Juan Friede,
1901-1990: vida y obras de un
caballero andante en el trópico
José Eduardo Rueda Enciso
Juan Friede,
1901-1990: vida y obras de un
caballero andante en el trópico
colección
Pe r f i l e s
Rueda Enciso, José Eduardo
Juan Friede, 1901-1990 ; vida y obras de un caballero andante en el trópico
/ Eduardo Rueda Enciso.—Bogotá : Instituto Colombiano de Antropología e
Historia, ICANH, 2008.
596 p.
ISBN 978-958-8181-54-7
1. Friede, Juan, 1901-1990.—2. Historiadores - Colombia – Biografías.-- 3.
Indigenismo.-- 3. Antropología e historia
I.Título
CDD 986.1092
InstItuto ColombIano de antropología e HIstorIa
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dIreCtor general
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asIstente de publICaCIones
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CorreCCIón de estIlo
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dIseño y dIagramaCIón
Absoluto / Arquitectura y diseño visual
dIseño de CubIerta
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fotografía de CubIerta
prImera edICIón en español, dICIembre de 2008
ISBN 978-958-8181-54-7
© InstItuto ColombIano de antropología e HIstorIa, 2008
José eduardo rueda enCIso
Calle 12 No. 2-41 Bogotá D. C.
Tel.: (57-1) 561 96 00 Fax: ext. 144
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Impreso en Colombia por: Imprenta Nacional de Colombia
Diagonal 22B No. 67-70 Bogotá D.C.
Contenido
Agradecimientos 11
Presentación 13
Abreviaturas 17
Primera parte
Juan Friede, comerciante
– 19 –
Capítulo 1 Los primeros años: la formación 21
Capítulo 2 El enfrentamiento con el trópico 33
Capítulo 3 La vida entre Manizales y Bogotá 51
Capítulo 4 El primer marchand de Bogotá 65
Capítulo 5 Las relaciones con Pedro Nel Gómez
y Carlos Correa: amigo y mecenas 85
Capítulo 6 Juan Friede, crítico y comentarista de arte 109
Capítulo 7 El indigenismo 125
Capítulo 8 San Agustín, el rumbo definitivo 141
Capítulo 9 Es más importante un don Quijote
que un Hamlet 165
Capítulo 10 El regreso a Bogotá y la marcha a España 181
–7–
8
Juan Friede, 1901-1990: vida y obras
Segunda parte
Itinerario intelectual de Juan Friede
– 193 –
Capítulo 1 Los primeros pasos:
El indio en lucha por la tierra. Despegue 195
Capítulo 2 Primer viaje a Sevilla.
Friede académico correspondiente 225
Capítulo 3 Segundo viaje a España.
Descubriendo cosas sagradas 239
Capítulo 4 El macartismo laureanista se ensaña
con Juan Friede 261
Capítulo 5 Tercer viaje a España.
La colección de Documentos inéditos
para la historia de Colombia y algunos
aspectos de la vida familiar e intelectual 273
Capítulo 6 El regreso a Colombia:
una polémica vieja pero actual 335
Capítulo 7 Juan Friede continúa vinculado
a la vida académica. Nuevos horizontes 365
Capítulo 8 Friede en los Estados Unidos 401
Capítulo 9 El regreso a Colombia. Los últimos años 435
Anexos documentales
– 443 –
Contribución a la bibliografía
del profesor Juan Friede
– 487 –
Referencias bibliográficas
– 511 –
Cuadro cronológico comparativo
– 515 –
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
Antonio Machado,
Campos de Castilla. “Proverbios y cantares”, XXIX
***
Murió el poeta lejos del hogar
Le cubre el polvo de un país vecino
y al alejarse le vieron llorar.
“Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar”.
Cuando el jilguero no puede cantar
cuando el poeta es un peregrino
cuando de nada nos sirve rezar.
“Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar”.
Joan Manuel Serrat / Antonio Machado
Agradecimientos
A mi padre, a mi hermano, a mi hijo Camilo Ernesto y a Susana.
A Jorge Orlando Melo González y a Marco Palacios Rozo; a los
antropólogos Myriam Jimeno Santoyo, Jimena Pachón, María Cle-
mencia Ramírez, Luis Horacio López Domínguez, Roberto Pineda
Camacho, Carlos Alberto Uribe Tobón, Doris Lewin, Darío Fajardo,
Hernán Ordóñez, Álvaro Bermúdez, Horacio Calle y François Correa;
a Carl Henrik Langebaek Rueda y Juan Plata.
En Medellín, a los profesores Fernando Correa, Óscar Almario,
Roberto Luis Jaramillo y Luis Javier Ortiz; a los funcionarios y di-
rectivas de la Biblioteca Pública Piloto, en especial a don Miguel
Escobar; y a los de la Casa Museo Pedro Nel Gómez.
En Manizales, a Hernán Gómez Uribe y a María Teresa Uribe
de Gómez Arrubla, al profesor Albeiro Valencia, a las antropólogas
María Cristina Moreno y María Elvira Escobar, y al psicólogo Óscar
Moreno, quien me consiguió la oportuna entrevista con Zoila, an-
tigua ama de llaves de don Juan.
En Cali, a los profesores Alonso Valencia Llano y Jaime Londoño.
La segunda etapa de este trabajo contó con la lectura crítica de
un lector anónimo contratado por Colciencias, cuyas notas enrique-
cieron y mejoraron la versión inicial presentada a ese ente.
Al Instituto Colombiano de Antropología e Historia, que hizo
posible la edición y la publicación de este trabajo.
– 11 –
Presentación
E ste libro es un intento por reconstruir la vida y la obra de Juan
Friede (1901-1990), empeño en el que gasté veintiocho años
(1980-2007) y durante el cual tropecé con algunas dificultades: la
principal, el estado de salud del maestro, lo que nos impidió sostener
charlas que hubieran permitido aclarar hechos y situaciones. Por
fortuna, en noviembre de 1980 los antropólogos Jaime Arocha y Nina
S. de Friedemann le hicieron una entrevista extensa, como parte del
programa “Antropología colombiana: historia, espacio y relaciones
profesionales”, auspiciado por la Fundación para el Desarrollo de la
Educación Superior (FES) y Colciencias entre 1979 y 1984. El texto
de dicha conversación, que me fue cedido gentilmente por Arocha,
me sirvió de base para ir ordenando y esclareciendo muchos pasa-
jes de la vida y obra del profesor Friede, cuyo periplo vital intenté
sistematizar por primera vez en 19871, en el marco de la maestría en
historia andina en la Universidad del Valle, y específicamente en uno
de los cursos regulares: teoría de la historia II, bajo la dirección de
Jorge Orlando Melo.
Los comentarios críticos y certeros de Melo me mostraron aspec-
tos que debían aclararse o ampliarse; y las anotaciones de Roberto
Pineda Camacho y Carlos Alberto Uribe Tobón a la ponencia que
presenté en el IV Congreso de antropología de Popayán (Rueda,
1990b) en 1987, me dieron pie para presentar, a principios de 1989,
1 Con anterioridad, entre 1985 y 1986, reconstruí, con Jorge Morales Gómez, buena
parte del periplo intelectual de Friede, trabajo que se publicó en el volumen XXVI
de la Revista Colombiana de Antropología (1986-1988) con el título “Contribución a
la biografía del profesor Juan Friede”.
– 13 –
14
Juan Friede, 1901-1990: vida y obras
un proyecto de investigación2 a la entonces directora del Instituto
Colombiano de Antropología, Myriam Jimeno Santoyo, quien lo
acogió y permitió que se llevara a cabo.
El estado de salud de don Juan y la imposibilidad de sostener
siquiera una charla coherente con él me obligaron a recurrir a una
serie de informantes: Ernesto Guhl, Roberto Pineda Giraldo, Blanca
Ochoa de Molina, Carlos Ramón Repizo, Margoth Villa de Gómez
Jaramillo, Piedad Gómez, Luis Duque Gómez, Santiago Muñoz Pie-
drahita, Germán Botero de los Ríos, Ricardo Friede y Jaime Jaramillo
Uribe, quienes con la mayor voluntad y amplitud me proporcionaron
informaciones e indicios valiosos que completaron, hasta cierto punto,
el caudal de datos recopilado en mi trabajo académico, la entrevista
de Arocha y Friedemann a Juan Friede, las consultas de los libros de
actas de la Academia Colombiana de Historia y al archivo de la antigua
facultad de sociología de la Universidad Nacional de Colombia, las
pesquisas en periódicos y revistas y en las obras de don Juan.
Durante esa etapa de la investigación tuve acceso a la consulta,
con restricciones, de los libros de actas de la Academia Colombia-
na de Historia; no obstante, cuando había revisado los volúmenes
correspondientes a los años 1944 a 1968 se me revocó el permiso,
a pesar de que dicha entidad, al ser depositaria de fondos oficiales,
estaba en el deber de abrir sus archivos al público. La imposibilidad
de consultar los años 1968 a 1990 hace que falte un lapso impor-
tante, el de los enfrentamientos continuos entre el profesor Friede
y la institución, y algunas polémicas de la Academia con obras
representativas de la nueva historia y de la literatura.
Para concluir la investigación presenté un proyecto a Colciencias,
entidad que me concedió una ayuda que sirvió para terminar, en alto
porcentaje, la investigación. Sin embargo, no fue posible obtener
fondos para visitar España, especialmente el Archivo General de
Indias, para rastrear la huella de Friede allí.
En la primera etapa de investigación no tuve acceso al archivo
particular de Juan Friede; en la segunda sí pude consultarlo, pues
él ya había fallecido y sus hijos, Ricardo y Juan, y su compañera,
Lilia Luna, me solicitaron que revisara el inconcluso libro de Los
Comuneros, ocasión que aproveché para fotocopiar, previo permiso
de ella, buena parte del archivo3, del que ya tenía idea por Ricardo
2 Juan Friede: el pájaro caminante de la historiografía colombiana, financiado entre
julio de 1989 y abril de 1990.
3 Fotocopié, básicamente, cartas, aun cuando el archivo contenía mapas y diarios de
sus viajes por el Putumayo y el Caquetá, infinidad de microfilmes, una importante è
15
Presentación w José Eduardo Rueda Enciso
Friede4; archivo que, dicho sea de paso, ya había sido seleccionado
por el profesor Friede, pues algunas misivas anuncian otras que nun-
ca encontramos. Además, a consecuencia de la realización de otras
investigaciones5 pude ir coleccionando toda una serie de noticias
sobre el biografiado. Aun cuando quedan vacíos, logré reconstruir,
en general, lo básico de la vida de Friede.
La segunda etapa de esta biografía la escribí bajo fuertes ten-
siones emocionales, suscitadas por la siempre lamentada muerte
de mi madre. Después de la redacción hecha en 1996, el trabajo se
revisó en dos ocasiones, para ser presentado al premio nacional de
historia del Ministerio de Cultura, en 1996 y 1999, siendo finalista
en ambas ocasiones.
Finalmente, en 2006 el Instituto Colombiano de Antropología e
Historia se interesó en la publicación del trabajo, previa lectura de
la última versión, redactada en 1999, a la que se hicieron una serie
de sugerencias, algunas de las cuales tuve en cuenta. Esta última
fase de trabajo fue escrita en complicadas situaciones de salud.
José Eduardo Rueda Enciso
Profesor titular
Escuela Superior de Administración Pública (Esap)
Grupo de Investigación Histórica
sobre Problemática Pública “Radicales y Ultramontanos”
Abril de 2008
è colección de fotografías, algunas películas en 8 mm y una en 16 –de los frescos de
Pedro Nel Gómez–, cintas de grabación, copias a máquina de los libros publicados y
dos en estado de elaboración: el de Los Comuneros y otro sobre Cristóbal Colón.
4 Efectivamente, en entrevista concedida en enero de 1990, Ricardo Friede González
me dijo: “(...) no sé qué se hicieron los microfilmes que debe haber de eso (...) parte
de esas cosas están en la casa, no sé hasta qué punto, porque sinceramente nunca
me he puesto a, como quien dice, hacer un inventario, sé que hay muchas cosas que
inclusive están ya corregidas y que pueden ser interesantes. Creo que hay micro-
filmes que ni siquiera se han trascrito; es posible también que haya cartas y otros
documentos, en el corredor. Si conoce la casa sabrá que hay un corredor en el que
hay cantidad de fólderes, de libros; seguramente debe haber cartas, borradores de
libros. Es una situación muy incómoda, así sea el padre de uno, llegar a escarbar,
como dicen. Dejémoslo que cumpla sus días y después se verá qué hay ahí”.
5 En especial el proyecto Estudio comparativo del indigenismo en Colombia 1940-1970-
1980 (Primera parte, la década del cuarenta), financiado por el Instituto Colombiano de
Cultura y la Sociedad Antropológica de Colombia entre mayo de 1991 y enero de 1992.
Abreviaturas
EDG Entrevista con Luis Duque Gómez.
ERF Entrevista con Ricardo Friede.
EGB Entrevista con Germán Botero de los Ríos.
EEG Entrevista con Ernesto Guhl.
EMV de GJ Entrevista con Margoth Villa de Gómez Jaramillo.
ECRR Entrevista con Carlos Ramón Repizo.
EBO de M Entrevista con Blanca Ochoa de Molina.
ERPG Entrevista con Roberto Pineda Giraldo.
ESMP Entrevista con Santiago Muñoz Piedrahita.
EJJU Entrevista con Jaime Jaramillo Uribe.
EMTU de GA Entrevista con María Teresa Uribe de Gómez Arrubla.
EZ Entrevista con Zoila.
LAACH Libro de actas, Academia Colombiana de Historia.
AFS Archivo de la facultad de sociología
de la Universidad Nacional de Colombia.
AJF Archivo de Juan Friede.
ACMPNG Archivo de la Casa Museo Pedro Nel Gómez.
AER Archivo de Eduardo Rueda.
– 17 –
Primera parte
Juan Friede, comerciante
Capítulo 1
Los primeros años: la formación
1.
A l finalizar el siglo diecinueve y despuntar el veinte, Europa
–en especial Gran Bretaña, Francia y Alemania, verdaderas
potencias y países en los que el liberalismo, como fundamento
ideológico de la modernización y la prosperidad, constituía la base
del régimen socioeconómico y político– dominaba el panorama
económico, político, cultural, tecnológico y científico mundial. En
algunos de esos países –Alemania, Gran Bretaña y Suecia– las ideas
socialistas avanzaron notoriamente entre un proletariado urbano
cada vez más combativo que protestó y organizó huelgas y paros,
se agrupó en torno a partidos socialdemócratas, y, en 1889, fundó
la segunda internacional en París.
En esa Europa nació, el 17 de febrero de 1901, Juan Friede Alter, en
Wlawa, pequeña aldea de Polonia cercana a la frontera con Ucrania,
en el seno de una familia de junquert1. Su padre, Joachim Friede,
era un ruso de origen alemán que fabricaba artículos de hierro; y
su madre, Pessa Alter, una judía practicante del rito del yudis, aun
cuando parece ser que Friede hijo nunca tuvo nexos religiosos con
los judíos2. Su lengua de origen fue el polaco y su segundo idioma
1 Los junquert, según Salomón Kalmanovitz, eran aristócratas terratenientes alemanes,
que mediante una alianza con la burguesía habían sido una de las vías clásicas de
desarrollo capitalista. Salomón Kalmanovitz. “Una autobiografía intelectual”. Al
Margen (11). Bogotá: septiembre de 2004.
2 Según la historiadora Adelaida Sourdis Nájera, a Colombia llegaron, entre 1813 y
1938, dos oleadas de inmigrantes hebreos: los primeros fueron casi todos sefardíes è
– 21 –
22
Primera parte w Juan Friede, comerciante
el alemán, además de dominar el ruso y de aprender luego inglés,
francés y español.
Cuando tenía año y medio su padre murió, y la viuda se fue a
vivir con su hija y el pequeño Juan a la casa de los abuelos mater-
nos en Königsberg (Kaliningrad), en el oriente de Alemania. Algún
tiempo después, Pessa casó de nuevo con un acaudalado hombre
de negocios, matrimonio que tuvo gran impacto en los hermanos
Friede3; no obstante, durante buena parte de su niñez y adolescencia
don Juan no sufrió, ni mucho menos, de hambre: al contrario, gozó
de lujos y consideraciones.
Durante la Primera Guerra Mundial, en 1915, la familia Friede
decidió huir a Kiev, seguir luego a Odessa y finalmente a Moscú,
ciudad en la que el joven Juan terminó sus estudios de bachillerato,
en 1917. Así, el futuro pionero de la nueva historia de Colombia
tuvo ocasión de vivir una etapa del proceso de la revolución rusa,
la socialdemócrata, orientada por Kerensky4.
è de origen español y portugueses, además de algunos ashkenasis naturales de Polonia,
unos cuantos de Rusia y Rumanía, y algunos sefardíes de Medio Oriente. Los primeros
empezaron a arribar desde las primeras décadas del siglo diecinueve, siendo mayor la
afluencia entre 1830 y 1840. La segunda oleada lo hizo después de la primera guerra
mundial, entre 1920 y 1938. No obstante, en 1938 el entonces ministro de Relaciones
Exteriores, Luis López de Mesa, limitó la inmigración de judíos al país.
Las condiciones de vida de los sefardíes y los ashkenasis fueron diferentes, aunque
ambos profesaran la religión judaica. Los sefardíes fueron gentes de medios de for-
tuna, profesionales muchos de ellos, que hablaban y escribían español o portugués
como su lengua materna, y algunos, además, el holandés, el francés y el inglés. En
general, abandonaron su identidad judaica y se asimilaron a la sociedad cristiana.
Los ashkenasis, por su parte, fueron en su mayoría gentes de extracción humilde
–labriegos, artesanos y obreros–, que salieron de sus países en busca de mejorar sus
condiciones de vida y eludir la discriminación de que eran objeto, aun cuando hubo
también profesionales. Llegaron a Colombia en condiciones de extrema pobreza, pero
demostraron un asombroso poder de adaptación y gran disciplina de trabajo. En una
generación hicieron fortuna, educaron a sus hijos y fundaron, como sus predecesores,
industrias pioneras en el país. Su profunda religiosidad los ha mantenido fieles a sus
creencias milenarias (Adelaida Sourdis Nájera. “La inmigración judía desde Europa
y el Caribe continental, 1813-1938”, versión mecanografiada).
Así, Juan Friede Alter, judío ashkenasi, llegó en la segunda oleada migratoria, y su caso
se aparta un tanto del modelo de esos inmigrantes, pues su origen no era humilde, era
profesional y fue pionero en la venta de automóviles en Manizales y en la historiografía
colombiana. Por otra parte, no se mantuvo fiel a sus creencias, en general estuvo alejado
de la comunidad judía de Colombia y fue buen amigo de López de Mesa.
3 Arocha y Friedemann, entrevista a Juan Friede, 23 de noviembre de 1980: 16 (versión
mecanográfica). En dicha entrevista Friede declaró que: “Después ella se volvió a casar
y a nosotros no nos gustó. Y yo creo, le digo francamente, que esto influyó mucho,
cosas así personales”.
4 El primer tomo de El capital fue traducido al ruso en 1872 y reeditado en 1885. Entre
los intelectuales rusos la doctrina marxista se empezó a difundir a partir de 1883,
por mediación del grupo Emancipación del Trabajo, formado por emigrantes en el
extranjero. Uno de los lugares de mayor difusión en San Petersburgo y en Moscú fue la è
23
Capítulo 1 w Los primeros años: la formación
Una vez terminados los estudios de bachillerato Friede entró a
trabajar en planes de alfabetización en el Ministerio de Educación,
bajo la dirección del ministro Lunacharsky, experiencia importante
en su vida, pues según él: “tenía entonces dieciséis años y ya hablaba
al pueblo reunido en manifestaciones de más de 10.000 personas,
allí trabajé durante casi un año” (Aristizábal, 1984: 2).
Otra experiencia inolvidable para el joven Friede fue haber pre-
senciado: “en Rusia la primera vez que el pueblo votaba, como era
un zarismo, yo me inscribí, como teníamos un grupo de jóvenes,
íbamos a los suburbios explicando al pueblo que había que votar,
especialmente a obreros, a ellos les decíamos que con el voto les
iban a dar esto y aquello” (Arocha y Friedemann, 1980: 17). Sin em-
bargo, con la revolución bolchevique la situación se complicó para
él y su familia, pues “en las noches había muchos robos cometidos
por jóvenes, yo tenía diecisiete años y ya me dieron revólver y por
la noche tenía que vigilar la casa adonde vivíamos, que era grande,
de seis pisos tal vez, con dos patios” (Ibídem).
El régimen consideró al padrastro, dedicado al comercio, “ca-
pitalista”, por lo que la familia emigró. Una vez sorteadas algunas
dificultades lograron salir de Moscú, por la frontera con Ucrania
hacia Kiev, para continuar luego a Odessa, ocupada todavía por los
alemanes, ciudad en la que el jefe de familia reinició sus negocios
como exportador, no sin afrontar ciertos problemas, especialmente
monetarios, ya que: “los rublos [que habían logrado sacar en la
huida] ya casi no valían nada porque con la revolución la moneda
se desvalorizó enormemente” (Aristizábal, 1984: 2).
Tiempo después la familia de Friede decidió regresar a Rusia,
objetivo que no pudo alcanzar, pues se quedaron en Polonia. Como
los Friede Alter tenían numerosos nexos familiares en Polonia y
Alemania, el joven Juan viajó a Berlín –adonde una parienta–; se
desplazó luego a Hamburgo y finalmente a Viena, en donde estudió
ciencias económicas y sociales en la Escuela Superior de Economía
Mundial. La vida allí no fue fácil para Friede, ya que enfrentaba di-
ficultades económicas, debiendo trabajar desde un principio como
profesor de idiomas: “cuando ya tenía diecinueve años, daba clases
è universidad, en cuyo seno se formaron grupos de estudio. En 1887, cuando Vladimir
Ilich Ulianov Lenin (1870-1924) entró a estudiar derecho en la Universidad de Kazán,
la clase obrera rusa era poco numerosa y, salvo contadas excepciones, inculta en
materia política; los estudiantes formaban una especie de vanguardia del movimiento
revolucionario. En 1917 esa situación había variado ostensiblemente, lo que permitió
la revolución de octubre.
24
Primera parte w Juan Friede, comerciante
y tenía grupos de estudiantes” (Arocha y Friedemann: 7); y en una
casa de cambios, a la que se vinculó desde su llegada a Hamburgo
gracias a los nexos de algunos de sus familiares judíos.
2.
Al terminar la Primera Guerra Mundial, en la que las principales
potencias se vieron involucradas:
Dos reacciones divergentes surgieron entonces en diversos pueblos del
mundo: la primera de pesimismo frente a lo que podría ser el des-
tino del Occidente civilizado (…). La otra reacción surgida también
como efecto natural de la guerra, es la del trabajo por y para la paz
(…). Una paz inestable por obra del mismo motivo que había lleva-
do a la confrontación bélica entre potencias, o sea, el deseo de un
nuevo reparto del mundo (…). Lo que se quería era sanear un poco
provisionalmente las heridas para poder sobrevivir (Uribe Celis,
1991: 15-16).
Durante la década de 1920 surgió también el fascismo, primero
en Italia, entre 1919 y 1923, y posteriormente en Alemania. Hubo
entonces gobiernos pro fascistas en Polonia, Portugal, Grecia y
España. Por su parte, Francia, país tradicionalmente de avanzada,
asumió el ideal regresivo del monarquismo nacionalista. Y las mu-
jeres de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y China, entre otros, en
su lucha por obtener la posibilidad de votar le dieron un importante
impulso al feminismo.
En los primeros años de permanencia en Viena el joven estudiante
Juan Friede Alter tuvo un amorío del cual resultó una hija: “Inclusive
parece que tengo otra hermana, aparentemente vive en Yugoslavia,
ella es mayor que nosotros. Si es verdad debe tener alrededor de los
setenta años” (ERF, enero de 1990).
En 1923, una vez terminados sus estudios de licenciatura, Friede
se trasladó a Londres para adelantar algunos cursos de especializa-
ción en ciencias humanas y sociales en la recién fundada London
School of Economics, donde tuvo la oportunidad de acercarse di-
rectamente al estudio de la antropología y la historia, y su primera
experiencia literaria, ya que escribió un cuento para niños cuyo
aspecto central era la naturaleza.
Durante su época de estudiante recibió grandes estímulos inte-
lectuales de la efervescente atmósfera de la cultura de la pos guerra
del 14, que, sin duda, influyeron en su formación humanística e
intelectual. Primero, Viena, que además de ser la capital de Austria
25
Capítulo 1 w Los primeros años: la formación
y una ciudad de dos millones de habitantes –quizás una de las más
grandes de Europa–, lo era de muchos pueblos eslavos, ya que los
Balcanes pertenecían al imperio austríaco.
Segundo:
Viena era entonces uno de los grandes centros intelectuales y cientí-
ficos de Europa. Allí estaba el epicentro de la nueva lógica, la nueva
matemática, la nueva economía. También lo era de la literatura,
la música y el arte (...). Europa estaba entregada firmemente a la
reconstrucción económica y cultural. La década de los veintes, par-
ticularmente en los países de lengua alemana, sería una de las más
brillantes de su historia espiritual (Jaramillo Uribe, 1989a: 251).
Así, las universidades vienesas estaban llenas de estudiantes
extranjeros –checos, eslovacos, húngaros– que le proporcionaron
al joven Friede una aproximación a la diferencia étnica y cultural.
Don Juan opinó al respecto:
Entonces también viví yo un poquito como internacional; había hún-
garos, los húngaros se reunían en la universidad, tocaban y bailaban;
[así mismo] los eslovacos que tenían su propia [banda], todo esto me
dio algún amor al pueblo, precisamente no estaba uno ni alemán, ni
esto, sino el pueblo como tal (Arocha y Friedemann, 1980: 8).
En el campo específico de las humanidades y de las ciencias
sociales recibió también un entrenamiento muy general, pues:
Allá [en Viena] no teníamos etnografía, pero el interés propiamente era la
sociología y la economía. Se llamaba social-economía es decir economía
unida a las ciencias sociales, ahora es aparte sociología, economía aparte,
pero entonces no había todavía esas divisiones, era social-economía.
Quiere decir que nosotros teníamos fuera de economía, contabilidad,
digamos teníamos también la geografía, teníamos lo que llaman ahora
etnología, y ante todo porque Viena era un imperio colonial y todo esto,
entonces había mucho interés, todavía quedaba interés por África para
exportación y además también para Francia, Inglaterra y el resto de
Europa (Ibídem: 9-10)5.
5 En realidad, a partir de la pintura cubista y por el desencanto de Occidente y su
búsqueda de mundos nuevos, se produjo una emergencia de las culturas negras, que
por decirlo de alguna manera se pusieron de moda. Y surgió también el interés por
otras culturas exóticas, como las del Oriente, en especial por Egipto. El art déco fijó
la atención de los europeos en formas esculturales mayas y aztecas.
26
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Durante esos años de formación debemos destacar su partici-
pación en el movimiento obrero-estudiantil Vanderfiegel (pájaros
caminantes, en movimiento o migratorios)6, acorde con dos de las
reacciones frente a lo que podría ser el mundo civilizado que se
desarrollaba en Alemania y Austria de esa época: era un movimiento
que se oponía a la guerra y a todas las manifestaciones oficiales de la
cultura, y, por tanto, asumió una posición crítica contra el término
civilización y todo lo que implicaba. Sus miembros consideraron
que todo ello había producido la gran matanza de la guerra. Perió-
dicamente, los diferentes grupos de las distintas ciudades alemanas
se reunían en Hamburgo, donde se originó el movimiento, y se ha-
cían conferencias y reuniones. En cada ciudad el grupo respectivo
tenía periódicos en los que se reflejaban y expresaban la ideología
y el pensamiento de esa juventud inconforme de la posguerra del
14 que no era, ni mucho menos, subversiva, más bien un tanto
anárquica e inconforme, y cuya filosofía de acción fue el retorno a
la naturaleza:
La juventud estudiantil (hombres y mujeres) abandonaba los fines de
semana la ciudad y se trasladaba masivamente al campo (...) nosotros
andábamos a pie todo, llegábamos en tren hasta una estación y después
salíamos a pie y cantando. En el campo se convivía con los campesi-
nos, pues se dormía en las mansardas de las casas campesinas, nada
de hoteles, ni nada. Y participábamos de sus labores de su vida, com-
binando esta actividad con las representaciones escénicas que hacían
completamente al desnudo (...). Practicábamos el vegetarianismo, la
alimentación incluía especialmente frutas (Aristizábal, 1984: 2).
Así mismo, mediante representaciones escénicas y bailes no con-
vencionales se rescató y valoró la actividad anónima del pueblo y del
trabajador, así como también las manifestaciones tradicionales de la
cultura alemana –cantos y bailes populares de la edad media entre
otros– en contravía de, por ejemplo, las leyes oficiales del ballet.
Sobra decir que el joven Friede vivió intensamente la experiencia
con los Vanderfiegel. Es así como: “me compré después una canoa
plegable y entonces salíamos en tren hasta las cabeceras del Elba,
del Oder y después bajamos en este bote (...). Así mirando ahora,
le digo que vivía feliz” (Arocha y Friedemann, 1980: 6). De igual
6 Según Friede, los Vanderfiegel son los pájaros migratorios que en verano viven en
el norte de Europa y en invierno viajan al sur, en busca de un clima más benigno
(Arocha y Friedemann, 1980: 5).
27
Capítulo 1 w Los primeros años: la formación
forma, cambió sus hábitos alimentarios, ya que: “Durante tres años
fui vegetariano. Muchos eran vegetarianos dentro del movimiento”
(Ibídem: 7).
En el grupo conoció a Helene Herlinglaus, su primera esposa y
compañera por algunos años, quien: “era del grupo de baile, eran
grupos de bailes desnudos, nosotros en la montaña, nunca nos pre-
sentábamos en un teatro, no era el nudismo de ahora, era bueno”
(Ibídem: 8).
El movimiento tuvo problemas. Friede, que como hemos dicho
fue uno de sus principales animadores, fue allanado y encarcelado.
Veamos cómo narró tal experiencia: “en una ocasión como a las doce
de la noche apareció la policía donde yo dormía. Debí demostrarles
que no hacía política sino que lo que pretendíamos era permanecer
distanciados de la posición oficial. Hubo, sin embargo, una especie
de movimiento oficial contra nosotros” (Aristizábal, 1984: 2). Ob-
viamente, con el ascenso de Hitler al poder en 1933 el movimiento
desapareció, pero la disolución ya no le tocó a Friede.
Tanto el ambiente universitario vienés como el movimiento de los
Vanderfiegel le permitieron asumir una posición política e ideológica
original, pues sin dejar de lado su origen judío, don Juan fue:
Un izquierdista, no he sido tal vez un comunista extraordinario (...)
ni mucho menos un anarquista pues no es que voy a echar bombas
contra unos edificios de ochenta pisos, pero siempre me gustaba el
pueblo (...) pero verdaderamente tengo desde joven una posición
crítica hacia nuestra sociedad (Arocha y Friedemann, 1980: 5, 12).
Durante esos años de formación recorrió muchos de los princi-
pales museos europeos y se interesó por el arte moderno; se acercó
entonces al cubismo y al art déco, al surrealismo y al dadaísmo.
Su interés por el arte lo refirió así: “a mí me interesaba mucho la
pintura, es decir como mi hobby. Yo mismo no sé pintar, pero me
interesaba mucho porque yo consideraba la pintura, la escultura,
como representación del alma de la nación” (Ibídem: 16-17).
En 1923 Friede terminó sus estudios de licenciatura y se vinculó,
en Londres, a la la firma F. Stern y Cía, en la sección que manejaba
el comercio exterior en Colombia, Ecuador y Venezuela. Era esta una
empresa grande, cuya casa matriz estaba en Hamburgo, dedicada al
comercio de importación y exportación, con más de sesenta emplea-
dos en la casa principal y negocios en América latina, que importaba
de Colombia a Alemania café y azúcar, a cambio de los cuales enviaba
infinidad de productos alemanes.
28
Primera parte w Juan Friede, comerciante
En 1925, dos años después de la vinculación de Friede a la Stern,
se le ofreció venir a Colombia con el fin de cobrar algunas deudas
que la firma tenía pendientes en el país. La ocasión era precisa, un
futuro halagüeño se presentaba, por lo que decidió venir. Al igual
que muchos europeos, y como producto del pesimismo que despla-
zó “el centro de gravedad de la civilización del viejo continente y
lo orientaba hacia los pueblos nuevos que aún no habían dado su
aporte definitivo al proceso de la historia y entre ellos se encontraba
América” (Uribe Celis, 1991: 15-16), vio que América:
era la posibilidad de la gran aventura como lo había sido antes para
muchos europeos en las épocas de crisis. América era el campo de
las grandes oportunidades, era como lo diría más tarde el conde Key-
serling7, el mundo que nace, el mundo donde todo estaba por hacer.
Al menos así lo pensaban los europeos de entonces (Jaramillo Uribe,
1989a: 252).
Además de ser un país tropical, el nuevo destino en el camino de
Juan Friede Alter era una nación de tradición bipartidista, profunda-
mente católica, que había comenzado el siglo veinte con una guerra
civil, la de los mil días (1899-1903), la última de las nueve guerras
nacionales (1830, 1839-1841, 1851, 1854, 1859-1861, 1876, 1885, 1891)
que vivió Colombia durante el siglo diecinueve; la más larga y la que
más muertos dejó y que tuvo como epílogo la separación de Panamá,
el 3 noviembre de 1903, cuando las élites panameñas, protegidas,
auspiciadas e instigadas por los Estados Unidos, decidieron sepa-
rarse de Colombia. Maniobra que le permitió a la potencia del norte
terminar de construir el canal y controlar militar y económicamente
su funcionamiento hasta finales del siglo veinte, lo que se consideró
como un “robo” y despertó un sentimiento antiestadounidense.
En la contienda civil resultó ganador el gobierno conservador en
cabeza de José Manuel Marroquín (1900-1904), por lo que se conso-
7 El conde Hermann Keyserling (1880-1946) fue uno los principales representantes
del “orientalismo”, corriente de pensamiento de la que fueron exponentes también
Tolstói, Gandhi, Tagore, Roman Roland. Nacida después de la primera guerra mundial,
consideró que con el conflicto la civilización occidental había sufrido una quiebra de
sus valores, por lo que era necesario dirigir la mirada hacia otros horizontes como el
Oriente, África y América latina, que prometían ser el lugar paradisíaco “original”,
la nueva arcadia, de donde surgiría la civilización inédita. Keyserling identificó a
Sudamérica con los instintos de la humanidad, con la noche de la creación y con
el vientre de la tierra de donde surgiría la nueva vida. Quiso para ella la autonomía
cultural y se opuso a que fuese absorbida por la cultura y el imperio anglosajones
(Uribe Celis, 1991: 103-105).
29
Capítulo 1 w Los primeros años: la formación
lidó la república conservadora, que garantizó un periodo relativo de
paz hasta 1930, durante el cual se observó cierta modernización y pro-
greso. Sin embargo, la violencia partidista permaneció en el substrato
de la vida nacional e irrumpió de nuevo a mediados del siglo veinte.
Algunos hechos de violencia oscurecieron la aparente paz impuesta
por el régimen conservador: en 1914 fue asesinado el caudillo liberal
Rafael Uribe Uribe (1859-1914), otrora jefe de las huestes liberales
en la guerra y para el momento de su inmolación un redomado
pacifista; y la represión contra las cada vez más crecientes huelgas
obreras, cuyo punto culminante sería la llamada masacre de las
bananeras, en la que hubo un número indeterminado de muertos
que algunos tasan en tres mil.
Derrotado en la contienda de los mil días, el Partido Liberal pasó
a ser la minoría y se dedicó entonces a captar las cada vez más
crecientes masas populares urbanas, que a partir de 1919 se habían
organizado en torno al Partido Socialista, y a esperar el momento
para retornar al poder, el cual le llegó en 1930.
En 1904 triunfó en las elecciones presidenciales el general Rafael
Reyes, quien a finales de ese año clausuró el Congreso, que no se
reunía desde 1898 y sólo actuó unos pocos meses, convocó a una
asamblea nacional y se declaró dictador con lo que dio paso al lla-
mado “quinquenio” (1904-1909), durante el cual se abrieron nuevas
fábricas, especialmente textileras; se construyeron electrificadoras y
carreteras y se amplió la red férrea; se establecieron nuevos bancos,
la mayoría de ellos, a partir de 1914, de capital estadounidense. Reyes
fue derrocado en 1909 por un movimiento bipartidista en esencia: el
republicanismo, encabezado por el Partido Republicano, que rigió los
destinos del país durante cuatro años. A partir de 1914 se reinstauró
en el país le elección directa a la presidencia, y se experimentó la
llamada “hegemonía conservadora” (1914-1930), en la que la iglesia
católica tuvo un papel protagónico.
Colombia dio cabida a los inmigrantes blancos, especialmente
italianos, españoles y alemanes, muchos de los cuales se establecie-
ron en las ciudades caribeñas de Cartagena y Barranquilla. A partir
de 1910 el racismo se hizo mucho más notorio, se habló entonces de
las debilidades del “hombre colombiano”, para lo que se utilizaron,
asistemáticamente, enfoques biomédicos para explicar la “degene-
ración física” y algunos signos “psicopatológicos”. Un escritor de
la época caracterizo así esos momentos:
Hablemos, pues, de arte. Aprovechemos estos momentos opacos, inco-
loros, en los que la íntima psicología de la raza aparece al desnudo,
después de un largo eclipse engañoso, con el fondo de tristeza, de
30
Primera parte w Juan Friede, comerciante
abatimiento, de anonadamiento que nos distingue; aprovechemos este
momento psicológico para fijar orientaciones decisivas y personales,
para iniciar nuestra vida artística, y no olvidemos que toda iniciación
artística tiene bases esencialmente sensitivas, emocionales (Santos,
citado en Santos Molano, 2000, tomo II: 260. Subrayados nuestros).
Pese a algunos síntomas de progreso y modernidad el país era
analfabeto, ya que 60% de su población se encontraba en tal situa-
ción; además, era una nación insular, donde el provincialismo y el
clientelismo dominaban.
Una vez terminada la guerra de los Mil Días la industria cafetera8
se convirtió en la principal fuente de divisas, y a su lado se consolidó
y modernizó la infraestructura vial, necesaria para importar maqui-
naria y materias primas y para las exportaciones. El eje de desarrollo
del nuevo momento cafetero se centró en el occidente del país, es-
pecialmente en las fértiles laderas templadas de los departamentos
de Antioquia y Caldas, lo que dio lugar a la llamada colonización
antioqueña y a otro tipo de colonizaciones: caucana, boyacense, toli-
mense y cundinamarquesa. Tanto Antioquia como Caldas eran zonas
de influencia clerical y predominio clientelar electoral conservador,
donde, a diferencia de la época anterior a la guerra9, se cultivaron
cafetales en medianas y pequeñas propiedades.
El café era adquirido por casas especializadas establecidas en
Bogotá, Medellín y Honda, que tenían agentes viajando por los
diferentes pueblos cafeteros, comprando el grano a los comisio-
nistas existentes en los pueblos. Las trilladoras, por el contrario,
se concentraron en sitios aptos para dominar un ámbito territorial
determinado. La comercialización del grano estaba en manos de
empresas alemanas que, a raíz de la participación de los Estados
Unidos en la Primera Guerra Mundial, entraron en la lista negra
del gobierno de ese país. Ello fue posible pues el fuerte de las ex-
8 Tradicionalmente se ha escrito que el café llegó a Colombia en el siglo dieciocho a
las misiones jesuíticas de los Llanos orientales. Otra versión dice que: “La planta
del cafeto vino a Colombia a mediados del siglo XVIII. La trajo un oficial del ejército
español de la colonia, procedente de Etiopía: y no una semilla sino un arbolito en
vasija que rociaba con el agua potable de su servicio, como una verdadera curiosidad
de jardinería. En Mariquita, en la estación experimental de la Expedición Botánica,
a fines del siglo XVIII, se cultivaron los primeros arbolitos. Sin embargo, el café no
deviene en producto de consumo interior importante sino a través de muchos años”
(Torres Giraldo, s. f.: 359-360).
9 El café comenzó a cultivarse en Colombia hacia 1875, en el oriente del país. Inicial-
mente en las cercanías de Cúcuta, luego se amplió a todo Santander y Cundinamarca,
donde se formaron, prioritariamente, haciendas cafeteras.
31
Capítulo 1 w Los primeros años: la formación
portaciones cafeteras se concentró en Estados Unidos, adonde se
mandaban dos tercios de la producción nacional, porcentaje que
aumentó durante la Primera Guerra Mundial a nueve décimos en
1918; sin embargo, la mayor parte de las importaciones colombianas
provenían de Europa. Una vez terminado el conflicto la demanda
mundial del grano se expandió, y pese a algunas fluctuaciones de
bonanzas y crisis la economía cafetera se consolidó hasta 1980 como
el eje de la economía colombiana. Con el tiempo, la balanza de las
importaciones se inclinó hacia los Estados Unidos.
Durante la década de 192010, época de la llegada de Juan Friede a
Colombia, el café dinamizó las importaciones y el crédito bancario,
concentrado, este último, en Bogotá. Tal auge de la economía cafetera
fue posible gracias a que Brasil, principal productor del grano, retuvo
y destruyó, entre 1920 y 1934, dentro de sus sucesivos “esquemas
brasileños de valorización” (1906-1937), parte de su producción,
lo que contribuyó a sostener y a elevar los precios internacionales.
Así mismo, junto a la bonanza cafetera llegaron los fondos de la
indemnización de Panamá –consistentes en veinticinco millones
de dólares11– y se consolidaron algunos enclaves estadounidenses:
banano, en el departamento de Magdalena; y petróleo especialmente
en Barrancabermeja, en el departamento de Santander. Situación
que favoreció la entrada de capitales financieros de Estados Unidos.
Como veremos, buena parte del accionar comercial inicial de Friede
se centró en el cinturón cafetero del occidente del país.
Pero, así mismo:
La década del veinte fue una época de agitación social en Colombia.
Con el paso del decenio y la modernización de la economía surgieron
10 De acuerdo con la periodización propuesta por Carlos Uribe Celis en su libro Los
años veinte en Colombia: 27, son tres los periodos que tienen que ver con la inserción
del país en la órbita de la reproducción mundial y la transformación de la población
rural en urbana: uno, de inicio, que va desde el final de la primera guerra mundial
hasta 1922, cuando Colombia dejó de ser pastoril; el segundo periodo, de auge, va
desde 1923 hasta 1926: conocido como “la danza de los millones”, se caracterizó por
la reorganización de los distintos planos de la realidad económica y política nacional;
finalmente, un periodo de declinación, que va desde 1927 hasta 1930, cuando el país
empezó a cuestionarse sobre el verdadero contenido de las trasformaciones y sobre
el acierto de las inversiones, de la “prosperidad al debe”. Es decir que Friede llegó a
Colombia cuando las curvas económicas iban en ascenso.
11 Luego de muchos tiras y aflojes, el tratado entre Colombia y Estados Unidos sobre
Panamá fue aprobado por la Cámara de Representantes de Colombia en diciembre
de 1921. En 1922 llegaron los primeros diez millones de dólares. En 1925 se con-
cretaron dos empréstitos, el Dillon Read y el de Baker Company. Gran parte de la
indemnización, como de los préstamos internacionales, se invirtieron en obras de
infraestructura, especialmente en carreteras.
32
Primera parte w Juan Friede, comerciante
cada vez más exigencias para los cambios correspondientes en las
instituciones políticas y sociales (…). La pobreza y la desigualdad
tendieron a aumentar frente al rápido cambio económico. Esto, a
su vez, fortaleció el movimiento laboral colombiano, haciendo de
él un motor de la reforma social (…). El moderno movimiento la-
boral colombiano nació a comienzos de 1919, con la formación del
Sindicato Central Obrero, y su brazo político, el Partido Socialista
(…). El movimiento laboral colombiano experimentó un considera-
ble crecimiento a mediados de la década del veinte. Se realizaron
importantes congresos sindicales en Bogotá durante 1924, 1925 y
1926 (…). A pesar de la militancia sindical durante la década del
veinte, el hecho era que en Colombia había poca industrialización
y, por consiguiente, no había un verdadero proletariado. El país era
todavía rural y agrícola (…) (Henderson, 2006: 222-223).
Al aceptar venir a Colombia, Friede quiso iniciar una nueva vida,
subrayando que, aun cuando con algunas limitaciones y retos, el
país escogido le ofreció muchas posibilidades que él supo aprove-
char. Lo adquirido hasta ese momento fue determinante, pues, como
veremos, muchas de esas experiencias irían a señalar su periplo y
accionar en Colombia. Signo inequívoco de emprender una nueva
existencia fue el hecho que, el 21 de junio de 1925, en la ciudad de
Hamburgo, contrajo matrimonio con Helene Herlinglaus.
Capítulo 2
El enfrentamiento con el trópico
1.
E ntre 1926 y 1934 Friede viajó cuatro veces a Colombia, inicial-
mente como representante de la F. Stern y Compañía y luego
como comerciante y hombre de negocios. Antes de embarcarse por
primera vez, en 1926, estudió, junto con Helene Herlinglaus, su es-
posa y compañera del grupo Vanderfiegel, cuatro meses de español
intensivo. Ese trayecto transatlántico inicial lo hizo en el buque
“Itabury”, y el primer puerto de América que tocó fue Cartagena
de Indias. Allí comenzó el enfrentamiento del joven Friede con un
mundo hasta ese momento desconocido y diferente. Todo lo que vio
en Cartagena era novedoso y hasta cierto punto no imaginado:
(...) una variedad de frutas, algunas de las cuales no conocía y otras,
eran de precios [exorbitantes] en Europa (...) encontrarme con un
pueblo casi negro en su totalidad, con su alegría y su ímpetu vital,
con su música, me conquistaron el corazón (...) encontré la natura-
leza tal como después sentí que es (...) salir de una ciudad (Ham-
burgo) donde no hay sino neblina, con un clima terrible (...) para
encontrarme con este reflejo del sol que hay aquí y yo joven y lleno
de amor por la naturaleza (...) es tan distinta la luz del trópico a la
luz de Alemania donde el sol nunca se ve encima es una impresión
extraordinaria (Arocha y Friedemann, 1980: 1).
Luego de Cartagena el buque continuó a Panamá, en donde el
canal se había puesto al servicio en 1914, para llegar finalmente a
Buenaventura, puerto y punto final del viaje de Friede y su compañera.
Allí desembarcaron, a lomo de negro, ocho baúles, en su mayoría
– 33 –
34
Primera parte w Juan Friede, comerciante
llenos de mercancías. La impresión allí, igual que en Cartagena,
fue grande: se encontraron con que en el puerto-ciudad, además de
haber una gran cantidad de negros y negras, los niños permanecían
desnudos, en fin, todo era muy primitivo. Al día siguiente de des-
embarcar debió Friede enfrentar a la aduana: “yo tenía unas maletas
muy grandes, [la aduana] abrió todo, todos los negros mirando cómo
se abrían las maletas y cada uno cogía una cosa” (Ibídem). Luego
de pasar la noche en un hotel, los recién llegados siguieron, al día
siguiente, en tren, para Cali. Como en aquel entonces el ferrocarril
era muy lento –veinte kilómetros por hora–, los sorprendidos viajeros
emplearon, en total, dieciséis horas de Buenaventura a Cali: ocho
hasta Dagua y de allí a la capital del Valle otro tanto. La impresión
de Friede sobre la sultana del Valle fue la siguiente:
Cali entonces era muy distinta. En la plaza de Caicedo fue donde por
primera vez vi las palmas reales, era una cosa preciosa, no tenía las
cercas que tiene ahora, yo llegué el sábado y el domingo me tocó la
retreta en la plaza de Caicedo que era muy pintoresca pues en esa
época las muchachas y muchachos salían a la plaza y se hacían alre-
dedor de las palmas. El único hotel que había alrededor de la plaza
era de dos pisos. Es decir, en el piso de abajo vivía el comerciante y
tenía un almacén y en el piso de encima vivía el dueño y así era la
plaza sin nada de casas nuevas (Ibídem: 2-3).
Don Juan y su compañera duraron tres semanas en Cali. Su
interés por la vida al aire libre los hizo bajar a Dagua, sobre el río
Cauca, y, “allá me bañé por primera vez en aguas colombianas, la
gente sumamente amable, en fin, me enamoré desde la primera
vez de Colombia” (Ibídem: 3). Desde Cali el joven comerciante se
desplazó con su compañera a Popayán, que encontró extraordina-
riamente particular, pues: “las casas viejas y las iglesias no eran de
ladrillos sino de piedras redondas, todo era sumamente nuevo, y
naturalmente era gente muy amable” (Ibídem: 3).
Una vez que volvieron a Cali se marcharon a Manizales, por
cuestión de negocios. Al igual que cuando llegaron a Cali, vía Buena-
ventura, debieron viajar un día entero en tren, pero este sólo los llevó
hasta Santa Rosa de Cabal, adelante de Pereira. En dicho viaje, además
de las lógicas molestias causadas por los mosquitos y los zancudos,
la compenetración de Friede con el paisaje tropical fue en aumento,
ya que tuvo ocasión de recorrer un buen trecho del: “precioso Valle
del Cauca, fue la primera vez que vi la caña de azúcar y el café y esos
lindos árboles que dan sombra, las ceibas, que me impresionaron
mucho, me acuerdo de una de por lo menos cinco metros de diámetro
que no se conocía, de un mole (sic) extraordinario” (Ibídem: 3).
35
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
De Santa Rosa de Cabal a Manizales la joven pareja vivió una
experiencia nueva e inolvidable: resulta que para subir de Santa
Rosa a la antigua capital del gran Caldas no había medio posible de
locomoción, sino un cable aéreo. Friede narró así esta aventura:
De allá [de Santa Rosa de Cabal] otra cosa que me impresionó como
una cosa completamente nueva, era el cable (...). Entonces llegaba
el tren hasta abajo pero se subía en un cable abierto, un cable que
utilizaban, y precisamente de Mariquita a Manizales había un cable
de estos, pero allá [en Santa Rosa] había un cable también porque la
carretera no subía hasta Manizales, las cabinas eran unas pequeñas
plataformas con sus barandas que colgaban sobre el cable, comple-
tamente abiertas y, [para completar], hubo una borrasca con una
lluvia terrible (Ibídem: 4).
En el momento de la llegada de Friede a Manizales, la joven
capital caldense:
con su cable aéreo tendido al Magdalena, su catedral neogótica y su
oratoria grecoquimbaya, cristalizaba el triunfo social de la modesta
comunidad de arrieros y colonos de buena familia que la fundaron
a mediados del siglo XIX. Así, se convertiría en el faro cultural del
cinturón cafetero de occidente (Palacios, 1995: 83).
En esa ocasión, don Juan se encontró con que Manizales estaba
en proceso de reconstrucción, pues un voraz incendio la había
semidestruido12.
12 El incendio se produjo en 1925. A consecuencia de él la ciudad quedó semidestruida
y prácticamente arruinada. Una de las edificaciones que se perdieron fue la catedral,
reconstruida gracias al empeño del obispo de la diócesis, monseñor Antonio de J.
Salazar y Herrera, quien convenció a la comunidad de erigir la más colosal de las
catedrales concebidas en Colombia. Al lado del prelado estaban un arquitecto fran-
cés, monsieur Pólit, quien tenía en la mano los planos hechos por él en París, desde
donde había venido llamado por el obispo; y el párroco de la catedral, el sacerdote
Adolfo Hoyos Ocampo, que se convirtió en “el alma” de la obra. El jerarca, para allegar
fondos, se inventó “la semana de la Catedral” una fiesta cívica destinada a recolectar,
con ayuda de toda la ciudadanía sin distingos de sexo, de edad o de condición, las
más cuantiosas sumas: cien mil, doscientos mil y más pesos.
La plaza principal de Manizales se convertía en feria destinada a vender comestibles,
a cantar, a rematar objetos, etcétera, todo para la soñada catedral. En un principio se
hizo la cripta y se levantó el primer cuerpo de cemento. Después, entre 1930 y 1938, se
edificó por entero la obra gigantesca. La decoración, consistente en inmensos vitrales
construidos en Florencia, se hizo hacia finales de la década de 1940 y durante la de
1950 (Semana (153). 24 de septiembre de 1949: 16). Así, don Juan Friede fue testigo y
pudo analizar el comportamiento religioso y conservador de los caldenses, de lo que
nunca, que sepamos, escribió, pero que le sirvió para seguir cierta línea de conducta. è
36
Primera parte w Juan Friede, comerciante
En esas primeras semanas de permanencia en Colombia lo que
más le sorprendió fueron los negros. En Cali, por ejemplo, se en-
contró con:
Una población negra muy grande y también negros bien distintos
que en África, porque yo conocí africanos que eran unos moros allá,
pero allá en los slums, negros que es la primera vez que he visto
(Arocha y Friedemann, 1980: 3).
2.
Juan y Helena volvieron a Alemania y en 1927 retornaron a Colombia,
pero aun cuando el entonces joven venía como representante para
Colombia de la compañía F. Stern y Cía., venía con la idea de que-
darse: definitivamente, el país le había gustado. Como la base de los
negocios de la F. Stern era la exportación de café suave colombiano,
el mejor lugar para adelantar este tipo de negocios era Manizales13,
ciudad muy propicia para el desarrollo comercial debido a que:
El Estado central sólo contrató un 27% del total de los empréstitos
externos, porcentaje muy bajo en América latina. La iniciativa del
endeudamiento provino, principalmente, de los banqueros, expor-
tadores e importadores del occidente cafetero. El gobierno nacional
supuso que el dejar hacer a los departamentos, municipios y bancos
privados, garantizaría su apoyo político. De cada 10 dólares desem-
bolsados a los departamentos y municipios, siete fueron a parar a
las arcas de Antioquia, Caldas y la ciudad de Medellín. En 1928 el
gobierno central, presionado por instituciones gubernamentales nor-
teamericanas, trató de controlar la situación. Casi simultáneamente
cesó el flujo de fondos (Palacios, 1995: 124-125).
è El incendio estimuló la construcción de edificaciones en cemento armado; de hecho,
la catedral se construyó en ese material, lo que permitió erigir obras de cierta mag-
nitud como el Gran Olimpia (1930) con capacidad para tres mil espectadores y once
puertas de salida para casos de emergencia.
13 Manizales es una ciudad producto del empuje de la colonización antioqueña, de
colonos provenientes de Abejorral y Sonsón. Fue fundada a partir del actual parque
de Bolívar, en un lugar que permitía a la población constituirse en punto obligado
para el cruzamiento de caminos, pues podía comunicar el estado de Antioquia con el
Tolima y el Cauca, además de ser sitio estratégico desde el punto de vista militar. La
fundación oficial de Manizales se llevó a cabo en septiembre de 1848; inicialmente
fue erigida como distrito parroquial y quedó integrada al cantón de Salamina, cuya
cabecera era Sonsón. Pronto el nuevo distrito comenzó a crecer: en 1851 contaba con
veinticuatro manzanas, veintidós de ellas habitadas por noventa y cuatro familias.
En cada manzana habitaban entre cuatro y siete familias (Valencia Llano, 1990).
37
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
La ciudad en la que la joven pareja se instaló y donde Friede fijó
su base de operaciones era una donde se movía dinero y desde la que
recorrió, con sus muestras comerciales, la gran mayoría del territorio
nacional. Además del antiguo departamento de Caldas, los sitios más
visitados fueron Antioquia y el Chocó14.
Poco después de haberse instalado en Manizales Friede comenzó
su periplo incesante por el territorio nacional, unas veces en aras de
negocios y otras por placer. Recorrió los alrededores de Manizales
y fue hasta el nevado del Ruiz, pero un pequeño detalle iría a cam-
biar y a reorientar sus ideales: algún día de 1928, en el mercado de
Manizales vio, por primera vez, un grupo indígena. Se trataba de un
pequeño sector de indígenas chamí, que habían ido a la capital de
la provincia posiblemente con algún tipo de interés comercial. Fue
tanta la impresión que estas gentes causaron en don Juan que a la
primera ocasión que tuvo se desplazó al territorio de los chamí:
Fui a caballo desde Manizales por Anserma y abajo del río San Juan
encontré una escuelita de niños indígenas, pero me llamó más la
atención la profesora, una muchacha joven de 18 a 20 años, viviendo
allá con su vieja mamá. Y me acuerdo que ganaba treinta pesos al
mes. Era una impresión tan grande, estuve como tres días allá, los
niños por la mañana llegaban y esa pobre muchacha, su preparación
no era de un cien por cien pero de todos modos era una especie de
sacrificio que sentía una muchacha joven en la montaña, allá con su
mamá. En fin, pero todo esto era tan distinto, que me impresionaba
mucho, por una parte me conmovía y por otra me di cuenta que no
todo eran las grandes fábricas, no todo eran las grandes plazas que
yo conocía (...) (Arocha y Friedemann, 1980: 5).
Sin duda, de esa visita en adelante la mente de Friede comenzó
a maquinar el formidable trabajo que años más tarde emprendería y
llevaría a cabo. Esas primeras impresiones de un grupo indígena las
plasmó en un artículo que envió a “Alemania, porque allá teníamos
14 Por lo general, las empresas alemanas dedicadas a la exportación de café importaban
todo tipo de mercancías, especialmente productos de ferretería, útiles e insumos para
el campo, que vendían en sus propios almacenes y distribuían en el interior del país.
En Colombia existían varios alemanes dedicados al cultivo y exportación de café. El
caso más conocido fue el del barón Hans von Mellethin, que entre 1928 y 1940 amasó
una gran fortuna con plantaciones de café en el Huila, una planta seleccionadora
y procesadora de grano en Girardot y una casa en Bogotá. Tal complejo, conocido
como la Trilladora del Tolima y posteriormente Casa Trilladora y Exportadora de Café
Plantex S. A., fue la base de uno de los grandes escándalos nacionales de la época,
por estar involucrado en él Alfonso López Michelsen, y se contó como uno de los
causales de la caída del presidente Alfonso López Pumarejo en 1945.
38
Primera parte w Juan Friede, comerciante
los Vanderfiegel un periódico. Fue la primera vez que escribí sobre
Colombia y precisamente sobre los chamí. Es decir lo que observé”
(Arocha y Friedemann, 1980: 5-6).
Muy seguramente Friede percibió, primero al ver los grupos de
afrodescendientes de Cartagena, Buenaventura y Cali, y después a
los indígenas chamí:
El gran perjuicio racial [existente en la sociedad colombiana y que]
complicaba aún más el problema social colombiano. Los miembros
de las clases altas miraban con desprecio a los pobres, quienes por
lo general revelaban su ancestro indígena o africano, al ser morenos
o bajos de estatura. Los colombianos adinerados eran con frecuencia
más altos, rubios de tez blanca, debido a sus antepasados europeos.
Durante la década del veinte, los colombianos mejor educados creían
que los pueblos de piel oscura en todo el mundo sufrían un proceso
de “decadencia racial”, convicción que tendía a impedir el impulso
reformador. Los colombianos más ricos creían que los pobres vivían
en tugurios porque se lo merecían, y que si recibieran más dinero
por su trabajo sólo lo malgastarían (Henderson, 2006: 224).
Buena parte de esos viajes los hizo don Juan por su vinculación
a la compañía F. Stern, pero él aprovechaba esas correrías para co-
nocer otros lugares, por lo que muchos de ellos fueron verdaderas
aventuras que le recordaban las vividas en Alemania unos años
antes. Por ejemplo, cuando estuvo en 1928 por primera vez en Pasto,
ciudad a la que llegó:
desde Tumaco, primero en canoa subiendo el río, después coger un
caballo hasta Túquerres, donde entonces no había carretera todavía
pero la estaban construyendo, entonces había unos muchachos que
tenían motocicletas, yo llegué en una motocicleta a Pasto la primera
vez (Arocha y Friedemann, 1980: 10).
En esa ocasión tuvo una experiencia inolvidable con lo que sería
la materia prima de su producción intelectual: los archivos y los
documentos históricos:
Cuando en 1928 visité a Pasto, se ofrecían antiguos documentos en
los sitios más variados. Entre aquellos recuerdo los libros de actas
del Cabildo de principios del siglo XVII. Conocí por entonces un co-
leccionista de estampillas y sellos –era inglés–, que había adquirido
un lote de documentos notariales, a los cuales cortaba el sello de la
parte superior y quemaba el resto (Friede, 1963q).
39
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
Luego de hacer sus tratos comerciales mandó sus mercancías a ca-
ballo a Cali y siguió a Sibundoy, para volver a Pasto y retornar a Cali
vía Popayán. Por lo general, los recorridos los hacía a caballo, pero
cuando la ocasión lo requería utilizó otros medios de locomoción;
por ejemplo, cuando estuvo en Andagoya (Chocó) lo hizo remontan-
do el río San Juan en un barquito de cinco metros de eslora.
En el valle del Sibundoy tuvo Juan Friede más de una extraña
impresión. Resulta que al llegar allí:
fui recibido por las madres franciscanas de nacionalidad alemana –con
un coro de niños indígenas que entonaron el himno nacional alemán:
Deutschland, Deutschland über alles (...) ya por entonces a pesar de la
emoción y sorpresa que sentí al oír sonidos familiares en la alta cor-
dillera andina, no pude evitar cierto malestar al pensar en el esfuerzo
inútil que demandaba a los niños indígenas el aprender una canción
que nada les decía, siendo al contrario, el resultado de largas horas de
aprendizaje malgastadas. Hubiera preferido oír de su boca una canción
indígena (Friede, 1972b: 34-35).
Durante el mismo viaje vio: “en las puertas de la iglesia de Sibun-
doy una tarifa para bautizos, casamientos, misas, etcétera, expresada
en pesos colombianos o en productos agropecuarios” (Friede, 1972b:
36). Otra cosa que lo impactó fue que: “mientras viajaba en una canoa
con dos colonos mestizos, de pronto el uno le dijo al otro –Mire allá
va un indio denme la escopeta (...). No, mataron no. Pero yo oí. Yo
presencié esto” (Ibídem: 36).
Así mismo, en el mismo año de 1928 pudo observar en Popa-
yán que a los indígenas los trataban: “como animales, se pagaba
30 centavos entonces el día a un indio dentro de la misma clase
campesina” (Ibídem: 28). Poco a poco y a medida que Juan Friede
iba conociendo las distintas regiones colombianas y los problemas
que en ellas había, pudo sensibilizarse y hacerse a una idea que
orientara los futuros estudios e investigaciones que posteriormente
emprendería: la problemática del indígena en Colombia. En el año
siguiente, 1929, estuvo por primera vez en San Agustín15 y el alto
Magdalena, lugares que, como veremos, fueron definitivos en su
producción intelectual posterior.
El 20 de febrero de 1930 don Juan y su esposa pidieron cartas de
nacionalidad colombiana ante el gobernador de Caldas; en su decla-
ración dijeron ser casados y como oficio del marido el de comerciante;
15 San Agustín había sido erigido como municipio recientemente, en 1926, poco antes
de la primera visita de Friede.
40
Primera parte w Juan Friede, comerciante
comprobaron su honorabilidad con declaraciones de testigos. El
1 de mayo de 1930 la comisión asesora del gobernador conceptuó
favorablemente la petición de los esposos Friede y le otorgó a don
Juan la carta de nacionalidad número 3. Poco duró la felicidad de
los nuevos colombianos, pues doña Helena decidió, poco después,
volver a Europa, ya que: “como los matrimonios no son cien por cien
perfectos (...) ella estuvo conmigo en Colombia hasta el año 30. No
tuvimos hijos. Después nos separamos” (Ibídem: 8).
Antes de la separación definitiva, Friede estuvo seis meses en
Alemania, tratando de arreglar las cosas. Una vez tomada la decisión
regresó a Colombia pues, como lo afirmó reiteradamente, se había
“enamorado del país”.
No sobra resaltar que la separación definitiva fue tramitada por
don Juan en Cuernavaca, en el estado mexicano de Morelos, el 15
de diciembre de 1942. En su declaración ante el distrito judicial,
expediente 531/942, declaró que:
el matrimonio que se trata no posee bienes de fortuna y que, por lo
tanto, no hay bienes que liquidar; que en el año de 1930 la señora He-
lene Herlinglaus de Friede abandonó injustificadamente el domicilio
conyugal y, por lo tanto, con la total interrupción de las relaciones
matrimoniales, motivo por el cual ignora el domicilio actual de la
señora (...) interpuso esta demanda de divorcio necesario para el
efecto que se declare roto el vínculo matrimonial para que queden
en libertad los cónyuges de contraer nuevas nupcias si lo desean
(AJF, divorcio de Juan Friede, 15 de diciembre de 1942).
En realidad, fueron muchos los aspectos que influyeron en esa
fascinación por Colombia. Ya hemos hablado del trópico, los grupos
humanos, etcétera, pero la situación del país y la posibilidad de hacer
un capital fueron razones poderosas que hay que tener en cuenta
también. En efecto, por aquel entonces Colombia era un país que
iniciaba su proceso de modernización e inserción en el capitalismo,
estaba en un estado de transición, la mentalidad y costumbres del
colombiano eran todavía “sanas”, razón por la cual Friede se “ena-
moró”, aún más, de su “segunda” patria. Al respecto declaró:
Me enamoré de lo primitivo, de lo directo, de lo honrado (...) se
hacían negocios de palabra, sin firma. Cuando uno necesitaba plata,
nunca firmaba letras ni nada por el estilo (...). A veces la gente no
podía pagar y entonces desaparecía; iban al Huila o a las montañas
y uno o dos años después volvían y pagaban íntegro todo hasta el
último centavo (Aristizábal: 1984: 2).
41
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
Pero, al mismo tiempo, todo:
era importado, hasta los botones, lo único que se producía eran
zapatos (...) digamos en Manizales no hubo un solo almacén ni
una fábrica de telas o de cualquier cosa, sino de zapatos (...). Todo
era importado de Estados Unidos, de Alemania, aquí no había una
verdadera industria (Ibídem).
En realidad:
Las reformas arancelarias de 1905, 1913 y 1931 estimularon el proceso
de producir localmente bienes manufacturados que se importaban de
Europa y Estados Unidos, lo que luego se llamaría la sustitución de im-
portaciones. Aparte de los fabricantes, la presión proteccionista provino
de los agricultores una vez que el gobierno expidiera en 1927 la “ley de
emergencia” que rebajó el arancel del arroz, maíz, azúcar, harina de trigo,
algodón y otros productos, para aplacar las agitaciones urbanas ante la
carestía de aquellos años.
Pero la industria era demasiado débil como puede colegirse de la texti-
lera, la más pujante de Colombia. En 1928, cuatro quintas partes de la
demanda interna se satisfacían con importaciones. Los 52.000 husos
instalados en todo el país, anotó un observador inglés en aquel año, a
duras penas alcanzaban el tamaño de una fábrica media de Lancashire
(…) (Palacios, 1995: 90-91).
3.
Hacia 1931 Friede retornó a Colombia, a su reducto de Manizales.
Para ese momento el país atravesaba por una transición: después
de cuarenta y cinco años de hegemonía conservadora, en 1930 el
Partido Liberal obtuvo la presidencia de la república con Enrique
Olaya Herrera (1930-1934), con lo que se inició la “república liberal”
(1930-1946) y un rápido cambio social y político. Olaya impuso un
gobierno de coalición, con ministros y algunos altos cargos en manos
del Partido Conservador. Precisamente en el año de regreso de Friede,
el gobierno central asumió el manejo macroeconómico, lo que fue
fundamental para impulsar la modernización del estado.
Una vez establecido, don Juan intensificó su labor exploratoria
por el país, que iría a determinar su producción intelectual posterior.
Tanto llegó a conocerlo que hasta sus últimos días se ufanó de ello:
“yo siempre le digo a mis amigos, yo conozco el país mucho mejor
que ustedes” (Arocha y Friedemann, 1980: 11).
42
Primera parte w Juan Friede, comerciante
En 1933, la F. Stern y Cía. quebró16. Don Juan regresó a Europa y
se reunió con su madre, que por esos años vivía en Polonia. En el ve-
rano de 1933, Friede se encontraba estudiando en la Universidad de
París17 algunos cursos de historia del arte. Se reencontró allí con un
amigo holandés, el pintor Arthur Goldsteen, a quien le decía Bimbo,
y juntos planearon, recordando quizá sus tiempos de Vanderfiegel:
un recorrido por España en un viejo Citroën, estilo “colepato”, mo-
delo 1928 y bastante destartalado. Yo me interesaba por el Greco,
cuyas obras esparcidas por las iglesias españolas quería conocer; mi
joven amigo holandés escribía sus impresiones para un periódico
de su país acompañándolas con dibujos que tomaba del natural.
Posteriormente publicó un libro profusamente ilustrado que fue
uno de los primeros modernos que se escribió sobre la entonces
casi desconocida España (Arthur Goldsteen. Spaans Schetsboek.
Het Wereldvenster. Baarn).
Durante varias semanas viajamos a través de la península por ca-
minos más de herradura que de automóvil. Dormíamos en las casas
de los campesinos, hablábamos con ellos acerca de sus problemas,
conociendo ese pueblo noble y sufrido. Desde Algeciras embarcamos
nuestro “cacharro” a Tánger, visitamos Ceuta, Xaen y proseguimos
el viaje a Marraquesh. Luego por Mequinés y Fez recorrimos Ma-
rruecos, Argelia y Túnez para embarcarnos hacia Sicilia. Desde allí
nos dirigimos al norte a través de Italia, volviendo a París en pleno
invierno. Es allí donde nuestro fiel compañero, “el colapato”, expiró
16 La quiebra fue consecuencia de la gran depresión económica mundial que se inició
con el desastre de Wall Street de octubre de 1929. En Colombia, el impacto de la gran
depresión fue grande, pues se produjo la crisis del sistema exportador-importador.
Entre 1928 y 1933 el país experimentó una disminución de 58% en el valor de las
exportaciones, lo que produjo la caída general de la economía y la reducción de
los ingresos del gobierno; además, las condiciones de los mercados financieros in-
ternacionales impidieron que se lograran nuevos créditos destinados a apaciguar la
crisis o a continuar los ambiciosos programas de los años anteriores. Hubo entonces
una sustitución de importaciones de bienes de consumo, se devaluó la moneda, se
impusieron controles cambiarios y se reajustaron los aranceles, con el fin de hacer
más competitivas las exportaciones en los mercados mundiales y más escasas y caras
las importaciones. Con todo ello avanzó la producción de insumos industriales de origen
rural: cebada para las cervecerías, algodón para las textileras, tabaco para las nuevas
fábricas de cigarrillos, azúcar refinada, trigo, leche y aceite de palma para las industrias
de bebidas y alimentos procesados. El presidente Olaya Herrera se desvivió por com-
placer al gobierno y a los empresarios estadounidenses, se afanó por resolver las
controversias sobre el estatus de las compañías de ese país en Colombia, y lo hizo
esencialmente bajo las condiciones que ellas impusieron (Palacios, 1995: 131-135;
Bushnell, Op cit. 246-255).
Obviamente que, como veremos, Friede se aprovechó de la situación y logró consolidar
un capital que le permitió independizarse y convertirse en investigador.
17 Entonces, como ahora, París era el centro de encuentro de la intelectualidad latina,
de los poetas, los escritores y los pintores, y de la bohemia. Desde el fin de la primera
guerra mundial agrupó a los rebeldes posbélicos.
43
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
en la Puerta de Versalles en un lote de automóviles inservibles
(Friede, 1973: 31).
Fue durante ese viaje por España y el norte de África cuando don
Juan tuvo su primer acercamiento al Cante jondo:
Uno de mis más intensos y perdurables recuerdos de aquel viaje por
España fue una noche que pasamos en un pueblito de Andalucía
cuyo nombre no recuerdo. Ya al anochecer entramos a un cafetín o
taberna. Un débil foco eléctrico alumbraba el establecimiento. Todas
las mesas estaban desocupadas salvo una, situada en un rincón y
ocupada por dos jóvenes campesinos. Nos sentamos en una de las
mesas cercanas y de pronto nos dimos cuenta de que uno de nuestros
vecinos cantaba en voz baja, casi al oído de su compañero. Era un
cante triste, lánguido, un grito de dolor retenido que luego, a través
de modulaciones, bajaba como por una escalera para luego revolverse
en la nada. Y luego otra vez subía el tono, otra vez un grito que estre-
mecía, grito de dolor retenido, sostenido, pero dominado. Y luego el
descenso largo y trágico, elevándose a veces tímidamente para luego
volver a descender como si estuviera de antemano condenado.
Estábamos sentados como embrujados oyendo ese cante, esa queja
interminable como de un animal herido, sin esperanza. Nos olvi-
damos del café que nos sirvieron. Sólo sentimos la penumbra que
nos rodeaba y la tragedia que expresaba este cante de un pueblo
olvidado (Ibídem).
Luego de ese contacto inicial con el Cante jondo, don Juan volvió
a tener:
Una experiencia similar aunque no de tal intensidad tuvimos en dos
ocasiones en el norte de África. En un pueblito cercano a Fez, en
la plaza de mercado, entre ir y venir de las gentes, tocaba el violín
un anciano pordiosero. Y una vez más esa melodía de escala des-
cendente, esa queja interminable, ese cante repetido, melancólico y
triste que nos recordaba a España. Y en Orán asistimos a una función
religiosa en la sinagoga. Y aunque en un ambiente diferente, ante
un altar de velas encendidas, oímos otra vez ese cante lánguido, esa
queja de pueblos perseguidos (Ibídem).
En esa ocasión duró en Europa año y medio, pero el trópico, su
luz y su gente, y quizá sus problemas, los tenía ya muy adentro.
44
Primera parte w Juan Friede, comerciante
4.
En 1934 decidió volver a Colombia por cuarta vez, como represen-
tante de distintas empresas, y se instaló de nuevo en Manizales.
Como la F. Stern y Cía. estaba en proceso de liquidación, Friede fue
el encargado de adelantar las diligencias respectivas en Colombia,
por lo que en 1935 debió viajar por primera vez a Bogotá para arre-
glar algunos asuntos.
Estamos seguros que el enfrentamiento de Juan Friede con la capital
colombiana fue una experiencia muy distinta a la que sintió en otros
pueblos y ciudades de Colombia, pues aquí la luz del trópico, que tanto
lo impresionó al llegar al país en 1926, era muy particular, y la gente
un tanto distinta a la hasta entonces conocida por él. Es así como en
1944, en el ensayo sobre el pintor Carlos Correa escribió que:
La luz de Bogotá, es opaca, todos los colores tienen negro. El hollín
que cubre las mesas, los asientos y los pasamanos de la baranda,
parece haber penetrado en el azul-gris del cielo y en el verde-gris
de la montaña y para ver un amigo hay que soportar el ruidoso café,
lleno de humo donde hablan de todo y de todos. En este ambiente
Correa se retrae. Le deprime esta ciudad. Bien lo decía su maestro
Pedro Nel Gómez: “Que Bogotá mata al pintor”. El trajín de la vida
cotidiana lo abarca (...). ¿Dónde está la fuerza biológica? ¿En el café?
¿Entre el humo del cigarrillo y hálito de cerveza? ¿En el ruido de los
tranvías? (Friede, 1945: 31).
5.
En 1938 decidió establecerse en Bogotá, por circunstancias que
expondremos en el capítulo siguiente, pero continuó vinculado
a Manizales hasta 1941. Al volver de Europa obtuvo sus primeras
propiedades en Colombia:
yo en Manizales hice una casa que todavía existe, es la primera casa
que tenía un techo de madera estilo alemán, agudo de dos aguas,
nada de lujo, pero yo con el primer dinero que gané me compré una
finquita, se llamaba Alto del Perro18, si usted va a Manizales todavía
18 Según Luis Arango Cano, en su libro Recuerdos de la guaquería en el Quindío (1918): “A
los pocos días después de fundado Manizales, comenzaron los guaqueros a buscar guacas
y sacaron algunas en el alto del Perro (…) la mayor parte de estas eran tambores de regular
tamaño y de seis a ocho varas de profundidad; en algunas guacas, en el piso de la bóveda,
había unas lozas de piedra de cuatro pulgadas de espesor y de una vara de ancho por dos
de largo, más o menos; los indios estaban acostados sobre estas piedras. Estos indios eran
sumamente pobres en oro” (Arango Cano, citado por Valencia Llano, 1990: 26).
45
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
la casa existe, por las cercanías de los tanques del acueducto, y de
allá se veían todos los nevados, por la mañana de las 6 ó 7, era ex-
traordinario porque era una junta, por decirlo así, después del gran
valle y subía al páramo del Ruiz (Arocha y Friedemann, 1980: 9).
Tal casa, por sus características arquitectónicas, se conoció como
la Palomera. Una vez terminada, Friede se pasó a vivir al hermoso
lugar, en donde pudo recordar y practicar algo de la filosofía de los
Vanderfiegel, pues además de la compenetración con el paradisiaco
paisaje y poseer una inigualable vista de la carretera al Magdalena
y al nevado del Ruiz, recorría los alrededores y capturaba gran
cantidad de animales del monte:
Vea, me llevó una jaula como de aquí a la puerta, llena de pajaritos
distintos, me llevó una cusumba solina, me llevó un tigre, un perro
de monte, hasta cucaracheros metió en esa jaula, y decía, “¡Anda Zo-
lita, qué lindo eso, compre comida para que les dé, qué no le echó!”.
Él me daba la plata para la comida. Había azulejos, mirlas, toches,
cardenales, qué no le echó a esa jaula (EZ, febrero de 1996).
Con el fin de tener alguien que cuidara de la propiedad y se en-
cargara del servicio de la casa contrató una pareja de campesinos,
José y Zoila (Zolita), para que le sirvieran como agregados, empleo
en el que permanecieron por espacio de siete años. Ellos vivían:
En una casita de más abajo (...) él tenía su cocina aparte, yo subía,
cuando él ya se subía al carro y se iba para el centro, a tenderle
la cama, recogerle la ropa, para lavársela, planchársela y organizarle la
casa (...). Él tenía vacas, yo llegué a ordeñar hasta quince vacas en
un día, no tenía caballos pero sí gallinas, él era muy generoso, pues
me decía, si matas tres [gallinas] sacas tres para ti, él era partidario
en eso. Me decía, “¿Zolita, cuántos huevos resultan semanalmente?”.
Yo le decía, “A veces cincuenta, otras setenta”, y él decía, “Para ti es
la mitad, para mí la otra mitad”. Muy buena persona, muy formal,
que fue don Juan con nosotros, muy buen patrón (Ibídem).
El terreno adquirido era grande, aproximadamente 38 ha 4.884
m, lo que le permitió tener no sólo agregados, sino también arren-
datarios, pues al comprar Friede la finca:
Tenía una casa grande, pintada de granate o de rojo que quedaba a la
orilla de la quebrada de abajo (...) y más abajo había otra casa, donde
había una mata de guadua, que también pertenecía a eso. Abajo, en
el plan de abajo, había otras dos casas en las que vivieron primero un
Juan Jaramillo y luego unos buriticaes (...) don Juan no vivió en la casa
46
Primera parte w Juan Friede, comerciante
grande, él se pasó a la Palomera cuando todavía estaba sin techar, tenía
dormitorios abajo. Antes, posiblemente vivía en un hotel (Ibídem).
Al regresar de Europa lo hizo acompañado de una nueva mujer,
europea también, doña Ilse, con la que se trasladó a vivir a la casa
del alto del Perro; sin embargo, a ella no le gustó el tipo de vida
campestre que le propuso don Juan y algunos meses después se fue
para Alemania. Es así como:
Casi no andaba (...) yo le llevaba la ropa planchada y me decía aco-
módela usted misma, me gusta que usted me arregle esa ropa. Ella
era muy querida, no era apretada, no. A veces que le decía, “Señora
Ilse, no tengo con qué comprar panela para hacerle el algo a los
trabajadores”. “Zolita, tenga”, y me daba dinero (Ibídem).
Ese fue, que tengamos conocimiento, el segundo o tercer fraca-
so sentimental de Friede con mujeres europeas. Decidió entonces
relacionarse con nativas, con la idea peregrina, quizá, de que las
colombianas eran menos difíciles de sobrellevar. Comenzó entonces
una serie de amoríos con diferentes mujeres, de distintas clases
sociales:
Nosotros [los Gómez Arrubla-Uribe Mejía] no le conocimos mujer,
devaneos los que quiera, porque era lo más enamorado del mundo.
Tenía una gran figura (...). En el alto del Perro vivía con la señora,
con la mujer con la que vivía. Él tuvo muchas mujeres viviendo allá,
pero nunca las conocimos, pues Daniel era una persona sumamente
correcta y nosotros no ahondamos mucho en la vida íntima de Juan
(EMTU de GA, febrero de 1996).
En realidad, algunos de los mencionados romances fueron rela-
ciones de cierta trascendencia:
Una vez me hizo llevar unos huevos a una mujer, llamada Merce-
des, que tenía por ahí, en una casa quinta, por Tonto Hermoso, allá
la tenía y me hizo llevarle, era como la señora, él se mantenía casi
todos los días allá, él tenía mucho cambalache por ahí (...). Él vivió
con varias mujeres (...), él llevaba [a la Palomera] a una señora o
señorita, Claudina Múnera, de un colegio (...) es que era muy buen
mozo, por eso era que lo perseguían las mujeres (EZ).
Sin embargo, de todos esos devaneos sentimentales hubo uno
que dejó consecuencias y que marcó en cierta forma su vinculación
definitiva a Colombia: el que inició en 1937 con la que sería la madre
47
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
de su primer hijo colombiano, Ricardo Friede González, nacido en
1938 en Manizales:
Era una negra, camarera de un hotel de Ibagué. Se llamaba Nicolasa
[María Nicolasa González] y hasta me decía [don Juan], “Delante de
la gente no la llame Nicolasa, y cuando haya gente no deje que la
Negra cargue el niño” (Ibídem).
El interés de Friede por mantener en el anonimato a la madre
de su hijo dio mucho de que hablar en la sociedad manizalita de
entonces:
Nosotros lo frecuentábamos mucho en la casa del alto del Perro, nunca
conocí a la Negra, nos la tuvo escondida (...), pero ahora que recuerdo
Daniel le charlaba mucho al respecto, le preguntaba, “¿Cuántas negras
tenés?, ¿qué hubo de la Negra?”, y así (EMTU de GA).
En las contadas ocasiones en las que don Juan la presentó en
sociedad le cambió el nombre por el de Mery; así la conocieron sus
amigos. En realidad, desde que supo que estaba embarazada tuvo
sus temores:
Don Juan me dijo de este modo: “Zolita, si es moreno, negro, como la
Negra, usted lo cría”. Yo le dije: “No, que se lo lleve ella, yo aquí no
puedo tener muchachitos ajenos, tengo mucho que hacer”. Entonces
dijo: “Si es mío, si se parece a mí, usted lo cría, si es blanco con ojos
azules es mío, entonces usted lo cría, usted lo educa”. Entonces le
dije: “Bueno, don Juan, eso es distinto, si usted está aquí, si lo corrige
por si hace alguna cosa mala, porque uno no puede corregir a un
hijo ajeno”. Entonces quedamos así (EZ).
Desde un principio, la Negra tuvo problemas con los agregados
o mayordomos de don Juan:
Hasta el marido mío peleó con ella, porque ella quiso mandarnos
gritando. Entonces yo le dije: “Mire señora, a mí no me grite porque
yo la respeto a usted, para que usted me respete a mí”. Entonces dijo,
“Bueno señora”, y no se volvió a meter conmigo. Con el marido mío
el problema fue que lo mandó bruscamente, gritando, entonces él
le dijo: “Vea, señora, me hace el favor y me respeta porque resulta
que yo soy hombre macho y un trabajador, usted es una triste mujer,
respete” (Ibídem).
48
Primera parte w Juan Friede, comerciante
La vida en pareja se fue deteriorando cada vez más, al punto que
un día, cuando el niño tenía cerca de año y medio –aproximadamente
en 1940–, al regreso de uno de sus frecuentes viajes de negocios a
Bogotá Friede se encontró con que María Nicolasa y Ricardo habían
levantado vuelo:
Esa negra era muy brava, se le robó toda la ropa a don Juan, no dejó sino
la cama tendida, lo dejó limpio. Él sufrió mucho con esa negra, y yo le
decía, “¡No ve, perro que come hueso, experiencia en el pescuezo!”. Y
él decía, “¡Anda Zolita, así es!” Y yo le decía, “No ve, con una y con
otra, con una y con otra, así le hace mucho daño” (Ibídem).
Su primera impresión al hallar desocupada la casa y no encontrar
al hijo, que para él tanto significaba, fue muy particular: le dijo a
su fiel servidora:
“¡Oh, Zolita!, usted no tiene un vestido de don José, préstemelo
mientras me arregla usted este”. Entonces le di el vestido bueno de
José y le dije, “Póngase usted este mientras tanto”, y me dijo, “Sí, sí”.
Y se lo puso y yo le arreglé y planché el único vestido que le dejó
la negra esa (...). Es que ella era mala gente, como decía mi marido:
camarera tenía que ser para ser tan (...) (Ibídem).
Una vez recuperado de tan dolorosa experiencia, don Juan bus-
có a María Nicolasa. Para ese entonces, José y Zoila habían dejado
de servirle, pues a consecuencia del descontrol producido por la
sorpresiva partida del pequeño Ricardo y su madre, y quizá en
agradecimiento por los favores recibidos, les quiso escriturar una
casa con un pedazo de tierra, pero José, celoso, se puso a murmurar
que por algo sería, que si sería que vivían juntos, etcétera. Entonces
Zoila llamó a Friede y le comunicó que no aceptaba el ofrecimiento,
por las suposiciones del marido, a lo que respondió: “¡Anda, Zolita!,
muy malo es ese hombre, usted no es así (...) mejor que se vaya de
aquí” (EZ). A lo que ella repuso: “Pero al irse él, me tengo que ir yo”
(Ibídem).
Una vez encontró a la Negra en Cali, Friede comenzó a buscar la
manera de quedarse con Ricardo, y frecuentemente le comentaba a
Zoila: “Yo le doy una casa amoblada en Cali, y que me dé el niño a mí,
pues él no queda bien con esa negra; anda, Zolita, qué negra tan (...)”
(Ibídem). La transacción se llevó a cabo por fin, porque:
Después supe por don Pepe [Goetz Pfeil-Schneider] el negocio que
había hecho, me dijo: “Cómo le parece Zolita, don Juan cambió a
49
Capítulo 2 w El enfrentamiento con el trópico
Ricardo por una casa”. Y le dije, “Cómo así, con quién”. Y dijo, “Con
esa negra, esa negra se quedó con la casa y él se llevó a Ricardito”.
Dije, “¡Ah!, siquiera quedó al lado de él, qué iba a quedarse con esa
negra, dándole mal ejemplo al niño” (Ibídem).
Tales circunstancias, unidas a otras que narraremos a continua-
ción, hicieron que Friede decidiera radicarse definitivamente en
Bogotá.
Capítulo 3
La vida entre Manizales y Bogotá
1.
E l 16 de diciembre de 1934 Daniel Gómez Arrubla, joven comer-
ciante de paños ingleses en Manizales, contrajo matrimonio
con la adolescente María Teresa Uribe Mejía, miembros ambos de
familias adineradas de la capital caldense. El recién casado era un
apasionado de los carros y en esas conoció al nacionalizado inmi-
grante Juan Friede Alter, que vendía automóviles para una firma
de Cali y a quien la compañía estadounidense Ford Motor le había
ofrecido la concesión para Manizales19.
El negocio de la venta de automóviles se vislumbraba prometedor
y con muchas posibilidades de expansión, ya que por presiones de
los banqueros estadounidenses y de las grandes fábricas de automó-
viles el sistema ferroviario se desprestigió en toda América latina:
19 El automóvil llegó a Colombia a finales de la década de 1910: el primero lo importó
el general Rafael Reyes. Su introducción está íntimamente relacionada con la cons-
trucción de carreteras –la Central del Norte, la carretera Ibagué-Armenia y la carretera
Bogotá-Cambao–, vías de comunicación necesarias para romper la insularidad de
las regiones colombianas, conectarlas y crear un mercado interno; y con la incorpo-
ración del país al mercado capitalista mundial. Por ello se necesitó el desarrollo de
infraestructura vial. En 1919, 90% de las vías existentes en Colombia eran caminos
de herradura; poco a poco el porcentaje fue cambiando en aras de la modernización
del país. La venta de automotores era un buen negocio, con muchas posibilidades de
expansión. En mayo de 1926, durante la administración de Pedro Nel Ospina (1922-
1926) y ejerciendo como ministro de Obras Públicas Laureano Gómez se inauguró la
carretera Bogotá-Honda.
– 51 –
52
Primera parte w Juan Friede, comerciante
En los treinta, como México dependía de la economía estadounidense,
los empresarios insistieron en la decadencia del ferrocarril. En Europa
el tren es fundamental, pero en América latina nadie supo oponerse a
la imposición yanqui, nadie pudo rechazar el impulso “modernizador”.
Estados Unidos quería lanzar su industria automotriz: carreteras en
vez de rieles, ése era el futuro (Poniatowska, 2005: 293-294).
En Colombia, la determinación estadounidense fue asumida al
pie de la letra y, sobre todo, se replantearon, radicalmente:
las condiciones de planeación, operación y financiamiento de los
transportes colombianos. En 1930 por cada kilómetro de ferrocarriles
se habían construido dos de carreteras; de allí a 1950 se construirían
850 kilómetros de carreteras (…). Al promediar el siglo, 21.000
kilómetros de carreteras integraban un poco mejor las economías
regionales del país (...) (Palacios, 1995: 171).
Aun cuando para ese entonces Friede tenía cierto capital, no po-
seía el dinero suficiente para iniciar el negocio; le propuso entonces
a Daniel Gómez Arrubla que se hicieran socios, y el 25 de marzo
de 1935, por escritura pública 297, se creó Caldas Motor, primera
firma importadora y distribuidora de vehículos de la región del
viejo Caldas.
Gómez Arrubla siguió trabajando con su padre en el negocio de
paños, mientras que Friede se dedicó por entero a Caldas Motor,
como administrador y vendedor. La novel empresa comenzó a ex-
tenderse rápidamente: primero a Pereira y luego a Armero, donde
abrió una sucursal: “que era muy grande porque recogía todo el
Tolima, eran unas comisiones muy importantes” (EMTU de GA). En
1938, con el nombre de Colombia Motor, empezó a funcionar una
filial en Bogotá:
Todo eso fue trabajo de Friede, para esa época mi marido tenía los
carros como un negocio secundario que lo manejaba Juan, que era
un apasionado del negocio, porque eso sí era una maravilla, muy
inteligente, y se movía mucho, pues ligerito, ligerito, nos fuimos ex-
playando por todo el país y eso fue en muy poco tiempo (Ibídem).
En realidad, el trabajo en la distribuidora de carros le copaba
mucho tiempo. Debido al rápido crecimiento de la compañía debió
viajar con frecuencia:
Nosotros viajábamos mucho juntos en esos maravillosos carros, por
unas carreteras que no eran carreteras sino caminos, en los planes del
53
Capítulo 3 w La vida entre Manizales y Bogotá
Tolima uno se iba por cualquier parte (...) íbamos con Juan con mucha
frecuencia a Bogotá, Armero y Pereira, pero allí íbamos en el mismo día.
Siempre que íbamos a Bogotá lo hacíamos con Juan, él manejaba, era
muy bueno para conducir, un excelente chofer. Tanto Pfei-Schneider
como Juan eran unos choferazos a todo full (Ibídem).
La vinculación como socio a Caldas Motor le significó, obvia-
mente, una vida social llena de compromisos:
Él venía con mucha frecuencia a mi casa a almorzar, y como periódi-
camente venían estas gentes, los americanos, que venían a dar vuelta
a la concesión y siempre que venían pues era motivo de reunirnos en
mi casa y hacerles una comida o alguna cosa, esto era cada quince o
veinte días que había un programa de estos. Era siempre en mi casa,
en la que teníamos cuando nos casamos, en el centro (Ibídem).
Pese a esa vida no se hizo socio del exclusivo Club Manizales,
aunque asistía cuando los negocios lo requerían; prefería invitar a
sus relacionados y amigos a la finca del alto del Perro, donde cons-
truyó un quiosco en el que tenía: “un mueble lleno de cajones en los
que guardaba trago, porque a él le gustaba mantener ahí gaseosas,
aguardiente, vino, whisky y cosas así, no era sino levantar la tapa”
(EZ). Por lo general, las invitaciones eran: “los sábados por la tarde,
ahí en esa casa que tenía una vista lo más sensacional del mundo
entero, lindísima, hacia la carretera al Magdalena. Entonces nos
reuníamos y nos comíamos unas picaditas, tomábamos whisky”
(EMTU de GA).
Pese a que el mundo de los negocios demandaba dedicación
permanente, aprovechaba cualquier circunstancia para convertirla
en aventura:
Recuerdo una tarde que viajábamos Daniel, Pepe [Pfei-Schneider],
Juan y yo de Bogotá a Armero por los llanos del Tolima y de pronto
cayó un aguacero espantoso y el carro se encunetó en una laguna y
quedamos ahí parqueados pues no había manera de salirnos, llovía
durísimo y no había cómo mover el carro de donde estaba. Nos tocó
amanecer durmiendo entre el carro, en los llanos del Tolima. Juan
estaba fascinado, le pareció rico el plan, recuerdo que le pregunté,
“¿Juan, y qué hacemos?” Me respondió: “Recuéstese ahí, en el hom-
bro de Pepe y ahí se duerme”. Y sí, ahí nos dormimos (Ibídem).
A partir de la apertura de la subsidiaria de Bogotá don Juan
comenzó a trasladarse con frecuencia a la capital del país, porque:
54
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Juan tuvo muchos dares y tomares en el negocio en Bogotá, porque
Daniel no era muy amigo, mejor dicho no era ni que fuera Daniel,
sino yo, no le tirábamos nada a Bogotá, Daniel no tenía muchos nexos
con Bogotá, los que en ese momento sí tenía Friede (Ibídem).
Es así como desde 1938, cuando se constituyó Colombia Motor,
hasta 1941, año en el que le vendió su parte a Daniel Gómez Arrubla,
permanecía temporadas de tres meses en Manizales y luego otra del
mismo tiempo en Bogotá20. Esas ausencias frecuentes fueron un
problema para la administración de la finca del alto del Perro:
Él se iba y duraba quince días y hasta un mes por fuera. Un día, el
marido mío le dijo: “Don Juan, usted hace mucha falta aquí, porque
estos trabajadores que hay aquí en esta casa hacen lo que les da la
gana”. Y él dijo, “Y por qué, todos igualmente, no peleen” (EZ).
Durante unos meses de su permanencia en Bogotá, Friede vivió
con María Nicolasa y con su pequeño hijo Ricardo:
Él vivía, al principio, en la calle 39 abajo de la 17, en la 19, esa casa
existe, es en una esquina (…) ahí fue donde nosotros lo conocimos
primero y vivía con la Negra. Entonces allí no nos invitaba en ese
tiempo, invitaba sólo a Ignacio. En ese tiempo empezó a hacer la
casa [el edificio Friede, carrera 3b nº 63-97] (EMV de GJ).
No sabemos cuánto tiempo estuvo viviendo con María Nicolasa, pero
tenemos indicios que hacia fines de 1940 ya estaba parcialmente sepa-
rado de ella, pues durante los años siguientes mantuvieron relaciones,
mientras él se casaba en Cali, por lo civil, con Alicia Muñoz, a quien
no sabemos cuándo conoció. Entretanto, la Negra se mudó a esa misma
ciudad con un hermano, a la casa del famoso negocio. Ricardo se fue
a vivir con su padre: “Mi papá y mi mamá se separaron y yo viví con
mi papá cuando se casó con Alicia. Viví con él prácticamente toda la
vida” (ERF).
A comienzos de 1941 se perdió la concesión de la Ford en Bogotá,
que duró muy poco tiempo, tres años. La causa:
Infortunadamente, la concesión de Bogotá nos la quitaron muy rá-
pido, pues había mucha gente interesada en el negocio, y este pasó
directamente a la familia de Emilio Urrea (EMTU de GA).
20 Albeiro Valencia, comunicación personal.
55
Capítulo 3 w La vida entre Manizales y Bogotá
Don Juan continuó vinculado unos meses más a Caldas Motor,
hasta que un día, en noviembre de 1941, llamó a su socio y le dijo:
Danielito, hasta aquí trabajamos juntos, muchas gracias por todo lo
que me enseñó. Ya sé que ganar la plata es fácil, lo difícil es cómo
mantenerla y eso no lo voy a aprender, de manera que me voy a otros
lares a ver cómo me va, y se fue (Ibídem).
Tan original forma de decirle adiós a un negocio lucrativo siempre
fue motivo de comentario de Daniel Gómez Arrubla. No obstante,
Friede siguió vinculado durante algunos años al mundo automotor,
especialmente en el mercado de los repuestos.
2.
En Caldas Motor don Juan tuvo como empleado a don Alfredo Botero,
padre de Germán Botero de los Ríos, gerente del Banco de la República,
con quien entabló amistad. En 1938 viajó en compañía de los esposos
Gómez Arrubla a Panamá y contrataron en Colón al joven vendedor Pepe
Pfei-Schneider, de quien don Juan se hizo muy buen amigo y quien vivió
en la inicial “casa grande” de la finca del alto del Perro. Al ausentarse
definitivamente de Manizales, don Pepe se trasladó a la Palomera y luego
le compró la propiedad, de la que en 1996 era dueño todavía.
Ahora bien, en sus ratos libres don Juan se preocupó de conocer
sitios arqueológicos de importancia21, así como colecciones priva-
das como la de Santiago Vélez, actualmente en la sede del Banco
de la República en Manizales. En realidad, Vélez y otras familias
adineradas de Manizales lograron formar importantes colecciones
arqueológicas, compradas a los guaqueros de la región22. El mismo
21 Los estudios arqueológicos han demostrado que: “el territorio del municipio de Ma-
nizales tiene evidencias de poblamiento que se remontan a 10.000 años antes del
presente. A la llegada de los españoles estuvo integrado a los cacicazgos quimbayas
por el sur, y al pueblo carrapa por el norte, que habitaban la zona que comprende el
actual municipio de Manizales y los territorios vecinos, en la ribera derecha del río
Cauca (…). Tanto los quimbayas como los carrapa al momento de la conquista estaban
en un alto grado de desarrollo al lograr disponer de una amplia base económica.
El primer contacto de los conquistadores con el territorio de los quimbayas y carrapas
data de 1540 y lo adelantó Jorge Robledo. El primer español en pisar el territorio de
la actual ciudad de Manizales fue Hernán Rodríguez de Sosa” (Valencia Llano, 1990:
25 y siguientes).
22 Cuando Friede residió en Manizales la guaquería era frecuente, pues durante la colonia
la región más poblada por los españoles fue al sur, en territorio de los cacicazgos quim-
bayas; durante la colonia algunos mineros exploraron esporádicamente sitios aledaños
a Manizales, sin hacer fundaciones en ella (Valencia Llano, 1990: 40 y siguientes).
56
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Friede debió comprar algunas. En ocasiones, los guaqueros buscaban
piezas por encargo para personas de la sociedad manizaleña. No se
sabe a ciencia cierta si alguna vez intentó guaquear, aun cuando es
muy probable, conociendo las inquietudes de Friede por estudiar
el pasado y sabiendo que en los límites de su propiedad había po-
sibilidades de encontrar vestigios precolombinos. No obstante, sí
se conoce que:
A Pepe [Pfei-Schneider] le tocó la guaca, ahí donde hicieron ese úl-
timo tanque de abajo, allí sacaron, esa gente, cuando cavaron, unas
argollas de oro, unas jarras de indios y como husos, con cosas así,
pero eso le tocó a Pepe ya don Juan se había ido. Pepe vendió todo
eso, hasta las ollas y las narigueras de los indios, eso le tocó fue a
él, porque a don Juan no le tocó que cogieran en tierra de él, porque
donde están los tanques era tierra de él (EZ).
De todas formas, en esa época don Juan Friede mostraba inclina-
ciones hacia actividades no comerciales. Es así como:
Yo le oía decir a mi papá que Friede era una persona que llamaba la
atención de los compañeros de trabajo de la empresa por ser mul-
tifacético, pues a la vez que era capaz de hacer buenos negocios se
destacaba como vendedor de carros. Y hay que tener en cuenta que en
esa época vender carros era difícil, no es como hoy, en ese entonces el
que compraba carro era una persona muy exclusiva. Le ponía mucha
atención al estudio, no propiamente de la antropología, sino más bien
de las cosas del país, de las culturas (EGB, octubre de 1989).
Es muy probable que mientras estuvo dedicado a esta actividad
comercial don Juan haya conseguido buen dinero, ya que además
de que la venta de automóviles era propicia, la segunda guerra:
Favoreció a las firmas que tuvieran un stock de automóviles y posi-
blemente Caldas Motor lo tenía, porque debido a la guerra no se vol-
vieron a importar carros en seis o siete años. Entonces se valorizaron
enormemente, y luego comenzó el negocio de los carros usados y del
reencauche de las llantas, es decir, a vivir pobremente (Ibídem).
Debido a su personalidad multifacética e interesante, Juan Friede
era visto en Manizales como un animal raro. Veamos:
Nosotros [los colombianos], hemos sido muy xenófobos, la prueba es
la poca inmigración que ha habido. Yo recuerdo que en la época de
mi primera juventud, digamos 30 a 40 y 40 a 50, había una especie
57
Capítulo 3 w La vida entre Manizales y Bogotá
de inhibición. Uno veía un extranjero, no uno que estaba estudiando
y tenía sus inquietudes, pero sí la gente y los periódicos, y se for-
maba una visión que esa persona era o muy buena o muy mala, no
había término medio. En fin, nosotros hemos tenido una particular
diferencia, si de pronto no xenofobia, por la inmigración. Entonces,
estas personas extranjeras eran miradas como cosa rara.
En Manizales la cosa era menos notoria porque allí había una colonia
alemana muy importante, muy buena, de lo mejor que había en el
país, a ello contribuyeron varias circunstancias. En primer lugar
Manizales tenía un nivel intelectual muy bueno, esa era la época
de Silvio Villegas, Alzate Avendaño, Aquilino Villegas, que fue un
prosista maravilloso23. Segundo, daba la coincidencia que además
de haber mucha inmigración, muchos manizalitas se casaron con
los hijos de esos alemanes.
De tal manera que en ese sentido Friede podía pasar como normal,
pero donde usted viera una persona venida de Europa y que estuviera
dedicada precisamente a cosas que llamaran la atención pues uno
decía, ¿y este por qué, además de saber de automóviles, sabe de arte?
¿A qué se deberá la mezcolanza? Entonces la gente decía, ese tipo
tan raro [Juan Friede] qué. Esa era la impresión que a uno le daba,
yo estaba muy muchacho, era estudiante de bachillerato cuando eso,
pero sí me acuerdo que me preguntaba, al igual que otras personas,
¿ese señor tan raro, de dónde vendrá? ¿Será expatriado por todos
esos movimientos que había en Europa en esa época? ¿Será quinta
columnista, o no?
El caso era desde todo punto de vista insólito, pues yo recuerdo que
Friede tenía una figura inolvidable, muy agradable y simpático, alto,
mechicolorado, vestido siempre de paño, casi por lo general gris, con
camisa blanca y corbata negra, todo un cachaco, vendiendo carros
en Caldas Motor, ahí donde es el Palacio Arzobispal, pero también
con un arrume de libros debajo del brazo, desde todo punto de vista
un caso interesante (EGB).
Ahora bien, esas inquietudes intelectuales las guardó para sí y
no se las dejó conocer a sus socios de Caldas Motor: “Nunca le co-
nocimos inquietudes de ninguna otra naturaleza diferentes a las del
negocio” (EMTU de GA). Sin embargo, según lo expresado por Germán
Botero de los Ríos, algunas personas vinculadas a la compañía sí
estaban al tanto de ellas.
23 Aquilino Villegas, conservador, fue ministro de Hacienda durante el gobierno de
Pedro Nel Ospina (1922-1926) y senador de la república. Uno de sus discursos más
conocidos y elocuentes lo pronunció con motivo de la reconstrucción de la catedral
de Manizales: “Sobre las cenizas levantaremos la nueva fábrica al espíritu. Un templo
que sea nuestra obra y que sea nuestra imagen, que diga nuestra inquietud, que sea
como una flecha anhelante lanzada por nuestra energía a los pies del Omnipotente”.
Citado en Semana (153): 16. 24 de septiembre de 1949.
58
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Es probable que el ambiente cultural de la capital caldense le
generara más recelo que confianza, y en lo posible trató de estar
alejado de esa élite de intelectuales grecocaldenses. Sin embargo,
es muy probable que estuviera al tanto de la actividad editorial que
por la década de 1930 y 1940 adelantó Arturo Zapata, quien:
editó magníficos libros, de limpia factura y resistentes carátulas,
que fueron representativos de la literatura, con inclinación social,
de la época: novelas de Osorio Lizarazo y cuentos de Antonio García
aparecían junto con los más reposados ensayos de Baldomero Sanín
Cano. Sus cubiertas, ilustradas por Alberto Arango, confirman la
calidad artesanal del momento (Cobo Borda, 1990: 11).
El escepticismo hacia la intelectualidad manizalita tenía razo-
nes muy fundadas. En efecto, muchas de las personalidades más
representativas pertenecían al Partido Conservador, que a partir de
1936, a consecuencia de la revolución en marcha y muy especial-
mente del matrimonio de conveniencia entre el régimen liberal
y el sindicalismo, había radicalizado su lenguaje por influencia,
precisamente, de un caldense:
Los conservadores (…) En una convención de 1937 aprobaron la
propuesta del delegado de Caldas; Gilberto Alzate Avendaño, que
definía el partido como de derecha. Al año siguiente, Alzate creó
en Manizales la Acción Nacionalista Popular y Laureano Gómez,
el líder en ascenso, debió arrimarse más al corporativismo ibérico
(Palacios, 1995: 159).
Una característica de la vida de Friede fue ser enigmático: nunca
se mostró a nadie por completo, le gustó presentar algunas facetas
distintas de acuerdo con los escenarios y personas en los que se
desenvolviera o tratara. Es así como, ante el comercio de Manizales,
tenía: “fama de ser un hombre inmensamente rico, hábil comercian-
te, tan bueno que era socio de Daniel Gómez Arrubla, uno de los
más acaudalados y prestigiosos mercaderes de la ciudad”24.
3.
El testimonio de Germán Botero de los Ríos acerca de la colonia
alemana en Manizales nos da pie para hacer algunos comentarios
24 Albeiro Valencia, comunicación personal.
59
Capítulo 3 w La vida entre Manizales y Bogotá
sobre la migración alemana a Colombia, ya que Juan Friede se hacía
pasar por alemán: “Él no decía que fuera ruso, siempre decía que era
alemán y aquí nadie lo conocía como ruso” (EMV de GJ). Tal decisión
se debió a que “estábamos en la época macartista (sic), y como él
figuraba nacido en Wlawa entonces de allá para acá siempre dijo
que era alemán” (ERF, enero de 1990). Aunque nunca tuvo muy bue-
nas relaciones con la colonia alemana en Colombia, es importante
ubicarlo entre esos inmigrantes, por lo sui generis del caso y por los
problemas que algún tiempo después debió afrontar.
Según Ernesto Guhl (1915-2000), la inmigración y la presencia
alemana a Colombia comprenden varios momentos. El primero fue el
que en tiempos de la Conquista realizaron los Welser –del que Friede
escribió un estupendo libro. Véase supra– y en el que sobresalen Ni-
colás de Féderman –conquistador de quien escribió una biografía–,
Ambrosio Alfinger y otros más. Más adelante, durante el virreinato del
arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora, se contrataron algunos
mineros alemanes. Entre 1799 y 1805 el sabio alemán Alexander von
Humboldt recorrió tierras americanas, visitó al sabio Mutis en Santafé
de Bogotá y estuvo también en Cartagena, Popayán y el Orinoco.
Después de la independencia, durante el siglo diecinueve, hubo una
inmigración importante de alemanes a la Nueva Granada, destacándose,
muy especialmente, la adelantada a la provincia del Socorro25. Es lo
que Guhl llamó:
El mercantilismo burgués extranjero europeo del siglo diecinueve.
A mediados del siglo llegaron a la Costa, Santander, al Valle del
Cauca, y en menor cuantía a Santafé de Bogotá. La mayoría de ellos
vinieron, se quedaron y establecieron nexos con los mercantilistas
criollos y echaron raíces (EEG, agosto de 1989).
Otra inmigración importante, ya en el siglo veinte, fue la que Guhl
designó como la de los “intelectuales”, numéricamente más pequeña,
que comenzó:
A llegar la década de 1930 con el advenimiento al poder del nazis-
mo en Alemania. Yo, por ejemplo, llegué en el año 37 –al igual que
otros– y me vinculé a la antigua Escuela Normal Superior. Muchos
tomaron a Colombia como una estación intermedia y vivieron aquí
hasta que terminó la guerra y luego volvieron a Alemania o se fueron
25 Sobre dicha inmigración existe una novela maravillosa de Pedro Gómez Valderrama,
La otra raya del tigre (1977).
60
Primera parte w Juan Friede, comerciante
para los Estados Unidos (...). Todos nosotros migramos porque en cierta
forma éramos librepensadores y no teníamos ninguna perspectiva en
la Europa de entonces. Nuestras posibilidades eran servir de carne
de cañón para un loco en una guerra absurda o quizá servir como
abono cultural en algún lugar del planeta. Antes que nosotros llegaron
los españoles, ellos se vinieron por causa de la guerra civil. Después
de nosotros y en número infinitamente menor los franceses, el más
sobresaliente de ellos fue Paul Rivet (Ibídem).
A esa migración ayudó mucho el hecho que:
Con el propósito de servir al dudoso fin de “mejorar la raza”, una ley
de 1922 prohíbe la entrada de chinos, hindúes y otomanos al país;
en cambio, fomenta la inmigración europea y crea alicientes para
la de argentinos. López de Mesa se muestra partidario de la mezcla
con alemanes y escandinavos y pide la creación de un “grupo racial
selecto” (Uribe Celis, 1991: 41).
Los alemanes que vinieron en esa inmigración fueron muy va-
riados y distintos. En un principio, a finales de la década de 1920
y principios de la de 1930, muchos de ellos fueron contratados
directamente por el gobierno colombiano. Fue el caso de la mayoría
de los geólogos, a los que, según Guhl:
El país necesitaba, los contrataba por tiempo. Eso creo que correspon-
de a una fase del desarrollo del país, no había todavía profesionales
colombianos, había algunos aficionados pero sin una formación
sistemática, entonces el gobierno contrató (EEG).
La migración de Juan Friede estaría ubicada entre el mercantilis-
mo burgués europeo y los intelectuales: él llegó como comerciante
y se quedó, pero terminó siendo intelectual. A diferencia de otros
alemanes emigrantes, se nacionalizó como colombiano. Este punto
es importante pues, por ejemplo, Ernesto Guhl, vivió más de sesenta
años en Colombia y no se nacionalizó, no por no querer al país: “En
cincuenta años que llevo viviendo en Colombia he estado tres veces
en Alemania, pero cuando estoy allá quiero volver cuanto antes,
me absorbió el páramo, es que es único, y la gente”; sino porque,
en su concepto, él no es: “Un ciudadano de segunda clase, yo soy
yo, con eso me basta, yo sólo necesito un documento para no ser
indocumentado” (Ibídem).
Al igual que Friede, esos intelectuales inmigrantes tuvieron las mis-
mas impresiones que él, pero cada uno en forma distinta y a la medida
de sus posibilidades. Es así como Ernesto Guhl nos expresó que:
61
Capítulo 3 w La vida entre Manizales y Bogotá
El cambio de Alemania a Colombia fue muy grande, esos son dos mundos,
dos planetas (...) yo desgraciadamente no soy poeta pero experimento y
vivo el paisaje y soy capaz de transmitir eso a mis alumnos, despertar en
ellos esa fibra que tienen todos los seres humanos hacia la maravilla de
la naturaleza, pero no puedo traducirlo en poesías (Ibídem).
La migración de los años 1930 cobijó diferentes personajes de
distintas especialidades del saber, lo que permitió que cada uno
de ellos expresara la fascinación por el trópico de manera particular.
Por ejemplo, en concepto de Guhl:
Quien mejor pudo comprender el problema de la luz del trópico fue
un poeta alemán, intelectual también, y sobre todo un gran tipo, que
se llamaba Erich Arendt26, pero comunista convencido y vivió como
tal, razón por la cual no se pudo vincular a ningún centro docente
colombiano, pues aquí, hace cincuenta años, al comunismo lo
consideraban peor que hoy (...). Este paisano que le cuento, el más
alemán de los alemanes que ha habido aquí en Colombia, escribió un
volumen de poesía, publicado en la Alemania Democrática, que se
llama Tolú. En esos versos cuenta su primer contacto con el trópico
o cuando vio esas negras y mulatas esbeltas, esa agilidad, cómo se
movían, es decir, el hombre quedó fascinado (EEG).
Ahora bien, podría pensarse que a Juan Friede lo atrajo de Mani-
zales la crecida colonia alemana que existía allí, pero sabemos que:
“Friede siempre tuvo divergencias con la colonia alemana, eso se me
hizo siempre simpático de él, un opositor cerrado a la burocracia
26 Según reportaje de Ximénez (“La historia extraordinaria del germano Sr. Erich Arendt”,
El Tiempo, lunes 30 de marzo de 1942), Arendt nació en Berlín, en 1907, y a los veinte
años se vinculó a un grupo de vanguardistas de todo, poesía, pintura, música, que
usaba el tremendo nombre de “El Huracán”. Todos querían establecer sobre la faz de
la tierra una universal fraternidad humana. Pacifistas, idealistas, asistieron atónitos
a la epidemia del fascismo. En marzo de 1933 el grupo de soñadores se disgregó. Las
botas ferradas de los totalitarios destruyeron sus hermosos sueños. Y comenzaron a
vagar por el mundo. Arendt migró a Mallorca y continuó haciendo poemas contra el
nazismo y estudiando español, lejos de la patria, en donde el nazismo lo arruinaba y
transformaba todo pero con el convencimiento de que la libertad habría de volver a
su patria. En 1936, con el estallido de la revuelta fascista en España, Arendt se enroló
en las filas republicanas, en contra del totalitarismo. Cumplió dos luchas: una con la
palabra, ejerciendo como corresponsal, y otra como combatiente en el frente, luchó
en Lérida y en Barcelona y cuando la capital catalana fue bombardeada huyó a París
y de allí pasó a Marsella en donde se embarcó, luego de la invasión alemana a la
capital gala. Luego de miles de peripecias logró tomar rumbo hacia América y tras
permanecer unos meses en Trinidad se trasladó a Colombia, donde además de estar
en la costa Caribe visitó Bogotá.
Aun cuando no tenemos evidencias, muy posiblemente Arendt se relacionó con
Friede, ambos tenían una vida similar, aunque menos azarosa la de don Juan.
62
Primera parte w Juan Friede, comerciante
clasista alemana” (Ibídem), y si bien en la capital caldense conoció
gran parte de la colonia y muy especialmente a los vinculados al
sector metalmecánico y ferretero, no estableció lazos de amistad
con ellos. En realidad:
Las relaciones con la colonia alemana no fueron buenas. Básica-
mente, que yo sepa, tuvo uno o dos amigos alemanes. Tal vez Pepe
Pfei-Schneider, con algunos libreros: Buchholz y con el de la Central,
[Hans] Ungar creo que se llamaba (ERF).
Estamos casi seguros que en Manizales las cosas no fueron nada
agradables en ese sentido, pues:
Muchos de los alemanes de la colonia que había resultaron racistas,
fascistas, inclusive se fueron muchos a pelear y murieron allá, ellos
hicieron labor proselitista, de sustentación y apoyando las bases para
ayudar al tercer Reich en el caso que fuera necesario. Eran hombres
de negocios que importaban artículos alemanes, recuerdo yo la
casa Helda27, que era de productos metalmecánicos que venían de
Alemania y traían máquinas y herramientas, y como la casa Helda
había otras similares (EGB).
Juan Friede nunca simpatizó con el nazismo. Su regreso a Co-
lombia, en 1934, se debió en parte a que alcanzó a vivir unos pocos
momentos de la efervescencia del fascismo en Europa. Como dijimos,
la colonia alemana de Manizales era importante y sus relaciones con
ella fueron cordiales pero lejanas, actitud que asumió también con los
otros alemanes residentes en Colombia. Aprovechó la apertura de
Colombia Motor para abrirse paso dentro de la sociedad bogotana
y relacionarse con la intelectualidad de la ciudad, en especial con
ciertos pintores, en fin, para respirar otros aires diferentes a los de
la conservadora y tradicionalista sociedad manizalita. Margot Villa
de Gómez Jaramillo, viuda del pintor Ignacio Gómez Jaramillo, nos
contó:
Nosotros lo conocimos porque Hernando Salazar había comprado
un carro muy lindo, y nos sacó a pasear y nos sacó con Juan Friede
27 Los almacenes Helda, Casa Helda, que funcionaban en la mayoría de los departa-
mentos cafeteros del país, fue considerada como la firma nazi “más peligrosa del
país” e incluida en la lista negra. Los productos importados por esa firma fueron muy
apreciados por los cafeteros, uno de los más estimados fueron las desceresadoras o
despulpadoras esenciales para el beneficio del café; para referirse a esas máquinas,
en los campos colombianos se habla todavía de la Helda.
63
Capítulo 3 w La vida entre Manizales y Bogotá
(...) él era agente de esa distribución de automóviles, era un tipo
importante (...). Él tenía la agencia en lo que hoy es el Banco de
Colombia, ahí era la agencia de esos carros, en la 32 con séptima,
junto a lo que dice Mazuera, ahí era la oficina de él, y la tenía muy
bien puesta (EMV de GJ).
4.
Por la época de Colombia Motor era un declarado Casanova, continuó
con sus conquistas y sus problemas de faldas. Veamos lo que nos
contaron al respecto diferentes personas. En primer lugar transcri-
bimos el siguiente diálogo:
Piedad Gómez. –Pero él era [Juan Friede], según me han contado mis
padres [Ignacio Gómez Jaramillo y Margot Villa de Gómez Jaramillo],
era un poco una figura como de play boy, ¿no es cierto Margot?
Margot Villa de G. –Era un tipo muy enamorado y además volvía
locas a las mujeres (…), se enloquecían con él.
PG. –Y con esa cosa europea, galante.
MV –Juan era muy bien plantado, pero muy bien (Ibídem).
Santiago Muñoz Piedrahita, por su lado, nos expresó que: “Frie-
de fue también muy activo en su vida sentimental y erótica, fue
un hombre completo” (ESMP, septiembre de 1989). En ese mismo
sentido, Jaime Jaramillo Uribe nos dijo: “Era muy enamorado, muy
don Juan y con mucho éxito, yo le envidiaba mucho por eso” (EJJU,
febrero de 1990).
En realidad, independiente de las continuas aventuras amorosas
que seguramente tuvo, el cambio continuo de compañera fue razón
para más de un escándalo en la sociedad pacata de entonces. Veamos
cómo analizó el hecho Roberto Pineda Giraldo:
Juan tuvo varias mujeres, pues le gustaba estar cambiando, creo que
si se casó lo hizo ya muy tardíamente, creo que sí legalizó su última
unión. En aquella época nosotros sabíamos que no era casado, que
era una compañera la que vivía con él; para nosotros eso no tenía
trascendencia, la tuvo para mucha otra gente. No creo que fuera
un vagabundo, sino que era un hombre al que le gustaba el sexo
femenino. ¿Y verlo borracho? No. Seguramente le gustaba tomarse
sus tragos, pero si hubiera sido un hombre muy dedicado al trago y
a la vida de la vagabundería no hubiera hecho la obra que hizo. Es
posible que lo hubiera disfrutado, pero hasta en eso era disciplinado
(ERPG, agosto de 1989).
64
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Mucha razón tiene Pineda en sus apreciaciones sobre el compor-
tamiento y la vida de Juan Friede, pues nunca fue tomador, aprendió
a fumar en 1944, en el Putumayo, y nunca fue amigo de la farra
desenfrenada. Le gustaban, eso sí, las mujeres.
Capítulo 4
El primer marchand de Bogotá
1.
L a vida de Juan Friede comenzó una nueva faceta a partir de la
amistad con Ignacio Gómez Jaramillo (1910-1970) y su esposa,
Margot Villa: la de galerista y crítico de arte. Efectivamente, surgida
de un paseo ocasional, la amistad fue definitiva para el ya acauda-
lado hombre de negocios:
Llegamos a ser amiguísimos y él se fascinaba viendo pintar a Ignacio.
Una vez se fueron los dos solos a Neiva, es que unas veces salíamos
en grupo y otras él salía solo con Ignacio. Una mañana se le ocurrió
decirle a Ignacio: “Mire esa belleza de paisaje, por qué no lo pinta,
maestro”. Era un domingo, Ignacio no había llevado pinceles ni nada
para pintar, y se lo dijo a Juan. Entonces Juan dijo: “Eso no importa,
levantamos a la persona que tiene un almacén que vende artículos
de pintura para que pueda pintar el cuadro”. Hombre, levantó al
señor, le hizo abrir el almacén y le consiguió todas las cosas para
pintar el cuadro (EMV de GJ).
Para Margot Villa de Gómez Jaramillo esos paseos domingueros
fueron inolvidables:
Los paseos eran deliciosos, nosotros no teníamos así mucho dinero
o muy poco tenemos, entonces él [Juan Friede] nos invitaba y nos
daba unos almuerzos (...) recuerdo que había un lugar adelante de
Cajicá, allá vivía una alemana que cocinaba al estilo alemán, él nos
llevaba los domingos a ese lugar.
A esos paseos íbamos Ignacio y yo con Cecilia Salazar de Owen
–hermana de Hernando Salazar– a la que llamábamos Cuca, Gilberto
– 65 –
66
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Owen28, y muchas veces Hernando Salazar también iba (...) fue
mucho lo que salimos con Juan, pero mucho (EMV de GJ).
Pero los paseos domingueros no sólo se realizaron a la sabana de
Bogotá: Friede y sus acompañantes ocasionales visitaron también
algunas poblaciones de Cundinamarca y del Tolima: “Íbamos a La
Mesa, después una vez nos fuimos para el Tolima a un lugar donde
Ignacio pintó mucho, se llamaba Chicoral, entonces nos fuimos con
él (...) siempre íbamos en uno de los magníficos y fantásticos auto-
móviles que tenía en exhibición” (Ibídem). La razón para tener tales
automóviles radicaba en que tanto él como Daniel Gómez tenían: “Los
carros de la empresa, porque a ellos les gustaban mucho los carros y
siempre mantenían el mejor carro que podían tener” (EMTU de GA).
Un aspecto que se debe tener en cuenta en la vida de Juan Friede
fue su desconfianza permanente y su reserva total, aún con grandes
amigos, de compartir con ellos su vida y sus experiencias. Margot
Villa de Gómez Jaramillo nos dijo al respecto:
Se empezó a relacionar tanto con nosotros y con los otros pintores
que se encantó con la pintura, con la cultura y otro mundo. Se le
ocurrió entonces abrir una galería de arte en la calle 24 con séptima
[carrera 7 nº 23-85], la primera galería de arte que hubo en Bogotá
28 El poeta mexicano Gilberto Owen (1904-1952) se radicó en Colombia por la década
de 1930. En 1936 fundó en Bogotá, junto con su esposa Cecilia, la librería Central, en
la que introdujo las últimas novedades de entonces en materia de escritores ingleses,
estadounidenses y franceses. Además, trajo colecciones de objetos del folclor mexicano
que decoraban el local. Owen estuvo al frente de la librería por espacio de seis meses; los
bajos rendimientos económicos obligaron al bardo a vender el negocio a un ciudadano
alemán, nacionalizado en Colombia, Paulo Wolf, casado con Paula Selva. El nuevo dueño
le imprimió a la librería un carácter marcadamente internacional, importaba libros ingleses
y alemanes, y era también un sitio de encuentro y de tertulia de políticos profesionales,
literatos e intelectuales. Implantó un sistema de créditos lo suficientemente elástico
para que los ávidos lectores pudieran adquirir los libros de su predilección. A la muerte
de Wolf, en 1946, la librería siguió funcionando, y en enero de 1948 cambió de dueño,
la adquirió el austriaco Hans Ungar (1916-2004) que había llegado a Colombia en 1938
como tantos otros europeos perseguidos por el nacionalsocialismo.
Desde su llegada a Colombia, Ungar trajo nuevas innovaciones: estableció el Salón
de Modas Alexander en la calle 12 de Bogotá, que funcionó hasta el 9 de abril de
1948, pero en el bogotazo las ropas y las pieles, importadas en su mayoría del Cana-
dá, fueron hurtadas por la multitud y Ungar perdió lo trabajado durante diez años.
No obstante, como ya había adquirido la librería Central se dedicó al negocio de los
libros, introduciendo la venta de cuadros y antigüedades.
Para diciembre de 1949 la librería funcionaba en la carrera 6A nº 14-32, en el edificio
Santa Fé, trabajaba con setenta casas editoriales de ocho países e importaba prin-
cipalmente obras literarias, libros de ciencia –medicina, ingeniería, arquitectura,
etcétera–. Allí llegaron las obras de Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Thomas Mann y
Stefan Zweig. Sin embargo, no vendía libros en español.
67
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
y creo que en Colombia. Creo que se llamaba Galería de Arte (...)
él ni se había metido en el arte ni sabía de pintura (...) él era una
persona que cuando conocí no tenía ni idea de nada de cultura, qué
cosa increíble (...) él aprovechó esas relaciones en tal forma que a
esa edad fue que empezó a estudiar (...) (EMV de GJ).
Así, se nos aclara lo expresado por Germán Botero respecto a que
en Manizales, en Caldas Motor, don Juan cargaba libros de arte, los
que muy seguramente compraba en la librería Central, y mantenía
porque había comenzado un nuevo rumbo en su vida y tenía la Ga-
lería de Arte.
Respetando el concepto de nuestra informante, nos parece que
Friede utilizaba su “supuesta ignorancia” como una careta. Debemos
partir de un punto esencial: el hecho de haber logrado terminar es-
tudios de bachillerato y haber obtenido, según hemos expuesto, el
respectivo título, dice mucho de la formación intelectual, artística
y cultural de Friede, porque en los años anteriores a la revolución
quien lograba estudiar en la Rusia zarista hasta grado tan elevado
tenía una formación integral sólida. Además, hemos visto que desde
su época de estudiante le gustaba el arte y especialmente el arte
moderno, sin olvidar que a principios de la década de 1930 cursó
algunos estudios de historia del arte en la Universidad de París.
Estamos seguros que conociendo los problemas del mercado no
iba a entrar a un negocio que no fuera rentable. Lo importante es
que en Bogotá comenzó a desarrollarse intelectualmente y a sacar
a flote cosas que voluntariamente había guardado: “Era que Juan
Friede gozaba tanto con el paisaje, entonces ahí sí hablaba y hablaba
y decía cosas; esto es una belleza pero mira la luz, pero mira los
verdes, mira este rojo, mira no sé qué” (Ibídem); lo que le sirvió para
enfocar definitivamente sus inquietudes.
Su fascinación por el trópico se hizo cada vez más evidente. Es así
como, a propósito de un comentario sobre el cambio de la obra pictórica
de Luis Alberto Acuña Tapias (1904-1993), ocurrido después de la per-
manencia del pintor en Europa29, Juan Friede escribió lo siguiente:
29 Acuña permaneció en Europa entre 1924 y 1929. Inicialmente vivió en París, luego en
Madrid y hacia el final de su estadía nuevamente en la capital francesa. En el cambio
pictórico del pintor fue definitiva la participación en 1926 en el salón de Franc, en el
que presentó un óleo titulado Neso seduciendo a Deyanira, que mereció el siguiente
comentario de Pablo Picasso: “técnicamente irreprochable pero desvinculada de las
características culturales que eran de esperar en artistas provenientes de Suramérica”.
A partir de este, Acuña se dedicó a visitar el Museo del Trocadero, hoy Museo del
Hombre, y a estudiar la infinidad de piezas prehispánicas existentes allí. Luego de
su regreso a Colombia expuso en Bogotá en abril de 1929.
68
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Es la luz del trópico, la luz fuerte y directa de los rayos solares, que
delimita los planos colorísticos, que provoca el fuerte contraste entre
las partes iluminadas y las en la sombra; es ella que produce múlti-
ples y bien definidos contornos. No es la difusa del norte europeo la
que trata de imitar Acuña, es la luz del trópico, la atmósfera diáfana
de su propio país; es la misma luz que favoreció el surgimiento de
los preciosos planos colorísticos y las geométricas formas y estili-
zaciones del arte indígena (Friede, 1946d).
2.
Como dijimos, Friede llegó a Bogotá por primera vez en 1938, con
el objetivo de montar y organizar Colombia Motor –subsidiaria de
Caldas Motor–, y en un comienzo su permanencia era por tempo-
radas. En ese entonces la capital de la república era:
una ciudad europeizante (…), de políticos, de empleados y de una
pequeña clase intelectual, que produce obras en torno a sí misma.
Encadenada a la cordillera en apreciable altura, con un clima frío
y húmedo, hasta hace poco unida al resto del país con deficientes
vías de comunicación, es una ciudad antitropical por excelencia
(Friede, 1945: 30).
Juan Friede se vinculó a grupos de avanzada, tanto políticos como
intelectuales y artísticos que de alguna forma estaban buscando
una conciencia americana. El entronque parece que fue a partir de
Antonio García Nossa30, a quien conoció entre 1936 y 1937, cuan-
do el joven abogado viajó a Manizales a investigar la geografía de
30 Antonio García Nossa (1912-1982) se graduó como abogado en la Universidad del
Cauca. Entre 1936 y 1937 investigó, por encargo de la Contraloría General de la
República, la geografía económica de Caldas, informe publicado a fines de 1937. El
libro, Geografía económica de Caldas, es producto de una investigación extensa y
cuidadosa en toda la región caldense, y fue uno de los primeros intentos de hacer
un diagnóstico científico-social sobre la sociedad colombiana y de crear un nuevo
instrumento de análisis y de investigación. Se constituyó en la primera investigación
directa sobre la colonización antioqueña y sobre la intrincada conformación de una
región cafetera.
Según parece, García tenía gran poder de convicción dentro de sus contemporáneos y
generó novedosas ideas sobre la investigación de la historia y la cultura colombiana. Es
así como el maestro Guillermo Abadía Morales (1912) escribió en el Compendio general
del folclore colombiano (1977: 22) que: “De un estudio cumplido por el autor de este
Compendio en el año de 1938, bajo la tinosa sugestión del profesor Antonio García,
se concluyó la división siguiente que fue publicada en la Revista del Norte (“Glosas
para tres danzas típicas colombianas”) de Méjico, por esa época. Desde entonces tal
división ha sido aceptada y adoptada por nuestros folclorológos latinoamericanos”.
69
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
Caldas. Sin embargo, siempre mantuvo sus reservas respecto a los
intelectuales bogotanos, tal como se lo expresó a Pedro Nel Gómez
a propósito de una estadía suya en Medellín:
Quiero repetirle el gran placer que tuve en haber podido hablar un rato
con Ud., en Medellín y de haber gozado de su amena charla que siempre
ha de contribuir a sacarlo a uno del desierto intelectual que vive en
Bogotá, donde la pobreza intelectual más o menos mal disimulada bajo
avalanchas de pluma o de palabra queda muy difícil de esconder. Ud.
tiene la ventaja de no sólo tener ideas interesantes, claras y profun-
das, sino que las puede expresar con sencillez y ante todo, de su obra
pictórica (AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 18 de agosto de 1941).
Eran los tiempos de la república liberal31, en la que una nueva
generación de artistas colombianos: “valoraron ante todo la dimen-
sión plástica y social de los temas y asuntos de sus obras” (Medina,
1995: 45), pretendieron nacionalizar, colombianizar si se quiere, la
cultura adquirida. Así, en el momento de esos primeros años de Juan
Friede en Bogotá había cierto despertar intelectual y artístico:
En ese entonces había todo este movimiento que se estaba gestando
sobre los salones anuales de arte y todo eso. Aquí en la avenida
Jiménez había unos sótanos que todavía están y que eran los Sóta-
nos de la Avenida y se dedicaban primordialmente a exposiciones
de arte, como decir hoy el Museo de Arte Moderno, había también
salas de conferencias. Allí expusieron varios pintores colombianos e
hicimos conferencias hasta de folklore. Era un movimiento, un grupo
interesado por el arte que también tenía cierta sensibilidad por las
cuestiones políticas (...). Era un grupo que quería orientar la cuestión
artística hacia buscar un poco las raíces en el arte, respondiendo a las
influencias de México, de Perú y de Ecuador, en donde se gestaban
movimientos artísticos, novelísticos y hasta movimientos históricos
tratando de buscar la raíz indígena (EDG, octubre de 1989).
Así, poco a poco nos acercamos al momento del despegue inte-
lectual de Juan Friede, cuyo prólogo tuvo un movimiento de efer-
vescencia nacionalista generado, entre otras, por el robo de Panamá
por parte de los Estados Unidos a comienzos del siglo veinte, y un
trasfondo americanista, auspiciado por la revolución mexicana y pro-
movido desde el Perú por el Apra (Alianza Popular Revolucionaria
31 Sobre la política cultural de los gobiernos liberales colombianos entre 1930 y 1946,
véase Renán Silva. 2005. República liberal, intelectuales y cultura polular. La Carreta.
Medellín.
70
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Americana) y la revista Amauta32 del pensador peruano José Carlos
Mariátegui, sin olvidar o ignorar la realidad mundial. En efecto, en la
época en que Friede arribó y se estableció en Colombia y se vinculó
a la capital, en el país había surgido el movimiento artístico o la
generación conocida como de los bachués –en recuerdo de Bachué,
la diosa fecunda que adoraban los indígenas muiscas–, que se ins-
piraron en Mariátegui pero que, pese a tener una aparente ideología
en común, no tuvieron ni una tendencia unificada ni pertenecieron
a una sola generación, pues del movimiento hicieron parte hombres
de la llamada generación del Centenario, como Armando Solano,
que en 1928 escribió y dio a conocer su famoso opúsculo La melan-
colía de la raza indígena (1929), en el que “planteó la creación de
un movimiento cultural que tuviera al indígena por único centro”
(Medina, 1995: 46), y que auscultara y ahondara en su historia y sus
características étnicas. Llamado que tomaron muy a pecho algunos
jóvenes intelectuales como el poeta Darío Samper y Rafael Azula
Barrera, quienes le dieron un carácter mucho más mestizo, menos
autóctono. Así, Samper: “presentó la alternativa de una literatura y
una pintura mestizas por oposición a cualquier tipo de indigenismo,
porque el indigenismo no tendría en la práctica sino proyecciones
menores” (Medina, 1995: 50).
En general, los bachués33 plantearon que: “la literatura, la música,
la escultura y la pintura habían sido entre nosotros artes importadas,
copias de viejas escuelas” (Medina, 1995: 51), por lo que buscaron
romper con la rigidez académica y con los dictados europeos, a
fin de buscar, voluntaria y tozudamente, una expresión nacional.
Tuvieron, entonces, un interés nacionalista y sistemáticamente se
opusieron al llamado “arte internacional”. Para el caso de la plás-
tica, los principales representantes fueron los pintores Pedro Nel
Gómez, Luis Alberto Acuña, Ignacio Gómez Jaramillo, Carlos Correa
y Gonzalo Ariza, y los escultores José Domingo Rodríguez y Rómulo
Rozo, quienes se distinguieron porque:
Todos ellos dieron gran valor al factor “lugar”, es decir, al medio
geográfico, al ambiente tropical y a las circunstancias étnicas e
históricas (…) [el movimiento] jamás trató (…) de organizar una
escuela de arte colombiano. Por el contrario, pocos artistas han
trabajado más independientemente (...). De todas maneras (...) se
32 En la biblioteca que Juan Friede conservara hasta última hora se encontraban ejem-
plares de dicha revista.
33 Los ideólogos del movimiento fueron Darío Achury Valenzuela, Rafael Azula Barrera,
Tulio González, Darío Samper y Juan Pablo Varela.
71
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
trata de los únicos pintores y escultores que, gracias a una buena
formación humanística, han nutrido sus obras con ideas de muy
diversa índole y que han corrido el riesgo de parecer literarios con
tal de comunicar claramente sus puntos de vista. Además, sólo ellos
han demostrado verdadero interés en hacer arte para el pueblo, como
lo demuestra el hecho de haber sido los abanderados del muralismo
en el país (...). Los principios bachués tuvieron el interés exclusivo
por lo nativo y fueron el despego total de cualquier manifestación
artística contemporánea (...). Aunque su interés se centró en el arte
prehispánico coincidieron de todas maneras con notables creadores
europeos que estaban fortaleciendo sus trabajos a partir de las lec-
ciones de arte primitivo africano o australiano, en su aproximación a
Rivera, Orozco y Siqueiros nuestros artistas rompieron con la primera
escuela de París y participaron en el primer capítulo auténtico del
arte latinoamericano (Rubiano Caballero, 1977: 1361-1364).
Con ese grupo de pintores y artistas se relacionó Juan Friede, y lo
hizo directamente, no sólo como amigo sino, también, por medio de
la galería de arte que fundara en mayo de 1940, en un local pertene-
ciente a: “don Manuel J. Abondano, ese local quedaba en la carrera
séptima con calle veinticuatro34, al frente de la Terraza Pasteur, allí
quedaba la Universidad Externado de Colombia donde yo [Santiago
Muñoz Piedrahita] estudié y le serví de secretario en el local que él
acondicionó para fundar allí una galería de arte” (ESMP).
El criterio de Friede respecto a los temas que debían exponerse
en la Galería de Arte partió de un principio esencial:
La obra de arte es una síntesis, la conciencia social vertida en forma
plástica. El artista cuaja las pulsaciones sociales, intelectuales y
emocionales de su pueblo o un grupo social dentro de él. Expresa
las fuerzas vitales que conmueven la sociedad, fuerzas que cuando
llegan al punto de saturación, hacen surgir mentalidades que las cap-
tan y les dan forma plástica (...) la obra de un artista será siempre un
producto de su tiempo, producto de las imperantes fuerzas sociales.
En la obra de arte se polariza, en condiciones propicias, el conjunto
de emociones, tradiciones, luchas, odios y preferencias que viven el
pueblo y que podemos llamar “conciencia social” (Friede, 1945: 9).
Pero hubo otro más que ya hemos expuesto con anterioridad: la
pintura y la escultura eran la representación del alma de la nación y,
por supuesto: “el arte en Colombia, como en general de América,ha
34 En los años 1940, la carrera séptima, especialmente la zona donde Friede montó la Galería
de Arte, era un sitio de gran actividad social. Los griles, las salas de té, etcétera, quedaban
cerca; el cabaret del Teatro Colombia, por ejemplo, estaba a cuadra y media.
72
Primera parte w Juan Friede, comerciante
sufrido durante siglos la imposición de culturas ajenas a la realidad
americana” (Ibídem: 5). Así, se oponía a lo que para él era la pintura
tradicional colombiana:
Porque usted sabe cómo estaba la pintura aquí, era una casa bonita
con gualandayes. [Es así como] yo puse en la primera exposición
a Pedro Nel Gómez, a él le interesaban precisamente los mineros y a
mí precisamente la pintura antiacadémica (Arocha, 1986).
El análisis que hiciera Friede del arte que había dominado en Amé-
rica desde la Colonia es interesante, ya que lo consideró como una:
imitación de formas culturales ajenas, ahora ya no sólo españolas,
sino europeas en general. Los americanos se sentían “malos euro-
peos” durante todo el siglo pasado y la mayoría de ellos se sienten
así todavía (Friede, 1945: 7).
En efecto, ese sentimiento de europeos y especialmente de es-
pañoles se aprecia en algunos de los principales intelectuales de
la época; por ejemplo, Juan Lozano y Lozano en una conferencia
dictada en 1942 en la entonces casa Colonial –hoy Museo de Arte
Colonial–, se declaró orgulloso de su descendencia española, tal
como aparecia en este texto reproducido por El Tiempo del 2 de
noviembre de 1942 (p. 5):
Todo lo que somos, todo lo que tenemos, todo lo que amamos, lo
debemos íntegramente al elemento español de nuestra raza (...)
lo que sucede en realidad es que nosotros no somos americanos,
sino que somos españoles; y más hondamente españoles que los
peninsulares.
Friede, obviamente, era contrario a esa posición, pues él fue
un observador excepcional de la modernización del país durante
más de sesenta años. Los cambios que observó pocas veces fueron
objeto de su reflexión; sin embargo, para defender su americanismo,
o mejor autoctonismo, le escribió a Germán Arciniegas, por ese
entonces ministro de Educación:
Desde 1925 resido –con pocas interrupciones– en Colombia, y he
podido observar las transformaciones de su vida. Los últimos quince
años han marcado una gradual liberación económica del país de
la tutela de los países industrializados de Europa y América. Ya
pertenecen al pasado los tiempos en que se comía arroz ecuatoria-
no y carne de ganado venezolano, en que se calzaban zapatos de
73
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
Boston y se vestían tejidos de Oxford. La economía del país está en
vía de lograr la independencia y es fácil de observar la lucha por
conseguirlo.
No pasa así con la producción cultural del país. Muy al contrario
todavía los poetas consideran que hacen versos malos si no se ci-
ñen a las formas de García Lorca o Juan Ramón [Jiménez]; todavía
siguen los pintores las escuelas impresionistas francesas, en plena
decadencia en su país de origen, o un clasicismo ornamental, cuyos
cánones formalistas han impedido el progreso de una pintura inde-
pendiente. Los escultores, a su vez, rinden homenaje a la escuela
de Rodin, con todo su verismo y anecdotismo: se producen sólo
bustos, con miradas más o menos románticas, con múltiples arrugas
en la cara, en las manos, etcétera. Los “intelectuales” de la música,
se encastillan en los discos de la Victor y Columbia, sin estimular
un arte vivo, autóctono, y los arquitectos no piensan siquiera en un
estilo nuevo, propio para un país tropical. En la literatura sucede,
con raras excepciones, lo mismo. Los diez primeros tomos de la
Biblioteca Popular, de un interés extraordinario, son americanos
por su contenido, pero no lo son ni por su forma ni por su espíritu
(AJF, carta al ministro de Educación Nacional, Germán Arciniegas,
22 de julio de 1942).
Las orientaciones de los artistas bachués molestaron y escandali-
zaron a la crítica burguesa de aquel entonces, pues ciertos sectores
de la clase dominante no quisieron comprender la intención de los
pintores y los escultores, de buscar formas de expresión propias del
trópico, americanistas. Es así como una de las mayores polémicas
que sacudió la apacible sensibilidad artística capitalina y del país
surgió, entre 1938 y 1939, cuando Ignacio Gómez Jaramillo pintó
los frescos35 del Capitolio Nacional y muy especialmente el de la
liberación de los esclavos. Por ejemplo, se escribió que:
Me rebelo con la idea de que los muros del Capitolio sigan siendo
víctima indefensa de los pintores modernistas. Un día [Andrés de]
Santa María puso a trotar, en el salón elíptico, un caballo morado.
Hoy [Ignacio] Gómez Jaramillo ha embadurnado la escalera con
unos monigotes indecentes (…). Pugna con el estilo severo de ese
monumento nacional, que es el único de nuestros monumentos
35 Jorge Zalamea, en su carácter de secretario general del Ministerio de Educación, fue el
más interesado en que la técnica muralista se desarrollara en Colombia. Fue así como
le concedió una beca a Ignacio Gómez Jaramillo para que, entre 1936 y 1938, estudiara y
aprendiera en México la obra y la técnica de los muralistas Diego Rivera, José Clemente
Orozco y David Alfaro Siqueiros. A su llegada a Colombia, Gómez Jaramillo pintó el
mural Invitación a la música (1938) en el Teatro Colón, y posteriormente los del Capitolio
Nacional: La insurrección de los Comuneros y La liberación de los esclavos. El propósito de
Zalamea fracasó, en parte, porque la opinión pública desconocía la técnica del fresco.
74
Primera parte w Juan Friede, comerciante
que haya sido hecho en función del arte y del buen gusto. ¿A quién
pudo ocurrírsele la idea de que en una construcción de estilo grie-
go ajustada a los cánones de la escuela clásica quedaría bien una
decoración mural de Gómez Jaramillo?36.
Pero, quizá, la crítica y polémica más álgida la generó el concejal
Ramón Rosales, quien propuso, el 8 de septiembre de 1939:
El Consejo de Bogotá, en guarda de la estética de la capital, pide
con respeto al ministerio respectivo, disponga que los cuadros que
se ostentan en las escaleras del Capitolio Nacional, que disuenan
con la severa elegancia de este bello edificio, sean eliminados o
sustituidos por otros que armonicen con la tradición artística de los
grandes pintores colombianos. Publíquese por carteles, en el Registro
Municipal y transcríbase al honorable consejo de ministros37.
Propuesta que fue acogida por el Consejo. Friede se empapó de
la polémica, tenía argumentos y decidió lanzarse a la arena del
debate. Por ello, durante cerca de siete años hizo parte importante,
fue protagonista de primera línea, de la vida artística nacional, como
marchand, crítico y mecenas.
3.
La Galería de Arte se inauguró el 18 de mayo de 1940; la revista
Estampa comentó así el hecho:
¿Un “marchand” en Bogotá? ¿Una galería arreglada y bellísimamen-
te, por cierto, con dineros particulares, sin subsidio del gobierno?
Se preguntará el inadvertido bogotano al saber del vernissage que
esta tarde se celebrará en el salón de la Galería de Arte, en la ca-
rrera séptima. El solo hecho de la inauguración de esta exposición
permanente le hará entender que su ciudad va progresando, que
quiere colocarse a la altura de todas las capitales del mundo, donde
son ya lugar común estos salones que por primera vez se ofrecen en
Bogotá (...) y se preguntará ¿pero hay artistas con obra suficiente
para llenar el salón constantemente? ¿Y hay quien compre pintura
en Bogotá? Esto es lo que queda por ver, en efecto, y esto será lo que
dé la temperatura de nuestro ambiente artístico, del que tanto nos
36 Un lector, “Sobre los frescos”. El Tiempo, 9 de enero de 1939: 4. Citado por Medina,
1995: 166.
37 “La sesión del Consejo ayer – Se solicita el retiro de los cuadros del Capitolio”. El
Tiempo, 9 de septiembre de 1939: 18. Citado por Medina, 1995: 166 y 167.
75
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
jactamos sin índices verdaderos. De todas maneras, nuestra felici-
tación más calurosa a don Juan Friede, a quien recordaremos como
el primer “marchand” de Bogotá, que se lanza a una aventura en la
que ha invertido una buena cantidad, y en la que el placer que él
encuentra en ver pintura, en hablar de ella, en explicarla a quienes
no la comprenden38.
La primera exposición que presentó la Galería de Arte fue una
muestra colectiva de artistas colombianos, de la que hicieron parte
pintores y dibujantes de la corriente bachué como Dolcey Vergara,
Ignacio Gómez Jaramillo, Carlos Correa, Salas Vega, Pedro Nel Gómez,
y también algunos tradicionalistas: Ricardo Gómez Campuzano, José
María Zamora, Miguel Díaz Vargas, y otros que no nos atreveríamos a
encasillar, como Adolfo Samper, Sergio Trujillo, E. Veles, E. Villaveces,
Domingo Moreno Otero, M. Otálora, Alicia Cajiao, J. Restrepo Rivera,
Luis B. Ramos, Rafael Tavera, Hena Rodríguez, Gerardo Reichel-Dol-
matoff, Gonzalo Ariza y Ramón Barba. En conjunto, expusieron un
total de cincuenta y un cuadros, más una pequeña muestra de ocho
esculturas de los cinceladores Ramón Barba, Josefina de Barba, José
Domingo Rodríguez y Hena Rodríguez. Es de destacar en tal lista de
artistas la presencia de tres mujeres, así como la del posterior conocido
arqueólogo y etnólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff con tres cuadros:
Manos, Calle y Los últimos pasos. Gran parte de esa primera muestra
perteneció a don Juan Friede, lo que le permitió convertirla en la
colección permanente de la galería.
La segunda exposición, en julio de 1940, correspondió a Gonzalo
Ariza (1912-1995). La revista Estampa hizo un amplio comentario
(sábado 27 de julio de 1940) titulado “El arte en Colombia. El regreso
a la naturaleza”, escrito por Víctor Sánchez Montenegro. Los cuadros
expuestos correspondieron a la etapa de recién llegado de Tokio,
donde se especializó, por espacio de un año, por cuenta del gobierno
colombiano, en la Academia de especialización artística.
La tercera fue la de Carlos Correa, entre el 1 y el 30 de agosto
de 1940, muestra conformada por siete óleos, dieciséis acuarelas,
quince dibujos y dos ilustraciones, para un total de cuarenta obras.
De ella sabemos que:
El pequeño local está convenientemente iluminado, las paredes
revestidas de yute hacen resaltar bien los cuadros. Las obras están
enmarcadas y las acuarelas provistas de vidrio. Correa tiene éxito; no
38 Estampa, año 3, vol. 16, mayo de 1940. Subrayados nuestros.
76
Primera parte w Juan Friede, comerciante
económico, pues pocos son los que se atreven a comprar un cuadro
de Correa. Pero llama la atención el conjunto de la obra, que revela
su talento pictórico (Friede, 1945: 34).
La exposición fue inaugurada por Enrique Uribe White. De uno
de sus óleos, Afrodita Ayurá, César Uribe Piedrahita opinó: “En las
mujeres de Correa se pierde Afrodita para que renazca la Venus de
Ayurá, la hembra dura y metálica parida en la mina o en la playa
dorada donde canta el río sus imposibles melodías” (AJF, Catálogo, ex-
posición de Carlos Correa, agosto de 1940). A la exposición de Correa
asistieron, según el registro de visitantes, mil quinientas personas y el
texto del catálogo lo escribió Juan Friede. Tuvo dos críticos, Gonzalo
Canal Ramírez y Luis Vidales, quien opinó que Correa era: “un artista
excelente llamado a formar en el tríptico de los maestros de la pintura
actual colombiana. Los otros dos serían Pedro Nel Gómez e Ignacio
Gómez Jaramillo”39. Por su parte, José Prat opinó sobre la muestra que
lograría: “sin duda, la mayor atención del público aficionado, por la
vigorosa y atrayente personalidad artística de su autor”40.
La cuarta exposición fue la de Luis Fernando Rivera, entre el 2 y el
23 de septiembre de 1940. La visitaron novecientas dieciséis personas
que observaron treinta y nueve obras consistentes en treinta y cinco
tallas en madera –escultura y relieve–, y cuatro esculturas de barro
cocido; el texto del catálogo fue escrito por Lilo Linke. Tres días des-
pués se inauguró la quinta exposición, a cargo del dibujante y pintor
Carlos Díaz F., que presentó diez dibujos a pluma, doce aguatintas,
un dibujo a lápiz y treinta y siete óleos, para un total de sesenta cua-
dros, todos ellos centrados en el paisaje. La reseña la escribió Víctor
Sánchez Montenegro. Por su parte, Gonzalo Canal Ramírez escribió
a propósito de esa exposición el siguiente comentario:
La Biblioteca Nacional y la Galería de Arte son dos magníficos es-
cenarios del arte colombiano. En ambas han actuado, en las últimas
exposiciones, protagonistas de muy diverso género, en piezas de
muy diferente significado y valor (...). Un balance de tres meses
muy favorables a la cultura popular que irradian estas muestras
abiertas en pleno corazón de Bogotá para servir de veraneadero
al espíritu41.
39 El Tiempo, 25 de agosto de 1940, sección segunda: 4.
40 Estampa, sábado 10 de agosto de 1940.
41 El Tiempo, 15 de septiembre de 1940, sección segunda: 4.
77
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
La sexta exposición fue la de Guillermo Jaramillo, entre el 26 de
septiembre y el 17 de octubre, con tres mil treinta y seis visitantes; en
concepto de Enrique Uribe White fue de un éxito resonante. La séptima
fue la de Pedro Nel Gómez, entre el 18 de octubre y el 30 de noviem-
bre de 1940, con más de tres mil asistentes42. Sobre ella El Espectador
publicó que:
A las seis y media de la tarde, en la Galería de Arte, se abre la ex-
posición del maestro Pedro Nel Gómez, ilustre artista antioqueño.
La exposición será inaugurada con breves palabras del doctor César
Uribe Piedrahita, y en ellas se ha reunido la obra del artista, en todas
las épocas de su carrera. En los círculos artísticos de Bogotá, esta
exposición de la Galería de Arte ha despertado grande interés43.
La octava exposición, inaugurada el 12 de noviembre, fue la de
Erwin Kraus. El catálogo lo escribió el poeta Carlos López Narváez,
y constó de treinta y cinco cuadros con diferentes paisajes de re-
giones colombianas, muestra que fue catalogada por Enrique Uribe
White como un éxito y con la que terminó el año. El 7 de enero de
1941 se reiniciaron las actividades de la Galería de Arte, con la
exposición de Salas Vega que duró hasta el 3 de febrero y a la que
asistieron mil cuatrocientas noventa personas.
En concepto del dueño, los pintores que expusieron en la Galería:
Este grupo de artistas colombianos (...) encabezan el movimiento de
liberación de un arte imitativo, que domina todavía un vasto campo del
arte pictórico en Colombia. Convencidos que ningún hombre, aunque
sea de mediana sensibilidad artística puede sustraerse de la influencia
de los grandes maestros del pasado y del presente, buscan una nueva
plástica, para en ella verter la nueva vida americana (Friede, 1945: 8).
Ahora bien, en la Galería de Arte tuvo ocasión Juan Friede de
conocer infinidad de personas, no sólo del ambiente artístico, sino
intelectual y político, pues hasta el presidente de la República,
Eduardo Santos (1938-1942), asistió a algunas de las exposiciones,
como la de Salas Vega, la que visitó el 11 de enero de 1941. Veamos
qué recuerda Jaime Jaramillo Uribe de esos tiempos:
42 Por las mismas fechas de las exposiciones de Carlos Díaz y Pedro Nel Gómez, el artista
Guillermo Wiedemann expuso en la biblioteca Nacional sus primeras acuarelas sobre
el trópico y el folklore colombiano. La historia del arte colombiano vivía entonces
un momento importante.
43 El Espectador, viernes 18 de octubre de 1940.
78
Primera parte w Juan Friede, comerciante
La Galería quedaba en la carrera séptima con calle 24 y me acuerdo que
allá por primera vez se hicieron exposiciones de cuadros como los de
Carlos Correa y él [Juan Friede] vendía obras de Salas Vega y de los pin-
tores de esa época, que no eran muchos, y todavía no se había iniciado
el movimiento más reciente de la pintura en Colombia. Yo entraba allá
y conocí un poco a Friede, pero no tenía amistad con él. Después, ya en
los años cuarenta y pico, cuando dejó esas actividades y se dedicó a la
investigación histórica, sí tuvimos mucho contacto (EJJU).
Según parece, la Galería de Arte no duró más de uno o dos años,
pues pese a que:
Él era un buen conocedor de la cultura europea y olfateador de obras,
como tenía buenos contactos y relaciones públicas y conocía muchos
artistas pudo comprar muchas obras de arte. La Galería no duró
mucho (uno o dos años) pues el mercado del arte en Colombia era
muy incipiente, no había mercado para sostenerlo, en una palabra
no era muy rentable (ESMP).
Ante la carencia de un mercado artístico, Friede trató de crearlo
mediante la rifa de algunos cuadros cuyo resultado fue, también, casi
nulo. Es así como cuando la exposición de Guillermo Jaramillo se
rifó una obra del pintor y salió ganadora la boleta 2426. Otras tóm-
bolas que quiso hacer, sin éxito, fue con los trabajos Orquídeas, de
Gonzalo Ariza –cien boletas a cincuenta centavos el puesto y ningún
inscrito–; Talla en madera, de Rivera –cincuenta boletas a treinta
centavos y ningún inscrito–; Lucaron, de Gonzalo Ariza –cincuenta
boletas a quince centavos y ningún inscrito–; Sabana, de Díaz –cien
boletas a veinte centavos y dos inscritos–; Tarde gris, de Díaz –cin-
cuenta boletas a veinte centavos y tres inscritos, entre ellos Carlos
Restrepo Piedrahita, contralor general de la República–; Laguna, de
Díaz –cien boletas a diez centavos y tres inscritos–; un agua tinta de
Díaz titulada Casas –cincuenta boletas a quince centavos y ningún
inscrito–; un agua fuerte de Díaz llamado Arboleda –cien boletas a
quince centavos y ningún inscrito–; y, finalmente, otro cuadro de
Díaz, titulado Quebrada –cien boletas a veinte centavos el puesto y
ningún inscrito– (Galería de Arte, Libro de registro).
La Galería de Arte atendía de nueve de la mañana a una de la
tarde, y de cuatro de la tarde a nueve de la noche. Además de pro-
mocionar pintores e intentar crear un mercado de arte, don Juan
quiso divulgar el interés y la comprensión del arte nacional entre
los alumnos de las escuelas públicas y particulares de Bogotá, por
lo que el 10 de julio de 1940 le escribió a Álvaro Rozo, director de
Educación de Bogotá, avisándole que el local tendría:
79
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
abierta la exposición todas las mañanas desde las 10 a.m. hasta
la 1 p.m., para que esta pueda ser visitada por alumnos. En caso
de una visita colectiva, el autor de las obras que se exhiben está
dispuesto a explicarlas a los alumnos si así se desea. Para este fin
es necesario avisar con un día de anticipación a la Galería (AJF,
carta a Álvaro Rozo, 10 de julio de 1940).
En la Galería de Arte no sólo se hicieron las exposiciones habitua-
les: se utilizó también para algunos eventos sociales y caritativos. Por
ejemplo, en la semana comprendida entre el 7 y el 14 de septiembre
de 1940, Friede ofreció un cocktail a beneficio de la Cruz Roja, que
contó con numerosos asistentes.
4.
Además de los citados problemas económicos parece que: “Hubo
alguna vez disgusto entre Juan y Gonzalo Ariza pero no podría decir
exactamente qué fue, pues no lo sé (EMV de GJ)”.
Según hemos podido establecer, en principio, los problemas entre
Ariza y Friede se debieron a los negocios artísticos establecidos a raíz
de la Galería de Arte. El pintor acusó al galerista de haberlo timado
cuando expuso sus obras en el local de la séptima con veinticuatro.
Eso es lo que se desprende de la siguiente nota enviada por don Juan
al artista, el 4 de diciembre de 1941:
Harto ya de chismes de café que me traen continuamente amigos
suyos y de la continua preocupación suya, parece, con mi persona,
me permito enviarle siete acuarelas, que me quedan como pago por
los gastos de exhibición de sus obras en el año de 1940. El valor
de estos cuadros más cinco más, le fueron pagados por mí, sin que
hasta ahora fuesen cubiertos por sus respectivos compradores, a
saber: Jorge Zalamea $35, Gilberto Owen $35, Santiago Martínez
Delgado $25, Dr. Guillermo Ochoa $18, Ignacio Gómez Jaramillo $10.
Balancean más o menos la suma que usted me entregó en cuadros
por dichos gastos.
Me queda la satisfacción de haber ayudado a un buen pintor, cuando
todavía era un artista, y no un político o lo que usted desea llamarse
(AJF, carta a Gonzalo Ariza, 4 de diciembre de 1941).
Pero además de los problemas habituales de negocios, comu-
nes en ese tipo de actividades y más entre personas dedicadas a
las actividades culturales, en donde muchas veces se mezclan,
erróneamente, las transacciones comerciales con la amistad y la
camaradería y no se dejan claros los términos de los convenios, lo
80
Primera parte w Juan Friede, comerciante
que da pie a molestos inconvenientes, entre Ariza y Friede hubo
conflictos ideológicos:
Si la ola de chauvinismo, xenofobia, y nazismo, que parece lo
embarca por completamente como antaño el comunismo, resultare
pasajera, como lo espero en bien de la pintura colombiana, puede
usted devolvérmelos. Pero si esta “ideología” perdurase, le dejo con
gusto estos cuadros, para que sienta la satisfacción de no haber sido
explotado por un “judío”, mientras que espera el glorioso adveni-
miento nazi en Colombia” (Ibídem).
Diferencias ideológicas que afloraron en las reuniones mensua-
les organizadas por don Juan en su casa, a las que Ariza no asistía
pero de cuyo desarrollo se enteraba. Fue así como, al devolver los
marcos de las acuarelas remitidas por Friede, el pintor aprovechó
para dejarle la siguiente nota:
Recibí su carta y los monos. Si usted está harto de chismes ya se
imaginará como debo estar yo; todo esto es resultado de lo que a
mí tanto me choca: las famosas discusiones. Por eso me he abste-
nido de concurrir a las reuniones; creo que usted conoce muy bien
mi manera de pensar al respecto. Sin embargo, y a pesar de haber
evitado ese ambiente, no he podido escaparme del todo, pues sigo
siendo “tema” de los chismes. Esto es exactamente lo que me choca
y creo habérselo dicho directamente; yo sigo creyendo que el oficio
de los pintores es pintar y no reunirse a chismografear con evidente
perjuicio para todos.
En cuanto a los monos, Ud. sabe mejor que yo el ningún valor que
les concedo y que me es indiferente tenerlos o no; como supongo
que los marcos son importantes se los traje.
Yo le agradecería simplemente que respecto a mí, haga lo que yo
quiero, es decir, no mezclarme en ese tremebundo ambiente de dis-
cusiones que no me interesan. Yo por mi parte he hecho lo posible
por evitarlo. Es lo único que me interesa, que me dejen quieto. Ud.
me conoce y sabe que me choca hasta que hablen bien de mí (AJF,
carta de Gonzalo Ariza, s. f.).
En realidad, las reuniones de intelectuales y artistas –a las que
nos referiremos en detalle en otro capítulo de esta parte– que se efec-
tuaban en la casa de don Juan eran verdaderas tertulias en las que
se tenía un tema básico sobre el que se discutía. En la de noviembre
de 1941, Jorge Zalamea hizo un balance crítico de la reciente pro-
ducción pictórica nacional, basado en su ensayo recién publicado,
o a punto de salir: Nueve artistas colombianos (1941). Comentarios
que fueron duros para algunos de los bachués; uno de los que cayó
81
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
en las glosas del inolvidable autor de El gran Burundún Burundá
ha muerto (1952) y El sueño de las escalinatas (1964) fue Gonzalo
Ariza, pues en concepto de Zalamea ese pintor era:
el más acabado arquetipo de un pueblo en formación, de una cultura
incipiente en que la inteligencia natural, la facilidad de asimilación,
la destreza manual y la predisposición imitativa tratan de reempla-
zar, con hábiles simulacros, la ausencia de un concepto propio del
mundo y del arte. O de disimular, acaso, una incoercible timidez
para expresar los sentimientos auténticos y la imagen particular,
peculiar del universo (...) [En un principio, Ariza trató] de aplicar a
los tipos colombianos, a los motivos de su contorno, la técnica y el
contenido de la pintura mexicana, tal como aparecía esta a través de
reproducciones y carátulas de revista (...) sobre esta capa artificial
de mexicanismo vino luego a superponerse la influencia de los su-
rrealistas (...). El artista, en última instancia, aparecía dividido en sí
mismo: enajenado intelectual y sentimentalmente a los modelos que
se propusiera, era incapaz de dar a la obra de sus propias manos el
acento inconfundible de la creación gratuita, espontánea, ingenua si
se quiere (...). El autor de estos comentarios tuvo por aquella época
oportunidad de obtener que el gobierno de Colombia pensionase a
Gonzalo Ariza en el exterior (...) decidió que fuese al Japón (...). El
resultado de esta peregrina experiencia rebasó todos los cálculos:
Ariza regresó del Japón olvidado de sus modelos mexicanos y de sus
veleidades surrealistas, dueño de una acabada técnica, aguzados has-
ta el extremo límite sus facultades de observación y de reproducción,
pero pintando en japonés (...). El pintor socializante, crudo, brutal
de 1936 se había convertido en un virtuoso de la pintura floral, en
un elegíaco paisajista (Zalamea, 1941).
De los punzantes comentarios de Zalamea se enteró Ariza en
algún café bogotano, por algún chismoso que además debió de echar
más leña al fuego. El que pagó el mal humor del pintor fue Friede,
pues como él mismo le escribió a Ariza, con cierto aire de ironía:
No me acuerdo, y ninguno de los asistentes honrados puede decir lo
contrario, de haber sido siquiera mencionado su nombre en reunio-
nes anteriores a la última. En esta, Jorge Zalamea, del cual Ud. mismo
hace unas semanas me dijo que era uno de los pocos entendidos en
pintura y al que Ud. debe la gran parte de su educación artística,
ya que fue el que lo mandó al Japón, se permitió el sacrilegio, como
parece, de criticar su obra. Pero lo hizo en forma abierta y sincera y
no en forma personal, mezquina e indecorosa. Y aunque no dudo,
que en el tercer Reich colombiano la libre expresión de opiniones
será prohibida, no ha llegado todavía este glorioso estado de cosas.
Todavía cualquier hombre honrado puede juzgar a su manera
la obra del otro, pero, mientras que en las reuniones de mi casa, la
gente habla abiertamente, sinceramente y sin alusiones personales,
82
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Uds., los del café, hablan con esta superficialidad, hipocresía y falsa
amistad, que es de sobra conocida (...) y aunque suena como paradoja,
el único pintor que discute es Ud., aunque Ud. mismo dice, que “los
pintores no deben discutir, sino pintar”. Rara vez, los pintores que
visitan mi casa toman parte en las discusiones. Pero bien puede
Ud. estar seguro, que mientras más hable Ud., menos hablarán de Ud.
como pintor.
Ya que sus actitudes y actividades en los últimos meses me son fran-
camente antipáticas y supongo que lo son también las mías, le ruego
que cortemos nuestras relaciones personales, de cualquier forma que
sea, y en esta espera, me suscribo (…) (AJF, carta a Gonzalo Ariza,
5 de diciembre de 1941).
Sin embargo, los problemas ideológicos entre uno y otro conti-
nuaron; el punto culminante fue, como veremos más adelante, en
1944.
5.
Lo cierto del asunto es que por medio de la galería don Juan pudo
adquirir una considerable colección de obras de arte y que: “Una
vez que cerró la Galería se llevó una cantidad de cuadros para su
casa (...) porque él compraba mucho cuadro, pero muchísimo. A
Ignacio le compró muchos cuadros” (EMV de GJ).
En realidad, antes de trasladar el acopio de obras a su casa hizo otro
intento por mantener el negocio. Una vez clausurado el local de la calle
veinticuatro con carrera séptima, Juan Friede reinauguró un nuevo salón
en la calle 22 nº 8-60, el 11 de febrero de 1942, que duró abierto hasta
el 18 de mayo del mismo año, y adonde por registro asistieron más de
mil quinientas personas. El nuevo local continuó también con la línea
de promoción de los pintores bachués; así se lo hizo saber a Pedro Nel
Gómez: “Sería sumamente interesante si en estos días pudiera recibir los
dibujos suyos que me ofreció para mostrar al público. Pero es sólo si esto
no le perjudica en su labor artística” (AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 7 de
marzo de 1942). Posteriormente, abrió las puertas de su mansarda para
exponer allí su colección y algunas de las obras de sus amigos.
Parte de la colección adquirida la mantuvo hasta su muerte, las
obras que la conformaron decoraron las paredes de su apartamento.
Respecto a las compras a Ignacio Gómez Jaramillo, parece que se
iniciaron en agosto de 1939 con la adquisición del cuadro Chircales,
por cien pesos, y con el cuadro de Yeruda-Ben-Meir, por doscientos
cincuenta. En 1942 le compró al pintor el cuadro Bañistas en el
trópico, por quinientos pesos.
83
Capítulo 4 w El primer marchand de Bogotá
A Pedro Nel Gómez también le compró algunos cuadros:
Me dice Ud. que desea quedarse con el auto-retrato y le agradezco el
voto que esto representa para el cuadro y lo felicito pues realmente yo
he estimado esa obra. Me parece muy bien la propuesta que Ud. me hace
en su carta, estoy muy de acuerdo sobre todo siendo Ud. el comprador a
quien agradezco (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, noviembre de 1940).
Sin embargo, a diferencia de Gómez Jaramillo, el pago hecho a
Pedro Nel fue en especie44:
Si no le es difícil y no le es mucha la molestia, supuesta la liquidación
como usted me informa, puede enviarme un rollo de tela para pintar
44 Entre Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez Jaramillo hubo siempre grandes diferencias.
Una de las más notorias fue el interés evidente de Gómez Jaramillo por exponer y ganar
dinero, por lo cual su capacidad artística se mediatizó, en parte, por comercializar su
obra, avidez que mostró desde un comienzo. Cuando vivió en Europa exhibió en la
Exposición Nacional Española de 1930; al año siguiente participó en la exposición
colectiva que organizó la Federación Universitaria Hispano Americana en Madrid; en
1932 hizo parte del Salón de Invierno de Lisboa. Luego de su regreso a Colombia,
en 1934, hemos visto que recién llegado organizó una exposición en Barranquilla y
luego la de Bogotá. Cuando estuvo en México decoró al fresco dos de los paneles del
Centro Escolar Revolucionario. En 1937 exhibió sus obras en Delphic Studios, de la
ciudad de Nueva York, y en el Palacio de Bellas Artes de México, D. F. Posteriormente
a la pintura de los frescos del Colón y del Capitolio participó en la exposición colec-
tiva de Viña del Mar, en Chile, y obtuvo el segundo premio en pintura; asistió a la
exposición de pintura del Golden Gate en San Francisco, California. Ganó, en 1940,
el primer premio en pintura del primer Salón anual de artistas colombianos; galardón
que volvió a obtener en el V Salón, en 1944; en 1960 sus obras fueron declaradas
fuera de concurso en el Salón de artistas de ese año. En 1941 exhibió nuevamente en
Nueva York y en el Salón de exposiciones de la Biblioteca Nacional.
A partir de 1940, Gómez Jaramillo: “cambió de concepto y tuvo giros francamente
desafortunados como cuando, ya en los años cincuenta, ensayó la abstracción. De la
etapa inicial, que es la de sus grandes realizaciones, sólo la manera de organizar el
espacio reaparecería aquí y allá con renovada insistencia” (Medina, 1995: 123).
Pedro Nel Gómez, por el contrario, no fue mercachifle de su obra, él no se dejó llevar
por la moda del arte abstracto que en las décadas de 1950 y 1960 impuso Marta Traba.
Tanto él como su alumno Carlos Correa consideraron que tal arte era: “el opio del pueblo
y de los intelectuales (…) [y lo describieron como un estilo] útil para hacer cortinas”
(Escobar, 1998: 9-10).
Sobre el arte moderno opinó: “La decadencia del arte moderno se debe al hecho de
que sólo trabajamos el subconsciente” (Conversación 1, octubre de 1955: 35).
Obviamente que los bandazos de Gómez Jaramillo fueron objeto de conversación entre
Pedro Nel y Correa. Es así como Pedro Nel comentó sobre el mural de Gómez Jaramillo
en la gobernación de Antioquia: “me da la sensación de que Ignacio ya no se interesa por
la pintura, y además no sabe componer” (Conversación 3, agosto de 1956: 46). Pero fue
más allá, a propósito de una exposición de Gómez Jaramillo en el Club de Profesionales
en Medellín, entre abril y mayo de 1959, en la que según Correa: “Por tratar de conciliar
lo abstracto con lo real se volvió un híbrido de la pintura (…). Yo creo que a Ignacio lo
ha matado el deseo de estar siempre a la moda (…)”. Pedro Nel Gómez comentó que su
colega “había perdido la fe en la vida (…) cayó en el papel de colgadura (…). Ese lo que
es, es mala persona (…)” (Conversación 9, 27 de mayo de 1959).
84
Primera parte w Juan Friede, comerciante
al óleo, la de mayor ancho (2 m a lo menos) y de grano grueso. (Puede
ser que se haya agotado, la vi al comprar un pantógrafo para la Escuela
de Minas, en la Óptica Alemana). También me son necesarios algunos
colores, de marca holandesa “Talens” (...) y si se encuentra un aceite
fino para pintar al óleo. Tal vez se encuentre el aceite de linaza Stand
holandés. Ud. sabrá perdonarme estas molestias y si no le es posible,
dadas sus ocupaciones, [Carlos] Correa tal vez pueda hacerme ese gran
favor (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, noviembre de 1940).
Capítulo 5
Las relaciones con Pedro Nel Gómez
y Carlos Correa: amigo y mecenas
1.
A partir de su afincamiento en Bogotá, Juan Friede estableció una
serie de contactos con un sector de la intelectualidad bogotana,
y muy especialmente con los pintores bachués. Con algunos de ellos,
como el caso de Ignacio Gómez Jaramillo, Gilberto Owen y otros,
trabó amistad. Sin embargo, con los pintores antioqueños Pedro Nel
Gómez y Carlos Correa, maestro y alumno respectivamente, mantuvo
relaciones de amistad, camaradería y mecenazgo que, como veremos
en el presente capítulo, tuvieron distintos epílogos.
2.
Pedro Nel Gómez Agudelo nació en Anorí, Antioquia, el 4 de julio
de 1899, y murió en Medellín el 6 de junio de 1984. Adelantó sus
primeros estudios de dibujo y pintura en el taller particular del pintor
Humberto Chávez y luego en la Academia de Bellas Artes de Mede-
llín, regentada por el ingeniero y pintor Gabriel Montoya, en la que
recibió una educación pictórica clásica: reproducir o copiar estatuas
clásicas, especialmente Venus griegas, que muy poco comprendió;
pero también el dibujo y la pintura en vivo de modelos –hombres y
mujeres– desnudos, lo que suscitó infinidad de comentarios en la
pacata sociedad de Medellín, en especial de Tulio Ospina, el padre
del presidente Mariano Ospina Pérez (1946-1950). Entre los compa-
ñeros de Pedro Nel en la Academia de Bellas Artes se encontraban el
posteriormente conocido caricaturista Ricardo Rendón (1894-1931);
– 85 –
86
Primera parte w Juan Friede, comerciante
el poeta Teodomiro Isaza, que más tarde, al igual que Rendón, se
suicidó; y Luis Eduardo Vieco y Eladio Vélez. En 1921, el grupo de
estudiantes de la Academia hizo, en las instalaciones del centro
docente, la primera exposición colectiva de naturalezas muertas,
primera en su género en Medellín. Gómez introdujo en la Academia
la acuarela y favoreció la apropiación de la técnica y la aparición
de la primera “escuela” de acuarelistas colombianos, primera en
Colombia, que se caracterizó: “por el alto grado de improvisación a
que llegaban” (Medina, 1995: 88).
Gómez cursó el bachillerato en el Liceo de la Universidad de
Antioquia y estudios superiores en la Escuela de Minas de Medellín,
donde se graduó en 1922 como ingeniero-arquitecto. Desde entonces
mostró inclinaciones y gran sensibilidad por los asuntos sociales,
por las reivindicaciones de la clase obrera, al punto que organizó
manifestaciones para defender el sistema de los tres ochos –ocho
horas de trabajo, ocho de recreación y ocho de sueño–, por lo que
sus compañeros lo llamaron “Petrosky” (Correa, 1998: conversación
27, 21 de octubre de 1967). Mientras estudiaba en la Escuela de Mi-
nas realizó su primera exposición individual en la casa paterna, en
Medellín (calle de Bolívar nº 45-83), que fue la primera exposición
de acuarelas en el país. El año de su graduación, en mayo, organizó
la segunda exposición, esta vez colectiva, de dibujos, esculturas y
pinturas, en la que junto con Eladio Vélez fue considerado por el
comentarista M., de la revista Sábado, como el artista más desta-
cado por su técnica para la acuarela, que además de expresionista
recordaba: “el sistema de la acuarela inglesa, tan agradable a la vis-
ta”45, consistente en: “una técnica que permitía plasmar la imagen
sin un plan preconcebido, aprovechando, como los repentistas, las
contingencias propias de la ejecución” (Ibídem: 88). Con la que: “le
dio prestancia y tamaño a la acuarela, tal vez como nunca la había
tenido, la sacó de la dimensión de la lámina científica, del cuadro
de costumbres y la niveló con la pintura” (González, 1984: 20).
Una vez egresó de la Escuela de Minas se trasladó a Bogotá con
sesenta cuadros, entre acuarelas y óleos, y se vinculó a la bohemia
bogotana que vivía una existencia fantasmal en los cafés, donde se
discutía de política y literatura. El café preferido de Gómez fue el
Windsor –calle 13 con carrera séptima–, donde se reencontró con
Rendón y compartió con escritores como Eduardo Castillo, José
45 M. “La exposición artística”. Sábado (45), 13 de mayo de 1922. Citado por Medina,
1995: 88.
87
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
Eustasio Rivera, León de Greiff, Luis Tejada, Rafael Maya, Rafael Ja-
ramillo Arango y José Restrepo Rivera; el pianista Temístocles Vargas
y el arquitecto Pablo de la Cruz, para quien trabajó en Bogotá como
arquitecto ayudante. La mayoría de tales contertulios, incluido Gó-
mez, hicieron parte de la iconoclasta generación de los Nuevos. Los
dos primeros meses de residencia en la capital fueron de bohemia46,
pero poco a poco el interés por continuar su carrera pictórica hizo
que abandonara parcialmente la “bebeta”, para dedicarse a pintar
una serie de lienzos de desnudos. En 1924 expuso sesenta acuarelas
en la librería Santa Fé, de propiedad de Gustavo Santos.
En 1925 viajó por barco a Ámsterdam, con el fin de estudiar pintura
en Europa. De Holanda pasó a Bélgica y luego a París, periplo en el
que tardó cinco meses, pues conoció con detenimiento los museos,
en especial la obra de Rembrandt y Cézanne, a quien consideró la
piedra angular de la pintura moderna, además de la de Soutine –cuya
obra encarna la estética de lo feo, que Gómez había abrazado desde
muy temprano, y que defendió, por lo que siempre fue incompren-
dido–, y la de Chagall. En concepto de Pedro Nel estos eran los dos
grandes pintores contemporáneos modernos. Fiel a su profesión de
arquitecto recorrió también las plazas y las avenidas, los tugurios y las
catedrales, sin dejar de lado la vida bohemia y los cabarets. A finales
de 1925 se trasladó a Florencia, donde conoció a su esposa, Giuliana
Scalaberni, y encontró trabajo como ayudante del pintor publicitario
Lino Bianchi, quien le enseñó la técnica del grabado.
Luego de pasar muchas dificultades económicas, pues sus cua-
dros no tenían salida comercial, y de concebir dos hijos, Germana y
Juliano, fue nombrado cónsul en Roma, aun cuando nunca recibió
los cincuenta dólares mensuales prometidos. A mediados de 1930
decidió volver a Colombia, con el compromiso de dictar clases de
arte en Medellín. La Sociedad de Mejoras Públicas de la capital antio-
queña le pagó el pasaje y le subvencionó el trasporte de veinticinco
cuadros de gran formato y doscientos de pequeño; parte de esa obra
la expuso en octubre de ese año en una exposición a la que asistieron
trescientas veinte personas. Eran los tiempos difíciles de la recesión
económica producto de la quiebra de Wall Street en 1929, que obligó
a los artistas a trabajar en sus talleres aunque no había compradores,
por lo cual debieron dedicarse a otras actividades. Sólo seis meses
46 De las tertulias de ese tiempo Gómez pintó un cuadro: Homenaje a Rendón. Las
alegres comadres del Windsor, en el que aparecen Rafael Maya, Eladio Vélez, Tomás
Carrasquilla, José Restrepo Jaramillo, Pedro Nel Gómez, Guillermo Valencia, León de
Greiff, Luis Tejada, Ricardo Rendón, Jorge Zalamea y Efe Gómez.
88
Primera parte w Juan Friede, comerciante
después de su regreso a Colombia, Gómez pudo conseguir el dinero
necesario para traer a su familia desde Italia.
Desde su regreso Pedro Nel Gómez Agudelo asumió una posición
muy personal frente al trabajo artístico, según la cual este era: “una
especie de compromiso ante la vida” (Medina, 1995: 92), y consideró
que en el arte moderno:
debía tenderse a la simplificación. Las figuras no debían desviar la
atención hacia detalles que no significaban nada y concluyó que las
ideas tenían que estar expresadas sin disgregaciones, es decir, que un
rostro, un brazo, un monte, den la impresión precisa de lo que son,
sin que haya lugar a reminiscencias de otro orden, sólo así la pintura
expresaría el verdadero pensamiento del autor (Ibídem).
Luego del fracaso de la exposición de 1930 se dedicó a pintar y
a trabajar en ingeniería y arquitectura. En 1933 obtuvo un contrato
importante: la elaboración de los planos del Cementerio Universal,
de donde obtuvo el dinero necesario para montar en Bogotá, en 1934,
una exposición de ciento veinticinco cuadros de gran tamaño, en
el salón Central del Capitolio. Los resultados económicos fueron
negativos, ya que con lo vendido ni siquiera cubrió los gastos, aun
cuando sí consiguió lo principal: alcanzar reconocimiento nacional
y generar una polémica en torno a su concepción del arte y a la
manera de ejecutar sus obras. César Uribe Piedrahíta conceptuó así
sobre la muestra bogotana de Gómez:
Como estos lienzos se pintaron para estimular la decadencia (…), no
hay en ellos paisajes perfumados donde rondan las afeminadas figuras
de Fragonard, ni las zagalas de peluquín, ni los absurdos campesinos
místicos del tonto de Mollet. Aquí no hay bosquecillos maquillados, ni
nubes de merengue, ni rebaños de crema de azúcar. Esta es una obra
nueva, máscula y humana, sin afeites, ni pomadas, ni polvos de cotí.
Faltan en ella los asperges con lociones y el barniz de gomina relamida
con plumón de un cisne melodioso (César Uribe Piedrahíta, La obra de
Pedro Nel Gómez, citado en Medina, 1995: 96. Subrayado nuestro)”.
La exposición de Bogotá se convirtió: “en la muestra que rompió
con los preceptos que maniataban la pintura y ensanchó horizontes”
(Medina, 1995: 101). Por su parte, Rafael Duque Uribe comentó en la
revista Senderos de la Biblioteca Nacional que la exposición había
sido promocionada como la de un pintor:
extraordinario, extravagante y sui generis (…) [en concepto de Duque
Gómez] realiza una obra fuertemente personal, al amparo y bajo la
89
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
influencia del ambiente muy conocido por artistas y literatos del
barrio de París que principia en Montparnasse y nadie sabe dónde
termina (…) [donde existía] una inspiración que les impone el deseo,
la necesidad imprescindible de comunicarse por la línea y el color
o la palabra, con sus contemporáneos (…) Nel Gómez vino saturado
de ella y la incrustó en sus montañas antioqueñas, en el corazón de
nuestras sociedades gazmoñas, maliciosas y desconfiadas; se hizo
tolerar a pesar de lo imprevisto y hoy se presenta en esta altiplanicie
con sus obras de un estilo definido, que si no fueron comprendidas,
tampoco asustaron a los sencillos bogotanos (…).
El conjunto de la obra de Nel Gómez revela una cultura general muy
apreciable que con placer encomiamos para ponerla de presente a
todos los que por los senderos del arte quieran lanzarse con ánimo de
triunfar (…). Evidencia un artista a quien seduce el conjunto de las
multitudes por sus abigarradas contorsiones al encuentro de opuestos
sentimientos, o como masas de color expuestas a la luz, que producen
contrastes inadvertidos, manifestaciones de vida, para quien como
él, parece tener una preocupación por los problemas sociales (…).
Grandes cuadros, pequeños apuntes, retratos, simples efectos de luz
y de color, paisajes, todo en Nel Gómez es la manifestación de un ar-
tista insatisfecho, que investiga y busca la manera de expresión para
el sutil sentido espiritual que emana de las cosas. Parece que hubiera
descubierto una nueva forma en el caos universal y que angustiado
se esforzara por traducirla, para apaciguar la tortura de su espíritu
(Duque Uribe, 1934: 311-313).
Según Álvaro Medina, 1934 fue el año clave de la pintura co-
lombiana moderna: ese año retornaron a Colombia Ignacio Gómez
Jaramillo47, quien hizo dos exposiciones individuales, una en el
hotel del Prado de Barranquilla (marzo) y otra en el Teatro Colón de
Bogotá (octubre), muestras que contaron con conceptos positivos por
parte de la crítica48; y Luis B. Ramos49, quien en septiembre hizo su
primera exposición en Bogotá, que resultó un fracaso, pues:
47 Gómez Jaramillo residía desde 1929 en Europa. Inicialmente quiso estudiar arquitectura,
pero pronto la abandonó e ingresó al Real Círculo Artístico de Barcelona. En Madrid
estudió un par de meses en la academia de San Fernando. En 1932 se radicó en París y
estudió en la Académie de la Grande Chaumière. Durante sus años de permanencia en el
viejo mundo asimiló las obras de los posimpresionistas Paul Gauguin y Paul Cézanne.
48 Con ocasión de la exposición en el Teatro Colón se organizó una serie de conferencias:
“que convirtieron la muestra en un auténtico acontecimiento de la nueva cultura”
(Medina, 1995: 117), en la que participaron Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, Gilberto
Owen, quien expuso sobre “Arte y revolución”, y Abelardo Forero Benavides. Así,
el conocimiento entre Gómez Jaramillo y Owen databa desde los tiempos en que el
pintor estaba recién llegado de Europa.
49 Luis Benito Ramos (1899-1955) nació en Guasca (Cundinamarca). Su formación inicial
la hizo en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, y en 1928 se ganó una beca, dotada è
90
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Su obra no era ni decididamente nueva ni suficientemente tradicio-
nal, ya que se situaba a medio camino entre las corrientes represen-
tadas por los pintores que expusieron entre julio y octubre de 1934:
Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez Jaramillo por un lado, símbolos de
lo novedoso y moderno, y Miguel Díaz Vargas por el otro, exponente
máximo del tradicionalismo (Medina, 1995: 141).
Ese mismo año se llevó a cabo la polémica exposición de Pedro
Nel Gómez en Bogotá. En ese entonces: “el mercado de arte era
raquítico. Los efectos de la grave crisis económica de 1929, que se
prolongó hasta 1933, no estimulaban a los contados coleccionistas
que existían a comprar obras de arte” (Medina, 1995: 144). Ese año,
también, Juan Friede regresó a Colombia, por cuarta vez, con algunos
estudios de arte moderno realizados en París y sobre todo con un
reconocimiento muy aproximado a la obra de el Greco.
3.
En Medellín, el Concejo municipal contrató a Gómez, mediante el
acuerdo 9º del 25 de febrero de 1935, para que ejecutara diez com-
posiciones en pintura mural, al fresco, en el Palacio Municipal, cuya
construcción se inició en 193250, de temas alusivos al trabajo, las
fuerzas vitales del estado, las costumbres, las fuentes de riqueza,
è de muy escasos recursos, para estudiar en Europa. En el viejo continente se dedicó a
estudiar pintura pero adquirió también una sólida cultura general, especialmente en
los pensadores de la ilustración, y en música. Para sobrevivir se dedicó a la fotografía,
especialmente a la reportería gráfica. A su regreso a Colombia asumió una posición
independiente, muy crítica, frente a la pintura tradicional pero también a la moderna
representada por los Gómez.
50 La ornamentación de los muros de los edificios públicos comenzó en Colombia en
1930, cuando Luis Alberto Acuña ejecutó, en la iglesia de la Sagrada Familia de
Bucaramanga, el mural Dejad que los niños vengan a mí, que: “no gustó porque los
niños eran mestizos, negros y blancos. En consecuencia, la obra fue borrada años
más tarde” (Medina, 1995: 150). En 1934, Luis B. Ramos ejecutó los frescos El río
Magdalena y Frailejones para las oficinas de la dirección de El Tiempo, localizadas
en Bogotá, en la calle 13, y el mismo artista ejecutó los frescos de la escuela 20 de
julio. Santiago Martínez Delgado adelantó en 1934 una decoración mural en el Gun
Club de Bogotá. Ramos tuvo la oportunidad de hacer escuela, pues fue profesor de
pintura al fresco en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, pero sus alumnos no pudieron
adelantar mucho pues el estado, luego de la revolución en marcha (1934-1938), en la
“pausa” del gobierno de Santos, se desinteresó del asunto. En realidad, la ejecución
de murales tuvo mucho que ver con la toma del poder por el Partido Liberal en 1930,
y muy especialmente a partir de la revolución en marcha del presidente Alfonso
López Pumarejo (1934-1938); sin embargo, para el caso de los murales del Palacio
Municipal de Medellín, los concejales que le dieron el mayor respaldo al proyecto
de los frescos del Pedro Nel Gómez fueron los conservadores, como también Ángel
María Carrascal, único edil del Partido Comunista en esa corporación.
91
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
la minería, el café, los problemas relacionados con el despertar del
pueblo a la vida colectiva y política, etcétera. En ese trabajo primó
el sentimiento regional, muy propio de los paisas, sobre el nacional.
La temática de estos frescos fue concertada entre el Concejo y el
artista, quien sostuvo desde entonces hasta su muerte, que:
Un fresco es una vasta concepción de amplias líneas inscritas, ligada
a la severa concepción de una arquitectura que la exalta. Un fresco
es una síntesis de la vida secular de una nación.
El muralista lleva a su obra las victorias, los anhelos, las derrotas y
dolores de un pueblo y de una patria. Un mural es un libro abierto
ante un pueblo, que lo leerá todos los días aun sin percatarse, vivirá
con él y lo llenara de esperanza51.
La temática y la técnica de ese primer ciclo de murales significó
un verdadero escándalo, ya que en el país, y en especial en Mede-
llín, muy pocas personas conocían sobre los frescos que desde 1910
venían desarrollando los mexicanos Diego Rivera, José Clemente
Orozco y David Alfaro Siqueiros. Existía, más bien, una tradición
por representar retratos de señoras robustas, paisajes de muchos
árboles y puestas del sol. En realidad, los murales del Palacio
Municipal se convirtieron en las obras más contradictorias de la
historia del arte colombiano, pues un grupo de críticos consideró
que los murales de Gómez eran más bien carteles de propaganda,
y otro los conceptuó como imitaciones rastreras de los muralistas
mexicanos. Es así como un joven abogado conservador de Medellín
declaró: “si yo no temiera tanto las sanciones del Código penal iría,
personalmente, a cubrir con una capa de cemento esos horrendos
frescos de Pedro Nel Gómez en el Palacio Municipal”52; y un sim-
patizante de los bachués, el compositor Emilio Murillo, luego de
visitar el nuevo Palacio Municipal de Medellín estalló iracundo: “yo
voto por un consejo conservador que me garantice la destrucción
de esos murales” (Medina, 1995: 164).
Tales diatribas y ataques carecían de un conocimiento cierto, de
una comprensión de la pintura de Pedro Nel Gómez y del arte mo-
derno; en ellas primaban los puntos de vista políticos que asumieron
la forma de denuestos en nombre de la moral. Pese a las críticas, los
51 Citado por Lilia Gallo de Bravo en “Pedro Nel Gómez el artista, su generación y su
pueblo”. El Tiempo. Lecturas Dominicales, domingo 17 de junio de 1984: 3.
52 Citado en Semana (116), 8 de enero de 1949: 19.
92
Primera parte w Juan Friede, comerciante
frescos de Gómez señalaron un nuevo rumbo al arte en Colombia,
dimensión que entendió Juan Friede, quien fue parte de la minoría que
comprendió que el dibujo del arquitecto, pintor y muralista era vigo-
roso, tenía un indiscutible talento colorístico, poseía audacia social
y gran sentido nacionalista, por lo que en cuanto pudo se puso en
contacto con el controvertido pintor antioqueño.
De la misma forma que hubo voces en contra, también las hubo
a favor, muy especialmente de extranjeros; fue el caso del poeta chi-
leno Pablo Neruda, quien conceptuó que: “Si junto a los muralistas
mexicanos tuviéramos en cada uno de nuestros países un Pedro Nel
Gómez, el mapa espiritual y material de América habría expresado su
estructura, habría llegado a una existencia en el tiempo (…). Pedro
Nel y los que vendrán nos ayudarán a encontrar nuestra alma, con
su visión dulce y mágica de nuestra vida (…)”53. Por su parte, Pedro
Salinas expresó: “Créame que lamento no haberle conocido hace
tiempo. No me explico por qué no es usted tan famoso en América
como Rivera, Orozco, o Siqueiros, o, al menos, tan conocido (…)”54.
Y el arquitecto y urbanista Le Corbusier dijo: “Es lo más grandioso
que he conocido. Bien vale la pena visitar a Medellín por conocer
los frescos del maestro Pedro Nel Gómez”55.
Luego de terminar los frescos del Palacio Municipal, cuya cere-
monia de inauguración oficial se cumplió el 12 de octubre de 1937,
Gómez se dedicó por unos años a pintar setenta metros cuadrados
de murales al fresco en su casa de la loma de Aranjuez, que pronto
se convirtió en museo. En principio pintó una primera tanda de mu-
rales con el tema Homenaje al pueblo antioqueño. En 1938 diseñó el
mural de la Escuela de Minas de Medellín, edificio que proyectó y
para el que pensó la decoración, muy especialmente la de su cúpula
parabólica de doscientos metros, bóveda apoyada sobre un cilindro
de dieciocho metros de diámetro, sin contrafuerte; ese mismo año
concibió la composición Homenaje al hombre. Como la contratación
de murales públicos por parte del Estado fue suspendida durante
cerca de nueve años, entre 1938 y 1947, Pedro Nel esperó hasta 1948
para contratar el conjunto de la Escuela de Minas, e inició la obra a
mediados de 1949 y la finalizó en el primer trimestre de 1950.
Complementó la decoración del aula con seis murales de vein-
ticuatro metros cada uno, que pintó entre 1952 y 1954 (cuatro) y
1970 (dos), más dos frescos laterales de cuarenta metros cada uno
53 Citado en Semana (116), 8 de enero de 1949: 19.
54 Ibídem.
55 Citado en Semana (203), 9 de septiembre de 1950.
93
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
y tres horizontales de veinticinco. Más tarde, en 1954, para el aula
máxima de la facultad de química de la Universidad de Antioquia,
hoy Colegio Mayor de Antioquia, realizó una gran composición:
Historia de la química a través de la humanidad. Así mismo, pintó
otro mural, para el Instituto de Crédito Territorial de Bogotá, que
denominó El hombre y el drama de la vivienda. En 1955, en el Ban-
co Popular de Cali pintó un mural de sesenta metros cuadrados.
Ese año cumplió un gran deseo, viajó a México y conoció a los
muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. En 1956 volvió a
Europa y visitó nuevamente Francia, Holanda e Italia. A su regreso
ejecutó el mural Historia del desarrollo económico e industrial del
departamento de Antioquia, para el Banco Popular del parque de
Berrío, obra que con la construcción del metro de Medellín pasó a
exponerse en un espacio público abierto.
En 1957 pintó una síntesis de la historia de la nación en el Banco de
la República en Bogotá, que denominó Momentos críticos de la nación.
Continuó una serie de murales que tuvieron otros dos momentos de
inspiración importante: en 1970, cuando pintó en su Casa Museo el
Combate mítico, y en 1984, cuando terminó la decoración de la misma.
En total realizó cerca de 2.200 metros cuadrados56 de pintura al fresco,
en los que recreó los mitos de la Llorona, la Patetarro, la Patasola y la
Madremonte, todos ellos muy comunes en la zona minera antioqueña
donde se crió. Su gran capacidad de trabajo le permitía pintar hasta
dos metros cuadrados en una sola jornada diaria, de las seis de la
mañana a las doce del medio día, que seguía luego del almuerzo y
de descansar de cuatro de la tarde a once de la noche.
Siguió pintando óleos y acuarelas, y buena parte de esa obra fue
igual o más polémica que sus frescos, y objeto de vetos y actos de
barbarie: “A mí me quemaron aquella Muerte jesuítica, donde apa-
recían los reverendos padres con la capillita en la mano, esperando
que la viuda les hiciera el testamento, antes de morir. Ese cuadro me
lo compró Sanín Aguirre, y la mujer de él lo destruyó” (Correa, 1998:
53. Conversación 5, agosto de 1957). Se dedicó a la arquitectura57 y
56 Para agosto de 1961, Pedro Nel Gómez había pintado mil doscientos metros cuadrados
de frescos; en marzo de 1963 la cuenta había subido a mil seiscientos y en septiembre
de 1967 sobrepasaba los dos mil.
57 Algunos de los trabajos de Gómez en arquitectura fueron: cuando estuvo en Bogotá, en
el taller de Pablo de la Cruz, hizo los planos para la iglesia de Cáqueza (Cundinamarca).
Una vez que volvió de Europa, cuando se radicó en Medellín, diseñó los planos del
Cementerio Universal, el edificio de la escuela de ingeniería de la Universidad Nacio-
nal de Colombia, la urbanización Laureles, donde por primera vez se rompió con el
trazado de damero de ajedrez imperante desde la llegada de los españoles en el siglo
dieciséis.
94
Primera parte w Juan Friede, comerciante
a la docencia de la misma. Fue el primer decano de la facultad de
arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín,
cargo que ejerció por espacio de tres años, desde el 1 de enero de
1949 hasta mediados de 1952.
A partir de los frescos del Palacio Municipal de Medellín, Gómez
pasó a convertirse en el primer pintor contemporáneo del país, pues
introdujo, antes que otros, la sensibilidad social, predominante
entonces en la pintura.
4.
Juan Friede mantuvo una amistad muy sólida con Pedro Nel Gómez
entre 1939 y 1946. Establecieron una relación muy fuerte, que tras-
cendió lo personal y pasó a un plano familiar, tocando lo íntimo:
Con más tiempo la obra que Ud. verá tal vez sería más grande. La
señora posó en total unas quince horas ¡demasiado poco! Pero en
fin es un cuadro.
Mi intentona fue: una, tetas bellas italianas que sienten a su patria. Yo
con más tiempo de trabajo llamaría este gran cuadro Cara italiana. A
eso van las “alas” del sombrero y las “alas” de la capa. Pero me tragó
la pintura.
La señora se enamoró del retrato mas no del artista que hubiera sido
algo bello para este “fauno en vacaciones” como me llama Rafael
Maya cuando a esta capital vengo.
Clara llevose el retrato para su propia alcoba, ¿cómo no ha de pertenecer
a ella? Yo me llevo, únicamente un feliz recuerdo artístico.
Tan amables y agradables como los he pasado en su compañía, en com-
pañía de Alicia y con la alegría de la incomparable amistad de Clara.
(...) Algún día pienso hacerle un retrato jugando con su niño [Ricardo]
tal como lo vi en el salón una mañana. Puede que así lo haga en mi
casa de Medellín en unas próximas vacaciones suyas. Allá los espe-
ramos (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, sábado 12 de 1941 (sic)).
Friede invitaba constantemente al maestro a Bogotá:
Como ya está próxima a llegar la semana santa, les ruego avisarme
si piensan venir a pasarla aquí en Bogotá con nosotros, como le ha-
bíamos ofrecido y lo que, como Ud. sabe, nos complacería mucho
a Alicia y a mí y a un nuevo heredero que en estos días debe llegar.
De todos modos, quiero que me escriba sobre su viaje a Bogotá (AJF,
carta a Pedro Nel Gómez, 7 de marzo de 1942).
En cierta forma, con Pedro Nel Gómez cumplió también un pa-
pel de mecenas, pues antes de la fundación de la Galería de Arte le
95
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
patrocinó una muestra en Bogotá, tal como lo indica el texto de una
pequeña tarjeta enviada por Gómez el 11 de febrero de 1940:
Recibí su muy amable carta y el cheque de liquidación de nuestra
gran exposición, mil gracias a Ud. que se apechó un trabajo duro
para un resultado económico que para Ud. significa bien poco. En
fin el resultado artístico fue rotundo según Manuel José Jaramillo y
nosotros quedamos contentísimos. Para el transporte de los cuadros
hágalo por otra agencia de transportes y no por el Gran Expreso donde
son muy descuidados. Creo debo estar en Bogotá a fines de marzo,
le avisaré por telégrafo, me iré con la Guacamaya (AJF, nota de Pedro
Nel Gómez, 11 de febrero de 1940. Subrayado nuestro).
Es importante resaltar la última palabra de la misiva del maestro
antioqueño, pues en la casa de Juan Friede en Manizales –la del alto
del Perro–, en el edificio Friede en Bogotá y en la casa de San José
de Isnos existieron aros para que allí se pararan esos animales. Lo
curioso del asunto es que similares estructuras se encuentran en la
Casa Museo de Pedro Nel Gómez en Medellín, en el barrio Aranjuez,
y en Otraparte la casa de Fernando González en Envigado. Con toda
seguridad la guacamaya debió de tener un significado importante
para estos tres amigos; quizás era un símbolo de americanidad,
pues entre Friede y Gómez existió identificación en torno a ese
asunto y trataron de reflexionarlo conjuntamente en un libro que
no se publicó:
Te envío la parte que necesitas. Quedó como un gran programa
americano. No lo vas a tocar ni a cambiar en nada. La traducción al
inglés debe ser muy hábil para conservar el sentido de poema. Busca
un literato pero inglés o americano. Te enviaré pronto la parte sobre
la mitología. Ilustra la introducción mía con algo que se refiera al
contenido o déjalo sin nada (AJF, nota de Pedro Nel Gómez, 21 de
mayo de 1940).
El viaje de Gómez a Bogotá con la Guacamaya parece que se cum-
plió un tiempo después. Veamos algunos detalles en una carta que
el pintor le escribió a su esposa Giuliana, el 20 de abril de 1942:
Antonio García y Juan me tenían preparada la habitación de manera
que con los compromisos del municipio resolví quedarme en el hotel
donde realmente casi ni permanezco. Hemos tenido invitaciones
para almorzar y comer de 6 ó 7 personas distintas de tal manera que
no salimos de reuniones.
El viaje por Chicoral fue algo extraordinario. El regreso lo haremos
por Manizales y creo sea la salida jueves o viernes en la mañana
96
Primera parte w Juan Friede, comerciante
–te avisaré por radio–. El viaje dura dos días. Tengo que definir
antes la cuestión del libro de los Frescos con Juan, libro en el cual
ya comienzo a dudar, pero en fin quiero saber en forma definitiva
en qué pie queda la obra.
Estuvimos donde el señor presidente de la República y le plantié
(sic) mi dramático problema familiar, me aseguró que realmente te
debías nacionalizar, pero que podías estar completamente segura
que no nos molestarían. Creo que podemos seguir buscando tu
nacionalización (...)58.
Gómez y Friede tuvieron como ideólogos a Antonio García y,
especialmente, a Fernando González:
Adjunto encontrarás una mía dirigida a Germán Arciniegas y una
copia de mi conferencia que dicté en el club Rotario de Bogotá.
Quiero que la leas y la muestres a Fernando González pues estoy
leyendo ahora Mi compadre y me parece una revelación. Todo como
él dice sobre el americanismo y su crítica de los blancos y mulatos
(AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 26 de junio de 1942).
Por añadidura, Pedro Nel Gómez siempre tuvo en Fernando Gon-
zález un apoyo: “Me estoy sintiendo cada día más solo y aislado y no
sé por qué. Por hoy me queda la amistad de Fernando, su respeto a
mi obra y al trabajo, pero nada más” (AJF, carta de Pedro Nel Gómez,
20 de diciembre de 1944). Bastión que se mantuvo durante toda la
vida de ambos, tal como sucedió en septiembre de 1950, cuando el
recién nombrado alcalde de Medellín, José María Bernal, tapó con
una cortina de nylon, a manera de censura, dos de los frescos que
Pedro Nel Gómez había pintado en el Palacio Municipal de Medellín,
los que decoraban precisamente el despacho de la alcaldía. En su
defensa, el alcalde dijo que él no había:
pretendido sentar cátedra de moralista. Para lo que argumentó que
el cuadro Emigración –el único del grupo de cuatro que tiene dos
desnudos “perturbadores”–, calificado por los literatos Efe Gómez
y Antonio J. Cano como “vuelo de águila”, resulta, según el alcalde,
un motivo de distracción que disminuye el rendimiento del trabajo,
desagrada a unos y a otros hiere. Califica los murales de Pedro Nel
como “demasiado crudos y excesivamente bruscos” y dice que se
58 Archivo Casa Museo Pedro Nel Gómez. Carta a Giuliana. Bogotá, 20 de abril de 1942.
Con toda seguridad, el apuro del maestro Pedro Nel por la nacionalización de su señora
esposa se debió a la inminente expedición de la lista negra, en la que ella corría peligro
de ser incluida.
97
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
trata de una pintura teratológica (formas monstruosas de la naturaleza).
Explica, por añadidura, que no quiere su destrucción, sino por el con-
trario, conservarlos mejor, para que puedan admirarlos los aficionados
y entendidos, cuando a bien lo tengan. Además del fresco fronterizo al
escritorio del alcalde, también serán cubiertos los tres situados detrás
y a cada lado del mismo escritorio. El primero representa la fuerza mi-
gratoria del pueblo antioqueño; los otros, motivos de minería: entierro
de un minero, los ensayes de la Escuela de Minas (con las figuras de
Tulio Ospina, Efe Gómez y Esteban Álvarez) y el “mazamorreo” en los
ríos tropicales. Otro de los frescos del mismo Palacio Municipal –el de la
mesa desnuda, los platos vacíos y las caras demacradas de paupérrimos
comensales–, fue tapado hace años por el alcalde Raúl Zapata Lotero,
liberal, no por razones de pudor, sino para dar espacio a un montón de
libretas de suscriptores de la empresa de teléfonos59.
Gómez declaró al respecto: “Debemos sentirnos orgullosos porque
en nuestro país todavía se pueda librar una batalla por la cultura,
por la educación espiritual, por los grandes anhelos artísticos ame-
ricanos” (Ibídem).
Se encendió entonces un gran debate, en el que un impertinente
periodista de El Diario interpretó mal un concepto de González,
quien salió de su retiro voluntario y envió una carta de protesta en
la que expresó:
Le dije [al periodista] que yo no opinaba hacía muchos años; que no
sabía nada de pintura y que mi oficio no era opinar (...) si no fuera
porque está de por medio un artista amigo [Pedro Nel Gómez], exce-
lente en todo sentido, no rectificaría esas frases tan mal escritas. Le
agradecería mucho que publicara estas líneas de uno que se retiró ya
de toda actividad colombiana y que no desea sino ser olvidado60.
No fue esta, como hemos visto, la única agresión contra la obra del
muralista; en agosto de 1957 Carlos Correa le comentó a Gómez:
A propósito, vi en El Colombiano la foto del fresco semidestruido en
Medellín ¿Quién pudo ser el autor? Y Gómez le respondió “Tenemos
pistas sobre un profesor, un ingeniero que resultó el bellaco del siglo.
Ese mismo sujeto, cuando era estudiante, tuvo la desfachatez de afir-
mar que yo había falsificado unas calificaciones para darle beca en
Europa a un discípulo mío”. Correa le contraargumentó “El atentado
fue técnico, pues sólo desapareció el retrato del “Jefe Supremo” (…).
59 Semana (203), 9 de septiembre de 1950.
60 Archivo Casa Museo Pedro Nel Gómez. El Diario, 2 de septiembre de 1950.
98
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Finalmente se supo que había sido “Un tal Santa María, ingeniero
de la misma Escuela, fue el que incitó a los estudiantes para que
lo embadurnaran con sapolín” (Correa, 1998: 58. Conversación 5,
agosto de 1957; conversación 9, 27 de mayo de 1959).
5.
Como hemos mencionado en el capítulo anterior, la exposición
individual de Pedro Nel Gómez en la Galería de Arte fue la sexta
y se cumplió entre el 18 de octubre y el 30 de noviembre de 1940.
Gómez no pudo asistir a la muestra porque sus ocupaciones en la
facultad de minas se lo impidieron, pero le envió a don Juan los
cuadros por Vía Expresa. Este los devolvió por el mismo medio,
pero con ciertas medidas de protección:
Con el tiempo que tenemos las cajas creo se deban forrar en encera-
dos para evitar cualquier desgracia de parte de las lluvias. Dado que
la Escuela de Minas está en vacaciones y no voy allí sino de cuando
en cuando, avíseme el despacho por telégrafo para informarme a
tiempo de la llegada de los cuadros (AJF, carta de Pedro Nel Gómez,
noviembre de 1940).
El no haber podido desplazarse de Medellín a Bogotá le hizo
comentarle a don Juan:
He tenido gran deseo de ver, fotográficamente, cómo dispusieron la
salita, creo que el público se ha asustado y me agrada la impresión
suya cuando dice que el conjunto no se parece a nada de lo que se
ha hecho. En todo caso creo que la salita va tomando reputación de
lugar donde se mueven continuamente las inquietudes pictóricas co-
lombianas (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, 28 de octubre de 1940).
Es importante el concepto que tenía Pedro Nel Gómez de la Gale-
ría, pues estamos seguros que la intención de don Juan al crearla fue
promover las inquietudes pictóricas que de alguna manera era un arte
alternativo al que dominaba en ese momento el panorama nacional.
Cabe decir que antes de terminar la exposición el muralista le escribió
al galerista:
Al fin salimos tanto usted como yo de esta aventura, que parece re-
sultó más halagüeña de lo que esperábamos. Cuéntame mi hermano
Juvenal, quien presenció durante muchas noches la exposición, ha-
llarla muy visitada y animada y las discusiones y el interés espiritual
(AJF, carta de Pedro Nel Gómez, noviembre de 1940).
99
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
Sin embargo, los resultados económicos no fueron buenos ni para
el pintor ni para el galerista, ya que la obra de los llamados pinto-
res bachués y en especial la de Pedro Nel Gómez despertó mucha
resistencia en los círculos simpatizantes del arte:
Realmente no alcanzamos el resultado económico que sin duda espe-
raba, menos mal Ud. estaba ya preparado y conoce las fuerzas que han
reaccionado en contra de esta obra; para mí yo sé muy bien a qué ate-
nerme y acepto el desafío. Hoy tiene otro aspecto del que hiciéronme
en 1934 los Leudos, Díaz, Zamoras, etc. Hoy ya no se habla más de ellos
(AJF, carta de Pedro Nel Gómez, noviembre de 1940).
Pero no sólo el maestro expuso cuadros de caballete: a la muestra
de Bogotá envió también sus cartones o borradores de los murales
que comenzaba a pintar en su casa de la loma de Aranjuez. Sobre
el posible efecto de tales bocetos al natural, base indispensable de
los frescos, le expresó a Friede que:
Me imaginaba que los cartones se “comerían” o casi, a las pinturas
al óleo y a las acuarelas al ser reunidas en la Galería, pero de eso se
trataba. Es un primer golpe a la pintura de caballete, no le hace que
los cuadros aporreados sean los míos, cualquiera de los expositores
del Salón en la Biblioteca [Salón de Artistas Nacionales], cualquiera
que piense, puede calcular el efecto que producirían esos cartones en
dicho Salón (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, 28 de octubre de 1940).
6.
Desde antes que don Juan tuviera la Galería de Arte, Pedro Nel Gó-
mez fue receloso de dos cosas: de los críticos y de los periodistas
capitalinos y su evidente influencia sobre la opinión pública:
No he visto ningún artículo sobre la exposición particular y me
imagino algo que nosotros no tomamos en cuenta y es que cual-
quier crítica que se publique sobre las obras colocadas allí redunda
en propaganda para mis cuadros de la Biblioteca. Por otra parte,
los señores de la capital todo lo calculan al través del periodismo.
Conclusión nada publicación y nada dirán hasta que el tal concurso
no quede liquidado. Para mí en realidad eso no importa, pero sí me
“jarta” que lo tomen los jóvenes en esta forma que lo imagino (AJF,
carta de Pedro Nel Gómez, 28 de octubre de 1940).
Otra característica de Gómez fue su recelo de los concursos, que,
por lo general, están amarrados. Así, por ejemplo, comentó el primer
Salón de Artistas Colombianos:
100
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Supongo que la lucha por los 1.500 pesos ha sido un dolor de cabe-
za para los srs. jurados y van a salir con una de “esas” típicamente
bogotanas. En realidad ese concurso no fue bien planeado y com-
parar un paisaje con un bodegón con un retrato y una composición
son problemas duros donde los problemas internos de la pintura
juegan un papel definitivo y quién sabe si nuestra crítica está lo
suficientemente bien afilada (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, 28 de
octubre de 1940).
Ese primer salón de artistas, en octubre de 1940, estuvo precedi-
do de muchos problemas; interesa resaltar que el 24 de septiembre
de 1940 Ignacio Gómez Jaramillo hirió, a la una de la mañana, en
el bar El Rincón de la plaza de las Nieves, de un disparo en una
pierna y sin gravedad, al escultor Ramón Barba. Los antecedentes
de tal acción fueron:
El memorial que un grupo de artistas dirigió al señor ministro de Edu-
cación [Jorge Eliécer Gaitán] pidiendo el cambio de los señores Luis Vi-
dales y Jorge Zalamea como miembros del jurado calificador de pintura
para la exposición nacional, pues los firmantes encontraron incómodo
el que dos profesores de la Escuela de Bellas Artes al servicio directo del
señor Ignacio Gómez Jaramillo, ocuparan los puestos de calificadores
de las obras de la exposición. El memorial va encabezado por Ramón
Barba, y se cree que a raíz de esta manifestación Gómez Jaramillo se
sintió gravemente censurado por sus colegas lo cual tuvo como resultado
el encuentro a mano armada con el escultor Barba61.
Con anterioridad, el 19 de septiembre, Barba había amenazado
a Gómez Jaramillo de cortarle la cara, por lo que Gómez debió ar-
marse. Don Ignacio fue puesto preso y liberado el miércoles 25 a
las seis de la tarde. Friede tuvo que ver mucho en que el maestro
saliera de la cárcel.
Tanto Gómez Jaramillo como Barba fueron premiados por el
jurado como ganadores en pintura y escultura, respectivamente.
El fallo no gustó mucho a la prensa colombiana, las opiniones se
dividieron. Enrique Uribe White se molestó porque ni Pedro Nel
Gómez62–dos cuadros– ni Carlos Correa ni Débora Arango hubieran
61 El Tiempo, miércoles 25 de septiembre de 1940: 40.
62 Para Uribe White, Pedro Nel Gómez era: “Sin discusión, el primer pintor de Colombia.
Su concepción arquitectónica del fresco, fuera de alcanzar proporciones verdaderamente
asombrosas en los muros, es llevada a la tela, en acuarela y óleo, con maestría que è
101
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
obtenido mención ni premio alguno, por lo que escribió: “De mane-
ra pues que al ignorar el jurado (...) [los cuadros de estos pintores]
inició una saludable reacción contra la mística, que como todo
contagio psicológico, puede llevar al arte colombiano a extremos
descarriados”63.
Para otro sector de la crítica había sido un error que no hubieran
ganado José Rodríguez Acevedo y Sergio Trujillo.
7.
En realidad, como hemos visto, por esa época se debatieron con
ahínco dos posiciones: una pro española, que defendió el papel
dominante de los conquistadores íberos, y otra pro americana. El
grupo de los bachués se inscribió en la segunda, y don Juan, que
siempre se proclamó como “pedronelista” y, por ende, americanis-
ta, fue un promotor incansable de tales ideas. Ambas cuestiones
se debatieron en las tertulias mensuales que hacía en su casa. Es
así como a principios de noviembre de 1941, con motivo de lo que
llamó la “segunda exposición de artistas nacionales”, promovió una
reunión, de la que hemos tenido noticia por el conflicto surgido con
Gonzalo Ariza, en la que Zalamea también se refirió a la pintura de
Pedro Nel Gómez:
Desgraciadamente, la última reunión en mi casa demostró una vez
más que su obra no está ni conocida ni valorada como se merece.
Teníamos últimamente una discusión en la cual tomó parte Jorge
Zalamea y, aunque subrayó que Ud. es el mejor pintor de caballete
que tenemos en Colombia, consideró, en general, que sus frescos no
están a la altura de sus obras sueltas. Mi sincera opinión como Ud.
sabe, que comparte sin restricción nuestro mutuo amigo Antonio
García es que, sus frescos no sólo logran su objeto sino que ud. es el
único fresquista en Colombia y si, el fresco mexicano sigue sus pasos
en la forma como hace ahora, muy pronto será el único fresquista de
Latinoamérica. Yo tuve la impresión de que Jorge Zalamea no conoce
sus frescos o, por lo menos, no se tomó bastante tiempo para estudiar-
los. Claro que nosotros lo tratábamos de defender como pudimos y
creo que en la reunión quedó perfectamente establecido lo subjetivo
è sus discípulos imitan humildemente. Pero de admitir esa enorgullecedora verdad a
querer que toda pintura sea como la de Pedro Nel, media la mística. No todos pue-
den desfigurar funcionalmente la anatomía humana y salirse con la suya; no todos
pueden pintar pies y senos disformes, ni fundir los planos, ni construir el cuadro
según leyes de dinámica que Pedro Nel Gómez conoce y sus imitadores intuyen
erradamente”. El Tiempo, domingo 10 de noviembre de 1940, segunda sección: 3.
63 El Tiempo, domingo 10 de noviembre, segunda sección: 3.
102
Primera parte w Juan Friede, comerciante
que era la opinión de Jorge Zalamea. Desgraciadamente, no tuve yo
oportunidad ni de mostrar fotografías, ni una película en colores
para desvirtuar de hecho las afirmaciones de Zalamea (AJF, carta a
Pedro Nel Gómez, noviembre de 1941).
Unos días después, el 6 de diciembre de 1941, don Juan volvió a
comentar sobre las críticas de Zalamea: “creo que algún día Zalamea
se arrepentirá de sus palabras, cuando el periodo de falsos estilismos
pasará y cuando todo el mundo reconocerá en Ud. el prócer de un es-
tilo nuevo” (AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 6 de diciembre de 1941).
De todas formas, para solucionar tales carencias don Juan se pro-
puso filmar una película de 16 mm sobre los frescos que el maestro
antioqueño había pintado en el Palacio Municipal de Medellín, con
el fin de cambiar la actitud de rechazo de los colombianos y espe-
cialmente de los bogotanos hacia la obra del muralista; la cinta fue
filmada entre fines de 1941 y principios de 1942, y en ella se puede
admirar en detalle el gran arte del muralista antioqueño.
Don Juan completó su labor divulgativa y promocional de la obra de
Gómez con la publicación de una monografía sobre el pintor, con textos
suyos y la fotografía de Moll González, pues consideró que era:
Verdaderamente indispensable hacer conocer su obra por medio
de una monografía y la película en colores que quiero tomar. He
resuelto, en vista de tan flagrante desconocimiento, que pude cons-
tatar, entre la gente que se reunió en mi casa y que por su calidad
intelectual deberían haber conocido su obra mucho mejor que yo
que soy sólo un aficionado, ofrecerle financiar la totalidad de la
monografía, es decir, prestarle los fondos necesarios para pagar su
mitad como hemos convenido, para que usted me mande bastantes
fotografías y una vez que las tengamos aquí en Bogotá empezar a
trabajar. Antonio García escribiría la introducción sobre su obra. Ud.
podría, en una forma precisa, como lo acostumbra, en un artículo
aparte, exponer sus ideas sobre arte y el fresco, y echaríamos muy
rápidamente la monografía al mercado (AJF, carta a Pedro Nel Gómez,
28 de noviembre de 1941).
A principios de marzo de 1942 el filme sobre los frescos de Pedro
Nel Gómez se exhibió ante doscientas cincuenta personas, entre las
que se encontraban el presidente de la República, Eduardo Santos,
y el ministro de Educación, Germán Arciniegas. El comentario de
rigor fue hecho por Enrique Uribe White, y según mensaje de Friede
al muralista: “el verdadero éxito que tuvo esta película, demuestra
el principio de un cambio del público bogotano hacia su obra” (AJF,
carta a Pedro Nel Gómez, 7 de marzo de 1942). Días después fue
presentada en la Biblioteca Nacional y en el Ateneo Español.
103
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
La idea del libro era ya vieja, pues desde 1940 la estaban dis-
cutiendo. Con frecuencia, Gómez le comentaba o enviaba a Friede
adelantos de esos trabajos; por ejemplo, el 30 de agosto de 1941, le
escribió:
Voy a comenzar la fotografía de unos detalles de los frescos para que
escojamos entre unas sesenta u ochenta las que deben publicarse en
el libro sobre esas obras murales. Cuando estén terminadas le avi-
saré para que convengamos la cuestión del texto y emprendamos la
publicación (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, 30 de agosto de 1941).
Ahora bien, entre 1940 y 1942 se estuvo discutiendo la posibi-
lidad de la publicación conjunta, más la participación de Antonio
García, de un libro sobre la temática americana, cuyo hilo conductor
sería los frescos de Pedro Nel Gómez. Según parece, el texto de 1940
que había enviado el fresquista antioqueño había sido reescrito, y
sólo el 26 de junio de 1942 don Juan le comunicó que:
Hemos recibido tu introducción al libro, la cual hemos leído con
Antonio. A mí me parece bien, creo que Antonio te escribirá más
sobre ello. Ya la mandé traducir por un profesor americano que vino
a Bogotá y que dictará clases en la universidad sobre la historia y
la literatura. A mí me pareció la traducción sumamente bien hecha
y muy clara. La revisó Hershel Bruekel que es, como tú sabes, el
agregado cultural en la embajada de Estados Unidos (AJF, carta a
Pedro Nel Gómez, 26 de junio de 1942).
Unos meses después, el muralista antioqueño le escribió:
La paginita sobre mitología, la estoy terminando, creí que con las
ligeras notas que le pasé a Antonio García, él escribiría esas cortas
noticias de orientación, sobre mis ideas plásticas americanas. Según
este me dijo, a ud. le hacen falta solamente esas notas para iniciar
la publicación del libro. Yo no sé al fin qué ud. ha resuelto sobre el
particular, porque nada volvió a escribirme, y llegué a suponer que
ya usted desistió de hacerlo, cosa que sería de lamentarlo pues ud.
parecía resuelto a arriesgarse en esa publicación, bajo su responsa-
bilidad económica, cosa que en este país nadie hará fuera de Ud. y
del autor que de alguna manera debe hacerlo algún día (AJF, carta
de Pedro Nel Gómez, 12 de octubre de 1942).
Como mencionamos, el proyecto nunca se llevó a término. Así
por lo menos lo indica una carta, del 26 de abril de 1947, de Pedro
Nel Gómez a Temístocles Vargas:
104
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Este remolino no sé cuándo me dejará un momento en claro para
pensar en ese deber nuestro, tuyo también, de publicar el librito sobre
lo que hemos logrado hacer, las grandes y pequeñas ideas, los temas
murales, lo que estimo como propio de nuestro país. No me parece
difícil y creo para este año debemos definir la publicación. No debe-
mos meternos con Friede, esas obras sobre artistas suyas son cosas
muy provinciales. Pero sí puedes hablar con él sobre nuestro proyecto
(ACMPNG, carta a Temístocles Vargas, Medellín, 26 de abril de 1947).
8.
No contento con promover desde su galería el movimiento de los
bachués, lo que le significó cuantiosos gastos y pocas ganancias,
don Juan Friede fue mecenas de algunos pintores, especialmente de
Carlos Correa (1912-1985). Nacido en Medellín, estudió inicialmente
solfeo en el Instituto de Bellas Artes de Medellín y luego continuó, a
partir de 1925, con los de pintura. Fue alumno de los artistas antio-
queños Luis Eduardo Vieco y Humberto Chaves, luego de Jack Scout,
George Brasseur y Kart Lahs, y finalmente de Pedro Nel Gómez, de
quien recibió la mayor influencia. En 1932 viajó al Ecuador, su único
viaje allende las fronteras, en 1935 montó su primera exposición en
el Instituto de Bellas Artes de Medellín y en 1938 viajó a Bogotá y
organizó una muestra en la Sociedad Colombiana de Ingenieros.
Posteriormente se relacionó con Friede:
Algún tiempo después de la exposición en 1940 de Correa en la
Galería de Arte, un amigo acomodado invita a Correa para que viva
en su casa. Correa deja el oscuro cuarto de la pensión y se traslada
a casa del amigo, quien le trata de proporcionar una mejor holgura
(Friede, 1945: 35).
Ricardo Friede recuerda el hecho de la siguiente forma: “Sí me
acuerdo de Carlos Correa, el pintor; mi papá le adaptó la mansarda
para que él viviera ahí (...) de eso sí me acuerdo más o menos entre
gallos y media noche” (ERF).
La relación entre Juan Friede y Carlos Correa surgió de la amistad
del primero con Pedro Nel Gómez y con Antonio García. Gómez vio
con buenos ojos la protección de Friede a su discípulo: “A Correa que
madrugue y que se acerque más a Uds. los únicos que lo defienden”
(AJF, carta de Pedro Nel Gómez, sábado 12 de 1941 (sic)). No se sabe,
a ciencia cierta, en qué momento entraron en entendimiento, pero el
18 de abril de 1940 el pintor antioqueño le escribió al por entonces
novel galerista una nota escueta, en la que le comunicó que:
105
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
Anoto recibo de su carta de invitación del 10 de marzo. La acepto
y agradezco al mismo tiempo. Las dimensiones y nombre de los
cuadros con los cuales deseo concurrir a la exposición inicial son:
Montañas de Antioquia 0,67 m x 0,64 m, Maquinismo 0,61 m x 0,46
m, Carnaval y entierro 0,51 m x 0,51 m. Los tres son ejecutados al
óleo (AJF, carta de Carlos Correa, 18 de abril de 1940).
9.
Carlos Correa vivió bajo la protección de Friede en 1941, época en
la que el pintor produjo el cuadro La Anunciación, trabajo que duró
seis meses y cuyo tema es una mujer embarazada que yace desnuda
frente a un vitral, con lo que el pintor quiso plasmar el contraste
entre las dos maternidades de la Virgen: la cristiana o tradicional
y la biológica.
La obra fue mandada al Segundo Salón Anual de 1941. La junta de
admisión [formada por Luis Ramos, Andrés Pardo Tovar, Miguel
Díaz y Álvaro Pío Valencia], después de muchas liberaciones y
por mayoría de votos, acepta el cuadro. Pero en último instante el
ministro de Educación [Guillermo Nanneti] ordena su retirada64,
debido a las protestas por parte de algunos sectores de la sociedad
bogotana, que lo considera demasiado libre, en su concepto, para ser
exhibido en público. Se acusa al pintor de profanación de un dogma
fundamental de la religión católica (Friede, 1945: 36-37).
Pese a ese incidente, Correa ganó el tercer premio de pintura
con la obra Retrato del Dr. César Uribe Piedrahíta, cuyo premio en
efectivo rechazó en carta abierta al Ministro, en protesta por los
acontecimientos narrados.
Al año siguiente, 1942, Carlos Correa envió otra vez, y con otro
título, Desnudo, su polémico cuadro de La Anunciación al tercer
Salón de Artistas Nacionales. En esa ocasión:
La junta lo admitió y la obra, premiada con el primer premio de
pintura65 fue expuesta durante cuatro días en el Salón. Esta vez otro
ministro de Educación [Absalón Fernández de Soto] un conocido
jurista, aprovechó una irregularidad en la admisión, y el cuadro fue
una vez más retirado del salón (Ibídem).
64 Según parece, lo consideró inmoral e irreverente.
65 El jurado calificador estaba compuesto por Eduardo Zalamea Borda, Ignacio Gómez
Jaramillo, Gustavo Santos y Roberto Suárez Costa. El premio consistió en mil qui-
nientos pesos. El fallo fue emitido el 12 de octubre de 1942.
106
Primera parte w Juan Friede, comerciante
A raíz de esta nueva descolgada se desató un escándalo mayúsculo,
en el que participó hasta la iglesia y en el cual el pintor Carlos Correa
y su protector66 debieron soportar una serie de insultos, encabezados
por el diario El Siglo, desde cuyas páginas el lienzo y el autor fueron
declarados como sacrílegos y profanos67.
La iglesia católica colombiana, en cabeza del arzobispo primado
de Bogotá, monseñor Ismael Perdomo, tuvo mucho que ver con los
dos vetos impuestos a La Anunciación, quizá la obra más escandalosa
66 Efectivamente, un columnista de El Siglo (F.F.S.) escribió en el artículo “Un sacrilegio
abominable” que: “(...) Ahora el señor Carlos Correa, apadrinado por Ignacio Jaramillo,
decano de la Escuela de Bellas Artes, y por un ciudadano extranjero, entendemos que
judío letón, llamado Juan Friede, logró introducir su “obra maestra” en el Salón de
Artistas Nacionales y, desde luego, obtuvo el primer premio. El jurado calificador
estaba compuesto por los señores Gustavo Santos, Darío Samper, Ignacio Gómez Ja-
ramillo y Eduardo Zalamea Borda, como se ve, la flor y nata del régimen. Todos ellos
exponentes calificadísimos de las más avanzadas tendencias religiosas” (reproducido
en Zulategi, 1988. Subrayado nuestro).
67 En realidad, una de las primeras voces de inconformidad con el fallo del jurado fue
la de la columnista Emilia, que en El Espectador escribió que el cuadro de Correa era
“espantoso, e indecoroso, por añadidura, (...) [el premio] no han debido darlo.
El cuadro no se debió exhibir. En primer lugar, porque conviene no olvidar tan fácil-
mente que Colombia es un país católico. El año pasado este cuadro fue rechazado (...).
El hecho de cambiarle el título no cambia en nada la mezcla venenosa y maligna de
un vitral sagrado y un desnudo más que desagradable –y más allí que en ninguna otra
parte–, ejecutado, si mucho, para un salón de mala muerte.
Hay algo muy grave en nuestro medio artístico, o al menos entre algunos de quienes
le integran es una completa perversión del sentido del arte, del gusto, de la estética,
de la moral. No es que esto sea arte original y moderno, ni nuevo, ni americanista.
Es como si algo morboso y dañino, algo podrido bajo el pretexto del arte, estuviese
corrompiendo el sentimiento de todo lo que es bello y de todo lo que es digno de ser
admirado (...). Y estos desnudos que llaman modernos y americanistas, jamás pueden
mirarse con la idea clara de que esto es una expresión de arte. Siempre provocan el
inmediato deseo de volverles la espalda. Es algo duro, acre, que encierra todo lo que
en el hombre es barro y no es espíritu. Y lo llaman arte, arte, que es justamente la
reacción humana que aleja al hombre de toda idea morbosa, que le hace creerse, aun
cuando fuera sólo unos instantes, algo más que un vil animal”.
Los comentarios de El Siglo comenzaron así: “un cuadro sacrílego merece premio en el
tercer salón de artistas nacionales. el régimen premia un irrespeto contra un sagrado
misterio de la religión (...). La hipocresía del régimen, que se dice defensor de los
principios religiosos, ha quedado nuevamente establecida con el premio que acaba
de concederse a un señor Carlos Correa, en el tercer salón de artistas nacionales.
La obra (...) es una sacrílega e ignominiosa interpretación del sagrado misterio de
la Concepción de la Santísima Virgen María, con el arcángel san Gabriel, y luego
una mujer completamente desnuda, en estado interesante, y en posición indecorosa
y obscena. La insinuación no puede ser más indecorosa (...). La impresión que ha
despertado en el público el hecho de haber premiado una obra irreligiosa sacrílega
y carente de todo sentido de la religiosidad y la decencia, produjo en el público
verdadera indignación. Pudimos apreciarlo ayer. De labios de damas y caballeros
asistentes a la exposición pudimos escuchar justas protestas. El régimen, que dice
respetar la religión y sus dogmas, ha sido sorprendido en nuevo pecado contra los
sentimientos de la gran mayoría del país”. El Siglo, 15 de octubre de 1942.
107
Capítulo 5 w Las relaciones con Pedro Nel Gómez y Carlos Correa
y polémica de la historia plástica del país68. En efecto, ante la presión
de la iglesia, que nombró un comité de sacerdotes integrado por los
clérigos Jorge Murcia Riaño, Juan Crisóstomo García y Eduardo Os-
pina69, así como de los críticos y la gente, el Ministerio de Educación
tuvo que descolgar el cuadro y trató de echar atrás el dictamen del
jurado, ante lo cual don Gustavo Santos renunció y en su reemplazo
se invitó a Luis López de Mesa, Pablo de la Cruz y Alfonso Villegas
Restrepo, quienes no quisieron aceptar la designación.
Sin embargo, Correa ganó el concurso, pues tenía otra obra ins-
crita: Naturaleza en silencio. Hasta su muerte, en 1985, conservó La
Anunciación, que volvió a ser expuesta en diferentes escenarios70,
constituyendo siempre un acontecimiento. Valga decir que don Juan
conservó hasta sus últimos días un borrador del polémico cuadro.
68 Entre el fallo del jurado, las críticas, los defensores y los detractores se produjeron
treinta y cinco artículos de prensa aparecidos en El Tiempo, El Espectador, El Siglo,
Cromos, etcétera. Esos comentarios de prensa fueron recopilados por Correa en
“Viacrucis de una Anunciación”, reproducido en la citada obra de Libe de Zulategi.
69 En efecto, el 14 de octubre de 1942 monseñor Emilio de Brigard, secretario de la Arqui-
diócesis de Bogotá, comisionó a los tres prelados en referencia para que visitaran “la
exposición de artistas colombianos, en la Biblioteca Nacional, donde figura un cuadro
denominado “Anunciación” cuya moralidad, se ha tenido noticia, no corresponde al
tema sagrado a que parece referirse sino que constituye por el contrario un irrespeto
que ha ocasionado verdadero escándalo entre los visitantes de la exposición”.
La mencionada visita se llevó a cabo y los tres sacerdotes escribieron un informe
que contenía tres aspectos: concepto artístico, concepto pedagógico y concepto
religioso-moral. En esencia, los tres prelados insistieron en que era una obra obscena,
técnicamente mala, “deseducativa (sic) y corruptora por su maldad moral y por su
maldad artística (...). Esa obra podrá mostrar cómo se pinta mal y cómo se exhibe la
obscenidad en una mala pintura (...)”.
Además de este concepto, algunos curas como los dominicos fray Tomás M. Quijano
Urdaneta y Fr. Mora Díaz, dejaron sentir su voz de protesta. No podría faltar la del
obispo Miguel Ángel Builes que envió, el 9 de noviembre de 1942, un telegrama a
Correa cuyo texto fue:
Santa Rosa de Osos, Antioquia
9 noviembre, 1942
Carlos Correa pintor Bogotá.
Pared aparece escrito Mane Tecel Fares=
Ojalá repare = Obispo +.
(Zulategi, 1988).
70 Uno de los más recordados fue en octubre de 1978, cuando el Museo de Arte de La
Tertulia de Cali organizó la exposición Pintores y escultores de los años treinta. Luego
de la muerte del pintor en 1985, el departamento de Antioquia compró el cuadro a
los deudos de Correa por la suma de cinco millones de pesos, y volvió a ser expuesto
en Bogotá en agosto de 1992, cincuenta años después del escándalo, en la Casa Fiscal
de Antioquia, cuando se llevó a cabo una exposición en su homenaje.
108
Primera parte w Juan Friede, comerciante
10.
La vida de Correa en la capital de la república nunca fue fácil.
Además de que pintaba lenta, muy lentamente, sin precipitarse ni
tener urgencia –muchas veces destruyó sus propias obras, cuando no
satisfacían sus ideas o su técnica, pues era perfeccionista al máximo–
no se distinguió por ser un pintor comercial: “De mi exposición le
diré: éxito artístico, fracaso económico (como de costumbre, pues
batí el “record” al no vender un solo cuadro)” (AJF, carta de Carlos
Correa, 22 de mayo de 1945).
Correa, quien vivía urgido de dinero, dictaba clases en la escuela
de Bellas Artes de Bogotá –dirigida por Luis Alberto Acuña y de-
pendiente de la Universidad Nacional–, donde trabajó hasta febrero
de 1945. Se trasladó entonces al Valle del Cauca, pues aceptó una
invitación de Antonio María Valencia para dirigir la escuela de
pintura del Palacio de Bellas Artes de Cali, cargo que ocupó en otra
oportunidad y que alternó por cerca de cuarenta años con el de
profesor de composición, figura humana y perspectiva.
Inicialmente le pidió una licencia al maestro Acuña para au-
sentarse de sus clases en la Escuela de Bellas Artes, pero ante la
estabilidad laboral se radicó definitivamente en Cali, donde vivió
hasta 1984 cuando, a raíz de la muerte de Nina, su esposa, volvió a
vivir en su ciudad natal, Medellín, en la que murió en 1985. Desde
que se radicó en Cali se dedicó al grabado. Siguió perfeccionándose
y no expuso mucho: en 1953 se hizo una exposición y otra más en
agosto de 1961 en el Museo Zea de Medellín. El Museo de Antioquia
le quiso hacer un homenaje en vida con una exposición retrospectiva
de su obra y la publicación de un libro sobre su vida y obra, Correa
lo rechazó y no autorizó ni lo uno ni lo otro. Sólo en 1987 se pudo
concretar la retrospectiva de su obra (Zulategi, 1988).
Capítulo 6
Juan Friede, crítico y comentarista de arte
1.
C uando Juan Friede tuvo su Galería de Arte la crítica de arte en
Colombia era una actividad de aficionados, siendo muy pocos
los intelectuales que la hacían. Desde comienzos del siglo veinte se
notaban ciertos síntomas de modernismo en la pintura colombiana;
uno de los primeros en criticar el tradicionalismo de los pintores
nacionales, en especial el paisajismo que dominaba el panorama
pictórico nacional, fue Gustavo Santos71. Con ocasión de la inaugu-
ración, a finales de agosto de 1915, de la más importante exposición
71 Gustavo Santos Montejo (1892-1968) fue el hermano menor del presidente Eduardo
Santos, con quien viajó a Europa, donde estudió humanidades y tomó clases de piano
y música, permaneciendo allí hasta principios de 1915. A su regreso a Colombia fue
el fundador de la afamada columna “La danza de las horas”, que inmortalizaría a su
hermano Enrique, que también heredó la firma de Calibán, al vincularse a El Tiempo a
finales de la década de 1910. Como hemos visto, en 1924 era dueño de la librería Santa
Fé, en donde expuso Pedro Nel Gómez antes de su viaje a Europa. Dicho establecimiento
era propiedad de Santos desde, por lo menos, 1920, cuando, por estar residenciado
en Europa, “mandaba, además de las crónicas a El Tiempo, estupendas novedades en
libros y revistas, ofrecidas al público en la librería Santa Fé, de propiedad de Gustavo
Santos y Compañía” (Santos Molano, 2000, tomo II: 649). A fines de ese año regresó
y se puso al frente de su librería: “comenzó a organizar la publicación de un boletín y
a planear las futuras ediciones de la librería Santa Fé, la primera de las cuales fue un
hermoso volumen de las Poesías de José Asunción Silva” (Ibídem: 655).
En 1938, año del cuarto centenario de la fundación de Bogotá, Gustavo Santos era el
alcalde de la capital. Fue dueño del Teatro Odeón, donde operaba un cinematógrafo
y en donde posteriormente funcionó el Teatro El Búho, de Fausto Cabrera, luego el
Odeón de la Universidad de América y desde 1970 hasta mediados de la década de
1990 el Teatro Popular de Bogotá (TPB).
Fue un hombre inquieto por la actividad cultural pero se dedicó también a los ne-
gocios: ejerció como presidente del Automóvil Club de Colombia, vínculo que muy è
– 109 –
110
Primera parte w Juan Friede, comerciante
de pintura colombiana de los últimos veinte años, en el pabellón
Egipcio del parque de la Independencia de Bogotá, conocido también
como El Bosque, escribió para el número siete de la revista Cultura
(septiembre de 1915), dirigida por Luis López de Mesa, y principal
órgano de expresión de la generación del Centenario, una crítica
titulada “En la exposición de pintura”, en la que decía:
Nuestros pintores no ven aún de adentro para fuera, ven de afuera para
adentro, pero se detienen en la imagen de sus visiones. Un árbol para ellos
no es sino una masa verde; tan sólo esa masa consideran sin llegar a
desentrañar el valor emotivo que pueda haber en ella.
Nuestros paisajistas apenas comienzan a ver con ojos, aún débiles,
superficiales, con ojos que más imaginan que ven. De esta debilidad
de visión se desprende la debilidad de concepción y monotonía de
las obras. A medida que la visión sea más exacta, la concepción se
irá vigorizando y la obra tomará interés72.
Según Álvaro Medina: “Con el autor de esta reseña nos encontra-
mos al primer crítico que opera en Colombia y escribe, no ya circuns-
tancialmente sino con constancia, responsabilidad y conocimiento.
En otras palabras, con un crítico en todo su sentido que comentó la
actividad artística nacional en numerosas publicaciones y durante
un lapso de varias décadas” (Medina, 1995: 283). Afirmación muy
acertada, pues como veremos a continuación, Santos escribió sobre
diferentes aspectos de la actividad artística. Efectivamente, unos
meses después, en el primer número de Cromos –15 de enero de
1916–, escribió un nuevo artículo, “El arte en Colombia”, en el que
hizo un balance drástico de la actividad artística nacional en los
siguientes términos:
Tenemos individualidades artísticas, es innegable, pero no contamos
con un movimiento artístico vigorosamente orientado (…). Entre no-
sotros el arte no ha dejado de ser un agradable pasatiempo de gente
desocupada, sin interés trascendental alguno, y mientras tal cosa no
suceda no podrá adquirir ese grado de intensidad que lo hace necesario
para la vida espiritual de un pueblo. Sólo cuando esto sucede es posible
è posiblemente lo acercó a don Juan Friede. En todo caso era un personaje destacado
dentro de la cultura nacional, y, como vimos en el capítulo anterior, participó como
jurado en el tercer Salón de Artistas Nacionales. Santos escribió sobre pintura, música
y literatura. Colaboraciones suyas se encuentran, además de El Tiempo, en la revista
Cromos (1916).
72 Gustavo Santos, citado por Santos Molano, 2000, tomo II: 327 y 328. El ensayo fue
reproducido también por Medina, 1978.
111
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
hablar de las corrientes artísticas nacionales y de sus tendencias y
ambiciones. Hasta entonces lo que puede llamarse arte apenas si
merece unas pocas líneas entre los ecos de los diarios.
(…) Carece nuestro público de educación estética y nuestros artistas
carecen de una concepción artística elevada. Nos contentamos con
el parecido en pintura, y con el ruido agradable en música (…).
Ignoramos, aun más, no comprendemos el que en arte se hable de
esfuerzo intelectual, de refinamiento (…). Carecemos hasta de la
noción del valor artístico (…) (Gustavo Santos, citado por Santos
Molano, 2000, tomo II: 358-359).
Santos abordó también el asunto de la crítica: en un artículo
publicado el 19 de febrero de 1916 en la recién fundada revista, con
el título de “La crítica en Colombia”, expresó la carencia absoluta
en el país de análisis y analistas de las bellas artes:
La aparición de una nueva obra nos ofrece la más aguda imagen de
la triste farsa en la que vivimos. Leéis los periódicos y unas veces
os encontráis con la grata noticia de que contamos con un genio que
hará palidecer la estrella de Cervantes, Shakespeare, Leonardo o
Beethoven; otras, casi entre la crónica de policía, halláis un artículo
sobre un buen señor que cometió el desacato de escribir algo.
Conversáis privadamente y no oiréis sino críticas sangrientas, críticas
demoledoras sobre la obra elogiada unánimemente por la prensa,
aun la más respetable, o tímidas atenuaciones a los ataques de esta
misma prensa (…). Esa es nuestra crítica, cuestión de personas, de
apellidos, de simpatías particulares (Ibídem: 370-371).
Al año siguiente, en diciembre de 1917, a tiempo que lo nombra-
ban miembro principal de la junta de embellecimiento de Bogotá,
Gustavo Santos hizo una crítica de la Exposición de la Escuela de
Bellas Artes. Con anterioridad, en dos rigurosos artículos, había
enjuiciado, sin la menor deferencia, el estado casi primitivo en la
enseñanza del arte en Colombia, lo que motivó una respuesta del
pintor, escultor y grabador antioqueño Francisco Antonio Cano
Cardona (1865-1935)73, que por esa época se desempeñaba como
profesor del vetusto centro docente, y una contestación del joven
Santos Montejo. En ese conato de polémica intervino también el
73 Francisco Antonio Cano fue una de las figuras emblemáticas de la academia artística
que tanto criticaron los jóvenes pintores de la generación de los Nuevos. Cano impul-
só la españolería, el “neocostumbrismo” y las pinturas patrióticas conmemorativas
–caso más conocido el cuadro Paso del páramo de Pisba–, y las estatuas de algunos
personajes, por ejemplo, la de Rafael Núñez en el Capitolio Nacional.
112
Primera parte w Juan Friede, comerciante
pintor Ricardo Borrero Álvarez, al que Santos catalogó como: “el
suave señor Borrero el de los cuadritos desteñidos y amables” (Santos
Molano, 2000: 453).
Además de Santos brillaron por sus comentarios sobre la plástica
nacional el pintor antiacadémico Rafael Tavera (1878-1957), que el
22 de agosto de 1922 escribió para la revista Cromos (número 320)
sobre la exposición de arte francés contemporáneo, y el también pin-
tor Roberto Pizano (1896-1929), quien hizo un balance, en la misma
revista (número 326, de diciembre) de la actividad artística durante
ese año en el país. Pero el principal crítico de arte, además de gran
intelectual, fue Jorge Zalamea, quien inició su trasegar en el oficio
en 1926, cuando a raíz de un viaje a México conoció los murales de
la Escuela Nacional Preparatoria74 que en 1922 había pintado Diego
Rivera, con los que se inauguró uno de los aportes más importantes
de América latina a la historia del arte. De tal experiencia Zalamea
escribió dos artículos: “Diego Rivera, pintor comunista”, que se
publicó en la revista Cromos del 17 de julio de 1926, y “El prólogo
de la pintura”, publicado en Lecturas Dominicales de El Tiempo el
17 de octubre de ese mismo año.
En la década de 1930, Germán Arciniegas (1900-1999) escribió
algunos ensayos sobre crítica de arte, como el que redactó sobre la
obra escultórica de José Domingo Rodríguez, “El sentido de la escul-
tura nacional”, para las Lecturas Dominicales de El Tiempo del 20 de
agosto de 1933. Ese mismo año, Javier Arango Ferrer se manifestó en
contra de uno de los miembros del movimiento bachué, el escultor
Rómulo Rozo (Arango Ferrer, 1933: 49), y lo criticó por tomar como
base ideológica el arte precolombino.
El interés de la república liberal, en especial de Jorge Zalamea,
por promover el muralismo, a semejanza de lo sucedido en México,
tuvo varios enemigos, especialmente del conservatismo, quienes
escribieron algunos artículos de enconada crítica, con fundamento
en la ideología conservadora y motivados por detener en el país
los proyectos reformistas inspirados por López Pumarejo en la
revolución en marcha. El máximo promotor de la oposición, Lau-
reano Eleuterio Gómez Castro (1889-1965), escribió un artículo, “El
expresionismo como síntoma de pereza e inhabilidad en el arte”,
publicado en la Revista Colombiana (número 85, Bogotá, 1 de enero
74 Se aclara así el interés que tuvo Zalamea en promover, desde la secretaría del Minis-
terio de Educación Nacional, la técnica y el arte del mural.
113
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
de 1937)75, en el que expresó que: “En el Ministerio de Educación
se está trabajando por el aniquilamiento de la cultura colombiana.
Ahí se está incubando la matanza futura, la guerra civil, la tragedia
fraterna” (Laureano Gómez, citado por Medina, 1995: 288). Como
dueño de El Siglo tuvo mucho que ver en la andanada de ese diario
en contra de Carlos Correa.
Otro crítico de arte fue el poeta Luis Vidales (1900-1990); con-
tertuliano del café Windsor, en septiembre de 1940 publicó, para el
número 21 de la Revista de las Indias76 una reseña sobre “El primer
Salón de Arte Colombiano”. El bailarín Jacinto Jaramillo opinó tam-
bién sobre la actividad pictórica: cuando el primer rechazo de La
Anunciación escribió para la revista Presencia un artículo titulado
“Apuntes acerca de la última exposición de pintores colombianos”,
en el que de manera cáustica analizó lo sucedido:
Maliciosamente no se exhibieron algunas obras sino después de
haber sido adjudicados los premios; pura democracia. Que la obra
del pintor Carlos Correa, La Anunciación, está en contra de las
creencias de la mayoría de los colombianos. También lo está la
Novena Sinfonía y Goya todo. Esto ya clama por otra palabra que
se deja manosear: libertad. Que se exhiban las obscenidades de la
Europa central, ellas tendrán quien las defienda y las recomiende
hasta por baratas. Que los judíos, protestantes, rosacrucistas tengan
abiertos los salones de la Biblioteca. Todo, hasta lo aberrado, si es
presentado con disimulo.
Pero jamás la fuerza y la nobleza; eso que nos dio Carlos Correa (…).
Que cierto es aquello de “nada es más peligrosos que el arte para los
impreparados”. Que quemen la obra de Correa y también las vírgenes
escandalosas de Lorenzetti, Botticelli y Leonardo; que llueva fuego
del cielo sobre la Sagrada Familia de Miguel Ángel, y fuego sobre la
Virgen de Luca Signorelli (citado en Zulageti, 1988: 43-44).
Así, la crítica de arte interesó a algunos intelectuales de la ge-
neración del Centenario, como Laureano Gómez y Gustavo Santos,
75 Desde 1934, Gómez venía pronunciándose en contra del arte moderno: ese año se
escuchó su voz de protesta en el Senado de la República, que fue secundada por el
también senador Miguel Jiménez López. Gómez no comulgó, obviamente, con la
idea de reivindicar el arte de los indígenas y de los negros; es así como, desde 1928,
en sus Interrogantes sobre el progreso de Colombia se había expresado de ellos como
“estigmas de completa inferioridad” (Gómez, citado por Medina, 1995: 285).
La Revista Colombiana fue la publicación de orientación ideológica del partido con-
servador en la década de 1930.
76 La Revista de las Indias fue la publicación bandera de la revolución en marcha. Fue
prohibida por la jerarquía eclesiástica y estigmatizada por el periódico El Siglo.
114
Primera parte w Juan Friede, comerciante
y de la de los Nuevos, como Jorge Zalamea, Germán Arciniegas y Luis
Vidales. Cada uno la utilizó de manera diferente y estuvo marcada
por un interés claramente político. A excepción de Gómez, los men-
cionados tuvieron que ver mucho en los primeros pasos de los salones
nacionales, que contribuyeron a renovar el arte colombiano. De hecho,
Zalamea y Vidales, desde la literatura, fueron verdaderos innovadores
y vanguardistas77.
Obviamente que cuando ocurría un hecho de la plástica colombia-
na que sacudía la sociedad muchos se convertían en críticos de arte.
Fue el caso del escándalo de La Anunciación, cuando la columnista
Emilia Pardo Umaña, de El Tiempo y El Espectador, enfiló batería
contra la controvertida obra y su creador; de Eduardo Zalamea Borda,
Ulises, que, en cambio, los defendió; de Fernando Guillén Martínez,
que como colaborador de La Razón opinó negativamente sobre el
premio otorgado a Correa; o de los habitantes de Choachí (Cundina-
marca), azuzados y promovidos por El Siglo, que sintieron:
verdadera indignación (…) [por] el ultraje inferido a la Santísima
Virgen por el masón Carlos Correa en su pintura pornográfica Des-
nudo, así como la aceptación y premio con que quiso el gobierno
destacar la inmoralidad. Es necesario que sepa el gobierno que el
noventa por ciento del país es rigurosamente católico, y que nada
logrará arrancar la fé del pueblo colombiano por más esfuerzo y
malabarismos que en tal sentido se hagan (…)78.
O de miembros de la iglesia católica, como Fr. Mora Díaz, O. P.
que en una columna titulada “Orgía de la barbarie” afirmó:
En antros de perversión están hoy convertidos los salones de las
exposiciones. La corrupción oficial es calculada, sistematizada y
técnicamente dirigida (…). Al entrar a la Biblioteca Nacional hay
que hacerlo con la mano enguantada y el pañuelo a la nariz porque
se percibe una atmósfera pesada, pestilencial, un olor como a carne
77 En efecto, Luis Vidales con los poemas de Suenan timbres (1926) se inscribió en
la poesía vanguardista latinoamericana. Zalamea, por su parte, además de poeta y
ensayista se destacó como traductor y muy especialmente del escritor antillano Saint-
John Perse (1887-1965) y su obra. La traducción de Anabasis (Universidad Nacional
de Colombia, 1950) con ilustraciones originales de Giorgio de Chirico, es un hecho
importante dentro de la literatura castellana, pues la misma obra fue traducida del
francés al alemán por nadie menos que Walter Benjamin, y al italiano por otro grande
como lo fue Giuseppe Ungaretti.
78 Citado en Zulategi, 1988: 54. En igual sentido se expresaron prestantes damas y
distinguidos caballeros de Buga, en total noventa, en cartas enviadas al ministro de
Educación.
115
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
putrefacta. Al pasear los salones de pintura no sabe uno dónde posar
con tranquilidad la vista (…). El templo de la belleza, la cátedra de la
estética son hoy la caverna de la hediondez, el escenario de la ordi-
nariez, el cráter de materias nauseabundas (…) las obras sensualistas
y vergonzantes de hombres corrompidos debían de recogerse con
guante, formar una pira y prenderles fuego para evitar los atracos
cometidos contra una sociedad culta y honesta (…). En el salón de
la lujuria protocolizada oficialmente se exhibió un desnudo que
después intitularon La Anunciación. La Santísima Virgen des (…)
(sic) horror! La pluma se paraliza, la descripción del sucio, sacrílego
y maldito cuadro está vedada a toda persona decente; quisiéramos
que la pluma se convirtiera en un látigo para ir a azotar las desnudas
espaldas del autor, como a un esclavo o a un hijo de Satanás. Estos
atentados a la religión y a la moral primitiva es lo que abrevia la
vida, lo que encanece el cabello, lo que precipita la calvicie y arruga
la piel (…) (Mora Díaz, citado en Zulategi, 1988: 87-90).
Curiosamente, un columnista de El Siglo, José Constante Bolaños,
escribió una columna en la que ubicó objetivamente el problema de
la crítica de arte en esos años:
La ausencia de una verdadera crítica de arte, que fuera ejercida como
una sensata y responsable disciplina de orientación o encauzamiento
a la vez que de generoso estímulo, les resta a los artistas colombianos
la posibilidad de aproximar su obra a un sentido de realizaciones
concebido en armonía con el juicio que pondera porque valora con
justeza (…). Pero en Colombia, fuera de las poquísimas y por tanto
muy visibles excepciones, la crítica de arte la hacen gacetilleros in-
documentados, desprovistos no ya de posibilidades artísticas sino de
recursos culturales de toda índole.
Alrededor del III Salón Anual de Artistas Colombianos se ha vertido
tal cantidad de sandeces y dislates, que desconcierta no por la total
carencia de certeza crítica sino por el afanoso y bastardo desenfado
que la respalda (…). Las arbitrarias y rabiosas censuras que se esgri-
mieron contra el cuadro premiado de Carlos Correa, Desnudo, hacen
recordar los desconcertantes disgustos del grueso público francés
cuando, en presencia de los cuadros de (…) [los] pintores cubistas, se
sentía burlado y se enfurecía al no encontrar las formas geométricas
que consideraba debían ser el elemento-base de aquellos cuadros (…).
El argumento central enarbolado aguerridamente contra el cuadro de
Carlos Correa es el que dice relación con la supuesta obscenidad que
se le atribuye. Pero resulta que la obscenidad está no en el cuadro
sino en el pacato e ignorante criterio de observación artística con que
se le ha apreciado y juzgado, (…) es incuestionable que el Desnudo
de Carlos Correa fue el mejor cuadro aportado al III Salón Anual de
Artistas Colombianos, y que por tanto fue certera la decisión del
jurado calificador de adjudicarle el primer premio de pintura (José
Constante Bolaños, “El III Salón de Artistas Colombianos”, citado en
Zulategi, 1988: 90-92).
116
Primera parte w Juan Friede, comerciante
2.
Habiendo trascurrido treinta y nueve años de constante migración,
tanto geográfica como de actividad económica, don Juan Friede
emprendió la que sería su última actividad: la intelectual, en la que
tuvo varias estaciones, abarcó distintas temáticas y enfrentó más de
un problema, un debate o una controversia. Efectivamente, además
de galerista de arte y de mecenas, se convirtió en crítico y comenta-
rista de arte. No fue un analista profesional pero por lo menos había
estudiado, con alguna profundidad, de lo que pretendía escribir;
además, estaba involucrado en el mundillo de las artes, estaba al
tanto de las discusiones entre pro hispanistas y pro americanistas e
indigenistas y había tomado partido por los segundos. Fue en esas
actividades que tuvo su despegue en el mundo intelectual colom-
biano. Así, el texto del catálogo a la exposición de Carlos Correa,
de agosto de 1940, fue el comienzo de una matizada carrera inte-
lectual de más de cuarenta años de producción. La mayor parte de
sus críticas tuvieron la misma orientación pro americanista que la
asumida en tiempos de la Galería de Arte, además de promover y
difundir el naciente arte moderno colombiano.
Inició sus colaboraciones como crítico en la revista España,
órgano de difusión del Ateneo Español, en la que publicó, en el
número 3 (5 de febrero-abril de 1942), un artículo titulado “La pin-
tura de Pedro Nel Gómez”. En octubre de 1944 publicó en la revista
Espiral un artículo que tituló “Apuntaciones críticas sobre la cultura
colonial”, en el que analizó el estado cultural de América durante
la dominación española; allí afirmó con razón que:
La Conquista no utilizó las experiencias culturales del indio; apartó
a éste en forma absoluta de los destinos económicos y culturales
de la Colonia (...). España no permitió el desarrollo independiente
ni de los indios, ni de los criollos: la importación forzosa de cos-
tumbres, de estilos artísticos y de otras manifestaciones culturales
españolas, formaba parte de la conquista del país y de su posterior
colonización (...). Así evolucionaba la cultura americana casi hasta
nuestros días de una imitación a otra, vaciando en formas huecas
y carentes de vida propia, las manifestaciones vivas de las culturas
europeas. Frágiles reflejos de ajenos ideales (...). Plausible es el deseo
de destacar del pasado algunas personalidades artísticas y elevarlas
a la categoría de “clásicos”, para formar así un “Olimpo Nacional”
con sus dioses (...). No hubo, pues, un mestizaje cultural, sino una
cultura española deformada por las condiciones de la América. Re-
sulta así vana la búsqueda en el arte colonial de valores autóctonos,
vigorosos y nacionales, y artificial la elevación de algunos artistas
coloniales a la dignidad de próceres americanos (Friede, 1944).
117
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
El artículo despertó una encendida protesta de parte de Gon-
zalo Ariza, que se publicó el 22 de octubre en El Tiempo. A partir
de un comentario sobre el V Salón de Artistas y de destacar a los
miembros del jurado arremetió fuertemente contra don Juan Friede
y otras personalidades:
Hay otros que, aprovechando nuestra natural benevolencia, se
han propuesto una sistemática labor destructora de vasto y oscuro
alcance, disolviendo los más caros principios de nuestra naciona-
lidad. Quisiéramos saber a título de qué condescendencia nuestra
pretenden asumir la condición de directores y orientadores del arte
nacional individuos que como el comerciante Walter Engel pontifican
en todas las revistas y publicaciones, desde la más alta categoría
intelectual, como la Revista de Indias (sic), órgano del Ministerio
de Educación Nacional, hasta publicaciones periódicas de dudosa
moral; quisiéramos saber qué autoridad tiene para hablar con idén-
tico desprecio y chabacanería insultante de nuestro insigne pintor
el retratista Garay, o de los abrigos de piel de las damas que asisten
a una exposición (¡). Igualmente quisiéramos saber si la simple ex-
periencia de vendedor de repuestos de automóviles autoriza a Juan
Friede para hablar irónicamente de lo que él llama nuestro “Olimpo
Nacional”, para menospreciar a nuestros artistas santafereños,
arquitectos, pintores y, principalmente, a nuestro máximo pintor
Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, en artículos publicados en
dudosas revistillas, afirmando que sus obras no tienen ningún mé-
rito artístico (...) quisiéramos saber qué autoridad tiene para hablar
de nuestra cultura con comillas llamándola “torpe reflejo de las
espontáneas manifestaciones de la península” (sic) (...) no tenemos
noticia de obra alguna publicada por los críticos extranjeros que han
asumido la dirección de nuestra cultura (...). Sería interesante sa-
ber qué fines políticos, financieros o sociales persiguen, ya que es
imposible suponer tantos afanes y desvelos por el generoso afán de
beneficiar un arte para ellos extranjero79.
Don Juan Friede escribió una carta al otro día, 23 de octubre, a
Enrique Santos Montejo “Calibán” comentándole que:
En la presente carta me permito dar a usted cuenta de la pésima
impresión, que en todos los círculos artísticos e intelectuales produjo
el ataque personalísimo de Gonzalo Ariza a Walter Engel, a Clemente
79 Gonzalo Ariza. “Variaciones sobre el arte y la crítica en Colombia”. El Tiempo, 22
de octubre de 1944. Subrayado nuestro que nos permite conjeturar que Juan Friede
continuó en el negocio automotor después de su salida de Caldas Motor en 1941. Se
dedicó al negocio, rentable, por lo expresado por Germán Botero de los Ríos, de los
repuestos automotores.
118
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Airó, editor de la revista Espiral, y contra el que esto escribe, en la
segunda sección de El Tiempo del 22 del presente mes.
Mi posición económica independiente me libra de sospecha de escribir
ésta carta con el objeto de defenderme de los ataques de un conocido
chauvinista, que es Gonzalo Ariza. Pero el hecho de que un artículo
suyo, en el que hace alarde de su xenofobia y de sus ideas sobre la
restricción de libre expresión de pensamiento, que sólo el Medioevo
y la Alemania hitlerista han conocido; y que a pesar de ello éste
artículo se publique en una sección importante de El Tiempo, sin
la anotación, siquiera, del redactor, de que estas opiniones no son
compartidas por la ideología que defiende el diario; y que además
la redacción permita, que bajo una reseña de tan importante certa-
men cultural, como lo es, el quinto Salón de Artistas Nacionales, el
articulista haga despliegue de sus rencores personales sobre algunos
extranjeros, es un hecho que no se puede pasar por alto. A tiempo
que el doctor Eduardo Santos está a la cabeza de una gigantesca y
humanitaria empresa. Que persigue ayudar a las naciones europeas,
víctimas del nazismo; y a tiempo en que el fascismo, el odio racial,
etc., están recibiendo un golpe mortal en los campos de guerra, aquí
en Colombia, en un periódico que no sólo dirige la opinión pública,
sino que también representa a la Colombia culta en el exterior, en un
periódico de la categoría de El Tiempo, se permite que en sus páginas
se haga una campaña, llena de odio e injusticia contra algunos ex-
tranjeros que no sólo cumplen sus obligaciones con el Estado, sino
que se esfuerzan en dar a Colombia lo mejor de su ser, que son sus
esfuerzos intelectuales.
El sr. Walter Engel es un pintor, aunque no expone sus obras en los
certámenes nacionales. Es un estudiante de la historia del arte. Es
amigo de varios pintores europeos de renombre (Masareel, Vlaminck,
etc.) y ha publicado, ya en Europa, algunos trabajos sobre arte. El sr.
Clemente Airó, hijo de un conocido caricaturista español, ya falleci-
do, edita con sacrificios económicos una revista de arte Espiral, que
tuvo favorable resonancia entre muchos intelectuales de prestigio
como el Dr. Eduardo Santos, don Baldomero Sanín Cano, don Jorge
Zalamea, don Julián Mota Salas, y muchos más. Yo mismo traté con
mi Galería de Arte y una colección particular, de fomentar las bellas
artes en Colombia; con la edición de una antología del poeta León
de Greiff, de esparcir el conocimiento de la literatura nacional; con
mi película sobre San Agustín, de crear un interés por esta cultura
precolombina; y ahora, con estudios históricos sobre la vida del indio
colombiano, de ayudar al conocimiento de la realidad nacional.
Pero no se trata tan sólo de que hayamos sido nosotros los atacados
desde las páginas del más importante diario de Colombia, sino de la
forma como hemos sido atacados, negándosenos, como extranjeros,
el derecho a emitir nuestro concepto sobre manifestaciones artísticas
de Colombia, y llamando a la revista Espiral, única en su especie en
Colombia, revista de “dudosa moral”. Si el artículo de Ariza hubiera
aparecido en El Siglo, en donde propiamente era su lugar, ninguno
de nosotros nos hubiéramos extrañado. A este periódico pertenece
la ideología de Ariza y la de su grupo. Pero que El Tiempo le pro-
119
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
porcione una tribuna para estos ataques de xenofobia y de nacional-
chauvinismo; que le facilite los medios de hacer una demagógica
campaña contra el arte moderno, sin que se permita publicar en el
mismo diario la refutación de esta posición, y encausando los estudios
sobre arte nacional por el estrecho sendero de una ideología, que no
es la de la mayoría de los colombianos, es algo que desconcierta y que
clama por una explicación, que muchos quisieran leer de su admirable
pluma en una de sus “Danzas” (AJF, carta a Enrique Santos, Bogotá,
23 de octubre de 1944. Subrayado nuestro).
El domingo 8 de octubre de 1944 Ariza había publicado, en la
segunda sección de El Tiempo, otro artículo en el que afirmó que
el arte moderno tuvo en los tiempos que precedieron a la Segunda
Guerra Mundial una nefasta influencia sobre la vida del hombre
europeo. Friede escribió una réplica: “El arte contemporáneo como
expresión plástica de la vida moderna”, que había enviado a la
redacción del periódico y que no había sido publicada cuando
apareció el ya mencionado “Variaciones sobre el arte y la crítica en
Colombia”, que mereció una elogiosa carta de Teresa Cuervo Borda
–directora entonces del Museo de Arte Colonial– a Gonzalo Ariza,
aplaudiendo sus conceptos sobre Juan Friede y Walter Engel. Don
Juan le escribió a la funcionaria el 26 de octubre de 1944 en los
siguientes términos:
Hubo demasiada falsa interpretación de mi artículo que apareció en
Espiral y que quisiera hacer conocer mejor. El papel histórico del
arte colonial es enorme, y un esfuerzo personal por reunir en salones
adecuados sus más importantes manifestaciones, antes de que se
pierdan para la posteridad, es un mérito, que tanto la investigación
histórica, como la investigación del arte nacional no sabrán cómo
agradecerle. Quisiera, que el arte moderno colombiano encontrase
un tan digno y entusiasta defensor, como lo tiene el arte colonial
en Ud.
Ud., supone que por no ser nacido en estas tierras me falten, tal
vez, los lazos de tradición que unen la sociedad colombiana con
el arte colonial. Sin embargo, dos de sus más ilustres antecesores,
don Rufino J. y don Ángel Cuervo no sólo conocían a su patria, sino
también a Europa y dieron en sus escritos una muestra infalible de
una crítica justa de la sobreestimación que aquí se tiene por Vás-
quez Ceballos. Por otra parte, si para conocer el valor de la obra de
arte entrasen distintos elementos fuera de la contemplación de la
obra misma y del conocimiento de la evolución de un pueblo, no se
hubiera conocido todavía, fuera de su ubicación, ni el renacimiento
italiano, ni el arte griego, ni siquiera el arte español. No fueron los
griegos, los que escribieron su historia de arte, ni los italianos (salvo
algunos pocos) los que estudiaron a fondo los valores del renaci-
miento italiano, ni fueron los españoles –sino muy especialmente
120
Primera parte w Juan Friede, comerciante
los alemanes– quienes esparcieron los conocimientos del barroco
español en Europa y en el mundo entero.
Creo, que la polémica sobre el arte colonial llevada con aplomo y
responsabilidad, ayudaría a esclarecer el importante papel históri-
co, que jugó el arte colonial en la vida de los pueblos americanos,
y obligaría a muchos colombianos a estudiarlo con más detención
de lo que hacen algunos que se creen con suficiente autoridad para
hablar de Vásquez Ceballos, por el sólo hecho de haber nacido en
las mismas tierras que aquél.
Por otra parte, creo también, que la verdadera defensa del arte
colonial, la están haciendo mejor los estudiosos, don Guillermo
Hernández de Alba, Gabriel Giraldo Jaramillo, Santiago Martínez
Delgado, y otros; pues sólo una investigación científica e imparcial
es valiosa para la orientación desapasionada del pueblo (AJF, carta
a Teresa Cuervo Borda, Bogotá, 26 de octubre de 1944).
El mismo día de haberle escrito la razonada y bien argumentada
carta a Teresa Cuervo, don Juan le escribió otra misiva al redactor
Libreros de El Tiempo:
Refiriéndome al Noticiero Cultural de hoy, le expreso, que no soy tan
combativo, como Ud. lo cree. Si mi artículo sobre la cultura colonial
que publiqué en Espiral, despierta una polémica lo acepto, siempre
que se discuta el tema. Desgraciadamente dicho artículo lo conoce
muy poca gente. La mayoría de los lectores tienen de él noticia a tra-
vés de la exposición que hizo el domingo pasado Gonzalo Ariza.
Ud. mismo, por ejemplo, escribe en su noticiero de hoy que yo ataqué
a Vásquez Ceballos. Y esto no es así. Lo atacaron en el siglo pasado,
dos ilustres colombianos: don Rufino J. Cuervo y don Ángel Cuervo.
Vuelvo a declarar que mi gusto personal no tiene nada que ver con
el valor artístico de la obra. Además, se necesita estudiar la obra de
un artista como lo hizo Roberto Pizano, para emitir un concepto
valedero, y no creo que para ello baste ser colombiano.
También anuncia Ud. la próxima aparición de un artículo mío, que
mandé a la redacción de El Tiempo, como réplica al primer escrito
de Ariza, el que, en mi opinión, desorientaba al público sobre las
calidades del arte moderno. Creo, que sería interesante avisar a sus
lectores, que el artículo mío fue escrito y mandado a la redacción
de El Tiempo, antes del ataque personal de que fui víctima el último
domingo, y que por consiguiente ningunos rencores personales con-
tra el crítico Ariza podían incluirlo. El público, una vez publicado
el artículo, se dará cuenta de que no ataco a la pintura de Ariza, de
Gómez Campuzano o de Alicia Cajiao, sino a la pintura apaciguadora
de Europa, que ayudó, por su alejamiento de la vida, a que surgiera
el cataclismo que hoy se observa.
Si Ud. considera que esta rectificación es digna de ser publicada, le agra-
decería hacerlo (AJF, carta a Libreros, Bogotá, 26 de octubre de 1944).
121
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
Ni el anunciado artículo ni la rectificación fueron publicadas
por El Tiempo, y la cuestión no se volvió a difundir.
3.
E ntre 1945 y 1946 Juan Friede escribió sendos ensayos sobre
Ignacio Gómez Jaramillo80, Carlos Correa (El pintor colombiano
Carlos Correa, 1945) y Luis Alberto Acuña (Luis Alberto Acuña,
pintor colombiano. Estudio biográfico y crítico, 1946); y algunos
artículos suyos fueron publicados en el suplemento literario del
diario El Tiempo, aún después de haberse retirado de la crítica ac-
tiva81. Por años, los estudios de Friede sobre Correa y Acuña fueron
considerados los más serios; es así como Álvaro Medina escribió
en el prólogo de su premiado libro El arte colombiano de los años
veinte y treinta (1995) que:
En 1979, cuando recibí el encargo de realizar este estudio, no había
sino historias generales del arte colombiano y un puñado de mono-
grafías. Sólo un autor, Juan Friede, citaba de manera sistemática los
documentos que permitían conocer los avatares de las obras de arte
al ser pulsadas por la crítica, lo cual nos daba una noción precisa
de las contradicciones que conoce toda expresión desde el instante
mismo en que queda sometida a la consideración del público (Me-
dina, 1995: 9-10).
El interés por escribir monografías sobre los pintores bachués
fue muy aplaudido por Pedro Nel Gómez:
Iniciativa que todos nosotros te agradecemos infinitamente, es más
difícil a mi parecer que todas las que hasta hoy hayas tenido. Escribir
sobre nosotros, elementos mínimos, medios o máximos o quién sabe
qué seremos, de un poema americano naciente, que comienza con
Edgar Allan Poe y otros, sigue por México con los maestros, pasa
por Colombia con José Eustasio [Rivera], Efe [Gómez]; encontrar los
resorticos sutiles o poderosos que nos mueven, es obra de pasión
y de entusiasmo. Creo que tú posees esas dotes y por hoy ya tienes
mucho ganado, buscas y encuentras la amistad de los pintores co-
lombianos, de manera que nuestra cooperación está con tus deseos
(AJF, carta de Pedro Nel Gómez, 20 de diciembre de 1944).
80 Dicha monografía no la pudimos conseguir.
81 Véase el anexo: Contribución a la bibliografía del profesor Juan Friede.
122
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Sin embargo, la publicación de las monografías representó di-
ficultades de censura para el entusiasta promotor. Carlos Correa le
comunicó, el 24 de diciembre de 1944, que:
En cuanto a la monografía, le cuento que está definitivamente sus-
pendida, pues el “Reverendo Padre” de Editorial Centro encontró
algunos ataques a la religión católica “la única verdadera” y a sus
“ministros”, según frases textuales que le oí. El cura quiso entregar-
me los originales y $100 que usted le anticipó, pero yo creo que es
mejor lo haga ud. personalmente, pues yo salgo posiblemente el 28
para la costa. La monografía de Ignacio [Gómez Jaramillo] quedó
bastante buena. La venden a $2 (AJF, carta de Carlos Correa, 24 de
diciembre de 1944).
Luego de los escollos reseñados y de tener que cambiar de edito-
rial, pues finalmente la monografía de Correa la publicó la Editorial
Espiral de Clemente Airó, el trabajo salió a la luz pública con muy
bajos resultados económicos, situación que fue común a los otros
escritos:
Recibí los cuarenta y cinco ejemplares y aún no los llevé a las li-
brerías, pues tampoco los cincuenta primeros que me envió se han
vendido totalmente.
Como Ud. ve, Cali es muy pequeño ambiente para las cosas artísticas.
Mucho éxito (crítico) con la obra de Acuña (...). Me contó la hermana
mía de Barranquilla, que ella vio exhibida y compró la monografía
mía o nuestra en una librería de esa ciudad (AJF, carta de Carlos
Correa, 22 de mayo de 1945).
Los artículos posteriores a los de 1944 giraron principalmente
en torno a las nuevas figuras de la plástica nacional: Enrique Grau
Araujo, Alejandro Obregón y Eduardo Ramírez Villamizar. A pro-
pósito del artículo sobre Obregón, el maestro de los cóndores y
barracudas le escribió, el 19 de septiembre de 1947:
Mucho agradecí tu magnifico artículo sobre mi trabajo, me alegra
mucho que lo hayas visto con buenos ojos, y que lo consideres de ex-
presión americana, pues esto último es lo que más me ha interesado
en los últimos dos años. Entenderás que no me refiero a la plástica
“mexicoamericana” cuyo “anedium” es aceite de fronteras, sino a la
expresión más estética, más profunda y menos barroca. Esto, estoy
convencido es el verdadero sentir americano.
Acabo de enviar tu crítica a Jaime Posada para publicar en El Tiempo,
apenas salga el artículo te lo mandaré.
123
Capítulo 6 w Juan Friede, crítico y comentarista de arte
Espero que hayas encontrado a tu señora bien, y de buena salud.
Ojalá me escribas contándome todo sobre la actualidad plástica en
París, me interesa enormemente.
Me cuentas que piensas ampliar este artículo para publicar en Art de
France, bien te puedes imaginar lo que te agradezco esto, te incluyo
fotografías, no te mando la Niña del jarro por haber perdido el nega-
tivo (AJF, carta de Alejandro Obregón, 19 de septiembre de 1947).
4.
Mediante la crítica de arte don Juan Friede trató de imponer en Co-
lombia, como lo hizo después con la historia, criterios modernos,
teniendo como hilo conductor la expresión americana. Respecto a
ese oficio defendió la importancia de adelantar una investigación
científica imparcial de la historia del arte colombiano. Por ejemplo,
consideró que:
La crítica contemporánea en Colombia se reduce en lo esencial a
la descripción de la obra y de las emociones que ella provoca en el
espectador, quien en condición de crítico, hace resaltar sus prefe-
rencias personales, quedando la obra víctima desamparada de su
más o menos pronunciado engreimiento; es utilizada como medio
de convencer al lector “del buen gusto”, de la “sensibilidad artística”
y de otras cualidades del que critica.
Considero que la posición social del arte es elevada, y su objeto no
es nutrir la auto exaltación o la vanidad de los críticos (...). Dejo al
lado, pues, la inoperante y superflua clasificación de las obras en
“buenas y malas” y las diatribas o los elogios desmesurados. Esta
crítica roza apenas la superficie. Los gustos que revela, son productos de
condiciones sociales definidas, pero nunca servirán como medidas
de valoración artística de una obra (Friede, 1945: 8-9).
Lo que redondeó, aún más, cuando escribió: “semejante crítica
no sólo impide la comprensión del arte como fenómeno social, sino
que, muchas veces, al ser aplicada, encierra en sí un grave peligro
para la vida cultural del país” (Friede, 1946d: 5).
A fin de cuentas, en concepto de don Juan el crítico de arte te-
nía una posición social, pertenecía a una clase social, casi siempre
dominante, y como representante de esta tenía una visión respecto
al arte, consecuentemente con ella: “los críticos oficiales utilizan su
oficio para aniquilar por todos los medios disponibles las manifes-
taciones artísticas que no corresponden al “gusto” del grupo social
dominante, convirtiendo así la crítica de arte de una ciencia, en un
arma de la lucha social” (Ibídem: 6).
Capítulo 7
El indigenismo
1.
J uan Friede no sólo se vinculó a la actividad artística de la capi-
tal, pues al tiempo que estaba naciendo un arte con sentimiento
nacional comenzó también un fuerte movimiento indigenista que
tenía como fundamento el reclamo del derecho social de la tierra de
los indígenas, orientado desde México a partir del primer Congreso
indigenista de Patzcuaro (abril de 1940). Organizado por Manuel
Gamio y Gonzalo Aguirre Beltrán, contó con la participación de
los intelectuales colombianos Antonio García y Gerardo Cabrera
Moreno, quienes, cumpliendo con los propósitos acordados en di-
cho Congreso, se encargaron en 1942 de promover y de fundar en
Colombia, en octubre, el Instituto Indigenista de Colombia82, que
era miembro del Instituto Indigenista Interamericano.
La creación del Instituto Indígena Interamericano y el Congreso
de Patzcuaro reforzaron un movimiento indigenista latinoamerica-
no que tuvo importantes realizaciones en México, Perú, Ecuador y
Centroamérica, pues allí, al igual que en Colombia, se fundaron ins-
titutos indigenistas nacionales, que además de orientar las políticas
indigenistas crearon importantes corrientes artísticas. Destacamos
muy especialmente la novelística indigenista de Ecuador (Jorge
Icaza) y Perú (Ángel F. Rojas, Enrique Gilgilber, Ciro Alegría, Jorge
Fernández, etcétera).
82 Véase el anexo documental, “Estatutos del Instituto Indigenista de Colombia”, página 481.
– 125 –
126
Primera parte w Juan Friede, comerciante
En Colombia, según veremos, el Instituto no fue una institución
oficial, sino, más bien, un grupo de amigos, muchos de ellos con muy
distinta orientación ideológica, interesados por el asunto83, que sin
ningún estímulo oficial se comprometieron con las luchas que por ese
entonces adelantaban los indígenas: “En este Instituto nos reuníamos
en casas, aquí, a veces en mi casa y charlábamos” (Arocha y Friede-
mann, 1980: 14). Blanca Ochoa de Molina nos contó que desde que
se fundó:
Yo fui secretaria general del Instituto y hacía de todo y prácticamente
me tocó todo, desde levantar la plata e inclusive darla de lo poco que
uno tuviera; además tenía que hacer las reuniones, citar a la gente,
ver cómo se financiaba, llevar toda la correspondencia con todos
estos institutos indigenistas, principalmente los del Perú, México y
Guatemala (EBO de M, septiembre de 1989).
Esa orientación lo hizo distinto de sus similares. No obstante,
por ahora nos interesa resaltar el hecho de que Juan Friede fue uno
de sus fundadores y promotores en el país.
2.
Con el Instituto Indigenista de Colombia se consolidó uno de los
momentos más importantes de las ciencias sociales en el país, pues
por la ley 39 del 21 de febrero de 1936 se había creado la Escuela
Normal Superior84, donde existió por primera vez una escuela de
ciencias sociales, en la que tuvo especial importancia la etnología.
En efecto, la Escuela fue el resultado del empeño de los gobiernos
liberales de ese entonces por reformar y modernizar el anacrónico
83 Formaron parte del Instituto Indigenista de Colombia Antonio García, Gerardo Cabrera
Moreno, Gregorio Hernández de Alba, Guillermo Hernández Rodríguez, Blanca Ochoa,
Edith Jiménez, Luis Duque Gómez y César Uribe Piedrahita, entre otros. El de mayor
experiencia era Antonio García, que había publicado en 1939 Pasado y presente del
indio, texto inspirado en la lectura de la novela de Jorge Icaza (Huasipungo, 1934) y
en el análisis de Pío Jaramillo Alvarado (El indio ecuatoriano. Contribución al estudio
de la sociología indoamericana, 1937), en el que se mezclan la investigación y la
observación directa, realizadas en algunas zonas indígenas del Ecuador y Colombia,
especialmente en el departamento del Cauca. Cuando se publicó el libro, García era
considerado “un apasionado buscador de la realidad india colombiana y como un
especialista en el estudio del problema indígena en América”.
84 Un estudio muy completo sobre la Escuela Normal Superior es el de Martha Cecilia
Herrera y Carlos Low. 1994. Los intelectuales y el despertar cultural del siglo. El caso de
la Escuela Normal Superior. Una historia reciente y olvidada.Universidad Pedagógica
Nacional. Bogotá.
127
Capítulo 7 w El indigenismo
aparato educativo nacional. Contó con cuatro departamentos o facul-
tades: ciencias naturales, idiomas, ciencias sociales y matemáticas.
Tuvo uno de los momentos más fulgurantes durante la rectoría de
José Francisco Socarrás –desde 1937 hasta 1944–, pues, según hemos
visto, debido a la guerra civil española (1936-1939) y a la expansión
del nacionalsocialismo, que desembocó en la segunda guerra mun-
dial, muchos intelectuales españoles, alemanes y franceses migraron
a Colombia y se vincularon a la Normal Superior.
En el departamento de ciencias sociales enseñaron varios de
esos emigrados, quienes contribuyeron, de una u otra forma, a
orientar un grupo de estudiantes que posteriormente irían a ser los
principales investigadores e intelectuales del país. Para entender la
contribución de estos exiliados en el contexto del país nos parece
importante reproducir los conceptos de Carl O. Sauer:
Existe un numeroso grupo de refugiados españoles, y me doy cuenta
de que más y más hemos girado en torno a ellos. Dudo que debemos
confiar en sus juicios políticos (su anticlericalismo me parece algo
grotesco), pero son un puñado de magníficos tipos, competentes y en el
contexto local, unas lumbreras están bastante bien distribuidos en todos
los campos académicos. Sin embargo, sin excepción, se consideran a sí
mismos refugiados, no inmigrantes (...). Se encuentran muy agradecidos
con el asilo que les ha dado el gobierno colombiano; me parece que
están haciendo la mayor cantidad y el mejor trabajo académico de lo
que se ve por acá, pero no piensan quedarse (...). En los departamentos
he tenido la oportunidad de ver que el abismo entre los españoles y
los mejores nativos es evidente, y probablemente esto lo reconocen
ambas partes. Por otra parte está el antropólogo Rivet, que equivale a
un batallón de emigrados franceses por sí mismo, el cual es de sobra,
la figura dominante en toda el área de las ciencias sociales en este me-
dio. El innegable talento organizativo de Rivet es muy apreciado por
el gobierno y en verdad él despliega una actividad constructiva (Sauer,
1988: 145. Subrayado nuestro).
Veamos las áreas y los profesores extranjeros que participaron en
ese punto de partida, en ese primer impulso, de las modernas ciencias
sociales en el país. En primer lugar enseñaron geografía Ernesto Guhl, el
más joven de todos, y el catalán Pablo Vila, “Otro hombre que también
hay que reivindicar (...) a través de sus cursos de geografía enseñaba
la importancia que tenían los fósiles, por primera vez conocimos las
amonitas y lo que significaba la riqueza geológica” (EBO de M). Pero,
además de estos conceptos, Vila les enseñó a sus estudiantes:
La geografía universal y la geografía de Colombia. Don Pablo Vila
era un geógrafo muy bueno formado en la escuela francesa de Vidal
128
Primera parte w Juan Friede, comerciante
la Blanche, especialmente, y de D´Manyo y con él hicimos unos
cursos de geografía muy modernos y muy buenos, de manera que
nosotros salíamos de la Escuela Normal Superior con una formación
geográfica muy sólida, muy buena (EJJU).
En historia hubo algunos avances e innovaciones, todos ellos:
Muy discretos. El problema no se veía en toda su dimensión, ello se
debió a que los profesores, a excepción de uno o dos, no eran especia-
listas (...). Los profesores que enseñaron historia en la Escuela Normal
fueron los alemanes Gerhard Masur, que enseñaba historia moderna de
Europa, y Rudolf Hommes, que enseñaba cursos misceláneos de histo-
ria universal. Los españoles José Francisco Sirre, que dictaba historia
medioeval de España, y José María Ots Capdequí que daba un curso de
derecho indiano español (...). Las cátedras de Hommes y Masur eran
buenas porque ambos tenían una formación europea muy buena. Es-
pecialmente Masur, que era realmente el historiador del grupo, porque
Hommes no era de profesión historiador, era un hombre con cultura
europea pero él era un funcionario del sistema educativo de Berlín, él
no había sido profesor de historia ni menos profesor universitario, en
cierto sentido se improvisó aquí como profesor de historia, tenía una
buena formación y había estado muy vinculado a las ciencias sociales
de Berlín pero con mucha conexión en las cosas educativas. En cambio
Masur era Privant Docent de la Universidad de Berlín en la cátedra que
regentaba Maineget y posiblemente si no se presenta la guerra hubiera
sido el sucesor de Maineget en la Universidad de Berlín, porque tenía
una gran formación. Su tesis sobre el concepto de la historia universal
en Ranke es citada en las grandes obras de la historiografía europea.
De manera que el que tenía más alcances y más envergadura de his-
toriador era Masur.
Sirre era más bien un intelectual. Un hombre muy inteligente, más orien-
tado hacia la literatura que por su formación tenía cierto conocimiento
de la historia medioeval sobre todo española, y hacía un curso muy
discreto, aunque bueno si se tiene en cuenta que él no era especialista
ni historiador.
De esas influencias, para mí, personalmente, fueron determinantes
las de Masur y la de Ots. La de Masur porque él tenía un concepto
muy amplio de la historia y citaba mucho autor importante. El fuerte
de él es lo que hoy llaman historia de las ideas, era muy estimulante;
por ejemplo, a él le oí, por primera vez, citar a Cassirer, un historiador
de las ideas. En fin, y el estímulo de Ots vino en el hecho de que él
iba a los archivos, era un investigador de archivos, entonces yo me lo
encontraba cuando iba a la Biblioteca Nacional saliendo del Archivo.
Entonces con él yo adquirí la idea que uno tenía de ir a las fuentes y a los
archivos (...) yo creo de los alumnos de la Escuela Normal Superior el
único que se especializó y se dedicó a la historia fui yo. Porque los otros
se dedicaron a la etnología, a la etnografía o la lingüística (EJJU).
129
Capítulo 7 w El indigenismo
En las cátedras de etnología y etnografía el más destacado de los
profesores fue Justus Wolfgang Schottelius:
Una inteligencia y un hombre tan brillante en el campo de la an-
tropología que hay que reivindicarlo en todo momento (....) talento
igual imposible y quizás él como profesor nuestro fue el primero
que nos dio la idea de las ciencias sociales desde el punto de vista
humanístico y que nos llevó a conocer la importancia de los pueblos
prehistóricos. Recuerdo los cursos de él, hacía mucho énfasis en la
interpretación de las grandes creaciones de los aztecas, de los olme-
cas, de los chimú o de los mochicas en el Perú, de las comparaciones
entre estas culturas que para nosotros era una cosa completamente
nueva, porque en ese entonces aquí no se tenía en cuenta eso (...).
Nos abrió horizontes insospechados, nos hizo ver la importancia de
los pueblos que habían antecedido en América a la llegada de los
españoles, todavía perduraba una idea de que la historia de Amé-
rica empezaba con la llegada de Colón, de los descubridores (...).
Schottelius fue el primero en abrirnos ese horizonte y crearnos esa
inquietud antropológica (EBO de M).
Tal revolución se completó cuando Pablo Vila y Justus Wolfgang
Schottelius organizaron: “una expedición muy importante con este
grupo de alumnos a los santanderes y fue donde Schottelius cogió,
en una excavación que se hizo en Pamplona, la infección de la gar-
ganta que lo llevó a la muerte” (EBO de M).
Entre los profesores colombianos debemos destacar a Antonio
García, quien desde su cátedra de economía política de la Normal
Superior impulsó el indigenismo; a Gabriel Giraldo Jaramillo, que
enseñaba historia de Colombia y que además de profesor de la
Normal fue estudiante del Instituto Etnológico Nacional y quien,
al decir de Jaime Jaramillo Uribe:
Daba una historia convencional y tradicional como la de cualquier
miembro de la Academia, con un poquito de inquietud, porque
Gabriel era una persona muy inquieta, por eso se metió al Instituto
Etnológico, entonces Gabriel tenía una visión un poquito más mo-
derna, podríamos decir y más compleja de la historia pero no alcanzó
tampoco, su curso era un curso de tipo tradicional (EJJU).
Gregorio Hernández de Alba (1904-1973) también fue profesor
de la Escuela, quien:
Durante sus primeros años [fue] un autodidacta, pero en 1936 tuvo la
oportunidad de trabajar con una misión norteamericana en La Guaji-
ra [y publicó] una monografía etnográfica de sus habitantes. Durante
130
Primera parte w Juan Friede, comerciante
los años 36-37, alternó el interés etnográfico con la arqueología, y
realizó interesantes estudios sobre Tierradentro y San Agustín. En
1939, después de organizar exitosamente la Exposición arqueológica
nacional con motivo del IV centenario de la fundación de Santafé
de Bogotá y de haber establecido el Servicio Arqueológico Nacional
viajó a París, en donde estudió bajo la supervisión de Marcel Mauss
y Paul Rivet; en el Museo del Hombre y en la Sorbona. En París pudo
trabajar con Metraux, Alfonso Caso, entre otros. Durante su estadía
pudo asimilar la orientación antropológica heredada de Durkheim:
desde su regreso a Colombia, en 1941, se dedicó a divulgar las nuevas
corrientes del pensamiento antropológico europeo (Pineda Camacho,
1984: 239-240).
Así, Schottelius, Vila y los demás prepararon el camino para
cuando el destituido director del Museo del Hombre de París, el
etnólogo Paul Rivet, se decidió, el 11 de febrero de 1941, a abandonar
la ocupada París y aceptar la invitación del presidente de Colombia,
Eduardo Santos, para fundar y dirigir en el país un instituto de et-
nología en Bogotá, adscrito a la Escuela Normal Superior, en el cual
se organizaron cursos de etnología. Rivet tenía:
una visión americanista que se apoyaba en el indígena y su contribu-
ción al fenómeno humano total. Consideraba los conocimientos de
los aborígenes del mundo tan válidos como los de cualquier hombre
en cualquier lugar y época. Con sus estudios intentaba contribuir a
la reivindicación cultural y racial del aborigen, mas no su rebelión
social (Díaz Granados, 1984: 8).
Las relaciones entre el Instituto Etnológico, fundado el 21 de junio
de 1941, y la Escuela Normal Superior eran muy especiales, pues:
En primer lugar, el Instituto funcionaba en el recinto y edificio de la
Escuela, pero era independiente de la Escuela. Segundo, la mayoría
de los profesores lo eran de la Escuela y del Instituto, y los planes de
ciencias sociales de la Escuela Normal Superior tenían un alto contenido
de etnología y antropología (ERPG).
Esos vínculos tan estrechos tuvieron una razón de ser:
la grave situación financiera del Instituto Etnológico, en sus primeras
épocas. Sus miembros recibían su pago, como docentes de la Nor-
mal Superior, pero las fuentes para la investigación y edición de la
Revista del Instituto Etnológico provenía del comité De Gaulle pro
Francia libre, cuya sede se encontraba en México (Pineda Camacho,
1984: 231).
131
Capítulo 7 w El indigenismo
Una vez fundado el Instituto Etnológico Nacional la semilla sem-
brada por Pablo Vila y Justus Wolfgang Schottelius germinó en un
buen grupo de alumnos del departamento de ciencias sociales, Alberto
Ceballos, Luis Duque Gómez, Gabriel Giraldo Jaramillo, Blanca Ochoa,
Edith Jiménez y Eliécer Silva Celis, en primera instancia, a quienes
se les unieron Gabriel Giraldo Jaramillo y Alicia Dussán:
Ya teníamos estas inquietudes, seguimos haciendo simultáneamente
todo lo que era de la Normal Superior, nuestra carrera, y a la vez lo
del Instituto Etnológico Nacional. Empezaron nuestras inquietudes
por la lingüística, por la antropología física, lo que era la antropología
social muy remotamente, apenas se tocaba. Se hacía todo lo que era
de la parte técnica, lo que es la parte científica dentro de las áreas
netamente de antropología tradicional sin llamarse todavía antropo-
logía, porque todo esto era etnografía y etnología, y se diferenciaban
la una de la otra porque la etnografía describía pueblos y la etnología
porque hacía relación a áreas más extensas, y diferenciaban esta
escuela francesa promovida por Rivet, de la estadounidense en la
que, sobre todo en Columbia University, estaban las grandes figura
de Ralph Linton, de toda esa cosa que surgía y que desarrollaba lo
que era la antropología ya como ciencia, apenas llegaba remotamente
eso, era algo muy lejano para nosotros (EBO de M).
En realidad, el énfasis del Instituto estuvo en la etnografía y la
etnología. Ello se debió a que:
Yo creo [Jaime Jaramillo Uribe] que Rivet, y eso lo he dicho con un
poco de escándalo para algunos, tenía una concepción un poco vieja
de la antropología, es decir tenía la concepción de la antropología de
finales del siglo diecinueve y principios del veinte en la que él se había
formado y a la que era muy fiel. Es decir, para Rivet la antropología
era esencialmente un estudio de las culturas llamadas primitivas, no
tenía nada que ver con las sociedades campesinas ni con las socieda-
des modernas ni con lo que posteriormente llamaron culturas folk. Él
tenía la concepción dominante en Europa, sobre todo en Alemania y
en Francia, pues los ingleses ya innovaron en el sentido que vieron
la antropología como vinculada a problemas mucho más actuales,
modernos, pero siempre viéndola como una ciencia que se refería a
las culturas llamadas primitivas y a los pueblos coloniales. Los que
dieron el paso de incorporar la antropología llamada social fueron
los estadounidenses. Desde luego que la concepción de Rivet sobre la
antropología no es un impedimento para reconocer que era un hombre
con una buena formación y muy valioso, y que su obra en Colombia
fue muy importante (EJJU).
Ahora bien, en la visión americanista de Paul Rivet se tenía en
cuenta el indígena, aun cuando no le importaban los aspectos políticos
132
Primera parte w Juan Friede, comerciante
que lo rodeaban; le interesaba más la defensa de la sociedad y la
cultura francesa y la resistencia de la misma frente al nacionalso-
cialismo alemán. Es así como:
No enmarcó nunca la situación del indio en prismas políticos.
Su compromiso estaba centrado en la defensa y afirmación de la
identidad cultural y política de Francia en el escenario europeo
internacional (...). Un documento escrito por el mismo Rivet (...)
es explícito al respecto. En ese documento decía Paul Rivet: “En
Colombia, fuera de mis funciones de enseñanza y de propaganda
cultural francesa me consagré a la obra de la resistencia externa y
durante dos años fui presidente de honor del Comité de la Francia
combatiente. Publiqué durante mi viaje múltiples artículos en los
periódicos suramericanos sobre Francia en la resistencia. Ensayé
por todos los medios a mi alcance ser un portavoz de la verdadera
Francia” (Díaz Granados, 1984: 8).
Así, ni Paul Rivet ni el Instituto Etnológico Nacional fueron partíci-
pes del movimiento, con inspiración socialista, que reunía indígenas,
artistas, humanistas y estudiosos de ciencias sociales y que tuvo como
núcleo principal a los estudiantes de Rivet –Blanca Ochoa, Edith
Jiménez, Luis Duque Gómez, Milciades Chaves, Eliécer Silva Celis,
Julio César Cubillos y otros–, y que se congregaron bajo el Instituto
Indigenista de Colombia. A ellos se unió Juan Friede, pues él:
Era amigo o conocía mucho a Paul Rivet, a Antonio García y a Ge-
rardo Cabrera Moreno. Es amigo inclusive, de Guillermo Hernández
Rodríguez, quien en aquel momento era un hombre muy progresista,
y de Gregorio Hernández de Alba.
Por medio de Rivet conoce a sus alumnos y es cuando lo conoce-
mos (...). En fin, Juan Friede tiene la oportunidad de vincularse
a un grupo de intelectuales de izquierda, mediante los cuales se
vincula a la antigua Normal Superior y a la Universidad Nacional.
Es cuando conoce a, por ejemplo, Gerardo Molina, quien por aquel
entonces era rector de la Universidad Nacional [Molina fue rector
de la Universidad Nacional entre 1944 y 1948]; conoce a Gerardo
Reichel-Dolmatoff, a Gabriel Giraldo Jaramillo, y entonces nos hi-
cimos amigos (EBO de M).
En realidad, el Instituto Indigenista fue un complemento
muy importante para el grupo de etnólogos del Instituto Etno-
lógico Nacional, pues la etnología que ejercían esos pioneros
se caracterizó:
133
Capítulo 7 w El indigenismo
Sobre todo por su énfasis, yo diría “científico”, más que humano.
Es que era la investigación del grupo indígena no en sus aspectos
humanos, sino más bien para ver grupos sanguíneos, estatura,
forma del cráneo y todo aquello que era más antropología física, la
observación de las costumbres era algo muy remoto. En fin, se funda
este Instituto y comenzamos a trabajar el campo indigenista, como
complemento de la parte académica y científica, pero no humanista,
de la antropología. La parte indígena vino a completar aquello desde
el punto de vista humanístico y político (EBO de M).
Es importante decir y resaltar que si bien Rivet no fue activis-
ta del movimiento indigenista colombiano, sus enseñanzas y la
vinculación de algunos de los alumnos del Instituto Etnológico
al Instituto Indigenista de Colombia lograron modificar, o por lo
menos estremecer, hasta cierto punto, la estructura mental de
sus estudiantes. El caso más sorprendente fue el de Luis Duque
Gómez, quien en:
Un primer momento, como estudiante de la Normal Superior, de
vinculación a Rivet fue de avanzada, viniendo de Marinilla y siendo
un conservador, católico y romano como él decía, que él era godo,
católico, apostólico y romano. Pero dentro de eso, esa inyección que
Rivet proyectaba en todos sus alumnos, ese medio en que estába-
mos en el Instituto Etnológico Nacional lo impregnó a él también,
entonces se interesó por estudiar los resguardos y casi que de los
primeros estudios de resguardos que se hicieron en el país los hizo
Luis Duque Gómez, sobre todo en Caldas (EBO de M).
Esa misma evolución vivieron personajes como:
Eliécer Silva Celis, quién lo creyera, con esa reacción, porque ha sido
reaccionario toda su vida, pero colaboró con el Instituto Indigenista.
También Graciliano Arcila Vélez, que todavía no se había ido para
Antioquia. Yo no sé, todos esos muchachos tuvieron un momento de
lucidez pero luego volvieron a lo que eran, a su reacción. Yo creo
que era el momento que se vivía, es que era imposible aislarse de
ese espíritu revolucionario que había entonces. Uno de los que más
se radicalizó fue Julio César Cubillos, él sintió tanto el problema que
inclusive fue comunista, fue activista y todo eso, luego se volvió
reaccionario (EBO de M).
La evolución o no de los estudiantes del Instituto Etnológico y
de otras personalidades que participaron en el Instituto Indigenista
de Colombia tuvo que ver mucho, en parte, con el devenir histórico
del país. Hubo un personaje que no se involucró, ni para bien ni
134
Primera parte w Juan Friede, comerciante
para mal: Gerardo Reichel-Dolmatoff85, que siempre mantuvo una
línea conservadora, aparentemente sin ningún tipo de compromiso.
Si lo comparamos con Juan Friede se podría decir, de acuerdo con
Roberto Pineda Giraldo, que:
Ignoro las relaciones de Reichel con Juan, creo que no fueron relacio-
nes ni muy cordiales ni muy permanentes. Entiendo, por el carácter de
Reichel, que no debían marchar, pues Juan era un hombre más abierto,
que le gustaba la polémica, intercambiar ideas, exponer, conversar.
Reichel era menos elástico, siempre ha sido un hombre muy rígido
en sus cosas, muy aparte, muy separado, muy independiente en su
trabajo. Yo diría más que independiente ha sido egoísta en su trabajo
y por lo mismo eran dos caracteres totalmente diferentes (...). Gerardo
se mantuvo al margen de la política, nunca tuvo ningún problema
de carácter político, jamás, porque nunca presentó ningún libro de
carácter polémico desde el punto de vista social, se metía con arqueo-
logía o se metía con una etnografía descriptiva, no comprometida. No
pertenecía a ningún partido político, era extranjero, entonces no tenía
ningún problema ni con el Estado ni con nadie.
Juan se comprometió, se comprometió políticamente, desde el punto
de vista ideológico, a luchar por el indígena desde el punto de vista
de la izquierda colombiana. Esa es la gran diferencia. Si Gerardo se
hubiera aliado se hubiera aliado con la derecha (ERPG).
3.
En el Instituto Indigenista de Colombia Juan Friede tuvo un papel
importante, junto a:
85 En mi opinión, de esos personajes el más polémico fue Gerardo Reichel-Dolmatoff,
quien –sin desconocer sus méritos como investigador y científico– fue siempre, desde
esas épocas, un hombre de derecha. Jaime Jaramillo Uribe recuerda que: “Yo lo conocí
un poco tardíamente; en la época en que él era estudiante en el Instituto Etnológico
de Rivet y yo estudiaba en la Escuela Normal Superior no tuvimos nunca ningún
tipo de contacto personal. Reichel era un poco distante de todos y de todo (...). Pero la
obra de Reichel es muy seria, como toda obra científica puede ser discutible en algunos
puntos y puede tener sus puntos vulnerables, pero creo que es una obra muy seria y que
en él se dan tal vez las características quizá más notables del hombre de ciencia (...). La
crítica a la obra de Reichel puede enfocarse hacia un aspecto: él no tiene preocupación
por los problemas políticos, ni ve las relaciones, porque para algunos esa relación no
se puede evitar, ni puede prescindirse de ella, la relación entre las ciencias sociales y
la política. Desde ese punto de vista la obra de Reichel puede ser criticable, pero desde
el punto de vista de otra concepción de la ciencia y de la ciencia misma podríamos
decir de su estructura interior, de un campo como de la antropología y la arqueología,
creo que la obra de él es muy valiosa y muy firme”.
Recuerdo siempre lo que en más de una charla informal me manifestó doña Virginia
Gutiérrez de Pineda: “A pesar de Reichel-Dolmatoff nosotros llegamos a ser algo dentro
de las ciencia sociales colombianas”.
135
Capítulo 7 w El indigenismo
Carlos Correa, un pintor interesado en explorar la cuestión vernácu-
la, al lado de Luis Alberto Acuña, que venía también buscando las
inquietudes indigenistas. Al lado de Antonio García como ideólogo
y como impulsor del indigenismo, aunque con mensaje directa o
indirectamente político, al lado de Blanca Ochoa, Edith Jiménez,
del doctor Gerardo Molina, Gerardo Cabrera Moreno y de Guillermo
Hernández Rodríguez (EDG).
Y lo más significativo es que, desde entonces, Juan Friede abrazó
el indigenismo como una política de acción y estudio, que nunca
abandonó ni claudicó y que, como veremos, le causó más de un
incidente desagradable y sobre todo ciertas repercusiones, pues:
En esa defensa del indígena él chocó fundamentalmente con los
intereses de las clases terratenientes y de la iglesia católica, porque
todavía teníamos las misiones, es decir, de acuerdo con el Concordato
las misiones católicas eran las que tenían el control prácticamente
total sobre las comunidades indígenas, eran el gobierno real de las
comunidades indígenas, y obviamente el manejo no era lo que po-
dríamos llamar una cosa completamente democrática, ni se trataba
de defender los intereses de los indígenas en cuanto a propiedades
y demás, sino de tenerlos sometidos bajo una autoridad eclesiás-
tica e involucrarlos dentro de la religión católica sin que hubiera
ningún desarrollo económico importante, sin que ellos tuvieran
tampoco un desarrollo político para su autonomía ni cosa por el
estilo. Entonces, entre los terratenientes y la iglesia no voy a decir
que hubiera una unión, pero los dos actuaban sobre el indígena,
perjudicándolo (ERPG).
Dicho Instituto, al decir de Luis Duque Gómez, tenía “una posición
contra el gobierno porque no éramos partidarios de la parcelación de
los resguardos y había un grupo muy polarizado, posición que yo no
compartía, que tampoco era partidario del régimen de misiones, del
Concordato” (EDG). El Instituto adelantó campañas de denuncia en
relación con el primero de estos aspectos, mediante la publicación,
entre 1943 y 1944, de una serie de folletos que daban a conocer la par-
celación de los resguardos por parte del Ministerio de Agricultura. Fue
en esa colección en la que Juan Friede inició su prolífera producción
intelectual: Los indios del alto Magdalena: vida, lucha y exterminio,
1609-1931 (Bogotá. 1943); Comunidades indígenas del macizo Colom-
biano (Bogotá. 1944); y El indio en lucha por la tierra: historia de los
resguardos del macizo Central Colombiano (Bogotá. 1944), de las que
hablaremos en la segunda parte de este estudio.
Además de las obras de Juan Friede, el Instituto publicó algunos otros
trabajos. De Luis Duque Gómez, Problemas de algunas parcialidades del
136
Primera parte w Juan Friede, comerciante
occidente de Colombia; de Antonio García, Bases para una política
indigenista; de Gerardo Cabrera Moreno, El problema indígena del
Cauca, un problema nacional; de Gregorio Hernández de Alba, El
problema de un pueblo nómada; de Edith Jiménez y Blanca Ochoa,
La política indigenista del Perú; de Gerardo Reichel-Dolmatoff, Con-
diciones sociales de los indios motilones; y de Milciades Chaves, El
problema indígena en el departamento de Nariño.
En términos generales, el tiraje de esos folletos fue mínimo y la
calidad editorial no fue óptima. Los indios del alto Magdalena: vida,
lucha y exterminio, 1609-1931: “fue el primer trabajo que editamos
en el Instituto, fue hecho en mimeógrafo en el Instituto Indigenista
de Colombia y después cogimos aquellas hojas, le cuento porque a
mí me tocó trabajar mucho en eso, a coserlas y empastarlas y eran
publicaciones que salían de treinta y cincuenta ejemplares, eran chi-
quitas” (EBO de M). Sin embargo, El indio en lucha por la tierra tuvo
una historia editorial distinta, que más adelante reseñaremos.
En realidad, la lucha emprendida por esas personas estuvo en-
marcada por algunos hechos. En concreto:
La política del departamento de tierras y aguas que tenía una tenden-
cia netamente divisionista de los resguardos. Es que en esa oficina
había un personaje que fue nefasto para los intereses de los indígenas,
Honorio Pérez se llamaba. Ese señor pensaba que si no se dividían los
resguardos el indígena no podía subsistir, entonces dividía y dividían
los resguardos y el latifundista compraba parcelas y parcelas, engañaba
al indígena hasta que lo dejaba sin tierra y llegaba a ser el paria de todas
esas poblaciones colombianas, un hombre desposeído de su cultura y
principalmente de su base vital que era la tierra (EBO de M).
En fin:
Este grupo se empeñó en tratar de rescatar para el indígena colombiano
no solamente los aspectos de su dignidad como etnia, sino los aspectos
fundamentales de la tierra, es decir, la lucha que se evidenció con el
grupo indigenista era por defender los derechos reales del indígena en
ese momento, lo que existía en los resguardos, lo que existía no tanto
en las comunidades externas que llamaríamos nosotros primitivas,
sino el indígena vinculado al sistema del resguardo (ERPG).
Además de una posición antigobiernista, el grupo vinculado o
simpatizante del Instituto Indigenista de Colombia tenía una posi-
ción política, en especial la asumida por Antonio García, Gerardo
Molina y Guillermo Hernández Rodríguez, quienes trataron de llevar
el movimiento hacia una protesta en contra del gobierno, situación
137
Capítulo 7 w El indigenismo
que creó algunas disidencias y fisuras dentro del Instituto y el mo-
vimiento. Luis Duque Gómez contó que:
De pronto Antonio García resolvió coger esa protesta nuestra que era
en favor de los indios y casi que académica y levantar un memorial en
contra del doctor Alfonso López Pumarejo, y colocarse en una posición
política, porque al fin y al cabo pues nosotros le jalábamos al indigenis-
mo romántico y pensando en los indios. Antonio García, Gerardo Molina
y Guillermo Hernández Rodríguez necesitaban otro escenario para poder
hacer la defensa de sus ideas, entraron al parlamento, entonces empezó
a funcionar la cosa política ahí. Yo me retiré, pues además yo ejercía
[desde finales de 1944] un cargo, era el director del Instituto Etnológico,
y empezó un poco a dispersarse el movimiento (EDG).
El cambio de actitud de algunos de los militantes del indigenis-
mo se debió a la caída, en 1946, de la república liberal (1930-1946).
En efecto:
El Partido Liberal era más tolerante, sin que fuera todavía ninguna
cosa de decir que fuera una apertura total hacia la libertad política
y hacia estas cosas de reivindicación social, a pesar de todas estas
cosas de las leyes agrarias de López. Pero cuando llegó la caída del
Partido Liberal y después del 9 de abril [de 1948], entonces se hizo
mucho más reaccionaria la posición en el sentido político contra
los postulados que pudieran hacer los profesionales de las ciencias
sociales, especialmente en reivindicaciones de tipo obrero, de tipo
campesino y de tipo indígena (ERPG).
4.
Tal vez uno de los momentos más fulgurantes del Instituto Indige-
nista fue la relación que la corporación y sus miembros tuvieron
con el líder indígena Manuel Quintín Lame Chantre (1880-1976)86.
Al respecto Blanca Ochoa de Molina contó que:
Nadie se imagina lo que significaba traer a Quintín Lame a dar confe-
rencias en el Teatro Colón [en 1943 y 1944] y verle a él en el auditorio
del Teatro Colón, cómo se quitaba el sombrero y se soltaba el pelo,
porque él se hacía una moña y se la tapaba con el sombrero, pero para
los actos espectaculares se lo soltaba. Entonces era toda esa melena
blanca, aquí, espectacular, y él nos llamaba los adanes y las evas,
86. Sobre Lame existen numerosos trabajos, aun cuando quizás el más conocido es la biografía
de Diego Catrillón Arboleda. 1973. El indio Quintín Lame. Tercer Mundo. Bogotá.
138
Primera parte w Juan Friede, comerciante
y en las cartas que nos escribía a los hombres y a las mujeres que
habíamos en el Instituto nos decía a vosotros los adanes y las evas
no sé qué (...) y la firma de Quintín Lame que era todo un dibujo,
era una cosa preciosa, una belleza (EBO de M).
Pero no sólo Manuel Quintín Lame, jefe de los indígenas de Ortega
y parcialmente de los de Chaparral, viajó a Bogotá a hablar con los
intelectuales; ellos también fueron adonde Lame. En julio de 1943, los
miembros del Instituto Indigenista, incluido Juan Friede, asistieron
a la Fiesta del Indio que organizó en Ortega el líder indígena. Friede
relató así el acontecimiento:
Llegamos al oscurecer a un platanal sembrado sobre la arena del anti-
guo lecho del Magdalena. En todas partes se veían hombres, mujeres y
niños. Debajo de las matas, familias en cuclillas rodeaban las hogueras,
única iluminación que había en el platanal. Una que otra vez entonaba
la música (flauta y tambores) y del platanal surgían parejas que bailaban
en el patio frente a la casa. Sombras se divisaban entre las matas. Poco
después habló Manuel Quintín Lame. La luz rojiza de las hogueras
iluminaba su larga cabellera, que caía sobre sus espaldas. Su rostro cua-
drangular, los labios macizos y la nariz protuberante, su figura atlética y
aplomada: así se erigía Quintín Lame frente a la muchedumbre. Estaba
vestido de dril y llevaba alpargatas (Friede, s. f., “Prólogo”: 3).
El Instituto Indigenista fue un sitio importante desde el cual Juan
Friede pudo orientar muchas de sus inquietudes, que se canalizaron
definitivamente con su desplazamiento a San Agustín: “Casi que toda
su formación la hace en el alto Magdalena (páramo de las Papas, San
Agustín, Tierradentro, San Andrés de Pisimbalá, Inzá, Belalcázar). Toda
es la zona que él frecuenta, en donde se desarrolla mental y económi-
camente y ahí se mueve” (EBO de M). Precisamente, don Juan mantuvo
una estrecha relación con Manuel Quintín Lame, pues una hija del
líder, “que se llamaba María, fue ahijada de Juan. Él les ayudó mucho
cuando Quintín Lame estuvo preso en Chaparral, por defender las
tierras allá de toda esa parte del sur del Tolima en Ortega y Chaparral,
porque él luchó por defender las tierras y lo detuvieron varias veces
en Popayán y Juan lo ayudó” (EBO de M)87.
87. Lame combatió en la guerra de los mil días: en 1901 se incorporó como ordenanza a los
ejércitos conservadores del Cauca, comandados por el general Carlos Holguín. Inició
la lucha a favor de su raza en 1913, y su accionar tuvo dos características: en muchas
ocasiones lideró la toma de tierras y emprendió innumerables defensas legales, por
lo que se le conoció como el “doctor Quintino”. En el Cauca permaneció hasta 1921,
desplazándose luego al sur del Tolima, donde se dedicó a luchar por los derechos de
los habitantes de las parcialidades de Ortega, Chaparral y Natagaima.
139
Capítulo 7 w El indigenismo
Friede contó de la siguiente forma cómo llegó a ser compadre
de Lame y las relaciones sostenidas con él. Después de la Fiesta del
Indio, de julio de 1943, decidió entrar:
En contacto con Manuel Quintín Lame. Le escribí y le mandé algunos
libros. Él me contestó y me contaba sus luchas y pericias.
Lo invité después a visitar los sitios arqueológicos de San Agustín.
Vino con su mujer y trajo a su hijita de seis meses, Mariflor Lame,
para hacerla bautizar en la ciudad, que él llamaba “El cementerio de
la prehistoria de mis antepasados”. Me nombró padrino de la niña
y me dejó, al partir, un manuscrito de 118 hojas en folio que había
escrito uno de sus “secretarios” bajo su dictamen88.
18 años, 7 meses y 21 días de su larga lucha de luchador por la causa
indígena, los pasó Quintín Lame en las cárceles de Colombia. Y, sin
embargo, aunque acusado más de 150 veces, nunca fue condenado.
Sus cárceles eran “prisiones preventivas”, “hechas por sospechas”,
eran “detenciones”. Así entorpecía la “justicia de hecho” su camino
de luchador (Friede, s. f., “Prólogo”: 4).
En realidad, la amistad de Friede con el caudillo fue bastante só-
lida, y don Juan no mintió al relatar que el líder indígena le escribía
contándole sus luchas y pericias, pues el caudillo, en carta fechada
el 13 de junio de 1945, le comunicó, en forma muy curiosa, que:
yo emprendí una campaña, contra mi enemigo no indígena, en el
departamento del Tolima, pues una guerra de lenguaje contra mi
(sic) pero yo he salido de frente destruyendo todas las añoranzas de
la civilización, porque me atacan de mil maneras por medio de varios
juicios injustos; denuncié criminalmente a la tesorería de Ortega ante
el señor Procurador Gral., Sección Penal y orden Social a Bogotá y otros
indígenas, el Señor Procurador ordenó una investigación y nombró al
Juez 51 de investigación Criminal de la ciudad de Chaparral; mandé
una comisión de indígenas y me acaban de informar que los recibió
bien y que esperaba a los viáticos para trasladarse a Ortega a principiar
la investigación. Estuve al frente de una inspección ocular pedida
por varios acaparadores en contra de los cultivos y habitaciones en
la cordillera del Tolima; yo penetré en altas horas de la noche y me
apoderé de la casa y ordené que cerraran las puertas y le ordené a los
indígenas que no les dieran entrada a los enemigos; me acordaba en
88. Quintín Lame tuvo “secretarios” desde que inició sus protestas; en el Cauca contó con
amanuenses en diferentes parcialidades indígenas y municipios: Polindará, Guaré,
San Isidro, Pisojé, Totoró, Pancitará, Miraflores, Coconuco y Silvia. El escribiente
más conocido fue Jacinto Calambares, de Coconuco. En el Tolima continuó con esa
forma de multiplicar sus ideas.
140
Primera parte w Juan Friede, comerciante
los momentos de furia me acordé (sic) de aquel hombre que prendió
su parque abundante y se fue a escribir a los aires; yo esperaba que la
Policía penetrara, o la Alcaldía, o los acaparadores para salirles etc. (...).
Afuera estaba la casa rodeada de un número considerable de indígenas
valientes. Después terminaré la excena gloriosa (sic) de mi campaña
cuando estemos juntos los dos. Mañana sigo para Ibagué en lucha, y
dejar todo en suspenso con el fin de salir lo más pronto para allá (AJF,
carta de Manuel Quintín Lame, 13 de junio de 1945).
El libro a que hace referencia Friede es Los pensamientos del
indio que se educó dentro de las selvas colombianas, redactado por
Lame entre 1924 y diciembre de 1939. Los indigenistas, al conocer
el trabajo quisieron publicarlo y según parece se hicieron algunas
reproducciones sin autorización del líder de los indígenas de Ortega
y parcialmente de los de Chaparral, lo que le molestó y le obligó a
variar el manuscrito original:
Mi compadre me pregunta sobre la publicación del libro pero el sr.
Luis Alberto Acuña, me le allegué en el año pasado a su despacho
y me solicitó de dicho libro y me dijo que para el había sacado una
copia la que tenía para hacer muchas cosas; viniendo de Bogotá
me encontré con varios amigos residentes en San Agustín y otros
en Pitalito y me informaron que mi compadre no estaba, aquellos
hombres que les parecí muy simpático a pesar de ser muy feo de cara
gracias a Dios no le pude revelar mi pensamiento porque al saber que
antes de dar a luz mi obra ya hay copia en manos de otros escritores
y no sólo en mano sino que hay propaganda según me informó un
editorialista del Tiempo, motivo a esto estoy reformando el libro con
interés. Ahora espero de mi respetado compadre me diga si tengo
razón o razones y si no yo he resuelto que dicho libro reformado por
la ruina del indio colombiano (AJF, carta de Manuel Quintín Lame,
18 de enero de 1946).
Capítulo 8
San Agustín, el rumbo definitivo
1.
L uego de la exposición de Salas Vega en la Galería de Arte, entre
enero y febrero de 1941, Juan Friede decidió marcharse de vaca-
ciones a San Agustín. En abril, durante la Semana Santa, filmó una
histórica película de doce minutos, en 8 mm, la que:
No sólo se trata de un extraordinario momento de la cultura americana
cuya conservación es de suma importancia, sino que al mismo tiempo
demuestra el deplorable estado de abandono en que se encuentran las
esculturas que no se hallan en el parque arqueológico (AJF, carta de
Juan Friede al presidente Eduardo Santos, 18 de junio de 1941).
Complementariamente mostró las procesiones religiosas de la
Semana Santa que se celebró en la población, con imágenes nuevas,
y la recién integrada banda de música. Con tal filme don Juan quiso
voltear la vista de los colombianos, especialmente de la clase diri-
gente del país, hacia el importante sitio arqueológico. Lo proyectó
entonces en la Galería de Arte y en la Escuela de Bellas Artes, lugares
en los que la gente se entusiasmó con tan raro documental. Motivado
por tales manifestaciones, el 18 de junio de 1941 le escribió una carta
al presidente Eduardo Santos en los siguientes términos:
Excelentísimo señor:
Alentado por sus frecuentes visitas a la Galería de Arte y por la cons-
tante preocupación que en todo momento ha demostrado S.E. por lo
que atañe al arte nacional, me permito ofrecer a S.E. una proyección
particular de la película en colores que tomé durante mi reciente
– 141 –
142
Primera parte w Juan Friede, comerciante
excursión a San Agustín (...). Como tengo un proyector portátil, po-
dría presentarla en cualquier parte y en cualquier hora del día o de
la noche si las múltiples ocupaciones de S.E. lo permite (AJF, carta de
Juan Friede al presidente Eduardo Santos, 18 de junio de 1941).
A tal ofrecimiento el presidente Santos respondió el 24 de junio
de 1941, por intermedio de Arturo Robledo, secretario privado, que
el primer mandatario agradecía “muy sinceramente el ofrecimiento
que usted le hace y lo acepta gustoso. Le agradecería entenderse
conmigo telefónicamente a fin de convenir la fecha y hora de esa
representación que podría realizarse aquí en Palacio” (AJF, carta de
Arturo Robledo, 24 de junio de 1941).
2.
Luego de ese viaje a San Agustín, don Juan decidió comprar pro-
piedades allí. Es muy posible que debido, en parte, a la Segunda
Guerra Mundial, Friede haya decidido marcharse a San Agustín,
pues si bien en Colombia:
no eran anti-alemanes sí hubo una especie de recelo, de rechazo por
alemanes y todo esto y entonces yo resolví irme a San Agustín (...)
y ya entonces allá empecé mi verdadero interés de dedicarme a la
cuestión de los indígenas (Arocha y Friedemann, 1980: 12).
En realidad, los alemanes sí fueron hostigados en Colombia89.
El mismo Friede relató que a un austriaco-judío, Bernardo Mendel,
89 Recordemos que: “en realidad, los colombianos apreciaban a la mayor parte de los
alemanes radicados en el país. Habían sido buenos ciudadanos, habían trabajado
mucho y al casarse con colombianas habían ingresado a formar parte de familias
colombianas” (Donadio y Galvis, 1986: 154). Es así como, por ejemplo, el presidente
Santos personalmente apreciaba la contribución económica y social de la colonia
alemana en el país.
La lista negra nació en Estados Unidos en julio de 1941, y tuvo como fin incluir en
ella a personas que el gobierno de ese país consideraba que actuaban en beneficio
de Alemania, de Italia o de sus nacionales, o eran perjudiciales a los intereses de la
defensa nacional y a la política de defensa hemisférica. En Colombia la lista negra
funcionó a partir de junio de 1942 y perjudicó a varias compañías colombianas, pues
nadie podía comerciar con quienes figuraran en esa lista, que se revisaba mes a mes.
Estar incluido en ella significó una verdadera “excomunión económica”. Inicialmente
fueron incluidas seiscientas treinta personas, y poco a poco el número creció; por
ejemplo, en marzo de 1944 había 1.149 nombres. Formalmente la lista funcionó hasta
1946. En la inclusión o exclusión mediaron varios factores, especialmente intereses
económicos y diplomáticos, que la convirtieron en “una verdadera inquisición”. è
143
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
quien había emigrado a Colombia por la misma época que él y que
tenía importantes negocios en Bogotá –un almacén de máquinas de
escribir en la carrera séptima– y su esposa –una magnífica pianis-
ta, al decir de Friede–, durante: “la guerra lo molestaron mucho al
punto que resolvieron vender su negocio e ir a Estados Unidos. Y
en Estados Unidos, en Nueva York hizo lo mismo, es decir empezó
un negocio y allá se quebró en seis meses” (Arocha y Friedemann,
1980: 24-25). Según parece, después de la guerra Mendel regresó a
Colombia y tuvo mucho que ver con la fundación de la firma fono-
gráfica Daro. Además, el matrimonio Mendel, al igual que Friede,
fue un importante promotor de manifestaciones culturales llamadas
cultas, pues Mendel, junto con otro emigrante, Ismael Arensburg90,
fundó una sociedad de música que trajo por años a Colombia a
violinistas y músicos famosos.
De las causas que llevaron a Friede a trasladarse a San Agustín
se sabe muy poco, pues según Ricardo Friede el desplazamiento allá
fue intempestivo: “yo no sé por qué nos fuimos para allá; un buen
día dijo nos vamos para San Agustín y al otro día nos montamos en
el tren y después en la chiva y a San Agustín llegamos. Él ya había
estado allá” (ERF). Consideramos que además de la persecución
contra los alemanes el problema que surgió con motivo del tercer
Salón de Artistas entre Carlos Correa y la conservadora sociedad
capitalina debió decidirlo a establecerse en San Agustín.
En el Huila don Juan Friede tenía como conocido a Santiago
Muñoz Piedrahita, quien se había ido: “recién graduado para el
Huila como secretario de Educación. Friede, que era un hombre
muy inquieto, estaba interesado en San Agustín, entonces me pidió
el favor que le comprara un terreno allí, cosa que hice y le adquirí
è En general, los bienes de los alemanes incluidos en la lista negra pasaron a la admi-
nistración fiduciaria del gobierno colombiano mediante el Fondo de Estabilización
del Banco de la República, que durante cinco años administró dos mil quinientas
propiedades de alemanes. El implicado era remitido al campo de confinamiento de
Fusagasugá.
90 Ismael Arensburg (1912-2007) llegó a Colombia procedente de Argentina en 1940 con
el fin de establecer los Laboratorios Sudamericanos, que producían detergentes en
polvo, el más conocido de los cuales fue Puloil, y productos de tocador, como el fijador
de cabello Lechuga. Arensburg no sólo estaba interesado en los negocios, también lo
estaba en el arte, en la música. Por intermedio de un amigo conoció a la declamadora
argentina Berta Singerman, quien le ayudó a lograr la representación para Colombia
de la Sociedad Musical Daniel, que lideraba Ernesto de Quesada en España. Con ese
aval Arensburg empezó su aventura de traer al país importantes figuras de la música,
especialmente clásica. El primer artista que trajo fue el violinista Yehudi Menuhin, y
desde esa época hasta 2005 contrató una variada lista de grandes intérpretes de los
más diversos lugares del mundo. El Tiempo, domingo 3 de julio de 2005.
144
Primera parte w Juan Friede, comerciante
[en 1942] una propiedad en San José de Isnos” (ESMP). La finca que
compró Friede era un predio que pertenecía a Rafael Moreno, hijo
de una expendedora de grano en San Agustín, quien compró en los
años 1930: “hacienda en Isnos, que estaba selvático y era muy barato,
entonces compró terrenos en donde está el alto de los Ídolos, hizo
allí su finquita” (ECRR, septiembre de 1989).
De la llegada de don Juan a San Agustín en 1942 y de su estable-
cimiento en esa población sabemos que:
Él se hospedó primero en la casa de don Rodolfo Pino y de su esposa,
(...) fue a inspeccionar y a ver cómo conseguía habitación y cómo
vivía y a conocer la región y hacer amigos. Después ocupó la casa
de don Tiberio López, allí residía con su esposa doña Alicia (...).
Ella era joven, cuando yo la conocí ella era joven, había diferencia
de edad (...) y recuerdo ese detalle y tenían un hijo [Ricardo], de
niño le tenían su alcoba especial para él, de tal manera que él dor-
mía separado de sus padres y muy pequeño le tenían su cajita de
fósforos, su vela y que se bañara solo y el padre era muy rígido con
él, sumamente rígido (ECRR).
Una vez establecido en San Agustín en 1942, don Juan comenzó
a preparar su traslado a la propiedad en San José de Isnos; mientras
construía: “la casita en donde hoy es la administración, una casita
muy hermosa de madera y estilo europeo” (ECRR), viajaba todos los
días de San Agustín a Isnos.
3.
Pero resulta que Friede no se contentó con vivir en San Agustín,
tener su propiedad en Isnos y dedicarse, como veremos un poco más
adelante, al comercio de ganado y a la investigación. En efecto, se
empeñó en que el gobierno conociera y valorara los vestigios arqueo-
lógicos de la región. En consecuencia, le cursó una invitación a sus
amigos Fernando González, Pedro Nel Gómez y Carlos Correa, viaje
que planearon en 1941 y en el que Friede insistió mucho: “Espero que
también, ojalá por el próximo correo, su contestación sobre nuestro
proyectado viaje a San Agustín, me sea enviada, para mi orientación”
(AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 28 de noviembre de 1941).
Ocho días después, el 6 de diciembre, don Juan le hizo una pro-
puesta a Pedro Nel Gómez y a Fernando González consistente en:
Junto con Carlos Correa salgo el 14 del presente que es un domingo,
para Medellín vía Manizales. Espero llegar a Medellín el lunes y
145
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
toda la semana hasta el 18 (sic), que es sábado, haremos fotografías,
películas, etc., etc.; el 19, que es el domingo, saldremos con Ud.,
Fernando González y Carlos vía Pereira-Armenia-Ibagué a Chicoral,
que es una pequeña aldea, entre Ibagué y Girardot, donde hay un
buen hotelito, cerca de un bello río Coello, con magníficos charcos
para bañarse y hasta baños termales radioactivos. Veinte minutos en
automóvil de allí hay una piscina (Buenos Aires) y en media hora
llega uno a Girardot también con piscina, etc. En este hotelito –que
se halla fuera de la población– es un bellísimo sitio, que domina todo
el valle del Coello, está mi mujer veraneando, así que los invito para
pasar la Nochebuena allí. Les prometo, que pasaremos sumamente
agradable allí, porque Chicoral es un pequeño paraíso. El 26 saldre-
mos a Espinal (sólo 12 km de Chicoral) en tren para Neiva y de allí
en automóvil para San Agustín. Podremos quedarnos una semana
en San Agustín y alrededores y volver a Chicoral a principios de
enero. De allí los invito para Bogotá, pero si no podrían Uds. ir los
llevaré a Ibagué.
Quiero que muestre las fotografías de San Agustín a Fernando Gon-
zález y lo convenza, que debe conocerlo. Nos tomaremos todo el
tiempo necesario para conocer todo bien, sin afanes, así que serán
verdaderas vacaciones para Fernando González y Ud. Quisiera que
Ud. y Fernando González acepten este itinerario, como si fuese una
misión de Gobierno, es decir que digan un simple sí. Estoy seguro que
no se arrepienten. Eso sí, la invitación es mía (...). Espero su telegrama
“aceptado” (AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 6 de diciembre de 1941).
Ante tan generoso ofrecimiento el pintor y el escritor aceptaron, y
el viaje se cumplió tal como Friede lo había planeado. Para esa época:
“el interés de Pedro Nel estaba puesto en el pueblo que produjo las
estatuas; y no le faltaba razón, ya que el pueblo es una estatuaria
viviente, a través de los siglos” (Correa, 1998: 29). El escultor opinó
lo siguiente sobre ese pueblo:
Los agustinianos hallaron profundas leyes de la materia formal en
presencia de nuestra poderosa luz (medida fotométrica, en Colombia,
1:18, relaciones entre la sombra y la luz, en Europa, 1:4 y media). Por
eso los grandes planos, el sentido de síntesis; y oiga: estamos ligando
la vida actual, nuestro campo creativo, con la obra de los abuelos en
el nudo andino. Todavía perdura aquí el espíritu mítico (…).
El subconsciente del hombre es femenino, y el de la mujer es mas-
culino.
¿Cómo te explicas tú la grandeza del arte de los agustinianos? Pues
porque en ellos trabajaba el subconsciente. Así, cuando esculpían
la pelea del búho con la serpiente, no les interesaba, en absoluto, la
escena naturalista, sino la que ellos tenían forjada en su espíritu sub-
consciente (Correa, 1998: 30, y conversación 1, octubre de 1955).
146
Primera parte w Juan Friede, comerciante
El periplo fue verdaderamente importante para todos los partici-
pantes, y don Juan quiso sacar de él el mayor provecho posible, no
sólo por la película filmada en 16 mm, titulada San Agustín 1942,
sino por lo que pudiera producir intelectual y artísticamente en sus
compañeros de viaje. Es así como después de la excursión le escribió
al pensador antioqueño Fernando González: “Todos esperamos el
gran libro –aunque sea en formato pequeño– sobre las impresiones
de su viaje al centro de la cultura americana” (AJF, carta a Fernando
González, 7 de marzo de 1942).
Por los días en que Friede y sus amigos viajaron a San Agustín,
en enero de 1942, se encontraban en ese lugar algunos miembros del
Instituto Etnológico Nacional y del Servicio Arqueológico: Gregorio
Hernández de Alba, Edith Jiménez y Blanca Ochoa, entre otros. Don
Juan aprovechó ese momento y filmó un segundo documental sobre
San Agustín. La película que resultó de esa excursión es un curioso
testimonio en el cual se muestra y se denuncia la situación en la
que se encontraban los sitios arqueológicos de San Agustín y San
José de Isnos. Prácticamente es un filme artesanal: “La película de
San Agustín ya llegó y la estoy arreglando [editando]” (AJF, carta a
Pedro Nel Gómez, 7 de marzo de 1942).
Fue una película de 52 minutos, hecha casi con las uñas, pues como
Europa y Estados Unidos se encontraban en plena guerra mundial
era muy difícil conseguir los rollos; además, aun cuando Friede había
hecho cine casero en 8 mm, no tenía mucha idea de hacerlo en 16 mm;
por ejemplo, no existe una ficha técnica y ni siquiera tiene un título
original. Sin embargo, pese a que hay pedazos que están en blanco
y negro y otros en color, subtitulada, etcétera, durante el tiempo que
dura la mencionada cinta Friede logra mostrar el estado de abandono
en que se encontraban las estatuas y los monumentos.
Don Juan, al igual que se proclamaba “pedronelista”, se hacía
llamar “agustinista”. Es así como le escribió a Germán Arciniegas,
ministro de Educación:
Creo que, después de haber leído mis observaciones, comprenderá por
qué soy “pedronelista”, como ud. dice, lo mismo que podría llamarme
“agustinista”. Mi aprecio por la cultura de San Agustín no procede de
una veneración por los milenios que nos separan de esta cultura, sino
de ella misma, del espíritu americano que ella representa y de lo que
ella pueda significar para el desarrollo de la cultura colombiana (AJF,
carta a Germán Arciniegas, 22 de junio de 1942).
Esa pasión por la cultura agustiniana le llevó a plantearle al escritor
Fernando González que:
147
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
Su carta recibida, fue un vivo recuerdo del magnífico viaje que tuve
la suerte de hacer con Uds. a los dioses de Isnos. Vamos a tratar de
olvidarnos de santos agustinos u otros y vamos a tratar de introducir
este nombre que me parece mucho más adecuado para enseñar esta
cultura (AJF, carta a Fernando González, 7 de marzo de 1942. Resal-
tado nuestro).
González quedó muy impresionado con San Agustín:
En la plaza principal se levanta el monumento a Bolívar: un modesto
busto del héroe sobre un pedestal formado por tres dioses americanos
esculpidos en piedra 1.500 años atrás. Para Fernando González, éste
es el más grandioso de los monumentos que el mundo ha levantado
en una estatuaria viviente, a través de los siglos (Correa, 1998: 29).
Pero conociendo la desidia de los colombianos por su patrimonio
cultural, que Friede trató de preservar, González lanzó la siguiente
frase: “era mejor enterrar esas estatuas en espera de otra generación
que sí se diera cuenta del valor de ellas” (Correa, 1998: 49. Conver-
sación 4, septiembre de 1956).
Por su parte, Pedro Nel Gómez escribió lo siguiente:
Tal vez las mayores dotes artísticas, la capacidad popular de creación
de nuestro pueblo se encuentra en la escultura. Crestas esbeltas
cortan todos nuestros horizontes, picachos colosales de granito ro-
dean las ciudades colombianas, llaman a la talla en piedra, la “talla
luminosa del trópico” donde la intensísima luz extiende, simplifica,
curva en contrastes violentos de sombras, los planos escultóricos.
Durante cierta noche tenebrosa, subí al sitio llamado Mesitas, ver-
dadera acrópolis americana: el viento azotaba con furia y las aves
emitían lúgubres acentos. Todo el misterio, la fuerza toda de los
elementos primitivos, formaban el ambiente a los dioses de piedra.
Y pude comprender por qué el sol, a la luz de los relámpagos, me
miraba con sus gigantescos ojos, y me horroricé ante la titánica lu-
cha del búho y la serpiente (…). Sigue en “lo interior” el real nexo
tan claramente visible en lo físico, entre la escultura de todos los
tiempos y “la presencia vecinal” del mármol, las areniscas, los gra-
nitos. Al pasear entre los bosques se presienten planos vivientes.
El cuerpo, el desnudo, se agita en la piedra antes de golpearla (…). El
colosal nido andino, nuestra gloriosa zona arqueológica, quedó por
siempre planteado, para Colombia y para la América tropical, todo
el fondo de nuestra escultura. ¿Por qué no lo hemos entendido así?
(Correa, 1998: 29-30).
148
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Otras opiniones del pintor y muralista fueron:
Nos dejaron [los escultores de San Agustín] una escultura telúrica
[los hombres de ojos en espiral]. Una escultura mítica colosal [gue-
rreros]. Una escultura de conjunto [las maternidades]. Una escultura
social [los jefes]. La escultura aplicada [el glorioso Lavapatas], y por
último la escultura animal [el ratón de tres metros] (Ibídem: 30).
Coincidió con González en que: “los indios sabían muy bien que
una gran cultura hay que protegerla de todos los invasores, y por eso
enterraron sus tesoros a la llegada de los españoles” (Correa, 1998:
48. Conversación 4, septiembre de 1956).
4.
Sólo después del viaje de diciembre de 1941-enero de 1942 don
Juan adquirió la propiedad de Isnos. Pedro Nel Gómez le escribió
al respecto:
Lo felicito por la gran adquisición hecha en San Agustín, pueda ser
que al fin traten con su entusiasmo y con su presencia en esa región,
de hacer de esa joya arqueológica lo que realmente debe ser: el primer
y más grandioso monumento prehistórico en Sur América. Puede
ser que al fin veamos ese extraordinario monumento ocupando el
puesto que debe ocupar en la historia universal del arte, y que las
generaciones modernas colombianas se den cuenta de las raíces
profundas que necesariamente necesitará un arte que pueda llamarse
americano (AJF, carta de Pedro Nel Gómez, 12 de octubre de 1942).
Los viajeros que don Juan Friede llevó a San Agustín le sirvieron
para afinar mucho más su interés por divulgar el estado de abandono
en que se encontraba uno de los principales nichos arqueológicos del
país. No perdió oportunidad para dar a conocer diferentes sucesos
que casi a diario sucedían allí. En septiembre de 1942 estuvo en San
Agustín en compañía del pintor ecuatoriano Eduardo Kingman y del
escritor Jorge Guerrero. A su llegada, y fiel a su principio de proteger
y salvaguardar “el tesoro artístico más grande de Colombia”, como
solía llamar a San Agustín, le comunicó a Gregorio Hernández de
Alba, jefe del Servicio Arqueológico, que las estatuas que en ese
entonces estaban ubicadas en la plaza del pueblo habían servido
como apoyo para amontonar piedra destinada a la pavimentación;
sin embargo, lo más grave era que:
149
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
En la frente de una de las más preciosas estatuas del Parque Ar-
queológico –la estatua de la calavera colgada–, fue grabada con
una navaja o buril, medio centímetro de hondo, más o menos, la
palabra “Mejoral”. Las dos fotografías adjuntas demuestran este
acto de salvajismo (AJF, carta a Gregorio Hernández de Alba, 20 de
septiembre de 1942).
No contento con denunciar los atropellos que se cometían contra
el patrimonio arqueológico del país, sugirió que:
Se aplique en este caso con todo rigor y como castigo ejemplar la
sanción que está prevista para estos casos, a la casa fabricante de
“Mejoral”, la Sydney Ross Co. de Barranquilla, pues está compro-
bada completamente la reciente gira comercial de los agentes de
esta casa con su camioneta a San Agustín. Creo también ser el caso
de estudiar, si la nación dueña de estas estatuas, debe o no cobrar
una crecida indemnización por un daño y prejuicio ocasionado al
patrimonio nacional, ya que las estatuas de San Agustín formarán
sin duda la base del futuro turismo internacional de Colombia (AJF,
carta a Gregorio Hernández de Alba, 20 de septiembre de 1942).
Entre los invitados por Friede a San Agustín encontramos al
líder indígena Manuel Quintín Lame, que tenía preparado su viaje:
“a conocer los fetiches y trabajos de los antiguos indígenas” (AJF,
carta de Manuel Quintín Lame a Juan Friede, 15 de enero de 1945)
para el mes de enero de 1945, pero debido al nacimiento de su hija
Mari Flor y a la dieta rigurosa de su esposa Saturia debió aplazar su
periplo para el mes de junio de ese mismo año. Según parece, el viaje
fue importante en la vida del caudillo, pues además de bautizar en
San Agustín a su hija recién nacida, ceremonia en la que actuaron
como padrinos don Juan y su esposa, quedó impresionado con el
lugar, al punto que le comunicó a su compadre que:
Mis pensamientos es volver a San Agustín y hacer una escabación
fuera del kilometro 0 kilometros que son pertenecientes al gobierno
nacional, municipal y departamental, ir acompañado de un guaque-
ro, si dios me dá la vida, también llevarle los 22 pesos que le debo a
mi respetado y bondadoso compadre y también conseguir un frijol
y un maíz (AJF, carta de Manuel Quintín Lame, 5 de septiembre de
1945).
La idea de guaquear siguió rondando a Lame, pues unos meses
después, el 18 de enero de 1946, le escribió a Friede que: “me convi-
daban unos señores a ejecutar la guaquería fuera del área que tiene
tomada el Gobierno Nal., en San Agustín, pero como no estaba mi
150
Primera parte w Juan Friede, comerciante
compadre no pudimos hacer ningún trato” (AJF, carta de Manuel
Quintín Lame, 18 de enero de 1946). No es pues raro pensar que la
colección de objetos arqueológicos de San Agustín que don Juan
Friede logró hacer haya sido conseguida de manera non sancta, y
que con frecuencia se hubiera dedicado a la guaquería o que por lo
menos la hubiera patrocinado.
Luego del rodaje de la película, las invitaciones y la labor divul-
gativa continuaron:
Venía aquí a Bogotá e invitaba a muchos personajes a San Agus-
tín, allá invitó a don Gustavo Santos [por ese entonces director de
Extensión Cultural del Ministerio de Educación] (...) pues él [Juan
Friede] quería compartir un poco de ese goce estético y tratar de
divulgar mucho la importancia de la cultura de San Agustín y
tratar de vincular, incluso, a gentes a esa zona. Como por ejemplo
el interés, aquí en Bogotá, de muchos intelectuales y artistas por
vincularse al barrio La Candelaria. Ese fue un movimiento que
hizo Juan Friede con San Agustín. Inclusive hubo gentes como
Blanca Ochoa, Edith Jiménez, Antonio García, Luis Duque Gómez
a los que nos dieron unos lotes en el municipio, en buena parte
por gestiones de Juan Friede y por la gente de allá que quería que
nos vinculáramos. Nos regalaron esos lotes si hacíamos unas casas,
lógicamente que ninguno hizo ninguna casa y nos quitaron los lotes
(EDG, octubre de 1989).
La quijotada en que se empeñó Juan Friede para dar a conocer a
San Agustín a los colombianos no tuvo mayores resultados. Es así
como él mismo escribió que:
El arte heroico precolombino impresionó profundamente a mis
acompañantes, que por primera vez se enfrentaban a él. Del primer
impulso de pintar o dibujar estos movimientos desistieron pronto los
pintores (...). Recuerdo que Carlos Correa trató de captar algunas de
las esculturas que más llamaron su atención, pero desistió pronto
de su propósito: Dejemos en paz estas esculturas –me decía– pues
todo lo que se haga con ellas son parodias (Friede, 1945: 43).
Sin embargo, luego del alejamiento de Friede de San Agustín
personalidades del mundo intelectual y político siguieron visitando
tan importante nicho arqueológico. Es así como, en enero de 1949,
el entonces ministro de Educación, el médico antioqueño Luis
López de Mesa, hizo un viaje de vacaciones al Huila, permaneció
en Neiva tres días y declaró en su discurso: “No estamos en capa-
cidad de ser productores de una cultura (…) pero podemos aspirar
151
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
a gerenciarla”91. A su regreso de San Agustín, el corresponsal de la
revista Semana en Neiva lo interrogó sobre cuestiones de carácter
sociológico:
¿Cuáles son, profesor, en su concepto, los problemas vitales del
Huila? [A lo que respondió López de Mesa] 1. La escasez de agua;
2. La conservación del parque arqueológico de San Agustín; 3.
La creencia de los propios huilenses, de que sus hombres no son
suficientemente capaces como para desarrollar en escala nacional;
4. Además, las gentes del Huila necesitan aumentar su talla, por lo
menos 10 centímetros. Se han quedado demasiado pequeños92.
5.
Juan Friede se vinculó a San Agustín en 1942, junto con su compa-
ñera Alicia Muñoz y su hijo Ricardo. Ese año nació el segundo de
sus hijos colombianos, Jaime, y en 1944 el tercero, Juan. Al igual que
en los tiempos de Manizales, con frecuencia viajaba a Bogotá.
En febrero de 1943 su antiguo protegido, Carlos Correa, decidió
instalarse por espacio de siete meses en San Agustín, para pintar y
preparar una exposición individual. Correa tomó tal resolución pues
con los mil pesos obtenidos por el premio del primer puesto en el
tercer Salón de Artistas Nacionales pudo financiarse esa estadía, la
que le sirvió para calmar los ánimos que había desatado el escándalo
de La Anunciación. Luego de una breve parada en Manizales y Chin-
chiná, escribió lo siguiente a don Juan: “Pronto estaré al servicio de
los “dioses”, pues al efecto pienso salir el 13 de los corrientes para
San Agustín, así es que le pido el favor de comunicarme, si es el
caso, el nombre del hotel y la señora donde iré a hospedarme, etc.,
etc.” (AJF, carta de Carlos Correa, 2 de marzo de 1943).
Carlos Correa permaneció en San Agustín entre marzo y octubre
de 1943, preparando su exposición. El pintor declinó la invitación de
don Juan para que visitaran las fuentes del río Magdalena, ya que:
Por una parte estoy sin dineros y por otra mi exposición está encima
y no puedo dedicar una semana entera a otras actividades diferentes
a la pintura. Le contaré que me cambié de residencia, pues los cinco
niños del alcalde, me estaban enloqueciendo. Vivo en una casa muy
buena de don Rodolfo Pino. Actualmente estoy pintando Las tres
91 “Luis López de Mesa viaja a San Agustín”. Semana, 15 de enero de 1949: 31.
92 Ibídem: 9-10.
152
Primera parte w Juan Friede, comerciante
cordilleras andinas y como de costumbre “con éxito” (AJF, carta de
Carlos Correa, 6 de septiembre de 1943).
Friede valoró así la estadía de Correa en San Agustín:
La compenetración con los valores plásticos que emanan las escultu-
ras y con la fuerza expresiva que de ellas irradiaba y, al mismo tiem-
po, la absorción de la luz brillante de aquellos lugares, que contrasta
con la lúgubre atmósfera de la sabana y que aclaró y enriqueció su
paleta, produjeron cambios importantes en la obra futura de Carlos
Correa. Le hicieron dudar de la validez de su misticismo (...) de
su españolismo, bajo la influencia del heroico arte precolombino,
nacen sus composiciones en acuarelas para frescos murales (...). Y
así, bajo la influencia de la cultura de un pueblo terrígeno, aunque
primitivo, se afianza un nuevo simbolismo, que suplanta la mística
(...) el pujante estilo americano (...) se despierta otra vez (...) su pa-
sión lo ciega otra vez. La iluminación es fuerte, los colores crudos, la
composición falta a veces; hay recargo de figuras en algunas y algo
barroco y detallistas nos parecen otros (Friede, 1945: 45-46).
La estadía del pintor en San Agustín y la posible influencia que
el contacto con el arte monumental precolombino haya podido
tener en su obra ha sido analizada y valorada de formas diferentes.
El historiador y crítico Germán Rubiano Caballero (1977, 1980) co-
incide con los conceptos expresados por Friede en su trabajo sobre
Carlos Correa. Por su parte, el también crítico e historiador Eduardo
Serrano se limita a decir: “Correa ha trabajado diversos temas, entre
ellos el prehispánico inspirado especialmente en la estatuaria de San
Agustín” (Serrano, 1989: 157). No obstante, personas que vivieron
ese periodo tienen su propia versión del asunto:
Juan Friede se llevó, en su deseo de impregnar más a Carlos Correa,
que trabajaba mucho antes con vitrales y con cosas y con monjas y
con ciertos coloridos, se lo llevó para San Agustín y lo tuvo allí como
dos o tres veces a ver si lograba que Carlos Correa se impregnara de
ese lenguaje mágico-religioso de las estatuas ubicado dentro de una
naturaleza realmente espléndida. Allá [en San Agustín] me encontré
con Carlos Correa y con Juan Friede, no logró mucho, porque Carlos
Correa hizo dos o tres cosas tomando como fondo la estatuaria, pero
no muy bien logrado, muy artificial, poco espontánea, más bien
forzado y en realidad no insistió más en eso93.
93 Entrevista con Luis Duque Gómez. En 1951, en un articulo para Semana titulado “Un cien-
tífico ve a los artistas”, Duque abordó el asunto de la siguiente forma: “(…) es aventurada
la imitación simplista del mensaje del arte representativo de algunas agrupaciones è
153
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
6.
Pero don Juan Friede no fue solamente benefactor de Carlos Correa
en San Agustín. Luis Duque Gómez recibió su colaboración, pues,
entre 1943 y 1944, cuando fue nombrado director del Servicio de
Arqueología, estaba adelantando investigaciones y excavaciones allí,
con la colaboración de Alberto Ceballos y Luis Alfonso Sánchez.
Veamos cómo narró el mismo Duque la cuestión:
Entonces Juan Friede interesado en la cosa arqueológica, viviendo en
San Agustín, tratando que la cultura de San Agustín se aprovechara
como motivo de inspiración para artistas jóvenes (...). Entre 1943 y
1944 yo estaba haciendo mis primeras exploraciones allá y yo iba
con frecuencia allá, al alto de los Ídolos, y además ante esa penuria
tan grande que era manejar los fondos oficiales en esa época pues
yo tenía un presupuesto de 700 pesos en el año para excavaciones
en San Agustín y a veces esos giros pues se demoraban y entonces
a veces llegaba Juan Friede y me encontraba a mí en esas angustias,
pues no había llegado el giro del Ministerio [de Educación] para pagar
inclusive los empleados en el parque y los obreros, a pesar de que en
esa época yo pagaba un buen jornal a nombre del Ministerio, ochenta
centavos diarios, entonces venía de pronto Juan y muy amablemente
me prestaba mientras que llegaba el giro del Ministerio (EDG).
La cooperación entre Duque y Friede tuvo varias facetas, como
por ejemplo la de mensajero de material arqueológico de valor eco-
nómico importante. Es así como el 31 de octubre de 1944, cuando ya
Duque Gómez era director del Servicio de Arqueología en reemplazo
de Gregorio Hernández de Alba, Alberto Ceballos le entregó a don
Juan, en San Agustín, una lista de elementos para entregar a Luis
Duque en Bogotá94.
è indígenas colombianas, como el de San Agustín, por ejemplo, pues tal imitación no
tiene significado alguno en una realidad cultural en la cual la hazaña de los peninsula-
res rompió y desvertebró la estructura social artística y religiosa del mundo primitivo,
estableciendo así entre éste y los colombianos de hoy una solución de continuidad en el
desarrollo histórico, lo que hace inexpresivas muchas formas exóticas de la recreación
estético-religiosa de nuestros indios. Por lo tanto, a nuestro modo de ver, cierto aspecto
de primitivismo que a veces se advierte entre algunos pintores y escultores modernistas,
no constituye la elaboración ni el aprovechamiento de motivos propios, terrígenos, sino
el reflujo de movimientos foráneos que podrían ser explicables y comprensibles en otras
latitudes”. Semana (238), 12 de mayo de 1951: 14.
94 El encargo consistió en: “1 cuentecita de oro laminado; 1 laminita de oro; 1 zarcillo
de alambre, con cuenta de cacho; una laminita de oro con una perforación; un collar
de cuentecitas de oro laminado y cuentas de canutillo, son en total setenta (70); 2
corazoncitos con sus dos argollitas; 1 zarcillo de alambre, dos cuentas laminadas, è
154
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Así mismo, y como hemos visto en algunos de los apartes de este
capítulo, Juan Friede trató de promover y de despertar el interés de los
colombianos por San Agustín. En parte, a él se debe el rescate de
muchos sitios arqueológicos y el inicio de la preservación y conser-
vación por parte del Estado colombiano de los, hasta ese momento
(1944), olvidados lugares.
Además de ser el otro gran actor de tal cosa, Luis Duque Gómez,
principal testigo de excepción de esa actitud asumida por Juan
Friede, nos dio el siguiente testimonio:
Hacia la mitad del año 1944 me llamaron a mí como director del
Servicio Arqueológico en reemplazo de Gregorio Hernández de
Alba, que había renunciado. Entonces le dije: “Mi querido amigo
Juan, todo lo que tú me has aconsejado, que hay que defender las
estatuas que están en propiedad privada”. Él no se imaginó que yo
le fuera a disparar lo que a continuación le dije: “Yo necesito que tú
me cedas unos pequeños lotes alrededor de cada estatua en el alto
de los Ídolos”. Él se sorprendió. Yo le dije, “Pues yo lo que estoy
haciendo es atendiendo tus insinuaciones, que tú alguna vez me
hiciste, para que le dijera a las gentes de San Agustín que tenían
fincas que cedieran algunos lotecitos donde había estatuas, para
cercarlos y comenzar así la preservación de la estatuaria que estaba
en predios particulares”. Le tocó, yo le saqué seis lotes en el alto de
los Ídolos cedida justamente por Juan Friede.
No sé qué tan espontánea o qué tan forzada fue la donación, muy
posible que hubiera sido un poquito de presión, pero en medio de
todo pues fue un gesto de él.
Entonces dijo: “Con mucho gusto”. Fueron como seis o siete lotes que
por ahí deben estar las escrituras. Inclusive porque fueron cedidos
al Instituto Etnológico (EDG).
Sobre dicha donación Friede escribió desde San Agustín al mi-
nistro de Educación, Antonio Rocha, el 25 de agosto de 1944:
Al firmar en la fecha el documento por medio del cual hago dona-
ción de los sitios que, en terrenos de mi propiedad, ocupan algunos
è sueltas; 1 laminita alargada, de 1,4 cm de long, cortada por el centro; 1 bolita maciza
de oro, de 0,5 cm de D.; 2 cuentas grandes en forma de canutillo, de otro material;
una cuenta mediana, del mismo material de los dos anteriores; 2 cuentas en forma
de canutillo, de un material distinto, de color verdusco; 2 zarcillos de oro laminado,
de 1,9 cm de D. (uno en dos pedazos); 1 nariguera de oro laminado, de 2,5 cm de D.;
una nariguera de oro laminado, de 3,8 cm. de D., con un disco plano pendiente, de 1,6
cm. de D.; 1 zarcillo de alambre con cuenta de cacho en perfecto estado; un collar de
once (11) cuentas de oro y una de otro material” (AJF. Lista de los objetos entregados
al Sr. Juan Friede, para llevarlos al Servicio Arqueológico en Bogotá. 31 de octubre
de 1944).
155
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
monumentos arqueológicos, sólo he cumplido con el propósito que
tuve desde el momento mismo en que adquirí la propiedad del alto
de los Ídolos y el Cabuyal.
Si no lo hice antes, ello se debió a que pude observar cómo los de-
más monumentos, todos de tan inmenso valor tanto artístico como
histórico, se encontraban en lamentable abandono. Consideré, quizás
con justa razón, que bajo mi cuidado estaban más a salvo que las
preciosas estatuas del Parque Arqueológico.
Después de observar como durante meses, y con una abnegación
ejemplar, la Comisión Arqueológica que presidía el señor Lic. Luis
Duque Gómez, no obstante las dificultades tanto económicas como de
medio, trabajaba en la investigación de la cultura agustiniana, y apre-
ciando con que amor y consagración esta Comisión hacía esfuerzos
por conservar lo que hasta ahora se conoce, llegué a la conclusión de
que el Gobierno Nacional había llegado al pleno convencimiento del
enorme valor que tanto para la prehistoria colombiana como para
el arte nacional y para el turismo, representa esta maravillosa cultura
precolombina; y todo ello me incitó a tomar la determinación de ceder
a la nación los terrenos expresados, en la firme confianza de que el
interés demostrado en los últimos meses no decaerá en el futuro (AJF,
carta al ministro de Educación, 25 de agosto de 1944).
El 20 de octubre el ministro Rocha le contestó que gracias a esa
cesión de terrenos quedaba:
Garantizada la posibilidad de hacer trabajos de excavación y colo-
cación de las estatuas y demás obras indígenas por la sección de
arqueología de este Ministerio. El gobierno manifiesta a usted su
agradecimiento de este noble gesto de altruismo y desprendimiento
que revela un espíritu culto y comprensivo y que ojalá fuera imitado
por las demás personas en cuyos terrenos existe esta clase de riqueza
histórica y científica (AJF, carta del ministro Antonio Rocha, 20 de
octubre de 1944).
7.
Al igual que en Manizales, Juan Friede llamó la atención de los
habitantes de San Agustín, pues las evidentes inclinaciones a la
investigación histórica, a la arqueología y a la antropología fueron
centro de las miradas y las inquietudes de los agustinianos:
Que situó su casa allí para investigar. Seguramente con uno o dos
peones, pero las gentes acudían mucho a él, y posiblemente para darle
datos, porque ya sabían que él investigaba y creo que relacionado con
la arqueología también, seguramente que él consiguió piecitas arqueo-
lógicas, que no trascendió al público, pero sí, él debió conseguirlas.
156
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Es posible que hiciera excavaciones. De seguro que allá en el alto de
los Ídolos debió de hacer, pero le dio bases para que después el go-
bierno le diera importancia a la zona del alto de los Ídolos (ECRR).
Antes de seguir adelante con Juan Friede como elemento de
atención pública, es importante aclarar que don Juan sí hizo exca-
vaciones en el alto de los Ídolos, cuyo posible rigor científico estaría
en discusión. Ricardo Friede nos contó al respecto: “Mi papá hacía
excavaciones arqueológicas. Esas las hizo independientemente y
también con Luis Duque Gómez que vivía en el parque arqueológico
de San Agustín” (ERF).
En realidad, durante los cinco años (1941-1946) que estuvo vincula-
do a San Agustín, Friede logró hacerse a una colección bastante notable
de objetos arqueológicos y etnográficos. La primera constaba de:
Representaciones en piedra y cerámica que iba adquiriendo durante
varios años de las gentes de la región para que no fueran vendidas a
particulares y, eventualmente, exportadas al exterior, ya que quedándo-
se en el país y, preferentemente, en el lugar y ambiente en que fueran
encontradas, facilitarían el estudio de la importante zona arqueológica
(AJF, carta a Álvaro Soto Holguín, 6 de agosto de 1973).
Por medio de una misiva de Tiberio López Muñoz95 a Juan Frie-
de, del 7 de febrero de 1942, nos enteramos de la forma como fue
coleccionando objetos cerámicos:
También han sacado muchas vasijas; hay unas de estilo tan primitivo
que se han adelgazado con el correr de los siglos y hoy parecen hojas
de papel, hay una que tiene motivos y el conjunto es una rana que se
le han quebrado las patas. Si le interesa una vasija, puedo enviársela
por Ribón dentro de una cajita de madera para que no se rompa (AJF,
carta de Tiberio López, 7 de febrero de 1942).
La segunda parte de la colección, la etnográfica, consistió en:
Objetos folclóricos que adquirí de los indios durante mis viajes
por la región del Putumayo y Caquetá (...) y que carecen de una
95 Oriundo de San Agustín, Tiberio López Muñoz se interesó desde joven por la in-
vestigación arqueológica y no perdió ocasión de relacionarse con cuanto científico
llegó a San Agustín. En 1946 publicó la obra Compilación de apuntes arqueológicos,
etnológicos, geográficos y estadísticos del municipio de San Agustín, la que amplió en
1982 con el nombre de Estudios arqueológicos, antropológicos, etnológicos y artísticos
de la cultura megalítica de San Agustín.
157
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
conexión o ésta es extremadamente leve con la cultura agustiniana,
si es que debemos llamarla así (AJF, carta a Álvaro Soto Holguín, 6
de agosto de 1973).
De todas formas, en San Agustín se tejieron muchas historias
sobre la consecución de la colección arqueológica y se le sindicó
de traficar con piezas. Es así como ante la solicitud de don Juan, de
finales de 1942, para que la antigua Dirección de Extensión Cultural
nombrara a Tiberio López como celador del parque arqueológico de
San Agustín, el director, Darío Achury Valenzuela, argumentó que el
etnólogo Gregorio Hernández de Alba, director del Servicio Arqueo-
lógico Nacional, se había: “opuesto a tal nombramiento, sosteniendo
que él, Tiberio López, ayudó a Walde-Waldegg a sacar unas estatuas”
(AJF, carta a Gregorio Hernández de Alba, 30 de enero de 1943), y se
presumía que el aspirante a guardián estaba confabulado con Friede
para atentar contra el patrimonio cultural del país. A esos rumores se
sumaron algunas acciones:
Me tiene confundido el hecho de que la búsqueda en mis maletas, de la
cual te he contado, fue originada, parece, por una insinuación desde
Bogotá, insinuación que se hizo al alcalde hace tiempos. Así, el alcal-
de es de opinión, que el amigo alemán, que está cuidando mi finca
está haciendo excavaciones, y como se trata de gente muy ignorante
en estos asuntos, que tratan de mostrar celos patrióticos a costa de
mortificaciones de otras personas, se está creando un ambiente muy
desagradable. Varios concejales, muy amigos y enemigos del alcalde,
quieren protestar ante gobernador (sic) por esta búsqueda en mis
maletas y me meten en el lío político, que me es completamente ajeno
(AJF, carta a Gregorio Hernández de Alba, 30 de enero de 1943).
No obstante, es importante aclarar lo referente a Tiberio López.
Este personaje fue un motor importante en el descubrimiento y la
protección de la riqueza arqueológica de San Agustín, pero es posible
que de buena fe haya cometido ciertos actos en contra del patrimonio.
Lo cierto es que en 1936: “Permaneció en San Agustín durante varios
meses, el alemán Hermann Walde-Waldegg, tomando moldes de las
estatuas, por comisión del Museo de Boston. Fue su colaborador Luis
Ignacio Millán” (Repizo, 1985: 20). Según el fragmento de la carta de
Friede a Hernández de Alba que hemos trascrito, parece que el “sacar”
estatuas era tomar moldes, pero sin comprometernos, pues sabemos
que la zona de San Agustín ha sido sistemáticamente saqueada, es
posible que los rumores y los chismes de carácter popular hubiesen
convertido los trabajos artísticos de Walde-Waldegg en guaqueo, y de
paso involucraron a don Tiberio.
158
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Ahora bien, según mencionamos páginas atrás, don Juan habitó
la casa de Tiberio López e hicieron muy buena amistad a partir del
interés, no desinteresado, de preservar el patrimonio arqueológico
de la región y el país. Entre ambos trataron que las autoridades na-
cionales y la intelectualidad colombiana conocieran la situación de
abandono en que se encontraban los monumentos de San Agustín.
Fueron, si se quiere así, cómplices, no sólo de recolectar piezas ar-
queológicas y ubicar lugares de interés, sino en la campaña de llamar
la atención sobre la riqueza arqueológica que allí reposaba:
Ojalá usted pudiera hablar con el ministro Arciniegas para intere-
sarlo a que visite la región; pudiera ser que como Arciniegas es un
intelectual, se interesara por esta tierra en donde apenas se principia
a descubrir los despojos de una raza que modela en piedra, toda su
historia (AJF, carta de Tiberio López, 7 de febrero de 1942).
Don Tiberio estaba atento a cualquier descubrimiento para avisarle
a don Juan. Así, por ejemplo, cinco días después de la inauguración
de la carretera Pitalito-San Agustín, el 2 de febrero de 1942, que
había sido terminada en mayo de 1941 y por la que frecuentemente
transitó don Juan entre 1941 y 1946, López le envió a Friede una carta
comunicándole que:
Mucho más adelante de El Jabón, en el paraje conocido como Río Negro,
cerca a Quinchana sacaron en la semana pasada dos estatuas bastante
perfectas, pero desgraciadamente la una ya quebrada por haberse
rodado, ya que la más alta tenía cincuenta y nueve centímetros por
treinta de ancho (...). Estas dos estatuas estuvieron botadas al acaso y
sería conveniente hacer una excavación en un montículo que hay cerca
al lugar en donde las encontraron, para saber si hay templo. Como ya
principiaron las grandes lluvias en este municipio, apenas haga buen
tiempo iré con el fin de hacer alguna excavación cuyos resultados le
avisaré minuciosamente. Si usted pudiera venir para la Semana Santa
aplazaría y lo esperaría para que hiciéramos juntos; lo que para mí sería
un gran placer (AJF, carta de Tiberio López, 7 de febrero de 1942).
Así mismo, en una carta enviada ocho días después, el 15 de
febrero de 1942, don Tiberio le contó a don Juan que:
Un amigo me ha invitado el domingo próximo a ver una excavación
en donde ya ha descubierto un lagarto y una rana muy bien detalla-
das y bastantes tiestos como también magníficas piedras de afilar
herramientas de metal. Ya tendré oportunidad de comunicarle lo
que haya de raro en ese lugar el cual es cercano a la población (AJF,
carta de Tiberio López, 15 de febrero de 1942).
159
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
El interés desmedido por la conservación de la estatuaria le
hizo cometer a don Tiberio arbitrariedades y “pecados” en materia
arqueológica:
Le adjunto a la presente la fotografía de las dos piedras que le ha-
blaba en mi carta anterior (...) como usted puede apreciar, la mejor
está rota y dado su tamaño, hay que tener mucha paciencia para
remendarla con cemento (AJF, carta de Tiberio López, 7 de febrero
de 1942. Subrayado nuestro).
Sin embargo, López se preocupó por profundizar en asuntos
relacionados con la arqueología, trató de conseguir la mayor biblio-
grafía posible y se relacionó con cuanto arqueólogo pudo, labor en
la que Friede le ayudó:
Si usted tiene alguna obra sobre los mayas o sobre los incas, le ruego
enviármela, pues créamelo que en estas latitudes, no hay más dis-
tracción que la lectura (...). El radio anuncia la llegada de un gran
arqueólogo europeo; ojalá y si usted se ve con él, me recomiende
para ver si logro oírle algunas deducciones (AJF, cartas del 7 y el 15
de febrero de 1942).
Otros hechos fueron haciendo de Juan Friede un elemento muy
sui géneris: ser extranjero ya atraía la atención de los lugareños, pero
además de foráneo sus actuaciones y su forma de vivir eran llama-
tivas. En San Agustín la figura de Juan Friede comenzó a ser centro
de atención desde la primera vez que habitó en el poblado, en 1942,
antes de establecerse definitivamente con su esposa. Ayudó mucho
a alimentar la fantasía popular de los aldeanos un hecho:
Cuando estuvo en la casa de don Rodolfo llegó una marquesa o du-
quesa rusa, no me acuerdo, fue preguntando hasta que llegó a San
Agustín. Inmediatamente se encontró con Juan Friede, no sé si se
conocerían o no pero la verdad es que se alojó allí [donde Rodolfo
Pino] y ella salía a hacer mercado con morrales y compraba víveres y
no tenía ningún recato en cargarse los morrales e irse para la casa, y no
usaba ningún muchacho para llevar sus cosas. Eso fue una sensación,
sobre todo para la gente, pues ya sabían que era duquesa o marquesa,
por supuesto que todo el mundo era a ayudarla pero ella no, ella co-
gía los víveres, los echaba al morral y se los llevaba cargados. Daba
lecciones, precisamente, de trabajo. Así debe ser (ECRR).
Ya establecido en San Agustín: “Lo llamaban judío-alemán, no
sé de dónde se supo eso, pero así lo llamaban. Y yo no lo llamaba
Juan Friede sino Juan Frías” (ECRR). Lo curioso para los habitantes de
160
Primera parte w Juan Friede, comerciante
San Agustín era que ese judío-alemán, comerciante e investigador,
al igual que la marquesa o duquesa, su compatriota, se amoldó al
ambiente pueblerino: “Él se compraba su sombrero de esos caucanos,
de lana, macizo, y su ruanita de lana y sus pantalones de pura lana.
De tal manera que se amoldaba a la moda de los habitantes de allí.
Le gustaba mucho dialogar con la gente” (ECRR).
Al trasladarse al alto de los Ídolos, a “Frielandia”, la alta figura
del “judío-alemán”, mechicolorado, de ojos claros, atrayente para
las mujeres, ataviado con ropas muy propias de la región en donde
habitaba, dedicado a múltiples actividades, que invitaba a perso-
nalidades de la vida nacional y con una vitalidad impresionante,
se hizo cada vez más mítica:
Era un hombre que ya estaba convertido en señor de San Agustín,
hacendado de San Agustín y trepado nada menos que allá en el alto
de los Ídolos entre las estatuas (...) y que bajaba en magníficas bestias
y con recuas de ganado y antes había aserrado árboles y construido
una casa (EDG).
Y que, inclusive, alguna vez llevó Holstein para meterlo en el páramo
de Las Papas, no sé en qué pararía eso. Llevó, creo, que diez vacas
y un toro (ERF).
Pero como Friede vivía en un país que desde esos años tenía
fuertes compromisos con Estados Unidos, que con la Segunda
Guerra Mundial aumentaron y llevaron a cierta paranoia, la cual
se transmitió a los distintos sectores de la vida nacional, en San
Agustín tuvo dificultades:
Sobre Juan hubo algunas sospechas en el año 1941-1942, con la guerra
europea. Decían que él allá, en el alto de los Ídolos, tenía transmisores
y toda esa monserga de la época de los espías nazis, comunistas o no
sé qué. Un poco de eso sí hubo, adobado claro está con la fantasía
popular del señor que vivía en el alto de los Ídolos (EDG).
Hasta se llegó a mencionar que en su casa de San José de Isnos
tenía una fábrica de dólares (María Lucía Sotomayor, comunicación
personal). Y esa misma idea tenían sus vecinos del edificio Friede,
es decir, que en su casa de Bogotá falsificaba dólares (María Eugenia
López, comunicación personal).
161
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
8.
En San Agustín, don Juan Friede se dedicó a engordar ganado, junto
con un socio, quien era perito en el negocio; pero también a conocer
etnográficamente la situación de los indígenas que había en la región
del alto Magdalena, y la de la gente, el pueblo: “Porque venían para
vender un terreno o una vaca (...) y como viajaba tanto a caballo y
naturalmente se conoce el pueblo se vive en las chozas de campesinos,
se habla con mujeres” (Arocha y Friedemann, 1980: 13).
En realidad, ya hemos mencionado que desde su llegada a Colom-
bia don Juan Friede mostró curiosidad, que luego se volvió interés,
por el hombre que habitaba en estas latitudes. Los muchos viajes
realizados por Colombia le habían mostrado los distintos grupos
étnicos que existían en el país. Pero todavía no se había decidido
por el estudio de un grupo en particular. En efecto, si bien es cierto
que desde 1928, cuando estuvo en Chamí, se inclinó por conocer
a los indígenas, sentía curiosidad también por los grupos negros
y por los campesinos. Fue en San Agustín y a raíz de la Segunda
Guerra Mundial que se enrumbó definitivamente hacia el estudio
del indígena:
Lo que verdaderamente a mí me produjo ese interés por el indio fue
la Segunda Guerra Mundial donde verdaderamente aparecen tanto
los africanos toman parte, todas esas naciones que uno no sabía que
existían. La Segunda Guerra Mundial produjo esto que se empezó
un interés por esas tribus ante todo por la cuestión económica, en
Colombia, por el caucho porque usted sabe que el caucho antes se
exportaba mucho, estaba completamente abandonado y de pronto
durante la segunda guerra empezaron a exportar el caucho; segundo
la cuestión de Panamá de todo esto, esto ha cambiado y naturalmente
el indígena y bueno también el interés por los orientales por esos
pueblos que uno no los consideraba dentro de la cultura, un poquito
separado (Ibídem: 28).
Todas estas circunstancias lo llevaron a estudiar a los indígenas
y a centrar sus investigaciones, por lo menos en principio, en una
región determinada. Reconoció geográficamente la zona del alto
Magdalena, el Tolima, el alto Caquetá, el alto Putumayo, en fin, la
selva oriental amazónica, lugares que recorrió en viajes a caballo
de hasta seis semanas. Es pues frecuente encontrar en Los Andakí,
1538-1947. Historia de la aculturación de una tribu selvática (1953),
por ejemplo, párrafos que indican el gran conocimiento que tuvo
de la región estudiada:
162
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Las crestas de ambas cordilleras protegen la región del alto Magda-
lena de los vientos que periódicamente soplan de la hoya amazónica
o del océano Pacífico, y hacen que su clima sea muy uniforme. No
existen bruscos cambios de temperatura ni se conocen fuertes se-
quías o inundaciones. Las continuas y abundantes precipitaciones
atmosféricas que se producen en las partes altas de las montañas,
alimentan los ríos y quebradas y hacen del territorio de San Agus-
tín y Laboyos un sitio ideal para la agricultura. Por otra parte, la
región de Timaná, más caliente y más seca, es tierra propicia para
la ganadería. El suelo de la región constituido por aluviones y tierra,
producto de la erosión de las montañas circunvecinas, es de gran
fertilidad (Arocha, 1986: 2).
El dominio que tuvo de la región le permitió, por ejemplo, de-
terminar los posibles cambios y pasos naturales existentes para
trasladarse desde el alto Magdalena a la selva. Lo que le permitió
afirmar que:
El alto Magdalena no es una región geográficamente aislada, como a
primera vista se cree al mirar un mapa geográfico. Tiene, además del
amplio camino natural hacia el norte por el ancho valle del Magda-
lena, una fácil comunicación con la amazónica por los numerosos
pasos naturales existentes y el notorio descenso de la cordillera
Oriental en estos lugares (Friede, (1953f) 1974: 30).
Veamos cómo narró él mismo esos años en San Agustín:
(...) si usted conoce el alto de los Ídolos, la casa de madera la hice yo
(...) tuve ganado en compañía (...) el negocio era comprar en Nariño
ganado flaco porque en esas tierras del sur el ganado crece mucho
pero las tierras son malas, allá no engorda el ganado, sino crece, en-
tonces es mejor llevarlo al valle del Magdalena o a veces hasta Garzón
para engordarlo dándole durante cuatro o cinco meses sal y todo
esto. Conocí el Tolima e íbamos al alto Caquetá, al alto Putumayo,
por la bota caucana hasta Santa Rosa, en donde conseguía ganado a
bajo precio y buen ganado, esos viajes los hacía a caballo (...). Por eso
precisamente yo empecé con los indios del alto Magdalena, porque
estaba allá, después los coreguajes, los macaguajes, casi siempre lo
que me interesaba era la historia indígena de Colombia (Arocha y
Friedemann, 1980: 28).
La actividad comercial de Friede en San Agustín le fue muy
productiva, al punto que decidió dejar, por segunda vez en su vida,
unos negocios lucrativos, esta vez de tener ganado en compañía
y engorde. Él mismo declaró: “Creo que esto me dio mucha plata
aunque es feo decirlo (...) pero por fortuna lo logré, porque si no mi
163
Capítulo 8 w San Agustín, el rumbo definitivo
vida hubiera sido en vano, se puede decir” (Arocha y Friedemann,
1980: 12). Obviamente que ayudó mucho en la consecución de su
fortuna el hecho de ser un hombre organizado, disciplinado y de
mucha mística para los negocios. Además, según lo hemos mos-
trado, se dedicó a negocios que, bien llevados, como parece que lo
hizo, rindieron altos dividendos, aun cuando su filosofía de vida
no le permitió quedarse en un negocio, ganar quizá mucho dinero;
necesitaba también alimentarse intelectualmente y a eso le apostó
durante los siguientes cuarenta y seis años.
El conocimiento geográfico y humano de los indígenas del alto
Magdalena no sólo lo hizo empíricamente: mientras desarrollaba
sus labores comerciales, se valió de la poca bibliografía existente y
de los historiadores locales:
En la época que don Juan Friede residió en San Agustín, justamente,
fue a mí y me pidió prestado el libro Datos estadísticos y monográfi-
cos de los distintos municipios del departamento. Entonces él quería
relacionarse con San Agustín principalmente, fue así como elaboró
algunas obras, entre ellas Los indios del alto Magdalena (...) hay una
fuente que para él fue fundamental, pues fue una preciosa fuente de
datos, que fue don Miguel Antonio Cabrera Molina, lavoyano ciento
por ciento, residía allí, historiador connotado, infortunadamente no
publicó nada. Todos los científicos que llegaban a Pitalito inmedia-
tamente preguntaban por don Miguel Cabrera y él los acompañaba
(...) de tal manera que era persona científica en nuestro medio, le
gustaba mucho la antropología, la arqueología, la pintura, el modelaje
y así cosas por el estilo, y él le dio mucho dato histórico a don Juan
Friede, porque él tenía un archivo sumamente precioso porque estuvo
en juzgados, en alcaldías de las distintas poblaciones del Huila y
entonces sacó mucho manuscrito. Entonces para don Juan Friede
fue una fuente histórica muy interesante y él lo cita, precisamente
don Juan Friede cita a don Miguel Cabrera (...) porque él le cedió a
Friede mucha obra, mucho dato interesante (ECRR).
Capítulo 9
Es más importante
un don Quijote que un Hamlet
1.
N o sabemos muy bien por qué Juan Friede decidió, entre finales
de 1945 y principios de 1946, trasladarse a Bogotá y viajar a
España. Parece que hubo varias causas:
Ya en San Agustín, prácticamente en los últimos años, se separó de
Alicia y vinimos otra vez a Bogotá, yo me fui a vivir con mi madre y
él se fue para España (...) cuando regresamos de San Agustín llega-
mos a vivir a la mansarda, porque la casa estaba arrendada, en esa
época fue que se separó de Alicia, ellos tenían sus problemas desde
San Agustín (…) (ERF).
Pero no sólo los problemas de pareja llevaron a Friede a volver
a vivir en Bogotá: según su hijo, la actividad desempeñada en San
Agustín: “No era del tipo de vida de mi papá, yo creo que él decidió
marcharse a San Agustín por la aventura, por la cosa, pero después
se aburrió” (ERF). Luis Duque Gómez, por su parte, consideró que
la causa de la desvinculación de Friede de San Agustín radicó más
en su actividad comercial:
Vinieron esas complicaciones políticas de los años cuarenta y como
él era un buen negociante, de todas formas de ascendencia judía,
entonces él en las transacciones comerciales, en los negocios, en las
cosas tenía su estilo, empezó la gente a perseguirlo un poco en San
Agustín, entonces se volvió para Bogotá (ELDG).
– 165 –
166
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Una vez en Bogotá, Friede volvió a convertir su casa en un centro
de reunión de artistas e intelectuales. En efecto, como hemos dicho,
don Juan construyó su casa en la carrera 3B nº 63-97, por allá en
1941, y la edificó de forma parecida a un teatro en el que tanto en la
época anterior a irse para San Agustín como a su vuelta se dedicó
a hacer tertulias y representaciones artísticas:
Mire, aquí es un pódium y allá puede ver las paredes de lo que
pretendía que fuera no solamente teatro sino también una sala de
conferencias. Luis López de Mesa dio aquí una charla. Precisamente
éramos los intelectuales que nos reuníamos, Gabriel Giraldo Jarami-
llo y también algunos periodistas y Otto y León de Greiff también
estaban aquí y hablaban de arte (Arocha, 1986: 186).
En todas estas actividades reconocemos, sin duda, las huellas
dejadas por el movimiento de los Vanderfiegel en el siempre inquieto
y joven espíritu de Friede. En la primera época, antes de radicarse
en San Agustín, la gran mayoría de los contertulios eran artistas:
Es que todos vivían muy cerca, nosotros [los Gómez Jaramillo-Villa]
vivíamos en la 59 y Alejandro Obregón vivía en la 60 con la carrera
13, eran relaciones parroquiales de la gente que vivía en Chapinero.
El profesor Guhl vivía en el mismo sitio que hoy habita (calle 67 con
carrera 11), allí ha vivido toda la vida. Es que realmente el mundo
cultural de esa época era un mundo cerrado, todos se conocían, era
una gran familia (...) y Juan Friede invitaba seguido, seguido, y él
tenía esa parte de arriba, la mansarda, como Galería, y cambiaba los
cuadros y volvía y ponía otros, porque él tenía muchos cuadros (...).
A esas tertulias iban personalidades como Ramón Barba, que era
un escultor español que vino aquí cuando la Guerra Civil Española
(...). Armando Villegas también iba, él no es tan joven, él es perua-
no cuando está allá y colombiano cuando está aquí. Los Zalamea
–Eduardo y Jorge–, Enrique Grau, él es de la edad de Triana y de
Alejandro Obregón, los tres tienen 68 años, él también era amigo de
Juan. Había también un señor muy brillante, hermano de Leopoldo
Villar Borda, ese que es tan conocido que estaba de diplomático en
las Naciones Unidas. En general, los pintores no eran de los paseos,
eran de las reuniones. Además de ellos, a las tertulias iban tipos como
Antonio García, Gilberto Vieira y dos hermanos que eran de Popayán,
los Aragón, Víctor Aragón. Era un grupo en el que había jóvenes,
mayores y regular, eso era una mezcolanza (...). En las reuniones se
hablaba de arte, literatura y acababan hablando de política y termi-
naban siempre peleando (...) es que era un grupo de izquierda y se
llamaban “los comunistas”, leían marxismo. Por ejemplo, Ignacio
pintó en el año de 1939 en el Capitolio Nacional el fresco de La li-
beración de los esclavos y eso realmente es el reflejo de una temática
que él estaba viviendo, de una temática que hablaban entre ellos
167
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
(...). Yo participaba en las tertulias y a veces era la anfitriona, pero
yo participaba, estaba con ellos, cuando me cansaba me iba para la
casa y los dejaba a ellos donde estuvieran. Las reuniones siempre
eran en una casa, bien podía ser en la de Friede o aquí. Obregón
nunca invitaba (EMV de GJ, septiembre de 1989).
Durante esa primera época, la mansarda no sólo sirvió para
alojar a Carlos Correa y permitirle a Friede desarrollar su hobbie
de galerista de arte: se aprovechó también para que dos pintores
montaran su estudio:
En el año 44 Juan les alquiló la mansarda a Ignacio y a Alejandro
Obregón. Es que Alejandro Obregón acababa de llegar del extranjero,
era joven (...). En realidad la mansarda se la alquiló Juan a Ignacio,
entonces Ignacio la compartió con Alejandro, pagaban 30 pesos al
mes (EMV de GJ).
El hecho es interesante, pues si bien Ignacio Gómez y Pedro Nel
Gómez, a finales de los años 1920 y principios de la década de 1930,
irrumpieron en el panorama pictórico nacional con la aplicación de
técnicas revolucionarias en pintura, en la década de 1940 habían
llegado nuevas formas que hicieron que los dos Gómez pasaran a ser
prácticamente clásicos. Se pensaba entonces que la pintura nueva era
la de de Alejandro Obregón Roses (1920-1992), Enrique Grau Araujo
(1920-2004), Hernando Tejada (1924-1988) y otros más. Es decir que
en la mansarda se reunieron dos estilos, el “prácticamente clásico” de
Gómez Jaramillo y el “novedoso” de Obregón96. Subrayando que entre
uno y otro grupo de artistas existió otro, del que también hemos teni-
do noticias aquí, el de Luis Alberto Acuña, Alipio Jaramillo y Carlos
96 Para la época en que Obregón compartió espacio de trabajo con Gómez Jaramillo estaba
recién llegado del extranjero, pasaba por un periodo de formación artística, lleno de
contradicciones y titubeos, oscilante entre un naturalismo con recuerdos académicos
y un expresionismo forzado. Inicialmente, en 1940, estuvo en Estados Unidos, en
Boston, en donde había precisado aun cuando no definido su estilo, en las clases que
recibió del pintor Kart Zerve, y participó en su primera exposición colectiva y realizó
su primera venta. Se trasladó luego a Barcelona, como vicecónsul ad honorem de
Colombia, y trató de estudiar en La Liotja, dependencia local de la tradicionalísima
Academia de San Fernando, de Madrid, contra cuyos cánones se habían rebelado los
Gómez, pero sólo estuvo cuatro días. No resistió el ambiente demasiado académico.
Prefirió recibir cursos libres de dibujo y pintura en el Círculo Artístico e hizo su
primera exposición individual. De regresó a Colombia, en 1944, estuvo una corta
temporada en Barranquilla y luego se radicó en Bogotá, donde, además de tener su
estudio con Ignacio Gómez Jaramillo, era profesor de la Escuela de Bellas Artes, de
la que era director Gómez Jaramillo. En Barcelona se había casado, en 1942, con Ilva
Rash Rodríguez, hija del poeta colombiano Miguel Rash Rodríguez, con quien tenía
un hijo: Diego Obregón Rash.
168
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Correa, que representaron tendencias personales muy definidas y
que, como se ha visto, tuvieron relación muy directa con Friede.
Después de su regreso de San Agustín, Juan Friede volvió a ha-
cer reuniones, pero ya con otro carácter más intelectual y, quizá,
político:
Él hacía tertulias en su casa, a las que iban las más altas personali-
dades de la época. Allí se hablaba del país, se hacían críticas duras,
iba por ejemplo Eduardo Nieto Caballero, en general los contertulios
eran liberales. Eso fue durante los periodos del mandato conserva-
dor, en realidad el espíritu liberal nunca decayó, nunca se dejó de
discutir la situación del país (ESMP).
2.
Las tertulias –esa forma de sociabilidad que desde finales de la Colonia
ha dominado el ámbito político y cultural del país– en la primera épo-
ca se iniciaron una vez que terminó de construir el edificio Friede. Por
lo general, se celebraban en los primeros días del mes. En la primera,
que se llevó a cabo el miércoles 2 de julio de 1941, el poeta Carlos
Martín leyó un estudio sobre “La poesía contemporánea de América”,
y como invitada especial asistió la declamadora Berta Singerman, que
el viernes siguiente iba a dar un recital en el Teatro Colón. La segunda
tertulia fue el 5 de agosto, y Alejandro Vallejo dictó una charla sobre
“Cervantes, hombre de experiencia”. Los invitados especiales fueron
los intelectuales conservadores Guillermo Valencia y Silvio Villegas,
lo que podría indicar que Friede no era un sectario. En la casa estaba
expuesta la obra del joven pintor Vidal Echevarría.
A partir de la tercera tertulia se fijó el primer martes de cada mes
para su realización. El 2 de septiembre se llevó a cabo el evento, que
tuvo un programa variado: un debate sobre “La función social del
arte”, a continuación Jacinto Jaramillo y Cecilia López97 danzaron
algunos bailes folclóricos –bambuco, galerón y cumbia– y luego
97 Cecilia López Torres nació en Sogamoso (Boyacá) el 23 de octubre de 1924. Cuando cursaba
estudios de bachillerato en el Instituto Pedagógico de Bogotá fue alumna del antioqueño
Jacinto Jaramillo, que a principios de la década de 1930 había viajado a Estados Unidos,
donde fue discípulo de una prima de Isadora Duncan. De regreso a Bogotá, Jaramillo se
propuso enseñar danza y fue contratado por el Pedagógico para dar clases de gimnasia
rítmica; allí entusiasmó a algunas estudiantes para que siguieran la carrera de bailarines
y una de ellas, quizá la más aventajada, fue precisamente Cecilia López. Jaramillo le
consiguió una beca en el Conservatorio Nacional de Música, donde además de estudiar è
169
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
Guillermo Abadía Morales98 dio una charla explicativa. Por ese en-
tonces don Juan estaba muy interesado en promover las diferentes
manifestaciones culturales del país, especialmente las de carácter
popular o alternativo, pues siempre fue un convencido de que las
primeras eran:
El más expresivo arte de la vida de una nación por su espontanei-
dad y su viveza pero en Colombia está desapareciendo con una
angustiosa rapidez. Ni las esferas oficiales, ni la sociedad, apoyan
su conservación, y mucho menos estimulan su desarrollo. La ciudad
absorbe poco a poco a los campesinos que lo bailan, y por las vías de
comunicación, llegan otros bailes que lo desplazan. En 1927, cuando
llegué a Colombia, pude admirar bailes populares en algunos lugares
donde ahora han desaparecido.
Si se observan estos bailes (...) con verdadero interés artístico, se siente
el vigor, la vitalidad, la magnitud de formas y figuras (...) se llega a la
convicción de que estos bailes, no sólo valen conservarse, sino que
entrañan evidentes posibilidades para un verdadero desarrollo artís-
tico y una invaluable fuente creativa (AJF. “Presentación de algunos
bailes típicos colombianos”, 3 de septiembre de 1941).
è danza aprendió solfeo, algo de piano y pintura. Por algún tiempo, a principios de la
década de 1940, fue pareja de baile de Jaramillo.
Por presiones políticas, Jaramillo, considerado por muchos como el padre de la danza
moderna en Colombia, debió emigrar, y durante algunos años vivió en la República
Argentina. A su regreso a Colombia fundó el afamado ballet Cordillera. La cosecha de
bailarines que formó cuando los tiempos del Conservatorio Nacional de Música fue
importante: además de López, se hicieron profesionales del baile Chela Jacobo, los
hermanos Ernesto y Concepción Moreno, Alberto Zamora y Cecilia Fonseca, esposa
del intelectual Jaime Ibáñez y locutora de la Radio Nacional de Colombia. A media-
dos de los años 1940, Cecilia López logró una beca oficial para irse a Nueva York, a
la sofisticada y aristocrática escuela de señoritas “Ballet Arts”, donde estudiaba dos
horas a la semana bajo los parámetros de la escuela de Martha Graham; el resto de
la semana trabajaba en una fábrica de sombreros. Ahorró algunos dólares, vivió en
México unos meses, donde aprendió los aires folclóricos de ese país, se casó con el
empresario teatral y comerciante suizo Robert Allaz, que en 1942 había montado en
Colombia un espectáculo de revistas, que se llamó Ensueño tropical, del que López
fue una de las estrellas. De regreso a Colombia, en noviembre de 1948, Allaz, dueño
del almacén Simca, distribuidor de las máquinas de escribir Halda y de equipos de
oficina, financió a su esposa para que montara una escuela de baile, que funcionó
por algunos años en la avenida Jiménez de Quesada.
98 Guillermo Abadía Morales (Bogotá, 1912) fue, durante muchos años, profesor de folklor
de la Universidad Nacional de Colombia y director del Centro de Estudios Folklóricos de
la misma institución; además, fue secretario de la Junta Nacional de Folklor y coordi-
nador de folklor en el Centro de Documentación Musical del desaparecido Instituto
Colombiano de Cultura. Durante años sostuvo un programa en la Radio Nacional
de Colombia. Su obra más conocida es el Compendio general de folklore colombiano
(1970), cuya tercera edición, corregida y aumentada, es de 1977.
170
Primera parte w Juan Friede, comerciante
De acuerdo con las circunstancias había una conferencia o charla
de algún invitado especial sobre un tema en particular, que generaba
la discusión de los asistentes; así, por ejemplo, en la de septiembre
de 1941 habló el compositor estadounidense Aaron Copland, quien
describió la vida musical que se vivía en ese momento en Estados
Unidos y destacó que la música de ese país había empezado después
de la Primera Guerra Mundial, utilizando motivos de los cantos
espirituales de los negros y del jazz, pero que después de la crisis
de 1929 comenzó una nueva tendencia musical inspirada en la vida
del país. Copland dijo poseer varias composiciones de su autoría en
las que utilizó los motivos populares, y otras en las que se apartó de
ellas, y amplió su intervención con la descripción de la recopilación
de canciones populares y colecciones nuevas que llevaba a cabo el
gobierno de Estados Unidos, con los que se esperaba estimular la
música del país.
3.
Una de las tertulias más importantes fue la cuarta, el 7 de octubre
de 1941, cuyo tema fue un homenaje al caricaturista Ricardo Rendón
Bravo (1894-1931), quien ese mes cumplía diez años de muerto. En
esa ocasión Friede expuso ciento veinte dibujos del desaparecido
artista, que consiguió en un viaje que hizo a principios de agosto
a Medellín, con Gustavo Rendón, más otra serie de recuerdos que
estaban en poder de distintos amigos –Félix y José Mejía entre ellos–
y dibujos que logró recoger en Bogotá.
El homenaje lo planeó con tiempo y contó con la colaboración de
sus amigos pintores Pedro Nel Gómez y Carlos Correa, en especial
el primero, pues según dijimos Gómez había sido compañero de es-
tudio de Rendón en la Escuela de Bellas Artes de Medellín y habían
compartido meses de bohemia en Bogotá. Entre Rendón y Gómez
existía gran simpatía y amistad, y Rendón había profetizado que su
condiscípulo y amigo iba a “Morir de borrachera debajo de las patas
de una mesa de café”99. Gómez, por su parte, tenía sus propias inter-
pretaciones de las causas del suicidio de Rendón: “Ellos [los de El
Tiempo] a Rendón lo echaron del periódico para que fuera a morirse
(…) cuando Olaya llegó a Colombia, se acabó el “antiimperialismo
de El Tiempo” y Rendón ya no pudo publicar sus obras maestras”
99 Correa, 1998: 101. Conversación 11, octubre de 1960. En la obra citada, Correa hizo la
profecía que Gómez iba “a morir en un andamio”. Ninguna de las dos se cumplió.
171
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
(Correa, 1998: 38. Conversación 2, octubre de 1955); y contó una
anécdota del caricaturista que refuerza la idea del antiimperialismo
que existió en Colombia a raíz de la pérdida del canal de Panamá
y que fue muy propio de la generación del Centenario y del grupo
de los Nuevos:
A Rendón se lo trataron de llevar los gringos. Le ofrecieron un sueldo
de $2.000 dólares mensuales, que en esa fecha estaban a la par con
los pesos colombianos, y Rendón les contestaba que no merecía la
pena, porque él ganaba lo mismo en Bogotá: $1.000 en El Tiempo y
en La República, y otros $1.000 que él pagaría con tal de no ir allá
(Correa, 1998: 167. Conversación 22, 13 de abril de 1965).
Pedro Nel Gómez fue quien sirvió de contacto para que el afie-
brado galerista y promotor cultural pudiera primero pedir prestadas,
previa selección, en la que también le colaboró Gómez, y luego
comprar ciento veinte caricaturas del gran artista, así como ubicar
personas que poseyeran otros “matachos”.
La negociación con Gustavo Rendón tuvo sus complicaciones,
pues luego de regresar de Medellín, Friede se enteró que:
Hablé con César [Uribe Piedrahita] y me dice que tiene muy poco de
Rendón, claro es que lo pone a la orden. También considera César
que todo lo que tiene Gustavo Rendón en el baúl y que nos mostró,
es de él, César. De todos modos no quiere ni ayudar en la venta ni
hacer nada para la colección. Parece que varios amigos de Rendón
tienen cosas de él pero robadas del uno y del otro. De todas mane-
ras si la colección que tiene Gustavo se reparte, no habrá nada que
dentro de pocos años demuestre un conjunto de obra (AJF, carta a
Pedro Nel Gómez, 18 de agosto de 1941).
Ante la posibilidad inminente de tan irreparable pérdida y guiado
por su indudable espíritu de preservar el patrimonio cultural del país,
don Juan se decidió a comprar los ciento veinte dibujos a él prestados,
por lo que le escribió a Pedro Nel Gómez:
He resuelto escribirle para que trate con Gustavo, si su tiempo lo
permite, la adquisición de la colección o por lo menos lo que traje de
Medellín. Por supuesto que si se pudiera escoger unos cien dibujos
más, me gustaría tenerlos. Puede ser que uno que otro amigo esté dis-
gustado conmigo pero bajo las circunstancias de ver perder una obra
tan sumamente interesante como la de Rendón, he resuelto sufrir las
consecuencias (AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 18 de agosto de 1941).
172
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Sobre la posible reacción de los amigos de Rendón con respecto a
la probable compra de un conjunto representativo de su obra, Pedro
Nel Gómez le contestó:
Comprendo por su carta, que resultó lo que me imaginaba y que
le avisé a Ud. César [Uribe Piedrahita] claro que reaccionó, luego
seguirán León [de Greiff], [Enrique] Uribe White, Jorge Zalamea,
etc., que harán y dirán lo mismo. En todo caso no verán con buenos
ojos que Ud. compre esta obra, porque sin duda sienten ellos esa
ambición.
Yo creo que Ud. no debe dejar ver en este asunto ningún interés
comercial, porque la cosa como le dije, con el maestro Rendón es
seria. En todo caso yo creo que la fiesta de recuerdo del maestro que
Ud. llevará a cabo será muy simpática y se lo deben agradecer ya
que nadie se ha movido aquí para hacer algo (AJF, carta a Pedro Nel
Gómez, 24 de agosto de 1941).
Pero además del resquemor de ciertas personalidades porque don
Juan adquiriera los dibujos de Rendón, existió el natural regateo que
interpuso Gustavo Rendón, quien al ver el interés artístico y comercial
de Friede quiso hacer el negocio de su vida con el fragmento de la obra
en su poder. En principio aceptó entregar en préstamo los dibujos, pues
don Juan se comprometió a enmarcarlos, con lo que las caricaturas
ganaron en presentación, pero al recibir una oferta de compra trató
de buscar otros eventuales compradores, entre los que se encontraron
Silvio Villegas Restrepo y el mismísimo presidente Santos. Sin embargo,
Friede logró hacerse a la ansiada colección, que mantuvo hasta 1980,
cuando la donó a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.
Además de la exposición, y para resaltar la figura de Rendón,
don Juan le pidió una colaboración a connotados intelectuales de
ese entonces: Fernando González, León de Greiff, Pedro Nel Gómez,
Enrique Uribe White, César Uribe Piedrahita y varios más, y se per-
mitió invitar al presidente de la República, Eduardo Santos:
Será un honor para mis invitados lo mismo que para el suscrito contar
con la presencia del Excelentísimo Señor Presidente en esta reunión,
si sus múltiples ocupaciones se lo permiten. Si esto no fuere posible,
sería de agradecer en alto grado, tuviera a bien su excelencia escribir
algunas palabras con el fin de leerlas en la aludida reunión (AJF, carta
al Señor Presidente de la República, 23 de septiembre de 1941).
El presidente Santos no asistió al evento, pues sus múltiples
ocupaciones se lo impidieron, pero en la nota de respuesta a la in-
vitación mandó que se le expresara a don Juan: “El señor Presidente
173
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
encuentra muy plausible y de una gran justicia el homenaje que se
rendirá al maestro Rendón y de gran oportunidad la exposición de
sus obras” (AJF, carta de Arturo Robledo, secretario privado de la
Presidencia de la República, 24 de septiembre de 1941).
Es importante resaltar la participación de Fernando González,
en la que don Juan insistió mucho:
Félix Mejía y Pedro Nel vendrían también si alguien los anima y
sería para mí un placer y honor si durante su estadía en Bogotá
Uds. aceptaran ser huéspedes de mi casa. Uds. podrían salir el 4
de octubre –sábado– en automóvil y, avisándome con anticipación,
saldríamos a encontrarlos el domingo 5 de octubre a Cambao o más
allá. Así que, espero sus noticias al respecto.
De todos modos don Fernando, no se olvide de mandarme, lo antes
posible, alguna cosa para leerla en la noche del 7 de octubre, si –como
no fuera mi deseo– sus ocupaciones le impidiesen el viaje a Bogotá
(AJF, carta a Fernando González, 25 de septiembre de 1941).
El filósofo de Otraparte respondió así a la cordial invitación:
Mil gracias por su invitación y quisiera ir, pero no puedo, porque hay
que trabajar para comer, según la maldición del dios irritable.
Le cumplo eso sí, la promesa de escribir lo que tenía en mí de Ren-
dón. Ahí va.
Que goce mucho y que todos sean felices. Recuerdos amistosos a
Greiff, Zalamea, Uribe Piedrahita y demás (AJF, carta de Fernando
González, Medellín, 29 de septiembre de 1941).
En concepto de Friede, el escrito enviado por Fernando González
para la ocasión fue: “Interesantísimo y genial (...) me parece dema-
siado valiosa para no dar a Ud. mis agradecimientos personales,
por los claros momentos que usted me ha proporcionado, con la
lectura de su escrito” (AJF, carta a Fernando González, 1 de octubre
de 1941).
Pese a la insistencia del dinámico organizador, no todas las
colaboraciones llegaron para ser leídas. Es así como Rafael Arango
Villegas, agente en Caldas de la lotería de Beneficencia de Manizales,
se excusó de la siguiente manera:
Profundamente apenado me dirijo a usted para explicarle que
aunque tenía la mejor voluntad en colaborar en el homenaje a Ren-
dón, conforme lo había ofrecido a usted, no me es posible hacerlo
porque una fuerte gripa me tuvo en cama los primeros días de este
mes, precisamente cuando me disponía a escribir. Al regresar a la
174
Primera parte w Juan Friede, comerciante
oficina encontré su radio en que me apremia por el envío al trabajo
después del 7 de octubre (AJF, carta de Rafael Arango Villegas, 12
de octubre de 1941).
Algo parecido sucedió con Pedro Nel Gómez, quien se excusó
así: “En cuanto a mí realmente le confieso no he hecho nada sobre
el estimado artista amigo y también le confieso que ha sido por in-
capacidad de hacer algo que valga la pena; en fin lo intentaré” (AJF,
carta de Pedro Nel Gómez, s. f.).
En realidad, no sabemos cómo sabía interesar y comprometer
don Juan a sus amigos y relacionados para que le colaboraran en
sus tertulias o en una que otra conferencia que organizó. De no
producirse la contribución intelectual, muchos de los personajes
responsabilizados le enviaban una nota de disculpa; así, por ejemplo,
León de Greiff le envió las siguientes líneas disculpándose por no
tener a tiempo unos apuntes sobre Francisco Villar:
Como este poeta ha estado con fiebre desde el sábado, no pudo el do-
mingo hacer nada de lo proyectado. Hoy lunes intentó verse con Ud. y
no lograrlo. Pero habló con Eduardo Zalamea quien le ofreció anunciar
que la conferencia abaut Francisco Villar transferíarse. Probablemente
no alcanzó a complementar la noticia pues en El Espectador anuncian
la cosa para mañana, lo cual no es posible porque no he escrito nada.
Yo creo que con la fiesta de primero de mayo y el domingo que viene
se podrá hacer algo presentable. Una cosa tan anunciada no puede
improvisarse (AJF, carta de León de Greiff, 28 de abril de 1941).
La muestra de los dibujos de Ricardo Rendón se inauguró el
martes 7 de octubre de 1941, a las 6:30 de la tarde. Entre los dibujos
conseguidos por Friede hubo algunos desconocidos por el público
bogotano. La exposición al público estuvo abierta de seis a ocho de
la noche, los días miércoles y jueves. El mismo día del homenaje a
Rendón se dio a conocer el fallo del jurado de admisiones del segun-
do Salón de Arte Nacional, cuyo resultado ya conocemos100.
100 Después del homenaje a Rendón, El Tiempo publicó algunas notas sobre el desaparecido
maestro, recordando su paso por esa casa editorial y que había sido el diseñador de la
cajetilla de Pielroja para la Compañía Colombiana de Tabaco. Muchos años después, en
1984, el historiador Germán Colmenares publicó un interesante libro, Ricardo Rendón:
una fuente para la historia de la opinión pública (Fondo Cultural Cafetero. Bogotá), que
además de reivindicar la figura del caricaturista, muestra cómo la historia puede ser
estudiada y analizada desde diferentes fuentes, siempre y cuando el historiador tenga
la capacidad de descubrir nuevos problemas y formular nuevas preguntas.
175
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
4.
En noviembre de 1941 se llevó a cabo la ya reseñada tertulia sobre el
arte en Colombia, en la que participó Jorge Zalamea y que produjo
el problema entre Friede y Ariza. Además de la lectura del texto de
Zalamea se proyectó una película de la mayoría de los cuadros del
segundo Salón de Artistas, y Edgardo Salazar Santacoloma presi-
dió un debate sobre el mismo asunto, al cual fueron invitados los
miembros del jurado calificador. Es decir que en esa ocasión don
Juan organizó una verdadera encerrona, con el fin de defender a
Carlos Correa, su protegido.
En diciembre de ese año no hubo tertulia. Se reanudaron el 5
de enero de 1942, y fue todo un acontecimiento, pues los invitados
de honor fueron Fernando González y Pedro Nel Gómez, quienes
habían aceptado la invitación de don Juan para visitar a San Agus-
tín con la intención de, una vez regresar a sus sedes, escribir un
ensayo conjunto sobre la civilización agustiniana. La presencia de
Fernando González fue destacada por la prensa, pues el destacado
intelectual antioqueño hacía siete años que no visitaba la capital
de la república:
Fernando González, cuya presencia en Bogotá, después de siete años
de retiro en sus montañas antioqueñas celebramos complacidos,
hablará mañana a las ocho y media para un selecto grupo de ami-
gos, escritores y periodistas, sobre sus impresiones del viaje [a San
Agustín], en casa del señor Friede101.
Según una crónica de Ximénes, “Una tenida de intelectuales”,
se sirvió una opípara comida acompañada con abundante whisky,
y asistieron personalidades del mundo intelectual y artístico como
Erwin Krauss, Jorge Zalamea, León de Greiff, Eduardo Zalamea,
Otto de Greiff, Arturo Camacho Ramírez, Vidal Rozo, Enrique Uribe
White, Gilberto Owen y Carlos López Narváez; el ambiente era ame-
no y agradable, los invitados estaban sentados en gran cantidad de
divanes, canapés y poltronas, y: “Los intelectuales, los denominados
intelectuales de este país, creen que la manera más útil de manifestar
sus talentos es la de hablar de cosas imposibles”102.
101 El Tiempo, lunes 5 de enero de 1942: 5.
102 El Tiempo, “Una tenida de intelectuales”, por Ximénes, viernes 9 de enero de 1942.
176
Primera parte w Juan Friede, comerciante
El invitado especial comenzó su charla:
Supóngase usted, dijo, que tengo que hablar sobre San Agustín y no
he preparado nada. Será pues una charla disgregada e informal (...)
hacía ocho años vivía en Medellín, la hermosa villa, cuyo ambiente
no le complacía ni mucho menos. En los últimos tiempos pensaba y
meditaba acerca de la vida de los muertos. ¿Cuánto vive un muerto?
¿Cuándo nace un muerto? ¿Por qué unos muertos viven y perviven
más que los otros? Un sistema de analizar la historia, simplemente.
De catarle su valor a los hechos humanos (...). [Propuso que] Cristo,
en realidad, es un Dios universal. Mas no es un Dios típicamente
colombiano. Llegó a esa conclusión cuando, una vez salió de Mede-
llín, en viaje a San Agustín, apenas se tropezó con el brazo de oro
del Cauca, comenzó a hacerse la intuición de su dios nativo. Por allá
bajaba una relinda montañera. A González se le figuró una diosa.
Mas no. No era así. La montañera llegó a la orilla del río, y en vez
de consumirse y andar por sobre las movibles y sonantes aguas, se
dedicó a lavar unas piezas de ropa (...). He aquí una diosa que lava
ropas, se dijo González (...). A su llegada a San Agustín, en la plaza
principal de la población hay tres estatuas. El pedestal del monu-
mento a Bolívar está formado también de esculturas agustinianas.
Todo lo que halló en las esculturas agustinianas fueron dioses co-
lombianos cuya sensación se toma, se obtiene, más que con los ojos,
con el tacto. En efecto, palpar es una manera de ver dioses con la
misma cara redonda, las mismas narices chatas de los campesinos
de la meseta. Es un bello monumento, sólo le falta el busto. Alguien
asegura que se lo han robado103.
Por esa época, don Juan había publicado en la Editorial Cultura
una antología de León de Greiff y había iniciado su carrera como
crítico de arte. González se refirió así a ambas cosas:
Para criticar, para ser crítico, para entender las cosas hay que formarse
un estado de alma, de conciencia, que nos capacite (...). Estos libros
[los de De Greiff ] son un precioso documento. Muestran y enseñan
el resultado de la mezcla de sangres nativas y antioqueñas en nuestro
ambiente. En ningún otro lugar del mundo, habría un documento de
valor similar104.
Una vez terminó la intervención de Fernando González, Juan
Friede presentó la película filmada en la Semana Santa en San Agus-
tín y leyó un ensayo sobre el abandono tremendo en que se tenían
103 Ibídem.
104 Ibídem.
177
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
aquellas joyas del arte americano. Contó como: “Preuss105, en 1915,
hizo trescientas cargas, las bajó en balsa por el Magdalena y las llevó
a un museo de Berlín donde causaron pasmo entre los etnólogos
y arqueólogos. Se hicieron reproducciones que fueron repartidas a
todos los museos del mundo”106. Lo que corroboró González, pues
narró que: “en la feria mundial de Nueva York, el salón de estatuas
agustinianas produjo doscientos mil dólares. Un sujeto de Garzón,
visitante de la feria, pagó dos dólares por ver esas estatuas, que él
no había conocido en su patria”107. La tertulia comenzó a decaer
hacia las 12 de la noche. En concepto de Ximénes:
Friede congregaba en su casa, valerosamente, a todos estos hombres
desbaratados, locos absurdos, que son los poetas, los pintores, los es-
critores, los “intelectuales”. De ese comercio de ideas, de ese trueque
de voces, de palabras, de insinuaciones, algo bueno ha de salir108.
5.
La tertulia del 10 de febrero de 1942 tuvo como centro un homenaje
al desaparecido dibujante Alberto Arando Díaz, asesinado un año
antes. El invitado de honor fue Germán Arciniegas, ministro de
Educación Nacional, quien fue encargado de elogiar al insigne artista
desaparecido. Friede aprovechó la ocasión para mostrar la película
de los frescos de Pedro Nel Gómez, y Guillermo Abadía Morales le
comentó al pintor que:
Todavía sobrecogido por la visión que me trajeron, que me siguen
trayendo tus frescos murales desde la copia cinematográfica de
míster Friede (...). Don Juan promovió una pintoresca reunión en
sus salones de invierno, otra de esas empíricas tenidas de patrulla
amenizada por entonces con la presencia policiva del cronista Arci-
niegas, agente del al cumplimiento de un drama (sic), me conmovió
ver brillar los ojos del régimen. Tal evento impidió que yo fuese a oír
a las sibilas del arte y que mi nombre fuera publicado en el “mundo
social” con el del ministro de la Instrucción (cosa bien diferente de
la educación pública) y el de zaldumbide y el Cruchaga y señora y
105 A propósito de Preuss, en el archivo de don Juan encontramos tres interesantes cartas
del sabio alemán, dirigidas a Gustavo Muñoz O., en Pitalito, en las que se evidencia
la compra de piezas arqueológicas por parte del etnógrafo y arqueólogo. Se adjuntan
en los anexos documentales.
106 El Tiempo, viernes 9 de enero de 1942.
107 Ibídem.
108 Ibídem.
178
Primera parte w Juan Friede, comerciante
pan pingüina. En tal sinagoga presentaban por primera vez la copia
en colores de tus trabajos.
Sin embargo, el interés de Carlos Correa y Jacinto Jaramillo hizo
que se nos diese a tus admiradores más entrañables en la escuela
de Jacinto, una doble presentación de la cinta. Creo que hemos
asistido esta juventud con la estupenda gula que urge la belleza sin
sayal ni silicio109.
6.
Las mencionadas reuniones y las conferencias que patrocinó don
Juan Friede fueron objeto de muchas críticas. Sobre el particular él
escribió, partiendo de un ensayo de Turgeniev en el que se compara
a Hamlet, siempre indeciso, pensativo y sin acción ni ánimo resuel-
to, con don Quijote, siempre en movimiento, exagerando hasta el
ridículo, pero activo, haciendo algo, luchando, que:
Turgeniev llega a la conclusión de que es más importante un don
Quijote que Hamlet. Es decir, que es mejor actuar, aunque mal, y
producir, aunque en lo ridículo, que sólo pensar, hablar y vacilar y no
actuar en nada. En un país tan joven y vigoroso como es Colombia,
creo que deberíamos estimular el desarrollo de las fuerzas creati-
vas, dejando que el tiempo y las circunstancias eliminen lo que es
superfluo, falso e inútil (AJF, “Consideraciones sobre las tertulias”,
5 de agosto de 1941).
Los conceptos de Friede explican buena parte de la actitud que
asumió en esos años: la creación de la Galería de Arte, el impulso
a la pintura del grupo Bachué y la quijotada que fue la Editorial
Cultura, en la que editó una Gaceta mensual, de muy corta vida,
de información y síntesis cultural, cuyo primordial objeto era ha-
cer condensados balances periodísticos, positivos y negativos, del
pensamiento y la cultura nacionales. A cargo de esta publicación
estuvo Antonio García, y en ella colaboró Guillermo Abadía Mo-
rales. Además de la publicación de las obras sobre Carlos Correa y
Luis Alberto Acuña, sus artículos sobre pintura, la realización de
las películas sobre San Agustín y los murales de Pedro Nel Gómez.
Labores todas por las que fue muy criticado y por las que se ganó
más de un desagradable incidente, como, por ejemplo, el ya referido
con el pintor Gonzalo Ariza. Pero por las que consiguió también el
109 Archivo Casa Museo Pedro Nel Gómez. Carta de Guillermo Abadía Morales, 28 de
febrero de 1942.
179
Capítulo 9 w Es más importante un don Quijote que un Hamlet
reconocimiento y el agradecimiento de más de un pintor, escritor,
intelectual y personalidad nacional. Es así como Ignacio Gómez
Jaramillo le escribió desde Nueva York sobre el cierre de la Galería:
“Lamento mucho que se clausure la Galería de Arte, pero el público
no supo corresponder a tan generoso esfuerzo, ni el gobierno tampo-
co” (AJF, carta de Ignacio Gómez Jaramillo, 4 de marzo de 1941).
A las tertulias asistió una mezcla un tanto explosiva de artistas
e intelectuales, algunos de ellos con pretensiones de ser críticos de
arte, de muy variada ideología, lo que no dejó de ser objeto de críticas
y comentarios, sobre lo que el mismo Friede reflexionó:
Cuando organicé estas reuniones había mucha crítica entre mis ami-
gos los pintores, pues consideraban que los intelectuales, maestros
de la palabra, y por consiguiente del periodismo, les llevaban enorme
ventaja en lo que se refiere a la formación de la opinión pública.
Siendo el arte en Colombia muy poco protegido o favorecido por el
público y por el gobierno, no existiendo galerías, ni museos, ni revis-
tas de arte, el artista está casi que incapacitado para mostrar su obra,
justificar su trabajo, y en caso necesario para defenderse. Un pintor
amigo me decía: tú estas dando oportunidad a los intelectuales para
echar horrores contra nosotros, les proporcionas temas para echarnos
abajo, ante todos los ojos del público, mientras que nosotros, por
falta de medios adecuados de defensa, tenemos que callarnos (AJF,
“Consideraciones sobre las tertulias”, 5 de agosto de 1941).
Estas consideraciones de don Juan son importantes, pues nos
muestran la falta de respeto que existía en el país por las fuerzas
creativas. La opinión pública no tenía muchos elementos de análisis
y un sector de los intelectuales, normalmente muy conservadores, no
sólo por credo político110, sino por su actitud ante los cambios, que
por una u otra forma estaba vinculado con el periodismo y por ende
tenía gran ascendencia, despreciaba, en cierto sentido, la labor del
artista, especialmente del innovador, o bien no la entendía.
110 En Colombia hay un viejo dicho: “Para godos los liberales”, que refleja muy bien lo
tradicionalistas que pueden llegar los sectores supuestamente más avanzados de la
sociedad.
Capítulo 10
El regreso a Bogotá y la marcha a España
1.
C uando don Juan regresó de San Agustín, hacia 1946, contaba con
los suficientes medios económicos para dedicarse, con autono-
mía y de lleno, a la actividad investigativa e intelectual: “Friede tuvo
siempre un admirable espíritu comercial, lo cual le permitió hacer
fortuna, construyó su casa en Isnos, pero abandonó el mundo de los
negocios para dedicarse al estudio de la historia, para llegar a ser una
autoridad” (ESMP). Sobre ese particular su posición fue:
Sí; es que yo siempre me decía, le digo francamente, que en nuestra
sociedad capitalista, mientras que uno no hace algún capital y obtiene
una renta, para ser económicamente independiente está uno perdido.
Es la única forma de mantener una posición crítica, poder tratar de lo
que uno verdaderamente quiere (Arocha y Friedemann, 1980: 16).
Esa resolución fue admirada y destacada por varios entrevista-
dos. Germán Botero de los Ríos, por ejemplo, subrayó el hecho de
la siguiente forma:
El profesor Friede mostró esa capacidad multifacética y sobre todo
esa vocación, muy interesante. Cuando consiguió dinero entonces
abandonó los negocios y se dedicó libremente y con comodidad a la
satisfacción de su vocación que era la antropología, los problemas
de la historia antropológica; eso es de admirar (EGB).
No sobra decir que la independencia económica le permitió
seguir investigando y publicando sin mayores presiones durante
– 181 –
182
Primera parte w Juan Friede, comerciante
los años de la Violencia política, de 1945 a 1965, permanecer largas
temporadas en Europa y los Estados Unidos y continuar su destino
de pájaro caminante.
2.
Además de las personales, Friede tuvo varias razones para viajar a
Europa: primero, debemos decir que en 1947 el diario El Tiempo se
atrevió a publicar un corto artículo en el cual don Juan expresó su:
extrañeza de que los indios de Sibundoy quienes, de acuerdo a la
documentación que encontré en el Archivo de Pasto, ya desde el siglo
XVII llevaban sus productos agropecuarios al mercado de la ciudad
(...) campesinos al fin, como cualquier campesino colombiano aun-
que llevasen cusmas y capisayos y hablasen su propio idioma, fuesen
entregados a la misión capuchina, como si fueran una de tantas tribus
“salvajes”. El artículo fue objeto de un regaño, amistoso por demás,
del director del Instituto Etnológico Nacional [Luis Duque Gómez],
quien me increpó sobre mi actitud hacia las misiones capuchinas que
supuestamente tanto ayudaban a los investigadores y antropólogos
en sus estudios sobre la selva colombiana (Friede, 1973: 40).
La posición asumida por Duque Gómez fue, en esencia:
El problema de los indígenas en Colombia es que tienen cien pro-
blemas. Uno muy grave puede ser el de las misiones, pero yo estaba
manejando un Instituto que para ir o mandar una comisión a los
territorios nacionales tenía que contar con los misioneros o con el
ejército o si no allá no entraban (...) yo decía, pues hombre yo me
tengo que cuidar de eso [de las declaraciones políticas en contra de
los misioneros y del estado mismo, pues] es recortarle las alas y las
posibilidades de investigación al Instituto en los territorios nacio-
nales. Además, creo que está bien que el Instituto Indigenista haga
política, hasta política agraria, porque nosotros allí teníamos un gru-
po privado, pero ya desde el plano del Instituto Etnológico Nacional,
hoy Instituto de Antropología, la situación es distinta (EDG).
Friede emprendió su primer viaje a Europa después de la Segunda
Guerra Mundial con cierta frustración, pues en ese entonces había
una posición dominante: “La objetividad de la ciencia tan sólo era
posible en la medida en que sus practicantes mantuvieran la más
absoluta neutralidad frente a las injusticias que se cometían contra
las comunidades objeto de sus pesquisas” (Arocha, 1986: 5), situa-
ción que, como iremos viendo, se presentó de forma cíclica a lo
largo de la vida del profesor Friede.
183
Capítulo 10 w El regreso a Bogotá y la marcha a España
Pero no fueron sólo las reacciones al artículo de El Tiempo las que
contribuyeron a aumentar su frustración y su desilusión: “Mi viaje
a Europa cambió todo, porque yo estaba tan desilusionado” (Arocha
y Friedemann, 1980: 16). Resulta que desde las épocas de su perma-
nencia en San Agustín don Juan había adelantado investigaciones
sobre los indígenas coreguaje, los huitoto y los tama. Con base en la
documentación recogida en los archivos de Pasto, Popayán, Mocoa y
varias inspecciones del Putumayo y el Caquetá, y de los informes que
le proporcionaran ancianos de las tribus visitadas, publicó algunos
artículos sobre la situación del indígena en la Revista del Instituto
Etnológico Nacional. Quería continuar su labor de denuncia con
una obra que quiso titular Sangre en el Putumayo, cuyo tema era la
explotación del caucho. Sin embargo, al decir de Friede:
La indolencia que encontré por entonces entre amigos y en los
círculos oficiales hacia el problema de los indios, me hizo desistir
de la elaboración del material recogido. No tengo madera de “héroe”,
ni de “mártir”, ni de “redentor”. Pero, si no soy un “héroe”, tampoco
soy un cobarde. Al comprobar que la ardua tarea que hubiera exigi-
do la elaboración de mis fichas y notas en nada hubiera influido la
suerte del indio, guardé todo el material en cajas, y en este estado
se encuentran todavía (Friede, 1973: 39).
Ahora bien, además de los evidentes problemas que veía para
desarrollar su labor investigativa e intelectual, otros factores lo
llevaron a viajar a España: además de buscar a su madre y hacerse
cargo de ella, pues su hermana había perecido en la guerra bajo
las llantas de un automóvil, influyeron la separación de su esposa
Alicia y el cambio experimentado por su protegido Carlos Correa:
“Él después cambió mucho. Yo me desilusioné en Colombia cien
mil veces, [de] Carlos Correa, me desilusioné del todo” (Arocha y
Friedemann, 1980: 19).
No obstante, su viaje no se debió sólo a dificultades y desilusio-
nes: tenía grandes expectativas intelectuales: “Friede estaba ya con el
deseo, ya no por el negocio, pues tenía un mediano vivir, (…) resolvió
entonces viajar a España” (EDG). La península lo atraía, además, por
razones que hemos mencionado con ocasión de su encuentro con el
Cante jondo, ya que desde el viaje del verano de 1933:
Mi compañero [Arthur Goldsteen] y yo hemos amado a España y a su
pueblo. La tragedia que este sufrió en los años posteriores, durante
la Guerra Civil y luego de la Segunda Guerra Gundial, impidieron
mis viajes a Europa. Pero, apenas acabada la guerra, volví a España.
Desde entonces, aprovechando mis largas permanencias en Sevilla
184
Primera parte w Juan Friede, comerciante
donde investigaba en el Archivo General de Indias la historia de
Colombia, mi patria, no omitía ocasiones de oír ese Cante que tanto
me había impresionado en mi juventud (Friede, 1973: 21-32).
Al tomar tal resolución de viajar, Friede dejó a Santiago Muñoz
Piedrahita:
Encargado del edificio de la 63 con tercera, yo lo administré pues
también vivía allí. Eso fue durante su primer viaje a Europa, después,
supongo, que consiguió otro apoderado. Él era dueño de toda esa
cuadra de la 63 con tercera, el lote hacia el sur, continuo a la casa lo
vendió a la FAC para que ella hiciera su club (...) cuando estuve a cargo
de sus negocios no recibí instrucciones para pasarle dinero a Alicia,
hoy de De Francisco, ni a la Negra, les debió de dejar instrucciones a
otros para ello (ESMP).
En realidad, “cuando él viajaba dejaba la casa arrendada pues
nosotros [Ricardo y su madre] vivíamos en una casa que tengo en
el centro [en la calle 13, en el barrio La Concordia] con mi mamá.
Jaime y Juan vivían con Alicia” (ERF).
3.
¿Por qué se sintió desilusionado don Juan de su antiguo protegido, el
pintor antioqueño Carlos Correa? Como vimos, simultáneamente con
la actividad de galerista Friede fue un mecenas para Correa, lo prote-
gió, lo llevó a vivir a su casa y luego le arrendó la amplia buhardilla
como estudio; después, en la época de San Agustín, le ayudó econó-
micamente invirtiéndole unos dineros en el engorde de semovientes.
Es así como en carta enviada desde San Agustín, Correa le comunicó
a su protector que: “Agradezco las ganancias en lo referente al ganado”
(AJF, carta de Carlos Correa, 6 de septiembre de 1943).
Cuando Correa se fue a vivir a Cali, a principios de 1945, la
amistad entre ambos continuó, aunque un poco distante, pero los
negocios seguían, y ese fue el inicio del rompimiento definitivo.
Resulta que antes de emprender su primer viaje de reconocimiento
a los archivos españoles, don Juan le pidió al pintor que arreglaran
cuentas, y Correa se demoró catorce días en responder, ya que había:
“Tenido trabajo con los exámenes de fin de año, afortunadamente
ya terminamos labores desde el once de los corrientes” (AJF, carta
de Carlos Correa, 14 de julio de 1947). En su misiva, el antiguo pro-
tegido dejó sentado que:
185
Capítulo 10 w El regreso a Bogotá y la marcha a España
Le envío tres fotos, pues aunque he pintado varias cosas, no tengo
por el momento fotografías de ellas. El resultado de los libros es:
en 1945 recibí dos remesas de ellos; la primera creo que la envió
Clemente Airó y fue de cuarenta ejemplares; la segunda fue de cin-
cuenta; total, noventa ejemplares:
Librería Colombiana vendió dos ejemplares: $2,40.
Agencia de El Tiempo vendió tres ejemplares: $3,60.
Librería Mosquera vendió dos ejemplares: $2,40.
Yo tomé treinta y tres ejemplares: $39,60.
Suma: cuarenta ejemplares. $48,00.
Descuento del 13%: $4,40.
Total: $33,60.
Por aerogiro de la Avianca le acabo de remitir dicha suma y por
conducto de los correos nacionales cincuenta volúmenes restantes.
En esta forma queda liquidada la cuenta de los libros.
En cuanto al saldo que yo le debo a Ud. son $250,oo pues tenemos
que descontar las cinco acuarelas que le remití de Cali. Mi deseo
sería poderle cancelar esta cuenta pero sucede que he tenido gastos
considerables (para mí) a saber: un lote de terreno que compré y
aún estoy pagando a plazos; también tuve que someterme a una
operación de apéndice cuyo valor todavía debo.
No obstante en este mes estoy esperando que me hagan el pago de
un trabajo: si así ocurriese, con el mayor gusto le abonaré parte de su
cuenta; en caso contrario, si a Ud. le parece, podré enviarle algún óleo
o acuarela por el valor total de dicha cuenta. Creo que podría ser uno
de los siguientes cuadros:
Carnaval y entierro (óleo). Cabeza de negra (acuarela). La selva (acua-
rela). El Sol (San Agustín) (óleo). Paisaje de Gachetá (óleo) (Ibídem).
Así, la relación entre Correa y Friede se había ido relajando. El
tono de la misiva molestó a don Juan, quien el 17 de julio le envió
una fuerte respuesta en la que criticó la compra del lote y la forma
como había cambiado su actitud ante la vida:
Ayer recibí su tardía contestación. Yo pensaba que no había recibido
mi carta, pues mi viaje es el 24 del presente por la mañana.
He recibido las cuentas de los libros. La edición, pues, fue un fracaso
económico completo, lo que se podía haber previsto de antemano.
Lo que sí no hubiera podido imaginar yo, era que la edición de una
biografía suya resultase un fracaso, por decirlo así, moral. También
recibí sus tres fotografías de las últimas obras y le digo francamente
que estoy desilusionado. Parecen haber sido pintadas hace tres, cua-
tro o cinco años, aferrados en una temática y, según parece, también
una técnica, que ya se está volviendo una manera. Usted, Carlos,
me perdona, mi sinceridad.
De René Alis, quien ahora vive en el alto de los Ídolos en mi casa en
San Agustín, supe la extraordinaria noticia de que usted invirtió el
186
Primera parte w Juan Friede, comerciante
dinero obtenido en la venta de sus cuadros en Medellín en un lote
de Cali. Por mucho menos de la mitad de este dinero hubiera usted
podido hacer en estas vacaciones un viaje a México o Estados Unidos,
para darse cuenta de la lucha que siguen sus compañeros de oficio
en otras latitudes. Por $3.000,oo hubiera podido ir por ocho meses
a Europa. De que usted, despreciando esas oportunidades, compre
un lote en Cali, es un hecho que llena de asombro a todos los que
creemos que usted tiene talento.
En fin, la cosa es suya, y también la responsabilidad. Para mí ha
sido esta trayectoria suya de la inmunda pensión “San Jorge” en la
calle 14 al dueño de unas varas cuadradas en alguna calle de Cali,
hasta ahora una profunda desilusión (AJF, carta a Carlos Correa, 17
de julio de 1947).
Respecto a los negocios y deudas, don Juan le comunicó a su
antiguo protegido que:
Y ya que pasamos al plano comercial, quisiera recordarle que el
dinero que usted me debe ya hace varios años y cuya devolución
esperaba con paciencia, no puede ser utilizado para pagar con más
prontitud un terreno que usted compró. Siento avisarle que consi-
dero la deuda que usted tiene conmigo, que es por alquiler de un
taller donde usted pudo hacer su pintura, como deuda más sagrada
de la que usted contrajo con el dueño de un terreno donde invirtió
sus ahorros y ganancias. Como salgo el 24 del presente para Euro-
pa, le ruego, apenas reciba esta carta, remesar telegráficamente por
conducto del Royal Bank of Canada de esa ciudad, a mi cuenta en
el Royal Bank of Canada de Bogotá la suma de 250,oo, que según
sus cuentas me debe.
Muchas gracias por su oferta de pagarme este dinero en cuadros.
Con complacencia anoto que usted los avalúa muchísimo más alto
de lo que los mismos valían al tiempo en que fue originada su deuda
conmigo (Ibídem).
Así se aclara, un poco más, la relación establecida hacia 1940
entre Juan Friede y Carlos Correa: el por entonces galerista vio en
el desprotegido pintor buenas posibilidades artísticas, pero estas
necesitaban un empuje económico y una orientación intelectual y
conceptual:
Espero que usted verá en esta carta no un deseo mío de mortificarlo,
que es completamente ajeno a mis intenciones. Como siempre me
ha interesado su pintura, creo, tener el derecho de decir francamen-
te mis opiniones que, por otra parte, no son obligatorias para nadie
(Ibídem).
187
Capítulo 10 w El regreso a Bogotá y la marcha a España
Además de presentarlo y relacionarlo con personalidades de la
vida política y cultural del país, la orientación intelectual y con-
ceptual consistió, entre otros, en suministrarle elementos de cultura
general y de concepción de la existencia, para que saliera de una
visión de la vida negativa y trágica, que reflejaba en sus trabajos
pictóricos, sesgada por la militancia en el Partido Comunista, y
enseñarle a valorar su producción. Esos elementos los aprovechó
Correa en algunos momentos, pero al alejarse físicamente de don
Juan volvió a caer en ellos. Al protector le molestó mucho la idea
de su protegido de “asegurarse” un techo, pues al pintor le faltaba
mucho más mundo para mejorar su producción artística. Por si
cambiaba de manera de pensar le escribió: “De todos modos créa-
me que sigo siendo su amigo y como tal me ofrezco en París bajo la
siguiente dirección: Chez Mamut, 155 rué de Courcelles, si acaso
usted necesita algo. Le deseo muchas felicidades y prosperidad. Su
amigo (...) (Ibídem).
La respuesta de Correa fue un tanto sarcástica y escrita por éste
a París, adonde don Juan había viajado:
La lectura y meditación de su encantadora epístola fechada el 17 de
julio en Bogotá, me ha enternecido en lo más íntimo de mi corazón,
tal es el uso sabio y sutil que usted ha hecho de ciertas expresiones
de la lengua castellana, verbi-gratia: “Fracaso económico”, “Fracaso
moral”, “Profunda desilusión”, “Deuda sagrada”. Esto es profundo,
demasiado profundo.
Dice usted, con razón que mi biografía fue un “fracaso económico”
y un “fracaso moral”. Yo también digo que fue un Fracaso de 52
páginas (AJF, carta de Carlos Correa, 5 de agosto de 1947).
Al igual que Pedro Nel Gómez, su maestro y amigo, Correa siem-
pre desconfió de los críticos de arte. Como hemos visto, don Juan
cumplió por los años 1940 esa ingrata función, lo que le significó
enfrentamientos con los pintores y artistas de la época. Sin embar-
go, mientras estuvo como mecenas, los artistas que protegió nunca
se quejaron en público de lo que decía o dejaba de decir. Una vez
que las relaciones se pusieron tirantes, sus pupilos, y en especial
Correa, se le revelaron: “Estoy de acuerdo con usted, en la “desilu-
sión” producida por las tres fotografías enviadas. Al respecto, dice
Benavente: ‘y conviene no olvidar que todo artista consume en su
vida por lo menos tres generaciones de críticos’ (...) con don Jacinto
también estoy de acuerdo” (Ibídem).
Es importante subrayar que años después, cuando Marta Traba
pontificó sobre la actividad artística en Colombia, Carlos Correa y
188
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Pedro Nel Gómez fueron de los más grandes perjudicados por la
rigurosa pero muy sectaria pluma de la argentina, pues uno y otro
no estaban de acuerdo con uno de los principales elementos que
definen el arte moderno, por el que Marta Traba siempre luchó, la
comercialización, que ha llevado a que el arte haya dejado de ser
un asunto cultural y se convierta en uno de consumo.
Ahora bien, Correa era terco, toda la vida permaneció fiel a sus
principios; era difícil entonces que el trabajo y la buena voluntad
de don Juan lo cambiaran. No es raro que al recibir la carta de su
antiguo protector se hubiera exaltado y echado en cara a “Herr
Friede”, como le decía, que:
De René Alis111, supo Ud. la “extraordinaria noticia” del lote adquirido
por mí. También, de René Alis, supimos “la extraordinaria noticia”:
que usted lo dejó como a Job en la adversidad, sin cama, mesa, ni
taburete (...). En fin, la cosa es suya y también la responsabilidad
de lo sucedido en su latifundio “Friedelandia”.
Pasando al “plano comercial” tengo el gusto de comunicarle que con
fecha 4 de los corrientes y por conducto de The Royal Bank of Ca-
nada, he girado a favor suyo la suma de doscientos cincuenta pesos
m/cte. (250,oo), quedando así cancelada su “Sagrada deuda”. “Con
complacencia”, también yo “anoto” que su “estilo” literario ha mejo-
rado mucho, pues si la biografía mía fue escrita en 52 páginas, en su
autobiografía (la epístola del 17 de julio) sólo gasto Ud. una página.
Finalmente, en cuanto a la amistad de que usted me hace profesión de
fé, le insinúo, de la manera más cortés, que también sea “cancelada”,
ya que ni en el terreno “artístico” ni en el campo de la “moral” tengo
ya nada que ofrecerle a Ud. (AJF, carta de Carlos Correa, 5 de agosto
de 1947).
Ante tal reacción, don Juan le escribió a Correa:
111 René Alis: pintor cubano residente en Colombia, cuyo principal lugar de habitación
fue Cali. Unos años después de los hechos que estamos narrando se hizo famoso
por el siguiente suceso: “Después de realizar sin mucho éxito de ventas, una ex-
posición de acuarelas en Bogotá, el cubano René Alis, al que le gusta usar barba
de terrorista, pintor raro y sentirse residente en el París de los “ismos” (…) reunió
a un centenar de intelectuales en un bar llamado “La Perrilla” (cerca al parque de
San Diego), y procedió, con su alegre colaboración, a quemar la mayoría de esas
acuarelas invendidas. También el fuego dio cuenta de un muñeco de trapo y paja.
Que dizque representaba al pintor, hecho por él mismo. No faltaron fotógrafos para
registrar la escena.
Cuando ardían los cuadros, algunos fueron rescatados del “fuego purificador” y se
vendieron en subasta, el que más por ochenta pesos”. Semana (203), 9 de septiembre
de 1950.
189
Capítulo 10 w El regreso a Bogotá y la marcha a España
Su carta, que llegó hace unas semanas, siendo la primera que recibí
en París, me sorprendió, sólo medianamente. Era un saludo tardío
de aquel grupo de “genios” que considera la crítica de su actividad
como una ofensa personal, un gran sacrilegio.
Por otra parte, lo “ingenioso” es, ud. lo sabe, demasiado barato en
Colombia, para que me impresione. Se lo consigue por los cinco
centavos de un tinto en “El Molino” o “Asturias”. Más difícil es en-
contrar en Colombia un nombre que con su obra corresponda a su
“genio”. De todos modos su carta engrosará la fila de aquellos escritos
que comenzó un tal sr. López, paisano suyo, quien se indignó por
el hecho de haberle yo prestado, desinteresadamente y con mejor
voluntad, mi Galería de Arte, para un cuadro suyo que yo encontraba
mediocre, sin considerarme, por consiguiente, con la obligación de
“trabajar” por su colocación.
Referente a la biografía le digo, que será para mí verdaderamente “mala”, sólo en el caso
de que el futuro demuestre, no haber sido una biografía, sino una novela inventada
con un héroe imaginario. Desgraciadamente, por ahora, tanto el libro, como el éxito
monetario de la exposición en Medellín, han ayudado a hacer “mala” la biografía.
Acepto pues, por lo pronto, la “cancelación” de nuestra amistad (AJF, carta a Carlos
Correa, 7 de octubre de 1947).
Luego del incidente Correa no volvió a mencionar a Friede: la
amistad sostenida y la ayuda prestada por don Juan nunca volvieron
a ser tratadas; tan es así que en el libro de Correa, Conversaciones
con Pedro Nel (1998), al analizar la escultura de Gómez dice: “La
escultura es el arte de dios. Esa definición teológica, viene a mi
memoria al recordar la peregrinación que, en compañía de Fernando
González y Pedro Nel, realizamos a San Agustín en el año del arte
de 1940” (Correa, 1998: 29). Recordemos que la expedición fue entre
diciembre de 1941 y enero de 1942, y que Friede los invitó.
Sin embargo, los juiciosos conceptos de Friede escritos en la
biografía son referencia obligada cuando se habla de Carlos Correa.
Por ejemplo, el 29 de agosto de 1948 A. R. de la E, escribió en El Es-
pectador: “(…) Pinta obras con temas religiosos que, pasando por
Semana Santa, culminan en la famosa Anunciación, obra esencial-
mente revolucionaria; pues como lo anota Juan Friede, ‘El misticismo
siempre fue rebeldía’”112. Y en diciembre de 1972 Tulia Ramírez de
Cárdenas escribió una nota sobre el pintor para la revista Fabricato
al Día, en la que recordó que:
En todo se manifiesta como un joven inconforme que lucha contra
un medio indiferente, como un héroe, como dice acertadamente Juan
112 Carlos Correa por A. R. de la E. El Espectador, 29 de agosto de 1948. Citado por Libe
de Zulategi, 1988: 99.
190
Primera parte w Juan Friede, comerciante
Friede, su biógrafo y amigo, como lo son en cierto grado todos los
artistas en Colombia, que se esfuerzan por sacar al burgués de su vida
política comercial, de su vida fácil y apacible y hacerle comprender
lo que da la vida con una sola y bella herramienta que es el arte113.
De igual forma, en una entrevista concedida por Correa el 4
de septiembre de 1949 al escritor y periodista Fernando Guillén
Martínez (1925-1975) y publicada en El Liberal (Popayán), estando
muy reciente el rompimiento, el entrevistador le hizo las siguientes
preguntas acerca de la relación con Friede:
¿Qué período de su vida humana le interesa a usted más, como
experiencia espiritual?
¿Cuál de sus tiempos pictóricos responde mejor a sus necesidades
estéticas: su “naturalismo” del año 30, el “anarquismo-comunista”
de 1934, el “biologismo” subsiguiente o su “misticismo” subsiguien-
te según la cronología de Juan Friede en el libro que dedicó a su
pintura?114.
Correa respondió sin aludir a Friede, aun cuando debió recono-
cer que lo vivido con Friede había sido fundamental en su vida, lo
había marcado: “El más importante de todos es sin duda alguna el
“periodo agustiniano”, pues durante siete meses estuve en contacto
con los dioses de piedra americanos”; debió aceptar, también, las
etapas de su vida pictórica determinadas por su biógrafo
El “biologismo” es el periodo que en mi pintura tiene y tendrá ma-
yor importancia. Pero ese biologismo tiene forzosamente que ser
“americano”115, pues no quiere repetir la triste historia de ciertos
artistas nuestros que han estudiado en Europa y a su regreso ni son
europeos ni son americanos.
Y es muy natural que de la combustión de blancos, negros e indios,
brote la sangre que va a fecundar la nueva plástica de América, ya
que el arte de Europa, en dolorosa menopausia, ve aproximarse con
vertiginosa rapidez el día de su total defunción116.
Ahora bien, en un principio, en la década de 1940, cuando Juan
Friede vivió en San Agustín y escribió sus primeros trabajos fue un
113 Tulia Ramírez de Cárdenas. “Carlos Correa”. Fabricato al Día, diciembre de 1972.
Citado por Zulategi, 1988: 111.
114 Fernando Guillén Martínez. “27 años de pintura. El pintor Carlos Correa”. El Liberal,
4 de septiembre de 1949. Citado por Zulategi, 1988: 116-117.
115 Ibídem: 116.
116 Ibídem: 117.
191
Capítulo 10 w El regreso a Bogotá y la marcha a España
“aficionado” a la historia, la antropología, etcétera, pero las condi-
ciones, las coyunturas y los acontecimientos lo llevaron a profesio-
nalizarse, al punto que, a partir de 1947, resolvió viajar a España y
dedicarse por entero a la investigación histórica. Según le escribió a
monseñor José Restrepo Posada, obispo de Popayán: “La investigación
histórica es una especie de enfermedad crónica, que una vez que se
apodera de uno ya no lo deja, a pesar de todas las dificultades que
pueden encontrarse en el camino” (AJF, carta a monseñor José Restrepo
Posada, 10 de marzo de 1958). Así, al viajar a Europa y comenzar su
labor investigativa allí, don Juan Friede empezó, prácticamente, con
una nueva vida de intelectual e investigador, ya no de comerciante.
Sin embargo, tanto en esa actividad como en las otras que adelantó
paralelamente dejó huellas imborrables.
Segunda parte
Itinerario intelectual de Juan Friede
Capítulo 1
Los primeros años:
El indio en lucha por la tierra. Despegue
1.
A l iniciar su periplo intelectual como historiador, Juan Friede
encontró que el estudio de la historia colombiana se hallaba
en un estado embrionario. En efecto, no había historiadores profe-
sionales, apenas había un germen en la Escuela Normal Superior.
En general, según Alfonso López Michelsen, testigo de la época, el
estado de la cuestión era:
Aún los propios textos escolares, plagados de anécdotas incondu-
centes, aparecían de una superficialidad sin límites a los ojos de los
educandos. Solamente las memorias de algunos de nuestros hombres
públicos del siglo pasado redimían a semejante desierto de la aridez
intelectual. Ni el análisis económico, social, político, en su genuino
sentido, desempeñaban papel alguno en la tarea investigadora de
nuestros cronistas. Ni qué decir de la carencia de referencias para
ampliar los conocimientos. Citar las fuentes bibliográficas ha sido
una práctica tan reciente (…) esta costumbre sólo vino a implantarse
muchos años más tarde (López Michelsen, 1993: 14).
Un analista, Germán Colmenares, expresó, entre finales de 1989
y principios de 1990, que:
La historiografía colombiana había vivido de una herencia del siglo
XIX que, si bien no puede desdeñarse, estaba constituida por una
narrativa cuyas finalidades eran en gran parte extrañas a la función
del saber histórico. Se trataba de un relato ritual concebido para
– 195 –
196
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
exaltar el patriotismo y que configuraba un canon inalterable de
gestas heroicas. De allí que el mayor esfuerzo narrativo se concentrara
en el periodo de la independencia, aquel del cual podía deducirse
el mayor número de ejemplos de acciones dignas de ser imitadas
(Colmenares, 1997 (1991)).
La obra de Friede abarcó algunas temáticas de la historia co-
lombiana, y su abordaje marcó, de alguna forma, momentos dentro
de sus casi cincuenta años de trasegar intelectual: una primera
temática y un primer momento sería el estudio de la historia y los
problemas del indígena en Colombia; la segunda fue la conquista
del territorio de la actual Colombia por parte de los españoles, en la
que se preocupó por biografiar algunos de sus protagonistas y sacar
del olvido a otros, por revisar a los cronistas y analizar el papel de la
iglesia, con el interés de reconstruir el impacto de la Conquista y de
la iglesia católica sobre los indígenas y el proceso mismo. Estos dos
se entremezclaron con la etnohistoria. El tercer momento fue el de la
independencia; y el cuarto el de la revolución de los Comuneros.
En los cuatro momentos la constante fue la búsqueda de do-
cumentación, por lo general inédita o poco tenida en cuenta, en
un alto porcentaje novedosa, existente en los archivos españoles,
principalmente, pero también en algunos europeos, en los de las
universidades de Indiana y Texas y en los archivos colombianos,
con el fin de dar a conocer la otra cara de los acontecimientos, la
del pueblo, la de las minorías y mayorías olvidadas. Esto le permitió
escribir una historia de la Conquista y la Colonia diferente, distinta,
hasta cierto punto innovadora, cercana a la historia social. De todas
formas, Juan Friede Alter fue, junto a Luis Eduardo Nieto Arteta,
Luis Ospina Vásquez y Jaime Jaramillo Uribe, un precursor de la
moderna historia de Colombia.
2.
Desde la primera obra que escribió Friede –Los indios del alto Magdalena:
vida, luchas y exterminio, 1609-1931, editada en 1943 por el Instituto
Indigenista de Colombia–, definió una de sus constantes temáticas: el
estudio de la historia y de los problemas del indígena en Colombia, con
especial atención al roce, contacto y choque con los españoles en tiempos
de la Conquista y la Colonia, y luego con la sociedad nacional –lo que se
ha dado en llamar “etnohistoria” o “antropología histórica”– como en la
defensa de los indígenas. Esta actitud e interés:
197
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
hicieron de él uno de los pioneros de la etnohistoria nacional y uno
de los mejores conocedores de los problemas indígenas nacionales,
y desde el punto de vista social y moral uno de los más tenaces de-
fensores del indio colombiano (Jaramillo Uribe, 1989: 253).
Tema de historia social que, según él, debía ser visto: “desde el
punto de evolución histórica, pues es el resultado de la centenaria
persecución a la raza india, principiada en la conquista y seguida
en nuestros días” (Friede, 1972: 7).
Al publicar El indio en lucha por la tierra Friede buscó “despertar
el interés entre los colombianos por este agudo e importante pro-
blema” (Ibídem: 9); pero no sólo se contentó con historiar y denunciar
el contacto entre blancos e indígenas, sino que se comprometió con el
destino de las comunidades y, de paso, acercar al país y a sus gentes
a una visión más real de sí mismos. Tales conceptos, y en especial su
interés por la historia indígena, los expresó cuando escribió que:
Una importante tarea, digna del mejor historiador americano, sería la
investigación de la historia india durante la época de la Colonia y la Re-
pública. Ella nos revelaría hechos que nos relegarían a segundo término
los intrincados e inoperantes relatos sobre la vida, intrigas y rivalidades
de los europeos venidos a este continente, al tiempo que se demostraría
la importancia que tiene para la historia general de América la lucha
centenaria del pueblo americano contra el invasor. Las consecuencias
de esta lucha que aún subsiste, influye directa e indirectamente en la
evolución de las repúblicas americanas: millones de indios, débiles y
faltos de recursos esperan hasta el presente su incorporación a la vida
cultural y material de los pueblos. Por otra parte, en el americano actual,
principalmente en el del centro y del sur, persiste el elemento indio y
es el mestizo, y no el blanco, el que determina la vida nacional de las
Américas. Salta a la vista la importancia que tiene la investigación en
este renglón histórico (Ibídem: 48).
El viraje que dio don Juan a partir del primer impulso america-
nista y reforzado con la militancia indigenista fue, en cierta forma,
una sorpresa para sus amigos. Pedro Nel Gómez le escribió al res-
pecto felicitándolo por la publicación de El indio en lucha por la
tierra. Historia de los resguardos del macizo Central Colombiano,
pero haciéndole notar que no sólo se debía ver la óptica indígena,
sino la del mestizaje. El muralista prefería que don Juan siguiera en
su papel de promotor y divulgador cultural:
Me parece bien interesante ese esfuerzo tuyo para estudiar las
antiguas raíces indígenas que forman el fondo original de nuestras
naturalezas de americanos, naturaleza que día tras día me parece
198
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
es más grande y más sólida de lo que en un principio imaginé. “La
retina” indígena es sin duda (en toda América) la retina más pura
del mundo, alejada, separada totalmente, del cristianismo, del ra-
dicalismo y del orientalismo que tan profundos surcos abrieron en
la naturaleza europea. Piensa luego en el cruce de dos biologías tan
inmensamente alejadas como la española, franco-itálica, que vino
a nuestra América, con ese hijo de las cordilleras gigantes, de las
selvas milenarias. Muy bello todo esto en el fondo creativo, pero no
será comprobable sino por medio de obras, en el análisis muy difícil
por cierto, de la obra americana que por otra parte casi no lo permite
por ser obra “naciente”. No es posible conocer el fondo de esa flor
sino que ella se abra por su propio impulso, abrirla con esfuerzos
mentales es labor inútil, inexpresiva y muerta (AJF, carta de Pedro
Nel Gómez, 20 de diciembre de 1944).
En realidad, para 1940 era muy poco lo que se había escrito
sobre el indígena precolombino, de la Conquista, la Colonia y la
República. La culturas precolombinas, especialmente la chibcha,
habían llamado la atención de algunos científicos del siglo die-
cinueve, no historiadores sino aficionados: el primero de todos,
Ezequiel Uricochea (1834-1880) con su Memoria sobre las antigüe-
dades neogranadinas (1854); luego Liborio Zerda (1833-1919) con El
Dorado (1881-1884); posteriormente, Vicente Restrepo (1837-1899),
con Los chibchas antes de la conquista española (1895), y su hijo
Ernesto Restrepo Tirado (1862-1948), que publicó en 1892 dos obras
relativas a indígenas precolombinos: Estudios sobre los aborígenes
de Colombia y Ensayo etnográfico y arqueológico de la provincia de
los quimbayas en el Nuevo Reino de Granada. Así mismo, Manuel
Uribe Ángel (1822-1904) en su Geografía de Antioquia (1895) incluyó
una amplia historia del departamento y puso cierto énfasis en los
grupos indígenas primitivos. En lo trascurrido del siglo veinte era
poco lo que se había escrito al respecto; era entonces un tanto exótico
que alguien se preocupara por esas antigüedades, y sobre todo por
temáticas no convencionales como las que abordó Friede.
De los primeros libros de don Juan Friede el que más dio para
hablar fue El indio en lucha por la tierra. Historia de los resguardos
del macizo Central Colombiano (1944; 1972; 1976), punto de partida
de los modernos estudios indigenistas, que muestra cómo esa pro-
blemática está íntimamente ligada a la conformación misma de la
nacionalidad colombiana, convirtiéndose así en un aspecto central
de la historiografía del país.
Por esos años sólo un reducido grupo de intelectuales aceptaban
que una parte importante de nuestras raíces eran indígenas. La ma-
yoría estaba convencida de que la única historia era la de los héroes
de la Independencia o, a lo más, una historia netamente hispánica.
199
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
La resistencia al libro de Friede no se hizo esperar, como él mismo
señaló: “reaccionaron como si estuviera loco, porque nadie se inte-
resaba por el indio” (Arocha, 1986: 2).
3.
Una de las arremetidas más furibundas fue la de Germán Arciniegas,
quien desde el periódico El Tiempo atacó el libro de Friede; principal
intelectual de la burguesía colombiana, Arciniegas consiguió su fama
en parte por sus capacidades intelectuales pero, fundamentalmente,
por su astucia y, sobre todo, por su diletancia que engañó por años
a distintas generaciones de colombianos, aun cuando no llegó a
impresionar siquiera a los científicos sociales. Así, Carl O. Sauer,
destacado geógrafo estadounidense que visitó a Colombia en 1942,
en una misión de la Fundación Rockefeller, escribió:
No vi a los dos ministros que como científicos sociales se supone
que debería haber visitado, Arciniegas y López de Mesa. No se puede
esperar mucho de una cita con un ministro. De Arciniegas he leído lo
suficiente para considerarlo superficial y tendencioso. Lo que en gene-
ral los colombianos necesitan es menos frases bonitas y más trabajo
duro (...). El opus magnum de López de Mesa: Discurso sociológico
[Disertación sociológica, 1939], como literatura contiene algunos
bellos pasajes, pero es escandalosamente tangencial, completamente
indisciplinado y enteramente verborreico. Tiene el nombre de cientos
de autores en la punta de la lengua, pero dudo que haya estudiado
algunos de ellos (Sauer, 1988: 151. Subrayado nuestro).
En ese mismo sentido se pronunció Roberto Pineda Camacho en
1984, cuando refiriéndose a la obra de Germán Arciniegas América
tierra firme (1937) comentó que dicho libro:
Reflejó el viento renovador de la época en el ámbito universitario.
Pero aún así, sus planteamientos se caracterizan por cierta diletan-
cia y están muy por debajo de las consideraciones de más hondura
política y económica de muchos de sus contemporáneos (Pineda
Camacho, 1984: 221. Subrayado nuestro).
Sobre Luis López de Mesa (1884-1967), este mismo autor opinó
lo siguiente:
A pesar de su expectativa spenceriana y la fragilidad de muchas de
sus afirmaciones sobre la “nacionalidad” colombiana, hay que des-
tacar la labor del profesor Luis López de Mesa. Sin duda alguna, él
200
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
fue un ideólogo diletante y aún racista, pero su actividad estimuló
los estudios sociológicos y antropológicos en Colombia (Ibídem.
Subrayado nuestro).
El concepto sobre Arciniegas se refuerza mucho más con lo que
el 28 de febrero de 1999 escribió Alfonso López Michelsen:
Conocí a Arciniegas en 1930. Se adelantó al resto de los liberales para
pedirle a Olaya Herrera el viceconsulado en Londres, cuando era
apenas Presidente electo. He tenido una modesta admiración literaria
por la prosa de Arciniegas (…). En cambio, su condición de historiador
no me merece ningún respeto. Es cierto que la historia, con excepción
de las memorias de los contemporáneos, era un tanto pesada, cuando
en los primeros veinticinco años de este siglo se dio un viraje hacia la
amenidad del relato al precio, en ciertos casos, del rigor propio de tan
exigente tarea. André Maurois, Stefan Zweig y Emil Ludwig1, hicieron
carrera poniéndole un toque de novela a la crónica histórica. Un ejemplo
al canto es el de Maurois, quien en su biografía de Disraeli confunde a
Colombia con Bolivia a propósito de las acciones de las minas de Santa
Ana, en jurisdicción de Mariquita, cuya caída en la Bolsa de Valores de
Londres estuvo en el origen de los descalabros económicos del estadista
británico. Algo semejante le ocurre a Arciniegas con los Vespucci y las
modelos de Leonardo da Vinci. ¡Dios sabe si todas sus fantasías noveladas
corresponden a la realidad!2.
En esencia, el problema de Arciniegas como historiador lo plas-
mó Jorge Orlando Melo en la reseña del libro Bolívar y la revolución
(1984), al mencionar que este no se basa en:
una investigación documental que revele nuevos hechos o dé un
buen fundamento a sus análisis (…). El autor hace gala de un es-
tilo ágil, lleno de giros y argumentos sorpresivos y de comentarios
ingeniosos. Desafortunadamente, la estructura del libro, lo que
podríamos llamar su arquitectura fundamental, es algo descuidada.
Las repeticiones son frecuentes y al final se tiene la impresión de
haber leído una colección de artículos relacionados tenuemente,
unidos entre sí por la recurrencia de ciertos temas e ideas, pero sin
1 En 1988, Jorge Orlando Melo en su ensayo “La literatura histórica en la Repúbli-
ca” (Manual de literatura colombiana. Planeta-Procultura. Bogotá), refiriéndose al
desarrollo de la biografía novelada de fines del siglo diecinueve durante el veinte,
señaló que: “Este género de biografía novelada encontró también otro cultivador en
el general Luis Capella Toledo y se prolongó a nuestro siglo, cuando, reforzado por
los ejemplos de Stefan Zweig y Emil Ludwig, encontró su más notable cultivador en
don Germán Arciniegas” (Melo, 1988: 637).
2 Alfonso López Michelsen. “Respuesta a Germán Arciniegas”. El Tiempo, Lecturas
Dominicales. 28 de febrero de 1999: 6.
201
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
un estricto desarrollo lógico (…) información insuficiente, argumen-
tos deleznables, descuidos factuales, la frase brillante en vez de la
demostración (Melo, 1984: 101-103).
Dicho concepto lo ratificó en 1988, cuando expresó que:
La obra de Germán Arciniegas se movió siempre entre la historia y
el periodismo. Más que un historiador, fue periodista centrado en
temas históricos (…) excepto para los profesionales del arte, para los
ratones de biblioteca o archivo, el conocimiento histórico no existe
sino, en último extremo, en la obra de síntesis interpretativa o en el
trabajo de divulgación. Desde este punto de vista resulta indispen-
sable considerar a Arciniegas, probablemente el escritor colombiano
de asuntos históricos con mejor habilidad literaria, el más dotado de
los divulgadores del país3.
(…) La mayoría de sus libros son recopilaciones o reorganizaciones de
artículos de prensa y esto explica las repeticiones y las reiteraciones
frecuentes de sus textos. Autor muy prolífico, las columnas de prensa
le permiten organizar casi un libro por año (…) nunca sabe el lector
cuándo inventa y cuándo cita Arciniegas, cuándo está escribiendo
una novela y cuándo está escribiendo historia (Melo, 1988, tomo II:
650. Subrayado nuestro).
Decíamos que Germán Arciniegas escribió el sábado 18 de no-
viembre de 1944, en las páginas 5 y 18 del diario El Tiempo, una
reseña de El indio en lucha por la tierra, titulada: “Una cuestión
histórica: ¿querían los indios la independencia?”, en la cual hizo
una curiosa mescolanza: además de echar atrás, con argumentos
harto discutibles, la cuidadosa revisión de archivo hecha por Friede,
consideró al indígena como ser inferior y cayó en el determinismo
geográfico más burdo:
Nadie ha pintado mejor la estética del indio, que aquel curandero que
solíamos ver en las plazas de Bogotá vendiendo ungüentos y porque-
rías, y que a sí mismo se decía “el indio ladino y armonioso” (...). No
es posible que el indio se exprese con la vocinglería de los negros
alzados, de los artesanos de las democracias, de los obreros que son
los cachorros de la ciudad. La vida del campo, que es la suya, es una
vida de tono menor. El infortunio es la sombra que el cuerpo indio
proyecta sobre su propia vida: es fácil olvidarse del indio perdido en
3 Ello se comprueba con el libro sobre Jiménez de Quesada. La primera edición se
conoció en 1939 como Jiménez de Quesada y en 1940 la versión final El Caballero
de El Dorado. El libro tiene por lo menos cuatro ediciones (1942, 1969, 1978 y 1988)
y versiones en inglés (1942), alemán (1987) y francés (1995).
202
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
sus soledades, que carece de los recursos que la democracia ofrece
al trabajador de las ciudades4.
Friede consideró que pese a los argumentos expuestos por Arci-
niegas, contrarios ciento por ciento al estudio de la historia indíge-
na: “Fue una reseña bastante interesante, es decir ya se despertó el
interés” (Arocha y Friedemann, 1980: 23).
En realidad, si se analiza gran parte de la bien documentada
producción intelectual de Juan Friede se encuentra que, de alguna
manera, fue una especie de reto y de respuesta a algunas de las
inconsecuencias e incongruencias históricas y al diletantismo y
ambigüedad de Germán Arciniegas. Es así como, en la citada carta
del 22 de junio 1942 al entonces ministro de Educación, en la que se
proclamó “pedronelista” y “agustinista” e hizo algunos comentarios
sobre el acelerado proceso de modernización en materia económica
del país, pero muy lentos en lo referente a la cultura, también le
escribió que:
Siendo franco, ¿no podría un escritor europeo dotado de su talento y
su erudición histórica y literaria, escribir Los estudiantes de la mesa
redonda, América tierra firme o Los Comuneros? Es cierto que es ud.
uno de los mejores prosistas que tiene Colombia, si mi opinión algo
vale. Lo considero además el único escritor colombiano que sabe
sentir al lector los acontecimientos históricos como cosas vivas, de
la misma manera que en sus mejores libros Zweig, Maurois, Lud-
wig, etc., pero no encuentro en sus libros una esencia americana,
un elemento que sólo un americano sea capaz de sentir y escribir.
Por esto considero su último libro Alemanes en la conquista de
América como una obra que se destaca altamente en su producción.
La diferencia no consiste en la cuidadosa preparación histórica, ni
tampoco en el estilo vivo, ágil y sencillo que éste y aquellos poseen,
sino precisamente por su espíritu americano. ¿Se ha dado ud. cuenta
de cómo en este libro, la selva, esta impenetrable y densa selva tro-
pical, aniquila a todos estos hombres del Norte o del Sur, españoles
o alemanes, valientes o cobardes? Esta enorme selva americana,
lo mismo que la ancha fauce de las cabezas agustinianas o como
la desproporcionada “jeta” de la Patasola “pedronelesca”, devora
estos hombres que se llaman conquistadores, virreyes, aventureros
o licenciados. Si se lee su libro extraordinario, como yo, en un solo
día –desde la mañana hasta bien entrada la noche– deja en la mente
grabado un cuadro vivo de esta selva americana, con sus montañas
impenetrables, sus ríos desbordados, sus mosquitos, serpientes,
fieras o lanzas envenenadas de indios. Selva hosca, informe feroz,
4 Germán Arciniegas. “Una cuestión histórica: ¿querían los indios la independencia?”.
El Tiempo, 18 de noviembre de 1944: 5.
203
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
no manoseada por los hombres, como las montañas europeas, contra
las que se estrellan los Féderman, los Welser, los banqueros euro-
peos, las cortes de España, etc. En su libro se puede sentir la risa
loca de la “Patasola”. De él a un fresco de Pedro Nel, no hay un paso
siquiera. En ambos vive el idéntico sentido americano, tan grande
y expresivo que desvanece lo anecdótico, lo histórico, lo narrado.
En este sentido es Ud. más “pedronelista” que yo, ya que yo tengo
que limitarme a sentir y emocionarme ante estas obras americanas,
mientras que usted y él las producen.
Entre paréntesis sea dicho que no estoy seguro si ud. piensa de
sus “alemanes” lo mismo que yo, pero es el privilegio del lector, lo
mismo que del que mira un cuadro, ya que la obra una vez hecha
se desprende de la intención o interpretación de su autor (AJF, carta
a Germán Arciniegas, ministro de Educación Nacional, 22 de junio
de 1942).
Es interesante subrayar aquí que Friede, muy temprano, en 1942,
cuando las tres obras históricas de Arciniegas estaban frescas5, ubicó
la inclinación de don Germán hacia el género de la biografía nove-
lada y la influencia que sobre él habían ejercido Stefan Zweig, Emil
Ludwig y André Maurois, lo que puede ser un indicio importante de
la cultura general e historiográfica que poseía, como su capacidad
de lectura, de análisis, etcétera. Así, a Juan Friede se le convirtió
en un reto intelectual y personal la investigación histórica y muy
especialmente se empeñó, quizás inconscientemente, en superar los
temas que Arciniegas trató en sus promocionados libros. Obviamente
que no tuvo la habilidad literaria de Arciniegas y nunca quiso ser un
divulgador. De tal forma que investigó, documentó y escribió una bio-
grafía muy completa sobre el fundador de Santafé de Bogotá, Gonzalo
Jiménez de Quesada, otra sobre Nicolás de Féderman y un importante
trabajo sobre los Welser. En sus últimos años trató de redactar una
detallada monografía sobre los Comuneros6 pero las fuerzas sólo le
alcanzaron para publicar dos volúmenes de documentos y dejar un
5 Los Comuneros (1938); Jiménez de Quesada (1939), versión final El Caballero de
El Dorado: vida del conquistador Jiménez de Quesada (1940); y Los alemanes en la
conquista de América (1941).
6 En 1938 Arciniegas escribió su libro Los Comuneros, que además de ser su primera
obra histórica se supone inicia la concepción liberal de la historia, en el cual exaltó
el carácter popular del movimiento comunero de 1781 y de su caudillo José Antonio
Galán. Ese libro: “no aportó mucho en cuanto a nueva información: era la misma
documentación que había sido utilizada por los historiadores anteriores, sobre todo
por Manuel Briceño (…). La interpretación, por lo demás, era más informada en cuanto
al contexto cultural internacional que los trabajos anteriores. Arciniegas conocía, así
fuera con insuficiencia, la historia española e hispanoamericana del siglo XVIII, y esto
le da un carácter menos provinciano a su libro” (Melo, 1988: 651- 652).
204
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
manuscrito inconcluso. Temas de investigación que Arciniegas se
atrevió a analizar e interpretar sin tener mucha idea o prácticamente
ninguna de las fuentes primarias.
En el caso de Jiménez de Quesada, Friede investigó durante
veintinueve años al personaje, publicó, antes de la versión final
de 1979, El adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada, varios
artículos y dos libros: Antecedentes histórico-geográficos del descu-
brimiento de la meseta muisca por el licenciado Gonzalo Jiménez de
Quesada (1951, 2 tomos); y Gonzalo Jiménez de Quesada a través
de documentos históricos. Estudio biográfico 1509-1530 (1960), que
sólo abarcó los primeros cuarenta y un años de vida de Jiménez de
Quesada, tiene una sólida base documental de ciento veinticinco
documentos y:
ofrece a los historiadores, sin entrar en polémicas, nuevos datos sobre
la vida del licenciado Jiménez de Quesada, los cuales frecuentemente
contradicen lo relatado por los cronistas coloniales, cuyas obras, sin
embargo, deben tenerse en cuenta para la biografía de nuestro héroe
(Friede, 1960: 9, citado por Rueda Enciso, 2005: 306).
La publicación de 1979 abarca toda la vida de Jiménez (1509-1579)
y aporta ochenta y siete temáticas documentales, algunas de las cuales
contienen dos y más documentos, setenta y cuatro de ellas están con-
formadas por documentación original, no publicada antes, proveniente
del Archivo General de Indias.
En esencia, el libro de Arciniegas sobre Jiménez de Quesada:
es interpretativo, inexacto y falto de objetividad, como fue la ma-
yoría de su obra historiográfica, es decir, trató menos de revelar lo
acontecido que de probar su postura personalista ante hechos que a
veces sólo conoció superficialmente, por falta de una labor previa de
investigación de los documentos históricos (Rueda, 2005: 314).
Mientras que los dos libros investigados y escritos por Friede:
En primer lugar, la documentación que aportó es, en un alto por-
centaje, totalmente original, y la que quizás fue utilizada por otros
historiadores, la consultó y transcribió en la fuente original. Los
cronistas fueron examinados con visión crítica (…).
En segundo lugar, don Juan Friede colocó a Jiménez en un pedestal
humano, mostrando sus cualidades y defectos en diferentes esce-
narios, como fue el de conquistador, encomendero, colonizador y
jurista. Es así como, contradiciendo lo expresado por los cronistas,
Friede demostró que Jiménez otorgó títulos de encomiendas, por los
205
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
meses de abril y mayo de 1539, antes de emprender viaje a España,
a varios de los conquistadores que lo acompañaron en la expedición
descubridora, con lo que quiso darles los medios de subsistencia
y comprueba la preocupación del licenciado por la suerte de sus
compañeros de aventura.
En tercer lugar, la base documental aportada por Friede (dos juicios
de residencia contra Jiménez, visitas, infinidad de pleitos, proban-
za de servicios) es útil para reconstruir fragmentos de la historia
administrativa del Nuevo Reino de Granada, de los primeros repar-
timientos de encomiendas, los repartimientos y rituales propios de
la época, etc.
En cuarto lugar, don Juan dio a conocer aspectos olvidados y discu-
tidos de la vida de El adelantado: su origen de judío converso (…)
(Ibídem: 314-315).
En fin, según lo expresó el investigador español Julián Ruiz
Rivera:
(…) lo más importante que se ha producido [sobre el fundador de Bogo-
tá] es el trabajo de recopilación documental y de interpretación histórica
llevado a cabo por Juan Friede. Con todo, la sensación que queda es la
de saber muy poco del personaje, pese a la cantidad de documentos que
ha recopilado Friede, porque la mayor parte de esos documentos tienen
carácter procesal y oficial7.
Ahora bien, ¿por qué don Juan Friede le escribió a Germán Ar-
ciniegas, por ese entonces ministro de Educación, una carta como
la que hemos trascrito? Resulta que:
Como te había contado, la entrevista tuya [véase anexo] que escribí
la entregué a Eduardo Carranza para su publicación en la Revista de
las Indias, hace unos tres meses. Eduardo Carranza, aunque no estaba
de acuerdo con los puntos de vista allí contenidos, estaba entusias-
mado con el nuevo aspecto con que tú tratas la cultura colombiana y
estaba dispuesto a publicarla; tanto que para el número de mayo fue
levantada la plancha en el linotipo y yo mismo la vi en la Editorial
ABC. Sin embargo, salió el número de mayo es decir el penúltimo
sin que apareciera esta entrevista. Pregunté a Carranza y me dijo
que antes de echar la revista a la imprenta, Germán Arciniegas hizo
retirar este artículo dejando en suspenso las planchas ya levantadas.
En la inauguración de la Exposición Arqueológica de Tierradentro
7 Julián Ruiz Rivera. De conquistador a colonizador: perfil antiheroico de Jiménez de
Quesada. Citado por Rueda Enciso, 2005: 305. Entre libros, ensayos y artículos que
se han publicado sobre el descubridor y fundador de la meseta chibcha entre 1982
y 2005, hay más de veinte trabajos.
206
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
tuve oportunidad de hablar con él sobre este artículo haciéndole el
reclamo. Germán no me dio una contestación satisfactoria pero al
despedirse de mí me dijo: “Ud. tiene dos cosas malas: primero que
es pedronelista y segundo que es pedronelista”. Por cierto que es una
desgracia que un Ministro que publica una revista con los dineros
de la nación, escoge sólo por gustos individuales los artículos de
ella. Sin embargo, no creas que me dejaré vencer tan fácilmente. La
lucha proseguirá y venceremos (AJF, carta a Pedro Nel Gómez, 26
de junio de 1942).
Así, se confirma, una vez más, el desprecio que ciertos sectores,
los más influyentes, de la sociedad y cultura colombiana sintieron
por el americanismo o autoctonismo que por las décadas de 1930 y
1940 impregnó a los artistas agrupados en el grupo de los bachués.
Obviamente que Germán Arciniegas tuvo un papel importante en todo
ello, y don Juan entró en conflicto con él. La lucha a la que se refirió
fue a largo plazo y, como veremos, le significó al maestro más de una
desilusión y sinsabor. Sin embargo, se mantuvo en su posición.
No sobra mencionar el comentario que Pedro Nel Gómez hizo
del arbitrario proceder del ministro, pues ilustra otros elementos
importantes de los bachués, en especial el carácter descentralizador
del movimiento, elemento que contribuyó a que contra él enfilaran
sus baterías los señorones de Bogotá y en especial el mayor de sus
ideólogos:
Cómo te parece, a estas horas, en el mundo de hoy, un señor ministro
corriendo a una imprenta para retirar un reportaje sobre arte. O pa-
rece que ese señor es o se siente dueño de vidas y haciendas en este
país o que en realidad es algo imbécil. No creerá don Germán que en
este pobre país todos pensamos como a él se le ocurra que deberían
pensar, a sabiendas de que este país, no es la calle real de Bogotá, ni
la cultura es la vanidosa erudición de biblioteca santafereña. Cómo
te parece tanta intranquilidad de los personajes de nuestra mediocre
cultura, por un simple reportaje, ¿qué será cuando se trate de una
obra? Así se explica el mercado que se encontraron en este país, los
Machos, González Polas, y tantos otros comerciantes hispánicos
tan atacados por los germanes y compañía. No sé cuando, cuando
van a reconocer estos mimados señores, que lo que es de pintura,
escultura o arquitectura no saben “nadita del tiro”.
Buena su carta, aunque se nota que hizo un esfuerzo para reconocer
algo, reconocer algún valor del último libro. Por lo menos usted es el
primero que se sintió con energía de decirle algo claro a este señor,
que tiene un sentido de su patria bastante limitado (AJF, carta de
Pedro Nel Gómez, s. f.).
207
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
4.
Otra reacción negativa que generó El indio en lucha por la tierra fue
la del entonces ministro de Educación, Absalón Fernández de Soto,
a quien Friede debió ir a darle explicaciones, pues el funcionario,
al igual que muchos, tenía el convencimiento que los indígenas
eran “seres inferiores e incapaces”, lo que se patentiza en lo que
comentó a Friede: “viendo las cosas chibchas del Museo Nacional,
el ministro me dijo que el más infeliz español hubiera hecho mejor
cualquier vasija” (Arocha, 1986: 4). El libro tuvo muy poca acogida
y duró catorce años guardado en un clóset. Sin embargo, no todo
fueron reseñas y reacciones negativas; así, por ejemplo, El Liberal
(23 de octubre de 1944), sin firma, comentó:
Resalta el trabajo elaborado por don Juan Friede y dice que “actualiza,
en circunstancias especialmente patéticas, esta situación, concreta-
mente sobre el caso de los grupos indígenas que pueblan hoy el nudo
andino, en el Cauca y en Huila. Y somete a la consideración del
país, una vez más, el problema que el indio tiene en su necesidad de
sobrevivir ante la historia, que resolvió enterrarlo como ser humano
cuando los primeros conquistadores desembarcaron en nuestro suelo.
Por la densidad con que se trata el tema, por la pericia y dominio de
concepción y de estilo de que se hace gala, no dudamos que este libro
de Juan Friede habrá de darle nueva entidad a este problema, nunca
resuelto, de la América india”8.
En la revista Espiral9 de octubre de 1944 se reseñó el libro, con
particular énfasis en:
8 El Liberal. “Un libro del día. Las comunidades indígenas”. 23 de octubre de 1944.
9 La revista Espiral fue fundada en 1944 por el editor español don Clemente Airó, lla-
mado por el poeta Octavio Amórtegui como “el más humano de los editores”, quien
tuvo la idea de editar una revista literaria sin ningún tipo de compromisos, libre de
cualquier injerencia política o comercial. No tenía respaldo financiero, el número
de lectores era reducido pero muy selecto y su edición era pulcra. Guardadas las
proporciones, Airó representó en Colombia lo que otros editores españoles, exilados
por la guerra civil española, cumplieron en otros países latinoamericanos: Losada y
Sudamericana en Argentina y el Fondo de Cultura Económica de Joaquín Díaz Canedo
en México.
Desde 1949, Espiral promovió un concurso anual para obras de teatro, poesía, novela
y ensayo, del que fueron ganadores, entre otros, Ramiro Cárdenas, Carlos Medellín,
Oswaldo Díaz Díaz, Antonio Cardona Londoño y Fernando Truque.
La independencia de la revista se debió en gran parte a que Airó tenía la editorial
Iqueima, con una división, si se puede llamar así, que fue Espiral, que editó El indio
en lucha por la tierra y promovió la generación de los cuadernos o Cuadernícolas,
posterior a la de Piedra y Cielo, así llamada porque sus integrantes –Fernando Arbeláez,
Fernando Charry Lara, Carlos Martín, Maruja Vieira, Eduardo Santa entre otros– pu-
blicaron en cuadernos de un mismo sello editorial, en la mayoría de los casos è
208
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Algo que cuesta trabajo creer, está sucediendo, todavía en Colombia.
Y este algo es la indiferencia y desapego hacia las grandes injusticias
llevadas a cabo con el aborigen al ser continuamente despojado de
su parcela, único vinculo indígena para subsistir. El libro, más que
una crítica acerba y /desde luego/ justa, es un libro de investigación
donde saca a la luz de la actualidad los diferentes métodos tortuosos
de que se han valido los hombres colonizadores primero y criollos
después, para despojar al indio de la tierra. Así mismo se pone de
relieve, las grandes cualidades de estos grupos étnicos indígenas,
cualidades que se traducen en paciencia, trabajo silencioso, fe en
las leyes y sobre todas las otras cosas, un enorme acopio de fuerzas
para soportar las innumerables penalidades que han llovido sobre
sus hombros a través de cuatro siglos de dominio blanco (...) este
libro es necesario, viene a cumplir una llamada sobre las conciencias
dirigentes acerca de un problema ya inaplazable en todo sentido10.
Manuel Quintín Lame, el compadre, tuvo una posición diame-
tralmente opuesta a Arciniegas y al ministro Fernández de Soto:
Señor autor del libro que lleva el nombre El indio en lucha por la
tierra, pues al paso de cuatro siglos con cincuenta y dos años que
fuimos derrotados por el hijo del viejo lanero, aquel que murió en
brazos de la miseria en los portales de la ciudad de Valladoli (sic).
Doctor Friede cuan fue la alegría al tomar en mis manos ese hermoso
libro El indio en lucha por la tierra y mis deseos son de ir a becitarlo
(sic) en señal de agradecimiento en el mes de enero próximo veni-
dero, con el fin de comprarle algunos libros (...) yo como apóstol
no he abandonado mi bandera pues con ella me encuentro flotando
las sienes de los aires en medio de ese macizo Colombiano de que
habla usted en su obra de primera clase o de primera necesidad para
el convencimiento de la Instocracia (sic) colombiana (AJF, carta de
Manuel Quintín Lame, s. f.).
Por su parte, el lingüista Sergio Elías Ortiz le envió, desde el
municipio de La Unión (Nariño) a San Agustín (Huila), la siguiente
misiva:
Me llama profundamente la atención de que Ud. haya profundizado
tanto en materia en que todo hay que buscarlo de primera fuente.
è Ediciones Espiral, de idéntica presentación y de una parecida cantidad de páginas. En
la década de 1950 algunos de los Cuadernícolas hicieron parte del grupo de Mito de
Jorge Gaitán Durán, que también fue colaborador de Espiral. Otros logros importantes
fueron traducciones de Claudel y ensayos de Jorge Zalamea (Minerva en la rueca y
otros ensayos, 1949). Lo importante del caso es que los primeros cuadernos fueron
editados por la Editorial Cultura, de la que Juan Friede fue socio y dueño.
10 Espiral. “El indio en lucha por la tierra”, octubre de 1944.
209
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
Yo dije alguna vez algo sobre el problema del resguardo de La Cruz
y ahora veo con gusto que Ud. consultó todos los documentos. Allí
he podido ver nombres de origen quillasinga que me interesan
mucho para mis investigaciones sobre antroponimia y toponimias
indígenas. Le presento mi más profundo agradecimiento por el envío
de su magnífica obra (...). Créame que me interesan vivamente sus
investigaciones y espero que algún buen día podamos aquí, o en
Pasto, charlar mucho sobre estos temas. Aquí en La Unión (N) estoy
formando un museo arqueológico. Tengo ya algunas piezas, ojalá Ud.
nos favorezca con su generosidad (AJF, carta de Sergio Elías Ortiz,
13 de diciembre de 1944)
Unos días después de la misiva de Ortiz, José María Arboleda
Llorente le escribió a Friede sobre El indio en lucha por la tierra:
La obra de Ud. es realmente un laudable esfuerzo de investigación y
recopilación de documentos bien traídos. Lo felicito y le agradezco
las citas que hace de mí. Sólo he hallado disconformes con la idea
que me he formado en la lectura de los documentos de este archivo,
lo relativo a encomiendas y a la protección de los indígenas.
Para mí se dio el nombre de encomienda al grupo de indios en-
tregados dentro de un territorio a un español benemérito, porque
se le encomendaban para que los civilizase, cristianándolos (sic),
y en cambio pudiera cobrar de ellos un tributo, que reemplazaba
a las contribuciones pagadas por españoles y de que ellos estaban
exentos. Ese derecho a cobrar tal tributo, hizo que se emplearan las
encomiendas para recompensar servicios prestados al Rey, y que por
consecuencia se concedieran a beneméritos –salvo excepciones en
que se adjudicaron por otros conceptos– como puede verse en los
documentos que reposan en este Archivo [Central del Cauca] y en
cuantos haya en otros sobre el particular.
La protección de los indios era efectiva. Los juicios de residencia,
que son bastante voluminosos, y las numerosas intervenciones de
los protectores de naturales lo demuestran. No sólo las leyes los
favorecían sino la acción del gobierno desde que éste se organizó
y cimentó en la colonia. Quizás mayor cuidado se tenía entonces
que ahora, de nuestros indígenas, por cuyo aumento y cultura se
velaba. La prueba de esto está en el hecho innegable de que llega-
ran hasta nosotros en tanto número, reducidos a poblaciones, con
leyes especiales que los protegían como a menores de edad y en
resguardos de su propiedad exclusiva y en el hecho de que esta
sociedad americana formada por matrimonios que autorizaba la ley
entre aborígenes y españoles, con lo cual se equiparó al indio con
el peninsular. Además no había encomienda que no tuviera su cura
doctrinero, el cual atendía a los indios espiritual e intelectualmente
y aún los protegía. Cuántas declaraciones de caciques y mandones
he leído, de ser sus pueblos bien tratados por sus encomenderos
contra los cuales no tenían queja y cuántas quejas resueltas a favor
de los indios. De los casos aislados que se hallen en contrario no se
210
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
puede deducir una regla general sino cuando son muy numerosos,
por que ordinariamente en los tribunales se ventila lo que se aparta
de lo generalmente practicado, que obedece a las leyes.
Por todo esto digo a Ud. que no estoy de acuerdo con los puntos de
vista en que se sitúa para el estudio de dichos asuntos la importante
obra de usted, la cual por lo demás merece un caluroso aplauso. Es
así como debe hacerse la historia de América, rastreando archivos y
no persistiendo en copiar de tantos que escribieron a raíz de nuestra
Independencia con la animosidad que quedó contra los españoles
entonces y de aquellos que en la Conquista nos dejaron páginas de
hechos violatorios del derecho de los indios /exagerando/ para fa-
vorecerlos. Sobre el particular hubo en el Nuevo Reino de Granada
gran diferencia respecto al trato que los indios, entre la Conquista y la
Colonia y ese trato no fue el que recibieron en la Nueva Espada y
en el Perú. Muchos inspirándose en escritores de esas partes, juz-
gan de nuestros asuntos coloniales y se equivocan. Ud., pues, está
realizando una labor histórica que debe agradecérsele.
Me anuncia usted su venida a este Archivo y puede estar seguro de
que tendré gran placer en atenderlo. En su última visita que hizo
Ud. a esta ciudad fui al hotel dos veces en su busca y no tuve el
gusto de encontrarlo (AJF, carta de José María Arboleda Llorente, 30
de enero de 1944).
Pese a la evidente defensa de España asumida por Arboleda Llo-
rente, su nota fue estimulante para Friede y le sirvió para conocer
los campos que pisaba: los de los pro hispanistas como Arboleda
Llorente y los de los diletantes y aristócratas como Arciniegas. Pero
otras personalidades se interesaron por la temática del libro de don
Juan, y así se lo hicieron conocer: el maestro Baldomero Sanín Cano
le escribió a San Agustín, el 9 de enero de 1945:
Hace algunos meses recibí su importante trabajo que leí con sumo
interés. Ya conocía algunos estudios suyos sobre igual tema que había
leído en Espiral o había escuchado en sus conferencias de Popayán.
Su libro me parece de grande importancia y da muestras de un gran
conocimiento del problema y de su generosa actitud ante la deplo-
rable condición de gentes que merecen mejor suerte.
Mis conocimientos sobre este asunto, del punto de vista legal, son
muy limitados y no podría por lo tanto dar una opinión sobre el
tema; pero creo que el daño procede de haber considerado al indio
como un ser inferior y de haberlo tratado como si fuera incapaz de
velar por su propia suerte. El haber querido hacer de el un menor
de edad ha acabado por convencerle de que en realidad lo es y en
algunas regiones del país vive o vegeta como menor de edad. Como
esa manera de considerar el asunto dura ya más de un siglo va a
ser muy difícil desarraigar esa convicción que persiste no sólo en
el indio sino en el sentir de muchos blancos.
211
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
El remedio fundamental es la educación. Hay que educar al indio
y al blanco. Su libro llena en parte esa aspiración (AJF, carta de Bal-
domero Sanín Cano, Bogotá, 9 de enero de 1945).
Casi un año después de la equilibrada y bien intencionada carta
de Sanín Cano, el por entonces “candidato del pueblo”, el caudillo
liberal Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948), le escribió a don Juan a San
Agustín, el 31 de diciembre de 1945:
Tengo el gusto de referirme a su atenta carta de 18 de los corrientes en
la cual me habla del envío con que se sirvió distinguirme de su libro
últimamente publicado El indio en lucha por la tierra (...). En verdad
recibí su obra, deferencia que mucho le he agradecido y la cual ya
tenía en mi poder por haberla conseguido en la librería. Espero no
muy tarde darle mi modesta opinión, con previo conocimiento, pues
hasta ahora sólo he visto superficialmente su libro.
Ojalá en no lejano día pueda satisfacer el deseo que tengo de hacer una
visita a esa población en donde Ud. realiza obra tan fecunda y meritoria
(AJF, carta de Jorge Eliécer Gaitán, 31 de diciembre de 1945).
El valor intelectual e investigativo de El indio en lucha por la
tierra no sólo lo testificaron figuras de la vida pública e intelectual
de Colombia; un reconocido estudioso de la historia colombiana,
David Bushnell, opinó lo siguiente:
De las obras de Friede la que más influyó en mi propia carrera de
docente e investigador fue el clásico tomo El indio en lucha por la
tierra. Lo leí cuando era estudiante11, y a través de sus páginas me
di cuenta por primera vez del pasado y presente del problema de
los indígenas en Colombia, que apenas se mencionaba en los textos
anteriores salvo con relación a la conquista española y temprana co-
lonización. No siendo colonialista, nunca tuve ocasión de consultar
los muchos tomos de documentación que él compiló (AER, carta de
David Bushnell. 17 de mayo de 2001)12.
11 David Bushnell cursó sus estudios de historia, pregrado y posgrado en la Universidad
de Harvard, bajo la tutela de Clarence H. Haring, autor del libro El imperio español en
América, primera edición en inglés 1947, primera en español 1990. Cuando cursaba
sus estudios de doctorado hizo un primer viaje a Colombia, entre diciembre de 1943
y marzo de 1944. La investigación para su tesis doctoral El régimen de Santander en
la Gran Colombia (primera edición en inglés 1954; primera edición en español 1966)
la realizó entre abril de 1948 y finales de ese año.
12 En el ensayo bibliográfico (páginas 407-434) que hizo para su libro Colombia una
nación a pesar de sí misma. De los tiempos precolombinos a nuestros días (1996.
Planeta Colombiana Editorial. Bogotá) el profesor Bushnell amplió mucho más la
importancia de El Indio en lucha por la tierra, de su trascendencia como pionero, y è
212
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
5.
El indio en lucha por la tierra es una denuncia sobre la difícil si-
tuación de los indígenas. Refiriéndose a algunos resguardos como
Blanco, Guachicono, Pancitara, Caquiona, San Sebastián y San Juan
planteó que:
Están al borde de extinguirse y luchan con desesperación, aunque
sin probabilidad de éxito, contra el vecino blanco que utiliza todos
los medios legales e ilegales, para introducirse en sus tierras y des-
alojarlos gradualmente y convertir a los comuneros independientes
en peones asalariados (Friede, 1944b: 9).
Es, también, una combinación entre la observación etnográfica
y la investigación en archivos regionales; pero además de llamar
la atención sobre estos arsenales de información rescató, bajo dife-
rentes medios, el saber, el conocimiento, de algunos historiadores
amateur de la provincia13 a quienes leyó o entrevistó personalmente
y con los que pudo llegar a determinar que:
Intrigado por la falta de documentos referentes a la participación indíge-
na en las guerras de independencia, he consultado los pocos investiga-
dores que, con amor y abnegación y sin ayuda pecuniaria del Estado para
la realización y publicación de sus investigaciones, dedican su tiempo
al estudio de los archivos de su patria chica. Todos están de acuerdo en
que los indios no tomaron parte activa en las guerras de Independencia
ni en contiendas civiles de la República (Friede, 1944b: 101).
El método de trabajo adoptado por Friede le permitió obtener gran-
des aciertos: el riguroso uso de las fuentes, el interés por describir las
è en general de la obra de Friede. “Estudios generales (…) una corta monografía de Juan
Friede, publicada en los años 40, es todavía una lectura fundamental para la historia
de las comunidades indígenas (…). Historia de la preindependencia (capítulo I) (…)
tampoco se pueden ignorar los extensos trabajos escritos por Juan Friede, primer
historiador colombiano que combinó la investigación rigurosa con una profunda
simpatía hacia los indígenas víctimas de la conquista (…). Juan Friede, quien también
ha escrito un recuento detallado sobre Gonzalo Jiménez de Quesada, fue durante mu-
chos años casi el único que se esforzó por hacer justicia historiográfica a la población
indígena. A pesar de los tempranos empeños de Friede, la historia socioeconómica de
la Colonia solamente fue reconocida como profesionalización de la disciplina de la
historia en Colombia, durante los últimos treinta años. Su principal exponente fue
Germán Colmenares (…)”.
13 Arcesio Guzmán, de Almaguer (Huila); Israel Guzmán, de Bolívar (Cauca); Víctor Quin-
tero, también de Bolívar; el canónigo Diomedes Gómez, de Popayán (Cauca); Miguel
Antonio Cabrera, de Pitalito (Huila); y José María Arboleda Llorente, de Popayán.
213
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
condiciones predominantes en lo regional y muy especialmente en lo
local, lo cual lo llevó a ver diferentes aspectos correlativos como la
situación jurídica, las vías de comunicación, la situación geopolítica.
Todo ello le permitió hacer una historia social bastante sólida, hasta
ese momento (1944) nunca antes abordada de tal forma. Así, cuando
trató el consumo de la coca en las comunidades del alto Magdalena,
enfocó el problema de una forma bastante clara:
La coca (...) no se ingiere como un excitante o un estimulante que,
añadido a la ración diaria de la comida, produce mayor rendimiento
en el trabajo, sino como un medio de aplacar el hambre es decir, una
manera de poder trabajar sin comer ni fatigarse. El indio la compra
en el mercado o la cultiva para este fin. Es difícil considerar el
mambeo como toxicomanía propiamente dicha, si con ello se quie-
re denominar el vicio generalizado en las sociedades modernas de
ingerir drogas heroicas en exceso, la diferencia fundamental que se
puede observar entre el mambeo y la práctica toxicómana, consiste
en que el indio de la cordillera sólo excepcionalmente usa mambeo
independientemente de alguna tarea que exige un esfuerzo físico,
mientras que el uso en nuestra sociedad de cocaína, morfina, alcohol,
tabaco, etc., se ejerce con el fin en sí (Ibídem: 33).
En algunos pasajes, la obra se debate entre el romanticismo y
el etnocentrismo. En efecto, al colectivo de la comunidad páez
–conocida hoy como nasa– trató de convertirlo en héroe, un prota-
gonista no tan convencional, pero a fin de cuentas héroe. El interés
por denunciar una situación difícil lo llevó a subvalorar elementos
importantes de la cultura indígena, por él titanizada. Por ejemplo,
cuando se refirió a la dieta páez afirmó que:
Así como una vaca nutre su ternero a pesar de la escasez de pasto,
así mismo pare la india y cría a sus hijos a pesar de la insuficiente
y pobre alimentación, carencia de frutas, de legumbres o de carne y
que consiste sólo en maíz, ullucos, papas y fríjoles. La casi completa
ausencia del consumo de la carne por parte de la población india
y la falta de terrenos fértiles apropiados para pastos de engorde de
ganado flaco en las comarcas vecinas (Ibídem: 16).
Es decir, no tuvo en cuenta que desde tiempos inmemoriales el
indígena tenía una dieta propia en la que, según sabemos, la carne
de res sólo entró a formar parte después del descubrimiento de
América.
Este etnocentrismo de Friede es particular, pues a la vez que
comparó al indígena con el europeo, asumió, inmediatamente, una
posición romántica, compasiva a veces, pero a la vez heroica:
214
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Los estragos que produjo el continuo uso de la coca durante gene-
raciones o, lo que es lo mismo, la centenaria desnutrición del indio
de la comarca, se pueden observar en su raquítica estatura y en su
debilidad, tanto moral como mental. Con lo que no pudo acabar la
coca es con su aptitud para el trabajo como peón de campo, antes
bien: debido precisamente al uso de la coca y al continuo abarata-
miento de su manutención, el indio es el jornalero más buscado
no sólo por los hacendados de la región, sino por los del sur del
departamento del Huila. Se puede afirmar sin exageración que sólo
a estos indios, que periódicamente van a trabajar en las regiones de
San Agustín y Pitalito, se debe el progreso económico de aquellas
tierras. Su abnegación, su servilismo, sus limitadas capacidades
mentales unidas a una ejemplar honradez lo hacen el jornalero más
apetecido para todas las faenas del campo (Ibídem: 19).
Obviamente, no por haber tenido esa visión etnocéntrica y román-
tica sus denuncias dejaron de hacerse presentes. Es así como puso
de presente una situación aberrante de dependencia y sujeción:
Tanto en los tiempos de la Colonia como en los de la República, esca-
sas veces se ha levantado una voz de peso para pedir la intervención
del gobierno a fin de acabar con ese vicio que mina la raza en alto
grado. ¡Al contrario! Hoy, como cien años atrás, todos los trabajos
para el cabildo, “la obligación”, son gratuitos y se basan únicamente
en el suministro de la “coquita” (…) (Ibídem: 19).
Buena parte del lenguaje usado por Friede en El indio en lucha por
la tierra es producto de la época en que fue escrito este libro. Es decir,
del indigenismo que invadió algunos intelectuales de la década de
1940, y del cual Friede fue partícipe y protagonista de primera línea.
El problema “del lenguaje de su tiempo”, y muy especialmente de
los indigenistas, que manejaban un metalenguaje bastante particular,
pues mezclaban lo romántico y por ende lo liberal con el marxismo
más ortodoxo, hizo que Friede usara en algunas de sus explicaciones,
al mismo tiempo, categorías de análisis quizá discutibles.
Así, por ejemplo, cuando planteó la controversia existente entre
la Corona española, que quiso tener una población americana fuer-
te, numerosa y poseedora de algunos bienes, y las colonias que, al
contrario, tenían puesta:
la mirada en la más pronta y eficaz explotación de las riquezas
naturales del país, condenaba al indio a ser animal de trabajo, ya
como esclavo, ora como siervo –prestación de servicios personales– o
bien como peón asalariado. La proletarización del indio, el despojo
de sus tierras y bienes era el interés tanto directo como indirecto: la
215
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
creación de un mercado de trabajo como abundante oferta de mano
de obra (Ibídem: 25. Subrayado nuestro).
Otro ejemplo sería la forma como explicó la relación entre el
indio y la tierra: Friede partió de un presupuesto:
La Conquista interrumpió el desarrollo económico y social del indio en
que lo encontró, como agricultor inferior sedentario (Ibídem: 25).
Tal idea la explicó así:
La Conquista no sólo interrumpió su desarrollo económico, sino que,
salvo su utilización como elemento tributario fiscal, apartó a los indios
de la participación en la evolución posterior, tanto económica, como
social y política, de la colonia. Estancado el desarrollo de su economía
persistió el apego del indio a su tierra, su única proveedora, apego que
se acentuó más todavía, al verse rodeado de gentes para él extrañas
–guerreros profesionales, mineros y comerciantes– para las cuales la
tierra constituía un objeto de lucro, un objeto de compra y venta de
ganancias metálicas. Todo lo contrario de lo que era para el indio la
tierra, la base de la existencia, base alimenticia, en fin, base de la vida.
El indio con más o menos conciencia sentía –y todavía siente, ya que la
República no cambió esencialmente su posición social–, que la pérdida
de su tierra constituía el fin de su existencia. Y este apego a la tierra,
arraigado en condiciones sociales permanentes, explica lo trágico y
conmovedor que es esta lucha por la tierra (Ibídem: 25-26).
Friede tuvo como objetivo, como ya dijimos, denunciar la situación
por la cual pasaban los indígenas a comienzos de la década de 1940,
pero también que la sociedad blanca tomara conciencia de ello o por
lo menos la comprendiera:
Esta posición específica del indio frente a su tierra no ha sido, ni
es entendida por sus vecinos blancos, para quienes la tierra, como
cualquier otra posesión, es un objeto de compra-venta, ni han com-
prendido jamás el verdadero motivo de la tenaz lucha, que llevó el
indio en el pasado y que lleva todavía, por las tierras de su resguardo
y de su oposición a cualquier reparto (Ibídem: 26).
El interés por hacer comprender la problemática indígena hizo
que Friede utilizara el lenguaje de lo trágico, de lo conmovedor, de
las emociones, tan propio del romanticismo. Por ejemplo, cuando
se refirió al reparto de las 650 hectáreas del resguardo de Santiago
del Pongo, entre un número igual de familias indígenas, narró las
consecuencias del hecho de la siguiente manera:
216
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
¿En qué parte de Colombia existe un campesino que se sostenga con
una hectárea de tierra? Y sin embargo, estos indios se opusieron a la
repartición durante más de cien años en la República, repudiando las
leyes sobre repartos de 1832 y las subsiguientes y más de doscien-
tos años contra los vecinos blancos de San Sebastián y Almaguer.
Los viejos caciques sabían que la repartición del resguardo sería el
fin de su pueblo, como pueblo indio. Y verdaderamente sólo diez
y seis años bastaron para que de las 121 familias que había en el
tiempo de la repartición, en 1927, emigrasen definitivamente 68,
esparciéndose por el departamento del Huila y la comisaría del
Caquetá (Ibídem: 26-27).
Sin embargo, los análisis y las exposiciones de Friede fueron
parcializados, pues en su afán de denunciar e interesar a la sociedad
mayor por los problemas de esas minorías olvidó que quizá los co-
lonos que irrumpieron en tierras de los indígenas, la mayoría de las
veces, iban impulsados por motivos personales, como la búsqueda
de un mejor vivir, o eran “agentes” de un terrateniente. Es decir,
que sólo contó la historia del indio y dejó a un lado la del otro, la
del colono. Circunstancia que hace su obra a veces quejumbrosa e
incita al lector a tomar partido por el indígena, pero no de manera
objetiva sino compasiva, le crea al lector una sensación de culpa.
El héroe aquí, a diferencia de la historiografía romántica, no
es un indio, es un colectivo: los indios, con lo que se acercó a los
historiadores revisionistas:
La lucha del indio por su tierra es al mismo tiempo la lucha por
conservar la forma colectiva del derecho de propiedad sobre ella para
todo el resguardo (...) este derecho colectivo sobre la tierra se debe al
milagro de la sobrevivencia, aunque mutilada, del pueblo indio como
raza (...) destruyendo la colectividad indígena, que le proporciona
la seguridad y la resistencia tan necesarias por lo rudimentario de
sus medios de producción, por lo precario de su existencia y por lo
desamparado de su posición en la sociedad moderna, se condena al
indio a la inevitable extinción (Ibídem: 50).
Desde la publicación de El indio en lucha por la tierra hasta sus
últimos trabajos de la década de 1970, Friede trató de promover
asuntos de discusión y de posible investigación, para lo cual hizo
algunos balances del estado de la pesquisa histórica. Veamos algunos
ejemplos. Primero, cuando trató el problema del consumo de la coca
en las comunidades indígenas planteó un argumento que puede ser
discutible pero que podría ser una buena materia de investigación
de la historia social y económica:
217
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
la costumbre de utilizar la coca como medio de aplacar el hambre o,
lo que es lo mismo, como un complemento de una insuficiente ali-
mentación y su generalización en América, parece obedecer a ciertas
condiciones sociales y no, como erróneamente se cree, a una costumbre
o tradición centenaria del indio (...). La generación del coqueo, como
costumbre social, se debió sólo al estímulo de la Colonia española con
el fin de aumentar sus entradas fiscales (...) hoy como ayer la coca ha
sido una de las bases de la explotación económica del indio (Ibídem:
17. Subrayado nuestro).
Friede fue subjetivo al respecto, cuando afirmó que:
En San Agustín (departamento del Huila) por ejemplo, la población
campesina blanca o mestiza que llegó del sur o del Caquetá, con-
sume una cantidad cada día mayor de coca que, introducida del
departamento del Cauca, antes sólo era destinada para los indios
que inmigraban por temporadas de aquel departamento como jorna-
leros (...) los negros del Patía empiezan a mascar coca en cantidades
cada día mayores durante sus faenas diarias. Siendo un medio para
aplacar el hambre, el mambeo en su forma actual parece ser un
vicio netamente social, que se desarrolla en condiciones sociales
y económicas específicas y que no depende de la raza, costumbre,
color o tradición histórica (Ibídem: 52).
El segundo tema de reflexión e investigación podría ser que
debido a las condiciones particulares de la Conquista y la Colonia
muchos indígenas fueron reubicados involuntariamente en sitios
diferentes a los de su origen, o ellos mismos, en actitud de rebel-
día contra sus amos, huyeron a otros sitios, formando así nuevas
etnias:
Se puede suponer que una parte de la población de los resguardos
del macizo Colombiano se formó con los fugitivos de las minas de
Almaguer (...) con los conquistadores llegaron a la región varios miles
de indios forasteros y sobre todo, anaconas-yanaconas o yanacunas
traídos desde el sur, que también formaban parte de la población
indígena de los resguardos (Ibídem: 22).
El tercer asunto, muy cercano a la historia de las mentalidades
o a la de los imaginarios, sería el apego de los indígenas a las leyes
(legalismo) y a las instituciones importadas por los españoles, en
especial a la iglesia:
un rasgo característico de la lucha de los resguardos por la retención
de sus tierras, es la ciega confianza y el apego incondicional del
indio a las disposiciones legales: es decir, el legalismo que todavía
218
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
subsiste y persiste en todo su rigor y sorprende al tratar con los
indios (…) la adhesión centenaria de la iglesia produjo una fe tan
arraigada, que bien puede afirmarse que es el indio el más católico
de los colombianos y que el resguardo indígena tiene muchos de
los rasgos característicos de los núcleos de siervos agregados a los
monasterios medioevales. La profunda convicción religiosa de los
indios contrasta en forma bien marcada con las aparatosas mani-
festaciones religiosas de los católicos españoles en los tiempos de
la Colonia (Ibídem: 22, 41).
Es interesante la forma como Friede planteó que el indígena halló
en la iglesia católica un asidero espiritual importante, pues dejó
establecido que aquel no es, propiamente, un modelo de persona o
sociedad abierta al cambio, en él perdura más la tradición:
Ni el libre pensamiento, ni las ideas modernas han penetrado en el
resguardo. El indio es hoy tan fiel a la iglesia como lo fueron sus
antepasados; esta sigue siendo el único centro espiritual. No es ni la
escuela, ni la alcaldía, ni la casa del gamonal político, que explota
su bota electoral. La iglesia es el único lugar en donde, a cambio de
una limosna, se despliega ante los ojos del indio un mundo bello,
apacible, lleno de lujo, de música y de palabras misteriosas, un
mundo ajeno a su triste realidad (Ibídem: 44).
Pero don Juan no generalizó a todas las comunidades indígenas
ni a todas las regiones la “benevolencia” de la iglesia:
Si bien no se encuentra una uniformidad en la actitud de la iglesia
frente a los resguardos del macizo Colombiano, sí puede afirmar que
no hubo malevolencia para con ellos y que ésta, según los casos, daba
su apoyo a las justas reclamaciones de los indios (Ibídem: 45).
Desde sus primeros trabajos, Friede abordó temáticas que retomó
y cuyo análisis ahondó en obras posteriores:
La comunicación de la región con el oriente, tanto con el Caquetá como
con la hoya amazónica en general, es digna de un estudio más detenido,
está corroborada en una antigua tradición, que encontré en el resguardo
de San Juan de Buena Esperanza. Según ella, existía en el Caquetá, en el
sitio que hoy también llamado El Descansé, un floreciente pueblo de los
indios y que una vez un hombre con cabeza de tigre surgió de la selva y
lo destruyó. Sólo un habitante pudo salvarse, llevando consigo –y aquí
intercalan las tradiciones católicas– una estatua pequeña de san Juan
Bautista y las campanas de la iglesia. El origen cierto de los habitantes
indígenas de los resguardos del macizo Colombiano, sólo lo sabremos
mediante serios estudios etnológicos (Ibídem: 24).
219
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
En realidad, en El indio en lucha por la tierra Juan Friede asumió
una posición benévola con la iglesia católica:
La política indiana de la iglesia tendía en general a conservar una po-
blación indígena numerosa y fuerte: en más de una ocasión se opuso
a los abusos cometidos por los conquistadores y colonizadores.
Desde los albores del siglo XVI, cuando el cardenal Cisneros aceptó los
puntos de vista de fray Bartolomé de las Casas, opuesto a los del padre
Sepúlveda, la iglesia influyó decididamente para que la legislación
española fuera benévola a los indios. Por otra parte, la iglesia católica
ofrecía, además, el único móvil moral que justificaba la conquista y
colonización de América: la conversión de los infieles a la doctrina
católica (Ibídem: 40).
Ya desde El indio en lucha por la tierra Friede da la clave de lo que
constituiría, tal vez, su mayor aporte a la metodología de la histo-
riografía colombiana: la incansable consulta de las visitas y de los
juicios de residencia. De estos últimos hizo una crítica bastante
sólida cuando los consideró “una forma administrativa deficiente”
(Ibídem: 33).
Con las visitas fue mucho más benévolo, pues planteó que en
la medida en que fue un elemento ordenador de los derechos de
propiedad territorial, es un importante documento histórico, ya que
da una visión etnográfica completa, descriptiva, muy cercana a la
realidad existente. Pero la visita no bastaba para estudiar la historia
indígena; para completarla era necesario ver otra documentación.
Finalmente, don Juan Friede fue casi profético cuando escribió:
El presente estudio sólo abriga el propósito de reunir y ordenar
algunos de los datos que se encuentran en los polvorientos y desor-
denados archivos de las notarías, alcaldías, juzgados y parroquias de
la región que motiva mi estudio antes de que debido a esta indife-
rencia general desaparezcan por completo y se pierdan así los datos
importantísimos para futuras investigaciones (Ibídem: 48).
Con el tiempo esos temas de discusión y de investigación plan-
teados por el profesor Friede cobraron actualidad. Podríamos decir
que, a veces, se adelantó, en mucho, a los historiadores colombianos
de su época, y por ello no vacilamos en considerarlo uno de los
grandes pioneros de la nueva historia.
220
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
6.
Antes de pasar a detallar la actividad de Juan Friede en tierras españolas
y su relación con la Academia Colombiana de Historia, es importante
dejar establecido que su labor intelectual y especialmente la de escritor
no fue fácil, ya que tenía una barrera difícil de superar: la del idioma.
En efecto, el paso más complicado para comprender y dominar un
idioma está en redactarlo y escribirlo correctamente, y Friede no fue
la excepción.
Veamos cómo recordó Santiago Muñoz Piedrahita esos primeros
años de Juan Friede como investigador y escritor, y su evolución:
Las inquietudes que él tuvo y el contacto con San Agustín lo lleva-
ron a profundizar sobre esa cultura; entonces fue cuando comenzó
a escudriñar los archivos de los pueblos de las cercanías: Timaná,
etcétera, los cuales al final de cuentas son los pueblos más antiguos
de Colombia. Fue así como comenzó a escribir sus artículos y sus
libros.
Yo le ayudé mucho a Friede a corregir la sintaxis y el estilo de algunos
de sus trabajos –no recuerdo bien cuáles– así como la organización de
los materiales de los mismos. Él, con el tiempo, y pese a sus problemas
con el idioma, sin desconocer que era políglota, llegó a ser un buen
conferencista y escritor (ESMP).
Esas inquietudes y contactos se acrecentaron con su actividad
comercial por los distintos departamentos del sur de Colombia
–Cauca, Nariño y el mismo Huila–, que le permitieron ponerse:
En contacto con esa naturaleza que había servido como escenario a
las culturas indígenas antiguas y ver en el Cauca a los grupos, inclu-
sive campesinos indianizados, y los grupos propiamente indígenas,
pues en sus ratos libres, porque era un tipo de una actividad impre-
sionante en su mocedad, se metía a los archivos. Empezó entonces a
hacer el estudio en documentos de las parcialidades indígenas, y de
esas poblaciones sobre los resguardos de San Sebastián, Almaguer,
Guachicono y otras poblaciones (EDG).
Con seguridad la ayuda prestada por Muñoz Piedrahita fue en
los dos primeros folletos editados por el Instituto Indigenista de
Colombia en 1943 y 1944: Los indios del alto Magdalena: vida, lu-
chas y exterminio (1609-1931), y Comunidades indígenas del macizo
Colombiano, ya que en El indio en lucha por la tierra. Historia de los
resguardos del macizo Central Colombiano recibió la colaboración
de Luis Duque Gómez:
221
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
Después de escribir Los indios del alto Magdalena: vida, luchas y
exterminio se fue entusiasmando y decidió hacer algo de mucha más
densidad que fue el libro El indio en lucha por la tierra, ya con mu-
chos más documentos. Entonces se entusiasmó y recogió documentos
aquí en el Archivo de Bogotá y en todos los pueblos que visitaba.
Este libro lo escribimos entre los dos en San Agustín (EDG).
En efecto, según hemos visto, Juan Friede auxiliaba a Duque
Gómez cuando necesitaba dinero para pagar a los trabajadores del
parque y a los peones y ayudantes de sus excavaciones:
Él me decía, no te preocupes aquí tienes la plata y después iba lle-
gando con el fajo de él: Luis, a ver si me ayudas. Me las cobraba. Me
tenía mucha envidia, porque decía que yo redactaba directamente
para la imprenta, en cambio, decía, yo tengo que hacer como cinco
borradores. Entonces yo le decía: presta te ayudo, él lo reconoce a
comienzos del libro. Le ayudé mucho, y muy compenetrado con él,
inclusive discutimos las cosas para que no fuera tan radical, como
eran radicales sus compañeros de la época (EDG).
Con los años, esas dificultades para escribir se siguieron pre-
sentando. Parece que siempre tuvo a alguien que le corrigiera la
redacción, la sintaxis, etcétera14. En 1980 declaró:
Yo le digo francamente, si le mostrara. Estoy escribiendo sobre Los
Comuneros, y vea la cantidad de correcciones y copias, y fíjese usted
todo esto es para un libro, todo esto; vea la cantidad de cambios que
estoy haciendo y si esto es ahora, cómo sería entonces (...). El idioma
es una cosa difícil. En cualquier idioma. Y como le digo, este es uno
de los últimos [libros], la rebelión comunera en Antioquia. Esto es
el segundo, porque lo primero estoy escribiendo a mano y después
cuando tengo una mecanógrafa, infortunadamente eso es ahora casi
imposible conseguir y todo esto. E infortunadamente, porque si
tuviera diez por ciento de la facilidad de Arciniegas creo que todo
esto estaría lleno de libros (Arocha y Friedemann, 1980: 23).
7.
Como hemos mencionado, el Instituto Indigenista publicó las tres
primeras obras de Juan Friede. La más importante de ellas, El indio
14 Según sabemos, uno de esos correctores fue Alberto Zalamea, el hijo de Jorge Zalamea.
Por diferentes medios buscamos una cita con él, que no obtuvimos. Algo parecido sucedió
con los contradictores de Friede, a quienes no pude entrevistar porque habían muerto al
momento de adelantar la investigación, por su estado de salud o porque no quisieron.
222
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
en lucha por la tierra, fue enviada por el autor al presidente de la
Academia Colombiana de Historia y presentada en la sesión ordi-
naria de la corporación, el 1 de diciembre de 1944. A partir de ese
primer acercamiento comenzó la larga relación de Friede con tal
institución, que, como veremos, fue bastante productiva, desde el
punto de vista intelectual, para una y otra parte. Sin embargo, en
el campo personal y en su interés por promover algunos cambios,
Friede quemó muchos cartuchos en la Academia, y a cambio recibió
desilusiones, frustraciones y amarguras.
Nos parece que al principio Friede quiso llamar la atención de
la Academia, ya que socialmente pertenecer o tener contacto con
dicha corporación era señal de prestigio, de distinción, de clase,
mieles que Friede sintió también. Podemos demostrar tal actitud
con diferentes detalles. Por ejemplo, en la sesión del 15 de mayo de
1945 se mencionó que se había recibido una carta de Friede escrita
desde San Agustín, el 7 de mayo, en la que se dio cuenta: “del estado
de abandono en que se encuentran los archivos públicos de varios
municipios del Sur de Colombia”15.
En tal misiva Friede llamó la atención no sólo de la Academia,
sino también del Ministerio de Educación Nacional sobre los veneros
informativos de los pueblos que existían entre los trayectos de San
Agustín-Pasto-Mocoa-Puerto Asís, que él recorrió junto con Milcia-
des Chaves con ocasión de una comisión del Instituto Etnológico,
para buscar los indígenas descendientes del yurumangi. El tono de
su carta, además de subrayar la situación lamentable de destrucción
y dejación, es de denuncia:
Estos estragos no se deben, como se cree en el primer momento,
a perturbaciones que trajeron consigo las guerras civiles del siglo
pasado, sino a ventas de los antiguos documentos por ignorantes
empleados públicos (como papel de envoltura); o a sustracciones
hechas, tal vez no por el deseo de lucro, sino por mera curiosidad o
con fines de estudio, sin tomar en cuenta la importancia que tiene la
integridad de los archivos públicos para una investigación histórica.
Que fueron particulares, que así destruían y todavía destruyen los
archivos, lo demuestra el lamentable hecho de que a un forastero en
todas partes le ofrecen en venta antiguos documentos –originales y
no copias– cuya procedencia de los archivos públicos es evidente
(AJF, carta al ministro de Educación Nacional, 7 de mayo de 1945).
15 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1944-1947: 91.
223
Capítulo 1 w Los primeros años: El indio en lucha por la tierra. Despegue
Al igual que con la estatuaria de San Agustín, pidió:
Una pronta intervención del gobierno, para que no se pierdan para la
investigación documentos que, aunque pertenecientes a los archivos
menores, son de una importancia primordial para el conocimiento
de la historia de Colombia16. Y sugirió algunas medidas:
1. Que se declaren de utilidad pública todos los documentos origi-
nales, provenientes de archivos públicos, como de los juzgados,
notarías, gobernaciones, alcaldías, corregimientos, misiones,
escuelas, etc.
2. Que se expropien, mediante transacciones amigables o juicios
correspondientes tales documentos, cuando se encuentren en
posesión de particulares, que comprueben su adquisición de
buena fe (por compra, herencia, etcétera).
3. Que se nombren, con ayuda de los archivarios (sic), Academias de
Historia y otras entidades, inspectores ad honorem, que recojan,
con un estricto control cartas y documentos que perdieron su
actualidad jurídica, pero que sí son importantes para la historia,
etnografía, folclore, etcétera, de la nación.
4. Que se integren estos documentos a los archivos departamentales 17.
La Academia, por intermedio de Roberto Cortázar18, entonces
presidente de esa corporación, le respondió que el asunto había:
Pasado al estudio de una comisión especial para proponer al Ministerio
las medidas que puedan ponerse en práctica a fin de amparar tales
documentos. No ignora la Academia las leyes vigentes al respecto, sólo
que la acción de las autoridades es muy frecuente nula e ineficaz, y es
eso lo que conviene cambiar cuanto antes, so pena que las pérdidas sean
definitivas (AJF, carta de Roberto Cortázar, 21 de mayo de 1945).
El interés de la Academia no fue mucho más allá de crear la
mencionada comisión. Ante tal desidia, Friede continuó investi-
gando en los archivos locales y regionales, muchos de los cuales,
según parece, compró, saqueó o, como él mismo decía, “recuperó”.
16 Ibídem.
17 Ibídem.
18 Roberto Cortázar Toledo (1884-1969) había sido elegido en 1910 miembro corres-
pondiente de la Academia; en 1930 fue nombrado secretario, cargo que ocupó a
perpetuidad. Con anterioridad a él habían sido secretarios perpetuos Pedro María
Ibáñez y Eduardo Posada. El perfil de Cortázar fue el de la mayoría de los miembros
de la Academia: hombre acaudalado que dedicaba los ratos de ocio a la historia; en
su caso, a la recopilación de la correspondencia del general de división Francisco de
Paula Santander.
224
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Indicios concretos de ello los encontramos en su archivo personal,
donde hallamos más de cincuenta folios originales provenientes de
Almaguer, San Agustín y Pitalito, fechados entre 1700 y 1925.
De todas formas, es claro el interés de don Juan por relacionarse
con la Academia de Historia, toda vez que por distintas causas esta
se enteraba de las investigaciones históricas que adelantaba. Por
ejemplo, el 24 de septiembre de 1946 remitió un estudio suyo sobre
los andakí, para que la Academia viera la posibilidad de publicarlo,
en el que utilizó:
Fuera de datos conocidos, los documentos del archivo ignorado del
cabildo de Timaná, cuyos documentos remontan al siglo XVII y que,
además de ser una fuente de gran valor para la historia de las tribus,
también contienen muchas páginas de interés para la historia general
del alto Magdalena. Además, durante los viajes que hice al Caquetá y
Putumayo pude recoger muchos datos pertenecientes a la tradición,
lingüística, toponimia y patronimia andakí, que me ayudaron en forma
notable a completar mis investigaciones. Presento pues a la Academia
este estudio, con la esperanza de que sea aceptado como mi modesto
aporte al conocimiento de la historia indígena de Colombia, hasta hoy
poco estudiada. Contiene mi trabajo el vocabulario de la lengua andakí,
recogido en el siglo XVIII por el sabio Celestino Mutis; la toponimia y
patronimia andakí durante la Conquista y la de los tiempos actuales; dos
mapas geográficos que demuestran la ubicación de las tribus a tiempo
de la conquista y sus migraciones en el transcurso de la historia, y una
parte documental que demuestra la “técnica” de la Conquista (AJF, carta
a la Academia Nacional de Historia, 24 de septiembre de 1946).
El mencionado trabajo fue dado para su análisis a los académicos
Andrade y Manuel José Forero, quienes el 1 de diciembre de 1946
informaron a la colectividad:
Sobre un trabajo del señor Juan Friede acerca de los antiguos an-
dakíes. Después de ponderar la importancia de la obra terminaron su
informe con la siguiente conclusión que fue aprobada: la Academia
Colombiana de Historia se complace en felicitar al señor Juan Friede
por su excelente libro acerca del antiguo pueblo de los andakíes y al
manifestarle de este su alta estima lo invita a continuar trabajando
en materias etnológicas y arqueológicas de tan alta importancia para
la prehistoria y la historia de Colombia19.
Decisión que le fue comunicada por carta el 9 de diciembre de
1946 y que nada dice de la edición propuesta.
19 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1944-1947: 230.
Capítulo 2
Primer viaje a Sevilla.
Friede académico correspondiente
1.
F undada en 1902, la Academia Colombiana de Historia20 fue una
respuesta a las consecuencias catastróficas de la guerra de los
mil días (1899-1902) y de la separación de Panamá (1903). Desde
su fundación tuvo dos orientaciones: la romántica-patriótica que
buscó, como fin:
establecer la concordia, la paz y la unidad, reforzar el Estado y forta-
lecer la nacionalidad. El fortalecimiento de la nacionalidad implica
la adopción de un sistema de valores lo suficientemente abstracto
como para situarlo por encima de las decisiones internas, pero a
20 Desde fines del siglo diecinueve existió un afán por desarrollar el conocimiento del
pasado, lo que condujo en 1902 a la erección de la Comisión de Historia y Antigüe-
dades Patrias, de la que devino, el 9 de mayo de 1902 en la fundación de la Academia
Nacional de Historia, mediante la resolución 115, ratificada por el decreto ejecutivo
1808 de diciembre de ese año. El presidente de la república era José Manuel Marroquín
(1900-1904), y José Joaquín Casas ejercía la cartera de instrucción pública. El acto de
instalación solemne se cumplió en octubre, seis meses después de la instauración,
agrupó a entusiastas de los estudios del pasado nacional y su primera junta directiva
se conformó así: Eduardo Posada, presidente; Ernesto Restrepo Tirado, vicepresidente;
Pedro María Ibáñez, secretario.
Comenzó a funcionar con cinco comisiones: histórica-bibliográfica, arqueológica,
artística y de antigüedades, etnológica y geográfica. Desde 1926 hasta el presente
ocupa una casa en la calle 10 nº 8-95, cedida a perpetuidad por la nación mediante la
ley 65. El establecimiento fue remodelado en la década de 1950, gracias a los buenos
oficios de Eduardo Santos Montejo, que donó lo dineros para las obras. En 1928, la
Corporación cambió su nombre por el de Academia Colombiana de Historia.
– 225 –
226
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
la vez lo bastante concreto como para permitirles a los individuos
su reconocimiento en la identidad histórica nacional. En la elabo-
ración de este sistema intervienen los historiadores decantando el
pasado, obtienen esos valores de las tradiciones y del ejemplo de
los “grandes hombres”, de los actos e ideas de los “héroes” que han
hecho la historia, traído la civilización y construido la patria. La
evocación del pasado que nutre los valores de la nacionalidad será
entonces una de las funciones de la historiografía académica. Esta
orientación romántico-patriótica encuentra su expresión clásica en
la famosa obra de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla: Historia de
Colombia (1910) (Tovar, 1989: 204)21.
La otra orientación fue la empirista y positivista22, que se propuso:
escribir la historia en “frío”, despojada de toda interpretación apolo-
gética de tipo partidista o religioso. En su aspiración de “imparcia-
lidad” y “objetividad”, considera que la verdad de los hechos está
en los hechos mismos, pues estos hablan por sí solos. Los hechos se
establecen según el lenguaje evidente de los documentos, cuyo texto
en su inmediatez inapelable, tiene la virtud irremediable de la certe-
za. De ahí que esta orientación presente una fuerte inclinación por
la erudición, la búsqueda de archivos y la descripción documental
de los hechos. Promotores iniciales de esta orientación son Eduardo
Posada (primer presidente de la Academia), Pedro María Ibáñez (pri-
mer secretario), Ernesto Restrepo Tirado, Gustavo Arboleda, Carlos
Cuervo Márquez y otros (Tovar, 1989: 204).
Las dos tendencias buscaron exponer los hechos en forma veraz,
coherente, objetiva y creíble, en estricta secuencia cronológica.
Por las décadas de 1940 y 1950 la historia que hacía la Academia
era demasiado anecdótica y accidental, y no consideraba la in-
fluencia de los factores socioeconómicos de cada época y de cada
periodo. En su seno existía cierto rechazo por los trabajos que estu-
vieran acordes con la moderna historiografía. La primera de estas
situaciones hizo que:
21 Sobre la obra de Henao y Arrubla véase el ensayo de José Eduardo Rueda Enciso. “Las
ciencias sociales colombianas y el imaginario de nación: Henao y Arrubla o la perpe-
tuación de la visión académica”. En Rueda y Serna, 2001: 105-110.
22 Según Jorge Orlando Melo (1988) es más correcto hablar de una influencia empirista,
toda vez que los historiadores de finales del siglo diecinueve y principios del veinte,
en su afán de hacer una historia erudita, se preocuparon por ampliar la base docu-
mental de sus obras y no por hacer una historia crítica y una narrativa que explicase
el desarrollo de los hechos, sin mostrar casi ningún interés por los aspectos teóricos
y metodológicos de su oficio (lo que es propiamente la corriente positivista).
227
Capítulo 2 w Primer viaje a Sevilla. Friede académico correspondiente
la historiografía tradicional buscara casi exclusivamente documentos
con un contenido narrativo para producir un relato sin cisuras (…)
[para ella] sólo existía como historia el periodo de las guerras de
independencia cuyos documentos, los únicos accesibles para el siglo
XIX, están agrupados en un fondo [del antiguo Archivo Nacional de
Colombia, hoy Archivo General de la Nación] denominado Historia.
Sin embargo, los documentos más importantes de este período re-
posan [1990] en un archivo privado al cuidado de los descendientes
del historiador José Manuel Restrepo (Colmenares, 1997a).
Los asuntos de mayor atención fueron los políticos, los militares,
los diplomáticos, los religiosos y, especialmente, los biográficos,
enfocados, sobre todo, a la Conquista y la Independencia. Por lo
general: “el mayor porcentaje de las obras, principalmente artículos,
se destacan por la superficialidad y el sentido emotivo y patriotero
en la interpretación” (Ocampo López, 1977: 64). Pero la forma de
concebir la historia como una cadena lineal de causas y el carácter
superficial y emotivo patriotero en la interpretación han hecho de
la Academia, el: “centro de consolidación de una manera rutinaria
de concebir la historia, y ha contribuido a conformar lo que, con
evidente injusticia para algunos de sus miembros, resulta adecuado
llamar ‘historia académica’”23.
Hasta hace poco, el perfil de los representantes de la “historia
académica” fue variado, por lo general personas sin formación en
historia y sin casi ninguna en ciencias sociales y humanas. No eran
historiadores profesionales, sino aficionados que se dedicaban a la
indagación del pasado, normalmente por vinculación personal o
familiar como tema de pesquisa, lo que de entrada los hacía poco
objetivos y confiables, con muy poco tiempo para investigar en
fuentes documentales nuevas, pues sólo dedicaban unas pocas horas
de investigación, las que les dejaban sus actividades profesionales y
personales. Circunstancias que generaron gran cantidad de biogra-
fías y de estudios genealógicos, y de participación de determinadas
localidades en algún incidente notable, con una calidad deficiente,
ya que los datos muchas veces fueron amañados con el fin de sacar
con bien al personaje, la región o la localidad objeto de estudio.
La base documental de tales trabajos es demasiado pobre, son
mediocres, por lo general no se citan fuentes, y: “en la mayoría de
23 Jorge Orlando Melo. “Los estudios históricos en Colombia: situación actual y tenden-
cias predominantes”. Revista UN (2), mayo de 1968: 29. Tiene varias reimpresiones,
entre ellas: La nueva historia de Colombia, compilación e introducción de Darío
Jaramillo Agudelo. Colcultura. Bogotá. Biblioteca Básica Colombiana (1976); y Sobre
historia y política. La Carreta. Medellín. 1979.
228
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
las ocasiones su estilo se redujo a la paráfrasis de documentos ori-
ginales, o a una narrativa más o menos sosa en la que intercalaban
metáforas muy convencionales o recursos retóricos más o menos
gastados” (Melo, 1988: 646).
2.
El acercamiento mutuo entre Juan Friede y la Academia de Historia
desembocó, el 15 de julio de 1947, en la presentación y aprobación
de su candidatura como miembro correspondiente24. Tal proposi-
ción pasó a estudio de la comisión de candidaturas, conformada
por los académicos Enrique Otero D`Costa (1883-1964) y Guillermo
Hernández de Alba (1906-1988), que dio su visto bueno el 16 de
agosto de 1947; habiendo procedido la asamblea a la votación, Friede
obtuvo un total de quince balotas blancas o favorables25.
El tipo de historia que hizo Friede era contrario al tradicional
que durante décadas impulsó, hasta años recientes, la Academia.
Pero algunos de sus miembros fueron conscientes de que lo de don
Juan era un trabajo serio y respetable. Por ello allí siempre tuvo
admiradores, especialmente entre los partidarios de la orientación
empirista y positivista, y quizá por eso obtuvo con relativa prontitud
el cargo de académico correspondiente. Sorprende que otros histo-
riadores de igual o similar valía que Friede no alcanzaran el título:
el caso más significativo fue el de Guillermo Hernández Rodríguez,
quien fue propuesto para ser miembro correspondiente el 15 de ju-
lio de 1950, con votación adversa: once balotas negras contra diez
24 Desde su fundación hasta el presente, la Academia tiene dos clases de miembros: los
correspondientes, que llegan a setenta y se escogen entre los estudiosos que hayan
demostrado capacidad para la investigación histórica, después de haber sido sometida
su candidatura a estudio de una comisión que designa la presidencia; y los de número,
que son cuarenta y se mantienen hasta su muerte; para reemplazarlos se escoge a los
sucesores entre los miembros correspondientes que acrediten méritos suficientes.
Los académicos se reúnen en sesiones ordinarias, extraordinarias y públicas, estas
últimas con ocasión del recibimiento de un nuevo miembro de número o con motivo
de alguna conferencia pública o acto en conmemoración de alguna efemérides. En los
últimos años los miembros correspondientes son recibidos en sesiones públicas.
Por la época en que Friede entró en comunicación con la corporación: “las sesiones
ordinarias se cumplían, sin falta, el 1 y 15 de cada mes, en ellas se leían comunicados
de los centros filiales nacionales y de entidades del exterior, se absolvían preguntas
formuladas por el público sobre problemas de historia, se rendían informes sobre
fundaciones y otros hechos del pasado, cuando así lo solicitaban entidades oficiales
o semi-oficiales, y se protocolizaba la veracidad de los méritos que algún colombiano
hizo en la empresa magna de la Independencia o en los albores de la República”.
Semana (289), 3 de mayo de 1950.
25 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1944-1947.
229
Capítulo 2 w Primer viaje a Sevilla. Friede académico correspondiente
blancas. Decimos que es sorprendente porque si bien sólo escribió
un libro, De los chibchas a la Colonia y a la República. Del clan a
la encomienda y al latifundio (Bogotá. 1949) la mencionada obra,
en su época, era novedosa, bastante bien investigada y trabajada26.
Otros, con mucho menos trabajo que Rodríguez, fueron acogidos y
aún se les acoge como académicos correspondientes27.
En el momento de su designación como Académico correspon-
diente, Friede ya se encontraba en Europa, adonde se le comunicó
el nombramiento, que aceptó. A partir de su llamamiento se estre-
charon los lazos de unión con la Academia, y fue así como presentó,
mediante carta, la propuesta de editar una serie de documentos
sacados del Archivo General de Indias de Sevilla28.
El 15 de septiembre de 1947, y por:
propuesta del señor presidente, doctor Carlos Lozano y Lozano, se
convino en comisionar al socio correspondiente Juan Friede para que
envíe de Sevilla, con destino a la Academia, hasta cuatro volúmenes
26 La obra de Hernández Rodríguez hace parte de la corriente marxista que trata de
interpretar la historia conforme a las leyes dialécticas, destacando, conjuntamente,
los factores económicos y sociales en una visión de conjunto, sin darle cabida a
ningún tipo de singularidad. A esta tendencia pertenece también el libro de Luis
Eduardo Nieto Arteta, Economía y cultura en la historia de Colombia (1942), quien
tampoco fue recibido como miembro correspondiente de la Academia. Pese a caer
en esquematismos y ciertas ligerezas en sus interpretaciones, ambas obras fueron
avances importantes en la historiografía colombiana.
De los chibchas a la Colonia y a la República, además de tener en cuenta los conceptos
marxistas acogió los de la antropología de la primera mitad del siglo veinte, lo que
le permitió establecer una interpretación nueva y coherente, interesante y sólida de
la sociedad chibcha.
27 Durante sus primeros ochenta y cinco años de existencia, más o menos, la principal
característica de los miembros de la Academia Colombiana de Historia fue la escogen-
cia, por igual, entre los que militaban en los partidos tradicionales de Colombia, de
preferencia en los matices moderados de los mismos, lo que permitió, aparentemente,
un campo de camaradería y tolerancia.
Por lo general, desde antes de la creación de la Academia y hasta la década de 1920:
“con pocas excepciones, los historiadores de orientación política liberal se refugiaban
en el trabajo erudito, mientras que los conservadores, apagadas las más violentas
polémicas, tratan de imponer su percepción de la realidad del país a través de la
enseñanza elemental y secundaria” (Melo, 1988: 630).
28 Desde 1880, los historiadores colombianos habían tenido la idea de publicar colecciones
de fuentes inéditas. En 1882 el gobierno nacional dio a Medardo Rivas el privilegio de
publicar los Anales de Colombia, que debía ser una colección documental que cubriera
el periodo de 1810-1880, proyecto que no se desarrolló. Con la fundación de la Acade-
mia, se “favoreció, en particular durante las tres primeras tres décadas del siglo [XX],
los trabajos de edición de fuentes documentales (…) estas ediciones contribuyeron a
hacer menos precarias las bases eruditas de las investigaciones históricas” (Melo, 1988:
640-641). Entre las compilaciones documentales se cuentan las realizadas por Eduardo
Posada.
230
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
en copia de documentos referentes a la conquista y descubrimiento
de la Nueva Granada en el siglo XVI, documentos que se encuentran
en los archivos históricos de Sevilla. Cada volumen constará de 350
páginas aproximadamente y se autorizó al tesorero de la Academia
para pagar oportunamente el valor de dichos tomos, sobre la base de
cuatrocientos pesos colombianos cada uno, y celebrar con el señor
Friede el arreglo detallado a que hubiere lugar29.
Los planteamientos hechos por Friede en su carta para sustentar
su propuesta desembocaron en la presentación ante la Asamblea
de la siguiente moción:
La Academia Colombiana de Historia considerando la imperiosa
necesidad que existe en proporcionar a historiadores e investigadores
fuentes originales para su estudio, y pudiendo conmemorar con una
obra el IV centenario de la Real Audiencia de Santafé, la máxima
institucional colonial que durante casi tres siglos regía la suerte del
Nuevo Reino de Granada, resuelve: 1. Nombrar una comisión espe-
cial, integrada por tres miembros de la Academia, a fin de estudiar
la forma más práctica, rápida y fácil cómo iniciar la edición de una
colección de documentos relativos a la Nueva Granada y sus con-
fines, extraído del Archivo General de Indias de Sevilla. 2. Pedirle
un informe respectivo desde un mes hasta la fecha30.
Los académicos presentes ese día en el recinto hicieron comen-
tarios a favor y en contra de la propuesta de Friede. Por ejemplo,
Nicolás García Samudio manifestó que: “ocupada como va a estar
la Academia con el problema de escribir la historia de Colombia31,
no habría tiempo para atender lo de Sevilla”32. Por su parte, Luis
Augusto Cuervo opinó que:
ya era tiempo de que la Academia buscara la manera de tener en
Sevilla una comisión permanente, con algún cargo oficial, para
29 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 94.
30 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 95.
31 Este académico se refería a una propuesta de Germán Arciniegas, hecha el 2 de noviem-
bre de 1945; por ese entonces Arciniegas era ministro de Educación Nacional y, desde
meses atrás, miembro de número de la Academia y vicepresidente de la misma para el
periodo comprendido entre el 1 de octubre de 1945 y el 1 de octubre de 1946. El proyecto
de Arciniegas era escribir una historia de Colombia por el sistema de monografías, tal
como por esa época se estaba haciendo en Argentina. Luego de estudiar el proyecto,
la Academia acordó aprobar, el 15 de noviembre de 1945, la historia de Colombia por
monografías. Esta idea fue el germen de la Historia extensa de Colombia, ordenada al
Ministerio de Educación por la ley 13 de 1948, trabajo que, como veremos, tuvo muchas
dificultades y sólo se concretó en la primera mitad de la década de 1960.
32 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 95.
231
Capítulo 2 w Primer viaje a Sevilla. Friede académico correspondiente
dirigir la copia de los documentos que nos importan; que esta labor
es independiente de la que presenta la historia de Colombia, pero
que al fin y al cabo puede servir de base más tarde en la confección
de la época colonial33.
Finalmente, la propuesta de Friede fue aceptada.
3.
Durante la primera y segunda estadías en Sevilla, Friede se dedicó a
conocer a fondo el Archivo General de Indias. En cierta forma ayudó
a ordenar esa importantísima fuente documental para estudiar la
historia latinoamericana de la Conquista y la Colonia:
Contaba mi papá que en un legajo del Virreinato de la Nueva Gra-
nada encontraron documentos del Mar del Plata y de México, todo
estaba revuelto, entonces lo separaron, iban a hacer un catálogo
(ERF, enero de 1990).
Ese proceso de organización le sirvió para conocer a profundidad
buena parte del Archivo de Indias y elaborar un inmenso fichero de
contenido documental, una especie de índice. La información que
utilizó para sus libros la consignó en fichas que organizó temática-
mente, y en las que registró, en dos líneas y seis casillas, los datos
fundamentales de los documentos que consultó: año, fuente, página y
tema, así como dos palabras clave que le permitieran clasificar la materia,
por ejemplo: minería: oro; o minería: plata, etcétera. En la parte inferior
de la ficha presentaba un resumen del texto consultado. Con tal pro-
cedimiento pudo reunir de manera muy rápida las fichas disponibles
sobre un mismo tópico.
Tal forma de organizar la información causó el siguiente co-
mentario, a manera de sugerencia, del académico Enrique Otero
D`Costa:
El sistema de ficheros te va a ser utilísimo, ya que cada día te vas
engolfando más y más en ese océano de papeles, con noticias y temas
tan diversos y no pocos repetidos. Y aunque tu memoria es muy
buena, la ficha te ahorrará un tiempo precioso en casos de duda (AJF,
carta de Enrique Otero D’Costa, Bogotá, 27 de diciembre de 1949).
33 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 95.
232
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Al tiempo que investigaba en el Archivo comenzó a hacerse
conocer en el mundo intelectual y del arte de España. Es así como
participó, entre marzo y junio de 1948, en un ciclo de conferencias
programadas por el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla, orga-
nizado por el grupo “Rodrigo Caro” de colaboradores del Museo. Don
Juan dictó dos charlas en esas reuniones: una el 4 de abril, titulada
“Arte precolombino del valle del alto Magdalena (Colombia)”; y otra,
el 16 de mayo, sobre “Pintura contemporánea en Colombia”.
Simultáneamente con los trabajos en el Archivo y la actividad
intelectual, se hizo:
amigo de Luis Caballero, ese incansable y entusiasta cantaor e inves-
tigador del arte flamenco. Las tardes libres y los fines de semana reco-
rríamos en automóvil los preciosos y blancos pueblos de Andalucía.
En Sevilla y en Jerez visitábamos lugares –muchos de ellos ya des-
aparecidos– donde “cantaores y bailaores” esperaban pacientemente,
en las altas horas de la noche, la invitación de algún “señorito” para
amenizar con su Cante alguna reunión de amigos. Tengo que confesar
–y me perdonan las personas más autorizadas que yo si cometo un
sacrilegio– que nunca pude entender cómo ese Cante tan profundo,
trágico y doloroso pueda amenizar reuniones sociales acompañadas
con una profunda libación de vino con “tapas” –ambos, por lo demás,
excelentes–; ese Cante que desgarra las entrañas del oyente, que refleja
el sufrimiento del pueblo, sus problemas y sus desdichas; ese Cante
llamado con razón “Cante jondo”, porque sale de lo más profundo del
corazón, que cantaban los gitanos perseguidos durante siglos por las
autoridades, los campesinos explotados por los terratenientes y las
demás capas sociales marginadas. Sigue siendo para mí un enigma
cómo ese “Cante jondo” de soleares, seguiriyas, o martinetes se en-
tremezcla en el mismo programa con bulerías, fandangos, sevillanas
o goajiras. Pero soy un “payo” y además, un extranjero. Por lo demás,
España, a través de su historia, siempre ha sido un país de contrastes
difícilmente explicables (Friede, 1973: 32).
4.
Mientras Friede residía en España y se vinculaba al mundillo inte-
lectual y artístico, en Colombia la situación política era cada vez
más difícil: el 7 de agosto de 1946 se había posesionado como pre-
sidente el político conservador Mariano Ospina Pérez (1891-1976),
con lo que acabó dieciséis años de república liberal y se inició la
reconservatización de la nación. La apertura que en muchos campos
había alcanzado el país empezó a echarse para atrás, se desató una
incontrolable violencia, que a partir del asesinato, el 9 de abril de
1948, del líder popular Jorge Eliécer Gaitán Ayala, se agudizó mucho
233
Capítulo 2 w Primer viaje a Sevilla. Friede académico correspondiente
más. Valga recordar que el número de presos y de detenidos en todo
el país por los sucesos del 9 de abril nunca se tuvo en claro. Lo cierto
es que en 1948 hubo una buena cantidad de condenados en consejos
verbales de guerra, que purgaron penas de diversa duración, aun
cuando algunos lograron escapar. Más adelante, en 1949, hubo varios
sindicados por delitos de variada calificación penal, que comenzaron
a ser juzgados o se encontraban, hacia diciembre de ese año, en espera
del juicio; otros fueron privados de la libertad por manifestarse, el 9
de noviembre de 1949, en contra del estado de sitio establecido luego
de los hechos del Bogotazo; entre estos se encontraban Jorge Zalamea,
León de Greiff, Diego Montaña Cuéllar y Alejandro Vallejo, quienes
fueron puestos en libertad el 10 de diciembre.
En los campos y en las ciudades de Colombia el miedo cundió.
En capitales de departamento, como Medellín, se instauraron ver-
daderos regímenes de dureza moral. En la capital antioqueña, por
ejemplo, el fanatismo y el puritanismo de los comerciantes, a quienes
un viejo amigo de Friede, Fernando González, llamó “los mayoris-
tas”, iniciaron una dura represión política con toda la ferocidad
del ultramontanismo del siglo diecinueve. El alcalde y el obispo de
Medellín prohibieron la entrada a la ciudad a Dámaso Pérez Prado,
María Félix y Camilo José Cela, por ser un peligro para la moral.
Leer y pensar eran entonces un extravío peligroso para esa moral mo-
nolítica, afianzada en la estructura familiar. Antiguos amigos de Friede
como Fernando González, Pedro Nel Gómez, Carlos Correa y Débora
Arango fueron sometidos a un amargo exilio intelectual. Don Juan no
hizo, por lo menos en lo que revisamos, mayores comentarios sobre la
situación que vivían y afrontaron muchos de sus viejos conocidos: la
desilusión por el mundillo artístico e intelectual fue grande, por lo que
prefirió dedicarse con ahínco a investigar la historia de la Conquista
y los primeros tiempos de la Colonia, con el respaldo de la Academia
Colombiana de Historia, institución bastante alejada de la realidad
nacional. Es así como regresó a Colombia procedente de España en
noviembre de 1948, y en la primera ocasión se integró a las labores de
la Academia. De tal forma que desde el 15 de noviembre de 1948 hasta
el 15 de marzo de 194934 asistió regularmente a las sesiones. Entre el 15
de marzo y el 1 de abril viajó por segunda vez a España.
Es curioso ese interés de Friede por participar en la vida de la
Academia, ya que ese no era propiamente un sitio donde encontrar
34 La Academia entra en periodo de vacaciones a mediados de diciembre y reanuda sus
actividades en febrero.
234
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
“pares”: se establecían relaciones públicas y contactos para, por
ejemplo, acceder a los archivos y las bibliotecas, pues los miembros
de la Academia tenían cierto celo por preservarlos y, en cierta ma-
nera, tener control sobre su consulta. Además, ni la discusión ni el
ambiente eran lo más propicio:
Yo, [David Bushnell] llegué después del 9 de abril [de 1948] (…)
tenía cartas de presentación de mi tutor, C. H. Haring, para Roberto
Cortázar, quien había sido el editor de Cartas de Santander y era
la persona perfecta para asesorarme en el trabajo que me proponía
desarrollar. Él, obviamente, era un académico destacado y conocía
muy bien el medio; sabía qué tipo de archivos me convenía consultar,
etcétera. Pero la Academia no era en realidad mi base de operaciones.
De vez en cuando iba a charlar con Cortázar sobre el desarrollo de mi
trabajo (…) él me dio algunas pautas, él y Luis Augusto Cuervo, un
amigo suyo muy cercano y estrechamente vinculado a la Academia
en aquella época. Pero no había nadie dedicado a la investigación
histórica profesional en la universidad, antes que Jaime Jaramillo,
que aparece un poco más tarde35.
En igual sentido se expresó J. León Helguerá:
En Colombia, desde luego, en el año 1953, seguí los pasos a un colega
notable y gran amigo, David Bushnell; en realidad no existía en ese país
la costumbre de recibir alumnos de posgrado extranjeros, de ninguna
parte del mundo ni de su mundo propio, ya que todos eran abogados
o médicos o sacerdotes. En ese sentido aún era una sociedad muy
colonial. Los eclesiásticos, y en especial los eclesiásticos extranjeros,
tenían una enorme cantidad de poder. A los 26 años me hice amigo
de don Horacio Rodríguez Plata, quien era un hombre fantástico.
Aún era muy joven, lleno de vida y chispa (…). [Al llegar a Colombia]
primero me fui adonde el funcionario cultural de la embajada de los
Estados Unidos, como me habían indicado. No sabía nada. Pero tenía
un asistente colombiano, quien a su vez tenía un asistente que resul-
tó ser el sobrino de Luis Martínez Delgado –importante historiador
colombiano y vicepresidente de la Academia de Historia– y quien
estaba casado con una descendiente del general Mosquera. A través
de Helena Delgado Mosquera me presentaron a don Horacio Rodríguez
Plata; gracias a su contacto con el director del Archivo Nacional yo
pude empezar a trabajar allí. Luego Guillermo Hernández de Alba,
director de la Biblioteca Nacional, me ofreció sus servicios y recursos.
Esto me condujo al Archivo del Congreso, donde logré la entrada, que
en esa época no estaba completamente abierta al público36.
35 Entrevista David Bushnell. En Peralta y La Rosa, 1997: 25.
36 Entrevista J. León Helguerá. En Peralta y La Rosa, 1997: 71 y 73.
235
Capítulo 2 w Primer viaje a Sevilla. Friede académico correspondiente
Según contaremos, don Juan quiso cambiar la paquidérmica es-
tructura de la corporación, pero también es cierto que le gustaba ser
académico; además, en la década de 1940: “no había ninguna insti-
tución a la cual afiliarse, a excepción de la Academia de Historia”37.
Veamos el criterio de Jaime Jaramillo al respecto:
Yo asistí a algunas reuniones de la Academia y después no volví,
porque yo no le vi sentido, era una especie de tertulia de notables,
yo no resistía la mentalidad de ellos. Yo soy académico correspon-
diente pero no he sido muy activo, iba de cuando en cuando por ahí,
porque me decían algunos, me insistían, el padre Gómez Hoyos, Luis
Duque, pero no, yo vi que eso no tenía sentido. Juan sí era activo y a
él le gustaba mucho la cosa, aunque creo que él difería mucho allá
del criterio de los académicos, pues representaba un punto de vista
bastante crítico (EJJU, febrero de 1990).
El profesor Jaramillo tiene mucha razón en sus conceptos, pero
es bueno ampliar las diferentes estrategias utilizadas por don Juan
para lograr los pretendidos cambios: en principio asumió cierta po-
sición de dorarle la píldora a los académicos, para luego asestarles
un golpe de gracia:
Pues debes saberlo, que lo de menos es la completa falsedad de la ma-
yoría de las fechas que dan los cronistas. Claro está que yo, para guardar
el paso a los honorables académicos, mando comunicaciones sobre
lo que les interesa directamente: que tal fecha es falsa, que uno u otro
conquistador había nacido en lugar distinto del que se había supuesto,
etc. Pero estos “problemas” son de poca importancia. Estas noticias
“sensacionales” pertenecen más al periodismo que a la historia (AJF,
carta a Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950. Subrayado nuestro).
Para refrendar esa estrategia inicial de “guardarles el paso” que
tuvo don Juan con la Academia, diremos que durante el periodo de
permanencia en Colombia cumplió las siguientes tareas: el 1 de di-
ciembre de 1948 presentó un informe extenso sobre la fecha de fun-
dación del municipio de La Plata en el Huila. Ese mismo día asistió
a una discusión sobre cómo se debía editar la Historia extensa de
Colombia: por materias o por épocas. La primera de estas alternativas
permitía que a medida que el contenido de cada volumen estuviera
listo podía pasar a la imprenta (García Bejarano) o el estricto orden
cronológico, pues:
37 Entrevista a David Bushnell. En Peralta y La Rosa, 1997: 25.
236
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
La historia debe ser una narración de una serie de hechos encadena-
dos y presentar un proceso de simbolización de personajes (Carlos
Lozano y Lozano) (...) y la historia de una nación es a manera de un
río cuyo caudal se debe tener ante todo como una columna vertebral,
que sea como el sustento de los diversos hechos que van confluyendo
en la sucesión de los tiempos para formar un solo cuerpo de doctrina
(López de Mesa)38.
Luego de la votación para resolver el impase se determinó, por
mayoría, que la Historia extensa de Colombia se debía editar en es-
tricto orden cronológico. Friede votó a favor de ese método39. Valga
mencionar que, quizá, la Historia extensa de Colombia sea el trabajo
más representativo de la Academia de Historia. En ella se observa:
una tendencia documentalista episódica e interpretativa en el aná-
lisis de los acontecimientos: la fuente documental y el rigor en la
interpretación objetiva es su mayor recurso para neutralizar la par-
cialidad. Los investigadores presentan su propia forma de atender
lo histórico, lo cual significa que no existe una dirección común con
un modelo historiográfico definido para todos los campos (Ocampo
López, 1977: 68).
En la reunión del 15 de febrero de 1949 don Juan fue felicitado
por la Academia: “por la reciente publicación de un folleto bajo el
nombre de los Indios Andakí (sic), tema que dicho autor ha traji-
nado y que conoce como pocos”40. En esa misma sesión expuso el
plan que tenía respecto a la colección de documentos recopilados
en Sevilla:
ofreció que cada tomo de copias vendría en original y duplicado y
además mandaría el correspondiente microfilm; calculó que cada
tomo costaría alrededor de 400 pesos colombianos (aproximada-
mente 240 dólares) y que en ese año sería fácil hacer el envío de 3
ó 4 volúmenes41.
38 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 100.
39 El 9 de diciembre de 1948 se efectuó una sesión extraordinaria con el fin de nombrar
al director de la Historia extensa. En principio se le ofreció el cargo a Emilio Robledo,
quien no aceptó. Se eligió entonces a Enrique Otero D’Costa, con un sueldo mensual
de $300, y como asesores a Luis Augusto Cuervo, Daniel Ortega Ricaurte y Horacio
Rodríguez Plata, con sueldos de $25 por sesión. Academia Colombiana de Historia.
Libro de actas, 1947-1950.
40 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 111.
41 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 112.
237
Capítulo 2 w Primer viaje a Sevilla. Friede académico correspondiente
La Asamblea aprobó la propuesta de Friede, y se: “comisionó al
tesorero (Roberto Cortázar) para arreglar con el control de importa-
ciones todo lo relativo a este negocio para el cual se vota la partida
de $1.600 en el presupuesto de 1949”42.
42 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 112.
Capítulo 3
Segundo viaje a España.
Descubriendo cosas sagradas
1.
U na vez en España se puso a trabajar con ahínco en los tomos de
la colección: “Porque era un trabajador incansable, y además
puso a trabajar a todos esos escribientes en el Archivo de Indias,
pagándoles” (EDG, octubre de 1989); así como a estudiar aspectos de
la historia de Colombia que desde su anterior estadía en la península
había esbozado y que poco a poco fue adelantando: el descubri-
miento y la conquista de la meseta chibcha; cuatro biografías: 1) del
licenciado Jiménez de Quesada; 2) de don Juan del Valle, primer
obispo de Popayán, al que llamaba “mi héroe”; 3) de fray Bartolomé
de las Casas; 4) y de Nicolás de Féderman; la actuación de los fran-
ciscanos en el proceso de conquista y dominación del territorio de
la actual Colombia; y a terminar y publicar otras investigaciones,
como la de los andaquíes. Pero, con las labores de la recopilación
debió, prácticamente, parar:
Desde comienzos del año (1950) estoy tan atareado con mi trabajo
para la Academia, que no he adelantado cosa alguna. Sólo temo que
una vez escrito (la biografía de Juan del Valle), por no ser biografía
de “fulano o zutano” de la historia quedará inédito, como mis an-
daquíes. Pedí mi antiguo manuscrito, como sabes, a México. Y en
vista de haber encontrado documentos nuevos, he resuelto separar
la parte antropológica en un solo tomo, incluyendo una breve reseña
histórica. Vamos a ver si cuando llegue a Colombia y tú veas la nueva
redacción (mucho más concisa), te interesa publicarlo (AJF, carta a
Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
– 239 –
240
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
2.
Nunca dejó de lado la mencionada estrategia de “guardarles el paso
a los honorables historiadores”. En consecuencia, en la sesión del 11
de junio de 1949 se dio a conocer un informe sobre el estado en que
se encontraba la copia de los documentos destinados a los volúmenes
y el texto de una conferencia titulada “Legislación indígena de la
Gran Colombia”, para ser leída en el curso superior de historia de
Colombia43. Un mes después, en la sesión del 15 de julio, se puso
en conocimiento de la Academia que: “los dos primeros tomos con-
tendrán informes generales sobre las conquistas y descubrimientos
y los otros dos serán de probanzas de servicios”44.
El 1 de diciembre de 1949 la corporación se enteró, por carta del
mismo Friede, que había encontrado “un documento que muestra
que don Gonzalo Jiménez de Quesada nació en Granada”45, trabajo
con el cual refutó a uno de los académicos más connotados, Gui-
llermo Hernández de Alba, lo que generó el siguiente comentario
de Enrique Otero D’Costa:
Tu carta para Hernández de Alba, magnífica. Me instruí y percaté
mucho sobre tus trabajos y sobre otros puntos curiosos, pues yo no
sabía que este amigo fuera el líder de la tesis cordobesa sobre la cuna
de [Jiménez de] Quesada. Muchos aciertos ha tenido Guillermo, pero
lo que es este punto va muy despistado, pues opina lo contrario de lo
que opina o dijo el mismo Quesada: que él era granadino (AJF, carta
de Enrique Otero D’Costa, 24 de enero de 1950).
La labor investigativa de Friede en los archivos españoles pro-
dujo muchas envidias y comentarios en el seno de la Academia de
Historia, a las que trató de darles la menor importancia:
Te digo en secreto, que alguna que otra vez sentí, por parte de un
amigo mío, una especie de celos, como quien diría, que un extraño
está descubriendo cosas “sagradas”, que debieran “revelarse” a un
historiador consagrado, o, por lo menos colombiano. Pero tú ya me
conoces bastante, para saber que esas reacciones me dejan indiferen-
te. Lo que pasa es que la colección que estoy preparando demuestra
una cosa bien distinta de la consagrada, y su importancia es mucho
mayor que lo que es para historia, por ejemplo, si Jiménez nació en
43 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 112.
44 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 140.
45 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 167.
241
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
Córdoba o Granada (AJF, carta a Enrique Otero D’Costa, 24 de enero
de 1950. Subrayado nuestro).
Esas envidias, rencores y desconfianzas se comprueban con el
hecho de que sistemáticamente distintos académicos visitaron a don
Juan en Sevilla, o como el caso de Enrique Otero D`Costa, quien es-
tuvo pendiente permanentemente de las labores de Friede en Sevilla,
y a la vez que lo estimulaba no perdía la oportunidad para hacerle
“recomendaciones” sobre hechos y pistas para investigar, etcétera.
Es así como el 27 de diciembre de 1949 le escribió una curiosa carta
en la que lo felicitó, pero que destilaba cierto livor:
Formidable el triunfal hallazgo del legado secreto que indudablemen-
te noticias nunca vistas ni siquiera presentidas. Eres un buzo con la
astucia de la zorra, el olfato del sabueso y la orientación de la paloma
mensajera. Te vas a lucir mi viejo, con tanto descubrimiento de cosas
tan curiosas y extraordinarias. Desearía estar a tu lado para celebrar
tantos éxitos (...). Lo que no me gusta bien es que el entusiasmo te
lleve hasta el punto de desear quedarte archivado en este archivo y
aún difunto. Tú nos perteneces y tienes que volver aquí para gozar
de tus triunfos en medio de tus compañeros de Academia que bien
te queremos y que te echamos muy de menos (AJF, carta de Enrique
Otero D’Costa, 22 de diciembre de 1949).
Además de congratularlo, le puso una “tarea” a la que nos referi-
remos un poco más adelante, y que don Juan cumplió a cabalidad,
pues el “guardarle el paso a los académicos” fue una estrategia
excelente para conseguir ciertos favores y prebendas. Es así como
el 1 de febrero de 1950 Otero D`Costa expuso ante los miembros
de la Academia:
La labor que lleva actualmente en Sevilla el correspondiente don
Juan Friede y las dificultades que ha tenido para que la oficina de
control de cambios le permita obtener mensualmente al cambio
oficial, la cantidad de 250 dólares para ayudar al señor Friede en su
labor de obtener documentos del Archivo de Sevilla, de los cuales
ha remitido copiosa relación para saber cuáles de ellos han sido
publicados ya46.
Obviamente que los conceptos de Otero D`Costa, así tuvieran
una doble intención, le sirvieron a Friede para despejar cualquier
46 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 171.
242
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
tipo de duda que pudiese existir en el seno de la Academia y que
esta se apersonara de ciertos trámites, como el de explicar a la ofi-
cina de control de cambios del Banco de la República la situación
en que se encontraba y la urgencia de que se agilizaran los trámites
de cambios de dinero.
En realidad, parece que para esa época ya se cumplía, en parte,
lo que expresó a Daniel Gómez sobre su incapacidad, dificultad o
falta de conocimiento para conservar el dinero:
(…) las noticias no son, por cierto, muy halagadoras. Yo arrendé al
padre Córdoba todo lo que tengo en San Agustín, y no me produce
nada ($800 al año). Pienso vender el alto de los Ídolos para finan-
ciar mis viajes a España, pues tampoco producen mucho mis cosas
en Bogotá, máxime, porque desde el mes de octubre no es posible
lograr que la Junta de Control dé un permiso para remesa mensual
y tengo que alimentarme con dólares negros (AJF, carta a Luis Duque
Gómez, 17 de marzo de 1950).
La Academia adelantó los trámites requeridos, pero la oficina
se negó a aceptar la solicitud hecha por don Juan, situación que lo
desanimó un tanto.
Otro académico con el que mantuvo comunicación constante
fue con Enrique Ortega Ricaurte, director del Archivo Nacional de
Colombia: para evitar repeticiones en la copia de documentos lo
consultó con frecuencia, enviándole listas. Una vez revisadas por
Ortega, este le comunicaba cuáles papeles estaban inéditos, cuáles
no, cuáles valía la pena reproducir, etcétera.
Sobre la labor de Friede en los archivos españoles, opinó que:
Bien sé la labor que significa leer cada uno de los documentos que
se encuentran en ese monumental archivo, para poder obtener copia
de lo más principal y sustantivo; de otra manera se incurriría en
repeticiones innecesarias que no tendrían un fin práctico en la mag-
na labor que está empeñado. Aquí, por razones obvias, lo hacemos
así, pues las publicaciones del Archivo Nacional tienen por objeto,
además de salvar la documentación existente, hacerla conocer del
grueso público, quien no asiste a los archivos. Su trabajo está des-
tinado a los historiadores, quienes se lo sabrán agradecer (AJF, carta
de Enrique Ortega Ricaurte, 30 de noviembre de 1949).
Friede correspondió a las bondades de don Enrique enviándole
documentos sobre la ciudad de Ibagué –antigua Ibarguey–, ya que
por esa época el dinámico director estaba empeñado en publicar un
libro de fuentes sobre la llamada capital musical de Colombia, que
243
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
contó con muchas dificultades, pese a lo cual siguió en su interés,
pues era un “amante” de la historia y, sobre todo, de las fuentes
primarias:
En la actualidad sólo se piensa en la política. Los antiguos empleados
de esta importante dependencia administrativa, quienes le envían un
cariñoso saludo, sólo desean hacer de la historia nacional, basada en
documentos de irrebatible mérito, fuente de inagotables enseñanzas para
las generaciones por venir, pues las actuales, iniciadas en otras activida-
des, creen que las tradiciones patrias, los hombres que nos legaron dios,
patria y libertad, los que con su ejemplo fueron fuentes de incalculables
enseñanzas, nada valen en la actualidad (AJF, carta de Daniel Ortega
Ricaurte, 17 de mayo de 1950).
Friede le hizo el mismo tipo de consultas a Otero D`Costa, pero
fue mucho más provechosa la hecha a Ortega Ricaurte, pues conocía
mucho de archivos, de documentación, de datos; por ejemplo:
Sobre la ya famosa laguna de Guatavita no hay nada publicado,
fuera de lo que usted conoce del Dr. Liborio Zerda. En poder del
señor Carlos Cuervo Borda, hijo del señor general don Carlos Cuervo
Márquez, existe un expediente relacionado con las gestiones que
hizo Hernando de Sepúlveda para desaguarla, desgraciadamente
dicho señor no quiso prestar los originales para obtener una copia
de ellos. Pensaba que con ellos haría una gran fortuna (AJF, carta de
Enrique Ortega Ricaurte, 3 de noviembre de 1949).
En realidad, sorprende la capacidad de detalle que tenía este
académico: sabía la historia de la documentación, en qué manos
estaba, quién la había publicado, los académicos interesados en
uno u otro tema:
Muchos son los datos, aún inéditos, que están en los archivos sobre el
licenciado Jiménez de Quesada. Nuestro común amigo don Enrique
Otero D`Costa, desde hace muchos años, está interesado en esa labor.
Creo, sin embargo, que los que usted menciona aún no son conoci-
dos en Colombia. Cualquier homenaje que se haga a la memoria del
glorioso fundador de Bogotá sería, por demás, digno de elogio ((AJF,
carta de Enrique Ortega Ricaurte, 3 de noviembre de 1949).
Así mismo, sabía de las desavenencias surgidas en el seno de la
Academia por la “paternidad” de uno u otro tema:
En cuanto al Cedulario Real expedido hasta 1581, me permito infor-
marle que sólo los títulos fueron publicados. Ello motivó un pleito
244
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
entre Alberto Miramón y Guillermo Hernández de Alba, que tomó
caracteres trágico-cómicos. Se mentaron, como se dice vulgarmente,
hasta la mama (AJF, carta de Enrique Ortega Ricaurte, 3 de noviembre
de 1949).
Contrariamente a otros académicos, Ortega Ricaurte le comuni-
caba a don Juan algunos hechos de la convulsionada Colombia de
entonces:
La situación en Colombia es extremadamente grave, no hay día en
que no haya de veinte a treinta muertos en una u otra región del
país. Los negocios están paralizados, la agricultura en decadencia,
todos sin excepción alguna, atribulados por lo que pasa, a ciencia y
paciencia de las autoridades, quienes en lugar de atajar los atrope-
llos, los buscan, con el deseo de amedrentar los ánimos y obtener
de esta manera el triunfo del conservatismo, que cada vez está más
desprestigiado. Carlos Arango Vélez, en una conferencia por radio
hace tres días, dijo sin rodeos, que esto se debía al falangismo, de
cuyas fuentes aprendió Laureano Gómez sistemas y prácticas desco-
nocidas en Colombia, y al comunismo internacional, que desde hace
mucho tiempo viene tomando cartas en nuestros asuntos interiores.
Dios nos tenga de su mano, pues esto va de mal en peor (AJF, carta
de Enrique Ortega Ricaurte, 3 de noviembre de 1949).
El académico Restrepo Posada visitó a don Juan en Europa y dio fe
ante la Academia de Historia de la labor que cumplía en el Archivo
de Indias. En concepto de Posada, Friede se hallaba consagrado a la
consecución de los documentos, con “marcado interés y cariño”47;
además informó, el 1 de julio de 1950, de las “consideraciones que
le presta el director del Archivo, señor Cristóbal Bermúdez Plata, [a
Juan Friede] para quien solicito una nota de agradecimiento por estos
servicios”48; idea que el propio don Juan había sugerido con anterio-
ridad a Enrique Otero D`Costa pero que este nunca propuso en el
seno de la Academia. Fue entonces necesario que el mismo Friede
se lo recomendara personalmente a Restrepo, en el escenario de los
hechos. Otro académico que estuvo en Sevilla durante esta segunda
permanencia de Friede en España fue Guillermo Hernández de Alba,
pero no sabemos cómo anduvieron las relaciones entre ambos.
Así como algunos académicos se preocuparon y visitaron a Friede
en Sevilla, hubo algunas personas, no vinculadas a la Academia, que
47 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 56.
48 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1947-1950: 56.
245
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
quisieron aprovechar la estadía de don Juan en los archivos espa-
ñoles para conseguir documentación de distinta índole: genealogía,
etnología, etcétera. Un caso fue el de Gerardo Reichel-Dolmatoff,
que le solicitó le buscara una información sobre la Sierra Nevada de
Santa Marta, pero sin decirle con qué objeto, del cual sólo se enteró
por carta de Enrique Ortega Ricaurte:
En cuanto a los datos sobre Valledupar, que debían ser publicados con
motivo del IV centenario de su fundación, carecen por el momento de
importancia, pues el profesor Gerardo Reichel-Dolmatoff está publi-
cando, en la actualidad, un libro sobre ese mismo tema que financió
con el Banco de la República, muchos de cuyos datos fueron tomados
del Archivo Nacional, en donde él ha venido trabajando. Mientras
no vea la luz pública dicho trabajo, no podemos adelantar nada (AJF,
carta de Enrique Ortega Ricaurte, 3 de noviembre de 1949).
El detalle no fue del agrado de Friede, por lo que le comunicó a
Luis Duque Gómez, que: “la cuestión de Reichel la resolví fácilmente,
pidiéndole un envío de cien dólares para copias. No me ha vuelto a
escribir” (AJF, carta a Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
En realidad, desde los tiempos en que Paul Rivet dirigió el Insti-
tuto Etnológico existió un enfrentamiento entre Luis Duque Gómez
y Gerardo Reichel-Dolmatoff. Juan Friede, según se ha visto a lo
largo de este trabajo, simpatizó más con Duque que con Reichel,
pues aun cuando muy parecidos en su rigurosidad sus concepcio-
nes eran distintas: Friede nunca tuvo el exagerado egocentrismo de
Reichel y no le importó competir con nadie. Es así como la solicitud
de documentos hecha por Reichel-Dolmatoff estaba orientada a
publicar un libro sobre la antigua gobernación de Santa Marta, que
apareciera antes que los dos tomos de documentos que preparaba
don Juan en Sevilla. Pese a que para quitárselo de encima Friede le
pidió cien dólares, Reichel insistió en su empeño:
En la imprenta del Banco de la República se imprime ahora un
libro de Reichel sobre Noticias histórico-culturales de la antigua
provincia de Santa Marta. Este trabajo, para el cual escribí yo [Luis
Duque Gómez] un corto prólogo, se basa en la consulta metódica de
35 obras históricas y de 175 documentos copiados de los fondos del
Archivo Nacional. Con todo, creo que habrá de rectificar muchas
cosas de acuerdo con tu colección de documentos; así se lo advertí
a Reichel pero este juzgó conveniente que no se dilatara por más
tiempo la publicación en referencia (AJF, carta de Luis Duque Gómez,
de marzo de 1950).
246
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
3.
En 1950 las comunicaciones de Friede sobre el avance de la reco-
lección de documentos y de sus investigaciones fueron bastante
frecuentes. El 15 de febrero se leyó en la Academia Colombiana
de Historia un informe de don Juan sobre el título de ciudad para
Santafé de Bogotá y para Riohacha. Ese mismo día remitió, desde
Sevilla, un informe sobre una duda que le expresó el académico
Enrique Otero D`Costa referente a que:
Con anterioridad al 17 de julio de 1549, fecha en que fue aceptada
como de erección de la Real Audiencia, se habían nombrado varios
oidores para ella. ¿Cómo es posible, escribía Otero D`Costa, que se
nombre un funcionario antes, de haber creado la institución? Insi-
nuaba, que en documentos fidedignos en la mano, haga la investi-
gación al respecto (AJF, carta al presidente y demás miembros de la
Academia Colombiana de Historia, 15 de febrero de 1950).
El resultado de la cuidadosa pesquisa hecha por Friede mostró el
trámite y la correspondiente documentación que debía cumplir una
ciudad para llegar a ser erigida como Real Audiencia: la consulta,
en la que el Consejo de Indias le exponía al rey de España su pare-
cer y este aceptaba, rechazaba o reformaba lo sugerido o aplazaba
la solución del problema, documento que no pudo encontrar por
haberse perdido más de veinte años antes.
Luego de la resolución favorable de la “Consulta” se expedía la
cédula o provisión real respectiva, que no se asentaba en los Libros
de registro, en los que se apuntaban las cédulas y provisiones que
expedía el Consejo de Indias. Tal manuscrito tampoco pudo ser
consultado por Friede, pues:
Desgraciadamente el tiempo no ha favorecido la Audiencia de San-
tafé. Los “Libros de registro”, para la gobernación de Santa Marta
empiezan con 26 de julio de 1529, pero faltan los años que abarcan
el periodo del 31 de mayo de 1541 hasta el 11 de diciembre de 1575
(Santafé, legajo 1174). Por otra parte, los “Libros de registro” para
el Nuevo Reino de Granada, empiezan tan sólo con la fecha de 28
de noviembre de 1548 (Santafé, Legajo 533) (AJF, carta al presidente
y demás miembros de la Academia Colombiana de Historia, 15 de
febrero de 1950).
El original de la provisión Real debió de haber sido despachado
a Santafé, donde se asentó en un libro especial, pero tal documento
también era imposible de ser consultado, porque: “desgraciada-
247
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
mente el incendio que en 1550 destruyó los archivos de Santafé,
imposibilitará para siempre conocer este asiento, o el original de la
provisión” (AJF, carta al presidente y demás miembros de la Academia
Colombiana de Historia, 15 de febrero de 1950).
En fin, luego de haber investigado las diferentes posibilidades
para encontrar la Real Cédula y la dichosa fecha a la que venimos
haciendo referencia, Friede planteó que:
Todos los documentos existentes relativos a la creación de la Real
Audiencia de Santafé confirman que el 17 de julio de 1549 no fue el
día de la erección, y que el erudito y perspicaz historiador Enrique
Otero D`Costa tuvo razón en sus dudas (...). La fecha exacta de la
erección jurídica de la Real Audiencia de Santafé sólo la sabremos al
encontrarse la “Consulta” del Consejo de Indias, o la propia Provisión
de la erección, como se la conoce para la Audiencia de Panamá, o
la de Santo Domingo. No conociendo éstos documentos se podría
celebrar el cuarto centenario de la creación de la Real Audiencia,
conmemorando la fecha en que fue nombrado su primer oidor, que
era el 21 de mayo de 1547, pero nunca el 17 de julio de 1549, cuando
precisamente fue nombrado el licenciado Briceño, como último oidor
de la primera Audiencia de Santafé. La única fecha históricamente
comprobada hasta ahora (...) es el 7 de abril (...) pues (...) fue en éste
día cuando oficialmente se instaló la Real Audiencia de Santafé de
Bogotá (...) (AJF, carta al presidente y demás miembros de la Academia
Colombiana de Historia, 15 de febrero de 1950).
No sobra comentar que este tipo de trabajos o tareas eran, y son,
las que gustan a la Academia Colombiana de Historia. Friede sabía
esa circunstancia y por ello, con cierta regularidad, enviaba este
tipo de informes, los que terminaba con cierta ironía:
Tengo la confianza, señor presidente, que con la recopilación de
documentos históricos, en cuya labor estoy empeñado al presente,
y de cuyo fichero saqué los datos antecedentes, se podrá en lo fu-
turo apreciar mejor la exactitud de muchos datos, que a veces por
tradición, y a veces por malas interpretaciones, han penetrado en la
historia de Colombia (AJF, carta al presidente y demás miembros de
la Academia Colombiana de Historia, 15 de febrero de 1950).
Sin embargo, don Juan se excedió en la búsqueda de documentos
sobre la Real Audiencia: a Otero D`Costa sólo le interesaba el texto
de la Real Cédula y no más. Al enviar un expediente tan completo
el académico le escribió:
248
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Ignoraba que la sección Indiferente contara con una cantidad de
legajos tan grande y desde luego, si se quisieran leer para hacer
una búsqueda, peligraba el investigador de morir antes de llegar
a la meta. Yo solamente aspiraba a que hicieras la exploración
localizándola al estante 139, cajón y legajo 5. Casi estoy seguro de
que por ahí toparás con el papelucho. Concrétate a esta asignatura
para ver a donde salimos. Estoy muy de acuerdo contigo en tratar
tan importante asunto en la Academia, pero antes desearía agotar
todo empeño en el hallazgo de la Cédula, que forzosamente debe
de existir, pues con este hallazgo, el estudio que se hiciera quedaría
completo y definitivo. Aun más: el estudio lo puedes hacer tú, si te
provoca. Yo no he hecho otra cosa que picar tu curiosidad y agitar
tu inquietud. Respecto de documentos publicados sobre creación de
la Real Audiencia, nombramientos de oidores y otros funcionarios,
puedo afirmarte que nada se ha hecho que valga la pena. De manera
que puedes copiar allá aquellos que tengan más importancia, como
aquel que mencionas de la carta de los oidores en que comunican
la instalación del tribunal en 7 de abril, que sería de importancia
porque viene a rectificar la versión de Ocariz que da otra fecha
distinta para esa instalación (AJF, carta de Enrique Otero D’Costa,
24 de enero de 1950).
A lo que don Juan le contestó:
No sé si había acertado a hacer exactamente lo que de mí esperaba
la Academia. Frente a la multitud de documentos que reflejan la
intensa vida de aquellos conatos de sociedades americanas, se siente
la tentación de extenderse, lo que, tal vez, hice demasiado. Pero mi
deseo era tan sólo recopilar, ordenar y reproducir un conjunto de
documentos que sirvan para escribir una nueva historia del territorio
colombiano. Pues a mi modo de ver, a pesar del profundo respeto que
nos merecen los cronistas, un trabajo histórico emprendido en la
mitad del siglo XX, no debería ser tan sólo una versión de antiguos
relatos cronicales, espejos perfectos de sus tiempos, ideologías y
métodos historiográficos (AJF, carta a Enrique Otero D’Costa, 27 de
marzo de 1950).
Al fin escribió un artículo que fue publicado por la Academia
en su Boletín mensual. Sin embargo, Otero D`Costa insistió en que
le siguiera buscando la Real Cédula:
Como te lo expresé en alguna de mis anteriores, debía existir allá,
en la sección Indiferente general, estante 139, cajón 5, la Real Cé-
dula que creó este tribunal. En días pasados, registrando apuntes y
papeles, encontré algunos de los apuntes que hice en ese Archivo
[de Indias de Sevilla] en el año de 1910 (...). Tal es el apunte hecho
a la carrera, pues ni siquiera tomé dato del año, quizá porque este
estaba entre los documentos que pensaba copiar, y que al fin, por
249
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
falta de tiempo, no se copiaron (AJF, carta de Enrique Otero D’Costa,
15 de agosto de 1950).
Meses después volvió a insistir:
Es cierto que en materia de archivos muchas veces la papeleta no
se corresponde con el contenido. Eso lo he visto muchas veces en
nuestro Archivo Nacional. Pero yo soy terco, mi viejo. Soy aragonés
(...). Ahora te mando otra papeleta, que no sé si logres estudiar. En
la sección Patronato estante 2, cajón 2, legajos 2-17 se halla un largo
expediente iniciado en el año de 1560 ó 61 en el cual la ciudad de
Riohacha promueve acción, para desligarse de la recién fundada
Audiencia de Santafé (...). En ese mamotreto recuerdo haber visto
varias Reales Cédulas, y puede que entre ellas este la de la creación
de la Audiencia de Santafé, que hubieran llevado el expediente
como prueba (...). Tú explorarás la cosa para ver como te metes
como una nigua entre esos papeles. Vamos a ver si de esta salimos
con nuestro empeño (AJF, carta de Enrique Otero D’Costa, 22 de
noviembre de 1950).
Pero la Academia, por intermedio de Otero D`Costa, le pidió otros
encargos diferentes a la sola recopilación de documentos, como por
ejemplo la compra de algunas obras con destino a la biblioteca:
Referente a los libros para la Academia (tu carta del 20 de octubre) te
aviso que los 18 tomos sueltos de la segunda serie de la colección, y los
10 tomos de la colección Montoto se consiguen en el mercado a precio
de 1.400 pesetas, que equivalen a 56 dólares. El envío de los tomos
se podrá hacer por correo certificado. El librero es Miguel Martínez
Jiménez, apartado de correos 700, Sevilla, quien podrá enviar la factura
y demás documentos, si tales son necesarios para la junta de control
(AJF, carta a Enrique Otero D’Costa, 27 de marzo de 1950).
Al respecto, el académico le comunicó que, en la “Academia como
me lo temía, no les pusieron muchas bolas. Y no quise insistir. He-
mos perdido una magnífica ocasión de hacernos a esas importantes
colecciones documentales” (AJF, carta de Enrique Otero D’Costa, 15
de agosto de 1950).
El 1 de abril, Friede informó a la corporación que había remitido
dos volúmenes de documentos sobre Santa Marta, a partir de los
cuales comenzó la labor de desmitificación que se había propuesto,
pues al enviar:
El [legajo] documental sobre la gobernación de Santa Marta en el
tiempo anterior al descubrimiento de Bogotá. Este te demuestra los
250
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
problemas que se suscitaron en los albores de la Colonia entre los con-
quistadores, propiamente dicho, y los colonizadores. En la escuela
aprendemos que se trataba de una partida de bellacos, que denun-
ciaban uno a otro, peleaban entre sí y se mataban. Pero lo cierto es
que fueron grandes intereses sociales, grandes controversias que se
suscitaron, cuando la propia “conquista” se había acabado y la corona
empezó una colonización de las costas del mar Caribe.
Para demostrarlo, por considerar de gran interés relievar (sic) esta
lucha, y sacarla de un ambiente netamente personal de peleas,
entre Bastidas, Palomino, Lerma, etc., colocándola en un ámbito de
una sociedad que se estaba formando en América, tuve que recoger
muchos documentos. Así tiene mi colección para la gobernación
de Santa Marta hasta 1550, 900 páginas, mientras que al principio
creía, que en dos tomos, es decir en 700 páginas iba a abarcar no
tan sólo a Santa Marta, sino a Urabá, Cartagena, Santafé y Popayán.
Imagínate la desilusión que recibirán los académicos cuando reciban
estos dos tomos, que saldrán la próxima semana. Pero trabajando
conscientemente no puedo dejar de recopilar muchos documentos
que varios académicos hubieran dejado sin leer, siquiera (AJF, carta
a Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
El 2 de mayo se dio a conocer el tercer tomo de documentos
enviados por Friede; en esa misma sesión de la Academia se leyó
una carta en la que expresó: “Es conveniente ampliar el cupo de las
copias hasta completar 8 ó 10 tomos, en las mismas condiciones
anteriores”49. Al respecto, la Academia resolvió: “Autorizar las copias
de documentos del Archivo de Indias, dentro de las condiciones
fijadas para las primeras copias de su contrato”50.
La razón para que la obra creciera en su tamaño y contenido ra-
dicó en que Friede encontró mucha información, muchas veces no
tenida en cuenta por los académicos, con la que aspiraba a reenfocar
muchos aspectos de la historia de Colombia:
Lo mismo pasa con la sección indígena. En el Río Hacha encontré
una multitud de documentos sobre la pesquería de las perlas, conec-
tada directamente con la esclavitud indígena en el Caribe. No sólo
están documentadas varias visitas a las pesquerías, que son de gran
interés para conocer esta actividad, tan nefasta para los indios, sino
que demuestra que miles de indios fueron traídos como esclavos de
Cubagua –una especie de Cabo Verde del Caribe, donde se vendían
los indios cogidos en las costas venezolanas– y existen largas listas
toponímicas y patronímicas. Junto con estos extensos documentos,
49 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 55.
50 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 56.
251
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
más algunos que recogí para los “blancos”, el tomo sobre el Río Hacha
tendrá 300 páginas. Lo mismo te puedo anunciar para Cartagena.
Otero D`Costa no considera importante la copia del documento
sobre el primer repartimiento de los indios de Mompox, hecho por
Heredia. Mas, de este primer repartimiento se observa fuera de duda,
que algunos caciques eran oriundos de Panamá (AJF, carta a Luis
Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
Los cuatro tomos contratados inicialmente por la Academia fue-
ron concebidos de manera distinta a lo que arrojó el trabajo en Sevi-
lla. La noción que los historiadores colombianos tenían del Archivo
de Indias era muy limitada, muy superficial. Friede fue quizás el
primero que llegó a tener conocimiento profundo de esa primordial
fuente de información. Era tanto lo que había y tan poco lo que se
conocía que valía la pena sacar a la luz pública, por lo menos, una
muestra documental representativa pero con coherencia temática,
cronológica y argumental. Es así como don Juan quiso darle unidad
a su recopilación:
Te agradezco la oferta de publicar los [documentos] que se requieren
a la historia indígena. Pero como cambié mi plano, el documental
forma una unidad, y su desintegración, como sería la publicación
de un documento o varios sueltos, sería para mí lo mismo que la
destrucción de mi obra. Cierto es que cabe tal vez una selección y
la supresión de uno que otro documento. Pero yo hago todo lo po-
sible para que la colección sea publicada. Y créamelo que con una
inteligente introducción que podría escribir el mismo Otero D`Costa
tendríamos una verdadera historia de la conquista de Santa Marta,
base para estudios especializados. De otra manera preferiría que los
tomos queden en la biblioteca de la Academia, sin publicar, para los
estudios de los investigadores e historiadores. Espero que la Acade-
mia al llegar mi colección nombrara una comisión para estudiarla.
Desearía que también tú formes parte en la comisión y que después,
particularmente me escribas lo que de ella piensas (AJF, carta a Luis
Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
En realidad, siempre se opuso a publicar documentos sin ton
ni son:
Sin la necesaria concatenación, sería restarles casi todo su valor.
Tomemos, por ejemplo, las cartas de Santa Marta durante el gobierno
de Lerma. Al leerlas todas, se observa una paulatina evolución en
las relaciones entre el gobernador y el cabildo, que de cordiales en
1529 se vuelven hostiles, hasta que en 1534, el gobernador, deses-
perado, pide él mismo el envío de un juez de residencia, a lo que se
oponía durante años. Se revela un antagonismo muy característico
252
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
para los cabildos americanos, que ha producido un fortalecimiento,
y su papel importante en la historia. Pero cualquier carta separada
contiene tan sólo un dato suelto anecdótico, que no representa en
absoluto el cuadro de las verídicas relaciones entre el gobernador
y el cabildo. No es por cierto lo mismo conocer toda la serie de do-
cumentos históricos referentes a la arrogante personalidad de Luis
Alonso de Lugo, que en 1535 viaja a Santa Marta con camareros, pajes
y cocineros particulares (de apellidos flamencos) y quince años más
tarde se convierte en un escribano, declarado pobre de solemnidad,
que hojear uno que otro documento y deleitarse con algún hecho
anecdótico de la larga carrera de Lugo (compare lo que de Lugo es-
cribe fray Pedro Simón). Debido a estas consideraciones, desde un
principio traté de hacer la ordenación en forma tal, que pueda ser
publicada (AJF, carta a Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
Es necesario resaltar aquí que, acorde con su formación de co-
merciante y hombre de empresa, don Juan tenía la idea de ampliar
mucho más su recopilación de documentos, montar una verdadera
empresa en torno a esa actividad:
Traeré conmigo, al volver al país, que será en agosto, un plan deta-
llado que creo permitirá en pocos años (tres a lo sumo), transcribir
los más importantes documentos del siglo XVI y XVII que se encuen-
tran en estos Archivos referentes a Colombia. El costo de la copia
para la Academia no es, por cierto, excesivo. Con un poco más, se
montaría una verdadera oficina modernamente equipada, que con
exactitud, conciencia y minucioso cotejo, transmitirá a Colombia
inapreciables documentos (AJF, carta a Luis Duque Gómez, 17 de
marzo de 1950).
Hasta donde sabemos, el mencionado viaje a Colombia no se
hizo, pues debió desplazarse a Niza (Francia) a visitar a su madre y,
seguramente, a darse unas buenas vacaciones de verano. El proyecto
tampoco se presentó formalmente a la Academia, y por problemas
surgidos entre la corporación y don Juan la recopilación de docu-
mentos se suspendió. Sin embargo, la comunicación constante con
Enrique Otero D`Costa fue muy beneficiosa para los intereses de
don Juan, ya que él, en unión de varios académicos propuso e hizo
que se aprobara por unanimidad encargar a Friede la copia de más
documentos conforme al nuevo plan que había propuesto. En rea-
lidad, Friede, en busca de un interlocutor, nunca dejó de responder
a sus corresponsales colombianos. Sin duda uno de los más agu-
dos y de mayor confianza, por lo menos en la década de 1950, fue
Luis Duque Gómez. La comunicación con Otero D`Costa tuvo otro
carácter, quizá más interesado, pues ese historiador tenía poder en
la Academia y otras instituciones, influencias que don Juan supo
253
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
aprovechar, aun cuando no perdió ocasión para ratificarse en sus
opiniones sobre la investigación histórica, el estado de la misma
en el país, etcétera.
Ese diálogo desigual –pues Friede tenía un universo infinitamen-
te mayor– sirvió para que, por lo menos en privado, se ventilaran
algunos conceptos en contra del convencionalismo impuesto por la
Academia Colombiana de Historia, sin dejar de lado que algunos de
esos conceptos se conocieron en esa corporación y causaron cierta
discusión. Despertaron, si se quiere, a la tan dormida institución.
En efecto, las numerosas misivas enviadas desde Sevilla a la
Academia de Historia tuvieron:
Una magnífica acogida (...). Sobra informarte que la carta que más
los entusiasmó fue aquella en que haces referencia a la falsedad de
las noticias transmitidas por Simón y por otros cronistas. Su lectura
cayó como una bomba entre aquellos que están siempre a caza de
fechas y de nombres con la misma persistencia de los entomólogos
que en cuatro patas persiguen desaforados la cola de los zancudos
o de los alacranes. Puedes tener la seguridad de que, no obstante la
apatía de algunos académicos por la historia de las masas o de la
gente menuda, tu trabajo tiene un ambiente magnífico y creo que no
encontrarás dificultades para continuarlo ni para realizar su publi-
cación (AJF, carta de Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
Sobre la carta en la que expresó sus conceptos sobre los cronistas,
Otero D`Costa opinó:
Voy de acuerdo en tu juicio sobre nuestros cronistas y a ello agregaría que
todos ellos copiaron de los anteriores (...). De donde resultamos
que muchos errores se vinieron repitiendo de la fuente al copista
y aun perduran entre los cientos de copistas que hemos tenido en
los modernos tiempos, sin pizca de espíritu crítico y sin apetito de
investigar. Hay pues que hacer una historia nueva de la vieja Co-
lombia, como muy bien lo dices, y en esas está ahora la Academia.
Para ello, tu labor será de un valor incalculable (AJF, carta de Enrique
Otero D’Costa, 24 de enero de 1950).
A lo que don Juan respondió:
Bien lo dices, los cronistas copiaban unos a otros. El desconocimien-
to de documentos originales, que por entonces eran mucho más
difíciles de consultar que ahora, no pudo producir en las sucesivas
crónicas sino anárquicas rectificaciones, a veces acertadas, pero a
veces más falsas y embrolladas, que los conceptos originales (...).
¿Podrá suponerse que Simón, Cieza y otros, tuvieron oportunidad
254
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
de estudiar los archivos de la Corte española? Fuera de anotaciones
de López de Velazco y de Herrera, que se encuentran a veces sobre
algunos documentos de este Archivo de Indias, no hay rastro que
demuestre que estos fueron vistos por los otros cronistas. Ni aún
fray Bartolomé de las Casas es un historiador en el sentido moderno
de la palabra, que se basa en la investigación (AJF, carta a Enrique
Otero D’Costa, 27 de marzo de 1950).
Valga decir que con los documentos que Friede mandó sueltos:
el de los títulos de ciudad a Santafé y Riohacha, y otro sobre Pam-
plona, el recopilador quiso que la Academia publicara: “un folleto
sobre la Real Audiencia de acuerdo con los nuevos documentos
encontrados”51; pero los académicos resolvieron que: “había que
esperar nuevos aportes aclaratorios”52. Hasta donde se sabe el dicho-
so folleto nunca se editó, pero los documentos se publicaron en el
Boletín de Historia y Antigüedades, pues el 1 de septiembre de 1950
la Academia consideró que: “podían ser aprovechados en el curso
superior de historia (...) por ser novedosos y dignos de ser fijada la
atención en ellos”53.
Esos envíos constantes de documentación a la Academia:
Han causado más sensación que la guerra de Corea y que el micro-
vestido de baño llamado “bikini”, puesto de moda por rubias fran-
cesas en presencia de algunos octogenarios de las Naciones Unidas.
Te digo que ha sido lo más sensacional presentado en el presente
año y que tus informaciones ya han sido presentadas como tesis y
argumentos en conferencias públicas de Aguilera, Julio César García,
Luis Augusto Cuervo, Otero D`Costa y otros. Todos estamos con-
vencidos de que debes seguir esta labor adelante y que la Academia
debe patrocinarla, agotando para ello toda suerte de esfuerzos. Tus
últimos datos sobre Bogotá y acerca de Belalcázar, son ahora objeto
de una caldeada discusión entre los cuales participan como oposi-
tores, entre otros, Otero D`Costa (AJF, carta de Luis Duque Gómez,
21 de septiembre de 1950).
El 15 de noviembre de 1950 se leyó en la Academia de Historia
una carta de Friede en la cual daba cuenta de:
51 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 56.
52 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 56.
53 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 56.
255
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
Los últimos trabajos de investigación que ha hecho en Sevilla, en
especial del hallazgo de las cuentas de la expedición de Pedrarias
en 1514, en donde se halla la lista de los participantes en dicha
compañía de conquista. Así mismo anunció el señor Friede de su
regreso para diciembre próximo54.
Para ese momento Friede ya había enviado los cuatro primeros
tomos de la Colección de documentos inéditos. En la Academia
despertaron mucho interés y causaron gran sorpresa:
La labor que has venido haciendo es inmejorable, porque con ella
nos estás dando las bases principales para escribir nuestra futura
historia conquistadora en forma más segura y razonable. Los cuatro
tomos que despachaste de vanguardia han sido sumamente útiles
(...). El Instituto te quedará eternamente agradecido por haberlo do-
tado de papeles tan peregrinos y desconocidos; ahí tienes las bases
inconmovibles de una parte interesantísima de nuestra historia en
el comedio del siglo XVI, bases que a ti te debemos. El doctor Santos,
para mentarte solamente un caso, está admirado (AJF, cartas de Enri-
que Otero D’Costa, 15 de agosto y 22 de noviembre de 1950).
4.
Don Juan se preocupó al máximo por lo que la Academia hiciera con
la Historia extensa, el perfil de los autores, etcétera. Es así como el
17 de marzo de 1950 le escribió a Luis Duque Gómez sobre:
la feliz resolución de la Academia de encargarte la “Colombia pre-
colombina”. No me ha sorprendido esta noticia, pues te acordarás
que de ello hablamos aun antes de tu entrada a la Academia. Por otra
parte, sin falsa modestia, creo que tú eres el único capaz de escribir
esta nueva página de la historia colombiana (AJF, carta a Luis Duque
Gómez, 17 de marzo de 1950).
Friede tuvo siempre la idea de que la Academia podía cambiar
su estructura anquilosada, creía que los elementos nuevos, jóvenes,
podían cumplir ese papel renovador, y él mismo estaba dispuesto a
colaborar para cumplir con tal fin:
Sólo me preocupa la posibilidad de que un académico de número, Julio
César García, sea el elegido, pues en sus tiempos juveniles escribió
54 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 49.
256
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
algo sobre los aborígenes de Colombia. Por fortuna, el peligro que este
vejete tome parte para desfigurar estos indios pasó. Sobra decirte que
mi alegría es sincera y que puedes contar conmigo y mi fichero en
todo lo que se ofrece, además, como en el mes de julio pienso volver
a Colombia, si necesitas algunos libros desde aquí podré traerlos (AJF,
carta a Luis Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
Hasta cierto punto, la labor de investigación adelantada por Juan
Friede en los archivos españoles frenó los ímpetus de la Academia
por redactar a la ligera, sin investigación previa, la llamada historia
magna o Historia extensa, aun cuando las directivas querían comen-
zar la obra lo antes posible:
Menos agradable es para mí la noticia que la Academia parece haber
perdido la paciencia, y que se quiere proceder a escribir la historia
magna, sin ver la necesidad de rectificar muchos conceptos, tan
sólo se podrá hacer después de conocer algo de lo enterrado en los
archivos. Es decir, que se quiere volver a repetir, tal vez con más
palabras y más fantasía las viejas inexactitudes (AJF, carta a Luis
Duque Gómez, 17 de marzo de 1950).
Consecuente con sus criterios frente a las fuentes primarias
documentales y los cronistas coloniales, el 27 de marzo de 1950 le
escribió a Enrique Otero D`Costa, director de la comisión encargada
de la Historia extensa:
Si para la nueva “Historia magna” de Colombia no ensancharemos
nuestros positivos conocimientos con nuevas fuentes historiales, y
seguimos basándolos en los cronistas, no saldríamos de un círculo
ideológico, circunscrito a los principios del siglo XVII. Y si saldríamos,
no lo haríamos con bases históricas firmes, nuevas, sino mediante
divagaciones dialécticas, más o menos bien construidas, pero nunca
históricamente arraigadas y comprobadas. Contigo (...) el peligro no
es inmediato que ésta [la historia magna] resulte la misma que la vie-
ja, pero más extensa. Pero el peligro existe que la “historia” se vuelve
apologética, se vuelve “interpretación” y que la falta de datos y de
material histórico se sustituya por “opiniones personales”, diatribas
o elogios, descripciones fantásticas de jornadas imaginarias, etc. Esto
te explica, por qué la colección resultó más extensa de lo que he
pensado. Pues en este extraordinario Archivo se encuentran miles de
documentos no conocidos, que precisamente ofrecen estas nuevas
fuentes, necesarias, para que la “Historia magna”, sea una nueva
página en la historiografía colombiana. Por estas razones considero
tan útil su publicación, pues sin ella sería necesario introducir en las
obras de la “Historia magna” larguísimas citas de documentos, que
sólo entorpecerán la lectura y amenidad. Por otra parte, ¿cómo será
posible refutar a los cronistas o los datos históricos tradicionales, si
257
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
los documentos, que los refutan, quedan sin publicar? (AJF, carta a
Enrique Otero D’Costa, 27 de marzo de 1950).
Así mismo, recomendó la posibilidad de que:
La comisión reparta primeramente los temas y trabajos para los
siglos XVIII y XIX, mejor estudiados y más conocidos, dejando para
lo último el siglo XVI, muy mal conocido, y el siglo XVII, completa-
mente desconocido. Estas son apenas sugerencias; estoy seguro que
tú resolverás acertadamente lo que más convenga a los intereses de
la historiografía colombiana (AJF, carta a Enrique Otero D’Costa, 27
de marzo de 1950).
En realidad, Juan Friede tenía muy claro que su obra iría a causar
revuelo, era consciente de que tendría problemas, pero la indepen-
dencia económica le permitió actuar con criterios propios frente a
la Academia, la que en su concepto:
Iría a recibir un documento muy distinto de lo que piensa. Es natural
que yo acepte cualquier crítica esencial, al contrario, la aceptaré
agradecido. Pero no me podré someter a una directiva que limitaría
mi labor a la búsqueda de sólo documentos “sensacionales” y sólo
de “héroes”. Al contrario, con mi documental espero limpiar un poco
la historia de los “duques de Marinilla”, como tú dices, pues los hay
bastantes (AJF, carta a Luis Duque Gómez, 27 de marzo de 1950).
Pudo, entonces, desechar sugerencias tendientes a obligarlo a
escribir una historia con la que no estaba de acuerdo, la heroica, y
defender su posición de desmitificar muchos aspectos de la historia
de Colombia:
Debido precisamente a este ambiente académico, que trasluce en
aun para mí tan apreciado amigo, como es Otero D`Costa, dejé la
labor empezada de recoger las “probanzas de servicios”. Otero me
indicó cuáles eran las probanzas que debiera copiar, que fueron,
naturalmente, las de los “grandes”. No le contesté nada sobre ello,
dejando esta discusión para después, pero a ti te explicaré por qué
dejé de copiarlos.
Yo tenía la idea de formar con las “probanzas” una especie de diccio-
nario autobiográfico, que hubiera sido interesante no tan sólo para
los genealogistas, sino que hubiese permitido contestar las preguntas
básicas de la historia colombiana: ¿de que parte de España procedían
la mayoría de los conquistadores? ¿A qué capa social pertenecían?
¿Cuál fue su verdadera recompensa? ¿Qué puestos públicos se les
258
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
reservaba? ¿Qué parte de ellos tomaron parte activa en las expedi-
ciones militares?, etc. En fin, un diccionario así hubiera permitido
la investigación sobre los aspectos globales de la conquista, de los
cuales no sabemos nada y que no se puede hacer, sino con listas
y detalles los más completos sobre los conquistadores en general.
Listas así hubieran hecho conocer a los verdaderos fundadores de
la patria, sin necesidad a recurrir a tendenciosas obras históricas.
Además, las probanzas de gente menuda “sacan mucho jugo” de
cualquier acontecimiento, dan muchos detalles, nombres de lugares,
de caciques, etc., que un “grande” omite desdeñosamente.
La idea de un diccionario autobiográfico no la he descartado, por
supuesto. Tengo en mi fichero ya casi un medio millar de estas
probanzas que sólo esperan a un copista. Cuando vuelvo (sic) a Co-
lombia trataré de interesar por la financiación de esta obra, si no a
la Academia, a alguna entidad colombiana (AJF, carta a Luis Duque
Gómez, 27 de marzo de 1950).
Al respecto, Luis Duque Gómez le comentó que:
Es lástima que no continúes con el diccionario autobiográfico, con
base en la consulta de las “Probanzas”. Comprendo muy bien el
interés que tendría para la historia un trabajo de esta naturaleza,
además, no dudo de que habrá más de una entidad cultural que
estará interesada en publicarlo. A propósito, ¿que pasó con “Los
andaquíes”? Espero que estos originales no hayan corrido la misma
suerte de los últimos descendientes de tan bravía y libérrima nación
indígena. El Instituto [Etnológico y de Arqueología] estaría en con-
diciones de publicar este trabajo en una entrega especial del Boletín
de Arqueología, haciendo una separata especial de 150 ejemplares
con carátula especial para el autor (AJF, carta de Luis Duque Gómez,
10 de junio de 1950).
5.
Entre 1940 y 1950 la producción intelectual de Juan Friede Alter
comprendió un total de cuarenta y un títulos, entre cinco libros y
treinta y seis trabajos de catálogos, artículos, ensayos y ponencias.
Su obra más importante de ese periodo fue El indio en lucha por la
tierra, que reseñamos en el primer capítulo de esta parte.
En los libros abordó dos temáticas básicas: la indigenista y la
crítica de arte. En la primera de ellas mezcló por lo menos dos meto-
dologías de trabajo: la investigación en archivos locales, regionales
y nacionales; y la de campo en los resguardos indígenas del macizo
Central Colombiano y del alto Magdalena, en las misiones del valle del
Sibundoy en el Putumayo, y en la comunidad carijona del Caquetá.
259
Capítulo 3 w Segundo viaje a España
Los trabajos dedicados al arte tuvieron dos momentos: el prime-
ro, mientras permaneció en el mundillo artístico, centrado en los
artistas bachués; el segundo, dedicado por entero al arte moderno
y al análisis de la obra de algunos jóvenes pintores colombianos,
como Enrique Grau Araujo.
Se hizo conocer nacionalmente por medio del Instituto Etnológi-
co Nacional, el Servicio de Arqueología y la Academia de Historia,
en cuyas revistas publicó estudios y ensayos, así: cuatro en el Boletín
de Arqueología, y seis en el Boletín de Historia y Antigüedades. Así
mismo, publicó un artículo en la Revista de la Universidad Nacional;
cinco en la Revista de Indias; tres en la Revista de Historia, que se
publicaba en Pasto; uno en la Revista de América; seis en las Lecturas
Dominicales de El Tiempo; y uno en El Espectador. Para los diarios
siempre escribió, muchas veces como corresponsal en Europa, aun
cuando en mayor cantidad para El Tiempo, quizá por la amistad
que lo unió a la casa Santos. De esos primeros trabajos siete son de
crítica de artística y uno sobre teatro, el resto de carácter histórico
y antropológico. En 1948 asistió al 38 Congreso internacional de
americanistas de París55, con dos ponencias. Publicó dos artículos
en la Revista de Indias y escribió dos reseñas y un artículo para
América Indígena de México. Un despegue realmente importante,
habida cuenta que por lo menos dos de esos trabajos –“Los indios
andakí del valle del Suaza” (tres artículos) y “Antecedentes histórico-
geográficos de la meseta chibcha por el licenciado Gonzalo Jiménez
de Quesada”– anunciaban trabajos de mucha más envergadura, que
concretó en las tres décadas siguientes.
Una característica importante de su periplo intelectual fue su
vinculación a proyectos culturales renovadores, de avanzada. Es
así como en 1944 escribió para la revista Espiral. De igual forma, le
gustó participar de ciertos candentes asuntos, como el de la disputa
entre pro americanistas y pro hispanistas.
Podría decirse que la artesanía intelectual de su trabajo consistió
en recopilar información en fichas, con la metodología descrita en el
55 La lista de colombianos que antes que Friede asistieron a ese evento es amplia. Nos
interesa resaltar a José María Quijano Otero, quien fue director de la Biblioteca Na-
cional, a la que donó una importante colección de libros, panfletos y documentos,
conocido como el Fondo Quijano, y que coleccionó con el fin de escribir una amplia
historia del país. Hispanoamericanista convencido asistió, en 1881, al Congreso de
americanistas de Madrid, y aprovechó para visitar y consultar el Archivo General de
Indias de Sevilla. En 1892 asistió, también en España, doña Soledad Acosta de Samper,
en el que propagó algunas leyendas sobre el judaísmo de los antioqueños y defendió
la aptitud de las mujeres para ejercer las profesiones (Melo, 1988: 626-637).
260
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
capítulo 2, sobre temáticas que llamaron su atención, la que ordenó
y acumuló pacientemente, y cuando tenía suficiente ilustración
se arriesgaba a escribir uno o más artículos de avance. Desde ese
entonces mostró diferentes inclinaciones por temáticas cercanas:
los chibchas y Jiménez de Quesada, por ejemplo. No se quedó sólo
en la elaboración de trabajos narrativos y descriptivos sobre comu-
nidades indígenas: trató también de analizar instituciones como
la encomienda, tema recurrente en sus cuarenta años de trasegar
intelectual, y problemas como el de la legislación indígena y la
colonización de la selva.
Desde su primer viaje a España se preocupó por planear y reco-
pilar los documentos para el trabajo de la Academia Colombiana de
Historia, pero, simultáneamente, fue acumulando fuentes primarias
para sus propias obras históricas. Quizá por el acercamiento a la et-
nología y por su interés y consagración permanentes a los proyectos
a los que se dedicó durante su vida, aun en la época en la que era
comerciante, escribió un artículo sobre el Archivo General de Indias de
Sevilla que durante cerca treinta años fue, por temporadas, su sitio
de trabajo. Tenía entonces muchas ideas, la mayoría de las cuales
fue concretando con el tiempo; dejó de lado otras, por irrealizables o,
simplemente, porque dejaron de ser de su gusto, de su agrado.
Capítulo 4
El macartismo laureanista
se ensaña con Juan Friede
1.
J uan Friede regresó de España a Colombia a fines de 1950. A su retor-
no se encontró con ciertos problemas, ya que el 1 de diciembre de
ese año Eduardo Santos, ex presidente de la república y académico,
se asoció con el también académico Roberto Liévano para promover
su candidatura como miembro de número de la Academia Colom-
biana de Historia. La reacción de algunos sectores retardatarios de la
sociedad colombiana no se hizo esperar. Es así como el domingo 3
de diciembre el periódico El Siglo publicó una nota con el siguiente
título: “Un judío propuesto para la Academia de Historia”, cuyo texto
fue el siguiente:
(...) para llenar la vacante producida por la muerte del ilustre
colombiano, ex canciller de la república, ministro ante varios go-
biernos europeos, José Urrutia, un grupo respetable de académicos
presentaron las candidaturas de los siguientes señores: el doctor
Bernardo J. Caicedo (...), don José María Rivas Sacconi (...). Tam-
bién se presentaron los nombres de los señores Rafael Tovar Ariza
y Luis Duque Gómez, colombianos dedicados en parte a estudios
de carácter históricos. El señor Eduardo Santos, propietario de El
Tiempo, presentó como candidato suyo el nombre del señor Juan
Friede, judío alemán, quien llegó hace algunos años al país y nada
tiene que ver con Colombia y sus estudios históricos56.
56 El Siglo, domingo 3 de diciembre de 1950: 3.
– 261 –
262
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
La nota anterior fue complementada, en la página 5, con un co-
mentario titulado: “Rojos y judíos”, con el siguiente texto:
A su edad, ya el señor Eduardo Santos es incurable en su manía de
proteger la escoria del oleaje humano internacional. Ni está tam-
poco en condiciones de que se le pueda exigir un poco de respeto
para Colombia y consideración a fin de mantener intactas nuestras
tradicionales costumbres de honestidad.
Primero se dedicó en veloz carrera a prestarle ayuda a todos los rojos
que tuvieran que salir huyendo de España y muchos de los cuales
no fueron propiamente allí intachables ciudadanos. Después se
dedicó a desacreditar a Colombia en el exterior, fue víctima de los
sablistas internacionales a quienes pagaba sumas respetables para
que escribieran libelos y panfletos. Y su última hazaña es haber
propuesto al señor Juan Friede, judío ciento por ciento, persona de
dudosa ortografía para que sea elegido miembro de número de la
Academia de Historia.
Pero lo que es todavía más irritante es que fue propuesto para reem-
plazar a un colombiano ilustre, Ministro del despacho, diplomático
y patriota integérrimo: el doctor Francisco José Urrutia. ¿La insigne
personalidad del doctor Urrutia, con cuya muerte perdió el país uno
de los más destacados ciudadanos, reemplazado en la Academia de
Historia por un judío?
Hay cosas increíbles y esta es una de ellas. Francamente la patria,
nuestras instituciones, nuestra tradición sin mácula de colombianis-
mo, merece un poco más de respeto. Óigalo señor Santos, aunque
usted no lo crea57.
Los argumentos de El Siglo, además de mostrar la más clara into-
lerancia, propios de la época, eran, desde todo punto de vista, falsos,
pues para ese momento, y según hemos visto, Juan Friede llevaba
vinculado al país más de veintitrés años, siendo desde hacía veinte
nacionalizado colombiano, y desde 1943 escribía sobre la historia
de Colombia. El hecho tenía una intención clara de desprestigiar al
presidente Santos y de echarle en cara el apoyo que había prestado
a los españoles y alemanes emigrantes por causa de la guerra civil
española y la segunda guerra mundial, pero eran los tiempos del
macartismo y de la presidencia de Laureano Gómez (1950-1953), en
los que existió un acentuado interés por echarle toda el agua sucia
posible a los demócratas y liberales, tachándolos de comunistas o
de masones.
57 El Siglo, domingo 3 de diciembre de 1950: 5.
263
Capítulo 4 w El macartismo laureanista se ensaña con Juan Friede
Es además muy curioso que la noticia haya trascendido a la
prensa, ya que en términos generales ésta no asistía a las sesiones
ordinarias de la Academia. Es decir que la noticia debió darla al-
gún académico envidioso y malqueriente de Friede y de Santos, y
conservador hasta los tuétanos. El hecho es importante, pues si de
algo se precia la Academia y los académicos es que la corporación
es apolítica58.
Pero la cuestión no paró con la nota de El Siglo, arbitraria y sec-
taria: el martes 5 de diciembre el diario El Tiempo publicó una carta
del entonces presidente de la Academia Colombiana de Historia,
Luis Martínez Delgado, quien además de confirmar la postulación
de don Juan apuntó algunos de los aspectos que hemos mencionado,
58 En realidad, la Academia ha tenido una supuesta imparcialidad, de la cual se ufanan
los académicos. Según parece está prohibido hablar de política en su seno: es sor-
prendente que cuando los sucesos del 9 de abril de 1948, al reiniciarse las sesiones,
el 3 de mayo de ese año, en el libro de actas aparece lo siguiente: “A la hora de cos-
tumbre reanudó la Academia sus labores ordinarias, interrumpidas por los sucesos
del 9 de abril. Informó luego la secretaria sobre lo más importante acaecido en abril,
a saber: Que a raíz del 9 de abril el gobierno había pedido permiso para establecer en
el edificio de la Academia un puesto de guardia a lo cual accedió la secretaria, como
era natural, dando cuenta al señor presidente” (Academia Colombiana de Historia.
Libro de actas, 1947-1950).
Tal tipo de eventos eran los que preocupaban a la Academia, no la gravedad del he-
cho para el país, nada de análisis. Obviamente que, algunos académicos, y a nombre
propio –en especial Eduardo Santos y Restrepo Posada–, sí se manifestaron sobre los
sucesos del 9 de abril.
Pero era tanta la posición apolítica de la Academia que, todos lo sabemos, a partir
del 9 de abril de 1948 y hasta 1965 se desató la llamada Violencia política. Y en los
libros de actas de la Academia no aparece ninguna referencia a los trágicos sucesos
que estremecieron al país por esos años. Obviamente que, en el Boletín de Historia y
Antigüedades no salió ni un artículo al respecto.
En las actas no se hace referencia al golpe de Estado de Gustavo Rojas Pinilla (13 de
junio de 1953). La Academia Colombiana de Historia prefería mandar notas de pésame
por la muerte de un pariente, aunque fuera lejano, cumplir con mil y un compromisos
sociales a comprometerse con una posición política.
Sorprende también que la historia contemporánea del país fue casi que abandonada
por la Academia. En los veintidós años de libros de actas que revisamos sólo encon-
tramos una referencia a un trabajo de este género, presentado el 21 de mayo de 1968
por el académico Horacio Rodríguez Plata y que versaba sobre el intento de golpe
de Estado contra el presidente Alfonso López Pumarejo del 10 de julio de 1944 en
Pasto.
En realidad, desde su fundación: “la Academia se trazó un objetivo “Veritas ante
Omnia”, la verdad ante todo, que está consagrado en su escudo, lema al cual tienen
la obligación moral de ceñirse los miembros por medio de sus estudios e investiga-
ciones. En el seno de la corporación ha sido norma primordial dejar que el factor
cronológico extinga, si no completamente al menos en parte el rescoldo de las pasiones
humanas para lograr el juicio desprevenido en el análisis de los hombres y de los
acontecimientos de significación nacional. Los episodios sucedidos hace menos de
siglo se consideran todavía terreno deleznable para el establecimiento de la verdad
histórica sobre sus causas y determinantes”. Semana (289), 3 de mayo de 1952: 21.
264
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
como la nacionalización y los vínculos de don Juan al país, centró su
defensa en la labor que por esos tiempos llevaba a cabo en Sevilla,
presentó el plan de volúmenes de documentos que había propuesto
a la Academia y subrayó que:
Gracias al señor Friede ha sido posible corregir lo que pasaba entre
nosotros, por cierto, respecto de la fundación de la Real Audiencia
de Santafé (...) ¿podría acaso, el cronista de El Siglo compatriota del
señor Friede, presentar algo parecido a lo hecho por este a favor de
la cultura colombiana y de su historia documental?59.
En la página 5 de esa misma edición apareció una nota titulada
“Así es todo”, en la que además de mencionar los ya conocidos de-
talles se subrayó que el doctor Martínez Delgado era:
Presidente de la Academia y afiliado también al Partido Conserva-
dor. No ha habido pues, la menor injerencia política y menos de
elementos laborales en esas actitudes de la corporación. Actitudes
que sólo los elementos morbosamente sectarios pueden encontrar
sospechosos. La carta del doctor Martínez Delgado es, al respecto,
concluyente y definitiva60.
A los pocos días El Siglo, por intermedio de Guillermo Camacho
Montoya, lanzó una crítica bastante aguda contra Juan Friede. El
centro del artículo giró en torno a que:
El señor Friede es casi comunista por los conceptos que expresa con
relación al tratamiento que debía dársele a los indios en la época de
la Colonia (...) prueba de ello es la terminología de carácter comunista
que utiliza en sus obras indigenistas (...). Además, en varias publica-
ciones suyas ha tratado de desvirtuar la obra evangelizadora realizada
por España en América (...). Dentro de este criterio, anti-español,
juzga el señor Friede la situación del indio en la época colonial. Es
una manera de apreciar el problema para hacer de la iglesia una
especuladora del indio (sic) y que se sostiene con su trabajo61.
Buena parte de la “molestia” que sentía el articulista sobre la
candidatura de Friede radicaba en que Juan Friede había sido miembro
del Instituto Indigenista de Colombia, que, a juicio de Camacho
59 El Tiempo, 5 de diciembre de 1950: 1 y 15.
60 El Tiempo, 5 de diciembre de 1950: 5.
61 El Siglo, viernes 8 de diciembre de 1950: 4.
265
Capítulo 4 w El macartismo laureanista se ensaña con Juan Friede
Montoya, era anticatólico; pero estamos seguros que también por
el hecho de querer don Juan estudiar el pasado indígena:
Si la Academia de Historia desea vincular a sus disciplinas, inves-
tigadores de esta clase de temas [los indigenistas], podría encontrar
en Colombia numerosos candidatos entre otros el doctor José María
Arboleda Llorente, director del Archivo de Popayán y autor de un
estudio sobre El indio en la colonia. Pero naturalmente que estos
investigadores no pueden llegar allí por estar inspirados en un
criterio católico.
Tenemos la seguridad absoluta que el doctor José Restrepo Posada
no conoce estas publicaciones del señor Friede [las tres obras edi-
tadas por el Instituto Indigenista] y es debido a esa ignorancia de
buena fé que considera al mencionado autor digno de figurar entre
los académicos de la Historia. De otra manera, el doctor Restrepo
Posada, sacerdote católico, persona de la mayor respetabilidad y que
nos merece todo aprecio, preferiría proponer al señor Friede para
que fuera colocado en el índice62.
Camacho Montoya puso en duda también la objetividad de Friede
en su labor de recopilación de documentos en España:
Es lógico que quien ha visto esos problemas a través de ese criterio,
los documentos que investigue en los archivos españoles serán co-
piados dentro de esa dañada y falsificadora orientación. De ahí que
no ofrezca confianza su candidatura63.
Después de este artículo, tanto El Tiempo como El Siglo dejaron
de lado la polémica. Pero en la primera sesión de la Academia de
Historia de 1951, 1 de febrero, el reflejo de la agria polémica del pa-
sado diciembre pesó mucho en el ánimo de los académicos al elegir
al sucesor de Francisco José Urrutia. En efecto, antes de proceder a
la elección el ex presidente Santos pidió la palabra
Para explicar las razones que le movieron a lanzar, en asocio del
académico Roberto Liévano, la candidatura del doctor Friede para
miembro de número, razones que no fueron otras que el alto elogio
que de la labor de Friede hizo el académico Restrepo Posada, pero,
en vista de que tal candidatura había dado margen a que se titulara
a Friede de comunista y judío, no tenía inconveniente en retirar, de
62 El Siglo, viernes 8 de diciembre de 1950: 4.
63 Ibídem.
266
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
acuerdo con su colega, señor Roberto Liévano, la candidatura de di-
cho señor que es colombiano y por consiguiente goza de los derechos
inherentes a la ciudadanía64.
Pese a que la propuesta de Santos fue rechazada por los acadé-
micos, la votación le fue adversa a Friede, quien sólo obtuvo cinco
votos favorables, de veinte. Como sucesor de Urrutia se nombró a
Bernardo J. Caicedo, con diez votos. Los otros candidatos –Rivas Sa-
cconi y Duque Gómez– obtuvieron tres y un voto, respectivamente;
y hubo uno en blanco.
A la sesión siguiente, el 15 de febrero de 1951, Juan Friede se
hizo presente en el recinto de la Academia Colombiana de Historia
e informó que los diez tomos ya habían sido entregados por él a
la Academia, y que en la sesión del 1 de marzo de 1951 leería un
ensayo suyo sobre los trabajos en Sevilla65; lectura que hizo y a la
cual asistió José María Ots Capdequí66. Además de informar sobre
los trabajos realizados en el Archivo, Friede:
Se extendió en consideraciones de fondo sobre el valor de los Archi-
vos para el cabal conocimiento y escritura de la historia de Colombia
y ofreció nuevamente sus servicios a la Academia para el caso de que
ella quisiera continuar allegando tan preciosos documentos67.
La proposición de Friede fue acogida por la Academia, pues
se la consideró: “de suma importancia para la Historia extensa de
Colombia y fue de parecer que se continúe la labor y el señor pre-
sidente designó a los señores Cuervo y Otero Muñoz para estudiar
lo concerniente al respecto”68. Como el ensayo leído el 1 de marzo
64 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 58.
65 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 49.
66 Como hemos visto, el profesor José María Ots Capdequí (Valencia, 1893-Benimodo,
1975) había venido a Colombia, como exiliado, a raíz de la guerra civil española. En
1950 estaba vinculado a la Universidad Nacional de Colombia, como profesor de tiempo
completo. Antes de venir al país había sido catedrático de historia del derecho espa-
ñol, en Oviedo, Sevilla y Valencia, y se había desempeñado como director técnico del
Instituto Hispano-Cubano de Historia de América; era miembro correspondiente de las
academias de historia de Madrid, Buenos Aires y Bogotá; ex miembro de la comisión
de expertos americanistas de la extinguida Liga de Ginebra; autor de ocho importantes
libros sobre la influencia del derecho y de la legislación de España en América; ex pro-
fesor en México, Puerto Rico y de las universidades bogotanas Javeriana, del Rosario,
Externado de Colombia y Libre. Ese año, 1950, estaba preparando su libro España en
América. Instituciones coloniales (1952).
67 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 58.
68 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 65.
267
Capítulo 4 w El macartismo laureanista se ensaña con Juan Friede
de 1951 fue del gusto de la Academia, se ordenó su publicación en
el Boletín de Historia y Antigüedades. Ese mismo mes de marzo, el
entonces director del Instituto Etnológico y de Arqueología, Luis
Duque Gómez, su antiguo amigo, le escribió a Juan Friede comu-
nicándole que:
Esta dirección, teniendo en cuenta su vasta ilustración en los dis-
tintos aspectos de la historia colonial de Colombia y de América y
la brillante labor investigativa que viene cumpliendo usted en el
Archivo de Indias de Sevilla, ha resuelto designarlo como profesor
de la cátedra “Fuentes e instituciones para la historia de América y
Colombia”, en el Instituto Etnológico. Este despacho confía en que
usted aceptará la designación en referencia y aspira a contar con su
inapreciable concurso en las tareas docentes de la Institución (AJF,
carta de Luis Duque Gómez, marzo de 1951).
Don Juan declinó la gentil invitación de Duque, ya que tenía
decidido volver rápidamente a España.
Como compensación a su no designación como miembro de nú-
mero de la Academia Colombiana de Historia, el 26 de julio de 1951
Juan Friede fue nombrado correspondiente en el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas Gonzalo Fernández de Oviedo: “en atención
a sus méritos y a las demás circunstancias que en él concurren” (AJF,
diploma del Consejo Superiror de Investigaciones Científicas). Con
anterioridad, el 13 de febrero de 1950, la misma institución lo había
nombrado unánimemente: “Colaborador honorario del Instituto Gonza-
lo Fernández de Oviedo, en su filial de Colombia, como reconocimiento
de su valiosa aportación a los estudios americanistas” (AJF, carta del
Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 24 de febrero de 1950).
2.
En realidad, lo sucedido con Juan Friede fue sólo una muestra de la
persecución a la que se vieron abocados muchos de los egresados
del Instituto Etnológico Nacional y de la Escuela Normal Superior
en el área de ciencias sociales. En efecto, a partir del 9 de abril de
1948 el Instituto Indigenista se desmembró, pues la persecución
política hizo que la mayoría de sus miembros se refugiaran en otras
actividades o que debieran emigrar. Veamos lo que contó Blanca
Ochoa al respecto:
Duque Gómez nos sacó del Instituto Etnológico, yo fui una de las
expulsadas por él, porque yo dizque era comunista. Resulta que
268
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
un buen día yo estaba en Palmira, pues había tenido que ir a visitar
a mi madre que estaba muy grave, y me llegó una carta en la que
se comunicaba, sin más ni más, que a partir de la fecha ni nombra-
miento quedaba insubsistente, todo porque yo participé en lo del 9
de abril. Entonces me fui primero para Medellín, es que era tanta la
persecución que no se podía vivir en Bogotá. Además, yo tenía un
precedente y se relaciona con el atraso que había en el país en ciencias
sociales y en concepciones antropológicas, en ese tiempo hablar del
hombre de Neandertal era escandaloso, era una herejía. Es así como,
cuatro años después de haber salido de la Normal Superior (1946
aproximadamente) fui como profesora del Liceo Nacional Femenino
y del Colegio Mayor de Cundinamarca, y cuando hablé de las teorías
evolucionistas me llamaron a la curia, me hicieron destituir y en
el púlpito de la Porciúncula, siendo los curas de la Porciúncula un
tanto avanzados, dijeron que esos profesores malignos que estaban
sembrando ideas corrompidas.
Luego de Medellín me fui para Francia. Era que aquí la persecución
era muy horrible. Yo no me fui tanto como exilada, sino que no
tenía nada qué hacer aquí y políticamente estaba muy sitiada. Yo
había sido declarada insubsistente del Instituto Etnológico, había
sido expulsada de colegios dizque por comunista, no tenía nada qué
hacer y adonde iba era señalada. Me fui entonces para Francia, allí
me encontré con Gerardo Molina, que sí era un exilado político, nos
casamos y volvimos a Colombia después del 13 de junio de 1953,
cuando Rojas Pinilla (EBO de M).
Sobre la salida de Ochoa de Molina, del Instituto Etnológico
Nacional, Duque Gómez le comentó a Friede:
Finalmente doña Blanca, a quien la politiquería le hizo olvidar que
este Instituto debe estar alejado de tales menesteres y cuya impru-
dencia estuvo a punto de dar al traste con la estabilidad de sus
mismos copartidarios, ha quedado definitivamente por fuera de esta
Institución que así lo juzgó conveniente por razones obvias. Que en
paz descanse esta querida amiga de otros tiempos, mientras nosotros
descansamos también del tósigo de su virulencia verbal (AJF, carta
de Luis Duque Gómez, 10 de junio de 1950).
Suerte similar a la de Blanca Ochoa corrió Jaime Jaramillo:
quien se fue para Francia en el año de 1946 con otros miembros de
la Escuela Normal Superior, pues yo era profesor allí desde 1942, ya
que cuando me gradué me dejaron como profesor en el colegio Anexo
que tenía la Escuela para las prácticas pedagógicas que se llamaba
Nicolás Esguerra. Yo era lo que se llamaba el director de prácticas de
geografía e historia, sobre todo y me dieron una cátedra en la Escuela,
que fue la de sociología. Cuando regresamos en 1948, resulta que no
nos dieron ingreso a la Escuela Normal, allá me dijeron que no había
269
Capítulo 4 w El macartismo laureanista se ensaña con Juan Friede
nada, que no había manera de incorporarme, lo mismo le dijeron
a otros profesores que fueron a hacer su especialización a Francia.
Entonces yo tuve que ponerme a buscar trabajo y encontré trabajo
en una institución que se llamaba la Superintendencia Nacional de
Institutos Oficiales de Crédito, que en ese momento dirigía un amigo
mío, Hernando Márquez. En 1951 ingresé a la Universidad Nacional.
Es que a mí también me persiguieron, por eso me sacaron de la Escue-
la Normal Superior, entre otras cosas, porque El Tiempo decía todos
los días, y en especial Calibán, que la Escuela Normal Superior era
un foco de subversión y de comunistas y que el responsable de eso
era el profesor Jaime Jaramillo Uribe, un profesor joven que influía
inclusive mucho sobre Socorrás69 (EJJU, febrero de 1990).
Por su parte, Roberto Pineda Giraldo contó su versión de cómo
fue la persecución desatada contra la mayoría de los egresados de
la Normal y miembros del Instituto Etnológico:
Estaba yo encargado de la dirección del Instituto Etnológico por
ausencia del director en ese momento, que era Luis Duque Gómez, y
estaba de ministro de Educación un patricio liberal [Fabio Lozano
y Lozano], en el régimen de transición, después del 9 de abril. Fui
a solicitar una comisión para dos antropólogos, creo que era para
Blanca Ochoa y para Virginia [Gutiérrez de Pineda] para la Sierra
[Nevada de Santa Marta] para hacer unos estudios de etnografía.
Entonces el ministro se negó a firmarla con el argumento de que
los etnólogos, que era como nos llamábamos en esa época, se iban
a hacer política y política revolucionaria, que todos éramos unos
comunistas, que el Instituto era un centro de comunistas, entonces
yo le dije: ‘Hombre, ministro, no puede ser comunista un Instituto
que tiene como director a un conservador que es de Marinilla, con-
servador tradicional y godo con todas las de la ley que es el doctor
Luis Duque Gómez, mi querido amigo’. Entonces el ministro me dijo,
‘Mire es que el doctor Duque Gómez es un conservador comunisante’.
Eso le pinta a usted el terreno en que uno se movía con la cuestión
de las ciencias sociales (ERPG, agosto de 1989).
69 Además de El Tiempo, El Siglo, obviamente, atacó permanentemente a Socarrás y a
Gerardo Molina, por su gestión en la Escuela Normal Superior y en la Universidad
Nacional de Colombia, respectivamente. Es más, aún después de la salida de ellos de
esos centros docentes, el diario no desaprovechaba ocasión para enfatizar en los su-
puestos “despropósitos” cometidos. Es así como, en enero de 1952, cuando ya Socarrás
había sido retirado de la rectoría de la Escuela Normal Superior y estaba dedicado al
ejercicio de la medicina y la psiquiatría, y Molina de la Nacional y estaba exilado en
París, el sacerdote Álvaro Sánchez escribió una columna en El Siglo titulada “Estudiar
para qué”, en la que mencionó que “Bajo la dirección del señor Socarrás, la Escuela
Normal Superior, más que semillero de maestros fue seminario comunista”.
270
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Otro que fue objeto de la radicalización de la lucha política fue
Gregorio Hernández de Alba70. Así supo don Juan el caso de su
amigo:
Parece que se escapó de morir como Ricaurte en San Mateo. Una
gran bomba de dinamita fue colocada en su casa, milagrosamente
no explotó. Este, como otros de sus compañeros del Instituto Et-
nológico y de Arqueología del Ministerio de Educación Nacional,
llevaban a cabo investigaciones en las regiones situadas al sur de
Popayán cuando tropas armadas irrumpieron allí, matando a cuantos
indígenas encontraron a su paso, robándoles sus resguardos, mejor
70 Gregorio Hernández de Alba se interesó por la literatura desde la adolescencia; hacia
1924 se consumió en la lectura del mexicano José Vasconcelos, se compenetró tanto
con las tesis indigenistas aztecas, que fundó la seccional de Colombia de la Unión
Íbero-Americana y se dio a estudiar a fondo a los cronistas de la conquista. Su fervor
histórico se convirtió en devoción indigenista. En 1932 se fue a trabajar en arqueo-
logía en La Guajira, con una beca de los Estados Unidos. En 1938 fundó en Bogotá
el Museo Arqueológico y propuso la fundación del Servicio Arqueológico Nacional.
Al año siguiente, el presidente Santos le concedió una beca para especializarse en
La Sorbona, y de allí vino acompañando a Paul Rivet, con quien colaboró para la
constitución del Instituto Etnológico Nacional (1941). En 1942 fundó el Instituto In-
digenista de Colombia, junto con Antonio García, Juan Friede, Guillermo Hernández
Rodríguez y Gerardo Cabrera Moreno, entre otros. En 1944 renunció a la dirección del
Servicio Arqueológico Nacional y en 1946 se hizo cargo del Instituto Etnológico de la
Universidad del Cauca, donde sus actuaciones buscaron educar al indígena y lograr
su incorporación efectiva a la nacionalidad pero conservando sus sistemas sociales, lo
que defendió en sus tiempos del Instituto Indigenista y le causó cierto alejamiento
de sus compañeros del movimiento. En el Cauca lo pudo hacer mediante un ensayo
de educación indígena en la localidad guambiana de Silvia, donde vinculó al indígena
Francisco Tumiñá Pillinue como maestro de la escuela, al frente de setenta niños.
Posteriormente, Hernández de Alba buscó, con el apoyo del gobierno, la fundación
de una cooperativa y la instalación de puestos agrícolas, los productos por cultivar
serían papa y fique.
Francisco Tumiñá Pillinue había sido preparado por el Instituto Etnológico del Cauca
como una punta de lanza de la cultura de los blancos entre sus compañeros de etnia.
Resulta que a fines de 1946 el Instituto solicitó al cabildo de Silvia un informante
sobre su lengua y sus costumbres, para lo que fue designado Tumiñá que, además
de conocer su cultura tenía cierta idea de la de los blancos; rápidamente aprendió
a escribir a máquina, no sólo en español sino también en su propio idioma, con la
idea de publicar una cartilla bilingüe. Pronto la cultura blanca comenzó a hacer
mella en él: compró reloj de pulsera, una lámpara Petromax, una radio de pilas,
muebles modernos, incluyendo escritorio y estante para libros, mandó pavimentar y
blanquear su casa y usaba lentes de sol. Aprendió a bailar los ritmos de moda y los
interpretaba siempre con los vestidos tradicionales de su etnia guambiana. Durante
1950, como vimos, cumplió una exitosa labor como profesor de la Escuela.
Sobre sus actuaciones al frente del Instituto Etnológico del Cauca y sus labores
eminentemente aculturadoras dentro de los guambianos, Hernández de Alba decla-
ró a la revista Semana, del 6 de enero de 1951: “los 200 mil indígenas (…) pueden
ser utilizados ventajosamente por el país, sin que para esto se requieran millones.
Con pocos centavos, con cantidades que seguramente no asustarán a Mr. Currie, el
país puede hacer el espléndido negocio de incorporar a su economía 200 mil o más
agricultores”.
271
Capítulo 4 w El macartismo laureanista se ensaña con Juan Friede
dicho el haber de sus mayores. Hernández de Alba protestó ante la
gobernación del Cauca por tal atropello y allí, sin pruebas, se le tachó
de enemigo del gobierno (AJF, carta de Enrique Ortega Ricaurte, 17 de
mayo de 1959)71.
En realidad, desde que el Partido Liberal asumió el poder en
1930, pero muy especialmente durante el gobierno de la revolución
en marcha de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) se comenzó a
desarrollar:
una política que abarcaba todos los estratos de la educación desde
la escuela elemental hasta la universidad, dotando al país de un
coherente sistema educativo nacional (...) trataron de cambiar el
contenido y los valores de la enseñanza, sus métodos y sus ideas, para
producir un elemento humano dotado de conocimientos científicos
y técnicos más acordes con las necesidades del país en busca de su
desarrollo económico y social, con una conciencia ciudadana más
democrática y crítica (Jaramillo Uribe, 1989: 109).
La educación que establecieron los liberales no sufrió mayores
cambios durante los primeros años del gobierno de Mariano Ospina
Pérez (1946-1950), pero a raíz de los sucesos del 9 de abril de 1948,
y después bajo el gobierno de Laureano Gómez, además de haber
una purga de funcionarios y maestros, hubo un cambio radical en la
política y en los enfoques de la educación en el país. Transformación
liderada por la iglesia católica, el Partido Conservador y ciertos secto-
res del liberalismo, que consideraron que la educación desarrollada
por los gobiernos liberales era errónea, pues se había laicizado mucho
y, por ende, desmoralizado, al punto de que la principal universidad
pública, la Nacional de Colombia, era dirigida por Gerardo Molina,
quien era considerado como un líder comunista.
Esos cambios, ese macartismo, afectaron, obviamente, a la Es-
cuela Normal Superior y al Instituto Etnológico Nacional, pues en
cierta medida allí se habían dado importantes avances en los pecados
que se le imputaban a la educación impartida por los liberales. Así
pues, no es raro que a Blanca Ochoa la hayan destituido del Instituto
Etnológico, que a Jaime Jaramillo, luego de su viaje a Francia, no lo
hubieran recibido en la Normal Superior, que fue dividida en dos:
71 En los meses posteriores al atentado, y a manera de desagravio por el suceso, el cabildo
nombró a Hernández de Alba como su presidente honorario, le entregó el bastón de
mando de plata y lo designó como su embajador extraordinario ante las autoridades
nacionales y ante todos los países del mundo.
272
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
la Universidad Pedagógica Nacional, para mujeres en Bogotá, y la
Pedagógica y Tecnológica de Tunja, para varones; y que a Roberto
Pineda Giraldo y a Virginia Gutiérrez de Pineda, con el pretexto de
especializarse hubieran:
Sido eliminados del Instituto Etnológico Nacional en 1950. Virginia
siguió trabajando en sus cosas en la casa, ella podía hacerlo, y yo tenía
que buscar la vida y me dediqué al periodismo [como colaborador
de la revista Semana]. Pero con la constante siempre de buscar una
salida; entonces conseguimos nuestra beca Guggenheim y nos fuimos
a elaborar los materiales que teníamos pendientes de la etnografía
del Chocó y a hacer una especialización, es decir, a buscar otros
caminos (ERPG, agosto de 1989).
Capítulo 5
Tercer viaje a España.
La colección de Documentos inéditos
para la historia de Colombia y algunos
aspectos de la vida familiar e intelectual
1.
L a visita de Juan Friede a Colombia fue muy corta y tuvo como
principal objetivo llevar a Europa a sus tres hijos: Ricardo, Jaime y
Juan, con el fin de tratar de reconformar una familia, pues en España
lo esperaba su nueva esposa, Ricarde Cristina Arciszewski, polaca
y dieciocho años menor que don Juan y con quien tuvo dos hijos:
Miguel y Jorge Joaquín Friede Arciszewaski, el último de los cuales
nació en Madrid, el 23 de marzo de 1957.
La nueva mujer de Friede era prima suya en tercer o cuarto grado,
y se habían casado en Francia antes de que él viniera a Colombia por
sus hijos colombianos. Ricardo permaneció con su padre
Entre el 51 y el 55 (…) en esa época vivíamos en Madrid. Mi papá
nos llevó a conocer buena parte de Europa, en Francia conocimos
a la abuela. Durante la ocupación alemana a Polonia ella migró a
Italia y después de la guerra se fue a vivir al sur de Francia. Cuando
yo la conocí vivía en Niza (ERF, enero de 1990).
Entre abril de 1951 y abril de 1956, Jaime y Juan residieron en
la calle Doctor Ezquerdo de Madrid. Gracias a esa estadía hemos
podido enterarnos de su forma de vida allí:
– 273 –
274
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Mi papá se amoldó fácilmente a la vida española de ese entonces,
que era trabajar un rato e ir a tomar unos vinos. Él nunca tomó
en demasía, pero entonces tomaba tinto [café] y charlaba con los
amigos en el paseo de la Castellana, en los cafés al aire libre, tenía
muy buenas relaciones en el Ministerio de Educación. Vivíamos en
Madrid y él viajaba continuamente a Sevilla, aunque no lo necesitaba
mucho pues tenía un amigo allá, un argentino o uruguayo, no me
acuerdo el nombre, al que le escribía diciéndole que necesitaba un
microfilm o varios de tales documentos, y el amigo se los conseguía
y enviaba a Madrid (ERF).
Sin duda, el amoldamiento de Friede a la vida española estuvo
íntimamente ligado al prestigio académico alcanzado en España y
a su relación, prácticamente clandestina, con el Cante jondo, pues
luego de hacerse amigo de Luis Caballero, conoció a:
Rafael Belmonte, a Manolo Barrios y a otros aficionados al Cante jon-
do. En 1953 fundamos una “peña”. Nos reuníamos cada quince días
en el “Cañaveral” de Triana. Allí, en un salón con puertas cerradas,
oímos a Caballero, Oliver, Pepe Rivera y otros aficionados de Antonio
Sanlúcar. Todos ellos y muchos otros acudían desinteresadamente a
nuestras reuniones. Buen andaluz el dueño del local, poco le intere-
saba el mínimo consumo que hacíamos de su vino tinto cuyo valor
repartíamos entre los asistentes (Friede, 1973: 32).
En el plano intelectual mantuvo relaciones cordiales con la
Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, pero, como ve-
remos al final de este capítulo, fue un crítico permanente del tipo
de historia que se hacía allí. Se alineó más con una nueva corriente
que por ese entonces se estaba abriendo paso en España:
En la biografía de este obispo [Juan del Valle] ha tratado de realzar
su posición dentro del movimiento general que por aquella época
se observa en vastos sectores de la iglesia en los que se luchaba por
los mismos ideales. Coincido en esto con la moderna corriente de la
historiografía española que hace ya tiempo dejó a un lado la “leyenda
rosa”, para buscar los verdaderos y perennes valores humanos de
los que puede enorgullecerse España y abandonando el tradicional
ensalzamiento de la empresa conquistadora o de la personalidad de
los conquistadores. No yerro al decir que esta corriente es más fuerte
en España que en Colombia misma, donde muchos historiadores
de valía permanecen adheridos a una interpretación “heroica” de la
historia, que aunque ha producido obras de un valor estimable, no
debe desestimar esta otra interpretación de los hechos históricos (AJF,
carta al arzobispo de Popayán, Sevilla, 27 de mayo de 1961).
275
Capítulo 5 w Tercer viaje a España
Posición que trató de mantener en Colombia pero que, según,
iremos viendo, fue muy difícil, pues los resquemores, los resenti-
mientos y demás agudizaron continuamente las relaciones de Friede
con los diferentes estamentos a los que criticó.
De su esposa Ricarde se separó don Juan más o menos en 1958
ó 1959 y, según Ricardo Friede:
Mi papá no mantiene casi relaciones con mis hermanos españoles
(Miguel y Jorge), pues prácticamente hubo un rompimiento total.
Parece que en el proceso de separación se presentaron muchos pro-
blemas (ERF, enero de 1990).
Dicho proceso se llevó a cabo en los tribunales franceses, aun
cuando el 21 de octubre de 1961 ambos demandantes se presentaron
ante Ángel Oiavarria Téllez, notario de Sevilla, con el fin de dejar
constancia de determinados hechos y propósitos, pues don Juan
debía trasladarse a Colombia próximamente.
En ese entonces Friede vivía en Sevilla, en la avenida de Manuel
Sivrot número 3, bloque San Leandro, octava planta, en un piso o
apartamento de su propiedad. Ricarde Cristina, por su parte, habi-
taba en Madrid en un inmueble de su propiedad en Amado Nervo,
número 1. Para efectos del juicio, el notario decidió que ambas
propiedades debían ser vendidas y:
El dinero que se obtenga quedará en poder, en concepto de deposi-
taria, de la señora compareciente, excepto un treinta por ciento del
importe de la venta del piso de Sevilla, que hará suyo el señor Friede
Alter (...) la cantidad (...) que quedará en depósito (...) será utilizada
exclusivamente por ésta para la construcción de un inmueble de dos
pisos, en favor de sus hijos, Miguel y Jorge, en una parcela de terreno
propiedad de tales menores, situada en el partido de Carihuela del
antiguo término municipal de Torremolinos, hoy de Málaga, y que
les ha sido donado por escritura autorizada por mí en el día de hoy.
El señor Friede Alter podrá inspeccionar, por sí o por medio de man-
datarios, la construcción de dichos inmuebles (AJF, divorcios de Juan
Friede, 3 de noviembre de 1961).
Durante esa permanencia en Europa fue que, junto con Blanca
Ochoa, en el verano de 1952, participaron en el Congreso de America-
nistas de Cambridge, y que los dos se hicieron miembros de la Sociedad
de Americanistas. Tanto Friede como Ochoa se encontraron en París:
Estuvimos juntos en muchas reuniones con Rivet, él nos colaboró
mucho para el viaje que nos tocó hacer por tierra. Salimos de París
276
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
y atravesamos el estrecho de Calais en una embarcación; luego de
seguir por tierra a Londres y a Cambridge estuvimos en el Congreso.
Friede fue ponente, luego regresamos a París y allí le perdí la pista,
pues me quedé en esa ciudad (EBO, enero de 1990).
Con ocasión de ese Congreso de Americanistas tuvo la oportu-
nidad de conocer a David Bushnell:
La memoria más nítida que de él tengo es de la ocasión durante mi
primera visita a Inglaterra cuando tropecé con Juan Friede al salir del
subterráneo de Londres. Obviamente él estaba en todas partes (AER,
carta de David Bushnell, Gainesville, 17 de mayo de 2001).
2.
Luego de su regreso a España y de instalar a sus hijos continuó su tra-
bajo en el Archivo de Indias y en otros protocolos españoles, y siguió
interesado en la pintura y en la escultura. Es así como el Ministerio de
Educación Nacional español, por intermedio de la Dirección general
de bellas artes, le expidió el 2 de junio de 1951 una autorización para
visitar gratuitamente los museos y monumentos nacionales.
Sus vínculos con Colombia seguían siendo muy estrechos y per-
manecía enterado del acontecer del para entonces convulsionado
país. Así, por ejemplo, con motivo del incendio del diario bogotano
El Tiempo, el 9 de octubre de 1952 le escribió una carta a París, desde
Madrid, a su dueño, Eduardo Santos, en los siguientes términos:
Todos los que abogamos por el decoro de Colombia hemos quedado
horriblemente impresionados por el salvaje atentado de que ha sido
objeto El Tiempo de Bogotá. Puede imaginarse, querido doctor, el
sentimiento de este amigo al saber el atropello que ha sufrido el mejor
periódico colombiano, y sin duda americano. El Tiempo ha sido orgullo
de todos nosotros y más de una vez tuve ocasión de mostrar sus páginas
a mis amigos extranjeros para que pudieran apreciar el alto nivel de la
cultura colombiana. Nunca hubiera imaginado que el odio político llegara
a tal extremo, destruyendo el mejor exponente de nuestros valores
intelectuales y cometiendo una acción que es, ante todo, antipatrió-
tica. También supe, aunque tardíamente, su valerosa exposición de
la verídica situación colombiana en Le Monde y tuve la oportunidad
de leer la esquiva contestación de nuestro embajador en París, que
sin querer corroboró lo que Ud. había expuesto (AJF, carta a Eduardo
Santos, 9 de octubre de 1952).
277
Capítulo 5 w Tercer viaje a España
Santos respondió a don Juan desde París el 15 de enero de 1953:
Querido señor Friede, no sé si llegarán estas líneas que le llevan un
cordial saludo, mis mejores votos por su felicidad en 1953 y mis
agradecimientos por sus manifestaciones de simpatía cuando la
grande infamia de septiembre. Mil gracias por sus generosas cartas
(AJF, carta de Eduardo Santos, 15 de enero de 1953).
3.
A causa de los sucesos de diciembre de 1950 –reseñados en el capí-
tulo 4 de esta parte–, el entonces ministro de Educación Nacional
envió una carta a la Academia Colombiana de Historia pidiendo
informes sobre: “cuál ha sido la labor del señor Friede en los Archivos
de Sevilla, como también sobre los diez volúmenes de documentos
que remitió de España”72. El texto de dicha carta fue leído en la se-
sión del 2 de abril de 1951 –Friede había partido para Europa en los
primeros días de marzo–, en la que se discutió y se aprobó que don
Juan negociara: “con el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo o
con otra institución idónea, la edición de diez volúmenes de copias
de documentos tomados por él en el Archivo General de Indias, por
cuenta de la Academia”73.
A Friede se le concedió el permiso, pues todos volúmenes fueron
revisados por los académicos Otero Muñoz y Luis Augusto Cuervo,
quienes determinaron:
que cada volumen debe contener un mínimo de 500 páginas impre-
sas de tamaño 16 avo, a fin de que pueda ser incluido en la colección
Biblioteca de historia nacional (...) y debe ser dotado de índices
de materia, lugares y nombres. El precio de cada volumen será
convenido entre el señor Friede, en representación de la Academia,
y la institución publicadora, pero en ningún caso debe exceder el
equivalente de 2.500 pesos cada 1.000 ejemplares (...). La Academia
autoriza al señor Friede para contratar con el Instituto Superior de
Investigaciones Científicas, de Madrid, o con otra institución similar,
o bien con una librería de reconocida solvencia, la distribución de la
totalidad o de una parte de los volúmenes publicados bajo convenios
acostumbrados. El producto de la venta de los libros será empleado
preferentemente en la edición de nuevos volúmenes de documentos
obtenidos en los archivos españoles74.
72 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 70.
73 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 71.
74 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 71.
278
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
La historia de la publicación de los volúmenes de documentos
ilustra la dificultad, la aventura que significaba editar libros en
Colombia en la década de 1950, y más una colección de documen-
tos centrada en la época de la Conquista. Por tanto, trataremos de
mostrar algunos detalles. El informe de los académicos Otero Muñoz
y Cuervo acotó que:
El negocio no debe celebrarse sino a base del (sic) aporte que la Aca-
demia hace de los documentos ya copiados, lo cual representa ya
una buena erogación, y que el Instituto lleva a cabo por su cuenta la
publicación, dándole en pago, por ejemplo, la mitad de la edición75.
Con base en el informe y con los comentarios de la Academia,
Friede tuvo elementos para iniciar negociaciones con el Consejo
Superior de Investigaciones Científicas. En julio de 1951 se conoció
la propuesta del Instituto, que consistió: “en publicar cinco volú-
menes mediante el aporte de la Academia de la mitad del costo,
suma que se calcula en 118.923 pesetas”76. La Academia consideró
que ese negocio era delicado, y dispuso que la comisión de la mesa
directiva se encargara de estudiarlo. El 3 de septiembre dicha junta
no había adelantado nada, pues esperaba que el:
gobierno resuelva en el asunto de la transacción los fondos distintos
a la Historia [extensa], para emplearlos todos o parte de ellos, en el
cincuentenario de la Academia, pero que a primera vista no hacía
(sic) que la junta debiera patrocinar por su cuenta dicha publicación
por considerar que ya este punto se salía del radio de la junta; que
le parecía importante la publicación de tales documentos que son
de verdadera importancia para la historia de Colombia77.
El 1 de octubre de 1951, el académico Otero D`Costa, con base
en la propuesta del Instituto Fernández de Oviedo y en una carta
de Juan Friede, fechada en Atenas el 16 de septiembre, propuso a
la Academia Colombiana de la Historia que se aceptara el proyecto
del Consejo Superior de publicar:
cinco tomos de documentos relativos a las provincias de Santa Marta
(2), Nueva Granada (2) y Cartagena (1) recibiendo en cambio, libre
75 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 71.
76 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 92.
77 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 108.
279
Capítulo 5 w Tercer viaje a España
de todo costo, las 500 colecciones impresas que se le ofrecen de la
obra que saque a luz el mencionado Instituto78.
Una vez que Friede conoció la decisión de la Academia escribió
en los primeros días de noviembre a la corporación pidiendo:
se despachen al Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo los tomos
que contienen las copias de documentos que van a servir para la
publicación de cinco volúmenes que hará aquel Instituto, según
negociación acordada79.
En marzo de 1952 don Juan escribió acusando recibo y el 15 de
abril de ese año avisó que:
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha aceptado
definitivamente la publicación del primer tomo de documentos,
referente a la gobernación de Santa Marta y luego seguirá el segundo
relacionado con el Nuevo Reino de Granada80.
Los dos primeros tomos serían subvencionados íntegramente por
el Consejo Superior de Investigaciones Científicas; sin embargo, el 15
de julio se dio a conocer una carta de Friede en la que informó que: “la
publicación de documentos del Archivo de Sevilla se ve aplazada por
carencia de fondos”81. Según parece, el aplazamiento fue definitivo,
pues el 2 de marzo de 1953 se leyó en la Academia de Historia una
carta de Friede en la que pedía que se le dejara: “libertad para gestionar
personalmente en la península la edición de esos documentos, por
cuya copia pagó la Academia cerca de 4.000 pesos”82.
Ante esta situación la Academia nombró una comisión integrada
por los académicos Gómez Hoyos y Otero D`Costa para que, a nom-
bre de la institución, hablaran con el ministro de Educación Nacio-
nal: “a fin de obtener que de los fondos [60.000 pesos colombianos]
que tiene la Academia para la Historia magna de Colombia se puede
disponer de la suma suficiente para la edición de esos documentos,
como parte inicial y necesaria de la mencionada historia”83.
78 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 115.
79 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 126.
80 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 161.
81 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 184.
82 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 239.
83 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 240.
280
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Así planteadas las cosas, el 16 de marzo de 1953 el entonces
presidente de la Academia, José Restrepo Posada, propuso a la co-
lectividad, y obtuvo su respaldo, dialogar:
con el ministro de Educación Nacional sobre la conveniencia de desti-
nar parte de los fondos para la Historia magna de Colombia, a la publi-
cación de documentos que ilustren mejor el criterio de quienes vayan
a escribir los capítulos correspondientes a la magna historia84.
La Corporación tomó esa decisión, ya que:
La publicación de la Historia magna se está demorando por falta
de quien la escriba, y en tanto se resolvió solicitar al gobierno el
permiso de aplicar esos dineros a la edición de los documentos, los
cuales vendrán a servir como fuente para poder tomar de ellos los
datos pertinentes, el día en que se presente la persona (o personas)
resueltas a escribir los primeros tomos de la dicha Historia magna
(AJF, carta de Enrique Otero D’Costa, 12 de noviembre de 1953).
En realidad, la Historia magna se hundió porque la Academia no
pudo conseguir los autores necesarios, aun cuando el primer tomo,
relativo a la prehistoria indígena, se le encomendó a Luis Duque
Gómez, con la condición que escribiera una historia indígena hasta
1950. Duque firmó el contrato hacia 1950, y recibió un adelanto de
los honorarios, pero en 1953 no había entregado ningún resultado.
El segundo tomo, relativo a los descubrimientos de Colón y espe-
cialmente de las costas colombianas, se le contrató a Emilio Robledo
en 1951, pero este tampoco había dado razón alguna, por lo que la
Academia destinó el dinero para publicar los documentos de Friede.
Es interesante recordar que don Juan había recomendado que se
contrataran primero los tomos relativos a los siglos más recientes,
dejando para el final los concernientes a la prehistoria, Conquista
e inicios de la Colonia. La Academia se empecinó en lo contrario y
el resultado fue el que conocemos: pasaron algunos años hasta que
la corporación se interesó de nuevo por tan ambiciosa obra.
El 11 de mayo de 1953, el ministro de Educación aceptó y aprobó
la solicitud del presidente de la Academia, pero, se ordenó que: “el
Ministerio deberá conocer en su oportunidad los respectivos contra-
tos editoriales”85, circunstancia que representaba un problema para
84 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 243.
85 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 255.
281
Capítulo 5 w Tercer viaje a España
los intereses de don Juan, pues la Academia y el Ministerio podían
decidir e imponer criterios.
Se comisionó entonces a Enrique Otero D`Costa para que “con-
dicionara” la colección en forma distinta a como la había ordenado
inicialmente don Juan: ya no por lugares: Santa Marta, Cartagena,
Santafé de Bogotá, etcétera, sino en:
riguroso orden cronológico uno tras otros, y terminando cada tomo,
hacerle, además del índice general, un índice adicional dividido por
gobernaciones (Santa Marta, Cartagena, etc.). También se desea un
índice de nombres propios en cada nombre geográfico (AJF, carta de
Enrique Otero D’Costa, 12 de noviembre de 1953).
Esa nueva estructuración significaba un trabajo arduo: arreglar los
documentos en orden cronológico, numerarlos, corregirlos, glosarlos y
elaborar los índices correspondientes, tarea para la que don Enrique
no tenía tiempo, pues estaba:
metido en otras obras propias, que van muy lentamente, por falta de
tiempo. Solamente dispongo de dos horas diarias para mis trabajos
y de uno que otro día festivo, y bien comprenderás que, hallándome
en tales condiciones tan precarias, no saldría con la maleta. Por lo
tanto es mejor que, antes de quedar mal, se encomiende el trabajo al
académico que pueda hacerlo para dar realidad a este proyecto (AJF,
carta de Enrique Otero D’Costa, 12 de noviembre de 1953).
Ante la declinación de Otero la Academia continuó estudiando
la posibilidad de que Friede editara en España, bajo su vigilancia
y dirección, la colección de documentos. La decisión se demoró,
porque: “algunos académicos no eran partidarios del proyecto (AJF,
carta de Enrique Otero D’Costa, 10 de mayo de 1954).
Con base en el visto bueno del Ministerio de Educación se le
comunicó lo propio a Friede, quien remitió, en febrero de 1954, un
proyecto de contrato entre la Academia y él para la edición de los
diez tomos de documentos. Dicho plan fue sometido a consideración
de los académicos Enrique Otero D`Costa y Daniel Ortega Ricaurte,
para que hicieran las modificaciones que consideraran convenientes
y lo sometieran a votación por parte de la Academia. Finalmente se
resolvió publicar, a partir de 1955 y volumen por volumen, la obra
Documentos inéditos para la historia de Colombia (1509-1550).
Enrique Otero D`Costa le escribió al respecto, el 10 de mayo de
1954, contándole:
282
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Al fin logramos sacar avante el proyecto de publicación (...) el
contrato fue calcado en sus puntos fundamentales en las cartas que
escribiste. Aprobado por la Academia, Ortega se encargó de la con-
fección del proyecto de contrato, en su calidad de tesorero, perito en
las prescripciones del Código fiscal que debe observar la Academia,
y recibido el tal proyecto ahí te lo mando, para que lo estudies, y si
encuentras algo por añadir o quitar, lo hagas, y así reformado se lo
envíes a Ortega con carta explicativa sobre las enmiendas que pro-
pongas para poder continuar adelante la idea y ver si al fin le damos
mate a este ya largo asunto (AJF, carta de Enrique Otero D’Costa, 10
de mayo de 1954).
El contrato lo autorizó para: “contratar en España la impresión
de diez tomos de la colección con un total de 4.000 páginas más
o menos y con condiciones estipuladas” (AJF, carta del presidente
de la Academia Colombiana de Historia, 10 de junio de 1954). A lo
que procedió de inmediato, pues pactó con Gráficas Aro el negocio,
acuerdo que fue aprobado por la Academia y que le significó más
de un dolor de cabeza, ya que:
Varias veces en el transcurso de los últimos años la edición fue
interrumpida por razones que obran en la correspondencia. Aun-
que cada vez con mayores dificultades, logré que Aro acepte estas
interrupciones perjudiciales (AJF, carta al presidente de la Academia
Colombiana de Historia, 10 de junio de 1954).
4.
Obviamente que Friede no paró su incansable labor en los archivos
españoles. En 1952 continuó recopilando material sobre Jiménez de
Quesada y para un tomo de documentos relacionados con Popayán,
y escribió la primera edición de Don Juan del Valle, primer Obispo de
Popayán (1952), figura histórica que según vimos en capítulo anterior
don Juan consideraba su héroe, ya que, según Luis Duque Gómez:
Juan Friede nunca abandonó su posición indigenista, lo que lo llevó a
estudiar con mucho fervor otras posiciones indigenistas de autorida-
des civiles y eclesiásticas, como el obispo Juan del Valle de Popayán,
de quien hizo una biografía; además de sus numerosos trabajos sobre
Las Casas y toda la actividad lascasiana (EDG, octubre de 1989).
Antes de los sucesos del 6 septiembre de 1952 en Bogotá, cuando
“las turbas enardecidas” incendiaron las sedes de los periódicos El
Tiempo y El Espectador, la sede de la dirección liberal y las casas
de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, Juan Friede
283
Capítulo 5 w Tercer viaje a España
y el ex presidente Eduardo Santos, junto con otros miembros de la
Academia, habían concebido un plan de microfilmación en Sevilla
y otros archivos españoles. Pero los hechos llevaron a Santos a
cambiar de posición y así se lo hizo saber a Friede:
A nuestra amiga Blanca Ochoa manifesté que creía mejor por ahora
aplazar el trabajo de microfilmación de que habíamos hablado,
mientras que se ve en qué para la Academia. Es tal la orientación
oficial de la Colombia de hoy, que no creo que vean con simpatía
ninguna las cosas de nuestra independencia, que no cuadre con
la hispanidad falangista (AJF, carta de Eduardo Santos, París, 15 de
enero de 1953).
Pese a los contratiempos políticos del país, el envío de documen-
tos sueltos a la Academia continuó. Por ejemplo, el 15 de julio de
1954 se dio a conocer en la Academia una carta de don Juan en la
cual informó que había remitido algunos documentos sobre Álvaro
de Oyón; la presidencia consideró que debían pasar al director del
Boletín de Historia y Antigüedades para su publicación. Algunos años
después, en 1962, hizo uno de los hallazgos más importantes en la
historia del Archivo de Indias, pues descubrió: “un pergamino de
venado del mes de mayo de 1539 y que contiene la cédula original
hecha por Jiménez de Quesada al conquistador Cristóbal de Roa”86.
Dicho documento, independientemente de su importancia en sí, es
considerado en el Archivo de Sevilla como una verdadera reliquia
y reposa en sitio especial.
5.
Juan Friede cumplió con la Academia entregándole los diez tomos
contratados inicialmente. Hemos visto las demoras y trabas que
surgieron para la edición; sin embargo, pidió permiso para continuar
la recopilación documental y la Academia dio su visto bueno. Es así
como, el 15 de junio de 1953, el abogado Carlos M. Vanegas Dussán,
entonces apoderado general de Friede, entregó a la Academia los
microfilmes de tres tomos más de documentos relacionados con las
Audiencias de Popayán y el Nuevo Reino de Granada; pero surgió un
problema, que fue la base para que poco a poco se fueran minando
las relaciones entre la Academia y don Juan.
86 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1961-1962.
284
Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
Efectivamente, al hacer entrega de los mencionados microfilmes,
Vanegas Dussán pasó la respectiva cuenta de cobro con la siguiente
nota:
Como en dicho contrato [el de la Academia con Friede] se había esti-
pulado que la Academia pagaría 400 dólares, moneda corriente, por
cada volumen, tomando el cambio al 185% en esa época, y hoy está
al 250%, hay un pequeño aumento de 0,65% por cada dólar, lo cual
da $399,75, siendo el total de este contrato la suma de $1.599,75 por
lo cual les acompaño las correspondientes cuentas de cobro87.
Las pretensiones económicas de Friede molestaron a la Academia
y fueron la base para que la corporación:
Suspendiera el contrato porque ya estaba muy exigente Juan Friede,
se puso un poquito necio, quería casi upaquizar en esa época el
contrato. Sin embargo, él siguió sacando cosas y los documentos
que le sobraron, que no publicamos nosotros, los publicó el Banco
Popular que son las Fuentes documentales para la historia de Co-
lombia. Eso fue un poco posterior, diez años después, y todo lo que
sacó de los Comuneros y del Nuevo Reino, entonces esa mina [la
del Archivo de Indias de Sevilla] para él le ha dado para todas sus
publicaciones (EDG).
La Academia continuó utilizando los servicios de Friede para
que, por encargo expreso, recopilara documentos en España. Es así
como en la sesión del 21 de febrero de 1961 se dio a conocer que
Juan Friede, había: “enviado a la entidad tres rollos de microfilms
que contienen 2.356 exposiciones, correspondientes a 318 docu-
mentos alusivos a aspectos históricos de los siglos XVI, XVII, XVIII y
XIX conforme al encargo que le hizo la institución”88.
Desde 1960 Friede era miembro de una comisión de archivos y
microfilmes creada por la Academia, de la que hacían parte el sacer-
dote Alberto Lee y Guillermo Hernández de Alba; a partir del 28 de
marzo de 1961 entró a formar parte Jaime Jaramillo Uribe89.
87 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1950-1954: 268.
88 Academia Colombiana de Historia. Libro de actas, 1961-1962.
89 Jaramillo Uribe fue elegido miembro correspondiente de la Academia Colombiana
de Historia el 3 de febrero de 1961. Designación que aceptó el 15 de marzo de 1961.
La posesión respectiva –entrega del diploma y el escudo que acreditan a la persona
como académico– y el juramento se llevaron a cabo el 7 de noviembre de 1961.
285
Capítulo 5 w Tercer viaje a España
6.
Es importante resaltar varios hechos relativos a los diez tomos de
Documentos inéditos, pues además de ser un trabajo muy valioso
y admirable, fue el primero que publicó una nueva serie de do-
cumentos, ordenada cronológicamente, etcétera. Efectivamente,
antes de que Friede le propusiera a la Academia esa recopilación,
la corporación había hecho:
Dos intentos por publicar dos ciclos documentales: la una por allá en
los años 20, o algo así, un señor aficionado a la historia, como han
sido todos los académicos aquí, que se llamó Ernesto Restrepo Tirado,
que no sé por qué circunstancias fue a los Archivos españoles y sacó
de allá un mundo de cosas. Pero los documentos que sacó no pueden
utilizarse porque están mal transcritos y sin criterio; el tipo no tenía
entrenamiento incluso en el hecho elemental de la transcripción y de
la lectura, sobre todo de la lectura paleográfica. El otro esfuerzo lo hizo
en el siglo diecinueve el general [Antonio] Cuervo, que transcribió,
más que documentos de archivos, memorias ya publicadas en España
sobre la conquista y colonización, recopilados por varios investiga-
dores españoles [Colección de documentos inéditos para la historia y
geografía de Colombia, cuatro tomos, 1883] (EJJU, febrero de 1990).
Ahora bien, no podemos decir que la recopilación hecha por
Juan Friede fue ciento por ciento óptima: la obra tiene sus fallas,
especialmente en la compilación y la transcripción de documentos,
ya que, como hemos visto, si bien Friede tenía inquietudes y buen
olfato, así como buena cultura general, su formación específica como
historiador era bastante deficiente, pues no fue lo suficientemente
sistemática, de allí que no se aprecie un esfuerzo selectivo y crítico.
Así, la obra es muy irregular, hay documentos muy importantes pero
hay otros que no lo son, y muchos apenas tienen los títulos. Pero, de
todas formas, es una labor útil, que no se había hecho antes.
Estas falencias respondieron al plan que Friede se había trazado:
reconstruir documentalmente la historia social de la Conquista y
principios de la Colonia de forma similar a otros autores:
No sé si lo he logrado completamente, pero creo que por lo menos
en parte. Mediante una selección entre los documentos recogidos,
la supresión de unos, la extracción de otros, y la adición de alguno
que otro ya publicado, se obtendrá un cuerpo de documentos que
reflejará toda una época, en todos los campos de la vida social, una
introducción histórica a la manera como lo hizo Navarrete, o Alte
Aguirre (Vasco Núñez de Balboa) o Medina (Descubrimiento del
Pacífico), complementaría mi labor y la adaptaría para su publica-
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Segunda parte w Itinerario intelectual de Juan Friede
ción en interés general (AJF, carta a Enrique Otero D’Costa, 27 de
marzo de 1950).
Así, la recopilación hecha por Juan Friede Alter es superior a
cualquiera de los intentos anteriores que se habían hecho en el país,
puesto que la obra es lo más pulcra posible, ya que él estaba conven-
cido que los: “estudios históricos deben basarse sobre documentos
bien transcritos, desconfiando de copias defectuosas o descuidadas
publicaciones” (AJF, carta al presidente y demás miembros de la
Academia Colombiana de Historia, 19 de enero de 1954).<