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Trabajo Fin de Grado
LOS CÁTAROS
The Cathars
Autor
Francisco Molero Alcalde
Director
D. Luis García-Guijarro Ramos
Titulación del autor
Grado de Historia
FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS
2020
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LOS CÁTAROS
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INDICE
1. Introducción
2. Corrientes filosóficas
3. Los cátaros: Origen, localización y evolución
4. Cruzada Albigense y fin del catarismo
5. Conclusiones
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RESUMEN
La Europa del siglo XII se caracterizó por el auge del comercio y de las
ciudades, así como por el resurgimiento cultural y educativo; también fue un
siglo en el que surgieron nuevas corrientes espirituales derivadas de la
principal religión que había en el Continente, el Cristianismo. Algunas de
estas nuevas doctrinas estaban influenciadas por el dualismo y su forma de
ver el mundo como algo que se divide entre el Bien y el Mal. Esta visión fue
recogida por doctrinas como el bogomilismo desde el Este de Europa, y fue
adaptada por otras sectas, como los valdenses y, sobre todo, por los cátaros.
En este trabajo vamos a tratar sobre el surgimiento del catarismo, su
organización, sus rituales, su área de influencia y, por supuesto, su
desaparición y extinción en Languedoc.
Twelfth-century Europe was characterized by the rise of commerce,
and cities, and by a cultural and educational revival. It was also a century in
which new spiritual currents emerged; they derived from the main religion on
the Continent, Christianity. Some of these new doctrines were influenced by
dualism, and its way of seeing the world as divided between the principles of
Good and Evil. This vision was picked up by doctrines such as Bogomilism
from Eastern Europe, and was adapted by other sects as the Waldenses, and,
above all, the Cathars.
In this essay we are going to deal with the rise of Catharism, its
organization, rituals, area of influence, and of course, with the extinction of
the movement in Languedoc.
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1. Introducción
El cristianismo es una religión basada en la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret.
Se diferencian históricamente en él distintas corrientes como el catolicismo, el
protestantismo o el cristianismo ortodoxo greco-eslavo; todas ellas diferirán en su
interpretación de la fe y en sus ritos. Por otra parte, el dualismo era una religión o corriente
filosófica, que se basaba en la acción combinada de dos principios, el Bien y el Mal, y de
la que se derivaron distintas corrientes, como el maniqueísmo, bogomilismo o el
catarismo.
Resulta complicado precisar los orígenes del catarismo por la poca documentación
existente; por tanto, hay múltiples interpretaciones para determinar su nacimiento y las
etapas de su desarrollo. La religión cátara en concreto se conoce gracias a las cartas y actas
de los Concilios de la Iglesia Católica y por los interrogatorios de la Inquisición en los
momentos de su persecución (aunque paradójicamente, si los cátaros tenían documentos
escritos, fue la Inquisición quien los hizo desaparecer). También se conoce algo de su
religión por los Evangelios Apócrifos (escritos cristianos, de los primeros siglos, no
aceptados por la Iglesia Católica), destinados a refutar la doctrina dualista, como por
ejemplo la visión de Isaías o los Interrogatio Iohannis; y posiblemente, se conoce algo
más por algunos tratados teológicos y, sobre todo, por los Evangelios, ya que para los
cátaros constituían una referencia permanente. Se creía que el catarismo era un
movimiento que procedía directamente del maniqueísmo oriental, hasta que, en la segunda
mitad del siglo XX, muchos de los historiadores llegarán a la conclusión de que el
catarismo es en realidad un movimiento arraigado a los mismos orígenes del cristianismo,
aunque con decisivos matices, ya que es cuestionable que cualquier tipo de dualismo pueda
ser incluido en el ámbito del cristianismo.
Antes de analizar las corrientes filosóficas debemos analizar el origen del término
cátaro y entender en qué consistía las herejías.
Se cree que el origen etimológico del término cátaro puede provenir del griego
katharos, que significa perfecto o puro; aunque esta denominación no parece muy exacta,
puesto que el centro de la cultura cátara estaba en Tolosa y en los distritos vecinos
occitanos. En el siglo XI, se advierte la presencia de personas de otras religiones o
corrientes filosóficas en diferentes zonas de Occitania y en el Occidente latino; son
conocidos por diversos nombres a través de las fuentes como los Patarins (norte de Italia);
los Piphles (Flandes); Cathares Luciferiens (Alemania); Publicanins (Champagne);
Bougres (Borgoña); Ariens o Albigeois (en las posesiones de los condes de Tolosa o los
Trencavel); o también, son denominados Texerant en Francia, por pertenecer a «la secta de
los tejedores», ya que en su mayoría, los seguidores de esta doctrina eran tejedores y
vendedores de tejidos. Por otra parte, los cátaros recibieron el sobrenombre de poblicantes,
siendo éste una degeneración del término paulicianos, con quienes los confundían. Y por
último, quizás se denominaban albigenses porque ellos mismos se autodenominaban
albinos, por considerarse puros, y que tendría su origen en la raíz alb (blanco); o tal vez,
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por proceder de Albania; o porque Bernardo de Claraval, abad cisterciense, llamaba
“herejes albigenses” a los maniqueos de Albi y es por ello por lo que, en el siglo XII
serán conocidos como albigenses. Es mucho más reciente cuando, a los herejes de
Languedoc, se les denominaría Cátaros. En la actualidad el término cátaro se utiliza para
designar el conjunto de movimientos heterodoxos, que se fundamentan en una visión
dualista del mundo y la religión. Pero los cátaros se referían a sí mismos como cristianos,
buenos cristianos, buenos hombres o buenas mujeres y su Iglesia era denominada como
la Iglesia de los BonsHomes.
En el primer concilio de Nicea (325 d.C.), se define como herética a la doctrina que
no está de acuerdo con los dogmas consagrados por la autoridad o Iglesia oficial; por
consiguiente, las herejías medievales eran creencias de carácter religioso en conflicto con
los dogmas o la religión establecida e intervienen dos factores: el hereje con sus prácticas
disidentes y la Iglesia oficial que condenaba las opiniones del hereje y definía la doctrina
ortodoxa. Para controlar todo ello, la ortodoxia empleaba distintos métodos de represión,
como la excomunión, las confesiones públicas o las hogueras. A lo largo de los siglos,
surgen diferentes corrientes filosóficas con las que el poder eclesiástico no estaba de
acuerdo, y aunque tuvieron poca trascendencia, las describiremos como herejías, por ser
consideradas así por la Iglesia católica. Algunas de las más significativas son:
- Los herejes de Arrás (1025) y Montforte (1028). Esta herejía tenía elementos
anticlericales, como el rechazo a los edificios eclesiásticos, la cruz, el bautismo,
condenaban el matrimonio y el contacto sexual como pecado.
- Enrique el monje, era un cristiano que predicaba, a partir de 1116, insistiendo en la
pobreza, la sencillez y en el ejemplo, pero no en el ascetismo; y al que se le tachó de
predicador radical. Rechazó el papel del clero como dispensador de la gracia divina,
negaba el pecado original y pensaba que el bautismo no se podía impartir a niños sin uso
de razón.
- Pedro de Bruys era un sacerdote católico, que fue considerado hereje, por enseñar
doctrinas no ortodoxas. Se dedicó a predicar desde 1119 a 1139 con clara influencia de
los bogomilos. Rechazaba: el Antiguo Testamento, a los Padres de la Iglesia y sus
tradiciones, el bautismo de los niños o la doctrina de la eucaristía. Ganó partidarios en
Narbona, Toulouse y la Gascuña.
- Tanquelino de Amberes fue un hombre muy malvado y predicador anticlerical, que
rechazó la Iglesia y sus sacramentos. Se le acusaba de blasfemia contra la Iglesia
Católica. Tuvo mucha influencia a principios del siglo XII, especialmente en Amberes.
La gente del pueblo lo veía como un Dios, incluso bebían el agua en que se bañaba como
un remedio saludable del cuerpo y el alma. Participó en la Primera Cruzada.
- Arnaldo de Brescia creó una corriente llamada Arnaldismo. Fue un sacerdote reformista
eclesiástico y agitador popular, que estableció su ideario moral, consistente en la renuncia
de la Iglesia a la riqueza y la vuelta a la austeridad de los primeros cristianos. Fue
ahorcado por la curia romana, sus restos quemados en la hoguera y sus cenizas arrojadas
al río Tíber, para que no utilizaran su tumba como lugar de peregrinación.
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2. Corrientes filosóficas
El cristianismo primitivo se extendió por todo el Mediterráneo, pese a ser
una religión minoritaria y perseguida. Las distintas corrientes que se basa el cristianismo,
como el catolicismo, compartían la creencia de que Jesús fue crucificado y murió para la
salvación de la humanidad.
Los movimientos heterodoxos no pretendían romper con la religión cristiana, sino que
suponían un problema de metafísica gnóstica, en una constante búsqueda de respuestas a
sus dudas existenciales: ¿Quiénes somos?; ¿De dónde venimos?; ¿Qué era el Mal? ... Las
respuestas de la Iglesia no convencían a seguidores y filósofos, buscando así sus propias
interpretaciones, lo que daría lugar a movimientos heréticos.
La Iglesia ortodoxa acogía al conjunto de cristianos greco-orientales que seguían
los principios de los concilios ecuménicos o asambleas generales, para establecer dogmas
comunes. Tras varios desencuentros y conflictos, terminarían separándose de la Iglesia de
Roma en el llamado Cisma de Oriente y Occidente, definitivo a partir de mediados del
siglo XI; aunque mantenían una comunión doctrinal y sacramental.
El dualismo, como hemos comentado, era una religión o corriente filosófica
alternativa al cristianismo, que admitía la existencia de dos principios opuestos: el Bien y
el Mal, siempre en constante lucha. Se caracterizaba por la división entre: el mundo
visible, creado por un dios malo; y el mundo invisible, creado por un dios bueno, y que
representaba lo espiritual. La finalidad de los dualistas era escapar del mundo material y
creían que la carne era la creación de un dios malo; por tanto, rechazaban el matrimonio, la
carne y sus apetitos. Del dualismo se derivaban el Maniqueísmo y el Bogomilismo.
En Oriente, había varias corrientes filosóficas, la más importante fue el
Bogomilismo, precursora de la herejía medieval occidental y del catarismo, y que fue
fundada por un monje llamado Bogomilo. Aunque no admitían los Sacramentos de la
Iglesia católica, contaban con dos ceremonias de iniciación: un baptismo del neófito, que
era el bautismo de la persona adulta consciente del sacramento que recibía, en la que se
colocaba sobre la cabeza el Evangelio de San Juan y se hacía mediante la imposición de
manos; y una teleiosis del iniciado, que consistía en la consagración sacerdotal de la
ceremonia de partición del pan. Rezaban el Padre Nuestro y la confesión se hacía en
común. Como dualistas, siguieron un ascetismo extremo, negándose a los placeres
materiales y llevando un tipo de vida muy austera, rechazando la construcción de iglesias;
no aceptando la veneración de imágenes, iconos o cruces; ni los sacramentos como el
bautismo en los niños o el matrimonio. Esta herejía se originó en Bulgaria, causada por la
división entre el alto clero y los sacerdotes rurales. En esta situación, lo que hace Bogomilo
es estructurar las ideas heréticas existentes y fusionarlas con otras ideas provenientes de
esa Iglesia primitiva para formar esta nueva herejía. En el siglo XI, esta doctrina llegaría a
Constantinopla y sus últimos vestigios se documentan en el siglo XVII, se cree que el éxito
de esta herejía, se debió al rechazo de la riqueza, tanto de la autoridad religiosa como laica.
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A los seguidores de estas herejías, derivadas del dualismo, se les denominó Maniqueístas,
término despectivo utilizado por los cristianos, para los que no seguían sus dogmas. Estas
doctrinas dualistas darían paso a otras corrientes o grupos heréticos como, por ejemplo: los
Paulicianos, los valdenses o el Catarismo.
Los Paulicianos eran una secta dualista herética, derivada del cristianismo, y más
concretamente del maniqueísmo. Hay autores que afirman que paulicianos significa
“discípulos de San Pablo”, ya que solían poner a la secta el nombre del Apóstol al que
veneraban. Esta herejía se había pasado al dualismo por la creencia de dos seres: por un
lado, el Padre Celestial, que era el creador del mundo invisible, al cual le pertenecía el
futuro; y por otro, Satán, que era el creador del mundo visible y material. Rechazaban la
Biblia, y para la enseñanza de esta doctrina se empleaba el Nuevo Testamento e
interpretaban las enseñanzas del Apóstol San Pablo; veneraban el bautismo; rechazaban el
uso de imágenes; y creían que Cristo fue Dios por adopcionismo, es decir, haber sido
bautizado a los 30 años y no por naturaleza divina. No admitían las jerarquías sacerdotales.
En el siglo VII, al verse acosados por el patriarca armenio Nersés III, son obligados a
escapar a territorio bizantino. Posteriormente, trasladan el culto a Constantinopla, donde
terminaría llamándose Iglesia Pauliciana. Son antecesores de los bogomilos y su historia se
divide entre las persecuciones y las luchas internas. Sus seguidores cubrían todo el Imperio
bizantino y Armenia. Adquirieron tanta fuerza, que se convirtieron en una amenaza para
los poderes establecidos, por lo que fueron perseguidos y los supervivientes deportados;
llegando a Bulgaria. Y posiblemente, favorecidos por las transacciones comerciales
emigraron desde el Imperio bizantino a Europa, extendiéndose por Occidente. Esta secta
perduraría toda la Edad Media.
No podemos confundir a los cátaros con los Valdenses del Norte de Italia, nacidos de
las doctrinas del comerciante Pedro de Valdo, quien lideraba un movimiento anticlerical
dirigido contra las riquezas y la excesiva organización de la Iglesia Católica, y que
promovía el individualismo eclesiástico, la anarquía y la vuelta a la austeridad de los
primeros cristianos. Sus principales dirigentes eran Pedro de Valdo y Arnaldo de Brescia.
Arnaldistas, Valdenses y Cátaros coinciden en el ascético anticlerical de la época, es decir,
renuncia a la riqueza y a los placeres terrenales; y oposición absoluta al papa y al clero.
Y por último, haremos referencia al Maniqueísmo, doctrina o corriente filosófica,
que creía que el mundo material era una creación del diablo y el hombre un ser dual. Según
algunas teorías, este sería el origen de los cátaros, pero como explicamos anteriormente,
los historiadores concluyeron que el catarismo era en realidad un movimiento con orígenes
en el cristianismo primitivo. Esta doctrina había sido fundada por el príncipe persa Mani
(215-276) y sus seguidores. Este se autoproclamó el último gran profeta enviado por Dios
a la humanidad. Sus enseñanzas se extendieron por todo el Imperio romano, el Imperio
sasánida, el mundo islámico y buena parte de Asia. Contemplaban la existencia del Bien y
el Mal, en constante lucha. Para ellos, el Mal (Satán) habría creado el mundo y lo material;
mientras que el Bien se identifica con lo espiritual.
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Llegados a este punto, hay varias teorías: los que defienden que, desde mediados
del siglo X, los seguidores de estas filosofías o religiones, se inspiraban en el
Maniqueísmo, y quienes afirman que lo hacían del Bogomilismo. Poseen similares
características y surgen en la misma época, pero en lugares diferentes. Lo que parece más
plausible es que, al ser expulsados del Imperio bizantino, muchos de los desplazados
acabaron llegando a Europa occidental, debido principalmente a las transacciones
comerciales entre Constantinopla y Occidente. Por tanto, parece clara la existencia de estas
tendencias en Italia, concretamente en Monteforte, donde apareció la primera comunidad
herética organizada, explícitamente Cátara. Aunque, en el siglo XI, algunos cronistas creen
documentada la presencia de maniqueos en diferentes ciudades de Occidente. Cabe
destacar, que los herejes de Occidente del siglo XI, no estaban dirigidos por ningún
carismático personaje, profeta, líder absoluto o fundador, por lo que sus contemporáneos
católicos pensaban que eran seguidores de los maniqueístas.
Todo esto se basa en hipótesis, ya que realmente no hay ninguna evidencia ni
prueba arqueológica que confirme el contacto entre los herejes de Oriente y Occidente
antes del siglo XII; pero, parece evidente, el paralelismo y la semejanza, entre los brotes
heréticos occidentales del siglo XI y el bogomilismo de Bulgaria. Destacaremos que, en
ambos casos, seguían el modelo de vida de los apóstoles y de la Iglesia primitiva.
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3. El catarismo: Origen, localización y evolución
Para analizar el origen de los cátaros, nos vamos a remontar varios siglos atrás, a
fin de entender la influencia de la que disfrutaba la Iglesia romana.
Durante el siglo III, Roma se hallaba sumida en el caos, y su final parecía
inminente. Sin embargo, el emperador Diocleciano decide que un solo emperador no era
suficiente y divide el Imperio en Oriente y Occidente, colocando una línea divisoria en la
Península Balcánica. En el año 313 d.C., Constantino declara la libertad de culto en todo el
Imperio, mediante el Edicto de Milán. Funda la nueva ciudad de Constantinopla y la
convierte en capital imperial.
El cristianismo, tantas veces perseguido, comenzaría así un próspero camino hasta
convertirse en religión oficial. En el año 325 d.C., tiene lugar un sínodo de obispos
cristianos llamado I Concilio de Nicea, donde acuerdan la divinidad esencial o naturaleza
de Cristo y su relación con Dios, y se establecen los cimientos de la primera doctrina
cristiana uniforme, es decir, el seguimiento de unos cánones y rituales establecidos; pero
no es hasta febrero del año 380 d.C., cuando el emperador romano de Oriente Teodosio I
firmó, en presencia del emperador romano de Occidente Valentiniano, un decreto llamado
Edicto de Tesalónica (Cunctos Populos), con el que declararía al cristianismo niceno
religión oficial del Imperio romano, persiguiendo a quienes practicaran otra fe o siguieran
la doctrina hereje arriana, condenada en Nicea. A la muerte del emperador Honorio, en el
año 395 d.C., el Imperio se dividió, causando con el tiempo diferencias entre ambas
iglesias. El Imperio Oriental resistiría hasta su caída diez siglos después, y su Iglesia
adoptaría nuevas prácticas litúrgicas e incluso nuevos calendarios y santorales. Mientras
que, el Imperio de Occidente cayó, en el año 476 d.C.
El Imperio de Occidente había sido invadido por los bárbaros, y tan solo, se
mantuvo unificado lo que abarca la actual Francia y parte de Alemania, gracias al reinado
de Clodoveo I. Este se convertiría al cristianismo, hecho que le valió el apoyo del clero y
de la nobleza galo-romana, lo que supuso el inicio de las buenas relaciones de los reyes
francos con la Santa Sede a lo largo de la Edad Media. Finalmente el próspero reino
unificado de los merovingios acabaría dividiéndose como consecuencia de la costumbre
franca del reparto de la herencia. Aunque debido a la característica propia de lucha del
pueblo franco, vuelven a conseguir la unificación del territorio. Un noble franco, con el
apoyo del papado, destronará al último rey merovingio, descendiente de Clodoveo I, con lo
que daría paso a la dinastía Carolingia. Carlomagno, por tanto, heredó de su padre un reino
franco, que comprendía: Lombardía, el norte de Hispania (creando la Marca Hispánica) y
la Franca Orientalis junto al Reino ávaro (actuales Alemania, Austria y Hungría); deja en
herencia el reino franco a su hijo, y este a los suyos, fragmentándolo, con lo que nunca se
volvió a reunificar. Por tanto, ante la decadencia de los reyes, los nobles se convirtieron en
los auténticos detentores del poder.
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Tras el desmembramiento del Imperio carolingio en el siglo IX y con la aparición
del sistema feudal, la región franca occidental, pasó a estar compuesta por principados,
ducados, condados y vizcondados, fragmentándose en circunscripciones administrativas
encomendadas a altos nobles con el fin de cumplir las disposiciones reales, dirigir
contingentes militares, cobrar impuestos, etc, destacando entre ellas Occitania.
Aunque es probable que el Languedoc, no tuviera esta denominación, en la Edad
Media, sí que parece que estaba formada por las tierras de la antigua Septimania visigoda,
el condado de Tolosa y un numeroso conjunto de señoríos, condados o vizcondados, donde
no había fronteras administrativas, ni políticas y reinaba un espíritu real de tolerancia. Se
trataba de una zona de gran desarrollo demográfico y urbano, impulsado principalmente
por el comercio, que la convirtió en lugar de paso de mercaderes y peregrinos. En su
mayoría, eran feudos que rendían homenaje a los condes de Tolosa o al rey de Aragón;
donde cada territorio conservaba su autonomía, leyes, usos y costumbres y, en definitiva,
su propia identidad. Situarse bajo la protección que les otorgaba el reconocerse vasallos del
rey de Aragón, les resultaba mucho más ventajoso que formar parte de un reino con
marcadas tendencias centralizadoras, como era la monarquía de los Capetos de Francia
(con Felipe II Augusto y sus sucesores), ocupados en resolver sus conflictos contra sus
poderosos vecinos del norte, Inglaterra y el Imperio germánico; también alegaban razones
jurídicas desde época Carolingia para controlar los puertos de Montpelier y Narbona,
debido a la importancia comercial de la zona. En la época de mayor auge del catarismo, los
principales señoríos, condados o vizcondados de Languedoc eran:
- Corona aragonesa, dominios del rey Pedro II de Aragón, a la que rendían vasallaje los
condes de Tolosa.
- Condado de Tolosa, gobernado por Ramón VI de Tolosa, comprendía los valles
del Garona, Rouergue y Quercy, y algunas posesiones en la Alta Provenza.
- Vizcondado de Carcasonne, Béziers, Albi y Limoux, gobernado por Raimundo Roger
Trencavel, sobrino de Ramón VI. Poseía el territorio que comprendía el principado
desde Carcasonne a Béziers. La familia Trencavel rendía homenaje al rey de
Aragón desde 1179, siendo a la vez vasallos del Condado de Tolosa. El feudo de
Trencavel mantenía alianzas con el Vizcondado de Minerve.
- Condado de Foix, gobernado por Raimundo Roger I, vasallo del conde de Tolosa. Era
anticlerical por interés y muy ligado al mundo cátaro.
- Condado de Cominges, gobernado por Bernardo IV de Cominges, conde de
Cominges y Bigorrra, vizconde de Marsan, señor de Muret, de Samatán y de Zaragoza.
Era vasallo y primo hermano del conde de Tolosa.
- Montpelier, gobernado por el rey Pedro II de Aragón. El principal centro del comercio
marítimo occitano es anexionado, en el siglo XIII, a la monarquía aragonesa, tras la
alianza matrimonial de Pedro II El Católico y María de Montpellier.
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El área de mayor implantación del catarismo se sitúa entre las ciudades de
Carcasonne, Albi y Tolosa, con otros enclaves fuertes como Laurac, Fanjeaux, Mirepoix o
Montségur. Toda la zona del Languedoc gozaba, en la época de la herejía cátara, de una
intensa actividad comercial y sus habitantes hablaban un lenguaje muy rico. Fruto de esta
exquisita tradición cultural, nacería la lírica trovadoresca occitana y la figura del trovador,
para entretener con sus actuaciones a la población. Las ciudades del Languedoc serían
centros urbanos muy ricos y densamente poblados, y por tanto muy codiciadas por todos
los mandatarios laicos, como los francos.
En Europa, los cátaros, no llegaron a alcanzar un gran número de adeptos, ya que
los disidentes de Alemania o norte de Francia (Borgoña, Flandes o Champagne), fueron
perseguidos, quemados y sometidos a una dura represión, por parte de las autoridades
laicas y eclesiásticas. Mientras tanto, en los condados y poblaciones autónomas de
Languedoc, la cultura cátara parecía contar con la protección de algunos señores feudales,
vasallos del rey de Aragón, como el conde de Tolosa, los Trencavel o el conde de Foix.
Cualquier noble católico de estos condados, podía tener parientes o amigos cátaros, sobre
todo teniendo en cuenta, el gran número de seguidores con que contaban. Tanto el conde
de Tolosa Ramón VI como Raimundo Roger de Trencavel se consideraban católicos, pero
eran tolerantes con sus súbditos, aunque estos estuvieran influenciados por la herejía.
Cuando el obispo de Tolosa, reprochó a un caballero católico no haber logrado expulsar a
los herejes de sus territorios, éste respondió: «No podemos. Nos hemos criado en su seno.
Tenemos parientes entre ellos y los hemos visto llevar una vida de perfección.»1 Esta
protección de la nobleza, con la que contaban los cátaros, frenaba a las autoridades locales
a la hora de tomar las medidas necesarias para preservar la ortodoxia. Esta situación, fue
aprovechada por el catarismo, cuya herejía se desarrolló en unas tierras donde no existía un
poder monárquico firme que pusiera freno al empuje de las corrientes heterodoxas
dualistas.
El catarismo era un movimiento filosófico-religioso de carácter gnóstico, que
afirmaban que la salvación se obtenía mediante el conocimiento introspectivo de lo divino
o examen de conciencia y no con el perdón de Cristo. Los cátaros atribuían la creación del
mundo a Satán, por lo que todo lo material representaba lo negativo. Esta cultura se fue
extendiendo desde el siglo XI, por Europa y especialmente por el sur de la actual Francia, y
perdurará hasta el siglo XIV; pero, es a lo largo del siglo XII, cuando realmente se
consolida en el Languedoc; y en el siglo XIII, cuando son duramente perseguidos.
Las corrientes heréticas dualistas que surgieron en Europa Occidental, en el siglo
XII, presentaban todas las mismas características y prácticas heréticas; miembros austeros
y castos que predicaban amor, tolerancia y libertad. Serían reconocidos con distintos
nombres, dependiendo de las ciudades; aunque, durante la Edad Media, como hemos dicho
anteriormente, todos ellos serían llamados “Maniqueos”. Es a los herejes o maniqueos del
Languedoc, a los que en la actualidad se les denomina Cátaros. Y parece, que es a partir
1
Stephen O’Shea, Los Cátaros. Ediciones B, Barcelona, 2015. pp. 910 (Kindle)
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del siglo XIII, cuando un abad del Cister, comenzó a llamar a los maniqueos herejes
albigenses, en la ciudad de Albi.
La herejía cátara, al igual que las demás herejías, recomendaba el ascetismo, y el
rechazo a los placeres materiales, percibido por los cátaros como obra del Diablo; por
tanto, practicaban la castidad; abandonaban fortunas y bienes; detestaban las cosas
materiales, hasta el punto de rechazar la cruz, las reliquias y el culto a las imágenes;
despreciaban los templos cristianos, ya que las consideraban simples construcciones.
Llegaron incluso a la conclusión de que el Dios del Antiguo Testamento era en realidad
Satanás, por haber creado el mundo físico. Para ellos, las almas peregrinaban de cuerpo en
cuerpo, pasando de humildes criaturas a hombres nobles e ilustres, hasta alcanzar el cuerpo
de un perfecto. El mensaje cátaro estaba basado en la necesidad de la penitencia, de una
vida moral y de la fidelidad a Cristo. Llevaban la vida de los apóstoles; no admitían los
milagros; y la única oración que rezaban, al igual que los bogomilos, era el Padrenuestro.
No se sabe con certeza, si los cátaros tuvieron o no un líder que estuviera al frente
de todas sus comunidades. En caso de tener un equivalente al papa católico, este sería el
obispo de los bogomilos, conocido en occidente como el papa Nicetas; quien reuniría a los
representantes de las iglesias cátaras, para reforzar las creencias dualistas de los cátaros,
para recibir el consolamentum y organizar las iglesias cátaras de estas regiones. Hacia la
segunda mitad del siglo XII, Nicetas presidió una reunión de perfectos en Saint-Félix-de-
Caraman, en la que se estableció la frontera entre los obispados y se confirmó el oficio
episcopal de varios obispos cátaros, entre ellos: Sicard Cellerier, obispo de Albi, Bernard
Raymond, obispo de Toulouse, Gerard Mercier, obispo de Carcasonne y Raymond de
Casalis, obispo de Agen.
Desde este momento, se incrementarán los rituales sacramentales y se jerarquiza la
Iglesia cátara, basándose en el modelo católico. El catarismo distinguía entre los creyentes
que únicamente se limitaban a escuchar sus mensaje y doctrinas; y los perfectos o buenos
hombres, que eran los que habían llegado a un nivel superior de perfección y salvación, y
sólo ellos podían nombrar a otros perfectos. Entre estos últimos, se diferenciaban los
Predicadores, perfectos de menor rango; los Diáconos, que eran los clérigos al frente de
una comunidad (el equivalente al sacerdote católico); y los Obispos, situados a la cabeza
de un grupo de comunidades. En cualquier caso, independientemente del grado que
ocuparan en la escala jerárquica, llevaban una vida itinerante y de pobreza, desempeñando
las duras labores misioneras propias de la religión cátara.
Los primeros cátaros caminaban en parejas y llevaban barba y el pelo largo. Su
atuendo estaba compuesto, principalmente, por un austero manto oscuro de lana provisto
de capucha. Posteriormente cortaban o rapaban sus cabellos y cubrían sus cabezas con las
capuchas o bonetes. En ocasiones ceñían sus cuerpos con un delgado hilo de lino, que
simbolizaba su ordenación. De su cintura colgaba una bolsa, en la que guardaban el
Evangelio de San Juan. Resulta interesante mencionar que desde principios del siglo XIII,
se acentuó la persecución a la Iglesia cátara. Los buenos hombres, a partir de este
momento, dejaron de llevar esta indumentaria en un intento por confundirse con el resto de
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la población, y así evitar ser capturados. Por esa época, únicamente quedó de su clásica
indumentaria el cordón, pieza que era ocultada bajo sus ropajes. Los perfectos se abstenían
de comer algunos alimentos, presentando un físico delgado y una tez blanquecina, propio
de la mala alimentación. No vivían de la caridad, aunque solicitaban alojamiento en aldeas
o castillos; y a cambio de su trabajo, aceptaban un poco de paja que le sirviera de lecho,
algo de comida y agua. Los creyentes acudían a escuchar a los perfectos, recorriendo
largos caminos, ya que sabían que les podían enseñar, predicar e incluso curar; realizaban
todos los trabajos con asombrosa habilidad, igual ayudaban a herreros, toneleros,
campesinos, ganaderos, tejedores o incluso había médicos. Los perfectos que trabajaban
podían vender sus productos, no para su propio beneficio, pero sí para beneficio de la
comunidad cátara. Los Perfectos cátaros estaban constantemente viajando para poder
aproximar sus doctrinas a todos los que querían escucharlas. Su principal meta era llegar
donde los pudieran necesitar, o hubiera un creyente dispuesto a oír sus predicaciones.
Estos infatigables misioneros eran capaces de alcanzar lugares que se encontraban en las
regiones más distantes. Ponían todo el empeño para aclarar a estas humildes gentes las
innumerables dudas que tenían acerca de las miserias del mundo que los rodeaba; no eran
muy numerosos pero una gran parte de la población toleraba su doctrina e incluso la
favorecía, ya que el catarismo, pudo ser fruto del descontento social. Hablaban de sus
creencias a una gente asfixiada por la desigualdad, malviviendo y trabajando de sol a sol, y
todo para ver cómo con el esfuerzo de su trabajo, mantenían al clero católico y la nobleza.
Muchos se sintieron predispuestos a la herejía, por la creciente repugnancia que inspiraba
tal lujo y las actividades políticas de la Iglesia de Roma.
Uno de los mayores atractivos del catarismo fue que no existían rituales, todo era
natural y tolerante para los seguidores. No tenían que renunciar a nada, ni siquiera a vivir
en la opulencia o a los placeres carnales. Si eran sus seguidores los que pecaban, quedaba
justificado por la debilidad de la carne, por tanto era culpa del demonio. Solo les pedían
que nunca se olvidaran de los pobres, se arrepintieran de sus pecados y, en especial, fueran
sinceros con ellos mismos y con los demás. Y además, ofrecían ciertos beneficios a sus
creyentes aristócratas o burgueses, ya que podían seguir enriqueciéndose con sus
actividades sin que los buenos hombres, a diferencia de sacerdotes y obispos católicos, los
señalaran con el dedo y los tildaran de usureros, como consecuencia de sus rentables
operaciones monetarias; incluso los campesinos o miembros del pueblo llano, encontraban
muy positivo el posicionamiento del catarismo en Languedoc.
La religión de los cátaros, como otras religiones dualistas, tampoco aceptaban los
sacramentos de la Iglesia católica, en concreto la habitual práctica cristiana de bautizar al
recién nacido, al considerar que lo recibían los niños sin uso de razón. Ellos contemplaban
un único sacramento, que era una especie de bautismo, comunión y extremaunción,
denominado el Consolamentum. Sacramento parecido al bautismo, que se hacía por
imposición de manos, sin agua y en el que se decían unas palabras del Evangelio de San
Juan, ya que eran seguidores de San Juan Evangelista y María Magdalena. Este
sacramento, del Consolamentum, se administraba en dos circunstancias diferentes: a los
creyentes más fieles y abnegados de ambos sexos que habían llegado a la edad adulta, y
15
una vez bautizados, se convertían en Parfait (Perfectos); también, lo recibían la mayoría
de la población a la hora de su muerte, lo que permitía a muchos creyentes ser perdonados
de sus pecados y placeres mundanos antes de morir. Este rito se divide en: Baptisma, que
concedía al candidato el derecho de rezar el Padrenuestro y la condición de miembro de
filas; y la Teleiosis, mediante la que se perdonaban los pecados y se libraba a los
beneficiarios de los efectos de la caída de los ángeles (ángeles que habían sido expulsados
del Cielo por desobedecer los mandatos de Dios).
Un Perfecto, solo podía ser elegido por otro Perfecto, quien, durante un año de
prueba, debía demostrar ser el candidato idóneo. Para ello, tenía que hacer ayunos sin
comer productos de apareamiento (carne, leche, huevos, queso, etc.), rito que solo tenía
que ser seguido por los perfectos, no por los creyentes. No obstante, perfectos y creyente
tenían prohibido matar personas o animales, bajo ningún concepto, posiblemente basado en
la idea de la reencarnación de las almas de un humano a otro, e incluso ocupar el cuerpo de
algún animal.
Rechazaban la confesión de los pecados, que la Iglesia católica hacia en secreto a
través sus clérigos; a cambio, ellos hacían una confesión llamada service o aparelhament,
que era una especie de penitencia pública hecha en comunidad, para arrepentirse de faltas
leves; eran ellos mismos quienes redimían de los pecados.
Tenían otro sacramento, conocido como melhorament; se trataba de un saludo que
servía para mejorar o progresar en el camino del bien. Lo realizaban los creyentes,
inclinándose profundamente tres veces, ante la presencia de un perfecto, suplicando
bendición y rogando a Dios para ser guiado hacia un buen final. Este sacramento, junto con
el aparelhament y el Consolamentum que recibían la mayoría los creyentes antes de morir,
serían de los pocos ritos que podían practicar los creyentes cátaros.
Algunos creyentes cátaros que estaban a punto de morir, iniciaban un ayuno total
tras recibir el consolamentum. Esta práctica se conocía como endura, y era una forma de
ritual de suicidio para asegurarse el tránsito a la nueva vida y la reunificación con el Dios
del bien (para la escuela gnóstica, la endura no era un suicidio, sino la muerte mística y un
renacer del alma inmortal e imperecedera). Del mismo modo, los perfectos practicaban la
castidad, incluso se oponían al matrimonio con propósito de procrear, teniendo que
abandonar a la mujer en el caso de estar casados, ya que significaba traer un alma pura al
mundo material imperfecto y encerrarla en un cuerpo físico. Cualquier transgresión
devolvía al pecador al reino de Satán, perdiendo el Consolamentum, pero esto no incluía a
los creyentes, ya que la abstinencia sexual únicamente era obligatoria para los perfectos.
Generalmente, la predicación era obligación de los perfectos que contaban con atribuciones
en la secta. La predicación pública tenía dos objetivos: por un lado, conseguir el mayor
número de creyentes, y por otro lado, inculcar la idea de que el mundo visible era maligno.
Todo el mundo se sentía atraído por la doctrina cátara, incluso las mujeres veían
cómo empezaban a ser reconocidas en los lugares donde los adeptos a la nueva religión
16
dualista hacían notar su presencia. Realmente, el papel que desempeñó la mujer en la
Iglesia cátara fue amplio y activo, las perfectas predicaban y daban sermones a sus
feligreses. Solían ser aristócratas, y sus casas empleadas como casas de educación,
especialmente útiles para enseñar a los niños y a otras mujeres; eran el lugar donde asistían
a orar los creyentes, sirviendo como auténticos núcleos para la captación de nuevos
adeptos; y sus hogares también servían para acoger a los peregrinos, cuidar de los
enfermos y asistir a los ancianos. Los perfectos y perfectas, también elegían las casas de
conocidos para hacer sus rituales. El papel de la mujer en el catarismo fue muy importante,
ya que gozaban de los mismos derechos y libertades que los hombres. Uno de los aspectos
más significativo del movimiento cátaro, de Languedoc, fue el gran apoyo que recibieron
de las damas de la nobleza, entre las que destacaban: Felipa de Foix, Esclaramunda de Foix
y Ermessenda de Castellbó. La idea de igualdad entre hombres y mujeres, resultaba
amenazadora para los católicos, ya que para ellos, la mujer era el instrumento mismo del
Mal, acusándola de ser la culpable de la expulsión del Paraíso. Y según palabras de
Bernardo de Claraval, abad cisterciense, decía: […]La mujer es el origen de todos los
crímenes y todas las impiedades, engaña e induce al mal mediante sus gestos, sus actos,
sus artificios. Toda ella es carne; su gozo, su imperio, su luz es la noche; no soporta el
pudor, engendra sin orden ni concierto, imperio […]; esclava del dinero, hermosa
podredumbre, dulce veneno, […]es el vicio en persona […]2
Como comentamos con anterioridad, con la aparición del sistema feudad, los
territorios estaban compuestos por multitud de señoríos, condados o vizcondados, bajo el
dominio del señor feudal; y como consecuencia, la Iglesia católica, en los siglos X y XI,
estaba afectada por varios problemas: la investidura laica, la simonía y la clerogamia. Los
señores feudales intervenían en la elección de abades y obispos; los elegidos, no siempre
con vocación episcopal, juraban fidelidad al señor feudal, y por tanto, se convertían en sus
vasallos y, a su vez, eran nombrados señores del territorio anejo al obispado. Por tanto, la
más común de las simonías llevó, a príncipes y monarcas, a vender obispados y cargos
espirituales, al mejor postor. Otra consecuencia de la investidura laica era la clerogamia o
nicolaismo, ya que algunos obispos no guardaban celibato y vivían en concubinato, con el
consiguiente daño moral a clérigos y fieles. Contra estos terribles problemas comenzará a
luchar el papa, Gregorio VII, en 1073. Y en diferentes concilios prohíbe el ejercicio del
sacerdocio a todo clérigo simoníaco o en concubinato, y prohíbe la investidura laica bajo
pena de excomunión, tanto para el que la da como para el que la recibe. Enrique IV, del
Sacro Imperio, desobedeció al Papa y en 1075 nombra antipapa a Clemente III. Aunque de
nada serviría ya que, sus sucesores, continuarían el camino emprendido por el papa de la
reforma gregoriana.
El movimiento hereje en Languedoc seguiría ganando adeptos, durante el siglo XII
y principios del XIII, por lo que tras varios concilios, se acuerda acusar de cómplices a
aquéllos que dejen residir a los herejes en sus dominios, y articular medidas contra ellos o
contra quienes tengan trato con ellos. El papa Celestino III, trató de frenar el auge del
catarismo mediante una política misionera, multiplicando las fundaciones cistercienses y
2
David Barreras y Cristina Durán, Breve historia de los Cátaros. Ed. Nowtilus, Madrid, 2012, pp. 1919 (kiindle)
17
enviando a predicadores de relevancia, pero no obtiene los resultados deseados. La
situación resultaba desesperada para la Santa Sede; para acabar con los cátaros, por un
lado, hubo una acción basada en la excomunión, y por otro lado una acción ofensiva,
consistente en dar la bendición a quien persiguiera a los herejes con la violencia. Los
herejes obstinados serían proscritos y sus bienes confiscados. Las penas fueron muy
severas, se quemó a los vivos y a los muertos, pero aun así, no acabaron del todo con la
herejía. Hasta que en 1184, en el Concilio de Verona se establecen los primeros cimientos
del Tribunal de la Inquisición, que perseguiría a toda herejía que no estuviera de acuerdo
con los dogmas católicos, persiguiendo a los sospechosos por denuncias particulares.
En 1198, cuando Inocencio III ascendió al trono papal, el Languedoc parecía
definitivamente perdido para Roma. Este papa creía que los métodos resultaban ineficaces,
porque los clérigos católicos no habían sido bien instruidos, contaban con pocas iglesias
locales y sus escasos obispos solo visitaban sus diócesis para recoger rentas. El papa había
proclamado su intención de acabar con la herejía del Languedoc, apoyando incluso el uso
de las armas, si eran para luchar en nombre de Dios. La Iglesia católica consideraba a este
movimiento herético como muy peligroso, ya que podía destruir el valor de la “auténtica
religión”, socavando la posición cristiana oficial. Por ello, a principios del siglo XIII, la
Santa Sede acusa a los grandes señores occitanos de mostrarse inoperantes ante el
desarrollo del catarismo. Inocencio III decide poner fin a la herejía cátara de forma
pacífica, y en 1203, recurre a los monjes del Císter: Raúl de Fontfroide, Pedro de Castelnau
y posteriormente se les une Arnaud Amaury, futuro líder espiritual de la cruzada; los tres
fueron designados legados papales para evangelizar en el Languedoc. Los éxitos logrados
no eran los deseados, por lo que, en mayo de 1206, decidieron regresar. A la vuelta, hacen
una parada en Montpellier, donde coincidieron con dos predicadores castellanos: Diego de
Acebes, obispo de Osma, y su viceprior Domingo de Guzmán, posterior fundador de
la Orden dominica. Este encuentro fue decisivo. Los legados les plantearon sus dificultades
cuando predicaban y ellos les aconsejaron la pobreza, ir en parejas, y en definitiva, llevar la
vida de los apóstoles, de igual forma que hacían los cátaros. Hasta aquel momento, su
puesta en escena no era la más adecuada, ya que recorrían el país en lujosos coches de
caballos acompañados de todo su séquito. Precisamente, se producía el efecto contrario, ya
que el lujo y la suntuosidad era lo que más reprochaba el pueblo occitano a la Iglesia
romana.
El papa Inocencio III intenta, una vez más, frenar la actividad cátara, enviando a los
frailes Diego de Acebes y Domingo de Guzmán a predicar en el Languedoc, para
continuar la obra de los monjes cistercienses. Poco a poco, los métodos lograban sus
efectos, convirtiendo a creyentes cátaros e incluso a algunos Perfectos. Diego regresó a
Osma y Domingo de Guzmán eligió entonces como compañero a Guillem Claret, clérigo
de Pamiers, con el que se instaló en Fanjeaux; donde convirtió a un grupo de Perfectas y
mujeres creyentes cátaras, a las que instaló en el Monasterio de Prouilhe, cerca de
Fanjeaux, convirtiéndose en un centro educativo y hospitalario de mujeres, a semejanza de
las casas de las Perfectas. Los logros eran lentos y exigían paciencia, ya que tenían que ir
de población en población, enfrentándose a los predicadores cátaros, que en ocasiones
18
conocían el Evangelio mejor que los propios clérigos católicos, por lo que la campaña de
1207 fue un fracaso.
Al morir Alfonso II, rey de Aragón, en 1196, lo sucede Pedro II su hijo
primogénito, con tan solo dieciocho años. El testamento ordenaba la imposibilidad de
gobernar hasta cumplidos los veinte años; por tanto, su madre doña Sancha de Castilla
seria la regente. Sin embargo, Pedro II, tomó posesión del reino y del título real en las
Cortes de Daroca, en septiembre del mismo año, enturbiando las relaciones con su madre.
Por otro lado, Inocencio III había proclamado su férrea intención de acabar con la
herejía albigense. Pero Pedro II, en 1200 entregaba la mano de su hermana Leonor a
Ramón VI de Tolosa, uno de los nobles afectados por las amenazas del papa. El rey de
Aragón parecía un tanto ambiguo, por un lado, tenía un sentimiento católico, pero por otro,
pretendía mantener la hegemonía política del Languedoc. Motivo este ultimo por lo que en
1204, contrae nupcias con María de Montpellier, quien aportó en dote su ciudad. Sin duda,
un matrimonio de conveniencia, más para asegurar su posición en los condados occitanos
que por amor, del que nacería, su primogénito varón y futuro rey de Aragón Jaime I. El
mismo año de su casamiento, emprendería un viaje a Roma para ser coronado
por Inocencio III y reconocerse vasallo de la Santa Sede. Esta ceremonia, tuvo lugar el 11
de noviembre, con gran pompa; el pontífice le otorgó el título de “católico”, sobrenombre
con el que este rey ha pasado a la historia. Con esta gesta, Inocencio III admitía la
autoridad de Pedro II sobre Languedoc a cambio de su apoyo en la lucha contra la herejía.
Hay que puntualizar que se mostró mucho más inflexible, que su padre, con los herejes,
sentenciándolos a todos a la hoguera; pero no estaba dispuesto a hacer uso de la fuerza
contra sus vasallos, tan culpables para la Iglesia como los propios cátaros, por no condenar
a los herejes.
El legado papal Pedro de Castelnau planteó un acuerdo general de paz a todos los
condes y señores del Languedoc, a cambio de que se comprometieran a evitar préstamos
que no estuvieran de acuerdo con los principios eclesiásticos y perseguir a los
herejes cátaros; pero, en la primavera de 1208 Pedro de Castelnau es asesinado a manos de
un escudero de Ramón VI de Tolosa, cuando volvía de una reunión cerca de Saint-Gilles.
Esta fue la gota que colmó el vaso; el papa Inocencio III pronunciaría un anatema contra el
conde de Tolosa, declarando sus tierras entregadas como presa. El asesinato no fue
ordenado por el conde de Tolosa, pero sobre él y los señores feudales occitanos, con los
que mantenía algún tipo de vínculo, cayó toda la responsabilidad.
Ante la gravedad de los acontecimientos religiosos, el monarca aragonés se
apresuró a solucionar los conflictos; sin embargo, apenas dos meses después del asesinato
del legado papal, Felipe Augusto de Francia recibiría una misiva de Inocencio III instando
al monarca de los francos a acabar con la herejía albigense y a incautar las posesiones de
los nobles que no habían puesto remedio al problema. El rey de Francia se negó, ya que
estaba en guerra con el rey de Inglaterra, Juan I, y no podía mantener dos ejércitos, uno
para defenderse de Inglaterra y otro para perseguir herejes. Tras la negativa, el papa dirigió
una carta a los arzobispos de Narbona, Arles, Embrun, Lyon, Aix-en-Provence, Vienne y
19
Tours, a los obispos de París y de Nevers, así como al abad del Císter y otros prelados de
Francia y Occitania, a los condes, barones y, en definitiva, a todas las poblaciones del reino
de los Capetos.
Un fragmento de la carta decía: “[…]Despojad a los herejes de sus tierras. La fe ha
desaparecido, la paz ha muerto, la peste herética y la cólera guerrera han cobrado nuevo
aliento. Os prometo la remisión de vuestros pecados a fin de que pongáis coto a tan
grandes peligros. Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios
que Dios os inspirará. Con más firmeza todavía que a los sarracenos, puesto que son más
peligrosos, combatid a los herejes con mano dura[…].”3
La misiva implicaba la proclamación de la cruzada. A los cruzados se les prometían
grandes ventajas materiales y espirituales, como, por ejemplo, la absolución de los pecados
y el acceso directo al paraíso para todo el que muriera en el combate contra los herejes.
3
Paul Labal, (1988). Los Cátaros: Herejía y crisis social. Barcelona, Editorial Crítica, 1984, p. 150
20
4. Cruzada albigense
A partir de 1209, sin la ayuda de la Corona francesa; pero sí, con numerosos
condes y señores del norte de Francia, que acudieron en tropel, da comienzo la cruzada
santa, también denominada como cruzada albigense, cruzada contra los cátaros o
como campaña relámpago. Entre los cruzados figuraban como jefe militar de la cruzada,
Simón de Montfort y como jefe religioso, el legado papal y abad cisterciense, Arnaud
Amaury; sobre los que recayó la financiación de la cruzada, que pronto se transformaría
en una guerra entre el norte de Francia y las regiones del sur. Los cruzados se concentraron
en Lyon, uniéndose a la causa más de 200.000 combatientes entre ciudadanos y
campesinos, unos 20.000 caballeros y el clero; o al menos, así lo describe el trovador de la
época, Guillem de Tudèle. También acudieron un gran número de mercenarios y
malhechores, que formaban un irregular conjunto de combatientes franceses, flamencos,
alemanes y aquitanos, sin duda atraídos por la posibilidad de obtener un botín.
Ante la que se avecinaba, Ramón VI de Tolosa actuaría con máxima diligencia,
ofreciéndose a participar en la cruzada, forzando el perdón de la autoridad papal.
Sorprendentemente el papa la acepta, pero a cambio, lo humilla públicamente en Saint
Gilles, su ciudad natal, forzándolo a aceptar unas duras condiciones. Sólo así es reconocida
su buena fe y, el papa Inocencio III, reorienta la cruzada hacia otros señoríos o condados
del Languedoc, cuyos nobles no habían frenado el avance de la herejía.
Las tropas católicas a cargo de Simón de Montfort partieron hacía el Languedoc,
poniendo rumbo hacia los señoríos de la familia Trencavel, a pesar de no haber tenido nada
que ver con el asesinato del legado papal. Fueron por el valle del Ródano, hasta llegar
al Mediodía francés. Raimundo Roger de Trencavel, vizconde de Carcasonne y conde de
Béziers, intentó llegar a un acuerdo con los legados papales, pero fue rechazado por ser
sospechoso de herejía. Trencavel se dirigió rápidamente a Béziers, y puso la ciudad sobre
aviso e inmediatamente partió hacia Carcasonne para organizar la resistencia.
Al llegar los cruzados a Béziers, Arnaud Amaury exigió a las autoridades civiles de
la ciudad la rendición de más de 220 herejes, que figuraba en una lista entregada por el
obispo de Béziers, Renaud de Montpeyroux y advirtió a las autoridades para que los
católicos abandonaran la ciudad y se pusieran a salvo. Las autoridades desoyeron las
advertencias y respondieron: ...preferimos ser ahogados en el mar antes que entregar a
nuestros conciudadanos y renunciar a defender nuestra ciudad y nuestras libertades 4.
Simón de Montfort y Arnaud Amaury, sabían que el vizconde de Carcasonne se estaba
organizando para acudir, en ayuda, a Béziers. Los habitantes de Béziers confiaban en su
fuerza y ni se molestaron en cerrar las puertas de las murallas e incluso decidieron atacar a
los cruzados, y estos contraatacaron, tomando la ciudad de Béziers, mientras los vecinos
huían a refugiarse en las iglesias, herejes incluidos, que para la ocasión no tuvieron
inconveniente en acogerse a sagrado. Los curas se vistieron con toda la pompa posible para
intentar poner freno a la locura desencadenada por los cruzados que avanzaban, casa por
4
Robert Walford, Los Cátaro, entre el mito y la realidad. Ed. Amazonia, Londres, 1998. pp. 2182 (kiindle)
21
casa, matando a todos. No se respetó ni la misma Catedral de Saint-Nazaire. Cuando las
tropas del abad llegaron ante las iglesias atestadas de gente, se dieron cuenta que entre los
cátaros había otros ciudadanos; y al parecer (no está documentado), se dirigieron al legado
papal Arnaud Amaury, para ver cómo distinguir a los buenos católicos de los cátaros, a lo
que Amaury contestaría: ¡Matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos! 5. No se
libraron de la matanza de Béziers, ni los 20.000 vecinos, ni cátaros ni campesinos
refugiados tras sus muros; ni tan siquiera los curas, enarbolando custodias y crucifijos,
fueron respetados por los cruzados.
Tampoco lo hemos conseguido documentar, pero según algunos autores, se cree
que Arnaud Amaury envió a Inocencio III una misiva, dando cuenta de los sucesos
acaecidos el 22 de julio de 1209, en la que un fragmento decía: […]Nuestros bravos no
han respetado ni categoría militar, ni sexo, tampoco rango de edad. Bajo sus espadas
justicieras han perecido cerca de veinte mil herejes. Por último, la ciudad infecta fue
saqueada y quemada. ¡La venganza divina ha resultado maravillosa! 6.
Las noticias de la matanza corrieron como la pólvora por todo el Languedoc, y
muchas poblaciones y castillos se entregaron sin combatir e incluso las encontraron vacías
al llegar. El terror que inspiró la matanza de Béziers fue tal, que poblaciones tan
importantes como Narbona, se rindieron sin apenas ofrecer resistencia.
Simón de Montfort dirigió las tropas a Carcasonne; el avance de los cruzados era
imparable. Aunque Raimundo Roger de Trencavel se consideraba católico, estuvo muy
influenciado por Beltran de Saissac, noble occitano cátaro de Languedoc y vasallo del
vizconde de Carcasonne, que había sido su tutor, desde el fallecimiento de su padre.
Trencavel había sido incapaz de expulsar a los cátaros porque había convivido con ellos y
decía que los veía vivir con gran honestidad.
El 1 de agosto de 1209, las tropas llegaron a Carcasonne, donde se detuvieron ante
las murallas. El joven vizconde, Raimundo Roger de Trencavel, defendió heroicamente un
tremendo asedio a Carcasonne; pero el calor y la falta de agua lo obligaron a entablar
negociaciones con los asaltantes, para ello pidió ayuda al rey Pedro II de Aragón, pero éste,
sólo consiguió el perdón para él y 12 caballeros que eligiera. Trencavel rechazó la
propuesta y el asedio continuó, pero la situación era insostenible y el Vizconde se vio
obligado a negociar. Tuvo que entregar Carcasonne a cambio de su vida y las 25.000
personas que se encontraban dentro de la ciudad. Pero el legado papal Amaury y el jefe
militar Simón de Montfort, faltaron a su palabra, y lo apresaron, encerrándolo en las
mazmorras de su propio castillo, despojándolo de todos sus títulos y bienes en nombre de
la Iglesia. Dos meses después murió, supuestamente de disentería, o tal vez envenenado
por orden del nuevo vizconde de Carcasonne, Simón de Montfort, que estaba muy
interesado en poseer sus tierras y títulos.
5 Stephen O’Shea, Los Cátaros. Ediciones B, Barcelona, 2015 pp. 1622 (Kindle)
6
Robert Walford, Los Cátaro, entre el mito y la realidad. Ed. Amazonia, Londres, 1998. pp. 2205 (Kindle)
22
Una vez superados los cuarenta días de servicio en la cruzada, muchos
combatientes finalizan su intervención en la misma; los grandes nobles franceses que
habían participado en la expedición occitana de 1209 consideraban que la cruzada
albigense había finalizado tras la toma de Carcasonne y, a partir de ahí, estimaban que era
asunto de Montfort. Entre ellos, quedaba liberado el conde de Tolosa, que aprovecharía
para ampliar su actividad diplomática y mitigar las condiciones impuestas por el papa, ya
que además de reprimir la herejía, estaba obligado a desmantelar los castillos y expulsar a
los caballeros de sus territorios. Ramón VI se alió con los cónsules y los habitantes de
Tolosa, en lugar de ir contra ellos, ya que muy pocos deseaban pasar a manos de los
invasores franceses; por ello fue nuevamente excomulgado y sería perseguido.
En la primavera de 1210, Simón de Montfort prepararía la ofensiva contra
Minerve, pequeña población entre Carcasonne y Béziers, en la que después del saqueo
de Béziers, se habían refugiado los cátaros y faidits (caballeros y señores del Lnaguedoc
que se encontraron desposeídos de sus tierras durante la cruzada) de la región. Las
sorprendentes defensas naturales, a las que se sumaba una muralla doble bordeando un
inexpugnable castillo, disuadieron a Montfort de intentar un asalto. El lugar sólo podía ser
tomado teniendo en cuenta el calor y la sequía; para ello, la catapulta más grande, apuntaba
al pozo, con el objetivo de destruirlo. A principios de verano, en el interior de la ciudad,
empezaron a escasear los víveres y tras siete semanas de asedio, destruyeron el pozo y el
vizconde de Minerve, Guilhem Bernat III, tuvo que negociar la rendición. Consiguió
salvarse él y a todos los habitantes de Minerve, exceptuando a 150 cátaros refugiados en la
ciudad, que murieron el 22 de julio de 1210, en una gigantesca hoguera, al no renunciar a
su fe. Esta fue la primera gran hoguera colectiva de la Cruzada albigense.
Posteriormente, caerían pueblos y castillos como Termes y Cabaret, quienes
mantuvieron fuertes vínculos con los cátaros, acogiéndolos en sus tierras y sufriendo con
ello los ataques de los cruzados. El Señor de Termes era un vasallo importante de la
familia Trencavel, y su implicación con los cátaros fue muy notoria. Mientras que, el
Castillo de Foix, ocupaba una posición estratégica, sufriendo varios asedios en su historia,
entre ellos el de la cruzada albigense, pero el castillo era prácticamente impenetrable y
Simón de Montfort siempre fracasó. Como resultado, la invasión de los cruzados no tuvo
consecuencias graves para el condado de Foix, que se convirtió en refugio privilegiado de
los cátaros perseguidos.
En pleno mes de agosto de 1210, las tropas de Simón de Montfort se presentan ante
la fortaleza de Corbières, población cercana a Perpiñán. Los defensores del castillo,
resisten durante cuatro meses el asedio, pero justo, cuando se iban a rendir por falta de
agua, la noche de antes cae una enorme tormenta. Los asediados no dudan en beber, pero
las cisternas sucias les provocan disentería y días después terminan rindiéndose.
En marzo de 1211, se reanudan los combates y sitiarían Lavaur, enclave cátaro del
Lauragais donde habitaba la noble perfecta Guiraude. En el castillo contaban con un
contingente de ochenta caballeros y con el apoyo del conde de Tolosa y de Foix; que
masacraron a una columna de seis mil cruzados germanos que avanzaban hacía Lavaur
23
para reforzar las hordas de Montfort. Aún así, los cruzados, consiguen derribar un tramo de
muralla y asaltar la ciudad. Todos sus caballeros fueron masacrados, la perfecta resultó
lapidada en el interior de un pozo y unos cuatrocientos cátaros quemados en la hoguera.
Durante estos dos intensos años, gran parte de la población occitana fue
considerada hereje, sufriendo enormes atrocidades y muriendo una parte importante de
ella. Circunstancia ésta que obligó a los cátaros a cambiar de estrategia, dispersándose por
los sitios más recónditos de la región. La política anexionista de los cruzados franceses
constituía una amenaza para los señoríos o feudos de Languedoc y especialmente para la
Corona de Aragón. Numerosas poblaciones como Limoux, Fanjeaux, Montréal, Albi,
Castres, Lombers, Pamiers, Saverdun y Saisacc, pasarían a manos del líder militar de la
cruzada, Simón de Montfort, tras rendirse sin apenas ofrecer resistencia.
El conde de Tolosa, buscaría aliados en el rey de Aragón y en sus vasallos, el conde
de Foix y de Cominges. Hasta ese momento, Pedro II el Católico, se había mantenido al
margen, ya que la cruzada estaba dirigida contra la herejía, y él, como católico, estaba a
favor de la autoridad de la Iglesia.
Simón de Montfort intentó que Pedro II lo reconociera como señor de las
posesiones conquistadas, pero las condiciones impuestas en el Concilio de Lavaur, eran
inaceptables para Aragón y Languedoc; sólo resultaban satisfactorias para los intereses
franceses. La autoridad del monarca de Aragón en el Languedoc contaba con el
reconocimiento del conde de Tolosa, el conde de Foix y Cominges, el vizconde de Bearn y
los faydits de los vizcondados de Carcasona y Béziers (ahora en poder de los cruzados).
Todos ellos se apresuraron en esos difíciles momentos a reconocerse vasallos del rey
Católico, por lo que la respuesta, ante el fracaso de la vía diplomática, no podía demorarse
más. Pedro II lo intentó todo, llegando incluso a concertar el matrimonio entre su heredero
y único hijo, el futuro Jaime I el Conquistador, y la hija de Montfort, entregando al
pequeño como garantía en la ciudad de Carcasonne.
El papa Inocencio III pretendía acabar de raíz con la herejía cátara, aunque ello
implicara arrebatar Occitania al rey aragonés y a sus vasallos para entregársela a Francia. Y
por otro lado, Montfort quería acabar con el conde de Tolosa, ya que su fin principal era
conquistar todo el Mediodía francés; estaba más interesado en satisfacer sus ambiciones
políticas, que en restablecer la religión católica en aquellos territorios. Los cruzados habían
invadido el Mediodía de Francia, quedando Muret en manos de Simón de Montfort; dada
su situación estratégica entre los ríos Loja (Louge) y Garona, sirvió de base para la
sangrienta y decisiva contienda que culminó con la batalla de Muret.
La batalla enfrentó, el 13 de septiembre de 1213, a Pedro II de Aragón y sus aliados
contra las tropas cruzadas y lideradas por Simón IV de Montfort, que contaban con el
apoyo de los Capetos y del papa Inocencio III. La batalla tuvo lugar en una llanura de la
ribera izquierda del Garona, cerca del castillo de la localidad occitana de Muret, al sur de
Tolosa. Simón de Montfort contaba con unos 900 hombres y pocos víveres para aguantar
mucho tiempo, con lo que tuvieron que planear un buen ataque para acabar rápidamente
24
con sus enemigos. El ejército de Pedro II parecía partir con ventaja, no sólo por contar con
más efectivos, sino también como consecuencia de su amplia experiencia, en la reciente
batalla de las Navas de Tolosa. Montfort consideraba que refugiarse tras la fortaleza de
Muret en esas circunstancias perjudicaría a sus tropas y que de esta forma, la batalla
acabaría derivando en un prolongado asedio para el cual no estaban preparados. Sin
embargo, lo sucedido en Muret, pronto pondría de manifiesto que los ejércitos comandados
por el rey de Aragón tenían puntos débiles. Un error estratégico y político de Pedro II el
Católico, provocaría su muerte y la tremenda derrota para Aragón. Las tropas aragonesas y
occitanas sufrieron la pérdida de unos 15.000 o 20.000 hombres. El triunfo correspondió a
Simón de Montfort, convirtiéndose en duque de Narbona, conde de Tolosa, vizconde de
Béziers y vizconde de Carcasonne. Estos acontecimientos marcaron el inicio de la
dominación de los reyes franceses sobre Occitania y el fin de la expansión aragonesa en la
zona.
Este hecho acarrearía duras consecuencias para la monarquía aragonesa y sus
vasallos, ya que todos ellos serían condenados y sus tierras acabarían siendo confiscadas.
Por tanto, Ramón VI se exiliaría en la corte de Inglaterra; el conde de Cominges volvería a
su feudo, tras el juramento de no volver a apoyar a los herejes y la obligación de peregrinar
a Roma; y, el conde de Foix, vuelve a su feudo porque su castillo resultó inexpugnable
para Montfort. Finalmente, el hijo de Pedro II de Aragón, de cinco años, permanecería un
año como rehén bajo la custodia de Simón de Montfort, hasta que, el papa Inocencio III,
obligó al líder de la cruzada a ceder la tutela del infante Jaime a la Orden militar de los
caballeros del Temple; permanecería en el castillo de Monzón, ya que había quedado
huérfano de padre y madre, puesto que ese mismo año también falleció la reina María de
Montpellier en Roma, a donde había acudido para defender la indisolubilidad de su
matrimonio ante la sede apostólica.
En 1215, en el Concilio IV de Letrán, se le reconoce a Simón de Montfort, el
dominio sobre el condado de Tolosa, reservando al hijo de Ramón VI tan solo los
marquesados de la Provenza y Beaucaire. En este Concilio es donde se empieza a hablar
de procesos inquisitoriales. A partir de 1217, Ramón VI reunificaría de nuevo sus tropas y
tomaría Tolosa; antes de su muerte (1222), había arrebatado al hijo de Montfort casi todas
las conquistas de su padre.
Tras la cruzada albigense, surgen las órdenes mendicantes. Son órdenes religiosas,
confirmadas por el papa Honorio III, en el año 1216. Nacen con el objetivo de transformar
el modo de vida de los católicos, y se caracterizaban por vivir de la caridad y profesar
votos de castidad y obediencia. Estas nuevas órdenes mendicantes se dividían en la orden
de los Dominicos, fundada por Santo Domingo de Guzmán, que se distinguía por su
vocación y por la predicación, y la orden de los Franciscanos, fundada por San Francisco
de Asís, que atendía preceptos como no tener propiedades, ni recibir dinero.
En 1231, incapaces de acabar con la herejía, se establece el Tribunal de la
Inquisición, que acabaría finalmente con el catarismo. No se conoce a ciencia cierta, la
cifra de los cátaros que murieron en los veinte años que duró la cruzada albigense, pero los
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hombres, mujeres y niños que practicaban el catarismo, fueron masacrados, e incluso
quemados vivos, hasta que sus ideas fueron erradicadas, casi por completo. Su historia fue
aniquilada en las hogueras, donde quemaron tanto a los cátaros como a todos los que
simpatizaban con ellos; esta vez sí que acabaron prácticamente con el catarismo. A partir
de 1240, los cátaros se vieron obligados a cambiar de estrategia, pasando a ser más
sigilosos y dispersándose por sitios recónditos de la región, albergando una comunidad de
unas 500 personas. Se cree que estos cátaros estaban protegidos por el obispo cátaro de
Toulouse, Bertrand Martí Guilhabert de Castres. Al parecer, cambiaron sus vestimentas,
predicaban en cabañas e incluso las perfectas empezaron a ingresar en el convento de
Prouilhe. Los pocos cátaros que quedaban, emigraron a Italia a unirse a sus
correligionarios. En Italia los herejes no eran perseguidos, debido a los sentimientos
anticlericales y antipapales de los habitantes de las comunas y porque las ciudades eran
autónomas; todo ello garantizó protección a la herejía durante la primera mitad del siglo
XIII.
Los únicos castillos cátaros fueron Montsegur y Quéribus, el resto fueron fortalezas
utilizadas como defensa en la cruzada dirigida contra ellos. El castillo de Montsegur
construido a petición del clero cátaro, resultó una fortaleza inexpugnable y un centro
espiritual, de gran simbolismo cátaro. Algo intolerable, tanto para la Iglesia Católica como
para el rey de Francia. La lucha finaliza el 16 de marzo de 1244, cuando después de un
duro asedio, motivaría su rendición de sus defensores, y la de unos doscientos cátaros que
fueron quemados en la hoguera, lo que provocaría la caída de la fortaleza de Montsegur. Y
el Castillo de Quéribus también fue una fortaleza cátara, cerca de Cucugnan y en el macizo
de Corbières, que sirvió de refugio para los cátaros y fue el último bastión de la resistencia
cátara, hasta que, en 1255, cayó en manos de los cruzados.
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5. Conclusiones
Desde mediados del siglo XIII hasta principios del siglo XVII, casi todos los
territorios de los señores occitanos fueron incorporados al Reino de Francia. El catarismo
se vio muy reducido y los pocos cátaros que quedaban, emigraron a Italia para unirse con
sus correligionarios, sufriendo el mayor declive de su historia y desapareciendo totalmente
durante el siglo XIV.
La impresión personal es que durante años e incluso siglos, a los cátaros y a su
historia se les ha hecho desaparecer, incluso después de muertos, tanto por parte de la
Iglesia Católica, como por parte de las instituciones. Es un tema que costó la vida de miles
de inocentes y sin embargo, no solo no se estudia en las escuelas, sino que tampoco se
estudia, en profundidad, en la Universidad, en los Grados de Historia. Es a partir del siglo
XX, cuando surgieron diversos movimientos para preservar y recuperar su cultura y su
patrimonio histórico. En numerosos artículos se puede leer sobre el “gran interés” que
suscita la existencia de los cátaros; y, aunque es cierto que el tema origina cada vez más
interés, no es menos cierto, el desconocimiento de una gran mayoría de la población. Para
refutar este hecho, hemos realizado una pequeña encuesta y los resultados muestran que el
74% afirma haber oído hablar de los cátaros y sitúan el Languedoc en el sur de Francia;
hasta un 80% asegura haber leído o visto algún artículo o documental; y realmente, son
muy pocos, tan solo un 8%, los que saben en qué consistía este movimiento filosófico-
religioso dualista, su modo de vida y su historia. Y resulta bastante chocante, que afirmen
no saber quiénes son los cátaros; y sin embargo, aseguren haber leído o visto algún artículo
o documental sobre los cruzados; por lo que, posiblemente, los confunden con la primera
cruzada a Tierra Santa.
Es cierto, que el tema que despierta un “gran interés” es la búsqueda del Santo Grial
o cáliz usado por Jesucristo en la última cena; y, la leyenda, asegura que la pieza más
preciada del tesoro de los cátaros era el Santo Grial, y que, incluso, estuvo custodiado por
Esclaramunda de Foix (hermana de Raimundo Roger I de Foix), en el castillo de
Montsegur. Según cuenta la leyenda, la noche anterior a la rendición, cuatro hombres se
descolgaron por las murallas de la fortaleza y por las escarpadas laderas, para poner a salvo
el tesoro cátaro en alguna de las grutas o cuevas de la montaña. Jamás se han encontrado
evidencias sobre la existencia de dicho tesoro.
En la actualidad, el concepto del catarismo se está explotando con fines comerciales
y turísticos, como la marca Pays Cathare para la promoción del departamento del Aude o
la ruta de los denominados castillos cátaros.
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Mapa de los condados del Languedoc
Catedral de Saint-Nazaire, de Béziers
28
Expulsión de los cátaros
Mapa antiguo de la región
29
Santo Domingo de Guzmán Inocencio III
Mapa de los castillos cátaros
30
Carcasonne, Francia
Dama cátara, Guiraude, torturada por Simón de Montfort en Lavaur
31
32
Castillo de Foix
Castillo de Monzón. Orden del Temple
Mapa de las estrategias en la batalla de Muret
33
Logotipos actuales de Pays Cathare
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Bibliografías
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- Stephen O’Shea, Los Cátaros. Ediciones B, Barcelona, 2015.
- Robert Walford, Los Cátaro, entre el mito y la realidad. Ed. Amazonia, Londres, 1998.
- David Barreras y Cristina Durán, Breve historia de los Cátaros. Ed. Nowtilus, Madrid, 2012.
- Luis García-Guijarro Ramos, Papado, cruzadas y órdenes militares, siglos XI-XIII. Ed. Cátedra,
Madrid, 1995.
Fotografías
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monumentos/cathedrale-saint-nazaire-et-saint-celse-160092
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