Cuento DEL IMPERIO DEL YO
Cuento DEL IMPERIO DEL YO
Yo-primero
al reino del
Don-de-sí
MYRSINE VIGGOPOULOU
Sobre la base de las enseñanzas
del Anciano Paisios del Monte Athos
[Título original:
De l'empire du Moi-d'abord
au royaume du Don-de-Soi.
Traducido del francés por
Francisco Magaña Serrano, CVMD,
ad usum privatum]
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PRÓLOGO
No vi al Anciano Paisios más que una vez en mi vida, poco antes
de que él partiera para el viaje eterno. No es sino por los libros
como de veras conocí su vida y sus enseñanzas. Leyéndolas, vi
cómo el Anciano amaba a los niños, y se entristecía por ellos. «Me
inquieto por los niños, que están en peligro. Hago el signo de la
cruz, rogando a Dios que los ilumine».
Estaba convencido de que desde su más tierna edad la persona
debe ser ayudada a comprender el sentido más profundo de la
vida, que es estar unido a Dios y gozarse con el gozo justo. La
unión del hombre a Dios atrae la gracia divina. Bajo su
protección, el hombre no tiene nada que temer. Sin embargo, para
que podamos estar unidos a Dios, y para que nuestra oración tenga
fuerza, hace falta en primer lugar que seamos liberados de nuestro
gran YO. El tormento del hombre, decía el Anciano, es el
egoísmo, mientras que la humildad es la verdadera sabiduría. El
príncipe del egoísmo es el mismo diablo. El remedio más eficaz
es, siempre, tener buenos pensamientos. Ninguna ascesis nos
ayuda tanto como un buen pensamiento.
En un impulso de amor por los niños, e intentando hacer más
sencillo lo que nos parece difícil, he escrito este cuento.
Leyéndolo, también nosotros, las personas mayores, podremos,
con la gracia de Dios, ayudarnos a nosotros mismos y después
ayudar a nuestros hijos y nietos. Porque los niños, decía el
Anciano, son como un libro en blanco donde se imprime lo que
ven en los mayores.
Los héroes del cuento son estados del alma personificados y
los caminos que recorren son los del nuestro mundo interior
(Obstinado, Serena, Humildad, etc.)
2
Quisiera agradecer calurosamente a todos aquéllos que me
han animado en la edición de este libro, y a los que han colaborado
en ella. En efecto, estas personas lo han hecho no sólo por amor a
los niños, sino también por respeto a la memoria del venerable
Anciano.
Termino este pequeño prólogo con algunas palabras del
«padrecito», como nosotros llamamos al Padre Paisios:
«Hijos míos, las cosas son sencillas. Nosotros somos quienes
las hacemos difíciles. En cuanto nos es posible, hacemos lo que
es difícil para el diablo y fácil para el hombre. La forma más fácil
de ser salvados es la caridad y la humildad. Por eso, tened siempre
buenos pensamientos, para que vuestra alma sea afirmada».
Que su oración nos acompañe. Amén.
Myrsine Viggopoulou
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Un pequeño Yo-politano
Había una vez un gran reino, que se llamaba Yo-polis, del
que, naturalmente, los habitantes se llamaban Yo-politanos. Sus
casas eran más grandes y más bellas las unas que las otras,
protegidas por murallas altas y gruesas. En medio de la ciudad, se
elevaban una colina de granito y un palacio suntuoso, construido
con cristal de hielo. Allí moraba la diosa Presunción, que los Yo-
politanos admiraban mucho y a la cual tenían por reina. Nadie
tomaba ninguna decisión importante sin pedir su opinión. Ella lo
sabía todo.
Los Yo-politanos amaban mucho su reino. Creían que en
ningún otro lugar podía existir una ciudad más hermosa que la
suya. Por esta razón, nunca habrían pensado en dejarla. Dando la
vuelta por sus grandes murallas, podía constatarse que no había
puerta. Sólo una pequeña puertecita, en la parte sur. Por ahí
pasaban algunos campesinos que trabajaban en los campos de
alrededor.
Ahora bien, mientras que todo parecía bello y
resplandeciente, esas personas sufrían una carencia. Sus ojos
estaban empañados y no veían muy claro. Incluso el sol, no lo
percibían tan luminoso como es en realidad. Claro que ellos no se
daban cuenta para nada, porque creían que todo el mundo veía de
ese modo. Tenían además otro mal: discutían mucho. Las
querellas entre ellos eran lo más normal del mundo. Cada Yo-
politano quería que se hiciese su propia voluntad. Incluso los
niños; era raro verlos jugar todos juntos. Si tenía lugar un juego
de grupo, cada uno quería ser el jefe. Como nadie cedía, lo más
frecuente era que cada uno jugara por su lado.
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Obstinado era un pequeño Yo-politano que siempre se las
arreglaba para jugar totalmente solo. Un día, según su costumbre,
Obstinado rehusó jugar con sus pequeños compañeros. Los
abandonó y se alejó. ¿Eran de verdad amigos, ellos que rehusaban
admitir que en las carreras, él era el mejor de todo el reino? No
había nadie, más que su mamá, que reconociera su valía.
A la menor ocasión, la Señora Vanidosa alababa y halagaba
a su marido y sus hijos. Creía que así los fortalecía y les daba
ánimo. Por cierto, aquí nadie podía distinguirse si no tenía una
confianza total en sí mismo, y en nadie más. Esto era muy
importante en la sociedad de Yo-polis.
Obstinado tenía hoy el alma turbada. Caminaba rápido,
refunfuñando, y de vez en cuando suspiraba fuerte para hacer que
se le pasara la cólera. Era demasiado pronto para volver a casa.
Es más, nadie habría llegado todavía. Se decía que quizás una
vuelta a las murallas lo apaciguaría. Sin embargo, cuanto más se
acordaba de la actitud de sus amigos, más se hinchaba la cólera
en él. Miraba las altas murallas, las grandes casas, con la
sensación de que se le iban a caer encima. Entonces, vio ante sí la
puertecita. En su pesar, no se había percatado de que había llegado
hasta allí. Se sorprendió de verla entreabierta. Se acercó y miró
del otro lado.
-¡Hola, amigo mío! -dijo una voz.
Se volvió, sorprendido, y vio una niñita sentada en la hierba,
en el exterior de las murallas.
-Hola- respondió él saliendo.
Era la primera vez que franqueaba esa puerta.
-Seguramente tú no eres de aquí- dijo él-. Nunca te había
visto.
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-Estoy sólo de paso con mi padre, y lo estoy esperando-
respondió la niñita.
Obstinado no quiso dejar pasar una ocasión para hacerse otra
y le propuso medirse con él.
-¿Quieres que corramos hasta aquel árbol, para ver quién
gana?
-¡Oh, sí! ¡De acuerdo! Estoy toda entumecida de estar
sentada desde hace tanto rato.
-Vale, levántate. No perdamos tiempo. A «la de tres»,
¡vamos!
Tomaron posiciones. ¡Una, dos y tres! Y salieron. La
distancia hasta el árbol era bastante grande, y los dos niños
corrieron lado a lado. Casi al final, Obstinado tomó una pequeña
ventaja y terminó llegando el primero, en justicia.
-¡Bravo, bravo!- gritó la niña tendiéndole la mano-. Corres
como el viento.
-¡Por fin! -se dijo Obstinado-. ¡Alguien que reconoce mi
valía! Es verdad que soy el mejor en la competición. Haría falta
que ciertas personas estuvieran aquí para oírte. A propósito, no
me has dicho cómo te llamabas.
-Serena. ¿Y tú?
-Obstinado.
Jadeantes y felices, se sentaron bajo el árbol.
-Bien, Serena. Antes de encontrarte, estaba a punto de
explotar.
-Me he dado cuenta, cuando te has asomado por la puerta.
¿Sabes qué? El exceso de cólera hace al hombre feo. Ahora estás
más guapo.
-Escucha… ¿cómo podría no encolerizarme? ¿Sabes lo que
me hacen mis amigos?
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Y comenzó a contarle sus desventuras.
Serena lo escuchó con atención. Y Obstinado hablaba,
hablaba, hablaba,… y ella, escuchaba, escuchaba, escuchaba…
El tiempo pasó agradablemente, sin que ellos se dieran
cuenta, hasta que llegó el padre de Serena.
-Vamos, hija mía, vámonos cuanto antes de aquí.
-Déjame presentarte a mi nuevo amigo- dijo Serena.
-¿Tú eres Yo-politano?- preguntó el padre de Serena.
-Naturalmente, ¿qué otra cosa podría ser?
El padre sonrió y le acarició suavemente los cabellos.
Obstinado los invitó a su casa. Pero el padre de Serena tenía
mucha prisa. Tomó a su hija de la mano y se alejó sin tardar.
Viéndola marcharse así, Obstinado se irritó mucho contra el padre
de Serena, que no había aceptado su invitación. No le gustaba para
nada que le dijeran que no. En cuanto a Serena, ella se volvió para
saludar. Obstinado le sonrió. Intentó esconder su cólera. Quería
parecer guapo. Pronto se dio cuenta de que no le había preguntado
dónde vivía. Corrió entonces hacia ella, y le gritó:
-Serena, ¿dónde vives?
Ella se paró un poco, puso las manos ante la boca como en
megáfono y gritó muy fuerte:
-En Tú-polis. ¡Ven a visitarme!
Y se oyó el eco: «En Tú-polis. ¡Ven a visitarme!»
Obstinado la siguió con los ojos largamente, hasta que la
perdió de vista por los recodos del camino.
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La diosa Presunción
Desde que conoció a Serena, Obstinado perdió toda traza de
serenidad. En lo que se refiere a Tú-polis, ninguno de aquéllos a
quienes preguntó había oído hablar de ella. Al principio, sus
amigos mostraron algún interés, o más bien curiosidad, pero se
les pasó rápido. Sus padres, que eran personas muy ocupadas y
tenían mucho trabajo, no podían responder sin cesar a sus
preguntas. Así, llegó a la conclusión de que Tú-polis era una aldea
sin importancia, puesto que nadie la conocía. Lo normal es que su
investigación hubiera acabado aquí. Nadie, en Yo-polis, tenía
tiempo que perder con cosas simples e insignificantes.
Sin embargo, Obstinado pensaba muy a menudo en Serena.
Y eso no era todo: ¡la idea de convertirse en explorador de una
ciudad desconocida le entusiasmaba! De todos modos, tenía que
informar primero a sus allegados. Es lo que hizo, lo cual no dejó
de desencadenar toda clase de objeciones.
-Pero, al fin y al cabo, ¿qué tiene esa niña mejor que
nosotros? ¿Qué te ha dicho para que no pares de hablar de ella?-
le preguntó su hermana.
Ahora Obstinado le daba vueltas, y se dio cuenta de que
Serena no le había dicho gran cosa. Era sobre todo él quien había
hablado. De todos modos, la forma en que ella lo escuchaba, su
sonrisa, tenía algo diferente, que no habría sabido explicar con
palabras.
-No es sólo por ella. Me ha venido la idea de descubrir esa
ciudad. ¿Tú qué dices, papá?
-Yo digo que no puedes decidir nada sin solicitar
previamente la opinión de nuestra reina. Seguramente Presunción
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conoce Tú-polis. Es mejor preguntarle qué piensa de ella. Luego,
ya verás qué haces.
-Estoy de acuerdo- dijo la [Link] primer lugar la reina.
Ella lo sabe todo. Es una ocasión para ti de ir a palacio y
transmitirle nuestros respetos. Es necesario, hijo mío, ¡es
absolutamente necesario que tengas éxito! ¿Imaginas cuánto
hablará todo el mundo de ti? Serás conocido en todas partes. Y
nosotros ¡estaremos muy orgullosos de ti!
-Mañana mismo iré a palacio- decidió Obstinado.
Era la primera vez que Obstinado tendría una audiencia
privada con la reina. Sabía que, quien deseaba verla, tenía que
transmitirle primero su petición por escrito. Después de esto, la
reina deliberaría y decidiría recibir o no a la persona en cuestión.
Obstinado no durmió casi por la noche escribiendo y
reescribiendo el borrador de su petición.
De buena mañana, se puso sus mejores vestidos y se puso en
camino. Desde luego, no era la primera vez que iba a palacio. Dos
veces al año, todos los Yo-politanos iban allí para saludar a la
reina. Una vez, por Año Nuevo, y otra por su cumpleaños, eran
ocasión de grandes festejos y alborozo. El resto del año, nadie
estaba autorizado a importunarla, a menos que tuviera un asunto
de gran importancia que referirle.
Mientras esperaba que lo llamaran, Obstinado permaneció
con algunas otras personas en la sala de espera. Se fijó en la
decoración de la habitación. Dos grandes columnas esculpidas
sostenían el techo, pintado todo él en tonos azules, como el cielo.
El suelo estaba pavimentado en mármol brillante y los asientos
estaban recubiertos de un espeso terciopelo rojo. A pesar de que
había varios hombres en la sala, nadie hablaba. La única cosa que
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se oía era la voz estruendosa del heraldo que anunciaba los
nombres.
-¡Obstinado el Yo-politano, hijo de Arrogante!
-Presente- respondió Obstinado, emocionado-.
-¡Sígame!
Lo siguió por un gran pasillo. Delante de cada puerta, había
un centinela. Finalmente, llegaron a la sala del trono. En la
entrada, dos guardias se mantenían en silencio, inmóviles como
estatuas de hielo. El que lo acompañaba le hizo una señal de que
continuara él solo. Su corazón latía rápido. En cuanto franqueó la
puerta, se enderezó y comenzó a andar como si desfilara.
Presunción lo miró desde lo alto de su trono dorado. Llevaba una
corona de diamantes. Los cabellos le caían sobre los hombros. Su
vestido era magnífico, rojo, con bordados dorados. Muy cerca del
trono se hallaba, en pie, su secretario. Obstinado sabía que, en el
lugar donde se mantenía, estaba exactamente a treinta pasos del
trono. Desde la víspera, con su madre, había repetido varias veces
el saludo que tenía que hacer; avanzó ante la reina e hizo dos
profundas inclinaciones. Una ante su poder, la otra ante su
belleza. Era el protocolo.
Afortunadamente, Presunción movió un poco los labios y le
sonrió.
Por un poco, habría creído que la reina no era real. Ahora
que la había visto de cerca, se fijó en que su nariz estaba un poco
más alzada que la de los otros Yo-politanos.
-¿Eres, pues, tú Obstinado, el que quiere viajar para ir a Tú-
polis?
-Efectivamente, Majestad.
Ella meditó, levantando su mentón y manteniendo los
párpados medio cerrados.
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-¿No sabes que no existe una ciudad más bella y grande que
la nuestra?
-Lo sé, Majestad. Pero quiero ser el explorador de dicha
ciudad.
-Me alegro de tu audacia. Todos mis súbditos deberían ser
así. Con mucho gusto te daría mi aprobación, si ese viaje valiera
la pena. Sobre todo, habría preparado una gran fiesta para tu
regreso. Por desgracia, ¡Tú-polis es la aldea más insignificante del
mundo! Todos sus habitantes son gente mediocre. He sabido que
algunos de entre ellos habían pasado por aquí, y que tú los habías
conocido.
-En efecto, su Majestad.
-¿Han osado venir hasta aquí sin prosternarse ante tu reina?
Nada más que eso me inspira ya cólera y disgusto. Yo, hijo mío,
quiero preservarte de una pena grande e inútil. Sin embargo, si tú
insistes, consiento a autorizarte a ir. Pero, ¡atención! No permitas
jamás a nadie dominarte. Donde te encuentres, con quien te halles,
di una y otra vez siempre dentro de ti: « ¡Yo primero! ¡Yo
primero! » Esas dos palabritas son mágicas. Te ayudarán a superar
todas las dificultades. Siempre saldrás vencedor. ¿Comprendes?
-Perfectamente, Majestad.
-¡Dímelas, que yo las oiga!
Obstinado se enderezó y gritó:
-¡Yo primero! ¡Yo primero!
-¡Más fuerte, hijo mío, más fuerte! ¡Proclámalo con todo tu
corazón!
-¡Yo primero! ¡Yo primero!
-¡Bravo, bravo! Ahora puedes irte.
-Gracias, Majestad. Mi familia os envía sus respetos.
-Trasmíteles mis saludos.
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Ella lo despidió con una señal de la mano. Obstinado se
inclinó de nuevo dos veces y se marchó.
El sabio anciano
Antes de visitar el palacio, Obstinado había propuesto a su
hermano que lo acompañara en su viaje. Orgulloso era tres años
mayor que él, pero no compartía para nada su entusiasmo. «Aquí
estoy muy bien», dijo él. «Yo-polis es el mejor de los reinos. ¿Por
qué cansarse inútilmente? » Fue su hermana, Jactanciosa, quien
quiso ir con él. De todos modos, sus padres no le dieron permiso,
porque todavía era demasiado joven. Así, Obstinado, provisto de
los consejos de la reina, partió solo al gran viaje.
He aquí que hacía tres días que caminaba hacia lo
desconocido. Atravesó colinas y valles, sin encontrar ni una
ciudad, ni un alma. Se había puesto en camino con un gran deseo
de aventura, pero una decepción comenzó a asomar en su espíritu.
Echaba de menos la hermosa ciudad que había dejado y empezó
a preguntarse si verdaderamente valía la pena fatigarse tanto por
Tú-polis. Tenía el corazón fuerte. Era casi llegado el crepúsculo.
Descendió por el flanco de una colina, buscando un lugar seguro
para pasar la noche. Entonces un olor a fuego le alcanzó. A lo
lejos, una humareda subía de algún lugar bajo un árbol. Su marcha
se volvió precipitada. ¿Quién había podido encender un fuego?
Seguramente un ser humano. Cuando se acercó, vio la obertura de
una cueva y a alguien sentado. Se puso a correr, lleno de ansiedad.
No creía lo que veían sus ojos. En realidad era un viejo
hombre con una larga barba blanca, sentado ante un fuego de leña,
cocinando algo.
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-¡Padrecito! ¡Padrecito! – gritó mientras corría.
El Anciano se levantó y, con un gesto de la mano, le hizo
una señal de que se acercara. Obstinado llegó exhausto. Le
temblaban todos los miembros.
-¡Bienvenido, bienvenido!- dijo el anciano, que lo tomó por
los hombros y le hizo sentar cerca del fuego, sobre un gran tronco.
-Ven, descansa. Cálmate un poco y luego hablamos.
Lo cubrió con una vieja manta muy ajada y le dio un poco
de agua.
Le llevó a Obstinado un momento reponerse. ¿Era la alegría
de encontrar a alguien, o más bien la carrera y la ansiedad? Era la
primera vez que sentía aquello; tiritaba. Se le hacía imposible
articular la menor palabra. Vio al Anciano, imperturbable, que
continuaba cocinando. El niño se dio cuenta de que su anfitrión
no estaba en absoluto sorprendido de verlo, como si lo esperara.
Sacó de su puchero un pescado y lo partió en dos. También puso
caldo en los dos platos de madera.
-Por eso he cogido un pez grande hoy. Era porque iba a tener
un invitado. Lo he pescado en el río. Seguro que lo encuentras
muy bueno.
¡Obstinado tenía tanta hambre que se hubiera comido con
placer una piedra hervida! Cenaron en silencio. Con la comida
caliente, y bajo la influencia apaciguadora del viejo, Obstinado se
calmó poco a poco. Se asombraba de que el Anciano no le hubiera
hecho ninguna pregunta. ¿No era curioso saber cómo un niño
podía encontrarse en esa soledad? Obstinado decidió romper él
mismo el silencio.
-Busco llegar a Tú-polis. ¿Has oído hablar de ella?
El Anciano sonrió y asintió con la cabeza.
-Sí, algo sé, algo sé…
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Obstinado se puso en pie, lo tomó por los hombros y lo
zarandeó.
-Dime, padrecito, dime pronto. ¿Está cerca de aquí? ¿Qué
sabes de ella?
-Veo que la cena te ha dado fuerzas. Siéntate primero.
-¿Acaso estoy aquí para sentarme? ¡He de saberlo rápido,
enseguida! Hace tres días que la busco y no he encontrado nada.
-Podrías buscarla durante ciento tres días, y no encontrarías
nada.
-¿Por qué?
-Porque no la buscas como toca.
Obstinado dejó de brincar de impaciencia y se sentó.
-Escúchame, padrecito. Lo que tengas que decir, dilo. Yo no
volveré a Yo-polis sin haber encontrado Tú-polis. Tengo
instrucciones de mi reina.
El Anciano sonrió.
-Si sigues las instrucciones de tu reina, no encontrarás nunca
Tú-polis. ¡Jamás en la vida!
Obstinado rugió de cólera, como sofocado.
-Respeto tu edad, padrecito, pero ¡te prohíbo hablar mal de
mi reina!
-Escucha, veo que estás muy cansado. Será mejor que vayas
a acostarte y mañana volveremos a hablar del tema.
-¡Pero si está fuera del tema que yo me acueste o no!
-Bueno, de acuerdo. Entonces soy yo quien va a acostarse
primero. Ven a que te muestre dónde puedes echarte.
Obstinado temblaba de indignación, si bien se esforzaba por
ocultarla todo lo que podía. Entraron en la gruta. Era estrecha y
apenas podía alojar a dos personas. En una esquina, había una
estera extendida.
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-Tú, acuéstate aquí, y toma esta manta- dijo el Anciano.
Obstinado tenía ganas de preguntar dónde dormiría el
Anciano, porque no veía ninguna otra estera. No lo hizo,
paralizado por la cólera como estaba. Después de todo, él era el
invitado, y además, un niño. El viejo hombre podía hacer lo que
quisiera.
-Buenas noches, hijo mío-dijo el Anciano.
-Buenas noches-murmuró Obstinado.
«Bueno, bueno, si pudiera dormir un poco, pensaba él, en
cuanto se haga de día, me levantaré y me iré. Voy a encontrar yo
solo Tú-polis. No necesito de nadie».
Después de haber dado vueltas y vueltas un largo rato como
una peonza, se adormiló un poco. Cuando abrió los ojos, todavía
era de noche y el viejo no estaba allí. Obstinado salió y lo vio más
lejos, sentado sobre una piedra, contemplando el cielo. Se acercó.
Ahora que su gran enfado se le había pasado, quería hablarle, pero
no sabía cómo empezar.
-¿Falta mucho para que se haga de día?
-No, no mucho. ¿Quieres partir?
-Aún no. Me preguntaba si tú querrías que retomásemos la
conversación…
-Como quieras.
-Padrecito, quiero que me escuches y me ayudes.
-Hijo mío, yo ayudo a todo el mundo, no desprecio a nadie
porque, es necesario que lo sepas, el hombre lo necesita tanto
como la más pequeña hormiga.
-Ayer por la noche, no obstante, no quisiste ayudarme.
-Ayer la prisa te puso nervioso, te enfadaste y era imposible
debatir. Una conversación requiere calma. El mayor remedio
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contra la cólera es el silencio. Si no, bajo la influencia del enfado,
se puede decir cosas que no conviene.
-Tienes razón. Hoy estoy más calmado. Ayer, seguramente
fue por la fatiga.
-Ciertamente, fue la fatiga- dijo el Anciano.
-Dime entonces, padrecito, ¿qué sabes de Tú-polis?
-¡Tú-polis, hijo mío, es el reino más bello del mundo!
-¿Más bello que Yo-polis? ¡Eso no me lo creo!
-Ten paciencia, y escucha un poco. Esa ciudad no tiene altas
murallas, ni grandes casas. Su belleza está más allá. Debes saber
que nadie puede llegar a Tú-polis, si no atraviesa un pequeño
pasadizo, bajo y estrecho como un túnel.
-Soy pequeño, seguro que pasaré.
-No creo que pases.
-Me encogeré entonces.
-Eso es, he ahí el secreto. Para pasar, no basta agachar la
cabeza. Hace falta primero encoger tu Yo.
-Ahí, padrecito, me nublas las ideas, no entiendo nada.
El Anciano sonrió.
-Presta atención, escúchame, voy a explicarte las cosas de
una manera sencilla. ¿Qué te dijo la reina, antes de que partieras?
-Que donde me encuentre, haga lo que haga, diga siempre:
«Yo primero».
-Bueno, pues para encontrar Tú-polis, hace falta hacer
exactamente lo contrario. Hay que decir: «Tú primero». Poner
antes el Tú; primero, el bien del otro. Hace falta decirse que tu
prójimo es como tú, incluso mejor que tú. Cuando digas eso, y no
sólo lo digas, sino que lo pongas en práctica, entonces tu Yo se
hará más pequeño.
-Y entonces, ¿atravesaré ese pasaje estrecho?
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-Lo pasarás sin problemas. Y cuando llegues a Tú-polis,
entonces verás… No querrás irte nunca.
-Seguro que tú eres de allí. ¿Por qué te fuiste?- repuso
Obstinado.
-No me fui. Sencillamente, vivo aquí para mostrarle el
camino a quien lo busca.
-¿Y está aún lejos?
-Puede estar muy cerca: todo depende de ti.
-¿Qué quiere decir eso?
-Durante el camino, presta atención a tus pensamientos, a tus
reflexiones. Piensa siempre el bien. Mientras hagas esto, el
camino será fácil. Pero si tienes malos pensamientos, tendrás
dificultades y te fatigarás en vano.
-¿Eso es todo?
-Sí. ¿Te parece fácil o difícil?
-Muy fácil. ¡Ah, si lo hubiera sabido desde el principio! ¡Ya
estaría en Tú-polis!
-Más vale tarde que nunca.
-Bueno, se hace de día. Me voy.
-Come antes alguna cosa, y luego te marchas.
Mientras Obstinado comía, el Anciano le preparó algunas
provisiones para el camino.
-No merece la pena, padrecito. Antes de mediodía, o en todo
caso por la tarde, seguro que ya estoy en Tú-polis. ¿No es así?
-Eso te deseo. Pero, por si acaso, toma esto contigo.
En el momento en que el sol se elevaba por detrás de la
montaña, el Anciano acompañó a Obstinado al comienzo del
camino.
-Vete, esta vez, hijo mío.
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-Te agradezco mucho, padrecito, todo lo que me has dicho.
¿Quieres que te diga lo que he comprendido, para que veas si me
acuerdo bien?
-Te escucho.
-Que anteponga el bien de mi prójimo a todo, y que tenga
siempre buenos pensamientos. Así el Yo se encoge y puedo entrar
en Tú-polis.
-Lo recuerdas muy bien. Ve, tienes mi bendición.
El buen pensamiento
Silbando y canturreando, Obstinado se puso en camino.
Cuanto más pensaba en lo bueno que era el anciano, más se abría
el camino ante él. ¡Le parecía tan simple pensar siempre el bien!
Todavía no había caminado mucho, cuando vio a lo lejos un
hombre que daba de beber a su caballo.
He ahí un buen hombre, se dijo. Voy a acercarme para
desearle los buenos días.
-Buenos días, señor.
-Buenos días. ¿Qué haces tú por aquí, pequeño?
-Voy de camino hacia Tú-polis.
-Es un viaje difícil- respondió el hombre.
-Bueno, depende. ¡No tanto! Depende de nosotros, llegar o
no.
Mientras hablaba, dejó sobre un peñasco su pequeña bolsa.
Se acercó al caballo para acariciarlo.
-Eres el caballo más bonito que he visto nunca. ¡Felicidades!
¿Cómo te llamas?
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-Piojoso.
-¿Piojoso? ¿Qué horror? ¿No había un nombre mejor?
-Bien se ve, amigo mío, que no sabes nada de caballos.
Piojoso es él; ese nombre le va muy bien.
Por cambiar de tema, Obstinado le preguntó si el agua del
río era pura.
-Por aquí, no es de las mejores. Ve un poco más lejos. Entre
las piedras, allá abajo, está el manantial.
-Gracias. Eres muy amable.
Obstinado caminó hasta la fuente. En el momento en que se
inclinó para beber, oyó el galope del caballo. Alzó la cabeza y
¿qué vio? El caballero que se iba al galope, ¡con su bolsa!
Invadido por la cólera, Obstinado se puso a correr en su dirección
gritando:
-¡Al ladrón! ¡Hombre malvado! ¡Para, para! ¡Mi bolsa!
¡Devuélveme mi bolsa!
El caballero, sin embargo, huyó lejos, sin siquiera volverse
para mirarlo.
-¡Ladrón! ¡Ladrón!- continuó [Link] esto no es
culpa de ningún otro, sino mía, porque le he hablado
amablemente. He alabado a tu Piojoso para complacerte, y he aquí
el resultado. ¡Ladrón malvado!
El pequeño sendero se volvió más y más estrecho. Andaba
diciéndose a sí mismo: « ¡Ah, padrecito, qué me has hecho! Todo
esto es culpa tuya. ¡Si hubiera escuchado a mi reina, ahora no
estaría como un alma en pena! ¡Con toda esta historia de tener un
buen pensamiento, mira lo que me ocurre! ¿Qué buen consejo
puede venir de un hombre viejo como tú? »
El camino estaba cubierto de piedras ahora, y Obstinado
andaba con dificultad.
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-¡Si no me lamentara de todas las molestias que me he
tomado para venir hasta aquí, volvería enseguida para decirte lo
que valen tus consejos!
El camino se cerraba entre arbustos espinosos que le
arañaban las piernas.
El sol quemaba con ardor. Era mediodía. Todo estaba sin
salida. Agotado, se sentó, sin saber hacia dónde ir. Tenía hambre.
Se acordó de las provisiones que el Anciano había puesto en su
bolsa. Agachó la cabeza y la sostuvo entre las manos. Bajo de sí,
todo estaba cubierto de piedras. En medio de las espinas,
Obstinado vio un escarabajo que marchaba lentamente,
arrastrando una gruesa mora. Extendió la mano y la tomó, la
sacudió un poco para quitarle el polvo y se la comió. Al instante,
el escarabajo se sintió desorientado y se volvió en todas
direcciones.
-Buscas inútilmente. Me la he zampado-dijo Obstinado-. Me
perdonarás si he cogido tu comida, pero tengo hambre. ¿Podrías
traerme otra?
Sin protestar, el escarabajo continuó su camino.
-Claro, mi pequeño escarabajo, eso se llama robar. Pero
mira, cuando se tiene hambre, ¡uno olvida los buenos modales!
Entonces, como un relámpago, la imagen del hombre que le
había robado la bolsa le atravesó el alma. « ¿Y si también él tenía
hambre? Seguramente la tenía, el pobre, y por eso no ha tenido
nada en cuenta. Estaba débil y pálido. Y yo encima le he gritado
y le he dicho palabras groseras». Obstinado se arrepintió. «
Entonces, si el escarabajo hubiera estado dotado de palabra, ¿me
hubiera llamado también ladrón, o bien hubiera partido en
silencio? » Se levantó, pues, para buscarlo.
-¿Dónde estás, escarabajito? ¿Ya has desaparecido?
20
Poniéndose en marcha para buscarlo, Obstinado vio a su
derecha un largo sendero. El camino se había abierto. Camino, de
nuevo gozoso. A una corta distancia, encontró una higuera
cargada de hermosos frutos. Muy cerca se hallaba un pequeño
torrente. Se sentó allí para descansar. Mientras degustaba los
higos, se acordó del sabio: « Padrecito, tenías razón. Sin embargo,
por lo que veo, no lo comprendí más que en la teoría. Te recité la
lección, pero en la práctica, me equivoqué completamente», se
dijo Obstinado.
Comió, bebió y retomó fuerzas. Y el camino se abrió de
veras ante él, libre y despejado. Obstinado comenzó a correr más
y más rápido, y a gritar:
-¡Tú-polis, Serena, aquí estoy!
Trepó con dificultad una alta cima, sin casi darse cuenta. Se
paró para admirar el paisaje y no creyó a sus ojos. Ente grandes
árboles, arroyos y pequeños lagos, se hallaban pequeñas casitas,
dispersadas como corderos en un campo. Comenzó a exclamar,
lleno de alegría:
-¡Hurra, la he encontrado! ¡Hurra!
El descenso era aún más fácil. Cuanto más se acercaba, más
latía su corazón. Pensó en la sorpresa que se llevaría Serena. En
cuanto llegara, la primera cosa que haría sería preguntar dónde
estaba su casa, para presentarse en ella en el acto. De pronto,
pensó en el padre de Serena, que la había tomado de la mano para
marcharse aprisa. «Ah,… lo invité a mi casa y rehusó. Bueno, no
iré tan rápido. Encontraré a alguien y le haré saber que he llegado.
Quiero que su señor padre se tome la molestia de reencontrarme,
de invitarme. Comenzaré por rechazarlo, y luego…» y antes de
que pudiera terminar este pensamiento, se tropezó. Como el
21
camino estaba en pendiente, se puso a rodar como un tonel, en
medio de los ¡oh! y los ¡ah!
Cuando por fin se paró, se hallaba ante un ancho río de
corriente impetuosa. Y allí, perdió el conocimiento.
La dulce humildad
-¡Ven! ¡Abre los ojos! ¡Mírame!
Obstinado abrió los ojos y vio a una joven mujer que le
acariciaba el pelo.
-Vamos, intenta levantarte suavemente- dijo la joven mujer.
-¡Ay! Me duele el pie- respondió Obstinado.
-Dada la caída que has sufrido, sales, más bien, bien parado.
Ten, bebe un poco de agua.
Con el agua fresca, acompañada de la ternura de la joven
dama, Obstinado se repuso pronto.
-Antes de caer, había visto una pequeña ciudad. Ahora ya no
la veo.
-Los árboles de alrededor del río son muy altos, y esconden
la vista.
-¿Es Tú-polis?
-Sí.
Obstinado se levantó con un ademán pronto.
-¡Cuidado con tu pie, hijito mío!
-Pero, he llegado tan cerca, ¿y la pierdo de vista? ¿Cómo he
podido caer así?
-Tú lo sabes- respondió la joven mujer.
22
-Lo que yo sé, es que mi cabeza se merece un buen cachete.
Cada vez que pienso bien, siempre me vienen malos
pensamientos… Y después de ello, ¡la que me espera!
-Todos los hombres tienen malos pensamientos.
Sencillamente, hace falta aprender a no entablar conversación con
ellos.
-¿Cómo se hace eso?
-Mira: cuando te venga un pensamiento malo, intenta
cazarlo. Si comienzas a creerlo, este pensamiento malo trae
consigo otro. Luego, todos esos pensamientos malos se deslizan
imperceptiblemente en el corazón.
-¿Y ya se han colado?
-Claro que sí. Y cuando llegan al corazón, desencadenan la
ira, la maldad, y después de esto, un mal arrastra otros. Por eso,
es necesario cazarlos desde el principio, mantenerse indiferente.
-Lo intento, pero no lo consigo.
-Si no puedes, hay otro truco.
-¡Dímelo, dímelo!
-Tienes que oponer a ese pensamiento malo un pensamiento
muy bueno. Y esperas. Te mantienes firme. Es radical: el
pensamiento bueno sale siempre victorioso.
-¿Un solo pensamiento bueno puede vencer tantos
pensamientos malos?- preguntó Obstinado.
-Puede incluso más.
-¡Ah, qué bello es eso que me dices! ¿Cómo te llamas?
-Humildad- respondió la joven.
-Yo me llamo Obstinado. Soy Yo-politano. Hace días y días
que intento ir a Tú-polis y no consigo llegar.
Le contó su encuentro con Serena y todo lo que había
aguantado para llegar hasta allí.
23
-No te decepciones. Has llegado pronto, en pocos días. Hay
otros que lo intentan durante años y no lo logran nunca. Sin
embargo a ti, sólo un río te separa.
-¿Puedes ayudarme a cruzarlo?
-Lo cruzaremos juntos. Toma mi mano y no tengas miedo.
-Dime, Humildad, ¿por qué todo esto, que tiene pinta de ser
tan fácil a simple vista, es tan difícil en la práctica?
-Cuanto más grande es nuestro Yo, más difíciles son las
cosas. El egoísmo no sirve para nada. Seamos humildes y
sencillos.
Caminaron cogidos de la mano. El río avanzaba en cascadas,
tumultuoso.
-No veo ningún paso- exclamó Obstinado.
-Nos acercamos. ¿Ves esos enormes peñascos? Ellos cortan
la fuerza del agua. Cruzaremos por ahí.
Y de hecho, en aquel sitio, el río corría más mansamente. De
en medio del agua emergían unas grandes rocas. Obstinado y
Humildad atravesaron la corriente, saltando de roca en roca.
Llegaron por fin a un paso estrecho. Era un pequeño túnel oscuro,
en medio de los peñascos.
-Pasaremos por ahí y saldremos enfrente- dijo Humildad.
De repente, Obstinado se puso a dudar y se preguntó: «
¿Adónde quiere llevarme esta mujer? ¿Cómo he podido confiar
tan fácilmente en una desconocida? ¿Puede que esté fingiendo ser
amable? Creo que aquí hace falta sobretodo astucia. Voy a dejarla
cruzar sola, para ver si llega de veras al otro lado, y sólo después
pasaré yo a mi vez.»
En el momento en que Humildad se inclinaba para entrar en
el pequeño túnel, Obstinado retiró bruscamente su mano.
Entonces resbaló sobre la roca y ¡plof! cayó en el río. El agua
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comenzó a llevarlo. No parecía particularmente violenta, pero la
corriente era fuerte.
-¡Socorro Humildaaaaad…! ¡Socorro!
En un abrir y cerrar de ojos, Humildad se tiró al río, y en
algunas brazadas, cogió al chico por la ropa y terminó por ponerlo
fuera de peligro. Le llevó un cierto tiempo a Obstinado volver en
sí.
-¡Quien sabe qué has pensado esta vez!- dijo Humildad.
-Deja, deja, es mejor que no sepas nada. ¿Qué decíamos
justo antes de los malos pensamientos que se deslizan? Y, con
ellos, ¡también yo me he colado! ¡Mira ahora en qué aprieto me
encuentro!
Humildad se reía de corazón.
-Como puedes constatar, ¡estoy en un estado tan lamentable
como el tuyo!
-No sé cómo darte las gracias - respondió [Link]
poco más y me ahogo…
-Si quieres agradecérmelo, atravesemos. Estamos
empapados, es necesario que vayamos a cambiarnos.
Llegaron de nuevo ante la pequeña obertura. Obstinado le
tomó la mano:
-Sujétame bien. Tú me guiarás. Nunca llegaré yo solo.
Este es el Tú que ayudó a Obstinado a empequeñecer su Yo
y así pudo entrar en Tú-polis.
25
En Tú-polis
Hasta el momento, Obstinado creía que no había reino tan
hermoso como Yo-polis. Pero he aquí que lo que tenía ahora ante
los ojos lo dejaba sin aliento.
-Entonces, ¿qué dices?- preguntó, radiante, Humildad.
-¡Magnífico!
-¿Ves, ahí abajo, a los niños jugando bajo los árboles? ¡Ve!
Seguramente Serena está entre ellos. Y si no está, los otros te
llevarán a su casa.
No tuvo que decírselo dos veces; se puso a correr tan rápido
como se lo permitían sus piernas.
-¡Cuidado con tu pie!
-¡Se me ha pasado!- gritó él desde lo lejos.
Obstinado llegó jadeante adonde estaban los niños. Debido
al ánimo alegre que reinaba entre ellos, no se dieron cuenta de su
presencia. Por el contrario, él reparó enseguida en Serena, a lo
lejos. Pudo recordar su risa y sus largos cabellos.
-¡Serena… ¡ ¡Serena…!-gritó muy fuerte.
Ella se volvió, sorprendida.
-… ¡Oh…! ¡Obstinado, mi querido amigo!
Obstinado y Serena se echaron el uno en brazos del otro.
Serena lloraba de gozo. Los niños, en cuanto oyeron su nombre,
se pusieron a dar palmadas rítmicamente, diciendo:
-¡Bienvenido a Tú-polis…! ¡Bienvenido a Tú-polis!
-Te esperaba. Estaba segura de que acabarías por venir-
exclamó Serena.
-No he tenido pocas dificultades…
26
-Lo que importa es que hayas llegado. Ven, que te presente
a mis amigos. Les he hablado de ti.
Todos dieron la mano a Obstinado, y cada uno se presentó
por su nombre. Le llovían las preguntas. Obstinado no salía de su
asombro. En toda su vida, nunca había sido recibido de un modo
tan caluroso. Serena intervino:
-¡Escuchadme todos! Nuestro amigo está empapado y
cansado. Propongo lo siguiente: voy a llevarlo a mi casa, para que
se cambie, descanse, y mañana…
-¡Mañana no! ¡Hoy! ¡Hoy!- gritaron los muchachos.
-No, hoy va a descansar. Mañana nos reencontraremos
todos. Obstinado nos contará cómo ha llegado hasta aquí. ¿Vale?
-¡Vale! ¡Vale!- aceptaron de buena gana los niños.
Un chico grande, que cogía a Obstinado por el brazo desde
hacía un momento, soltó:
-¡Todos juntos, acompañémosle a casa de la Señora Bondad!
Se pusieron en camino, cantando:
Señora Bondad, Señora Bondad
Rápido, al patio te has de asomar
Para que te asombres de ver
Al que, en este día, te vino a visitar
Obstinado se rio con la canción improvisada. El chico que lo
llevaba del brazo le susurró:
-Soy el hermano de Serena, me llamo Generoso. La Señora
Bondad es nuestra madre…
Y en efecto, la Señora Bondad había salido al patio. Llevaba
en brazos una hijita, mientras que otro niño se hallaba junto a ella,
aplaudiendo con sus manitas. Los muchachos armaban un jaleo
tal que todos los vecinos acudieron. Todos juntos, dieron la
27
bienvenida a Obstinado. La Señora Bondad lo abrazó,
estrechándolo contra sí.
-¡Bienvenido, hijo mío!
Obstinado estaba atónito de la emoción. No sabía muy bien
qué decir. La Señora Bondad llamó a su hijo mayor:
-Generoso, acompaña a Obstinado y enséñale dónde puede
lavarse. Dale ropa limpia. Y tú, Serena, ven a ayudarme a poner
la mesa. Tu padre va a llegar enseguida.
Todos, sentados en torno a la mesa, escuchaban a Obstinado
contar sus aventuras. Por supuesto, no dijo nada de las personas
que lo habían ayudado. Quería la gloria para él solo. Contó la
historia de un modo tan convincente, que a nadie se le ocurría no
creerle. Todos los asistentes manifestaban mucha admiración. El
padre de Serena le dio unas palmaditas en los hombros
amablemente, sonriendo.
-Bravo, hijo mío. Está claro que tienes buenas disposiciones
en el alma, y gracias a eso Dios te ha ayudado a llegar aquí.
-Nadie me ha ayudado. He llegado yo solo- respondió
Obstinado.
-Hijo mío, Dios mira a todas sus criaturas con compasión y
las ayuda a todas- repuso el padre.
-No sé en qué dios creéis vosotros. Nosotros, en Yo-polis,
tenemos una diosa. Es nuestra reina. Ella nos aconseja, y nosotros
creemos en ella. Todos sabemos que el hombre tiene una gran
fuerza dentro de sí. Esta fuerza le ayuda a vencer todas las
dificultades. Dicho esto, puesto que estoy aquí, quisiera conocer
a vuestro dios.
Los hijos se miraron. La Señora Bondad sonrió a su marido,
que volvió a dar unas palmaditas en los hombros, amigablemente,
a Obstinado.
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-Lo conocerás, lo conocerás…
-Propongo que vayamos hoy mismo. ¿Dónde está su
palacio?- preguntó Obstinado.
-¿Su palacio? ¡Su palacio es el cielo, evidentemente!
-¿El cielo?
Obstinado se levantó de un brinco.
-¿Y cómo os comunicáis con él? ¿Cómo os ayuda?
- Sencillamente le hablamos, como estamos hablando en este
momento.
-Y él, ¿él os escucha, desde tan lejos? ¿Puede ayudaros?
-Claro que sí, ¡está constantemente junto a nosotros!
-E incluso en este momento, está ahí y nos oye- dijo la
pequeña Flor.
-Es decir… ¿queréis decir que es invisible?- preguntó
Obstinado, intrigado.
-¡Exactamente!
Obstinado se puso muy rojo. Se puso en pie y dijo:
-Quiero hablarle, aquí, ahora. Dile, por favor, que Obstinado,
el Yo-politano, lo llama.
Los niños sonrieron y miraron a Obstinado con un gran
asombro.
-Siéntate, hijo mío. Cálmate. A penas logras… Poco a poco,
lo comprenderás todo.
-Pero, ¡yo quiero que sea ahora!
-Bueno, ya que lo quieres ahora, vamos a empezar. Creo que
la primera cosa que debes aprender es la paciencia.
En realidad, cualquiera que quiera enseñar algo a un pequeño
Yo-politano debe tener, por su parte, una enorme paciencia.
Como decíamos al principio, los Yo-politanos no ven muy claro,
29
porque su gran Yo les nubla la vista. Sus oídos no oyen más que
lo que les interesa. Siempre creen que son ellos quienes tienen
razón. Es casi imposible hacerlos cambiar de opinión. Además, se
creen dotados de una inteligencia superior. ¿Cómo podrían oír los
consejos de un humilde Tú-politano? En su diccionario,
«humilde» significa «idiota». Y bien, ¿iba a escucharse a un
imbécil?
Obstinado, además de su gran Yo, tenía una obstinación más
grande que su nombre. Por su parte, el padre de Serena, el Señor
Paciente, tenía una paciencia más notable aún que su nombre. La
primera cosa que pensó hacer fue hablar, en privado, a su familia:
-Bien, hijos míos, en adelante consideraréis a Obstinado
como un hermano. Ya que Dios lo ha enviado aquí, hace falta que
todos juntos le ayudemos. No digo que sea fácil. Basta un solo
Yo-politano para poner todo Tú-polis patas arriba. Nosotros, sin
embargo, con la ayuda de Dios y de nuestros conciudadanos,
tenemos la esperanza de lograrlo.
-Papá, ¿quieres decir que, cuando se haga el inteligente,
nosotros no responderemos? ¡Terminará tomándonos por
imbéciles!
-¿Sabes, Flor?, a veces la gente más inteligente es la que no
habla.
-De todos modos, es muy orgulloso. Siempre dice: ¡yo, yo,
yo! Se diría que ésa es su arma, que lo protege.
-Muy bien, entonces. Tomemos nosotros también nuestras
armas. Es la hora del combate. Serena, eres tú quien ha hecho
venir a Obstinado a aquí. ¿Estás lista?
-Desde hace mucho tiempo, padre.
-¿Qué arma vence a los Yo-politanos? Yo también quiero
una- dijo Flor.
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-El Amor, hija mía- dijo la madre tomándola en sus brazos-.
Sólo el Amor.
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-Amigo mío, hemos jugado mucho, ¡nos hemos divertido
mucho! Vamos, volvamos a casa, la comida nos espera. Mañana,
iremos todos juntos y conocerás a nuestra reina.
Con algunas buenas palabras y mucho afecto, Generoso
logró devolver a todo el mundo a casa. Con alegría.
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La gran sorpresa
Se acercaron a la última casa de Tú-polis, y Obstinado no
vio por ningún lado el palacio. El suyo dominaba el centro de Yo-
polis. Todos lo veían, hasta el punto de que parecía desplomarse
sobre el mundo. Coronaron, con esfuerzo, una pequeña colina. «
¿Puede que esté allá abajo? »- pensó. Los niños avanzaron hasta
la última casa. Su patio estaba cubierto de flores. Un perrito
blanco comenzó a ladrar en cuanto percibió su presencia,
corriendo hacia Obstinado, que permaneció inmóvil y lo miró con
malos ojos. Serena se agachó para acariciarlo.
-No tengas miedo, es León. Ha venido a darnos la
bienvenida.
-¡Vaya, León! ¡Tan minúsculo y llevar ese nombre! ¡Es más
bien una pulga que un león! A propósito, ¿dónde está el palacio
de la reina?
-No hay tal palacio. Lo que ves ahí delante es su casa. Y éste-
dijo sonriendo hacia el perrito- es su guardia, que le informa de la
audiencia.
En cuanto oyó la voz de los niños, la maestra salió para ir a
su encuentro. Los saludó de lejos, y ellos corrieron hacia ella,
llenos de alegría. Sólo Obstinado estaba clavado en su sitio,
petrificado. Ella, sonriendo, se acercó a él.
-¡Bienvenido a Tú-polis, Obstinado!
A penas la vio de cerca, enmudeció de la sorpresa. ¡No, no
era posible! No creía lo que veía: ¡era Humildad! ¡La que le había
ayudado a entrar en Tú-polis! ¡No era broma! Ella, Humildad: ¡la
reina y la maestra! Cayó en la cuenta entonces de que, al dejarla,
no le había dicho siquiera gracias.
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-Pero ¿qué te pasa?- preguntó Serena.
-Nada, nada. Tan sólo es la emoción de verme por primera
vez- dijo Humildad.
Esa «primera vez» le cayó como una piedra en el estómago.
Claro está que no le hubiera gustado nada que los niños supieran
que ella le había ayudado a entrar en Tú-polis. Tenía un nudo en
la garganta y no alcanzaba a articular una sola palabra. Intentando
sacarlo del apuro, Serena comenzó a dar noticias a la maestra.
Ésta los tomó por los hombros y los hizo entrar en la casita. De
vez en cuando, apretaba a Obstinado contra sí, intentando darle
ánimo.
En el patio de la casa, cerca de un arroyito, había un inmenso
plátano. Todos los niños estaban ya sentados bajo su sombra, para
aprovechar el fresco. Obstinado admiró ese salón real, al aire
libre. Grandes bancos, hechos de tronco de árbol, servían de
asiento. En medio había una gran mesa de madera rectangular
adornada con dos cestas llenas de toda clase de frutas.
Los niños se servían por sí mismos. Obstinado se acordó de
las salas reales de Yo-polis. Allí también había grandes mesas
bien preparadas, con las frutas más exóticas. Sin embargo, nadie,
jamás, hubiera osado extender la mano para siquiera tocar uno de
esos frutos, y mucho menos para comerlo. Humildad lo hizo
sentar a su lado. Mientras ella hablaba a los otros niños, sostenía
la mano de Obstinado. Poco a poco, éste se apaciguó. Toda esa
simplicidad lo tranquilizaba. Era la primera vez que se arrepentía
de haber dicho mentiras. Esa sonrisa calurosa, ese suave tacto, le
daban valor para hablar.
-Humildad, ¿puedo hacerte una pregunta personal?-
preguntó Obstinado.
-Pregunta lo que quieras.
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-Puesto que eres reina, ¿no querrías tener un gran palacio?
¿Tener guardias, cortesanos, toda una corte?
Humildad sonrió.
-Si pidiera a las gentes de aquí que me construyeran un
palacio, seguro que me harían uno soberbio. Y entonces, ¿qué
sucedería? no sólo que eso no haría mi vida mejor, más aún, me
causaría grandes dificultades. Guardianes y cortesanos, toda esa
gente, habría que preocuparse de ello. Mis conciudadanos ya no
estarían contentos, porque perderían el contacto sencillo y
caluroso que tenemos.
-Sí, puede decirse que tienes razón. ¿Pero es malo tener esas
ambiciones? ¿No hay que buscar mejorar la propia vida?
-Todos, nosotros deseamos tal cosa, pero hay que estar
atentos. Esta evolución puede ser una trampa, y nuestra vida
puede volverse en realidad más complicada. Lo adecuado es
poner un límite a los propios deseos. Así, aprovechamos mejor la
vida y valoramos más lo que tenemos.
Los niños estaban de acuerdo con su maestra. No podían ni
siquiera imaginar lo que sería estar obligados a pedir una
audiencia a unos centinelas cada vez que quisieran verse con ella.
-Es seguro que eso haría nuestra vida la mar de difícil-
reconoció Generoso.
Obstinado pensó en su propia reina. ¡Si él le contara esas
cosas, seguro que ordenaría a sus guardias que lo tiraran fuera del
palacio como a un indecente!
Por complacer a los niños, Humildad les propuso una
pequeña excursión.
-Bajaremos al acantilado e iremos hasta el nacimiento del
río.
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-¡Quizás encontremos alguna gamuza!- dijo Serena-.
¿Alguna vez has visto una, Obstinado?
-¡Nunca!
-¡Esperemos que tengas esa suerte!
Y algunos instantes más tarde, se pusieron en camino
cantado.
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-Bueno, ¿qué dices tú ahora?- exclamó Obstinado con un
tono de reproche-. Tu madre ha salido. ¿Era eso lo que estaba
convenido, eh?
-Ven, entra, que te lo explique. No se hace eso, discutir
gritando de tan lejos.
-¡No me hacen falta explicaciones! Yo, me voy yo solo. Tú,
quédate ahí, a acunar a vuestros bebés…
Un segundo pisotón en el charco sirvió como despedida a
Serena.
Obstinado llegó a casa de Humildad sin siquiera darse cuenta
del camino recorrido. León llegó ladrando, se metió entre sus
piernas, buscando jugar.
-No quiero nada de ti, ¡déjame, para de molestarme! No
tengo ganas de jugar.
Humildad lo recibió calurosamente, como de costumbre y
escuchó atenta el relato de lo que había ocurrido.
-Reflexiona, ¿no crees que es un error no haber entrado para
escuchar lo que Serena tenía que decirte? Seguro que, para que su
madre partiera tan de improviso, tenía que haber una seria razón.
Me parece que, en lugar de ser tú quien domina el enfado, es más
bien él quien te ha vencido.
-No era fácil…
-No es fácil para nadie. Es más, es preciso intentar, cuando
uno se enfada, no decir palabras que hieran al otro. Es mejor
marcharse un momento, hasta que uno se calma.
-Es lo que he hecho. Me he marchado.
-Sí, ¡pero antes, has dado dos pisotones en el charco!
-¡Es que, desde la mañana, había hecho tanto trabajo! ¡Ni
siquiera en casa me había cansado nunca tanto! Tengo la
sensación de que me explotan.
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-Ves las cosas de esa manera porque has hecho todo ese
trabajo esperando una recompensa. Lo que está bien, es ayudar a
los otros con alegría, sin esperar nada a cambio. La recompensa
está en manos de Dios. Es él quien la enviará, en un momento u
otro, cuando ya no se espera.
-Nunca había pensado en eso.
-Ahora, quiero hacerte otra pregunta: durante todo este
tiempo que has pasado en casa de Serena, ¿alguien te ha hecho
sentir que eras non grato?
-No. Nadie.
-¿Se han quejado de que tú los cansaras, o de estar estrechos
con una persona de más en casa?
-No. Nunca.
-¿Te ha pasado que te hayan puesto una mala cara, o te hayan
servido la comida de mala gana?
-Más bien diría lo contrario. Siempre se han ocupado de mí
con gran gozo.
-Si hubieran hecho todas esas cosas con mal ánimo, ¿te
hubiera gustado?
-Para nada. Sería como si me dijeran implícitamente que me
fuera.
-Sí, eso sería. Ya ves, esas personas no sólo hacen el bien,
sino que lo hacen de buena manera. Piensa en eso.
Guardaron un tiempo de silencio. Obstinado permaneció
pensativo. Después de un momento, Humildad le propuso dar un
pequeño paseo. Obstinado creyó conveniente rechazar la oferta:
-Creo que es mejor que me vaya. Serena está sola, y puede
que necesite ayuda.
Humildad lo miró, sonriente.
-Has tomado la decisión correcta.
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-Sí, pero, ¿cómo voy a afrontarlo? ¿Qué le voy a decir? ¡Me
he comportado tan mal!
-Es sencillo: pídele perdón.
Obstinado se levantó de un salto, como si una avispa le
hubiera picado.
-¡Imposible! ¡Esa palabra, jamás la he pronunciado!
-¿Una palabrita tan pequeña?
-¡No saldrá de mi boca por nada del mundo!
Humildad se puso a reír.
-Un día habrá que intentarlo. Eres tú quien saldrá ganando.
Además, por nuestro comportamiento, a veces, es como si lo
dijéramos.
-Quizás, un día, lo probaré. Gracias por todo.
-Buen regreso. ¡Abraza a los niños de mi parte!
-No dejaré de hacerlo.
Obstinado se marchó corriendo. Las palabras de la dulce
Humildad volvían sin cesar a su mente: «Cuando hagas el bien,
hazlo de buena manera. No esperes recompensa».
El viento de Tú-polis
Era un día de gozo para la familia de Serena. La hermana de
su madre, después de doce años de matrimonio, había traído al
mundo una hijita. Era ésta la razón por la que la Señora Bondad
había salido de casa con tanta prisa. Volvió hacia mediodía. El
Señor Paciente había regresado antes, y con los niños preparaba
un bonito pastel para celebrar el feliz acontecimiento. Todos
estaban alegres y nadie parecía acordarse del enfado de
Obstinado. Así, pudo evitar dar explicaciones. Cuando Serena le
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propuso dar una vuelta, aceptó con alegría. Los dos se pusieron
en camino. Era mediodía. Obstinado estimó que era el momento
apropiado para abordar un tema que le preocupaba desde hacía
cierto tiempo.
-Cuando llegué a Tú-polis, supe que uno de los niños de aquí
corre tan rápido, que lo llaman «el Viento». ¿Es eso cierto?
Serena, sorprendida, respondió con indecisión.
-Eh… Sí, es cierto.
-¿Quién es?
-Déjalo, eso no tiene importancia. En realidad, todos los
niños corren rápido.
-Quiero saber quién es para medirme con él. ¿Qué te parece?
¿Y si organizamos una carrera?
-¿Y si te bate?
-¡No es posible que me bata!
-No estés tan seguro. Supongamos que termina el primero y
es el vencedor. ¿Estarías contento?
Obstinado se paró, pensativo.
-Bueno, no, no estaría contento. De hecho, no me placería en
absoluto que me batiese delante de los otros chicos.
-Por otro lado, si fueras tú el vencedor, ¿qué ganarías?
-Además de que todo el mundo me aclamaría, obtendría yo
también el título de «Viento» de Yo-polis.
-¿Y entonces? Mi madre me dice que evite los «bravos» y
las felicitaciones porque hacen a las personas orgullosas.
-Pero, cuando hacéis una carrera o jugáis, ¿hay un vencedor?
-Naturalmente. Pero la finalidad es disfrutar del juego. Poco
importa quién va a ganar. Así, ni se pone triste el que pierde, ni
orgulloso el que gana.
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-A mí, lo que me gusta son las pruebas de carrera- repuso
Obstinado.
-A mí también me gusta mucho correr. Es más, ¿por qué
estamos sentados aún? ¿Quieres que corramos?
-¡Sí, me gustaría mucho!
-Bueno, entonces, ¡disfrutemos de hacer lo que nos gusta!
Comenzaron la carrera. Al principio, corrían lado a lado, con
un ritmo lento y regular. Atravesaron Tú-polis, y salieron a los
campos. Cuando llegaron junto al río, Serena propuso que se
pararan un poco. Bebieron agua y reposaron.
-Es la primera vez que corro porque me gusta, y no por
ganar- observó Obstinado.
-¿No es hermoso? Cuando se corre despacio, con un ritmo
regular, se puede disfrutar de la naturaleza. Incluso el viento, en
lugar de azotarte, te acaricia el rostro.
-¿Quieres que corramos a lo largo del río?
-Sí, pero vamos aún más suave, que está lleno de
piedrecillas.
Retomaron la carrera pausadamente, con regularidad. El río
corría a su lado. Obstinado sonrió a Serena. Viéndola correr, tan
ligera y frágil, imaginaba las alas del viento. Poco después,
aceleró el paso, y ella hizo lo mismo para permanecer a su lado.
Obstinado aumentó más y más el ritmo. Y de nuevo, la niña
remontó hasta su altura. « ¡Ah, no es posible! ¡No puedo
sobrepasar esa frágil ramita! » Se puso a correr más y más rápido,
haciendo todo lo posible para superarla. Un poco más abajo, hacía
falta tomar una curva cerrada detrás de unas grandes peñas. ¡Era
una oportunidad demasiado buena! Queriendo ganar ventaja,
Obstinado tomó la curva tan cerrada, que se encontró casi delante
de ella.
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Para no tropezar con él, ella dio un pequeño salto a un lado
y cayó sobre las rocas.
-¡Serena, Serena!
Por más que él gritaba más y más fuerte, ella no oía. Se había
desvanecido sobre la roca y un hilillo de sangre corría por su
frente. Obstinado se inclinó hacia ella e intentó reanimarla. No lo
consiguió. La sangre seguía manando. En último extremo, se puso
a gritar:
-¡Socorro! ¡Socorrooooo!
La única respuesta a su grito de desamparo fue el eco de su
propia voz. Obstinado tomó a su amiga entre sus brazos y avanzó
hacia el agua.
-¡Te he matado, Serena…! ¡Te he matado!
Sus ojos se llenaron de lágrimas, que brotaban, abundantes
y cálidas, inundando su rostro. La extendió sobre la orilla del río
y la roció de agua fresca. Le quitó el cinturón y lo ató alrededor
de su frente para hacer un torniquete. La sangre dejó de manar,
poco a poco.
-¡Serna, abre los ojos! Ábrelos para ver a tu amigo, el
egoísta, que anhela victorias y primeros puestos.
Le frotaba la mano y le hablaba, llorando.
-¡Alza la mano, Serena! ¡Alza la mano y dame, no una, sino
diez bofetadas! ¡No diez, sino veinte, o cien! ¡Hazlo, merezco
muchas bofetadas! ¡Muchas, muchas bofetadas…!
Entonces, en medio de su llanto, se acordó del Dios de su
joven amiga. Aquel Dios que se encuentra tato en el cielo como
en todas partes. Arrodillado como estaba, alzó los ojos hacia el
cielo y se puso a hablarle:
-Mi Dios, tú lo oyes todo y lo ves todo. Tú, que conoces
nuestros pensamientos, los buenos y los malos. Tú sabes con qué
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astucia he intentado ganar la carrera. Nadie puede ocultarte nada.
Pero ves también cómo me arrepiento del mal que he hecho a mi
mejor amiga. ¡Yo te lo ruego, Dios mío, cúrala! Nadie sino tú la
puede salvar. Te prometo que intentaré corregirme. Nunca más
buscaré la victoria y el primer puesto de un modo perverso. Lo
único que te pido es que cures a Serena.
Hablaba y lloraba. Era la primera vez en su vida que lloraba
de amor y de pena. Y mientras lloraba, se le cayeron de los ojos
esas escamas muy finas que tienen todos los Yo-politanos. A
pesar del raudal de lágrimas, empezó a ver todo más luminoso.
Incluso la carita de Serena, toda manchada de sangre, le parecía
resplandecer. De golpe, vio que entreabría los párpados.
-Serena, ¿ves? ¿Estás bien? ¡Dime aunque sea una sola
palabra! ¡Háblame!
Ella levantó suavemente la mano y tocó la de él.
Lleno de gozo, Obstinado extendió sus manos hacia el cielo.
-¡Te doy gracias, Dios mío! Ahora he comprendido que tú
eres el Dios de todos los hombres. No haces distinción. Incluso a
mí, el egoísta, me has perdonado y escuchado. Y aún ahora te pido
ayuda. Dame fuerza y valor para llevar a Serena a Tú-polis.
Suavemente, con mucha delicadeza, la tomó en brazos y se
encaramó sobre las piedras. El camino era arduo, y su joven
amiga, aunque frágil, pesaba bastante de todos modos. Fue el
momento más difícil de toda su vida. Y sin embargo, aquel día,
sentía por primera vez la presencia de Dios. Ya no estaba solo.
Avanzaba pensando en Él. Hablaba a Dios a cada instante, y ello
le llenaba de esperanza y de valor. Hizo un alto dos o tres veces,
y luego reemprendió la marcha. Era la primera vez que no
pensaba en sí mismo. La única cosa que le interesaba era la vida
de Serena. Su corazón latía acelerado. Chorreaba de sudor. Las
49
piernas le flojeaban por momentos, tenía miedo de desmoronarse.
Sin cesar pedía el auxilio de Dios. Perseveraba. En un momento
dado, vio de lejos las primeras casas. Dos hombres, que
trabajaban en un campo próximo, lo vieron y corrieron hacia él.
-Te doy gracias, Dios mío- murmuró antes de sentarse-. Has
visto que yo no podías más y has enviado ayuda. Ahora
comprendo que sin ti no se puede hacer nada.
51
-Escucha, hijo mío. Cuando Dios permite que venga un mal,
al final siempre saca algo bueno. Recuerda esto siempre.
Ante tantas manifestaciones de amor, Obstinado no pudo
retener las lágrimas. Flor corrió junto a él, se sentó sobre sus
rodillas y le enjugó los ojos.
-Pobre Obstinado, no llores. Verás, llegaría un día en que
seas tú quien venza.
Él la estrechó entre sus brazos. No podía explicar ese
sentimiento totalmente nuevo que le oprimía. Gozo y tristeza,
mezclados. Las lágrimas de perdón traían a su alma una ternura,
una serenidad… imposibles de expresar con palabras. Temía
perder con las palabras lo que acababa de encontrar secretamente,
en el fondo de su alma.
La señora Discernimiento
Desde hacía un tiempo, Obstinado pensaba en su regreso a
Yo-polis. No tenía, claro está, ningunas ganas de partir, pero
concibió la idea de ayudar a sus conciudadanos. Se imaginaba, en
más de una ocasión, como gran reformador de Yo-polis. Haría
falta, evidentemente, darles una verdadera lección para que
cambiaran. Quizás incluso haría falta que fuera de puerta en
puerta, o bien que fuera a una plaza pública para hablarles a todos
a la vez. Una cosa era segura: iba a intentar convencer a sus
conciudadanos de que transformaran su modo de vida, según lo
que él había aprendido en Tú-polis. Todavía no había tomado la
decisión definitiva, porque tenía también otra idea que le
complacía mucho: se trataba de quedarse en la periferia de la
52
ciudad hasta que los yo-politanos vinieran a pedirle consejo.
Quizás podría tener consigo un perrito blanco.
Debatía sobre estas ideas con sus amigos, que parecían muy
dispuestos a ayudarle. Serena y Generoso estaban dispuestos a
seguirlo hasta Yo-polis. Sus padres, en cambio, estaban un poco
dudosos. El Señor Paciente les recomendó que no tomasen una
decisión precipitada.
-El exceso de entusiasmo, hijos míos puede engendrar
decisiones rápidas, pero no necesariamente por ello acertadas.
La madre de Humildad, la Señora Discernimiento,
participaba en la conversación, porque había venido a hacer una
visita a la Señora Bondad.
Obstinado la conocía desde que llegó a Tú-polis. Hoy, como
estaba en la casa, tenía la oportunidad de discutir con ella más
precisamente la cuestión que le inquietaba.
-Y usted, Señora Discernimiento, ¿qué dice? ¿No sería
necesario que fuera a enmendar a mis conciudadanos?
-¿Tú los amas?
-Sí, por supuesto que los amo.
-Cualquier cosa que se haga, si se hace por amor, está bien.
De todos modos, presta atención. Cuando creemos que somos
capaces de corregir a los otros, significa que tenemos aún mucho
orgullo en nosotros mismos.
-No obstante, hace falta que les haga cambiar…
-Despacio, hijo mío- dijo la Señora Bondad, poniéndolo en
guardia-. Los múltiples «hace falta» cansan al hombre. No estés
triste, no te angusties. Encontrarás la solución. En todo hace falta
discernimiento.
-He aquí una ocasión para resolver una cuestión que me
obsesiona- dijo Obstinado volviéndose hacia la Señora
53
Discernimiento-. Cuando oigo esa palabra, «discernimiento»,
¡tengo la impresión de que se habla de usted! Pero dígame, ¿qué
significa su nombre? Esa palabra me parece la más difícil de
todas.
- Es porque no la conoces y porque la has oído por primera
vez aquí, en nuestra ciudad. El discernimiento es, antes que nada,
conocerse a sí mismo. Si nuestro corazón es puro y en nuestro
espíritu hay buenos pensamientos, entonces Dios nos ilumina. Así
podemos, en cada circunstancia, juzgar de modo correcto y actuar
de modo justo.
-Pero, cuando tenemos buenos pensamientos, es la humildad
la que viene a nosotros- repuso Obstinado.
-Las dos van juntas.
-¿Cómo una madre y una hija?
-Sí, exactamente, dijo la Señora Discernimiento sonriéndole
y abrazándolo. No te preocupes por lo que vayas a hacer en Yo-
polis. Tienes buenas disposiciones y Dios no va a abandonarte.
Déjale pasar adelante, y tú, síguele.
55
-Cuando recibes, tienes una alegría humana. Pero cuando
das, y sobre todo cuando das privándote de algo, tienes una alegría
divina. Cuando hagas la experiencia, te acordarás de mis palabras.
-Los Yo-politanos no dan nunca con gusto. Les encanta
ahorrar1.
-La economía es una cosa, la avaricia es otra. La economía
es buena en sí misma, pero la mutua ayuda se impone también. El
hombre avaro también lo es de sentimientos.
-No olvidaré nunca el bien que me habéis hecho.
-Es bueno acordarse siempre del bien que los otros nos han
hecho. Sin embargo, si nosotros mismos hacemos algún bien,
hemos de intentar olvidarlo. Si decimos «he hecho tal y tal de
bueno», nuestro Yo crece y nos atormenta, sin que siquiera nos
demos cuenta. En cuanto a esas cosas, nosotros te las
guardaremos. Cuando vengas para preparar tu propia casa aquí,
verás cómo te vienen bien.
-¿Cree que lograré regresar?
-Estate seguro. Estoy convencido de que con la ayuda de
Dios regresarás entre nosotros. Desde ahora no estarás solo. Verás
que mucha gente querrá seguirte.
-Lo oigo, pero no llego a creerlo.
-Cree, y lo verás.
1
Faire des économies se traduce por ahorrar. El diálogo tiene más sentido por la
coincidencia de vocablos en francés (N. T.)
56
La hora de la separación
En cuanto comenzó a despuntar la aurora, Obstinado se
levantó sin hacer ruido, tomó su bolsa cuidadosamente y se fue.
Todos los Tú-politanos querían acompañarlo hasta el río, pero él
quería partir solo. Incluso a Serena y a su familia, había preferido
despedirlos la víspera. Sabía que si todos sus amigos hubieran
venido con él hasta el río, eso hubiera hecho muy difícil partir.
Cuando había dejado Yo-polis y su familia, no había sentido
ninguna tristeza, porque era todo alegría de partir a la aventura.
Nada lo retenía en su casa. Ahora, por el contrario, gozo y tristeza
estaban inextricablemente ligados. En el fondo, no quería
marcharse. ¡Estaba tan bien aquí! Aún así, pensaba en sus
compatriotas. Nadie les había hablado nunca de Tú-polis. Quizá,
si oyeran hablar de ella, querrían venir a verla, aunque no fuera
más que por curiosidad. Además, ¿no era así como todo había
comenzado para él?
Antes de tomar el descenso hacia el río, ya no pudo
contenerse. Se giró por última vez y abrazó con la mirada todo el
panorama de Tú-polis. No pudo retener las lágrimas, y las dejó
correr abundantemente. Lo mismo hicieron Serena y su hermano,
que lo observaban de lejos, escondidos tras un árbol.
-Adiós, Tú-polis- susurró Obstinado-. Si Dios quiere,
volveré.
«Adiós, Obstinado, nosotros te esperamos», se dijeron
Serena y Generoso.
Descendió hacia el río, luego saltó de piedra en piedra hasta
encontrar el estrecho túnel que lo conduciría al otro lado. Puedo
ver detrás un gran peñasco. En cuanto se acercó, pudo constatar
57
que una sorpresa lo esperaba. En efecto, delante de la entrada se
hallaba Humildad, apoyada contra una roca.
-Hola, Obstinado.
-Hola, Humildad. Pensaba que ayer por la tarde era la última
vez que nos veríamos.
Ella le tendió la mano para ayudarle a llegar junto a sí.
-He querido despedirte en el lugar exacto donde te conocí.
Caminaron juntos hacia la pequeña obertura del túnel. Él le
cogió la mano.
-Sujétame bien- dijo Obstinado-. Tú me guiarás. Nunca
llegaré yo solo.
Se metieron en el pequeño túnel antes de ir a parar a la otra
orilla.
-Recuerdo que me dijiste exactamente las mismas palabras
cuando llegaste a Tú-polis.
Obstinado le replicó con un poco de guasa:
-No soy tonto, ¡y no quería verme de nuevo dentro del río!
-¡Ah, entonces lo has dicho de forma interesada! ¡Vas a ver
lo que te mereces!
Ella hizo ademán de ir a tirarlo al agua. Él se resistió.
-¡Ten piedad de mí! ¡Ten piedad de mí! ¡He pecado!
Jugaron y rieron con buen ánimo. Era su último juego sobre
las orillas del río. Humildad simuló que tropezaba, y cayó en el
agua.
-Afortunadamente eres tú quien se ha caído- profirió
Obstinado-. Tu casa está muy cerca. A mí me queda mucho
camino por hacer.
-Que sepas que espero tu regreso a aquí. Y cuando vuelvas,
¡no te escaparás de la ducha!
58
Obstinado se puso a reír de nuevo.
-Claro que volveré, ¡no solo para verme con los morros en el
agua,2 sino para que me digas si este género de baño matutino es
bueno para la salud!
Humildad le tiró un poco de agua y le salpicó.
-¡Buen viaje!
-¡Hasta la próxima!- exclamó alegre Obstinado.
2
Parece un juego de palabras. Se retrouver le bec dans l’eau, significa llevarse una
decepción, especialmente cuando le han hecho a uno promesas acerca de un asunto.
Aquí el contexto parece pedir una traducción literal. (N. T.)
59
Hizo descensos de torrentes, atravesó barrancos. El sol se
aproximaba a su ocaso. Obstinado buscó con la vista, por todos
lados, la gruta del Anciano. ¡Deseaba tanto volver a verlo! No era
porque estuviera inquieto por dormir a cubierto, o por la comida:
su paquete estaba lleno. Lo único que quería era encontrárselo,
hablar con él. «Muéstramelo, Dios mío, muéstramelo», se dijo.
Antes incluso de que hubiera acabado la frase, vio a lo lejos una
fumata. Lleno de alegría, se puso a correr en dirección a ella.
-¡Padrecito, padrecito!
-¡Bienvenido, bienvenido!
Y se dieron un cálido abrazo.
-Veo que te las has arreglado- dijo el Anciano-. He pensado
con frecuencia en ti. Puesto que tardabas tanto, pensé que habrías
encontrado Tú-polis y que te habría gustado.
-He tenido algunas dificultades, ya sabes, con ese enorme
Yo, del que me dijiste que primero hacía falta hacerlo más
pequeño. Al principio, no fue fácil. E incluso aún ahora. Es
preciso que vele sin cesar sobre mí mismo.
-Es lo mejor que puedes hacer. Porque la mayor parte del
tiempo, en lugar de velar sobre nosotros mismos, miramos lo que
hacen los otros.
-Lo más importante, padrecito, es otra cosa más. He
encontrado al verdadero Dios. Desde que lo conocí, mi vida ha
cambiado. No puedo expresarlo con palabras.
-No hay necesidad de palabras, hijo mío. En verdad, el
hombre nace en el momento en que conoce a Dios. Los que no
creen son los hombres más desgraciados de la tierra.
-¿Y los que nunca han oído hablar de Dios?
-Un día oirán hablar de Él. Alguien les hablará.
60
-Pienso en mis compatriotas. Los que tiene a Presunción por
diosa. ¿Cómo voy a ir, yo, un niño pequeño, a rebelar las cosas en
contra suya? Me invade la angustia.
-No estés inquieto. Estoy seguro de que Dios va a iluminarte
y de que Él te mostrará lo que tienes que hacer.
-Sí, yo también lo creo. No haré nada por mí mismo. Se lo
confiaré todo a Él.
-Atención, en esto es necesario tener discernimiento.
-¡Anda, otra vez, la Señora Discernimiento! ¡Al final
siempre mete las narices en todo!
El Anciano sonrió.
-Hace bien en meter las narices en todo. Nosotros hemos de
hacer lo que podamos sin esperar que Dios lo haga todo. En
muchas ocasiones, nosotros mismos tendremos que humillar
nuestro Yo y pedir ayuda a los hombres. Luego, si nada es posible,
humanamente hablando, entonces tendremos que esperar que
Dios intervenga, una vez que le hayamos pedido que resuelva
nuestro problema. Te voy a dar un ejemplo, para que lo entiendas.
Supongamos que se prende fuego alrededor de tu casa. Tú dirás:
« ¡Dios mío, ayúdame! », pero seguro que también corres a buscar
agua, para apagar el incendio. Del mismo modo, llamarás a los
vecinos para que te socorran. Cuando los hombres ya no pueden
hacer nada más, Dios ve la confianza y la fe que tú le profesas, y
hace caer una lluvia copiosa para apagar el fuego. ¿Has
comprendido?
-He comprendido, padrecito. Ya que deseo ayudar a mis
compatriotas, debo hacer lo que pueda, y lo que yo no puedo
hacer, se lo dejo a Dios. Seguro que Presunción me perseguirá de
un modo salvaje. Quizá me meterá en la cárcel y ya no saldré
jamás. Ella es muy poderosa.
61
-No tengas miedo de nadie. Incluso el hombre más poderoso,
si recibe la menor bofetada de Dios, lo ves derrumbarse por tierra,
e incluso las hormigas lo pueden pisotear.
-No puedo imaginar que eso pueda ocurrirle a Presunción.
Ella está muy pendiente de no apoyarse en ninguna parte, de la
manera de sentarse para que su vestido no se arrugue… ¡Es
impensable que ella caiga!
-Ven ahora a comer y descansar. No tengas malos
pensamientos, y no estés triste. Cuando se presente el problema
con tu reina, entonces ya te ocuparás de él.
El Anciano ofreció del frugal alimento de que disponía.
Obstinado sacó, por su parte, de su bolsita las provisiones que la
Señora Bondad le había preparado.
-Ya sabes, hijo mío, que nuestro problema, el problema de
los hombres, es que la mayor parte del tiempo nos inquietamos y
nos entristecemos por cosas que puede que no lleguen nunca.
Obstinado le escuchó con atención.
-Va, come. Te voy a contar una historia.
«Una vez, en una casa, se celebraba una boda. Los invitados
comían llenos de alegría. Pero, en un cierto momento, ya no
quedaba vino. El señor de la casa llamó a su hija menor- era la
mayor quien se casaba- y la mandó a la bodega a buscar vino. Él
esperaba y esperaba… ¡Cuándo volverá con el vino! Comenzó a
inquietarse de que le hubiera ocurrido algo a su hija. Se levantó,
fue a la bodega y la encontró cubierta de lágrimas. La tomó en sus
brazos:
«-¿Qué tienes, hijita mía? ¿Te has dado un golpe?
«-No, padre.
«-Entonces, ¿qué te pasa?
62
«Ella le señaló un gran utensilio, que su padre había colgado
de una viga del techo.
«-¿Ves eso?
«-Sí, lo veo- respondió él.
«-Pues, yo me decía que cuando crezca, tú me casarás
también a mí, como hoy casas a mi hermana mayor. Luego, tendré
una familia, tendré hijos… ¿no es así?
«-Por supuesto, habitualmente es así como ocurre.
«-Y cuando mi hijo crezca, vendrá también a esta bodega
para hacer diferentes tareas.
«-¿Y bien?
«-¡Tengo miedo, papá- dijo ella llorando- de que ese enorme
utensilio le caiga encima y lo mate!
«Y prorrumpió de nuevo en sollozos».
Obstinado rió.
-¿Comprendes? Esta pobre chica, antes incluso de tener la
edad, antes de casarse, ¡veía ya a su hijo muerto!
-Nosotros, los niños, padrecito, ¡tenemos a menudo unas
imaginaciones y tantos miedos ocultos!
-¿Sólo vosotros? Nosotros, los adultos, también tenemos
percepciones pueriles, echamos a perder nuestra propia vida, nos
volvemos miedosos y pusilánimes, y bien cierto es que Dios no
nos quiere así. Hemos de tener valor y bravura. ¡No tengamos
miedo de nuestra propia sombra! No digo que la vida no tenga
dificultades, pero lucharemos, con la ayuda de Dios. No vamos a
ponernos a lloriquear.
-Yo, padrecito, carezco de valor. Por eso tengo miedo de
volver a Yo-polis.
-¿Qué dices? Veamos, si no tuvieras verdadero coraje, ¿te
habrías puesto en camino para conocer otro reino? ven, levántate.
63
La sola cosa que te falta en este momento es el sueño. Ve a
descansar, que mañana tienes un largo camino que recorrer.
El regreso a Yo-polis
Con las confortadoras palabras del Anciano y la ayuda de
Dios, Obstinado no llegó a saber ni siquiera cómo hizo para
volver a encontrar en Yo-polis. En cuanto franqueó la puertecilla,
su corazón se puso a latir más rápido. Había pasado casi un año
desde su partida. No logró siquiera entablar conversación con la
primera persona que encontró. Pues el otro se llevó tal sorpresa
que creía ver un fantasma. Se puso a correr gritando:
-¡Compatriotas, venid a ver, venid a ver! ¡Obstinado está con
vida! ¡Ha vuelto a Yo-polis!
-¿Obstinado con vida? ¿Obstinado de regreso?
La noticia se difundió como un relámpago. Las mujeres
abrieron las ventanas de las casas para oír las noticias. Los
hombres salieron para verlo. Los niños se precipitaron al camino
para salir a su encuentro. En el tiempo en que le llevó llegar a su
casa, toda Yo-polis se puso en marcha. Sus hermanos corrían ya
por el senderito. Sus amigos, lo llevaban en brazos. No pudo
bajarse sino con dificultad para abrazar a sus padres. Su familia
lo recibió con lágrimas de emoción, besos, gritos de bienvenida.
La puerta de la casa permaneció abierta hasta la tarde. Se entraba
y se salía sin parar. Todo el mundo quería verlo y oír sus noticias.
-Dejadle primero descansar- decía su madre.
El Señor Arrogante ya había tomado la decisión:
-En primer lugar dará las noticias a la reina, y después a los
otros.
64
Antes de la puesta de sol, para gran sorpresa de todo el
mundo, el heraldo de la reina vino a la casa. Se paró, altivo, en el
punto más alto del patio y abrió el rollo que sostenía, para
proclamar solemnemente:
- ¡Escuchad! ¡Escuchad, buenas gentes! Por orden de nuestra
magnífica reina, a partir de mañana comenzarán festividades de
tres días en Yo-polis, y nuestra venerable urbe será decorada con
estandartes. Nuestra reina Presunción, la todopoderosa, nos hace
el honor de salir de su palacio, para que todos podamos verla.
Mañana, después del almuerzo, recibirá a Obstinado en audiencia
pública en la gran plaza. A la entrega de la medalla, seguirá un
banquete. ¡No falte nadie!
-¡Oh! ¡Madre mía! ¡Qué honor para Obstinado!-
murmuraron todos.
¡Poco faltó para que los padres se volvieran locos de la
alegría! La Señora Vanidosa pidió a las gentes que se retiraran
pausadamente. Convenía que comenzaran a prepararse para el
encuentro del día siguiente. La hermana de Obstinado ya se
afanaba por escoger el vestido que iba a llevar.
-Bueno, Obstinado, has logrado más bien que mal
convertirte en un héroe -le dijo su hermano Orgulloso-. Bien
pensado, me arrepiento de no haberte acompañado a Tú-polis.
Nunca hubiera imaginado que Presunción te haría tal honor. Pero
tengo la impresión de que no eres muy dichoso por ello…
-Pienso que no era necesario tanto trajín. Yo iría mañana a
palacio para darle las noticias.
-¿Qué dices? Todos los niños te envidian. ¡Qué no haría yo
por estar en tu lugar!
-Y también yo…
65
-¡Cómo has cambiado! Antes te hubieras vuelto loco de
recibir tales distinciones. Hijo mío, ¿es posible que no te
encuentres bien?- se inquietó su madre.
-Nunca me he sentido tan bien.
-Figúrate que mañana serás proclamado el primer explorador
de Yo-polis. Nuestra diosa, la reina en persona, te va a imponer
una medalla. ¡Piensa en el gozo que le darás, tanto a ella como a
nosotros, en el momento en el que oigamos tus hazañas!
Sin embargo, Obstinado temía que esa hora llegara. Inclinó
la cabeza, pensativo, antes de murmurar:
-Primero vais a escuchar lo que tengo que contar, y veréis
qué tipo de festejos se siguen de ello.
La medalla dorada
El gran momento llegó. Yo-polis estaba ataviada con sus
más hermosos banderines. Todo el mundo se había reunido en la
gran plaza. La reina acababa de sentarse en su trono dorado.
Obstinado avanzó hacia ella. Junto a él, muy orgullosos,
marchaban sus padres, y justo detrás, sus hermanos. Toda la
familia iba a compartir su gloria. El pueblo aplaudía y le
aclamaba.
Obstinado llegó junto al trono y saludó a la reina con una
leve inclinación. Según prescribía el protocolo, su familia hizo
dos profundas reverencias. Una por su poder, y otra por su
belleza.
-Una más, una más, y más profunda- le susurró su padre,
creyendo que había olvidado cómo se hacía.
66
Obstinado hizo como que no oía. Las aclamaciones cesaron.
Todos habían notado lo pobre de su saludo y esperaban la
reacción de la reina. Presunción, aunque contrariada, no le hizo
ninguna observación. Por un lado, para mostrar a sus súbditos
cuán magnánima era con sus hijos, y también para no arruinar esta
fiesta, que le había costado tanto dinero y tanto tiempo.
Le hizo una señal con la mano para que se acercara. Junto a
ella, un cortesano sostenía un pequeño cojín aterciopelado con la
medalla dorada. Todos guardaban silencio. La reina iba a hablar.
Si hubieran podido, incluso hubieran retenido la respiración, para
no hacer ruido. ¡Pero hubieran corrido entonces el riesgo de
estallar y armar así un gran escándalo! En realidad, habían
aprendido a dominar hasta el aliento.
Presunción se levantó. Tomó la medalla y se la puso en el
cuello a Obstinado.
-Obstinado, hijo de Arrogante, por el valor que has
demostrado, descubriendo un reino desconocido, has honrado a
Yo-polis. A partir de hoy, tienes tú también el honor de llevar la
medalla del gran Yo. Ahora, puedes hablar. Te escuchamos.
68
La muchedumbre, que antes le había aclamado, se puso
ahora a abuchear: « ¡Vergüenza! ¡Vergüenza! ¡Ha deshonrado
Yo-polis! ¡Ha ultrajado a muestra reina! »
Presunción, roja de la cólera, se adelantó y le arrancó la
medalla dorada del pecho.
-¡Eres indigno de llevarla!
-¡Indigno! ¡Indigno!- gritó la multitud como un solo hombre.
Su madre se desvaneció. Sus padres llegaron, a duras penas,
a retener a su padre, que estaba a punto de echársele encima.
Nunca había acontecido en Yo-polis un disturbio de tal calibre.
Para despecho de todo ese tumulto, Obstinado permaneció
tranquilo e impasible. En cuanto la reina le quitó la medalla, sintió
un inmenso alivio. Como si le hubieran retirado un enorme peso
de los hombros.
Dos cortesanos se abalanzaron contra él, y por orden de la
reina, le ataron las manos a la espalda antes de propinarle dos
buenos puñetazos, y de tirarlo por tierra, a sus pies.
Obstinado volvió la cabeza y miró a Presunción. ¡Qué
maldad trasparentaban sus ojos! Se acordó de la dulce Humildad,
y suspiró.
-¡Aún te queda por suspirar! Vas a ver lo que significa la
palabra miedo- le dijo Presunción.
-Lo he visto en vuestros ojos- respondió Obstinado.
-Presunción no teme nada.
-Tenéis miedo de la verdad. Por eso no me dejáis continuar.
-¡Fuera de mi vista, pequeño golfo!
Le dio una fuerte patada, para satisfacer su vengativa
hosquedad.
-¡Quitadlo enseguida de mi vista y metedlo en prisión!
69
La única solución, el exilio
Así llegó a su fin la fiesta en honor a Obstinado. Desde hacía
tres días se hallaba en prisión, sin ver a nadie, sin hablar con quien
fuera. Se le dejaba un poco de pan y agua a la puerta. Antes, sólo
con imaginar esa situación, temblaba de miedo.
«Al final, se dijo, uno puede habituarse a muchas cosas.
Incluso en medio de la desgracia y de las pruebas, e incluso en el
martirio, Dios no abandona a nadie. Él da la fuerza. Se puede
hablar con Él y las dificultades vienen a menos. Lloramos ante Él,
y la prueba se disipa».
Obstinado oyó abrirse la puerta. Su corazón se puso a latir
más rápido. Dos guardas de la reina le hicieron señal de que los
siguiera. Avanzaron a través de un ancho pasillo oscuro; luego
subieron por una escalera bastante larga, porque la mazmorra se
hallaba en el subsuelo de palacio. Llegaron a lo alto, y Obstinado
fue conducido ante la reina. Junto a ella estaban sus padres. Su
madre estaba lívida y se mantenía en pie a duras penas,
esforzándose por no derrumbarse. La prueba que sufría su hijo le
había alterado incluso la voz, antaño tan orgullosa.
-Hijo mío- le dijo-, nuestra diosa Presunción ha manifestado
toda su misericordia. Pídele perdón y retira lo que has dicho, y
enseguida, inmediatamente, te dejará volver a casa.
-Muy Venerable Reina, quisiera pediros perdón por todo este
desorden que he provocado. Sin embargo, no puedo negar la
verdad. Si os hubiera mentido desde el comienzo, sería ahora el
héroe de Yo-polis. He preferido no obstante la verdad, para
honrar, en primer lugar a vuestra realeza, y después a la familia
70
que me ha educado. Al menos, sea yo veraz ante Dios. Él conoce
el corazón de todos nosotros.
La reina, que poco antes había estado dispuesta a dar
muestras de su magnanimidad, se puso en pie de un salto.
-¿De qué dios hablas, Obstinado?
-Del único Dios verdadero. El Creador de la vida.
-¿Dónde vive ese dios? ¿En Tú-polis, tal vez?
-Él está presente en todo. En este mismo instante, Él está
aquí y nos escucha.
En el colmo de la cólera, Presunción se giró hacia los padres
de Obstinado.
-¿Veis vosotros un dios aquí? ¿O es que yo estoy ciega, para
no verlo?
-No -murmuraron ellos, asustados.
-El verdadero Dios es invisible -explicó Obstinado-. No Lo
podemos ver. Pero podemos hablarle. Él nos escucha.
-¿Y yo, qué soy? ¿Me lo puedes decir?
-Vos también, mi reina, sois una de sus criaturas. Dios os
eligió para gobernar este Reino.
-Tú, hijo mío, no solamente estás loco, sino que además eres
peligroso. ¿Vosotros oís lo que me dice? Habéis venido aquí para
suplicarme que lo libere. Habéis dicho que todo esto no era sino
una ligereza infantil. Pero he aquí que este chico no sólo no se
arrepiente, sino que incluso blasfema. Si lo dejo libre, es capaz de
poner todo Yo-polis patas arriba. Todos buscarán a ese dios-
fantasma.
Se puso a recorrer los cien pasos, visiblemente emocionada.
Puede que fuera la primera vez en su vida que no sabía qué
decisión tomar. Le era imposible dejar libre al pequeño insolente.
Sentía vacilar su trono y su omnipotencia. Tenía que eliminar a
71
Obstinado de una forma u otra, para dar ejemplo. Si se hubiera
tratado de un adulto, es lo que hubiera hecho. Pero no era más que
un niño. No sabía cómo reaccionarían sus súbditos ante eso. Se
paseaba arriba y abajo por el palacio, dando puntapiés y golpes
con los puños.
-Creo que no hay más que una solución: el exilio.
Obstinado escuchó la sentencia, impasible.
-¿Qué queréis decir, Majestad?- preguntó su madre, toda
temblorosa.
-Lo que oís. Vuestro hijo debe abandonar Yo-polis como
tarde mañana al mediodía.
-Lo que habéis decidido será ejecutado- dijo el Señor
Arrogante-. Estad segura.
-Estaré tranquila a partir del momento en que Obstinado se
encuentre fuera de los muros de Yo-polis. Si un día vuelve a sus
cabales, si reflexiona y admite su error, entonces veremos lo que
se puede hacer.
Estas últimas palabras dieron un poco de esperanza a los
padres. Con muchos agradecimientos y postraciones, se retiraron,
llevando a Obstinado de la mano.
Su nueva casa
Antes incluso de poder quedarse un poco en su casa,
Obstinado se preparaba de nuevo para partir. Su primera idea fue
volver a Tú-polis. Pero, por otro lado, compadecía a sus padres, a
quienes había entristecido de tal manera. Su madre y sus
hermanos no paraban de llorar. Su padre, por el contrario, sentía
72
contra él una ira tal que enmascaraba muy bien su tristeza, si es
que de veras estaba triste.
-¡Mamá, deja de llorar! Verás cómo Dios no me abandona.
Él va a hacer algo.
-Si tu Dios, como dices, está presente en todo, espero que me
oiga. Dondequiera que vayas, quiero poder verte. Estuviste
ausente por un año. Tuve el gozo de verte regresar vencedor. En
este momento, ya no veo nada. Ni gloria, ni medalla. Lo único
que pido a Dios es poder verte.
-Por favor, para de llorar y vete a descansar.
-¿Ha oído Él lo que le he dicho?- preguntó su madre.
-Sí, mamá. Ha oído, ha oído… Pero ten paciencia. Porque Él
no responde de inmediato. Creo que de aquí a mañana nos va a
encontrar una solución.
-Nosotros también queremos verte- dijo su hermana-. ¿Nos
oye Él?
-Nos oye a todos y ve todo. Tengo tal confianza en Él, que
voy a acostarme el primero.
El sol comenzó a alzarse. Obstinado se apoyó contra las
murallas y abrazó con la mirada la ciudad que tendría que dejar
dentro de poco. En realidad, después de haber conocido Tú-polis,
nada lo retenía ya aquí. Volvió la mirada hacia la colina que tenía
enfrente, para disfrutar de la vista del oriente. El sol acababa de
hacer despuntar su primer rayo y toda la llanura se iluminaba.
Recordó con qué gozo, algunos días antes, había descendido la
colina, volviendo de Tú-polis. De lejos, se esforzaba por localizar
el lugar por donde había bajado. De pronto, ¡se acordó! ¡Sí, sí! Se
acordó de que al pie de la colina se había parado para beber agua.
Después había avanzado un poco para ver el manantial, y muy
cerca de allí había descubierto una gran gruta. En el momento en
73
que se inclinaba para mirar en el interior, dos grandes aves salían.
Le habían asustado con su inesperado revolotear, y se había caído
de espaldas.
Desde lo alto no se veía la gruta. Obstinado supo identificar
sin embargo, aproximadamente, en qué lugar se hallaba.
Contentísimo, echó a correr hacia su casa. Entró y los encontró a
todos conmocionados.
-¿Qué os pasa?
-Creíamos que te habías ido sin despedirnos.
-¡Claro que no! he ido a dar una vuelta por las murallas y
Dios me ha dado la solución que buscábamos.
-¿Qué solución?
-Allá, en la cresta de la colina, hay una gruta. La descubrí en
mi regreso, hace unos días. Por el momento, voy a instalarme allí.
No está muy lejos. Cuando queráis, podréis venir para que nos
veamos. Además, es a mí a quien ha condenado la reina al exilio,
y no a vosotros.
-Pienso que para empezar es una muy buena solución- dijo
su padre-. Más tarde, veremos qué hacemos. Espero que te
comportes bien, y que la reina vuelva pronto sobre su decisión.
Orgulloso temía que Presunción se contrariara porque
Obstinado se instalara en las inmediaciones.
-Sólo ha insistido en que esté fuera de los muros de Yo-polis.
No ha fijado la distancia- dijo Jactanciosa.
-Y así, podremos ir todos juntos a ayudar a Obstinado a
instalarse- dijo su madre, más animada.
El Señor Arrogante no estaba de acuerdo. Él pensaba que el
exilio debía ser ejemplar. Había tenido bastantes problemas por
culpa de su hijo. Obstinado le pidió perdón por la tristeza que le
había causado, pero éste no se dejó enternecer.
74
-Vosotros, si queréis, id. Para mí, no viene a cuento que yo
vaya.
Así Obstinado, acompañado de su madre y sus hermanos, se
puso en camino hacia su nueva casa.
Ese mismo atardecer, la gruta estaba irreconocible. Las
mujeres habían limpiado todo el interior y los chicos habían
cortado todas las zarzas de las inmediaciones. Habían
confeccionado una puerta provisional, que disponía de una ancha
abertura en la parte inferior, para que los dos cuervos pudieran
entrar y salir libremente. Porque los cuervos habían hecho su nido
en las bóvedas de la gruta y por nada del mundo Obstinado quería
cazarlos. Al principio, su madre gruñó un poco, pero viendo su
insistencia, acabó por ceder.
-Soy yo quien ha venido su casa, y no ellos quienes han
venido a la mía- dijo Obstinado-. ¿Les he pedido acaso que me
aceptaran? Hemos perturbado su paz, y eso basta. Además, ellos
de harán compañía.
-¿Sobre qué vas a conversar con ellos?- preguntó su
hermana.
-Sobre todo. Les contaré todos mis secretos y dormiré
tranquilo, porque nadie los sabrá.
-No salgo de mi asombro, de que incluso estés a gusto. Da la
impresión de que no te hayas dado cuenta aún de que te va a
quedar totalmente solo en breve.
-Has hecho bien en recordármelo. Es hora de que os
marchéis. Tenéis que estar en casa antes de la noche.
-¿Tienes prisa por echarnos?- inquirió Orgulloso-. Yo digo
que quiero permanecer algunos días contigo, hasta que te
habitúes.
75
-Eso no es necesario. Es mejor que acompañes a mamá y a
Jactanciosa a casa. De todos modos, no está tan lejos. Cuando
quieras, podrás venir a verme.
-No estaré tranquilo, hijo mío, mientras piense que tú estás
aquí, en la soledad.
-¡Escúchame entonces! No seamos ingratos. Ayer, la única
cosa que pedíamos a Dios era encontrar una manera de poder
vernos. ¿Acaso esperábamos una solución mejor que ésta?
-¡Oh, sí! Ahora que lo dices, hijo mío, me doy cuenta de lo
rápido que Dios nos ha dado una respuesta. Y nosotros, no sólo
no Le damos las gracias, sino que además lloriqueamos. Si Le
pido que cuide de ti para que no te ocurra nada malo, ¿incluso
ahora me escuchará?
-Él nos escucha siempre. Basta que nosotros nos acordemos
y hablemos con Él. Entonces vemos realizarse cosas que jamás
hubiéramos imaginado, hasta el punto de nos cuesta creer a
nuestros propios ojos.
-Quedémonos, aún así, esta noche, para que nos hables más-
dijo Jactanciosa-. Todo ha pasado tan rápido, que ni siquiera nos
has contado gran cosa de Tú-polis.
-Si no volvemos esta noche, papá va a inquietarse- dijo
Orgulloso-. Es mejor marcharse, y a partir de mañana
comenzaremos a hacer salidas para venir aquí.
-Orgulloso tiene razón- dijo Obstinado-. Demos gracias a
Dios todos juntos de esta cerca los unos de los otros, y
separémonos por esta noche.
76
Creen los que tienen
una buena disposición
Así comenzaron las idas y venidas entre Yo-polis y la cueva
de Obstinado. Al principio, su madre y sus hermanos eran los
únicos en llegarse a allí. Pero poco a poco, algunos padres se
unieron a ellos. Las noticias sobre Tú-polis corrían secretamente,
de boca en boca. Algunos amigos de los niños venían a ver a
Obstinado y a sus hermanos. Orgulloso y Jactanciosa pasaban
también, en la gruta, la mayor parte del tiempo. Con la ayuda de
su madre, y dado que el agua era abundante, plantaron flores y
habilitaron una huerta. Los niños cortaron troncos grandes y así
el patio se cubrió de bancos. Los que venían a verlos no tenían
ganas ya de irse.
A menudo, Obstinado se complacía por constatar que, ahora
que se había marchado de Yo-polis, ¡veía más gente y más amigos
que cuando vivía allí! varios Yo-politanos que trabajaban en los
campos de alrededor pasaban por ahí, para descansar un poco. Los
niños los recibían con alegría y compartían todo lo que tenían.
Estas noticias no tardaron en llegar al palacio de Presunción.
Su primera reacción fue hacer cerrar la única puerta que existía
en las murallas. Puso allí un portero, para guardar la llave y no
abrir más que a los que trabajaban fuera. Aún así, sea porque fuera
charlatán, o porque se aburría de estar solo toda la jornada, al
portero le encantaba conversar. Quería saber qué pasaba y quien
iba a esa cueva de enfrente. Curioso como era, decidió un día ir
también él. Imaginaba que regañando a esos niños insensatos, iba
77
a ganarse el favor de su reina. Sin embargo, poco después, él
también comenzó a hacer idas y venidas.
Cuando lo supo, Presunción lo echó de su empleo. Él, loco
de alegría, tiró la llave al río. Dicha llave era muy grande y pesada.
Así, se quitó un peso de encima, y la puerta permaneció siempre
abierta.
A menudo, la reina lamentaba de no haber hecho desaparecer
del todo a Obstinado. Al menos ahora, ella se hubiera quedado
tranquila. A medida que el tiempo pasaba, su inquietud
aumentaba. Los que iban y venían de Yo-polis, y creían en las
palabras de Obstinado, eran más y más numerosos. Según
Presunción, ningún Yo-politano serio podía creer en la existencia
de un dios invisible y presente en todo. Aquellas elucubraciones
de gente simplona, con ideas de niño.
Sin embargo, Obstinado, con la ayuda de Dios, logró
convencer a un gran número de sus conciudadanos. Les dijo que
los que tienen sencillez y buena voluntad pueden empequeñecer
su Yo, ir a Tú-polis y encontrar la fe.
81
-¿Has olvidado que te lo prometí? Cuando te fuiste, ¿no te
dije que te esperaría aquí?
-¿Cómo podías saber el día?
-Cada día, para mí, era probablemente el gran día.
Los Yo-politanos que llegaban por primera vez a Tú-polis
no iban a olvidar nunca ese día.
Serena, Generoso y los otros niños los acogieron con
canciones a la entrada de la ciudad. Los padres de los niños y
todos los Tú-politanos buscaron mil maneras de dar descanso a
los Yo-politanos. Les ayudaron a refrescarse y relajarse, y les
prepararon de comer. Los Yo-politanos no creían lo que veían sus
ojos. En toda su vida, no habían visto una caridad así, ni sentido
un calor tal. Una sorpresa sucedía a otra. Los Tú-politanos habían
construido también nuevas casas. Antes de que cayera la noche,
todo el mundo estaba instalado. A medida que los días pasaban,
los Yo-politanos experimentaban más y más la llama del amor, lo
cual ayudó a hacer caer las escamas de sus ojos. Su vida se llenó
de luz. Los que lograron liberarse de su gran Yo pudieron
experimentar la dicha de la vida en la que reina el Tú.
83
Apéndice
de Madre Hipandia,
higúmena del Monasterio de Solán
3
Mantenemos la expresión literal del francés que se refiere a algo ya vivido antes,
algo conocido por el lector. (N. T.)
Sin embargo, no pretendemos poner de manifiesto el mal en
otro lado que no sea en nosotros mismos. Porque este tránsito que
nos permite pasar de Yo-polis a Tú-polis es el recorrido de
conversión por excelencia, que cada uno debe hacer en su propia
vida. Esta ruta nos permite dejar el pusilánime «Yo-primero» para
descubrir los caminos de libertad del hombre nuevo, que sabe que
no puede encontrar su vida más que dándola, y dándola por
amor…
+
Cuando el sabio responde al joven chico que está buscando,
que la proximidad del fin depende de él, evoca la idea de una
geografía interior; y sobre todo, sugiere que hay caminos más y
menos largos para llegar a él. Así es para quien está en el camino
espiritual, tal y como no lo describen los maestros de la
espiritualidad cristiana:
A la ascesis corporal (las tareas, los ayunos, las vigilias, que
Obstinado parecía determinado a asumir con vistas a su éxito
material: el descubrimiento de esa desconocida tierra de Tú-
polis), hay que unir la ascesis interior, la del combate invisible
contra los malos pensamientos. El Anciano, pues, lo inicia en la
vigilancia o sobriedad espiritual («nepsis», término empleado en
la Filocalía), que es la condición sine qua non de la guarda del
corazón.
«En el camino, pon atención en tus pensamientos, en
tus reflexiones. Piensa siempre el bien. En la medida en
que así lo hagas, el camino te será fácil. Pero cuando
tengas malos pensamientos, tendrás dificultades y te
fatigarás en vano».
Al Padre Paisios, gran pedagogo, le gustaba utilizar
imágenes elocuentes para todas las circunstancias; así, a una
hermana desolada de ver el chaparrón de pensamientos que
inundaba su mente, él respondía: «¡Vamos! ¡Es normal! Déjalos
venir y marcharse a la vez. ¿Acaso los helicópteros que pasan
sobre el monasterio, destrozándote los tímpanos, te piden permiso
para hacerlo? Lo mismo ocurre con los pensamientos. ¡No
desesperes! Deja a los helicópteros volar. La situación se volvería
grave si tú te pusieras a construir una pista de aterrizaje, dándoles
libertad para aterrizar o despegar.
Los malos pensamientos son inevitables, pero lo importante
es no dejar que se deslicen imperceptiblemente al interior del
corazón, según el consejo de Humildad. Y los grandes maestros
espirituales (S. Nilo de Sinaí, san Juan Clímaco, Hesiquio, Filoteo
el Sinaíta, Casiano, siguiendo los pasos de Orígenes y Evagrio el
Solitario) nos dieron un análisis notable de los distintos grados de
penetración de los malos pensamientos en el corazón:
-En primer lugar se da la sugestión, que es una simple
imagen o idea sugerida a la mente (que corresponde a los
helicópteros sobrevolando por el cielo).
-Luego viene la conexión, que es el hecho de «conversar»
con el pensamiento sugerido. Justo antes de acceder a Tú-polis, la
dulce Humildad decía a Obstinado: «todos los hombres tienen
malos pensamientos. Pero es necesario no entablar conversación
con ellos». Por ejemplo, cuando Obstinado, a las puertas de Tú-
polis, comenzó a pensar en su llegada, debería haber rechazado el
pensamiento contra el padre de Serena, en lugar de escucharlo,
dar vueltas a su rencor y decidir hacerse de rogar, como venganza.
-La tercera etapa es el consentimiento, la aquiescencia del
alma a la que se propone el pensamiento. Es una toma de posición
personal: aceptamos hacer consistir nuestra suerte en el mal juicio
que nos hemos propuesto. Obstinado no podía evitar tener
pensamientos de desconfianza sobre una desconocida, pero en la
boca del pequeño túnel tenía la elección entre rechazar el
pensamiento y confiar en Humildad o, al contrario, consentir al
pensamiento y retirar la mano, como hizo.
-La cuarta etapa es la pasión: si los consentimientos se
repiten, engendran pasión, que es la tendencia torcida, que pasa al
estado de segunda naturaleza. Obstinado se había habituado de tal
modo a que se hiciera su voluntad y a dar vía libre a su ira, que
no reflexionó antes de dar un pisotón en el charco de agua.
-La quinta etapa es la cautividad, verdadera obsesión,
impulso irresistible donde la libertad ya no tiene lugar. Obstinado
tenía una necesidad irreprimible de ser el primero y de sentirse
admirado, lo que le lleva, entre otras cosas, a mentir diciendo que
había llegado sin la ayuda de nadie; es esta misma necesidad,
mucho más espontánea que la tendencia al bien, la que le empuja
a intentar ser más astuto en la curva, para ser el mejor en la carrera
y merecer el título de «Viento».
Las enseñanzas de los Padres concuerdan naturalmente con
el penoso aprendizaje de nuestro joven chico; es mejor ofrecer en
contra una vigilancia activa en todo instante, a fin de resistirse al
mal pensamiento en cuanto aparece. En cuanto un pensamiento
egoísta, una sencilla atracción mala, aflora en nuestra conciencia,
es preciso combatirlo. Más vale no empezar un diálogo con él,
sino cortarlo al raso desde el estado de simple sugestión para no
dejarse arrastrar hasta el consentimiento.
+
De todos modos, no basta con rechazar los malos
pensamientos. También hay que guardarse de todas las
construcciones de nuestra imaginación4, de las interpretaciones
que estamos tentados de dar sobre el comportamiento del prójimo,
de los juicios,5 en resumen, de todos los pensamientos que no
tienden al cumplimiento concreto e inmediato, en nuestra propia
vida, de la voluntad de Dios.
Esta lucha contra los pensamientos reviste, a ojos de los
maestros espirituales del desierto, una importancia extrema. El
hombre puede agotar su cuerpo con ayunos, vigilias, trabajos de
toda clase, observar escrupulosamente todo lo relativo a una
apariencia exterior correcta, y seguir siendo sacudido por multitud
de pensamientos e imaginaciones que esterilizan sus esfuerzos y
lo exponen a graves caídas. Como decía el Anciano a Obstinado:
«No encuentras porque no buscas como es debido».
«Este tema le fue planteado al Padre 6 Agathon:
“¿Qué es mejor: el trabajo corporal (es decir, la ascesis del
cuerpo) o la guarda interior?” El anciano respondió: “El
hombre es semejante a un árbol: la labor corporal es el
follaje, y la guarda del interior, el fruto. Puesto que, según
la Escritura, todo árbol que no produce buen fruto será
cortado y arrojado al fuego (Mt 3, 10), queda claro que
todo nuestro esmero debe ser por el fruto, es decir, por la
guarda del espíritu; pero nos es necesaria también la
4
De las que un ejemplo pintoresco es la historia de la chiquilla que llora a su hijo
muerto ¡antes de estar siquiera casada!...
5
Obstinado juzgó duramente al ladrón… Fue constatando el problema del
escarabajo cuando lo del robo de la mora como se dio cuenta de que no tenía los
datos necesarios para apreciar el alcance del acto del caballero y emitir un juicio al
respecto.
6
En realidad el nombre es Abbá Agathon. (N. T.)
protección y ornamento de las hojas, que son la tarea
corporal.”»
Los Padres han elaborado para nosotros la lista de los ocho
malos pensamientos o vicios principales, que atormentan el alma
(esquemáticamente: la gula, la lujuria, el amor al dinero o
avaricia, la ira, la tristeza, la acedía o hastío, la vanagloria y el
orgullo, y San Doroteo de Gaza añade la propia voluntad), y que
parecen ejercer un verdadero dominio sobre nosotros cuando
vivimos en el registro del Yo-primero. Sin embargo, estas
pasiones no son realidades naturales inicuas- Dios no es el creador
del mal- sino sólo la perversión, debida a un mal uso de la libertad,
de aspectos constitutivos de la naturaleza humana. Estas potencias
naturales de deseo y combatividad, purificadas, deben permitir al
hombre ir hacia Dios, con todas sus fuerzas reunidas. La familia
del Señor Paciente rodea y acoge a Obstinado con la firme
convicción de que su amor hará salir de nuevo su verdadera
naturaleza, libre, y le ayudará a dejar la cautividad de su tenaz
egocentrismo. Porque «el que está animado por un humilde amor
del prójimo tiene como el don de revelar a los demás lo mejor de
sí mismos y de encaminarlos hacia el descubrimiento de su
verdadera identidad.»7
7
Padre Placide Deseille, Nous avons vu la vraie lumière, Ed. L’Age d’Homme 1991, p.
96 (Traducción del texto propia).
+
Pero si Dios no da su gracia, vana es la labor del hombre. Y
esta gracia es concedida a aquél que confiesa al Señor la debilidad
de su naturaleza, reconociendo plenamente su propia impotencia.
Fue necesario el acontecimiento particularmente doloroso de la
caída de Serena para que Obstinado se viera confrontado con la
fealdad de su pasión, como consecuencia tangible de sus
opciones: Serena estaba en peligro de muerte porque él no había
pensado más que en su triunfo personal, en lugar de aceptar un
enriquecimiento mutuo, en la carrera de ambos, lado a lado, tal y
como le había sido propuesta en un primer momento. Las escamas
de los ojos del vil Yo cayeron con las lágrimas de arrepentimiento
que acompañaron su insistente plegaria para que Dios salvara a
Serena. Humillado por su culpa, Obstinado es liberado de la
ceguera en la que el orgullo lo encerraba.
San Juan Clímaco llegará a sugerir que la sola humildad
podría bastar y constituye un «bendito atajo» en el itinerario
espiritual:
«Si la sola pasión del orgullo, sin el concurso de
ninguna otra, pudo hacer caer el cielo, podemos
preguntarnos si no sería posible subir al cielo por la
humildad, sola, sin la ayuda de ninguna otra virtud.»
«Cuando veas u oigas decir que alguien ha
alcanzado en pocos años la más sublime impasibilidad,
debes concluir que no ha emprendido otro camino que este
bienaventurado atajo.»8
8
San Juan Clímaco, L’Echelle Sainte, 22, 12 y 25, 36, Spiritualité Orientale 40, Abbaye
de Bellefontaine, 2008. (Trad. propia)
En el desarrollo de la vida espiritual, los Padres distinguen
dos fases esenciales: activa y contemplativa. Durante la primera,
el hombre debe hacerse violencia para cumplir los mandatos del
Señor- será un combate incesante y un recomenzar continuo,
porque el hombre está aún atado a sus pasiones y sus
comportamientos interiores y exteriores. El Señor ya está
secretamente presente, ayudando y sosteniendo el alma en su
combate; pero no es sensible al corazón, pues la atracción de los
goces egoístas permanece de un modo temible. Por eso el hombre,
creado libre, no puede gozar del bien más que si se adhiere a él
voluntariamente. De otro modo el bien seguiría siendo exterior a
él. «Para ser verdaderamente nuestra, la santidad a la cual se nos
llama debe ser el fruto de la constante colaboración de nuestra
voluntad libre y de la gracia divina.»9 Es por eso que vemos al
Señor respetar la libertad del padre de Obstinado, el Sr.
Arrogante, que no llega a dejar Yo-polis para instalarse
definitivamente en Tú-polis.
San Macario tiene una visión optimista de esta lucha: ya que
la gracia está secretamente presente dentro del alma, el combate
no es desigual, el pecado no es una fuerza exigida. También «la
voluntad que resiste, se esfuerza y soporta la tribulación poco a
poco vence; cae y se levanta; de nuevo, el pecado la tira al suelo;
en diez, incluso veinte asaltos, se pone por encima y la abate; pero
con el tiempo, el alma llega a vencer al pecado en el trascurso de
una batalla…».10 Y, luego de haber largamente luchado así, todo
lo que el hombre cumplía hasta entonces haciéndose violencia,
sin que su corazón se inclinara a ello, lo cumple a partir de ese
momento de buen grado. Lleno del Espíritu Santo, «observará con
9
Padre Placide Deseille, op. cit., p. 62 (Trad. propia)
10
San Macario el Grande, Homélies Spirituelles, Spiritualité Orientale 40, Abbaye de
Bellefontaine, 1984. (Trad, propia).
toda verdad, sin violencia ni cansancio, la voluntad del Señor- o
más bien será el mismo Seño quien cumpla en él sus propios
preceptos- y producirá con toda pureza los frutos del Espíritu.»11
Y los frutos del Espíritu son el amor, la alegría, la paz, la
paciencia, la mansedumbre, la bondad, la fidelidad, la dulzura, la
templanza, todo un mundo, todo un ambiente.
Es así como Obstinado debe batirse durante un tiempo largo:
comienza ciertamente a hacer el bien, a ayudar a los padres de
Serena en casa, pero es aún con dificultad y con la espera de una
recompensa. Le es necesario un largo aprendizaje para no sólo
hacer el bien sino, lo que es más, hacerlo con generosidad y
haciendo el don de sí mismo. Sólo poco a poco el impulso hacia
el bien se vuelve en él natural y espontáneo. Para ello, es ayudado
tanto por los consejos de Humildad como por el ejemplo vivo de
las personas que frecuenta en Tú-polis: recordemos su asombro
por la forma con la que los niños consiguen jugar juntos- ¡y por
tanto a divertirse mucho más que los de Yo-polis!- y muchos otros
episodios… También es ayudado por la oración de los niños, que
le hacen descubrir la belleza de la aurora y la paz de la
conversación con Dios. Lo que le edifica no es tanto, por cierto,
lo que los Tú-politanos le dicen, como lo que son. Cuando su
primero encuentro, Serena no dijo nada de particular a Obstinado,
pero algo se desprendía de ella, de su forma de ser. En Tú-polis,
ve la bondad de todos, su prontitud para el servicio, para
perdonar… en resumen, es todo un ambiente que reina, y que se
resume en el himno a la caridad de San Pablo:
«El amor es paciente, servicial; el amor no es
envidioso; no fanfarronea, no se engría, no busca su
interés, no se irrita, no lleva cuenta del mal; lo excusa
11
Ídem.
todo, lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo. El amor
no pasa nunca.»
El amor de Dios pide hacer sitio al otro, llenarse de amor
por los demás, a fin de acoger en última instancia al Otro, la
Alteridad suprema, el verdadero Dios.
Si queremos que Dios venga a visitarnos, que esté presente
en nuestra vida, hay que comenzar por empequeñecer el propio
Yo. Y es la renuncia a la propia voluntad, a los deseos ilimitados
de goce y de poder, la que lleva al hombre a desembarazarse poco
a poco de su egoísmo.
«El mutuo amor es la ley fundamental de nuestra existencia.
Amor que exige que demos sin cesar nuestra vida por los otros, a
través de las múltiples renuncias, humildes pero con frecuencia
cuán crucificantes, que trae la existencia cotidiana.» 12 Por
ejemplo, no ir a pasear para quedarse a acunar al bebé de la Señora
Bondad…
Es amándonos los unos a los otros como nos acercamos a
Dios. Pero, al mismo tiempo-pues ambas cosas se coinciden-,
también cunado caminamos hacia Dios podemos encontrarnos
realmente son el prójimo:
«Suponed un círculo trazado en el suelo, es decir una
línea redonda hecha con compás, y un centro. Imaginad
que dicho círculo es el mundo; el centro, Dios; y los
radios, las distintas vías o modos de vivir de los hombres.
Cuando los hombres, deseando acercarse a Dios, caminan
hacia el centro del círculo, a medida que penetran en el
12
San Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, 185 (SC 92, Éditions du Cerf, Paris),
citado en Padre Placide Deseille, La founaise de Babylone, Monasterio Saint-Antoine-
le-Grand. Padre Placide Deseille, op. cit., p. 62 (Trad. propia)
interior, se acercan los unos a los otros al mismo tiempo
que a Dios. Cuanto más se aproximan a Dios, más se
acercan los unos a los otros.»13
Como también dicen los Padres del Desierto: « ¡Si has visto
a tu hermano, has visto a Dios! » Es lo que le sucede a Obstinado:
cuando alcanza a pensar en el bien de Serena y no en el suyo
propio, entonces, y sólo entonces, su corazón se abre a la
presencia de Dios.
Es entonces cuando «el nacimiento de lo alto» acontece en
su plenitud.
«En verdad, el hombre nace en el momento en que conoce
a Dios», dice el Sabio a Obstinado cuando éste le anuncia el
verdadero descubrimiento que ha hecho en Tú-polis: ¡es que ha
encontrado al verdadero Dios!
13
San Macario el Grande, Homélies Spirituelles, Spiritualité Orientale 40, Abbaye de
Bellefontaine, 1984. (Trad, propia)
Índice
Prólogo 3
Un pequeño Yo-politano 4
La diosa Presunción 5
El sabio anciano 7
El buen pensamiento 10
La dulce humildad 11
En Tú-polis 13
Los juegos en Tú-polis 15
El sol sale cada mañana 16
La gran sorpresa 17
Las gamuzas del acantilado 18
Cuando hagas el bien, hazlo de buena manera 19
El viento de Tú-polis 21
La hora del perdón 23
La señora Discernimiento 24
El gozo se adquiere dando 25
La hora de la separación 26
Quien tiene consigo a Dios no teme a nada 27
El regreso a Yo-polis 29
La medalla dorada 30
La hora de la gran verdad 30
La única solución, el exilio 31
Su nueva casa 32
Creen los que tienen una buena disposición 34
No basta que Dios quiera, es preciso también que
el hombre quiera 35
Los Yo-politanos en Tú-polis 36
Los viajes perpetuos 36
Apéndice 38