La biografía de Louisa May Alcott
Sus padres eran Abigaill May y el pedagogo, escritor y
filósofo trascendentalista Amos Bronson Alcott, vinculado al abolicionismo,
al sufragio femenino y a la reforma educacional. Louisa tenía tres hermanas,
Anna, Lizzie y Abba May. Su hermano Dapper murió cuando todavía era un
niño.2 Creció y vivió en Nueva Inglaterra. Las cuatro hermanas fueron
educadas en su propio hogar por su padre, mientras recibían visitas de ilustres
vecinos como Nathaniel Hawthorne, Henry David Thoreau, Theodore
Parker, Margaret Fuller o Ralph Waldo Emerson.2
A temprana edad, para ayudar económicamente a su familia, comenzó a
trabajar esporádicamente como maestra, costurera, institutriz y escritora; su
primer libro fue Flower Fables (1855), formado por cuentos originalmente
escritos para Ellen Emerson, hija de Ralph Waldo Emerson.
Durante su adolescencia y principios de la edad adulta, Alcott compartió la
pobreza y los ideales trascendentalistas de su familia. Posteriormente esta fase
de su vida fue descrita en el relato Fruitlands. Una experiencia transcendental3
(Transcendental Wild Oats and excerpts from the Fruitlands Diary), reimpreso
en el volumen Silver Pitchers (1876), que narra las experiencias de su familia
durante un experimento utópico de «pleno vivir y elevado pensar» en
«Fruitlands», en la ciudad de Harvard, Massachusetts, en 1843.
Nunca contrajo matrimonio y se mostró, al igual que sus progenitores, activa en
el plano social y político durante toda su vida, alineándose en contra de la
esclavitud y apoyando con ahínco el voto de la mujer.2 Fallecida su madre, se
hizo cargo de su hogar.
En la Guerra de Secesión fue enfermera en el Hospital de la Unión,
en Georgetown, Washington D. C., durante seis semanas entre 1862 y 1863.
Murió en Boston el 6 de marzo de 1888 a causa de las secuelas
del envenenamiento por mercurio contraído durante su servicio en la guerra, el
mismo día en que su padre era sepultado. Tenía 55 años.
Mujercitas
Capitulo I
Jugando a los peregrinos
Cuando el reloj dio las se las niñas se preparaban para recibir a su madre.
Después de limpiar la chimenea, Beth puso ante el fuego unas zapatillas para
entibiarlas. Meg encendió la lámpara. Amy dejo la mecedora y Jo se levantó
para acercar más las zapatillas al fuego.
Están gastadísimas – dijo-. Mama necesita un par nuevo.
- Pienso comprárselo con mi dólar –declaro Beth.
- ¡Yo se lo comprare! –afirmo Amy.
- ¡Yo soy la mayor!... –comenzó a decir Meg.
Pero Jo la interrumpió:
- desde que se fue papa yo soy el hombre de la casa y yo comprare las
zapatillas. Me dijo que cuidara especialmente de mama durante su
ausencia.
Les propongo una cosa –dijo Beth-. Todas le compraremos algo a mama para
navidad. Y nada para nosotras.
todas corrieron a dar la bienvenida a una señora corpulenta y de aspecto
maternal. No era una mujer muy hermosa, pero las madres siempre lo son para
los hijos, aun con la capa gris y el sombrero pasado de moda que a ellas les
parecía una elegancia.
- tengo una sorpresa para ustedes… para después de comer
Jo arrojo su servilleta gritando:
- ¿una carta? ¡una carta! ¡una carta de papa! ¡tres vivas por papa ¡
- Si: es una larga y linda carta. Papá se encuentra bien y envía los
mejores deseos para navidad
- ¡terminemos luego! no te demores haciéndote la delicado Amy –exclamo
Jo, ahogándose al tomar el té y dejando caer el tostado con la parte de
la mantequilla al suelo
- ¿Cuándo volverá papa a casa? –pregunto Beth.
- Falta mucho todavía. Se quedará y cumplirá su misión todo el tiempo
que pueda. Ahora… vengan y escuchen su carta.
Todas se colocaron cerca del fuego y la señora March comenzó la lectura. En
las últimas líneas el corazón de papa desbordaba de amor y ansias por ver
nuevamente a sus hijas
“dales todo mi amor. Diles que en el día pienso en ellas y rezo por ellas en la
noche. Que se acuerden de ser muy cariñosas contigo, de cumplir sus
obligaciones, de ser valientes con sus enemigos internos para que yo pueda
estar todavía más orgulloso de ellas cuando vuelva.”
Todas lloraron en esta parte de la lectura y Jo no disimulo el lagrimón que
corrió hasta la punta de su nariz. Tampoco le importo a Amy que se dañaran
sus rizos ocultos la cara en el hombro de su madre, exclamando:
- ¡soy una inútil egoísta, pero tratare de mejorar para que él no se
avergüence de mí!
- ¡todas haremos lo mismo! –dijo Meg-.
- Y yo prometo ser menos salvaje –murmuro Jo. -haremos como dice
mama –dijo pensativamente Meg-. Trataremos de ser buenas, aunque
nos cueste y a veces nos cueste y a veces nos olvidemos… “el viaje del
peregrino” puede ayudarnos.
- Pero deberíamos tener nuestras instrucciones, como Christian. ¿Cómo
arreglaremos eso? -reflexiono Jo.
- En la mañana de navidad, busquen debajo de sus almohadas y
encontraran el guía –replico la señora March.
Capitulo II
Una feliz navidad
Jo fue la primera que despertó, en el amanecer de la navidad, no colgaban
medias de la chimenea y eso la entristeció por un momento, hasta que recordó
la promesa de su madre; bajo la almohada había un libro de tapas rojas; un
libro bien conocido, pues era la bella historia del peregrino. A Jo le pareció una
buena guía en la larga aventura de la existencia. Las otras hermanas
encontraron también el hermoso libro con tapas de distintos colores
- ¿Dónde está mama? –pregunto Meg corriendo un rato más tarde para
agradecerle el regalo.
- Sabe dios donde estará –replico Hannah, la empleada que estaba con la
familia desde el nacimiento de Meg-.
- Se fue a ayudar a una familia de con una mujer un recién nacido y otros
síes
Las niñas le cedieron su desayuno a esa familia
- Eso es amar al prójimo más que a uno mismo, y me gusta – comento
Meg al llegar a casa, mientras arreglaban los regalos y la mamá estaba
en el segundo piso, buscando ropa aquellos pobres.
- A los que la mama bajo Beth empezó a tocar el piano Amy abrió la
puerta y Jo exclamo tres vivas por mamita haciendo cabriolas, mientras
Meg conducía a su madre al puesto de honor
- La señora March quedo sorprendida como emocionadas al ver los
regalos de las niñas
A la hora de cenar las niñas se acercaron a la mesa y encontraron una mesa
llena de golosinas y cuatro ramos de flores.
- Es un regalo del viejo señor Laurence y como se le ocurrió si ni siquiera
los conocemos
- Hannah le conto a las sirvientas del señor Laurence y este me mando a
llamar para preguntarme si podía enviarles golosinas y aquí están
Capitulo III
El chico Laurence
- ¡Jo! ¡dónde estás? –grito Meg, desde el pie de la escalera que conducía
al desván
- Aquí -respondió desde arriba una voz ronca
Subí Meg arriba encontró a su hermana acomodada en medio de una sábana
logrando y con seis manzanas ante una novela
- ¡qué te parece? La señora jardines da una fiesta mañana y nos invitó a
las dos –exclamo Meg agitando la invitación y leyéndola con deleite
después
En víspera de año nuevo la sala estaba desierta, pues las dos hermanas
menores ayudaban a sus mayores en la preparación de la tenida que, aunque
eran sencillas, provocaban muchas carreras, muchas conversaciones y risas
Jo estaba apegada a la pared viendo como bailaba la gente especialmente,
Meg que, aunque la zapatilla le apretaban se movía con ágil elegancia
De pronto Jo vio a un chico pelirrojo se acercaba con miedo a que la sacara a
bailar se deslizo detrás de una cortina con la esperanza de divertirse espiando
el baile
Desgraciadamente, otra persona había escogido el mismo escondite era el
muchas Laurence
- Perdón –exclamo Jo-. No pensé que hubiera otra persona aquí
- Por mí no se preocupe. Quédese si quiere
- ¿no lo molesto?
- Ni un poquito. Me metí aquí porque no conozco casi a los invitados y me
sentí un extraño
- ¿y cómo está su gato señorita March? -pregunto el muchacho tratando
de mostrarse serio
- Muy bien, gracias, señor Laurence. Pero no soy la señorita March. Soy
Jo solamente.
- Y yo no soy el señor Laurence. Soy solamente Laurie.
Se pusieron a bailar en el gran vestíbulo de afuera
Hasta cuando se toparon a Meg que se había torcido el un pie por culpa de la
zapatilla
- ¿Las puedo llevar en mi coche a su casa? –pregunto Laurie-.
Las chicas aceptaron y Laurie las llevo a casa al entran a la casa aparecieron
dos cabecitas con gorro de dormir y dos voces soñolientas comenzaron a
pregunta por la fiesta. Jo había traído unos bombones para las hermanitas que
después de escuchar algunos pormenores de la velada se fueron a dormir
todas.
Capitulo IV
Cargas
A la mañana siguiente ambas comentaban sobre lo pesado que era reanudar
sus obligaciones. ¡que ganad de que siempre fuera navidad y año nuevo!
Aunque tal vez no sería tan divertido, sin alterar las diversiones con el trabajo,
que ellas llamaban sus cargas. Jo se ocupaba de la tía March en tanto que
Meg debía cuidar de cuatro niños malcriados, que no le daban ánimos ni de
arreglarse “¡de que vale acicalarse cuando solo me ven esos niños malcriados
si no fuera porque a veces tengo algo de diversión, ya me hubiera convertido
en una vieja fea y agria.”
Asi estaba de ánimo de Meg cuando bajo a desayunar. Las demás no estaban
mejor: todas fuera de compas y algo gruñonas. La señora March muy muy
ocupada en terminar una carta y hasta Hannah estaba de mal humor con la
trasnochada. Y tosas se la arreglaban para discutir entre ellas, hasta que
intervino la mama:
- ¡Por favor niñas tengo que despachar esta carta por el primer correo y
no me dejar terminar con sus discusiones!
- ¡Hasta luego, mamita! ya volveremos convertidas en angelitos. Vamos,
Meg. –todo esto dijo Jo sin perder el aliento.
Cuando el señor March perdió sus perdió sus bienes por ayudar a un amigo,
las dos chicas mayores pidieron que les permitieran trabajar, para contribuir al
menos a su mantención. Asi fue como Margaret entro de institutriz de aquellos
niños, y se sentía rica con su pobre sueldo
Por su parte, Jo resulto útil para tía March estaba coja y necesitaba alguien que
la atendiese. Como no tenía hijos, la anciana había ofrecido adoptar a alguna
de las niñas, pero la oferta fue rechazada y quedo muy ofendida.
- Mama cuenta una historia
- Había una vez cuatro niñas que tenían lo bastante para comer, beber y
vestir, pero siempre estaban que quejosas y echaban de menos las
comodidades de otras. Eran buenas y, sin embargo, no dejaban de
pensar en tener esto o aquello. Un día le preguntaron una viejita que
encantamiento podría hacer para alcanzar sus ambiciones. Y ella le
respondió: “cuando se sientan descontentas, piensen en lo que tienen, y
den las gracias por ello”. Las chicas siguieron el consejo y se dieron
cuenta de que el dinero no aparta el dolor y la vergüenza en casa de los
ricos; que gracias a su juventud y optimismo eran más fáciles que una
anciana irritable y débil; que, aunque sea desagradable preparar la
comida eso es mejor que mendigar; y que el buen comportamiento vale
más que una sortija.
- mamita –dijo Meg-, eres muy astuta y nos has mostrado la moraleja de
nuestras propias vidas. Creo que aprenderemos la lección.
- Si. Necesitábamos esa lección y no la olvidaremos. Y si la olvidamos,
recuérdanos como la vieja Cloe de “la cabaña del tío ton”: “pensad en
vuestras bendiciones, hijas, pensad en vuestras bendiciones –agrego
Jo, que no perdía oportunidad de extraer un poco de risa, aunque fuera
de un pequeño sermón inolvidable.
Capitulo v
Buenos vecinos
- ¿puede saberse a dónde vas con este frio? –pregunto Meg-. Harías
mejor en quedarte al lado del fuego.
- Nunca sigo los consejos, ni puedo quedarme quieta todo el día. Me
gustan las aventuras y voy a buscarlas –repuso Jo, saliendo de pala y
escoba abrir senderos en la nieve del jardín.
El jardín separaba con un seto la casa de los de la del señor Laurence. Ambas
estaban situadas en un barrio todavía algo rustico de la ciudad. A un lado del
seto se levantaba una antigua casa, de aspecto decadente, sobre todo cuando
faltaban las flores y enredaderas del verano. Al otro se alzaba una gran
mansión de piedra que hacía pensar en lejos y comodines; pero parecía una
casa sin vida y sola: no se escuchaban risas de niños, ni había rostros
maternos en las ventanas y por la puerta de calle rara vez pasaba alguien,
como no fuera el joven Laurie o el anciano caballero.
La imaginación de Jo hacía de la mansión un palacio encantado cuyos
esplendores nadie disfrutaba. Le gustaría contemplar esas maravillas y hacerse
amiga del “chico Laurence”, que siempre le había caído bien y mucho más
desde que la fiesta. Hacía ya tiempo que no lo divisaba –tal vez estaba
ausente-
Cuando una tarde vio su rostro algo triste detrás de una ventana: observaba
como Beth y Amy jugaban con bolas de nieve en el jardín vecino.
-a ese muchacho le hace falta compañía –se dijo Jo-. Pasa encerrado… debían
convidarle amigos… o algunos personas jóvenes y animosas.
Jo no olvidaba su deseo de conocer la mansión por dentro y esa tarde en que
nevaba, tan pronto vio como el señor Laurence se alejaba en su carruaje, abrió
un sendero hasta el seto y allí se puso a observar. Todo estaba en calma y la
casa parecía desierta a no ser por una cabeza de pelo negro que se veía en
una ventana de arriba
- Ahí está el pobre muchacho – se dijo y lanzo un puñado de nieve hacia
la ventana. La cabeza del muchacho se volvió y de inmediato se
iluminaron sus ojos. Jo lo saludo con un gesto y agitando la escoba, le
dijo:
- ¿Cómo le va? ¿está enfermo?
El muchacho abrió la ventana y, con voz ronca, le contó que había tenido un
terrible resfrió, pero que ya estaba mejor, aunque solo y muy aburrido, además,
todavía se cansaba de leer y si alguna persona lo hacía en voz alta para él, era
el abuelo que no soportaba mucho los libros que le interesaban al muchacho.
- Y ¿Por qué no invita a una chica simpática que pueda leerle?
El muchacho acogió con entusiasmo la idea y pronto estaba Jo haciéndolo
compañía no sin antes pedirle permiso a su mamá.
- Aquí llegue con mi equipaje –le dijo-. Mama le manda saludos, meg un
poco de budín, Beth sus gatitos para que lo entretengan… ¡oiga! Usted
tiene una hermosa habitación.
Laurie se alegró con los presentes y perdió se timidez, aunque –dijo- tenía que
reconocer que su habitación seria bonita si no estuviera en un completo
desorden.
- ¡eso se arregla! –exclamo la joven, y convirtiéndose en ama de casa
puso orden pocos minutos en los muebles, los libros y los adornos de los
anaqueles. Laurie la observaba hacer con gratitud.
Capítulo VI
Beth encuentra el “hermoso palacio”
Fue una época de cosas agradables. Todos querían al muchacho y este
comentaba a su preceptor que “las Mach eran unas excelentes muchachas”.
Con juvenil entusiasmo las hermanas recibían al solitario muchacho y todos
gozaban y se divertían con mutua amistad.
¡y lo pasaban bien! Había representaciones teatrales, paseos en patines o
trineos, veladas donde los March o pequeñas fiestas en la casa grande. Meg
podía deleitarse con las flores del invernadero; Jo devoraba libros y hacia
moriréis de la risa al señor Laurence con sus comentarios; Amy copiaba
pinturas y gozaba con tanta belleza, mientras Laurie hacía de dueño de casa.
Pero Beth, aunque suspiraba por el piano de cola, no se armaba de valor
suficiente para ir hasta la mansión. Una vez fue en compañía de Jo, el anciano
señor la asusto con su mirada y con el sonoro “¡hola!” de su saludo y Beth juro
no pisar más ese lugar.
El asunto llego misteriosamente a oídos del señor Laurence y en una de sus
breves visitas a la señora March abordo el tema de la música. Beth se acercó
tímidamente hasta quedar tras la silla del anciano, que hablaba de las
lecciones de los profesores de Laurie. De pronto, como si la idea acabara de
ocurrírsele, dijo a la señora March:
- En estos días el muchacho ha descuidado su música, de lo que me
alegro, por una parte, pero por otra el piano se perjudica por falta de
uso, ¿no querría alguna ir estas niñas practicar en él?
- La que va –siguió el abuelo- no tendrá que ver a nadie, pues yo me
encierro en mi estudio, Laurie pasa mucho tiempo fuera y las sirvientas
no se acercan a la sala después del aseo de la mañana.
Y asi diciendo, se puso de como para irse.
Entonces Beth no se contuvo más:
- ¡oh señor Laurence! –exclamo-. A mí me interesa muchísimo…, si nadie
me escucha…
Desde entonces fue todos los días, y llenaba de notas la sala segura de no ser
vista ni oída. Pero no sabía que muchas veces el señor Laurence abría la
puerta de su estudio para escuchar algunas composiciones de su gusto; que
Laurie cuidaba en el vestíbulo que nadie la interrumpiera, y que los libros y
nuevas canciones sencillas habían sido puestos allí para que ella practicara
ordenadamente.
Capitulo VII
Amy y su valle de la Humillación
Las chicas estaban viendo como Laurie cabalgaba
- Me gustaría tener un poco de lo que Laurie gasta en su caballo
Jo se reía del nuevo disparate de Amy, asi es que Meg intervino
- ¿Por qué?
- Lo necesito. Estoy terriblemente endeudada
- Endeudada Amy? Eso es grave…, ¿Qué quieres decir?
Amy explico que debía al menos una docena de limas
- ¿Cuánto necesitas para pagar tú deuda?
Pregunto Meg sacando su monedero.
- Un cuarto de dólar bastaría…
A la mañana siguiente circulo entre las compañeras la noticia de que Amy tenía
24 deliciosas limas: Katy la invito a su fiesta; Mary le pesto su reloj y Jenny,
que siempre se burlaba de Amy por su falta de le ofreció ayudarla con los
problemas de matemáticas.
- No sacas nada con ponerte tan amable, porque no te convidare ninguna
–dijo Amy-.
Llego a los oídos del profesor que Amy tenia limas asi que fue con las
estudiantes
- ¡Atención, señoritas!
Si hizo un gran silencio y cincuenta pares de ojos –azules, negros, pardos y
grises –se clavaron en el temible rostro
- Señorita March…, acérquese… y traiga las limas que tiene escondidas
Al señor David les cargaba el olor a las limas, asi que el asco se agregó a la
ira:
- ¿son todas?
- ¿no hay más?
- Nunca miento, señor.
- Ya lo veo… Ahora tire por la ventana esos repelentes objetos.
- Jamás falto a mi palabra. Señorita March…, extienda la mano.
Asustada, Amy se llevó las manos a la espalda e imploro con la mirada al señor
David, pero este se mostró implacable:
- ¡Su mano, señorita March!
Amy con actitud de desafío soporto varios golpes en la palma de la mano. No
fueron muchos ni muy fuertes, pero era primera vez en su vida que la pegaban
y ni el peor de los golpes la había avergonzado más.
Capitulo VIII
Jo en la horma de su zapato
- ¿adónde van? Pregunto Amy un sábado por la tarde al ver los
preparativos de Meg y Jo.
- Meg dímelo, por favor. Dejen que las acompañe.
- No tengo nada que hacer y me aburro tan sola…
Amy replico que la llevaran, pero fue en vano
Meg le recordó que había estado uy resfriada y por eso mama no quería que
saliera hasta unos días más.
Pero la chica no cedía.
Meg, vacilante, insinuó:
- ¿y si la llevamos?
- Si va ella no iré yo –Respondió Jo furiosamente-. Y si no voy yo, Laurie
se molestará
- ¿Te arrepentirás de lo que has hecho, Jo March
- ¡Pamplinas! –repuso Jo, cerrando la puerta.
Cuando regresaron del teatro, Amy leía en la sala y guardo silencio con aire
ofendido.
Meg, Beth y Amy estaban conversando al caer la tarde, cuando Jo apareció en
la sala, presa de gran agitación, y pregunto con el aliento entrecortado:
- ¿Alguna de ustedes tomo el libro de cuentos que estoy escribiendo?
Me y Beth respondieron que no, muy sorprendidas. Amy no contesto y se puso
a atizar el fuego. Jo vio que enrojecida y se precipito sobre ella:
- Amy, tú lo tienes.
- No lo tengo.
- Pero sabes donde está.
- No sé.
- Por más que te enojes no recuperaras tus malditos cuentos. ¿Por qué?
Porque los queme. Si, los queme. Te dije que me pagarías lo de ayer y
cumplí mi palabra…
Abajo la tormenta amaino con la llegada de la señora March, que fue informada
de los acontecimientos e hizo entender a Amy cuanto deño había hecho.
El día siguiente Jo le pidió a Laurie que la acompañara a patinar
Amy oyó el ruido de los patine
- Síguelos y cuando veas que Jo está de buen humor. Entonces acércate
y dale un beso –repuso Meg-.
- Hare lo posible por seguir tu consejo –contesto Amy
Laurie le dijo a Jo que iba a revisar que una parte del hielo estuviera duro
- ¡no te alejes de la orilla! ¡el centro esta quebradizo! –grito Laurie al llegar
a la curva del rio
Jo vio a su hermana patinando y decidió alejarse, pero se detuvo y regreso al
regresar vio a su hermana intentando salir del hueco que avía en el rio
Quiso llamar a Laurie, pero su voz no le respondía. Quiso correr hacia su
hermana, pero sus pies estaban paralizados. Alguien paso de pronto a su lado
y escucho la voz de Laurie gritando:
- ¡Rápido, rápido! ¡trae una tabla de la cerca!
A sacaron del agua y llevaron a Amy a casa ya en casa Jo lloro porque si
hubiera muerto su hermana hubiera sido su culpa –dijo ella-.
Amy abrió los ojos y se abrazaron y un beso declaro todo olvidado y
perdonado.
Capitulo IX
Meg y la vida social
Meg acomodaba sus cosas un baúl ya que Annie Moffat le prometió llevarla a
su casa por toda una quincena
- El tiempo esta precioso –añadió Beth
- A mí también me gustaría ir dijo Amy.
- Y a mí me gustaría que fuéramos todas juntas –Repuso Meg- pero no es
posible.
La señora March había dudado antes de consentir, pues temía que esa
quincena de fiestas con personas de muy distintos ambientes le dieran más
sinsabores que alegría Meg.
Aunque se sentía “muy rara” Meg procuraba hacer su papel de gran dama y se
manejaba muy bien, a pesar de lo apretado del vestido. Estaba abanicándose y
riéndose de las desabridas bromas de un joven, cuando la risa se le helo al ver
a Laurie frente a ella.
- Me alegra que hayas venido. Pensé que no lo harías –agrego dándose
ínfulas.
Laurie le dijo un montón de cosas a Meg que no le gustaronc
- Eres el tipo más grosero que he conocido –protesto Meg, y muy
ofendida se acercó a una ventana en busca de aire fresco para sus
mejillas
El sábado partió de vuelta a casa. Cuando llego la hora de ir a la cama, Meg
espero que subieran sus hermanas pequeñas se armó de valor, le dijo:
- Mama…, quiero confesarme…
Meg repitió toda su historia, pero ahora diciendo todo.
- Mi conducto fue realmente abominable.
Capitulo x
Experimentos
- ¡viva! Mañana los King se van de vacaciones a la costa por tres meses.
¡que felicidad! –clamaba Meg, esa calurosa tarde al volver a casa.
- ¡lo que es la tía March se fue hoy y no me pidió que la acompañara! ¡soy
libre! –respondió Jo.
- ¿y qué harán en las vacaciones? –pregunto Amy.
- Me quedare en cama hasta tarde y no are nada. Harto tuve que
madrugar en el invierno –afirmo Meg.
- Yo no puedo estar de ociosa, asi es que escogí un montón de libros y
pasare horas leyéndolos arriba del manzano –expuso Jo
- Beth –dijo Amy, ¿Qué te parecería que dejáramos de estudiar por unos
días y nos dedicáramos a la, ociosidad como nuestras hermanas?
- Seri perfecto si mamá está de acuerdo., ¿podemos?
- -hagan la prueba por una semana –repuso la señora March-. Les
apuesto que para el sábado en la noche ya estarán tan aburridas de no
hacer nada, que les darán ganas de trabajar.
- ¡no, no mamita, será maravilloso! –aseguro Meg.
Asi llevaron a cabo sus experimentos
A la hora del té, compararon sus experiencias, comenzando por estar de
acuerdo en que el día fue sumamente largo. Meg había salido de compras y
estaba furiosa porque el género que adquirió no resistía el lavado. A Jo le dolía
la cabeza de tanto leer. Beth estaba preocupada por desbarajuste de su
armario y no sabía por dónde comenzar arreglarlo, y Amy lamentaba el estado
en que la lluvia había puesto a su blanca tenida. Eran puros detalles le
explicaron a su madre.
Después de unos días se dieron cuenta de que la diversión y la ociosidad
cansaban cuando no se hace nada mas
Capitulo XI
EL CAMPAMENTO DE LAURIE
Laurie le había escrito una carta Jo. Escrita con grandes trazos “¡Hola Jo!
Mañana viene a verme unos amigos ingleses. Para divertirlos pienso instalar mi
carpa en Longmeadosu y llevarlos a todos en bote para que juguemos croquet
y almorcemos allí. Haremos una fogata y nos divertiremos a matarnos. Son
gente simpática. También ira Brooke para controlarnos. Kate Vaughn se
encargar de las niñas. Por favor. Vengan todas ustedes. Las raciones y demás
preparativos son de mi cuenta. ¡No me fallen! Con mucho apuro Laurie.”
Jo corrió a informar a Meg y todas a pedir permiso a la mama. “No serán muy
estirados los Vaughn: Kate, algo mayor que Meg; los mellizos, más o menos de
la edad de Jo y Graci, la más pequeña, que tendría unos nueve o diez años
A la mañana siguiente, un sol esplendoroso parecía anunciar que la Jornada
sería buena. Beth, desde la ventana, veía los preparativos de los vecinos y los
comunicaba a sus hermanas.
Y con esto las cuatro hermanas partieron de casa muy felices. Laurie hizo las
presentaciones de sus invitados ingleses.
Cuando llegaron a Longmeadow tras una corta travesía, ya la tienda de
campaña estaba con un hermoso prado con una amplia franja libre de
obstáculos para jugar croquet.
- ¡Bienvenido al campamento Laurence! exclamo Laurie al desembarcar-.
El comandante es Brooke, yo el comisario, los demás muchachos son
oficiales y las señoritas nuestra compañía. La tienda de campaña está a
sus ordeñes; este árbol es el solón, este otro el comedor, y la cocina
esta abajo del tercero. Ahora, vamos a jugar una partida antes de que
haga calor.
Se pusieron a jugar y el equipo de Laurie, Sallie, Jo, Ned, gano.
- ¡Llego la hora de almorzar! Anuncio el señor Brooke, observando su reloj
Fue un almuerzo muy divertido en el que no faltaron los chistes y las risas
El señor Brooke se puso a hablar con Meg de literatura alemana. Esta le dijo
que sus conocimientos de esa lengua eran mínimos, pero el señor Brooke la
animo a leer en el libro que tenía ante sí.
El paseo termino con un circo improvisado y otra partida de croquet.
Capitulo XII
Secretos
Jo estaba en su buhardilla, sentada en el viejo sofá, escribía sin parar.
Enfrascada en su tarea Jo se detuvo al terminar la última página y colocar su
firma al final. Luego lo ato con una cita roja.
Salió sin que nadie la viera, se dirigió prontamente a una calle y cierto número
que encontró con alguna dificultad cruzo la puerta subió una larga y sucia
escalera, mientras un joven la observaba tras la ventana del edificio de al
frente. Cualquiera se hubiera imaginado que iba al dentista.
El joven salió del edifico a esperarla., Cuando ella salió no le alegro mucho ver
al muchacho paso del largo saludándolo apenas.
- Parece que andas en alguna diablura –dijo Laurie.
- Y tú también… ¿Qué hacías en una sala de billares?
- Laurie le explico que no era una sala de billares sino una academia de
gimnasia donde estaba aprendiendo esgrima, Jo considerada que las
salas de billares no eran un buen sitio para un muchacho.
- ¿Por qué no? En mi casa hay billares y algunas veces voy al salón a
competir con Ned Moffat y otros amigos.
- No me gustan ni sus amigos y ojalá no tuvieras nada que ver con ellos.
Mamá piensa lo mismo y si eres como ellos no nos dejara ser tus
amigas. No le gustan los jóvenes a la moda. Creo que nos encerraría
entes de dejarnos alternar con ellos
- No necesita encerarlas porque no soy un “joven a la moda”, pero me
gusta divertirme alguna vez. Ahora me convertiré en un santo para darte
gusto.
- No exageres. Me cargan los santurrones. Conténtate con ser sencillo y
respetable.
- Veo que te preocupas por mi … pero si sigues sermoneándome, me iré.
Y si te portas bien te contare algo importante. Podríamos intercambiar
secretos
Jo dijo que no tenía secretos Laurie era un buen chico, lo compartiría con él. Y
asi le conto que no había tal dentista sino la dirección de una revista donde
acababa de dejar dos cuentos originales de ella. Nadie debía saberlo: Laurie
prometió silencio… tendría que ser una sorpresa si resultaba y los cuentos eran
publicados. Claro no se hacía muchas ilusiones, pero quería hacer la prueba
sin decírselo a nadie. Asi el desencanto de un fracaso me lo llevaría yo sola
- Dime ahora tu secreto.
- Decírtelo me causaría un disgusto, pero como no prometí reserva, lo
hare. Escucha: conozco el destino de Meg
- ¿no te pareció romántico? Creí que te agradaría
- Me parece horrible la idea de que alguien se lleve a Meg. No por favor.
Jo estaba realmente contrariada y pensó que era mejor no enterarse de tal
secreto alguno. ¡llevarse a Meg ¡verdaderamente, la turbaba la idea.
- Mira, bajemos corriendo la cuesta para que se te pasa el enojo…
No había nadie cerca y la suave pendiente era una tentación. Jo echo a correr
como una flecha.
- Por favor se un ángel y tráeme todo lo que se me cayó –suplico Jo
sentándose bajo un árbol
Mientras Laurie cumplía su encargo.
Pasaron los días y 2 semanas.
Jo se dejó caer en el sofá dedicándose a la lectura del periódico
- ¿hay algo interesante –pregunto Meg.
- Solo un cuento, pero no creo que valga mucho.
- ¿Por qué no lo lees?
- Está bien. Se llama “los pintores rivales” y asi comenzó la lectura
- Hubo muchos comentarios y todas estuvieron de acuerdo en que era un
lindo cuento: ¿Quién lo habrá escrito?
- ¡esta hermanita de ustedes!
Capitulo XIII
Un telegrama
Se acerca el invierno el tiempo era desapacible y las cuatro hermanas se
sentían tristes y malhumoradas.
- En todo caso, prepárense porque ya vienen dos cosas agradables:
mamá y Laurie.
En efecto ambos casi llegaron al mismo tiempo.
Sonó la campanilla de la puerta y Hannah le entrego un telegrama a la señora
March que decía: “Señora March. Su esposo está gravemente enfermo. Venga
enseguida. S. Hale, Hospital Blank, Washington.”
Luego de eso toda la casa se puso en movimiento preparando todo para el
viaje de la señora March.
Ya comenzaba a ser de noche y Jo no volvía la familia ya se estaba
preocupando.
Afortunadamente no era asi. Apareció Jo con 25 dólares arrugados
- Los gane vendiendo algo mío
Al decir esto Jo se quitó el sombrero y todos vieron que se había cortado el
pelo.
Aquella Noche mientras las hermanitas menores ya dormían, Meg sintió que Jo
sollozaba Bajito.
- ¿Qué te ocurre? ¿lloras por la enfermedad de papá?
- No, no es por eso…
- ¿Por qué entonces
- Por mi pelo
Poco después dormían, toda la casa dormía
Capitulo XIV
Cartas
Temprano despertaron en aquel día gris y frio. Ya todo estaba preparado en el
vestíbulo: las valijas, el sombrero y el abrigo de mama. Ya se había sentado a
la mesa y procuraba comer, pero estaba desganada, pálida, con las marcas del
insomnio en el rostro. A las chicas les fue difícil mantener su aparente valor.
Los ojos de Meg estaban llenos de lágrimas. Jo ocultaba la casa en la servilleta
y las 2 menores no podían disimular su expresión de angustia.
Poco hablaron durante el desayuno. Cuando se acercó la hora de partir de la
señora March les dio. Con una serenidad que no lograba ocultar su
preocupación, sus habituales consejos: quedaban bajo la protección del señor
Laurence y a los fieles cuidados de muy leal Hannah. Deberían continúan sus
trabajos como siempre, pues la vida debía seguir. Meg había de ser prudente
con sus hermanas; Jo muy paciente; Beth muy optimista y Amy colaboradora u
obediente
Llego el coche que debía llevar a la señora March hasta la estación. Y todas se
abrazaron con ternura y las niñas repitieron sus amorosos mensajes para el
padre enfermo y trataron de sonreír mientras el carruaje se alejaba y ellas
hacían señas de despedidas con las manos. En la acera, las acompañaban el
señor Laurence y su nieto.
- Me siento como si se hubiera producido un terremoto –dijo Jo, cuando
estos últimos se despidieron para ir a desayunarse.
- Como si se hubiera caído la casa –añadió Beth.
- Entraron y les pareció que el hogar estaba frio y silencio, las lágrimas
cayeron, entonces, sin que las contuviera la presencia de la abrumadora
madre. Jo fue la primera en reaccionar:
- “optimismo y actividad” debe ser nuestro lema. Iré como siempre a casa
de la tía March, aunque que me espera un mal rato.
- Y yo donde los King, pero preferiría quedarme trabajando en casa –dijo
Meg.
No te preocupes Beth y yo cuidaremos de todo –replico Amy, dándose
importancia-. Hannah dirá que hay que hacer y cuando ustedes vuelvan todo
estará listo.
Días después recibieron noticias que las animaron muchísimo. El señor March
seguía gravemente enfermo, pero mejora paso a paso, animado con la
presencia mejor de la enfermera la señora March. El señor Brooke enviaba
diario boletines con información sobre el estado del paciente. Meg como
cabeza de la familia los leía en voz alta y todas se sentían –a pesar de la pena-
algo orgullosas con esto de recibir correspondencia diaria de la capital. Por su
parte escribían también noticias cartas, cada una según su estilo. En las que
notificaban como estaban cada una de ellas
Capitulo XV
La mala suerte de Beth
Meg se acordó de la pobre familia Hummel -¿alguien puede ir a visitarlos?
Todas se excusaron exacto Amy que no estaba allí, Beth ve tu dijo de que ella
iva todos los días a visitar a la familia Hummel pero pudo más la buena
voluntad de Beth y partió a la casa de los Hummel.
Regreso tarde y en que nadie la viera, se encerró en el dormitorio de su madre
hay la encontró Jo.
- ¡Cristóbal Colon! –exclamo Jo-. ¿Qué te pasa?
- El nene murió
- ¿Qué nene?
- El de la señora Hummel… murió en mis Brazos.
- - yo me puse a llorar con los Hummel hasta que el doctor me dijo que
me fuera y tomara belladona, si no me quería contagiar.
- ¡y no te contagiaras! Grito Jo abrazándola
- Llamare a Hannah, ella sabe mucho de enfermedades.
- No lo hagas también se pude contagiarse
La buena Hannah se hizo cargo de inmediato de la situación y como medida
preventiva aislar a Amy llevándola a la casa de la tía March, Amy acepto irse
con la condición de que Laurie la sacaría a pasar todos los días
Llamaron al doctor Bangs y el confirmo que Beth tenia escarlatina.
Jo y Laurie se llevaron a Amy a casa de la tía March
Capitulo XVI
Días sombríos
Si: lo de Beth era escarlatina y mucho más grave de lo que pensaron en las
primeras horas. Hannah cuidaba de ella como excelente enfermera, bajo la
vigilancia del doctor Bangs. Meg se quedó en casa, para no llevar el contagio a
los King y Jo se dedicó por completo a cuidar a su hermanita, que era una
enferma muy paciente y bondadosa. Pero vinieron días aún peores: Beth
deliraba, y en sus sueños febriles recorría con sus manos la colcha, como si
tocara el piano, y trataba de cantar, con voz ronca y apenas audible. Llego un
momento en que no conocía a sus hermanas y les daba extraños nombre
mientras imploraba llamando a su madre. Entonces Jo se asustó y Meg pidió
que la dejaran escribir la verdad, y hasta Hannah dijo que habría que pensarlo,
pero no todavía.
El frio del invierno se agudizaba. Esa mañana el doctor Bangs examino
cuidadosamente a Beth, y volviéndose a Hannah dijo en voz baja:
- Si la señora March puede separarse de su esposo será mejor que la
llamen
Cuando llego Laurie. Portador de una carta que anunciaba nuevas muestras de
mejoría del señor March. Pero la buena noticia no alcanzo a borrar las sombras
del rostro de jo
- ¿Qué pasa? ¿Ha empeorado Beth?
Jole informo Brevemente. Si, estaba peor, por momentos no conocía a sus
hermanas y el doctor Bangs estaba tan alarmado que la había autorizado para
llamar a su madre.
- Jo ayer le puse un telegrama a tu mamá. Brooke me contesto diciendo
que ella vendría inmediatamente, asi es que llegara esta noche. ¿No te
alegras de que me haya anticipado?
Laurie le explico que tanto el abuelito como el estaban sumamente
preocupados y pensaron que lo mejor era que la mama fuera informada de la
situación
- Hannah casi me mato cuando se lo propuse, pero, de acuerdo con mi
abuelito, despache el telegrama, y ya está hecho –agrego.
- Eres un muchacho entrometido –comento después Hannah, sin
disimular su alegría-. Pero te perdono y me alivia saber que la señora
está en camino
Todas se alegraban, menos la pobre Beth que continuaba sumida en su
letargo, ajena a cuanto ocurría en su derredor.
Afuera caía la nieve, aullaba el viento. Se precipitó la noche y cada campanada
del reloj traía angustia y esperanza, pues el doctor Bangs Había anunciado que
muy posiblemente, hacia la medianoche se produciría un cambio, favorable o
no, El vendría a esa Hora Para examinar a la enferma.
Dieron las 12. Hannah dormía. Las 2 muchachas, inclinadas sobre el rostro de
Beth, advirtieron un cambio en sus facciones. La casa estaba en silencio; sol
silencio. Ocaso otra hora, sin que nada ocurriera, Laurie partió hacia la
estación. Paso otra hora de silencio y angustia. Jo, estaba junto a la ventana,
escucho un péquelo ruido Volviéndose, observo a Meg de rodillas ante la
mecedora de su madre. Un estrecimiento recorrió el cuerpo de Jo: “Beth ha
muerto y Meg no se atreve a decírmelo”, Pensó, volviéndose rápidamente junto
al lecho. Sin duda, había un gran cambio en la expresión de Beth: Una gran
paz parecía extenderse sobre la carita de la niña. Jo no tuvo ni siquiera deseos
de llorar. Solo pudo decir en un susurro “Adiós, mi querida Beth, adiós”.
Hannah se despertó sobresaltada y corrió junto a la niña, le tomo el pulso,
acerco el oído a su boca y se dejó caer en la mecedora.
- ¡Santo señor! Paso la fiebre. La pobrecita está durmiendo muy tranquila
y respira muy bien. ¡Alabado sea!
Las niñas todavía no se atrevían a creer la buena noticia. Cuando llego el
doctor Bangs y tras examinar a Beth confirmo Sonriendo
- Si hijitas creo Beth saldrá adelante, conserven la casa en silencio y
déjenla dormir.
La salida del sol nunca había sido más hermosa para Meg y Jo, qué asomadas
a la ventana contemplaban el amanecer.
- Parece un mundo nuevo y maravilloso murmuro Meg.
- ¡Escucha! -exclamo Jo, en un susurro y poniéndose de pie.
Abajo sonaba la campanilla. Se oyó un grito de Hannah y luego la voz de
Laurie que proclamaba alegremente:
- ¡Muchachas! ¡Ha llegado! ¡Ha llegado!
Capitulo XVIII
El testamento de Amy
Mientras se desarrollaban todos estos acontecimientos en el hogar, Amy sufría
lo suyo en casa de la tía.
Amy pensaba que, de no ser por Laurie y Esther, la vieja doncella esos días de
exilio habrían sido insoportables.
Esther era francesa y había vivido tantos años con la tía March que esta la
consideraba indispensable. Esther le tomo cariño a Amy y la divertía
hablándole de Francia. Juntas recorrían la casa y trajinaban las cosas bellas
que guardaba la tía March en baúles y roperos. Amy se preguntaba donde irían
a dar estas cosas cuando falleciera la tía.
- A usted sus hermanas –le informo Esther riendo-. Lo sé porque fui
testigo del testamento de la tía March.
- ¡Estupendo! Pero preferiría que nos las diera ahora.
- Un es demasiado pronto. La primera que se case recibirá las perlas y asi
en perfecto orden
Pero a Amy le quedo rodando la idea de un testamento, como un modo de ser
buena y generosa con los demás. Y en sus ratos libres se dispuso a redactar lo
con la ayuda de Esther para los términos legales. La vieja doncella estampo su
firma como testigo y Amy guardo el documento para la firma del segundo
testigo, Laurie.
- Quiero que leas esto y me digas si está dentro de la ley –le dijo al
muchacho cuando llego a visitarla. Y agrego muy solemne-: pensé que
tenía que dar este paso. Porque nunca he sea lo que puede ocurrir y no
quiero dejar resentimientos al irme a la tumba.
Laurie tuvo que morderse para evitar una sonrisa y leyó con la mayor seriedad
Capitulo XVIII
Confidencias
Imposible describir el encuentro de la señora March con sus hijas. Instantes asi
son puras vivirlos más que para contarlos. Pero lo que sí se puede decir es que
la casa se llenó de felicidad
Con la llegada de la señora March parecía volver a la casa la paz y la alegría:
Hannah dormitada en una silla, a la cabecera de la enfermita; Meg y Jo
dormían a pierna suelta, y la mama trataba de mantenerse despista junto al
lecho de Beth, contemplándola con la mayor ternura. Entretanto fue a
tranquilizar a Amy y conto con tanto realismo los últimos acontecimientos que
hasta la tía March se emocionó y nodo pudo decir, como siempre, “ya lo decía
yo”.
Laurie se caía de sueño y Amy lo dejo dormir sobre un sofá, renunciando a un
prometedor paseo por la nieve, mientras redactaba una carta para su madre. El
sueño de Laurie solo se interrumpió cuando un grito de sorpresa de Amy
anuncio alegremente que la señora March llegaba a visitarla. Larga fue la entre
ambas, que se contaron sus mutuas penas, hasta que, en un momento, Amy
levanto su mano y la madre pudo notar algo que brillaba. Nada dijo. Pero la
niña observo su mirad:
- Si mama. Me olvidaba hablarte de esto. La tía March me dio hoy este
anillo.
Aquella tarde, mientras Meg escribía a su padre para narrarle el feliz arribo de
la viajera, jo fue al dormitorio de Beth, donde estaba su mama. Parándose
frente a ella, con rostro preocupado le dijo que algo que decirle. La señora
March le pregunto a se trataba de Meg. Asi era, y Jo se asombró de la rapidez
con que su madre lo había adivinado. “¿no será. ¿Pregunto ella, que ese niño
Moffat ha andado rondando?” “por cierto que no -repuso Jo- le habría dado con
la puerta en las narices”. “entonces, ¿Qué?”
Jo le conto que, en el verano pasado, Meg olvido un par de guantes en caso de
los Laurence y solo le devolvieron uno. Días más tarde, Laurie observo que el
señor Brooke guardaba el otro guante en uno de los bolsillos de su bastón. Y
como Teddy le hizo una broma, el señor Brooke confeso que Meg le gustaba
mucho, pero no se atrevía a decirlo porque él era pobre y Meg muy jovencita.
“¿no te parece horrible mama?
- ¿crees que Meg le corresponde?
- ¡qué sé yo! –exclamo Jo, algo despreciativa-. en las novelas cuando las
muchachas se enamoran lo demuestren poniendo se colorados y todas
esas leseras. Pero Meg, no.
- Entonces, ¿piensas que Meg no está interesada en John?
- ¿Quién es ese John? –pregunto Jo, alarmadísima.
La señora March le explico que John era el señor Brooke tratado con más
familiaridad después de los días pasados en el hospital. A Jo esto si le pareció
horrible: claro, el señor Brooke ha sido amable, para que todos simpaticen con
el…, lo ha logrado, y capaces son de permitir que Meg se case,
verdaderamente horrible. La señora Mach tuvo que esforzarse en explicarle
que había muchas razones de gratitud y amistad para tratar con cariño a John
Brooke, por lo demás un excelente joven que les había dicho cuanto amaba a
Meg y que solo pidió que lo autorizaran para continuar amándola y procurar
que ella le correspondiera. Por cierto, la señora March no consentiría en que
Meg se comprometiera tan joven. Loe pidió a Jo que guardara silencio. Cuando
John Brooke represara y la señora March tuviera la oportunidad de verlos
juntos a él y Meg, ella podría juzgar mejor los sentimientos de la niña.
Capitulo XIX
Laurie bromea y Jo pacifica
Al día siguiente Meg y Laurie se dieron cuenta de que Jo ocultaba un secreto
Meg intento que Jo le contara con una indiferencia, pero no lo consiguió y
Laurie lo intento de muchas maneras tampoco lo consiguió hasta que adopto
por las más fría indiferencia y Jo no lo resistió y le conto todo acabo de unos
minutos Laurie ya lo sabía todo y muy indignado con su preceptor que no le
había hecho confidente de sus sueños comenzó tramar una pequeña venganza
Unos pocos días después a Meg leyendo una carta
Pasaron unos minutos y Meg grito culpando a Jo de lo que le habían escrito en
la carta… Jo y la señora March leyeron, no menos asombradas
- ¡ese ha sido el fresco de Laurie, para vengarse de mi silencio! –clamo
Jo-. ¡Juro que lo traeré aquí pidiendo perdón!
- Un momento dijo la señora March eres una aficionada a las bromas
talvez tu tengas parte en esta. Acláralo.
- Palabra de honor que no se nada. Primera vez que veo esta carta y por
cierto que yo la habría escrito mejor.
- Sim embargo –murmuro apenas Meg-, la letra se parece a otra carta que
recibí de él.
- ¡otra carta! ¿y la contestaste? Suspiro la señora March-. Este es peor de
los y pensaba.
- Laurie me entrego la primera carta, y al parecer no sabía de quien era.
Era muy respetuosa y yo me sentí como heroína de novela y quise
guardar el secreto por un tiempo. Le respondió que mis padres se tenían
que enterar y que le estaba muy agradecida, pero por mucho tiempo
solo podíamos ser amigos…
- Dios bendiga tu prudencia, Meg. ¿te contesto?
- Una carta muy diferente en que decía que él no me había escrito una
carta de amor
- ¡momento! –grito Jo, mientras examinaba las dos cartas-. El asunto es
claro: el señor Brooke no ha escrito ninguna carta ni tampoco recibió la
tuya, Meg. Teddy las escribió y guardo la tuya para mostrarme que el
descubrió mi secreto… ahora mismo me voy a buscarlo para que se
disculpe.
Al poco rato volvió Jo acompañada de Laurie la señora March pidió que la
dejaran sola con la media hora paso y todo lo que fue hablado allí fue un
secreto entre la señora March y Laurie estaba tan arrepentido que Jo lo
pendona al instante y Meg se alegró que el señor Brooke ignoraba la broma.
- Y no se lo diría jamás me lo llevare a la tumba perdóname Meg estoy
arrepentido de veras –dijo Laurie-.
- Tarantera de perdona –dijo Meg-.
Cuando todos se fueron Jo se sintió sola y decidió ir a hablar con él con la
excusa de que tenía que devolver un libro
La mansión está en silencio y pregunto por el señor Laurence una de las
doncellas le respondió que si estaba pero no le iba a poder atender ¿estará
enfermo? no, pero había pasado un disgusto con su nieto el anciano estaba
encerrado en su despacho y Laurie está en su dormitorio el asubio a la
habitación del muchacho y en vano golpeo la puerta porque Laurie no habría la
puerta después de tantos golpetazos Laurie abrí la puerta al ver que Laurie
estaba tan enojado le pidió perdón pero él le dijo que no tenía nada que
perdónale que su enojo era con su abuelo le explico que el abuelo le había
remecido que se creía ir a Washington pero Jo no lo iba a permitir asi que fue a
hablar con el abuelo y le hizo entrar en razón hasta cuando se arrepintió
- pero que quiere ese niño que agá
- escríbale una notita, disculpándose
y asi termino todos los bochornosos incidentes.
Capitulo XX
MOMENTOS FELICES
Las apacibles semanas que siguieron eran como el sol después de la tormenta.
Beth, ya convaleciente, podía pasar los días semiacostada en el sofá del
estudio. El señor March, casi totalmente repuesto, anunciaba un pronto
regreso. Meg se tostaba las manos preparando ricos platos para la enfermita.
Amy había vuelto a casa, y Jo paseaba en sus fuertes brazos a la débil Beth.
En la mañana de navidad. Hannah declaro que sus huesos le decían que este
sería un día magnifico, y poco después lo confirmo una carta en la que el señor
March anunciaba nuevamente su regreso.
Por la tarde, Beth, con la abrigada bata que le regalara su madre, se acodo en
la ventana para ver como Jo y Laurie desarrollaban una alegre pantomima en
el jardín. Luego, el muchacho entre a la casa y empezó a repartir los regalos
mientras Jo pronunciaba solemnes discursos. Cada cual abrió sus presentes
navideños y todos celebraban la paz y alegría del hogar. Pero faltaba un regalo
aún más grande
Laurie abrió de pronto la puerta de la sala y anuncio con rara y temblorosa voz:
- ¡Aquí hay otro presente de navidad para la familia March!
No terminaba sus palabras cuando dos grandes manos lo apartaron de la
puerta y apareció en ella un personaje muy alto, embozado hasta los ojos y
apoyado en el brazo de otro hombre de gran estatura. Todos corrieron hacia el
abrigo personaje y la locura pareció apoderarse del hogar.
El recién llegado señor March desapareció bajo los brazos de todas y Jo estuvo
a punto de desmayarse y Laurie tuvo que atenderla. El señor Brooke beso a
Meg, de modo enteramente casual, según explico entrecortadamente. Todos
saltaban y gritaban de alegría hasta que la señora March recupero la
serenidad:
- ¡silencio, por favor! ¡recuerden a Beth!
Tardía advertencia, pues ya Beth entraba desde el estudio para precipitarse en
brazos de su padre.
Nunca hubo mejor comida de navidad y en ella participaron con igual alborozo
el señor Laurence, su nieto y el señor Brooke. Cuando ya se retiraron los
invitados, Jo reflexiono en voz alta:
- Hace un año nos lamentábamos por lo triste que iba a ser nuestra
navidad.
- Y, en resumen, ha sido un año agradable – agrego Meg.
- Pero bastante duro – dijo Amy.
- … y que termina muy bien, porque estas de nuevos con nosotras, papá
–concluyo Beth, sentada en las rodillas de su padre.
- Un camino largo y difícil, mis peregrinas – dijo la señora March-. Pero lo
recorrieron valiente, y estoy orgullosa de ustedes; de veras, muy
orgullosa.
Capitulo XXI
LA TIA MARCH DICE LA ULTIMA PALABRA
En el siguiente día, madre e hijas pasaron revoloteando alrededor del señor
March como abejas en torno de su reina. Hasta la propia Hannah se asomaba
de vez en cuando a la puerta del son para “mirar a ese santo hombre”. Pero
algo parecía faltar en esa facilidad y asi lo sentían, aunque no lo confesaban
los mayores, cuyos ojos se encontraban con ansiedad después de observar los
movimientos de Meg. Jo vacilaba entre la alegría y la tristeza y de vez en
cuando agitaba un puño amenazante hacia el paraguas que el señor Brooke
había dejado en el vestíbulo.
Esa tarde Laurie paso frente a la ventana y cuando vio a Meg asomada cayo
dramáticamente de rodillas sobre la nieve, golpeándose el pecho como un
poseído. Y como Meg lidio que se portara correctamente, empezó a retorcer su
pañuelo y se fue dando tumbos hasta desaparecer en la esquina.
- ¿Qué querrá decir ese loco con sus pantomimas? – dijo meg, riéndose.
- Te mostro lo que hará tu John un día de estos. Emocionante, ¿verdad?
–respondió Jo, sarcástica.
- No digas mi John. Noes verdad ni es correcto
- Contesto meg que parecía acariciar las palabras con su voz-. Por favor,
no sigas con tus bromas, ya sabes que no me ocupo mucho del señor
Brooke, aunque todos sigamos amigos como siempre.
- No es asi. las locuras de Laurie lo echaron todo a perder. Ya no eres la
misma de antes. Pero preferiría que las cosas se revolvieran de una vez,
asi es que si piensas terminar con todo hazlo cuanto antes.
- No puedo hacer nada mientras él no hable, y no hablara porque papa le
dijo que soy demasiado joven.
- Si te habla, no sabrás que decir. Te pondrás colorada como tomate en
vez de tirarle un buen ¡no! A la cabeza.
- Soy menos tonta de lo que crees. Le contestaría: “gracias, señor Brooke.
Es muy amable, pero soy demasiado joven. Por favor… no diga una
palabra mas y tan amigos como antes…” y me retirare dignamente.
- Meg se había puesto de pie, mientras hablaba, como si fuera a ensayar
la escena descrita, cuando sonaron unos pasos que la hicieron volver
precipitadamente a su costura Jo contuvo una carcajada ante su
repentino cambio. Alguien llamaba a la puerta y Jo abrió con cara de
pocos amigos.
- Buenas tardes… vine a buscar mi paraguas… quiero decir, a preguntar
por su padre –saludo el señor Brooke tímidamente.
- Está muy bien… en el perchero. Lo buscare y le diré que usted está aquí
– respondió Jo haciendo un todo de su padre y el paraguas.
- Y salo, como para dar a meg la ocasión de demostrar firmeza. Pero meg
comenzó también a deslizarse hacia la puerta.
- No se vaya, Margaret. ¿acaso me tiene miedo? –dijo le voy a tener
miedo cuando ha sido tan bueno con mi padre? Quisiera poder
expresarle mi agradecimiento – respondió meg, temerosa de haber sido
algo grasera, y le extendió la mano ruborizándose ante la forma en que
el señor Brooke había dicho “Margaret”
- ¿le digo como podría hacerlo?
- No, por favor, no lo haga.
- No la molestare; solo quisiera saber si yo le importo algo, porque ¡la amo
profundamente!
Era el momento para representar la escena anunciada a Jo, pero no le salió el
discurso preparada y solo atinó a decir: “no lo sé…” a lo que – por supuesto- el
señor Brooke respondió que tratara de averígualo… y ella dijo “pero soy tan
joven…” y el repuso: “la esperare… mientras aprende a quererme, ¿será muy
difícil?” y ella contesto que no, siempre que quisiera… pero…
Su propia confusión y sus escondidos sentimientos la irritaron, se acordó,
además, de las tontas lecciones de coquetería que le diera Annie Moffat y, sin
quererlo, agrego:
- Por favor, márchese…, déjeme sola… prefiero que no piense mal en mí.
- Brooke la miro tan tiernamente, tan tristemente, que ella sintió que el
corazón se le derretía y quien sabe que hubiera ocurrido si en ese
momento no hubiera entrado sin golpear y como pedro por su casa, la
anciana e inesperada tía March.
- ¡dios del alma! ¿qué significa esto? –exclamo la tía al ver la escena y
golpeando el suelo con su bastón, mientras Brooke escapaba hacia el
estudio.
- ¡que sorpresa, tía! –balbuce meg, esperando un sermón-. El señor es
amigo de papa
- ¡claro que es una sorpresa! – repuso la tía, sentándose-, y ¿Qué te dijo
el amigo de tu papa que te pusiste tan colorada? Dime de que se trata…
- Conversábamos. El señor Brooke vino a buscar sus paraguas.
- ¡aja! El señor Brooke…, el preceptor del muchacho… lo sé todo y
supongo que no lo habrás aceptado.
- Por favor, silencio, que puede oírla. Llamare a mama.
- Todavía no… me oirás a mí. ¿piensas casarte con ese Cook? En tal
caso, no recibirás un centavo de mi dinero. Asi es que medítalo y acto
con sensatez.
- Todos sabemos que la tía March poseía el don de provocar
contrariedades y le gustaba, además. Bastaba que ella digiera algo, con
sus irritantes maneras, para que los demás pensaran lo contrario. Tal
vez si hubiera dicho que meg debería casarse con Brooke, la niña lo
habría rechazado categóricamente. Pero como hizo exactamente lo
contrario y en forma tan imperativa, meg decidió de inmediato que los
aceptaría, lo que no le costaba mucho, por otra parte.
- Me casare con quien yo quiera y usted puede disponer de su dinero
como le parezca…
- ¿Asi tomas mis buenos concejos? Ya te arrepentirás cuando seas una
pobretona….
- Prefiero ser amada en una choza que vivir indiferente en un palacio.
La tía comprendió que había errado de táctica. Tas una pausa, comenzó a
dispensar sus concejos más suavemente: Meg debía ser razonable, no arruinar
su vida con un pobre y hacer un matrimonio conveniente para ayudar a su
familia. Y ese Rock (nunca daba con los nombres) es pobre y no tiene
parientes ricos. ¿Qué tiene buenos amigos? ja…De los amigos no se vive…Ya
vería Meg como la pobreza enfría las amistades …Un buen matrimonio es
cumplir con un deber…
- Mis padres no piensan asi –meg trataba de defenderse-. Quieren a John
a pesar de su pobreza…
- Tus padres saben menos del mundo que un recién nacido… te creí más
sensata. Seguramente ese señor sabe que tienes parientes ricos y te
busca por interés.
- ¿Cómo se atreve a decir tal cosa? – exclamo meg, estallando-. Mi John
está por encima de esas vilezas y no se casaría por dinero ni yo
tampoco. ¡no le temo a la pobreza porque en ella he sido feliz, y si usted
sigue hablando asi no la escuchare más!
- ¿con que asi, eh? Yo me lavo las manos. Y no veré a tu padre. No tengo
ánimos… y no esperes nada de mí. Que te ayuden los amigos de tu
Brooke. He terminado contigo definitivamente.
- Y se marchó dando un portazo.
Meg no sabía si reír o llorar y no alcanzo a pensarlo mucho porque,
silenciosamente, el señor Brooke volvió a la sala.
- No pude evitar oírlas, meg. Gracias a ti por haberme defendido, y
también gracias a la tía march, ya que a causa de ella me he enterado
de que te importo un poco.
- No sabía cuánto, hasta que te ofendió.
- Ya no deseas que me vaya…, ¿verdad, querida?
Era otra oportunidad para que meg pronunciara su enérgico discurso e hiciera
un dignísimo mutis, pero ni si quiera lo pensó apoyando su cabeza en el pecho
del señor Brooke, susurro blandamente:
- Quédate conmigo, John
Minutos después Jo bajo discretamente las escaleras y se asomó a la puerta
de la sala, segura de encontrar ya destrozado al señor Brooke y a meg
estoicamente dispuesta a recibir los merecidos homenajes por enviar a paseo a
un pretendiente, ero el espectáculo que contemplo era muy distinto: su
hermana estaba sentada muy cerca del enemigo y lo miraba con sumisos ojos.
La exclamación de sorpresa de Jo los hizo dar un salto meg se incorporó entre
avergonzada y orgullosa y “ese hombre” como le decía Jo, sonrió feliz y la beso
en la mejilla, diciéndole:
- Felicítanos, hermanita.
Esto fue demasiado para Jo, que se precipito escaleras arriba gritando al entrar
en la habitación de sus padres:
- ¡hagan algo! ¡abajo, rápido! ¡John Brooke se porta de una forma horrible
y parece que a meg le gusta!
Bajaron el señor y la señora March, mientras Jo trataba de convencer
inútilmente a sus hermanas menores de que en el primer piso ocurrió una
tragedia, pero a las niñas les pareció exactamente lo contrario, ya Jo no le
quedó más remedio que echarse sobre la cama a llorar
- No dirás ahora que “nunca pasa nada agradable” –omento Amy con
picaría.
- ¡cuántas cosas han ocurrido desde que dije esas tontas palabras! –
respondió Meg.
- Penas van y alegrías vienen, pero el año termina bien –dijo la señora
March.
- Dios quiera que el próximo sea mejor –murmuro Jo, sin resignarse a ver
la cara con que Meg contemplaba a ese hombre
- Espero que el tercer año, a contar de este, será el mejor si mis planes se
realizan –declaro el sonriente John Brooke.
- En este instante apareció Laurie portando un gran ramo de flores con
una tarjeta en la que se leía: “para la señora de John Brooke”.
- Sabía que Brooke se saldría con la suya. Siempre lo hace, aunque el
cielo se venga abajo – dijo Laurie al entregar el ramo con sus
felicitaciones a los novios.
- Gracias por tus palabras, que constituyen un buen augurio. Quedas
desdés ahora invitado a nuestra boda.
- Asistiré, aunque tenga que venir del fin del mundo – afirmo Laurie y
luego, tomando un brazo a Jo la llevo a un rincón de la sala donde todos
se habían reunido para recibir al señor Laurence:
- No pareces muy contenta.
- No apruebo este matrimonio, pero me resigno, aunque me resulte difícil
renunciar a meg.
- No la pierdes…, solo la compartes. Y me tienes a mí. Ya sé que valgo
poco, pero seré tu amigo de toda la vida, palabra de honor.
Jo le agradeció, sin disimular su emoción ente la sincera amistad del
muchacho. Lugo conversaron sobre el porvenir de la pareja. Laurie aseguro
que serían muy felices y que John Brooke contaría con el abuelo Laurence
para abrirse paso en la vida.
Los ojos de Jo recorrían la sala y se iluminaban más y más, porque
contemplaban un cuadro muy grato:
El padre y la madre, sentados muy junto, revivían el primer episodio de una
novel comenzada veinte años antes. Amy dibujaba un retrato a lápiz de los
novios, que parecían estar en otro mundo. Beth charlaba con el señor
Laurence, que tenía una mano de la niña entre la suyas. Jo reposaba en su
silla favorita, con grave y serena expresión. Laurie, apoyado en el respaldo, con
su mentón a la altura de lo rizos de su amiga, sonreía fraternalmente y la
saludaba inclinando la cabeza desde el gran espejo que repetía sus imágenes.
Personajes principales
Meg Jo Beth Amy Hannah la señora March Laurie el señor Laurence
Personajes secundarios
El señor march el señor Brooke los Moffat los Vaughn los Hummel la señorita
Crocker
Tema principal de la obra
El viaje de los peregrinos
El mensaje de la obra.
Que, aunque haya dificultad siempre hay una luz que te dice que no pierdas la
esperanza