CASTIDAD
Frutos del Espíritu Santo
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Los tres primeros frutos del Espíritu Santo —caridad, gozo y paz— ordenan el alma en sí misma con
relación al bien, mientras que la paciencia y la longanimidad lo hacen con relación al mal. bondad,
benignidad, mansedumbre, fidelidad la ordenan en relación con lo demás; modestia, continencia y
castidad en relación a aquello que nos es inferior.
Continencia y Castidad
También en relación con lo que le es inferior —o sea, las pasiones— ordenan al hombre la continencia
y la castidad.
Según Santo Tomás, se distinguen una de otra “bien porque la castidad refrena al hombre en lo ilícito,
mientras que la continencia le refrena incluso en lo lícito; o bien en el sentido de que el continente
siente las concupiscencias, pero no se deja arrastrar por ellas, mientras que el casto ni es arrastrado ni
las padece.29
De hecho, el alma que produce el fruto de la castidad se vuelve realmente angélica. Muy al contrario de
los tormentos interiores de agitación y ansiedad, en los que vive quien se entrega a las pasiones
desordenadas, el casto ya se anticipa al gozo del Cielo en la Tierra.
La continencia, por su parte, “robustece la voluntad para resistir las concupiscencias desordenadas muy
vehementes”;30 por tanto, indica un freno, en cuanto que uno se abstiene de obedecer a las pasiones.31
Prepara, de este modo, el alma para esa castidad, pues “los que hacen todo lo que está permitido
acabarán haciendo lo que no lo está” . 32
29 SANTO TOMÁS DE AQUINO , op. cit., I-II, q.70, a.3.
30 ROYO MARIN, OP. Teología Moral para seglares . Op. cit., p. 449
31 SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., II-II, q.155, a.2.
32 CLEMENTE DE ALEJANDRÍA. Paedagogus 1.2 c. I (MG 8, 0399).
Los frutos del Espíritu Santo
(Ideas para la predicación)
Josemaría Monforte
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Los tres últimos frutos del Paráclito mencionados por San Pablo, hacen directa referencia al perfecto
control de las pasiones. Esta es la principal misión de la templanza, con todo su cortejo de virtudes
subordinadas, que bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo produce frutos de modestia,
continencia y castidad. Una persona modesta es aquélla que sabe comportarse, en da circunstancia de
su vida, de modo equilibrado, justo, sin excesos. La modestia ha de brillar, primero, dentro de nosotros
mismos(35). Además, la modestia pone orden dentro de nosotros mismos: modera los deseos de
conocer --hay una curiosidad buena, pero otra que es inútil o incluso perjudicial--, tamiza los juicios
por el filtro de la caridad, encauza los afectos pasándolos por el Corazón de Jesucristo... El fruto de la
modestia se refleja también en el porte exterior de la persona: en su modo de hablar y de vestir, de reír
y de moverse, de tratar a la gente y de comportarse socialmente. Y, finalmente, la continencia y la
castidad, son frutos dignos de los hijos de Dios que saben que su cuerpo es templo del Espíritu
Santo(36). Pero hay que poner los medios para conservarla y acrecentarla, cuidando con delicadeza el
pudor y la modestia, mortificando los sentidos y la imaginación, evitando hasta la más pequeña ocasión
de pecado.
35. Un alma modesta aprecia como conviene los talentos naturales y sobrenaturales que Dios le ha
dado, sin minimizarlos ni exagerarlos, y reconoce sencillamente que son un regalo del Señor, para que
use en servicio de los demás. No se los apropia, como si fueran mérito suyo, ni tampoco desea más de
lo que Dios le ha dado. Es la expresión viva de una caridad que --como escribe también San Pablo--, no
se ensoberbece ni es ambiciosa (1 Cor 13,4). Esta modestia interior tiene la fragancia de la verdadera
humildad.
36. «La fornicación y cualquier género de impureza (...) ni se nombre entre vosotros, como conviene a
los santos; ni tampoco palabras torpes, ni groserías, ni truhanerías, que no son convenientes» (Eph 5,3-
4), exhorta San Pablo. Esta pureza interior y exterior es muy grata a Dios y a la Virgen Santísima, y el
Señor la otorga a quienes la piden con humildad.
Acerca de la Castidad
Autor: Mons. Jorge Medina Estévez
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No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace
poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio.
Presupuestos para entender plenamente la castidad
No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace
poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos objetos es preciso
crear condiciones favorables, y esto es tanto más necesario cuanto el objeto es más delicado.
Para percibir el delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones básicas:
a)Creer en Dios, adorarlo como único Señor, tener la convicción profunda que todo debe estar referido
a El, y que lo que no se puede referir a El no tiene valor alguno. La castidad, como hemos visto en no
pocos textos de la S. Escritura, tiene una profunda dimensión religiosa y no se comprende a cabalidad
sino de cara a Dios. Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad,
pero jamás llegará a apreciar pl enamente su más profundo sentido y alcance.
b)Creer en la vida eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es sino
una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal, y que después de ella viene la
segunda, definitiva y sin ocaso, cuando alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.
c)Creer que nuestra vida terrenal sólo tiene sentido cabal en función de la vida eterna. No son dos
realidades yuxtapuestas, autónomas la una con respecto a la otra, sino que la primera es camino,
instrumento y preparación para la segunda; medio con respecto a un fin.
d)Vivir y pensar con limpieza de corazón, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba
pensando de acuerdo a lo que vive. Es difícil que la persona que no vive castamente llegue a tener
aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la malicia y a la lujuria no está en condiciones de
entender lo que es la castidad.
e)Cre er que la sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no sólo biológica, sino
espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jamás independizarse de ella.
f)Tener presente que la naturaleza humana, obra de Dios, está herida por el pecado original. Esto
significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos que tienden a hacerse
autónomos y a realizar acciones que no son coherentes con la finalidad de la naturaleza. Consciente de
poseer una naturaleza "herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no puede ser la
de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran siempre buenos, sino que debe vivir alerta,
vigilante, ejercitando el señorío de su razón, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.
g)En toda acción humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa, y no
por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a la voluntad de Dios, sanando el de sorden
causado por el pecado original y los pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa
familiaridad con Dios y rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios
ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de juzgar según la sabiduría de
Dios, como sobre nuestra voluntad, haciéndole posible imponer su decisión sobre las apetencias
desordenadas y querer lo que Dios quiere.
Los siete "presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de una cadena, de modo
que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera prescindir del que lo sigue, sino que son las
facetas de una misma realidad total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que
no se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armonía del conjunto.
Estas consideraciones muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el
conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la única virtud, ni se la puede entender
aislándola de las demás. El "organismo espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas
funciones en forma que cada una estimula a las demás y depende de las otras. Sería tan ilusorio pensar
que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar la castidad, como pensar que un discípulo de Cristo
pudiera contentarse con ser casto, haciendo caso omiso de las demás virtudes. En los tiempos que
corren pareciera más frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos sin amar ni
practicar la castidad.
La concupiscencia
La palabra "concupiscencia" pertenece al lenguaje bíblico. San Pablo nos dice que "el pecado suscitó
en mí toda suerte de concupiscencias... Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero
advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del
pecado que está en mis miembros" (Rm 7, 8.22s) . Es lógico que el Apóstol recomiende a los cristianos
que "no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias" (Rm
6, 12). San Pedro nos amonesta a huir "de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia" (2
Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el día del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con
concupiscencias impuras" (2Pd 2, 10). Santiago enseña que "cada uno es probado por su propia
concupiscencia que le arrastra y le seduce.
Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez consumado,
engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apóstol San Juan, en el contexto de la acepción negativa que suele
emplear en el uso de la palabra "mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de
la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no viene del Padre, sino del
mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para
siempre" (1 Jn 2, 16s). El "mundo" es en este texto toda realidad que está bajo el poder de Satanás y de
sus engaños y de el dice San Juan que "el mundo entero yace en poder del Maligno... en tanto que
nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos
ilustran la advertencia de Jesús en la parábola del sembrador, cuando señala, como una de las causas
por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que; "... las preocupaciones del mundo, la
seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De
ahí que la carta a los Gálatas presente la vida cristiana como una denodada lucha entre el espíritu y la
carne, advirtiéndonos que el espíritu y la carne tienen apetencias antagónicas irreductibles, de tal
manera que los que verdaderamente "son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y
concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las con cupiscencias implican
constancia y negaciones: "los atletas se privan de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera;
nosotros en cambio, para lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que
habiendo alertado a los demás, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27). Ciertamente, cuando
Jesús dice que "si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día, y
sígame" (Lc 9, 23), está incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y así debe
haberlo entendido San Pablo cuando habló de "crucificar la carne con sus pasiones y concupiscencias".
La enseñanza de la Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su
origen está en el pecado, que contradice al espíritu, que no es en sí misma pecado, pero que induce a él,
y que hay que sostener contra ella una dura y permanente lucha.
De la lectura de los textos bíblicos acerca de la concupiscencia, aparec e que ella se manifiesta en el
apetito sexual, pero no únicamente en ese campo, aunque sea mencionado con frecuencia (ver Jn 2, 16).
Hay también un apetito desordenado de poseer bienes materiales, y lo hay también en la búsqueda de
honores o de poder. En todos los casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en
forma desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese determinado bien
tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la dignidad y la santidad del hombre. Puede
decirse que los bienes apetecidos en forma desordenada llegan a convertirse en ídolos que intentan
ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios. Así como la Verdad es la que establece al hombre en su
correcta relación con Dios, así los ídolos son intrínsecamente falsos porque nacen de un engaño y
falsean la relación con Dios.
Conviene hacer aún un ulterior análisis acerca de la concupiscencia.
Es, ante todo, una apetencia, una in clinación del hombre hacia un objeto que se le presenta como un
bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la razón alcance a juzgar
sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser más o menos vehemente. En este sentido se dice
que la concupiscencia es "antecedente". Si el juicio de la razón establece que la apetencia es
básicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al objeto deseado, el impulso
del apetito sigue haciéndose sentir y acompaña el movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante".
Si el juicio de la razón califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser rechazado
y ésta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automáticamente la apetencia: sigue inclinando hacia
el objeto deseado aún contra el juicio de la razón y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre
una lucha mediante diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero que
no está a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo. Es la concupiscencia
"subsiguiente".
Todo cristiano debe ser consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en sí y contra la que habrá
de luchar hasta el día de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia se aquieta satisfaciéndola
en todas sus apetencias: la conducta cristiana frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de sí" (Gal 5,
23).
La concupiscencia despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre está en nuestras
manos evitar la presencia de estímulos de nuestras concupiscencias, pero es un deber moral evitar los
que pueden serlos. La espiritualidad cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar
la presencia o no fijar la atención en de objetos que pueden ser motivo de apetencias más o menos
violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que se podría ceder o que al menos pondrían en peligro
la limpieza del corazón.
Precisando Algunos Terminos
En el tema que nos ocupa hay términos cuya significación está relacionada y que conviene distinguir.
a)Virginidad
Es un concepto que tiene originalmente una acepción biológica, y que indica la integridad física de una
mujer. La hija de Jefté lloró por los montes su virginidad porque consideraba una deshonra morir sin
haber tenido hijos (ver Jue 11, 29-40). La virginidad tiene también una acepción religiosa, y significa
en tal caso la renuncia voluntaria al matrimonio por amor al Reino de los cielos. Estamos aquí ante un
hecho enraizado en una motivación religiosa. En esta segunda acepción se aplica más frecuentemente a
mujeres, aunque no falta en la misma S. Escritura algún caso en que el término se aplica a varones que,
por motivos religiosos, renunciaron al matrimonio (ver Ap 14, 4). Los Padres de la Iglesia escribieron
tratados sobre la virginidad y elogios sobre las santas vírgenes. La liturgia católica contiene , tanto en el
Misal, como en la Liturgia de las Horas, formularios para la celebración de las memorias o fiestas de
las santas Vírgenes. El Pontifical Romano contiene un solemne rito, normalmente presidido por el
Obispo, para consagrar vírgenes al Señor. El Concilio de Trento declaró que la virginidad consagrada
constituye en sí un estado de vida superior al matrimonio, (Sesión 24, 11 nov. 1563, canon 10), lo que
no significa que por el hecho de la consagración en virginidad quien la ha realizado sea ya santo o
santa, o más santo que un casado que vive con perfección en el estado matrimonial. San Ignacio de
Loyola señala como signo de "sentir con la Iglesia" la actitud de quienes alaban y aprecian la
virginidad, aún cuando no hayan sido llamados por Dios a servirlo en ese estado (ver Ejercicios
Espirituales, 4ª regla para sentir con la Iglesia).
b)Celibato.
También esta palabra tiene al menos dos acepciones: una que se refiere al simple hecho de no haber
contraí do matrimonio, y, una segunda que mira a la motivación religiosa que puede tener ese hecho.
En algunas lenguas la palabra "celibatario" es equivalente, en el lenguaje común, a "soltero", pero tal
uso del término no es equivalente a "casto". En el uso religioso católico, la palabra "celibato" tiene una
connotación religiosa y se refiere especialmente al varón que, con vistas a recibir el ministerio
sacerdotal en la Iglesia latina, promete solemnemente mantenerse sin contraer matrimonio y llevar
consiguientemente una vida de castidad celibataria. Así como el término "virgen" se aplica
preferentemente a la mujer, así el de "celibato" se aplica preferentemente a los varones. Puede
consagrarse en celibato un varón después de su viudez, o después de haber llevado una vida
desarreglada; en cambio no puede recibir la consagración de vírgenes la mujer que ha sido casada o que
ha perdido voluntariamente su virginidad, pero puede prometer para el porvenir la castidad propia de
los celibatarios.
c)Castidad
La castidad es una forma de la virtud de la templanza, la que consiste en el señorío sobre las pasiones y
los apetitos de la sensibilidad humana, de modo que no obstaculicen la meta de la existencia humana y
cristiana que es "vivir para Dios", sin permitir que nada creado se sobreponga a El, se constituya en
finalidad independiente de El o, en una palabra, impida amarlo con todo el corazón, con toda el alma y
con toda las fuerzas (ver Dt 6,5; Mt 22, 37) . La templanza se refiere al recto uso de los bienes
terrenales y es necesaria al hombre para que dichos bienes conserven su calidad de medios al servicio
de la finalidad última del ser humano, sin erigirse nunca en objetivos autónomos. Frente a diversos
bienes temporales, la naturaleza del hombre, herida por el pecado, reacciona con violenta apetencia:
apetencias de dinero, de poder, de gloria o vanagloria, de placer sexual (ver 1 Jn 2,16). La templanza y
la castidad ayudan al hombre a mantenerse en la verdad de su ser y de su finalidad, sin que las
apetencias desordenadas adquieran dimensiones de ídolos y disputen a Dios el lugar y el amor a que
sólo El tiene derecho. En concreto la castidad permite al hombre mantener el señorío sobre su
sensualidad, respetando la finalidad del sexo y haciendo que se ejercite sin menoscabar el amor a Dios
y sin aprisionar la libertad que compete a los hijos de Dios.
La virtud de la castidad es pluriforme y tiene matices propios de los diversos estados del hombre
cristiano. Es diferente lo que exige la castidad a quien se ha consagrado en virginidad o celibato, a
quien está unido en legítimo matrimonio, o a quien, sin estar aún unido en matrimonio, tiene el
propósito o deseo de contraerlo más adelante. En todas las formas de castidad hay algo común: el
señorío sobre el apetito sexual, como expresión de la búsqueda de Dios por sobre todo otro bien, y la
búsqueda de cualquier bien sólo en la perspectiva de la búsqueda de Dios y de su am or. De modo que
la castidad no es una actitud negativa, sino que, si impone renuncias y vencimientos, los exige con
miras a un bien supremamente positivo: el amor a Dios. Se es casto para amar a Dios. Así se entiende la
bienaventuranza que proclama dichosos a los puros o limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt
5,8): quien es puro, en el más amplio sentido de la palabra, está en condiciones de "ver" a Dios, de
amarlo, de decirle con verdad que nada hay tan importante como El, en ninguna situación o hipótesis.
La castidad es una virtud
Conviene ahora detenernos en esta actitud cristiana que es la castidad y analizar su naturaleza.
La castidad es una virtud. ¿Qué significa esto? Una virtud es una disposición estable para actuar bien,
es un "hábito" que perfecciona a quien lo tiene, dándole cierta connaturalidad con el bien obrar en su
propio campo. Son ciertamente meritorios los actos que corresponden a una virtud, pero puede haber
actos buenos ocasionales sin que exista la "virtud", o sea la disposición firme y estable para actuar
siempre bien.
Las virtudes se van adquiriendo bajo el influjo de la gracia de Dios. Se adquieren a medida que se
reiteran los actos propios de cada una: su repetición va "arraigando" la virtud . Junto con la reiteración
de los actos de virtud es importante, para adquirirla, que haya una motivación fuerte que induzca a los
actos. Dicho en otros términos el interés y la convicción existentes en quien desea adquirir una virtud,
son factores muy importantes para adquirirla. Por el contrario, quien concede poca importancia o
aprecio a una virtud, no la adquirirá por la sola reiteración de actos más o menos maquinales.
La virtud de la castidad es una expresión de la virtud de la templanza. Otras expresiones de la
templanza son la sobriedad en la comida y en la bebida, la moderación en el descanso, la generosidad
para dar ayuda a quien la necesita, la austeridad en el uso de los bienes materiales, la mortificación del
deseo inmoderado de saber novedades o de la curiosidad, la sencillez -según su propio estado- en el
estilo de vida, etc...
El ejercicio de la castidad se nutre, ante todo, de la mirada puesta en Dios, de la reiterada expresión de
amor a El, y de la búsqueda de El y de su gloria por sobre toda creatura. Nada hay tan purificador ni
nada puede conducir tanto al recto aprecio y uso de las cosas de este mundo, como el amor de Dios,
autor de toda creatura. En cierto sentido la castidad es una condición y una expresión del verdadero
amor a Dios.
Toda virtud es ante todo interior, es decir es una actitud del corazón antes que un comportamiento
exterior. Pero es indudable que no puede haber una actitud interior verdadera y sincera sin que tenga
una expresión exterior.
Así, la castidad se hace visible en variados de actos externos que denotan la delicadeza, la rectitud de
intención, el respeto y la rever encia hacia Dios presente en sus creaturas, especialmente cuando el
impulso sensual puede empañar el amor verdadero.
El aspecto positivo del afianzamiento de una virtud no puede separase del lado que podría decirse
"negativo" y que consiste en el rechazo de todo lo que es contrario o puede amagar la virtud. Este
rechazo es indudablemente una "mortificación", algo que cuesta y que implica un vencimiento, una
renuncia a algo que resulta atrayente. Es imposible ejercitar la castidad sin rechazar lo que es
incompatible con ella o que de un modo u otro la pone en peligro. El "dominio de sí mismo" implica
diversas expresiones que deben manifestar el señorío del espíritu sobre la carne y en definitiva la
preeminencia del amor a Dios por sobre cualquier otro afecto o complacencia.
El vencimiento de sí mismo en el ámbito de la castidad no es sino uno de los aspectos de la renuncia a
sí mismo y del cargar la cruz que compete a todo cristiano. Quienes "viven...como enemigo s de la cruz
de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no
piensan más que en las cosas de la tierra" (Fl 3, 18s), no son verdaderos discípulos de Señor
precisamente porque no llevan su cruz y no van en pos de Jesús (Lc 14, 27). La mortificación es una
expresión de la conciencia de nuestra condición de peregrinos: "nosotros somos ciudadanos del cielo,
de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las
cosas" (Flp 3, 20s). En la tierra, la cruz, signo del señorío de Cristo, es instrumento a través del cual
todo nuestro ser va siendo sometido al poder del espíritu y va alcanzando así la verdadera libertad, al
paso que se va liberando de la esclavitud del pecado (Jn 8, 34).
El vencimiento de nosotros mismos a fin de que la castidad se arraigue profundamente en nuestro
corazón se ejercita de variadas formas. Desde luego en las miradas, apartando nuestra vista y
curiosidad de lo que es incentivo de la concupiscencia carnal. También renunciando a lecturas y
espectáculos que transmiten mensajes contrarios a la castidad cristiana. Obviamente evitando palabras
o conversaciones en las que está ausente el sentido de la pureza. La moderación en la bebida tiene
especial significación para el ejercicio de la castidad, ya que el hombre que se encuentra bajo la
influencia del alcohol pierde, al menos en parte, el control sobre sí mismo en todo sentido, también en
el de las apetencias sexuales. Delicado es el campo del autocontrol en materia de caricias. Sabemos que
las hay perfectamente legítimas y puras, pero hay otras que son un poderoso incentivo a la impureza.
La caricia es en sí una expresión de afecto, de cariño, pero puede ser, a la vez, un estímulo a reacciones
desordenadas que, aunque no sean directamente deseadas, pueden introducir la apetencia incorrec ta
que es una forma de tentación. Quienes se preparan al matrimonio, sea en la etapa del "pololeo", sea en
la del noviazgo, deben estar muy atentos a fin de que el natural deseo de expresar el afecto por medio
de caricias no exceda los límites de la pureza y no llegue a constituir una ocasión de pecado de deseo o
de acción. Es indudable que también en las etapas que preceden al matrimonio la cruz de Cristo debe
estar presente en la forma de vencimientos que mantengan la relación de afecto en el marco que
corresponde a quienes no son aún marido y mujer y no pueden, por tanto, expresar su amor en la forma
que corresponde a quienes han unido sus vidas para siempre en el sacramento del matrimonio y han
llegado a ser "una sola carne" (Mt 19, 16). Ni humana ni cristianamente es lo mismo ser pololos, o
novios, que esposos: ni son iguales los deberes, ni las responsabilidades, ni el grado de compromiso, ni,
por tanto, los derechos. A quienes tienen el propósito de contraer matrimonio, la cas tidad cristiana no
sólo les exige abstenerse de la relación sexual completa, sino de toda caricia íntima que por su propia
naturaleza excite la fuerza de la concupiscencia y pueda conducir a un pecado aunque sea sólo de
deseo.
El cuidado de la virtud de la castidad exige evitar lo que sea una ocasión de pecado. Entre las ocasiones
pueden enumerarse ciertos lugares y ambientes, determinadas personas, algunas amistades. Al
momento de cuidar el afianzamiento y crecimiento de la castidad no es justo pensar sólo en nosotros
mismos, sino que debemos reflexionar acerca del daño que nuestras actitudes pueden causar en otras
personas. Supuesto que algo no constituye un peligro para mí, debo aún preguntarme si no lo es para
otros. La provocación de las pasiones ajenas es un pecado para quien la produce. El "escándalo", en el
sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia
Dios. Son severas las palabras de Jesús a este respecto: ".. . al que escandalice a uno de estos pequeños
que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un
asno, y lo hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente,
que vengan escándalos, pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!" (Mt 18, 6s). La
extrema gravedad de escandalizar a un niño no significa que carezca de importancia escandalizar a una
persona joven o adulta. Quien causa escándalo, poniendo impedimento para que otro hombre avance
hacia Dios, da muestras de no pensar en que la propia responsabilidad moral no sólo toca a nuestra
persona sino también, en cierta forma, a nuestros hermanos. Jamás puede un cristiano repetir las
palabras de Caín: "¿quién me ha hecho custodio de mi hermano?" (Gn 4, 9): cada uno es responsable
del mal que con sus palabras, consejos, obras u omisiones cause a sus hermanos.
Queda aún por decir una palabra acerca del pudor. El pudor es garantía, de f ensa, protección y
resguardo de la castidad. Preserva la intimidad de la persona y designa la negativa a exhibir lo que debe
permanecer velado. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas.
Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa conyugal. El pudor es modestia y debe
inspirar la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva allí donde se adivina el riesgo de una
curiosidad malsana. Existe un pudor de los sentimientos, como también un pudor del cuerpo. Este
pudor rechaza, por ejemplo, las exhibicionismos del cuerpo humano, propios de cierta publicidad o las
incitaciones de algunos medios de publicidad a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira
una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías
dominantes. Es un error grande pensar que el pudor es una especie de mojigatería, o la expresión de
tabús psicológicos. Es, por el contrario, la delicadeza que requiere un campo de la vida humana
particularmente sensible al desorden interior que el pecado introdujo al hombre.