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Mujeres en la Resurrección de Jesús

Este libro explora la experiencia de la resurrección de Jesús a través de las mujeres mencionadas en los evangelios. Cada capítulo se centra en una mujer diferente como María Magdalena, Marta y otras, y describe su papel en los eventos de Pascua y lo que significó para ellas. El libro invita al lector a recorrer un camino espiritual a través de estas historias bíblicas.

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Mujeres en la Resurrección de Jesús

Este libro explora la experiencia de la resurrección de Jesús a través de las mujeres mencionadas en los evangelios. Cada capítulo se centra en una mujer diferente como María Magdalena, Marta y otras, y describe su papel en los eventos de Pascua y lo que significó para ellas. El libro invita al lector a recorrer un camino espiritual a través de estas historias bíblicas.

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Mujeres de la Resurrección
Itinerarios de fe y esperanza
María José Encina Muñoz

Ilustración encarte: Emilia Camus Salinas

Primera edición: enero de 2024

ISBN: 978-607-8959-17-4
Con las debidas licencias

©2024, Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C.

Orozco y Berra #180, Col. Santa María la Ribera


Alcaldía Cuauhtémoc, C. P. 06400
Ciudad de México

www.buenaprensa.com
Teléfono: 55 5546 4500 | WhatsApp: 55 7006 3557
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Registro número: 3914

Derechos reservados.
Prohibida la reproducción o transmisión parcial o total de esta obra por cualquier
medio o método, o en cualquier forma electrónica o mecánica, incluso fotocopia
o sistema para recuperar la información, sin permiso escrito del editor.

Impreso en México por

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Mujeres de la Resurrección
Itinerarios de fe y esperanza

| María José Encina Muñoz

Prólogo | Mariola López Villanueva

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PRofetisAs
es una colección de editorial
Buena Prensa
que integra títulos provenientes
de la reflexión teológica,
bíblica, espiritual
y religiosa de las mujeres.

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La Pascua, Amor de los amores. ¿Puede existir una expe-
riencia tan trascendental para el ser humano, como la
experiencia de la Resurrección de Jesús? La Pascua es un
camino que nos lleva a reconfigurar nuestra existencia,
lo conocido se transforma y se hace certeza en un amor
nuevo y definitivo, que nos impulsa a seguir a Jesús y
anunciar su Buena Nueva por todos los rincones. Hace ya
algunos años que digo: soy mujer Resucitada viviendo en
Viernes y Sábado Santo para acompañar a tantos que
viven el dolor. Este libro que tienes en tus manos a eso nos
quiere invitar, a sabernos resucitadas, pero en camino de
estar con otros y otras por amor.

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Índice

Prólogo (Mariola López Villanueva)............. 11

Introducción .................................................... 13

1. Un amanecer que comienza a despuntar .... 17


Itinerario de oración
Un amanecer que comienza a despuntar
María Magdalena, mujer del anuncio ............. 26
2. Emaús, caminar para creer ...................... 31
Itinerario de oración
Emaús, caminar para creer
Berenice, mujer de esperanza .......................... 39
3. De la oscuridad a la luz ............................. 45
Itinerario de oración
De la oscuridad a la luz
María de Betania, discípula del amor ............. 53
4. “Dichosos los que creen sin haber visto” ..... 59
Itinerario de oración
“Dichosos los que creen sin haber visto”
Marta, la discípula que creyó ......................... 67

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5. La memoria del corazón ......................................... 73
Itinerario de oración
La memoria del corazón
La comunidad que vive ................................................. 81

Epílogo (Raquel Sepúlveda Silva) ................................. 85

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Prólogo

Hay libros que hablan de cosas que les ocurren a otros. En éste
que tienes entre las manos la autora nos abre su intimidad en
vena. La que ella misma comparte con aquellas mujeres que se
arriesgaron de madrugada para tocar y volver a ungir el cuerpo
amado, aún sin vida, y aquellas que se arriesgan hoy en las noches
de la historia. Las que descubrieron que, aunque hay piedras que
parece que nadie puede mover, no pueden ser detenidas en su
viaje compartido, porque su misión como mujeres es transformar
lugares de muerte en lugares de vitalidad. Las que siguen yendo
juntas a pesar del miedo y del dolor a buscar donde despunta la
ternura y el cariño que sana… Las que como María Magdalena se
dejan nombrar, querer y reconstruir, por Aquel que les ha ense-
ñado a curar sus heridas y a tender sus manos para caminar con
otras y otros hacia más vida.

Estos hermosos itinerarios que el libro nos invita a recorrer son


los de las mujeres del Evangelio, los de María José y los de cada
una de nosotras. También los de todos aquellos a los que María
Magdalena anunció (y quiere seguir haciéndolo a través de tantas

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María José Encina Muñoz

Marías actuales) que había visto al Señor. Presentimos que la


autora “ha visto” y se adentra en la Biblia, y en la cotidianeidad,
para tejer en una preciosa trenza este camino de ida y vuelta que
transfigura los momentos y los paisajes. En los contactos con el
Señor Resucitado, es la mirada la que queda transformada, y la
propia intimidad. La realidad es la misma pero nuestro modo de
situarnos ante ella se impregna de bendición y confianza, y de una
inesperada y sencilla alegría.

A ese cambio en la mirada, a esa manera amorosa, reconciliada,


asombrada… de existir y estar ante los rostros y las cosas, es a lo
que la autora quiere conducirnos a través de las narraciones y de
las preguntas que nos va haciendo en ellas. Las noches, las heri-
das, el miedo… todo queda transfigurado cuando nos sentimos
llamadas por nuestro nombre, y se nos encarga cuidar de otros,
ser testigos para otros del impacto de su luminosa Presencia en el
centro mismo de nuestra fragilidad.

Mariola López Villanueva

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Introducción

Pareciera que siempre los comienzos son nuestros finales, y es


que comprendemos después de haber vivido, nos damos cuenta
de que alguien nos ama cuando ya hemos experimentado ese
amor, y lo hacemos después de que ya han pasado varios años.
Aquello nos permite contemplar una vida llena de experiencias
que están impregnadas de todas las emociones que como seres
humanos podemos experimentar.

Este segundo libro fue un desafío maravilloso, era necesario seguir


escribiendo sobre la Resurrección de Jesús y su vivencia desde las
mujeres. El desafío inicial era recoger aquellos pasajes de las
Escrituras en donde las mujeres son las escogidas para encon-
trarse con el Resucitado, y enviadas para anunciárselo al resto de
la comunidad. A esta comunidad se le dificulta muchísimo poder
creer en esto, Pedro y el discípulo amado van hasta el sepulcro,
pero no es hasta que se encuentran con el Resucitado que todo irá
comprendiéndose y llenándose de sentido.

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María José Encina Muñoz

Nuevamente el recurso escogido ha sido la narrativa, ocupando


de ella varias partes que responden al elemento de la imaginación,
pero siguiendo la interpretación bíblica de la manera más fiel posi-
ble. Así, las mujeres que aparecieron en las historias del primer
libro, van siendo la voz de este segundo itinerario, para dar conti-
nuidad con lo que ellas habían experimentado. Para quien no ha
tenido posibilidad de leer el primer libro, en general, cada historia
cuenta qué vivió cada una de ellas.

Para poder comprender el significado de los diversos encuentros


que se generan en el libro, el elemento narrativo ocupa el recurso
de la memoria, de esta forma se sigue una comprensión que está
realizada con textos del Antiguo y Nuevo Testamento, que ayu-
dan a comprender lo que está ocurriendo en la historia.

Este libro tiene su desarrollo en los textos de la Resurrección de los


evangelios de Lucas y Juan, que aun siendo de distinta tradición,
nos ayudan a situar distintos aspectos geográficos y teológicos
para comprender el misterio de la Resurrección de Jesús y su pre-
sencia en la comunidad.

Dos elementos serán los principales a la hora de leer, pero sobre


todo, de realizar los itinerarios. El primero es la vivencia de la Resu-
rrección, esta certeza tan profunda para nuestra vida de fe, que nos
llena de gozo y pasión, tiene muchas veces la antesala de la incer-
tidumbre, del temor, de la desconfianza, donde cada uno de los
personajes quiere expresar esa dificultad que será transformada
procesualmente en el encuentro significativo con Jesús. El segundo
es que, si bien nos encontramos con los diversos personajes que

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Mujeres de la Resurrección

nos ayudan a vivir el camino de oración de manera personal, la


Resurrección sin duda tiene una vivencia comunitaria que es ra-
dical para el proceso de fe; por ello te invito siempre a leer y rezar
cada capítulo desde ambas claves, para que realmente sea un pro-
ceso generador de vida.

Finalmente, quisiera expresar mi mayor agradecimiento a todas y


todos aquellos que han permitido aprender a vivir como mujer
resucitada. Este libro no sería posible sin ustedes, son tantos, algu-
nos con nombres, otros de los que sólo conozco sus rostros, o que
sólo he escuchado sus voces. Agradezco a Dios hacerme transitar de
la oscuridad a la luz a lo largo de estos años, a enseñarme a vivir a
“pulso pascual” para así saberme confiada en el Señor de mi vida.

María José Encina Muñoz

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Un amanecer que
comienza a despuntar

Aquella noche se hacía interminable, las dos mujeres


ya entradas en años se acompañaban. Ambas apoyadas
en una parte de la gran sala, sentadas en el suelo, sobre
una alfombrilla sin casi pronunciar palabra. ¿Qué se
podían decir? ¿Existía realmente algo que calmara el
dolor de aquella noche?, nadie podía pronunciar palabra.
Cada una dialogaba internamente con sus tentacio-
nes: la venganza, la huida, la traición, el abandono. Sin
embargo, cuando mirábamos a María, encontrábamos
algo que la distinguía; en su maternidad dolorida, en
su mirada de agonía había un sello de Dios, un silencio
que sobrecogía. Esther, con sus manos sobre las de la
madre y compañera, sostenía el derrumbe interior,
ambas habían perdido a sus hijos, a ambas la injusticia
les había arrebatado el Don de sus entrañas.

María lloraba. Sus lágrimas recordaban el llanto amargo


de Jesús ante la tumba de Lázaro; mirarla al lado de
Esther me hacía recordar aquel día en Naím, cuando

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María José Encina Muñoz

ella perdida en la multitud, sólo ponía su mirada en el cuerpo


muerto de su hijo. Ese día había pasado de ser una experiencia
de muerte a una certeza de vida. Mientras caminábamos desde
Cafarnaúm, me adelanté e iba muy cerca de Jesús; aún en medio
de tanta gente que lo seguía, luego de haber curado a Jeremías, el
sirviente del Centurión, Jesús caminaba en silencio. El bullicio
del alboroto no lo hacía desconectarse de aquello que le había
sorprendido; los encuentros le habían mostrado la profunda fe de
los paganos –aquellos que eran rechazados por las autoridades
judías–, la fe de los últimos, de los ninguneados, de los margina-
dos. En ese silencio sobrecogedor, Jesús rezaba; sus pasos eran
lentos, intuía lo que se movía en aquellos que lo acompañaban y
se alejaba de aquellos que querían proclamarlo, avivarlo como rey.

Yo, aun siendo mujer, pude estar muy cerca de él, pero respeté su
distancia, tanto como para no interrumpirlo. Otros también habían
llegado cerca, pero también acompañaban ese silencio dialogante.
De igual manera se encontraban muy cerca aquellos que habían
dado testimonio del Centurión y que habían visto cómo el sirviente
se había recuperado.

Todas las personas que nos encontramos en ese tumulto había-


mos sido testigos de las muestras de profunda compasión que, en
medio del pueblo y con tanta gente a su alrededor, ambos hombres,
el Maestro y el Centurión habían dado. Por un lado, Calixto se
había arriesgado a quedar en total evidencia al pedirle a Jesús que
interviniera para poder salvar a Jeremías, su sirviente; él lo amaba
como a un hijo. Cuando habló frente a todos, reconoció pública-
mente que era alguien de poder. Sabía que la clave era el servicio,

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Mujeres de la Resurrección

la preocupación por el que me sirve. Jesús, reconoció aquello


desde el primer momento, su fe y su amor compasivo lo habían
conmovido y lo enalteció. Era amor, aquello que hizo que diera
testimonio ante los demás de la fe de Calixto sanando a su siervo.
Desde ahí el silencio de Jesús durante el camino, seguramente
recogiendo todo lo vivido.

Sus pasos lentos de pronto cesaron, levantando un poco más la


cabeza, vio primero una gran polvareda y luego, a la lejanía, los
cuerpos de una multitud que se acercaba para enterrar a alguien.
Vida y muerte se encontraban, la madre abría el caminar, pero al
igual que María, en esta noche su cara miraba sólo hacia su hijo.
La mirada aún perdida que sólo comunicaba lágrimas. Sí, María
estaba tan o mucho más adolorida que Esther y esta mujer que
tanto había aprendido del amor, y del amor de Jesús, ante lo vivido
por su hijo muerto, hizo lo mismo. Se acercó un poco más a María,
tocó sus manos sin intercambiar palabras, inclinó su cabeza, tomó
su codo y levantó un poco el hombro que se encontraba caído por
el dolor que la cercaba.

Yo sólo las miraba. El ver cómo Esther se acercaba lentamente a


María, me hacía recordar aquel día en que escondida en mi propia
cárcel, en la oscuridad que me acechaba y sin acercarme a nada y
a nadie, ese hombre desconocido para mí abrió tímidamente la
puerta y pronunció mi nombre: “María”.

Cuando Jesús se acercaba a las personas parecía no tener prisa,


sabía que tanto el dolor como la alegría necesitaban de tiempos y
ritos. Él lo tenía con todos y todas; con las mujeres que siempre nos

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María José Encina Muñoz

apartaban o que teníamos tantas obligaciones impuestas por los


varones sin tener tiempo para nada y cuyos cuerpos habían dejado
de ser tiernamente tocados, él hacía de todo un rito y comprendía
cabalmente el lenguaje expresado por nuestros cuerpos. El silencio
impuesto y la marginalidad tosca y cruel hacían que sus gestos
fueran sacramento, y una percibía que aquel hombre, el Maestro,
era más que aquello que decían; algunas veces tímidamente y
otras a los cuatro vientos gritábamos que él era el hijo de Dios.

Esther abrazaba a María. Sus manos habían cambiado de posición,


una de ellas sostenía las manos de nuestra madre, quien se encon-
traba colocada sobre sus rodillas en el suelo, y con la otra mano,
Esther la sostenía con fuerza, llevándola hacia su propio cuerpo.
Yo, lentamente, me había acercado más y ahora me encontraba a
los pies de ambas mujeres.

Mientras las contemplaba, recordaba, cómo Esther sabía de resu-


rrecciones. Jesús había pronunciado con fuerza el “joven, levántate”
y todos vimos cómo se incorporó y comenzó a hablar. Estando las
tres tan juntas, nos mirábamos íntimamente, podíamos sentir
cómo cada una tenía en su pecho el dolor de lo vivido horas atrás.
Esther acercó una de sus manos y se acarició el pecho. Sólo recor-
dar lo que había pasado, hizo que su vientre volviera a sentir la
vida que palpitaba como aquel día a las afueras de Naím; miró a
María y ambas con los ojos llenos de lágrimas se dijeron: “Dios
está con nosotras”.

El primer día de la semana me levanté al alba antes que todos.


Había dormido a los pies de María, ya entrada la noche. ¿Podía acaso

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Mujeres de la Resurrección

conciliar el sueño? El dolor me había despertado, no podía sacar


de mí la imagen de José de Arimatea llevando el cadáver de Jesús,
aquella vivencia me persiguió durante toda la noche. Lo envolvi-
mos en lienzos y lo ungimos con los perfumes que llevó Nicodemo,
además de los que María y Marta llevaron, que tenían desde hace
mucho tiempo y que no ocuparon con Lázaro. Aquellos perfu-
mes eran muy valiosos. No puedo dejar de recordar aquella
noche en Betania, cuando Jesús estaba profundamente cansado;
lo estaban persiguiendo, “los sacerdotes y los fariseos habían
dado órdenes para que quien conociese su paradero lo denunciase,
de modo que pudieran arrestarlo”.1 Ese día, sólo algunas horas
antes, Jesús nos reunió y nos invitó a la casa de sus amigos. Todo
comenzó cuando María tomó un perfume muy caro, uno de
nardo puro, que era muy costoso, y con él ungió los pies de Jesús.
Judas no pudo mantenerse en el silencio sobrecogedor en el que
nos encontrábamos, y se quejó de la falta que esto suponía en el
amor a los pobres, y cuestionó el acto diciendo que era mejor
venderlo. Horas después, había sido el mismo Judas quien preso
de su egoísmo entregó a Jesús. ¿Cómo no recordar todas esas últi-
mas horas?

Los lienzos habían cubierto el cuerpo de Jesús en ese lugar de


muerte. El huerto se encontraba en el mismo lugar donde había
sido crucificado, era un sepulcro nuevo, donde nadie había sido
sepultado, todo fue muy rápido, pues se acercaba la hora del
comienzo del Shabat. Los contrastes eran desgarradores, los perfu-
mes y la sepultura nueva le otorgaban el significado de un rey,

1 Juan 11, 57.

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María José Encina Muñoz

un rey para nosotros. El misterio era grande, vida y muerte se


encontraban.

Los recuerdos me tenían en un nivel de angustia tan grande, las


horas no avanzaban, ahí en medio del salón, yo ya no podía espe-
rar más. Me levanté silenciosamente, en cuanto la ley lo permitía,
y me fui. Al parecer nadie se despertó. El camino lo comencé en
profunda oscuridad, era el dolor de la muerte, la agonía de Jesús,
de María, mantenerme ahí acompañando pasivamente. Aquella
mañana me recordó muchos amaneceres en los que Jesús se levan-
taba e iba a rezar solo. A veces lo buscábamos, luego aprendimos
que era tiempo que él necesitaba para orar, para estar en diálogo
con su Padre, en soledad y silencio.

En medio de mí, la oscuridad me abrazaba, era una oscuridad


existencial, una noche que me acompañaba a esas horas en que
iniciaba el día. El recuerdo de sus amaneceres y soledades me habi-
taba, como si algo de ese diálogo creyente que había aprendido de
Jesús, en medio de toda la adversidad me buscara. Necesitaba
volver al sepulcro, sabía que buscaba entre los muertos, pero algo
debía buscar. En medio de la noche y el amanecer que se trataba
de imponer, mi memoria buscaba el lugar en medio de aquel
huerto; la piedra que tapaba la entrada era muy grande y aquello
sería un signo para encontrarlo. En esa oscuridad me topé con una
cueva donde la piedra estaba corrida. El dolor, la rabia e incom-
prensión me movilizaron y si a la ida me había acercado de manera
cautelosa, mi regreso a la casa fue corriendo. Tras llegar busqué a
Simón Pedro, estaba conversando con Juan, el que era muy amigo
de Jesús, y sin poder contener mucho la respiración y mi angustia,

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Mujeres de la Resurrección

les dije que se habían llevado al Señor y que no sabíamos dónde lo


habían puesto. Los demás no alcanzaron a reaccionar, a Pedro y a
Juan les pasó lo mismo; no alcancé a terminar cuando ya se habían
puesto a correr hacia el sepulcro.

Yo les seguí tan rápido como pude, el amanecer ya se imponía y


éramos tres corriendo, tres que nos conocían, tres que podíamos
estar en peligro, pero qué importaba, el dolor y la incertidumbre
de no entender lo que había pasado, de que se hubiesen llevado
el cuerpo de Jesús era peor. Juan corrió más rápido, pero al ver el
sepulcro se inclinó, vio las cosas tal como yo se los había dicho,
pero no entró. Al llegar, Pedro entró al sepulcro y vio todas las
vendas en el suelo y el sudario doblado más allá. Cuando vieron
eso, algo pasó en ellos. Juan, quien sólo se había inclinado, se
acercó y entró, cuando halló las vendas y el sudario, vio y empezó
a creer. Nos miramos, y no podíamos entender qué había suce-
dido, en ese mismo momento regresaron donde estaban reunidos
los demás.

Yo no pude retornar, necesitaba seguir buscando, mi llanto no me


permitía volver, no lograba comprender, mi agonía ante la ausen-
cia de Jesús se hacía cada vez más fuerte y eso hizo que permane-
ciera fuera del sepulcro. Me incliné para mirar aquello que se veía
hacia adentro, y mirando vi dos hombres; eran tan distintos de
todo lo que había visto. Una luz se reflejaba en ellos, estaban vesti-
dos de blanco y al ver que mi llanto no paraba, con profunda
compasión me preguntaron qué me pasaba. Yo les respondí que
se habían llevado a mi Señor y que no sabía dónde lo habían
puesto.

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María José Encina Muñoz

Sentí unos pasos, y me di vuelta para ver quién se acercaba; era un


hombre, parecía un jardinero. Me preguntó por qué lloraba, y
mientras más me preguntaban, más profundo y angustioso se
hacía mi dolor. Yo pensé que él podía tener alguna respuesta y sin
querer culparlo le dije que si él se lo había llevado, que por favor
me dijera dónde lo había puesto para que fuera a buscarlo. Él me
miró con ojos de amor, su mirada me hacía reconocer algo que en
otros momentos había vivido, y sus labios rompieron el silencio,
su boca pronunció mi nombre, ese nombre que años atrás había
transformado mi noche en día. Todo mi cuerpo sentía la emoción
de ese momento, todo había cambiado, la oscuridad se había
transformado en luz, ya no había tinieblas, el mundo desaparecía
ante mis pies y ante mí sólo estaba él. Con una alegría de profunda
exaltación y una sorpresa que no cabía en mi cuerpo le dije:
“Rabuní”, maestro mío; intenté tocarlo, abrazarlo, retenerlo,
pero él me dijo que no lo retuviera. Ese hombre que tantas veces
me había tocado, me decía que podíamos relacionarnos de otra
manera, quizá la misma que él tenía con su Padre, que vela de
noche y de día, presente en Todo, y me dijo: “Ve a decir a mis
hermanos: subo a mi Padre, el Padre de ustedes, a mi Dios, el
Dios de ustedes”. Era el Señor, había Resucitado.

Sus palabras estaban guardadas en mi corazón, no sólo había


vencido a la muerte, sus palabras nos unían para siempre, su
Padre, ya no era sólo de él, era nuestro, sus últimas palabras me
hicieron recordar lo que había leído generación tras generación:
“Ustedes son mi Pueblo y yo seré su Dios”. Su mensaje, el mensaje
que él me entregaba para decirle a mis hermanos y hermanas,
sellaba la alianza para siempre, el Dios de Jesús, es nuestro Dios.

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Mujeres de la Resurrección

Corrí tan rápido como pude, ya había más personas por la calle,
tenía que frenar mis pasos, repetía las palabras que debía entre-
gar como mensaje, la sonrisa se me escapaba y mis ojos brillaban.
No fueron pocos los que me vieron caminando tan rápido como
podía, sin poder ocultar aquello que me movía tan audazmente.
Por fin logré llegar al salón, ahí todos estaban reunidos, entre
todos intentaban descifrar aquello que Pedro y Juan les habían
contado, estaban tan ocupados, que aun sabiendo que había regre-
sado, no se dieron cuenta de que venía distinta. Intenté hablarles,
pero era tanto el alboroto que tenían, que más de alguno intentó
que me mantuviera en silencio. Esther y María me miraban,
nuestras miradas se cruzaron y las sonrisas salieron de nuestros
cuerpos, cuales mariposas que estrenan su primer vuelo. Me abrí
paso entre esos hombres y me paré en el medio de ellos, ahí, sin
más, les dije el mensaje que Jesús me había entregado, nuestro
Señor había Resucitado.

Nadie comprendía muy bien el mensaje, las caras y las palabras


eran distintas entre unos y otros; sorpresa, desconcierto, incredu-
lidad, alegría, temor.

Esther ayudó a María a ponerse de pie, y se fue abriendo paso


hasta llegar donde yo me encontraba, me tomó de las manos, y me
miró, me tomó la cara y me dio un beso en la frente, se acercó a mi
oído, y ahí como si no existiera nadie, me dijo: “Ésta es la segunda
vez que una mujer hace latir mi vientre, con la experiencia del
Misterio de Dios que me habita. Nuevamente, una mujer me
dice: ‘dichosa tú que has creído que se cumplirá lo que el Señor
te anunció’”.

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María José Encina Muñoz

Itinerario de oración
Un amanecer que comienza a despuntar
María Magdalena, mujer del anuncio

Este primer capítulo reúne la historia de tres mujeres que están


profundamente unidas, para sobrellevar el dolor que ha signifi-
cado la muerte de Jesús. Son tres historias que se van uniendo a
través del recuerdo de los gestos y palabras dichas por el Señor,
que, en este momento de ausencia, permiten conservar una espe-
ranza e intentar comprender de qué manera se puede seguir
viviendo cuando se ha perdido todo.

María Magdalena recuerda que Jesús tenía tiempo para todos y


todas, esa clave del tiempo, de la intimidad, del espacio profundo
con otro ser humano, nos invita a vivir la vida de otro modo. En
esto podemos recordar las miradas, los silencios, las palabras, sus
gestos. Nuestros momentos de oración, de encuentro personal
con el Señor tienen también su “propio tiempo y espacio”.

Te invito a conectarte con esa experiencia, pensando en que esta-


mos invitados e invitadas a vivir en “tiempo pascual”. Tiempos
de entrega, de muerte y resurrección, tiempos en que vivimos ese
encuentro personal con el Señor y tiempo en que lo contemplamos
en la vida de otros, pero que nos revela al Señor de la Vida.

• ¿Cuáles son los tiempos que has vivido en tu proceso de


Resurrección? ¿Qué palabras has recibido o cuáles has dicho?
¿Cómo lo ha vivido tu cuerpo? ¿Quiénes te han acompañado?

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Mujeres de la Resurrección

Nuestra vida comunitaria es una Palabra viva, llena de vida. En


ella se nos anuncia permanentemente la Resurrección nuestra y la
de los demás. Resucitamos viviendo en tensión pascual, al modo en
que Esther acompaña a María, ella puede hacerlo pues ha vivido la
muerte de su hijo, ha sufrido la misma pérdida que María, aun-
que de manera diferente. Ella también ha aprendido de los gestos
de Jesús y ahora puede ser hermana y compañera, para consolar
y acompañar el dolor.

• Contempla a tus hermanas y hermanos, con los que compar-


tes habitualmente. Detente en cada uno, en cada una. Revive
en tu interior la voz de vida que han sido para ti. ¿Cómo vives
estos momentos de relación con Dios y con los demás?

• ¿Cuáles son las “resurrecciones” que has podido contem-


plar? ¿Qué han provocado en ti?

María Magdalena, en esa noche que no acaba, sufre infinita-


mente; los recuerdos de lo que ha vivido a lo largo de su vida,
sobre todo lo terrible después de la muerte de Jesús, se agolpan en
su interior. Cuando atravesamos la muerte, no sólo la física de
otros sino la nuestra existencial, nos encontramos con esta viven-
cia de profundo dolor y angustia, no somos ajenas y ajenos a lo que
María Magdalena vive esa noche y lo que hace que esa mañana
se levante de prisa al sepulcro. Está viviendo un dolor de muerte,
aún sintiendo eso, y sin pensar en la posibilidad de la Resurrec-
ción de Jesús, se pone en camino. Te invito a pensar y sentir en tu
cuerpo esos momentos de profunda oscuridad que alguna vez te

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María José Encina Muñoz

ha tocado atravesar. Permítete sentir a otros a tu lado, tal como


María Magdalena pasó esa noche junto a Esther y María.

Y profundiza en esas experiencias que te han puesto en


movimiento.

• ¿Qué situaciones te han puesto en movimiento aun estando


en profunda oscuridad? ¿Qué te llevó a hacerlo? ¿Cómo
viviste ese momento?

• Todo movimiento genera aprendizaje; por más doloroso que


sea, ese dolor se va transformando en vida. ¿Qué aprendiza-
jes has vivido en este ponerse en “marcha”? ¿Qué aprendi-
zajes te acompañan hoy? ¿Qué aprendizajes te han regalado
otros con sus propios movimientos interiores y exteriores?

Después de que Pedro y Juan han regresado a la casa donde se


encontraban, María Magdalena, aún sin comprender y conso-
larse, sigue buscando el cuerpo de Jesús. Los ángeles y “el jardi-
nero” le preguntarán por qué llora, qué busca. Por medio del diá-
logo con Jesús y al escuchar su nombre, ella se sabrá “reconocida”.
El Señor la envía con una misión, la hace portadora de una noticia,
le comunica la Resurrección. María se pone en camino, sus pala-
bras alegran el corazón de la Madre; María acoge y siente la dicha
de esa Buena Nueva.

En tu vida seguramente hay muchos mensajes que te han permi-


tido descubrir la dicha de la Resurrección. Invítate a percibir en tu
corazón, en tu cuerpo esa alegría, como si fuera ésta la primera vez.

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Mujeres de la Resurrección

• ¿Qué mensajes has recibido que te han anunciado esa nueva


vida?

• ¿Qué mensaje se te ha enviado a decir, anunciando a otros


y a otras al Señor Resucitado?

Signo. Para terminar este momento, te invito a hacer un pequeño


altar en el que pongas algunos signos de búsqueda, de Resurrec-
ción que te han surgido a lo largo de la oración. Si no los encuentras
físicamente, dibújalos, píntalos o recréalos.

Para seguir profundizando: Jesús es la Vida Nueva: Juan 14,


19-21; Juan 20, 1-18; Lucas 7, 11-17.

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2
Emaús, caminar
para creer

Aquella mañana la casa era un alboroto, nadie podía


entender qué había pasado, hacía sólo algunas horas la
pena nos invadía por completo y ahora lo único que
hacíamos eran tener conversaciones exaltadas, inten-
tando comprender aquello que Simón Pedro y Juan nos
habían dicho, pero que ni ellos mismos entendían.

Hace algunos momentos llegó María Magdalena desde


el sepulcro y nos dijo que se encontró con el Señor, comu-
nicándonos la gran noticia que él nos había enviado. Era
algo extraño, las mujeres lograron comprender la Resu-
rrección de manera simple, el signo de los ángeles y el
sepulcro vacío, junto con el relato de María, bastó para
reconocer lo que ahí había pasado; la muerte no podía
vencer, no tenía la última palabra. La vida de Dios
tenía más fuerza que cualquier injusticia humana. Las
mujeres se transformaron en testigos y anunciadoras
de la verdad más profunda, el Señor ha Resucitado y es
la presencia definitiva de Dios entre nosotros. Creerlo

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María José Encina Muñoz

era difícil; unos gritaban, otros se mantenían en silencio, algunos


marcaban sus ideas con fuerza diciendo que esto era imposible,
mientras tanto, las mujeres se abrazaban, se sonreían, sus miradas
expresaban la vida que emergía de ellas, una vida nueva. No inten-
taron convencernos, respetaron el proceso de incredulidad en el
que estábamos, sabían que era un proceso personal; como tantas
veces Jesús lo había enseñado, la fe necesita tiempo. Necesitába-
mos ver y creer.

Entre todas aquellas mujeres se encontraba Berenice, ella era mi


vecina hacía ya tiempo y tenía una historia singular con Jesús: él
la había curado, le había hecho recobrar la esperanza ante situa-
ciones profundamente injustas que la acompañaban hacía ya
largos años y que la habían dejado con la mirada sujeta al suelo,
su cuerpo encorvado la había separado del resto y su viudez la
mantenía alejada, pero con un pueblo pendiente, que notaba
siempre su presencia. Su encuentro con Jesús lo cambió todo, y
ella alzó la mirada, sus ojos se encontraron, su espalda se ende-
rezó y nos miró a todos de frente. Esa mujer que estaba muerta
en vida resucitó parándose en medio nuestro, ayudando a quien lo
necesitaba, encontrándose con Jesús cuando pasaba cerca, hacién-
dose amiga de otras mujeres que lo seguían –que no eran pocas–
distintas cada una de ellas, pero transformadas por el anuncio de
la Buena Nueva que Jesús comunicaba.

Aquel día, mientras seguíamos aturdidos ante lo ocurrido, las


horas habían comenzado a pasar, y finalmente era necesario volver.
En medio de la esperanza de las mujeres, la desesperanza seguía
presente entre nosotros, pedíamos argumento de aquello que

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Mujeres de la Resurrección

anunciaban y ellas sólo comunicaban Misterio. Era mejor partir,


la situación en Jerusalén era peligrosa y estar reunidos todos y
todas en el mismo lugar era algo que generaba mucha tensión. La
distancia entre Emaús y donde estábamos no era tanta, pero si no
nos apurábamos, nos exponíamos a ser encontrados, y que las
condiciones del camino se hicieran difíciles. Miré a Berenice, y le
dije que fuera conmigo, ella miró a las mujeres, y asintió. Teníamos
un paño donde había algo de pan y vino, ella se acercó, y tomó lo
necesario para el camino –alguna provisión debíamos llevar–, y
además por la hora llegaríamos cerca de casa entrada ya la tarde.

Nos despedimos de los demás. Era extraño cerrar la puerta de


aquel lugar, sólo unos días antes la habíamos abierto para celebrar
la fiesta de Pascua; ahí Jesús había levantado la copa y repartido
el pan, en medio de nuestra sorpresa, dificultad para entender...
intimidad. La comunidad reunida, una vez más, haciendo memoria
de la historia de la que somos herederos. Aunque en ese momento
todo parecía cambiar, aquella cena se había transformado en un
memorial; a través de sus palabras podíamos sentir en nuestros
cuerpos todo lo que habíamos vivido junto a él. En ese pan y en ese
vino, Jesús proclamaba palabras de entrega total, el pan y el vino
fueron pasando de mano en mano, y la sensación era que mientras
cada uno y cada una de nosotros los tomaba y él te miraba, cada
historia personal y comunitaria se unificaban en ese momento.
Nos unía esa entrega que pronunciaba, y nosotros no entendíamos
realmente de qué éramos parte.

La puerta se cerró y ahí quedaron nuestros hermanos y nuestras


hermanas. En medio del gentío y de las habladurías, fuimos

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María José Encina Muñoz

avanzando calles y pasajes hasta encontrarnos en las afueras.


Cuando ya nos encontrábamos más en la intemperie comenza-
mos a dialogar sobre todo lo que había sucedido; ni Berenice ni
yo entendíamos muy bien, sin embargo, ella era esperanza y yo
decepción, yo era búsqueda racional y ella apertura a un miste-
rio que apenas comenzaba a abrirse para comprender. De pronto,
sin que lo advirtiéramos, un hombre nos alcanzó; al comienzo
ambos nos preocupamos, Berenice guardó silencio y yo le respondí
el saludo. No habíamos terminado de presentarnos cuando nos
preguntó de qué íbamos hablando. Me extrañó que hablara con
Berenice, no son muchos los que acostumbran a hablar con una
mujer, pero él nos miró a ambos, nos quedamos un poco aturdidos,
nos miramos y yo, enojado, le pregunté si acaso no sabía lo que
había pasado en estos días. Me parecía tan insólito que alguien no
supiera, ya que cuando veníamos de camino, en la ciudad, nadie
hablaba de otra cosa. Pero él contestó que no, y ahí como si el
corazón se me apretara sin poder respirar y hablar, con palabras
escuetas, le conversé de Jesús. Berenice me miraba con ternura,
sabía lo doloroso que para mí resultaba hablar de Jesús, a dife-
rencia de ella, yo no creía nada, y sentía que todo había perdido
sentido. Miré a este forastero, le dije que Jesús de Nazaret era un
profeta, alguien poderoso por las obras que hacía y las palabras
que pronunciaba. Guardé silencio, y los ojos se me llenaron de
lágrimas, todo en mí era confusión; en mi mente y corazón las
imágenes y sentimientos se agolpaban. Qué difícil era pronunciar
lo sucedido; le dije: “Los sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron
para condenarlo a muerte”, la cara del hombre se transformó, se
daba cuenta de que mis palabras cada vez eran más duras, y respetó

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Mujeres de la Resurrección

mi silencio. Cuando le dije que lo habían crucificado, las lágrimas


ya no pudieron quedarse en mis ojos, y como si fuera un niño que
había perdido a su padre, corrieron por mi cara.

Volví a mirar a Berenice y dije: “Nosotros esperábamos que él


fuera el liberador de Israel”. Mientras decía estas palabras, no
podía dejar de traer hacia mí tantos momentos con Jesús, tantas
casas en las que había estado, palabras pronunciadas en la sinagoga,
historias contadas por los caminos, miradas cómplices que nos
transformaban, noches largas contando historias de nuestro pueblo,
concierto de risas alrededor del fuego que hacían competencia con
los animales nocturnos, milagros donde Jesús se experimentaba
profundamente vulnerable, y tocaba con su cuerpo la fragilidad y
el dolor de los demás.

De pronto me recordé regresando ese día después de su muerte,


donde los hombres llegamos dispersados, alguno que otro venía
de a dos, sólo las mujeres, Nicodemo, Juan y José de Arimatea se
habían quedado para su sepultura. Berenice me miraba, en su mirada
no estaba la angustia que yo experimentaba, había tranquilidad,
hondura, silencio. Miré al forastero, quien aún no se presentaba y
le dije: “Han pasado tres días desde ese momento”. El silencio
que siguió permitió comprender que la decepción tocaba lo más
profundo de mí.

“Pero algunas de nosotras…”, el forastero dejó de mirarme y la


mirada de Berenice y la de él se encontraron. Entonces ella conti-
nuó: “Algunas de nosotras esta madrugada nos hemos levantado

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María José Encina Muñoz

casi al comenzar el alba, hemos ido al sepulcro donde él se encon-


traba, y hemos visto a dos seres llenos de luz; nos preguntaron por
qué buscábamos entre los muertos al que estaba vivo. Cuando
vimos la piedra del sepulcro corrida tuvimos mucho miedo, y nos
quedamos desconcertadas, no entendíamos lo que había pasado;
algunas lloraban, otras miraban, hasta que nos animamos a entrar,
ahí fue cuando los vimos y nos preguntaron esto. En ese momento
nos dimos cuenta de que algo extraño pasaba; entre nosotras
había alguna mayor, que recordaba cómo dentro de nuestra histo-
ria los ángeles han hablado sobre los misterios de Dios y han elegido
a lo pobre y lo pequeño de nuestro pueblo para comunicarlo. Ellos
nos hicieron recordar palabras que no habíamos comprendido en
su momento; nos hablaron de la Resurrección y de cómo Dios
vencía la muerte. Mi cuerpo entero expresaba alegría, pero no una
alegría pasajera, sino una profunda, que era habitada también por
el silencio, haciendo un hueco interior para abrirme al Misterio,
ése que Jesús había restaurado en mí el día en que habiendo tocado
mi cuerpo encorvado lo reincorporó a la realidad que yo había
perdido. Ese día mi cuerpo, mi mirada, mi sonrisa expresaron la
misma sensación que en este momento me invade”.

Aun mirando al forastero, que sus ojos algo me expresaban, sentía


cómo Cleofás se unía a esta conversación sin dejar de colocar en
ella su pena y frustración.

En ese momento, este hombre que nos había escuchado atenta-


mente nos miró y cambió el foco de su atención, ahora no dejaba
de ver a Cleofás; sus masculinidades se encontraron y aquél que

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Mujeres de la Resurrección

parecía no entender nada, permitió salir de su boca un juicio que


sonaba bastante duro: “¡Qué torpes y lentos son para entender!”.
Ambos nos miramos; aunque a mí me habitaba el misterio, no
terminaba de entender sus palabras. Él siguió y como si una ener-
gía lo atrapara y moviera su existencia, nos recalcó que cómo no
éramos capaces de creer lo que los profetas habían anunciado.

De pronto, me sentí como una niña escuchando las mayores pala-


bras sagradas y pronunciadas generación tras generación. Cleofás
también había reaccionado, y de pronto este hombre, como si tuviera
las Escrituras delante de él y su boca expresara fuego, nos comenzó
a decir cada profecía anunciada, explicando por qué el Mesías
debía padecer para entrar en la Gloria. Sus palabras evidenciaban
lo que yo, en el momento en que Jesús me salvó, supe en mi inte-
rior: Jesús era el Mesías, nadie podía hacer las obras que él hacía.
Mientras nos hablaba, mi corazón ardía como nunca lo había
sentido, era una emoción mayor a cualquiera, parecía que toda mi
vida, todas las lecturas, todas las cenas, todas las Pascuas, eran
comprendidas a la luz de este ardiente deseo de que cada Palabra
había sido dicha para expresarnos que Dios no nos abandona y
que Jesús era, es y será el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Miré a Cleofás. Si antes no podía ocultar mi sonrisa, y la vida que


se me trasparentaba por la mirada, ahora menos. Me alegré de
verlo, su decepción, dolor y frustración se comenzaban a transfor-
mar, su cuerpo adolorido, su mirada melancólica iban cambiando,
y comenzaba a levantarse, tanto como yo aquel día en mi encuen-
tro con Jesús.

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María José Encina Muñoz

De pronto divisamos Emaús a sólo unos cientos de metros. Él


hizo ademán de seguir, pero sin hablar entre nosotros ambos le
dijimos que por favor no, que se quedara en nuestro pueblo, porque
era tarde y ya entraba la noche.

Cuando llegamos, recordé que el pan y el vino que había tomado


en casa antes de partir no lo habíamos consumido en el camino;
las palabras de este hombre habían sido suficientes para calmar
toda necesidad, así que los saqué del morral y los coloqué humil-
demente en la mesa, alcanzaba para los tres. Nos sentamos, y de
pronto, “tomó el pan, lo bendijo, lo partió y nos lo dio”. Al tomar
con nuestras manos el pan, nuestro corazón palpitante de vida
lo reconoció: ¡era Jesús, y estaba vivo, Resucitado! Pero en cuanto
quisimos decir algo más, reaccionar, abrazarlo, él ya había
desaparecido.

Nos miramos alegres, nuestros ojos llenos de lágrimas contenían


una emoción que nos embargaba. Cleofás me decía: “¿No sentíamos
arder nuestro corazón mientras nos hablaba y nos explicaba las
Escrituras?”. “¡Era él, era él!”, nos decíamos sin parar de reír, de
mirarnos, de gozar.

Tomamos el pan y el vino que aún permanecían sobre la mesa, lo


guardamos en el morral, salí y vi a Cleofás cerrando la puerta,
miró hacia dentro y vi sus ojos de alegría, ya no era el recuerdo de
la Última Cena, era la fuerza presente de la primera de tantas
cenas que hacían que nuestro Maestro estuviera vivo y Resucitado.
Cerró la puerta y nos pusimos en camino, para contar a todas y a
todos lo que había pasado.

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Mujeres de la Resurrección

Itinerario de oración
Emaús, caminar para creer
Berenice, mujer de esperanza

Este capítulo habla sobre la experiencia de la fe, personal y comu-


nitaria. Comienza recogiendo la vivencia de la primera comunidad
después del encuentro de María y prosigue con el camino hacía
Emaús. El recuerdo de lo vivido con Jesús sigue siendo la experiencia
que los hace dialogar, la sombra de la muerte continúa empañando
la vida, pero el Señor en sus encuentros comienza a impregnar de
nueva vida el seno de la comunidad.

Al regresar María Magdalena a la comunidad con el anuncio de la


Resurrección del Señor, el mensaje que comunica es profunda-
mente difícil de creer para quienes se encuentran ahí. Más allá de
pensar en hombres o en mujeres, lo que el Evangelio deja claro es
que la fe es un proceso; al estar inmersa nuestra vida cristiana en el
seno de la comunidad hay que aprender a vivir en esos “tiempos”
en los que el Señor nos invita a profundizar. La pedagogía de Jesús
nos enseña eso, por eso es prioritario el cuidado personal que debe-
mos tener por uno y por otro.

Nuestra historia de fe no es solitaria, es personal, pero siempre


con otros y con otras. Nos vamos sosteniendo los unos a los otros,
a través del testimonio y el amor paciente que nos fortalece en
momentos de dificultad y nos alienta e impulsa en momentos de
gozo.

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María José Encina Muñoz

Te invito a contemplar a aquellos y aquellas con quienes hoy eres


parte. Escribe sus nombres, agradece por sus vidas, míralos y míra-
las desde la esperanza que acontece en ti como hermana o como
hermano creyente.

• ¿Cómo vives los dinamismos de fe al interior de tu comuni-


dad? ¿De qué manera acompañas tus procesos? ¿Qué signos
de vida han emergido de esos dinamismos?

En nuestra vida de fe nos sabemos portadoras de revelación, de


anuncios. A veces esa vivencia interior de alegría, de esperanza,
no es la misma que otros y otras están viviendo.

• ¿Cómo vivir los propios anuncios y saber esperar los


demás? ¿Has tenido experiencia al respecto? ¿Qué aprendi-
zajes has podido recoger a lo largo de tu vida de fe?

Berenice sale a nuestro encuentro. Cleofás nos trae a la memoria


su historia y nos habla de su experiencia con Jesús, ese momento
en que pudo erguir su cuerpo encorvado y mirar con la dignidad
de las hijas de Dios. También en el momento de la despedida apa-
rece el dolor ante lo que han vivido, la memoria trae consigo los
momentos que han experimentado juntos y el sentido de la pérdida
se hace más fuerte. Pero se ponen en camino, deben dejar ese
espacio y deciden volver al que era el suyo. El lugar del pasado,
de la seguridad, aunque ésta sea de tristeza y desesperanza.

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Mujeres de la Resurrección

Para Jesús todo es oportunidad, y la decepción y desesperanza


no dejan de serlo. En medio del camino les sale al encuentro, y en
vez de darles todas las respuestas Jesús se interesa por ellos, les
pregunta de qué vienen conversando en el camino, desea enten-
derlos. Nos recuerda algunos diálogos en los que preguntaba qué
les pasaba por el corazón, como cuando le pregunta al ciego:
“¿Qué quieres que haga por ti?”.

En ese camino, Cleofás y Berenice nos representan. Nosotras


caminamos con otros, no estamos solas, nos ponemos en diálogo.
Por más dura que parezca esa conversación, aliviana el peso que
llevamos.

Te invito a imaginar el texto:

Cierra la puerta de la casa, donde se quedan tus hermanos y herma-


nas, elige a alguien para caminar, pasen en medio de las calles de
Jerusalén y escucha los rumores, las cosas que ahí se dicen. No tiene
porque ser exactamente sobre Jesús, puede ser de tu comunidad,
de lo que están viviendo. Ahora están en el camino, y comienzan a
conversar.

• ¿De qué trata esa conversación? ¿Qué sentimientos te


provoca? ¿Puedes acoger lo que la otra persona te dice?
¿Qué quieres decir tú?… Piénsalo, dibújalo o escríbelo.

La comunidad de Jesús había recibido el anuncio de la Resurrec-


ción, pero les costaba creerlo, no podían abrirse al Misterio. En
nuestra vida eso pasa muchas veces, no es extraño.

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María José Encina Muñoz

• ¿Quiénes te han anunciado cosas que no has podido creer?


¿Qué se te ha anunciado? ¿Por qué no has creído o por qué
se te dificulta creer? ¿Qué emociones has experimentado
cuando esto sucede?… Permítete sentirlo, acoge tus
sensaciones.

En el camino Jesús sale a su encuentro, es un diálogo respetuoso,


de querer escuchar lo que están viviendo. Las palabras de lentitud
y torpeza son un intento de moverlos interiormente para que
puedan creer. Los corazones de ambos se comienzan a encender,
incluso lo dicen al final con la pregunta: “¿No ardía nuestro cora-
zón cuando nos explicaba las Escrituras?”.

• Imagina a Jesús en el camino. Ya son tres los que caminan,


¿qué les pregunta Jesús?, ¿qué emociones te suscitan sus
preguntas?

• ¿Qué les dice Jesús? ¿Escuchas respuestas ante lo que estás


viviendo? ¿Cómo acoges esas respuestas? ¿Sientes la urgen-
cia de que se quede con ustedes, contigo?

Ya están llegando a Emaús, el signo de la Eucaristía es indudable,


también esa memoria viva es el mismo signo que ha realizado con
los discípulos y que los invita a seguirlo celebrando en memoria
de él. La vida entregada.

Siéntense a la mesa y dejen que parta el pan de la Eucaristía. Te


invito a que traigas a tu corazón eucaristías que han sido especiales

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Mujeres de la Resurrección

para ti, esas que te han permitido recobrar la esperanza, el sentido,


cuando el corazón se desorienta de la vivencia del amor de Jesús,
cuando cuesta creer. Siéntelas, trae a tu memoria a quienes estaban
ahí, ¿qué palabras, qué signos, qué gestos llenaron tu corazón?

• ¿Cómo actuó el Señor en ese partir el pan? ¿Qué emociones


sientes?

• El Señor está contigo ahora, y con quienes quieras sentar a


esa mesa. Saborea ese silencio, entra en él, déjate encontrar.
Realiza tu propia acción de gracias.

Signo. Finalmente Cleofás y Berenice se colocan en camino, de


regreso a la comunidad. Te invito a que le escribas o llames a otro
y le comuniques tu experiencia de Resurrección.

Para seguir profundizando: Lucas 24, 13-35; Lucas 18, 41-43;


Lucas 13, 10-17.

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De la oscuridad a la luz

Antes de que Cleofás y Berenice alcanzaran a llegar, en


casa todo estaba revuelto. Marta estaba a mi lado, mirá-
bamos a distancia a Lázaro que hablaba con nuestros
hermanos, diciéndoles que cuando Jesús lo había sacado
de la tumba, había salido con todas las vendas y el suda-
rio puesto, distinto de lo que decían aquellos que se
habían acercado al sepulcro, pero lo que María Magda-
lena nos había contado hacía de esto algo imposible.
Sabíamos que Dios podía hacerlo todo, nosotras lo
habíamos presenciado con nuestro hermano, ¿por qué
no creer que esto podía ser verdad?

Las palabras de María aún resonaban en cada uno, el


silencio interior hacía más doloroso la vivencia de los
que estábamos ahí reunidos, era como un amanecer
lento, con tinieblas2 espesas que no dejaban que la luz
entrara abriéndose paso en nuestra vida. Todos y todas

2 La oscuridad en Juan representa la “oscuridad existencial”.

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María José Encina Muñoz

estábamos divididos; María, que estaba a nuestro lado, resplan-


decía en tranquilidad, sus manos seguían tocando sus entrañas y
en su mirada sólo existía la dulzura del que confía, el mensaje de
María Magdalena era claro y ella creía.

Esa confianza de María venía de su profunda vivencia interior de


creer en la Palabra de Dios. Aunque las mujeres vivíamos esa
experiencia de manera más cercana, también existía incredulidad,
pero los hombres al haberse dispersado y al encontrarse con sus
diversas actitudes se enojaban, gritaban y discutían entre ellos.
Sus miradas no eran de compasión, al contrario, sus corazones
turbados hacían que de sus palabras salieran juicios culpándose a
sí mismos y a los demás.

Tomás no sabía qué hacer, se sentía profundamente desorientado


y además tenía mucho miedo. Nos decía que era absolutamente
peligroso estar todos reunidos en el mismo lugar, que lo mejor era
hacer lo que Cleofás y Berenice habían hecho, irse, para que si nos
encontraban no lo hicieran estando todos juntos a la vez, disper-
sarse3 era más seguro. Los judíos seguramente, terminado el día
santo, nos buscarían centímetro a centímetro por toda la ciudad.4

Así que Tomás decidió irse. María –nuestra madre– lo miró con
pena, en sus ojos había una profunda compasión por cada una y
por cada uno, sufría con nuestro sufrimiento; su confianza no era

3 Dispersarse; Juan 16, 32.


4 Juan 7, 13–19, 38.

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Mujeres de la Resurrección

algo que los demás podríamos sentir, porque nos faltaba creer.
Pareciera que Jesús nos volvía a decir a cada uno lo que en su día
le respondió a Marta: “Yo soy la Resurrección y la vida. Quien
cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí, no
morirá para siempre. ¿Lo crees?”. Ahí quedaba la pregunta, sin
poder responder, y quizá más de alguno en ese momento habría
tenido que decir: “Señor, no creo”. Tomás miró una vez más a
María con ojos de confusión, tristeza y miedo, mucho miedo. Se
inclinó, como si implorara su bendición y se giró para salir.

La puerta estaba trabada con un palo de hierro muy pesado. Tanto


era nuestro miedo a ser encontrados que habíamos colocado toda
la seguridad extra que fuera necesaria. Santiago y Juan se acerca-
ron, levantaron el hierro para destrabar, abrieron la puerta con
muchísimo cuidado y se despidieron de su hermano. Al mirar con
rapidez hacia afuera, notaron cómo la noche ya estaba de entrada,
la oscuridad se hacía más presente, la naturaleza acompañaba
nuestro dolor.

La imagen de la cruz todavía estaba presente. Después de que


Tomás salió, cada uno se fue a un lugar de la casa. En mí las pala-
bras del Éxodo no dejaban de calarme, ¿no habían vivido lo
mismo nuestros padres y madres aquella noche de liberación?
¿No había sido en medio de la noche cuando Yahveh los había
liberado? ¿No habían vivido al igual que nosotros el miedo y
la opresión? Pareciera que la historia se repetía, pero ¿dónde estaba
nuestra cena, nuestro cordero?, ¿con qué sangre marcaríamos la
puerta de nuestra casa? La liberación de nuestro Pueblo también
estuvo marcada por sus crisis, después de la liberación la duda

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María José Encina Muñoz

siempre se hizo presente, tanto, que más de alguna vez en sus re-
clamos estuvo la idea de querer regresar a Egipto diciendo que
ahí se encontraban mejor. En medio de nuestro dolor también la
idea de lo antiguo, antes de nuestro encuentro con el Maestro, se
hacía presente. ¿Habrá valido la pena todo lo que vivimos, para
que Jesús muriera como lo hizo y para que a nosotros nos estén
persiguiendo como ya lo están haciendo?5

De pronto un viento fuerte abrió una ventana de par en par, todos


nos pusimos alerta, estábamos sentados en círculo, lejanos unos de
otros, pero en esa forma tan común de estar, como cuando nos
colocábamos alrededor del fuego o cuando compartíamos una
comida. Pedro hizo el ademán de pararse para cerrar la ventana,
pero no lo había hecho cuando ya Jesús se encontraba en medio de
nosotros, en el centro de la sala. Sus palabras no se dejaron esperar:
“La paz esté con ustedes”. De nuestro escepticismo pasamos a la
más profunda alegría, pareciera que un manantial de vida nos
traspasaba con toda fuerza y hacía de nuestra sequedad más
profunda un lugar lleno de vida.

Jesús nos miraba, a cada uno, a cada una. Pareciera que nos salu-
daba con nuestra historia, con ese primer momento en que nos
encontró por el camino para anunciarnos que él era el Mesías y
para que fuéramos parte de su comunidad. Jesús conocía nuestro
interior, sabía que estábamos viviendo este momento con dificul-
tad existencial. Hacía sólo unos días, luego de la Última Cena en

5 Referencia al Éxodo.

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Mujeres de la Resurrección

que sus palabras nos habían sorprendido; era un anticipo a este


momento, duda, dispersión, tristeza. Ahí fue cuando nos dijo que el
momento que se acercaba sería como una mujer que estaba a
punto de vivir el parto, con una gran tristeza y miedo por el dolor
que experimenta, pero que una vez que naciera el niño, la mujer
celebraría de gozo y todo el resto quedaría olvidado. Nos dijo que
así sería nuestra alegría; él, que conocía nuestra tristeza y descon-
cierto, ya nos prometía una alegría tan profunda que nadie nos la
podría quitar.6

Estando Jesús, ahora en medio nuestro, no podíamos dejar de


mirarnos y abrazarnos. En sus ojos y en sus palabras no había repro-
che, su cuerpo era real, no estábamos viendo un fantasma. Cuando
nuestros gritos de alegría se fueron serenando, la intimidad de ese
momento nos puso en comunión, éramos comunidad con él,
nuestra desdicha era esperanza. El silencio se volvió presencia,
comunicación, nuestras miradas y nuestros gestos se hacían uno,
su rostro de extremada dulzura nos contemplaba con delicadeza,
extendió sus brazos y abrió sus manos, en ellas estaban presentes
las heridas de los clavos; era el amigo, el maestro, el muerto y Resu-
citado, la vida que vence a la muerte.

Mientras me miraba, evoqué nuestro encuentro en Betania. Antes


de la cena, Jesús había recordado lo sucedido en el Templo cuando
celebrando la fiesta de la Dedicación nos habló sobre el Buen Pastor,
diciendo que cada uno y cada una estaba en sus manos, cuidados

6 Juan 16, 21-21.

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María José Encina Muñoz

y cuidadas, unidos y unidas a él.7 Ese día en Betania mis manos


habían tocado las suyas, y el amor se había hecho uno. Aún tengo
la sensación de lo que celebramos días después en el mismo lugar
en el que ahora estábamos, cuando él lavó nuestros pies con sus
manos, esas mismas manos, esa misma entrega era lo que ahora
nos mostraba; fueron esas mismas manos las que contemplé mien-
tras los clavos las atravesaban. Ahora esas manos y ese costado
herido nos recordaban el amor entregado sin medida. Jesús había
hecho de su vida una entrega consciente, absoluta y totalmente libre.
Ahora su comunidad que había estado triste, dispersa y desespe-
ranzada, se llenaba de alegría y gozo en su presencia, y como tantas
veces él era el centro de ese amor y unidad.

Ahora todos y todas éramos uno. Ya no era sólo el testimonio perso-


nal, pues las palabras de María Magdalena, al igual que las de
Luz, la samaritana, eran valiosas y llenas de gozo, pero ya no
creíamos por lo que decían, sino por lo que estábamos viviendo en
ese encuentro comunitario con Jesús.

En esa intimidad, Jesús pronunció de nuevo las palabras que


nos dijera al comienzo: “La paz esté con ustedes”. Otro momento
comenzaba, el miedo y la tristeza se habían alejado, ya no tenían
poder sobre nosotros; ahora estas palabras tenían un nuevo sentido,
¿cuál sería? Esa paz que nos unía a Jesús. Ahora comprendíamos las
palabras que alguna vez nos había dicho, el ejemplo de la viña y los
sarmientos en donde nuestro cuerpo se hacía uno, del mismo

7 Juan 10 y Juan 13.

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Mujeres de la Resurrección

modo en que él era uno con el Padre. De su boca salió un envío, no


era una petición, sino un mandato. Esas palabras se hacían cono-
cidas, ya las había proclamado Jesús en otro momento, la misión del
anuncio de la Buena Nueva debía llegar a todos y a todas y por
ello Jesús nos necesitaba. La primera vez que vivimos ese envío de
dos en dos, el corazón se nos llenó de alegría y sus palabras fue-
ron totalmente ciertas, nuestras dudas iban desapareciendo por
el camino y nuestras certezas se acrecentaron en el encuentro con la
gente. Pero en muchas ocasiones nos sabíamos faltos de fe; no
pocas veces no pudimos actuar por nuestra cuenta, y ante nuestro
desconcierto él nos llamaba a tener más fe, a vivir de intensa ora-
ción, petición y comunión con el Padre.8

Ahora Jesús nos volvía a enviar, pero la misión era como la que él
había recibido, una misión universal que va hasta los confines de
la tierra, destinada a anunciar el amor de Dios, una misión al
modo de Jesús, colocando los ojos fijos en él. En medio de nuestro
silencio, de nuestras miradas y preguntas internas, ahí en medio
de nosotros, de nuestra comunidad, configurada por hombres y
mujeres débiles, vulnerables, pobres, pero con el corazón confiado,
expectantes y alegres, Jesús sopló sobre todos y todas, y nos dijo:
“Reciban el Espíritu Santo. A quienes rediman los pecados, les
serán redimidos; a quienes se los retengan, les serán retenidos”.
Su aliento de vida nos llenó, al igual que nuestros padres y madres,
nuestros huesos quebrantados fueron tomando vida, nuestro cora-
zón de piedra fue transformándose en un corazón de carne. Su
soplo hizo que todo nuestro ser cambiara, la vida se gestaba

8 Marcos 9, 29.

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María José Encina Muñoz

nuevamente, una nueva creación comenzaba a revivir colocando


el amor como centro de todo. Sus palabras, su signo, su soplo,
hizo que yo recordara las palabras del Génesis: “Yahveh formó al
hombre con polvo del suelo y sopló en su nariz aliento de vida, y
el hombre se convirtió en su ser vivo”.9

Estábamos vivos, sólo su soplo podría haber permitido que noso-


tros nos sintiéramos capaces de vivir lo que él nos estaba pidiendo.
La misión de hacer de la persona una persona nueva, dejando
atrás todo su pasado nos tocaba personalmente, cada uno y cada
una había vivido esa experiencia con Jesús, sabíamos en carne
propia lo que significaba y cómo todo cambiaba desde ahí en ade-
lante. La misión era para siempre, al igual que como actúa el Espí-
ritu, sin descanso, sin demora, hasta el fin de los tiempos.

En un momento, Pedro se acercó a Jesús, él había sido quien más


sufrió en esa oscuridad que habíamos experimentado. En su carne,
en su corazón, había vivido lo que el miedo puede hacer: negar a
quien más se ama. Jesús lo miró, sus manos traspasadas tocaron las
manos de Pedro, sus miradas no dejaban de traspasarse. Pedro se
arrodilló e inclinó la cabeza, Jesús se agachó, y tomó con fuerza sus
manos, lo levantó y subió su barbilla, lo miró y lo abrazó.

El Pescador que ahora salía por los rincones del mundo anun-
ciando la Buena Nueva, sabía qué era la remisión; ya no había
pasado, sólo presente y futuro, porque Jesús estaría con nosotros
hasta el fin de nuestros días, hasta el fin del mundo.10

9 Génesis 2, 7.
10 Mateo 28, 20.

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Mujeres de la Resurrección

Itinerario de oración
De la oscuridad a la luz
María de Betania, discípula del amor

Este capítulo muestra la vivencia de la dispersión y la desconfianza;


la vivencia de Tomás nos representa a todos en nuestra vida.
¿Cuántas veces ante la incertidumbre, la desconfianza se hace tan
fuerte que preferimos huir? En Tomás todos los sentimientos
están presentes. Los quiere, pero al mismo tiempo el miedo y la
posibilidad de vivir la misma suerte que Jesús, hace que los anun-
cios de la Resurrección no puedan ser comprendidos. Al igual que
él, los demás también viven esta sensación, las mujeres comienzan
a vislumbrar lo que el mensaje quiso transmitir, pero aún falta
para que el Misterio sea acogido en su profundidad. María de Beta-
nia recuerda la pregunta que Jesús hizo a Marta cuando Lázaro
murió, y la realidad es que casi nadie se atrevía a decir: “Sí, creo”.

En nuestra vida personal vamos transitando de la oscuridad a la luz,


la Pascua nos habita a cada uno, es una vivencia profundamente
personal y comunitaria. Piensa en tu historia, en los momentos en
que los miedos, la soledad, las incertidumbres ante el proyecto
personal o compartido te han afectado, y pídele a Jesús que te
acompañe a rezar estas preguntas:

• ¿Cuáles son hoy tus tinieblas? ¿Cómo han sido aquellos


momentos de oscuridad que has tenido que habitar? ¿Qué
aprendizajes sacaste? ¿Cómo fueron esos tránsitos?

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María José Encina Muñoz

• Pon la realidad que hoy te habita ante la presencia amorosa


de Dios Padre y Madre. En ella, Jesús te pregunta si crees
en él, ¿qué contestarías a esa pregunta? Deja que los senti-
mientos afloren, no digas respuestas construidas, permite
que aflore la verdad de tu corazón.

• El Pueblo de Israel ha vivido la itinerancia de la duda, eso


sólo reafirma nuestra condición existencial del dolor y del
sufrimiento. Aun habiendo sido salvados prefieren volver a
Egipto, necesitan señales, signos, que les digan una y otra vez
que Dios está de su parte y saciar su necesidad. ¿Cómo vives
con tu comunidad los tránsitos de la oscuridad a la luz?

• Piensa en cada uno, en cada una. Percíbelos, pide y agradece


por sus vidas.

Llega el momento del encuentro, Jesús nos devuelve la esperanza,


esa que se nos ha querido arrebatar y que nuestros miedos y descon-
fianza han alimentado. Jesús conoce nuestra historia, nuestra
vida, nuestro ser y confía en nosotros, en ti, plenamente. En su
corazón, al estar presentes, uno a uno, brota con fuerza: “Tú eres
mi hijo amado, en ti me complazco”, por eso Jesús Resucitado no
dejará abandonada a la comunidad. La misión que ha recibido es
para siempre y él es quien vela de noche y de día, momento tras
momento. Somos en Jesús, y somos comunidad sólo por medio de
él. En esa noche, Jesús se pone al centro, y les muestra sus manos,
su cuerpo, les regala su paz. No ven un fantasma, ven al Maestro,
al amigo, al hermano, al Señor.

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Mujeres de la Resurrección

• Cierra los ojos, disponte corporal y espiritualmente para


vivir la presencia de Jesús Resucitado, intenta ser consciente
de tus emociones, de aquellas cosas que van surgiendo en ti.

• Colócate con la comunidad, busca tu lugar en ese encuentro


en medio de la noche. Mira a los discípulos y las discípulas,
conoces sus historias, ellos conocen la tuya, ¿cómo vives ese
encuentro? ¿Qué situaciones pasan? Permite que la paz
que Jesús nos entrega, te abrace.

• Mira las manos, el costado, quédate tranquila ante tu Señor,


coloca tu mirada fija en él.

El momento siguiente es la misión, nuevamente comienza con el


llamado de la paz, esa paz que nos envuelve, que nos hace estar en
comunión, que nos une a Dios, a Jesús, a nuestros hermanos y
hermanas, y ese amor no puede quedar encerrado en unos cuantos,
debe ser experiencia universal, una Buena Nueva que es para
todos. Pero esa misión no nace de los esfuerzos personales, sino de
la dimensión profunda de la Gracia. Es la Ruah la que hace de noso-
tros y de nosotras, hombres y mujeres nuevas, capaces de llegar
hasta los confines de la tierra para anunciar el amor.

• La misión siempre es una, es conferida a la Iglesia de manera


universal, sin embargo, cada uno, cada una, tiene una misión
especial, una vocación, un carisma específico que se nos es
invitado a compartir para el bien de todos.

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María José Encina Muñoz

• Mira tú, historia, percíbete en los años transcurridos, contem-


pla tu tierra, ese espacio de vida que te ha sido dado y que
ha crecido por regalo de Dios. Después de estos años, Dios
te mira con profundo amor. ¿Cuál es tu misión? ¿Cuál es tu
vocación? ¿Qué es lo que Dios te ha ido soplando como Don
de Vida? ¿Cuál es tu carisma, ese sello que te define ante
los demás?

• Somos seres vivos gracias a ese Espíritu de vida. Inspira y


expira, recibe la gracia de Dios en cada inspiración y expira el
agradecimiento de tu alma; hazlo tantas veces sea necesario.

• Agradece por ese regalo que te ha sido dado para compartir


con los demás.

Somos seres hechos para el amor, la misión de Jesús es la de la remi-


sión, somos mujeres y hombres nuevos. La imagen de Pedro nos
recuerda la dificultad que tenemos de dejarnos experimentar en
ese amor total y absoluto del Señor, nos sentimos avergonzados
por nuestro pasado y no nos dejamos liberar de tantas cargas que
nos imponemos.

• Ponte ante Jesús, dialoga con él con profunda autenticidad,


no tengas miedo de decirlo todo. Ahora cierra los ojos y
busca su mirada de amor, deja que él te mire fijamente, déjate
abrazar por esa vida nueva que comienza a fluir en ti.

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Mujeres de la Resurrección

• ¿Te has sentido liberada de las cargas que te han oprimido


en otro momento? ¿Aceptas el amor de Dios en tu vida?
Recuerda esos momentos y pídele hoy a Jesús que llene tu
vida con un aliento nuevo.

Signo. La comunidad se deja renovar, es amada y enviada. Te invito


a escribir los nombres de los hermanos y las hermanas que habi-
tan en tu corazón y pongas a Jesús en el centro. Pon allí una vela y
escribe una acción de gracias por lo que has vivido en este momento
de oración.

Para seguir profundizando: Ezequiel 36, 26; Génesis 2, 7; Juan


16, 21-22.

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4
“Dichosos los que creen
sin haber visto”

Después de ese soplo que tocó nuestros sentidos, todos


nos quedamos maravillados, la felicidad nos inundaba
y brotaba desde nuestras entrañas al igual que una
fuente desde donde fluye un manantial de vida. La oscu-
ridad se había transformado en luz y nada podía ocultar
aquello que se nos había dado; la acción del Espíritu
calaba nuestros cuerpos y los latidos de nuestro nuevo
corazón ardían de amor. Al pasar unos días, Tomás
regresó, nos quería contar las novedades que estaban
pasando en la ciudad, como los rumores sobre la situa-
ción de la sepultura vacía.11 En el fondo, Tomás nece-
sitaba de la comunidad, y nosotros lo necesitábamos a
él. ¿Cómo no querer contarle todo lo que había pasado?
No alcanzó a entrar en la casa cuando nos abalanzamos
sobre él, con abrazos, sonrisas y tantas palabras que no

11 Mateo 28, 12- 15.

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María José Encina Muñoz

podía comprender lo que queríamos decirle. Nos calmamos, y al


igual que en el comienzo, cuando nos encontramos con Jesús por
primera vez, al anunciárselo a otro, nuestra boca volvió a procla-
mar que habíamos encontrado al Mesías;12 ese momento que fue
fundamental para nosotros, ahora se hacía experiencia transfor-
madora, verdadera, radical al decirle a Tomás que habíamos visto
al Señor. Ya no era un descubrimiento, era la certeza que hace
nuevas todas las cosas.13

Esperábamos que Tomás se alegrara, pero lo vimos contrariado,


enfadado, pero sobre todo, incrédulo. En su interior nuevamente
vivía lo que hace algunos días todos habíamos vivido, cuando
María Magdalena regresó del huerto y nos anunció lo que el Señor
le había dicho. Lo difícil para Tomás era que volvía a experimentar
la desconfianza, y en ella el dolor se hacía patente; había el deseo
de que el anuncio comunicado fuera verdad, pero parecía que no
creer en la Resurrección era más seguro que hacerlo. Entendimos
por lo que estaba pasando, nosotros también habíamos experi-
mentado eso; nuestra comprensión era fruto del amor y ese amor
era generado por el soplo de vida que llevábamos dentro. Era un
movimiento de compasión, la misma que Jesús había tenido para
cada uno y para cada una.

Tomás estaba contrariado, de su boca salieron palabras duras. Nos


dijo: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el
dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré”.

12 Juan 1, 41.
13 Apocalipsis 21, 5; Isaías 43, 19.

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Mujeres de la Resurrección

Contemplamos su mirada y el dolor que transparentaba, y lo deja-


mos tranquilo, ninguno intentó convencerlo, había que aguardar.

Tomás se me acercó, yo estaba junto a mi hermana y a María


Magdalena; se sentó a mi lado, lo veía sufrir, mas no sabía cómo
calmar su malestar. De pronto me dijo: “Marta, ¿cómo puedo
creer, si no lo veo, si no lo toco, si no siento su cuerpo?”. Lo miré con
dulzura, y le contesté: “¿No recuerdas que yo también he vivido
esto que estás pasando? Cuando Lázaro murió, yo también estaba
sumida en el dolor”. Miré a María, ambas habíamos llorado descon-
soladamente por la muerte de nuestro hermano, quien se unió a la
conversación. Marta prosiguió: “Ese día que fue tan difícil para
nosotras, tú, Tomás, llegaste junto con Jesús”. Juan, que también
se había acercado, le recordó: “Cuando Jesús nos dijo que la muerte
de Lázaro sería un signo para que creyéramos, tú, valientemente,
dijiste que fuéramos para que muriéramos también con él, con el
deseo profundo de poder creer en el poder de Dios”.14 Marta retomó
lo dicho: “Ese día en que todo era desconsuelo, yo salí a su encuen-
tro, y le dije: ‘Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi
hermano’. Entonces, fue cuando Jesús habló de que mi hermano
resucitaría. Yo pensé que se refería al último día, pero Jesús me
tomó de las manos y me dijo: ‘Yo soy la resurrección; el que cree
en mí, aunque muera, vivirá y todo aquel que vive y cree en mí,
no morirá jamás’ ”.15 Me miró con fuerza, con vida, con dulzura y
me preguntó: “¿Crees esto?”16. Recuerdo cómo al escuchar su

14 Juan 11, 16.


15 Juan 11, 25-26.
16 Juan 11, 26.

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María José Encina Muñoz

pregunta, mi cuerpo entero se estremeció desde los pies hasta la


cabeza; mi corazón profundamente acelerado, hacía que los segun-
dos pareciesen una eternidad, y de mis labios salió la respuesta
más sincera que alguna vez he dado: “Sí, Señor, yo creo que tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios, que iba a venir al mundo”.17 Mientras
miraba a Tomás, mis ojos se llenaron de lágrimas, eran de alegría; el
encuentro que habíamos vivido como comunidad no hacía más
que reafirmar esas palabras, creer en Jesús había permitido que
viera la gloria de Dios.18

Tomás me miraba fijamente, veía mis lágrimas de alegría, sus


ojos también se habían humedecido, pero lo suyo era una mezcla
de tristeza y desamparo. Le dije: “¿Recuerdas cuando en Caná está-
bamos en las bodas de los amigos de María y se les acabó el vino?
Jesús realizó el signo, y por ello comenzamos a confirmar que él
era el Mesías.19 No sólo nos pasó a nosotros, también le ocurrió a
Nicodemo, ¿recuerdas la noche en que lo llevaron para que pudie-
ran encontrarse? Lo primero que recordaron de ese encuentro fue
que la conversación comenzó cuando le dijo: ‘Nadie puede realizar
las señales que tú realizas si no está Dios con él’,20 ahí se originó la
conversión de Nicodemo, tan arriesgado en su amor que terminó
llevando los aceites a la sepultura de Jesús delante de todos los
judíos.21 Esa evidencia, la de los signos realizados, la fe que él nos

17 Juan 11, 27.


18 Juan 11, 40.
19 Juan 2, 11.
20 Juan 3, 2.
21 Juan 19, 39.

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Mujeres de la Resurrección

regaló al ser sus amigos, su comunidad, nos hacen saber que sólo
Dios tiene la última palabra, y que la Resurrección no sólo es posi-
ble, sino que ocurrió”.

Los días fueron pasando, Tomás seguía en su incredulidad y noso-


tros en la alegría perfecta; ambas sensaciones estaban e intentaban
dialogar. Al octavo día, nuevamente las ventanas se abrieron de
par en par, Jesús se puso en medio de nosotros, y repitió el mismo
saludo: “La paz esté con ustedes”.22 El saludo reavivaba nuestra
alegría, la pérdida del miedo y la fuerza del Espíritu que hacía de
todo lo creado profunda novedad, haciendo que experimentára-
mos en nuestros corazones y en nuestro cuerpo la viveza de su
Palabra.

Tomás estaba junto con nosotros y nosotras, uno más de la comu-


nidad, y en cuanto Jesús terminó su saludo se dirigió a él, quien
rápidamente bajó la cabeza; lo mismo que nos había pasado a noso-
tros la primera vez cuando lo vimos, por vergüenza, con la mezcla
de la confusión y el miedo por la suerte que podíamos correr.
Jesús lo miró, y mientras todo esto ocurría, yo no podía dejar de
pensar en el Génesis. Tomás era como el principio de nuestro
mundo, caos y confusión, su corazón vivía en oscuridad y abismo,
donde el viento de Dios aleteaba por encima.23

Unos días atrás después de esa Última Cena que compartimos, al


igual que otros de nosotros, Tomás había dudado. Cuando Jesús

22 Juan 20, 26.


23 Génesis 1, 2.

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María José Encina Muñoz

comenzó a decir palabras de despedida se sintió totalmente desorien-


tado; en medio de su desconcierto le dijo: “Señor, no sabemos a
dónde vas, no sabemos el camino, cómo podremos saberlo”, a lo
que Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.24

Desde el medio del círculo, en el centro de la comunidad, Jesús lo


miró con ternura. Conocía el interior de Tomás, sabía de su deseo
de creer, y Jesús ya nos lo había dicho a todos en Cafarnaúm, mien-
tras enseñaba en la sinagoga,25 su lenguaje era duro, pero no perdería
a ninguno de los suyos, y estaba dispuesto a dar lo que Tomás
pedía como exigencia.

Jesús lo miró fijamente, caminó un paso hacia él, y le dijo: “Mira


mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado”.
Jesús lentamente fue extendiendo sus brazos, sus manos heridas
se acercaron a las manos de Tomás, sus llagas eran la señal del
Resucitado, del que pasó por la muerte, y no cualquier muerte,
sino la de cruz. Tomás comenzó a llorar, eran lágrimas producto
de una mezcla de emociones, del paso de la pena a la confianza, de
la confianza a la alegría, de la alegría a la certeza. Las manos heridas
del Maestro le gritaban a Tomás y a nosotros la donación abso-
luta del amor entregado; él ya nos lo había dicho, nadie le arreba-
taba la vida, él la daba libremente;26 de su costado abierto emanaba
un amor definitivo. Al palpar su costado, Tomás creyó. El silencio
era presencia, Tomás miró a Jesús, aún tomado de sus manos se

24 Juan 14, 5-6.


25 Juan 6, 60-70.
26 Juan 10, 18.

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Mujeres de la Resurrección

inclinó delante de todos y pronunció unas palabras que nos calaron


el corazón: “Señor mío y Dios mío”. Sus palabras eran una comu-
nión de amor que nos unía y nos hacía un solo cuerpo. El “Señor
mío” nos hacía estar unidos a la vid que da vida, y el “Dios mío”
reconocía en Jesús esa divinidad que en nosotros era certeza: el
Padre y el Hijo son uno.

Aquello que Jesús nos había dicho tomó fuerza: “Yo estoy en mi
Padre y ustedes en mí, y yo en ustedes”.27 Tomados de las manos
nos mirábamos, contemplándonos en silencio, ser comunidad era
vivir en un mismo amor, y ese amor era la entrega generosa y total
de la vida. Ya no éramos siervos sino amigos, y en esa amistad está-
bamos llamados a dar la vida, del mismo modo en que él lo había
hecho. Ese había sido su mandato, que nos amáramos como él nos
había amado, y ahora ese amor ya no sólo era entre nosotros, sino
que era para el mundo.

Jesús rompió el silencio después de lo dicho por Tomás, y le dijo:


“Porque me has visto has creído, dichosos los que creen sin haber
visto”. Jesús me miró, María que estaba a mi lado apretó más
fuerte mi mano, como diciendo “a ti te habla hermana”; yo sonreí
y mis ojos se llenaron de lágrimas. Tomás había vivido lo que
todos, menos nuestra madre;28 habíamos experimentado la urgen-
cia de encontrar nuevamente a nuestro Maestro, al que habían
torturado y asesinado en el madero. Sin embargo, Jesús Resucitado

27 Juan 14, 20.


28 María, madre de Jesús.

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María José Encina Muñoz

nos mostraba otra realidad, la nueva, la definitiva, la que es para


siempre, la que nace a partir de este soplo de vida que todo lo hace
nuevo.

En adelante, la vivencia de su presencia estará en nuestra vida


entregada; su vida nos acompañará para siempre, en esa perma-
nente e indefinida venida que aviva nuestro ser. Todos y todas
debemos creer en Jesús, nuestro Señor y nuestro Dios. Imaginaba
un futuro donde tantos que estaban siendo oprimidos por el poder
y la injusticia podrían experimentar los frutos del amor, impul-
sándonos día a día por la misión encomendada, aprendiendo a vivir
al modo de quien nos había conquistado.

Recordé una noche en casa, en medio del fuego que iluminaba la


sombra. Andrés nos narró cómo habían conocido a Jesús, cómo
Juan les había dicho que él era el Cordero de Dios y que habiéndolo
seguido le preguntaron dónde vivía. Jesús les dijo que lo siguieran:
“Vengan y verán”.

Ahora, tomados de las manos, con Jesús en el centro, con las son-
risas y las miradas que brotaban llenas de vida, supe que Jesús
vivía en medio de la comunidad, en la experiencia del amor fraterno,
en el discernimiento permanente de hacer su voluntad, aunque
suponga muchos sacrificios, pero que son sacrificios por amor. Me
imaginé miles de hombres y mujeres que creerían en él y se unirían
en este círculo que se haría infinito porque tiene lugar para todos;
imaginé una comunidad llena de vida, porque creer es vivir, y es
vivir en plenitud.

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Mujeres de la Resurrección

Itinerario de oración
“Dichosos los que creen sin haber visto”
Marta, la discípula que creyó

Tomás está en desconcierto y ha decidido volver a la comunidad,


los quiere ver, pero también los necesita, la comunidad también
lo necesita a él. La vivencia de la Resurrección hace que lo esperen
y lo hace prontamente. Al llegar, la alegría es incontrolable y no
dudan en contarle todo lo que ha pasado, desde el recuerdo de las
primeras vivencias en las que se encontraron con Jesús, hasta el
reconocerlo como el Señor, y el Señor Resucitado. Han pasado de
ir descubriendo en el corazón quién es Jesús hasta vivirlo con total
certeza, una certeza habitada por la Ruah que hace nuevas todas las
cosas. Nosotras también hemos vivido la experiencia de sabernos
habitadas por la certeza de la Resurrección y, al igual que Tomás,
hemos necesitado que otros nos anuncien las Buenas Nuevas.

• Piensa en tu historia, la personal y la comunitaria, somos


mujeres y hombres de fe por el testimonio de otros y por
nuestro encuentro personal con el Señor; ambas experiencias
las hemos vivido.

• ¿Cómo fue tu encuentro con el Señor? ¿Qué recuerdos son


parte de tu vida y que además son el pilar desde donde
vives, experiencia de hondura? ¿Cómo fue esa vivencia?
¿Qué emociones te surgen? ¿Puedes palpar alguna postura
especial en tu cuerpo, algo que te regrese a ese momento
primero?

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68
María José Encina Muñoz

En este momento actual, ¿cuáles son las certezas que mueven


tu corazón? ¿Qué ha pasado de ser encuentro a ser certeza
absoluta?

Agradece esas certezas, escríbelas, plásmalas, cuéntaselas


a otros.

Ante lo que le anuncia la comunidad, Tomás experimenta el dolor


y la incredulidad, sus palabras son claras: “Mientras no vea en sus
manos la marca de los clavos, y no meta mi dedo en el agujero de
los clavos, y mi mano en su costado, no creeré”. No puede creer si
no toca, si no ve. Cada una de nosotras también ha vivido esa expe-
riencia. A lo largo de los diferentes capítulos y de lo que nos narran
los evangelios, podemos ver que es una experiencia normal y
hasta bastante común, del mundo en que vivimos. Por eso te invito
a contar esta experiencia, sin temor, sin culpa, y a experimentarla
en la oración.

• ¿Cómo ha sido para ti la vivencia de no poder sentir al Señor,


de no experimentar su presencia o, como dice el salmista, de
no ver su rostro?

• ¿Qué emociones percibes? Intenta plasmarlas, describirlas.

• ¿En qué momentos has vivido está experiencia? ¿Qué has


aprendido de ella?

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69
Mujeres de la Resurrección

Ante la situación en la que se encuentra Tomás, los demás, en


lugar de recriminarlo, le hablan desde el amor. Le cuentan lo que
han pasado, le recuerdan también quién es él, y cómo ha vivido
esta experiencia en otros momentos. La comunidad nos salva, nos
recuerda quiénes somos, nos da testimonio de su propia historia
de amor. Es importante dejarnos recordar.

• Cuando te has perdido, ¿quiénes te han recordado quién


eres? ¿Qué te han dicho sobre ti mismo?

• A Tomás le hablan de las señales que han visto, ¿te han


hablado de esas señales? ¿Las has podido ver cuando otros
te las han mostrado?

• Tú también has sido memoria para otros, ¿qué señales, qué


signos, has podido compartir de la presencia de Jesús en tu
vida, o en la vida de aquel que se ha perdido? ¿Recuerdas
esa experiencia?

Tomás se encuentra en el caos, en el abismo. Pero ese caos y ese


abismo son parte de nuestra humanidad. Jesús no rechaza la exi-
gencia de Tomás, al contrario, él se sabe responsable de la vida de
todas y todos, y no va a abandonar a nadie; si necesita tocar, lo hará.
Jesús Resucitado, presente en la comunidad le permitirá a Tomás
aquello que necesita. Al igual que en el comienzo, la “Palabra”, ese
“logos” actuante, esa “vida”, dará vida a nuestra existencia que
muchas veces vaga en busca de orientación. Jesús es el camino, la
verdad y la vida.

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María José Encina Muñoz

• Percibe ese amor de Dios por ti que te da las señales que


necesitas. ¿Qué le has exigido a Jesús, a Dios? ¿Tu exigencia
fue respondida? ¿Cómo has vivido esa experiencia?

• Jesús nos enseña a no perder a nadie, a tener tiempo y pacien-


cia para todos, buscando lo que necesitan. ¿Qué haces en tu
comunidad para que nadie se pierda?

• En este momento presente, ¿quiénes se encuentran más


alejados de la comunidad? ¿Qué puedes hacer para cuidarlos,
para darles las señales que necesitan?

Finalmente, Jesús proclama una nueva Bienaventuranza y llama


dichosos, dichosas, a quienes han creído sin haber visto. La expe-
riencia de Marta nos abraza y nos invita a dar esos saltos de fe.

• Cierra los ojos, mira a Jesús fijamente y piensa: ¿cómo he


vivido la experiencia de creer sin haber visto?

• Permítete percibir tus emociones, exprésalas de la manera


que mejor te parezca y permanece en esta vivencia el tiempo
que sea necesario.

Signo. Busca un lugar tranquilo, íntimo, que te permita recordar


la historia de tu vida con el Señor. Recuerda los momentos en los
que has rezado, aquellos donde has creído sin ver, y otros en los que
quienes te aman te han recordado por qué creer, o aquellos momen-
tos en los que has sido memoria para otros. Junta las manos y

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Mujeres de la Resurrección

déjalas abiertas, pon en ellas todo lo que eres y confía tu futuro en


Dios. Agradece la experiencia de amor.

Para seguir profundizando: Juan 11, 1-43; Juan 14, 5; Juan 20,
24-29.

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La memoria del corazón

Aquel día estábamos reunidos en la casa de Juan, la


noche ya se había asomado, la luna era tan grande
como ese día del mes de Nissan donde todo ocurrió,
donde muerte y vida se encontraron triunfando el bien
de manera total y definitiva. Todo había sucedido tan
rápido: la cena, su arresto, los interrogatorios, su silen-
cio, la cruz, su muerte, la sepultura, la búsqueda, la
confusión, nuestro diálogo, su presencia entre nosotros
y el soplo de vida que exhaló desde su interior, unién-
donos con él para siempre.

A partir de ese momento ninguna noche fue como


antes, ya no había oscuridad, nos habitaba una luz nueva,
de aquellas que se alzan con seguridad para colocarla
en lo alto de un lugar desde donde alumbra todos los
rincones. Ya llegados al primer día de la semana, toda
la comunidad se fue congregando, saludos iban y venían.
Después de celebrar y de estar juntos, sentados en

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María José Encina Muñoz

círculo en medio de la sala, nos mirábamos con alegría. Cada vez


éramos más, aun con las persecuciones de las que éramos objeto,
pero nada impediría que estuviéramos juntos. Como muchos de
los que ahí estaban eran nuevos, nos pedían que les relatáramos lo
que habíamos vivido con Jesús, querían saberlo todo, como los
enamorados que quieren repetir una y otra vez cuáles fueron sus
inicios. Así fue como los protagonistas de muchos de los encuen-
tros fueron narrando los recuerdos más importantes.

Algunas mujeres explicaban la fuerza que había significado para


ellas estar al pie de la cruz. Me reconocían a mí, a Salomé, y por
supuesto a nuestra madre, entre otras más de las que habíamos
permanecido ese día junto a él.29 Yo no lo podía olvidar, mi cora-
zón aún se angustiaba al recordar lo que habíamos vivido, ¿hasta
dónde había llegado su amor?

Mis recuerdos se agolpaban al pensar en qué decirle a los demás


sobre él, sobre su entrega, su amor extremo, la donación total de su
propia vida. Revivía en mi interior la impresionante crueldad con
la que fue tratado desde el comienzo de su arresto, hasta cuando
elevando una última mirada al cielo inclinó la cabeza y expiró entre-
gando su espíritu. No pudieron tener compasión, no les bastó con su
muerte, sino que tuvieron que abrir su costado con una lanza, y en
ese momento de tanto dolor, su bondad siguió siendo infinita, y del
costado de aquel que, habiendo amado, nos amó hasta el extremo,
brotó no sólo sangre, sino también agua.30

29 Juan 19, 25.


30 Juan 19, 34.

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Mujeres de la Resurrección

Cuando las que estuvimos ahí recordamos aquello, lo volvimos a


sentir tan real. Juan me miró con ternura, sabíamos qué signifi-
caba. Santiago recordó lo sucedido el último día de la fiesta de las
tiendas y lo que Jesús había dicho: “Si alguno tiene sed, venga a
mí y beba”.31 Recuerdo haber escuchado esas palabras y el eco que
hicieron en mi interior, al rememorar las Escrituras, con lo dicho
por el profeta Isaías: “Derramaré agua sobre el sediento suelo,
raudales sobre tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje,
mi bendición sobre cuanto en ti nazca”.32

Cerca de mí, en la sala, estaba Nicodemo, él también había estado


ese día en el Gólgota. Al escuchar estas palabras se le dibujó una
sonrisa, sus ojos se iluminaron y dijo: “Yo era mayor, y pensaba que
mi vida estaba resuelta, cumplía con la Ley de Moisés y enseñaba a
nuestro pueblo, pero los signos de Jesús eran cada vez más y más
visibles, innegables. Escuchaba testimonios por todos lados, la
gente que tanto sufre lo buscaba por doquier para que la sanara o
diera respuesta a sus diversas necesidades. Me daba cuenta de
que el amor de Jesús por los demás lo llevaba a hacer caso a sus
peticiones. Escuchando y contemplando a la gente fue como supe
que me tenía que acercar –miró a Santiago con picardía– y recibí
ayuda. Algunos de ustedes intercedieron por mí y hablaron con el
Maestro para que nos encontráramos; cuando estuve con él en
medio de la oscuridad, muchas cosas comenzaron a clarear en mi
interior. Nuestro diálogo fue emocionante, sus palabras estaban
llenas de sabiduría y yo no alcanzaba a comprender lo que me

31 Juan 7, 37.
32 Isaías 44, 3.

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María José Encina Muñoz

quería decir. Yo lo reconocía como Rabí, y él me hablaba de nue-


vos nacimientos: ‘el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino
de Dios’.33 ¿Cómo comprender esas palabras? No pude más que
preguntarle que cómo era posible hacer eso siendo yo ya viejo.
Jesús diferenció los nacimientos y me habló del Espíritu, me dijo: ‘el
que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino
de Dios. Lo nacido de la carne, es carne, lo nacido del Espíritu es
espíritu’ ”.34

Miré a algunos que se encontraban alrededor mío, estaban emocio-


nados, sonrientes, se sentían interpelados por las palabras de
Nicodemo, a ellos que habían vivido después que Jesús y que esta-
ban sufriendo tanto, les cobijaba y alentaba la esperanza de una
vida nueva nacida por la muerte y la Resurrección del Señor.

Su testimonio me hacía recordar esos momentos tan especiales


cuando otros nos contaban cómo lo habían conocido. Andrés se
emocionó al igual que yo, aún recordaba con tanta fuerza el primer
día que lo siguieron; esa misma experiencia la vivieron Pedro, Felipe
y Natanael. Ver a Jesús les había cambiado la vida, los había sacado
de los lugares en los que estaban, de las cosas que hacían cotidiana-
mente; y aquello que descubrían los obligaba a tener que decírselo
a otros, a esos que querían, a esos amigos que eran más bien herma-
nos. Su alegría ante el encuentro era tanta que aquello no podían
callarlo, y les hacía repetir la misma invitación que los primeros

33 Juan 3, 3.
34 Juan 3, 5-6.

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Mujeres de la Resurrección

discípulos de Juan habían recibido: “Ven y lo verás”.35 Así se fueron


encontrando unos y otros, así fueron transformando el corazón y
su alegría, en una alegría profunda y verdadera, que nada de
común tenía.

No sólo los hombres recordaban esa invitación de ver y cómo


ellos se sintieron llamados a hacer ver a otros; también nosotras lo
habíamos vivido con fuerza. Al igual que Nicodemo, habíamos
descubierto que los signos que Jesús hacía y la verdad que testi-
moniaba sólo podían ser de Dios; así pasó con Luz aquel día en el
pozo de Sicar. Así una mujer fue llamada a una vida nueva con un
agua que todos beberíamos, un agua que es de vida eterna. Luz,
que pasaba escondida de todo el mundo, tanto así que iba al pozo a
horas donde no había nadie, aun con el sol de pleno día, volvió
donde todo su pueblo para decirles que se había encontrado con
él y todo lo que le había dicho, aquello que ella intentaba escon-
der. Su vergüenza se transformó en liberación. Aún recuerdo
cómo la gente no dejó en paz a Jesús, pues le pidieron que por
favor se quedará más días; disfrutaron tanto de su encuentro que
terminaron diciendo que ya no creían por lo que Luz les había
dicho, sino porque “habían oído y sabían que él era el Salvador del
mundo”.36

Así se repetían las señales, eran por doquier, entre tanta hambruna
y necesidad el deseo de reconocer algo mayor se hacía difícil; sin
embargo, Jesús no se negaba, hacía estas señales, más de alguna vez

35 Juan 1, 39–1, 46.


36 Juan 4, 42.

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María José Encina Muñoz

lo hizo para curar a alguien, como la hija de ese hombre de gran


cargo que, viviendo en Cafarnaúm, el mismo lugar de donde éramos
muchos de nosotros, había escuchado de sus signos y sabiendo que
Jesús estaba en Galilea, se acercó a él suplicante pues su hijo estaba
a punto de morir. Jesús sabía que para muchos el creer implicaba ver
signos; es más, algunos no lo seguían por esos signos y lo que ellos
revelaban –que cada vez era más claro– sino por los beneficios
que de ellos obtenían.

Desde ese primer día en Caná hasta ese día en Betania, Jesús no
buscó otra cosa más que mostrarnos la Gloria del Padre, esa vida
entregada hasta el extremo, ese amor que sólo quería mostrarnos la
ternura y cercanía absoluta de Dios hacia nosotros y nosotras.37

De pronto cerré los ojos, recordé las palabras dichas por Nicodemo,
y resonando lo que en otros momentos nos compartió, sentí en mi
cuerpo el viento, ese mismo de la madrugada en que mi angustia
me llevó a buscar el cuerpo de mi Señor. Me trasladé a ese huerto,
a ese lugar que me llenaba de miedo, de dolor y de muerte, y que
Jesús había convertido en valentía, alegría y vida. Podía revivir en
mí las sensaciones de esa mañana, aún podía ver a Pedro corriendo
al sepulcro, y recordar el quedarme sola. Aún puedo sentir en mí,
como aquel viento, la presencia del Señor que en mi angustia trataba
de consolarme.

Alguien me tomó de la mano, era Susana, de pronto volví a nuestro


lugar de reunión, la puerta se abría una y otra vez, lentamente,

37 Juan 2, 11–11, 40.

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Mujeres de la Resurrección

cuidando a los que nos encontrábamos ahí. Sorprendiéndome de


cómo cada vez éramos más, al abrirse nuevamente la portezuela
de la casa, mi corazón se trasladó hacia el Templo.

Las palabras de Jesús estaban grabadas en mi corazón: “Yo soy el


buen pastor y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí,
como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre, y doy mi vida
por mis ovejas”.38 Qué palabras más reales, él había dado su vida,
y él nos invitaba a dar la nuestra; él era el Pastor bueno, lo contra-
rio a lo que nuestro Pueblo había tenido que soportar cuando
otros pastores, como bien lo dijo Ezequiel, se estaban apacen-
tando a sí mismos. Estos pastores ni buscaban a las ovejas perdi-
das ni orientaban a las descarriadas;39 en cambio, Jesús con su
muerte y con su Resurrección, con su Espíritu donado a cada uno y
una, venía a hacerse cargo de todo su Pueblo.

Desde el pórtico alguien me llamó, mi corazón se alegró, la sonrisa


brotó con facilidad, se hacían presentes las palabras de Jesús, pues
las ovejas escuchan la voz del pastor llamándolas una por una, y las
ovejas lo siguen porque conocen su voz.40 De pronto mi cuerpo se
centró en esa mañana, ahí descalza en medio del huerto. Ese día
pasó lo mismo, no reconocí la figura de aquel hombre, pero bastó
que él dijera mi nombre: “María”, para que sus palabras me dota-
ran de nueva vida.

“María”, me dijo. “Rabuní”, le contesté.

38 Juan 10, 14-15.


39 Ezequiel 34.
40 Juan 10; 3-4.

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María José Encina Muñoz

Ese primer día de la semana, en medio de ese huerto, en ese encuen-


tro entre nosotros, se iniciaba un nuevo proceso, la vida comenzaba
a brotar y una nueva creación comenzaba a nacer sin posibilidad
de extinción.

Mientras yo contemplaba esa Palabra de Dios que hizo todo por


primera vez, mi corazón se vio interrumpido, Juan se paró en
medio de la comunidad y dijo:

“En el principio existía la Palabra,


y la Palabra estaba con Dios
y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el principio con Dios.
Todo se hizo por ella
y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no la vencieron”.

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Mujeres de la Resurrección

Itinerario de oración
La memoria del corazón
La comunidad que vive

En este último capítulo María Magdalena recrea los encuentros


de las primeras comunidades cristianas que se van formando en
medio de la persecución. Cada vez son más los hombres y las
mujeres que se van sumando y que asumen el proyecto de Jesús
Resucitado, aun con los peligros que ello supone. Quienes se van
integrando quieren saber cómo comenzó todo, esos relatos del
principio dan luz en medio de la oscuridad que los rodea. Por más
difícil que pueda ser el contexto, la luz interior es más fuerte que
todo, y ello permite seguir arriesgando la vida para que todos pue-
dan ser parte de la Buena Noticia.

• Cada uno de nosotros ha vivido la experiencia de ser llamado


y de llamar a vivir el proyecto de Dios. La misma que también
vivieron los discípulos al comienzo. Trae a tu corazón esos
momentos, recrea cómo fueron, en qué situación te encon-
trabas, quiénes estaban en ese momento de tu vida.

• ¿Cómo te explicaron la Buena Noticia de Jesús? ¿Qué te


dijeron? ¿Escuchaste o viste algo que llamó tu atención?

• También has tenido posibilidad de invitar a otros y otras a ser


parte de la comunidad en la que te encuentras o a seguir el
proyecto de Jesús, ¿cómo has anunciado esa noticia? ¿Qué
sentiste cuando lo has hecho? ¿Qué impacto ha tenido para
tu vida?

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María José Encina Muñoz

El Espíritu Santo, la Ruah, tiene un rol fundamental en la vivencia


de la comunidad cristiana, es su motor de vida, la sangre que corre
por ella, lo que le permite ser, vivir, anunciar, aparece a lo largo
de todo el evangelio de Juan, y por eso esta memoria viva necesita
recordar lo que significa ser hijos e hijas del Espíritu. No son
pocas las veces en que Jesús lo dirá en sus diálogos con Nicodemo,
con la Samaritana, con la comunidad reunida antes y después de su
Resurrección. La Ruah es aliento de vida universal.

• Te invito a percibir ese aire que habita nuestra vida, quizá


te ayude oír el viento, o ponerte en un lugar silencioso donde
puedas percibirlo (bosque, parque, balcón, terraza…).

• ¿Cuáles son los signos de la vida que emana en ti, nacientes de


esa relación profunda con Dios, que es suscitada por la Ruah?

• ¿Cómo distinguimos eso hoy en la comunidad? ¿Cuáles son


sus sellos distintivos? ¿Cómo lo percibimos en nuestros
grupos, en nuestras parroquias?

Nicodemo y Luz, la samaritana, narran su experiencia. En medio


de las persecuciones, pero en las distintas dificultades que pode-
mos tener, ya sea de manera personal o grupal, el anuncio de ese
Espíritu nuevo, de esa Agua viva, nos alienta, nos despierta, nos
mantiene en sintonía comunitaria. A los dos, Jesús les habla de
una nueva vida, algo totalmente distinto de lo que han sido, y lo
hace desde Dios. Desde ahí todo se renueva, se hace nuevo.

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Mujeres de la Resurrección

• Observa la vida que te rodea, ¿qué signos de vida te demues-


tran que vives por la Gracia del Espíritu?

• ¿Qué testimonio puedes dar a otros para que no crean por


lo que tú les digas, sino por el encuentro personal que han
tenido con Jesús?

• ¿Has tenido experiencia de ello?

• Contempla sus rostros, sus vidas, recuerda lo que te han


dicho y lo que sucedió en ti ante ese anuncio.

María Magdalena vuelve a la experiencia del huerto, en su diálogo


con Jesús no puede dejar de recordar las palabras dichas por él en
el Templo de Jerusalén, al hablar a los que allí se encontraban, expli-
cando quién es el Buen Pastor. Cada persona de la comunidad,
cada hermano, cada hermana, está llamada a ser un Buen Pastor
al estilo de Jesús, distinto de lo que Ezequiel denuncia con tanta
fuerza. Jesús llama, conoce, busca, cuida.

• Te invito a pensar en Jesús como el Buen Pastor. Piensa,


siente, mira tu historia y ve cómo te ha cuidado. Déjate repo-
sar en esas vivencias.

• ¿Qué experiencia has tenido de ser cuidada por hermanas y


hermanos tuyos de comunidad? ¿Cómo te has sentido?
¿Qué fue lo más importante de esa vivencia?

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María José Encina Muñoz

• ¿Cómo has cuidado de otras personas al modo de Jesús?


¿Cómo ha sido esa experiencia?

Signo. Hemos llegado al final de este libro. Este capítulo en espe-


cial está centrado en la comunidad. Te invito a escribir una carta a
quienes hoy son parte de tu experiencia profunda y cotidiana de
fe; cuéntales lo que has vivido a través de tu oración. Agradece al
Señor por la experiencia de vivir resucitada.

Para seguir profundizando: Ezequiel 34; Juan 10, 1-18; Juan 3,


5; 6-8; Juan 4, 13-14.

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Epílogo

En este segundo Itinerario de fe y esperanza María José nos permite


la hermosa experiencia orante de poner a nuestro lado, en nuestra
propia senda, al que ha sido marginado por siglos, para poder
descubrir cómo él nos enseña su modo humano de actuar, con un
acercamiento permanente al pobre, al abandonado, al olvidado y
al perseguido, con verdaderos gestos de amor y compasión. Sólo
gracias al sentimiento y a la humanidad de sus relatos, María José
nos conmueve haciéndonos el regalo de compartir el camino de
este Nazareno.

Y fue cuando conocí al peregrino y me enamoré de su modo y su


mensaje. Caminé junto a él por lugares polvorientos, fui testigo
de cómo las autoridades judías lo rechazaban cada vez más. En
medio de todo ese clima, igual preparábamos la cena donde alguna
cristiana prestaba su casa para reunirnos, y en círculo aprendíamos
de él, de su Padre y de lo que vendría más adelante.

Con él aprendí a pescar, a tejer la red, y así lo hicimos muchas


mujeres; vi cómo seis panes y cinco peces podían alimentar a

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María José Encina Muñoz

muchos que, como yo, teníamos hambre y sed de él, de ese humilde
Nazareno que cambió mi vida por completo, que me permitió
perfumar sus pies con fragancia de nardo y secarlos con mi
cabello. Fui la que cambió su vida desde que él apareció en ella.
Fui curada. Fui sanada. Fui y soy amada. Fui resucitada.

Viví el amanecer que comenzaba a despuntar, vi cómo este


mismo amanecer hacía tregua con su búsqueda, corrí con todos
mis hermanos para ser testigo de la piedra corrida en el sepulcro.
Pero él lo podía todo y más. Amasé con mis manos la tierra que él
pisó y la convirtió en bendita.

Escuché de su madre sus llantos y gemidos ante la muerte inmi-


nente y cruel. Sufrí al verlo en la cruz. Aprendí de su compasión,
y sintiéndome de todas la más pagana, él me miró a los ojos y con
ello retorné a la vida.

Fui testigo de la Resurrección de Lázaro y ya no temí a la muerte.

Caminé hacia Emaús para creer, ya no como un alma perdida,


nadie me veía, pero transité la huella del sendero que sus sanda-
lias marcaban. Y mientras bendecía pan y vino, el corazón me
ardía porque él estaba presente, tan presente que yo lo seguía, sólo
con el ansia de sentir su manto, verlo de lejos y rozar su mano.

Entonces percibí que era el único que podía convertir la oscu-


ridad en luz. Que de esa tremenda tristeza y dolor podía consa-
grarme en su presencia, con alegría perpetua. Y le dije hermano, y

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Mujeres de la Resurrección

me incliné hacia él muchas veces, me arrodillé frente a él, algo que


debí haber hecho muchas más. Mi corazón siempre sintió cómo
se levantaba al alba a estar con su Padre, mientras todos dormían,
pero yo despierta lo miraba de lejos con la convicción, desde siem-
pre, de que era hijo del Dios vivo.

Dichosos los que creen… Y en medio de la alegría que venía,


aprendí que está en el centro de mi vida, que él es el que vino y el
que vendrá, que tan sólo por existir fue quien me llamó a la vida,
esa vida en la que cada cual va asumiendo las experiencias que el
Padre nos pone con amor. Que uno puede descubrir signo y rito
sólo con las manos abiertas para recibirlo a él y a la palabra que
sale de su boca. Todo en él tiene una respuesta, que muchos no
entienden, es verdad. El Padre me acerca cada vez más a ese
puente donde me encuentro con el que murió y Resucitó, y soy
capaz de contar que ahí reside mi esperanza.

Vi sus llagas y su costado, y escuché cómo dijo: “Dichosos los que


creen sin haber visto”. Siento que en verdad puedo transformar-
me, y que comer de su cuerpo y beber de su sangre es el hecho más
conmovedor que los cristianos podemos hacer. Que los ritos no
valen si la conversión no está presente. Y que a él sólo debo la vida
y el cada día, porque he caminado por la desolación, la desespe-
ranza, hasta que me reencuentro con ese sendero que nos lleva al
Cristo verdadero, y que finalmente aparece cuando estamos todos
juntos en comunidad. ¡La paz esté con ustedes!, y con ello todo ya
está dicho.

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María José Encina Muñoz

Finalmente, no puedo dejar de expresar que en las caminatas de


cada día, con cansancio y agobio, él nos regala la posibilidad
de siempre poder acceder al pozo, donde recibiremos el agua que
nos refresca y nos trae a una vida nueva, que desde nuestro centro
siempre anhelamos, porque aquello que amamos no se olvida,
como aquel que trabaja modelando con sus manos, “la memoria
del corazón”.

Yo no tengo más que agradecer con tremendo cariño la hermosa


posibilidad que María José me regala de escribir hoy para este
libro. Lo he recibido con las manos abiertas.

Raquel Sepúlveda Silva

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