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Imaginación Territorial en Argentina

Este documento explora diferentes imaginarios territoriales en la Argentina a través de la literatura y el arte. Describe cómo la imaginación puede desafiar los límites de los mapas políticos al ensanchar fronteras y poner en contacto regiones. Analiza las distintas formas en que se han representado la pampa, la puna y otras regiones a lo largo de la historia, y cómo ciertos imaginarios llegaron a dominar sobre otros.

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Imaginación Territorial en Argentina

Este documento explora diferentes imaginarios territoriales en la Argentina a través de la literatura y el arte. Describe cómo la imaginación puede desafiar los límites de los mapas políticos al ensanchar fronteras y poner en contacto regiones. Analiza las distintas formas en que se han representado la pampa, la puna y otras regiones a lo largo de la historia, y cómo ciertos imaginarios llegaron a dominar sobre otros.

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húmeda,

susurrada,
a l m a naq u e

afectiva,
co l e cci ó n

creativa
otra imaginación
territorial para
la argentina
contemporánea

·
alejandra laera

vera editorial cartonera


húmeda, susurrada,
afectiva, creativa
húmeda, susurrada,
afectiva, creativa
otra imaginación territorial
para la argentina contemporánea
almanaque
colección


alejandra laera

VERA editorial cartonera


No hay, al principio, nada. Nada. En la luz
de tormenta, en la ­inminencia del aguacero
—el primero, después de varios meses—, las
cosas ganan realidad relativa sin duda, que
pertenece más al que la describe o contempla
que a las cosas propiamente dichas…

Nadie nada nunca, juan josé saer


TERRITORIOS ANEGADOS POR LA IMAGINACIÓN

Los desbordes de la imaginación desafían los límites de los mapas.


Allí donde los mapas demarcan, separan y trazan líneas, la imagi-
nación avanza, excede, pone en contacto. Si en el mapa la frontera
tiende a adelgazarse, a reconocerse con claridad, la imaginación la
ensancha, la desdibuja, la hace devenir. Las diferencias territoriales,
que en los mapas llamados «políticos» se convierten en una cuestión
administrativa, se reconocen en cambio, en la representación más co-
lorida de los mapas llamados «físicos», como diferencias regionales.
Ahí es donde se juega, con potencia propia, la imaginación territorial:
ella no solo está liberada de los arbitrios de la provincialización, sino
que desborda incluso las imprecisiones geográficas de lo regional.
Atributos e imágenes, paisajes y personajes, motivos y metáfo-
ras, leyendas y tradiciones, pero también, historia y política: todos
estos elementos estimulan cierta imaginación territorial que se
distingue de otras, aunque a menudo se mezclen y se confundan.
¿No evoca acaso la pampa, en la Argentina, la imagen del desierto en
toda su soledad? ¿Y no es la soledad, precisamente, lo que despierta
la imaginación de las montañas en la puna? Sin embargo, son dos
soledades, la de la pampa y la del noroeste, distintas: una es abier-
ta, y la otra, cerrada. Solo que también en la soledad de la pampa
abierta se recorta la línea de la imaginación, así como en la cerrada
del norte acecha la amenaza del vacío. Una, en su horizontalidad,

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como bien lo capta Domingo F. Sarmiento en el fundacional Facundo
(1845), atrae las fuerzas carnales que vienen del más allá terrestre: el
peligro, los indios, los caballos, quizás incluso la muerte:

¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina


el simple acto de clavar los ojos en el horizonte y ver.... no ver nada?
Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporo-
so, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en
la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere
en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que se ve? La
soledad, el peligro, el salvaje, la muerte.

La otra, en su verticalidad de altura, tal cual la expresa en sus Sueños y


realidades (1865) Juana Manuela Gorriti, atrae las fuerzas espirituales
de un más allá celestial: la fe, el alma, las vírgenes, también la muerte:

—¡Esteco! ¿Y dónde es eso? —preguntó Rosalba haciéndome una seña.


—Allicito, niña, en la cabecera de aquel cerro al otro lado del río. ¿No ha
oído usted hablar de esa ciudad de gentes tan soberbias que solo que-
rían vistir de oro y plata y tan crueles que asaban a sus esclavos? Pues
allí estaba; y de aquí habríamos oído el ruido de sus jaranas que diz que
duraban meses; porque esa gente no tenía necesidad de trabajar: en lo
alto del cerro tenían minas de oro en barra que cortaban a cincel. Pero,
jeñor, si Dios consiente no es para siempre; y una noche como quien no
hace la cosa, la tierra se los tragó.
(«Gubi Amaya»)

Por eso, en parte, en la pampa todo puede ser arrasador: desde el


viento pampero hasta el malón, y hasta la civilización. Y en la puna,
en cambio, todo se conserva: desde las costumbres hasta las ideas y
las creencias. Más todavía: en la pampa el indio ha sido visto como
un invasor al que había que conquistar; la vasta iconografía y los
relatos sobre la autodenominada conquista del desierto de 1879
ratifican largamente su demonización, ya sea el óleo de Ángel della

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Valle con los indios arrasándolo todo y llevándose a la mujer cautiva
(La vuelta del malón, 1892), ya sea el relato de frontera de Estanislao
Zeballos (Callvucurá o la dinastía de los Piedra, 1884), mientras los re-
sultados del exterminio y la servidumbrización no han tenido tanto
registro en el imaginario. Salvo excepciones, como el potente inicio
de Quilito (1891) de Carlos María Ocantos: “Pampa salió a la puerta
de la calle y se sentó en el umbral. ¿La dejarían tranquila, ahora?”. Y
como sí lo tendría, ya iniciado el siglo xx, el territorio patagónico
con su atributo de futuro modernizador. En cambio, en la puna el
indio es considerado de entrada como un habitante al que se lo hace
oscilar entre la convivencia y la servidumbre, y la tradición oral y
popular que guarda esa, entre otras imágenes, fue enfilada hacia el
confinamiento. Como condensación de todo ese pasado, elijo una
de las inasequibles coplas, tardíamente recogidas en una grabación,
de Eulogia Tapia, la misma que inspiró los versos del poeta popular
Manuel Castilla:

Con mi cajita en la mano


donde el cerro
me i’venido
con las coplas en las ancas
y mi caballo rendido.

¿Qué ocurre, en el orden de la imaginación, que hace invertir


la lógica temporal y que, contra la comprobación científica que
establece que el tiempo pasa más lento cerca de la tierra y más
rápido en las alturas, asocia la velocidad a la llanura y la lentitud
a la montaña? Como si fueran el caballo y la mula, dos elementos
emblemáticos de las respectivas imaginaciones geográficas, los
que dictaran la experiencia del tiempo. Como si, finalmente, la
imaginación les hubiera regalado la lentitud a los habitantes de la
llanura solo a través del motivo de la indolencia del gaucho. Esta
suerte de paradoja acerca de los modos de medir y vivir el tiem-
po llama la atención sobre el desajuste entre naturaleza y cultura

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y, por lo mismo, pone en evidencia cómo han operado las dife-
rentes ­condiciones históricas y políticas en la emergencia de los
­imaginarios y en la imposición de unos sobre otros no solo a lo largo
del tiempo sino, muy especialmente, en sus elaboraciones literarias
y artísticas. Porque esos imaginarios fueron cruciales para hacer de
la pampa, en el siglo xix, el epítome del territorio nacional, regiona-
lizando en el mismo proceso al noroeste con la imagen de la mon-
taña, primero, y después al litoral con la imagen de la selva. Pero,
además, dejando a otros imaginarios en el camino por diversas vías.
La primera fue vencerlos en una disputa explícita en cuanto a cier-
tos sentidos territoriales, como ocurrió con una zona de la ensayís-
tica de finales del xix que pensó en la montaña como alternativa de
la llanura para construir la tradición y fue aplanada por la fuerza de
la pampa como espacio conquistado, según ocurrió con La tradición
nacional (1888) y sobre todo con Las montañas (1893) de Joaquín V.
González: «Esto es el alma de la montaña; son las personificacio-
nes que el hombre crea siempre, para dotar de vida a lo inanimado
cuando este tiene la virtud de conmoverle, de despertar los senti-
mientos y excitar la fantasía» Otra vía fue dejar paulatinamente
relegadas las visiones femeninas del territorio. Basta pensar en la
experiencia femenina de la pampa en Enero (1958), de Sara Gallardo,
donde el punto de vista y el sentir de Nefer, la protagonista adoles-
cente, lo embarga todo; en el litoral anfibio y apasionado de Río de
las congojas (1981), de Libertad Demitrópulos; en el noroeste arreba-
tado y arrebatador de Dos veranos (1956), de Elvira Orphée. Cada una
de esas visiones se reconoce casi sin necesidad de ser nombrada:

¿Qué es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno? El


cielo se pone oscuro, las casas crecen, se juntan, se tambalean, las voces
suben, aumentan, son una sola voz. ¡Basta! ¿Quién grita así? El alma
está negra, el alma como el campo con tormenta, sin una luz, callada
como un muerto bajo la tierra.
El río pasa con su pasar recio y su soñar suave. ¡Válgame el cielo
cuando pasa besando la barranca, recio como el hombre que nunca se

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embravece y másmente si reluce en el verdeo espumoso del camalotal! El
camalote es su pensamiento florecido y flotante y por donde empieza a
enamorar. ¿Este es un río o una persona de lomo divino, o es una fuerza
que se le ha escapado de las manos a Tupasy, madre de Dios, o a Ilaj, o a
mis ojos que ya no pueden espejear la tanteza de su cuerpo sin cuerpo?

Cuando era chico todos le decían que la montaña era una mentirosa,
que estaba muy lejos y que no iba a alcanzarla con facilidad. Pero él no
lo creía; le parecía que una tarde, caminando y caminando, sin mucho
apuro, con una varilla para pegarse golpecitos en las piernas, podría lle-
gar hasta ella. ¿Cómo iba a ser cierto que estaba lejos si la tenía ahí, tan
grande, frente a sus ojos? Debía de estar poblada por seres maravillo-
sos. Nunca ha creído del todo que existiera gente que se despertaba y se
acostaba día tras otro sin tener delante el monstruo violeta. Misterioso,
laberíntico, seductor. Ahora, por primera vez, sabrá lo que es no tenerla
como fondo del paisaje; llegará tan cerca que su mole violeta desapare-
cerá de su vista. Estará dentro de ella.

También una vía para dejar otros imaginarios territoriales en el ca-


mino ha sido acotarlos a lo regional, regionalizarlos. ¿No queda aún
un trayecto por recorrer para sacar definitivamente de allí a Manuel
Castilla o a Francisco Madariaga? En el territorio propio, con sus
habitantes, sus elementos, sus ritmos, nace su universalidad:

Eulogia Tapia en La Poma


Al aire da su ternura
Si pasa sobre la arena
Y va pisando la luna.
(«La Pomeña», 1969)

Oh candoroso embriagado entre loros,


entre isletas subiendo hasta el nivel de la colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es

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porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
(«Rehén de la colina», 1954)

Explorar la imaginación literaria presenta, para mí, el desafío de


abrirse a imaginarios heterogéneos, alternativos, a veces complemen-
tarios y a veces inconciliables. Significa detectar las tensiones y, sobre
todo, percibir nuevas sintonías entre rasgos, figuras, personajes,
elementos que el peso de la tradición ha opacado casi por completo.

FLUIDOS TERRITORIALES DE LA IMAGINACIÓN LITERARIA

Quiero seguir otros caminos posibles de la imaginación literaria


­territorial. Uno que no empiece en la imagen cristalizada del desier-
to que entregó Esteban Echeverría en La cautiva (1837) para después
seguir rastreándola a lo largo de la historia.

Era la tarde, y la hora


en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
el crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.

Un camino, propongo tomar, que antes que seguir a María resca-


tando a su esposo de los toldos, se detenga en las bifurcaciones, un
camino que revele sus grietas en las fugaces indias cautivas, en las
indias por adopción. Uno que, en vez de empezar en el tan podero-
so como ya convencionalizado Sarmiento que hace de la ­campaña
el espacio privilegiado de la barbarie, parta de ese ­Sarmiento

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igualmente poderoso pero mucho más estimulante que juega con
aquello que está del otro lado del horizonte y que no puede ver pero
sí imaginar: «¿Qué colores para la paleta de la fantasía?», podría-
mos ­preguntarnos con Sarmiento, hay más allá del horizonte, y
­encontrar otras respuestas. Me refiero a un modo diferente de
mirar, como el que, paradójicamente desde lejos, pudo asumir
­Eduarda Mansilla en Pablo o la vida en las pampas (1869):

En aquel mar inmóvil, como en el que las olas agitan, los objetos son
visibles a una gran distancia. En cuanto un punto negro aparece en el
horizonte, el ojo lo descubre. Poco a poco el objeto se acerca, se dibuja y
toma forma.

Y sobre todo me refiero a esa disidencia descriptiva, y a su modo


también política, que encontró casi al mismo tiempo Lucio V.
­Mansilla y narró en Una excursión a los indios ranqueles (1870):

Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su in-


mensidad una vasta llanura, ¡en qué errores descriptivos han incurrido!
Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje
ideal de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en
plural, y el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.

Propongo seguir un camino que no siempre comience en el pasado,


en las fundaciones del espacio nacional, sino que pueda comenzar en
el presente: con las chinas deseantes de Gabriela Cabezón ­Cámara y
con los indios que han sabido darles la felicidad en las islas del Para-
ná; con las muchachas intensas de Selva Almada, que reconocen en su
cuerpo y en sus ropas la herencia femenina del campo litoraleño.
¿No da acaso vuelta Las aventuras de la China Iron (2017) no solo la
lógica varonil de la gauchesca (al recuperar el cuerpo de la mujer de
Martín Fierro, apenas mencionada en el poema de José Hernández,
y ponerle nombre), sino también la lógica racialista de la literatura
­acriollada de la configuración nacional y la lógica territorial de la

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pampa seca? ¿No lo hace incluso acercándose c­ ontemporáneamente,
revelando con su exuberancia otro modo posible de mirarlo, a La
cautiva (1880) de Juan Manuel Blanes, que a su vez ya podíamos
revisitar a partir del territorio pampeano imaginado, todavía con
sede masculina y tomando el guante de Mansilla, en Ema la cautiva
(1981) por César Aira? Acá, dos fragmentos del último tramo de Las
aventuras de la China Iron:

En poco tiempo el sol dejó de ser dorado, dejó de lamernos y se nos cla-
vó en la piel. Todavía las cosas hacían sombra casi todo el tiempo pero
ya empezaba a quemar el sol del mediodía, era septiembre y el suelo se
rompía con el verde tierno de los tallos nuevos. Ella se puso un sombre-
ro y me puso uno a mí y fue entonces que conocía la vida al aire libre sin
ampollas. Y empezó a volar el polvo: el viento nos traía el que levantaba
la carreta y todo el de la tierra alrededor, nos iba cubriendo la cara, los
vestidos, los animales, la carreta entera.

No nos habíamos encontrado con nuestros gauchos; no nos alarmába-


mos, habían salido a caballo, nos llevarían leguas de ventaja hasta que
se detuvieran el tiempo suficiente como para que los alcanzáramos.
Sentíamos ansiedad de encontrarnos con los indios.
Los escuchamos primero y los olimos. Cantaban, también, y comían
asado: ese aroma nos guió hasta una planicie entre sierras altas, a la
vera de una laguna celeste, un campo de flores y ahí estaban...

Y entre la pampa y el litoral, en las ganas de humedad y frescura ante el


viento seco y caliente, está la adolescente de El viento que arrasa (2012),
la novela de Selva Almada, donde también el deseo del cuerpo femeni-
no se mezcla con las formas del campo, como en algunas de las obras
de Fernanda Laguna y sus cuerpombúes vestidos de rosa y tonos tierra:

Leni acarició su camisa transpirada. Recordó que su padre, alguna vez,


le contó que su abuela era bordadora. Tenía manos de hada, le había
­dicho. Pensó con cierta nostalgia que las telas que bordaba su abuela

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y la camisa que llevaba puesta, en su génesis más antigua, habrían
comenzado en la soledad de un campo como este.

Se trata de avanzar por otros caminos, entonces, diferentes a las ru-


tas que la modernización trazó en la pampa por medio de la tecnolo-
gía y de la letra. Se trata de volver a hacer los viajes que hicieron por
la llanura los viajeros ingleses en las primeras décadas del siglo xix,
desandando el atajo de su explotación productivista, tal como lo
hizo Matilde Sánchez en El desperdicio (2007), o de su contaminación
con agrotóxicos, como Samantha Schweblin en Distancia de rescate
(2014). Entonces, podremos recuperar en el presente otra historia de
la pampa, otra comprensión de su naturaleza:

Trazo una línea


en el borde de la llanura
apoyo mis pies,
uno en cada sitio,
y como un aborigen
destrozado
por la Conquista
retiro mis viejas oraciones
desecho mi viejo lenguaje,
devuelvo mi memoria a la tierra
y camino,
como las arañas, o los
insectos invisibles,
en busca de una Biología
más elemental.
(Carlos Battilana, «Paisaje», 2010)

Se trata de volver a internarse con Horacio Quiroga por el litoral


hasta llegar a la selva misionera o de entregarse a la deriva como su
boa, y antes, de mirarse en el agua del río como la garza de Diana
Bellessi. Se trata de tomar los caminos del indio y de la india en

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la puna, como hizo Sara Gallardo al transfigurarse en el mataco
­Eisejuaz y asumir su voz, o como tuvo que hacer Héctor Tizón hacia
el exilio. O de entregarse a las derivas múltiples de la navegación
por el río Paraná, como Roberto Arlt para escribir sus crónicas o
­Haroldo Conti su novela, o de asumir que no se trata de saber, como
lo dice Juan L. Ortiz en los versos que le dedica al río. Esto es solo
una muestra de lo que podemos encontrar, si nos disponemos a ver:

Todo le era conocido, pero como en la niebla de un ensueño. Sintiendo,


particularmente de noche, el pulso caliente de la inundación que des-
cendía con ella, la boa se dejaba llevar a la deriva, cuando súbitamente
se arrolló con una sacudida de inquietud.
El cedro acababa de tropezar con algo inesperado o, por lo menos,
poco habitual en el río.
«El regreso de Anaconda» (Los desterrados, Horacio Quiroga, 1926)

Una garza blanca cruza


el cielo del anochecer
con su relámpago naranja
que se incendia y se apaga
reflejándose un momento
sobre el espejo del río
para hundirse en sus aguas
como en la noche la garza
«Lo que vemos» (Pasos de baile, Diana Bellessi, 2015)

Y ese bueno para pilote cuadrado, para tirantes, lapacho. Y ese fragan-
cioso roble, fraganciosa quina, fragancioso cedro. Ese urundel y ese
quebracho que arden, esa mora que no arde. Ese algarrobo que nunca
se gasta, que fue cama de carros, que es tablón de camiones, que es pe-
tiso, que no pasa dos hombres. Y ese palosanto verde con perfume, duro
como piedra, amigo del fuego, que arde mojado. Curen, vengan, sanen,
alimenten, sostengan el corazón de Eisejuaz.
(Sara Gallardo, Eisejuaz, 1971)

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Por donde voy no hay camino, solo un sendero borroso que a trechos en
el llano desaparece para renacer en las laderas, más adelante.
(Héctor Tizón, La casa y el viento, 1984)

No se puede decir que el río cambie de una manera en invierno y de


otra manera en verano. Cambia. Eso es todo. Las islas, por el contrario,
parecen distintas con cada estación que llega. No solo por la intensidad
del verde, en el verano, sino por algo mucho más sutil. En el invierno,
desde el río abierto, se pierden en una lejanía brumosa. De pronto
están, de pronto no están.
(Haroldo Conti, Sudeste, 1962)

Pasamos frente a una lonja de tierra pelada y gris. Semejante a un te-


rraplén, aumenta paulatinamente de altura. De tanto en tanto aparecen
arbolitos escuetos, retorcidos. De pronto, a la altura perpendicular de la
tierra se suma la de los bosques de ceibos y sauces, y a la sombra de este
murallón perpendicular, de dos colores, sepia el bosque, y amarillo la
tierra, el agua parece fría como una emulsión de hielo y antimonio.
(Roberto Arlt, «Horizontes ribereños», 1933)

Yo no sé nada de ti...
Yo no sé nada de los dioses o del dios de que naciste
ni de los anhelos que repitieras
antes, aún de los Añax y los Tupac hasta la misma
azucena de la armonía
nevándote, otoñalmente, la despedida
a la arenilla...
(Juan L. Ortiz, «Al Paraná», El junco y la corriente, 1970)

En esos caminos podemos encontrarnos con una nueva imaginación


literaria territorial, no heredada y ni siquiera reformulada, sino nue-
va: imaginación húmeda del litoral, imaginación aérea del noroeste,
todo un territorio a la vez emocional e inteligible que se impone a
la sequedad recia y viril de una pampa desértica (solo productiva

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por medio de una enajenada explotación) y que fluye a través de las
regiones siguiendo los meandros de los ríos o internándose en los
vericuetos de las montañas para volver a la pampa y regarla y darle
otros aires. Hacer una pampa más verde y ondulada, como ha insis-
tido en verla César Aira cuando la describe en sus novelas.
Si el desierto, en su primera imagen literaria, fue figurado por
Echeverría como mujer cautiva en manos de los indios en un poema
fundante que tuvo un alto impacto entre sus contemporáneos y se
erigió en el primer clásico argentino, esa articulación inicial entre
la nación y lo femenino perdió gradualmente su fuerza alegórica.
Cuando la cautiva reaparezca en La vuelta de Martín Fierro (1879), la
segunda parte del poema por completo nacional, no será ella quien
rescate al hombre sino un gaucho quien la salve a ella; en medio del
despliegue de fuerzas físicas de Fierro, que consigue aniquilar al
indio para siempre, hay una escena menor, sin embargo, casi con-
fundida en medio de la brava pelea masculina: la mujer se abalanza
sobre el indio y lo golpea cuando este estaba a punto de matar al
gaucho. Todo el episodio narrado por Fierro, casi al comienzo de La
vuelta, es doblemente ilustrativo: revela el desplazamiento del prota-
gonismo femenino como metáfora nacional por la figura del gaucho,
al mismo tiempo que, mientras anula al indio, oblitera la fuerza
femenina, su agencia. De niños muertos está llena la literatura
argentina del siglo xix, con excepción de los hijos de Fierro, que han
perdido a su madre pero recuperan a su padre gaucho al final del
poema. Mujeres a quienes han dejado sin hijos, estas cautivas, como
la del Martín Fierro, tan expoliadas de los hijos e hijas que tuvieron,
finalmente, como la tierra llana a la que en principio metaforizaron.
A esas mujeres las sustituyó, en una función análoga, un gaucho
desheredado territorialmente y ungido simbólicamente desde que
la nación, encarnada en la figura valiente pero pacífica de La vuelta,
empezó a pensarse en masculino. Yo diría que en esta operación, que
se inicia con José Hernández y su Martín Fierro y culmina con la con-
sagración cultural y estatal de las primeras décadas del siglo xx, el
imaginario regional pampeano se nacionaliza y masculiniza a la vez.

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Cuando hablamos del repertorio territorial de la imaginación, a
la luz de estas primeras escenas configuradas en la pampa, podemos
visualizar, a modo de corolario, dos proyecciones. La primera es
espacial: porque la muerte literaria del indio por el gaucho se solapa
con la campaña militar contra el indio emprendida ese mismo año
de 1879, que abrirá un nuevo imaginario territorial en la Patago-
nia. Pero también se solapa con la publicación póstuma y tardía, a
comienzos de la década, de El matadero, el relato inédito escrito por
Echeverría hacia 1842, en el que se propone inauguralmente ese
espacio como metáfora de la república; ya en él había, como en la
escena gauchesca a campo abierto, cuerpo a cuerpo, animalización,
cuchillos, boleadoras, golpes, persecuciones, sangre, tripas, muerte.
A partir de esa superposición politizante, el matadero deja de ser
el espacio literal del carneo de animales y permite resignificar la
historia sangrienta del pasado (oposiciones facciosas, campañas
militares, crímenes políticos, persecuciones identitarias, violencias
culturales, torturas, explotación económica, como se las describe en
«La refalosa» [1846] de Hilario Ascasubi); pero, a la vez, se habilita
como espacio metafórico donde ubicar, ya con una múltiple valencia
ideológica, las matanzas del futuro que la literatura se ocupará de
testimoniar por la vía del documento, de la ficción, de la poesía. ¿No
es así como lo revela en la selva una crónica de Rodolfo Walsh?

Ahí están, hormigueando entre las plantas verdes, con sus caras oscu-
ras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre
de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos.
En un yerbal alto como este, el jefe de la familia trepa al árbol y con
la tijera poda las ramas que su compañera y su prole cortan y quiebran
en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonán-
dola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas– que cuando estén
llenas se convertirán en «raídos».
No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es
siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra.
(«La Argentina ya no toma mate», 1966)

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¿No es así como lo profieren los versos de la inmensa Olga Orozco?

«Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas las


planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños muertos entre
celestes pastizales.»
(«Entre perro y lobo», 1962)

La otra proyección es corporal. Y se visualiza, propongo, en ese mis-


mo movimiento que cristaliza la imagen del gaucho como arquetipo
nacional, porque, ahí mismo, la figura de la cautiva (de Echeverría a
Hernández) parece quedar liberada de sus estrictas circunstancias
históricas y hacerse entonces más flexible, quedar disponible para
albergar diversos sentidos del cautiverio, sean sociales, políticos o
culturales. Se atisba en «Historia del guerrero y la cautiva» (1949)
de Jorge Luis Borges. Pero sobre todo me interesa otra dirección: la
asumida por la poesía que capta las sensibilidades emergentes en
Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik, la de los testimonios sobre las
detenidas o desaparecidas durante la última dictadura militar. En
las cautivas, presentes por todo el país y en diferentes momentos de
la historia, el territorio pasó a ser el propio cuerpo: un territorio a
ser recuperado con urgencia; territorios sensorializados del deseo y
del placer cuya potencia está lanzada al futuro.
Una excursión por textos tan variados, que han contribuido a
formar una imaginación literaria territorial de la Argentina, no
busca sustituir por otro un repertorio relativamente conocido y
así crear nuevas cristalizaciones; tampoco busca ejercer denuncia-
lismos. Simplemente, intenta captar a través de la literatura otras
sintonías sensoriales que conduzcan a imaginarios más fértiles, más
ecológicos, también más comunitarios. Y ello implica salirse de la
lógica de textos centrales y textos marginales, y rearmar el conjunto
atendiendo, y provocando, otros encuentros. Porque los ejercicios
de la imaginación impactan en el presente y provocan efectos en
el futuro. Encontrar la pampa en el litoral sureño, con sus caballos,

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sus vacas y su gauchaje. Enfatizar la humedad fluvial de la pampa
que viene bajando desde el Paraná. Recorrer la continuidad entre la
zona de la selva misionera y la montaña puneña en los yerbatales e
ingenios. Captar los tonos en los que el relato religioso del noroeste
se confunde con las historias de las cautivas de la llanura. Revelar de
una vez todos los mataderos. Imaginar otros territorios posibles. No
puedo sino terminar con un fragmento culminante de un texto muy
preferido mío de los últimos años, que condensa, en sede literaria,
narrativa, novelesca, lo que quiero enfatizar en este ensayo. Se trata
de Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara:

Hubo un tiempo seguramente breve pero largo hecho de una quietud curio-
sa, una quietud de mirarse: nosotros a ellos y ellos a nosotros, las vacas a sus
vacas, mi perro a los suyos, los caballos a todos. Hasta que los desnudos de
la punta de desnudos empezaron a cantar y a caminar: hicimos lo mismo,
cantando también, con los brazos abiertos caminamos, hicimos todo lo
que ellos y terminamos fundidos con esos indios que parecían hechos de
puro resplandor y olor a grasa y a chañar florido y a lavanda, porque eso le
ponían a la grasa que usaban, y entonces cuando abracé a Kaukalitrán me
hundí todavía más en el bosque que había resultado ser Tierra Adentro. En
el verano me hundí. En las moras que colgaban de los árboles rojas y llenas
de sí. En los hongos que crecían a la sombra de los árboles. En cada árbol
me hundí. Y supe de la volubilidad de mi corazón, de la cantidad de apetitos
que podía tener mi cuerpo: quise ser la mora y la boca que mordía la mora.

Para mí, entonces: una historia de la imaginación territorial que no


sea subsumida por la pampa sino que se entregue al movimiento de
los ríos, que ascienda levemente y busque las cumbres; una historia
de la imaginación territorial que salga del puro golpeteo del caballo
sobre la tierra árida y escuche las pequeñas voces; una historia de
la imaginación territorial que no sea monolítica sino diversa, que
no sea personalista ni regional sino comunitaria. En definitiva: una
historia de la imaginación territorial húmeda, susurrada, afectiva,
creativa, sensible siempre para repensarse.

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ESTE LIBRO

A mediados de 2019 el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de


Buenos Aires, con la dirección de Victoria Noorthoorn, inauguró
la muestra Una historia de la imaginación en la Argentina. Visiones de
la pampa, el litoral y el altiplano, curada por Javier Villa. La muestra
reunía más de cien obras de artistas argentinxs de épocas y proce-
dencias bien diversas, y para acompañarla, Gaby Comte, a cargo de
la editorial del Moderno, me invitó a realizar el catálogo a partir de
las relaciones que, en esa historia de la imaginación, yo encontraba
entre arte y literatura. Lo que hice entonces fue proponer un diálo-
go entre un conjunto de fragmentos de la literatura argentina y un
conjunto de las obras que componían la exposición, de modo tal que
se iluminaran aquellos recorridos de la imaginación territorial que
me interesaba enfatizar tanto en términos político-culturales como
artísticos y que mostraran la potencialidad de los lazos entre ambas
textualidades. La etapa final de la curaduría del catálogo consistió
en organizar los fragmentos y las obras elegidas atendiendo al or-
den secuencial del diálogo que entablé entre ambos, pero también a
la disposición página por página según la lógica del diseño (a cargo
de Eduardo Rey). Mi propósito era que, sin necesidad de establecer
una cronología sino buscando una modulación heterocrónica para
la conversación de la literatura con el arte, en la lectura se advir-
tiera la insistencia de ciertas escenas y motivos, de continuidades,

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variaciones y cambios, de miradas y puntos de vista divergentes o
complementarios.
Este libro para la editorial artesanal Vera Cartonera, de la
­Universidad Nacional del Litoral, que me propuso tan genero-
samente Analía Gerbaudo, recoge el prólogo que escribí para el
catálogo. A ese prólogo, en esta ocasión, lo intervine con algunos de
los fragmentos que seleccioné allí y le introduje los cambios necesa-
rios para que pueda leerse de manera independiente. Quedó fuera
la referencia a las imágenes, pero ellas han sido, de todos modos,
la inspiración tanto para armar el diálogo con la literatura en pos
de revisar la historia de la imaginación territorial en la Argentina,
como para la escritura del prólogo que es la base de este ensayo. En
ambas versiones, más allá de otro propósito, y aun cuando muchos
de mis gustos quedaron fuera por cuestiones de extensión o de ar-
gumento, me guié por preferencias y convicciones personales, para
mirar y sentir un espacio amplio, diverso y fluido y percibir y provo-
car nuevas territorializaciones. Espero que sea un modo instigador
de intervención crítica para pensar la Argentina contemporánea.

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alejandra laera
es crítica cultural, profesora titular de Literatura
Argentina I en la uba e Investigadora Principal de
conicet. Entre sus libros se cuentan El tiempo vacío
de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez
y Eugenio Cambaceres (2004) y Ficciones del dinero.
Argentina, 1890-2001 (2014). También dirigió El brote
de los géneros (volumen 3 de la Historia crítica de la
literatura argentina, 2010) y realizó la antología Una
historia de la imaginación en la Argentina (Museo Nacio-
nal de Arte Moderno, 2019). Dirige la serie Viajeras/
Viajeros para el Fondo de Cultura Económica.

colección almanaque Laera, Alejandra
dirigida por Analía Gerbaudo Húmeda, susurrada, afectiva, creativa : otra
imaginación territorial para la Argentina con-
Como los viejos almanaques en los que
temporánea / Alejandra Laera. - 1a ed. - Santa
caían juntos el santoral, dibujos o fotos y
Fe : Universidad Nacional del Litoral, 2022.
el calendario lunar, en esta colección se
Libro digital, PDF/A - (Vera Cartonera / Analía
reúnen textos diversos hilvanados por la
Gerbaudo ; Almanaque)
presunción de la necesidad de su difusión
Archivo Digital: descarga y online
en este corte del presente.
ISBN 978-987-692-321-7

1. Ensayo Literario Argentino. 2. Crítica de la


Literatura Argentina. I. Título.
VERA editorial cartonera
CDD 860.9982
Centro de Investigaciones Teórico–Literarias

de la Facultad de Humanidades y Ciencias
de la Universidad Nacional del Litoral. © Alejandra Laera, 2022.
Instituto de Humanidades y Ciencias © de la editorial: Vera cartonera, 2022.
Sociales ihucso Litoral (unl/Conicet).
Programa de Lectura Ediciones unl. Facultad de Humanidades y Ciencias unl
Ciudad Universitaria, Santa Fe, Argentina
Contacto: [email protected]

Atribución/Reconocimiento-NoComercial-
CompartirIgual 4.0 Internacional

Directora Vera cartonera: Analía Gerbaudo

Asesoramiento editorial: Ivana Tosti

Corrección editorial: Laura Kiener

Diseño: Julián Balangero

Este libro fue compuesto con los tipos Alegreya


y Alegreya Sans, de Juan Pablo del Peral
(www.huertatipografica.com).

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