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Administración de Justicia: Principios y Proceso

El documento trata sobre los principios básicos de la administración de justicia en Argentina. Describe conceptos como la función jurisdiccional de los tribunales, la noción de causa judicial y sentencia, y los principios que rigen la impartición de justicia según la jurisprudencia de la Corte Suprema.
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Administración de Justicia: Principios y Proceso

El documento trata sobre los principios básicos de la administración de justicia en Argentina. Describe conceptos como la función jurisdiccional de los tribunales, la noción de causa judicial y sentencia, y los principios que rigen la impartición de justicia según la jurisprudencia de la Corte Suprema.
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CAPÍTULO XLV

LA ADMINISTRACION DE JUSTICIA

I. EL MODO Y LA OCASIÓN DE SU EJERCICIO. - La denominación de la función. - Los


principios básicos. - El “caso” o la causa judiciable. - Los principios del derecho judicial
sobre la administración de justicia. - II. LA SENTENCIA. - Su carácter de norma individual del
caso. - La motivación y la fundamentación. - La arbitrariedad de sentencia. - Los requisitos
de la sentencia. - La exención de controles extraórganos. - La obligación de sentenciar. - La
cosa juzgada. - III. LA JURISDICCIÓN, LA ACCIÓN Y EL PROCESO. - La justicia pública. - La
jurisdicción. - La acción. - Las acciones “de clase”. - La acción para defensa de los intereses
difusos y los derechos de incidencia colectiva. - El proceso. - El derecho a la jurisdicción. -
Como satisface el estado la administración de justicia. - El juez en el proceso. - Los tribunales
de alzada y la segunda instancia. - El activismo judicial. - La denegación de justicia. - La
inmunidad (absoluta y relativa) de los estados extranjeros. - La inmunidad absoluta de
jurisdicción de entes intergubernamentales. - La denegación de justicia y la jurisdicción
internacional. - Otras hipótesis análogas a la privación de justicia. - La responsabilidad del
estado por su administración
de justicia.

I. EL MODO Y LA OCASION DE SU EJERCICIO

La denominación de la función

1. — Nunca hemos dudado de que la función de administrar justicia es una


función “jurisdiccional” a cargo de los tribunales del poder judicial. Por eso, nunca
abandonamos la denominación de “administración de justicia”, si bien compartimos
otras denominaciones que —actualmente— alguna doctrina reputa más acertadas
como, por ejemplo, la de “impartición” de justicia.

No adherimos a los enfoques que por administración de justicia entienden la que


“administran” los tribunales en aquellos sistemas donde no cabe hablar rigurosamente de un
“poder judicial”, con lo que la justicia a cargo de tribunales que realmente componen un “poder”
(el judicial) no sería “administración de jus-ticia”, sino algo distinto que merece otro nombre; pero
¿cuál habría de sustituirlo?
En los sistemas continentales europeos se suele afirmar por parte de cierta doctrina que juzgar
(resolver causas judiciales) no es, en verdad, algo funcio-nalmente distinto de la administración a
secas, con lo que la administración pública y la administración de justicia no mostrarían entre sí
diferencias sustan-ciales. Por detrás, ronda la impresión de que —entonces—
el “gobierno” viene a ser un bloque dentro del cual no existe un “poder judicial”, sino sólo una
fun-ción: “administrar justicia”.

Nuestro poder judicial es, en verdad, un poder, cuya función nuclear en lo que
hace a lo estrictamente judicial es administrar (o impartir) justicia, a lo que se
suma —ahora— las otras funciones “no judiciales” a cargo del Consejo de la
Magistratura y el jurado de en-juiciamiento, introducidos por la reforma de 1994
dentro del mismo poder judicial (para esto último, remitimos al cap. XLIV,
especialmente nos. 3 a 6).

Los principios básicos

2. — La administración de justicia como función del poder que ejercen los


órganos judiciales se enmarca y transcurre a través de causas (o procesos)
judiciales.

Durante el curso de éstos, el órgano judicial (juez o tribunal) cumple nume-rosos actos
procesales. Las resoluciones que dicta en las diversas etapas del proceso pueden recibir distintos
nombres, pero a los fines constitucionales es aceptable denominar genéricamente como
“sentencia” a estos diversos pronunciamientos. (No obstante, se suele emplear la palabra
“sentencia” para mentar la decisión que en cada instancia pone fin al proceso ante el órgano que
corresponde a dicha instancia.) De ahí que quepa decir que el acto que traduce el ejercicio de la
función de “administrar justicia” es la sentencia.
(Por supuesto que aquí encaramos solamente la función de “administrar justicia”, y no la
función “administrativa” que también tiene a su cargo el poder judicial en la medida requerida
para ejercer la administración de justicia.)

3. — Algunas nociones vinculadas con el tema son las siguientes:


a) Todo juez requiere que su jurisdicción sea incitada. Es decir, no actúa “de
oficio” o motu proprio (por propia iniciativa). Su función permanece inhibida y
latente mientras no hay proceso, y el proceso se inicia a impulso de parte, mediante
la acción.

Alguna excepción al principio de que la función judicial requiere ser activada encontramos
tanto en la ley sobre habeas corpus, cuanto en el derecho público provincial, cuando se legitima a
los jueces a emanar, sin que parte alguna promueva su jurisdicción (o sea, “de oficio”), un “auto
de habeas corpus” en casos de extrema necesidad para proteger la libertad ambulatoria de personas
cuya privación o restricción ilegítimas le constan al juez por cualquier vía ajena a una denuncia
judicial, o a una demanda.
También la justicia electoral —que integra el poder judicial federal— ha recibido por ley
varias competencias para actuar de oficio, o sea, sin impulso de parte.
Asimismo, la Corte Suprema en ciertos casos de excepción y cuando ha debido cumplir algún
acto propio de su competencia, ha verificado previamente si tal acto (o la norma que imponía
cumplirlo) era constitucional o no, y ha emitido fuera de causa judicial y sin petitorio de parte un
pronunciamiento acerca del punto. Lo que no queda claro es si tal pronunciamiento
(en el que ejerce control constitucional pero que recae fuera de un proceso judicial) traduce
función jurisdiccional propiamente dicha. (Ver nº 5).

Las formas habituales de incitar la jurisdicción son: a) originariamente (en


primera instancia) para acceder al proceso mediante acción (o demanda); b) en
instancia de revisión (sea ante la misma instancia originariamente provocada, o
ante otra superior) mediante recurso.
b) Todo pronunciamiento judicial que implica administrar justicia recae en una
“causa” judiciable, y la forma de resolver esa causa es la sentencia.
c) En consecuencia, se detrae al juez la consulta, la declaración teórica o
general, y las cuestiones abstractas, porque todo ello im-porta un pronunciamiento
sin causa judiciable, o al margen de la misma.

Por excepción, hay algunas leyes que para determinados supuestos establecen la elevación
en consulta a un tribunal de alzada por el tribunal inferior, pero lo que la alzada resuelve lo hace
dentro —y no al margen— de una causa judicial.

El “caso” o la causa judiciable

4. — Nuestro art. 116 constitucional hace la enumeración de ca-sos que


configuran la competencia judicial federal, y habla de “causas”.
El “caso” o la “causa” judicial equivale a “juicio” o “proceso judi-cial”, y para
nada se limita o identifica al “caso contencioso”, o juicio contradictorio. Para
nosotros, cabe en el concepto constitucional de “causa” la acción declarativa de
inconstitucionalidad, la acción declarativa de certeza; el juicio llamado de
jurisdicción voluntaria, etcétera.
Ver cap. XLVIII, nos. 12 a 14.

5. — Sin embargo, y sin ser costante ni uniforme la jurisprudencia de la Corte, hay


precedentes en los que sostuvo que ella es competente para producir aquellos actos de gobierno
que, como cabeza de poder y órgano supremo de la organización judicial argentina son necesarios
para garantizar la investidura de los jueces “nacionales”, incluido el juicio sobre la existencia de
dicha investidura, en la medida en que ella ineludiblemente lo requiera (en tal sentido, y en época
reciente, puede verse el caso “Aramayo, Domingo R.”, resuelto el 14 de febrero de 1984).
No interesa demasiado, en tales supuestos, hacer exceso de doctrina acerca de si tales casos
configuran lo que estrictamente se puede denominar “causa” judicial o judiciable, sino más bien
detectar que, sean o no sean “causas”, provocan la actividad y el pronunciamiento de la Corte. Y
más allá de que tales casos sean resueltos mediante “sentencia” o mediante “acordada” se
demuestra que no encuadran en el tipo clásico del proceso judicial. Tampoco interesa esclarecer
aquí si la resolución que en ellos dicta la Corte emana de sus poderes de superintendencia, o acaso
de lo que ella llama sus poderes “implícitos”. Lo importante es atender a esta especie de decisiones
emanadas del más alto tribunal, fuera de los cauces comunes y habituales en que se enmarca la
admi-nistración de justicia.
Asimismo, debe tenerse presente que en defensa de las prerrogativas que a la Corte le
confiere el art. 113 de la constitución, dicho tribunal tiene también competencia para emitir
pronunciamientos y decisiones al margen de lo que estrictamente puede considerarse “causa”
judicial.

Los principios del derecho judicial sobre la administración de justicia

6. — Si procuramos armar un repertorio de principios básicos que señala el


derecho judicial emanado de la jurisprudencia de la Corte, podemos esbozar los
siguientes:
a) los jueces son servidores del derecho para la realización de la justicia;
b) el ejercicio imparcial de la administración de justicia es un elemento
indispensable de la defensa en juicio;
c) la sentencia debe ser derivación razonada del orden jurídico vigente;
d) el respeto a la voluntad del legislador no requiere admitir soluciones
notoriamente injustas;
e) el apartamiento deliberado y consciente de la verdad es incompatible con
una adecuada administración de justicia;
f) la verdad objetiva o material debe prevalecer sobre la pura verdad formal;
g) la intervención del poder judicial no puede ser excluida compul-sivamente
a los fines de solucionar controversias individuales;
h) importa agravio a la garantía de la defensa la exclusión del poder judicial
en causas donde la tutela de un derecho subjetivo configura cuestión justiciable;
i) los jueces deben alcanzar en sus sentencias la solución objetivamente justa
del caso con arreglo a las circunstancias del mismo y al derecho que le resulta
aplicable.

7. — Un perfil descriptivo a título de síntesis conceptual surge del siguiente standard de la


Corte: “…esta Corte tiene establecido que el desempeño judicial no se agota con la remisión a la
letra de los textos, y ha desechado la admisión de soluciones notoriamente injustas que no se
avienen con el fin, propio de la labor de los jueces, de determinar los principios acertados para el
reconocimiento de los derechos de los litigantes en las causas concretas a decidir (Fallos, 253-267
y 271-130). Asimismo, la ley acuerda a aquéllos la facultad de disponer las medidas necesarias
para esclarecer los hechos debatidos, y tal facultad no puede ser renunciada cuando su eficacia
para determinar la verdad sea indudable (Fallos, 238-550)”.

II. LA SENTENCIA

Su carácter de norma individual del caso

8. — La sentencia recaída en causa judiciable como culminación del proceso,


es el modo único y normal de ejercer la función de administrar justicia.
La sentencia es una norma, emanada del juez en y para un caso concreto. O sea,
es una norma individual. El juez, al dictarla, “crea” derecho, pero ese derecho que
crea, no es derecho “nuevo” (como sí lo es el que crea la ley) porque en su creación
el juez extrae la norma individual creada por él, del ordenamiento jurídico vigente.
O sea, que la administración de justicia es una función sub-legal.

9. — El juez actúa en ejercicio de una función de individuación de la norma


general “en” y “para” un caso singular y concreto.
El juez, al crear la norma individual de la sentencia, no puede evadirse del marco
del ordenamiento jurídico vigente; debe apoyarla en algún sector o parte del mismo.
De ahí que sea clásica la norma judicial de la Corte, definitoria de lo que debe ser
una sentencia para merecer reconocimiento como acto jurisdiccional válido:
derivación razonada del derecho vigente conforme a las circunstancias de la causa.
Por eso, la sentencia no puede sustentarse en la sola voluntad o afirmación
dogmática del juez, ni en derecho no vigente (ya derogado o no vigente todavía).
Aun en el caso de “laguna” (o carencia de norma), la integración judicial crea
la norma individual de la sentencia “dentro” de límites y contornos. Nunca en forma
incondicionada.

La Corte tiene establecido que la elaboración del derecho que incumbe a los jueces no llega
hasta la facultad de instituir la ley misma: la afirmación que la Corte hace acerca de que la
organización del estado reposa en la “ley” excluye la creación “ex nihilo” (“de la nada”) de la
norma legal por parte de los órganos encargados de su aplicación.

Para el tema, remitimos al Tomo II, cap. XXIV, nos. 108 a 111.

La motivación y la fundamentación

10. — La sentencia no es mera aplicación automática de una norma general. Subsumir el caso
judiciable en el orden jurídico vigente no es componer un silogismo. La aplicación supone
interpretación —de la norma y del caso— y ello aun cuando el juez en “su” interpretación deba
acatar acaso la interpretación obligatoria de un órgano judicial superior (por ej.: en los casos de
casación, de fallos plenarios, de jurisprudencia vinculatoria, etc.), porque nunca deja él mismo de
interpretar para poder aplicar la norma general al caso.

De todo ello surgen dos requisitos de la sentencia: a) su motivación; b) su


fundamentación. Se suele decir que la sentencia se motiva en los hechos del caso,
y se funda en el derecho aplicable. La fundamentación y la motivación — razonada
y razonablemente expuestas por el juez— explican por qué el caso se resuelve
como se resuelve. O sea, por qué la decisión es la que es, y dónde halla sustento.
Cuando la Corte dice que la sentencia debe ser una derivación razonada del
orden jurídico vigente con referencia a las circunstancias de la causa, está
abarcando la fundamentación y la motivación; por “tales” circunstancias del caso,
dicho caso recibe “tal” aplicación del derecho vigente escogido por el juez para
decidir la cuestión.
11. — El derecho judicial de la Corte tiene señalado que la exi-gencia de que
las sentencias tengan debido fundamento reconoce raíz constitucional.

La constitución alude a “sentencia fundada en ley” en algunos artículos (17 y 18) para
determinadas materias (condena penal, privación de la propiedad). El principio se extiende a todas
las decisiones judiciales, bien que el fundamento no necesite siempre ser “legal”, porque también
puede arraigar en otras normas del derecho vigente que no son ley, e incluso en jurisprudencia.
Cuando el orden normativo presenta lagunas o vacíos, la integración que hace el juez para colmar
la carencia de norma siempre debe basarse en el derecho vigente (acudiendo a la analogía, los
principios y los valores). (Ver Tomo I, cap. III, acápite II).

12. — La carencia de fundamento mínimo, o el fundamento ca-prichoso o


dogmático, insostenible o insuficiente, constituyen un vi-cio que tipifica uno de los
casos de arbitrariedad de sentencia.
Es importantísimo destacar que ningún tribunal puede prescindir de la norma
que rige el caso ni dejar de aplicarla al mismo, salvo que a esa norma la declare
“inconstitucional”.

La arbitrariedad de sentencia

13. — Nuestra Corte Suprema ha elaborado toda una rica teoría acerca de los
casos en que falta la verdadera calidad de acto jurisdiccional (o sentencia) a un
pronunciamiento judicial. Es la teoría de la arbitrariedad de sentencia, o de la
“sentencia arbitraria”. Tal descalificación implica, para nosotros, un vicio o defecto
de incons-titucionalidad, que nos permite hablar de sentencias “inconstitucionales”.

Cuando la Corte ha señalado que la defensa en juicio incluye también la posibilidad de


obtener en el proceso una sentencia que sea derivación razonada del derecho vigente, ha dado pie
para considerar que cuando, por no serlo, la sentencia resulta arbitraria, la arbitrariedad implica
“inconstitucionalidad” por lesión a la garantía defensiva del art. 18. Hay fallos de la propia Corte
que, al considerar arbitraria una sentencia, han sostenido expresamente que ella violaba las
garantías de la defensa en juicio y del debido proceso de ley del art. 18.

La sentencia arbitraria es susceptible de recurso extraordinario, aunque la


revisión deba versar sobre cuestiones de hecho o de derecho común (o local) que
—de no mediar arbitrariedad— son ajenas a dicho recurso. (Ver cap. L, nº 25).
La inconstitucionalidad de la sentencia arbitraria radica en ésta misma, y esa
inconstitucionalidad ha sido introducida en el proceso por el juez autor de la sentencia arbitraria.

14. — Como modelo de norma judicial que describe la figura de la sentencia arbitraria,
reproducimos esta formulación tomada de un fallo de la Corte: “en forma reiterada ha resuelto
esta Corte que es requisito de validez de las sentencias judiciales que ellas sean fundadas y
constituyan derivación razonada del derecho vigente, con aplicación a las circunstancias
comprobadas de la causa, criterio que ha permitido descalificar por arbitrarias aquellas decisiones
que se apartan en forma inequívoca de la solución normativa prevista para el caso o que padezcan
de una carencia absoluta de fundamentación, así como también las que se fundan en afirmaciones
meramente dogmáticas u omiten pronunciarse sobre cuestiones planteadas por las partes y
conducentes para la resolución del caso”.

15. — Una rápida sistematización de la jurisprudencia sobre sentencia arbitraria


permite señalar los siguientes supuestos fundamentales:
a) sentencia que no se funda en ley (o más ampliamente, en el derecho vigente,
que no se agota en la ley) como por ej.: la que carece de fundamentos u omite todo
fundamento o cita legal;
b) sentencia que resuelve en contra de la ley;
c) sentencia que aplica normas no vigentes —porque han sido derogadas, o
todavía no han entrado en vigor, o son extrañas al caso—;
d) sentencia que omite decidir una cuestión esencial para la resolu-ción del
caso;
e) sentencia que decide “extrapetita” una cuestión ajena al caso;
f) sentencia que omite considerar una prueba rendida cuya consideración es
esencial para resolver el caso;
g) sentencia que da por probado algo que no lo ha sido; etcétera.
Remitimos al cap. L, nos. 26 y 27.

16. — En cambio, una sentencia no es arbitraria —y por ende, tampoco susceptible de


recurso extraordinario— porque sea errónea, o pueda discutirse en sus fundamentos; el recurso
extraordinario fundado en la arbitrariedad no tiene por objeto remediar decisiones supuestamente
erróneas, sino sólo omisiones o desaciertos de gravedad extrema que descalifican a la sentencia
como acto jurisdiccional, y reparar la anomalía de que la decisión no sea una verdadera sentencia
sino una mera expresión de la voluntad del juez sin apoyo en la ley y en los hechos que deben
servir para resolver la causa.
17. — Cuando mediante recurso extraordinario la Corte anula o deja sin efecto una sentencia
a la que descalifica por arbitrariedad, el efecto puede variar en dos formas fundamentales: a) puede
ocurrir que el vicio de arbitrariedad invalida a la sentencia íntegra, y que entonces no subsista
como firme ninguna parte de ella; b) pero puede ocurrir —admitiendo, como lo hace la Corte, la
“divisibilidad” de la sentencia— que el vicio de arbitrariedad afecte sólo a una parte de la
sentencia, que es la que se deja sin efecto, manteniéndose con fuerza de
cosa juzgada la parte o las partes no descalificadas; esta anulación o revo-cación parciales
resultan viables en los casos en que no se malogra con ello los efectos del resto de la sentencia.

Los requisitos de la sentencia

18. — La sentencia debe ser:


a) motivada y fundada (según lo ya explicado);
b) oportuna en el tiempo;
c) útil y eficaz;
d) justa;
e) ajustada al principio de congruencia (que se explicó en el tema del debido
proceso) (ver Tomo II, cap. XXIV, nº 98);
f) imparcial.
No debe:
a) renunciar conscientemente a la verdad objetiva o material;
b) anteponer la verdad formal;
c) incurrir en exceso ritual manifiesto (según se explicó en el tema del debido
proceso) (ver Tomo II, cap. XXIV, nº 102).

19. — Hay también presupuestos necesarios de la sentencia. Los “requisitos”


de la sentencia que acabamos de enunciar deben ser satisfechos por ella misma, o
sea, hacen al acto jurisdiccional que se llama sentencia; en tanto los “presupuestos”
deben cumplirse “antes” de que se dicte, como una especie de condiciones previas.
Entre los presupuestos cabe citar: a) que el tribunal que dicta la sentencia haya
sido constitucionalmente establecido antes del “hecho” del proceso, con
competencia para conocer de él (es decir, que sea “juez natural”) (ver Tomo II, cap.
XXIV, acápite III); b) que se haya sustanciado el “debido proceso” en la causa que
la sentencia resuelva (ver Tomo II, cap. XXIV, nos. 96 a 103).

20. — Del principio de celeridad razonable del proceso y de opor-tunidad de la


sentencia, se extrae (dentro del derecho a la jurisdicción) el derecho del justiciable
a obtener una decisión judicial (sentencia) rápida y eficaz, o sea, “útil” (ver Tomo
II, cap. XXIV, nº 101; para el proceso penal, ídem, nº 32).

El derecho judicial tiene formulada la norma de que ocasiona agravio a la garantía de la


defensa la posibilidad de que las sentencias dilaten sin término la decisión de las cuestiones
llevadas a los estrados judiciales. Ello configura una forma de “denegación de justicia”. (Ver n os.
53 y 54 b).
21. — El “derecho a ser oído dentro de un plazo razonable”, que describe el art. 8,1 del Pacto
de San José de Costa Rica, no requiere de reglamentación interna para ser aplicado en los procesos
judiciales, conforme a lo así definido por nuestra Corte Suprema en el caso “Microómnibus
Barrancas de Belgrano S.A.”, del 21 de diciembre de 1989.

22. — Las leyes que disponen la suspensión de procesos judiciales, o que transitoriamente
impiden su promoción, resultan —como principio— violatorias del derecho a la jurisdicción y, por
ende, inconstitucionales, salvo que se trate de juicios iniciados por el estado, en los que es él
mismo quien declina la juris-dicción.
Igual tacha merecen las leyes que postergan la ejecución de sentencias firmes. Solamente
situaciones de muy grave emergencia podrían prestar fundamento excepcional y muy breve una
medida de este tipo. Todas estas paralizaciones son, además, lesivas a la división de poderes, en
cuanto uno de ellos (el congreso) inhibe por ley a otro (el poder judicial) impidiéndole que ejerza
la función de administrar justicia que le asigna la constitución. (Ver nº 35).
Son también inconstitucionales las leyes que, respecto de sentencias pasadas en cosa juzgada,
modifican o alteran el modo de cumplimiento que dichas sen-tencias tienen establecido.
Huelga decir que si medidas como las mencionadas no pueden disponerse por ley, mucho
menos resultan viables a través de decreto del poder ejecutivo.
Remitimos al cap. XLVIII, nos. 41 y 46.

23. — La sentencia debe ser justa.

El derecho judicial de la Corte ha acuñado la norma que ordena alcanzar en cada sentencia la
solución “objetivamente justa” para el caso (lo justo en concreto) y ha dicho que una solución
notoriamente disvaliosa o injusta riñe con el adecuado servicio de la justicia, y con el fin propio
de la legislación y de la administración judicial. Todo ello deriva de la obligación de afianzar la
justicia, que prescribe el preámbulo. (Ver Tomo II, cap. XXIV, nº 111).

24. — El juez en su sentencia debe ser imparcial.

La imparcialidad es uno de los principios supremos del proceso. La imparcialidad consiste


en que la declaración o resolución se orienta en el deseo de decir la verdad con exactitud, y de
resolver justa o legalmente. (Ver Tomo II, cap. XXIV, nº 111).
En torno del tema, es norma del derecho judicial de la Corte “que no cabe conducir el proceso
en términos estrictamente formales con menoscabo del valor justicia y de la garantía de la defensa
en juicio; y por ello no debe desatenderse a la verdad jurídica objetiva de los hechos que de alguna
manera aparecen en la causa como de decisiva relevancia para la pronta decisión del litigio”.
La Corte tiene asimismo expresado que, en su misión de velar por la vigencia real y efectiva
de los principios constitucionales, le incumbe evitar que la interpretación literal e indiscriminada
de las normas procesales conduzca a vulnerar el derecho sustancial, a desinteresarse de la
consideración de una prueba que se muestra como decisiva para la solución del caso, y a prescindir
de la preocupación por llegar a una decisión objetivamente justa en el mismo caso, porque todos
esos efectos (que ella debe impedir) van en desmedro del afianzamiento de la justicia, que impone
el preámbulo de la constitución.
25. — Lo que ahora queremos reiterar es que, por detrás de la sentencia en sí misma, se sitúa
el problema de la “justicia” o la “injusticia” de las normas con que se tiene que manejar el juez
para aplicarlas en su sentencia, problema que para nada es ajeno al logro de la solución justa “del
caso”. En efecto, parece cierto que si la norma general que el juez tiene que aplicar en su sentencia
es notoriamente injusta, la sentencia que la individualice para “el caso” se contagiará y participará
de la misma injusticia, con lo que no llegará a alcanzar “lo justo en concreto”.
Acerca de si los jueces pueden o deben desaplicar las leyes injustas, decla-rándolas
inconstitucionales, remitimos al Tomo I, cap. III, n os. 13 a 15.
En suma, “con” ley, “sin” ley, o “contra” ley (cuando ésta es inicuamente injusta, o
inconstitucional) los jueces deben dictar sentencias justas; cuando para ello les es menester
prescindir de una ley (sentencia “contra” ley) la deben declarar inconstitucional y desaplicarla al
caso que resuelven. Es así porque la supremacía de la norma superior (constitución y tratados con
jerarquía constitucional) la hace prevalecer sobre la norma inferior (infraconstitucional).

26. — El principio republicano de publicidad de los actos estatales rige también respecto de
las sentencias que emanan del poder judicial. Ello significa que no puede haber secreto en las
decisiones judiciales; que hay derecho a infor-marse respecto de ellas; y que los procedimientos
judiciales tampoco se eximen de aquella publicidad, salvo reserva en situaciones excepcionales
razonables.
En los casos “Pérez Arriaga c/Arte Gráfica Editorial Argentina S.A.” y “Pérez Arriaga
c/Diario La Prensa”, del 2 de julio de 1993, la Corte —por mayoría— eximió de responsabilidad
a los periódicos que habían publicado información sobre una sentencia dictada en un juicio en que
el actor había sido parte y cuyo nombre se consignaba en la crónica, pese a que se trataba de un
asunto de familia. Podemos inferir que, como principio, estos dos decisorios aco-gieron el derecho
de los medios de comunicación social a difundir las resoluciones judiciales, incluso con la
identidad de las partes, mientras el tribunal que las ha dictado no haya limitado la publicidad
íntegra de su fallo.

La exención de controles extraórganos

27. — La sentencia es un acto de poder estatal, singularizado como ejercicio de


la administración de justicia. Tiene la particularidad de que cualquier revisión de
que sea susceptible, se produce única y exclusivamente en el ámbito del mismo
poder judicial. O sea, que no hay controles extraórganos que vengan de afuera; ni
de los otros poderes, ni del electorado. Si algún otro órgano —ejecutivo,
parlamento— puede ejercer actos que recaen sobre el efecto de una sentencia penal
—indulto, amnistía— esos actos no tienen naturaleza jurisdiccional, sino política, y
no revisan, corrigen ni enmiendan lo resuelto por el órgano judicial.

La obligación de sentenciar

28. — El juez no puede: a) negarse a fallar; b) dilatar sin término o demorar


arbitrariamente la sentencia. (Remitimos al nº 54 a y b).
La cosa juzgada

29. — La sentencia pasada en autoridad de “cosa juzgada” no puede ya revisarse


en el futuro. (Remitimos a lo explicado al tratar los contenidos del derecho de
propiedad en el Tomo II, cap. XVII, nº 10 G, y cap XXIV, nº 105).

Lo fundamental que interesa para tipificar la cosa juzgada, e impedir que se renueve el
tratamiento de la misma cuestión en otro juicio, es la conexión jurídica existente en la materia
que constituye el objeto litigioso del proceso.
Para focalizar el alcance de la cosa juzgada, la Corte ha dicho en el caso “Industrias
Metalúrgicas Pescarmona c/Agua y Energía Eléctrica Sociedad del Estado”, del 20 de febrero de
1986, que “toda sentencia constituye una unidad lógico-jurídica cuya parte dispositiva es la
conclusión necesaria del análisis de los presupuestos fácticos y normativos efectuados en sus
fundamentos”, por eso, “no es sólo el imperio del tribunal ejercido concretamente en la parte
dispositiva lo que da validez y fija los alcances del pronunciamiento: estos dos aspectos dependen
también de las motivaciones que sirven de base a la decisión”.
30. — En virtud del principio de “inmutabilidad de la sentencia”, parece que
constitucionalmente se debe sostener que la “aclaratoria” que (de oficio o por recurso de parte)
formula el mismo juzgador respecto de un pronunciamiento suyo, no puede alterar lo sustancial
de la decisión que se aclara.

31. — La intangibilidad de la cosa juzgada está condicionada por la


regularidad del proceso en que la sentencia se ha dictado.

Los casos en que, a nuestro juicio, se han desarrollado con mayor notoriedad estos principios
son: “Tibold” —del año 1962—, “Kaswalder de Bustos” — de 1970— y “Campbell Davidson”
— de 1971—.

Remitimos al Tomo II, cap. XVII, nº 10 G.

32. — La cosa juzgada írrita o nula proporciona ocasión para ser atacada por
vía judicial, cualquiera sea la solución que arbitren las leyes procesales.

(Un ejemplo de vía procesal para el fin indicado encontramos en la ley 23.042 que habilitó
el uso del habeas corpus para impugnar sentencias militares de condena en perjuicio de civiles
sometidos inconstitucionalmente a la jurisdicción militar, sin perjuicio de que similar
impugnación pudiera llevarse a cabo mediante recurso ante tribunales judiciales.)

Para la revisión de las sentencias penales de condena, ver Tomo II, cap.
XXIV, nº 22, y este Tomo III, cap. XLVI, nos. 8 y 11.
Para la responsabilidad del estado por error judicial, ver Tomo II, cap.
XXIV, nos. 37 a 39 y en este Tomo III los nos. 60 y 61 del presente capítulo.

33. — La prohibición constitucional implícita de que los tribunales de alzada resuelvan


cuestiones que, incluidas en la sentencia apelada, no han sido propuestas en el recurso por parte
interesada (es decir, que no han sido apeladas), encuentra una de sus bases en el principio de la
“cosa juzgada”, que preserva la inmutabilidad de la cuestión (o parte) de la sentencia que no fue
incorporada al recurso ni, por ende, propuesta al tribunal de alzada para su revisión. Si el tribunal
de alzada resuelve una cuestión ajena al recurso que habilita su jurisdicción, viola la cosa juzgada
del fallo inferior, en cuanto decide sin jurisdicción sobre un aspecto del mismo que quedó firme
por no haber sido apelado.

34. — La supervivencia de la cosa juzgada no cesa respecto de las sentencias dictadas en


épocas de facto, ni de las recaídas en períodos que se consideran afectados por defectuosidades en
el funcionamiento del poder judicial, todo ello conforme a jurisprudencia de la Corte. (Ver cap.
XLII, nº 2 g).
35. — Son inconstitucionales las leyes que, en relación con sentencias pasadas en autoridad
de cosa juzgada, dilatan en demasía la posibilidad de su cumplimiento o su ejecución, como
asimismo las que establecen un modo de cumplimiento diferente al que surge de la propia
sentencia (así, las que en caso de sumas de dinero, sustituyen su pago por medios distintos, o
disponen entre-gas monetarias en cuotas, etc.).
Ver nº 22.

III. LA JURISDICCION, LA ACCION Y EL PROCESO

La justicia pública

36. — El estado moderno asume y reivindica para sí la administración de justicia; los


particulares no pueden dirimir sus conflictos y resolver sus pretensiones por mano propia. El
régimen moderno es un sistema de justicia pública, donde está abolida la justicia privada. Desde
que se prohíbe a las personas ha-cerse justicia por mano propia, dice Alsina, el estado asume la
obligación de administrarla.

37. — Para los métodos llamados “alternativos” ver cap. XLII, nos. 4 a 6.

La jurisdicción

38. — Se debe a Podetti la elaboración de lo que él mismo llamó la trilogía


estructural del derecho procesal: jurisdicción, acción y proceso.
La jurisdicción integra el poder estatal como una función del mismo. Se define
como la potestad conferida por el estado a determinados órganos para resolver
mediante la sentencia las cuestiones que les son sometidas por los justiciables. En
forma más breve, se dice que es la capacidad de administrar justicia. (Ver nº 47 b).

La acción

39. — Podetti dice que el elemento fundamental del derecho de acción es la


facultad de pedir protección jurídica.
La pretensión de protección o tutela jurídica no significa que el juez deba acoger
favorablemente el petitorio de la parte, sino que debe tomarlo en cuenta y resolverlo con justicia.

Alsina enseña que la acción es un derecho público subjetivo me-diante el cual


se requiere la intervención del órgano jurisdiccional para la protección de una
pretensión jurídica.
La acción no debe ya considerarse como el “mismo derecho subjetivo en
ejercicio”, o como la faz dinámica y procesal del derecho subjetivo. La autonomía
de la acción hace decir que con su ejercicio se pretende por el justiciable la tutela
de un “derecho” que él alega o supone ser suyo, pero que puede no existir, y cuyo
eventual reco-nocimiento —o su denegatoria— sólo surgirán al término del proceso
con la sentencia.

40. — Debemos, entonces, distinguir dos cosas: a) la pretensión “material”, o


sea, lo que se pide al juez que resuelva; si el proceso es contradictorio, la pretensión
material se da “contra la parte adversaria”; b) la pretensión “formal”, que se da
“frente al estado” (en cabeza del juez que entiende en el proceso) para que dicte
sentencia acerca de la pretensión material.
La acción como pretensión formal es el derecho a una prestación que debe el
estado: la actividad jurisdiccional o administración de justicia, que culmina con la
sentencia.

41. — Para el importante tema de la legitimación procesal como “llave” de


acceso al proceso a disposición del justiciable, ver Tomo II, cap. XXIV, nº 14, y
Tomo I, cap. V, nos. 58/59, y cap. IX, acápite VI.

Las acciones “de clase”

42. — Se hace conveniente, desde el punto de vista constitucional, reconocer el acogimiento


de las llamadas acciones “de clase” y de la recíproca legitimación para hacer uso de ellas. Se trata
de la acción que a través de un representante (persona física o asociación) intenta un grupo o una
“clase” de personas con un interés común y compartido, en defensa del mismo. A la inversa, ese
grupo o “clase” puede ser demandado.

La acción para defensa de los intereses difusos y los derechos de incidencia


colectiva.

43. — Cuando se admiten las categorías a que alude este subtítulo (ver Tomo I,
cap. IX, nos. 45 a 47) y se recuerda que el nuevo art. 43 en su párrafo segundo depara
para su tutela la acción de amparo, hay que dar por cierto que quedan
inexcusablemente reconocidas por la constitución la acción y la legitimación (ver
Tomo II, cap. XXVI, nos. 22 a 30).
El proceso

44. — La actividad jurisdiccional que se moviliza a través del proceso tiene un


fin público, que es, precisamente, hacer justicia a los justiciables. El proceso no es
un asunto puramente privado, sino un instituto publicístico con participación
concurrente del juez y de las partes.

Puestos frente a frente el derecho de los justiciables a la jurisdicción, y la obligación de


administrar justicia, la acción procesal nos interesa en cuanto da origen al proceso en el cual se
ejercita la función jurisdiccional a instancia de parte —o en cuanto lleva a una persona a ingresar
al proceso iniciado por otra—. Con ello queda satisfecho el principio de la
autonomía de la acción, que ve en la acción la pretensión formal incoada ante el órgano
jurisdiccional para que desarrolle y tramite el proceso, donde se plantea la pretensión material, y
donde se resuelve por la sentencia.
El derecho a la jurisdicción, movilizado en la acción y en el proceso, obliga al estado a
deparar la jurisdicción, a prestar la función de administración de justicia, y a dictar la sentencia.
La sentencia encierra siempre —aunque no haga lugar a lo peticionado— una tutela a la
pretensión material, desde que se supone y se exige que la resuelva con justicia.

45. — Para el “debido” proceso, remitimos al Tomo II, cap. XXIV, acápite
V.

El derecho a la jurisdicción

46. — Remitimos al Tomo II, cap. XXIV, nos. 6 a 10.

Cómo satisface el estado la administración de justicia

47. — Para satisfacer la administración de justicia —y correlativamente el


derecho de los justiciables a la jurisdicción— el estado debe: a) establecer los
órganos (tribunales) del poder judicial; b) asignarles jurisdicción y competencia;
c) dictar las normas de procedimiento judicial.
a) Los “órganos” son los tribunales judiciales.
b) Después de establecidos los órganos, es menester que la ley les atribuya
jurisdicción y competencia.
La jurisdicción es la capacidad de administrar justicia; y la competencia, la de
administrarla en un caso determinado —en razón del lugar, de la materia o de las
personas—.

Se dice que la jurisdicción y la competencia del tribunal que se crea por ley como “juez
natural” deben ser establecidas por ley anterior al “hecho” del cual conocerá ese tribunal en un
proceso. (Para el tema de los “jueces naturales” remitimos al Tomo II cap. XXIV, acápite III).
c) Por fin, hay que dotar de las normas procesales a que deben atenerse el juez
y las partes.

La ausencia de normas procesales no es un obstáculo insalvable para que se sustancie un


proceso. La Corte dio curso al proceso de amparo en 1957-1958 sin ley procesal que lo previera,
por las razones que se explican al tratar el tema del amparo.

Ver Tomo II, cap. XXIV, nº 13.

El juez en el proceso

48. — Normalmente, el proceso no se inicia de oficio —no hay juez sin actor—. El derecho
a la jurisdicción se pone en movimiento con la acción procesal. El tribunal o juez no puede ir más
allá de lo que la voluntad de las partes le permite. Por eso, nuestro derecho judicial ha consagrado
el principio de que lo peticionado limita el poder del juez, que no puede conceder un derecho más
amplio que el postulado por las partes.
El llamado “principio de congruencia” señala, precisamente, la correspondencia que debe
guardar la sentencia con las cuestiones y pretensiones propuestas por las partes.
Pero si bien el juez no puede extralimitarse en la sentencia más allá del petitorio de los
justiciables, puede suplir el error en el derecho invocado por los mismos: “Iura novit curia”. O
sea, debe fundar la sentencia en el derecho aplicable, prescindiendo de la calificación jurídica
equivocada que le han hecho las partes (o supliéndola si la han omitido directamente). (Ver Tomo
II, cap. XXIV, nº 110).
El juez no puede modificar el “objeto” de la acción, ni apartarse de los “hechos” que las
partes le alegan; pero respetado eso puede prescindir de la calificación efectuada por las partes y
realizar su propia calificación jurídica (de los hechos y de la relación jurídica) en virtud del citado
principio “iura novit curia”.

49. — La frontera que para los jueces trazan las partes en materia de hechos y de prueba no
es tan rígida como para sustraerlos del deber de esclarecer la verdad objetiva, y de arribar a la
solución objetivamente justa del caso. Se dice con razón que en materia de “hechos” el juez debe
orientar su actividad en búsqueda de la “verdad”, y en materia de “derecho” aplicable ha de
dirigirla a la “justicia”.
En la valoración de los elementos probatorios acumulados en el proceso, rinde utilidad aplicar
la teoría egológica en cuanto enseña que el juez interpreta la conducta humana “mediante la ley”.
Sin caer en el informalismo total, los jueces deben superar el formalismo ritual y estéril que
bien cabe descalificar como “exceso ritual manifiesto”, según vocabulario acuñado por la Corte
para tipificar una posible causa de arbitrariedad de la sentencia.
Por supuesto que, por más avance que se admita respecto de las facultades y deberes
indagatorios del juez, unas y otros han de ceñirse al marco que los principios de bilateralidad,
defensa, e imparcialidad le ponen al proceso.
Debe tenerse también muy en cuenta la serie de garantías en torno del debido proceso, y la
fisonomía que adquiere cada una de ellas en el proceso penal y en el proceso civil.
50. — Se discute también dos cosas: a) si el tribunal puede cambiar el “nombre” (o la
calificación) de la acción deducida; b) si puede cambiar la “acción” deducida y reemplazarla por
otra distinta.
Más allá del problema doctrinario, la Corte ha considerado (en un juicio de amparo iniciado
por una provincia contra el estado federal y/o Yacimientos Petrolíferos Fiscales) que cabía
prescindir del “nomen iuris” (nombre de la acción) utilizado por la provincia (acción de amparo)
y sustituirlo por otro (acción declarativa de certeza), pero sin alterar la real sustancia de la
solicitud (o pretensión deducida en la acción). En rigor respetó la pretensión, pero cambió no sólo
el nombre de la acción, sino la acción misma y la clase del proceso, ya que concedió a la provincia
actora el plazo para encauzar su demanda por la vía y el trámite de la acción declarativa de certeza
(en vez de la de amparo) (ver caso “Provincia de Santiago del Estero c/Estado Nacional y/o
Y.P.F.”, fallado el 20 de agosto de 1985).
En cambio, si la parte actora no ha incurrido en error al calificar la acción, los jueces no están
habilitados para reemplazar el proceso que aquélla quiso tramitar, por otra vía procesal distinta
que consideren más adecuada o expeditiva. (Para esto último, ver el fallo de la Corte del
19 de junio de 1990, en el caso “Provincia de Neuquén c/YPF s/cobro de australes —
sumarísimo—”).

Los tribunales de alzada y la segunda instancia

51. — Remitimos al Tomo II, cap. XXIV, nos. 112 a 114.


Para la segunda instancia en el juicio penal, ídem, nos. 43 a 47.

El activismo judicial

52. — Augusto M. Morello ha denominado activismo judicial al protagonismo que asume el


juez en el proceso con participación directa, intensa y continuada, sobre todo cuando se trata de
la Corte Suprema o de los superiores tribunales de provincia. Un signo, entre otros, es la
profundidad creativa que adquiere la interpretación normativa y la integración de las carencias de
norma, incluso en el campo del control de constitucionalidad.
Es en la destreza para movilizar los parámetros reseñados donde tiene que desplegarse el
activismo judicial.

La denegación de justicia

53. — Para acceder a la tipificación de la denegación o privación de justicia,


extraemos un perfil definitorio dado por la propia Corte: “según doctrina del
tribunal, el concepto de privación de justicia puede ser referido a las circunstancias
en que se lo invoca, en cuanto de ellas resulte que lo decidido y apelado prive al
ejercicio del derecho en debate de toda razonable utilidad. También ha dicho la
Corte que si los tribunales pudieran dilatar sin término la decisión referente al caso
controvertido, los derechos podrían quedar
indefinidamente sin su debida aplicación, con grave e injustificado perjuicio de
quienes los invocan y vulneración de la garantía de defensa en juicio (Fallos, 308-
694 y sus citas)”.
La denegación o privación de justicia se tipifica de cuatro maneras:
a) cuando el tribunal se niega a fallar;
b) cuando el tribunal demora irrazonablemente o indefinidamente su
sentencia;
c) cuando el justiciable no encuentra tribunal competente para que le resuelva
su pretensión;
d) cuando los tribunales no se hallan en condiciones de dictar sentencias
“eficaces” que rindan utilidad.

54. — a) Una situación que configura “denegación de justicia” se tipifica


cuando el juez no cumple su obligación de dictar sentencia, con lo que viola el
derecho a la jurisdicción del justiciable, y declina ejercer la función de administrar
justicia.
b) Como el proceso debe tener una duración razonablemente acelerada en
relación con la naturaleza de la pretensión, y como la sentencia debe dictarse en
tiempo oportuno, la demora en dictarla también compromete, de alguna manera, la
“obligación” de sentenciar, si es que dicha obligación significa decidir no en
cualquier mo-mento ni tardíamente, sino en una ocasión “oportuna” que permita a
la sentencia rendir utilidad y eficacia para la pretensión del justiciable.
c) La forma primera y tradicional de la privación de justicia se ha dado por
tipificada cuando el justiciable no halla juez competente para que le resuelva su
pretensión. En lenguaje de la Corte, producida esa situación anómala, la persona
“vendría a quedar sin jueces”, o sea, se frustraría el acceso al tribunal, que es la
primera etapa del derecho a la jurisdicción; y, a la par, el estado abdicaría de su
función de administrar justicia.
Cuando el justiciable no halla juez alguno ante el cual ejercitar su derecho a la
jurisdicción, la Corte interviene para decidir cuál tribunal debe conocer de la
causa. La Corte no resuelve la pretensión, pero señala cuál es el tribunal competente
para ello.
d) Hay otra situación que la Corte ha equiparado a la privación de justicia. La
dio por configurada cuando en los habeas corpus interpuestos durante el estado de
sitio, los jueces no pueden dictar sentencias “eficaces” porque la autoridad a la que
se requiere informe sobre la situación de las personas en cuyo favor se deduce la
acción, responden que no se hallan detenidas.

Enfocando el caso, en “Pérez de Smith Ana y otros”, con fecha 21 de diciembre de 1978, la
Corte sostuvo que la privación de justicia no se configura solamente cuando los personas se
encuentran en la imposibilidad de acudir a un tribunal judicial o cuando la decisión se aplaza en
forma irrazonable o indefinida, “sino también cuando no se dan las condiciones necesarias para
que los jueces puedan ejercer su imperio jurisdiccional con la eficacia real y concreta que, por su
naturaleza, exige el orden jurídico, de manera que éste alcance su efectiva vigencia en el resultado
positivo de las decisiones que la constitución nacional ha encomendado al poder judicial”.

La inmunidad (absoluta y relativa) de los estados extranjeros

55. — Por inmunidad absoluta se entiende el privilegio de un estado para no ser


llevado ante los tribunales de otro estado, si el primero no consiente (en cuanto
demandado) la jurisdicción de ese estado extranjero.
Por inmunidad relativa se entiende que ese privilegio solamente existe en
determinada clase de procesos judiciales, pero no en todos. Precisamente, si en
alguna clase de procesos fuera indispensable que un estado extranjero diera
conformidad a la jurisdicción de los tribunales de otro estado para ser juzgado por
ellos y la negara, se consumaría —para esos casos— una situación de privación de
justicia para el justiciable que fuera demandante de ese estado extranjero.
La inmunidad jurisdiccional de los estados extranjeros se ha mitigado
actualmente en su rigor originario. Hoy ya no es absoluta y total, porque se la reputa
restringida y relativa, al solo efecto de dar cobertura a los llamados “actos de
imperio” del estado extranjero, para de ahí en más someter a judiciabilidad, sin
necesidad del consentimiento del estado extranjero, las cuestiones y relaciones que
responden a la naturaleza de los actos “iure gestionis”.

56. — Nuestra Corte Suprema, en su fallo del 22 de diciembre de 1994 en el caso “Manauta
Juan José y otros c/Embajada de la Federación Rusa”, hizo apelación a la amplitud del derecho
del justiciable a la jurisdicción (o sea, a su tutela judicial efectiva) para decidir que había de darse
curso judicial a la acción interpuesta por la parte actora contra la representación diplomática de
Rusia en Argentina, pretendiendo de dicha embajada el cumplimiento de sus obligaciones
laborales y previsionales en favor de personal suyo. Es posible asignar a esta sentencia el carácter
de ejemplaridad —o leading case— que le asegurará reiteración futura en causas análogas.
Ello, más la reforma introducida por la ley 24.488 a los supuestos de inmunidad de los estados
extranjeros, torna viable que los tribunales argentinos queden en situación de calificar si un asunto
que se les somete a decisión judicial requiere la previa aceptación de la jurisdicción argentina por
parte de un estado extranjero o si, al contrario, el trámite del proceso queda expedido sin sujeción
a dicho acatamiento.

La inmunidad absoluta de jurisdicción de entes intergubernamentales

57. — La inmunidad total y absoluta de jurisdicción (en cualquier parte del mundo y en
todas) de organismos intergubernamentales que son sujetos de derecho internacional, presenta un
doble y grave defecto: en jurisdicción argentina es inconstitucional, por cuanto frustra el derecho
a la jurisdicción que no puede ser ejercido tampoco fuera de nuestro estado; desde el punto de
vista internacional, viola una “norma imperativa” (ius cogens) del derecho
internacional general (cual es la de que la inmunidad de jurisdicción debe ser limitada), que no
puede ser dejada sin efecto por acuerdo en contrario, según el art. 53 de la Convención de Viena
sobre Derecho de los Tratados (ver fallo de la Corte Suprema del 5 de diciembre de 1983 en el
caso “Cabrera W. c/Comisión Técnica Mixta de Salto Grande”).

La denegación de justicia y la jurisdicción internacional

58. — Cuando conforme al derecho internacional privado un caso iuspriva-tista con


elementos extranjeros debe ser juzgado por tribunales de otro estado, la falta de jurisdicción y
competencia en los tribunales argentinos no puede considerarse como privación de justicia.
Solamente por excepción, si el justiciable no encontrara juez competente tampoco en el
extranjero, podría asimilarse su situación a la de quien se ve privado de justicia en jurisdicción
argentina.
Para controlar si está bien o mal declinada la jurisdicción de los tribunales argentinos en
favor de tribunales extranjeros, la Corte entiende que debe abrir el recurso extraordinario; en el
caso “Narbaitz, Guillermo y otra c/Citibank N.A.” del 17 de setiembre de 1987, el tribunal
consideró (a los efectos de declarar procedente el recurso extraordinario) que es sentencia
definitiva la que priva al recurrente de la jurisdicción de los tribunales argentinos para hacer valer
sus presuntos derechos y obtener el acceso a la jurisdicción federal por cuestiones de índole
constitucional.

Otras hipótesis análogas a la privación de justicia

59. — Ya fuera del diseño jurisprudencial que es habitual en la fisonomía de la privación de


justicia, nuestra personal opinión propone añadiduras.
Hay por lo menos dos primeras hipótesis en las que, aunque el tribunal dicte sentencia, cabe
hacer parangón con el caso de la negativa a dictarla; los propo-nemos así, a título de ejemplo:
a) cuando según el derecho judicial de la Corte una cuestión política no debe ser juzgada (y
se vuelve no justiciable), la sentencia que deja de resolverla incurre en una omisión muy parecida
a la del juez que se niega a fallar; aquí dicta sentencia, pero la dicta para decir enfáticamente que
no puede resolver la cuestión política; y eso es “no juzgar”;
b) cuando ante una omisión legislativa reglamentaria, la sentencia alega que no puede
suplirla porque de hacerlo el juez se convertiría en legislador y violaría la división de poderes, se
configura otra situación harto parecida: aquí dicta sentencia, pero la dicta para decir que no puede
cubrir la laguna legal porque si el legislador no le ha proporcionado la norma reglamentaria de
una cláusula constitucional programática, la omisión es judicialmente irremediable;
c) Una tercera cuestión es ésta: la negación de legitimación procesal, cuando es
inconstitucional, también configura denegación de justicia, porque priva al justiciable de la “llave”
o herramienta procesal para hacer valer judicialmente su pretensión jurídica razonable.

La responsabilidad del estado por su administración de justicia


60. — El tema no cuenta con tratamientos frecuentes ni numerosos en nuestro ambiente
doctrinario. El ámbito que mayor atención ha merecido ha sido el del error judicial en materia
penal, porque la condena a un inocente siempre ha suscitado valoraciones negativas una vez que la
sentencia ha sido objeto de revisión.
Pero es indudable que la responsabilidad del estado por la actua-ción y las sentencias de sus
tribunales no se circunscribe al caso de la condena penal; se extiende a todos los campos (civil,
comercial, laboral, etc.).

No obstante, ha de tomarse en cuenta una noción elemental previa como pauta general que, no obstante, admite
excepciones en algunos casos. Cuando se imputa responsabilidad al estado por sus sentencias, parece indispensable
conciliarla con el principio de la cosa juzgada; una sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada no presta sustento
a la pretensión de responsabilizar al estado por haberla dictado. Hace falta que previamente la sentencia por la que
se responsabiliza al estado sea dejada sin efecto.
Este criterio ha sido señalado por la Corte Suprema en su fallo del 14 de junio de 1988 en el caso “Vignoni
Antonio S. c/Estado de la Nación Argentina”, a tenor de la siguiente doctrina: “…en principio cabe señalar que sólo
puede responsabilizarse al estado por error judicial en la medida en que el acto jurisdiccional que origina el daño sea
declarado ilegítimo y dejado sin efecto, pues antes de ese momento el carácter de verdad legal que ostenta la sentencia
pasada en autoridad de cosa juzgada impide, en tanto se mantenga, juzgar que hay error. Lo contrario importaría un
atentado contra el orden social y la seguridad jurídica, pues la acción de daños y perjuicios constituiría un recurso
contra el pronunciamiento firme, no previsto ni admitido por la ley”.

61. — La responsabilidad del “estado-juez” no necesita, en nuestra opinión, de ley alguna que
le preste reconocimiento, porque encuentra fundamento en la propia constitución, en cuanto ésta
prioriza el afianzamiento de la justicia y los derechos personales.
Actualmente, la indemnización por error judicial en caso de condena penal, cuenta con norma
expresa en el derecho argentino, porque la prevén el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos (art. 14.6) y el Pacto de San José de Costa Rica (art. 10), que tienen jerarquía
constitucional.

La responsabilidad del estado-juez viene asimismo contemplada en algunas constituciones provinciales.

Ver Tomo II, cap. XXIV, nos. 37 a 39.

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