Capítulo
DOS:
Preparándonos para recibir el Espíritu
Santo
“…pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en
Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
El mismo Señor les había dicho con anterioridad a los discípulos:
“He aquí, yo os enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros;
pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que
seáis investidos de poder desde lo alto (Lucas 24:49).
En Juan 20:22 leemos:
“Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu
Santo”.
Para el Señor Jesús era muy importante que cada uno de sus seguidores
aprendiera a caminar en el Espíritu de Dios. Él, siendo el mismo Dios
encarnado, necesitó la presencia del Espíritu Santo para poder desarrollar
exitosamente la misión que el Padre le había confiado. La ausencia del Espíritu
Santo en la vida de un creyente, equivale a tener un cuerpo sin espíritu. El
Espíritu de Dios debe ser todo para el cristiano.
Cuando Dios creó a la primera pareja, lo primero que hizo fue soplar aliento
de vida. El tiempo que Jesús estuvo caminando con los discípulos, fue para
ellos un tiempo de formación de su carácter, adquirieron el conocimiento acerca
de Dios, pero necesitaban el Espíritu Santo, razón por la cual después de la
resurrección, el Señor sopla sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”
(Juan 20:22b).
Éste fue un soplo de vida, un soplo de cambio, con el
cual el Señor estaba anticipándose a lo que iba a
venir.
Si Jesús, aun siendo Dios, necesitó al Espíritu Santo para caminar en este
mundo, cuánto más nosotros. En Hechos 2:33 dice:
“Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del
Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que
vosotros veis y oís”.
Aunque Felipe ya había predicado el evangelio, y la gente había creído, se
requería un acto aun mayor que fue el de la imposición de manos para que las
personas recibieran el bautismo en el Espíritu Santo y así fue como
comisionaron a Pedro para que fuera con Juan y les ministrara la llenura del
Espíritu Santo.
Cuando Pablo visitó la ciudad de Éfeso, encontró algunos seguidores de
Juan el Bautista y les preguntó: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?
(Hechos 19:2), pero ni siquiera sabían que había Espíritu Santo. Esto es una
muestra de que el Espíritu que predominó en los creyentes de Éfeso, aún
puede existir en la actualidad.
Sin embargo, algunos llevan una vida cristiana siguiendo el bautismo de Juan
el Bautista y ni siquiera saben si existe el Espíritu Santo; han aceptado vivir en
completa ignorancia acerca de Quién es la persona del Espíritu de Dios; pero
un creyente sin la ayuda del Espíritu Santo difícilmente podrá desarrollar todo
el potencial que Dios tiene para él.
Hay creyentes que se han destacado en sus dotes de oratoria, en sus
conocimientos, en su capacidad, pero que si dejaran al Espíritu Santo trabajar
juntamente con ellos, el potencial que desarrollarían sería incalculable.
Pablo tuvo que enfatizarles a aquellos creyentes la importancia del bautismo
en el Espíritu Santo a través de la persona de Jesucristo. Fue cuando pasaron
nuevamente por el bautismo en agua, luego Pablo les impuso las manos y vino
sobre ellos el Espíritu de Dios y pudieron hablar en otras lenguas y profetizar
(Hechos 19:1-6).
Esto es para todos y para ello debemos estar preparados; la vida cristiana es
exitosa por la presencia del Espíritu de Dios en ella. En Efesios 1:13-14
destaca Pablo:
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el
evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis
sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras
de nuestra herencia hasta la redención de la posesión
adquirida, para alabanza de su gloria”.
Pablo nos recuerda que hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la
promesa, es decir, aceptar a Cristo implica un paso de fe, pero recibir al
Espíritu Santo es recibir el sello de la promesa que nos garantiza como hijos de
Dios.
Son las arras que Dios nos entrega como evidencia de
que somos redimidos por la sangre de Jesús
para la alabanza de su gloria.
Las arras también se relacionan específicamente con la vida matrimonial. En
los tiempos bíblicos, cuando una pareja quería comprometerse en matrimonio,
el hombre daba a su prometida diez monedas como arras que garantizaban la
seriedad de dicho compromiso; el día de la boda, la mujer debía traer las
monedas, y si le faltaba una de ellas, el compromiso se rompía. Esto justifica la
vivencia de la mujer que perdió un dracma, encendió la lámpara, barrió la casa
y buscó con diligencia hasta encontrarla, y luego reunió a sus amigas y vecinas
y les compartió su experiencia, relato que aparece en Lucas 15:8-10.
Dios nos da su Espíritu como las arras de nuestra herencia, y las diez
monedas significan la plenitud del Espíritu en nuestras vidas, una pequeña
indiscreción de nuestra parte puede hacer que el espíritu se apague y la
relación con Dios se deteriore, por esta razón, cada creyente debe permitir que:
• Se encienda la lámpara de la Palabra para que escudriñe aún lo oculto de su
corazón.
• Barrer o limpiar cada aspecto o situación que identifique como estorbo en su
vida cristiana.
• Buscar con diligencia que el Espíritu Santo llene cada vacío que tenga en su
vida.
• Testificar a otros con gozo, acerca de lo que Cristo ha hecho en su vida.
• Podemos tener la seguridad de que el Señor cumplirá la promesa de darnos
el Espíritu Santo a cada uno de nosotros.
En Lucas 11:11-13 dice:
“¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O
si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros,
siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los
que se lo pidan?”.
Dios es un Padre amoroso y Él quiere tener una relación íntima con cada uno
de sus hijos; ni aun el padre más bondadoso que exista en el mundo, puede
compararse en bondad con el Padre Dios. La analogía que hace el Señor es: si
un padre malo da lo mejor a sus hijos, ¿pueden ustedes imaginarse la actitud
de Aquél que es el ser más bondadoso del universo con sus hijos que en forma
perseverante le piden la llenura del Espíritu? Lo dará sin demora alguna. Quizá
alguien diga: pero lo que más necesito ahora es dinero para quedar libre de mis
deudas, ¿no sería mejor que me diera este tipo de ayuda?
Permítame decirle que tanto el dinero como los bienes de este mundo se
acaban, pero el Espíritu Santo permanece para siempre. No por el hecho de
que alguien duerma en una cama de oro, tiene garantizado un sueño
placentero: tampoco el hecho de vivir en una casa hermosa garantiza la
felicidad; ni aún asistir a una hermosa iglesia con sana doctrina, significa que la
persona lleve una vida santa; de igual manera, si alguien habla del Espíritu
Santo no es señal de que lo conozca como debe ser. Se requiere tener una
experiencia personal con Él.
Lo mejor que Dios tiene para darnos es su Espíritu Santo, y si alguien lo
menosprecia, está teniendo en poco la bondad del Señor; pero si una persona
quiere agradar verdaderamente al Padre, debe implorar diligentemente que
Dios lo llene de su Espíritu. No se quede con la actitud conformista de creer
que el Espíritu Santo fue dado solo a los apóstoles, por el contrario, tenga la
certeza que el Espíritu de Dios está más cerca de usted que el aire que respira.
Pasos fundamentales para recibir la llenura del Espíritu
Santo
1. Limpieza de corazón
El Señor dijo: “Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino
nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán” (Lucas
5:37). El vino representa la fresca y enérgica presencia del Espíritu Santo
que quiere vertirse en vidas completamente regeneradas. Los odres viejos
representan a aquellas personas que experimentaron la presencia del
Espíritu en sus vidas por algún tiempo, pero que, por diversas
circunstancias perdieron la comunión con Dios. El odre nuevo es la vida
regenerada, transformada por Dios, una vida que lleva la ley divina y ha
sido escrita en el corazón por el mismo dedo del Espíritu Santo. El Espíritu
de Dios sólo puede ser derramado en vasos limpios, mentes renovadas,
corazones regenerados y deseosos de la presencia divina. En 2 Corintios
5:17 el apóstol dijo:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
Al aceptar a Cristo en nuestro corazón, el Señor tiene que mudar totalmente
nuestra vieja naturaleza y nos da una nueva conforme con la imagen y
semejanza suya. Es como el hombre que compra un terreno con una casa
bastante vieja, que para nada le es útil, y tiene que derribarla para construir
una nueva de acuerdo con lo que desea. Dios nunca construye las paredes
de su iglesia con los ladrillos del diablo, el Señor tiene que destruir las obras
que el adversario edificó por años en cada vida, para luego edificar en
nosotros con los ladrillos de la verdad, la justicia y el amor, para que
cumplamos fielmente su propósito en esta tierra.
En 1 Corintios 6:9-11 dice:
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No
erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni
los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los
estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos;
mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya
habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el
Espíritu de nuestro Dios”.
Al igual que en la fiesta del Pentecostés, el Espíritu de Dios quiere actuar en
nuestras vidas, pues cuando Él entra en alguien que le ha rendido su vida,
se hace sentir, y de una manera extraordinaria toma su lengua
permitiéndole expresar un lenguaje que jamás había conocido, mediante el
cual expresa las maravillas de Dios.
2. Creer
Todo en la vida cristiana es por fe. Cuando pedimos el bautismo del Espíritu
Santo, ya en fe debemos aceptar que lo tenemos y empezar en esa misma
fe a hablarle al Señor en nuevas lenguas. Estuve orando por una mujer que
llevaba 25 años de cristiana y ya otros habían intercedido para que recibiera
el bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia de hablar en otras
lenguas, pero nunca había podido hacerlo. Después de reprender el espíritu
de temor le dije que, en un acto de fe, pusiera de su parte y que el Señor
haría el resto. Esta mujer pensaba que se podía hablar en otras lenguas
porque el Espíritu venía y le enredaba la lengua, por esto, nunca lo había
logrado. Cuando me escuchó decir que se trataba de lo más sencillo de
este mundo, que lo único que se requiere es creer, la mujer actuó en fe y
esa tarde vivió una experiencia maravillosa que la mantuvo por horas
adorando al Señor en un lenguaje que ella no conocía.
En Mateo 12:34 dice:
“…Porque de la abundancia del corazón habla la boca”.
Si una persona está llena de Dios, lo expresará con sus palabras. Si está llena
de amargura, de odio, o venganza, también con sus palabras lo va a
expresar, porque a través de la boca se desahoga lo que hay en el corazón.
3. No prestar nuestro cuerpo al pecado
En Romanos 6:13, dice:
“…ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como
instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a
Dios como vivos de entre los muertos, y nuestros miembros a
Dios como instrumento de justicia”.
Y en Santiago 3:8-12 encontramos:
“…pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que
no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella
bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los
hombres, que están hechos a semejanza de Dios. De una misma
boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no
debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma
abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso
la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también
ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”.
El Espíritu se recibe voluntariamente
El Espíritu Santo es todo un caballero; Él jamás entrará en una vida a la
fuerza, siempre lo hace cuando la persona voluntariamente le rinde su vida.
Hay denominaciones que han rechazado al Espíritu Santo y el Señor no ha
presionado para que lo dejen entrar porque por su caballerosidad Él siempre
respeta el libre albedrío que Dios ha dado. Pero cuando voluntariamente
rendimos nuestro ser Él lo controla, y es el único que puede domar la lengua,
razón por la cual, en el bautismo del Espíritu Santo, toma la lengua y la usa a
través de nosotros pronunciando otros idiomas, lenguas diferentes.
Santiago dice que el que doma la lengua puede domar todo el cuerpo, y si
dejamos que el Espíritu Santo dome nuestra lengua en el momento del
bautismo, Él mismo Espíritu va a controlar nuestros impulsos, nuestros
pensamientos, deseos y todo lo que somos. Pablo dijo en 2 Corintios 3:17.
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad”.
El apóstol compara la libertad del creyente con la llenura del Espíritu Santo.
En Romanos 8:15 dice:
“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra
vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción,
por el cual clamamos: ¡Abba Padre! El Espíritu mismo da
testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si
hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con
Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que
juntamente con él seamos glorificados”.
Para algunos, el bautismo del Espíritu Santo es la culminación de una
búsqueda incansable, pero en realidad el bautismo en el Espíritu Santo es
solamente la puerta de entrada en un camino lleno de experiencias ricas e
incomparables.
Considerar el bautismo en el Espíritu Santo un hecho fundamental en la vida
de todo creyente, ha tendido a causar controversia entre distintas corrientes del
cristianismo. No obstante, esta es una experiencia real justificada en las
Sagradas Escrituras, como algo diferente al bautismo en agua.
Cuando Pablo estuvo predicando en Éfeso, y les preguntó a aquellos
creyentes, del relato de Hechos 19, si habían recibido el Espíritu Santo, dio a
entender que una cosa es el bautismo en agua, y otra recibir la llenura del
Espíritu Santo.
Al aceptar a Cristo en el corazón como Señor y Salvador, el Espíritu Santo
entra a morar en nuestro ser, dándonos el gozo de la conversión y produciendo
una total renovación de vida permitiendo frutos espirituales que pasan a ser
parte del carácter del individuo.
Al ser regenerado, un individuo “es nacido del
Espíritu”, lo que es diferente a ser “bautizado en
el Espíritu”. Al nacer del Espíritu se recibe vida.
Mientras que al ser “bautizado en el Espíritu” se
recibe poder, un poder que se evidencia a través
de los dones espirituales para el desarrollo
ministerial en la iglesia.
En la época de Pablo, notamos, por la respuesta a la pregunta formulada a
los discípulos, que ellos ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo y por
tanto no podían opinar acerca de Él. En la actualidad se vive un caso parecido
con aquellos que han escuchado acerca del Espíritu Santo, pero jamás lo han
sentido fluyendo en sus corazones, es decir, la llenura no se ha presentado en
ellos.
Juan al desarrollar su ministerio que consistía en el bautismo de
arrepentimiento, les dijo a quienes se le acercaban:
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el
que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es
más poderoso que yo; el os bautizará en Espíritu Santo y fuego”
(Mateo 3:11).
Aunque estos breves planteamientos nos muestran que existe una clara
diferencia entre ser bautizados en agua y ser bautizados en el Espíritu Santo,
consideramos que, para mayor claridad conceptual y antes de profundizar en
detalles sobre este tipo de bautismo, debemos conocer mejor al Espíritu Santo,
saber quién es exactamente esta persona de la Trinidad.
Conozcamos al Espíritu Santo
Jesús definió al Espíritu Santo como El Consolador, en griego, el paracleto,
alguien que viene a nuestro lado para auxiliarnos.
Al finalizar su ministerio terrenal, el Señor Jesús no quiso dejar solos a sus
discípulos y por ello los reunió y les dijo:
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si
no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me
fuere, os lo enviaré” (Juan 16:7).
Este texto bíblico, unido al de Lucas 24:49, nos ayudan a concluir que el
Espíritu Santo es una promesa de Dios para todo creyente y que, con su
venida, todos podríamos disfrutar “El Consolador”. “He aquí, yo enviaré la
promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de
Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).
Todos debemos llegar al conocimiento pleno de quién
es el Espíritu Santo y además saber que se trata
de una promesa de Dios, quien lo envió como
Consolador; los siguientes elementos nos
ayudarán a conocerlo mejor.
1. El Espíritu Santo es una persona
Cuando Pedro testificó en casa de Cornelio acerca de la obra de Jesús,
destacó en sus comentarios a las personas de la Trinidad, diciendo.
“…cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de
Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a
todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”
(Hechos 10:38).
Vemos aquí el proceso de la unción entre las tres personas:
EL PADRE
(Dios que unge)
EL HIJO
(sobre quien recae la unción)
EL ESPÍRITU SANTO
(el instrumento de la unción)
La unción equivale a experimentar la presencia divina
en forma permanente, y esto se hace posible a
través de la persona del Espíritu Santo. El
Espíritu Santo es una persona tan real como el
Señor Jesucristo.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos dijo:
“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved;
porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo
tengo” (Lucas 24:39).
La gente de su época pudo palpar a Jesús. Más tarde, Él mismo dijo que
partiría, pero que no dejaría solos a sus discípulos, pues enviará al Consolador,
o sea, al Espíritu Santo. Jesús tenía plena confianza en que el Espíritu Santo
habría de representarlo fielmente por su condición como una persona
integrante de la Trinidad. Sin embargo, se trata de una persona a la que el
mundo no ve ni le puede recibir porque el Espíritu Santo es dado sólo a
aquellos que reconocen a Jesús como su Señor y Salvador. El mundo judío
conoció el ministerio de Dios Padre; cuando Jesús vino al mundo, la gente fue
impactada por el ministerio de Dios Hijo; y la iglesia ha sido ricamente
bendecida con la venida del Espíritu Santo, un ministerio que se inició con la
maravillosa experiencia del día de Pentecostés.
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes
juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un
viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde
estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas,
como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron
todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos
2:1-4).
2. Glorifica a Jesús
En Juan 16:14-15 tenemos las palabras de Jesús refiriéndose al Espíritu
Santo y diciendo:
“El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.
Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo
mío, y os lo hará saber”.
El Espíritu Santo es el único administrador de las
riquezas de la Trinidad. El Padre y el Hijo
comparten la totalidad de la riqueza infinita, pero
quien la revela e interpreta es el Espíritu Santo.
Podemos pensar que Dios tiene un almacén lleno de todo lo que el hombre
pueda necesitar en la tierra, y cualquier persona que anhele ser enriquecida
con esas bendiciones, debe cultivar una relación íntima con el Espíritu Santo.
Todo lo que el Espíritu hace, contribuye a glorificar a Jesús. Cuando una
persona deja de glorificar a Jesús mediante sus actos, con sus palabras, o en
la misma congregación, el Espíritu se hace a un lado. Si se tiene una amistad
estrecha con el Espíritu Santo, lograremos acceso a los tesoros divinos y esta
persona de la Trinidad se encargará de que los disfrutemos. La fe en Jesucristo
nos da derecho legal a sus riquezas, pero la comunión con el Espíritu es la que
nos permite disfrutarlas. Cuando glorificamos a Jesús con nuestros actos, el
Espíritu se goza y acrecienta su poder en nosotros entregándonos las
bendiciones de su gracia. Jesús dijo:
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán
ríos de agua viva” (Juan 7:38).
Y más adelante, en el versículo 39 del mismo capítulo leemos:
“Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él;
pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no
había sido aún glorificado”.
El Espíritu Santo es irremplazable; si a alguien se le ocurriera quitar a esta
persona de la comunión de la iglesia (algunos ni lo notarían porque están
cargados de ritos y tradiciones que han sido introducidos como sustitutos del
Espíritu Santo), la iglesia sería un ente sin vida y no tendría rumbo definido, ya
que el Espíritu es el que nos guía a toda verdad.
3. Nos hace nacer de nuevo
Es sólo por medio del Espíritu Santo que llegamos a ser considerados hijos
de Dios; es su obra en nuestra vida la que nos permite nacer de nuevo. La
Biblia registra el principio del nuevo nacimiento a través de las inquietudes de
un hombre llamado Nicodemo, alguien que, al conocer el ministerio de Jesús,
le dijo asombrado:
“…sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie
puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”
(Juan 3:2).
Y Jesús respondió diciéndole:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no
puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
En el pasaje anterior, el Señor marca bien la diferencia entre nacer de padres
humanos y nacer del Espíritu. Nicodemo, sin entender en principio el mensaje,
considera que el Señor se refiere a la remota posibilidad de volver al vientre de
la madre, a lo que Jesús responde precisando la gran diferencia:
“…el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el
reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que
es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:5-6).
Aquí el Señor se refiere al Espíritu Santo. En otras palabras, una conversión
intelectual, como es el caso de muchos, no sirve. Para poder nacer del Espíritu
de Dios, es necesario morir primero. Si una persona no muere al pecado, el
Espíritu no se vivifica.
4. Es nuestro guía
Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…” (Juan 14:6).
Él fue y sigue siendo el único camino al Padre. La Palabra de Dios es como
un mapa que nos ubica en este mundo, y la cercanía al Padre es a través de
Jesucristo, pero al irse Jesús prometió enviar al Espíritu Santo para guiarnos, a
fin de que no nos apartemos de la senda correcta.
“…pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la
verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que
hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán
de venir” (Juan 16:13).
Recuerdo la historia de un misionero que llegó a predicar en una especie de
jungla. El líder de la región que lo estaba esperando le dijo “sígueme”, y
empezó a caminar hacia el interior de la maleza; cuando habían avanzado un
buen trecho, el misionero, asombrado porque no veía camino ni vehículo,
pregunta: ¿cuál es el camino?, a lo que el hombre respondió: “Yo soy el camino,
si no me sigues, jamás llegarás a tu destino”.
Esta ilustración nos indica que, así conozcamos bien la Palabra de Dios y
seamos expertos dominándola el Espíritu Santo es nuestro guía como el mapa
que orienta nuestra vida.
Sólo la guía del Espíritu Santo nos ayudará a culminar
con éxito el recorrido, es el Espíritu el que puede
interpretar correctamente el mapa de la Palabra.
Jesús dijo que Él nos llevará a toda verdad
El Apóstol Pablo recibió una revelación del Espíritu en la cual le decía que, en
los postreros tiempos, algunos apostatarán de la fe proclamando espíritus
engañadores y doctrinas de demonios. Esto significa que quien no cultive una
comunicación íntima con el Espíritu Santo, corre el peligro de desviarse
doctrinalmente, tal como ocurrió con los fariseos de la época de Jesús a
quienes Él tuvo que exhortar, diciéndoles:
“…Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra
tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando
dijo: Este pueblo delabios me honra; mas su corazón está lejos
de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas,
mandamientos de hombres…Toda planta que no plantó mi
Padre celestial, será desarraigada. Dejadlos; son ciegos guías
de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el
hoyo” (Mateo 15: 6-9;13-14).
La mayor protección contra el error y para evitar caer en doctrinas
humanas, es mantener una relación fuerte con el Espíritu Santo,
el Espíritu de verdad que habrá de revelarnos los secretos
divinos y nos permitirá conocer las cosas futuras.
5. Revela los secretos divinos
Cuando el rey Nabucodonosor mandó a matar a todos los sabios
de Babilonia porque no pudieron interpretarle un sueño, Daniel
y sus tres amigos oraron específicamente a Dios para que les
revelara el asunto:
“Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por
lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo. Y Daniel habló y dijo:
Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque
suyos son el poder y la sabiduría. El muda los tiempos y las
edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y
la ciencia a los entendidos. El revela lo profundo y lo escondido;
conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz” (Daniel
2:19-22).
Antes de la experiencia de Daniel, ya Moisés había escrito en
Deuteronomio [Link]
“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las
reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para
siempre…”.
Habíamos comentado antes que el Padre y el Hijo comparten las
riquezas infinitas de su gracia, pero a nosotros son dadas a
conocer claramente por el Espíritu Santo. Como administrador
autorizado de esas bendiciones, de esas riquezas y todos los
secretos divinos, el Espíritu Santo las imparte a aquellos que,
por la fe, nos hemos rendido a Jesús y al mismo Espíritu.
Lamentablemente, la iglesia no ha permanecido en el equilibrio
espiritual que caracterizó a los primeros cristianos y algunos se
han dedicado a cultivar apasionadamente sólo la doctrina
aminorando la importancia del Espíritu Santo, esto es similar a
tener un carro lujoso, pero sin motor.
Cuando falta la guía reveladora del Espíritu Santo, aunque los
líderes de la iglesia consideren que la obra está marchando, no
ocurre así realmente, se produce un estancamiento. Un gran
ejemplo de esto lo encontramos cuando el pueblo de Israel
caminó en el desierto: cuando la nube, que representaba al
Espíritu Santo, marchaba, el pueblo se levantaba y también
marchaba; pero cuando la nube se detenía, el pueblo también se
detenía.
Al conocerlo como persona, como el que glorifica a Jesús, el que
nos ayuda a nacer de nuevo, nos guía y nos revela los secretos
divinos, comprendemos por qué el Espíritu Santo es importante
para nuestra vida.
Entendemos que Él es el único representante de Dios en la tierra.
Cuando Jesús resucitó y se manifestó a sus discípulos, ellos le
preguntaron:
“Señor, ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo? Y les dijo:
No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el
Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando
haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis
testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo
último de la tierra” (Hechos 1:6-8).
Comprendemos entonces que Jesús ascendió a los cielos y en
común acuerdo con el Padre decidieron enviar el Espíritu Santo
para que los representase en la tierra. Joel profetizó al respecto
diciendo:
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y
profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos
soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también
sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en
aquellos días” (Joel 2:28-29).
En pocos términos, se nos está hablando de una promesa
equivalente a la verdadera manifestación del poder de Dios en
nuestras vidas, un poder que viene a través del bautismo en el
Espíritu Santo.
Herramientas de Estudio 2
Sumergidos en su Espíritu
Memorizar y declarar
Por una semana declare el versículo en voz alta 3 veces antes de
dormir y tres veces antes de levantarse cada mañana.
He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero
quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis
investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).
Profundizar
1. ¿Qué significa tener limpieza del corazón?
2. ¿Por qué cree que algunos creyentes no logran recibir al Espíritu
Santo?
3. Para usted, ¿qué implica que el Espíritu de Dios more en usted?
Aplicar
1. Escriba una carta al Espíritu Santo, y determine tener una cita
semanal con Él.
2. Durante este mes determine media hora al día para orar en otras
lenguas y permitir que el Espíritu Santo tomé control de su
lengua.