El Ratoncito Pérez.
Erase una vez Pepito Pérez , que era
un pequeño ratoncito de ciudad ,
vivía con su familia en un agujerito de
la pared de un edificio.
El agujero no era muy grande pero
era muy cómodo, y allí no les faltaba
la comida. Vivían junto a una
panadería, por las noches él y su padre iban a coger
harina y todo lo que encontraban para comer. Un día
Pepito escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y
como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías
hasta llegar a la primera planta. Allí vio un montón de
aparatos, sillones, flores, cuadros..., parecía que alguien
se iba a instalar allí.
Al día siguiente Pepito volvió a subir a
ver qué era todo aquello, y descubrió
algo que le gustó muchísimo. En el piso
de arriba habían puesto una clínica
dental. A partir de entonces todos los
días subía a mirar todo lo que hacía el
doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía
a mirar y apuntaba todo lo que podía en
una pequeña libreta de cartón. Después practicaba con
su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los
dientes, a su hermanita le curó un dolor de muelas con
un poquito de medicina.
Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso.
Venían ratones de todas partes para que los curara.
Ratones de campo con una bolsita llena de comida para
él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones
pequeños, grandes, gordos, flacos... Todos querían que
el ratoncito Pérez les arreglara la boca.
Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con
un problema más grande. No tenían dientes y querían
comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no
podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez
pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que
confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una
duda, subió a la clínica dental a mirar. Allí vio cómo el
doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un
anciano. Esos dientes no eran de personas, los hacían en
una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes,
eran enormes y no le servían a él para nada.
Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la
solución, apareció en la clínica un niño con su mamá. El
niño quería que el doctor le quitara un diente de leche
para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El
doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito
Pérez encontró la solución: "Iré a la casa de ese niño y le
compraré el diente", pensó. Lo siguió por toda la ciudad y
cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un
enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se
esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la
habitación del niño. El niño se había dormido mirando y
mirando su diente, y lo había puesto debajo de su
almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho
encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al
niño un bonito regalo.
A la mañana siguiente el niño vio el regalo y se puso
contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del
colegio. Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus
dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito
Pérez los recoge y les deja a cambio un bonito regalo.
La Bella y la Bestia.
Erase una vez un mercader que antes de irse para un
largo viaje de negocios, llamó a sus tres hijas para
preguntarles qué querían que les trajera a cada una
como regalo. La primera pidió un vestido de brocado, la
segunda un collar de perlas y la tercera, que se llamaba
Bella y era la más gentil, le dijo a su padre: "Me bastará
una rosa cortada con tus manos."
El mercader partió y, una vez ultimados sus asuntos, se
dispuso a volver cuando una tormenta le pilló
desprevenido. El viento soplaba gélido y su caballo
avanzaba fatigosamente. Muerto de cansancio y de frío,
el mercader de improviso vio brillar una luz en medio del
bosque. A medida que se acercaba a ella, se dio cuenta
que estaba llegando a un castillo iluminado. "Confío en
que puedan ofrecerme hospitalidad", dijo para sí
esperanzado. Pero al llegar junto a la entrada, se dio
cuenta de que la puerta estaba entreabierta y, por más
que llamó, nadie acudió a recibirlo.
Entró decidido y siguió llamando. En el salón principal
había una mesa iluminada con dos candelabros y llena de
ricos manjares dispuestos para la cena. El mercader, tras
meditarlo durante un rato, decidió sentarse a la mesa;
con el hambre que tenía consumió en breve tiempo una
suculenta cena. Después, todavía intrigado, subió al piso
superior. A uno y otro lado de un pasillo larguísimo,
asomaban salones y habitaciones maravillosos. En la
primera de estas habitaciones chisporroteaba
alegremente una lumbre y había una cama mullida que
invitaba al descanso. Era tarde y el mercader se dejó
tentar; se echó sobre la cama y quedó dormido
profundamente. Al despertar por la mañana, una mano
desconocida había depositado a su lado una bandeja de
plata con una cafetera humeante y fruta.
El mercader desayunó y, después de asearse un poco,
bajó para darle las gracias a quien generosamente lo
había hospedado. Pero al igual que la noche anterior, no
encontró a nadie y, agitando la cabeza ante tan extraña
situación, se dirigió al jardín en busca de su caballo que
había dejado atado a un árbol, cuando un hermoso rosal
atrajo su atención. Se acordó entonces de la promesa
hecha a Bella, e inclinándose cortó una rosa.
Inesperadamente, de entre la espesura del rosal,
apareció una bestia horrenda que iba vestida con un
bellísimo atuendo; con voz profunda y terrible le
amenazó: " ¡Desagradecido! Te he dado hospitalidad, has
comido en mi mesa y dormido en mi cama y, en señal de
agradecimiento, ¿vas y robas mis rosas preferidas? ¡Te
mataré por tu falta de consideración!"
El mercader, aterrorizado, se arrodilló temblando ante la
fiera: ¡Perdóname!¡Perdóname la vida! Haré lo que me
pidas! ¡La rosa era para mi hija Bella, a la que prometí
llevársela de mi viaje!" La bestia retiró su garra del
desventurado. " Te dejaré marchar con la condición de
que me traigas a tu hija." El mercader, asustado,
prometió obedecerle y cumplir su orden. Cuando el
mercader llegó a casa llorando, fue recibido por sus tres
hijas, pero después de haberles contado su terrorífica
aventura, Bella lo tranquilizó diciendo: "
Padre mío, haré cualquier cosa por ti.
No debes preocuparte, podrás mantener
tu promesa y salvar así la vida!
¡Acompáñame hasta el castillo y me
quedaré en tu lugar!" El padre abrazó a
su hija: "Nunca he dudado de tu amor
por mí. De momento te doy las gracias por haberme
salvado la vida. Esperemos que después..." De esta
manera, Bella llegó al castillo y la Bestia la acogió de
forma inesperada: fue extrañamente gentil con ella.
Bella, que al principio había sentido miedo y horror al ver
a la Bestia, poco a poco se dio cuenta de que, a medida
que el tiempo transcurría, sentía menos repulsión. Le fue
asignada la habitación más bonita del castillo y la
muchacha pasaba horas y horas bordando cerca del
fuego. La Bestia, sentada cerca de ella, la miraba en
silencio durante largas veladas y, al cabo de cierto
tiempo empezó a decirles palabras amables, hasta que
Bella se apercibió sorprendida de que cada vez le gustaba
más su conversación.
Los días pasaban y sus confidencias iban en aumento,
hasta que un día la Bestia osó pedirle a Bella que fuera
su esposa. Bella, de momento sorprendida, no supo qué
responder. Pero no deseó ofender a quien había sido tan
gentil y, sobre todo, no podía olvidar que fue ella
precisamente quien salvó con su sacrificio la vida de su
padre. "¡No puedo aceptar!" empezó a decirle la
muchacha con voz temblorosa, "Si tanto lo deseas..."
"Entiendo, entiendo. No te guardaré rencor por tu
negativa." La vida siguió como de costumbre y este
incidente no tuvo mayores consecuencias. Hasta que un
día la Bestia le regaló a Bella un bonito espejo de mágico
poder. Mirándolo, Bella podía ver a lo lejos a sus seres
más queridos.
Al regalárselo, el monstruo le dijo: "De esta manera tu
soledad no será tan penosa". Bella se pasaba horas
mirando a sus familiares. Al cabo de un tiempo se sintió
inquieta, y un día la Bestia la encontró derramando
lágrimas cerca de su espejo mágico. "¿Qué sucede?"
quiso saber el monstruo. "¡ Mi padre está muy enfermo,
quizá muriéndose! ¡Oh! Desearía tanto poderlo ver por
última vez!" "¡Imposible! ¡Nunca dejarás este castillo!"
gritó fuera de sí la Bestia, y se fue. Al poco rato volvió y
con voz grave le dijo a Bella: "Si me prometes que a los
siete días estarás de vuelta, te dejaré marchar para que
puedas ver a tu padre." ¡Qué bueno eres conmigo! Has
devuelto la felicidad a una hija devota." le agradeció Bella
feliz. El padre, que estaba enfermo más que nada por el
desasosiego de tener a su hija prisionera de la Bestia en
su lugar, cuando la pudo abrazar,
de golpe se sintió mejor, y poco a
poco se fue recuperando.
Los días transcurrían deprisa y el
padre finalmente se levantó de la
cama curado. Bella era feliz y se
olvidó por completo de que los
siete días habían pasado desde
su promesa. Una noche se
despertó sobresaltada por un
sueño terrible. Había visto a la Bestia muriéndose,
respirando con estertores en su agonía, y llamándola:
"¡Vuelve! ¡Vuelve conmigo!" Fuese por mantener la
promesa que había hecho, fuese por un extraño e
inexplicable afecto que sentía por el monstruo, el caso es
que decidió marchar inmediatamente. "¡Corre, corre
caballito!" decía mientras fustigaba al corcel por miedo
de no llegar a tiempo..
Al llegar al castillo subió la escalera y llamó. Nadie
respondió; todas las habitaciones estaban vacías. Bajó al
jardín con el corazón encogido por un extraño
presentimiento. La Bestia estaba allí, reclinada en un
árbol, con los ojos cerrados, como muerta. Bella se
abalanzó sobre el monstruo abrazándolo: "No te mueras!
No te mueras! Me casaré contigo!"
Tras esas palabras, aconteció un prodigio: el horrible
hocico de la Bestia se convirtió en la figura de un
hermoso joven. "¡Cuánto he esperado este momento!
Una bruja maléfica me transformó en un monstruo y sólo
el amor de una joven que aceptara casarse conmigo, tal
cual era, podía devolverme mi
apariencia normal. Se celebró la boda,
y el joven príncipe quiso que, para
conmemorar aquel día, se cultivasen en
su honor sólo rosas en el jardín. He
aquí porqué todavía hoy aquel castillo
se llama "El Castillo de la Rosa".
El cuento de las Hadas.
Erase una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor
asemejaba a la madre en todo, tanto físicamente como
en el carácter, quien veía a la madre veía a la hija. Las
dos eran sumamente antipáticas y llenas de soberbia, a
tal punto que nadie quería estar cerca de ellas, ni vivir
junto a ellas.
La más joven por el contrario, tenía una dulzura increíble,
y por la bondad del corazón, era el
retrato de su padre, y era de una
belleza incomparable que era difícil
encontrar otra joven tan bella
como ella. Naturalmente, como
todos aman a sus semejantes, la
madre tenia predilección por la
mayor y sentía por la menor una
aversión y repugnancia espantosa.
Le hacía comer en la cocina, y todos los que haceres de
la casa le tocaban a ella. Aparte de todo, esta pobre niña
debía dar dos viajes a una fuente distante, de más de
una milla y media a buscar agua y traer un gran cántaro
lleno.
Un día mientras estaba en la fuente llenando su cántaro,
se le acerca una pobre vieja, quién le rogó que le diera
agua de beber. "Pero claro, abuelita, con mucho gusto."
respondió la niña, "espere que le llene la jarra".
Inmediatamente la limpió, la llenó con agua fresca y se la
presentó, sosteniéndola en sus propias manos para que
bebiera cómodamente y hasta saciarse. Cuando hubo
bebido, la viejita le dijo: "Eres tan buena, y tan bella que
por esto no puedo hacer menos que darte un regalo".
Aquella era un hada que había tomado la forma de una
vieja campesina para ver hasta donde llegaba la bondad
de la jovencita. Y continuó."Te doy por regalo que por
cada palabra que sale de tu boca brotará o una flor o una
piedra preciosa".
La muchacha regresó a la casa con el cántaro lleno,
algunos minutos más tarde; la madre estaba hecha una
furia por el minúsculo retardo. "Mamá, ten paciencia, te
pido perdón" dijo la hija toda humilde, y en tanto hablaba
le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos
diamantes enormes. "Pero qué sucede aquí!!" dijo la
madre estupefacta, "me equivoco o estás escupiendo
perlas y diamantes!... Oh pero cómo, hija mía? ..."
Era la primera vez en toda su vida que la llamaba así y
en tono afectuoso. La niña contó ingenuamente todo lo
que le había sucedido en la fuente; y mientras hablaba ,
brotaban los rubíes, topacios de sus labios. "Oh, qué
fortuna!", dice la madre, "necesito enviar también a esta
otra niña.
Mira, Cecchina, mira lo que sale de la boca de tu
hermana cuando habla. Te gustaría tener también a ti
este don?... Es necesario que solamente vayas a la
fuente de agua y si una viejita te pide agua, dásela con
mucha amabilidad." "¡No faltaba más, ir a la fuente
ahora!" reclamó la otra. "¡Te digo que vayas ahora
mismo!" Gritó la mamá.
Salió corriendo la muchacha, llevando consigo la más
bella jarra de plata que había en la casa. ... Apenas había
llegado a la fuente, apareció a una gran señora, vestida
magníficamente, que le pide un poco de agua. Era la
misma hada que había aparecido a su hermana; pero
había tomado el aspecto y vestuario de una princesa,
para ver hasta dónde llegaba la malacrianza de esa
joven. "¡Pero claro" dice la soberbia, "que he venido aquí
para darle de beber a usted! ...¡Seguro!...Para darle de
beber a usted y no a otra persona!...Un momento, si
tiene sed, la fuente está ahí!" "Tienes muy poca
educación, muchacha..." dijo el hada sin inmutarse "Ya
que eres tan maleducada te doy por regalo , que por
cada palabra pronunciada saldrán de tu boca una rana o
una serpiente".
Apenas la vio la madre a lo lejos, que le grita a plena
voz: "¿Como te fue, Cecchina?" "¡No me molestes
mamá!, replicó la muchacha; e inmediatamente escupió
dos víboras y dos ranas Oh Dios, que veo!... la culpa
debe ser toda de tu hermana!, me las pagará!" Y se
movió para pegarle. Aquella pobre joven huyó del rencor
y fue a refugiarse en el bosque cercano.
El hijo del Rey que regresaba de la caza la encontró en
un sendero , y viéndola tan hermosa, le preguntó qué
hacía en ese lugar tan sola, y porqué lloraba tanto. "Mi
madre me ha sacado de la casa y me quería golpear"
Respondió la joven. E hijo del Rey quien vio salir de
aquella boca cinco o seis perlas y otros tantos brillantes,
le rogó que le contara cómo era posible algo tan
maravilloso. Y la muchacha le contó toda la historia de lo
que le había sucedido.
El príncipe real se enamoro de inmediato de ella, y
considerando que el don del hada era mas valioso que
cualquier dote que ninguna de las damas del reino
podrían tener, la llevo sin chistar a palacio y se casó con
ella. La otra hermana, mientras tanto se hizo odiar por
todos de tal manera, que su misma madre la sacó de la
casa; y la desgraciada joven después de tratar de
convencer a muchos de que la recibieran, todo en vano;
se fue a morir al fin del bosque.
FIN.
El cuento de La Ratita Presumida.
Erase una vez, una ratita que era muy presumida. Un
día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de
repente en el suelo ve algo que brilla... una moneda de
oro. La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué
se compraría con la moneda.
¿Ya sé me compraré caramelos... uy no que me dolerán
los dientes. Pues me comprare pasteles... uy no que me
dolerá la barriguita. Ya lo sé me compraré un lacito de
color rojo para mi rabito.?
La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al
mercado. Una vez en el mercado le pidió al tendero un
trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su
casita. Al día siguiente cuando la ratita presumida se
levantó se puso su lacito en la colita y salió al balcón de
su casa. En eso que aparece un gallo y le dice:
¿Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar
conmigo??.
Y la ratita le respondió: ?No sé, no sé, ¿tú por las noches
qué ruido haces??
Y el gallo le dice: ?quiquiriquí?. ?Ay no, contigo no me
casaré que no me gusta el ruido que haces?.
Se fue el gallo y apareció un perro. ?Ratita, ratita tú que
eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo??. Y la ratita
le dijo:
¿No sé, no sé, ¿tú por las noches qué
ruido haces??. ¿Guau, guau?. ?Ay no,
contigo no me casaré que ese ruido me
asusta?.
Se fue el perro y apareció un cerdo. ?
Ratita, ratita tú que eres tan bonita,
¿te quieres casar conmigo??.
Y la ratita le dijo: ?No sé, no sé, ¿y tú por las noches qué
ruido haces??. ?Oink, oink?. ?Ay no, contigo no me
casaré que ese ruido es muy ordinario?.
El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato
blanco, y le dice a la ratita: ?Ratita, ratita tú que eres tan
bonita ¿te quieres casar conmigo??. Y la ratita le dijo:
¿No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches??. Y
el gatito con voz suave y dulce le dice: ¿Miau, miau?. ?Ay
sí contigo me casaré que tu voz es muy dulce.?
Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de
dulce voz. Los dos juntos fueron felices y comieron
perdices y colorín colorado este cuento se ha acabado.
El cuento de Ricitos de Oro.
Erase una vez una tarde , se fue Ricitos de Oro al
bosque y se puso a coger flores. Cerca de allí,
había una cabaña muy bonita , y como Ricitos de
Oro era una niña muy curiosa , se acerco paso a
paso hasta la puerta de la casita. Y empujo.
La puerta estaba abierta. Y vio una mesa.
Encima de la mesa había tres tazones con leche y
miel. Uno , era grande; otro, mediano; y otro,
pequeño. Ricitos de Oro tenia hambre, y probo la
leche del tazón mayor. ¡Uf! ¡Esta muy caliente!
Luego, probo del tazón mediano. ¡Uf! ¡Esta muy
caliente! Después, probo del tazón pequeñito, y le
supo tan rica que se la tomo toda, toda.
Había también en la casita tres sillas azules: una silla
era grande, otra silla era mediana, y otra silla era
pequeñita. Ricitos de Oro fue a sentarse en la silla
grande, pero esta era muy alta. Luego, fue a
sentarse en la silla mediana. Pero era muy ancha.
Entonces, se sentó en la silla pequeña, pero se dejo
caer con tanta fuerza, que la rompió.
Entro en un cuarto que tenia tres camas. Una, era
grande; otra, era mediana; y otra, pequeña.
La niña se acostó en la cama grande, pero la
encontró muy dura. Luego, se acostó en la cama
mediana, pero también le pereció dura.
Después, se acostó, en la cama pequeña. Y esta la
encontró tan de su gusto, que Ricitos de Oro se
quedo dormida.
Estando dormida Ricitos de Oro, llegaron los
dueños de la casita, que era una familia de Osos, y
venían de dar su diario paseo por el bosque
mientras se enfriaba la leche.
Uno de los Osos era muy grande, y usaba
sombrero, porque era el padre. Otro, era mediano
y usaba cofia, porque era la madre. El otro, era un
Osito pequeño y usaba gorrito: un gorrito muy
pequeño.
El Oso grande, grito muy fuerte: -¡Alguien ha
probado mi leche! El Oso mediano, gruño un poco
menos fuerte:
-¡Alguien ha probado mi leche! El Osito pequeño
dijo llorando con voz suave: se han tomado toda
mi leche!
Los tres Osos se miraron unos a otros y no sabían
que pensar.
Pero el Osito pequeño lloraba tanto, que su papa
quiso distraerle. Para conseguirlo, le dijo que no
hiciera caso , porque ahora iban a sentarse en las
tres sillas de color azul que tenían, una para cada
uno.
Se levantaron de la mesa, y fueron a la salita donde
estaban las sillas.
¿Que ocurrió entonces?.
El Oso grande grito muy fuerte: -¡Alguien ha
tocado mi silla! El Oso mediano gruño un poco
menos fuerte..
-¡Alguien ha tocado mi silla! El Osito pequeño dijo
llorando con voz suave: se han sentado
en mi silla
y la han roto!
Siguieron buscando por la casa, y
entraron en el
cuarto de dormir. El Oso grande dijo: -
¡Alguien se
ha acostado en mi cama! El Oso
mediano dijo:
-¡Alguien se ha acostado en mi cama!
Al mirar la cama pequeñita, vieron en
ella a Ricitos
de Oro, y el Osito pequeño dijo:
-¡Alguien esta durmiendo en mi cama!
Se despertó entonces la niña, y al ver a los tres
Osos tan enfadados, se asusto tanto, que dio un
salto y salió de la cama.
Como estaba abierta una ventana de la casita,
salto por ella Ricitos de Oro, y corrió sin parar por
el bosque hasta que encontró el camino de su
casa.
El cuento de El Mago de Oz.
Dorita era una niña que vivía en una granja en
Kansas con sus tíos y su perro llamado Toto.
Un día, mientras la niña jugaba con el perro por los
alrededores de la casa , nadie se dio cuenta de que
se acercaba un tornado. Cuando Dorita lo vio,
intento correr en dirección a la casa , pero su
tentativa de huida fue en vano. La niña tropezó, se
cayo , y acabo siendo llevaba junto con el perro,
por el tornado. Los tíos vieron desaparecer en cielo
a Dorita y a Toto , no pudieron hacer nada
para evitarlo. Dorita y su perro viajaron a través
del tornado y aterrizaron en un lugar totalmente
desconocido para ellos. Allí , encontraron a unos
extraños personajes y un hada que , respondiendo
al deseo de Dorita de encontrar el camino de vuelta
a su casa les aconsejaron a que fueran visitar al
Mago de Oz. Les indicaron un camino de baldosas
amarillas, y Dorita y Toto lo siguieron.
En el camino, los dos se cruzaron con un
espantapájaros que pedía , incesantemente, un
cerebro. Dorita le invito a que la acompañara para
ver lo que el mago de Oz podría hacer por el. Y el
espantapájaros acepto. Mas tarde , se encontraron
a un hombre de hojalata que , sentado debajo de
un árbol, deseaba tener un corazón. Dorita le llamo
a que fuera con ellos a consultar al mago de Oz. Y
continuaron en el camino. Algún
tiempo después,
Dorita, el espantapájaros y el hombre
de hojalata
se encontraron a un león rugiendo
débilmente,
asustado con los ladridos de Toto. El león lloraba
porque quería ser valiente. Así que todos decidieron
seguir el camino hacia el mago de Oz , con la
esperanza de hacer realidad sus deseos.
Cuando llegaron al país de Oz, un guardia les abrió
la puerta , y finalmente pudieron explicar al mago lo
que querían. El mago de Oz les puso una
condición: primero tendrían que acabar con la
bruja mas cruel de reino, antes de solucionar
sus problemas. Ellos los aceptaron. Al salir del
castillo de Oz, Dorita y sus amigos pasaron por un
campo de amapolas y aquel aroma intenso les
hicieron caer en un profundo sueño, siendo
capturados por unos monos voladores que venían
de parte de la mala bruja. Cuando despertaron y
vieron la bruja, lo único que se le ocurrió a Dorita
fue arrojar un cubo de agua a la cara de la bruja,
sin saber que eso era lo que haría desaparecer a la
bruja. El cuerpo de la bruja se convirtió en un
charco de agua, en un pis-país.
Rompiendo así el hechizo de la bruja, todos
pudieron ver como sus deseos eran convertidos en
realidad, excepto Dorita. Toto, como era muy
curioso, descubrió que el mago no era sino un
anciano que se escondía tras su figura. El hombre
llevaba allí muchos años pero ya quería marcharse.
Para ello había creado un globo mágico. Dorita
decidió irse con el. Durante la peligrosa travesía en
globo, su perro se cayo y Dorita salto tras el para
salvarle. En su caída la niña soñó con todos sus
amigos, y oyó como el hada le decía: Si quieres
volver , piensa: “en ningún sitio se esta como en
casa”. Y así lo hizo. Cuando despertó, oyó gritar a
sus tíos y salió corriendo. Todo había sido
un sueño Un sueño que ella nunca olvidaría , ni
tampoco sus amigos.
FIN
El cuento de Peter Pan.
Erase una vez 3 niños llamados
Wendy, Michael y John eran tres
hermanos que vivían en las afueras
de Londres. Wendy, la mayor,
había contagiado a sus hermanitos
su admiración por Peter Pan.
Todas las noches les contaba a sus
hermanos las aventuras de Peter. Una noche, cuando ya
casi dormían, vieron una lucecita
moverse por la habitación.
Era Campanilla, el hada que
acompaña siempre a Peter Pan,
y el mismísimo Peter. Éste les
propuso viajar con él y con
Campanilla al País de Nunca Jamás, donde vivían los
Niños Perdidos... - Campanilla os ayudará. Basta con que
os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar.
Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca
Jamás, Peter les señaló: - Es el barco del Capitán Garfio.
Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le
devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso
se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!
Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su
amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les
dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a
un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre
Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no
había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó
del golpe. Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin
madre y, también, claro está de sus hermanitos y del
propio Peter Pan.
Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero
éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País
de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se
llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John. Para
que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio
decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de
Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño que Peter
sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que
Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas
de un poderosísimo veneno.
Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el
agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se
lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la
salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad
suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella.
Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños
creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así
es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó.
Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de
los piratas.
Ya estaban a punto de ser lanzados
por la borda con los brazos atados a la
espalda. Parecía que nada podía
salvarles, cuando de repente, oyeron
una voz: - ¡Eh, Capitán Garfio, eres un
cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo!
Era Peter Pan que, alertado por
Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a
sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar.
De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que
éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y,
del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar.
Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar,
podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente,
perseguido por el infatigable cocodrilo.
El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su
capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de
agua salada entre las risas de Peter Pan y de los demás
niños. Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó
convencer a sus amigos para que se quedaran con él en
el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de
menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les
llevó de nuevo a su casa. - ¡Quédate con nosotros! -
pidieron los niños. - ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó
Peter Pan-.
No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no
perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación.
De ese modo seguiremos siempre juntos. - ¡Prometido! -
gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos
diciendo adiós.
El Gato con Botas.
Erase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos.
Acercándose la hora de su muerte hizo llamar a sus tres
hijos. "Mirad, quiero repartiros lo poco que tengo antes
de morirme". Al mayor le dejó el molino, al mediano le
dejó el burro y al más pequeñito le dejó lo último que le
quedaba, el gato. Dicho esto, el padre murió.
Mientras los dos hermanos mayores se dedicaron a
explotar su herencia, el más pequeño cogió unas de las
botas que tenía su padre, se las puso al gato y ambos se
fueron a recorrer el mundo. En el camino se sentaron a
descansar bajo la sombra de un árbol. Mientras el amo
dormía, el gato le quitó una de las
bolsas que tenía el amo, la llenó de
hierba y dejó la bolsa abierta. En ese
momento se acercó un conejo
impresionado por el color verde de
esa hierba y se metió dentro de la
bolsa. El gato tiró de la cuerda que le
rodeaba y el conejo quedó atrapado en la bolsa. Se
hecho la bolsa a cuestas y se dirigió hacia palacio para
entregársela al rey. Vengo de parte de mi amo, el
marqués Carrabás, que le manda este obsequio. El rey
muy agradecido aceptó la ofrenda.
Pasaron los días y el gato seguía mandándole regalos al
rey de parte de su amo. Un día, el rey decidió hacer una
fiesta en palacio y el gato con botas se enteró de ella y
pronto se le ocurrió una idea. "¡Amo, Amo! Sé cómo
podemos mejorar nuestras vidas. Tú solo sigue mis
instrucciones." El amo no entendía muy bien lo que el
gato le pedía, pero no tenía nada que perder, así que
aceptó. "¡Rápido, Amo! Quítese la ropa y métase en el
río." Se acercaban carruajes reales, era el rey y su hija.
En el momento que se acercaban el gato chilló:
"¡Socorro! ¡Socorro! ¡El marqués Carrabás se ahoga!
¡Ayuda!". El rey atraído por los chillidos del gato se
acercó a ver lo que pasaba. La princesa se quedó
asombrada de la belleza del marqués. Se vistió el
marqués y se subió a la carroza.
El gato con botas, adelantándose siempre a las cosas,
corrió a los campos del pueblo y pidió a los del pueblo
que dijeran al rey que las campos eran del marqués y así
ocurrió. Lo único que le falta a mi amo -dijo el gato- es
un castillo, así que se acordó del castillo del ogro y
decidió acercarse a hablar con él. "¡Señor Ogro!, me he
enterado de los poderes que usted tiene, pero yo no me
lo creo así que he venido a ver si es verdad."
El ogro enfurecido de la incredulidad del gato, cogió aire
y ¡zás! se convirtió en un feroz león. "Muy bien, -dijo el
gato- pero eso era fácil, porque tú eres un ogro, casi tan
grande como un león. Pero, ¿a que no puedes convertirte
en algo pequeño? En una mosca, no, mejor en un ratón,
¿puedes? El ogro sopló y se convirtió en un pequeño
ratón y antes de que se diera cuenta ¡zás! el gato se
abalanzó sobre él y se lo comió. En ese instante sintió
pasar las carrozas y salió a la puerta chillando: "¡Amo,
Amo! Vamos, entrad." El rey quedó maravillado de todas
las posesiones del marqués y le propuso que se casara
con su hija y compartieran reinos. Él aceptó y desde
entonces tanto el gato como el marqués vivieron felices y
comieron perdices.
El cuento de Pulgarcito.
Erase una vez un pobre campesino. Una noche mientras
se encontraba sentado atizando el fuego, mientras que
su esposa hilaba sentada a su lado Ambos se lamentaban
de hallarse en un hogar sin niños.
-¡Qué triste es no tener hijos! -dijo él-. En esta casa
siempre hay silencio, mientras que en los demás hogares
hay tanto bullicio y alegría...
-¡Es verdad! -contestó la mujer suspirando-. Si por lo
menos tuviéramos uno, aunque fuese muy pequeño y no
mayor que el pulgar, seríamos felices y lo querríamos de
todo corazón.
Y entonces sucedió que la mujer se indispuso y, después
de siete meses, dio a luz a un niño completamente
normal en todo, si exceptuamos que no era más grande
que un dedo pulgar.
-Es tal como lo habíamos deseado. Va a ser nuestro hijo
querido.
Y debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le
escatimaron la comida, pero el niño no creció y se quedó
tal como era en el momento de nacer. Sin embargo,
tenía una mirada inteligente y pronto dio muestras de ser
un niño listo y hábil, al que le salía bien cualquier cosa
que se propusiera.
Un día, el campesino se aprestaba a ir al bosque a cortar
leña y dijo para sí:
-Ojalá tuviera a alguien que me llevase el carro.
-¡Oh, padre! -exclamó Pulgarcito- ¡Ya te llevaré yo el
carro! ¡Puedes confiar en mí! En el momento oportuno lo
tendrás en el bosque.
El hombre se echó a reír y dijo:
-¿Cómo podría ser eso? Eres demasiado pequeño para
llevar de las bridas al caballo.
-¡Eso no importa, padre! Si mamá lo engancha, yo me
pondré en la oreja del caballo y le iré diciendo al oido por
dónde ha de ir.
-¡Está bien! -contestó el padre-, probaremos una vez.
Cuando llegó la hora, la madre enganchó el carro y
colocó a Pulgarcito en la oreja del caballo, donde el
pequeño se puso a gritarle por dónde tenía que ir, tan
pronto con un "¡Heiii!", como con un "¡Arre!". Todo fue
tan bien como si un conductor de experiencia condujese
el carro, encaminándose derecho hacia el bosque.
Sucedió que, justo al doblar un recodo del camino,
cuando el pequeño iba gritando "¡Arre! ¡Arre!" , acertaron
a pasar por allí dos forasteros.
-¡Cómo es eso! -dijo uno- ¿Qué es lo que pasa? Ahí va un
carro, y alguien va arreando al caballo; sin embargo no
se ve a nadie conduciéndolo.
-Todo es muy extraño -dijo el otro-. Vamos a seguir al
carro para ver dónde se para.
Pero el carro se internó en pleno bosque y llegó justo al
sitio donde estaba la leña cortada. Cuando Pulgarcito vio
a su padre, le gritó:
-¿Ves, padre? Ya he llegado con el carro. Bájame ahora
del caballo.
El padre tomó las riendas con la mano izquierda y con la
derecha sacó a su hijo de la oreja del caballo. Pulgarcito
se sentó feliz sobre una brizna de hierba. Cuando los dos
forasteros lo vieron se quedaron tan sorprendidos que no
supieron qué decir. Ambos se escondieron, diciéndose el
uno al otro:
-Oye, ese pequeñín bien podría hacer nuestra fortuna si
lo exhibimos en la ciudad y cobramos por enseñarlo.
Vamos a comprarlo.
Se acercaron al campesino y le dijeron:
-Véndenos al pequeño; estará muy bien con nosotros.
-No -respondió el padre- es mi hijo querido y no lo
vendería ni por todo el oro del mundo.
Pero al oír esta propuesta, Pulgarcito trepó por los
pliegues de la ropa de su padre, se colocó sobre su
hombro y le susurró al oído:
-Padre, véndeme, que ya sabré yo cómo regresar a casa.
Entonces, el padre lo entregó a los dos hombres a
cambio de una buena cantidad de dinero.
-¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron.
-¡Da igual ! Colocadme sobre el ala de un sombrero; ahí
podré pasearme de un lado para otro, disfrutando del
paisaje, y no me caeré.
Cumplieron su deseo y, cuando Pulgarcito se hubo
despedido de su padre, se pusieron todos en camino.
Viajaron hasta que anocheció y Pulgarcito dijo entonces:
-Bajadme un momento; tengo que hacer una necesidad.
-No, quédate ahí arriba -le contestó el que lo llevaba en
su cabeza-. No me importa. Las aves también me dejan
caer a menudo algo encima.
-No -respondió Pulgarcito-, yo también sé lo que son las
buenas maneras. Bajadme inmediatamente.
El hombre se quitó el sombrero y puso a Pulgarcito en un
sembrado al borde del camino. Por un momento dio
saltitos entre los terrones de tierra y, de repente, se
metió en una madriguera que había localizado desde
arriba.
-¡Buenas noches, señores, sigan sin mí! -les gritó con un
tono de burla.
Los hombres se acercaron corriendo y rebuscaron con
sus bastones en la madriguera del ratón, pero su
esfuerzo fue inútil. Pulgarcito se arrastró cada vez más
abajo y, como la oscuridad no tardó en hacerse total, se
vieron obligados a regresar, burlados y con las manos
vacías.
Cuando Pulgarcito advirtió que se habían marchado, salió
de la madriguera.
-Es peligroso atravesar estos campos de noche -pensó-;
sería muy fácil caerse y romperse un hueso.
Por fortuna tropezó con una concha vacía de caracol.
-¡Gracias a Dios! -exclamó- Ahí podré pasar la noche con
tranquilidad.
Y se metió dentro del caparazón. Un momento después,
cuando estaba a punto de dormirse, oyó pasar a dos
hombres; uno de ellos decía:
-¿Cómo haremos para robarle al cura rico todo su oro y
su plata?
-¡Yo podría decírtelo! -se puso a gritar Pulgarcito.
-¿Qué fue eso? -dijo uno de los espantados ladrones-; he
oído hablar a alguien.
Se quedaron quietos escuchando, y Pulgarcito insistió:
-Llévadme con vosotros y os ayudaré.
-¿Dónde estás?
-Buscad por la tierra y fijaos de dónde viene la voz -
contestó.
Por fin los ladrones lo encontraron y lo alzaron hasta
ellos.
-A ver, pequeñajo, ¿cómo vas a ayudarnos?
-¡Escuchad! Yo me deslizaré por las cañerías hasta la
habitación del cura y os iré pasando todo cuanto queráis.
-¡Está bien! Veremos qué sabes hacer.
Cuando llegaron a la casa del cura, Pulgarcito se
introdujo en la habitación y se puso a gritar con todas
sus fuerzas.
-¿Quereis todo lo que hay aquí?
Los ladrones se estremecieron y le dijeron:
-Baja la voz para que nadie se despierte.
Pero Pulgarcito hizo como si no entendiera y continuó
gritando:
-¿Qué queréis? ¿Queréis todo lo que hay aquí?
La cocinera, que dormía en la habitación de al lado, oyó
estos gritos, se incorporó en su cama y se puso a
escuchar, pero los ladrones asustados se habían alejado
un poco. Por fin recobraron el valor diciéndose:
-Ese pequeñajo quiere burlarse de nosotros.
Regresaron y le susurraron:
-Vamos, nada de bromas y pásanos alguna cosa.
Entonces, Pulgarcito se puso a gritar de nuevo con todas
sus fuerzas:
-Sí, quiero daros todo; sólo tenéis que meter las manos.
La cocinera, que ahora oyó todo claramente, saltó de su
cama y se acercó corriendo a la puerta. Los ladrones,
atemorizados, huyeron como si los persiguiese el diablo,
y la criada, que no veía nada, fue a encender una vela.
Cuando regresó, Pulgarcito, sin ser descubierto, se había
escondido en el pajar. La sirvienta, después de haber
registrado todos los rincones y no encontrar nada, acabó
por volver a su cama y supuso que había soñado
despierta.
Pulgarcito había trepado por la paja y en ella encontró un
buen lugar para dormir. Quería descansar allí hasta que
se hiciese de día para volver luego con sus padres, pero
aún habrían de ocurrirle otras muchas cosas antes de
poder regresar a su casa.
Como de costumbre, la criada se levantó antes de que
despuntase el día para dar de comer a los animales. Fue
primero al pajar, y de allí tomó una brazada de heno,
precisamente del lugar en donde dormía Pulgarcito.
Estaba tan profundamente dormido que no se dio cuenta
de nada, y no despertó hasta que estuvo en la boca de la
vaca que se había tragado el heno.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó-. ¿Cómo he podido caer en este
molino?
Pero pronto se dio cuenta de dónde se encontraba. No
pudo hacer otra cosa sino evitar ser triturado por los
dientes de la vaca; mas no pudo evitar resbalar hasta el
estómago.
-En esta habitación tan pequeña se han olvidado de
hacer una ventana -se dijo-, y no entra el sol y tampoco
veo ninguna luz.
Este lugar no le gustaba nada, y lo peor era que
continuamente entraba más paja por la puerta, por lo
que el espacio iba reduciéndose cada vez más. Entonces,
presa del pánico, gritó con todas sus fuerzas:
-¡No me traigan más forraje! ¡No me traigan más forraje!
La moza estaba ordeñando a la vaca cuando oyó hablar
sin ver a nadie, y reconoció que era la misma voz que
había escuchado por la noche. Se asustó tanto que cayó
del taburete y derramó toda la leche. Corrió entonces a
toda velocidad hasta donde se encontraba su amo y le
dijo:
-¡Ay, señor cura, la vaca ha hablado!
-¡Estás loca! -repuso el cura.
Y se dirigió al establo a ver lo que ocurría; pero, apenas
cruzó el umbral, cuando Pulgarcito se puso a gritar de
nuevo:
-¡No me traigan más forraje! ¡No me traigan más forraje!
Ante esto, el mismo cura también se asustó, suponiendo
que era obra del diablo, y ordenó que se matara a la
vaca. Entonces la vaca fue descuartizada y el estómago,
donde estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al
estiércol. Nuestro amigo hizo ímprobos esfuerzos por
salir de allí y, cuando ya por fin empezaba a sacar la
cabeza, le aconteció una nueva desgracia. Un lobo
hambriento, que acertó a pasar por el lugar, se tragó el
estómago de un solo bocado. Pulgarcito no perdió los
ánimos. «Quizá -pensó- este lobo sea comprensivo». Y,
desde el fondo de su panza, se puso a gritarle:
-¡Querido lobo, sé donde hallar un buena comida para ti!
-¿Adónde he de ir? -preguntó el lobo.
-En tal y tal casa. No tienes más que entrar por la
trampilla de la cocina y encontrarás tortas, tocino y
longanizas, tanto como desees comer.
Y Pulgarcito le describió minuciosamente la casa de sus
padres.
El lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Por la
noche entró por la trampilla de la cocina y, en la
despensa, comió de todo con inmenso placer. Cuando
estuvo harto, quiso salir, pero había engordado tanto que
ya no cabía por el mismo sitio. Pulgarcito, que lo tenía
todo previsto, comenzó a patalear y a gritar dentro de la
barriga del lobo.
-¿Te quieres estar quieto? -le dijo el lobo-. Vas a
despertar a todo el mundo.
-¡Ni hablar! -contestó el pequeño-. ¿No has disfrutado
bastante ya? Ahora yo también quiero divertirme.
Y se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas. Los
chillidos despertaron finalmente a sus padres, quienes
corrieron hacia la despensa y miraron por una rendija.
Cuando vieron al lobo, el hombre corrió a buscar el hacha
y la mujer la hoz.
-Quédate detrás de mí -dijo el hombre al entrar en la
despensa-. Primero le daré un golpe con el hacha y, si no
ha muerto aún, le atizarás con la hoz y le abrirás las
tripas.
Cuando Pulgarcito oyó la voz de su padre, gritó:
-¡Querido padre, estoy aquí; aquí, en la barriga del lobo!
-¡Gracias a Dios! -dijo el padre-. ¡Ya ha aparecido
nuestro querido hijo!
Y le indicó a su mujer que no usara la hoz, para no herir
a Pulgarcito. Luego, blandiendo el hacha, asestó al lobo
tal golpe en la cabeza que éste cayó muerto. Entonces
fueron a buscar un cuchillo y unas tijeras, le abrieron la
barriga al lobo y sacaron al pequeño.
-¡Qué bien! -dijo el padre-. ¡No sabes lo preocupados que
estábamos por ti!
-¡Sí, padre, he vivido mil aventuras. ¡Gracias a Dios que
puedo respirar de nuevo aire freco!
-Pero, ¿dónde has estado?
-¡Ay, padre!, he estado en la madriguera de un ratón, en
el estómago de una vaca y en la barriga de un lobo.
Ahora estoy por fin con vosotros.
-Y no te volveremos a vender ni por todo el oro del
mundo.
Y abrazaron y besaron con mucho cariño a su querido
Pulgarcito; le dieron de comer y de beber, lo bañaron y le
pusieron ropas nuevas, pues las que llevaba se habían
estropeado en su accidentado viaje.
El cuento de la Sirenita.
Erase una vez en el fondo del más azul de los océanos,
un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar,
un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba
blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral
multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco
bellísimas sirenas.
Sirenita, la más joven, además de ser la más bella,
poseía una voz maravillosa; cuando cantaba
acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas
partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando
sus perlas, y las medusa al oírla dejaban de flotar. La
pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez
que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del
sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas
profundas. "¡Oh!, ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie
para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan
bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el
perfume de las flores!" "Todavía eres demasiado joven".
Respondió la madre. "Dentro de unos años, cuando
tengas quince, el rey te dará permiso para salir a la
superficie, como a tus hermanas".
Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual
conocía a través de los relatos de sus hermanas, a
quienes interrogaba durante horas para satisfacer su
inagotable curiosidad cada vez que volvían de la
superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la
superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba
de su maravilloso jardín ornado con flores marítimas. Los
caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le
acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas
de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada. Por fin
llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la
noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana
siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y
rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una
hermosísima flor.
"¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo!
¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro,
sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no
tenemos alma como los hombres, Sé prudente y no te
acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!" Apenas su
padre terminó de hablar, Sirenita le di un beso y se
dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía
tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla.
De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por
primera vez el cielo azul y las primeras estrellas
centelleantes al anochecer . El sol, que ya se había
puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un
reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas
revoloteaban por encima de Sirenita y dejaban oir sus
alegres graznidos de bienvenida. "¡Qué hermoso es
todo!" exclamó feliz, dando palmadas. Pero su asombro y
admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba
despacio al escollo donde estaba Sirenita. Los marinos
echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó
sobre la superficie del mar en calma. Sirenita escuchaba
sus voces y comentarios. "¡Cómo me gustaría hablar con
ellos!".
Pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que
tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada:
"¡Jamás seré como ellos!". A bordo parecía que todos
estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo
de poco, la noche se llenó de vítores: "¡Viva nuestro
capitán! ¡Vivan sus veinte años!". La pequeña sirena,
atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al
joven al que iba dirigido todo aquel alborozo.
Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. sirenita no
podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría
y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido
con anterioridad, le oprimió el corazón. La fiesta seguía a
bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. Sirenita
se dio cuenta enseguida del peligro que corrían aquellos
hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el
cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos
amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave
desprevenida. "¡Cuidado! ¡El mar...!" En vano Sirenita
gritó y gritó. Pero sus gritos, silenciados por el rumor del
viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas,
sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos
desesperados de los marineros, la arboladura y las velas
se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el
barco se hundió.
Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven
capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo
buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas
gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso,
milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola
cercana y, de golpe lo tuvo en sus brazos. El joven
estaba inconsciente, mientras Sirenita, nadando con
todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una
muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad
amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía
lívido, Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder
depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa.
Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado
con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del
joven y dándole calor con su cuerpo. Hasta que un
murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a
buscar refugio en el mar.
"¡Corred! ¡Corred!" gritaba una dama de forma
atolondrada. "¡Hay un hombre en la playa!" "¡Está vivo!
¡Pobrecito! ¡Ha sido la tormenta...! ¡ Llevémosle al
castillo!" "¡No!¡No! Es mejor pedir ayuda..."
La primera cosa que vio el joven al recobrar el
conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven
de las tres damas. "¡Gracias por haberme salvado!" Le
susurró a la bella desconocida. Sirenita, desde el agua,
vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el
castillo, ignorante de que fuese ella y no la otra, quién lo
había salvado. Pausadamente nadó hacia el mar abierto;
sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado
algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh!
¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas
durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, Sirenita empezó su
relato, pero de pronto sintió un nudo en su garganta y,
echándose a llorar, se refugió en su habitación.
Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a
nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que
su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza,
porque ella, Sirenita, nunca podría casarse con un
hombre. Sólo la Hechicera de los Abismos podía
socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió
consultarla. "¡...por consiguiente, quieres deshacerte de
tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De
acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que
pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor."
"¡No me importa" respondió Sirenita con lágrimas en los
ojos, "a condición de que pueda volver con él!" "¡No he
terminado todavía!" dijo la vieja." Deberás darme tu
hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero
recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu
cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una
ola. "¡Acepto!" dijo por último Sirenita y, sin dudar un
instante, le pidió el frasco que contenía la poción
prodigiosa.
Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su
mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras
penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el
conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como
entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole.
El príncipe allí la encontró y, recordando que también él
fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel
cuerpo que el mar había traído. "No temas" le dijo de
repente, "estás a salvo. ¿De dónde vienes?" Pero
Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo
responderle. "Te llevaré al castillo y te curaré."
Durante los días siguientes, para Sirenita empezó una
nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba
al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile
que daba la corte, pero tal y como había predicho la
bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le
producía atroces dolores como premio de poder vivir
junto a su amado. Aunque no pudiese responder con
palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto
y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía
en su corazón a la desconocida dama que había visto
cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después
de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de
inmediato a su país. Cuando estaba con Sirenita, el
príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no
desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña
sirena, que se daba cuenta de que no era ella la
predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches,
Sirenita dejaba a escondidas el
castillo para ir a llorar junto a la
playa.
Pero el destino le reservaba otra
sorpresa. Un día, desde lo alto del
torreón del castillo, fue avistada una
gran nave que se acercaba al
puerto, y el príncipe decidió ir a
recibirla acompañado de Sirenita. La desconocida que el
príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla,
el joven corrió feliz a su encuentro. Sirenita, petrificada,
sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento
supo que perdería a su príncipe para siempre. La
desconocida dama fue pedida en matrimonio por el
príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado,
puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de
unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron
invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que
estaba amarrada todavía en el puerto. Sirenita también
subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo. Al caer la
noche, Sirenita, angustiada por haber perdido para
siempre a su amado, subió a cubierta.
Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta
a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar.
Procedente del mar, escuchó la llamada de sus
hermanas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus
hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico
que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros
cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al
príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita
como antes y olvidarás todas tus penas." Como en un
sueño, Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el
camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante
del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de
nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al
mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se
lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse
espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo
amarillento sobre el mar y, Sirenita, desde las aguas
heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de
improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la
arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del
cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la
primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena
oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
"¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!" "¿Quienes sois?"
murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había
recobrado la voz "¿Dónde estáis?" "Estas con nosotras en
el cielo. Somos las hadas del viento.
No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro
deber ayudar a quienes hayan demostrado buena
voluntad hacia ellos." Sirenita , conmovida, miró hacia
abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del
príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas,
mientras las hadas le susurraban: "¡Fíjate! Las flores de
la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen
en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras!
FIN.