0% encontró este documento útil (0 votos)
44 vistas16 páginas

Caio Toledo - Traducción

Este documento analiza el golpe militar de 1964 en Brasil que derrocó al gobierno de Joao Goulart. Argumenta que el golpe representó un ataque contra las reformas sociales que estaban siendo defendidas por amplios sectores de la sociedad brasileña, así como contra la incipiente democracia política que había surgido en 1945.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
44 vistas16 páginas

Caio Toledo - Traducción

Este documento analiza el golpe militar de 1964 en Brasil que derrocó al gobierno de Joao Goulart. Argumenta que el golpe representó un ataque contra las reformas sociales que estaban siendo defendidas por amplios sectores de la sociedad brasileña, así como contra la incipiente democracia política que había surgido en 1945.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

1964: El golpe contra las reformas y la democracia, Caio Navarro de Toledo.

Introducción

Durante la corta existencia del gobierno de Joao Goulart (septiembre de 1961 a marzo
de 1964), un nuevo contexto político social emergió en el país. Sus características
básicas fueron: una intensa crisis económica-financiera; constantes crisis político-
institucionales; crisis del sistema partidario; amplia movilización política de las clases
populares paralelamente a una organización y ofensiva política de los sectores militares
y empresariales (a partir de mediados de 1963, las clases medias también entran en
escena); ampliación del movimiento sindical operario y de los trabajadores del campo y
un inédito aumento de la lucha ideológica de clases.

Pasados cuarenta años, el gobierno y los tiempos de Goulart son todavía objeto de
interpretaciones controversiales y antagónicas. Liberales y conservadores atribuyen al
periodo y al gobierno apenas unos aspectos negativos y perversos: “desorden político”,
“crisis de autoridad” y “caos administrativo”; inflación descontrolada y recesión
económica, quiebra de la jerarquía e indisciplina en las fuerzas armadas; “subversión”
de la ley, del orden y avance de las fuerzas de izquierdas y comunistas.

Mientras existe un fuerte consenso entre liberales y conservadores, divergentes son las
visiones entre los sectores de izquierda acerca de la naturaleza y del significado del
gobierno de Goulart. Para estos, varios fueron los juicios aplicados: gobierno de traición
nacional, de orientación social-demócrata o democrático-popular, gobierno populista de
izquierda o nacional reformista, e incluso de orientación revolucionaria”. Habría, sin
embargo, prácticamente un consenso entre los sectores de la izquierda al interpretar el
período de 1931-1964 como un momento en que la lucha de clases en Brasil alcanzó
uno de sus momentos más intensos, dinámicos y significativos.

En este breve texto, buscamos argumentar que el movimiento político-militar de abril de


1964 representó, de un lado, un golpe contra las reformas sociales que eran defendidas
por amplios sectores de la sociedad brasilera y, del otro, representó un golpe contra la
incipiente democracia política, burguesa nacida en 1945, con la caída de la dictadura
del Estado Novo.

En este sentido, la siguiente formulación de Florestán Fernandes resulta útil:

“Lo que se buscaba impedir era la transición de una democracia restricta hacia una
democracia de participación ampliada… que amenazaba el inicio de la consolidación de
un régimen democrático-burgués, en el cual varios de los sectores de las clases
trabajadoras (así también de masas populares más o menos marginalizadas, en el
campo y en la ciudad) contaban con creciente espacio político”

Así, de inmediato, se rechaza la versión de los victoriosos de 1964 que, en la búsqueda


de legitimación y justificación del movimiento, lo denominaron como revolucionario. Por
su rara lucidez, las palabras del General-presidente Ernesto Geisel deberían ser
tomadas más en serio, hasta incluso por historiadores y cientistas políticos no-
conservadores. En una declaración en 1981 afirmó Geisel que “lo que hubo en 1964 no
fue una revolución. Las revoluciones se hacen por una idea, en favor de una doctrina”.

Para el victorioso de 1964, el movimiento se hizo en contra de Goulart, contra la


corrupción, contra la subversión. Estrictamente hablando, afirmó el general, el
movimiento liderado por las Fuerzas Armadas no estaba a favor de la construcción de
algo nuevo en el país.

Aunque lúcidas -en la medida en que rechazaban la noción de revolución- las


formulaciones del ex dictador pueden ser objeto de una re-lectura. Así, con legitimidad
teórica, podemos resignificar todos los opuestos presentes en la declaración del militar.
Más apropiado sería entonces afirmar que 1964 significó un golpe contra la incipiente
democracia política brasilera; un movimiento contra las reformas sociales y políticas,
una acción represiva contra la politización de las organizaciones de los trabajadores (en
el campo y en las ciudades); un estancamiento del amplio y rico debate ideológico y
cultural que estaba en curso en el país.

En síntesis, las clases dominantes y sus elites ideológicas y represivas en el pre-1964,


apenas divisaban conflicto, anarquía, subversión y comunización del país delante de
legítimas iniciativas de los operarios, campesinos, estudiantes y soldados, etc. Algunas
veces, expresadas de forma altisonante y retórica, tales demandas, en su esencia
reivindicaban el alargamiento de la democracia política y la realización de reformas del
capitalismo brasilero.

Un gobierno en el trapecio.

A rigor, el gobierno de Goulart se inicia en enero de 1963, posterior a la contundente


derrota del régimen parlamentario. Con el apoyo de amplios sectores empresariales y
de los sectores nacionalistas y conservadores, la campaña para el retorno al
presidencialismo fue victoriosa. A partir de ese momento, Goulart dejaba de
desempeñar el papel que se le fue atribuido con la implantación del parlamentarismo;
dejaba, entonces, de ser una auténtica “reina de Inglaterra” que, si bien reinaba, no
gobernaba…
Asumiendo el gobierno en el régimen presidencialista, la gran indagación que se hacía
era: ¿Conseguiría Goulart superar la crisis económico-financiera, atenuar las graves
tensiones sociales y alejar las crisis políticas que hacía dos años desgastaban al
Ejecutivo federal? Las propuestas que las diversas clases sociales y sectores políticos
ofrecían para resolver los problemas de la inflación, del endeudamiento externo, del
déficit en la balanza de pagos y de la recesión económica no dejaban de tener
orientaciones conflictivas y antagónicas.

En ese sentido, es importante destacar – como adelante se mostrara de forma más


elaborada- que el periodo de Goulart fue ideológicamente muy significativo, puesto que
en él se procesaron intensos debates -con las orientaciones teóricas más diversas
(monetaristas, estructuralistas, nacional-desarrollistas)- sobre los rumbos y las
direcciones que debían orientar a la economía y al Estado brasilero.

Como era previsible, el Ejecutivo anunció que su plan de gobierno tenía condiciones de
resolver en profundidad los impasses y las dificultades enfrentadas por el conjunto de la
sociedad brasilera. Esa ambiciosa propuesta, denominada como Plano Trienal de
desarrollo económico-social: 1963-1965, fue elaborada por el renombrado y respetado
economista Celso Furtado (Ministro de Planificación), con la colaboración del jurista y
profesor San Thiago Dantas (Ministro de Hacienda).

Al comienzo, se distingue que la composición del primer ministerio presidencialista de


Goulart revelaría de forma muy evidente las ambigüedades, las limitaciones y el estilo
conciliador que predominarían durante todo el gobierno. En el ministerio se encontraban
políticos conservadores del PSB, “petebistas” fisiológicos y nacionalistas (seguidores
del PTB) y militares de los sectores “duros”. El ministerio era, entonces, la expresión de
los difíciles compromisos asumidos por Goulart para tomar posesión: conciliar
nacionalistas, radicales y sectores conservadores además de reformistas,
antireformistas y simpatizantes socialistas.

El Plan Trienal buscaba compatibilizar el combate al estallido inflacionario con una


política de desarrollo que permitiera al país retomar las tasas de crecimiento semejantes
a las del final de los años 50. Como reconocían algunos sectores de izquierda, el plan
se constituía en un avance en relación a las teorías ortodoxas dominantes, pues
afirmaba ser posible combatir el proceso inflacionario sin sacrificar el desarrollo. A pesar
de no atribuir a los salarios efectos inflacionarios, en la práctica, el Plan pedía – como
todos los planes de “salvación nacional”- que los trabajadores (nuevamente) “se aprieten
los cinturones”, en nombre de beneficios que obtendrían a medio y a largo plazo. Los
tradicionales pedidos a la colaboración y al patriotismo de la clase trabajadora eran
reiterado por los formuladores del Plan.

Inicialmente, los empresarios industriales aplaudieron la propuesta gubernamental; pero


esta sufriría sus primeros (y fuertes) desordenes con las protestas provenientes de los
sectores sindicales y de las organizaciones nacionalistas y de izquierda. Pronto, en los
primeros días de febrero, la CGT difundía un manifiesto en que se denunciaba el
“carácter reaccionario” del plan del gobierno de Goulart. Las críticas se profundizaron a
partir del momento en que las consecuencias de la política de eliminación de subsidios
al trigo y al petróleo, comenzaron a tener efecto sobre los salarios de las clases
populares. CGT, PUA, FPN, UNE y el “grupo nacionalista” del PTB se unen en la
condenación del Plan Trienal de Furtado y Dantas.

El caso de la tentativa de compra de la American Foreign Power – Amforp- vino a


comprometer todavía más la imagen del llamado gobierno nacionalista. Al mismo tiempo
en que se retiraba el subsidio para el trigo y el petróleo y se cortaban las inversiones
públicas, el gobierno anunció que estaba dispuesto a adquirir, por 188 millones de
dólares, doce usinas del sector de energía eléctrica norteamericanas. Visiblemente,
Jango cedía a las presiones del gobierno de los Estados Unidos al adquirir un auténtico
“fierro viejo”, como algunos técnicos y burócratas de la propia administración federal
vendrían a aclarar. Se trataba así de una “verdadeira negociata” en curso. Delante de la
grave acusación de “crimen de lesa patria”, por parte de la izquierda nacionalista, el
gobierno retrocedió. (Meses más tarde, la Amform sería adquirida por la iniciativa del
gobierno de Castelo Branco).

Al finalizar el año 1963, el fracaso del Plan Trienal era reconocido por todos: no ocurrió
una desaceleración de la inflación ni aceleración del crecimiento. Hubo sí, inflación sin
crecimiento.

Tan pronto se esbozó el fracaso del plan – antes de terminar el primer semestre de
1963- el gobierno de Goulart pasó a empuñar de forma más enérgica la bandera de las
reformas de base (agraria, bancaria, fiscal, electoral, etc). Como reconocía el Plan, las
reformas eran indispensables a fin de que el capitalismo industrial brasilero pudiese
alcanzar un nuevo techo de desarrollo. Al mismo tiempo, los sectores de la izquierda
nacionalista erigían las reformas como condiciones indispensables a la ampliación y
fortalecimiento de la democracia política en el país. Sin las reformas sociales y
económicas que podrían promover una mejor distribución de la renta y menor
desigualdad regional, la democracia capitalista continuaría siendo -afirmaban los
documentos de la izquierda- un meno formalismo, es decir, distante de las necesidades
y demandas de las clases populares y trabajadoras.

El golpe contra las reformas y la democracia

a) En toda nuestra historia republicana, el golpe contra las frágiles instituciones


políticas del país constituyó en amenaza permanente. Su fantasma rondó,
especialmente, los gobiernos democráticos posterior al ’46, con mayor
intensidad a partir de los años 60.
Así, puede decirse que el gobierno de Goulart nació, convivió y murió bajo el
espectro del golpe de Estado. Goulart fue instaurado en septiembre de 1961,
luego del fracaso de la tentativa golpista de Jânio Quadros. Con su inesperada
renuncia, JQ autorizaba, sin embargo, el cerramiento del Congreso que le hacía
oposición. Sin tener al pueblo en las calles para exigir de los militares el retorno
del renunciante, el golpe se frustró. La enmienda parlamentarista, impuesta al
Congreso nacional por la junta militar, puede ser interpretada como un “golpe
blanco”. El Congreso, acosado y amenazado por la espada, reformó la
Constitución bajo un clima pre-insurreccional, desafiando así a los aparatos
constitucionales de la Constitución de 1946.
En octubre de 1963, alegando a la necesidad de impedir una “grave conmoción
interna con carácter de guerra civil”, Goulart – por imposición de su aparato
militar – intentó imponer al Congreso el estado de sitio. Si el estado de excepción
permitía silenciar a Carlos Lacerda y Adhemar de Barros, ¿Quién podría negar
que los líderes de izquierda como Miguel Arrais y Leonel Brizola no estarían
también incluidos en la “lista sanitizante” elaborada por los militares, con el
completo asentimiento del propio Goulart?
En abril de 1964, el golpe de Estado – permanentemente reivindicado por
sectores de la sociedad civil – fue, entonces, plenamente victorioso.
b) El golpe pausó así, un rico y amplio debate político, ideológico y cultural que se
procesaba en órganos gubernamentales, partidos políticos, asociaciones de
clase, entidades culturales, revistas especializadas (o no), periódicos, etc. Así,
en los años 60, conservadores, liberales, nacionalistas, socialistas y comunistas
formulaban públicamente sus propuestas y se movilizaban políticamente en
defensa de sus proyectos sociales y económicos. De manera resumida y
esquemática, mencionemos apenas algunas de las propuestas ideológicas
formulas en el período posguerra y previo al ’64:
1) Liberalismo no-desarrollista, de orientación no-industrialista. “Neoliberales”
reunidos en torno a la UDN, la FGV, el Consejo Nacional de Economía, la
Asociación Comercial del Estado de Sao Paulo y otras entidades. Entre los
más conocidos defensores de estas posiciones estaban Eugênio Gudin y
Octávio Bulhões;
2) Liberalismo desarrollista, de orientación no-nacionalista. Perspectiva
ideológica que se vincula a la burocracia pública. Entidades representativas:
BNDE, Comisión Mista Brasil –EUA. Entre sus economistas, se destacan
Roberto Campos, Lucas Lopes, Glycon de Paiva etc;
3) Desarrollismo privativas: CNI, FIESP. “Herederos” de Roberto Simonsen:
João Paulo de A. Magalhães, Hélio Jaguaribe y otros;
4) Desarrollistas nacionalistas. Entidades como ISEB, CEPAL, sectores del
BNDE, PTB. Figuras representativas: Celso Furtado, Ignàcio Rangel,
Rômulo de Almeida, Evaldo C. Lima, Guerreiro Ramos y Vieira Pinto.
5) Socialistas/Comunistas. PCB y PSB. Intelectuales representativos: Nelson
Werneck Sodré, Caio Prado Jr., Alberto Passos Guimarães y otros.

Innumerables revistas especializadas y no-académicas, semanarios y periódicos


traducían y difundían esas corrientes teóricas e ideológicas. Con respecto a esto,
veamos la cuestión del ángulo de los sectores progresistas. Sin tener acceso a los
medios de comunicación de masas, la izquierda nacionalista y socialista, además de
sus órganos de prensa (periódicos, revistas, etc.), buscaba difundir las propuestas
reformistas del desarrollismo-nacionalista – o incluso de la revolución socialista – por
medio de experiencias como el teatro, el cine, la música y las artes plásticas.

El nuevo cine – con recursos limitados, pero con el generoso lema de “una idea en la
cabeza y una cámara en la mano” – colocó a las clases populares (en el campo y en la
ciudad) como protagonistas centrales de sus narrativas. Así, las primeras y excelentes
películas de Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Joaquim Pedro de Andrade,
Ruy Guerra y otros se hicieron posibles a partir de ese nuevo contexto político e
ideológico que se constituía en el país.

El movimiento estudiantil – a través de su mayor representación, la UNE y las UEEs –


tuvo una actuación destacada en esa nueva modalidad de agitación política y debate
cultural. Además de defender la reforma universitaria, el movimiento estudiantil buscaba
asociarse a los demás movimientos de orientación nacionalista y reformista, mediante
caravanas que recorrían el país y exhibían y divulgaban piezas teatrales y música que
debatían el subdesarrollo, las reformas de base, la revolución, el imperialismo, etc.

Ese variado y prometedor contexto cultural e ideológico llevó una astuta crítica a afirmar
que, pre-’64, Brasil comenzaba a verse “irreconociblemente inteligente”.
c) Pero, el golpe también apuntó a detener a la democracia que se expresaba por
la demanda de la ampliación de la ciudadanía de los trabajadores urbanos y
rurales.
Durante el trienio de 1961-1963, el sindicalismo brasilero alcanzó uno de sus
momentos de más intensa actividad. Mientras de 1958 a 1960, bajo el gobierno
JK habían ocurrido cerca de 180 huelgas, en los tres primeros años de Goulart
fueron ocasionadas más de 430 paralizaciones. En ese mismo período, en el
plano regional y nacional, fueron creadas diferentes organizaciones de
coordinación de los sindicatos. Aunque prohibida por la rígida legislación sindical
entonces vigente, el Comando General de los Trabajadores – CGT tuvo una
destacada actuación en la escena política brasileña. En conjunto con otras
centrales sindicales de menor contextura, el CGT fue responsable por las
primeras huelgas de carácter explícitamente político en la historia brasileña.
Para el descontento de los sectores de derecha, los líderes del CGT eran
recibidos en el Palacio por el presidente de la República y reconocidos como
interlocutores de importantes dirigentes partidarios. La prensa conservadora
designaba al CGT como el “cuarto poder”, reforzando el espectro forjado en la
época de Vargas, de que Goulart planeaba instaurar en el país una “República
sindicalista”.
Durante todo el período, fue muy estrecho el vínculo del CGT con el gobierno de
Goulart. Si bien no puede afirmarse que apenas haya sido una “masa
manipulada” del gobierno – ya que reivindicaba su autonomía política – ,el CGT
colaboró estrechamente con Goulart, apoyándolo abiertamente en la mayoría de
sus iniciativas políticas. Tal compromiso era justificado por el hecho de que la
ideología nacional-desarrollista, elaborada por el PCB y hegemónica dentro del
CGT, convergían con las propuestas reformistas de Goulart.
El carácter populista del gobierno aquí se manifestaba de forma nítida y
ejemplar. Las acciones del sindicalismo –sea a través de sus huelgas en la
defensa de reivindicaciones estrictamente económicas o de carácter político –
eran toleradas y hasta incentivadas por Goulart, pues servían al proyecto
nacional-reformista. Sin embargo, el control político de la CGT por liderazgos
sindicales independientes – por ejemplo, por parte del PCB y del “grupo
compacto” del PTB – siempre fue combatido por Goulart y por su asesoría
sindical. En todo el período, Goulart reveló una clara inclinación por liderazgos y
organizaciones sindicales que, a cambio de su independencia política e
ideológica, recibieran facilidades y favores gubernamentales.
Como se sabe, el mito del “cuarto poder”, representado por el CGT, se vino abajo
enteramente con el fracaso de la organización en ofrecer cualquier resistencia a
la acción de los golpistas de abril.
d) La lucha por la ciudadanía política de los trabajadores del campo también
constituyó una nueva realidad en la historia social del país. Las Ligas
Camponesas, que destacaron al abogado y diputado federal Francisco
Julião, nacieron de las luchas de resistencia de pequeños agricultores y
no-propietarios contra la tentativa de expulsión de las tierras donde
trabajaban; de 1959 a 1962, las Ligas tuvieron una acelerada expansión
en todo el Nordeste. Las mismas disputaban la dominación política y
económica a la que las poblaciones rurales estaban secularmente
sometidas. En algunas localidades, ocurrieron conflictos armados entre
campesinos y propietarios de tierras; líderes campesinos eran
perseguidos y asesinados por orden de los terratenientes, alarmados por
la politización de las masas rurales.
En la lucha por la Reforma Agraria, las Ligas se asociaron a otras organizaciones
políticas progresistas del país, participando – tal como ocurre hoy con el MST –
de elecciones, protestas y manifestaciones en el Congreso en defensa de las
reformas de base, en particular de la Reforma Agraria.
Extensos reportajes, en revistas y periódicos de Brasil y del exterior, informaban
a sus lectores acerca de la acción y de los objetivos, “subversivos” y
“revolucionarios” de las Ligas Camponesas. El Nordeste, hambriento y sediento,
estaba a un paso de una radical y violenta “guerra campesina”, conclusión a la
que se llegaba con la lectura de esos reportajes alarmistas de la gran prensa.
e) En el pré-’64, otras reivindicaciones políticas apuntaban al alargamiento de la
democracia liberal vigente en el país: entre ellas, el derecho de voto para los
analfabetos, el derecho de los sectores subalternos de las fuerzas armadas a
postularse en cargos electivos (la carta del 46 les vetaba ese derecho) y la
legalidad del Partido Comunista Brasileño, dispuesto fuera de la ley desde 1947.
Por más que algunos de sus miembros consiguiesen ser electos por otros
partidos, tuviese líderes en sindicatos o editase revistas y semanarios, el PCB
no podía realizar sus encuentros y reuniones sino de manera clandestina y bajo
permanente represión policial. La inexistencia del pluralismo ideológico-
partidario en el pré-’64 se constituía, así, en una seria deformación de la
democracia política en el país.
f) El golpe del ‘64 también apuntó a detener el debate político que, en el Congreso
y en la sociedad, estaba centralizado en torno a las reformas sociales y políticas.
De manera sintética, situemos el caso de la Reforma Agraria – el modelo estrella
de las reformas sociales y económicas.
Desde el parlamentarismo, Goulart izó la bandera de la Reforma Agraria. En un
discurso del 1° de mayo de 1962, el presidente proponía la revisión del Artículo
141 de la Constitución de 1946 que condicionaba las expropiaciones de tierra a
la “previa indemnización en dinero”. Para el conjunto de los partidos y
movimientos sociales que defendían las reformas, el sostenimiento de ese
artículo, en la práctica, inviabilizaba la Reforma Agraria.
Desde esa época, entidades ruralistas, sectores de la Iglesia católica, partidos
liberales conservadores (UDN y sectores mayormente del PSD) y la gran prensa,
por ejemplo – radicalmente opuestos a la revisión constitucional – hicieron una
campaña nacional contra la llamada reforma agraria “radical” del gobierno.
En la perspectiva nacional-desarrollista, la Reforma Agraria era esencial para
que el capitalismo industrial en Brasil pudiese alcanzar un nivel superior de
desarrollo. Por un lado, era preciso aumentar la producción agrícola (alimentos,
materias primas para la industria, etc) al mismo tiempo en que se buscaba
ampliar el mercado interno para los bienes manufacturados. Por otro lado,
previendo un aumento en situaciones de tensión y conflicto sociales, se propuso
una mejor distribución de las tierras improductivas. En una declaración, Darci
Ribeiro, uno de los más íntimos asesores de Goulart, sintetizó la visión del
gobierno sobre el asunto: “Jango 1, terrateniente, quería hacer la Reforma Agraria
para defender la propiedad y garantizar la abundancia, evitando el desespero
popular y la convulsión social”.
Al contrario de lo que avalaban los sectores reaccionarios de los propietarios
rurales, de la alta jerarquía de la Iglesia católica, de la UDN y del PSD, lejanas
eran las intenciones de Goulart sobre la abolición de la propiedad privada que
daría inicio a la “comunicación” del país…Como honestamente declaró en varias
oportunidades, Goulart creía posible –con las reformas sociales – consolidar el
capitalismo industrial brasileño y tornarlo más humano y patriótico. O sea, en los
años 60, el mito de un capitalismo nacional y civilizado – tal como actualmente
aparece en el debate ideológico – era alimentado por Goulart y por algunos
sectores progresistas y nacionalistas.
El mantenimiento del terrateniente y las profundas desigualdades sociales en el
campo eran, de esta manera, factores decisivos para la sostenibilidad de una
democracia política muy distante de las aspiraciones y necesidades de las clases

1 Apodo informal por el que se conocía a Goulart.


populares. Se trató entonces de una democracia profundamente limitada, puesto
que era incapaz de superar el clientelismo, el mandonismo, los corrales
electorales y el poder indisputable del terrateniente y de los coroneles.

Consideraciones finales

Afirmar que el golpe de 1964 tuvo como protagonistas principales las facciones duras
de las Fuerzas Armadas y al empresariado nacional (a través de sus partidos, entidades
de clases y aparatos ideológicos) – con el decidido apoyo y el incentivo de la embajada
y de las agencias norteamericanas (Departamento de Estado, Pentágono y otras) –, no
significa que debemos eximir los sectores nacionalistas y de izquierda por el dramático
desenlace del proceso político.

Comportamientos, gestos y declaraciones –altisonantes y, a rigor, auténticas


bravuconerías—de liderazgos progresistas contribuyeron en el agravamiento del
proceso político. En este sentido, será a partir de la reunión por las reformas del viernes
13 de marzo, que la crisis política se agudizará. Así paralelamente a las versiones
alarmistas, forjadas por los sectores conservadores, algunos gestos y declaraciones de
líderes importantes del movimiento nacionalista – por el radicalismo verbal en el que se
revistieron—tuvieron el efecto inesperado de unificar la derecha civil y militar.

Después de esa reunión, la batalla ideológica se amplió; en el noticiero de los periódicos


se intensificaron los rumores de que Goulart –con el apoyo del PCB, del CGT y de las
fuerzas políticas nacionalistas – preparaba un golpe de Estado. Sin embargo, en
términos de palabras y gestos, Goulart fue el protagonista más elocuente del drama que
se pondría en escena en las últimas semanas de marzo. Dos gestos de Goulart pueden
ser interpretados como los de un actor que, de forma desesperada y agonizante, se
lanza de pecho abierto delante de sus adversarios o verdugos.

Primer acto: su autocomplacencia en relación a la insubordinación de cabos y marineros


en Rio de Janeiro. Al perdonar a los rebeldes, el presidente afrontó al ministro de la
Marina que, días antes, había castigado a los “rebeldes”. Provocó así la indignación de
toda la corporación militar. En la marcha de los marineros que conmemoraba el indulto
presidencial, Candido Aragão, conocido como el “almirante rojo” o “almirante del
pueblo”, fue cargado en triunfo.

Segundo acto: el panfletista discurso del Presidente en una asamblea de marineros, en


el Automóvil Club de Brasil, la noche del 30 de marzo. Transmitido por la televisión
delante de un auditorio repleto de soldados, sindicalistas y políticos nacionalistas,
Goulart denunció las fuerzas reaccionarias y golpistas. Con vehemencia defendió –para
la redención del país—la necesidad de un “golpe de las reformas”. Las palabras
elocuentes y los gestos dramáticos del presidente de la República se asemejaban
mucho a la carta-testamento de Vargas. Sin disparar contra su propio pecho, Goulart
parecía decidir por el suicidio político.

Después de esos dos episodios, la suerte del gobierno de Goulart estaba


definitivamente sellada. Pocas horas después de la transmisión de su discurso, tropas
comandadas por oficiales golpistas de Minas pusieron un pie en la ruta. Intercambios de
llamadas entre oficiales fueron suficientes para neutralizar el llamado “dispositivo militar”
de Goulart.

Pero, delante de insinuaciones de que los sectores progresistas y de izquierda –por la


intransigencia de sus demandas y acciones—también deben ser responsabilizados por
los resultados de los acontecimientos de abril de 1964; es preciso siempre recordar y
resaltar que quien planificó y desencadenó el golpe contra la democracia fueron las
clases dominantes a través de sus fuerzas políticas y entidades de clase. Como
resaltamos, los sectores conservadores y liberales de la sociedad civil –las llamadas
“vivandeiras de quartel” – durante todo el período republicano se manifestaron
incondicionalmente opuestos a la ampliación de las libertades políticas y de los derechos
sociales de las clases populares y de los trabajadores. Desde 1950, se intentaron
maniobras golpistas intensificándose a partir de la renuncia de Jânio Quadros.

El golpe de 1964 vino, pues, a coronar las tentativas anteriormente fracasadas.


Destruyendo las organizaciones políticas y reprimiendo los movimientos sociales de
izquierda y progresistas, el golpe fue despedido por las clases dominantes y sus
ideólogos, civiles y militares, como una auténtica Revolución. Aliviadas por no haber
sido involucradas militarmente en el país, las autoridades norteamericanas se felicitaron
con los militares y políticos brasileños por la “solución” encontrada para superar la “crisis
política” en el país.

El gobierno de Goulart que, en los últimos días de marzo de 1964, contaba con elevada
simpatía junto a la opinión pública, se derrumbó como un castillo de arena. Las clases
populares y trabajadoras estuvieron ausentes de las manifestaciones y marchas que,
en algunas capitales del país, pedían la destitución de Goulart. Pese a que no se
opusieren al gobierno, los sectores populares y los trabajadores nada hicieron para
evitar la caída del gobierno. Las fuerzas políticas que afirmaban representar esos
sectores no devolvieron ninguna acción significativa para impedir el golpe que hacía
mucho tiempo se anunciaba en el horizonte político. El golpe del 64, bien sabemos, no
fue un rayo en un cielo azul.
Desarmadas, desorganizadas y fragmentadas, las fuerzas progresistas y de izquierda
no ofrecieron ninguna resistencia a los golpistas. Afirmando que no querían participar
de una “guerra civil” en el país, Goulart se negó a atender algunos llamados de oficiales
legalistas en el sentido de ordenar una acción represiva –de carácter intimidatorio –
contra los insurgentes que venían de Minas. Prefirió el exilio político.

En el discurso de líderes de izquierda, la expresión “cabezas cortadas” dirigida con los


eventuales golpistas, tenía un sentido metafórico; con la acción de los “vencedores de
abril”, ella se tornaría una cruel realidad para muchos hombres y mujeres durante los
veinte años de la dictadura militar.

NOTAS

1 Eugênio Gudin, num de seus artigos — amplamente difundidos pela grande imprensa

brasileira no pré-64 —, talvez sintetize a visão dos setores liberais-conservadores:


“Temos tido governos inertes e governos incapazes, que pecaram largamente por
omissão, deixando belas oportunidades para agir em benefício do país.Mas nunca
tivemos ... um governo tão encarniçadamente decidido a destruir, desmoralizar e até a
prostituir tudo quanto neste país existe de organizado”. Por um Brasil melhor, Rio de
Janeiro, APEC, s.d. Ressalvadas algumas expressões ultramontanas do (reconhecido)
patrono dos economistas (neo)liberáis brasileiros, não seria outro o juízo de alguns
notáveis discípulos seus. Roberto Campos, Delfim Netto, Octavio Bulhões, Mário
Henrique Simonsen, João Paulo Veloso — que desempenharam funções relevantes na
formulação das políticas econômicas dos governos militares — partilhavam, juntamente
com os demais liberais brasileiros (udenistas ou não), dessa sectária visão. Deve ser
dito, no entanto, que essa percepção — de um governo que atentava contra a ordem
legal e que conduzia o país à anarquia política — teve ampla difusão, particularmente
nos últimos meses de Goulart. O Correio da Manhã — que, em 1961, desafiando o veto
militar, apoiou a posse de Goulart — publicou no dia 31 de março de 1964 um editorial
com o título “Basta!”. Nele, deplorava-se a conduta do presidente da República e,
explicitamente, defendia-se a destituição de Goulart. Sabe-se que, entre os que
redigiam o editorial político do Correio da Manhã estavam respeitados jornalistas de
convicções democráticas e progressistas, tais como Otto Maria Carpeaux, Edmundo
Moniz, Newton Rodrigues e Osvaldo Peralva. Cf. GASPARI, E. A ditadura
envergonhada, São Paulo: Companhia das Letras, 2002. p.65.

2 Para Paulo Schilling, o governo Goulart “foi o mais eficiente agente das classes
dominantes e do imperialismo na contenção do avanço popular. De traição em traição
chegou ... à entrega do poder à direita”. Como a direita se coloca no poder, São Paulo:
Global, 1979. Na avaliação de Darci Ribeiro, o governo de Goulart foi derrubado “porque
ele era uma ameaça inadmissível para a direita e inaceitável para os norte-americanos.
Daí a contra-revolução preventiva...” In: DANTAS MOTA, L. (Coord.) A história vivida II.
São Paulo: O Estado de S. Paulo, 1981.

3 Para o historiador Jacob Gorender, o período “marca o ponto mais alto das lutas dos
trabalhadores brasileiros” no século XX. Para ele, “nos primeiros meses de 1964,
esboçou-se uma situação pré-revolucionária e o golpe direitista se definiu, por isso
mesmo, pelo caráter contra-revolucionário preventivo”. Combate nas trevas. A esquerda
brasileira: das ilusões perdidas à luta armada, 2.ed. São Paulo: Ática, 1987, p.66-7.

4 FERNANDES, F. Brasil, em compasso de espera, São Paulo: Hucitec, 1980, p.113.

5 Para a extensa maioria dos críticos do movimento de março e abril de 1964, tratou-se
de um golpe de Estado que derrubou um governo burguês democrático com orientação
reformista e progressista. Autores como F. Fernandes, J. Gorender e D. Ribeiro buscam
qualificar a natureza do golpe: tratou-se de uma contra-revolução. A frase de F.
Fernandes, an- 1964: O golpe contra as reformas e a democracia Julho de 2004 25 tes
citada, expressa bem esse ponto de vista. Gorender acredita que a intensidade da luta
de classes no período — com a possibilidade de eclodir uma revolução anticapitalista
— qualifica o golpe como tendo um caráter “contra-revolucionário preventivo”. Nas suas
palavras, “a classe dominante e o imperialismo tinham sobradas razões para agir antes
que o caldo entornasse”. GORENDER, op. cit., p.67.

6 Apud GASPARI, A revolução envergonhada, p.138. Com freqüência, mesmo autores


de orientação crítica se utilizam da prestigiosa noção de ”Revolução” reivindicada pelos
golpistas de abril. Um exemplo disso aparece no útil livro Visões do golpe: a memória
militar sobre 1964 (Rio de Janeiro: Relume Dumará, 1994) que reúne depoimentos de
lideranças militares golpistas, reunidos por M. Celina D´Araujo, Gláucio Soares e Celso
Castro. Embora para os autores a noção mais adequada esteja no próprio título do livro,
por vezes a palavra Revolução aparece em várias questões formuladas aos
entrevistados. Certamente, trata-se de uma linguagem concessiva. Esse estilo de
intervenção — linguagem mais moderada (menos “radical”) — é hoje bastante
freqüente, entre intelectuais e autores progressistas, quando têm seus textos publicados
na grande imprensa ou por ocasião das entrevistas que concedem às rádios e às
emissoras de televisão. Será esse o preço que se paga pelo privilégio de ter algum
espaço na mídia burguesa? Da mesma forma, o uso da expressão “regime autoritário”—
não o de ditadura militar— para definir o período de 1964 a 1985 foi bem mais extenso
na bibliografia histórica e política. A esse respeito, talvez um dos méritos da festejada
obra de Elio Gaspari — três libros da série de cinco já foram publicados — resida na
consagração do termo ditadura (os nomes dos três livros não deixam margens à dúvida:
A ditadura envergonhada, A ditadura escancarada e A ditadura derrotada).

7 Este item retoma argumentos de momento de meu livro, O governo Goulart e o golpe
de 1964. São Paulo: Brasiliense, 16.ed., 1996.

8 Em 12 de setembro de 1963, em Brasília, centenas de sargentos, fuzileiros navais e


soldados da Aeronáutica e da Marinha invadiram prédios da administração federal em
protesto contra decisão do STF que não reconheceu o direito de elegibilidade dos
sargentos para o Legislativo. O CGT e a UNE manifestaram simpatia para com a
reivindicação dos subalternos. A 4 de outubro, Goulart envia mensagem ao Congresso
solicitando a decretação do estado de sítio por 30 dias. O movimento nacionalista é
vitorioso ao derrotar a exigencia dos “duros” das Forças armadas.

9 Para organizar esse quadro do debate teórico-ideológico no Brasil dos anos 50 e 60,
valho- me do livro de Ricardo Bielschowsky, Pensamento econômico brasileiro: o ciclo
ideológico do desenvolvimentismo. São Paulo: Contraponto, 3.ed., 1996.

10 Sobre as diferentes formulações existentes no interior do ISEB, veja-se TOLEDO, C.


N. de. ISEB: fábrica de ideologias. Campinas: Ed. Unicamp, 2.ed., 1996. É extensa a
bibliografía existente sobre a Cepal.

11 SCHWARZ, R. O pai de família e outros estudos. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1978.

Caio Navarro de Toledo 26 Revista Brasileira de História, vol. 24, nº 47

12 O notável filme-documentário Cabra marcado para morrer, de Eduardo Coutinho,


ilustra bem esse contexto de lutas e conflitos no campo brasileiro no pré-64.

13 Publicavam-se nessa época o jornal Novos Rumos e a revista Estudos Sociais, além
de divulgar- se a revista Problemas da paz e do socialismo, do PC da URSS.

14 No Congresso nacional atuava, em defesa das reformas, a quase totalidade do PTB


e do PSB. Durante o governo Goulart, criou-se a Frente Parlamentar Nacionalista —
FPN, que reunia, além dessas duas legendas, parlamentares nacionalistas do PSD, da
UDN e dos demais partidos. A Frente de Mobilização Popular — FMP, por seu lado,
agregava um conjunto de forças políticas e movimentos sociais que se orientavam pela
ideologia nacionaldesenvolvimentista. Nesse sentido, agrupava a FPN, o CGT, o PCB,
as Ligas camponesas, a UNE, o movimento nacional dos cabos e sargentos etc. No
interior da UNE, atuavam pequenos grupos de esquerda — Polop, AP,MRT e outros.

15 Darci Ribeiro, em DANTAS MOTA, op. cit.


16 O livro de René DREIFUSS, 1964: a conquista do Estado (Rio de Janeiro: Vozes,
1981), é ainda o documento mais completo sobre a atuação do empresariado nacional
e do capital multinacional na preparação e desencadeamento do golpe de 1964.

17 A rigor, o golpe não começou em Washington, como afirmava o título do livro do


jornalista E.Morel. No entanto, desde a publicação dos documentos revelados pelo
jornalista Marcos Sá Corrêa e vários outros trabalhos e depoimentos, posteriormente
editados no Brasil e no exterior, fica comprovada a ativa participação e apoio norte-
americanos ao golpe. A ditadura envergonhada, de E. Gaspari, jornalista que não revela
nenhuma simpatía pela historiografia de esquerda, confirma a atuação do Pentágono e
do Departamento de Estado dos Estados Unidos nos episódios de abril. Além disso, o
ostensivo trabalho nos bastidores (e à luz do dia) do embaixador norte-americano
Lincoln Gordon, durante os últimos meses do governo Goulart, não pode suscitar
nenhuma dúvida acerca do relevante papel desempenhado por seu país na queda do
governo constitucional de Goulart.

18 No comício, uma das dezenas de palavras de ordem pedia a “reeleição de Goulart”;


outra, a reforma constitucional com Jango no governo. Luis Carlos Prestes (PCB) e
outras lideranças nacionalistas, entusiasmados com o discurso de Goulart e com a
repercussão do Comício, cogitaram, num primeiro momento, da hipótese de uma
“Constituinte com Goulart”. No entanto, no Suplemento especial de Novos Rumos (27
mar. a 2 abr. 1964), órgão oficial do PCB, “Teses para Discussão”, nada se encontra
sobre essa controvertida palabra de ordem. As reformas da Constituição que eram
propugnadas nas Teses visavam viabilizar a reforma agrária, o voto dos analfabetos, a
legalização do PCB etc.

19 Como se afirmou, algumas das declarações de lideranças de esquerda podem ter


contribuido para unificar ainda mais a reação golpista. Brizola, no comício do dia 13,
falou em “derrogação do Congresso”; Prestes teria dito — de forma defensiva, mas num
tom abusivo — que as cabeças dos golpistas iriam rolar caso ousassem dar o primeiro
passo. Julião falava da força das milícias camponesas na defesa da legalidade.Mas,
não existem evidên- 1964: O golpe contra as reformas e a democracias consistentes
para se concluir que as esquerdas tramavam ou apoiariam um golpe contra as
instituições democráticas do país, caso Goulart (via “dispositivo militar”) — para a
realização das reformas — tomasse essa iniciativa. Sem poder argumentar aqui, minha
hipótese sobre o fundamento de recentes formulações, no campo progressista, que
atribuem propósitos “golpistas” aos setores de esquerda é a seguinte: para aqueles que
se inspiram nas teses difundidas pelo eurocomunismo (ou “esquerda democrática”,
entre nós), qualquer perspectiva ou política de esquerda que conteste a universalidade
da legalidade democrático- burguesa é acoimada ou denunciada como “golpista”.

20 Segundo pesquisa do Ibope, realizada na capital paulista entre 20 e 30 de março,


João Goulart tinha um apoio significativo dos eleitores da maior cidade do país: o
governo era considerado ótimo por 7% dos quinhentos entrevistados, bom por 29% e
regular por 30%; era mau apenas para 7%, péssimo para 12% e 9% não sabiam
responder. Assim, entre ótimo/ bom e regular, o governo tinha aprovação de cerca de
66% dos eleitores da capital de São Paulo. (Naqueles dias, como vimos, na capital
paulista, ocorreu uma das maiores manifestações contra o governo.) A insuspeita
pesquisa foi encomendada pela Federação do Comércio do Estado de São Paulo, uma
das entidades que apoiaram ostensivamente o golpe. Jornal da Unicamp, edição 204,
24 fev. a 9 mar. 2003. Sem retirar dessa pesquisa (parcial) conclusões maiores sobre a
“popularidade de Goulart”, ressalte-se, no entanto, que acidade de São Paulo não tem
sido, desde os anos 50, reduto de candidatos “progressistas”. O PTB nunca teve ali uma
base eleitoral forte e a capital — bem como o conjunto do estado— tem se notabilizado
por eleger candidatos conservadores; para lembrar alguns deles, Adhemar de Barros,
Jânio Quadros (por diversas vezes), Carvalho Pinto, Paulo Maluf. Lembre-se que na
eleição de 1989, a vitória do pseudo “caçador de marajás” F. Collor de Melo apenas foi
possível em virtude do contingente de votos que obteve no estado de São Paulo.

21 O sociólogo Herbert de Souza (Betinho), cujas opiniões nunca poderiam ser


consideradas de “esquerdistas” ou de “radicais”, numa entrevista, ponderou o seguinte:
“Acho que houve falta de direção política articulada com a resistência militar. Se as
tropas de Mourão tivessem sido atacadas, elas se entregariam. Se esse movimento
tivesse sido abortado lá, o General Amaury Kruel continuaria em cima do muro. O II
Exército não se definiria, a Vila Militar não desceria, e, provavelmente, o golpe teria outro
resultado”. In MORAES, D. de. A esquerda e o golpe de 64. Rio de Janeiro: Espaço e
Tempo, 1989. Artigos de Werneck Sodré, Jacob Gorender e J. Quartim de Moares sobre
essa questão se encontram em TOLEDO, C. N. de. (Org.) 1964: visões críticas do golpe.
Democracia e reformas no populismo. Campinas: Ed. Unicamp, 2001.

También podría gustarte