T.
H WHITE
CAMELOT
Camelot es uno de los libros (o conjunto de libros) que más han influido al
conocimiento actual del ciclo artúrico, vía Hollywood. No sólo dos partes diferentes del
libro han dado lugar a sendas películas (Camelot y La espada en la roca), sino que la
mayor parte de las adaptaciones al cine, con la notable excepción de Excalibur, y a otros
medios tienen una marcada influencia de esta obra. Dicho esto hay que dejar claro que,
pese a lo que diga en las cubiertas, ésta no es una novela histórica sino, claramente, una
novéla de fantasía que tiene una serie de anacronismos que pueden provocar
convulsiones tanto a los aficionados a la novela histórica como a los puristas del ciclo
artúrico: el autor sitúa los acontecimientos en torno al año 1200, los caballeros son
normandos, los campesinos sajones, aparece (cómo no) Robin Hood, etc. Además tiene
abundantes elementos fantásticos. Todo esto sitúa al libro claramente en el terreno de la
fantasía.
White trata de unificar el conjunto principal de las leyendas artúricas en este libro, una
meta enormemente ambiciosa que no alcanza el éxito, pero se acerca bastante. A su
favor tiene que usa una prosa ágil en la que los acontecimientos de la saga se suceden
sin lastrar el libro con momentos repetitivos como las, a veces interminables, series de
torneos y batallas, que White narra de forma elíptica, cuando no aportan a la narración.
Pese a tratarse de un libro de más de 800 páginas, el autor emplea una relativa economía
narrativa para centrarse en los acontecimientos que definen a los personajes y sus
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relaciones mutuas. De esta forma se consigue que las distintas partes del libro
mantengan cada una un punto de vista definido y que sus tramas no se atasquen.
Pero ahí surge el problema. Las propias aspiraciones del autor hacen que este libro en
conjunto sufra de un problema de foco: las cuatro partes que lo componen no están bien
enlazadas y emplean puntos de vista muy diferentes, de forma que es posible que al
lector le interesen unas partes más que otras. A medida que avanza la narración, la
comedia se va convirtiendo en tragedia, el elemento fantástico desaparece, los
personajes cambian y los protagonistas se ven desplazados unos por los otros.
La primera parte, “La espada en la piedra”, narra la niñez de Arturo, antes de su
ascenso al trono y su educación por parte de Merlín. Esta parte está narrada como una
historia humorística, con un cierto tono infantil (aunque repleto de parábolas políticas).
El elemento fantástico es común, abundan las transformaciones mágicas y las criaturas
legendarias. Durante su educación, Arturo participa en toda clase de aventuras fabulosas
y va descubriendo las verdades sobre la vida.
La segunda parte, “La reina del aire y las tinieblas”, es la más corta y cuenta hechos
del comienzo del reinado de Arturo. En esta parte el discurso político es más evidente,
pero el tono sigue siendo de comedia. Aunque Arturo sigue siendo el protagonista de la
historia, se ve desplazado en ocasiones por el trío formado por el Rey Pelinor, Sir
Grummore y Sir Palomides, que aportan gran parte del elemento humorístico. Aunque
el elemento fantástico sigue estando presente, disminuye bastante e incluso se ve
negado en algunos momentos. Probablemente esta parte sea la más floja de las cuatro,
aunque es en la que se introducen gran parte de los personajes principales del libro.
La tercera parte, “El caballero malhecho”, se centra en la relación entre Lanzarote y la
Reina Ginebra y es la mejor en mi opinión. Arturo prácticamente es un comparsa en una
historia en la que el protagonismo recae en Lanzarote, contándonos su vida desde su
juventud hasta su madurez, con su búsqueda de la pureza, sus caída y sus intentos de
redención. A través de los sufrimientos y tribulaciones de Lanzarote se va desarrollando
su personaje y, a través de su relación con él, se desarrolla el de Ginebra, siendo ambos
los personajes mejor perfilados de la trama. En esta parte el aspecto humorístico
desaparece, el político está muy reducido y el fantástico toma una dimensión mítica, a
través de los intentos de ser el caballero perfecto y de la búsqueda del Grial, que lo hace
muy diferente del resto del libro.
La cuarta y última parte, “Una vela al viento”, aunque sigue dándole importancia a los
personajes de Lanzarote y Ginebra, se centra en un Arturo recuperado en su decadencia
y que intenta lograr la supervivencia de sus ideales en unas circunstancias cada vez
menos favorables. El aspecto humorístico ha desaparecido, así como el fantástico (salvo
en la ambientación) y toda la parte final se desarrolla en un ambiente de tragedia,
rematado por un final ambiguo pero que da pie a un cierto optimismo.
Además, editada de un modo póstumo en 1977, apareció El Libro de Merlín, título que
sirve de divertida conclusión a toda la saga: Una divertida y deliciosa fábula moral
sobre la estupidez humana y el efecto devastador de toda guerra, protagonizada por el
rey Arturo y el mago Merlín, al tiempo que un alegato a favor del individualismo, la
democracia y el pacifismo