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Henry David Thoreau
PASEAR
Traducción
de Silvia Komet
LOS PEQUEÑOS LIBROS DE LA SABIDURÍA
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Título original: Walking.
© 1994, Harper Collins Publishers, New York, USA. © 1999, para la presente edición,
José J. de Olañeta, Editor
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Indice
Nota de la edición digital: ............................................................................................................................................. 5
PASEAR ............................................................................................................................................................................ 6
UN PASEO DE INVIERNO ........................................................................................................................................ 22
CAMINAR ..................................................................................................................................................................... 38
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Nota de la edición digital:
El libro original omite una aclaración que nos parece importante mencionar
aquí, y es que, el mismo, incluye dos ensayos distintos de H. D. Thoreau:
"Walking" (pasear) y "A Winter Walk" (un paseo de invierno)
Otra acotación, tal vez más importante que la anterior, incumbe al primer
ensayo (Walking). En el mismo, no sabemos si por decisión de la traductora o
del editor, se han quitado párrafos completos de la versión original de
Thoreau, juzgando, tal vez, que estos, por algún motivo, se apartaban del
tema central del ensayo, o no convenían al carácter de la colección que ellos
publican. En cualquier caso, pensamos que se trata de una mutilación
innecesaria de la obra y del pensamiento del autor, muy criticable por cuanto
no se advierte de ello, ni se dan razones. Por tal motivo, al final del presente
texto, adicionamos una traducción completa de "Walking", bajo el título
"Caminar". Por si acaso eso no bastara, agregamos en el paquete .zip, las
versiones originales en inglés de ambos ensayos.
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PASEAR
Quisiera hablar a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo agreste,
en contraposición a la libertad y la cultura meramente civiles, considerar al
ser humano como un habitante, o una parte integral de la Naturaleza, más
que como miembro de la sociedad. Quisiera hacer una declaración
extremista, y si es así le daría gran énfasis, porque ya hay suficientes
defensores de la civilización: el sacerdote, el consejo escolar y cada uno de
vosotros os ocuparéis de ello.
En el transcurso de mi vida he conocido sólo a una o dos personas que
comprendieran el arte de Caminar, o sea, de dar paseos, que tuvieran, por así
decirlo, el don de sauntering1, palabra de origen admirable que deriva de «los
holgazanes que vagabundeaban por el país en la Edad Media y pedían
limosna con el pretexto de dirigirse à la Sainte Terre», a Tierra Santa, por lo
que los niños exclamaban «Ahí va un Sainte-Terrer», el que se dirige a Tierra
Santa. Los que nunca van a Tierra Santa en sus caminatas, como pretenden,
no son más que meros holgazanes o vagabundos; pero los que allí se dirigen
son auténticos paseantes, en el buen sentido, como yo lo entiendo. Algunos,
sin embargo, creen que la palabra deriva de los sans terre, o sea, sin tierra ni
hogar, lo que, por consiguiente y también en el buen sentido, significaría sin
hogar fijo pero «como en casa» en todas partes. Puesto que éste es el secreto
de un buen paseo. Puede que quien se queda sentado en una casa todo el
tiempo sea el vagabundo más grande que exista; pero el paseante, en el buen
sentido, no es más vagabundo que el río serpenteante que busca con afán el
camino más corto al mar. Yo, no obstante, prefiero la primera etimología,
seguramente la más probable. Porque cada paseo es una especie de cruzada a
la que algún Pedro el Ermitaño interior nos invita a lanzarnos para
reconquistar esta Tierra Santa de manos de los infieles.
Es verdad, no somos más que timoratos cruzados; hoy en día ni los
caminantes acometemos empresas tenaces e interminables. Nuestras
expediciones son sólo vueltas, y regresamos al anochecer al viejo calor de la
lumbre del que hemos partido. La mitad de la caminata consiste en volver
sobre nuestros pasos. Tal vez deberíamos lanzarnos al más corto de los
paseos con espíritu de imperecedera aventura, con idea de no regresar jamás,
listos para enviar sólo el corazón embalsamado a nuestro desolado reino. Si
1
* Saunter: Deambular, dar una vuelta o un paseo tranquilamente. (N. de la T.)
estás preparado para dejar a tu padre y madre, hermano y hermana, mujer,
hijos y amigos, y no volver a verlos... Si has pagado tus deudas, hecho tu
testamento y dejado tus cosas en orden... Si eres un hombre libre, entonces
estás listo para echar a andar.
Pasando ahora a mi propia experiencia, mi compañero y yo, porque a veces
tengo un compañero, disfrutamos imaginándonos como caballeros de una
nueva —o mejor dicho vieja— orden, no una orden ecuestre, sino andante,
mucho más antigua y honorable, creo. El espíritu caballeresco y heroico que
en una época era patrimonio del jinete, hoy en día parece residir, o mejor
dicho, haber recaído en el Caminante, no el Caballero, sino el Caminante,
Errante. Es una especie de cuarto poder, al margen de la Iglesia, el Estado y el
Pueblo.
Nos parecía que éramos casi los únicos por aquí que practicábamos este noble
arte; aunque, para ser sincero, a la mayoría de mis vecinos —al menos si uno
cree sus afirmaciones— también les gustaría dar un paseo de vez en cuando,
pero no pueden. No hay dinero que pueda comprar el imperativo tiempo
libre, la independencia y la libertad, el capital de esta profesión. Sólo la gracia
de Dios lo proporciona. Para convertirse en un caminante hace falta una
dispensa directa del Cielo. Hay que nacer en la familia de los Caminantes.
Ambulator nascitur, non fit.2 Es cierto que algunos de mis conciudadanos
recuerdan y me han descrito algunos paseos que hicieron hace diez años, en
los que hasta tuvieron la suerte de perderse en el bosque durante media hora;
pero sé muy bien que desde entonces se han limitado al camino público, por
mucho que pretendan pertenecer a esta clase selecta. Sin duda, se sintieron
elevados durante un instante como por la reminiscencia de una forma
anterior de existencia, en la que incluso eran habitantes de los bosques y
proscritos.
Si no pasara al menos cuatro horas al día —y por lo general suelen ser más—
errando por los bosques, las montañas y los campos, absolutamente libre de
todo compromiso mundano, creo que no podría conservar la salud ni el
ánimo. A veces, cuando me acuerdo de tantos mecánicos y comerciantes que
están en sus tiendas no sólo toda la mañana sino también toda la tarde,
sentados con las piernas cruzadas, como si éstas estuvieran hechas para
sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que tiene mérito que no se
hayan suicidado hace mucho tiempo.
Yo, que no puedo estar en mi habitación ni un solo día sin oxidarme un poco,
2
"Paseante se nace, no se hace". Nota de la versión digital.
7
y que cuando me escabullo para dar un paseo a las cuatro de la tarde, en el
último momento, demasiado tarde para salvar el día, cuando las sombras de
la noche ya han empezado a mezclarse con la luz diurna, me siento como si
hubiese cometido un pecado que tengo que expiar, confieso que me asombra
la capacidad de aguante, por no mencionar la insensibilidad moral, de mis
vecinos que se encierran en tiendas y oficinas todo el día durante semanas,
meses, y... años seguidos.
Sin duda, el temperamento y sobre todo la edad tienen mucho que ver. A
medida que el hombre se hace mayor, aumenta su capacidad para estar
quieto y dedicarse a actividades bajo techo. Al acercarse al crepúsculo de su
vida, sus hábitos se hacen cada vez más vespertinos, hasta que al fin sólo sale
poco antes de la puesta de sol para andar media hora, que es todo lo que
necesita.
Pero la caminata de la que yo hablo no tiene nada que ver con hacer ejercicio,
como suele decirse —como si se tratara de un enfermo que toma su medicina
a horas fijas, o alguien que levanta pesas—, sino que es la empresa y la
aventura del día en sí. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de los
manantiales de la vida. Pensad en un hombre que levanta mancuernas para
mantenerse sano, mientras en las lejanas praderas surgen a borbotones los
manantiales sin que él vaya a buscarlos.
Es más, hay que caminar como un camello, que, según dicen, es el único
animal que rumia mientras camina. Una vez, un viajero le pidió a la criada de
Wordsworth que le enseñara el estudio de su amo, y ésta le respondió: «Aquí
está su biblioteca, pero su estudio es al aire libre».
Cuando andamos, nos dirigimos con naturalidad hacia los campos y los
bosques. ¿Qué sería de nosotros si camináramos sólo por un jardín o una
alameda? Hasta ciertas sectas filosóficas, como sus miembros no iban al
bosque, sintieron la necesidad de hacérselo traer. «Plantaron arboledas y
paseos de plátanos», donde hacían sus subdiales ambulationes3 en patios
abiertos. Naturalmente que es inútil dirigir nuestros pasos hacia el bosque si
no nos llevan allí. Cuando veo que he caminado mecánicamente mil
quinientos metros por un bosque, sin estar allí en espíritu, me alarmo.
Durante mi paseo de la tarde, quisiera olvidar todas las ocupaciones
matinales y las obligaciones para con la sociedad. Pero a veces no me resulta
fácil quitarme de encima la aldea. Alguna idea de trabajo me da vueltas por
la cabeza y no estoy donde está mi cuerpo, estoy lejos de mis sentidos.
3
Paseos al aire libre. Nota versión digital.
8
Durante mis paseos, me gustaría volver a mis sentidos. ¿Para qué estoy en el
bosque, si pienso en cosas que no tienen nada que ver con él? Dudo de mí y
no puedo evitar un escalofrío cuando me sorprendo tan implicado incluso en
lo que llaman buenas obras; porque es algo que a veces puede pasar.
Los alrededores me ofrecen infinidad de buenos paseos; y aunque hace
muchos años que salgo a caminar casi todos los días, y a veces durante varios
días, todavía no los he agotado. Un paisaje absolutamente nuevo es motivo
de una enorme felicidad que aún puedo sentir cualquier tarde. Dos o tres
horas de caminata pueden llevarme a una zona tan desconocida como jamás
esperaba encontrar. Una granja que no había visto nunca a veces es algo tan
maravilloso como los dominios del rey de Dahomey4. De hecho, hay una
especie de armonía aún por descubrir entre las posibilidades del paisaje en
un radio de quince kilómetros, o sea, dentro de los límites de un paseo
vespertino, y los setenta años de vida humana. Uno nunca llegará a conocerla
a fondo.
Hoy en día, casi todo el llamado progreso humano, como la construcción de
casas y la tala de bosques y de todos los grandes árboles, sencillamente
deforma el paisaje y lo hace cada vez más dócil y ordinario. ¡Un pueblo que
se precie comenzaría por quemar sus cercas y respetar el bosque! He visto
cercas semiconsumidas por el fuego, los límites de la propiedad perdidos en
medio de la pradera, y a algún avaro de este mundo con un agrimensor
buscando el linde. Aunque el cielo se había aposentado a su alrededor, no
advertía el ir y venir de los ángeles porque sólo buscaba el viejo agujero de
una estaca en medio del paraíso. Volví a mirar, y lo vi en medio de una
ciénaga estigia rodeado de diablos; sin duda había reencontrado el linde —
tres pequeñas piedras donde había estado clavada una estaca— y, al mirar de
más cerca, vi que el Príncipe de las Tinieblas era su agrimensor.
Puedo caminar fácilmente quince, veinte, treinta kilómetros, o los que sean, a
partir de mi puerta, sin pasar delante de ninguna casa ni cruzar camino
alguno salvo los marcados por los zorros y visones; primero junto al río,
después al lado del arroyo y por último por la pradera y los confines del
bosque. Hay, por los alrededores, hectáreas sin habitantes. Desde muchas
colinas logro ver de lejos la civilización y las moradas humanas. Los
campesinos y sus labores no son mucho más visibles que las marmotas y sus
madrigueras. Me alegra ver que el ser humano y sus asuntos, la Iglesia, el
Estado y la escuela, el tráfico y el comercio, la industria y la agricultura, y
4
* Nombre antiguo de Benin. (N. de la T.)
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hasta la política —lo más alarmante de todo— ocupan tan poco espacio en el
paisaje. La política es sólo un terreno estrecho, y más estrecho aún ese camino
distante que lleva a ella. A veces se lo señalo al viajero. Si queréis ir al mundo
de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa
polvo en los ojos y os llevará directamente; pues ella también tiene
sencillamente un sitio, y no ocupa todo el espacio. Paso por allí como quien
pasa por un campo de judías para entrar en el bosque, y me olvido de ella. Al
cabo de media hora llego a una parte de la superficie terrestre en la que
ningún hombre está de un año a otro, y, por consiguiente, la política no
existe, ya que no es más que el humo del cigarro de un hombre.
La villa es el lugar al que llevan los caminos, una especie de expansión de la
carretera, como el lago de un río. Es el cuerpo cuyos brazos y piernas son los
caminos, encrucijada, vía pública y ordinaria de los viajeros. Según Marco
Terencio Varrón, la palabra latina villa, junto con via, o las más antiguas ved y
vella, derivan de veho, transportar, porque la villa es el lugar al que se llevan y
del que salen las cosas. Se decía que los que se ganaban la vida transportando
se dedicaban a vellaturam facere5. De donde procede también la palabra latina
vilis, y nuestra «vil» y «villano». Lo que indica la suerte de degeneración a la
que son proclives los habitantes de las villas. Están agotados de viajar,
aunque ellos mismos no viajen, por el ajetreo de los que pasan sin cesar por
allí.
Algunos ni siquiera se mueven; otros andan por los caminos; y unos pocos
van a campo través. Las carreteras están hechas para los caballos y los
mercaderes. Yo no las uso demasiado, comparativamente, porque no tengo
prisa en llegar a ninguna de las posadas, tiendas, caballerizas ni cocheras a
las que llevan. Soy un buen caballo para viajar, pero, por propia decisión, no
uno de silla. El paisajista usa figuras humanas para indicar un camino, pero
la mía no le sirve para ello. Yo ando por la misma naturaleza por la que
transitaban los antiguos profetas y poetas, Manu, Moisés, Homero, Chaucer.
Podéis llamarla América, pero no lo es. Ni Américo Vespucio, ni Colón ni el
resto fueron sus descubridores. Hay una explicación más verosímil en la
mitología que en cualquiera de las llamadas historias de América que he
visto.
De momento, por los alrededores, la mayor parte de la tierra no es propiedad
privada; el paisaje no tiene dueño y el caminante disfruta de cierta libertad.
Pero posiblemente llegará un día en que la dividirán en los llamados campos
de recreo, en los que unos pocos dispondrán de un placer limitado y
5
Transportar mercancías por dinero. Nota versión digital.
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exclusivo. Las cercas se multiplicarán y las trampas del hombre y otros
artilugios inventados para confinar al ser humano en los caminos «públicos»
harán que caminar sobre la faz de la tierra de Dios sea interpretado como la
violación de la propiedad de algún caballero. Disfrutar de algo en exclusiva
es, por lo general, excluirse a uno mismo de disfrutarlo de verdad.
Aprovechemos, pues, nuestras oportunidades antes de que lleguen los días
aciagos.
¿Por qué a veces es tan difícil decidir adonde ir? Creo que hay un sutil
magnetismo en la naturaleza que, si cedemos a él inconscientemente, nos
lleva a donde corresponde. No es indiferente hacia dónde vamos. Existe un
camino correcto; pero, por atolondramiento o estupidez, somos proclives a
tomar el equivocado. De buen grado cogeríamos el camino por el que aún no
hemos transitado en este mundo real y que es el símbolo perfecto del sendero
por el que nos gusta viajar en el mundo interior e ideal. Sin duda, a veces nos
cuesta decidir el rumbo porque todavía no tenemos una idea claramente
formada.
Cuando salgo de casa para dar un paseo sin saber adonde me llevarán mis
pasos, y me rindo a que mi instinto decida por mí, me doy cuenta, por muy
enigmático y extraño que parezca, de que inevitablemente me encamino
hacia el sudoeste, hacia algún bosque en concreto, un prado desierto o una
colina. La aguja de mi brújula es inquieta, varía unos pocos grados y no
siempre señala directamente el suroeste, es verdad, y tiene buenas razones
para esta variación, pero siempre se fija entre el oeste y el sur-suroeste. El
futuro, para mí, está en esa dirección, en que la tierra parece más inagotable y
rica. La línea que delimitaría mis paseos no es una circunferencia, sino una
parábola, o mejor dicho una de esas órbitas de cometas que son curvas sin
retorno, en este caso abierta hacia el oeste, en la que mi casa ocuparía el lugar
del sol. A veces doy vueltas y más vueltas durante un cuarto de hora, hasta
que decido, por milésima vez, que iré hacia el suroeste o el oeste. Hacia el
este sólo voy por obligación; pero hacia el oeste por libre elección. Nada me
llama hacia el horizonte oriental, y me cuesta creer que pueda encontrar
bellos paisajes, lo suficientemente agrestes y libres. No me entusiasma la
perspectiva de ir en esa dirección; sin embargo, creo que el bosque que veo
sobre el horizonte occidental se extiende ininterrumpidamente hacia el
crepúsculo, y no hay ciudades ni pueblos de entidad suficiente para
molestarme. Viva donde viva, de este lado está la ciudad, del otro la
naturaleza, y cada vez me alejo más de la ciudad y me retiro a la naturaleza.
El oeste del que hablo es sólo otro nombre de lo agreste; y lo que me disponía
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a decir es que la conservación del Mundo radica en la Naturaleza Salvaje.
Todos los árboles proyectan sus fibras en busca de la Naturaleza. Las
ciudades la importan a cualquier precio. Los hombres aran y navegan para
buscarla. Los tónicos y las cortezas que animan a la humanidad provienen
del bosque y del monte.
Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano.
Necesitamos una infusión de abeto o ciprés en nuestro té. Hay una diferencia
entre comer y beber para tener energía y hacerlo por simple glotonería. Los
hotentotes devoran con avidez la médula cruda del kudu y otros antílopes
como cosa natural. Algunos de nuestros indígenas del norte comen la médula
del reno ártico, así como otras partes, incluida la punta de los cuernos,
siempre y cuando sea blanda. En esto, posiblemente, les han ganado por la
mano a los cocineros de París. Toman lo que por lo general va a parar al
fuego, algo probablemente mejor para el hombre que el vacuno engordado en
establo y el cerdo de matadero. Nombradme un acto salvaje cuyo espectáculo
ninguna civilización pueda soportar... como si nos alimentáramos de médula
cruda de antílope.
Hay algunos espacios que limitan con el canto de los tordos del bosque a los
que me gustaría emigrar... tierras salvajes que ningún colono ha ocupado, a
las que ya estoy, creo, aclimatado.
Cummings, el cazador de África, nos dice que la piel del antílope africano, así
como la de todos los otros antílopes recién matados, exhala un perfume de
árbol y hierba de lo más delicioso. Me gustaría que todos los hombres se
parecieran al antílope salvaje y fueran parte integral de la Naturaleza, que su
fragancia advirtiera suavemente a nuestros sentidos de su presencia y nos
recordara las regiones de la naturaleza que frecuenta. No suelo sentir ganas
de burlarme si el abrigo de un trampero huele incluso a rata almizclera; para
mí, es un olor más agradable que el que desprenden las prendas de un
comerciante o un erudito. Cuando me acerco a sus armarios y toco sus ropas,
no me evocan las llanuras verdes ni las praderas floridas que han
frecuentado, sino las lonjas y las bibliotecas polvorientas.
Una piel curtida por el sol es algo más que respetable y quizá el color cetrino
le sienta mejor al hombre, al habitante de los bosques, que el blanco. «¡El
pálido hombre blanco!» No me sorprende que los africanos le tuvieran
lástima.
Darwin, el naturalista, dice: «Un blanco bañándose junto a un tahitiano era
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como una planta descolorida por obra de un jardinero comparada con una de
hermoso color verde oscuro que creciera con fuerza al aire libre». Ben Jonson6
exclama:
«¡Qué cerca del bien está lo bello!»
y yo añadiría:
«¡Qué cerca del bien está lo salvaje!»
La vida coincide con lo agreste. Lo más vivo es lo más salvaje. La presencia
de la naturaleza no sometida al hombre lo renueva. Si uno avanzara
incesantemente y nunca dejara de esforzarse, si madurara deprisa e hiciera
infinitas exigencias a la vida, siempre se encontraría en un país nuevo o en un
territorio virgen, rodeado por la materia prima de la vida, y treparía por los
troncos postrados de los árboles de los bosques primitivos.
Para mí, la esperanza y el futuro no están en los jardines ni en los campos
cultivados, en los pueblos ni en las ciudades, sino en los pantanos
inaccesibles y movedizos. Al analizar mi debilidad por alguna finca que
quería comprar en otros tiempos, me doy cuenta de que me atraían
exclusivamente unos pocos acres de ciénaga insondable, un desaguadero
natural en un extremo del terreno. Esa era la joya que me deslumbraba. Los
pantanos que rodean a mi pueblo natal han contribuido más a mi
subsistencia que los huertos. Para mis ojos no hay parterres más ricos que los
densos lechos de andromeda enana (Cassandra calyculata) que cubren estos
páramos suaves de la superficie de la tierra. La botánica no puede decirme
mucho más que los nombres de los arbustos que crecen allí —el alto
arándano, la andromeda panicular, el laurel enano, la azalea y el
rododendro—, todos ellos erguidos en el esfagnal movedizo. Quisiera tener
mi casa delante de esta masa de oscuro matorral rojizo, sin parcelas de flores
ornamentales, abetos trasplantados, jardineras acicaladas ni senderos de
gravilla, tener este terreno fértil frente a mi ventana, no unos pocos
montículos de tierra importada sólo para cubrir la arena que quedó
amontonada al cavar la bodega. ¿Por qué no poner mi casa, mi sala, detrás de
este terreno en lugar de detrás de un mezquino conjunto de curiosidades,
sustituto pobre de la Naturaleza y el Arte que se llama «mi jardín de
delante»? Limpiar y dejar la propiedad decente una vez que se ha marchado
el carpintero y el albañil es todo un esfuerzo, pero se hace tanto para el
6
* Dramaturgo y poeta inglés (1572-1637). (N. de la T.)
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transeúnte como para el morador. Un seto, para mí, nunca ha sido un objeto
de estudio agradable, por muy bonito que sea; los adornos más elaborados
me cansan enseguida y me disgustan. Llevad vuestros umbrales hasta el
borde del pantano (aunque quizá no sea el mejor lugar para tener una bodega
seca), de modo que los ciudadanos no puedan acceder por allí. Los jardines
de delante no están hechos para entrar, sino, como mucho, para cruzarlos y
poder entrar por detrás.
Sí, aunque me consideréis perverso, si me propusieran vivir en el vecindario
de los jardines más bellos que el arte humano haya concebido o en un
«Pantano Deprimente», sin duda elegiría este último. ¡Qué vanos han sido
para mí todos vuestros esfuerzos, ciudadanos!
Mi ánimo infaliblemente se levanta en proporción directa a un exterior
monótono. ¡Dadme el océano, el desierto o las extensiones salvajes! En el
desierto, el aire puro y la soledad compensan la falta de humedad y
fertilidad. El viajero Burton dice al respecto: «La moral mejora; uno se vuelve
franco y cordial, hospitalario y decidido... En el desierto, los licores fuertes
estimulan sólo la repugnancia. Hay un gozo intenso en la mera existencia
animal». Quienes han viajado mucho por las estepas tártaras dicen: «Al
regresar a las tierras cultivadas, la agitación, la perplejidad y el torbellino de
la civilización nos oprimía y sofocaba, como si nos faltara el aire, y a cada
momento pensábamos que íbamos a morir de asfixia». Cuando quiero
recrearme, busco el bosque más profundo, el pantano más denso, más
interminable, y, para el ciudadano, el más deprimente. Penetro en el pantano
como en un lugar sagrado, un Sancta Sanctorum. Allí está la fuerza, la médula,
de la Naturaleza. El bosque virgen cubre el mantillo, y la misma tierra es
buena para el hombre y para los árboles. La salud humana requiere tantos
acres de pradera para contemplar como carretadas de estiércol su granja. Es
la fuerte sustancia de la que se alimenta. A un pueblo lo salvan tanto los
bosques y pantanos que lo rodean como los hombres de bien que lo habitan.
Una comunidad con un bosque primitivo que se agita en lo alto y otro bosque
primitivo que se pudre por debajo, no sólo es apropiada para el cultivo de
grano y patatas, sino también para el cultivo de poetas y filósofos por los
siglos venideros. En semejante suelo se criaron Homero, Confucio y el resto,
y de esa naturaleza salvaje surge el Reformador que come langostas y miel
silvestre.
Conservar los animales salvajes por lo general supone la creación de un
bosque en el que habiten y al que recurran. Lo mismo sucede para el hombre.
Hace cien años, en las calles se vendían cortezas extraídas de nuestros
14
propios bosques. Creo que en el simple aspecto de esos árboles primitivos y
ásperos había un principio que curtía y fortalecía las fibras del pensamiento
humano. ¡Ay, tiemblo por esta época degenerada, en comparación, de mi
pueblo natal en que ya no se puede recoger un buen montón de corteza
gruesa ni producimos brea ni trementina!
Las naciones civilizadas —Grecia, Roma, Inglaterra— se han alimentado de
los bosques primitivos que antiguamente se pudrieron donde están ellas.
Sobreviven en tanto la tierra no se agote. ¡Ay de la cultura humana! Pero se
puede esperar muy poco de un pueblo que agote su manto vegetal y se vea
obligado a fabricar abono con los huesos de sus antepasados. Allí el poeta se
nutre sólo de su grasa superflua y el filósofo se ve reducido al tuétano de sus
huesos.
¿Dónde está la literatura que da expresión a la Naturaleza? Estaría
representada por un poeta capaz de poner a los vientos y arroyos a su
servicio para que hablaran por él; que clavara las palabras a su primitivo
sentido, como los campesinos clavan en primavera las estacas que la helada
ha levantado; que extrajera las palabras siempre que las usara y las
trasplantara a su página con la tierra adherida a las raíces; cuyas palabras
fuesen tan verdaderas, frescas y naturales que parecieran expandirse como
los brotes al acercarse la primavera, aunque estuviesen semiasfixiadas entre
dos hojas enmohecidas de una biblioteca... sí, florecer y fructificar allí, según
su especie, anualmente para el lector fiel, en armonía con la Naturaleza que
las rodea.
No conozco ninguna poesía que exprese adecuadamente este anhelo por lo
Salvaje. Desde este punto de vista, la mejor poesía es insustancial. No sé en
qué literatura encontrar, antigua o moderna, una expresión que satisfaga esta
visión de la Naturaleza que conozco. Veréis que exijo algo que ni el período
neoclásico ni el isabelino, que ninguna cultura en definitiva, pueden ofrecer.
La mitología es lo que más se acerca. La mitología griega, al menos, tiene sus
raíces en una Naturaleza mucho más fértil que la literatura inglesa. La
mitología es el fruto que produjo el Viejo Mundo antes de que su suelo se
agotara, antes de que la plaga echara a perder la fantasía y la imaginación, y
que sigue produciendo dondequiera que su prístino vigor esté intacto. El
resto de las literaturas no duran más que la sombra de los olmos sobre
nuestra casa; pero la mitología es como el gran drago de las islas Canarias,
viejo como el género humano, y, desaparezca o no, durará tanto como él;
pues los despojos de otras literaturas producen el mantillo en el que ella
prospera.
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Occidente se está preparando para añadir sus fábulas a las de Oriente. Los
valles del Ganges, del Nilo y del Rin ya han recogido sus cosechas; falta ver
lo que producirán los valles del Amazonas, del Plata, del Orinoco, del San
Lorenzo y del Misisipí. Tal vez, cuando con el correr del tiempo la libertad
americana se haya convertido en una ficción del pasado —como ya es, hasta
cierto punto, una ficción del presente—, los poetas del mundo se inspiren en
la mitología americana.
Ni los sueños más fantásticos de los salvajes son menos auténticos, aunque
no correspondan al criterio general que domina entre los ingleses y
americanos de hoy. No todas las verdades coinciden con el sentido común.
La Naturaleza tiene un lugar tanto para la clemátide silvestre como para la
col. Algunas expresiones de la verdad son retrospectivas; otras, meramente
sensatas, como suele decirse; y otras, proféticas. Algunos tipos de enfermedad,
incluso, pueden profetizar formas de salud. Los geólogos han descubierto
que las figuras de serpientes, grifos, dragones voladores y otras imágenes
fantásticas de la heráldica, tenían su prototipo en las formas de especies
fósiles que se extinguieron antes de la creación del hombre, y, por lo tanto,
«indican un conocimiento difuso y oscuro de un estado previo de existencia
orgánica». Los hindúes se imaginaban que la tierra se apoyaba sobre un
elefante, y el elefante sobre una tortuga, y la tortuga sobre una serpiente; y,
aunque quizá sea una coincidencia sin importancia, no estaría de más señalar
que últimamente se ha descubierto en Asia el fósil de una tortuga lo
suficientemente grande como para sostener a un elefante. Confieso que tengo
cierta debilidad por estas increíbles fantasías que trascienden el orden del
tiempo y la evolución. Son un recreo sublime para el intelecto. A la perdiz le
encantan los guisantes, pero no los que la acompañan en la cacerola.
En síntesis, todo lo bueno es salvaje y libre. En un acorde musical, ya sea
producido por un instrumento o por la voz humana —tomemos, por ejemplo,
el sonido de una corneta en una noche de verano—, hay algo que, por su
salvajismo, y hablo sin ironía, me recuerda al grito de las fieras en sus
bosques natales. Puedo entender gran parte de su desenfreno. Dadme
hombres salvajes como amigos y vecinos, no seres sumisos. La barbarie de los
salvajes no es más que un débil símbolo de la espantosa ferocidad con la que
se topan los hombres de bien y los amantes.
Me satisface que haya que domar a los caballos y a los novillos para
convertirlos en esclavos de los hombres, y que los hombres mismos tengan
que pasar las mocedades antes de convertirse en miembros sumisos de la
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sociedad. Sin duda, no todos son igual de civilizables; y, que la mayoría sean
dóciles por disposición heredada, como los perros y las ovejas, no es razón
para domar la naturaleza de los demás y reducirlos al mismo nivel. Los
hombres en general se parecen, pero se han creado varios tipos para que
pueda haber diversidad. Para cosas sin importancia, un hombre puede servir
casi tan bien como otro; pero para algo más especial, hay que considerar la
excelencia individual. Cualquiera puede tapar un agujero para impedir que
entre el viento, pero no todos pueden realizar una tarea tan especial como la
realizada por el autor de este ejemplo. Confucio dice: «La piel del tigre y el
leopardo, una vez curtida, es como la del perro y la oveja». Pero no es el
papel de una auténtica cultura domar al tigre, ni hacer que una oveja se
convierta en un animal feroz; y curtir sus pieles para hacer zapatos no es el
mejor uso que se les puede dar.
Tenemos una madre inmensa, salvaje y rugiente, la Naturaleza, que se
extiende a nuestro alrededor con tal belleza y tal cariño por sus hijos como el
leopardo; y sin embargo, nos separan demasiado pronto de su seno para
pasar a la sociedad, a esa cultura que es exclusivamente una interacción del
hombre con sus semejantes, una especie de crianza endogámica que produce,
como mucho, una nobleza inglesa, una civilización destinada a llegar a su fin
rápidamente.
En la sociedad, en las mejores instituciones de los hombres, es fácil detectar
cierta precocidad. Cuando aún deberíamos ser niños que crecen, ya somos
pequeños hombres. Dadme una forma de cultivo que traiga mucho abono de
las praderas y cave el suelo... ¡no una que confíe únicamente en abonos que
calientan, en herramientas perfeccionadas y en métodos de cultivo!
No quisiera que todos los hombres ni todos los aspectos del hombre
estuviesen cultivados, del mismo modo que no me gustaría ver cada acre de
tierra cultivado. Una parte puede dedicarse a la labranza, pero la mayor
extensión debe reservarse a las praderas y al bosque, y no sólo para
utilizarlos de inmediato, sino para que preparen el humus del futuro distante
por medio de la descomposición anual de la vegetación que albergan.
Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos hacia la sociedad, hay
unos pocos que se sienten profundamente atraídos por la Naturaleza. La
reacción de la mayoría de éstos hacia la Naturaleza, a pesar de sus artes, me
parece inferior a la de los animales. ¡Qué poco valoramos la belleza del
paisaje! Nos han dicho que los griegos llamaban al mundo kosmos, Belleza u
Orden, pero no sabemos muy bien por qué lo hacían, y, como mucho, lo
17
consideramos un hecho filológico curioso.
En cuanto a mí, con respecto a la Naturaleza, tengo la impresión de vivir
como una especie de habitante fronterizo, en los confines de un mundo al que
hago sólo incursiones ocasionales y efímeras, y mi patriotismo y lealtad hacia
el estado a cuyos territorios parezco retirarme son los de un bandolero. Con
tal de llegar a una vida que yo llamo natural, seguiría con gusto incluso a un
fuego fatuo por pantanos y ciénagas inimaginables, pero ni luna ni luciérnaga
alguna me han mostrado el sendero que lleva hacia allí. La Naturaleza es una
personalidad tan vasta y universal que siempre habrá algún rasgo que no
hemos visto. El andariego que recorre los familiares campos que se extienden
por los alrededores de mi pueblo natal se encuentra a veces con una tierra
distinta de la que figura en los títulos de propiedad, como si estuviera en
algún territorio lejano en los confines del Concord real, donde cesa su
jurisdicción, y la idea que la palabra Concord [concordia] sugiere deja de ser
sugerida. Estas granjas cuyos planos yo mismo he trazado, estas estacas que
yo mismo he clavado, aparecen difusamente inmóviles como a través de la
niebla; pero no existe proceso químico que pueda fijarlas; se desvanecen de la
superficie del cristal, y la imagen que el pintor ha pintado sale confusa de
debajo. El mundo al que estamos acostumbrados no deja rastro, y no tendrá
aniversario.
La otra tarde fui a dar un paseo por la finca Spaulding. Vi el sol crepuscular
iluminando un majestuoso bosque de pinos sobre el lado opuesto. Los rayos
dorados se filtraban por los pasillos que dejaban los árboles, como si fuera
una mansión señorial. Me impresionó como si se tratara de una antigua
familia, admirable y espléndida, que se hubiese instalado sin que yo lo
supiera en esa parte de la tierra que llamamos Concord y tuviera al sol como
criado; una familia que no frecuentaba la vida social del pueblo y a la que no
se iba a visitar. Divisé su parque, el campo de recreo, al otro lado del bosque,
en el prado de arándanos de Spaulding. Los pinos, a medida que crecían, les
proporcionaban los gabletes. La casa no se veía a simple vista; los árboles
crecían a través de ella. No sé si escuché el ruido de unas risas ahogadas o no.
Parecían descansar sobre los rayos del sol. Tienen hijos e hijas. Están
perfectamente bien. La huella de la carreta del granjero, que cruza
completamente la mansión, no los molesta en lo más mínimo, como tampoco
el fondo enfangado de un charco con el reflejo del cielo que se ve a veces.
Nunca han oído hablar de Spaulding, y no saben que es vecino suyo, a pesar
de que yo lo he oído silbar mientras atravesaba la casa con su yunta. No hay
nada que iguale la serenidad de sus vidas. Su escudo de armas es un sencillo
liquen. Lo vi pintado en los pinos y los robles. Las buhardillas estaban en la
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copa de los árboles. No hacían política. No había ruido de trabajo. No parecía
que tejieran ni hilasen.
Sin embargo, lo que sí detecté cuando el viento se calmó y se acallaron los
ruidos, fue el susurro musical más suave y bonito que pueda imaginarse,
como el zumbido distante de una colmena en mayo... Quizá fuera el
murmullo de sus pensamientos. No tenían pensamientos ociosos, y nadie de
fuera podía ver su trabajo, pues su laboriosidad no estaba encerrada como en
nudos y excrecencias.
Pero me cuesta recordarlos. Se desvanecen de mi mente irremediablemente,
incluso ahora mientras trato de evocarlos y calmarme. Sólo después de un
prolongado y serio esfuerzo por acordarme de mis mejores pensamientos,
vuelvo a ser consciente de su presencia en este lugar. Si no hubiese familias
como ésta, creo que me iría de Concord.
En Nueva Inglaterra tenemos la costumbre de decir que cada año nos visitan
menos palomas. Nuestros bosques no les brindan hayucos ni bellotas. Del
mismo modo, pareciera que de año en año cada vez menos ideas visitan a los
hombres a medida que crecen, porque el bosquecillo de nuestra mente está
devastado, se ha vendido para alimentar el fuego fatuo de la ambición, o se
ha enviado al aserradero y apenas queda una ramita sobre la que puedan
posarse. Ya no anidan ni crían entre nosotros. En alguna estación mejor,
quizá una sombra tenue atraviese el paisaje de la mente, impulsada por las
alas de algún pensamiento en su migración vernal u otoñal, pero, al mirar
hacia arriba, no logramos detectar la esencia del pensamiento mismo.
Nuestros pensamientos alados se convierten en aves de corral. Ya no se
elevan y sólo llegan a la grandeza de las especies de Shanghai o la
Cochinchina. ¡Estos grandiosos pensamientos, estos grandiosos hombres de
los que se habla!
Nos abrazamos a la tierra... ¡raramente alzamos vuelo! Creo que podríamos
elevarnos un poco más. Al menos podríamos trepar a un árbol. Una vez
descubrí el valor de subir a un árbol. Era un gran pino blanco en lo alto de
una colina; y aunque me llené de resina, valió la pena porque descubrí en el
horizonte montañas que nunca había visto... ¡tierras y cielos nuevos! Si no me
hubiera subido, podría haberme paseado durante setenta años sin llegar a
verlos jamás. Pero sobre todo descubrí a mi alrededor —era final de junio—
unas delicadas y diminutas flores rojas de forma cónica, la flor fecunda del
pino blanco que apunta al cielo y que sólo se encuentra en las ramas más
altas. Me llevé el brote apical directamente al pueblo y se lo enseñé a unos
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jurados forasteros que paseaban por las calles —era semana de audiencia—, a
unos campesinos, a unos comerciantes de madera, a unos leñadores y a unos
cazadores. Nadie hasta entonces había visto nada igual y se maravillaron
como si una estrella hubiese caído del cielo. ¡Como los arquitectos de la
antigüedad que acababan su obra rematando la punta de la columna con la
misma perfección que la empleada en las partes más visibles de la base! La
naturaleza ha dirigido desde el principio esas diminutas flores del bosque
hacia el cielo, por encima de nuestra cabeza, de modo que pasen
inadvertidas. Sólo vemos las flores que están a nuestros pies en los prados.
Hace siglos que cada verano los pinos abren sus delicadas flores en las ramas
más altas del bosque, sobre todos los hijos de la naturaleza, tanto blancos
como pieles rojas, pero difícilmente un campesino o un cazador las haya visto
jamás.
Por encima de todo, no podemos darnos el lujo de no vivir en el presente.
Bendito entre todos los mortales quien no pierde ni un instante de la vida que
pasa a su lado recordando el pasado. A menos que nuestra filosofía oiga el
canto del gallo en todos los corrales de nuestro horizonte, siempre estará
desfasada. Este canto suele recordarnos que nuestros trabajos y formas de
pensar están cada vez más oxidados y son cada vez más viejos. Su filosofía
llega a una época más reciente que la nuestra. Hay algo en él que hace pensar
en un testamento más nuevo, un evangelio según este momento. No ha ido
atrás; ha madrugado y mantenido su ventaja, y estar donde está él es estar
oportunamente, en primera línea del tiempo. Es una expresión de la salud y
sensatez de la Naturaleza, una bravuconada para el mundo entero, saludable
como un manantial que brota, como la nueva fuente de las Musas, para
celebrar este supremo instante de tiempo. Allí donde habita no se aprueban
leyes para esclavos fugitivos. ¿Quién no ha traicionado a su amo muchas
veces desde la última vez que escuchó esta nota?
El mérito del canto de esta ave es la ausencia de toda melancolía. Un cantante
puede hacernos llorar o reír con facilidad, ¿pero quién puede estimularnos el
puro gozo matinal? Cuando un domingo estoy deprimido y triste andando
por las aceras espantosamente silenciosas, o, quizá, cuando me encuentro en
una casa mortuoria, y escucho cerca o a lo lejos el canto de un gallo, pienso
para mí mismo: «Al menos uno de nosotros está bien», y repentinamente
recupero mi sano juicio.
Un día del pasado noviembre tuvimos un atardecer notable. Me paseaba por
un prado donde nace un arroyuelo, cuando el sol, justo antes de ponerse
después de un día frío y gris, por fin llegó a una parte despejada del
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horizonte y una especie de luz matinal de lo más suave y brillante cayó sobre
la hierba seca, los troncos de los árboles del lado opuesto y sobre los follajes
de los robles jóvenes de la ladera de la colina, mientras nuestras sombras se
alargaban sobre el prado, hacia el este, como si fuéramos simples partículas
de los rayos. Era una luz imposible de imaginar un instante antes, y el aire
estaba tan tibio y sereno que no faltaba nada para que ese prado fuera un
paraíso. Cuando pensamos que no era un fenómeno único que no volvería a
repetirse, sino que se repetiría eternamente un número infinito de tardes para
alegrar y tranquilizar a la última criatura que caminara por aquel lugar, fue
más glorioso aún.
El sol se pone en alguna pradera distante, en la que no se ve ninguna casa,
con toda la gloria y el esplendor que prodiga sobre las ciudades, y, quizá,
como jamás se ha puesto hasta hoy... en un lugar donde no hay más que un
halcón solitario con las alas doradas por la luz crepuscular, o donde sólo una
rata almizclera se asoma de su madriguera y un arroyuelo de vetas negras en
medio de un pantano empieza a serpentear lentamente alrededor de un tocón
que se pudre. Caminábamos bajo una luz tan pura y centelleante que dora la
hierba y las hojas marchitas, una luz de un resplandor tan dulce y sereno que
pensé que nunca nos habíamos bañado en semejante caudal áureo, sin una
onda, sin el más mínimo murmullo alrededor. La parte oeste de todos los
bosques y colinas brillaba como los alrededores del Elíseo, y el sol detrás de
nosotros parecía un bondadoso pastor llevándonos de regreso a casa al
atardecer.
Es así como paseamos en busca de la Tierra Santa, hasta el día en que el sol
brille más que nunca y quizá ilumine nuestra mente y nuestro corazón, y
alumbre nuestra vida entera con la majestuosa luz del despertar, tan tibia,
serena y dorada como a orillas de un río en otoño.
21
UN PASEO DE INVIERNO
El viento se filtra con un quedo murmullo a través de los postigos, o sopla
con aterciopelada suavidad sobre las ventanas. De vez en cuando, suspira
como un céfiro de verano agitando las hojas durante toda la santa noche. El
ratón de campo se ha dormido en su abrigado pasadizo subterráneo, el búho
se ha instalado en un árbol hueco en la profundidad de los pantanos; el
conejo, la ardilla y el zorro, todos se han puesto a cubierto. El perro guardián
se ha tumbado tranquilo junto al hogar, y el ganado se ha quedado en
silencio en el establo. La tierra misma se ha dormido, como si fuera su
primer, y no su último sueño. Salvo algún ruido de la calle o la puerta de la
casa de madera que chirría débilmente interrumpiendo el desconsuelo de la
naturaleza en su funcionamiento nocturno, el único sonido despierto entre
Venus y Marte nos advierte de una distante calidez interior, un ánimo y
fraternidad divinos, donde los dioses se reúnen, pero que resulta desolador
para los hombres. Sin embargo, mientras duerme la tierra, el aire está
despierto y se ha llenado de ligerísimos copos que caen, como si reinara una
Ceres boreal y arrojara su grano plateado sobre todos los campos.
Dormimos, y al final despertamos a la inmóvil realidad de una mañana de
invierno. La nieve yace tibia como el algodón y se acumula sobre el alféizar
de la ventana; el marco hinchado y los cristales helados reciben una luz débil
e íntima que realza la acogedora comodidad interior. La quietud de la
mañana es impresionante. El suelo cruje bajo nuestros pies cuando nos
acercamos a la ventana a mirar un claro sobre los campos. Vemos los techos
bajo el peso de la nieve. De los aleros y las cercas cuelgan estalactitas de hielo,
y en el jardín se alzan estalagmitas que cubren su corazón oculto. Los árboles
y los arbustos elevan sus brazos blancos al cielo; y donde había paredes y
setos vemos formas fantásticas que retozan haciendo cabriolas por el
sombreado paisaje, como si la Naturaleza hubiera esparcido sus diseños
hechos durante la noche como modelos para el artista.
Abrimos la puerta en silencio, dejando que caiga dentro la nieve
amontonada, y salimos a enfrentarnos con el aire cortante. Las estrellas ya
han perdido parte de su brillo, y una niebla opaca y plúmbea bordea el
horizonte. Una tenue luz bronceada sobre el este proclama la llegada del día,
mientras el paisaje occidental aún permanece espectral y oscuro, envuelto en
una tenebrosa luz tartárea, como si fuera un reino umbrío.
22
Se oyen sólo sonidos infernales: el canto de los gallos, el ladrido de los perros,
hachazos contra la madera, el mugir de las vacas... todo parece venir del
corral de Plutón, más allá de la laguna Estigia, no porque evoquen melancolía
alguna, sino porque su bullicio crepuscular es demasiado solemne y
misterioso para la tierra.
El rastro fresco de algún zorro o alguna nutria en el huerto nos recuerda que
la noche está repleta de acontecimientos, y la naturaleza primitiva aún sigue
en marcha dejando huellas en la nieve. Abrimos la verja y echamos a andar a
paso vivo por el solitario camino; la nieve seca y quebradiza cruje bajo
nuestros pies y nos estimula el chirrido agudo del trineo de madera que parte
hacia el distante mercado, desde la puerta matinal del granjero donde ha
permanecido todo el verano soñando entre las briznas de hierba y los
rastrojos, mientras vemos de lejos la luz de la primera vela a través de las
ventanas nevadas de la granja, como una pálida estrella que emite su rayo
solitario o una severa virtud rezando sus maitines. Las volutas de humo de
las chimeneas empiezan a ascender una tras otra entre los árboles y la nieve.
Mientras recio el aire frío explora el alba,
desde alguna cañada profunda,
demorándose en su viaje hacia el cielo,
e intimando poco a poco con el día,
el humo, tibio y perezoso, serpenteante se eleva.
Las espirales remolonas, juguetean entre sí,
sin propósito cierto, y con lentitud,
como el amo adormilado, ahí debajo, junto al hogar,
cuya mente tardía e indolente
navega en una calma lejanía, a salvo aún,
de la correntada arrolladora
con que comienza a fluir la nueva jornada.
El leñador pronto irá con paso certero
con intenciones de agitar su hacha matinal.
Pero primero, en el oscuro amanecer,
envía por doquier al humo explorador,
su alado emisario y último peregrino,
a que se alce en vuelo desde el tejado,
para saber del aire helado y del nuevo día.
Pero aún se lo ve acurrucado junto al hogar,
sin reunir coraje suficiente para destrancar la pesada puerta.
Mientras tanto, el humo ya ha bajado por el valle con el viento ligero,
23
y sobre la llanura despliega su espiral aventurera,
y envuelve la copa de los árboles,
y vaga colina arriba,
y entibia las alas del pájaro mañanero.
Y ahora, acaso, desde lo alto del aire vigoroso,
como una nube refulgente en la bóveda celestial
saluda a su amo inmóvil, junto a la puerta,
y divisa al día, llegando desde los confines de la tierra...7
Oímos el ruido de los granjeros cortando leña a lo lejos, sobre la tierra helada,
el ladrido del perro y el clarín del gallo, a pesar de que el aire gélido y tenue
sólo transporta las partículas más finas de sonido hasta nuestros oídos, con
pequeñas y suaves vibraciones, como las olas del más puro y liviano de los
líquidos que se calman enseguida cuando algún elemento grande se hunde
hacia el fondo. Los sonidos llegan claros como campanadas, como si hubiera
menos impedimentos que en verano que los desvanecieran y desgarraran. El
paisaje es sonoro, como la madera seca; hasta los habituales ruidos rurales
son melodiosos, y el tintineo del hielo sobre los árboles es suave y líquido.
Hay la mínima humedad posible en la atmósfera, todo está seco o congelado,
7
En esta versión digital, nos hemos tomado la libertad de cambiar el orden de algunos versos. Originalmente, era como
sigue:
El humo perezoso se eleva serpenteante
de alguna cañada profunda,
e intima poco a poco con el día
demorándose en su viaje hacia el cielo,
mientras el aire recio explora al alba.
Las espirales remolonas juguetean entre sí,
sin propósito cierto, con lentitud,
como el amo adormilado, ahí debajo,
junto al hogar, cuya mente tardía e indolente
aún no se ha lanzado a la corriente arrolladora del nuevo día,
y ahora navegan muy lejos.
El leñador va a paso certero
con intenciones de agitar el hacha matinal.
Pero primero, en el oscuro amanecer,
envía por doquier a su emisario,
el humo explorador, último peregrino,
que alza vuelo del techo en plena madrugada,
para sentir el aire helado e informar al día.
Y cuando aún flota agachado a ras del suelo,
sin reunir coraje para desatrancar la puerta,
ya ha bajado por el valle con el viento ligero,
y sobre la llanura despliega su espiral aventurera,
envuelve la copa de los árboles, vaga colina arriba,
y entibia las alas del pájaro matinal.
Y ahora, acaso, divisa el día por los confines de la tierra
24
y es de una tenuidad y elasticidad tan extremas que se convierte en una
fuente de placer. El cielo lejano y tenso parece converger como las naves de
una catedral, y el aire lustroso centellea como si hubiera cristales de hielo
flotando. Quienes han residido en Groenlandia nos dicen que cuando hiela
«el mar ahuma como cuando se quema un campo de hierba, y se levanta una
bruma o niebla llamada "humo helado", un humo cortante que suele producir
ampollas en la cara y las manos, muy pernicioso para la salud». Pero este frío
puro y estimulante, en cambio, es un elixir para los pulmones, no tanto una
neblina helada como una calina cristalizada de pleno verano, refinada y
purificada por el frío.
El sol, por fin, se levanta a través del bosque lejano, como si sonara
débilmente el címbalo, y derrite el aire con sus rayos, y la mañana viaja con
pasos tan veloces que las distantes montañas occidentales ya se han teñido de
dorado. Mientras tanto, caminamos deprisa sobre la nieve en polvo,
templados por un calor interior, disfrutando aún de un veranillo de San
Martín en medio de un creciente bienestar de los sentidos y la mente. Si
nuestra vida se amoldara más a la naturaleza, probablemente no tendríamos
que protegernos del frío y el calor, y la consideraríamos nuestra protectora y
amiga, como las plantas y los cuadrúpedos. Si alimentáramos nuestro cuerpo
con elementos puros y sencillos, y no con una dieta estimulante y calórica, no
necesitaríamos para el frío más forraje que una ramita sin hojas, pero
medraríamos como los árboles, a los que hasta el invierno les parece
templado para su crecimiento.
La maravillosa pureza de la naturaleza en esta estación es un hecho de lo más
placentero. Todos los tocones podridos, las piedras y vallas musgosas y las
hojas muertas del otoño están ocultos debajo de un blanco manto de nieve.
En los campos desnudos y en los bosques tintineantes, se ve la virtud que
perdura. En los lugares más fríos y desolados, incluso la benevolencia más
cálida encuentra apoyo. Un viento frío y penetrante ahuyenta todo contagio y
sólo puede resistirlo lo virtuoso; por consiguiente, respetamos como algo
dotado de una especie de testaruda inocencia, de firmeza puritana, todo lo
que encontramos en lugares fríos e inhóspitos, como las cumbres de las
montañas. Todo lo demás parece retirarse en busca de refugio, y lo que queda
fuera debe ser parte del marco original del universo, de un valor tan grande
como el del mismo Dios. Respirar aire límpido es vigorizante. Resulta clara
su mayor pureza y delicadeza, y de buena gana nos quedaríamos fuera hasta
tarde; así los vientos también pueden soplar a través de nosotros como a
través de los árboles sin hojas y aclimatarnos al invierno, como si
esperáramos apropiarnos de cierta virtud pura e inmutable que nos beneficie
25
en todas las estaciones.
En la naturaleza hay un fuego subterráneo y adormilado que nunca
desaparece, y que ningún frío puede congelar. Termina por derretir las
grandes nieves, y en enero está oculto bajo una capa más gruesa que en julio.
En los días más fríos, se desplaza hacia alguna parte y la nieve se funde
alrededor de todos los árboles. El fuego está cubierto por la capa más delgada
en el campo invernal de centeno, que brota a finales de otoño, y que ahora
funde rápidamente la nieve. Sentimos cómo nos calienta. En el invierno el
calor simboliza toda la virtud, y pensamos en un delgado riachuelo con sus
piedras desnudas brillando al sol y en los cálidos manantiales del bosque con
el mismo anhelo que las liebres y los tordos. El vapor que se eleva de los
pantanos y las lagunas nos resulta tan querido y familiar como el que sale de
la tetera. ¿Qué fuego podría igualar al brillo del sol en un día de invierno,
cuando el ratón de campo se asoma junto al muro y el paro carbonero cecea
en los desfiladeros del bosque? El calor proviene directamente del sol, no lo
irradia la tierra como en verano; y, cuando sentimos sus rayos sobre la
espalda mientras atravesamos a pie algún valle nevado, agradecemos esta
benevolencia especial y bendecimos al sol que nos ha seguido en este paseo.
Este fuego subterráneo tiene su altar en el pecho de cada hombre; pues en el
día más frío y en la colina más inclemente el viajero abriga entre los pliegues
de su capa un fuego más tibio que el que arde en ningún hogar. Un hombre
sano, en realidad, es el complemento de las estaciones, y, en invierno, lleva el
verano en su corazón. Allí está el sur; hacia allí han migrado todos los pájaros
e insectos, y alrededor del tibio manantial de su pecho se reúnen el tordo y la
alondra.
Al final, al llegar al comienzo del bosque y después de dejar atrás el pueblo,
entramos bajo su protección, como si cruzáramos el umbral y entráramos en
una casa toda revestida y llena de nieve. Sigue hermoso y cálido, tan tibio y
alegre como en verano. Nos detenemos en medio de los pinos, bajo una luz a
cuadros, titilante, que se abre paso sólo un poco por este laberinto, y nos
preguntamos si las ciudades habrán oído alguna vez su sencilla historia. Da
la sensación de que ningún viajero lo ha explorado jamás, y por más que la
ciencia revele maravillas todos los días en todas partes, ¿a quién no le
gustaría escuchar sus anales? Los humildes pueblos de la llanura son su
contribución. Sacamos del bosque las tablas que nos cobijan y la leña que nos
calienta. ¡Qué importantes son los árboles de hojas perennes en invierno, ese
trozo de verano que no se desvanece en todo el año, la hierba que no se
marchita! Así de simple, con poco gasto de altitud, es la diversidad de la
26
superficie de la tierra. ¿Qué sería de la vida humana sin bosques, sin esas
ciudades naturales? Desde la cumbre de las montañas parecen jardines de
césped recién cortado, ¿pero adonde iríamos a caminar si no entre estas
plantas más altas?
En este claro umbroso cubierto de arbustos de un año, vemos cómo el polvo
plateado yace sobre todas las hojas y ramas secas, depositado en formas tan
infinitas y lujosas que su misma variedad expía la falta de color. Observad las
diminutas huellas de los ratones alrededor de cada tronco y las huellas
triangulares de los conejos. Mientras un cielo puro y elástico está suspendido
sobre toda la escena, como si las impurezas de la bóveda estival, refinadas y
encogidas por el casto frío del invierno, hubieran sido aventadas de los cielos
sobre la tierra.
En esta estación, la naturaleza desbarata sus distinciones de verano. El cielo
parece estar más cerca de la tierra. Los elementos son menos reservados y
definidos. El agua se convierte en hielo, la lluvia en nieve. El día es una noche
escandinava. El invierno es un verano ártico.
Cuánto más vivos son los seres que viven en la naturaleza, los animales
cubiertos de pelaje que sobreviven a las noches gélidas en medio de los
campos y los bosques cubiertos de hielo y nieve... ¡y ve salir el sol!
«Los páramos sin comida
que hacen salir a sus pardos habitantes.»
La ardilla gris y el conejo son rápidos y juguetones en los valles lejanos,
incluso en la mañana de un viernes frío. Aquí está nuestra Laponia y nuestro
Labrador, ¿y acaso para nuestros esquimales y knistenaux, indios Costillas de
Perro8, habitantes de Nueva Zembla y de las islas Spitzberg, no tenemos al
cortador de hielo y al leñador, el zorro, la rata almizclera y la nutria?
Aun así, en medio del día ártico, quizá podamos seguir al verano hasta su
refugio y comprender un poco la vida contemporánea. Si nos asomamos a los
arroyuelos, en medio de las praderas heladas, puede que observemos las
guaridas submarinas de las larvas del frígano; sus cápsulas cilíndricas, que
las envuelven, hechas de plumas, ramitas, hierbas, hojas secas, cascaras y
guijarros, se parecen en forma y color a los restos de un naufragio
diseminados por el fondo. Ora flotan sobre las piedras del fondo, ora giran en
8
* Los knistenaux (o cree) y los Costillas de Perro son dos tribus indias del Canadá. (N. de la T.)
27
diminutos remolinos, caen por algún salto de agua, viajan deprisa con la
corriente o se balancean de un lado a otro de una hoja o una raíz. Más tarde
abandonarán sus habitáculos sumergidos y subirán reptando por los tallos de
las plantas y emergerán sobre la superficie como mosquitos, como insectos
perfectos que de ahora en adelante volarán sobre el agua o sacrificarán su
corta vida en la llama de nuestras velas nocturnas. En lo profundo de aquel
pequeño valle, los arbustos se inclinan bajo su peso, y el rojo de los siálidos
contrasta con la tierra blanca. Aquí tenemos las marcas de una miríada de
patas que ya han estado en otras partes. El sol se levanta con tanto orgullo
sobre esta cañada como sobre el valle del Sena o el Tíber, y parece la
residencia de un valor tan puro y autosuficiente como nunca se ha visto, que
jamás ha conocido la derrota ni el miedo. Aquí reina la sencillez y la pureza
de una era primitiva, y una salud y una esperanza muy alejadas de los
pueblos y ciudades. En la profundidad del bosque, completamente solos,
mientras el viento sacude la nieve de los árboles y dejamos detrás las únicas
huellas humanas, vemos que nuestras reflexiones son mucho más variadas
que las de la vida de las ciudades. Los paros y trepatroncos son una
compañía más inspiradora que la de los estadistas y los filósofos, y
regresaremos a esta última como quien vuelve a una compañía más vulgar.
En este pequeño valle solitario, con su arroyuelo que fluye por la ladera, el
hielo estriado y los cristales de todos los matices, donde los abetos y
pinabetes se elevan a ambos lados, y los juncos y la avena silvestre crecen en
medio del riachuelo, nuestra vida es más serena y digna de contemplar.
A medida que avanza el día, las laderas reflejan el calor del sol, y oímos una
música débil pero dulce allí donde fluye el arroyuelo liberado de su
cautiverio y se derriten los carámbanos de hielo sobre los árboles; vemos y
oímos al pájaro trepatroncos y a la perdiz. El viento del sur funde la nieve al
mediodía; aparece el campo desnudo con su hierba y sus hojas marchitas, y el
aroma que exhala nos da el mismo vigor que una comida fuerte.
Entremos en la cabaña abandonada del leñador y veamos cómo ha pasado las
largas noches de invierno y los días cortos y tormentosos. Porque aquí el
hombre ha vivido protegido por la ladera sur y parece un sitio civilizado y
público. Hacemos las mismas asociaciones que el viajero cuando se detiene
en las ruinas de Palmira o Hecatómpolis. Quizá han empezado a aparecer
flores y pájaros que cantan, porque las flores y las hierbas siguen los pasos
del hombre. Estos pinabetes susurraban por encima de su cabeza, estos
nogales americanos eran su combustible y estos pinos resinosos encendían su
fuego; el riachuelo humeante en la hondonada de allí, cuyo vapor
insustancial y transparente sigue ascendiendo con el mismo ajetreo de
28
siempre, fue su pozo, aunque ahora esté lejos.
Estas ramas de pinabete y la paja sobre la plataforma elevada eran su cama; y
bebía de este plato roto. Pero es evidente que esta temporada no ha estado
aquí, porque los aguadores han anidado sobre este estante el verano pasado.
Encuentro algunas ascuas, como si acabara de marcharse, donde cocía sus
alubias. Mientras por las noches fumaba en pipa, cuya cazoleta sin boquilla
está tirada sobre las cenizas, conversaba con su único compañero, si por
casualidad tenía alguno, sobre la profundidad que al día siguiente tendría la
nieve, que ya caía rápida y copiosamente, o discutían si el último ruido era el
chillido de un búho, el crujido de una rama o pura imaginación. Y a través
del ancho hueco de la chimenea, cuando caía la noche invernal, antes de
tumbarse sobre la paja, miraba hacia arriba para ver la evolución de la
tormenta, y al ver las estrellas de la Silla de Casiopea brillando por encima de
él, se dormía feliz.
¡Cuántos rastros han quedado que nos ayudan a saber la historia del leñador!
Por este tocón podemos adivinar el filo de su hacha; por el ángulo del corte,
si taló el árbol sin cambiar de lado o de mano; y por la curvatura de las
astillas podemos saber hacia dónde cayó. Este trozo de madera tiene inscrita
toda la historia del leñador y del mundo. En este trozo de papel, que contenía
la sal o el azúcar o que era quizá el taco de su arma, leemos con interés,
sentados sobre un tronco del bosque, el cotilleo de las ciudades, de esas
cabañas más grandes, vacías y abandonadas como ésta, de las calles
principales y avenidas. El alero del lado sur de este techo sencillo gotea,
mientras el herrerillo pía en el pino y el tibio calor del sol sobre la puerta
tiene algo de benévolo y humano.
Tras dos estaciones, esta morada primitiva no deforma el paisaje. Los pájaros
ya recurren a ella para construir sus nidos, y se pueden ver las huellas de
muchos cuadrúpedos que llegan hasta la puerta. De modo que durante
mucho tiempo la naturaleza pasa por alto esta intromisión y profanación del
hombre. El bosque todavía se hace eco alegre y confiado de los golpes del
hacha que lo tumban, y, mientras sean escasos, acrecienta su salvajismo y
todos los elementos se esfuerzan en convertirlo en un ruido natural.
Ahora nuestra senda empieza a ascender gradualmente hacia la cumbre de
este cerro alto, desde cuya pared sur podemos observar el amplio territorio
que alberga al bosque, el campo y el río, y llega hasta las lejanas montañas
nevadas. En esa dirección se divisa una delgada espiral de humo que
asciende por el bosque desde alguna granja invisible, estandarte izado sobre
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una vivienda rural. Seguramente será un lugar más cálido y templado, puesto
que detectamos el vapor que surge de un manantial y que forma una nube
sobre los árboles. ¡Qué fantástica relación se establece entre el viajero que
descubre esta columna etérea desde algún promontorio del bosque y quien
está sentado allí debajo! El humo se eleva tan silenciosa y naturalmente como
el vapor que exhalan las hojas y dibuja espirales con el mismo ajetreo que el
ama de casa de debajo. Es un jeroglífico de la vida humana y sugiere cosas
más íntimas e importantes que la cacerola que hierve. Allí donde la fina
columna de humo se alza por encima del bosque, como una insignia, se ha
asentado la vida humana; así comienza Roma, se establecen las artes y se
fundan imperios, tanto en las praderas de América como en las estepas de
Asia.
Y ahora volvemos a bajar hasta el margen de este lago del bosque, que yace
en una hondonada de las colinas, como si fuera el zumo extraído de éstas y
de las hojas que cada año caen allí. Aunque sin entrada ni desembocadura a
la vista, tiene su historia en la cadencia del oleaje, en los cantos rodados de la
orilla y en los pinos que crecen junto al borde. A pesar de su sedentarismo, no
ha estado ocioso, sino que, como Abu Musa, enseña que «estar
tranquilamente en casa es el camino celestial, y salir, el camino mundano».
No obstante, mediante la evaporación viaja más lejos que nadie. En verano es
el ojo líquido de la tierra, un espejo en el seno de la naturaleza. Los pecados
del bosque se lavan en él. Mirad cómo el bosque forma un anfiteatro a su
alrededor, y él es su arena para todo lo que tiene de afable la naturaleza.
Todos los árboles dirigen al viajero a sus orillas, todos los senderos lo buscan,
los pájaros vuelan hacia allí, los cuadrúpedos corren hacia él, hasta el terreno
mismo se inclina hacia el lago. Es el salón de la naturaleza, donde ésta se
sienta a acicalarse. Considerad su silenciosa economía y orden; la forma en
que el sol, mediante la evaporación, quita el polvo de la superficie todas las
mañanas, de modo que surja una superficie fresca constantemente; y, al cabo
de un año, pese a todas las impurezas que se han acumulado dentro,
reaparece su líquida transparencia en primavera. En verano, una música
silenciosa parece recorrer la superficie. Pero ahora, una capa de nieve lo
oculta, salvo allí donde el viento ha barrido el hielo desnudo, y las hojas secas
se deslizan de un lado a otro virando y girando en sus pequeños viajes. Una
se ha encallado aquí, contra un guijarro de la orilla, una hoja seca de haya que
todavía se mece como si fuera a zarpar de nuevo. Un patrón de barco
talentoso, creo, podría trazar su curso desde que se cayó del árbol. Aquí están
todos los elementos para el cálculo. Su posición actual, la dirección del viento,
el nivel del agua del lago, y todo lo que se necesite. En sus bordes y
nervaduras lastimados está enrollado su cuaderno de bitácora.
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Nos imaginamos en el interior de una casa más grande. La superficie de la
laguna es nuestra mesa de pino o nuestro suelo cubierto de arena, y el bosque
que se eleva abruptamente desde la orilla son las paredes de la cabaña. Los
sedales que tiramos para pescar lucios a través del hielo son una preparación
culinaria más grande, y las personas, sobre el suelo blanco, parecen parte del
mobiliario del bosque. Su actividad, a unos setecientos metros de distancia
sobre el hielo y la nieve, nos impresiona como cuando leemos las hazañas
históricas de Alejandro. Parecen dignos del paisaje, y tan trascendentes como
la conquista de un reino.
Hemos vuelto a vagar por los arcos del bosque, hasta que, desde su límite,
oímos el distante estampido del hielo de la bahía del río, como si lo movieran
mareas distintas y más sutiles que las oceánicas. Para mí, tenía el extraño
sonido del hogar, sobrecogedor como la voz de un pariente noble y lejano.
Un sol suave de verano brilla sobre el bosque y el lago, y aunque hay sólo
una hoja verde para muchas ramas, la naturaleza disfruta de una salud
serena. Cada sonido está cargado de la misma misteriosa tranquilidad de la
salud, tanto ahora con el crujido de las ramas de enero, como con el suave
susurro del viento de julio.
Cuando el invierno orla las ramas
Con sus fantásticas guirnaldas de nieve,
Y cubre con un manto de silencio
A las tranquilas hojas que ya no desfleca el viento;
Cuando el arroyo en su cauce
Se abre camino gorgoteando,
Y el ratón en su morada
Mordisquea el heno de la pradera;
Siento, que el verano se acerca,
Y acecha allí debajo,
Entre los ratones comodamente acurrucados
En sus madrigueras del último año.
¿Acaso no es ése, el Chickadee,
Que desde su rama vuelve a trinar con suavidad?
¿Acaso no es ése el verano, que descorre ya
Su manto de nieve, con que él mismo ha cubierto su piel?
Bellos capullos engalanan los árboles
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De los que cuelgan deslumbrantes frutos;
Y como un suspiro estival, el viento del norte,
los protege de las blancas heladas.
Traedme buenas nuevas,
Que soy todo oídos,
De esa serena eternidad
Que ya no teme al frío.
El hielo cruje inquieto
Sobre la superficie de la laguna,
Y en medio del tumulto ensordecedor
Dan los duendes alegres cabriolas.
Me apresuro impaciente hacia el valle
Como si oyera excelentes noticias
Del gran festival que ha de celebrar la naturaleza,
Y que de ningún modo, habré de perderme.
Retozo con mi vecino el hielo,
Y el temblor amable de cada nueva grieta
Se abre veloz
Sobre el lago jubiloso.
Junto con el grillo
y las ramas del hogar
Resuenan en el sendero del bosque
Esporádicos sonidos familiares.9
9
En esta versión digital, nos hemos tomado la libertad de cambiar el orden de algunos versos. Originalmente, era como
sigue:
Cuando el invierno orla las ramas
Con su fantástica guirnalda,
Y pone el manto de silencio
Sobre las hojas de ahí debajo;
Cuando el arroyo en su terraza
Se abre camino gorgoteando,
Y el ratón en su morada
Mordisquea el heno de la pradera;
Creo que el verano aún está cerca,
Y acecha debajo,
Donde está el mismo ratón acurrucado
En el brezo del año pasado.
Y acaso el paro desde la rama
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Antes de que caiga la noche emprenderemos viaje sobre patines por el curso
de este río serpenteante, tan lleno de novedades para quien se pasa los días
de invierno sentado al amor de la lumbre de la cabaña, como si se marchara a
los hielos polares con el capitán Parry o con Franklin. Seguir los meandros de
su curso, que ora fluye entre colinas, ora se expande sobre bellas praderas, y
forma una miríada de ensenadas y bahías dominadas por pinos y pinabetes.
Los ríos fluyen por detrás de los pueblos, y vemos todo desde una
perspectiva nueva y más salvaje. Los huertos y jardines llegan hasta él con
una franqueza y falta de pretensiones que no tienen cerca de la carretera. Es
el exterior y la frontera de la tierra. No hay contrastes violentos que ofendan
nuestros ojos. La última cerca de la granja es una rama de sauce que se
balancea y conserva aún su frescura, y aquí, al fin, desaparecen todas las
cercas y ya no nos cruzamos con ningún camino. Ahora podemos internarnos
en la región por el camino más llano y retirado, y, sin subir ninguna colina,
ascendemos por amplias superficies planas hasta las praderas de las tierras
Vuelva a trinar con suavidad.
La nieve es el manto del verano
Con el que él mismo se cubre la piel.
Bellos capullos engalanan los árboles
De los que cuelgan deslumbrantes frutos;
El viento del norte suspira una brisa estival
para protegerlos de la helada penetrante.
Traedme buenas nuevas,
Que yo soy todo oídos,
Para una serena eternidad
Que no teme al frío.
El hielo cruje inquieto
Sobre la superficie de la laguna,
Y los duendes hacen alegres cabriolas
En medio del tumulto ensordecedor.
Me apresuro impaciente hacia el valle,
Como si oyera excelentes noticias
De un gran festival que celebra la naturaleza
Y que no puedo perderme.
Retozo con mi vecino el hielo,
Y el temblor amable de cada nueva grieta
Se abre veloz
Sobre el lago jubiloso.
Junto con el grillo
y las ramas del hogar
Resuenan en el sendero del bosque
Esporádicos sonidos familiares.
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altas. El fluir de un río es un ejemplo maravilloso de la ley de la obediencia; el
sendero para un hombre anhelante, el camino por el que una bellota puede
flotar segura con su carga. El rocío y la llovizna homenajean a las pequeñas
cascadas ocasionales, cuyos precipicios no cambian el paisaje y atraen al
viajero de cualquier parte. Desde su remoto interior, la corriente lo lleva por
escalones anchos y fáciles, o por una suave pendiente, hacia el mar. Por lo
tanto, como cede rápido y constantemente a las irregularidades del terreno,
se asegura el camino más fácil.
Ahora nos acercamos al imperio de los peces; no existe ningún territorio de la
naturaleza que esté completamente cerrado para el hombre en todos los
momentos. Nuestros pies se deslizan deprisa sobre profundidades
insondables, donde en verano nuestro sedal tienta a la mustela de río y al
abadejo; y donde el majestuoso lucio acecha por los corredores que forman
los juncos. Los pantanos profundos e impenetrables donde vadean las garzas
y se agacha el avetoro se hacen permeables a nuestros veloces zapatos, como
si se hubieran instalado mil vías férreas. De un impulso llegamos a la cabaña
de la rata almizclera, el colono más antiguo, y la vemos huir bajo el hielo
transparente, como un pez peludo, hacia su agujero en la orilla. Nos
deslizamos rápidamente sobre praderas donde no hace mucho «el segador
afiló su guadaña», a través de lechos de arándanos congelados que se
mezclan con la hierba. Patinamos cerca de donde el mirlo, el papamoscas
norteamericano y el tirano colgaron sus nidos sobre el agua y los avispones se
instalaron en el arce del pantano. ¡Cuántos alegres pájaros cantores,
siguiendo al sol, han partido de este nido de abedul plateado y papo de
cardo! En el borde exterior del pantano está instalada la aldea sobremarina
que nadie ha penetrado. En este árbol hueco, el pato silvestre cría a su
pollada, y se escabulle cada día a buscar alimento entre los heléchos.
En invierno, la naturaleza es un escaparate de curiosidades, lleno de
especímenes secos en su posición y orden naturales. Las praderas y los
bosques son un hortus siccus. Las hojas y las hierbas están perfectamente
rígidas en el aire sin tornillos ni pegamento, y los nidos de los pájaros no
están sobre ramas artificiales, sino donde ellos los han construido. Vamos a
pie enjuto a inspeccionar el trabajo del verano en el espeso pantano, y vemos
lo que han crecido los alisos, los sauces y los arces, testimonio de los soles
calientes, los rocíos y lloviznas fertilizantes. Vemos los adelantos que han
hecho las ramas en el lujuriante verano... más adelante estas yemas dormidas
las ayudarán a elevarse un poco más hacia los cielos.
De vez en cuando vadeamos campos de nieve, bajo cuyas profundidades el
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río se pierde durante un trecho y reaparece a la derecha o a la izquierda,
donde menos se lo espera; aún sigue su curso debajo, con un rumor ligero y
estertóreo, como si también hubiera hibernado como el oso y la marmota, y
nosotros hubiéramos seguido su débil huella de verano hasta donde se
oculta, debajo de la nieve y el hielo. En un primer momento pensamos que
los ríos se vacían y secan en pleno invierno, o que se congelan completamente
hasta que la primavera los disuelve; pero su volumen ni siquiera ha
disminuido, porque sólo un frío superficial se extiende sobre ellos. Miles de
manantiales que alimentan los lagos y arroyos siguen fluyendo. Sólo dejan de
manar unos pocos manantiales superficiales que se ocupan de llenar los
embalses profundos. Los pozos de la naturaleza están debajo del hielo. Los
arroyos de verano no se alimentan de nieve derretida, tampoco el segador
sacia su sed sólo con esto. Los arroyos están crecidos cuando la nieve se
funde en primavera porque el trabajo de la naturaleza se ha demorado; el
agua se ha convertido en hielo y nieve, y las partículas son menos parejas y
redondas, por lo que no encuentran su nivel tan pronto.
A lo lejos, sobre el hielo, entre el bosque de pinabetes y las colinas cubiertas
de nieve, está el pescador de lucios con los sedales en alguna ensenada
retirada, como un finlandés, con los brazos metidos en su capote; absorto en
pensamientos nebulosos, níveos y escurridizos como peces; él mismo es un
pez sin aletas, un poco separado de su cardumen; silencioso y erecto, parece
hecho como para estar envuelto en nubes y nieves, como los pinos de la
orilla. En estas escenas silvestres, los hombres están inmóviles o se mueven
lenta y pesadamente por el paisaje, y han sacrificado la animación y
vivacidad de los pueblos por la callada sobriedad de la naturaleza. Su
presencia no hace menos salvaje el paisaje que el arrendajo o la rata
almizclera, sino que es parte de él, tal como están representados los nativos
en los viajes de los primeros navegantes, en Nootka Sound y en la costa
noroeste, cubiertos de pieles antes de que un trozo de hierro los tentara a la
locuacidad. Pertenece a la familia natural del hombre, y está plantado más
hondo y con más raíces en la naturaleza que los habitantes de las ciudades.
Acercaos a él y preguntadle por su suerte, y veréis que él también es un
adorador de lo invisible. Escuchad con qué sincera deferencia y tono
reverente habla del lucio del lago, al que nunca ha visto, su cardumen de
lucios primitivo e ideal. Aún sigue conectado a la orilla, como enganchado a
un sedal, y sin embargo recuerda la época en la que pescaba a través del hielo
de la laguna, mientras los guisantes crecían en el huerto de su casa.
Mientras vagábamos, las nubes se han vuelto a reunir, y ahora unos copos de
nieve dispersos empiezan a descender. Caen cada vez más rápido dejando
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fuera de la vista los objetos distantes. La nieve cae sobre todos los bosques y
campos, sin dejarse ni una grieta: junto al río y la laguna, sobre la montaña y
el valle. En este pacífico instante, los cuadrúpedos están recluidos en sus
refugios y los pájaros, encaramados a sus ramas. No hay tanto ruido como
cuando hace buen tiempo, pero todas las laderas, las paredes grises y las
cercas, el hielo lustroso y las hojas que hasta entonces no estaban enterradas,
se ocultan silenciosa y gradualmente, y se pierden las huellas de los hombres
y los animales. La naturaleza reafirma su papel y borra los rastros del hombre
con muy poco esfuerzo. He aquí cómo Homero describió lo mismo: «Los
copos caen pesada y rápidamente en un día de invierno. Los vientos están
adormecidos y la nieve cae sin cesar cubriendo la cumbre de las montañas,
las colinas, las llanuras donde crecen los lotos y los campos cultivados. Cae
también en las ensenadas y en la orilla del mar espumoso, pero las olas la
derriten en silencio». La nieve empareja todas las cosas y las envuelve más
profundamente en el seno de la naturaleza, así como en el lento verano la
vegetación trepa por la cornisa del templo y los torreones del castillo, y la
ayuda a triunfar sobre el arte.
El áspero viento nocturno sopla por el bosque y nos advierte que volvamos
sobre nuestros pasos, mientras el sol se oculta detrás de la tormenta cada vez
más negra, y las aves buscan su varal y el ganado, su establo.
El extenuado buey trabajador
se detiene cubierto de nieve
y exige el fruto de su labor.
Aunque el invierno está representado en el almanaque como un anciano
frente al viento y el aguanieve arrastrando su capa, preferimos considerarlo
un alegre leñador, joven y de sangre caliente, tan entusiasta como el verano.
La grandeza inexplorada de la tormenta mantiene al viajero animado. No
bromea con nosotros, sino que mantiene una dulce seriedad. En invierno
llevamos una vida más interior. Tenemos el corazón tibio y jovial, como una
cabaña cubierta de nieve, con las puertas y ventanas semiocultas, pero de
cuyas chimeneas surge alegremente el humo. Las tormentas que impiden
salir aumentan la sensación de comodidad de nuestra casa, y en los días más
fríos estamos contentos de sentarnos junto al hogar y ver el cielo por la
chimenea, de disfrutar de la vida tranquila y serena que se puede tener en un
rincón caldeado junto al fuego, mientras escuchamos el mugido del ganado
allí fuera o el ruido del grano que se muele en algún granero distante durante
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toda la tarde. Sin duda, un médico talentoso podría determinar nuestro grado
de salud observando cómo estos ruidos sencillos y naturales nos afectan. No
gozamos de un lujo oriental, sino boreal, alrededor de tibias estufas y fuegos
de leña, y miramos la sombra de las motas en los rayos del sol.
A veces nuestro destino se vuelve tan doméstico y familiarmente serio que
puede hasta ser cruel, considerando que durante tres meses la suerte de la
humanidad está envuelta en pieles. La Revelación Hebrea no tiene en cuenta
toda esta jubilosa nieve. ¿No hay religión para las zonas templadas y frías?
No conocemos escritura alguna que registre la benignidad pura de los dioses
en una noche de invierno de Nueva Inglaterra. Jamás se han cantado sus
alabanzas, sólo se ha menospreciado su turbulencia. La mejor escritura,
después de todo, registra tan sólo una fe pobre. Sus santos viven en la reserva
y la austeridad. Dejemos que un hombre valiente y devoto pase un año en los
bosques de Maine o Labrador, y veamos si el Antiguo Testamento habla
adecuadamente a su estado y experiencia desde el comienzo del invierno
hasta que se disuelven los hielos.
Ahora comienza la larga noche de invierno alrededor del fogón del granjero,
en la que los pensamientos de los moradores viajan muy lejos, y los hombres
son, por naturaleza y necesidad, compasivos y generosos con todas las
criaturas. Ahora, en la feliz resistencia al frío, el granjero recoge su
recompensa, piensa en su preparación para el invierno y ve con ecuanimidad
por los cristales brillantes «la mansión del oso del norte», porque ahora la
tormenta ha pasado,
La esfera completa y etérea,
descubriendo a la vista infinitos mundos,
brilla con vehemente intensidad; y toda la bóveda
titila su estrellado resplandor de polo a polo.
37
CAMINAR
Quiero decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad total y el
estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente
civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la
Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una
declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes
campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y cada uno de
vosotros os encargaréis de defenderla.
En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que
comprendiesen el arte de Caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el
don, por expresarlo así, de sauntering [deambular]: término de hermosa
etimología, que proviene de “persona ociosa que vagaba en la Edad Media
por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse à la Sainte Terre”, a
Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: “Va a Sainte Terre”: de ahí,
saunterer, peregrino. Quienes en su caminar nunca se dirigen a Tierra Santa,
como aparentan, serán, en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los
que se encaminan allá son saunterers en el buen sentido del término, el que yo
le doy.- Hay, sin embargo, quienes suponen que la palabra procede de sans
terre, sin tierra u hogar, lo que, en una interpretación positiva querría decir
que no tiene un hogar concreto, pero se siente en casa en todas partes por
igual. Porque éste es el secreto de un deambular logrado. Quien nunca se
mueve de casa puede ser el mayor de los perezosos; pero el saunterer, en el
recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y
sin descanso el camino más directo al mar. Sin embargo, yo prefiero la
primera etimología, que en realidad es la más probable. Porque cada
caminata es una especie de cruzada, que algún Pedro el Ermitaño predica en
nuestro interior para que nos pongamos en marcha y reconquistemos de las
manos de los infieles esta Tierra Santa.
La verdad es que hoy en día no somos, incluidos los caminantes, sino
cruzados de corazón débil que acometen sin perseverancia empresas
inacabables. Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y al
atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos
el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal
vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero
espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que sólo regresasen
a nuestros afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones
embalsamados. Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano
y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado
tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un
hombre libre; si es así, estás listo para una caminata.
Para ceñirme a mi propia experiencia, mi compañero y yo –porque a veces
llevo un compañero, disfrutamos imaginándonos miembros de una orden
nueva, o mejor, antigua: no somos Caballeros, ni jinetes de cualquier tipo,
sino Caminantes, una categoría, espero, aún más antigua y honorable. El
espíritu caballeresco y heroico que en día correspondió al jinete parece residir
ahora –o quizás haber descendido sobre él- en el Caminante; no el Caballero,
sino el Caminante Andante. Un a modo de cuarto estado, independiente de la
Iglesia, la Nobleza y el Pueblo.
Hemos notado que, por la zona, somos casi los únicos en practicar este noble
arte; aunque, a decir verdad, a la mayoría de mis vecinos, al menos si se da
crédito a sus afirmaciones, les gustaría mucho pasear de vez en cuando como
yo, pero no pueden. Ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario
tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital en esta
profesión. Sólo se consiguen por la gracia de Dios. Llegar a ser caminante
requiere un designio directo del Cielo. Tienes que haber nacido en la familia
de los Caminantes. Ambulator nascitur, non fit [el caminante nace, no se hace].
Cierto es que algunos de mis conciudadanos pueden recordar, y me las han
descrito, ciertas caminatas que dieron diez años atrás y en las que fueron
bendecidos hasta el punto de perderse en los bosques durante media hora;
pero sé muy bien que, por más pretensiones que alberguen de pertenecer a
esta categoría selecta, desde entonces se han limitado a ir por la carretera. Sin
duda durante un momento se sintieron exaltados por la reminiscencia de un
estado de existencia previo, en el que incluso ellos fueron habitantes de los
bosques y proscritos.
Al llegar al verde bosque,
Una alegre mañana,
Oyó el canto de las aves,
Sus noticias felices.
Hace mucho, dijo Robin,
la última vez que aquí estuve,
Aceché para tirar
Contra el oscuro ciervo.
Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos
cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y
praderas, libre por completo de toda atadura mundana. Podéis decirme, sin
riesgo: “Te doy un penique por lo que estás pensando”; o un millar de libras.
Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en
sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin
moverse, tantos de ellos, con las piernas cruzadas, como si las piernas se
hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que
son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo.
A mí, que no puedo quedarme en mi habitación ni un solo día sin empezar a
entumecerme y que cuando alguna vez he robado tiempo para un paseo a
última hora –a las cuatro, demasiado tarde para amortizar el día, cuando
comienzan ya a confundirse las sombras de la noche con la luz diurna- me he
sentido como si hubiese cometido un pecado que debiera expiar, confieso que
me asombra la capacidad de resistencia, por no mencionar la insensibilidad
moral, de mis vecinos, que se confinan todo el día en sus talleres y sus
oficinas, durante semanas y meses, e incluso años y años. No sé de qué pasta
están hechos, sentados ahí ahora, a las tres de la tarde, como si fueran las tres
de la mañana. Bonaparte puede hablar del valor de las tres de la madrugada,
pero eso no es nada comparado con el valor necesario para quedarse sentado
alegremente a la misma hora de la tarde, cara a cara con uno mismo, con
quien se ha estado tratando toda la mañana, intentando rendir por hambre
una guarnición a la que uno está ligado con tan estrechos lazos de simpatía.
Me maravilla que hacia esa hora o, digamos, entre las cuatro y las cinco,
demasiado tarde para los periódicos de la mañana y demasiado pronto para
los vespertinos, no se escuche por toda la calle una explosión general, que
esparza a los cuatro vientos una legión de ideas y chifladuras anticuadas y
domésticas para renovar el aire… ¡y al diablo con todo!.
No sé cómo lo soportan las mujeres, que están aún más recluidas en casa
que los hombres; aunque tengo motivos para sospechar que la mayor parte
de ellas no lo soporta en absoluto. Cuando, en verano, a primera hora de la
tarde, nos sacudimos el polvo de la ciudad de los faldones del traje, pasando
raudos ante esas casas de fachada perfectamente dórica o gótica, mi
acompañante me susurra que lo más probable es que a esas horas todos sus
ocupantes estén acostados. Es entonces cuando aprecio la belleza y la gloria
de la arquitectura, que nunca se recoge, sino que permanece siempre erguida,
velando a los que dormitan.
Sin duda, el temperamento y, sobre todo, la edad tienen mucho que ver con
todo esto. A medida que un hombre envejece, aumenta su capacidad para
quedarse quieto y dedicarse a ocupaciones caseras. Se hace más vespertino en
sus costumbres conforme se aproxima al atardecer de la vida, hasta que al
final se pone en marcha justo antes de la puesta del sol y pasea cuanto
necesita en media hora.
Pero al caminar al que me refiero nada tiene en común con, como suele
decirse, hacer ejercicio, al modo en que el enfermo toma su medicina a horas
fijas, como el subir y bajar de las pesas o los columpios, sino que es en si
mismo la empresa y la aventura del día. Si queréis hacer ejercicio, id en busca
de las fuentes del alma. ¡Pensad que un hombre levante pesas para conservar
la salud, cuando esas fuentes borbotean en lejanas praderas a las que no se le
ocurre acercarse!
Aún más, tienes que andar como un camello, del que se dice es el único
animal que rumia mientras marcha. Cuando un viajero pidió a la criada de
Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó: <<Esta
es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre.>>
Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, produce, sin duda, cierta dureza
de carácter, desarrolla una gruesa callosidad sobre las cualidades más
delicadas de nuestra naturaleza, igual que curte el rostro y las manos, y como
el trabajo manual duro priva a éstas de algo de su sensibilidad táctil, Pero, en
cambio, quedarse en casa puede producir en la piel suavidad y finura, por no
decir debilidad, acompañadas de una sensibilidad mayor ante ciertas
impresiones. Quizá fuéramos más sensibles a algunas influencias importantes
para nuestro crecimiento intelectual y moral si sobre nosotros brillase un
poco menos el sol y soplase algo menos el viento; y no hay duda de que
constituye un bonito asunto determinar la proporción correcta entre piel
gruesa y piel fina. Pero me parece que se trata de una costra que caerá
rápidamente, que la solución natural ha de hallarse en la proporción de día
que puede aguantar la noche; de verano, el invierno; de experiencia, el
pensamiento. Habrá mucho más aire y más sol en nuestras mentes. Las
palmas duras del trabajador están versadas en más finos tejidos de dignidad
y heroísmo, cuyo tacto conmueve el corazón, que los dedos lánguidos de
ociosidad. Que sólo la sensiblería se pasa el día en la cama y se cree blanca,
lejos del bronceado y los callos de la experiencia.
Cuando caminamos, nos dirigimos naturalmente hacia los campos y los
bosques: ¿qué sería de nosotros si sólo paseásemos por un jardín o por una
avenida? Algunas sectas filosóficas han sentido incluso la necesidad de
acercar hasta sí los bosques, ya que no iban a ellos. <<Plantaron arboledas y
avenidas de arces>>, donde daban subdiales ambulationes (paseos al aire libre)
por atrios descubiertos. De nada sirve, por descontado, dirigir nuestros pasos
hacia los bosques, si no nos llevan allá. Me alarmo cuando ocurre que he
caminado físicamente una milla hacia los bosques sin estar yendo hacía ellos
en espíritu. En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas
matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Pero a veces no puedo
sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el recuerdo de alguna
ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mí. Querría retornar
a mí mismo en mis paseos. ¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en
otras cosas? Sospecho de mí mismo, y no puedo evitar un estremecimiento,
cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que llamamos buenas
obras…. que también sucede a veces.
Mi región ofrece gran número de paseos espléndidos; y aunque durante
muchos años he caminado prácticamente cada día, y a veces durante varios
días, aún no los he agotado. Un panorama completamente nuevo me hace
muy feliz, y sigo encontrando una cada tarde. Dos o tres horas de camino me
llevan a una zona tan desconocida como siempre espero. Una granja solitaria
que no haya visto antes resulta a veces tan magnífica como los dominios del
rey de Dahomey. La verdad es que puede percibirse una especie de armonía
entre las posibilidades del paisaje en un círculo de diez millas a la redonda -
los límites de una caminata vespertina- y la totalidad de la vida humana.
Nunca acabas de conocerlos por completo.
En la actualidad casi todas las llamadas mejoras del hombre, como la
construcción de casas y la tala de los bosques y de todos los árboles de gran
tamaño, no hacen sino deformar el paisaje y volverlo cada vez más doméstico
y vulgar. ¡Un pueblo que comenzase por quemar las cercas y dejar en pie el
bosque…! He visto los cercados medio consumidos, perdidos sus restos en
medio de la pradera, y un miserable profano ocupándose en sus lindes con
un topógrafo, mientras la gloria se manifestaba en su derredor y él no veía los
ángeles yendo y viniendo, sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un
poste en medio del paraíso. Volví a mirar, y lo vi en pie en medio de un
tenebroso pantano, rodeado de diablos; y no hay duda de que había
encontrado la linde, tres piedrecillas allí donde había estado hincada una
estaca; y mirando más cerca, vi que el Príncipe de las Tinieblas era el
agrimensor.
Saliendo de mi propia puerta, puedo caminar con facilidad diez, quince,
veinte, cuantas millas sean sin pasar cerca de casa alguna, sin cruzar un
camino, excepto los que trazan el zorro y el visón; primero, a lo largo del río,
luego, del arroyo, y después, por la pradera y el lindero del bosque. Hay en
los alrededores muchas millas cuadradas sin habitantes. Desde más de un
otero puedo ver a lo lejos la civilización y las viviendas humanas. Los
granjeros y sus labores resultan apenas más perceptibles que las marmotas y
sus madrigueras. Me complace ver cuán pequeño espacio ocupan en el
paisaje el hombre y sus asuntos, la iglesia, el estado y la escuela, los oficios y
el comercio, las industrias y la agricultura; incluso el más alarmante de todos,
la política. La política no es más un estrecho campo, al que conduce un
camino aún más estrecho. A veces encamino allí al viajero. Si quieres ir al
mundo de la política, sigue la carretera sigue a ese mercader, trágate el polvo
que levanta, y te conducirá derecho allí; porque también ese mundo es
limitado, no lo ocupa todo. Yo paso ante él como ante un campo de judías en
el bosque, y lo olvido. En media hora pudo llegara alguna porción de la
superficie terrestre que no haya pisado pie humano durante un año y donde,
por lo tanto, no hay política, que es sólo como el humo del cigarro de un
hombre.
El pueblo, la villa, es el lugar al que se dirigen las carreteras, una especie de
expansión del camino, como un lago respecto de un río. Es el cuerpo del que
las carreteras son los brazos y piernas: un sitio trivial o quadrivial, lugar de
paso y fonda barata para los viajeros. La palabra proviene del latín villa, que
Varrón hace proceder, junto vía, camino, de veho, transportar, porque la villa
es el lugar al que ( y desde el que) se transportan cosas. Para los que se
ganaban la vida como arrieros se utilizaba la expresión vellaturam facere
(transportar mercancías por dinero). La misma procedencia tienen el término
latín vilis y nuestro vil; y también <<villano>>. Lo que sugiere el tipo de
degeneración con que se relacionaba a los pueblerinos, exhaustos, aun sin
viajar, por el tráfico que discurría a través y por encima de ellos.
Hay quien no camina nada; otros, lo hacen por carretera; unos pocos,
atraviesan fincas. Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres
de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en
llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven.
Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar
una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me
adentro en la Naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos,
Manu, Moisés, Homero, Chaucer. Podéis llamar a esto América, pero no es
América; no la descubrió Américo Vespucio, ni Colón, ni ninguno de los
otros. Hay más verdad sobre lo que yo he visto en la mitología que en
ninguna de las denominadas historias de América.
Sin embargo, existen unos pocos caminos antiguos por los que se puede
andar con provecho, como si condujesen a alguna parte -ahora que se
encuentran prácticamente cortados-. Como la Antigua Carretera de
Marlborough. Hablar aquí de ella es mucho atrevimiento, porque supongo
que hay una o dos así en cada lugar.
LA ANTIGUA CARRETERA DE MARLBOROUGH
Donde una vez cavaron en busca de riquezas
Mas nunca hallaron nada,
Donde marciales huestes desfilaron un día
-También Elijah Wood-,
Temo que inútilmente.
No queda nadie excepto
Perdices y conejos,
Excepto Elisha Dugan,
El de hábitos salvajes,
Que desdeña la prisa,
Sólo atiende a sus trampas
Y vive en soledad,
Pegado a lo que importa,
Donde es dulce la vida
Y buena la comida.
Cuando la primavera
Me remueve la sangre
Con instintos viajeros,
Bastante grava tiene
La Antigua Carretera
Que a Marlborough llevó.
No la repara nadie,
Para nadie discurre,
Es un camino vivo,
Que dicen los cristiano.
No hay muchos que lo tomen
Sólo los invitados
De Quin el irlandés.
Otra cosa no es
Sino por donde irse,
La posibilidad
De llegar a algún sitio.
Grandes mojones pétreos,
Pero ningún viajero,
Cenotafios de pueblos
Con su nombre tallado.
Averiguar quisieras
Cuál podría ser el tuyo.
¿Qué rey se levantó
-Aún me estoy preguntando-,
Cómo y dónde se irguió
Y por qué concejales,
Gourgas, lee, Clark o Darby?
Para ser algo eterno
Se esforzaron sin tasa
Pétreas, borradas lápidas,
Donde un viajero puede
Quejarse y en palabras
Grabar lo que ha aprendido
Para que otro lo lea
Si está necesitado
Yo sé de una o dos líneas
Que quisiera escribir.
Literatura apta
Para perpetuarse
A través de estas tierras;
Y poder recordar
El próximo diciembre,
Y luego, en primavera,
Tras el deshielo, leer.
Sí, con la fantasía
Al viento, te despides,
Puedes dar la vuelta al mundo
Por la Antigua Carretera
Que una vez llevó hasta Marlborough.
En la actualidad, la mayor parte de la tierra en esta región no es de
propiedad privada; el paisaje no pertenece a nadie y el caminante goza de
relativa libertad. Pero puede que llegue el día en que la compartimenten en lo
que llaman fincas de recreo, donde sólo una minoría obtendrá un disfrute
restringido y exclusivo cuando se hayan multiplicado las cercas, los cepos y
otros ingenios inventados para mantener a los hombres en la carretera
pública, y caminar por la superficie de la tierra de Dios se considere un
intento de allanar las tierras de unos pocos caballeros. Disfrutar de algo en
exclusiva implica por lo general excluirte de su auténtico disfrute.
Aprovechemos nuestras oportunidades antes de que llegue el día aciago.
¿Por qué resulta a veces tan arduo decidir hacia dónde caminar? Creo que
existe en la Naturaleza un sutil magnetismo y que, si cedemos
inconscientemente a él, nos dirigirá correctamente. No da igual qué senda
tomemos. Hay un camino adecuado, pero somos muy propensos, por
descuido y estupidez, a elegir el erróneo. Nos gustaría tomar ese buen
camino, que nunca hemos emprendido en este mundo real y que es símbolo
perfecto de que desearíamos recorrer en el mundo ideal e interior; y si a veces
hallamos difícil elegir su dirección, es -con toda seguridad- porque aún no
tiene existencia clara en nuestra mente.
Cuando salgo de casa a caminar sin saber todavía a dónde dirigir mis pasos
y sometiéndome a lo que el destino decida en mi nombre, me encuentro por
raro y extravagante que pueda parecer, con que, final e inevitablemente, me
encamino al sudoeste, hacia un bosque, un prado, un pastizal abandonado o
una colina que haya en esa dirección. Mi aguja es lenta en fijarse: oscila unos
pocos grados, no siempre señala directamente al sudoeste, es cierto, y tiene
criterio propio respecto a esta variación, pero siempre se estabiliza entre el
oeste y el sudoeste. El futuro me tiende ese camino, y la tierra parece, por ese
lado, más inagotada y generosa. El esquema que perfilarían mis caminatas no
sería un círculo, sino una parábola o, mejor, como una de esas órbitas
cometarias que se consideran curvas de no retorno, abriéndose en este caso
hacia el oeste y en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy
vueltas de un lado para otro, incapaz de decidirme, durante un cuarto de
hora, hasta que resuelvo, por milésima vez, caminar hacia el suroeste o el
oeste. En dirección a levante sólo voy a la fuerza; pero hacia el oeste camino
libremente. Ningún asunto me lleva allí. Me resulta difícil creer que pueda
encontrar paisajes bellos o suficiente naturaleza salvaje y libertada tras el
horizonte orienta. No me emociona la perspectiva de dirigirme hacia él; en
cambio, me parece que el bosque que veo en el occidental se extiende sin
interrupción hacia el sol poniente y que no alberga ciudades lo bastante
grandes como para molestarme. Dejadme vivir donde quiera; aquí está la
ciudad, allá la naturaleza; cada vez abandono más la primera para retirarme
al estado salvaje. No haría tanto hincapié en ello si no creyese que algo
similar constituye la tendencia predominante entre mis compatriotas. Debo
caminar hacia Oregón, no hacia Europa. El país está moviéndose en la misma
dirección; no cabría decir que la humanidad progresa de este a oeste. En unos
pocos años hemos asistido, en la colonización de Australia, al fenómeno de
una emigración hacia el sudeste; pero esto nos parece un movimiento
retrógrado y, a juzgar por el carácter moral y físico de la primera generación
de australianos, el experimento todavía no ha tenido éxito. Los tártaros
orientales piensas que al oeste del Tíbet no hay nada. <<El mundo acaba
allí>>, dicen; <<más allá solo hay un mar sin orillas>>. Habitan un oriente
sin remedio.
Nosotros vamos al este a comprender la historia y a estudiar las obras del
arte y de la literatura, rehaciendo los pasos de la raza; al oeste, nos dirigimos
como hacia el futuro, con espíritu de iniciativa y aventura. El Atlántico es el
río Leteo, al atravesar el cual hemos tenido la oportunidad de olvidar el Viejo
Mundo y sus instituciones. Si esta vez no tenemos éxito, quizá haya a la
izquierda otra posibilidad para la raza, antes de llegar a las orillas de la
Estigio: en el Leteo del Pacífico, que es tres veces más ancho.
Ignoro si resulta muy significativo o hasta qué punto constituye una prueba
de singularidad que un individuo coincida en sus paseos más insignificantes
con el movimiento general de la raza, pero sé que algo semejante al instinto
migratorio de aves y cuadrúpedos -que, como se sabe, en ciertos casos ha
afectado a la familia de las ardillas, empujándolas a un desplazamiento
generalizado y misterioso, durante el que se las ha visto, dicen cruzar los ríos
más anchos, cada una en su rama, con la cola desplegada como una vela, y
tender puentes sobre los arroyos más estrechos con los cadáveres de sus
compañeras-; que algo así como el furor que ataca al ganado doméstico en
primavera, y que se atribuye a un gusano que tienen en el rabo, afecta tanto a
las naciones como a los individuos, de forma permanente o de cuando en
cuando. No es que grazne sobre nuestra ciudad una bandada de gansos
salvajes, pero hasta cierto punto trastorna el valor actual de los bienes
inmuebles; y, si yo fuera agente de la propiedad, probablemente tomara en
cuenta semejante perturbación.
Cuando muchos más parten en peregrinación
Y viajan buscando costas desconocidas.
Cada anochecer al que asisto me inspira el deseo de marchar hacia un oeste
tan lejano y hermoso como aquel en el que el sol se pone. Parece que el sol
emigre cada día hacia occidente y nos invite a seguirlo. Es el Gran Pionero en
camino al Oeste al que siguen las naciones. Soñamos toda la noche con
aquellas cadenas montañosas del horizonte -aunque deben de ser sólo vapor-,
las últimas que doraron sus rayos. Parece que la Atlántida y las islas y
jardines de las Hespérides, algo así como un paraíso terrenal, fueron el Gran
Oeste de los antiguos, envuelto en misterio y poesía. ¿Quién no ha visto en su
imaginación, al contemplar el cielo del ocaso, los jardines de las Hespérides y
el fundamento de todas aquellas fábulas?
Colón sintió la querencia del oeste con más fuerza que Nadie antes que él.
La obedeció y halló el Nuevo Mundo para Castilla y León. El rebaño humano
olió desde lejos verdes pastos, en aquellos días.
Y el sol se acostó ya detrás de las colinas,
Y se hundió en la bahía occidental;
Y se elevó otra vez, y arrastró su azul manto;
Mañana, a verdes bosques y pastizales nuevos.
¿En que lugar del mundo puede encontrarse una zona de extensión igual a
la que ocupa el conjunto de nuestros estados, tan fértil, tan rica y variada en
sus productos y al mismo tiempo tan habitable para los europeos?.
Michaux, que la conocía en parte, dice que <<las especies de árboles de gran
tamaño son mucho más numerosas en Norteamérica que en Europa; en los
Estados Unidos hay más de ciento cuarenta especies que sobrepasan los
treinta pies de altura; en Francia no hay mas que treinta que alcancen ese
tamaño>>. Botánicos posteriores confirman sobradamente sus observaciones.
Humboldt vino a América a verificar sus sueños juveniles sobre la vegetación
tropical y la contempló en su mayor perfección en los bosques primitivos del
Amazonas, la más gigantesca zona selvática de la Tierra, que tan
elocuentemente describió. El geógrafo Guyot, que era europeo, fue más lejos,
más de lo que estoy dispuesto a seguirle, aunque no cuando dice. <<Así
como la planta se hizo para el animal y el mundo vegetal para la fauna,
América fue creada para el hombre del Viejo Mundo… El hombre del Viejo
Mundo sigue su camino. Dejando las tierras altas de Asia, desciende, de
etapa en etapa, hacia Europa. Cada uno de sus pasos viene señalado por una
nueva civilización, superior a la precedente, por una mayor capacidad de
desarrollo. Llegado al Atlántico, hace una pausa en la orilla de ese océano
desconocido, cuyos límites ignora, y vuelve sobre sus pasos durante un
momento>>. Cuando ha agotado el rico suelo europeo y se ha revigorizado,
<<reemprende su atrevida carrera hacia el oeste, como en las épocas
anteriores>>. Hasta aquí, Guyot.
De esta toma de contacto del impulso hacia occidente con la barrera del
Atlántico brotan el comercio y la iniciativa de los tiempos modernos. El joven
Michaux, en su Viajes al oeste de los Alleghanies en 1802, dice que la pregunta
común entre los recién asentados en el Oeste era: <<¿De qué parte del mundo
vienes?>> Como si esas vastas y fértiles regiones fuesen por naturaleza el
lugar de encuentro y la patria común de todos los habitantes del planeta>>.
Para utilizar una obsoleta expresión latina, podría decir: Ex Oriente lux; ex
Occidente FRUX. De Oriente, la luz; de Occidente, el fruto.
Sir Francis Head, viajero inglés y gobernador general de Canadá, nos dice
que <<en ambos hemisferios americanos, el septentrional y el meridional, la
Naturaleza no se ha limitado a diseñar sus obras a mayor escala, sino que ha
pintado todo el cuadro con colores más intensos y suntuosos que los
utilizados para bosquejar el Viejo Mundo… Los cielos de América parecen
infinitamente más altos, más azules; el aire, más puro; el frío, más intenso; la
luna, más grande; las estrellas, más brillantes; el trueno, más sonoro; el
relámpago, más vivaz; el viento, más potente; la lluvia, más fuerte; las
montañas, mas elevadas; los ríos, más largos; los bosques, mayores; las
llanuras, más extensas>>. Esta declaración servirá por lo menos para
enfrentarla a la relación de Buffon acerca de esta parte del mundo y sus
producciones.
Linneo dijo, hace mucho: <<Nescio quae facies laeta, glabra plantis americanis:
Hay un no se que de alegre y suave en el aspecto de las plantas
americanas>>; y me parece que en esta tierra no existen africanae bestiae,
animales africanos, como los llamaban los romanos, o a lo sumo hay muy
pocos, y que también a este respecto resulta particularmente apta para la
habitación humana. Nos han contado que, cada año, en tres millas a la
redonda del centro de Singapur, una ciudad de las Indios Orientales, los
tigres matan a alguno de sus habitantes; en cambio, en casi cualquier lugar de
Norteamérica puede el viajero acostarse por la noche en los bosques sin
temor a los animales salvajes.
Son éstos testimonios alentadores. Si la luna parece mayor aquí que en
Europa, probablemente suceda lo mismo con el sol. Si los cielos de América
parecen infinitamente más altos, y las estrellas más brillantes, confío en que
simbolicen la elevación a la que la filosofía, la poesía y la religión de sus
moradores pueden algún día remontarse. Quizá el cielo inmaterial llegue por
fin a parecerle a la mentalidad americana mucho más elevado, y las
insinuaciones que lo constelan mucho más rutilantes. Porque creo que el
clima tiene ese efecto sobre el hombre, del mismo modo que hay algo en el
aire de las montañas que alimenta el espíritu e inspira. Con tales influencias,
¿no alcanzará el hombre mayor perfección tanto física como intelectual? ¿O
acaso no importa cuántos días brumosos haya en su vida? Espero que seamos
más imaginativos, que nuestros pensamientos sean más claros, más frescos y
mas etéreos, como nuestro cielo; nuestros conocimientos más amplios, como
nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos generales, de una escala
mayor, como nuestros truenos, nuestros relámpagos, nuestros ríos, montañas
y bosques; e incluso que nuestros corazones se correspondan en amplitud,
profundidad y grandeza con nuestros mares interiores. Tal vez el viajero
llegue a percibir en nuestros mismos rostros algo, un no se qué de laeta y
glabra, de gozoso y sereno. ¿Con qué otro objeto se mueve el mundo y por
qué se descubrió América? A los americanos huelga casi decirles:
La estrella del imperio sigue su camino hacia el oeste.
Como auténtico patriota, me avergonzaría pensar que Adán, en el Paraíso,
tuviese una situación más favorable en términos generales que un rústico en
este país.
En Massachusetts, nuestras simpatías no se limitan a Nueva Inglaterra;
aunque podamos estar distanciados del Sur, simpatizamos con el Oeste. Ahí
está el hogar de nuestros hijos más jóvenes; como entre los escandinavos, se
hicieron a la mar en busca de su herencia. Es demasiado tarde para estar
estudiando hebreo; es más importante entender incluso la jerga de hoy en
día.
Hace algunos meses, acudí a ver un panorama del Rhin. Era como un sueño
medieval. Me deslicé flotando, con algo más que con la imaginación, por su
histórica corriente bajo puentes construidos por los romanos y reparados por
héroes posteriores; ante ciudades y castillos cuyos mismos nombres eran
música a mis oídos, y cada uno de ellos, el tema de una leyenda. Allí estaban
Ehrenbreitstein, y Rolandseck y Coblenza, que sólo conocía por la historia.
Me interesaron sobre todo las ruinas. Una música callada, como de cruzados
partiendo a Tierra Santa, parecía elevarse de las aguas y de las colinas y los
valles revestidos de viñedos. Flotaba, hechizado por un ensalmo, como si me
hubieran transportado a una edad heroica y respirase la atmósfera
caballeresca.
Poco después, fui a ver un panorama del Mississippi y, mientras remontaba
trabajosamente el río a la luz de hoy en día, veía los vapores que cargaban
madera, contaba las ciudades que surgían, miraba las recientes ruinas de
Nauvoo y a los indios desplazándose hacia el oeste a través de la corriente; y
al contemplar ahora el Ohio y el Missouri, como antes el Mosela, y al
escuchar las leyendas de Dubuque y del acantilado de Winona -pensando
más en el futuro que en el pasado o el presente- advertí que aquella era la
misma corriente que la del Rin, pero de un tipo distinto: que aún faltaban por
poner los cimientos de los castillos y por tender puentes famosos sobre el río;
y sentí que ésta es la auténtica edad heroica, aunque no la reconozcamos,
porque el héroe es normalmente el más sencillo y oscuro de los hombres.
El Oeste del que hablo no es sino otro nombre de lo salvaje; y a lo que quería
llegar es a que la Naturaleza salvaje es lo que preserva el mundo. En busca de
ella extienden los árboles sus fibras. Las ciudades la importan a cualquier
precio. Los hombres aran y navegan por su causa. Desde el bosque y los
territorios incultos llegan los tónicos y las cortezas que vigorizan a la
humanidad. Nuestros antepasados eran salvajes. La historia de Rómulo y
Remo amamantados por una loba no es una fábula sin sentido. Los
fundadores de todos los estados que se han elevado hasta la eminencia
extrajeron su alimento y su vigor de parecidas fuentes salvajes. Porque los
hijos del Imperio no fueron amamantaos por la loba, acabaron conquistados y
desplazados por los hijos de los bosques septentrionales, que sí lo habían
sido.
Soy partidario del bosque y de la pradera y de la noche, cundo crece el maíz.
Necesitamos una infusión del abeto del Canadá o arbor vitae [árbol de la vida]
en nuestro té. Hay una diferencia entre comer y beber para fortalecerse y
hacerlo por mera glotonería.
Los hotentotes devoran con avidez el tuétano crudo del kudú y otros
antílopes como cosa normal. Algunos de nuestros indios del norte se comen
crudo el del reno ártico, así como otras partes, entre ellas las puntas de las
cuernas, con tal de que estén tiernas. Y en este punto, quizá se hayan
anticipado a los cocineros de París. Toman lo que habitualmente sirve para
alimentar el fuego. Probablemente sea mejor para sacar adelante aun hombre
que la carne de vaca estabulada y la de cerdo del matadero. Dadme una tierra
inculta, cuya visión no pueda soportar civilización alguna… como si
viviéramos de devorar crudo el tuétano de los kudús.
Hay ciertos claros, que ribetea el trino del zorzal, a los que yo emigraría:
tierras salvajes donde ningún colono se ha asentado; para las cuales creo, ya
estoy aclimatado.
El cazador africano. Cummings nos cuenta que la piel del eland, igual que la
de la mayoría de los antílopes recién muertos, emite el más delicioso aroma a
árboles y hierba. Desearía que todos los hombres fueran como antílopes
salvaje, tan integrados en la Naturaleza que su propio cuerpo advirtiese de su
presencia a nuestros sentidos de modo tan encantador y nos evocase aquellas
zonas de la Naturaleza que más frecuentara. Ni se me ocurre ironizar cuando
el chaquetón del trampero huele a rata almizclada; me resulta un olor más
dulce que el que habitualmente exhalan las prendas de los comerciantes o las
de los eruditos. Cuando entro en sus guardarropas y toco sus trajes, no me
evocan las herbosas llanuras y las praderas floridas que han conocido, sino el
polvo de las transacciones mercantiles y las bibliotecas.
Una piel bronceada es muy respetable, y quizás el aceitunado sea un color
más adecuado que el blanco para un hombre… un habitante de los bosques.
<<¡El pálido hombre blanco!>> No me extraña que el africano sintiese
compasión por él. Dice Darwin, el naturalista: <<Un hombre blanco
bañándose al lado de un tahitiano era como una planta descolorida por el
arte del jardinero, comparada con otra sana, verde oscuro, que creciera
vigorosa en los campos abiertos.
Ben Jonson exclama:
¡Cuán próximo a los bueno está lo bello!
De la misma manera, yo diría:
¡Cuán cercano a lo bueno es lo salvaje!
La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje. Aún
no sometido al hombre, su presencia lo reconforta. Alguien que avanzara
incesantemente, sin descansar nunca de sus tareas, que creciese deprisa y
plantease infinitas exigencias a la vida, siempre se encontraría en un nuevo
país o en un nuevo despoblado, rodeado de las materias primas de la vida.
Treparía sobre los abatidos troncos de los árboles del bosque primitivo.
No hallo esperanza ni futuro para mí en los céspedes y los campos
cultivados, ni en pueblos y ciudades, sino en los marjales impenetrables y
movedizos. Cuando, antaño, analizaba mi predilección por alguna granja que
había pensado comprar, descubría con frecuencia que lo único que me atraía
era una pequeña extensión de unos pocos pérticas cuadradas de pantano
impenetrable e insondable: un sumidero natural en un rincón. Era la joya que
me deslumbraba. Obtengo más sustento de las marismas que rodean mi
pueblo natal que de los jardines cultivados en su interior. No hay arriates
más espléndidos a mis ojos que los densos macizos de andrómeda enana
(Cassandra calyculata) que cubren esas zonas tiernas de la superficie de la
tierra. La botánica no puede ir más allá de decirme los nombres de los
arbustos que en ellas crecen: arándano, andrómeda paniculada, andrómeda
marina, azalea y rododendro, erguidos en la trémula turba. A menudo pienso
que me gustaría tener mi casa frente a esa masa de arbustos de un rojo
apagado, sin otro macizo ni arriate de flores, sin el abeto trasplantado ni el
elegante boj, incluso sin paseos de grava. (Poseer esta fértil parcela requeriría
traer de fuera no pocas carretilla de tierra sólo para cubrir la arena que se
extraería la excavar el sótano) ¿Por qué no situar mi casa, mi sala de estar,
detrás de este terreno, en lugar de tras esa exigua colección de curiosidades,
ese pobre intento de Naturaleza y Arte al que llamo patio delantero? Cuesta
mucho limpiar y adecentar cuando se van el albañil y el carpintero, aunque si
se hace es tanto por el transeúnte como por el morador de la casa. Y ni
siquiera el vallado de mejor gusto me ha parecido nunca un objeto de estudio
agradable; los adornos más elaborados, los remates en bellota, o en lo que
sea, me cansan y me repugnan enseguida. Adelantad, pues, vuestros
alféizares hasta el límite mismo del marjal (aunque no sea lo mejor para
mantener seco el sótano), y así los vecinos no podrían acceder por ese lado.
Los patios delanteros no se han hecho para pasear, sino, en todo caso, para
cruzarlos; podéis entrar por la parte posterior.
Sí. Aunque me consideréis un pervertido, si alguien me diese a elegir entre
vivir en las proximidades del más bello jardín que ha conseguido el arte de
los hombres o cerca de una lóbrega marisma, optaría sin duda por la
marisma. ¡Cuán vamos, pues, en lo que a mí respecta, han sido todos
vuestros trabajos, ciudadanos!
Mi ánimo se eleva en proporción exacta con la monotonía exterior. ¡Dadme
el océano, el desierto o las tierras incultas! La soledad y el aire puro
compensan en el desierto la falta de humedad y fertilidad. El viajero Burton,
dice de él: <<Tu moral mejora, te vuelves franco y cordial, hospitalario y
resuelto… En el desierto, los licores espirituosos sólo provocan asco. Hay un
mero placer en la mera existencia animal>>. Los que han pasado mucho
tiempo viajando por las estepas de la Tartaria dicen: <<Al volver a tierras
cultivadas, nos agobiaba y nos sofocaba la agitación, el aturdimiento y el
tumulto de la civilización; el aire nos parecía insuficiente y nos sentíamos a
cada momento a punto de morir de asfixia>>. Cuando quiero esparcimiento,
busco el bosque más oscuro, la más densa, interminable y -para el ciudadano-
triste marisma. Entro en un marjal como en un lugar sagrado, un
sanctasanctórum. Ahí está la fuerza, el ápice de la Naturaleza. El bosque
silvestre cubre el suelo virgen y la misma tierra es buena para hombres y para
árboles. La salud de un hombre requiere tantos acres de prado a la vista
como cargas de estiércol una granja. Una ciudad se salva tanto por sus
hombres dignos como por los bosques y los pantanos que la rodean. Un
municipio con un bosque primitivo meciéndose a un lado, y otro
pudriéndose al lado contrario está en condiciones de producir no sólo maíz y
patatas, sino también poetas y filósofos para las épocas venideras. En tierras
así crecieron Homero, Confucio y los demás, y de una zona inculta semejante
llegó el Reformador que se alimentaba de langostas y miel silvestre.
La conservación de la fauna salvaje exige, por lo general, la creación de un
bosque en el que pueda vivir o que frecuente. Lo mismo sucede con el
hombre. Hace cien años se vendía en nuestras calles la corteza arrancada en
los bosques. En el aspecto mismo de esos árboles primitivos y robustos había,
creo, un principio curtidor que endurecía y consolidaba la fibra de los
pensamientos humanos. ¡Ay! Me estremece el presente de mi pueblo natal,
degenerado en comparación, en el que hoy no se puede conseguir una carga
de corteza de buen grosor, ni producimos ya brea ni aguarrás.
Las naciones civilizadas -Grecia, Roma, Inglaterra- han sido sustentadas por
los bosques primitivos, que antiguamente se pudrían donde se levantaban.
Sobreviven mientras no se agote la tierra. ¡Ay, el cultivo humano! Poco se
puede esperar de una nación cuando agota el suelo vegetal y se ve obligada a
hacer abono con los huesos de sus padres. Entonces, el poeta sólo se mantiene
de sus grasas sobrantes y el filósofo se queda en los huesos.
Dicen que la labor del americano es <<trabajar la tierra virgen>> y que
<<aquí, la agricultura alcanza ya proporciones desconocidas en ningún otro
lugar>>. Pienso que el granjero desplaza al indio precisamente porque
protege la pradera y se hace así más fuerte, y en algunos aspectos, más
natural. El otro día, estuve midiendo para un hombre una sencilla línea recta
de 132 pérticas, a través de un marjal en cuya entrada podrían haberse escrito
las palabras que Dante leyó sobre la de las regiones infernales: <<Abandonad
toda esperanza los que entráis>> (de volver a salir alguna vez, se entiende);
allí, en su propiedad , vi en una ocasión a mi patrón, aunque todavía era
invierno, hundido literalmente hasta el cuello y nadando para salvar la vida.
Tenía otra marisma similar que era imposible medir, porque estaba
completamente sumergida; y, a pesar de todo, fiel a sus instintos, me
comentó respecto a un tercer marjal que sí medí, desde lejos, que por nada
del mundo se desharía de él, a causa del cieno que contenía. Y pretende hacer
en su derredor una zanja, en lo que invertirá cuarenta meses, y salvarlo de
esta forma con la magia de su pala. Me refiero a él sólo como ejemplo de un
tipo de hombre.
Las armas con las que hemos ganado nuestras más importantes victorias, y
que deberían legarse de padre a hijo como reliquias familiares, no son la
espada y la lanza, sino la guadaña, el cortador de turba, la pala y la azada
para cieno, herrumbrados con la sangre de muchos prados y ennegrecidos
por el polvo de muchos campos de dura batalla. Los propios vientos llevaron
el maizal a la pradera e indicaron un camino que el indio no tuvo habilidad
para seguir. Carecía de mejor herramienta con que aferrarse a la tierra que
una concha de almeja. Pero el granjero está armado de arado y pala.
En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro
nombre de la domesticación. Lo que nos deleita de Hamlet y La Iliada, de
todas las Escrituras y las mitologías, es la visión del mundo incivilizada, libre
y natural, que no se aprende en las escuelas. Así como el ganso silvestre es
más rápido y más bello que el doméstico, también lo es el pensamiento
salvaje, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el rocío. Un libro
verdaderamente bueno es algo tan natural y tan inesperada e
inexplicablemente bello y perfecto como una flor silvestre descubierta en las
praderas del Oeste o en las junglas orientales. El genio es una luz que hace
visible la oscuridad, como el resplandor del relámpago, que tal vez haga
añicos el templo mismo de la sabiduría, no de una vela encendida en el hogar
de la raza que empalidece ante la luz del día ordinario.
La literatura inglesa, desde los tiempos de los juglares hasta los poetas de la
región de los Lagos -entre ellos, Chaucer, Spenser, milton, e incluso
Shakespeare-, crece prácticamente, en este sentido, de aliento fresco y salvaje.
Es, esencialmente, una literatura domesticada y civilizada, reflejo de Grecia y
Roma. Sus parajes desérticos son un bosque lozano; su salvaje, un Robin
Hood. Abunda en amor cordial por la Naturaleza, pero falta Naturaleza
propiamente dicha. Sus crónicas nos informan sobre cuándo se extinguieron
los animales salvajes, pero no de cuándo se extinguieron los hombres salvajes
que la habitaban.
La ciencia de Humboldt es una cosa, la poesía otra. El poeta de hoy en día,
pese a todos los descubrimientos científicos y la sabiduría acumulada por la
humanidad, no disfruta de ventaja alguna sobre Homero.
¿Dónde está la literatura que dé expresión a la Naturaleza? Tendría que
haber un poeta que pudiera someter los vientos y los ríos a su servicio, para
que hablasen por él, que clavara las palabras a sus significados primitivos,
como clavan los granjeros en primavera las estacas que los hielos afloraron;
que rastreara el origen de los términos tan a menudo como los utilizase, que
los trasplantase a sus páginas con la tierra adherida a las raíces; cuyas
palabras fueran tan auténticas, frescas y naturales que parecieran
desarrollarse como los brotes cuando se acerca la primavera, aunque
quedaran medio asfixiadas entre dos hojas mohosas, en una biblioteca, sí,
para allí florecer y dar fruto anualmente, de acuerdo con su género, al lector
fiel, en armonía con la Naturaleza circundante.
No sabría citar poema alguno que exprese adecuadamente este ansia por lo
salvaje. Desde ese punto de vista, la mejor poesía resulta mansa. No sé en que
literatura, antigua o moderna, hallar un texto que me satisfaga respecto a esa
Naturaleza que me es familiar. Advertiréis que pido algo que ninguna época,
ni neoclásica ni isabelina, que ninguna cultura, en una palabra, puede ofrecer.
La mitología es lo que más se le aproxima. ¡Cuánto más fertilmente ha
hundido, al menos, sus raíces en la naturaleza la mitología griega, en
comparación con la literatura inglesa! La mitología es la cosecha que produjo
el Viejo Mundo antes de que su suelo quedase exhausto, antes de que la
creatividad y la imaginación se marchitasen; y que sigue dando frutos allí
donde su vigor prístino permanece constante. Las demás literaturas perduran
sólo como los olmos que dan sombra a nuestras casas; pero ésta es como el
gran árbol-dragón de las islas occidentales escocesas, tan viejo como la
humanidad y, prospere o no, perdurará tanto como ella; porque la
putrefacción de otras literaturas compone el humus en que crece.
El Oeste se está preparando para añadir fábulas a las de Oriente. Los valles
del Ganges, el Nilo y el Rhin, han dado su cosecha; queda por ver lo que
producirán los del Amazonas, el Plata, o el Orinoco, el San Lorenzo y el
Mississippi. Tal vez cuando, en el curso de los siglos, la libertad americana se
haya convertido en una ficción del pasado -como es, hasta cierto punto, una
ficción del presente- los poetas del mundo se inspiren en la mitología
americana.
Ni siquiera los sueños más extravagantes de los salvajes son menos
verdaderos, aunque puedan no resultar presentables para la sensibilidad
común entre los ingleses y los americanos de hoy. No todas las verdades son
aceptables para el sentido común. La Naturaleza tiene un lugar tanto para la
clemátide silvestre como para la col. Algunas expresiones de la verdad son
reminiscentes; otras simplemente sensatas, como suele decirse; otras,
proféticas. Ciertas formas de enfermedad pueden, incluso, profetizar formas
de la salud. El geólogo ha descubierto que las figuras de serpientes, grifos,
dragones voladores y otros adornos extravagantes de la heráldica, tienen su
modelo en formas de especímenes fósiles que se extinguieron antes de la
creación del hombre y, por tanto, <<indican un vago y oscuro conocimiento
de un estadio anterior de la existencia orgánica>>. Los hindúes soñaron que
la tierra descansaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga, y la
tortuga sobre una serpiente; y aunque puede ser una coincidencia sin
importancia, no estaría fuera de lugar decir que aquí que se ha descubierto
recientemente en Asia un fósil de tortuga lo bastante grande como para
sostener a un elefante. Confieso que soy aficionado a estas fantasías
estrambóticas que trascienden el orden del tiempo y la evolución.
Constituyen el más sublime esparcimiento del intelecto. La perdiz adora los
guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela.
En una palabra, todas las cosas buenas son salvajes y libres. Hay algo en
unos acordes musicales, sean producidos por un instrumento o por la voz
humana -por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano- que
por su salvajismo, hablando sin ánimo de ironizar, me recuerda a las voces
que profieren los animales salvajes en sus bosques originarios. Puedo
entender mucha de su naturalidad. Dadme por amigos y vecinos hombres
salvajes, no hombres domesticados. La naturaleza de un salvaje no es sino un
pálido símbolo de la terrible ferocidad que conocen los hombres buenos y los
amantes.
Me encanta, incluso, ver a los animales domésticos reafirmar sus derechos
innatos, cualquier evidencia de que no han perdido del todo sus hábitos
originarios y salvajes ni su vigor; como cuando la vaca de mi vecino se escapa
del pastizal a principios de primavera y nada alegremente por el río, una
corriente fría y gris de unas veinticinco o treinta pérticas de anchura, crecida
por el deshielo. Es el bisonte cruzando el Mississippi. A mis ojos, esta hazaña
confiere cierta dignidad al rebaño…. Tan digno de por sí. Las semillas del
instinto se conservan bajo los gruesos cueros de las reses y los caballos, como
la simiente en las entrañas de la tierra durante un periodo indefinido.
No sabemos esperar que las reses tengan espíritu juguetón. Un día vi a una
docena de novillos y vacas corriendo y retozando de un lado a otro,
divirtiéndose torpemente, como ratas enormes, como gatitos. Agitaban la
cabeza, levantaban el rabo, y corrían por una colina, arriba y abajo; y me di
cuenta, tanto por sus cuernos como por lo que hacían, de su relación con la
tribu de los ciervos. Pero ¡ay! : un <<¡so!>> fuerte y repentino habría apagado
al instante su ardor, les habría reducido de carne de venado a carne de vaca y
habría congelado sus flancos y sus nervios, así como su movilidad. ¡Quién
sino el maligno habría gritado <<¡so!>> a la humanidad? De hecho, la vida
del ganado, como la de muchos hombres, no es sino una forma de
locomoción; mueven un flanco cada vez y el hombre, con su maquinaria, está
encontrando el punto medio entre el caballo y el buey. Cualquier parte que
haya tocado el látigo, queda a partir de entonces paralizada. ¿A quién se le
ocurriría hablar de un flanco refiriéndose a la flexible tribu de los gatos como
hablamos del flanco de una vaca?
Me alegro de que los caballos y los novillos tengan que ser domados antes
de poder convertirlos en esclavos del hombre y de que los hombres mismos
posean aún algún gramo de locura que gastar antes de volverse miembros
sumisos de la sociedad. Indudablemente, no todos los hombres resultan igual
de aptos para la civilización; y aunque la mayoría son, como los perros y las
ovejas, mansos por disposición hereditaria, no por eso deberían los demás
aceptar que se doblegue su idiosincrasia para poder rebajarlos al mismo
nivel. Los hombres, en líneas generales, son parecidos; pero fueron creados
distintos de modo que pudieran ser diferentes. Si hay que realizar una tarea
vulgar, cualquier hombre servirá igual que otro, o casi; si la tarea es
importante, habrá que tener en cuenta la excelencia individual. Cualquiera
puede tapar un agujero para evitar que entre el viento, pero ningún otro
podría realizar un trabajo tan poco común como pintar mi retrato. Dice
Confucio: <<Cuando están curtidas, las pieles de los tigres y los leopordos
son semejantes a las de los perros y las ovejas>>. Pero no es la función de una
cultura auténtica amansar a los tigres, como no lo es convertir a las ovejas en
seres feroces; y curtir las pieles de aquellos para hacer zapatos no constituye
la mejor utilidad que puede dárseles.
Al echar un vistazo a una lista de nombres propios en un lengua extranjera,
como la de los oficiales del ejército o la de los autores que han escrito sobre
un tema determinado, recuerdo una vez más que en un nombre no hay nada.
Menschikoff, por ejemplo, no me suena más humano que los bigotes de un
roedor, y podría ser el nombre de una rata. A los polacos y a los rusos,
nuestros nombres les suenan igual que los suyos a nosotros. Es como si los
nombres se adjudicaran de acuerdo con un galimatías infantil: <<Iery wiery
ichery van, [Link] [pinto pinto gorgorito]>>. Me viene a la mente un
rebaño de criaturas salvajes que pulularan por la tierra y a cada una de las
cuales hubiese adjudicado el pastor algún sonido bárbaro en su propio
dialecto. Los nombres de los hombres son, por supuesto, tan vulgares y
desprovistos de significado como Base o Tray, los nombres de perro.
Pienso que sería filosóficamente provechoso que a los hombres se les
llamara en conjunto, como se los conoce. Solo sería necesario saber el género,
y quizás la raza o la variedad, para conocer al individuo. No estamos
preparados para admitir que cada soldado raso de un ejército romano tuviera
su nombre propio.. porque no se nos ha ocurrido que tuviera un carácter
propio.
Hasta el presente, nuestros únicos nombres auténticos son los apodos.
Conocí a un chico al que sus compañeros de juego apodaban, por su fuerza
inusitada, Destrozón, y el apodo llegó a suplantar al nombre de pila. Cuentan
algunos viajeros que un indio no recibía un nombre desde el principio, sino
que lo ganaba, y que el nombre era su fama; en algunas tribus adquiría un
nuevo nombre con cada nueva hazaña. Resulta patético que alguien lleve un
nombre sólo por comodidad, que no haya ganado ni su nombre si su fama.
No voy a permitir que los simples nombres me impongan distinciones:
seguiré viendo a todos los hombres en rebaños. Un nombre familiar no puede
hacerme menos extraña a una persona. Puede que se le haya otorgado a un
salvaje que mantiene en secreto su propio título salvaje, el que ganara en los
bosques. Tenemos en nuestro interior un salvaje natural; y quizá en algún un
nombre salvaje esté registrado como nuestro. Observo que mi vecino, que
lleva el epíteto familiar de William. O Edwin, se lo quita junto con su
chaqueta. No se le queda adherido cuando duerme ni cuando está
encolerizado, ni cuando lo arrebata la pasión o la inspiración. Me parece
haber oído pronunciar por alguno de los suyos, en momentos así, su nombre
originario en una lengua enrevesada, aunque melodiosa.
He aquí nuestra inmensa, salvaje, aulladora madre, la Naturaleza, presente
por doquier con tanta belleza y tanto afecto hacia sus hijos como el leopardo;
y sin embargo, qué pronto hemos abandonado su pecho para entregarnos a la
sociedad, a esa cultura que es no es mas que una interacción entre hombres,
una especie de apareamiento que, con mucho, produce la vulgar nobleza
inglesa, una civilización destinada a un pronto fin.
En la sociedad, en las mejores instituciones humanas, es fácil detectar cierta
precocidad. Cuando aún deberíamos ser niños en edad de crecer, somos ya
hombrecitos. Dadme una cultura que traiga mucho estiércol de las praderas y
profundice en la tierra, ¡no ésta que sólo confía en abonos que queman y en
utensilios y métodos de cultivo mejorados!
Cuantos pobres estudiantes con vista cansada de los que he oído hablar,
crecerían más rápido, tanto intelectual como físicamente si, en vez de
quedarse despiertos hasta tan tarde, se permitieran el sueño honrado de los
tontos.
Puede darse un exceso hasta de luz formativa. Niepce, un francés, descubrió
el <<actinismo>>, esa energía de los rayos del sol que produce un efecto
químico; que actúa sobre las rocas de granito, las estructuras pétreas y las
estructuras metálicas >>de forma igualmente destructiva durante las horas
de sol y, si no fuera por ciertas disposiciones de la Naturaleza no menos
maravillosas, pronto perecerían bajo el delicado toque del más sutil de los
agentes del universo>>. Pero observo que <<los cuerpos sometidos a este
cambio durante las horas diurnas poseían la facultad de restituirse a sus
condiciones originales durante las nocturnas, cuando ya no los afectaba
aquella excitación>>. De ahí se ha inferido que <<las horas de oscuridad son
tan necesarias para el universo inorgánico>>. Ni siquiera la luna brilla todas
las noches, sino que cede su lugar a la oscuridad.
No me gustaría ver cultivados a todos los hombres, ni cada parte del
hombre, como tampoco quisiera que lo fuese cada acre de tierra: una parte ha
de destinarse al cultivo, pero la parte mayor ha de consistir en praderas y
bosque, que no sólo tienen una utilidad inmediata, sino que además preparan
el suelo con vistas al futuro mediante la putrefacción anual de su vegetación.
Un niño puede aprender otras letras, aparte de las que inventó Cadmo. Los
españoles tienen un buen término para expresar esta sabiduría salvaje y
oscura: Gramática parda, una forma de sentido común que proviene del
mismo leopardo al que he hecho referencia.
Hemos oído hablar de una Sociedad para la Difusión de Conocimientos
Útiles. Se dice que saber es poder y cosas por el estilo. Me parece que
tenemos igual necesidad de una Sociedad para la Difusión de la Ignorancia
Útil, a la que llamaremos Conocimiento Bello, una sabiduría provechosa en
un sentido más elevado: pues, ¿qué es la mayor parte de nuestra llamada
sabiduría, tan cacareada, más que la presunción de que sabemos algo, lo que
nos roba la ventaja de nuestra ignorancia real? Lo que llamamos sabiduría es
a menudo nuestra ignorancia positiva; la ignorancia, nuestra sabiduría
negativa. Gracias a muchos años de trabajo paciente y lectura de la prensa -¿
porque, qué otra cosa son las bibliotecas científicas sino archivos de
periódicos?- un hombre acumula una miriada de datos, los almacena en su
memoria, y luego, cuando en alguna primavera de su vida deambula fuera de
casa, por los Grandes Campos del pensamiento, se lanza hacia la hierba como
un caballo, por decirlo de alguna manera, y deja todos los arreos atrás, en el
establo. A veces les diría a los de la Sociedad para la Difusión de
Conocimientos Útiles: <<Láncese a la hierba. Ya han comido heno demasiado
tiempo. Llegó la primavera con su verde cosecha>>. Hasta a las vacas las
llevan a pastar en el campo antes de finales de mayo; aunque he oído hablar
de un granjero desnaturalizado que encerraba a su vaca en la cuadra y la
alimentaba con heno todo el año. Así trata con frecuencia la Sociedad para la
Difusión de Conocimientos Útiles a su ganado.
A veces, la ignorancia de un hombre no sólo es útil, sino también bella,
mientras que su pretendida sabiduría resulta a menudo, además de
desagradable, pero que inútil. ¿Con quién es mejor tratar? ¿Con quien no
sabe nada de un tema y, lo que es enormemente raro, sabe que no sabe nada,
o con quien sabe algo del asunto, en efecto, pero cree que lo sabe todo?
Mi deseo de conocimiento es intermitente; pero el de bañar mi mente en
atmósferas ignoradas por mis pies es perenne y constante. Lo más alto a lo
que podemos aspirar no es a la Sabiduría, sino la Simpatía con la inteligencia.
No tengo constancia de que esta sabiduría más elevada alcance algo más
definitivo que una nueva y enorme sorpresa ante la súbita revelación de la
insuficiencia de cuanto hemos llamado hasta el momento Sabiduría: el
descubrimiento de que hay más cosas en los cielos y en la tierra de las que
sueña nuestra filosofía. Es la iluminación de la neblina por el sol. El hombre
no puede saber en ningún sentido más alto que éste, de la misma manera que
no puede mirar tranquila e impunemente al sol:
<<Lo que percibas, no lo percibirás como algo concreto>>, dicen los
oráculos caldeos.
Hay algo de servil en la costumbre de buscar una ley a la que obedecer.
Podemos estudiar las leyes de la materia cuando nos sea posible y para lo que
nos interese, pero una vida lograda no conoce ley ninguna. Es, sin duda, un
desafortunado descubrimiento el de una ley que nos ata cuando antes no
sabíamos que estábamos atados. ¡Vive libre, hijo de la niebla! … y respecto a
la sabiduría, todos somos hijos de la niebla. El hombre que se permite la
libertad de vivir es superior a todas las leyes, en virtud a su relación con el
legislador. <<Es servicio activo>>, dice el Vishnu Purana, <<el que no se
convierte en servidumbre; es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: todos
los demás servicios sólo valen para agorarnos; todas las demás sabidurías
sólo son habilidades de artista>>.
RESULTA notable cuán pocos acontecimientos o crisis hay en nuestras
historias; qué poco hemos ejercitado nuestras mentes; cuán pocas
experiencias hemos tenido. Me encantaría estar seguro de que crezco deprisa
y con exuberancia, aunque mi mismo crecimiento perturbe esta aburrida
ecuanimidad; aunque sea luchando durante las largas, oscuras y bochornosas
noches o temporadas de tristeza. Estaría bien, aunque todas nuestras vidas
fueran una divina tragedia en lugar de estas comedias o farsas triviales.
Dante, Bunyan y demás, por lo visto, habían ejercitado sus mentes más que
nosotros: estaban sometidos a un tipo de cultura que nuestras escuelas y
universidades locales no prevén. Incluso Mahoma, aunque muchos pueden
poner el grito en el cielo por mencionarlo, tenía mucho más por que vivir, sí,
y por qué morir, que lo que tienen, por lo general, los que protestan.
Cuando, muy de vez en vez, algún pensamiento nos visita, quizá como
dando un paseo por la vía del tren, pasan los vagones sin que los oigamos
siquiera. Pero al cabo de poco, por alguna ley inexorable, nuestra vida sigue y
los vagones vuelven.
Dulce brisa, que invisible vagas,
Y doblas los cardos en torno del Loira tormentoso,
Viajera de valles expuestos al viento,
¿por qué abandonaste mi oído tan pronto?
Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos por la sociedad, a pocos
les ocurre lo propio con la Naturaleza. Dada su reacción frente a ella, la
mayoría de los hombres me parecen, a pesar de sus artes, inferiores a los
animales. Por lo general, no hay una relación hermosa, como en el caso de
estos. ¡Qué poco aprecio por la belleza del paisaje se da entre nosotros!
Tienen que decirnos que los griegos llamaban al mundo [Cosmos], Belleza u
Orden, y aún no vemos con claridad por que lo hacían; como mucho, lo
consideramos un curioso dato filosófico.
Por mi parte, siento que, con respecto a la Naturaleza, llevo una especie de
vida fronteriza en los confines de un mundo en el que me limito a realizar
entradas ocasionales y fugaces incursiones, y que mi patriotismo y mi lealtad
para con el Estado a cuyos territorios parezco replegarme son los de un
merodeador. Para alcanzar la vida que llamo natural, seguiría alegremente
hasta a un fuego fatuo por los pantanos y lodazales más inimaginables, pero
ni luna ni luciérnaga alguna me han mostrado el camino hacia ella. La
Naturaleza es un personaje tan vasto y universal que nunca hemos visto uno
siquiera de sus rasgos. Quien pasea por los conocidos campos que se
extienden en torno a mi pueblo natal se encuentra a veces en un territorio
distinto des descrito en las escrituras de propiedad, como si se hallase en
algún lejano sector de los confines de Concord, donde acaba su jurisdicción y
la idea que evoca la palabra Concord [Concordia] dejase también de
inspirarnos. Esas granjas que yo mismo he medido, esos mojones que he
levantado, aparecen confusos, como a través de una neblina; pero no hay
química que los fije; se desvanecen de la superficie del cristal y el cuadro que
pintó el artista surge vagamente por debajo. El mundo con el que estamos
familiarizados no deja rastro y no tendrá aniversarios.
La otra tarde, di un paseo por la granja de Spaulding. Vi como el sol
poniente iluminaba el lado opuesto de un pinar majestuoso. Sus rayos
dorados se dispersaban por los corredores del bosque como por los de un
palacio. Tuve la impresión de que en esta parte de la tierra llamada Concord
se hubiese establecido una familia antigua, admirable e ilustre en todos los
conceptos, que yo no conocía.. con el sol como sirviente… ajena a la sociedad
del pueblo… a la que nadie visitaba. Vi su parque, su jardín de recreo, bosque
adentro, en el campo de arándonos de Spaulding. Los pinos les
proporcionaban techo mientras echaban raíces. La casa no saltaba a la vista;
los árboles crecían a través de ella. Dudo si oí o no sonidos de una hilaridad
contenida. Parecían apoyados en los rayos del sol. Tenían hijos e hijas. Y
buena salud. El camino carretero de la granja, que cruza por medio el salón,
no los incomodaba en absoluto; era como el fondo cenagoso de un estanque
que a veces se vislumbra a través de los cielos reflejados. Jamás habían oído
hablar de Spaulding e ignoraban que es su vecino… aunque le oí silbar
mientras conducía su tiro por la casa. Nada puede igualar la serenidad de sus
vidas. Su escudo de armas es un simple liquen. L o vi pintado en los pinos y
en los robles. Sus desvanes estaban en las copas de los árboles. Desconocían
la política. No había ruidos de trabajo. No advertí que estuviesen tejiendo o
hilando. Pero si detecté, cuando el viento se calmaba y podía oír desde lejos,
el dulce arrullo de la música más delicada que pueda imaginarse -como el de
una colmena distante, en mayo-, que tal vez fuera el sonido de sus ideas. No
tenían pensamientos ociosos y ningún extraño podía ver su obra, porque no
rodeaban su diligencia de nudos y excrecencias.
Pero encuentro difícil recordarlos. Se desvanecen sin remedio de mi mente
incluso ahora, mientras hablo y me empeño en evocarlos. Sólo después de un
esfuerzo duro y prolongado para reunir mis mejores recuerdos, vuelve a ser
consciente de su vecindad. Si no fuera por familias como esta, creo que me
marcharía de Concord.
EN Nueva Inglaterra acostumbramos a decir que cada año nos visitan
menos pichones. Nuestros bosques no les proporcionan perchas. Diríase que,
de la misma manera, cada año visitan menos pensamientos a los hombres en
edad de crecer, pues la arboleda de nuestras mentes ha sido devastada,
vendida para alimentar innecesarias hogueras de ambición, o envidia a la
serrería, y apenas queda una ramita en que posarse. Ya no anidan ni crían
entre nosotros. Quizá en las épocas más clementes pase volando a través del
paisaje mental una ligera sombra, proyectada por las alas de aluna idea en su
migración primaveral o otoñal pero, mirando hacia arriba, somos incapaces
de descubrir la sustancia del pensamiento mismo. Nuestras aladas ideas se
han convertido en aves de corral. Ya no se remontan y sólo alcanzan la
magnificencia al nivel de los pollos de Shangai o de Cochinchina. ¡Aquellas
gra-an-des ideas, aquellos gra-an-des hombres de los que habréis oído hablar!
NOS pegamos a la tierra, ¡que pocas veces ascendemos! Pienso que sería
factible elevarnos un poco más. Podríamos trepar a un árbol por lo menos.
Una vez, hallé mi propia estimación subiéndome a uno. Era un alto pino
blanco, en la cima de un cerro; aunque me llené de resina, mereció la pena,
porque descubrí en el horizonte nuevas montañas que nunca había visto,
mucha más tierra y mucho más cielo. A buen seguro, podría haber pasado
junto al pie del árbol durante toda mi vida sin haberlas visto nunca. Pero lo
más importante es que descubrí a mí alrededor -era a finales de junio-, en el
extremo de las ramas superiores, nada más, unos diminutos y delicados
brotes rojos en forma de cono, la flor fecunda del pino blanco, que miraba
hacia el cielo. Llevé enseguida al pueblo la rama más alta y se la enseñe a los
forasteros miembros del jurado que paseaban por las calles, porque era
semana de juicios, a los granjeros, a los comerciantes de madera, a los
leñadores y a los cazadores; ninguno de ellos había visto nunca algo parecido
y se maravillaban como si se tratase una estrella caída del cielo. ¡Y hablan de
los antiguos arquitectos, que remataban su trabajo en lo más alto de las
columnas con la misma perfección que en las partes más bajas y visibles! La
naturaleza, desde el principio, desplegó los diminutos brotes del bosque sólo
hacia los cielos, por encima de las cabezas de los hombres y sin que éstos los
percibiesen. No vemos más que las flores que hay bajo nuestros pies, en los
prados. Los pinos vienen desarrollando sus delicados brotes cada verano,
desde hace una eternidad, en las ramas más altas del bosque, sobre las
cabezas tanto de los hijos rojos de la Naturaleza como de sus hijos blancos;
sin embargo, casi ningún granjero ni cazador del territorio los ha visto nunca.
SOBRE todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en el presente.
Bendito entre todos los mortales quien no pierda un instante de su fugaz vida
en recordar el pasado. Nuestra filosofía envejecerá a menos que escuche el
canto del gallo de cada corral que haya en nuestro horizonte. Un sonido que
suele recordarnos que nuestras actividades y formas de pensar se están
enmoheciendo y quedando obsoletas. Su filosofía se ciñe a un tiempo más
reciente que el nuestro. Sugiere un novísimo testamento, el evangelio según
este momento, acorde con él. No se ha quedado atrás; se ha levantado
temprano y se ha mantenido en vela; y estar donde está es ser oportuno,
encontrarse en la primera fila del tiempo. Es la expresión de la salud y la
robustez de la Naturaleza, un alarde dirigido a todo el mundo: salud como
cuando brota a chorro un manantial, una nueva fuente de las Musas para
celebrar el último instante del tiempo. Donde vive, no se aprueban leyes
contra los esclavos fugitivos. ¿Quién no ha traicionado mil veces a su
maestro desde la última vez que oyó ese canto?
El mérito de la voz de esta ave consiste en estar libre de cualquier
quejumbre. Un cantante puede, con facilidad, provocarnos lágrimas o risa,
pero ¿dónde está el que sepa excitar en nosotros el puro regocijo matutino?
Cuando, en medio de una lúgubre depresión, rompiendo un domingo el
terrible silencio de nuestras aceras de tablas, o quizá velando en la funeraria,
oigo cantar al gallo, cerca o lejos, pienso para mí: <<Al menos, uno de
nosotros se encuentra bien>>… y, con una repentina efusión, vuelvo a mi ser.
UN día del pasado noviembre, presenciamos un atardecer extraordinario.
Estaba yo paseando por un prado en el que nace un arroyuelo, cuando el sol,
justo antes de ponerse, tras un día frío y gris, llegó a un estrato claro del
horizonte y derramó la más dulce y brillante luz matinal sobre la hierba seca,
sobre las ramas de los árboles del horizonte opuesto y sobre las hojas de las
carrascas de la colina, mientras nuestras sombras se alargan hacía el este
sobre el prado, como si fuéramos las únicas tachas en sus rayos. Había una
luz como no podíamos imaginar momentos antes y el aire era tan cálido y
sereno que nada faltaba al prado para ser un paraíso. Si pensábamos que
aquello no era un fenómeno aislado que nunca más iba a ocurrir, sino que se
repetiría una y otra vez, un número infinito de atardeceres, y confortaría y
sosegaría hasta al último niño que andaba por allí, resultaba todavía más
glorioso.
El sol se pone sobre un prado retirado, en el que no se ve casa alguna, con
toda la gloria y esplendor que derrocha sobre las ciudades, y quizá más que
nunca; no hay sino un solitario halcón de los pantanos, con las alas doradas
por sus rayos; o bien, sólo una rata almizclada que observa desde su
madriguera; y un arroyuelo jaspeado en negro, en medio del marjal,
comienza su vagabundeo serpenteando lentamente en torno a un tocón
podrido. Caminábamos envueltos en una luz pura y brillante que doraba la
hierba y las hojas marchitas; tan dulce y serenamente viva, que pensé que
nunca me había bañado en un torrente dorado que se le asemejase, sin una
onda o un murmullo. El lado occidental de los bosques y las elevaciones
resplandecía como los confines del Elíseo y el sol, a nuestras espaldas,
semejaba un pastor que nos llevara a casa al atardecer.
Así deambulamos hacía Tierra Santa, hasta que un día el sol brille más que
nunca, tal vez en nuestras mentes y en nuestros corazones, e ilumine la
totalidad de nuestras vidas con una intensa luz que nos despierte, tan cálida,
serena y dorada como la de una ribera en otoño.