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2 Comprensión Lectora

El resumen describe un documento sobre una lección de comprensión lectora de un cuento de Edgar Allan Poe titulado 'El retrato oval'. Los estudiantes deben leer el cuento, responder preguntas sobre la trama y describir elementos de la historia.

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Rosario Venden
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El resumen describe un documento sobre una lección de comprensión lectora de un cuento de Edgar Allan Poe titulado 'El retrato oval'. Los estudiantes deben leer el cuento, responder preguntas sobre la trama y describir elementos de la historia.

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Escuela Primaria N°717

“Obispo Alberto Devoto”


Pje. Soledad – Goya, Corrientes

Área: Lengua
Eje: Prácticas de la oralidad, lectura y escritura.
Contenido: Comprensión lectora de cuento.
Objetivo: Comprenda el contenido del texto, siendo capaz de monitorear y
autocontrolar su propia interpretación.

- Por medio de un video explicativo:


. Proponer la lectura de un cuento.
. Realizar hipótesis sobre el mismo.
. Proceder a la lectura autónoma y comprensiva.
. Releer las veces que sean necesarias.
. Enviar un audio narrando el cuento leído.
. Aceptar o rechazar hipótesis antes mencionadas.

- Aclarar posibles dudas.


- Plasmar en las carpetas las actividades propuestas.
- Solicitar el envío constante de las actividades realizadas.
- Enviar correcciones y devoluciones.
- Aclarar dudas en forma individual y/o grupal en caso de ser necesario.

Comprensión lectora de cuento

Lee el siguiente cuento de Edgar Allan Poe, titulado “El retrato oval”.

El retrato oval

El castillo en el cual, a mi criado, desgraciadamente herido como estaba, se le había ocurrido penetrar a la fuerza en
vez de permitirme pasar una noche a la intemperie, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que
durante tanto tiempo se levantaron en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de
Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente.
Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada
en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros
estaban cubiertos de tapicerías y adornados con un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de
estilo, encerradas en marcos dorados. Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa,
aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en los rincones que la arquitectura
caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada,
encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas
de negro terciopelo, que rodeaban el lecho.
Lo quise así para poder, al menos, si no conciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de
estas pinturas y la lectura de un pequeño libro que había encontrado sobre la almohada, en que las pinturas se
criticaban y analizaban.
Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la
medianoche. La posición del candelabro me molestaba y, extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño
de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.
Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas velas dio de pleno en un
nicho del salón que una de las columnas de la cama había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi
envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no había advertido. Era el retrato de una joven ya formada, casi
mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero mientras mis ojos
permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para
ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi
espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.
No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo había
desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la
realidad de la vida.
El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. Se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo; había
en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes
cabellos, pendían en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval,
magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la obra, ni la excepcional belleza de su
fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su
delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva.
Sin embargo, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo
instante. Sumergido en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella
inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por fascinarme. Lleno de
terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición y, habiendo así apartado de mi vista la causa de mi
agitación, me apoderé ansiosamente del libro que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué
inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia
siguiente:
“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mala hora amó al pintor y se casó con él. Él
tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima
belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su
rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su
adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Pero era humilde y sumisa y
se sentó pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba
sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista atribuía su gloria a su obra, que avanzaba de hora en hora,
de día en día. Y era un hombre apasionado, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que
la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se
consumía para todos, excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba
de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la
imagen de la que tanto amaba, quien de día en día se tornaba más débil y desanimada. Y, en verdad, los que
contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y
del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a
nadie entrar en la torre, porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y
levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni siquiera para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que
extendía sobre el lienzo se borraban de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas
hubieron transcurrido y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, solo dar un toque sobre la boca y otro
sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y
entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un
minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: “¡En verdad,
esta es la vida misma!” Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada: ¡Estaba muerta!”

Responde en tu carpeta las siguientes preguntas.

1. Muchas personas piensan que este cuento es sombrío, pero ¿qué lo hace tan
oscuro y tenebroso?
2. ¿Por qué el cuadro de la joven le habrá hecho cerrar los ojos al narrador?

3. Lee el último fragmento: “porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo había
desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos,
haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida” ¿Qué querrá decir con
“volver repentinamente a la realidad de la vida”?

4. ¿Por qué dirá que la joven del retrato “en mala hora amó al pintor”? ¿Por qué, al
final, cuando el pintor grita “esta es la vida misma” dice que lo hace palideciendo
intensamente herido por el terror y grita con voz terrible?

4. Escriban un párrafo sobre la habitación en la que descansan.

5. Finalmente ¿cómo se imaginan el cuadro que le causa estupor al narrador?,


¿pueden describirlo con palabras o pintarlo, quizás?

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