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DE CL ARACIÓN DE B O G OT Á

E n c u en t ro I n ter naci onal


El papel de las revistas de Historia en la consolidación
de la disciplina en Iberoamérica
(50 Años del Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura)

Los días 21, 22 y 23 de agosto de 2013, tuvo lugar el Encuentro Internacional: “El papel de las revistas de
Historia en la Consolidación de la Disciplina en Iberoamérica” en la Universidad Nacional de Colom-
bia, sede Bogotá, y en ocasión de cumplirse 50 años del Anuario Colombiano de historia Social y de la
Cultura. Contó con la presencia de editores y directores de revistas de historia de relevancia académica
de varios países (ver anexo de revistas y editores). Se hizo un diagnóstico que consta de los siguientes
aspectos:
1.- Los criterios de evaluación que son aplicados por los organismos públicos a nuestra producción
provienen de disciplinas diferentes de la historia (ciencias naturales y físico-matemáticas). De
ello se desprenden contradicciones entre la valoración oficial y el valor científico de la produc-
ción historiográfica de nuestras revistas.
2.- Hay una subordinación de las validaciones académicas a exigencias burocráticas.
3.- La aplicación de estas formas de evaluación limita los niveles de interacción efectiva de las his-
toriografías iberoamericanas.
4.- La utilización de índices de evaluación y de páginas electrónicas en lengua inglesa hace que la
producción científica en lenguas española y portuguesa, crecientemente numerosa y diversifica-
da, cuente con una visibilidad sumamente reducida.
5.- Se hace imprescindible contar con una comunidad de editores de revistas de historia en lenguas
española y portuguesa.
6.- Es urgente que las autoridades públicas reciban propuestas de la comunidad de historiadores y
conozcan los niveles, criterios y parámetros de calidad a los que aspiramos desde los presupues-
tos de la propia disciplina.

En virtud de lo expuesto, y de la necesidad de sumar esfuerzos para resolver problemas comunes, se


llegó a la formulación de las siguientes propuestas:

Primera.- Crear una red iberoamericana de editores de revistas de historia de carácter abierto. En lo
inmediato, se ha propuesto usar el portal de la Asociación Colombiana de Historiadores.

Segunda.- Toda nueva revista que aspire a integrarse en la red, deberá cumplir al menos los requisi-
tos siguientes: llenado de un formato de adhesión libre avalado por su comité editorial; presentación
de la revista por dos editores integrantes de la red, además de los que establezca el comité coordina-
dor de la misma.

Tercera.- Dicha red prevé la creación de un índice de revistas de historia.

Cuarta.- Conformar un portal electrónico de revistas mediante el cual sea posible la interacción
entre los editores y los organismos oficiales de evaluación.
Quinta.- Seleccionar y elevar criterios y parámetros de evaluación propios de la disciplina histórica
ante los organismos oficiales, para que puedan ser utilizados como insumos y facilitarles sus proce-
dimientos de evaluación en el ámbito internacional.

Sexta.- Utilizar los recursos tecnológicos tales como facebook, twitter, blogs y otros, para facilitar la
comunicación entre los editores de revistas.

Séptima.- Elaborar un banco de evaluadores por subdisciplinas y periodos históricos que esté a
disposición de los integrantes de la red.

Tanto el diagnóstico como las propuestas que preceden se hallan en continuidad con aquellos del
encuentro celebrado en la ciudad de México los días 24 y 25 de septiembre de 2010, los cuales dieron
lugar a la “Declaración de El Colegio de México”, publicada oficialmente en el número 210 de la revis-
ta Historia Mexicana. En consecuencia, los directores y editores de revistas de historia abajo firmantes
se adhieren a dicho documento, a la vez que le agregan el diagnóstico y propuestas antedichas. Y se
proponen publicar esta declaración en sus revistas.

Bogotá D.C. 23 de agosto de 2013.

Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.
Anuario de Historia Regional y de las Fronteras, Universidad Industrial de Santander.
Boletín de Historia y Antigüedades, Academia Colombiana de Historia.
Fronteras de la Historia, Instituto Colombiano de Antropología e Historia – ICANH, Bogotá.
Grafía Colombia, Universidad Autónoma de Colombia, Bogotá.
Goliardos, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.
Historia Caribe, Universidad del Atlántico, Barranquilla.
Historia Crítica, Universidad de Los Andes, Bogotá.
Historia y Espacio, Universidad del Valle, Cali.
Historia y Memoria, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia – UPTC, Tunja.
HISTORelo, revista de Historia Regional y Local, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
Historia y Sociedad, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
Memoria y sociedad, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.
Trashumante, Universidad de Antioquia y Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Cuajimalpa,
Colombia y México.
Hispanic American Historical Review, Duke University – Durham, North Carolina, EE. UU.
Historia Mexicana, El Colegio de México, México
Historia Social, Fundación Instituto de Historia Social, Valencia, España
Procesos. Revista ecuatoriana de Historia, Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador.
Procesos Históricos, Universidad de los Andes – Mérida, Venezuela.
Projeto História, Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo, Brasil.
Revista de Historia social y de las mentalidades
Revista PolHis, programa Buenos Aires de Historia Política, Buenos Aires.
Boletín de historia
y antigüedades
vol. CI, no. 858,
enero - junio de 2014

Conten i do
Contents

13 Presentación

Artículos / Articles

15 La independencia de las colonias españolas de


América del Sur. Los Virreinatos del Río de la Plata
y del Nuevo Reino de Granada
david bushnell

33 Escrutinio de David Bushnell a la historia política


de Colombia y Argentina a través de sellos postales.
luis horacio lópez domínguez
Academia Colombiana de Historia

83 Entre la “Vieja” y la “Nueva” Historia. Una


aproximación reciente al Boletín de Historia
y Antigüedades.
Between the "Old" and "New" History. A recent
approach to the Boletín de Historia y Antigüedades
fernán e. gonzález g. s.j.
Centro de Investigación y Educación Popular – Cinep, Colombia
natalia león soler
Universidad Externado de Colombia

115 Censuras y regulaciones a los juegos de albur en el


Nuevo Reino de Granada, siglo XVIII
Censures and regulations to gambling in the new
kingdom of Granada, XVIII century
roger pita pico
Academia Colombiana de Historia
143 La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas y
su impacto en el caribe neogranadino
Blood purity under bourbon reforms and its impact on
the caribbean neogranadino
aline helg
Universidad de Ginebra, Suiza

181 El cantero y el artista. San Agustín como una


reliquia nacional
The artist and the stonemason. San Agustin national
as a relic
roberto pineda camacho
Universidad Nacional de Colombia

219 Santa Librada y la Academia Colombiana de


Historia
Saint Librada and the Colombian Academy of History
jaime de almeida
Universidad de Brasilia, Brasil

243 Diplomacia fallida. Caso de San Andrés y


Providencia: omisiones de la defensa
Failed diplomacy, case of San Andrés and Providencia:
omissions of defense
francisco barbosa delgado
Universidad Externado de Colombia

Reflexiones históricas / Historical reflections

271 El descubrimiento del mundo. Cinco siglos de


búsqueda de identidad
The discovery of the world. Five centuries of search for
identity
efraín sánchez
Academia Colombiana de Historia
287 Crónica del nacimiento de la televisión en Colombia
Chronicle of the birth of television in Colombia
teresa morales de gómez
Academia Colombiana de Historia

301 Gimnasio moderno. Cien años


Gimnasio Moderno. A hundred years
alberto corradine angulo
Academia Colombiana de Historia

Recensiones

307 Fernando Mayorga García. La propiedad


territorial indígena en la provincia de Bogotá. Del
proteccionismo a la disolución (1831-1857)
jorge morales gómez
Universidad de Los Andes, Colombia

Vida académica

311 Santiago Díaz Piedrahita (1944-2014)

319 Proposiciones

325 Estatutos de la Academia Colombiana de Historia

Del Boletín

341 Los autores

345 Indicaciones para los autores / Guidelines for


Submitting Originals

355 Índice cronológico


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Presenta ción

El presente número del Boletín de Historia y Antigüedades se inicia


con un homenaje a uno de los más eminentes “colombianistas” entre los histo-
riadores norteamericanos, David Bushnell (1923-2010), cuyo estudio sobre el
primer gobierno de Santander nos abrió muchos caminos para el acercamiento
a los comienzos de nuestra vida republicana, que fue completando luego con
una síntesis importante de la historia política de Colombia, titulada con el su-
gerente nombre de Una nación a pesar de sí misma.
Para este homenaje hemos recuperado un pequeño texto, nunca publicado,
de carácter comparativo, La Independencia de las colonias españolas de América
del Sur. Los virreinatos del Río de la Plata y del Nuevo Reino de Granada, escrito
en 2009, con ocasión de la discusión sobre la celebración del bicentenario de
las independencias hispanoamericanas. Este texto marcó el regreso del profesor
Bushnell a la Academia Colombiana de Historia, a la que había ingresado en
1970, con una conferencia en el ciclo organizado por el Comité del Bicentenario
José Manuel Restrepo, donde colaboraban la Academia Colombiana de Histo-
ria, la Asociación Colombiana de Historiadores, los programas de historia de las
universidades de Bogotá y organismos del Ministerio de Cultura.
En su texto, Bushnell rescata la importancia del método comparativo, con-
trastando la pronta declaración de independencia absoluta de Venezuela con el
caso tardío del Río de la Plata y el caso intermedio de la Nueva Granada, subra-
yando la importancia de la geografía y de las condiciones de la lucha militar, que
diferencian los tres procesos. La guerra feroz y generalizada en Venezuela y los
conflictos de Buenos Aires con los que serían las futuras naciones de Uruguay, Pa-
raguay y Bolivia son muy diferentes de caso neogranadino, marcado por las luchas
entre regiones y la resistencia de algunas regiones periféricas a la causa patriota.
Este artículo de Bushnell es enmarcado luego por un texto de Luis Horacio
López Domínguez, que relaciona el desarrollo de la labor investigativa del autor

[ 9]
Presentaciòn

con sus recuerdos personales referidos a su común interés por la filatelia, que
los lleva a referirse a los personajes de la historia política y social de Argentina y
Colombia presentes en los sellos postales de los dos países: San Martín, Belgra-
no y Rivadavia, al lado de Eva Perón y Carlos Gardel, contrastan con las figuras
de Bolívar, Nariño, Santander, Sucre y Rafael Núñez, que son analizadas por
Bushnell dentro de su respectivo contexto histórico.
A continuación, Fernán González y Natalia León intentan un acercamiento
a la reciente producción del Boletín, que reproduce una ponencia presentada en
el Encuentro Internacional: el papel de las revistas de Historia en la consolida-
ción de la disciplina en Iberoamérica, organizado por el Anuario Colombiano de
Historia Social y de la Cultura. Ese balance hace evidente la falsedad de la disyun-
tiva entre “Vieja” y “Nueva” Historia al mostrar tanto las continuidades como las
rupturas de los enfoques de los discursos de orden en torno a la celebración del
12 de octubre de 1492 y los avances sobre historia social en la época colonial.
Esas continuidades y rupturas aparecen en los dos artículos siguientes,
centrados en el siglo xviii: el de Aline Helg, de la Universidad de Ginebra, que
muestra los límites que la realidad social y demográfica del Caribe neogranadino
representaba para los intentos de hacer cumplir los requisitos oficiales de “lim-
pieza de sangre” para el reclutamiento de los funcionarios, clérigos y militares
encargados de la defensa del reino, que obligaban a extender el fuero militar
y otros privilegios a los “libres de todos los colores”. Por otra parte, Roger Pita
examina las tensiones sociales que generaban las regulaciones y controles sobre
los juegos de azar, de muy difícil aplicación en el mundo colonial, donde eran
escasas las oportunidades de entretención.
Estos dos artículos, dedicados a la historia social del siglo xviii, contrastan
con los dos siguientes, concentrados en el tema del manejo social de las imágenes.
Así, en primer lugar, Roberto Pineda Camacho retoma el tema de San Agustín
como reliquia nacional, partiendo de la impresión que algunas imágenes de los
muiscas, relacionadas con el mito del Dorado, produjeron en los conquistadores
españoles y la consideración de sus artefactos como idolatría con la nueva mira-
da de los ilustrados del siglo xviii sobre de esos objetos como antigüedades, que
preludia los acercamientos de Codazzi, Zerda, Acosta y Uricoechea en el siglo
xix y la expedición de Preuss a San Agustín ya en el siglo xx. Por su parte, Jaime
de Almeida se dedica al análisis del sentido político de otra imaginería, centrada
en el culto a Santa Librada, mostrando la importancia de sus procesiones en las
celebraciones del 20 de julio de 1810.
En contraste con esta celebración de la Independencia, Efraín Sánchez, en
una brillante reflexión histórica, retoma el tema de la búsqueda de identidad

[ 10 ]
Presentación

en torno a la celebración del 12 de octubre de 1492, en el discurso de orden


con que la Academia de Historia conmemoraba esa fecha. Sánchez señalaba las
acaloradas discusiones sobre esa fecha, que llevaron, entre otras cosas, a que la
Academia resolviera centrar su celebración anual en torno a la Independencia.
Y su intervención, que subrayaba la importancia de la llegada de los conquis-
tadores españoles como el comienzo de nuestra crisis de identidad, pretendía
hacer menos bizantino el debate para centrar la llegada de Colón como parte
del proceso mayor del descubrimiento del mundo por y para los europeos, cuyo
enfrentamiento con la novedad americana desbordaba sus concepciones e imá-
genes previas. Se presentaba así, una especie de revolución copernicana de corte
geopolítico, que confrontaba al imaginario europeo con el descubrimiento del
Otro, del diverso, pero sujeto a la hegemonía de Europa.
Estos encuentros con el Otro, el distinto de nos-otros, aparecen, aunque
en un contexto cronológicamente diferente, en la disputa jurídica sobre los lí-
mites marítimos de nuestro país con Nicaragua, cuyos orígenes se remontan
a los finales del período colonial. En torno a ese diferendo, Francisco Barbosa
Delgado presenta una posición que discrepa profundamente del manejo de la
diplomacia del Estado colombiana en esa materia, señalando que, a su parecer, la
defensa del Estado colombiano desconoció los alcances del principio uti possidetis
iuris en su litigio ante la Corte Internacional de Justicia y omitió señalar la falta de
ejercicio de la soberanía de Nicaragua y el tema de la importancia de la demo-
cracia dentro del sistema regional.
Finalmente, el Boletín recoge una sabrosa crónica sobre los orígenes de la
televisión colombiana, realizada por Teresa Morales de Gómez, que fue testigo
privilegiada de las aventuras de ese nacimiento, debido a la iniciativa y empuje
de su esposo, Fernando Gómez Agudelo. En el mismo sentido, el Boletín se re-
fiere, de manera sucinta, a la celebración de los primeros cien años del Gimna-
sio Moderno, en una nota de nuestro colega, Alberto Corradine, que esperamos
sea ampliada en números siguiente de este Boletín.
Además de las habituales secciones sobre la vida de la Academia y la publi-
cación de sus nuevos estatutos, el presente número del Boletín se cierra con una
nota de duelo, por la desaparición inesperada de quien fuera presidente de la
Academia, don Santiago Díaz Piedrahita, seguida por la del general Álvaro Va-
lencia Tovar, que han dejado una sensación de enorme vacío entre sus amigos y
colegas de esta Academia Colombiana de la Historia.

Fernán E. González G.
Director

[ 11 ]
Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

La independencia de las
colonias españolas de América
del Sur. Los Virreinatos del Río
de la Plata y del Nuevo Reino
de Granada
Dav id Bus hne l l

Conferencia dictada en la Academia Colombiana de Historia


el 12 de mayo de 2009.
La bibliografía recogida al final del texto es una compilación realizada
por Luis Horacio López Domínguez.

[ 15 ]
Cómo citar este artículo:
Bushnell, David. “La independencia de las colonias españolas de América del Sur. Los Virreinatos del Río de
la Plata y del Nuevo Reino de Granada”. Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 15-31.

[ 16 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Hace varios milenios el autor griego Plutarco escribió la obra clásica que tituló
Vidas paralelas, que consistía en unos pares de biografías cortas, en cada caso
trazaba semejanzas y contrastes entre una figura de la antigua Grecia y otra ro-
mana. Para bien o mal, el método biográfico ha estado pasando de moda, pero
el comparativo no, y creo que, en vísperas del bicentenario del movimiento de
independencia hispanoamericana, vale la pena trazar unas vidas paralelas no
simplemente entre próceres —ya no hacen falta más comparaciones de Bolívar
y San Martín que generalmente se traducen en peleas entre historiadores argen-
tinos y venezolanos— sino de revoluciones.
He pensado enfocar la discusión en cuatro aspectos relevantes: 1) hitos
cronológicos; 2) naturaleza de la lucha militar; 3) contenido programático; y
4) proyecciones continentales. Sobre lo primero, cabe recordar que aun cuando
nos aferramos convencionalmente a una fecha posterior, en realidad el movi-
miento comenzó dos años antes de 1810, cuando la acefalia del trono español,
debida a la invasión napoleónica y el resultante secuestro de Fernando vii. En
América se dieron entonces varios intentos de establecer juntas regionales de
gobierno —aquí en Santafé por ejemplo— equivalentes a un autogobierno de
hecho, por más que juraran actuar en nombre de Fernando vii. Pero los gober-
nantes coloniales, habiendo reconocido la Junta Central española, órgano de la
resistencia a Napoleón, lograron frustrar todos los esfuerzos juntistas locales
salvo en Chuquisaca (actual Sucre en Bolivia) y en Quito. Aquella junta se esta-
bleció unas semanas antes, pero por ciertos tecnicismos, sus credenciales se han
cuestionado por historiadores ecuatorianos que insisten en la primacía de la
junta quiteña —desatando una controversia en la que no me atrevo a meterme
yo. En todo caso, ni una ni otra sobrevivieron al contraataque de los cuadros
leales a la resistencia española.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 15-31 [ 17 ]


David Bushnell

Así, pues, llegamos a 1810, cuando el desenlace fue distinto. Los franceses
se habían apoderado ya de casi toda España; la Junta Central se disolvió dando
lugar a un nuevo Consejo de Regencia que quiso reemplazarla como autori-
dad suprema del imperio entero. Entonces estalló una nueva racha de intentos
juntistas. Esta vez tuvieron mayor éxito, y la primacía le corresponde indiscu-
tiblemente esta vez a Caracas, gracias no precisamente a Bolívar, quien estaba
en su hacienda, sino a otros miembros de la clase alta criolla que depusieron al
capitán general, juraron fidelidad al cautivo monarca, pero tomaron en sus pro-
pias manos las riendas de la colonia el día 19 de abril —mientras que en Buenos
Aires pasó lo mismo tan sólo el 25 de mayo y aquí, por supuesto, el 20 de julio.
En esta carrera ganó Caracas no simplemente por su fervor revolucionario sino
por su situación geográfica, de todas las capitales coloniales era la más cercana
a Europa y por lo tanto la que primero recibió noticias de lo que pasaba en la
“Madre Patria”. Buenos Aires, estando más lejos, supo y actuó más tarde; San-
tafé, no tan lejos en kilómetros pero sí en días de viaje, demoró más todavía.
E igualmente Quito, que repitió su intento juntista en septiembre de 1810.
Venezuela volvió a tomar la delantera al declarar la independencia abso-
luta el 5 de julio de1811, antes que ninguna otra colonia hispana. De esta ma-
nera abandonó la que se ha dado en llamar la máscara de Fernando, que había
sido para unos la expresión de un sincero deseo de combinar autogobierno
con algún resto de conexión con España y para otros una fórmula transicional
o simple subterfugio. Esta vez Bolívar sí tuvo que ver, no como miembro del
congreso que hizo la declaratoria sino por una trayectoria de agitación a favor
de la causa independentista. Aunque Cartagena siguió el ejemplo venezolano en
noviembre, Nueva Granada en su conjunto esperó dos años más y la Argentina
hasta julio de 1816.
A primera vista la tardanza argentina es un hecho curioso, porque de to-
das las colonias es la única que desde el establecimiento de su primera junta de
gobierno no enfrentó nunca una seria amenaza de reconquista española. En
realidad, sin embargo, esta ventaja les permitió a los argentinos postergar la de-
cisión final. Así podían ir consolidando el nuevo régimen sin enajenar definiti-
vamente todos los partidarios del antiguo. Mas cuando la derrota de Napoleón
le permitió a Fernando vii recuperar su trono y éste hizo ver su intención de
restablecer el régimen colonial tal cual estaba antes de 1810 ya no era factible
mantener la ficción de estar gobernando en su nombre. Para los revoluciona-
rios del norte de Sur América esta disyuntiva había llegado antes, en Venezuela
en especial, cuya situación geográfica resultó otra vez un factor relevante Es que
allí la ficción referida no podía mantenerse frente a la reacción armada de unos

[ 18 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La independencia de las colonias españolas de América del Sur.
Los Virreinatos del Río de la Plata y del Nuevo Reino de Granada

contrarrevolucionarios atrincherados en provincias periféricas, apoyados por


las autoridades no muy distantes de las Antillas españolas y alentados por el
mismo Consejo de Regencia de la “Madre Patria”, que había perdido poco tiem-
po en ordenar a su flota del Caribe bloquear la costa venezolana. En semejantes
condiciones era demasiado obvio lo absurdo de seguir jurando fidelidad al rey
–y la máscara de Fernando fue abandonada. En Nueva Granada se necesitó más
tiempo para llegar al mismo punto de decisión, y un esfuerzo mayor en ausen-
cia de un gobierno general capaz de actuar en nombre de la colonia entera. Pero
salvo en unas provincias recalcitrantes como Pasto, por lo menos se les ganó a
los argentinos.
Aun cuando el contraste en cuanto a declaraciones de independencia tie-
ne que ver con las condiciones de la lucha militar —mientras más inmediata y
más cercana la lucha, como en Venezuela, más temprana la declaración— cabe
aclarar que los revolucionarios argentinos no vivían precisamente en paz. Claro
que España misma estaba demasiados lejos como para desempeñar papel acti-
vo en el Río de la Plata. Pero en la llamada Banda Oriental o sea Uruguay, que
pertenecía al virreinato rioplatense, se rechazaba la autoridad revolucionaria,
no tanto por amor a España sino por la rivalidad de Montevideo con Buenos
Aires. Además, en la misma Banda hubo levantamientos de gauchos rebeldes,
para no mencionar las intrigas portuguesas desde el Brasil en su anhelo por
anexarse el territorio, todo lo cual les preocupaba continuamente a las autori-
dades revolucionarias argentinas, aun cuando no se trataba de una amenaza in-
mediata mientras luchaban entre sí tantas facciones diversas al otro lado del río.
El Paraguay, también parte del virreinato, simplemente no quería nada que ver,
rechazó una fuerza enviada desde Buenos Aires pero no tenía interés en montar
contraataque. Donde sí se daba una batalla casi permanente era en el noroeste,
lindante con el Alto Perú —actual Bolivia— que también había pertenecido
al virreinato. Los líderes porteños, es decir los de Buenos Aires, lanzaron una
invasión tras otra para apoderarse de la región, con sus legendarias riquezas mi-
neras y densa población indígena, pero siempre salieron derrotadas. También lo
fueron las continuas contra-invasiones lanzadas por los realistas del altiplano,
con ayuda de sus correligionarios en el Perú, que llegaron incluso hasta Salta,
ciudad principal del noroeste argentino. Se dieron por otra parte unos brotes
de lucha contrarrevolucionaria en el mismo interior argentino, pero sofocados
más o menos con facilidad. Esta debilidad de la oposición interna se debía en
cierta forma al simple hecho de la posición monopólica de la ciudad-puerto de
Buenos Aires: las otras provincias dependían forzosamente de la capital para
cualquiera relación con el mundo exterior, pues de ella —muy a diferencia de

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 15-31 [ 19 ]


David Bushnell

Caracas y Santafé— se irradiaban todas las vías de acceso o de salida (menos en


el caso de la Banda Oriental o sea Uruguay que a la larga simplemente se inde-
pendizó). En total, la guerra para Argentina constituyó un drenaje continuo de
recursos materiales y conllevó importantes bajas humanas, pero en compara-
ción con Venezuela, por ejemplo, la Argentina salió casi ilesa.
En cambio, en Venezuela la guerra fue no sólo más feroz sino más gene-
ralizada. La cercanía tanto de las Antillas Españolas como [relativamente] de la
misma España seguía creando problemas allí para los patriotas: Desde Puerto
Rico, por ejemplo, vino Domingo Monteverde, destructor de la Primera Re-
pública de Venezuela, y fue Venezuela el destino de la mayor expedición que
jamás hubiera salido de España hacia América, la comandada por Pablo Morillo
en 1815. Pero fuertes tensiones al interior de la sociedad venezolana contri-
buyeron también a la serie de descalabros que sufrieron las fuerzas patriotas:
Alzamientos de esclavos, resistencia de la élite criolla al ascenso de los pardos [el
grupo demográfico más numeroso], el conflicto entre llaneros acostumbrados
a la caza de ganado salvaje y propietarios que buscaban convertir los llanos en
haciendas privadas, las rivalidades entre provincias periféricas y Caracas —de
todos estos factores y otros similares supieron aprovecharse los dos bandos en
pugna, realistas al igual que patriotas. Lo que dio lugar así a una guerra tanto
social como política. Aun cuando la Primera República abolió, por ejemplo, las
distinciones raciales en la letra de la ley, no pudo acabar con los prejuicios here-
dados y muchos pardos, beneficiarios de la medida, simplemente no creían en
la sinceridad de los dirigentes criollos que habían sido sus autores y se plegaron
al bando contrario.
Finalmente logró Bolívar dar a la revolución cierta aureola de reivindica-
ción social, abogando por la abolición de la esclavitud y distribuyendo mandos
y favores entre cabecillas de los pardos —con tal que no rivalizaran con él—,
pero la guerra no perdió su carácter duro y sanguinario. Se ha calculado que
en Venezuela habría muerto por lo menos la quinta parte de la población total,
cancelando así el incremento natural que normalmente habría habido –algo
que en el sur del continente pasó en un solo pequeño rincón o sea el Uruguay
por su combinación particular de guerras y de guerrillas civiles e internaciona-
les. Claro que no todas las muertes ocurrieron en campo de batalla, pues enfer-
medades y privaciones les afligieron a todos, civiles y militares, y así por el estilo.
En fin, en Venezuela en mucho mayor grado que en el sur el conflicto militar
evolucionó de una contienda ente milicias cívicas comandadas por miembros
del notablato colonial y preparadas para una guerra de baja intensidad, a una
guerra irregular de sabor más popular [y causante de mayores estragos].

[ 20 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La independencia de las colonias españolas de América del Sur.
Los Virreinatos del Río de la Plata y del Nuevo Reino de Granada

En lo que se refiere a la naturaleza de la lucha militar, Nueva Granada


representa un término medio entre Venezuela y el Río de la Plata: el interior
quedó a salvo de ejércitos realistas hasta 1816 —fecha de la Reconquista— aun-
que no de las reyertas civiles entre nariñistas y federales; mientras que en la peri-
feria la revolución encontró mayor resistencia –tratándose en Nueva Granada de
la Costa y Suroccidente, y en la Costa como en Venezuela gracias en cierta forma
a la cercanía de las Antillas españolas. Claro está que en la etapa final, de resisten-
cia guerrillera a los “pacificadores” y luego la Campaña Libertadora de Nueva
Granada que culminó con el triunfo de Boyacá y sus secuelas, el conflicto se
extendió a la colonia entera. Así y todo, el saldo final de destrucción física fue
bastante menor que en Venezuela, aunque la producción de oro —principal
rubro de exportación y directa o indirectamente de rentas fiscales— se redujo
abruptamente por la interrupción de vías y la sustracción de su mano de obra
esclava [fuera fugada o reclutada].
La pérdida de vidas humanas fue también menor que en Venezuela, pero
con una excepción importante: la racha de ejecuciones ordenada por Morillo
bajo la Reconquista casi acabó con la plana mayor intelectual y militar de la pri-
mera patria. Lo mismo no pasó en Venezuela a pesar de ser epicentro de la guerra
a muerte decretada por Bolívar, y por eso en tiempos de la Gran Colombia los
altos mandos militares fueron casi todos venezolanos, lo cual tuvo por supuesto
algo que ver con la posterior vocación civilista de la política de Nueva Granada.
Cabe añadir que, a lo largo de la lucha, el contenido social no era tan obvio
como en Venezuela, salvo tal vez en la Costa, donde la movilización de pardos a
favor de la revolución no sólo influyó en la temprana declaración de indepen-
dencia de Cartagena sino que incomodó a ciertos elementos criollos, lo que a su
turno contribuyó a desatar la reacción desproporcionada frente a la frustrada
revuelta del almirante Padilla —el pardo de mayor rango militar— durante la
dictadura bolivariana.
La ejecución de Padilla, así como años antes la de Piar en Venezuela por
orden de Bolívar, demuestran claramente que la élite criolla había conservado
el primer puesto social; pero tuvo que aceptar varios ajustes al ordenamiento de
la sociedad. En Nueva Granada como en Venezuela e igualmente la Argentina
el proyecto nacional que tenían en mente los revolucionarios —o sea el conteni-
do programático de la revolución— abarcaba la igualdad ante la ley de todos los
grupos étnicos, inclusive para el ejercicio del sufragio con tal que se reunieran unas
condiciones étnicamente indiferentes de educación y solvencia económica, ya que
en ninguna parte se contemplaba una verdadera democracia de sufragio universal
como en el mundo de hoy. Más bien el objetivo político de los revolucionarios

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 15-31 [ 21 ]


David Bushnell

[objetivo no necesariamente de realización inmediata] era un régimen consti-


tucional representativo con libertades civiles y contrapesos al poder arbitrario
pero con una participación popular limitada exactamente como en otros países
del mundo en su transición del antiguo régimen a la democracia moderna.
La eliminación de la esclavitud también gozó de amplio apoyo aun cuando
había pocos partidarios como Bolívar de una abolición inmediata, de manera
que generalmente se legisló simplemente la libertad de vientres, a la vez que se
libertaba al otro principal grupo étnico desventajado, la población indígena, del
pago del tributo y por lo menos en la letra de la ley de cualquier tipo de trabajo
forzoso. Una mayoría de los dirigentes republicanos habrían apoyado también
la libertad religiosa —la tolerancia de cultos— pero bien sabían que el clima
de opinión todavía no lo permitía, y por eso se contentaban con cercenar las
prerrogativas tradicionales de la iglesia en lo social y cultural. Fue extinguido,
eso sí, el tribunal de la Inquisición; hubo cierre de conventos que no tuvieran
un mínimo de religiosos ordenados, límites a los votos religiosos y algunas otras
cosas así.
El compromiso con un sistema político liberal, aunque no verdaderamen-
te democrático, se desprendía de los primeros reglamentos y constituciones
adoptados tanto en el Norte como en el Sur [y no siempre aplicados fielmente
en medio del fragor de la guerra]. Se dieron unas diferencias, sin embargo, en
cuanto a otras innovaciones institucionales ya que muchas de las que se aca-
ban de enumerar las adoptó sólo en 1821 el Congreso de Cúcuta para Nueva
Granada y Venezuela pero ya se habían emitido antes en el Río de la Plata, en
una mayoría de casos por la Asamblea General Constituyente de 1813. Dicha
Asamblea incluso adoptó algunas que en el norte no aparecieron, como por
ejemplo la abolición del estanco de tabaco y de los mayorazgos y hasta de la
costumbre de bautizar con agua fría. Esta última medida se presentó como de
salud pública, para que los pequeñuelos no se resfriaran mortalmente, pero
quienes la adoptaron buscaban además, sin duda, golpear en forma simbólica
al clero retardatario.
La precocidad de los reformadores argentinos resultaba en cierta forma de
que la guerra allí no se libraba tan cerca de la capital y por eso no distraía tanto,
pero igualmente importante es el hecho de haber sido Buenos Aires una ciudad
muy abierta, no sólo al comercio internacional sino a las últimas corrientes
intelectuales que llegaban en los mismos barcos. Así se explica que en los años
1820, o sea la década posterior a la lucha independentista, el gobierno provin-
cial de Buenos Aires, bajo el liderazgo de Bernardino Rivadavia, fue aún más
lejos, siendo incluso la primera jurisdicción del mundo hispano en autorizar la

[ 22 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La independencia de las colonias españolas de América del Sur.
Los Virreinatos del Río de la Plata y del Nuevo Reino de Granada

libertad de cultos; se abolieron a la vez en Buenos Aires el fuero eclesiástico y los


diezmos, mientras que por otro lado se prohibieron las corridas de toros, mal
vistas por los visitantes ingleses. No sorprende que estos excesos de reformismo
hayan dado lugar a una fuerte reacción expresada en la larga dictadura de Juan
Manuel de Rosas, así como el descontento con las innovaciones liberales, bas-
tante más moderadas las patrocinadas por Santander en la Gran Colombia y
que alimentaron la reacción que desembocó en la dictadura final de Bolívar.
Refiriéndonos ahora —por fin— a la cuestión de proyección continental
de las revoluciones, saltan a la vista importantes paralelos —que culminan en
el histórico encuentro de Bolívar y San Martín en Guayaquil— pero también
contrastes llamativos. Los argentinos desde el primer momento buscaban revo-
lucionar en su totalidad el virreinato del Río de la Plata y aunque muy pronto
perdieron interés en Paraguay, que para ellos casi no valía la pena y aceptaron de
hecho la pérdida del Uruguay, pero dedicaron grandes esfuerzos al intento a la
larga infructuoso de mantener el control sobre el Alto Perú, actual Bolivia. En-
tablaron relaciones con Chile pero antes de San Martín no parece que muchos
de ellos pensaran seriamente en una participación militar a nivel continental.
A la gente de Buenos Aires en especial le interesaba más los sucesos europeos.
Sin embargo San Martín, quien regresó de Europa sólo hasta 1812, sí tenía
vocación americanista, lo mismo que Bolívar en el Norte, pero no fue nada fácil
convencer a sus compatriotas de la interdependencia de los teatros americanos
de la guerra y de la necesidad de libertar todo el continente de una vez. El argu-
mento que finalmente pudo esgrimir de manera decisiva fue la imposibilidad
de libertar y por ende anexar el Alto Perú con sus ricas minas de plata sin des-
truir primero el poder realista en el Bajo Perú, que servía de retaguardia de los
realistas de aquél. Así y todo, después de cruzar los Andes a Chile —paso pri-
mero en su ruta hacia Lima— le llovieron insistentes ruegos de regresar a casa y
tratar de componer los conflictos internos argentinos. San Martín no hizo caso
y siguió al Perú. Más aun cuando soldados argentinos lo acompañaron hasta el
final y algunos de ellos pasaron luego a servicio de Bolívar, los gobernantes por-
teños prestaban cada vez menos atención a la guerra al otro lado de los Andes.
Entre los venezolanos El Precursor Francisco de Miranda había soñado
con la liberación de toda Hispanoamérica y su conversión en un inmenso nue-
vo imperio, y el gobierno de la Primera República de Venezuela suscribió un
tratado de amistad y alianza con las Provincias Unidas de Nueva Granada, el
primer convenio latinoamericano entre patriotas de diferentes colonias, con
un enviado a Santafé, el canónigo chileno Salvador Cortés de Madariaga. Pero
los venezolanos tenían demasiados problemas inmediatos que enfrentar como

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 15-31 [ 23 ]


David Bushnell

para adoptar visiones de largo alcance. Y Nueva Granada no tenía ni siquiera


un sólido gobierno general capaz de emprender políticas americanistas. Más
bien la “diplomacia” durante la Primera Patria consistía en relaciones entre las
mismas provincias cuasi-autónomas granadinas, que montaron secretarías de
relaciones no tanto para enviar agentes al exterior [salvo en el caso de Cartage-
na] sino para tratar con provincias vecinas. Fue Bolívar quien rompió decisiva-
mente con estas pequeñeces para asumir una postura hispano-americanista. Lo
motivaron hasta cierto punto su propia sed de gloria y su lectura de la historia
de otras grandes naciones, desde la antigua Roma hasta Napoleón, pero entraba
también en juego la misma convicción estratégica de San Martín de que la inde-
pendencia de ninguna de las ex-colonias sudamericanas estaba asegurada hasta
que todas fueran liberadas [y derribado muy en especial el poder realista en el
Perú]. Afortunadamente nunca se le intimó la necesidad de retirarse y aunque
su vicepresidente Santander no le despachaba toda la ayuda solicitada —y el
reclutamiento y los impuestos para la guerra en el Perú eran profundamente
impopulares en Venezuela y Nueva Granada— en esferas oficiales de Bogotá a
diferencia de Buenos Aires no fue puesta en tela de juicio la necesidad de prose-
guir hasta el fin. Tampoco se rehusaron a participar en el Congreso Anfictiónico
convocado por Bolívar con vistas a la creación de una permanente alianza o
confederación [las palabras se usaban de manera casi intercambiable] entre las
nuevas naciones de América Española. Los resultados del congreso que se reu-
nió en Panamá fueron decepcionantes, Buenos Aires ni siquiera había aceptado
la invitación.
Cabe añadir en calidad de post-data que en el interior argentino había
mayor pasión americanista que en la ciudad-puerto, siempre más orientada ha-
cia Europa. Por tanto no sorprende que haya sido oriundo de Córdoba el más
connotado admirador argentino de Bolívar, el deán Gregorio Funes, a quien la
Gran Colombia nombró ministro en Buenos Aires. Lamentablemente, su ges-
tión tuvo muy poco éxito.

[ 24 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La independencia de las colonias españolas de América del Sur.
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Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Escrutinio de David Bushnell


a la historia política de
Colombia y Argentina a través
de sellos postales
L u is Hor acio L ópe z Domí nguez
Academia Colombiana de Historia

[ 33 ]
cómo citar este artículo:
López Domínguez, Luis Horacio. “Escrutinio de David Bushnell a la historia política de Colombia y
Argentina a través de sellos postales” Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 33-82.

[ 34 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El historiador David Bushnell (Filadelfia, 1923 - Gainesville, 2010) mantuvo a lo
largo de su ciclo vital una perseverante disciplina como docente, en sus exploracio-
nes archivísticas, de hemerotecas e investigativas de amplio espectro y un espacio
hogareño colmado de afecto con doña Virginia Starkes y sus hijos que les sobre-
vivieron: John, Peter y Cathy. Su formación profesional de historiador la hizo en
Harvard University (AB, 1944; MA, 1948; PhD, 1951); con una Sheldon Fellowship
recorrió de México hasta Quito en bus en 1943, dedicó tres meses a viajar por carre-
teras, vías ferroviarias, puertos fluviales de Colombia, y como un hechizo, aquí hizo
su segunda espacio mental e investigativo, en sus estadías anuales con su esposa.
En 1995, en entrevista con Victoria Peralta aclaró: “Siempre me he sentido
más identificado con los estudios latinoamericanos que con la historia como
disciplina"1. Inmerso en la vida cotidiana incursionó en los estudios de la cultura
popular que lo llevaron hacia la exploración de los iconos postales, los sellos
de correo de Argentina y más tarde tornó su mirada a los colombianos de la
Regeneración de 1886, que coleccionaba. Dejó una abundante producción bi-
bliográfica sobre ambos países cuya historia política colonial y republicana bien
conocía y estudiaba. Las Academias Nacional de Historia de Argentina y Acade-
mia Colombiana de Historia le dieron su membresía muchos años después de
acumular una estimulante obra sobre ambos. Pareciera coincidencia entonces el
texto inédito que se reproduce en este número en el cual trazó en forma compa-
rativa los procesos de las independencias de la Capitanía de Venezuela y centrado
en los sucesos de los virreinatos de Nuevo Reino de Granada y del Rio de la Plata
y que coincidió con su última visita a la Academia.
1. Victoria Peralta y Michel LaRosa. “David Bushnell”, en Los Colombianistas. Una
completa visión de los investigadores extranjeros que estudian a Colombia (Bogotá:
Editorial Planeta, 1997), 21-43.

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Luis Horacio López Domínguez

Su rito de iniciación como docente lo hizo en 1949 en Delaware University


en el curso de historia latinoamericana, donde laboró hasta 1956. Pasó luego a
participar de trabajos históricos experimentales y de relatoría en un centro de
experimentación pionero sobre la vida en el espacio, con pruebas de gravedad
cero y sobre comportamiento de primates; designado historiador de la US Air
Force Missile Development (1956-1963). Para 1961 trabajaba en la Office of
Aeroespace Reasearch.
Había tenido, como todos los jóvenes universitarios que vivían en EU du-
rante la guerra, que alistarse y servir en labores de inteligencia casi siempre,
otro tanto me narraba Robert Gilmore. “La Segunda Guerra Mundial afectó de
algún modo su carrera académica. Terminados sus estudios en Harvard Uni-
versity debió servir en la División para América Latina de la Oficina de Estu-
dios Estratégicos y en el Departamento de Estado…” así, nos lo rememora uno
de sus más cercanos amigos, Marco Palacios, a quien incluso candidatizó para
que fuera su sucesor en la Universidad de Florida me lo comentó en alguna
ocasión2. A su retorno a Harvard, Clarence Haring que había sido su profesor
de todos los cursos sobre América Latina, fue su director de tesis de doctorado
pues mediaba la vinculación ligada a su interés temprano sobre América Latina,
Colombia y la exploración autodidacta del español que llegó a hablar y escribir
con amena dicción.
Desde 1963 como profesor de historia latinoamericana tuvo una vincu-
lación de “toda una vida” hasta su jubilación en la Universidad de Florida; en
1991 fue distinguido como Emérito. Por varias temporadas viajó a explorar ar-
chivos históricos en Paraguay, Ecuador y Argentina como Fulbright Lecturer.
Viajero por Colombia desde 1943 hasta 2009, hizo de sus vacaciones de verano
una peregrinación casi ritual a Bogotá donde se sumergía en los recorridos por
el Archivo Histórico Nacional y luego del Congreso, los almorzaderos del cen-
tro, la compra de billetes de lotería con el mismo número y a visitar al comien-
zo, a su amigo de la Academia, pues era el único referente, Roberto Cortázar,
editor de 24 tomos de las comunicaciones de Santander y sus interlocutores y a
Luis Alberto Cuervo3.
La muerte le sorprendió en Gainesville el 3 de septiembre de 2010. Cono-
cimos de su deceso desde Washington por Germán Carrera Damas quien avisó
a Malcolm Deas a Oxford y éste a sus amigos de Colombia y a los medios.

2. Marco Palacios, “En memoria de David Bushnell. Trazos de un historiador de


Colombia y América Latina (Filadelfia [Pensilvania], 1923 - Gainesville [Florida],
2010)”, Historia Crítica 43 (2011): 10
3. Peralta, Los Colombianistas…, 25.

[ 36 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Había vuelto a frecuentar la Academia Colombiana de Historia desde


2006 cuando asumí el cargo de Académico Secretario y venía a visitas largas
y colmadas de información y curiosidad; había ingresado en 1970 y actuó en
2010 de jurado en el Concurso del Bicentenario patrocinado por la organiza-
ción Luis Carlos Sarmiento Angulo con Germán Carrera y Malcolm Deas, los
tres filatelistas. El Presidente de la Academia de entonces, doctor Enrique Ga-
viria, publicó en el Boletín de Historia y Antigüedades una nota necrológica y
también se difundió un acuerdo de duelo.
Distinguidos amigos historiadores colombianos escribieron muy oportu-
nas, vivaces y contundentes remembranzas del decano de los historiadores co-
lombianistas y resaltaran las múltiples facetas de su personalidad: en la revista
Historia Crítica de Los Andes, Marco Palacios4; en el Anuario de Historia Social y
de la Cultura, Pablo Rodríguez5; Eduardo Posada Carbó6 en El Tiempo; Hermes
Tovar, Álvaro Tirado y otros historiadores profesionales cercanos a sus afec-
tos hicieron elocuentes esbozos biográficos; jóvenes historiadores, periodistas y
lectores de sus obras comentaron en la prensa y páginas web la triste noticia de
su partida y unas breves líneas mías destacando su generosidad y modestia con
sus pares académicos, en la revista Semana.

Una mirada desde Popayán a “los papelitos-documentos”

Por vicisitudes de la vida fui atrapado por Bushnell en sus explicaciones


sobre la exploración y las a veces singularidades de los sellos postales y sus vínculos
con contextos políticos y socioculturales, como referente visual de aquellos que
denominaba “los papelitos-documentos”. En los escrutinios a aspectos de la his-
toria política que usaba como puntos de mira desde las emisiones de personajes
de la filatelia colombiana (mi primera incursión siguiendo su metodología de
análisis de contenido visual fue mi disertación al tomar posesión de la silla 29
que había ocupado Mauricio Obregón y antes Horacio Rodríguez Plata, con
un recorrido de sellos de personajes de Colombia y de Estados Unidos, Méxi-
co, papas y santos europeos a partir de 1886, ya estudiado por Bushnell en su
texto “Regeneración filatélica”7, hasta la fecha de mi posesión el 6 de octubre de
4. Palacios, “En memoria de David Bushnell….”
5. Pablo Rodríguez Jiménez, “David Bushnell (1923-2010). Obituario”, Anuario Co-
lombiano de Historia Social y de la Cultura 37: 2 (2010), 291-292.
6. Eduardo Posada Carbó, “David Bushnell”, eltiempo.com http://www.eltiempo.
com/archivo/documento/MAM-4145550 (Consultada 17 de septiembre de 2010)
7. David Bushnell, “Regeneración filatélica”, Revista de Estudios Colombianos 2
(1987): 27-31.

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Luis Horacio López Domínguez

19988, en forma generosa en el Boletín me han publicado trabajos centrados en


cuatrienios presidenciales de anualidades filatélicas de Alberto Lleras y Alfonso
López Michelsen9. Varios de aquellos análisis de semiótica de la imagen filatéli-
ca tuvieron la orientación y aplicación de la metodología del profesor Bushnell.

Desandando caminos desde el Gran Cauca

Intento ahora un ejercicio evocativo del historiador David Bushnell, a


quien tuve el honor de conocer en Popayán en sus visitas al Archivo Central
del Cauca, al inicio de la década de 1970, en mi paso por la decanatura de la
facultad de humanidades de la Universidad del Cauca, en aquel convulsiona-
do periodo de agitación estudiantil durante el mandato del presidente Alfonso
López Michelsen (1974-1978). Allí combinaba las labores docentes y de coordi-
nación de programas académicos, museos, orquesta de cámara y programación
cultural de la universidad con las visitas a la comandancia de la policía a las que
nos turnábamos los decanos para gestionar la puesta en libertad de estudiantes
detenidos en las pedreas y manifestaciones callejeras, en las que con frecuencia
los payanejos raizales atribuían a una migración de universitarios venidos del
Caribe (por el cierre de las universidades de Córdoba, Sucre y Cartagena) y
descargaban su ira en grafitis tales como “haga patria: mate un costeño”. Pero
también era de rigor que, como integrante del Consejo Académico desfiláramos
rector y decanos, vestidos de frac con la bandera de la universidad, el viernes
santo presidiendo la procesión que salía del claustro de Santo Domingo, sede
de la rectoria. Otro rito como decano de humanidades era acudir a la bóveda
del Banco de la República para recibir la espada de acero damasquinada con cu-
bremano de oro con incrustaciones de rubíes, amatistas y ámbar, entre otras, y
los nombres de sus batallas. Espada que el Congreso Nacional le otorgó al cinco
veces presidente, el general Tomás Cipriano de Mosquera; esa diligencia se hacía
cada miércoles santo para ser exhibida en el triduo sacro (y que burlonamente
los estudiantes llamaban “la parranda santa” o “la feria del maní” por las popu-
lares ventas callejeras de éste). Fue un agitado periodo de alboroto estudian-
til en todas las universidades oficiales: Antioquia, Cauca, UPTC, Nacional de
Bogotá y todas las del Caribe cerradas, mientras paradójicamente el gobierno

8. Luis Horacio López Domínguez, “Aproximación a personajes a través de sellos


postales colombianos”. Boletín de Historia y Antigüedades 86: 804 (1999): 7-74.
9. Próximamente un catálogo del período del postcentenario filatélico (1959-2009)
realizado por el Banco de la República

[ 38 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

duplicaba el presupuesto a las universidades públicas10. De la vida conventual y


bohemia, de concierto en los templos pasábamos a la vereda el Cacique a visitar
a la familia Morales Paja con las que teníamos un compadrazgo a través de sus
nietos y a Guapi con los alumnos. Bushnell participaba como observador, usan-
do el método etnológico y haciendo comparaciones con lo que se vivía para
entonces en las universidades de los Estados Unidos y Argentina.
Uno de los lugares habituales de encuentro con el profesor Bushnell, en
esa época, era la Casa de los Mosquera y Arboleda con recorridos por los sa-
lones entre vitrinas museográficas donde se conservaba y mostraba el estuche
con las pistolas con las que se batieron a duelo en el cementerio de Bogotá el Gr.
Tomas Cipriano de Mosquera y su sobrino Obando y, en otra, el mandil masó-
nico del general y debajo la mitra de su hermano arzobispo de Bogotá; objetos
personales, domésticos, muebles, cuadros, trajes y hasta los libros donados por
la esposa de Napoleón, Eugenia de Montijo a Tomas Cipriano. Bushnell hacía
comparaciones entre Mosquera y Núñez. Y también entre Bolívar y Santander.
La universidad fundada por Bolívar y Santander en 1824 en su sesquicen-
tenario le emitió un sello con su escudo. Cerca de 17 exalumnos ocuparon la
Presidencia y una pléyade de científicos y mártires de la reconquista española
se formaron en el Colegio Seminario, el único centro docente del occidente; los
colegios mayores de Rosario, San Bartolomé y la Universidad Tomista se concen-
traban en la capital. En los sellos postales conmemorativos dos de sus epónimos,
Caldas y Santander, comparten espacio en la serie del Centenario de 1910 por
primera vez con La Pola y Bolívar. Fue allí entre prohombres payaneses donde
Bushnell me habló por primera vez del “Señor Núñez y su autobombo filatélico”
(usando el decir bonaerense), un dato que me haría ver las estampillas de un
modo diferente al que hasta entonces las conocía sólo como usuario del correo
o destinatario.
Nunca lo supe, pero el Bushnell filatelista no incursionó en la literatura
filatélica colombiana sino hasta 1987 recogiendo multiplicidad de información
que había ido acumulando en su prodigiosa memoria.
Cronológicamente hay un antecedente en la bibliografía de las publicacio-
nes de la filatelia de la república de Argentina de 1980, se trata de un análisis en
contexto de la historia política y las expresiones de la cultura popular: “Postal
Images of Argentina Proceres: Look at selective Mith Making”, en un volumen

10. Luis Horacio López Domínguez, “Filatelia del siglo xx. Los sellos de correo en el
gobierno de Alfonso López Michelsen”. Boletín de Historia y Antigüedades 96: 844
(2009): 191-234.

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Luis Horacio López Domínguez

dedicado a la cultura popular en América Latina11; más tarde, en 1987 puso


por escrito todo el conocimiento acumulado sobre la filatelia de los gobiernos
radicales de 1863 a 186512 pasando por la emisión nuñista de 188613 y retoman-
do la serie del Centenario de la Independencia con sellos que por primera vez
fueron impresos en planchas de acero, por la American Note Bank Co. en EU en
191014. Los sellos de Núñez se hicieron en planchas de zinc y los más antiguos,
los sellos emitidos por los Estados Soberanos en piedras litográficas15.

El Bushnell que conocí en los años 70

Para el lector que no tiene referentes vivenciales del profesor Bushnell,


debo insistir en su inigualable bonhomía, su exquisito conocimiento universal
y de Colombia que le hacía también un ameno conversador, un hábil entrevis-
tador, respetuoso oyente en privado y agradable expositor ante un auditorio en
inglés y en fluido español, adobado con ciertos comentarios sarcásticos aunque
muy dosificados y oportunos.
Experto en lecturas de textos de diversas épocas sobre soporte de papel,
impresos de revistas y otras publicaciones seriadas, de prensa o manuscritos;
con mirada escrutadora entrenada en la exploración de legajos documentales
y planillas electorales de todas las épocas en visitas a la Biblioteca Nacional,
el Archivo Nacional, en el mismo edificio inaugurado en los faustos de 1938
en la república liberal y el Archivo del Congreso. Fue un historiador anudado
durante toda su vida a la cultura del papel, como investigador, lector, autor y
editor pero que hizo tránsito sin reparos a la cultura digital y a la Internet, sin
abandonar su correspondencia que lo proveía de sellos usados para su colec-
ción. Un primer texto de su autoría lo hizo en 1950 en la prestigiosa revista
Hispanic American Historical Review - HAHR, la cual dirigió de 1986 a 1991.
Publicó un muy provocativo texto sobre la prensa en los inicios de la República
de Colombia La Grande, aunque varias veces me reconoció el mérito de la obra

11. David Bushnell, “Postal Images of Argentine próceres. A look at selective Myth-
Making”, Studies in Latin American Popular Culture 1 (1980): 91-105.
12. Leo Temprano, [LT]. Estampillas de Colombia. Catálogo 1984. 20ª edición Espe-
cializada. (Bogotá: Filatelia Temática, 1984), 14-97.
13. Temprano, Estampillas de Colombia…, 99-104.
14. Temprano Leo [LT]. Estampillas de Colombia. 34ª edición (Bogotá: Filatelia Te-
mática, 2003).
15. Luis Horacio López Domínguez, Primera emisión de sellos postales en territorio
colombiano (Bogotá: MinTIC. Panamericana Formas e Impresos, 2009).

[ 40 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

de los académicos Martínez Delgado, Cacua Prada y Castrillón Arboleda sobre


historia del periodismo, la consideraba un poco plana en su presentación.
Yo admiraba el prodigioso entrenamiento de las correlaciones asociativas
y en cierta forma su trabajo podría catalogarse como de “un arqueólogo del
papel impreso” en un trabajo solitario; aunque no tanto porque siempre estuvo,
hasta la muerte, a su lado, doña Virginia, su esposa y madre de sus tres hijos, el
del medio, bogotano de nacimiento. Ella apoyaba su labor investigativa y batu-
teaba el crecimiento de sus hijos: Cathy, educadora como ella vino a los 12 años,
por vez primera a Bogotá; John, bibliotecólogo en Washington; Peter, profesor
en Gainesville, FL de historia de Rusia, nació en Bogotá en la casa de los Hosie,
me recordaba Ricardo. Pues el toque de queda no les permitió llegar a la clínica,
habían arribado a Bogotá en junio de 1948 para el trabajo de su tesis y recorda-
ba que no era peligroso llegar a la Biblioteca Nacional en la calle 24. Sin embar-
go, aquel 9 de abril fue tomada la Biblioteca Nacional por Raúl Alameda, Jorge
Zalamea y varios intelectuales porque desde allí transmitía la Radio Nacional y
alguien propuso incluso “que se le echara fuego a las colecciones”.

Escrutinio filatélico al detalle

Este texto tiene un sentido testimonial, evocativo y un propósito de conjuro


contra el olvido, “la muerte verdadera”. Debo reconocer que, siempre que pusi-
mos sellos frente a los ojos entrenados del profesor Bushnell, sin lentes ni lupas,
supo escrutar en el detalle aquellas miniaturas, “los papelitos-documentos” que
conocemos como sellos postales para la operación del correo y cuya producción
ha sido desde el primero emitido en Londres en 1840 monopolio de los esta-
dos asociados a la UPU. Porque fue, como veremos más adelante, un hombre
de correos, de la cultura escrita, de cartas y sellos postales. Sellos usados de su
correspondencia los reunía y clasificaba dándoles sentido histórico a aquellas
imágenes en varios artículos iluminadores publicados uno en Colombia, dos en
Argentina y uno en España. Su formación histórica y su entrenamiento de editor
le permitía introducir asociaciones políticas en conjuntos de sellos de personajes
de América

Coleccionismo filatélico entre académicos de la historia

Se debe tener presente que los sellos desde 1859 se utilizan en Colombia
para la operación postal, y han dejado una impronta grande y diversa a esca-
la internacional las colecciones de Colombia en las exposiciones, con aval de

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 33-82 [ 41 ]


Luis Horacio López Domínguez

la Federación Filatélica Internacional y han tenido un especial atractivo entre


coleccionistas nativos, inmigrantes y del exterior de manera creciente, en los
últimas tres décadas.
Paradójicamente los sellos postales no han sido de mayor interés entre los
historiadores de Colombia, ni en lo temático ni en lo cronológico, hasta don-
de los espacios filatélicos visibilizan las colecciones como son las exposiciones
del filatelismo asociado en clubes. Por varios siglos el correo fue para nuestro
medio geográfico el único medio que acercó distancias entre puertos, ciudades,
localidades y personas y permitió la intercomunicación entre ciudadanos de las
diversas regiones del territorio nacional. Hasta 1865, cuando se introdujo el te-
légrafo como un nuevo medio de intercomunicación a distancia. Los sellos del
periodo denominado como “Estampillas Clásicas” (1859-1868) y “Estampillas
Antiguas” (1868-1909) es el más valorado hoy, por los coleccionistas a escala
internacional, así sea monótono en su diseño (escudos nacionales de diversos
regímenes constitucionales) y limitado en la calidad de impresión y soportes
de papel.
Contemporáneos de Bushnell y con intereses filatélicos como el suyo entre
los académicos —aunque muchos “guardamos” sobres con estampillas mata-
selladas nacionales y del exterior—, tuve conocimiento de la colección de Luis
Raúl Rodríguez de correos de Santander al igual que la de Horacio Rodríguez
Plata; entre los contemporáneos, la de Jorge Morales Gómez de Colombia y
Juan Camilo Rodríguez en la temática de las comunicaciones y de Santiago Díaz
con quien compartí muchos sobres de primer día de emisión y de imágenes
para sus conferencias sobre flora colombiana que muchas veces revisamos jun-
tos. De los mayores, el expresidente de la Academia Bernardo J. Caicedo por sus
invaluables documentos de correo (probablemente llegó a sus manos el manus-
crito famoso de Joseph A. de Pando de 1770 hoy en la biblioteca de New York).
Siempre me han reprochado mis amigos filatelistas (los de verdad) por qué no
coleccionar con pasión e inversión; apenas en un organizador conservo algunos
sellos de personajes y sobres y boletines que he redactado para los correos de
Colombia desde 1988 cuando hice parte del consejo directivo de los correos,
pero sí he colaborado con mi hijo Juan a la formación de un gran archivo de
imágenes digitales de obra plástica y de sellos estos de todas las épocas, gracias
a la generosidad sin límite del hoy Presidente del Club Filatélico de Bogotá,
Carlos Valenzuela, juicioso y estudioso investigador y generoso contertulio, la
siempre acertada colaboración de Rodrigo Uribe, Leo Temprano, Roberto Es-
pinosa y de los del siglo xix de Hugo Goggel con quien hicimos una edición
conmemorativa de su colección en los 150 años de las primeras emisiones. Y

[ 42 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Santiago Cruz, y también, de España, Luis Alemani, Paco Gilabert Granero y


Manuel Espejo y sin duda, el gabinete de imágenes digitales de Dieter Bortfeldt
con quien compartí invaluables tertulias. Un grupo de amigos filatelistas con
una sensibilidad histórica y una erudición filatélica que de viva voz he recibido
y me ha permitido avanzar en la literatura filatélica del país.
Caigo en cuenta y ahora lo menciono, Bushnell no hace ninguna alusión
en sus libros a los temas filatélicos ni a sus textos aquí mencionados y en forma
idéntica su afición a los análisis de historia política inspirados en los sellos de
correo también pasan ignorados por los historiadores. Hasta donde tengo in-
formación en Colombia, el amigo Leo Temprano era su contertulio en el centro
de Bogotá y le ubicaba sellos de los Estados Soberanos y algo que miraba de sus
sellos argentinos, cubanos y colombianos. Rectifico hay una revelación filatélica
en la década de los 90.
Salvo tres sellos que aparecen en la primera edición de The Making of Mo-
dern Colombia: A Nation in Spite of Itself, de los Estados Soberanos, tomados
de su colección filatélica (véase plancha anexa), en la carátula y en el apartado
visual con una imagen del retrato de Santiago Gutiérrez, de Santander de civil
que le suministre para su edición en EU cuando dirigía la Fundación Santander
de la presidencia de la república y luego se convirtió en sello conmemorativo
por sugerencia suya, al considerar que ese Santander en traje de civil era un ico-
no de su pensamiento político-militar. En la edición de Planeta con traducción
al español desaparecen los sellos y a su pesar se ilustra con una batalla de José
María Espinosa, la del campo de Boyacá.
Como nunca antes al morir un historiador extranjero relacionado con la
historia del país había recibido tan unánimes expresiones en periódicos y revistas
y notas en la Internet como el doctor Bushnell, pero no se mencionó su afición
filatélica. Sólo Cathy me indicó sobre el texto que estaba en la Internet de “Femi-
nismo filatélico”16, el cual estaba teniendo mucha consulta en la versión digital.
Como lo afirmó en las escasas entrevistas que concedió para revistas, aun-
que muchas para televisión: “En mi niñez en mi pueblo no había comunidad
latina. Aprendí español ya en la Universidad de Harvard y leyendo con ayuda
de diccionario”. Tenía una prosa limpia, pulcra, con muchos matices, un voca-
bulario rico y una semántica rigurosa. Era un buen contertulio y en su corres-
pondencia dejaba deslizar su humor ácido. Lo digo porque por años tuvimos
un dialogo epistolar que se ampliaba con sus visitas anuales al país, primero a
16. David Bushnell, “Feminismo Filatélico: imágenes de la mujer en los sellos de la
Argentina, Colombia, Cuba y Estados Unidos (1893-1994)”, Boletín americanista
37: 47 (1997).

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Luis Horacio López Domínguez

Popayán al Archivo Central del Cauca y luego a la Fundación Santander en la


Casa de Moneda y en el siglo xxi a la Academia donde había ingresado en 1970,
después de 27 rituales años de su visita anual a Colombia, llevado por los Aca-
démicos Horacio Rodríguez Plata, Germán Arciniegas y Fray Alberto Lee. En la
Academia había tenido de 1948 a 1970 trato con el doctor Cortázar, secretario
por veinte años y compilador en 24 volúmenes de los escritos y mensajes del
general Santander y de la correspondencia dirigida al general Santander pu-
blicada por la Academia. Para las décadas del cuarenta y cincuenta no había
escuelas de formación en historia, sus referentes eran los académicos Martínez
Delgado, Cortázar, Rodríguez Plata. Pasaba por la Academia y dejaba mensajes
y necrologías cuando dirigía The Hispanic American Historical Review, así se
consigna en su dossier académico que actualizó un par de veces.

Bushnell acucioso usuario del correo nacional y aéreo

Fue un trashumante por América Latina, en especial por Colombia, Méxi-


co y Argentina, con una beca de Harvard ingresó por avión de Panamá a Mede-
llín y allí buscó la oficina de correos. Dejo registrado en su memoria que en 1943
descubrió el edificio más feo visitado, en tres meses de recorrido hasta Quito:
“era el edificio del correo de ladrillo a medio terminar…”. Y además: “por pri-
mera vez tropecé con la curiosa separación entre correo nacional y correo aéreo
que se despachaba desde otra parte”. El correo aéreo se porteaba con dos sellos
en cada carta, uno para la empresa de aviación Scadta, Avianca, otra para el go-
bierno y en el correo nacional una sobretasa de la estampilla minúscula para
construcción del edificio Murillo Toro. Así operó hasta el comienzo del Frente
Nacional con dos sellos, y fue el presidente Alberto Lleras y su joven ministro de
Comunicaciones, Hernán Echavarría Olózaga, quienes mutaron la tradición de
porteo de doble sellos postal. Introdujeron en los resellos la figura de “unificado”
usando más de 20 millones de las bóvedas del Murillo Toro con sobretasa17.
Para 1943 año de su primera visita financiada por una beca de Harvard,
aunque gobernaba López Pumarejo, todavía se porteaba con la serie del cente-
nario de Santander, 10 sellos monocromos con su efigie y lugares vinculados
a su vida. Coleccionaba sellos usados desde su juventud. Era una colección no
muy valorada y que usaba para estudio y entretenimiento.

17. Luis Horacio López Domínguez, Catálogo colombiano de sellos postales (Bogotá:
Banco de la República, en prensa, 2014).

[ 44 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Reclamos de ayer a la falta de estampillas para porteo en


la Costa Atlántica

Bushnell desde que incursionó en un trabajo investigativo para su tesis de


doctorado se sumergió en la memoria escrita, explorando lo bueno, lo malo y
lo feo de la vida pública y las administraciones del Gr. Santander. Cuando me
escribía, invocaba un referente: “estuve en la tierra de Santander y me encontré
con esto”.
Así cuando avanzaba la primera década del siglo actual había estado en
Cartagena y con Malcolm Deas le había enviado un ejemplar de un texto mío
en el que me había aventurado a incorporar una reflexión sobre los sellos pos-
tales de personajes colombianos de 1886 a 1998 que había encontrado en un
recorrido del catálogo de Leo Temprano, inspirado en la metodología inventada
por Bushnell al tratar de diseccionar la emisión primera de la Regeneración. Así
rezaba su respuesta al regresar a Gainesville:
Durante mi reciente visita a la patria de Santander me di cuenta a
propósito de que el correo se ha vuelto muy caro, cuesta más o menos lo
mismo enviar una carta a Bogotá desde Tucson que desde Cartagena. Y por
lo menos en ciudades de la Costa, dar con una agencia postal no es nada fá-
cil, mientras que en los viejos tiempos de Avianca había puestos del correo
en cada centro comercial y hasta se vendían estampillas en supermercados.
No le echo la culpa a Usted que no ha tenido que ver sino con sus diseños
(y ojalá consiga vetar eso de los “ex presidentes vivos”) pero no puedo dejar
de mencionar mi desilusión. DB.

Coincidían varias circunstancias adversas al desarrollo y fortalecimiento


de la filatelia en el último tramo del siglo xx sin que cambie mucho su rumbo
en este. Comenzando por la crisis de los correos de Colombia: con la apertura
económica y desde el gobierno del Presidente Ernesto Samper se fue perdiendo
el monopolio del correo oficial en las comunicaciones; se había liquidado el
contrato de asociación entre el operador oficial del correo (Adpostal) y Avianca,
la empresa transportadora de cartas y paquetes en sus aviones. El correo aéreo
como tal desaparecía y Adpostal iba perdiendo vigor, anquilosado, asediado por
el atraso tecnológico y acumulando un pasivo pensional sin límites. Para me-
diados de 2006 se inició su liquidación. La carta de Bushnell era un anuncio
de una muerte lenta de la empresa fundada por el presidente Guillermo León
Valencia en su mandato y que inicialmente estuvo asociada con Telecom.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 33-82 [ 45 ]


Luis Horacio López Domínguez

El trabajo que compartimos en la Fundación Santander

Al comienzo del gobierno del Presidente Virgilio Barco tuvimos sucesivos


encuentros. Quería el Presidente Barco incluir en la serie el Régimen de Santan-
der durante la Gran Colombia, primera edición de la Universidad Nacional con
traducción de Jorge Orlando Melo y que llevaba varia reediciones por Ancora
Editores y se vendía tan bien que no era viable incluirla para distribuirla en
forma institucional y a bajo costo en la colección Presidencia de la República.
Planeta publicó la biografía Santander de Pilar Moreno de Ángel y tampoco se
pudo incluir en la colección monográfica. Sólo los escritos sobre Santander que
recopilaron Horacio Rodríguez Plata y Juan Camilo Rodríguez Gómez, discur-
sos y ensayos de todas las épocas. Entonces se recurrió a la tesis de doctorado
de monseñor Pinilla Cote Del Vaticano a la Nueva Granada sobre las relaciones
con la Santa Sede y Bushnell asumió la segunda edición de Colaboradores de
Santander y su prólogo. Revisamos la documentación de las relaciones diplo-
máticas con Estados Unidos y recorrimos los museos de Bogotá admirando
los óleos de Santander con miras a ilustrar las caratulas de la colección, para
la guarda y una buena foto para su libro, un Santander de civil de Santiago
Gutiérrez, el pintor mexicano, retrato que luego fue motivo de un sello sobre
Santander y la educación. Entrevistas en televisión con Bernardo Hoyos, otras
para revistas, y almuerzos en el centro de comida bogotana, algunas veces el
tradicional tamal de la Puerta Falsa.
Después de 1886 la filatelia colombiana ha sido marcadamente producto-
ra de sellos de personajes y luego del primer centenario de la independencia el
santoral civil de la Independencia ha venido creciendo sin cesar, al punto que
ha habido anualidades en las que sólo han circulado personajes colombianos.

Personajes de la historia política en sellos argentinos

Como un fenómeno de sensibilización mediática, enmarcado en los es-


tudios de la cultura popular en América Latina se aglutinó la filatelia con las
telenovelas, los comics y la producción del cine nacional en especial de Argen-
tina y México. Varios especialistas se ocuparon de diversos temas, en una obra
colectiva Studies in Latin America Popular Culture. En Estados Unidos iba to-
mando dinámica investigativa como un nuevo campo de estudio, la historia de
la cultura popular en el universo de la semiótica de la imagen y emergió como
temática de estudio fuera del ámbito de los coleccionistas, el sello postal.

[ 46 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Bushnell incursionó y exploró ese mundo de la filatelia y trazó con agudeza


los contextos políticos de personajes reproducidos en sellos postales, como lo
hacían casi todos los correos afiliados a la Unión Postal Universal. Inspirado en
David Curtis Skagg en un texto titulado Postage Stamps as Iconos que reproduje-
ron en su obra Ray B. Broen y Marshall Fishwick Icons of America, y que se puede
sintetizar en esta tesis: “ningún instrumento gubernamental [como los sellos de
correo] simbolizan tan fielmente la imagen que tiene una nación de sí misma”18.
Hasta finales del siglo xx tal vez era aplicable en las emisiones de personajes en
los correos de Estados Unidos y de la mayoría de los correos de América Latina,
pero como me hacía el comentario en una de sus cartas del siglo xxi, tal vez la
dispersión actual en la filatelia del siglo xxi no permita trazar tendencias en la
filatelia colombiana, como lo logró con sellos de personajes del correo de Argen-
tina en el 2000 y en en su último texto dedicado a la filatelia femenina.
Ya se ha mencionado cómo en la filatelia de nuestro país, que desde 1859
hasta 1886 se usó como motivo de los sellos el escudo nacional, también en
Argentina los motivos de los sellos fueron el escudo nacional, desde 1858 hasta
1862. Luego incursionó la efigie de Bernardino Rivadavia y su entronización
como icono de la unidad nacional argentina, inclusive por parte del presidente
Bartolomé Mitre en los sellos que se producen en talleres europeos. Para Co-
lombia, Juan Santamaría, Augusto Peinado y Arango intentaron una visión
panorámica de los correos y hay algunos elementos valiosos recogidos de tra-
dición oral. Sin embargo, la explicación de la monotonía de los escudos, que
es tan recurrente en la filatelia mundial, obedece más a cánones estéticos, a ca-
pacidades técnicas de los grabadores de piedras litográficas que debía reempla-
zarse y sin duda a un limitado número de buenos grabadores. Son grabadores
contratados en Venezuela por Manuel Ancízar los que implantan la producción
de sellos postales por impresión litográfica19.
En la filatelia de Venezuela fue desde tempranos años la figura de Bolívar,
el Libertador como se observa en los catálogos filatélicos y con los aniversarios
conmemorativos de natalicio 1883 y muerte 1830 cuando se multiplican las
hojas filatélicas y los homenajes en todo el planeta20.

18. Citado por Bushnell en “Postal Images of Argentine próceres. A look at selective
Myth-Making”, Studies in Latin American Popular Culture 1 (1980):198.
19. Véase en el especial apartado “Contexto histórico del proceso de producción de
los primeros sellos de correo”, en López Domínguez, Primera emisión de sellos…,
73-94.
20. Juan José Valera, Catálogo especializado de estampillas de Venezuela. 9ª edición.
(Caracas: 1985).

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Luis Horacio López Domínguez

En Argentina el general San Martín se entronizó tarde como figura del


liberalismo hasta 1867 pero como icono suprapartidista. Otra de estas figuras
fue la de Manuel Belgrano, que Bushnell encasilló como “figuras de consenso
nacional”. San Martin, el más copioso en sellos de personajes, seguido de emi-
siones de Guillermo Brown y, en menor número, de Martin Güemes, Manuel
Alberti y Miguel Ascuénague, entre varias decenas de personajes.
Como una categoría especifica de figuras liberales se destacan: Bernardino
Rivadavia con 30 sellos, Domingo Sarmiento con 11 y en menor figuración Ma-
riano Moreno, Bartolomé Mitre, Justo Urquiza, Juan Alberdi y Francisco Lapri-
da. Aunque la nómina alcanza los 45 personajes liberales versus 33 categorizados
por Bushnell como de “consenso nacional”, suprapartidista.
Entre las figuras que Bushnell califica como “de predilección antiliberal”
identifica la esposa de Juan Domingo Perón, Eva Duarte con 22, a José Hernán-
dez con seis, José Manuel Estrada, Leopoldo Lugones con varias y 10 más con
un sello cada uno.
Como en la filatelia de todos los países de América Latina, también hay
de personajes “sin mayor resonancia política” y así los agrupa Bushnell, se trata
de científicos, músicos, escritores, como Carlos Gardel y Armando Discépolo, la
poetisa Alfonsina Stormi y el historiador Florentino Ameghino en una nómina
cercana a los 80. A partir de 1930 se incrementa la participación de personajes
de otros países de América y Europa.
En un intento de periodización Bushnell identifica los sellos con efigies
de personajes liberales y que corresponde a los periodos 1881-1900, 1901-1916,
que denomina de la etapa formativa, al apogeo y los años finales del régimen
oligárquico (liberal en las ideas aunque no siempre en sus hechos). De 1930 a
1943 (en el intento de restauración del régimen oligárquico), 1944-1955-1966
(gobiernos militares y primeros gobiernos peronistas). De 1955 a la década de
los años setenta: restauración parcial y abortada de la democracia liberal; de
1973-1976, segunda época peronista; 1976-1983, dictaduras militares; 1983-
1989 restauración democrática liderada por el radicalismo y allí hace corte su
análisis político de los avatares del liberalismo como intitula su artículo.
Es entonces, un intento por clasificar la producción de emisiones postales
en diversos periodos presidenciales de tendencia liberal, como se ha anotado, y
también por identificar las tendencias de los periodos de los golpes y dictaduras
militares de 1955, 1966, 1976, y a partir de 1983 cuando Raúl Alfonsín ganó las
elecciones y puso fin a los regímenes militares21.
21. Ricardo Nudelman, “Gobernantes Argentinos”, en Diccionario de política lati-
noamericana contemporánea (México D. F.: Editorial Océano de México, 2007), 381.

[ 48 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Bushnell señala como


…durante el siglo xx han disminuido las emisiones dedicadas a fi-
guras históricas de cuño liberal, pero [paradójicamente] muy pocos de sus
adversarios más importantes han obtenido reconocimiento filatélico. Algu-
nos se han “reencauchado” como Manuel Dorrego en el gobierno de Alfonsín
y con ocasión de la repatriación de los restos se emitió un sello de Rosas en el
gobierno de Menem. Pero “fueron los principales beneficiarios de la deca-
dencia liberal personajes como San Martin y Belgrano….

Bushnell aplica un cálculo cuantitativo —aunque no lo grafica pero sí los


categoriza— y compara frecuencias de aparición de personajes o de temas espe-
cíficos. Propone que el investigador examine una muestra o si tiene los medios,
todas las emisiones de un país, asociándolo por anualidades e introduzca dife-
renciaciones si el sello es usado para correo ordinario con mayores unidades o
conmemoraciones por una o varias veces (en el caso de Colombia por los ciclos
de centenarios, sesquicentenarios y ahora de los bicentenarios).
Concluye que su método “en el caso argentino las tendencias parecen sufi-
cientemente nítidas al menos hasta el tercer cuarto del siglo xx…”.
Las categorías identificadas antes muestran las figuras de Bernardino Ri-
vadavia y Domingo Faustino Sarmiento y otras relacionadas con “los logros,
mitos y tradiciones del liberalismo". Otra categoría dedicada a las “supranacio-
nales” “cuya figura histórica no se asocia con una corriente ideológica particu-
lar". La antiliberal que, por diversas razones gozan de mayor fervor entre grupos
antiliberales de derecha o izquierda, y donde sobresale entre todos los sellos
aquellos emitidos en memoria de Eva Perón.
El uso de la categoría liberal que aplica Bushnell “se esgrime en un sentido
lato que incluye el ala activista de la Revolución de mayo de 1810, representada
por Mariano Moreno y Juan José Castelli y los unitarios posteriores sin excep-
ción así como la mayoría de los dirigentes argentinos desde la caída de Rosas
hasta la llegada de la Unión Cívica al poder en 1916”.
Y hace una advertencia estratégica en su categorización: “A veces las dife-
rencias entre algunos de estos liberales bien pueden ser más importantes que
las similitudes, pero un imaginario no tiene que ser lógicamente consistente”.
La categoría de consenso nacional la usa en sentido extenso a más perso-
najes suprapartidistas o apolíticos, otros de difícil categorización como Hipó-
lito Yrigoyen y de Enrique Mosconi. Pasan a un segundo plano las figuras con
fisonomía científica o cultural.

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Luis Horacio López Domínguez

Con el conocimiento que tiene de los procesos políticos Bushnell ex-


plica las tendencias de los personajes con mayor figuración en el tiempo y su
reaparición o su invisibilización o reaparición por fechas de efemérides. Hace
aclaraciones también sobre concepciones dispares de la concordancia que
combinaba elementos del liberalismo argentino tradicional con el hispanismo
católico francamente antiliberal. Subraya la aparición en emisiones argentinas
de figuras singulares como Martin de Güemes, “jefe de los gauchos salteños en
la guerra de independencia”.
Con su característica capacidad de síntesis, identifica y pone en contex-
to las figuras singulares o reinventadas en los imaginarios sociales del correo
en ese propósito o al menos intento “concentrar la atención de los ciudadanos
en “iconos” históricos de la aceptación más amplia y de figuras que tienen un
reconocimiento por sus obras y motivo de orgullo nacional” pero entre varias
preguntas, se interroga: ¿ se trata a veces de una manipulación de la cultura
popular desde arriba o reflejan una actitud generalizada de la misma cultura
popular, o es más bien de cansancio de polémicas históricas? De ambas cosas,
y “también hubo otros usos del simbolismo nacional, en especial durante el
segundo peronismo y durante la dictadura militar inaugurada"22.
Concluye su texto: “Sea lo que fuere, el correo nacional argentino ha se-
cundado consciente o inconscientemente los esfuerzos de quienes buscaban
superar las fisuras del “ser nacional”. Entre los filatelistas argentinos hay un re-
conocimiento por su esfuerzo analítico y sus categorizaciones. No sale también
librado el intento posterior a escala del Cono Sur y América del Sur del profesor
de Duke University. Jack Child. Para este ultimo son abundantes y duras las
críticas de los coleccionistas, aunque retoma varias de las apreciaciones de Bus-
hnell para reseñar la trayectoria filatélica colombiana. Incluye para Argentina
una clasificación temática de 1856 a 2004 y una periodización diferente a la de
Bushnell. Jack Child dedica un corto apartado a Colombia, apoyado en el texto
de Bushnell “Regeneración filatélica” y dedica otro a la Antártida, reconoce el
surgimiento temprano del correo aéreo y hace mención a los líderes colombia-
nos asesinados como Gaitán y Galán, reconocimiento filatélico y hace referen-
cia además a la cantidad de personajes de las letras y las artes que circularon en
los sellos del país.. Como militar norteamericano indica que sus fuentes sobre
Corea son varios generales como Ruiz Novoa, Gustavo Berrío y destaca la serie
de la donación del pintor Botero; comentarios sin mayor profundad ni cober-
tura filatélica y es lo que le critican los filatelistas argentinos.
22. Bushnell se refiere al gobierno de Jorge Rafael Videla en 1978, al que le siguen los
de Viola y Galteri, en la guerra con Inglaterra por las Malvinas.

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Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Los aportes de Bushnell al estudio de la producción


filatélica de Colombia y Argentina

Nunca imaginé que la filatelia nos mantendría en contacto. Bushnell en


la década de los ochenta repasó del Catálogo Scott23, la filatelia colombiana con
una intuición certera al escudriñar en la emisión de seis sellos ordenada por el
presidente Rafael Núñez Moledo, una corazonada que gestaba desde la década
del setenta cuando le escuché el primer comentario entre vitrinas con objetos
de los prohombres payaneses de la Casa Mosquera en Popayán en sus visitas al
Archivo Central del Cauca.
Su escrutinio filatélico se continuó hacia final del siglo xx: para entonces
puso el ojo en la trayectoria de la filatelia de Argentina de la que también colec-
cionaba y publicó en español en el año 2000 en la revista bonaerense Entrepa-
sados un texto titulado “Los avatares del liberalismo Argentino a través de una
cuantificación filatélica”, la que reseñé en el apartado anterior. Todo esto había
implicado tejer el anudado entre papelitos-documentos, imágenes de persona-
jes con procesos políticos de sucesión presidencial con una visión completa de
la trayectoria política de Argentina desde la independencia.
Publicaría otro, el último sobre feminismo filatélico. Este fue sin duda un
ambicioso proyecto donde hizo un parangón entre la realidad filatélica de Argen-
tina y Colombia, Cuba y Estados Unidos revisando en el catalogo Scott un gran
volumen de sellos, agrupando por categorías y marcando tendencias cuantitativas
en torno a la participación en la programación filatélica de sellos de personajes fe-
meninos y que trataré más con cierto detalle en lo que hace a sellos colombianos.
Allí también deslizó agudos comentarios políticos en los que situó la presencia de
líderes de género en la vida social y política colombiana, con un balance muy gris
frente a lo que registra la filatelia cubana, estadounidense y argentina.
El conocimiento y tratamiento analítico de la historia de Argentina se evi-
dencia en el ejercicio de acopio de su producción bibliográfica del profesor Bus-
hnell, que logré reunir como colofón de este texto en honor a su recuerdo, a
casi un lustro de su muerte, con múltiples publicaciones periódicas y libros en
diversas ediciones de Estados Unidos, América Latina y España, incluso com-
paraciones con textos de Nieto Arteta y otros sobre elecciones de Colombia
y Argentina. Pero como coleccionista de filatelia colombiana me preguntó en
alguna de sus cartas si era factible hacer algo similar a lo de los sellos de perso-
najes argentinos en la producción filatélica colombiana.
23. James E. Kloetzel, Scott 2010 Standard Postage Stamp Catalogue, v. 2: Countries
of the World: C – F. (Sidney (Ohio): Scott Publishing Co, 2009), 419-479.

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Luis Horacio López Domínguez

Según mis conocimientos no es posible disponer de un espectro político


tan amplio en los sellos de personajes de Colombia. Hay emisiones de cerca de
cien sellos de todos los presidentes titulares y encargados. Pero efectivamente la
dispersión es mayúscula en su figuración política, artística, o cultural. Lo vemos
en los comentarios restringidos a los sellos de género femenino.
En las series históricas es evidente que en los personajes colombianos, a pesar
de su espacio en la programación anual de figuras, su dispersión ideológica ha sido
consecuencia de cómo se configura la programación y las vertientes de la figura-
ción de personajes; fruto de tan diversas iniciativas originadas en entidades y en
la ciudadanía de concederle a toda clase de personajes que cumplían o no fechas
cincuentenarias, centenarias, bicentenarias de su natalicio o muerte, sumadas a
series completas de personajes de todas las épocas que preparaba el Ministerio de
Correos y Telegrafos y desde 1954 de Comunicaciones, en su oficina de filatelia en
las series “personajes de todas las épocas”. Una tendencia no superada hasta el pre-
sente. Así tengan poco atractivo para los filatelistas nacionales e internacionales.
Algunas en pliegos completos como la serie en el gobierno del Presidente Ernesto
Samper de 24 sellos que fue “macartizado” por las autoridades de inteligencia del
momento, dizque porque figuraban líderes de la resistencia indígena y otros de las
luchas populares (que nunca habían aparecido en la filatelia) porque los asociaban
como veneras de los comandos guerrilleros cuando el propósito era precisamente
acercarlos a la cultura popular como lo reiteraba Bushnell.

¿…Y de Colombia? “ni Marx ni Marulanda” pero


sí muchos sellos de personajes

Una fotocopia de aquel texto de Los avatares del liberalismo argentino en la


filatelia que he mencionado antes me llegó vía postal, con este mensaje:
Adjunto un modesto aporte a la literatura, que se parece un poco,
quizás, a mi primer artículo referente a las estampillas colombianas, o sea
La Regeneración Filatélica en cuanto trata de descifrar la significación ideo-
lógica de la selección de figuras para retratarse en los sellos. [Creo que sería
muy difícil hacer algo semejante con respecto a las emisiones colombia-
nas de años recientes –obviamente no aparecen retratos ni de Marx ni de
Marulanda (Tirofijo)–, pero la cobertura es tan amplia que no aparecen
discriminaciones muy claras. En Argentina un ejercicio como este sí era
factible hasta años muy recientes, probablemente ahora no…]24
24. Los textos entre corchetes son agregados de otra comunicación de Bushnell, por
el autor.

[ 52 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

En la otra mención de otra cartas antes transcrita “y ojalá consiga vetar eso
de los “ex presidentes vivos” sin duda para Bushnell no pasaba de ser un exa-
brupto político que se repitiera en el país el intento histórico de circular sellos
con la cara de personajes vivos. En una serie denominada Mandatarios de Co-
lombia, durante la administración de Turbay Ayala, se debió consultar para dar
vía libre al proyecto, si debían circular estampillas con la efigie de expresidentes
de carne y hueso. Por la afirmativa se pronunció el doctor Lleras Restrepo según
testimonio del asesor Jairo Londoño Tamayo.
Sólo se han permitido sellos de expresidentes, después de muertos, por una
normativa del Ministerio de Comunicaciones, hoy Ministerio de TIC. Nunca se
concretó la idea de los expresidentes vivos retratados en sellos de correo. Tam-
poco de los procesos nacionales de paz; aunque en un momento del siglo xxi se
pensó en emitir una estampilla del proceso de paz dedicada a las Farc y que se
logró impedir gracias a la oportuna consulta desde Bogotá a la Oficina de Fila-
telia en Berna, de la Unión Postal Universal, según versión de funcionarios de la
oficina de filatelia del Ministerio de Comunicaciones de la época.
Se entiende la preocupación de Bushnell en su misiva, alertándome a que
tratara de frenar la iniciativa de incluir en la programación filatélica colom-
biana de alguna anualidad los expresidentes vivos. Se emitió en el año 2010 la
novena y última serie de Presidentes de Colombia que circularon desde el go-
bierno del presidente Turbay Ayala, con un arranque de 50 sellos y que inició sin
orden ni concierto retratos de presidentes titulares y en el mismo pliego otros
de encargados temporalmente por enfermedad, muerte o renuncia del titular,
ya fueran vicepresidentes, designados o ministros en funciones presidenciales.
A continuación para lectores profanos en filatelia se hace una corta guía de
los sellos que hemos seleccionado para ilustrar este texto, principalmente cuan-
do hay referencias a los análisis sobre sellos colombianos en los textos de “Rege-
neración filatélica” y de Feminismo Filatélico (no figuran personajes argentinos
ya que carecemos de sellos de los reproducidos en el texto de Bushnell).
Sobre una revisión de los catálogos y las emisiones de personajes es posi-
ble marcar casos insólitos de omisiones de personajes notables, de retardo en
su figuración filatélica y de algunas reiteraciones sin mucha justificación de sus
muchos sellos de un mismo personajes diferentes a Nariño, Bolívar y Santander.
Hay que señalar, sin duda, los magnicidios de todas las épocas de la violencia
colombiana, limitados a Independencia y República. Sobre la resistencia indí-
gena en la época colonial no se hace ninguna mención. Como la apropiación de
símbolos en el periodo de la Regeneración tiene tantas facetas reúno en extenso
textos de Bushnell y documentos de los protagonistas Núñez y Doña Soledad

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Luis Horacio López Domínguez

Roman, su segunda esposa, para mayor identificación de los conflictos filatéli-


cos que repudió de Bushnell debido a la manipulación del varias veces presi-
dente Núñez directa o a través de sus amigos de los símbolos de la nacionalidad
monedas, sellos de correo con su efigie, himno nacional, y luego se continuó
con los apoyos partidistas con motivos diversos que volvieron a retratar tres
veces a Núñez y una estampilla para su esposa.

“El presidente Núñez aparece en un sello emitido en su


propio gobierno”

El profesor Bushnell que acopiaba sellos usados me indujo a insistir en


una búsqueda de contexto historiográfico con una mirada espacio-temporal
sociopolítico a cada sello que pasara por mis manos. Nuestro contacto fue más
cercano cuando formé parte del comité filatélico del Ministerio de Comunica-
ciones de 1989 a 1998, cuando le reunía las carpetas de primer día de emisión y
me traía sellos de astronáutica.
Me adelanto a trazar este contexto, para los lectores que no conocieron a
Bushnell o tienen la idea de un astronauta de otra galaxia, que penetró en los secre-
tos de la arqueología del papel de archivos colombianos y quien con admiración y
respeto nos dio una lección permanente de optimismo sobre el país. Así lo invocó
su hija el 24 de septiembre de 2010, en el homenaje póstumo por iniciativa de
Moisés Wasserman, en el auditorio de la Universidad Nacional, Cathy (Bushnell)
Amanti, cuando recibió el diploma de Doctor Honoris Causa otorgado por aque-
lla Universidad Central, la cual fue fundada por Santander a la par con la Univer-
sidad Central de Quito y la Central de Caracas (por ley del 18 de marzo de 1826).
En lo visual tenía una predilección por lo pequeño, por aquellos papelitos-
documentos. Comenzando el gobierno del presidente Barco en un almuerzo
con él, me obsequió una fotocopia de un enigmático título “Regeneración fila-
télica”, pero yo apenas me aprestaba a decodificar “cómo nacía una estampilla”,
entrenado a vapor por los sí expertos Jairo Londoño y Juan Jacobo Muñoz en
el comité filatélico de la Mesa Directiva de la Administración Postal nacional,
donde había sido designado su representante por el presidente Barco por de-
creto. Muchos textos de boletines me fueron confiados y tuve responsabilidad
en los aciertos y desaciertos de múltiples diseños que pasaron por revisión del
Comité Filatélico. Los filatelistas me remitieron a una publicación de 1904 El
coleccionista un periódico “filatélico y cartófilo” que una sociedad filatélica pu-
blicaba doce veces al año en Bogotá, como primer impreso sobre temas de sellos
postales de Colombia.

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Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

En aquel texto obsequiado por Bushnell en 1998 cuando yo ya estaba edi-


torialmente activo en el proyecto editorial de la Biblioteca Santander de la que
se publicaron 83 volúmenes entre 1988 y 1992 aquella fotocopia facsimilar de
“Regeneración filatélica” me permitió leer en forma sistemática y con referen-
cias del catálogo Scott que David Bushnell había juiciosamente registrado y que
se trataba de muchos de los comentarios que boca oído había escuchado en tor-
no a la filatelia del siglo xix en Popayán en la Casa de Moneda y en almuerzos
bogotanos con el querido profesor.
La emisión de 1886 que había impreso Demetrio Paredes en planchas de
zinc, marca un quiebre constitucional en la nomenclatura de la nación y una
entronización de la figura de Núñez en uno de los símbolos de Estado Nación
como monopolio estatal que son las emisiones postales.
Recuerdo que me señaló un día al rompe que tres presidentes se dispu-
taban en Suramérica, los primeros puestos en autorretratarse y difundir su
imagen en sellos de correo; dos espurios, uno de ellos, Máximo Benito Santos,
contemporáneo de otros dos colombianos Rafael Núñez Moledo y José Manuel
Marroquín, hombres de barba los tres y cuya efigie fue grabada en planchas de
zinc para los sellos. Máximo Benito Santos, ostentoso y extravagante estableció
para sí el cargo militar de Capitán general del ejército de Uruguay; que robó sin
medida y también construyó un palacete que fue luego sede de la cancillería
uruguaya, no lo bajaban de “tiranuelo”. Entre Cartagena el solitario del Cabrero
y la capital el varias veces presidente Rafael Núñez Moledo; Marroquín en su
hacienda Yerbabuena escribía sainetes navideños para que los campesinos de
sus haciendas vieran la representación en montaje de sus hijos, según comuni-
cación personal del otro historiador filatelista Malcolm Deas.
La atención escrutadora será sobre Núñez con su emisión de 1886 (LT.
1984: 99 a 104) acompañado en la serie postal por un escudo nacional, dibujado
en1834 pero en 1886 con el nuevo nombre de República de Colombia y en la
misma serie de Bolívar, Sucre y Nariño los que darán la clave para una metodo-
logía analística en la que fui alfabetizado para alternar con filatelistas de verdad,
en el oficio de ver nacer sellos y ver morir a plazos25.
Casi con visos lapidarios reseñó la audacia del presidente Núñez el profe-
sor Bushnell:
La emisión de una estampilla con la efigie del mandatario corriente
como fue el caso de la emisión de 10 centavos con retrato de Núñez, se
consideraría hoy día un gesto de muy mal gusto a lo menos —rasgo típico
de un Stroessner o Somoza—, pero no de gobernantes decentes. Quizás no
25. López Domínguez, Catálogo colombiano de sellos postales.

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Luis Horacio López Domínguez

sea justo, sin embargo equiparar a Núñez con gente de esa laya con base en
este solo detalle, ya que todavía no se habían solidificado, por así decirlo, las
normas o modas de este asunto. Sin embargo llama la atención el hecho de
que Núñez haya sido el segundo mandatario latinoamericano que apare-
ciera en vivo en una estampilla emitida por su propio gobierno, habiendo
sido el primero el tiranuelo uruguayo general Máximo Santos [Scott 50 y
66 de correos del Uruguay]26

Su esposa doña Soledad Román no por decisión suya sino por gentileza
al cliente de la casa Camacho Roldan y Cía. en Nueva York acuñó su silueta,
desplazando la tradicional de La Libertad, muy simbólico el cambio y el apodo
a las monedas Cocobolas27. Y para completar también el himno. En la emisión
de 1886 sólo se mantuvo en monótono escudo ahora con el nuevo nombre
impuesto por la constitución política escrita por Núñez y Caro. Dejó entonces
el escudo nacional como único referente institucional en un sello de 1 centavo,
la figura de Sucre de 2c, la de Bolívar de 5c la del presidente Núñez de 10c y la
de Nariño de 20c.

La efigie de Misia Sola acuñada en las “Cocobolas”

Hubo en la capital en uno de los viajes de Núñez con Soledad Román


desplantes de género entre la primera dama y las esposas de los radicales. No
llegaron a la estación de la Sabana a recibirla, salvo las mujeres de políticos
conservadores, especialmente de la estirpe de los Caro que sin duda la recibían
en sus casas, la calesa de la presidencia parqueaba frente a aquellas residencias y
eran por supuesto motivo de comidillas de la picaresca santafereña.
Así rememoraba ante Daniel Lemaitre
Cuando las Cocobolas, me cayó encima una catarata de insultos. El
gobierno tenía que acuñar una cantidad de monedas de plata de ley deter-
minada y, para ello, encargó a la Casa de Camacho Roldán & Van Sickel, de
Nueva York. Casa muy seria y honorable a la que Rafael ocupaba también
para asuntos personales. Muchos años antes de ir el doctor Núñez a Bogotá
había enviado a dicha casa un retrato mío de perfil, con encargo de hacer eje-
cutar una ampliación por un buen taller artístico. La ampliación vino pero el
pequeño retrato original se quedó allá y mi marido olvidó reclamarlo.

26. David Bushnell, “Regeneración filatélica”, Revista de Estudios Colombianos 2


(1987): 30.
27. Véase una reproducción de una cocobola, en la plancha dedicada a las mujeres.

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Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Luego, al hacer la acuñación de las monedas encargadas por el Go-


bierno y como quiera que el dibujo enviado de Bogotá tenía en el centro
una cara de mujer, Camacho Roldán quiso hacer una cortesía, y en lugar
de la cara anodina del dibujo [efigie de La Libertad] hizo grabar el per-
fil del retrato mío que había quedado en su poder. Al proceder así, escri-
bió dándole cuenta de ello al doctor Núñez, quien, complacido por esa
galantería, contestó a la casa, dándole las gracias. Pero llegaron las monedas
y fueron puestas en circulación. ¡Ay mi amigo! Aquello fue un escándalo
apenas conocieron mi retrato. Los periódicos vomitaban improperios. El
pueblo susurraba que Núñez se iba a coronar emperador. Y, por último
las denominaron, las “Cocobolas”, nombre que conservaron hasta su total
desaparición, a causa de haber sido ajusticiados por aquel entonces en Pa-
namá los célebres Prestán y Cocobolo [condenados a la horca, sindicados
de provocar un incendio en Colón]. Verá usted, por lo que le refiero, que la
idea de poner mi retrato en aquellas monedas no pasó nunca por la mente
de mi marido, como muchas personas lo suponen todavía. Y abriendo una
cajita de reliquias concluye Daniel Lemaitre: Tome, me dijo, aquí tiene una de
esas celebres monedas que he conservado. Guárdela o désela al Museo de Histo-
ria. Son ya muy raras....28

Don Leo Temprano en 1993 publicó un esbozo de historia de la numismá-


tica Colombiana y esta es su versión:
Las monedas fueron acuñadas con fechas 1887 y 1888…Con rechifla
unánime fue motejada la moneda, como “Cocobola”, inspirándose en el
apodo de Cocobolo, dado a un célebre antisocial de la época. Quizás se
quiso resaltar con esta nueva efigie la preponderancia que en momentos
ejercía el Presidente, que acababa de imponer un nuevo orden político.
Tal debió ser el bololó que se formó en todas las esferas sociales, que sin
pérdida de tiempo se ordenó una nueva matriz con la efigie clásica [de la
Libertad] y que circuló conjuntamente con la cocobola con fecha 1888.29

En nuestras recurrentes alusiones a Núñez y releyendo su primer texto so-


bre filatelia colombiana de 1987 “Regeneración Filatélica” me advirtió que tam-

28. Daniel Lemaitre, “Las Cocobolas”, en Soledad Román de Núñez. Recuerdos (Car-
tagena: Tipografía Mogollón, 1927), 84.
29. Leo Temprano[LT], Monedas de Colombia 1810-1992. Historia y legislación
1810-1834. Identificación y valor 5ª edición. (Bogotá: Publicaciones cultural, 1993),
137.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 33-80 [ 57 ]


Luis Horacio López Domínguez

bién el himno como símbolo del Estado Nación era obra de Núñez. Le envié
un texto que había redactado para la revista Semana dedicada a símbolos de
Colombia. Sin duda Núñez escribió este himno en su juventud, hacia los 25
años cuando ocupaba el cargo de secretario de hacienda del general José María
Obando. Se trata de un himno en homenaje a Bolívar y en él sin duda sólo
aparecen de la gesta libertadora Nariño, Ricaurte y el recorrido triunfal de sus
batallas.
Le hice al doctor Bushnell la aclaración que el texto de Núñez en manos
del histriónico teatrero bogotano, don Domingo Torres y el apoyo de la mujer
de Sindici había convertido con el tiempo en una pieza musical que había sido
interpretada en Lima y en Roma. Así se lo hizo saber en una tarjeta enviada a
Sindici, pero nunca, como dicen los argentinos, Núñez hizo autobombo con
su himno patriótico. Sólo hasta 1920 fue adoptado por ley 33 como himno
nacional de Colombia y en el gobierno de Eduardo Santos fue intervenida en
su parte musical por el maestro Rozo Contreras y dejó una estela de críticas de
los expertos en esta música. Bushnell afirmaba que “…también fue simbólica el
dar a sus compatriotas un himno nacional” y esa tardanza en adoptar una can-
ción nacional la consideró en su libro Colombia un país a pesar de sí misma que
“era tal vez otro de los signos de la relativa debilidad del sentimiento nacional
(el himno venezolano, por el contrario, databa de la Independencia). Incluso
al analizar su primera estrofa “La humanidad entera que entre cadenas gime,
comprende las palabras del que murió en la cruz y sus sentimientos religiosos”,
Bushnell me advirtió que no volvería a hacer alusión a la propaganda nuñista
de este himno símbolo patrio después de leer los antecedentes bolivarianos del
himno30.
Sin duda sobre Núñez, como lo afirma el propio Bushnell, “sobre su figura
hay variadas interpretaciones que reflejan principalmente divergencias sobre
sus motivaciones” y diríamos que también religiosas. La afirmación de la me-
diación del concordato para solucionar su problema matrimonial con Doña
Sola con quien se había casado por poder en la embajada de Colombia en Paris
en 1887. Suscribió un concordato en 1887 y con limitaciones restauró el fuero
eclesiástico y en la constitución en monopolio de la iglesia católica y la interven-

30. Puede leerse en el Boletín de Historia y Antigüedades de 2013 la controversia


sobre el cambio propuesto en el congreso de la sexta estrofa del himno nacional
que trata sobre la batalla de Junín y que los ponentes confundieron con la campaña
libertadora de Nueva Granada de 1819; Luis Horacio López Domínguez, “El Himno
Nacional”, en El Símbolo Nacional, edición Especial (Bogotá: Publicaciones Semana,
2006), 118-119.

[ 58 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

ción directa en la educación. Un buen bosquejo de la vida amatoria de Núñez la


traza Adelaida Sourdis, con mirada caribeña31.
El artículo más desconcertante del Concordato era el que declaraba la
validez pasada y presente de todos los matrimonios católicos sin excepción.
El primer matrimonio del propio presidente Núñez con la señora Gallego
fue rehabilitado, y por lo tanto su divorcio y subsecuente matrimonio civil
quedaron anulados. La primera dama de la nación, de esta manera pasó
de ser esposa del Presidente de la República a mera concubina. Este era
el precio que Núñez estaba dispuesto a pagar a cambio de la tranquilidad
religiosa. Afortunadamente para la pareja presidencial, la primera esposa
de Núñez murió poco tiempo después, lo que le permitió a este normalizar
su situación con la bendición de la iglesia. Matrimonio celebrado por el
obispo de Cartagena.32

Sostenían el mantenimiento y las fiestas en una ermita vecina a la residen-


cia de El Cabrero. Sobre la religiosidad de Núñez y la presión de doña Soledad
incluía el rezo cotidiano del Rosario pero doña Sola le agregaba un cúmulo de
oraciones.
Baste decir que para Bushnell la emisión en la serie UPAEP de mujeres de
los países de América y España fue muy contradictoria aunque veía el vínculo
conservador tanto en la escogencia como en los personajes. En el gobierno de
Andrés Pastrana circuló una serie con las figuras de Soledad Román y Bertha
Hernández, las únicas primeras damas en la filatelia colombiana, a excepción
de una estampilla anterior de Lorencita Villegas primera dama del gobierno de
Eduardo Santos como benefactora e impulsadora de la liga Antituberculosa que
se emitió con Alberto Pumarejo y los antioqueños Miletón Rodríguez y Tomás
Carrasquilla, diseños de Dietter Bordfeldt.
Era contundente en cuando al santoral civil de la Independencia y la Re-
pública. “Colombia tiene una pluralidad de héroes de independencia, siendo
uno de ellos el más grande de los latinoamericanos, Simón Bolívar a pesar de
haber nacido en Caracas. Pero Santander es sin duda el que sobresale entre to-
dos los demás”.

31. Adelaida Sourdis Nájera, “Mujeres que amaron a Núñez”, en Amor y pasión en
la historia política de Colombia, ed. Juan Camilo Rodríguez Gómez (Bogotá: Revista
Credencial, 2013): 176-181.
32. David Bushnell, Simón Bolívar, proyecto de América (Bogotá: Universidad Exter-
nado de Colombia, 2007), 205-224.

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Luis Horacio López Domínguez

Mini-mosaico de temáticas ilustradas.


Planchas i, ii, iii y iv

Es oportuno advertir al lector que en las cuatro planchas que acompañan


este texto se reúnen sellos para ilustrar referencias filatélicas de Bushnell en sus
escritos aquí reseñados:
En la primera, una referencia a los contenidos visuales más generales en
la filatelia internacional: de la cultura popular, el deporte33. Es en la filatelia
colombiana después de personajes y conmemoraciones la más copiosa en te-
máticas, la deportiva.
De personajes se reproducen tres sellos franceses donde también abundan
a lo largo de la historia filatélica personajes: el autor de La Democracia en Amé-
rica Alexis de Tocqueville, canciller y político galo, Napoleón y Albert Einstein,
sellos que me obsequió sin usar. Uno que elogió en alto grado del proceso de
paz en Centroamérica como impulsor de valores didáctico-pedagógicos, el sello
de Contadora en el gobierno de Belisario Betancur. Los tres sellos aeroespaciales
son otra de las temáticas de Bushnell por los vínculos laborales pioneros en la
conquista del espacio. El de 1968, es el único satelital en la filatelia colombiana,
un muy bello diseño de una serie de Telecom en su aniversario.
En la segunda plancha una mirada retrovisora al siglo xix en su segunda
mitad: Los antecesores a los emitidos en la Regeneración por Núñez, los sellos
de los Estados Unidos de Colombia y las emisiones de los estados federales, los
Estados Soberanos, como lo recalca en los antecedentes a la emisión nuñista:
emisiones de escudos en forma monótona y repetitiva sin efigies de nadie (salvo
la estampilla del estado de Bolívar y la cara del conservador Pedro Justo Berrío,
a quien Marroquín nombró gobernador de Cundinamarca).
Luego, en 1904, se había “auto-emitido” el vicepresidente Marroquín, que
había derrocado al presidente legítimo Dr. Manuel Antonio Sanclemente, el pri-
mero de julio de 1900. Mandó que su figura circulara en una serie producida en
Medellín por la litografía de L. M. Arango contratado el 19 de febrero de 1904;
contrato firmado cinco meses y medio antes de terminar su periodo presiden-
cial Marroquín con dos sellos de $5.00 y $ 10.00 en rojo y azul respectivamente
que circularon por el territorio nacional hasta 1908. La autoproclamación fila-
télica de Núñez se repetía por segunda vez y para fortuna de los análisis de Bus-
hnell nunca más en el siglo xx, ni siquiera en el gobierno militar de1953-195634.
33. Se ilustra con la estampilla que ganó el primer premio mundial de filatelia olím-
pica de Atlanta 96.
34. López Domínguez, Catálogo colombiano de sellos postales.

[ 60 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

personajes de todas las épocas y progresos tecnológicos (Bushnell, 1987)


Emisiones que expresan valores populares, didácticos-propagandísticos,

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[ 62 ]
1863-1885. Emisiones de Estados soberanos, régimen federal.
Luis Horacio López Domínguez

1886. “Regeneración filatélica”: Escudo Rep. Colombia, Presidente Nuñez, Libertador Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y Antonio Nariño

1910. Emisión del Centenario de la Independencia, La Pola, General Santander y mártires de Cartagena

Boletín de Historia y Antigüedades


1903. Próspero Pinzón 1904. J.M. Marroquín

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1979. R. Uribe Uribe 2009. R. Uribe Uribe

D. Bushnell, The making of modern


Colombia. A nation in spite of itself,
1993
Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

1959. Gaitán 1988. Gaitán


(1903-1948) (1903-1948)

[ 63 ]
[ 64 ]
1887 Cocobola Doña Sola Doña Bertha Doña Lorencita Derechos de la mujer
Luis Horacio López Domínguez

Madre Laura María Currea Gloria Lara Diana Turbay

Feminismo filatélico: imágenes de la mujer en sellos de Argentina, Colombia, Cuba y Estados Unidos (1863-994).
En Boletín Americanista. Barcelona, 1997

Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Los tres sellos de la serie del centenario de la Independencia, 191035 regis-


tran: La Pola, primera mujer en aparecer en la filatelia de América; Santander
que fue ignorado por Núñez en la serie de autoproclamación y los fusilados de
Cartagena para envíos recomendados. Este sello fue retirado y dicen los filate-
listas que incinerada por efecto de una reclamación diplomática de la embajada
de España, pero sin sustento documental conocido. Nuestro amigo Leo Tem-
prano, sin embargo en el número 18 de Información filatélica de enero-febrero
de 1964 identifica el decreto 696 de 6 de agosto de 1910 que retira de circulación
el recomendado con los fusilados de Cartagena36. Y luego otro de diciembre 30,
cuatro meses después el decreto número 1181 de 30 de diciembre que reserva
500 de toda la serie y restringe a porteo “de las correspondencias y paquetes
postales que cursen en el interior del país”.
La tercera plancha trata de “los casos insólitos” que buscamos Bushnell y yo
como su discípulo filatélico: presidente y jefe militar del gobierno conservador de
la guerra de los mil días (1903-1904); los sellos a los liberales: los de Uribe Uribe,
debieron demorar hasta 1979, para su emisión, (76 años después de su contrincan-
te conservador el general Pinzón), en el gobierno del presidente Turbay Ayala y en
2009 otro sello en el cual se reproduce el óleo de Acevedo Bernal que se conserva
en el palacio de los presidentes, en el mandato del presidente Álvaro Uribe Vélez
(emisión que se generó por el texto del boletín informativo escrito por el acadé-
mico y traductor de una tesis de doctorado sobre Uribe Uribe, publicada por la
editorial del Externado, una urticante reacción de un admirador de Uribe Uribe
que produjo un demencial rosario de tutelas y derechos de petición a todos los ni-
veles del gobierno y la Academia, por parte de un simpatizante obseso del General
que no compartía ningún texto escrito, imagino que aspirando a ser su biógrafo
filatélico).
Los ejércitos liberales en la cruenta batalla de Palonegro al mando de los
generales Benjamín Herrera y Rafael Uribe Uribe fueron omitidos de cualquier
reconocimiento en la emisión de 1904. Los vencidos nunca han tenido espacio
ni reconocimientos filatélico aquí y creo que en pocos correos del mundo.
Uribe Uribe una década después en 1914 cae asesinado en la acera del
capitolio nacional a golpes de hachuela por un par de artesanos. Tampoco se le
hizo ninguna recordación filatélica (como sí se hizo en el siglo xx varias veces
con Sucre, integrante de la galería de magnicidios sobre la que trataré más ade-
lante, así fuera venezolano), pero sí dos grandes monumentos en Bogotá (en el
35. Leo Temprano [LT], Estampillas de Colombia. 34ª edición. (Bogotá: Filatelia Te-
mática, 2003).
36. Pero no los identifica con ese nombre, solo recomendado.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 33-80 [ 65 ]


Luis Horacio López Domínguez

cementerio central, un mausoleo con templete y busto y en el Parque Nacional


Olaya Herrera una escultura con fuente).
Con Gaitán la situación filatélica es más compleja. El asesinato del líder
liberal es el único acontecimiento colombiano que tiene figuración mundial en
las cronologías históricas. El único y por decreto presidencial de Mariano Ospina
Pérez se ordenó una emisión con las fechas del natalicio y muerte. Los 10.3 millo-
nes de sellos de homenaje a Gaitán se guardaron una década y se salvaron de
las llamas partidistas lo mismo que el que le hicieron en su cincuentenario con
fechas diferentes.
Transcurre una década durante la cual se tuvo quieta la emisión completa
en las bóvedas del Murillo Toro, la totalidad de sellos sin circular. Según infor-
mación personal de don Jairo Londoño Tamayo, asesor filatélico desde 1951,
en los gobiernos conservadores de Laureano Gómez, Roberto Urdaneta y los
gobiernos de Gustavo Rojas Pinilla y la Junta Militar se intentó incinerar estos
sellos. El 28 de julio de 1959 por orden del primer presidente del Frente Nacio-
nal, el estadista liberal Alberto Lleras, reselladas empiezan a circular cuatro mo-
tivos, con 10.5 millones de unidades y algunas quedan sin resello, convertidas
hoy en rarezas filatélicas. Tiene esta primera emisión las fechas vitales del líder
asesinado 1898-194837.
Se emite una segunda estampilla en 1998, en el gobierno liberal de Ernesto
Samper en el cincuentenario del magnicidio y comienza a circular el 24 de abril
de 1998, con otra fecha de nacimiento: 1904. Parece ser que la fecha de 1898,
de la primera serie corresponde a la de un hermano mayor, fallecido en la in-
fancia y con el mismo nombre de Jorge Eliécer. Esta estampilla conmemorativa
del cincuentenario del Bogotazo como se llamó el levantamiento popular que
generó la muerte del líder popular tuvo una circulación internacional y es una
de las cuatro que Jack Dick un filatelista argentino-estadounidense fallecido en
2011 reproduce de Colombia en una visión panorámica de semiótica política
de América Latina en su libro: Miniature Messages. The Semiotics and Politics of
Latin American Postage Stamps, publicado por la Duke University Press en 2008.
Obra muy debatida en Argentina y que, sin duda, tiene un enfoque polémico
más centrado en la filatelia de las Malvinas y las cubanas y militares argentinos.
De Colombia registra “El estudio”, autorretrato de Botero de la serie donación
Botero (LT 2175) y otra emitida en 1955 en el periodo militar, sobre la par-
ticipación de tropas de Colombia en la guerra de Corea. También reproduce
en la serie cubana de Historia de Latinoamérica un Nariño (no Santander) de
Acevedo Bernal.
37. Esta emisión es la que tiene mal los números.

[ 66 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Aquel sello de Gaitán de 1998 forma, con otros de asesinatos más recien-
tes, el conjunto de sellos en homenaje a ciudadanos sacrificados, de magnicidios
de este país y otros más lejanos: el asesinato en una emboscada en Berruecos
del mariscal Antonio José de Sucre en 1830, antecedido del general José María
Córdova héroe de las batallas de Junín y Ayacucho, muerto a sablazos por el
inglés Ruperto Hand, cumpliendo órdenes del oficial irlandés Daniel Florencio
O´Leary y se suma el vil ajusticiamiento de José Padilla en 1828 y el posterior de
Julio Arboleda, presidente electo asesinado en 1862.
Los magnicidios del siglo xx acrecientan los ajusticiados por manos del
crimen organizado: los periodistas Guillermo Cano y Diana Turbay que tiene su
vínculo presidencial con el mandatario Julio Cesar Turbay, un cuestionamiento
del profesor Bushnell que paso adelante a dilucidar. Completan el mosaico de
magnicidios el ministro de justicia, Rodrigo Lara, asesinado en 1984, el exmi-
nistro de educación, Luis Carlos Galán, candidato presidencial muerto en 1989,
el exministro de justicia, Enrique Low Mutra, asesinado en 1991 y el candidato
presidencial Álvaro Gómez.
Este sello de Gaitán y las otras víctimas de la criminalidad ilustra la carátu-
la del opúsculo que entregué a los acompañantes a mi posesión como individuo
de número en octubre de 1998. Es un extenso texto donde hago un recorrido
por personajes colombianos y personajes ilustres del exterior en total sobre 99
sellos titulado Aproximación a personajes a través de los sellos postales de Co-
lombia. Un texto impresionístico de apenas un iniciado en la metodología del
escrutinio analítico impulsado en forma original en el tantas veces mencionado
texto “Regeneración filatélica”38. Tal vez lo más ilustrativo es mi interrogante a
cómo se configuraron las series de presidentes de Colombia.
Bushnell en un fino humor negro aludió en uno de sus textos a aquel
recurso icónico al que acuden las operadores postales para emitir sellos repro-
duciendo en series filatélicas las efigies de presidentes de Estados Unidos y de
Colombia, lo afirmó en el texto póstumo en su versión en inglés sobre filatelia
femenina, pero escrito inicialmente en español y publicado en España:
El resultado del proceso —es decir, la gama de figuras históricas, pai-
sajes y símbolos que aparecen en los sellos— no deja en cualquier caso de
ser revelador de valores políticos y culturales de los grupos dominantes de
una sociedad. El ejemplo más nítido quizás sea la costumbre de las mo-
narquías de colocar en sus sellos la efigie del rey o de la reina. De manera
parecida algunas repúblicas han lanzado emisiones que llevan los retratos
38. Luis Horacio López Domínguez, “Aproximación a personajes a través de sellos
postales colombianos”, Boletín de Historia y Antigüedades 86: 804 (1999): 7-74.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 33-80 [ 67 ]


Luis Horacio López Domínguez

de todos los presidentes habidos, con excepción a lo sumo de los todavía


vivientes; vienen a la mente unas series de este tipo provenientes de los
Estados Unidos y Colombia…39

En el apartado siguiente se hace un tratamiento especial al contenido de la


cuarta plancha, teniendo en cuenta que sobre este tema publicó un artículo en
el que se analizan varios sellos colombianos.

“Feminismo filatélico en sellos de Argentina, Colombia,


Cuba y Estados Unidos (1893-1994)”

Su último texto dedicado a los personajes femeninos de cuatro países, un


muy paciente y bien hilvanado recorrido por los catálogos y álbumes de Estados
Unidos, Cuba, Colombia y Argentina. Con la misma metodología esbozada en
el texto “Regeneración filatélica” pero con una técnica más refinada para esta-
blecer tendencias cuantificables y valoración icónica de acuerdo a los conteni-
dos visuales del número de mujeres y excluyendo alegorías [libertad, justicia,
amor y afines]. Aquí vemos como, de entrada, la participación numérica de
las mujeres que identificó en la filatelia de Colombia es ínfima y concentrada,
como se verá en personajes de alta alcurnia, reinas y santas. Ninguna científica
ni artista y Bushnell no le alcanza a incluir las pocas que circularon en la serie de
personajes de todas las épocas en el gobierno de Samper, en 1997 por coincidir
la publicación con la emisión40.
Este es quizás el artículo filatélico más conocido internacionalmente por
estar reproducido en Internet quizás por el atractivo de género y sin duda por el
conjunto informativo que maneja, con la misma metodología pero con nuevas
técnicas para valorar el caudal de sellos de género. Excluyó las efigies simbólicas
como La Libertad que en la filatelia colombiana son varias en el período del
siglo xix y xx.
Afirma casi que englobando su visión de filatelia de género al inicio de su
texto:
Desde el punto de vista de las actitudes frente al género, llama nece-
sariamente la atención la frecuencia relativa de los homenajes postales a
figuras femeninas. Estas brillan casi por su ausencia hasta bien entrado el

39. El resaltado es nuestro.


40. La líder de la resistencia indígena, la cacica Gaitana; la líder obrera, María Cano;
la escritora Josefa Acevedo y la primera académica de la Academia Colombiana de
Historia, Soledad Acosta de Samper.

[ 68 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

siglo veinte, excepción hecha por supuesto de las reinas de turno. Y es bien
sugestivo el hecho de que la primera mujer cuya figura apareciera en sellos
de los muy republicanos Estados Unidos fue Isabel I de Castilla, honrada
en tres valores diferentes de la emisión conmemorativa de la Exposición
Colombina de 1893. Ella es, por otra parte, la única mujer con sitio propio
en las emisiones de todos los países que son tema de esta investigación,
de los cuales los tres latinoamericanos son representativos de las áreas del
Caribe [Cuba], Andes [Colombia], y Cono Sur [Argentina] mientras los
Estados Unidos ofrecen una comparación externa.
En toda América Latina las primeras mujeres históricas (a diferencia
de figuras alegóricas [La Libertad, La Justicia, La Vida], retratadas en los
diseños postales fueron dos heroínas de las guerras de independencia, en
emisiones de 1910 conmemorativas del centenario del movimiento eman-
cipador: Policarpa Salavarrieta "La Pola" [LT 254] en Colombia y Josefa
Ortiz de Domínguez, en México”.

Las categorías diseñadas por Bushnell para la distribución temática es


conveniente relacionarlas aquí, aunque como se señaló algunas de estas tienen
las celdas vacías en la filatelia colombiana como ciencia y tecnología y deporte:
AL: Artes y Letras; CT: Ciencia y Tecnología; D: Deportes; DM: Derechos de la
Mujer; E: Educación; F: Filantropía; FM: Farándula y Música popular; P: Po-
lítica; R: Religión; O: Otros. Sin antes advertir: “va de suyo que no se trata de
unos campos mutuamente excluyentes y que algunas de las clasificaciones de
personas individuales resultarán discutibles”.
En el análisis sobre la figuración de mujeres en la filatelia de Colombia, el
historiador Bushnell hace referencia a una de las víctimas de la criminalidad:
el secuestro y asesinato de Diana Turbay Quintero, hija del expresidente Julio
César Turbay y doña Nidia Quintero Turbay, cuyo sello se une (como se indicó
arriba) a las emisiones de homenaje a los periodistas asesinados, Luis Carlos
Galán y Guillermo Cano, víctimas del narcotráfico y los paramilitares; a los
ministros de Justicia, Lara Bonilla y Low Mutra por el narcotráfico; a la líder
comunitaria Gloria Lara de Echeverri por un movimiento insurgente y en el
siglo xxi a la ministra de Cultura Consuelo Araujo por un comando guerri-
llero de las Farc. Sin que hayan alcanzado un sello un procurador general de la
nación, otros dos candidatos presidenciales, oficiales de las fuerzas militares y
cientos de policías pagada su vida con recompensas de un millón de pesos por
el cartel de Medellín. Todo en la guerra contra el narcotráfico desencadenado
con el asesinato del primer ministro de justicia que lleva al gobierno de Belisario

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Luis Horacio López Domínguez

Betancur a extraditar por vía administrativa. La corrupción del dinero criminal


va penetrando todos los estamentos de la sociedad colombiana.
Afirma el doctor Bushnell:
…Colombia, por otra parte, ha honrado a quien podría llamarse
primera hija, aunque su progenitor [Julio Cesar Turbay Ayala] ya no era
presidente cuando a ella fue dedicado un sello postal. Se trata de Diana
Turbay, quien se identifica en el sello como periodista, profesión que ejer-
cía al tiempo de su muerte que ocurrió durante un frustrado intento de
liberarla del secuestro; y posiblemente su condición de víctima de la mafia
narcotraficante haya pesado aún más que su verdadera contribución pro-
fesional como motivo de su consagración filatélica….

A este análisis resulta válido y oportuno aclarar que confluyeron ambos


factores: un homenaje a la víctima y al periodismo como se titula la emisión,
una diligente y valiente periodista que fue engañada con el señuelo de una en-
trevista con el capo jefe del cartel de Medellín, así lo recuerdo en los comités de
filatelia y en la Junta Directiva del operador postal, Adpostal, a los que asistía
para entontes como representante del presidente César Gaviria en 1992, cinco
sellos a las mujeres asesinadas y hombres muertos a tiros por sicarios a sueldo,
el resto a las conmemoraciones del bicentenario del natalicio de Santander, al
Quinto Centenario y a Navidad. Las solicitudes vinieron directamente de Presi-
dencia de la República y se congeló para ellos la norma que indicaba que debían
esperarse que transcurrieran cinco años después de su muerte para poder emi-
tir homenaje a la vida de los ciudadanos.
Sobre la escogencia de otros personajes femeninos en el periodo que nos
ocupa, el doctor Bushnell hace agudas consideraciones históricas y políticas
referidas a la producción de sellos inspirados en mujeres colombianas y del
exterior:
…Otro grupo de figuras políticas consiste en heroínas de la lucha de
emancipación. Las encabeza “La Pola” colombiana, pero hay casos análo-
gos en todos los demás países. Aunque Colombia de los tres países latinoa-
mericanos [Cuba, Argentina y Colombia] ha honrado al menor número
de figuras femeninas, como porcentaje de todas las personas retratadas es
igual a la cifra de Argentina y superior a la de Cuba. Pero en mayor grado
que en otra parte la selección de homenajeadas parece consagrar virtudes
femeninas de tipo tradicional: de un lado, santas y religiosas, de otro, la
ganadora de un certamen mundial de belleza [Luz Marina Zuluaga]. Por
añadidura la categoría política colombiana consiste (aparte de dos secues-

[ 70 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

tradas y asesinadas) [Gloria Lara y Diana Turbay], en una reina española


[Isabel La Católica], una primera dama norteamericana [Eleanor Roose-
velt homenajeada por su papel en la redacción del texto preparatorio de los
Derechos Humanos] y tres heroínas de la independencia [Policarpa Sala-
varrieta, María Loperena, Antonia Santos], que ejemplifican un patriotis-
mo bastante genérico sin matices de reivindicación social.
Excepción hecha de su primera aparición [1910], la efigie de Policar-
pa Salavarrieta se combina con la figura de una mujer que lleva una cria-
tura en un brazo mientras con el otro está depositando su voto en la urna
electoral: así se celebró la concesión de la plenitud de derechos políticos a la
mujer destacando su total compatibilidad con las tareas familiares [la serie
más grande de toda la filatelia con 118.900.000 millones de unidades cir-
culó en 1962 (LT, 1064 a 1069)]. Hasta la colombiana a quien se reconoce
filatélicamente en calidad de luchadora por los derechos de la mujer, María
Currea de Aya, no es una figura bien conocida ni fue activista beligerante.
Todo esto sugiere que las mujeres en Colombia han hecho avances impor-
tantes, pero sin desbordar los límites del sistema establecido, y sin casos
espectaculares tipo Eva Perón…41

Anotaciones sobre la temática de personajes en la filatelia


colombiana

Se puede afirmar que en contenido gráfico los sellos postales forman un


entramado cultural de expresiones visuales, de imágenes de la vida del país, del
patrimonio natural y cultural, artístico e histórico de la sociedad colombiana.
Imágenes que han circulado con un efecto mediático a través de las piezas de
correo, como ha sido tradicional de la comunicación impresa y constituye un
instrumento para los estudios contemporáneos de la historia postal del país.
Como una fuente de información y de entretenimiento muy especial.
Es decir, esta lectura de los sellos que propone Bushnell es selectiva y se
reduce a una temática que en Colombia es la dominante. He repetido en foros
filatélicos que ha habido años en los que las conmemoraciones y entre estas
los personajes han copado toda la programación de una anualidad en el país.
Lo más interesante de este ejercicio de escrutador que introdujo en sus aéreas
de interés y en sus publicaciones de la mirada hacia la filatelia para establecer una
ilustración de motivaciones derivadas de la historia política y sociocultural si se

41. La información añadida entre corchetes es del autor.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 33-80 [ 71 ]


Luis Horacio López Domínguez

quiere como en el caso de las personajes femeninos ya lo he aplicado inclusive


a cuatrienios o períodos presidenciales del Frente Nacional y de los procesos
subsiguientes a este pacto político bipartidista. Con los mandatarios liberales
Alberto Lleras a partir de una exposición que montamos con Andrés Constain
y el Ministerio de Comunicaciones con ocasión del centenario de su natalicio y
otro de Alfonso López Michelsen de investigación de gabinete, por la cercanía
al doctor Alfonso López, quien le dio un despegue a la filatelia de obras plásticas
de artistas contemporáneas, línea que se consolidó con obras del patrimonio
alusivas a la independencia en el gobierno de Virgilio Barco ese sí filatelista
juicioso.
Los sellos de personajes al menos en Colombia tienen sentido conmemo-
rativo, salvo en las series denominadas de “Personajes de todos los tiempos”
donde predomina o se destaca la ocupación y sus aportes a la cultura y sociedad
colombiana, su producción literaria, artística, investigativa de los homenajea-
dos, minoritaria la participación femenina.
Las emisiones de sellos conmemorativos circulan con el propósito de
contribuir a los procesos en un afianzamiento de la identidad cultural de los
ciudadanos, una usanza que comparten casi todos los países del mundo en
emisiones dedicadas a los aniversarios de los hechos fundacionales y de sus pro-
tagonistas. Fue el caso, en 2010, de las conmemoraciones del bicentenario de las
Independencias de España y los países de América Latina que generaron múlti-
ples emisiones conmemorativas y que ameritan un tratamiento específico por
la controversia que generaron algunos personajes, pero sin duda una serie que
supera los 30 motivos, sin precedentes en la filatelia colombiana y que dejó hue-
lla al igual que las publicaciones de estas efemérides. También en 1976 muchos
correos emitieron sellos conmemorativos del bicentenario de la Independencia
de los Estados Unidos de América y en 1989 del bicentenario de la Revolución
Francesa; para ambas celebraciones Colombia emitió sellos conmemorativos.
A otra escala, ya no de acontecimientos sociales sino centrados en indivi-
duos, aflora el culto a los hombres notables como otra vertiente de la producción
de sellos conmemorativos en sus fechas aniversarias de natalicio y muerte. En la
historia de la filatelia colombiana las primeras efigies correspondieron a los pa-
dres fundadores de la nacionalidad, casi todos militares. Sus retratos grabados en
planchas de acero se reprodujeron en la serie del centenario de la independencia
de 1910 y que fueron protagonistas en la gesta militar de la Independencia San-
tander, Bolívar, Nariño, Sucre, Córdova [y por primera de cuatro veces al presen-
te se emitió un sello de La Pola, como se registra en la plancha anexa al texto],
luego la pléyade de compañeros de generación, todos homenajeados en sucesivas

[ 72 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

emisiones (del periodo del postcentenario filatélico (1959-2009) y del cual está
en proceso de edición un catálogo patrocinado por el Banco de la República con
textos e investigación del autor). Estas emisiones de personajes corresponden a
una tendencia internacional de incitación a emitir sellos vinculados al pasado y
en la filatelia colombiana es una tendencia sostenida, de todos los años, al punto
que hubo anualidades en las que sólo circularon sellos conmemorativos porque
no hubo espacio para emisiones temáticas diferentes.

Liévano y Bushnell: biógrafos de Santander, Núñez


y Bolívar

Era un tema recurrente en las charlas con Bushnell hablar de Núñez y la


entronización del régimen de la Regeneración y del revisionismo laudatorio
de Indalecio Liévano Aguirre con sus dos biografiados: Simón Bolívar y Rafael
Núñez. Así como los juicios contra el régimen de Santander, que Bushnell en
contraste a Liévano había difundido con rigor documental y método lo que
contrastaba con la tan leída obra de Los grandes conflictos socioeconómicos de
nuestra historia. No vaciló en afirmar en 1991 en entrevista para la revista Des-
linde que “más impacto ha tenido la caracterización que hizo Liévano Aguirre
de Santander como representante de las oligarquías neogranadinas enfrentado
a un Bolívar campeón de masas. El planteamiento es a todas luces erróneo a
mi modo de ver, pero ha hecho carrera –véase la novela de García Márquez [El
general en su laberinto]…”.
Y añadió:
El hecho de haber querellado con Bolívar habría sido razón suficiente
para la persistencia de polémicas con respecto a Santander. Por supuesto
Santander tuvo a lo largo de su carrera otros opositores, a quienes ofendió
con algunas de sus medidas o ideas y cuyos herederos han vuelto al ataque
contra su memoria. Un ejemplo bien obvio es el sector más tradicionalista
del clero y de católicos laicos, que no vieron con buenos ojos las reformas
de Santander tocantes a la iglesia, por más que su anticlericalismo haya
sido bastante moderado. Gracias a esta controversia, todavía en el siglo xx
Laureano Gómez lo tildaba de Jacobino, entre otras cosas peores. Hay que
tener en cuenta demás que Santander no era una persona muy tolerante
con sus críticos: ni los fusilaba ni los encarcelaba simplemente por opinar,
pero solía contestarles con aspereza y hasta con cierto sectarismo político.
Este rasgo hacía más candentes las polémicas desatadas durante su propia
vida y le ha quitado alguna amabilidad a su figura histórica. Así y todo, el

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factor más importante ha sido sin duda la controversia con Bolívar. Cuanto
más alguien ha ensalzado la memoria del Libertador, tanto más se ha sen-
tido incitado por regla general a hablar mal de Santander, quien ha sufrido
por esto la animadversión, en años anteriores, de la extrema derecha –que
antes era el sector que más vociferaba en defensa de Bolívar– y más recien-
temente de la izquierda populista en su intento de convertir retroactiva-
mente al Libertador en uno de los suyos.
En primer lugar, las diferencias entre Bolívar y Santander no tenían
casi que ver con objetivos a largo plazo ni con lo fundamental de su ideo-
logía, ya que ambos eran liberales, se trataba más bien de matices. En su
fuero íntimo, Bolívar era posiblemente más liberal, más librepensador, más
reformista que Santander, pero sus veleidades autoritarias se reforzaban
con la convicción de que lo primero que había que hacer era establecer
sobre bases sólidas el orden público (le habría encantado el estatuto de
seguridad que tanto les ofendió a quienes bautizaron con su nombre la
Coordinadora Guerrillera)… En fin la confrontación simboliza una fisura
real entre los forjadores de la Nación, pero más importante es su conver-
gencia fundamental.

Yo había conocido algunas anécdotas por tradición oral, pero siempre me


inquietaron dos episodios que marcaban los símbolos del poder presidencial de
la Regeneración. La imagen de doña Sola de Núñez en moneda de curso legal y
el precio que pagó el país por la normalización de su matrimonio católico —el
concordato de 1887—. Del primero lo confirmaba el capítulo xxii del libro de
don Daniel Lemaitre quien había publicado dos años después de su muerte, en
1927 la primera antología de anécdotas escogidas por su cercanía y parentesco y
la segunda a través de monseñor Perdomo Escobar en una estancia en Popayán
por el año 1972. Uno de los primeros académicos que traté en mi vida. Según él,
a Colombia de tocó pagar con una forma del concordato con el Vaticano el ma-
trimonio de Núñez Moledo con Soledad Román. Rememoraba como conjuez del
tribunal eclesiástico y como buen liberal reprochaba que el concordato se hubiese
firmado como retribución a la legalización del matrimonio católico celebrado 17
años después del civil realizado en Paris por poder en el consulado colombiano.
Doña Sola había regresado con las hijas del general Santander desde Paris donde
el resultado de su viaje, más que examen cardíaco fue un matrimonio por poder.
La farmacia Román la había comprado Aída Martínez para el Museo del
siglo xix patrocinado por el Banco Cafetero y en mala hora desaparecido para
dar paso a la incómoda sede del Ministerio del interior.

[ 74 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

Indalecio Liévano restauró la imagen deslustrada políticamente de Núñez


por su mutación del liberal hacia su conservadurismo. Él había hecho mucho
dinero como cónsul en Liverpool y había conocido de cerca el negocio de la
filatelia y luego como secretario de hacienda impulsó su uso en el gobierno de
Ospina Rodríguez hacia 1859 con la sanción de la ley postal.
Pero nadie se había percatado que casi todos los símbolos del Estado Na-
ción había sido apropiados por Núñez: las monedas, el himno nacional y tam-
bién los sellos postales para la operación del correo.
Cuando nos encontrábamos con Bushnell en Bogotá conveníamos un en-
cuentro largo de almuerzo en el centro. Las papas chorreadas eran su predilec-
ción, papas cocidas con un baño de una salsa de tomate, cúrcuma que le daba
color, el azafrán era escaso y costoso y la cebolla larga acompañadas de carne
cocida y una cerveza Club Colombia. La última vez que almorzamos en la calle
10 con carrera novena al frente del Palacio de Justicia me hizo un halago gastro-
nómico a la invitación al restaurante: “lo pondré en la lista de los restaurantes”.
Nunca regresó.
Nunca hablamos de enfermedades, dolencias o afines. Me indicó en 2009
que iría a los Llanos, que volvería a Cartagena invitado por el presidente Uribe
y la consejera presidencial para el bicentenario. Viajó a Puerto Gaitán con los
Hosie, sus amigos en Bogotá de toda su vida.
Recuerdo haberle comentado que la serie de los derechos políticos de la
mujer era la emisión más numerosa en toda la producción filatélica colombia-
na, con más de 110 millones de sellos. Varias veces fue reproducida después de
1910, tres veces. La Academia recibió en donación de la gobernación de Cundi-
namarca un busto del escultor Alejandro Hernández.

Rebatiendo el antisantanderismo de Liévano Aguirre y


a algunos de la derecha clerical

Categóricamente defendía el sitio de Santander en la Historia colombiana:


No comparto la noción de que la historia es básicamente de las
grandes figuras. Aún sin Bolívar el país se habría independizado, y aun
sin Santander habría elaborado unas instituciones civiles. Santander no es
responsable directo de la situación actual del país, ni de lo bueno ni de lo
malo; pero es la figura histórica más representativa de las calidades que han
definido la tradición política colombiana. Aunque militar pensaba como
civil. Respetaba la ley, aunque sabía torcerla en caso necesario, sin ser un
verdadero estudioso, tenía afición intelectual, y a pesar de su estilo litera-

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Luis Horacio López Domínguez

rio algo pesado, le gustaba escribir. Le gustaba también el dinero pero no


robaba, lo que sigue siendo una característica propia de la cúspide de la
clase política colombiana a pesar de los avances de la corrupción en años
recientes. No era nada fanático aunque desafortunadamente un poco sec-
tario. Uno bien podría seguir determinados rasgos de Santander que han
resultado típicos, no de todos pero de la mayoría de sus sucesores [como en
Venezuela la impronta del general Páez en sus gobernantes militares]. Y no
se trata de que estos hayan estado imitándolo conscientemente sino de que
el carácter mismo de Santander debe haberse ajustado suficientemente al
del país. Por eso duró más tiempo en el poder (1819-1827, 1832-1837) que
cualquier otro gobernante y pudo salirse con la suya frente a Nariño, frente
a Bolívar, frente a todos menos a Márquez, su sucesor inmediato, que hasta
cierto punto había sido discípulo suyo. Dicho de otra manera la historia de
Colombia es una historia de muchos Santanderes, lo que es motivo sufi-
ciente para recordar al primero de ellos en los 200 años de su nacimiento.

Así trazaba un audaz figura temporal de Santander y su influjo republi-


cano en una provocativa entrevista con el profesor uniandino de la cátedra de
Santander, Jesús Arango para la revista Deslinde en el número 11 de 1992.

Para concluir: un itinerario laboral entre el pasado


y el futuro

Entre 1956 y 1963 Bushnell estuvo vinculado a la experimentación y la


ciencia y tecnología de la aeronáutica, la biología y el comportamiento de los
futuros astronautas. Era la guerra fría y la conquista del espacio era una lucha
sin cuartel. Trabajó en Holloman Air Base cerca a Alamogordo, New México en
investigación de misiles, en temas biomédicos, entrenamiento de chimpancés
para viajes al espacio. También en test con gravedad cero. En sus incipientes ca-
minos hacia el espacio exterior. Había una competencia a muerte entre la Unión
Soviética y los Estados Unidos. Para 1961 tenía el cargo de Office of Aerospace
Research y fue promovido a México. Tocábamos temas cercanos o fronterizos
entre el pasado y las capacidades biogenéticas de la especie en nuevos ambientes
como la antigravedad, el manejo de los utensilios.
Lo que ahora me explica la fascinación por los sellos de temática aeroes-
pacial que me obsequiaba. Porque tuvo el privilegio de ver nacer la era espacial
de la cohetería; las misiones de los satélites y repensar en las posibilidades de
sobrevivencia en Marte y los mundos paralelos. Era un historiador con visión

[ 76 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Escrutinio de David Bushnell a la historia política
de Colombia y Argentina a través de sellos postales

aeroespacial de futuro. Los sellos que me traía y sus discursos sobre los avances
en la nanotecnología, los combustibles y los controles para el regreso afloran en
el recuerdo.
Trabajó en un centro experimental del desarrollo de misiles. En 1957 se
lanza el primer satélite Spuknit al espacio, una nave aun no tripulada desde las
bases de la URRS, hoy comparten la estación interplanetaria varios astronautas
del mundo.
Marco Palacios hace una insuperable síntesis en su obituario uniandino:
Quienes tuvimos la fortuna de su trato, reconocemos al hombre de
talante afable, sutil en la ironía, tolerante y ponderado. A un liberal y un
caballero en el sentido más honroso de esos términos; a un historiador
ecuánime que sabía preguntar, escuchar, trasmitir y escribir, y que no dejó
de admirar al país y a sus habitantes, su historia y sus paisajes, desde que
pisó tierras colombianas.42

Sin duda podríamos para cerrar esta evocación entre el pasado y el futuro
hacerlo con una invocación desde el presente y mirando el pasado, guiados por
esa mirada escrutadora del profesor Bushnell transcribiendo una cita del nove-
lista norteamericano L. P. Hartey, escrita en 1953: “The Past is a foreign country.
They do things differently there”43. Para entonces Bushnell aún no miraba al
espacio y mucho antes de fijar la mirada en el pasado.
Reconocimientos especiales a quienes me dieron el apoyo bibliográfico,
documental y lectores: Cathy (Bushnell) Amanti por todo lo que a través del
correo he recibido de enseñanzas; por las imágenes de sellos postales de ori-
ginales de la colección de Santiago Cruz de los correos de Estados Soberanos.
Los de Núñez, las damas y personajes así como y diseño de las planchas de las
ilustraciones de Juan López Villa, de sus sellos y la exploración internacional y
configuración de la obra bibliográfica del doctor Bushnell. Un agradecimiento
especial a Violeta Antinarelli, quien con paciencia y profesionalismo localizó he
hizo las imágenes de textos de Bushnell publicados en Argentina en la hemero-
teca del Instituto de Historia de Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani",
UBA - Conicet, en Buenos Aires. Al padre Fernán González, director de publi-
caciones de la Academia, que me ha recalcado que reconstruya esa historia oral
y vivencial con personajes de las ciencias sociales y la historia de este país.

42. Palacios, “En memoria de David Bushnell…”, 14.


43. Paul Ford, “Netflix and Google Books Are Blurring the Line Between Past and Pre-
sent”, en Wired http://www.wired.com/2014/02/history/ (Febrero de 2014).

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Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Entre la “vieja” y la “nueva”


historia. Una aproximación
reciente al Boletín de Historia
y Antigüedades
Fer ná n E. Gonz á le z G. sj.
Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep. Bogotá, Colombia
boletí[email protected]

Nata lia L e ón S oler


Universidad Externado de Colombia. Bogotá, Colombia
[email protected]

Resumen
Desde hace 111 años, el Boletín de Historia y Antigüedades ha pro-
movido la discusión sobre el acontecer histórico de Colombia, desde los
tiempos prehispánicos hasta el presente. En su haber, ha recogido un sin
número de artículos de gran trayectoria histórica que se han concentrado
en la historia política del país. Al ser una de las publicaciones periódicas
más antiguas de Colombia y de Iberoamérica en temas referentes a nuestro
pasado, donde se ha resaltado la tradición y el desarrollo de la disciplina
histórica, la participación de un amplio número de notables académicos,
nos hizo reformular la pregunta sobre la vieja o nueva historia. Este texto
discute e intenta acercarse a esa disyuntiva entre las tendencias historiográ-
ficas que se consideran “nuevas” en relación con las “viejas” que, de una u
otra manera, han marcado a la revista y a la historia de Colombia.

Palabras clave: Ciencias Sociales, Historia, Antropología Social y


Cultural, Sociología Histórica, Ciencia Política, Colombia.

Recibido: 11 de septiembre de 2013. Aceptado: 30 de mayo de 2014

[ 83 ]
Between the “old” and “new”
history. A recent approach to
the Boletín de Historia
y Antigüedades
Fer ná n E. Gonz á le z G .
Nata lia L e ón S oler

Abstract
Since 111 years ago, the Boletín de Historia y Antigüedades has pro-
moted discussion of the historical events of Colombia, since pre-Hispa-
nic times to the present. He has collected a number of items of historical
trajectory that have focused on the political history of the country. As
one of the oldest journals in Colombia and Latin America on issues re-
lating to our past, which has highlighted the tradition and development
of the historical discipline, involving a large number of notable scholars,
made us rephrase the question on old or new history. This article discus-
ses and tries to approach this dilemma between historiographical trends
that are considered “new” in relation to the “old” who, in one way or
another, have marked the magazine and the history of Colombia.

Keywords: Social Sciences, History, Social and Cultural Anthropo-


logy, Historical Sociology, Political Science, Colombia.

Cómo citar este artículo:


González G. Fernán E. y Natalia León Soler. “Entre la “vieja” y la “nueva” historia. Una
aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades”. Boletín de Historia y Antigüedades
101: 858 (2014): 83-114

[ 84 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Introducción

En los años sesenta y setenta se empezó a acuñar el término de la “Nue-


va Historia de Colombia”, con un énfasis predominantemente centrado en la
historia social y económica del país, que relegaba la historia política al ámbito,
considerado tradicional, de las Academias de Historia. Sin embargo, un reco-
rrido por los contenidos de los artículos del Boletín de Historia y Antigüedades
durante más de cien diez años hace evidente que no es posible mantener esta
visión tan dicotómica. Y lo mismo ocurre con la producción del Boletín en
los años más recientes, como se intenta mostrar con una selección, un tanto
arbitraria y subjetiva, de artículos recientes en torno a dos temáticas, bastante
tradicionales en la producción de la Academia, pero enriquecidas de manera
notable por perspectivas novedosas de otras ciencias sociales, como la Antropo-
logía social y cultural, la Sociología histórica, la Ciencia Política, junto con nue-
vas metodologías de la Historia, apoyadas en un más fácil acceso a las fuentes
primarias, gracias a las mejoras introducidas a nuestros sistemas de Archivos. Y
un mayor contacto con los aportes de la Historia y las Ciencias Sociales de otros
ámbitos nacionales y los avances de la profesionalización de la disciplina.
Por eso, en primer lugar, conviene recordar que muchos de los artículos
del Boletín están muy lejos de responder a la visión estereotipada que tradi-
cionalmente se tiene de ello, como se hace evidente en una lectura somera de
sus índices, recopilados recientemente por Jorge Morales Gómez1. Un recorri-
do superficial por esa compilación mostraría las importantes contribuciones de
muchos de sus nombres a la historiografía colombiana de los siglos xx y xxi
1. Jorge Morales Gómez, Índices del Boletín de Historia y Antigüedades, 1902-2010
(Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 2012).

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Fernán E. González G. y Natalia León Soler

especialmente en los temas de la creación de los imaginarios de identidad na-


cional que fueron configurando la llamada “Historia Patria”, que constituyeron
una primera aproximación a la construcción de una historia de carácter eru-
dito, basada en documentos más o menos inéditos o poco conocidos, que se
distanciaba del estilo ensayístico de muchos autores del siglo xix. El recorrido
por los índices recopilados por Morales Gómez muestra el desarrollo de varias
generaciones de historiadores y científicos sociales, que dialogan con otras dis-
ciplinas y profesiones, para ir configurando un importante proyecto editorial,
en palabras de uno de los antiguos presidentes de la Academia, Santiago Díaz
Piedrahita2, cuyos aportes se han evidenciado en los numerosos títulos de la
Biblioteca de Historia Nacional y, más recientemente, en la Historia Extensa de
Colombia.
Una mirada, un tanto al azar, de esas generaciones se encuentra con nom-
bres como los de Roberto Cortázar, Gerardo Arrubla, Pedro María Ibáñez, Er-
nesto Restrepo Tirado, Moisés de la Rosa, Luis Augusto Cuervo, Rafael Gómez
Hoyos, Manuel José Forero, José Joaquín Guerra, José María Cordovez Moure,
Oswaldo Díaz Díaz, Horacio Rodríguez Plata, Juan Friede, Roberto Botero Sal-
darriaga, José María Restrepo Sáenz, Guillermo Hernández de Alba, Enrique
Otero D Costa, Eduardo Posada, Adolfo León Gómez, José María Rivas Groot,
Daniel Samper Ortega, José Restrepo Posada, Luis Duque Gómez, Miguel Agui-
lera, entre otros muchos, que sería largo mencionar. Obviamente, en una lista
tan larga de autores, muchos nombres se escapan de la memoria y una selec-
ción tan aleatoria puede ser injusta para muchos otros que tendrían méritos
suficientes para aparecer en ella. Sin embargo, este muestreo hace evidente la
necesidad de hacer un análisis más profundo y detallado de la contribución del
Boletín y de las demás publicaciones de la Academia a la historiografía de Co-
lombia. Y mostraría que muchos de los temas asumidos por la “Nueva Historia”
encuentran sus orígenes en la Historia Patria tradicional: entre ellos, habría que
destacar los aportes de personajes como Juan Friede tanto al conocimiento de
la documentación de nuestra época colonial como a la interpretación de esa
época y de los comienzos de la vida republicana.
Por eso, este muestreo hace evidente la enorme heterogeneidad de enfo-
ques y concepciones de la historia que tenían esos autores, lo mismo que la
variedad de las posiciones políticas e ideológicas que adoptaron en los diferen-
tes momentos del siglo xx y xxi. Obviamente, la mirada un tanto patriótica y
2. Santiago Díaz Piedrahita, “El centenario de la Academia Colombiana de Historia”,
Galería de la Academia Colombiana de Historia. 100 años (Bogotá: Seguros Bolívar,
2002), 15-18.

[ 86 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

romántica de los años iniciales está marcada por los momentos que afronta-
ba entonces la sociedad colombiana a comienzos del siglo xx, cuando estaba
saliendo de la tragedia de la Guerra de los Mil días y tratando de asimilar la
pérdida de Panamá. En esos momentos de baja autoestima nacional, la labor de
la Academia era vista como una preparación preliminar a la reconstrucción de
nuestro pasado. En palabras de uno de los fundadores de la Academia, Eduar-
do Posada, la función de la Academia no pretendía en esos años fundacionales
escribir la historia de Colombia sino de recoger los materiales dispersos en los
legajos de los documentos e intentar encontrarle sentido a las múltiples voces
de los testimonios dispersos, para preparar la obra maestra de un sabio artífice,
“pintor, poeta, escultor, dramaturgo, novelista o historiador”3. En ese sentido, se
puede rescatar el sentido de las pretensiones de la obra de Henao y Arrubla en
la conmemoración del primer centenario de la independencia, muy centradas
en la necesidad de avivar el sentimiento patriótico del país para lograr que la
sociedad colombiana volviera a creer en su propia historia.
Esta mirada un tanto idealizada y romántica empieza a ser cuestionada
por corrientes revisionistas, de derecha e izquierda, como las obras de Arturo
Abella e Indalecio Liévano Aguirre, con un acercamiento más crítico a las fuen-
tes documentales, miradas desde diferentes posiciones políticas. Y por el surgi-
miento, especialmente a partir de los años sesenta y setenta, de nuevos enfoques
de las ciencias sociales, como la Antropología y la Sociología histórica, que em-
piezan a introducir estándares más rigurosos de análisis de la información. En
el campo de la Historia, empiezan a surgir en las universidades departamentos
y facultades dedicadas a la formación profesional de historiadores, en mayor
contacto con el desarrollo de la disciplina en el resto del mundo.
Sin embargo, una mirada a la producción reciente del Boletín mostra-
ría muchas semejanzas con esta evolución, al lado de una continuidad con los
acumulados del pasado, como lo hace evidente la selección, bastante aleatoria y
subjetiva, que hemos realizado de algunos artículos de años recientes. Esas con-
tribuciones retoman temas recurrentes en la historia del Boletín y de la propia
Academia, pero asumiendo perspectivas menos tradicionales de interpretación:
el primer grupo de artículos escogidos tienen que ver con el encuentro con el
Otro, producido por la conquista española de América y la introducción de
esclavos africanos en el Nuevo Mundo, que ha sido un tema recurrente en las re-
flexiones de la Academia. Y un segundo grupo de artículos, que complementan

3. Eduardo Posada, “Discurso del Dr. Posada, presidente de la Academia”, Boletín de


Historia y Antigüedades 1: 3 (1902): 106-113.

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Fernán E. González G. y Natalia León Soler

los primeros, constituyen una descripción de los aportes recientes a la historia


social y cultural realizados por uno de nuestros académicos más jóvenes.

El encuentro con “el Otro”

El tema de las interacciones culturales entre los conquistadores, coloni-


zadores españoles, aborígenes americanos y esclavos africanos ha sido un tema
recurrente de la tradición historiográfica de Colombia e Iberoamérica. Y va-
rios trabajos recientes de los actuales miembros de la Academia se inscriben
en esa tendencia, una de las más tradicionales de la institución: el encuentro
de los conquistadores, las autoridades coloniales, civiles y eclesiásticas, con el
mundo aborigen y africano. En el discurso de orden de 2011, en la conmemo-
ración ritual del 12 de octubre, Margarita Garrido hablaba del “encubrimiento
de América”4 para destacar las consecuencias del descubrimiento de nuestro
continente en el mapa cultural e intelectual de la Europa de los siglos xvi y xvii,
mientras que la misma ocasión fue aprovechada por Roberto Lleras para hablar
de la manera como los “descubiertos” veían el descubrimiento5. Esta misma te-
mática fue asumida en el discurso de orden, conmemorativo del 12 de octubre,
cuando me refería al encuentro de la Iglesia católica con el mundo americano
desde la encrucijada entre evangelización y conquista espiritual6. Estas mira-
das sobre el descubrimiento pueden verse complementadas por los artículos de
Carl Langebaek Rueda7 y Cecilia Restrepo de Fuse8, que se refieren, de diferente
manera, a las transacciones culturales entre indios y españoles en dos mundos
muy diferentes: el de la religión y el de la culinaria.
Estas reflexiones sobre los encuentros entre grupos étnicos son retomadas
de alguna manera por Roberto Lleras en un artículo posterior, para referirse a
las dificultades de los próceres y autores del siglo xix para ubicar a los indígenas

4. Margarita Garrido Otoya, “Encubrimiento de América”, Boletín de Historia y An-


tigüedades 99: 855 (2012): 395-412.
5. Roberto Lleras Pérez, “El descubrimiento visto por los descubiertos”, Boletín de
Historia y Antigüedades 96: 847 (2009): 777-791.
6. Fernán E. González G., “El encuentro de la Iglesia con América: ¿evangelización o
conquista espiritual?”, Boletín de Historia y Antigüedades 95: 843 (2008): 669- 696.
7. Carl Langebaek Rueda, “Experiencias oníricas, el más allá y el purgatorio en la
Nueva Granada. La demonización de las entrañas americanas y la conversión de los
indios”, Boletín de Historia y Antigüedades 99: 855 (2012): 251-306.
8. Cecilia Restrepo de Fuse, “El mestizaje culinario en las crónicas de la capital de
la Nueva Granada (Colombia), Boletín de Historia y Antigüedades 99: 855 (2012):
323-352.

[ 88 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

en su imaginario de nación9, que señala las maniobras ideológicas que tuvieron


que asumir los próceres de la Independencia y los pensadores sociales del siglo
xix para imaginarse como Nación homogénea frente al Otro indígena. Los es-
fuerzos de los criollos para encontrarle sitio a los aborígenes en su concepción
de identidad nacional son caracterizados por el autor como ejercicios de gim-
nasia mental, que reflejaban su desconcierto frente a los diferentes Otros, que
encajaban difícilmente con sus imaginarios un tanto racistas y homogenizantes.

El contraste de miradas entre conquistadores


y conquistados

En primer lugar, Margarita Garrido señalaba las dificultades de los es-


pañoles para ubicar la novedad del mundo americano en su mundo cultural,
marcado por la experiencia de la reconquista contra los moros, que hacía que
proyectaran sus expectativas y mentalidades al nuevo mundo. Así el sistema
de creencias, religiosas o imaginarios culturales, de Colón10 le imposibilitaban
ver al nuevo continente como una nueva realidad, como haría luego Américo
Vespucci. La mentalidad caballeresca, el afán de botín y la actividad misionera
de los españoles se proyecta así sobre el mundo americano para “encubrir” su
especificidad propia11: incluso, el discurso humanista compara a los aborígenes
con la imagen de la prehistoria de Grecia y Roma o los idealiza como “bue-
nos salvajes” a partir de una soñada “edad de oro”, como aparece en Las Casas,
cuya imagen es luego contrastada con una mirada peyorativa que los considera
como caníbales, cercanos a las bestias. Estas miradas contrapuestas se reflejan
en las discusiones sobre la legitimidad moral de la conquista, que contraponían
las ideas aristotélicas de la esclavitud natural de los “bárbaros” a una concepción
más cercana al derecho natural y a cierto reconocimiento de la pluralidad cul-
tural. Finalmente, la autora proyecta estas dificultades para aceptar una realidad
distinta de la propia a nuestra situación concreta de múltiples mestizajes, que
nos dificultan aceptar los conflictos que se derivan de nuestra doble realidad, de
colonizados y colonizadores, y nos llevan a veces a adoptar la mirada encubri-
dora de lo diferente, propia de los conquistadores de entonces y de ahora.

9. Roberto Lleras Pérez, “Tras la emancipación. Los esfuerzos de los criollos para
entender la Nación”, Boletín de Historia y Antigüedades 99: 855 (2012): 307-322.
10. Tzvetan Todorov, La conquista de América. La cuestión del otro (México: Edito-
rial Siglo XXI, 1987).
11. Leopoldo Zea, “1492: ¿Descubrimiento o encubrimiento?”, América como Auto-
descubrimiento (México: Universidad Central, 1986), 17-31.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 89 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

Estas dificultades de los conquistadores para asimilar un mundo extraño


a su cultura puede verse contrastada por la manera como los “conquistados”
trataban de entender el mundo de los conquistadores, como analiza Roberto
Lleras Pérez. Este autor comienza por distanciarse del idealizado retrato de los
conquistadores como superhombres y semidioses, lo mismo que de las creen-
cias que juntaban a hombres y caballos como parte de un mismo ser, que no
encuentran asidero en las narraciones de los primeros contactos entre europeos
y aborígenes12. Mas bien, los testimonios tienden a mostrar que, después de un
momento inicial de asombro, los aborígenes los percibían como hombres comu-
nes, vestidos extrañamente, frente a los cuales reaccionan, según sus costumbres,
para tratarlos como posibles huéspedes con el ofrecimiento de ofrendas cuyo
contenido simbólico no era comprendido por los españoles, o como enemigos a
los cuales confrontaban según sus costumbres guerreras y culturales. En ese sen-
tido, Lleras enfatiza que los pueblos aborígenes estaban lejos de ser homogéneos
y estar totalmente aislados de contactos culturales con otros grupos.
A partir de este marco general, una de las cosas que generaba sorpresa y
conflicto por el extraño comportamiento de los europeos era su actitud frente
a los bienes materiales: para los indígenas, inmersos en una economía de sub-
sistencia y de escaso desarrollo productivo, era ininteligible la sed de oro de
los conquistadores, pues para ellos el oro solo tenía un simbolismo religioso y
ritual, lo mismo que su desprecio por las ofrendas indígenas de maíz y frutas,
cuyo valor se basaba en una economía de consumo. Pero, al lado de la sed de
oro, otro aspecto que escandalizaba a los aborígenes era el trato de los europeos
a las mujeres indígenas, que se ha intentado justificar por la escasez de mujeres
españolas durante los primeros años de la conquista, pero que no explicaría el
carácter violento de estas relaciones, casi siempre poligámicas, en clara contra-
dicción con la predicación de los misioneros. Además de la percepción de hipo-
cresía, los aborígenes percibían un tipo de violencia distinta de aquella a la cual
estaban habituados: la combinación de su carácter impredecible y la asociación
con la humillación del contrario marcaban las relaciones entre conquistadores
y conquistados con la sensación de un miedo generalizado.

¿Evangelización o conquista espiritual?

Este contraste entre las percepciones de conquistadores y conquistados


permite enmarcar mis propias reflexiones sobre el encuentro de la Iglesia ca-
12. Enrique de Gandía, Historia crítica de los mitos de la conquista americana (Bue-
nos Aires: Editores Juan Roldán y Cía., 1929).

[ 90 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

tólica con el mundo americano, que intenta dialogar con diversos autores que
se han ocupado del tema desde diferentes disciplinas como Carl Schmitt y Ed-
mundo O´Gorman, que buscan ubicar la discusión sobre el justo título de la
conquista en el trasfondo político, Serge Gruzinski y Carmen Bernard que ana-
lizan las miradas culturales sobre idolatría y mestizaje, junto con autores que
rescatan las diversidades de los enfoques de las diferentes órdenes misioneras
sobre la evangelización y los analistas que, como William Taylor y Amanda Cai-
cedo, insisten en el carácter de intermediarios culturales de los eclesiásticos a
finales del período.
Para ese análisis, comenzaba por ubicar el momento del descubrimiento
y la conquista en la transición entre edad media y moderna, que se evidencia-
ba en la ruptura de la cristiandad y el surgimiento de las naciones, que en el
caso español combina la mentalidad de cruzada contra las moros y el uso de
la religión al servicio de la unidad política. De ahí la contradicción que mos-
traba Edmundo O´Gorman13, evidente en la polémica sobre la legitimidad de
la conquista entre las posiciones de Ginés de Sepúlveda, que aplicaba la idea
aristotélica de la esclavitud natural a los aborígenes, y el universalismo cristiano
defendido por Las Casas. Pero esto se veía modificado por el reconocimiento de
Francisco de Vitoria de cierta relatividad cultural, que aceptaba ciertos rasgos
de civilización en algunas sociedades americanas, que permitían desmentir la
aplicación de barbarie absoluta para justificar la conquista. Pero, además, tanto
Domingo de Soto como Francisco de Vitoria, ambos teólogos dominicanos, no
aceptaban la donación papal como titulo justificatorio de la conquista, que este
último buscaría en la unidad del género humano y en la necesidad de cierta tu-
tela del derecho a la libre comunicación entre los seres humanos. Se presentaba
ya, como señala Carl Schmitt14, una transición del universalismo mesiánico de
la cristiandad a la justificación de la colonización por la necesidad de tutela de un
Estado ya moderno para garantizar el libre intercambio de ideas, pero obviamente
a favor del mundo occidental.
A esta concepción eminentemente jurídica de estos teólogos dominicanos,
se contraponía tanto la mentalidad mística y providencialista de autores fran-
ciscanos, que veía en la conquista un instrumento inconsciente de la voluntad
salvífica de Dios, que escribe recto con líneas torcidas para lograr que toda la
humanidad acceda a la religión cristiana, como la mirada más culturalista de los
13. Edmundo O´Gorman, Cuatro historiadores de Indias, siglo xvi (Ciudad de Mé-
xico: Alianza editorial, 1989).
14. Carl Schmitt, El nomos de la tierra en el derechos de gentes del “Ius publicum
europaeum” (Buenos Aires: Editorial Struhart y cía., 2005).

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Fernán E. González G. y Natalia León Soler

misioneros jesuitas. Así, los primeros misioneros franciscanos de México15 con-


sideraban que la evangelización de los aborígenes era la oportunidad de recrear
el cristianismo original entre “buenos salvajes”, indios idealizados como puros
e incontaminados, que, bajo la dirección de santos frailes, podría formar una
sociedad humana perfecta. Esto contrastaba con la visión más relativista de los
misioneros jesuitas, que, señalaban, como Francisco Suárez16, que la inferiori-
dad cultural de un pueblo, si pudiera probarse, no justificaba la dominación de
un pueblo superior. Pero ésta podría justificarse para defender a los inocentes
de los males de un poder despótico.
A pesar de estas limitaciones, que circunscribían el tema al mundo de los
príncipes cristianos, es obvio el reconocimiento de los valores culturales de
pueblos no occidentales, presente en la labor del jesuita Mateo Ricci en China y
en las reducciones jesuitas del Paraguay. Este relativismo cultural aparecerá te-
matizado en las obras del jesuita José de Acosta17, considerado por algunos como
el precursor de la antropología cultural, que partía de la necesidad de estudiar
el pasado aborigen como requisito para la evangelización y sostenía la utilidad
de conocer la cultura indígena como especie de laboratorio para entender y
evangelizar a los pueblos primitivos, incluidos los campesinos europeos. Para el
caso colombiano, hay que señalar que muchos de los enfoques de Acosta fueron
retomadas por el también jesuita Alonso de Sandoval para sus estudios y labo-
res pastorales entre los esclavos de la Costa Caribe, cuya labor sería continuada
luego por san Pedro Claver. Obviamente, esta concepción más relativista de la
cultura aborigen como base para la evangelización, centrada en el conocimien-
to enciclopédico sobre la vida y costumbres de los aborígenes, seguía estando al
servicio de una concepción militante de la fe, como critica Eduardo Subirats18.
Estas diferencias de concepción se proyectarían, lógicamente a las diversas
prácticas de evangelización de las distintas órdenes religiosas y del clero dioce-
sano, como muestran los estudios de Carmen Bernard y Serge Gruzinski19 so-

15 John Phelan, El reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo (Ciudad


de México: UNAM, 1972).
16. Marcel Merle y Roberto Mesa, El anticolonialismo europeo. Desde Las Casas a
Marx (Madrid, Alianza editorial, 1972).
17. Anthony Pagden, La caída del hombre natural. El indio americano y los orígenes
de la etnología comparativa Madrid: Alianza editorial, 1988).
18. Eduardo Subirats, El continente vacío. La conquista del Nuevo Mundo y la con-
ciencia moderna (Madrid: Editorial Anaya y Mario Muchnik, 1994).
19. Carmen Bernard y Serge Gruzinski, De la idolatría. Una arqueología de las cien-
cias religiosas (México: Fondo de Cultura Económica, 1992); Serge Gruzinski, La co-
lonización del imaginario. Sociedades indígenas y occidentalización del México español.

[ 92 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

bre el tema de la “idolatría”. En una perspectiva cercana a los artículos de Rober-


to Lleras y Margarita Garrido, ellos parten de que la implantación de categorías
religiosas tomadas del mundo hispánico implicaban una transposición de una
cultural medieval o renacentista a un mundo cultural muy diferente: el recurso
a autores de la antigüedad clásica para tratar de entender a los cultos indígenas
se refleja en la mirada que adoptan de los eclesiásticos cuando se encuentran con
las religiones de México y Perú, que tratan de entender desde la comparación
con el panteón grecorromano. Otros autores reaccionaban contra el peligro de
que aborígenes y misioneros exageraran las analogías que encontraban entre las
creencias tradicionales y la nueva fe, dada la plasticidad con que indígenas y es-
pañoles rústicos tendían a mezclar unas y otras, en contra de los esfuerzos de la
jerarquía eclesiástica para imponer una visión más ortodoxa. Tampoco faltaban
los intentos de conciliación entre los dos mundos que buscaban una valoración
más positiva de los cultos aborígenes, que pretendían ver como un preanuncio
de la fe cristiana. Estos intentos contrastaban con una mirada más tardía, que
expresaba la preocupación de algunos por la permanencia de una realidad pa-
gana bajo las formas externas del cristianismo y que desembocaba en campañas
de exterminio de los cultos considerados idolátricos.
Estas diferentes visiones reflejaban problemas más profundos: en primer
lugar, como señala Gruzinski, que el problema no se puede plantear desde la
confrontación entre dos religiones, centradas en sus dogmas y ritos, sino que
había que considerar sus expresiones materiales y afectivas y sus enfoques sobre
la realidad. Así, la “idolatría” reflejaba la manera como los indígenas captaban
su realidad y las llamadas prácticas sincréticas reflejaban un intento de asimila-
ción de la nueva fe desde su cultura previa. En segundo lugar, habría que con-
siderar el problema del lenguaje y su relación con la cultura donde surge, como
muestra Urs Bitterli20, al ilustrar las dificultades para transmitir los conceptos
cristianos de culpa, pecado y gracia.
En ese sentido se destaca el papel de mediadores entre dos mundos cultu-
rales que desempeñaban curas y misioneros en la práctica de la vida cotidiana,
que obligan a una visión más compleja del encuentro entre la civilización cris-
tiana y las culturas indígenas, como analizan Solange Alberro y William Taylor.

Siglos xvi-xvii (México: Fondo de Cultura Económica, 1991); Serge Gruzinski, El


pensamiento mestizo. Cultura amerindia y civilización del Renacimiento (Barcelona:
Editorial Paidós, 2007).
20. Urs Bitterli, Los “salvajes” y los “civilizados”, El encuentro de Europa y Ultramar
(México: Fondo de Cultura Económica, 1981).

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 93 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

Así, Solange Alberro21 invita a superar la mirada unilateral de la aculturación


indígena como fruto de la coerción y dominación para considerarla también
como asimilación y reacomodo de los aborígenes y de los españoles no letrados,
cuya religiosidad popular no estaba tan lejana a la mentalidad religiosa de los
indígenas, a la nueva realidad. La interacción entre los dos mundos se hacía evi-
dente en el amancebamiento, que convertía a las mujeres indígenas en interme-
diarios culturales, el uso de las mujeres indias como nodrizas y el hecho de que
la pobreza, la dieta alimenticia y el aislamiento obligaba a muchos españoles
pobres a asimilarse culturalmente a los aborígenes.
Esta categoría de intermediación cultural es retomada por William Ta-
22
ylor para aplicarla de manera sistemática al papel de curas y misioneros,
partiendo de la mirada de Ashis Nandy sobre el colonialismo desde la “cultura
compartida”, que señalaba la manera dinámica como los colonizados se apro-
pian de la cultura de los colonizadores pero acomodándola y reformulándola
de manera que, en su lucha por la supervivencia, era más participantes que
opositores en el proceso de sus occidentalización. Siguiendo esta línea, Taylor
estudia los puntos de conflicto y contacto entre curas y aborígenes del siglo
xviii mexicano para destacar tanto la participación de éstos en la búsqueda de
consensos y acomodaciones como las tensiones entre la ortodoxia de algunos
clérigos con los diálogos con las creencias y prácticas de los aborígenes. En el
caso colombiano, Amanda Caicedo23 ha aplicado muchas de las ideas de Taylor
y Gruzinski a los curas de la diócesis de Popayán, mostrándolos como interme-
diarios culturales que transmiten y adaptan la cosmovisión cristiana a las creen-
cias populares de indígenas, mestizos y blancos pobres, para lograr construir
una integración cultural que compensara la desigualdad social de una sociedad
basada en la segregación de las castas.
En resumen, habría que buscar una lectura no reduccionista de los pro-
cesos de evangelización, distante tanto de la mirada apologética de defensa de
la cristianización e hispanización como de la denuncia complotista de su papel
como aparato ideológico del Estado español, reconociendo el hecho incues-
tionable de que la evangelización americana estuvo esencialmente ligada a la

21. Solange Alberro, “La aculturación de los españoles en la América colonial”, en


Descubrimiento, conquista y colonización de América a quinientos años, ed. Carmen
Bernard (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), 249-265.
22. William Taylor, Magistrates of the Sacred. Priests and parishioners in eighteenth-
century Mexico (Stanford, Stanford University Press, 1996).
23. Amanda Caicedo, Los curas payaneses como mediadores culturales (Bogotá: Uni-
versidad de los Andes, 2008).

[ 94 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

conquista y colonización ibéricas pero también enfatizando el carácter más di-


námico de la manera como los colonizados recibían las nuevas ideas siempre en
diálogo con sus propias culturas.

Los indios en el purgatorio cristiano

El carácter dinámico de estos intercambios entre culturas es reforzado,


desde otro punto de vista, por el estudio que hace Karl Langebaek del uso de las
imágenes de los aborígenes en el purgatorio para lograr la asimilación cultural y
social de los nativos al mundo religioso europeo, cristiano y precristiano, al in-
sertarlos simbólicamente en la comunidad imaginada de la Iglesia católica, pen-
sada como espacio igualitario, sin distinciones de raza o clase social. Se trataba
así de una especie de subversión retórica del orden social existente, obviamente
imaginaria, que mostraba a los indígenas como almas en gracia, camino al cielo,
pero que constituía un eficaz instrumento de control social sobre ellos.
Esta mirada, aclara Langebaek, no niega la crueldad y violencia de la con-
quista pero pretende mostrar las continuas transacciones entre conquistadores
y colonizados, que oscilaban entre la resistencia y la adaptación, con áreas grises
que permitían tomar elementos que se acomodaban a sus propias tradiciones24.
En el caso del purgatorio, se muestra la colonización del mundo de los muertos
a partir del encuentro entre las ideas que conquistadores y conquistados tenían
del más allá, a pesar de las enormes diferencias frente a la idea de la muerte y
del destino de los muertos. En esos intercambios, el autor destaca el uso de las
imágenes25, especialmente las referentes al purgatorio, para articularse con la con-
cepción nativa de la muerte y las creencias populares de los campesinos españoles,
que constituían la mayoría de los conquistadores y colonos26. La interacción entre
las ánimas del purgatorio y sus parientes o descendientes aparecía en las oraciones,
visiones místicas, trances o sueños, tanto de monjas místicas27 como de chamanes
indígenas. Además, el autor señala el uso deliberado de las imágenes del purgatorio
como medio para convencer a los indígenas de la posibilidad de acceder al cielo
24. Claudio Lomnitz, La idea de la muerte en México (México: Fondo de Cultura
Económica, 2006).
25. Mario Germán Romero, Fray Juan de los Barrios y la evangelización del Nuevo
Reino de Granada (Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1960).
26. Gruzinski, La colonización…; La guerra de las imágenes: de Cristóbal Colón a
“Blade runner” (México: Fondo de Cultura Económica, 1994).
27. Jaime Humberto Borja, “El Purgatorio y la mística en el Nuevo Reino de Gra-
nada”, Ente Cielos e Infiernos. Encuentro internacional sobre el Barroco, (Navarra:
Fundación Visión Cultural, 2011), 155-166.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 95 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

de la gloria divina al tiempo que reforzaba el papel de las elites indígenas en el


nuevo orden colonial.
En resumen, concluye el autor, este uso de las imágenes del purgatorio
muestra que la ideología basada en la exclusión y dominación son insuficientes
para entender la realidad de la colonización, sino que es necesario explorar los
mecanismos de las transacciones culturales entre los dos mundos, que servían
para reforzar el papel de las elites indígenas en la nueva sociedad pero también
para demonizar y aislar el mundo de los ancestros difuntos. Además, la creencia
en espacios incluyentes, sin distinción de razas, clases u origen, permitía legiti-
mar la existencia de una sociedad basada en esas segregaciones, al mantener la
ilusión de una comunidad de reciprocidades.

Los intercambios culinarios

Las interacciones entre el mundo europeo de los conquistadores y coloni-


zadores y el mundo aborigen son presentadas en un escenario completamente
diferente por Cecilia Restrepo de Fuse, que mira el mestizaje culinario en el
altiplano boyacense como resultado de transacciones e interacciones entre los
diversos grupos étnicos del país, al tiempo que muestra las consecuencias socia-
les y culturales que tienen la sobrevaloración de la cocina española y la discrimi-
nación de los alimentos de los aborígenes y de los esclavos negros como expre-
sión concreta de las relaciones imperantes entre españoles, indígenas, mestizos,
negros y mulatos.
Estos intercambios dieron lugar, según la autora, a una verdadera “revolución
culinaria”, con implicaciones profundas para la vida cotidiana y cultural: las trans-
formaciones producidas por los intentos de reproducir los hábitos alimenticios, el
tipo de alimentación y los ingredientes de España, basada en el trigo, aceite de oli-
vo, vino de uva, carne de vacuno y de cerdo, hortalizas como lechugas, coles, ajos y
cebollas, leguminosas como lentejas y garbanzos, en un nuevo contexto y un clima
distinto. Inicialmente, los conquistadores tuvieron que adaptarse a otros produc-
tos como el maíz,28 fríjoles, papas, cubios, ullucos, ibias, batatas, arracachas,29 yuca,
ahuyama, ají, guascas, piña, guayaba, guanábana, papaya, mamey; como proteínas

28. Felipe Cárdenas Arroyo, Datos sobre la alimentación prehispánica en la Saba-


na de Bogotá (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia-ICANH,
2002).
29. Víctor Manuel Patiño, La alimentación en Colombia y los países vecinos, t. I de
Historia de la cultura material de la América equinoccial (Cali: Universidad del Valle,
2005).

[ 96 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

provenientes de venados, dantas, curíes, armadillo, pava de monte, guacharacas,


y los peces como el capitán y guapuches, que eran criados en zanjas y corrales,
sin poder superar el asco que producía la comida indígena de hormigas y gusa-
nos. Ya avanzada la conquista y la colonia, se introdujo el cultivo de productos
europeos como el trigo, la caña de azúcar y las verduras, junto con la carne
de vacunos, cerdos, carneros y cabras30. Por otra parte, la llegada de esclavos
africanos significó la introducción de nuevos alimentos como el ñame, el mi-
llo, el arroz y las habas, junto con algunas técnicas culinarias como el uso de
abundante aceite para fritar los alimentos, dado el uso de mujeres africanas
como empleadas domésticas. Obviamente, la carne y la comida en general se
convirtieron en medios de diferenciación social, pero algunos alimentos como
el tamal, la arepa, el bollo de maíz y las papas lograron entrar en la dieta criolla:
el sancocho y el puchero son muestras evidentes del mestizaje culinario que se
produjo por el encuentro entre los dos mundos.

Las dificultades para ubicar al indígena en la imagen


criolla de nación.

Pero el encuentro con los otros, procedentes del mundo aborigen, presen-
taba problemas para el imaginario cultural de los criollos, como muestran los
esfuerzos de “gimnasia mental” que tuvieron que realizar para ubicar a los indí-
genas en su idea occidental de nación. Roberto Lleras acude a los testimonios de
Bolívar, Nariño, Camilo Torres, el general Joaquín Acosta, José María Samper,
José Antonio de Plaza, Vicente Restrepo, Ezequiel Uricoechea, Carlos Cuervo
Márquez, Manuel Vélez, Agustín Codazzi, Liborio Zerda y Manuel Uribe Ángel
para ilustrar las diferentes imágenes que los criollos tenían de los aborígenes.
Lleras muestra la heterogeneidad de esas visiones: Bolívar se mostraba
muy consciente de la diversidad étnica y cultural, de cuyas consecuencias polí-
ticas y sociales se mostraba muy temeroso, mientras que Camilo Torres insistía
en nuestra identidad cultural con España y Nariño insistía en la necesidad de
diferenciar entre americanos y europeos. Por su parte, Joaquín Acosta31 se deba-
tía entre su simpatía por los indígenas y su admiración por la España europea,

30. Santiago Díaz Piedrahita, “Notas relativas al intercambio alimenticio entre Amé-
rica y Europa”, Ximénez de Quesada. Órgano Colombiano de Cultura 5: 20 (1993):
45-61.
31. Joaquín Acosta, Compendio histórico del descubrimiento y colonización del Nue-
vo Reino de Granada en el siglo decimosexto (París: Imprenta de Beau, 1848).

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Fernán E. González G. y Natalia León Soler

con la que él se identificaba, mientras que José María Samper32 y José Anto-
nio Plaza33 contraponían las tribus salvajes de las tierras calientes y templadas
frente a las más civilizadas de las tierras frías. Esta degeneración de las tribus
de las tierras calientes es aceptada también por Vicente Restrepo34, mientras
que Ezequiel Uricoechea35 y Carlos Cuervo Márquez36 encontraban indicios
de civilización entre los muiscas, pero no en los indios nómadas. Para Manuel
Vélez37 y Agustín Codazzi38, el problema era otro: los indígenas autores de los
vestigios de civilización ya habían desaparecido cuando llegaron los españo-
les. En cambio, la perspectiva más evolucionista de cultura permitió a Liborio
Zerda39 romper con esta visión de la cultura indígena como degenerada, pero
sin lograr superar la visión negativa de Manuel Uribe Ángel, que ubicaba a los
aborígenes de la actual Antioquia en el lugar más ínfimo de la civilización, por
lo que calificaba a la conquista española como “un inmenso movimiento de
regeneración social”40.
Estas imágenes del Otro explican el calificativo de “gimnasia mental” con
que Lleras denomina los esfuerzos de los intelectuales criollos del siglo xix:
“el doble salto mortal al pasado” de Carlos Cuervo Márquez, Agustín Codazzi
y Manuel Vélez, buscaba saltar del pasado reciente, el mundo salvaje que re-

32. José María Samper, Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de
las repúblicas colombianas (hispano americanas) (Bogotá: Universidad Nacional de
Colombia, 1969).
33. José Antonio Plaza, Memorias para la historia de la Nueva Granada. Desde su
descubrimiento hasta el 20 de julio de 1810, (Bogotá: Imprenta del Neogranadino,
1850).
34. Vicente Restrepo, Los Chibchas antes de la conquista española (Bogotá: Imprenta
La Luz, 1895).
35. Ezequiel Uricoechea, Antigüedades neogranadinas (Berlín: Librería de F. Schnei-
der, 1854).
36. Carlos Cuervo Márquez, Orígenes etnográficos de Colombia. Las grandes razas
suramericanas, Los Caribes, los Chibchas (Washington: Imprenta del Gobierno,
1917).
37. Manuel Vélez, “El Dorado. Memorias sobre las antigüedades de la Nueva Grana-
da”, Papel Periódico Ilustrado 4: 76 (1884): 54-58.
38.Agustín Codazzi, Memorias de Agustín Codazzi (Caracas: Universidad Central
de Venezuela, 1970).
39. Liborio Zerda, El Dorado. Estudio histórico, etnográfico y arqueológico de los
chibchas, habitantes de la antigua Cundinamarca y de algunas otras tribus (Bogotá:
Imprenta de San Silvestre, 1883).
40. Manuel Uribe Ángel, Geografía general y compendio histórico del estado de An-
tioquia en Colombia (París: Imprenta de Víctor Goupy y Jourdan, 1885).

[ 98 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

chaza, hacia un pasado imaginario, más aceptable, de pueblos civilizados; las


“olimpiadas para minusválidos” de Bolívar y las leyes del Congreso de Cúcuta
buscaban un trato paternalista para los indios como seres inferiores; el “andi-
nismo” de José María Samper, José Antonio de Plaza y Francisco José de Caldas
buscaba el ascenso de los indígenas de las tierras bajas hacia el mundo andino
más civilizado. Y los pugilistas, como Manuel Uribe Ángel y Vicente Restrepo
los ven como seres degenerados, despojados de la condición humana, lo que es
suavizado por Liborio Zerda y Ezequiel Uricoechea, que ubican a los muiscas
en el camino de evolución hacia la civilización. Por su parte, “la lucha libre por
grupos”, diferencian la civilización de los indígenas según el origen regional del
autor: para Uribe Ángel y Vicente Restrepo, los más civilizados son los indios
de Antioquia y para Zerda, son mejores los de Cundinamarca. Y, Lleras califica
como “levantamiento de pesas” a los esfuerzos de Uricoechea y Liborio Zerda
por la elevación cultural de los muiscas, mientras coloca a Camilo Torres como
atleta de los cien metros individuales, que exige ser parte del equipo de los es-
pañoles, pero que no es aceptado por estos.
En resumen, concluye Lleras, estos esfuerzos, que son considerados como
parte del período fundacional de las ciencias sociales de Colombia, desconocieron
las teorías vigentes en el mundo de entonces y pretendieron convertir sus prejui-
cios sociales y raciales en postulado científico para llenar sus vacíos de conoci-
miento con invenciones y fantasías que pretendieron hacer pasar por verdades.

Ensayos de historia social a finales de la Colonia

Este recorrido por las diferentes visiones sobre las interacciones culturales
que resultaron de la conquista española y de la introducción de esclavos negros
en nuestro continente permite contrastarlas con los ensayos recientes de uno
de nuestros académicos más jóvenes, Roger Pita, politólogo de la Universidad
de los Andes y magister en estudios políticos de la Universidad Javeriana. Pita
se ha dedicado a profundizar en algunos de los problemas clásicos de nuestra
historia social, uno de cuyos pioneros fue Jaime Jaramillo, el maestro de todos
nosotros, retomando temas como el poblamiento del actual Santander en los
tiempos coloniales41, la situación de negros y mulatos42 y el adoctrinamiento

41. Roger Pita Pico, “El poblamiento parroquial en Santander en tiempos de la Co-
lonia”, Boletín de Historia y Antigüedades 98: 853 (2011): 289-320.
42. Roger Pita Pico, “Negros y mulatos libres en las provincias de Girón, Socorro y
Vélez durante los siglos XVII y XVIII: nuevas formas de dependencia más allá de la
libertad”, Boletín de Historia y Antigüedades 90: 823 (2003): 753-784.

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Fernán E. González G. y Natalia León Soler

de esclavos43 en esa misma región. Y más recientemente, se ha ocupado de una


visión más general sobre el trato a los esclavos en los comienzos de nuestra vida
república, en continuidad con las políticas de los gobernantes coloniales de fi-
nales del siglo xviii44. Esos estudios muestran cierta continuidad con estudios
realizados en los primeros años de la Academia y del Boletín, pero enriquecidos
tanto por la producción historiográfica más reciente como por un más fácil
acceso a los archivos.

La creación de parroquias en el actual Santander en el


siglo xviii

En su artículo sobre la creación de parroquias de blancos y mestizos en el


centro del actual departamento de Santander, Roger Pita recurre a los archivos
sobre las visitas de oidores como Moreno y Escandón45 y otros fondos, que
combina con obras clásicas del siglo xviii como la del cura Basilio Vicente de
Oviedo46 y el capuchino Joaquín de Finestrad47, y de Horacio Rodríguez Plata
sobre el siglo xix48 , para dialogar con estudios más recientes sobre la urba-
nización de este territorio como el de Ángela Guzmán49 y algunas obras más
generales como el trabajo de Jacques Aprile-Gniset50, junto con las historias de
las regiones de Santander, como las elaboradas por Amado Guerrero sobre las

43. Roger Pita Pico, “El adoctrinamiento de esclavos en el nororiente neogranadino


durante el período colonial”, Boletín de Historia y Antigüedades 91: 827 (2004): 795-
827.
44. Roger Pita Pico, “El trato a los esclavos durante la independencia de Colombia:
rupturas y continuidades en una etapa de transición política”, Boletín de Historia y
Antigüedades 99: 854 (2012): 81-121.
45. Francisco Antonio Moreno y Escandón, Indios y mestizos de la Nueva Granada
a finales del siglo XVIII (Bogotá: Fondo de Promoción de la Cultura del Banco Po-
pular, 1985).
46. Basilio Vicente de Oviedo, Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada
(Bogotá: Biblioteca de Historia Nacional, 1930).
47. Joaquín de Finestrad, El vasallo instruido (Bogotá: Imprenta Nacional, 1904).
48. Horacio Rodríguez Plata, La antigua provincia del Socorro y la Independencia
(Bogotá: Publicaciones Editoriales, 1963).
49. Angela Guzmán, Poblamiento colonial y urbanismo colonial en Santander (Bo-
gotá: Universidad Nacional de Colombia, 1987).
50. Jacques Aprile-Gniset, La ciudad colombiana (Bogotá: Biblioteca del Banco Po-
pular, 1991).

[ 100 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

provincias de los Comuneros y Guanentá51, y Armando Martínez Garnica y


Jairo Gutiérrez sobre la de García Rovira52.
Esta combinación de fuentes y enfoques, tradicionales y recientes, lleva a
Pita a mostrar cómo se combinan los intereses de los gobiernos coloniales y de
la Iglesia para el control e integración sociales de una población al margen de las
grandes ciudades con los de la creciente población mestiza y blanca para inser-
tarse en la vida política y económica del centro de la Nueva Granada. Obvia-
mente, estos cambios reflejan los cambios demográficos, sociales y económicos
que estaba viviendo esta región y que desafiaban la tradicional hegemonía de
Vélez y Pamplona, los centros urbanos dominantes desde los comienzos de la
colonia. Las necesidades del adoctrinamiento y atención religiosa de la pobla-
ción, la importancia del reconocimiento eclesiástico para la legitimación de las
nuevas poblaciones, la necesidad de nuclear la población dispersa en las áreas
rurales, las tensiones por la situación de las nuevas poblaciones en la jerarquía
urbana de la colonia y las consiguientes luchas por la delimitación de las juris-
dicciones caracterizan la historia analizada por el autor como un preludio del
papel que jugaría este territorio en la vida republicana del siglo xix.

Negros y mulatos libres: dependencia y adoctrinamiento

Este estudio sobre el poblamiento colonial de Santander es complemen-


tado con el artículo sobre la población de negros y mulatos libres en la misma
región a finales del siglo xvii y principios del xviii, recurriendo a fuentes se-
mejantes de información primaria y secundaria. El autor partía de constatar la
presencia de una abundante población esclava en torno a los trapiches de Vélez,
al lado de muchos mulatos y negros libres. Y señalar el hecho de que algunos
libres habían adoptado el vivir al abrigo de sus antiguos amos, lo que significa-
ba que estaban agradecidos por el buen trato, a veces casi familiar, que habían
recibido y que preferían una libertad limitada en vez de un destino incierto. Sin
embargo, esto no significaba que no sufrieran restricciones y discriminaciones
en lo referente a algunos cargos u oficios. Y, obviamente, estas restricciones esta-
ban acompañadas por medidas de control sobre ellos y persistían intentos de las

51. Amado Guerrero, La provincia de Guanentá: orígenes de sus poblamientos urba-


nos (Bucaramanga: Publicaciones UIS, 1996); La provincia de los Comuneros: oríge-
nes de sus poblamientos urbanos (Bucaramanga: Publicaciones UIS, 1997).
52. Jairo Gutiérrez Ramos y Armando Martínez Garnica, La provincia de García
Rovira: orígenes de sus poblamientos urbanos (Bucaramanga: Ediciones UIS, 1996).

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 101 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

autoridades coloniales para desconocerles sus derechos. Y, ya bajo la república,


esto implicaba la negación de ciudadanía.
Según Pita, el fondo del problema seguía siendo la falta de oportunidades
económicas, que no dejaban otra opción a los esclavos sino la de regresar a sus
antiguos oficios y aceptar algún tipo de sujeción. Otros optaban por el vaga-
bundaje, lo que era objeto de la preocupación de las autoridades coloniales, que
buscaban establecer algún tipo de control sobre ellos por medio de obligacio-
nes tributarias como vasallos del rey, medidas que aseguraban su asentamiento
en vivienda conocida y que neutralizaran la tendencia a la ociosidad. Por otra
parte, el proceso gradual de blanqueamiento y de cruces étnicos más complejos
permitía evadir la obligación tributaria y obligaba a basarse en la pigmentación
de la piel para exigir el impuesto.
Estas complejidades de la situación de los esclavos y libres vuelven a apare-
cer en el estudio de Pita sobre el adoctrinamiento de esclavos en las mismas re-
giones, en un período casi igual al anterior, pero que abarca algunas referencias
a la generalidad de la época colonial. Se hace referencia a los aspectos de con-
trol social e ideológico y a la imbricación entre poder religioso y político, que
implicaba la evangelización de la población esclava al compaginar el discurso
teológico con la legitimación del sistema esclavista. Sin embargo, eran evidentes
las tensiones y contradicciones entre los dos discursos, lo mismo que las dificul-
tades culturales y organizativas que encontraban los intentos evangelizadores, a
los que el clero parecía dar mucha menos importancia que al adoctrinamiento
de los aborígenes. A esto se añadían las dificultades de comunicación de las re-
giones donde estaba ubicada la población esclava, casi siempre en zonas aisladas
e inhóspitas, aunque algunas de ellas se fueron integrando paulatinamente a
medida avanzaban los procesos de colonización y organización territorial en la
segunda mitad del siglo xviii.
En este análisis, Roger Pita también combina el acercamiento a los archi-
vos con la numerosa literatura secundaria sobre la región, en la que pueden
encontrarse autores clásicos sobre la esclavitud en América Latina53 y Colom-
bia54, estudios sobre la historia de la Iglesia en el continente55 y en Colombia56,
53. Herbert Klein, La esclavitud africana en América Latina (Madrid: Alianza edi-
torial, 1986); Rolando Mellafe, La esclavitud en Hispanoamérica (Buenos Aires: Eu-
deba, 1964).
54. Aquiles Escalante Polo, El negro en Colombia (Bogotá: Universidad Nacional,
1964).
55. Pedro Borges, Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas (Madrid: Bi-
blioteca de Autores cristianos, 1992).
56. José Manuel Groot, Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada (Bogotá:

[ 102 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

análisis sobre la evolución de la familia colombiana57 y los estudios regionales


antes citados de Amado Guerrero, Basilio Vicente de Oviedo y otros de Arman-
do Martínez sobre las provincias de Soto y Vélez58.

Continuidades entre colonia y república: el trato


a los esclavos

Este mismo estilo de trabajo histórico es retomado por Roger Pita en su


estudio sobre el trato a los esclavos durante los comienzos de nuestra república,
donde subraya las continuidades que persisten con la situación del período co-
lonial, ya que las dificultades políticas y administrativas del período, junto con
los efectos sociales de la guerra y los temores de los amos impidieron avances
sustanciales en el trato a los esclavos, a pesar del auge de la ideas liberales. Para
ello combina una lectura de estudios pioneros como los de Jaime Jaramillo Uri-
be59, con documentos de archivo nacional y colecciones como las de como las de
Richard Konetzke60, algunos estudios sobre el reformismo borbónico61 y análisis
más concretos sobre la esclavitud en nuestro país, como los de Dolcey Romero62,

Casa editorial de Medardo Rivas, 1889); Juan Manuel Pacheco, Historia eclesiástica,
t. 3, v.13 de la Historia Extensa de Colombia (Bogotá: Editorial Lerner, 1986); Luis
Carlos Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia (1700-1830) t. 3, v. 2 (Bogotá:
Universidad de San Buenaventura, 2000); Isaías Ardila Díaz, Zapatoca (Bogotá: Edi-
torial Ariel, 1988).
57. Virginia Gutiérrez de Pineda, La familia en Colombia; trasfondo histórico (Me-
dellín: Editorial de la Universidad de Antioquia, 1997); Virginia Gutiérrez de Pineda
y Roberto Pineda Giraldo, Miscegenación y cultura en la Colombia colonial (Bogotá:
Ediciones Uniandes, 1999).
58. Armando Martínez Garnica, La provincia de Soto: orígenes de sus poblamientos
urbanos (Bucaramanga: Escuela de Historia UIS, 1995); La provincia de Vélez, oríge-
nes de sus poblamientos urbanos (Bucaramanga: Ediciones UIS, 1997).
59. Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos de Historia Social t. 1 (Bogotá: Tercer Mundo
Editores, Ediciones Uniandes, 1994), 229.
60. Richard Konetzke, Colección de documentos para la historia de la formación so-
cial de Hispanoamérica t.1 (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Cientí-
ficas, 1958), 237; Antonio Muro Orejón, Cedulario Americano del siglo XVIII, t. 1
(Sevilla: [s.n.], 1977), 203.
61. Konetzke, Colección…, 113.
62. Dolcey Romero Jaramillo, Esclavitud en la Provincia de Santa Marta 1791-1851
(Santa Marta: Instituto de Cultura y Turismo del Magdalena, 1997), 107.

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Fernán E. González G. y Natalia León Soler

José Antonio Saco63, Manuel Lucena Salmoral64 y María Eugenia Chávez65, Aqui-
les Escalante66 y León J. Helguera67.
Esta combinación de enfoques y fuentes permite a Roger Pita acercarse a
mostrar cómo las ideas liberales reinantes en estas décadas iniciales del siglo xix
no fueron suficientes para darle un impulso a la legislación proteccionista, ob-
servándose por lo tanto cierta continuidad de las tardías normas del legado his-
pánico. Sin embargo, este autor señala también que tampoco ese legado puede
considerarse de manera homogénea porque tanto la legislación existente como
las relaciones entre amos y esclavos fueron mucho más complejas de lo que su-
pone un esquema simple de dominación: por una parte, la legislación oscilaba
entre la represión y la protección, ya que no hacía sino refrendar la ubicación de
los esclavos en el último peldaño de la estructura social y la percepción que las
autoridades tenían de ellos como posible fuente de perturbación. Esta descon-
fianza se reflejaba en el contraste entre la mirada paternalista y proteccionista
de la legislación frente a las etnias indígenas y las medidas represivas y segrega-
cionistas de las normas sobre los negros. Sin embargo, los atropellos y abusos
de algunos amos fueron obligando a la Corona a adoptar, casi desde los inicios
de la colonia, desde 1545 y 1683, algunas medidas de protección de los esclavos,
encaminados a evitar tratos crueles como cortarles las manos o lisiarlos, o la
imposición de castigos extremos para faltas muy leves.
Por otra parte, más allá del aspecto puramente normativo, las relaciones
entre amos y esclavos trascendían a veces el simple esquema de dominación
pues oscilaban entre extremos desde el afecto casi fraternal y vínculos amorosos
hasta intrincadas rivalidades y odios acérrimos. A esto se añadían, muestra Pita,
variaciones que dependían de la concepción que el amo guardaba acerca de la

63. José Antonio Saco, Historia de la esclavitud de la raza africana en el Nuevo Mun-
do y en especial en los países américo-hispanos vol. 3 (La Habana: Cultural S.A.,
1938).
64. Manuel Lucena Salmoral, La esclavitud en la América Española (Varsovia: Cesla,
2002).
65. María Eugenia Chaves, “Los sectores subalternos y la retórica libertaria. Escla-
vitud e inferioridad racial en la gesta independentista”, en La Independencia en los
países andinos. Nuevas perspectivas, ed. Guillermo Bustos y Armando Martínez Gar-
nica (Bucaramanga: Organización de Estados Iberoamericanos, Universidad Andi-
na Simón Bolívar, 2004), 211.
66. Escalante Polo, El negro en Colombia…
67. León J. Helguera, “Coconuco: datos y documentos para la historia de una gran
hacienda caucana 1823, 1842 y 1876”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la
Cultura 5 (1970): 189-203.

[ 104 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

esclavitud, el comportamiento del negro, los contrastes étnicos en la balanza


demográfica68, el contexto social y la clase de actividad económica reinante en
cada una de las provincias. También el perfil social del amo y su posición y
situación económica podía modificar el modo de interacción: por ejemplo, los
dueños de haciendas, trapiches y de minas no mantenían una comunicación
directa con sus negros porque vivían en villas o ciudades, lo que hacía recaer la
relación en sus mayordomos.
Esa complejidad de situaciones explica, según este autor, cierta continui-
dad entre las medidas proteccionistas de los gobiernos españoles y la menta-
lidad emancipatoria de los próceres de la primera república, pero también las
limitaciones de ambos. Así, las medidas proteccionistas fueron reiteradas en
171069, pero solo en 1789, bajo las reformas borbónicas, se concretó una amplia
legislación que contribuyó a atacar en forma integral las injusticias de los amos
y a promover unas mejores condiciones de vida para los esclavos, en una ins-
trucción real de Carlos IV70, llamada también “Código Carolino Negro”71. En
esos momentos72.se hacía evidente la disminución ostensible de mano de obra
esclava que tenía en graves aprietos a la economía de sus dominios en América.
Las constantes huidas y levantamientos originados por los despiadados tratos
precipitaron también la expedición de este marco regulatorio. Obviamente, este
cambio legislativo no produjo una mejoría automática de la situación de los es-
clavos, sino que generó muchas resistencias entre los amos, que la consideraban
incompatible con las necesidades de la economía y del orden público. Esta resis-
tencia obligó al Consejo de Indias a suspender temporalmente los efectos de la
ley y adaptar u obviar apartes que no fueran aplicables, a la vez que se aclaraba
que algunos de ellos no eran preceptos ni debían interpretarse al pie de la letra
sino que más bien eran modelos indicativos de comportamiento.

68. Los censos indicaban que la comunidad esclava había registrado un decreci-
miento gradual desde las décadas finales del siglo XVIII. De 7.8% contabilizados en
el censo de 1778, ahora en 1810 apenas registraban un 5%. Hermes Tovar Pinzón,
Convocatoria al poder del número (Bogotá: Archivo General de la Nación, 1994)
86-88; José Manuel Restrepo, Historia de la Revolución de la República de Colom-
bia en la América Meridional T.1 (Medellín: Universidad de Antioquia, Universidad
Nacional, 2009), 14.
69. Konetzke, Colección…, 113.
70. Archivo General de la Nación (AGN), Bogotá, Sección Archivo Anexo, Fondo
Reales Cédulas y Órdenes, t. 29, ff. 62r.-64v.
71. Agustín Guimerá, ed., El Reformismo Borbónico: una visión interdisciplinaria
(Madrid: Alianza Editorial, 1996) 37-59.
72. Guimerá, El Reformismo…, 37-59.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 105 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

Estos intentos de mentalidad proteccionista serían recogidos por pensado-


res de corte reformista como Manuel del Socorro Rodríguez a finales del período
colonial, lo mismo que Antonio de Villavicencio y Félix de Restrepo en los años
iniciales de nuestra república. Rodríguez planteaba, desde 1807, el imperativo
moral de un buen trato a los esclavos mientras se alcanzaba la extinción de la es-
clavitud, pero afirmaba que en los dominios españoles el trato era más benévolo
que el observado en otras latitudes73, sin negar tampoco la existencia de algunos
amos crueles y tiranos. Estas ideas liberales adquirieron mayor fuerza gracias al
influjo de la Revolución Francesa, la traducción de los Derechos del Hombre y las
prédicas de la Ilustración. Con ocasión de la abdicación de Fernando vii al trono
y de los cambios políticos suscitados en España con los debates en las Cortes de
Cádiz, emergieron voces que propugnaban por la abolición de la esclavitud, avi-
vándose paralelamente la discusión en torno a la necesidad de generar una mayor
conciencia en la forma como se trataban los negros que se encontraban en estado
de sujeción. En las Cortes de Cádiz, el abogado quiteño Antonio de Villavicencio
presentó un borrador de reglamento encaminado a garantizar mejores condi-
ciones a la comunidad esclava. Pero en el proyecto de Constitución de Cádiz no
se logró el consenso esperado sobre el tema de la esclavitud, principalmente por
el temor latente ante la inestabilidad social y política que podría derivarse de un
levantamiento generalizado de los esclavos o de una protesta radical de los amos
en los dominios americanos. Al parecer, los diputados criollos más progresistas
provenían de provincias con una presencia esclava no muy numerosa y con una
fuerte influencia de formas libres de trabajo.
En la Nueva Granada estas diferencias se registraban en las posturas pro-
gresistas de la Constitución de Cartagena de 181274 y Mariquita de 181575 y en
las leyes de manumisión de la provincia de Antioquia en 1814, impulsadas por
Juan del Corral y Félix de Restrepo, pues en estas provincias ya predominaba el
trabajo libre. Obviamente, estas medidas se vieron abolidas por la reconquista
española de 1815 y solo el Congreso de Angostura retomaría el tema al ofrecer
la libertad a los esclavos que se incorporaran al servicio de las armas, con lo cual
73. Esta percepción coincidía con la expresada a finales del siglo xviii por algunos
observadores que recorrieron la América hispánica. Véase: Felipe Salvador Gilij, En-
sayos de Historia Americana (Bogotá: Editorial Sucre, 1955), 243. Esa misma impre-
sión se llevó un viajero sueco en su viaje efectuado en 1825, tras afirmar que “[…] la
tierra que mejor les trata es Colombia”. Carl August Gosselman, Viaje por Colombia
1825 y 1826 (Bogotá: Ediciones del Banco de la República, 1981), 335.
74. Constitución del Estado de Cartagena de Indias (Cartagena de Indias: Imprenta
del Ciudadano Diego Espinosa, 1812), 115-116.
75. Constitución de Mariquita (Santafé: Imprenta del Estado, 1815), 39.

[ 106 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

se abrió campo para que el presidente Simón Bolívar realizara la más grande
convocatoria de esclavos al ejército patriota76.
Sin embargo, concluye el autor, la Independencia no produjo cambios
sustanciales en la situación de los esclavos, a pesar del discurso liberal en boga,
debido a la inestabilidad política y administrativa, los efectos devastadores de la
guerra, los crecientes desórdenes sociales, las tensiones y el temor de los amos,
fueron factores que impidieron avances significativos en la protección de los
esclavos durante la naciente República. Las esperanzas centradas en la manumi-
sión definitiva se vieron frustradas y, con ello, también se diluyeron las posibili-
dades de brindar a la población negra un trato y unas condiciones de vida más
favorables. Incluso, en algunos momentos, la guerra de Independencia pudo
significar un mayor control sobre ellos, por el endurecimiento de los disposi-
tivos de vigilancia ejercidos por las autoridades políticas y militares temerosas
ante cualquier conato de rebeldía o insubordinación77.
El discurso abiertamente abolicionista fue planteado, hacia 1821, por José
Félix de Restrepo, que denunciaba el maltrato del que eran víctimas los esclavos
tanto en Venezuela como en la Nueva Granada y produjo como resultado la ley
de libertad de vientres y la creación de las juntas de manumisión, que dejaba
evidentes vacíos en materia de trato a los esclavos. Como en las épocas bor-
bónicas, la acumulación de denuncias fue logrando sensibilizar a las máximas
autoridades de la naciente República, que fueron estableciendo medidas para
mejorar las condiciones laborales y vitales de los esclavos. Sin embargo, prima-
ban más las buenas intenciones sobre las escasas normas dictadas durante esta
convulsionada época. La información recogida en los archivos históricos no
muestra mayores cambios en los maltratos con el paso entre el amo colonial y el
republicano78. Según Pita, esta continuidad se explica, en parte, por el deterioro
económico causado por la guerra y el hecho de que muchas de las actividades
productivas como la extracción aurífera, la producción de azúcares y mieles y la
ganadería, seguían bajo el impulso de la mano de obra esclava79. Se comprende
entonces por qué seguía latente entre los amos empresarios el afán por mante-
ner el dominio y control sobre sus negros, así fuera por la vía de la fuerza.
76. AGN, Bogotá, Sección República, Fondo Congreso, t. 24, ff. 160r-161v; Vicente
Lecuna, Cartas del Libertador T.2 (Caracas: Litografía y Tipografía del Comercio,
1929), 135.
77. Roger Pita Pico, El reclutamiento de negros esclavos durante las guerras de In-
dependencia de Colombia 1810-1825 (Bogotá: Academia Colombiana de Historia,
2012), 244-245.
78. Romero, Esclavitud en la…,111.
79. Jaramillo Uribe, Ensayos…

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 107 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

En resumen, el trato a los negros durante este período estuvo marcado por
la continuidad del sistema esclavista ante los frustrados intentos de la dirigencia
criolla en conciliar la independencia política con las tesis abolicionistas. A fin de
cuentas, se marcó una pugna entre los principios de libertad e igualdad pregona-
dos por la Ilustración del siglo xviii y el pensamiento liberal del siglo xix y, por
otro lado, la persistencia de las diferencias raciales y de los excesos inherentes al
funcionamiento del sistema esclavista, especialmente en algunas regiones del país.

A manera de conclusión

El recorrido comparado de la producción bibliográfica del Boletín de His-


toria y Antigüedades en los años recientes muestra cómo se han rescatado temá-
ticas importantes de la tradición de la centenaria Academia Colombiana de la
Historia, enriquecida hoy con aportes de la Antropología, la Sociología históri-
ca, la Ciencia Política y de las ciencias sociales en general.
El acercamiento a la Historia Social, uno de cuyos pioneros fue nuestro
amigo y maestro, Jaime Jaramillo Uribe, está representado en este resumen
por una serie de trabajos, todavía inconexos, de Roger Pita, que se refieren casi
todos los actuales Santanderes. Sus procesos de poblamiento, organización de
parroquias, adoctrinamiento de indios y esclavos, junto con el estudio de la
situación de negros y mulatos libertos, preparan una mirada sobre las continui-
dades sociales y culturales entre el final de la época colonial y los comienzos de
la vida republicana. El acceso a la información de archivo se combina con la in-
formación de fuentes secundarias, tanto de la época colonial como de los años
más recientes, para hacer evidentes las continuidades entre la llamada historia
tradicional y la “Nueva Historia”.
Por otra parte, la combinación de artículos sobre los encuentros culturales
entre conquistadores y conquistados ilustra la complejidad del problema y con-
trasta las miradas más tradicionales con los enfoques más actuales sobre el mes-
tizaje: el impacto del descubrimiento de América en el imaginario cultural de
Europa, la mirada de los aborígenes sobre el “Otro” europeo, las tensiones entre
la evangelización católica y su papel en la hispanización de los aborígenes, la
ubicación de éstos en el imaginario católico del purgatorio y en el político de los
criollos, las transacciones culturales que se presentaban en la culinaria, el papel
de los curas como intermediarios culturales entre el mundo de la ortodoxia
cristiana y el universo cultural de los aborígenes y de los conquistadores rasos.
La complejidad de esos intercambios se refleja en el tratamiento del tema
de la idolatría, que hace evidente la transposición de una cultural medieval o

[ 108 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Entre la “vieja” y la “nueva” historia.
Una aproximación reciente al Boletín de Historia y Antigüedades

renacentista a un mundo cultural muy diferente, en el que las tradiciones aborí-


genes se mezclaban con la religiosidad popular de los campesinos españoles que
componían la mayoría de la población conquistadora. Esta mirada interactiva
obligaría a superar la mirada unilateral de la aculturación indígena como fruto
de la coerción y dominación para considerarla también como asimilación y
reacomodo de los aborígenes y de los españoles no letrados, cuya religiosidad
popular no estaba tan lejana a la mentalidad religiosa de los indígenas, a la
nueva realidad. En buena medida, muchos españoles pobres terminaban por
asimilarse culturalmente al mundo de aborígenes y mestizos, forzados por la
pobreza, la dieta alimenticia, el aislamiento y el necesario intercambio con sus
mundos.
En resumen, ambos conjuntos de artículos muestran las evidentes con-
tinuidades de la producción historiográfica desde sus orígenes hasta los tiem-
pos más recientes, lo mismo que la riqueza de sus aportes al conocimiento de
nuestra historia y de las ciencias sociales en general. Y las enormes posibilidades
que ofrecen la combinación de tradición, modernidad y postmodernidad a una
mejor comprensión de nuestro pasado.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 83-114 [ 109 ]


Fernán E. González G. y Natalia León Soler

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[ 114 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Censuras y regulaciones a los


juegos de albur en el Nuevo
Reino de Granada, siglo xviii
Ro ger Pita Pico
Academia Colombiana de Historia, Bogotá, Colombia
[email protected]

Resumen
El objetivo de este trabajo consiste en examinar las complejas ten-
siones experimentadas en el mundo colonial neogranadino en torno a
los juegos de azar. Por un lado, el afán de las instancias oficiales por esta-
blecer restricciones para evitar desbordes del orden social y la afectación
de la economía. Por otro lado, la innata e inatajable inclinación de los po-
bladores a buscar espacios de ocio y entretención. Este choque de fuerzas
se vio reflejado en los continuos debates sobre el alcance e intensidad de
los controles y en la eventual necesidad de flexibilizar las normas..

Palabras clave: juegos, diversiones, azar, envites, licencias, Colonia,


Nuevo Reino de Granada.

Recibido: 26 de julio de 2013. Aceptado: 20 de febrero de 2014.

[ 115 ]
Censures and regulations to
gambling in the New Kingdom
of Granada, xviii century
Ro ger Pita Pico

Abstract

The aim of this paper is to examine the complex tensions experienced in


the colonial world around gambling in the New Kingdom of Granada.
On the one hand, the desire for official bodies to establish restrictions
to prevent overflows of the social order and the damage to the economy.
On the other hand, the innate inclination of villagers to seek leisure and
entertainment spaces. This clash of forces was reflected in the constant
debate on the scope and intensity of controls and in the eventual need
to relax the rules.

Keywords: games, fun, random, stakes, licenses, Cologne, New


Kingdom of Granada.

Cómo citar este artículo:


Pita Pico, Roger. “Censuras y regulaciones a los juegos de albur en el Nuevo Reino de Granada,
siglo xviii”. Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 115-142

[ 116 ]
Introducción

Uno de los más exitosos legados hispánicos en América fue sin duda la
destreza por los juegos de azar. Desde mucho antes de pisar los españoles estas
tierras, ya eran portadores de una extendida fama como jugadores. De manera
vertiginosa, esta pasión fue asimilada por prácticamente todos los sectores so-
ciales y étnicos que poblaron el territorio neogranadino.
Desde los mismos conquistadores se percibió la inclinación por estos pa-
satiempos de envite. La vida irregular que llevaban, la disposición de tiempo
libre, la sed de fortuna ligada a la abundancia de oro y la liquidez conseguida
instantáneamente por vías no laborales, fueron factores que incidieron para que
estos primeros aventureros se entregaran tranquilamente al ocio y a los juegos.
En forma rápida sus inmediatos sucesores, los integrantes de las posteriores olas
colonizadoras, renovaron con creces esa pasión1.
La marcada impronta blanca y mestiza, experimentada en buena parte del
territorio neogranadino2, permitió asimilar de manera eficiente el gusto por

1. Ángel López Cantos, Juegos, fiestas y diversiones en la América Española (Madrid:


Editorial Mapfre, 1992), 287-295.
2. El siglo XVIII estuvo marcado por el crecimiento demográfico general y el incre-
mento del mestizaje. Para 1778, cuando se realizó el más grande censo poblacional
del Nuevo Reino de Granada, prácticamente mitad de la población correspondía a
la franja de los llamados “libres” o “gentes de varios colores”. Le seguía en número
la gente blanca que aglutinaba a la cuarta parte del total. Por su lado, los indios
mostraban un serio descenso del cual no volverían a recuperarse jamás, con un 20%
aproximadamente. La comunidad esclava alcanzó a representar un 7.8% de la pobla-
ción. Hermes Tovar Pinzón, Convocatoria al poder del Número (Santa Fe de Bogotá:
Archivo General de la Nación, 1994), 86-88.

[ 117 ]
Roger Pita Pico

esas innovadoras modalidades de recreo constituyéndose en articuladores cla-


ves para su difusión.
Este artículo pretende analizar la supervivencia de los juegos de azar en el
Nuevo Reino de Granada como manifestaciones de divertimento y disfrute del
tiempo libre frente a los persistentes controles implementados por las autoridades
políticas y fiscales, controles que se acentuaron desde el siglo xviii en el marco de
las reformas borbónicas implementadas por el Estado colonial español.

Espacio, tiempo y modalidades

Para comprender mejor la complejidad de los juegos de azar, es impor-


tante conocer sus características y modalidades, sus actores, los escenarios habi-
tuales y los tiempos en que solían desarrollarse este tipo de actividades lúdicas.
De la amplia gama de juegos, los naipes y dados eran por lo general pros-
critos aunque no por eso dejaron de ser preferidos por la facilidad para portar-
los personalmente, su copioso número de adeptos buscaba la clandestinidad
para dar rienda suelta a sus apuestas. Particularmente, recurrían a la intimidad
de sus casas para llevar a cabo sus encuentros con la seguridad de que allí no
entrarían las justicias a ejercer vigilancia. Proliferaron además juegos de carác-
ter público que requerían de la anuencia de las autoridades y de controles a las
apuestas como el bis bís3, el truco o billar, los bolos y la oca, entre otros.
Desde el siglo xvii se organizaron salones especiales para juegos legales,
obviamente condicionados bajo una serie de requisitos como la expedición de
una licencia pero, debido a los reiterados escándalos y desórdenes allí acaecidos,
en los primeros años del siglo xviii el cabildo santafereño declaró ilegales estos
sitios fijando sanciones que iban desde la cárcel hasta pena pecuniaria y azotes4.
También hay información que da cuenta de la existencia de loterías. En
septiembre de 1792 el virrey José de Ezpeleta aprobó el expendio de 500 bole-
tas más de este juego que se apostaba en Santa Fe cada dos meses. Esto fue en
respuesta a una petición previa que le había formulado el cabildo de la ciudad
en vista de que las 2.000 fracciones repartidas inicialmente no bastaron para
colmar las expectativas de lugareños y foráneos ávidos por probar suerte. En
total, se establecieron en esa ocasión 21 premios de a cien y cincuenta pesos5.
3. El bis bís era un juego muy común y consistía en una especie de ruleta en torno a
la cual se fijaban las apuestas.
4. Julián Vargas Lesmes, La Sociedad de Santa Fe Colonial (Bogotá: Cinep, 1990),
357-361.
5. Archivo General de la Nación (AGN), Sección Colonia, Fondo Empleados Públi-
cos-Cartas, t. 2, ff. 503r-504r.

[ 118 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

Otro juego de amplia ascendencia entre los españoles y que se entronizó


rápidamente en el gusto de los habitantes neogranadinos fue el de la riña de
gallos. En los albores de la colonización, estas contiendas se realizaban en los
solares de las casas pero, entrado el siglo xviii, se crearon galleras como sitios
exclusivos para este tipo de actividades lúdicas6.
Las apuestas pululaban tanto en los anchurosos territorios rurales como
en los emergentes ámbitos urbanos. Pero, por ser sitios de afluencia pública, las
tiendas o pulperías se convirtieron en escenarios preferidos, lo cual no tardó en
despertar el malestar entre las autoridades al ser tildados como focos de blas-
femias, robos, estafas, riñas, infidelidades y, en general, toda clase de ofensas al
orden social y divino. En una visita adelantada en 1788 al distrito minero de Zara-
goza en la provincia de Antioquia, existían juegos en algunas tiendas de pulpería,
diversiones que eran permitidas en temporada de fiestas. Individuos de diferente
condición social y étnica se concentraban también en algunas pulperías de la
ciudad de Rionegro para apostar libras de dulce, pañuelos y varas de lienzo. A
poca distancia de allí, en la villa de Medellín, zapateros y artesanos se reunían
en algunas pulperías y allí apostaban subrepticiamente limetas, charreteras y
chumbas de plata7.
De manera especial, las chicherías también aparecían señaladas como es-
cenarios en los que regularmente se promovían juegos proscritos por la ley. Se
afirmaba que personas de todas las edades y condiciones sociales terminaban
seducidos ante el atractivo de estos dos placeres mundanos. Don Francisco de
los Reyes, avecindado en Charalá en la provincia de El Socorro, denunció en
1796 la perniciosa combinación acaecida en su parroquia: “…no toman [chi-
cha] a menos que no sea por medio del juego que de dados, naipes, palmos y
otros instrumentos tienen en aquellas bodegas”8. De cara a esta situación, los
alcaldes decidieron cerrar la mayoría de estos negocios y se les advirtió a los
siete autorizados que únicamente podían atender hasta las seis de la tarde sin
transigir allí con ningún tipo de juegos9.
A escasas leguas de allí, en la parroquia de Oiba, el cura fray Mariano Alda-
na envió por esa misma época una carta al virrey Pedro Mendinueta, en la cual
6. Pablo Rodríguez, En busca de lo cotidiano. Honor, sexo, fiesta y sociedad, s. xvii-
xix (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2002), 82.
7. Orián Jiménez Meneses, El frenesí del vulgo. Fiestas, juegos y bailes en la sociedad
colonial (Medellín: Universidad de Antioquia, 2007), 87-88.
8. AGN, Sección Archivo Anexo, Fondo Historia, tomo 3, f. 684v.
9. Roger Pita Pico, “Sustento, placer y pecado: la represión en torno a la producción
y el consumo de chicha en el nororiente neogranadino, siglo xviii”, Anuario de His-
toria Regional y de las Fronteras 17: 2 (2012): 165.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 115-142 [ 119 ]


Roger Pita Pico

hizo las siguientes anotaciones sobre el desarreglado estado social y moral de su


región: “…estas gentes manifiestan su irregularidad en sus depravadas costum-
bres y vicios. La embriaguez es el más predominante de ellos, en la mayor parte
de estos habitantes, los que por estar empleados en este vicio se entregan al ocio,
al juego, a la impureza y a toda suerte de maldades”10.
Desde luego, había momentos predilectos para los juegos públicos y se-
cretos, principalmente en el marco de las celebraciones civiles y religiosas, tales
como: Navidad, San Juan, Corpus Christi, días de Pascua, fiestas en honor al
Rey, etc. También se acostumbraban en los agitados días de mercado en torno
a la plaza.
En esencia, el juego era un ritual que ofrecía espacios de encuentro y socia-
lización, incluso desafiando la rígida estratificación social y étnica11. Su práctica
era de por sí un acto democrático en el sentido de que frente a él todos eran
iguales aunque a decir verdad esto no era muy bien visto por las autoridades
de aquel entonces. Dentro de las batidas llevadas a cabo al promediar el siglo
xviii por el alcalde de Medellín, en su cruzada contra los juegos inmoderados y
envites, se señaló la casa de don Juan Carrasquilla y otros notables de la villa con
el agravante de que compartían mesa con personas de inferior clase12.
Las partidas, ya sea por discusiones en sus reglas internas o por el peso de
las deudas contraídas, podían desembocar en pendencias, revanchas o duelos.
A veces, las consecuencias fueron funestas, tal como sucedió en Vélez un año
antes de fenecer el siglo xviii. Allí Gregorio Altusarra y don Ambrosio Pacheco
terminaron enredados en un grave altercado al calor de los resultados de un
juego de bolo. La discordia pasó a mayores cuando Gregorio se abalanzó navaja
en mano contra su rival y éste, en defensa propia, respondió propinándole un
golpe en la cabeza que de inmediato le causó la muerte13.

El detrimento económico

Dentro de la atmósfera inherente a la práctica del juego, todo apunta a


pensar que la apuesta fue el factor más reprochado y por ello estuvo constan-
temente en la mira de las autoridades. La ilusión de la ganancia fácil adquiría
mayor eco en un ambiente profundamente coartado por los convencionalismos
anclados en el color de piel, el poder económico y el linaje.
10 . AGN, Sección Colonia, Visitas de Boyacá, tomo 2, f. 993v.
11. Jiménez, El frenesí del vulgo…, 84.
12. AGN, Sección Colonia, Fondo Miscelánea, t. 132, f. 225r.
13. Notaría 1ª de Vélez, Archivo Notaría 1ª de Vélez, tomo 106, f. 331r.

[ 120 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

En particular, para los más humildes estos envites pudieron funcionar


como incentivo milagroso para apaciguar sus aprietos retando de esta forma
los inflexibles esquemas sociales por la vía del súbito ascenso socioeconómico.
Era, entonces, una búsqueda desesperada de caudal líquido en una economía
como la de aquella época, tan restringida en cuestiones de crédito y con un
sensible incremento en los impuestos que afectaron principalmente a los arte-
sanos y pequeños productores14. Desde la óptica de los gobernantes, la apuesta
en este grupo de los menos favorecidos era más censurable toda vez que podía
comprometer seriamente sus precarios niveles de subsistencia.
Los más pudientes tampoco dejaron de verse tentados, básicamente por la
disponibilidad de fortunas para invertir de una manera más libre y distensio-
nada en las apuestas. Más sin embargo, paradójicamente esa holgura los hacía
en cierto grado vulnerables si se tiene en cuenta la magnitud de los fondos
comprometidos y los eventuales desfalcos que podían resultar de las sucesivas
partidas.
Algunas de esas pérdidas de caudal podían incluso llevar a la quiebra. El
despilfarro del dinero ganado con el sudor del trabajo, el abandono de las fae-
nas diarias, la pérdida de bienes y el descuido de la familia, se contaban entre las
preocupaciones más sentidas. Aparte de las entendibles razones que saltaban a
simple vista y de otras de corte moral, todo esto correspondía también a la in-
fluencia de las reformas borbónicas del siglo xviii, reflejada en el empecinado
afán del gobierno español por conquistar máximos niveles de rendimiento en la
economía de sus colonias, de tal manera que cualquier distracción a esa consig-
na era susceptible de examen e inquietud15. En ese sentido, el ocio y las prácticas
lúdicas se percibían como totalmente opuestas al desarrollo económico y a la
prosperidad16.
A esta tendencia vigente en el pensamiento político hispánico del siglo xviii,
se contrapuso la opinión del político y asesor Gaspar Melchor de Jovellanos, quien

14. Salomón Kalmanovitz, La economía de la Nueva Granada (Bogotá: Universidad


Jorge Tadeo Lozano, 2008), 36-59.
15. José Carlos Chiaramonte (Comp.), Pensamiento de la Ilustración. Economía y so-
ciedad iberoamericanas en el siglo xviii (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979), xxiv.
Sobre los cambios históricos en torno a la percepción del tiempo y el trabajo, véase:
Juan Camilo Rodríguez Gómez, Tiempo y ocio. Crítica de la economía del trabajo
(Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 1992), 83-121.
16 Mauricio Arango Puerta y Fredy Andrés Montoya López, “Fiestas, juegos y tra-
bajo en el Nuevo Reino de Granada, 1760-1810”, en: Orián Jiménez Meneses y Juan
David Montoya Guzmán (edits.), Fiesta, memoria y nación. Ritos, símbolos y discur-
sos 1573-1830 (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2011), 170.

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Roger Pita Pico

en su ensayo Memoria sobre las diversiones públicas, advirtió sobre la impor-


tancia de los espacios de entretenimiento en el bienestar de la población, en la
estabilidad política e incluso en el nivel de productividad laboral17.
No obstante, terminaron acentuándose las medidas de carácter coercitivo
y, en ese sentido, como bien señala el historiador Orián Jiménez Meneses, los
juegos y otras formas de diversión se constituyeron en una alternativa de la so-
ciedad misma para evadir estas normas restrictivas y para mitigar los rigores de
la cotidianidad del trabajo18.
Con miras a evitar las excesivas cantidades desperdiciadas en el juego, una
ley expedida en 1771 señaló que solo podían consentirse apuestas de diez pesos
so pena de doscientos. Se denunció cómo al culminar sus jornadas los oficiales
de labores mecánicas, jornaleros y labradores se dejaban tentar por los juegos
de trucos, bolas y bolos perdiendo con ello la manutención de sus familias. Se
advirtió entonces a los dueños de esos establecimientos que se abstuvieran de
admitir a este grupo de personas activas en los días hábiles so pena de seis pesos,
y la segunda vez se les privaría de este negocio y se les condenaría a servir un
mes con un grillete en las obras públicas de la ciudad. Entre tanto, los jugadores
transgresores de la ley serían destinados a quince días en el servicio de dichas
obras públicas y dos meses si reincidían19.
En el voluminoso compendio escrito pocos años más tarde por el misione-
ro capuchino Joaquín de Finestrad, producto de su visita pastoral a los pueblos
de la provincia del Socorro sacudidos por el movimiento comunero, se hizo
un agudo cuestionamiento sobre el estado moral del Nuevo Reino de Granada
como consecuencia de vicios generalizados como el ocio y la embriaguez, pero
en especial, por “… la sobrada afición al juego registrando corrillos de gentes
que alrededor de una mesa sacrifican cada día una buena parte de su tiempo,
de su caudal, de su descanso y aún de su conciencia, con la ruina ya a un golpe de
dado, ya también a una suerte de naipes”20.
Hubo quienes se valieron abusivamente del capital de sus seres más cer-
canos. Don Diego Godoy, vecino de Neiva de calidad noble, fue aprehendido
por abandonar hacía seis años a su familia. Según los relatos, era un reconocido
ocioso y jugador de “primera” que se sostenía con trampas y hasta llegaba al

17. Rodríguez, Tiempo y ocio…, 210-213.


18. Jiménez, El frenesí del vulgo…, 100.
19. AGN, Sección Colonia, Fondo Virreyes, t. 9, ff. 138r-142r
20. Joaquín de Finestrad, El Vasallo Instruido en el Estado del Nuevo Reino de Gra-
nada y en sus respectivas obligaciones (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia,
2000), 122.

[ 122 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

extremo de apostar su sombrero. Hurtaba frecuentemente a su propia madre,


viéndose ella en no pocas ocasiones precisada a deshacerse de sus reducidas
alhajas para sufragar las pérdidas azarosas de su hijo. Se le declaró oficialmente
como vago y por tal tacha se dictó una sentencia remisoria al servicio militar:
… siendo preciso contener el abandono en que vive don Diego Go-
doy, que su castigo sirva de público ejemplo a los que entregados al ocio
y otros vicios quieren vivir sin sujeción al trabajo ni reconocimiento a las
obligaciones que exige la sociedad, se le aplica al servicio de las armas por
el tiempo de ocho años y en el cuerpo a que fuere del agrado del Exmo. Sr.
virrey gobernador y capitán general del Reino21.

El juego también se convirtió en un buen pretexto para estafar a algún


incauto. Los hechos quedaban en evidencia cuando el vencido entablaba la de-
manda ante las autoridades. Hacia el año de 1796 en la ciudad de Santa Fe, el
joven mestizo Agustín Villalba fue encarcelado por concubinato y por ser un
bebedor empedernido. Aparte de esto, fue catalogado como “jugador de mala
fe” tras ser sorprendido con unos dados falsos con los cuales había ganado a
unos indios forasteros todo lo que traían. Villalba, quien ya había estado preso
en tres ocasiones por protagonizar este tipo de faltas, se defendió aduciendo
que no había cometido tan grave delito como para merecer el destierro, pena
dispuesta por la Real Audiencia para todo aquel que incurriera en vagancia22.
Las manifiestas habilidades de algunos funcionarios los llevaron al extre-
mo de querer valerse de su poder para cometer arbitrariedades. Bonifacio de
Boada acusó en 1788 a Vicente Quintero, alcalde parroquial de Sátiva, de haber-
se aprovechado de él en asuntos de juego. Todo comenzó cuando el funcionario
lo incitó a ir a su residencia a jugar, ganándole una mula y varias monedas con
un dado presuntamente “suertero y malicioso”. No contento con esto, Quintero
lo convidó una segunda vez bajo el calor de unos tragos de aguardiente con tan
mala suerte que terminó perdiendo unas cargas de cacao, un sable y hasta la
ruana que llevaba puesta. Tras cifrar todas sus esperanzas en la revancha, Boni-
facio pudo a lo último recuperar lo malogrado aunque quedaron al descubierto
ciertos disentimientos respecto a la forma como se saldaron las cuentas. Al final,
el corregidor y justicia mayor de Sogamoso le impuso al funcionario local una
multa de diez pesos y además debió correr con los gastos del proceso por haber
auspiciado juegos prohibidos en su misma casa: “… los que en vez de haber ex-
21. AGN, Sección Colonia, Fondo Criminales, t. 124, f. 332v.
22. Centro de Documentación e Investigación Histórico Regional, adscrito a la UIS
(CDIHR-UIS), Archivo Judicial de Girón, paquete 4, ff. 1.151r-1.161v.

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Roger Pita Pico

terminado como juez celando con vigilancia la observancia de las órdenes supe-
riores que unánimes conspiran a prohibirlos, los permitía y proporcionaba”23.
De igual manera, se le apercibió para que en adelante atendiera con exactitud
las obligaciones inherentes a su empleo.
Ni siquiera los integrantes del estamento religioso fueron ajenos a las re-
criminaciones. El gobernador de Girón don Francisco Vallejo, en oficio enviado
al virrey Pedro Mendinueta, criticó a algunos curas por ganar excesivas cantida-
des hasta de 3.000 pesos, efectivo que según él, no invertían adecuadamente en
obras piadosas sino que era “…para atesorar y dar fomento a la gula, al fausto,
al lujo y al juego, y tal vez para extorsionar a sus feligreses con el propio dinero
que ellos le contribuyen”24.
Pero, viendo el asunto desde otra orilla, tampoco hay que desconocer que
muchas familias llegaron a basar su sustento en los réditos dejados por esas ac-
tividades lúdicas. Por encima de todos los reproches morales, la administración
y sostenimiento de estos negocios se convirtió en otra opción más para man-
tenerse en la estrecha y fluctuante economía colonial. Hacia 1746, Mariana de
Ricaurte y Terreros, viuda del tesorero de Santa Fe, tramitó licencia a las autori-
dades para acomodar una mesa de truco en la parte baja de su casa, esto como
un atenuante a sus cortedades económicas25.
Desde luego, cualquier medida taxativa causaba impacto no solo a los
adictos al juego sino a todos aquellos que giraban en torno al negocio. Para
Francisco Pérez Lavalleja, la mesa de truco había sido por más de tres lustros la
base de supervivencia económica, tanto para él como para su numerosa familia
residente en Mompós. Por eso, debió recurrir en 1765 a las autoridades de la
villa e incluso a instancias superiores para que se hiciera la excepción de no
cobijarlo con el nuevo reglamento que había recortado el horario hasta las nueve
de la noche. En consecuencia, solicitó prolongar tres horas más el servicio pues en
las noches crecía la clientela en razón a que en ese lapso de tiempo no se padecía el
calor inclemente del día. Su principal deseo era entonces no ver damnificadas sus
ya averiadas entradas: “… con lo que avanzaré en tales días para el sustento que
en muchos me escasea y solo la inimitable piedad de V. E. puede dar socorro a
mis indigencias”26. Para ello, Pérez se comprometió de antemano a seguir salva-
guardando la reputación de su establecimiento, lo cual significaba continuar con el
ingreso exclusivo para “personas decentes y de calidad”, además de estar muy alerta
23. AGN, Sección Colonia, Fondo Empleados Públicos de Boyacá, t. 10, f. 571v.
24. AGN, Sección Colonia, Fondo Poblaciones de Santander, tomo 2, f. 930v.
25. AGN, Sección Colonia, Fondo Miscelánea, t. 132, f. 220r.
26. AGN, Sección Colonia, Fondo Milicias y Marina, t. 139, f. 1.062r.

[ 124 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

ante cualquier intromisión de juego ilegal que pudiera trastornar la preciada


tranquilidad del lugar.

Controles y medidas disciplinarias

La preocupación de España por moderar los juegos de envite se remonta al


siglo xiii con la promulgación de las Siete Partidas expedidas por el Rey Alfonso
El Sabio y continuaron con las leyes de Castilla expedidas en las dos centurias
siguientes27. Los controles en torno a estas actividades lúdicas prosiguieron con
mayor intensidad en la época de los Austrias y hacían parte del endurecimiento
de las leyes como una fórmula para intervenir cada vez más la vida privada y
cotidiana de los pobladores.
Este propósito de propender por un estricto ordenamiento moral de los
vasallos, se vio remozado posteriormente bajo el influjo del reformismo borbó-
nico28. Tanto las autoridades civiles como las autoridades eclesiásticas empren-
dieron acciones dirigidas a establecer medidas de vigilancia y control. Esto se
vio reflejado en un incremento de la reglamentación en la segunda mitad del
siglo xviii teniendo como desafío remediar el grave problema de la relajación
de las costumbres29.
Tradicionalmente el juego, por su mismo carácter lúdico, era asociado con
la vagancia y la falta de una ocupación decente y estable. Desde un comienzo, las
autoridades establecieron una serie de disposiciones tendientes a controlar este
tipo de diversiones: horarios restringidos, imposiciones tributarias, requisitos
de ingreso a los jugadores, entre otras. Una de las medidas más comunes fueron
las rondas mediante las cuales los funcionarios locales velaban por la tranquili-
dad y las “buenas costumbres” en la cómplice oscuridad de la noche.
En muchas de esas acciones policivas era normal irrumpir abruptamente
en las casas, lo cual a veces provocaba la protesta airada de sus residentes por
presunta violación al espacio privado. Sobre este asunto, es clave anotar que en
la sociedad colonial, así como en otras sociedades preindustriales, el contraste
entre lo público y lo privado no era tan claro como se concibe hoy en día. En
realidad, era muy reducido el margen de privacidad. En aquel mundo de tanta
proximidad y vecindad era corriente que la vida íntima de las personas fuera

27. López, Juegos, fiestas y diversiones…, 269-271.


28. Agustín Guimerá (ed.), El Reformismo Borbónico: una visión interdisciplinaria
(Madrid: Alianza Editorial, 1996), 37-59.
29. Juan Pedro Viqueira Albán, Relajados o reprimidos (México: Fondo de Cultura
Económica, 1987), 18.

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Roger Pita Pico

de público conocimiento y más cuando esos detalles quedaban expuestos en los


expedientes y sumarios. Era también habitual que el chismoseo propagado por
las gentes fuera transmitido a las autoridades, a veces con la intención de celo
o venganza30.
A su turno, los gobernantes no solo se contentaban con observar e ins-
peccionar el diario acontecer en las calles y plazas sino que también tenían una
mayor injerencia en la vida privada, toda vez que este ámbito era visto con suma
desconfianza en la medida en que podía turbar la paz social. En este orden de
ideas, la privacidad era percibida como una talanquera que circunscribía la
buena marcha de la justicia31.
No obstante, el rol que asumieron los gobernantes españoles no dejó de
ser ambiguo por cuanto no tardaron en comprender la relevancia del juego
como mecanismo distensionador en medio de una sociedad cada vez más com-
pleja y dinámica. De allí se explica la laxitud con la que en algunas ocasiones el
mismo establecimiento promovió y reglamentó estas actividades.
Hacia 1800, el cura de la villa del Socorro mostró su inconformidad ante
la Real Audiencia por las molestias provocadas por una mesa de truco ubicada
a tan solo unos pocos pasos del templo ya que el ruido de las bolas perturbaba
la cotidiana celebración de las ceremonias sagradas32. Enterado de esta inquie-
tud, esa alta instancia de poder urgió a las justicias locales para que tomaran las
providencias a que hubiere lugar.
Dentro de las primeras medidas estipuladas estaba la limitación de estas
diversiones para cierto tipo de personas, ya fuera por su edad o por su condi-
ción social y étnica. Así, las normas fueron muy enfáticas en mantener vedada
la participación de menores de edad y gentes de servicio. Particularmente sobre
los esclavos recaía una relativa prevención porque se presumía que podían ro-
bar a sus amos para hacer sus apuestas y porque esa afición podía apartarlos de
sus obligaciones rutinarias.
En los autos promulgados en 1788 en la ciudad de Girón, se negó la ad-
misión de esclavos en garitas y juegos de suerte bajo la pena de cuatro pesos y
tres días de cárcel, debiendo el dueño del negocio responder por los daños y
perjuicios33. A pesar de esta restricción, se escucharon a los pocos años algunas
quejas por el insuficiente control a las borracheras, delitos y otras censurables
consecuencias derivadas de esos juegos. Según la denuncia del procurador Juan
30. Vargas, La sociedad de Santa Fe...., 346.
31. Viqueira, Relajados o reprimidos, 136.
32. AGN, Sección Colonia, Fondo Real Audiencia de Cundinamarca, tomo 20, f. 144r.
33. CDIHR-UIS, Archivo Judicial de Girón, paquete 1, ff. 1.658v-1.659r.

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Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

Joseph Caballero, en estos encuentros resultaban los “…amos perjudicados con


la distracción de sus esclavos, estado lamentable y en que jamás se había visto
aquella provincia!”34. Varios testigos, entre los que se contaba el alcalde ordina-
rio de Bucaramanga, relataron cómo un negro de don Antonio Benítez había
apostado el producto de un hurto perpetrado en una casa vecina, por cuyo
motivo huyó intempestivamente de la parroquia.
Tradicionalmente el juego, por su mismo carácter lúdico, era asociado con
la vagancia y la falta de una ocupación decente y estable. Los registros y docu-
mentos oficiales indican que para entonces la franja de vagos estaba compuesta
por unos cuantos blancos pobres pero principalmente por mestizos. Esta cre-
ciente horda de mezclados de todos los colores se había impuesto como mayo-
ría predominante en amplias zonas del Nuevo Reino de Granada35.
Tenían la apreciable ventaja de no vivir bajo sumisión y de no estar afe-
rrados a una extenuante condición laboral como sí lo estaba el negro esclavo y
el indio. El andar exentos del servicio de mita y del pago mismo de tributo, les
permitía desentenderse de las presiones fiscales y gozar de mejor desenvoltura
de movimiento en el vasto territorio colonial. La misma estructura social y eco-
nómica dio lugar a un mestizo libre con mayor independencia económica que
le facilitó el camino para dedicarse a los oficios artesanales.
No obstante estas expectativas, en la realidad fueron muchas las adversi-
dades que se interpusieron. Fue tan inusitado el crecimiento de este grupo que
se creó una población flotante que muchas veces tuvo que ir a los campos a
rebuscar el sustento, la precaria economía no alcanzaba a asimilarlos y ubicarlos
en alguna tarea. En un comienzo, sus probabilidades de acceso a la tierra eran
mínimas, ya fuera por carencia de recursos o por la prohibición de concederles
mercedes reales. Esta situación sirvió para que, bajo el influjo de las reformas
borbónicas, entre las autoridades y los blancos españoles se les mirara conti-
nuamente como errantes y vagos, lo cual a su vez hacía que se les considerara
como perjudiciales y atentatorios de la moral y los buenos comportamientos36.
Esa conexión entre el juego y los vagos quedó también explícita en una
providencia dictada en junio de 1790 por el virrey José de Ezpeleta, en la que se

34. AGN, Sección Colonial, Fondo Empleados Públicos de Santander, tomo 29, f. 325v.
35. Al examinar la población censada en el año de 1778 z, se puede observar cla-
ramente cómo el grupo de mestizos o “gentes de varios colores” representaba un
46.5%. Tovar, op. cit., 394.
36. José Enrique Sánchez, “Una república de vagos y malentretenidos, Santa Fe de
Bogotá 1765-1810”, en: Casa, vecindario y cultura en el siglo xviii (México: Instituto
Nacional de Antropología e Historia, 1998), 76.

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Roger Pita Pico

intentó definir ese tipo de personas por cuya tacha debían ser enviadas durante
seis años al servicio de las armas en la guarnición de Cartagena. Para el efecto,
se definieron centros de reclutamiento en varios puntos del Nuevo Reino de
Granada:
…en la clase de vagos y malentretenidos se comprenden los que sin
tener renta de qué subsistir, sin destino a la labranza, algún oficio mecáni-
co y otra honesta ocupación, viven ociosos en paseos, diversiones y riñas,
particularmente a deshoras de la noche por lugares sospechosos…dedi-
cándose al ocio y entretenimientos perjudiciales en tabernas y juegos con
reincidencia en la vida voluptuosa despreciando por tercera vez las amo-
nestaciones de los padres, amos y jueces.37

Desde muy temprano, la Corona dictó medidas tendientes a moderar el


monto de las apuestas y a mantener bajo la mira a los sitios de juego. El 1º de
mayo de 1753, los alcaldes de la ciudad de Cali dictaron un auto contra los jue-
gos de dados, juegos de albur, boliches y bis bís porque congregaban a muchas
gentes a jugar o a ver “mujeres del popular”, de lo cual resultaban perjuicios
“para ambas Majestades”. La orden era ubicar estos juegos y quemarlos en la
plaza pública. Si se descubría que los promotores eran foráneos, había orden de
desterrarlos. Si los acusados eran de la región, se les impondría una multa de 10
patacones, tal como se había previsto en autos de buen gobierno emitidos en
1740 y 1751.
Dentro de las indagaciones, se levantaron cargos contra el genovés Bernar-
do Carcaño. Al ser interrogado, adujo que explotaba como arrendatario la mesa
de truco de doña Baltasara Prieto de la Concha, en un local ubicado en el marco
de la plaza, diagonal a la iglesia matriz. Este extranjero no veía tanto perjuicio
en su actividad ya que alegaba que solo llegaba la gente principal de la ciudad en
busca de esparcimiento honesto. Reconoció que mantenía allí también boliche
y bis bís y que incluso había exhibido esos juegos en las mansiones de los más
notables, incluyendo la casa cural. De antemano, solicitó permiso para pagar
un impuesto de 50 patacones anuales con tal de que se le permitiera seguir con
sus juegos. Finalmente, las autoridades decidieron prohibirle a él y al francés
Pedro Tessier el manejo de los referidos juegos aunque se les libró de la orden de
destierro por tenerse en cuenta que se desempeñaban en otros oficios útiles38.

37. AGN, Sección Colonia, Fondo Milicias y Marina, tomo 39, ff. 287v-288r.
38. Gustavo Arboleda, Historia de Cali, t. II (Cali: Biblioteca de la Universidad del
Valle, 1956), 251-252.

[ 128 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

A medida que avanzaba el período colonial, se hacía más dispendioso con-


trolar la creciente población de forma que las autoridades se quedaban cortas
para desempeñar cabalmente su cometido y las medidas adoptadas parecían
resultar inocuas. En general, como todo lo prohibido, se requería redoblar los
esfuerzos para lograr un efectivo control, especialmente en las zonas apartadas
de los marcos jurisdiccionales de villas y ciudades.
Era imperioso entonces contar con una legislación más completa y estric-
ta, tal como se hizo en 1771. En ese año, bajo el virreinato de don Pedro Messía
de la Zerda, salió a la luz pública una cédula real en atención al extendido vicio
de los dados y otros juegos prohibidos, los cuales causaban detrimento econó-
mico a los vecinos y a sus familias, desatándose pendencias y hasta homicidios
entre “tanta gente ociosa y vagabunda”. Como a pesar de las penas vigentes,
multas y destierros continuaban los desórdenes, se pensó en la necesidad de
penalizar de una manera más contundente a los contraventores mediante la
publicación de un bando. Al que fuese sorprendido jugando, si era plebeyo, en
la primera vez sería remitido a las fábricas de la ciudad de Cartagena para que
sirviera allí a ración y sin sueldo por el término de cinco años y, si reincidía, se-
ría enviado a España a trabajar en las galeras durante igual período de tiempo.
Si el infractor era noble, le esperaba un destierro de cuatro años en el presidio
de Cartagena y, si incurría en una segunda vez, sería trasladado a un encierro en
África por otros seis años.
Para contrarrestar la costumbre que tenían estas casas de trucos y juegos
prohibidos de mantener sus puertas abiertas hasta bien tarde incomodando al
vecindario, en adelante solo se autorizaría hasta las nueve de la noche so pena al due-
ño de un mes de cárcel y, si persistía en su desacato, soportaría cuatro meses con
grilletes en las obras públicas. Asimismo, se suspendió el porte de armas para
evitar peleas y se pidió combatir y atarear a las gentes ociosas39.
Apenas habían transcurrido unos pocos meses, cuando don Joaquín de
Aróstegui, don Juan Francisco Pey y demás miembros de la Real Audiencia,
le notificaron al virrey que, aún después de las severas políticas adoptadas, se-
guía en aumento el juego de dados y otros prohibidos ante lo cual este órgano
de justicia procedió a emprender en Santa Fe acciones tendientes a paliar esa
“criminosa ocupación”. Fue así como el oidor Benito del Casal se apersonó de
la situación y con la ayuda de un fiscal aplicaron las condenaciones y multas co-
rrespondientes. Se puso de presente la cautela de los jugadores para ocultarse en
diversas casas so pretexto de una honesta diversión y así burlarse de las normas,

39. AGN, Sección Colonia, Fondo Virreyes, t. 9, ff. 138r-142r

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 115-142 [ 129 ]


Roger Pita Pico

además de la práctica común de encubrirse los unos con los otros con tal de no
terminar inmiscuidos. Incluso en una de esas redadas llegó a verse comprome-
tido un familiar del mismo virrey40.
A los dos años de vigencia de esta directiva virreinal, don Joseph Fernando
Mier y Guerra enteró a Messía de la Zerda sobre las operaciones verificadas en
su jurisdicción de la villa de Mompós. Hizo explícito todo su interés y esfuerzo
para que “la gente vaga, tramposa, ratera y escandalosa” que solo vivía del vicio
de los juegos fuese arreglada y corregida de suerte que experimentara el debido
escarmiento. Se decidió entonces en esta provincia castigarlos “con un grillete a
ración” y sin sueldo, destinándolos en el tiempo de condena a la fábrica de casas,
a la destilación del aguardiente de caña y, cuando no hubiere obras públicas
pendientes, serían entregados a los dueños del tejar con ración y un moderado
trabajo, debiendo dormir todas las noches en la cárcel pública para mayor segu-
ridad. Se aclaró que esta clase de medidas punitivas habían sido contempladas
en atención a que la simple celda no les enmendaba sus vicios y defectos ya que
allí seguían cultivando el ocio mientras que ocupándolos habría más esperan-
zas de que superaran la pereza41.
Aún con todas las acciones puestas en práctica, las irregularidades no pa-
recían ceder en los años finales del siglo xviii. En 1793 se siguió una causa
contra Ignacio Mendoza por mantener una mesa pública de truco, rueda de
fortuna y otras diversiones en el pueblo de Guateque sin la debida licencia. Se-
gún las denuncias, allí concurrían personas provenientes de lugares cercanos
como Somondoco, Tenza, Tibirita y Suta, quienes al calor de las apuestas so-
lían empeñarle navajas y varias prendas de ropa como pañuelos y ruanas. De
manera inexplicable casi siempre salía ganando Mendoza a quien además se le
culpó de arrendar ocasionalmente el truco a otras personas siendo muy flexible
respecto a la participación de hijos de familia y gentes de todas las edades y ca-
lidades. Don Manuel Núñez de Balboa, corregidor de partido, lo encarceló y le
negó la posibilidad de volver a instalar su negocio so pena de cincuenta pesos42.
En atención a haberse mandado por ley que todos los años los jueces de las
ciudades proveyeran autos de buen gobierno para el arreglo y tranquilidad de
sus jurisdicciones, los alcaldes ordinarios de Anserma ordenaron el 4 de febrero
de 1797 no aceptar juego de naipes “de los prohibidos” so pena de cuatro pesos
para el responsable de la casa y para los jugadores, y un peso para los “mirones”.
En virtud a esta disposición, se le fijó multa a un esclavo mulato de nombre Joseph
40. AGN, Sección Colonia, Fondo Milicias y Marina, t. 147, ff. 882r-883v.
41. AGN, Sección Colonia, Fondo Milicias y Marina, t. 127, ff. 1.030r-1.031v.
42. AGN, Sección Colonia, Fondo Criminales, t. 173, ff. 845r-864v.

[ 130 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

Antonio y a ocho vecinos del lugar por estar involucrados en el juego de “la
primera”. Se les advirtió que, si volvían a recaer, recibirían sanciones adiciona-
les. Además, se pusieron en cuestión las nefastas consecuencias que se seguían
por apostar lo trabajado, con la ruina para sus familias “y las graves ofensas que
contra Dios y el Rey se cometen”. No obstante, la mayoría de los señalados reco-
nocieron estar enterados de tales restricciones y que sus apuestas solo oscilaban
entre cinco reales y cuatro pesos. Algunos fueron encarcelados tras alegar no
tener cómo pagar mientras que otros se apoyaron en la norma que habilitaba a
los “hombres de distinción” a jugar hasta diez pesos43.
En Cartagena se denunció que no habían bastado las providencias dic-
tadas por el gobierno provincial en 1782, 1785, 1786 y 1787 para contener los
juegos prohibidos de envite durante las fiestas de la Virgen de La Popa. Ruina
para muchos hogares y enormes perjuicios por la gran proliferación de ociosos,
eran el resultado del aumento desmedido de estos juegos de suerte. Por eso,
se otorgaron facultades especiales al alguacil mayor para vigilar que nadie se
dedicara a los juegos de azar y únicamente se diera vía libre a las diversiones
honestas que en adelante solo podían disfrutarse hasta las seis de la tarde en las
hospederías y en las afueras de dicho santuario44.
Por estos años, en Santa Fe los excesos tampoco parecían dar tregua. Allí el
procurador José Ignacio San Miguel pidió redoblar la vigilancia sobre los juegos
proscritos. Reconoció que en todas partes de la ciudad era patente la pasión
por esta entretención que por demás había alcanzado límites insospechados,
quedando muchos completamente en la miseria, razón por la cual no dudó en
considerarlo como “uno de los vicios más perjudiciales al público”. Las casas de
juego eran, según él, nidos de delincuentes y holgazanes.
De acuerdo a la Real Pragmática del 6 de octubre de 1771, solo en las casas
de truco estaba permitido el juego de damas, ajedrez, tablas reales y chaquete.
En consecuencia, se pidió al virrey advertir a las personas que tuvieran botille-
rías, cafés o trucos, sobre las penas a que serían sometidos si favorecían juegos
prohibidos, recordándoles además vedar la entrada de criados, hijos de familia
y estudiantes, y en los días hábiles no tolerar artesanos ni jornaleros de todas las
clases. El procurador propuso que estas providencias de 1771 fueran entregadas
a cada dueño de casa de juegos a fin de que fueran expuestas públicamente para
conocimiento de todos, y así, ninguno pudiera pretextar ignorancia. Persuadió
asimismo al virrey para que les recalcara a los alcaldes ordinarios y de cada
43. AGN, Sección Colonia, Fondo Policía, t. 8, ff. 76r-90v.
44. José P. Urueta, Documentos para la historia de Cartagena, t. VI (Cartagena: Tip.
de Araújo L. a cargo de Gabriel E. O´Byrne, 1891), 50-51.

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Roger Pita Pico

barrio visitar frecuentemente estos lugares o, de lo contrario, debían responder


por los daños que se derivaran de omitir tales diligencias.
En respuesta a estas recomendaciones y con apego a la ley, el fiscal de tur-
no se encargó de hacer efectiva la publicación del bando. Como iniciativa pro-
pia, el funcionario determinó además que los denunciadores recibirían parte de
las multas guardándoles el secreto de la delación y se libró orden a las justicias
de Santa Fe para que cada tres meses rindieran informes detallados de las ac-
tuaciones implementadas. A los cuatro meses de notificados estos mandatos,
don José de Riva y don Juan Josef Navarro, alcaldes de la ciudad, enviaron una
misiva al virrey reiterándole que habían atendido fielmente las instrucciones en
virtud a las cuales estaban en curso varios expedientes y cerrados unos cuantos
establecimientos de juegos prohibidos45.
Con motivo de la festividad efectuada cada año a la imagen de Nuestra
Señora del Campo que se veneraba en el convento de San Diego de esta capital,
era costumbre levantar tiendas de mercado en las áreas circundantes a dicho
santuario. Sin embargo, las últimas experiencias habían demostrado que, en vez
de víveres y productos cotidianos, lo que realmente pululaba allí eran las ventas
de todo género de licores y mesas de juego que hacían perder grandes canti-
dades de dinero a los pobladores, quedando muchos de ellos en la inopia. Una
situación similar se detectó con ocasión de la celebración en honor a la Virgen
de la ermita del barrio Egipto.
Al llegar estas denuncias a oídos del Consejo de Indias y, de acuerdo con
lo dispuesto por la ley 2ª, título 2º, libro 7º de las Leyes Municipales, se deter-
minó que bajo ningún pretexto se permitiría la instalación de estos tablajes de
juegos, procediendo contra los dueños de estas tiendas y contra los visitantes,
conforme a la gravedad de los excesos cometidos. Del mismo modo, se requirió
el apoyo del arzobispado para que ejerciera los controles respectivos46.
Las riñas de gallos también requirieron de controles oficiales como lo de-
muestra la solicitud impetrada en Santa Fe hacia el año de 1795 por don Juan
Antonio de Asprilla para que se nombrara un nuevo juez en la casa de gallos que
fuera capaz de sofocar los incesantes pleitos y trampas que allí se suscitaban47.
Haciendo un balance general, en realidad son muy pocas las pruebas que
demuestran la aplicación de las estrictas medidas sancionatorias48. Casi siempre,

45. AGN, Sección Colonia, Fondo Policía, t. 11, ff. 9r-14v.


46. AGN, Sección Archivo Anexo, Fondo Historia, t. 24, ff. 35r-36r.
47. AGN, Sección Colonia, Fondo Miscelánea, t. 99, f. 609r.
48. Sobre la legislación en otras partes de la América hispánica, véase: Teresa Lozano
Armendares, “Los juegos de azar ¿una pasión novohispana?”, Estudios de Historia

[ 132 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

los castigos no iban más allá de la simple amonestación, la cárcel y las penas
pecuniarias. A esto se sumaba el hecho de que muchos se escabullían del control
de las autoridades bajo el argumento de que habían apostado cortos intereses o
que solo jugaban por mera diversión. Para esquivar las redadas adelantadas por
las instancias policivas, los aficionados optaban por cambiar periódicamente de
lugar para sus encuentros furtivos. No era extraño tampoco detectar compli-
cidades entre las autoridades y algunos jugadores de noble procedencia, todo
con el ánimo de evitar roces entre ellos en su calidad de integrantes del mismo
estatus social.
Sin lugar a dudas, la persecución se ensañó con los sectores bajos de la
población, pues se pensaba que sus espacios de esparcimiento eran más suscep-
tibles a los desenfrenos, los escándalos y las riñas. En el siglo xviii esas sospe-
chas se tornaron más pronunciadas en razón al incremento generalizado de la
tensión social y al temor que esto suscitaba en los gobernantes ante el inminente
riesgo de alteración del orden social.
Hay que tener en cuenta además que los juicios relacionados con el juego
terminaron siendo secundarios frente a crímenes más graves como homicidios
o delitos sexuales que movilizaban más la atención del precario aparato de jus-
ticia. Pero lo más paradójico de todo es que el propio Estado colonial español,
que demostró ser tan implacable con estas diversiones, fue a la larga uno de sus
entusiastas promotores a través del monopolio de los naipes y el manejo de la
lotería con fines asistenciales, ambos con innegables intereses de favorecer al
erario.

Impuestos y estancos

Al igual que el aguardiente, la pólvora y el tabaco, los naipes también fue-


ron objeto de monopolio fiscal. Mediante cédulas reales emanadas en 1572 y
1584, se estableció el estanco de este ramo para las provincias del Nuevo Reino
de Granada. Su propósito era servir de freno al vicio del juego, limitar la abun-
dancia de barajas y encarecer su precio, así como procurar nuevos ingresos a
las arcas del Estado colonial. Hasta ese momento habían primado los castigos
y sanciones para quienes practicaran este juego pero ahora el carácter de las
medidas era no solamente restrictivo sino que había que encausar el juego para
que no fuera a perturbar la tranquilidad pública49.
Novohispana 11 (1991): 155-181.
49. María Ángeles Cuello Martinell, “La renta de los naipes en Nueva España”, Anua-
rio de Estudios Americanos 22 (1965): 213-335.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 115-142 [ 133 ]


Roger Pita Pico

Se ordenó exhibir los naipes que reposaran en poder de particulares para


que fueran debidamente registrados y reglamentar así el cobro de sus derechos,
para lo cual cada baraja debía venir envuelta, atada con hilo, impresa con el sello
Real y con la firma correspondiente de los oficiales del ramo50.
En las postrimerías del siglo xvii se estableció en Santa Fe una fábrica pero
de muy poca factura, lo cual marcaba una notable desventaja con las barajas
extranjeras que eran constantemente introducidas de contrabando a precios
más cómodos y de mejores calidades. En razón a esta situación, se recordó que
las barajas solo podían venderse en los estancos y que nadie más podía negociar
con ellas. Al cerrarse la producción en la capital, comenzó la importación desde
la fábrica de Macharaviaya en la provincia de Andalucía en España con tres ca-
lidades diferentes cuyos precios oscilaban entre cuatro y cinco reales. Se ordenó
entonces la exclusiva comercialización de los productos provenientes de esta
factoría y quedó vedada la compra y uso de naipes foráneos51.
No obstante estas determinaciones, siguieron llegando noticias sobre el ex-
cesivo ingreso ilegal de naipes extranjeros con su evidente efecto nocivo sobre la
fábrica española y la Real Hacienda. Ante las irregularidades y dificultades que
entorpecían el buen funcionamiento de estas rentas, la política borbónica apli-
cada por el rey Carlos iii respondió con dispositivos más severos de control para
poner fin a los abusos y lograr mayores índices de rendimiento económico52.
En 1790, por ejemplo, en Honda se reportaron 21.030 barajas legales y
1.335 extranjeras53. Ante esto, la Corona creyó conveniente proporcionar pre-
cios competitivos de tal modo que los vasallos se surtieran de los productos
oficiales de Macharaviaya con igual o mayor ventaja que los de contrabando.
Así las cosas, se dispuso que a partir de la fecha los naipes superfinos quedaran
rebajados a cuatro reales, los finos o también llamados de “revesino” a tres y los
comunes o “cascarela” a dos54.
La renta en un principio registró un sensible aumento ya que de 28.737
pesos recogidos en el período abarcado entre 1779 y 1782, se pasó a 51.996
en el cuatrienio siguiente55. Sin embargo, circunstancias como la guerra con
50. AGN, Sección Archivo Anexo, Fondo Reales Cédulas y Órdenes, t. 1, f. 354v.
51. Pablo Cárdenas Acosta, Del vasallaje a la insurrección de los Comuneros (Tunja:
Imprenta Departamental, 1947), 352-353.
52. Cuello, “La renta de los naipes…, 14.
53. AGN, Sección Archivo Anexo II, Fondo Administración de Naipes, caja 2, carpeta
1, f. 67r.
54. AGN, Sección Colonia, Fondo Empleados Públicos-Miscelánea, t. 26, f. 467r.
55. Germán Colmenares, Relaciones e Informes de los Gobernantes de la Nueva Gra-
nada, t. I (Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 1989), 473-474.

[ 134 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

Inglaterra y la demora en las remesas impidieron satisfacer las demandas del


consumo, lo cual trajo como consecuencia una desaceleración en las utilidades
de este ramo.
Don Pedro Fernández de Madrid, director general de Rentas, expuso en
1797 al virrey la inocultable escasez de barajas en una extensa parte del Nuevo
Reino de Granada, especialmente en Santa Fe, Honda, Santa Marta y Cartagena.
Ante este impasse, se solicitó permiso para que fuera enviada una parte de los
ochenta cajones de naipes de todas las clases que hacía poco habían mandado
a Guayaquil y, previendo además que esta mercancía no alcanzara a sufragar la
demanda general, se pidió remitir no menos de 25.000 barajas de las arribadas
a Lima56. A pesar de este y de otros esfuerzos previos que incluyó el envío de
45.987 barajas en 1795, cuatro años después el nuevo director Carlos de Espada
mantenía viva la queja sobre la deficiente provisión57.
A estos vaivenes en la rentabilidad del estanco se le sumaron algunos tur-
bios manejos, factores estos que conllevaron a la supresión del ramo a princi-
pios del siglo xix. En la villa de Honda se siguió una causa criminal contra don
Tomás Carrasquilla, mercader y juez subdelegado de bienes de difuntos y here-
deros, por mantener en forma continua juegos prohibidos de naipes en su casa
con crecidas apuestas pero, sobre todo, por vender barajas usadas y extranjeras.
Diez de los vecinos indagados dieron testimonio de que allí se jugaba “primera”,
“cacho”, “pasadiez”, “el parar” y “albures”. El mismo Carrasquilla aceptó que su
morada era sitio de encuentro pero aclaró que solo se congregaban personas
decentes y “principales”, quienes según él, podían jugar cualquier cantidad por-
que nadie tenía la potestad de fiscalizar su comportamiento en el ámbito pri-
vado de su domicilio. En apego a la Instrucción General de Naipes y por claro
desafío a la autoridad, don Simón Tadeo de Plaza, contador principal de la renta
de aguardiente y naipes de la villa, redujo a Carrasquilla a prisión y embargo de
bienes mientras que su esclavo fue asegurado también tras las rejas al descubrir-
se que vendía clandestinamente barajas usadas a real y medio58.
Otra alternativa de control era la creación de impuestos para los sitios
autorizados de juegos, con lo cual se buscaba mayor legalidad pero también se
apuntaba a detener su proliferación desmedida. Asimismo, el gobierno veía en

56. AGN, Sección Colonia, Fondo Empleados Públicos-Miscelánea, t. 26, ff. 406r y v.
57. El ramo perduró hasta el advenimiento de las guerras de Independencia pero, al
final, el gobierno republicano lo abolió con la idea de fomentar la industria nacional,
la cual aún en 1816 no se había conseguido instalar a pesar del intento de algunos
empresarios. Colmenares, op. cit., t. III, 308-309.
58. AGN, Sección Colonia, Fondo Criminales, t. 25, ff. 296r-317v.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 115-142 [ 135 ]


Roger Pita Pico

esa serie de medidas fiscales una nueva oportunidad para acrecentar sus arcas y
eventualmente cumplir con alguna función de beneficio social.
El mencionado misionero capuchino Joaquín de Finestrad propuso en la
octava década del siglo xviii que, para promover los adelantos del Nuevo Reino
de Granada, era conveniente gravar los juegos y chicherías con la finalidad espe-
cífica de recaudar recursos dirigidos a la fundación y conservación de escuelas
públicas59.
Hacia el año de 1798 en la parroquia de Puente Real se dispuso que las
rentas producto de dos mesas de truco y cuatro tiendas de pulperías, junto a
lo arrojado por los derechos de pontazgos de los puentes ubicados sobre el río
Suárez, fueran reservadas para el pago de un maestro de primeras letras que
garantizara educación a los jóvenes del lugar60. Por esos mismos días en la pa-
rroquia de Bucaramanga, el alcalde sorprendió a cinco adiestrados jugadores
de dados en la casa de truco de don Francisco Arenas. Las autoridades les im-
pusieron una multa de 10 pesos para pagar entre todos, cuyos recursos fueron
sumados al presupuesto para la obra pública del puente de las Nieves61.
Años más tarde, el cabildo santafereño tuvo a bien disponer que las con-
tribuciones obtenidas en el sorteo de la lotería fueran destinadas para aprontar
una casa que sirviera de castigo y contención de prostitutas y mujeres abando-
nadas62.
Al parecer, en algunas partes de las colonias en América era usual que los
juegos de truco y bolas ofrecieran un emolumento adicional o gratificación a
las autoridades militares pero esto fue derogado terminantemente en 1789 por
el propio gobierno peninsular63.

Las divergencias en torno a las licencias

Tal como era previsible, las peticiones de licencias de juegos de azar se


acrecentaban en temporadas de fiestas cuando había más campo a la lúdica
pública. Desde luego, las autorizaciones implicaban la observancia de ciertas
normas de funcionamiento y de orden público.

59. Finestrad, El Vasallo Instruido…, 157.


60. Armando Martínez Garnica, La Provincia de Vélez: orígenes de sus poblamientos
urbanos (Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 1997), 119.
61. CDIHR-UIS, Archivo Judicial de Girón, paquete 5, ff. 1.121r-1.129v.
62. Correo curioso, erudito, económico y mercantil de la ciudad de Santafé de Bogotá
(Bogotá: Biblioteca Nacional, 1993), 139-146.
63. AGN, Sección Colonia, Fondo Empleados Públicos-Miscelánea, t. 31, ff. 319r-321v.

[ 136 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

En especial, hubo preocupación en bregar porque los dueños de tales es-


tablecimientos cumplieran con algunas calidades humanas y morales. Esta fue
justamente la intención que inspiró a los mandatarios de la ciudad de Girón, al
momento de redactar un auto de buen gobierno en 1788: “…Que ninguno sea
osado a formar ni establecer en su casa garitas ni mesas de juego de suertes, pa-
ros, envites, ni aún con fingido pretexto de mera diversión pues ésta la podrán
tener en los juegos permitidos los hombres de honor y de caudal conocido hasta
la campanada de la quieta y no más…”64.
El otorgamiento de permisos tampoco estuvo exento de influencias co-
rruptas, una situación que suscitó la alarma y el desconcierto entre las autorida-
des. Así lo detectó en 1778 el visitador Francisco Antonio Moreno y Escandón al
hacer su arribo a la población de Mogotes, en jurisdicción de la ciudad de Vélez:
…mereciendo indignación y severo castigo el detestable abuso de
que no solo autoricen los jueces los juegos de envites, naipes y dados que
deberían prohibir y castigar, sino que los rondan percibiendo dinero por
autorizar este exceso en las fiestas que anualmente se solemnizan por el
mes de enero. Se prohíbe severa y estrechamente que en adelante con este
ni cualquier otro pretexto se permita ni tolere juego alguno.65

Se hizo entonces un enérgico llamado a estos permisivos mandatarios lo-


cales e incluso al corregidor para que, en vez de auspiciar estos juegos proscritos
por las normas, se dedicaran más bien a erradicarlos y a penalizar eficazmente
a sus practicantes, calificados como “delincuentes”. Un plazo de dos meses se les
dio a quienes en ese momento ocupaban el cargo de alcaldes partidarios para
que, por un lado, sus antecesores implicados recibieran justos castigos y entre-
garan al fisco real las cantidades fraudulentamente recaudadas y, por el otro,
para que reconstruyeran el listado de los adquirientes de esas licencias sobre
quienes también recaería el accionar de la justicia.
En muchas ocasiones, las mismas autoridades no se ponían de acuerdo
respecto al otorgamiento de estas licencias, presentándose por lo tanto incon-
gruencias en los diferentes niveles de gobierno. Esas disconformidades, que se
percibieron tanto en la estructura vertical como en la horizontal, se volvieron
más frecuentes a medida que se hacía más frondosa la administración colonial66.

64. CDIHR-UIS, Archivo Judicial de Girón, paquete 1, f. 1.659r.


65. AGN, Sección Colonia, Fondo Visitas de Santander, tomo 2, f. 981r.
66. Sobre este tema véase: Carmen Ruigómez Gómez, “Conflictos entre los grupos
de poder quiteños en torno a los juegos de azar (1737-1747)”, Estudios Humanistas.
Historia 4 (2005): 223-240.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 115-142 [ 137 ]


Roger Pita Pico

En la práctica, todo el dilema estribaba en la falta de claridad sobre la preemi-


nencia de competencias en decisiones de esta naturaleza. Autoridades locales,
provinciales y virreinales se trenzaban en un agudo choque de poderes que
creaba desconcierto e incertidumbre con el agravante de que a veces quedaban
al descubierto intereses particulares de estos funcionarios.
El virrey José Alfonso Pizarro había aprobado a mediados de siglo licen-
cias para que funcionaran en Zipaquirá tres mesas de truco para el disfrute
de “la gente honrada”, con la condición de pagar un impuesto al cabildo de la
ciudad. Sin embargo, unos años después la sala capitular autorizó de mane-
ra unilateral otras dos mesas de truco, además de varios patios de bolas. Esta
última determinación motivó en 1766 a Francisco Gutiérrez Rosales, teniente
corregidor de partido, a censurar los desórdenes y ofensas suscitadas en torno a
estos juegos por cuanto se encontraban retirados del pueblo donde no podían
estar atentos los jueces para poner freno a las persistentes ebriedades y juntas de
vagabundos “y otros varios delitos contra ambas Majestades”. En conclusión, el
corregidor pidió al gobierno superior excluir de esa comarca las mesas de truco
y en especial los patios de bolas o, por lo menos, que solo subsistieran las tres
mesas que habían sido autorizadas anticipadamente por el virrey67.
Cuando corría el año de 1800 en Santa Fe, el alférez real Luis Caicedo Ca-
ballero entró en desacuerdo con el alcalde Lucas Herazo y Mendigaña por ir en
contra de la ley al otorgar licencias para el juego de bis bís en las tradicionales
fiestas realizadas en el sitio de Egipto, en las cuales se habían observado innu-
merables anomalías. El alcalde alegaba tener el fuero para emitir tales avales
y que, cuando estas diversiones se llevaban a cabo en Bosa y Fontibón, no se
había reportado ningún percance. Al final, la divergencia fue zanjada por el fiscal
de turno, quien le concedió la razón al cabildante por cuanto estaba por encima de
cualquier consideración el fiel cumplimiento de las normas vigentes mientras
que Herazo no tenía la facultad para repartir esos permisos que eran del resorte
de sus superiores. Por el contrario, su obligación era justamente combatir la
presencia de este tipo de juegos prohibidos68.
En Cartagena se presentaron también algunas controversias precisamente
en los días en que se llevaban a cabo las fiestas de Nuestra Señora de la Popa.
Don José María del Real, alcalde de la ciudad, repudió los sucesivos robos, las
borracheras, los desórdenes y hasta las tentativas de asesinato acaecidas con
ocasión de los juegos de batea, boliche y naipes a los que solían asistir regular-
mente militares de bajo rango. El funcionario sintió coartadas sus facultades
67. AGN, Sección Colonia, Fondo Empleados Públicos-Cartas, t. 2, ff. 535r-536v.
68. AGN, Sección Colonia, Fondo Policía, t. 6, ff. 65r-92v.

[ 138 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

por el gobernador militar de la plaza don Blas de Soria, quien terminó siendo
permisivo con estos juegos a pesar de estar previamente desterrados. Gracias
a estas concesiones, los envites se habían extendido con más libertad compro-
metiendo la apuesta de crecidas cantidades hasta los días de carnaval, trasla-
dándose incluso al coliseo de la ciudad. A Juan de la Cruz Pérez, su más visible
promotor, le levantaron cargos por estafa pero quizás el delito más comprome-
tedor era el de cohecho por cuanto su táctica consistía en halagar con bailes y
comidas al sargento y tropa de guardia a cambio de que se abstuvieran de dictar
sanciones contra las tropelías desprendidas de aquellas juntas ilícitas69.
También hay indicios que atestiguan la ocurrencia de disputas entre los
poderes civil y clerical, tal como aconteció en Soatá hacia el año de 1757 cuando
el alcalde mandó quitar del marco de la plaza unos patios de bolos que al pa-
recer acarreaban graves alteraciones del orden. Sin embargo, esta directriz que
había sido instaurada con antelación por el corregidor de Tunja fue desestima-
da de tajo por el cura de la parroquia, don Ignacio Mancera, quien promovió el
restablecimiento de la pública entretención. Al instante en que el mandatario
local quiso de nuevo hacer respetar su ley, se desató un tumulto entre el vecin-
dario en repulsión a la medida restrictiva, protesta que se fraguó bajo la égida
del mismo líder religioso70.

A manera de corolario

Sin lugar a dudas, la pasión por el juego se extendió a prácticamente todos


los sectores sociales sin distingo de sexo, raza o posición social. Existen pruebas
de que incluso aquellos que ostentaban algún nivel de poder, ya fueran funcio-
narios, religiosos o militares, sucumbieron también a la tentación de esta prác-
tica71. Era, sin lugar a dudas, una fórmula fácil y accesible de romper la rutina y
la monotonía aldeana reinante en aquel entonces, caracterizada por los ritmos
de vida pausados.
En resumidas cuentas, los documentos de archivo consultados demues-
tran que los controles de las autoridades no fueron tan efectivos. Sea como fue-
re, frente a la estigmatización del tiempo libre, en algunas circunstancias se optó
por cierta tolerancia a sabiendas de que había que canalizar la afición por los

69. AGN, Sección Colonia, Fondo Miscelánea, t. 10, ff. 833r-859v.


70. AGN, Sección Colonia, Fondo Curas y Obispos, t. 8, f. 886r.
71. Para profundizar sobre las implicaciones de este tipo de jugadores, véase: Roger
Pita Pico, “La afición de funcionarios, militares y religiosos a los juegos de azar”,
Revista Credencial Historia 215 (2007): 11-15.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 115-142 [ 139 ]


Roger Pita Pico

juegos, prácticas estas que estaban muy arraigadas entre la población y que, aún
por encima de las presiones laborales y económicas del Estado colonial español,
era importante conceder algunos espacios para el goce del tiempo libre en res-
puesta a la necesidad innata del ser humano.
Es indudable que el ámbito coloquial de aquella época contribuía para
delatar fácilmente a los infractores, todo ello debido a la borrosa línea que divi-
día al ámbito público del privado. A pesar de esto, no hay duda de que los casos
fueron mucho más abundantes de los que finalmente salieron a flote y que ame-
ritaron la apertura de expedientes a los que hoy se puede acceder. La clandesti-
nidad y la ilegalidad de los juegos de azar eran dos realidades que coexistieron
paralelamente dificultando el accionar de la justicia.
Después de todo, la pasión por el juego siguió viva en las postrimerías del
periodo colonial, a comienzos del siglo xix, en medio de un ambiente signado
por la tensión social y política en la antesala de la lucha militar por la Indepen-
dencia. Nuevos retos asumiría el naciente gobierno republicano para mantener
el control sobre estas actividades lúdicas aunque ya no con la misma rigurosi-
dad y censura moral observada en tiempos del dominio hispánico.

[ 140 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Censuras y regulaciones a los juegos de albur
en el Nuevo Reino de Granada, siglo xviii

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[ 142 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

La limpieza de sangre bajo


las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe
Neogranadino
A line He lg
Univers i da d de Gi n e br a , Su i za
al i n e.h e lg@uni ge.ch

Resumen

En la América española colonial, las pruebas de limpieza de sangre


sirvieron principalmente para excluir a las personas libres de ascendencia
africana de los privilegios, honores y empleos reales. Sin embargo, la rea-
lidad demográfica presentó problemas para su aplicación estricta, ya que
los blancos calificados para la limpieza de sangre eran demasiado pocos
para ocupar todos los cargos reservados a ellos. La necesidad de defender
eficazmente su imperio obligó a la Corona española a reclutar milicianos
pardos y morenos y extenderles privilegios reservados a blancos. La im-
posición del tributo de indios y el tributo de castas a los libres de color y
la Real Pragmática sobre matrimonios a una población caracterizada por
el mestizaje también creó problemas insuperables. Este artículo analiza
cómo el Consejo de Indias, la élite peninsular y criolla blanca, y los libres
de color interactuaron para reforzar o limitar la exigencia de la limpieza
de sangre, tanto en el conjunto de “las Indias” españolas como en el caso
particular de la Nueva Granada caribeña.

Palabras clave: raza, sangre, color, Nuevo Reino de Granada.


Recibido: 16 de octubre de 2013. Aceptado: 30 de mayo de 2014.

[ 143 ]
Blood purity under bourbon
reforms and its impact on the
Caribbean Neogranadino
Aline He lg

Abstract
In colonial Spanish America, proofs of limpieza de sangre (blood
purity) served mainly to exclude free people of African descent from
privileges, honors, and royal positions. However, demography prevented
their strict requirement, as whites qualifying for blood purity were too
few to fill all the offices reserved to them. In order to defend its empire,
the Spanish monarchy had to recruit black and mulatto militiamen and
to grant them the same privileges as to white soldiers. The imposition
of specific head taxes to Indians and free people of color as well as royal
legislation on marriages on a racially mixed population created insolv-
able problems. This article analyzes how the Consejo de Indias, in Ma-
drid, the Spanish born and creole white elite and the free people of color
interacted to strengthen or weaken the rule of blood purity in societies
characterized by mestizaje by focusing first on Spanish America and then
on the specific case of Caribbean New Granada.

Keywords: race, blood, color, New Kingdom of Granada.

Cómo citar este artículo:


Helg, Aline. “La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas y su impacto en el caribe
neogranadino”. Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 143-180.

[ 144 ]
La limpieza de sangre a principio de la
colonización española

Como en la península ibérica, en los territorios americanos conquistados


por España la legislación real exigía la prueba de limpieza de sangre, de naci-
miento legítimo y de honorabilidad para la designación en la mayoría de cargos
civiles, militares y eclesiásticos; para la admisión en establecimientos de edu-
cación secundaria y superior, el ejercicio legal de ciertas artes y oficios y para
todo tipo de privilegios y honores1. También en América como en la península
ibérica, era hereditariamente degradante el ejercicio de los oficios “mecánicos”
o manuales. Para ser habilitado para cargos y honores reales, el candidato tenía
que documentar una genealogía que demostrara tres generaciones de limpie-
za de sangre, honorabilidad y nacimiento legítimo tanto del lado de su padre
como del de su madre y proporcionar testigos que declararan en su favor2. Sin
embargo, cuando el concepto de limpieza de sangre fue trasferido de España a
América, se adaptó a su nuevo contexto.3 En el “Nuevo Mundo”, las autoridades
1. Véanse, por ejemplo, “R. C. que para el ejercicio de las artes y oficios no haya de
servir de impedimento la ilegitimidad” (2 de septiembre de 1784), en Colección de
documentos para la historia de la formación social de Hispanoamérica, 1493-1810,
Vol. 3, Segundo Tomo (1780-1807), ed. Richard Konetzke (Madrid: Consejo Supe-
rior de Investigaciones Científicas, 1962), 539-540; y “Real habilitación de un hijo
natural para ejercer el oficio de escribano y notario real de las Indias” (23 de mayo
de 1791), en ibídem, 691-692.
2. Estas investigaciones eran tan importantes en la sociedad colonial que se archiva-
ban en “fondos de genealogía” todavía accesibles a los historiadores.
3. Albert A. Sicroff, Les controverses des statuts de «pureté de sang» en Espagne du
15e au 17e siècle (Paris: Didier, 1960); David Nirenberg, «Was there Race before

[ 145 ]
Aline Helg

reales y eclesiásticas y los españoles “puros” ajustaron el estigma utilizado en la


península contra judíos, musulmanes y conversos para dirigirlo contra nuevas
categorías de la población.
Con el fin de dar legitimidad y estabilidad a su nuevo imperio, la monar-
quía española concedió la pureza de sus orígenes a los amerindios, tanto a ellos
como a los mestizos (de ascendencia indígena y europea mixta) para la limpieza
de sangre. Pero dada la casi ausencia de judíos, musulmanes o protestantes que
encararon la amenaza de la impureza, la lucha por la limpieza de sangre se vol-
vió menos religiosa y más secular. El declive catastrófico de la población nativa
desde principios del siglo xvii y la importación de esclavos del África generaron
un crecimiento rápido del mestizaje, con predominio de personas de ascenden-
cia africana mixta en muchas ciudades y regiones. Por lo tanto, el concepto de
limpieza de sangre empezó a enfocarse más en las diferencias fisiológicas que
religiosas. Progresivamente, el origen de la “infección” de la sangre se localizó
en la ascendencia africana, la cual combinaba el estigma de la esclavitud (esta-
tuto social) con el posible contacto con el Islam (religión). Una nueva jerarquía
emergió para clasificar a los individuos, con la categoría borrosa de “las castas”
que incluía a cualquier persona con una ascendencia africana y/o indígena, par-
cial o total. La multitud de combinaciones de mestizaje entre europeos, ame-
rindios y africanos se tradujo en una terminología compleja, ilustrada en la
pintura de castas del siglo xviii. Pero en los documentos oficiales y el lenguaje
común, las categorías más utilizadas eran español, peninsular, o blanco, indio,
mestizo, castizo, negro o moreno, mulato o pardo, cuarterón, y zambo o coyotes4.
El paradigma racial sobre el cual se fundó la sociedad colonial acreditaba
a los blancos, indios y su progenie mestiza con la limpieza de sangre, pero atri-
buía un “origen depravado” permanente a los esclavos africanos y a sus descen-
dientes, “puros” o mezclados, esclavos o libres. La ascendencia africana, así fuera
de un sólo abuelo o bisabuelo en la genealogía de una persona pasó a ser un
estigma legal de exclusión, y se negó la limpieza de sangre de manera colectiva
a los negros, mulatos, pardos, zambos, cuarterones, y hasta quinterones (hijos
Modernity? The Example of ‘Jewish’ Blood in Late Medieval Spain”, en The Origins
of Racism in the West, eds. Ben Isaac, Yossi Ziegler y Miriam Eliav-Feldon (Cam-
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2011). Sobre la pintura de castas, veáse Ilona Katzew, La pintura de castas: Represen-
taciones raciales en el México del Siglo xviii (Madrid: Turner, 2004).

[ 146 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

de un cuarterón y un blanco). En contraste con los indios, los españoles y sus


descendientes, los de ascendencia africana no fueron reconocidos en una comu-
nidad distinta (como en la república de españoles versus la república de indios).
Las genealogías de la gente con alguna ascendencia africana eran implícitamen-
te radicadas en el África a través de la trata negrera transatlántica—un estigma
hereditario llamado la mancha de la esclavitud. Su estatuto era asumido ser él
de esclavos, salvo cuando se especificaba que eran libres, como lo demuestra la
invención de la categoría de los “libres de todos los colores” para definir a las
personas de ascendencia africana no esclavizadas. Nunca utilizado para definir
a un blanco, un indio o un mestizo (de ascendencia europea e indígena mixta),
la palabra libre precedía a la de color, para subrayar la contradicción entre ascen-
dencia africana y libertad. O sea, después de la real interdicción de esclavizar a
los indígenas, ser negro, mulato o zambo normalmente significaba ser esclavo,
y la esclavitud fue el propio de su raza.
La raza fue también un factor importante para la imposición de los tri-
butos coloniales. Similarmente a lo que ocurrió con la limpieza de sangre, el
tributo era una institución peninsular que fue adaptada a América. En España
los campesinos pagaban una forma de tributo, llamado pecho, que marcaba su
condición de plebeyos y vasallos, en contraste con los nobles, clérigos y otros
privilegiados exentos del tributo. Después de la conquista, en América el tributo
simbolizó el dominio de la monarquía española sobre sus nuevos vasallos in-
dios. Pasó a ser una contribución en dinero, producción y/o trabajo impuesta a
la población indígena adulta. Los privilegiados exentos del tributo eran los es-
pañoles sin consideración por sus calidades, que se beneficiaron colectivamente
del estatuto de conquistadores, así como los miembros colaboradores de la no-
bleza indígena. Sin embargo, la monarquía quiso también someter al tributo
a las nuevas categorías socio-raciales de personas libres nacidas del mestizaje
entre conquistadores, esclavos africanos, e indígenas, así como de las manumi-
siones de esclavos. La frontera que separaba a tributarios de exentos perdió su
nitidez. En 1572, un real decreto estipuló que los zambos libres, nacidos de la
unión entre un indio y un negro, tenían obligación de pagar el tributo. Dos años
más tarde, la monarquía impuso un nuevo tributo de castas a todos los negros
y mulatos libres, pero dejó a los virreyes fijar su monto de acuerdo con la si-
tuación económica de los libres de color. Por consiguiente, en varias provincias
el tributo de castas no se recaudó o se recaudó irregularmente. En cuanto a los
mestizos, fueron generalmente exentos del tributo5.
5. Para estudios generales, véanse Charles Gibson, The Aztecs under Spanish Rule. A
History of the Indians of the Valley of Mexico, 1519–1810 (Stanford: Stanford Uni-

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 147 ]


Aline Helg

Pintura de castas, Ca. 1750. Anónimo, colección particular. En: Ilona Katzew. La
pintura de castas, representaciones raciales en el México del siglo XVIII, Madrid,
Conaculta, Ediciones Turner, 2004.

En resumen, en el caso de los mulatos, la condición tributaria del genitor


negro pesaba más que la del genitor blanco; pero en el caso de los mestizos, era
el contrario: sólo heredaban la condición del genitor blanco. La diferencia ori-
ginaba en el hecho de que uno de los genitores de los mulatos estaba “infecto”
hereditariamente por la mancha de la esclavitud y la exclusión de la limpieza de
sangre. No obstante, en la realidad, el tributo de castas fue mucho más difícil
versity Press, 1964); Karen Spalding, Huarochirí, an Andean Society under Inca and
Spanish Rule (Stanford: Stanford University Press, 1984).

[ 148 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

De español y negra, nace mulata, 1774. Óleo de Andrés de


Islas, colección Museo de América, Madrid. En: Ilona Katzew.
La pintura de castas, representaciones raciales en el México
del siglo XVIII, Madrid, Conaculta, Ediciones Turner, 2004.

de recaudar que el tributo de indios, el cual se delegó a caciques encargados de


los pueblos de indios. Además, como lo veremos, en el curso del siglo xviii los
negros y pardos libres que servían en las milicias fueron legalmente exentos del
tributo de castas6.

6. Cynthia Milton y Ben Vinson III, “Counting Heads: Race and Non-Native Tribute
Policy in Colonial Spanish America”, Journal of Colonialism and Colonial History
(electronic journal) 3: 3 (2002). http://muse.jhu.edu/journals/journal_of_colonial-
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Aline Helg

Español y mestiza, producen castiza, Ca. 1770. Óleo de José


Joaquín Magón, colección Museo de antropología, Madrid.
En: Ilona Katzew. La pintura de castas, representaciones
raciales en el México del siglo XVIII, Madrid, Conaculta,
Ediciones Turner, 2004.

Las reformas borbónicas

Cuando se iniciaron las reformas borbónicas a mediados del siglo xviii,


el Consejo de la Indias trató de racionalizar e incrementar la explotación de su
imperio americano sin sacudir su orden socio-racial simbolizado en el sistema
de castas. Eso requería mantener la lealtad absoluta al rey de la pequeña élite de
peninsulares y blancos criollos que iba a ganar nuevas oportunidades económi-
cas con el fin del monopolio español del comercio. Después de 1776, la trans-
formación de las colonias continentales de Gran Bretaña en los independientes
Estados Unidos de América hizo la conservación de esa lealtad todavía más
apremiante. Pero en las colonias españolas, a diferencia de los Estados Unidos,
la realidad demográfica suavizaba las veleidades de independencia de la élite. En
todas partes, los blancos eran una minoría rodeada de mayorías de ascendencia

[ 150 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

africana o indígena mixta; en las ciudades y puertos estaban inquietos por el


número creciente de mulatos y negros libres, entre los cuales algunos exhibían
fortuna y alta cultura. En respuesta, el Consejo de Indias promulgó varias leyes
para proteger a los peninsulares y criollos blancos “honorables” de una posible
“contaminación” por los castas. Reafirmó que los que ejercían oficios manuales,
los que tenían nacimientos ilegítimos y ancestros infectos por “mala sangre” y
la mancha de la esclavitud en sus genealogías quedaban excluidos de todos los
reales oficios, honores y privilegios. Varias reformas buscaban la preservación
de la limpieza de sangre de la élite blanca.
El matrimonio fue regulado por la Real Pragmática de 1778, que prohibía
la unión de parejas de menores de 25 años, de clase y condición desiguales, que
no tuvieran el consentimiento de sus padres, lo cual hacía difícil los enlaces le-
gales entre blancos y castas. Sin embargo, de acuerdo con la exclusión de las per-
sonas de ascendencia africana de la limpieza de sangre, la Pragmática se aplicaba
a todos los casamientos, lo que incluía blancos, indios, mestizos y castizos, pero no
a los entre “mulatos, negros, coyotes e individuos de castas y razas semejantes”,
considerados depravados por naturaleza, a menos que fueran oficiales de la mi-
licia o que se hubieran distinguido por su reputación y servicio excelentes. Ade-
más, el artículo segundo de la Pragmática recordaba que estaba prohibido a los
indios tener “trato y comunicación con los mulatos, negros y demás semejantes
razas”. Estipulaba que “si algún indio quiere contraer matrimonio con persona
de dichas castas,” debían ser advertidos por sus padres y el presbítero que “tales
enlaces” les expondrían a “graves perjuicios. . . a más de quedar su descenden-
cia incapaz de obtener los oficios honrosos de su república [de indios], pues
sólo pueden servirlos los indios puros”.7 En otras palabras, la Pragmática buscó
segregar a los libres de todos los colores de las otras categorías raciales, consi-
derándoles como una casta viciosa, condenada a casarse y reproducirse entre sí
para no contaminar a los españoles, indios y mestizos. No obstante, el Consejo
de Indias no prohibió sistemáticamente el matrimonio católico entre libres de
color y pobres blancos adulterinos, por ser ambos inhabilitados para la limpieza
de sangre8.

7. “Consulta del Consejo de Indias sobre las reglas establecidas de la Audiencia de


Méjico en cumplimiento de la real pragmática del año de 1778 referente a los ma-
trimonios” (1 de agosto de 1781), en Colección de documentos (…), Vol. 3, Segundo
Tomo, ed. R. Konetzke, 476-477; Verena Martìnez-Alier, Marriage, Class and Colour
in Nineteenth-Century Cuba: A Study of Racial Attitudes and Sexual Values in a
Slave Society (1974; reprint, Ann Arbor: University of Michigan Press, 1989), 11.
8. En 1791 el Consejo de Indias autorizó el matrimonio de una mujer blanca de

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 151 ]


Aline Helg

La Pragmática y nuevas leyes reforzaron el vínculo entre la limpieza de


sangre y la ausencia de “sangre” africana. Las encuestas de limpieza de sangre
citaban sistemáticamente “la mala raza de negros” o “la mala raza de negros y
mulatos” en la lista de las exclusiones que habían caracterizado España después
de la Reconquista. Los reglamentos de todas las universidades y seminarios, por
ejemplo, exigían que un candidato demostrara que era “reputado por blanco,
honrado, limpio de la mala raza de negros, moros, judíos, recién convertidos
a nuestra santa fe y penitenciados por el santo oficio de la inquisición y otros
tribunales”9.
Sin embargo, las reformas borbónicas se hicieron en un contexto de gue-
rra entre España y Gran Bretaña que obligó tanto a los gobernadores como al
Consejo de Indias a confiar más y más en tropas americanas a menudo com-
puestas de negros, mulatos y zambos, en contraste con su insistencia en los
privilegios de la pureza de sangre. Ya desde el siglo xvi algunos libres de color
habían participado en las fuerzas armadas de los territorios recién conquista-
dos, y a partir del siglo xvii, fueron organizados en compañías, como la de mu-
latos en Lima en 1615. Los milicianos de ascendencia africana, valiéndose de sus
acciones contra piratas ingleses, holandeses y franceses, pidieron la exención del
tributo de castas, lo cual les fue acordado a mediados del siglo xvii y contribuyó
a la no recaudación de este tributo en varias provincias.
Un siglo más tarde, España empezó reformas fundamentales en el sis-
tema militar de su imperio americano, básicamente para proteger sus costas
marítimas de los ataques. Además de la construcción de mejores defensas en
puertos importantes, reorganizó las fuerzas armadas alrededor de regimien-
tos profesionales oriundos de la península y milicias reclutadas en América.
Sin embargo, se confrontó inmediatamente con la realidad socio-racial de las
provincias americanas. En todas, la pequeña minoría de españoles y blancos
criollos acaparaba los títulos de nobleza y los oficios de eclesiásticos, abogados,

nacimiento ilegítimo y un pardo (opuesto por la hermana de la mujer), alegando


que ya vivían juntos y tenían niños, y que sus respectivos defectos (ilegitimidad y
mala raza) se compensaban (“Consulta del Consejo de la Indias sobre la solicitud
de Anna Josefa Fernández, vecina del Puerto del Principe, sobre que se la concediese
permiso para contraer matrimonio con Pedro de Estrada, pardo libre” [12 de agosto
de 1791], en Colección de documentos (…), 695-697).
9. Véanse, por ejemplo, Información de cristiandad y limpieza de sangre acreditada a
pedimento de don Marcos Quezada, Cartagena, 1785, Archivo General de la Nación,
Bogotá (AGN), Sección Colonia, Fondo Genealogías, rollo 5, ff. 692-710; “Cedulario
de la Universidad de Caracas (1721-1820)”, en Ángel Rafael Almarza, La limpieza de
sangre en el siglo xviii venezolano (Caracas: Centro Nacional de Historia, 2009), 54.

[ 152 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

comerciantes, médicos, maestros, o notarios que exigían la limpieza de sangre,


pero que les exceptuaban del servicio militar. Muchos blancos pobres lograban
evitar el reclutamiento en la milicia. Por consiguiente, la mayoría de las milicias
fueron integradas por mestizos y sobre todo por mulatos, zambos y negros li-
bres. Para asegurar su control, la Corona les segregó en milicias de mestizos, par-
dos y morenos. Para marcar su subordinación, les obligó a quitarse el sombrero
y bajar la cabeza delante de milicianos y soldados blancos. Además prohibió a los
“contaminados” por la mancha de la esclavitud ascender más allá del rango de
capitán. Sin embargo, para fomentar su lealtad, la monarquía española tuvo que
concederles algunas ventajas, como la exención del tributo de castas donde se
recaudaba. Paulatinamente, les extendió las mismas prerrogativas que a los mi-
licianos blancos, tales como el derecho a portar armas y de llevar uniforme sin
estar de servicio. Más aún, en 1763, el rey Carlos iii les concedió el fuero militar,
una prerrogativa judicial que permitía a los oficiales y los hombres enlistados
presentar causas ante tribunales militares en lugar de hacerlo ante tribunales
reales u ordinarios que obedecían a leyes racialmente discriminatorias10. Final-
mente, la reforma militar de 1778 reconoció por ley que los milicianos de color,
como los blancos, tenían la garantía del fuero militar activo y pasivo11.
Las reformas borbónicas incluyeron también la voluntad de mejorar y
reorganizar el recaudo de impuestos. Aunque el intento de introducir el do-
nativo, un tributo para financiar las guerras, fue poco exitoso, se exigió más
sistemáticamente y a veces se reinterpretó y se trató de revivir antiguos tributos.
Se retiró a los mestizos la exención de pagar el tributo de indios cuando eran
hijos ilegítimos de una madre indígena y un padre blanco. Al mismo tiempo, la
creciente población de libres de todos los colores apareció como una masa de
tributarios potenciales a la Real Hacienda. Los virreinatos recibieron instruc-
ciones que reactivaban el tributo de castas que había sido poco recaudado desde
su introducción a fines del siglo xvi. Los virreyes y los gobernadores de provin-
cias se encontraron atrapados entre las órdenes de España, la intransigencia de
la élite blanca y las protestas de los negros, mulatos y zambos libres. Requeridos

10. Cármen Bernand, Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas


(Madrid: Fundación Histórica Tavera, 2001), 153-167.
11. Lyle N. McAlister, The ‘Fuero Militar’ in New Spain, 1764-1800 (Gainesville:
University Presses of Florida, 1957), 1-15; Joseph Sánchez, “African Freemen and the
Fuero Militar: A Historical Overview of Pardo and Moreno Militiamen in the Late
Spanish Empire”, Colonial Latin American Historical Review 3: 2 (1994), 165-184;
Ben Vinson III, Bearing Arms of His Majesty: The Free-Colored Militia in Colonial
Mexico (Stanford: Stanford University Press, 2001).

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 153 ]


Aline Helg

para investigar sobre el recaudo del tributo de castas en el pasado, descubrieron


que no se cobraba o, en los mejores casos, se colectaba irregularmente.
Un informe de Guatemala de 1779 decía que “jamás estuvo en práctica
esta contribución” y habló de “su inmemorial inobservancia” en América cen-
tral. Mencionaba también que en el Perú, los que pagaban el tributo de castas
no eran los libres de color, sino los indígenas que vivían fuera de los pueblos de
indios. El Consejo de Indias decidió que, en el caso centroamericano, “aunque
sea de rigurosa justicia, [la reintroducción de dicho tributo] se opone a una casi
inmemorial pacífica costumbre en que están los negros y mulatos; pues a la ver-
dad no debe darse ocasión a un sentimiento, que pueda tener funestas resultas”.
La Corona estimó que allí la tranquilidad pública importaba más que la reco-
lección del tributo de castas12. Pocos años después, la monarquía volvió a tratar
de imponer la contribución a los negros y mulatos libres de Nicaragua. Otra
vez el gobernador se opuso, esta vez con nuevos argumentos: “el exorbitante
número de mulatos de aquella provincia con proporción a las demás clases;
su particular carácter, relaciones e ideas, la poca fuerza y auxilios del Gobierno
para sostener y hacer respetables sus providencias, junto con la inmediación de
los Caribes” impedirían la represión de su protesta o de su huida del país. El go-
bernador añadía “que más que la contribución misma es odioso a los mulatos el
nombre de tributos; porque [están] persuadidos falsamente de la superioridad
de su clase sobre la de los indios, a quienes juzgan envilecidos por la calidad de
tributarios”. Ofreció una solución práctica al Consejo de Indias: utilizar un me-
dio más discreto para hacer pagar impuestos a los libres de todos los colores que
se distinguían por su industria. En el contexto que seguía, dos insurrecciones
que las reformas fiscales habían contribuido a provocar—la rebelión de Tupac
Amarú en el Perú y la de los Comuneros en la Nueva Granada— el Consejo no
insistió13.
En contraste con el tributo de castas, el tributo de indios tenía la ventaja de
estar establecido “desde tiempos inmemoriales”. La monarquía optó por impo-
nerlo a una población más amplia. En 1787, un real decreto definió que todos

12. “Consulta del Consejo de las Indias, sobre una representación de la audiencia de
Guatemala, acerca de que todos los mulatos y negros, aunque sean milicianos, y los
demás conocidos con el nombre de ladinos, pagasen el tributo de dos pesos” (31 de
octubre de 1782), en Colección de documentos (…), 489-500.
13. “Consulta del Consejo de las Indias sobre los motivos que ha tenido el gober-
nador e intendente de Nicaragua para no proceder a la exacción del tributo que se
impone a los mulatos y negros libres” (10 de septiembre de 1788), en Colección de
documentos…, 628-631.

[ 154 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

los hijos legítimos de un padre indígena, sin importar la raza de su madre, serían
sometidos al tributo de indios; y que todos los hijos legítimos e ilegítimos de una
madre indígena, sin importar la raza del padre, lo pagarían también —salvo si
eran hijos legítimos de un padre blanco14. Sin duda, la ampliación de los vasallos
sometidos al tributo de indios a casi todos los mestizos y otras castas de ascen-
dencia indígena parcial fue resistida y poco efectiva.
Tanto la extensión del fuero militar a los milicianos de color como la re-
nuncia a recaudar el tributo de castas y a extender el tributo de indios a los
mestizos fueron impulsadas por la necesidad de España de confiar a los libres de
ascendencia africana parte de la defensa de su imperio. No fueron el resultado
de nuevas concepciones de la sociedad colonial que cuestionaran los principios
de la limpieza de sangre y el estatuto inferior de las castas. No obstante, en
el contexto de crecimiento demográfico de los libres de color y de enriqueci-
miento de algunos de ellos, miembros de la élite peninsular y blanca criolla
se opusieron a todo lo que consideraban como un adelanto para los negros y
mulatos, sobre la base de que los libres de color reclamaran nuevos derechos.
En respuesta, la monarquía confirmó los privilegios exclusivos de la élite blanca,
se negó a suavizar las normas en materia de limpieza de sangre y nacimiento
legítimo, y evitó cualquier promoción de un individuo de color que pudiera
ascender a todos ellos. Por ejemplo, en 1783 un rico cuarterón de Guatemala,
Bernardo Ramírez, pidió que se le declare a él y a sus descendientes “capaces de
obtener los empleos y honores que son propios de españoles y artesanos hon-
rados”, a pesar de “hallarse infecta su calidad por el enlace de matrimonios con
una u otra hembra mulata”. Tal gracia, explicó, sería una justa recompensa por
los numerosos edificios y obras de utilidad pública que había construido con su
propio dinero para el beneficio de la Corona y sería ventajosa “para estímulo de
la clase de pardos.” El Consejo de Indias rehusó su demanda “por las fatales con-
secuencias que semejante gracia podría ocasionar entre los españoles notorios y
americanos de distinción”, pero acordó “concederle algún distintivo puramente
personal, como una oficialía en el Batallón de Milicias de Pardos de Guatemala,
exención de alguna carga o tributo, alguna recompensa pecuniaria o una de las
medallas” de la Real Academia de Artes. Obviamente, las distinciones ofrecidas
al cuarterón Ramírez confirmaban su exclusión de las “cualidades” propias de la
élite blanca de sangre limpia y subrayaba las posibilidades estrechas de ascensión
social abiertas a los “de oscura estirpe o de ínfima clase”: las artes mecánicas y la
14. C. Milton y B. Vinson III, “Counting Heads: Race and Non-Native Tribute Policy
in Colonial Spanish America”, Journal of Colonialism and Colonial History (elec-
tronic journal) 3: 3 (2002).

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Aline Helg

milicia de pardos y morenos15. También reafirmaba que la extensión del fuero


militar a los milicianos de ascendencia africana nunca se pensó como una re-
visión de las exclusiones basadas en la limpieza de sangre. Como lo demuestra
la respuesta del Consejo de Indias a la solicitud de este cuarterón rico, los mé-
ritos y la contribución de un individuo de color al progreso económico de un
virreinato rara vez podían borrar la presencia de “mala raza” en su genealogía.
Por ley, sólo actos de coraje extraordinario al servicio del rey y la patria podían
dispensar una persona impura de sus “defectos” como pardo o cuarterón.
A pesar de todo, las reformas borbónicas y su impulso económico abrie-
ron nuevas perspectivas de movilidad social en algunas artes y oficios someti-
dos a la exigencia de la limpieza de sangre, pero que los peninsulares y blancos
criollos denigraban. Varios mulatos (más bien que negros) se hicieron médi-
cos y cirujanos. Adquirieron su destreza médica gracias a un aprendizaje que
les permitió evadir su exclusión de la formación universitaria en razón de su
ascendencia racial. Una vez establecidos en su profesión, algunos solicitaron
una dispensa real para obtener una licencia oficial de médico o cirujano. Así,
en 1760, el mulato o cuarterón cubano Joseph Francisco Báez y Llerena pidió
exitosamente un decreto que le “dispensaba del punto de la limpieza” para que
en el futuro “ningún Protomedicato pudiera impedir [su práctica de cirujano]
con algún pretexto”. Similarmente, en las provincias los blancos eran muy po-
cos para ocupar el número creciente de reales oficios de escribano y notario.
Aun cuando se requería la limpieza de sangre para ejercerlos, mulatos y pardos
empezaron a ocuparlos en tal proporción que nuevos decretos ordenaron a las
autoridades provinciales despedirlos. Sin embargo, el caso de Juan Evaristo de
Jesús Borbua en Panamá indica que, contra pago de una suma de dinero, no era
totalmente imposible anular la exclusión de los que llevaban la mancha de la
esclavitud en su genealogía.
Borbua era el hijo ilegítimo de un padre blanco y una madre parda; traba-
jaba como escribano en el cabildo real de la ciudad de Portobello y notario en
el tribunal eclesiástico, entre otros cargos reservados a blancos de nacimiento
legítimo. En 1767, apoyado por varios notables de Panamá, solicitó un nombra-
miento de real notario. El fiscal de las Indias razonó que cuando los candidatos
blancos eran muy escasos, como en Portobello, cuarterones o quinterones de
méritos excepcionales podían ser nombrados en cargos reales menores. Resol-
vió “quitarle [a Borbua] el defecto de quinterón de que padece para que se le

15. “Consulta del Consejo de las Indias sobre la instancia de Bernardo Ramírez” (17
de septiembre de 1783), en Colección de documentos…, 530-535.

[ 156 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

pueda conceder el título de real notario”. Para obtenerlo, Borbua debería pagar
2.200 reales (el precio normal para comprar el título de notario) y 40 pesos
“para la dispensa de quinterón”16. Tanto Báez como Borbua solicitaron una dis-
pensa de su estatuto de casta para poder ejercer oficialmente profesiones en las
cuales ya se distinguían, al contrario de Ramírez dos décadas antes, que lo pidió
en premio de sus realizaciones y para abrir a sus descendientes las oportunida-
des reservadas a los de sangre limpia. Aunque cuando la dispensa otorgada a
Báez y Borbua también calificaría a sus hijos para los privilegios de los blancos
honorables, sus peticiones fueron exitosas porque no cuestionaron abiertamen-
te su estatuto inferior en la sociedad colonial.
Otra importante reforma borbónica que necesitaba un balance juicioso
fue el desarrollo de la esclavitud para aumentar la producción y las exportacio-
nes de los territorios americanos de España. En febrero de 1789, la monarquía
liberalizó el comercio de esclavos del África, pero en mayo del mismo año pu-
blicó “la real instrucción sobre la educación, trato y ocupación de los esclavos”,
mejor conocida como el Código Negro, para prevenir disturbios sociales y ma-
yor autonomía entre la élite esclavista española y criolla. Promulgado apenas
seis semanas antes del asalto a la Bastilla en París que inició la Revolución fran-
cesa, el Código Negro recopilaba legislación anterior sobre los derechos y debe-
res de los amos y esclavos, en un intento por conciliar los principios cristianos y
humanos con las necesidades de la monarquía y el orden público. Su larga lista
de deberes de los propietarios de esclavos incluía la provisión de educación re-
ligiosa y servicios sacerdotales, alimentación y vestidos adecuados comparables
con los que “comúnmente se dan a los jornaleros libres”, entre otros, y restrin-
gía estrictamente los castigos físicos que les podían infligir, so pena de tener
que venderlos o, en casos extremos, manumitirlos. En contraste, la lista de las
obligaciones de los esclavos era corta: “obedecer y respetar a sus dueños y ma-
yordomos, desempeñar las tareas y trabajos que se les señalen conforme a sus
fuerzas y venerarlos como a padres de familia”17. Los propietarios de esclavos
y los funcionarios españoles de las florecientes economías de plantaciones de
Cuba y Venezuela protestaron inmediatamente, afirmando que si acataban sus
disposiciones no conseguirían producir cosechas para beneficio de la Corona.

16. Para estos dos casos, veáse Ann Twinam, “The Purchase of Whiteness, Some
Revisionist Thoughts” (manuscrito, 2004), 15-16, http://sitemason.vanderbilt.edu/
files/k6EDBe/VACARGA%20twinamvacarga.pdf (6 de enero de 2013).
17. “R. instrucción sobre la educación, trato y ocupación de los esclavos” (31 de
mayo de 1789), en Colección de documentos…, 643-652.

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Aline Helg

El impacto de la Revolución de Santo Domingo

En agosto de 1791, el estallido inesperado de la rebelión masiva y violenta


de los esclavos de Santo Domingo puso un término a los planes de la Coro-
na española de desarrollar de manera ordenada una economía de plantaciones
con la multiplicación de esclavos y el mantenimiento del sistema de castas. El
Consejo de Indias decretó una serie de medidas con el fin de lograr las metas
contradictorias de llenar el vacío dejado por la destrucción de la economía azu-
carera de Santo Domingo y prevenir insurrecciones de esclavos y libre de color
semejantes a las que agitaban las colonias francesas. Predominó la idea de que si
se protegía a los virreinatos españoles contra la “contaminación” por las “ideas
corruptas” de libertad e igualdad, ellos podrían modernizarse de manera pací-
fica y rentable. Después de un receso momentáneo, se reanudó la trata de es-
clavos, pero la monarquía sólo autorizó la importación directa de esclavos “no
contaminados” del África —ignorando el papel decisivo de los esclavos congos
en la Revolución de Santo Domingo18. Siguiendo la abolición de la esclavitud
por la Asamblea Nacional de Francia en 1794, el Consejo de Indias resolvió sus-
pender el Código Negro para dar mayor libertad a los amos en la explotación
de sus esclavos. Pero, por miedo de que dicha suspensión suscitase rumores y
rebeliones entre los esclavos, no promulgó ningún decreto y recomendó abso-
luta discreción a los virreyes y gobernadores19.
La movilización revolucionaria de los libres de todos los colores en las
Antillas Francesas también preocupaba a las autoridades reales y a la élite en las
provincias americanas. Se alarmaron todavía más cuando en 1792, los mulatos
y negros libres del Caribe francés obtuvieron de la Asamblea Nacional la igual-
dad legal con los blancos y la ciudadanía activa. Para prevenir la emulación, el
Consejo de Indias y los virreyes reafirmaron la vigencia inquebrantable de la
limpieza de sangre para excluir a los de ascendencia africana. Los únicos entre
éstos que podrían recibir una “dispensa” de su estatuto de pardo, cuarterón o
quinterón serían aquellos que se distinguieran por una acción heroica excep-
cional. Sin embargo, al mismo tiempo la Corona elevó ciertas artes mecánicas
anteriormente deshonrosas a la categoría de ciencias, lo cual cambió la con-

18. John K. Thornton, “‘I Am the Subject of the King of Congo’: African Political
Ideology and the Haitian Revolution,” Journal of World History 4: 2 (1993), 207-209.
19. David P. Geggus, “Slavery, War, and Revolution in the Greater Caribbean, 1789-
1815,” in A Turbulent Time: The French Revolution and the Greater Caribbean, eds.
David Barry Gaspar y David Patrick Geggus (Bloomington: Indiana University
Press, 1997), 11.

[ 158 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

dición de algunos profesionales mulatos. Así, en 1793, la Corona dio su “real


aprobación” a varios pardos ejerciendo la medicina, y obligó a un profesor de
Caracas que sólo aceptaba a los “notoriamente blancos” para recibir también
médicos pardos en su clase de anatomía20. Pero en el caso de la candidatura a
becas de estudios del Colegio Real de San Marcos en Buenos Aires, el Consejo
de Indias repitió la exclusión de los marcados por “toda mácula y raza de moros,
judíos y negros” y estipuló que se aceptarían hijos de artesanos sólo “siendo de
sangre limpia y sus padres personas honradas”21.
En el contexto de la Revolución de Santo Domingo, la cuestión de la partici-
pación de negros y mulatos en las milicias de defensa se complicó. A menudo puso
a los gobernadores en la situación difícil de tener que obedecer las decisiones de
Madrid sin alienar a la élite blanca ni a los libres de color. Temían que las nuevas re-
gulaciones humillantes del Consejo de Indias para proscribir “la altivez caracterís-
tica que suelen demostrar los tales Pardos”, tales como la obligación de llevar cintas
y cinturones especiales para diferenciarse de los esclavos o la suspensión en 1794 a
los oficiales de milicia pardos, mas no a los blancos, del derecho de llevar el mismo
emblema que los oficiales veteranos, pudieran producir disturbios entre los mili-
cianos22. Por su parte, la élite blanca temía que la Corona abriera vías de salida de
la “mancha de la esclavitud” que destruirían los privilegios basados en la limpieza
de sangre y exigió mayor escrutinio de los libres de color. Cuando en 1795, con el
fin de mejorar el recaudo de rentas, el Consejo de Indias publicó una lista de pre-
cios de las gracias al sacar (legitimación de cambio de condición o estatuto) que
incluía no sólo certificados de nacimiento legítimo y de residencia, por ejemplo,
sino también dispensas del estatuto de pardo y quinterón (pero, curiosamente,
no de cuarterón), la élite no se demoró en protestar23. A pesar de que las gracias,

20. “R. C. que los pardos que ejerzan la medicina con real aprobación, puedan con-
currir a la enseñanza de anatomía” (21 de junio de 1793), en Colección de documen-
tos…, 719.
21. “Constituciones del colegio real de San Carlos en la ciudad de Buenos Aires” (14
de enero de 1793), en Colección de documentos…, 711.
22. “Nota reservada del secretario de guerra al virrey de Nueva Granada” (6 de no-
viembre de 1797), en Archivo General de Simancas (AGS), Secretaria de Guerra
7073, exp. 39; Véanse también J. Sánchez, “African Freemen and the Fuero Mili-
tar (…)”, Colonial Latin American Historical Review 3: 2 (1994), 165-184; Allan J.
Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 1773-1808 (Gainesville: Uni-
versity Presses of Florida, 1978), 177-178.
23. Para la lista completa, veáse “R. C. insertando el nuevo arancel de los servicios
pecuniarios señalados a las gracias al sacar” (3 de agosto de 1801), en Colección de
documentos…, 778-783.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 159 ]


Aline Helg

si se concedían, sólo dispensaban los beneficiados de su “defecto original”, sin


otorgarles explícitamente el estatuto de blanco honrado, varios miembros de
la élite blanca criolla, particularmente en Cuba y Venezuela descendientes de
un cuarterón y un blanco) advirtieron que producirían “movimientos escan-
dalosos y subversivos” y posiblemente una revolución liderada por milicianos
pardos. Un número creciente de blancos insatisfechos alegaba que si muchos
pardos comenzaban a solicitar gracias al sacar, “creyéndose igualados por ellas a
los blancos sin otra diferencia que la accidental de su color,” se sentirían califica-
dos para todas las posiciones y matrimonios con blancos legítimos24.
El Consejo de Indias reaccionó con empatía, y en 1806, en el contexto que
siguió a la independencia de Haití, acordó que para preservar el “orden políti-
co” era necesario “que permanecen los individuos de castas viciadas, con una
notable inferioridad y diferencia de blancos y mestizos legítimos”. Nuevas regu-
laciones autorizaron todos los matrimonios entre indios o “mestizos puros” con
blancos o españoles, pero sometieron los casamientos entre individuos de as-
cendencia africana y blancos nobles o de nacimiento legítimo a la obtención de
permisos especiales25. De igual manera, en 1802 el Consejo de Indias determinó
que aunque todos los niños expósitos debían declararse legítimos y plebeyos,
aquellos cuyas “señales de color, pelo y fisonomía fueran decididamente negras,
mulatas, indias” o de otras mezclas de origen africano tendrían que pagar el
tributo de su clase26.
Otra evidencia de la voluntad de la monarquía española de mantener la
pureza de sangre como el principal marcador de división en la sociedad colo-
nial fue la “racialización” de la cultura y la política. En 1806, el Consejo deses-
timó la recomendación de un alto dignatario religioso en Guatemala para que
la Corona hiciera posible a los libres de todos los colores “igualarles a la clase
común de los españoles”, con el propósito de crear nuevas oportunidades para
ellos y liberarlos de sus “vicios y desórdenes”. En efecto, según el Consejo de
Indias, no era el “color” lo que separaba a los negros y pardos de los blancos,

24. “Informe del ayuntamiento de Caracas” (28 de noviembre de 1796), en Miguel


Izard, El miedo a la revolución: La lucha por la libertad en Venezuela (1777 - 1830)
(Madrid: Tecnos, 1979), 129-130 (nota 16).
25. “Consulta del consejo sobre la habilitación de pardos para empleos y matrimo-
nios” (julio de 1806), en Colección de documentos…, 826; Verena Martínez-Alier,
Marriage, Class and Colour …, 12-13.
26. “Consulta del Consejo de las Indias sobre la declaración de que los expósitos
debían considerarse exentos de la paga de tributo” (17 de diciembre de 1802), en
Colección de documentos…, 789.

[ 160 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

indios y mestizos, sino la “mancha de la esclavitud”, al igual que las “costumbres


corrompidas, siendo los más espurios, adulterinos e ilegítimos”. Además, “por
su viciada índole, su orgullo e inclinación a la libertad, han sido y son poco
afectos a nuestro gobierno y nación”27. De manera similar, en 1807 el Consejo
se negó a extender a las Indias una cédula que estimulaba la industria en Espa-
ña declarando ciertas ocupaciones, tales como las de herrero, sastre, zapatero y
carpintero, “honestas y honorables” y no degradantes para los artesanos y sus
familias. Sostenía el Consejo que, debido a que en las Américas la mayoría de los
artesanos eran de ascendencia africana mezclada, la cédula alentaría el desorden
y llevaría a los libres de todos los colores a creer que se habían librado de sus
“malignas e infames raíces”28.
Sin embargo, el cierre de todas las vías y esperanzas de adelanto social
para los pardos y negros libres podía también producir rebeliones, como en
las Antillas Francesas. La monarquía española sabía que su sistema de defensa
dependía de las milicias de pardos y morenos. Por eso, el fallo de 1806 acordaba
examinar unas cuantas solicitudes de gracias al sacar presentadas por hombres
de ascendencia africana parcial que mostraban comportamiento disciplinado,
fidelidad al rey y extraordinarios méritos y servicios, en vista de dispensarlos de
su “calidad de pardo”. Concluía también que los negros y mulatos que pudieran
documentar rigurosamente cuatro generaciones de nacimiento legítimo y de
libertad eran elegibles para cualquier ocupación o negocio abierto a la clase
común en España29. De este modo, seleccionando para los privilegios reales a
un muy reducido número de mulatos y cuarterones (pero no de negros) que
pudieran probar méritos excepcionales y nacimiento legítimo, particularmente
entre los suboficiales de la milicia, la Corona canalizó las esperanzas del estrato
superior de la creciente población urbana de libres de color. Al mismo tiem-
po, demostró a los blancos honorables su adhesión infalible al principio de la
limpieza de sangre y su oposición fundamental a las nuevas ideas de libertad,
igualdad y fraternidad proclamadas por las revoluciones francesa y del caribe
francés.

27. “Consulta del consejo sobre la habilitación de pardos para empleos y matrimo-
nios” (julio de 1806), en Colección de documentos…, 821-829.
28. “Dictamen del fiscal en el Consejo de las Indias sobre declarar en Américas que
las artes y oficios mecánicos son nobles” (24 de enero de 1807), en Colección de
documentos…, 832-834.
29. “Consulta del consejo sobre la habilitación de pardos para empleos y matrimo-
nios” (julio de 1806), en Colección de documentos…, 826, 828.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 161 ]


Aline Helg

La limpieza de sangre en la Nueva Granada caribeña

La región caribeña del Virreinato de la Nueva Granada es particularmente


interesante para el estudio de la aplicación en América de las reglas de la mo-
narquía española sobre la limpieza de sangre y el sistema de castas. Desde las
primeras décadas de la Conquista, el Caribe neogranadino registró escasa inmi-
gración española, y los blancos que no eran nobles tendían a asumir un estatuto
nobiliario a su llegada a América. El arribo masivo de esclavos africanos y el
descenso de la población indígena original a comienzos del siglo xvii trajeron
como resultado el rápido crecimiento de los “castas”. Por razones demográficas
y culturales, entre éstos se produjeron uniones sexuales alternativas antes que
matrimonios legitimados por la Iglesia católica.
Durante las reformas borbónicas, el Caribe neogranadino se dividía en las
provincias de Cartagena de Indias, Santa Marta y Riohacha, que dependían de
la Audiencia de Santa Fe de Bogotá30. A la región caribeña le faltaban vías de
comunicación internas, lo que hacía que sus puertos tuvieran más conexiones
con el mar del Caribe que con el interior de la Nueva Granada. La región tam-
bién tenía extensas zonas fronterizas fuera del control del Estado y la Iglesia.
Naciones indígenas, como los wayúus, los chimilas, los arhuacos, los kunas y
los emberás, seguían insumisas. También existían rochelas y palenques contra
los cuales la monarquía lanzó varias expediciones de reasentamiento forzado.
Por definición esta población fugitiva o marginal era el resultado de mestizajes
complejos, como lo describió el teniente coronel Antonio de la Torre y Miranda
a mediados de la década de 1770:
[Los arrochelados] son los descendientes de los desertores de tropas
y marinería, de los muchos polizones que sin licencia ni acomodo pasa-
ron a aquellos dominios, de los negros esclavos y esclavas cimarrones o
prófugos de sus amos y de otros que habiendo hecho algunas muertes o
cometido otros delitos buscaron el abrigo de sus excesos en las dispersiones
para libertarse, unos del castigo, otros de la servidumbre, habiendo entre
ellos muchos indios e indias que mezclados con mestizas, negras y mulatas
propagaron una infinidad de castas difíciles de averiguar31.

30. Entre 1777 y 1789, la provincia de Riohacha fue anexada a la de Santa Marta.
31. Antonio de la Torre, Noticia individual de las poblaciones nuevamente fundadas
en la Provincia de Cartagena [1774-78] (Puerto de Santa María: D. Luis de Luque
y Leyva, 1794), 15-16, en Biblioteca Nacional de Colombia, Fondo Pineda, No. 196,
Miscelánea de cuadernos, http://www.bibliotecanacional.gov.co/recursos_user/di-
gitalizados/fpineda_196_pza1.pdf (8 de enero de 2013).

[ 162 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

El censo del virreinato realizado entre 1777 y 1780 contó 170.404 habi-
tantes en las tres provincias caribeñas.32 La inmensa mayoría de ellos vivía en
pueblos y aldeas así como en el campo y a lo largo de los ríos, y podía definirse
como población rural. En contraste, el 21 por ciento vivía en ciudades, las cua-
les contaban con funcionarios reales y personal eclesiástico, un cabildo y un
número significativo de milicias o unidades militares permanentes. Entre estas
ciudades, Cartagena, Santa Marta y Riohacha eran los centros administrativos
del poder provincial, mientras que Mompox y Valledupar eran centros impor-
tantes para el comercio legal y el contrabando33.
Los blancos (incluyendo a los que “pasaban” por blancos y muchos mestizos)
constituían tan sólo el 11 por ciento de los habitantes del Caribe neogranadino,
generalmente congregados en las ciudades. Vivían de la producción de haciendas
para los mercados regionales, del comercio legal, del contrabando y de la adminis-
tración real o eclesiástica. En total, el 64 por ciento de los habitantes de la región
caribeña eran negros, mulatos y zambos libres. Eran de condición socioeconómica
muy diversa: entre ellos había jornaleros, campesinos, sirvientes, lavanderas, bo-
gas, pescadores, pero también dueños de tierras y artesanos, entre otros. Algunos
eran amos de esclavos. En las zonas rurales y a lo largo de los ríos, el predominio
demográfico de los castas era casi total, excepto en los pueblos de indígenas y en
la región cerca de Sincelejo y Lorica donde vivían también blancos y mestizos.
Los indígenas agrupados en pueblos de indios conformaban 18 por ciento de la
población total, sobre todo en las provincias de Santa Marta y Riohacha, pero
también en el sur de Barranquilla y de Tolú y en el este de Mompox. En cuanto a
los esclavos, representaban cerca del 8 por ciento de la población. Se encontraban
principalmente en las ciudades así como en áreas de haciendas o minas aluviales.
Si se sumaban los esclavos a los libres de todos los colores, en el Caribe neograna-
dino casi tres habitantes sobre cada cuatro tenían ascendencia africana34.

32. Esta cifra incluye el total de la población de las provincias de Cartagena (119.453),
Santa Marta (46.985) y Riohacha (3.966) (Hermes Tovar, “Convocatoria al poder del
número”: Censos y estadísticas de la Nueva Granada (Bogotá: Archivo General de la
Nación, 1994), 503, 519 y 537).
33. Este 21 por ciento representa a los 35.051 habitantes de los distritos de Cartage-
na (13.396), Mompox (7.197), Santa Marta (3.598), Valledupar (3.677), Riohacha
(1.515) y Ocaña (5.668) de entre el total de 170.404 habitantes empadronados en
las tres provincias en 1777-1780 (Tovar, “Convocatoria al poder del número”, 487-
519, 533-37). Sin embargo, este artículo no incluye la ciudad interior de Ocaña por
estar más cerca y compartir más características socioeconómicas y culturales con la
provincia de Pamplona que con la región caribeña.
34. Para más detalles, veáse Aline Helg, Libertad e Igualdad en el Caribe colombiano,

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 163 ]


Aline Helg

Las reformas borbónicas afectaron modestamente la economía de las tres


provincias caribeñas. Sin entrar en detalles, se puede destacar la renovación del
sistema de defensa de Cartagena, el desarrollo de nuevas zonas de colonización
al sur de Tolú y el crecimiento de la villa de Mompox, sobre el río Magdalena, en
una ciudad comercial, cultural, y administrativa que en 1801, con sus estimados
14.000 habitantes, impresionó al naturalista alemán Alexander de Humboldt35.
Pero los intentos de importar masivamente esclavos, como en Cuba, o de aumen-
tar la producción de la agricultura esclavista, como en Venezuela, fracasaron. La
región no logró diversificar su producción más allá de la de algodón y palo Brasil
durante algunos años, y su economía siguió alimentada principalmente por las
exportaciones legales y de contrabando de oro y pieles.
Con una población entre la cual sólo pocos entre la pequeña minoría
blanca estaban habilitados para la limpieza de sangre, la Real Pragmática de
1778 tuvo un impacto menor. Ante todo, sus reglas sobre matrimonios des-
iguales no se aplicaban a los casamientos entre negros, mulatos y zambos, y
otras castas consideradas depravadas por naturaleza, o sea la Pragmática era sin
efecto para la inmensa de la población de la región caribeña. Además, tanto en
Cartagena como en Santa Marta, los registros parroquiales revelan preferencia
por los matrimonios endogámicos. Los blancos tendían a casarse con blancas,
los cuarterones con cuarteronas, los pardos con pardas, los hombres libres con
mujeres libres y los esclavos con esclavas, lo cual reducía los posibles casos de
matrimonios desiguales36. Pero aun entre los blancos de nacimiento legítimo,
la Pragmática no siempre se respetaba, lo cual incitó al obispo Jerónimo de
Liñán, en 1802, a hacer campaña contra “el frecuente abuso de contraer matri-
monios desiguales los hijos de familias sin esperar el consentimiento paterno”.
No precisó si la desigualdad resultaba de la condición económica, de la ilegiti-
midad del nacimiento o del color de la pareja (o los tres conjuntamente). Pero
el obispo sostuvo que tales casamientos amenazaban la autoridad paterna, la
tranquilidad pública, el orden del Estado, así como el espíritu de la Iglesia, y

1770-1835 (Bogotá-Medellín: Banco de la República-Fondo Editorial de la Univer-


sidad Eafit, 2011), 90-100, 152-165.
35. Alexander von Humboldt, “Diario VII a y b”, en: En Colombia: Extractos de sus
Diarios preparados y presentados por la Academia colombiana de ciencias exactas,
físicas y naturales y la Academia de Ciencias de la República democrática alemana
(Bogotá: Flota Mercante Grancolombiana, 1982), ff. 16, 22.
36. Helg, Libertad e Igualdad…, 179-180; Steinar A. Sæther, Identidades e indepen-
dencia en Santa Marta y Riohacha, 1750-1850 (Bogotá: Instituto Colombiano de
Antropología e Historia, 2005), 53-75, 85-110.

[ 164 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

solicitó que la Corona autorizara penas monetarias y condenas en prisión para


los ofensores, “pues de las demás penas de excomunión se hace muy poco caso”.
El Consejo de Indias se negó, recomendando simplemente mayor vigilancia de
la Iglesia37. Efectivamente, la preocupación del obispo podía aparecer punti-
llosa, sobre todo tomando en cuenta la costumbre bien arraigadas en la región
caribeña de uniones alternativas sin intervención de la Iglesia. También influía
el hecho de que en las ciudades principales la mayoría de ascendencia africa-
na estaba conformada más por mujeres que por hombres, lo que limitaba las
oportunidades de las primeras para encontrar un cónyuge (para matrimonio
católico o unión libre) en su propia categoría socio-racial38. Como corolario,
algunas mujeres libres de todos los colores se casaban legalmente con pobres
españoles recién llegados, mientras que otras eran madres solteras y jefas de
hogar. En Cartagena, a finales de la década de 1770, una de cada cinco madres
no era casada39. Por consiguiente, en términos de limpieza de sangre, muchos
niños de color padecían el doble “defecto” de “mala raza” e ilegitimidad, en tan-
to que los niños blancos tendían a ser hijos legítimos.
Sin embargo, con sólo un habitante sobre diez clasificado como blanco en
la Nueva Granada caribeña, el respeto estricto de las exclusiones basadas en la
raza de color y/o el nacimiento ilegítimo hubiera puesto a las autoridades reales
delante problemas insolubles, particularmente para llenar los cargos de funcio-
narios menores. En el campo, la población era abrumadoramente parda y ne-
gra, las uniones sexuales ilegales muy numerosas, y en los pueblos donde había
pocos o ningún blanco, los hombres de ascendencia africana estaban destina-
dos a detentar las posiciones reales normalmente condicionada a la limpieza de
sangre. Había escribanos, notarios, y jueces municipales y mulatos o zambos40.
37. Expediente sobre el abuso que hay en Cartagena de celebrarse matrimonios clan-
destinos (18 de mayo de 1802), en Archivo General de Indias, Sevilla (AGI), Santa
Fe 744, No. 7.
38. En 1777, en promedio para las cinco ciudades, había 137 mujeres por cada 100
hombres entre la población de ascendencia africana (sumando libres y esclavos), y
en la sola ciudad de Cartagena, una elevada cifra de 190 mujeres por cada 100 hom-
bres entre la población libre de color (Tovar, “Convocatoria al poder del número”,
487-519 y 533-537).
39. Tovar, “Convocatoria al poder del número”, 484, 489, 492, 494 y 497; y Pablo Ro-
dríguez, Sentimiento y vida familiar en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Ariel,
1997), 83.
40. Véanse, por ejemplo, Causa criminal contra don Pablo García, formada por
el marqués de Torrehoyos, en AHNC, Sección Colonia, Fondo Negros y Esclavos,
tomo 6, 1796-97, f. 969 verso; y Francisco Barcena Posada contra Melchor Sáenz
Ortiz, Mompox , en ibídem, tomo 8, 1806, f. 785 verso.

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Aline Helg

Además, en cada ciudad de la región, algunos libres de todos los colores de piel
clara pasaban por blancos (a veces bajo la locución de “blancos de la tierra”),
fenómeno ya destacado a mediados del siglo xviii por los viajeros españoles
Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que explicaban que entre las familias blancas de
Cartagena algunas estaban “enlazadas con las de castas, o tienen su origen en
ellas”41. Dentro de los habitantes de Cartagena empadronados en 1777, muchos
que aparecieron con el título honorífico de don o doña no eran blancos, sino
pardos o mulatos42.
Como en otros dominios españoles, además de pequeños funcionarios
reales, algunos mulatos eran profesionales. Por ejemplo, siempre en Cartage-
na, Manuel Antonio Gastelbondo y sus hijos eran médicos; el pardo Laureano
Faris, dueño de tres esclavos, era comerciante43. Dada la escasez de vocaciones
religiosas en el Caribe neogranadino, unos cuarterones y mulatos podían supe-
rar su “mala raza” para convertirse en humildes sirvientes de la Iglesia. Según
el obispo José Fernández Díaz de Lamadrid, en Cartagena “se ven por las calles
Pardos y Morenos atezados profesos en la religión de San Francisco”44.
Aun cuando algunas personas de ascendencia africana parcial y nacimien-
to ilegítimo podían obtener posiciones reservadas por las leyes a los blancos,
las distinciones entre blancos y libres de color y entre nacimientos legítimos e
ilegítimos seguían agudas y se manifestaban a través de prejuicios. Aquellos par-
dos y zambos que llegaban a ser notarios, escribanos o jueces, a menudo eran
estigmatizados por su raza y, cuando era el caso, por su nacimiento ilegítimo45.

41. Juan Juan y Antonio de Ulloa, Relación histórica del viage hecho de orden de S.
Mag. a la América meridional […] (Madrid: Antonio Marín, 1748), 41.
42. En el padrón de Cartagena de 1777, 1.800 personas fueron clasificadas como
don o doña, un título reservado generalmente para blancos de nacimiento legítimo.
Entre ellas, 241 (el 22 por ciento) eran pardos, mulatos y negros residentes del barrio
de artesanos de Santo Toribio (Adolfo Meisel Roca y María Aguilera Díaz, “Carta-
gena de Indias en 1777: Un análisis demográfico”, Boletín Cultural y Bibliográfico
34: 45 (1997), 52). Para una discusión del título de “don”, véase Jaime Jaramillo Uri-
be, Ensayos sobre historia social. Tomo I: La sociedad neogranadina (Bogotá: Tercer
Mundo, 1989), 191-198.
43. Padrón que comprehende el barrio de Nra. Sa. de La Merced, y su vecindario,
formado en el año de 1777, en AHNC, Sección Colonia, Fondo Censos Varios De-
partamentos, tomo 8, f. 163; Razón del barrio de San Sebastián, Año de 1777, en
AHNC, Sección Colonia, Fondo Miscelánea, tomo 44, f. 949 verso.
44. Expediente de varias religiosas del monasterio de Santa Clara de Cartagena que-
jándose de las violencias que dicen han sufrido en la admisión de una novicia inhábil
(25 de noviembre de 1797), en AGI, Santa Fe 1077, 1798, Consejo, No. 10.
45. Véanse, por ejemplo, Causa criminal contra don Pablo García, formada por

[ 166 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

De manera general, la jerarquía de los oficios correspondía a la jerarquía de


la sociedad colonial de castas. Según los padrones de Cartagena de 1777, por
ejemplo, las labores que exigían un duro trabajo manual, como la albañilería
y la carpintería, estaban predominantemente en manos de hombres negros y
no incluían ningún blanco. Ocupaciones más calificadas, como las de barbero
y sastre, eran del dominio principal de mulatos, de unos pocos blancos, pero
de ningún negro. Oficios menos despreciados como los de pulpero y panadero
eran detentados por españoles, blancos criollos y algunos pardos, pero, de nue-
vo, no incluían negros. Los hombres registrados en las profesiones superiores
que exigían la pureza de sangre— presbíteros, altos oficiales militares, y alcaldes
ordinarios, por ejemplo— eran todos españoles o blancos criollos.
Así, la limpieza de sangre tenía vigencia en la Nueva Granada caribeña,
pero su aplicación se limitó a la pequeña élite blanca y a los puestos conside-
rados como los más honorables, como lo demuestran las informaciones que
acreditan la legitimidad y limpieza de sangre depositadas en archivos46. Por
ejemplo, los orígenes raciales y de nacimiento de los candidatos a estudiantes
y profesores de la Universidad y Seminario de San Carlos de Cartagena, creado
en 1786, eran estrictamente analizados. En 1801, la solicitud de don Josef No-
ble, un cartagenero blanco, de que los hijos de su casamiento legítimo con una
mujer cuarterona fueran declarados octavones y, por tanto, “libres del origen
de pardos”, y admitidos en la universidad, fue concedida sólo después de que el
nacimiento legítimo y la condición racial de su esposa hubieron sido documen-
tados. A fines de la misma década, el mulato Pedro Romero hizo una solicitud
similar para que su hijo Mauricio pudiera estudiar leyes en la universidad47.
el marqués de Torrehoyos, en AHNC, Sección Colonia, Fondo Negros y Esclavos,
tomo 6, 1796-97, f. 969 v; y Francisco Barcena Posada contra Melchor Sáenz Ortiz,
Mompox , en ibídem, tomo 8, 1806, f. 785 v.
46. Véanse, por ejemplo, Información de cristiandad y limpieza de sangre acredi-
tada a perdimiento de don Marcos Quezada, Cartagena, 1785, en AHNC, Sección
Colonia, Fondo Genealogías, rollo 5, ff. 692-710; Información que acredita la legi-
timidad, limpieza de sangre, vida y costumbres de don Manuel Francisco de Paula
Pérez y sus ascendientes, Cartagena, 1787, en ibídem, rollo 5, ff. 511-549; Pablo
García sobre su noble ascendencia gallega, 1799-1805, en ibídem, rollo 3, ff. 1-41;
y Certificación de don Marcos Carrasquilla, natural y vecino de Cartagena (17 de
noviembre de 1797), en AGI, Santa Fe 1079.
47. José Noble, vecino de Cartagena, solicitando se declare a Diego su hijo y demás
hermanos por Españoles, libres del origen de pardos, y hábil para ser admitido en el
colegio de San Carlos de Cartagena, en AGI, Santa Fe 1083A, 1801, No. 5; Alfonso
Múnera, Fronteras imaginadas: La construcción de las razas y de la geografía en el
siglo XIX colombiano (Bogotá: Editorial Planeta Colombiana, 2005), 160.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 167 ]


Aline Helg

En 1802 estalló un conflicto en el seminario cuando debía elegirse un nue-


vo profesor de filosofía entre un grupo de cuatro candidatos, entre ellos Pedro
Carracedo, un mulato cuya madre era hija ilegítima de una mujer negra. Curio-
samente, la raza de Carracedo no le había impedido graduarse en el Seminario
de San Bartolomé y la Universidad de Santo Tomás de Bogotá. Además, su pa-
dre había llegado a ser procurador, a pesar de ser un “reputado mulato”. La can-
didatura de Carracedo fue aprobada por el obispo de Cartagena, que consideró
suficientes sus títulos y méritos. Pero Juan Fernández de Sotomayor, que enseñó
brevemente en el Seminario de San Carlos antes de convertirse en el vicario de
Mompox, se opusó férreamente al nombramiento de Carracedo en razón de su
nacimiento “impuro”48.
Otra contravención a la exigencia de limpieza de sangre repetidamente
combatida por parte de la aristocracia cartagenera fue la admisión por el obispo
Díaz de Lamadrid, en 1794, de la monja lega María Juliana en el convento de
Santa Clara, a pesar de que era hija de madre mulata y padre desconocido. En
este caso, el obispo fue hasta perdonar a la joven cuarterona su color e ilegitimi-
dad. Para justificarlo, citó los testimonios recibidos sobre sus excelentes hábitos
y conducta y una dote de mil pesos pagados por sus prominentes protectores al
convento. Sin embargo, se rumoraba que el padre de María Juliana era un clé-
rigo. Las monjas exigieron el retiro del convento de esa “hija de espuria habida
de sacrilegio y de una madre mulata” delante el gobernador de Cartagena y la
Real Audiencia. Pero en 1797 el Consejo de Indias falló a favor de María Juliana
sin entrar en las cuestiones de su limpieza de sangre, lo cual tiende a confirmar
que se trataba antes de todo de proteger a su padre desconocido49. Aun cuando
en los dos casos precitados Díaz de Lamadrid decidió a favor de individuos sin
limpieza de sangre, eso no significa que consideraba a los que padecían de la
mancha de la esclavitud como iguales a los blancos. En 1791, el mismo obispo

48. Jaramillo Uribe, Ensayos sobre historia social., 186-188; y Gabriel Jiménez Moli-
nares, Linajes cartageneros: Los Fernández de Sotomayor (Cartagena: Imprenta De-
partamental, 1950), Vol. 1, 14. Poco después, Pedro Romero en Cartagena y Juan
Fernández de Sotomayor en Mompox jugaron un papel decisivo en la declaración
de independencia contra España (Helg, Libertad e Igualdad en el Caribe colombiano,
221-225, 233-235).
49. Expediente de varias religiosas del monasterio de Santa Clara de Cartagena que-
jándose de las violencias que dicen han sufrido en la admisión de una novicia inhá-
bil, en AGI, Santa Fe 1077, 1798, Consejo, No. 10. Sobre el estatus de hijos nacidos
del sacrilegio, véase Ann Twinam, Public Lives, Private Secrets: Gender, Honor, Sexu-
ality, and Illegitimacy in Colonial Spanish America (Stanford: Stanford University
Press, 1999), 128.

[ 168 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

abrió un pequeño orfanato para niños abandonados en Cartagena. La Corona


accedió a su pedido de que se presumiera de nacimiento legítimo todos los ex-
pósitos, pero el obispo estipuló dotes diferentes para aquellos niños que luego
se casaran legalmente —300 pesos para los pardos, 500 para los blancos— y
sólo si se casaban con parejas de la misma categoría racial, una decisión que no
provocó discusión50.
Entre las reformas de los Borbones que también tropezaron contra la rea-
lidad demográfica de la Nueva Granada caribeña figuraba la recaudación tribu-
taria. Sin entrar en un análisis del plan fiscal redactado por el visitador general
Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres para el virreinato en 1778, se puede subra-
yar que éste suscitó la Rebelión de los Comuneros de 1781 y que su alcance fue
limitado. En particular, la Corona no logró imponer el sistema de intendentes
en la Nueva Granada, a diferencia de otros virreinatos. En lo que se refiere a los
impuestos, se incrementó su monto total. Pero no se logró imponer el tributo
de castas que no había sido implementado antes; y se mejoró el recaudo del
tributo de indios en algunas provincias, pero no en la región caribeña51.
Los padrones de 1777-1780 dejan ver lo difícil que era recaudar el tributo
de indios en las tres provincias del Caribe. Prácticamente ausentes de las prin-
cipales ciudades, los indios empadronados (sin incluir los de las naciones indí-
genas no colonizadas) totalizaban cerca de 30.000 personas, un significativo 22
por ciento de la población rural. Veinticinco pueblos de indios registrados te-
nían más del 95 por ciento de sus habitantes clasificados como indígenas. Estos
pueblos estaban localizados en los límites del área colonizada entre Lorica y Co-
rozal, en la hoya del río Magdalena y los alrededores de Santa Marta y Valledu-
par. Aunque algunos pueblos de indios tenían menos de 300 habitantes, otros
superaban los 1.000, y San Andrés (al oriente de Lorica) albergaba 3.397 indios,
18 blancos y 10 libres de color a fines de los años 1770. Sin embargo, varios
pueblos de indios cerca de Barranquilla, Ciénaga, Mompox y Riohacha habían
dejado de ser “repúblicas de indios” segregadas de las “repúblicas de españoles”,

50. El obispo solicita se aprueba una casa cuna para niños expósitos, Cartagena (19
de mayo de 1791), en AGI, Santa Fe 1070, No. 10; y “R. C. que dispone la observancia
en Indias del real decreto relativo a los niños expósitos” (19 de febrero de 1794), en
Colección de documentos…, 723-25.
51. Para un análisis de las reformas fiscales borbónicas, véanse Anthony McFarlane,
Colombia before Independence: Economy, Society, and Politics under Bourbon Rule
(Cambridge: Cambridge University Press, 1993), 208-27; y John Leddy Phelan, The
People and the King: The Comunero Revolution in Colombia, 1781 (Madison: Uni-
versity of Wisconsin Press, 1978), 29-34.

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Aline Helg

pues su población contaba 10 por ciento de habitantes clasificados como negros


o pardos libres, en violación de la ley. También la relación de 108 mujeres por
cada 100 hombres entre los indios censados mostraba que la endogamia entre
la población indígena era demográficamente amenazada52.
En estas condiciones, el ya mencionado real decreto de 1787 que obligaba
a los hijos legítimos e ilegítimos de madres indias con padres no indígenas a pa-
gar el tributo de indios no se respetaba sistemáticamente en la Nueva Granada
caribeña. La presión de los libres de todos los colores sobre los resguardos in-
dígenas aumentaba, así como el mestizaje de hombres de ascendencia africana
con mujeres indias. En muchos pueblos, la mezcla racial era completa, como
lo denunció en 1768 el obispo de la diócesis de Cartagena, Diego de Peredo, en
su voluntad de prohibir los bailes populares en los cuales, decía, participaban
“indios, mestizos, mulatos, negros y zambos y otras gentes de la inferior clase:
todos se congregan de montón sin orden, ni separación de sexos, mezclados los
hombres con las mujeres”53. Al mismo tiempo, los libres de ascendencia africana
rehusaban toda identificación con los indios, que identificaban como someti-
dos al tributo de indios, cuando ellos nunca había pagado el tributo de castas54.
En realidad, en la Nueva Granada caribeña la recaudación fiscal no fue
una prioridad, principalmente porque, en el contexto de su guerra contra Gran
Bretaña y con pocas tropas españoles para proteger la región de posibles ata-
ques navales e invasiones, la Corona necesitaba ante todo la participación mili-
tar y el apoyo de su población masculina, que en su mayoría era de ascendencia
africana. La Costa caribeña fue el foco de reformas en el sistema de defensa de
la Nueva Granada y en asuntos de reclutamiento militar que demandaron tacto
y prudencia en el trato de negros, mulatos y zambos.
A partir de 1773, el mariscal de campo Alejandro O’Reilly, que acababa
de reformar el ejército en Cuba, reorganizó militarmente las provincias de Rio-
hacha, Santa Marta, Cartagena y Panamá. Su resultado más importante fue la
creación de una milicia disciplinada en muchas ciudades y villas de la región
caribeña. Solteros y casados de 15 a 45 años de edad fueron alistados por sorteo

52. Tovar, “Convocatoria al poder del número”, 492-494, 510-512 y 535.


53. Guy Bensusan, “Cartagena’s Fandango Politics”, Studies in Latin American Popu-
lar Culture 3 (1984), 127-134.
54. [José Fernández Díaz de Lamadrid], “Visita pastoral de la ciudad y diócesis de
Cartagena de Indias, 1778-1781, practicada por el Ilmo. Fray José Fernández Díaz
de Lamadrid”, en Cartas de los obispos de Cartagena de Indias durante el período
hispánico, 1534 - 1820, ed. Gabriel Martínez Reyes (Medellín: Zuluaga, 1986), 684;
también 646 y 659-660.

[ 170 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

basado en las listas de un censo. Como en el resto del imperio español, los hom-
bres que ejercían profesiones que exigían la limpieza de sangre fueron exentos
del servicio. Para 1779, la milicia de las provincias caribeñas (sin contar a Pana-
má) totalizaba 7.500 hombres, distribuidos en dos batallones y 58 compañías
de infantería, dos compañías y una brigada de artillería y dos compañías de
caballería, a los cuales se sumaba un ejército regular de tan sólo 1.737 hombres
(una minoría de ellos, españoles). En contraste, en la región andina donde vivía
la mayor parte de la población de la Nueva Granada, los miembros de la milicia
totalizaban no más de 1.400 hombres. La mayor parte del reclutamiento en el
Caribe neogranadino se hizo en las ciudades principales y villas, alrededor de
Lorica y en la hoya del río Magdalena. En otra ilustración flagrante del carácter
borroso del sistema de castas en la región, no fue posible replicar en la organiza-
ción de las milicias la segregación entre los blancos, pardos, zambos y morenos,
como lo estipulaba la reforma militar de 1773. En efecto, la casi totalidad de las
villas y pueblos no contaba con suficientes blancos para formar unidades sepa-
radas, y cuando se formó milicias de blancos, comprendían mulatos, zambos y
mestizos55.
Para 1784, el sistema de milicias fue reduciéndose gradualmente y se reor-
ganizó por completo alrededor de las ciudades principales y de unos pocos
asentamientos de las fronteras, amenazados por indios soberanos. Con menos
hombres reclutados que en 1779, la presión sobre la población rural disminuyó
y el servicio en la milicia se volvió más profesional. Sin embargo, siguió en su
gran mayoría en manos de zambos, mulatos y negros. Las ciudades de Santa
Marta y Riohacha, en las cuales menos del 15 por ciento de los habitantes fue-
ron empadronados como blancos en 1777-1800, no lograron alistar un número
suficiente de éstos en las milicias para organizar unidades de blancos, y allí,
como en otras partes, sólo se formaron compañías sintomáticamente llamadas
milicias de todos los colores56 .
De hecho, Cartagena, que registraba 26 por ciento de su población como
blanca en 1777, fue la única ciudad de la Nueva Granada caribeña donde las
distinciones raciales en la milicia se mantuvieron hasta el final del período colo-
nial. Más aún, sólo Cartagena tenía acantonado un ejército regular importante
para reforzar su milicia. En 1789, la milicia de la ciudad estaba conformada por

55. Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 7-13, 18-24 y 196-97; y
Juan Marchena Fernández, La institución militar en Cartagena de Indias en el siglo
xviii (Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1982), 431-461.
56. Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 22-23 y 99-100; y Marche-
na Fernández, La institución militar en Cartagena, 432 y 450-453.

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Aline Helg

un regimiento de infantería de blancos, un batallón de infantería de pardos,


y dos compañías de artillería, una de pardos y la otra de morenos. Aun así, la
Corona tenía dificultades para alistar españoles y criollos blancos en la milicia
de blancos, porque muchos ejercían profesiones que los eximían del recluta-
miento. Otros blancos de Cartagena se alistaban en la menos exigente matrícula
de mar, creada por España en 1775 para organizar una guardia costera. Por ley,
todos los hombres que se ganaban la vida en el mar tenían que registrarse para
poder ejercer legalmente su oficio, pero personas de otras profesiones manua-
les, como plateros, panaderos y pulperos, entre ellos muchos blancos, integra-
ron la matrícula de mar, la cual en 1781 aseguraba contar con más de 3.000
hombres para Cartagena y el área circundante57. Además, numerosos blancos
lograban evitar prestar cualquier servicio militar a pesar de no ser legalmente
exentos. En consecuencia, las milicias de Cartagena no correspondían a una
segregación racial estricta sino a una escala de color que comprendía desde la
milicia más “clara” de blancos, pasando por la milicia de pardos, mezclada en
su mayor parte, hasta la milicia de artillería de morenos, más “oscura”. Según el
censo de artesanos de la ciudad de 1780, la milicia de blancos incluía españoles
y blancos criollos, así como algunos cuarterones, mulatos, pardos, zambos y un
puñado de negros, mientras que la milicia de pardos comprendía cuarterones,
mulatos, pardos, zambos y negros, y la milicia de artillería reunía hombres de
piel más oscura, sobre todo negros, junto con algunos mulatos y pardos58.
El hecho de que, en todo el Caribe neogranadino, los blancos hayan re-
sistido a alistarse en la milicia, cuando los libres de ascendencia africana lo
aceptaban, muestra grandes diferencias raciales en el estatuto de los hombres
libres. Efectivamente, el servicio en la milicia no traía nuevos privilegios o me-
jor consideración para los blancos, sino sacrificios, en especial cuando suponía
misiones lejos de la ciudad. Al contrario, para los hombres negros, mulatos y
zambos, aun cuando implicaba los mismos riesgos, el servicio otorgaba un esta-
tus superior en la comunidad porque sólo aquellos capaces y económicamente
independientes podían alistarse. Significaba también que estos hombres tenían
derecho al fuero militar y las ventajas que traía. Además, en una sociedad que
excluía a los de ascendencia africana de las profesiones y posiciones de prestigio

57. Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 23-24.


58. Relación que comprende los artesanos que viven en el Barrio de Sn. Sebastián de
esta ciudad con expresión de sus nombres, casas, edades y los que son milicianos, en
AHNC, Sección Colonia, Fondo Miscelánea, rollo 31, ff. 1014-1015; y Relación que
manifiesta los artesanos que existen en el Barrio de Sto. Thoribio el presente año de
1780, en ibídem, rollo 31, ff. 148-154.

[ 172 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

a raíz de su falta de limpieza de sangre, la milicia ofrecía una de las pocas vías
existentes de ascenso social. Para algunos hombres del campo y de pequeños
pueblos, representaba la posibilidad de establecerse, a menudo con sus familias,
en una ciudad que ofreciera mayores oportunidades. En Cartagena, entre los
artesanos cuarterones o mulatos registrados en la milicia blanca, con el tiempo
algunos podían empezar a pasar por blancos.
Sin embargo, en la Nueva Granada como en otros virreinatos, en la mili-
cia no existía igualdad entre hombres blancos y libres de color. Las exclusiones
vinculadas al estatuto racial se manifestaban explícitamente en la oficialidad.
Según la ley, los pardos no podían ser promovidos a posiciones superiores a la
de capitán, y aun así, pocos llegaron a serlo. Como lo señalan los registros del
servicio de la milicia de pardos de Cartagena, la mayoría de los oficiales y sub-
oficiales eran españoles o criollos blancos; menos de veinticinco por ciento eran
“plebeyos” o “comunes” y probablemente de color. Además, era frecuente para
los blancos de la élite recibir el mando de una unidad de milicia o un puesto
de oficial en recompensa por algún servicio. Otros blancos afortunados com-
praban cargos de oficiales, considerados como honorables, en contraste con
las plazas de milicianos rasos59. No obstante, un número limitado de pardos y
cuarterones fue ascendido al grado de suboficial, lo cual traía ventajas. Luego
de muchos años de servicio impecable, recibían una pensión mensual. Quince
años de servicio daban entre 6 y 9 reales de plata mensuales; 25 años, hasta 90
reales, es decir, más que el ingreso promedio de un platero60.
Después de la reanudación de la guerra entre España e Inglaterra, en 1796
Madrid solicitó que la inmensa costa caribeña de la Nueva Granada estuviera
protegida contra una posible invasión británica por tropas nativas. Empero,
como el Caribe francés se hallaba en plena efervescencia revolucionaria, la Co-

59. Eduardo de Llamas, Libro de hojas de servicios de los ayudantes y sargentos gar-
zones de la plana mayor de ejército agregada por S. M. al batallón de pardos libres de
Cartagena (31 de diciembre de 1797), en AGS, Secretaria de Guerra 7281, exp. 6; y
(31 de diciembre de 1800), en Secretaria de Guerra 7282, exp. 4. Para Mompox, véase
Cuerpo de cazadores urbanos del partido de Mompox, Marqués de Torre Hoyos (15
de junio de 1799), en AGS, Secretaria de Guerra 7073, exp. 51. Sobre discriminación
racial entre oficiales, véase Kuethe, Military Reform and Society in New Granada,
38-39.
60. El baylio frey don Antonio Valdés (1788-89), en AGS, Secretaria de Guerra 7073,
exp. 30 y 34; y Don Juan Manuel Álvarez de Faría (1798), en ibídem, exp. 38. Para
salarios promedios, véase Virginia Gutiérrez de Pineda y Roberto Pineda Giraldo,
Miscegenación y cultura en la Colombia colonial, 1750-1810 Vol. 1, (Bogotá: Unian-
des-Colciencias, 1999), 395.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 173 ]


Aline Helg

rona se opuso al reclutamiento de más hombres de ascendencia africana e in-


trodujo nuevas regulaciones humillantes para los milicianos de color. El virrey
Pedro Mendinueta y el gobernador de la provincia de Cartagena, Anastasio Ze-
judo, eran tan conscientes de que cualquier discriminación innecesaria contra
los libres de color podría amenazar la seguridad de la Nueva Granada, que se
negaron a imponer las nuevas regulaciones a los batallones de la región caribe-
ña, a pesar de la protesta del secretario de Guerra61. A la demanda de Madrid
de alistar tropas nativas que no fueran de ascendencia africana, Mendinueta
contestó que, con excepción de unos pocos “espíritus perversos”, los pardos y
mulatos de la costa siempre habían manifestado su lealtad a las autoridades
coloniales —en contraste con los neogranadinos del interior andino, que ha-
bían participado en la Rebelión de los Comuneros de 1781. El virrey propuso
reforzar las milicias ya constituidas con más negros, mulatos y zambos y formar
nuevas unidades de “milicias de todos los colores”. En 1799, la Corona reco-
noció que no tenía opción distinta a la de aceptar el plan del virrey y aceptó la
creación de dos batallones de “milicia de todos los colores” en las indefensas
ciudades de Valledupar y Mompox, por las cuales pasaba la única ruta entre el
vulnerable puerto de Riohacha y la Nueva Granada andina62. Además, cómo
el secretario de guerra daba rodeos sobre los derechos de los nuevos reclutas,
Mendinueta llegó al punto de declarar que a los milicianos de color de Mom-
pox como a los de Valledupar, se les debía otorgar el fuero militar porque “sin
esta distinción y aliciente ni se prestarán a la instrucción y arreglo precisos para
servir en la ocasión con utilidad”. Finalmente, el ministerio de guerra aceptó63.
Así, la preponderancia demográfica de los libres de ascendencia africana
en el Caribe neogranadino les daba un peso innegable en la seguridad de la
región que las autoridades reales tuvieron que reconocer. Además, pertenecer
a la milicia situaba a estos hombres libres de color en una posición de poder
en relación con los estratos más bajos de la sociedad: los libres negros, mulatos
y zambos más pobres, los esclavos y los indios. La conciencia sobre su estatus

61. Nota reservada del secretario de guerra al virrey de Nueva Granada (6 de no-
viembre de 1797), en AGS, Secretaria de Guerra 7073, exp. 39. Véanse también Sán-
chez, “African Freemen and the Fuero Militar…”; y Kuethe, Military Reform and
Society in New Granada, 177-178.
62. Pedro Mendinueta a Juan Manuel Álvarez (19 de noviembre de 1799), en AGS,
Secretaria de Guerra 7073, exp. 51; y Kuethe, Military Reform and Society in New
Granada, 31, 99 y 217.
63. Mendinueta a Álvarez (19 de noviembre de 1799), en AGS, Secretaria de Guerra
7073, exp. 51.

[ 174 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

especial dentro de la sociedad colonial forjó una identidad corporativa entre


los milicianos de color y disminuyó su sentido de subordinación a los blancos.
Pero simultáneamente muchos milicianos pardos o negros eran artesanos con
pequeños talleres que los ataban a contratistas y clientes blancos, haciéndolos
partícipes de redes verticales de patronazgo interracial64. Esa posición ambigua
no les permitía contestar los fundamentos de una sociedad colonial de castas
basada en la limpieza de sangre.
Efectivamente, la mancha de la esclavitud permanecía indeleble, como lo
ilustra el caso del cabo pardo Manuel Yturen en 1799. El 1º de abril de 1799, éste
denunció una presumida conspiración de esclavos en Cartagena, liderada por seis
esclavos franceses recién importados ilegalmente por oficiales, en asocio con algu-
nos esclavos criollos y bozales y un suboficial negro de la artillería. Supuestamente,
al día siguiente los conjurados planeaban asesinar al gobernador, tomarse varios
fuertes, masacrar luego a los blancos y saquear la ciudad. Los esclavos conspirado-
res trataron de reclutar a Yturen con el fin de contar con la unidad de milicianos
pardos a la que éste pertenecía, pero él delató el plan al gobernador Zejudo. La
conspiración fue cortada de raíz, sin suscitar disturbios65. Pero en el contexto de
revolución en el Caribe francés, produjo especulaciones sobre conexiones interna-
cionales e hizo vacilar la confianza del gobernador en la lealtad de sus milicias de
color. Por esta razón, él quiso recompensar de manera ejemplar a Yturen66.
Si los esclavos conspiradores estuvieran listos para ejecutar su plan el 2 de
abril, como se alegaba, con su delación el cabo pardo salvó al gobernador y a los
blancos de la masacre y a la ciudad del saqueo. Cumplió un acto de heroísmo
extraordinario al servicio del rey y la patria, digno de dispensarle de su impu-
reza de sangre y “defectos” como pardo o cuarterón. Sin embargo, Zejudo sólo
recompensó a Yturen con un ascenso al grado suboficial de sargento en una
ceremonia pública. Solicitó también a la Corona que le concediera una meda-
lla de mérito y le otorgara el privilegio de un salario permanente, aun cuando
Yturen no se encontraría en servicio activo. El gobernador consideraba que con
tal “decoroso ejemplo los sentimientos de amor y gratitud al soberano se afian-
zarán y estimularán más en los ánimos de [estos milicianos pardos], que tanto
64. Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 85-86.
65. Pedro Mendinueta a Francisco de Saavedra (19 de julio de 1799), en AGI, Estado
52, No. 81, ff. 1-2.
66. Sobre la supuesta conspiración, véase Aline Helg, “A Fragmented Majority: Free
‘of All Colors,’ Indians, and Slaves in Caribbean Colombia during the Haitian Revo-
lution”, en The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World, ed. David
Geggus (Charleston: University of South Carolina Press, 2001), 157-161.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 143-180 [ 175 ]


Aline Helg

interesan a su Real servicio, y a la conservación de estos Dominios”67. En cuanto


al virrey Mendinueta, estimaba “muy esencial congratular con esta demostración
los ánimos de esta clase de gente de color muy numerosa en aquella Provincia que
hasta ahora no ha desmentido su fidelidad, y que si llegara a corromperse serían
irreparables las consecuencias”. Agregaba que el privilegio de un salario perma-
nente sería económico, porque la raza de Yturen lo excluía de un ascenso más alto
y porque él estaría casi siempre en servicio militar activo.68 España le concedió a
Yturen la medalla y el salario permanente.69 En realidad, tal recompensa, escenifi-
cada en una ceremonia pública, confirmaba el sistema de castas y la existencia de
la barrera de la limpieza de sangre, infranqueable para los que llevaban la mancha
indeleble de la esclavitud en su genealogía, como el cabo pardo Yturen.

Conclusión

El requisito de la limpieza de sangre no fue absoluto en la Nueva Granada


caribeña, porque sólo afectaba a muy pocas personas entre la pequeña minoría
de los peninsulares y blancos criollos. La inmensa mayoría de la población era
mulata, parda, zamba y negra, o sea, hereditariamente excluida de la pureza de
sangre por la mancha de la esclavitud. Sobre ella, las regulaciones basadas en el
principio de la limpieza de sangre, como la Pragmática sobre los matrimonios,
no tenía ningún efecto. Como la élite blanca apenas tenía suficientes candidatos
para los puestos reales y profesiones de alta consideración, aceptó la presencia
de pardos y cuarterones (más bien que negros) en oficios intermediarios o me-
nores que legalmente requerían pruebas de limpieza de sangre, y les integró en
redes de patronazgo para controlarlos.
Sin embargo, en los casos que hubieran podido alterar fundamentalmente
el sistema de castas, como él del cabo pardo Ybaren que denunció la presunta
conspiración de esclavos de Cartagena en 1799, el perdón de sus “defectos” de
pardo hubiera tenido repercusiones peligrosas para la Corona y la élite blanca. Se
concedió ascender a Ybaren al grado superior del que tenía, pero al mismo tiem-
po se confirmó a él y a sus milicianos su estatuto de pardos y subalternos. Fue
también lo que reafirmó en 1806 el Consejo de Indias, cuando se negó a igualar
los libres de color de Guatemala a la clase común de los españoles, rehusándoles

67. Zejudo a Mendinueta (10 de abril de 1799), en AGS, Secretaria de Guerra 7247,
exp. 26, ff. 149-150.
68. Mendinueta a Álvarez (19 de mayo de 1799), en ibídem, exp. 26, ff. 147-148.
69. Resolución del Consejo de Guerra (2, 4 y 8 de octubre de 1799), en ibídem, exp.
26, ff. 18-20, 22-23 y 157.

[ 176 ] Boletín de Historia y Antigüedades


La limpieza de sangre bajo las reformas borbónicas
y su impacto en el Caribe Neogranadino

nuevas posibilidades de adelanto social en razón de la corrupción de su sangre y


de sus “costumbres”. El año siguiente, el Consejo rechazó la idea de extender en
América la reclasificación de ciertas artes mecánicas como “honestas y honora-
bles”, como se acababa de hacer en España. En un razonamiento circular racista,
resolvió que como en las Indias, los artesanos eran casi todos pardos y negros, tal
reclasificación les incitaría a creerse “librados de sus malignas e infames raíces”70.
En otras palabras, la mancha de la esclavitud era indeleble.
En la Constitución política de la Monarquía española de 1812 se mantuvie-
ron las exclusiones de los libres de color basadas en la exigencia de la limpieza
de sangre. Aunque reconoció como españoles a todas las personas libres nacidas
en el imperio español, sólo los hombres cuya genealogía demostraba ascendencia
exclusivamente europea e india serían ciudadanos. Como lo precisó el Artículo 22:
A los españoles que por cualquier línea son habidos y reputados por
originarios del África, les queda abierta la puerta de la virtud y del mereci-
miento para ser ciudadano: en su consecuencia las Cortes concederán carta
de ciudadano á los que hicieren servicios calificados á la Patria, ó á los que
se distingan por su talento, aplicación y conducta, con la condición de que
sean hijos de legítimo matrimonio de padres ingenuos; de que estén casados
con mujer ingenua, y avecindados en los dominios de las Españas, y de que
ejerzan alguna profesión, oficio ó industria útil con un capital propio.71

Estipulaba en seguida que era necesario ser ciudadano español (o sea, sin
ascendencia africana) para concurrir a todos los honores y empleos públicos,
del nivel nacional al nivel municipal.
Mientras que en los años 1810-1820 las constituciones de las nuevas repú-
blicas independientes de la América española continental hicieron desparecer la
limpieza de sangre y el nacimiento legítimo —pero no la esclavitud— de sus prin-
cipios, en España, Cuba y Puerto Rico, sólo entre 1865 y 1870 se eliminaron los
requerimientos de demostración de pureza de sangre para ser admitido en el ejér-
cito, los colegios y universidades religiosos y laicos y en la administración pública72.

70. “Dictamen del fiscal en el Consejo de las Indias sobre declarar en Américas que
las artes y oficios mecánicos son nobles” (24 de enero de 1807), en Colección de
documentos…, 832-834.
71. Constitución política de la Monarquía española de 1812, http://www.ordenjuri-
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72. Instituto Internacional de Genealogía y Heráldica, Estudios a la Convención Del
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[ 180 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia
nacional
Rob erto Pine da ca m acho
Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, Colombia.
[email protected]

Resumen

El ensayo presenta un panorama general de la historia del estudio


de las “reliquias” indígenas en Colombia. Enfatiza que durante la se-
gunda mitad del siglo xix, se genera una transformación estética de la
mirada sobre los artefactos arqueológicos que fundamenta una nueva
visión sobre las estatuas de San Agustín. De otra parte, simultáneamente,
se genera una apropiación social de la escultura agustiniana, expresada
en su traslado al pueblo de San Agustín o de algunas estatuas a Bogotá.
En este marco se analiza el impacto de la publicación del libro de Konrad
Theodore Preuss y su traducción temprana al castellano. Sostenemos que
el libro de Preuss desencadenó una reacción en cadena que, dadas ciertas
condiciones previas, generaron una nueva preocupación por el patrimo-
nio arqueológico nacional.

Palabras clave: Arqueología, estatuaria de San Agustín, Konrad


Theodore Preuss, apropiación social del patrimonio e identidad
nacional.

Recibido: 14 de febrero de 2014. Aceptado: 30 de abril de 2014.

[ 181 ]
The artist and the stonemason.
San Agustin national as a relic
Rob erto Pine da ca macho

Abstract
The paper presents an overview of the history of the study of “re-
lics” Indians in Colombia. Emphasizes that during the second half of
the nineteenth century, an aesthetic transformation of the look on the
archaeological artifacts that a new vision based on the statues of San
Agustín is generated. Moreover, simultaneously a social appropriation
of Augustinian sculpture, expressed in its transfer to the town of San
Augustine or some statues to Bogota is generated. In this context the
impact of the publication of Konrad Theodore Preuss and early the Cas-
tilian translation is analyzed. We argue that the book of Preuss triggered
a chain reaction that, under certain preconditions, generated a new con-
cern for the national archaeological heritage.

Keywords: archaeology, statuary of San Agustín, Konrad Theodore


Preuss, social appropriation of heritage and national identity

Cómo citar este artículo:


Pineda Camacho, Roberto. “El cantero y el artista. San Agustín como una reliquia nacional”.
Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 181-218.

[ 182 ]
A la memoria del doctor Luis Duque Gómez

Imagen 1: Plaza de mercado de San Agustín con las estatuas.


Tomada de Konrad T. Preuss, Arte Monumental Prehistórico-
Excavaciones en el Alto Magdalena y San Agustín, 1931.

Los muiscas y los hombres Dorados 1

El Epítome del Nuevo Reino de Granada (1550) escrito quizás por el cos-
mógrafo de la corte Alonso de Santa Cruz, aunque basado en el gran cuader-
no hoy perdido de don Gonzalo Jiménez de Quesada (1496/1509-1579) revela

1. Deseo expresar mi gratitud con Margarita Téllez, estudiante de Antropología de


la Universidad Nacional, quien ha sido un soporte fundamental en la organización
de este texto, y en la búsqueda y digitalización de las imágenes que acompañan el
ensayo. Igualmente mi reconocimiento con mi colega profesor Héctor Llanos, cuyos
comentarios y estímulo han sido también relevantes para nuestro ensayo. Sin duda,
una conversación ininterrumpida desde nuestros años de profesores en la Universi-
dad del Cauca, se ve reflejada en las presentes páginas.

[ 183 ]
Roberto Pineda Camacho

la impresión que el mundo de los muiscas o moscas del altiplano cundiboya-


cense causó en las primeras huestes españolas. Los muiscas o moscas fueron
considerados en cierta forma como gentes de razón, comparables a las grandes
sociedades paganas de la antigüedad; y cualitativamente diferentes (según el
Epítome) a sus vecinos —los panches— que amenazaban con comerse a los
pacíficos hombres de las altiplanicie: sus boticarios (quizás templos o bohíos
sagrados) conservaban las calaveras humanas de sus inveterados enemigos de
las montañas andinas.
Mientras que esto acontecía en la región central del Nuevo Reino de Gra-
nada, los reales que invadían otras regiones de la tierra firme de la actual Co-
lombia (subiendo por el cauce del río Cauca o sus orillas, o desplazándose desde
la ciudad de Quito hacia el norte, hacia lo que sería la llamada Gobernación de
Popayán) también enfrentarían a grandes caciques cuyas plumas y parafernalia
en oro igualmente los impresionarían, no obstante que sus grandes bohíos es-
taban protegidos con cercos de duras maderas en los cuales exhibían calaveras
y otros restos humanos; en el interior de sus grandes casas (que serían llamadas
bohíos del Diablo) conservaban los cuerpos disecados de sus enemigos, henchi-
dos de ceniza, con sus cráneos reconstruidos en cera. Algunos grandes bohíos
—casas colectivas— poseían tambores humanos, situados a un costado de la
puerta principal.

Imagen 2: Escena de canibalismo en el Valle del Cauca, por Cieza de León.


Tomada de Pineda C., 2000.

[ 184 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Aquí y allá, las piezas orfebres impresionaron vivamente a los peninsula-


res y abrieron sus apetencias y ambiciones; los llevaron a saquear sus túmulos
funerarios (como haría Pedro de Heredia en el Sinú) o a tomar por la fuerza los
bienes preciosos de sus moradores nativos.
La apoteosis del hombre dorado alcanzaría su clímax con las historias
acerca de la existencia de la laguna dorada, en Guatavita, en donde se decía que
un cacique revestido de polvo de oro, acompañado de su séquito, navegaba en
una balsa (ya sea como ritual de consagración en su cargo o para cumplir sus
obligaciones rituales); se lanzaba al agua junto con la miríada de ofrendas u ob-
jetos votivos en oro o en tumbaga que portaban sus acompañantes. El mito del
Dorado, de otra parte, desencadenaría las más variadas expediciones, incluso al
Amazonas; despertaría, igualmente, la codicia de algunos hombres y españoles
de la recién fundada Santa Fe de Bogotá, quienes, decididos a obtener el oro,
intentaron (aunque fracasaron) desaguar aquella laguna sagrada, para apodarse
de sus tesoros, secularmente depositados por los muiscas.

Imagen 3: Laguna de Guatavita.


Tomada del Papel Periódico Ilustrado, 13, Bogotá, 15 de abril de 1882, 209.

A pesar de la relativa exaltación de los muiscas, los artefactos de los indios,


vivos o desaparecidos, su variada cultura material, fueron considerados como
idolatrías, como manifestaciones del Demonio y, en cuanto tales, confiscados,
quemados, fundidos y objeto de exorcismo, en ceremonias públicas realizadas
en las plazas centrales de las villas y ciudades del Nuevo Reino; sus restos fueron

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 185 ]


Roberto Pineda Camacho

repartidos —previo el pago del quinto real— entre los vecinos del Reino, aun-
que también fueron objetos de agrias disputas: entre ellas fue famosa la contro-
versia que enfrentó a los poderosos oidores de la Real Audiencia y al Arzobispo
Luis de Zapata de Cárdenas (1515-1590) por el usufructo de las sepulturas, lo
que se zanjó mediante una decisión de la Real Audiencia en virtud de la cual lo ob-
tenido de las sepulturas se “distribuyese en vestir indios pobres, y parte en el
ornamento de los altares”, descontado el quinto real2.

Imagen 4: Deidad con calavera o posiblemente cabeza trofeo.


Tomada de Preuss, 1931, plancha 29.

A partir de la segunda mitad del siglo xviii, una incipiente influencia de


las ideas de la Ilustración, insuflaría nuevas representaciones sociales respecto
a lo que ahora se llamaría antigüedades —en consonancia con la conforma-
ción de los Gabinetes de Curiosidades en las cortes europeas y, en particular,
en España—. En este caso, en los pasillos del palacio o casa del virrey Messía de
la Cerda (1700-1783) en Bogotá, la sede del Virreinato, se exhibieron algunas
momias procedentes de cuevas de la ciudad de Ocaña, al norte del Reino, lo que
quizás motivaría a que otros vasallos siguieran, en parte, su ejemplo.
De esta forma, durante la segunda mitad del siglo xviii, vecinos de la ciu-
dad Popayán, sede de la Gobernación del mismo nombre, o de otras ciudades del
Virreinato de la Nueva Granada, coleccionaban artefactos de cerámica y otros
enseres indígenas en sus casas o moradas, aunque al parecer algunos de ellos ya
2. Luis Duque Gómez, Colombia – Monumentos arqueológicos (México: Instituto
panamericano de Geografía e historia, 1955), 16

[ 186 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

mostraban cierta afición por los mismos a finales del siglo xvii —en particular
Juan Vásquez de Loaysa, licenciado, al decir de Lucas Fernández de Piedrahita
(1624-1688) “muy versado en descubrir y conservar antigüedades”—3.
Un anónimo sacerdote oriundo de Popayán, escarbaría las tumbas aborí-
genes del Alto Magdalena y llevaría a que en 1757 el fraile francisano Fray Juan
de Santa Gertrudis (1724-1799) encontrara —bajo sus indicaciones— grandes
estatuas de piedra situadas en el ámbito de la infinitamente grande hacienda de
Laboyos, en las inmediaciones del pueblo de indios de San Agustín. Tal vez un
terremoto había puesto al descubierto parte de los montículos funerarios o qui-
zás la misma acción de los guaqueros —o saqueadores de tumbas— los había
arrebatado de la tierra, bajo el ámbito de un denso bosque que cubría la región.

Figura 5: Figura femenina encontrada en la orilla occidental del río Lavapatas, en las
excavaciones realizadas por Konrad Teodoro Preuss, 1931. Tomada de Preuss, 1931, plancha 51.

El fraile franciscano las describiría en su famosa (pero tardíamente pu-


blicada) memoria de viaje titulada Maravillas de la Naturaleza (1955). El con-
sagrado misionero interpretó las estatuas como manifestaciones del demonio,
siguiendo una tradición medieval que se resistía a desaparecer. Observó que
algunas de ellas semejaban figuras de obispos y otros religiosos observantes; y
conjeturó que el diablo las había fabricado de esta forma para profetizarles —a
los indios— que hombres semejantes vendrían en algún tiempo futuro para
conquistarlos.
3. Duque Gómez, Colombia…, 53

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 187 ]


Roberto Pineda Camacho

“El demonio los fabricaría, y les diría: ‘hombres como estos, o de este
traje, serán los que gobernarán esta tierra’”.4

No es improbable que en la señorial y esclavista Popayán, al otro lado de


la cordillera, pasando los grandes páramos de Moras, las Delicias y Guanacas
que separan el Alto Magdalena de las cabeceras del río Cauca, hubiese habido ya
noticias de las estatuas de piedra agustinianas, ya sea por el anónimo sacerdote-
guaquero o por el mismo Santa Gertrudis u otros frailes franciscanos del cole-
gio misionero de Propaganda Fide de Popayán.
De hecho, a finales del siglo xviii, otro payanés, el célebre Francisco José
de Caldas (1768-1816), el con justeza llamado Sabio Caldas, transitando por las
montañas del Cauca llegaría de nuevo a San Agustín, encontraría sus tumbas,
montículos y estatuas, y lo definiría como un centro religioso:
Hay allí vestigios de una nación artista y laboriosa que ya no existe.
Estatuas columnas, adoratorios, mesas, animales y una imagen del sol des-
mesurada, todo de piedra en número prodigioso, nos indica el carácter y
las fuerzas del gran pueblo que habitó las cabeceras del Magdalena.5

La Republica y las guacas de los indios

La fundación de la República (1811) supuso no solo un cambio socio-


político sino también ideológico, en cuanto implicó un distanciamiento con
España, la madre patria. Aquí y allá, en la América Española se repensó a la mo-
narquía de la casa de los Borbones como una madrastra, una mala madre con
sus hijos americanos. Durante las primeras décadas —en la mal llamada Patria
Boba— se acuñaron monedas con estampas de chinas (indígenas) que rempla-
zaban las efigies de reyes o reinas españolas, u otros símbolos de la monarquía
católica española.
Esta relativa exaltación del mundo indígena se fundaba, en realidad, en
una revalorización del mundo muisca a finales del siglo xviii, poco antes de
la Independencia, entre algunos letrados de Santa Fe de Bogotá, entre ellos el
sacerdote José Domingo Duquesne (1745/1748-1822) y don Manuel de Soco-
rro Rodríguez (1758-1819), director de la Biblioteca Real (1790). Duquesne,
párroco de Gachancipá, y hombre verdaderamente ilustrado, sostenía haber

4. Fray Juan de Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, t. 1 (Bogotá: Empresa


Nacional de Publicaciones, 1956), 293 y ss.
5. Francisco José de Caldas, “Estado de la geografía del virreinato”, en Semanario del
Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Editorial Minerva, 1942)

[ 188 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

descubierto —en una cueva localizada en los cerros adyacentes al citado pue-
blo de indios— diversos artefactos grabados que revelaban la existencia de un
complejo calendario muisca; mientras que el bibliotecario real afirmaba que los
muiscas habían poseído una alta cultura similar a la Azteca o la Inca.

Imagen 6: Calendario Muisca por el sacerdote Duquesne.


Tomada Duquesne, 1795.

De esta manera, cuando se fundó el Museo de Historia Natural, en 1824,


al lado de piedras raras y minerales se exhibieron huesos gigantes de animales
desconocidos hallados en Soacha, una momia muisca proveniente de la ciudad
de Tunja, el manto o acso de la esposa del inca Atahualpa, y pedazos de hierro
meteórico encontrados en diferentes regiones (uno de los cuales aún se encuen-
tra en el Museo Nacional de Bogotá).
No obstante la valoración de los muiscas como alta cultura americana, se
intentó nuevamente desaguar la laguna de Guatavita (en una empresa que in-
cluyó al mismísimo general Francisco de Paula Santander y connotados miem-
bros de la élite bogotana); en el año de 1833 se expidió una ley que permitía la
excavación y el usufructo privado de las guacas de los aborígenes:
Artículo único. El oro, plata y piedras preciosas que se encuentran
en las sepulturas, templos, adoratorios y guacas de indios, y demás cono-
cidas con el nombre de ‘tesoros’, desde el día de la publicación de esta ley,
corresponden íntegramente al inventor e inventores, sin más obligación

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Roberto Pineda Camacho

que pagar los derechos de quinto y fundición, quedando en consecuencia


derogadas todas las disposiciones y leyes que sean contrarias a la presente6.

Aquí y allá se reactivaron las excavaciones de sitios funerarios o de habita-


ción de los indios, motivadas por su valor en cuanto tesoros; aunque ya a media-
dos del siglo xix, unos pocos hombres excepcionales —como el sacerdote José
Rómulo Cuervo— abrieron sus propios museos de antigüedades con base de sus
recolecciones en campo. Y otros, como Manuel María Vélez, también iniciaron
sus propias colecciones —fruto, en general, de encuentros fortuitos de campesi-
nos o labradores al arar la tierra o al explorar ciertas cuevas—. Más tardíamente,
destacados hombres de negocios y letrados de Antioquia harían lo propio me-
diante la adquisición de grandes piezas orfebres de manos de los comerciantes-
guaqueros que participaban en la colonización de las vertientes del Quindío.

El estudio de las Antigüedades de los Indios

Tendríamos que esperar a la Expedición Corográfica (1850-1859) para que


se relanzara cierto interés oficial por las antigüedades de los indios. Manuel An-
cízar (1812-1882) —su primer secretario— y sobre todo su director, el coronel
Agustín Codazzi (1793-1859), nos legarían páginas memorables a este respecto.

Imagen 7: Reconstrucción del Templo según Codazzi.


Tomado de Preuss, 1931, plancha 17.
6. Duque Gómez, Colombia…, 147

[ 190 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

La visita que hicieran el geógrafo Codazzi y sus acuarelistas al Alto Mag-


dalena, en el año de 1857, los impactó o impresionó positivamente. Codazzi
describió con cierto rigor y detalle las estatuas de San Agustín, sus montículos
y adoratorios. Uno de sus célebres acuarelistas —Manuel María Paz (1820-
1902)— dibujó con maestría una vista del Nevado del Huila, desde San Agustín,
y sus monumentos arqueológicos. El director se admira —literalmente se emo-
ciona— con la perfección de algunas estatuas. Estimó que San Agustín era un
sitio sagrado, forjado por los antiguos indios andaquíes que, debido a la presen-
cia española, debieron treparse por la cordillera y buscar refugio en las densas y
lluviosas selvas tropicales del Caquetá, al oriente de Colombia.
Codazzi consideró que no solo son objetos de arte, sino que representan
o “expresan un sistema religioso con aplicación a la vida social”. San Agustín
era, según su opinión, ante todo un lugar sagrado, un lugar de peregrinación y
adoratorio, habitado por sacerdotes y peregrinos; o una “especie de convento”
con sacerdotes, agoreros, neófitos y peregrinos7.
Entre las hieráticas estatuas, dos de ellas le llamaron la atención; pertene-
cen a un mismo templete —o adoratorio— que su dibujante Manuel María Paz
representa con esmero. La primera, con rostro humano y colmillos de jaguar,
“símbolo de una edad madura”, tiene en la mano derecha —según su punto de
vista— “un escoplo o hacha pequeña”; y en la mano izquierda, un cincel (quizás
con los que tallaron las estatuas); la otra estatua, su complemento, representa
un joven cenceño, sin colmillos, sin adornos, con una actitud paciente y hu-
milde, como si fuese el discípulo “quien obedece y persevera”. Aquella, asevera,
representa el Dios de la Escultura o del Trabajo; la segunda, el Aprendiz.
En conjunto nos revelan “que en este grupo se divinizaba el trabajo, ense-
ñando que debe ir acompañado de paciencia y humildad para que el hombre
mejore su condición”8.
Aunque sus informes fueron publicados unos lustros más tarde, San Agus-
tín se convirtió en un lugar de peregrinación de ilustres viajeros colombianos y
extranjeros durante la segunda mitad del siglo xix9.
7. Agustín Codazzi, “Ruinas de San Agustín (28 de noviembre de 1857), en Gómez
López, Augusto Javier, et al, Geografía física y política de la Confederación Granadi-
na, v. 2: Estado de Cundinamarca y Bogotá: antiguas provincias de Bogotá, Mariqui-
ta, Neiva y San Martín (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Alcaldía Mayor
de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo; Gobernación de Cundinamarca,
2003), 267 y ss.
8. Codazzi, “Ruinas de…, 277
9. A principios de 1869, arribaría el joven vulcanólogo alemán Alphons Stübel
(1835-1904), quien consideraría las estatuas –sabemos por su carta remitida des-

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 191 ]


Roberto Pineda Camacho

Imagen 8: Laguna de Siecha.


Tomada del Papel Periódico Ilustrado, 13, Bogotá, 15 de abril de 1882, 209.

De otra parte, en la década de 1870, se conformarían en Bogotá y en Me-


dellín pequeños grupos de coleccionistas y anticuarios que intentarían describir
las sociedades prehispánicas de Colombia, en particular las sociedades del valle
del río Cauca y la sociedad muisca del altiplano.
Sin duda, en este contexto sobresale el médico Liborio Zerda (1830-1919)
quien, bajo la influencia de Adolf Bastian (1826-1905), el famoso etnólogo ale-
mán, fundador del Museo Real de Etnografía de Berlín (1886), escrutaría el
funcionamiento de la sociedad muisca y se plantearía relevantes problemas de
etnología general a partir de sus lecturas de las crónicas coloniales y de desta-
cados autores ingleses —Edward B Taylor (1832-1917) y John Lubbock ( 1834-
1913) y alemanes de su época. Sus escritos, publicados inicialmente en forma de
ensayos o artículos en el Papel Periódico Ilustrado (fundado por Alberto Urdaneta)
y acompañados con profusos grabados, fueron parcialmente compilados bajo el
título de “El Dorado” (1883) y luego reimpresos en su forma definitiva en el año
de 1947, incluyendo documentos de los mencionados padre Duquesne y de Ma-

de Popayán el 13 de febrero de 1869– no solo “sumamente interesantes” sino que


algunas de ellas “están en verdad hermosamente trabajadas y hacen recordar el arte
egipcio” (Stübel, I868/ 1994, 69); en enero de 1873, el comisionado secreto español
José María Gutiérrez de Alba (1822-1897) –que seguiría de nuevo las rutas de la
Expedición Corográfica– llegaría a la zona; casi veinte años más tarde, en 1892, nues-
tro ilustre intelectual Carlos Cuervo Márquez (1858-1930) también visitaría Tierra
Adentro y San Agustín.

[ 192 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

nuel María Vélez. El médico Zerda llamaría la atención sobre la balsa de Siecha
y su significación como icono del Dorado.

Imagen 9: Balsa de Siecha.


Tomada del Papel Periódico Ilustrado, 13, Bogotá, 15 de abril de 1882, 208.

Imagen 10: Fotografía de la Balsa muisca encontrada en la Laguna de Siecha, 1856.


Tomada de banrepcultural.org, símbolos de la Nación.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 193 ]


Roberto Pineda Camacho

Una nueva mirada estética hacia el pasado

En realidad, como sostiene Héctor García (2009), esta nueva percepción


del pasado tiene que ver con un cambio en la mirada, con una, por decirlo así,
un poco exageradamente, una ruptura epistemológica relacionada con el con-
cepto de historia y el acceso al pasado.
En efecto, desde la elaboración por parte del padre Duquesne de su diser-
tación sobre el calendario muisca, se puso de presente que el acceso a la vida y
sociedad muisca del pasado podía hacerse a través de su cultura material; los
artefactos y sus inscripciones eran una especie de jeroglíficos que nos liberaban
parcialmente de las crónicas coloniales, o por lo menos las complementaban.
Casi cincuenta años después, el coronel Joaquín Acosta (1800-1852) insinuó
este mismo camino al representar en su gran obra Compendio histórico de la
Conquista y Colonización de la Nueva Granada (Paris, 1848) el calendario muis-
ca y otros artefactos ya sea de la Sierra Nevada y de otras regiones. Ello no era
solamente, entendemos ahora, un adornamiento, o una mera ilustración, sino
también un indicio de la importancia del objeto —de la antigüedad o la tam-
bién llamada reliquia en el sentido de objeto antiguo— para la reconstrucción
del pasado.

Imagen 11: Ezequiel Uricochea y la tercera edición de Antigüedades Neogranadinas.


Tomada debanrepcultural.com – Ezequiel Uricochea, 16 diciembre de 2004.

[ 194 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Pero sería sin duda el ya citado Ezequiel Uricochea (1834-1880), sugiere


García, quien en la introducción a su libro Antigüedades neogranadinas (1854),
pusiera la cuestión en su punto. Debíamos desconfiar, nos dice Uricochea, de
la crónica como fuente histórica generalmente escrita por frailes con prejuicios
históricos y quienes —a pesar de sus méritos— no captaron sino, al contrario
desfiguraron, la civilización indígena. Frente a la destrucción bárbara de las ci-
vilizaciones no nos quedaba como testimonio sino los restos de sus monumen-
tos o antigüedad sepultados o dispersos por diversas regiones.
Estos monumentos y antigüedades de diversa dimensión representan,
sostiene Uricochea, verdaderas obras de arte que debemos comprender para
valorar esas civilizaciones y pueblos (las palabras son de Uricochea). De esta
forma la “etnología de los chibchas” (sic) y de otros pueblos podrían sacarse de
las tinieblas del olvido.
En 1877, Adolf Bastian, repetiría, en su conferencia dictada en Bogotá ante
el cuerpo diplomático y otros personajes, más o menos la misma idea que quizás
el mismo Uricochea había asimilado en sus años de estudio de química y mi-
neralogía en Gotinga. La historia de civilizaciones americanas —destruidas por
doquier por la barbarie del conquistador— podría realizarse a través del estudio
de los monumentos y de los diversos artefactos, liberándonos de la escritura.
La idea sería captada y ejecutada por el ya citado Liborio Zerda quien de-
dicaría relevantes observaciones a los ofrendatarios muiscas, a los tunjos, a las
momias, etc. Para Bastian la cultura material es en realidad un tipo de escritura,
y la conformación de grandes museos de etnología representaría, en esta pers-
pectiva, la creación de verdaderos archivos de la humanidad, cuya cabal lectura
sería labor de muchas generaciones.
Aquella perspectiva de los monumentos nativos como formas de arte,
también tendría, nos indica García, otras consecuencias relevantes en cuanto
que la organización del pasado, de la prehistoria. Se elaboraría, al menos en
nuestro medio, no en función (o al menos únicamente) de los esquemas evo-
lucionistas propios de la antropología del siglo de las luces o de las corrientes
inglesas sino de nuestras ideas estéticas, mejor dicho, en torno a la concepción
del concepto de arte en la mentalidades de entonces: el concepto de arte, de otra
parte, no solo abarcaba las bellas artes sino también, nos aclara el autor citado,
las artes industriales, de manera que en el artefacto también se valoraba la téc-
nica, la intensidad del trabajo, la laboriosidad, etc10.
10. De esta forma, los problemas de origen o de difusión estaban atravesados por lo
que podríamos llamar su tipología artística, en un medio en el cual el arte realista era
más apreciado que otras formas de expresión estética.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 195 ]


Roberto Pineda Camacho

En síntesis, en nuestro medio, cerámica, artefactos líticos, piezas orfebres


—como tipos de arte—; aunque los indígenas contemporáneos y sus obras fue-
ron, al contrario, catalogados como hombres o mujeres degenerados y por lo
general su cultura material despreciada, como hijos de los caribes o como pue-
blos caídos en decadencia como consecuencia de la vida en la selva y el clima
tropical11.
De esta forma, en 1892, con ocasión de la Exposición Internacional en
Sevilla, organizada para celebrar el IV centenario del descubrimiento de Amé-
rica, se llevaría a la Madre Patria el famoso Tesoro Quimbaya, descubierto en
las inmediaciones de la población de Finlandia, en el antiguo Departamento
del Quindío, extraordinario conjunto orfebre que fue regalado —bajo ciertas
condiciones— por parte del presidente Jorge Holguín (1848-1928) a la reina
Cristina (1858-1929) debido a su justa participación en el laudo arbitral que
fijó gran parte de nuestros límites con la república de Venezuela (1891).
Un año después, con ocasión de la exposición industrial de Chicago, nue-
vamente surcarían los mares hacia los Estados Unidos destacadas piezas orfe-
bres para ser exhibidas como muestra de la industriosidad y laboriosidad de
nuestros antepasados12.

Imagen12: Colgante estilo Darién, obtenido por los Quimbayas, cetro con cabeza humana y dos figuras
antropomorfas; figuras pertenecientes al Tesoro Quimbaya – Museo de América Madrid.
Tomada de la Biblioteca Virtual del Banco de la República.

11. En Colombia la construcción de este pasado era funcional con la idea de nacio-
nes civilizadas, alejadas de una naturaleza salvaje o semibestial, y permitió rehacer
la imagen de los Caciques Dorados del Cauca como sociedades civilizadas, aún más
que los muiscas, por la presencia de figuras realistas en muchas de sus representacio-
nes orfebres o cerámicas.
12. Héctor García Botero, “¿Qué hay en un nombre? La Academia Colombiana
de Historia y el estudio de los objetos arqueológicos”, Memoria y Sociedad 13: 27
(2009): 41-60.

[ 196 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Imagen 13: Molde femenino de la tapa de un sarcófago, llevado al Museo de Berlín.


Tomado de Preuss, 1931, plancha 30.

Pero el peso de la Regeneración (1886), y quizás una valoración explica-


ble y justa de la crónica, presente incluso durante el período radical cuando se
reeditó el gran libro de obispo Lucas Fernández de Piedrahita (1624-1688), His-
toria General de las conquistas del Nuevo Reino de Granada (1666/1881), mini-
mizaron la desconfianza frente a la crónica colonial y el énfasis sobre el artefacto
como la huella privilegiada de la historia precolombina en algunos autores. Por
ejemplo, Vicente Restrepo (1837-1899) —autor del libro Los chibchas antes de
la Conquista Española (1895)— enfilaría una dura crítica en torno a la tradición
heredada de Duquesne, a quien acusó, por decirlo así, de crear una verdadera
novela o una fábula entorno a los muiscas.
En otros términos, el retorno de la influencia hispanista y el debilitamien-
to de las ciencias positivas en Colombia retrasaría, por decirlo así, la transfor-
mación del anticuario en arqueólogo, como ya acontecía en otras regiones del
mundo. Habría que esperar, como veremos, la publicación en castellano —en
el año de 1931— del libro de Konrad Th. Preuss Arte monumental prehistórico,
para que se consagrara, literalmente, el oficio del arqueólogo.

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Roberto Pineda Camacho

El Alto Magdalena como emblema nacional

A pesar del impacto que causó la sociedad muisca en Quesada y otros


españoles, los letrados coloniales no pudieron dejar de comparar sus construc-
ciones, templos, caminos, mantas etc., con los monumentos y artes de aztecas
e incas. También es cierto, sabemos hoy, que el impacto de la conquista en la
población muisca desarticuló muy rápidamente sus canales de irrigación, acabó
con los grandes cercados muiscas y extinguió complejas ceremonias.
En este contexto, seguramente las noticias del sabio Caldas sobre San
Agustín despertaron cierto interés por su monumentalidad que contrastaba
con lo que para entonces se conocía. Pero las cruentas guerras de Independen-
cia desviaron la atención a otras labores.

Imagen 14: Mapa de San Agustín y sus alrededores.


Tomada de Preuss, 1931

Fue, como dijimos, la Expedición Corográfica la que puso nuevamente


sobre el tapete la relevancia de San Agustín y de contera la existencia de gran-
des monumentos “dignos de comparación con las ciudades y pirámides azte-
cas, mayas o incas”; aunque su primera influencia quizás se dio en la misma
localidad de San Agustín a través de encuentros y conversaciones con los em-
presarios de la quina y sus trabajadores, y ¿por qué no?, con los indios que les
ayudaron a abrir las trochas y claros en la selva, para describir los templetes, sus
estatuas, sarcófagos, etc.; la presencia del mismo Codazzi y su equipo debió ser

[ 198 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

un suceso inédito en la vida local, que valorizó ante algunos de los pobladores
estas antigüedades, aunque también debió despertar aprehensión frente a las
consecuencias de remover las sepulturas de estos remotos infieles, en cuanto
significaba desafiar los difuntos, que por doquier vivían y convivían en las pie-
dras esculpidas y en los montículos abiertos ocultos en la selva ; y tal vez reforzó
cierto deseo de buscar en ellas tesoros.
Quizás la visita de Codazzi motivó a que algunos empresarios de la quina
trasladaran, en el año de 1859, tres estatuas al pueblo de San Agustín. Posterior-
mente, sabremos por Gutiérrez de Alba (1873) que en el centro de la plaza de
pueblo se erguía “El Dios Escultor o del Trabajo”. Años más tarde (1892) por
informaciones del general Carlos Cuervo podemos inferir que esta continuaba
en el centro de la plaza, “mientras que las otras dos, que son bustos de menores
dimensiones, sirven de zócalo a dos de las columnas que sostienen el cobertizo
ante mural de la pequeña capilla”13.
Casi medio siglo después, el presidente Rafael Reyes, (1849-1921) otrora
un curtido gran empresario de las quinas, junto con sus hermanos de la casa
Elías Reyes Hnos, pero esta vez en el Putumayo, ordenaría trasladar a Bogotá
—como una réplica del mismo movimiento pero a escala nacional— el “Dios
de la Escultura o el Trabajo” y otra escultura que representa, al parecer, una
figura masculina sentada, y que sostiene, en su mano derecha, un objeto, presu-
miblemente una calabaza, que también había sido descrita anteriormente por
Codazzi. Preuss considera que este calabazo puede representar una especie de
poporo, donde se guardaba la cal (o el tabaco) que se mezcla con la coca. Hoy
podríamos ir más lejos y sostener que se trata de un hombre sentado, o un hom-
bre coca, aunque no haya evidencias en su rostro de que la esté consumiendo.
Tal vez representa El hombre sentado —mambeando coca y lamiendo ambil que
el citado profesor debió observar en el Caquetá, con ocasión de su visita a los
uitotos— es un hombre sabio, un hombre de poder, si se quiere, un hombre de
pensamiento; o, aunque la palabra es muy imprecisa, un chamán.
De esta manera, las dos esculturas desplazadas a Bogotá, no eran dos es-
tatuas cualquiera; y quien las identificó y ordenó su desplazamiento conocía su
relevancia e importancia.
Los bogotanos ricos y pobres pudieron observarlas y tocarlas en el antiguo
parque de San Diego, que ahora había tomado el nombre Bosque Hermanos
Reyes, o Bosque Reyes, donde se efectuaría ya en 1907 una Exposición Agrícola e
Industrial, de la que formaría parte las dos esculturas mencionadas. Las estatuas
13. Carlos Cuervo Márquez, Estudios arqueológicos y etnográficos americanos, t. 1:
Prehistoria y viajes americanos (Madrid: Editorial América, 1920), 121

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Roberto Pineda Camacho

llegaban también al Bosque Reyes, al bosque que llevaba el mismo apellido del
antiguo quinero que ahora era el presidente de la católica república de Colombia.

Imagen 15: Figura masculina con una calabaza, ubicada en el parque de la independencia.
Tomada de Virtubrios, revista electrónica, www.vitruvius.com.br.

Poco después, en el año de 1910, con ocasión de la celebración del cente-


nario de la Independencia, se organizó en el mismo espacio —que había sido
remodelado bajo el nombre de parque de la Independencia— otra exposición
agrícola e industrial; para el efecto se edificaron en este espacio público un Kios-
co de la luz, El Pabellón de las Máquinas, El Pabellón de la Música, una pagoda
que custodiaba un jardinero japonés, y se exhibieron Monumentos egipcios, en
el Pabellón Egipcio, entre otros, para satisfacción de la élite bogotana y del pue-
blo bogotano amante de la chicha. Y al lado de las Maravillas de la Civilización
Moderna, se erguían también las estatuas del antiguo Bosque Reyes, entre ellas
la Deidad del Trabajo, un símbolo, aunque bizarro en su representación de la
modernidad, en el marco de un país pastoril —también lo mostró la conme-
moración— organizado en gran medida todavía en torno al ritmo de la vida en
grandes haciendas ganaderas o agrícolas.

Entre las sabanas de la historia patria

Entre tanto, en 1902, se había fundado la Academia Colombiana de Histo-


ria con el propósito de estudiar las antigüedades americanas y la historia patria.
Con respecto al primer aspecto, se crearon dos subcomisiones: arqueología y

[ 200 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

etnología, encargadas del estudio de los objetos y museos, y de los idiomas y


tribus indígenas de Colombia, en cooperación, se enuncia, con los misioneros,
respectivamente.
Desde aquel año la Academia publicaría el ya centenario Boletín de Historia
y Antigüedades, en el cual se divulgaron los estudios sobre los aborígenes de Co-
lombia14. En sus páginas, en el año de 1919, se divulgó, asimismo, por primera vez
en Colombia, una síntesis de un informe enviado por Preuss a Alemania sobre sus
resultados en las investigaciones en San Agustín desde principios de diciembre de
1913 y los primeros meses del año siguiente15, las cuales fueron —como sabe—
un hito en el conocimiento de la antigua sociedad del alto Magdalena.
Sin embargo, según se revelara en las publicaciones del Boletín, el interés
por el estudio de los indígenas tendría una visión ante todo histórica16 como si
fuesen sociedades del pasado, replicando una mirada frente al indio literalmen-
te como antigüedad, aunque ya en el mismo Boletín se harían algunos relevan-
tes escritos etnográficos.
Pronto San Agustín se convirtió en el principal monumento arqueológico
nacional. Los historiadores Jesús María Henao (1870 - 1944) y Gerardo Arrubla
(1872-1946), autores del célebre libro Historia de Colombia (1920), dedicaron
en este texto relevantes páginas a las civilizaciones precolombinas y a la prehisto-
ria de Colombia, y al respecto anotarían:
Es pues innegable que los monumentos de San Agustín revelan ya
una cultura ya bien avanzada; cada piedra es el fruto de un trabajo largo
y cuidadoso y duro, hecho con toscos e imperfectos instrumentos, y en el
cual se deben admirar la obra del cantero como la expresión del artista que
supo dar vida y expresión a la figuras.17
14. El escudo de la Academia representa, en tres planos sucesivos, bajo un mismo eje
horizontal, en una perspectiva de primer plano una figura masculina que porta un
gorro frigio; enseguida, aparece un español con su yelmo, pero con su visera levanta-
da; finalmente, en el último plano, se ilustra a un indígena con un tocado de plumas.
Quizás se pueda leer este modelo como si simbolizare tres períodos de la historia
patria (precolombino, colonial y republicano) –coherente con la denominación de
su órgano de divulgación como Boletín de Historia y Antigüedades–.
15. Konrad Theodore Preuss, “Las estatuas de piedra de San Agustín”, Boletín de
Historia y Antigüedades 12: 137 (1919): 275-278.
16. Héctor García Botero, Una historia de nuestros otros: indígenas, letrados y an-
tropólogos en el estudio de la diferencia cultural en Colombia (1880-1960) (Bogotá:
Universidad de los Andes. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Antro-
pología-CESO, 2010).
17. Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia para la enseñanza
secundaria (Bogotá: Librería Colombiana Camacho Roldán & Tamayo, 1920), 37

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 201 ]


Roberto Pineda Camacho

Y en el texto se representa, mediante una imagen fotográfica, la ya citada


divinidad del trabajo y de la escultura; se la describe con detalle, aunque tam-
bién, en una nota de pie de página, se acota una interpretación alternativa de la
misma escultura propuesta por Ernesto Restrepo Tirado.
Algunos de los más célebres académicos, como Eduardo Posada, los ci-
tados Arrubla y Henao, entre otros, se interesarían por San Agustín, aunque
nunca realizarían excavaciones en la zona.

La eficacia simbólica de una traducción

Los diversos aspectos descritos, junto con nuevos aires en la valoración


de lo americano —expresados, entre otros aspectos, en el llamado movimien-
to Bachué (que incluía una nueva mirada estética influida por las vanguardias
europeas y mexicana)— creó un clima intelectual favorable a la recepción del
libro sobre San Agustín del profesor alemán: ya con motivo de su posible apari-
ción en alemán, había cierta expectativa y ansiedad entre un grupo de letrados
de Colombia. Y, en efecto, el libro publicado en Alemania en el año 1929, con el
título Arte monumental prehistórico. Excavaciones hechas en el Alto Magdalena
y San Agustín Colombia. Comparación arqueológica con las manifestaciones ar-
tísticas fue casi que inmediatamente traducido al castellano en el año 1931 por
Walde-Waldegg y nuestro célebre médico César Uribe Piedrahita; fue impreso
en Bogotá en dos tomos por las escuelas salesianas de tipografía y fotograbado;
el primer volumen contiene un largo prefacio, algunas noticias sobre los suce-
sos del viaje, la explicación sobre los antecedentes de la investigación y una clara
descripción narrativa de las estatuas, montículos y otros aspectos, incluyendo
interpretaciones del simbolismo y conexiones con otras culturas americanas.
El segundo tomo contiene el material fotográfico de su trabajo, referido en el
tomo anterior.
El formato del libro, con pasta dura de un tono grisáceo, que evoca el color
de las mismas estatuas —y un lomo verde (quizá una alusión al bosque del Alto
Magdalena y a la selva en general) — tiene un particular parecido, como obser-
vara la profesora Jimena Pachón, con los formatos de los catecismos y libros sa-
grados que muchos de nosotros aun tuvimos que leer en los colegios y escuelas.
¿Es aventurado sugerir que el libro tiene un área sagrada y que su poseedor y
lector tiene en sus manos, a una micro escala, el mundo de San Agustín con sus
decenas de estatuas y demás artefactos? ¿Cómo un devoto porta en su escapu-
lario la figura del sagrado corazón, o exhibe una medalla de Cristo crucificado?

[ 202 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Imagen 16: Portada del libro “Arte Monumental Prehistórico” de Konrad Theodore Preuss, 1931.

Además en la portada se destacan, en la parte superior, los dibujos de tres


estatuas, todas con grandes tocados, con sus bocas felinas, con tocados de dife-
rente estilo. La primera escultura, situada en el costado izquierdo, posee en sus
dos manos, sendos báculos paralelos uno de otro18. La segunda, la central, re-
presenta, si nuestra interpretación es acertada, la figura de un hombre que po-
see una bolsa o calabaza, similar a la ya mencionada que simboliza el Hombre
Sentado o Hombre Coca; la tercera, localizada en el extremos derecho, es el lla-
mado Dios Escultor o del Trabajo —con sus consabidos cincel y martillo (en la
interpretación de Preuss)— enmarcados con diversos motivos precolombinos.
La primera página resalta la autoridad del autor, expresado en algunos de
los méritos académicos del doctor profesor Konrad Theodore Preuss, su carác-
ter de director del museo etnológico de Berlín, su membresía en la Real Acade-
mia de Ámsterdam y su carácter de corresponsal de la Academia de Historia de
Quito. Después de presentar el índice, en la página 9, se relaciona el “Elenco de las
personas que poseen la primera edición numerada de la obra”; 200 privilegia-
das personas colombianas y extranjeras (presidentes, reyes, ministros, genera-
les, sacerdotes, académicos, empresarios, etc.).
18. Esta es cultura fue descrita por Codazzi, formando parte de un conjunto mayor,
una fila de estatuas, localizadas en una sabaneta, conformando lo que a su juicio
sería una cementerio de sacerdotes, o el lugar de sus juntas donde se culminaría la
iniciación de los neófitos (Codazzi, “Ruinas de…, 277). Cuervo asimismo la regis-
traría (figura 23) como si se tratase de un sacerdote (Cuervo, 1956, 140).

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Roberto Pineda Camacho

Entre los cuatro primeros de la lista se enumeran en orden: SS. Pío xi (el
Santo Padre), su majestad Otto I, rey de Hungría, el doctor Enrique Olaya Herrera,
presidente de Colombia y Julio Carrizosa, ministro de Educación; ¡casi toda la flor
y nata de la dirigencia colombiana! al menos la residente en Bogotá, está incluida.
La publicación del texto se efectuó en el umbral del inicio de la República
Liberal (1930-1946), iniciada por el ya citado presidente Olaya Herrera, el terce-
ro en la lista después del sumo pontífice y el rey de Hungría. Todo ello reforzó el
ya en marcha proceso de transformación de la civilización agustiniana en nuevo
emblema de la Nación; y también precipitaría la emergencia de disposiciones
legales destinadas a proteger el patrimonio, no obstante que ya algunas de ellas
se había expedido años atrás, en particular, en 1918, en parte motivadas por la
carta de un inspector del mismo San Agustín, como lo señala el profesor Héc-
tor Llanos en el artículo Viajeros ilustrados y arqueólogos de San Agustín de esta
misma publicación19, como una reacción a propósito de la llevada por el mismo
Preuss a Alemania no solo de numerosos moldes de yeso de las estatuas sino de
por lo menos 33 estatuas originales al Museo de Etnografía : muchas de ellas
se exhibirían con gran éxito en 1923, en Berlín, en el Museo de Artes y Oficios
Populares. ¡El público, al parecer, no pudo de dejar de compararlos —como su
compatriota Stübel— con los Monumentos egipcios!

La consagración del arqueólogo

En Colombia, Konrad Theodore Preuss se convirtió —en la década del


treinta— en una referencia fundamental tal y como ha señalado Juan Ricardo
Aparicio (2003) de lo que significaba ser un científico, o arqueólogo de verdad,

19. En el año 1931, se expidió la ley 103, “Por la cual se fomenta la conservación
de los monumentos arqueológicos de San Agustín (Huila)”, una disposición fun-
damental en el contexto de las leyes de protección del patrimonio arqueológico del
país.
Por su intermedio, se declaró de interés público los objetos arqueológicos de “San
Agustín, Pitalito, del Alto Magdalena y de cualquier otro sitio de la Nación”. Se pro-
híbe la venta y exportación de los artefactos de San Agustín y Alto Magdalena; se
establecen sanciones pecuniarias a quienes los destruyan, se ordena efectuar apro-
piaciones presupuestales para realizar excavaciones arqueológicas, comprar piezas
para el futuro Museo de San Agustín; y se prevé la contratación de un arqueólogo
para continuar las investigaciones en el área.
Previamente se había decretado la constitución –mediante el decreto 300 del año
1931– del Museo Nacional de Etnología y Arqueología, y se nombró a Cesar Uribe
Piedrahita como curador vitalicio del mismo en su calidad de fundador del Museo.

[ 204 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

en función de la retórica de su texto sobre San Agustín: la sobriedad de la expo-


sición de los datos, el uso sistemático de fotografías, el levantamiento de croquis
y mediciones, y de una nueva mirada comparativa que apelaba a diversas fuen-
tes —incluso orales— para dotar de significación a sus datos.
Excavar era, entonces, equivalente a una operación sistemática, metódica,
conducente a exhumar el pasado o recuperar sus documentos que nos permiti-
rían reconstruir la etnografía (sic) y la estética del pueblo escultor. El aquí estuve,
vi, fotografié, hice esquemas, etc., son la base de su autoridad como experto ante
los académicos y público en general, de nuestro país y del mundo.
La consagración del arqueólogo, encarnado en Konrad Theodore Preuss, es
decir, la sacralización de ese oficio que se encuentra con una otredad bárbara,
en el sentido hegeliano de la palabra, ya sea en el pasado o en el presente, cierra
el ciclo que se había iniciado con el desplazamientos de las gigantescas piedras
talladas por los escultores de San Agustín, desde sus secretos lugares de los bos-
ques de quinas del Alto Magdalena, a la pequeña aldea india de San Agustín,
bajo el ámbito de su rústica y casi derruida capilla católica.

Imagen 17: Excavaciones – Deidad de las ruinas del templo en el montículo occidental.
Tomada de Preuss, 1931, plancha 22.

Pero Arte monumental prehistórico planteó un reto adicional, ya que Preuss


argumentaba no solo mediante la convencional —aunque necesaria— compa-
ración con otras altas culturas americanas, sino que para desentrañar el sentido
de la vida del pueblo escultor, remontaría los Andes en mayo de 1914 para des-
cender (acompañado por el tolimense Telésforo Gutiérrez, su guía y fotógrafo)

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 205 ]


Roberto Pineda Camacho

por el río Orteguaza y otros afluente del Caquetá, y convivir durante tres meses
en un caserío de uitotos procedentes del río Cara-Paraná, un afluente del río
Putumayo. En este viaje llevaría, por demás, un fonógrafo y haría las primeras
grabaciones —en cilindros de cera— de música de los uitotos, entre ellos soni-
dos de tambores de maguaré, flautas y cantos rituales20.
Quizás también el arqueólogo alemán había dado relevancia a los comen-
tarios de Carlos Cuervo Márquez, en el sentido de que quineros y quizás cau-
cheros del Caquetá daban fe de la existencia de estatuas de piedra similares a las
de San Agustín en algunos parajes de afluentes —entre ellos los ríos Fragua y
Orteguaza del alto Caquetá—. Y tal vez se habría enterado que los uitotos tam-
bién poseen una tradición de esculturas de madera, de las cuales tuvo noticia
durante su estada en Niña María, en la hoy localidad de Montañitas (Departa-
mento del Caquetá) pero que nunca se les permitió ver21.
Como vemos, este Preuss etnógrafo, heredero de la tradición de Bastian,
ya no oficiaba como historiador en el sentido que no dependía de las fuentes
escritas, ni exclusivamente como arqueólogo; comprendía su oficio como et-
nólogo, es decir, como estudioso de todas las sociedades no letradas, pasadas
y presentes; y veía en el estudio de los pueblos indígenas contemporáneos de
América una ventana para entender también el pasado, incluso el más remo-
to, porque pensaba que —con base en la estética hegeliana— la comprensión
del gusto bárbaro de los pueblos salvajes le permitirá acceder a su religión y, de
contera, a la comprensión del alma primitiva, vale decir, de los otras sociedades

20. Este viaje, sabemos por una carta del 31 de enero de 1914, no era una impro-
visación, sino que formaba parte de su agenda de investigación, una vez entrase la
temporada de lluvias; como tampoco lo sería su viaje a los kaggabas o kogis –de
la Sierra Nevada de Santa Marta– siguiendo los pasos del geólogo alemán Sievers.
Konrad Theodore Preuss, “Carta de viaje desde Colombia. San Agustín, enero 31 de
1914”, Boletín del Museo del Oro 15 (1986): 5-11.
21. Preuss seguramente había leído un corto escrito de su compatriota y colega del
museo etnográfico, Theodor Koch-Grünberg (1872-1924), sobre los uitotos, publi-
cado en el Journal de la Sociedad de americanistas de Paris, en el año de 1906, donde,
entre otros aspectos, el ilustre etnólogo resaltaba la condición caníbal de los uitotos
así como los informes de Ph. Von Martius (quien había ascendido el Caquetá en el
año 1819) sobre los mirañas, en los cuales también destacó su práctica de la antro-
pofagia. Seguramente conocía el gran trabajo de Koch-Grünberg, Dos años entre los
indios (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1995), en el cual no solo habla-
ba de los carijonas, el grupo karib del Alto Apaporis, sino que incluyó dibujos de los
mismos carijonas en los cuales representaban espíritus de chamanes u hombres con
dientes afilados (cuasi colmillos) que le había llamado la atención.

[ 206 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

diferentes a la europea, según una pertinente anotación de los traductores de la


primera edición del libro22.
En este sentido, el profesor alemán se salía del molde de los historiadores
e intelectuales del centenario que había reconfigurado la Historia Patria, pero
que solamente en muy pocos casos —entre ellos Carlos Cuervo o más reciente-
mente Miguel Triana (1859-1931)— se había atrevido a visitar o transitar por
los territorios salvajes, aunque sin atravesar del todo la zona de contacto.

La institucionalización de la arqueología

Durante los años siguientes el Ministerio de Educación contrató a Gustaf


Bolinder (1888-1957) como profesor de etnología de la Universidad Nacional
de Colombia, quien realizaría un expedición al Orinoco y excavaría en la lo-
calidad de Sopó (cerca de Bogotá); en 1935 enviaría a Gregorio Hernández de
Alba (1904-1973) como delegado colombiano en la expedición a la Guajira de
la Universidad de Pensilvania; luego lo comisionaría —durante algunos meses
de los años 1937 y 1938— para hacer un reconocimiento de los hipogeos de Tierra-
dentro y de los monumentos de San Agustín, en asocio con José Pérez de Barradas
(1897-1981), para entonces ya un experto arqueólogo español, contratado también
por el ministerio de Educación, inicialmente como profesor de la Universidad
Nacional, quienes continuarían las labores de Codazzi, Carlos Cuervo y, sin
duda, Konrad Th. Preuss.
Tanto Bolinder y Hernández de Alba —cuya formación como etnólogo
se debe, como él lo confesaría, en gran medida a Vicenzo Petrullo director de
la expedición a la Guajira— también comprendería su estudio de una manera
similar a Preuss y de hecho, como se anotó, alternaría la arqueología con la
etnografía.
En 1935, bajo la iniciativa de Gregorio Hernández de Alba se fundaría una
primera oficina de arqueología en el Ministerio de Educación Nacional (Her-
nández de Alba, 1978); y en el año 1938 se organizaría, por iniciativa del mismo
arqueólogo, el servicio arqueológico nacional, en el ámbito de la dirección de
bellas artes del Ministerio de Educación (que había sido creada mediante la
reorganización del Ministerio de Educación en el año de 1934), bajo la direc-
ción de Gustavo Santos, hermano del presidente Eduardo Santos, y quien se
22. Konrad Theodore Preuss, Arte monumental prehistórico: excavaciones hechas
en el Alto Magdalena y San Agustín (Colombia). Comparación arqueológica con las
manifestaciones artísticas de las demás civilizaciones americanas (Bogotá: Escuelas
Salesianas de Tipografía y Fotograbado, 1931), 3.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 207 ]


Roberto Pineda Camacho

caracterizaría por un formación musical profunda y por generar una reflexión


sobre la música popular en el marco de la creación, también, de una nueva edu-
cación musical en Colombia.

Imagen 18: Hernández de Alba y Silva Celis.


Tomada de El Espectador.com.

Entonces comenzaría otra historia, que concretaría el desarrollo de las dis-


posiciones legales, la materialización del parque en los terrenos ya adquiridos,
y nuevas excavaciones en el área, por parte de doctor Luis Duque, el ángel de la
guarda de San Agustín, durante casi cincuenta años.

A manera de epilogo. La magia de San Agustín

A lo largo de este ensayo hemos intentado mostrar que una comprensión


religiosa de los monumentos de los indios como ídolos del diablo, dio paso a
una perspectiva secularizada expresada en el término antigüedades de los indios,
o reliquias en el sentido de antigüedad. Este movimiento fue paralelo a otro
más general, que se presenta a principios del siglo xviii, expresado en la susti-
tución —paulatina— del concepto ídolo por el vocablo fetiche el cual, aunque
no pierde del todo su connotación brujesca, expresa cada vez más la idea de
superstición; el fetiche es un objeto al que se le atribuye un poder mágico, no
necesariamente fundado en el maligno.
Con el paso de los años, la antigüedad perdió esa aura mágica, para
transformarse, aunque no del todo, casi que en un objeto inerte, casi como un
cadáver, sujeto a la fría mirada del arqueólogo, aunque la historia de la arqueo-

[ 208 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

logía está llena de relatos sobre los infortunios de los arqueólogos durante sus
excavaciones, presumiblemente producto de la profanación de tumbas, cuevas
o pirámides; y los buenos arqueólogos —como los historiadores— reviven ese
pasado a través de las huellas, trazos o incluso briznas que quedan de él.
En este sentido, podríamos decir que el desplazamiento del Dios de la Es-
cultura y del Trabajo y El Hombre Sentado y otras estatuas a Bogotá (tempra-
namente llegarían otras tres pequeñas estatuas al Museo Nacional), el centro
del país, constituye el clímax de la transformación de un símbolo del diablo (y
quizás para los pobladores locales de una manifestación material de los infieles)
en una representación de la modernidad, paralelo con la aparición de la figura
de anticuario y luego del arqueólogo, como expresión de la racionalización de
la mirada.
Sin embargo, en las páginas anteriores notamos que la impresión caste-
llana de Arte monumental prehistórico no solo consistió en una compleja tra-
ducción, sino que implicó, en realidad, un acto de transformación del libro en
alemán en un catecismo, en libro sagrado, casi que en relicario (en el sentido de
un cuerpo sagrado) pero de palabras y fotografías de aquellos antepasados, sus
sarcófagos y templos. ¿Acaso no se le entregó su primer ejemplar (o esperaba
hacerse) al sumo pontífice, el gran Papa León xiii, máxima autoridad espiritual
de la Colombia católica, apostólica y romana?

Imagen 19: Deidad con Martillo y Cincel del montículo oriental, en la Mesita A del Parque San Agustín,
ubicada ahora en el Museo de Oro de Bogotá.
Tomada por Margarita Téllez, el 15 agosto de 2013.

Para comprender este encuadramiento de la Cultura Agustiniana en una


especie de catecismo, y su transformación en reliquia (u objeto sagrado) —lo

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 209 ]


Roberto Pineda Camacho

que quizás pueda parecer una especulación al lector— permítaseme regresar


brevemente en el tiempo: recurramos a la imaginación histórica, sin la cual
quedaríamos forzados a narrar, en muchos casos, la historia como una sucesión
de eventos concatenados cronológicamente, como un género limitado a elabo-
rar los anales de los acontecimientos.
Situémonos en diciembre de 1913, cuando K. Th. Preuss arribó, a caballo,
a San Agustín después de una larga travesía que nos la describe como el ingreso
a un laberinto, con caminos que se bifurcan y penetran cada vez más en la mon-
taña cubierta de bosque; allí fue recibido, nos cuenta,
por 14 colosos, casi todos más grandes que los que poco antes había-
mos visto en Uyumbe. Algunos vecinos patriotas, los llevaron hasta allí,
luchando contra toda suerte de dificultades y después de ingentes esfuer-
zos, los colocaron en fila, mirando a la Iglesia. Otras dos estatuas sirven de
sostén a las columnas de madera del portón del templo.23

Imaginemos, ahora, la escena de un día común de mercado en la pequeña


localidad de San Agustín. Hombres y mujeres, descendientes de los indios de
timanás y los yanaconas —muchos quizás todavía bilingües quechua-castella-
no— y mestizos del Alto Magdalena, se concentran en la plaza, también espe-
rando oír la Santa misa.
Los pobladores del pueblo y sus visitantes del campo se entreveran con
las estatuas mientras conversan o negocian la hoja de coca, sus productos de
la tierra y otros enseres. Muchos llevan sus sombreros y ruanas; y sus mujeres
chales negros, propios quizá de un día de fiesta. Tal vez algunos calcen alparga-
tes o incluso, sobre todo los niños y más jóvenes, anden descalzos. A la salida
de misa, en el atrio de la entonces ya edificada Iglesia, perciben —de soslayo o
directamente— la presencia de más de una decena de hieráticas estatuas que
también los observan, aunque —ya por costumbre— algunos casi las ignoran.
De todos modos, ahora no las hallan únicamente en las colinas y cimas
de las montañas todavía cubiertas con bosque; aquí en la plaza del pueblo sus
difuntos dueños, los indios infieles ya no se encuentran —como nos describiría
el testimonio de un ingeniero que visitó la zona en la década del veinte del siglo
pasado— sentados frente a la estatua, como representación, dueño o encarna-
ción de la misma. Y esto no sucede porque la casa de Dios y su cruz de la fachada
principal, los espanta; o, en cierta forma, exorciza a estos difuntos infieles, como
aún se percibe en muchas regiones del Cauca a los antiguos moradores prehis-
pánicos (quizás influencia de la predicación misionera).
23. Preuss, Arte monumental…, 14

[ 210 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Imagen 20: Estatuas llevadas a la Plaza de San Agustín.


Tomada de Pérez de Barradas, 1943.

En otros términos, el aura sagrada de la Iglesia y sus símbolos neutrali-


za al difunto infiel y sus poderes; pero la chispa de este encuentro —como lo
ha señalado Michael Taussig (2002)— similar a la que una cerilla produce al
raspar el lomo de la cajita de fósforos, prende, asimismo, una mecha de sentido
que estalla finalmente, como un fuego artificial o un volador, y desencadena la
metamorfosis del objeto en una fuente de poder para el bien, para el mal; y, en
cuanto tal, la magia del objeto trasciende su localización y se proyecta para atrás
o para adelante en el tiempo, o se desplaza en el espacio.
En América del Sur, el contacto entre el moro o el infiel, entre el auca y el
indio, o el salvaje, con la sacralidad católica, transformó al infiel o a sus artefac-
tos (una extensión del mismo, como las uñas de la persona) en una fuente de
poder con diferentes dimensiones; la ausencia de esta mediación no solo puede
ser contaminante (como el mundo de los muertos para muchas sociedades,
entre ellas para los paeces) sino llena de peligros como acontecería al ingeniero
mencionado que desatendiendo las advertencias de su guía indígena (que final-

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 211 ]


Roberto Pineda Camacho

mente había huido prudentemente) queda él malamente herido en la cara con


su propia pólvora, al intentar excavar (¡!) algunas tumbas o montículos:
El peón que acompañaba a mi amigo —nos relata Enrique Naranjo—
lo abandonó jurando que había visto a un indio sentado en actitud de miste-
rio, frente a la tumba. Y cuando mi amigo quiso él solo intentar los trabajos,
la carga de explosivos con que quería remover las piedras de lo que parecía
entrada a la tumba, estalló inesperadamente, y mi amigo que lleva en la
cara la huella de esa explosión, también se apartó de allí, creyendo que el
alma del indio defendía el sitio sagrado.24

En alguna medida, nuestro ilustre y discutido presidente Reyes también


había hecho una especie de montaje en el propio Bosque Reyes, al insertar la
Estatua del trabajo y la que he llamado el Hombre Sentado en dicho parque
en el contexto de la ciudad de Bogotá. Creaba, en este contexto, una fuente de
poder, una discontinuidad, que en alguna medida absorbía, como una esponja,
a través de los mecanismos de la magia contagiosa, de que nos hablaría Frazer,
emanada de los infieles pétreos del territorio del Alto Magdalena, en esa recón-
dita y silvestre región del mapa de la Nación.
Y nuestros traductores y letrados bogotanos de principio de la década del
treinta del siglo pasado no hacían sino la misma cosa, pero a una micro escala,
al comprimir gran parte de las estatuas en fotos de esos difuntos vivos (¿acaso
en eso no consiste la magia de la fotografía?) cuyas imágenes sustituyen con
igual eficacia los originales, creando una chispa de sentido similar a la de los
aldeanos y campesinos e indígenas de San Agustín, pero bajo el fetiche (en el
sentido literal del término) de un libro. Quizás podemos entender, entonces,
por qué este libro desencadenaría un impacto «una especie de eficacia simbóli-
ca— en las mentes de nuestros políticos y letrados, que aunarían esfuerzos para
reproducir el orden que el libro creaba, en otra escala, generando la fundación
de un museo, la expedición de leyes y decretos, el proyecto del parque, la reanu-
dación de las excavaciones, el deseo de contar con arqueólogos (los sacerdotes
del pasado) frente a una situación caótica en la que se encontraba en cierta me-
dida, en esa época, San Agustín.
Que un libro pueda ser un objeto de poder no nos debe, por otra parte,
extrañar. La Biblia, para no ir muy lejos, contiene y expresa la palabra de Dios
o la vida de Cristo; y si queremos un ejemplo más lejano, exótico, podríamos
mencionar, entre otros, la experiencia de nuestro colega francés Jean Pierre

24. Enrique Naranjo, “El profesor Preuss”, El Tiempo, Bogotá, 14 de agosto de 1927.

[ 212 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Chaumeil, especialista en el chamanismo de los indios yaguas del río Amazo-


nas, colombo-peruano. Chaumeil redactaría un importante libro sobre la prác-
ticas chamánicas del mencionado pueblo, que sería considerado por su propio
maestro indígena como la condensación del saber y de la eficacia simbólica de
su conocimiento esotérico. El mismo libro —con sus letras e imágenes— era un
poderoso instrumento chamánico, ¡como si fuese un chamán!
En otros términos, finalicemos, la historia de las investigaciones arqueo-
lógicas de San Agustín puede ser leída legítimamente de diversas formas, en-
tre ellas como un proceso progresivo de su transformación patrimonial, en el
sentido de su configuración como el gran monumento nacional, que tendría,
sin duda, un punto de llegada y partida excepcional con el arribo de profesor
Konrad Th. Preuss a San Agustín, hace 100 años.
Pero por debajo (o por encima, da igual) de este proceso corrían, por de-
cirlo así, otras fuerzas y dinámicas, vale decir mecanismos simbólicos miméti-
cos propios de la magia homeopática (lo semejante produce lo semejante, v.g.
un alfiler en una foto, crea una herida en la persona representada ) cuyo prime-
ra modelo fue recreado por los anónimos empresarios de la quina, trabajadores,
indios y campesinos, que en una fecha aún incierta del año 1859 después de la
visita de Codazzi, desplazaron las estatuas a la incipiente aldea. Estos anóni-
mos quineros, indios y campesinos crearon el esquema primordial, cuya replica
terminaría —transformada— reiteremos ¡en la reliquia del texto castellano de
Preuss ofrecida en primera instancia a León xiii!

Imagen 21: El martillo y el cincel, símbolo del trabajo en las interpretaciones de las estatuas de San Agustín.
Tomada por Margarita Téllez, el 15 de agosto de 2013.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 181-218 [ 213 ]


Roberto Pineda Camacho

Quizás hoy que celebramos los 100 años de la llegada de Preuss a San
Agustín, desplazando tres decenas de estatuas a este Museo Nacional, el altar
de la Patria, no hacemos otra cosa que reproducir, a otra escala, pero con un
eficacia simbólica similar, este primer paso del año 1859, ¡hace casi 160 años!, en
cuya cadena de transmisión han participado todos aquellos que en una forma u
otra han recreado el modelo, incluyendo a los viajeros y los expertos, a Preuss y
a sus traductores de su edición en castellano; incluyendo a los arqueólogos más
modernos, preocupados legítimamente por estudiar los campos de cultivo, las
aldeas, su demografía, sus jerarquías política, y pronto, me imagino, sus relacio-
nes de género, problemas que existen incluso en los conventos, como definiría
Codazzi al mundo agustiniano.
Con la llegada de estas sagradas esculturas a Bogotá, seguramente arriben
—tras ellas— también sus almas y guardianes que las han protegido durante
milenios en el siempre misterioso Alto Magdalena de Colombia. Aguardémolas
con el respeto que se merecen todas las reliquias del pasado, que aún conviven
literalmente con nosotros, como artefactos vivientes que afectan de una u otra
forma nuestras vidas.

[ 214 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El cantero y el artista.
San Agustín como una reliquia nacional

Bibliografía

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[ 218 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Santa Librada y la Academia


Colombiana de Historia
Ja im e D e Almeida
Universidad de Brasilia. Brasilia, D. F., Brasil
[email protected]

Resumen

Examinaremos las procesiones de Santa Librada —patrona del día


de la Independencia de Colombia— en una sucesión de contextos, entre
1813 y 1957. Enseguida, discutiremos el rol destacado de la Academia
Colombiana de Historia en la organización de tales procesiones en el si-
glo xx, y en la creación del Museo del 20 de Julio en la histórica Casa del
Florero donde la imagen fue guardada, cuando del Sesquicentenario de la
Independencia. Finalmente reseñaremos la progresiva recuperación de la
visibilidad de la imagen de Santa Librada en el Bicentenario.

Palabras clave: Historia, celebraciones, 20 de julio, Santa Librada,


Academia Colombiana de Historia

Recibido: 16 de julio de 2013. Aceptado: 6 de marzo de 2014.

[ 219 ]
Saint Librada And The
Colombian Academy Of
History
Ja im e D e Almeida

Abstract

First we will examine the processions of Saint Librada –the


patroness saint of the Independence Day of Colombia– in a series of
contexts between 1813 and 1957. Next, we will discuss the prominent role
of the Colombian Academy of History in organizing such processions in
the twentieth century, and creating the Museum of July 20 in the historic
Casa del Florero where the image was saved in the Sesquicentennial of the
Independence. Finally we will review the progressive recovery of visibility
of the image of Santa Librada in the Bicentennial.

Keywords: History, celebrations, July 20th, Saint Librada,


Colombian Academy of History

Cómo citar este artículo:


Almeida, J. “Santa Librada y la Academia Colombiana de Historia”. Boletín de Historia
y Antigüedades 101: 858 (2014): 219-242.

[ 220 ]
Introducción

El Boletín de Historia y Antigüedades, en su edición conmemorativa del


Primer Centenario de la Academia Colombiana de Historia publicó la “Oración
a los Mártires de la Independencia” pronunciada por el académico don Humberto
Triana y Antorveza en las solemnes honras fúnebres oficiadas en el Panteón Nacio-
nal, iglesia de la Veracruz, el miércoles 19 de julio del mismo año1. Desde luego, lo
que más nos interesaría comentar de esta publicación, es la importancia que se
le ha otorgado a uno de los temas del panegírico —la tradición de las procesio-
nes de Santa Librada en las vísperas del 20 de julio—, gracias a la inserción de
una fotografía en color de la imagen de la santa en la página 915.
Hacía veinte años que Santa Librada, su imagen y sus procesiones ya no se
mencionaban en el Boletín de Historia y Antigüedades. Este intervalo de tiem-
po no es, como veremos en adelante, extraordinario en la alternancia entre los
momentos de visibilidad e invisibilidad o, si se quiere, de memoria u olvido de
la tradición cívica y religiosa creada por Antonio Nariño en 1813. Catorce años
después de don Humberto Triana y Antorveza, ojalá pueda este nuevo artículo
reanudar la inquietud de la Academia Colombiana de Historia por un tema que
le fue muy caro entre el centenario y el sesquicentenario de la Independencia.

Procesión y culto en el siglo xix

Son muy conocidas las referencias explícitas de José María Caballero en


su Diario, a las tres procesiones que se hicieron en honor de Santa Librada —la
1. Humberto Triana y Antorveza, “Oración a los Mártires de la Independencia”, Bo-
letín de Historia y Antigüedades de la Academia Colombiana de Historia 87: 811
(2000): 913-922.

[ 221 ]
Jaime De Almeida

patrona del día 20 de julio— en los años 1813, 1814 y 1815, en tiempos de con-
flicto armado entre centralistas, federalistas y realistas. Lo que pocos conocen es
que, según un viejo manuscrito divulgado por el académico Eduardo Posada,
en la noche misma del 20 de julio de 1810 hubo un rumor de que los chape-
tones planeaban provocar el caos en los barrios más poblados y que “habían a
salir a degüello, por señora y abogada de este reino a Santa Librada”2. Cinco se-
manas más tarde, la santa patrona del día 20 de julio empezó a ser reivindicada
ahora por los patriotas, en el periódico La Constitución Feliz, de Manuel Soco-
rro Rodríguez. Se formulaba ahí un vínculo estrecho entre la fecha, la santa del
día y el destino de la Nueva Granada: “En la tarde del viernes 20 de julio, día de
Santa Librada, parece que por un arcano misterioso de la Divina Providencia,
estaba decretada la libertad de esta capital y de todo el Reino”.
Cumple atentar a un otro acontecimiento muy cercano al contexto de los
comienzos de nuestro asunto. En Madrid, el 28 de mayo de 1810, la masonería
bonapartista, bajo la dirección de José Bonaparte, rey de España por la fuerza de
las armas, creó una logia dedicada a Santa Julia, la patrona de los corsos. El acta
de la primera sesión de esa logia señala la importancia de su martirio por cruci-
fixión3. Hubo ciertamente muchas posibilidades de que algunos miembros de la
Junta Suprema de Cundinamarca hayan tenido conocimiento de tal asunto hasta
que, el 3 de Enero de 1812, Antonio Nariño y el teólogo franciscano Francisco
Antonio Florido empezaron a presentar la imagen crucificada de Santa Librada
como el símbolo de la Libertad en una fiesta organizada por el cabildo de Santafé.
Resulta elocuente el contraste entre el silencio del dirigente federalista,
doctor Juan Fernández de Sotomayor a propósito de Santa Librada en el ser-
món del día 20 de julio de 1815 que pronunció en la catedral, y la enfática
apelación al patriotismo local en la Novena a la Gloriosa Virgen y Mártir Santa
Librada. Patrona, Protectora y Libertadora de los Ciudadanos de Santafe de la
Nueva Granada, impresa por el presbítero de la orden hospitalaria de San Juan
de Dios, fray Miguel Antonio Escalante, para los mismos festejos del quinto ani-
versario de la Independencia. Los santafereños identificarían tal vez, en algunos
versillos a sus adversarios confederados —que los habían finalmente vencido
en diciembre de 1814 bajo el comando del caraqueño Simón Bolívar— como
aquellos que “siendo nuestros parientes y allegados, suelen a veces ser los más
contrarios en el camino de la virtud y perfección”.
2. Eduardo Posada, “Fastos de Santafé”, Boletín de Historia y Antigüedades 14: 158
(1922): 123-128.
3. José Antonio Ferrer Benimeli, Masonería española contemporánea (Madrid: Siglo
xxi, 1980), 103.

[ 222 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

El Diario de José María Caballero comprueba la importancia de las pro-


cesiones religiosas en los años de la reconquista española, empezando por el
magnífico ciclo ritual de recuperación de la Virgen de Chiquinquirá por los rea-
listas en mayo de 1816. Gracias a Alberto Miramón, sabemos que la memoria
de Santa Librada, patrona y emblema del día de la libertad de Cundinamarca,
persistía —tal vez como una respuesta popular al ordenamiento español resta-
blecido y al terror—:
Santa Librada! Santa Librada!
Yo le pedía y ella me daba
una moneda por la semana,
por la semana…4

Siendo la relación entre Santa Librada y la Independencia un asunto ex-


clusivamente santafereño y cundinamarqués, resulta comprensible que su sim-
bolismo y ritualización, tan asociados que estaban al proyecto político de Cun-
dinamarca, no tenían cabida en la panoplia ritual y simbólica ni en las políticas
de memoria desplegadas por la República de Colombia. Además, en materia de
santos, ¡San Simón tuvo muchísimos más devotos! Pero al menos dos institu-
ciones importantes, el Hospital Militar en el barrio de Las Aguas de Bogotá y el
colegio republicano de Cali, se dedicaron a Santa Librada. Así el vicepresidente
Francisco de Paula Santander ancló su memoria, posiblemente por ver en ella
un símbolo adecuado para acercar dos patrias chicas neogranadinas —vallunos
federalistas y cundinamarquenses centralistas— bajo el inmenso y heterogéneo
dosel de la patria grande colombiana. No hay que olvidar también que Santa Li-
brada seguía siendo la patrona de los días 20 de julio y a ella se le rezaba una vez
al año en todas las iglesias; además, la imagen que había salido al menos 3 veces
en procesiones patrióticas por las calles céntricas de la capital permanecía en la
iglesia de San Juan de Dios. No sería inútil preguntar si acaso no se hicieron en-
tonces, sendas copias para el hospital militar bogotano y para el colegio caleño.
Una corta noticia —¡importantísima!— acerca de la procesión de Santa
Librada se publicó en 1829 cuando el dictador presidente Simón Bolívar, pasa-
da la represión a los implicados en la conspiración septembrina, se demoraba
en Ecuador por los asuntos de la guerra contra Perú. La ausencia casi total de
referencias a la presencia de Santa Librada en los espacios públicos de la Patria
Grande colombiana, contrasta vivamente con su reaparición ritual en la república

4. Alberto Miramón, “Poesía patriótica en la época del terror”, Thesaurus. Boletín del
Instituto Caro y Cuervo 21: 2 (1966): 322.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 219-242 [ 223 ]


Jaime De Almeida

de la Nueva Granada durante la presidencia de Francisco de Paula Santander,


regularmente en los años 1835, 1836 y 1837.
A partir de aquí, la visibilidad de la procesión de Santa Librada en las fuen-
tes relativas a los festejos bogotanos del 20 de Julio tiene que ver con coyunturas
o círculos muy específicos que todavía demandan más investigación. Manuel
Murillo Toro (1816-1880) por ejemplo, es un personaje muy identificado con
el santanderismo; fue amanuense de Vicente Azuero y luego oficial de la Can-
cillería, gracias al patronazgo de Lino de Pombo mientras estudiaba en Bogotá.
Cerca de 40 años después, a Murillo Toro se le debió un rebrote espectacular de
las procesiones de Santa Librada, como veremos.
En la prensa, puede verse una clara alternancia entre épocas: unas, con
poca o ninguna visibilidad de procesiones de Santa Librada bajo presidentes
abiertamente ligados a la herencia política de Bolívar, o simplemente conserva-
dores —Mosquera y Núñez en especial— y épocas con suficiente o plena visi-
bilidad de Santa Librada bajo presidentes liberales —López (1849, en el 20 de
julio marcado por la abolición de la esclavitud) y Murillo Toro (en su segunda
presidencia)—. En la literatura, la Manuela de Eugenio de Díaz Castro estable-
ció una conexión estrecha entre la joven heroína trágica, el candidato por el
partido gólgota Manuel Murillo Toro, el 20 de julio y Santa Librada.
-Pero mire usted, taita Dimas: no es por la niña Manuela por la que
va usted a votar; es por el doctor Manuel Murillo Toro, que es instruido y
representa las ideas del partido radical. (cap. xxix)

Manuela pensaba casarse con su novio Dámaso el día 20 de julio de 1856:


-Sí, el 20 de julio.
-¡Aniversario de la independencia! -dijo riéndose don Demóstenes.
-Día de mi señora santa Librada. (cap. xxx)

Por su vez, al comentar en sus Crónicas de Bogotá (1891) que la procesión


de Santa Librada era una costumbre que persistía hasta aquellos días, Pedro
María Ibáñez no ignoraba por cierto el silencio de los periódicos a este respeto.
Es que entre 1875 y aquel año, o sea, durante 16 años, solo hemos visto hasta
ahora noticias impresas de tales procesiones en 1886 y 1890. Las Crónicas de
Ibáñez y la primera edición completa de la Manuela de Eugenio Díaz, salieron a
público en 1889 y 1891 respectivamente, como que dándole respaldo literario a
la solitaria noticia de la procesión de Santa Librada de 1890. Es más, justamente
el 18 de julio de 1891, Cordovez Moure empezó a publicar por entregas en sus

[ 224 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

Reminiscencias de Santafé y Bogotá; entre ellas, hay una larga y enfática crónica
de los festejos patrios del 20 de julio de 1872.
Así, en tiempos de Regeneración, la Manuela de Eugenio Díaz establecía
unos vínculos afectivos profundos entre el día 20 de Julio, la memoria de la
Independencia, Santa Librada, la cultura campesina de Cundinamarca y los li-
berales gólgotas; mientras Pedro María Ibáñez y Cordovez Moure recuperaban
la memoria aún reciente del triunfo de Santa Librada durante la segunda pre-
sidencia de Manuel Murillo Toro. Por una parte, en 1871 la ciudad de Bogotá
tenía confirmado su privilegio como capital de los Estados Unidos de Colombia
y la ley de 8 de mayo de 1873, al consagrar el 20 de Julio como fiesta nacional
afirmó la centralidad de la antigua capital virreinal en la confederación. Los
triunfos de la imagen de Santa Librada en las fiestas patrias de la primera mitad
de los años 1870 coincidían no sólo con el ocaso político de Tomás Cipriano de
Mosquera en Colombia sino que contrastaban claramente con la apoteosis del
culto a Simón Bolívar en Caracas bajo la presidencia de Guzmán Blanco. En
Francia, la alegoría femenina de la Mariana salía definitivamente del ostracismo
y devenía el ícono mayor de la nación francesa, bajo la Tercera República.
Cumplían los 59 años de la primera procesión cuando los presbíteros Ber-
nardo Herrera Restrepo y Joaquín Pardo Vergara, que asesoraban el arzobispo
Vicente Arbeláez, crearon un nuevo modelo para la fiesta de Santa Librada en
1872. Se incorporó a su procesión el Cristo de los Mártires de la iglesia de la
Veracruz, y con él la memoria de los mártires de la Independencia —y de tantos
otros muertos a quienes esa poderosa imagen había acompañado camino al
catafalco—. El ritual cívico y religioso pasó a contar con la participación oficial
de los descendientes de los próceres, la tradición se reinventaba.
Pese toda la importancia de la procesión de Santa Librada en ese nuevo
modelo del ritual patriótico del 20 de Julio, su presencia casi desaparece bajo el
marcado consenso en torno al culto a Simón Bolívar durante la Regeneración y
la hegemonía conservadora5. En ese contexto, llama nuestra atención un mito
de origen de la nación panameña en que Santa Librada salva la provincia liberal
de Azuero de la amenaza de un buque de guerra del gobierno conservador de
Colombia durante la Guerra de los Mil Días6. Las Tablas, capital de la provincia,
5. A este respeto, consultar Jorge Orlando Melo, Bolívar en Colombia: conservador
y revolucionario”.“Conferencia leída en la Cátedra José Gil Fortoul, Academia de
Historia de Venezuela. Caracas, 2008; versión actualizada en http://www.jorgeorlan-
domelo.com/bolivarcolombia.htm
6. Sergio González Ruiz, Veintiséis leyendas panameñas (Panamá: Autoridad del Ca-
nal 1999), 39-46.

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era y sigue siendo el principal centro de devoción a Santa Librada —ella tiene
allí cuatro imágenes—, y es también la cuna del dirigente liberal Belisario Po-
rras, quien ciertamente asistió a las procesiones de Santa Librada de los años
1870 en Bogotá, cuando estudiaba en el colegio de San Bartolomé. La imagen
de Santa Librada sería la clave de este mito de origen de la nación panameña.
Los colores de su manto azul (de los conservadores) y rojo (de los liberales) con
el blanco de la paz lucen en la bandera creada en 1903. La antigua Provincia de
Azuero dio al nuevo país las bases de la unidad cultural y de sentimiento de per-
tenencia en las primeras décadas, cuando el culto a Santa Librada se asociaba al
carisma de Belisario Porras, tres veces elegido presidente de Panamá7.

La reivindicación de Santa Librada

El siglo xx empieza con una espesa capa de silencio alrededor de Santa Li-
brada en la prensa de una Colombia consagrada al Sagrado Corazón. Si en el
Centenario salió la procesión: el programa consta en la prensa y en el álbum con-
memorativo, pero la imagen de la santa o la de su procesión no aparecen en las
fotografías, donde lucen Nuestra Señora del Carmen y la Virgen de Chiquinquirá.
Y luego el más largo y sostenido ascenso de las noticias de procesiones
de Santa Librada empieza a verse a partir de 1913, gracias a la recién nacida
Academia Colombiana de Historia y al progreso técnico de la prensa. El 29 de
abril, recuperando las crónicas de José María Caballero y José Manuel Groot,
el académico Arturo Quijano celebró en el Boletín de Historia y Antigüedades el
centenario de la siembra del Árbol de la Libertad por Antonio Nariño. A pesar
de que no era su tema central, Quijano también relató la primera procesión de
Santa Librada en vísperas de la proclamación de Independencia absoluta, luego
que se volvió a sembrar el Árbol de la Libertad, roto un mozo de ruana. Si había
que celebrar el centenario del Árbol de la Libertad, quedaba subentendido que
Santa Librada también se lo ameritaba8.
Cuatro años más tarde el Boletín publicó un informe de las actividades de
la Academia de Historia en 1917 certificando, por primera vez, que “concurrió
la corporación a la tradicional procesión de Santa Librada”9. El siguiente texto
del mismo Boletín nos permitirá mejor conocer lo que pasaba:

7. Sobre este importante personaje, ver Manuel Octavio Sisnett Cano, Belisario Po-
rras o la vocación de la nacionalidad (Panamá: Universidad de Panamá, 1972).
8. Arturo Quijano, “Centenario del Árbol de la Libertad”, Boletín de Historia y Anti-
güedades 8: 96 (1913): 765-769.
9. Boletín de Historia y Antigüedades 10: 132 (1917): 724-725.

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Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

Uno de los números que alcanzaron mayor éxito fue la procesión


cívica y religiosa del día 19 de julio.
Establecida ésta desde el gobierno de don Antonio Nariño, y conser-
vada siempre con más o menos auge, fue en recientes años decayendo tan-
to, que los dos últimos sólo la acompañamos cuatro o cinco académicos,
y por ello nos limitamos a llevarla en torno del vecino parque. En vista de
ello se pensó en volver esa ceremonia a su antiguo esplendor y unirla con
un tributo a los mártires, ya que se guardaba la histórica imagen en el mismo
templo donde yacen las cenizas de los próceres sacrificados en el patíbulo.
Nuestro colega el doctor Marroquín, a quien le tocó presidir la expresada
junta, y que a todos los espectáculos les dio el más activo y sensato impulso,
tomó en este especial empeño.
Organizóse el cortejo en el colegio del Rosario, lugar precisamente
de donde salieron para el cadalso muchas de las nobles víctimas, y tras la
vieja campana, que iba tañendo como en los días del terror, y tras el mis-
mo cristo [sic] que acompañara a aquellos en su fúnebre camino, siguió
el desfile suntuoso. Agrupados los descendientes de cada prócer al lado de
alguna reliquia o de algún símbolo de su glorioso antepasado, con ramille-
tes y guirnaldas, en orden y elegancia, cruzaron las principales calles de la
ciudad, hasta el sagrado panteón, y allí pronunció conmovedora oración
fúnebre nuestro colega el doctor José C. García.

He dedicado varias líneas a esta parte delo aniversario nacional, porque


ella fue apadrinada por la Academia, porque en su desarrollo tomaron parte
activa varios de sus miembros, descendientes de próceres, y porque estuvo de
acuerdo con uno de nuestros propósitos, que es el de conservar siempre vivos
los recuerdos de los grandes hombres y de los gloriosos episodios. Los mártires
todo lo merecen10.
Pese a que no la nombran, no hay duda que se trata de la procesión de
Santa Librada, establecida por Antonio Nariño el 19 de julio de 1813. Esa nueva
invención de la tradición rompía con el pasado reciente sugerido por la descrip-
ción inicial de un ritual casi clandestino: unos pocos señores en traje de etiqueta
cargando en silencio una imagen sin nombre alrededor de un parque.
Eludiendo referirse abiertamente a Santa Librada —pese a que se la citaba
en el mismo número— el texto alude con precisión a una cierta “histórica ima-
gen” guardada en la iglesia de la Veracruz, dejando claro no tratarse del Cristo

10. Boletín de Historia y Antigüedades 11: 132 (1917): 738-739.

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de los Mártires, que se menciona con “c” minúscula. Todo el énfasis recae en el
culto a los próceres muertos hacía un siglo, la presencia de sus descendientes y
el carácter oficial, público y suntuoso del ritual, contrastando con la modestia
de las conmemoraciones anteriores.
En periódicos como Cromos y El Gráfico, lucen llamativas fotos de los fes-
tejos patrios de 1917. En materia de imágenes religiosas por ejemplo, se ve muy
bien Nuestra Señora del Carmen en su día 16 de julio, y nada de Santa Librada.
A juzgar por las referencias escritas de la época, la única —o la principal—
imagen religiosa puesta oficialmente en escena los días 19 y 20 de julio sería el
Cristo de los Mártires. Podemos suponer que ocurría entonces un nuevo apelo
al carisma incuestionable de ésta imagen para —tal como en 1872— abrirle
paso a Santa Librada y restablecer su tradición.
El proceso de re-oficialización de las procesiones de Santa Librada ganó
fuerza cuando la Academia de Historia fue encargada de la celebración de las
fiestas nacionales del 20 de julio y 7 de agosto por la ley número 15 de 1920.
Desde entonces y hasta 1957 sí salieron regularmente las procesiones de Santa
Librada, puesto que había una institución interesada en recuperar y mantener
aquella tradición, retando las fuerzas en su contra.
En 1922, poco después de la publicación por Eduardo Posada del manus-
crito que mencionaba la presunta apelación a Santa Librada por los chapetones
en 1810, alguien camuflado como alias Peregrinus publicó en la revista El Gráfico
la crónica “Un cincuentenario memorable”, que relataba la procesión de 1872.
Las fotos muestran Murillo Toro, la Plaza de los Mártires, el arzobispo don Vi-
cente Arbeláez, José María Rojas Garrido y la imagen del Cristo de los Mártires.
Si no está su imagen, Santa Librada aparece muy nítidamente en el texto:
Nació entonces la procesión de Santa Librada y del Cristo de los Már-
tires, que vemos invariablemente salir el 19 de julio de la Veracruz. Su ini-
ciador fue el actual Arzobispo Metropolitano11.
Tres personajes se ven a medias: el autor, la imagen de Santa Librada
y don Bernardo Herrera Restrepo. Peregrinus le hace un guiño al arzobispo
conservador —quien había consagrado el país al Sagrado Corazón— ense-
ñándolo como el principal responsable, en su mocedad, por la asociación
ritual del Cristo de los Mártires con una imagen religiosa convertida en
emblema patriótico por Antonio Nariño y enseguida apropiada por San-
tander, López y Murillo Toro. Dos fotos demostraban que la procesión de
Santa Librada había ganado enorme visibilidad y más, ya no era escanda-
loso afirmar que ella salía regularmente desde 1872.
11. El Gráfico, Bogotá, 22 de julio de 1922, 101-103.

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Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

Por esa época, Arturo Quijano evocó reminiscencias de los festejos de


la fiesta nacional de 1849 en la Academia de Historia; es posible que haya
comentado con sus pares el protagonismo histórico y la importancia sim-
bólica de la imagen de Santa Librada. La importancia de las fiestas del 20 de
julio siguió creciendo y con ellos la procesión de Santa Librada con el Cris-
to de los Mártires. En 1926, Arturo Quijano involucró la oficialización de
aquel ritual cívico-religioso en el proyecto historiográfico de la Academia
que entronizaba a Francisco de Paula Santander como el padre fundador
de la nación colombiana. Según Quijano,
Desde la apoteosis del alto señorío bogotano a Santander el 10 de
agosto de 1919, y como homenaje especial al héroe representativo de la
Nueva Granada en la épica campaña y en la inmortal jornada de Boyacá,
no había vuelto a presenciar nuestra capital un desfile tan intensamente
gentil como el que tuvo lugar el lunes en honor de los próceres —especial-
mente los mártires— de la Independencia.
Se trataba de revivir la tradicional procesión de Santa Librada y del
Cristo de los Mártires, ceremonia que por más de un siglo ha venido repi-
tiéndose el 19 de julio, unas veces con sencilla esplendidez, como en aque-
llos años en que trescientos caballeros encabezados por el alto comercio
(patrono de la procesión) recorrían las principales calles de rigurosa eti-
queta; otras con una modestia y una indiferencia que no fueron poderosas
a acabar con la hermosa y sentimental ceremonia, debido tan sólo a la tena-
cidad patriótica de unos pocos académicos de la Historia que, a despecho
de casi ridículo, se propusieron a todo trance no permitir que esa tradición
no se hundiera, como tantas otras, en el olvido.
Y este año el triunfo de estos pocos académicos, hombres estos sí
de mucha fe, ha sido a la postre completo, debido a la fe también, y muy
grande, y al entusiasta vigor con que sus colegas de la misma Academia que
componen la Junta de Festejos Patrios de 1926, resolvieron afrontar de una
vez el asunto y resolverlo con inusitado esplendor, nunca visto en la fecha
precisa del 19 de julio (…).

Está clara en el texto la convicción de que en el culto a los héroes, caben


a las élites la iniciativa y el orden de precedencia. Al señalar el alto comercio
bogotano como el patrono de la procesión del 19 de julio, Arturo Quijano re-
fuerza nuestra interpretación de los festejos de 1849: la tradición inventada por
Antonio Nariño, de asociar ritualmente la memoria de la Independencia con la ima-
gen de Santa Librada, hay que buscarla entre los liberales de corte santanderista y

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no en los barrios plebeyos y los círculos de artesanos, al menos desde los años
1835-1837. Para resumir el sentido de la procesión y su desarrollo, el académico
Quijano citó los tres conocidos pasajes del diario de José María Caballero y
subrayó: “Queda, pues, ya establecida como tradición, casi como institución,
la ceremonia pública en honor de Santa Librada”. Enseguida, echó mano de un
anacronismo al asociar el presidente Francisco de Paula Santander al Cristo de
los Mártires:
Quien hubiera de haberles dicho a los patriotas sacrificados en la re-
conquista de 1816 (…), que al surgir de nuevo la Patria, ya de todo libre,
resucitaría, valga el decir, la procesión de Santa Librada, pero con un adita-
mento pleno de poesía y de profunda emotividad: el Cristo de los Mártires;
el mismo que sirviera a la Hermandad de la Veracruz para encabezar los
tristes cortejos de los que eran puestos en capilla, y de ésta marchaban al
patíbulo, siendo luego recogidos sus sangrientos despojos y conducidos
sin pompa ninguna (por prohibirlo la ley) al osario de aquel templo; ese
Cristo, que en nuestro sentir es la joya más intensamente valiosa de cuantas
venerables reliquias nos dejaron los siglos ya idos, porque en él se fijaron
por última vez las miradas dolientes de Caldas, y de Torres, y de Policarpa,
y de cien más.

Arturo Quijano ya había disertado sobre los festejos patrios de 1849 en la


Academia, y no podría ignorar el relato de Cordovez Moure sobre los festejos de
1872 conducidos por Manuel Murillo Toro: aquí no hay equivocación, él quiso
fusionar conceptualmente la república de la Nueva Granada, el presidente San-
tander, Santa Librada y el Cristo de los Mártires para puntualizar: “De ahí, de
esa raigambre profunda en las entrañas de la historia, arranca la supervivencia
ya secular de la procesión del 19”.
Consciente o tal vez inconsciente, el anacronismo de Arturo Quijano exige
nuestra atención. Sabemos que, en las tres procesiones de Santa Librada orga-
nizadas durante la presidencia de Francisco de Paula Santander no hay nin-
guna mención a la imagen que sería más tarde conocida como el Cristo de los
Mártires. Pero sabemos también que esta imagen debió acompañar al banqui-
llo y enseguida a la sepultura —como era de costumbre— a los conspiradores
ejecutados por participación en la conspiración septembrina en 1828. Todavía
no sabemos aunque es posible conjeturar, serían tal vez las mismas familias
presentes en aquellos momentos terribles de conmoción, bajo un clima feroz
de represión y sospechas, que tuvieron la idea y el coraje de sacar la imagen de
Santa Librada en procesión el año siguiente. Si así fue, lo que hay todavía que

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Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

comprobar, ganaría más sentido e importancia la decisión de Francisco de Pau-


la Santander y los septembrinos sobrevivientes, de recuperar el simbolismo de
Santa Librada en las primeras fiestas patrias de los 20 de julio de la república de
la Nueva Granada.

Procesión de Santa Librada. El Tiempo,


Bogotá, 25 de juliode 1936.

Sería tal vez guiado por esas astucias de la memoria que Arturo Quijano
enfatizó, la principal novedad de la procesión de 1926 había sido la presencia
masiva de las familias de descendientes de mártires o de próceres.
Y como digno remate, el Cristo cien veces bendecido y la imagen de la
santa seguidos de la Academia de Historia en corporación, y cerrando el desfile

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el Excelentísimo señor Presidente de la República y su Ministro de Instrucción


y Salubridad Públicas.
Concluyendo, Arturo Quijano afirmó que el 19 de julio de 1926 tuvo una
inmensa significación, y vaticinó proyecciones extraordinarias sobre las nue-
vas generaciones12. Como si fuera concertado entre ellos, el académico Alfonso
Hernández de Alba expuso una percepción detallada de tal proceso:
La procesión de Santa Librada, el mejor número de los festejos patrios,
a que dieron esplendor algunos de los descendientes y parientes de los liberta-
dores de Colombia, es otro de los grandes medios para avivar el sacro fuego del
patriotismo. Las distinguidas damas que en ella tomaron parte pondríanse en
el calor de su hogar a repasar un olvidado cuadro genealógico hasta encontrar
su tronco en un valiente servidor de la República, remontaríanse a los benditos
tiempos coloniales y verían cómo los próceres, nacidos de su noble cuna, lu-
charon por derribar las prerrogativas de su clase, por darnos un pueblo libre;
recorrieron con el pecho oprimido de una rara emoción la vía dolorosa de los
mártires, vieron el mismo rostro exangüe del Crucificado, que alentó a los que
iban a morir, y sus corazones e madres, hijas, hermanas y esposas supieron lo
que fue para sus antecesoras las Mujeres de la Independencia, el sacrificio reden-
tor; buscarán luego en las benditas imágenes de sus abuelas, que conservan en
marfileñas miniaturas con oro y finas perlas adornadas, ejemplo y valor; sabrán
ser como ellas, fieles a su excelso destino, harán que en el templo de la familia
reine siempre la aristocrática sencillez, la santa alegría, la evangélica austeridad
de las familias santafereñas y sus hijos, el porvenir de Colombia, beberán con el
materno néctar la herencia de patriotismo y se adormecerán tranquilos entre
las sedas de sus lechos al suave calor de una historia de valor, dolor, amor…13.

Todavía poco tenemos a decir del futuro de tales vaticinios centenaristas.


Cuanto a Santa Librada, su presencia en los festejos patrios del 20 de julio se
institucionalizó por los treinta años siguientes. Hoy, las generaciones nacidas a
partir del Sesquicentenario casi no la conocen. ¿Acaso les interesaría estudiarla
como un lugar de memoria14 en el Bicentenario?

12. Arturo Quijano, “Las festividades patrias”, Boletín de Historia y Antigüedades 15:
178 (1926): 593-595.
13. Alfonso Hernández de Alba, “Una dama del 20 de julio”, El Gráfico, Bogotá, 14
de agosto de 1926): 5.
14. Pierre Nora, Les lieux de mémoire (Paris: Gallimard, 1997).

[ 232 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

El conflicto del festejo patrio de Santa Librada

Bogotá crecía: entre 1780 y 1843, su población pasara de algo menos de


20.000 a 40.000 almas. En 1884, ya tenía 95.000 habitantes, ganando caracterís-
ticas típicamente nacionales. Pero entre 1884 y 1905, Bogotá recibió menos de
5.000 nuevos habitantes. Finalmente, entre 1905 y 1930, un verdadero alud de
migrantes venidos de toda Colombia duplicó la población de la capital.
La ciudad presentaba un crecimiento vertical en los puntos céntricos, y un
ensanche horizontal en la periferia norte. En las arterias del centro un intenso
tráfico de vehículos y la gran densidad de población contrastaban con el traza-
do de cuadrícula de la vieja ciudad, con sus calles estrechas; los antiguos “par-
ques” convertidos en parqueaderos de vehículos de tracción mecánica, privados
de su vegetación. Los pocos que quedaban, como el parque de Santander, ya se
veían como anacrónicos. La ciudad había sido sorprendida por el automóvil,
por nuevas técnicas constructoras, por la intensa concentración demográfica,
sin medios legales, reglamentaciones orgánicas ni principios directivos capaces
de encauzar las nuevas corrientes hacia un ambiente cívico equilibrado y armo-
nioso en la capital del país. El ingeniero M. Escobar Larrazábal hizo hincapié en
el significado nacional que le atribuía a Bogotá la curva de población15.
Enmarañadas en esas mismas vertiginosas transformaciones, nuestras
fuentes pasan a exhibir desde entonces todo un nuevo y complejo conjunto de
informaciones acerca de los festejos patrios y su entorno, gracias a las nuevas
técnicas de impresión. Súbitamente, las procesiones de Santa Librada pasaron a
verse en fotos que circularon por todo el país. Cuanto más novedosas nos pare-
cen esas imágenes —seguramente para muchos así han parecido en la época—,
tanto más leyendas y textos las presentaban como acontecimientos tradicionales.
Eran elementos singulares, momentos puntuales del proceso de producción de
tradiciones en escala industrial, desde el alto hacia abajo, pero abierto a ciertas
demandas sociales; rituales que buscaban sacralizar la cohesión social mientras
explicitaban las condiciones de admisión de las masas recién llegadas a la co-
munidad moderna, metropolitana y nacional. En tal contexto, las fiestas cívicas
cumplían importantes roles, y entre ellas la procesión de Santa Librada, buscaba
sacralizar la unanimidad en torno a los mártires de la llamada Patria Boba.

15. Larrazábal M. Escobar, “El desarrollo de Bogotá”, El Gráfico, Bogotá, 26 de julio


de 1930): 635-639. Un paréntesis: según la Secretaría Distrital de Planeación de la
Alcaldía Mayor de Bogotá, el incremento anual promedio de la población bogotana,
era recientemente de 104.733 personas. O sea, lo mismo que el total de migrantes
llegados a la capital entre 1905 y 1930.

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Pero el consenso entre los académicos de Historia a propósito de la pro-


cesión empieza a resquebrajarse en 1951. Así informó el presidente de la Junta
Nacional de Festejos Patrios:
La tradicional procesión de Santa Librada, movida entre la iglesia de
la Veracruz y el Parque del Centenario, si por una parte se vio encabezada
por el señor Ministro de Educación, por la otra echó de menos a muchos
de los respetables Académicos que en los años anteriores asistían puntual-
mente. Allí el señor Ministro de Educación pronunció un breve discurso
acerca de la trascendencia de estos homenajes. A causa de la no asistencia
de los planteles públicos a la dicha procesión, por motivos que no conven-
cieron a la Junta, ésta se vio obligada a sentar la siguiente proposición, cuyo
texto fue distribuido entre varios despachos oficiales:
“La Junta Nacional de Festejos Públicos hace constar su extrañeza
por la falta de asistencia a La histórica procesión de Santa Librada, que se
efectuó el día 19 de los corrientes, de las representaciones estudiantiles y
muy especialmente de la Escuela Militar, restándole así solemnidad a un
acto al cual está vinculada profundamente la historia de la Patria. Envíese
copia de esta constancia a los señores representantes ante la Junta de los
Festejos Patrios de los Ministerios de Educación y de Guerra”.

Más que un clivaje claramente político —a pesar de que en su mayoría


las noticias y fotos de la procesión siempre fueron más visibles en periódicos
liberales— este incidente de 1951 señalaría una decisión de ruptura por parte
de la alta jerarquía católica. A lo largo de todas sus etapas de existencia, El Cato-
licismo, órgano oficial de la arquidiócesis, ni una sola vez mencionó los rituales
patrióticos de Santa Librada. Tal vez porque, sobre el arzobispo don Vicente
Arbeláez y sus asesores el doctor Joaquín Pardo Vergara y el canónigo Bernardo
Herrera Restrepo, quienes reunieron a Santa Librada y el Cristo de los Mártires
en los festejos de 1872, creando desde entonces un nuevo modelo para la con-
memoración del 20 de julio, pesaba la sospecha de que serían masones16.

16. Martha Isabel Marques Villamil, Monseñor Bernardo Herrera Restrepo en la vida
política colombiana (Bogotá: Universidad de la Sabana. Facultad de Comunicación
Social y Periodismo, 1986). A propósito, El Catolicismo denunciaba a Manuel Muri-
llo Toro como masón y enemigo de la iglesia católica. Véase, por ejemplo, el editorial
“Blasfemias i heregía (sic)”, en contra de una crónica sobre la devoción a la Virgen de
Chiquinquirá publicada en El Tiempo. El Catolicismo, Bogotá, 17 de julio de, 1860:
438-439.

[ 234 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

El conflicto abierto en la fiesta del 20 de julio de 1951 se dio exactamente


cuando había terminado el ejercicio del arzobispo don Ismael Perdomo Borre-
ro (de 1928 a 1950), y empezaba, poco después del Bogotazo, el ejercicio del
cardenal arzobispo don Crisanto Luque Sánchez (1950 a 1959). Las procesiones
siguieron saliendo, en medio a unas fiestas patrias más y más militarizadas y
estudiantiles —esto se ve muy claramente bajo la dictadura militar de Gusta-
vo Rojas Pinilla—, pero sólo hasta 1957. Afortunadamente, al menos en esta
última vez, la procesión de Santa Librada ha sido filmada y transmitida por la
televisión en el noticiero Actualidad Panamericana. Este importante registro
está depositado en el Patrimonio Fílmico, en Bogotá.
Bruscamente, Santa Librada desaparece de los festejos patrios de 1958,
cuando la Junta Militar negociaba la transición al régimen de Frente Nacional.
Un año después, y muerto hacía dos meses y medio el cardenal Crisanto Luque,
tal vez haciendo un guiño a quienes pensaban volver a encontrar en su lugar las
acostumbradas fotos de la tradicional procesión de Santa Librada, un gran pe-
riódico bogotano conjugó dos fotos en la primera página, con esa descripción:
Arriba dos pequeños gamines cogidos de la mano y ambos con el pie
al suelo, marchan seriamente al lado de los marciales muchachos de los
colegios participantes. Nótese el gesto extrañado del joven de anteojos, que
mira sorprendido a sus espontáneos compañeros. Abajo un sacerdote toca
con vitalidad la trompeta, acompañando a la banda de guerra de su colegio
con la conocida marcha del “Río Kwai”.17

La ritualización de las nuevas expectativas de futuro —la marcha de niños


y jóvenes rumbo al progreso y a la modernidad, enérgicamente ritmada al son
de las trompetas de la iglesia que preparaba el Concilio del Vaticano ii— rem-
plazaría ahora definitivamente el rito procesional de Santa Librada anclado en
la experiencia y la memoria de las generaciones anteriores.

Santa Librada y el museo de la Independencia

La Academia Colombiana de Historia participó intensamente de la crea-


ción del museo de la Independencia en la antigua Casa del Florero, restaurada
e inaugurada en medio a los festejos del sesquicentenario de la Independencia,
el 20 de julio de 1960. El académico Guillermo Hernández de Alba, su director-
fundador, dirigió el nuevo museo durante casi 30 años. Seguramente le tocó

17. El Siglo (19 julio, 1959): 1.

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tomar decisiones importantes con respeto a la imagen de Santa Librada, que


fue una de las piezas escogidas para integrarse a la colección del museo. Todavía
no sabemos si ella fue cogitada desde una primera reunión en la casa del ex-
presidente Eduardo Santos, en la cual se eligieron piezas que estaban en Museo
Nacional, el Museo Colonial y la Quinta de Bolívar. Ya hacía algún tiempo que la
imagen de Santa Librada no estaba ni en su dirección original, la iglesia de San
Juan de Dios, ni en la iglesia de Santa Inés, demolida en 1957 (algunas de las pie-
zas arquitectónicas del convento de Santa Inés, tumbado en 1956, sirvieron para
la reconstrucción de la vieja Casa del Florero). Es posible que la hayan guardado
en la Academia mientras no se inauguraba el nuevo museo.
El mismo director-fundador nos enseña lo que tenía en mente al intro-
ducir la histórica imagen, en el museo destinado a guardar la memoria de la
Independencia:
Al ascender la escalera, en el descanso, encontramos una imagen muy
rara. Es la imagen de una santa crucificada, la mártir Santa Librada, decla-
rada patrona de los próceres y de la libertad. Esta misma imagen recibirá
unánimemente veneración todos los años el 20 de julio, sacada procesio-
nalmente por las calles de la Ciudad, como la patrona de la libertad porque
ella muere también por defender su doctrina y confesar a Cristo, según
tradición, en los primeros siglos de la cristiandad. A su lado una escena en
la cual la heroína nacional por excelencia, Policarpa Salavarrieta, es condu-
cida al patíbulo, el 14 de noviembre de 1817.18

Aquí se percibe claramente que don Guillermo Hernández de Alba intentó


trasladar al ambiente laico de la Casa del Florero el sentido de las procesiones de
Santa Librada, en las cuales el catolicismo y el patriotismo se confundían casi
inequívocamente. Pero con el pasaje del tiempo, las nuevas generaciones que no
las conocen ya no pueden establecer espontáneamente aquella asociación entre las
procesiones del 20 de julio, la memoria del martirio de los próceres y la imagen
de una santa crucificada que quedó casi olvidada sobre el rellano de la escalera.
En abril de 1969, después de revisar el calendario religioso el papa Pablo
vi decidió que el clero debía dejar caer en el olvido la devoción a algunos santos

18. “Casa-Museo del 20 de julio de 1810. Una visita guiada por su director-funda-
dor, profesor Guillermo Hernández de Alba”, en Centro cívico de Bogotá, ed. Héctor
Echeverri Correa (Bogotá: Imprenta Nacional de Colombia, 1980); Daniel Castro
Benítez, El Museo del 20 de Julio de 1810: entre la memoria literal y la memoria
ejemplar 1960-2000 (tesis Maestría, Universidad Nacional de Colombia, 2012), 355-
369, 361.

[ 236 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

cuya existencia no era segura, y entre ellos Santa Librada, seguramente en razón
de los equívocos a propósito de su iconografía que la confunde con Santa Wil-
gefortis, Kümmernis, Uncumber y otras denominaciones. A partir de entonces,
ni siquiera en la misa solemne de los días 19 o 20 de julio se nombraba más el
nombre de Santa Librada en el Panteón Nacional donde seguía venerándose la
memoria de los mártires de la Independencia junto al Cristo de los Mártires.
Hay que insistir, puede ser que en la prisa de aquellos días de la toma del
Palacio de Justicia por un comando guerrillero del M-19 en noviembre de 1985,
cuando la Casa del Florero fue ocupada por el comando de la fuerza armada,
la imagen de Santa Librada ahí permanecía sobre el rellano mientras la gente
bajaba y subía por la escalera. En este caso, quien sabe, es posible que algunas
de las personas arrestadas, en su desesperación, le hayan rezado, sin saber su
nombre y su historia…

Casa Museo 20 de julio, durante la toma del Palacio de Justicia,


6 de noviembre de 1985.

En razón de la expansión metropolitana de Bogotá una antigua enco-


mienda, el municipio de Usme se incorporaba a Bogotá en 1972. Había ahí una
hacienda de Santa Librada que se inserta en nuestro campo de interés. Hacia
1856 según los registros parroquiales, era vicario de la cuarta vicaría Particular
de San Pedro de Usme el doctor Paulino Antonio Olivos, que tenía a su cargo las
parroquias de San Antonio, Bosa y Soacha.19 El doctor Olivos es el autor de un
19. Rufino Gutiérrez, “Usme”, en Monografías, t. 1 (Bogotá: Imprenta Nacional,
1920) http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/uno/indice.htm y Arqui-
diócesis de Bogotá, “San Pedro de Usme. Reseña histórica” en http://www.arquibo-
gota.org.co/index.php?idcategoria=7856 (Consulta 5 de marzo de 2014).

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 219-242 [ 237 ]


Jaime De Almeida

importante panegírico de Santa Librada pronunciado en la fiesta del 20 de julio


de 1855 en Bogotá, cuando aún pesaba la represión contra los artesanos y los
liberales draconianos partidarios de la rebelión de Melo.20 Poco más de un siglo
después, en terrenos loteados de la antigua hacienda se organizó la parroquia
de Santa María de la Esperanza, en el barrio Santa Librada. Cuando una nueva
iglesia se construía entre 1997 y 1999, se pensó en mandar a pintar un lienzo de
Santa Librada en homenaje al lugar donde nació la parroquia. El padre Jorge
Armando Ruiz Ampudia, en comunicación personal dice no creer que haya una
vinculación propiamente dicha con la tradición patria del 20 de Julio, el pintor
se inspiró en una vitela que por casualidad llegó a sus manos. Los meandros de
la memoria se encuentran sin que nos demos cuenta.
El tema de las fiestas de Santa Librada empieza a aparecer en el ambiente
universitario con la tesis doctoral de Marcos González Pérez (1996) y sus su-
cesivas publicaciones, en general insistiendo en la importancia de la fiesta de
1849 y en la devoción muy especial que le dedicaban a la santa los artesanos
bogotanos21.
A partir del panegírico del académico don Humberto Triana y Antorveza
en la misa solemne del 19 de julio de 2000 y su publicación en el Boletín de
Historia y Antigüedades, empieza a definirse una nueva atención a la imagen
de Santa Librada. El año siguiente, fue tomada la decisión de restaurar la vieja
imagen, que entonces se encontraba muy deteriorada por el tiempo en su sitio
en la Casa del Florero, lo que se hizo bajo la atenta dirección de Yolanda Pachón
Acero, profesora de la Facultad de Estudios del Patrimonio de la Universidad
Externado de Colombia.
Un vuelco decisivo en esta historia ha sido la visita oficial de monseñor
José Sánchez González obispo de Siguënza-Guadalajara a la ciudad panameña
de Las Tablas que trajo una pequeña urna de cristal que contenía un fragmento
de hueso de tibia izquierda, retirado del sepulcro de Santa Librada en la ca-
tedral de Sigüenza. La urna y la imagen pasearon en procesión por las calles
de Las Tablas el día 8 de febrero de 2006. En la homilía de la misa solemne,
monseñor José Sánchez González expuso lo que hay en los archivos oficiales
de su catedral con respecto a Santa Librada, corrigiendo con serenidad algunos
excesos de su folclor. Frente la atenta multitud, sugirió que lo más probable es
que muriera decapitada y no crucificada y luego admitió, para consuelo de los
20. Paulino A. Olivos, Panejírico de Santa Librada Predicado en la Iglesia Catedral el 20
de julio de 1855 (Bogotá: Imprenta de Francisco Torres Amaya, 1855).
21. Marcos González Pérez, La fiesta republicana del siglo xix en Fiesta y nación en
Colombia (Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio, 1998).

[ 238 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

tableños: “Pero, en definitiva, todo martirio significa identificación plena con


Cristo Crucificado.”
Pasados cincuenta años, en julio de 2009 la Casa del Florero recibió por
algunos días la visita de la imagen del Cristo de los Mártires, generosamente
prestado por la autoridad religiosa. Los dos protagonistas centrales de las olvi-
dadas procesiones de Santa Librada, apartados desde julio de 1957, volvieron a
verse juntos en la exposición ¡Santa Libertad! Memoria y olvido de una imagen
femenina de la Independencia22.
Hasta pocos meses, la posición de la imagen había cambiado en el interior
de la Casa del Florero en consecuencia del proceso de renovación integral al que
fue sometido el museo para la conmemoración del bicentenario de la Indepen-
dencia Nacional. Pasó del rellano de la escalera al segundo piso —donde ya ha-
bía permanecido por unos meses cuando de la exposición ¡Santa Libertad!—,
ahora en la Sala Contextos de la Independencia entre un lienzo de Policarpa
Salavarrieta y la puerta de entrada de la sala del Florero de Llorente.23 Actual-
mente se encuentra en bodega, y todavía no sabemos donde, cómo y cuando va
reaparecer24.
El Museo Nacional organizó la muy innovadora y controvertida exposi-
ción Las historias de un grito. 200 años de ser colombianos (del 3 de julio de 2010
al 16 de enero de 2011) que también se divulgó en todo el país por medio de ex-
posiciones itinerantes y una muestra virtual25. Para componer el cuadro ¡Fiestas
de Nación! se confeccionó una réplica en talla natural de la imagen de Santa
Librada teñida de blanco para que se pueda tocar, como para que nadie siga
ignorando su existencia, su importancia en la historia de la Independencia y a
lo largo de las sucesivas coyunturas que han venido viviendo los colombianos.
Finalmente, cumple recordar que este trabajo de investigación sobre las
procesiones de Santa Librada se divulgó en forma de una conferencia en la Aca-

22. El plegable de la exposición se encuentra en el sitio del Museo de la Independen-


cia: http://www.quintadebolivar.gov.co/museoindependencia/otras-exposiciones/
Paginas/default.aspx(Consulta 6 de marzo de 2014).
23. Se puede ver en http://www.quintadebolivar.gov.co/museoindependencia/reco-
rridos/Paginas/sala-contextos.aspx(6 marzo, 2014).
24. Ver el Proyecto Bicentenario del Ministerio de Cultura de Colombia: Un nuevo
Museo para la Independencia Museo de la Independencia-Casa del Florero en http://
www.quintadebolivar.gov.co/museoindependencia/Paginas/default.aspx(Consulta
6 de marzo de 2014).
25. Ver la muestra virtual en el sitio del Museo Nacional: http://www.museonacio-
nal.gov.co/exposiciones/carteles/bicentenario-2010/Paginas/Bicentenario%202010.
aspx(Consulta 6 de marzo de 2014).

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 219-242 [ 239 ]


Jaime De Almeida

demia Colombiana de Historia en la noche del 16 de julio de 2013, y que luego


el 19 de julio, en la misa solemne en conmemoración del Bicentenario de la
Independencia de Cundinamarca en el Panteón Nacional, a la cual asistieron
los académicos, Santa Librada recibió un corto homenaje por haberle dado los
patriotas su nombre al Hospital Militar.
¡Ojalá el tema siga en discusión, ya que hay mucho por buscar y mucho
por analizar!

[ 240 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Santa Librada
y la Academia Colombiana de Historia

Bibliografía

Documentos y seriados

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11, 133 (1917): 738-739.
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Artículos y libros

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“Casa-Museo del 20 de julio de 1810. Una visita guiada por su director-fundador, profe-
sor Guillermo Hernández de Alba”, en Héctor Echeverri Correa, Centro cívico de
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El plegable de la exposición se encuentra en el sitio del Museo de la Independencia:
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ginas/default.aspx
Proyecto Bicentenario del Ministerio de Cultura de Colombia: Un nuevo Museo para
la Independencia. Museo de la Independencia-Casa del Florero en http://www.
quintadebolivar.gov.co/museoindependencia/Paginas/default.aspx
Muestra virtual en el sitio del Museo Nacional: http://www.museonacional.gov.co/ex-
posiciones/carteles/bicentenario-2010/Paginas/Bicentenario%202010.aspx

[ 242 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Diplomacia fallida, caso de


San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

Fra ncis co Ba r b os a De lg a d o
Universidad Externado de Colombia. Bogotá, Colombia
[email protected]

Resumen

El presente escrito pretende determinar cómo la defensa del Estado co-


lombiano en el caso contra Nicaragua por la determinación de la sobe-
ranía de las Islas de San Andrés y Providencia, desconoció el alcance del
principio del uti possidetis iuris y de los actos y hechos que se derivaban de
la historia nacional sobre la soberanía de esos territorios. A su vez, cómo
su errónea acción diplomática desconoció conceptos como democracia y
derechos humanos esbozados por la jurisprudencia internacional.

Palabras clave: Colombia, San Andrés y Providencia, uti possidetis


iuris, Relaciones Internacionales, Soberanía nacional.

Recibido: 12 de febrero de 2013. Aceptado: 27 de abril de 2014.

[ 243 ]
Failed Diplomacy, case of
San Andres and Providencia:
Omissions of Defense
Fr a ncis co Ba r b os a De lg a d o

Abstract

This paper aims to determine how the defense of the Colombian


State in the case against Nicaragua by the determination of the sovereignty
of the islands of San Andres and Providencia, ignored the scope of the
principle of uti possidetis iuris and the acts and facts that were derived
from national history over the sovereignty of these territories. In turn,
how its erroneous diplomacy ignored concepts such as democracy and
human rights outlined in international jurisprudence.

Keywords: Colombia, San Andrés y Providencia, uti possidetis


iuris, International Relations, national sovereignty.

Cómo citar este artículo:


Barbosa Delgado, Francisco Roberto. “Diplomacia fallida, caso de San Andrés y providencia:
omisiones de la defensa”. Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 243-268.

[ 244 ]
Introducción

Para efectos de desarrollar el presente escrito se realizará un breve introito


sobre la historia del caso y sus desenlaces legales. Luego en la primera parte se
demostrarán las omisiones del Estado colombiano en torno al tratamiento del
uti possidetis iuris y al ejercicio histórico de la soberanía. En la segunda parte,
se abordará la forma inadecuada en el tratamiento del litigio de la noción de
democracia y derechos humanos que hubiesen aportado una argumentación
solida a la Corte Internacional de Justicia para tomar una decisión conforme al
ius petendi colombiano. Debe advertirse que el autor analizó todos los actos de
defensa de Colombia en el litigio planteado en la Haya. Por último, se realizarán
las consideraciones finales.

Precisiones sobre el conflicto limítrofe entre Colombia


y Nicaragua

Los títulos colombianos son inobjetables a la luz del derecho internacional


público por cuanto, Colombia posee una real orden emanada de las autoridades
españolas, en cabeza del Rey cuando se encontraban en control de estas tierras.
Esta orden expedida por súplica de los lugareños de las islas el 30 de Noviembre
de 1803, señala: “La isla de San Andrés y la parte de la Costa de Mosquitos desde
el Cabo Gracias a Dios inclusive hacia el Río Chagres, queden segregadas de la
Capitanía General de Guatemala y dependientes del Virreinato de Santa Fe”.
Posteriormente, esta orden real se reafirmó en 1805 en Aranjuez. Esta cir-
cunstancia condujo a que estos territorios pertenecieran a la Nueva Granada y

[ 245 ]
Francisco Barbosa Delgado

que cuando se presentará la independencia, fueran inmediatamente traslada-


dos a la nueva República, que era Colombia.
En el año de 1825, se celebró el Tratado de unión, liga y confederación
perpetua entre Colombia y Centro América en el cual en los artículos 5 y 7, las
partes contratantes se comprometían a garantizar mutuamente la integridad de
sus territorios y a respetar sus límites como están en el presente. En el año de 1890,
como lo recuerda, Gaviria Liévano, “Nicaragua ocupó las islas Mangles y las
ofreció a Estados Unidos en dos tratados secretos (1913 y 1914) pretendiendo
ponerle el nombre de Zelaya”1.
En el año de 1900, Colombia se enfiló hacia la búsqueda de acuerdos limí-
trofes con algunos Estados centro americanos, como Costa Rica. Es así, como se
acordó que el presidente de Francia, Emile Laudet realizará un laudo arbitral. El
11 de septiembre de 1900 se definieron los límites de Colombia con Costa Rica.
Sin embargo, en el fallo se indicó lo siguiente:
En lo que toca a las islas más distantes del continente y comprendidas
entre la costa mosquitos y el istmo de Panamá, especialmente Mangle grande
y mangle chico, cayos de Alburquerque, San Andrés, Santa Catalina, Provi-
dencia, Escudo de Veraguas, así como cualesquiera otras islas, islotes y ban-
cos que antes dependieron de la antigua provincia de Cartagena, bajo la de-
nominación de cantón de San Andrés, es entendido que el territorio de esas
islas, sin exceptuar ninguna, pertenece a los Estados Unidos de Colombia.

Como se observa claramente el laudo le hace un reconocimiento a Colom-


bia de su territorio insular.
El 24 de marzo de 1928 se firmó el tratado Esguerra-Bárcenas Meneces
que definió la soberanía sobre San Andrés y providencia con Nicaragua. Este
tratado fue aprobado por Colombia a través de la Ley 93 de 1928, por Nicaragua
por Ley del 6 de Marzo de 1930 y canjeadas las ratificaciones el 5 de Mayo del
mismo año. En estos documentos nunca se establecieron límites a la usanza de
tratados internacionales que definen este tipo de situaciones.
En el tratado, Colombia le reconoce soberanía y pleno dominio a la repú-
blica de Nicaragua sobre la costa de Mosquitos comprendida entre el Cabo de
Gracias de Dios y el río San Juan, y sobre las islas Mangle Grande y Mangle Chi-
co en el Océano Atlántico y Nicaragua le reconoce soberanía y pleno dominio
a Colombia sobre el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina
y todas las islas, islotes y cayos que hacen parte del archipiélago. En igual sen-
1. Enrique Gaviria Liévano, “La demanda de Nicaragua y una defensa de San An-
drés”, UN Periódico, Bogotá, 23 de noviembre de 2003, 10-11.

[ 246 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

tido, se indica en el artículo primero, del mentido instrumento internacional:


“(...) no se consideran incluidos los cayos Roncador, Quitasueño y Serrana; el
dominio de los cuales está en litigio entre Colombia y los Estados Unidos de
América”.
El 12 de Junio de 1969, Nicaragua asumió una actitud hostil al justificar la
solicitud de la Western Caribbean Petroleum Company para adquirir una con-
cesión de petróleo en los territorios definidos en el Tratado Esguerra-Bárcenas.
En esa época, el Embajador extraordinario y plenipotenciario de Colombia,
Luis Alfonso Angarita, envió una nota diplomática reafirmando los siempre in-
controvertibles argumentos de Colombia sobre el asunto.
El 8 de septiembre de 1972 se firmó el tratado Vázquez-Saccio entre el go-
bierno de Colombia y el gobierno de los Estados Unidos de América. El acuerdo
definió el conflicto surgido con los cayos de Quitasueño, Roncador y Serrana.
De acuerdo al artículo 1 el gobierno de los Estados Unidos de América renuncia
a las reclamaciones de soberanía sobre los señalados cayos supra.
Con este reconocimiento de los Estados Unidos de América para Colom-
bia, los cayos en controversia pasaron a ser parte de Colombia, aunque es de
reconocer que los derechos del país del norte sobre estos territorios habían surgido
de una acción unilateral de facto que fue reconocida por el Congreso norteameri-
cano, lo que implicó una andanada diplomática por parte del gobierno colombia-
no que se materializó a través de notas de protesta.
El 4 de febrero de 1980, el Gobierno Sandinista en cabeza de la junta de
reconstrucción de Nicaragua tomó la decisión motu propio de declarar nulo
el tratado Esguerra-Bárcenas firmado el 28 de Marzo de 1928 y debidamente
ratificado por ambos estados, el 5 de Mayo de 1930 a través de un acta de canje,
que introdujo el límite territorial conocido como meridiano 82.
Otra actitud hostil de Nicaragua se presentó luego del canje de notas del
tratado celebrado con Costa Rica, Ramírez-López en el año de 1999, cuando el
gobierno de Nicaragua le impuso el 35% de arancel a los productos colombianos.
En esta tensionante situación, el 6 de diciembre de 2001, la república de
Nicaragua sometió a controversia de la Corte un grupo de cuestiones jurídicas
en cuanto a los títulos territoriales señalados con anterioridad. Sobre este asun-
to la Corte se pronunció en dos ocasiones.
En la primera decisión-sentencia de excepciones preliminares, la Corte In-
ternacional de Justicia (CIJ) señaló que no tenía competencia para conocer de la
soberanía sobre San Andrés, Providencia y Santa Catalina, pero que conserva la
competencia para pronunciarse sobre las otras formaciones marítimas —Ron-
cador, Quitasueño y Serrana—, y la delimitación marítima —meridiano 82—

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 247 ]


Francisco Barbosa Delgado

por cuanto no se definió su soberanía en el Tratado Esguerra-Bárcenas de 1928,


ni en el protocolo de 1930
Sobre la controversia, la CIJ indicó frente a la primera excepción —Incom-
petencia preliminar de la CIJ—, tres decisiones. La primera, que a mi juicio es
muy relevante es que se confirma la tesis argumentada por Colombia en cuanto
a la incompetencia de la CIJ por razón de la definición que contiene el tratado
Esguerra-Bárcenas de 1928 para discutir la soberanía de San Andrés, Providen-
cia y Santa Catalina. Esta decisión de la CIJ cuya votación fue 14 contra 3, se
fundamentó con base en el tratado Esguerra-Bárcenas que definió el asunto en
el año de 1928, apoyándose en el artículo VI del pacto de Bogotá que excluyó a
la CIJ de controversias por cuestiones limítrofes entre Estados, tomando como
fundamento que hubiesen existido tratados perfeccionados con anterioridad al
Pacto de Bogotá de 1948. En la segunda y la tercera, la CIJ sostiene su compe-
tencia sobre las otras formaciones marítimas —Roncador, Quitasueño y Serra-
na—, y la delimitación marítima —Meridiano 82— por cuanto no se definió su
soberanía en el tratado Esguerra-Bárcenas de 1928, ni en el Protocolo de 1930.
Sobre la segunda excepción propuesta por Colombia —Incompetencia de
las partes en cuanto a las declaraciones de reconocimiento de la jurisdicción
obligatoria de la CIJ— la corte declaró procedente el argumento colombiano de
incompetencia frente a la soberanía de San Andrés, Providencia y Santa Catali-
na y no en cuanto a las otras formaciones marítimas y los límites territoriales.
El razonamiento de la CIJ se estructuró en que el tratado Esguerra-Bár-
cenas de 1928 definió sin discusión la soberanía de San Andrés, Providencia
y Santa Catalina, tumbando de paso el argumento de Nicaragua de plantear
una presunta nulidad bajo el esguince argumentativo que el país estaba inva-
dido por los Estados Unidos y que, por ende, ese tratado internacional violó la
Constitución. El planteamiento de la CIJ fue palmario: Nicaragua consideró el
tratado Esguerra-Bárcenas como válido durante 50 años y jamás buscaron que
ese tratado fuera declarado nulo.
Ahora bien, frente a las otras formaciones marítimas —Roncador, Qui-
tasueño y Serrana— la CIJ consideró que el tratado Esguerra-Bárcenas no las
señaló y no se refirió a ellas. Por tanto, la CIJ tiene competencia conforme al ar-
tículo VI del Pacto de Bogotá. En idéntico sentido, la CIJ indicó que ni el tratado
de 1928, ni el protocolo de 1930 definieron la limitación de los espacios marí-
timos entre Colombia y Nicaragua, por ello es competente para determinarlos.
En cuanto al tema del retiro de la jurisdicción de la competencia conten-
ciosa de la CIJ —un día antes de la presentación de la demanda por parte de
Nicaragua—, la CIJ indicó que no era relevante pronunciarse, por cuanto ella

[ 248 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

tiene competencia para conocer de la soberanía de las tres islas en controversia


y de la delimitación marítima por virtud del Pacto de Bogotá de 1948.
En la segunda decisión (2012) sentencia de fondo, consideró que tenía
competencia para definir límites, conforme a la jurisprudencia adelantada, toda
vez que las partes no aportaron argumentos para definir los límites en el caso
concreto. Por esa razón, la Corte utilizó un estándar jurisprudencial compuesto
de tres pasos. En primer término, se determina una línea mediana o equidistan-
te consistente en que debe trazarse una línea en la cual cada punto se encuen-
tre a igual distancia de los puntos más próximos de las dos costas pertinentes.
En segundo término, se verifican si existe alguna circunstancia pertinente para
desplazar la línea geográfica —que la Corte Internacional no encontró por las
omisiones en defensa existentes—. Por último, se establece si la línea —ajustada
o desplazada— tiene por efecto crear una desproporción marcada entre los es-
pacios marítimos atribuidos a cada una de las partes en la zona pertinente con
respecto a la amplitud de las costas pertinentes respectivas.
Teniendo en cuenta este estándar, la Corte Internacional de justicia es-
tableció una línea provisoria teniendo en cuenta el entre posicionamiento de
espacios marítimos al este de las islas colombianas. Por ello, se concluye en el
párrafo 234 de la sentencia que “un resultado equitativo se obtiene en la zona
pertinente acordando un valor unitario a cada uno de los puntos de base colom-
bianos y un valor triple a cada uno de los puntos nicaragüenses”. Esta postura
de la Corte Internacional de Justicia fue producto de su propia jurisprudencia y
no fue modificada por las omisiones argumentativas que se desarrollarán en la
presente contribución académica.

Omisión argumentativa de Colombia en torno a la


historia en el litigio ante la Corte Internacional
de Justicia

Frente al uti possidetis iure (1810)

El Uti possidetis iuris —“como poseías, seguirás poseyendo”— es un prin-


cipio del derecho internacional americano, cuyo reconocimiento y aplicación,
tanto por la doctrina y la jurisprudencia internacionales, como en la práctica de
los estados americanos.
Sobre este principio, Gaviria Liévano indicó:
el uti possidetis en general es un principio muy antiguo, reconocido
por el derecho internacional, el cual ya se menciona en el Tratado de Breda

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 249 ]


Francisco Barbosa Delgado

(1667) entre Inglaterra y Holanda y en el suscrito entre Gran Bretaña y


Francia (1806), así como el armisticio (1806) en que se determinó la suerte
de los ducados de Luxemburgo y Schleswing Holstein.2

En el mismo sentido, Gaviria indicó sobre su origen que:


(…) para algunos publicistas el principio viene de los interdictos po-
sesorios del derecho romano, actos judiciales destinados a amparar la po-
sesión transitoria y provisional de un bien raíz o inmueble. Los interdictos
posesorios eran prácticamente una sentencia que dictaba el pretor romano
y que traducida al español dice: ‘prohíbo que se os haga fuerza para que no
poseáis de la manera que poseéis’.3

Sobre este último, continúa Gaviria diciendo:


No obstante existir una relación muy estrecha entre estos interdictos
posesorios y el uti possidetis juris de 1810, la institución romana se refería a
la posesión privada y la sentencia del pretor era un simple interdictum reti
nendoe possesione. Era un título provisional y transitorio que se otorgaba
hasta que se decidía definitivamente sobre la posesión del inmueble. En
cambio en el uti possidetis juris de 1810 se trata de establecer definitiva-
mente las fronteras entre los Estados. Otros autores, por el contrario, que el
uti possidetis juris encuentra su origen en los tratados de paz, en los cuales
se prevé una cláusula según la cual las cosas se retrotraen al estado anterior
a la guerra (statu quo ante bellum).4

En síntesis, más allá de los orígenes de la figura, que como se observa no


son evidentes, la regla del uti possidetis juris sirvió como elemento definitorio
para el establecimiento de territorios al momento de terminar las colonias. Esta
figura fue utilizada en el año 1810 para determinar nuestro territorio como se
demuestra como la multiplicidad de actos sobre su uso.
En cuanto al caso concreto, Nicaragua reconoció el principio uti possidetis
juris a través del tratado de 1825 y en él se reconoce la costa de Mosquitos y el
archipiélago de San Andrés. Colombia alegó este principio durante parte del siglo
xix y xx (1839, 1845, 1880, 1915 y 1918) frente a este territorio. De igual forma,
debe indicarse que este principio ha sido la base fundamental para el ordenamien-

2. Enrique Gaviria Liévano, Nuestro Archipiélago de San Andrés y el tratado con Ni-
caragua (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2001), 101
3. Gaviria Liévano, Nuestro Archipiélago…, 102
4. Gaviria Liévano, Nuestro Archipiélago…, 102.

[ 250 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

to de territorios después de los procesos de descolonización en América Latina


durante el siglo xix y en Europa, África y Asia tras la consecución de la indepen-
dencia de múltiples estados.
Como se observa, este principio parte de la costumbre internacional —ar-
tículo 38 del estatuto de la Corte Internacional de Justicia— que hace parte de
las fuentes del derecho internacional público. En desarrollo de la costumbre, la
Corte Internacional de Justicia lo utilizó en la sentencia del 22 de diciembre de
1986 de Mali-Burkina Faso, en la cual indicó:
el uti possidetis juris es un principio general, que está lógicamente rela-
cionado con el fenómeno de la obtención de la independencia, dondequiera
que ocurra. Su objetivo evidente es el de evitar que la independencia y la es-
tabilidad de los nuevos estados esté en peligro por luchas fratricidas provoca-
das por el cambio de fronteras tras la retirada de la potencia administradora.

En el caso sub examine, la Corte internacional de Justicia, descartó la aplica-


ción del uti possidetis iuris porque “no permite determinar quién detiene la sobera-
nía sobre las formaciones marítimas en litigio entre Nicaragua y Colombia, puesto
que ningún elemento no prueba claramente que las formaciones en cuestión fue-
ron atribuidas a Nicaragua o a Colombia antes de la independencia o a esa fecha”5.
Esta expresión de la Corte Internacional, demuestra de forma fehaciente
que el Estado colombiano no explicó de forma tajante que Nicaragua para esa
época no existía como Estado y que la posterior República Centroamericana
había celebrado un tratado con la Gran Colombia —Gual-Molina, 1825— que
en su artículo 5 indicaba que la república Centroamericana se obligaba a respe-
tar la integridad de los límites conforme al uti possidetis iuris de 1810.
No se encuentra en los antecedentes a esa conclusión, en los documentos
de la defensa colombiana, la invocación del mencionado tratado —sino de una
carta de Pedro Gual en 1824— que más allá de una anécdota en el litigio podría
haber sido utilizado por el Estado colombiano.

Frente al ejercicio histórico de soberanía

Frente al ejercicio histórico de la soberanía, debe indicarse de forma cate-


górica que Nicaragua nunca ejerció control sobre los territorios en controversia.
Colombia no solo ha tenido los títulos para demostrar esa soberanía, sino que
ha ejercido actos que permiten demostrar el ejercicio histórico de la soberanía.
5. Corte Internacional de Justicia. Sentencia del 12 de noviembre de 2012, párrafo 65.
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Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 251 ]


Francisco Barbosa Delgado

En cuanto a los títulos se destacan las reales órdenes de 1803 que a su vez
son la ratificación de numerosos actos regios, reales cédulas de 1535, 1537, 1538
y 1563, reconocidas y confirmadas por las leyes iv, título xv, libro ii de la Reco-
pilación de Indias, la provisión real de 1541 y las cédulas de 1577, 1722 y 1739.
Estas reales órdenes fueron alegadas por Colombia en las notas diplomáticas de
1836, 1837, 1839, 1845, 1915 y 1918.
En cuanto al tratado Gual-Molina de 1825, firmado con la República Cen-
troamericana y que reconocía el uti possidetis juris, se invocó por Colombia en
diversas notas en los años 1836, 1837, 1839, 1845, 1915 y 1918. El 20 de enero de
1845 se expide una circular emanada del despacho de Relaciones Exteriores de
la Nueva Granada, Joaquín Acosta en la cual se indica lo siguiente:
Bastante tiempo antes de que se verificase la emancipación de la
Nueva Granada se habían demarcado y definido perfectamente sus límites.
Estos se extienden en la Costa Atlántica de las Provincias de Panamá y Ve-
ragua hasta el cabo de gracias de Dios, inclusive y comprenden las islas de
san Andrés, Mangle y otras adyacentes. Es verdad que el pedazo de Costa
que media entre el cabo gracias a dios hacia el rio Chagres perteneció un
tiempo a la Capitanía general de Guatemala, pero todo el territorio se agre-
gó definitivamente a la Nueva Granada por Real Orden de 30 de Noviem-
bre de 1803, cuya disposición, independientes ya las partes interesadas,
quedó confirmada por el artículo 7 del tratado celebrado entre la república
de Colombia y las provincias unidas de Centroamérica, antes Capitanía
General de Guatemala.
Posteriormente y disuelta la República de la gran Colombia, la Nueva
Granada ha declarado en su ley fundamental, en su Constitución política
y en la reforma de ésta, promulgadas respectivamente en 17 de noviembre
de 1831, 1 de marzo de 1832 y 20 de abril de 1843, que reconoce los límites
los que en 1810 dividían su territorio de la capitanía general de Venezuela
y Guatemala y de las posesiones portuguesas de Brasil.

En el año de 1852, el jefe político del cantón de San Andrés, José R. Del
Castillo, envió al cónsul británico residente en Bluefields del norte una protesta
por la usurpación hecha en la pequeña isla de Mangles, a nombre del pretendi-
do rey de Mosquitos y por las contribuciones establecidas sobre los habitantes
de las islas mangles que pertenecían a la Nueva Granada.
El 20 de abril de 1880, Luis Carlos Rico, secretario de relaciones exteriores
de nuestro país, envío una nota diplomática a Costa Rica sustentando nuestros
derechos sobre la Costa de Mosquitos. En virtud del uti possidetis juris de 1810

[ 252 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

y con el fundamento sólido de documentos auténticos e irrefutables, los límites


de Colombia se extienden por ese lado hasta el cabo Gracias a Dios, compren-
diendo toda la costa de Mosquitos en el Atlántico y hasta el río Golfito en el
Pacífico.
Con posterioridad se encuentra el tratado Zeledón- Wyke de 1860 y el
laudo del 28 de julio de 1881. Nicaragua incorpora la costa de Mosquitos a tra-
vés del tratado secreto Chamorro-Weitzel del 9 de agosto de 1913. Luego cede
a perpetuidad, las islas Great Corn Island y Little Corn Island por el tratado
Bryan-Chamorro del 5 de agosto de 19146.
Luego se celebra el tratado Esguerra-Bárcenas con el cual Colombia cedió
territorios históricos y definió la soberanía de San Andrés y Providencias y otros
territorios como se determinó por la Corte internacional de Justicia en el año
2007 en la sentencia de excepciones preliminares.
En cuanto al ejercicio de soberanía, Colombia no utilizó las pruebas para
defender el mar territorial sino solamente los territorios insulares. Veamos:

• Primero, el gobernador general Mariano Montilla dictó un decreto en


marzo de 1822 por el cual dividía Cartagena en cantones siendo uno de
ellos San Andrés, dentro del cual estaban las islas Mangles.
• Segundo, decretos del general Santander del 19 de abril y 22 de noviembre
de 1822 y 5 de julio de 1824 para mantener la soberanía en la Costa de
Mosquitos y mantener su comercio y civilización
• Tercero, Ley del 25 de junio de 1824 división territorial, San Andrés es un
cantón.
• Cuarto, Ley del 7 de junio de 1833. Artículo 1 El territorio de Cartagena
se dividirá en San Andrés, Providencia, Santa Catalina, los Mangles.
• Quinto, Rafael Núñez, siendo gobernador de la provincia, dictó un decre-
to en 1854 por el que se prohibía la extracción del guano en Providencia.
• Sexto, en abril de 1871, el Congreso colombiano adopta una ley autori-
zando al poder ejecutivo a otorgar permisos para la recolección de guano
y de coco en Alburquerque, Roncador y Quitasueño.
• Séptimo, en septiembre de 1871, el prefecto de San Andrés y Providencia
expide una resolución por medio de la cual prohíbe la recolección de gua-
no sobre Alburquerque, Roncador y Quitasueño.
• Octavo, en diciembre de 1871 se realiza un contrato sobre la plantación de
matas de coco en Alburquerque.

6. Ver documento anexo.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 253 ]


Francisco Barbosa Delgado

• Noveno, en 1892, el Ministerio de Finanzas en Colombia determinó que


un barco debía ser puesto a disposición del prefecto de Providencia para
que éste pudiera ir a Roncador y Quitasueño y poner fin a la explotación
de Guano.
• Décimo, en 1893, el gobernador del departamento de Bolívar otorgó un
permiso de explotación de guano y de fosfatos en Serrana.
• Undécimo, en los años de 1893, 1896,1915, 1916 y 1918 fueron realizados
y terminados una multiplicidad de contratos de explotación de guano.
• Duodécimo, En 1914 y luego en 1924 el gobernador de Islas Caimán pu-
blicó un aviso informando a los barcos de pesca que debido a la inexisten-
cia de permiso del Estado de colombiano, estaba prohibida la recolección
de Guano y la extracción de fosfatos dentro de la zona del Archipiélago de
San Andrés.
• Decimotercero, en 1925, el Intendente de San Andrés ordena que un bar-
co con agentes de la administración se envíe a Quitasueño para intercep-
tar dos barcos británicos que pescaban ilícitamente tortugas. Del mismo
modo, en el año de 1968, las autoridades colombianas inmovilizaron un
barco de pabellón norteamericano que pescaba en los alrededores de
Quitasueño.

Tanto los documentos oficiales, leyes, notas diplomáticos y actos de sobe-


ranía fueron analizados por la Corte Internacional de Justicia como elementos
de soberanía de Colombia sobre los territorios. En la decisión la Corte indica
lo siguiente:
(…) es establecido que durante numerosas décadas, Colombia ha
actuado de manera constante y coherente a título soberano frente a las
formaciones marítimas en causa. Colombia ejerce públicamente su auto-
ridad soberana y ningún elemento demuestra que Nicaragua hizo alguna
oposición (…).7

Esta postura de la Corte Internacional de justicia demuestra que en el ius


petendi o en cualquier momento aclaratorio dentro del pleito, Colombia debió
demostrar o plantear en su alegato que esos títulos y el ejercicio de esa soberanía
reconocida por la Corte Internacional de Justicia, debían ser tenidos en cuenta
frente a los espacios marítimos afectados. No es lógico que se reconozcan nues-
tros títulos frente a las formaciones marítimas en litigio, pero no se involucre
7. Corte Internacional de Justicia. Sentencia del 12 de noviembre de 2012, párrafo 84.
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[ 254 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

el mar territorial. La defensa colombiana debió poner énfasis en este punto,


porque de la multiplicidad de actos se colige control marítimo. Este elemento
hubiera podido tenerse en cuenta por parte de la Corte Internacional de Justicia
en el momento de fijar el límite teniendo en cuenta esta circunstancia excepcio-
nal. Incluso, yendo más allá, debió haberse utilizado la doctrina esbozada por
Gaviria Liévano- fundada en la ley 10 de 1978-, de buscar la delimitación como
“archipiélago de Estado” en virtud de la cual, según el autor:
Debió trazarse líneas de bases rectas que unieran todas las formacio-
nes del archipiélago, y que las aguas internas dentro de perímetro trazado
se consideren “aguas archipielágicas” o de propiedad exclusiva del respec-
tivo Estado continental, respetando el libre tránsito de buques extranjeros.
El mar territorial, la zona económica exclusiva y la plataforma continental
se trazarán a partir del límite exterior de las líneas de base que unan dichas
formaciones insulares.8

Ausencia de democracia y derechos humanos en la postura


de Colombia en el litigio ante la Corte Internacional de
Justicia

La ausencia de la noción de democracia y de derechos humanos en la de-


fensa colombiana fue evidente como se colige de la lectura del fallo. Antes de
entrar en las razones de esa omisión, es menester abordar la relación entre de-
mocracia y de derechos humanos.

Entre la democracia y los derechos humanos: diálogo judicial entre


las cortes regionales de derechos humanos y la Corte Internacional
de Justicia

Para abordar la democracia9 es necesario hacerlo a través de tres posturas.


La última de ellas será tratada desde los derechos humanos.

8. Enrique Gaviria Liévano, “San Andrés como archipiélago de Estado”, El Tiempo,


Bogotá, 26 de enero de 2013. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-
12553092; véase igualmente el libro, Enrique Gaviria Liévano, Los archipiélagos de
Estado en el derecho del mar (Bogotá: Editorial Temis, 2008).
9. Esta parte fue desarrollada en el libro El margen nacional de apreciación y sus
límites en la libertad de expresión: análisis comparado de los sistemas europeo e in-
teramericano de derechos humanos (Bogotá: Universidad Externado de Colombia,
2012), 352-355.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 255 ]


Francisco Barbosa Delgado

En primer término, se destaca una de carácter formalista o instrumental,


otra sistémica y, la tercera, desde el punto de vista sociológico. En cuanto al
primer tipo de democracia debe indicarse que su preocupación radica sobre
los aspectos jurídicos y formales de la democracia. Su objetivo no es otro que
sobrevalorar los procedimientos formales de elección, sin tomar en cuenta los
aspectos metademocráticos que se sobreponen al simple mecanismo ciudadano
de depositar un sufragio en las urnas durante un periodo electoral. Es lo que el
Programa de Naciones Unidas para el desarrollo ha denominado “democracia
electoral”10. En ese camino se encuentra el estudio de Pactet y Melin quienes li-
mitan la democracia a una regla formal cuyos componentes son el pluralismo y
el principio de las mayorías11. Esta forma de la democracia es protegida a través
del artículo 3 del protocolo 1 de la CEDH, como en el artículo 23 de la CADH.
La segunda, por su parte, plantea un concienzudo análisis de la demo-
cracia desde el punto de vista material, es decir no solo sus mecanismos de
funcionamiento, sino su concretización práctica. Esta forma de entender la
democracia, ha sido respaldada por los profesores Jurgen Habermas, Bjarne
Melvevik y Pierre Rosanvallon, quienes coinciden en sus reflexiones sobre la de-
mocracia, ubicándose en la postura sistémica de la democracia. Para el primero,
el proceso democrático implica que los ciudadanos participen de forma activa
en la elaboración de las normas sociales, constituyéndose en autores racionales
de esas normas, es decir, cuando el procedimiento de creación de las normas
reproduce el procedimiento argumentativo y consensual de la razón comunica-
tiva12. Melvevik13 considera la democracia como el lugar en donde nos afirma-
mos recíprocamente como autores de nuestros derechos y, sobre todo, donde
realizamos democráticamente el proyecto de un nosotros jurídico. Por último
Rosanvallon, considera que la democracia no debe limitarse a la verificación
de un procedimiento formal eleccionario; por el contrario, considera que para
que la democracia sea integral debe existir una democracia de la apropiación
en la cual se distinguen dos aspectos: Primero, una política ciudadana de la
desconfianza que contrasta con la confianza propia del ejercicio electoral y per-
10. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, La democracia en América
Latina hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos: contribuciones para el
debate. Informe (Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2004), 54.
11. Pierre Pactet y Ferdinand Mélin-Soucramanien, Droit Constitutionnel, 27 édi-
tion (Paris: Dalloz, 2008), 84-85
12. Juan Antonio García Amado, La Filosofía del derecho de Habermas y Luhmann
(Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 1997), 19.
13. Bjarne Melvevik, Rawls o Habermas. Un debate de filosofía del derecho (Bogotá:
Universidad Externado de Colombia, 2006), 121.

[ 256 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

mite la construcción de una sociedad civil que controle el ejercicio del poder y,
segundo, el funcionamiento de los organismos de democracia indirecta, tales
como las Cortes Constitucionales, autoridades independientes de regulación,
entre otras14.
La tercera tiene un vínculo directo con el derecho internacional de los
derechos humanos que permite su variante sociológica; Veronique Fabre-Ali-
bert15 indica que la sociedad democrática ha sido entendida como un conjunto
de tres elementos esenciales: pluralismo16, la tolerancia y el espíritu abierto. El
primero es definido por la autora como aquel que “(…) supone que sean to-
mados en cuenta las diferentes tendencias y corrientes de ideas en una sociedad
políticamente dada”. Para la profesora Cassenove, “la idea de pluralismo go-
bierna la estructuración del orden jurídico europeo de los derecho humanos. El
orden jurídico europeo es en efecto un orden plural que permite la singularidad
de ordenes estatales”17. Estas posturas se respaldan con algunas decisiones de la
corte EDH que diversifican ese pluralismo al plano educativo, religioso, sindi-
cal, electoral, sexual, es decir, el espacio de acción en una sociedad en el cual no
solamente deben respetarse el derecho de las mayorías, sino el de las minorías.
El segundo elemento, Fabre-Alibert lo define como “la línea de conducta
que consiste en dejar vivir a otra persona conforme a los principios, a los cuales
uno no adhiere”18. Esta definición de tolerancia se articula con la pluralidad,
permitiendo que dentro del universalismo de los derechos consagrados en las
convenciones regionales sobre derechos humanos, se permita la posibilidad de
explicar las voces disonantes que existen, respetando las limitaciones intrínsecas
e extrínsecas en el margen nacional de apreciación. La tercera condición para la
existencia de la sociedad democracia es el espíritu abierto, es decir, la actitud de
aceptación que debe existir en una sociedad democrática. Para la corte EDH, el
espíritu abierto es otro elemento principal dentro de la democracia, categoría
que reafirma las postulas liberales que deben existir en la corte EDH, son caer
en ningún tipo fundamentalismo ideológico o religioso.
14. Pierre Rosanvallon, La légitimé démocratique. Impartialité, réflexivité, proximité
(Paris: Points Essais, Seuil, 2008), 347-350.
15. Veronique Fabre-Alibert, "La notion de "société démocratique" dans la jurispru-
dence de la Cour européenne des droits de l'homme", Revue Trimestrielle des Droits
de L’Homme 35 (1998): 465-496.
16. El TEDH consideró "[...] que no existe democracia sin pluralismo" en el caso
"Partido Comunista Unificado c Turquía", (30 de enero de 1998), 43.
17. Emmanuelle Casenove, Ordre juridique et démocratie dans la jurisprudence de la
Cour Européenne des droits de l’homme (Tesis sin editar, 1994), 338.
18. Fabre- Alibert, “La notion de…, 494.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 257 ]


Francisco Barbosa Delgado

Las decisiones de las cortes regionales de derechos humanos, al mismo


tiempo no solo observan las medidas y las confrontan con la existencia de una
sociedad democrática, sino que las decisiones judiciales son en sí mismas de-
mocráticas, teniendo en cuenta que la acción judicial internacional deviene de
la voluntad estatal de firmar y ratificar los convenios respectivos, reconociendo
voluntariamente las competencias de la Cortes regionales. Esta acción descarta
el llamado gobierno de jueces19 dentro del ámbito internacional.
Desde el ámbito del derecho internacional, la Corte Internacional de Jus-
ticia se ha referido en múltiples causas al tema de los derechos humanos. Por
ejemplo en el año de 1948 profiere la opinión consultiva sobre “condiciones de
admisión de un estado miembro de Naciones Unidas” en donde abordó nocio-
nes como ius cogens, derechos intangibles y principios generales del derecho.
Luego en la opinión consultiva sobre interpretación de tratados de paz con-
cluidos por Bulgaria, Hungría y Rumania del 30 de marzo de 1950, la Corte
justificó la petición de dictamen hecha por la Asamblea General para promover
el respeto universal y la efectividad de los derechos humanos y las libertades
fundamentales.
En cuanto a asuntos contenciosos, se destaca la sentencia Barcelona Traction-
España del 5 de febrero de 1970, en que se manifiesta que, a pesar de ser un asunto
que no se enfoca solamente en los derechos humanos, los Estados pueden tener
un interés jurídico a que los derechos concernidos sean protegidos, porque los
obligaciones son erga omnes. En 1971, en el caso de Namibia, la corte señaló que
la carta de Naciones Unidas impone obligaciones jurídicas exigibles en el campo
de los derechos humanos. Iguales argumentos se repiten en el caso de actividades
militares y paramilitares en Nicaragua y Estados Unidos del 27 de junio de 1986.
En síntesis, las cortes regionales de derechos humanos y la doctrina es-
pecializada han entendido la democracia como una elaboración sistémica que
comporta aspectos formales y materiales. Esto quiere decir que “las elecciones
libres no son por ellas mismas insuficientes y, por ende, no garantizan per se
los derechos humanos”20, sino que es necesario que exista una democracia ma-
terial en la cual el pluralismo y la tolerancia sean la regla y no la excepción.

19. Sobre este punto véase el artículo de Michel Troper, “Le pouvoir judiciaire et
la démocratie” en Gérard Cohen Jonathan, Libertés, justice, tolérance: mélanges en
hommage au doyen Gérard Cohen-Jonathan, v. 2 (Bruselas: Bruylant, 2004), 1571-
1586.
20. Theo van Boven, “Democratie, droits de l’homme et solidarité”, en Démocratie et
droits de l’homme (Strasbourg: Editions N. P. Engel 1990), 127.

[ 258 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

En sus preámbulos, tanto la CEDH21 como la CADH22 exigen la existencia de


la democracia como elemento esencial para pertenecer a los sistemas de pro-
tección de los derechos humanos. En ella los “sistemas regionales encuentran
el fundamento de su existencia en el marco de la organización democrática”23
La democracia es entendida, entonces, como el espacio en el cual se respeta
el pluralismo, la tolerancia de las personas, se acatan los derechos humanos, se
desarrollan las relaciones de confianza con sus instituciones y se entiende la par-
ticipación y la libre discusion24 como factor esencial de legitimidad.
En cuanto a los derechos humanos, la Corte Internacional de Justicia
los ha abordado en múltiples oportunidades. Es importante resaltar que los
derechos humanos no pueden tener cabida sino en el marco de la democracia
como se colige de la multiplicidad de instrumentos internacionales.

La democracia y los derechos: un argumento regional

Colombia en su defensa omitió la importancia de la democracia dentro de


su sistema regional. Es así como en la Carta de la OEA se destaca el artículo 2.b
en el cual se establece el vínculo irrescindible entre la democracia y los derechos
humanos. Dentro de los propósitos de la organización se indica que debe promo-
cionarse la democracia representativa como condición indispensable para la esta-
bilidad, la paz y el desarrollo de la región y consolidar en el continente, “dentro
del marco de las instituciones democráticas, un régimen de libertad individual y
de justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre”25.
21. En el preámbulo de la CEDH se lee: “Reafirmando su profunda adhesión a es-
tas libertades fundamentales que constituyen las bases mismas de la justicia y de la
paz en el mundo, y cuyo mantenimiento reposa esencialmente, de una parte en un
régimen político verdaderamente democrático, y de otra, en una concepción y un
respeto comunes a los derechos humanos de los cuales dependen”.
22. En el preámbulo de la CADH se lee: “Consolidar en este Continente, dentro del
cuadro de las instituciones democráticas, un régimen de libertad personal y de justi-
cia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre Convención
Americana sobre derechos humanos del 22 de Noviembre de 1969. http://www.cidh.
org/Basicos/Basicos2.htm.
23. Hector Gross Espiell, “Commision et Cour Interaméricaines”, en Mélanges en
hommage á Louis Edmond Pettiti (Bruselas: Bruyland, 1998), 441.
24. Véase, Patrick Wachmann, “Participation, communication, pluralisme”, Actu-
alité Juridique-Droit Administratif – A.J.D.A, Le droits fundamentaux. Une nouvelle
catégorie juridique? (spécial) 8 (1998): 166.
25. Organización de los Estados Americanos, Comisión Interamericana de Derechos
Humanos. Carta de la Organización de los Estados Americanos. Preámbulo http://

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 259 ]


Francisco Barbosa Delgado

En la Conferencia Americana de 1954 en Caracas de nuevo se utiliza la


expresión “democracia”. Es así como se lee que:
(...) la convicción de los Estados Americanos de que uno de los me-
dios más eficaces para robustecer sus instituciones democráticas consiste
en fortalecer el respeto a los derechos individuales y sociales del hombre,
sin discriminación alguna, y en mantener y estimular una efectiva política
de bienestar económico y justicia social destinada a elevar el nivel de vida
de sus pueblos’; y la resolución sobre el Fortalecimiento del Sistema de Pro-
tección de los Derechos Humanos, cuya importancia consistió en que fue
el primer programa de acción encaminado a promover estos derechos26.

Con posterioridad en la Quinta reunión de consulta de ministros de re-


laciones exteriores se adopta la Resolución iii, que recomendó al Consejo
Interamericano de Jurisconsultos “(...) el estudio de la posible relación entre
el respeto de los derechos humanos y el efectivo ejercicio de la democracia
representativa”27. Años después la carta de la OEA se modificó en cuatro oca-
siones28, planteando solamente en dos ellas una importancia capital en torno a
la democracia como soporte de la Organización y de los derechos humanos29.
En la reforma al Pacto de Bogotá realizada en Cartagena de Indias se mo-
dificó el preámbulo del instrumento internacional indicando que la demo-
cracia representativa es una condición indispensable para la estabilidad, la paz y
el desarrollo de la región. Luego en Washington se consideró que la ausencia de
condiciones democráticas era una circunstancia que implicaba ser excluido de la
www.cidh.oas.org/Basicos/carta.htm (El resaltado es del autor)
26. Véase Organización de los Estados Americanos, Comisión Interamericana de
Derechos Humanos. Documentos Básicos de Derechos Humanos en el Sistema Inte-
ramericano. http://www.oas.org/es/cidh/mandato/documentos_basicos.asp
27. El documento se encuentra en la página de internet http://www.oas.org/docu-
ments/spa/documents.asp.
28. El pacto de Bogotá fue modificado por el Protocolo de Buenos Aires del 27 de
febrero de 1967 que entra en vigor el 27 de febrero de 1970. En segundo lugar, el
Protocolo de Cartagena de Indias adoptado el 5 de diciembre de 1985 que entró en
vigor el 16 de noviembre de 1988. En tercer lugar, el protocolo de Washington del 14
de Diciembre de 1992 que entra en vigor el 25 de septiembre de 1997. Por último, se
encuentra el Protocolo de Managua adoptado el 10 de junio de 1993 y entra en vigor
el 29 de enero de 1996.
29. Este argumento es planteado por Amaya Úbeda de Torres en su libro Democra-
cia y derechos humanos en Europa y en América. Estudio comparado de los sistemas
europeo e interamericano de protección de los derechos humanos (Madrid: Colección
jurídica general, Editorial Reus, 2007), 89

[ 260 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

OEA, evento reiterado con posterioridad a través de la Resolución 1080 de


199130. Esta última circunstancia debe analizarse en conjunto con la existencia
del Compromiso de Santiago de Chile sobre la democracia y la renovación del
sistema interamericano31 y con la Carta Democrática Interamericana32. En los
dos documentos se reitera la existencia de la democracia como piedra esencial
para el respeto de los derechos humanos. En el compromiso de Chile se señala la
necesidad de buscar la “defensa y promoción de la democracia representativa y de
los derechos humanos en la región”, mientras que en la Carta democrática inte-
ramericana se profundiza el vínculo cuando se advierte en el artículo 3 que “los
elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, son el respeto
a los derechos humanos y las libertades fundamentales…”33. A seguida cuenta,
se establece un acápite que aborda la relación entre la democracia y los dere-
chos humanos indicando que “la democracia es indispensable para el ejercicio
efectivo de las libertades fundamentales y los derechos humanos, en su carácter
universal, indivisible e interdependiente, consagrados en las respectivas consti-
tuciones de los Estados y en los instrumentos interamericanos e internacionales
de derechos humanos”34.
Estos argumentos no fueron invocados por parte del Estado colombiano
en su defensa como se colige de los párrafos 221 y 223 de la sentencia de la Corte
Internacional de Justicia y de los documentos de defensa35. En el párrafo 221, el
tribunal internacional indica que Colombia invoca su soberanía sobre las aguas
en la zona situada al este del meridiano 82 por ser quien controla el tráfico de
estupefacientes y las actividades criminales conexas. Ante esto, Nicaragua indi-
ca que la mayoría de actividades criminales encuentran su origen en Colombia.
En el párrafo 223, la Corte indica que ninguna de las partes presentó elementos

30. Esta resolución plantea la necesidad de reuniones previas encabezadas por el


Secretario General para evaluar la presunta ruptura democrática en algún país de la
región. Fue adoptada el 5 de junio de 1991 por la Asamblea General de la Organiza-
ción de Estados Americanos.
31. Aprobado el 4 de junio de 1991 por Asamblea General de la Organización de
Estados Americanos.
32 . Organización de los Estados Americanos, Asamblea General. Carta Democrática
Interamericana (Aprobada en la primera sesión plenaria, celebrada el 11 de septiem-
bre de 2001). http://www.oas.org/OASpage/esp/Documentos/Carta_Democratica.
htm
33. Artículo 3 de la Carta Democrática Interamericana…
34. Artículo 7 de la Carta Democrática Interamericana…
35. Véase en http://www.icj-cij.org/homepage/index.php?lang=fr

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 261 ]


Francisco Barbosa Delgado

sobre el acceso a los recursos naturales en las aguas que pudieran ser tenidos en
cuenta como circunstancias particulares que sean pertinentes para el caso.
En este aspecto, queda en evidencia la falla en la defensa colombiana al no
invocar los derechos humanos —derecho de alimentación y de explotación de
recursos naturales—, de la población de San Andrés y Providencia, ni realizar
consulta alguna en la población de las islas en desarrollo del principio demo-
crático invocado y reconocido por los diversos tribunales internacionales en
sus diversas jurisdicciones y que se vinculan con el llamado “diálogo de jueces”.
Debe recordarse que existe una población en las islas de 73.520 personas y de-
bió llevarse el caso no solamente en el marco de una típica disputa territorial,
sino de una controversia que involucraba población y, por supuesto, los dere-
chos humanos de la misma.

Consideraciones finales

La ausencia argumentativa de Colombia en el asunto territorial que se


ventiló en la Haya por parte de la Corte Internacional de Justicia tuvo conse-
cuencias en el caso concreto, permitiéndole al tribunal definir un caso limítrofe,
sin tener en cuenta la historia, el principio del uti possidetis iuris, el ejercicio
histórico de la soberanía y los conceptos de derechos humanos y democracia.
La ausencia de mirada histórica llevó a que el tribunal internacional toma-
ra una decisión que contrariaba los elementos no planteados o planteados de
forma errada por la defensa colombiana. La miopía centralista con que se ma-
nejó este asunto plantea serias reservas en torno a la noción de Estado-nación
que existe en Colombia y a la manera de pensar el país sin reconocer su diferen-
cia y su multiplicidad territorial.
El asunto limítrofe entre Nicaragua y Colombia en torno al archipiélago
de San Andrés y Providencia plantea un interesante abordaje jurisprudencial
sobre la manera como la jurisdicción internacional interviene en un asunto que
tiene hondas raíces en nuestro pasado. Infortunadamente los diversos elemen-
tos históricos contenidos en nuestros anales, no fueron ni usados, ni valorados
por los actores del proceso. Se privilegió el presente y se esquilmó el pasado.

[ 262 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

DOCUMENTO ANEXO

Tratado Chamorro-Bryan
(5 de agosto 1914)

El Senado y Cámara de Diputados de la República de Nicaragua

decreta:

Artículo 1

Ratifícase con las modificaciones contenidas en la presente ley, la Conven-


ción celebrada el 5 de Agosto de 1914 en la ciudad de Washington, entre la
República de Nicaragua y los Estados Unidos de Norteamérica, por medio
de los respectivos plenipotenciarios, General don Emiliano Chamorro y el
señor William Jennings Bryan, la cual se compone de cuatro artículos, y su
tenor es como sigue:

El Gobierno de Nicaragua y el Gobierno de los Estados Unidos, estando


animados del deseo de fortalecer su antigua y cordial amistad por medio
de la más sincera cooperación para todos los objetos de su mutua ventaja
e interés, y de proveer para la posible y futura construcción de un canal
interoceánico por la vía del río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua, o
por cualquier ruta sobre el territorio de Nicaragua, cuando quiera que el
Gobierno de los Estados Unidos juzgue la construcción de dicho canal
conducente a los intereses de ambos países, y el Gobierno de Nicaragua,
deseando facilitar de todos los modos posibles el feliz mantenimiento y
operación del Canal de Panamá, ambos Gobiernos han resuelto celebrar
una convención para estos fines, y en consecuencia, han nombrado sus
respectivos Plenipotenciarios:

El Presidente de Nicaragua, al General don Emiliano Chamorro, Enviado


Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Nicaragua en los Estados
Unidos, y El Presidente de los Estados Unidos, al Honorable William Jen-
nings Bryan, Secretario de Estado, quienes, habiéndose exhibido sus res-
pectivos plenos poderes, encontrados en buena y debida forma han conve-
nido y celebrado los siguientes artículos:

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 263 ]


Francisco Barbosa Delgado

Artículo I.

El Gobierno de Nicaragua concede a perpetuidad al Gobierno de los Es-


tados Unidos los derechos exclusivos y propietarios, necesarios y conve-
nientes para la construcción, operación y mantenimiento de un canal
interoceánico por la vía del Río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua, o
por cualquier ruta sobre el territorio de Nicaragua, debiéndose convenir
por ambos Gobiernos los detalles de los términos en que dicho canal se
construya, opere y mantenga, cuando el Gobierno de los Estados Unidos
notifique al Gobierno de Nicaragua su deseo o intención de construirlo.

Artículo II.

Para facilitar la protección del Canal de Panamá y los derechos propietarios


concedidos al Gobierno de los Estados Unidos en el artículo anterior, y
también para poner a los Estados Unidos en condiciones de tomar cual-
quier medida necesaria para los fines indicados aquí, el Gobierno de Ni-
caragua por la presente arrienda por un término de noventa y nueve años
(99) al Gobierno de los Estados Unidos las islas en el mar Caribe conocidas
con el nombre de Great Corn Island y Little Corn Island, y el Gobierno de
Nicaragua concede además al Gobierno de los Estados Unidos por igual
término de noventa y nueve años (99) el derecho de establecer, operar y
mantener una base naval en cualquier lugar del territorio de Nicaragua ba-
ñado por el Golfo de Fonseca, que el Gobierno de los Estados Unidos elija.
El Gobierno de los Estados Unidos tendrá la opción de renovar por otro
término de noventa y nueve años (99) los anteriores arriendos y conce-
siones al expirar sus respectivos términos. Expresamente queda convenido
que el territorio arrendado y la base naval que se mantenga por la mencio-
nada concesión estarán sujetos exclusivamente a las leyes y soberanía de los
Estados Unidos durante el periodo del arriendo y de la concesión, y del de
su renovación o renovaciones.

Artículo III.

En consideración de las anteriores estipulaciones y para los propósitos


considerados en esta Convención, y con el objeto de reducir la deuda ac-
tual de Nicaragua, el Gobierno de los Estados Unidos en la fecha del canje
de ratificación de esta Convención, pagará a favor de la República de Ni-

[ 264 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

caragua la suma de tres millones de pesos (3,000,000.00) oro acuñado de


los Estados Unidos del actual peso y pureza, que se depositará a la orden
del Gobierno de los Estados Unidos, para ser aplicada por Nicaragua en el
pago de su deuda.

Artículo IV.

Esta nueva Convención será ratificada por las Altas Partes Contratantes
de acuerdo con sus leyes respectivas, y las ratificaciones se canjearán en
Washington tan pronto como sea posible. En fe de lo cual, nosotros los
respectivos Plenipotenciarios firmamos y sellamos. Hecho en duplicado
en los idiomas español e inglés; a los 5 días del mes de agosto de mil nove-
cientos catorce.

Emiliano Chamorro (Sello) - William Jennings Bryan (Sello)

El Presidente de la República, Habiendo examinado atentamente la Con-


vención celebrada el 5 de agosto de 1914 en la ciudad de Washington, entre
las Repúblicas de Nicaragua y los Estados Unidos de Norteamérica, por
medio de los respectivos Plenipotenciarios, General don Emiliano Cham-
orro y el señor William Jennings Bryan, y encontrando dicha Convención
enteramente ajustada a las instrucciones que se comunicaron al efecto al
representante de Nicaragua,

acuerda

l°. Apruébase en todas sus partes los cuatro artículos de que consta la
Convención celebrada en la ciudad de Washington el día S de Agosto de
1914, entre las Repúblicas de Nicaragua y la de los Estados Unidos de Nor-
te América, por medio de los Plenipotenciarios respectivos, General don
Emiliano Chamorro y el señor William Jennings Bryan.

2°. La Convención aprobada se elevará al conocimiento del Congreso Na-


cional para la ratificación de ley.

Comuníquese - Palacio del Ejecutivo - Managua, 10 de enero de 1916 (L.S.)


Diaz. El Ministro de Relaciones Exteriores - (L.S.) Chamorro.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 243-268 [ 265 ]


Francisco Barbosa Delgado

Artículo 2

El Artículo I de la Convención se leerá así:


“El Gobierno de Nicaragua concede a perpetuidad al Gobierno de los Es-
tados Unidos, libre en todo tiempo de toda tasa o cualquier otro impuesto
público, los derechos exclusivos y propietarios, necesarios y convenientes
para la construcción, operación y mantenimiento de un canal interoceáni-
co por la vía del río San Juan el Gran Lago de Nicaragua, o por cualquier
ruta sobre el territorio de Nicaragua, debiéndose convenir por ambos Go-
biernos los detalles de los términos en que dicho canal se construya, opere
y mantenga, cuando el Gobierno de los Estados Unidos notifique al Go-
bierno de Nicaragua su deseo o intención de construirlo”.

El Artículo III de la Convención se leerá así:


“En consideración de las anteriores estipulaciones y para los propósitos
considerados en esta Convención, y con el objeto de reducir la deuda actual
de Nicaragua, el Gobierno de los Estados Unidos, en la fecha del canje de
ratificación de esta Convención, pagará a favor de la República de Nicara-
gua la suma de tres millones (3,000.000.00) de pesos oro acuñado de los
Estados Unidos del actual poso y pureza, que se depositarán a la orden del
Gobierno de Nicaragua en el Banco o Bancos o Corporaciones bancarias
que designe el Gobierno de los Estados Unidos para ser aplicados por Ni-
caragua en el pago de su deuda u otros fines de interés público que pro-
muevan el bienestar de Nicaragua en la manera en que sea convenido por
las dos Altas Partes Contratantes; todos los dichos desembolsos deberán
hacerse por órdenes libradas por el Ministro de Hacienda de la República
de Nicaragua y aprobados por el Secretario de Estado de los Estados Uni-
dos o por la persona que él designe.

Dado en el Salón de Sesiones de la Cámara del Senado - Managua, siete de


abril de mil novecientos dieciséis R. Chamorro, S.S. (f) J.L. Salazar, S.S. (Aquí
un sello). Al Poder Ejecutivo - Cámara de Diputados - Managua, 12 de abril
de 1916 - (f) César Pasos, D.V.P.- (f) J.L. Zelaya, D.S. (f) Ricardo López C.,
D.S. (Aquí un sello). Por tanto, ejecútese - Palacio del Ejecutivo - Managua,
13 de abril de 1916 - (f) Adolfo Diaz - (Aquí el gran sello nacional) –El Mi-
nistro de Relaciones Exteriores - (f) Diego M. Chamorro (Aquí un sello).

Publicado en Gaceta Oficial, 8/11/1916.

[ 266 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Diplomacia fallida, caso de San Andrés y Providencia:
omisiones de la defensa

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Casenove, Emmanuelle. Ordre juridique et démocratie dans la jurisprudence de la Cour
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[ 268 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

El descubrimiento del mundo.


Cinco siglos de búsqueda de
identidad *

e f ra ín s á nche z
Miembro de Número, Academia Colombiana de Historia

¿Qué se celebra el 12 de octubre? Como todo el mundo sabe, no es


el descubrimiento de América. En la preparación de este ensayo y por inclina-
ción profesional de sociólogo, apliqué entre amigos, conocidos y compañeros
de trabajo, de distintas edades y con niveles educativos relativamente altos, una
pequeña encuesta con esta sola pregunta: ¿Qué se celebra el 12 de octubre? To-
dos, sin excepción, respondieron: “el día de la raza”. Solo una reducida propor-
ción en los encuestados siquiera recordaba el descubrimiento de América, y no
siempre con claridad en cuanto al año del suceso. Este resultado, desde luego,
fue para mí intrigante como historiador, pero no sorprendente si se revisa el
listado de lo que actualmente se celebra en los países hispanoamericanos el 12
de octubre de cada año. Para la muestra algunos botones: en Argentina es el
“Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, en Bolivia el “Día de la Descoloni-
zación”, en Costa Rica el “Día de las Culturas”, en Ecuador el “Día de la Inter-
culturalidad”, en México el “Día de la Raza Iberoamericana”, en Nicaragua el

* Texto presentado el 8 de octubre de 2013, en la sesión conmemorativa del descubrimiento de


América, Academia Colombiana de Historia.

Cómo citar este artículo:


Sánchez, Efraín. “El descubrimiento del mundo. Cinco siglos de búsqueda de identidad”.
Boletín de Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 271-286.

[ 271 ]
Efraín Sánchez

“Día de la Resistencia Indígena”, en Perú —con el nombre más largo— el “Día


de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural”, en Uruguay el “Día de
las Américas”, y en Venezuela, por decreto del Presidente Hugo Chávez, el “Día
de la Resistencia Indígena”. Solo un país americano, Bahamas, lo celebra como
el “Día del Descubrimiento” (Discovery Day), y Chile encontró una fórmula in-
termedia, pues celebra el “Día del Encuentro de Dos Mundos”. En España, vale
la pena agregar, el 12 de octubre es la “Fiesta Nacional de España” desde 1987, y
la ley que la estableció habla más de la unificación española tras la expulsión de
los moros que del descubrimiento de América.
La celebración del Descubrimiento de América, e incluso del Día de la
Raza o el Día de la Hispanidad asociados con el Descubrimiento, ha sido objeto
de acaloradas polémicas cuyo punto culminante fue, paradójicamente, la con-
memoración del Quinto Centenario en 1992. Las posiciones fueron, y han sido,
tan variadas como los intereses y las personalidades de quienes las defendían y
defienden. Políticos, organizaciones no gubernamentales, líderes sociales y ét-
nicos, representantes de gobiernos y académicos han propugnado diversidad
de argumentos. Uno de ellos es una variante de la “leyenda negra” antiespañola
y sostiene que el 12 de octubre marcó el comienzo del genocidio amerindio y
que por lo tanto no debe celebrarse1. Otra postura fue la del Instituto Nacio-
nal contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), de Argentina,
que propuso en 2007 la eliminación de la festividad del Día de la Raza2, es-
grimiendo lo estipulado por la Convención Internacional sobre la Eliminación
de Todas las Formas de Discriminación, aprobada por las Naciones Unidas en
1965, que en su parte motiva señala que “toda doctrina de superioridad basada
en la diferenciación racial es científicamente falsa, moralmente condenable y
socialmente injusta y peligrosa”3. También ha habido puntos de vista más tran-
sigentes, como el del escritor argentino Ernesto Sábato, quien a comienzos de
1991 escribió:

1. “12 de octubre día del imperialismo genocida español”. http://www.taringa.net/


posts/info/7406338/12-de-octubre-dia-del-imperialismo-genocida-espanol.html
2.“El Inadi propone cambiar el nombre de "Día de la Raza"”, Clarin.com, Buenos
Aires, 11 de octubre de 2007. http://edant.clarin.com/diario/2007/10/11/um/m-
01517192.htm
3. “Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discri-
minación racial. Adoptada y abierta a la firma y ratificación por la Asamblea Ge-
neral en su Resolución 2106 A (XX), de 21 de diciembre de 1965”, en http://www2.
ohchr.org/spanish/law/cerd.htm; http://www.acnur.org/t3/fileadmin/scripts/doc.
php?file=biblioteca/pdf/0018

[ 272 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

Es ya cierto que hablar del descubrimiento de América puede ser


considerado, desde el punto de vista de los impugnadores, como una des-
pectiva denominación eurocéntrica, como si las grandes culturas indígenas
no hubieran existido hasta ese momento. Pero deja de serlo si se considera
que los europeos no las conocieron hasta esa fecha... Lo que sí es repro-
bable es que se siga utilizando hasta nuestros días, cuando aún en aquel
tiempo los espíritus europeos más elevados manifestaron su admiración
por lo que habían encontrado en el Nuevo Continente. Desde esta legítima
perspectiva, sería mejor hablar del “encuentro entre dos mundos”, y que se
reconocieran y lamentaran las atrocidades perpetradas por los sojuzgado-
res. Reconocimiento que debería venir acompañado por el inverso reco-
nocimiento de los acusadores, admitiendo las positivas consecuencias que
con el tiempo produjo la conquista hispánica4.

La discusión es parte integral de la interpretación histórica, y existe debate


en torno a infinidad de fechas, pero ninguna polémica tan encendida y con
tantas repercusiones como la suscitada por el 12 de octubre de 1492, fecha de
la cual se conocen todos los pormenores pues quedaron registrados en el diario
de a bordo de Cristóbal Colón: “a las dos horas después de medianoche pare-
ció la tierra”5, anunciada por un marino llamado Juan Rodríguez Bermejo, o
Rodrigo de Triana, como lo nombró Colón, quien viajaba a bordo de La Pinta.
No se trata, pues, de identificar lo que sucedió en esa fecha o sus protagonistas;
ni siquiera de identificar sus causas o sus consecuencias; se trata de la acción
de identificarse, tanto en el sentido específico de dar reconocimiento y aceptar
la legitimidad de una u otra interpretación, o de uno u otro conjunto de con-
secuencias de ese hecho, como de reconocer y apropiarse de los rasgos que, en
parte como consecuencia del hecho, identifican a las colectividades latinoame-
ricanas y las hacen distintas de las demás. En suma, se trata de un problema de
identidad.
Ernesto Sábato describe el asunto de la identidad con el cual está vinculado
el descubrimiento de América como un “problema bizantino por excelencia”6,
como uno de esos “falsos problemas que se agravan cuando se pone en juego a
seres humanos”. Diríamos que es cierto que en América Latina el debate sobre la
identidad ha tenido, en sus formas más tradicionales, las características de una

4. Ernesto Sábato, “Ni leyenda negra ni leyenda blanca”, en El País, 2 de enero de


1991. http://elpais.com/diario/1991/01/02/opinion/662770813_850215.html
5.Cristóbal Colón, Diario de a bordo (Madrid: Dastin, 2003), 105.
6. Sábato, “Ni leyenda negra…

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 271-286 [ 273 ]


Efraín Sánchez

discusión bizantina, pero está muy lejos de ser un falso problema, pues ha sido
una preocupación genuina durante siglos. No podía ser de otro modo, pues si,
como suele afirmarse, la cuestión de la identidad surge en momentos de crisis y
no en los de estabilidad, la turbulencia casi permanente de nuestras sociedades
haría —y ha hecho— de ella un asunto recurrente en nuestro continente. En
gran medida, podría decirse que el bizantinismo del problema de la identidad
radica ante todo en dos cosas: la ausencia de una visión clara y factible de la lla-
mada “identidad latinoamericana”, y la insuficiencia de una memoria histórica
crítica. La identidad no es algo dado y fijo; es algo que se construye y fluye. Por
eso, en torno a la identidad, cobra tanta importancia el pasado como la que
tienen el presente y el futuro.
Probablemente los pueblos prehispánicos, o no tuvieron este dilema de
la identidad, o lo afrontaron de modo mucho menos bizantino que nosotros.
Durante la época colonial la identidad tal vez se limitaba a los asuntos de la re-
ligión, el sustento inmediato y el poder español, pero ya figura como inquietud
desde antes de la Independencia. En Colombia, al menos, se percibe en el llama-
do que hiciera Francisco José de Caldas su Semanario a “los hombres de luces”
de la Nueva Granada para que llevaran a cabo “la grande obra de manifestar lo
que es el Virreinato de Santafé de Bogotá en todas sus partes”7.
La llegada de los españoles a América en 1492 es un dato clave de la iden-
tidad latinoamericana. Quizás es el más trascendental pues fue el que señaló el
comienzo de nuestra crisis de identidad. No es nuestra intención en este ensa-
yo sumergirnos en la maraña de la identidad latinoamericana. Sencillamente
haremos varias reflexiones sobre algunos aspectos de la historia que rodea el
arribo de Colón a América, con el ánimo de contribuir, de manera ciertamente
modesta, a hacer menos bizantino el debate sobre la identidad.

El descubrimiento del mundo

Una parte no despreciable de la polémica en torno al “descubrimiento” de


América en 1492 se refiere a la noción misma de descubrimiento. Como nos re-
cuerda Anthony Pagden, las palabras europeas “discovery”, “découverte”, “sco-
perta”, “descobrimento”, “descubrimiento”, proceden todas de la antigua palabra
latina eclesiástica “disco-operio”, que significa revelar, exponer a la vista8. El Dic-
7. Francisco José de Caldas, “Prospecto del Semanario para 1809”, en Semanario del
Nuevo Reino de Granada, v.1 (Bogotá: Biblioteca Popular de Cultura Colombiana,
1942), 211.
8. Anthony Pagden, European Encounters with the New World (New Haven & Lon-

[ 274 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

cionario de la Real Academia Española trae una acepción muy a propósito para
nuestro tema: “Hallar lo que estaba ignorado o escondido, principalmente tie-
rras o mares desconocidos”. Como anota el citado Pagden, el sentido implícito
de la palabra latina “disco-operio” es que lo que se descubre tenía ya existencia
con anterioridad al descubrimiento, independientemente del descubridor. Pero
si vamos a su sentido explícito, este se refiere más bien a la ignorancia o el des-
conocimiento previos de lo descubierto. En este sentido explícito, el “descubri-
miento de América” sería una expresión válida, pero única y exclusivamente para
los habitantes del “antiguo mundo” de fines del siglo xv. Aunque mucho se ha
especulado sobre presuntos viajes a América anteriores a Cristóbal Colón por
parte de navegantes de distintas procedencias del Viejo Mundo, entre ellos feni-
cios, egipcios, griegos, chinos y africanos —todo cabe dentro de lo posible—, lo
cierto es que únicamente se ha comprobado positivamente la presencia de vikin-
gos en América del Norte a partir de fines del siglo x. No obstante, al parecer los
vikingos no se aventuraron más allá de Terranova, y es posible que no hubieran
tenido conciencia de que estaban colonizando un continente distinto a Europa.
Aún así, aceptando que descubrir significaba llenar un vacío en el saber
de los europeos, lo sucedido en la madrugada del 12 de octubre de 1492 está
lejos de ser un descubrimiento. En realidad fue un episodio, incluso diríase que
menor, en el largo proceso del descubrimiento de América. Un proceso que to-
maría no menos de 400 años, pues a fines del siglo xix aún quedaban tres gran-
des vacíos en el conocimiento geográfico y la representación cartográfica del
continente suramericano, a saber: la cuenca amazónica, el Gran Chaco, entre
Argentina, Paraguay y Bolivia, y la Patagonia. En cuanto a América del Norte,
gran parte de su interior seguía siendo en esa época “un oscuro misterio lleno
de peligros desconocidos”, como escribió Lloyd A. Brown9.
Por supuesto, no puede olvidarse que a los europeos les tomó al menos 15
años descubrir que habían descubierto un nuevo continente. Cristóbal Colón
murió sin percatarse de ello, y solo en su tercer viaje, en agosto de 1498, al ver
la portentosa desembocadura del río Orinoco en el golfo de Paria (que él lla-
mó de las Perlas), tuvo la pasajera duda de si en realidad no había llegado a un
continente desconocido. Para él la desembocadura del gran río era prueba de
que había descubierto el Paraíso Terrenal, por la enorme cantidad de agua dulce
que se juntaba con la salada, “y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor
maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan
don: Yale University Press, 1993), 5-6.
9. Lloyd A. Brown, The story of Maps (Nueva York: Dover Publications, Inc., 1977),
276.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 271-286 [ 275 ]


Efraín Sánchez

hondo”10. Fue Américo Vespucio, quien sugirió que lo descubierto por Colón
era un Nuevo Mundo, lo cual hizo en dos obras publicadas en 1504 y 1505, titu-
ladas respectivamente Mundus Novus (Mundo Nuevo) y Carta a Solderini. Dos
años después, en 1507, el geógrafo y cartógrafo alemán Martin Waldseemüller
proclamó a los cuatro vientos el nombre de América para el nuevo continente,
en un mapa de grandes dimensiones titulado Universalis Cosmographiae.
El descubrimiento de América, con sus cuatrocientos años de duración,
fue un aspecto de un proceso mayor, el descubrimiento del mundo por y para
los europeos. Fue un proceso que se inició en la más remota antigüedad y llegó
a una fase culminante entre los siglos xv y xvii, cuando se completó el mapa del
contorno de los continentes. Fue la época de los grandes viajes ultramarinos,
inicialmente de portugueses y españoles, y luego de franceses e ingleses. Pero
el interior de América, Asia, África y Australia siguieron representando vacíos
en el conocimiento tan grandes como siempre, hasta los viajes de exploración
continental realizados en el siglo xix por geógrafos, geólogos, vulcanólogos,
botánicos, entomólogos topógrafos y cartógrafos principalmente. Aún así, casi
al terminar el siglo, en 1885, según Lloyd A. Brown, se estimaba que no más
de 6.000.000 de millas cuadradas, menos de una novena parte de la superficie
terrestre del globo, había sido sometida a levantamiento cartográfico, o se en-
contraba en este proceso. Las ocho novenas partes restantes, habitadas por más
de 900.000.000 de personas, eran poco conocidas o totalmente desconocidas
para el mundo en general, terra incognita desde el punto de vista cartográfico”11.
Pero hablar de “europeos” en el proceso del descubrimiento del mundo
entre los siglos xvi y xviii, en particular del nuevo mundo americano, era una
generalización inaceptable para la mayoría de los europeos de esos siglos. El
7 de junio de 1494, cuando aún no se tenía idea de que dos años antes se ha-
bía descubierto un nuevo continente, se firmó el Tratado de Tordesillas, entre
España y Portugal, con la posterior bendición del Papa, por el cual se fijó una
línea de norte a sur, a 370 milla de Cabo Verde, dividiendo las nuevas tierras que
se descubrieran entre las dos potencias marítimas. Todo lo que se descubriera
al este de la línea habría de pertenecer a Portugal, y al oeste a España. Todos
los demás reinos quedaban excluidos. Como comentó Victor von Hagen, “Los
velos de Isis, que Colón había levantado, había caído nuevamente y, para la
mayor parte del mundo, era como si América nunca se hubiera descubierto en
absoluto”12. El rey de Francia, vocero de los excluidos, pedía “ver la cláusula del
10. Colón, Diario de a bordo, 290.
11. Brown, The story of Maps, 280.
12. Victor W. von Hagen, South America Called Them (Londres: The Travel Book

[ 276 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

testamento de Adán que autorizaba a los reyes de Castilla y Portugal a dividirse


la tierra entre ellos”13. La cortina que cayó sobre el Atlántico no se volvería a
levantar, según von Hagen, hasta 1735, salvo por las incursiones de los piratas
ingleses y franceses que “hostigaron a los convoyes españoles, hundieron bu-
ques, asaltaron los bastiones de Portobello y Cartagena… sin llegar a quebrar el
dominio sobre lo desconocido”14. Entonces, en 1735, la Académie des Sciences
de París, ordenó, “con el generoso permiso del Rey Felipe de España, enviar dos
expediciones a determinar la forma verdadera de la tierra. Una expedición va a
Laponia y la otra al Ecuador”15. Esta última fue la célebre expedición de Char-
les-Marie de la Condamine, acompañado, por la parte española, de Jorge Juan
y Antonio de Ulloa. El Tratado de Tordesillas, y la expedición de la Condamine,
muestran que el poder colonial europeo no era en modo alguno uniforme. En
todo caso, las grandes riquezas que España extraía de América encontraban su
camino a las arcas de Inglaterra, Francia, Holanda y Alemania, y finalmente
España y Portugal debieron ceder su papel de descubridores de nuevos mundos
a estos países, que ya en el siglo xviii monopolizaban la investigación científica.

La novedad de América

Para todos los efectos, América se presentó ante los ojos europeos como
un mundus novus, un “Nuevo Mundo”. Salvo por los vikingos de los siglos x a
xiv, el continente era por entero desconocido, en contraste con Asia y África,
de cuya existencia se sabía desde la antigüedad e incluso existía algún comercio
con estos continentes. Pero la novedad de América no estaba tanto en el hecho
de su desconocimiento previo. Estaba en su naturaleza y en los pueblos que
la habitaban. La sensación generalizada para los viajeros que pisaban por vez
primera su suelo era la de estar en otro mundo, un mundo en todo sentido
extraño. Salvo quizás por las piedras, la naturaleza ofrecía al contemplador una
gama de sensaciones nunca antes sentidas, como lo describió Alexander von
Humboldt tras su viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente entre
1799 y 1803:
Cuando lejos de nuestro país natal, luego de un largo viaje, pisamos
por vez primera el suelo de una tierra tropical, experimentamos cierto
sentimiento de sorpresa y gratificación al reconocer, en las rocas que nos

Club, 1949), 7.
13. Hagen, South America Called Them, 4.
14. Hagen, South America Called Them, 7.
15.Hagen, South America Called Them, 12.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 271-286 [ 277 ]


Efraín Sánchez

rodean, los mismos estratos esquistosos inclinados y el mismo basalto co-


lumnario cubierto de amigdaloideas celulares que hemos dejado en Euro-
pa, y cuya identidad de carácter, en latitudes tan ampliamente diferentes,
nos recuerdan que la solidificación de la corteza terrestre es por entero
independiente de las influencias climáticas. Pero esas masas rocosas de
esquisto y de basalto están cubiertas de vegetación de un carácter con el
cual no tenemos familiaridad, y de una fisiognomía totalmente descono-
cida para nosotros; y es entonces, en medio de las colosales y majestuosas
formas de una flora exótica, cuando sentimos el modo tan maravilloso en
que la flexibilidad de nuestra naturaleza nos prepara para recibir nuevas
impresiones, vinculadas por cierta secreta analogía.16

Lo raro, lo extraño, tiene en la conquista de América dos facetas diferen-


ciadas: lo extraño, imaginario o mítico, y lo extraño real, es decir, lo separado
de todo lo conocido, aquello que se encuentra fuera de la experiencia normal
de los sujetos. Lo extraño imaginario no era en absoluto nuevo para los euro-
peos. Sus cerebros medievales estaban bien provistos de imágenes mentales, e
incluso visuales, proporcionadas por las artes, de toda clase de seres estrafa-
larios y fabulosas descripciones geográficas. Desde el siglo III circulaban por
todo el continente, primero en mapas y descripciones manuscritas y luego en
impresos, las imágenes creadas por un individuo llamado Gaius Julius Solinus,
apodado por sus enemigos “el mono de Plinio”. Simeanos con cabeza de perro
de Etiopía, hombres sin narices de lo profundo de África, hombres sin cabeza y
con los ojos, la boca y la nariz en el tórax, hombres con ocho dedos en cada pie
de la lejana India, y hombres con una sola pierna, pero con un pie tan grande
que les servía de parasol. Hormigas tan grandes como perros, hienas tan te-
rroríficas que congelaban de terror a los perros impidiéndoles hasta ladrar, y
la descripción del río Níger con aguas más calientes que el fuego que hervían
constantemente17. Todos estos eran seres y rasgos geográficos reales para el na-
vegante europeo promedio. Para individuos más cultivados, como el propio
Cristóbal Colón, ciertos lugares míticos como la Fuente de la Eterna Juventud
y el Paraíso Terrenal en verdad existían, pues estaban descritos por los autores
clásicos e incluso figuraban en la Biblia. Como anota Lloyd Brown, “no había
duda sobre la realidad [del Paraíso Terrenal], y solo era cuestión de localizarlo
con precisión… Isidoro de Sevilla era la principal autoridad en él, y lo imagina-

16. Alexander von Humboldt, Cosmos (1858), 26-27.


17. Brown, The story of Maps, 86-88.

[ 278 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

ba en Lejano Oriente, pero rodeado por una muralla de fuego por si acaso algún
aventurero se tornaba demasiado curioso”18.
Algunos seres del Nuevo Mundo se situaban en una posición intermedia
entre lo extraño imaginario y lo extraño real, como las sirenas y las amazonas.
El propio Colón vio el 9 de enero de 1493 en las Antillas tres sirenas “que sa-
lieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que de
alguna manera tenían forma de hombre en la cara”19.
La abigarrada gama de extraño, imaginario o mítico cayó pronto en el
olvido. Lo verdaderamente perdurable en las mentes europeas después de la
conquista fue lo maravilloso real del continente. En un bello pasaje de Cosmos
Humboldt describe algunas de sus impresiones:
... las regiones montañosas situadas en cercanías del ecuador... son la
parte de nuestro planeta donde la contemplación de la naturaleza ofrece
en el menor espacio la más grande variedad posible de impresiones. En
los Andes de Cundinamarca, de Quito y de Perú, surcados por profundos
barrancos, se permite al hombre contemplar todas las familias de plantas
y todas las estrellas del firmamento. Allí, con un solo golpe de vista, el ob-
servador puede ver elevadas y empenachadas palmas, selvas húmedas de
bambú y toda la hermosa familia de las musáceas; y por encima de estas
formas tropicales, robles, nísperos, rosas silvestres y plantas umbelíferas,
como en nuestros hogares en Europa; allí, también, se abren a su vista los
dos hemisferios celestes y, cuando llega la noche, ve desplegadas en el mis-
mo cielo la constelación de la Cruz del Sur, las nubes de Magallanes y las
estrellas guías de la osa que giran en torno al polo ártico. Allí, los distintos
climas de la tierra y las formas vegetales de las cuales aquellos determinan
la sucesión, están puestos uno sobre el otro, fase sobre fase; y las leyes del
decremento del calor están escritas de manera indeleble sobre los muros
rocosos y las vertiginosas faldas de las cordilleras, en caracteres fácilmente
legibles para el observador inteligente.20

Pero América no fue el único “Nuevo Mundo” para los europeos. En


Australia, descubierta en 1638, hallaron un mundo tan disímil del que les era
familiar como en América. Como escribió Sir James Edward Smith, primer pre-
sidente de la Sociedad Linneana,

18. Brown, The story of Maps, 95.


19. Colón, Diario de a bordo, 206.
20. Humboldt, Cosmos, 11.

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Efraín Sánchez

Cuando un botánico ingresa por vez primera en la investigación de


un país tan remoto como Nueva Holanda [Australia], se encuentra como
si estuviera en un mundo nuevo. Difícilmente encuentra puntos fijos de
los cuales extraer sus analogías; y aún aquellos que aparecen más prome-
tedores, con frecuencia presentan el riesgo de engañarlo en lugar de infor-
marlo. Todas las tribus de plantas, que a primera vista parecen familiares
a su conocimiento y ocupar eslabones en la cadena de la naturaleza, de
las cuales está acostumbrado a depender, resultan ser, al examinarlas más
de cerca, totalmente extrañas, con otras configuraciones, otra economía y
otras cualidades; no solo las especies mismas son nuevas, sino la mayoría
de los géneros, e incluso los órdenes naturales.21

Para el colono, quien hacía de uno de los nuevos mundos un hogar, era
indispensable buscar no solo analogías, sino cierta coherencia entre el mundo
que acababa de dejar y su nuevo lugar de residencia, e incluso ponía a las plan-
tas extrañas nombres semejantes a los de aquellas que conocía desde la niñez.
Pero al final se rendía ante la abrumadora evidencia de la novedad. Así describió
Humboldt este proceso:
Percibimos con tanta facilidad la afinidad existente entre todas las
formas de vida orgánica, que aunque la vista de una vegetación similar a
la de nuestro país natal puede al principio resultar muy grata para el ojo,
como lo son los dulces sonidos de nuestra lengua maternal para el oído,
nos familiarizamos sin embargo, por grados y de modo casi impercepti-
ble, con un nuevo hogar y un nuevo clima. Como verdadero ciudadano
del mundo, el hombre se habitúa en todas partes a aquello que le rodea;
con todo, temeroso, hasta cierto punto, de romper los lazos de asociación
que lo atan al hogar de su niñez, el colono aplica a algunas plantas en un
clima muy distante los nombres con que estaba familiarizado en su tierra
natal; y por las misteriosas relaciones existentes entre todos los tipos de
organizaciones, las formas de la vegetación exótica se presentan a su mente
como más nobles y como desarrollos más perfectos que aquellos que había
amado en sus edad temprana. Así mismo las impresiones espontáneas de
la mente no instruida llevan, como las laboriosas deducciones del intelecto
cultivado, a la misma persuasión íntima de que una sola e indisoluble ca-
dena ata a toda la naturaleza.22

21. Citado por Bernard Smith, European Vision and the South Pacific (New Haven &
London: Yale University Press, 1985), 5.
22. Humboldt, Cosmos, 26-27.

[ 280 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

El discurso de la superioridad del europeo frente


al “buen salvaje”

Suele argumentarse que el dominio europeo sobre América y todos los


demás mundos nuevos puestos al descubierto por la exploración geográfica de
los siglos xv a xviii se fundamentaba ante todo en su superioridad bélica. Aun-
que desde luego las armas de fuego pueden ser más eficaces que las flechas en
un combate, la experiencia de los propios conquistadores españoles les indicó
desde muy pronto que las armas no podían ser su principal línea de ataque o
defensa. En efecto estaban persuadidos de su superioridad, pero la explicaban
y justificaban por razones muy distintas a las armas. Para Antonio de Ulloa,
acompañante de la Condamine en la expedición para medir un arco de meri-
diano en el ecuador en el siglo xviii, la diferencia entre las sociedades de los dos
mundos era la educación:
Las gentes más sabias son asimismo las más cultas; cuya ventaja ad-
quieren por medio de la instrucción… A medida que se alejan más de estas
luces, se acercan á la ignorancia hasta degenerar en la barbarie… El cono-
cimiento que se adquiere de las Naciones rústicas incultas dá reglas para
comprehender lo que se debe a la instrucción, y que sin ella se carecería
de los principios que distinguen sensiblemente á los hombres de los bru-
tos… Si los Indios hubiesen sido igualmente instruidos que los Españoles,
no hubieran sido sojuzgados con tanta facilidad, ni se les hubiera hecho
estraño vér gentes blancas, y con barbas, ni otras muchas cosas que les
sorprendieron.23

La religión cristiana fue, por supuesto, otra prueba esgrimida por los eu-
ropeos para constatar su superioridad sobre los pueblos indígenas de América.
Fray Bartolomé de las Casas escribió que, desde el Diluvio Universal, los indios
americanos había vivido tras “las puertas cerradas del océano”, que Colón había sido
el primero en abrir24, y como señala Anthony Pagden, Las Casas no aludía a su cul-
tura política o técnica, que consideraba tan buena como las de Grecia o Roma,
sino al hecho de que, hasta Colón, habían permanecido en completa ignorancia
del cristianismo25.

23. Antonio de Ulloa, Noticias Americanas (Madrid: En la Imprenta de Don Fran-


cisco Manuel de Mena, 1772).
24. Pagden, European Encounters…, 7.
25. Pagden, European Encounters…, 7.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 271-286 [ 281 ]


Efraín Sánchez

Otro punto de vista, contrastante con los anteriores, explica la inferioridad


de los pueblos del Nuevo Mundo como subproducto paradójico de la magnifi-
cencia de la naturaleza. Así lo sugiere Alexander von Humboldt:
En el mundo antiguo, los pueblos y los grados de perfección son los
que proporcionan al cuadro descriptivo su carácter principal. En el nue-
vo mundo el hombre y sus producciones desaparecen, digámoslo así, en
medio de una naturaleza salvaje y gigantesca. El género humano no ofrece
en él sino algunas reliquias de hordas indígenas poco adelantadas en la
cultura, o aquella uniformidad de costumbres e instituciones que han sido
trasplantadas a llanuras extrañas por colonos europeos…
Si la América no ocupa un asiento distinguido en la historia del gé-
nero humano y de las antiguas revoluciones que la han agitado, ofrece al
menos un campo vasto a los trabajos del físico. En ninguna otra parte le
excita tan vivamente la naturaleza para elevarse a ideas generales sobre las
causas y mutuo encadenamiento de los fenómenos.26

Y hay un argumento eurocentrista más que resume a todos los anteriores:


la creencia de que las culturas europeas eran la realización, con todos sus avata-
res, de un plan predeterminado, ya sea el Plan de Dios, o un conjunto de “leyes
naturales” universales. En estas últimas se incluyen la naturaleza al servicio del
hombre, la civilización como meta y el avance progresivo de la ciencia.
Expresión tanto de las concepciones de superioridad europeas como del
contacto con los pueblos de los nuevos mundos fue la idea mítica del bon sau-
vage, el “buen salvaje”, como “representante de mundos que hemos perdido.
Hablaba como alguna vez hablamos y vivía como alguna vez vivimos… Por
consiguiente, vino a ocupar una posición crucial en una historia conjetural de
los orígenes humanos que evolucionó gradualmente”27. El primero en definir al
“buen salvaje” fue Montesquieu, quien, hablando de los Tupinambos de Brasil,
caracterizó a los salvajes como “aquellos que no han logrado unirse”. Esto los
distinguía de los “bárbaros”, quienes, como los pastores tártaros y mongoles, se
habían “reunido” en grupos sociales simples. La definición del “buen salvaje”
varía, desde luego, de uno a otro de los filósofos del siglo xviii que las sugirie-
ron, pero quizás la imagen más clara y evocadora es la expuesta en el siglo xvi
por Bartolomé de las Casas:
26. Alexander von Humboldt, Viage á las Regiones Equinocciales del Nuevo Conti-
nente, t. 1 (París: En la Casa de Rosa, 1826), lvii-lix.
27. Pagden, European Encounters…, 14.

[ 282 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

Todas estas universas e infinitas gentes a todo género crió Dios los
más simples, sin maldades, sin dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus
señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pa-
cientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos, no que-
rulosos, sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo.
Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complesión e que
menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cualquier
enfermedad, que ni hijos de príncipes e señores entre nosotros, criados en
regalos e delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sean de los
que entre ellos son de linaje de labradores.28

La expresión europea del bon sauvage tiene dos aspectos: la idealizada de


las Casas, y la pérfida de los conquistadores, a cuya sed de oro y de riquezas
atribuye las Casas la “destrucción de las Indias”. El salvaje podía ser bueno, pero
seguía siendo salvaje, y el conquistador promedio veía a los indios como crue-
les, despiadados, marrulleros, obedientes del demonio. La visión idealizada de
las Casas no logró acallar la visión contraria y, con el tiempo, en el lenguaje
colombiano al menos, terminó prevaleciendo la segunda imagen sobre la pri-
mera. En uno u otro caso, quedaba legitimada ya fuera la misión de guiar a los
indios hacia el cumplimiento del Plan de Dios, de civilizarlos en cumplimiento
de leyes naturales, o bien de sojuzgarlos o eliminarlos.
Las mentes más ilustradas, desde Condorcet hasta Humboldt, imaginaban
un futuro en que la cultura europea llevara a América la ilustración redentora,
y ayudara al continente en el penoso paso hacia la civilización29. Los resultados
son bien ilustrativos. En Colombia al menos, al cabo de 400 años de conquista
y colonización habían prácticamente desaparecido las lenguas, las tradiciones,
las culturas y las propias poblaciones indígenas iban camino a la extinción, ha-
biéndose reducido a menos del 20% de la cifra original según un cálculo. Hoy la
población indígena en el país se reduce a menos del 2% del total.

Una revolución copernicana a la inversa

Para concluir, quiero hacer referencia a otro suceso contemporáneo de


los primeros años de la conquista de América, y que sirve perfectamente como

28. Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias (Bogo-
tá: Imprenta del Estado, por José María Rios, 1813).
29. Pagden, European Encounters…, 8.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 271-286 [ 283 ]


Eefraín Sánchez

parábola o alegoría de lo que significaron para el mundo los descubrimientos


geográficos de los siglos xv a xviii. En 1543 se publicó de manera póstuma la
obra De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas
celestes), escrita entre 1507 y 1532 por Nicolás Copérnico, nacido en Polonia
19 años antes de la llegada de Colón a la isla de Guanahani. Su contribución
consistió en situar al sol en el centro del universo, donde antes estaba la tierra,
y poner a esta girando alrededor de aquel, como todos los demás planetas. Sin
este “giro”, explicó Copérnico, no es posible representar con precisión el movi-
miento aparente de los astros. Esto ya lo había indicado Aristarco de Samos en
el siglo iii antes de nuestra era, pero Copérnico rescató la idea y sentó las bases
para lo que después hicieron Galileo, Kepler y Newton. Copérnico no solo elevó
la tierra al cielo, dándole así un carácter “celestial” y noble. También eliminó su
posición de centro inmóvil del universo, descubriendo así la pluralidad de este.
La tierra es un astro más, como los otros que existen.
Las teorías de Copérnico tuvieron consecuencias no solo científicas (na-
cimiento de la ciencia moderna), sino filosóficas y teológicas. Con Copérnico
comienza a desmoronarse el principio de autoridad de la escolástica, basado en
las concepciones aristotélicas del cosmos. Lo aceptado durante siglos como ley
natural e inamovible, ahora era posible rebatirlo y presentarlo como erróneo.
Desde entonces grandes pensadores han hecho su propia “revolución co-
pernicana”. El más célebre fue Emmanuel Kant, quien escribió, refiriéndose a
la relación entre el sujeto y el objeto en el conocimiento: “ocurre aquí como
con los primeros pensamientos de Copérnico. Este, viendo que no conseguía
explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejército de estrellas
giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría mejores resultados ha-
ciendo girar al espectador y dejando las estrellas en reposo. En la metafísica se
puede hacer el mismo ensayo, en lo que atañe a la intuición de los objetos. Si
la intuición tuviera que regirse por la naturaleza de los objetos, no veo cómo
podría conocerse algo a priori sobre esa naturaleza. Si, en cambio, es el objeto
(en cuanto objeto de los sentidos) el que se rige por la naturaleza de nuestra
facultad de intuición, puedo representarme fácilmente tal posibilidad”30. En un
sentido my semejante, Charles Darwin hizo también su propia revolución co-
pernicana con respecto al hombre como especie. Negó su esencia superior, por
creación divina, pero al mismo tiempo lo situó en la escala más elevada de la
evolución. Sigmund Freud hizo también su propia “revolución copernicana” al
poner al inconsciente como protagonista del yo y dar renovada importancia a lo
30. Immanuel Kant, Prólogo, en Crítica de la Razón Pura, (Madrid: Ediciones Alfa-
guara, 1984).

[ 284 ] Boletín de Historia y Antigüedades


El descubrimiento del mundo.
Cinco siglos de búsqueda de identidad

oscuro y animal en el hombre, negando así la tradición humanista, dominante


hasta el siglo xx. El yo gira en torno al inconsciente y no en torno a las altas
virtudes de la mente y el espíritu.
Los grandes viajes de los siglos xv a xviii presentaron suficiente evidencia
para una revolución copernicana en la geopolítica, con el descubrimiento del
otro y de la pluralidad. Está en efecto se produjo, pero en sentido inverso. Meta-
fóricamente, en el mundo antiguo Europa, como el sol, se consideraba a sí mis-
ma como el centro inmóvil e inamovible del mundo, lo cual, para la mentalidad
europea, quedaba confirmado por quedar en su seno el centro de la cristiandad
(Roma), y tener en su pasado a las altas cultura clásicas, Grecia y Roma. Todo lo
demás ni siquiera giraba en torno a ella. Sencillamente no existía. Ningún nave-
gante podía aventurarse más allá del Cabo Bojador hacia el sur, o de los Pilares
de Hércules hacia el occidente, so pena de morir calcinado, devorado por un in-
descriptible monstruo, o caído en abismos insondables. Con los grandes viajes
no solo se demostró la esfericidad de la tierra. También se reveló la existencia de
otros mundos, otras civilizaciones, otras culturas, otras sociedades totalmen-
te independientes de Europa. La revolución copernicana en geopolítica habría
consistido en un verdadero encuentro con esos otros mundos. Pasó a la inversa.
Europa, como el sol, se erigió en el centro del universo geográfico, político y
cultural, e hizo que los demás mundos giraran en torno a ella.
La ilustración que, como esperaban Condorcet y Humboldt, habría de
emanar del continente sol, nunca llegó. En la realidad, al culminar el período
colonial el analfabetismo en Colombia alcanzaba, según se calcula, al 90% de
la población. Esta misma población estaba evangelizada en un 100%, y por lo
tanto tenía pleno derecho al plan de salvación. Muchos de sus descendientes no
salvaron ni siquiera la vida, por efecto de ocho grandes guerras civiles e infini-
dad de “pronunciamientos” en los cuatro puntos cardinales del país habitado.
Todo lo aquí expuesto, incluidos el largo proceso de descubrimiento del
mundo, la novedad de América y la magnificencia de su naturaleza, la noción
de superioridad de los europeos, el buen salvaje y los descubrimientos coperni-
canos de Kant, Darwin y Freud, son parte de nuestra memoria histórica, y por
lo tanto parte de nuestra multicolor y contradictoria identidad.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 271-286 [ 285 ]


Efraín Sánchez

Bibliografía

Artículos y libros

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Casas, Bartolomé de las. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Bogotá: Im-
prenta del Estado, por José María Rios, 1813.
Colón, Cristóbal. Diario de a bordo. Madrid: Dastin, 2003.
Hagen, Victor W. von. South America Called Them. Londres: Te Travel Book Club, 1949.
Humboldt, Alexander von. Cosmos (1858)
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Kant, Immanuel. Crítica de la Razón Pura. Madrid: Ediciones Alfaguara, 1984.
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“Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación
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php?file=biblioteca/pdf/0018
“El Inadi propone cambiar el nombre de "Día de la Raza"”, Clarin.com, Buenos Aires, 11
de octubre de 2007. http://edant.clarin.com/diario/2007/10/11/um/m-01517192.
htm

[ 286 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Crónica del nacimiento de la


televisión en Colombia

Tere s a M oral e s de G ómez


Miembro de Número, Academia Colombiana de Historia

Estas memorias cubren los últimos días de diciembre de 1953 has-


ta fines de 1954, año en el cual se gestó y nació la televisión en Colombia.
No tiene este texto el rigor de un testimonio histórico ni pretende ser otra
cosa que la crónica de las ejecutorias de un joven visionario para quién nada
parecía imposible y de unos días de frenética actividad, de una triunfante ca-
rrera contra el tiempo. No pido sino benevolencia para la lejana narradora de
esos días.
La historia, dicen, la escriben los vencedores y en este caso Fernando Gó-
mez Agudelo no lo era. Lo fue mas tarde, es cierto, pero en los días del Frente
Nacional todo lo que tuviera que ver con el gobierno del general Rojas Pinilla
era rechazado y olvidado. Ese es el caso de la televisión estatal. Estaba pensada
para ser un ente educativo y cultural, pero muy pronto cambió de rumbo para
llegar a ser una mezcla ecléctica de los gustos caprichosos de los televidentes.
Aquí y en todas partes.

Cómo citar este artículo:


Morales de Gómez, Teresa. “Crónica del nacimiento de la televisión en Colombia”. Boletín de
Historia y Antigüedades 101: 858 (2014): 287-299.

[ 287 ]
Teresa Morales de Gómez

Esta es la crónica de su nacimiento

A principio de los años cincuenta dos muchachos bogotanos trabajaban


en una estacioncita de radio en su casa de Chapinero. Los jóvenes Ricardo y
Fernando Gómez Agudelo eran fanáticos de la música culta y de la electrónica.
En un aparato casero transmitían las sinfonías de Beethoven y los conciertos de
Mozart para deleite de sus amigos y gozaban midiendo el alcance de sus antenas
de radioaficionados. Era una diversión. Después del colegio, Ricardo entra a la
Universidad Nacional para estudiar ingeniería, pero muy pronto sus profesores
sugirieron a su padre, un abogado civilista muy prestigioso, que lo enviara a
estudiar a los Estados Unidos donde su talento sería mejor aprovechado y ellos
se librarían de un incomodo estudiante sabelotodo. Obtuvo una beca y se fue
para Boston a estudiar Física en el Massachusetts Institute of Technology, MIT.
Fernando fue a estudiar derecho a la Universidad Javeriana, atendiendo
muchas veces clases dictadas por su padre. También escribía una columna de
música en el periódico El Siglo y tenía un programa en la Radiodifusora Nacio-
nal que se llamaba Discoteca; pasaba los domingos al medio día y en el anali-
zaba las últimas grabaciones de música culta que llegaban a Bogotá. Allí lucía
sus habilidades en el manejo de los discos, en las inmensas tornamesas de la
radiodifusora.
Su orgullo de perfeccionista era lograr el empate perfecto en los discos de
78, de manera que no hubiera quiebre en la audición. Creía que si se interrum-
pía la música, el placer se perdía. ¿Una sinfonía de Beethoven a retazos? No lo
toleraba.
En agosto de 1936 se inauguraron los xi Juegos Olímpicos en Berlín. Era
la primera vez que ese evento era visto a través de un nuevo medio de comu-
nicación: la televisión. Entre los espectadores estaba el mayor Gustavo Rojas
Pinilla, agregado militar de Colombia en Alemania, quién había llegado a Berlín
junto con otros militares latinoamericanos invitados por empresas fabricantes
de armamento.
Siete años más tarde, el 13 de junio de 1953, el ahora teniente general Gus-
tavo Rojas Pinilla da un golpe de Estado gracias a una coalición entre políti-
cos liberales y conservadores, opuestos al gobierno de Laureano Gómez. Como
es natural todas las oficinas del Estado cambian a sus directores, entre ellas la
Radiodifusora Nacional. Esta emisora era supremamente importante pues era
la única voz oficial en la divulgación de noticias y comunicados del gobierno.
Había estado dirigida hasta el momento por un hábil periodista, don Arturo
Abella, amigo del gobierno saliente y quién, por lo tanto, debía renunciar.

[ 288 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Crónica del nacimiento de la
televisión en Colombia

Tres días más tarde, el general Rojas nombra al doctor Jorge Luís Arango
como jefe de Información y Prensa del Estado, una oficina que dependía di-
rectamente de la presidencia de la Republica, en reemplazo del doctor Jaime
Uribe Holguín. El doctor Arango era una persona de una gran cultura, editor
de las Hojas de Cultura Popular, una publicación que era una verdadera joya.
Se ocupaba de todas las manifestaciones del arte en Colombia: la poesía, las
artes plásticas y la literatura. Editaba las partituras de los jóvenes músicos co-
lombianos y reproducía muy bellamente las obras del arte colonial. Hasta ese
momento el doctor Arango dirigía el departamento de Extensión Cultural del
Ministerio de Educación. Un hombre de gran finura e inteligencia, fue la mano
derecha del presidente Rojas en todo lo atinente a educación y cultura. Mas
adelante su oficina, era la encargada del manejo de la prensa y la divulgación de
los comunicados oficiales.
El doctor José J. Gómez, padre de Fernando, como magistrado que era,
estaba invitado a las reuniones del Gobierno y el 15 o 16 de junio debía ir a
un cocktail al palacio presidencial. Pidió a Fernando que lo acompañara. Allí se
encontraron con el doctor Arango, viejo amigo del doctor Gómez. Al conversar
con Fernando y preguntarle por la situación de la Radio Nacional, Arango
recibió noticias desoladoras: los viejos transmisores estaban maltrechos, la
programación anticuada y la discoteca formada por los famosos discos de 78 en
muy mal estado. Arango le preguntó que quién creía él que podría ser un buen
director. Fernando no vaciló un segundo y contestó: no hay sino uno y ese soy yo.
Muy bien, dijo Arango, preséntese en mi oficina el día 18 para que tome
posesión del cargo. Fernando tenía 22 años.
Sin perder un minuto Fernando se lanzó a modernizar la emisora y a ade-
cuarla con todos los adelantos técnicos de ese momento; había sido fundada
por el presidente Eduardo Santos en 1940 y ya estaba muy achacosa. Fernando
sabía que se habían experimentado cambios asombrosos en materia de comu-
nicaciones gracias al impulso que le había dado la guerra; ésta había terminado
hacía casi 10 años y los adelantos ya estaban al alcance de todo el mundo, lite-
ralmente.
Reemplazó los viejos transmisores, cambió las grabadoras, las cintas y los
micrófonos, renovó la discoteca y llevó a trabajar a la Radio a Otto y a León de
Greiff. Bernardo Romero Lozano dirigía el Radio Teatro. Darío Achury Valen-
zuela editaba el lujoso Boletín de Programas que era una obra de Arte. Hjalmar
de Greiff y Helena Londoño, dos jóvenes musicólogos tan entusiasmados como
Fernando en sacar la Radio adelante, fueron los responsables de la programación.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 287-300 [ 289 ]


Teresa Morales de Gómez

A finales del año de 1953 el trabajo en la Radio


estaba completo

Aquí debo decir que Fernando se había convertido en un eficaz ayudante


de Jorge Luís Arango y sus opiniones eran tenidas en cuenta; por lo tanto un día
en que estaba dando un informe de su trabajo al General, se atrevió a proponer:
“excelencia: ya la Radiodifusora Nacional se oye en la antípodas. ¿Qué le parece
si ahora hacemos televisión?”
El general Rojas ya había visto televisión. Fernando no la había visto nun-
ca. El Presidente se entusiasmó: “Bueno, Gómez —como le decía— hágala. Pero
la tiene lista para el 13 de junio. Celebraremos un año de gobierno”. Esto debió
ocurrir en noviembre de 1953. Tenía algo más de ocho meses para cumplir la
orden. Nunca se había imaginado que su trabajo tuviera que ser llevado a cabo
en ese cortísimo tiempo. Había que empezar a trabajar de inmediato.
Su primer impulso fue llamar a su hermano Ricardo al MIT para contarle
lo que le estaba ocurriendo. Ricardo, prudentísimo y adivinando las reacciones
de todo tipo que semejante empresa iba a desencadenar, le pidió que no hablara
con nadie. “Traiga un mapa de Colombia, lo más detallado que pueda y véngase
para Boston Yo le reúno aquí a los mejores físicos especialistas en radiación y
ellos le podrán ayudar”. Y así fue.
Fernando viajó a Boston con su mapa debajo del brazo, confiado en que su
hermano y el grupo de sabios de MIT le ayudarían a encontrar el mejor camino.
Cuando llegaron a la conclusión de que Colombia por su topografía necesitaba
cierto tipo de antenas y de trasmisores que irradiaran hacia un área determina-
da, (unidireccionales, me atrevo a recordar y no omnidireccionales) recomen-
daron las fabricadas en Alemania por la Siemens & Halske de Munich. Estas
se adecuaban perfectamente a las necesidades colombianas. Aceptó el consejo.
Y no se arrepintió nunca. Tanto los transmisores como las antenas eran
perfectos y trabajaron sin ninguna falla durante muchísimos años. Nunca Fer-
nando tuvo que enfrentarse a una crítica sobre su decisión ni se dijo que su
adquisición había sido equivocada. Estos aciertos le daban gran satisfacción:
que su cuidadoso trabajo hubiera tenido éxito en ese mundo de técnica tan
sofisticada, le permitió siempre estar tranquilo y orgulloso de su gestión.
Pero volvamos a 1953. Compró un abrigo de invierno con la esperanza de
verse un poquito mayor y se lanzó solo a enfrentar la nube de ingenieros que lo
estaban esperando para tomar las decisiones.
Como el propósito de Rojas era establecer un medio educativo y cultural,
decidió que una alianza operativa entre los ministerios de Educación, Comu-

[ 290 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Crónica del nacimiento de la
televisión en Colombia

nicaciones y Gobierno sería ideal como ente organizador de la televisión. Pero


las dificultades surgidas demostraron que era preferible que la Televisión de-
pendiera directamente de la oficina de Información y Prensa del Estado y ésta
de la Presidencia de la Republica; de esa manera la televisión contaría con un
presupuesto fijo que garantizara la expansión de la amplia red proyectada para
cubrir el territorio nacional.
En el extenso reportaje que Fernando Gómez concedió a Ana Maria Bide-
gain en marzo de 1993, pocos meses antes de su muerte, recordaba como había
sido su encuentro con el General Rojas a su llegada de Europa:
Volví a Colombia y Rojas estaba en Melgar en la finca que tenía allá.
Era una casita chiquita y normalita y en vez de piscina había un pozo en el
río. El edecán, que era amigo mío me dijo: “Fernando, llévese el vestido de
baño -yo odio las piscinas y todo eso-, llévelo porque lo clava en el pozo”.
Entonces me lo llevé y preciso: “¡vamos p’al pozo!” Entonces yo le dije:
“Excelencia -hasta Rojas se les decía excelencia-, yo tengo mucho papel que
mostrarle”. Entonces me dijo: “Si necesita papeles para hablar, entonces no
sabe nada. De manera que póngase el vestido de baño y vamos p’al pozo”.
Los papeles eran los mapas del país y los planos de la red. Y allá en el
pozo le eché todo el cuento y subimos y almorzamos y me dijo: “súbase ya
para Bogota, lo mando en el avión, tiene que empezar a trabajar ya, porque
inauguramos el 13 de junio.” Eso era a fines de diciembre del 53. Y yo le
dije: “¡Ay! ¡Excelencia! ¿Seis meses? Comprar, buscar, decidir”. Y contestó:
“Usted puede, pero si arranca ya”1.

En Colombia se sometió su proyecto al dictamen de un experto belga, Jac-


ques Jumiaux, quien concluyó que el proyecto técnico no dejaba nada que de-
sear y destacó el uso de las antenas unidireccionales escogidas, con las cuales se
podría cubrir al país con muy pocas estaciones repetidoras. Gran escepticismo
causaba la instalación de estas antenas, cuya ganancia era muchísimo mayor que
la de las usadas hasta entonces. Por esta razón se exigió al fabricante una altísima
garantía de funcionamiento. Como se excluían la fuerza mayor y el caso fortuito
en las condiciones del contrato, tuvo que enviarse un segundo equipo por barco
previendo que se cayera el avión en el que venían los equipos principales.
Recuerdo que había que montar la gigantesca antena de 30 metros en la
azotea del Hospital Militar, que estaba en obra negra. Había que subir 20 pisos
a pie cuando no había malacate. Y montarla era de la mayor urgencia. Olimpo
1. Entrevista concedida por Fernando Gómez Agudelo a Ana María Bidegain. Marzo
de 1993. Archivo personal Teresa Morales de Gómez.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 287-300 [ 291 ]


Teresa Morales de Gómez

Gallo, jefe de la obra del Hospital reunió a su ejército de trabajadores y pidió


voluntarios para esa tarea titánica. Todos se presentaron.
Recuerdo un sábado por la mañana, cuando entre todos esos muchachos
izaron la estructura gigantesca armados de manilas, escaleras y vigas de madera.
Era un prodigio verlos trabajar.
Los técnicos que llegaron más tarde no tuvieron nada que corregir.
Se pensó en instalar los transmisores en Monserrate, pero la señal irradia-
da pasaría por encima de la ciudad y la imagen se perdería. Se decidió entonces
instalarlos en la azotea del Hospital Militar, como vimos mas arriba. Desde allí
se veía toda la Sabana y se vislumbraba la repetidora del Ruiz. Pero a los médi-
cos les preocupaba que la irradiación afectara a los enfermos o interfiriera con
los delicadísimos equipos médicos. Hubo que traer especialistas en el tema para
zanjar todas las dificultades y obtener el permiso.
Cito a Fernando literalmente:
Los transmisores había que mandarlos en avión, era un proceso ad-
ministrativo complicadísimo, pero si los mandaban por barco no alcanza-
ban a llegar; los alemanes los mandaron en avión por KLM. Pero cuando
llegaron a Bogotá me llama el director de la Aeronáutica Civil y me dice:
“lo siento, pero ese avión no puede aterrizar porque no hay convenio con
Holanda, no puede aterrizar”.
-“Espere un momentico, yo lo vuelvo a llamar”. Llamé a Rojas y le
dije: “Excelencia, nuestros transmisores están volando encima de Bogotá,
pero no pueden aterrizar.”
-“¿Cómo así?”, dijo.
-“No hay convenio con Holanda y yo no sé de eso. No sé de derecho
internacional.”
-“¡Carajo! Gómez, llame a ese señor y dígale que queda destituido
y usted queda nombrado jefe de la Aeronáutica Civil mientras aterriza el
avión. Después nombramos a otro”.

Sobra decir que el avión aterrizó sin problema.


Ahora hay que pensar en los estudios. Las cámaras, las luces, las consolas
con los millones de switches. E instalarlos. Era una locura. Fernando viajó a los
Estados Unidos para adquirirlos: eran la solución adecuada pues para los ope-
rarios era más fácil trabajar con técnica norteamericana. Fueron escogidos los
equipos Dumont y más adelante se importaron las cámaras RCA.
Se proyectó el nuevo edificio de la telefónica para los estudios, pero no
cabían ni la tramoya ni los bakings por los ascensores. Tampoco la altura de los

[ 292 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Crónica del nacimiento de la
televisión en Colombia

techos permitía la instalación de las altas grillas de iluminación. Como todo te-
nía que hacerse a las carreras se decidió que el estudio uno se podría instalar en
los sótanos de la Biblioteca Nacional que estaban desocupados en ese momento.
Entre las muchas personas que se oponían a la idea estaba yo, que venía de
una familia de bibliófilos y me aterré con la perspectiva. La idea de un incendio
en un espacio que guardaba la memoria del país, donde estaban nuestros incu-
nables y los testimonios de nuestra nacionalidad en frágiles hojas de papel…
“¡Qué horror! ¿No se puede en otra parte?”
Dos recuerdos me asaltan recordando esos momentos: las palabras tran-
quilizadoras de Fernando: “no te afanes. Es por muy poco tiempo. Ya están en-
cargados los estudios en el Centro Administrativo Nacional, CAN. Los cons-
truirán Cuéllar Serrano Gómez y los diseñara el ingeniero Dushinky un experto
mundial. Es por unos días. Puedes estar tranquila”.
Pero él no quedó tranquilo. Se fue para la estación de bomberos. Y para su
espanto descubrió que las mangueras del cuerpo de bomberos de Bogotá esta-
ban inservibles. Aterrado se ocupó de reemplazarlas, cometiendo un peculado
por apropiación por el cual fue juzgado y que le trajo muchas horas de amargura.
Se apilaban las dificultades, los problemas. Las 24 horas del día no eran
suficientes y se contaban ya no los días, sino las horas.
-“Bueno. Ya tenemos transmisores. Ya tenemos cámaras y luces.”
-“¿Y todo esto quién lo va a operar?
-“Los antiguos técnicos de la Radio Nacional están más que listos,
pero no hay quien les enseñe el manejo de equipos tan sofisticados.”
-“¡Y ya es el mes de mayo!

Fernando Gómez sabe que en Cuba el personal técnico es excelente y deci-


de viajar para contratar operarios que sepan su oficio, además hablan español.
Gómez pidió una cita con Goar Mestre, el zar de la televisión cubana, dueño de
CMQ. Es decir, del Canal 11. Cuando llegó a La Habana se enteró de que Mestre
no lo recibiría, pues decía que no hablaría con un funcionario que trabajara
para una dictadura. Y ese era el tiempo de Batista! Qué tal.
Veinte años más tarde lo encontramos en Buenos Aires. Había perdido
su imperio pero no su porte de príncipe. Siempre acompañado por Alicia, su
bellísima esposa muy fina y enjoyada. Fue socio de Fernando Gómez y siempre
guardó silencio sobre el encuentro cubano.
Pero de todas maneras, Gómez se quedó parado en un corredor, sin saber
qué hacer. Contaba él más tarde que se le había acercado una persona y le había
dicho que sabía que estaba buscando técnicos. Le informó que se acababa de

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 287-300 [ 293 ]


Teresa Morales de Gómez

cerrar el canal cuatro y que todo el equipo de operarios había quedado cesante.
Era un equipo ya conformado que no necesitaba entrenamiento. Era un verda-
dero golpe de suerte. ¡Un milagro!!!
Los localizó, les contó lo que estaba haciendo en Colombia y les dijo que
los necesitaba con urgencia. Fernando recordaba:
… hablé con cada uno de ellos y les dije “Caminen, con sus mujeres,
sus niños, sus perros y sus gatos. Con todo. Se van todos conmigo en el
avión”. Eran la maravilla de operadores. Me los traje, eran como treinta cu-
banos. Sin egoísmo. Trabajaron, enseñaron, ninguno se quedó. Trabajaron
y se fueron.

Llegaron el 26 se mayo. Tendrían que empezar a trabajar dos días después.


Recuerdo nombres: Sergio Sagarra, Fernando Virgos, Siqueiro, el operador de
audio y, Dionisio Kamanel, el luminotécnico que corría por la parrilla, allá arri-
ba, muerto de la risa. Llegaron también los colombianos, entre ellos Guillermo
Barriga, con quién me reúno todos los años para repetir estos mismos recuer-
dos por milésima vez.
Muy importante era Gaspar Arias, un cubano muy elegante, con un abrigo
camel para protegerse del frío bogotano. Era el productor y estaba fascinado
con la mística con la que trabajaba todo el mundo. Los avances tecnológicos
eran un misterio para los colombianos enfrentados a problemas desconocidos:
cada día tenían que inventar una nueva solución.
Aquello parecía la torre de Babel: los ingenieros hablaban alemán, la gente de
las cámaras en inglés, no sé porqué se oía hablar en portugués, y los nativos hablá-
bamos en lo que podíamos. Pero había un ambiente de desafío, de ganar una carre-
ra que estimulaba las mejores cualidades de esos jóvenes empeñados en triunfar.
En ese momento llegó un alemán inolvidable: Wilhelm Puth. El doctor
Puth había trabajado en la radio de Hamburgo y después pasó a Berlín a traba-
jar con la principal emisora alemana. Cuando estalló la guerra trabajó como co-
ronel de comunicaciones en Berlín. Pasada la guerra viajó a los Estados Unidos
para trabajar en el departamento de Estado, en las estaciones de onda corta en
las emisiones que se originaban para la Unión Soviética. En Washington recibió
una oferta para que viniera a trabajar en Colombia. Contaba en una entrevista
concedida al semanario Teletex de Inravisión, que “tan pronto me conecté con
Fernando Gómez, él me dijo “Muy bien, doctor Puth: Comience a trabajar. Ini-
cie sus actividades inmediatamente”2.
2. “Wilhelm Puth. Un cerebro fugado de Alemania”, Teletex. Órgano informativo del
Instituto Nacional de Radio y Televisión, 5 (s.f.): 4 y 5

[ 294 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Crónica del nacimiento de la
televisión en Colombia

Aunque el ingeniero Puth era un hombre de radio y venía contratado para


montar los equipos Telefunken que la Radio Nacional había adquirido, tuvo
que enfrentarse al montaje de los equipos Siemens, adquiridos para la red de
televisión y a manejar el relevo de los técnicos cubanos por los colombianos. A
su diligencia y talento le debemos el montaje de muchos de los transmisores de
la red: instaló el dificilísimo localizado en el cerro de Gualí, en el Ruiz, a 36 ki-
lometros de Manizales y a 4.850 metros sobre el nivel del mar. Es el centro de la
cadena y allí se instalaron las famosas antenas unidireccionales para enlazar con
las otras estaciones del país. Intervino también el doctor Puth en la instalación
de aquellas que cubrían a Boyacá, la Costa, el Cauca y los Santanderes.
El estudio de la red es apasionante, pero desborda el límite temporal que
rige este trabajo. Espero que se haga algún día, pues muestra una visión am-
biciosa y moderna de lo que se planeaba como un gran centro educativo para
Colombia. Eran los sueños de un visionario. Pero sin el apoyo de un gobierno
comprometido con la idea (y rico, además) su puesta en práctica era imposible.
La red de entonces era la semilla de la red que se usa hoy para los canales
del Estado; el sistema diseñado se convertiría en uno de los mas importantes
avances en nuestro sistema de comunicaciones. El primer transmisor se había
instalado en la azotea del Hospital Militar, como ya hemos recordado, y el se-
gundo era el del Ruiz. La primera prueba técnica se realiza en mayo, un mes an-
tes de la inauguración. Se transmite el patrón de la televisora, la primera página
del periódico El Tiempo y la imagen de una persona en movimiento. Esta señal
se envía al transmisor del Hospital Militar y de ahí irradia para toda la ciudad.

La señal surgió perfecta, nítida y clara. Era todo un éxito.

En Bogotá la señal fue recibida por unos trescientos receptores, que se


colocaron en las vitrinas de los almacenes, en restaurantes y hoteles. Esa noche
llovía a cántaros pero eso no impidió que la gente se arremolinara en las calles,
fascinada con el nuevo invento. A partir de esa fecha y comprobado el éxito, la
gente empezó a ilusionarse con la compra de los “televisores”.
A mediados del año de 1954, el gobierno abre una licitación para impor-
tar diez mil receptores de 17 pulgadas para facilitar la adquisición de aparatos
modestos y económicos. Dice Fernando Gómez:
El objeto de traer esta cantidad de televisores obedece al deseo de
popularizar la televisión, que está orientada hacia gentes de diferentes tipos
de cultura y facilitar la adquisición a quienes carecen de dinero suficiente
para adquirir un aparato.

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 287-300 [ 295 ]


Teresa Morales de Gómez

No ofrece competencia para los comerciantes que están importando


telerreceptores finos y costosos. El gobierno financia la venta de estos tele-
rreceptores, los cuales se ofrecerán con un año de servicio pagado, inclu-
yendo la instalación y los repuestos. El precio de venta de cada uno de los
aparatos será de $400, de 17 pulgadas y se venderán por medio de coopera-
tivas y de entidades similares a la Caja Agraria.

En septiembre se abre una licitación para importar 15.000 televisores de


21 pulgadas y no 10.000 de 17, como se había dicho inicialmente. Ganaron la
licitación las marcas Philips, Emerson y Raytheon, que estaban autorizadas para
traer 5.000 cada una. La condición puesta por el gobierno era que no debían
superar los USD 90 dólares. La medida de vender los televisores muy baratos
y con grandes facilidades, no fue muy del agrado de los comerciantes, por su-
puesto, pero creó una cierta simpatía por estos modestos televisores, que se
compraban tan fácilmente en el Banco Popular.
Pero esa noche lluviosa, fascinada con los bailes y los cantos, nuestra mo-
desta capital de ochocientos mil bogotanos, no se preguntaba que iría a salir al
día siguiente y la verdad era que nadie sabía. Nadie se había preocupado seria-
mente por la programación. Ni grandes ni chicos. Se vino encima la inaugura-
ción y no había mucho qué presentar. Se piensa inmediatamente en la gente del
radioteatro que estaba muy bien entrenada, las obras presentadas por la Radio
Nacional tenían tal categoría que se repetían en el Teatro Español de la BBC.
Pero fuera de los conjuntos musicales que interpretaban canciones folclóricas,
y los cantantes populares no había mucho más de donde echar mano.

Llegó el 13 de junio de 1954

La programación se iniciaba con un pequeño corte de la bandera tricolor


y el himno nacional interpretado por la orquesta sinfónica nacional. Seguía la
alocución del presidente de la República, teniente general Gustavo Rojas Pinilla,
emitida por control remoto desde el palacio de San Carlos. En este discurso
daba respuesta a la imposición del gran collar de la orden trece de Junio, que le
había sido otorgada por los altos mandos militares.
El inaugurar la televisión con un control remoto era una empresa tec-
nológica de un audacia suicida. Hacerlo desde un estudio era ya un desafío,
pero hacerlo desde el palacio de San Carlos era un salto al vacío. Pero no había
remedio: el Presidente hablaría desde allí. Y desde allí había que dar cambio al
estudio desde donde se emitiría el resto de la programación.

[ 296 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Crónica del nacimiento de la
televisión en Colombia

En los estudio se iniciaba la programación con un concierto del violinista


Frank Preuss y la pianista Hilde Adler. A continuación se trasmitía el Noticiero
Internacional “Tele News” seguido por un sketch escrito por Álvaro Monroy
Guzmán, libretista de la emisora Nuevo Mundo. Lo interpretaban Los Tolimen-
ses, un dúo de cantantes muy populares que resolvió actuar en el pequeño nú-
mero cómico; representaban a un campesino que va por primera vez a misa y
no entiende nada.
Seguía un drama escrito por Bernardo Romero Lozano que se llamaba “El
niño del Pantano”. El niño era su hijo Bernardito, más tarde famoso director,
que en ese entonces tenía trece años y que se dejó disfrazar con ramas y plásticos
pegados con cosedora. Seguían unas danzas colombianas interpretadas por el
ballet de Kiril Pikieris, se acaba la transmisión y nadie se sabe que van a pasar
al día siguiente.
La Radio Nacional hace una importación de películas, siempre con la con-
signa que fueran culturales o didácticas, pero no solucionaban los problemas
sino en una mínima parte.
La incertidumbre en el equipo de producción era total: surgían algunos
programas fijos, pero la improvisación era la regla. Tanto el personal técnico
como los artistas estaban viviendo una experiencia alucinante, todos estaban
aprendiendo a improvisar frente a las cámaras, ya que todo se hacía en directo,
casi sin tiempo de ensayar. Cuando no se sabía que hacer siempre se podía recu-
rrir a Luís Bacalov, un pianista argentino, amigo de Fernando, futuro ganador de
un Oscar. Luís se ponía una boina y tocaba tangos a la maravilla o un frac para
interpretar una suite de Bach. Bernardo Romero Lozano, fundador de la escuela
de arte dramático era el gran director artístico. Más adelante entró Víctor Malla-
rino y entre los dos formaron una gran escuela que llegó a unos niveles altísimos.
En los primeros días abundan las “Estampas” en las que cabía cualquier
cosa: ballets, canciones, orquestas, declamadores, diga no más. Como la tele-
visión venía de una radio muy buena se trasladó ese saber a los estudios. Pro-
gramas costumbristas exploran la cotidianidad colombiana. En julio de 1954
aparece “Hogar, dulce hogar”, de Víctor Mallarino. El 1º de agosto se transmiten
las carreras de caballos desde el hipódromo de Techo; fue un gran éxito.
Poco a poco vamos aprendiendo. Llega Gloria Valencia de Castaño con un
programa llamado “Conozca los autores”, con entrevistas a poetas y novelistas,
heredado de la HJCK, el doctor Enrique Uribe White presenta un pretencioso
programa que se llamaba “Preguntando” pero no dura mucho. Debo recordar
un anuncio en el periódico que decía “Vendo televisor motivo Uribe White”. Se
mostraba ya la esencia del medio, sus exigencias, sus demandas, su carácter de

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 287-300 [ 297 ]


Teresa Morales De Gómez

entretenimiento masivo, sobre el cual se han escrito tantos y tantos volúmenes.


La gente, con su televisor recién comprado pide algo substancioso, quiere di-
versión y más diversión. En noviembre llega un programa religioso llamado
“Fe y Liturgia”. Se presenta Monseñor Emilio de Brigard y para completar una
película sobre el Papa. No era mucho.
En enero de 1955 empieza el “Minuto de Dios” presentado por el padre
Rafael García Herreros, el “Telepadre”, quién a pesar de su tono adusto logra el
cariño y la atención de los televidentes. Sus ejecutorias: el barrio del “Minuto de
Dios” y el Banquete del Millón son ejemplares.
Recuerdo a “La rosa de los vientos”, un programa de Marta Traba, críti-
ca de arte argentina. Mostraba los países donde se habían originado diferentes
movimientos artísticos analizando su importancia. Marta Traba era una mara-
villosa expositora, muy amena y erudita. Su papel en el desarrollo de las artes
plásticas colombianas se ha discutido mucho, pero entonces los juicios estéticos
de la “papisa” no tenían apelación. Mandó al siglo xix a todos los grandes pinto-
res y muralistas de la época, y le abrió a la nueva generación un camino esplen-
doroso. Hoy, sesenta años más tarde nos seguimos nutriendo de sus conceptos.
En cuanto a los niños había programitas de “monos animados”. Más tarde
llegó el “Tío Alejandro”, pero no está dentro de las fechas que nos limitan.
El gobierno y más específicamente el doctor Jorge Luís Arango, jefe de la
Oficina de Información y Prensa, deseaban que la Televisión fuera educativa y
cultural y nada más. Para lograrlo ejercen una censura rigidísima. Se prohíbe
ejecutar canciones cuya letra sea ordinaria o vulgar. No se pueden contar chistes
verdes o de doble sentido. Todo debía ser dentro del mayor decoro. Pero era
muy difícil complacer estas exigencias y divertir a los televidentes del común,
que se aburrían con los conciertos de música clásica o las conferencias educa-
tivas. Preferían reírse con los chistes de los Tolimenses. La cultura era difícil de
imponer por medio de la televisión.
Estamos a finales de 1955, Colombia tenía grandes problemas de orden
público, de analfabetismo y de pobreza. El gobierno del general Rojas Pinilla
trabajaba (es mi recuerdo) con la idea de modernizar al país. La infraestructura
física era una de las preocupaciones constantes, los aeropuertos, el Centro Ad-
ministrativo Nacional, el Hospital Militar, las carreteras, la televisión.
Sin problemas financieros por el momento, se logró una programación
maravillosa. Teníamos un teleteatro que ofrecía versiones de la mejor literatura
y la escena del mundo. Vimos obras de Ibsen, Arthur Miller y García Lorca. Tea-
tro de Shakespeare y Bernard Shaw, y por supuesto teatro español, que corría
por cuenta de Fausto Cabrera.

[ 298 ] Boletín de Historia y Antigüedades


Crónica del nacimiento de la
televisión en Colombia

El General Gustavo Rojas Pinilla condecorando a Fernando Gómez


Agudelo. En Trayectoria de las comunicaciones en Colombia, editado
por Luis Horacio López (Bogotá: Ministerio de Tecnologías de la
Información y las Comunicaciones, 2009).

Es la época de la llegada del gran maestro japonés Seki Sano. En ese mo-
mento uno de los mejores directores del mundo. Había sido discípulo y colabo-
rador de Stanislavski y estaba dispuesto a trabajar y enseñar en Colombia. No
lo dejaron. Fue acusado de hacer proselitismo marxista e invitado a abandonar
el país. La música clásica tuvo su auge también en esos años privilegiados, la
orquesta sinfónica nacional estaba dirigida por el inolvidable Olaf Roots, y en
ella tocaban músicos europeos de primera magnitud, que habían venido a Co-
lombia escapando de la guerra. Con la sinfónica tocaron Arthur Rubinstein y
Stravinsky, nada menos.
La idea del gobierno era usar la red que cubría todo el país, para alfabe-
tizar, educar e ilustrar al pueblo. Esa era la misión de la televisión. ¿Era una
utopía? No sé la respuesta.
Debemos recordar que el nombre del ente era Radio Televisora Nacional.
Era una entidad gubernamental y no un bien público. El permiso a particulares
de intervenir en la programación se da cuando los comunicadores (entre ellos el
gobierno) se dan cuenta de que el manejo de la televisión es un asunto de mu-
chísimo dinero y que el Estado, por sí mismo no está en capacidad de asumirlo.
Cuando pasa la bonanza cafetera y se interrumpen los patrocinios estatales, hay
que decidirse por un sistema mixto en el cual el Estado arrienda espacios a los

Vol. CI, no. 858, enero-junio de 2014, páginas 287-300 [ 299 ]


particulares para que los programen y los exploten como les parezca. En ese
momento entran la política y el deseo de poder a tomar parte del juego. Creo
que esa crónica, que es jugosa, debe escribirla otra persona.
Boletín de historia y antigüedades / Vol. CI, no. 858, enero - junio de 2014

Gimnasio Moderno.
Cien años

A lb erto C or r a d ine Angulo


Miembro de Número. Academia Colombiana de Historia

En el mes de marzo, el Gimnasio Moderno celebró con todo el


esplendor de una institución seria y decantada, su primer centenario de exis-
tencia. Las diferentes ceremonias realizadas con la asistencia de un número im-
presionante de sus propios exalumnos, que alguno de los oradores estableció en
más de 3000, sin contar los familiares que los acompañaron, se inició con una
misa celebrada por el señor arzobispo y cardenal de Bogotá, el capellán y otros
varios sacerdotes. Todo un contraste con la escueta ceremonia que se realizó
ese 18 de marzo, según lo oí relatar en más de una ocasión por cuatro testigos
presenciales y de la cual hablaremos luego.
La misa solemne estuvo acompañada por un impresionante coro de cien
voces, resultado de la unión de los coros de varias otras instituciones, tanto
de hombres como de mujeres, sin olvidar un pequeño coro de niños de pocos
años que cantaron como verdaderos ángeles. Además contribuyó la orquesta
sinfónica de Batuta que se comportó a la altura de las circunstancias a tal pun-
to que merecieron luego de terminar los oficios un prolongadísimo aplauso.
Fue éste el mejor acto de los preparados por los organizadores pues los varios
discursos que se pronunciaron coincidían en repetir muchos conceptos y de
longitudes generosas para estar al sol que se produjo durante unas cuatro horas.

Cómo citar este artículo:


Corradine Angulo, Alberto. “Gimnasio Moderno. Cien años”, Boletín de Historia y Antigüedades
101: 858 (2014): 301-304.

[ 301 ]
Alberto Corradine Angulo

Curiosamente se repasó con cuidado el trascurrir de la vida del colegio durante


los últimos 50 a 60 años sin recordar los primeros momentos en los cuales se
consolidaron las políticas educativas, como importante experimento preconi-
zado por los principales educadores europeos, que esos años significaban una
total revolución. No sobra recordar que aún durante el desarrollo de la primera
Gran Guerra, las personas adineradas viajaban con facilidad a Europa y por eso
don Agustín, dueño de una buena fortuna pudo traer a su costa personas como
Decroly o la señorita Montessori, contribuyendo de esa forma al prestigio del
gimnasio, además de haber despertado la curiosidad y satisfacción de esos dos
pioneros de nuevos métodos de enseñanza.
Cabe recordar que a fines del siglo xix, el rector de la facultad de filosofía y
derecho de la Universidad Nacional, planteó la necesidad de reformar el sistema
educativo, utilizando para el mejor desempeño aulas circulares u octogonales,
sin lugar para un tablero, precisamente para ser empleadas con los niños peque-
ños. Unos planos complementaban su propuesta. En ese momento de la histo-
ria se organizaron los cursos para formar docentes o normalistas. El mundo de
la educación se encontraba en plena evolución intentando la renovación de los
principios pedagógicos1.
Para esos años anteriores al inicio de la Gran Guerra, don José María Sam-
per había viajado a Europa con una mirada escrutadora para entender la existen-
cia de nuevas maneras de ver la vida y de prepararse para alcanzar ese fin. Hacía
pocos años que el caballero inglés “Sir”, había comenzado aponer en práctica de
idea de aglutinar a los jóvenes alrededor de ideales altruistas y formar hombres
de bien a partir de juegos, cantos y excursiones que animan la organización scout
en el mundo captó la idea y obtuvo las informaciones necesarias con lo cual al re-
gresar al país podía comenzar a realizar su organización. A lo anterior agregó las
ideas que orientaban el funcionamiento de los más importantes colegios ingleses
para formar la niñez. Por esa razón le sugirió a Agustín Nieto Caballero quien
estudiaba derecho en París para que se interesara en formarse como pedagogo,
pues era una profesión que se necesitaba en Colombia y en ese sentido le dirigió
alguna carta aun lo afirmaba su hijo “Chepe” o simplemente “Chepito”, como le
decíamos sus amigos. Varias reuniones se hicieron en las postrimerías del año de
1913 encaminadas a organizar una empresa que pudiera asumir los gastos y la
organización de un plantel educativo totalmente novedoso.
Nuestro amigo, el profesor Luis Enrique Reyes Solano que conocía a todos
los invitados a formar la empresa, también conocía a Alberto Corradine Varela

1. Anales de la Universidad Nacional de los Estados unidos de Colombia, 10 (1876).

[ 302 ]
Gimnasio Moderno. Cien años

por haber sido su alumno en el colegio que fundara en Zipaquirá en 1910, con
el nombre de León xiii, que curiosamente funcionó en el mismo local del San
Luis que había regentado su maestro el doctor José Joaquín Casas. En ésa época
el doctor Alberto Corradine Varela acababa de regresar de Santa Marta, luego de
tres años de permanencia, a donde había sido invitado a dirigir el Liceo Celedón
recientemente creado, por insinuación de su director de tesis monseñor Carras-
quilla, rector del Colegio Mayor del Rosario, y que versó sobre “La Educación en
Colombia”2. El profesor Luis Enrique Reyes por esas calendas contaba con unos
18 a 20 años, y fue quien puso en contacto al doctor Corradine Varela con el gru-
po que venían formando don José María Samper Brusch y su hermano Santiago.
En las reuniones tenidas en los primeros meses del año 1914 se fueron acor-
dando la forma de organización, su capital, los aportes de cada socio y natural-
mente estudiando el sitio en el cual podía iniciar labores el nuevo plantel. El sitio
escogido fue el que ofreció uno de los nuevos socios, estaba formado por un am-
plio predio con algunas edificaciones que podían usarse como aulas y oficinas.
Curiosamente el aspecto que más impresionó a los primeros estudiantes
fue encontrar un piso negro a causa del ripio de carbón mineral, que se había
trasegado en él, y varias edificaciones que pronto denominaron “los Torreones”.
En éstas circunstancias el día 18 de marzo de 1914, se dieron cita en el patio del
nuevo plantel, los fundadores y los niños que formarían el cuerpo escolar de
Gimnasio Moderno.
Los primeros son un grupo de hombres de negocios, empresarios y co-
merciantes de diversas edades y unos pocos profesionales. Personas serias, pa-
dres de familia que llevaron allí a sus hijos para que se formaran. Y por otra
parte un número limitado de niños, pues al parecer no todos concurrieron ese
primer día, sino que llegaron en los subsiguientes para integrarse al plantel. Un
poco en posición intermedia se encontraba el profesor Reyes solo, pues no llegó
ese día ningún otro profesor.
El señor rector dirigió unas palabras de los estudiantes, y otro tanto hicie-
ron varios de los fundadores participantes en el acto. Ninguno de los alumnos
se acordaba del tema tratado, solamente que quedaban a órdenes del profesor
Reyes, y luego de haberse retirada la planta de fundadores el invitó a los niños a
hacer un paseo por las laderas de los cerros, para lo cual aprovechó la observa-
ción de la Naturaleza, haciendo notar la presencia en todas las plantas de tres ele-
mentos fundamentales: la raíz, el tallo y las hojas, como lo recordaba en todas las

2. Alberto Coradine Varela, La educación en Colombia (Bogotá: tesis de Grado, Co-


legio Mayor del Rosario, Imprenta de la Luz, 1909).

[ 303 ]
Alberto Corradine Angulo

reuniones que tuvimos En ese soleado día de marzo se iniciaron las excursiones
clásicas que realizan los alumnos del Gimnasio Moderno con mucha frecuencia.
Cabe recordar que el señor rector ya tenía suficiente experiencia en esas la-
bores puesto que tanto en el colegio fundado por él, donde había tenido que or-
ganizar las labores de los docentes, distribuir los alumnos según sus adelantos y
en general planificar todas las labores, tanto pedagógicas como administrativas.
Para el caso de Liceo Celedón como el colegio había sido fundado un par de años
antes, muchos pasos se podían obviar pero se requería evaluar las capacidades
de los docentes. De todas maneras su permanencia en ese plantel fue gratamente
recordada a juzgar por los diversos artículos que sobre el doctor Corradine Varela
se publicaron por entonces en Santa Marta y en especial en el órgano literario del
colegio. El motivo de su cumpleaños antes de concluir su segundo año de gestión,
junto con la opinión del doctor Campos Campos estudiante por entonces y sa-
mario rancio, hijo del constituyente de 1886 su homónimo quien había oído de su
hermano mayor algunas opiniones. Muchos años más tarde fue rector y docente
de Colegio Sugamuxi, de Sogamoso por los años de 1926 a 1928 donde algunos
de sus alumnos organizaron para 1988 un homenaje a su nombre, encabezado
por el abogado y nuestro colega académico, doctor Gabriel Camargo Pérez, junto
con el que también se realizó al magistrado de la corte suprema Alfonso Patiño
Roselli, quien me hacía énfasis sobre la cátedra que dictaba el doctor Corradine
Varela: “Geografía Económica de Colombia”, por considerarla muy valiosa para
su formación intelectual no expuesta en otros centros docentes. Años más tarde
se desempeña como rector del Colegio Universitario de Vélez, donde otro colega
de ésta academia el general Alfonso Mejía Valenzuela, fue también su alumno en
1935 y lo recordaba como un individuo recto, exigente pero ecuánime.
Podríamos señalar que los alumnos que traté de esa primera promoción
se desempeñaron en la vida en diversas áreas de la actividad humana, baste
recordar a Carlos Nieto Latorre, ingeniero que debió atender trabajos en áreas
infestadas de bandoleros como el páramo de Almorzadero y más tarde en la
Siderúrgica Paz de Rio, siendo por otra parte un buen pianista; Juan Carras-
quilla Botero que varios de los académicos más veteranos de ésta academia lo
conocieron y trataron, abogado, trabajó muchos años en el tema de titulación
de tierras que interesaban a la empresa petrolera Texas. Finalmente José María
Samper, “Chepito” quien se desempeñó por un tiempo en las filas del ejército.
Sirvan estas líneas para ampliar las que ofrecen los libros publicados sobre
la historia del Gimnasio Moderno.

[ 304 ]
Autore s

DAVID BUSHNELL (1923-2010)


Doctor en historia de la Universidad de Harvard y profesor emérito
de la Universidad de Florida en Gainesville. Fue un distinguido pro-
fesor de historia latinoamericana en diferentes universidades en Estados
Unidos, como la Universidad de Delaware. Fue editor en jefe del Hispanic
American Historial Review. Reconocido como el “padre de los colombia-
nistas”, debido a su gran número de investigaciones dedicadas a la historia
política de Colombia en los siglos xix y xx, como también sobre Argen-
tina y América Latina, entre otros. Dentro de su acervo documental se
encuentran un sin número de publicaciones, entre ellas se destaca su tesis
doctoral El Régimen de Santander en la Gran Colombia (1819-1927), como
también Colombia. Una nación de a pesar de sí misma, ensayos de historia
política de Colombia y Simón Bolívar, proyecto de América.

LUIS HORACIO LÓPEZ DOMÍNGUEZ


Antropólogo, Universidad de los Andes. Tiene estudios de postgra-
do en Psicología Social, Universidad Nacional Autónoma de México, en
Comunicación Social de la Universidad Iberoamericana de México y en
Administración cultural en Inciba, Caracas. Fue subdirector de comuni-
caciones culturales de Colcultura, decano de la facultad de humanidades
de la Universidad del Cauca, coordinador ejecutivo del departamento de
antropología, Universidad de Los Andes, director del Centro Regional para
el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe - Cerlalc y consultor
de la Unesco en El Salvador, Perú y Colombia. También fue presidente del
Instituto Andino de Artes Populares y miembro de la Asociación Colom-
biana para el Avance de la Ciencia. Asesor del Ministerio de Tecnologías
de la Información y las Comunicaciones en el área filatélica. Miembro de
Número y secretario de la Academia Colombiana de Historia.

FERNÁN E. GONZÁLEZ G. S.J.


Estudios de pregrado en Filosofía y letras y Teología en la Ponti-
ficia Universidad Javeriana, Bogotá, maestrías en Ciencia Política de la
Universidad de los Andes y de Historia de América Latina (PhD) en la
Universidad de California, Berkeley. Sus investigaciones y publicaciones
se han enfocado sobre la historia política de Colombia y América Lati-
na, la relación iglesia y Estado y el desarrollo histórico de la violencia
en Colombia durante los siglos xix y xx, consagrándolo como unos de
los investigadores más importantes en el país. Vinculado por más de 40

[ 341 ]
Del Boletín

años al Centro de Investigación y Educación Popular - Cinep, del cual ha


sido su director y coordinador de proyectos, entre ellos, el Observatorio
Colombiano para el Desarrollo Integral, la convivencia ciudadana y el
fortalecimiento institucional en regiones afectadas por el conflicto arma-
do – Odecofi y del Programa Construcción de Paz y Desarrollo. Ha sido
profesor de varias universidades dentro y fuera del país. Es el director
del Boletín de Historia y Antigüedades, de la Academia Colombiana de
Historia.

NATALIA LEÓN SOLER


Historiadora de la Universidad Externado de Colombia. Asistente
editorial del Boletín de Historia y Antigüedades de la Academia Colom-
biana de Historia y de la Revista Credencial Historia. Sus áreas de interés
son la historia urbana, trabajada desde una perspectiva social con énfasis
en aspectos de la vida cotidiana durante los siglos xix y xx. En 2013 repre-
sentó al Proyecto de Historia de la Universidad Externado de Colombia en
el xviii Congreso de la Asociación de Colombianistas (Boston, Massachu-
setts), proyecto en el cual se desempeña como asistente de investigación.

ROGER PITA PICO


Politólogo con Opción en Historia de la Universidad de los Andes.
Especialista en Gobierno Municipal y en Política Social de la Pontificia
Universidad Javeriana; Diplomado en Gestión de Campañas Electorales
y liderazgo político moderno de la Universidad del Rosario, Magíster en
Estudios Políticos de la Pontificia Universidad Javeriana. Miembro de Nú-
mero de la Academia Colombiana de Historia.

ALINE HELG
Doctora en Letras de la Universidad de Ginebra, Suiza, donde es
profesora de historia contemporánea. Durante la década de los ochentas,
enseñó en la Universidad de Los Andes y en la Universidad de Texas, Aus-
tin. Cuenta con una amplia experiencia en estudios sobre las américas y
el mundo atlántico desde las guerras de independencia, la diáspora afri-
cana, la etnia, el racismo y los derechos civiles. Entre sus publicaciones se
encuentran Civiliser le peuple et former les élites. L'éducation en Colombie,
1918-1957, conocida en español como La educación en Colombia, 1918-
1957. Una historia social, económica y política (1987); Our Rightful Share:
The Afro-Cuban Struggle for Equality, 1886-1912 (en español: Lo que nos
corresponde: La lucha de los negros y mulatos por la igualdad en Cuba,
1886-1912), entre otros.

[ 342 ]
Autores

ROBERTO PINEDA CAMACHO


Licenciado en Antropología, Universidad de Los Andes, Magíster
en Historia, Universidad Nacional de Colombia y Doctor en Sociología,
Université de la Sorbonne Nouvelle Paris iii. Director del Departamento
de Antropología de la Universidad de Los Andes (1988-1991). Actual-
mente es profesor del Departamento de Antropología de la Universidad
Nacional de Colombia. Miembro de Número de la Academia Colombia-
na de Historia.

JAIME DE ALMEIDA
Licenciado y magister en Historia por la Universidad de París viii-
Doctor en Historia Social de la Universidad de São Paulo y estudios post-
doctoral en la Universidad de Paris I. Fue vicepresidente y presidente de
la Asociación Nacional de Profesores e Investigadores en Historia de las
Américas - ANPHLAC. Profesor Asociado iv (DE) de la Universidad de
Brasilia. Miembro extranjero de la Academia Colombiana de Historia.
Sus áreas de interés Sus áreas de interés son la historia de América Latina
y Caribe, énfasis en fiestas y celebraciones. En los últimos años se ha de-
dicado al estudio sobre Santa Librada.

FRANCISCO BARBOSA DELGADO


Abogado de la Universidad Sergio Arboleda. Especialista en Rela-
ciones Internacionales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y en Regu-
lación y gestión de nuevas Tecnologías de la Universidad Externado de
Colombia. Magister en Historia de la Pontificia Universidad Javeriana y
en Derecho Público de la Universidad Externado de Colombia. Doctor
en Derecho Público de la Universidad de Nantes, Francia. Docente- in-
vestigador del Departamento de Derecho Constitucional de la Universi-
dad Externado de Colombia. Miembro Correspondiente de la academia
Colombiana de Historia.

EFRAÍN SÁNCHEZ CABRA


Sociólogo de la Universidad Santo Tomás. Doctor en historia mo-
derna latinoamericana de la Universidad de Oxford. Agregado cultural
de la Embajada de Colombia en el Reino Unido (1990-1993). Fue direc-
tor del Observatorio de Cultura Urbana de Instituto Distrital de Cultura
y Turismo (2002-2003). Entre sus publicaciones se encuentran Gobierno
y geografía: Agustín Codazzi y la Comisión Corográfica de la Nueva Grana-
da (1998), Ramón Torres Méndez, pintor de la Nueva Granada, 1809-1885
(1987), El mundo del arte en San Agustín (2011), entre otras obras impor-
tantes de la historiografía del arte colombiano. Es Miembro de Número
de la Academia Colombiana de Historia.

[ 343 ]
Del Boletín

TERESA MORALES DE GÓMEZ


Estudios en Filosofía y letras, historia y artes en la Universidad de
Laval en Quebec, Canadá, y en la Universidad de los Andes. Se desem-
peñó como directora de la sala de música de la Biblioteca Nacional de
Colombia y directora del Museo de Arte Colonial. Su participación en la
cultura y las artes de Colombia se ha reflejado en su participación como
vicepresidenta, presidenta y fundadora de la Fundación Arte de la música,
el Club de la televisión y la Asociación Colombiana de Museos – ACOM.
Entre sus investigaciones se encuentra “El tratado Urrutia-Thompson y
sus consecuencias en la política colombiana”, a través de la correspon-
dencia entre Colombia y Estados Unidos. Es Miembro de Número de la
Academia Colombiana de Historia y Academia Colombiana de la Lengua.

ALBERTO CORRADINE ANGULO


Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia y especialista
en Historia de la Arquitectura. Se ha dedicado a la docencia e investiga-
ción en el campo de la arquitectura, la historia, el urbanismo y el arte
en Colombia, como también al ejercicio profesional a la restauración
del patrimonio cultural de Colombia. Ha sido profesor y conferencista
invitado en universidades a nivel nacional e internacional, como son la
Pontificia Universidad Javeriana, la Universidad Pedagógica y Tecnológi-
ca de Tunja y la Universidad de Córdoba, Argentina. Ha sido distinguido
con la Medalla al Mérito otorgada por la Universidad Nacional de Co-
lombia, Medalla Gran Orden del Ministerio de Cultura y la Medalla de
La Sal, otorgada por el municipio de Zipaquirá. Miembro de Número
de la Academia Colombiana de Historia y de la Academia de Historia de
Cundinamarca.

JORGE MORALES GÓMEZ


Licenciado en Antropología de la Universidad de Los Andes y Ma-
gister en Antropología de McGill University, Montreal. Fue director de
los departamentos de Antropología de la Pontificia Universidad Javeria-
na (1975-1980) y del mismo en la Universidad de Los Andes (1985). Es
Miembro de Número de la Academia Colombiana de Historia.

[ 344 ]

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