Sin lugar a dudas, una de las medidas más populares tomadas por el Gobierno
Revolucionario de la Fuerza Armada en el Perú, ha sido la dación de la Ley de Reforma
Agraria. Sólo la toma de la International Petroleum Company, realizada en 1968, podría
competir en popularidad y en el apoyo obtenido en el país, con la dación de la ley que
cambiaba radicalmente la estructura agraria peruana. En el Perú, por más de dos décadas
se había incrementado paulatinamente, no sólo la discusión sobre reforma agraria, sino
también se había promulgado y discutido una serie de decretos, leyes y proyectos que en
una u otra forma apuntaban a una reforma del agro. Sin embargo, poco se había
materializado en términos de reparto efectivo de tierras.
En 1956 un Gobierno de derechas formó una comisión para la reforma agraria y la
vivienda; en 1962 una Junta Militar de Gobierno dio una ley de reforma agraria que, en la
práctica, convalidaba la ocupación de tierras por campesinos en los latifundios de los valles
de La Convención y Lares, en el departamento del Cusco; en 1964 un Gobierno
democrático aprobó una Ley de Reforma Agraria que debía tener alcance nacional pero
que, a falta de decisión política, fue tímidamente aplicada; en 1969, por último, un Gobierno
Militar expidió y ejecutó una nueva Ley de Reforma Agraria, esta vez con el respaldo de la
institución que era —y sigue siendo— la más organizada del país: las Fuerzas Armadas.
Con la reforma agraria, el Gobierno del general Juan Velasco Alvarado culminó un ciclo que
puso fin al largo periodo en el que las haciendas tradicionales organizaban la sociedad y la
economía provincianas en gran parte del país, fin al que contribuyeron en gran medida la
expansión de los mercados —aunque fuese incipiente— en las áreas rurales; el
mejoramiento de la comunicación vial, que vinculó territorios aislados y permitió la
circulación de bienes y personas; el desplazamiento de la importancia de las actividades
económicas agrarias por otras de base urbana, y las intensas movilizaciones campesinas.
La reforma agraria se ejecutó sobre todo en la costa y en la sierra del país, las dos regiones
con mayor población rural y mayores áreas de uso agropecuario. Entre junio de 1969 y junio
de 1979 se expropiaron 15.826 fundos y más de 9 millones de hectáreas. La mayor parte de
esta área fue adjudicada a 370 mil beneficiarios.1 Todos los latifundios y muchos predios de
menor tamaño fueron expropiados. La clase terrateniente fue liquidada social y
económicamente. Sobre el área de las haciendas fueron organizadas empresas asociativas
(cooperativas agrarias de producción-CAP y sociedades agrícolas de interés social-SAIS),
con la finalidad de mantener economías de escala y la infraestructura (de riego y otras).
También se adjudicaron tierras a otras asociaciones: grupos y comunidades campesinas y
empresas de propiedad social. Solo una reducida minoría de tierras fue entregada a
individuos. La radicalidad de la reforma puede ser mejor apreciada si se considera que 71
por ciento de las tierras de cultivo bajo riego, que habían sido de propiedad privada, fueron
expropiadas y adjudicadas; lo propio ocurrió con 92 por ciento de las tierras de cultivo de
secano (dependientes de las lluvias) y 57 por ciento de los pastos naturales.2 El porcentaje
de beneficiarios, sin embargo, no fue tan espectacular: alrededor de una cuarta parte de
familias rurales (370 mil)
Si bien la reforma agraria no alcanzó a la selva, en los años del Gobierno Militar se
dieron dos normas importantes desde el punto de vista del acceso a la tierra y de seguridad
de la tenencia. En 1974 el Gobierno Militar promulgó la Ley de Comunidades Nativas y
Promoción Agraria de las Regiones de la Selva Alta y Selva Baja, para regular el acceso a
la tierra en la región amazónica. La mayor contribución de esta ley fue el reconocimiento del
derecho de los asentamientos indígenas a la propiedad legal de sus tierras. Esta ley
(20653) declaraba la tierra comunal indígena como inalienable, imprescriptible e
inembargable. Sin embargo, reconocía derechos sobre la tierra solo a las comunidades
nativas, es decir, a los asentamientos locales y no a los pueblos indígenas en tanto pueblos
originarios.
La tenencia de la tierra se entiende esencialmente como el poder más amplio,
autónomo y soberano sobre las tierras aptas para el cultivo con base en la producción, la
estabilidad y el desarrollo. La función legitima el poder, de modo que, si no se cumple,
caduca la ratio legis que la legitima. Como relación social de vida, la propiedad de la tierra
es la relación jurídica sobre la que se fundamentan o constituyen todo tipo de relaciones
jurídico-agrarias, incluso la finca, es decir, todos los asuntos agrarios. La propiedad de la
tierra es, por tanto, la base o el contenido principal del derecho agrario y puede definirse
como el conjunto de normas que regula principalmente el régimen jurídico especial de la
propiedad de la tierra y de las operaciones agrarias. El trabajo finaliza con cinco
conclusiones aprobadas por el Congreso, relativas a: la aceptación general de la propiedad
de la tierra en su nueva concepción funcional; considerarlo como un elemento básico en la
estructura social de todos los tiempos, además de proyección de la personalidad y garantía
de la libertad efectiva del hombre; para ello, la empresa agrícola debe instalarse en la
propiedad; a la necesidad de cultivar principios fundamentales y universales.
Artículo 88.- El Estado apoya preferentemente el desarrollo agrario. Garantiza el
derecho de propiedad sobre la tierra, en forma privada o comunal o en cualquiera otra forma
asociativa. La ley puede fijar los límites y la extensión de la tierra según las peculiaridades
de cada zona.
Las tierras abandonadas, según previsión legal, pasan al dominio del Estado para su
adjudicación en venta.
La Reforma Agraria peruana. (s/f). Gob.pe. Recuperado el 26 de marzo de 2023, de
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Eguren, F. (s/f). REFORMA AGRARIA Y DESARROLLO RURAL EN EL PERÚ.
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