Tema 9
La literatura hispanoamericana contem- poránea: poesía americana
después de las vanguardias, la novela regionalista, la novela del boom, la
narrativa poste- rior al boom.
1. Introducción
2. Poesía americana después de las vanguardias
a) Los grandes poetas
-Jorge Luis Borges
-César Vallejo
-Pablo Neruda
-Octavio Paz
b) Poesía antillana (Nicolás Guillén)
c) Poesía pura (José Lezama Lima)
d) Antipoesía (Nicanor Parra)
3. La novela regionalista:
4. La novela del boom
a) El Realismo Mágico
-Alejo Carpentier (“El reino de este mundo”)
. -Miguel Ángel Asturias (“El Señor Presidente”)
-Augusto Roa Bastos (“Yo, el Supremo”)
-Juan Rulfo (“Pedro Páramo”)
b) El boom sudamericano
-Mario Vargas Llosa (“La guerra del fin del mundo”)
-Gabriel García Márquez (“Cien años de soledad”)
-Julio Cortázar (“Rayuela”)
5. La narrativa posterior al boom:
. -Ernesto Sábato (“El túnel”, “Sobre héroes y tumbas”)
-Juan Carlos Onetti (“El pozo”)
-Guillermo Cabrera Infante (“Tres tristes tigres”)
Se puede decir que el siglo XX ha vivido la eclosión internacional de la literatura
hispanoamericana, tanto en poesía como en narrativa, con una larga lista de autores im-
prescindibles de relevancia universal.
Es imposible abarcar la heterogeneidad de autores y movimientos de 17 países que
solo tienen en común el idioma castellano pero en la poesía se pueden buscar algunos
rasgos compartidos. Primero, una evolución ligeramente paralela desde las vanguardias
de los años 30, el compromiso social de los cincuenta y la renovación de los 60 y 70.
También, un cierto grado de indigenismo, sobre todo de los poetas de países pequeños,
y de afirmación de lo característico americano. Por último, una presencia muy explícita
de temas políticos que reflejan la convulsa realidad de estos países.
La poesía ya había vivido dos momentos de esplendor a principios de siglo, con el
Modernismo y las Vanguardias, pero con posterioridad, difíciles de encuadrar por sus
largas trayectorias, aparecerían algunos de los mejores poetas universales de todo el
siglo
XX. Hay que empezar por el argentino Jorge Luis Borges, quien había coqueteado con
el ultraísmo en los años 20, pero cuando vuelve a Argentina se vuelca en una poesía de
afirmación del Buenos Aires de arrabal, de verso libre, impresionista y nostálgico
(“Cua- derno San Martín”). Abandonó la poesía en los años 40 en favor de la narrativa,
pero más adelante volvió a ella de una manera muy distinta; métrica tradicional, rima
consonante para tratar temas que le obsesionaban como la trama del universo o el
acceso al conoci- miento. De larguísima trayectoria e influencia es el torrencial chileno
Pablo Neruda, pre- mio Nobel en 1971, quien pasó por varias fases, todas de gran
calidad. Empezó en el neorromanticismo de “Veinte poemas de amor y una canción
desesperada”, para pasar al surrealismo de “Residencia en la tierra”, la poesía
comprometida de “Canto general” o la poesía de la intimidad de “Odas elementales”. El
peruano César Vallejo, uno de los más reconocidos hoy en día, empezó su obra con una
poesía hermética de carácter vanguar- dista en “Trilce”. Pero la guerra civil española le
inclinó hacia poemas más transparentes y reivindicativos como en “España, aparte de
mí ese cáliz o “Poemas humanos”. Por úl- timo, hay que mencionar al mejicano Octavio
Paz, también premio Nobel en 1990, quien utilizó el surrealismo y el simbolismo en
afirmación de lo autóctono americano en “Li- bertad bajo palabra”.
Paralelamente surgen otros poetas importantes que se han querido encuadrar,
siempre con dificultad, en algunos movimientos. Es importante la poesía negrista,
reivindicativa del mestizaje y de la sonoridad afroamericana. El mejor representante es
el cubano Nico- lás Guillén en poemas como “Songoro cosongo”, quien también es
autor memorable de poesía social y política en títulos como “Tengo”. Muy alejado de él
está el también cubano José Lezama Lima, representante de la poesía pura. Poesía muy
hermética que une la dificultad del surrealismo con la erudición barroca, como en
“Fragmentos a su imán”. Hay que mencionar la poesía de denuncia, en general contra
las diversas dictaduras que asolaron América Latina este siglo. Una buena muestra de
ella es la del uruguayo Mario Benedetti, de estilo claro, directo, conversacional se diría,
pero muy eficaz en obras como “Letras de emergencia”. Por último, no podemos olvidar
al chileno Nicanor Parra, cuyo estilo cáustico, irónico, con cierto humor y gusto por las
contradicciones se reunió bajo el rótulo de “Antipoesía”. Supuso toda una revuelta
frente a la poesía metafísica, cósmica, solemne de Neruda o Paz.
Si fecunda fue la poesía, tanto o más lo fue la narrativa hispanoamericana del siglo
XX. En los años 30, en su intento de emanciparse de la influencia europea y de afirmar
la esencia americana, va a surgir la novela regionalista, con diversas variantes. Por un
lado está la “novela de la tierra”, donde la colosal naturaleza americana va a ser
protago- nista, en general destruyendo a los protagonistas. El mejor ejemplo es “La
Vorágine”, del colombiano José Eustaquio Rivera, donde una pareja que se ve envuelta
en un asesinato
huye a la selva amazónica de la que nunca saldrán vivos. Por otro, la “novela
indigenista”, que quiere reivindicar la figura de los indios americanos y por simpatía
también de los negros esclavizados. Un buen ejemplo es “Raza de bronce”, del
boliviano Alcides Argue- das. Por último, se podría mencionar dentro de esta corriente
la novela histórica o “de revolución”, que busca retratar los diferentes conflictos
políticos y revolucionarios que vivieron distintas regiones. La mejor es “Los de abajo”,
del mejicano Mariano Azuela.
No obstante, a partir de los años 40 va a surgir una generación de autores muy im-
portante que irán forjando una literatura de altísima calidad que desembocará en el
boom de los años 60. Pero ya desde los 40 aparece un movimiento trascendental, he
llamado “realismo mágico”. Consiste en el hallazgo de encontrar lo específicamente
latinoameri- cano en el mestizaje entre las culturas europea, indígena y africana, cuyo
sincretismo religioso dará lugar a una forma de entender la vida donde lo sobrenatural
se mezcla sin sobresaltos con la realidad cotidiana. El primero de estos autores es el
cubano Alejo Car- pentier, quien en el “El reino de este mundo” retrata la
independencia de Haití, la primera de toda américa, cuyo líder es un hombre muerto,
resucitado y símbolo de la resistencia. Parecida actitud cultivó el guatemalteco Miguel
Ángel Asturias, quien descubrió en la cultura prehispánica una forma de reivindicar a
toda América. Su narrativa (“El señor Presidente”) se mueve en niveles de consciencia
irracionales, pero altamente expresivos. Otro autor magistral y único, de obra breve pero
capital, encuadrado también en esta con- cepción mágica e irreal de Hispanoamérica, es
el mejicano Juan Rulfo. “Pedro Páramo”, su única novela, forja un universo narrativo
autónomo y un territorio irreal, Comala, que simboliza el infierno y donde tiene lugar la
decadencia de Juan Preciado, símbolo del destino terrible y fatal de todo el continente.
Hay que hacer también mención, aunque esté muy lejos del realismo mágico, del
argentino Jorge Luis Borges, quien a partir de los años 50 cultivó con mucho éxito el
género fantástico a través de coleccione de cuantos como “El aleph”. Con distancia
irónica le gusta jugar con los límites de la realidad y la ficción para que nos hagamos
preguntas sobre nuestra esencia o la trama secreta del universo.
Pero va a ser en los años 60 cuando estos autores y otra generación más joven prota-
gonicen lo que se llamó el “boom” hispanoamericano, un fenómeno más editorial que
literario. Ocurrió que los editores europeos, sobre todo españoles, descubrieron la alta
calidad de los narradores americanos y publicaron sus obras con enorme éxito. De entre
los muchos autores vamos a seleccionar tres por su importancia. Quizá sea el
colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel en 1982, el más internacional. Un
talento privile- giado para la narración y una imaginación prodigiosa han dado lugar a
una serie de obras magníficas: “La hojarasca”, en 1955 o “El coronel no tiene quien le
escriba”, de 1961, culminaron en 1967 con su obra definitiva, “Cien años de soledad”,
que sirve tanto de paradigma como de cierre del ciclo del realismo mágico. Una saga
familiar, los Buendía, es retratada a lo largo de un siglo de acontecimientos históricos y
familiares en Macondo, un territorio autónomo en el que cabe toda Latinoamérica. De
muchísimo éxito es también el peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel en 2010, con
una vasta obra que cultiva el realismo mágico (“La guerra del fin del mundo”), la
narrativa neovanguardista (“Conver- sación en la catedral”) o el humor y la sensualidad
(“Pantaleón y las visitadoras”). Por último, hay que mencionar al argentino Julio
Cortázar, prolífico en novela pero también en el género del relato. Alejado del realismo
mágico, le gusta jugar con los límites sor- prendentes entre la realidad y la ficción,
aunque su novela más ambiciosa, “Rayuela”, retrata la soledad de un emigrante en París
y su vuelta a Buenos Aires donde tampoco encontrará su sitio. Otros nombres, como el
mejicano Carlos Fuentes (“La muerte de Ar- temio Cruz”), el paraguayo Augusto Roa
Bastos (“Yo, el Supremo”) o el cubano Rainaldo Arenas (“El mundo alucinante”)
merecerían también un comentario si hubiera espacio para ello.
Tras el boom, la literatura hispanoamericana disfruta de gran prestigio y surge una
variedad de nombres muy heterogénea. Algunos siguen vinculados al fructífero realismo
mágico, como la chilena Isabel Allende (“La casa de los espíritus”). Otros cultivan una
literatura más metafísica y existencial, como el argentino Ernesto Sábato, quien en
“Sobre héroes y tumbas” retrata la soledad esencial del protagonista que ni siquiera a
través del amor da sentido a su vida. Importante también es el cubano Gabriel Cabrera
Infante, con su prosa exuberante que retrata la vida alegre y a la vez difícil de la cuba
anterior a la revolución en “Tres tristes tigres”. Otra fórmula nueva es la denominada
“novela de tes- timonio”, en un intento de mostrar la realidad suramericana excluyendo
la intervención del autor: hechos desnudos con toda su crudeza. Un ejemplo serían la
mejicana Elena Poniatowska o el cubano Miguel Barnet.
En definitiva, el siglo XX es un momento impresionante para la literatura hispanoa-
mericana. Por número de autores y calidad de las obras lo ha colocado en el centro de la
creatividad mundial.