Su falda*
Las sombras de las calles son elegantes. Los rieles del tranvía son los brazos de
los hombres, abiertos no en cruz, sino en paralelas a los pobres corazones que
resbalan sobre ellos.
Fragmentarios son los recuerdos de los niños. No me acuerdo cómo ni cuándo
nos cambiamos de casa. Ya estábamos en la otra, donde los rieles del tranvía
están clavados en el suelo frente a nosotros, brillantes, con reflejos largos en forma
de puñales y haciendo una mueca que era una sonrisa despiadada si se la miraba
desde la azotea.
Mamá dijo: “son los rieles”; nosotros dijimos “son los rieles”. Decían que del tranvía,
pero el tranvía nunca pasó.
Aquí era diferente todo. Mamá ya no se levantaba temprano, ahora estaba más
tiempo con nosotros.
El sol no llegaba de lleno, parecía como más elegante; había más sombras. En la
sombra la gente no arrugaba tanto la cara para contestar o dar un saludo, o
simplemente para decir palabras formales que no son para niños, y de las que
algunas veces nos reíamos, por el tono fingido – voz de visita, decía mi voz de niña
– con qué se tratan las gentes que presumen de edad, los hombres de barba y las
mujeres de vestido largo..
Esta casa marcó en nuestra vida los días que las gentes llaman desgraciados. Para
Ella no existía eso: no se quejaba. Nosotros desconocíamos la tristeza. Todo era
natural en nuestro mundo, en nuestro juego. La risa, las tortillas de harina, el café
sin leche, las caídas y descalabradas, los muertos, las descargas de los rifles, los
heridos, los hombres que pasaban corriendo en sus caballos, los gritos de
soldados, las banderas mugrosas, las noches sin estrellas, las lunas o el mediodía:
todo, todo era nuestro, porque esa era nuestra vida. Los cantos de Mamá, sus
regaños y su cara preciosa eran también nuestros. Parecemos viejitos con ojos
que se arrugaba para distinguir la vida, la luz, las tasas, las puertas, los panes.
Nuestras piernas flaqueaban al tratar de subir o bajar. La falda de Ella en el refugio
Salvador. Podría llover, tronar, caerse en Tellez, soplar huracanes: nosotros
estábamos allí, en aquella puerta gris, protegidos por Ella. Su esbelta figura, con el
caer de los pliegues de su enagua, hacía que nuestros ojos vieron una mamá
inolvidable.
Hoy la veo Usted como entonces; pero los pliegues de sus faldas se mueven muy
rápido y se la llevan lejos, lejos, donde la vida no alcanza y donde Usted ya no
puede protegernos de los relámpagos, ni de las nubes de polvo, ni del agua que
azota nuestros ojos.
Una mano fina y blanca, la otra tostada y dura. Son dos manos distintas, pero
pueden ser iguales.
Ignorábamos la vida de las capitales, no la conocíamos, ni en los libros, porque
éramos niños que todavía no podíamos leer. Allí teníamos lo nuestro: mamá, La
Sierra, los ríos, los soldados en sus caballos, las banderas danzando en sus manos,
y mamá llevando sus cabellos negros a la luz del sol.
Podríamos ignorar las capitales, donde las gentes tienen capacidad para nombrar
cada acto de la vida; donde hay aparadores lleno de luces, pasteles, calcetines de
seda que llevan los niños de labios marchitos y con más más de caras pintadas y
trajes de tul, que sonríen desganada mente; donde la gente camina más aprisa y
no tiene tiempo de conocerse, y sufre por no tener espejos en su casa y vidrios de
colores y sólo es feliz cuando logra aparentar más que los otros; donde se cree en
los salones iluminados y la platea dorada, y se adorna en las lentejuelas verdes,
pero ignora que allá en el campo se fortalecen los huesos y los ojos, y se duele el
cuerpo con el frío para no tener esas carnes blancas que parecen vientres de
pescados muertos objetos conservados en el cole; no viven los niños en
ambientes perdidos de soirées caseras, donde se fuma, cerebro, y las gentes
carecen de aliento son los y frescos.
Estamos agradecidos con Ella nos hizo ignorar la ciudad justamente en el tiempo
que lo necesitábamos y nos dio la vida que nuestros huesos pedían.
Ignorar: palabra justa exacta perfecta.
En esta casa fue donde aprendimos el color de las cosas y donde por primera vez
vimos una que mamá tenía dos lunares grandes y uno pequeño; que sus colores
eran naturales; que lo que comíamos nos lo hacía Ella misma; que nos lavaba la
cabeza y nos hacía nuestras tuniquitas (los hermanos y hermanas andábamos
vestidos iguales; los modelos los ideaba según los pedazos de tela que tenía); que
todo, con sus manos, lo hacía ella para nosotros: nosotros los que no éramos
nada.! Felices trapitos aquellos, hechos con los cantos que mandaba en la noche
el recuerdo de su compañero!
En nuestra casa había macetas, un retrato de papá grande, palomas de todos los
colores, dos perros – el céfiro y la Nelly –, una puerta gris con ventanas, los
durmientes y los rieles del tranvía, en la calle una tira de sol, que no desaparecía ni
un solo momento, y las dos manos de mamá, fuertes y sanas. La luz de sus ojos en
nuestra vida. Ojos de mujer joven, capaces de orientarse en la noche sin estrellas.
Rescató para nosotros la felicidad que hoy le debemos.
Nuestra vida en aquella puerta gris hacía cada vez más atrayente. En las mañanas,
cuando hacía frío, nos poníamos en todos a nuestros cuerpos de res a recibir los
rayos del sol. Reíamos con los soldados . a veces se sentaban con nosotros y
podíamos comprenderlos. “ellos serán más niños y mejores ", daban su vida
sonriendo y no pedían nada; nosotros no dábamos nada y lo recibíamos todo.
El ritmo de tomar la leche con camote nuestro café con semitas, lo vino a quebrar
una noticia: " ya no teníamos papá “.¿Vinieron quién es? No sé, imposible
recordarlo. ¿A qué hora nos llevaron? ¿Fuimos en tren? ¿Por el viento? Mamá
desarmó la máquina en que cosía nuestras tuniquitas, amarró las principales
tornillos en un trapo y los guardó.
Ya estábamos en Chihuahua. La casa era bonita, pero no tenía sol ni aire, ese que
era nuestro, porque nos lo dio la montaña, que era de Ella.
Habían desaparecido los tesoros: ni Pírala traía una sola de sus Carruchas de
colores. Aquello era, como dicen las personas elegantes, un salón, más bien una
sala larga con pisos de madera, maloliente y vieja. Había un biombo negro con
Garzas bordadas de plata.¡qué elegante suena esto! Nuestras camisitas hechas
con los cantos de mamá, se arrugaban de humildad ante esos imponentes
animales de plata. La impresión de los primeros momentos pasó en unas cuantas
horas. En concreto, ¿para que servían aquellos Pajarracos estirando el pico? No
podíamos utilizarlos. En cambio, en otro rincón había un banco de madera: tenía
encima fierros, tornillos, cajitas, ruedas de torno y unas barbas de ermitaño.
¡Tesoro!, dijeron nuestros ojos, y nos abalanzamos inflando las arrugas en nuestras
camisas.
Pírala repartió. Él era mudo, pero nos dominaba. Se quedó con las barbas.
Nuestros ojos sangraron de tristeza: queríamos las barbas. Nuestro dictador se
imponía con su mirada, su cara tostada le brillaba, apretaba la boca, bajaba las
cejas, apoyaba a todos los músculos sobre el mentón imponía su voluntad.
Callamos. No podíamos vivir sin él. Nos pusimos en acción. Al meternos en aquel
galerón nos habían dicho: " ahí jueguen ". Es el nombre hecho por las personas
serias y comparadas para la vida de los niños. Debieron decirnos: " vivan ".
Nuestros problemas eran serios, grandes, magníficos. La vida de los niños, sin
nadie los aprisiona, es una película sin cortar..
"Aquí se borra", dice una escena. "Luego aparece una ventana, un zapato.” A veces
la vida empieza en una sandalia y se borra ante una puerta de aldabón Dorado… Y
mamá, ¿dónde estaba? No la vimos para nada. Llorábamos pidiendo verla, y nos
dormíamos olvidándola.
Nuestras investigaciones allá en el galerón, donde teníamos el banco del tesoro y
el biombo negro, nuestras luchas, el llanto de no ver a mamá, fue nuestra vida.
¿Comer? No me acuerdo; no corté ninguna de mis escenas. Yo creo que no nos
dieron tortillas de trigo.
Un día ella apareció. Estaba en la puerta de galerón, nos veía. Su cara, expresiva,
era imprecisable: ni risa, ni llanto, ni una palabra. No habitamos ni nos
abalanzamos: vente fuimos acercándonos y nos pusimos bajo el poder de su
falda.
Luego dijo ella en alta voz: " Vengo a llevarme a mis hijos ". " No. No. No… ",
Contestaron fosas a ir a las. " Vámonos, hijos ", nos gritó, y echó a andar con la
seguridad del que no teme y sabe que no hay ley que lo castigue por tomar lo
que es suyo. Habíamos dado unos pasos de la puerta del galerón al patio. “¡No te
los llevas!”, dijeron aquellas voces. Pero nadie pudo detener aquel cuerpo esbelto
que nos había dado la vida. Nosotros, rodeándola, nos dejamos llevar poco a poco
hasta ver la tierra roja de la calle y quedar con ella dentro del automóvil. ¿Camino
de dónde?
Nuestra vida era así. ¿Dónde? ¿cómo? sólo existía el poder de su falda: Ella, la flor
donde como abejas estábamos adheridos nosotros; nosotros, los que bebíamos
de Ella todo sin dejarle nada.
Yo no había olvidado la noche en que una señora alta, de nariz fina, me llevó de la
mano sin decir nada. Puertas grandes que se abren, sonidos de cerrojos, mamá
allí en 1/4 nombrado por un foco opaco, sentado en una banquita dándole de
mamar a su hijita. Se saludaron, la cara de Ella era dulce y tranquila; la del
hermosa señora estaba triste e insegura. Me senté en el suelo, a los pies de mamá,
viendo a una y a otra.
Aquella figura, desconocida para mí, hablaba de pie y paseándose.
"Está todo listo para mañana – dijo, en tono de mucha confianza. ¿Quién es?, decía
mi curiosidad –. No hay esperanza – Siguió diciendo –; todo está en contra tuya,
ten fe en Dios; esa gente está muy fuerte y lo que quiere es quitarte a tus hijos. “
Ellas mis hijos son míos – dijo su limpia voz –; nadie me los quitara.”
Sus voces y sus palabras daban entender que ella estaba en peligro.
¿Las leyes de los hombres trataban de desbaratar nuestro mundo?
La hermosa mujer salió dejando estas palabras: " Sólo Dios podrá salvarte. Ten fe “.
Me dormí.
Ya estoy en un tren rumbo a Parral. Ella está allí, seria, sumisa, dándonos con amor
unos pedazos de sandía.
*Campobello, Nellie, “Su falda” en Las manos de Mamá, México, 1937, en Obra reunida.
Nellie Campobello, pról. de Juan Bautista Aguilar, 2ºEd., Fondo de Cultura Económica,
2016.