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Reflexiones sobre la identidad y la amistad

El documento presenta varios poemas y relatos cortos sobre temas como el recuerdo de una campera especial, una amiga muy servicial y la búsqueda de las llaves perdidas. Los textos exploran emociones y recuerdos a través de detalles y momentos vividos.

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Reflexiones sobre la identidad y la amistad

El documento presenta varios poemas y relatos cortos sobre temas como el recuerdo de una campera especial, una amiga muy servicial y la búsqueda de las llaves perdidas. Los textos exploran emociones y recuerdos a través de detalles y momentos vividos.

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Llave de volcán

Maito Rodríguez

Fernanda Pérez Bodria

Victoria Sucari
Ailín Staicos

Flor Aibar

Carla Francolino

Taller con Gabriela Bejerman


2022
MAITO RODRÍGUEZ

Cualquier parecido

No lo suficientemente tonta
No lo suficientemente arriba

Casi casi que domina algún talento menor


Solo un poco inteligente
No demasiado bonita
Sabelotodo de asuntos de dudosa aplicación

Y ese aire de listilla

Siempre metiendo la panza


-que para qué, digo yo-
Empeñada en cosechar
frutos de la desesperación

Fallida estructura ósea


o sea, no es para tanto
pero siente que una oreja
siempre merece una queja

Muy dada a la exploración


del callejón sin salida
compensa su indisciplina
con un caudal de ocurrencias
-que para qué, digo yo-
Bien propensa a la tardanza
y a llegar cuando se han ido
Con respecto al entusiasmo
preferiría no hacerlo

No lo suficientemente mente
No lo suficiente mentecata

Sombrita donde no crece


nada verde de verdad
heredera de rencores,
que no de buenas razones

Practicante del sarcasmo


con cierta contradicción
referente al lagrimón
y a las rimas consonantes

Frondosa en malos humores


estratega del disfraz
miope de oportunidades
calvas y peliagudas

Ahogada en vasos de agua


reacia a la acción concreta
complicada de papeles
con propensión a la siesta

No lo suficientemente cabra
No lo suficientemente mula
Rica en postergaciones
alérgica al Dios le ayuda
Notoria vacilación
en ir de aquí para allá

Otrora de una promesa


que ha perdido tantos trenes
diletante de manual
rumiante de frustraciones -que para qué, digo yo-

De caminar receloso
con incipientes juanetes
Derretimiento en cuello y cachetes
Temblor de labio y mentón

No lo suficientemente loca
no lo suficientemente terca
-que para qué digo yo-
D

toma leche
toma pan

te hace mal

toma dulce
dulce dulce
caramelo
caballito
trota trota
tan brillante

te hace mal

toma toma
mucha leche
leche y pan
dulce dulce
caramelo

te hace mal
T

Tanto yo te quiero
tan todo tirado
traje tigre y trompo

trazas de un tirón
tus torpes trayectos
torcacita mía
tramando con tizas
tu próxima treta

tifón de merienda
titanic en taza
de lechita y cota

tirano travieso
aún tenemos tiempo
de tener más tardes
fuera de los templos

rey tiranosaurio
teñido de tierra
Teo tamborilero
tanto yo te quiero
FERNANDA PÉREZ BODRIA

Elena

Cuando cumplí veinticinco, mi amiga Elena me regaló una


campera roja inflable, cortita; con cuello, puños y cintura de toalla
elastizada. La usaba con jeans ajustados y me hacía ver como un
astronauta, o como un árbol de copa redonda y tronco largo. O como
un algodón de azúcar, con su palito. Fue un gran regalo, la usé sin
parar durante varios años, hasta que la metí en una bolsa junto a un
montón de otra ropa para dar. La di no porque ya no la usara más
sino porque me parecía mal seguir usándola. Ya no era mi onda, o ya
no era la onda que quería tener. Enseguida me arrepentí. Sentí que al
deshacerme de la campera me había deshecho también de todos los
momentos vividos con la campera. Sin pensarlo, como en una especie
de ceremonia tardía, me puse a recordar uno de esos momentos: la
vez que fui a Mar del Plata con Elena, Vicky, Rafa y Mariana. Era
invierno y andar con ese abrigo leve, rojo chillón por las calles semi-
vacías, con el cielo y el mar siempre gris, me hacía sentir especial: una
figura audaz que avanzaba desafiante sobre ese fondo plano. Una de
esas noches, estábamos en un boliche y se cortó la luz. Rarísimo, no
nos había pasado nunca y, por eso mismo, nos resultó excitante.
Durante un rato, que en el recuerdo parece eterno, bailamos
exaltados imprimiéndole intensidad al momento como para retenerlo
más en la memoria, sin música, en la oscuridad. Los abrigos habían
quedado en una pila, sobre un sillón de los reservados. Cuando volvió
la luz, los fuimos a buscar y ahí seguían en su pilita todos, menos mi
campera roja. La buscamos por todas partes, hablamos con los
dueños del local, y nada.
Gracias tal vez a la cantidad de alcohol que tenía encima, el frío
me resultaba agradable. Caminamos hasta la escollera, de a ratos
saltando, de a ratos cantando. Pero cuanto más nos alejábamos del
boliche, más crecía adentro mío la angustia y la rabia que me daba
que me hubieran robado la campera. Las olas rompían contra las
piedras y mientras todos se alejaban un poco para no mojarse, yo me
acercaba, para salpicarme mas, hermanada con la furia del mar. A lo
lejos, entre la bruma, vimos los faroles del colectivo que nos llevaría
al departamento de Vicky. Ya en la parada, divisé a un chico en medio
de un grupito de varones, tomando birra del pico, con mi campera
roja sobre los hombros, atada al cuello como si fuera un buzo de
rugby. Se me erizaron los pelos, el aire se ennegreció y no existió en
el mundo otra cosa que esa mancha roja. Como un toro, le clavé la
mirada y arremetí. ¡Mi campera! grité, al tiempo que de un manotazo
se la arranqué del cuello, dejándole la cabeza girando como un
trompo sobre el pecho. El pibe no dijo ni a. Ni él ni sus amigos,
ninguno dijo nada. Nos subimos al colectivo y los miré desde arriba,
con la campera puesta. Mis amigas me miraban muertas de risa, sin
poder creer lo que acababan de ver. Me senté, orgullosa, como si
acabara de recuperar mis poderes perdidos.

No sé si Elena habría elegido esa campera como mi regalo de


cumpleaños si lo hubiese elegido ella. Cuando se la señalé, me dijo
que estaba buena, que le gustaba, pero la había elegido yo. Ese año
no había hecho ningún festejo y un sábado cualquiera paseábamos
por la feria de la placita serrano y en uno de los locales la vi. Me la
probé y al momento de pagar Elena me dijo: te la regalo yo, por tu
cumpleaños. Elena es una persona práctica. Todas las personas que
conozco y que también conocen a Elena, cuando necesitan algo o
tienen algún problema, la llaman a ella. Yo también. Por ejemplo:
querés hacer una fiesta y no sabés dónde hacerla, llamás a Elena.
Estás en el medio de la fiesta en la terraza que te consiguió Elena y te
quedaste sin hielo, se lo decís a Elena. Y como además de práctica, es
generosa, ella va a ayudarte con alegría a levantar la puerta de la
heladera que se te cayó porque la llenaste con demasiadas latas de
cerveza. Ella consigue siempre las entradas para el recital o la obra a
la que todas queremos ir, con la mejor ubicación y el mejor precio.
Pero también el número de un plomero, del electricista, de un curso
de tarot y el de la persona que te gusta. Hace la división de la cuenta
y reparte el cambio a cada comensal y se ocupa de dejar la propina
correcta. Si le hacen un regalo y no le gusta, que es casi siempre, lo
cambia. Yo jamás cambio un regalo. Incluso si no me gusta, lo uso
igual. Es un regalo ¿cómo lo voy a cambiar? en ese regalo hay un
pedazo de la persona que me lo regaló, me gusta tenerlo conmigo. Al
lado de ella, soy una romántica sin ningún sentido de practicidad.

Una vez, perdí las llaves de la casa en la que me estaba quedando


cuando me separé. Era la tarde de un domingo de febrero, la casa
estaba en pleno Palermo Soho. Había entrado hacía solo un par de
horas con todas mis cosas, las había sacado de la valija y las había
acomodado en los cajones de la cómoda. Seleccioné dos libros para
poner sobre la mesa de luz, al lado de los lentes y de un estuche con
somníferos. Metí la valija abajo de la cama. Al terminar, di dos pasos
hacia atrás, desde el vano de la puerta observé la habitación como
dándole la bendición al hábitat que me iba a contener por tiempo
indeterminado en esta nueva etapa. Me vanaglorié de mi capacidad
de adaptación, de mi tolerancia al dolor y al fracaso (eso creía que era
lo que estaba viviendo: un fracaso). Era una casa enorme y oscura.
Los ocupantes, un matrimonio con tres hijos, se habían ido
temporalmente a una casa en el Tigre. No se habían mudado, se
habían llevado solo lo necesario. Así que sus cosas seguían ahí, como
señuelos de una vida activa pero en suspenso: carpetas con las
facturas de luz y gas sobre la mesa del comedor, tapados y sombreros
colgados en el perchero. La alacena con sus paquetes de sal, azúcar,
sus frascos de aceite por la mitad. Botellones de agua al lado de la
canilla. El salón principal tenía una ventana enrejada, cubierta con
una cortina gruesa y oscura que daba a la calle y una puerta pesada de
madera antigua con triple llave, cadena y un hierro que debía
ocuparme de atravesar y enganchar, especialmente de noche. De día
podía manejarme con una sola llave, sin problemas. Semejante
muralla no me impedía percibir que del otro lado, la calle bullía de
vida. Pude entrever una lluvia de luz; oí risas, grititos. En la calle
brotaba la algarabía. Me dispuse a salir. Encaré la puerta sin pensar a
donde iría, con el ímpetu de un primer acto de libertad. Pero al
intentar abrir la puerta, me di cuenta de que las llaves no estaban. Las
busqué en el clavo que hacía de llavero, en un estante, revisé mis
bolsillos, la riñonera, volví al cuarto, busqué por todos los lugares de
la casa por donde estuve, hice el mismo recorrido una y mil veces.
Hasta que no di más. Me dejé caer y, desplomada sobre el piso lloré,
grité y marqué el número de Elena.

Me alegró que el sol ya no quemara, porque Elena tiene la piel


muy blanca y además no habría tenido tiempo, pensé, de traerse los
anteojos de sol. Era esa hora indefinida en la que en algunas mesas
hay gente vestida de noche, sentada para la cena, pero los locales
todavía no cierran. Caminamos y miramos vidrieras. Nos metimos en
uno de los locales que seguían abiertos, a revolver estantes. Sin
mirarnos, nos supimos contentas. Estaban liquidando la ropa de
verano.
VICTORIA SUCARI

Embeber

Me gustaría tejer agua, bordar agua, coser agua


hacer bufandas largas y gorros de abrigo mojados,
pero también blusas de verano
de gotitas que caigan,
transparentes.
Lagos enteros
verdes, azules, celestes.
En croché, una lluvia;
a dos agujas, un tsunami.
Me gustaría
construir una pileta, una laguna, un mar, un placard entero,
un telar empapado que chorree, inunde y rompa en una orilla
lejana a la mía.
Lava

De la profundidad inalcanzable del centro del océano,


desde el mismísimo núcleo y epicentro del magma personal
arremeten tsunamis que vomitan caracoles,
estatuas marinas perdidas en naufragios inexistentes.
El reflejo de una explosión inesperada
y el arremetimiento de una piña bomba
vení que te pego una trompada que la necesitás.
La anagnórisis diaria de lo que nos pertenece.
Hay cosas que son así y las cosas como son:
desaforadas, hiperbólicas, magnánimas, esdrújulas.
Lava calor hirviendo quema todo lo que toca,
vení, haceme cráter, despacito
¿o a los bifes es mejor?
Cómo puede ser
Cómo puede ser que
Cómo puede ser que siempre

Hay algo de lo esencial que suena a tronco de roble viejo:


indestructible,
inamovible,
irresoluble.
Pienso que voy a tener ochenta años
y también va a ser domingo a la noche
y me voy a sorprender con la misma pavada que hoy
sobre mí misma.
Cómo puede ser que siempre…
*

De la profundidad inalcanzable del centro del océano


el calor trepa y los crustáceos cuelgan de las sogas,
suben desde la panza hasta la boca
se cuelan por los ojos
me tiran de los pelos.
Lo más probable es que ahora mismo
ya
en este instante, digamos,
vuele en mil pedazos:
los volcanes morimos así.
AILÍN STAICOS

Muelle

Subo, callada. Es de noche. La arena vuela bajo y amenazante


como un manto salvaje que empuja mis tobillos a modo de
advertencia. Los dos faroles de la entrada del muelle titilan
desincronizados. Los envuelve un resplandor negruzco que por
momentos es verde moho o denso petróleo. No necesito luz, ni ver
a nadie, así que continúo. La temperatura, húmeda y fría, me eriza el
cuello y anestesia la espalda. Estoy en un día sin estación: como un
portal en el calendario, o una penitencia secreta que solo algunas
personas desafortunadas recibimos. Es un día sin amanecer y sin
cronología. Solo ese instante, solo el frío. No llevo calzado, quiero
sentirlo todo. Cada piedra del asfalto que me trajo hasta acá, cada
vidrio enterrado en la arena que cubre los primeros escalones de la
pasarela de madera.

Llovizna y tengo el pelo empapado. Las gotas que salen de las


puntas de mi estilo desalineado se clavan en mis hombros formando
lazos invisibles que me mantienen rígida y de pie. Mis brazos,
vencidos, flácidos, son brazos sin reacción que viven como ramas
secas de un árbol que está siendo trasplantado.

No hay ruido de gente. Solo se escuchan las olas de un mar


nocturno tan profundo y voraz que podría empezar en la panza del
demonio. El sonido es muy intenso y brutal y me dan ganas de
taparme los oídos, sin embargo parece no inmutar a los pescadores.

A medida de que avanzo, me acerco a ellos. Visten un amarillo


estridente que no coincide con sus expresiones y denota el desinterés
que tienen en camuflarse con la negrura del paisaje. Son gordos y
toscos al igual que sus baldes y movimientos. Tienen sus ceños
fruncidos y sus labios agrietados de tragar sal y no dormir. Llevan
pequeños sombreros con tiras que les aprietan sus cabezas calvas y
dejan a la vista rollos de piel a cada costado de los elásticos. Se alinean
en fila en ambos bordes del muelle. Están mudos y dirigen sus rostros
hacia el frente. Mientras los paso por el medio, una masa de aire densa
y congelada atraviesa el piso de madera, lo rompe, me perfora la poca
ropa que llevo puesta y me quiebra una rodilla. El dolor me arroja
sobre uno de ellos. El mar, intolerante, grita victoria. Lloro y el
pescador no responde.

Sabía que iba a ser así pero no desde ahora. Vuelvo a caminar y
a mirar el piso cuidándome esta vez del viento, pero ya no está más
ahí. Escucho una ráfaga a lo lejos y veo un ventarrón maldito y
violento subir a un lugar altísimo y recóndito del cielo. Se esconde
entre las nubes y de repente lo veo tan alto que intuyo su intención.
Con una furia infernal desciende en picada y con ese impulso
malvado levanta la arena de la costa y la arrastra hacia el muelle para
astillar con ella las pupilas de los pescadores. Cada uno de los millones
de granos arrojados se incrustan en sus ojos. Les sangran pero no
reaccionan: no lloran, no lagrimean, no se tocan, ni siquiera
parpadean.

Están ahí, parados sin expresión, moviendo sus mediomundos


con un vaivén pasivo y mentiroso. Cuelan agua sin cansarse con una
serenidad perversa que comparten con psicópatas y torturadores.
Sumergen las cañas de bambú para que las olas hagan su trabajo y
arrastren peces sobre las redes de metal. Esperan, tres, dos, uno, las
suben esperanzados de poder. Nada. Sumergen las cañas para que las
olas arrastren, esperan, las suben, nada. Sumergen las cañas, esperan,
suben, nada. Sumergen, esperan, suben, nada. Esperan, nada. Nada.
Nada.
De repente el olor a océano inmenso se mezcla con un dejo a
pescado podrido. Tengo una arcada y escucho una risa. Volteo y los
veo en círculo apreciando sus cometidos: centenares de camarones,
cornalitos y pejerreyes agonizan en sus fratachos de 20 litros. Vomito.
El bilis moja mi pelo y camiseta. Necesito dejar de oler a mar, pero
no puedo, debo continuar. Camino diez pasos, alejándome de los
pescadores y me aseguro de pisar bien las tablas de madera, pero no
lo consigo. El piso está cubierto de moho y por sus huecos el mar
lanza trampas mortales. Huelo aceite quemado. Los pescadores fríen
a sus presas. Vomito por segunda vez y decido no mirarlos más y
seguir.

Finalmente distingo el extremo del muelle. El piso está


completamente cubierto de algas. No hay ninguna seguridad en el
camino. No me puedo agarrar de nada y el viento me empuja con una
fuerza visceral que no me deja volver atrás. Me asusto. El sonido de
las olas pareciera contener alaridos de personas. Una sintonía
apelmazada de angustia y dolor. Me resbalo y esta vez me quiebro
ambos codos. Tengo tanto frío, tanta extrañeza, que me doy cuenta
de mi desagarro solo por la posición de mis brazos. Miro para abajo,
ya no hay superficie, el agua avanza muy rápido. Tal vez no sea agua
lo que piso.

De repente, me enfrenta un túnel de olas gigantes. Tengo miedo,


pero no tengo opción. Es esto, estoy acá, procedo. Las olas ya no
dejan burbujas en la cubierta: barren con ira todo lo que encuentran
arrastrándolo con violencia a un fondo frio y desalmado. Ni bien
ingreso al túnel, dos olas enormes golpean mis oídos dejándome
escuchar sus propios latidos. Es tanta el agua que tengo dentro, tanta
la presión, que mis tímpanos laten hasta estallar. “Se me metió
adentro” pienso, me recompongo como puedo y sigo. Las olas no
son más olas, sino un manto parejo de líquido pesado voraz y atroz
que avanza para destruir, sin piedad, sin corazón. El agua me puñetea
la cara. No veo nada, solo siento un tremendo ardor. “Se me metió
en los ojos y me arrancó las pestanas”. “Son mías”, escucho o creo
escuchar.

Ya no piso ni toco, estoy flotando. Siento que me tiran de ambas


manos en direcciones opuestas. Empiezo a resistir, aunque no quiera.
“Se me metió en los dedos, me levantó las cutículas y me arrancó las
uñas”. Estoy arrepentida. ¿Qué hice?. Veo a lo lejos el muelle y trato
de nadar hacia él pero una ola me patea la cabeza y me hace dar unos
trompos que me hacen desmayar. Despierto y siento abiertos mi
torso y estómago. “Se me metió en el ombligo. Taladró mi piel
muerta y me extirpó un pedazo de intestino”. Ya casi no tengo más
aire. Estoy aterrada. Le ofrezco mis lágrimas a cambio de terminar.
Como respuesta me sube al borde de la superficie y me tortura
dejando mi boca sumergida a dos centímetros de la cubierta.

De la desesperación trago más sal y convulsiono. “Se me metió


en los genitales, agarró mis ovarios con sus garras y los hizo explotar”.
¿Es esto? ¿Llegué? Veo mis piernas hundirse en la profundidad, voy
hacia un remolino que gira tan rápido y tan furioso que me arranca
de a uno los pelos que me que quedan en mi cuerpo. La presión me
desprende las retinas, pero no de golpe, sino lenta y dolorosamente.
Es tanto el ardor. Siento miles de manos minúsculas escurrirme las
venas. Me están arrancando la lengua. Me están mutilando. No tenía
que ser así. No me imaginaba esto. Quiero pensar un recuerdo lindo,
pero ya ni eso puedo. No me dejan. Me serruchan, me cortan, me
desprenden, me desgarran. Ya no soy nada. ¿Cuánto falta? “Se me
metió en la cabeza. Apagó mi alma y me hizo verle la cara”. No era
así ¿Qué es esto? No me reconozco. Me equivoqué. Sos mía. Lo sé.
Te pertenezco.
FLOR AIBAR

un rapto de inspiración

en mi piel habita
todo lo que extraño
a veces pesa tanto como el osmio
otras es liviano como la hoja
que desprende del árbol en otoño
en ella también habitan
muchas pieles más
mudan entre sí
manchas
cicatrices
y anhelos
existe un espacio
entre el tegumento
y la sangre
un antes breve
el después eterno
a veces inhabitable
del que pretendo huir
en sueños y entre letras
aprendí a habitar tantas pieles
no encuentro verdad que me represente
por eso escribo
quizás
algún día
lo invente con palabras
invente una verdad -o un sentimiento- que mute tanto
con tanta fuerza
que leerlo provoque
un terremoto brutal

II

¿cómo hago para ser animal?


morir en compañía o no nacer
vivir alerta, lo comprendo
¿cómo se sentirá volar?
¿será como recibir besos de amor?
¿qué serán las palabras en el reino animal?
sonidos titilantes acaso
¿cómo hago para dejar de pensar?

anoche creí en mi misma


hice una lista extensa de deseos
uno de ellos era ser una monjita blanca
volar el nordeste de Argentina
ver todo con ojos de asombro
¿cómo hago para ser animal?
tener un pelaje que me proteja
recibir el baile de un pajarito coquetón
morir en compañía o no nacer
III

la Luna, sus horas


sus miles de reflejos
en alguna galaxia diferente a esta
existe este mismo eclipse
son tus pasos superpuestos
tus dudas vertiginosas
en alguna parte de este mundo que habitamos
existe este mismo eclipse
las noches no se distinguen a los cumpleaños
los poemas son solo fachadas de los ladrones de adjetivos
ellos, que padecen
las penas de la palabra
en alguna parte de este rincón absurdo
existe este mismo eclipse
el viento sopla tan fuerte que no distingo
entre gritos y cantos
susurros y olvidos
todo esta muy cerca
placeres todos
con esta Luna
CARLA FRANCOLINO

CLEMENCIA

El sábado fui a una fiesta en el konex por el cumpleaños de mi


amiga Pau. No salgo mucho últimamente a este tipo de lugares, y
tampoco vamos a este tipo de fiestas con mis amigas, para mí es toda
una aventura. Nos juntamos en lo de Pau con sus amigos nuevos,
tomamos unas birras, charlamos y pasé música, la parte que más me
divierte. Pau se llena la cara de glitter y le digo que está para ir a un
corso. Ahora que lo pienso, fue un comentario un poco mala onda,
igual ella se rió, ni me debe haber escuchado.

Salimos de su casa tipo 2, en la caminata hablamos con el novio


de mi amiga Giuli sobre una novela. Fede me prestó Yoga, de
Emmanuel Carrère. Básicamente la mitad del libro trata sobre un
retiro de meditación y yoga, y la otra mitad sobre su internación
psiquiátrica. Un psicólogo y una yogui, borrachos yendo a una fiesta
llamada “Remeneo” con un viajero en mano caminando sobre la
oscura calle Sarmiento, debatiendo sobre literatura: podría ser el
comienzo de un chiste.

La Remeneo. Habíamos pagado bastante cara la entrada, 1400


pesos o algo así. En la calle me doy cuenta que camino y hablo muy
rápido, y seguro con un tono un poco borrachín; entramos y me
siento sumergir en el tumulto de gente a casi oscuras que baila
meneando hasta el piso. La música no me gusta para nada, es como
si fuera una canción de L-gante en loop durante las 3 horas que
estuvimos. Racata racata racata. Cada tanto ponen una de Bad Bunny
y es como un respiro, lo que se diría “una caricia al alma”. Igual a mí
me encanta bailar y hago un esfuerzo para ponerle onda pero me es
difícil. A mí me parece que la gente está toda como en pose, o
reventada. Una de dos.
Salgo sola a fumar un cigarrillo fuera de la parte techada. Cuando
vuelvo a entrar, la peli se ralentiza y ya no me sale ni intentar ser parte,
solo me siento una espectadora de este baile. Estar en estos lugares
para mí es como estar flotando en una nube, pero en una fea y con
un vaho de transpiración, pucho y glitter. Y en esta nube mi cuerpo
se mueve distinto, el racata racata me atraviesa y me siento como si
fuera la primera vez que me emborracho en mi vida. Me estoy
haciendo pis. Entrar al baño es la peor parte. Todo se desarma, se
devela. De un instante para el otro la luz blanca y la realidad cortan
todo tipo de onda o resguardo que la noche y la fiesta pueden darnos.
En ese espejo todas nos vemos pésimo.

Entro al baño y me encuentro con una chica con un tatuaje en


el escote, como si fuera un collar muy grande, que dice C L E M E N
C I A. Me fascina, realmente me fascina y lo escribo en una nota en
el celular. Me hubiese gustado sacarle una foto pero no me parece
que dé. Podría haber hecho un acting como que me sacaba una selfie
donde ella saliera atrás pero no estaba tan en condiciones de hacerlo
discretamente, y tampoco sé de qué me hubiera servido tenerla
fotografiada.

Hay otra chica encima del lavatorio que llora bastante, la miro,
no sé qué le pasa. Dice llorando fuerte: “Me puse glitter al pedo”. Y
después algo con respecto a un chabón, se ve que él no quiso estar
con ella, algo así. Las que están a su alrededor, que no sé si son o no
sus amigas, le dicen “Bueno, una también tiene que hacerse cargo de
sus decisiones”. Salimos del baño y Giuli me dice “¿Qué le pasaba a
la chica?”, le respondo que no sé, y me dice “Qué amigas eh… la piba
llorando y que se haga cargo de sus decisiones le dicen”. Ahora me
pregunto ¿Cuáles serán las decisiones de las que debe hacerse cargo?
¿Tendrá que ver con haberse puesto mucho glitter o nada que ver?
Afuera del baño me doy cuenta que sí, soy una espectadora, me
siento del lado de afuera de un focus group. Y todo esto, en este
estado, de verdad me vuelve loca. Mientras estoy ahí pienso en que
quiero escribir acerca de estar acá. Pero al mismo tiempo sólo quiero
teletransportarme a mi casa en medio segundo y no volver nunca más
a una fiesta que se llama remeneo.

Llego a casa tipo 5 y cuando abro mi riñonera me doy cuenta de


que ese medio pucho que pensé que me había fumado en la fiesta en
realidad era un porro, que me fumé al hilo como si nada. Creo que es
la primera vez que me pasa semejante confusión, qué ridícula. Por
suerte encuentro una empanada de roquefort que está hace 4 días en
la heladera. Esta empanada fría es lo mejor que me podía pasar. Me
saco el maquillaje y ya veo que Félix se pasó a nuestra cama. Padre e
hijo roncan igual y al unísono. El descolecho será un problema de
mañana, ahora ya no estoy para nada más. Sólo me queda lavarme los
dientes, tirarme un poco de perfume, agarrarle la manito y tratar de
no lamentar tanto las preciadas horas de sueño que perdí. En mi
cabeza por un rato sé que todavía va a retumbar el bum bum, racata
racata racata, me puse glitter al pedo.

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