus brazos alrededor de ella.
—Hola, querido —Fiona lo besó amorosamente.
—Mami, me he portado bien. La señora Wilson me hizo un huevo para el
almuerzo y dibujamos una cara en la cáscara.

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Se parecía tanto a Logan, que su corazón se detuvo durante un momento. "Dios


quiera que nunca desarrolle el cinismo o la dureza de su padre", pensó Fiona con
fervor.
—Me alegro, cariño. Ahora deberás darle las gracias a la señora Wilson y
decirle adiós.
—¿Deseas una taza de té, querida? ¿Has logrado la entrevista? ¿Piensas que te
darán el trabajo?
La señora Wilson era dulce y estaba sola en el mundo. Iba a añorar a Jonny,
como solía llamarle. Fiona no podía mentirle, así que le indicó al pequeño:
—Jonathan, vuelve a mirar la televisión, querido —luego, cuando el niño
obedeció, continuó—: Algo maravilloso ha pasado hoy, señora Wilson. El... el
hombre que me ha entrevistado es el padre de Jonathan. Como verá, no soy viuda.
Lo dejé antes de que supiera que estaba en estado, y cambié mi nombre porque temí
que tratara de quitármelo. Ahora... quiere que vuelva con él.
—¡Oh, querida hija! —la señora Wilson suspiró entusiasmada—. ¡Qué bueno
será eso para ti... y para Jonny! Pero os voy a echar de menos —se llevó un pañuelo a
los ojos, y luego continuó—: Claro, tienes razón para volver con él. Jonny necesita un
padre. ¿Cuándo os iréis?
—Desea conocer a Jonathan antes de marcharnos.
—Es una cosa muy sensata. ¿Estás contenta?
—Sí, muy feliz, no sólo por el bien de Jonathan, señora Wilson.
—Me alegro. Te lo mereces y necesitas que te cuiden. Siento mucho verte
adelgazar y tan preocupada. Mantente en contacto conmigo. Estaré esperando
noticias de tu nueva vida.
Emocionada, Fiona se inclinó para besar la suave y arrugada mejilla.
—Gracias —y antes de echarse a llorar, llamó al niño.
Este regresó, le dijo adiós y le dio las gracias a la señora Wilson con sería
cortesía. Luego tomó la mano de Fiona mientras caminaban por el largo pasillo hasta
la puerta de su apartamento.
—¿Qué vamos a cenar, mami?
—No lo sé, querido —Fiona abrió la puerta, entraron y dijo—: Nos vamos a
quedar en un hotel esta noche, Jonathan, así que tendré que llevar algo de tu ropa. Si
te pongo tu mejor traje sobre la cama ¿sabrás vestirte?
—¿Mis pantalones largos, la chaqueta que me hiciste, y mis zapatos nuevos? Sí,
puedo hacerlo solo, mami.
Mientras metía su ropa en una maleta, Fiona sintió el corazón oprimido.
¡Cualquier sacrificio valía la pena por su hijo!
Logan estaba esperando junto al coche. Se enderezó y caminó hacia ellos; su
rostro, una máscara impávida, excepto por la luz que asomó a sus ojos cuando se fijó
en el pequeño, su joven imagen, con excepción de que el cabello de Jonathan tenía

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algo de los tonos cobrizos del cabello de su madre. Al tomar las maletas, Logan dijo
suavemente:
—¿Le has contado algo?
—No —repuso ella.
—Bueno —le sonrió al niño—. Hola, Jonathan.
—Hola, señor —le miraba con curiosidad—. ¿Vamos contigo?
—Sí, puedes sentarte atrás.
—¿Con mami?
—No, pienso que mami deberá sentarse delante para que vea a dónde vamos.
Con la cabeza inclinada hacia un lado, Jonathan inspeccionó a su padre sin
parpadear. No era difícil comprender que era una recapitulación entre los dos
varones, que nada tenía que ver con Fiona, excepto que ella era la causa.
.—De acuerdo —contestó el niño alegremente—. ¿Cómo te llamas?
—Logan, ¿y tú?
—Soy Jonathan Logan, y tengo ya cuatro años. Mami cumplió veintitrés, y
tuvimos un pastel con veintitrés velitas. ¿Qué edad tienes tú?
—Treinta; y entra en el coche, vamos...
—No saltes, querido. El coche no es de Logan, así que tienes que tener un
cuidado especial —le dijo Fiona.
—¿Se lo han prestao?
—Prestado —corrigió Fiona al momento—. Lo ha alquilado mientras está aquí
para llevarnos con él, en lugar de tomar autobuses.
—Es mejor —comentó Jonathan, y exploró los ceniceros.
Fiona le pidió que no lo hiciera, pero Logan la interrumpió.
—Déjalo, no hace ningún daño.
—No, supongo que no.
Ella también se había puesto su mejor ropa: un vestido azul, pasado de moda
hacía tres años, pero con el que estaba bien a pesar de quedarle un poco grande. Al
mirarse en el espejo de su pequeño departamento, había pensado que estaba bien
arreglada sin resultar llamativa. Ahora, teniendo a Logan sentado al lado, con su caro
traje, sabía que estaba fuera de lugar. Hasta la ropa de Jonathan se notaba hecha en
casa. El pensamiento la hería, pero trató de apartarlo de su mente. Logan era rico,
pero quizá esto no le ganaría el afecto de su hijo. Jonathan no había conocido nada
más que la bondad y el amor y, sin saber por qué, presentía que Logan deseaba el
amor del pequeño. Por una vez en su vida tendría que luchar para lograrlo, pensó
irónica, ya que su espléndida apariencia física, que se hacía casi irresistible para las
mujeres, no surtiría efecto alguno en su hijo. Ella no se sentía preocupada por la

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actitud de Logan hacia Jonathan. Era la idea de la intimidad forzada en un


matrimonio sin amor lo que alteraba sus nervios.
Sabía que con facilidad cedería ante la gran atracción que aún existía entre
ambos. En el hotel, su roce le había acelerado el pulso, y comprendió algo que
desconocía cuando era una joven inmadura de dieciocho años, y era que un hombre
podía sentir interés sexual por una mujer que ni siquiera le gustara. A pesar de que
sus ojos la miraron con frialdad, se notaba en el fondo un calor que esperaba
solamente una señal para que hiciera arder sus cenizas. Y esa señal no necesitaría
gran esfuerzo. Su breve deseo fue un momento maravilloso, una noche de pasión y
entrega, un éxtasis de mutua satisfacción. Pero la lección la había aprendido, y bien,
en una dura escuela. El amargo sabor de la humillación quedaría presente para
siempre en su memoria.
—¿Estás preocupada por algo?
—No, ahora... ya no —contestó en voz baja.
—Entonces, no arrugues la frente, no te queda bien. ¿A qué hora se acuesta
Jonathan normalmente?
—A las seis en punto.
—¿Duerme intranquilo?
—No. Una vez dormido se mantiene en la misma posición hasta las seis de la
mañana siguiente.
—¿A las seis? —le sonrió—. Entonces, estará bien en la hacienda. Allí nos
levantamos temprano.
Agradecida, aprovechó el tema neutral de conversación.
—Cuéntame algo de allí, Logan.
—Mi familia es muy antigua en Nueva Zelanda. El primer Sutherland que llegó
encontró unas tierras que se despoblaron por completo, durante las guerras, entre las
tribus, y las compró. Se llama Whangatapu, la "Bahía Sagrada" o la "Bahía Prohibida",
ya que se creía que allí vivían los turehu, la gente encantada. Ian Sutherland
construyó un pequeño nikau whare para su esposa y vivieron allí durante quince
años; ella dio a luz seis hijos y él cultivaba la tierra. Cuando fueron lo
suficientemente ricos como para construir un hogar adecuado, él llevó unos albañiles
de Australia y levantaron una casa de estilo georgiano, con la piedra volcánica que
forma parte de los terrenos de la propiedad. La casa se encuentra aún allí, de dos
pisos, en forma cuadrada, frente a la playa. Después se agrandó, pero mi padre quitó
la mayor parte del estilo victoriano añadido, para dejar las puras líneas georgianas
originales. Alrededor de la casa hay un acre de jardín, que es el dominio de mi
madre, y las necesarias instalaciones de la granja.
—¿A qué distancia está el pueblo más cercano?
—A unos veinte kilómetros.
—Cuando Jonathan comience en la escuela, ¿lo irá a buscar un autobús?

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—Sí, viene hasta nuestra cerca. Recoge a los niños a las ocho y cuarto para
llevarlos a una escuela con dos maestros, que hay a unos cuantos kilómetros de
distancia. Al terminar la secundaria, lo enviaremos a estudiar la preparatoria en
Somerville, donde hacemos las compras. Hay un pequeño centro de recreo junto a la
escuela donde puede ir tres veces por semana, durante las mañanas. ¿Sabes
conducir?
—Sí, pero he tenido poca experiencia en caminos de grava.
—Pronto aprenderás. Puedes practicar en los caminos de la granja antes de
salir.
Una pequeña cabellera morena con destellos cobrizos se interpuso entre ellos.
—¿Vamos a vivir contigo, señor? —le preguntó Jonathan con interés.
—Sí. ¿Crees que te gustará?
El niño titubeó, contestando luego con determinación:
—Si a mami le gusta, a mí también, porque yo quiero estar donde ella esté.
¿Dónde vives?
—Muy lejos de aquí, en una casa en la playa.
—¿Vives en una granja? —preguntó entusiasmado.
—Sí.
—¿Con vacas, ovejas y perros?
—Sí, tenemos de todo.
—¿Si hubiera un perrito sin amigo, crees que yo podría ser su compañero
especial?
Fiona volvió la cabeza asombrada. Ella no sabía que Jonathan quisiera un perro.
—Pues sí, creo que sí —contestó Logan—. ¿Qué clase de perro te gusta?
—No lo sabré hasta que lo vea.
—Muy acertado, porque el perro tiene que escogerte a ti también. Veremos qué
se puede hacer. Creo conveniente que dejes de llamarme «señor» ahora que nos
conocemos mejor.
—¿Cómo quieres que te llame?
Hubo un silencio.
—Puedes llamarme papá o Logan, si lo prefieres —le dijo en tono natural.
—¿Tú eres mi papá?
—Sí, lo soy.
—Mami, ¿él es mi papá?
Fiona asintió, con un nudo en la garganta.
—Sí, es tu padre, Jonathan.

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Se oyó un suspiro del niño, que habló después en tono sereno.


—Bueno, eso está bien. Siempre quería un papá, pero mami decía que estaba
tan lejos que no podía venir. Me da gusto que hayas venido, se... papá. Ahora puedes
cuidar a mi mamá. La señora Wilson le dijo a otra señora que mami necesitaba a
alguien que la cuidara porque estaba muy cansada. ¿Vas a cuidarla tú?
—Sin duda alguna, Jonathan. ¿Qué es lo que más le gustaría a tu mami, lo
sabes?
Se oyó una risita traviesa antes de su respuesta:
—Quiere comprarme un tren porque cuando yo le pedí uno, ella me dijo que no
podía pagarlo y luego lloro en el baño. Además, quiere libros y discos. Siempre se
detiene para mirar en esas tiendas, pero creo que lo que más quiere es un tren.
—¡Jonathan! —Fiona se avergonzó ante la astucia de su hijo, pero los ojos del
niño sonreían y brillaban—. Ya es suficiente —agregó con severidad—. Mira, allí hay
un perro. ¿Te gustaría uno igual?
La atención del niño se distrajo al ver al inmenso "barzoi" que remolcaba a su
dueño por la calle. Lo miró pasar, estirándose en su asiento para poder seguir
viéndolo.
—No, es muy grande y peludo —contestó después—. Quiero un perro de mi
tamaño.
—Es justo —comentó Logan—. Bueno, ya llegamos al hotel.

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Capítulo 2
—¿Esta dormido?
Fiona asintió al pasar por la puerta. La habitación que Logan les había
reservado estaba junto a su suite. Ella agradeció la consideración que le había
demostrado, evitando interferir mientras ella le daba de comer y acostaba a Jonathan.
A juzgar por todos los papeles que había a su alrededor, debía haber ocupado
su tiempo en algo provechoso, pero ahora los guardaba en su portafolios, poniéndose
de pie y mirándola con interés.
—Te veo cansada. He pedido que nos sirvan la cena aquí, y sugiero que te
acuestes temprano. Tenemos mucho que hacer mañana.
—¿Cómo qué?
—Comprarte algo de ropa para empezar, y organizar la mudanza de ese... de tu
apartamento.
Ella sonrió levemente, dejándose caer en un sillón.
—No necesitas disimular. No estoy avergonzada del departamento, aunque sin
duda alguna es muy poca cosa para ti. Quería hablar contigo de Jonathan.
—¿Sí? —contestó, reservado, casi bruscamente—. Bebe un poco de jerez. Veo
que estás tensa, como reuniendo todas tus fuerzas.
Fiona aceptó la copa, pero la dejó sobre la mesita, a un lado, sin probarla.
—Logan, no lo malcríes, por favor.
—¿Qué quieres decir?
Tendría que decirlo, aunque su seca respuesta no la animaba a continuar.
—Quiero decir que hasta ahora él ha sido feliz con muy pocas posesiones
materiales. No permitas que sienta que sólo tiene que pedir algo para tenerlo.
—Fiona, por tu culpa he perdido cinco años de la vida de mi hijo.
Ella palideció al notar la amargura que había en su voz.
—No te culpo completamente por eso; tanto tus padres como yo debemos
compartir la responsabilidad. Soy un extraño para él, y no soy tan tonto como para
pensar que puedo comprar su amor, pero aún es muy chico y algunos juguetes lo
ayudarán a perder la incomodidad que sienta en un ambiente extraño. Tú has hecho
un buen trabajo con él, y tendrás que aceptar que está llegando a una edad en que
cada vez un padre será de mayor importancia para él. ¿Sabías que deseaba un perro?
—No —murmuró avergonzada.
—Así que no lo sabes todo de él —sonrió de pronto y, atravesando la
habitación, se acercó a ella, le tomó las manos y le hizo ponerse de pie—. ¿Me tienes
miedo?
—No, no hay razón para ello, ¿o sí?

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—¿Deseas volverte a enamorar de mí? —le preguntó suavemente antes de


inclinar la cabeza para besarla.
Su boca era cálida y posesiva, lista para arrebatar lo que ella no estaba dispuesta
a darle. Algún instinto profundo le advirtió que se mantuviera impávida ante su
beso, no luchar contra él, aunque cada sentido le indicara el peligro, ya que eso era lo
que él esperaba y disfrutaría conquistándola. Se mantuvo inmóvil, mientras su boca
recoma toda su cara como si tuviera hambre de la suave piel satinada.
—Eres más bella que antes —murmuró—. Pero tan fría... ¿Te escondiste detrás
de una pared de hielo, Fiona? ¿Eso te lo provoqué yo? ¿Soy culpable de que escondas
tu apasionamiento? —de repente se rió y la soltó—. Me pregunto cuánto tiempo
podrás mantenerte así. ¿Apostamos?
—No. No cambiarán las cosas, Logan. Lo siento, pero si deseas ese tipo de
relación, sería mejor que te fueras a la hacienda sin nosotros.
—Deseo más a mi hijo que a ti —contestó cruelmente—. Pero estoy seguro de
que, dentro de poco, os tendré a los dos.
—Nunca te creí engreído —le contestó, llena de ira.
—Contéstame con sinceridad una pregunta, Fiona: ¿Fue aquella vez que
hicimos el amor la única vez que te has entregado a un hombre?
Ella lo miró asombrada, sonrojándose.
—¡No tienes derecho a preguntarme eso!
—Contéstala.
—No es asunto tuyo —estaba indignada—. Si piensas que soy una viciosa...
—Ya me has contestado —sonrió—. Ningún otro hombre te ha poseído. Bueno,
eso nos facilita más las cosas. Ven, bébete el jerez; te calmará y te abrirá el apetito.

Años después, Fiona no recordaría mucho de lo que sucedió en los días


siguientes. Fragmentos de calidoscopio, imágenes inconexas eran todo lo que le
quedaba... comprando ropa, Jonathan riéndose con su padre en el trolebús, una
rabieta detenida a tiempo con una sola palabra de Logan, la anciana señora Wilson
poniendo en las manos de Jonathan un pequeño regalo de despedida, viento, lluvia y
frío, y luego la ceremonia civil en la oficina pie registro. El, alto y lejano, junto a ella,
mientras le colocaba la alianza matrimonial en el dedo, y la falta de pasión en el beso
acostumbrado.
Y luego el viaje en avión a Rotorua; ella y Logan relajándose progresivamente
mientras Jonathan resultaba ser un intermediario eficiente. Las risitas infantiles
mezcladas con una profunda risa masculina; la primera vez que Jonathan dijo que
quería besar a su padre antes de acostarse; la primera vez que tomó la mano de
Logan mientras caminaban por la calle; las preguntas sobre su abuela Sutherland; el
telegrama que desde Whangatapu les mandó la madre de Logan...

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Tres semanas después, el viaje en avión a Auckland, inmenso istmo entre dos
bahías; una taza de café en el aeropuerto y el viaje en hidroplano hasta Whangatapu,
para llegar en el silencioso esplendor de una cálida tarde pie primavera.
—Whangatapu —indicó Logan.
—Parece... un lugar maravilloso —contestó Fiona, tragando saliva.
—¿Estás nerviosa? —Fiona asintió y él le acarició una mano—. Estarás bien
aquí; no te preocupes.
Su consideración la hizo sonreír ligeramente, pero algo le hacia seguir tensa.
Por el bien de Jonathan, tendría que salir adelante, aunque su corazón se asustaba
ante el hecho de que la señora Sutherland y otros la esperaban abajo, en la hacienda...
Los dedos de Logan cogieron los de ella con fuerza.
—Vamos —la animó suavemente—, podrás soportarlo.
Consiguió mantenerse erguida, serena, saliendo del avión, caminando junto a
su esposo mientras que él llevaba en brazos a su hijo dormido, hacia la mujer alta y
delgada, con pantalones negros y un abrigo rojo vivo, que esperaba con sus manos
metidas en los bolsillos.
—¿Está dormido? —preguntó con voz profunda—. Déjame verlo, Logan.
Un largo dedo acarició la mejilla sonrosada del pequeño; luego Ailsa
Sutherland sonrió y miró a la joven.
—Bienvenida a casa, Fiona —le dijo amablemente—. Supongo que te mueres
por una taza de té.
—Sí... gracias.
La madre de Logan miró a Jonathan.
—Veo que tiene algo tuyo. Esos destellos cobrizos en su cabello. Si no, sería
idéntico a Logan a la misma edad.
Como si no pudiera continuar hablando, les pidió que la siguieran por el
camino de grava hasta la casa. Jonathan despertó en los brazos de su padre.
—¡Oh! —exclamó extasiado—. ¿Ya se ha ido el avión?
—Sí, creo que sí. El piloto tenía prisa por regresar a su casa —contestó Logan.
—¿Dónde estamos? —Jonathan miró a su alrededor.
—En tu casa.
Los grandes ojos azules se detuvieron sobre la mujer extraña.
—¿Eres mi abuela Sutherland? —le preguntó.
—Sí. Puedes llamarme abuelita, si quieres.
—¿Abuelita? —repitió la palabra, pensativo, y luego le dedicó una sonrisa
encantadora—. Me gusta. Yo tuve otra abuelita y un abuelo, pero se fueron a vivir
con Dios hace mucho tiempo, así que no los recuerdo. Tú puedes llamarme Jonathan
Logan Sutherland si así lo deseas.

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—¡Hola, Jonathan Logan Sutherland! Creo que, para abreviar, mejor te llamaré
Jonathan.
—De acuerdo. ¿Tú también vives aquí? Bájame, papi, puedo andar solo.
Una vez en el suelo, corrió delante de ellos, estirando los brazos y haciendo un
ruido que imitaba el del avión.
Ailsa Sutherland suspiró mirándolo.
—¡Qué encanto! —se detuvo, besando al niño antes de decir con voz
emocionada—: Debes perdonarme si chocheo un poco, Fiona. Trataré de no
malcriarlo, pero será difícil.
—No siempre es encantador. Pregúntele a Logan, él lo ha visto gritando y
pataleando furioso —Fiona le sonrió.
—Bueno —observó su madre—, su temperamento será quizá fuerte, pero
Jonathan es encantador... natural y espontáneo. Se puede acostumbrar a vivir aquí
sin gran dificultad.
La casa estaba protegida del mar por un ancho cinturón de casuarinas, cuyas
largas agujas verdes susurraban, movidas por la ligera brisa.
—Los pronósticos dicen que habrá viento y lluvia mañana —dijo la señora
Sutherland—. No necesito decírtelo a ti, Logan.
—No, ya puedo olerlo —sonrió él.
Fiona lo miró perpleja, irguiéndose cuando él le colocó un brazo sobre los
hombros. Jonathan completó el círculo abrazándose a ellos, metiendo su mano entre
los fuertes dedos de Logan.
—Me gusta este sitio. Estoy contento de estar aquí, ¿y tú mami?
—Sí, querido, muy contenta. —Era una sensación extraña notar el brazo de
Logan sobre sus hombros; sabía que lo hacía por su madre y por si alguna otra
persona los observaba.
A Fiona le encantaban las flores; sus padres fueron jardineros entusiastas,
aunque su pequeño terreno de la ciudad no ofrecía oportunidades como aquel área
subtropical.
Se detuvo y aspiró el aire perfumado.
—¡Oh! —sus ojos, radiantes, observaron un hermoso jardín con la belleza de
una herencia de más de un siglo de crecimiento y atentos cuidados.
Las camelias crecían en un ancho arriate junto a varias especies de rosas, cuyo
aroma se esparcía en el aire tranquilo. Algunas abejas volaban infatigables alrededor
de un grupo de lavanda morada, mientras un tui se mostraba muy satisfecho en la
más alta rama de un árbol cubierto de flores doradas. Era un jardín tan soberbio
como la casa, asimétrico en sus proporciones y tan abundantemente sembrado, que
tenía un aire como de ensueño.
—¿Qué planta es ésa, la de los inmensos tonos de color grana?

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—Es el waratah de Australia. Es hermoso, ¿verdad?, y a los tuis les fascina su


miel. Escucha, ése nos va a cantar.
Hasta Jonathan se mantuvo inmóvil, mientras que las notas claras sonaban en el
aire como un campanilleo.
Fiona sintió una serie de emociones indescriptibles y luchó por contener las
lágrimas. Se hubiese dicho que el tui lo notaba, ya que terminó su canto con una
soberbia imitación de un hacha cortando madera, que los hizo reír a todos.
—También imita a los hombres que le silban a sus perros —dijo la señora
Sutherland—. Hay pajarillos campaneros en las plantas, que cantan después, cuando
todos los demás se callan. Mirad, allí está "Simplón". Vive con la esperanza de poder
algún día atrapar a ese pájaro.
"Simplón" era un gran gato negro, casi del tamaño de un perro ratonero, que
atravesaba el césped hacia él árbol. Cuando oyó la voz de Logan llamándolo, alzó las
orejas, pero lo ignoró hasta que el tui se alejó. Luego cambió su curso y se acercó a
Logan, dejándose acariciar entre las orejas.
—¿Por qué "Simplón"? —preguntó Fiona, riendo.
—No tiene instintos muy finos. Vive sólo para comer. Logan se enderezó,
tomándola del brazo.
—¿Qué estás haciendo, Jonathan? —preguntó Ailsa.
—Ven, está cayendo el rocío y será mejor que entremos.
Todos miraron. El niño estaba junto al tronco de una jacaranda sin hojas,
observando sus suaves ramas con firme propósito. Cuando se le acercaron, levantó el
brazo agarrándose de la rama más baja, dejándose levantar y riendo complacido.
—Mañana me voy a subir a este árbol —anunció—, ¡hasta la copa!
—De acuerdo, mañana —Fiona lo bajó, lo mantuvo abrazado un momento,
poniéndolo después en el suelo—. Ahora, caballero, ya es casi hora del baño y de la
cena.
—¿Puedo acostarme tarde hoy? Dormí en el avión.
Fiona iba a contestar, pero Logan se le adelantó.
—Sólo un poco más tarde de lo normal.
Era una de las cosas a las que Fiona tardaría en acostumbrarse: Antes era la
única que le daba órdenes a Jonathan, y ahora no podía evitar un cierto resentimiento
cuando Logan tomaba una decisión por ella.
Era algo a lo que tenía que adaptarse. Le asintió a Jonathan, permitiéndole a su
marido que la guiara por la escalera hasta la amplia terraza y luego a un salón que
ere el doble de grande que su viejo departamento, y cuyo mobiliario era como el
sueño de un vendedor de antigüedades.
—Subiremos a cambiarnos de ropa —le dijo Logan a su madre—; después
Fiona podrá conocer a Jinny y a Tom.

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—Pondré a Jonathan en la habitación de huéspedes, junto a la vuestra. Pensé


que estaría más contento cerca de vosotros.
—Bien —Logan levantó la cabeza al oír el sonido de un motor—. Ese debe ser
Tom con el equipaje. Indícale a Fiona a dónde debe ir, ¿quieres, mamá? Yo iré a
ayudar a Tom.
La señora Sutherland los condujo, por una amplia escalera alfombrada, hasta
una habitación en el primer piso. Ante la puerta, observando a Jonathan, una sonrisa
triste apareció en los labios de la madre de Logan. Fiona comprendió entonces la
enormidad de lo que había hecho.
—Lo... lo siento —murmuró con voz débil.
Sus miradas se encontraron y no hubo entre ambas pretensión de
malentendido.
—Veo que te das cuenta de la locura que cometiste al ocultar la existencia de su
hijo a Logan... El no es un hombre con el cual sea fácil la convivencia, pero, por el
bien de todos, esto tiene que resultar. Nunca lo había visto tan relajado como se le ve
con Jonathan.
La señora Sutherland hizo una pausa, para añadir a continuación, con mayor
énfasis:
—Perdóname si parezco brusca, pero debes comprender tu posición. Todos
estamos preparados para aceptarte por el bien de Logan y por el niño. Claro que
existe una gran curiosidad hacia ti. Logan es querido y respetado por todo
Northland; como esposa suya, te admirarán y hasta te envidiarán. La gente espera de
nosotros cierto nivel de comportamiento y carácter. Si tú no llegas a esa altura,
tendrás que irte.
—La advertencia de la gitana, ¿no? Gracias, señora Sutherland.
—Te he molestado, lo sé, pero tenía que decirlo; y créeme, Fiona, es mejor que
sea yo quien te lo diga a que sea Logan —advirtiendo la contracción involuntaria de
las cejas de Fiona, agregó—. Sí, tú lo conoces cuando está molesto. No vale la pena
provocarlo... Bien, esta es tu habitación; ahora os dejo.
La habitación era grande, tan opulenta como la sala de recepción, aunque con
un estilo más severo, y lo primero que Fiona vio fue la gran cama matrimonial. Iba a
protestar, pero sus labios se cerraron con fuerza.
Era natural: Logan no se lo había contado a su madre todo acerca de su
matrimonio, pero si él tenía la idea de que al mostrarle aquella cama regia iba a
forzarla a caer en sus brazos, ¡tendría que pensar en otra cosa!
La madre de Logan se marchó y poco después entraba él con su maleta; la
colocó en el suelo y observó a Fiona.
—No voy a compartir la cama contigo —dijo ella, anticipándose a cualquier
comentario que sabía sería calculado para hacerla perder confianza en sí misma.
—¿Por qué no? —fue hacia el lecho—. Es muy cómoda, te lo aseguro, y no te
gustará dormir en el suelo.

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—Me atrevo a decir que me acostumbraría—. Abrió la maleta, determinada a


no darse por vencida. No podía obligarla a dormir con él, y no iba a dejarse
persuadir por mucho encanto que desbordara.
—¿Por qué luchas contra lo inevitable? ¿Para salvar tu orgullo? ¿O para
hacerme sufrir un poco, por ser lo suficientemente realista como para saber que es
inevitable? ¿Quieres que te gane románticamente, con todos los galanteos necesarios
para poder pretender que estamos enamorados? El amor es sólo un sueño romántico,
Fiona, deberías saberlo.
Ella se volvió, sus ojos chispeantes de ira, odiándolo por la arrogante confianza
que tenía en su atractivo moreno.
—No es inevitable —le contestó, tratando de contenerse con gran dificultad—.
¡Tú... eres tan engreído que crees que cualquier mujer que haya compartido la cama
contigo, debe desearte hasta el final de su vida! Los recuerdos de cualquier placer
que compartiera contigo se nublaron con tus reacciones cuando nos despertamos a la
mañana siguiente. He tenido casi cinco años para pensar en mi estupidez y en tu
brutalidad, ¡y la única conclusión a la que he llegado es que nunca volveré a correr el
riesgo de repetir la experiencia!
El se rió suavemente, sin impresionarse en lo más mínimo por las palabras
pronunciadas en tono muy bajo para que Jonathan, que andaba ocupado explorando
los armarios, no las oyera.
—El logra contenerte, por lo que veo. Tendré que asegurarme que esté cerca
cuando muestres señales de querer escupirme. Por ahora... olvídalo. Sólo recuerda,
Fiona, que la proximidad será mi aliada... y que mi paciencia no es inagotable.
—Tú dijiste... prometiste que éste seria un matrimonio sólo de nombre.
—Estoy preparado para esperar hasta que tú hayas olvidado el comprensible
deseo de hacerme pagar por todo lo que te dije hace cinco años. Dios sabe que he
aprendido lo suficiente sobre las mujeres como para saber que tienen una larga
memoria para los rencores y me hace feliz dejarte desarrollar el tuyo por un tiempo.
Pero no para siempre, Fiona. Jonathan necesita otros niños en la familia, y tú y yo
vamos a dárselos cuando admitas que esta actitud tuya es sólo un intento de encubrir
que me deseas tanto como antes.
—¡Qué ruin eres! —exclamó—. ¡Deliberadamente, hiciste que pensara otra cosa!
Tú...
—¡Oh, por Dios, Fiona! ¡No protestes más! —contestó, impaciente—. ¡Deja de
hacer el papel de inocente! Debiste saber que no tendría la intención de vivir como
un soltero después de nuestro matrimonio. ¿Qué demonios crees que soy, medio
hombre? Deja de actuar como Lucrecia enfrentada a su violador, y prepara al niño
para la cena.
Con manos temblorosas, Fiona dio la vuelta para sacar los pequeños pijamas de
Jonathan, tratando de recobrar la calma.
Oyó la voz de Logan detrás de ella.

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—Quizá recuerdes poco del placer que compartimos, querida, pero sucede que
yo tengo una memoria mejor. Tú eras muy inocente, y lo que te faltaba en experiencia
lo compensabas con ardor y tu gran voluntad de complacer. Será de nuevo así.
El tener que preparar a Jonathan, le ayudó. Lo bañó y lo llevó luego a su
habitación, más pequeña, pero con igual lujo; para entonces su pulso era normal,
aunque las sombras no abandonaban sus ojos. Logan había bajado; ella se metió en la
habitación y se cambió, lavándose las manos y la cara, antes de maquillarse. Uno de
los regalos de Logan había sido un estuche de cosméticos con todo lo que una mujer
pudiera necesitar. Tratando de concentrarse en su arreglo, mantuvo la mente
calmada.
—Bueno, ¿cómo estoy? —le preguntó a Jonathan, que la miraba con profundo
interés.
—Bonita, como dice papi. ¿Podemos irnos ahora?
—Sí —se miró por última vez en el espejo para ver reflejado el rostro suave y
juvenil; luego tomó de la mano a su hijo—. Vamos, veremos dónde están papi y la
abuelita.
Logan los esperaba al pie de la escalera, esbelto y atractivo con un suéter de
color oro pálido y pantalones oscuros.
—Precioso, Fiona, pero no muy apropiado —ella advirtió la burla, que aludía
sin duda a que se había puesto un vestido verde claro que le daba un aire virginal.
Jonathan cenó, antes que ellos, bistec empanado y verduras con apetito
evidente, mientras los mayores bebían jerez y conversaban sobre Rotorua y el clima.
La señora Sutherland mantenía una mirada tierna sobre el niño, al igual que la alta
señora de mediana edad que se llamaba Jinny, el ama de llaves y cocinera, quien le
había dirigido a Fiona una mirada aguda y penetrante, una sonrisa que fue sólo un
movimiento de los labios, y luego la ignoró.
A mitad de la ensalada de fruta, el niño dejó la cuchara, bostezó y se recostó en
la silla.
—Es hora de acostarlo —dijo Fiona suavemente, poniéndose de pie. Lo tomó en
brazos para subirlo a la habitación.
Jonathan se quedó dormido casi al instante, tendiéndose en la cama con
abandono. Fiona se inclinó, lo besó en la mejilla y luego salió, dejando la puerta
abierta para que pudiera oírlos en caso de que se despertara.
Madre e hijo la aguardaban en el salón. Al volverse para mirar la puerta que se
abría, observó Fiona el parecido entre ellos. Ambos compartían el cabello negro y los
ojos azules, sus facciones cinceladas, el movimiento ágil al caminar; pero era el aire
de autoridad, la gran confianza en sí mismos, lo que ella nunca podría poseer, algo
contra lo cual tendría que luchar en vano.
¿Qué esperanza tendría al enfrentárseles?
El pensamiento la hizo tropezar. Logan dio un paso adelante, tomándola del
brazo.

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—Estás tan cansada como el pequeño —comentó—. Y te recomiendo la misma


medicina... acostarse temprano. Toma tu jerez y luego cenaremos.
—¿Ya se ha dormido?
Fiona sonrió ante la pregunta ansiosa de su suegra.
—Sí, como un tronco. Es probable que no se mueva en toda la noche.
—¡Ah, estupendo! Supongo que también vosotros estaréis cansados.
¿Por qué el viajar será tan fatigoso? El sentarse todo el día no debería provocar
el bostezo, pero así sucede siempre.
La cena fue soberbia; tomaron champaña, ya que era una ocasión especial, y
luego café; un aroma de jazmín penetraba por las ventanas entreabiertas.
Soplaba un viento del norte que agitaba sin cesar las cortinas; de repente se oyó
el ruido de la lluvia contra los cristales.
—El tiempo está empeorando —comentó Logan, levantándose para cerrar las
ventanas—. Es hora de dormir, Fiona. Se te ve muerta de cansancio. Dale las buenas
noches a mamá y te acompañaré arriba.
La señora Sutherland sonrió.
—Sí, acuéstate y que duermas bien, querida.
Obediente, ella le dio las buenas noches y siguió a Logan. El le colocó un brazo.
—Veré a Jonathan —dijo él con suavidad ante la puerta de su habitación.
En la alcoba grande, Fiona echó las cortinas y caminó con torpeza hacia su
maleta, negándose a mirar la cama como si con ello evitara una amenaza. Sacó de la
maleta un ligero camisón rosa, y se quedó unos momentos mirándolo pensativa.
Luego, con determinación, fue hacia la cama y comenzó a quitarle el edredón.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Logan, que acababa de entrar, la sobresaltó, pero siguió con lo que
hacía.
—Estoy preparando una cama en el suelo —contestó.
Como respuesta, él atravesó la habitación y la cogió de la muñeca con fuerza.
—Ven conmigo —le ordenó. Fueron, a través del baño, hasta la pequeña
habitación donde había una cama individual—. Aquí dormiré yo, hasta que te
sobrepongas a tus ataques trágicos.
Se sintió molesta. La había engañado, sabiendo que se preocuparía durante toda
la cena sobre cómo dormirían.
—No hay necesidad de que te mudes, yo puedo dormir aquí. ¡Y no estoy
haciendo tragedia! —contestó, airada.
—Estarás más cerca de Jonathan en la habitación principal. Y si no estás
haciendo una tragedia, por lo menos estás logrando una buena imitación. No... —le
cubrió la boca con una mano—. Estás cansada, yo también, y no te voy a escuchar

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más tonterías —sus labios reemplazaron la mano. Su beso fue duro, sin suavidad ni
respeto, y duró tanto tiempo que la sangre zumbó en los oídos de Fiona,
aturdiéndola.
—Si dices cualquier cosa —la amenazó, muy cerca de sus labios—, te llevaré a
esa otra habitación, te arrancaré la ropa y te poseeré aunque sea a la fuerza. ¡Así que
ve y acuéstate!
—Eres un tirano de primera —le espetó, rabiosa—, pero ya que eres el padre de
Jonathan, supongo que tendré que soportarlo.
—También soy tu marido.
Ella caminó hacia la puerta, pero allí se volvió para decir:
—Únicamente pienso en ti como el padre de Jonathan.
—Sería un tonto si sólo te viera como la madre de Jonathan. También eres mi
mujer. ¡Nunca lo olvides, ya que yo no tengo la intención de hacerlo!

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Capitulo 3
Una risita junto a ella la despertó. Jonathan, pensó Fiona, y sonrió adormilada,
sintiéndose de nuevo en su departamento. Una voz profunda la despertó.
—Se despertará si le das un beso —le decía Logan a su hijo—. Despierta
siempre a una dama con un beso.
—Sí, papi —el movimiento de pestañas sobre su mejilla denotaba un beso al
estilo de mariposa.
—¡Eh, eso no es justo! —protestó, atrapándolo por el brazo antes que lograra
escapar—. Un verdadero beso, mi niño, o me quedaré profundamente dormida.
Jonathan se rió, dándole un beso sonoro. Ella le hizo cosquillas y, mientras él se
retorcía, lo besó en la frente.
—Está lloviendo. Papi dice que más tarde podemos ir al cobertizo para ver los
tractores. ¿Me puedo poner mis pantalones vaqueros?
—Sí, hijo —levantó la mirada; Logan estaba parado junto a la puerta del baño
mirándola sarcásticamente, con una bata de felpa abierta hasta la cintura, revelando
que acababa de ducharse. La mirada era burlona, mientras ella se escondía bajo las
sábanas, pasando una mano para alisarlas.
—Supongo que será mejor que me afeite antes de darte tu beso matutino.
¿Quieres mirar, Jonathan?
El ver a su padre afeitarse tenía una fascinación muy irresistible para el niño. Se
escapó de los brazos de Fiona y corrió atravesando la habitación.
—¿La puedo encender? ¿Puedo hacerla que suene?
—Sí puedes.
Tan pronto como oyó el sonido de la afeitadora, Fiona saltó de la cama, se puso
las zapatillas y una bata guateada de casa, color lila, y comenzó a cepillarse el cabello.
Cuando se detuvo el aparato, los dos varones entraron en la pequeña habitación
donde durmió Logan, y ella se dirigió al baño para darse una ducha rápida.
Cuando regresaron, ya estaba vestida con pantalones azules y suéter de lana
gris pálido. Estaba sacando su ropa de la maleta para colocarla en los cajones vacíos
de la cómoda.
Logan la atrapó y la besó en el cuello.
—Hueles muy bien —comentó, soltándola—. ¿Qué es?
—"Lirio del Valle". Logan, ¿esta cómoda es para mi uso exclusivo?
—Sí —se rió ante el asombro de su mirada—. ¡Llenarás los cajones y aún así
dirás que no tienes nada que ponerte! Hablando de ropa, más vale que vistamos a
nuestro hijo.

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—Ya he puesto su ropa sobre la cama, él puede vestirse solo —en un impulso le
sonrió—. También tú hueles bien.
—Es una loción para después de afeitar. Creo que se llama "Varonil". Tengo una
prima de quince años, Deirdre, que me mantiene bien abastecido. ¿Has terminado de
sacar la ropa?
—Sí, con excepción de algunas cosas de Jonathan. Las pondré sobre la cama y
podrás guardar la maleta en alguna parte.
Todo le parecía muy hogareño, mientras Logan subía la maleta a la parte
superior del armario y Jonathan se vestía, cantando alegres melodías infantiles. Tenía
una voz clara que hizo que su padre lo mirara.
—Ha heredado la voz de ti. Yo siempre desafino.
—¿Tú crees? —A pesar de la mañana gris, Fiona se sentía más feliz que en las
últimas semanas. Logan, con su humor bromista, no representaba una amenaza para
su paz mental, a no ser que pudiera llamarse amenaza al hecho de que su físico
dominara la gran habitación, aquella emanación de virilidad que era una parte tan
esencial suya.
Así que comentó graciosamente:
—Bueno, me alegra que no seas perfecto; así me siento con mayor confianza.
—¡Oh! —exclamó, extendiendo el brazo para atraerla contra sí. La obligó a alzar
el rostro para estudiarlo.
—Sería un óvalo perfecto si no tuvieras las mejillas cuadradas —dijo
suavemente, trazando el contorno con un dedo—. No me busques mucho, querida, o
quizá pueda olvidar que te he prometido esperar pacientemente —se inclinó y la
besó.
En aquel momento tocaron a la puerta. Era Jinny con una bandeja.
—¡Oh! —exclamó ligeramente apurada—. Lo siento...
—¿Por qué? —Logan miró con burla el rostro sonrojado de su esposa antes de
soltarla—. ¿Nos has traído té, Jinny? Dios te bendiga, pero bastante tienes que hacer
para malcriar también a la holgazana Fiona.
—Pensé que quizá querría quedarse descansando, ya que es su primer día.
—Muchas gracias —Fiona se alegró de haber cubierto la cama y arreglado la
almohada.
Logan deseaba que el suyo pareciera un verdadero matrimonio y nadie podría
asegurar que no la hubieran compartido.
—¿Tienes tiempo para tomar té con nosotros? —preguntó Logan.
Jinny movió la cabeza.
—No, Tom va a comenzar a gritar pidiendo su desayuno dentro de un minuto,
así que mejor me voy. —Miró a Fiona—. Tengo avena para Jonathan, ¿le gusta?

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—Sólo hay dos cosas que no le gustan —contestó Fiona—: las habas y las
zanahorias, que se niega a probar. Comerá cualquier otra cosa que le dé. ¿Puedo
ayudarle en algo?
—No, gracias, estoy muy bien organizada para hacer las cosas yo sola —
contestó la sirvienta, abandonando la habitación.
—¿Por qué? —le preguntó Fiona a su esposo, sorprendida.
Logan alzó los hombros.
—Ella y su esposo llevan casi veinte años aquí y han hecho lo que les ha
parecido casi todo ese tiempo. Mi madre no es muy doméstica que digamos y pienso
que Jinny quiere asegurarse de que comprendas su posición aquí.
—Ya veo —pero le fue difícil comprender que el ama de llaves siempre hiciera
lo que le pareciera y que desdeñara la ayuda ofrecida.
—Trátala con suavidad —le aconsejó Logan—. Es un poco seca, pero si la
conviertes en tu amiga, nunca encontrarás otra más fiel.
—Se necesitan dos personas para hacer una verdadera amistad —le contestó,
luchando contra la desolación que sentía. Parecía que la amarga soledad de los
últimos años no había aún terminado. Sus ojos se fijaron en Jonathan, abrochándose
su cinturón con gran seriedad, y pensó que valdría la pena. Quizá la gente de
Whangatapu nunca la aceptaría, pero estaba preparada para aceptar al pequeño
inocente, y por ello tendría que soportar cualquier cosa.
Fue un día horrible. Había momentos de sol cuando todo se veía fresco y recién
lavado, pero estos fueron seguidos por terribles vientos del noroeste que traían
lluvias copiosas y truenos.
Después del desayuno, Logan se retiró a su estudio y la señora Sutherland le
recomendó a Fiona que volviera a las habitaciones a terminar de ordenar su ropa,
tomando en brazos a Jonathan y llevándoselo... para darle a su madre un poco de
tranquilidad, según dijo.
Al mediodía, las dos habitaciones estaban ya arregladas. Fiona había
encontrado una aspiradora en un armario y la había utilizado, hecho las camas y
limpiado el baño. Había ordenado todos los juguetes en la habitación de Jonathan, y
llenado los floreros de agua.
Durante varios minutos se detuvo frente a las ventanas, mirando al jardín, que
le pareció tan hermoso la noche anterior. Aún lo era, a pesar de que el cielo estaba
gris y que la lluvia caía pesadamente atenuando los colores y moviendo las ramas
con violencia.
¿Era el tiempo lo que la hacía sentirse tan desdichada? El cielo comenzó a
aclararse por el Este a pesar de los rayos de sol que se veían sobre las colinas al norte.
Por algún rincón cantaba un mirlo, claro y alegre.
Quizá, pensó ella, así iba a ser siempre su vida. Había sentido grandes
esperanzas con su mudanza a Whangatapu, y abrigado pensamientos optimistas, al
verlo como una oportunidad para comenzar de nuevo. ¿Por qué iba a esperar algo

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más? Había sido una tonta al pensar que la madre de Logan podría ser como una
verdadera madre, amable y comprensiva. Dentro del círculo de lo que su esposo
llamaba amistades, quizá encontrara a alguien a quien poderle llamar amigo. Y si no
lo hubiera... por lo menos estaba Jonathan.
Abajo, la casa estaba tan silenciosa como si se hallara vacía. Fiona titubeó unos
instantes, junto a la escalera, antes de dirigirse hacia la puerta señalada por la señora
Sutherland en el trayecto de un rápido paseo alrededor de la casa.
El saloncito de música no era muy grande, pero había un buen piano. Se
sonrojaron las mejillas pálidas de Fiona, y pensó que allí podría hallar un poco de
tranquilidad y consuelo para su espíritu.
Al principio sólo tocó algunas piezas sencillas, y luego se dejó llevar por sus
favoritas, algunos hermosos valses de Chopin, otras de los misteriosos compositores
rusos, tocando cualquier cosa que se le ocurría. Aparte del viejo piano de la señora
Wilson, era el primero que tocaba desde la muerte de sus padres ¡y lo había añorado
tanto!
Jonathan se acercó a ella, observándola en silencio como le gustaba hacerlo, con
expresión tan absorta como la suya.
Le pareció que había pasado mucho tiempo, cuando Ailsa Sutherland le tocó un
hombro.
—Es casi la hora del almuerzo; estoy segura de que tendrás hambre después de
todo lo que has tocado.
—Yo... pues, sí, creo que sí —Fiona se preguntó si era una bondadosa
insinuación de que una hora de piano era demasiado. La conversación durante el
almuerzo intensificó este sentimiento.
—¿Oíste a Fiona tocando, Logan? —preguntó la señora Sutherland.
—Sí —él le sonrió desde otro lado de la mesa—. Me gusta cómo interpretas a
Rachmaninov, aunque tendrás que practicar para recuperar la técnica.
Fiona podía aceptar la crítica cuando era justificada.
—Es un hermoso piano; a Jonathan le encantará.
—¿Puede tocarlo? —la señora Sutherland se sorprendió, mirando las manos
abiertas de Jonathan, como si esperara verlas sobre el teclado del piano.
—Sí, él ya trataba de tocar algunas notas antes de cumplir dos años y desde
entonces le he estado enseñando—explicó Fiona, sonriendo.
—Pensé que era demasiado joven para aprender —comentó su asombrada
abuela.
Logan la miró rápidamente, sonriendo.
—También sabe leer —comentó, mientras miraba a Fiona.
—¡Dios Santo! ¿Tú le has enseñado?
—Sí, cuando deseó aprender —dijo Fiona con calma.

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—Siempre he pensado que era malo forzar a los niños —dijo con energía la
señora Sutherland—. Sin duda no es natural que un niño sepa leer antes de los cinco
años. Quizá sólo sepa sus libritos de memoria —concluyó esperanzada.
—¿Por qué es mágica la edad de cinco? —preguntó Logan mientras que
Jonathan destrozaba la teoría de su abuela dándole vuelta al plato, donde tenía el
pan, para leer por detrás, de manera lenta, el nombre del fabricante.
—¡No es posible! —la señora Sutherland le echó una mirada de asombro al
niño—. Y yo que pensaba que era un crío normal —dijo, moviendo la cabeza—. Me
doy cuenta de que debo tener cuidado con lo que diga.
—Los niños son capaces de oír cualquier cosa —observó Jonathan alegremente.
—¿Crees que podríamos ir a ver la maquinaria después de almorzar, Logan?
Veo que el cielo está despejado —preguntó Fiona, para cambiar de tema.
—Yo ya no duermo la siesta por las tardes —comunicó Jonathan a todos—.
Mami, ¿puedo ponerme mis nuevas botas de goma?
Caminaron chapoteando sobre el césped hacia el grupo de construcciones que
se alzaba cerca de los corrales de ganado, que se encontraban protegidos del viento
por una fila de altos árboles.
Fiona miró a los animales con un poco de ansiedad. Se le antojaron extraños con
sus mantas de lana para el invierno, grandes, altaneros y peligrosos, pero Jonathan
los miraba sin ningún temor y cuando un zaino se les acercó cauteloso, le alargó una
zanahoria que Logan tenía en su bolsillo y se rió a carcajadas, cuando el caballo se la
comió.
—¿No te gustan los caballos? —le preguntó Logan a ella, divertido.
—Siempre pienso que las bicicletas son más seguras y más rápidas —Fiona
observó a su hijo con atención, pero no hizo ningún intento por detenerlo cuando se
asomó al corral. Levantó la mirada, encontró los ojos de Logan y se ruborizó—. Trato
de no inculcarle mis gustos o disgustos —dijo rápidamente.
—No estés tan a la defensiva. Has hecho mucho por él y le has dado a mi madre
bastante en qué pensar. ¿No sabes montar?
—No, y a no ser que pienses que es necesario, prefiero no hacerlo.
—Pienso que es necesario porque estoy seguro de que una vez que le pierdas el
miedo lo disfrutarás. A no ser que sientas un absoluto terror.
—No, terror, no. ¿Por qué tienes tantos, Logan? Pensé que todo el mundo
reunía a sus rebaños con motocicletas, en la actualidad.
—Prefiero los caballos. Hay bastantes zonas que son demasiado abruptas para
cualquier otra cosa que no sea un caballo. Mira—le dio vuelta hacia el Este,
señalándole una zona de lomas, rocas y barrancos, casi todo cubierto por la maleza—
Ese es un viejo volcán apagado, el Puiamumu, o el volcán del Guerrero Valiente. No
puedes hacer que ningún tractor o bicicleta suba hasta allí.
—¡Comprendo! ¿Alguna vez has subido?

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—Claro. La primera vez fue cuando tenía alrededor de ocho años. Hay, un
camino sencillo para llegar hasta la cima, pero a caballo.
—Debe haber una vista magnífica.
—Sí, se ven kilómetros y kilómetros de terreno, casi hasta la costa oeste. ¡Eh,
diablillo!, ¿adónde crees que vas?
Agarró a Jonathan cuando intentaba subir la cerca del corral de los caballos.
—Para atrapar al caballito pequeño... ¿lo ves? ¿Puedo tenerlo, papi?
—Ese, pequeño, es un viejo y malhumorado pony Sheterland, y no puedes
tenerlo. Ahora escucha, Jonathan: No deberás entrar nunca a este corral a no ser que
esté yo contigo. ¿Entendido?
—Sí, pero...
—¿Entendido, Jonathan?
Hubo un encuentro de voluntades. Jonathan se mantuvo mirando sin temor a
su padre, su boca fruncida con enfado. Le dirigió una mirada suplicante a Fiona, pero
ésta movió la cabeza.
—De acuerdo, no lo haré, lo prometo. ¿Por qué, papi?
—Porque algunos de esos caballos no están acostumbrados a los niños y puedes
asustarlos. Te enseñare a montar, no te preocupes. Ahora, vayamos al cobertizo
donde está la maquinaria.
Era muy grande, repleto de todo tipo de vehículos y herramientas. A Jonathan,
claro, le fascinó. Después de los primeros cinco minutos, Fiona los dejó que siguieran
solos la exploración y se acomodó en el guardabarros de un tractor, sus ojos fijos en
el horizonte. El sol brillaba y comenzó a sentir calor y sueño. Poco a poco, sus ojos se
fueron cerrando y su mente quedó en blanco.
El ruido de pisadas sobre la grava la despertó; un hombre entraba en el
cobertizo. Era joven, de cabellos claros ligeramente largos y un modo de caminar
jactancioso, enfatizado por los ceñidos pantalones vaqueros. Cuando la vio, se
detuvo mirándola con curiosidad.
—¡Hola! —se acercó para recostarse en la enorme rueda del tractor—. ¿Y quién
eres tú? No, no me lo digas: eres la esposa del jefe y a quien hemos estado locos por
conocer desde que hemos sabido de ti, cinco años más tarde.
—Soy Fiona Sutherland —su voz era serena, disimulando que no le gustaba la
insolencia de sus palabras.
—¡Cielos! Si hubieras sido mi esposa, me habría asegurado de que no te
escaparas después de la boda.
—¿Quiere ver a Logan? Está por alguna parte del cobertizo.
—No puedes ponerme en mi lugar. Tengo la intención de mirarte cuantas veces
pueda. ¿Dónde está el niño? —sonrió sarcástico.

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—Si quiere decir nuestro hijo, está con Logan. —Volvió la cabeza cuando oyó
voces cerca. Quizá fuera su imaginación, pero los pasos de su esposo se apresuraron
cuando vio quién estaba recostado en el tractor.
—Hola, estoy presentándome a tu esposa.
La mirada fría de Logan se detuvo un momento en el rostro de Fiona,
dirigiéndose luego al joven.
—Danny, ¿podrías echarle un vistazo a este motor? Parece que alguien rompió
la caja de aceite. Ven Fiona, está a punto de llover. Tendremos que correr si deseamos
llegar secos a la casa.
A pesar de lo mucho que corrieron, los alcanzó la lluvia, que llegaba con
granizo.
—¡Cielos! —Fiona se recostó contra la pared del porche, respirando
agitadamente—. ¡Qué clima tan terrible! ¿Esto sucede a menudo aquí?
—Hemos tenido tres semanas así, según mi madre. Es normal; la primavera es
la estación más desagradable que tenemos y esta lo es un poco más de lo usual.
Desde la puerta se oyó un dulce acento repleto de malicia.
—Sin embargo, debería ser una época maravillosa para ti, Logan.
El se dio la vuelta, sonriendo con frialdad.
—Estamos hablando del clima, Denise.
Mientras las presentaba, Fiona sintió la mirada de la muchacha sobre ella. No
había afectuosidad en la profundidad de sus ojos oscuros, ninguna señal de
bienvenida, aunque parecieron suavizarse al mirar a Jonathan, que contemplaba a la
extraña con ojos de asombro.
—Hola, Jonny —dijo Denise Page con encanto—, ¿te estás divirtiendo?
—Sí... Oye, te pareces a Blanca Nieves.
Y realmente había un parecido muy notable entre Denise y la princesa dibujada
en su libro favorito de cuentos. Denise era alta y delgada, vestía con elegancia una
combinación de pantalones y chaqueta de lana rosa pálido, y sus largos cabellos
negros los llevaba recogidos, dejando al descubierto un rostro de extrema belleza.
Tenía una apariencia de delicado nerviosismo, y sin embargo, había fuerza en las
delgadas manos y muñecas, pensó Fiona, ya que al estrechar la suya, el apretón de
Denise había sido casi masculino.
—Pero, Jon, ésa es la cosa más linda que me han dicho nunca —se rió,
deslumbrándolo con su sonrisa. Sus pestañas se entrecerraron y le dirigió a Logan
una mirada coqueta—. Se cumple el dicho "de tal palo, tal astilla". Mejor será que
paséis a secaros, queridos, o cogeréis un resfriado. Está haciendo frío.
Había un baño detrás de la puerta trasera, donde Logan se podía duchar antes
de entrar en la casa. Fiona le secó a Jonathan el rostro y la cabeza con una toalla y
luego le dijo a Logan:
—Subiremos a cambiarnos.

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—Yo estoy bastante seco. Os esperaré.


Diez minutos después, Fiona abría la puerta de la sala. Una risita aguda y la voz
grave de la señora Sutherland, le indicaron dónde esperaban. Respirando
profundamente, hizo pasar a Jonathan primero.
La señora Sutherland estaba sentada en su silla favorita, junto a la ardiente
chimenea, bordando. Logan y Denise Page estaban de pie junto la chimenea, frente a
frente, la joven riéndose mientras lo miraba y él le correspondía. Se les veía como una
familia, armonizando a la perfección. Ella y Jonathan eran los extraños; el niño corrió
y se apoyó en la rodilla de su abuela, y sólo quedó Fiona como la extraña, la intrusa.
—Le estaba diciendo a tu esposo que él era el travieso —comentó Denise,
alejándose un poco de Logan cuando Fiona se acercó—. ¡Con razón nunca se rindió a
ninguno de nuestros ardides! Debes saber, Fiona, que era uno de los hombres más
perseguidos de Northland: ¡todas las chicas andaban tras él! No fue justo que no nos
dijeras que no estabas disponible, Logan. Creo que disfrutabas con la cacería,
confiésalo.
—Exageras, Denise —repuso tranquilo.
—No lo hago, pero reconozco que no ha sido muy discreto de mi parte decirlo.
Tienes un hermoso cabello, Fiona. Una vez pensé en teñirme el mío de ese tono, pero
decidí que resultaría demasiado artificial, por eso nunca lo hice.
Si era una indirecta, Fiona decidió ignorarla. No le caía bien Denise, pero no iba
a enzarzarse en una batalla con ella. Sonrió, permitiéndole a Logan acercarle una silla
para que se sentara.
Los ojos de Denise no se perdían un sólo detalle.
—¡Pero si no llevas un anillo de compromiso! —exclamó—. Nunca pensé que
permitirías que tu novia no llevara ese detalle mostrando tu afecto, Logan. ¿O te
casaste tan precipitadamente hace cinco años que no tuviste tiempo para comprar
uno?
—El de mi abuela lo están adaptando —contestó Logan en voz baja—. ¿Tienes
frío, Fiona? ¿Quieres una bebida caliente?
—Es una idea maravillosa —la señora Sutherland metió su labor en una bolsa—
Ven, Jonathan, iremos a buscar un poco de té para tu madre.
—Déjame ir a mí —Denise sonrió, tomando la mano de Jonathan—. Hace
mucho que no veo a Jinny, y tengo que conversar con ella un rato. Prometió darme la
receta del dulce de mango. No sé lo que le pone, pero el mío nunca sabe tan bueno
como el de ella.
—Iremos todos. Ya sé lo que sucederá si tú y Jinny empezáis a intercambiar
recetas... nunca llegará el té. Fiona, acércate al fuego, querida, se te ve muy pálida —
la señora Sutherland salió apresuradamente de la sala, seguida por Denise y
Jonathan, cogidos de la mano.
Un largo silencio; luego, Logan indagó, brusco:
—¿Qué te ha dicho Danny Harman para molestarte?

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—¿Por qué crees que me ha molestado?


—He visto esa expresión en tu cara antes.
—Oh, nada, de veras, sólo que no me ha gustado su actitud. ¿Trabaja para ti?
—Sí, es el hijo de un amigo de mi padre, y estará con nosotros un año para
aprender antes de hacerse cargo de una granja de ovejas en Hawkes Bay. ¿Qué es lo
que no te ha gustado de su actitud?
—El... bueno, parece demasiado joven e impetuoso.
—Es joven e impetuoso —afirmó Logan—, y me odia a muerte. Si puede hacer
algo para herirme, lo hará. La única razón por la que ha venido aquí es ésa: para
crear problemas. Trata de verlo lo menos posible, Fiona. Es astuto, despiadado, y no
pienso que sea muy equilibrado.
Fiona lo miró detenidamente. Encontraba difícil creer lo que Logan decía.
—¿Por qué?
—Es una historia estúpida, y prefiero no hablar de ella, pero él buscará la
oportunidad para contártela, así que será mejor que escuches la verdad por mí.
Danny tiene una hermana, una hermana gemela. Hace tres años nos conocimos,
cuando ella tenía veinte años. Creyó que se había enamorado de mí. Cuando me di
cuenta de lo que sucedía, quizá fui menos discreto de lo debido, pero ella tiene algo
de la inestabilidad de Danny, y para decirlo con franqueza, no podía aceptar un no
como respuesta, sino que tuve que deletreárselo de tal manera, que ni ella pudiera
equivocarse. Se casó con otro por despecho.
—¿Y Danny te odia por eso? —Fiona no podía creerlo.
—Así es... Verás: el hombre con quien se casó es mi hermano Stephen. El y
Mary viven a sesenta kilómetros, en Punere. Cuando él se enteró de que había sido
tomado como sustituto, comenzó a portarse mal con Mary. Stephen era un buen
amigo de Danny, y éste me culpa del rompimiento de esa amistad, y de la infelicidad
de su hermana y Stephen.
—Tiene que ser inestable —dijo Fiona en voz baja.
—Gracias por el voto de confianza. Sería justo añadir que me porté brutalmente
con ella.
—Sí, me lo puedo imaginar.
—Como lo fui contigo, sólo que en aquella ocasión estaba molesto conmigo
mismo, así que me disparé... Pero decidiste alejarte en silencio y cuidar tus heridas en
privado. ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que, de haber actuado con mayor
inteligencia, me habría casado contigo en aquel entonces?
—¿Qué clase de matrimonio hubiera sido?
—Igual al que tenemos ahora.
—No, porque esto de ahora es por Jonathan. El procurarle seguridad hace que
este matrimonio falso valga la pena.

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—Espero que sigas pensando lo mismo dentro de diez años —dijo él


sombríamente—. No habrá divorcio entre nosotros.
—No había... —su voz se apagó cuando sus miradas se encontraron y el tenue
brillo de deseo de los ojos de Logan se cambió en dureza. Se acercó a ella, tomándola
en sus brazos. Sin oponerse, Fiona se mantuvo impávida.
—Aún estás fría —murmuró Logan—. Tan fría como el hielo, y sin embargo,
tienes los labios y el color de la pasión. Bésame, Fiona.
—No...
—Entonces yo lo haré —la besó sin ternura, de modo sensual y exigente,
usando toda su experiencia para lograr alguna respuesta.
El corazón de ella se aceleró, mientras su cuerpo la traicionaba, evidenciando su
respuesta física. Al apartarse, Logan dijo, burlón:
—¿Cuánto tiempo más crees que podrás mantener esa actitud, Fiona? Sabes
muy bien que me deseas, y yo te he demostrado cumplidamente que también te
deseo.
—La lujuria no es la base ideal para un matrimonio —le dijo desafiante,
manteniéndose impávida bajo el roce de sus manos sobre las caderas y el seno.
—Cuando no hay nada más, es un buen sustituto —contestó, cerrándole los ojos
con sus besos, estrechándola contra sí, las manos apretando, crueles, su cintura. Ella
abrió la boca para protestar, y se lo impidió la urgencia de su beso, que borró todo
pensamiento sensato de su mente. Se colgó de él, manteniendo su cabeza entre las
manos, sin lograr controlar las necesidades que había subyugado durante tanto
tiempo, moviéndose contra Logan con la pasión que él reclamaba.
Cuando por fin él alzó la cabeza, brilló la satisfacción en la profundidad de sus
ojos, pero también había comprensión en ellos, por lo que Fiona no se podía
molestar.
—¡Qué tontos somos los mortales! —comentó Logan en voz baja, bromeando—.
Tanto tú como yo, Fiona.
—¿Por qué tú?
—Porque sería muy fácil tomarte sin importar los escrúpulos que tu romántico
corazón pone en mi camino. Si te dijera que te amo, ¿me creerías?
—No —murmuró.
—¿Debo hacértelo creer antes que cedas?
Hubiera sido tan fácil decir que sí, permitirle que la adulara, recordar que podía
ser un amante tiernamente apasionado... Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Logan lanzó una exclamación sofocada y besó sus lágrimas.
—No, Fiona, por favor. Soy un bruto por molestarte. Te prometo que no volveré
a tocar ese tema en ningún momento. Cuando tú estés lista, convertiremos el nuestro
en un matrimonio real, pero no antes.

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—¡Por supuesto! —ironizó—. ¿Cómo quieres que te lo indique? ¿Por carta?


El sonrió, dándole un ligero golpe en la mejilla.
—¡Oh! De momento, tú habrás de perseguirme, querida.
—¿Y unirme a todas las demás que han andado tras de ti sin lograr nada? ¡Eso
nunca sucederá!
Su referencia a los comentarios de Denise lo sorprendió.
—Deja que te lleve la corriente, Fiona. Toma las cosas a medida que te vayan
pasando. Quizá no sea el esposo que esperabas, pero pienso que cuando te
acostumbres un poco más a mí, verás que soy un sustituto bastante efectivo del
caballero andante con el que sueñas inútilmente.
Una risa proveniente del pasillo los hizo separarse, como si fueran amantes
culpables. Logan sonrió.
—Se te ve...muy besada —comentó burlonamente—, pero te sienta bien.
—Más vale que te limpies el lápiz labial —se rió ella y Logan, sorprendido, sacó
su pañuelo para limpiarse. Un momento después, quedaba borrada la evidencia. La
puerta se abrió y antes que Fiona se alejara lo suficiente, él ciñó de nuevo su cintura,
dándole un beso en la cabeza.
—¡Eh! —Denise reía mientras llevaba la bandeja hacia una de las mesas—.
Nunca pensé verte enamorando a alguien en público, Logan. Fiona, ¿qué le has
hecho? ¿Cuál es la magia que hace que nuestro maravilloso Logan muestre sus
sentimientos tan evidentemente?
—Logan nunca ha sido muy expresivo en público —dijo su madre secamente,
pero su mirada no era de insatisfacción; Fiona, ruborizada, se separó del brazo de
Logan.
—Lo está siendo más que de costumbre —contestó Denise alegremente—. Y
nosotras que pensábamos que el té te calentaría, Fiona, cuando todo lo que
necesitabas era el cariño de tu esposo. ¿Qué se siente al estar casado, Logan? ¡Oh! Se
me olvidaba que ya ha pasado mucho tiempo desde vuestro matrimonio, ¿verdad?
Qué torpe por mi parte... y qué poco atinado.
Fiona notó que Denise Page estaba insinuando sutilmente que ella había sabido
lo que era estar en los brazos de Logan. Tenía la inquietante sensación de que Denise
seguía algún plan que se había trazado y de que conocía la verdad de su matrimonio.
Durante la siguiente media hora, mientras Denise hablaba y reía,
impresionando a Jonathan con indiscutible encanto, Fiona observó cualquier señal de
tensión entre su esposo y la joven. Logan no daba ninguna y Denise apenas, pero por
muy cuidadosamente que llevara su máscara, no podía impedir que sus ojos
buscaran los masculinos. Y aunque no hubiera señales, se notaba el ligero ceño de la
señora Sutherland, que revelaba que estaba alerta, lista para intervenir si notaba que
el curso de la conversación se hacía inconveniente.
—¿Normalmente eres tan callada? —le preguntó Denise a Fiona.

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—Ella es un alma tranquila, Denise, aunque su hijo hable por tres —contestó
Logan con voz cálida.
—El niño es un cielo —había sinceridad en la voz de Denise, que abrazaba a
Jonathan contra ella, sonriéndole—. Espero que no seas una madre posesiva, Fiona,
porque me encantaría llegar a conocerlo mejor. Estaba pensando... verás: yo llevo a
los dos niños de Evelyn Dickinson a un centro de juegos de la escuela una vez por
semana, la mañana que dedico al Círculo de Hilado. ¿Te gustaría que recogiera a
Jonathan también? A él le encantaría y seria bueno que conociera a los niños con los
que luego irá a la escuela. Conduzco bien, Fiona; díselo tú, Logan.
—Es... muy segura —Logan estaba pensativo, mientras observaba al niño entre
los brazos de Denise—. ¿Qué piensas, Fiona?
Había esperado que decidiera por sí solo, y la emocionó ver que le pedía su
opinión.
—Pienso que es una idea excelente —dijo en voz baja—. Le daremos un par de
semanas para que se acostumbre a estar aquí y, cuando yo haya aprendido a
conducir por los caminos de grava, lo llevaré las primeras dos veces. Son tres días
por semana, Logan, ¿no es así?
—Sí, los lunes, miércoles y viernes.
—El Círculo de Hilado se reúne los miércoles —intervino Denise.
—Entonces, muchas gracias.
—Ya ves, Jonny. ¿Te gustará ir conmigo a jugar?
Jonathan bostezó, cubriendo su boca antes de contestar medio adormilado:
—Sí, gracias, Denise.
—¡Jonathan! —Fiona lo miró severamente, pero Denise intervino antes que lo
regañaran:
—Yo le he pedido que me llame así, Fiona, así que no te molestes con él —le
rozó una mejilla afectuosamente—. Creo que lo de ser tan formal con los mayores es
muy anticuado. Si insistes en que me llame señorita Page, me molestaré mucho.
Fiona miró a Logan, y éste asintió.
—¡Ah! —gritó Denise, interceptando su silenciosa comunicación—. Tu dueño y
señor lo ha permitido, así que no me lo puedes negar. ¿Saben, señores? Debo irme.
Esta noche tenemos invitados a cenar, y todavía he de arreglar las flores. Mi madre
me llamará en cualquier momento. Señora Sutherland, ¿cuándo dará una de sus
fabulosas fiestas para presentar a la esposa de Logan a los amigos?
—Dentro de unas semanas —dijo la madre de Logan—. Cuando Fiona nos
conozca un poco mejor. Y aunque no quiero apurarte, Denise, si deseas llegar a casa
antes de otra tormenta de granizo, sugiero que te vayas cuanto antes.
Logan la acompañó hasta su coche, estacionado sobre el círculo de grava, frente
a la entrada.

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Al salir Fiona, lo vio inclinado para escuchar algo que Denise le estaba diciendo.
La joven le rozó una mejilla cuando él se enderezaba. Luego puso en marcha el
coche, que se alejó por el camino hasta desaparecer tras un recodo.

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Capítulo 4
—Fiona —llamó Logan—, tengo un montón de cartas para que mecanografíes.
¿Podrás terminarlas hoy?
Ella sonrió y entró en el estudio con un ramo de camelias en los brazos.
—¿Todo eso? —miró hacia el montón de papeles y alzó las cejas horrorizada—.
¿Las has puesto por orden de urgencia?
—Sí. Las tres de arriba son las más urgentes, pero me gustaría que salieran
todas hoy. ¿Dónde está Jonathan?
—Montando en su triciclo. Lo tiene sólo desde hace tres días, y estoy segura de
que las llantas no van a durarle mucho —hizo una pausa, continuando jovialmente—
No ha tosido durante esta semana. Deberían embotellar este aire y venderlo.
—Sin duda a ti no te ha hecho ningún daño —dijo su esposo con suavidad,
observando, con mirada irónica, el rubor que cubrió sus mejillas—. Con ese vestido,
te veo lo suficientemente bien, como para comerte.
Durante un instante, cuando se encontraron sus miradas, se creó una tensión
entre ellos; después Logan dijo de pronto.
—Más vale que te deshagas de las flores si vas a hacer esto. ¿Podrás terminarlas
hoy?
—Estarán antes de la hora del té.
—Bien.
Las camelias estaban destinadas a ser colocadas en un gran búcaro blanco, en el
pasillo. Fiona trabajó con rapidez y eficacia; aquello y mantener sus habitaciones
ordenadas era todo lo que Jinny le permitía hacer en la casa. Suspirando, pensó que
tampoco le quedaba tiempo para hacer mucho más: por un lado la señora
Sutherland, que escribía novelas de detectives y estaba terminando la más reciente y,
por otro, Logan, la mantenía ocupada con trabajo de oficina.
Nunca imaginó todo el papeleo que se tenía que hacer en una granja como
aquella. Aparte de todo lo relacionado con Whangatapu, había artículos que escribía
para el periódico, tenía que mantener registros y diarios, notas sobre el rebaño
experimental de su ganado del tipo Santa Gertrudis, y una intensa correspondencia
internacional. Parecía que pertenecía a un gran número de organizaciones, no todas
relacionadas con su negocio, como Fiona descubrió un día al llegar una carta de un
niño griego del cual era protector. El no se lo dijo, pero cuando ella comenzó a
ordenar sus archivos, encontró cartas de otros dos niños, uno de Bangladesh y otro
de Hong Kong. La emocionaron más que su propia atención hacia Jonathan,
haciéndola comprender lo poco que sabía de aquel hombre enigmático que era su
marido.
Después del día que Denise los visitó él se comportaba reservadamente,
mostrándose hacia ella cortés, mas sin dar indicio de que esperaba algo más íntimo

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que la amistad que iba desarrollándose entre ellos. No notaba ninguna llama de
pasión en sus ojos, ni había hecho otros intentos de besarla o abrazarla, y a pesar de
que frecuentemente le ponía su brazo alrededor de la cintura o de los hombros, esto
era tan sólo cuando había personas para observarlos.
A veces recordaba su comentario de que ella huía de todo y se preguntaba si era
eso lo que Logan esperaba de ella. En otras ocasiones, cuando él se comportaba como
debía hacerlo un compañero, ella disculpaba anteriores intentos de dominio y
agradecía su consideración y su cortesía sin exigencias.
No podía ser mejor con Jonathan. Fiona se sentía feliz al verlos juntos; él
idolatraba a su padre, que le enseñaba a montar un brioso pony, lo llevaba a pescar
en una pequeña lancha, y que nunca pensaba que era demasiado pequeño para tratar
de hacer lo que deseara. También había respeto en su relación. Jonathan aprendió
que una mirada de su padre podía ser un correctivo tan fuerte como cualquier
palabra o castigo físico. Fiona estaba contenta de ello; durante mucho tiempo había
pensado que su hijo necesitaba una firme disciplina masculina.
Fiona suspiró mientras colocaba el búcaro en la consola. Jinny amaba a
Jonathan porque era el hijo de Logan. A la esposa de éste la trataba con bastante
frialdad, ignorando cualquier intento de ella por lograr una amistad más cálida.
—Tienes buena mano para las flores —le dijo la señora Sutherland—. ¿Podrías
mecanografiarme algunas hojas? He vuelto a escribir la mitad del tercer capítulo y he
completado el cuarto.
—Tengo algunas cosas que hacer para Logan, pero no creo que tarde mucho.
Terminaré lo de usted antes de la cena.
—No te conviertas en una esclava. Como voy a visitar a la familia Page, me
llevaré a Jonathan después del almuerzo. Lilian no se ha sentido bien últimamente y
cuando hablaba con Denise anoche, me dijo que necesitaba a alguien para que la
animara; Jonathan la distraerá y te dejaremos a ti la tarde libre.
—Será lo mejor. Tendré suficiente tiempo para hacerlo todo si no me
interrumpen. ¿Está Jonathan aún montando en su triciclo?
—¡Sí, qué crío! Debe haber andado kilómetros con ese trasto. ¡Se ha aclimatado
muy bien! Se parece mucho a Logan cuando tenía la misma edad, determinado y
temerario. Logan siempre era el jefe. Su hermano Stephen lo seguía, imitándole como
una pequeña sombra, nunca logrando el éxito de Logan. Me preguntaba si era por la
proximidad de sus edades, pues hay sólo una diferencia de catorce meses entre ellos.
Stephen lo idolatraba como si fuera su héroe; claro, eso ya se le pasó. No es que sea
débil, tiene lo suficiente de Sutherland en su carácter, pero siempre será un seguidor
—sonrió recordando y luego su expresión se entristeció—: ¿Te ha hablado Logan
sobre Stephen y Mary?
—Sé que no son exactamente felices —contestó Fiona con rapidez, esperando
evitar cualquier comentario sobre la dramática historia.
—No, me temo que Mary es como su hermano, inestable. Era a Stephen a quien
quería antes de su tonto enamoramiento de Logan, y fue a Stephen a quien buscó

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después del fracaso. Estoy segura de que lo ama. Desafortunadamente, Stephen se ha


amargado al sentirse defraudado. Si dejaran de sentir lástima por sí mismos, se
llevarían bien, estoy segura.
—Confío en que solucionarán sus problemas. Después de todo, no se habrían
mantenido juntos si su vida hubiera sido infernal, ¿no cree?
—No lo sé. Stephen es posesivo, como Logan. Pienso que es capaz de usar
cualquier afecto que le tenga Mary como un arma.
—Usted está describiendo un tipo de... ¡tirano doméstico!
—No, querida, simplemente a un hombre que siempre ha estado celoso de su
hermano, y no ha querido aceptar que su esposa lo utilizó como un refugio. Será
interesante ver cómo reacciona hacia ti. Es más, espero que las noticias del
matrimonio de Logan sirvan como una especie de catálisis, rompiendo con el pasado
para que se pueda comenzar de nuevo.
—¿Vendrán aquí? —Fiona no lo deseaba; perturbarían su tranquilidad.
—¿No te lo ha dicho Logan? Vienen el próximo fin de semana para la fiesta, y
se quedarán el sábado por la noche. Stephen es afortunado por tener un excelente
administrador que cuida de la granja cuando él se aleja.
—No, no me lo había dicho Logan —sonrió irónicamente—. Sin duda ha
pensado que ya lo sabía.
—Jinny y yo estuvimos hablando sobre ello, pero supongo que lo hicimos
cuando tú no estabas presente.
La señora Sutherland parecía dudosa; no sabía cómo disculparse.
—No importa —continuó—, ahora ya lo sabes. ¿Qué vas a ponerte el sábado
por la noche?
—Aún no lo he decidido.
—Deja que Logan lo escoja por ti. Tiene un gusto excelente.
Ailsa se hubiera asombrado y asustado si hubiera podido asomarse a la mente
de Fiona.
¡Que Logan escogiese!, pensaba airada. ¡Como si ella no pudiera hacerlo!
¿Cómo se atrevía? ¡Qué... qué arrogancia la de aquellos Sutherland...!
Logan, al levantar la mirada cuando ella entro en el estudio, vio sus ojos grises
sombríos y sus mejillas acaloradas, pero no dijo nada, sólo la observó cuando se
sentó frente a la máquina de escribir y comenzó a trabajar. Después de algunos
momentos, Fiona logró tranquilizarse; una sonrisa secreta, muy traviesa, se dibujó en
su boca generosa.
Logan levantó una ceja, pero él también tenía trabajo y durante largo rato no
hubo otro sonido que el del teclado y el crujido del papel.
—¿Qué quiere decir esto? —Fiona le entregó una carta.

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Logan parecía perplejo, juntando las cejas oscuras, mientras inspeccionaba las
notas.
—No recuerdo haber escrito esto. Oh... sí, claro. Es un muchacho de una
empresa de maquinaria que quiere presentar una exposición aquí. Sugiérele que se
ponga en contacto con el oficial de la Junta de Consejo Agrícola... ahí he anotado su
nombre y dirección... y ponte de acuerdo con él. Tendrá que ser una exposición libre,
porque no permitiré que se utilice Whangatapu para promover el producto de un
solo fabricante. Una exposición es buena idea si el oficial se preocupa de estudiarla.
—De acuerdo.
Cuando iba por la mitad de la carta, se oyó un suave toque de campana
indicando que el almuerzo estaba listo.
—¡Demonios! —murmuró Logan, y se puso de pie tendiéndole una mano a
Fiona.
—Jinny no soporta retrasos a la hora de comer, así que será mejor que vayamos.
Fiona hizo una ligera mueca.
—Aún no te es simpática, ¿verdad? —le preguntó Logan mientras la tomaba de
la mano.
—Es muy difícil simpatizar con alguien que lo desaprueba todo —murmuró
Fiona—. Pero no creas que la culpo.
—Es muy benévolo de tu parte. ¿Por qué no la culpas? Había un asomo de
travesura brillando en su sonrisa.
—Porque todo lo que sabe de mí es que te abandoné, y Jinny no puede imaginar
cómo es posible que alguien desee abandonarte a no ser por una razón muy
poderosa, ya que al parecer eres tan perfecto en todo.
—Si yo te creyera... —hizo una pausa, para continuar con calma—. No deseo
que ella te moleste. Pensé que lograría llevarse bien contigo, comenzar a tratar como
mi esposa, pero si no puede hacerlo, entonces tendrá que irse.
—Creo que eso es muy drástico —objetó—. Es muy difícil conseguir ayuda
doméstica en Nueva Zelanda y Jinny es un verdadero tesoro; no me molesta y posee
una severa integridad que admiro. No le digas nada porque pensará que le estoy
creando problemas y eso no me beneficiará. Ella quiere a Jonathan y es lo más
importante.
—¿Eso es todo lo que te importa? ¿Que la vida de Jonathan sea feliz? ¿Alguna
vez piensas en ti como mujer, además de como madre de Jonathan?
—Pues sí, yo soy yo, pero no tengo que probárselo a nadie. Por el momento es
Jonathan el que me necesita, y mientras así sea, aquí estaré.
—¿Crees que le serás necesaria siempre?
Fiona lo miró directamente, consciente de que su frialdad hacia él lo intrigaba.
Las mujeres lo adoraban porque era atractivo y tenía un magnetismo indudable; a los
hombres también les caía bien por su integridad y porque poseía esa indescriptible

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cualidad que convierte a algunas personas en líderes. Por el momento estaba dándole
tiempo a ella para que se acostumbrara a la idea de ser su esposa con todo lo que
implicaba el matrimonio, pero sabía también que la impaciencia era parte de su
naturaleza.
Y sin embargo, no le temía. El no la tomaría por la fuerza y ella sabía que tenía
defensas seguras y fuertes, ya que de nuevo lo amaba, sólo que esta vez no aceptaría
nada más que su amor, y era algo que él no estaba dispuesto a ofrecerle por el
momento, según le indicaban sus más profundos instintos. Lo guiaba la pasión, la
tentación de poseer lo suyo totalmente. También, suponía Fiona, una cierta ternura
que le quedaba hacia la muchachita que ella había sido, y pena por todos aquellos
años en que se había visto forzada a madurar de repente, criando a su hijo,
cuidándolo sin el apoyo de un marido. Logan era un hombre complejo, pero también
lo era ella y no podía sentirse satisfecha con una pasión fugaz. Si algún día se volvía
a entregar a él, tendría que ser bajo completo conocimiento de su amor, y para
ganarlo estaba dispuesta a luchar contra el mundo, si fuera necesario.
—Cada mujer necesita ser conquistada; pensé que ésa era la primera lección de
nuestro manual mundano, Logan —dijo con calma.
—¿Y tú conoces ese manual a la perfección? —La tomó de la mano, apretándola
fuertemente—. Más vale que no continuemos con esta fascinante discusión o Jinny
nos odiará a los dos, pero pienso continuarla en otro momento más conveniente.
Fiona no se inquieto. Quizá pareciera frágil, pero ella tenía recursos y una
fuerza que se había visto forzada a ejercitar. "¡Por lo menos, pensó irónicamente, esta
gente expresa su disgusto de forma civilizada!".
Luego, por la tarde, cambió de parecer. Denise Page regresó con la señora
Sutherland y se dedicó interrogar a Fiona de una manera tan sutil como hábil,
aunque Ailsa sólo las veía como dos chicas conversando. Fiona resultaba pálida,
junto a la belleza cálida y tentadora de Denise, convirtiéndose en una criatura
insustancial, sin carácter. Hasta Jonathan parecía preferir a Denise.
—¿No deberías bañarte ahora, Jonathan? Se acerca la hora de cenar —preguntó
la visitante cuando la señora Sutherland las dejó solas.
—Me lavo antes de cenar y me baño antes de acostarme —replicó Jonathan—.
¿Te gustaría bañarme esta noche, Denise?
El triunfo brilló en los ojos oscuros de Denise. Miró a Fiona, hablando con un
tono de complacencia en la voz.
—¿No deseas que tu madre te bañe?
Jonathan se rió, un encantador sonido infantil, en claro contraste con la severa
formalidad del salón.
—No, esta noche no.
—¡Malvado camarón! —le contestó Fiona con tono del más profundo disgusto.
Era un juego con el que se divertían a menudo.

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—A mami le molesta si salpico agua —continuó Jonathan, acomodándose junto


a Denise, esperando, acurrucado, a ver si su madre reaccionaba ante la provocación.
—A Jonathan le disgusta que le laven la cara —contestó Fiona.
—Cuando te bañe, Jonathan, podrás salpicar todo lo que quieras —le dijo
Denise.
Fiona sonrió. ¡El darle permiso a Jonathan podría significar inundar el baño, ya
lo descubriría Denise!
En aquel momento, Jonathan vio a su padre. Con una brillante mirada de
desafío hacia su madre, salió corriendo por la terraza, en dirección a su héroe.
Hubo un silencio. Denise se recostó en la silla y con un movimiento sensual
como el de un felino, pasó los dedos por sus oscuros rizos y habló a Fiona con
malicia.
—Parece que se distancia rápidamente de ti, Fiona. ¿Duele sentir que transfiere
su afecto con tanta rapidez?
—¿Qué si duele? No, ¿por qué habría de doler? —la voz de Fiona sonaba como
si no estuviera atendiendo la conversación, pero su cerebro trabajaba con calma.
Desde un principio se había dado cuenta de que no le caía bien a Denise; Fiona pensó
tristemente que ya sabía la razón.
—¿Y qué te parece la vida aquí? —continuó indagando Denise—. Creo que le
ha hecho bien a Jonathan, pero no puedo decir lo mismo de ti. ¿Siempre has sido tan
pálida, o tomas algo para conseguirlo?
—Siempre he sido pálida. Va bien con el pelo rojo.
Un profundo rubor apareció en las mejillas de Denise, que perdió la calma.
—¡Entonces debió ser tu peto lo que atrajo a Logan, porque otra cosa no pudo
hacerlo! ¿No sabes que, de no haber aparecido tú, Logan y yo nos habríamos casado?
—Era muy difícil que pudiera casarse contigo estándolo ya conmigo—. Las
pestañas de Fiona cayeron engañosamente sobre sus ojos, escondiendo sus
pensamientos.
—¡El estaba enamorado de mí... y yo de él! —protestó Denise.
Así que sabía del repentino matrimonio, aunque no estaba dispuesta a utilizar
todavía su conocimiento. Fiona sintió una momentánea compasión hacia ella.
Malcriada, hermosa, siempre se salía con la suya, probablemente su primer obstáculo
lo constituían Fiona y Jonathan, apareciendo en Whangatapu como esposa e hijo de
Logan. Era evidente que deseaba al hombre, pero Fiona estaba segura de que
ambicionaba aún más la posición de dueña y señora de la granja. Debía haber estado
muy segura de lograr sus deseos, quizá Logan había mantenido algún tipo de
relación con ella, aunque fuera muy informal.
Fiona no estaba segura de los sentimientos de él hacia Denise. Aunque fuera un
hombre muy controlado, daría alguna señal de su amor reprimido, y no había dado
ninguna que denotase tensión cuando Denise estaba cerca de él.

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Quizá estaba subestimando la oposición, pensó irónicamente. Sin duda Denise


era lo suficientemente bella y su confianza en sí misma la hacía apropiada para ser
considerada la esposa ideal de Logan.
Fiona, por fin, murmuró:
—Si ése es el caso, siento pena por ti.
—¿Tú? —contestó Denise con un movimiento arrogante de su cabeza—. ¡Soy yo
quien siente pena por ti! Quizá seas su esposa, pero apuesto a que él no ha
desperdiciado ni un sólo instante, en los años que habéis estado separados, pensando
en ti. Y aún ahora la mayor parte del tiempo te ignora... Pero claro... deseaba a
Jonathan y ha tenido que cargar contigo como parte del arreglo.
Durante un momento Fiona apretó las manos sobre el brazo del sillón.
—Pienso que es mejor dar por terminada esta conversación inoportuna —dijo
rápidamente, disgustada por el veneno de Denise—, antes que alguna de las dos
vaya demasiado lejos.
Denise recobro la confianza en sí, hablando con desprecio:
—De acuerdo, la terminaremos... por ahora. En muchas cosas me parezco a los
Sutherland, ¿sabes? ¡Yo, como ellos, consigo siempre lo que quiero!
—Eso está bien si estás dispuesta a pagar el precio —contestó Fiona con tristeza,
recordando que ella también había tomado lo que deseaba... y parecía que tendría
que estar pagando durante el resto de su vida.
—¡Oh! Yo pagaré gustosa, ¡vale la pena!

Las palabras de Denise aún resonaban en los oídos de Fiona. Una noche
completa de sueño no había logrado liberarla de sus insinuaciones, especialmente a
la noche siguiente, cuando Denise procuró convertirse en el centro de atracción y lo
consiguió sin mayor esfuerzo, como si deseara mostrarle a Fiona con la clase de rival
que tenía que combatir. La señora Sutherland había invitado a un matrimonio de
artistas, Forrest Thurston y su esposa, y con el cálido apoyo de Ailsa, Denise se
convirtió en una especie de segunda anfitriona.
Los Thurston eran las personas con el menor aspecto de artistas que Fiona
hubiera visto. Bajitos y gruesos, parecían hermanos y no esposos. La señora Thurston
era muy capaz y creativa en pinturas de porcelana, mientras que su esposo tenía
fama internacional como retratista de gran percepción y técnica. Fiona se sintió un
poco temerosa al principio, pero la sencillez de la pareja la hizo sentirse cómoda.
Forrest bromeó con ella amablemente y sus ojos perceptivos la observaban con
atención.
—Titubeante, evasiva, pero al mismo tiempo indispensable. Te deberías reír
más a menudo, querida. Cuando lo haces, veo a la verdadera Fiona. Sus palabras
dejaron uno de esos silencios que suelen producirse en cualquier reunión, y fue la
divertida voz de Logan la que le contestó:

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—Su risa fue lo primero que me atrajo, Forrest. Nos conocimos en Coronet
Peak, en la Isla del Sur. Estábamos esquiando y Fiona se cayó frente a mí. Cuando
llegué hasta ella, se reía sobre la nieve. Se había caído su gorro y su cabello estaba
esparcido sobre aquella blancura. Nunca lo he olvidado. Se acercó y con un gesto
amoroso, tomó un mechón de cabello que estaba sobre la mejilla ruborizada de
Fiona. Esto la irritó, pero se forzó para no alejarse de él, ni de los recuerdos evocados.
—El verdadero color cobre —comentó Forrest—, tan hermoso y tan raro.
¿Sabían que el cobre es el metal de Venus, la diosa del amor?
Hubo otro corto silencio; luego, una risa de Denise y sus palabras insidiosas:
—¡Y pensar que siempre creímos que los pelirrojos eran de mal agüero! ¡Qué
agradable tener los colores de Afrodita! Aunque fue una dama de moral dudosa, por
lo menos no era aburrida.
Al día siguiente, inclinada sobre la barandilla que daba al mar, Fiona se
preguntaba por qué la malicia de los comentarios de Denise no había sido advertida
por nadie más en el salón. Quizá porque hablaba con un encanto que sólo Fiona sabía
que era falso.
El sol le daba en los brazos desnudos y en el rostro, llevándola a un estado de
somnolencia deliciosa. Junto al camino de grava que dividía la propiedad, estaba el
auto verde que Logan le había comprado hacia más o menos una semana. Por tal
razón se encontraba a unos cuantos kilómetros de la casa, en aquel lugar silencioso
donde las alondras elevaban un himno a la primavera.
Fiona se sentía orgullosa de su habilidad con el coche. Esto le brindaba algunos
momentos como aquél, pudiendo estar sola y completamente relajada. Frente a la
naturaleza, todo parecía tan pequeño, remoto y poco importante... hasta el dolor que
sentía y que se había convertido en parte de ella desde que volviera a entregarle su
corazón a Logan.
A veces sentía que tenía que complacer todas las necesidades de su sangre y
convertirse en su esposa en todo el sentido de la palabra. ¡Tan tonto era llorar por la
luna, como ingenuo el pedir amor como requisito de su unión! Y a pesar de ello... Si
así lo hacía, si su matrimonio se basara en la pasión, una vez que ésta se perdiera,
¿qué le quedaría? Cenizas de una hoguera que se apagaría con la misma rapidez con
la que había ardido. Le debía un padre a Jonathan, y por tal motivo se había casado
con Logan.
Pero le debía a Jonathan algo más que la protección paterna: el obsequio de
unos padres que se respetasen a sí mismos y entre ellos, y una vez que bajará la
guardia contra el deseo carnal, también se iría su respeto hacia sí misma y con ello, lo
sabía, cualquier cariño que Logan pudiera sentir hacia ella. Lo que más temía era su
indiferencia y la desesperación que eso la haría sufrir. Sabía que si le daba lo que él
deseaba, la vería como esposa, no como Fiona, una mujer con carácter, inteligencia y
talento, que jamás se contentaría con perder su individualidad para convertirse en
otra posesión de Logan Sutherland.

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Así pues, la secreta lucha entre ella y Logan debía continuar. El tenía la razón y
la lógica de su parte; ella sólo la inteligencia intuitiva del corazón de una mujer, un
escudo frágil para la batalla.
—¿Soñando despierta?
La voz venía de atrás, completamente inesperada, y le produjo una reacción
extraña. Se volvió con el rostro pálido hacia el hombre que se acercaba a ella.
La expresión burlona de Danny Harman se convirtió en otra de preocupación.
—¿Estás bien? No he querido asustarte.
—Lo ha hecho —contestó, irritada—. Lo siento, no esperaba a nadie. ¿Cómo ha
llegado hasta aquí?
—He dejado el caballo junto al arroyo al verte, pero te repito que no he querido
asustarte. Pensaba que quizás desearas un poco de compañía.
Fiona titubeó, pues la advertencia de Logan acudió de inmediato a su mente;
pero allí, de pie al sol, a Danny se le veía muy joven y deseoso de agradar, de
ninguna manera peligroso. Sonrió.
—Debo regresar o Logan pensará que me he extraviado.
Danny miró con ojos de conocedor hacia el coche.
—¿Te gusta? Son fáciles de manejar esos autos, ¿verdad?
—Mucho. Ahora me gusta, cuando ya he logrado controlar el miedo. Hacía
mucho tiempo que no conducía.
Danny pateó una llanta, se inclinó para examinarla y asintió.
—Debe ser agradable comprarle a la esposa un aparato como éste cuando uno
lo desea. ¡El afortunado Logan... y la dichosa señora Sutherland! Ha sido casi un
cuento de Cenicienta; al menos, eso dicen.
La mirada que le dirigió fue burlona, un intento no muy delicado para ver si
había dado en su punto débil. Fiona se irritó pero logró contenerse.
—¿Eso dicen? Debe ser muy aburrido tener poco que hacer y llenar el tiempo
con chismes. Ahora tengo que irme.

—¿De nuevo al lado de Logan? —sonrió, apoyándose en el capó del auto para
mirarla con insolencia premeditada—. Si te vas ahora, quizá me atropelles, y no te
conviene que existan más chismes alrededor de ti. Por un lado, tal vez eso le hiciese
pensar a Logan que el traerte aquí no fue una brillante idea. Está acostumbrado a que
sus peones e inferiores lo alaben y respeten, no a insinuaciones traviesas y risas que
cesan bruscamente cuando él entra en una habitación.
Sin duda, Danny esperaba que ella se rebelara; le estaba tendiendo el anzuelo,
pero... Fiona no iba a morderle. Sabía que revelar su ira o pronunciar alguna palabra
ofensiva, eran cosas que se volverían en contra suya. Así que le contestó haciendo
acopio de toda su calma:

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—No sea tonto, señor Harman. Este día es demasiado bonito como para
estropearlo con encuentros dramáticos.
Un extraño brillo en los ojos de Danny le advirtió que había cometido un error.
—No soy su precioso hijo Sutherland, señora Sutherland. He estado esperando
bastante tiempo este momento, y te quedarás aquí hasta que haya terminado de decir
lo que pretendo.
—Bueno, entonces hable; sin duda le hará bien sacarlo del pecho.
El se rió, recostando los hombros contra el coche en una posición más cómoda.
—Supongo que tu marido te habrá contado su versión de los hechos. Ahora
podrás oír la verdad y espero que te asfixie. O quizá no, ya que no se te puede culpar
por lo que tu esposo hizo durante los años en que actuó como soltero, sin revelar a
nadie que tenía una esposa escondida en alguna parte. Como supondrás, Logan no te
fue fiel durante la separación.
Hizo una pausa, pero no se movió ni un sólo músculo del rostro de Fiona.
—Sedujo a mi hermana y cuando se cansó, se deshizo de ella casándola con
Stephen. ¡Pobre tonta! Pensó que era correcto acostarse con el hombre con el que
creía que se iba a casar. Le podía haber dicho que los hombres como Logan no se
casan con las chicas apasionadas con más belleza física que inteligencia, pero yo no
estaba aquí entonces. No se lo dije hasta después... cuando ella y Stephen estaban
ocupados lastimándose el uno al otro.
Se bajó del capó y su mirada parecía congelar el aire entre él y Fiona.
—En cierta forma, señora Sutherland, me das pena. Como yo y como Mary,
estás aquí por tolerancia. No tienes amigos, ni posesiones, aparte de ser la madre de
Jonathan; sólo un marido que está medio enamorado de Denise Page. Eres
demasiado suave para los Sutherland, así que saldrás lastimada como Mary. Y no
hay nadie que pueda ayudarte. Estás muy, muy sola. Adiós, Fiona, ya nos veremos...
Fiona lo observó mientras bajaba por la ladera, los hombros altos, moviéndose
desafiante como si sospechara que lo miraba. Un silbido penetrante flotó en el aire;
Fiona, reconociendo el tema, sonrió irónicamente al dar la vuelta hacia el coche. Se
trataba de "La chica enamorada de Richmond", tan inapropiado para la ocasión como
podía serlo cualquier otra cancioncilla. Se metió en el, coche, lo puso en marcha y se
dirigió hacia la granja.

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Capitulo 5
Entró en medio de un escándalo. De la cocina llegaba la voz airada de Jinny. Era
la primera vez que perdía la calma desde la llegada de Fiona a Whangatapu. Estaba
la joven a punto de subir por la escalera y dejarla con su asunto, cuando oyó la voz
aguda de Jonathan a través de la puerta cerrada. Sin vacilar, Fiona entró en la cocina.
El sonido de la puerta abriéndose pareció congelar a todos los que estaban
adentro. Jinny, alta y demacrada, su rostro tan impropiamente ruborizado; Jonathan
mirándola, temblorosos los labios, pero el desafío brillando en sus ojos y, por
primera vez, Ailsa completamente asombrada.
Jonathan rompió el silencio.
—¡Mami! —gritó, agarrándose de las piernas de Fiona, con una fuerza que
hablaba por sí sola.
—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó con voz tranquila.
—Le diré lo que está pasando —Jinny recobraba parte de su control, pero estaba
aún ruborizada; se notaba el disgusto en su expresión al hablar—. Su hijo ha sido
grosero y rebelde, y deberá ser castigado.
—Sin duda así será —contestó Fiona con calma—. Jonathan, ¿quieres decirme lo
que ha pasado?
Jonathan la miró, conteniendo las lágrimas.
—Dijo que no eras útil, mami —murmuró—. Si he sido malo, ella también. Tú sí
eres útil...
—Eso es suficiente, cariño —una mirada al rostro del ama de llaves, le indicó
que el niño decía la verdad. Había una gran cantidad de vergüenza bajo la expresión
indignada. Fiona controló un suspiro, comprendiendo por qué Ailsa había perdido
su compostura normal. Había que tratar aquello con delicadeza, tanto para Jinny
como para Jonathan.
—¿Sabes, Jonathan? A veces oyes cosas que no son para que tú las escuches.
Estoy segura de que ésta ha sido una de ellas. Un caballero no se porta groseramente
jamás con una dama por muy molesto que esté con ella, así que debes pedirle
disculpas a Jinny. La has disgustado y ahora tienes que tratar de contentarla, ¿me
oyes?
Por un momento pensó que había fallado. Jonathan miró a Jinny con expresión
rebelde, luego soltó un gran suspiro y se relajó. Con una cortesía casi de adulto, fue
hacia el ama de llaves y le tendió la mano.
—Siento haber sido grosero —dijo en voz baja.
Durante un instante, Jinny lo miró fijamente, luego una gran ola de calor cubrió
su rostro. Se inclinó, tomando la pequeña mano entre las suyas.
—Yo también lo siento porque he sido grosera contigo. Me había olvidado de
que eres casi un hombre.

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Jonathan la miró solemnemente.


—Lo soy, ¿verdad? —impulsivo, le dio un fuerte beso—. ¿Papi fue grosero
contigo cuando era pequeño? —le preguntó.
Jinny se ruborizó de nuevo, esta vez de placer, y se enderezó.
—No muy a menudo, y cuando lo era yo le pegaba un azote si no pedía
disculpas —su raro momento de ternura había pasado y hablaba con energía como si
le avergonzara mostrarse débil—. ¿Te gustaría salir y traerme tres limones del jardín
del fondo? Te haré un pudín de limón para la cena.
Salió el niño veloz como el rayo; parecía que no hubiera nada que le gustara
más que el pudín de limón y que Jinny no pudiera hacerlo con tanta frecuencia como
para darle gusto.
Fiona dio la vuelta para salir, consciente de la tranquilidad de Ailsa y contenta
de que todo hubiera salido tan bien. Jinny había aprendido una lección y también,
quizá, Jonathan.
El ama de llaves la detuvo, sujetándola por un brazo.
—Lo siento —dijo con gran esfuerzo—. No tenía ningún derecho... a decir lo
que dije.
Fiona no simpatizaba mucho con ella, pero no podía soportar verla humillarse.
—Delante de Jonathan no, pero tiene usted todo el derecho a opinar. Por favor,
no se preocupe; yo no lo haré.
Sin embargo, Jinny estaba determinada a dejar las cosas en su punto.
—No, yo necesito explicarle... En realidad no era en serio; me estaba irritando
porque tenía mucho que hacer y todo se me estaba acumulando. Luego ha llegado
Tom, se me ha puesto por delante y le he dicho que por qué no hacía algo por
ayudarme en vez de entorpecerme. Deseaba saber por qué yo no le pedía a usted que
hiciera algo, y le he dicho... bueno ya lo sabe usted. Lo siento.
Fiona se sintió halagada por la sinceridad y por la primera señal amistosa en la
actitud fría del ama de llaves.
—Está bien, y gracias por explicármelo. Yo sé lo que se siente cuando uno cree
que el mundo se le viene encima —sonrió con una aparente expresión traviesa—. Ya
he notado que Tom está pendiente para que todo marche bien. ¡Los hombres!
Ailsa se rió y, tras un momento, la expresión de Jinny se suavizó en una sonrisa
también.
—¡Sí, los hombres! Vienen y la vuelven loca a una con sus preguntas, luego
desaparecen cuando una se enfada con ellos. Pero si sigo hablando, no terminaré el
almuerzo. Artista o no artista, el señor Thurston es de buen comer y su esposa
también.
Fiona abrió la boca para ofrecer ayuda, pero Ailsa la interrumpió.

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—Entonces tendremos que dejarte, querida Jinny. Fiona, siento tener que
decírtelo, pero tuve que volver a escribir ese último capítulo... noté un fallo tremendo
y tuve que repetirlo todo de nuevo. Me quedé despierta la mitad de la noche...
Salieron de la cocina y al llegar a la escalera, la señora Sutherland dejó de hablar
para mirar a su alrededor.
—Fiona, lo has hecho muy bien, Gracias, querida. Ahora has roto las defensas
de Jinny y pronto olvidará que no le caías bien. Probablemente trate de enmendar las
cosas pidiéndote que le ayudes en algunas cosas de la casa, pero hagas lo que hagas,
¡no te ofrezcas tú! Eso lo toma como una indicación de que su trabajo comienza a
fallar.
Fiona se rió. Parecía que su suegra sentía la necesidad de explicarle la actitud de
Jinny, ya que le hablaba con preocupación.
—Siempre ha sido muy quisquillosa, pero es capaz de morir por cualquiera de
nosotros. Y está extremadamente orgullosa de Jonathan; ella se ha molestado con el
niño, en realidad, por estar furiosa consigo misma por su indiscreción. Creo que... no
pensaba que él entendería... o que le importara. Pero Jonny es muy despierto y tiene
mucho carácter.
Se rió al recordar.
—¡Si lo hubieras visto, Fiona! ¡Como San Jorge enfrentándose a un temible
dragón! Me ha dado una sorpresa que creo nunca olvidaré. Y sin duda, Jinny
tampoco; ahora te respetará más.

Una vez en su habitación, Fiona se sentó, suspirando, en el borde de la cama,


quedándose profundamente abstraída. El incidente de la cocina le había hecho
olvidar momentáneamente a Danny y sus historias, pero ahora regresaban a su
mente. Fueran o no ciertas, no había duda sobre la sinceridad de Danny, ni acerca de
su profunda amargura. Sin duda, creía lo que le había contado a ella. ¿Se hallaría tan
seguro por algo que su hermana le hubiese contado?
Tratando de calmarse, se dijo que no debía pensar en el asunto hasta que Logan
tuviera la oportunidad de justificarse.
Él subió media hora antes que sonara la campana que anunciaba el almuerzo y
la encontró sentada ante el pequeño secreter escribiéndole una carta a la señora
Wilson. Fiona advirtió que estaba molesto. No hacía falta ser una esposa enamorada
para notar el significado de sus cejas fruncidas ni de la curva que torcía sus labios.
Cuando se enojaba, su rostro parecía convertirse en una máscara oscura y un poco
más cruel.
—¿Qué es lo que te ha dicho Danny Harman esta mañana en la loma? —le
preguntó sin preámbulos.
—Creo que lo sabes —repuso ella.
La miró y con tres grandes pasos atravesó la habitación para colocarse frente a
ella.

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—¿Que Mary y yo éramos amantes?


Asintió, desviando la mirada de la cortante intensidad de los ojos de él.
—Y tú lo has creído.
Era una declaración, no una pregunta. Fiona movió la cabeza.
—No soy tan tonta como para no saber cuándo un hombre odia y desea herir.
Pero él lo cree, Logan. ¿Por qué?
—¿Me estás diciendo que tú no? —Parecía incrédulo, aunque el tono de acero
de su voz persistía, y la mano que la tomó de la barbilla no era suave. Ella afrontó su
mirada con serenidad.
—No, no lo creo, Logan. No eres ese tipo de hombre.
El la miró detenidamente, luego se rió y la tomó en los brazos, sujetándola
fuertemente, su cara contra el pelo de ella. Cada nervio de su cuerpo se despertó a la
vida, pero ella resistió el clamor con toda su fuerza, mientras que los latidos de su
corazón se aceleraban.
—A cada rato me sorprendes —dijo en voz baja—. ¿Por qué, Fiona?
—Te lo he dicho: no eres el tipo de hombre que se deshace de un inconveniente
de esa manera. ¿Por qué Danny lo cree, Logan?
—¡Dios sabrá! —dijo sombríamente—. No pretendo hacer desaparecer todas las
marañas de la mente de Danny; es probable que un siquiatra te pudiera decir por qué
es necesario para él creer que seduje a Mary; yo no puedo. Pensé que le creerías.
—¿Es por eso por lo que no me lo dijiste?
El se alzó de hombros, alejándola de sí con renuencia.
—No lo sé... sí, supongo que sí. Si te lo hubiera dicho, quizá habrías pensado
que te lo contaba para que escucharas mi historia primero. —Arrugando la frente, se
pasó una mano por la nuca, arqueando la espalda como un hombre recién aliviado
de su carga. Los músculos se destacaban a través de la tela de su camisa vaquera
azul, enfatizando el vigoroso atractivo masculino que aceleraba el pulso de Fiona
cada vez que se encontraban en la misma habitación.
Para disimular el impacto físico que le provocaba, habló precipitadamente.
—Logan, es peligroso. ¿Has tratado de razonar con él?
—¿Por qué esa preocupación repentina? Te dije que era inestable y como tú
misma puedes ver, no tiene sentido discutirlo. No puede hacerte ningún daño ahora
que conoces su defecto. Lo intentará, pero su tipo especial dé veneno no puede
dañarte, ni a Jonathan tampoco. Por lo que a mí respecta... —sonrió, diabólicamente
arrogante y seguro—... ¿no crees que pueda ocuparme de él si llega a ser necesario?
—¡Oh, sí! —contestó exaltada—. Estoy segura que puedes ocuparte de
cualquier cosa que tu mente desee.
El la observó, sonriendo divertido mientras ella iba hacia la ventana para correr
la cortina, sin necesidad. Su voz la siguió, ligeramente seductora.

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—Excepto lo que se refiere a cierta delgaducha, lo demás lo arreglo con


facilidad. ¿De dónde has sacado esa voluntad de hierro, Fiona? Pareces frágil, pero
debajo de esa hermosa y pálida máscara que nos presentas a todos, tienes la fuerza
del acero.
—Quizá esté tratando de intrigarte —le contestó, tranquila.
El se rió, mientras iba hacia la puerta del baño.
—No querida, tú no usas ningún truco, por eso te he dejado tranquila. No
deseas ninguna relación más íntima por el momento y comprendo las razones
aunque no esté de acuerdo con ellas. Es orgullo, supongo, el deseo de ser
considerada como una persona con sus derechos. No pasará mucho tiempo antes que
sea un hecho aceptado. Cuando así sea, nada que digas o hagas podrá impedir que
convierta este falso matrimonio en uno verdadero.
Hubo un corto silencio, durante el cual se mantuvo parada con rigidez ante la
ventana mirando la belleza del jardín. Logan añadió después con suavidad:
—Si es orgullo lo que te mantiene en silencio, no te preocupes. Te has
mantenido en tu lugar, sin buscarme, tal como prometiste. Ni siquiera tendrás que
aceptar el compartir conmigo la cama; cuando yo piense que el momento es el
adecuado, te ahorraré la humillación de tener que darte por vencida, porque no te
permitiré escoger.
La amenaza fue subrayada por la risa ahogada, un momento después, por el
sonido del agua del lavabo.
Durante largo rato, Fiona se quedó quieta como una estatua de piedra. Luego,
se dirigió al tocador para tomar el cepillo del pelo.
Las cepilladas rítmicas le dieron una cierta calma, por lo menos externa; sólo
ella sabía que muy dentro sentía un nudo de temor y... sí, tenía que admitírselo a sí
misma, era tan frágil que podía encontrar placer en la idea de someterse. En la
profundidad de sus ojos grises se veía el reflejo de la satisfacción de una mujer que se
sabía deseada... y que deseaba también.
Si pudiera abandonarse a aquella parte de ella que la traicionaba... la que la
impulsaba a rendirse a sus deseos, por los placeres sensuales que podría encontrar en
los brazos de Logan...
Pero si su cuerpo y su corazón la empujaban, su mente rechazaba tales
sugestiones. Apretando los labios con un gesto de disgusto, Fiona se recogió los
cabellos a cada lado con dos peinetas plateadas. Sólo cuando probara que no podía
ganar el amor de Logan, aceptaría su derrota con el corazón destrozado.
Desorientada por el trato impersonal que le brindara recientemente, había creído que
podría evitar la consumación de su matrimonio si no ganaba su amor; pero ahora,
después de las últimas palabras de Logan, sabía que el propósito de él era más fuerte
que nunca.
Pensó tristemente que no sería el tipo de hombre que ella amaba si se dejara
manejar por otra persona. Sería tan fácil que tomaran las decisiones por ella, que

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pudiera encontrar excusas para su debilidad... Pero no debía rendirse hasta que fuera
indudable que había fallado en el intento de ganar su amor.

En whangatapu el correo llegaba después del almuerzo. El cartero lo dejaba en


un buzón en la cima de la loma, avisando su llegada con un fuerte y prolongado
silbido desde su camioneta. Normalmente, Tom subía a recogerlo y después de dejar
el correo de la casa, lo repartía a los demás habitantes de la granja. Con las cartas,
llegaba también el periódico.
Después del almuerzo, todos solían dejar un rato sus tareas para leer el
periódico o las cartas que hubieran recibido.
Ailsa rompió el silencio, murmurando algo con tal agitación, que Fiona levantó
la mirada de su libro.
—¡Qué molestia! ¡La verdad... esto es demasiado! ¡Logan!
—¿Qué sucede? —él levantó las cejas, sorprendido.
—¿Recuerdas que me hablaste de un club de jardinería de Auckland que está
haciendo una especie de gira por el norte? Quieren pasarse una hora o más aquí, ya
que es uno de los pocos ejemplares de jardines coloniales que quedan. Esta es una
carta de la secretaría; dice que espera que no me moleste porque han adelantado la
gira y que estarán aquí el viernes.
—¿Importa qué día vengan?
—No, pero me gusta saber dónde estoy. Tendré que llamar a Marie Ramsey y
decirle que organice nuestro Círculo de Jardinería; les ofreceremos un té por la tarde.
Y tendré que decirle a Tom que recorte el césped. Pensé que teníamos diez días más
antes que llegaran; el algarrobo estaría lleno de flores para entonces.
La señora Thurston dejó su libro a un lado.
—El jardín se ve precioso, Ailsa, no te preocupes; aunque comprendo que ha
sido muy desconsiderado de su parte avisarte tan tarde. Todos podemos ayudar con
lo que se tenga que hacer.
—Es muy amable de tu parte, gracias —Ailsa echó un rápido vistazo a la carta
que tenía en su mano—. El té de la tarde lo podemos dejar en manos de Jinny y el
Círculo de Jardinería. He de confeccionar una lista de las cosas que hay que hacer
antes que lleguen. Ven, Fiona, iremos a hacerla ahora.
Fiona se puso de pie, obediente, y al hacer el intento de seguir a la señora
Sutherland por la puerta, Logan dobló el periódico y dijo:
—Tendrás que pasarte sin Fiona algunos minutos, madre. Quiero hablar con
ella.
Al momento las cejas de la señora se levantaron con asombro, pero estaba
demasiado apurada como para demorarse, así que Fiona siguió a su marido al
estudio.
Logan se detuvo junto al escritorio y le habló bruscamente.

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—¿Porqué dejas que te ordene como si fueras su empleada?


Fiona se quedó muda. Tragó saliva y habló por fin en voz baja:
—Es su estilo. Tú deberías saberlo, Logan.
—Lo hace porque tú te dejas y no me agrada. Si hicieras algún esfuerzo, ella
estaría feliz de entregarte las riendas. Mi madre nunca ha sido muy hacendosa, ¡y tú
eres mi esposa, Fiona! No permitiré que la gente discuta nuestro matrimonio,
preguntándose por qué no haces ningún intento por infundir respeto. ¡Dios mío! ¡Ya
ha habido suficientes chismes!
La violencia de su tono la molesto.
—¡A mí no se me necesita como anfitriona aquí! —gritó sin pensar—. Este lugar
marcha tan bien, que mi presencia es bastante innecesaria, ya que tienes una
encantadora sustituta en Denise Page.
Se produjo un momento de silencio, repleto de tensión; luego él dijo:
—Así que tienes celos de ella. Eso pensé. ¿Por qué? ¿Porque ella tiene el aplomo
y la habilidad de hacer que los demás se sientan a gusto? Todos los atributos que te
faltan, Fiona, y aparentemente no tienes ninguna intención de adquirirlos.
El respiró profundamente, mirándola con disgusto antes de continuar:
—Ya podrías pensar en los demás. Whangatapu siempre ha tenido reputación
por su hospitalidad, cosa que apreciamos. Tú no vas a destruirla. Como parece que la
única manera de hacerte sentir que perteneces aquí es mediante un hecho concreto,
les diré a Jinny y a mi madre que de ahora en adelante llevarás la casa.
Su ira y su desdén la hirieron, pero no se ahogaría en sus propios sentimientos.
—Si haces eso destruirás cualquier oportunidad de que yo sea lo que deseabas
que fuera —persistió—. No tengo experiencia en el manejo de una casa como ésta... y
no sabría como hacerlo. Si obligas a tu madre... y en especial a Jinny... a que me
acepten como una imposición, me odiarán, y no podré culparlas por ello.
—Entonces tendrás que soportar su odio —contestó fríamente—. Y no
dramatices tanto. Ninguna de las dos es propensa a ataques emocionales y aunque
mi decisión las asombre, no pensarán que es extraña. Ambas se verán más
sorprendidas sin permito que esta situación continúe. Mi esposa no es una nulidad, y
me niego a permitirte actuar como si lo fueras. Estás celosa de Denise sólo porque
ves en ella lo que tú deberías ser. Una vez que tu posición en la casa sea clara, no
tendrás razón para envidiarla; quizá incluso encuentres que es una mujer bastante
agradable y una buena amiga.
Sus palabras fueron como bofetadas. ¿Era aquélla su manera de decirle que
estaba viviendo en medio de ilusiones?
Llamando a su orgullo como ayuda, le contestó igualmente fría:
—Muy bien, si así lo deseas.
—Sí lo deseo. Estoy preparado para esperar en lo demás, como te dije antes del
almuerzo, pero podrás comenzar a ganarte tu estancia de otras maneras. Jonathan ya

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no necesita tu atención constante, así que no puedes excusarte con él por no tomar
responsabilidades.
—Tienes una manera maravillosa de hacer las cosas, Logan —replicó con los
labios apretados—. Te comprendo perfectamente. Una compensación por el dinero
gastado, ¿eso es lo que deseas? Muy bien, eso tendrás. ¡Espero que te satisfaga!
Lo miró airada y salió de la habitación, enferma y temblando por los recuerdos
que le había traído a la mente aquella decisión. Así era como le había visto
exactamente aquella noche que pasaron juntos, la noche que Jonathan fue concebido,
pero no volvería a soportar su brutalidad. Entró en la cocina, vacilante.
—Pero qué... —Jinny tiró el paño de cocina, en su agitación—. Venga, siéntese.
Le traeré un vaso de agua.
El líquido refrescante alivió la náusea que sentía. Lo bebió y se pasó una mano
temblorosa por el cabello.
—Lo siento —dijo después de un momento—; acabo de tener mi mayor
discusión con Logan.
Tan pronto como salieron las palabras, se arrepintió de haberlas dicho.
—Ningún hombre podría ponerme en ese estado —contestó Jinny, lavando el
vaso—. No me sorprende, ya lo veía venir. Usted también debió saberlo.
Fiona se inclinó, apoyando los brazos sobre la mesa.
—No lo conozco muy bien.
—No, ni él a usted. Bueno, ¿qué hay que hacer?
—Dice que tengo que encargarme de llevar la casa. —Allí estaba, todo dicho,
franco y abierto, con palabras suaves.
—¿Y por qué la tragedia? Usted puede hacerlo. La señora Sutherland estará
contenta y yo no podría decir que no necesito un poco de ayuda.
—¡Oh, no tiene sentido! —contestó Fiona melancólica—. No es esa parte... si
usted me enseña yo puedo aprender. Pero tengo que ser la señora de la casa... la
señora Sutherland. Y ella nunca lo comprenderá.
—¡Dios Santo, usted no ve bien las cosas! —la voz de Jinny sonaba irritada
mientras recogía tazas y encendía la cafetera eléctrica—. Desde que llegó, ella se ha
estado preguntando por qué se niega a tomar su lugar. —Sacó la tetera, midiendo la
cantidad de té que iba a poner, y lo echó en el agua hirviendo—. Es hora de que
usted y yo hablemos un poco. Ahora, beba ese té y escuche.
Se mantuvo en silencio algunos momentos, ordenando sus pensamientos. Fiona
bebió el té, agradecida.
—No sé en realidad cómo empezar... pero supongo que no haré ningún daño si
voy al grano directamente. Usted ha tenido una bienvenida un poco dura aquí, sobre
todo porque pensábamos que Logan y Denise Page se casarían y nos agradaba la
idea. Ella es todo lo que un Sutherland podría ser: bonita, encantadora, una
anfitriona experta, una organizadora que podría reemplazar a la señora Sutherland

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en los asuntos del distrito. Este es un lugar importante. Durante años, las personas de
por aquí se han acostumbrado a levantar la mirada a los Sutherland, esperando que
actúen, marcando la pauta, en todas las ocasiones importantes. Y Denise sería ideal.
Es popular y conoce a todo el mundo. De acuerdo, yo estaba feliz porque sabía, como
la señora Sutherland, que las cosas se quedarían muy parecidas a como están ahora.
Denise no interferiría conmigo para nada. ¡Pero luego vino usted!
Jinny bebía su té, inspeccionando el rostro inclinado hacia ella.
—No puede culparnos por nuestros recelos. No sabíamos qué tipo de persona
sería. Decidimos portarnos lo mejor posible por Jonathan y por Logan. Cuando llegó
resultó completamente diferente a lo que esperábamos. Físicamente, era aceptable.
Tiene belleza, habla bien, sus modales son excelentes. Pero eso es todo. Denise la
opaca cuando está aquí, y a usted no parece molestarle. Al parecer usted no está
enamorada de Logan. En casi todo lo que usted falla, Denise triunfa. No sé cómo
reaccionaría usted ante alguien que sólo se mueve: a mí me irrita. Quiero a Logan
como a mi hijo, y no pude evitar sentir que no había tenido suerte.
»No era por ser tímida. Si hubiera sido eso, habríamos hecho lo posible por
sacarla de su timidez. Sólo que se la veía... desinteresada. Así que nosotros también
nos desinteresamos. No me importan sus asuntos personales... un poco sí por el bien
de Logan, pero no es cosa mía... ya es hora de que comience a portarse como una
esposa en vez de andar apática por todas partes. No tardará mucho antes que
comencemos a tener visitantes durante el verano, y regresarán con ellos historias
suyas a Auckland. Debe evitar que toda esa gente ande contando chismes sobre su
matrimonio.
—Estoy harta de esa palabra: ¡debe, debe, debe...! —dijo Fiona bruscamente—.
Yo les debo a todos. ¡Nadie me debe nada a mí!
—Deje de sentir lástima por usted. ¡Si deseaba una vida fácil, no debió
enredarse con los Sutherland!
Fiona sonrió. La valoración franca de Jinny sobre la situación tenía algún
método misterioso para restaurarle la fe en sí misma, una fe que se había visto
seriamente golpeada en las últimas semanas.
—Yo no me he enredado con ellos —contestó—; me han atrapado.
—Tendrá que hacer lo mejor que pueda. Materialmente tiene todo lo que
pudiera desear. Logan es millonario, aunque usted no creo que sea interesada.
—¿De veras lo es? —se asombró—. No pensé que hubiera millonarios en Nueva
Zelanda. En realidad a mí no se me había ocurrido que Logan lo fuera.
—¿Porque trabaja en la propiedad? —preguntó Jinny secamente—. Debería
conocer sus demás negocios, muchachita, si ha estado pasando a máquina algunos de
sus asuntos. Hay acciones y otras cosas. No me interesa, pero me consta que es
millonario. ¿Ha terminado el té?
—Sí, pero deseo otra taza. Yo me la serviré.
Cuando Fiona se sentó de nuevo, Jinny preguntó aceleradamente:

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—¿Dónde está Jonathan?


—Durmiendo, estaba muy cansado.
—¿Qué tal se lleva con los otros niños en el Centro de Juegos?
El rostro de Fiona se iluminó.
—Maravillosamente bien. Le fascina, y ha hecho amigos con mucha facilidad.
Su tos ha desaparecido como el doctor predijo.
—Hizo lo adecuado viniendo aquí. —Por nada del mundo hubiera admitido
Jinny lo mucho que le preocupaba la tos del niño.
—Sin duda lo ha sido para Jonathan.
—Para todos —dijo Jinny con firmeza—. Eso lo comprenderá algún día. Ahora,
a trabajar. Si lo desea, podrá encargarse de supervisar el arreglo de la casa; es decir,
ver lo que hay que sacudir, pulir y ordenar. Eso me dará más tiempo para cocinar y
lavar.... y con la mecanografía que hace, verá que sus días se llenan. Estas casa viejas
necesitan continuo trabajo para que se vean bien. Yo no le diría nada a la señora
Sutherland. Usted siga adelante y haga lo que sea necesario. Probablemente ella ni se
dará cuenta, ya que no está mucho en la casa. Le gusta más la jardinería.
—¡Oh! Eso me recuerda algo... —Rápidamente, Fiona le contó lo de la próxima
visita del Club de Jardinería.
La expresión de Jinny se endureció.
—Tendré que hacer pasteles y los congelaré. No lo creerá, pero la mayoría de
estas damas del Club de Jardinería tienen más de cuarenta años y están gordas, ¡pero
se llenarán de pasteles rellenos de crema! Tom se sentirá en su elemento. Le encanta
enseñarle a la gente su bendito jardín. Bueno... ¿Dónde servirá el té?
—En la terraza estará bien —contestó Fiona prontamente—. Si no, podríamos
ofrecerlo en la sala.
En aquel momento, la puerta de la cocina se abrió lo suficiente como para
permitir a Jonathan asomarse. Acabado de despertarse, se veían sus mejillas rosadas
y aquella mirada reposada que contradecía sus facciones fuertes, reforzada por su
sonrisa angelical.
—Estoy despierto —anunció sin necesidad—, y tengo hambre. ¿Puedo comer
una naranja, mami?
—Sí, cariño. Ve y busca una y yo la pelaré.
Titubeó un momento, inquiriendo después:
—¿Podría ser una tangerina? Tom me mostró cómo se aprieta por todas partes
para hacerla bien jugosa, y luego, con mucho cuidado se le arranca un pedacito de
piel y, si Jinny me da un terrón de azúcar, puedo chuparle el jugo a través de él.
—Creo que Tom es mala influencia para ti, niño. Deberás primero pedirle a
Jinny el terrón de azúcar.
Un cabeceo del ama de llaves era todo lo que Jonathan necesitaba.

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—No olvidaré mis botas de goma porque el césped está húmedo todavía y Tom
lo está cortando.
—No puedo creer el parecido —afirmó Jinny—. Ese toque rojizo en su cabello y
la manera de tocar el piano es todo lo que tiene de usted, aunque eso no es
completamente cierto. No logro encontrarla, pero hay una diferencia entre él y su
padre a la misma edad. Logan era muy rudo. Tenía que serlo... su padre era de la
antigua escuela, un verdadero victoriano. Jonathan parece más... más sensible,
aunque no es nada débil. ¡Oh, no lo sé! Mejor comenzamos a hablar sobre esa fiesta.
Primero cena con los Page, luego unas cincuenta personas, dijo la señora Sutherland,
así que eso significa también preparar un buffet para la medianoche. Logan se
ocupará de las bebidas. ¿Algunas ideas?
—No en este momento, y quizá no las tenga nunca —sonrió Fiona—. No es mi
estilo de entretenimiento, pero pensaré un poco en ello.
—¿Nerviosa?
Levantó la mirada, vio la comprensión del ama de llaves, y asintió:
—Sí, pero lo soportaré. No me había dado cuenta de que Logan fuera... bueno,
tan importante. Mis padres y yo llevábamos una vida bastante retirada. Papá era
profesor y mamá se quedaba en casa. Mi padre adoraba su trabajo y la zona de clase
media en la que vivíamos, así que nunca quiso que nos cambiásemos. No sabía que
hubiera personas que vivían como aquí; me siento un poco... cohibida.
Miró alrededor de la cocina brillante, equipada con toda comodidad y los más
modernos aparatos.
—Todo lo que veo es muy diferente a la vida que pensaba que llevaban en esta
región. Sin embargo, todas las personas que he conocido parecen no tomarlo en
cuenta. Han crecido con lujo, y se nota en su manera mundana de hablar y actuar. A
veces me siento una intrusa.
—Todos son humanos —contestó Jinny secamente—, hasta ese atractivo bruto
que tiene como esposo, y todos tienen necesidades, deseos y fallos comunes. Piense
en ellos así, y no se sentirá tan cohibida. ¿Cómo se va a vestir?
—Con algo que los va a asombrar —respondió misteriosamente—. ¡Hasta a ese
atractivo bruto de mi esposo se le abrirán los ojos!
—Espero que esté preparada para aguantar las consecuencias. Logan tiene una
idea muy estricta de lo que deberá ser su posición, lo heredó de su padre. Este fue un
buen jefe, muy honrado y justo, pero Logan es más humano a pesar de ser tan rudo.
Fiona se rió mientras se ponía de pie.
—No me pondré nada escandaloso, se lo prometo. Y me comportaré lo mejor
que pueda... por su bien, Jinny.
—Hágalo por el bien de Logan... o mejor aún, por el suyo. —El tono era tajante,
pero había suavidad escondida en la expresión de Jinny.

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Capítulo 6
La nueva comprensión entre ellas supuso una gran diferencia para Fiona. Por lo
menos había un miembro de la casa que no la desaprobaba por completo. La
asombraba ver que era Jinny quien primero bajaba la guardia, después de aquella
fría mirada con la que la recibió a su llegada a Whangatapu y que la convenció de
que lo único que podría esperar era tolerancia. Ahora, aunque fue solamente por el
bien de Logan, tenía una ayuda activa, y la lengua seca y mordaz de Jinny le
delineaba los problemas que tenía en perspectiva.
Excepto el mayor: Logan había caído en una fría indiferencia en la intimidad, y
se mostraba posesivamente cortés cuando se hallaban en presencia de otros. Los
Thurston estaban aún con ellos por las mañanas y por las noches; durante el día
hacían largas expediciones para tomar apuntes de los alrededores. Fiona se encontró
atraída hacia ellos. Los Thurston, aunque debían haber escuchado rumores sobre su
matrimonio precipitado y su consecuente llegada, nunca mostraban interés en
averiguar nada.
La noche anterior a la visita del Club de Jardinería fue hermosa, casi de verano
y las puertas de la terraza se mantuvieron abiertas hasta el anochecer. Hubo un
silencio compartido antes que su esposo hablara.
—Toca algo apropiado, Fiona. Siento una placentera melancolía dentro de mí, y
quiero perderme en ella.
Fiona sonrió, se puso de pie, y entró por la terraza hacia el salón de música.
Durante algunos momentos coqueteó con el teclado antes de tocar una melodía
sencilla y nostálgica, cantando mientras tocaba. Su voz era clara y natural, sin
afectación ni entrenamiento, captando la tristeza que encerraba la canción.
—Conozco las palabras, por supuesto —dijo Forrest en voz baja cuando Fiona
terminó—. John, conde de Bristol, la escribió hace trescientos años, si recuerdo bien.
La letra es muy triste. Ahora toca algo más alegre.
Ella se rió y tocó un fragmento del «Carnaval de Animales», una pieza
simpática que alejaba cualquier huella de melancolía que pudiera haber dejado su
primera canción.
—Lo haces muy bien —comentó Ailsa—. Me pregunto si Tom recogería las
ramas podadas de los rosales. Tengo esa terrible sensación de que hay algo que se me
olvidó hacer.
—Cálmate, Ailsa —Thurston dejó su copa de jerez como si hubiera tomado una
decisión momentánea. Cruzó una mirada de inteligencia entre él y su esposa.
Cuando recibió un cabeceo casi imperceptible de ella, se dirigió a Logan—. Me
gustaría pintar a tu esposa, Logan. ¿Alguna objeción?
Fiona, asombrada, los miró. Forrest, desde donde estaba, casi no lograba ver el
rostro de Logan, pero ella sintió aquella mirada penetrante e inclinó la cabeza
temiendo que se burlara de la elección del artista.

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Sin embargo, no lo hizo cuando contestó suavemente:


—Todavía no. Aún no ha madurado lo suficiente para tu pincel.
La desilusión brilló en los ojos entrecerrados de Forrest.
—Quizá no, aunque es ese aire de inocencia lo que deseo captar antes que
desaparezca. Un año contigo y la habrá perdido.
—Lo tomaré como un cumplido, aunque estoy seguro de que no es
intencionado. ¿Quién habrá oído que la madre de un niño de cuatro años pueda ser
inocente?
—Hay una inocencia interna que nunca desaparece —comentó la señora
Thurston con tono vivaz y cálido, suavizando la tensión que pareció saltar de alguna
parte—. ¿Es un pichón nativo lo que se ve en la jacaranda? No creí que quedaran
muchos.
—De vez en cuando tenemos alguno —Fiona se acercó a la puerta de la terraza
para mirar hacia el árbol—. Sí, pero no está solo... ¡hay dos!
A sus espaldas, oyó la voz de Logan, una burla sutil en sus palabras:
—Es la primavera, tiempo de aparearse. ¿No lo habías notado?
—Viviendo en una granja, ¿cómo no iba a notarlo? ¡Ayer, Jonathan me contó
todas las verdades de la vida!
Hubo una risa, baja pero apreciativa, y por encima la voz de Ailsa:
—Y esa, pienso yo, es una de las ventajas de vivir en una granja... supone una
actitud mucho más práctica sobre el sexo para los niños. Ahora que recuerdo, Logan.
Denise ha llamado hoy para avisar que Jody ha parido y si querías escoger un
cachorro. Creo que le va a regalar uno a Jonathan, aunque me parece que un perro de
granja sería más sensato. ¿Qué diablos vamos a hacer con un foxterrier?
—No es lo que vayamos a hacer nosotros, sino Jonathan —dijo Logan,
indiferente, yendo hacia Fiona para separarla del resto del grupo y luego sacarla por
la terraza, hasta el jardín.
Al llegar, le preguntó:
—¿Desilusionada?
—¿Porqué? —preguntó Fiona con dureza.
—Porque no haya dejado a nuestro artista invitado inmortalizar tu hermoso
rostro.
Ella contestó alzándose de hombros.
—He visto ese brillo antes en sus ojos, así que estaba advertido. Sabía que no lo
permitiría, claro, pero no se puede culpar a un hombre por intentar algo.
Fiona tendió una mano para coger una flor, determinada a no preguntarle por
qué se había negado a la solicitud de Forrest.
—No, supongo que no —murmuró.

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—¿No sientes curiosidad? —preguntó tan sólo.


—¿Acerca de qué? —contestó con premeditada indiferencia.
Una mano agarró un mechón de su cabello con tal fuerza que se le salieron las
lágrimas.
—No juegues conmigo, mi amor —sus dedos se enredaron en la sedosidad del
mechón, haciéndola detenerse pegada a él.
Fiona esperó dócilmente, su pulso acelerándose por la proximidad. La ira era
palpable en la dureza de la voz masculina.
—Ningún otro hombre va a tener lo que a mí me niegas. Quiero decir tu
tiempo, tu atención, tu confianza. El ve demasiado y sacaría tu alma para colocarla
sobre el lienzo y tu alma, querida, al igual que tu cuerpo, me pertenece; no todo el
mundo puede mirar un retrato tuyo.
—¿Me has traído aquí para decirme eso? Porque si es así, está refrescando y...
Logan la acercó a su cuerpo con más fuerza. Ella levantó la mirada hacia él y
observó sus facciones, amenazantes y crueles.
Su beso fue salvaje, como si se deshiciera de su ira y frustración hiriendo sus
labios. Murmuró algo sobre su boca antes de besar la suave piel del cuello. Una
oleada de emoción comenzó a nublar el pensamiento de Fiona; sin voluntad suspiró
y se ciñó a él. Sus manos subieron para rodearle la cabeza.
—Fiona... —las manos de Logan le apretaban las caderas—, querida...
Ella abrió la boca para murmurar algo, pero se perdió en la cálida sensación que
la envolvía mientras se entregaba a la dulzura de sus besos. Momentos después, él la
soltó, sonriéndole, con la respiración agitada.
—Considéralo un premio por tu buen comportamiento —dijo, con cruel
ironía—. He notado tu trabajo en la casa.
La reacción la hizo erguirse, ofendida.
—Querías algo a cambio de tu dinero. Espero que estés satisfecho.
—Tú dijiste eso, yo no. No sabes lo que quiero de ti aunque crees que lo tienes
todo muy claro. Nunca he dudado de tus habilidades en las artes del hogar y ahora
lo único que tienes que hacer es mostrar una mejoría comparable como anfitriona. Te
estaré observando mañana y durante el fin de semana. Dos días con mi hermano
malhumorado y su amante esposa pondrán a prueba tus progresos. ¡Ellos intimidan
hasta a mi madre!
Fiona se alejó de él para dirigir su mirada hacia el mar. El perfume de los
jazmines flotaba en torno a ellos.
—Logan, ¿por qué te casaste conmigo? —preguntó en voz baja—. Debías saber
que yo estaría fuera de lugar aquí. No tenía idea de lo que me iba a encontrar, pero tú
sí.
—¿Sabes porqué me casé contigo? Quería a Jonathan. Y por otra parte... tienes
que sufrir un terrible complejo de inferioridad si de veras crees que no puedes con

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una situación como ésta. Whangatapu no es diferente a otras granjas del país, con
excepción de que es la más grande. Cualquier mujer que haya podido ella sola criar a
un niño con la pensión que da el gobierno, no tiene por qué preocuparse por
administrar un lugar como éste, especialmente teniendo a Jinny como ayudante.
—Tuve a mis padres durante los dos primeros años —murmuró—. No creo que
hubiera podido salir adelante sin su apoyo.
—Un apoyo que debí darte yo —dijo fríamente—. ¿Alguna vez pensaste en
darlo en adopción?
Se volvió a mirarlo con una expresión de fiera determinación.
—¡No, nunca! El era... era mío. No hubiera podido. Quizá fui egoísta... quizá le
hubiera ido mejor con alguna familia.
—Creo que así ha sido mejor. Te ha proporcionado un marido y seguridad. Se
supone que son las mayores necesidades de una mujer, ¿no es así?
La burla la ofendió, pero alzó los hombros pretendiendo indiferencia.
—Eso dicen. Sin duda la mayoría de las mujeres parecen necesitarlo.
—Con excepción de Fiona Sutherland, que logró vivir sin ello durante varios
años —sonrió, cogiéndola del brazo—. Mira, está saliendo la luna. Por mucho que
quiera flirtear contigo, será mejor que entremos. Debe ser casi la hora de la cena... y a
Jinny no le gusta que la hagan esperar.
Le rodeó los hombros y los que esperaban en el salón, pensaron que todo iba
muy bien entre ellos cuando los vieron regresar. Sólo Forrest Thurston los miró
agudamente cuando entraron. Sus ojos oscuros y penetrantes se posaron en la boca
de Fiona, enrojecida por los besos, y en la sonrisa arrogante del marido. Lo que
pensó, nadie lo supo.

A las tres y cuarto Fiona estaba muy cansada, pero la satisfacción que sentía
hacía brillar sus ojos. Las damas del Club de Jardinería estaban contentas.
La belleza y claridad del día ayudaron, ya que resultó ser auténticamente
primaveral; el viento dormía, el mar brillaba y las plantas reverdecían bajo los rayos
de un tibio sol.
Hasta el chofer del autobús estaba feliz. Se interesó por el jardín, que las señoras
recorrían entre grititos de entusiasmo, e inspeccionaba los arbustos de camelias con
ojos expertos.
Las damas del Club comieron con gusto los pasteles y canapés preparados por
Jinny. Fiona se movía en silencio entre ellas, sonriendo, conversando, escuchando sus
comentarios, llenando las tazas y pasando las bandejas; se encontró dominando el
ambiente sin ninguna dificultad.
La presidenta hizo un pequeño discurso dando las gracias, le ofreció a Ailsa un
hermoso libro sobre jardines ingleses, y después se retiró seguida de sus huestes,

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dejando esa sensación de vacío que siempre queda cuando las visitas se han
marchado y hay mucho que recoger.
Fiona observó a su suegra y la vio llevarse una mano a la frente con una mueca,
rápidamente dominada. Se le acercó.
—¿Le duele la cabeza? —le preguntó suavemente.
—¡Oh, querida! ¿Ha sido tan evidente?
—No, estoy segura de que sólo yo lo he notado. ¿Por qué no se acuesta? Jinny y
yo nos encargaremos de todo.
Ailsa vaciló un instante y luego capituló.
—Lo haré, querida... y gracias. No he dicho nada, pero me has quitado mucho
trabajo y te estoy muy reconocida. ¿Por dónde anda Jonathan?
—Salió con Logan, a recoger las ovejas. Procuraré que no la moleste a su
regreso.
—Estaré bien dentro de un rato, no te preocupes.
Siguió una alegre media hora, que no estuvo libre de tensión para Fiona. La
mayoría de las mujeres que ayudaron a lavar, secar los platos y recoger, eran
amistosas, pero ella sentía su curiosidad y una vez, cuando mencionaron a Denise,
varias miradas se dirigieron a ella para ver su reacción. A pesar de sentirse encogida
por dentro, contestó con una agradable voz natural, que esperaba disipara cualquier
posible rumor, y fue un gran alivio cuando al fin se marcharon. Entonces se sentó,
procurando tranquilizase.
Las abejas zumbaban sobre las flores lilas del tomillo, mientras que un gran
abejorro se mantenía ocupado en una brillante caléndula naranja. Se oyó el balido de
una oveja en el silencio, seguido por la apaciguante respuesta de otra mayor. El cielo
estaba aún azul, pero un cambio sutil en el aire avisaba que se acercaba el anochecer
y desde el follaje de un nogal se oyó el canto nocturno de un tordo, trinando como si
fuera a estallar. Se oyeron los pasos de un caballo sobre el césped y la risa de
Jonathan en la distancia.
Fiona sonrió. Por primera vez se sentía como en su casa, como parte de la vida
rutinaria de Whangatapu. En aquel refugio silencioso, uno se identificaba con los
sonidos del lugar. Detrás de ella la gran casa dormitaba; una hermosa reliquia del
pasado embellecida por el uso continuado de una familia. Para Jonathan sería su
hogar durante toda su vida, si así lo deseaba, ya que él era un Sutherland. Cualquiera
que fuese la carrera que estudiara, siempre mantendría lazos con Whangatapu, el
hogar de sus antepasados.
Los vio acercarse, ambos idénticamente vestidos, con pantalones vaqueros
azules y camisas de algodón de manga corta, un suéter echado sobre un hombro con
informalidad. Jonathan, aunque cansado, caminaba con firmeza; su modo de andar,
tan parecido al de Logan, le hizo sentir a Fiona un nudo en la garganta. El también,
de pequeño, debía llegar a casa de la misma manera tras un largo día, exhausto pero
sin querer rendirse al cansancio.

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—¡Hola, mami! —corrió los últimos pasos, enterró la cabeza en su pecho, sus
fuertes brazos infantiles alrededor de la cintura de ella—. ¡Oh!, hueles rico. Papi y yo
hemos estado reuniendo las ovejas. ¿Lo has pasado bien con las señoras?
—Muy agradable, gracias —puso la cara sobre la cabecita del niño y estornudó
cuando los finos cabellos le hicieron cosquillas en la nariz—. Hueles a caballo.
—He estado montando con papi —se apartó—. ¿Queda té? Tengo mucho
hambre y apuesto que papi también.
Fiona alzó la mirada hacia Logan, riéndose. La risa murió al encontrar sus ojos,
ya que la estaba mirando con una fijeza que nunca había sorprendido en su
expresión, una especie de escrutinio que parecía querer abatir todas sus defensas. Se
le veía muy atractivo; su vitalidad masculina, remarcada por la ropa de trabajo que
llevaba, y su mirada devorándola.
La tranquilidad que la había invadido desapareció. Sin voluntad, tendió una
mano, pero él hizo caso omiso, como si estuviera hipnotizado. Ella bajó la mano, con
las mejillas ruborizadas.
—¿Has tenido un buen día, Logan?
—Me ha ido bastante bien.
Fiona se puso de pie, hizo un gesto innecesario para sacudir su falda, tomó la
mano de Jonathan y caminó junto a Logan hacia la casa.
—Ven, cariño, te bañaré y después podrás cenar. Y debemos ir en silencio
cuando subamos por la escalera porque la abuelita tiene dolor de cabeza y está
descansando.
—Está bien —dijo Jonathan, bostezando—. Papi dice que pronto podré montar
mi propio caballo —añadió—. Que tú también puedes aprender y así podremos ir
todos juntos.
Fiona lo miró, orgullosa de él, pero controlando un temblor ante la idea.
—¿Te gustaría?
—Sí. Podríamos ir de picnic... —bostezó de nuevo y tropezó.
Logan se inclinó, lo tomó en brazos y lo entró en la casa, con el rostro sin
expresión, una máscara labrada para esconder sus pensamientos, dejando a Fiona
atrás, desconcertada.
Cuando volvieron tras acostar al niño, los Thurston ya habían regresado, ella
con la piel enrojecida por el sol.
—Yo pensaba que mi piel era demasiado vieja para quemarse —comentó de
buen humor—. Fiona, ¿Ailsa no está bien?
—No, tiene dolor de cabeza y la he convencido para que se quedara acostada.
—La tensión. ¡Se preocupa tanto, que luego viene el problema! Lo que necesita
es dormir bien durante la noche.
—Sí, eso dice ella. ¿No ha sido un día precioso?

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—Sí, y hará una noche igualmente hermosa. No veré mucho de ella, porque
Forrest me ha hecho caminar hoy varios kilómetros, y estoy exhausta. Creo que me
acostaré temprano.
—Yo también —contestó el marido, haciendo una mueca cómica de dolor—. Me
he cansado demasiado, y ahora tendré que pagar las consecuencias con agujetas.
El matrimonio se acostó temprano, dejando a Fiona y a Logan en el salón de
música. Ella se recostó en la silla, escuchando un disco, su expresión remota y pálida
bajo la tenue luz. Nadie hubiera adivinado que estaba plenamente consciente de la
presencia de Logan.
Cuando el disco terminó, él levantó la cara, con una sonrisa tan cálida que ella
se sorprendió.
—Se te ve preciosa, pero muy lejana. Ven y siéntate a mi lado.
No tenía ninguna excusa para evitar aquella intimidad, y se acomodó junto a él
en el sofá.
—¿Qué estás leyendo? —dijo rápidamente para disimular su tensión.
—Un libro sobre genética —la miró de lado, burlándose de su asombro—. Es
bueno saber algo de ella cuando se está criando ganado.
—Todo eso es teoría —miró la página y arrugó las cejas al ver tantas palabras
difíciles—. ¡Cielos, parece muy complicado! ¿Tú lo entiendes? —señaló un párrafo.
El se rió y le cogió la mano, manteniéndola sobre su pecho antes de llevársela a
los labios.
—Sí, lo comprendo —contestó suavemente contra la palma de su mano—.
Acepto que es aburrido y nada apropiado para la ocasión. ¿Te das cuenta, mi querida
esposa, de que es la primera vez en todas estas semanas que pasamos una velada
solos? Tu pulso se agita como una mariposa bajo mis dedos. ¿Tienes miedo, Fiona?
Con gran dificultad, trató de sonreír.
—Sí, cuando estás así. Eres muy peligroso coqueteando, Logan.
—Son señales de una juventud malgastada —la atrajo sobre sus rodillas. El libro
se cayó al suelo. La mano de Logan trazó el contorno de su rostro, moviéndose
suavemente, con un roce que la hacía estremecerse—. Eres muy bella. ¿Por qué
escogí una esposa con principios tan inflexibles? ¿Y porqué tengo que ser tan idiota
como para respetarlos? Me encantaría seducirte esta noche, así romperíamos toda
esta tensión —subió la mano para cubrirle los labios—. No, no digas nada. Aún no.
Era demasiado fácil apoyar la cabeza sobre su hombro, demasiado fácil
aturdirse con el suave latido de su corazón contra la mejilla. El la tenía muy cerca, la
boca sobre su frente. Cayó un nuevo disco sobre el plato y la voz sensual de una
soprano llenó el salón. Fiona se relajó entre los brazos masculinos, y la paz perdida
antes bajo su mirada, regresó y fue como un opio para su cerebro ya cansado; cuando
la besó, ella no se resistió, ni aun cuando su boca y sus manos se hicieron exigentes y
enérgicas. Mientras que sus dedos bajaban el cierre del vestido ella protestó, pero
Logan se rió aplastando con los labios sus palabras, y después, Fiona no pensó ya,

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pues su pasión aumentó para igualar la de su marido, y supo que había nacido para
experimentar aquel dulce éxtasis espiritual y físico.
Fue el sonido repetido del teléfono lo que la devolvió a la realidad. Logan
también tuvo que retirar la cabeza de su pecho, murmurando sordamente:
—¡Demonios! ¿Quién será?
Se puso de pie, apartándola antes de coger el auricular, mientras ella se
arreglaba la parte superior del vestido.
—¡Oh... Denise! —exclamó él—. Sí, ¿qué deseas?
Fiona se enderezó. Sus primeros pensamientos mientras se subía el cierre de la
espalda del vestido fueron de mortificación, pero en poco tiempo se sintió agradecida
por la interrupción, ya que la voz de Logan cambió a un tono cálido y lleno de
intimidad, que se le hacía insoportable escuchar.
—Sí, sí, recibí tu recado. He estado ocupado con otras cosas.
"Tratando de seducir a su esposa", pensó Fiona amargamente.
—No, pequeña, no lo he olvidado. ¿Oh, lo estás? Bueno sí, claro, me encantará
llevarte conmigo. Pero voy a salir temprano, y te lo advierto, si no estás lista te
dejaré... ¿Te quedas por la noche? Es una idea excelente —sus ojos se movieron por el
salón, fijándose luego burlonamente en Fiona, ahora muy interesada, al parecer, en la
colección de discos—. No, Fiona no se opondrá. ¿Por qué iba a hacerlo?
La pregunta provocativa endureció los labios de ella. ¿Cómo podía hablar con
tanta ligereza, después de estarle haciendo el amor? Había sido lo mejor que Denise
llamara, se dijo sombríamente, antes que tuviera que sufrir la humillación de
rendirse a la lujuria de Logan, sólo para encontrar que nada cambiaba luego...
El se estaba riendo de nuevo y, después de una despedida graciosa, colocó el
auricular en su sitio. Fiona sacó un disco, mirando la funda con ojos que no veían
nada.
—A ti no te gustaría ése —le dijo suavemente, detrás de ella—. Es uno de los
discos de Denise para... ponerse romántica.
—Sí, supongo que a ella le va —contestó temblorosa, pretendiendo poner de
nuevo el disco en su sitio.
—Vamos, vamos, no puedo permitir que trates las cosas de esa manera. —Le
quitó la carpeta de la mano y la dejó a un lado—. Denise vendrá a Auckland conmigo
el próximo domingo, como habrás adivinado, y se quedará a dormir aquí mañana
por la noche para que podamos salir temprano.
—Ya veo. Podrá dormir en la habitación tapizada.
—Ella prefiere el cuarto rosado.
—Muy bien. —Aquella alcoba estaba junto al vestidor de Logan—. Creo que
subiré ahora. Me siento cansada.
—¿Cansada... o cansada de mí?

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El sarcasmo de su voz le hizo desear pegarle, contestarle con palabras crueles,


pero no había nada que pudiera decirle para traspasar su rígida armadura.
—Vamos a dejarlo —contestó en voz baja—. Buenas noches, Logan.
—¡Oh, no, no te irás!
Había un significado tan oscuro en su voz, que su corazón se alarmó. A medio
camino hacia la puerta se detuvo, dando la vuelta para mirarlo mientras se acercaba.
Durante un momento sintió verdadero miedo, pero la expresión diabólica
desapareció de los ojos masculinos al mirarla.
—Uno de estos días... o noches —recalcó, tomándola por las muñecas—, se
acabará tu suerte, querida esposa. Más vale que tengas cuidado, porque cuando eso
suceda, no mostraré ninguna misericordia.
Sus largos dedos le apretaron cruelmente las muñecas.
—No me amenaces así, Logan. No me tomarías por la fuerza. Tu orgullo
necesita una rendición voluntaria.
Las llamas quemaban la profundidad de los ojos de Logan y habló con labios
que prácticamente no se movían.
—¡Pequeña tonta! Si subiera contigo ahora, me estarías pidiendo que te hiciera
el amor a los cinco minutos... justo como estabas haciendo antes que Denise llamara.
Y no hagas más comentarios sobre mi orgullo, Fiona. Ardes cuando te beso, y no lo
niegues, porque sabes que es verdad. Me deseas tanto como yo a ti.
—Entonces, si eso es verdad, ¿por qué no me tomas y terminamos de una
maldita vez por todas? —murmuró entre dientes, furiosa con él por su habilidad
para leer su mente, aún más furiosa con ella misma porque su cuerpo la traicionaba.
El le sonrió irónicamente.
—A ti te agradaría eso, ¿verdad? Entonces te daría el placer que ansías, pero
aún podrías seguir considerándote una víctima de mi lujuria. ¡Oh no! No voy a darle
latigazos a mi propia espalda.
Le soltó las muñecas dando un paso atrás. Nerviosa, Fiona se pasó la lengua por
los labios y salió, subiendo con piernas temblorosas hasta su gran cama solitaria. Dos
horas después lo oyó subir y entrar en su habitación. Fue entonces cuando al fin
pudo conciliar el sueño.

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Capítulo 7
Denise llego a las diez y media de la mañana. Fiona estaba sola en la casa. Jinny
había tenido que salir y Ailsa había llevado a Jonathan con los Thurston de picnic. Al
oír los planes de la llegada de Denise, la señora había pensado que debía quedarse. A
Fiona le costó trabajo convencerla de que no había razón para sacrificar un día tan
hermoso.
—Voy a mecanografiar todos los papeles que Logan necesita para su viaje y
estaré aquí para recibir a Denise, si llega antes de su regreso. Usted necesita salir de
la casa por lo menos durante un día. Ese dolor de cabeza la ha dejado agotada.
¿Quiere que Jonathan se quede conmigo?
—Claro que no —le contestó Ailsa vigorosamente—. Soy capaz de cuidarlo
bien. Gracias, Fiona, la verdad es que sí necesito un día al aire libre.
Se fueron en el "Landrover", llevando un gran cesto de comida y un alegre nieto
en el asiento trasero. Fiona los despidió, entró en la casa y subió para recoger
rápidamente las habitaciones, y acondicionar el cuarto rosado. Ni siquiera había
polvo, ya que todas las habitaciones de la casa se mantendrían inmaculadas, pero no
quería que Denise encontrara ninguna falta.
Oyó el coche acercarse por la colina, en el momento que colocaba un arreglo
floral de jazmines y camelias sobre la cómoda.
Se quitó el delantal, cepilló rápidamente su cabello, y bajó, abriendo la puerta
en el momento que el coche se detenía enfrente.
—¡Hola! —Denise casi cantó la palabra al salir del vehículo. Iba vestida con
pantalones de punto verde claro que marcaban cada hermosa curva de su esbelta
figura—. ¡Fiona, te veo como la perfecta ama de casa!
Miró alrededor como esperando encontrar a alguien más. Fiona le explicó las
circunstancias con una satisfacción secreta.
—Así que te han dejado de encargada —Denise se rió mientras sacaba una
maleta de fina piel de la parte trasera del coche—. ¿Está Logan por aquí para
mantenerte supervisada?
—No, anda por el cobertizo organizando las cosas para los esquiladores.
Sí, claro, estarán aquí aproximadamente dentro de una semana. Logan me contó
que las lluvias los han retrasado. Estaba disgustado, ¡el pobre! ¿Dónde vas a
instalarme, Fiona?
—En el cuarto rosado. ¿Puedo llevarte la maleta?
—¡Santo cielo, no! No es muy pesada y supongo que no necesitaré lavarme ni
nada; vuelvo en seguida.
Regresó, en efecto, poco después. Era el encanto personificado; mientras
alababa el arreglo floral de Fiona, preguntó por Jonathan y esperaba, dijo, que Fiona
no estuviera molesta por haberse invitado a pasar la noche.

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¡Molesta!, pensó Fiona mientras sonreía, inconsciente de repetir las palabras de


Logan de la noche anterior.
—No, ¿por qué iba a estarlo? Es el arreglo más sensato. ¿Haces el viaje para ir
de compras?
—Bu... bueno, sí y no. He decidido comprarme un vestido nuevo para tu fiesta,
y tengo que ver al dentista. Cuando Logan me dijo que iba me pareció ideal viajar
juntos. ¿Vienes tú?
¡Como si no lo supiera!
—No, es el día que me toca como ayudante en el Centro de Juegos y no puedo
posponerlo.
Se dirigieron a la terraza, donde esperaba la bandeja dispuesta sobre una mesa
de hierro. Fiona había hecho té y café mientras Denise estaba arriba y ahora le
preguntó qué prefería.
—¡Oh, café, gracias! —Acomodándose en una de las tumbonas, Denise miró a
su anfitriona, elegantemente vestida con un camisero de algodón azul oscuro, que
realzaba su belleza serena—. ¿Tu piel se broncea alguna vez, Fiona? ¿O te mantienes
tan pálida durante todo el verano?
—Me bronceo —Fiona le llevó el café, lo colocó en una mesita junto a ella y
continuó—: No mucho, tengo que cuidarme, pero no siempre estoy tan pálida.
—Es bueno que Jonathan tenga la piel aceitunada de los Sutherland —comentó
Denise mirando, complacida, a su alrededor—. Podrá tomar nuestro sol norteño sin
quemarse. Logan puede hacerlo... tiene un glorioso color moreno en el verano.
—Suerte que tiene Logan —contestó Fiona, sentándose cerca para no ser
descortés, pero no tan cerca como para darle confianza. Denise parecía un hermoso
gato en la tumbona, gozando del calor del sol. "¡Como para un anuncio de muebles
de terraza!", pensó Fiona.
La complacencia con la que miraba Denise a su alrededor no se le escapaba. Era
como si se sintiera la dueña del lugar. Movida por un impulso malicioso, añadió:
—Espero que cualquier otro hijo que tengamos, posea la misma piel morena de
los Sutherland.
Hubo un silencio repentino, antes que Denise preguntara con indiferencia
simulada:
—Sí. ¿Pensáis tener otros?
—Bueno, Logan sí..., a él le gustaría tener más. Piensa que Jonathan ha sido hijo
único demasiado tiempo. Y sin duda, a Ailsa le encantaría tener más nietos a los que
mimar.
Hubo un corto silencio, roto por el sonido de una taza como si una mano
hubiera temblado al cogerla del platillo.
—¡Así que Logan piensa formar una dinastía! —dijo Denise perezosamente—.
¿Y tú qué piensas?

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—¡Oh, me siento contenta! Es incómodo, claro, pero los resultados finales valen
la pena.
Sonó una pequeña risita seguida de los tonos agridulces de la voz de Denise.
—Entonces, ¿no te preocupa que Logan piense en ti como si fueras una de las
vacas que cría? Yo lo odiaría. Cuando me case quiero ser la persona más importante
en la vida de mi marido, más importante que cualquier hijo que le dé.
—No creo que Logan me vea de la misma manera que ve a su ganado —estaba
disfrutando el duelo verbal—. Hay... algunas diferencias.
Denise dejó la taza sobre el plato con firmeza, se estiró lánguidamente y colocó
las manos detrás de la cabeza, sonriendo de forma extraña.
—Siempre me ha intrigado el asunto de la atracción entre las personas. Debió
suceder una explosión positiva entre vosotros para desafiar a tus padres y casarte
con él tan precipitadamente. Después de todo, ¡aquel año él estuvo fuera sólo seis
semanas! Y sin embargo, ahora no hay señal de aquel... arrebato. Debes cubrir muy
bien tus sentimientos, querida.
Se rió encantadoramente, pero sus ojos oscuros eran muy perspicaces y
observadores al mirar el perfil de Fiona. Añadió:
—Dicen que las aguas tranquilas son profundas. Eso espero por el bien de
Logan, ya que posee una extraordinaria virilidad. —Hizo una pausa antes de ir al
grano—: ¿Te preocupa saber que te fue infiel? Se supone que yo no lo sé, claro, pero
este lugar es tan pequeño, que una no puede evitar escuchar rumores. Y de alguna
forma, un hombre resulta más emocionante cuando se sabe que tiene experiencia en
el amor. Eso debe convertirlo en un marido mucho mejor.
—Cuando lo dejé, cedí cualquier derecho que pudiera tener sobre su vida; así
pues, nada que hiciera durante los años que estuvimos separados me preocupa.
—Quizá tú... tuviste un par de aventuras también —la voz de Denise era
ligeramente insinuante y, sin embargo, amistosa en apariencia—. Estoy segura que
nadie puede culparte, aunque los hombres tienen ideas raras, ¿verdad? Quiero
decir... imagino que Logan pensaba que era perfectamente correcto hacerle el amor a
cualquier mujer dispuesta... ¿y quién no estaría dispuesta con Logan?... pero quizá le
moleste saber que tú hiciste lo mismo.
Denise quizá esperaba sacarle algunas confesiones, pero no encontraría nada
parecido en el pasado de Fiona. Realmente, nunca había sentido el menor interés por
ningún otro hombre.
—No viene al caso —contestó calmada.
—¡Vamos! ¿Ni una pequeña indiscreción? —Denise soltó una risita—.
¡Realmente, la fiel Griselda!* ¡Qué noble de tu parte, sobre todo cuando no habría
una verdadera razón para mantenerte tan fiel a su memoria!
* Personaje dramático de ejemplar fidelidad, protagonista de la ópera homónima de Bononcini.

¿Sabría ella lo de su matrimonio atrasado? Si así era, parecía que no estaba aún
lista para revelar su conocimiento.

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—Quiero decir que a lo mejor pensabas que no lo volverías a ver. Fue una
extraordinaria coincidencia que te lo encontraras en Wellington, ¿verdad? Apuesto a
que te sentiste como la Cenicienta cuando te trajo aquí..., creo que vivías en un lugar
horrible.
—No tanto —logró decir Fiona, preguntándose si Logan podía haberle dicho
aquello. No era el tipo de hombre que hablaría de su esposa a sus espaldas, en
especial con su ex novia. Denise sólo trataba de sembrar cizaña entre ellos, estaba
segura.
—Debió ser maravilloso cuando te enteraste de lo rico que es Logan. Me dijo
que hiciste una cantidad de compras extraordinarias en Wellington. ¡Qué suerte!
La ira aumentaba en el interior de Fiona, pero logró reprimirla.
—Sí, tengo mucha suerte, aunque pienso que es Jonathan quien ha obtenido el
mayor beneficio por el cambio de circunstancias.
No hubo equivocación en el cambio de expresión de Denise ante este
comentario. Fiona la miró y pensó, asombrada, que su rival le tenía verdadero cariño
al pequeño.
—Sí, esa terrible tos ha desaparecido, gracias a Dios —dijo Denise—, y estoy
segura de que ha crecido. Va a ser tan alto y robusto como Logan. Supongo que,
como madre suya, sentirás que cualquier sacrificio por él vale la pena.
—Sí —contestó firmemente—. Sea cual sea el sacrificio.
Denise saltó de la silla, riéndose satisfecha.
—Eso es exactamente lo que esperaba que dijeras. Estoy segura, Fiona, de que
nadie podría dudar de tu amor por él. Debe ser una sensación muy poderosa el amor
materno.
—Ni siquiera es una emoción. Forma parte de una misma y durante toda la
vida —Fiona se detuvo, una sonrisa de disculpa en los labios—. ¡Dios Santo, que
enfático suena! Sin embargo, es la verdad.
—Claro —aceptó Denise, abstraída, caminando hacia la balaustrada.
Miró el jardín con placer posesivo, mostrando la indescifrable sonrisa que
esbozaba a veces cuando estaba en Whangatapu. Nunca era evidente cuando sus ojos
se fijaban en Logan, pero de vez en cuando había una respuesta impetuosa en su
expresión cuando él le hablaba, que le hacía a Fiona sentirse celosa y a veces
extremadamente deprimida. Como Logan había dicho que los Sutherland no se
divorciaban, la persecución de Denise, esperanzada, aunque discreta, estaba
sentenciada a fallar.
—¡Oh, allí está Logan! —exclamó entonces, riéndose y agitando la mano
mientras él se acercaba—. ¡Hola, Logan! ¡Ven y bebe una taza de té! —se la veía
exaltada, la sangre afluyendo a su rostro, como si todos sus sueños y esperanzas
reviviesen.
Fiona inclinó la cabeza para no ver aquel fulgor desvergonzado. Le sirvió el té a
Logan como a éste le gustaba, sin leche ni azúcar. Ella no los vio encontrarse, ya que

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Denise corrió por la escalera hacia el hombre y cuando subieron a la terraza ella iba
colgada de su brazo y riéndose.
Fiona no pudo evitar la mirada despreciativa que enfrió su rostro. El no tenía
derecho a hacerle aquello a Denise, que estaba gastando su juventud en un sueño
imposible. Logan advirtió la condena de sus ojos. Sin detener el paso, dejó a Denise a
un lado y se inclinó hacia Fiona, rozando su boca como al descuido, pero con un beso
hábil que era casi un castigo.
Cuando levantó la cabeza estaba sonriendo, con algo más que un insinuante
tono de arrogancia en la voz.
—Hola, querida, ¿hablando de trapos cuando hay una enorme cantidad de
papeles que mecanografiar en el estudió?
La ira brilló en las profundidades transparentes de sus ojos, pero logró
mantenerse serena frente a aquella sonrisa descarada.
—Se hará, no te preocupes —murmuró—. Aquí está tu té.
—Estoy tan seco como un pedazo de leño; gracias. ¿Cómo está tu madre,
Denise?
—El doctor quiere que vea un especialista en la ciudad. No piensa que tenga
nada malo, pero quiere asegurarse. Pobre mamá, está en una terrible agitación. Papá
quiere que se vaya con él a un crucero, pero no acaba de decidirse. Y además, estoy
yo. No quiero ir con ellos si se van en una segunda luna de miel, pero se preocupan
si me quedo sola.
—Quédate aquí —sugirió Logan—. A Fiona le agradaría tenerte con nosotros y
sabes que no hay que hablarlo con mi madre. A ella siempre le ha encantado que
estés aquí.
Fiona se obligó a sonreír y a apoyar la invitación con toda la cordialidad que
pudo fingir.
—¡Qué estupendo! —Denise estaba más que contenta. Impulsivamente saltó
para darle un beso en la mejilla a Logan, antes de dirigirle una sonrisa a Fiona—.
Perdóname, querida, por robarle un beso a tu marido, ¡pero es un arreglo perfecto!
Mamá no se sentirá mal por irse, dejándome aquí al cuidado de Logan, y a mí me
encanta quedarme en Whangatapu. Gracias por haberlo pensado.
"Como si tú no lo hubieras planeado", pensó Fiona irónicamente, hecha pedazos
por unos celos tan primitivos como inútiles. "Sólo espero que sepas lo que estás
haciendo, mi querido esposo".
Ailsa se sintió encantada con la idea, e inmediatamente fue al teléfono para
sugerírselo a la señora Page, y, aparentemente, ésta también estaba de acuerdo.
También Jonathan, cuando Denise le preguntó si le gustaría que se quedara algunos
días. Todos parecían hallarse complacidos. Fiona se dirigió a la cocina para comenzar
la preparación de la cena.
—Se supone que debería estar pelando esas patatas, no destrozándolas —
comentó Jinny secamente.

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—Estoy compensando con ellas otra cosa —contestó Fiona.


—Está bien, amasar pan alivia más, pero supongo que esas pobres patatas
podrán soportarlo. Tendrá que sobreponerse; los Sutherland siempre han sido
hospitalarios.
Fiona resopló mientras abría el grifo del agua fría sobre las patatas recién
acuchilladas.
—Supongo que aunque signifique su muerte.
—Recuerde que usted es la anfitriona aquí y que ella no podrá tomar su lugar si
usted se lo impide.
—Todo esto está muy bien, pero... —Fiona suspiró, añadiendo—: ¿Por qué es
tan buena conmigo, Jinny?
—Por el bien de la familia. Me irrita ver cómo una mujer tan completa como
usted apenas puede con la situación. Tengo debilidad por los tontos, supongo.
Fiona se rió y le dio un beso en la mejilla al ama de llaves; era la primera vez
que se atrevía a tal intimidad.
—La quiero —dijo—; usted es todo lo que necesito para sentir los pies firmes
sobre la tierra.
—¡Déjese de bromas! —el rubor cubría las mejillas de Jinny, y su réplica la hizo
con una voz suave como Fiona jamás le había escuchado—. Usted es una mujercita
dulce, y sabe cómo llevar las cosas. ¿Por qué no trata de hacerlo con Logan?
Jinny probablemente sabía que no compartían la misma cama, ya que ella
estaba enterada de todo lo que pasaba en la casa, pero era la primera vez que se
refería a la situación, aunque fuera indirectamente.
Fiona se ruborizó, y no pudo encontrar las palabras para contestarle.
—No es asunto mío —Jinny se afligió al ver el rostro ruborizado de Fiona—. El
es sólo un hombre, y es fácil para un hombre amar allí donde tiene a sus seres
amados.
—Yo... yo quiero algo más que eso —dijo Fiona en voz baja.
—Bueno, usted ha de saberlo mejor —sonrió Jinny con amargura—. Ahora suba
y cámbiese. Recuerde quién es, por el amor de Dios.
Fiona se cambió, se puso un vestido floreado en tonos azules y verdes y se
perfumó con un aroma exótico que Logan le comprara en Rotorua, persiguiendo
luego a Jonathan por la habitación, amenazándolo con el spray. Sus gritos y risas
atrajeron a Logan, medio vestido, pero sin camisa; se rió tomando a Fiona del brazo,
sujetándoselo en la espalda.
—¡Cosas de chicas! —bromeó Jonathan, saltando frente a ellos—. ¡No soy una
niña!
—No, sin duda que no. —Los ojos de Logan se posaron en él un momento y
luego miró a Fiona con ojos alegres. Ella hacía el mayor esfuerzo para parecer
indignada por el método que utilizaba Logan para detener el juego, mas su pulso

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estaba acelerado. Sus miradas se encontraron. Fiona apretó el spray, echándole suave
perfume en el cuello a Logan.
—¡Hueles como una dama, papi! ¡Mamá es muy traviesa!
—¡Mamá es muy traviesa! —repitió Logan perezosamente—. ¿Cómo debo
castigarla, Jonathan?
Su hijo se rió malicioso. Como todos los niños, saboreaba la idea de castigar a su
madre.
—¿Pegándole un azote? —sugirió el niño.
—No, tengo una idea mejor. Cógele el frasco, Jonathan, para que no se le
derrame.
Jonathan lo hizo y se llevó el frasco, triunfante, mientras Fiona trataba en vano
de parecer tranquila y despreocupada. Era imposible, ya que Logan esbozaba una
sonrisa cínica y sus ojos inspeccionaban el rostro ruborizado. Ella no podía soportar
aquella insolente valoración.
—¿Qué vas a hacer, papi?
—Le voy a dar un beso —Logan la apretó contra sí.
—¡Eso no es un castigo! A ella le gusta que la beses —dijo Jonathan,
desilusionado.
—Voy a besarla muy fuerte, así...
Su boca aplastó la de Fiona con exigencia. La sangre le zumbaba a ella en los
oídos. Sus brazos se alzaron para rodearle el cuello, cuando Jonathan se metió entre
ellos, forzando su entrada hasta que Logan se separó y lo tomó en brazos. Dos
pequeños bracitos rodearon sus cuellos, acercándolos de nuevo.
—Ahora os besaréis como debe ser —les dijo con satisfacción.
Las lágrimas hicieron brillar los ojos de Fiona. Recostó la cabeza sobre el pecho
de Logan, toda la pasión desaparecida, sólo consciente de que su pecho era lo
suficientemente ancho para que ella y Jonathan reposaran contra él.
—Saturada de sentimentalismo —comentó una voz divertida a su oído.
—Y tú de exquisito perfume, mi amor —le contestó ella, sonriendo.
—Es la primera vez que me llamas de una manera cariñosa. Creo que eso
merece un premio.
Bajando a Jonathan, le dijo que fuera a buscar un pequeño paquete en la
cómoda de la otra habitación. Mientras esperaban, él mantuvo el brazo sobre los
hombros femeninos, más sin forzarla. Ella se relajó junto a él, resistiendo un fuerte
impulso de pasar los dedos por los vellos rizados de su pecho, contentándose con
sentir su brazo sobre los hombros desnudos.
—¿He visto ese vestido antes? Es bonito y te queda bien.
—Me hiciste comprarlo en Wellington.

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—Lo recuerdo. Tuve razón al insistir. Te hace parecer una sirena.


—¡Qué poético!
Su brazo la apretó más, pero la aparición de Jonathan evitó que pasara a
mayores. Fiona lo observó con ternura mientras llevaba la pequeña caja blanca con
cuidado para dársela a su padre. No pudo reprimir una exclamación de asombro
cuando Logan la abrió y vio que contenía un diamante rosado, montado tan
exquisitamente sobre platino, que no parecía recargado u ostentoso.
—Me lo han entregado hoy —dijo Logan, colocándoselo en el dedo. Le echó
una mirada burlona antes de levantarle la mano para besar primero el anillo, luego el
dorso palpitante de la muñeca.
—¡Oh... es maravilloso! ¡Un diamante rosado...! —estaba emocionada.
—Sí. Tu mano lo realza, Fiona.
Ella lo miró ruborizada. La burla había desaparecido del rostro masculino.
—Yo... gracias, Logan —murmuró en voz baja. En un impulso, le besó la
mejilla.
—Veo que será mejor que me acostumbre a darte joyas si vas a reaccionar
siempre de esa manera. ¡Quién sabe lo que serías capaz de dar por un collar de
diamantes!
—No es por el anillo —contestó rápidamente, mientras Logan se reía de su
expresión horrorizada.
—Lo sé. Ahora, suéltame para que pueda acabar de vestirme, o llegaré tarde a
cenar. Vamos, Jonathan, te pondré un poco de loción en la cara. Mejor que el perfume
de mamá.
—¿Como el tuyo?
—Como el mío —le prometió seriamente.
Fiona los observó mientras salían, colocándose un mechón de cabello en su
lugar. Logan la había despeinado y, como sin duda Denise se arreglaría con exquisito
cuidado, ella no podía bajar con el pelo revuelto.
Denise, claro, se fijó en el anillo tan pronto como entró en el salón. Fiona, al
observar sus ojos oscuros mirándolo, tuvo que resistir el ridículo impulso de
esconderlo con la otra mano. Denise levantó la mirada sin ninguna expresión en el
rostro. Para todos era como una muñeca, hermosamente vestida y maquillada, pero
sin chispa de vida. Sin embargo, sus ojos se animaron cuando Logan entró con
Jonathan.
Fiona tuvo que admitir que cuando Denise se lo proponía, podía convertirse en
el centro de atención, usando la fascinación de su belleza y todo su encanto para
cautivar a los presentes.
"Relegada de nuevo", pensó Fiona amargamente; luego, apretando los dientes,
se dijo que no la dejaría salirse con la suya. El recuerdo de la escena extrañamente
íntima sucedida arriba, le volvió a la mente. Sin darse cuenta, sonrió. Logan lo

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advirtió y dejó el círculo para acercarse a Fiona, mientras ella sentía que su corazón
amenazaba con estallar ante su espléndida apariencia física.
—Hola —dijo suavemente—, ¿qué es eso tan interesante? —inquirió, pues
Fiona aparentaba inspeccionar algunos adornos, dispuestos en una vitrina.
—Esa medalla —contestó, improvisando rápidamente—. ¿Qué es? Puedo ver
"Logan Sutherland", pero estoy segura de que no fuiste a la primera guerra mundial.
—¡Claro que no! Es de mi abuelo. ¿Te gusta la caja de rapé que hay junto a ella?
¿Esa con el cupido abalanzándose hacia dos amantes?
—Es muy bonita.
Se oyeron unas risas en el salón y luego la voz suave de Denise, dirigiéndose a
ellos:
—¿Estáis secreteando?
—¡Oh! Se trata únicamente de una discusión matrimonial —contestó él
cortésmente.
—¿Fiona está preocupada por la preparación de la cena? ¡Pobre Logan! Pensaba
que lo único que tenías que hacer era chasquear tus dedos para que las cosas se
resolviesen.
Con premeditación, Logan colocó un brazo sobre los hombros de su esposa;
atrayéndola hacia sí. Antes que pudiera decir nada, Ailsa se apresuró a interrumpir
la conversación.
—¿A qué hora pensáis salir mañana? —preguntó.
—Al amanecer —había un tono de crispación en la voz de Denise.
—A la seis en punto —contestó Logan, imperturbable como siempre.
Fiona se encontró sonriendo.
—Nosotros nos levantaremos a las cinco. Te enviaré a Jonathan, Denise. El
siempre me despierta con un beso, es mucho más agradable que un despertador.
—Te daré un beso de mariposa —le dijo Jonathan a Denise.
La tensión se disipó inmediatamente. Denise se inclinó, tocándole la cabeza con
verdadero afecto.
—Me encantará, querido. ¿Estás despierto a las cinco de la mañana?
—La mayoría de las mañanas —contestó Logan—. Por fortuna, lo han educado
para que no despierte a nadie más, quizá porque su madre es tan malhumorada que
no habla hasta que ha bebido dos tazas de café.
—¡Oh... mentiroso! —Fiona exageró su indignación—. ¡Lo que pasa es que no
me despierto en seguida!
—Te despiertas malhumorada —reiteró Logan.
La señora Thurston vació su copa y dijo, animada:

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—Sé lo que quieres decir, Logan, porque yo soy así también. ¿Te puedes
imaginar lo que significa para gente como nosotras el despertar cada mañana y
encontrarse con alguien insoportablemente cordial?
La conversación se hizo general. Logan volvió a llenar las copas, Forrest se
enfrascó en una discusión con Denise y Ailsa y la señora Thurston y Fiona
conversaban cómodamente sobre el libro más reciente de la señora Sutherland, el
cual no iba bien.
La cena transcurrió sin novedad, pero hubo otro momento de tensión cuando
Logan tomó en brazos a Jonathan, a quien se le había permitido quedarse despierto
hasta más tarde.
Jonathan apoyó su pequeña cabeza contra el pecho de Logan, pero se enderezó
para hablarle adormilado.
—¡Papi, hueles muy bien! No te lavaste el perfume de mami.
—No, es verdad.
Allí hubiera terminado de no se porque Denise intervino, incrédula:
—¡No me digas que usas el perfume de Fiona como loción, Logan!
—Mami se lo echó —informó Jonathan—. Pero no me agarró a mí. Y papi dijo
que iba a castigarla, pero sólo la besó y a ella le gusta eso. —En su tono aún había
una huella de desilusión—. Pero —agregó satisfecho—, papi dijo que era un beso
muy duro.
Todos se rieron, la carcajada de Denise sobresaliendo entre las demás.
— ¡A qué travesuras te prestas! —murmuró. Sus nudillos se veían blancos
alrededor de la copa de coñac, y la mirada que le echó a Fiona iba repleta de
desagrado—. No puedo imaginarte participando en tales chiquilladas, Logan. No
parece ser tu imagen.
Logan parecía ligeramente divertido; nunca tan masculino como en aquel
momento, con su hijo descansando con seguridad en sus brazos.
—¿Tengo yo una imagen? Has estado leyendo muchas tonterías sobre políticos,
Denise. Ven, Fiona, vamos a acostar a este niño antes que se caiga de sueño.
Después de aquello, quedó una tensión inexplicable en el ambiente. Denise
logró disimular bien su disgusto, pero se acostó temprano porque tenía que
levantarse también temprano a la mañana siguiente. Quizá también porque Logan y
Fiona se fueron al estudio...
—He encargado a Joe que esté pendiente de todo, Fiona —la sorprendió
Logan—, pero recurrirá a ti si cualquier cosa sale mal. Puedes confiar en él
completamente, sigue sus consejos.
Fiona asintió. Joe Welsh era el empleado más antiguo de la granja y asistente de
Logan, que confiaba en él plenamente.
—Pero no puede suceder nada malo, ¿no? —preguntó un poco tímida.

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—¡En una granja cualquier cosa puede ir mal! No te preocupes. Aquí está el
teléfono del hotel donde me quedaré, "El Central"; puedes localizarme allí por las
mañanas y yo te llamaré cada noche para ver cómo anda todo. Tú podrás sola, no te
preocupes. Sólo una cosa... mantente alejada de Danny. Joe sospecha que está
maquinando algo.
—¿Qué quiere decir eso? —se inquietó ella.
—¡Dios sabrá! El dice que está enamorado de Denise, pero a ella no le interesa.
Es posible que a Danny no le guste que ella venga conmigo a Auckland.
La sorpresa le quitó el habla a Fiona durante un momento. ¡Así que era por eso
por lo que Danny estaba tan amargado! El pecado de Logan, o lo que él consideraba
un pecado, se debía a su pasión desesperanzada por Denise.
—Pobre Danny —comentó angustiada.
—Tenle lástima si quieres, pero mantente alejada. ¿Me lo prometes?
—Sí, claro. No me agrada mucho, aunque le tengo lástima.
—A ti te daría lástima hasta el mismo diablo; sin embargo, tu compasión no me
incluye a mí.
Un extraño matiz de amargura en su voz, la conmovió. Se le acercó, apoyando
la mano donde brillaba el diamante rosado sobre una de él.
—¡Pobre Logan! ¿Lo que deseas de mí es compasión?
—¡No, por Dios, no, y bien lo sabes! —su mano apretó la de ella—. ¿Por qué no
te dejas enamorar por mí, Fiona? ¿Es orgullo, independencia o simplemente
terquedad?
—Una mezcla de las tres cosas supongo. Sé que haría las cosas más fáciles para
todos, pero tú deseas que todo se te facilite demasiado.
—Sí, supongo que sí, pero sin embargo —sonrió de un modo que casi barrió sus
defensas—, también disfruto con la cacería. Le añade cierto sabor a la vida el
aguardar tu capitulación.
—Dijiste no hace mucho tiempo que no la esperarías, que salvarías mi orgullo
haciendo tuya la decisión.
—He cambiado de idea, querida. La decisión tendrá que ser completamente
tuya. Tú no eres el tipo de mujer que se gane con violencias y, para serte franco, yo
no encontraría gran satisfacción tampoco. Sé lo que quieres de mí... lo he sabido
desde el principio, como también supe que podría tenerte en el momento que lo
quisiera. Además, si recuerdas claramente todo lo que he dicho, aseguré también que
no te haría el amor contra tu voluntad porque eso permitiría que te sintieras como
una víctima de mi lujuria masculina. Y una salida fácil para ti, Fiona, es lo que no vas
a tener.
Ella suspiró. ¿Por qué tenía que ser tan tonta de pedir la luna y las estrellas,
cuando Logan ofrecía un sustituto tan razonable? Pero si aceptaba el sustituto y se
rendía, siempre la amargaría el saber que una parte vital de su felicidad le faltaba.

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—Sí, soy un hombre muy duro, pero tú lo sabías, Fiona, cuando viniste aquí
como esposa mía. No puedes negar que respeto tus derechos como persona.
"El respeto no es compensación para el amor", pensó.
—Estás cansado y tienes que levantarte temprano mañana.
—A la cama entonces —la besó en la frente—. Buenas noches, Fiona.

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Capítulo 8
La playa de Whangatapu era larga y dorada. Hacía un día espléndido para
jugar a "batallas espaciales", como lo hacían ahora Jonathan y los dos niños de Joe
Welsh, todos armados con las largas vainas secas del lino, que hacían excelentes rifles
de rayos.
Fiona estaba recostada perezosamente bajo la sombra de un inmenso árbol, ya
que el sol de la primavera era muy caliente. Tenía un libro abierto, pero estaba
demasiado soñolienta como para leer. Las altas voces de los niños excitados llenaban
el ambiente tranquilo, mientras tendían emboscadas a los marcianos alrededor de los
linos.
En la bahía, se veía un pequeño yate moviéndose de un lado para otro. Parecía
muy sobrecargado; no la sorprendía, ya que Janey Welsh, de diez años, estaba
aprendiendo a navegar bajo la tutela de su hermano mayor, y el pequeño yate clase
"P" era de una sola plaza. Era un día ideal para un navegante novicio, con poco
viento y suave, así que no daba la oportunidad de asustarse antes de aprender lo
suficiente para tener confianza.
El robusto macizo del Monte de los Guerreros se veía gris, con la primera
neblina del calor del verano, la airosa cima brillando bajo los rayos del sol. Las
gaviotas chillaban, un alcatraz buceó para buscar algún pez, y salió un momento
después, aparentemente satisfecho, porque estiró sus alas y sobrevoló lentamente la
bahía hacia la playa norte, donde, posiblemente, lo esperaba su compañero.
Fiona bostezó, pero resistió la tentación de cerrar los ojos. Logan llegaría
aquella tarde, y no iba a estar dormida en aquel momento. Hacía cuatro días que se
había ido y, desde entonces, Fiona se había sentido vacía. Las llamadas telefónicas,
aunque tranquilizantes, no sustituían su presencia.
Por lo demás, todo había salido perfectamente. Joe iba una vez al día para
decirle que todo estaba bien. Ailsa seguía dedicada febrilmente a su novela, y los
Thurston continuaban dibujando por todos los rincones de la granja. Aunque Fiona
había visto a Danny, éste no había hecho ningún intento por hablarle, más que
intercambiar los acostumbrados saludos. Jinny y Fiona iban bien con los preparativos
para la fiesta del sábado. Incluso el día que le tocó ayudar en el Centro de Juegos fue
un placer. Los niños eran encantadores, y las otras dos madres que actuaban como
ayudantes, se le antojaron realmente agradables, después que la tensión inicial quedó
superada.
Fiona pensaba que quizá comenzaba a encontrar su lugar en el distrito. Su
posición en Whangatapu parecía segura ahora. Al principio esperaba sólo tolerancia,
por el bien de Jonathan, pero, a no ser que estuviera equivocada, tenía motivos para
creer que había ganado el agrado de Ailsa y de Jinny. Tibio, quizá, pero por lo menos
era más de lo que esperaba lograr aquel primer día, el cual le parecía ahora tan
lejano. Efectivamente, el pasado parecía haber quedado relegado en algún rincón de
su memoria. Aquel tiempo en que tanto había luchado por brindarle a Jonathan algo
parecido a una vida normal, parecía casi olvidado.

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Todavía existía un poco de dolor, pero no había duda de que estaba más
contenta que hacía algunos meses. No exactamente feliz, ya que su amor por Logan
ensombrecía su ánimo, y se sentía amargamente celosa de Denise.
Sabía que la relación que hubiera existido entre ellos ya había terminado, pero
una de las dudas más amargas de Fiona era si Logan lo recordaba con pena. Era
inútil tratar de convencerse de que sus labios no hubieran besado los de ella de modo
tan incitante; que habían compartido momentos de pasión, aunque el deseo no
hubiera sido cumplido. Todo lo que sabía era que Logan no aceptaba escuchar nada
contra Denise. Era una espina constante saber que, para Logan, Denise Page era algo
sagrado, pero tenía que aprender a soportarlo.
Levantó una mano llena de arena. Tres días de pleno sol, habían secado la
superficie húmeda, y se podía pasar libremente por ella los dedos. Los niños se
quedaron en silencio y alguien caminaba por el césped hacia ella; podía oír el suave
pisar y levantó la mirada esperanzada, pero no fue Logan el que apareció en el banco
que separaba la tierra de la playa.
Danny puso una mano en la rama sobresaliente del árbol y bajó a la arena,
enderezándose para caminar directamente hacia Fiona. Su expresión era seria, como
si no estuviera seguro de ser bienvenido.
—Hola —dijo, deteniéndose a algunos metros de ella.
Fiona se incorporó para quedar sentada.
—Hola, ¿sucede algo? —preguntó, reservada.
—No, nada. He venido a pedirte disculpas por la manera que te hablé el otro
día. He estado buscando la oportunidad de hacerlo.
Fiona levantó las rodillas como para poder recostar la cabeza sobre ellas,
mientras pensaba en la advertencia de Logan. Mas la cortesía y la profunda
compasión que sentía por Danny dictaron su respuesta:
—No te preocupes por eso.
—Sí me preocupa —dijo él sinceramente—. Fue imperdonable de mi parte
portarme como un patán, y debo admitir que lo hice por las peores razones. Por
favor, discúlpame.
—Claro que sí. No pienses más en ello —levantó la mirada, una sonrisa a
medias en sus labios, encontrando su mirada fija y parpadeó. Nadie podía
equivocarse acerca de la admiración que expresaba... Fiona había visto a menudo
aquel fulgor en los ojos de los hombres... pero también había una huella de marcada
soledad que le oprimió el corazón. ¡Pobre Danny, tan torcido por las cadenas del
odio, que se obligaba a vivir en una especie de infierno! Un amor no correspondido,
como ella lo sabía bien, era una de las emociones más torturadoras.
—Gracias —dijo Danny en voz baja—. Ahora me siento mucho mejor, aunque
sé que no lo merezco —titubeó, como preguntándose si debía marcharse; luego se
sentó en la arena, todavía a varios metros de distancia de ella—. ¿Estás contenta con
la fiesta? Será la primera vez que veas a la mayoría de los amigos de Sutherland.

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—Sí, y me siento entusiasmada.


—Hubiera pensado que era mejor conocerlos poco a poco, pero supongo que de
una vez acabarás antes. Yo también estaré allí —la miró directamente, ofreciéndole
una dulce sonrisa—. No crearé problemas, no te preocupes. Tengo muy buenos
modales cuando estoy en compañía.
¡Allí había otro hombre que parecía poder leerle sus pensamientos!
—No pensaba que los crearas.
—Gracias —dijo él con voz grave—. Estoy seguro de que no tienes ese tipo de
mentalidad.
Hubo un silencio, causado por la incapacidad de Fiona para contestarle de
inmediato y entonces llegó hasta ellos el ruido de los niños jugando. Danny sonrió,
inclinando la cabeza hacia la laguna.
—Se están divirtiendo, ¿verdad? Tu hijo es un verdadero hombrecito. Monta
muy bien, para ser tan pequeño.
—No me lo digas. Va a ser una sorpresa. Se supone que no debo saber cómo va.
¡Creo que espera poder asombrarme con sus habilidades!
—Lo hará, estoy seguro.
Otro silencio, pero ahora menos tenso. Danny sacó una cajetilla de cigarrillos
del bolsillo y, ante el rechazo de Fiona, encendió uno para él.
—Parece que el verano ha llegado —comentó, expeliendo el humo—. ¿Alguna
vez has pasado un verano en Northland?
—No, nunca.
—Supongo que notarás el calor. Yo lo noté cuando vine por primera vez, y
también Mary. Te aclimatas, claro, pero por lo general el primer verano es agotador.
Hay mucho que hacer: invitados en la granja y las playas están llenas.
—¿Las playas? —preguntó Fiona.
—Sí, las casas de la playa. Las cuatro, a lo largo del Ocean Beach, se prestan a
amigos de Auckland o de más al sur. Así fue como conocimos a los Sutherland, a
través de amigos comunes de Auckland, que nos brindaron una de las casas.
Pasamos tres semanas maravillosas. Eso fue hace tres años.
Aspiró profundamente y continuó:
—Luego todo el asunto nos estalló en la cara. De todas maneras, eso no es
problema tuyo. En realidad tenía otra cosa que pedirte. Cuando Mary venga,
¿tratarás de ser amistosa con ella? Necesita agradarle a alguien de la familia. Pienso
que tú y ella quizá tengáis algunas cosas en común y ella no es feliz. Tal vez sea un
patán, señora Sutherland, pero quiero a mi hermana, y daría mi vida por verla feliz.
—Dudo que te pida tal sacrificio —dijo Fiona, profundamente conmovida por
la súplica que había en su voz. Se levantó y recogió su libro y su bolsa, antes de
decirle en voz baja—: Si tu hermana lo desea, estoy dispuesta a ser su amiga.

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—Ella lo deseará —aseguró Danny. Se había puesto en pie al mismo tiempo que
ella, y se quedó observándola. Tenía una apariencia atractiva, de hombre serio con
un problema que ella podía resolverle—. Mary no tiene amigos en la familia; puedes
suponer lo sola que se siente.
Fiona abrió la boca para hablar, luego la cerró firmemente. Aquel último
comentario sonó mucho como un sondeo y su situación en la granja no era asunto de
Danny. No obstante sonrió.
—Yo ya estoy aquí bastante centrada. Ahora tengo que irme; hasta luego.
—Será mejor que yo también me vaya. Te llevaré la bolsa.
Ella no podía rechazarlo, así que caminaron juntos de regreso a la granja, Fiona
llamando a Jonathan, que poco después los siguió.
Logan y Denise llegaron media hora después, cuando Fiona estaba metiendo
una pierna de carnero al horno. La primera indicación fue el grito feliz de Jonathan
desde afuera, cuando reconoció el coche.
—Váyase —dijo Jinny—. No se entretenga en amasar el harina.
Fiona se quitó el delantal y salió aprisa; se detuvo ante la puerta principal, tomó
aire profundamente, luego abrió y bajó despacio la escalinata de entrada, mirando al
coche que se acercaba.
Jonathan llegó antes que ella, riéndose al querer abrir la puerta del auto.
Sonriendo, Logan la abrió, salió y lo alzó por el aire entre carcajadas. Luego, Logan
vio a Fiona y, bajando al niño, ascendió de dos en dos los escalones para llegar a ella
y besarla ruidosamente. La mano de Fiona se agarró a la solapa de su chaqueta, al
corresponder con todo su corazón. El levantó la cabeza, sonrió y le preguntó:
—¿Todo está bien?
—Todo está bien. Y a ti, ¿cómo te ha ido?
—He hecho todo lo que quería y ahora estoy feliz de regresar a casa.
La risa de Denise los interrumpió, separándose casi con culpabilidad.
—El matrimonio no ha mejorado tus modales, Logan —se lamentó
burlonamente—. He tenido que abrirme yo misma la puerta del coche.
Al moverse a un lado con una rápida disculpa, Fiona la observó y casi gritó
asombrada, ya que Denise sonreía lánguidamente, brillantes sus ojos y satisfechos,
mientras se posaban en Logan con un significado inequívoco. Y él... Fiona vio la
mirada molesta que le dirigió a Denise, como una advertencia, y sintió el horrible
dolor de la traición atravesarle como una daga el corazón. Deseaba gritar, abofetear a
Denise, maldecir... Pero, por supuesto, era la esposa de Logan Sutherland, y no podía
hacer ninguna de tales cosas. Así que procuró relajarse y habló sin expresión en la
voz:
—Debéis tener sed. ¿Os gustaría beber algo?
—Me encantaría —murmuró Denise. Al parecer, el gesto rápido de Logan había
surtido efecto, pues no se comportaba ya como la mujer posesiva, mostrándose

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satisfecha frente a su amante. Sus padres estaban en Auckland para que a su madre
la viera un especialista, explicó, así que tendría que abusar de su confianza
quedándose una noche más.
En contraste directo con la noche anterior a su partida para Auckland, Denise
parecía más subyugada y, aunque no miró directamente ni una sola vez a Logan, ni
él a ella, una sonrisa sensual se dibujaba en sus labios. Quizá estaba recordando.
Fiona procuró apartar estos pensamientos y se concentró en sus tareas como
anfitriona. Por fin, llegó la hora de retirarse y para entonces sus nervios tirantes
estaban a punto de estallar.
Logan no subió con el resto de los presentes; dijo que tenía algunas cosas que
atender en el estudio, dejando a Fiona destrozada por la agonía de la indecisión.
¿Debería bajar y discutir con él? El sentido común llegó en su ayuda. ¿Que era lo que
iba a discutir? ¡Un intercambio de miradas, un instante en el que Denise parecía
haber mostrado satisfacción sexual!... ¡Logan se burlaría!
Desesperada, trató de convencerse de que estaba equivocada, que aquello era
uno de los trucos de Denise, pero la conciencia que tiene toda mujer hacia el hombre
que ama, se lo hacía imposible.
Aún vestida, se sentó en la cama en la oscuridad de su habitación, apretando las
manos sobre sus sienes para tratar de echar fuera la horrible imagen que se había
creado en la mente. Por fin, agotada y con un terrible dolor de cabeza, decidió
enfrentarse a los hechos, por muy desagradables que fueran...
Así que Logan y Denise se habían convertido en amantes. Sin duda Denise no
era la primera mujer en su vida y no sería la última. Aunque no lo parecía, quizás las
mujeres le resultaban irresistibles, y si Denise se le había ofrecido, cosa que era muy
capaz de hacer, entonces el control que ella imaginaba inquebrantable, podía haber
cedido.
También enfrentó otro hecho. Posiblemente había estado equivocada, y él sí
amaba a Denise. En cuyo caso, ella les había hecho un gran daño a ambos al casarse
con Logan, pero él había actuado peor aún al darle la espalda a la mujer que amaba,
por una idea equivocada de responsabilidad hacia su hijo. Era su determinación de
que su hijo se criara como un Sutherland lo que había provocado todo aquel enredo,
y por Jonathan, él nunca la dejaría partir.
A no ser que dejara atrás a Jonathan...
La idea se metió en la mente torturada de Fiona. Mordió sus labios hasta
hacerse sangre. Intentó alejar la idea, pero se hacía más fuerte cada vez hasta que
suspiró temblorosa, derrotada por ella misma. Sería la única manera de liberar a
Logan y hacerlo feliz... pero, ¡a qué precio!
Acabó sintiendo náuseas. No podía pensar con claridad, no podía controlar más
la sombra negra de la desesperación, y el sueño, algo que nunca le pareció tan dulce,
se diría que inalcanzable en su estado actual. Caminando vacilante, se paseó por la
habitación. En un armarito del baño principal, se encontraban las pastillas para
dormir de Ailsa. Si tomaba una de ellas lograría el olvido que añoraba.

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La suave luz del pasillo alumbraba lo suficiente. Caminó con cuidado, pues no
quería que Logan la escuchara, tomó las pastillas y regresó. Desde lo alto de la
escalera, pudo ver las siluetas de Logan y Denise, abrazados apasionadamente.
Sin detenerse entró en la habitación, se puso la ropa de dormir, y se acostó,
temblando y sintiendo enfermo hasta el mismo corazón.
Cuando tocaron a la puerta, ella se mantuvo quieta, esperando que Logan
creyera que estaba dormida. Pero abrió la puerta, encendió la luz y le habló:
—Sé que estás despierta, Fiona.
Temblando se sentó, angustiada y con el rostro demacrado.
—Te he oído pasar por el corredor —dijo él con naturalidad, cerrando la puerta.
Se recostó en ella con los brazos cruzados—. Y puedo ver las conclusiones a las que
has llegado.
—¿Te molesta? —no pudo evitar la pregunta.
—En realidad no, pero quizá sí a Denise.
El nombre de su rival le hizo a Fiona tensarse, mientras luchaba por controlar
su ira y sus horribles celos.
—Y eso no debe suceder, ¿no es así?
—¡Oh, por Dios, Fiona!... —Se detuvo, controlándose con dificultad—. Deja de
actuar como una esposa celosa. No tienes derecho a comportarte así.
Ella se encogió como si la hubiera golpeado.
—Tienes razón, no tengo derecho a resentirme por ninguna atención que le
ofrezcas a nadie. Especialmente en el caso de Denise, que parece creer que sí tiene
algunos derechos sobre ti.
—¡Pobre Fiona! ¿Te molesta saber que si no hubieras llegado a mi hotel aquel
día, quizá me habría casado con Denise? Por lo menos habría tenido una esposa
cariñosa y apasionada en mis brazos cada noche, en vez de verme amarrado a un
trozo de hielo.
La ira se borró de sus ojos, dejándolos como sin vida, vacíos.
—Puedo irme —dijo con un extraño desfallecimiento.
—¡Oh, no! —la expresión de Logan era cruel, mientras caminaba hacia ella—.
No, querida. Eres mi esposa y Jonathan es mi hijo. Tú te quedas.
—¡No... no te atrevas a tocarme! —tenía la boca reseca.
—¿Por qué? ¿Te repugna que mis brazos todavía sientan a Denise, y que su
beso esté aún sobre mi boca? —El sarcasmo la hizo encogerse, tratar
desesperadamente de liberarse de las cobijas para poder correr, huir de aquella
horrible habitación y del hombre inhumano que la dominaba.
Pero no podía evitar sus brazos ni su boca y tuvo que sufrir la suprema
humillación de su beso y de sus manos atrevidas que le desabrochaban el camisón de

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dormir, y permitirle que acariciara cada pulgada de su cuerpo, con los labios y con
las manos.
Fiona hundió su rostro en la almohada, luchando contra las sensaciones que le
creaba su ardor salvaje y experimentado, hasta que se quedó sin fuerzas, recobrando
el aliento en jadeos de temor y de vergüenza. Luego él la besó en la boca una vez
más, forzándola a abrirla bajo la suya, antes de empujarla y secarse los labios con la
mano.
—No voy a violarte —dijo con desagrado, los ojos fríos recorriendo su
desnudez—. Debo decir que hasta este momento has hecho un buen papel al fingir
pasión. No mires así; ésta será la última vez que te toco... hasta que me supliques que
lo haga.
La droga que había tomado le hacía sentir los ojos adormilados y pesados los
párpados. Las facciones morenas de Logan, llenas de desprecio e ira, se
desdibujaban... Se le escapó un bostezo, y sin tratar de cubrirse, recostó la cabeza en
la almohada y cerró los ojos.
—¡Fiona!
Su voz le llegaba lejana a través del sueño. Con dificultad logró abrir los ojos de
nuevo.
—Fiona, ¿que has tomado?
Su acento de preocupación la hizo sonreír vagamente.
—Tomé dos pastillas para dormir de Ailsa —murmuró—. Sólo... dos... —no dijo
nada más, sino que tiró de las cobijas para taparse. Fiona, estiró una mano para tocar
la de él murmurando algo, y luego cayó en el sueño, una mejilla reposando sobre una
mano, durmiendo tan profundamente como el niño en la habitación contigua.
Logan se quedó un rato mirándola fijamente; luego se puso de pie y apagó la
luz. Las cortinas se movían suavemente con la brisa. Todo era silencio y quietud...

Una fiesta en Whangatapu era un verdadero acontecimiento social para toda la


comunidad y para la reputación de la familia, ya que su hospitalidad estaba en luego.
O por lo menos, eso creía Jinny. En realidad, Fiona se encontró sin tiempo para
pensar o planear durante los siguientes dos días. Todos participaron en el acto, o
fueron impulsados a participar, hasta los Thurston.
A Fiona le agradaban, pero temía a sus ojos astutos, especialmente cuando ella
y Logan se encontraban en la misma habitación. Era muy fácil para su esposo actuar
como si nada anduviera tirante entre ellos, pero a pesar de que ella intentaba
imitarlo, era bien consciente de que Thurston sabía que algo andaba mal. El
matrimonio se portaba ligeramente protector hacia ella. En cualquier otro momento
esto hubiera emocionado el corazón de Fiona, pero ese órgano parecía tenerlo ahora
completamente congelado.
Mary y Stephen llegaron el sábado por la mañana, antes del almuerzo. Fiona les
dio la bienvenida, soportando la curiosidad de sus ojos.

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Mary era bajita y blanca, muy bonita, con una piel exquisita y una boca muy
sensible. Su esposo parecía una réplica menos dura de Logan, no tan alto, un poco
más grueso, con los ojos del mismo azul, que se veían tan implacables como los de su
hermano. Se portaron bien, ofreciéndoles lo que Mary estimaba era un regalo de
bodas tardío.
—Apuesto a que nadie más os ha ofrecido algo parecido —dijo alegremente—.
Me encanta mirar mis regalos de bodas, hasta los feos. Anda, ábrelo.
Después de observar la expresión distraída de Logan, Fiona lo hizo, y contuvo
la respiración al encontrar las exquisitas figuras de porcelana. ¡Era un nacimiento!
—Es... maravilloso —suspiró—. Muchas gracias. ¡Oh, Logan... mira el perro! ¡Se
parece a "Spray"!
Sus dedos acariciaban las figuritas con cariño.
Thurston miro a su esposa, quien asintió ligeramente. Murmurando unas
disculpas, éste salió de la habitación, regresando algunos momentos después con un
lienzo.
—Sé que dijiste que no deseabas que la pintara —observó, sonriéndole a
Logan—. Temo que soy poco escrupuloso cuando he encontrado un buen modelo.
Así que lo he hecho de memoria.
Era un pequeño lienzo y de él Fiona parecía saltar a una vida real, añorante y
triste, los dedos sobre un teclado estilizado, los ojos claros diciendo cosas que sólo los
pinceles de Thurston podían haber captado.
—"Fiona al piano" —dijo Thurston con firmeza, colocando el lienzo sobre una
mesa—. Cuando tenga tu permiso, Logan, le haré un verdadero retrato, porque ése
es sólo un bosquejo de un estado de ánimo.
—Lo has captado muy bien, Forrest —dijo Fiona, rompiendo lo que amenazaba
convertirse en un silencio embarazoso.
—La he visto así a menudo cuando toca. ¿En qué piensas, Fiona, cuando estás
tocando el piano?
Fiona no se había atrevido a mirar a Logan, por temor a encontrar ira en su
expresión y se agarró a la pregunta de Ailsa como si fuera un salvavidas.
—En hermosos sueños románticos —y sonrió con un toque de burla—. Yo me
vuelco en las sugestiones de la música, es por eso por lo que jamás seré una gran
artista, ya que olvido la técnica. Gracias, Forrest... me encanta, ¿de verdad mi cabello
tiene esos tonos verdes?
Hubo una risa general y Thurston la acusó de ser una inculta en arte. Logan
expresó también su agradecimiento y, cuando Fiona se dirigió a recoger el cuadro, él
le pidió que lo dejara.
—Vas bien con la habitación —dijo.
Nadie podía adivinar el dolor del corazón de Fiona cuando le contestó con
aparente buen humor:

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—¡Me niego a ser parte de la decoración, Logan!


—Una parte muy atractiva —comentó él con suavidad—, y permanente. Déjalo,
Fiona. ¿Por qué no le haces un compañero, Forrest? "Fiona sonriendo".
—¿Estás solicitando mis servicios?
—Aparentemente no necesitas mi permiso —Logan sonrió.
—Traté de captarla así —los ojos de Thurston se posaron sobre el rostro de
Fiona con la mirada peculiarmente impersonal del pintor—. En realidad no es muy
fácil; Fiona tiene esa chispa traviesa que es difícil de capturar. Uno de estos días lo
intentaré —sonrió malicioso—. Con tu permiso, Logan.
Después del almuerzo, todos descansaron; por lo menos las mujeres. Stephen y
Logan salieron a inspeccionar la propiedad; Fiona los escuchó salir, discutiendo de
porcentajes y de fertilizantes y suspiró al retirarse de la ventana. Aquella noche sería
un verdadero infierno conocer a todos los amigos de los Sutherland como esposa de
Logan, cuando las cosas estaban tan tensas entre ellos.
Impulsada por una urgente necesidad, entró en la habitación de Jonathan, que
dormía tranquilamente. Se dirigió a la cama con las manos sobre el rostro. Ella no
podría dejarlo, no se podría apartar de él, ni siquiera para asegurar la felicidad de
Logan. Temblando, se enfrentó a la idea de la vida sin Jonathan, solitaria más allá de
lo imaginable. Dejarlo sería como romper su corazón en pedazos y no era lo bastante
fuerte para ello.
Grandes temblores recorrieron su cuerpo mientras libraba una batalla dentro de
ella; se sentía triste y sin esperanza. No tenía que tomar una decisión inmediata, ya
que los esquiladores llegaban el lunes, y Jinny necesitaría su ayuda hasta que se
fueran. Era la salida de un cobarde, pero le daba alguna especie de sosiego.
"Admítelo”, se dijo melancólicamente, no quieres irte, tendrías que dejar a las
dos personas que quieres más que la misma vida. Suavemente, evitando molestar al
niño, se puso de pie y caminó hacia la ventana, observando el césped esmeralda, las
flores de diversos colores y más allá los pastizales y el mar, brillando verde azulado
bajo el sol. Había llegado a amar Whangatapu, y dejar la hacienda para nunca más
volver, aumentaría el terrible dolor que se llevaría consigo. Y la gente: Ailsa, fuerte
en apariencia, pero extrañamente desvalida; la malhumorada Jinny, su silencioso
marido, la familia Welsh..., había aprendido a estimarlos a todos, a sentirse tranquila
en su presencia. Se sentía satisfecha con el tipo de vida de la granja.
Las voces provenientes de abajo la hicieron detener sus cavilaciones; eran
Logan y su hermano que regresaban.
—... de veras —decía Stephen— el verano pasado nos atacó la hierba mala, pero
al parecer el pasto se está reponiendo. Por cierto, veo que renunciaste a tu puesto en
el Consejo del Instituto Ganadero. ¿Por qué lo hiciste? Pensaba que era uno de tus
principales intereses.
—Por las circunstancias: la principal, porque necesito estar ahora más tiempo
en casa.
—Supongo que sí. Me agrada tu esposa. No es lo que esperaba.

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—¿Ah, no? —Logan parecía extrañado—. ¿Qué esperabas?


—Creí que sería menos serena e inteligente. Denise le escribió a Mary que era
hermosa, pero que tenía poca personalidad. No me imaginaba verte casado con
alguien así, aunque fuera hermosa; me sonó como a celos. Supongo que Denise no se
sentiría muy complacida al enterarse de que tenías por ahí una esposa escondida.
—Denise no tiene razón para estar celosa. —La voz de Logan sonaba fría, como
la de alguien que se controla con gran dificultad.
—Vamos, Logan, no me engañas. Todos esperaban que os casarais. Hubiera
sido ideal para ti.
—Entonces todos se equivocaban.
—¿Me quieres decir que Denise supo todo el tiempo que no tenías la intención
de casarte con ella?
Stephen parecía incrédulo. "No es extraño", pensó Fiona con amargura. Casi
podía ver a Logan alzándose de hombros al contestar:
—No estoy tratando de decirte nada, Steve. Deja el tema, ¿quieres? Lo que
sucedió entre Denise y yo es asunto nuestro y de nadie más.
—Si tú lo dices... Por mi parte, yo diría que has ganado en el cambio. Denise es
una chica agradable, pero es, ante todo, una ferviente amante de Denise Page. Tu
Fiona tiene algo fuera de lo común y se ha aclimatado bien. Me gusta la manera como
trata a mamá. Un hijo agradable, también... un verdadero Sutherland.
Fiona se apartó de la ventana. Escuchó la voz de Logan, cálida, con orgullo y
afecto mientras hablaba de su hijo. Por lo menos, pensó desoladamente, ella le había
dado algo de lo que podía sentirse orgulloso, aunque sin desearlo le hubiera quitado
su amor. Si él tuviera que escoger entre Denise y Jonathan, escogería al niño: ya lo
había hecho al casarse con ella.

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Capitulo 9
Hubo los típicos apuros de última hora en la cocina, pero, bajo el control de
Jinny, todo pudo resolverse y Fiona tuvo suficiente tiempo para cambiarse antes de
la cena. Jonathan entró para darle el beso de buenas noches, abrazándola.
Correspondiendo a su abrazo con otro igual de fuerte, ella apoyó su mejilla
sobre el cabello húmedo, oliendo el aroma del niño, que cenaría en la cocina con
Jinny y Tom, y luego Fiona lo acostaría antes de la llegada de los invitados; tendría
suficiente tiempo para dormirse antes que comenzara el ruido.
El niño cerró la puerta tras de sí, y Fiona se miró al espejo, preguntándose lo
que pensaría Logan de ella. El vestido, que había sido escogido por él, nunca se lo
había visto puesto; era de crepé gris claro, el color de sus ojos, sin hombreras, sujeto
en la parte posterior del cuello y sin espalda; la fina tela le caía suavemente en capas
desde las caderas hasta los pies. Se arregló el cabello desafiando a la moda, recogido
y envuelto suavemente en la nuca. Le hacía el cuello similar al de un cisne, le daba
elegancia y esperaba que también dignidad. No exageró el maquillaje.
Como joyas llevaba el diamante rosa y pendientes de plata que caían como
cascadas desde las orejas. Eran de su madre, un hermoso trabajo proveniente de
Tailandia, que le daba a su rostro un aire exótico.
Se puso perfume en las muñecas y la garganta y dio la vuelta para abrir a
Logan, que entraba por la puerta del baño.
Se le veía muy atractivo con ropa de etiqueta, desbordando la arrogante
confianza en sí mismo que lo hacía parecer siempre lo que era el amo.
—¿Estás lista? —le preguntó.
—Sí —repuso, algo nerviosa.
—Ponme estos gemelos, por favor.
Ella se rió de repente, sintiéndose tranquila. Quizá parecía un dios moderno,
pero para el asunto de los gemelos tenía el mismo problema que todos los hombres
corrientes. Ella se los colocó en su lugar con dedos hábiles, negándose a permitir que
su proximidad la perturbara.
—Gracias —dijo Logan brevemente cuando terminó—. Vámonos.
Al dar la vuelta, pensó con ironía que quizá era mejor que no hubiera esperado
recibir ningún cumplido, ya que estaba claro que su actual estado de ánimo no se iba
a reemplazar por algo más cálido. Aun así, la sensación helada que rodeaba su
corazón, se derritió ligeramente cuando él le preguntó en voz baja:
—¿Estás nerviosa, Fiona?
—Sí.
—No te preocupes. No andaré lejos de ti y todos están dispuestos a ser
amistosos, hasta los que se sienten curiosos. —La miró de soslayo, los ojos

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entrecerrados—. Primero prepárate para dejarlos con la boca abierta. Sin duda te has
arreglado para impresionarlos, ¿verdad?
—Sí —dijo brevemente.
—Pues lo vas a lograr.
No se dijeron nada más mientras bajaban por la escalera, pero aquellas pocas
palabras la ayudaron. Logan sirvió jerez para los dos en la gran sala vacía y cuando
entró el resto de la familia, más o menos en grupo, debieron parecerles la pareja
perfecta, hablando juntos en voz baja, mirando por la terraza mientras que los
últimos rayos del sol crepuscular nimbaban sus siluetas.
Dos horas después, Fiona se alegraba al saber que aquélla, su primera fiesta,
poseía ese elemento inexplicable que la haría sobresalir por encima de todas las
demás ocasiones. Quizá porque la mayoría de los presentes se conocían bien, o por el
hermoso lugar y el placer que brinda el ponerse la mejor ropa, pero el caso era que,
allá donde mirara, los invitados hablaban y reían divertidos.
Los ojos de Fiona inspeccionaron el salón para encontrarse a Stephen con un
ligero fruncido entre las cejas. Sí, allí estaba, y con otro vaso lleno en la mano. Era el
cuarto que tomaba. Aun así, aparte del ligero rubor, se le veía perfectamente sobrio,
hablando con una pareja de mediana edad. Logan se paseaba, asegurándose de que
todos fueran atendidos, mientras que su madre estaba sentada en el sofá, hablando
animadamente con un caballero alto... Bob Standish, que vivía unos kilómetros más
arriba, en la costa. Los padres de Denise también parecían a gusto, con un grupo de
personas de su edad.
¿Y Denise? Impresionante con un vestido color oro viejo, estaba coqueteando
simultáneamente con tres hombres, entre ellos Danny Harman. Al pasar Fiona la
vista por el grupo, él la miró. Algo pareció surgir en el aire entre ellos, y Danny se le
acercó.
—Hola —le dijo suavemente—. ¿Estás sola? ¿Dónde está tu marido?
—Anda ocupado.
—¡Ah, sí! El anfitrión perfecto. Como tú eres la anfitriona perfecta. ¿Te
diviertes?
—En realidad no, pero lo estoy disfrutando.
El se rió.
—Comprendo exactamente lo que dices. Todos están pasando una velada
maravillosa y puedo asegurarte que la estarán recordando aún dentro de seis meses.
¿Puedo decirte que te veo muy hermosa?
Ella sintió un leve rubor en las mejillas; había un matiz de desesperanza en su
tono, que contradecía la burla de su mirada.
—Sí, claro. Supongo que todos lo estamos esta noche, ¿no crees? Lo que se
podría llamar una reunión elegante de gente hermosa. ¿Quién es la morena que hay
en aquella esquina, Danny? Parece confusa.

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—Sonia Raintree. Aquél es su esposo, el que está coqueteando con Denise, el


tipo alto y rubio. Si su esposa estuviera completamente desnuda en el centro de la
pista, dudo que se diera cuenta.
—¡Pobre chica! —Fiona miró a su alrededor, pero ningún miembro de la familia
se dirigía ala señora Raintree para distraerla—. Tendré que ir a hablar con ella,
Danny. Parece perdida.
—Iré contigo. Quizá iluminemos esa expresión helada.
En cinco minutos Danny hizo que Sonia se riera, revelando que debajo de lo
que él había llamado expresión helada, había un rostro de poca belleza, pero de gran
encanto.
Después de unos minutos, Fiona se disculpó, y atravesó la sala. Ella y Logan se
encontraron en el centro, él ofreciéndole una copa.
—Bebe algo —le dijo al oído—. Debes tener sed.
—Hace calor, ¿verdad? —Agradecida, aceptó la copa y tomó un sorbo de su
contenido—. ¿Qué es?
—Cóctel de champaña. No te lo bebas muy rápido, o tendré que llevarte en
brazos a tu habitación.
Para cualquier observador, ellos representaban una pareja unida. Logan le
sonreía, nadie más que ella podía notar que el calor de su sonrisa no le llegaba hasta
los ojos.
—Lo beberé lentamente —prometió, sonriéndole como si él fuera el amor y la
luz de su vida—. Todo parece ir bien. ¿Pongo el tocadiscos?
—Sí, es hora, pero yo lo haré.
La mayoría de la gente joven, y algunos de los mayores, encontraron la
tentación de la luz de la luna y del baile demasiado irresistible. Poco después que la
suave música de una orquesta comenzara a llenar el ambiente, la mayoría comenzó a
bailar. Fiona, mientras charlaba con Sylvia Bond, una de las madres del Centro de
Juegos, vio a Denise hablando con Logan junto a la puerta de la terraza, su rostro
vívido dirigido hacia él como una flor.
Parecía estarle preguntando algo, algo que Logan rechazó, ya que hizo un
mohín ante la respuesta y cambió la dirección de su mirada para encontrar los ojos
de Fiona.
Una malicia repentina brilló en la mirada oscura; Denise le dedicó una larga y
lenta sonrisa a su anfitriona, le dijo algo a Logan y permitió al señor Raintree, que
estaba junto a ellos, llevársela del brazo.
Con dificultad, ya que estaba alterada por la mirada retadora de Denise, Fiona
atendió a su acompañante.
—...maravilloso —terminó Sylvia con entusiasmo—. Debes venir a verme
pronto. Sólo vivimos a unos cuantos kilómetros de aquí.

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—Me encantaría. Ailsa me dice que tienes un hilar y que no puedes producir
tanto como para cubrir la demanda.
Sylvia se ruborizó ligeramente.
—Sí —admitió—. Comenzó como un pasatiempo, pero la reciente alza en el
tipo de artesanía que yo hago, ha abierto un gran mercado —sonrió por encima del
hombro de Fiona—. Hola, Logan, estoy felicitando a tu esposa por esta maravillosa
fiesta.
—Me alegra que lo estés pasando bien —le contestó, colocando un brazo sobre
los hombros de Fiona en actitud posesiva—. ¿Dónde está Kevin?
—Hablando de ovejas —contestó la amante esposa con una mueca que la hizo
parecer mucho más joven—. Pero mirad, allí viene.
Durante algunos momentos, los cuatro se quedaron conversando; luego Logan
se disculpó, llevándose a Fiona a bailar, con aquella maestría que ella encontraba tan
atractiva... e irritante.
Nunca hablaban mucho mientras bailaban. Según recordaba con añoranza,
Logan solía decir que eso perturbaba su concentración. Ahora su mano se movía
suavemente por la piel sedosa de su espalda, complaciéndose en la turbación de ella.
—Más vale que no vea a nadie más tocándote así —dijo en voz baja. Como
respuesta, Fiona le sonrió y le rodeó el cuello con los brazos, moviéndose
provocativamente contra él, tan sensual como podía.
—¡Compórtate, Fiona! —murmuró él con brusquedad.
—¿Por qué? —le contestó, consumida por el loco deseo de irritarlo—. Soy tu
mujer, ¿lo recuerdas? Todos aquí suponen que nuestro matrimonio es normal... como
tú has querido que lo piensen. ¿Qué tiene de malo que una esposa coquetee con su
marido en una fiesta?
—Nada, excepto que no te estás comportando como una esposa, querida. Te
estás mostrando como una mujer con propósitos de seducir.
Ella se rió, pero, advertida por el brillo de ira que había en la mirada de Logan,
aflojó las manos, adoptando una actitud más natural, consciente de que había
perdido cualquier oportunidad de hacer que su matrimonio fuera normal. Su
intención fútil de despertar la sensualidad de Logan, sólo había conseguido su
desdén.
Con mucha razón, pensó con amargura. Ella había tenido su oportunidad y la
había malgastado por el arrogante deseo de que él la amara. Debió contentarse con lo
que le ofrecía, sin llorar por la luna. Ahora lo había perdido todo. Levantó la mirada
y sintió el rubor quemándole las mejillas bajo su mirada penetrante.
—¿Qué es tan interesante? —preguntó en voz baja.
—Tú. Apuesto a que eres la única mujer en el salón que se ruboriza cuando la
mira su marido.

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—¡Bueno, entonces no lo hagas! —contestó, molesta—. Logan, ¿quién es Bob


Standish?
—Un antiguo y devoto amigo de mi madre. En un tiempo deseé que se casaran,
pero ella parece contentarse con su amistad. ¿Piensas tratar de hacer el papel de
casamentera? Sigue mi consejo y déjalos tranquilos. Ambos son maduros, con la
habilidad suficiente para conducir sus propias vidas.
—Y con eso me pones en mi lugar —murmuró.
—Eso sólo tú puedes hacerlo.
El rubor de sus mejillas aumentó.
—Logan... —se detuvo, titubeante.
—¿Sí?
—¡Oh! No importa.
—No es el lugar adecuado, ¿verdad, Fiona? ¿Dónde has aprendido a bailar tan
bien? Eres muy ligera.
—Tú me enseñaste, ¿recuerdas?
—Sí, es cierto. Me preguntaba si tú también. ¿Recuerdas la primera vez que nos
vimos?
—¿Cuando me caí a tus pies? —sonrió un poco nostálgica—. Fue muy
apropiado, ¿verdad?
—Quizá. Yo tampoco tenía defensa, ¿sabes? Era la primera vez que perdía la
cabeza completamente. Eras tan bella e inocente y te ofreciste con una intensidad tan
extraordinaria... Traté de buscarte cuando te fuiste. Luego murió mi padre, y tuve
que regresar.
—La muerte de tu padre debió ser un gran golpe —tenía la expresión seria—.
Fue inesperada, ¿verdad?
—Sí. ¿Comprendes lo que quiero decir, Fiona?
Ella reaccionó a la impaciencia de su voz con el peculiar gesto travieso que la
hacía tan provocativa.
—Sí, pero no necesitas disculparte por lo que sucedió hace tanto tiempo. A
pesar de mi inocencia, supe que no era yo la primera mujer con quien hacías el amor.
Eras demasiado hábil.
—¡Me creíste un simple tenorio! —apretó las manos en la espalda de Fiona.
—¡Oh, Logan... no! Al igual que tú, perdí la cabeza, ¿cómo puedo culparte de
aceptar lo que te ofrecí con tanto entusiasmo? Yo no lo hice entonces... ni lo hago
ahora. Después de todo, Jonathan es el resultado.
—Sí —se mantuvo en silencio unos momentos, luego dijo de pronto—: Me
hubiera gustado conocer a tus padres.

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—Eran increíbles —murmuró—. Prácticos y amables... creo que debieron


pensar que tenían una hija completamente loca cuando aparecí ante ellos para
decirles que iba a tener un hijo, pero siempre fueron cariñosos y comprensivos. Creo
que te hubieran agradado, Logan. Adoraban a Jonathan.
—Nuestro hijo es adorable. El encanto es un arma muy potente.
—Tú debes saberlo; eres presa de lo mismo —rió Fiona.
El hizo una mueca. Cesó la música y, con el brazo alrededor de su cintura,
Logan se llevó a Fiona a la terraza, donde se encontraban Mary y su acompañante.
Mary estaba pálida, como si tuviera dolor de cabeza. Fiona murmuró algo sobre
el calor, y sugirió beber una copa.
—Buena idea —contestó Mary, más animada—. Para mí, sólo zumo de limón.
He tomado ya suficiente champaña.
Los dos hombres se fueron a por las bebidas, dejando a Fiona y a Mary solas en
la terraza.
—Sentémonos —dijo Fiona—. No sé tú, pero mis pies me están matando y
parece que Ailsa está a cargo de la fiesta ahora.
—¿Ya ha despedido al fiel Bob? —Mary soltó un suspiro de alivio al sentarse en
el sofá bajo las ventanas del estudio—. ¡Oh, aquí se está bien! No necesito decirte que
la fiesta está siendo un éxito, Fiona.
—No, todo va bien y estoy muy complacida. He tenido el temor más terrible
durante todas estas semanas pensando en ella, pero debí saber que con Jinny y Logan
a cargo de todo, nada podía salir mal.
—Y tú también —agregó su compañera—. Has hecho un buen papel, Fiona... sé
que no es el momento ni el lugar, pero hay algunas cosas que quiero decirte.
Fiona se preparó. Lo último que deseaba en aquel momento era una
conversación íntima con Mary; sin embargo, era inevitable, como pudo comprender
después de mirar la determinación que expresaba el hermoso rostro.
—Adelante.
—Es sobre Logan y yo. No hubo nada. Perdí la cabeza por él un cierto tiempo,
pero el que siempre me importó fue Stephen, aunque necesité a Logan para
mostrármelo de la manera más brutal. Danny no quiso creerlo. El desea a Denise, y
está celoso porque ella no quiere nada con él. Mi hermano... desea crear problemas, y
no puedo hacerle ver las cosas... ¡oh, bueno! Supongo que no tiene gran importancia.
Los grandes ojos se veían nublados y sin brillo al fijar su mirada implorante en
Fiona y continuó:
—Parecéis bastante felices tú y Logan. He notado que nos observabas a Steve y
a mí. El no comprende. Pensé que al casarme le demostraría a quién amaba
realmente, pero no ha resultado así —trató de sonreír—. La mayor parte del tiempo
nos llevamos muy bien.

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—Pienso que eres muy valiente —colocó una mano sobre la de Mary,
temblorosa. La apretó fuertemente un instante, soltándola ante la llegada de Danny.
—Creo que Logan tiene suerte —dijo Mary antes de saludar a su hermano
sonriendo.
El correspondió a la sonrisa, con su expresión alerta, mientras colocaba una silla
junto a Fiona.
—Las dos mujeres más hermosas de la fiesta y ningún hombre
acompañándolas. Vuestros maridos no os merecen.
El significado de sus palabras era claro, pero Fiona prefirió ignorarlo.
—¿Y qué marido merece a su mujer? —preguntó alegremente.
—Ajá... ¡una feminista entre nosotros! ¿Logan lo sabe?
—¿Si yo sé qué? —Logan había llegado con las bebidas; le entregó a Mary su
vaso, otro a Fiona, y se quedó de pie, sonriéndole a Danny.
La tensión surgió entre ellos, palpable, amenazadora. Mary bebió la mitad del
zumo de limón nerviosamente, mientras Danny contestaba.
—Tu esposa acaba de manifestarse como admiradora del Movimiento Pro
Liberación de la Mujer. ¿Sabías que estabas cobijando a una serpiente en tu pecho,
Logan?
—Claro —posó una mano sobre el hombro desnudo de Fiona, en actitud
posesiva—. Debes admitir que le haces buena publicidad.
—Sin duda —Danny se levantó e hizo una reverencia cómica—. Tanto así, que
debo invitarla a bailar. ¿Tengo tu permiso, Logan?
Era un reto directo. Fiona sintió una mayor presión en la mano que descansaba
sobre su hombro, pero Logan se limitó a contestar con sencillez:
—Fiona no necesita mi permiso para bailar, Danny.
—Entonces, bella señora Sutherland, venga a bailar conmigo. Ahora puedes
dejar a Mary segura con Logan.
Fiona se mordió el labio y se puso de pie para ir con él, diciéndole severamente
una vez que se hubieron alejado de los otros:
—¿Te complace tanto avergonzar a tu hermana?
—No, he sido muy ruin. Pediré disculpas —estaba avergonzado.
—Mejor déjalo —le aconsejó—. Pero procura no repetirlo. Exhalando un
suspiro, Danny la tomó en los brazos.
—Ahora te he enojado, y eso que pretendía portarme bien. Oye, relájate, no voy
a morderte.
—Me estás apretando mucho.
Aflojó su brazo, mirándola con brillo burlón en los ojos.

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—Me portaré bien, pero se lo pones difícil a uno. Ese vestido está hecho para
coquetear en la pista de baile.
Danny cumplió su promesa de portarse bien, tratando de volver a ganar su
simpatía. Tuvo tanto éxito, que poco después la tenía riendo y tranquila. A partir de
entonces, la noche se pasó volando. Casi todas las personas mayores se fueron
después de la cena, pero los más jóvenes decidieron continuar, y a las tres de la
madrugada estaban en la playa, cantando alrededor de una fogata con la música de
una guitarra.
Fiona se estaba divirtiendo mucho, sentada junto a Logan y Danny, cuando el
guitarrista le dijo:
—Oye, ya se me acabó la cuerda. ¿Tú sabes tocar, Fiona?
Ella se sorprendió, pero aceptó el instrumento. Logan quitó el brazo de su
hombro, y la animó:
—Anda, Fiona.
Durante unos momentos jugueteó con las cuerdas, luego tocó una hermosa
canción maorí de amor, Pokare kare Ana, sobre dos amantes desafortunados. Todos
cantaron por más de media hora, antes que ella mirara alrededor y viera algunos
bostezos. Comenzó una pieza llamada Ahora es la hora, la usual canción de despedida.
Todos la acompañaron y aquél fue el fin de la fiesta. Hubo una despedida general y,
cansada, Fiona comenzó a recoger vasos por toda la casa para meterlos en el
lavaplatos, mientras Logan llevaba a Denise a la casa, pues sus padres se habían
retirado horas antes.
Aquello la molestó, pero Fiona echó a un lado los celos feroces que amenazaban
con devorarla mientras se movía de un lado a otro vaciando ceniceros, para llenar el
tiempo.
En el tercer viaje a la cocina, encontró a Stephen allí, sentado, con la cabeza
entre las manos. Al entrar ella, la levantó y le dirigió una extraña sonrisa.
—El ama de casa perfecta. ¿O estás esperando despierta para averiguar cuánto
tiempo se toma Logan para llevar a Denise a casa?
No estaba borracho, pero había bebido más de lo conveniente.
—Mi esposa odia a Denise —continuó caviloso, antes que Fiona pudiera
hablar—. Te odia a ti también.
—¿Tú lo crees? —Fiona se sorprendió—. Yo no; de lo contrario, todo sería muy
extraño.
El la miró asombrado.
—Eres muy calmada. Me he preguntado qué ve Logan en ti además de tu físico.
Quizá ese aire inalcanzable... a él siempre le ha gustado el reto, y debo decir que tú le
presentas uno. Y de Mary... ¡oh, sí! Te odia porque tú has conseguido a Logan. Ella
aún lo desea; el hermano pequeño no es suficiente —soltó un profundo suspiro—. La
he estado observando todos estos años. Es todo tan cómico... yo la observo, ella

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observa a Logan, Logan a ti y tú... tú te sientas como una gatita y no observas nada
más que a tu hijo. No me gusta ver a Mary sufrir... porque la quiero.
—¿Sí? —Fiona no estaba segura de si la táctica que estaba a punto de utilizar
era la mejor, pero continuó—: Pensé que era premeditado.
—¿Premeditado? ¿A qué te refieres?
—A la manera en que la obligas a estar siempre a la defensiva.
—¿Qué diablos quieres decir?
—Estás tan consciente de la presencia de Logan que la obligas a ella a estarlo
también. No la conozco muy bien, pero soy mujer, y, como tal, puedo decirte que eso
es humillante. Con razón se pone Mary nerviosa cuando la observas. Estoy segura
que ella piensa que disfrutas haciéndole eso, pero si la amaras...
Permitió deliberadamente que su voz se desvaneciera, alzando los hombros con
naturalidad.
—Sí, la amo —contestó Stephen con voz apagada.
—Entonces tu deseo de venganza ha de ser mayor que tu amor, o eres muy
estúpido. Es un milagro que no te haya dejado. Pienso que ha de quererte mucho
para soportarlo.
—Todavía ama a Logan.
—Entonces será que ella es masoquista —contestó Fiona con firmeza, colocando
una taza con café sobre la mesa, frente a él—. Tiene que serlo para disfrutar la
situación en que se encuentra; me parece muy infeliz.
Automáticamente, Stephen bebió el café y luego dejó la taza, mirándola
abstraído.
—Si me amara, me lo demostraría.
—Supongo que no recibe suficiente estímulo —contestó Fiona suavemente—.
¿Qué esperas que haga? ¿La creerías si te dijera que te ama?
—Yo... —movió la cabeza, apesadumbrado—. No, ¿por qué iba a creerla?
—¿Por qué? ¿Esperas algún gesto heroico para probártelo? —sonrió
burlonamente—. Es muy difícil hoy día morirse de amor, así que a Mary no le queda
más remedio que aguantar y quedarse junto a ti.
Hubo un largo silencio, que Stephen rompió, hablando agitadamente:
—¿Por qué te molestas por nosotros? Ni siquiera nos conoces.
—Porque —dijo, escogiendo con cuidado las palabras—, me irrita ver a dos
personas que están enamoradas, hiriéndose tanto y haciendo que todos los demás se
sientan incómodos. Y si no te das cuenta de que tu mujer te ama, cuñado, eres tan
insensible que no la mereces a ella... ni al niño.
Esta era una táctica calculada y premeditada, mentalmente rezaba para que
Mary la perdonara por revelar su estado.

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Stephen la miró fijamente, palideciendo.


—¿Qué... qué has dicho?
—Ya lo has oído. Supongo que no se lo ha dicho a nadie, pero en cuanto la vi
me di cuenta de que está embarazada.
De repente, Stephen parecía haber envejecido. Pesaroso, movió la cabeza.
—Yo... ella... ¿por qué no me lo ha dicho? Sabe que yo... que yo...
—¿Acusarías a Logan de ser el padre? —le contestó Fiona brutalmente. Para
asombro suyo, los ojos de Stephen se llenaron de lágrimas.
—Yo nunca... la he acusado de serme infiel. ¡Nunca! —dijo con fuerza.
—Quizá no con palabras —contestó Fiona—. Pero tu actitud es lo bastante
expresiva.
—¡Oh, Dios! —murmuró. Colocó la frente sobre una mano y luego, alzando la
cabeza, le habló con una dignidad que ella no pensó que poseyera—: Has pegado
muy fuerte, gatita. Y ahora, ¿qué hago? Tú, que pareces saberlo todo... dímelo.
—Sólo confía en ella... y demuéstraselo. Ella también es orgullosa... vosotros, los
Sutherland, no tenéis el monopolio de esa cualidad. No dejes ver que sabes lo de su
embarazo, pues ella querrá decírtelo. ¡Por Dios, hombre, sabrás cómo tratar a tu
esposa! Siempre has sabido lo que se necesitaba para hacerla feliz, ¡o no hubieras
hecho tan buen trabajo para hacerla infeliz!
Stephen se estremeció, pero la cogió del brazo al pasar frente a él, mirándola
con ojos casi suplicantes.
—Se preguntará qué diablos ha sucedido para que yo cambie de repente.
—Quizá, pero estará tan agradecida, que no intentará averiguarlo. Dudo que
pida alguna explicación.
El rió y se puso de pie, sujetándola por los hombros en un cálido abrazo.
—Creo que mi hermano ganó más de lo que apostó cuando se casó contigo,
gatita. Denise decía que no tenías personalidad... me encantaría ver su cara cuando se
entere de lo equivocada que está.
—Quizá ese día nunca llegue —contestó Fiona, apartándose.
—Quizá, pero... —dijo él, con repentina preocupación en sus ojos azules, tan
parecidos a los de Logan.
—No hay motivo para preocuparse, Stephen. Anda, y buena suerte.
Aún ligeramente perturbado, él sonrió.
—Buena suerte para ti también —dijo con calor—. Te lo digo sinceramente.
"La suerte no tiene lugar en lo mío, Stephen", pensó, pero no lo dijo en voz alta.
Si ella había logrado hacerle ver su matrimonio bajo una nueva luz, quizá había
hecho bien al quedarse allí; tal vez Logan le estaría agradecido por ello, si algún día

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se enteraba. Continuó con su trabajo hasta tenerlo todo recogido y las ventanas
abiertas para dejar entrar aire fresco.
Pero Logan aún no había regresado.
Cansada, subió la escalera, se quitó el hermoso vestido gris y lo colgó; se limpió
el cutis y se metió en la cama, en el momento que el primer gallo anunciaba el
amanecer.

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Capitulo 10
-Despierta —le dijo, moviéndola por los hombros—. Son las diez, Fiona, y tu
hijo tiene algo que enseñarte.
Con el sueño aún pesándole en los párpados y con un poco de dolor de cabeza,
se llevó una mano a los labios, bostezando.
—Logan, ¿por qué no te mueres y me dejas en paz? —Al momento,
sobresaltada—: ¡Las diez! ¡No puede ser! Puse el despertador para las siete.
—Lo cambié al regresar —se sentó en la cama para mirarla con ojos poco
amables, mientras le echaba hacia atrás el cabello que tenía sobre las mejillas—.
Estabas dormida tan profundamente, que ni te moviste cuando entré.
Durante un momento, Fiona se sintió confusa bajo su mirada burlona;
inmediatamente, advirtió la almohada hundida y las sábanas arrugadas junto a ella.
—Eso no era necesario —observó, rígida.
—Con invitados en la casa no quiero arriesgarme. De cualquier forma, tú no
pusiste ninguna objeción. ¿O acostumbras a acurrucarte con cualquiera que se meta
en tu cama? Fiona dormida es mucho más accesible que Fiona despierta.
—¿Qué...? —se detuvo, roja de vergüenza. No era posible que tuviera la
audacia de haber ido a ella directamente de los brazos de Denise para robar algo que
no se le daba voluntariamente.
—Tranquila —dijo suavemente—, estaba demasiado cansado para
corresponder a tu invitación. Aunque... —añadió con un tono que le provocó deseos
de golpearlo—, podría reunir las energías suficientes ahora, si aún te sientes con el
mismo humor. Ese camisón revela mucho más de lo que esconde. Muy atractivo y
provocador.
—¡Vete al diablo! —estalló, furiosa consigo misma, por permitirle el poder de
despertar cada nervio de su cuerpo.
El la atrajo al círculo de sus brazos, mirando su rostro rebelde con una chispa de
humor.
—No estalles aún, pequeña; tienes mucho que hacer. Jonathan y yo te damos
exactamente media hora para que te levantes y desayunes, antes de llevarte hasta los
corrales de los caballos. Los esquiladores vienen mañana, lo que significa que tú y
Jinny tenéis mucho que preparar esta tarde. Los Thurston se van y Denise viene a
ayudarte —la sintió encogerse y murmuró cruelmente—: así podrás ver si anoche le
hice o no el amor, ya que tienes un ojo tan agudo para descubrir mis pecados.
Fiona sintió todo su ser envuelto en una ola de rabia, pero entonces fueron
interrumpidos por una llamada en la puerta y la entrada inmediata de Mary,
radiante. Fiona la miró asombrada y se preguntó por qué había pensado que era sólo
bonita: era realmente preciosa, incluso vestida, como entonces, con una sencilla bata
de casa.

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—¿Estoy interrumpiendo algo? —preguntó mientras atravesaba la habitación—.


Bueno, no me importa si lo hago. Fiona, ¡muchacha encantadora! Te quiero, te quiero,
te quiero, y si hay algo que algún día pueda hacer por ti, lo haré con gusto aunque
signifique que tenga que vender mi anillo de compromiso —se lanzó de pronto sobre
los dos abrazándolos, ya que Fiona estaba aún en los brazos de Logan, la besó y
luego a Logan, se rió, se ruborizó, y sé sentó en la cama junto a ellos, los ojos
brillantes de lágrimas ante las miradas de asombro.
—¡Qué cómicos estáis los dos! No, Logan, no me he vuelto loca, o quizá sólo de
júbilo. Pregúntale a Fiona acerca de esto... ella te lo dirá. Fiona, Steve y yo tuvimos
una larga conversación anoche, cuando él subió, y creo que lo hemos aclarado todo,
gracias a ti, que eres maravillosa, sensible ¡y dura! Así que le dije lo del bebé... en seis
meses serás tío, Logan... y si es niña, le pondré tu nombre, Fiona. ¡Estoy tan feliz que
tengo ganas de llorar!
—¡Aquí no! —dijo Fiona alegremente, fascinada de que sus pocas palabras
hubieran dado tan buen resultado. Luchó contra un sentimiento de envidia. Mary y
Stephen merecían la felicidad, después de los años de orgullo terco y de falta de
comprensión—. Tú sabes cómo son los hombres cuando las mueres lloran —
continuó—. Afligirías a Logan.
—¡Al pobre de Logan, nada! No se apena con facilidad.
Al dejarlos, tan enfrascada en su felicidad, parecía que sus pies apenas rozaban
el suelo. Logan esperó que cerrara la puerta antes de dirigir los ojos a su esposa.
—¿Envidia, Fiona? No te queda bien. ¿Cómo lo hiciste?
—Sólo hablando sin rodeos —se movió en sus brazos, tratando de soltarse, pero
él la apretó con mayor fuerza.
—No... quédate aquí. ¿Estás pensando abandonar Whangatapu?
Intentó hallar las palabras que disiparan sus sospechas. No se le ocurrió
ninguna, y sabía que la culpa se reflejaba en su expresión. La de él se endureció
terriblemente.
—Escúchame bien; Fiona: si tratas de irte te seguiré y te encontraré, haciéndote
desear no haber nacido nunca. ¡Lo digo en serio!
No tenía objeto continuar escondiendo la verdad. Nerviosa, se humedeció los
labios, antes de preguntar con una voz que fue más bien un susurro.
—¿Cómo lo has sabido?
No había señal de suavidad en las líneas rígidas de sus facciones. Nunca le
había visto expresión tan cruel.
—Puedo leer en ti como en un libro, querida. ¿Crees que estoy ciego?
Relajó la fuerza de sus brazos.
—Ahora no podemos hablar, pero hasta que podamos, recuerda una cosa: No te
irás de Whangatapu suceda lo que suceda. Tú aceptaste unas condiciones al casarte

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conmigo, y por muy grande que sea la mentira de nuestro matrimonio, tendrás que
aprender a vivir con ella.
—No me hablaste de Denise; en ese caso no me hubiera casado contigo —se
sofocaba bajo su mirada fría.
—No había nada que contar —dijo, implacable—. Nada.
—Logan... yo...
—Fiona, si hubieras confiado en mí, tanto por tu propio bien como por el de
Jonathan, nunca te habrías arrinconado como lo estás ahora. Esperé que lo hicieras,
pero ha sido en vano. Hasta que decidas confiar en mí, continuaremos como estamos.
Ahora, ¿te levantas, o quieres tener a Jonathan esperando?
—No... por lo menos... —hizo una pausa y como él no hiciera intención de
levantarse, pidió—: Logan, ¿puedes salir?
—No —contestó, rotundo—. Eres mi esposa, y tengo todo el derecho a
quedarme en la habitación mientras te cambias.
Le echó una mirada furiosa, apartó las sábanas y salió de la cama envolviéndose
en su bata, tratando de cerrar el lazo que se la sujetaba en el cuello con manos
temblorosas. El la observaba, burlón, mientras ella buscaba la ropa interior y los
pantalones, un suéter y una blusa antes de marchar al baño y cerrar la puerta con un
golpe retador. Ya lavada y vestida, se peinó, entrando precipitadamente en la
habitación.
Logan estaba de pie junto a la cómoda, mirando la fotografía de sus padres. No
se volvió cuando ella entró, así que sólo veía su perfil. Una intensa ola de amor y
deseo la embargó y la impulsó a llamar su atención:
—Logan...
— ¡Ah, ya estás lista! Ven, vamos. El niño está controlando su impaciencia en la
cocina y es probable que haya vuelto loca a Jinny.
El momento profundamente emotivo había pasado. Lo siguió en silencio.
Todos estaban en la cocina, hasta Ailsa, que admitió tener un ligero dolor de
cabeza. Quizá estaba contenta porque a Stephen y a Mary se les veía tan felices.
Nunca había sido muy maternal, pero la situación entre su segundo hijo y su esposa
había logrado preocuparla. Quizá también el matrimonio de Logan. Pero como Fiona
y Logan siempre aparecían en público tan... bueno, tan amistosos, se limitaba a
esperar.
Mientras se acercaban a los corrales, el sol tendía su magia sobre el mar, de un
azul brillante.
—El verano está casi aquí —comentó Mary—. Ya verás qué calor, Fiona.
—Debo encargar los gansos para Navidad —dijo Jinny—, ¿o prefieres pavos,
Fiona? Quizá el ganso sea muy fuerte para Jonathan.
Hubo una risa general.

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—Ya saben que yo veo al mundo a través de mi cocina —se defendió Jinny con
buen humor—. Después del esquileo, Fiona, deberemos hablar sobre la Navidad.
—Lo vas a disfrutar —le dijo Mary con entusiasmo—. En Nochebuena, Logan
siempre organiza una gran barbacoa, todos encendemos velas y cantamos canciones
tradicionales. A los niños les encanta, sobre todo cuando se reparten los regalos. ¡Es
muy patriarcal!
Logan se rió, cogió del brazo a Fiona y le dio una mano a Jonathan, que andaba
esquivando las yerbas a su paso.
—Y tú, pequeño, tendrás que comprar los regalos este año. Estoy seguro que
mamá te cederá el trabajo con mucho gusto.
—¡Sin duda que sí! —convino Ailsa.
Hubo más risas y Danny, recostado en el corral, vio un grupo alegre acercarse.
Sus ojos se detuvieron de inmediato en su hermana, luego con duda en Stephen;
ambos parecían relajados y contentos. Stephen abrazó a Mary y te dio un beso en la
frente.
La familia Welsh estaba esperando también. Después de los saludos, Jonathan
trepó por la cerca, sacó una zanahoria de su bolsillo y llamó. Un hermoso pony color
café se le acercó, moviendo la cola. Fiona, inconscientemente, apretaba tanto el brazo
de Logan, que las uñas se marcaban en su piel.
—Tranquila —murmuró, audible sólo para ella—. Lo ha hecho antes.
Cuando el pony se inclinó para tomar la zanahoria, Jonathan lo cogió de las
crines, hablándole suavemente, y le colocó la montura. Janey Welsh lo ayudó a
ponérsela y el niño, con una expresión tan seria, que hizo que a Fiona se le contrajese
el corazón, inspeccionó que todos los detalles estuvieran en su lugar, y luego dirigió
el pony junto al tronco de un viejo árbol. Un instante, y se encontró orgullosamente
sentado en la silla, los pies metidos en los estribos y las manos sujetando la rienda
con cuidado.
Los chicos de los Welsh vitorearon, haciendo que el pony agitara la cabeza, pero
Jonathan mantenía completo control y sin mirar a su público, comenzó a demostrar
sus conocimientos. El animal, llamado “Ailsa", caminó, trotó, se movió de un lado a
otro frente a ellos, obediente a las órdenes de Jonathan. A Fiona se le antojaba cosa de
magia.
Sin pensar en los que lo rodeaban, continuó el niño con el completo proceso a la
inversa; al quitarle la montura, “Ailsa” siguió a Jonathan hasta la cerca, frotando la
nariz en su hombro, con lo que parecía ser un gran afecto.
Cuando llegó junto a su madre, el niño le sonrió; una amplia sonrisa de oreja a
oreja.
Fiona sintió un nudo en la garganta. Tragó saliva antes de hablar.
—¡Querido, lo has hecho muy bien! ¡Eres un excelente jinete!
—Ahora no te preocuparás por mí cuando monto —le dijo, abrazándose
fuertemente a sus piernas.

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— Nunca me he preocupado, tontito —le contestó con ternura, acurrucándolo


junto a ella—. Sabía que estarías a salvo con papá.
—Ahora que ves lo fácil que es, puedes aprender tú también.
—Supongo que sí —contestó débilmente. Levantó la mirada y encontró una
huella de... algo, en el rostro de Logan. Las palabras que le dijera antes, volvieron a
su mente: "Si hubieras confiado en mí tanto por tu bien como por el de Jonathan..." y
supo lo que tenía que contestar.
—Que nunca se diga que mi hijo puede hacer algo y yo no —respondió con
firmeza—. Querido, tú y papá podéis enseñarme y apuesto que resultaré mejor jinete
que vosotros dos.
Jonathan la miró triunfante y Logan volvió la cara para que ella no pudiera ver
su reacción. Después dijo:
—Buena chica. Trabajaremos hasta que se rinda, ¿verdad, Jonny?
Durante el resto del día, Fiona sintió gran entusiasmo, como si hubiera tomado
una decisión importante, algo que cambiaría su vida por completo.

Mary y Stephen se fueron después del almuerzo, despidiéndose alegremente, y


más tarde lo hicieron los Thurston, que decidieron partir al enterarse de la llegada de
los esquiladores.
—Porque tú no has tenido que soportarlos antes —le dijo la señora Thurston a
Fiona—; te volverán loca, querida. ¡Comen como caballos! Y no querrás ninguna
visita complicándote las cosas.
Antes de irse, Forrest le recordó a su anfitrión su deseo de pintar a Fiona. Logan
no se comprometió, pero sí le dijo que le avisaría si cambiaba de idea y Forrest hubo
de contentarse con tan vaga promesa.
Era la tarde más ocupada que hubiera tenido Fiona. Jinny trabajaba con la
máxima rapidez, horneando grandes cantidades de pasteles y panes. Fiona le
ayudaba, feliz de hacer algo que mantuviera su mente ocupada. Cuando Denise
llegó, estaba envolviendo alimentos en plástico para meterlos en el congelador.
Denise era una trabajadora muy eficiente y entre ambas desarrollaron gran cantidad
de trabajo, antes que Jinny les ofreciera té y las despidiera con su brusquedad
habitual.
—Pasemos a la salita, ¿quieres? —sugirió Denise, disponiendo como si fuera
ella el ama.
Fiona sintió agotarse su paciencia, pero se controló. La vida era ya bastante
complicada para molestarse con Denise. Se mantuvo calmada, consciente de que algo
iba a suceder, que Denise se estaba preparando para alguna especie de confrontación.
Su mente rechazó la idea. Cansada de la noche anterior y de la tarde tan agitada, no
deseaba intercambiar gracias maliciosas con quien trataba a toda costa de arruinar su
vida.

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Sin embargo, no había escapatoria. Resignándose, entró en la salita. Por primera


vez Denise parecía tranquila. Inspeccionó todo lo que había en la habitación, con el
brillo usual de posesión en los ojos, antes de enfrentarse a Fiona, ahora sentada con
aparente calma.
—Creo que es hora de que nos quitemos los guantes —dijo de pronto Denise.
—No si hablas con frases gastadas —contestó Fiona con naturalidad. Los labios
rojos de Denise se apretaron en una estrecha línea; odiaba que se burlaran de ella.
—No seas tan insolente —contestó, violenta—. ¿No crees que es hora de que te
largues de aquí? No hay nada que te ate ahora. Jonathan se encuentra bien y te
prometo que lo cuidaré. Sé que eso es lo que te preocupa.
Fiona se sentía más calmada; podía resistir aquel ataque directo.
—Estoy segura de que lo harías. Sé que estás orgullosa de él, aunque sea porque
se parece tanto a Logan. Pero no es una reproducción en miniatura de su padre,
¿sabes?
—Si quieres decir que no es igual a él —contestó desdeñosa—, puedo
soportarlo. Logan desea un hijo que continúe aquí en Whangatapu, y eso es lo que
Jonathan hará —alzó los hombros—. Soy tan despiadada como Logan, pero en este
caso no es por mí. El ama al niño, y ya que desea un heredero, estoy feliz de que sea
Jonathan, aunque sea tu hijo.
Fiona pensó, asombrada: "¡Ni siquiera conoce a Logan! Todo lo qué puede ver
es al amo de Whangatapu, no al hombre, que no sería capaz de obligar a Jonathan a
una vida que fuera inadecuada para él".
El amor de Logan por su hijo no era una emoción posesiva, no veía al niño
como una extensión de sí mismo. Como un Sutherland, sí, pero una persona dueña
de sí, como también le daba a Fiona libertad para decidir sus propias emociones.
Cegada por la herencia Sutherland y el orgullo de su nombre, Denise no comprendía
al hombre que creía amar.
—Denise, no hay necesidad de continuar con esta conversación. No voy a
abandonar Whangatapu y, si lo piensas con calma, sabrás por qué. Por favor, no
hagas que te lo deletree.
—Supuse que no te irías sin pelea. ¡Encuentras la vida muy cómoda, a pesar de
que sólo estás aquí por tolerancia! Mira, Fiona, haz las cosas fáciles. No me gusta
intercambiar insultos, pero estoy preparada para ser cruel si me fuerzas a ello.
Materialmente estarás bien... ¡Logan se asegurará de ello! Sé que será terrible dejar a
Jonathan, pero sin duda deseas lo mejor para él. Una situación hogareña feliz... ¡no
puedes brindársela! Tú y Logan no lleváis una relación normal... ¡aun antes que él me
lo dijera, yo lo sabía! No hay amor entre vosotros. Y aunque lograras seducirlo, yo
siempre estaré cerca —titubeó y luego dio en el blanco—. ¿Sabes que Logan y yo
somos amantes? Y han sido su infelicidad y frustración por su matrimonio falso las
que finalmente rompieron su resistencia cuando estuvimos en Auckland. El me ama,
Fiona, y yo lo amo. Trató de serte fiel, pero la carne es débil y ¿a quién tenía que serle
fiel? ¿A una esposa que sólo lo ve como al padre de su hijo, que se lo niega todo, que

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acepta lo que le ofrece, pero es fría como el hielo? No hay nada que puedas ofrecerle
a Logan que yo no pueda darle, y con ello mi amor por él. Lo he probado
convirtiéndome en su amante.
Fiona se puso de pie, con el rostro pálido.
—¡Denise, basta! Si de veras amas a Logan, siento lástima por ti, porque no
pienso irme.
Respirando agitadamente, Denise habló con los dientes apretados.
—¡No trates de recurrir a mis mejores instintos, porque, en cuanto se refiere a
Logan, no tengo ninguno! ¿No tienes ningún orgullo? Quedarte aquí, sabiendo que
tu esposo desea a otra mujer... que le hace el amor cuando hay oportunidad —los
ojos oscuros parecían arder—. ¡Y habrá muchas oportunidades cuando me quede
aquí! ¿Cómo vas a soportar eso? Saber que tu marido está...
—¡Denise, cállate! ¡Puedes decir lo que quieras de mí, o de ti, pero no tienes que
calumniar a Logan así! —Fiona respiró profundamente, reuniendo todas sus fuerzas,
rezando para encontrar las palabras adecuadas y terminar una discusión tan
penosa—. Mira, lo siento, pero no va a cambiar. Ni sé ni me importa lo que sucedió
en Auckland, pero si piensas que Logan va a enredarse en una intriga sórdida en su
propio hogar, ante los ojos de las personas que más ama, entonces no sabes nada de
él. ¡Nada! Ahora, por favor, terminemos esto. ¡Te he dicho que no me voy y no me
iré! —De ningún modo podía decirle a aquella engreída que Logan se lo había
prohibido.
—Sí te irás, porque si no lo haces cuando yo te lo diga, ¡me encargaré de que
todo el distrito se entere de la fecha justa en que os casasteis! —observó la reacción de
Fiona—. ¿No sabías que yo estaba al tanto, verdad? Tenía sospechas desde el
principio, así que busqué a alguien para que investigara los registros. ¡Si te quedas
aquí marcarás a tu hijo como bastardo y a ti como una cualquiera! Entonces verás la
actitud de Logan hacia ti. El tiene más de lo que muestra del orgullo de los
Sutherland y eso golpearía donde más le duele. ¡Además, una cosa así mataría a su
madre!
—¿Y tú harías eso?
—Te he dicho que soy despiadada. Y si no puedo ser su esposa, tú no obtendrás
ningún placer por tomar mi lugar.
Fiona se puso de pie, airada, viendo a la otra determinada a satisfacer sus
propias necesidades y deseos sin importarle a costa de quién. Cuando Fiona estaba
molesta, sus ojos se oscurecían, toda su belleza parecía aumentar y fortalecerse. Y
ahora estaba muy enfadada, luchando por su esposo y por su hijo, por Ailsa y por
Jinny.
Dijo con soberbia escalofriante:
—Lo que acabas de decirme me ha convencido de que lo peor que pudiera
hacer es irme. Me has revelado que no conoces a Logan lo más mínimo, que lo ves
todo desde el punto de vista de tus obsesiones egoístas. Tu revelación puede crear
una ola de chismes, no lo dudo, le dará placer a algunas malas lenguas, pero tendrán

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igual placer al discutir tu parte en la historia, atribuyéndote algunos motivos. Y tú no


serás entonces más que la mujer despreciada.
Denise la miró fijamente. Aquélla era una Fiona que no conocía; peor aún, ni
siquiera sospechaba que existiera. Se mantenía controlada, cuando había esperado
verla hundida y casi pidiendo perdón. Fiona estaba demostrando una fuerza que
Denise no podía igualar.
—No pretendas amenazarme —contestó rabiosa—. ¡Me aseguraré de que
ninguna persona decente pise esta casa, y será por tu culpa!
—No seas estúpida. Sabes bien que es una amenaza vacía. Estamos en el siglo
veinte, Denise, no en la época victoriana, y si haces lo que dices, la gente pensará que
tienes buenas razones para ser tan maligna. Y eso no complacería a tus padres.
La derrota se veía en las facciones de Denise. Parecía como si estuviera
luchando contra una piedra, como si todo lo que hubiera construido en su vida, de
repente lo viera completamente sin base. En lugar de la falta de personalidad que
había creído ver en Fiona, se encontraba con una mujer que se mantenía firme ante el
chantaje y las amenazas, alguien infinitamente más fuerte que ella. En aquel
momento de amargo fracaso, Denise Page comenzó la dolorosa cuesta hacia la
madurez. Pero cuando levantó la mirada y advirtió compasión en los ojos de Fiona,
no pudo evitar su despecho.
—No sientas lástima por mí —casi gruñó—. ¡Yo te la tengo a ti! ¡Tendrás que
vivir sabiendo que eres la segunda! Y eso no hará ninguna diferencia en mis
relaciones con Logan. El me ama, ¡me quiere a mí!
—Aunque eso sea cierto —contestó Fiona con calma— no hay futuro para ti,
Denise. Tienes mucho que ofrecerle al hombre adecuado. Sé lo suficientemente
adulta como para aceptar lo que no puede alterarse.
Denise estaba impresionada por su serenidad.
—No te comprendo —dijo, confusa, casi sollozando.
Fiona contestó escogiendo con cuidado sus palabras:
—Has llevado una vida demasiado protegida, rodeada de personas que te
aman y te admiran. Mi vida no ha sido así, Denise; por lo menos, no últimamente.
¿Cómo esperabas encontrarme? —sonrió con amargura—. A veces ni yo misma me
comprendo.
Denise la miró; en realidad la miraba por primera vez en su vida, pensó,
notando su mentón cuadrado, la curva generosa y apasionada de sus labios, los ojos
claros y serenos.
—He sido una tonta, ¿verdad? —suspiró profundamente—. ¡Pensé que sabía
tanto! No... no digas nada —logró sonreír—. Te odio en este momento. Quizá...
después de un tiempo... aprenda a estimarte. No lo sé. Creo que ahora me iré a casa.
—Más vale que te quedes un rato —le sugirió Fiona, admirándola por su valor
y preocupada por si acaso estuviese excesivamente alterada como para conducir con
cuidado.

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—No creo poder soportarlo. No te preocupes, el coche conoce el camino a casa.


Antes de irme... quiero que sepas que te he mentido... Logan nunca me ha hecho el
amor. Yo pensaba... pensaba que era porque es demasiado honorable. Traté de darte
la impresión de que nos habíamos convertido en amantes. El... él supo lo que estaba
haciendo, creo. Anoche decidí que me desharía de ti porque... porque camino a casa
él me dijo que... que no habría nada. Fue cortés pero definitivo; pensé que si lo
dejabas, él acabaría recurriendo a mí —apretó los labios temblorosos, ignorando la
preocupación de Fiona—. Ya ves que... cuando pierdo, sé reconocerlo. Espero...
espero que seáis felices —terminó con dureza.
—Denise...
— ¡No! ¡Déjame algo de dignidad y no me muestres tu compasión! Te lo habría
quitado con el mayor placer y sin ningún remordimiento, pero ahora veo que nunca
estuvo destinado para mí. Pensé que podría manipularos a todos, y lo que he hecho
ha sido el más espantoso ridículo. ¿Se lo contarás a Logan?
—No —contestó Fiona en voz baja.
—No importa. Nada importa ahora. No haré nada tonto —vio la mirada
preocupada de Fiona—. Me quiero demasiado a mí misma para pretender
suicidarme... No vendré más a quedarme, claro. Dile... dile a Ailsa que he decidido
viajar con mis padres... no, se lo diré yo misma. La llamaré mañana —iba caminando
hacia la puerta mientras hablaba, dio la vuelta, y preguntó—: Estás enamorada de él,
¿verdad?
Fiona asintió.
—Sí. Eso explica mucho —dijo Denise—. No creo que te lo merezcas, pero
supongo que sabes lo que haces. Adiós.
Minutos después, Fiona oyó el coche deslizándose suavemente por el camino y
suspiró hondamente. Se sentía al borde de las lágrimas.

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Capítulo 11
Las nubes ganaron la batalla contra el sol y, al acercarse la noche, el viento frío
sopló por las montañas del sur. Logan parecía preocupado; las ovejas pendientes de
ser esquiladas estaban listas en los campos, pero si llovía, se encontrarían demasiado
húmedas para el trabajo y se perdería un día si había que esperar a que se secasen.
Después de cenar, Logan se dirigió hacia los corrales para discutir las cosas con
el jefe del grupo de esquiladores. Fiona acostó a Jonathan y, cuando bajaba, se
encontró a Ailsa a mitad de la escalera.
—Voy a acostarme —dijo su suegra—. Es pesado ya para mí acostarme tarde y
tengo que estar bien mañana. Quiero pulir a mi asesino. Dale las buenas noches a
Logan de mi parte. Hasta mañana, querida.
Fiona prendió el fuego de la chimenea, corrió las cortinas y puso un disco en el
estéreo. Aunque había dormido bien la noche anterior, también se sentía cansada.
Demasiada emoción, supuso, y se sentó tranquila sobre el gran sofá, esperando que
la "Sinfonía Pastoral", de Beethoven, ejerciera su efecto tranquilizador.
Pero no fue así. Por alguna razón, la música no podía apaciguar su mente y a la
mitad del disco, caminaba de un lado a otro por la gran sala, como un tigre
enjaulado. En momentos así deseaba fumar, o tejer; ni el piano le ofrecía esperanza
de poder aliviar su tensión. Al fin, hubo de admitir que tendría que enfrentarse a su
situación o le costaría trabajo decidir lo que debía hacer ahora a la luz de las
revelaciones que Denise le hiciera por la tarde. Supuso que debía sentirse complacida
porque sus sospechas sobre Logan no tenían base, pero por alguna razón, el placer
estaba muy lejos de su ánimo. Al contrario, sentía amargos remordimientos por
haberse engañado con tal facilidad y también por su estupidez. El amor no había sido
suficiente para evitar herirlo; ahora comprendía que su ira había sido una manera de
lastimarlo. Y su orgullo, su arrogancia, le habían impedido a Logan decirle la verdad.
—¡Tonta! —dijo en voz baja—. ¡Tonta, tonta! —su puño golpeó contra el brazo
de un sillón, haciéndola retorcerse con un dolor que su mente no supo reconocer. El
le había hablado con la verdad, y ella le había negado hasta su confianza a pesar de
amarlo. Allí era donde se había equivocado, desde el principio, impidiéndole ocupar
otro, puesto que no fuera el de padre de Jonathan. Se había convencido de que sería
un insulto para él permitirle convertirse en un esposo verdadero cuando no había
amor entre ellos, pero había sido por su orgullo y... sí, tuvo que admitirlo... por un
viejo deseo reprimido de vengarse de la salvaje desilusión que él le hiciera sentir
hacía cinco años. Tal sentimiento ya no existía.
Si aceptaba a Logan, sería bajo sus términos y por decisión de ella. El no
deseaba la entrega involuntaria de su cuerpo; lo había dicho claro. Quería más, su
confianza y su fe en él, algo que ella le podía dar. Quizá era todo lo que él deseaba y
aun así, ¿no le había demostrado amor con su tolerancia, con su negativa a
aprovecharse de su atracción física hacia él? Tristemente, recordó su propia
presunción al hablarle a Stephen hacía menos de veinticuatro horas.
"¿Deseas que Mary te pruebe su amor?", le había preguntado. "¿Cómo?"

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Ella estaba pidiendo lo mismo. Una prueba de un amor que quizá Logan no
sentía. ¿Podía aceptar la tristeza de ser "la segunda" con tal de ofrecerle a Jonathan
un hogar seguro y feliz? Habría respeto mutuo, quizá afecto, probablemente pasión
en tal tipo de relación. ¿Podría conformarse con ello? Cansada, pero triunfante, se
levantó y se acercó al retrato que Thurston le pintara. Los ojos del cuadro la miraron
añorantes.
"Admítelo", le dijo a la Fiona pintada. "¡Lo aceptarás bajo cualquier condición, y
serás feliz con él!" ¿Importaba que el único momento que su corazón palpitara por
ella, fuera cuando le hiciera el amor? El había mostrado desde el principio que estaba
preparado para hacer funcionar su matrimonio correctamente, y ella le había
bloqueado cada intento, negándose a comprometerse olvidando, a cambio, un sueño
romántico.
Suspirando, admitió que podría existir cierta dulzura en la relación, lo cual era
más de lo que ella esperaba desde el principio. Quizá el amor se mostraba en los
detalles diarios, en la tolerancia y en las pequeñas cosas de cada día. Fue hasta la
ventana y descorrió las cortinas. El cielo estaba claro, no había luna, pero Venus
brillaba. Había mucho silencio, tanto, que los pasos de Logan por el pasillo parecían
truenos al pasar frente a la puerta en dirección al estudio.
Fiona dio la vuelta, apagó la luz y salió. Sin tiempo para pensar, se dirigió hacia
el rayo de luz que salía de la puerta medio abierta del estudio. El estaba
inspeccionando algunos documentos, las manos morenas en contraste con el papel.
Cuando Fiona apareció en la puerta, él levantó la cabeza, dirigiéndole una mirada
tranquila.
—Pensé que ya estarías acostada. ¿Querías verme para algo?
—Yo... sí —se ruborizó y tragó saliva antes de hablar—. Yo quiero... si tú aún lo
deseas, que nuestro matrimonio se haga real.
El sonido de los papeles continuó mientras seguía inspeccionándolos. Fiona se
preguntó si la había oído; entonces él la miró y Fiona se horrorizó al no ver más que
frío desprecio en sus ojos.
—¿Te gustaría? —le preguntó secamente.
—Sí —murmuró Fiona, decidida a no ser cobarde otra vez.
Otro silencio, esta vez más corto, durante el cual los nervios de Fiona se
agudizaron; luego, él habló en un tono totalmente carente de expresión:
—Muy bien. Se te ve cansada. Sube. Yo iré en cuanto termine esto.
Le hablaba como si estuvieran finalizando un asunto de negocios. Fiona volvió
a tragar en seco antes de dar la vuelta y regresar a su habitación. No esperaba
grandes muestras de júbilo, pero por lo menos algo. Su frialdad había hecho que
sintiera deseos de salir corriendo de la casa y esconderse en algún lugar oscuro
donde él no pudiera lastimarla de nuevo. Quizá era comprensible que Logan viera su
acción simplemente como parte de un asunto pendiente a cuya conclusión se llegaba,
pero al menos podía hacerlo parecer como una conclusión satisfactoria, pensó con

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amargura. ¡El debía saber cuánto esfuerzo le costaba decir aquellas palabras de
capitulación! ¿Por qué estaba tan enojado con ella?
Se detuvo en mitad de la escalera, suspiró y continuó subiendo. Ahora no había
regreso. Si estaba enojado, quizá era porque pensaba en el tiempo perdido y eso era
culpa de ella. Todos los momentos en que la cortejara con la dulce turbulencia de sus
besos volvieron a su mente. Si ella se hubiera rendido a sus propias emociones y a
sus necesidades en cualquiera de tales ocasiones, no hubiera habido humillación en
su rendición. Era su terquedad lo que la había llevado a la situación actual. El control
arrogante de Logan había sido puesto a prueba demasiadas veces y ella tenía que
pagar el precio o continuar con la farsa de un matrimonio como el que habían vivido
hasta entonces.
Fiona empujó la puerta de la alcoba, encendió la luz y se quedó parada un
momento observándola. Tanto lujo y, sin embargo, tan poca felicidad para ella en
aquel lugar. Allí había llorado por la luna, sólo para que le fuera negada. Podía darle
su amor a Logan y quizá eso endulzaría su amargo conocimiento de que era Venus,
la diosa de la pasión, quien reinaba en aquella habitación y no el amor.
Como una novia en su noche de bodas, se preparó para él, duchándose,
cepillándose el cabello suelto sobre los hombros. El camisón que escogió era de seda,
largo, de estilo griego, del color de su cabello aunque más claro. A través de la tela
transparente su piel brillaba con la tersa blancura de una estatua de mármol.
Cuando estuvo lista, apagó la luz y se dirigió a la ventana, incapaz de hacer el
último movimiento de meterse en la gran cama. Las estrellas brillaban como joyas en
el negro cielo aterciopelado.
En la oscuridad se oía una voz, la del pequeño cazador nocturno que gritaba
advirtiendo a todos los habitantes del campo que la noche era buena para cazar.
Fiona una vez había visto a un animal perseguido en pleno día. Así se sentía ahora,
atemorizada, añorando un refugio.
Oyó la puerta de la habitación de Logan; se puso rígida sin quererlo, mientras
lo oía moverse de un lado a otro. Oyó la ducha, luego hubo largos minutos de espera
antes que Logan abriera la puerta y entrara.
Sus ojos ya estaban bien acostumbrados a la oscuridad y pudo observarlo sin
dificultad. En la penumbra le pareció inmenso, la figura prohibida contra la puerta
blanca, con una bata oscura cubriendo su cuerpo. Casi inmediatamente encendió las
luces y ella parpadeó, deslumbrada.
Se veía una valoración insolente en la mirada que le dirigió con rostro serio e
impávido. Ruborizándose, Fiona sintió su cuerpo entrar en calor mientras él la
contemplaba, pero se obligó a soportar aquellos ojos despiadados cuando levantó los
suyos para mirarle directamente.
—Ven —dijo Logan suavemente.
Manteniendo la cabeza alta, ella atravesó la habitación. La mirada de Logan era
amenazadora y cruel, y aun así el corazón de Fiona palpitaba locamente en su pecho,
tan alto que estaba segura de que se oía.

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Logan sonrió burlón cuando se detuvo a sólo algunos pasos de él, que se
mantenía con los brazos cruzados sobre el pecho y recostado contra la puerta.
Era una tortura exquisitamente refinada. Fiona se mordió el labio, luego alzó los
brazos para rodearle el cuello y ofrecerse a él por completo. Su rendición era tan
plena y absoluta como él la había deseado, pero aun así no se movió, aunque las
llamas amenazaban en la profundidad de sus ojos.
—¿Porqué este cambio, Fiona? —le preguntó con labios casi inmóviles.
Ella movió la cabeza, murmurando:
—¿Eso importa? —Todavía al dar este último paso, ella deseaba aferrarse a los
restos de su orgullo.
—Sí. Deseo saber qué ha producido este cambio tan repentino. ¿Has decidido
tratar de prender fuego con fuego, sacar una página del libro de Denise y probar un
poco de seducción?
Ahora ella se sintió airada, pero cuando intentó retirar sus brazos, las manos de
Logan se movieron rápidamente, presionando sus muñecas para hacerla quedarse
donde estaba.
—Y si lo he hecho, ¿qué? —preguntó temblorosa.
—Será interesante ver si tienes el valor de llevarlo acabo —contestó él un
momento antes que su boca cubriera la de ella, en un beso carente de ternura y
respeto.
Durante un momento Fiona se asustó, tratando de soltarse de sus brazos, que
eran una cruel prisión aunque la sujetaban sin esfuerzo, y pronto no pudo pensar,
perdida en el oscuro poder de su pasión, respondiendo, de una manera que nunca
antes pudo hacer, a su experta técnica de amante. Ella comprendía que aquello no era
galanteo, sino seducción, pero su boca y sus manos encendían en sus venas un fuego
que sólo podía ser aplacado mediante una completa unión, y cuando él la tomó en
brazos para llevarla a la cama, ella no protestó.
La colocó en el lecho, se quitó la bata y se colocó junto a ella, su cuerpo contra el
suyo, la boca sensual sobre su piel, las manos acariciándola expertamente mientras le
quitaban el camisón. Ella tembló, encontrando el fuego devorador de su mirada, pero
acarició la cálida piel húmeda de sus hombros, besando la morena columna de su
garganta, y luego una oscura ola de éxtasis la llevó lejos, hacia un estado de
inconsciencia en medio de la cual, una voz que no creyó reconocer suspiró su
nombre.
Satisfechos, durmieron abrazados, y cuando Fiona se despertó estaba aún
oscuro, aunque uno de los gallos de la granja cantaba triunfal, así que el amanecer no
estaba lejos. Despacio, moviendo su cuerpo con cuidado para no despertar a Logan,
se levantó, entró en el baño y se sirvió un vaso de agua.
El líquido alivió su garganta reseca, pero había un punzante dolor en sus sienes
que no se calmaba fácilmente, y durante algunos momentos se recostó en los fríos
azulejos de la pared. La vida nunca, ni en los momentos más negros, le pareció tan
fútil, tan carente de toda esperanza. ¿Sería siempre así? La pasión, luego la

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satisfacción y después el sabor amargo de un amor frustrado. Con el tiempo, sin


duda, ella se acostumbraría al hecho de que Logan poseía todas las cualidades
esperadas de un amante, con excepción de la ternura, pero ahora le parecía la peor
humillación que hubiera sufrido y esperaba que su sensibilidad se embotase de tal
manera, que no pudiera volver a lastimarla.
La pequeña llama inagotable de valor que ella encontraba cada vez que la vida
lo requería, volvió de nuevo en su ayuda. Se enderezó, regresó a la habitación que,
por su propia voluntad, se había convertido en la fuente de su infelicidad. Logan se
removió cuando ella se metió entre las, sábanas, y dijo con voz apagada:
—Debías haberme traído un vaso de agua. También tengo sed.
—No sabía que estabas despierto —dijo ella—. ¿Te lo traigo?
—Por favor.
Encendió las luces, observándola con ojos entrecerrados mientras ella
atravesaba la habitación, desempeñando aquella tarea servil. Bueno, pensó con
amargura, por sí misma había escogido aquel papel: La esposa de Logan para correr
tras él. Dios le enviase fuerzas para desempeñarlo sin quejarse.
Logan bebió el agua y esperó a que ella volviera a meterse en la cama.
—¿No vas a apagar la luz? —le preguntó Fiona, temiendo acercársele
demasiado para invitarlo a que comenzara de nuevo su galanteo desalmado. Ella
había pensado que una vez que le rindiera su cuerpo, terminarían sus problemas, o
casi todos ellos. ¡De qué extraño modo golpeaba la vida, demostrándole la inutilidad
de su empeño, apenas iniciado!
—No. Necesitamos hablar —repuso él con firmeza.
Sorprendida, Fiona lo miró, sintiéndose otra vez dolorosamente consciente de
su presencia física. Como en ella, la tensión no había desaparecido por completo de
su expresión, pero estaba mucho más tranquilo de como lo había visto antes.
Sintió un dolor lacerante en el corazón. Al menos, ella le había proporcionado
aquel apaciguamiento físico.
—No, discutiremos primero —dijo Logan bromeando y sonrió al ver el rubor
que sus palabras ocasionaban en las mejillas de Fiona—. Después de... lo ocurrido
pensaba que nunca más te sonrojarías por mí.
—No... no seas irónico. ¿Qué tenemos que discutir?
—¡Como si no lo supieras!
¿Había ternura en su voz? Fiona no lo sabía, pero su respiración se aceleró
cuando Logan le rozó el hombro.
—Se te ve como si hubieras tenido una noche emocionante, lo cual apruebo
completamente. ¿Cómo te has hecho ese moretón?
La travesura brilló en los ojos de Fiona, pero su voz se oyó tímida.
—No conoces tu propia fuerza.

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El besó tiernamente la parte lastimada.


—Perdóname si fui demasiado brusco. Aunque, normalmente, cuando se
rompe una represa, hay quien sale lastimado, y anoche sucedió algo similar. Tú y yo
tenemos que hacer algunas aclaraciones. Deseo saber por qué decidiste permitir
todos mis derechos legales sobre tu persona esta noche pasada. Estoy seguro de que
no tenías esa intención ayer.
—No... —Titubeó, decidiendo luego que hablaría sin ocultar nada; ahora sólo la
sinceridad podía ayudarle. ¡Al diablo con su orgullo!— Fue la culminación de
muchas cosas —trataba de no reparar en que él jugueteaba con un mechón de su
cabello, enredándolo entre sus dedos—. Sabía que no podía mantenerme apartada de
ti mucho más tiempo, pero mientras creí que estabas enamorado de Denise, no quise
que se me usara como... una especie de sustituta.
—¿Tú creías que estaba enamorado de Denise? —se le veía incrédulo—. Creo
que te dije bien claro que, aunque tuve idea de casarme con ella, nunca estuve
enamorado.
—No me dijiste nada claro —le contestó con ligera aspereza—. ¿Cómo
esperabas que yo supiera lo que sentías? No te conocía bien, no tenía idea de cómo
pensabas o reaccionabas, y ella procuró hacerme ver que tenía algunos derechos
sobre ti. Al principio pensé que quizá habías creído que ella era la esposa más
adecuada para ti... pero... —titubeó, retorciendo un pico de la sábana con dedos
nerviosos, sin atreverse a mirarlo.
—Pero... —interrumpió él, sin decir nada más.
—Las cosas se pusieron tirantes, y cuando regresasteis de Auckland, ella...
bueno, tú lo sabes. La viste y supiste muy bien lo que su actitud implicaba.
—Sé a lo que te refieres. Nunca me he sentido más enojado en mi vida que
entonces, aunque esperé que un poco de celos quizá te devolviera la razón.
—Sí, bueno... en cierta forma fue así. Sólo que pensé que si te habías convertido
en su amante, era porque la amabas. No creí que pudieras hacerle el amor a no ser
que fuera por eso.
—Por lo menos sabías eso de mí —dijo dándole un fuerte tirón de pelo.
—Decidí irme y dejar el campo libre para ella. Jonathan la quiere, y ella a él.
Luego me dijiste que no debía irme, me hablaste de la confianza, y me di cuenta de
que nunca me había confiado a ti. Lo acepté todo, la seguridad, tu amor hacia
Jonathan, Whangatapu... Habías procurado hacer las cosas bien, y yo no te había
ofrecido nada. Así que decidí que era hora dé que te diera algo... no por gratitud ni
nada parecido, sino porque si amabas a Denise, todo lo que podía ofrecerte con mi
persona era una especie de... refugio —levantó las pestañas lentamente y lo miró,
agregando en voz baja—: Yo... yo te amo Logan. Creo que siempre te he amado,
incluso en aquellos años en los que creí que no te volvería a ver. Todo lo que deseo es
que tú seas feliz.
—Mentirosa —la acercó con manos maravillosamente gentiles—. Quieres algo
más que eso, así que no pretendas ser tan noble y sacrificada.

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Ella se rió, creyendo por fin en lo que sus ojos, sus manos y su voz le revelaban.
—Tienes razón, claro. Sentiría mucho que de veras amases a Denise, porque la
despedí ayer, y si la veo mucho en el futuro, ¡terminaré por sacarle los ojos!
Sin poder evitarlo, él comenzó a reírse, los sonidos de su risa se amortiguaban
sobre el cabello de Fiona, que sentía un calor inexplicable fluir por todo su ser; un
renacimiento de sus emociones, aunque se daba cuenta de lo que él aún no le había
dicho, aquello que debía suponer la clave de una felicidad que nunca había esperado
y que no merecía.
Pero no tuvo que esperar mucho.
—¡Oh, Fiona, querida tonta! —exclamó por fin, besándole la frente y luego sus
párpados, suavizando el cabello' enredado con ternura—. ¡Te amo tanto! Debería
golpearte sin misericordia por dudarlo.
—Se me hacen cardenales con facilidad —murmuró dulcemente, sujetándolo
muy cerca de ella, sintiendo un regocijo que no había experimentado nunca antes en
su proximidad. El amor por él la dejaba sin respiración; deseaba decirle tanto, que las
palabras no le salían y sólo pudo apretar la cabeza contra su pecho.
—Aún no —dijo él, divertido, con una amenaza de pasión en su voz que la hizo
temblar de excitación.
Aflojó su abrazo, pero trazó con delicadeza los contornos de su rostro y
garganta, absorbida ante la maravilla de poder darle licencia a sus manos,
pensamientos y emociones.
—Logan, ¿por qué le permitías tanto a Denise? —le preguntó con tristeza.
—Esperé poderte dar celos —cogió su mano para besarla—. Terminemos de
una vez las explicaciones, y así no quedarán dudas. Antes que reaparecieras en mi
vida, más o menos había decidido que Denise era la esposa más adecuada que podía
encontrar.
—¿Tan fríamente calculado?
—Creo que sí. Ella estaba enamorada de la idea de convertirse en una
Sutherland, y yo la estimaba. Tienes que admitir, querida, que es lo suficientemente
bella como para hacer hervir la sangre de cualquier hombre.
Oírle decir aquello le daba celos, pero nada replicó.
—Tú y yo nos encontramos de nuevo, y yo deseaba a Jonathan —continuó
Logan—. A mi manera fría de ver las cosas, decidí que podías ser moldeada como
esposa y me casé contigo. No soy un hombre paciente, pero no pensaba apremiarte
en ningún sentido. Tú habías pagado un precio muy alto por una noche de locura, y
no podía presionarte. En lo que no pensé era en cómo me afectabas —levantó su
rostro para que lo mirara a los ojos y dijo irónicamente—: Me costaba mucho
esfuerzo mantener mis manos apartadas de tu cuerpo y tuve que construir algunas
barreras para protegerme en caso de que las cosas se salieran de control. De ahí mis
ataques de mal humor. Fue una situación infernal. Tú te comportabas como una
sensitiva; Jinny se ponía intransigente, mamá dudosa. Danny, por su parte, rondaba

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para crear problemas y Denise hacía todo lo posible para que las cosas estallasen.
Créeme, ¡estuve a punto de arrastrarte a la cama conmigo para poder deshacerme de
todas las preocupaciones! Es más, estaba pensando seriamente hacerlo... me
mostraste que podías responderme de una manera bastante satisfactoria. Entonces...
algo sucedió, que me dejó atontado por completo, como un joven inexperto ante su
primer amor.
—¿Qué?
—Me di cuenta de que te amaba. Así, de pronto. Fue el día que nos esperaste
bajo el nogal después que los integrantes del club de jardinería se marcharan.
Abrazaste a Jonathan y viéndote allí, tus ojos nublados de agotamiento, nuestro hijo
en tus brazos, pensé... ahí está la única mujer que puedo desear. No era sólo un deseo
físico, como pensaba antes, era una necesidad más profunda y más fundamental que
ésa. Cuando te traje a Whangatapu estaba seguro de que me amarías un mes
después, pero nunca bajabas tus defensas, excepto las físicas. Y eso ya no era
suficiente para mí. Yo te deseaba completa, pero no me dabas ninguna señal de lo
que sentías por mí.
—Y no eres un hombre paciente —murmuró, amorosa—. Lo has sido conmigo,
sin embargo.
En aquel momento se besaron; una larga afirmación de amor y ternura, un beso
sin pasión, una promesa, una realización.
—No me interrumpas —la regañó al separarse—. Supongo que entiendes que
hoy tenemos mucho trabajo por delante. No tenemos tiempo, querida. No es que
haya mucho más que decir. Yo dejé a Denise portarse como lo hacía porque pensé
que los celos te ayudarían a tomar una decisión. Me aseguré de que no fueras a
escaparte, y esperé los resultados. No pensé que esto sucedería tan rápido. Aquel
beso que viste entre Denise y yo fue el único... un agradecimiento por haberla llevado
a Auckland conmigo. Ella se aprovechó, claro, pero a mí no me importó. Deseaba que
estuvieras celosa, pero cuando vi la repulsión en tus ojos supe que había sido un
error.
Fiona se rió, pero habló con tristeza.
—Anoche... ¿por qué te mostraste tan frío, tan... tan impersonal?
—Supe que Denise había estado aquí; la vi partir y tuve una idea acerca de lo
que había sucedido —se apoyó en un codo, mirándola con una sonrisa irónica—. En
realidad no sé porqué me comporté así. No tenía intención de tomarte hasta que todo
hubiera sido discutido, pero perdí el control de la situación en el momento que me
tocaste, y entonces ya fue tarde —le dio un suave beso en el pecho—, debo confesar
que algo incorregible y primitivo en mí disfrutó de tu rendición, sobre todo, porque
tú también gozabas de ello.
—¡Bárbaro! —se burló, rodeándolo con sus brazos para acercarlo a sí.
—Es verdad —la miró a los ojos, y se rió con la peligrosa risa de un
conquistador, diciendo antes que sus labios volvieran a encontrarse—: Voy a

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disfrutar más ahora, querida mía, porque ya no hay ninguna barrera entre nosotros.
Eres mi esposa, y todas nuestras relaciones serán en adelante así, llenas de amor.
Ella lo miró, maliciosa.
—¿Y qué va a pasar con el esquileo?
—¡Al diablo con eso!
Y fue... como sería en adelante: amor, risa y pasión unidos para alcanzar juntos
el éxtasis.

Fin

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