0% encontró este documento útil (0 votos)
38 vistas3 páginas

Tradiciones Peruanas: Padre Pata

El documento narra cómo un fraile franciscano llamado fray Matías Zapata predicaba en contra de la causa independentista peruana y del general San Martín. Cuando las fuerzas patriotas ocuparon la ciudad de Chancay, capturaron al fraile y lo llevaron ante San Martín. Éste le quitó la primera sílaba de su apellido, dejándolo como fray Matías Pata, en castigo por su insolencia.

Cargado por

Cuenta Oficial
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
38 vistas3 páginas

Tradiciones Peruanas: Padre Pata

El documento narra cómo un fraile franciscano llamado fray Matías Zapata predicaba en contra de la causa independentista peruana y del general San Martín. Cuando las fuerzas patriotas ocuparon la ciudad de Chancay, capturaron al fraile y lo llevaron ante San Martín. Éste le quitó la primera sílaba de su apellido, dejándolo como fray Matías Pata, en castigo por su insolencia.

Cargado por

Cuenta Oficial
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

TRADICIONES PERUANAS

Ricardo Palma
LA PADRE PATA:
A viejos y viejas oí relatar, allá en los días de mi infancia, como acaecido en Chancay, el mismo
gracioso lancé a que un ilustre escritor argentino da por teatro la ciudad de Mendoza. Como
no soy de los que se ahogan en poca agua, y como en punto á cantar homilías á tiempos que
fueron tanto da un teatro como otro, ahí va la cosa tal como me la contaron.
Cuando el general San Martín desembarcó en Pisco con el ejército patriota, que venía á
emprender la ardua faena complementaria de la Independencia americana, no faltaron
ministros del Señor, que como el obispo Rangel predicasen atrocidades contra la causa
libertadora y sus caudillos.
Que vociferen los que están con las armas en la mano y arriesgando la pelleja, es cosa puesta
en razón; pero no lo es que los ministros de un Dios de paz y concordia, que en medio de los
estragos de la guerra duermen buen y comen mejor, sean los que más aticen el fuego.
Paréceme a aquél que en la catástrofe de un tren daba alaridos:
— ¿Por qué se queja usted tanto?
— Porque al brincar se me ha desconcertado un pie.
-Cállese usted, so marica. ¡Quejarse por un pie torcido cuando ve tanto muerto que no chilla!
Desempeñando interinamente el curato de Chancay estaba el franciscano fray Matías Zapata,
que era un godo de primera agua, el cual, después de la misa dominical, se dirigía a los
feligreses, exhortándolos con calor para que se mantuviesen fieles a la causa del rey, nuestro
amo y señor. Refiriéndose al Generalísimo, lo menos malo que contra él predicaba era lo
siguiente:
—Carísimos hermanos: sabed que el nombre de ese pícaro insurgente San Martín, es por sí
solo una blasfemia; y que está en pecado mortal todo el que lo pronuncie, no siendo para
execrarlo. ¿Qué tiene de santo ese hombre malvado? ¿Llamarse San Martín ese sinvergüenza,
con agravio del caritativo santo San Martín de Tours, que dividió su capa entre los pobres?
Confórmese con llamarse sencillamente Martín, y le estará bien, por lo que tiene de semejante
con su colombroño el pérfido hereje Martín Lutero y porque, como éste, tiene que arder en los
profundos infiernos. Sabed, pues, hermanos y oyentes míos, que declaro excomulgado vitando
á todo el que gritare ¡viva San Martín! porque es lo mismo que mofarse impíamente de la
santidad que Dios acuerda a los buenos.
No pasaron muchos domingos sin que el Generalísimo trasladase su ejército al norte, y sin que
fuerzas patriotas ocuparan Huacho y Chancay. Entre los tres o cuatro vecinos que, por amigos
de la justa causa como decían los realistas, fue preciso poner en chirona, encontró se le
energúmeno frailuco, el cual fue conducido ante el excomulgado caudillo.
— Conque, señor godo— le dijo San Martín— ¿es cierto que me ha comparado usted con
Lutero y que le ha quitado una sílaba a mi apellido?
Al infeliz le entró temblor de nervios, y apenas si pudo hilvanar la excusa de que había
cumplido órdenes de sus superiores, y añadir que estaba llano a predicar devolviéndole a su
señoría la sílaba.
— No me devuelva usted nada y quédese con ella— continuó el General; — pero sepa usted
que yo, en castigo de su insolencia, le quito también la primera sílaba de su apellido, y
entienda que lo fusilo sin misericordia el día en que se le ocurra firmar Zapata. Desde hoy no
es usted más que el padre Pata; y téngalo muy presente, padre Pata.

Y cuentan que hasta 1823 no hubo en Chancay partida de nacimiento, defunción u otro
documento parroquial que no llevase por firma fray Matías Pata, Vino Bolívar, y le
devolvió el uso y el abuso de la sílaba eliminada.
Cuando el general San Martín desembarcó en Pisco con el ejército patriota, que venía a
emprender la ardua faena complementaria de la Independencia americana, no faltaron
ministros del Señor, que como el obispo Rangel predicasen atrocidades contra la causa
libertadora y sus caudillos.
Que vociferen los que están con las armas en la mano y arriesgando la pelleja, es cosa puesta en
razón; pero no lo es que los ministros de un Dios de paz y concordia, que en medio de los estragos
de la guerra duermen buen y comen mejor, sean los que más aticen el fuego. Paréceme a aquél
que en la catástrofe de un tren daba alaridos:

¿Por qué se ¿Porque al


queja usted brincar se me ha
tanto? desconcertado
un pie?

Cállese usted, so
marica. ¡quejarse
de un pie torcido
cuando ve tanto
muerto que no
chilla.!

Desempeñando interinamente el curato de Chancay estaba el franciscano fray Matías Zapata, que
era un godo de primera agua, el cual, después de la misa dominical, se dirigía a los feligreses,
exhortándolos con calor para que se mantuviesen fieles a la causa del rey, nuestro amo y señor.
Refiriéndose al Generalísimo, lo menos malo que contra él predicaba era lo siguiente:

Carísimos hermanos: sabed que el nombre de ese pícaro


insurgente San Martín, es por sí solo una blasfemia; y que está en
pecado mortal todo el que lo pronuncie, no siendo para execrarlo.
¿Qué tiene de santo ese hombre malvado? ¿Llamarse San Martín
ese sinvergüenza, con agravio del caritativo santo San Martín de
Tours, que dividió su capa entre los pobres? Confórmese con
llamarse sencillamente Martín, y le estará bien, por lo que tiene
de semejante con su colombroño el pérfido hereje Martín Lutero
y porque, como éste, tiene que arder en los profundos infiernos.
Sabed, pues, hermanos y oyentes míos, que declaro excomulgado
vitando a todo el que gritare ¡viva San Martín! porque es lo
mismo que mofarse impíamente de la santidad que Dios acuerda
San Martín ese sinvergüenza, ¿con agravio del caritativo santo San Martín de Tours, que dividió su
capa entre los pobres? Confórmese con llamarse sencillamente Martín, y le estará bien, por lo que
tiene de semejante con su colombroño el pérfido hereje Martín Lutero y porque, como éste, tiene que
arder en los profundos infiernos. Sabed, pues, hermanos y oyentes míos, que declaro excomulgado
vitando a todo el que gritare ¡viva San Martín! porque es lo mismo que mofarse impíamente de la
santidad que Dios acuerda a los buenos.
No pasaron muchos domingos sin que el Generalísimo trasladase su ejército al norte, y sin que
fuerzas patriotas ocuparan Huacho y Chancay. Entre los tres o cuatro vecinos que, por amigos de
la justa causa como decían los realistas, fue preciso poner en chirona, encontró se le energúmeno
frailuco, el cual fue conducido ante el excomulgado caudillo.

Conque, señor godo—


le dijo San Martín—
¿es cierto que me ha
comparado usted con
Lutero y que le ha
quitado una sílaba a mi
apellido?

Al infeliz le entró temblor de nervios, y apenas si pudo hilvanar la excusa de que había cumplido
órdenes de sus superiores, y añadir que estaba llano a predicar devolviéndole a su señoría la sílaba.

No me devuelva usted nada y


quédese con ella— continuó
el General; — pero sepa usted
que yo, en castigo de su
insolencia, le quito también la
primera sílaba de su apellido,
y entienda que lo fusilo sin
misericordia el día en que se
le ocurra firmar Zapata.
Desde hoy no es usted más
que el padre Pata; y téngalo
muy presente, padre Pata.

Idea importante:

Son 453 tradiciones, cronológicamente, dentro de


la historia peruana, y seis de ellas se refieren
al imperio incaico, 339 se refieren al virreinato, 43
se refieren a la emancipación, 49 se refieren a
la república y 16 no se ubican en un periodo
histórico preciso.

También podría gustarte