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Conquista Lacandón 1695: Comentario

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BIBLIOTHECA

IBEROAM ERICANA

Nicolas de Valenzuela: Por m ucho que se h a escrito sobre la con­


quista de Latinoam érica p o r los españoles,
sobre los m otivos am biguos y los caracteres
diferentes de los conquistadores, o sea por
autores contem poráneos, o por com enta­
ristas posteriores, no se ha agotado todavía
Conquista del Lacandón este tem a fascinante. Con la publicación
de cada fuente hasta ahora desconocida
se pueden ganar nuevas perspectivas. N ico­
lás de Valenzuela, el autor de la presente
crónica sobre la „en trad a“ de 1695 contra

y Conquista del Chol los Lacandones e Itzá, en la cual participó


en su doble función de escribano y capitán
de un a com pañía, no quería ni escribir
una obra histórica ni enaltecer sus hazañas.
Estaba cum pliendo com o funcionario del
gobierno con su m andato de com poner
II para el uso oficial una descripción detallada
de esta expedición y sus varios trabajos
C O M E N T A R IO preparatorios necesarios, y lo hizo con la
m eticulosidad de un experto en asuntos
POR adm inistrativos; el hecho de que sabía

GÖTZ F R E I H E R R V O N HOUW ALD

e ------------------------------------------------------------
C O L L O Q U IU M VERLAG
BERLIN
BIBLIOTHECA I BE R O -AM ER I CAN A

Veröffentlichungen des Ibero-Amerikanischen Instituts


Preußischer Kulturbesitz
Herausgegeben von W ilhelm Stegmann
Band 28
©
BIBLIOTHECA I B E R O -A M E R I CA N A

Nicolás de Valenzuela:
Conquista del Lacandón
y Conquista del Chol
Relación sobre la expedición de 1695
contra los Lacandones e Itzá
según el „Manuscrito de Berlin“

Editado y comentado por


G Ö TZ FREIHERR V O N HOUW ALD

TOM O II : COMENTARIO

COLLOQUIUM VERLAG BERLIN 1979


CIP-Kurztitelaufnahme der Deutschen Bibliothek

Valenzuela, Nicolas de:


Conquista del Lacandón y conquista del Chol:
relación sobre la expedición de 1695 contra los
Lacandones e Itzá según el „Manuscrito de Berlin“ /
Nicolás de Valenzuela. Ed. y comentario de Gótz
Frhr. von Houwald. - Berlin: Colloquium-Verlag.
ISBN 3-7678-0485-9
NE: Houwald, Götz Frhr. von [Bearb.]
T. 2. Comentario. - 1979.
(Bibliotheca Ibero-Americana; Bd. 28)

© 1979 Colloquium Verlag Otto H. Hess, Berlin


Satz: Gleißberg & Wittstock, Berlin
Druck: Color-Druck, Berlin
Schrift: Garamond
Printed in Germany
IN TR O D U CC IÓ N

Las dos partes que constituyen este trabajo se orientan a dos objetivos: en
prim er lugar, dar a conocer al lector el texto com pleto literal de la «Rela­
ción» de Nicolás de Valenzuela sobre la cam paña de conquista de 1695 con­
tra los lacandones y los itzá, un im portante docum ento histórico, hasta
ahora sólo difícilm ente accesible, que se presenta aquí en form a más facil­
m ente legible en la versión conocida com o «M anuscrito de Berlín».
Pero dado que la expedición de 1695 no fue una acción aislada, sino que
constituyó uno de los m uchos pasos en el largo camino del total som eti­
m iento de la población india y de su integración en el im perio colonial
español, debe situársela, en segundo lugar, en el contexto más am plio de
sus circunstancias históricas y étnicas. Esto ha parecido tan to más necesa­
rio, cuanto que esta «entrada» puede servir en m uchos p u n to s de m odelo
de otras empresas similares.
A pesar de todas las modificaciones a que se vieron sometidas tales con­
quistas en el curso de los tiem pos, tanto en lo que atañe a sus objetivos y
técnica de realización, puede com probarse tam bién la perm anencia de una
serie de principios básicos y de m étodos de ejecución de tales empresas. La
descripción de anteriores campañas contra los lacandones y los itzá ayudará
al reconocim iento de tales paralelos. D ado que esta «conquista» se dirigió
contra grupos étnicos que hasta entonces habían poseído una vida propia
com o m iem bros de una gran com unidad cultural, cuya aniquilación causa­
ron finalm ente los españoles tanto con su poder estatal com o tam bién m e­
diante la acción de los m isioneros, se ha considerado aquí apropiado tratar
de form a breve la génesis y estructura de tales g rupos étnicos, cosa tanto
más im portante cuanto que en parte la cam paña de 1695 fue la prim era oca­
sión en que los europeos entraron en un contacto más directo con los g ru ­
pos indios en cuestión.
A q u í se manifestará tam bién hasta que p u n to faltaba a los españoles, sin
exceptuar al clero, una com prensión profunda de la idiosincracia de los
indios. La «Relación» de 1695 escrita p o r Valenzuela contiene p o r tanto
relativam ente poco sobre las condiciones de vida de aquellas poblaciones.
A pesar de todo, de los pocos lugares del m anuscrito en que se trata este
tema, puede deducirse algo sobre la tragedia implicada en el encuentro de
culturas tan diversas. Esta tragedia consistió sobre to d o en que los españo­

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les, desde el prim er instante del descubrim iento y to m a de posesión de las
tierras del N uevo M undo, se vieron sujetos a una especie de coacción que
les obligó a seguir avanzando sin detenerse a m edio camino. Lo m ism o que
del descubrim iento se siguió forzosam ente la conquista - al m enos dentro
del m arco de ideas vigentes en aquel tiem po - después de la prim era con­
quista no les quedó tam poco otra posibilidad que la de integrar en su
propio sistema de dom inio y adm inistración los restantes grupos autócto­
nos. En la m edia en que este objetivo no pudo alcanzarse plenam ente bajo
el dom inio español, las m odernas repúblicas latinoamericanas se vieron, y
siguen viéndose obligadas a continuar en esta m ism a línea de acción,
aunque ahora con otros medios.
Se ha escrito m ucho sobre los errores e incluso sobre los crímenes de los
españoles frente a los indios y la «Leyenda Negra» tiene para m uchos más
significación que la legislación de los reyes españoles orientada según las
mejores intenciones y pun to s de vista éticos, así com o los esfuerzos de bue­
na voluntad de las órdenes religiosas, sobre to d o de los dom inicos. En la
descripción de la cam paña de Valenzuela de 1695 puede percibirse clara­
m ente esta problem ática, y en el com entario al texto de la «Relación» ha
debido tratarse expresam ente este punto. La personalidad del Presidente
Barrios, cuyos rasgos fundam entales se describen de form a tan viva en la
«Relación» de Valenzuela, encarna evidentem ente la ambivalencia de los
valores que supo sintetizar aquella época, y que para nosotros apenas si es
com prensible. En la sección dedicada a la «conquista espiritual» deberá ex­
ponerse com o este concepto - que para nosotros se com pone de dos ele­
m entos realm ente heterogéneos - no tenía en aquel tiem po nada de con­
tradictorio, de form a que realm ente se podía m antener entonces honrada­
m ente la convicción de que una cam paña de conquista violenta se dirigía al
bien de los m ism os som etidos.
Los m eros hechos referidos en la «Relación» de Valenzuela nos son conoci­
dos en sus rasgos generales gracias a otras descripciones tanto de la época
com o tam bién más recientes. Sin em bargo, el m anuscrito de Valenzuela
rellena una notable laguna, en especial en lo que concierne ala p in tu ra de las
im presiones personales del autor que participó inm ediatam ente en los
hechos; esto tiene particular vigencia precisam ente con respecto a los deta­
lles resum idos con extrem ada precisión p o r Valenzuela que ofrecen una
imagen m uy exacta de la práctica adm inistrativa española y de la realización
técnica de una acción de este género.
U na descripción m uy detallada de esta entrada se encuentra en la «Historia
de la C onquista de la Provincia de el Itzá», d e ju a n de Villagutierre Soto-
Mayor, publicada en M adrid en 1701. O tras exposiciones contem poráneas

6
se encuentran en la «Historia de la Provincia de San V icente de Chiapa y
Guatemala» de Fray Francisco X im énez que tam bién participó en la cam­
paña, pero que cita largos pasajes de Villagutierre, aunque ciertam ente
sobre todo para criticarle. Ju n to a estas obras existen algunas narraciones
breves, en su m ayoría escritas po r m isioneros com o Fray A ndrés de Aven-
daño, Fray D iego de Rivas, Fray A gustín Cano, Fray Francisco Gallegos,
Fray Jo sé D elgado, Fray A ntonio Margil etc., que en parte tam bién habían
participado en ésta o en otras «entradas». Los autores posteriores se han ser­
vido sin em bargo sobre to d o de la obra de Villagutierre.
Sin em bargo, para Villagutierre, que com o Relator del Consejo de Indias
tenía acceso a todas las actas y narraciones de «Las Indias», u n ad e las fuentes
más im portantes de su descripción de la cam paña de 1695 fue la «Relación»
de Valenzuela. García Peláez, que tam bién debió haber conocido el m anus­
crito de Valenzuela, ha sido el prim ero en aludir aeste hecho en 1851 (1972,
11:206). C om o se m ostrará en este trabajo, m uchos pasajes de la obra de
Villagutierre siguen casi literalm ente la dicción de Valenzuela.
Repetidas veces se ha lam entado que la im portante «Relación» de Valen­
zuela hubiera perm anecido hasta ahora inédita, pues a pesar de toda su
m inuciosidad, la «Historia» de Villagutierre es sólo una descripción de se­
g u nda m ano. P or lo demás, esto se pasó p o r alto durante m ucho tiem po
dada la difícil accesibilidad de la «Relación» de Valenzuela, y finalm ente ésta
fue cayendo en el olvido. García Peláez utilizó el m anuscrito m eram ente
com o una ayuda, y, después de él, Squier, Bancroft, Bandelier y otros sólo
lo han m encionado sin haber legado a utilizarlo ellos mism os. El paradero
de la «Relación» quedó olvidado hasta que en 1912, W alter Lehm ann adqui­
rió en un anticuario de Bruselas la versión que hoy se conserva en el In stitu ­
to Ibero-A m ericano de Berlín y hasta que en 1971 N icholas H ellm uth
p u d o descubrir otra versión en el A rchivo G eneral de Indias de Sevilla.
C om o se m ostrará en este trabajo, el «Manuscrito de Berlín» es probable­
m ente el borrador del que el m anuscrito de Sevilla puede considerarse
com o una copia en limpio.
C uando gracias a la atención del In stituto Ibero-A m ericano de Berlín, y so­
bre to d o gracias a una indicación del señor profesor D r. G erd t K utscher, a
quien está confiado el legado de W alter Lehm ann, llegué a conocer la exis­
tencia del «M anuscrito de Berlín» y se m e anim ó a escribir el presente traba­
jo, yo no conocía todavía la existencia de la versión conservada en Sevilla.
Pero aun en el caso de haberla conocido antes de em prender m i investiga­
ción, m i elección habría recaído tam bién sobre una publicación de la «Rela­
ción» en la form a del «M anuscrito de Berlín» y no según la «copia en lim ­
pio» conservada en Sevilla. Pues la versión de Berlín perm ite obten er una

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visión exacta de ia génesis de la «Relación», tal com o se visibiliza en las n u ­
merosas adiciones, tachaduras, notas marginales, correcciones y cambios
en el texto llevados a cabo, por lo m enos, p o r dos reelaboradores. D ado
que el curso histórico de los sucesos tratados era ya conocido en sus rasgos
generales, el valor de la «Relación» de Valenzuela debe verse en el detalle
con que se ha esforzado en escribirla.
H ellm uth (1977:425) ham encionado que V illagutierreen su utilización de
la «Relación» había olvidado precisam ente los lugares más interesantes des­
de el p u n to de vista etnográfico, así com o tam bién dej ó sin considerar algu­
nas particularidades que nos dan a conocer po r ejem plo tan to la práctica ad­
m inistrativa del siglo X V II en la form a y m odo de la realización de una
«conquista política» o «conquista espiritual» de este tipo, con sus preparati­
vos en logística, contabilidad y estrategia, com o tam bién a los m ism os
indios a quienes se quería reducir.
Precisamente tales detalles se perciben m ejor en el borrador, gracias a las co­
rrecciones realizadas p o r varias personas, que en la copia en limpio. «La
autenticidad de la relación no es la m enor parte de la im portancia de este
manuscrito», enjuiciaba ya García Peláez (1972, II :206). En el presente tra­
bajo m e he esforzado en conservar precisam ente esta autenticidad de la
«Relación».
N aturam ente resulta más difícil la lectura del borrador tan corregido que la
de la copia en limpio, que parece estuvo destinada a la Cancillería del C o n ­
sejo de Indias, de form a que fueron necesarias ciertas intervenciones en el
m ism o texto para hacerlo po r lo m enos legible. U n a reproducción literal
habría com plicado innecesariam ente el texto transcrito; tam poco era p re­
ciso tratarse de docum entar los más finos matices. P or esta razón m e he
guiado po r el principio de realizar m eram ente las correcciones y adaptacio­
nes absolutam ente necesarias para la com prensión del texto siguiendo las
actuales reglas ortográficas y gramaticales, sin cambiar sin em bargo nada de
la construcción y estilo, m uchas veces enredados y anticuados, y a veces
tam bién llenos de faltas. M eans (1917 [1974]: V I) ha reprochado a Villagu-
tierre que su form a de escribir sería «terrible» y que ha llenado página tras
página sin interpunción alguna o incluso sin un verbo claramente afirmati­
vo. Esto tiene aún m ayor vigencia en el texto de Valenzuela en el que hay
largos pasajes sin pun to s ni comas y que con frecuencia sólo dificilmente
son com prensibles. A ditam entos, que m uchas veces se integraban mal en
las frases anteriorm ente existentes dificultan además la com prensibilidad.
C on todo, a pesar de que esto supone obstáculos a una fácil legibilidad, m e
ha parecido im portante ser p rudente en los intentos de m odernización del
texto original, e intento conservar en lo posible el carácter tan espontáneo
de este histórico docum ento.
El problem a ha consistido pues en encontrar un térm ino m edio entre los
extrem os de una versión literal y de una versión modernizada.
En lo que atañe a la ortografía sólo he añadido po r esta razón los acentos. La
utilización de las mayúsculas arbitrariam ente distribuidas en el original se­
gún gusto personal del escritor - a veces incluso en m edio de una
palabra —, ha sido adaptada con m oderación alas reglas actuales, pero en lo
demás he dejado la ortografía antigua tal com o era, lo que p o r lo demás ha
supuesto una cierta falta de unidad en algunos pasajes. Esto tiene tam bién
vigencia en lo que atañe a los nom bres propios que se presentan en formas
m uy distintas. A quí quisiera anticiparm e a una posible crítica - y esto vale
tam bién para m i com entario - con las palabras de Means (1917
[1974]: 186): «I do n o t deny that I have failed to avoid such inconsistency,
b ut at the outset, after due th o u g h t on the m atter, I decided th at it is m ost
difficult to try and lay dow n any hard and fast rule for the spelling o f the
p roper names used in this book. In m any cases it is utterly im possible to
say ‘this is the correct spelling o f this nam e’”; Means aporta con este m o ti­
vo una larga lista de variaciones del nom bre de los Itzá de Tayasal. Pues las
personas participantes en la creación del «Manuscrito de Berlín» no se
distinguen m eram ente po r su letra característica sino tam bién p o r su
distinta ortografía. Es natural que aparezcan grandes diferencias sobre todo
al transcribir los nom bres indios. D onde, p o r lo demás, exiten claros
errores del copista se han corregido sin decirlo expresamente.
Las cuatro escrituras reconocibles en el «M anuscrito de Berlín» han sido
señaladas con las letras a, b, c y d.
Se han suprim ido las frecuentes abreviaturas que sólo dificultan la lectura.
N aturalm ente no se ha alterado en nada la construcción de las frases, pres­
cindiendo de la puntuación casi totalm ente ausente en el original y de una
subdivisión de períodos dem asiado largos m ediante comas, p u n to s y p u n ­
tos y comas; pero se ha considerado útil una articulación del texto con p u n ­
tos y apartes.
Las adiciones y correcciones realizadas p o r m ano extraña han sido señala­
das, en la m edida en que se las consideró im portantes, m ediante corchetes y
su com ienzo y final se ha marcado con un + ; en las adiciones de tercera m a­
no d entro de una adición anterior se utilizó el signo §. Por lo demás, d onde
sólo se trataba de correcciones sin im portancia que no alteraban el sentido,
no se las ha tenido en cuenta para no interrum pir así la continuidad del tex­
to con demasiados añadidos en corchetes.
Los lugares del texto tachados p o r uno de los reelaboradores han sido o m i­
tidos, en tanto en cuanto que no se consideró im portante el texto tachado

9
po r m otivos tem áticos o para caracterizar al escritor. Esto ha sido indicado
en una nota correspondiente entre corchetes.
Hay que m encionar p or fin que las citas marcadas «Ms. p » se refieren a
mi edición del texto (= Vol. I de este trabajo), m ientras que las marcadas
«fol. ...» se refieren al original del m anuscrito mismo.
Espero que a pesar de haber m antenido am pliam ente las características típi­
cas de la época del original, teniendo m uy en consideración las m últiples
correcciones insertas, haya p odido garantizarse en cierto grado la legibili­
dad del texto.
Q uiero expresar aquí m i profundo agradecimiento al señor D r. W ilhelm
Stegm ann, director del In stituto Ibero-A m ericano de Berlín, de la Stiftung
Preußischer K ulturbesitz, y sobre todo al profesor D r. G erd t K utscher
que ha im pulsado la realización de este trabajo prom oviéndolo p o r todos
los m odos posibles. Tam bién agradezco aquí su ayuda a la señora D r.
Anneliese M önnich y a otros colaboradores del In stitu to Ibero-America­
no de Berlín.
Especialmente m e siento obligado al señor profesor D r. U do O berem ,
director del Seminario de Etnología de la Rheinischen-Friedrich-W il-
helm s-Universitát en B onn, que ha asistido la preparación de este trabajo
com o tesis doctoral, así com o tam bién a la señora D r. R osw itha H artm ann
por sus valiosos consejos. Finalm ente quiero expresar m i agradecimiento
al señor profesor D r. Francis Gall en G uatem ala que m e sum inistró datos
biográficos sobre Nicolás de Valenzuela, y tam bién al A rchivo de Indias en
Sevilla, que tanto ha contribuido a facilitar mis trabajos en dicho centro.

10
I -N I C O L Á S DE VALENZUELA,
SU P E R S O N A L ID A D Y OBRA

1 • P E R SO N A L ID A D D E V A LEN ZU ELA

Cuando N icolás de Valenzuela escribe su «Relación histórica verdadera» en


1695, firm aba com o «Escribano de Cámara m ayor de G obierno y G uerra,
notario m ayor del Tribunal de la Santa Cruzada y después notario público
y m ayor de Cabildo, D iputación y Alcauales» de la ciudad de Santiago de
los Caballeros de Guatemala.
Y a en 1669 se le m enciona com o «escribano de Cámara» ( A G C A G A 1.60
Exp. 53, 815 Leg. 6059), es decir, com o a u n o de los secretarios de la A u ­
diencia de G uatem ala que trabajaban bajo el escribano m ayor y que según
sus distintas funciones poseían tam bién diferentes títulos. A sí es com o en
1681, Valenzuela se denom inaba «escribano y receptor de núm ero de la
Audiencia» (A G C A G A 1. 24 Exp. 10210 Leg. 1566, fol. 245 y fol. 276). El
receptor era un «escribano com isionado po r un tribunal para hacer cobran­
zas, recibir pruebas u otros actos judiciales» (DLE).
En 1684 Valenzuela adquirió en form a usual el oficio vendible de «notario
del Tribunal de la Bula de la Santa Cruzada»; en este año se sabe que se le
pidió «q u e... cancele el saldo que debía po r el valor de rem ate de erste ofi­
cio» (A G C A G A 3.2 Exp. 15228 Leg. 825). En este cargo tenía que registrar
y adm inistrar los donativos u otras contribuciones de los «que iban a la gu e­
rra contra infieles o acudían a los gastos de ella con limosnas» p o r los cuales
se les concedían las indulgencias ya otorgadas en bulas pontificias (DLE).
El m ism o año de 1684 se le pidió «que... entere el saldo del valor del rem ate
del oficio de escribano público» (A G C A G A 3.1 Exp. 14814 Leg. 799).
U n docum ento respecto al otorgam iento del título de «notario de Indias»
de 22 de febrero de 1680 se encuentra ahora en el A rchivo G eneral de Indias
en Sevilla (A G I, G uatem ala 397,15 fol. 257 v). O tro docum ento fechado a
22 de m arzo de 1687 m enciona a Valenzuela com o «escribano del juzgado
general de Bienes de D ifuntos» (A G C A G A 1.43 Exp. 51645 Leg. 5926).
En 1689, Valenzuela fue nom brado «escribano m ayor del Tribunal de la
Santa Cruzada», pero com o este cargo estaba poco rem unerado siguió de­
sem peñando tam bién sus funciones de «escribano de Cámara de la A udien­
cia». Todavía en 1690 solicitaba en su calidad de escribano de Cámara «se le
asigne ayuda de costa po r el trabajo extraordinario en la tram itación de los

11
autos relacionados con la defensa de la costa de Nicaragua y del Salvador
po r el anuncio de piratas» (A G C A G A 3.2 Exp. 38, 274 Leg. 2601; A
1.39-108 Exp. 17858 Leg. 2362).
Su título de «escribano de la Provincia de Guatemala», conservado en el A r­
chivo G eneral de Indias de Sevilla (A G I, G uatem ala 398,16, fol. 300-302),
está fechado a 6 de septiem bre de 1694.
En 1698, Valenzuela renunció a su cargo de «escribano público del juzgado
de provincia de la ciudad de Guatemala» (A G C A G A 3.10 Exp. 42130 Leg.
2885).
Parece que en 1704 solicitó el oficio de «escribano m ayor de Cabildo», para
el que fue nom brado en 1706 (A G C A G A 1.19-1 Exp. 38325 Leg. 4504); en
un docum ento fechado a 14 de diciem bre de 1704 se lee: «al com unicar la
A udiencia p o r carta de 25 de Mayo de 1701, que había dado cum plim iento
al despacho de 20 de Septiem bre de 1699, incluyendo entre los oficios ven­
dibles y renunciables el de Escribano M ayor de Cabildo, separado del J u z ­
gado de la A duana de la ciudad de G uatem ala, de alcabalas. En tal cual los
había obtenido Nicolás de Valenzuela, Su M agestad aprobó todo lo p ro ­
puesto por la A udiencia y confirm ó el remate» (A G C A G A 1 Leg. 1524 fol.
175).
Por últim o, N icolás de Valenzuela parece haber desem peñado tam bién el
cargo de «escribano de la renta de Aleábales» com o se dice en la portada de
su «Relación»; en 1729, varios años después de su m uerte, su hijo Nocolás,
m encionado com o «hijo del Escribano de la R enta de Aleábales» reclamó el
«pago de sus sueldos y honorarios» (A G C A G A 3.5 Exp. 39287 Leg. 2733).
La «renta de Alcabala» era el im puesto del tanto p o r ciento del precio que
pagaba al fisco el vendedor en el contrato de com praventa y am bos contra­
tantes en el de permuta» (DLE).
A unque el A rchivo G eneral de C entroam érica en G uatem ala (A G C A G )
conserva diversos docum entos sobre Valenzuela y sus funciones, que
siem pre fueron las de escribano o notario, desem peñadas en diferentes de­
partam entos y con diferentes títulos, sin em bargo no se conservan docu­
m entos escritos de su propia m ano, salvo unas breves anotaciones de legali­
zación con su firma. Esto vale sobre todo de dos «Registros de ynstrum en-
tos públicos» que contienen actos legalizados p o r él en los años 1713 y 1714
(A G C A G A 1.20 Exp. 9892 Leg. 1401). Tam bién el volum inoso to m o «Tes­
tim onios de A utos hechos sobre la reducción de los indios infieles ... del
año de 1696» que se conserva en el Archivo G eneral de Indias (A G I, G u ate­
mala 152) y que contiene en su mayoría actas levantadas p o r Valenzuela, es
una copia en lim pio no escrita po r el m ism o Valenzuela.
N o se conocen detalles sobre la procedencia de Nicolás de Valenzuela y de

12
su familia. El apellido Valenzuela era ya m uy conocido en aquel tiem po en
Guatem ala, y sigue siéndolo hoy. Xim énez (Lib. V, Cap. LX X X V II =
1931, vol. 3:352) m enciona p o r ejem plo a un licenciado Francisco de
Valenzuela, rector del Colegio Seminario, así com o a un Padre Valenzuela
(Lib. V, Cap. LXX = 1931, vol. 3 :94), y en la m ism a «Relación» de Valen­
zuela se cita a un cabo D iego de Valenzuela que tam bién participó en la en­
trada del presidente Barrios Leal en 1695 (Ms. p. 294). N o se dice nada sin
em bargo sobre las relaciones familiares de los mencionados.
Nicolás de Valenzuela había m uerto ya en 1724, pero no ha sido posible
averiguar la fecha de su nacim iento ni la edad que alcanzó. D ejó viuda a
doña María Tomasa de Castro y Ayala, y varios hijos, de los cuales sólo se
conoce el nom bre de Nicolás (A G C A G A 1.57 Exp. 52,696 Leg. 5991 fol.
19; A 1.19-7 Exp. 38339 Leg. 4504; A 1.20 Leg. 1091 fol. 94 v; A 3.5 Exp.
39287 Leg. 2733).
C on respecto a su situación económica, un docum ento de 30 de septiem ­
bre de 1693 inform a que venido unas casas en la ciudad de Santiago de G u a­
temala, situadas al oriente del tem plo, calle real po r medio, a favor del con­
vento de Santa Catalina «para ser incorporadas al convento m ediante un
arco» (A G C A G A 1.20 Leg. 644 fol. 243 v.; véase ta m b ié n j.J. Prado et al.
1969:206 sig.). Se trata evidentem ente del «Arco de Santa Catalina» que to ­
davía hoy cruza la 5a Avenida, y que conectaba el convento, anteriorm ente
realm ente pequeño, con las dos casas com pradas al otro lado de la calle, con
las que la abadesa Elvira de San Francisco había querido ampliarlo. Gracias
al arco, las m onjas podían pasar de una parte del convento a la otra sin ser
vistas desde la calle (K elsey -D ejo n g h 1967:187).
El 3 de enero de 1697, Nicolás de Valenzuela vendió otra casa al alférez N i­
colás de Paniagua, entonces escribano público y de Cabildo (Ms. p. 168,
177; A G C A G A 1.20 Leg. 1490 fol. l). Además Valenzuela poseía unas tie­
rras en el pueblo de Mixco; se sabe que esta com unidad siguió en 1717 una
causa contra él «por tierras»; no se conocen sin em bargo más detalles
(A G C A G A 1.15 Exp. 32825 Leg. 4143). Tam bién «el C om ún del pueblo de
San Lorenzo M onroy» litigio contra Nicolás de Valenzuela, solicitando
que los ganados que pertenecen a él «sean retirados, porque dañan sus se­
menteras» (A G C A G A 1.2-7 Exp. 30306 Leg. 4003).
Por últim o se sabe que Nicolás de Valenzuela hizo una donación a favor de
su esposa e hijos de «la labor nom brada de San Estevan», una granja situada
en el valle de Mixco (A G C A G A 1.57 Exp. 52,696 Leg. 5991 fol. 2). Esta la­
bor fue vendida en 1724 por la viuda de Valenzuela a Nicolás de Peralta
(A G C A G A 1.57 Exp. 52, 696 Leg. 5991 fol. 19).
Al parecer Valenzuela no dispuso de una fortuna considerable y tenía que

13
vivir de su sueldo y de los derechos devengados en sus funciones notaria­
les, los cuales, sin em bargo, si debieron bastarle, com o puede desprenderse
de la siguiente noticia: El día 31 de diciem bre de 1690 dió recibo a los capita­
nes D o n M iguel de la Vega Balbuena y Phelipe de Maíz y Lizárraga de la
cantidad de 100 ducados «que son la ayuda de costa que se acostum bra dar a
los Scribanos de Cámara» (A G C A G A 3.2 Exp. 38,274 Leg. 2601). En cier­
tos casos, sin em bargo, tuvo dificultades al cobrar las sumas que le corres­
pondían; un docum ento de 1717 (A G C A G A 1.15 Exp. 18971 Leg. 2454)
m enciona los «ejecutivos seguidos po r Nicolás de Valenzuela contra
R am ón de A ltam irano, vecino de Nicaragua, por pesos», y su viuda María
Tomasa tenía que solicitar en 1725 «que se cubran los sueldos pendientes
que devengó su esposo» (A G C A G A 1.19-7 Exp. 38339 Leg. 4504; téngase
en cuenta que según una noticiadel profesor Francis G all en G uatem ala en ­
viada al autor, esta signatura corresponde en realidad a o tra acta, aunque en
el registro del A rchivo G eneral Centroam ericano (A G C A G ) el expedien­
te indica a la viuda de Valenzuela).
Nicolás de Valenzuela, para expresarlo en térm inos m odernos, pertenecía
a los funcionarios de categoría media. N o usaba título académico alguno,
pero indudablem ente disponía de cierta form ación y era versado en letras
clásicas, com o m uestran varios pasajes de su «Relación», donde p o r ejem­
plo cita al historiador Remesal (Ms. p. 277), y gustaba usar de vez en cuan­
do térm inos latinos com o «in continenti» (Ms. pp. 292,293), «nemine dis-
crepanti» (Ms. p. 293), «in prim o limine» (M s. p. 231) etc. Tam bién p ro cu ­
raba embellecer sus frases con alusiones literarias: a D o n Q uijote (Ms. p.
232), al «laberinto del M inotauro de Creta» (Ms. p. 392) etc. En to d o caso
sabía m anejar bien la plum a y disponía de una considerable experiencia en
asuntos adm inistrativos y burocráticos, en especial en el cam po de la conta­
bilidad. Esto parece haber sido el principal m otivo p o r el que el Presidente
Barrios Leal decidiera que le acom pañara durante su expedición contra los
L acandones,«... atento a que es necesario llevar scriuano, ante quien actuar
con buena form a e inteligencia to d o lo que ocurriere en dha red u cció n ...»
(Ms. p. 180).
Por auto de 15 de noviem bre de 1694, Barrios Leal n o m b ró aN icolás de Va­
lenzuela, varias veces ya citado com o «alféres», y que «sirve uno de los ofi­
cios de cámara, govierno y guerra», para com o «scrivano ... m e vaya asis­
tiendo para el referido efecto» (Ms. p. 180).
Parece que Valenzuela había llamado la atención del presidente entre varios
otros escribanos «... p o r su notoria habilidad, suficiencia y expedición en
todos los despachos que son de su cuidado» (Ms. p. 180). M anifiestamente,
Barrios no se había equivocado en la apreciación de su «scribano». Puede

14
suponerse que Valenzuela dió pruebas satisfactorias de sus capacidades en
los diversos trabajos preparativos logísticos de la expedición, incluyendo
el alistam iento de voluntarios, el allegamiento de donativos en efectivo o la
aportación de materiales. La adm inistración formalista de la época exigía,
tam bién durante las marchas p o r la m ontaña, una gran cantidad de activi­
dades burocráticas, dándose p o r escrito hasta las órdenes más insignifican­
tes después de habérselas acordado en una de las juntas com petentes, o sea
la «junta de guerra», «de hacienda» o la «de gobierno». Era necesario levantar
y redactar un sinnúm ero de expedientes y actas, escribir cartas, evaluar y
analizar inform es y dictámenes, y registrar y archivar los dom unetos; todas
estas actividades recaían sobre el escribano.
Las más de 900 páginas (45 5 folios) de actas que contiene el tercer cuaderno
de los «Testimonios de Autos» (A G I, G uatem ala 152), que en su m ayoría
fueron protocoladas durante esta entrada p o r el escribano Nicolás de
Valenzuela, lo com [Link] hecho de que Valenzuela inserte m inuciosa­
m ente en su «Relación» sobre todo referencias a los m últiples trabajos pre­
paratorios, sin om itir las fechas exactas del recibo o de la remesa de cada
docum ento, apuntando a veces hasta detalles oficinescos com o, por
ejemplo, que un d ocum ento se lleve con los autos, se archive o se dé carpe­
tazo al asunto, dem uestra que no era sim plem ente un burócrata sum am en­
te puntual y casi pedante, sino que tam bién debió sentirse com o pez en el
agua con esta exactitud meticulosa, lo que p o r lo m enos debió hacerle
aparecer com o m uy apropiado para dichas funciones. Su denom inación de
«alférez» (Ms. p. 180) hace verosím il que tuviera además alguna experiencia
en el terreno militar, aunque posiblem ente se trata sólo de un rango en la
milicia que no exigiría grandes cualificaciones bélicas.
Puede suponerse, sin em bargo, que Valenzuela tam bién ayudó al presiden­
te en la redacción de la «ordenanza» de 12 de enero de 1695, la cual con sus 21
p u n to s significaba una orden fundam ental para la organización y el com ­
portam iento de la tropa durante esta empresa. Siendo un gran núm ero de
los participantes en esta expedición voluntarios que en el m ejor de los
casos habían recibido una lim itada form ación dentro de la milicia, eran ne­
cesarias órdenes m uy detalladas; tanto más cuanto que tam bién participa­
ron num erosas tropas auxiliares com puestas po r indios. Era preciso p o r
tan to arreglar m inuciosam ente to d o lo referente a las funciones y derechos
de estos, y sus relaciones con las com pañías españolas. Valenzuela cita esta
im p o rtante ordenanza literalm ente, incluso las palabras «ante mi Nicolás
de Valenzuela», que norm alm ente om ite, lo que no solam ente dem uestra
que este docum ento fue protocolado p o r él m ism o (M s. p. 189-196); el h e­
cho de que su firm a sólo se m encione en una o tra oportunidad, es decir, ba­

15
jo una ordenanza del Presidente Barrios Leal d.d. San M ateo Istatán 4 de
febrero de 1695, perm ite presum ir que quería subrayar de esta form a su par­
ticipación personal tam bién en la redacción de este d ocum ento im portante
(Ms. p. 205 sig.). D e todas maneras, el Presidente Barrios estaba tan con­
vencido de las aptitudes de Valenzuela, incluso en el terreno militar, que el
día 14 de febrero de 1695 le nom bró capitán de una de las tres com pañías es­
pañolas bajo su m ando inm ediato, dos semanas después de la salida del
ejército de la capital, cuando habían llegado ya a O cosingo, desde donde
tenía que iniciarse la entrada en la tierra de los Lacandones.
El m ism o Valenzuela se refiere a su nom bram iento de capitán con las pala­
bras siguientes: «... y en esta conform idad (resolución del presidente de
form ar tres com pañías de soldados españoles) se sirvió librar decreto a los
14 de dho Febrero en que m e hizo m erced de una de dhas com pañías p o r los
m éritos y servicios que él expresó ...» (Ms. p. 217 sig.).
Por lo demás, es característico del estilo de Valenzuela el que no aprovecha­
ra semejante op ortunidad para enum erar sus m éritos. En general habla p o ­
co de sí (prácticam ente sólo en los capítulos X X V y X X V I), aunque sus
dos funciones de escribano y de capitán le ofrecieron más de una ocasión
para enaltecerse, tanto más cuanto que se halló casi siem pre en el séquito
del presidente. Pero evidentem ente Valenzuela poseía un natural sencillo y
discreto. Esto se m anifiesta en el tacto expresado en su carta dirigida al
Presidente para agradecerle su nom bram iento de capitán; habla en ella de
«la m erced que Su Señoría m e había hecho en la elección de la pequeñez de
m i persona» y manifiesta que «gustoso, prestto y prom tto» cum plirá los
deberes de este cargo contenidos en el auto de su nom bram iento y «execu­
tará con notoria obedienzia y público rendim iento» lo que el Presidente le
m andara, quedando «sacrificado al servicio de Su Magestad» (Ms. p. 181).
N o sin cierto orgullo, sin em bargo, añade que sabía que este negocio no le
tocaba «por pertenecer al oficio de D o n Francisco de G oicochea que
servía el dho Pedro Pereira» (Ms. p. 181). Es quizá la única vez en que Valen­
zuela deja traslucir cierto am or propio, p orque estas palabras parecen qu e­
rer expresar que no fue elegido po r recom endación, sino p o r sus cualidades
personales; Francisco de G oicochea era Escribano M ayor de Cámara de la
A udiencia y el superior de Valenzuela, m ientras que Pedro Pereira era escri­
bano com o él y su colega (M s. p. 90,173,176 sig.).
N o se encuentran más elogios de sí m ism o, ni siquiera, p o r ejem plo, cuan­
do m enciona los reproches que le hizo uno de sus camaradas p o r haber co­
m etido un grave error en una patrulla de reconocim iento del terreno, en lo
que fue com pletam ente justificado por el m ism o presidente (Ms. p. 289
sig.).

16
C uando Valenzuela se refiere a episodios en los cuales participó personal­
m ente prefiere hablar de «nosotros» o de «mi compañía». Cuando escribe
en prim era persona, lo hace, sin enaltecerse, de m aneraingenua y sin afecta­
ción alguna, incluso dejando sentir de vez en cuando un dejo de autoironía
(Ms. p. pp. 262, 271 sig., 281 sig.).
En general parece haber probado su eficiencia com o capitán, en el cuidado
de sus gentes o en las patrullas de reconocim iento, en lo que m ostró a veces
gran inteligencia práctica y sentido de im provisación para superar dificul­
tades im previstas (Ms. p. 309), pero nunca hace caso de esto. D el m ism o
m odo sencillo y discreto habla sobre sus funciones com o escribano. Le gus­
ta utilizar térm inos com o «en la secretaría de Cámara de mi cargo» (Ms. p.
86 sig.). Cuida tam bién sus juicios sobre lo que ha visto y oído. Al contrario
que Fray Francisco X im énez quien, acom pañando al C apitán J uan Díaz de
Velasco desde Verapaz, tam bién participó en esta entrada, sobre la cual re­
lató en su «Historia de la Provincia de San V icente de Chiapa y Guatemala»,
Valenzuela desiste de toda polémica. A veces, sin em bargo, no puede dejar
de criticar, po r ejemplo, la corrupción y la injusticia del alcalde mayor de
Verapaz en su trato con los indios (Ms. p. 147 sig.). N o hay duda alguna so­
bre su lealtad para con el Presidente y los m iem bros de su audiencia, pero su
«Relación» da la im presión de que no está m otivada p o r la prudencia debi­
da a sus funciones oficiales o p o r cálculo interesado. Dice, p o r ejemplo
(Ms. p. 149): «... y si en ello se procede yndeuidam entte p o r los subse-
cuenttes yncom benienttes que sólo puende aplicarlo D ios, en cuia presen-
zia m e attrebo a dezir q ’estoy en ynteligenzia de no ser parttízipes los
m inistros superiores ...».
Es cierto que Valenzuela aprovecha de vez en cuando la ocasión, en su «Re­
lación», para hacer reverencias a sus superiores, pero lo hace siem pre sin li­
sonja o servilismo alguno. N aturalm ente subraya los m éritos del Presiden­
te Barrios Leal, su piedad, su celo y su imparcialidad; pero tam bién m encio­
na el esmero del O idor Francisco de Saraza y de los fiscales J uan Palacios y
Pedro de Barreda (Ms. p. 75), añadiendo que su «aplicación, rectitud y lim ­
pieza ... no puedo ni debo negar» (Ms. p. 75). D el Presidente Barrios alaba
sobre todo que inm ediatam ente después de haber sido rehabilitado hubie­
ra sacado del olvido y de entre las m anos de la burocracia, con gran espíritu
de iniciativa, las órdenes reales que m andaban la reducción de los Lacando-
nes, cum pliendo así sus obligaciones de capitán general con exactitud y
justicia y siendo por eso respetado y querido p o r todos (Ms. p. 234).
En suma, la «Relación» de Valenzuela da la im presión de que fue un h o m ­
bre laborioso, cuidadoso, tal vez un poco exagerado en su m eticulosidad, y
siempre celoso de cum plir su deber. Al m ism o tiem po era sencillo, poseía

17
cierto sentido del hum or, y participó en esta difícil y penosa expedición
con bastante espíritu de aventura.

2 ■G ÉNESIS Y FO R M A DEL «M A N U SC R IT O D E BERLÍN»

El m anuscrito de N icolás de Valenzuela que se conserva en el «Ibero-Ame-


rikanisches In stitu t (I AI), Stiftung Preußischer K ulturbesitz, Berlín, el lla­
m ado «M anuscrito de Berlín», fue adquirido p o r el D r. W alter Lehm ann de
M unich, com o dice una noticia escrita p o r él m ism o en las guardas del to ­
mo, el 23 de agosto de 1912 en Bruselas, de E. Lam bert, Place de G ueux 13,
em pleando fondos de la Fundación R udolph C hillingw orth en N u re m ­
berg.*
Figura catalogado en el IAI bajo el núm ero «Y 796» y registrado en el inven­
tario de la «Colección Lehmann» bajo el núm ero «L 8002» con el título:
«Valenzuela, N icolás de : C onquista del Lacandón y del Chol. O h n e O rt,
1695, 4 ungezählte Blätter, 4°, (H andschrift)» [sin indicación de lugar,
1695, 4 hojas sin num erar, cuarto, (m anuscrito)].

El M anuscrito pasó a posesión del IA I en 1933, ju n to con la biblioteca de


W alter Lehm ann, que se hizo famoso sobre to d o p o r sus investigaciones
sobre las lenguas indígenas de Centroamérica.
Se trata de un to m o en cuarto, encuadernado en pergam ino (Piel de cerdo),
que lleva en su lom o el título:
«D ocum entos para la H istoria del Lacandón»
m ientras que en la cubierta se dice:
«Conquista del Lacondón, C onquista del Chol»
La portada, p o r otra parte, reza:
«Relación histórica verdadera del viaxe que hizo perzonalm ente
el sr. G eneral de los exércitos de S. M. D . Jasin th o de Varrios
Leal, siendo Presidente de esta R1A udienz“, G o u or y Cap" G en 1de
este Reino = a la conquista y redución de los yndios ynfieles,

*E1 Fondo fue creado por el fundador de la Press- Stanz- und Ziehwerke Rud.
Chillingworth en Nuremberg. Este había nacido en Bernhardshütte, junto a
Sonnenberg/Thür, como nieto de un ingeniero de minas y siderurgia emigrado de
Inglaterra.
Información del Archivo de la Ciudad de Nuremberg (N ürnberger Firmen- und
Wirtschaftsarchiv Nr. 37), así como fotocopia del «Fränkischer Kurier, N ü rn ­
berg, Industrie-Nummer», a comienzos de julio de 1912.

18
Lacandones, G uehaches, Loquenes, Taiza, Choles y Petenjaes, y
otras N aciones, que habitan las m ontañas, que están cituadas entre
las Prov“ del la Vera Paz, G ueguetenango, Chiapa, Tabasco, y
Y ucatán = escripta por el Cap" Nicolás de Valenzuela ...»
El «M anuscrito de Berlín» está dividido en 38 capítulos y estos se encuen­
tran subdivididos en 3 cuadernos con 816 páginas sin contar la portada, la
dedicatoria y el índice.
El prim er cuaderno incluye los capítulos I-V II, el segundo los capítulos
V III-X V III, y el tercero los capítulos X IX -X X X V III.
Tanto la división en capítulos com o la paginación sufrieron repetidas m o ­
dificaciones; la subdivisión en cuadernos se determ inó aparentem ente só­
lo al final, lo que puede deducirse del hecho de que las cifras respectivas se
añadieron posteriorm ente en otra escritura y, en parte, al margen. Cierto es
que esta subdivisión viene ya condicionada por el contenido, p o r lo m enos
en lo que atañe a los dos prim eros cuadernos. P or esto, al final del capítulo
VII se dice: «y con esto passo a la realización del segundo cuaderno» (Ms. p.
76). Sin em bargo, una frase correspondiente al final del segundo cuaderno
fue añadida posteriorm ente, lo que prueba que p o r lo m enos la división en­
tre el segundo y el tercer cuaderno se efectuó posteriorm ente. D e o tro lado
hay ciertos indicios de que se intentó al principio em pezar la obra con el
actual capítulo V III, es decir con lo que ahora es el segundo cuaderno.
El «Manuscrito de Berlín» presenta cuatro escrituras diferentes:
a) una escritura redondeada, llamada «a»
b) una escritura vertical, llamada «b»
c) una escritura igualm ente un poco redondeada, llamada «c»
d) una escritura igualm ente algo vertical, llamada «d», que se distingue
sin em bargo de la escritura «b» p o r el p u n to sobre la «i» que en la
escritura «d» se escribe siempre en form a de un ganchillo o de un 6
invertido. Esta escritura «d» aparece, sin em bargo, solam ente una vez al
final del capítulo XV (Ms. p. 160 = fol. 148 v. sig,).
El «Manuscrito de Berlín» fue escrito en su m ayor parte en la escritura «a».
Fue corregido, sin em bargo, en casi cada página en la escritura «b», en la que
tam bién se agregaron al margen m uchos suplem entos y añadidos más o
m enos largos. Tam bién está escrita en la escritura «b» la Dedicatoria, gran
parte del prim er capítulo, varias páginas del segundo y tercer capítulo y el
capítulo XIII. Tam bién se iniciaron en la escritura «b» los títulos de varios
capítulos (V III, XX, XXI, XX VI, X X V III a X X X IV , X X V I), pero todos
estos fueron luego corregidos y com plem entados en la escritura «c».
Los títulos de los 38 capítulos en su últim a versión están escritos p o r otra
m ano que el texto (en su m ayor parte escritura «a»), y asimism o la mayoría

19
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fol. 149 v de Valenzuela: «Manuscrito de Berlín»

20
de los añadidos y notas marginales (escritura «b»), es decir en la escritura
«c».
El escribano de la escritura redondeada «a» com enzó con los títulos de los
capítulos solam ente en seis casos (IX -X I, X V III, XXV11 y X X V III), que
luego fueron corregidos y term inados en la escritura «c», igual que había su­
cedido con el escribano de la escritura «b».
En la mayoría de los casos el escribano de la escritura «a» había dejado sufi­
ciente espacio para que se insertaran luego los títulos de los capítulos. En
los casos en que no bastó el espacio se continuó el texto al margen.
D o n d e ahora com ienza el capítulo X X V I no había originariam ente n ingu­
na división en el texto; esta fue efectuada posteriorm ente y, com o parece,
p o r el escribano de la escritura «b», la cual fue corregida después en la escri­
tura «c». C om o en este caso no había espacio suficiente para agregar el títu ­
lo, fue necesario escribirle al margen y añadir una nueva frase que sirviera de
encabezam iento adecuado al nuevo capítulo.
En cambio, parece que inicialmente ya se había proyectado una subdivi­
sión del capítulo X (Ms. p. 97), que luego no se realizó. En el lugar d o nde se
había querido iniciar un nuevo capítulo se encuentra ahora, al margen, sola­
m ente la palabra «Cap°», sin núm ero, y tam bién una línea divisoria que cru­
za el texto.
D ebe notarse que el capítulo IX fue originariam ente denom inado «capítu­
lo II» y que el capítulo X debía ser «capítulo III», pero estos núm eros fueron
tachados posteriorm ente. Puede que estos dos capítulos estuvieran situa­
dos entonces más adelante; quizá com enzó en cada cuaderno una nueva
num eración de capítulos o se intentaba em pezar la obra con lo que ahora es
el capítulo VIII. Esto podría deducirse del hecho de que el capítulo IX es en
realidad el segundo capítulo del segundo cuaderno, y el capítulo X el terce­
ro.
En todo caso, de lo referido resulta que el «Manuscrito de Berlín» ha experi­
m entado una serie de correcciones y retoques decisivos. M anifiestam ente
el escribano de la escritura «c» ha perfeccionado el texto dándole la form a
definitiva, porque fue él quien corrigió a los dos anteriores y form uló, co­
m o ya se dijo, todos los títulos de los capítulos en su versión definitiva.
Con certeza, es im posible determ inar quien escribió la paginación, pues re­
sulta m uy difícil asignar las cifras a una de las escrituras mencionadas.
Las distintas personas que participaron en la elaboración del «Manuscrito
de Berlín» no se distinguen sólo en su escritura sino tam bién en su o rto ­
grafía.
Resum im os aquí las características más claras:
a) en la escritura redondeada «a» se doblan siem pre las «t» (prescindiendo

21
de algunas excepciones), de m anera que se lee: Ttabasco, decretto,
Santto, etc. Los otros escribanos no siguen esta regla;
b) en la escritura «a» - siem pre prescindiendo de las excepciones - el
fonem a velar fricativo sordo es representado po r «g» o «j», p o r ejemplo:
’religión' en vez de ’relixión', ’condujo' en vez de ’conduxo' etc.,
m ientras que la escritura «b» prefiere en estos casos la «x». En la escritura
«c» no hay práctica consecuente y se encuentra ’religión', pero ’foxa' y
’viaxe';
c) en la escritura «a» se escribe ’nom brar', ’com bersión', ’com prehension'
etc., m ientras que en la escritura «b» se usa una «n» en vez de una «m»,
por ejemplo: ’nonbrar', ’conbersión', ’canbio', ’anbos' etc.;
d) en la escritura «a» se escribe siem pre <<q’» m ientras que las otras escrituras
no usan esta form a abreviada, sino em plean «que»;
e) en la escritura «a» se doblan las «s», po r ejemplo: ’religiosso', ’peligro-
sso' etc., lo que no se encuentra en las otras escrituras. Al contrario: la
escritura «b» tiende a escribir ’obligasión', ’reducsión', ’lebasión',
’haser', ’fuersa', m ientras que la escritura «a» prefiere ’redución', obli-
gazión' etc., y la escritura «d», no m uy consecuente en este p u n to ,
escribiendo ’reducción', ’relazión’, ’prosecuzión', ’hazer' etc., pero a
veces tam bién ’ofresim iento' etc.;
f) en la escritura «a» se escribe generalm ente «u» en vez de «b», por
ejem plo: ’trauajo', ’auía', etc., m ientras que en la escritura «b» se lee:
’trabajo', ’abía' etc.;
g ) nótese com o característica de la escritura «b» que casi siem pre que se
empieza una página nueva, se marcó arriba u na cruz o una señal en
form a de ringorrango.
N o ha podido identificarse todavía a las tres o cuatro diferentes personas
que participaron en la realización del «M anuscrito de Berlín». Sobre todo
no ha sido posible com probar con certeza si uno de ellos fue el m ism o
Valenzuela, aunque esta hipótesis parece m uy verosímil. Es cierto que
existen varias firmas de la propia m ano de Valenzuela, sobre to d o en los
«Registros de ynstrum entos públicos de Nicolás de Valenzuela, scriuano
de Cabildo» de los años 1713 y 1714 que se encuentran en A G C A G A 1.20,
Exp.9892, Leg. 1401, pero casi no se conservan textos más extensos escritos
por él, con exepción de unos (A G C A G A 1.43, Exp.51645, Leg.5926 y
A l.l2.10,Exp.626,Leg.77), legalizados p o r Valenzuela que contienen ade­
más de su firm a y título, unas líneas sin duda escritas de su p ropia m ano.
Estos trazos se asemejan de tal m odo a la escritura vertical «b» del «Manus­
crito de Berlín», que puede afirmarse casi con certeza que el escribano de la
escritura vertical «b» del «M anuscrito de Berlín» fue el p ro p io Valenzuela.

22
Esto concordaría enteram ente con el hecho de que la m ayor parte de las
correcciones y marginales fueron escritas en esta escritura.
Com o autor de la escritura «a» debe considerarse a uno de los copistas que
trabajaban en la cancillería.
N o es posible determ inar exactam ente quien fue el autor de la escritura «c»,
pero no iría desencam inada la hipótesis de que se trató de uno de los supe­
riores de Valenzuela, quizá uno de los oidores, porque sólo un a persona de
tal categoría habría tenido autoridad para corregir al p ro p io autor de la
obra.
Berthold Riese y María Luisa H eim ann que exam inaron los capítulos X X II
y X X X III del «Manuscrito de Berlín» (1977:105-110) llegan a la conclusión
de que se trata de la copia de un m anuscrito más breve. Basan su o p inión en
una noticia en la escritura «c» que se encuentra al final del índice y que reza:
«Los guarism os que apunta este índice no corresponden a las foxas
de los capítulos p orque esta tabla era de o tro tan to que saco de este
original en m enos foxas».
N aturalm ente es posible hacer una copia más extensa de un original más
breve estirando las palabras o dejando el m argen más ancho. Sin em bargo
resulta m uy difícil imaginarse que una copia sea corregida de m anera tan in ­
cisiva, tachando páginas enteras o añadiendo largos pasajes, sin contar la
diferencia en la división de los capítulos y la transposición de pasajes exten­
didos de un capítulo a otro. U n texto corregido y perfeccionado p o r dos o
tres personas no puede ser una copia: debe tratarse más bien de un borra­
dor.
La frase citada p o r Riese y H eim ann no es, desgraciadamente, m uy clara y
perm ite varias interpretaciones de lo que quiere decir «este original». Es
cierto que en el índice que incluye el «M anuscrito de Berlín» los núm eros
que marcan el com ienzo de los diferentes capítulos difieren de los núm eros
efectivos, y que este índice debe pertenecer en realidad a o tro ejemplar con
m enos páginas. El capítulo V, po r ejemplo, debe empezar, según este índi­
ce, con el fol.29, m ientras que en realidad en el «M anuscrito de Berlín» co­
m ienza en el fol.43; esta diferencia va aum entando hasta el capítulo
X X X V II a 173 páginas, es decir: del fol.204 en el índice al fol.376 v en el
«Manuscrito de Berlín». Para los capítulos X X X V II y X X X V III el índice
no ofrece núm ero alguno.
U n marginal de la portada del «Manuscrito de Berlín» dice que la obra está
dividida en 38 capítulos y que contiene 402 «fojas» (hojas); esto supone 804
páginas, porque la paginación p o r «fojas» (o «foxas») o folios (fol.) quiere
decir que los dos lados del papel, en anverso (recto) y el reverso (versus=
v) llevan sólo un núm ero. En realidad la últim a página del «Manuscrito de

23
Berlín» tiene el núm ero 402 v. Sin em bargo, se han deslizado varios errores
en la paginación del «Manuscrito de Berlín», de m anera que en realidad
contiene 407 folios plus un folio en blanco = 816 páginas, no contando la
portada, la dedicatoria ni el índice. Por ejem plo: a la «foja» 111 v sigue direc­
tam ente la «foja» 113, es decir, falta la «foja» 112 con dos pá[Link] queda
com pensado sin em bargo por el hecho de que el núm ero 288 aparece dos
veces, pero los núm eros de varias otras páginas fueron tachados y substitui­
dos p o r otros. Se pueden constatar varios sistemas distintos de num era­
ción que se cruzan y solapan. P or ej em p lo : paralela a la paginación p o r «ho­
jas» (de dos páginas) hay o tra num eración p o r «pliegos» (de cuatro pági­
nas). A veces se entrem ezclan am bos sistemas com o sucede especialm ente
al final del capítulo IV. Esto se debe probablem ente a las muchas correccio­
nes, añadidos e intercalados.
Las cifras de la paginación po r «fojas» (hojas/folios) se encuentran al lado
derecho arriba, m uy cerca del texto. Las cifras de la num eración p o r pliegos
se encuentran en el com ienzo, igualm ente al lado derecho arriba, pero más
tarde en la esquina izquierda arriba. H asta el «pliego» 8 se aplicó solam ente
esta num eración, luego se entrem ezclan con la paginación p o r «fojas» para
ser reanudada después ju n to con aquella. Además de esto hay que contar a
partir del «pliego» 10 otra num eración, igualm ente p o r «pliegos», que va re­
trasada en dos núm eros com parada con la primera, y que después fue tacha­
da. La paginación del «M anuscrito de Berlín» que puede considerarse más
reciente es la hecha po r «fojas» (= fol.) con las cifras escritas arriba y a la de­
recha, m uy cerca del texto.
D ebe notarse tam bién que el autor de la escritura «c» rem ite en varios m ar­
ginales (p o r ejem plo: Ms. pp. 1,114,154,188,346) al hecho d eq u e una par­
te del borrador fue ya copiado en lim pio, m arcando hasta d onde y desde
qué párrafo hay que proseguir este trabajo. Estos marginales se refieren a la
paginación p o r «pliegos» con los núm eros a la izquierda y arriba, y no a la
últim a num eración po r «fojas» a la derecha arriba; esto indica que tienen
que ser escritas antes de la paginación por «fojas».
Los marginales arriba m encionados tienen im portancia no sólo respecto a
la paginación, sino prueban tam bién que se sacaron del «M anuscrito de
Berlín» una o más copias, y que este m anuscrito debe considerarse com o un
borrador. P or ejemplo, uno de los marginales dice:
a) (Cap. XV, fol. 142 v = pliego 39 a = M s.p. 154):
«Desde aquí hasta el capit° 32 está copiado en lim pio - el cual
capítulo está en la foja 136 de este borrador - con que se ha de proseguir
desde el principio hasta aquí = el cuaderno sacado está señalado con
esta +» (véase cap. X V nota 4);

24
b) (Cap. X X X II, foi. 332 v = pliego 136 a = Ms.p. 346):
«Hasta aquí está sacado en lim pio desde el capit° XV que está en la foja
143 de este borrador con que si se quisiere proseguir se ha de
seguir lo sacado desde aquí».
Los capítulos y «fojas» m encionados coinciden en am bos marginales con
los del «Manuscrito de Berlín». El prim er marginal quiere decir que desde el
p u n to indicado (cap. XV «foja» 142 v) hasta el capítulo X X X II «foja» 136, el
texto fue copiado en lim pio; el segundo marginal, que se encuentra exacta­
m ente en el lugar que está señalado en el prim ero, es decir, en el «pliego»
136, quiere decir que la copia en lim pio fue sacada desde este lugar hasta un
párrafo marcado po r una cruz (+ ).
Es im portante anotar que se habla siem pre de «este borrador» y que esta ex­
presión se refiere sin duda alguna al presente m anuscrito, del que estaban
sacando los copistas en dicho m om ento una copia en limpio. Esto vuelve a
m ostrar claramente que el «Manuscrito de Berlín» no es una copia sino el
borrador del que tom aron una o más copias en limpio.

Esta interpretación queda corroborada po r unos tom os de docum entos re­


lativos al m ism o tema, que se conservan en el A rchivo G eneral de Indias
(A G I) de Sevilla:

a ) un volum en de actas sobre la entrada del Presidente Barrios Leal en


1695 contra los Lacandones, Chol, A hitzá y otras naciones de infieles, de­
positado en la sección V - G obierno - Audiencia de Guatemala, legajo nr.
152 (citado brevem ente com o «Guatemala 152»). El prim ero en llamar la
atención sobre la existencia de estos docum entos fue Charles U pson Clark
en 1954 (Riese-Heim antt 1977:105 sig.);

b) tom o hilvanado de 240 fol. plus 2 fol., dedicatoria y 4 fol. índice, que
contiene una copia en lim pio de la «Relación» de Nicolás de Valenzuela,
que corresponde casi literalm ente al «M anuscrito de Berlín» y que lleva su
firma, una vez bajo la D edicatoria y la otra al final del texto. Este debe ser el
ejemplar que encontró en Sevilla Nicolás M. H ellm uth en 1971 y al que se
refirió advirtiendo su descubrim iento en el 41 Congreso Internacional de
A mericanistas de 1974 celebrado en México, reclamando que había sido
considerado com o desaparecido d urante más de un siglo (Riese-H eim ann
1977:107). H ellm uth inform ó sobre la signatura exacta del A G I en
1978:446. Según esta inform ación, se trata del docum ento Sección VI -
Escribanía de Cámara dejusticia - legajo nr. 339 B (critado brevem ente co­
m o «Escribanía de Cámara 339 B»),

25
a d a ) El volum en «Guatemala nr. 152» intitulado:
«Testimonios de A utos hechos sobre la reduccón de los indios
infieles de las m ontañas del Chol y Lacandón de la Provincia de
Vera Paz del año de 1696»
se divide en tres partes o «ramos» que llevan el título:
(1) «Primer ram o de autos sobre la reducción de los indios del Chol
del la provincia de Verapaz en virtud de diferentes órdenes y
Reales Cédulas. Feo. de Goicochea.»
C ontiene 242 fol. y com prende los acontecim ientos al respecto desde 1680;
(2) «Testimonio; El segundo ram o de los autos hechos sobre la re­
ducción de los indios infieles del C hol y Lacandones en virtud
de diferentes órdenes y Cédulas Reales. S. Pedro Roldan.»
Tiene 306 fol. plus 3 fol. en blanco;
(3) «Testimonio del tercer cuaderno de los autos hechos sobre la
reducción de los indio infieles Lacandones, Choles, M opanes y
Ahitzaes encargada por Su Magestad po r diferentes Reales Cédulas
que puso en execusión Su Señoría el Señor D o n ja s in to de Barrios
Leal, G eneral de la Artillería de los Exércitos de Su M agestad, y de
Su Consejo, siendo Presidente de esta Real A udiencia de G u ate­
mala, G overnador y Capitán G eneral de las Provincias de su
distrito, por el Capitán Nicolás de Valenzuela.
f. de el cap. Pedro Roldan.»

Tiene 455 fol. e incluye sobre todo lo sucedido d urante la entrada de 1695;
com prende además las liquidaciones e inventarios de las bestias de carga,
víveres, equipo, armas y demás materiales gastados, dejados en D olores o
de lo que sobró al term inar la expedición; todo protocolado y certificado
por Nicolás de Valenzuela. Cuando Valenzuela com ienza su «Relación»
(Ms. p. 3) con las palabras: «Tres cuadernos de autos son los fhos sobre la
reducción de los indios infieles Choles, Lacandones, Ahitzaes y otras
naciones...», to d o induce a pensar que estos tres cuadernos corresponden
a aquellos que ahora se encuentran en Sevilla, A G I «Guatemala, leg. 152»,
en copia en lim pio. Esto es, po r lo m enos, probable con respecto a los
arriba m encionados «ramo 1» y «ramo 2» y al com ienzo del «cuaderno 3»
cuya segunda m itad, sin em bargo, contiene actas que tratan de sucesos
posteriores a la term inacióm de la entrada y tam bién posteriores a la
conclusión de la «Relación» po r Valenzuela.
La prueba se encuentra en una noticia al final del «ramo 2»:
«Decreto: Q uedando testim 0 en el oficio de cam“ de estos autos se
entreguen a Nicolás de Valenzuela, scriv° de Cámara y pu° para que

26
a su continuación y por ante susso d ho se actúe lo que ocurriere
en el negocio de esta reducción ...»
Este decreto está atestiguado po r el escribano m ayor Francisco de Goico-
chea y Uriarte.
A continuación de ésta se encuentra o tra noticia firm ada p o r Pedro Rol-
dán, aparentem ente sucesor de G oicochea com o escribano mayor, que ex­
plica com o se llevaron a cabo las copias de docum entos originales que con­
tiene este volum en:
«Concuerda este traslado con los autos originales de que en él se
hace m ención, y que se han hecho en razón de la reducción y
conquista de los indios infieles, el cual he hecho sacar en v irtud de
lo m andado sobre lo que pidió el Sor Lizdo D o n Jo sep h G utierres
de la Peña y su fiscal en esta real audiencia, en que se m andó
darle testim onio de todos los autos de esta m ateria para inform ar
con él a su Magd del estado de dha reducción, el qual d h o traslado se
corrijió con sus origs que quedan en la secretaría de Cámara y
gouierno que despacho a que m e refiero en esta ciudad de Santiago
de G oathem ala en veinte y seis del mes de Marzo de mil seiss0S y
nouenta y seis años ...»
D e la com paración de los docum entos de este volum en con la «Relación»
de Valenzuela resulta que éste tom ó del prim ero y segundo ram o exacta­
m ente los docum entos más im portantes según el orden y la fecha para in­
sertarlos en su obra. Resulta más difícil probar lo m ism o con respecto al ter­
cer cuaderno. C iertam ente tam bién en este tom o de «Testimonios de
autos» se encuentran gran núm ero de órdenes, disposiciones, resoluciones
de juntas, etc., citadas p o r Valenzuela, pero faltan en general las íntim as
descripciones de eventos e incidentes durante las marchas p o r la m ontaña
que caracterizan la «Relación» de Valenzuela a la que prestan un sello tan
personal. Solam ente en pocos casos, que se consideraron suficientem ente
im portantes para que consten en las actas, se les insertó en el to m o de testi­
monios.
La «Relación» de Valenzuela, especialm ente en los pasajes que tratan de la
m archa p o r la selva desde El Próspero hasta D olores, podría considerarse
com o un «diario de campaña», pero parece que aparte de este protocolo de
los acontecim ientos de interés oficial, él llevó o tro diario, quizá de uso p ri­
vado, en el que apuntó durante esta estrada todas sus observaciones perso­
nales, descripciones del terreno, travesías diffíciles de ríos, dificultades con
el abastecim iento, im presiones sobre la m oral de los soldados etc., porque
todo esto se encuentra en su «Relación» pero falta en el to m o de «Testimo­
nios de autos». A hí no se m encionan, p o r ejemplo, los m uchos nom bres

27
que se dieron a los varios sitios y cam pam entos durante las m archas, salvo
las de los reales principales com o El Próspero, S an ju an de D ios y D olores.
En los d ocum entos protocolados p or Valenzuela se da p o r ejem plo com o
fecha: «montañas y abril nueve de 1695”, m ientras que en su «Relación» se
refiere al cam pam ento del ejército en este m ism o día com o «Santa Casil­
da», nom bre que no aparece en o tra parte. Por esto no merece la pena tratar
de identificar todos estos lugares que sólo fueron paraderos transitorios de
los que no quedaron huellas. Si no se acepte esta hipótesis de un diario per­
sonal de Valenzuela existe la posibilidad de que hizo uso de los apuntes que
unos de sus carneradas, com o po r ejem plo el capitán Pedro Alvarez de
M iranda, tom aron durante la expedición, y de la cual se sirvió tam bién
Ximénez.

a d b) La copia en lim pio de la «Relación» de Valenzuela que se conserva


en el A G I bajo la signatura «Escribanía de Cámara no. 339 B» lleva un título
distinto del del «Manuscrito de Berlín», pero po r lo dem ás le corresponde
por com pleto, salvo contadas excepciones. La portada com ienza así:
«Relación, en que se contiene lo executado y conseguido en cum ­
plim iento de Reales Cédulas libradas para la solicitud de la re­
ducción y com bersión de Y ndios ynfieles que hauitan las m o n ­
tañas ym m endiatas a Verapaz, G ueguetenango y Chiapa que se
penettraron este año de 1695 con las H órdenes, D isposiciones y
Prebenciones de Su Señoría el Señor D o n Jacin to de Barrios
Leal ...q u e hiso la entrada desde O cosingo de la Provincia de
Chiapa, asistido de el Capitán Nicolás de Valenzuela com o Escri­
bano de Cámara y M ayor de G ovierno y G uerra, que form ó
esta relación».
El to m o está paginado hasta el fol. 243, pero los fol. 243 v y 244 contienen
tam bién texto; el fol. 244 v y otro folio sin num erar quedaron en blanco. El
índice, intitulado «Tabla de los Capítulos» com ienza con el fol. 240. A n te­
puesta al texto se encuentra la P ortada y una D edicatoria con su propia
paginación (fol. 1 y 2). Las cifras del índice tam poco corresponden en este
caso a las cifras del texto, y tam poco, especialm ente desde el tercer cuader­
no, a las cifras del índice del «Manuscrito de Berlín». P or esta razón, el índi­
ce del «M anuscrito de Berlín» parece debe pertenecer a una terzera copia, tal
vez a aquella que untilizó el A rzobispo Francisco de Paula García Peláez en
G uatem ala, en 1850, para su obra histórica: «Memorias para la H istoria del
A ntiguo Reino de Guatemala». Pues es de notar el hecho, de que García Pe­
láez, (y después Squier (1861 p. 47)) refiriéndose a la «Relación» de Valen­
zuela hable de una obra que tiene 402 hojas pero sólo 26 capítulos (1968,

28
I I : 206). N o obstante, resulta raro que asigne unos pasajes, que él cita (en el
volum en 1:250, 258 sig. y vol. 11:143; véase Riese-Heimann 1977:105 sig.,
que se refieren sin em bargo a o tra edición de García Peláez distinta de la de
1968) al capítulo X X X III (sie!) de la «Relación» de Valenzuela. Esta contra­
dicción se podría explicar po r un sim ple error, en que se habría escrito
X X VI en lugar de X X X V I. Se llegaría al núm ero X X X V I om itiendo los
dos últim os capítulos que en realidad fueron om itidos ya en la paginación
del «Manuscrito de Berlín». Sin em bargo, tal explicación parece algo artifi­
cial. Más bien puede pensarse que García Peláez conoció o tro ejemplar dis­
tin to del de los de Berlín y Sevilla.
La diferencia más im portante entre la copia de Sevilla y el «M anuscrito de
Berlín» consiste en que en la copia del A G I falta el capítulo X X X V II; sin
em bargo, debe haberse om itido posteriorm ente a la paginación, p orque
ahora al capítulo X X X V I sigue el capítulo X X X V III. Además en el
«M anuscrito de Berlín» la división entre los capítulos IX y X se hizo de
form a algo distinta a la realizada en el ejemplar de Sevilla, d onde unas líneas
que en el «M anuscrito de Berlín» figuran en el capítulo X, pertenecen
todavía al capítulo IX.
En laprim era m itad del capítulo X V III difiere el «M anuscrito de Berlín» del
ejemplar de Sevilla en cuanto que se traspusieron unos pasajes de un lugar a
otro, obedeciendo las órdenes al copista escritas al margen del borrador en
escritura «b», de m anera que, p o r ejemplo, las «ordenanzas» se encuentran
en el «Manuscrito de Berlín» en otro lugar que en el ejemplar de Sevilla.
En el «Manuscrito de Berlín» - cap. X X X II (Ms. p. 34l) - se dice que la car­
ta del O bispo de Chiapas a G regorio de Vargas, y la carta de Villalobos se­
guirán aunque en realidad faltan, m ientras que han sido insertadas en el
ejem plar de Sevilla (véase A péndice II, Ms. pp. 441-443).
En el «M anuscrito de Berlín» se dejó en blanco un espacio para el dibujo de
la fortificación que el presidente Barrios hizo construir en D olores. El
ejemplar de Sevilla contiene este dibujo que se puede encontrar también,
incluso con mayor detalle, en el volum en de «Testimonios de Autos»
(A G I, G uatem ala 152).
A parte de esto, las diferencias entre am bos ejemplares son de poca im p o r­
tancia y se deben sobre todo a errores del copista. Interesante es apuntar
aún que en el ejemplar de Sevilla se encuentra una breve n o ta que reza:
«Esta pieza ha de corresponder a los autos de la conquista de los
Izaes y Lacandones; más no sé p o r aora, si corre con ellos ni si es
copia del cuaderno original que con m ucha presisión se sacó y
trasladó en poco tiem po por tres Ofz.
para su remizon.

29
m i Sor tiene dado recibo
de ella, Md (M adrid) y feb. 14,1711».
Esta fortuita anotación indica que ya en aquel tiem po se habían preocupa­
do p o r el origen de la «Relación» de Valenzuela y sus copias.
M encionem os de paso aquí que tanto en el A G I com o en el A G C A G hay
otros docum entos sobre el destino posterior del pueblo de D olores y sobre
la reducción del Petén que en gran parte todavía no han sido evaluados.
Algunos de ellos han sido m encionados por H elm u th (1978:446):
A G I. G uatem ala 153, nr.3, 63 foi. /1696
A G I, G uatem ala 334, nr.4, /1699
A G I, G uatem ala 222 /1701
En el A G I se conserva tam bién bajo la signatura «Escribanía de Cámara 339
B» —es decir, bajo el m ism o núm ero del ejemplar de la «Relación» de Valen­
zuela — una:
«Segunda parte y relación en que se declara lo ordenado y execu­
tado po r la conservación y augm ento de las reducciones de
infieles que se lograron el año pasado de 1695, y m anutenzión
de los presidios fundados en el pueblo de los D olores en la nación
del M opán [no confundir con el lugar N uestra Señora de los
D olores del Lacandón] en que asimism o se com prehenden las reso­
luciones de Jun tas de G uerra y H azienda en que se determ inó la
prosecución de la reduczión de infieles según lo descubierto el año
pasado y que se pudiese descubrir en el verano de este año de
1696 con las disposiciones hechas para este efecto p o r el señor
G eneral de la Artillería ... D o n Jaszinto de Barrios Leal ... y lo
obrado hasta su fallecimiento, cuyas disposiciones prosiguió y
executó el señor Lincenciado D o n Jo sep h de Seals... refiérense los
grandes logros que se han conseguido en la expedición y entradas
de las m ontañas que se han hecho en este verano, ajustándose en
todo a los autos form ados en esta razón, y sobre dichas redueziones
para que sirua de testim onio en relazión de ellos.
P or Pedro R oldán Abarca, Scriuano de Cámara de dha Real
A udiencia y M ayor de G ovierno y Guerra».
R esum iendo lo expuesto sobre la génesis y form a del «Manuscrito de
Berlín», se puede decir que parece tratarse de un borrador de la «Relación»
de N icolás de Valenzuela, corregido p o r él y por otras dos o más personas,
probablem ente superiores en rango, del que se tom aron una o más copias.
Es verosím il que una de esas copias sea el actual ejemplar de Sevilla, que en
realidad corresponde casi a la letra al de Berlín. El hecho de que los núm eros
de la paginación del índice, agregado al «M anuscrito de Berlín» no corres­

30
p ondan ni a éste, ni al ejemplar de Sevilla, perm ite suponer que se sacaron
del borrador más de una copia.
Redactando su m anuscrito, Valenzuela se ha basado probablem ente en un
to m o de actas, subdividido en 3 «ramos» o «cuadernos» y del cual se encuen­
tra una copia en lim pio en el A rchivo G eneral de Indias en Sevilla (A G I,
G uatem ala 152). Los 3 «ramos» o «cuadernos» de este tom o, en especial los
ram os 1 y 2, corresponden hasta en sus detalles a los tres cuadernos en que
Valenzuela ha subdividido su «Relación». Ciertas diferencias se pueden
constatar sólo en el tercer cuaderno: el cuaderno 3 de Valenzuela incluye
muchas descripciones de carácter personal que no se encuentran en el ter­
cer cuaderno del tom o de «Testimonios de Autos» en Sevilla, lo que sugiere
que Valenzuela llevó, a parte de los docum entos oficiales protocolados por
él, tam bién otras noticias particulares para apuntar en ellas acontecim ien­
tos que observó durante las marchas por la m ontaña y que no se insertaron
en los protocolos o actas.
D e esto resulta que el diagrama, esbozado por Riese-H eim ann (1977:108).
debe modificarse com o sigue:

Actas originales I N otas particulares


de la Audiencia I de Valenzuela o de
de G uatem ala 1 otros participantes
I (Pedro Alvarez?)

Copia de Actas Borrador de la


A G I: G uatem ala Relación IAI:
152 Y 796 (Ms. de I
Berlín)

Copia en lim pio A G I: I Copia i i Copia ,


Escribanía de Camara 339 B ? ? '
1 J 1 J

3 • LAS IN T E N C IO N E S D E VALENZUELA
AL R E D A C T A R SU «RELACIÓN»

García Peláez (1851/52, vol. 2 :267) com enta sobre Valenzuela:


«El capitán Nicolás de Valenzuela pasó de escribano a escritor el
año 1695; p o r que siéndolo de cámera y gobierno, y acom pañando

31
al presidente Barrios en la jornada al Lacandón, tuvo la curio­
sidad de describirla con presencia de docum entos oficiales, y lo
hizo m uy m e n u d a m e n te ...»
Se puede suponer, sin em bargo, que la m otivación de Valenzuela al escribir
sobre la «Conquista del Lacandón y conquista del Chol» fue no tan to el
deseo de distinguirse com o «escritor» com o su afición burocrática a ap u n ­
tar m inuciosam ente los sucesos de aquella penosa y aventuradaexpedición
en una especie de «diario de campaña», y sobre todo su deseo de docum en­
tar los preparativos logísticos m uy formalistas realizados al organizar la tro ­
pa y proveer arm am ento, víveres y equipos necesarios. C om o se dem ostra­
rá más adelante, esta «Relación» más que en la «curiosidad» de Valenzuela
por ensayarse com o escritor, se basa en la petición hecha p o r sus superiores
de que les sum inistrara un exacto inform e sobre lo sucedido en el curso de
la expedición.
Poseyendo Valenzuela cierto talento para escribir con claridad y expresiva­
m ente y habiendo tenido tantas aventuras la marcha, en su obra, en general
prosaica en su estilo, se encuentran tanto datos m uy precisos sobre los pre­
parativos de la em presa com o tam bién pasajes realm ente cautivadores,
basados en las propias experiencias del autor, lo que en cierto sentido
puede tam bién calificarle com o «escritor». Pero esta función no fue induda­
blem ente su principal objetivo.
En su m ayor parte, en esta «Relación» se trata de una com pilación de
hechos, de docum entos citados literalm ente y que ascienden a más de un
quinto del texto (véase la lista p. 35 sig.). Se trata de resúmenes, órdenes,
decretos, autos, resoluciones y acuerdos de la personas o grem ios com pe­
tentes, y de los inform es sobre su ejecución, de listas sobre aportaciones
hechas en efectivo o en géneros, así com o de una detallada descripción del
program a diario de la tropa durante la marcha.
En la mayoría de los casos, Valenzuela anota lugares y fechas, a veces inclu­
so día y hora, del despacho o recibo de una carta, indicando tam bién cuan­
do y cóm o se la contestó o realizó lo que pedía, y tam bién apunta lugar y fe­
cha de la salida de las com pañías de su cam pam ento y de su llegada al otro.
El texto que enlaza las diferentes partes de esta com posición se lim ita a lo
más necesario, po r ejem plo: «y ahora prosiguo c o n ...», o, «de la execución
de esta horden trataré cuando ...»
A pesar de que Valenzuela dice en ocasiones (Ms. p.234): «para escusarme
de rep e tirlo ... deseando ser m enos m olesto y no causar el enfado de una re­
petición ...», son frecuentes las repeticiones. Por cierto, en algunos casos
están justificadas, com o p o r ejem plo en Ms. p.177: «para proceder con cla­
ridad m e es precisa la rep etició n ...», pero en m uchos casos el m otivo de las

32
repeticiones es la finalidad y construcción de esta «Relación». Esto se ad­
vierte clarísimamente cuando se describe el pueblo de D olores en no
m enos de tres capítulos diferentes (cap. X X IX = Ms. p.314 sig.; cap.
X X X III = Ms. p.354 y cap. X X X IV = Ms. p.380 sig.).
Todo esto perm ite concluir que Valenzuela no pretendía escribir una obra
histórica de estilo bien pulido, exponiendo un tem a general histórico a
base de conocim ientos adquiridos en docum entos, sino una m era relación
para uso oficial, en cuya preparación pudo utilizar las actas que estaban a su
disposición, que citó en su texto con plena exactitud. C uando ciertas actas
no se encontraban a su alcance, po r no encontrarse en el registro en que tra­
bajaba, tam poco las buscó o adquirió de o tra forma. Para defenderse del re­
proche de que habría om itido algunas cosas, Valenzuela en to d o caso llega
a indicar que falta éste o aquel docum ento en los autos (p o r ejemplo: Ms.
p .2 7 ,175) y añade: «lo cual he apuntado p o r si de ello se pidiere razón» (Ms.
p.76).
C om o el m ism o Valenzuela m enciona (Ms. p.3), él p u d o disponer de tres
cuadernos de actas. N o utilizó otras fuentes y no consideró preciso buscar
más inform aciones. Solam ente una vez (Ms. p.lóo) habla de la «paciencia
... que he tenido en rexistrar los autos, buscar cartas correlativas y entresa­
car lo conducente a dhas prevenciones».
Raram ente se encuentra indicación de una crítica sobre sus fuentes, y cuan­
do las critica se lim ita a elem entos formales. N o da crédito, p o r ejemplo, a
un inform e sobre «Q uatro naciones nom bradas Quecoaches, Loquenes,
Taiza y Lacandón» po r carecer de fecha, firm a y nom bre de autor (Ms.
pp.28 sig.). O tro inform e escrito por Fray A lonso de León y dirigido al Pa­
dre Provincial Fray D iego de Rivas, no es tom ado tam poco en considera­
ción, «porque parece fabricado po r ideas». En otra ocasión critica a Fray
A lonso p o r no dar la referencia de sus fuentes y po r haberse equivocado
varias veces en las distancias (Ms. pp.12,29). D e hecho este inform e de Fray
A lonso no es m uy inteligente, com o puede com probarse p o r el texto re­
producido en el A péndice I (Ms. p.434).
Por lo expuesto, se com prenderá que la inscripción que lleva en el lom o el
«Manuscrito de Berlín»: «D ocum entos para la historia del Lacandón»,
caracteriza esta obra m ejor que el título de la cubierta del tom o, pintado en
grandes letras en la encuadernación de piel de cerdo, y que reza: «Conquista
del Lacandón, C onquista del Chol», o quizá tam bién que el m ism o texto de
la portada que empieza, en el estilo am puloso de la época, con las palabras:
«Relación H istórica Verdadera del Viaxe que hizo ...».
D esgraciadamente no es posible determ inar cual de estas tres versiones del
título procede del m ism o Valencuela. Puede que la form a definitiva, que el

33
habría pretendido, sea la que se encuentra en el ejemplar del Archivo G ene­
ral de Indias en Sevilla (A G I, Escribanía de Cámara 339 B) y que lleva la fir­
m a de Valenzuela; reza así:
«Relación en que se contiene lo executado y conseguido en cum ­
plim iento de Reales Cédulas libradas para la solicitud de la redu­
cción y com bersión de yndios infieles que havitan las m ontañas
ym m ediates á Verapaz, G ueguetenango y Chiapa que se p e n e tr a ­
ron este año de 1695 con las H órdenes, D isposiciones y preben-
ciones de Su Señoría el Señor
D .Jacinto de Barrios Leal
G eneral de la A rtillería de los Exércitos de [Link], de su
Consejo, Presidente de esta Real Audiencia, G overnador y Capitán
G eneral en la Provincia de su D istrito, que hiso la entrada desde
Ocosingo de la Provincia de Chiapa asistido de el Capitán Nicolás
de Valenzuela
com o Escribano de Cámara y M ayor de G ovierno y G uerra, que
form ó esta relación».
Según su contenido y forma, el «M anuscrito de Berlín» puede subdividirse
en tres partes m uy distintas, que corresponden más o m enos a los tres cuan-
dernos:
a) los rasgos jurídicos e historíeos de la entrada de 1695, es decir, las
Reales Cédulas más im portantes por las cuales se m andó la reducción
de los Lacandones y dem ás «naciones», así com o unas entradas anter­
iores con el m ism o fin = capítulos I a VIII,
b) la descripción de los trabajos preparatorios a esta entrada de 1695,
incluyendo los de allegar aportaciones en m etálico o en género p o r parte
de los vecinos, y los del reclutam iento de soldados = capítulos IX
a XXI,
c) la descripción de las mismas marchas, por lo m enos las de las com ­
pañías bajo el m ando inm ediato del Presidente Barrios Leal, que
avanzaron desde O cosingo y a las que perteneció Valenzuela com o
escribano y capitán de una de ellas = capítulos X X II a XX XV I.
Los dos últim os capítulos X X X V II y X X X V III podrían considerarse en
cierto m odo com o apéndice. El capítulo X X X V II trata —a m odo de excur­
so - la marcha del tercer destacam ento bajo el m ando del Capitán Ju an
Díaz de Velasco quien avanzó desde Verapaz contra los Itzáes de Tayasal, y
contiene, sobre todo, la reproducción literal de las cartas del C ap itán ju an
Díaz y de su acom pañante Fray A gustín Cano, m ientras que el capítulo
X X X V III describe el regreso de las tropas y su licénciamiento después de
haber alcanzado sus objetivos.

34
D urante cierto tiem po no se pretendió, según parece, incluir estos dos
capítulos en la «relación»; pues no se incluyeron en la paginación del índice
que se encuentra al final del «M anuscrito de Berlín», la cual term ina con el
capítulo X X X V I, que com ienza en la «hoja 204». En el ejemplar de Sevilla
(A G I, G uatem ala 339 B) de la «Relación» falta el capítulo X X X V II. El índi­
ce añadido al «M anuscrito de Berlín», com o señala una nota, pertenece efec­
tivam ente a un tercer ejemplar, razón po r la cual los núm eros de las páginas
indicados allá no coinciden con los del texto; pero tam poco corresponden
a la num eración del ejemplar de Sevilla.
Es evidente el m otivo p o r el que se pensó om itir en to d o o en parte la des­
cripción de la m archa del Capitán Ju a n Díaz de Velasco contra los Itzáes -
que realm ente se om itió en la copia de Sevilla —: com parada con los objeti­
vos originales de la expedición que pretendía la conquista tan to de los La-
candones com o de los Itzá en una acción com binada de tres columnas, la
em presa resultó un fracaso. Si a pesar de todo se quería producir la im pre­
sión de que la entrada había obtenido cierto éxito, era p o r tanto necesario
limitarse al resultado concreto conseguido p o r el Presidente Barrios, y su­
prim ir la m archa contra los Itzá. Además, la precipitada condena del Capi­
tán Ju a n Díaz de Velasco p o r el O id o r Jo se p h Descais (de Seals), lugarte­
niente del Presidente, p o r presunta desobediencia y p o r haber dado p o r
term inada prem aturam ente la em presa en contra de las órdenes recibidas,
planteó graves problem as internos que probablem ente no quería tratar
Valenzuela, y que la audiencia de G uatem ala indudablem ente deseaba
divulgar lo m enos posible ante el Consejo de Indias. U n o de los más graves
reproches hechos p o r Fray Franscisco X im énez en su «Historia» contra
Villagutierre, el autor de la «Historia de la C onquista de la Provincia de el
Itzá» era que en su obra no hubiera tratado al C apitánJuan Díaz con im par­
cialidad. Es m uy probable que Valenzuela fuera lo suficientem ente p ru d en ­
te com o para querer exponerse a críticas semejantes. El Presidente Barrios
tam poco podía tener interés en poner dificultades al O id o r Jo sep h
Descais, leal colaborador suyo, por haber dictado un juicio erróneo en un
m o m ento de exceso de celo.
Al reseñar las tres partes de la «Relación» arriba m encionadas se puede
constatar que satisfacen m uy poco las exigencias de la obra de un h isto ­
riador.
La prim era parte no está com pleta ni ordenada sistemáticam ente. C om o
queda dicho, Valenzuela se lim itó a los docum entos a su alcance sin efec­
tuar más investigaciones, que sin duda no habrían sido difíciles. Esto suce­
de tanto con respecto a las reales Cédulas sobre la pacificación y reducción
de las «naciones» de indios, de las que sólo se m encionan las más recientes y

35
más im portantes, com o tam bién con respecto a la m uy incom pleta des­
cripción de las «entradas» anteriores, aunque éstas venían preocupando
hacía m ucho tiem po sinceram ente tanto a la A udiencia de G uatem ala
com o a los gobernadores de Y ucatán, y sobre las cuales existían indudable­
m ente un núm ero de docum entos en los archivos y registros seculares y
clericales de Guatemala.
La segunda parte contiene una difícilm ente abarcable cantidad de detalles
sobre los preparativos de la expedición, incluyendo amplias listas de apor­
taciones en m etálico o en géneros, que a veces incluso se contradicen, p o r­
que uno u otro de aquellos actos había sido cancelado. Seguram ente que
estos detalles tenían su im portancia para el uso adm inistrativo interno,
pero de ningún m odo para una sinopsis histórica del curso de esta «entra­
da», para la que habría bastado constatar los resultados finales obtenidos.
En cambio, Villagutierre ha tratado estas cosas en su «Historia» con la debi­
da brevedad.
La tercera parte describe, y p o r cierto en form a de un «diario de campaña»,
el curso exacto de la expedición del Presidente Barrios, pero estám uy breve
en su descripción de las marchas de la otra colum na que avanzó desde Hue-
huetenango y olvida casi p o r com pleto la entrada desde Verapaz. Además,
la descripción de los hechos en esta parte de la «Relación» está intensam en­
te marcada subjetivam ente por las experiencias personales del autor.
Y a que dadas las razones expuestas puede suponerse que Valenzuela no
pretendía escribir una «Historia» en su relación, tal com o p o r ejem plo lo
habían hecho Fray Francisco Ximénez, participante com o él en la m ism a
entrada, o el Relator del Consejo de Indias, Ju a n de Villagutierre Sotoma-
yor, debe preguntarse cuales fueron en realidad las intenciones de Valen­
zuela al escribir esta obra.
Es m uy probable que Valenzuela com pusiera y redactara su trabajo, que se
term ino ya el 17 de septiem bre de 1695, después de que el 11 de junio hubie­
ra regresado el ejército de la expedición del Presidente Barrios, y que la
escribiera p o r encargo del m ism o presidente para enviarla al Rey y a su
Consejo de Indias com o inform e oficial sobre esta entrada.
Esto puede deducirse de las siguientes palabras del m ism o Valenzuela:
«para que Vssa (con más facilidad que de los autos) disponga
sacar la m édula y cum plir con lo m andado p o r su Magestad»
(Ms. p.2)
o en otro párrafo:
«... para que S.M. fuese con realidad y claridad inform ado de esta
em presa sin más interés que acreditar su lealtad y obediencia ...»
(Ms. Portada).

36
Más claram ente aún se advierte la probable intención de Valenzuela en un
párrafo del fol. 65 del «Manuscrito de Berlín» que luego ciertam ente fue
tachado, pero que puede reencontrarse en form a algo m odificada en la
«Dedicatoria»:
«el fin principal es serbir a Vssa en relatar los autos lo más
susintam ente que pudiere, y referir lo que entendí, reconocí, y vi,
ser y poliar para que Vssa cum pla con la obligación de dar cuenta
a Su M agd y porque deseo sea clara, indibidual y expresa, derter-
m ino se contenga mi relación en diferentes capítulos, assi de lo que
de los autos resulta, com o de las cosas y casos que en ellos no se
conprehenden, insertando a la letra aquellos instrum entos y re­
cados que m e parecieren esenciales y conducentes a la m ejor inteli­
gencia y explicación».
En o tro lugar dice Valenzuela:
«... y considerando en Vssa precisa obligación ... de dar cuenta a
Su Magd (com o en dhas Rs Ceds lo ordena) de lo obrado y
executado sobre su cum plim iento, advertí la confianza de ser bien
servido que hizo Vssa de mi persona cuando p o r su auto de
15 de N o b 1 de 694 m e eligió y nom bró para que ante m í pasaran
com o scriu0 de cámara y m ayor de govierno y guerra los autos y
diligencias que se ofrecieran durante el v ia je... form é el cuaderno
adjunto en que recopilé... tres cuandernos de a u to s ... y m ensioné
las cosas que atendí, noté y re c o n o c í... que no constan en ellos
para que con ellos disponga Vssa ...» (Ms. p .l sig.).
Esto correspondía exactam ente a las intenciones del presidente y se refleja
en las palabras del nom bram iente de Valenzuela com o escribano:
«atento a que es necesario llevar escribano, ante quien actuar con
buena form a e inteligencia todo lo que ocurriere en dha reduccción
para dar individual noticia a Su M agestad ...» (Ms. p,180).
Es probable que Valenzuela presentara al Presidente Barrios los docum en­
tos que ahora form an el prim er cuaderno de su «Relación» antes de la entra­
da de 1695, ya hacía tiem po proyectada, para contribuir a su m ejor prepara­
ción. Estos docum entos incluyen, com o queda dicho, los rasgos jurídicos e
históricos de la entrada planeada, es decir las Reales Cédulas, los inform es
sobre entradas o reducciones anteriores intentados p o r varios m isioneros
com o Fray D iego de Rivas en 1685 (Ms. p.15 sig. = cap. II), Fray A gustín
Cano en el m ism o año (Ms. p.24 sig. = cap. Ill), Fray Jo se f D elgado en
1676/77 y Fray Francisco Gallegos en 1676 (Ms. p.29 sig. = cap. IV ) o sobre
la visita del obispo de Guatemala. En favor de esta hipóesis habla la siguien­
te frase (Ms. p.55):

37
«... los cuales relatos se am ontonaron en los autos quando el dho
año 689 se trató de la reducción de estos infieles, recojiendo en ellos
suss“ el d ho señor Press" las noticias que condujesen al m aior acier­
to y facilidad de conseguir la conbersión tan deseada ...».
Este p u n to de vista se ve confirm ado tam bién p o r una nota que se halla al
final del «ramo 2°» del volum en de actas A G I G uatem ala 152 y que reza
así:
«Decreto: Q uedando testim onio en el oficio de cámara de estos
autos, se entreguen a Nicolás de Valenzuela, scriv° de Cámara y
público para que ocurriere en el negocio de esta reducción. Lo
qual proueió y ruvricó Su Señoría el Señor D nJacin to de Barrios
Leal, G en 1 de la artill* ... en trese días del mes de henero de mil
seiss0S y nouenta y cinco años. D o n Lrancisco de G oicochea y
Uriarte».
D e lo que antecede resulta claramente que N icolás de Valenzuela no in ten ­
tó en m odo alguno escribir una obra histórica. N i se sintió llamado a con­
vertirse en historiador ni se creyó capacitado para ser escritor, según confie­
sa él m ism o : «por no haber aprendido reglas historiales, ni tener la com pre­
hensión de figuras retóricas» (Ms. p.2).
Su propósito fue, más bien:

«apartado de lisonjeras ponderaciones, desbiado de particulares


fines y desnudo de afectos (m ensionar) las cosas que atendí, noté
y reconosí, para que ante m i ... pasaran ... los autos y dilixien-
cias que se ofrecieron durante el viaje» (Ms. p.2).
Palta, p or esto, en la «Relación» de Valenzuela toda clase de polémica com o
la que se m uestra, de form a tan desagradable, en m uchos pasajes de la
«Historia» de Ximénez, pero tam bién falta la claridad y concentración en
los p un to s esenciales que distinguen a Villagutierre, quien indudablem en­
te utilizó las mismas actas que Valenzuela. D on d e éste se extiende en largos
capítulos sobre detalles que quizá tenían cierta im portancia docum ental
para la cancillería de la audiencia de G uatem ala, pero no para el público más
am plio de una «Historia», el otro ofrece un resum en de los sucesos más im ­
portantes.
Es verdad que Valenzuela era consciente de su prolijidad en su form a de re­
ferir, y se disculpa de este defecto indicando que su trabajo no era «tan
susintam ente com o quisiera» (Ms. p.2). Pero persiguió con su «Relación»
otros fines realm ente distintos de los que habían guiado a Villagutierre o a
X im énez en su calidad de historiadores. Valenzuela, funcionario de la ad­
ministración, notario y archivador, se sentía obligado a proceder con m i­

38
nuciosa exactitud y detalle, tal com o lo hizo en su «Relación». Al respecto
dice:
«... y aunque pudiera haber m encionado las prevenciones para las
entradas con m ucha brevedad y en m uy poco papel, no he podido
escusar el dilatarm e del gastado, assí por que cum pliendo con la
obligación de escribano ... [unas palabras ilegibles] é reconosido
los autos para ajustar la relación a ellos, com o tam bién p o rq u e si en
otra form a ubiera explicado o manifestado las dhas prevenciones
hubiera agraviado al Sr. Presidente, usurpándole el prem io, ocultar
el trabajo, aplicación y desvelo que había aplicado para ella, m o rti­
ficándose en no dar hórdenes para cada cosa, sino en explicarlas y
repetirlas con prudencia, sagasidad y paciencia, com o se ha m ani­
festado en las cartas y respuestas que van citadas de que se refiere mi
ocupación y la aplicación que he tenido en registrar los autos, bus­
car cartas correlativas y entresacar lo conducente a dhas prevencio­
nes y la m ism a se hallará en lo que se fuera obrando y explicando»
(Ms. p.lóO).
A Valenzuela le habría resultado ciertam ente fácil escribir una «Historia» a
base de los docum entos a su alcance y de sus propias experiencias durante la
expedición. H ay ciertos indicios de que po r m om entos acarició esta idea;
tanto la construcción com o el estilo de la tercera parte de su «Relación», en
la que describe la m archa del Presidente Barrios hasta el pueblo de D olores,
con todas sus disficultades e incidentes, con manifiesto contraste al estilo
em pleado en las dos partes precedentes com o tam bién la m ism a indecisión
al form ular el título definitivo de su escrito, acentuando ya el carácter de re­
copilación de docum entos, ya el de ser una «relación histórica verdadera»,
apoyan esta hipótesis. Tam poco puede pasarse po r alto que Valenzuela de­
seaba que su «Relación» fuera considerada com o una obra propia e indivi­
dual, a la cual firm ó y proveyó de una dedicatoria. A sí es com o en la «Rela­
ción» de Valenzuela se advierte una cierta am bigüedad. Al final, sin em bar­
go, se decidió p o r cum plir sim plem ente el encargo recibido y tachó, conse­
cuentem ente, ciertos pasajes de índole m eram ente retórica y personal,
com o po r ejemplo: «son los antiguos papeles m aestros que enseñan, rigen,
goviernan y adelantan los más claros y agudos, entendim ientos ...» (Ms.
p.189 = fol. 177). Así, ciertam ente, la obra quedó más despersonalizada y
objetivada, pero p or otro lado se cum plieron m ejor los requisitos que una
«relación» de uso oficial im ponía al autor. D ebe subrayarse que Valenzuela
concluyó su trabajo sólo tres meses después de haber regresado el ejército
de su expedición.
A unque Valenzuela diga tam bién: «ya que no esté tan brebe adornado que

39
pueda rem itirse al Suprem o Consejo ...» (M s. p.2), puede suponerse que,
en el fondo, él habría contado con que el escrito fuera enviado bajo su n o m ­
bre al Consejo de Indias, com o sucedió en realidad. El O id o r Jo sep h
Descais (de Seals) en su calidad de presidente interino de la audiencia se
dirigió, el 16 de mayo de 1696, al Rey con las siguientes palabras:
«Señor: C on fha de 27 de noviem bre de 95 escriuí a S.M. en el auisso
y aunque ofrecí rem itir en esta ocasión testim onio de todos los
autos no lo ago, porque los ym bía vuestro Fiscal de esta A udien­
cia quien lo pidió se le á dado para este efecto y yo rem ito una
relassión ajustada de los autos que obró vuestro Presidente D n
Jacinto de Varrios desde que dió principio a tratar de la redución
de ynfieles y todo lo que se fue obrando y logros que ubo asta su
retirada a esta Audiencia, la qual sacó Nicolás de Valenzuela, escriu-
ano de Cámara de esta audiencia, que asistió en la jornada ...»
(A G I, P atronato 237, ram o 2).
C om o resultado del análisis del «Manuscrito de Berlín» en lo que concierne
a las intenciones posibles de Valenzuela, puede constatarse que no se trata
de una obra de género «histórico» de la conquista de los Lacandones, C h o ­
les e Itzá, com parable con las obras de Villagutierre Sotom ayor o Fray Fran­
cisco X iménez, o quizá de su com patriota Bernal Díaz de Castillo, en que
debió haber pensado al form ular su título de «relación histórica verdadera»,
aunque no puede negarse que existen tam bién algunos indicios en favor de
la hipótesis de que el m ism o Valenzuela habría acariciado durante algún
tiem po la idea de com poner una verdadera «Historia». Su trabajo, que él de
todas formas consideró com o obra propia, es más bien un inform e docu­
m ental y adm inistrativo escrito en breve tiem po para el uso oficial por
orden de sus superiores jerárquicos. En pro de esta tesis habla tam bién el
hecho de que el texto fuera corregido po r lo m enos p o r otras dos personas
más, aparentem ente de rango superior; tal com o se desprende del estudio
del «Manuscrito de Berlín».
Es m uy probable que la prim era parte, con sus amplias citas de las últimas
Reales Cédulas sobre la ejecución de esta conquista, y con los inform es so­
bre entradas y reducciones anteriores, fuera escrita poco tiem po antes de la
expedición de 1695, con el fin de contribuir a su preparación, m ientras que
la segunda parte, en que se trata de los preparativos logísticos, debió servir
de base a la posterior liquidación final de lo realizado en la empresa; la terce­
ra parte contendría el «diario de campaña» de los incidentes y sucesos de la
marcha.
Se puede suponer, p o r tanto, que el conjunto del trabajo estuvo destinado
sólo a servir de base docum ental a los inform es que el presidente de la

40
audiencia de G uatem ala tenía que som eter al Rey y al Consejo Suprem o de
Indias, y no para ser leído po r un público mayor.

Lista de documentos citados a la letra por Valenzuela Ms. p.

1. Fray Diego de Rivas: «Relación» de Gueguetenango


22.3.1685 relativa a su entrada : 15- 19
2. Fray Agustín Cano: Carta desde San Lucas Zalah del
Chol. 5.5.1685 al presidente sobre su viaje por Verapaz : 24- 25
3. Frayjoseph Delgado: «Memoria e Informe» al
Presidente Escovedo (sin fecha) (7.7.1677) : 30- 35
4. Fray Francisco Gallegos: «Memorial»,
Guatemala 27.1.1676 : 36- 55
5. Real Cédula, Buen Retiro 14.5.1686 : 58- 61
6. Real Cédula, Madrid 24.11.1692 dirigida al
Presidente de Guatemala : 77- 78
7. Real Cédula, Madrid 24.11.1692 dirigida al
G obernador de Yucatán : 79- 80
8. Fray Melchor López y Fray A ntonio Margil: Carta
desde Cobán 22.4.1694 dirigida al Presidente Barrios : 83- 85
9. Presidente Barrios: «Auto» desde Santiago de
Guatemala 7.8.1694 : 88- 90
10. Presidente Barrios: Carta desde Guatemala 15.11.1694
dirigida al G obernador de Yucatán :129-131
11. Presidente Barrios: Carta, Guatemala
17.11.1694 al obispo
Juan Cano Sandobal :131-132
12. Presidente Barrios: Carta, Guatemala
3.11.1694 al alcalde mayor de Verapaz : 151-152
13. Presidente Barrios: Carta, Palacio (de Guatemala)
17.11.1694 al oidor A ntonio de Navia Bolaños : 173-173
14. O idor A ntonio de Navia: Carta, Guatemala 18.11.1694
al Presidente Barrios : 174-175
15. Presidente Barrios: «Auto» (de nombramiento), Santiago
de Guatemala 6.1.1695 :175-176
16. Cabildo de Guatemala: «Cunsulta» dirigida al Presi­
dente Barrios, 7.1.1695 (aconsejádole no participar
en la entrada por estar enfermo) : 176-177
17. Presidente Barrios: «Auto» del 15.11.1694 sobre la
recluta de soldados, nombramiento de oficiales y
del escribano Valenzuela : 180-180
18. Presidente Barrios: :<Ordenanzas» del 12.1.1695
(Los 21 puntos para la tropa) : 189-196
19. Presidente Barrios: «Auto», San Mateo Istatán 4.2.1695
(encargando al capitán Melchor Rodríguez) :205-206
20. Bartolomé de Amésqueta: Carta de la montaña 3.3.1695
dirigida al Presidente Barrios :236-238

41
21. Bartolomé de Amésqueta: Carta, «Rancho de [Link]-
lomé 13.5.1695” dirigida al Presidente : 345-348
22. Fray Diego de Rivas: Itinerario de su entrada por
San Mateo Istatán, Dolores 16.5.1695 : 357-348
23. Fray Agustín Cano: Carta, «Rancho de Taximcham, Prov.
de Mopán» 12.4.1695 dirigida al
Presidente Barrios : 400-401
24. Capitán Juan Díaz de Velasco: Carta, Mopán
16.5.1695 al Presidente Barrios
(justificando su retirada) : 410-418
26. Los siguientes documentos que no están incluidos en
el «Manuscrito de Berlín» fueron tomado del A GI en
Sevilla o del tom o de testimonio de autos
(Guatemala 152) o de la «copia en limpio» de la relación de
Valenzuela (Escribanía de Cámara 339 B):
a. Fray Alonso de León Degollado: «Informe»
del 29.1.1684 : Apéndice I
426-431
b. Obispo de Chiapas, Nuñez de la Vega: Carta del Abril de
1695 al Maestro de Campo Gregorio de Vargas Escudero : Apéndice II
432-435
c. Nicolás de Valenzuela: «Regulación de las leguas de
parage a parage» del 11.11.1695 (camino desde
Dolores hasta Istatán) : Apéndice III
436-436
d. Protocolo de las declaraciones de unos indios
principales del pueble de Dolores : Apéndice IV
437-438

4 • LA «RELACIÓN» D E V A LEN ZU ELA C O M P A R A D A C O N LAS


FU EN TES C O N T E M PO R Á N E A S M ÁS IM PO R T A N T E S

La expedición del Presidente Barrios Leal del año 1695 contra los Lacando-
nes, Choles, A hitzá y «otras naciones de indios infieles» que Valenzuela
describe en su «Relación» no fue una acción aislada, sino uno délos m uchos
y pequeños pasos en el largo camino hacia la sum isión definitiva de la
población indígena de estas regiones, que seguía siendo un obstáculo a la
com unicación directa entre Tabasco y Y ucatán con Guatemala. Por esta
razón, para poder clasificar la «Relación» de Valenzuela correctam ente,
parece o p o rtu n o m encionar aquí, por lo m enos, las fuentes y descripciones
más im portantes que trataron entonces los esfuerzos que se habían venido
realizando durante siglos enteros para lograr este objetivo.

42
A este respecto m encionam os, com o los más esenciales, los siguientes rela­
tos contem poráneos:

a) B em alD íaz del Castillo: «Historia verdadera de la C onquista de la N ueva


España. Escrita po r el Capitán Bernal Díaz del Castillo, uno de sus C o n ­
quistadores», publicada p o r prim era vez en M adrid en 1632, después en
num erosas ediciones y traducciones a otros idiomas. C om o es sabido,
Bernal Díaz participó personalm ente en la expedición de H ernán C ortés a
H onduras el año 1524, en la que llegaron a la provincia de Acalá y al Petén;
en esta ocasión alcanzaron tam bién Tayasal, las isla fortificada de los Itzá o
Ahitzáes, que tuvieron entonces el prim er contacto con los españoles.
A unque la descripción de este prim er encuentro, casi fortuito, no es m uy
am plia y fue escrita p o r Bernal Díaz m uchos años después, es sin em bargo
una im portante fuente, tanto más cuanto que generalm ente se la considera
com o fidedigna; en todo caso nos sum inistra la prim era noticia sobre estos
pueblos.

b) La quinta de las«Cartas de Relación de Hernán Cortés dirigida al Em perador


Carlos V, que tam bién inform a sólo m uy brevem ente sobre los Ahitzáes,
tiene quizá aún m ayor valor docum ental p o r haber sido escrita bajo la im ­
presión directa de aquel prim er encuentro entre dos civilizaciones tan
distintas.

c) Las m últiples «entradas», las iniciadas desde el norte en su mayoría con


un m arcado carácter m ilitar y las del sur con un sello m isionero - com o in ­
tentos pacíficos para convertir a los indios, sobre todo p o r la orden de los
dom inicos —, han sido relatadas en diversos escritos. A quí debe m encio­
narse en especial la obra del obispo de Chiapas, del defensor de los indios,
Bartolomé de Las Casas, que describe sobre to d o la triste situación de la
población indígena. La labor m isionera de las órdenes religiosas sólo ha en­
contrado posteriorm ente una adecuada descripción y apreciación históri­
ca. La obra de Las Casas, que perseguía determ inados objetivos políticos,
contiene ciertas exageraciones y debe ser leída con reservas (M enéndez
Pidal, 1958:49 sig.).

d) Fray Antonio de Remesal trató de presentar una visión más com pleta en
su obra publicada en 1619: «Historia G eneral de las Indias Occidentales y
particular de la G overnación de Chiapa y Guatemala». Remesal había naci­
do a fines del siglo X V I en Allariz, Galicia, entró en la orden de los d o m in i­
cos y llegó a G uatem ala el año 1613. Remesal defendió celosam ente las

43
ideas de su orden, que ya desde los principios de la conquista había pedido
que tam bién se aplicaran a la población indígena los derechos hum anos.
A nim ado po r la lectura de num erosas noticias, pero incom pletas casi siem­
pre, de otros m isioneros anteriores se propuso escribir una historia de la
conquista y colonización de G uatem ala, basada en hechos auténticos y lo
más com pleta posible. C on este fin com piló todas las fuentes docum enta­
les a su alcance y concluyó su escrito en 1617. D os años más tarde fue publi­
cado en M adrid, no sin que algunos criollos influyentes en M éxico y G u a­
temala trataran de im pedir la publicación de tal escrito, que acusaba su
egoism o y las crueldades com etidas contra los indios. A unque Remesal se
esforzó p o r llegar a la verdad histórica, a veces se dejó arrebatar p o r el en tu ­
siasmo por sus ideales. Esto m otivó críticas de otros historiadores com o
Vázquez, y Fuentes y G uzm án, am bos criollos que se oponían a las ideas de
los dom inicos. D e todos m odos, la H istoria de Chiapa y G uatem ala de R e­
mesal fue el prim er ensayo de este género en G uatem ala (véase M eneos F.
en el prólogo a X iménez, 1931, vol. 3: V III sig.).

e) Juan de Villagutierre Sotomayor: «Historia de la C onquista de la Provincia


de el Itzá, Reducción y Progreso de la de el Lacandón y otras N aciones de
Indios bárbaros, de las Mediaciones de el Reyno de G uatem ala, a las P ro ­
vincias de Y ucatán en la Am érica Septentrional». Villagutierre era abogado
y relator de la Real Cancillería en Valladolid, más tarde fue relator en el Real
y Suprem o Consejo de Indias y no conocía la América Central p o r propia
experiencia. Sin em bargo tenía acceso a todos los inform es recibidos en el
Consejo de Indias. D esgraciadam ente no indica las fuentes de su escrito;
tom ó casi a la letra diversos pasajes de Valenzuela, com o se m uestra en la
siguiente com paración de texto:

Valenzuela, Ms. p.353 Villagutierre, 1933 p.242


«y con auer ocupado sus cassas los que se «Con haber ocupado sus casas, los que se
redujeron al pueblo se reconoció viuían iban reduciendo al pueblo se reconoció
con racionalidad porque no tenían mas ser estos indios lacandones, que vivían
que una muger a quién cada cual asistía y con racionalidad alguna, pues no tenía
cuidaua aplicándose al trauajo de milpas cada uno mas que una mujer, y de esa cui-
y sementeras de mais, chile, y frísol en daba, y la aistía aplicándose al trabajo de
que sembrauan pinas, plátanos, patatas, sus milpas, y sementeras de mais, chile, y
xicamas, jocotes, capotes y otras frutas, frixoles entre que sembraban piñas, plá-
siendo aún con ser de tierra mui caliente taños, batates, xicamas, xocotes, zapotes
mas trauajadores que nuestros yndios pa- y ortas frutas, siendo aún con ser de tierra
zificados por ser sus milpas por la mayor mas caliente mas trabajadores que nues-
parte mui grandes y porque las rozas de tros indios pacificados, por ser sus mil-
ellas son mucho mas trauajosas por cor- pas muy grandes, y las rozas de ellas

44
tar los maderos grandes y pequeños con mucho mas trabajosas, por cortar sus
achuelas de piedra color labradas de se maderas, grandes y pequeñas, con
hallaron algunas pocas ...» hachuelas de piedra de color verde oscu­
ro, primorosamente labradas...»

En X im énez encontró Villagutierre un implacable adversario, que no sólo


le reprochó errores casuales, sobre todo en sus datos geográficos (Bier-
m ann 1964:147, nota 110), sin o ^ u e sobre to d o vituperó su hostilidad e in-
j usticia con respecto a los dom inicos, en vez de apreciar su gran labor, sobre
todo p o r haber asum ido siempre el p u n to de vista de los oficiales del g o ­
bierno. A sí escribe p o r ejem plo en el lib. IV, cap. LXII (= 1931, vol. 2:188):
«La historia de d o n ju á n de Villagutierre ... está llena de m uchos
yerros y m uy notables, especialm ente tocante a las distancias y
parages que en aquellas m ontañas corresponden al reyno de
Guatemala, que se dem ostró fue con malicia de quien sum inistró
las noticias ... más po r calumniar las operaciones de los m inistros
de G uatem ala que po r hablar la verdad».
Es natural que la descripción de la desafortunada expedición del Capitán
Ju a n Díaz de Velazco hecha p o r Villagutierre diera ocasión a crítica seme­
jante; X im énez aducía que Villagutierre no había contradicho con suficien­
te energía el juicio injusto prom ulgado por el presidente interino Jo sep h
Descais contra en valiente capitán a quien amenazó con la pena de m uerte
p o r haber, al parecer, desobedecido sus propias órdones. La defensa del Ca­
pitán Díaz de Velazco por X im énez fue apoyada, entre otros, p o r Fray
A gustín Cano, que, com o Ximénez, tam bién había participado en aquella
expedición.
A través de Villagutierre, varios pasajes de la «Relación» de Valenzuela pa­
saron, en parte en cita literal, a la literatura posterior. El prim ero que advir­
tió que la «Relación» de Valenzuela era una im portante fuente de inform a­
ción del escrito de Villagutierre, fue García Peláez en la prim era edición
(1851) de sus «Memorias»; posteriorm ente tam bién Squier (1858:565;
1861:47), Bandelier (1881:9), Bancroft (1890, I I : 761) y otros han rem itido
en varios lugares a Valenzuela. Recientem ente, T ho m p so n (1972:30) ha
hecho notar que Villagutierre y G arcía Peláez se habían basado extensa­
m ente en Valenzuela; sin em bargo su afirmación de que la «Relación» de
Valenzuela había sido ya publicada por García Peláez no es cierta. U ltim a­
m ente, tam bién H ellm uth (1978:425) ha llamado la atención sobere Va­
lenzuela. A pesar de paralelos, a veces asom brosos, en la dicción de Valen­
zuela y de Villagutierre no se puede acusar sin más al últim o de plagio. Por
un lado resulta difícil probar que Villagutierre haya copiado directam ente a
Valenzuela, p orque en realidad prodría haberse lim itado a utilizar los mis-

45
m os docum entos; sin em bargo, en este caso hay que adm itir que m uchos
de dichos docum entos habían sido redactados po r Valenzuela en su calidad
de escribano. P or otro lado, Villagutierre, en su cargo de relator del C onse­
jo de Indias se podría haber considerado autorizado a citar a la letra los in ­
formes que habían llegado a su despacho p o r vía oficial, sin m encionar al
autor; y la «Relación» de Valenzuela no era o tra cosa para él.

f) Fray Francisco Ximénez: «Historia de la Provincia de San V icente de Chia-


pa y Guatemala». X im énez había nacido en Ecija, en Andalucía, el año 1666,
pero fue a G uatem ala m uy joven. Por lo demás, hizo el viaje ju n to con el
presidente Barrios. En G uatem ala estudió teología con los dom inicos, y en
especial lenguas indígenas. Escribió gramáticas del Q uiché, Cakchiquel y
Sutojil así com o un m anual para los sacerdotes en los pueblos de indios
(doctrineros) en los tres idiom as m encionados, intitulado «El Perfecto Pá­
rroco». Su obra más im portante, sin em bargo, es el «Tesoro de las Tres Len­
guas», en tres tom os, que incluye las tradiciones indias más im portantes en
versión original y en traducción española, entre ortros el famoso «Popol
Vuh» o «Libro sagrado de los Quiché» que el erudito alemán D r. Carl von
Scherzer sacó del olvido en 1854. D esgraciadam ente se ha perdido una
«Historia N atural del Reino de Guatemala» escrita tam bién p o r Ximénez.
U na segunda obra histórica, las «Advertencias e Im pugnaciones de la C ró­
nica de Vázquez» fue publicada en 1717; tiene un carácter m uy polém ico y
se dirige contra el franciscano Fray Francisco Vázquez y su «Crónica de la
Provincia de Guatemala». X im énez le atacó no solam ente a causa de sus
manifiestas faltas m etodológicas, que todavía hoy m olestan al lector (B an­
croft), sino tam bién p or creer ver en él un declarado enem igo de los d o m i­
nicos. El conflicto entre franciscanos y dom inicos que se trabó en aquel
tiem po se refleja m uy visiblem ente en la crítica de Vázquez hecha por
Ximénez. Ambas órdenes religiosas defendían p o r entonces no sólo ideas
teológicas diversas, sino tam bién trataban de anteponerse una a la otra con­
siguiendo m ayor influencia sobre asuntos seglares y eclesiásticos en una
época en que despertaba el nacionalismo en Centroamérica, donde el p ro ­
blema del m odo de tratar a los indios para poder integrarlos m ejor en el
Estado no era el tem a de m enor importancia.
X im énez defendía con entusiasm o la doctrina y práctica de los dom inicos
considerando a los franciscanos com o los enem igos más duros de su orden,
y m ostró p o r tanto una gran suspicacia ante todo lo que aquellos decían y
escribían:
«Son falsos los religiosos Franciscanos que el m uy Reverendo
Padre jubilado Fray Francisco Vázquez refiere en su Crónica ...,

46
historia más llena de falsedades y calumnias que hasta ahora se ha
dado a la estampa» (X im énez lib. I, cap. X X X IX = 1931, vol.
1:1137).
A sí es com o X im énez no sólo acusa a Vázquez —«siendo nuestro mayor
enemigo» - de falsedad y m entira, sino tam bién a su amigo, el historiador
Francisco A ntonio de Fuentes y G uzm án (1643-1700), al que tom a com o
conjurado con Vázquez contra los dom inicos en su «Historia de G uatem a­
la» y en su «Recordación Florida»:
«... pero viendo lo que nuestro Padre jubilado Fray Francisco Váz­
quez en toda su crónica, su amigo don Francisco de Fuentes en
las dos partes de su ’Recordación Florida', el señor consejero don
Ju an Fernando Pizarro en su prim eraparte de los ’Varones Ilustres1,
y otros, que p or borrar las manchas en que tanto se m acularon
m uchos de los prim eros conquistadores (no todos, ni era bien que
tal se dijera, pues hubo m uchos m uy buenos católicos, entre
quienes reluce el sin segundo M arqués del Valle, d o n Fernando
C ortés) quieren notar de falso y de h om bre iliterato y cruel, y ene­
m igo de la nación española al lim o. Señor Las Casas, sólo porque
publicó las verdades ...» (Xim énez, lib. I, cap. X X X IX = 1931,
vol. 1:114).
D el m ism o m odo ataca a Villagutierre, aunque le cita a lo largo de páginas
enteras, a m enudo en form a m uy polém ica y a veces llega a atribuir tam bién
al Presidente Barrios Leal una latente enem istad ante los dom inicos. Su es­
crito debe leerse en este marco.
C om o se ha dicho, X im énez había participado en la fracasada expedición
del Capitán Ju a n Díaz de Velasco, quien en la expedición del Presidente
Barrios en 1695, m andó la tercera colum na de m archa que avanzó desde
C ahabón hacia elPetén. P or esta razón describe preferentem ente estaparte
de la empresa, m ientras que al relatar las marchas desde G ueguetenango y
Chiapas se basa en otras fuentes, sobre todo en Villagutierre y así, indicrec-
tam ente, en Valenzuela. Pero tam bién cita en largos pasajes al Capitán
Pedro Alvarez de M iranda que perteneció a la colum na del Presidente
Barrios, y que tam bién com puso una «Relación», que en m uchos lugares
m uestra una sorprendente sim ilitud a las formulaciones de Valenzuela,
aunque en otros p u n to s le contradice (véase Ximénez, lib. V, cap. LX sig.
= 1931, vol. 3:34 sig.).
En este sentido, la obra de X im énez constituye un im p o rtan te com ple­
m ento a la «Relación» de Valenzuela, quien dice poco sobre las marchas del
Capitán Ju a n Díaz, aun cuando se consideran los capítulos X X X V II y
X X X V III om itidos en algunas copias.

47
g) Fray Francisco Vázquez pertenecía a una antigua familia criolla de G u ate­
mala, descendiente d e ju a n Vázquez, capitán bajo Pedro Alvarado y «Con­
quistador, Pacificador y Prim er Poblador de Guatemala». Tom ó el hábito
de los franciscanos en el convento de A ntigua y fue profesor de filosofía y
teología, luego comisario visitador de la provincia de Nicaragua, examina­
dor sinodal y calificador de la Inquisición. Se interesó sobre to d o p o r la his­
toria. Además de obras teológicas e historico-biográficas sobre la orden de
los franciscanos, publicó en 1716 una «Crónica de la Provincia de G uatem a­
la» para la cual com piló materiales durante varios viajes p o r los conventos
de su orden el año 1690. Bancroft, en su «History o f Central America», ha
indicado varios defectos de este trabajo, su falta de m éto d o que dificulta su
lectura y las m uchas e innecesarias repeticiones que lo hacen m uy volum i­
noso. P or o tra parte, esta obra inform a sobre una gran cantidad de detalles
desconocidos y contiene datos biográficos valiosos aunque en general m e­
ram ente enum erados sin relacionarlos m utuam ente, de m anera que M en­
eos los denom ina «desaliñados». A veces, com o nota M eneos, se observa
que en él predom ina la «fantasía creadora del poeta» sobre la exactitud his­
tórica, siendo, sin em bargo, im presionante «la inm ensa copia de datos y
noticias que contiene». M eneos (1931, X X V ) añade que la «Crónica» de
Vázquez
«es com o aquellas fecundas m inas de nuestras m ontañas en las cua­
les para encontrar el oro escondido en las profundidades de la
tierra, se necesitan, desde el desbrozam iento de los campos hasta la
fundición del metal, larga serie de costosas preparaciones y de
difíciles trabajos ...».
N aturalm ente, Vázquez estaba com pletam ente afincado en la teología
franciscana, po r lo que tam bién fue enem igo del dom inico Fray A ntonio
Remesal al que trató de refutar. M ientras que los dom inicos opinaban que
la defensa a toda costa de los intereses de los conquistadores españoles era
incom patible con el bienestar de la población india, que la conquista vio­
lenta era inadecuada a la difusión de la fe católica y que el sistema de la enco­
m ienda y, sobre todo, la esclavitud debían ser abolidos, los franciscanos
pensaban que un sistema político en que colaboraban estrecham ente las
autoridades estatales y las eclesiásticas era la m ejor m anera de adm inistrar y
civilizar las naciones conquistadas; los conquistadores debían se ayudados
p o r los m isioneros, que a su vez necesitaban la ayuda de las armas. Según
los franciscanos, la esclavitud de los indios era ciertam ente innecesaria,
pero sí era preciso el sistema de encom iendas y un cierto estado de servi­
d um bre bajo el control de las órdenes religiosas (M eneos 1931: X X VI).

48
h ) Francisco Antonio de Fuentesy Guzmán nació en A ntigua G uatem ala el año
1643, de padres nobles que descendían de los «Primeros Pobladores y C o n ­
quistadores de Guatemala». P or línea m aterna descendía de Bernal Díaz del
Castillo. Y a a los 18 años fue nom brado R egidor Perpetuo y repetidas veces
ocupó el cargo de Segundo o Prim er Alcalde del M uy N o b le y M uy Leal
A yuntam iento de la capital. D urante cierto tiem po ejerció tam bién las fun­
ciones de Alcalde M ayor del Partido de T otonicapán, posteriorm ente de
Sonsonate, d onde m urió en 1700 a los 57 años. Escribió no sólo poem as, si­
no tam bién ensayos político-históricos y sobre todo la «Recordación Flori­
da o H istoria del Reino de Guatemala». El m ism o expone lo que le m ovió a
escribir esta obra: el am or a la patria, la necesidad de evaluar docum entos
antiguos que ya entonces se encontraban en mal estado, las exhortaciones
contenidas en num erosas Reales Cédulas a que se describiera la historia de
las colonias y finalm ente el deseo de refutar las arbitrarias modificaciones
que el Padre M aestro Fray A lonso R em ón había efectuado en la obra de
Bernal Díaz cuando la publicó en M adrid el año 1632. Esta fue la prim era
edición de la «Historia Verdadera» y Fray A lonso R em ón era dom inico,
m ientras que Fuentes, que además poseía el m anuscrito original de Bernal
Díaz, era íntim o amigo del franciscano Fray Franscisco Vázquez. Tam bién
en este caso se m ostró el influjo de la antigua oposición entre ambas órde­
nes (M artínez P., 1973: 40).
X im énez (1931, vol. 1:139 sig.) com enta sobre Fuentes:
«... lo llevó el encono que tenía contra los frailes dom inicos por
haber sido estos los que sacaron las uñas y los dientes de los lobos
carniceros ... a aquestos pobres y desvalidos polluelos ... com o
descendiente de los que ejecutaron aquestas crueldades ...»
M artínez Peláez considera a Fuentes com o típico representante de una cla­
se que tras generaciones de explotación de los indios no podía juzgar im ­
parcialm ente sobre la materia. Es verdad que Fuentes y G uzm án estaba
convencido de la superioridad de los conquistadores sobre los indios, y es­
to se m anifiesta claram ente en su obra a la que a pesar de to d a su erudición
marca negativam ente, pero Fuentes tenía un carácter tan desinteresado y
sincero que tam bién p u d o denunciar el abuso del poder, la explotación in ­
justa de los indios y su opresión. A gustín M eneos enjuicia su obra con las
palabras siguientes:
«... una obra bastante imperfecta, ya p o r carencia de unidad y de
m étodo, ora po r las fábulas absurdas y hecho inverosímiles que
contiene, ya, en fin, po r su falta de imparcialidad en cuanto se
refiere a los prim eros tiem pos de la colonización, pues en ella se
desfiguran varias veces los hechos de la conquista en favor de los

49
españoles y en detrim ento de los naturales» (1931: X V III).
La im portancia de la obra de Fuentes y G uzm án estriba en que es la prim era
historia de G uatem ala no escrita desde un p u n to de vista puram ente ecle­
siástico com o lo habían sido todos los trabajos anteriores p o r religiosos. Su
libro ejerció un considerable influjo sobre la historiografía del país, y se lle­
gó incluso a atribuirle el título de ho n o r de «Padre de la historia de G uate­
mala» (M eneos 1931: V III). Indudablem ente tiene tam bién razón M artí­
nez Paláez ( 1973:60 sig.) cuando llama a Fuentes el prim er «cronista ciro-
11o» de G uatem ala que escribió su historia desde la perspectiva de los crio­
llos en los que se sentía enraizado.

i) Antonio de León Pinelo, licenciado y relator, presentó en 1638 al Consejo de


Indias un inform e en que se exponía el proyecto de D iego de Vera
O rdóñez de Villaquirán de em prender una expedición contra los Lacando-
nes y M anché. Su título reza: «Relación... sobre la Pacificación y Población
de las Provincias del M anché i Lacandón, que pretende hacer D o n D iego
de Vera O rdóñez de Villaquirán etc.».
A unque este escrito, del que existe una versión inglesa de D oris Z. Stone
realizada en 1932, era un trabajo encargado por D iego de Vera, que p o r inte­
rés personal estaba dispuesto a financiar una expedición exigiendo en re­
co m p en sa d título de «Adelantado del Próspero» - una región que ya antes
de iniciar la entrada designaba com o «Reino del Próspero —, tiene un gran
interés histórico pues inform a sobre varias entradas anteriores y contiene
m uchas noticias sobre los diferentes pueblos indígenas de la región basadas
en estudios anteriores. Por lo demás, Bancroft (1890, II: 676, nota l l) le re­
procha algunas incorrecciones. El valor de esta relación no queda afectado
p o r el hecho de que D iego de Vera era un pretencioso fanfarrón que ya en
1647 había iniciado, más bien por aparentar, una breve expedición desde
M érida hasta el río U sum acinta que no o btuvo resultado alguno concreto,
y que poco más tarde, tras repetidas peticiones de las autoridades, realizó
una segunda entrada, de pocos días ciertam ente, que le llevó desde Ocosin-
go a las tierras de los Lacandones, sin que llegara a ver un solo indio (B an­
croft 1890:677 sig.; García Peláez 1968,1: 255).

k) N aturalm ente, hacia fines del siglo X V II aum entaron los escritos sobre
la conquista y pacificación de los pocos grupos de indios todavía indepen­
dientes; entre ellos se contaban sobre todo los Itzáes o Ahitzáes de Tayasal
y los Lacandones. D ado que estos grupos étnicos constituían ungrave obs­
táculo a la com unicación entre G uatem ala y la costa del G olfo, el gobierno
instó a que se conquistara e integrara, lo más p ro n to que fuera posible, a

50
estos pueblos que así vinieron a caer en el cam po de interés público.
Sin pretender una enum eración exhaustiva de los trabajos sobre este tema,
se m encionan aquí dos autores im portantes: Diego López Cogolludo, que en
1688, es decir todavía antes que se realizara la expedición del Presidente
Barrios, publicó su «Historia del Yucatán» que constituye una valiosa des­
cripción de las entradas y expediciones realizadas hasta entonces. Fray
Andrés deAvendañoy Loyola, un padre franciscano que en su «Relación de las
dos entradas que hize a la conversión de los G entiles Ytzaex» describe sus
viajes em prendidos al Petén Itzá narrando ahí uno de los últim os capítulos
de la triste historia de la ruina de los Itzáes. El escrito de A vendaño ha sido
analizado detalladam ente p o r M eans (1917 (1974): 103-174).

1) U na publicación de Vicente Fontavella: «Conde de Lizárraga Bengoa.


C onquista del Y tzá en la N ueva España», del año de 1714, reeditada en 1943
po r la Facultad de Filosofía y Letras de la U niversidad de Valencia, se orien­
ta en lo substancial a la glorificación de M artín de Ursúa, C onde de Lizárra­
ga Bengoa, que com o G obernador de Y ucatán em prendió tam bién una en­
trada contra los Itzáes de Tayasal consiguiendo conquistar en 1697 dicha
ciudad insular; le acom pañó en esta expedición Fray A ndrés de Avendaño.
Si se com para la «Relación» de Valenzuela sobre la entrada del Presidente
Barrios en 1695 con las obras m encionadas - las que podrían com pletarse
con otras m uchas - se observa inm ediatam ente el carácter m uy distinto de
la obra de Valenzuela. Esto no dism inuye, sin em bargo, en m odo alguno el
valor de su escrito. Si se tiene en cuenta que m uchas de las obras m enciona­
das están caracterizadas po r la perspectiva de su autor que describe los
acontecim ientos com o sacerdote o lego, dom inico o franciscano, com o
m iem bro de una cierta clase social o com o representante de la autridad etc.
entonces la «Relación» de Valenzuela aparece com o un docum ento de
m ayor im portancia histórica en cuanto m ero inform e sobre hechos. Por
cierto escribió su «Relación» «apartado de lisonjeras ponderaciones desbia-
do de particulares fines, y desnudo de afectos» (Ms. p.2). N o interpreta los
sucesos, sino los presenta sim plem ente al lector en form a sencilla, en el esti­
lo de un funcionario público y a m enudo acom pañando los docum entos
aducidos con amplias citas. J u n to a la gran cantidad de detalles aportados,
ahí debe considerarse el gran valor de la «Relación» de Valenzuela com o
fuente histórica.

51
II • EL CO NTEXTO ÉTNICO

1 • LA P O B L A C IÓ N IN D ÍG E N A A N TES D E LA LLEG A D A D E
LOS ESPAÑOLES

A ntes de la llegada de los españoles, la región que se extiende al este del ist­
m o de Tehuantepec hasta H onduras, sobre todo los actuales Estados m exi­
canos de Campeche, Tabasco, Y ucatán y Chiapas, así com o los actuales de­
partam entos guatem altecos de H uehuetenango, El Quiché, A lta y Baja
Verapaz y el Petén, estuvieron poblados p o r varios grupos étnicos de la fa­
milia Maya que hablaban diversos idiom as aunque procedentes de un m is­
m o tronco (Johnson 1962; A lden M ason 1962). Su existencia en estos terri­
torios era el resultado de num erosas migraciones y separaciones de grupos
m enores sucedidas miles de años atrás.
Y a en el quinto milenio antes de Cristo se habían separado de las tribus
Penuti, que poblaban los actuales Estados norteam ericanos de O regon y
California, grupos que em igraron hacia el sur y sudeste hasta que llegaron a
la parte m eridional de la zona que llamamos Mesoamérica.
Sobre el transcurso y rum bo de estas migraciones se han desarrollado
teorías m uy diversas según se dé más im portancia a los resultados de m éto ­
dos arqueológicos, históricos o linguísticos. Los hallazgos arqueológicos
de esta época prim itiva son escasos y difíciles de datar; los intentos de re­
construcción de aquel pasado a base de fuentes históricas son sólo posibles
con grandes reservas; y tam poco el m étodo de la estadística lexicológica o
«glotocronología» desarrollado po r Swadesh, M cQ uow n y otros, que se
b a sae n u n a com paración entre diversos lenguaj es puede llegar a resultados
absolutam ente seguros (Riese 1972:15).
H asta ahora se ha adm itido com o más probable el siguiente recorrido de
las m igraciones (C oe 1973, Riese 1972, W estphal 1973): Los grupos llega­
dos del norte, que ya pueden denom inarse Proto-Maya se habían estableci­
do hacia la m itad del tercer m ilenio en las tierras altas del occidente de G ua­
temala; de allá se separaron unos mil años después los Huastecos, y poco más
tarde, los Yucatecos. A m bos grupos se desplazaron desde los A ltos de Cu-
chum atanes en el actual D epartam ento de H uehuetanango hacia el norte.
M ientras que los Huastecos se dirigieron hacia el oeste d o n d e finalm ente
llegaron a la región de Veracruz, siem pre a lo largo de la costa del G olfo, los

52
Yucatecos se establecieron prim ero en las vastas tierras bajas del Petén y
luego tam bién en la península de Yucatán. D e esta ram a lingüística se sepa­
ró, probablem ente hacia 1.440 a. C., una parte que se retiró hacia las selvas
de Chiapas y del Petén al otro lado del gran río Usum acinta. Se supone que
estos fueron los antepasados de los prim itivos Lacandones (C oe 1973:38;
Riese 1972:16).
D el grupo principal que había perm anecido en los A ltos de Cuchum atanes
se separaron hacia m ediados del prim er m ilenio otros tres grupos, es decir,
hacia el 900 a.C. los Chontalan, hacia el 750 a. C. los Tzeltalan, y hacia el 400
a.C. los Tojolabal. Se cree que todos estos grupos lingüísticos siguieron el
rum bo a lo largo del valle del río Ixcán- en el sistema del U sum acinta - con
dirección norte.
Com paraciones léxico-estadísticas y hallazgos más recientes de cerámica
apoyan ahora sin em bargo la tesis contraria, según la cual los Proto-Maya,
llegando del norte, se habrían dirigido prim ero hacia la costa atlántica d o n ­
de se establecieron no lejos de la actual ciudad de Tam pico ju n to al río Pá-
nuco, en una planicie aluvial m uy fértil que ahora se llama «la Huasteca»
(W estphal 1977:40).
Según esta teoría, los Huastecas no se habrían separado de un g ru p o princi­
pal en los A ltos de Cuchum atanes para em igrar hacia el norte hasta la costa
del G olfo, sino de los Huastecas, ya establecidos en la costa del G olfo, alre­
dedor de la m itad del segundo m ilenio a. C., se habrían desprendido varios
pequeños grupos que en diversas oleadas se extendieron p o r los A ltos de
Guatemala, el Petén y Yucatán.
U na parte de estos, los llamados Mames, habría atravesado — según esta
teoría - el istm o de Tehuantepec y llegado hasta la costa del Pacífico de
Guatemala, donde ocuparon no sólo los A ltos de Cuchum atanes, sino que
tam bién avanzaron hasta el actual Estado de El Salvador. D esde aquí
habrían iniciado los m encionados tres grupos lingüísticos sus migraciones
hacia el norte, es decir, los Tzeltalan de los A ltos de Cuchum atanes hacia el
Petén, los Chontalan, más al este de El Salvador, p o r el C opan en el H o n d u ­
ras, hasta el actual Belice y Petén, y los Tojolabal, desde los A ltos de G u ate­
mala hasta las tierras altas de Chiapas.
A unque todavía no se conocen con certeza los rum bos exactos de las m i­
graciones de la época pre-clásica - es decir las sucedidas entre 1.500 a. C. y el
300 a. C. - y aunque es posible que los resultados de nuevas investigaciones
pueden cambiar las actuales hipótesis, sin em bargo puede darse com o se­
guro que en el período clásico, entre el 300 y el 900 p.C ., las tierras bajas
mayas del norte estuvieron habitadas probablem ente por m iem bros de la
familia lingüística yucateca y que el sur del Petén y la región del Usumacin-

53
ta estaban poblados por descendientes de los grupos C hontalan que
habían em igrado hacia el 900 a.C. desde las tierras altas de G uatem ala
(W estphal 1977:78).
Los C hontalan se volvieron a dividir, hacia fines del periodo clásico, entre
el 700 y el 900 p. C., en otras tres ramas lingüísticas: los Chontales, en el curso
inferior del río U sum acinta, el actual Tabasco; los Choles en el Petén y la Sel­
va Lacando na (Chiapas oriental); y los Chortíen la parte oriental de G u ate­
mala y occidental de H onduras.
A lrededor de 1.200 p.C . se dividieron tam bién los descendientes de los
Tzeltalan, que vivían entre las tierras altas de Chiapas y el río Usum acinta,
form ando luego una ram a nordeste llamada Tzeltal, y una ram a suroeste de­
nom inada Tzotzil.
Si es correcta esta reconstrucción de las migraciones de los Proto-M aya y
Maya, que en lo esencial coincide con los resultados del m étodo léxico-es­
tadístico, entonces se puede considerar a los yucatecos y a diversos grupos
chontalan (W estphal 1977:78 sig.) com o a los creadores de la civilización
clásica maya, si se exceptúa ciertas influencias olmecas, aún insuficiente­
m ente conocidas (W estphal 1977:42 sig.).
Coe (1973:40) atribuye el papel más im portante en laform ación de la civili­
zación clásica a los Maya-chol y conecede a unos grupos Tzeltal sólo cierto
papel durante el período preclásico. La decadencia de la civilización maya
clásica, iniciada en el siglo IX p. C., y cuyas causas aún no son conocidas con
certeza, a pesar de los m uchos intentos de explicación presentados
(W estphal 1973:110 sig.), se suele interpretar hoy p o r la invasión o infiltra­
ción de grupos de Chontales nahuatizados, que se denom inaban a sí m is­
m os Putunes. Probablem ente su penetración se vió facilitada p o r la degrada­
ción de las clases superiores de los Maya.
Los Putunes, que, según los datos reunidos hasta ahora p o r la ciencia, habi­
taban desde el siglo V II p.C . en la región de la actual Campeche, fueron
vencidos p or los grupos N ahua que habían avanzado desde M éxico, y asu­
m iendo sus costum bres agresivas y m ilitantes se expandieron luego hacia
el sur, rem ontaron así el río U sum acinta y sus tributarios, conquistaron,
entre otras plazas, Palenque, Piedras Negras, Altar de Sacrificios y Seibal,
hasta que finalm ente llegaron a la región lacustre de Tayasal y alTikal. D es­
de Tikal, que posiblem ente había sido p u n to central de varios pequeños
grupos maya, intentaron som eter a éstos y extenderse en todas las direccio­
nes. Al m ism o tiem po penetraron otros P utunes desde la costa y llegando a
través de la isla de Cozum el se establecieron en Uxmal, Chichén Itzá y en
otros lugares (Riese 1972:38). A sí es com o den tro de unos 150 años los
P utunes lograron establecerse en casi todo el territorio de la cultura clásica

54
maya (W estphal 1973:114).
Es cierto que los Putunes se convirtieron en los más im portantes com er­
ciantes y navegantes de Mesoamérica, pero no alcanzaron consolidar su
poder en esta región ni crear un im perio que se habría extendido p o r todo
el Y ucatán incluyendo el Petén; en m uy corto tiem po perdieron su p oder y
apenas si han dejado huellas de su existencia. Sólo un g ru p o de ellos, los
Itzá, lograron constituir alrededor del 900 p. C. una nueva cultura en el n o r­
te de Yucatán, considerablem ente influida po r elem entos toltecas con los
que se aliaron, y que parece habían penetrado en esta región desde las tie­
rras altas de M éxico central al m ando del legendario Quetzalcoatl o K ukul-
cán (Riese 1972:38 sig.). Este período, que alcanzó un elevado nivel, es de­
nom inado el Postclásico. Su prim era fase duró desde el 900 p. C. hasta cerca
del 1.200 p. C., m ientras que la fase posterior continuó hasta la llegada de
los españoles.
Sin em bargo - según Riese (1972:39) —los Itzá, cuyo nom bre quizá sólo
significa confederación política de Chontales y Toltecas, fueron p ro n to re­
chazados por los pequeños Estados que ellos habían som etido anterior­
m ente. Esto sucedió - según se determ ine la correlación entre el calendario
maya y la cronología cristiana según el sistema de Spinden o el de G ood-
m an-M artínez-Thom son (G M T ), lo que supone una diferencia de 260
años - el año 1185 (Riese 1972:39) ó 1441 (C oe 1973:156).
Los Itzá se retiraron entonces hacia el sur, hasta la lejana región de los lagos
del Petén, donde fundaron una ciudad fortificada en una isla, que se cree ser
Tayas al. Fue probablem ente el m ism o sitio dondo ahora se encuentra la
ciutad Flores. H oy en día, sin em bargo, se da el nom bre Tayasal a la pu n ta
angosta de una península situada a m uy corta distancia enfrente de la isla de
Flores, donde se encuentran en una colina vestigios de edificios antiguos.
Maler (1928:209) deduce del térm ino maya «tayaxhol» el significado de
«aguas verdes»; respecto al gran lago del Petén, que los indios llamaban
«haltunna», parece más plausible la traducción «lago con casas». Los Itzá
vivieron allí bajo una dinastía, cuyos reyes detentaban el título de Canek, y
constituyeron un Estado bien organizado política y m ilitarm ente. M aler
(1928:209) opina que Canek era inicialm ente un apellido que luego se con­
virtió en título real.
El prim er europeo que entró en contacto con los Itzá de Tayasal fue H ernán
Cortés, en su m archa a H onduras el año 1524. D esde entonces, los españo­
les no cesaron nunca en sus intentos de som eter dicho territorio, aunque
sólo en 1697 consiguieron el éxito pretendido, después de que la expedi­
ción del Presidente Barrios Leal y la del Capitán Ju a n Díaz de Velasco en
1695 no habían conseguido alcanzar todos los objetivos deseados.

55
La distribución, aquí sólo esbozada agrandes rasgos, de los diversos grupos
étnicos y lingüísticos en el territorio de los Mayas durante la época clásica y
postclásica experim entó en el curso del tiem po sucesivas alteraciones y su­
perposiciones, sobre todo po r las guerras entre ellos y p o r la penetración de
pueblos vecinos, predom inantem ente de origen mexicano. Por lo demás,
una gran parte de estos grupos no poseía una organización estable estatal,
de form a que apenas es posible indicar fronteras entre ellos.
C uando los españoles llegaron a esta región se encontraron con la siguiente
situación: en la vasta llanura aluvial a lo largo del golfo de Cam peche vivían
indios de lengua Chontal, que, sin em bargo, se encontraban m uy «nahuati-
zados», su territorio siendo infiltrado po r establecimientos comerciales
mexicanos. Su población se extendía hacia el sur, siguiendo el curso del río
U sum acinta hasta m uy el interior, incluyendo el lugar llamado Tenosique.
N o se sabe si estos grupos Chontales llegaron jamás a form ar un Estado
propio; Potonchán, una especie de «Estado ciudad», supuso probablem en­
te una excepción.
Los Acalanes, establecidos al nordeste de los Chontales, a lo largo del río
Candelaria, habían fundado en cam bio un Estado bien organizado y basa­
do en el comercio que tuvo gran importancia. Su capital se encontraba en
Itzamkanac. Cortés tropezó con ellos en su expedición a H onduras.
Más hacia el este o sudeste de los Acalanes habitaban los Quehaches, que
probablem ente hablaban un idiom a yucateca; no llegaron nunca a form ar
una unidad política de consideración.
A ún m ás al sur, com enzaba el territorio de los Itzá o Ahitzáes, que después
de su expulsión de Chichén Itzá habían em igrado hacia 1200/1441 - com o
se indicó arriba - al Petén.
Al m ediodía de los grupos m encionados se extendía una am plia faja de tie­
rra poblada po r grupos de habla Chol, que llegaba desde Chiapas hasta
H onduras. D e oeste hacia el este com prendía los Lacandones, luego los A ca­
lanes orientales (que se distinguen de los arriba m encionados Acalanes
occidentales), los Manché, los Loquegua o Loquenes y probablem ente los
Mopanes en la actual Belice. Hacia el oeste y el sur había otros num erosos
grupos de diverso origen y lengua.
D esde su llegada, los españoles provocaron olas de fugas y migraciones que
tuvieron com o resultado im portantes desplazam ientos de la población
indígena. Según la dirección de la penetración española desde el n o rte hacia
el sur, varios grupos étnicos de idiom a yucateco fueron im pulsados a em i­
grar a regiones que hasta entonces habían poblado indios de habla chontal
o chol y que ocuparon po r haber quedado despobladas, en parte p o r su
m ism a penetración española y en parte por las enfermedades traidas por

56
los europeos; ahí se mezclaron con el resto de la población indígena origi­
nal.

2 • LA P O B L A C IÓ N IN D ÍG E N A EN LA ÉPO CA
D E LA E N T R A D A D E 1695

La portada del «M anuscrito de Berlín» de la «Relación» de Valenzuela reza:


«Conquista y reducción de los indios infieles Lacandones, Gueba-
ches, Loquienes, Taiza, Choles y Petenjaes, y otras naciones que habitan
las m ontañas que están situadas en las provincias de la Vera Paz,
G ueguetenango, Chiapa, Tabasco y Yucatán».
La conquista y sum isión de estos y otros grupos autóctonos com o los
Manche', Mopanes, Xocmoes, A h í o Achí, Axoyes o Axhoyes, que tam bién se
m encionan en el texto, fue el objetivo de la entrada del Presidente Barrios
en 1695, realizada para integrar en el sistema adm inistrativo español hasta
los últim os indios infieles que suponían un obstáculo a la libre com unica­
ción terrestre entre las provincias de la costa del G olfo y Guatemala.
El hecho de que los españoles distinguieran en esta región varias «naciones»
indias m uestra que en dicha época existían allí todavía diversos grupos é t­
nicos que hablaban, en parte, diversos idiomas. N o eran naturalm ente «na­
ciones» en el sentido m oderno del térm ino, quizá exceptuando a los Itzá
(tam bién conocidos com o Ahitzáes, Taizáetc. - Means, 1917 (1974): 187,
m enciona 21 formas diferentes de su nom bre) que poseían ya una estructu­
ra social y política com parable a la de un Estado. Sin em bargo, para los es­
pañoles, el térm ino «nación» equivalía más bien a «territorio». Palabras co­
m o «El Lacandón» o «El Chol» significan en el m anuscrito de Valenzuela,
en prim er lugar, la región en que vivían estos grupos; la mayoría de las
veces estos territorios no tenían límites fijos. Para los españoles, el signo
más característico que habría distinguido estos grupos debió ser la lengua;
pero dado que varias de estas «naciones» apenas si se diferenciaban en su
idioma, reinó gran confusión al respecto.
X im énez (lib. IV, cap. III = 1931, vol. 2:9 ) reprochó, po r ejemplo, a Villa-
gutierre, porque este
«finge más gentes y naciones que aún tiene to d o aqueste reyno de
G uatem ala, siendo todas las más quiméricas y levantadas de la
cabeza del que le dió sus relaciones»,
y esto, sólo con el fin, com o dice, de aum entar la gloria de M artín de U rsúa
y de su expedición contra los Itzá.
En otra ocasión (lib. V, cap. LX X X IV = 1931, vol. 3:152) le critica igual­

57
m ente po r su descripción de las poblaciones indias y su división en «parcia­
lidades» o «parentelas», es decir según parentescos. Según Ximénez, en esta
región existían solam ente dos «naciones»: los Choles y los Itzá. Sea cierto,
opina, que toda «parentela», que incluye unas 20 a 30 personas, vive separa­
da de las demás y que cuando aum enta su núm ero se escinde para form ar
una nueva «parentela» o «calpul»; los que
«se denom inan regularm ente de los nom bres que en ellos son
cabezas, que llaman caziques, o de los parajes, y así les parece que
son diferentes naciones de Y ndios, y no es sino la misma».
D ado que sólo m uy pocos españoles habían tenido contacto directo con
estos rem otos grupos de indígenas, sus conocim ientos sobre ellos d e­
pendían en gran parte de descripciones ocasionales de viajeros, de afirma­
ciones hechas po r los m ism os indios o p o r sus vecinos, m uchas veces sus
enemigos. Por esta razón estas inform aciones eran a m enudo falsas, otras
hechas incluso con el propósito de engañar a los españoles, y otras sim ple­
m ente mal interpretadas por ellos. Tam bién se puede observar la frecuente
inclinación a llamar según el nom bre de un río a los indios que poblaban
sus m árgenes, y considerarlos así com o una «tribu» o «nación» distinta. Así
sucedió, p o r ejemplo, con los «Xocmoes» y los «Axoyes» m encionados más
abajo, que eran solam ente indios que vivían ju n to a los ríos X ocm o y Xoy
(C hixoy) respectivam ente, significando el nom bre Xoy nada más que «ve­
cinos de Xoy», com o afirma X im énez (1930, 11:347 = lib. IV, cap.
X X V III).
La población india no vivía concentrándose en zonas regular y densam ente
habitadas, sino en las riberas de los ríos, y sus poblados, o más bien caseríos,
quedaban separados por vastas zonas de selva, por la que de todas formas se
com unicaban utilizando escondidas trochas.
A sí es com o uno de los pun to s controvertidos entre X im énez y Villagutie-
rre consistió en que el últim o diferenciaba los M anché de los Choles, m ien­
tras que Xim énez los consideraba com o un solo tronco. Ximénez, aunque
vivió en el país —a diferencia de Villagutierre —parece haber estado peor
inform ado en algunos casos; po r ejem plo criticó (Lib. IV, cap. LXII =
1931, vol. 2:188) a Villagutierre respecto a un supuesto error sobre los Aca-
lanes, aunque realm ente el error fue suyo, al no distinguir a los Acalanes
«occidentales» de los Acalanes «orientales» (term inología de Riese,
1972:59, 60, 63).
Por esta razón parece conveniente explicar aquí los nom bres de los diver­
sos grupos étnicos citados en el m anuscrito de Valenzuela siguiendo el
orden en que los m enciona:

58
a) Los Choles

C om o se dijo ya en el capítulo precedente, varios grupos maya se estable­


cieron en una vasta faja en form a de arco, que se extendía a través de la re­
gión central de G uatem ala, desde Chiapas hasta H onduras. Estos grupos
habían surgido de la ram a linguística de los Chontalan.
En el curso del tiem po, ya antes de la llegada de los españoles, guerras y m i­
graciones habían causado considerables desplazam ientos de las poblacio­
nes autóctonas, sobre to d o provocados p o r el avance de grupos yucatecos.
Esta es la razón por la cual, en el estado actual de nuestros conocim ientos
científicos, no se puede saber con certeza qué grupos étnicos habitaron a
com ienzo del siglo XV estas regiones, y si en realidad fueron Chontales o
Choles. Sapper y H ellm uth sugieren que en aquella época ya existían irrup­
ciones de Yucatecos. Riese, refiriéndose sobre todo a T h o m p so n , supone
en cambio que no sólo los Lacandones, sino tam bién los Acalanes orienta­
les, los M anché y Loquegua y, tal vez, hasta los Itzá de Chichén Itzá estaban
m utuam ente relacionados, y los considera com o posibles restos de aque­
llos Chontal-M ayas que en tiem pos postclásicos habían dom inado grandes
extensiones de Y ucatán y del Petén (Riese 1972:60).
D espués de la llegada de los españoles y de su drástica intervención en la es­
tructura demográfica, sobre todo po r las expediciones bélicas y reduccio­
nes forzosas que causaron huidas, enfermedades, y la m uerte de una gran
parte de la población, perm itiendo al m ism o tiem po la penetración de
otros grupos étnicos en las zonas afectadas, la situación cambió aún más. La
dificultad para obtener una idea más exacta sobre los diversos grupos C h o ­
les se increm enta además si se tiene en cuenta que su unidad existíam ás a un
nivel cultural y lingüístico que político (Riese 1972:59).
D ado que ni form aban una unidad nacional, com o se manifiesta en sus
diferentes denom inaciones y actitudes frente a los españoles y otros g ru ­
pos indígenas, ni tam poco habían conseguido form ar verdaderos Estados,
se com prende facilmente que los españoles consideraran com o distintas
«naciones», y los llamaran con distinto nom bre, agrupos que prácticam en­
te no se distinguían entre ellos. Lazos antiguos fueron encubiertos p o r las
migraciones, desplazam ientos y guerras, que po r otra parte produjeron
nuevos vínculos entre aquellos grupos, de form a que hoy es poco lo que se
conoce sobre las relaciones m utuas entres los diversos grupos Choles (Rie­
se 1972:59). Sobre to d o es dudoso el que los indios que las fuentes históri­
cas españolas de los siglos XVI y XV II denom inan Lacandones y Acalanes
(Acalaes) pertenecieran realm ente a los m ism os grupos lingüísticos que
anteriorm ente habían llevado dichas denom inaciones. Según Sapper

59
(l9 3 ó :2 l) los Acalanes (Acalaes) y Lacandones no hablaban el Chol. Sin
em bargo, Valenzuela (Ms. p .57) dice que los idiomas lacandón y chol eran
lo m ism o, m ientras que el intérprete Erm enegildo Díaz de la Rosa, un sol­
dado de la com pañía del Capitán M elchior Rodríguez se entendió con los
habitantes del pueblo de D olores en lengua yucateca «de que usan en
m uchos térm inos y bocablos los dhos indios» (A G I, G uatem ala 152, III
fol. 357). Esto, p o r lo m enos, indica una creciente influencia del idiom a
yucateca.
Riese advierte que, ante la insuficiencia de las fuentes docum entales, el co­
nocim iento de las coaliciones políticas podría servir para aclarar las relacio­
nes existentes entre los distintos grupos étnicos. Pero m ientras que los La­
candones y los Itzá son, casi siempre, citados com o tradicionales enemigos,
y los Acalanes fueron tam bién com batidos durante cierto tiem po p o r los
Lacandones, se refiere que en 1655 los Lacandones, Itzá y Acalanes se unie­
ron durante los levantam ientos en que perdieron la vida Fray D om ingo de
Vico y sus com pañeros (Riese 1972:60).
Por esto debe preguntarse hasta que grado puede concluirse una unidad ét­
nica y lingüística desde inform aciones sobre «enemistades tradicionales» o
acciones com unes bélicas y políticas. Prescindiendo de que tales coalicio­
nes, seguramente, cam biaron con frecuencia, puede que tales conclusiones
tuvieran cierta validez m ientras que los pueblos indios se encontraban so­
los - aunque ciertam ente tam bién ahí hubo «luchas fratricidas» y cambios
de coalición pero realm ente su valor dism inuye cuando llegan los es­
pañoles com o tercera fuerza exterior. Así, po r ejemplo, en Tayasal se form ó
m uy p ro n to un partido pro- y otro anti-español constituyendo diversas
fracciones no sólo en el interior de un m ism o grupo étnico, lo que debió ser
aún más frecuente entre diversas «naciones».
Si pues a los Choles pertenecen diversas «naciones», entonces, com o refie­
ren Valenzuela y otros autores contem poráneos, se com prenderían bajo
esta denom inación sobre todo a los indios que habitaban la región de Co-
bán, Cahabón y territorios más al norte, incluyendo a los M anché y los Aca­
lanes. C om o lugares principales de los Choles ya cristianizados se m encio­
nan Chocahan, May y Manché.

b) Los Lacandones

La denom inación «Lacandón» tiene probablem ente su origen en una isla


rocosa del lago M iramar, donde se encontró un poblado fortificado hasta el
que probablem ente ya en 1530 avanzaron los españoles que, bajo A lonso

60
Dávila, buscaban una vía de com unicación entre las tierras altas de Chiapas
y la provincia de Acalán en la costa del G olfo. Los m ism os habitantes de
lengua chol llam aron a este lugar, según parece, «Lacam Tun», que significa
«rocagrande», palabra que los españoles transform aron en «Lacandón». Es­
te nom bre pasó de los habitantes de la isla a los pobladores de los alrededo­
res, de habla tzeltal, y tam bién a la corriente fluvial más im p o rtan te de la
zona que estaba unida con sus tributarios Azul yjataté con el lago Miramar.
Tratándose pues más de una denom inación geográfica que etnográfica se
aplicó luego incluso a los inm igrantes de lengua yucateca, que llegaron acá,
lo más tarde, el siglo X V II y que substituyeron o obsorbieron a la antigua
población de lengua chol y tzeltal. Por esta razón debe distinguirse entre
los antiguos Lacandones de habla chol y tzeltal y los más recientes Lacando-
nes de lengua yucateca (W estphal 1973:2 3 ,138). Los actuales Lacandones
no descienden probablem ente de los que llevaron antiguam ente tal
nom bre.
El prim er encuentro entre españoles y Lacandones no había sido pacífico, y
en consecuencia nunca acabaron las acciones bélicas entre ellos. En 1530,
los españoles habían conquistado la isla fortificada de Lacam Tu n, de la que
ya habían huido sus habitantes, pero luego los Lacandones volvieron a ata­
car los poblados de los españoles o de los indios cristianizados que habita­
ban en su vecindad. A parte de los Itzá de Tayasal, ningún o tro grupo indí­
gena opuso tanta resistencia a la conquista com o los Lacandones. En 1552
destruyeron hasta 15 poblados en su frontera occidental (W estphal
1973:117) y en 1555 ayudaron tam bién a sus vecinos orientales, los Chol-
Acalanes, contra los intentos realizados p o r los dom inicos para reducirlos
p artiendo de Verapaz. En dichas luchas perecieron Fray D o m in g o de Vico
y sus com pañeros que se habían atrevido a penetrar en su territorio desde
Cobán. En 1558, el Consejo de Indias ordenó p o r una Cédula se iniciara la
conquista y reducción de los Lacandones, pues se tem ía que sus perm anen­
tes agresiones incitaran a la im itación a otros grupos de indígenas, tal com o
ya había sucedido con los Acalanes. C um pliendo esta orden, Pedro R am í­
rez de Q uiñones partió en 1559 con un gran núm ero de soldados españoles
e indios y llegó hasta la isla Lacam Tun. Sin em bargo, los habitantes de este
lugar, lo m ism o que los de otros dos, denom inados T opiltepec y Puchutla,
habían huido previam ente, de m anera que el español hub o de retirarse sin
lograr su propósito. Es posible, com o sugiere W estphal (1973:12l) refe­
riéndose a las descripciones de Frans Blom, que Topiltepec sea el lugar hoy
d enom inado El Zapote, donde se han encontrado ruinas de un pueblo
antiguo. Puchutla estaría probablem ente situada en una isla del lago de
O cotal G rande (W estphal 1973:120). En cambio es seguram ente falsa la

61
suposición de García Peláez (1968,1:257) de que Puchutla es idéndico con
la «población de Lacandón», es decir con D olores.
M ayor éxito que Pedro Ramírez ob tu v o el G obern ad o r de Verapaz y Caci­
que Ju an de Chamelco o M atalbatz, que avanzó desde el este hacia el terri­
torio de los Acalanes, donde vengó cruelm ente la m uerte de Fray D o m in ­
go de Vico. Los pocos Acalanes supervivientes se retiraron hacia la tierra de
los Lacandones, los que según parece les absorbieron, p orque a partir de
dicho tiem po las fuentes no distinguen ya entre am bos grupos (W estphal
1973:119).
El año 1563, Fray Pedro Laurencio logró persuadir al Cacique Canagual de
Puchutla, donde se hablaba Tzeltal y no Chol, para que se desplazara a Oco-
singo; en O cosingo se habla todavía hoy Tzeltal. En este sentido no se equi­
voca totalm ente León Pinelo (según Stone 1932:239) al m encionar a los
Puchutla com o a «nación» distinta de la de los Lacandones.
Tam bién o tro gru p o de Chol-Lacandones que vivía más al norte fue trasla­
dado a la fuerza a otro lugar en el curso del siglo XVI, a saber, a la región de
Tila, Túmbala, Salto de A gua y Palenque donde tam bién se sigue hablando
hoy el Chol.
En vista de que, m ientras tanto, los Lacandones del sur se habían vuelto a
establecer en su isla fortificada de Lacam Tun, en 1586 se em prendió un
nuevo ataque contra ellos, bajo la dirección d e ju a n de Morales Villavicen-
cio, que concluyó con la destrucción del pueblo y la sangrienta m atanza de
la mayoría de sus habitantes. D esde entonces quedó abandonada Lacam
Tun. Cayó en el olvido hasta que en 1880 unos leñadores llegaron al lago
que llamaron M iramar; en 1928, el etnólogo Frans Blom llegó allí con la 4‘
expedición de la U niversidad de Tulane (S tone 1932:273)yen 1950 el m is­
m o Blom realizó excavaciones en aquel sitio (W estp h al 1973:115).
Tras la destrucción de Lacam Tun, a los Chol-Lacandones no les quedó otro
territorio libre que la cuenca del río U sum acinta y de sus afluentes Lacan-
tú n y Lacanjá. D esde aquí atacaron repetidas veces los pueblos de los
españoles y de los indios cristianizados, y en 1628 avanzaron hasta las m is­
mas cercanías de C obán (W estphal 1973:122).
Gracias al Alcaide m ayor M artín A lonso Tovilla que, durante un viaje de
inspección p o r la provincia de Verapaz, recogió inform aciones sobre los
Lacandones, se conocen los nom bres de las dos poblaciones más im p o rtan ­
tes de ellos en aquel tie m p o : Cagbalam y Culuacán. H ellm uth (1970,1:3)
que atribuye el m érito del descubrim iento del n o m bre y sitio exacto de
Cagbalam al Licenciado A gustín Estrada M. (1970), usa la escritura «Sac
Balam», que significaría «jaguar, o tigre, blanco», m ientras que, p o r ejem ­
plo, T ho m p so n (1972:29) o W estphal (1977:213) em plean «Kak Balam»,

62
que significa «jaguar de fuego». Esta significación, sin em bargo, en vista de
su etim ología encaja mal aquí y no parece ser correcta; pero tam bién la sig­
nificación «jaguar blanco» presenta dificultades, p orque el uso de animales
com o denom inación topográfica es totalm ente inusitado en la región de
los Lacandones, que preferían usar nociones de tipo geográfico, com o p o r
ejem plo Lacam T un = roca grande, o de plantas frecuentes en la región así
com o de otros objetos. A sí es com o el térm ino «Sac Balante» designa en la
zona a un árbol m uy corriente, que segrenga una leche blanca (blanco =
sac), al que los españoles llaman «palo María». Parece p o r tan to más plausi­
ble deducir el nom bre de dicho pueblo de aquella palabra «balante» y no de
«balam» (= jaguar). Por eso debería escribirse y pronunciarse m ejor «Sac
Balam», o más correctam ente aún: «SacBalante» (inform ación personal del
Padre Ju a n de Vos S.J. en Chilón cerca de O cosingo). A parentem ente la
diferencia entre las varias maneras de pronunciar esta palabra, y, en conse­
cuencia, las distintas formas de traducirla, tiene su origen en el hecho de
que en los m anuscritos antiguos se la escribió «çac» y que posteriorm ente se
suprim ió la cedilla.
Sólo la entrada de los franciscanos Fray M elchor López y Fray A ntonio
M argil en 1694, así com o luego la campaña del Presidente Barrios Leal en
1695, volvieron a traer españoles a esta comarca de la abandonada Lacam
Tun, es decir, exactamente, a un lugar todavía habitado en las cercanías del
lago de M iram ar que contaba con unas 100 casas y 3 edificios de uso com ún,
de los cuales uno era un tem plo, tal com o se describe en el m anuscrito de
Valenzuela en tres diversos lugares (Ms. pp. 314 sig., 354 sig., y 380 sig.).
Los españoles denom inaron este lugar «N uestra Señora de los D olores del
Lacandón», o, más brevem ente, D olores. M uy posiblem ente se trataba del
lugar «Cagbalam» (K al Balam, Çag Balan, Sac Balam, Sac Balante) ya m en ­
cionado p or Tovilla. C om o explica T ho m p so n (1972:29), los nom bres de
los señores de Sac Balam que Tovilla citaba en 1630, es decir: Cabnal, Tun-
hol, Tuztecat y Chanuc, corresponden sorprendentem ente a los nom bres
que Villagutierre - y naturalm ente tam bién Valenzuela - citan para
Dolores.
El Capitán Ju an de M orales Villavicencio ya en 1586, cuando destruyó
Lacam Tun, a través de un prisionero lacandón de una «parcialidad» (pobla­
do), había oído sobre un lugar de Cabnal situado a ocho o diez leguas al este
del lago de M iram ar (Morales Villavicencio, 1937:144). Igual que la d en o ­
m inación «Canek» en Tayasal, «Cabnal» parece haber sido en Sac Balam el
nom bre o título del cacique im perante. T ho m p so n (1972:29) llama la
atención sobre el hecho de que hasta hoy los habitantes del pueblo de Santa
Eulalia denom inan «Capnal» a los Lacandones, sin recordar el m otivo de tal
apelación.
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D e los nom bres de los soberanos y sacerdotes del pueblo de Culuacán,
transm itido p o r un censo de 1696 (que Valenzuela no m enciona), y que
corresponden a los de dos aldeas de los Lacandones, Peta y Map, encontra­
das por los españoles sólo después de 1695, se puede deducir que ambos
lugares eran fundaciones de Culuacán. Por lo demás, la ubicación exacta de
Culuacán es hoy tan desconocida com o la de Peta y M ap que tal vez estaban
cerca de la laguna de Lacanjá. Tam bién podría tratarse de dos de aquellos
lugares de que habla el m anuscrito de Valenzuela (Ms. p .331) sin nom brar­
los.
D espués de que el traslado forzoso de los Lacandones de lengua Tzeltal y
Chol, así com o las epidemias traídas p o r los españoles, habían provocado
un vacío en la selva lacandona, desde los principios del siglo XV II inm igra­
ron a la zona grupos de habla yucateca, que anteriorm ente habían sido de­
salojados p o r los españoles de sus tierras en Y ucatán y el Petén. Entre ellos
se contaron en todo caso los Q uehaches, que habían em igradosiguiendo el
curso del río U sum acinta. Probablem ente pertenecen a los antepasados de
los actuales Lacandones (W estphal 1973:128).
En D olores, después de que el Presidente Barrios Leal construyó una forti­
ficación y encom endó la m isión a los franciscanos, los habitantes cesaron
p ro n to en su resistencia contra la cristianización. Se obligó a residir en
D olores a todos los Lacandones que se logró capturar en los alrededores.
Posteriorm ente, no lejos de D olores, se fundó un nuevo lugar denom ina­
do San R am ón (San R aym undo), d onde se hizo residir a los habitantes de
los pueblos Peta y Map. Tam bién los habitantes de un pueblo del norte de
la selva lacandona, llamado Petenecte, fueron forzados a trasladarse a una
reducción de nom bre San Miguel, en las cercanías de D olores.
Bajo el sucesor del Presidente Barrios Leal, Gabriel Sánchez de Berrospe, se
perdió sin em bargo el interés p or la m isión entre los Lacandones. Se retiró
la guarnición de 30 hom bres que aseguraba D olores, y poco a poco los
habitantes de aquellas reducciones regresaron a la selva, d o nde se mezcla­
ron dentro poco con los grupos de habla yucateca que habían llegado
huyendo de los españoles en varias oleadas para fincarse en las regiones des­
pobladas de la selva lacandona, acrecentando así el elem ento yucateco en
esta región.
En el año de 1700 el padre Blas de G uillén, religioso mercedario, doctrinero
y vicario de D olores, exponía la necesidad de que los pueblos de D olores,
San R aym undo y San M iguel sean trasladados a o tro lugar (A G C A G , A
1.12, Exp.203 5, Leg. 94). Sin em bargo el sitio de Asan tic que había propues­
to parecía poco apto po r falta de agua. Entonces el ayudante A ntonio
G alindo fue encargado de buscar un lugar mas apropiado; varios sitios

64
entre Jacaltenango y Solom á se tom aron en consideración, entre ellos
Ipchía (Y bchíha), Santa Catarina, Río Blanco, N en tó n , Chacyal y Cartabí.
En 1715 se dispuso finalm ente que dicho traslado se hiciera a un sitio in ter­
m edio entre los pueblos de H uista y A squelapa (A G C A G , A 1.23, leg.
1526, fol. 15; A 1.12.2, exp. 4724, leg. 96; W estphal 1973:127 sig. da com o
fecha de tal traslado el año de 1712 que aparentem ente no es correcto en
vista de los docum entos citados).
El antiguo nom bre de Lacandones se transfirió más tarde, de la población
de habla chol y tzeltal, a la población inm igrada de habla yucateca.

c) Los Acalanes ( Acalaes)

A ntes de la llegada de los españoles, en el actual Estado de Tabasco, a lo lar­


go del golfo de Campeche, desde el río Grijalva hasta la laguna de T érm i­
nos, vivían grupos de habla chontal; su territorio se extendía hacia el sur si­
guiendo el río U sum acinta hasta m uy en el interior, incluyendo la ciudad
de Tenosique.
Estos Chontales estaban expuestos a una creciente infiltración, procedente
del oeste, de mexicanos, los que p ro n to trataron de obtener influjo político
en estas regiones - probablem ente p o r m edio de establecimientos com er­
ciales aztecas (Riese 1972:52). Al nordeste de esta zona existía un Estado
comercial de gran influencia con su capital llamada Itzamcanac o Acalán
ju n to al río Candelaria. El nom bre proviene, según T ho m p so n (1972:134),
de la designación náhuatl «acaldan», que significa «place o f th e canoes» -
lugar de las canoas. D urante su expedición a H onduras, Cortés tocó ya este
lugar y los Acalanes se habían m anifestado dispuestos a som eterse al do m i­
nio español sin oponer resistencia. Gracias a esto, durante cierto período
no volvieron a ser m olestados p o r los españoles. Sólo en 1557 se trasladó a
una gran parte de estos Acalán-Chontales, a los que T ho m p so n (1972:58)
denom ina Putun-M ayas, a u n nuevo lugar llamado Tixchel, cerca de la cos­
ta y hacia el este de la laguna de T érm inos (T h o m p so n 1972:59). La -
mayoría de los que perm anecieron en su región de origen o de los que
lograron escapar a esta reducción forzosa fallecieron m ientras que los tras­
ladados a Tixchel pudieron tener todavía cierto tiem po, bajo su cacique
D o n Pablo Baxbolón, una vida relativam ente independiente. Estos llega­
ron a ayudar a los españoles en sus acciones de som etim iento de otros
indios, especialm ente de los Quehaches, situados en la zona m eridional de
su residencia. Sin em bargo, después de fallecer D o n Pablo hacia el año 1614,
tam bién desaparecieron estos Acalanes, contribuyendo a su ruina proba-

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blem ente los ataques de piratas ingleses y holandeses que destruyeron en
1640 Tixchel. En to d o caso, la lengua C hontal desapareció p ro n to en esta
comarca (Riese 1972:52 sig.). A pesar de ello, los españoles continuaron
denom inando estas tierras provincia Acalán.
Además de estos Acalanes del norte, o - com o los llama Riese (1972:60) -
del oeste, existían los Acalanes del Este (Acaláes, Acalá), em parentados con
los Lacandones y que probablem ente eran un resto de los Chontal-M aya
que habían dom inado en la era postclásica vastas zonas de Y ucatán y del
Petén.
Según T ho m p so n (1972:4, 37 sig.), restos de los Choles nahuatizados
(P utunes) que habían em igrado desde su hogar en el delta de los ríos Usu-
m acinta y Grijalva m archando hacia el sur, llevaron consigo el nom bre de
Acalá o Acalán, de form a que posteriorm ente este nom bre se aplicó a la re­
gión situada al sur del río de la Pasión. «There, under th e loose designation
Lacandon, they m aintained their independence until 1695, w ith their lar­
gest tow n, renam ed D olores by th e Spaniards». Sin em bargo, parece m uy
problem ática esta identificación de los Acalanes y los Lacandones. Según
Sapper (1936: 2l), el río X oy o Tujal constituía en su curso m edio la fro n te­
ra entre Acalanes (orientales) - que vivían en la parte nordeste de Verapaz -
y Lacandones, que se extendieron más al oeste y que probablem ente les de­
splazaron en la prim era m itad del siglo XVI. Al parecer fue entonces cuan­
do los Acalanes perdieron frente a los Lacandones las im portantes fuentes
de agua salada de Salinas de Acalahá (!). N o se sabe hasta que distancia
llegaron en su em igración hacia el sur; Xacabal, el lugar en que fue asesina­
do Fray D om ingo de Vico, pertenecía en to d o caso a su territorio. C om o se
ha dicho ya a, los Acalanes que lograron en 1559 escapar a la m atanza orga­
nizada po r el cacique Ju a n de Chamelco o M atalbatz en venganza de la
m uerte de Fray D om ingo, huyeron al territorio de los Lacandones p o r
quienes parece fueron absorbidos. D ado que am bos g rupos hablaban la
lengua chol, se puede suponer no existían entre ellos grandes diferencias.
Según señala W estphal (1973:124), los Acalanes de esta época ya estaban
intensam ente nahuatizados, y posiblem ente influyeron tam bién en este
sentido sobre los m ism os Lacandones. Sin em bargo, los Acalanes, situados
entre los Lacandones al oeste y los Itzá al este, se vieron frecuentem ente
oprim idos po r am bos vecinos. D espués de su aniquilam iento a m anos de
los españoles durante la segunda m itad del siglo X V I parece que los Itzá
ocuparon, penetrando desde el oeste, su antiguo territorio; es intere-sante
observar que G arcía Paláez ([Link]) habla del «territorio de Itzá, d en o ­
m inado antes Acalá». Pero ya en tiem pos de X im énez se había perdi-do
toda noticia de este grupo: «De los acalaes o acalanos, no hay memoria», le
cita Stoll (1958:133).
66
d) Los Manché

Riese ( 1972: 6 l) define a los M anché com o subgrupo de la gran familia lin­
güística de los Choles, que, sin em bargo, presentaban ciertas características
propias culturales. T h o m p so n (1972:62-64) habla siempre, para expresar
la situación más claramente, de los Manché-Choles.
Los M anché no llegaron a constituir una unidad política y si se les
diferencia de otros grupos, esto es más bien po r haber habitado una zona
geográfica bien definida. En el m anuscrito de Valenzuela se cita «El M an­
ché» casi siem pre en el sentido de una región. Según Sapper (1936:81), la
tierra de El M anché tom a su denom inación de un pueblo de este nom bre,
cuyo situación se fija un poco más al norte del actual poblado de Las Cañas,
cerca del curso superior del río Cancuén y un poco hacia el sudeste de
M o p án. Los M anché, a pesar de que inicialm ente eran relativam ente nu m e­
rosos, p o r no poseer una organización política que superara los límites de
sus aldeas, se vieron expuestos alas reiteradas agresiones délos Lacandones
y de los Itzá. El que lograran superar relativam ente su prim er contacto con
los españoles, se debió a que se encontraban en la zona de la Verapaz, que
hasta m uy adentrado el isglo X V II se vió exenta de las sangrientas expedi­
ciones y consecuentes opresiones p o r ser un territorio reservado p o r los
españoles a los dominicos.
Sólo a principios del siglo X V II (l603 según T hom pson , 1972:62) fueron
descubiertas por los m isioneros dom inicos unas 20 aldeas M anché y se cris­
tianizó pacíficamente a sus habitantes. Los m isioneros se contentaron con
este resultado y pro n to recayeron en su antigua fe, después de que hacia el
año I63O se habían visto am enazados p or sus vecinos paganos y huyeron a
la m ontaña. La m isión de los M anché sólo volvió a reanudarse en 1670. Tras
las tristes experiencias tenidas con los españoles, después de repetidos ata­
ques de los Lacandones y después tam bién de que las epidemias habían
diezm ado la población, el resto de ésta volvió a huir en 1682 de nuevo desde
las reducciones al interior del país. Los fracasos en sus esfuerzos p o r cris­
tianizar a los indios M anché m otivaron finalm ente incluso a los dom inicos
a pedir a la Audiencia de G uatem ala una solución po r la fuerza. D esde
entonces, todos los indios M anché a quienes se p u d o capturar, fueron for­
zosam ente trasladados al valle de U rrán, un lugar m uy lejano, y que a causa
de la aridez de su suelo era lo más inadecuado para estos habitantes de tie­
rras bajas. El resultado de estas m edidas fue la desaparición p ro n ta de los
desplazados. Hacia 1700 no existían ya M anchés ni en las tierras de su ori­
gen, ni en las reducciones a donde se les había llevado p o r la fuerza (Riese
1972:62 sig.).

67
e) Los Loquenes (Loqueguas)

Los Loquenes, que Valenzuela cita entre aquellos «indios infieles» contra
los que se dirigió la entrada de 1695, pueden considerarse idénticos al grupo
de los «Loquehuas» citados por X im énez (Lib. IV, cap. V = 1931,
vol. 2:20). C om o señala este autor, los españoles encontraron casualmente
en 1604, cuando acababan de descubrir el puerto de Santo Tom ás, a unas
210 personas de este grupo étnico. Les consideraron entonces parte de «la
m ism a nación Chol», que habitaría la región de Esquipulas y Chiquim ula
hasta las m ontañas al otro lado del río del G olfo. Estos m ism os Loquehuas
que encontraron entonces los españoles, vivían en las faldas de la serranía
de Esquipulas, entre P uerto Caballos y el puerto de Santo Tomás, que tam ­
bién es conocida con el nom bre de La Caldera, y sobre todo en A m atique,
tres leguas más arriba de Santo Tomás (véase tam bién Riese 1972:59,125,
m apa 4).
X im énez continúa describiendo com o a principios del siglo X V II el p ro ­
vincial de los dom inicos, a propuesta del presidente A lonso Criado de Cas­
tilla, ordenó la conversión de los Loqueguas a los padres Fray Ju a n de
Esguerra y Fray Francisco Roque. Sin em bargo, estos m isioneros se encon­
traron con que el obispo de H onduras les había tom ado la delantera y había
ya enviado a un m isionero llamado Ju a n de Zelaya, quien sin instruirles
siquiera en la doctrina cristiana y sin enseñarles más que unas pocas oracio­
nes en latín o en castellano les había bautizado. Según se refiere, hacia 1613
habían m uerto casi todos estos Loquehuas m enos unos pocos de A m ati­
que.
Indudablem ente, este grupo de los Loquehuas (Loquenes) es el m ism o
que otros autores han denom inado «Toquegua» (así T h o m p so n 1972:64,
89), y del que se afirma m oraban entre los ríos Techín y M otagua. Según
T hom pson (1972:64, 89), que se refiere aquí a Remesal, estos Toqueguas
habían sido llevados desde la costa entre P uerto Caballos y Santo Tomás a
la zona de A m atique y Santo Tomás, d onde privados de su am biente natu­
ral p ro n to perecieron.
Tam bién Sapper (1936:20) los identifica, y considera «Loquegua» com o la
ortografía correcta. Sin em bargo, sugiere que su territorio se encontraba
algo más hacia el oeste, es decir, en la zona que incluía la mayor parte de la
Alcaldía de A m atique y llegaba hasta el río Sarstún, d o nde se dice que vivie­
ron Loquenes hasta m ediados del siglo XIX.
Cuando Valenzuela (Ms. p .28) habla de la «lengua Amatique» se trata p ro ­
bablem ente de la lengua de los Loqueguas que entonces todavía no habían
desaparecido. Según T h o m p so n (1972:89), los Loquegua hablaban el

68
chol, una observación que corresponde com pletam ente con la de los p ri­
m eros españoles que les encontraron. Pero quizá su idiom a m ostraba algu­
nas particularidades que llamaron la atención de los españoles y les hicie­
ron distinguirlo de los otros idiom as com o la «lengua Amatique».

f) Los Mopanes

C om o narra Valenzuela (Ms. pp. 320 sig.), el 21 de m arzo de 1695 Fray


A gustín Cano y el Capitán Ju a n Díaz de Velasco despacharon dos cartas al
Presidente Barrios que estaban fechadas en «Mopán». En ellas se dice que
habían llegado, tras una m archa de once días a través de la m ontaña, a un
paraje llamado Chocahan (en Valenzuela se lee Chocahau, en los mapas de
Sapper y Bierm ann «Chocahoc») que distaba unas 50 leguas de Cahabón; la
distancia hasta la laguna de Petén se calculaba en 3 a 5 días de marcha. C h o ­
cahan, dice el m anuscrito de Valenzuela (Ms. p.321) habría sido el últim o
lugar poblado p o r los Choles y detrás de él em pezaba el territorio de los
M opanes que se extendía en más de 30 leguas. X im énez (Lib. V, cap. LXX
= 1931 vol. 3:93) describe la situación del pueblo M opán de la siguiente
forma: «3 leguas de Chocahau, y éste una legua de May y dos o tres del
Manché».
Villagutierre dice (1933:218) que el territorio de los M opanes lim itaba al
sur con la «Provincia del Chol», al este y al norte con «las naciones de los
Itzáes petenes» y al oeste con los «Lacandones» y «Xoquinoes».
«La nación de los Mopanes» contaba, com o Cano y Díaz habían oído, con
diez a doce mil personas que hablaban un idiom a distinto del C hol mezcla­
do con Y ucateco. T h o m p so n (1972:62) sin em bargo deduce de un párrafo
de C ogolludo (1867/68, Lib. XI, cap. 17) que la lengua de los M opanes, algo
distinta del Yucateco, era M anché-Chol. X im énez (Lib. V, cap. LXIV =
1931 vol. 3:5 2 ,5 6 ) cita del «diario que se escribió en aquel campo», que los
indios de esta región hablaban Y ucateco, lo que supuso ciertas dificultades
a los españoles que no llevaban intérprete de ese idiom a. O tro párrafo de
Xim énez (Lib. V, cap. LXXI = 1931 vol. 3: 96) dice que el idiom a de los
M opanes era el m ism o de los Itzá y distinto del Chol. A fortunadam ente,
los españoles dirigidos p o r Ju a n Díaz encontraron algunos M opanes que
tam bién conocían el Chol, según inform a el padre Cano que escribió:
«se com unicaban con los ajitzáes del lago y se llamaban entre ellos
M opán-Itzá y Petén-Itzá y estaban sujetos al cacique del lago» (In ­
form e al Rey, 1697 - citado según Stoll, 1958:132; véase tam bién
M eans 1917 (1974):98-102).

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El Capitán Ju a n Díaz escribió al Presidente Barrios Leal el 21 de m arzo de
1695, que había llegado hasta las «rancherías de la nación de los O m opa-
nes», donde había capturado a 20 indios y a un cacique espías, los cuales pre­
tendieron sin em bargo ser Choles y no M opanes (A G I, G uatem ala 152,
III, fol. 180). Y continuaba escribiendo:
«esta nazión de O m opán es belicosa, es m ucho núm ero, hablan otra
lengua diferente de los Choles, es más razonal los Choles p o r donde
paze, es dha gentes m uy pobre, grandes em busteros y pedigüeños,
viven en rancherías; díjeles se poblaran en buenos parages donde
los pudieran adm inistrar los padres; dijéronm e lo harían; quiera
D ios lo hagan ...»
En el arriba m encionado «Informe» que Cano dirigió en 1697 al Rey, y que
M eans (1917 (1974): 98-102) cita en traducción inglesa según Charles P.
Bow ditch/Rivera, se dice que los M opanes, lo m ism o que los Choles, anda­
ban desnudos y se distinguían de ellos sólo po r su peinado, llevando el pelo
m enos largo y cortado sobre la frente; tam bién serían más robustos y más
agresivos que aquellos. M antenían relaciones con los Itzá del lago y eran
súbditos del rey de ellos.
En otras dos cartas dirigidas po r Fray A gustín Cano al Presidente Barrios el
2 de abril y 15 de mayo, citadas literalm ente p o r Valenzuela (Ms. pp.
401-410), se m enciona que se había explorado la tierra de los M opanes: Es­
ta tendría gran extensión y estaría llena de «caseríos». Se había podido hacer
la paz con cuatro caciques, pero la m ayor parte de la población había huido
a provincias m uy lejanas siguiendo a su principal cacique llamado Tahim-
cham.
Lo referido no arm oniza bien con la reputación que tenían entre los es­
pañoles, de que eran gente «mui bárbara y feroz». Pero form aba parte de la
«táctica psicológica» de los españoles en sus campañas el presentar a los in ­
dios com o salvajes, crueles e indóm itos. En realidad, com o refiere Cano,
una parte de los M opanes se puso voluntariam ente a disposición de los
españoles, y algunos incluso les sirvieron de guías en su m archa al Petén
Itzá. En sus ya m encionados inform es, Cano describe al Presidente Barrios
el encuentro entre una tro p a de vanguardia española guiada p o r algunos
M opanes y los «Petenes o Ahitzáes», del que resultó un a escaramuza. En
esta ocasión m enciona tam bién unos poblados y las distancias que pueden
ayudar m ucho a la localización y delim itación del territorio poblado por
los M opanes:
La distancia desde el pueblo de M opán, que según Sapper (1936:36) estaba
probablem ente situado cerca de la actual ciudad de San Luis y que tam bién
se llamaba T ixonte, hasta el río Chacal se estim ó en 32 leguas (Ms. p. 405).

70
El pueblo de M opán está tam bién señalado en el m apa de Sapper, y, por
cierto, en el ángulo extrem o suroeste de la zona de los M opanes, lo que vie­
ne a corresponder a la actual Belice (H onduras británica) (Sapper 1936,
E thnographische K arte der Verapaz um 1550,1:1.100.000).
La distancia del río Chacal al lago de Petén, situado «al norte quarta al n o ­
roeste» (Ms. p.408) sería, según los datos de Cano, de unas 12 a 14 leguas; es
decir: desde el poblado de M opán hasta el lago habría de 44 a 46 leguas.
C ontando 50 leguas desde Cahabón hasta M opán, Cano calculó en 94 le­
guas la distancia entre Cahabón y el lago de Petén, y suponiendo un camino
recto unas 80 leguas. Este cálculo es bastante correcto, porque un m oderno
m apa de carreteras (Texaco 1967) indica la distancia de Flores a San Luis (en
cuya vecindad se supone habría estado el poblado de M opán) con 104 km.
Sobre el «paraje» M opán se dice en el m anuscrito de Valenzuela que allí
había unos rios ricos en saltos de agua y que desem bocan en el lago de Petén
Itzá; sin em bargo, este detalle no es correcto, porque el lago de Petén no tie­
ne afluentes de importancia.
Los M opanes ya habían despertado el interés de los españoles anterior­
m ente. Estando situado su territorio delante del de los Itzá, poseía im p o r­
tancia estratégica dentro de los planes españoles para conquistar aquella
nación. Por esta razón se había considerado urgente, hacía ya m ucho tiem ­
po, su conversión y reducción. El Padre Rivas había ya conseguido catequi­
zar algunos M opanes el año 1675. En la carta ya m encionada de Fray
A gustín Cano se proponía ahora que algunos españoles aprendieran su
lengua a que se fundara en la zona de los M opanes un lugar fortificado con
25 a 30 hom bres de guarnición (Ms. p.410).
H oy sólo se conoce de los M opanes el nom bre, y nada sobre su idiom a
(Stoll 1958:131 s.).

g ) Los Xocmoes

Valenzuela m enciona sólo en pocas ocasiones a los X ocm oes (Xosm oes,
X oim oes), que probablem ente no constituían un gru p o étnico propio,
sino form aban una de las muchas unidades del de los Choles. En to d o caso
se trata de aquellos indios que poblaban las riberas del río X ocm ó, que se
describe com o de tal anchura que le denom inaban «laguna» y del que Va­
lenzuela dice claramente que era el «río de los Socmoes» (Ms. p.413).
Según Sapper (1936:21) se trata del río de la Concepción, llamado X ocm ó
p o r los dom inicos, y en la actualidad conocido com o río Cancuén o río de la
Pasión.

71
Sapper (1936) le dibuja en su «Ü bersichtskarte der Verapaz im 16. und
[Link]», que tam bién se encuentra en Bierm ann (1964), con el
nom bre de X ocm ó o de Xacm oilha y com o afluente del Usum acinta, n o m ­
brando com o origen suyo al río X ocm ó superior y al Cancuén. A proxim a­
dam ente en el lugar d onde el río Cancuén tom a rum bo norte al recibir las
aguas del río Chajmayic que viene del sur, Sapper señala tam bién un lugar
llamado X ocom ó, cerca del actual pueblo de Las Cadenas. X im énez (Lib.
V ,cap. LXVI = 1931 vol. 3:62), dice que los indios llamaban tam bién aeste
río Xacmoilha, que significa «agua de los Xocmó». La carta de Fray A gustín
Cano, citada por X im énez (Lib. V, cap, LXX = 1931, vol. 3 :89), dice erro­
neam ente que el río «Xocmoxchinic» desagua en el lago de Petén y que los
Itzá solían viajar río arriba para m atar a la gente que vivía allí, es decir a los
X ocm oes (X im énez Lib. V, cap. LXVI = 1931, vol. 3:62). En cambio,
D oris Z. Stone cita un inform e de Fray Jo sep h D elgado de 7 de junio de
1677 ( 1676?) (véase tam bién Ms. pp. 31-35) donde se dice que los indios
del río X ocm ó eran m uy bravos y los Itzá y los A m opanes les temían.
En to d o caso resulta de lo dicho que los indios que poblaban la zona del
X ocm ó eran llamados «Xocmoes». Si en la edición de X im énez se habla de
los «Xcomo» (aparentem ente grafía equivocada de X ocm ó) y se escribe la
palabra entre comillas, esto sólo puede significar que no se les consideró
com o una «nación» propia, com o p o r ejemplo los Choles, M opanes o Itzá
(X im énez Lib. V, cap. LXX = 1931, vol. 3 :9l). U n docum ento en G uate­
mala ( A G C A G , A 1.12.2, exp. 7024, leg. 333) conteniendo un «Informe de
los m isioneros encargados de la reducción de los indios X osm oes y Lacan-
dones de sus trabajos, año de 1709» no da desafortunadam ente ninguna in ­
form ación que perm ita diferenciar entre este grupo y otros y sus respectiv-
vos territorios.
Por lo demás debió de tratarse del m ism o grupo que Villagutierre - y con
él tam bién D oris Z. Stone (1932:278) - denom ina «Zoquinoes» y que
vivían al oeste de los M opanes.

h) Los Axoyes o Ahxoyes

Lo m ism o que en el caso de los X ocm oes, en los Axoyes (O xoyes) o A hxo­
yes, que m enciona Valenzuela (Ms. pp. 43,44), no se trataría probablem en­
te de un grupo propio étnico o lingüístico, sino sólo de los indios que
poblaban las orillas del río X oy o Chixoy en las cercanías de C obán (Sapper
1936:33). N o se ha podido aclarar con certeza si se trata de Choles, Acala-
nes o Lacandones, sobre to d o porque en esta zona, a consecuencia de las

72
migraciones, había considerables m ovim ientos de población. D e todas
formas debieron pertenecer a la gran familia de grupos de lengua Chol. Se­
guram ente es acertado lo que Villagutierre (Lib. Ill, cap. I = 1933:126) dice
de los Choles, M anché y Axoyes: «Que todos vienen a ser unos, aunque de
distintas parcialidades, porque hay naciones que son fdiaciones unas de
otras».
X im énez (1930, II: 374 = lib IV, cap. X X V III) m enciona que «Ahxoyes»
quiere decir «vecinos de Xoy» y nom bra aquel río com o frontera entre los
Acalanes y los Lacandones, y Sapper (1936:22) sugiere que en la region en
cuestión se había introducido, entre los diferentes grupos C hol de Chiapas
y Guatemala, una cuña de Acalanes que vino del norte en el curso del siglo
XVI.
D urante el siglo X V II vinieron K ekchíes christianos de las tierras altas a la
región del río Xoy donde se casaron con m ujeres paganas; esto se descu­
brió sólo cuando Fray Francisco Gallegos intentó convertir a los supuestos
paganos Ahxoyes y se encontró con que los hom bres ya estaban bautiza­
dos, pero no sus mujeres e hijos (Sapper 1936:22,33; X im énez II, p p .373
sig.). Stoll (1958:136) determ ina com o centro actual de los K ekchíes
(que’ekchí) a la zona situada al norte de C obán delim itándola así: «al
poniente lo circunscribe el Chixoy y al oriente la región de los choles».

i) Los A h í o A chí

En el m anuscrito de Valenzuela (Ms. p .293) se dice que los m isioneros in ­


tentaron entenderse con los Lacandones de todas las maneras posibles, en­
tre ellas utilizando tam bién la lengua «Ahí» o «Achí». N o se sabe exacta­
m ente dónde se habló este idiom a y a qué familia lingüística perteneció. Sin
em bargo los españoles tenían conocim iento de este idiom a m uy tem pra­
no. Squier en su «M onograph o f authors w ho have w ritten on th e langua­
ges o f Central A m erica...» (1861:30,32) m enciona a dos franciscanos que
habían aprendido A chí y escribieron en esta lengua: Fray A lonso Escalona
que llegó a la N ueva España en 1531 y se dedicó al estudio de este idiom a
aún en la edad de 75 años; escribió entre otros «Sermones en lengua Megi-
cana» que tradujo después a la A chí guatemalteca. Tam bién es autor de una
«Relación de la Pacificación de los Indios de Verapaz». Escalona fue acom ­
pañado a G uatem ala p o r Fray Francisco G óm ez. D e él dice Torquem ada:
«En aquella tierra aprendió brevem ente la lengua Achí, que es la de sus
Naturales, y m uy difficultosa de aprender, porque le avía com unicado
D ios el don de lenguas, que refiere su aposto! S. Pablo, y en ella aprovechó

73
algunos años». Es interesante observar que Stoll (1958:158) m enciona una
gramática de Q uiché de Brasseur de B ourbourg, «servant d ’introduction
au Rabinal-Achí». J . A lden M ason (1941:52 sig., 84 - Tab. I, n° 9) cree posi­
ble que el A chí sea un idiom a Maya, y L othrop lo relaciona con el gru p o
Pocom an, m ientras que T hom pson, al contrario, trata de probar que «achí
was a term applied to the cognate Maya languages Cakchiquel (o r G u ate­
malteca), Q uiché (o r U tatlateca) y Z u tu h il...» (T h o m p so n 1972:95, 97).
En to d o caso, según el m anuscrito de Valenzuela, los Lacandones no com ­
prendían esta lengua.

k ) Los Omones

El año 1677, Fray Jo sé D elgado partió para M érida llevando consigo unas
cartas del Presidente de la A udiencia de G uatem ala dirigidas al G o b ern a­
dor de Y ucatán d onde se trataba del proyecto de abrir una vía de com unica­
ción entre ambas provincias. En su cam ino hasta la costa D elgado hizo lar­
gos rodeos, verosím ilm ente para visitar algunos poblados de indios.
D urante este viaje, en casa de M artín Petz, cerca del río Yaxal, se inform ó
sobre el camino a Tayasal. En el inform e que escribó sobre su viaje, que con­
tiene m uchos im portantes datos sobre lugares y distancias (Ms. pp.
30-55), se habla tam bién de un lugar denom inado Cantelac situado ad ía y
m edio de m archa de la casa de M artín Petz, y donde se hablaba un idiom a
desconocido: el O m o n (Ms. p.34; Sapper 1936:36; Stone 1932:267). Los
habitantes de Cantelac se llam aron Chicuyes. Sapper (1936), en su «Ethno­
graphische K arte der Verapaz um 1500» señala al pueblo de Cantalac entre
los ríos G rande y M oho, cerca del actual pueblo de San A n to n io N uevo.
Poco más arriba se habla en este inform e tam bién de un lugar denom inado
Chicuy (Stone 1932:266) en el cual, lo m ism o que en sus alrededores, había
dos o tres caciques llamados Chicuyes, Q uines y Tzagues. En conjunto
vivían allí más de cien personas, m ientras que el pueblo de Chicuy contaba
sólo unas 40 personas (S tone 1932:267) que pertenecían a los Mopanes.
Q ueda por saber si la denom inación «Omon» (O m o n es) es sólo una co­
rrupción de «Omopanes», nom bre usado tam bién para los M opanes.

1) Los Quejaches

Al este de los Chontal-Acalanes (Acaláes) y al noroeste de los Itzá (A hit-


záes) vivían los Quejaches tam bién llamados Q uehaches, Queaches, o Ce-

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haches (M eans 1917:21, según A vendaño), Ceach (T h o m p so n 1970:69),
G uehaches o Quecoaches, com o escribe a veces Valenzuela (Ms. pp. 28
sig.).
P or desgracia, Valenzuela no da mayores detalles sobre ellos. En todo caso
eran un grupo Maya que habitaba en la región fronteriza de las actuales p ro ­
vincias de Petén y Campeche, aproxim adam ente entre el río Candelaria y el
río H o ndo, en las cercanías de la Laguna M isteriosa (véase m apa n° 4, p. 125
en Riese 1972). Su territorio incluía, hacia el año 1600, los pueblos de
N acaucum il al oeste, Ixkik en el norte, y C h u n tu q u í en el sur, m ientras que
es desconocida su extensión hacia el este. Sin em bargo sus fronteras se alte­
raron varias veces debido a las perm anentes guerras con sus vecinos. Ya a
principios del siglo X V I, los Chontales cristianizados les atacaron desde el
oeste, m ientras que los Lacandones hacían presión sobre ellos desde el sur y
los Itzá desde el sudeste. Ya se m encionaron los ataques desde el norte
hechos po r los Acalanes occidentales, sobre todo bajo D o n Pablo Paxbo-
lón (Riese 1972:54 sig.). El térm ino «Quejache» viene a significar «hom­
bres de ciervo», pero parece que no es la denom inación que usaban ellos
m ismos.
Su cifra no debió superar las 7.000 almas; vivieron en unos 10 a 20 poblados.
N u n ca lograron form ar unidades políticas mayores que la de la aldea; inclu­
so se m encionan guerras entre diversos poblados de Quejaches. En general
eran considerados com o m uy belicosos, y sus pueblos, de los cuales H er­
nán Cortés describe uno en su Q uinta Carta al Em perador Carlos V, esta­
ban fortificados todos. Al parecer tenían que defenderse constantem ente
de sus vecinos más fuertes y m ejor organizados.
D espués de 1604 fueron cristianizados pacificamente y som etidos a la coro­
na española; sin em bargo, ya en 1619 se había abandonado p o r falta de reli­
giosos esta misión. Hacia fines del siglo XV II se encontró todavía a unos
pocos Quejaches en sus ancestrales territorios durante una de las expedi­
ciones contra los Itzá (Riese 1972:56). Villagutierre los m enciona frecuen­
tem ente (p o r ejem plo: lib. V, cap. V III = 1933:248 sig.) cuando describe
las marchas del General A lonso García Paredes contra Tayasal a fines del
año 1695, y p o r cierto los sitúa en la zona entre los lugares Z u cth o k y
Batcab.
A lgunos de los Q uejaches capturados po r los españoles fueron estableci­
dos, después de haber sido bautizados, en Batcab (Villagutierre lib. V, cap.
V III = 1933:248).
Tam bién Valenzuela les m enciona varias veces, lo que prueba que entonces
todavía vivían algunos de ellos. Sin em bargo, estos no desem peñaban ya
ningún papel y en el período siguiente o m urieron a causa de epidemias o

75
fueron absorbidos por sus vecinos o em igraron a otras regiones. W estphal
(1973:128) opina sin em bargo que fueron obligados a abandonar su terri­
torio y a em igrar hacia el suroeste, cruzando el río U sum acinta y exten­
diéndose paulatinam ente p or toda la selva, absorbiendo al m ism o tiem po
los restos de los Choles y su cultura.
D esde el p u n to de vista lingüístico, los Quejaches no pueden clasificarse
claramente, com o indica A lden M ason (1941:52 sig., 84 = tab. I, n° 9); pero
con gran probabilidad pertenecieron al grupo Maya. W estphal (1973:127
sig.) los cuenta entre los Lacandones de habla Yucateca. Tam bién Riese
( 1972:56) opina que form aron parte de los grupos yucatecos; según él, los
habitantes yucatecos del pueblo de N ohá, al sur de Tenosique, que poco
después de 1550 habían sido som etidos pacíficamente p o r los españoles y
cuyo territorio fue denom inado «El reino del Próspero», habrían sido en
realidad Quejaches expulsados de sus tierras, de m odo que puede suponer­
se que ya en el siglo X V I habían penetrado en esta región habitada además
por los Chontales y Choles. Esto ha m otivado que algunos investigadores
ios consideran com o los antepasados de los actuales Lacandones que pu e­
blan la zona entre los ríos Jataté y U sum acinta.

m ) Los Itzá o Ahitzáes

A lsu rd e lo s Q uej aches habitaban los Itzá o Ahitzáes, cuy a capital era Taya-
sal (hoy Flores), una ciudad fortificada en una de las islas de la laguna del
Petén. Su historia y sobre todo su conquista po r los españoles han sido des­
crita in extenso por Ph. A. Means (1917).
Los Itzá, expulsados unos siglos antes desde su capital Chichén Itzá, en Yu­
catán, donde habían desem peñado un im portante papel político, eran real­
m ente la potencia m ilitar y política m ejor organizada de todos los grupos
indígenas de la región (Riese 1972:56). Sus prim eros contactos con los
españoles tuvieron lugar en 1524/25, durante la m archa de Cortés a H o n ­
duras; desde entonces nunca habían cesado po r com pleto sus intentos de
som eter a ellos. Pero los Itzá m ostraron una gran habilidad política dirigi­
dos po r sus soberanos, los llamados Canek, y lograron m antener a raya a
los españoles ora m ostrándose dóciles y sumisos, ora espantándoles con
sus incursiones. La entrada del Presidente Barrios Leal en 1695 tenía com o
objetivo su conquista definitiva, encargando las operaciones al Capitán
Ju a n Díaz de Velasco. Sin em bargo, este plan fracasó p orque Barrios no
logró reunirse con el Capitán Díaz en el lugar convenido, pues se había
equivocado sobre la situación geográfica de Tayasal: creía estar cerca de la

76
laguna del Petén, m ientras que en realidad había llegado al lago de M iramar
m ucho más al oeste. Sólo una patrulla del Capitán Díaz de Velasco alcanzó
la laguna del Petén. N o hasta que 1697 obtuvieron los españoles, esta vez
avanzando desde Yucatán bajo la dirección de U rsúa, la conquista de la isla
fortificada y el definitivo som etim iento de los Itzá, lo que ocasionó su
desplazam iento forzoso y finalm ente tam bién su hundim iento.
Según su origen en los grupos de Yucatán, los Itzá hablaban un dialecto
que apenas si se distinguía del Maya yucateco (Riese 1972:56).
El territorio dom inado p o r los Itzá com prendió 22 «provincias» o «distri­
tos», com o dice A vendaño (M eans 1917 (1974): 19,22); probablem ente in ­
cluyó tam bién la zona de los M opanes, al sudeste del lago de Tayasal o del
Petén. Q uizá se explica p o r la dependencia política de los M opanes frente
a los Itzá el que su idiom a fuera un Maya m uy similar al de los Itzá o p o r lo
m enos m uy contagiado de elem entos yucatecos. Por lo demás, Riese
(1972:57) señala que de ningún m odo es seguro que los indios que hoy se
llaman Itzá o M opanes sean realm ente los descendientes de los pueblos así
llamados en el siglo XVII.
La hipótesis de que la cifra de la población dom inada por los Itzá en los
tiem pos de su conquista por los españoles el año 1697 ascendiera a unas
25.000 personas se basa en los inform es de Fray A ndrés de A vendaño y
Loyola. Hacia m ediados del siglo X V I se llega a estimar su núm ero hasta en
unos 100.000. El hecho es que habían logrado som eter varios grupos veci­
nos y que se encontraban en guerra perm anente con los Quejaches, M an­
ché y Lacandones (Riese 1972:57).
En el m anuscrito de Valenzuela se encuentra poco sobre los Itzá, sobre
todo p orque él m ism o no había participado en la m archa del Capitán Díaz
de Velasco desde Verapaz al Tayasal. En cambio, X im énez que se encontra­
ba en aquella expedición, escribió de form a más detallada sobre ellos. Por el
contrario, sobre la expedición de U rsúa en 1697, así com o sobre su destino
existen varios inform es y descripciones.
Los Taiza, que Valenzuela (Ms. p. 29) m enciona com o una de las «nacio­
nes» más im portantes, deben considerarse idénticos a los habitantes de
Tayasal, es decir a los Itzá. La denom inación «Taiza», en lugar de la de Itzá, se
atribuye al m ism o Cortés (véase M eans 1917 (1974): 187, apéndice I); tam ­
bién la utilizó el O bispo D iego de Landa (1524-1579). Al com ienzo de su
«Relación de las Cosas de Yucatán» dice que hay una sierra que divide la
península en dos partes: la parte m eridional, hacia el territorio de los Lacan­
dones y Taiza no estaba habitada por la falta de agua. Pocos párrafos más
adelante dice Landa que Yucatán tenía al sur los ríos de Taiza y las m ontañas
del Lacandón (Landa 1966:4, 5).

77
Tam bién se em pleaba otra denom inación de los Itzá: bajo el nom bre de
Fetenes, m encionados en el m anuscrito de Valenzuela, sobre todo en los
capítulos que tratan de la entrada del capitánj uan Díaz de Velasco, se desig­
naba a los indios que habitaban la isla del lago de Petén (Ms. pp. 368,
401-405, 409, 415).
Fray A gustín C ano, que acom pañó al Capitán Díaz de Velasco y al que cita
extensam ente X im énez (Lib. V, cap. LVIII = 1931, vol. 3 :20 sig.), refiere
que se llamaron «Petenes» sólo los habitantes de la isla, m ientras que los
indios afincados en la tierra firm e adyacente eran llamados «Ahitzáes». Sin
em bargo, am bos pertenecían a la m ism a «nación» y hablaban el m ism o
idiom a: «los de la isla se llaman Petenes y los de fuera Ahitzáes, pero que
todos son una nación y una lengua».

n) Los Petenháes

Cierta confusión provocó entre la gente de Presidente Barrios, debido a la


semejanza en los nom bres, el que unos indios de D olores hablaran de otros
indígenas, enem igos suyos, llamándoles Petenháes. Interrogados sobre si
había en los alrededores de D olores otros poblados, contestaron que
habían existido otros cuatro más, cuyos caciques se llamaron X ulapna (Su-
lamna), C huhel (Chichel), Tzactzi (Itzatzi) y Buabu (Bubau). Tres de
aquellos poblados habían sido incendiados y el otro «se auía despoblado y
andaban sus indios por los montes». Cinco otros poblados que habían exis­
tido en los alrededores de la laguna de M iram ar habían sido tam bién incen­
diados y sus habitantes
«se auían ydo a viuir a los ríos de Petenecte y Tenosique que estauan
m ui retirados com o ttreinta y cinco días de camino río abajo
po r él que estaua sercano al pueblo, y que el Petenha tenía m uchísi­
m os yndios m ui brabos, y eran sus en em ig o s...» (M s. pp. 331 sig.)
Esta descripción, que fue citada tanto po r V illagutierre (1933:223) com o
p o r X im énez y más tarde po r D oris Z. Stone (1932:276), p o r desgracia, no
es m uy clara y se pueden observar incluso ciertas contradicciones en las de­
claraciones de los indios interrogados al respecto, si se las com para con el
protocolo que Valenzuela levantó sobre este p u n to y que ahora se encuen­
tra en las actas sobre la entrada de 1695 conservadas en G uatem ala (A G I,
G uatem ala 152, III fol. 357 sig.).
M enos im portante puede considerarse en este contexto el hecho de que
Valenzuela atribuye en su m anuscrito (Ms. pp. 331, 335-337) esta declara­
ción a cinco indios capturados en los últim os días del mes de abril, cerca de

78
D olores, m ientras que el protocolo de 8 de mayo, legalizado tam bién por
Valenzuela, haga constar las declaraciones sobre el m ism o contenido
hechas po r doce habitantes del pueblo de D olores.
Más esencial es que según el párrafo arriba citado del M anuscrito de Valen­
zuela parece que los Lacandones habían incendiado ellos m ism os o habían
abandonado voluntariam ente sus pueblos para fundar nuevos lugares ju n ­
to a los ríos Petenecte y Tenosique, lo que ha m otivado a D oris Z. Stone a
afirmar que los Lacandones habrían quem ado y abandonado sus casas por
m iedo a los españoles. Pero del texto del protocolo sobre el interrogatorio
de 8 de mayo puede deducirse algo m uy distinto:

«... que los principales Sulamna (X ulapna), Chichel (C huhel),


Buabu (B ubau) y Itzatzi (Tzactzi) tubieron form ado un pueblo
distante de éste y en él esistieron y viuieron y después salieron y
fundaron tres pueblesillos de treinta personas, y susedió que los
pueblesillos de Sulamna y de Chichel se quem aron y sus indios con
sus casiques se vinieron a viuir a este pueblo; que los otros dos
pueblesillos de Bubau y Itzatzi fueron acom etidos de los indios de
el Pettenecte, sus enemigos, y robaron m uchos y los pocos que
quedaron se vinieron a este pueblo, y las poblasones se quem aron y
la quem asón de estos quatro pueblesillos fue en inbierno antes que
vinieron a este pueblo los padres m isioneros capucinos, frai M el­
chor y frai A nto nio que hase un año que estubieron en este pueblo,
y entonces enferm aron y m urieron m uchos ... (A G I, G uatem ala
152, III fol. 357).

Resulta de esto que los Lacandones que vivieron en los alrededores del la­
go de M iram ar tenían todavía varios pueblos a fines del siglo XVII, de los
cuales abandonaron algunos, al parecer debido a unos incendios, para tras­
ladarse a otros lugares, m ientras que otros fueron abandonados, no por
m iedo a los españoles, sino po r haber sido atacados y destruidos p o r sus
enemigos, indios cristianizados de la región de Petenecte a los que llama­
ron «Petenháes», que además deportaron a sus habitantes. N o puede ex­
cluirse que se tratara de Quejaches, que habían sido desplazados a princi­
pios del siglo X V II desde sus territorios ancestrales hacia el oriente y que
habían em igrado paulatinam ente luego hacia el oeste atravesando el río
U sum acinta. W estphal (1973:127,130) cree, sin em bargo, que la gente de
Petenecte eran Lacandones de habla yucateca.
Según esta versión los incendios de poblados m encionados arriba no estu­
vieron relacionados con el fuego provocado en 1694 para expulsar a los
m isioneros M elchor López y A ntonio M argil y que se había extendido en

79
contra de la intención de los indios destruyendo to d o el pueblo, probable­
m ente el de D olores (Ms. pp. 83 sig.).
En el m anuscrito de Valenzuela se m enciona a los Petenháes aún en otras
ocasiones: se dice que vinieron de sus parajes en el río Petenecte o de su
capital con el m ism o nom bre, rem ontando el U sum acinta para asaltar
durante la noche los poblados de los Lacandones, m atar y deportar sus
habitantes; además se dice que eran m uy num erosos y belicosos, que
habían sido bautizados ya y entre ellos vivieron algunos m isioneros (Ms.
p.332).
Puede dejarse abierta la cuestión de hasta qué p u n to puede darse crédito a
estas noticias, pues parece poco verosím il que indios bautizados en cuyos
poblados hasta vivían misioneros, hubieran em prendido campañas m ilita­
res tan extensas que llegaron hasta los Lacandones, y que - si sucedieron
realm ente - los españoles no se hubieran enterado de ellas.
Puede imaginarse que los habitantes de D olores querían retener así a los es­
pañoles, contándoles tales historias, para que no buscaran otras aldeas
suyas. D e hecho los españoles no descubrieron durante su entrada de 1695
los pueblos de Peta y Map.
El Presidente Barrios, que había concluido de las declaraciones de los
Lacandones que el nom bre de los Petenháes se derivaba del lugar Pete­
necte (Ms. p. 336) y que po r tanto no tenían nada que ver con los Petenes o
Ahitzáes, decidió en consecuencia no seguir buscándoles, sino explorar en
prim er lugar los alrededores de D olores con el fin de encontrar quizá otros
poblados de Lacandones, de los que ya había hablado Fray A n to n io Margil,
o incluso reunirse con el Capitán Ju a n Díaz de Velesco que se encontraba
en camino hacia los Petenes o Ahitzáes.
Poco más tarde, los habitantes de Petenecte, que ya Cortés había m encio­
nado en su Q uinta Carta al Em perador Carlos V, fueron desplazados a
pesar de todo p o r los españoles a San M iguel, cerca de D olores (W estphal
1973:127,130).
D ebe m encionarse aún que Xim énez (Lib. V, cap. LXIV = 1931, vol. 3:50)
se burla de la confusión relatada po r Villagutierre, que se originó p o r la
semejanza entre los nom bres Petenes y Petenháes; él opina que los Lacan­
dones capturados no podían conocer a los indios de la provincia de Tabas­
co, a más de 100 leguas de distancia, de m anera que sus declaraciones d u ran ­
te los interrogatorios habrían sido totalm ente arbitrarias y orientadas ades­
pertar en los españoles la im presión de que la gente de «Petenzá» (Petén
Itzá) serían distintos de los de Petenhá (Xim énez, lo m ism o que V illagutie­
rre, escribe «Partenote» en lugar de Petenecte, de lo que D oris Z. Stone saca
su «Partehote»): «aquí ésto, com o si los del Petenzá fueran otros de los de

80
Petenhá o Ahitzáes». Este ejemplo m uestra hasta qué p u n to eran inexactos
los conocim ientos de los españoles sobre esta región y sus habitantes.

o ) Los Terumpías y los Concahes

Sólo pocas líneas pueden escribirse sobre los Terumpías (Torrum píes) y
los Concahes (Concaches) m encionados ju n to con los Lacandones, «Man-
cheses», Taizáes y «otros bárbaros y enem igos que com en carne humana»
en el m em orial de Fray Francisco Gallegos del 27 de Enero de 1676, citado
p o r Valenzuela (Ms. p. 51; Véase tam bién X iménez, 1930, II: 349 = cap.
XX, lib. IV).
Tam bién A ntonio de León Pinelo en su «Relación que en el Consejo Real
de las Indias hizo ... sobre la pacificación, y población de las provincias del
M anché, i Lacandón, que pretende hazer D o n D iego de Vera O rdóñez de
V illaquirán...» m enciónalos «Tirumpíes», pero no los Concahes. En la tra­
ducción inglesa de esta «Relación», publicada p o r D . Z. Stone (1936:239)
se dice: «And although its pacification is proposed under th e names o f
M anché and Lacandon, w hich are th e tw o principal provinces, it includes
in the m entioned territory, th at o f th e Acalaes, Taizaes or Ahitzaes, Q ue-
aches, Tirum pies, Puchutlas and [that of] other nations o f lesser nam e
w hich are subject to these or m ix w ith them.» In her n ota no. 9, D. Z. Stone
dice con referencia a los Tirum pies aque en la edición de Francis A. M cN u tt
de las «Cartas de Cortés a Carlos V», ha sido inserto un m apa de Yucatán
p o r D udley Costello, en el qual los Tirum píes están indicados en Tabasco y
Chiapas, ju n to con los Q uichés y más abajo de los Puchutlas, no m uy lejos
del pueblo de Chiapa. D oris Stone sin em bargo expresa al m ism o tiem po
ciertas dudas acerca de la veracidad de este mapa.
C on respecto a los Concahes o Concaches no se puede excluir la posibili­
dad de una corrupción de la palabra «Cehaches» o «Quehaches».

3 • LOS IN D IO S V ISTO S P O R LOS ESPAÑOLES

En la relativam ente concisa descripción de los «indios infieles» y de sus usos


y costum bres que se encuentra sobre todo en los capítulos X X IX , X X X III
y X X X IV del m anuscrito de Valenzuela, donde trata del pueblo de D o lo ­
res, se advierte lo contradictorio del juicio de los españoles sobre los indios.
P or un lado se les llama bárbaros, crueles, brutales, viciosos, alevosos y g en ­

81
te «dada totalm ente al ocio y al dem onio» (M s. p. 70) y p o r o tro «mansos,
afables, amigables y nada traidores», gentes que «temblaban de una arma de
fuego» (M s.p . 28), que vivían «con racionalidad» (M s. p. 353) y cuya arte y
habilidad, lim pieza y orden asom bró a los españoles.
Es claro el m otivo de estas contradicciones: Los españoles guardaban desde
el tiem po de sus prim eras conquistas una idea negativa de sus enemigos
que no podían ni querían olvidar. Sin em bargo, en sus contactos con la
población autóctona tuvieron experiencias totalm ente contrarias a las p ri­
meras im presiones y que de ningún m odo concordaban con sus prejuicios.
Esta im agen negativa del enem igo se utilizaba, com o en to d o conquista­
dor, en la estrategia psicológica que ya entonces era conocida y que con­
sistía en prim er lugar en «infamar» al enemigo. Ya antes de haber visto al ad­
versario se le describía com o m onstruo, caníbal, idólatra, etc., com o
alguien capaz incluso de convertir a los españoles en m onos (M s. p. 340).
Sólo de este m odo pudo m otivarse su som etim iento, sólo así podía exigir­
se a los soldados tantas fatigas en las expediciones a través de m ontañas
desconocidas (Friederici 1925,1:544 sig.). N adie habría participado v o lu n ­
tariam ente en una entrada tan difícil y peligrosa, y m ucho m enos cuando
no se podía esperar conseguir un rico botín, si se hubiera descrito a los indí­
genas com o la gente pacífica e inocente que era en realidad, y com o lo
hacían los m isioneros que abogaban p o r una conversión con m edios sua­
ves. U na vez decidida la conquista, era preciso dem onstrar a los soldados
que se hallaban a p u n to de em prender un «justum pium que bellum». A sí es
com o en todos los casos en que se trató de lograr este objetivo, p o r ejemplo
en las Reales Cédulas que ordenaban la conquista y reducción, puede reco­
nocerse esta imagen negativa del enem igo potencial, m ientras que en los
inform es de los m isioneros, com o en los de cualquier observador im par­
cial, puede percibirse lo contrario.
C om o típico ejem plo de lo apuntado puede servir la descripción del pri­
m er encuentro entre las tropas del Presidente Barrios y los habitantes de
D olores, donde se dice que los indios se defendieron «con tem eridad o con
bárbaro valor» (M s. p. 292). Su «temeridad» habría sido lo que el autor de la
descripción experim entó personalm ente, m ientras que el «bárbaro valor»
correspondería a la imagen negativa previa sobre el enem igo. D e esta dis­
crepancia puede explicarse, por lo m enos parcialm ente, la exaltación con
que los soldados españoles trataron a los indios capturados: «se le trató con
cariño y agasajo» (Ms. pp. 316, 330 sig.); les invitaron a tortillas, pozol y
dulce, les regalaron y hasta bailaron con ellos: «baylaronlos nuestros y ellos
alegres y conttentos los ym itaron, causando risa su m odo de bayle» (Ms. p.
331). Y sin em bargo, pocos m om entos después uno de los soldados g ol­

82
peó brutalm ente a uno de los indios p o r no entender su lengua (M s. p.
318).
D a la im presión de que los españoles se asom braban ante los indios y que
les trataban com o a unos animales raros. A lgunos soldados descargaron
sus armas de fuego y observaron su reacción ante estos y varios otros ruidos
desconocidos para ellos, com o el sonido del clarín, del pífano y tambores,
«todo lo cual se hizo por ver si se alteraua y flaqueaba» (M s. p. 293). Los
indios capturados soportaron to d o esto con paciencia y dignidad, m ientras
que el com portam iento de los españoles parece m uy ingenuo.
D e todas maneras, los soldados españoles no se dejaron influir demasiado
p o r sus prejuicios, de form a que fue preciso apartarles de relaciones dem a­
siado amistosas con los indios incluso con una prohibición de fraterniza­
ción (Ms. p. 357). El interés de los jefes no se dirigía a la desaparición de la
desigualdad, al contrario, trataban de m antener en lo posible la conciencia
de superioridad ante el indio. Sin em bargo, era bastante difícil m antener
este principio cuando los indios se habían ya adaptado al m o d o de vida de
los cristianos y españoles.
La señal más evidente de la inferioridad de los indios no reducidos se obser­
vaba probablem ente en el hecho de que andaban desnudos. En lugar de
com prender su desnudez com o una adaptación natural a las circunstan­
cias climáticas - esto sólo se acepta en una ocasión (Ms. p. 354) - , los
españoles consideraban la desnudez com o prueba de la falta de m oral y de
un grado inferior de civilización. P or esto, un m edio m uy practicado por
los españoles para ganarse la confianza de los indios era regalarles vestidos,
dado que estos m uy p ro n to codiciaban el vestido europeo que les hacía
aum entar su prestigio no sólo ante los españoles sino tam bién ante sus p ro ­
pios com patriotas.
Sobre los vestidos de los Lacandones de D olores dice Valenzuela:
«Todos los indios e yndias andan y duerm en desnudos, sin que
ellos traigan más que un señidor o rollo de dicha cáscara en la
sintura, y de ella pendientte vna faxa, con que se cubren (aunque
m ui m al) las partes pudendas, y ellas traen (n o en las sintturas
com o las yndias de nuestros pueblos) sino en las nalgas, vnos
pequeños y angosttos paños de algodón, con que entienden encu­
bren las mismas parttes, pero a la verdad se quedan ttorpes y des­
onestas» (Ms. p. 356; véase tam bién Ms. pp. 292, 331; Villagutie-
rre 1933:243).
Los hom bres, de m ediana estatura, llevaban barba y pelo largo. En los lóbu­
los de las orejas taladradas m etían unos «palillos poco m enos de un jeme»
(Ms. pp. 292, 356).

83
Las m ujeres tenían tam bién agujereadas las ternillas de las narices para col­
gar cañuelas o anillos de am bar del tam año de un real. Sólo algunas pocas
mujeres se ponían «jubones con faldillas» (Ms. pp. 356 sig.).
C om o amamento de los hom bres se m encionan arcos con flechas y carcajes
(Ms. pp. 43, 378,4 ll), pero tam bién lanzas y «cerbatanas» (bien es verdad
que las «cerbatanas» se m encionan en el m anuscrito de Valenzuela
(M s.p. 379) solam ente entre los utensilios dom ésticos que los españoles
encontraron en las casas abandonadas, y nunca en uso com o armas; de otro
lado los indios llamaron las escopetas de los españoles «zerbatanas de fue­
go» (M s. p. 33l) lo que indica que asociaron esta palabra a un a arma).
Para el com bate cuerpo acuerpo utilizaban hachas y machetes (M s. p. 404).
El m anuscrito habla en diversas ocasiones del ruido que producían los
Lacandones, aparentem ente para intim idar a los enemigos, tocando una
especie de flautas o silbatos («canillas») (M s. pp. 198 sig.) o gritanto y
dando voces que sonaban en los oidos de los españoles com o «hu hu» (Ms.
p. 378).
C om o utensilios dom ésticos se citan además de ollas, calabazos, jícaros, co­
males, m anos de piedra, escoplos y hachas así com o hachuelas de piedra
color verde oscuro m uy bien trabajadas (Ms. pp. 353,379). Estas hachuelas
de piedra provocaron la adm iración de los españoles, «y aunque se solicitó,
no p u d o saberse con qué se labraban tan perfectam ente las hachuelas ...»
(Ms. p. 354). G ran im presión cuasó tam bién
«la excelente y curiosa loza más pulida y aseada que quanta se
fabrica en los pueblos de este reino assí p o r las m olduras y realzes
com o po r buena calidad de el barro» (Ms. pp. 355 sig.).
Los instrum entos para hacerfuego suscitaron especial interés, y se describen
largamente en el m anuscrito:
«eran una regla de m adera llamada corcho, y un husso o barilla de
m adera fuerte de la hechura de un cabo de molinillos, del grosor
de un dedo, y de algo más de m edia bara de largo, la cual asentaua
sobre el corcho, y batiéndola con ambas m anos sobre él lo cauaua,
y con la violenzia del m ouim ientto se despedían algunas harinas
q ’se ensendían» (Ms. p. 320).
Se basaron pues en el principio de producción de calor p o r frotam iento in ­
flam ando finas virutas de madera.
Tam poco podían explicarse los españoles la producción de los disversos
colores que servían para el adorno del cuerpo o para teñir tejidos, y que ade­
más constituían un artículo m uy preferido en el trueque. En las casas de los
indios de D olores, se encontraron colores de «xocoque», verde, amarillo y
azul; se sabía que el color rojo se obtenía del árbol de Brasil, y el color

84
negro, de un polvo que no conocían los españoles que se preparaba del
jugo de ocote y que se encontró en todas partes colgando en barrilitos en
las casas (Ms. p. 354).
Las m ujeres que «hilan y texen el tiem po que les sobra después de auer
m olido sus tortillas, y p o r los ram os y lauores que se vieron en los paños y
jubones sem ostró su abilidad» (Ms. p. 354), usaban para fabricar teji­
dos, y se producían telas m uy finas, suaves com o el algodón o com o gam u­
za, a partir de la corteza de un palo (M s. pp. 354 sig.).
En varias ocasiones se subraya la gran lim pieza y el orden que observaban
los indios (Ms. pp. 351 sig., 356), y que llegaba tan lejos que hasta en la h ui­
da ante los españoles dejaban sus casas en el m ayor orden posible. El caci­
que Cabnal se quejó incluso de la falta de aseo de los soldados españoles que
hacían sus necesidades sin alejarse de las casas, lo que causó grandes h edo­
res (Ms. pp. 351 sig.) (Este párrafo se cita en García Peláez (1968,1: 300) y
en Friederici (1925:232)).
Los niños se guardaban en una especie de cuna portátil sum am ente prácti­
ca, hecha o de tela o trenzada de carrizo (Ms. pp. 355, 379).
Poco dice el m anuscrito de Valenzuela sobre la alimentación. Sólo m enciona
unas «tortillas de mais colorado» que llevaba consigo uno de los Lacando-
nes capturados (Ms. p. 293), y además maiz m olido para «posol», una bebi­
da que les gustaba m ucho (Ms. p. 293) y cacao crudo, que crecía silvestre
p o r todas partes y del que tam bién preparaban una bebida (Ms. p. 356).
La base de la alimentación la constituían probablem ente varios frutos del
cam po; a esto añadían conchas de icotea y pescado (Ms. p. 375). In d u d a­
blem ente el m enú era com pletado p o r caza y pesca. Se subraya que los
indios generalm ente com ían poco (Ms. p. 46). Los indios de las tropas
auxiliares utilizaron para la pesca barbasco, un bejuco venenoso, m étodo
aparentem ente nuevo para los españoles, pues Valenzuela lo describe lar­
gam ente (Ms. p. 257). Sin em bargo, los habitantes de D olores se servían de
«chinchorros», redes de varios tam años que se encontraron en sus casas;
com o flotadores usaron corchos y com o plom ada barros cocidos. Los
españoles adm iraron la perfección de su fabricación. Se distinguían de las
redes conocidas por la falta del «copo», es decir, no tenían ninguna form aen
saco o bolsa, sino eran redes planas que habían que arrojar con gran habili­
dad, tal com o las que se utilizan todavía en m uchas regiones de Centroam é-
rica (Ms. p. 356).
C om o animales domésticos, los Lacandones tenían «gallinas de Castilla» y so­
bre to d o «pavos que llaman gallinas de tierra», que aderezaban de form a
m uy sencilla (Ms. p. 354), así com o papagayos dom ésticados y - p o r lo
m enos los Itzá - m uchos perros gordos (Ms. p. 403).

85
El Lacandón capturado no com ía los manjares que le ofrecían los españo­
les, y en especial rechazaba él lo «dulce y viscocho», ante lo que llegaba a
m ostrar repugnancia (Ms. pp. 293, 330).
El agua potable que los indios tom aban de algunas fuentes en las cercanías
de la aldea de D olores fue encontrada p o r los españoles m uy mala, y algu­
nos enferm aron p o r haberla bebido; en cambio era m ejor el agua del río
que distaba una legua y m edia (Ms. p. 354).
En los campos que se encontraron a cierta distancia del pueblo sem braban
maiz, frijoles, chile, caña de azúcar y algodón, m ientras que en el m ism o
pueblo cultivaban plátanos, sapotes, jocotes, jícaros, jicamas, anonas,
achiote, pifias y otras frutas (M s. pp. 353, 379).*
G ran im portancia tenía el cultivo de tabaco. Se encontraron en D olores
m uchos «puquietes», una cosa entre pipa y cigarro, en tan grandes cantida­
des que aparentem ente no sólo sirvieron para el consum o propio, sino
tam bién parasu venta (M s. pp. 355 sig.), aunque los habitantes parecían ser

*Sapote (zapote), Achras zapota de mex. tzapotl, árbol americano de la familia de


las sapoteas, de fruto comestible (DLE); Calocarpum mam mosum/ virida, árbol
lactífero, alcanza de 60 a 70 pies de altura; el fruto es grande y globular, con una
cáscara escabrosa encerrando una pulpa coloradiza dulce y agradabla. La almendra
es aceitosa y sirve para preparar un dulce sabroso. El polvo de las almendras sirve
también como un ingrediente, cuando se mezcla con cacao y mais tostado molido
para hacer «pinolillo», una bebida popular. Las frutas maduras pueden comerse
crudas o para preparar jaleas o mermeladas (Cuadra D ow ning 1973:345; Hell­
m uth 1978:428)
Jocote (=Spondías), muchas variedades casi todos arbustos; el fruto es un drupa,
roja o amarillenta cuando se madura, con una semilla grande, leñosa y fibrosa
envuelta por una pulpa agridulce y aromática. Las frutas de muchas de la varie­
dades son muy buenas para comer y sirven para preparar un dulce muy
agradable. De la corteza y las hojas bien machadas se hace una infusión propia
para la curación de enfermendades estomacales (Cuadra D ow ning 1973:290)
Jícaros = Crescencia linn., arbusto siempre verde, cuyo género comprende
varias especies, está muy distribuido en la América tropical, donde se cultiva
intensamente por sus frutas. El fruto contiene numerosas semillas lactíferas de las
cuales se prepara una refrescante bebida. La cáscara se emplea para hacer vasijas
de diferentes tamaños. Otras especies son: Crescencia cucurbitina, Crescencia
trifolia, Crescencia alata etc. (Cuadra D ow ning 1973:286)
Anona Adans = Arbol anonáceo de fruto grande, carnoso, aromático y agradable,
pertenece a la familia de plantas dicotiledóneas que incluye el chirimoyo (Perú) ó
guanábano (Méjico) (DLE)
Achiote = Bixa orellana, árbol con frutos de cápsula reniforme encerrando de
20 a 30 semillas de un color rojo anaranjado encendido, de las cuales se obtiene
una materia colorante. Las semillas también se usan para condimentar los alimen­
tos dándoles color y sabor, favoreciendo la digestión (Cuadra D owning 1973:191)

86
grandes fumadores. Por lo m enos, el indio capturado fum aba constante­
m ente «día y noche» lo que sorprendió sum am ente a los españoles (Ms.
p.317). Los «puquietes» eran de un tam año «más de 3 quartos de largo y
com o de un dedo pulgar de grueso» y estaban envueltos en las hojas del
«nance» (Byrsonim a de la familia de las Malpighiaceas) y después
«embarnipados con barro q ’parece ocre; y sobre él pintados y
yntroducidos otros colores, los quales rehinchía con tabaco, y el
cano del q ’acauaua lo yncorporaua con el q ’empesaua, con lo qual
no nezestitaua de ensender el uno, ni desperdiciaua el cano de el
o ttro, ni aún la seniza, po r que con buena m aña y ligereza boluía
la p u n tta ensendida, abría la boca y la yntroducía en ella, y dándole
un golpesillo sobre los dientes quedaua sobre la lengua las senizas
o pauessas y las gustaua y tragaua, lo qual fue entonces de adm ira­
ción de todos».
Es interesante m encionar que Fray A ntonio Margil inform a sobre una
«fiesta de cigarros» («hicsion») que celebraron los caciques en D olores, y
que en su preparación los habitantes tuvieron que fabricar «puquietes» d u ­
rante 20 días (T hom pson 1972:109, según Tozzer 1913). T h o m p so n
( 1972:103 sig.) dedicó un capítulo entero al uso del tabaco entre los Maya
y sus vecinos, analizando tanto su im portancia ritual com o medicinal, pero
subrayando tam bién que el tabaco servía asimismo de estim ulante com ún.
En su descripción se refiere tam bién a Villagutierre (Lib. V, cap. VI =
1933:244), que a su vez probablem ente se apoyó en Valenzuela (M s.p.
357), según el cual, en las tum bas de los hom bres se colocaban, con otros
objetos de uso varonil, los m encionados «puquietes». U na descripción de
la fabricación de estos «puquietes» se encuentra, en térm inos similares, tan ­
to en Valenzuela (Ms. p. 355) com o en Villagutierre (1933:243).
A la llegada de los soldados del Presidente Barrios, el pueblo de D olores
tenía cien casas de vivienda
«capazes y de buena fábrica, con fuertes y gruesos m aderos en que
estriban y se m antienen los ttechos, que son de m ucha paxa recia­
m ente am arrada ...» (Ms. p. 355),
y además tres edificios más grandes para el uso com ún, uno de ellos sirvien­
do de tem plo. En otras ocasiones se dice que las casas de los indígenas esta­
ban dispersas y bastante alejadas unas de otras (Ms. p. 45), y que solían cam­
biar sus moradas cada dos años (Ms. p. 52); tam bién se m enciona que sus
poblados eran pequeños, y que en ellos no vivían más de 20 a 30 personas
(A G I, G uatem ala 152 II, fol. 357 sig.). Todas las casas de D olores, incluso
las de uso com ún, estaban abiertas en su frente, y tenían «costados de esta­
cada». C om o cocina servían piezas separadas o «aposentos» en los que se

87
guardaban todos los utensilios necesarios para com er y beber, pero tam ­
bién banquillos («tápeseos») para 4 o más personas, y «tapecquillos» para
las criaturas, a las que en parte se guardaba tam bién en cunas fabricadas de
fina tela de corteza de palo (Ms. pp. 355, 379).
N aturalm ente, los españoles consideraron todo lo relacionado con la reli­
gión com o «exercicio diabólico» (Ms. p. 351) o «culto infame», o p o r lo m e­
nos «ridículo» (Ms. p. 380). A pesar de ello, los españoles no pudieron
sustraerse a la im presión, al penetrar en el tem plo, de que se trataba de un
lugar de veneración. En todo caso, su interior y su decoración provocó su
admiración. Los térm inos utilizados para describir el tem plo com o «mes-
quita, adoratorio y sacrificadero» (Ms. pp. 314,380) delatan un cierto respe­
to natural ante una religiosidad extraña, lo que p or lo demás se perdió tan
pro n to com o se descubrió la sangre de los animales sacrificados.
El edificio que servía de tem plo está detalladam ente descrito en el m anus­
crito de Valenzuela (Ms. pp. 314, sig., 354 sig., 380 sig.): era m uy espacioso
y lim pio, tenía aproxim adam ente 18 varas de largo y sus paredes estaban
«cubierttos de estacada de raxas enbarradas de barro canellado, tam bién
unttado q ’para aueriguar era estacada y no pared se nezesitaua aplicar ttoda
attenzión». En el centro había un pequeño aposento que servía de taberná­
culo y estaba construido de la m ism a estacada ricam ente adornada. Esta
pequeña pieza era accesible p o r una puerta m uy estrecha, cubierta p o r una
cortina de algodón. D en tro se encontraron dos pedestales con m acetones
de barro com o de una vara de alto y pintados de m uchos colores. Estaban
rellenos de ceniza y al parecer sirvieron para quem ar copal, pero los españo­
les los encontraron salpicados de sangre de gallos y pavos sacrificados,
cuyos cuerpos inanim ados se encontraron todavía en aquel m ism o sitio.
En el tabernáculo celebraba seguram ente el sacerdote los sacrificios, y los
españoles creyeron que lo hacía hablando o fingiendo hablar con los d em o­
nios (M s. p. 315). Para las ceremonias se usaron incensarios de cerámica
m uy fina adornados con figuras de lagartijas, serpientes y «otras malas
sabandijas», pero tam bién había m uchos paños tejido de hilo de algodón
de diversos colores, adornados de cordones y borlas, jubones sin mangas y
con faldillas, igualm ente tejidos de algodón y en una m itad de colores, en la
otra en negro, así com o algunos paños en form a de los m anípulos utiliza­
dos en el culto católico, decorados de la m ism a form a con cordones y bor­
las, que se ponían los indios en ambas muñecas cuando bailaban. Se encon­
traron varios instrum entos de música en el tem plo, com o los «tepanaguas-
tes», tam bores hechos de un tronco de árbol vaciado, flautas y otros objetos
(Ms. p.379) con que acom pañaban sus danzas. El m anuscrito de Valenzue­
la habla en varias ocasiones (Ms. pp. 22,315,357 etc.) sobre los bailes de los
Lacandones y Choles, que a veces se prolongaban durante to d a la noche. Es
interesante notar que los hom bres y las mujeres participaban separados a
estas fiestas (M s. p. 315).
En el atrio cuadrado del tem plo había cinco «estramentos de lajas sueltas
pero com puestas con igualdad en quadro» en los que se quem aba copal, y
dos «extramesos» (sie!) «con una piedra larga, cavada en m edio una y otra»
m anchada de sangre de gallina y untada de copal (Ms. p. 380).
Especial atención despertó en los españoles la existencia de dos «listas»
coloradas «de cuatro de dos de ancho», que se observaron tan to en el taber­
náculo com o tam bién en varias macetas y tam bién en otras casas d o nde se
advirtieron señales de actos de culto; siem pre se repetían las mismas dos lis­
tas o bandas pintadas de colores sobre fondo blanco (Ms. p. 380).
C om o «su papas o sazerdote» se describe «el más señor o principal y su p ri­
m ero cazique» llamado Cabnal (Ms. pp. 350 sig.), el cual, según se dice en el
m anuscrito, era el único que podía penetrar en el tabernáculo, asistía a los
sacrificios y hacía los casamientos. Este privilegio no recaía sobre él por
tener m ayor autoridad personal, sino porque «su calpul o chinimital», es
decir, su parentela o «lineage», era el más num eroso. A unque se dice que
Cabnal se com portó de la m ism a m anera que los demás indios, de form a
que a los españoles les pareció que su dignidad sólo era nom inal (Ms.
p.3 5 l), él y los dem ás «principales» eran tratados po r los otros indios con
respeto, de form a que se advirtió claramente su superioridad (Ms. p.350
sig.).
O tros caciques de m enor im portancia, con poder sobre un núm ero m enor
de indios eran: Quin Bubau, Sulabna, Chichel, Tzatzi, Chancut y Polom (los
nom bres se encuentran en m uy diversa grafía; véase T h o m p so n 1972:30).
Pero todos ellos estaban gobernados por Cabnal y Tuxnol; el últim o, a
veces denom inado «el viejo Tunhol» (A G I, G uatem ala 152, III fol. 407 sig.,
carta de Ignacio de Solís) era el segundo en rango y después de él vino
Tíístecat (Ms. pp. 352 sig.).
Ya se ha dicho en un capítulo anterior que según las declaraciones de los
indios los poblados de Sulamna y Chichel se habían quem ado y que sus
habitantes, ju n to con sus caciques, habían venido a «Sac Balarn» (D olores)
para establecerse allí, y que, p o r o tra parte, los poblados de Bubau e Itzatzi
habían sido destruidos p o r adversarios de Petenecte y que sus supervivien­
tes habían huido tam bién a Sac Balam ; quizá esto exlica el que el núm ero de
personas pertenecientes a su calpul era m enor y po r qué estos caciques tam ­
bién tenían m enos poder que los otros (véase A G I, G uatem ala 152, III, fol
357 sig.). T ho m p so n (1972:30) señala además que Sulam na y Chichel eran
los nom bres de los caciques de Culuacán.

89
En el m anuscrito de Valenzuela se dice poco sobre la administración y el
gobierno de los Lacandones. El m ism o Valenzuela lam entó que «por falta de
lengua no se aberiguó, ni con berdad se descubrió cossa alguna» sobre el ré­
gim en y gobierno que entre sí tenían (Ms. p. 350). D e todas formas, existía
una división po r «chinimitales» o «calpulli», es decir p o r relaciones de
parentesco. En D olores había tres de estos «calpuli», o p o r lo m enos tres
calpuli principales, es decir «el grem io o calpul» de Cabnal, de Tustecat y de
Tuxnol. Con ocasión de una reunión convocada el 18 de mayo de 1695 p o r
el O idor de A m ésqueta en la pequeña fortificación que habían erigido
m ientras tanto los españoles en D olores donde se trataba de restituir las
cosas requisadas por la tro p a a la población, los habitantes aparecieron
ordenados en tres grupos: «se diuidieron en ttres parttes, una de los de el
grem io o calpul de Cabnal, o tra de los de Tuxnol, y la otra de los de Tustecat
...» (Ms. p. 366). A hí se m anifiesta claramente la im portancia política del
«calpul». Pero, com o se ha dicho más arriba, se dice tam bién expresam ente
que el Cacique Cabnal desem peñaba además funciones religiosas (Ms.
P- 351):
«Era el más señor o principal y su prim ero cazique y su papas, o
sazerdote, porque según se dixo, él sólo entraua en el adoratorio,
asistía a los sacrificios y hazía los casamientos».
En un inform e de 27 de noviem bre de 1695, fechado en D olores (A G I, Pa­
tronato 237, ram o 2) se dice que
«no tiene Rey esta nación y goviernan p o r caziques y sacerdotes,
tienen tem plos y se zircuncidan; son m uy balerosos y m antienen
guerras con otras naziones vecinas ...».

Es interesante la observación del m anuscrito de Valenzuela de que el caci­


que Cabnal, que al parecer se presentó con gran séquito, era respetado por
los demás, y que su autoridad sólo se basaba en el hecho de que su calpul era
el más num eroso. D ebió ser en realidad sólo una especie de «primus inter
pares».
El hecho de que además de la distribución en capas sociales m uy diferencia­
das, donde había «caciques», «principales» y «sacerdotes», tam bién existía
una vida social m uy organizada resulta de la función de los otros dos edifi­
cios de uso com ún que se encontraron junto al tem plo y que servían de
salas de reunión para fiestas, ceremonias religiosas y otras ocasiones (Ms.
pp. 314 sig. 354,380). En una de dichas salas se reunían en tales ocasiones las
mujeres (Ms. p. 315), en la otra, en la que «tenían colgadas más de 200 tablas
que les servían de hamacas», se reunían los hom bres. Squier (1858:567) tra­
duce el sentido de estas «tablas» con «suspended seats w hereon to sit»; los

90
Cortez (1524-1525) ____ -
F u c .ls a lid a a n d 0 r b i t a ( 16R ) ______
0«U «gof and Dc(gado(1675) ............

P re sid e n t Barrios (1694- 1695) ♦ » ..*


P e d r c C n n o (1695) ' \# M ay a p an
Padre A n d re s de AvendañoY Loyola(1695)
(1696) J jpxcuzab »Chichen Itza
ial% v»Tek ax

Ihampoton J

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Salamanca*
[a ta s c o . De B ac alar

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LACANQBNl
L MRAMAR [

lolore:

.WCahabon
’t t o b a n

•.Huehuetl

V G uatem qla

tomado de Means, 1917 (1974), plate VI

españoles supusieron que allí perm anecían los hom bres que debían guar­
dar el tem plo (Ms. p. 380).
Sobre la form a de realizar los entierros, el m anuscrito de Valenzuela dice
(Ms. p. 357) que sepultan a los m uertos en los cam pos cerca de sus casas. En
las tum bas de los hom bres depositaban unos «banquitos», es decir, pe­
queñas tablas de madera, «puquietes» (cigarros) y otros objetos de uso
varonil, m ientras que en las tum bas de las mujeres se ponían piedras para
m oler, ollas, jicaras y otros utensilios domésticos.
El m anuscrito de Valenzuela dice poco de la lengua de los Lacandones de
D olores. Los m isioneros hablaron a los prim eros cinco Lacandones captu­

91
rados en yucateco, choltí, mam y achí, pues al principio pensaban que su
idiom a contenía palabras y frases de diferentes lenguas; al final se m ostró,
sin em bargo, que no se podía llegar a entenderse con ellos (Ms. p. 293). El
C apitán Pedro Alvarez de M iranda, cuyo inform e es citado p o r Ximénez
(Lib. V, [Link] II = 1931 vol. 3 :45) sugirió que hablaban una mezcla de yu­
cateco, chontal y zendal (tzeltal). El intérprete Erm enegildo Díaz de la
Rosa que tradujo el interrogatorio de unos habitantes de D olores se com u­
nicó con ellos en yucateco (A G I, G uatem ala 152, III fol. 357 sig.; véase
A péndice IV, pp. 445 sig.) que sin em bargo no era su lengua propia. Pero
parece que era posible entenderlos quizá porque el yucateco tam bién esta­
ba extendido entre los Lacandones o porque se trataba de lenguas em pa­
rentadas m utuam ente.

92
I I I - EL C O N T E X T O H I S T Ó R I C O

1 • «C O N Q U IST A POLÍTICA» Y «C O N Q U IS T A ESPIRITUAL»

La ocasión inm ediata de la cam paña del presidente Barrios contra los La-
candones, Itzá y Choles en 1695 fue una Real Cédula de 14 de mayo de 1686,
que Valenzuela m enciona en su «Dedicatoria» y que luego reproduce por
com pleto (Ms. pp. 58-61). Es im portante considerar aquí el texto exacto
de esta Real Cédula, pues ayuda a com prender la problem ática de la política
colonial española durante el siglo XVII.
Exactam ente 167 años después de que Cortés hubiera iniciado su conquista
de México (1519), el Rey de España y su Consejo de Indias tenían que cons­
tatar que prácticam ente ante las puertas de la capital de aquel im perio to ­
davía había am plios dom inios poblados p o r pueblos indígenas que no
habían sido som etidos al señorío español. Se trataba sobre to d o de la fran­
ja costera a lo largo de la costa del G olfo hasta la Florida y de los territorios
situados entre Campeche, Tabasco y Yucatán po r un lado y G uatem ala por
o tro lado.
En la citada Cédula, el Rey am onestaba la negligencia de sus funcionarios,
que hasta ahora habían dedicado demasiada poca atención al cum plim ien­
to de su «primera y principal obligación» que consistía en la conversión de
dichos pueblos y en su integración dentro del sistema adm inistrativo de la
Corona. C on el deseo de «descargar su real consiencia» ordenaba, p o r tan ­
to, cum plir inm ediatam ente lo m andado, insistiendo en que se aplicaran
«los m edios más suaves y eficazes ... para que los yndios gentiles
que nuebam ente se fueron reduciendo al yugo de la yglesia y a mi
obediencia se les baya ynfundiendo el am or y respeto que deben
tenerm e com o a su Rey y señor natural y no sientan repugnancia
en su execuzión y reduczión».
Repetidas veces se acentúa com o principal obligación la de traer a los infie­
les el mensaje del verdadero D ios y Salvador para redim ir sus almas, librar­
les de los «herrores de su gentilidad ... reduciéndoles juntam ente a vida
política y sociable». Los indios todavía no convertidos «son prim eros acre-
ditores a que se trate y cuide su conbersión, doctrina y enseñanza».
Tendrían derecho a que se les instruya, se les convierta a la verdadera fe y se
les integre en la sociedad civilizada en la que puedan vivir bajo las leyes de la

93
paz y de la justicia. En pago, ellos tendrían que rendir tributo, vasallaje y
am or a su señor natural, lo m ism o que los dem ás súbditos.
Las ideas expresadas en la Real Cédula de 14 de m ayo de 1686 respondían
m uy bien, com o m uestra su constante repetición y giros formalizados en
este y otros docum entos de la época, a las máximas vigentes en el derecho
político y adm inistrativo del im perio español, tal cual se había ido estructu­
rando desde el descubrim iento del N uevo M undo. D esde laperspectiva de
la corona española eran ideas claras y lógicas. Basándose en el m andam ien­
to misional, que el Rey se siente obligado a cum plir frente a su D ios, y cuya
exacta realización constituía una cuestión de conciencia para el monarca,
éste puede pedir a título de com pensación de sus esfuerzos, obediencia y
am or p o r parte de los beneficiados. En la m edida en que el cum plim iento
de esta m isión im ponía gastos materiales a la Corona, se podía tam bién exi­
gir un tributo a los conversos. El cum plim iento de esta tarea m isional se
convirtió desde el prim er día del descubrim iento en un constante esfuerzo,
en el m otivo más im portante de la conquista del N u ev o M undo, en una
obligación que el Rey sentía pesar com o una onerosa carga sobre su con­
ciencia. Ya C ortés había expresado en una de sus cartas al Em perador Car­
los V la idea de que D ios había hecho descubrir estos países precisam ente
para que así se difundiera la fe cristiana entre los indígenas p o r m edio del
Rey de España (K o n etzk e 1974:33).
N o se haría justicia al monarca, profundam ente convencido del origen
sagrado de su poder, si se dudare de su sinceridad en este pu n to . Fernando
e Isabel, que se concibieron a sí m ism os com o realizadores de la voluntad
divina en la victoria conseguida sobre los m usulm anes, el Em perador
Carlos V que en la cum bre de su poder se retiró a un m onasterio, o Felipe II
que llevó una vida casi ascética y sólo marcada por el cum plim iento de sus
obligaciones, estuvieron constantem ente aquejados de escrúpulos sobre
sí, o cóm o, se justificaría la conquista de las tierras recién descubiertas, so­
bre sí, o cóm o, se justificaría el som etim iento de im perios y pueblos ente­
ros; pues no habían deseado los monarcas tales conquistas, sino com o una
consecuencia del descubrim iento de tierras de dim ensiones insospechadas
creían que el m ism o D ios les había im puesto tal misión.
A penas se conoció la noticia de los prim eros descubrim ientos de Colón, a
los que rápidam ente siguió una ola de otros nuevos, los católicos reyes es­
pañoles, los juristas y los teólogos se esforzaron po r encontrar argum entos
no sólo jurídicos sino tam bién morales que justificaran la to m a de posesión
de los nuevos territorios. Es sabido que los monarcas, p o r ejemplo, inicial­
m ente aceptaron sin mayores objecciones el ofrecim iento de C olón de
traerles indios com o esclavos; pero ya cuatro días después, tras haber escu-

94
chado las razones de sus consejeros religiosos y seculares revocaron este
perm iso (K o n etzk e 1974:166).
E n l5 1 3 se suspendió la orden de partida de la flota de Pedrarias Dávila, que
se aprestaba a la conquista de la América Central, h astaq u e p u d o obtenerse
un dictam en teológico-jurídico sobre la situación legal de la expedición.
Ciertam ente, en este caso el resultado fue el tristem ente fam oso «Requeri­
miento» del jurista de la Corona, Palacios Rubios, que com o el m ism o P e­
drarias fue uno de los más terribles m alhechores de la época. La tragedia del
im perio colonial español consistió en gran parte en el p ro tu n d o abism o en­
tre la teoría y la práctica, y en que, incluso con el honrado pro p ó sito de ha­
cer el bien, se aportara tanta desgracia a los conquistados (K onetzke
1974:167).
A unque las concepciones jurídicas existentes entonces, apoyadas en los
principios del tadicional derecho canónico y rom ano, les ofrecían una sufi­
ciente legitimación, los m onarcas españoles no se dieron p o r satisfechos
con esto. N o les bastó considerar com o una m era prosecucuón de su lucha
contra los infieles, a los que acababan de vencer en la península ibérica, el
som etim iento de los prim itivos habitantes de las islas recién descubiertas:
una lucha que veían justificada po r el restablecim iento del dom inio cristia­
no en España y que se apoyaba en el m ejor derecho, en cuanto que querido
po r D ios, y que justificaba el dom inio de no cristianos po r los cristianos.
En su conciencia jurídica, acuñada por ideas teológicas, tam poco les basta­
ba un título legal de dom inio m eram ente apoyado en el poder estatal. Así
es com o se esforzaron po r conseguir la bendición papal de sus empresas,
que consiguieron de Alejandro VI ya en 1493. En cinco distintas bulas
papales se les reconoció «pleno, libre y absoluto poder, autoridad y juris­
prudencia» sobre los territotorios descubiertos, de lo que tam bién se deri­
vó un m andam iento general (K o n etzk e 1974:30).
Si los monarcas españoles sólo hubieran deseado una aparente justificación
ante los ojos del m undo, ellos y sus sucesores se habrían dado p o r satisfe­
chos con tales bulas papales, tanto más cuanto que en la persona de Carlos
V tam bién se veía realizada la tradicional idea rom ana de un im perio u ni­
versal. Sin em bargo, los monarcas buscaban una justificación in terio ran te
sí m ism os y ante Dios. P or eso prom ovieron la discusión sobre los funda­
m entos morales y jurídicos de la conquista y - aveces incluso en contra de
sus propios intereses estatales y políticos - se doblegaron en gran parte a
las críticas sobre las diversas teorías que justificaban su dom inio sobre el
N uevo M undo.
Esta crítica provino, sobre todo, de teólogos com o Francisco de Vitoria,
Bartolom é délas Casas o del Cardenal Cayetano, y de otros m uchos, p red o ­

95
m inantem ente m iem bros de la O rden de Predicadores que se apoyaban en
la doctrina de Tomás de A quino. Según la ideas de los últim os escolásticos,
el derecho a la posesión de países ya habitados no podía derivarse ni de un
prim er descubrim iento, ni del hecho de que el p oder estatal allí vigente
fuera pagano, pues según la doctrina del D erecho N atural tam bién era legí­
tim o el poder de los señores no cristianos. Incluso se discutió la validez
legal de las bulas pontificias, pues el m ism o Papa, p o r no poseer un poder
m undano, sino espiritual, no podía tam poco «regalar» tierras y dom inios.
Tam bién se rechazó la idea del derecho de un im perio universal al que
com petiría el poder sobre todos los países y pueblos de la tierra. A sí es
com o de todas las doctrinas expuestas po r autoridades seculares y religio­
sas, con que se quería justificar el derecho de los monarcas españoles a los
dom inios de Ultram ar, en lo esencial sólo quedó en pié el m andam iento
misional.
Francisco de Vitoria, que había rehusado fundam entar en el m ero hecho
del descubrim iento el derecho al dom inio sobre aquellos pueblos, pudo
sin em bargo fundam entar en el m andam iento m isional el derecho a excluir
los demás Estados europeos de aquellos territorios, para im pedir disensio­
nes entre los poderosos cristianos. Las Casas, com o com pensación p o r los
esfuerzos realizados po r la C orona en la conversión de los indígenas, adm i­
tió el derecho del Rey español a dom inarlos, y j ohannes M ajor, profesor de
la U niversidad de París, en una publicación del año 1510, de la obligación de
un príncipe cristiano a predicar el Evangelio, concluyó su derecho al do m i­
nio sobre los conversos, lo que tam bién incluía el poder im poner tributos
com o com pensación po r los costes de la m isión (K o n etzk e 1974:34). En la
Real Cédula de 14. 5.1686 se expresa claramente esta idea (Ms. p. 60).
Se aceptaba que en la m edida en que los señores autóctonos se convertían,
podían tam bién conservar su poder político. Pero ahí quedaba planteada al
m ism o tiem po la cuestión de si la conversión debía ser voluntaria, o si, en
caso necesario, debía ser im puesta po r la violencia o la guerra.
La orden de los dom inicos, llamada tam bién de predicadores, porque recla­
m aba para sí especialm ente el derecho y la obligación a la predicación de la
doctrina cristiana, aprobó tam bién - sobre to d o p o r D om ingo de Soto -
la m ism a aplicación de violencia y guerra d onde fuera necesario para garan­
tizar la predicación libre del Evangelio p o r im pedirla señores no cristianos.
Sobre to d o ju a n G inés de Sepúlveda, po r lo demás un implacable contra­
rio de Las Casas, afirmó que los Estados civilizados tenían de suyo un dere­
cho a dom inar sobre los pueblos salvajes y prim itivos. U na viva controver­
sia surgió a propósito de la cuestión de si los indígenas, a los que se juzgaba
más bien animales que personas a causa de su idolatría, sus sacrificios

96
hum anos fuesen verdaderos seres hum anos (K o n etzk e 1974:34 sig.). Ya el
dom inico Padre A ntonio de M ontesinos, en su fam oso serm ón de A dvien­
to de 1511, había respondido positivam ente a esta cuestión, y los dom inicos
Bernardino de M inayo y Julián Garcés, O bispo de Tlaxcala, aprem iaron al
Papa para que declarara que los indios eran «hombres verdaderos». A los
dom inicos se debe sobre todo que el Papa Pablo II en su bula de 15 37 se de­
cidiera en este sentido. Carlos V consideró tales discusiones al principio
com o algo tan «dañino y escandaloso» que en un escrito dirigido el 10 de
noviem bre de 15 39 al Prior de San Esteban en Salamanca le pidió prohibie­
ra nuevas disputas y serm ones de los m iem bros de su orden en esta materia
y que recogiera y entregara todos los escritos a este propósito. A pesar de
esto, los dom inicos no se callaron, sino continuaron intentando m over las
conciencias de los poderosos. Probablem ente es m era leyenda el que el m is­
m o Em perador Carlos V se sintiera finalm ente tan aquejado de escrúpulos
que llegó a considerar la devolución del Perú a la dinastía de los incas
(K o n etzke 1974: 40), pero de todas formas, desde entonces, se siguió la
m áxima de que la conquista - este térm ino fue sustituido expresam ente
p o r el de «pacificación» en una ordenanza de 1573 - debía proseguirse con
m edios pacíficos, p o r la fuerza de la palabra y no de la espada, expresión
usada tam bién en la Real Cédula de 14 de mayo de 1686 (Ms. pp. 78,191,
333).
C iertam ente es exacta la afirmación (M artínez P. 1973:68 sig.) sobre los es­
peciales lazos que ligaba a la O rden de Predicadores con el tro n o español,
pues m uchos de sus m iem bros ocuparon im portantes cargos en el en torno
de los m onarcas, com o p o r ejem plo el confesor de Carlos V, General de la
O rden, cofundador y prim er Presidente del Consejo de Indias, Fray García
de Loaisa. Es cierto que la orden obtuvo así un im portante puesto en el sis­
tem a de poder político y que en gran parte se puso del lado de la C orona y se
identificó con su política en la lucha contra el orgullo, egoísm o y falta de
disciplina de los conquistadores y de los prim eros colonizadores, pero
constituye sin duda una simplificación de los hechos la afirmación: «nada
de que ellos (los dom inicos) hayan sido ’la conciencia de España1», y la de
que su verdadera m otivación fue m eram ente «la cuasa económ ica p ro fu n ­
da». Sólo quien para sí m ism o no conoce otros m otivos que los politico­
económ icos puede pasar p o r alto los m otivos éticos que fundam entaron la
defensa de los indios por los dom inicos, y podrá sostener que el Rey es­
pañol sólo les escuchó p orque precisam ente él necesitaba entonces, por
m otivos políticos, tales opiniones, m ientras que en otra constelación las
cosas hubieran sucedido de unam aneram uy distinta (M artínez P. 1973:69,
70). N aturalm ente, no puede negarse que en to d o esto desem peñaron un

97
im portante papel no sólo las consideraciones morales, sino tam bién las
políticas y las económicas. El Rey y su G obierno se encontraban en cons­
tante oposición a los conquistadores y a los prim eros colonos, así com o a
las siguientes generaciones de «criollos» que intentaban enriquecerse escla­
vando y explotando sin reparos a los indios. Esto no sólo produjo una
enorm e m ortandad entre la población indígena, sino tam bién un incre­
m ento indeseado del poder de los colones criollos que ponía en peligro la
adm inistración regular de los inm ensos dom inios de Ultram ar. La Corona
in tentó lim itar el poder y frenar los mayores abusos de los criollos m edian­
te las Leyes de Burgos de 1512/13 y sobre to d o p o r m edio de las Leyes
N uevas de 1542/43, y seguram ente aquí coincidieron los intereses de la
C orona con los de los dom inicos. P or esta razón se ha denom inado justa­
m ente a las Leyes N uevas un «gran plan m onárquico y misional» (M artínez
P. 1973:103). Evidentem ente, el Rey se m ovía más en un nivel político y los
dom inicos más en conceptos teológicos, pero sería falso im putar a la C oro­
na el deseo de im pedir los abusos de los indígenas p o r los criollos, para
pasar a explotarles-directam ente ella misma. Por cierto el objetivo de los
monarcas era «no ... espantar a los indios, sino atraerlos y juntarlos en
poblados pacíficos, en donde será fácil regularizar la tributación» (M artínez
P. 1973:72). Sin em bargo, la exigencia de tributos no se concibió segura­
m ente en prim er lugar para llenar las vacías arcas de la Corona; por lo
m enos debió pensarse tam bién com o expresión de un sentim iento de
justicia, de aquel «do ut des» que consideraba el trib u to com o una justa
com pensación por las funciones prestadas po r el Estado. O tra cuestión
m uy distinta es la del abuso, que se introdujo en la práctica en la fijación y
recaudación de los tributos.
P or eso la conquista fue siem pre tanto una «conquista política» com o una
«conquista espiritual». En la práctica pudo predom inar uno u otro elem en­
to, usarse más la espada o la palabra. En consecuencia, la mayoría de las «en­
tradas» fueron medidas com binadas estatales y misionales. La «entrada» de
1695 lo m uestra claramente.
H ay que recordar aquí que los españoles en el N uevo M undo, inicialmen­
te, sólo se habían interesado p o r lograr bases de apoyo, no p o r establecerse
com o colonos. C olón no había partido a conquistar nuevos países sino a
buscar la ruta más corta a países ya conocidos con el fin de facilitar el com er­
cio con ellos. En los territorios recien descubiertos prim ero se buscó oro,
luego se enviaron m ineros españoles para poder explotar m ejor las minas.
En 1497 C olón obtuvo tam bién perm iso para entregar tierras a colonos en
la Española, pero esta posibilidad fue m uy poco utilizada (K onetzke
1974:45 sig.). Sólo en 1512 surgió el plan de establecer «gente probre» de la

98
m adre patria en las nuevas tierras. En los años 1528,1529 y 1531, el Em pera­
dor Carlos V concedió un perm iso general para em igrar a «las Indias» y dis­
m inuir así el exceso de población español; hasta entonces, los viajes al N ue-
vo M undo habían estado som etidos a estrictas limitaciones y controles.
D ado que el prim er eco a este perm iso fue m ínim o, el G obierno hizo sonar
en los siguientes años repetidas veces el tam bor de llamada a la emigración
(K o n etzk e 1974:60). Los que m archaron en estos días a las Américas
querían participar en las campañas de conquista y obterner rico botín. Sólo
m uy pocos pensaban entonces en convertirse en colonos agrícolas.
D ado que a pesar de to d o se repite frecuentem ente el térm ino «conquistar
y poblar», debe observarse una diferenciación en el uso del concepto
«poblar». La colonización española, a diferencia, po r ejemplo, de la de los
ingleses y franceses, se lim itaba casi p o r com pleto a la fundación de ciuda­
des, tal com o esto encajaba en las costum bres españolas. El G obierno in ­
cluso insistía en m antener a los colonos en las ciudades e im pedir su disper­
sión p o r el país (K onetzke 1974:47). La institución de la «encomienda» o
del «repartimiento» sirvió para realizar parcialm ente esta política; así se re­
partían fuerzas de trabajo o tributos, pero no la propiendad del suelo. A los
«encomenderos» les estaba incluso prohibido habitar en las aldeas en que
tenían sus «encomendados».
P or esta razón, el tan usado concepto de «conquistar y poblar» com o expre­
sión de un objetivo político-económ ico debe entenderse sobre to d o en
este sen tid o : se trataba en prim er lugar de llegar a y de explotar las riquezas
del país, de las que po r lo demás se tenía una idea exagerada. Sólo en segun­
do plano, y posteriorm ente, se trató tam bién de satisfacer el ham bre de tie­
rras de una población agraria. Sólo hacia el final de la era colonial vivían más
españoles o descendientes suyos en el cam po que en las ciudades (K onezt-
ke 1974:47).
«Conquistar», es decir, som eter al señorío de la C orona española sólo al
principio fue po r tanto una auténtica conquista militar. D ebía m eram ente
rom per la resistencia de los grandes centros de poder político-militar y
garantizar la seguridad de algunas ciudades españolas que se habían funda­
do com o p un to s de apoyo en ciertos lugares de im portancia del país. Fray
A gustín Cano en su carta del 15 de mayo de 1695 al Presidente Barrios for­
m ula m uy claramente esta idea (Ms. p. 410): «Para continuar esta reducción
m e pareze nezessario q ’en este M opán se form e po r aora villa con su fortifi­
cación ...» Por esto fue lógico que ya en 1573 cuando todavía quedaban p o r
som eter am plios territorios se sustituyera en el unso oficial el térm ino de
«conquista» p o r el de «pacificación»; las guerras de agresión contra los
indios quedaron prohibidas. Sólo podía guerrearse para defender y m ante­

99
ner el orden y la tranquilidad en caso de rebelión; en tales casos, las guerras
podían considerarse com o algo «justum piumque».
La soldadesca desordenada de los prim eros conquistadores no fue transfor­
m ada luego en unidades militares perm anentes de la Corona, sino se la
disolvió. Los m edios pacíficos del convencim iento y persuasión debían
sustituir a las armas. El concepto de «conquista» perdió así su sentido mili­
tar inicial y recibió un nuevo contenido político. D e hecho no h u b o ya n in­
guna gran acción militar, pues en realidad no quedaban tam poco p o d ero ­
sos im perios po r som eter. Sólo hubo m uchas pequeñas em presas contra
diversos grupos étnicos indígenas, que, p o r lo demás, duraron casi hasta el
final de la época colonial. La cam paña del Presidente Barrios en 1695 es un
ejem plo de este tipo de operaciones.
N aturalm ente la violencia no desapareció sim plem ente p o r la sustitución
de una palabra p or otra. Para justificar la apropiación del país y el som eti­
m iento de la población autóctona se usó p o r ejem plo la fórm ula del llama­
do «requerimiento» - inventada en 1513 p o reljuristad elaC o ro n aP alacio s
R ubios - com o truco para echar siem pre la culpaalos indios y convertir en
«guerra justa» to da cam paña contra ellos. Tam bién era fácil encontrar m o ti­
vos para acusar a los indios de «renegados» o de vasallos infieles y castigarles
p or supuestas resistencias a la predicación del Evangelio. C on todo, para
esto bastaban «acciones policiales» o expediciones de castigo, com o la cam­
paña del Presidente Barrios que quería se la concibiera más com o m edida
de o rden adm inistrativo que com o acción militar. El despliegue de solda­
dos, p o r num erosos que fueran estos, sólo debía servir expresam ente a la
protección de los m isioneros. D e hecho, prescindiendo de pequeñas esca­
ramuzas, apenas si se produjo acción m ilitar alguna. La «Entrada» del Presi­
dente Barrios no debe considerarse com o «conquista militar», sino com o
«conquista política».
Esto se manifiesta en m uchos lugares del m anuscrito de Valenzuela. Así
por ejem plo en su M emorial de 1676 (Ms. p. 51 sig.), Fray Francisco G alle­
gos dice que la conquista no puede ser el objetivo que debe proponerse con
respecto a los territorios de los Choles y Lacandones que acababa de visitar
él m ism o : «Demás, Señor, que ésta no ha de ser conquista sino población».
Según él debería fundarse una ciudad española en el centro del territorio
de los indios a misionar, porque desde la capital tan alejada no se podría
m antener m ucho tiem po la fe entre los nuevos convertidos, pero tam bién
porque los españoles podrían sacar m uchas ventajas y enriquecerse en
aquellos parajes, pues había m ucha pesca, sal, cacao, cera, achiote, palo de
Brasil, bálsamo y vainilla (Ms. p. 52). La ciudad a fundar debería servir de
base desde la que se podría controlar el entorno y «para correr de aquí toda

100
la m ontaña» (Ms. p. 25).
En este ejem plo se revela tam bién el sentido del concepto «poblar». Im pli­
caba dos aspectos: los indios, que según los españoles eran salvajes y vivían
sin «política», serían reducidos, es decir tuvieran sido obligados a vivir en
aldeas, m ientras que los españoles vivirían en ciudades para controlar m e­
jor desde ellas a la población indígena y poder tam bién recoger más fácil­
m ente los frutos de su trabajo. En las haciendas se trabajaría según los p rin ­
cipios de la econom ía española y para satisfacer las necesidades de los
españoles, pero el propietario español no pensaba norm alm ente vivir en
ellas. La hacienda, que sólo se desarrolló plenam ente com o form a típica de
latifundio en la América Latina durante el siglo X VIII, no estuvo concebi­
da inicialmente para ensanchar el espacio vital de los colones españoles,
sino sólo com o fuente para su enriquecim iento (K onetzk e 1974:53). En
consecuencia, aunque se pedía a religiosos, funcionarios y soldados que
atendieran a los parajes más apropiados para instalación de haciendas, la
fundación de ciudades españolas siguió siendo durante largo tiem po la for­
m a principal de colonización. Las ciudades no sólo ofrecían m ayor seguri­
dad, sino respondían m ejor al estilo de vida español que siem pre tuvo más
carácter urbano que rústico.
El térm ino «poblar» significa, po r tanto, referido a los indios, su «reduc­
ción» a aldeas estables según el m odelo español, m ientras que referido a los
españoles suponía cubrir el país con una am plia red de nuevas fundaciones
urbanas desde las que se le podía gobernar y explotar económ icam ente. En
este sentido «poblar» viene a equivaler a «abrir» o «hacer accesible» el país.
Para lograr este objetivo se pedía siem pre «explorar y registrar la montaña»
(Ms. pp. 16 sig., 24 sig., 195,256). Por lo demás, el deseo de conseguir cono­
cim ientos seguros sobre el país y sus riquezas naturales, así com o sobre sus
habitantes con sus ideas religiosas, costum bres y usos, partió de la Corana,
que ordenó repetidas veces con sus Reales Cédulas o Leyes, com o por
ejem plo la Ley 9, Lib. IV, Tit. 1 (Recopilación de Leyes de los Reynos de In ­
dias, 1943, vol. II, p. 3) citada en el m anuscrito de Valenzuela, que pedía se
investigaran todas estas cosas y se inform ara sobre ellas (véase: n o ta 3 del
cap. X X X IV = Ms. p. 47l). D e acuerdo con estas norm as, el Presidente
Barrios ordenó expresam ente a sus oficiales antes de la partida que busca­
ran lugares adecuados donde se pudieran establecer colonias españolas for­
tificadas:
«siendo una de las cosas más ym portantes para la conseruación
y perm anenzia de esta reduczión elegir sittio acom odado para
poblazión donde quede y se forttifique alguna de nuestra g e n te ...»
Tam bién se ordenó a todos los oficiales llevaran un «diario» en que anota-

101
ran las distancias, calidad del terreno, curso de ríos y cadenas m ontañosas,
así com o sus observaciones sobre animales, plantas y frutos, condiciones
para obtener agua y otras cosas dignas de atención en aquellos parajes «a
propósito para poblar en ellos» (Ms. p. 195). A sí es com o realm ente a lo lar­
go de todo el m anuscrito de Valenzuela se m encionan los lugares de pesca,
plantas útiles o frutos, o donde se encuentra sal u otras cosas im portantes.
Al abrir el país, el G obierno tenía especial interés en lograr una vía de co­
m unicación terrestre entre las provincias de la costa del G olfo p o r un lado y
G uatem ala y la costa del Pacífico p o r otro lado. Ya A lonso Dávila había
buscado una com unicación favorable entre ambas zonas. Más tarde Fray
Gabriel de Salazar em pleó tales puntos de vista (Sapper 1936:32) com o
uno de sus argum entos para pedir al G obierno una renovación de la m isión
de los Choles. Tam bién Fray Franscisco de M oran, que ju n to con Fray G a­
briel de Salazar se había destacado p o r su gran celo p o r la m isión del Chol,
pensaba en hallar un cam ino idóneo terrestre entre Yucatán y Guatem ala
(Stone 1932:213,259 sig.). Hacia el año 1640, buscando Choles fugitivos y
«siguiendo su plan de un cam ino terrestre» (Saper 1936:32) llegó hasta Ba­
calar. Fray Jo sé D elgado, que además tenía gran interés geográfico, había
sido encargado oficialmente po r el G obierno de G uatem ala para que reali­
zara exploraciones con el m ism o fin y, siguiendo las huellas de M oran, atra­
vesó la zona del M anché y llegó, pasando po r Bacalar, hasta Mérida, llevan­
do consigo cartas al G obernador de Yucatán sobre una com unicación
terrestre entre ambas costas (Sapper 1936:34; Stone 1932:259 sig., 264 sig.;
Ms. pp. 49, 52). D e suyo, la necesidad de una vía terrestre se hizo cada vez
más acuciante, pues la ruta m arítim a desde Yucatán hasta el p uerto de San­
to Tomás o hasta el G olfo D ulce se hizo de día en día más peligrosa p o r las
incursiones de los piratas ingleses (S tone 1932:259). En el Archivo G ene­
ral de Indias espera a su estudio un gran paquete de actas (A G I, P atronato
237, Ram o l) con el título:
«D ocum entos y cartas de D . M artín de U rsúa y A rsim endi sobre
la apertura, y progression del cam ino que em pezó desde Yucatán a
G uatem ala en virtud de real orden de 1695, y sobre la conquista
de varios indios que había en el distrito, desde 1695-98»
así com o otro paquete (ibid., Ram o 2) con:
«Cartas y D ocum entos del o idor de G uatem ala D . Jo se p h de Seals
sobre la reducción de los Indios que mediaban desde Yucatán a
G uatem ala p o r d onde iba el camino».
M isioneros y G obierno, igualm ente interesados, se apoyaron m u tu am en ­
te en este p unto. N o era distinta la situación en lo que concierne al com er­
cio entre españoles e indios (Ms. pp. 39, 49 sig.). A unque se trataba en el

102
fondo de un problem a político-económ ico, coincidían los intereses de las
órdenes con los del Estado. Por lo demás, los indios cristianizados o paga­
nos estaban m uy bien dispuestos al comercio, aunque los indios cristianos
se aprovechaban con frecuencia de los otros (Ms. p. 39). Los m isioneros
consideraban el tráfico de mercancías com o un m edio m uy apropiado para
entablar contacto con los indios no reducidos. Fray A gustín Cano se p re­
sentó incluso com o com erciante para poder anudar más fácilmente los p ri­
m eros contactos (Ms. p. 403). Por esta razón era im portante averiguar qué
indios cristianizados tenían ya relaciones comerciales con los indios «salva­
jes» (Ms. pp. 203, 207). Finalm ente había que procurar que los habitantes
de las aldeas reducidas obtuvieran una m ejor base de subsistencia después
de que se les había alejado de sus «caseríos» dispersos y se les había concen­
trado en aldeas, con lo que las tierras de labor no sólo dism inuían en
superficie sino tam bién se veían sometidas a una m ucho más intensa explo­
tación. A sí es com o se había ido propagando com o un objetivo económ ico
y político la exigencia de una apertura del país y de sus productos, lo que
concordaba plenam ente con los planes de los misioneros. D ado que gra­
cias al «patronato real» en asuntos eclesiásticos en el N uev o M undo —que
se encontraba íntim am ente vinculado con el m andam iento m isional papal
- , la difusión de la fe cristiana constituía una de las prim eras obligaciones
de la C orona (K o n etzk e 1974:220 sig.), los objetivos políticos y m isione­
ros al respecto concordaban generalm ente del todo. «Conquista espiritual»
y «conquista política» se com plem entan m utuam ente en una finalización
com ún.
«Reducir» era pues el térm ino clave para el som etim iento de los indios
bajo el poder eclesiástico y secular, para su integración en el sistema econó­
mico y adm inistrativo español, en la com unidad de fe cristiana y tam bién
en el m undo cultural hispánico.
La realización de las reducciones era p o r tanto un objetivo al m ism o tiem ­
po político-económ ico y religioso que debía pretenderse p o r ambas partes,
pero que en la práctica solía quedar sobre to d o en la m ano de los religiosos.
La esclavitud de los indígenas había producido en pocos años enorm es
estragos en la población india y había llevado a la «dispersión y desorganiza­
ción» de las estructuras autóctonas. Los conquistadores y los prim eros
colonizadores, los «conquistadores, pacificadores y prim eros pobladores»,
com o se denom inaban a sí m ism os con orgullo, no habían com etido sólo
rapiña frente a la naturaleza sino tam bién frente al «material hum ano» indí­
gena. Islas enteras y amplias zonas del continente quedaron despobladas
(K o netzke 1974:105). La «Brevísima Relación de la D estrucción de las
Indias Occidentales» de Las Casas, publicada p o r prim era vez en Sevilla en

103
1552, aporta, aun cuando en m uchos pun to s exagera - com o ha m ostrado
M enéndez Pidal (1958:49 sig.) - estremecedores ejem plos de este
proceso.
Ya desde 1514, los dom inicos, sobre todo, habían denunciado estos abusos
y finalm ente la C orona había visto que había que eliminar la causa más im ­
portante de esta destrucción, la explotación arbitraria de los indios; y que
en su lugar debía instaurarse un sistema de orden. El Em perador Carlos V
había vedado ya en 1530 que se hicieran esclavos indios, pero bajo la p re­
sión de los criollos esta prohibición había sido levantada en 1534 (K o n et-
ke 1974:169).
Sólo las Leyes N uevas de 1542/43 prohibieron definitivam ente la esclavi­
tud de los indios. La «reducción» pareció ser el m edio más apropiado para
cum plir la finalidad de las Leyes N uevas. En las reducciones, los indios que
habían sido declarados com o libres vasallos del Rey p o r las Leyes N uevas,
podían escapar a la arbitrariedad de determ inados españoles y quedar so­
m etidos solam ente al dom inio real. El prim er presupuesto era que lapobla-
ción dispersa en pequeños «caseríos» fuera reunida en unidades adm inistra­
tivas, lo que sólo podía conseguirse haciéndola virir en lugares estables
según el m odelo español. «Reducir» significaba po r tanto, en prim er lugar,
concentración y traslado de la población. A sí se lograba al m ism o tiem po
un m ejor control de los indios para poder im ponerles tributos y hacerles
trabajar. Sin em bargo, constituiría una interpretación dem asiado angosta
pensar que ese había sido el único, o el principal, objetivo de tales medidas
(M artínez P. 1973:103). Las Casas, que había sido antes propietario y señor
sobre num erosos esclavos indios, no se había convertido ciertam ente en
religioso y abogado de los indios, sólo p orque así podía lograr un m étodo
más eficaz para explotarles. U n régim en estatal adm inistrado tan burocráti­
camente, con tendencias tan centralistas, com o era el español, no podía ver
bien la existencia de pueblos dentro de su dom inio de soberanía y sin
som eter a su [Link] principio, en prim er lugar, y luego p o r m otivos
materiales, la C orona tenía que tender a sujetar a sus reglas de virir hasta al
últim o de sus súbditos. El enojo ante el hecho de que esto seguía sin lograr­
se, incluso a sólo pocas millas de la capital del Virreinato, se expresa clara­
m ente en la Real Cédula de 14 de mayo de 1686 (M s. p. 58 sig.). Por esto
ordenaba se superara urgentem ente esta situación que consideraba com o
un desorden. C óm o se realizó esto en la práctica, puede verse en los ejem­
plos del m anuscrito de Valenzuela sobre la expedición de 1695.
D o n d e las ideas de los dom inicos se habían im puesto, lo que no sucedió en
todas partes, pero que la m ism a C orona había hecho suyas, el principio su­
prem o de la «conversión y reducción» exigía proceder de una form a lo más

104
pru d ente y pacífica que fuera posible: sólo podrían aplicarse «medios dis­
cretos y suaves» (M s. p. 23). D e hecho, en el m anuscrito de Valenzuela se
encuentran num erosos lugares en que se expresa esta máxima: se recuerda
constantem ente a soldados y oficiales que no debe hacerse a los indios nin­
gún «agravio» o «molestia». «Las reducciones pedían tiem po para convertir
lo malo en bueno», era una idea que se iba im poniendo poco a poco. Sin
em bargo a veces hubo que frenar en su celo a algunos m isioneros francisca­
nos, com o se advierte en una carta del Presidente Barrios al franciscano
Fray A ntonio Margil (Ms. p. 422 sig.): los indios que habían derribado las
cruces levantadas po r los m isioneros no debían - com o había hecho Mar-
gil - ser castigados severamente, sino «se les podía castigar con am or com o
a niños, q ’com o tales deuían considerarse». El que los indios, en la m edida
en que no habían oído aún nada sobre la doctrina cristiana se aferraran a su
antigua fe, no podía tomárseles a mal
«pues sin ser cristiano, ni auerlo com ensado a instruir en nuestra
santta fee, beían los yndios la suia falsa, q ’tenían p o r berdadera,
ultrajada».
Esto, ciertam ente, no se hizo sólo p o r el m otivo de que prim ero debía con­
quistarse su confianza para luego poder captarles m ejor, aunque en la prác­
tica esto debió ser m uchas veces lo normal. Los tiem pos del «requierimien-
to», del bautism o bajo coacción o sin preparación en la doctrina cristiana ya
pertenecían entonces al pasado o sólo eran una excepción expresam ente
condenada (Ms. p. 53). El com portam iento de Fray Ju an de Zelaya, que
po r orden del O bispo de H onduras, había bautizado sin más a los Loque-
nes (Loquegua) sin enseñarles previam ente, fuera de unas pocas oraciones
en latín y español, nada de la fe cristiana, no fue aprobado, p o r lo m enos,
po r los dom inicos. Por lo demás tam bién los dom inicos se dieron a veces
po r contentos con un m ínim o en instrucción, pues en o tro caso no se
habrían m ostrado orgullosos de haber enseñado la «doctrina» a un indio en
sólo cinco días (Ms. p. 42).
En la «conversión y reducción» se siguió naturalm ente el cam ino de
m enor resistencia y se com enzó la actividad m isionera allí d o nde parecía
ser más fácil y d onde no se esperaban luchas (Ms. p. 59). Indudablem ente
tam bién desem peñaron un papel las reflexiones políticas al elegir el territo ­
rio a reducir. A sí es com o se fom entó la m isión entre los M opánes p o r estar
su territorio delante del de los Itzá y poseer así concreta im portancia estra­
tégica en vista a la futura reducción (Ms. p. 410).
En prim er lugar, los m isioneros intentaban conquistar la confianza de los
indígenas. Los m isioneros se distinguían de los sacerdotes seculares en que
ellos vivían tan pobrem ente com o los m ism os indios; iban descalzos, habi­

105
taban en las chozas de los indios y com ían sus m ism os alim entos (M s. pp.
37 sig., 299). Si se podía esperar que en un prim er contacto no se les recibie­
ra bien, los m isioneros no rehuían el uso de un ardid: Fray A gustín Cano y
sus com pañeros se presentaron com o comerciantes que trataban con
machetes y hachas (Ms. p. 403).
Era im portante conquistar prim ero la confianza de algunos individuos de
entre la gran masa. En caso ideal se trataba aquí de indios que buscaban ya
contacto con los españoles com o mensajeros, com erciantes o p o r otros
m otivos. A estos se les recibía con acentuada afabilidad, se les hacía regalos
y se les invitaba a volver (Ms. p. 28) hasta que finalm ente ellos m ism os
pedían el bautism o (Ms. pp. 43 sig., 82). El que esto frecuentem ente sólo
sucediese p o r m otivo de las ventajas materiales esperadas, apenas si pudo
escapar a los m isioneros, pero era de todos m odos un m edio m uy eficaz.
A sí es com o no se ahorraba en regalos (M s. pp. 67, 83, 86).
Tam bién Barrios llevó regalos con este propósito. Sobre todo se preferían
los machetes, pero para m uchos indios el m ero deseo de llevar trajes euro­
peos era ya m otivo suficiente para dejarse bautizar (Ms. p. 50). Llevar vesti­
dos com o los de los españoles significaba para los indios, que solían llevar
solam ente un taparrabo, un aum ento de prestigio; el regalo de vestidos de­
sem peñaba po r esta razón un im portante papel (M s. pp. 50, 70 sig.).
Cuando era posible se buscaban caciques o «principales» para traerles al
bautism o; a veces se contentaba el m isionero con em pezar p o r el bautism o
de los niños de familias más influyentes (M s. p. 42), y frecuentem ente se
em pezaba de todas formas con el bautizo de los niños.
U n m étodo m uy utilizado era tom ar p o r cierto tiem po a un «principal»
para instruirlo y luego, provisto de num erosos regalos, reenviarlo a su
aldea donde debía m ultiplicar el efecto de la acción misionera. Esto lo hicie­
ron, p o r ejemplo, Fray A ntonio Margil y Fray M elchor López con n um ero­
sos caciques y principales de Sac Balam (D olores); en este caso, sin em bar­
go, la intención de los m isioneros se frustró al m orir todos los indios en el
camino de vuelta. El germ en de la m uerte, que los padres transportaban sin
saberlo cuando llegaban a comarcas d onde hasta entonces nunca había lle­
gado u n europeo, supuso un grave obstáculo a su obra misionera, y nunca
se dieron cuenta de su causa aquellos piadosos hom bres. Pero sí constituía
un m otivo más para que los indios huyeran a los bosques sim plem ente al
saber que se acercaban los misioneros.
Para atraer a los indios a las ceremonias cristianas, los m isioneros recurrían
a veces a pequeñas artimañas: así quem aban incienso ante una cruz que
habían preparado en un lugar donde los indígenas solían hacer sacrificios a
su «dios de la montaña». U tilizaban así la sim ilitud de un ritual y natural­

106
m ente explicaban luego su diverso sentido (Ms. pp. 38,43). N aturalm ente
tam bién las promesas constituían un m edio adecuado para ganarse a los in ­
dios. A quí se contaba sobre to d o la garantía de la exención de tributos y ser­
vicios durante 20 años si se dejaban reducir voluntariam tene (Ms. pp. 25,
60). Esto se basaba po r lo demás en una orden real, y en h o n o r de la C orona
española debe decirse que no pretendía engañar con ello a los indios. En la
Real Cédula de 14 de mayo de 1686 se ordenaba expresam ente de inform ar­
les que después de transcurrir dicho período tendrían que pagar el tributo,
porque su condonación sólo se debía a unagracia especial del Rey. Se había
prohibido estrictam ente a las autoridades eclesiásticas y civiles im poner,
bajo ningún pretexto, servicios o tributos antes de concluir dicho plazo de
gracia. Sin em bargo, ni siquiera todos los religiosos se atuvieron siempre a
esta prohibición. A sí es com o las Reales Cédulas, po r ejem plo la de 2 de
septiem bre de 1687 o la de 20 de m ayo de 1679, renovaban a los arzobispos
la orden de que atendieran con el m ayor rigor para que los párrocos dejaran
de im poner a los indios todas las pesadas cargas con que les agobiaban. La
repetición de la m ism a orden pocos años después perm ite concluir que se
seguía contraviniendo. Además de los órganos estatales y de las personas
privadas, frecuentem ente los sacerdotes seculares participaron tam bién en
el enriquecim iento general conseguido po r la opresión y la explotación de
los indios. A sí es com o la Cédula de 20 de m ayo de 1679 decía que se había
sabido que los «curas doctrinarios» hacían trabajar en provecho propio o de
sus am igos y parientes a los indios sin rem unerarlos (Cedulario Americano
del siglo X V III, doc. 8; doc. 188).
Q ue los funcionarios del Estado precedían aquí frecuentem ente dando mal
ejem plo lo m uestra claramente la relación de Valenzuela (Ms. pp. 28,149).
Pero tam bién las mismas órdenes religiosas, sin exceptuar a los dominicos,
se dejaron arrastrar ocasionalm ente po r tales intereses materiales. Las co­
m unidades religiosas com o tales y sus conventos poseían propiedades
rurales o «ingenios», es decir, pequeñas fábricas, sobre todos de azúcar (Ms.
pp. 8,144); pero tam bién el m isionero particular podía sucum bir a la tenta­
ción ocupándose de cosas de dinero, aunque generalm ente lo hiciera en in­
terés de sus feligreces. Valenzuela cita, p o r ejemplo a Fray Francisco G alle­
gos el que dijo (Ms. p. 46), que «no hay indio que no nos esté en cuatro o
cinco pessos» (de deudas con un religioso).
U na vez que los m isioneros se habían ganado la confianza de los indios, e
incluso los habían bautizado, alejándoles de los otros m iem bros de su tribu
y ligándoles a la iglesia, no tardaron en tocar otros registros más estrictos.
Les amenazaban con el Purgatorio para el caso de que apostataran (M s.p.
84). A los indios que se negaban a participar, por m iedo, en la entrada de

107
1Ó95, se les amenazó con 20 latigazos y algunos fueron incluso encarcelados
(Ms. pp. 13, 204, 225). Tam bién se ejerció presión si no se logró la reduc­
ción voluntaria de los indios, pues era una opinión no tendría éxito si los
indios bautizados no eran desplazados. Fray A ndrés de la Peña expresó lo
que todos pensaban al form ular que el traslado a las aldeas era «el in stru ­
m ento principal» para la conversión (Ms. pp. 5, 70).
El asentam iento de los indios bautizados en las «reducciones» parecía así
im prescindible tanto política com o religiosamente. Sólo en las aldeas de re­
ducción estaban constantem ente vigilados y en ellas se encontraban tam ­
bién separados espacial e ideológicam ente de los otros m iem bros de su tri­
bu, con lo que se am inoraba el riesgo de recaída en el paganism o. En las re­
ducciones se les podía además conducir m ejor al cum plim iento de sus obli­
gaciones religiosas y civiles. El m isionero, el «padre doctrinero», podía ex­
plicarles po r ejem plo la necesidad y sentido de los tributos, para que entre­
garan «gustosos» y voluntariam ente lo que debían dar (Ms. p. 147). En las
reducciones se les podía aculturar al estilo de vida español, p o r lo m enos en
la m edida en que se lo pretendía. A este respecto la C orona y los religiosos
m anifestaron m uchas vacilaciones, com o se m uestra en la «castellaniza-
ción» que unas veces se urgía y otras veces se limitaba. Al principio se p ro ­
m ulgaron num erosas Reales Cédulas pidiendo se «castellanizara» a los
indios, es decir, se les enseñara el idiom a castellano. Sobre todo se encargó
esta tarea a los párrocos de pueblos indios. Se esperaba que la asimilación
lungüística producera una cristianización e integración política más rápida
y profunda. Sin em bargo, al no obtenerse los éxitos esperados se in ten tó lo
contrario, es decir, el fom ento de las lenguas indígenas. En las universida­
des de M éxico y Lima se crearon cátedras de náhuatl y quechua respectiva­
m ente, y ningún sacerdote podía ser ordenado sin haber m ostrado el d o m i­
nio de un idiom a indígena (K o n etzk e 1974:214). Tam bién se estudió afa­
nosam ente otros idiom as y num erosos religiosos com pusieron gramáticas
y escritos religiosos en lenguas indígenas. P ron to com prendieron los
m isioneros que sus conocim ientos idiom áticos les facilitaban una posición
clave e influyente y que les convertían en los m ediadores únicos entre los
indios y el m un do exterior, sobre todo frente a las autoridades españolas
(M artínez P. 1973:599). Algo similar sucedió respecto a la cuestión de si los
indios debían ser asimilados a los españoles en sus usos y costum bres, «his­
panizándoles» por com pleto o no. Tam bién aquí la política osciló entre
uno y otro extrem o (K o n etzk e 1974:208 sig.). N o sólo en la zona protegi­
da p o r los dom inicos en Verapaz, sino tam bién en otras reducciones, los
indios quedaron al principio prácticam ente aislados de los españoles. Pero
hubiesen sido cuales fueran los m étodos aplicados siem pre implicaban

108
consecuencias negativas para los indios. La limitación a su propio idiom a y
la prohibición de la asimilación y aculturación separando blancos, m esti­
zos, negros y m ulatos, im pedía todo com ienzo de igualdad práctica de de­
rechos y les relegaba a una situación de inferioridad; la pluralidad de idio­
mas y dialectos im pedía además la com unicación entre los indios (M artí­
nez P. 1973:599 sig.). Por otra parte, este aislamiento garantizaba muchas
veces la pervivencia de una cierta vida cultural autóctona, que naturalm en­
te se perdía rápidam ente en el proceso de «castellanización».
D espués de la fundación de una reducción era im portante nom brar p ro n to
«alcaldes», «gobernadores» y otros funcionarios. Preferentem ente se elegía
para esto a los anteriores caciques o «principales» en la m edida en que no se
habían m ostrado dem asiado contrarios a la reducción o al bautism o. En
D olores, p o r ejemplo, se entregó las insignias de su nueva dignidad en for­
m a de un bastón a los m ism os caciques (Ms. pp. 37,366, sig.). Fueron n o m ­
brados en nom bre del Rey y con ello se les hizo responsables ante él y sus re­
presentantes locales.
La estructura de una reducción seguía casi com pletam ente el m odelo es­
pañol: iglesia, casa del cabildo y plaza constituían el núcleo alrededor del
cual se agrupaban las casas de los indios. Todo era inicialmente m uy prim i­
tivo, de m anera que una aldea podía levantarse, com o sucedió p o r ejemplo
en Santo D om ingo Xenacoj, en una sola noche (Xim énez, según M artínez
P. 1973:450). Pero se trataba precisam ente de una aldea «española», que se
diferenciaba m ucho de la form a anterior de vivir los indios. Igualm ente
nueva era para ellos la form a del reparto de tierras en las reducciones. A n ­
tes, los campos se habían encontrado más o m enos alejados de las chozas
dispersas, lo que era ventajoso para el suelo, la sem entera y la cosecha
(M artínez P. 1973:451). Ahora, los campos estaban m uy cerca unos de los
otros y ofrecían pocas posibilidades de expansión. H abía que cultivar el
suelo en intensidad y así se le som etía a un progresivo em pobrecim iento.
M uchos indios se doblegaban sólo aparentem ente, o porque no entendían
el significado de lo que se les im ponía, al arte de persuasión o a la presión de
los m isioneros, y aceptaban com o un mal m enor la reducción. Sin em bar­
go, la mayoría, al acercarse los españoles, se refugiaban en los m ontes y bos­
ques y tam bién aquellos que habían sido reducidos buscaban frecuente­
m ente la prim era oportunidad para huir y regresar a sus antigunos parajes y
a sus tradicionales formas de vida (Ms. pp. 24, 69, 74, 296).
Los m isioneros, que estaban convencidos honradam ente, no sólo de que li­
beraban a los «salvajes» de su incredulidad, sino tam bién de que les aporta­
ban la «civilización», no podían com prender bien sus fracasos (Ms. p. 296
sig.). Pues ellos habían sido después de to d o quienes habían luchado con-

109
tra los grandes prejuicios existentes frente a los indígenas, tan to en los
organism os estatales y exlesiásticos com o tam bién entre los criollos. M ien­
tras que generalm ente se calificaba a los indios com o «brutales, viziosos y
dados totalm ente al ocio y al dem onio» (Ms. p. 70), los m isioneros, sobre
to d o los dom inicos, habían repetido incansablem ente que no se trataba de
«ningunos com egentes y de ningunos salvajes», sino sólo de «unos misera­
bles y desnudos, hijos del m iedo y del tem or, tem blando del nom bre es­
pañol» que propiam ente eran «mansos, afables, amigables y nada traidores»
(Ms. pp. 28, 51).
A pesar de todas las buenas intenciones de los m isioneros y a pesar del p rin ­
cipio de aplicar «medios suaves», a la larga, el in ten to de ganarse los indios
m ediante las reducciones tuvo que fracasar, pues la idea de los m isioneros
sobre aquellos «miserables y desnudos hombres» era tan falsa com o la de
los que los veían com o «comegentes». A fin de cuentas tam bién la reduc­
ción tendía a robar a los indios su propia identidad. D ado que la reducción
no estuvo realizada exclusivamente p o r los m isioneros, esta institución,
que en su prim era etapa había sido prom ovida p o r hom bres con amplias
miras y que había nacido estrecham ente ligada a la abolición de la esclavi­
tud, de form a que en ella había algo realm ente de grande y de hum ano, ter­
m inó convirtiéndose en lo peor. D e hecho se la creó sobre todo m ediante
coacción. Si originariam ente se había orientado hacia una transform ación
de los indios en «vasallos libres de Su Magestad», p ro n to se convirtió en «re­
ductos de opresión» (M artínez P. 1973:451 sig.).
«Sacar indios» es una expresión constantem ente repetida en los inform es
de la época, tam bién en Valenzuela. M ientras que a los que se habían som e­
tido librem ente se les perm itía p o r lo m enos habitar en las cercanías de sus
antiguos lugares, los elem entos inseguros eran trasladados azonas m uy ale­
jadas (Ms. p. 24).
U no de los más negativos ejem plos lo constituyó el traslado forzoso de los
M anchés al valle de U rran (Ms. pp. 71 sig.), d onde p ro n to desaparecieron,
pues allí, a 1.500 m. de altura, dom inaban condiciones m uy distintas de las
de sus anteriores regiones calientes y húm edas (Sapper 1936:38). La Real
Cédula de 28 de enero de 1541, que prohibía el traslado de los indios de la
«tierra caliente» a la «tierra fría», y viceversa, se había olvidado com pleta­
m ente (Sapper 1936:28).
Pero no sólo la total falta de consideración de las condiciones climáticas,
sino tam bién sobre to d o una incom prensión com pleta de la realidad psi­
cológica p o r parte de los m isioneros y funcionarios, tuvieron que llevar
finalm ente al fracaso de las reducciones. Sobre to d o Sapper (1936:8, 23
sig.) ha m ostrado detalladam ente hasta qué p u n to el sistema de las reduc­

110
ciones contradecía al carácter de los indios que en las nuevas aldeas
padecían trem enda nostalgia de su anterior form a de vida.
D e hecho, los indios expresaban siem pre su tem or ante el traslado y pedían
insistentem ente poder seguir viviendo en sus habituales parajes. Entre las
condiciones que el Padre Jo sep h de Chauiría, cura del Castillo del G olfo,
exponía el 6 de abril de 1684 en una carta al Presidente de la Audiencia de
G uatem ala, bajo las cuales podría ganarse todo laprovincia fácilmente y sin
que costara una sola vida hum ana - ideas adquiridas sólo tras largas
experiencias —, enum era él las siguientes: 1. que no se les quitaran trajes, ca­
bellos y usos, 2. que no se les sacaran de sus antiguos sitios, porque se
m orían, y 3. que no se les quitaran sus hijos ni bajo el pretexto de «doctri­
narlos» cristianam ente ni por otro m otivo alguno. C om o 4a concidión cita
el religioso la necesidad de fundar un lugar español en m edio de la zona
india, porque los indios tem blaban ante las armas de fuego (Ms. pp. 22,28).
Pero precisam ente estos principios no eran tenidos en cuenta p o r el siste­
m a de la reducción. P or esto no es sorprendente que incluso en el «imperio
utópico de paz», com o se ha denom inado el Estado fundado p o r los d o m i­
nicos en la Verapaz, en la mayoría de los casos se llegara al h undim iento físi­
co o psíquico de la población afectada y al fracaso final; sólo sorprende que
los m isioneros no llegaran a com prender las causas del fracaso, aunque no
faltaron voces inteligentes. Q uizá sea Salvador de Madariaga (1955:215)
quien ha descrito con m ayor com prensión el m otivo interno del fracaso
cuando dice:
«El peor español para los indios no era el malo sino el bueno. N o
era el español que se revelaba más bárbaro todavía que el indio de la
era pagana; sino el español que traía a las Indias una idea de la vida
que el indio sabía ser buena y deseable, pero sentía quedar tan
lejos de él que no podría jamás alcanzarla sin esfuerzo espiritual
superior de sus dotes. La C onquista trajo consigo un am biente
hum ano tan diferente del original de las Indias que condenó al
indio a un estado perm anente de tensión y de inferioridad. Y no
precisam ente a causa del elem ento cristiano que aportaba. A ntes
bien, abundan en los escritos de los frailes y de otros españoles
indiófilos asertos de que los naturales de las Indias vivían m ucho
cerca de la perfección christiana que los españoles».

111
2 • «ENTRADAS» D ESD E Y U C A T Á N Y TA B A SC O

En su frecuentem ente descrita m archa de 1524 hacia H onduras, Cortés atra­


vesó la zona de los Acalanes, de los Itzá de Tayasal y de los M opanes. D esde
este prim er contacto con aquellos pueblos, los españoles no habían cesado
de intentar de someterlos.
El prim ero que pocos años después de Cortés in ten tó tal em presa fue
Alfonso Dávila, que propiam ente se llamó A lonso López de Avila. P or en ­
cargo del A delantado Franciso de M ontejo, el conquistador de Yucatán,
después de haber desem peñado ya un im portante papel en el som etim ien­
to de la península, em prendió con un pequeño gru p o de soldados españo­
les una expedición para pacificar la provincia de Acalán y crear así una vía de
com unicación entre la costa del G olfo y Chiapas.
Dávila partió desde Teapa en Tabasco, un lugar situado al sur de Villaher-
mosa, junto al río Grijalva, e inicialmente m archó hacia el sur, hasta la ciu­
dad de Chiapa. O viedo (lib. X X X II, cap. IV sig.) ha descrito detalladam en­
te esta expedición ayudándose de los inform es, m ientras tanto perdidos,
de Dávila, y D oris Z. Stone (1932:231 sig.) ha intentado reconstruir su p ro ­
bable itinerario. Dávila llegó prim ero a un lago que según Stone era el «lago
Petha» entre los río sja taté y U sum acinta; de la descripción del lago y de la
isla habitada en él, ha deducido W estphal (197 3:117) que se debió tratar del
lago de M iramar. D esde allí Dávila continuó su aventurada marcha, la del
prim er europeo en la zona, a través de la selva Lacandona hasta Tenosique,
donde buscó en vano huellas de Cortés que de hecho había pasado algo
más al norte. D ávila encontró Tenosique abandonado, pues estaba expues­
to a frecuentes ataques de los indios. Sólo poco antes de que su tro p a llegara
al lago Xicalango (Laguna de Térm inos), cruzó la ruta seguida p o r Cortés.
Aquí, en la tierra Acalán, Dávila fundó un lugar español, que él, com o
m uchas de sus fundaciones, denom inó según su ciudad natal Salamanca y
que era la cuarta de este nom bre. Probablem ente se trató del m ism o lugar
que había tocado Cortés y denom inado Itzancanak, pero que tam bién es
designado com o Acalán, capital de la provincia del m ism o nom bre (Stone
1932:233 sig.).
Sin em bargo, dado que los habitantes de la comarca se m ostraban poco
am istosos - Cortés había tom ado de allí varios habitantes que no habían
vuelto jamás - y dado que el sum inistro de alim entos era difícil, Salamanca
(IV ) fue p ro n to abandonada.
Dávila y su gente habían llegado m ientras tanto aM azatlán, un lugar fortifi­
cado de los Mazatecas contra los Lacandones. C om o toda la comarca estaba
deshabitada, el grupo contunuó hacia C ham poton, d o nde concluyó la

112
empresa. H abía contribuido ciertam ente poco al som etim iento de los in ­
dios, pero fue m uy im portante com o expedición de reconocim iento de la
zona.
En los años siguientes no se em prendieron nuevos inten to s de penetrar en
el interior desde Yucatán, Tabasco o a través del G olfo D ulce, si se prescin­
de de la breve expedición que llevó en 1544 a la fundación p o r Dávila de
otro lugar denom inado N uevo Salamanca o N uevo Sevilla ju n to al G olfo
Dulce, algo más arriba del Río Polochic, a donde llegaron los españoles des­
de el mar. A quí debían establecerse 60 españoles. C uando estos obligaron a
los indios vecinos a que les construyeran sus casas, los dom inicos protesta­
ron enérgicamente, pues esta zona pertenecía a la Verapaz que se les había
reservado, de m odo que en 1547 se ordenó abandono del lugar; p o r lo
demás, entonces ya se había disuelto la poco antes introducida unidad
adm inistrativa de Yucatán y Belice (Sapper 1936:26 sig.; Stone 1932:242),
lo que am inoró lógicam ente el interés del G obernador de Yucatán p o r esta
zona.
A consecuencia de la prohibición real de realizar notorias guerras de agre­
sión contra los indios, sólo quedó com o alternativa la penetración pacífica
de la zona po r los m isioneros, pero no se disponía de núm ero suficiente de
estos. P or esto de m om ento se abandonó a sí m ism a esta vasta zona, econó­
m icam ente poco interesante. Esta situación explica tam bién que los A hit-
záes de Tayasal prácticam ente no fueran m olestados p o r los españoles des­
de 1524 hasta 1614 (M eans 1917 (1974): 54). Ciertam ente se produjeron
ocasionalm ente contactos entre ellos y los españoles e incluso pequeñas
escaramuzas, pero en lo esencial en esta frontera dom inó la tranquilidad.
M aler (1928:208) ha indicado que los Itzá no deseaban ningunaguerra con
los españoles y que se com portaron m uy m oderadam ente. D e hecho in ­
tentaron siempre arreglárse con los españoles por vía diplomática.
A sí es com o el señor de Tayasal, con nom bre y título Canek, envió en 1614
una embajada al G obernador de Yucatán, A ntonio de Figueroa, en que se
m anifestaba dispuesto a som eterse al Rey español. Sin em bargo, esto fue
considerado com o m ero ardid bélico - Means habla de una «mock-em-
bassy» - , pues al m ism o tiem po otros Ahitzáes se habían m ostrado com o
enem igos de los españoles. Por esta razón, el G obernador pidió perm iso al
Rey de España poder declarar la guerra al cacique que ahora era visto com o
vasallo rebelde. Sin em bargo, el Consejo de Indias rehusó el permiso.
Poco después los padres franciscanos Bartolomé de Fuensalida y Ji¿an de
Orbita, apoyados por el O bispo G onzalo de Salazar, se ofrecieron a p ene­
trar desde T ipú en el territorio de los Itzá, para anunciarles el Evangelio.
C on todo, este proyecto tam poco fue aprobado p o r el G obernador Fran­

113
cisco Ramírez Briceño, que les rehusó toda clase de ayuda (Villagutierre
1933:77 sig.: véase para lo siguiente tam bién Means (1917 (1974): 59-73),
que trata detalladam ente esta «entrada» usando citas de Villagutierre).
A pesar de todo, los dos m isioneros partieron de M érida hacia Bacalar y lue­
go hasta la últim a estación de m isión Tikax, para marchar desde allí p o r el
T ipú hacia Tayasal. Enviaron al Canek, p or el «indio principal» de T ipú, un
cirstiano llamado Francisco Cum ux, un mensaje en el que afirmaban sus in ­
tenciones pacíficas. El Canek les invitó a llegar a Tayasal y el 15 de agosto
em prendieron su viaje. Por difíciles caminos llegaron hasta el lago Yaxha,
pero allí debieron retroceder, porque no podían cruzarlo sin lan ch a. Sola­
m ente un nuevo intento, en que dispusieron ya de botes, les perm itió lle­
gar al Tayasal, donde el Canek les recibió am istosam ente. Incluso puieron
predicar, pero el Canek rehusó con corteses palabras el bautizo para él y su
gente, p orque - com o él dijo - todavía no había llegado el tiem po en que
los sacerdotes habían predicho que ellos habrían de abandonar sus dioses
(M eans 1917 (1974): 60 sig.). En esta ocasión, los religiosos pudieron tam ­
bién ver el ídolo que consideraron ser la representación de un caballo, y
sobre el que se ha difundido la leyenda de que Cortés debió dejar aquí uno
de sus caballos confiándole al cuidado del Canek; cuando el animal falleció,
los indios lo reprodujeron y veneraron en un tem plo com o al «dios del
trueno». N o se nos ha transm itido si los padres creyeron en esto, sino sólo
que el Padre O rbita destruyó la imagen ante los ojos de m uchos indios sin
que estos se lo im pidieran. Incluso el m ism o Canek no em prendió nada
contra este inaudito ataque de los m isioneros, que sin em bargo a su regreso
a M érida fueron duram ente criticados, porque su arriesgada acción podía
haber producido fácilmente serias consecuencias para ellos m ism os y para
toda la misión. Se les citó a San A ugstín, según el cual, antes de destruir los
ídolos había que haberlos arrancado de los coranzones de los infieles (Villa­
gutierre 1933:88). D espués de que am bos m isioneros habían regresado in ­
dem nes de este viaje, no sólo el O bispo y el Provincial de la orden, sino
tam bién el G obernador, se decidieron a apoyar nuevas expediciones.
Pero m ientras tanto los indios del T ipú habían reanudado su culto idólatra
y el Padre Fuensalida prim ero tuvo aquí que com batir la recaída en el paga­
nism o: hizo quem ar todos los ídolos y azotar a los cabecillas de los apósta­
tas; sólo escaparon al tribunal de la Inquisición porque éste no estaba capa­
citado para actuar contra los indios.
La feliz conclusión de su viaje al Tayasal m ovió a am bos padres a em prender
pro n to un segundo intento. N uevam ente fueron acogidos am istosam ente
por el Canek y así com enzaron a hablar con él sobre las condiciones de su
som etim iento formal al señorío del Rey de España. Los m isioneros le ase­

114
guraron que conservaría su dignidad de cacique y diez años de exención de
im puestos. Tam bién em pezaron a crear «alcaldes» y otros funcionarios (Vi-
llagutierre 1933:97). Sin em bargo en estas propuestas parece fueron más
allá de lo factible, p orque la situación cambió repentinam ente: los Itzá ata­
caron y finalm ente expulsaron a los padres. A su regreso tuvieron además
que enterarse de que no sólo los indios del T ipú sino toda la provincia de
Bacalar había prácticam ente vuelto a sus usos paganos. Los indios, en su
m ayoría sólo superficialm ente cristianizados, y poco instruidos del verda­
dero significado del bautism o volvían casi siem pre a sus cultos tradiciona­
les apenas que los m isioneros habían partido. C on frecuencia se veían tam ­
bién perseguidos por los indios no convertidos, ante los que se habían
hecho sospechosos al recibir el bautism o, de form a que situados entres los
españoles y los m iem bros de su tribu tradicional, o recaían en su paganis­
m o o huían a los m ontes.
En 1621, el padre franciscano Diego Delgado propuso al capítulo provincial
de su orden recuperar a los num erosos «indios fugitivos de sus pueblos, se­
parados de la com unicación de los fieles, y que aún se presum ía que idola­
traban en com pañía de los gentiles» (Villagutierre 1933:102). Means (1917
( 1974): 75-82) ha descrito detalladam ente este intento siguiendo a Villa­
gutierre.
Fray D iego D elgado partió del convento de Xecchán (Xechacán) con algu­
nos indios cristianos para buscar indios huidos «que viven sin policía, p o ­
blación ni sacramentos, rancheados en disversos parajes de aquella m o n ­
taña». C on algunos que había encontrado fundó una gran aldea, que llamó
San Felipe y Santiago de Zaclún, en el lugar donde se había encontrado la
vieja aldea ya abandonada de Zaclún. Allí instituyó, con los pertinentes
perm isos del G obernador, «justicias y regimientos», es decir, nom bró caci­
ques, alcaldes y regidores (M eans 1917 (1947) :75 sig.).
Apenas se había estabilizado algo la situación en esta región, el Capitán
Francisco de Mirones vió ahí una oportunidad para m archar sobre los Itzá
desde Zaclún. En 1621 p ropuso elocuentem ente al G obernador la aprobar
ción de su plan, y logró efectivam ente su perm iso. M irones y el G o b ern a­
dor D iego de Cárdenas convinieron el reparto de los costes de la expedi­
ción, que en parte deberían recaer sobre el G obierno y en parte sobre el m is­
m o M irones; en pago de su aportación se le concedieron ciertos derechos
en los dom inios a conquistar.
M irones enroló prim ero 50 soldados así com o varios indios y partió desde
Mérida. O tra tropa debía añadirse en O xcutzcab, a donde se dirigió luego.
Sin em bargo, el reclutam iento se realizaba dem asiado lentam ente de form a
que tuvo que esperar en Zaclún hasta 1622 para poder reunir su tropa. D u ­

115
rante este largo tiem po de espera se repitieron los desm anes de los soldados
contra los habitantes del lugar, de form a que se p ertu rb ó considerablem en­
te a los indios recién reconciliados. Las disenciones entre el Capitán M iro­
nes y Fray D iego D elgado se propagaron y contribuyeron a la inseguridad
general, cuanto más que m ientras tanto había llegado un segundo capitán,
Ju an Bernardo de Casanova, con otros 50 hom bres. C on eso había llegado
el año 1623. Fray D iego D elgado que se había quejado a su provincial de los
abusos com etidos p or los soldados en la m isión y había recibido com o res­
puesta que la conducta de los oficiales y tropa contravenía los m andatos del
rey, y que por tanto no se tenía que considerar som etido a sus órdenes, deci­
dió marcharse sólo y en m isión pacífica hacia los Itzá. M irones en seguida
envió tras él 12 soldados españoles para m overle a regresar o, caso de que
no quisiera volver, para acom pañarle incluso en contra de su voluntad,
dado que él se sentía responsable de su seguridad. Fray D iego decidió acep­
tar la protección militar. D e nuevo se encargó el cacique cristiano de Tipú,
Cristobal Ná, de llevar al Canek un mensaje y éste perm itió continuar el
viaje y otra vez recibió am istosam ente a los religiosos. A sí les sorprendió
totalm ente el que los indios les atacaran repentinam ente, m ataran a los sol­
dados y finalm ente atacaron tam bién a ellos lo que condujo a su m uerto.
Tres soldados que M irones, intranquilo por la falta de noticias, había envia­
do tras ellos, fueron tam bién m atados, y sólo un indio, Bernardino Ek, que
había ido con los m isioneros, pudo huir y contar lo sucedido. Al conocer
los hechos, la población de Zaclún, m ovida a la rebelión p o r los abusos del
Capitán M irones, se anim ó a atacar a los españoles: cuando el dos de febre­
ro de 1Ó24 M irones y todos los soldados asistieron a un servicio religioso,
los indios que se habían apoderado de las armas entraron en la iglesia y
m ataron al capitán, a toda la tropa y tam bién al sacerdote Fray Ju an Enri­
quez. La descripción de estos hechos se encuentra de form a diversa en
Means, que se apoya en Villagutierre, y en B ierm ann (1964:145), que refi­
riéndose a León Pinelo (véase Stone 1932:247) opina que D elgado y Enri­
quez encontraron juntos la m uerte en Tayasal.
D e todas formas este in ten to de aplicar m edios pacíficos fracasó p o r culpa
de la im prudencia y de la falta de disciplina de los militares. U na expedición
de castigo pudo capturar una parte de los rebeldes, y su caudillo, A hkim o-
pol, fue ahorcado en Mérida, pero de m om ento los indios de esta zonaque-
daron perdidos para el d om inio español. El levantam iento se extendió in ­
cluso d urante los siguientes años y en m uchos lugares se asesinaron varios
españoles.
La Real Cédula de 29 de m arzo de 1639 pidió nuevam ente a las autoridades
de G uatem ala, Yucatán y N ueva España llevaran a cabo la cristianización

116
de los «indios bravos». El G eneral Femando Francisco de Escobedo em prendió
entonces la m archa hacia la m ontaña pero no logró nada (véase Zam ora
Castellanos en el Prólogo a Villagutierre 1933: XI). C on esta «entrada»,
considera Means (1917 (1974) : 83), había concluida la segunda fase de la
conquista de los Ahitzáes, es decir, la fase de los intentos de conversión,
que duró de 1614 a 1624. La prim era fase que duraba de 1524 a 1545, llama
Means la de los exploraciones y la tercera la caracteriza com o la de la pene­
tración económ ica y comercial que se inició hacia 1692.
En 1684, el entonces G obernador de Yucatán Jetan Bruno Tello de Guzmán,
in tentó reducir a los Quejaches iniciando la construcción de un cam ino que
debía unir Yucatán con G uatem ala «para que se com unicasen y comercia­
sen los de unas provincias con los de las otras». Pero sólo logró penetrar
unas ocho leguas en la m ontaña, donde levantó «un reducto o fuerte» que
dejó con 30 hom bres bajo el m ando del Capitán Ju a n del Castillo, para que
desde allí pudiera realizarse la reducción de los indios. El Rey le garantizó,
en recom pensa de sus servicios, la encom ienda sobre los indios reducidos.
Pero la em presa de Castillo tam poco hizo mayores progresos y no se sabe
nada más sobre el destino de este fuerte; probablem ente fue abandonado
p ro n to (Villagutierre 1933:131 sig.)
A la larga, el G obierno consideró esta situación com o algo inadmisible. En
la lógica de toda adm inistración - tam bién de la española - resulta im posi­
ble adm itir «manchas blancas» en el m apa y todavía m enos la existencia de
pueblos guerreros que em prendían asaltos y que expulsaban a los indios ya
som etidos de sus reducciones o los volvían a ganar para el paganism o.
Prescindiendo de si el Rey fue m ovido p o r noticias propias del Consejo de
Indias o p o r los G obiernos de M éxico, Yucatán o G uatem ala, lo cierto es
que en una Real Cédula fechada en el Buen Retiro a 14 de mayo de 1686 se
ordenaba al Virrey de N ueva España (M éxico), así com o a los presidientes
y oidores de las audiencias de México, Guadalajara, G uatem ala y a los
G obernadores de N ueva Vizcaya (D urango) y de Yucatán, que se dedica­
ran con m ayor energía a la reducción y conversión de los indios todavía no
som etidos que vivían «ante sus puertas» (Ms. p. 77 sig.).
M artín de TJrsúay Arismendi, que especulaba con el puesto de G obernador
de la provincia de Yucatán, que incluso se le había llegado a prom eter, es­
cuchó con interés el nuevo llam am iento real. En su cartadeM éxico de 31 de
junio de 1692 al Rey ofreció construir a costa propia un cam ino entre Yuca­
tán y G uatem ala y a la vez som eter a los indios:
«Reduciendo de paz y de passo, al m ism o tiem po, p o r m edio de la
predicación evangélica, todos los indios que se encontraren en
aquellos contornos, sin que divierta la conversión el fin de abrir el

117
camino, que es lo que más im p o r ta ...» (Carta de U rsúa al Rey de
31. 6. 1692, reproducida literalm ente en Fontavella 1943:17 sig.;
Real Cédula dirigida a U rsúa literalm ente ibid. p. 22 sig.).
D espués de que los intentos de los m isioneros por reducir pacíficamente a
los indios apenas si habían logrado éxitos duraderos, fueron ganando fuer­
za las voces de los que propugnaban una solución militar. El Rey aceptó la
oferta de U rsúa y prom etió enviar las necesarias órdenes al O bispo de Y u­
catán, al Provincial de los franciscanos y tam bién al Presidente de la
A udiencia de G uatem ala, para que prom vieran la em presa y se pudiera ini­
ciar una «acción concertada». U rsúa había preparado, según parece, el
borrador del encargo real que se le debía enviar a él m ism o, pues en éste se
contienen advertencias tan detalladas sobre la ejecución de la expedición
que sólo son posibles desde un conocim iento exacto del lugar.
En este contexto se han de situar las Reales Cédulas de 24 de noviem bre de
1692 al Presidente de la Audiencia de G uatem ala y al G obernador de Yuca­
tán (entonces R oque de Soberanis), que reproduce literalm ente Valenzue­
la (Ms. pp. 77-78, 79-80).
Para la preparación de la acción m ilitar considerada ahora inevitable, se en ­
vió prim ero una em bajada de buena voluntad al «Noble Canek, Señor de
los Y tzáes», form ada po r los franciscanos Fray Andrés de Aven dañoy Loyola,
y Fray Antonio Pérez de San Ramón, con regalos y una carta (literalm ente en
Fontavella 1943:25 sig.). Los emisarios partieron de M érida el 2 de junio de
1695. Sin em bargo se les había dado una protección m ilitar de 115 soldados
españoles bajo la dirección del Capitán Alonso García de Paredes, que para
este objetivo obtuvo el título de «teniente general». Las dos entradas de
A vendaño han sido descritas detalladam ente p o r M eans (1917
( 1947): 103-174) y los inform es de A vendaño nos han transm itido im p o r­
tantes particularidades sobre el Estado Itzá y sobre las condiciones im pe­
rantes en la corte del Canek de Tayasal.
Sin em bargo no se llegó a la cooperación deseada en M adrid entre Yucatán
y G uatem ala para lograr el som etim iento de los últim os indios no reduci­
dos en esta comarca, pues justam ente pocos días después de iniciar su
m isión A vendaño regresó a G uatem ala el Presidente Barrios Leal de su ex­
pedición contra los Lacandones. Esto tuvo dos m otivos: com o se ha dicho
arriba, ya el 24 de noviem bre de 1692 habían llegado órdenes exactas al
Presidente de la A udiencia de G uatem ala y al G obernador de Yucatán
sobre la form a de realizar una acción com ún contra los Itzá, los Lacandones
y los demás pueblos de indios todavía no som etidos. E ntretanto, el Presi­
dente Jacinto Barrios Leal había sido suspendido provisionalm ente de su
cargo hasta que se aclararan ciertas acusaciones hechas contra él; sólo a

118
m ediados de 1695 fue rehabilitado, de form a que solam ente a partir de en­
tonces p u d o dedicarse a los necesarios preparativos, en lo que m anifestó el
m ayor celo y urgencia, pues parece que quería borrar con el éxito de su cam­
paña el resto de las dudas que pudieran quedar sobre él (Villagutierre
1933:156).
Pero p o r otro lado, tam bién el G obernador de Yucatán, R oque de Sobera-
nis, a consecuencia de un conflicto de com petencias con el O bispo de Y u­
catán y a consecuencia de las quejas de varios ciudadanos de Mérida, se
había visto implicado en un proceso que le im pidió las necesarias m edidas
para una expedición contra los Itzá. Para examinar las acusaciones se había
enviado al O idor Francisco de Saraza a Mérida, y Soberanis fue suspendido
de su cargo. En el interim le suplió el ambicioso U rsúa (Villagutierre
1933:175 sig.).
A unque U rsúa había ofrecido ya en 1692 realizar la «entrada» a eos ta propia
- lo que le había facilitado ganar la futura al puesto de G obernador —, el
cambio en los cargos produjo retrasos. Es cierto que el Presidente de la
A udiencia de G uatem ala había inform ado constante y exactam ente sobre
sus planes y preparativos (Villagutierre 1933:172 sig.), sin em bargo este úl­
tim o se había visto tan ocupado con su proceso que no había p odido hacer
nada. El entorpecim iento sim ultáneo en am bos cargos supuso que no se
consiguiera coordinar suficientem ente la em presa y así quedó sin realizar
uno de sus más im portantes presupuestos.
Cuando U rsúa, que apenas acababa de ocupar su nuevo cargo, se enteró de
que Barrios estaba ya en marcha, le envió desde Cam peche a su Teniente
General, el Capitán A lonso García de Paredes para que si era aún posible se
reuniera con las tropas del Presidente Barrios (Villagutierre 1933:183). Sin
em bargo, García regresó al ver que todos los indios huían al acercarse él, y
que así no podía capturar nadie a quien reducir. A unque U rsúa reforzó to ­
davía la tropa de García de Paredes, se perdió la oportunidad de un encuen­
tro con Barrios (Villagutierre 1933:191). Sin em bargo, Z am ora Castella­
nos (1933:X III) opina que Barrios y U rsúa com enzaron sus respectivas
acciones el m ism o día, pero que García de Paredes la interrum pió p rem atu­
ramente.
En el caso de Fray A ndrés A vendaño y de su escolta m ilitar bajo García
Paredes sucedió lo m ism o que había sucedido ya en la entrada del Padre
D iego D elgado donde el mal com portam iento de los soldados españoles
hizo fracasar la empresa. A unque U rsúa en sus órdenes a Paredes se refería
expresam ente a una Real Cédula de 1526 donde se condenaba el mal trato,
el trabajo excesivo y el hacer esclavos a los indios, com o obstáculos a la difu­
sión de la fe cristiana (M eans 1917 (1974): 103-122), la conducta de los sol­

119
dados tue tan indisciplinada que A vendaño, a peser de que p rotestó con­
stantem ente contra las crueldades, latrocinios y violencias com etidas p o r
los soldados contra los indios, considerando fracasada su m isión deganarse
a la población indígena, no vió otra salida que la de regresar (Means
1935:234).
Pero él y su com pañero volvieron a partir el 13 de diciem bre de 1695, esta
vez sin protección militar. Siguieron la m ism a ruta y encontraron a García
de Paredes en un lugar llamado Batcab, donde había com enzado a cons­
truir con sus soldados el proyectado camino. Los dos m isioneros continua­
ron solos y a m ediados de enero de 1696 llegaron a Tayasal, d o n d e aunque
fueron recibidos con benevolencia po r el Canek, observaron que otros dig­
natarios se m ostraban contrarios a ellos. M anifiestam ente la población se
había dividido en dos campos, de form a que de m o m en to quedó sin deci­
dir si los Itzá estaban dispuestos a dejarse som eter, com o parecía inevitable
a m uchos de ellos, o si ofrecerían resistencia. A vendaño que dom inaba
bien el idiom a pudo predicar, pero la única respuesta que se le dió fue que
todavía tenían que pensar si aceptarían o no el bautism o. Finalm ente el
Canek toleró que se bautizara a sus hijos y cuando la masa vió que esto era
un proceso inocuo, h ubo cientos de indios que tam bién trajeron sus niños
a bautizar. La cerem onia se realizó en las gradas del tem plo de Tayasal hacia
fines de enero de 1696 (M eans 1917 (1974) : 138 sig.; Means 1935 :235).
Con todo, el Padre A vendaño no se contentó con bautizar sólo a los niños;
su objetivo era convertir a una nación de cerca de 80.000 almas. Para lograr­
lo se sirvió de una antigua profecía india que anunciaba una época de gran­
des cambios, dándola una interpretación cristiana. Sin embargo, el partido
contrario a los españoles no perm aneció inactivo y preparó un asalto a los
m isioneros para cuando estos em prendieran el regreso. El m ism o Canek
les guardó de la celada aconsejándoles siguieran un camino distinto del pla­
neado. Este consejo les salvó de la m uerte, pero les obligó a realizar un difí­
cil rodeo. D espués de incontables esfuerzos llegaron finalm ente a Mérida.
Allí les sorprendió la noticia de que m ientras tanto el Canek había enviado
a su sobrino Can o Chan ju n to con algunos dignatarios a U rsúa y que le
había transm itido con ellos su espléndida corona de plum as com o señal de
su som etim iento al Rey español. Esta gestión del Canek hizo desconfiar a
A vendaño, pues el príncipe indio no le había hecho a él ni la m enor alusión
a tal propósito. D e hecho, el Canek actuaba honradam ente, sólo que, en
consideración al partido antiespañol en su corte, no se había atrevido a dar
esto paso en presencia de los misioneros.
D espués de este éxito, U rsúa ordenó se acelerara to d o lo posible la cons­
trucción del camino. A quí se vió apoyado por las cartas del G obierno de

120
M adrid en que se le concedían am plios poderes para proseguir su obra. En
realidad suponía un grave obstáculo a la com unicación y comercio entre
Yucatán y G uatem ala el que no se pudiera tom ar el cam ino más corto, a tra­
vés del Petén, sino el que hubiera que cruzar o la plena Selva p o r Palenque o
el Istm o de Tehuantepec, o incluso tom ar la vía m arítim a m uy amenazada
po r los piratas ingleses (Fontavella 1943:19 sig.). El m ism o U rsúa se puso
ahora a la cabeza de las operaciones. D esde Cam peche avanzó a través de
Tzucthoc y en marzo de 1697 alcanzó el lago de Petén con su pequeño ejér­
cito de unos 180 hom bres, sin em bargo m uy bien armados. U rsúa m o n tó
un cam pam ento junto ala orilla del lago y esperó, bien equipado con botes,
una ocasión para pasar a la isla de Tayasal. M ientras tanto en la capital se
había im puesto el partido antiespañol y había encarcelado al Canek. En el
lago aparecieron botes con guerreros armados en actitud am enazadora y se
necesitó la m ayor disciplina p o r parte de U rsúa para contener a sus solda­
dos que apremiaban al com bate. Finalm ente, el 13 de m arzo de 1697, U rsúa
decidió pasar a la isla. Los Itzá atacaron inm ediatam ente, pero no pudieron
sostener el fuego de las armas españolas, de m odo que en pocas horas U r­
súa p udo tom ar posesión de la isla en nom bre del Rey Carlos II.
Al día siguiente se arrasaron los ídolos del tem plo y se celebró una misa.
N o sin ironía observa M aler (1928:209), que el prim er acto civilizado de
los españoles en la ciudad conquistada consistió en la destrucción de todas
las imágenes religiosas y tem plos, un trabajo que duró desde las ocho y
m edia de la m añana hasta las cinco y m edia de la tarde. El Canek apareció
acom pañado po r num erosos dignatarios y p o r el sum o sacerdote Quinca-
nek para rendir vasallaje al Rey español, representado p o r Ursúa, y para
recibir el bautism o. Con ello había quedado som etida a la C orona española
la últim a provincia después de siglos de esfuerzos.
Means (1935:239) señala que po r una ironía del destino, sim ultáneam ente
un cuerpo de expedición francés había ocupado Cartagena y que el im perio
colonial español m ostraba en todas partes grietas:
«Its show s that Spain, even in the dark periods w hen th e Habs-
burg dynasty was draw ing tow ards an inglorious end, still stood by
the ancient theory that the espiritual conquest o f indian p o p u ­
lations was fully as im portant as military conquest».
Por lo demás, con respecto al éxito de esta conquista apenas si puede adm i­
tirse el optim ista juicio de Means (1935:239):
«Before long the road was com pleted to G uatem ala ... Thereaf­
ter, the form er realm o f Canek became a peaceful and productive
Spanish-American province living under a new rule and under
higher Faith than know n there before».

121
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tomado de Villagutierre-Sotomayor, 1933

Bierm ann (1964:150) subraya en cambio que la em presa iniciada p o r U rsúa


no fue com pletada p o r su sucesor, «de form a que to d a la acción para apode­
rarse del Petén quedó finalm ente sin lograr el éxito pretendido».
En realidad, Tayasal, antes capital y centro cultural de u n Estado pequeño,
pero bien organizado, quedó reducido a un m ero lugar provinciano aparta­
do y sin im portancia «with nothing to distinguish it from scores o f others»
(M eans 1917 (1974): 185). En 1698 se le utilizó incluso com o colonia p en i­
tenciaria española (K elsey - de J o n g 1939:271).
N o se sabe lo que sucedió exactam ente con la población autóctona, pero es

122
posible que po r lo m enos una parte siguiera viviendo allí. Según un docu­
m ento del Archivo G eneral de Indias en Sevilla (A G I, Escribanía de Cáma­
ra 339 B, pieza 14) parece que inicialmente se form aron en el territorio del
Estado Itzá cinco pequeños reinos. N o se sabe tam poco hasta cuándo
pudieron m antenerse. Pero el recuerdo del gran pasado del reino Itzá se ha
conservado más tiem po, pues todavía en la prim era m itad del siglo X V III
se produjeron serios levantam ientos en esta zona. Luego se cambió tam ­
bién el prim er nom bre dado p o r los españoles aTayasal, N u estra Señora de
los Rem edios y San Pablo de los Itzáes, transform ándosele en el de Cyrillo
Flores, para honrar a u n patriota local. H asta hace poco, Flores, con cerca de
3.000 habitantes, a los que se llaman Ladinos (Kelsey- de J o n g 1939:27l)
sólo estaba unido po r una mala carretera de tierra con Belice y p o r un cami­
no, no to d o el año transitable, con Guatemala, aunque es la capital del Pé-
ten. Sólo recientem ente ha vuelto a recuperar cierta im portancia p o r el
turism o que se interesa por los antiguos centros culturales de los mayas,
Tikal, U axactún, Piedras Negras, Bonam pak, etc.

3 • «ENTRADAS» D ESD E G U A T E M A L A Y C H IA PA S

La parte más im portante en la pacificación, cristianización y reducción de


los indios paganos, es decir, de los diversos grupos de Choles en la Verapaz
y el Petén, fue llevada a cabo po r los dom inicos. Su objetivo era ganarse a
los indios, no p o r la violencia, sino p o r el m edio pacífico de la predicación
del Evangelio. Se in ten tó alcanzar este objetivo m ediante la fundación de
una especie de «Estado misionero» en la Verapaz, un in ten to que con
frecuencia tropezó con notables resistencias p o r parte de los criollos y que
p o r tanto nunca llegó a obtener un pleno éxito.
En su famoso serm ón del cuarto dom ingo de A dviento de 1511, el padre
dom inico Fray Antonio de Montesinos había pedido en nom bre de sus herm a­
nos de O rden el reconocim iento de los derechos hum anos tam bién para
los indios, y había provocado así una tem pestad de protestas, pero p o r otro
lado tam bién había dado el im pulso a las Leyes de Burgos de 1512/13, que
supusieron una reform a de las norm as jurídicas que habían de aplicarse en
la adm inistración de los territorios de U ltram ar. Indudablem ente, estas
leyes eran aún insuficientes para proteger eficazmente a la población indí­
gena, pues, a pesar de todas las protestas de los dom inicos, seguían perm i­
tiendo el principal instrum ento de la opresión y explotación de los indios,
el sistema de «repartimientos» o «encomiendas» (K o n etzk e 1974:176).
Por esta razón, Fray Pedro de Córdoba, General de la O rden de Predicadores,
propuso al Rey que se intentara una «conquista sin violencia» en una zona

123
todavía no ocupada p o r colonos españoles. El 26 de abril de 1513 se p ro ­
m ulgó así la prim era Real Cédula en que ordenaba la realización de este
plan en la costa de Cum aná, en Venezuela. C iertam ente este experim ento
fracasó, lo m ism o que un nuevo intento de Fray Pedro, que había logrado
adquirir para su proyecto en 1516 un nuevo reservado de unos 800 km.
(Bierm ann 1964:119).
A pesar de estos dos fracasos, dom inicos com o Francisco de Vitoria y Fray
Bartolomé de Las Casas - que desde sus propias experiencias, cuando él m is­
m o había sido «hacendero», tras su tardía conversión, había llegado a com ­
prender la situación de los indios - se esforzaron p o r im poner sus ideas en
la Corte. Las Casas, ya en 1533, in ten tó traducir estas ideas a la práctica, pri­
m ero en Nicaragua. M eans (1935:18) atribuya el gran m érito de los do m i­
nicos en su defensa de los derechos de los indios al padre V itoria y denom i­
na a Las Casas «over advertised», pero esto no puede am inorar sus m éritos,
sobre todo en la aplicación práctica de aquellas ideas.
N aturalm ente, Las Casas tropezó con la m ayor resistencia p o r parte de los
colonos españoles que ya habían ocupado aquellas tierras, es decir, p o r los
criollos, la clase más influyente y al m ism o tiem po más interesada en la ex­
plotación de los indios. El podría, se le com unicó, irse al «Tuzulután», el
territorio situado al n orte de Guatemala, llamado «Tierra de Guerra», p o r­
que aquellos indios se habían opuesto hasta entonces con éxito a todos los
esfuerzos de los españoles po r som eterlos p o r lo que se había cejado en
ellos (Sapper 1936:7; Bierm ann 1964:121).
Las Casas hizo ahora realm ente lo que, más bien en burla, se le había aconse­
jado: el 2 de mayo de 1537 concluyó un acuerdo con el Presidente de la
A udiencia de los Confines, posteriorm ente denom inada de G uatem ala, el
Licenciado A lonso M aldonado, en que se com prom etía a abrir aquella
«Tierra de Guerra» m eram ente con m edios pacíficos y a conseguir el som e­
tim iento voluntario de los indios de aquella comarca. En com pensación,
los habitantes no podrían entregarse en «encomienda» a los distintos es­
pañoles interesados en usar su trabajo, sino se som eterían directam ente a la
C orona y durante cinco años, ningún español podría pisar aquel territorio
sin perm iso de los m isioneros. Esta prohibición que afectaba a todo el país,
que com o dice León Pinelo tam bién com prendía la «provincia de los La-
candones» (S tone 1932:242), convirtió el territorio en una zona protegida
por los dom inicos y fue renovada p o r el E m perador Carlos V en 1540, y
posteriorm ente otras veces, y vigió hasta 1821 (Sapper 1936:7 sig.; Bier­
m ann 1964:121).
D esde Rabinal, una fundación de los dom inicos, Las Casas com enzó ainfu-
lir sobre los caciques y nobles de los Poconchés y K ekchíes y posterior­

124
m ente a convencerlos para que se trasladaran a aldeas creadas según el
m odelo español, pero bajo sus propios caciques, con lo que se facilitó subs­
tancialm ente la integración de la población india en el sistema adm inistrati­
vo español. Este tipo de concentración y desplazam iento de indios se d eno­
m inó «reducciones».
P or lo demás, tam bién aquí la ejecución de los planes de Las Casas estuvo a
p u n to de fracasar, y p o r cierto debido a enemistades en sus propias filas. En
1538 se le llamó aM éxico; probablem ente había actuado con dem asiada in ­
dependencia a los ojos de sus superiores que se encontraban además som e­
tidos a una fuerte presión po r parte de los colonizadores españoles (Bier-
m ann 1964:122). C on todo, Las Casas logró que se le enviara en 1539 de
nuevo a G uatem ala para proseguir allí su obra.
M ientras tanto, el Presidente M aldonado, apoyado por el O bispo, había
iniciado una campaña, que fracasó, contra los Lacandones al norte y
noroeste de la Verapaz y había distribuido ya num erosos indios entre
diversos encom enderos. Las Casas protestó vivam ente contra esta vulnera­
ción de lo pactado, pero él solo pudo conseguir poco contra la influencia de
los encom enderos y de otros grupos contrarios, entre los que se contaban
funcionarios, sacerdotes seculares y tam bién los franciscanos que no creían
en la eficiencia de un m étodo m eram ente pacífico. A sí es com o en 1540
vino a España para lograr el apoyo a sus planes por parte de la C orte y para
buscar nuevos m isioneros. Sólo después de cuatro años, ahora nom brado
O bispo de Chiapa, regresó a América con 34 sacerdotes, cinco diáconos y
cuatro legos (B ierm ann 1964:123). Poco antes había enviado a Fray Pedro
de A ngulo con ocho herm anos, entre ellos probablem ente el posterior­
m ente m uy conocido Fray Luis Cancer. Ciertam ente, estos m isioneros no
se atrevieron al principio a com enzar el trabaj o y sólo partieron para la «Tie­
rra de Guerra» después de que, com o se dice, habían llegado ya a la capital
varios indios pidiendo el bautism o. Probablem ente tam bién influyó en la
partida de Cancer y sus com pañeros hacia «Tuzulután» el que entretanto
Francisco de M ontejo el Joven, p o r encargo de su padre, el A delantado,
había partido tam bién desde H onduras intentando som eter el territorio
que los dom inicos consideraban com o su reservado. Ya se ha m encionado
que M ontejo había fundado el año 1541 en el G olfo D ulce un lugar, N ueva
Sevilla on N ueva Salamanca, que por lo dem ás debió abandonar poco des­
pués (Bierm ann 1964:132). Todo esto m uestra las luchas que tuvieron que
sostener los dom inicos, prom ovidas desde las más diversas partes y p o r los
más distintos m otivos. N o sólo la familia M ontejo intentaba fortalecer su
poder en esta zona, sino tam bién el O bispo de H onduras y la O rd en de los
franciscanos envidiaban al los dom inicos el haber conseguido tal zona de

125
influencia, y m ucho más los criollos que se veían excluidos de la explota­
ción de vastas extensiones. D e este m odo no puede sorprender que las
«Leyes Nuevas» de 1542/43, las cuales - en gran parte bajo el influjo de los
dom inicos —, determ inaban que todos los indios eran vasallos inm ediatos
del Rey y sólo obligados a pagarle tributo a él, fueran luego anuladas p ar­
cialm ente en cuanto que se volvió a perm itir la institución del «reparti­
miento», es decir, la distribución a determ inados españoles de ciertos in ­
dios (K o n etzk e 1974:190).
D esde 1545, Las Casas trabajó de nuevo en la «Tierra a Guerra» y su éxito
fue tan sonado que a propuesta suya el posterior Rey Felipe II concedió a
aquel territorio en 1547 el nom bre de tierra de «La Vera Paz». D esde el nue­
vo convento de Cobán, los dom inicos lograron poco a poco m over pacífi­
cam ente a los indios que vivían allí a la aceptación del Cristianism o y a
som eterse a la C orona española. Fueron integrados en el sistema adm inis­
trativo y económ ico español al trasladárseles a aldeas de tipo español. Tras
30 años de trabajo de los m isioneros dom inicos, en 1574 en la Verapaz
había 15 aldeas con 2.500 tributarios, después de que en 1561 su núm ero
había llegado hasta los 7.000. M uchas epidemias habían dism inuido el n ú ­
m ero de los indios reducidos que no habían podido desarrollar tan rápida­
m ente mecanismos orgánicos de inm unización contraías nuevas enferm e­
dades traídas p o r los españoles (Sapper 1936:29; Bierm ann 1964:128).
G ravem ente sufrieron del traslado a zonas desacostum bradas para ellos y
de la alteración forzada en su habitual form a de vida. Sobre to d o Sapper,
profundo conocedor del pais y sus habitantes, entre los vivió largo tiem po,
ha señalado que el sistema de reducciones tan enérgicam ente propugnado
por Las Casas contribuyó esencialm ente a la desaparición de los indios,
porque, po r bien intencionado que fuera, contradecía profundam ente su
carácter; sobre to d o los Choles no podían acostum brarse a una vida seden­
taria en las aldeas y sucum bían a la nostalgia. Q uien conozca la sensibilidad
de m uchos indios dará la razón a Sapper (Sapper 1936:10 sig., 23, 24).
D e acuerdo con los principios de Las Casas, la dirección política de las
aldeas de reducción quedaba en m anos de los caciques y principales indios;
el G obernador era tam bién un noble indio confirm ado p o r el Rey en su
puesto. Según un edicto real de 1540, los m isioneros podían em plear la
m itad de los im puestos recogidos en favor de los «pobladores» de las m is­
mas reducciones. Pero durante largo tiem po las arcas reales no recogieron
ningún tributo de la Verapaz, lo que provocó quejas en todas partes (Bier-
m ann 1964:129). La consecuencia fue una actitud de enojo y envidia ante
los dom inicos y su reservado. La prohibición hecha a los españoles de p e­
netrar en el terreno de la Verapaz fue considerada tam bién com o un obstá­

126
culo al desarrollo económ ico del país, lo que en cierto sentido era verdad,
pero protegía a la población indígena en la conservación de su vida propia.
D espués de la pacificación de la Verapaz, los dom inicos intentaron prose­
guir su trabajo más al norte, en la zona de los M anché, Acalanes y Lacando-
nes.
En 1550, Fray Domingo de Vico, acom pañado po r Fray Tomás de la Torre, lle­
gó a los Acalanes que habitaban al norte de Cobán. Sapper (1936:27, mapa
II) ha identificado su lugar más im portante con Yaxcabnal. Sin embargo,
los Acalanes se m ostraron tan hostiles com o los Lacandones, de m o d o que
Vico partió inicialmente a m isionar otros grupos de Choles que habitaban
en la orilla norte del G olfo Dulce. Fundó allíjocoló (X ocoloc). En 155 3 fue
nom brado prior del convento de Cobán. M ientras tanto se había pedido
en una orden real de 20 de enero de 15 53 al Presidente de la A udiencia de los
Confines, que pacificara a los Lacandones que no cesaban de realizar asaltos
a las aldeas cristianas fronterizas. En 1552 habían atacado O cosingo, a sólo
15 leguas de Chiapa y habían destruido 14 aldeas en sus cercanías. Cuando
el O bispo marchó personalm ente a ofrecerles la paz, ellos le rechazaron y
m ataron a los emisarios (León Pineio, según Stone 1932:243).
En 1555, los Choles cristianizados que vivían en lazonalim ítrofaallos Aca­
lanes pidieron ayuda al Padre de Vico porque se sentían am enazados por
los Acalanes, los Lacandones y los Puchutlas, com o refiere León Pinelo
(Stone 1932:243). Vico se fue a ellos e incluso se atrevió a penetrar en el
territorio de los Acalanes con sus acom pañantes indios. Sin em bargo el
28/29 de noviem bre fueron asesinados todos ellos. Esto supuso un grave
golpe para los defensores de la conquista pacífica. Se hicieron más insisten­
tes las peticiones de las autoridades para que se som etiera definitivam ente a
los Lacandones no reducidos, a los Acalanes y a los Choles, que no inte­
rrum pían sus ataques a las aldeas de indios cristianizados y a los puestos
adelantados españoles, y que habían conseguido hacer apostatar a m uchos
indios ya bautizados. Al m ism o tiem po aunm entó el interés p o r lograr una
com unicación terrestre entre las provincias de la costa del G olfo y G u ate­
mala, sobre todo al amenazar crecientem ente los piratas ingleses la ruta
marítima. Entonces incluso m uchos religiosos consideraron ya com o im ­
posible una pacificación perm anente de los indios sólo con el m edio de la
evangelización y sin protección militar, y una Real Cédula de 22 de enero
de 15 56 ordenó finalm ente la conquista por la fuerza. Incluso los desilusio­
nados dom inicos propugnaron a la m uerte de Vico el em pleo de m edios
violentos, que rechazaban todavía para una prim era cristianización, pero
que consideraban perm itidos y necesarios para defender las nuevas iglesias
y ios símboles cristianos contra los apóstatas (Z am ora C. 1933: IX).

127
Fue entonces cuando el G obernador Licenciado Pedro Ramírez de Quiñones
con un ejército español y más de 2.000 indios de tro p a auxiliar partió en
1599 desde Chiapa contra los Lacandones de Lacam T un y Puchutla. Llegó
a un lago con una isla (peñón), que W estphal (1973:118) considera idénti­
co al posteriorm ente llamado Lago de Miramar, d onde estaba situada la
ciudad Lacam Tun.
León Pinelo (Stone 1932:244) habla de la «Laguna del Lacandón». Ramírez
pasó con dos botes a la isla y capturó al cacique, al sum o sacerdote y a 1.500
indios. Luego siguió hasta un lugar denom inado Totiltepec o Topiltepe-
que y finalm ente a Puchutla. Los españoles m ataron m uchos indios y
destruyeron sus botes, pero luego se retiraron (Z am ora Castellanos
1933: IX sig.). W estphal (1973:120 sig.) considera posible que las ruinas de
El Z apote sean los restos del antiguo Topiltepeque.
Para vengar a Fray D om ingo Vico y a sus acom pañantes, los indios cristia­
nizados, bajo el G obernador Juan de Chamelco (Juan M atalbatz), con más
éxito que Pedro Ramírez de Q uiñones de G uatem ala y Cobán, iniciaron
con 400 guerreros una cam paña contra los Acalanes y sus aliados los Lacan­
dones, de los que m ataron 300. Se ahorcó a los que se creía ser los principa­
les culpables de la m uerte de Vico y se trajeron m uchos prisioneros a G ua­
temala. A unque así se había herido la m édula de los Acalanes, la guerra
continuó hasta 1559 sin traer grandes éxitos para los españoles (Sapper
1936:27), pero finalmente, los Acalanes se retiraron a la región de los La­
candones con quienes se fusionaron (W estphal 1973:119).
La Verapaz ganó una creciente atención por parte de la adm inistración
española, m ientras que los dom inicos seguían esforzándose p o r conservar
la zona bajo su influencia. En 1559 C obán fue elevado en O bispado. El m is­
m o Bartolom é de Las Casas solicitó la investidura, pero le fue rehusada.
Propuso entonces a Fray Pedro de A ngulo, lo que no despertó un asenti­
m iento total de los dom inicos porque se temía, no sin razón, que paradesa-
rrollar económ icam ente el territorio abriera el paso a los colonos españo­
les, lo que podría producir fácilmente violencias y actos bélicos. C on todo,
Pedro de A ngulo fue nom brado prim er O bispo de C obán y así com enzó
de hecho una nueva etapa.
C om o se había tem ido, se com enzó po r sustituir al G obernador indio por
un Alcalde M ayor español, y el Presidente de la A udiencia im puso una nue­
va tasación a los indios. En el G olfo D ulce se fundó una nueva población,
M onguía, donde Alvarado había recibido ya en su tiem po una «encomien­
da». Para consturir este pueblo unos 600 a 700 indios tuvieron que trabajar
duram ente d urante diez meses a 20 ó 30 leguas de distancia de sus vivien­
das, y ni siquiera se les pagó lo prom etido. M uchos m urieron. Por lo

128
demás, M onguía fue m uy p ro n to abandonado. El O bispo A ngulo falleció
repentinam ente en 1562. A unque en el fondo había tenido buenas in ten ­
ciones respecto a los indios queriendo m ejorar la econom ía del país en p ro ­
vecho de ellos, con todo, su perm iso de entrada a los españoles en la zona
fom entó precisam ente las fuerzas que más les oprim ían y explotaban.
P ro n to se hicieron notar las consecuencias. Los elevados tributos m otiva­
ron la huida de m uchos indios. Sólo en 1568 se ordenó una reducción de las
tasas im puestas (Bierm ann 1964:138).
Pero, sobre todo, los nuevos Alcaldes Mayores españoles, que tenían un
sueldo de no m enos de 1.000 ducados, trataron de enriquecerse con nego­
cios privados prohibidos, y explotar a los indios. C om o sucesor de A ngulo
se nom bró O bispo de C obán a Fray Pedro de la Peña, pero éste prefirió un
traslado a Q uito, de form a que sólo en 1566 volvió a cubrirse la vacante con
Fray Tomás de Cárdenas que falleció en 1578. Su sucesor vino del Perú y en
lugar de fom entar la m isión de los dom inicos trajo sacerdotes seculares, a lo
que se había opuesto siem pre Cárdenas. Esto m uestra que los dom inicos
tenían num erosos enem igos incluso entre el clero. Los sacerdotes seculares
se presentaban casi siem pre com o grandes señores y ni siquiera tenían es­
crúpulos en tratar mal a los indios. La consecuencia fueron disturbios y re­
sistencias entre la población, y sobre todo los dom inicos, que veían en peli­
gro la realización de sus principios, se opusieron al O bispo, pero no
consiguieron nada. Al contrario se les quitó su iglesia y el convento de C o­
bán, que fueron convertidos en catedral y residencia episcopal, de m odo
que tuvieron que abandonar C obán y trasladarse a Chamelco. N o ren u n ­
ciaron naturalm ente, a su terreno sin más, pues enviaron a M adrid una acu­
sación contra el O bispo Ju a n Fernández de Rosillo. U na delegación de d o ­
m inicos que viajó a España con este fin llevó consigo a cuatro caciques, y
finalm ente obtuvo la devolución de su convento. A la m uerte del O bispo
Fernández no se volvió a cubrir el puesto que quedó así vacante hasta 1935
(Bierm ann 1964:138 sig., 142).
A pesar de todas estas dificultades, los dom inicos prosiguieron su labor
m isionera entre los Acalanes. En 1584 se fundó Santa Cruz y se redujo allí a
220 indios cristianizados. Sim ultáneam ente, otros dom inicos penetraron
desde Sacapulas y Chiapa en zona pagana.
Cuando los Lacandones reanudaron sus agresiones en su frontera occiden­
tal, Fray Pedro Lorencio, ciertam ente en contra de la voluntad de su P rovin­
cial, pero con perm iso del G eneral de la O rden, confirm ado p o r el Papa,
m archó en 1563 hacia Puchutla, un lugar de los Lacandones situado tam ­
bién en una isla rocosa en m edio de un lago. Pudo convencer a los habitan­
tes con su Cacique Canagual para que se dejaran bautizar. Pero en 1564 fue­

129
ron trasladados en gran parte a O cosingo (B ierm ann 1964:142; Riese
1972:60, 66; W estphal 1973:119). Puchutla, donde probablem ente se
hablaba el Tzeltal, debió estar situada en el lago de O cotal G rande (W est­
phal 1973:120).
D espués de que los Chol-Lacandones (León Pinelo habla aquí errónea­
m ente siem pre de los Puchutlas), huidos de los españoles, habían vuelto a
establecerse en su isla fortificada de Lacam Tun, se envió contra ellos en
1586 al Capitán Juan de Morales Villavicencio. Este, tras dos semanas de m ar­
cha, llegó al lago, conquistó el lugar y aniquiló una gran parte de la pobla­
ción. D esde entonces no volvió a poblarse Lacam Tun.
D espués de que los Tzeltal-Lancandones del norte habían sido desplazados
desde Puchutla, y después de que se había destruido y abandonado tam ­
bién Lacam Tun, a los Lacandones sólo les quedó com o zona habitable el
territorio ju n to al curso superior del U sum acinta con sus afluentes Lacan-
tún y Lacanjá (W estphal 1973:122).
M ientras tanto, los m isioneros habían penetrado desde la Verapaz en la
zona de los Choles y M anché que vivían al norte del río M aytol para m isio­
nar sus habitantes. El O bispo Cárdenas había propuesto unir a H onduras
esta zona, m uy difícilmente accesible desde Cobán, pero los indios pre­
ferían venir a Cobán y Cahabón para comerciar allí. Al deseo m anifestado
po r los m isioneros en tales ocasiones de que se dejaran bautizar, reacciona­
ban ellos con gran reserva; hasta que Fray A gustín M ontes logró, con ricos
regalos, conseguir el asentim iento de 40 dignatarios de los Choles que
habían venido a Cobán (Bierm ann 1964:143; Sapper 1936:29).
A fines de 1603, FrayJuan de Esguerra y Fray Salvador de San C ipriano m ar­
charon a Cucui, a orillas del río M aytol, tam bién llamado Z actún o Sars-
toon/S arstún, y luego siguieron hacia el norte po r M anché, Chocahan, Ixil
(H ixil), M atzin, Chixlox (Ixous en Sapper), A xha (Yaxhá en Sapper) y
otros lugares donde querían m isionar. Los frailes habían bautizados hasta
1610 unos 6.000 indios Choles (B ierm ann 1964:144; Sapper 1936:30) que
fueron trasladados a reducciones. Sapper nom bra muchas de estas aldeas y
ha tratados de localizar su ubicación exacta.
U n eficiente ayudante de Esguerra fue Fray Francisco Moran. Este llegó des­
pués de varios días de m archa hasta N olontevitz o Bolontchevitz, en el
territorio de los Itzá, d onde había fuentes salinas (León Pinelo, según Sto­
ne 1936:247). Pero M orán era demasiado precipitado y quería, quizá apre­
m iado po r las autoridades, im poner en todas partes la soberanía española
(Bierm ann 1964:144). A sí es com o perm itió se le diera protección militar,
lo que iba totalm ente contra las reglas de los dom inicos, y de suyo provocó
disturbios entre los indios desconfiados, en cuyo transcurso fueron m uer­

130
tos p o r los Itzá dos franciscanos, Fray D iego D elgado y Fray Ju a n E nri­
quez, ju n to con 25 soldados que habían venido de Yucatán.
Al term inar el siglo X V I ya se había tom ado p o r concluida con éxito la
m isión de los Choles y se había pasado a otros dom inios. Prim ero m archa­
ron los m isioneros hacia el este, a la zona de A m atique, d o nde se había des­
cubierto a los Loqueguas (Toqueguas o Loguenes) que tam bién hablaban
el Chol. Sin em bargo resultó que estos habían sido ya cristianizados desde
H onduras. A pesar de todo se les redujo en el lugar de A m atique, donde
privados de su am biente natural perecieron m uy p ronto . Sapper subraya
aquí, con razón, los m otivos psicológicos, sobre to d o la nostalgia, com o
causa de esta m ortandad (Sapper, 1936:31), un p u n to de vista que parece
haber sido totalm ente desconocido p o r los m isioneros. Para los afectados,
la reducción no significaba m eram ente un cambio de lugar, sino una trans­
form ación total de sus condiciones de vida, donde el corte de las largas
cabelleras de los hom bres y la obligación de usar vestidos extraños sólo
eran aparentem ente exterioridades, pues contribuyeron notablem ente a la
despersonalización de los indios (Sapper 1936:30).
La poca profundidad de la conversión se m ostró en que los indios bautiza­
dos, tan p ro n to com o les era posible, abandonaban las reducciones y se re­
fugiaban en la selva; todos los inform es conocidos están llenos de semejan­
tes ejemplos. A sí es com o la frontera siguió constantem ente amenazada
p o r los indios paganos, pues la continua penetración de los m isioneros
intranquilizaba a los vecinos del norte, Lacandones, M opanes e Itzá, de for­
m a que estos realizaban repetidas incursiones contra las aldeas cristianiza­
das y m ataban o secuestraban a sus habitantes. En 1628, los Lacandones lle­
garon inculso hasta seis leguas de C obán y aprisionaron o m ataron a
m uchos cristianos. En 1630, los Itzá penetraron en la zona del M anché y se
llevaron a más de 300 cristianos. El resto huyó y m uchos abandonaron de
nuevo el Cristianismo. El vicariato existente en el M anché tuvo que retirar­
se a Cahabón (León Pinelo, según S tone 1932:248). En 1632, los Itzá reali­
zaron con 1.000 guerreros un nuevo ataque en que m urieron dos españoles
y num erosos indios cristianos. M uchas de las nuevas reducciones fueron
incendiadas y sus habitantes huyeron. D e 6.000 cristianos apenas queda­
ron seis (B ierm ann 1964:145). Sapper señala la trem enda miseria que afec­
tó a todos los huidos a la selva, donde en su mayoría perecieron, pues la sel­
va virgen no ofrece alim entos y no era posible ningún cultivo en las milpas
abandonadas. Los m isioneros que intentaron hallar y volver a reunir a sus
dispersos rebaños no encontraron en ningún lado restos de ellos (Sapper
1936:32).
A nte este desarrollo negativo, incluso el C apítulo de los dom inicos cele-

131
brado en 1643 decidió abandonar totalm ente el vicariato del M anché. Fray
Francisco M orán, que con su exceso de celo había tenido gran parte de
culpa en este revés, viajó a R om a donde publicó varios escritos en favor de
una prosecución de la misión. Participó tam bién de form a especial en la
capitulación concluida en 1639 con el Rey p o r Diego de Vera Ordóñez de
Villiaquirán . En este contrato, Vera O rdóñez, que había sido capitán de
infantería y Alguacil M ayor de la Inquisición en Barcelona, se ofreció a
financiar con 30.000 pesos y a realizar una «entrada» contra los Choles y La-
candones, p o r lo que debería recompensársele con el nom bram iento de
Alcalde M ayor de Ciudad Real (San Cristóbal) y con una «encomienda» en
M ita/G uatem ala (detalles en León Pinelo, Stone 1932:251 sig.; d o nde sólo
se cita una sum a de 20.000 pesos; véase tam bién Bancroft 1890, II: 677;
Squier 1858: 562 sig.; G arcía Peláez 1968,1: 255).
Con todo, sólo después de repetidos aprem ios y de amenazarle con retirar­
le la «encomienda», com enzó D iego de Vera O rdóñez en 1645 sus prepara­
tivos y su m archa desde Mérida. A travesó zonas deshabitadas y en 1647
llegó a un lugar, N oháa, que W estphal (1973:129) considera com o muy
probablem ente idéntico al actual Najá. Le llamó «El Próspero» y dado que
se le había prom etido el título de «Adelantado» sobre el territorio a con­
quistar, en adelante se dem oninó a sí m ism o «Adelantado del Próspero» o
incluso «El G eneral perpetuo del Próspero», m ientras que llamaba al d o m i­
nio presuntam ente conquistado «Reino del Próspero» (W estphal
1973:128). D ebe notarse que Bancroft (1990; I I : 762) hablade la «Provincia
de El Próspero (alias de Lacandón)».
Posteriorm ente, D iego de Vera intentó una segunda expedición partiendo
desde O cosingo con m uchos españoles y 600 indios auxiliares, sin que por
lo dem ás lograra m ejores resultados. Procedió según el estilo de los anti­
guos conquistadores haciendo leer una especie de «requerimiento» y p ro ­
m etiendo a los indios un perdón general si se som etían a la C orona (Ms.
pp. 39, 53). Pero la población había huido a los m ontes y nadie le escuchó,
de m odo que tuvo que retirarse sin cum plir su pro p ó sito (García Peláez
1968,1:255; Squier 1858:562). Santa Cruz de El Próspero, cerca de O cosin­
go, d o nde el Presidente Barrios m o n tó en 1695 un cam pam ento, era posi­
blem ente el m ism o lugar a que D iego de Vera había llegado en su segunda
expedición; Valenzuela lo sospecha pero no está totalm ente suguro (Ms.
pp. 197, 231). La em presa de D iego de Vera, tan sonoram ente anunciada,
concluyó de form a tan lam entable que Villagutierre (1933:131) ni siquiera
pudo indicar fecha y lugar del principio de las expediciones ni tam poco
ninguna o tra noticia sobre sus resultados.
En 1667, Alfonso Rosica de Caldas hizo propuestas similares al Consejo de

132
Indias. Q uería financiar tam bién una entrada y la provincia que pacificaría
tom aría el nom bre de «provincia de Caldas» (García Peláez 1968,1:225 sig.;
Squier 1858:564). Sin em bargo no llegó a realizar tal empresa. Hacia el m is­
m o tiem po, el presidente de la Audiencia de G uatem ala pidió a los francis­
canos, mercedarios y dom inicos que ampliaran sus misiones. Pero su p ro n ­
ta destitución y fallecimiento im pidió se realizaran sus planes. Sapper con­
sidera justam ente
«una suerte que todos los intentos por recuperar a los apóstatas
en los dom inios rebeldes fueran p ro n to abandonados, de form a
que cierto tiem po después pudiera reanudarse el sistema norm al de
la siem bra y cosecha pacífica» (Sapper 1936:33).
P ro nto se reanim ó tam bién una cierta actividad comercial entre españoles
y Choles; los indios querían ciertam ente comerciar, pero seguían rehusan­
do el bautism o y la reducción.
La m isión del C hol experim entó un nuevo im pulso cuando el herm ano le­
go Fray Gerónimo Naranjo inició por cuenta propia una m isió n d elazo n a d e
San Lucas Zalac ju n to al río Maytol. Fue acom pañado p o r el joven FrayJosé
Delgado, que fundó allí una nueva reducción el año 1672. En 1674 se le adhi­
rió el hasta entonces provincial Fray Francisco Gallegos con otros tres sacer­
dotes (Véase para lo siguiente: Means 1917 (1974): 85 sig., donde se trata
detalladam ente la obra m isionera de Gallegos y Delgado con citas de
Villaguetierre). Los religiosos se esforzaron por reencontrar las aldeas
cristianas abandonadas, reunir a los indios dispersos y asentarlos de nuevo
en reducciones. M ientras tanto, Gallegos penetró en la zona de los Ahxo-
yes, ju n to al río Chixoy, a los que visitó en 1675 y en los que, con sorpresa
suya, reconoció indios cristianos de Cobán; habían em igrado o huido allá,
se habían establecido ju n to al río Chixoy y habían contraido m atrim onio
con mujeres paganas (Sapper 1936:33). En 1676, Gallegos estabade nuevo
en el Chol, en el nordeste, en la región de Chocahau y Manché. En esta en ­
trada, el núm ero de los bautizados llegó a 2.346 (Sapper 1936:34).
Gallegos y D elgado recibieron luego noticias sobre m uchos Choles paga­
nos de la comarca del G olfo D ulce y quisieron pasar allá. Sin em bargo, el
párroco del Castillo les dijo que aquella zona, bajo la jursdicción del O bis­
po de H onduras, pertenecía a su propio campo de acción (Sapper
1936:34).
Los num erosos viajes de m isioneros que com enzaban a trabajar allá donde
oían que vivían indios no bautizados, m uestra que se encontraban constan­
tem ente a la búsqueda de paganos a quienes reducir.
En 1676, los m isioneros, cuyo núm ero había aum entado ahora a cinco, reu­
nieron unos 2.500 indios Choles en ocho nuevas reducciones, pero tuvie­

133
ron que regresar a causa de las enfermedades que les afectaron. El m anuscri­
to de Valenzuela inform a sobre estas actividades utilizando el «Memorial e
Ynforme» de Delgado y el «Memorial» de Gallegos (Ms. pp. 30-35,
36-55).
En Guatemala, Gallegos recibió del Presidente de la A udiencia el encargo
de explorar el cam ino terrestre a Yucatán (Bierm ann 1964:147). Ya Fray
Gabriel de Salazar, un colaborador de M orán había desarrollado el proyec­
to de una vía terrestre entre Yucatán y G uatem ala, o una com unicación
usando los ríos Chixoy y U sum acinta hasta la lagunna de Térm inos, de
cuya realización se prom etía él muchas ventajas (Sapper 1936:32). D e
suyo, la idea no era nueva, pues ya la había propugnado Francisco de M on-
tejo.
En su viaje descrito en el m anuscrito de Valenzuela (pp. 36-55), Gallegos
llegó hasta Bacalar y Mérida, a donde, por lo demás, tam bién había ido en
1640 Fray Francisco M orán siguiendo el m ism o itinerario (Sapper
1936:34).
Pero apenas partieron los m isioneros se produjeron grandes disturbios en
la zona de los Choles. El Alcalde M ayor Sebastián de Olivera, un enem igo
de los dom inicos, se había enriquecido a costa tanto de los indios paganos
com o de los cristianos, en lo que le ayudó el indio Bartolom é C oq (Coc, se­
gún Sapper, 1936: 34, 36) de Cahabón, que fue finalm ente nom brado
G obernador de los indios y que tiranizó cruelm ente a la población (Sapper
1936:34 sig.). Sebastián de Olivera, el principal culpable de los desórde­
nes, había calum niado m ientras tanto en secreto a los dom inicos en la C or­
te de M adrid y sólo en 1684 pudieron descubrirse sus intrigas. El nuevo
provincial A gustín Cano supo justificar brillantem ente la labor de los d o ­
minicos. Pero si la O rden había ya vilado antes lo pactado con la C orona al
nom brar a un español com o Alcalde M ayor de Verapaz, ahora fue un
dom inico el que violó incluso las mismas reglas de su O rden. FrayJosé D el­
gado, que al regresar de su largo viaje se había enterado de lo mal que estaba
la situación en la misión, se decidió a restaurar el orden entre los indios re­
beldes utilizando incluso la violencia armada. C on todo, su éxito no fue d u ­
radero (Sapper 1936:36). Los Lacandones paganos se aprovecharon de la
crítica situación en la m isión para renovar sus ataques. Sin em bargo, el
revés más duro para la O rden fue una trem enda epidem ia que sólo en San
Lucas Zalac produjo más de 400 m uertos, sobre todo niños. Todos los
supervivientes huyeron, de m odo que los religiosos quedaron finalm ente
solos. Entonces regresaron a Cahabón (Sapper 1936:37).
En 1682, Frayjosé Delgado intentó de nuevo ganarse los Choles dispersos
y alejados nuevam ente del Cristianismo, pero dos religiosos enviados por

134
él, Fray Leonardo Serrano y FrayJuan Serrano fueron m uertos ju n to con 15
indios que les acom pañaban (Ms. pp. 22 sig.; Villagutierre 1933:135). D el­
gado, decepcionado definitivam ente abandonó entonces todos sus planes
de m isión de esa zona.
Hacia el m ism o tiem po, el O bispo de Guatemala, acom pañado de Fray
A gustín Cano, em prendía un viaje de visita para constatar personalem ente
la situación producida en la Verapaz. Los prim eros cinco emisarios que
envió a los Choles fueron m uertos, pero Cano avanzó a pesar de todo y
logró fundar de nuevo una reducción en San Lucas Zalac. El principal cabe­
cilla de los rebeldes fue aprisionado y llevado a Cahabón «como súbdito del
Rey y com o renegado» (Ms. pp. 23 sig.).
En 1685, otros frailes intentaron de nuevo ir al interior del país desde Caha­
bón. Al m ism o tiem po, los m isioneros Diego de Rivas, Alonso de León y
Matheo Figueroa, conducidos p o r Diego Bernardo delRío, que conocía bien el
país, penetraron en dom inio de los Lacandones partiendo desde H uehue-
tenango (Z am ora Castellanos 1933: X II). Fueron acom pañados p o r el C o­
rregidor de H uehuetenango, Melchor de Meneosy Medrano. El 8 de m arzo sa­
lieron de Santa Eulalia, pero ya el 14 del m ism o mes regresaron a H ueh u ete­
nango, después de haber fundado las aldeas de S anjosé 0 ehachán), Limpia
Concepción (Icalá), Santo N o m b re dejesú s (Tipene), San Pedro N olasco
(Lapconop), N uestra Señora de Belén y Los Reyes (Ms. pp. 15-19).
Sin em bargo, todos estos diversos intentos de «conversión y reducción» no
llegaron a lograr éxitos duraderos. A fines de 1688 se volvieron a levantar
los indios de San Lucas Zalac e incendiaron aldeas e iglesias. Se em prendió
entonces una campaña desde Cahabón para som eter a los apóstatas. Pero
sólo se encontró a 71 personas, que fueron llevadas prim ero a C ahabón y
luego al lejano Valle de U rrán, donde se las estableció en la nueva reducción
de Santa Cruz del Chol y d onde «sin posibilidad de huida pudieron llevar
una vida cristiana bajo el cuidado de los misioneros» (B ierm ann 1964:148).
Pero en realidad, el valle de U rrán, form ado por un afluente de la margen
izquierda del curso superior del M otagua, era el lugar más inapropiado
para indios que provenían de tierras bajas, pues se encontraba a una altura
de 1.500 m., aparte de que el suelo era pobre y el clima perjudicial. En este
tiem po se había ya olvidado la antigua y razonable prohibición de estable­
cer indios de las tierras bajas en zonas elevadas y vieceversa (Sapper
1936:38). A pesar de todo, en el curso de nuevos intentos de reducción, se
asentó allí en 1697 ao tro s C h o les,y p o r últim a vez durante el año 1706a4l
personas, de las que, com o inform a Ximénez, en 1710 sólo habían sobrevi­
vido cuatro o cinco. «Fueron asistidas po r los religiosos sin cuya ayuda
habrían m uerto de hambre», se narra lacónicam ente en Biermann. En 1769

135
vivían en el valle de U rrán todavía 375 familias con 1686 personas en cuatro
aldeas, pero no hablaban ya Chol sino sólo español (Bierm ann
1964:148).
En 1689, después de term inar una expedición realizada en Costa Rica con­
tra los indios de la comarca de Talamanca, el capitán Juan de Mendoza se es­
forzó p o r lograr el encargo oficial de pacificar los Choles y Lacandones a la
cabeza de 50 soldados. El Rey aceptó su propuesta (Villagutierre
1933:148), d onde se preveía que M endoza sólo sirviera de protección mili­
tar a Fray A gustín Cano de la O rden de Predicadores y a Fray D iego de
Rivas, mercedario, que debían ensayar prim ero un m ero in ten to pacífico.
Al m ism o tiem po se preparó un plan - inspirado o p o r el O id o r Francisco
Saraza, o, com o dice X im énez (Lib. V, cap. LVII = 1931 vol. 3:8), p o r el Ca-
p itá n ju a n de M endoza - para penetrar en tres expediciones coordinadas
desde distintos lugares: desde G uatem ala y desde Chiapa con la ayuda de
los dom inicos, a los que se había reservado aquella zona, y desde H uehuete-
nango, que pertenecía a la zona de influencia de los mercedarios (García
Peláez 1968,1: 255).
El 24 de noviem bre de 1692, el Rey envió dos Cédulas especiales al G o b er­
nador de Yucatán y al Presidente de la Audiencia de G uatem ala con la
orden de em prender aquella campaña coordinada. Esta fue el inicio de la
«entrada» del Presidente Barrios Leal en 1695. Pero todavía antes, en 1693,
los dos franciscanos, Fray Melchor López y Fray Antonio Margil, que ya
habían trabajado con éxito en C osta Ricay N icaragua (Ms. p. 81) y luego en
la m isión del Chol, em prendieron una entrada propia en la zona de los
Lacandones partiendo de Cobán. Valenzuela ha reproducido literalm ente
un inform e de am bos m isioneros (Ms. pp. 83-85) y tam bién X im énez
(Lib. V, cap. LV = 1931: 3 sig.) inform a detalladam ente sobre este viaje.
N arra com o los religiosos, tras penosos cruces de m uchos grandes ríos
habían llegado hasta el «pueblo del Lacandón» d onde fueron recibidos
am istosam ente. Incluso pudieron tom ar consigo para su reeducación a
doce Lacandones, tres caciques y nueve pricipales de tres distintas aldeas.
Sin em bargo, en el cam ino de regreso, después de haber pasado cierto tiem ­
p o en Cobán, m urieron todos, lo que X im énez atribuye en parte a excesos
en las m uestras de amistad, en parte al cambio de clima. Cuando M argil y
López, ya sin los acom pañantes indios, llegaron a los Lacandones, tropeza­
ron con abierta hostilidad. Para expulsar a los Padres, los indios incendia­
ron una casa, pero el fuego, incontrolado, destruyó to d a la aldea. Para los
m isioneros esta les pareció una ocasión favorable con que dem ostrar se tra­
taba de un castigo divino. Pero no im presinaron a los indios. D e todas for­
mas no vieron posible continuar su labor y retrocedieron a Cobán. Por des-

136
»s im

MIRAMAR

•C o m i tá sak balan

-Dolores /

Co b a n

Huehuetena

según Thom pson, 1927, p. 28

gracia faltan datos exactos sobre la aldea en que sucedió este percance. Pero
m uchos lugares en Valenzuela señalan casi con certeza que se trató de la
aldea que luego se llamó D olores, precisam ente el lugar que el Presidente
Barrios alcanzaría un año después. Se dice que algunos Lacandones recono­
cieron Fray A ntonio M argil y que éste se acordaba de la aldea, sobre todo de
las tres casas de la com unidad.
Ya entonces, los padres habían sabido que en la cercanía existían tres o cua­
tro pequeñas aldeas de Lacandones, cada una con unas 20 casas. Por esto es
incom prensible que no se preguntara a Fray A ntonio Margil que había
estado allí dos veces el año anterior o que no se utilizaran sus conocim ien­
tos para la realización de la expedición, lo m ism o que tam bién es inexplica­
ble que el Presidente Barrios se diera p o r contento con la indicación de los
Lacandones, de que junto a D olores no había otras aldeas, pues habían sido
incendiadas o abandonadas, aunque luego se encontraron las aldeas Peta y
M ap (Ms. pp. 83 sig., 293, 419, 424, 445 sig.)

137
La campaña del Presidente Barrios de 1695, que es objeto de la relación de
Valenzuela, selló la suerte de los Lacandones de D olores. Barrios al regresar
dejó allá en un pequeño fuerte 30 hom bres. Al año siguiente vino un
núm ero m ayor de soldados y m isioneros y com enzaron el desplazam iento
forzoso, inicialmente a algunas aldeas m uy cercanas a D olores, a d onde se
trajo tam bién Lacandones procedentes del norte. Pocos años después se les
trasladó a todos a m ayor distancia. La zona así desplazada perdió p ro n to in ­
terés para los españoles y el nuevo Presidente Gabriel Sánchez de Berrospe
retiró la guarnición de D olores y luego la selva se extendió sobre aquellos
lugares en que antes había vivido una población valiente y consciente de sí
misma.

138
IV • LA E X P E D I C I Ó N D E 1695 C O M O
M O D E L O DE U N A « ENTRADA»

1 • LA P L A N IFIC A C IÓ N M ILITA R Y E STR A TÉG IC A

Es un hecho soprendente, que el dom inio español logrado p o r conquistas


sobre un im perio colonial de tan enorm e extensión, del que p u d o decirse
que en él no se ponía el sol, se sostuviera durante siglos enteros no sobre
una base m ilitar sino adm inistrativo-burocrácita (K onetzk e 1974:157).
Los ejércitos de mercenarios de los prim eros conquistadores no se desarro­
llaron posteriorm ente, durante la era colonial, hacia algo así com o unida­
des militares perm anentes; y la Corona, prescindiendo de contados casos,
no m antenía tropas regulares en ultramar. Solam ente las guarniciones de
las fortificaciones y fuertes estaban atendidas po r soldados españoles en ­
viados a Amercica, cuyo núm ero aum entó durante los siglos X V II y X V III
debido a la creciente amenaza de los piratas ingelses, holandeses y france­
ses, aunque se m antuvo siem pre bajo. Es significativo que las fuerzas m ili­
tares tuvieran que dedicarse preferentem ente a la defensa contra enemigos
exteriores y no contra los indios som etidos. El gobierno buscó sobre todo
la form a de evitar durante el tiem po que fue posible crear tropas españolas
con los nacidos en el país, los criollos, o incluso con mestizos, m ulatos o in ­
dios; esto en realidad se realizaría sólo en el transcurso del siglo X V III y en
m uy reducido ám bito (K o n etzk e 1974:158 sig.).
Sin em bargo, basándose en la tradicional obligación vigente en España, de
que to d o hom bre libre debía en caso necesario prestar su servicio en las
armas en defensa de la m onarquía y el reino, y sobre to d o apoyándose en el
sistema de la encom ienda —fundado en ideas de derecho feudal - tam bién
en ultram ar se llegó a una especie de constitución m ilitar (García Gallo
1965:5). Los encom enderos debían estar disponibles en cualquier m o m en ­
to con caballo y armas para una acción militar. Además, todos los «vecinos
y moradores» tenían que poseer tam bién armas y ejercitarse en su uso, y
eventualm ente tam bién en milicias, en las que se les había organizado, para
poder defender el país (G arcía Gallo 1965:5,8,64). Sargentos y suboficia­
les enseñaban todos los dom ingos el uso de las armas a los m iem bros de su
milicia. Esta obligación a servir había sido ya ordenada en la Real Cédula de
13 de noviem bre de 1535 para México, y el 7 de octubre de 1540 para Santo
D om ingo, y luego se había extendido su validez a todos los dom inios de ul­

139
tram ar al incorporarse la segunda Cédula citada en la Recopilación de Leyes
de Indias (Recopilación de Leyes de Indias, III.4.19).La obligación del ser­
vicio con las armas se extendía inicialm ente sólo a los casos de defensa co n ­
tra enem igos exteriores o interiores. Por la Real Cédula de 30 de N oviem ­
bre de 1580 destinada al Vierrey del Perú se incluyó tam bién la defensa de
«nuestra fe católica», lo que tuvo creciente im portancia en la lucha contra
los protestantes ingleses (Gacía G allo 1965:6). Posteriorm ente se dijo
incluso:
«pero conviene advertir que no sólo frente a Estados extranje­
ros poderosos se insiste en esta obligación general de los súbditos,
sino tam bién frente a los indios» (G arcía Gallo 1965:7);
pero esto sólo tenía valor en caso de rebelión o de ataque de los indios.
Por lo demás, el servicio de los ciudadanos o habitantes no fue exigido m uy
frecuentem ente, tanto más cuanto que existía toda una serie de otras posi­
bilidades para reunir la cantidad necesaria de soldados, com o p o r ejemplo,
«el servicio voluntario», al que se apuntaban gentes de espíritu aventurero,
a m enudo con la esperanza del botín, o quienes habían hecho un v oto de
luchar p or la fe. A m edida que estos m otivos fueron cayendo en desuso se
form aron grupos de «mercenarios», que po r lo demás eran caros y poco de
fiar; de m odo que partiendo del sistema de servicio con las armas se llegó a
desarrollar el sistema de las milicias (G arcía G allo 1965:17 sig.). Las milicias
constituían una especie de agrupación defensiva de ciudadanos. Tanto los
españoles com o tam bién los «pardos» o «morenos» (m estizos o m ulatos)
estaban sujetos al servicio obligatorio, pero se les organizó en tropas espe­
ciales españolas o indias: «en cada pueblo o partido rural se form a relación
po r calles o estancias y casas del total de la población». Según las condicio­
nes locales, los obligados al servicio, podían reunirse tam bién según gre­
m ios; blancos y de color perm anecieron siem pre separados. Es verdad que,
en principio, todos los varones de 15 a 45 años estaban sujetos al servicio
obligatorio, pero había m uchas excepciones y privilegios, aparte de la posi­
bilidad de liberarse pagando cierta sum a de dinero (García G allo 1965:60).
Pues m uchas veces, el cum plim iento del servicio personal p u d o suplirse
con un pago en metálico; uno podía así cum plirlo «personalm ente o a su
costo» (García Gallo 1965: 7 , 15).
N aturalm ente, el valor m ilitar de las milicias no eram uy elevado, aunque se
disponía de un extenso plantel de antiguos soldados experim entados co­
m o oficiales y suboficiales (García G allo 1965:64). Pero sobre todo, en
estas condiciones faltaba una infraestructura militar. En principio, cada
hom bre tenía que cuidarse él m ism o de sus armas. Con todo, en las ciuda­
des había m uchas veces lo que se llamaba «salas de armas», en las que se con­

140
servaban otras armas y equipo de arm am ento pertenecientes a la C orona
(K o n etzke 1974: l6 l). El que este equipo frecuentem ente se encontraba en
deplorables condiciones es com prensible. Los soldados del Presidente
Barrios fueron equipados en 1695 con material, en parte, hasta de 40 años, y
que procedía de la cam paña de D iego de Vera (Ms. p. 219).
Los caballos, im portantes para toda acción militar, pero caros en su adquisi­
ción y m antenim iento, y que pertenecían a la C orona o a «Su Magestad»,
com o se decía, eran entregados a algunos propietarios que debían encargar­
se de cuidarlos a costa propia (Ms. p. 101). C on esto debería de haberse ago­
tado ya la enum eración de las m edidas oficiales pertinentes al arm am ento.
P or tanto, cuando se debía em prender una campaña com o la planeada p o r
el Presidente Barrios, eran precisos am plios y trabajosos preparativos. N o
debe pues sorprender que Valenzuela dedique a esta parte de la em presa los
capítulos más am plios de su m anuscrito, tanto más cuanto que esto recaía
parcialm ente en el dom inio de sus propias actividades oficiales. Los prepa­
rativos se vieron dificultados p o r el hecho de que en la campaña del Presi­
dente Barrios no se trató de una auténtica «campaña guerrera», sino más
bien de una m edida adm inistrativa que, en térm inos m odernos, podía
haber sido denom inada en to d o caso «acción policíaca». A pesar de algunas
incursiones limitadas localm ente a aldeas de indios cristianizados, en reali­
dad no podía hablarse de una guerra de agresión de parte de los Lacando-
nes, Itzá o Choles contra los españoles; de form a que en sentido legal no se
cum plían los presupuestos de una «guerra justa» para las acciones españo­
las.
El Presidente Barrios, que además detentaba el título de Capitán General,
es decir, que tenía tam bién el m ando suprem o m ilitar en su Audiencia, y
que tam bién era general de artillería, no participó po r esto en la campaña
com o militar, sino com o Presidente de la Audiencia. En consecuencia, en la
m edida en que no se m encionan ocasionalm ente todos sus títulos, el
m anuscrito de Valenzuela no le llama nunca general o capitán general, sino
sólo Presidente. Por consiguiente, en este caso no poseía atribuciones m ili­
tares com o las que habría tenido en el caso de una «guerra», sino se encon­
traba ligado al sistema colegial con que funcionaba la adm inistración colo­
nial (K onetzke 1974:134). En todas las medidas de im portancia, el Presi­
dente tenía que convocar prim ero una de las «juntas» com petentes para el
caso; en asuntos militares, la «junta de guerra»; en asuntos financieros, la
«junta de hacienda» y, en los otros casos posibles, la «junta de gobierno».
Esto no sólo tenía vigor en casos en que debía decidirse sobre gastos con
fondos públicos, com o p o r ejem plo en la determ inación de la rem unera­
ción a la tropa (Ms. pp. 183 sig.), o en la com pra de objetos de pertrechos y

141
arm am ento, pero tam bién en cuestiones puram ente estratégico-militares;
entonces no era el Presidente solo, sino una «junta de guerra» la que tom a­
ba, p o r ejemplo, la decisión de si debía proseguirse una acción en un deter­
m inado p u n to de la marcha, qué dirección debía tom arse o si el camino
debía hacerse po r tierra o en botes por el río (Ms. p. 32l).
Q ue en el curso de las deliberaciones de una de tales «juntas» se discutían
opiniones totalm ente opuestas, se m uestra en el caso de la junta convocada
po r el Presidente con A uto de 15 de septiem bre de 1694, para preparar la
estrategia de la campaña, y en la que sobre todo Fray A gustín Cano se p ro ­
nunció contra una m archa desde Chiapa (Ms. pp. 100 sig.), o en la de 8 de
febrero de 1695 en que se decidió que el grueso del ejército avanzara desde
Ocosingo (Ms. pp. 208 sig.).
O tro principio de la adm inistración, quizá incluso más rigurosam ente apli­
cado, fue el de la más extrem a econom ía en el uso de los fondos públicos.
Sólo podían emplearse los m edios existentes oficiales en m etálico o en
especie en la m edida en que no era posible im ponerlos sobre los ciudada­
nos. Es cierto que era m uy habitual apelar a los vecinos para que ayudaran al
éxito de una de tales «entradas», agradables al Rey y a D ios, contribuyendo
en persona o en metálico o especie a su logro, e indudablem ente existía
siem pre cierta presión po r parte de la Iglesia y de los demás ciudadanos para
no eximirse de tales contribuciones, pero a pesar de estas casi coacciones
morales se quiso m antener el principio de la libertad, y Valenzuela aporta
suficientes ejem plos sobre com o algunos ciudadanos sabían esquivar total
o parcialm ente estas presiones (M s. pp. 99, 212 sig.).
Por otra parte, m uchos se m anifestaban dispuestos a participar en la cam­
pana com o soldados o com o oficiales, a cuenta propia y sin sueldo, incluso
aportando a veces ellos m ism os el arm am ento, y aunque en este p u n to no
se cum plieran las optim istas esperanzas del Presidente, inicialmente se
había supuesto que po r lo m enos la m itad, o incluso dos tercios de la tropa,
se pondrían a disposición de las autoridades sin exigir soldada.
Más difícil que reclutar la tro p a resultaba la búsqueda de oficiales apropia­
dos, pues aquí el Presidente no tenía otra opción que la de esperar enrola­
m ientos voluntarios, debía ser los más tacaño que le fuera posible con los
sueldos y sin em bargo buscar los más experim entados. M ientras que ante­
riorm ente el salario por los costos ocasionados, la esperanza de botín, el
reparto de tierras, o de indios tributarios habían servido de señuelo, al p rin ­
cipio del siglo XVII no se daban ya tales condiciones, pues iba term inando
la época de repartim ientos y encomiendas. A lo más, el prestigio social, el
derecho a llevar uniform e, la garantía del «fuero militar» y algunos privile­
gios podían servir todavía de acicate para participar en una expedición

142
(K o n etzk e 1974:162 sig.). A sí es com o el Presidente tuvo que aceptar la ne­
gativa de cuatro personas para las que él había planeado las funciones de un
«auditor y asesor general» (Ms. pp. 171,173 sig., 175). Sólo después de un
trabajoso ir y venir, logró Barrios finalm ente ganar al D r. B artolom é de
A m ésqueta, «oidor y alcalde de corte de la Real Audiencia», para confiarle
tal puesto que le convertía en su sustituto durante la cam paña (Ms. p. 175).
A m ésqueta, cuya cualificación para este cargo consistía en «su grande litera­
tura, actiuidad y celo en este y ttodos los negocios», fue nom brado «tenien­
te de gobernador y capitán general», con las funciones de un
«cabo superior de toda la gente de guerra, sus cabos y officiales y
la demás que ha de entrar a esta reducción así p o r la parte de
Chiapa com o p o r la de G ueguetenango y Verapaz, la riga, m ande y
govierne entrando a la tierra de los infieles, procurando su reduc­
ción» (Ms. pp. 175 sig.).
Para el caso en que el m ism o Barrios Leal se viera im pedido de participar en
la cam paña po r la enferm edad que le había aquejado poco antes de su p ro ­
yectado com ienzo, debería A m ésqueta ejercer todas las funciones y asumir
todas las com petencias del m ando
«como Su Señoría lo hiziera y pudiera hazer, dando para ello
ttodas las hórdenes y providencias que juzgare más conbenientes
en form a que Su Señoría las podría y debería dar sin limitación
alguna ...» (Ms. pp. 175 sig.).
D ado que el presidente pudo luego encargarse personalm ente de la direc­
ción de la empresa, debió nom brar además un representante que le sustitu­
yera en sus obligaciones habituales en la capital. Su elección recayó sobre el
O id o r Lic. Jo sep h de Escals (Deseáis), que tam bién recibió para este tiem ­
po el título de «teniente de gobernador y capitán general» (Ms. p. 188).
U nos cien años antes, el Capitán Bernardo de Machuca, con larga experien­
cia en «Las Indias» había recom endado ya en su «Milicia Indiana»:
«Si fuera jornada de nueva conquista y el gobernador o capitán
general se m oviera a ella, nom brará su teniente general y m aestre de
campo, capitanes y sargento mayor, alférez general y alguacil m ayor
del campo, y de tal m anera sea el núm ero de los capitanes, que
quepan a cinquenta soldados, pues es núm ero tan bastante en
esta milicia com o en la de Italia dos cientos» (Vargas Machuca,
1892,1: 115).
Exactam ente sugún esta vieja receta se repartieron ahora los distintos car­
gos. G regorio de Vargas Escudero (Ms. p. 219) fue nom brado M aestre de
Cam po; después de que A ndrés de U rbina, al que se había previsto inicial­
m ente para el puesto de Sargento Mayor, se disculpara p o r las graves heri­

143
das sufridas en la reconstrucción del fuerte «Del Golfo», aparte de quegana-
ba m uy poco, se nom bró Sargento M ayor a Francisco de Albisuri quien
había desem peñado ya dicho cargo otras veces (Ms. p. 181). A yudante ge­
neral con un sueldo anual de 250 pesos fue nom brado Fernando C enturión
(S enturión) (Ms. p. 219).
O tros puestos eran los del m aestro de cuarteles o «proveedor», a el que se
exigía m ucho en lo que atañe la cualificación, pues la longitud y dificultad
de las vías de aprovisionam iento, así com o la cantidad de cabalgaduras y
bagaje, en que no sólo se contaban gran núm ero degalinas vivas, sino tam ­
bién ovejas y bueyes, suponían un grave trabajo logístico. Interesante es
notar que tam bién se nom bró un «G obernador de los yndios de guerra y
gastadores»; éste fuel el Capitán M artín de Urdanis, antiguo «alcalde m ayor
y teniente de capitán general de la provincia de Chiapa», que es descrito
com o «amante m isericordioso de los indios» (Ms. pp. 219 sig.). Su trabajo
consistía en atender para que las tropas auxiliares indias «no fuesen bexados
n i ... m olestados, ni debieran obedecer a o ttro cabo ni persona que a el
susodicho». Se concedió la m ayor im portancia al buen trato de las tropas
auxiliares formadas p o r indios (M s. pp. 108,191).
C om o capitanes de las cinco com pañías se nom bró a Tomás de G uzm án,
M elchor Rodríguez, Tomás de Alvarado, Ju a n Díaz de Velasco y p o r últi­
m o a N icolás de Valenzuela, y todos ellos recibieron su patente (M s. p. 179
sig.).
Ju a n Díaz que había vivido en Verapaz y que ya había penetrado varias
veces en el interior del país, especialm ente en la zona de los Choles (Ms.
p.179) debía ponerse al m ando de la com pañía que tendría que m archar
desde Verapaz, m ientras que M elchor R odríguez de Mazariegos tendría
que m andar lo que marcharía desde H uehuetenango y que debía unirse
luego con el grueso de la tropa m andado p o r Barrios. M elchor Rodríguez
era el más antiguo de los capitanes y p o r ello se le concedió el título de «Ca­
pitán com andante», pero esto sólo significaba que era el «primus inter
pares»; de suyo, todos los capitanes tenían el m ism o rango: «en el cum pli­
m iento de sus obligaciones cada cual fue el prim ero p o r el esmero, desbelo,
zelo y cuidado ...» (Ms. p. 179).
Los capitantes enrolaron suboficiales «de su satisfacción» y tam bién alista­
ron sus soldados. M elchor Rodríguez que parece había sido un activo capi­
tán de milicia seleccionó de los 200 hom bres de su «compañía miliziana de
G ueguetenango» los 50 «más aguantes, fuertes, robustos y trabajadores»
(Ms. pp. 137,140).
P or lo demás, p or orden del Presidente tam bién se procedió en la contrata­
ción del personal de la m ism a form a que describe Vargas M achuca (1852,

144
1:114), es decir: se plantaba el estandarte real y se tocaba el tam bor («tocar
caxas»), para que vinieran los soldados y pudieran inscribirse en la lista. In ­
m ediatam ente se les repartía entre las distintas com pañías y se les presenta­
ba a sus capitanes (Ms. p. 180). Los oficiales reales, es decir, los funcionarios
de la Real hacienda, pagaban inm ediatam ente a los enrolados dos soldadas,
com o paga y señal - en esta cam paña fueron 16 pesos. A cada com pañía
pertenecían dos tam bores, un pífano (Ms. p. 219), furrieres, armeros y otro
personal especializado. Tam poco faltaba un cirujano (Ms. p. 219).
Las compañías españolas com prendían unas 85 personas, de las que 60 eran
soldados, el resto «criados, m olenderas y sus maridos»; las com pañías de
tropas auxiliares indias contaban de 116 a 120 personas, incluyendo tam ­
bién las m olenderas y sus m aridos (Ms. p. 307). D e acuerdo con el carácter
semicivil de la empresa, los soldados españoles, que en gran parte aporta­
ban su propio equipo militar, tenían dem asiado bagaje y, co n g u sto , hubie­
ra tom ado cada uno su propio portad o r indio. Sin em bargo, m uy p ro n to se
dieron cuenta de lo inadecuado de tal actitud y m uchos vendieron el equi­
paje supérfluo. Más tarde, cuando ya habían m uerto muchas de las bestias
de carga, se lim itó estrictam ente todo el equipaje (Ms. p. 232).
A unque el viejo guerrero Vargas M achuca había recom endado no se lleva­
ra ninguna m ujer en una expedición, en ésta, las m olenderas tenían que
ayudar en la cocina, preparar tortillas y tamales o «biscochos», m ientras que
sus maridos buscaban madera para el fuego o agua, y ayudaban en otras
tareas. N o se objetó m oralm ente a la presencia de las m olenderas pues esta­
ban acompañadas por sus maridos.
El estandarte real, confiado a u n «alféres real», que debía ejercer una especial
vigilancia, se encontraba siempre en el m ism o lugar que el Presidente. Pero
aparentem ente cada com pañía tenía su propia bandera, pues M arcos A n to ­
nio de la Tobilla, el capitán de la «infantería de gente parda» donó, además
de 20 lanzas, una bandera (Ms. p. 213). Al parecer existía tam bién «una ban­
dera o guión», que servía m enos de insignia m ilitar que de instrum ento de
propaganda y que fue preparada expresam ente para esta campaña; pues se
d ijo : «parecía com beniente se hiziera una bandera o guión para aum entar el
feruor». Por un lado llevaba la imagen de Cristo crucificado y a sus pies el
g lobo terráqueo así com o las armas reales con una orla que rezaba en latín
«laúdate dom inum om nes genttes, laúdate eum om nes populi»; y p o r el
otro, una imagen de la Santísim a Virgen con el lema: «Dominare nosttri
ttu et filius tuus»(Ms. pp. 108 sig., 220).
Ya se ha dicho que el valor m ilitar de las milicias era realm ente m uy bajo;
«no savían ni aun los prim eros rudim entos», com entaba Valenzuela (Ms. p.
234) su nivel de form ación militar, pues estaban acostum brados a y «con­

145
servados en gobierno pacífico». D ado que de ellos se podía esperar m enos
disciplina y rendim iento que de la «gente pagada», fueron éstos, los m erce­
narios, los que constituyeron el «nervio» de la tro p a (Ms. p. 9l). D ada la
mala preparación de la tropa, el Presidente Barrios consideró o p o rtu n o en ­
trenarla algo antes de su diffícil expedición, y po r lo m enos instruir a los
soldados en las más necesarias «formalidades militares, y attenzión, benera-
zión, respectto y obedienzia a los cauos y demás sus superiores» (Ms.
p.219). H u b o que em pezar po r enseñarles to d o lo referente al uso y cuida­
do de las armas: «enseñar y disciplinar en registrar las m uniciones, herra­
m ientas, determ inar su condizión y en otras cosas pertenecientes» (Ms.
p.202).
El Presidente Barrios se dedicó personalm ente a la instrucción m ilitar no
sólo de los suboficiales sino tam bién de los soldados rasos, a los que se exi­
gió una exacta disciplina, y con los que en general se p o rtó ciertam ente de
form a suave, pero tam bién enérgica cuando se consideró necesario. Valen­
zuela opina que la tropa, gracias a los infatigables esfuerzos del Presidente y
de sus oficiales, al final estuvo tan bien form ada que podría haber ido a ser­
vir a los m ism os campos de batalla de Flandes (Ms. p. 234). Para dem ostrar
el nivel alcanzado en lo que toca a disciplina militar, el Presidente y sus
ofciales hicieron repetidas veces «pasar muestra» a las com pañías (Ms.
pp. 218 sig.)
D e acuerdo con la doble m otivación de la «entrada», que tenía un carácter
tanto m ilitar com o misional, se consideró tam bién im p o rtan te el com por­
tam iento religioso de la tropa. Ya los soldados de Cortés habían escuchado
siem pre una m isa antes de iniciar una em presa; Bernal Díaz ofrece m uchos
ejem plos de esta conducta (Bernal Díaz 1965:69,8 3 ). El m ism o Rey había
ordenado a los Capitanes Generales que se ocuparan de que los soldados
vivieran cristianamente, recibieran regularm ente los sacramentos, no
vivieran en concubinato y no blasfemaran o com etieran otros pecados (Re-
cop. de Leyes de los Reynos de las Indias Lib. Ill, Tit. X, Ley X X /1582).
Vargas Machuca, po r su parte, había recom endado a los jefes de las unida­
des militares, que ellos m ism os se abstuvieran de jurar y blasfemar y que
atendieran con la m ayor energía para im pedir que sus soldados lo hicieran
(1892,1: 56,123,169,57). Cada vez que se iniciaba una m archa se oía la misa
y todas las tardes se hacía tam bién oración. El Presidente Barrios to m ó esta
recom endación com o prim er p u n to de su orden de 17 de enero de 1695
(Ms. pp. 190 sig.). Pero tam bién durante la campaña, los m isioneros am o­
nestaban constantem ente a los soldados a vivir cristianamente, procura­
ban que todos confesaran - las tropas indias en sus propios idiomas
(M s.p. 300) - y cada m añana se leía la misa antes de com enzar la m archa

146
(ejem plo: Ms. pp. 234,255 sig., 263, 265, 267 sig., 304, 368,372, 374 etc.).
D ado que la Semana Santa cayó en el tiem po de la expedición, h u b o sufi­
cientes ocasiones para misas, oraciones, rosarios y letanías (Ms. pp. 269
sig.). El m ism o Presidente Barrios precedió en esto con el ejemplo: antes
de salir el ejército de H uehuetenango, em prendió una corta peregrinación
a la Virgen del Rosario de Chiantla (Ms. pp. 202 sig.) y durante toda la cam­
paña llevó consigo una cajitacon una imagen d éla V irgen (M s. p. 199). En
El Próspero, el Presidente había hecho venir, pagándoles él m ism o, m úsi­
cos indios de C om itán para que tocaran durante la misa dedicada a pedir
p o r el éxito de la «entrada cristiana» a la que se preparaban (Ms. p. 235).
En conjunto, los soldados dieron m uestras de tantas virtudes cristianas que
Valenzuela opina (Ms. p. 235), que el ejército parecía constar de «religios-
sos herm ittaños más (que) de soldado moços». N aturalm ente, en esta difí­
cil marcha a través de selvas despobladas había pocas ocasiones para pecar,
y los obstáculos a superar obligaban a todos a una evidente disciplina. Sola­
m ente cuando el sum inistro, más que escaso, faltó, se produjeron faltas de
disciplina. A sí es com o los soldados llegaron a robarse unos a otros las
raciones o a venderse, aprecios de usura, vestidos u objetos de arm am ento.
Ya Vargas M achuca había advertido del peligro de tales abusos en situacio­
nes críticas, pero pensando más bien que la causa sen an las deudas de jue­
go; sin em bargo entre los soldados de Barrios fue el ham bre el m otivo fun­
dam ental y po r eso algo más bien perdonable (Ms. pp. 311 sig.). La o tra fal­
ta de disciplina, tam bién m uy explicable, de que inform a Valenzuela, con­
sistió en que los soldados - contraviniendo la prohibición - saqueaban
campos y casas abandonadas por los indios a la busca de alim entos; el Presi­
dente Barrios, sin em bargo, hizo reunir lo que fue posible encontrar to ­
davía y devolverlo a la población indígena (Ms. pp. 316,352,365). Todavía
resulta más com prensible que las m olenderas y sus maridos, cuyas raciones
eran probablem ente aún más escasas, aprovecharan la ocasión para quedar­
se con algo durante el lavado y cocido del maiz. Barrios era suficientem ente
inteligente com o para im poner ahí castigos y se contentó con reforzar las
guardias (Ms. p. 308). P or lo demás, en la m edida en que se consideró nece­
sario, se im pusieron duros castigos, sin exluir alguna que otra vez «unapor-
ción de palos» (Ms. p. 247).
Especiales determ inaciones fueron dadas con respecto a posibles contra­
venciones entre las tropas auxiliares indias. Se había prohibido term inante­
m ente «que español alguno, ni otro que no sea indio, les to q u e ni en un
pelo»; el castigo debía ser aplicado exclusivamente p o r el jefe correspon­
diente indio y sobre todo no debía realizarse en presencia de los indios a los
que se quería aún convertir (Ms. p. 19l). A quí, com o en otros m uchos luga­

147
res se expresa de nuevo que en ningún caso debía hacerse «agravio» a los
indios, tanto cristianos com o paganos. Las tropas auxiliares debían ser tra­
tadas con «camaradería».
El que Valenzuela no inform e de casos más graves de indisciplina, prescin­
diendo de que algunos soldados habían sim ulado estar enferm os
(Ms. p. 326) y que a veces h ubo que im poner una orden utilizando del bas­
tón (M s. p. 357), debió fundarse sobre to d o en que el Presidente Barrios
era respetado y querido p o r todos, y - com o se repite constantem ente —,
soportó com o cualquier otro todos los trabajos, ham bre e inclemencias
producidas en la expedición. Y esta campaña, com o describe plásticam ente
Valenzuela, im puso realm ente enorm es esfuerzos a todos, que no encon­
trará exagerados quien conozca el país. N adie m enor que Sapper (1936:11
sig.) ha dedicado to d o un capítulo a las dificilísimas «condiciones de viaje»
po r aquellos parajes.
P or los demás, la salida del ejército desde la capital, lo m ism o que luego des­
de O cosingo, se había realizado con un ceremonial casi barroco con asisten­
cia de los dignatarios y notables seglares y clericales (Ms. pp. 198 sig., 230
sig.). A la «familia» del Presidente pertenecían no m enos de 70 personas,
sin contar sacerdotes y «cabos principales» (M s. p. 310). Todos ellos eran
m antenidos a su costa, p o r lo que tam bién era considerable el equipaje del
Presidente: tenía una buena reserva de especias, vino, aceite, vinagre,
«caxas de dulce para repostería», chocolate y tocino, además de 100 corde­
ros vivos, 500 gallinas y 12 terneros (Ms. p. 310). A esto había que añadir
aún las camas, colchones, mantas, cojines, mesas, banquillos etc. (Ms. p.
231). D e todas formas, to d o esto ayudó poco, pues con frecuencia el bagaje
del Presidente quedó atrás con el resto de los equipajes y aprovisionam ien­
tos. Valenzuela acentúa repetidas veces, sin que se tenga la im presión de
que lo hace m éram ente p or adulación a su superior, que Barrios renunció
tam bién a toda com odidad cuando no se le p u d o sum inistrar, lo que suce­
dió con frecuencia. P or otra parte, esta actitud le perm itió escuchar serena­
m ente las num erosas quejas sobre las deficiencias en el aprovisionam iento
de sus soldados, qué el no podía rem ediar (M s. p. 312).
Especialmente concluyente sobre la práctica m ilitar de aquellos tiem pos es
la ordenanza redactada en 21 puntos, publicada p o r el Presidente Barrios
Leal pocos días después de su partida, el 17 de enero de 1695, a sus oficiales y
soldados. A veces parece casi que el Presidente Barrios se ha asesorado con
el Capitán Bernardo de Vargas Machuca, aquel viejo y experim entado mili­
tar que cien años antes en su «Milicia y D escripción de las Indias» había
resum ido sus experiencias y recom endaciones sobre la «Conquista, Pacifi­
cación y Población deT ierras Indias». N adap u ed e m ostrar m ejor hasta que

148
p u n to se asemejaban realm ente los m étodos em pleados p o r am bos apesar
de la diferencia del tiem po (véase Ms. pp. 189-196).
Los distintos pu n to s afectaban los temas siguientes:
Puntos 1 y 2: Todos los oficiales y soldados deben confesar inm ediatam en­
te antes de la entrada y recibir la com unión, para se hagan así dignos in stru ­
m entos de D ios en la «reducción y salvación de almas» de aquellos indíge­
nas. Todas las tardes «se rezarán acoro en voz alta la corona o rosario». En es­
te m ism o p u n to Vargas M achuca (1892; 1:56) citaba el ejem plo de David,
que nunca entró en campaña sin asegurarse previam ente de que esto
sucedía según la voluntad divina; y él m ism o recom endó a su jefe de expe­
dición que todos los días atendiera, durante la marcha, a que se rezara y a
que los soldados confesaran a sus tiem pos (1892,1:123).
P u n to 3: Todos los soldados deben tener «grande venerazión y respectto a
los reverendos padres m isioneros y m inistros evangélicos» para que así
aparezcan más dignas de fe sus palabras a los indios. Vargas M achuca dedi­
có un capítulo entero a este punto.
P u n to 4: N in g ú n soldado p odrá jurar, blasfemar, etc.. Vargas M achuca no
sólo ordenó a los soldados «que no juren ni blasfemen» (1892,1:123,169),
sino sobre todo a los jefes de la tropa (1892,1:57), y en su afición a citar
ejemplos clásicos, m encionó aquí a Socrates, que sólo en dos excepciones
había perm itido a un capitán o soldado jurar: cuando él podía lim piarse así
de una deshonrosa sospecha o de alguna infamia, o cuando debía salvarse a
un am igo de un peligro (1892,1:57).
La ordenanza del Presidente Barrios prosigue: N adie podrá «sacar la espada
ni ottra arm a por disgusto o pendencia» sin arriesgar dos años sin sueldo en
uno de los castillos. Sobre esto, Vargas M achuca había dicho: «Entre los
soldados debe haber m ucha paz», pues tienen que vivir y com batir j u ntos, y
todos persiguen el m ism o objetivo. Basándose en su experiencia am ones­
taba especialm ente ante el peligro de burlas en que se pasaba facilmente a
las m anos y se concluía en serias reyertas (1892,1:172). La im portancia con­
cedida a esta recom endación se advierte en el hecho de que incluso el Rey
ordenó en una Real Cédula especial «que los soldados vivan cristianam en­
te, y se exerciten» (Recop. de Leyes de los Reynos de Indias, to m o 1,1943,
p. 601 = Lib. Ill, T it. X, Ley X X ).
P u n to 5: Los suboficiales tendrán que atender - exactam ente com o ya lo
había recom endado tam bién Vargas Machuca - a que «no vaya ninguna
mugercilla» y a que no jueguen los soldados; pero que quien pierda en el
juego objetos de uso personal o de servicio, lo m ism o que el que los ganara,
sean castigados con cuatro días de cárcel, dos sin «razión». A pesar de este
consejo del antiguo capitán, Barrios Leal to m ó «molenderas» para que pre­

149
pararan la com ida a los soldados. Pero la orden del Presidente procuró que
sólo se em plearan indios casados para la ejecución de ciertos trabajos, como
buscar m adera etc., m ientras que sus m ujeres trabajaban de «molenderas».
Puede dejarse aquí abierta la cuestión de si el estado m atrim onial las p ro te­
gió realm ente de form a suficiente de las asechanzas de los soldados españo­
les.
P u n to 6: El Presidente Barrios amenaza con castigo a to d o el que agravie,
m oleste o m altrate a u no de los indios de las tropas auxiliares o de los traba­
jadores («gastadores»); lo m ism o vige con respecto a los indios infieles que
deben ser reducidos aún, porque las infracciones contra esta orden cuestio­
narían el éxito de toda la empresa. Tam bién era ésta una vieja experiencia
que los alum nos de Las Casas no fueron los prim eros en exponer. A unque
Vargas Machuca, com o es sabido, era un adversario del piadoso obispo
dom inico protector de los indios, y aunque en su «Defensa de la C onquista
de las Indias» - a la que po r lo demás negó el Rey el im prim atur - había in­
tentado com batir el escrito de Las Casas sobre la «Destrucción de las In­
dias», con todo, aunque quizá por m eros m otivos tácticos, se había p ro ­
nunciado en pro de que se tratara con justicia y benevolencia a los indios
que se habían som etido y que querían vivir en paz con los conquistadores y
com o fieles vasallos del Rey (1892,1: VII; I I : 10 sig.; 49 sig.).
P u n to 7: M ientras que Vargas Machuca se contó todavía entre la genera­
ción que em prendió nuevas conquistas, opinando que no solo
«para extender y am pliar las m onarquías han sido necesarios los
descubrim ientos y las conquistas: porque debajo de ellas se han
ensanchado y los príncipes se han hecho poderosos y ganado
estimación y nom bre» (1892, 1:51),
sino tam bién para adquirir para ellos m ism os poder y bienestar, las órdenes
del Presidente Barrios reflejan aquí el cambio realizado - p o r lo m enos en
teoría - durante los cien años transcurridos desde el escrito de Vargas
Machuca. La palabra «conquista» ha obtenido ya un nuevo sentido: no ya
con las armas, sino con la palabra del Evangelio debe pacificarse y reducirse
a los indios todavía no som etidos; las armas sólo deben servir de protec­
ción a los m isioneros y, to d o lo mas, com o defensa. A sí es com o el p u n to 7
de la ordenanza del Presidente Barrios, de acuerdo con la voluntad real dis­
pone:
«Estén m uy adberttidos los cauos principales de q ’lag en tte, armas
y m uniciones de guerra q ’lleuan a su cargo sólo son para su defensa
y resguardo de los m inistros evangélicos, com o expressam entte lo
ttiene hordenado Su Magestad po r su Real Zédula de 24 de
N oviem bre de 1692 po r estas formales palabras: ’Pero estareis ad-

150
berttidos q ’la gentte que lleuare este cauo sólo (h )a de ser para
escolta de los religiossos y no para hazer guerra a los yndios p o r
q ’el reduzirlos es m i boluntad; se consiga po r el m edio de la palabra
evangélica (Ms. p. 191)
Este m andam iento real debía cum plirse rigurosam ente p o r todos los sol­
dados y tam bién p o r las tropas auxiliares indias, y en caso de que realm ente
fuera necesario defenderse po r las armas, los religioso deberían certificarlo
p o r escrito (M s. pp. 191 sig.).
P u n to 8: En cum plim iento del citado m andam iento real, el Presidente
Barrios ordenó que en nungún caso se penetrara en campos y plantaciones
de los indios y que no se les arrebatara frutos ni ganado, a no ser que los
campos estuvieran ya abandonados o que los indios entregaran tales cosas
voluntariam ente. En tales casos debería pagárseles con

«justa recom pensa y agasajándoles en rettorno con algunos donec-


illos, de m odo q ’este género de com ercio sea m edio para experi-
m entten suauidad y agrado q ’los dom esttique, y no exttorzión
ni agrauio q ’los rettire y esttrañe, en lo qual com o cossa de g ran­
dísim a ym portancia se ponga especialísimo cuidado, casttigando
allí luego in conttinencia vista de los m ism os ymfieles o reduzidos
agrauiados el daño q ’vbieren reseuido, de m odo q ’queden sattis-
fechos» (Ms. p. 192).
Para todos los casos de infracción de esta orden se determ inan castigos.
A quí hay que recordar tam bién el consejo dado por Vargas M achuca 100
años antes: tan p ro n to com o se haya concluido la conquista y se haya som e­
tido el país al dom inio del Rey, el jefe deberá reunir a todos los «caziques» y
«señores»,«alos cuales hará buen recibim iento, regalándoles y teniendo con
ellos agradables palabras» (1892, 1:16). Sin em bargo, lo que en Vargas
Machuca parece fue sólo una m aniobra táctica, en Barrios debió estar deter­
m inado por una honrada convicción. A sí es com o él, en la m edida en que le
fue posible, ordenó que las cosas que los soldados españoles habían to m a­
do de las casas y campos abandonados p o r los habitantes de D olores, fue­
ran devueltas al cacique Cabnal para que las entregara a sus propietarios
(Ms. p. 352).
P untos 9 a 12: A quí se trata del reparto de las guardas: un tercio de la tro p a
debe hacer guardia constante durante 24 horas, el segundo tercio queda «de
retén», y el tercero descansa. La guardia debía iniciarse po r la m añana tem ­
prano, no p o r la tarde, porque por la m añana se puede prestar m ayor aten­
ción y además los sucesos extraordinarios suelen acontecer p o r la m adruga­
da. Los «indios de armas», en cambio, sólo tenían que form ar dos grupos,

151
uno en vigilancia y el otro en descanso; p o r tanto sin el de retén
(Ms. p. 193).
P unto 13: Especial atención hubo de prestarse al desacostum brado clima,
cálido y húm edo, así com o a las intensas lluvias que facilmente producían
cansancio o enfermedades. N aturalm ente debía atenderse para que no se
hum edecieran armas y m uniciones (Ms. p. 193). Por esto se ordenó:
«se harán en ttodos los ttránsittos unas barracas en que se aloje la
ym fanttería p o r la desttreza y fazilidad con q ’las com ponen los
yndios, cubierttas de palma o manaca ... pero para la g en tte que
esttubiere de guardia y de rettén se hará una o dos galeras abiertas
po r los costados para q ’en casso de alguna arm a salgan con prom -
titud y no se em barazan ni confundan» (Ms. 193).
Lo m ism o había aconsejado Vargas M achuca (1892,1:209 sig.).
P unto 14: En caso de lluvia especialm ente intensa, deberá hacerse un alto
de u no a dos días para que el personal se seque y pueda descansar.
P unto 15: En caso de enferm edad se atenderá con m edicam entos tan to a los
soldados españoles com o a los indios, atendiendo a que sólo los enfermos
consum an las medicinas. Esta regla, de suyo evidente, tam bién fue tratada
detalladam ente po r Vargas Machuca.
P u n to 16: D espués de relevarse la guardia po r la madrugada, la tro p a podrá
desayunar. Pero la nueva guardia habrá iniciado ya el avance com o pirm era
tropa; p o r lo demas, delante de ella, los «gastadores» habrán debido ir p re­
parando el camino por la selva. Si fuera posible deberán haberles precedido
algunos soldados com o «battidores q ’les franqueen los pasos». Hacia las
diez de la mañana, cuando ya se ha podido preparar una buena porción de
camino, seguirá la segunda tropa, y a distancia de un tiro de arcabuz segui­
rán bagaje y cargas, y a la m isma distancia la tercera tro p a que constituye el
retén. Al final sigue todavía la «rettaguardia, cubriendo tto d o el cam po y
cuidando no quede nada detrás de su marcha» (Ms. p. 194).
Este orden de m archa en tres destacamentos, con los bagajes en el centro,
fue el practicado tam bién en tiem po de Vargas M achuca (1892, I I : 179 sig.).
P unto 17: D espués de alcanzar el objetivo de lamarcha, la vanguardia busca
un sitio apropiado para acampar y pernoctar. En las inmediaciones debe
haber agua y pastos para los caballos. D eben tenerse en cuenta las cualida­
des defensivas del em plazam iento del cam pam ento; p a ra d lo puede utili­
zarse un río, una quebrada o un bosque, exactam ente com o se aconsejaba
en la «Milicia Indiana» (1892,1:211 sig). D eben cortarse varios árboles grue­
sos que cierren los accesos al cam pam ento; aquí deberán colocarse guardias
y po r cierto de la tropa principal, apoyados p o r «indios de armas» bajo la
dirección de un suboficial de confianza.

152
Varga M achuca había dispuesto lo m ism o:
«... y eligirá en él un sitio el más llano que fuere posible, con
que no esté en hoya, porque esté airoso, enjuto y descubierto al
N orte, si hallarse pudiere con las dem ás com odidades de agua y
leña; y cuando no se puedan ajustar estas calidades, se acom odará
con el sitio que más de ellas tuviere» (1892,11:17).
P u n to 18: La infantería es repartida en «escuadras o ranchos» de doce h o m ­
bres al m ando de un cabo. Este determ inará quien se encarga de traer el ran­
cho («furriel»). Las raciones deberán darse «con buena cuenta y razón» cada
tarde (eventualm ente tam bién a m ediodía) para un día entero.
P u n to 19: A cada «escuadra» o «rancho» se destina un indio casado, cuya
m ujer ha de preparar las «tortillas» o «tamales», m ientras que él busca m ade­
ra y agua. O tro indio debe atender (com o «sabanero») los caballos de cada
escuadra. A m bos indios y la m ujer reciben 12 reales al mes, además de sus
raciones, lo m ism o que los demás indios.
P untos 20: Se ordena a los «cabos principales» lleven un diario sobre todos
los sucesos, en particular sobre sus observaciones respecto a los habitantes
del país, animales y plantas, calidad del terreno, distancias entre los lugares
recorridos, cursos de ríos y m ontañas; todo esto con la intención de buscar
un lugar apropiado donde instalar una reducción o nueva aldea en la que se
puedan agrupar los indios cristianizados.
P u n to 21: Cinco o seis días después de haberse penetrado en el interior del
país, los cabos deberán hacer po r la mañana, entre las 7 y las 8 de la mañana,
dos señales con hum o, ambas separadas sólo de form a que pueda percibirse
se trata de dos fuegos. Estas señales servirán a la com unicación entre dos
cam pam entos. En el camino recorrido deberán colocarse tam bién cruces, y
finalm ente deberá preguntarse a los indios si han conseguido noticias
sobre las otras columnas de la expedición, es decir, las mandadas p o r el Ca­
pitán M elchor Rodríguez y po r Ju a n Díaz de Velasco.
H asta aquí la orden dada p o r el Presidente Barrios a su tro p a poco antes de
iniciar la marcha.
Sin em bargo no debe olvidarse que no se trataba propiam ente de una expe­
dición militar: Los soldados sólo debían servir de protección a los m isione­
ros. Esto había sido ya expresam ente decidido en el p u n to 7 de la orden de
12. de enero de 1695 dada po r el Presidente a la tropa (Ms. p. 191).
P or esta razón es tanto más sorprendente que Barrios hiciera preparar para
las tres colum nas de Verapaz, H uehuetenango y Chiapa, cinco compañías
de soldados españoles, con un total de 30 hom bres, así com o 650 indios de
tropa auxiliar, de los que 400 estaban armados y 150 trabajarían de zapado­
res. A esto había que añadir fuerzas auxiliares com o las «molenderas». Para

153
transportar armas y alim entos debían ofrecerse, según los casos, otros
indios. Se trataba pues de un cuerpo expedicionario de unas 1.000 perso­
nas, una enorm e cantidad en com paración al pequeño núm ero de m isione­
ros, incluso si se tiene en cuenta que la m archa se realizaba en tres colum nas
separadas. N aturalm ente, debe tom arse en consideración que Barrios - en
la m edida en que ni siquiera conocía el paraje de destino - se había p ro ­
puesto marchar no solam ente contra los Lacandones, a quienes se conside­
raba especialm ente belicosos, sino tam bién contra los m uy bien organiza­
dos Ahitzáes. A pesar de todo, m uchos juzgaron desm edida tal acum ula­
ción de fuerzas; y no sólo después de los m agros resultados obtenidos, y
antes se había aprem iado, sobre todo p o r parte de los dom inicos, para que
se redujera en lo posible el aparato militar. Si Barrios extendió hasta tal
p u n to el concepto de la necesaria protección m ilitar a los m isioneros es
porque creía iniciar una gran y peligrosa em presa - com o no lo era real­
m ente. Para preparar su campaña había hecho com pilar todas las noticias
que p u d o encontrarse sobre el país y sus habitantes (Ms. pp. 6 sig., 87,90,
114 sig., 197). Tam bién se habían estudiado los mapas disponibles (Ms. pp.
95,128,130) y el G obernador de Yucatán había atendido a su petición en ­
viándole cartas geográficas que habí dibujado el Capitán A lonso García de
Paredes, un «insigne p rác tico ... del terreno y los parajes y rumbos» (Ms. p.
128). P or lo demás, el m ism o García de Paredes preparaba al m ism o tiem po
su proyectada expedición desde M érida en la que debía escortar a Fray
A ndrés de A vendaño, pero que luego hubo de retrasarse.
Q ue estos m apas eran sólo apuntes m uy prim itivos y sin escala p roporcio­
nada se m uestra en el ejemplo m uy intuitivo que ofrece la carta de Aven-
daño sobre el lago de Petén, hacia el año 1697 ;se la encuentra reproducida
en M eans (1917 (1974)). Tam bién A ntonio de León Pinelo (según Stone
1932:239) había lam entado que los mapas disponibles no ofrecieran los ne­
cesarios datos, y todavía en 1656 se situaba, po r ejemplo, a los «Ytzues»
(Itzáes) en el m apa de Sanson d ’Abbeville, «Mexique ou N ouvelle Espag-
ne», im preso en París, entre M érida y Valladolid en la península de Yuca­
tán. Tam bién el m apa de Blaauw «Yucatán and Guatemala», A m sterdam
1667, sitúa a los Itzáes todavía al sur de M érida, lo que quizá sea sólo una
confusión con los Itzá que prim ero habían habitado aquel lugar, Chichén
Itzá, pero que hacía ya siglos que vivían en la zona del lago de Petén.
Así pues, los conocim ientos geográficos sobre aquella zona eran escasos, y
sobre to d o se buscaba orientación en los grandes ríos cuyo curso era algo
m ejor conocido. D e todas formas, tam bién aquí se com etieron errores. A sí
es com o, p or ejemplo, los religiosos D iego de Rivas y Pedro de la C oncep­
ción, lo m ism o que el Capitán Rodríguez que les escoltaba, no se equivoca­

154
ron al identificar al gran río que encontraron en D olores con el de «Ocosin-
go»; en realidad se trató d eljataté (Ms. p. 375). Sin em bargo se equivocó el
Capitán Ju a n Díaz al inform ar en su carta desde M opán de 16 de mayo de
1695 (Ms. p. 409) que el lago de Petén estaba alim entado p o r tres ríos, entre
ellos el X ocm o. Los franciscanos Fray M elchor López y Fray A n to n io Mar-
gil, que m uy verosím ilm ente habían llegado dos veces desde C obán a D o ­
lores en 1694, es decir, sólo un año antes, parece no llegaron a tener una idea
clara del camino más favorable hasta allí; en to d o caso ni en Valenzuela ni
en otro lugar se indica nada sobre posibles consejos a Barrrios en este senti­
do. Más bien parece que los m isioneros sólo llegaron a reconocer el lugar
cuando ya habían llegado a él y cuando algunos indios les recordaron que
ya se habían visto anteriorm ente (Ms. pp. 81, 293, 316).
M anifiestam ente, Fray A gustín Cano poseía los mejores conocim ientos
geográficos sobre la zona, pero en la decisiva junta de septiem bre de 1694,
d onde él los com unicó al Presidente Barrios no se le escuchó debidam ente
(Ms. pp. 100 sig.). Esto fue, p o r lo demás, una de las mayores críticas de
X im énez contra Barrios.
Tam poco se poseían conocim ientos más precisos sobre los distintos g ru ­
pos de la población india en la región. A sí es com o no se sabía claramente
nada sobre los idiom as de las tribus y pueblos y tam poco se disponía siem­
pre del intérprete necesario (Ms. pp. 5, 293, 350).
El objetivo de la em presa era la reducción tanto de los Itzá (A hitzáes) de
Tayasal com o de los Lacandones y de otros grupos de Choles, de los que se
ignoraba la situación exacta, pero se opinaba habitaban al oeste o al sur de
los Itzá. D e suyo, la idea de Barrios de poder som eterlos a todos en unaúni-
ca expedición iniciada desde tres bases de partida no era falsa; pero Barrios,
com o se m ostró p o r el resultado negativo de la expedición, no estaba sufi­
cientem ente inform ado ni sobre la extensión de la comarca poblada p o r los
Lacandones, a los que él además consideraba agrupados en mayor densidad
de población de la real, ni sobre las distancias y dificultades orográficas del
terreno. A esto había que añadir un equipo totalm ente inadecuado para
aquel terreno y clima, y el gran núm ero de la tro p ac o n un bagaje demasiado
grande. Tam bién los caballos se m ostraron poco apropiados para aquella
región.
Por lo demás, Barrios to m ó la dirección falsa, e im pidió así su pretendido
encuentro con el Capitán Ju a n Díaz en las cercanías del lago de Petén. El
rodeo hecho p o r O cosingo alargó m ucho el camino. D esde Santa Cruz del
Próspero, a sólo 12 leguas de O cosingo, se desvió además hacia el sudeste,
después de que había ya enviado varios com andos de exploración en todas
las direcciones para buscar aldeas indias, en lugar de haber continuado

155
hacia el este. D e esta m anera apenas sí se podía llegar a Tayasal que se en ­
cuentra casi exactam ente al este de O cosingo. Sobre todo, X im énez le ha
reprochado este error (Lib. V, cap. LXII = 1931, vol. 3 :46). N i en Valen­
zuela ni en otros textos se encuentra indicación alguna del p o r qué Barrios
partió desde el Próspero hacia el sur o sudeste, a no ser que se suponga que
las cadenas m ontañosas y los cursos fluviales le forzaron a seguir aquel iti­
nerario. Q uizá quiso evitar los errores de D iego de Vera O rdóñez de Villa-
quirán, que m anifiestam ente había querido seguir desde O cosingo una
ruta más bien hacia el nordeste. En lo que respecta al lugar El Próspero,
Barrios parece haber sido víctima de una confusión. Es cierto que Valen­
zuela dice una vez expresam ente que el lugar en que Barrios estableció su
cam pam ento, al que denom ina Santa Cruz del Próspero, es el m ism o lugar
en que tam bién había establecido su cam pam ento D iego de Vera (Ms. p.
197); pero poco después parece no estar seguro de su afirmación (Ms. p.
232). A hora bien, D iego de Vera, el llamado «Adelantado del Próspero»,
que había llegado en su prim era expedición desde Tenosique, en dirección
sur, hasta N oháa - que probablem ente es el actual N ajá (W estphal
1973:129) - sólo en su segundaexpedición, después de una m archa de sólo
dos días, había establecido su «real» en un lugar que debió ser verdadera­
m ente el lugar de Santa Cruz del Próspero situado sólo a doce millas de
Ocosingo. Pero D iego de Vera se había vuelto atrás al encontrar totalm en­
te deshabitada la zona. En ninguna parte se m enciona que Barrios, ya sea
po r noticias de Fray M elchor López o de Fray A nto n io Margil, tuviera un
conocim iento exacto de la situación de D olores ni de las aldeas de los
Lacandones en las cercanías del lago M iramar, al que él además identificó
durante m ucho tiem po con el lago de Petén. Las inform aciones obtenidas
en la cam paña d e ju a n de M orales Villavicencio en el año 1586, cuando éste
llegó y destruyó Lacam Tun, parecen haberse perdido totalm ente en el cur­
so de los cien años transcurridos. A sí es com o fue m era casualidad que
Barrios y el Capitán Rodríguez pudieran encontrar el lugar llamado D o lo ­
res. Solam ente puede sorprender que Barrios no hubiera intentado infor­
marse m ejor sobre la situación de los Lacandones, p o r ejemplo, usando p e­
queños patrullas de exploradores, antes de em prender tan costosa
empresa. Se confió dem asiado de los que pretendieron conocer bien el
lugar, y que falsamente inform aban de la inm ediata proxim idad de los La­
candones, que debían m antener estrechas relaciones con los habitantes de
Istatán y O cosingo (Ms. pp. 203, 207), de m anera que la única cuestión
hubiera sido la de decidir si el camino más rápido a ellos sería desde Comi-
tán o desde O cosingo (Ms. p. 197), y sin percatarse de que sus inform acio­
nes habían sido investadas. Es verdad que Barrios in ten tó com probar de

156
alguna m anera dichas noticias, pero en lugar de una exacta confirm ación re­
cibió sólo otras nuevas noticias erróneas com o la de que se habían encon­
trado huellas seguras, y hasta que la de que se había visto huir a un «indio
caribe» que debía haber sido un espía. D e los exploradores enviados al Prós­
pero oyó incluso que en todas partes habían rastreado la cercanía de Lacan-
dones y que habían oído el ruido que producían (Ms. pp. 197,198,207 sig.).
Los españoles, que habían presentado siem pre a los Lacandones com o a
crueles y terribles bárbaros, fueron aquí víctimas de su propia propaganda
bélica.
En to d o caso, el Presidente Barrios justificó con tales falsas inform aciones
su decisión de marchar p o r O cosingo y el P róspero así com o la de enviar al
Capitán R odríguez desde Com itán. En la prosecución de su m archa hacia
el sudeste, Barrios creyó hasta el últim o m om ento estar cam inando hacia el
lago de Petén donde esperaba reunirse con la com pañía del Capitán Ju an
Díaz. Incluso el 22 de abril, cuando ya habían alcanzado el lago de Miramar,
la ju n ta de G uerra decidió enviar un nuevo gru p o de exploradores en direc­
ción este-nordeste para que buscaran a los Itzá y a ju a n Díaz (Ms. pp. 325,
335,337; véase Stone 1932:277). Bartolom é de A m ésqueta, el consejero de
m ayor confianza del Presidente Barrios Leal durante esta entrada, fundán­
dose en las noticias que había recibido del Padre A gustín Cano sobre la
marcha del Capitán Ju a n Díaz en dirección a Tayasal escribía:
«... o hay dos Ahitzáes distintos y distantes en dos diferentes
lagunas, o q ’allá engañan al d ho padre, o acá nos engañan a nosos-
tros, si ya no es q ’lo q ’ybam os a buscar sea Ytzá, y el o tro sea
Ahitzá, y en los demás sean parezido y semejantes»,
de lo que puede deducirse el grado de confusión que reinaba en la expedi­
ción. Lo m ism o sucedió a los nom bres «Petenhaes» y «Petenes».
Errores tan funestos com o los reseñados habrían podido quizá soslayarse si
el Presidente Barrios Leal hubiera prestado m ayor atención a Fray A gustín
Cano y los demás dom inicos, que ciertam ente conocían m ejor la zona que
los otros consejeros del Presidente. Por lo demás, tam bién entre los m is­
m os m isioneros había gran ignorancia y confusionism o, aunque ellos eran
precisam ente los que estaban más acostum brados a penetrar en el interior
del país. Significativo es el caso del franciscano Margil, que había ya pene­
trado dos veces en la comarca de los Lacandones acom pañado p o r Fray
M elchor López, que incluso había llegado a D olores, y que sin em bargo no
se había inform ado de su situación exacta. Parece que am bos Padres dieron
poca im portancia a los datos geográficos (Ms. pp. 293,316; véase Ximénez
Lib. V, cap. LXII = vol. 3:46; y Bancroft 1890, I I :681).
Si los conocim ientos sobre los Lacandones eran m uy incom pletos e inclu­

157
so equivocados, p o r lo m enos, con respecto a los Itzá o Ahitzáes debería
haberse poseído m ejor inform ación. Era conocido que C ortés en su expe­
dición a H onduras había tocado Tayasal (Ms. p. 409) y que los Itzá eran el
grupo más poderoso y m ejor organizado de todos los indios, sin cuya paci­
ficación y reducción definitiva no podría lograrse el objetivo propuesto.
Por esto es inexplicable que Barrios sólo enviara contra los Itzá una com ­
pañía al m ando del Capitán Díaz de Velasco, y que no m archara él m ism o
contra ellos con el grueso de la expedición, tanto más cuanto que origina­
riam ente se había planeado un ataque sim ultáneo contra ellos desde el n o r­
te. El itinerario desde Verapaz a Tayasal había sido descrito con suficiente
exactitud en los diversos inform es anteriores de los dom inicos; p o r ejem ­
plo, en el de Fray Jo sé D elgado del año 1670 (Ms. pp. 29-35). H abía una
serie de m isioneros que no sólo habían penetrado en la zona de los M opa-
nes, que poblaban la zona anterior a los Itzá, sino que además conocían las
lenguas más im portantes de la región. Se había leído tam bién a Bernal Díaz
y a Remesal, que habían escrito sobre los Itzá (Ms. pp. 277, 285). El Presi­
dente Barrios Leal había incluso hecho reunir y estudiar los inform es sobre
las anteriores «entradas» (Ms. pp. 55,197), entre ellas, la de Fray Francisco
Gallegos en 1676, y la de Fray A lonso de León D egollado en 1684 (Ms. pp.
29-55, 333).
C on el A uto de 15 de septiem bre de 1694, el Presidente había convocado
u n a ju n ta (Ms. pp. 100 sig.), a la que acudieron num erosos «padres y las d e­
más personas prácticas y noticiosas de las fronteras, entradas y m ontañas
de yndios ynfieles», y en la que se tom aron las decisiones fundam entales so­
bre la realización de la entrada ordenada en la Real Cédula de 24 de noviem ­
bre de 1692. Es interesante notar que, según Cano, el im pulso para esta Real
Cédula —sobre to d o en lo que concierne a la m archa sim ultánea desde tres
p un to s diversos - se había inspirado en los inform es d e ju a n de M endoza,
quien después de concluir una cam paña en C osta Rica había pedido insis­
tentem ente se le perm itiera m archar contra los Lacandones y los Choles
(X im énez Lib. V, cap. LVII = 1931, vol. 3:8; García Peláez 1968,1:256).
El que en esta J u n ta se llegara a opiniones dispares se puede deducir de la
«Relación» de Valenzuela (Ms. pp. 102 sig.):
«...ttod o ello lo sujetaua Su Señoría al dictam en y resoluzión
de la junta, protestando desde una hasta ttres vezes y las demás
necessarias en derecho q ’con la expreción de su dictam en no ynten-
taua más que facilittar con la disttinzión de cossas el que tubiesen
los señores de dicha juntta, fuese conform e o contrario a el de Su
Señoría, q ’sólo deseaua el más exactto cum plim iento de su obliga-
zión y q ’se om itiera o executara lo q ’pareciera combenir».

158
P or lo demás, Fray A gustín Cano, que tam bién participó en la entrada, y
cuyo inform e es citado extensam ente p o r X im énez (Lib. V, cap. LVII =
1931, vol. 3 :9 sig.) habla de tres opiniones contradictorias que se m anifesta­
ron en el curso de las consultas de laju n ta: la Real Cédula de 24.11.1692 p re­
veía un triple ataque, es decir, desde Verapaz y Chiapa, ambas en el d o m i­
nio de la m isión de los dom inicos, y desde H uehuetenango, d o nde trabaja­
ban los mercedarios. D eterm inaba que sólo debían participar tanto solda­
dos com o fueran necesarios para la sim ple protección de los misioneros.
La mayoría de los O idores se pronunció en la ju n ta en favor de la ejecución
de la entrada en este sentido. Sin em bargo, los franciscanos que participa­
ron en la consulta opinaron que sería necesaria una m ayor participación
m ilitar para asegurar una pacificación perm anente de los indios y que con
m edios puram ente pacíficos no se lograría nada. C om o refiere Cano, el Pre­
sidente Barrios Leal se inclinaba tam bién hacia esta opinión. Q uizá la anti­
patía de X im énez hacia Barrios, colocándose siem pre de parte de Fray
A gustín Cano, proviniera de que Barrios defendía aquí el p u n to de vista de
los franciscanos a los que X im énez y Cano rechazaban totalm ente (X im é­
nez, Lib. I, cap. X X X IX = 1931, vol. 1:113).
La tercera opinión era la defendida po r el m ism o C ano: éste se pronunciaba
en favor d eq u e - según la practica de los dom inicos - se empleara una p ro ­
tección m ilitar m ínim a, a la que en caso de necesidad se podría añadir más
fuerzas si se constataba que se habí tropezado con notable resistencia o
con mayores grupos de indios. Pero, sobre todo, la entrada no debería reali­
zarse desde Chiapa, sino desde Verapaz, pues sólo desde allí podía alcanzar­
se la zona del Petén Itzá (A hitzá). El fracaso de la expedición de D iego de
Vera O rdóñez de Villaquirán que había penetrado desde O cosingo hasta
El Próspero sin encontrar ni un solo indio, indicaba que todos los inform es
sobre los m uchos paganos que aparentem ente poblaban aquella región
eran falsos y que la distancia desde O cosingo hasta el lago de Petén era
dem asiado grande. Cano acentuó, y X im énez se m anifiesta en favor suyo,
que Barrios, apesar de todos sus buenas ideas no había querido escuchar la
verdad.
M ientras que Cano no negaba las buenas intenciones del Presidente, X im é­
nez opina que se había dejado llevar p o r sentim ientos de venganza contra
una parte de los O idores (pues, com o se ha m encionado, Barrios había sido
depuesto anteriorm ente durante cierto tiem po de su cargo), de su antipatía
ante los dom inicos y tam bién del deseo de alcanzar p ro n ta fama m ediante
una gran campaña; y que p or esto no atendió los consejos de los dom ini­
cos. El fracaso de su em presa m ostró el error com etido. X im énez reprocha
a Villagutierre, su más encarnizado adversario, el haber querido defender,

159
con m entiras y datos equivovados, la desdichada decisión del Presidente
Barrios Leal, lo m ism o que el fracaso de la em presa de M artín de U rsúa (Xi-
m enéz, Lib. IV, cap. III = 1931, vol. 2:9 sig.).
N o puede dudarse pues de que la decisión del Presidente Barrios de alcan­
zar desde Chiapa el lago de Petén y Tayasal, la capital de los Itzá, fue falsa -
por ser prácticam ente irrealizable. Su equivocación, al no llegar al lago Pe­
tén, sino a otro distinto contribuyó decisivamente al fracaso de la empresa.
C on todo, debe concedérsele, que él no tom ó a la ligera su resolucuión defi­
nitiva. Incluso Cano adm ite que le habían llegado num erosas noticias
según las cuales los Lacandones se habrían encontrado m uy cerca de Comi-
tán o de O cosingo, de form a que desde El Próspero, a sólo unas 12 leguas de
O cosingo, se podía escuchar los silbatos y tam bores que utilizaban los
indios en sus danzas (Ms. p. 198; véase X im énez Lib. V, cap. LVII = 1931,
vol. 3:12). Barrios debía ser tam bién consciente de lo incom pleto de sus
conocim ientos sobre la región. Por esta razón estuvo retrasando su resolu­
ción definitiva, sobre si la m archa se debía iniciar desde C om itán o desde
O cosingo, hasta que pudieran conseguirse nuevas inform aciones sobre el
lugar. La decisión consistió en que el Capitán Rodríguez m archara desde
Com itán m ientras que él m ism o partía por O cosingo y El Próspero - una
decisión que sólo se to m ó en Com itán cuando ya se habían recibido nuevas
inform aciones de que «los Lacandones auitauan las m ontañas ynmediatas y
sercanas» (Ms. pp. 197 sig.).
D ebe dejarse abierta la cuestión sobre los m otivos que im pidieron a
Barrios seguir los consejos de los dom inicos e inclinarse p o r la opinión de
los franciscanos, tal com o los refieren Cano y Ximénez. Es m uy posible que
para él, com o antiguo oficial de artillería, tuvieran m enos peso las ideas
pacifistas de los dom inicos que la concepción más dura de las otras órdenes
sobre el som etim iento forzado de los indios. Bancroft (1890, I I : 68l) alude
po r lo demás al hecho de que Fray A ntonio Margil y Fray M elchor López
,am bos franciscanos, fueron los prim eros en indicar a Barrios la necesidad
de una entrada contra los Lacandones. Tam bién parece que él se dejó m ez­
clar, sin darse plenam ente cuenta de ello, en las intrigas y polémicas de las
órdenes religiosas. Es significativo que tanto Cano com o X im énez no diri­
gieran tanto sus ataques contra Barrios, del que X im énez concede (Lib. V,
cap. LVII = 1931, vol. 3:10): «yo conocía los santos intentos del buen caba­
llero», com o contra Villagutierre, que en su «Historia de la C onquista de la
Provincia de el Itzá» se coloca plenam ente de parte de Barrios, lo m is­
m o que en el caso del C apitánjuan Díaz de Velasco asume el p u n to de vista
oficial.
Ya sea por el deseo de cum plir en lo posible a la letra la Real Cédula de 1692

160
o p o r otros m otivos, en todo caso, Barrios ordenó la entrada en tres colum ­
nas desde H uehuetenango, Chiapas y Verapaz, donde todavía se esperaba
que se realizara otro ataque sim ultáneo dede Yucatán. El m ism o Barrios, a
pesar de su mal estado de salud, se decidió a participar personalm ente en la
cam paña (Ms. pp. 176 sig.).
El com ienzo de la expedición se fijó inicialmente para el 15 de diciem bre de
1694, pero debido a la persistencia de las lluvias se retrasó hasta el 17 de
enero de 1695 (Ms. pp. 88, 111). P or lo demás, García Peláez confunde
ambas fechas y cita com o fecha de partida el 17 de diciem bre (García Peláez
1968,1:256).

2 • LOS PR E PA R A T IV O S L O G ÍSTIC O S

Si, com o p erm iten presum ir los m agros resultados de su expedición debi­
dos a los errores en la planificación militar, el Presidente Barrios no debió
tener una gran com petencia en lo estratégico; en lo que atañe a la prepara­
ción logística de la m archa sí pudo calificarse com o un m aestro. Fue real­
m ente una proeza la búsqueda y preparación de arm am ento, pertrechos y
alimentos, el aseguram iento de transportes, la reclutación de soldados y
oficiales para una expedición con unas m il personas, que había de durar de
cuatro a seis meses, dependiendo en todo esto de la buena voluntad de una
población que de ningún m odo estaba m uy entusiasm ada con la perspecti­
va de tener que contribuir con donativos propios a aquella empresa.
Ya la m era coordinación de los planes no sólo con el G obernador de Yuca­
tán, sino tam bién con los otros participantes constituía un grave p roble­
ma. U n correo necestitaba po r lo m enos una semana para llegar desde G u a­
temala a Ciudad Real en Chiapas (hoy San Cristóbal de las Casas), y hasta el
Yucatán un m ínim o de quince días; de m anera que era im posible una con­
testación antes de dos semanas o de un mes respectivam ente (ejemplos:
Ms. pp. 107,129,133). Además había que contar siem pre con accidentes en
el correo, de form a que muchas veces era o p o rtu n o enviar un segundo
mensajero (Ms. pp. 96,109,112,115). Esto exigió considerables gastos que
tenían que ser calculados m eticulosam ente; un correo que Barrio despachó
al G obernador de Yucatán, po r ejemplo, costaba 48 pesos (Ms. p. 130),
m ientras que el sueldo m ensual de un soldado español im portaba entonces
8 pesos. El camino desde Chiapas a Yucatán se realizaba además p o r Palen­
que (Ms. p. 96). El servicio de correos se encontraba en m anos del Correo
M ayor del Reino de Guatemala, Jo se p h A gustín de Estrada A speitia y
Sierra, que había nom brado dos correos para esta entrada (Ms. p. 185).

161
Para superar todas estas dificultades, Barrios form uló prim ero un progra­
ma fijando en cuatro pun to s las medidas más aprem iantes (Ms. pp. 89
sig.). Según este program a, en pirm er lugar era preciso determ inar:
a) el núm ero de los soldados necesarios y los porm enores de su equipo,
arm am ento y sueldo;
b) el núm ero de los «indios de escolta» que debían servir de auxiliares,
ya sea com o «indios de armas», ya sea com o «gastadores»; además el
tip o de su arm am ento, alimentación y paga, así com o la determ inación
de los pueblos que debían proveer los indios necesarios caso de que no
se consiguieran suficientes voluntarios;
c) la cantidad de las provisiones, pertrechos, armas y su transporte incluy­
endo los gastos o los ingresos en form a de donativos;
d) todos los problem as de coordinación con los demás participantes o
interesados en esta empresa, especialm ente con el gobernador de Yuca­
tán, considerando tam bién la seguridad de que las órdenes se ejecutarían
rápidam ente, a pesar de las grandes distancias.
El ú ltim o p u n to exigió especial cuidado y gran paciencia, pues el Presiden­
te se veía obstaculizado por el funcionam iento m uy burocrático y formalis­
ta de la adm inistración española que requería que se fijara p o r escrita hasta
la más insignificante acción. Cada decisión era tom ada en uno de los
m uchos grem ios colegiales. En las ciudades era necesaria además la partici­
pación del cabildo, o de una de las juntas correspondientes. N o en últim o
lugar, había que tener tam bién en cuenta los deseos de los eclesiásticos, con
lo que se ocasionaron diferenicas, no sólo entre las órdenes religiosas por
un lado y el clero secular p o r otro, sino tam bién entre las mismas órdenes
religiosas. El O bispo de Chiapas, po r ejemplo, condenó la expedición y la
saboteó (Ms. pp. 131 sig., 440 sig.).
Parece que Barrios Leal, com o antiguo militar, aquí com o en otras ocasio­
nes observó los principios form ulados p or el experim entado soldado Var­
gas Machuca, tal com o éste los había postulado cien años atrás en su
«Milicia Indiana», sobre las cualidades de un buen «caudillo», y que el Presi­
dente Barrios seguram ente debió conocer: «en la milicia indiana el trabajo
todo es del caudillo» (1892,1:47). En to d o caso, no sólo Valenzuela, sino
todos los otros autores, subrayan que Barrios era infatigable y que precedió
a todos dando buen ejemplo.
D espués de haber preparado este básico program a, el Presidente no tardó
en convocar las juntas com petentes. El esmero con que el m eticuloso cro­
nista Valenzuela registró los datos exactos de cada junta celebrada, cada
ordenanza, cada inform e recibido, perm ite una visión de conjunto de los
distintos pasos tom ados en la preparación de la entrada, así com o también

162
de las diversas dificultades que había que vencer. Los cuatro p u n to s m en ­
cionados arriba, después de largas consideraciones, fueron fijados de la si­
guiente forma:
a) Los soldados que habían de participar fueron inicialmente diferenciados
entre los pagados y los que querían participar a costa propia. Los soldados
sin paga debían ser vecinos que se ofrecían voluntariam ente, m ientras que
los soldados pagados debían reclutarse de entre las com pañías de las mili­
cias. El Presidente to m ó en consideración una subida de sueldo de seis a
ocho pesos al mes (Ms. p. 94). El núm ero de hom bres pagados, entre los
cuales se contaban en prim er lugar los antiguos soldados profesionales,
que, p o r así decirlo, eran el personal estable o «el nervio» de la tro p a p o r ser
el más experim entado, se fijó de m om ento en sólo cien (Ms. pp. 91,177).
Al sueldo se añadía la alimentación y el equipo (Ms. p. 96). Además se les
prom etió una «remuneración de sus servicios según los m éritos y calidad
de cada uno» (Ms. p. 96). Se les sum inistró tam bién el arm am ento. Sin em ­
bargo, se consideró insuficientes estas condiciones y nadie se manifestó
dispuesto a asum ir los penosos trabajos que se esperaba encontrar en la
m ontaña, al m enos p or aquel sueldo. Se adujo que los soldados de la guar­
nición del fuerte de El G olfo, con m enos servicio y más tiem po libre, gana­
ban 12 pesos y 4 reales al mes. Finalm ente, la junta de hacienda de 27 de
agosto de 1694 dió su asentim iento y se aceptó un sueldo m ensual de 8 pe­
sos (Ms. p. 94).
Los «soldados pagados» no tenían necesariam ente que ser españoles; tam ­
bién se aceptó a mestizos y m ulatos (Ms. p. 100, 111). En realidad, hasta aho­
ra había evitado esto cuando había sido posible; el hecho de que se lo adm i­
tiera ahora arroja clara luz sobre la baja disponibilidad de la población es­
pañola para arrostrar sacrificios. P or lo demás, los m estizos y m ulatos fue­
ron reunidos en unidades especiales, las llamadas «compañías de pardos»,
cuyos capitanes eran tam bién «de color» (Ms. p. 213; véase K onetzke
1974:163).
Se habían de reclutar en total 250 hom bres, es decir 150 de Chiapas y 50 en
H uehuetenango y otros tantos en Verapaz, de los que - originariam ente -
de la m itad a dos tercios debían ser voluntarios sin sueldo. Se esperaba reu­
nir suficientes voluntarios, que posiblem ente aportarían además su equipo
y armas. En to d o caso había que preferir a los voluntarios (Ms. pp. 106,112
sig.). P or supuesto, todos debían ser «hom bres robustos, buenos tiradores
y de resistencia de las inclemencias» de la m ontaña (Ms. p. 113). Sin em bar­
go no se consiguió reunir el núm ero necesario de voluntarios. Sobre todo
en Chiapas defraudaron las esperanzas (Ms. p. 116). A unque había un n ú ­
m ero suficiente de personas experim entadas, la mayoría se arredó ante las

163
posibles fatigas en una campaña p o r zonas salvajes y desconocidas. En la
costa se tem ía además se produjeran nuevos ataques de piratas ante los que
se quería estar preparado. Tam bién se habían difundido rum ores alarman­
tes de que m uchos de los soldados reclutados para servir en el «castillo del
río San Juan» de N icaragua habían perecido y m uchos tem ían que sucedie­
ra algo igual o peor en esta expedición (Ms. p. 117).
Por esta razón, entre los enrolados había m ucha gente inepta, com o aquel
«alféres mayor», de 70 años, D o n D iego Gallegos M ariano, un viejo espa­
dachín que quería participar p o r m ero espíritu de aventura (Ms. p. 220). En
consecuencia, el Presidente Barrios se vió obligado apagar a todos los sol­
dados, voluntarios o reclutados (Ms. p. 117).
El reclutam iento tenía que extenderse, sobre todo, a aquellas «jurisdiccio­
nes» que se encontraban en la vecindad de las comarcas a som eter (Ms. p.
117). D ado que la provincia de Tabasco tam bién m anifestó su interés p o r la
expedición y ofreció enviar 30 hom bres, se decidió alistar un total de 280
hom bres, es decir, los 250 ya m encionados y los 30 de Tabasco, pagándoles
a todos 8 pesos de sueldo mensual. Barrios tenía particular interés p o r la
gente de Tabasco, porque debido a los perm anentes ataques de los piratas
estaban más experim entados y eran considerados com o más bravos que
cientos de otros soldados:
«por estar acostum brados haber la cara a el enemigo, andar por
esteros con el agua a la cintura, mal com idos y con sobradas
desdichas» (Ms. p. 122).
Finalm ente, el Capitán Ju a n Díaz de Velasco pidió se le aum entara su com ­
pañía, y se le concedieron otros 20 soldados más. C on ello el total de los sol­
dados españoles se elevó a 300 hom bres (Ms. p. 178), aparte de los indios de
las tropas auxiliares.
Se estim ó que la cam paña duraría p o r lo m enos cuatro meses. El pago de­
bería iniciarse el 1 de diciem bre de 1694 e incluiría un adelanto de dos meses.
Sobre este p u n to se produjeron luego diferencias, pues p o r el mal tiem po
hubo de retrasarse la entrada. Por lo demás, se había previsto que cierto n ú ­
m ero de soldados debería continuar en la región durante más tiem po, caso
de que la entrada tuviera éxito, para proteger a los m isioneros e indios
recién catequizados.
D e los 300 españoles se debían form ar 5 com pañías (Ms. pp. 108,217). D e
ellas, tres se habían previsto para la entrada desde Chiapas, una para la des­
de H uehuetenango y o tra para la de Verapaz (Ms. pp. 100 sig., 108).
b) Se había planeado utilizar un total de 690 «indios de armas», que sin em ­
bargo sólo usarían lanzas, arcos y flechas. A estos se añadirían 150 «gasta­
dores», es decir hom bres que habían de ejecutar cualquier tipo de trabajos,

164
sobre todo abrir caminos y trincheras y de los cuales algunos llevarían a sus
m ujeres com o «molenderas» para preparar la comida. (Ms. p. 127).
H uehuetenango y Verapaz deberían p oner a disposición de la expedición,
cada una, 100 «indios de armas» y 70 «gastadores».
Las tropas indias auxiliares recibirían la necesaria alimentación, y a ellos y a
sus mujeres se les otorgaría la exención de tributos durante un año entero.
Su contratación no debía realizarse recurriendo a presiones o m anipula­
ción, sino debían venir todos voluntariam ente. Se pensó que «irían g u sto ­
sos p o r deberse huir de todo agravio» (Ms. p. 113). Pero tam bién en este
p u n to se com etió un error. Los indios no acudieron de form a tan libere co­
m o se había creído - sólo po r la ventaja de eximirse del trib u to de un año
- , incluso dijeron que sus mujeres y niños no podían m antenerse sola­
m ente de eso (Ms. p. 116). Por esto, finalm ente hubo de aprobarse que alos
«indios de guerra» se les pagara 12 reales mensuales, sin otorgarles - com o
se pensó entonces inicialmente - laprom etida exención del tributo. H ubo
aquí largas discusiones (Ms. pp. 118,138). Por m ínim a que fuera la soldada
que se les concedió, es interesante notar que no se quiso obligar sim ple­
m ente a los indios, sino que se llegó incluso a negociar con ellos sobre la
cuantía de la paga. El núm ero de «molenderas» que debían ocuparse de la
cocina, para lo que se las tom ó de entre las mujeres de los «gastadores», no
es conocido (Ms. pp. 307, 360).
c) U n gran problem a supuso, naturalm ente, el abastecim iento preciso para
una expedición de unas mil personas que había de durar de cuatro a seis
meses (Ms. p. 100). Además había de tener en cuenta que posiblem ente se
perdería durante el transporte una parte de los sum inistros, ya p o r pudrirse
ya p o r otras causas, y que posiblem ente habría que m antener tam bién a los
indios capturados. N o se podía esperar que la comarca sum inistrara - p o r
ejemplo, p o r caza o pesca - lo necesario o algo verdaderam ente im p o rtan ­
te, aunque ocasionalm ente pudiera contribuir a mejorar el m enú. Al con­
trario, se planeaba iniciar los cultivos de los campos de las aldeas ocupadas,
para p oder recoger cosechas lo más p ro n to que fuera posible. Esto se reali­
zó de hecho en las milpas de D olores (Ms. p. 359). C om o raciones cotidia­
nas para diez hom bres se consignaban dos almudes de maíz (Ms. p. 205);
en otra ocasión se dice que cada soldado español recibió «un tercio de maíz
p o r día», en parte en form a de tortillas o tamales, lo que suponía unas 3 a 4
piezas, y además carne, fríjoles, chile y sal. N orm alm ente se distribuían las
raciones p or la noche, pero en determ inados casos tam bién a mediodía. La
ración diaria de carne se calculó en una libra; los indios recibieron «las p an ­
zas y m e n u d o s ... para que los beneficien a su m odo y las coman» (Ms. p.
205 sig.). El furriel dió órdenes detalladas de cóm o habían de utilizarse óp-

165
tim am ente los animales matados. Sin em bargo las raciones mencionadas
no pudieron ser distribuidas regularm ente durante las marchas p o r la
m ontaña.
Para la expedición se habían calculado las siguientes cantidades (Ms. pp.
100 sig., 120), que sin em bargo se m odificaron luego al com probarse que
había otras necesidades más urgentes o p o r no poderse obtener los sum i­
nistros necesarios:
250 reses, de las que Chiapas debería sum inistrar 150, H uehue-
tenango 50 y Verapaz otras 50. Estaban destinadas para los
250 soldados originariam ente proyectados, pero h u b o que
am entar luego su núm ero;
200 fanegas de fríjoles;
200 fanegas de chile;
4.000 (= 4 U ) fanegas de maíz;
200 pazacos de sal.
Estas cantidades debían ser sum inistradas p o r Chiapas, H uehuetenango y
Verapaz según el m odo de distribución ya m encionado. Se habían calcula­
do para atender a los soldados españoles y a las fuerzas auxiliares indias.
La cantidad de trigo, prevista al principio, se vió era m uy difícil de conse­
guir, p orque norm alm ente no lo cultivaban los indios. Por esto se ordenó
se le hiciera m oler y se enviaran 60 fanegas a Ciudad Real, y 20 a H ueh u ete­
nango y otras tantas a Verapaz para que se le preparara en form a de «bisco-
chos», que se destinaba en prim er lugar para los religiosos y para los enfer­
m os (Ms. p. 116). C om o dieta para los enferm os se debía preparar además
(Ms. p. 101):
600 gallinas,
100 «caxas de dulce»,
12 arrobas de azúcar.
Pero los dos últim os lotes fueron posteriorm ente reducidos a la m itad. Asi­
m ism o se habían previsto «cirurjanos» para atender los enferm os y posibles
heridos, y disponían de tres cajas con medicam entos.
A dem ás se prepararon diversos im plem entos com o:
100 azadones
100 hachas
100 machetes.
Estos instrum entos debían servir a los gastadores para abrir caminos p o r la
m ontaña y ejecutar los necesarios trabajos de zapas y fortificaciones (Ms. p.
101).
Para las cabalgaduras y bestias de carga hubo de prepararse el necesario
equipo de albardillas, arreos y estribos, o reparar los almacenados en la ar-

166
m eria (Ms. p. 104). Para el transporte de cereales y otros víveres se calculó se
precisarían unos 500 costales que debían fabricarse. En lugar de «jerga de
Zelaya», demasiado cara, se decidió fabricarlos con «tela de mantas», ade­
cuada para este fin aún un poco gruesa, que se poseía en cantidad suficiente.
Se hallaba en diferentes encom iendas de la jurisdicción de Sonsonate y se la
consiguió a 4 Vi reales la pierna, que bastaba para hacer un costal (Ms. p.
110). Tam bién se necesitaba cierta cantidad de «petacas» para proteger de la
hum edad diversos utensilios; se fijó su núm ero en 48 piezas, recibiendo los
soldados de Chiapas 24,12 los de H uehuetenango y tam bién 12 los de Vera-
paz. En Chiapas se hizo fabricar 100 pares de zapatos de cam po para p ro te­
ger a los soldados contra culebras y otros animales; el costo de estos debía
ser asum ido por los m ism o soldados a quienes habían de servir (Ms. p.
115). Para el cruce de los mayores ríos se encargaron dos botes en Verapaz
(Ms. p. 108).
Finalm ente se necesitaban:
- 250 bolsas para m uniciones, de las que ya disponía de 200 la «sala de
armas», de m anera que sólo hubo de fabricar 50,
- 100 albardillas que se encargaron rápidam ente y a poco precio en
Totonicapa (Ms. pp. 108,110).
Para las últimas se calculó un precio de 17 a 18 reales, pero luego resultaron
po r un peso (el peso de plata mexicano equivalía a 8 reales; Phelan
1967:34l). Estas albardillas - almohadillas forradas de cuero - servían de
protección a los hom bros de los ballesteros. Los «indios de armas» debían
protegerse con cotas, casacas, o colchadas de algodón, pues el Presidente
había oído que esto servía para «resistir flechas» (Ms. p. 102).
En lo que atañe al arm am ento, la sala de armas debía proporcionar, caso de
que no pudiera conseguirse de o tra forma:
150 escopetas y armas de chispa,
80 quintales de pólvora,
3.000 balas del calibre de las armas,
arquebuses
cuerdas
basquetas.
D e cabalgaduras y bestias de carga se precisaban:
250 caballos enfrenados y ensillados
150 muías aparejadas.
Las autoridades ya habían prevenido anteriorm ente 160 caballos que se en ­
contraron en la guardia y potreraje de distintas personas; de ellos se reco­
gerían 30. P or lo demás, caso que en las aldeas no se dispuierade un núm ero
suficiente de caballos debían pedirse a los «criadores, labradores y estancie­

167
ros» de regalar u ofrecer dinero para su adquisición. Si se considerara nece­
sario, los caballos de raza habrían de cambiarse por los más robustos de que
disponían los indios. Cada caballo debía ser marcado al lado izquierdo con
una corona indicando que pertenecía a «Su Magestad» (Ms. p. 101,106,108,
119 sig.). Además había que procurar que todos los animales fueran atendi­
dos convenientem ente hasta el com ienzo de la entrada. Finalm ente había
que pensar tam bién en los regalos que se podían hacer a los indios, sobre
to d o machetes y ropa.
U na vez se había planeado de esta m anera todo lo referente al abastecim ien­
to, arm am ento y transporte, quedaba por resolver la cuestión de com o cu­
brir los costos, donde com o m áxima prim ordial vigía la de gravar la caj a real
lo m enos posible. Ya se m encionó que antes de realizar una com pra había
que presentar un presupuesto.
Subrayando que esta entrada era cosa grata a D ios y al Rey, cuya prim era
obligación era la conversión de los infieles, debían solicitarse donativos de
los ciudadanos. A los «vecinos principales y republicanos» de la cuidad de
G uatem ala, que aparentem ente eran m enos dadivosos que los de otros
lugares, debía estimulárseles m ostrándoles las pingües aportaciones de los
de Chiapas (Ms. p. 102): Los vecinos de Ciudad Real habían entregado 330
pesos, los de la Ribera de Ysta Com itán 200 pesos y los de Tusta 118 pesos.
Además se habían recibido 20 arcabuces, que po r lo demás debían ser repa­
rados (Ms. p. 107).
D espués de haberse fijado el total de las cantidades necesarias de abasteci­
m ientos, arm am ento, pertrechos, m uniciones y medios de transporte, era
preciso distribuirlas a las tres colum nas de la expedición que debían partir
de H uehuetenango, Chiapas y Verapaz.
D e las cantidades reservadas al grupo expedicionario de Chiapas se des­
prende éste constituía el cuerpo principal de la entrada. Este destacam ento,
bajo las órdenes directas del Presidente, debía recibir él solo casi la m itad del
total de las provisiones, m ientras que a cada una de las otras dos com pañías
correspondió poco más o m enos un cuarto del total preparado. D e acuerdo
con esta proporción se repartió el destacam ento de Chiapas y las cantidades
de material de la form a que sigue:
130 infantes con sueldo de 8 pesos mensuales, además
30 infantes de Tabasco con el m ism o sueldo
200 indios de armas
150 gastadores
150 armas de fuego con sus frascos de pólvora y bolsas de m u n i­
ciones (los 30 infantes de Tabasco se arm aron ellos m ism os)
105 caballos y

168
8 mulas
12 quintales de pólvora
4 cajas de balas
6 quintales de cuerdas
50 hachas
50 machetes
4 barretas
30 barretillas
60 cotas
2.100 fanegas de maíz
50 fanegas de fríjoles
50 fanegas de chile
100 «pazacos» de sal
150 reses
300 gallinas
50 cajas de dulce
6 cajas de azúcar
30 costales
24 petacas
1 caja de medicinas
60 fanegas de trigo
60 muías
La adquisición de los objetos que figuran en el presupuesto costó tantas
dificultades im previstas que Valenzuela las llama un «guebo (huevo) de
Juanelo», aludiendo a la com plicada m aquinaria q u e j uanelo había prepara­
do para bom bear a Toledo el agua del Tajo (M s. p. 142).
Sólo con respecto a H uehuetenango, describe Valenzuela estas dificulta­
des en 19 páginas de su capítulo XIV. La problem ática m uestra la situación
económ ica de entonces en aquel país, d onde realm ente no reinaba la abun­
dancia. En prim er lugar se m anifestó que en ninguna parte se habían alma­
cenado maíz, chile y fríjoles, y que, al contrario, la población incluso pa­
decía ham bre (Ms. p. 133 sig.). La nueva cosecha se esperaba sólo en dos o
cuatro meses, es decir, la de fríjoles para después de Todos los Santos (2 de
noviem bre), y la de maíz para después de N avidad o quizá incluso al
com ienzo de la Cuaresma o poco antes de Pascua. A causa de una seria epi­
dem ia de viruela, grandes partes de la región habían quedado despobladas
y no se habían sem brado y cultivado los campos. Tam bién faltaba ganado.
El llam am iento pidiendo reses había tenido bien poco éxito : sólo se habían
entregado diez flacos animales, de form a que había que com prar las 50 reses
planeadas. Pero tam bién resultó esto difícil, pues ni se les ofrecía en venta.

169
A sí es com o un sargento tu v o que correr p o r todas partes buscando ani­
males vendibles (Ms. p. 134).
H asta cierto p u n to , esta situación era debida a que el G obierno intentaba
constantem ente reducir los precios. Considerables cantidades de maíz y
fríjoles debían ser tom adas de las existencias acumuladas p o r los tributos, y
po r las que sólo habíaque pagar «el hordinario precio» (Ms. p. 135). H abían
llegado sólo 50 fanegas de donativos en maíz, de fríjoles sólo 25 de las 50
pedidas.
Tam bién se p udo com probar p ro n to que en ninguna parte se encontraba
gente capaz de fabricar las 20 cotas con sus correas y hebillas (Ms. p. 143).
Las 127 albardillas fueron encargadas en T otonicapa al precio de un peso
p o r pieza (Ms. p. 139).
M enos difícil resultó alistar los 50 soldados deseados en H uehuetenango.
M elchor Rodríguez de Mazariegos se ofreció a participar en la expedición
sin sueldo y com o capitán de una com pañía de 50 hom bres (Ms. p.136);
nom bró además un teniente, un sargento y un cirujano. Sin em bargo, en lo
que atañe a las armas le fue necesario recurrir a las que se encontraron en la
sala de armas (M s. p. 140). Más com plicada fue la situación en lo que se re­
fiere a los indios de las tropas auxiliares. C om o no se presentaron suficien­
tes voluntarios, fue necesario, m uy en contra de las norm as vigentes, valer­
se de presiones (Ms. p. 140).
Para el destacam ento que había de marchar desde Huehuetenango contra
los Lacandones, se llegó finalm ente a preparar las siguientes cantidades de
soldados, armas, provisiones y pertrechos (M s. pp. 141 sig.):
50 soldados y además sus oficiales y suboficiales
100 indios de armas
70 indios gastadores
50 armas de fuego con sus frascos de pólvora y bolsas de m u n i­
ciones
5 quintales de pólvora
2 cajas de balas
3 quintales de cuerdas
100 costales
20 cotas
12 petacas
12 barretas
10 azadones
20 machetes
127 albardillas (tam bién para Chiapas)
1 caja de medicinas

170
50 reses (a las que se añadieron 10 donadas)
950 fanegas de maíz
50 fanegas de fríjoles
50 fanegas de chile
50 arrobas de sal
20 fanegas de trigo
150 gallinas
3 arrobas de azúcar
25 cajas de dulce
20 muías
Especial atención y m ucha paciencia p o r parte del Presidente Barrios exi­
gió vencer las dificultades que se presentaron en la provincia de Verapaz,
sobre todo debido a la com pleta ineptitud del achacoso Alcalde M ayor
Lucas de M ontealegre, que o no obedeció las órdenes recibidas, o las ejecu­
tó de m anera incorrecta; sus inform es eran contradictorios y provocaron el
enojo del Presidente, quien term inó p o r no tratar con él, sino envió a su
teniente a que le diera las órdenes pertinentes y a que velara p o r su p ro n ta
ejecución. En especial, la presión ejercida po r M ontealegre sobre los in ­
dios, violando tanto las reglas de la política general en Indias, com o tam ­
bién las expresas órdenes del Presidente, provocó la más dura desaproba­
ción en éste.
Al principio se había encargado al Alcalde M ayor que hiciera fabricar las
100 cotas acolchadas así com o que procurara adquirir sillas y frenos, a lo que
contestó que en aquella provincia no se cosechaba algodón, a no ser en los
pueblos de Cahabón y San A gustín, habiendo sido además m uy mala la
últim a cosecha (Ms. p. 143). En este lugar, el m ism o Valenzuela que suele
ser m uy reservado en manifestar su propia opinión, no puede callarse: la
provincia de Verapaz, erscribe, es famosa por el m ucho algodón que p ro ­
duce, y po r las grandes cantidades de hilo y tejidos que exporta; lo que des­
m iente pues categóricam ente las afirmaciones del Alcalde Mayor. Su mala
adm inistración y su rigor frente a los indios se m anifestaba en el hecho de
que había aconsejado al Presidente castigara severamente a los indios por
no haber sum inistrado to d o lo pedido. A quí docum enta no sólo su falta de
inteligencia y com prensión de los indios, sino tam bién su desestim a de las
m uy claras órdenes del Presidente (M s. pp. 147 sig.).
El Alcalde M ayor había inform ado además que en su distrito nadie sabía
fabricar las sillas y frenos m andados; aunque luego se contradijo diciendo
que había m andado se enviase todo lo pedido; y luego volvía a justificar el
retraso. El 3 de noviem bre de 1694, Barrios Leal le escribió cortesm ente,
pero tam bién con claridad, diciéndole que se contradecía en cada una de sus

171
cartas, inform ando que las casacas acolchadas «ya se harán, ya no se harán;
ya saben, ya no saben hacerlas los yndios». Las pocas prevenciones que se
hicieron en la provincia de Verapaz le daban más preocupaciones que las de
H uehuetenango y Chiapas juntas (Ms. p. 15l). P or esto m anifestaba que
no quería seguir tratando directam ente con él.
En lo que atañe a los caballos pedidos, com unicó el Alcalde M ayor que
quería esforzarse po r conseguirlos de los estancieros; p o r los demás, sabía
que se criaban m uy buenos caballos en la estancia de San N icolás, pertene­
ciente a la orden de los dom inicos, y aconsejaba al Presidente que se pusiera
en contacto con el Provincial de los dom inicos en G uatem ala para resolver
este p u n to (M s. p. 144). En lo que se refiere alas cantidades pedidas de maíz
y fríjoles, el Alcalde M ayor había convocado a todos los jueces de las p o ­
blaciones indias exigiendo de ellos la entrega inmediata; a lo que se le había
contestado que desde hacía dos años reinaba el ham bre en todas partes y
que habría que esperar a la próxim a cosecha el mes próxim o. También
había exigido que las aldeas reclutaran cierto núm ero de hom bres, y de Ca-
habón, que es mayor, com o tenía buenos arqueros, que alistara 100 indios
de armas; m ientras que de San A gustín, por ser más pequeña, sólo había
pedido 50 gastadores; todo lo cual era ilegal, y los «juezes» de las aldeas
habían respondido por tanto con meras evasivas. Por o tro lado, había
recom endado al «alcalde de prim er voto» de Cobán, p o r ser «de resolución
y buena presencia» (Ms. p. 144). Esta proposición fue aprobada, lo m ism o
que su sugerencia de construir dos canoas para el cruce de los ríos
mayores.
En favor del carácter im parcial del Presidente Barrios Leal habla el que acep­
tara sin más reservas todas las ideas útiles aportadas p o r el alcalde; mientras
que p o r otro lado, sin falsas consideraciones a M ontealegre, fuera capaz de
criticarle en sus negligencias, y esto en especial en lo que concierne al injus­
to trato dado a los indios. Por lo más, la actitud com edida del Presidente es­
taba m otivada p o r el hecho de que de su política condicionaba totalm ente
el éxito o fracaso de su empresa; dado que la población india de Verapaz in ­
dudablem ente m antenía contactos con los Lacandones no som etidos del
interior, cuya pacificación era el objetivo de la entrada, las noticias sobre
posibles injusticias de los españoles frente a los indios podía causar en los
Lacandones m iedo y aversión e inducirles a huir o a resistir a la expedición.
En realidad los padres A ntonio M argil y Pedro de la C oncepción habían ya
notificado desde Belém que algunos indios de la zona de C obán les habían
m anifestado su m iedo ante los soldados (M s. pp. 145 sig.). A pesar de la
fuerte preparación militar, la firme intención del Presidente seguía siendo
la de usar sólo m edios pacíficos. Por esto, cuando se enteró de que el alcalde

172
m ayor había presionado a los jueces de las aldeas indias reducidas para que
sum inistraran maíz y fríjoles, Barrios ordenó que se devolvieran inm edia­
tam ente las cantidades ya entregadas, pues las aportaciones debían tom arse
pagándolas de los tributos ya pagados o debidos; así pues, de la caja que
adm inistraba el Alcalde Mayor:
«y q ’si p o r la proposición q ’les auía hecho, ubieran contribuido
algún maíz, se lo bolbiera, diziéndoles q ’no se adm ittía p o r faltta
q ’del auía, lo que era justo se executara assí con los yndios; en
consideración de que las ynsinuaciones de los superiores eran en su
m odo exttorziones y con esta adbertenzia no les pidiera cossa
alguna, salvo lo que quisieran dar de su expontânea boluntad»
(Ms. p. 144).
En su simpleza, el m ism o Alcalde Mayor, dicho sea de paso, había adm itido
haber recaudado los tributos en efectivo y no en metálico para proceder
luego tal com o se practicaba ilegalmente en todo el país (Ms. p. 148): los tri­
butos prestados en efectivo fueron subastados oficialmente a un precio re­
lativam ente bajo, que era el que se hacía constar com o trib u to pagado por
los indios. Pero luego se les revendían estas mismas mercancías a un precio
considerablem ente más alto, con lo que los funcionarios conseguían injus­
tas y grandes ganancias. Este «comercio forzado» era uno de los m étodos
más frecuentes y más infames para explotar a los indios. Sólo en una Real
Cédula de 21 de junio de 1693 llegó el Rey a ordenar que se dejara libre a ios
indios si querían pagar los tributos en m etálico o en especie. D ebían elegir
la form a más cóm oda para ellos, y se insistía en «que la cobranza sea suave»
(Cedulario A m ericano I, p. 496, doc. nr. 313).
Con razón afimra M artínez (1973:522 sig.):
«La más alta personificación de la tiranía colonial - que fue princi­
palm ente tiranía rural - no se encuentra en los Presidentes, sino
en los C orreg id o res... Los Corregidores o Alcaldes Mayores eran
jefes políticos de m uy am plios d istrito s... Tenían a su cargo la vigi­
lancia y dirección de los pueblos, y la supervisión de la producción
y cobro de los tributos. Su autoridad se hallaba directam ente p o r
encima de las autoridades indígenas de los pueblos, los alcaldes
indios, a quienes en unos casos tenían que aprem iar con castigos y
con quienes, en otros casos, se confabulaban para extorsionar a la
población india».
Exactam ente lo m ism o puede decirse respecto a la dem anda de soldados y
gastadores indios: tam bién en este caso los jueces de los poblados habían
intentado oponerse a las exigencias del Alcalde Mayor, que no había sabido
cosa m ejor que p ro p o n er al Presidente se les im pusieran severos castigos

173
(Ms. pp. 146 sig.). Barrios había contestado que no se aplicara coacción de
ninguna manera. Los 100 «indios de armas» y los 70 «gastadores» precisos
debían presentarse voluntariam ente y «gustosos». Por lo demás sería desea­
ble que vinieran de la región, pues allá son más robustos que en la ciudad.
Pero no debía sim plem ente darse una orden a los «principales», sino habría
que explicarles el m otivo de estas órdenes y el «padre doctrinero» tenía que
hacerles ver, «con bueno y p rudente m odo con q ’devían ser tratados», la
necesidad de su alistam iento procurando «no vbiera causa para aprem io y
rigor» (Ms. p. 147).
En consecuencia, el Presidente, que no sólo era experim entado y prudente,
sino tam bién justo, había ordenado que se enviaran, si ello era factible, a la
capital unos «indios gentiles» a los que se recibiría am istosam ente y se les
agasajaría para que «boluiendo conttentos» facilitaran p o r su parte la entra­
da de los españoles (Ms. p. 145).
Bajo la dirección del sustituto del Alcalde M ayor de Verapaz, los preparati­
vos pudieron realizarse luego de form a más rápida y m ejor. El 15 de n o ­
viem bre pudo ya anunciar que, bajo la dirección de los m isioneros, se había
abierto un camino desde C obán en dirección a la proyectada ru ta al inte­
rior. En esta obra se había em pleado a 204 indios durante 11 a 12 días. El
camino tenía unas 6 a 7 leguas y llegaba hasta la prim era aldea de los Choles.
Cada obrero había recibido m edia fanega de maíz para su m anutención d u ­
rante los trabajos (Ms. p. 158).
M ientras tanto se había form ado tam bién la com pañía dirigida p o r el Capi­
tán Ju a n Díaz de Velasco. C om prendía los 50 soldados españoles planea­
dos desde el principio, y además otros 20 infantes reclamados p o r Díaz
(Ms. pp. 159 sig.). A sí la provincia de Verapaz proveyó lo siguiente:
12 infantes (a los que se añadieron 58 infantes de otras pro-
incias)
100 indios de armas
70 gastadores
950 fanegas de maíz
50 reses
20 muías
37 caballos de los 74 originariam ente previstos; sin em bargo
eran «flacos y mal tratados»; luego parece se consiguieron
más caballos
50 armas de fuego con sus frascos de pólvora y bolsas de
m uniciones
5 quintales de pólvora
2 cajas de balas

174
3 quintales de cuerdas
12 barretas
10 azadones
20 machetes
50 arrobas de sal
20 fanegas de trigo (en form a de harina)
50 fanegas de fríjoles
50 fanegas de chile
25 cajas de dulce
3 arrobas de azúcar
1 caja de medicinas
20 cotas
100 costales
12 petacas
Todas estas medidas aseguraron ciertam ente que pudiera prepararse el ne­
cesario núm ero de soldados, indios auxiliares e incluso gastadores, así
com o las armas y pertrechos precisos, la alimentación y m edios de trans­
porte; pero con ello no se había resuelto aún el problem a de la financiación
de la expedición. El pago de indios y soldados así com o de sus oficiales
exigía disponer de considerables fondos.
A pesar de todo lo que se afirmó sobre que la entrada era «en el seruicio y
agrado de ambas Magestades», la divina y la m undana, con todo, com o ya
desde el principio, la m áxim a seguida p o r la C orona era cargar sobre los ciu­
dadanos, en lo posible, todos los gastos ocasionados po r aquellas em pre­
sas. «Alivio y ahorro de la Real Hacienda» no era po r tanto una m era frase
vacía, sino expresaba una term inante instrucción a todos los funcionarios
de la adm inistración en «las Indias». Por tanto, todo paso em prendido p o r
el Presidente Barrios para la preparación de la expedición, en la m edida en
que implicaba gastos que tendría que afrontar la caja real, debía ser aproba­
do p o r la junta de Hacienda. En conform idad con estas normas, en una jun­
ta de H acienda celebrada a 17 de septiem bre de 1694, en la que se trató sobre
la ejecución de los distintos puntos de la ordenanza dada p o r el Presidente a
15 de septiem bre, se resolvió pedir en cartas separadas a todos los corregi­
dores, alcaldes mayores y gobernadores de las provincias m enores, parti­
dos o gobernaciones, que se ocuparan sinceram ente de que los vecinos
contribuyeran con donaciones para reunir los fondos necesarios a la cam­
paña (M s. p. l6 l). Esto puso en m archa un com plicado aparato, típico de la
adm inistración española, que describe m uy detalladam ente el cronista
Valenzuela:
«Me es presisso ttrattar con yndiuidualidad y expresión, assí

175
po r yr haziendo relazión de los auttos, com o p o r que siempre
conste lo q ’cada u no obró y executó en el seruicio de su Mag.d y
ahorro de su Real hazienda».
N o sólo el Presidente dió las órdenes pertinentes a las autoridades regiona­
les de su Audiencia; en cada corregim iento y en cada alcaldía m ayor se con­
vocaron tam bién juntas para ejecutar la orden de la form a más eficaz posi­
ble. A lgunos corregidores reunieron al vecindario o im partieron a su vez
nuevas órdenes escritas a los alcaldes. Se designó a ciertos funcionarios rea­
les para que recibieran las sumas entregadas y llevar contabilidad de los in ­
gresos en metálico o en especie, sobre todo el maíz, las gallinas, los caballos
y las muías (Ms. 168), o para que procuraran que tales cosas estuvieran listas
antes de iniciarse la marcha. A lgunos de los animales fueron rematados. La
mayoría de los caballos, flacos y m altratados, - «a el rey ni se da ni se vende
lo m ejor ni aun lo bueno» (M s. p. 233) ~ tuvieron que ser llevados apastar,
cuando se opinó eran siquiera utilizables. N o se olvidó marcarles con la
corona real. M uchas veces fue necesario em pezar p o r reparar sillas y frenos
recibidos, lo que causó nuevos gastos que tenían que ser deducidos de los
donativos en metálico. Para increm entar aquella generosidad, m anifiesta­
m ente m uy limitada, de los vecinos se nom braron, lo m ism o que en la capi­
tal, «procomisarios» especiales (M s. p. 168). Barrios quiso recibir personal­
m ente los donativos de Chiapas, aprovechando su paso p o r allá, para
subrayar su importancia.
A la provincia de Tegucigalpa (H onduras) se llegó incluso a enviar a un
oidor, al Licenciado Francisco de Valenzela Benegas, para que pidiera gene­
rosas donaciones, basándose en que la región poseía ricas minas; a causa de
lo inusitado del procedim iento, se necesitó para esto un «boto consultibo»,
un «Real Acuerdo» especial y un «Auto» del m ism o Presidente; además
hubo que hacer firm ar la orden al fiscal (Ms. pp. 170 sig.).
El prudente Presidente no olvidó tam poco dar garcias en nom bre del Rey y
en el propio a todos los donantes. C uando Valenzuela dice que Barrios Leal
«... abstraiéndose de ottros (negocios) se aplicó ttotalm ente a éste, ttenién-
dolo po r más precisso e ynportante q ’los demás q ’concurrían», se puede
deducir de la m inuciosa descripción hecha p o r el cronista de todos estos
preparativos que tam bién los dem ás funcionarios, casi sin excepción,
tenían que concentrar toda su actividad en estos trabajos (Ms. p. 99).
C om o resultado de la acción de aportaciones para la cam paña se consi­
guieron 2U398 (= 2398) pesos, 4 reales en metálico, además de 354 caba­
llos, 22 muías, 80 reses, 920 fanegas de maíz, 800 gallinas y 125 armas de
chispa. Sin em bargo, algunos caballos se encontraban en tan malas condi­
ciones que ni se podían vender ni utilizar en la entrada (M s. p. 170).

176
Además de estas aportaciones, varios vecinos ofrecieron participar ellos
m ism os, a veces incluso con arm am ento y sin sueldo, o presentando un
sustituto pagado p o r ellos m ism os. U n ejem plo típico fue el del Sargento
M ayor D o n Francisco López de Albisuri, que aludiendo a los servicios
prestados ya al Rey durante m uchos años, se m anifestó dispuesto a partici­
par personalm ente en la expedición, o para el caso en que no viviera ya,
hubiera enferm ado o estuviera im pedido po r otros m otivos (lo que p roba­
blem ente presuponía él en secreto), prom etía asum ir el pago de un soldado
durante seis meses, y los m ism o en nom bre de su pequeño hijo José, que
tenía cuatro años y cinco meses (Ms. pp. 168 sig.). Similares ofertas para
participar en persona o a su costa fueron num erosas y m uchas veces p ro ­
cedían, según parece, de antiguos soldados u oficiales. C om o m otivación
puede suponerse, com o en el caso de Francisco López de Albisuri, la con­
ciencia de hacer una buena obra en servicio de D ios, o p u ro espíritu de
aventuras, cuando no la esperanza de conseguir ventajas materiales.
A unque en esta em presa no se iban a conquistar tesoros algunos, así com o
tam poco títulos o encom iendas, con todo, los m iem bros de la milicia, y se
puede suponer que los participantes en la entrada esperaban lo m ism o, g o ­
zaban de considerables ventajas: los m iem bros de la milicia que eran llama­
dos a filas a participar en entrenam ientos prolongados o en operaciones
militares gozaban del llamado «fuero militar», es decir, estaban sujetos a la
jursdicción m ilitar y no podían ser llevados a los tribunales ordinarios. U n
miliciano tam poco podía ser designado contra su voluntad para uno de los
cargo honoríficos, en general poco deseados p o r resultar onerosos, com o
p o r ejem plo el desem peño de una tutela. Los oficiales de la milicia gozaban
además de gran prestigio social, increm entado po r el uso del uniform e y
distintivos de su rango (K o n etzk e 1974:162,163).
Por esto no puede sorprender que el núm ero de los voluntarios resultara
finalm ente considerable, pero tam poco el que se presentaran gentes
incapaces que no fueron aceptadas o que luego se disculparon o se escabu­
lleron. M anuel de M orales Villavicencio se había presentado prim ero
com o voluntario, luego se disculpó p o r enfermedad, se le dió licencia para
regresar a O cosingo su pueblo natal, donde poco más tarde se le vió pasean­
do en plena salud (Ms. pp. 98,212). O tro ejem plo es el del Licenciado A n ­
to n io de N o ta que se presentó com o cirujano, pero que luego se excusó ale­
gando que le necesitaban sus pacientes; sin em bargo, en com pensación p a­
gó 50 pesos. Ju a n de Cañabernal se había ofrecido com o voluntario, luego
se excusó p o r ser pobre y tener que atender m ujer e hijos. Jo a n M artínez de
Lapa se alistó, pero ni se le encontró ni se presentó él m ism o (Ms. pp. 212
sig.). Valenzuela contunúa la lista de estos casos, pero hay que reconocer

177
que la mayoría de los que no pudieron participar pagó una sum a de dinero.
La exactitud con que Valenzuela describe todos los porm enores de esta en ­
trada nos perm ite una visión adecuada tanto de la práctica adm inistrativa y
m ilitar de la época com o tam bién de la situación económ ica y social, así
com o, parcialmente, de las condiciones hum anas de la G uatem ala de en ­
tonces, tal com o apenas sí se encuentra en ningún o tro docum eto de la épo­
ca. Los autores contem poráneos de relaciones históricas, sobre to d o Villa-
gutierre y Ximénez, que tratan de esta expedición, no perdieron m ucho
tiem po en describir cosas de índole prim ordialm ente técnico-adm inistrati­
vo, y prefirieron dedicarse a los aspectos más exteriores de lo sucedido. Así
es com o la «Relación» de Valenzuela constituye un valioso com plem ento a
las otras descripciones existentes. N unca pierde de vista los problem as del
avituallam iento, frecuentem ente im perfecto; de la distribución de víveres,
m uchas veces escasos; del alojam iento de soldados, a m enudo incóm odo; y
de otros porm enores técnicos que describe con to d o detalle, incluso las
cuentas de los materiales no utilizados y que se devolvieron al final de la en ­
trada. Tan p ro n to com o los soldados alcanzaron los lugares en que debían
ser licenciados, «caminando cansados de sus armas, descalços de pie y pier­
na, m ojados y totalm ente faltos de m antenim ientos» (Ms. pp. 394 sig.), el
Presidente Barrios ordenó se hiciera un inventario final de todos los víve­
res y pertrechos restantes (Ms. pp. 395 sig.).
D e 833 fanegas de maíz, po r ejem plo, se habían gastado 660; de 50 fanegas
de fríjoles sólo 17 V2; de 24 fanegas de chile, no más de 9; de 25 cajas de d ul­
ce, 15 (M s. p. 396). El proveedor fue instruido sobre los que debía realizarse
con las especies que habían sobrado; los soldados recibieron las cantidades
precisas para regresar a sus pueblos sin tener que llegar a pasar necesidad. A
los indios de las tropas auxiliares se les entregó el resto de su paga de acuer­
do a lo contratado y a los soldados tam bién se les facilitaron los atrasos. Va­
lenzuela dedica a esta liquidación provisional to d o el capítulo X X X V I de
su m anuscrito. El balance final de toda la expedición se retrasó varios meses
y en el A rchivo General de Indias en Sevilla se encuentran varias actas sobre
él (A G I, G uatem ala 152, Ram o 2).
La utilidad de esta m inuciosa teneduría de libros se m ostró cuando el Presi­
dente Barrios, que a su regreso a Santiago de G uatem ala ciertam ente había
sido recibido «con general aplauso y com ún alegría» (Ms. p. 399), se vió lue­
go expuesto a críticas procedentes desde diversas partes. Ya Valenzuela
había intentado prevenir las posibles censuras sobre los costos de la expedi­
ción, considerados desproporcionados a los resultados, indicando q u e «...
no parece fue el gasto ... ttan grande q ’se considere demasiado» (Ms. p.
396). Pero tadavía después de lam uerte de Barrios, el O id o rjo se p h de Seals

178
(Descais) que había sido su lugarteniente durante su ausencia y su sucesor
interino, se vió obligado a defenderle a él y a su empresa. Sin em bargo aquí
tuvo que recurrir más bien a sus buenas intenciones que a sus éxitos:
«y porque esta m atheria com o todo lo que es del m ayor agrado de
D ios nuestro Señor y seruicio de V.M. a tenido grandes ém ulos, y
de algún tiem po a esta parte poderosos contradictores, y la malicia a
procurado, i procura, obscurecer la rasón, la recta y sinsera in ten ­
sión con que se an obrado los sólidos fundam entos con que se an
prosedido ... no puede dudar que dichas reducciones se an dis­
puesto y efectuado, no por caprichos de V uestro Presidente D o n
Jacinto de Varrios com o dice la malicia, sino p o r cum plir con la
obligación de su puesto, i descargar la de V.M . y efectuar a la
letra lo que se m anda en dicha y últim a Cédula de 24 de
noviem bre de 92 ...»
D e Seals, m ostrando su lealtad a Barrios aun después de su m uerte, sigue
subrayando que los gastos ocasionados, el núm ero relativam ente grande
de soldados, y todas las medidas adoptadas habían sido aprobadas tam bién
p o r diversas juntas y que no se habían pagado cosas innecesarias. D ado que
la cam paña se había dirigido contra indios salvajes y belicosos, realmente
había sido necesario el em pleo de tal cantidad de soldados. «Y el fruto que
se a conseguido», añade disculpando, había justificado todos los costos,
«pues se an descubierto y reducido tantas y tan num erosas naciones com o
consta de los autos y relaciones». Sin em bargo esto fue una pura afirmación
m uy osada si se considera que com o resultado de toda la cam paña sólo se
había descubierto un pueblo de Lacandones con unas 500 a 600 personas, y
que la tercera colum na al m ando del C apitánJuan Díaz sólo había llegado al
buscado lago de Petén con unapequeña patrulla de exploradores (A G I, Pa­
tro n ato 237, Ram o 2, fol. 1 v).

3 • EL C U R SO D E LA E N T R A D A

Las marchas de las tres colum nas que finalm ente, tras tan trabajosos prepa­
rativos y esfuerzos, partieron el 17 de enero de 1695 de Santiago de G u ate­
mala se pueden resum ir com o sigue - donde se m anifiesta la d espropor­
ción entre esfuerzos y costos po r un lado y reslutados obenidos p o r otro:

1 ■El gru p o que avanzó desde Chiapas:


El m ando directo sobre esta colum na com puesta de tres com pañías de sol­
dados españoles y dos com pañías de «indios de armas» se lo había reservado

179
a sí m ism o el Presidente Barrios Leal: la colum na debía marchar desde
Chiapas contra los Lacandones y se opinaba que de ella dependería el éxito
decisivo. Bajo el m ando del C apitán M artín de U rdanis se le habían añadi­
do soldados de Chiapas y Tabasco considerados com o más experim enta­
dos y capaces. C om o sacerdotes participaron en la m archa el franciscano
Fray A ntonio Margil, Fray M anuel M artínez y otros tres misioneros. La de­
cisión de no penetrar en la selva p or Com itán, sino un poco más ai norte,
p or O cosingo, fue tom ada solo en una junta de guerra celebrada en C om i­
tán, después de que se habían recibido nuevas inform aciones de que los La­
candones se hallaban m uy cerca (Ms. pp. 207 sig.). En esta decisión puede
verse el principio del fracaso de la empresa, pues se basó en noticias falsas.
El 28 de febrero, Barrios se puso en m archa desde O cosingo y, después de
dos jornadas de más o m enos 16 leguas cada una, llegó a Santa Cruz del
Próspero, donde la vanguardia dirigida por el Capitán Tomás de G uzm án
ya había preparado un real (M s. pp. 230 sig.).
A quí se perm aneció durante 8 días para tratar de descubrir a los Lacando­
nes que aparentem ente debían encontrarse ya m uy cerca. Al no obtener re­
sultado alguno esta búsqueda, Barrios continuó la m archa hacia el sudeste
el 7 de marzo (Ms. pp. 241 sig.).
A unque Valenzuela es m uy preciso en sus datos sobre los preparativos y
los acontecim ientos de cada día durante la marcha, en lo que atañe a la to p o ­
grafía de la región atravesada sus datos son bastante vagos y p o r eso resulta
m uy difícil determ inar las distancias recorridas en las distintas etapas p o r el
Presidente Barrios y su gente desde O cosingo a D olores. Por esto, tam bién
D oris Z. Stone (1936:272-280) ha renunciado a fijar los trayectos diarios
exactos en su descripción de esta entrada. M anifiestam ente no era este el
fuerte de Valenzuela, que estaba form ado principalm ente en las tareas ad­
m inistrativas de un escribano. P or otro lado hay que tener en cuenta que el
nivel técnico de la época no perm itía efectuar m ediciones m uy exactas —
aparte de que esto hubiera precisado dedicar a esta tarea dem asiado tiem po.
D escripciones m ás exactas de otras expediciones, com o las de F rayjoseph
D elgado (Ms. pp. 30-35) o de Fray Francisco Gallegos (Ms. pp. 36-55),
que además pueden considerarse ejemplares, se basaban en datos sobre
poblados que casi faltaban en esta zona habitada p o r los Lacandones.
Sin em bargo, Valenzuela no m enciona en nungún lugar ni siquiera el uso
de un compás, com o los que se usaban ya en form a portátil en esta época, o
de otros instrum entos que podrían ayudar a determ inar la dircción exacta,
de m odo que puede suponerse que la tropa se orientó sim plem ente p o r las
estrellas. A lo más se dice de vez en cuando que se m archaba «rum bo del
Leste declinando algo al Sueste» (Ms. p. 251). La siguiente descripción

180
topográfica de Valenzuela puede considerarse com o una de las más exactas:
«... un arroyo distante del cam po o m onte desocupado com o
m edio quarto de legua, y pareció baxaua de las serranías de la parte
del O riente para la del P oniente a yncorporarse con el dicho río
que lleuaua su curso de N o tre a Sur, de el qual nos apartam os
dexándole a m ano derecha a tanta distancia que ni lo diuisó la
vista, ni resonó en el oydo el ruido de la violencia con que corría.
Y cam inando al O riente subiendo en pinadas laderas y baxando
po r presipitadas faldas, en que se mesclaron algunas joyadas y abras,
llegamos después de tres leguas a el sitio ... que se n o m b ró Santa
Casilda ...» (Ms. p. 276).
D e esta manera, para estim ar las distancias no quedam ás que tener en cuen­
ta los tiem pos necesitados para recorrerlas, lo que naturalm ente conduce a
resultados m uy subjetivos. Valenzuela aporta un buen ejem plo (Ms. p.
275) de com o un recorrido pareció m ucho más largo de lo que era realm en­
te, puram ente p o r haber sido necesario realizar en él mayores esfuerzos, de
form a que un trayecto especialm ente difícil era estim ado p o r unos en 4 y
p o r o tro s e n 2 ó 3 leguas. A pesar de que una legua había sido fíj ada en 5.000
varas (ca. 4 a 5 km ), en la práctica significaba sim plem ente «una hora de
camino». Pero naturalm ente, según el terreno, la distancia recorrida en una
hora podía variar m ucho. En terreno tan difícil com o el que tuvo que atra­
vesar la tropa del Presidente Barrios una «legua» no era a veces sino 2 ó 3 k i­
lóm etros (Véase Sapper 1936:14). Y además Valenzuela habla a veces de
una «legua corta» o de una «legua larga», lo que no es más preciso (Ms. pp.
247, 256, 258).
El terreno tan intransitable, p or el que era preciso abrir cam ino con m ucho
trabajo, exigió siem pre de la tropa adaptarse en su m archa a la orografía y
condiciones del suelo, buscando lo más favorable, ya sea siguiendo las
sinuosidades de un valle, ya sea buscando un vado m enos profu n d o o acpe-
tando incluso desviarse del rum bo propuesto. Por eso no sorprende que la
distancia recorrida diariam ente no sobrepasara en terrenos más fáciles las
seis leguas y media, m ientras que en terreno difícil no llegaba a más de una y
m edia a dos leguas. Por ejemplo: de Istatán a Asantic, la tro p a recorrió en
un día 11 leguas, 8 p o r la m añana y 3 p o r la tarde (Ms. p. 207), m ientras que
luego fue bajando constantem ente el rendim iento diario.
C ortés había necesitado doce días para un recorrido de sim plem ente ocho
leguas a través de la sierra de San Luis, no demasiado alta, perdiendo allí 68
caballos (Sapper 1936:15). Tam bién Barrios perdió m uchos caballos y
muías, que en general se m ostraron poco apropiadas para aquel terreno.
Las bajadas y subidas a profundos arroyos y hondas quebradas causaron

181
grandes dificultades a los animales; unos cayeron en los barrancos y
m uchos se desplom aban rendidos y m uertos de ham bre p o r haberles falta­
do pastos. Casi siem pre que Valenzuela habla de caballos y muías, se lee el
calificativo de «maltratados» o «falcos, cansados y m uertos de hambre»
(M [Link]. 251, 264).
Tam bién los soldados encontraron m uchas dificultades en aquel terreno.
Los fuertes aguaceros no perm itían se secaran sus vestidos y los abrigos
levantados apresuradam ente con hojas de palm era no los protegían sufi­
cientem ente en la noche. D urante el día estaban bañados en sudor p o r el
esfuerzo hecho y padecían sed. La preparación del camino se m ostró una
tarea casi imposible:
«... sin em bargo de auerse aplicado al trauajo 125 hom bres, no se
auían podido benzer las dificultades que oponían la aspereza de
aquel zerro y lo yntratable de aquellas m ontañas p o r la abundancia
de piedras, peñascos y árboles grandes y fuertes caydos, que
em barazaron los passos» (M s. p. 27l).
N i siquiera el Presidente Barrios quedó extento de caídas (Ms. p. 245). A
todo esto hay que añadir el ham bre cuando las provisiones no llegaban a
tiem po (Ms. p. 308). Las serpientes hacían peligrosa la m archa o el descan­
so nocturno; es curioso que Valenzuela no m enciona las molestias p ro d u ­
cidas p o r los insectos, que son el fenóm eno concom itante más desagrada­
ble de la m ontaña. Tam bién sorprende que no se diga casi nada de enferm e­
dades, y que la tropa regresara sana y en buen estado (Ms. p. 395).
Llevaría m uy lejos enum erar aquí todas las dificultades y contrariedades,
tanto más cuanto que Valenzuela las desbribe tan extensa y expresivam en­
te. Asim ism o parece supérfluo citar aquí todos los sitios que sirvieron de
etapa durante la marcha. Los nom bres dados po r los españoles no ayudan
m ucho para su identificación, porque en general se trata de cam pam entos
abandonados al día siguiente y sólo raras veces vueltos a utilizar al regreso.
A parentem ente la tro p a no dejó huellas duraderas en nun g ú n sitio, de for­
m a que los nom bres sólo fueron utilizados durante esta entrada y luego
cayeron en el olvido. En la región no existían poblados indígenas que
pudieran servir de p u n to de referencia. Desgraciadamente, Valenzuela no
consigna casi nunca las denom inaciones indias de ríos, cerros o poblados;
probablem ente ni siquiera los sabían los españoles, así com o tam poco los
guías indios que en su mayoría no conocían aquella región y que muchas
veces sólo aparentaban conocer el camino correcto para com placer a los
españoles (Ms. p. 252).
Así sólo puede constatarse que Barrios llegó a H uehuetenango el 23 de
enero, a Santa Eulalia el 30 del m ism o mes y el 2 de febrero a Istatán; aquí el

182
destacam ento del Capitán M elchor Rodríguez se separó del grueso de la
expedición. El 5 de febrero, Barrios partió para C om itán a donde llegó el 7
del m ism o. D e ahí partió hacia O cosingo, donde el ejército se detuvo desde
el 12 al 28 de febrero para reunir y com pletar las com pañías que recibieron
aquí tam bién refuerzos de Chiapas y Tabasco. Tam bién aquí se n o m b ró a
oficiales y suboficiales, incluyendo a Valenzuela com o capitán de una com ­
pañía (M s. pp. 217 sig.), y después de haber puesto en orden arm am ento y
pertrechos se pasó revista a la tropa.
Las siguientes paradas prolongadas se realizaron en Santa Cruz del Próspe­
ro y en SanJuan de D ios, donde se establecieron depósitos de vituallas. Los
días festivos de la Semana Santa se pasaron en un sitio denom inado M onte
Santo, donde tam bién se perm aneció cierto tiem po. A veces, las com ­
pañías no avanzaron juntas sino se dividieron en varias columnas, com o su­
cedió p o r ejem plo en el trayecto entre S an ju an de D ios y S an jo sep h . A si­
m ism o se enviaron a veces patrullas de reconocim iento que se ausentaron
durante varios días.
El 9 de abril se avistó p o r prim era vez la laguna que sin duda era el lago de
M iram ar (El Peñol, o P eñón), donde había estado situado anteriorm ente el
lugar Lacam T un (Ms. p. 277), y el 17 de abril se consiguió capturar los p ri­
m eros Lacandones (Ms. p. 292). El día anterior, el ejército había hecho un
alto en un sitio denom inado San Erm enegildo y un día después se detuvo
en un lugar nom brado Perfecto Mártir. El 19 de abril, la vanguardia penetró
en D olores, donde po r pura casualidad encontró al Capitán Rodríguez
que había llegado ya hacía diez días (Ms. p. 296).
Barrios estableció aquí su cam pam ento y se hizo construir un pequeño
fuerte. Se esforzó por persuadir a la población huida para que regresara al
lugar, en lo que tuvo un éxito parcial. Los m isioneros lograron catequizar
unos 400 Lacandones. Pero sólo después de extensas exploraciones reco­
noció Barrios su error y que no estaba, com o creía, en las cercanías de los
Itzá, donde quería reunirse con el capitán Ju a n Díaz. Entonces decidió el
regreso, después de que ya antes había m andado volver a ciertos m isione­
ros y soldados. C om o guarnición dejó a 30 hom bres ai m ando de Ignacio
de Solís y algunos m isioneros. El 19 de mayo inició la m archa de vuelta (Ms.
pp. 383 sig.).
Esta vez to m ó la ruta más corta, a través de San Pedro de N olasco o Labco-
nop (Lacopno), hasta Istatán, la m ism a tom ada ya p o r el Capitán R odrí­
guez en la m archa de ida (véase Ms. A péndice III). Los soldados de Ciudad
Real en Chiapas y los de Tabasco prefirieron en cambio la trocham ás difícil,
pero para ellos más corta, po r O cosingo, por la que habían venido antes
(Ms. p. 367).

183
2 • El gru p o que avanzó desde Huehuetenango:

Esta com pañía estuvo m andada por el Capitán M elchor Rodríguez y tenía
que servir de escolta m ilitar a los m isioneros D iego de Rivas, Pedro de la
Concepción, Francisco Rom ero, A lonso de León, Lázaro de Mazariegos.
Rodríguez em prendió la m archa el 28 de febrero desde Istatán, con rum bo
nornordeste. Su itinerario, apuntado p o r Fray D iego de Rivas, fue inserta­
do p o r Valenzuela en el capítulo X X X IX de su «Relación» (M s. pp.
367-381).
D espués de varias penosas jornadas, Fray Pedro de la Concepción, que im ­
pacientem ente se había adelantado al resto de la columna, llegó el 6 de abril
al «pueblo del Lacandón», indudablem ente idéntico con Sac Balam y que
ahora fue nom brado N uestra Señora de los D olores del Lacandón, abrevia­
do en D olores. La com pañía le alcanzó ahí el 9 de abril (Ms. p. 297). El 19 de
abril se les unió, inesperadam ente, el Presidente Barrios Leal.

3 • El grupo que avanzó desde Verapaz a Tayasal:

El Capitán Ju a n Díaz había proyectado iniciar la marcha, com o los otros


grupos, el 28 de febrero, pero sólo el 5 de marzo p u d o ponerse en m ovi­
m iento partiendo desde Cahabón. Le acom pañaron entre otros, los m isio­
neros A gustín Cano, Francisco X im énez y Jo sé D elgado. La m archa pasó
po r Tipanché, T im uchuch, Tampamac, río B oloncot, riachuelo Tichahac,
Tanquinhá, pueblo Bictejun, arroyo Tuilhá, río Cancuén, Tzuncal, San
Jo sé May, riachuelo Zacchay, Chochahán y El M opán (Z am ora Castella­
nos 1931 :X IX ). Finalmente, el Capitán Díaz fijo su cam pam ento en el río
Chacal, distante poco más o m enos diez a doce leguas de Tayasal, e hizo ex­
plorar p o r una patrulla el lago que él m ism o no llegó a ver en esta ocasión.
D espués de que com prendió que aquí sería im posible un encuentro con el
Presidente Barrios, y dado que su tropa sufría gran escasez o estaba enfer­
mos, habiéndole abandonado m uchos de los indios auxiliares, se decidió a
em prender la retirada. El 27 de mayo llegó así a Cahabón, d o nde le esperaba
la noticia de que el O idor D e Seals amenazaba llevarle a u n consejo de gue­
rra acusándole de desobediencia y cobardía si no regresaba inm ediatam en­
te a Tayasal. Al m ism o tiem po, D e Seals, que no tenía una clara idea sobre
las distancias entre Tayasal y D olores, envió al Capitán Pedro Ramírez
O rozco al Petén para que se reuniera allí con el Presidente Barrios. A fortu­
nadam ente llegó todavía a tiem po la noticia del regreso del Presidente, de
form a que se revocó la últim a orden y tam bién se pu d o justificar al Capitán
Díaz.
A su regreso, el Presidente Barrios, indudablem ente poco satisfecho de los

184
resultados de su expedición, inició inm ediatam ente los preparativos para
una nueva entrada. Sin em bargo, su salud quedó tan quebrantada p o r las fa­
tigas de la expedición que p ro n to falleció. El ambicioso O id o r Jo sep h de
Seals, sucesor interino de Barrios, asum ió entonces la iniciativa enviando a
m ediados de 1696 un nuevo cuerpo m ilitar al Petén, esta vez bajo el m ando
del Licenciado A m ésqueta, al que se sum ó el Capitán Ju a n Díaz. También
se enviaron nuevas tropas a D olores. Pero estas acciones tuvieron poco
éxito. El Capitán Díaz de Velasco cayó al intentar atravesar el lago al diri­
girse a Tayasal, y Am ésqueta se libró a duras penas. La em presa iniciada p o r
Barrios con tanto ánim o y valor personal, tam poco fue favorecida p o r la
suerte después de su m uerte, a pesar de que D e Seals hiciera lo posible para
dar la im presión de que había sido un éxito. En el Archivo G eneral de In ­
dias en Sevilla (A G I, Escribanía de Cámara 339 B, Pieza 6a) se encuentra
un docum ento con el título:«
«Segunda Parte y Relación, en que se declara lo ordenado y execu­
tado po r la conservación y augm ento de las reducciones de infieles
que se lograron el año 1695..., en que asimism o se com prehende en
las resoluciones de juntas de G uerra y H azienda en que se deter­
m inó la prosecución y determ inación de la reducción de infieles
según lo descubierto el año pasado y que se pudiese descubrir
en el verano de este año de 1696, con las disposiciones y preuen-
ciones hechas para este efecto por el Sr. G r a l... D o n Jazin to de
Barrios L e a l... y lo obrado hasta su fallecimiento, cuyas disposi­
ciones prosiguió y executó el Sr. Liz. D. Jo sep h de S eals...»
y en la portada se sigue diciendo:
«... reitérense los grandes logros que se an conseguido en la ex­
pedición y entradas de las m ontañas que se an hecho en este
verano ...»
Sin em bargo, el único resultado tangible fue la reducción de los pocos La-
candones de D olores y de dos otros pueblecitos, Peta y M ap, que fueron
descubiertos poco más tarde. En el Petén no se había hecho progreso algu­
no. Sólo el gobernador de Yucatán, M artín de Ursúa, lograría conquistar la
isla de Tayasal el 13 de marzo de 1697.
Esto ocasionó serias controversias sobre el problem a de quien debería
gobernar el Petén en el futuro; sólo una decisión de la autoridad suprem a
zanjó la cuestión destinando definitivam ente esta región a la com petencia
de la A udiencia de Guatemala.
En consecuencia, el gobernador de Yucatán perdió to d o interés p o r este
territorio, m ientras que el nuevo Presidente Gabriel Sánchez de Berrospe,
en Guatemala, tam poco continuó los proyectos de Barrios Leal. A sí se re­

185
tiró a las guarniciones de D olores y Tayasal, que entretanto había sido lla­
m ado N uestra Señora de los Rem edios y San Pablo de los Itzáes. Los Lacan-
dones de D olores y de los pueblos de Peta y M ap fueron trasladados a nue­
vas reducciones en las cercanías - llamadas de San R am ón y San M iguel - y
en 1712 se les desplazó a las tierras altas de G uatem ala (véase A G C A G A
1.12.2, exp. 4724, leg. 96; A 1.23 leg. 1526 fol. 15 y A 1.12-6, exp. 2035 leg. 94
donde se describen los esfuerzos de encontrar sitios apropiados para nue­
vas reducciones de los Lacandones). En el territorio del Estado de los Itzá se
form aron, después de haber sido conducidos presos a G uatem ala el Canek,
y su sacerdote mayor, cinco pequeños Estados (A G I, Escribanía de Cáma­
ra, 339 B, pieza 14) que no sobrevivieron m ucho tiem po. A m ediados del
siglo X V III, Tayasal fue convertido en colonia penitenciaria española, y
más tarde se convirtió en una pequeña ciudad de provincias sin im p o rtan ­
cia.
A unque la expedición del Presidente Barrios no selló definitivam ente la
suerte de Lacandones e Itzá, sin em bargo sí inició decisivamente su ruina.

186
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Revista de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas N o 16/17, SanJosé,
1970 Costa Rica

190
INDICE ON OM ÁSTICO

Abeville, Sanson d ’, cartógrafo 154 Belén, N uestra Señora de 172


Acalá 43, 66, 112 Belize (H onduras brit.) 53,56,71, 113,
Acalán (Acalanes, Acalaes) 56, 58-62, 123
65-67, 72-75, 81, 112, 127-129 Berrospe = Sánchez de Berrospe,
A hí (Achí) 57, 73,74,91 Gabriel de
Ahitzá = Itzá, Taiza etc. Bictejún 184
A hkim opol 116 Blaauw, cartógrafo 154
Albisuri, Francisco de 144, 177 Boloncot, río 184
Alejandro VI, Papa 95 Bolontchevitz (N olontevitz) 130
Altamirano, Ramón, vecino de Nicara­ Bonampak 123
gua 14 Buabu (Bubau), Cacique 78, 79, 89
Altar de Sacrificios 54
Alvarado, Pedro de 48, 128 Cabnal, Cacique 63, 85, 89, 90, 151
Alvarado, Tomás, Capitán 144 Cadenas, Las 72
Alvarez de Miranda, Pedro, Capitán 28, Cag Balam (Çak Balam, Sakbalante,
47, 92 Kakbalam etc.) 62 , 63, 89, 106
Amatique 68, 69, 131 Cahabón 47, 60, 69, 71, 130, 131, 134,
Amésqueta, Bartolomé de 41, 42, 90, 135, 171, 172, 184
143, 157, 185 Cakchiquel 46, 74
Amopán(es) = Mopán(es) Caldera, Sierra de la = La Caldera
Angulo, Fray Pedro de 125, 128, 129 California 52
Asantic64, 181 Campeche 52, 54, 56, 65, 75, 93, 119,
Asquepala 65 121
Avendaño y Loyola, Fray Andrés de 51, Can = Chan, Martín
77, 118-120, 154 Canagual 62, 129
Axha (Yaxha) 130 Cancer, Fray Luis 125
Axoy (Axoyes) 57, 58, 72, 73, 133 Cancuén, río 67, 71, 72, 184
Aztecas (azteca) 65 Candelaria, río 56, 65, 75
Azul, río 61 Canek 55, 63, 76, 113, 114, 116, 118,
120, 121, 186
Bacalar 102, 114, 115, 134 Cano, Fray Agustín 34, 37, 41, 45, 69-
Barcelona 132 72, 78, 99, 103, 106, 134-136, 142,
Barreda, Pedro de, Fiscal 17 155, 157-160, 184
Barrios Leal, Jacinto 13, 14, 16-18, 25, Cano Sandoval, Juan, Obispo 41
26, 28-30, 32, 34-42,46,47, 51, 55, Cantelac 74
57, 63, 64,70, 76,78,80,82,87, 93, Cañabernal, Juan de 177
99-101, 105, 106, 118, 119, 132, Cárdenas, Diego de, G obernador 115
136-138, 141, 143, 144, 146, 147- Cárdenas, Fray Tomás 129, 130
151, 154-162, 164, 171-176, 178- Carlos II 121
185 Carlos V 43, 75, 80, 94, 95, 97, 99,104,
Batcab 75, 120 124

191
Cartabí 65 47,52-54,56,57,59,61,73,81,112,
Casanova, Bernardo de, Capitán 116 125, 127-129, 136, 142-144, 153,
Casas, Fray Bertolomé de las = Las 159-164, 166-168, 172, 179, 180,
Casas 183
Castillo del Golfo 111, 133, 144, 163 Chicuy (Chicuyes) 74
Castillo, Juan de, Capitán 117 Chichel (Chuhel), Cacique 78, 79, 89
Castillo del Río San Juan, Nicaragua Chichén Itzá 54, 56, 59, 76, 154
164 Chillings worth, R udolf (Fonds) 18
Centurión (Senturión), Fernando 144 Chiquimula 68
Ciudad Real (Chiapas) 132, 161, 166, Chixlox (Ixoux) 130
168, 183 Chixoy (Xoy), río 72, 133, 134
Cobán 41, 60-62, 72, 73, 126-131,133, Chocahan (Chocahau, Chochahan) 60,
155, 172 69, 130, 133, 184
Coc, (Coq), Bartolomé 134 Chol (Choles) 18,19,25,26,32, 33,40,
Cogolludo = López Cogolludo 42, 54, 56-62,64,65-73,76,81,93,
Colón, Cristóbal 94, 98 100, 102, 123, 126, 127, 130-136,
Comitán 147, 156, 157, 160, 180, 183 141, 144, 155, 158, 174
Concahes (Concaches) 81 Chontal 53-56, 59, 65, 66, 74-76, 92
Concepción, Fray Pedro de la 154,172, Chontalan 54, 59
182 C hortí (Choltí) 54, 91
Concepción, río 71 C huntuquí 75
Confines, Audiencia de los 124, 127
Copán 53
Córdoba, Fray Pedro de 123, 124 Dávila, Alonso 102, 112, 113
Cortés, Hernán 43, 47, 55, 56, 65, 75- Delgado, Fray Diego 115,116,119,131
77, 80, 93, 94, 112, 114, 146, 158, Delgado, Fray Joseph 37, 41, 72, 74,
181 102, 133-135, 158, 180, 184
Costa Rica 136, 158 Díaz de Castillo, Bernal 40,43,49,146,
Cozumel 54 158
Criado de Castilla, Alonso 68 Díaz (Ríos ?) de la Rosa, Ermenegildo
Cucul (Eucul) 130 60, 92
Cuchumatanes, Altos de 52, 53 Díaz de Velasco, Juan, Capitán 17, 34,
Culuacán 62, 64, 89 35, 42,45,47, 55, 69,70, 76-78, 80,
Cumaná 124 144, 153, 155, 157, 158, 160, 164,
Cumux, Francisco, Indio Principal 114 174, 179, 183-185
Dolores (M opán) 30
Chacal, río 70, 71, 184 Dolores (N uestra Sra. de Dolores del
Chacyal 65 Lacandón) 26-30, 33, 39, 42, 60,
Chajmaijic, río 72 62-64, 66, 78-80, 84-87, 90-92,
Chamelco, Juan (Matalbatz), Cacique 106, 109, 137, 138, 151, 155-157,
62 , 66, 128 165, 180, 183-186
Chamelco, lugar 129 Dominicos (Predicadores) 43, 45-49,
Champotón 112 51, 61, 67, 68, 71, 96-98, 105, 108,
Chan (Can), Martín 120 110, 111, 123-131, 133, 134, 136,
Chancut, Cacique 89 154, 157-160, 172
Chanuk 63
Chauiría, Padre Joseph 111 Ek, Bernardino 116
Chiantla (Virgen del Rosario) 147 Enriquez, Frayjuan 116, 131
Chiapa(s) 17, 19, 28, 29, 34, 43, 44, 46, Escalona, Fray Alonso 73

192
Escals (Descais) = Seals, Joseph de, Gutierrez de la Peña, Fiscal 27
Oidor Guzmán, Tomás, Capitán 144, 180
Escovedo, Fernando Francisco 117
Escovedo, Presidente 41 H altunna (Lago de Petén) 55
Esguerra, Fray Juan de 68, 130 Holandés (H olanda) 139
Española, La 98 H ondo, río 75
Esquipulas 68 Honduras 43, 52-56, 59, 65, 76, 105,
Estrada Aspeitia y Sierra, Joseph 112, 125, 130, 131, 133, 158
Agustín, Correo Mayor 161 Huasteca(s) 52, 53
H uehuetenango 19, 28, 34, 36, 41, 47,
Felipe II 94, 126 52, 57,135,136,143-145,153,159,
Fernández de Rosillo, Juan 129 161, 163-170, 172, 182, 184
Fernando e Isabel, los Reyes Católicos Huista 65
94
Figueroa, A ntonio 113 Icalá (Limpio Concepción) 135
Figueroa, Fray Mateo 135 Inglés (Ingleses) 99, 121, 127, 139
Flores (Tayasal) 55, 71, 123 Ipchía (Ybchíha) 65
Florida 93 Ista Comitán 168
Fontavella, Vicente 51, 118 Istatán (Ystatán) 156, 181-184
Francés (Franceses) 99, 121, 139 Itzá (Ahitzá, Taiza etc.) 19, 25, 26, 29,
Franciscanos 46,48,49,51,64,113,115, 34, 35, 40, 42-44, 50, 51, 55-58,
118, 125, 131, 133, 136, 155, 157, 60, 61,66,67,69,72, 74-78, 80,81,
159, 160, 180 85,93, 105,112, 113, 115-121,123,
Fuensalida, Fray Bartolomé 113, 114 130, 131, 141, 154, 155, 157, 158,
Fuentes y Guzmán 44, 47-50 160, 186
Itzamcanak 56, 65, 112
Galindo, Antonio, Ayudante 64 Itzatzi = Tzactzi
Gallegos, Fray Francisco 37,41,73,81, Ixcan 53
100, 107, 133, 134, 158, 180 Ixii (H ixil) 130
Gallegos Mariano, Diego 164 Ixkik 75
Garóes, Julian, Obispo de Tlaxcala 97
García de Loaisa 97 Jacaltenango 65
García Paredes, Alonso 75, 118-120, Jataté, río 61 , 76, 112, 155
154 Jehachán (Jehatán = San José) 135
Goicochea y Uriarte, Francisco 16, 26, Jocoló (Xocoló) 127
27, 38 Juanuelo (Huevo de) 169
Golfo Dulce 102, 113, 125, 127, 128,
133 K ekchí 73, 124
Gómez, Fray Francisco 73 Kukulcán (Quetzalcoatl) 55
Grijalva, río 65, 66, 112
Guadalajara 117 La Caldera, Sierra de la 68
Guatemala 11,12,27,35-38,41-46,49, Lacam Tun 62, 63, 130, 156, 183
50, 53, 54, 57, 59, 67, 73, 93, 102, Lacandón, Pueblo del, (Dolores) 136,
111, 116-119, 121, 123-125, 127, 179, 184
128, 133-136, 154, 161, 168, 172, Lacandones (lacandón) 14, 16-18, 25,
178, 179, 185, 186 26, 29, 32-34,40,42,44, 50, 53, 54,
Gueguetenango = Huehuetenango 56, 57, 59-62, 63-67,69,72-77,79-
Guehaches = Quehaches 81,84-86,89-93,100,112,118,124,
Guillén, Blas de, Padre 64 125, 127-129, 131, 132, 134-138,

193
141, 154-158, 160, 170, 172, 180, Maytol, río 130, 133
183, 186 Mazariegos, Fray Lázarao 184
Lacanjá, río 62, 64, 130 Mazatecas 112
Lacantún, rio 61, 62, 128, 130 Mazatlán 112
Lambert, E., librero de viejo, Bruselas Meneos Medrano, Melchor de 135
18 Mendoza, Juan de, Capitán 136, 158
Landa, Diego de, Obispo 77 Mercedarios 64, 133, 136, 159
Lapconop (Labconob) = San Pedro Mérida 50, 74, 102, 114-116, 118-120,
Nolasco 135, 183 132, 134, 154
Las Cañas 67 México (m excicano)44,54-56,93,108,
Las Casas, Fray Bartolomé de 43, 47, 117, 125, 139, 154
95, 96, 103, 104, 124-126, 128, 150 Minayo, Bernardino de 97
Laurencio (Lorencio), Fray Pedro 62, Miramar, Laguna de 60-63,77-79,112,
129 128, 156, 157, 183
Lehmann, Walter, científico alemán 18 Mirones, Capitán 115, 116
León Degollado, Fray Alonso de 33,42, Misteriosa, laguna 75
135, 158, 184 Mita, encomienda de Diego de Vera
León Pinelo, A ntonio de 50, 62, 81, 132
116, 124, 127, 128, 130, 154 Mixco 13
Lima, Perú 108 Moho, río 74
Limpia Concepción (Icalá) 135 Monguía 128, 129
Lizarraga Bengoa = Ursúa, Martín Montealegre, Lucas de, Alcalde Mayor
López de Albisuri, Francisco = Albisu- 171, 172
ri Montejo, Francisco, Adelantado 112,
López de Avila = Dávila, Alonso 125,134
López Cogolludo 51, 69 M onte Santo 183
López, Fray Melchor, franciscano 41, Montes, Fray Agustín 130
63, 79,106,136,155,156,157,160 Montesinos, A ntonio de 97, 123
Loquenes (Loquegua, Toquenes etc.) M opán(es) (Amopanes) 26,30,42, 56,
19, 33, 56, 57, 59, 68-69, 105, 131 57, 67, 69-72, 74, 77, 99, 105, 112,
131, 155, 158, 184
Machuca, Bernardo de, Capitán = Var­ Morales Villavicencio, Juan de, Capi­
gas Machuca tán 62, 63, 130, 156
Maiz y Lizarraga, Felipe, Capitán 14 Morales Villavicencio, Manuel de 177
Major, Johannes 96 Moran, Fray Francisco 102, 130, 132,
Maldonado, Alonso 124, 125 134
Mam(es) 53, 91 Motagua, río 68, 135
Manché 50, 56-60, 67-69, 73, 77, 81,
102, 110, 127, 130-133 Ná, Cristóbal, Cacique de Tipú 116
Map, pueblo lacandón 64,80,138,185, Nacaucumil 75
186 Nahua, lengua 54, 56, 66, 108
Margil, Fray A ntonio, franciscano 41, Najá (N ohaa) 76, 132, 156
63, 79, 80, 87, 105, 106, 136, 137, Naranjo, Fray Gerónimo 133
155-157, 160, 172, 180 Navia Bolaños, Antonio, O idor 41
Martínez de Lapa, Juan 177 N entón 65
Martínez, Fray Manuel 180 Nicaragua 12, 14, 48, 124, 136, 164
Matalbatz = Chamelco, Cacique Noháa (Najá) 76, 132, 156
Matzin 130 N olontevitz (Bolontchevitz) 130
May 60, 69 Nota, Antonio de, cirujano 177

194
Nuestra Señora de Belén 135 Petén, lago del 69, 71, 72, 76-78, 121,
Nuestra Señora de los Remedios y San 154-157, 159, 160, 179
Pablo de los Itzáes = Tayasal/Flores Petenecte (Partenote) 64, 78-80, 89
123, 186 Petenes 70, 78, 157
Nueva España 43, 51, 116, 154 Petenhaes 19, 57, 78-81, 157
Nueva Salamanca (Nueva Sevilla) 113, Petén Itzá 51, 159
125 Petha, laguna 112
Nueva Vizcaya (D urango) 117 Petz, Martín 74
Núñez de la Vega, Obispo 42 Piedras Negras 54, 123
Pizarro, Fernando, Consejero 46
Pokoman 74
Ocosingo 16, 28, 34, 50, 62, 127, 130,
P o k o n ch é124
132, 142, 148, 155-157, 159, 160,
Polochic, río 113
177, 180, 183 Polom, Cacique 89
Ocotal Grande, Laguna de 61, 130
Popol Vuj 46
Olivera, Sebastián de, Alcalde Mayor
Pozonchán 56
de Verapaz 134
Próspero, Adelantado del = Diego de
Olmeca 54 Vera Ordóñez
O m on, lengua 74 Próspero (Sta. Cruz de El Próspero)
O mopán(es) = Mopán
27, 28, 76, 132, 147, 155-157, 159,
Orbita, Padrejuan de 113, 114
160, 180, 183
Oregon, Norteamérica 52
Proto-Maya 52, 53
Oviedo 112 Puchutla 61, 62, 81, 127-130
Oxcutzcab 115 Puerto Caballos 68
Putun(es) 54, 55, 65, 66
Pablo II, Papa 97
Palacios, Juan, Fiscal 17 Quechua, lengua 108
Palacios Rubios 95, 100 Quehaches (Guehaches, Ceaches etc.)
Palenque 54, 62 , 121 19, 33, 56, 57,64,74,75, 77, 79, 81,
Paniagua, Nicolás de 13 117
Pánuco, río 53 Quetzalcoatl (K ukulcán) 55
Paredes = García Paredes, Alonso Quiché, lengua 46, 73, 74
Pasión, río de la 66, 71 Quiché, Provincia 52, 81
Paxbolon (Baxbolon), Pablo, Cacique Quin, Quines (Q uin Bubau), Cacique
65, 75 74, 89
Pedrárias, Dávila 95 Quincanek 121
Penuti 52 Q uito 129
Peña, Fray Andrés de la 108
Peña, Fray Pedro de la 129 Rabinal 74, 124
Peñol (Peñón), El 183 Ramírez Briceño, Francisco 114
Peralta, Nicolás de 13 Ramírez Orozco, Pedro, Capitán 184
Pereira, Pedro, escribano 16 Ramírez de Quiñones, Pedro, G ober­
Pérez de San Ramón, Fray A ntonio 118 nador 61, 62, 128
Perfecto Mártir, lugar 183 Remesa!, A ntonio de 14,43,44,48,68,
Perú 97, 129, 140 158
Peta, pueblo lacandón 64, 80,138,185, Remón, Fray Alonso 49
186, Reyes, Los, sitio 135
Petén 30, 43, 47, 52-56, 59, 64, 66, 75, Ribera de Istá Comitán 168
121-123, 184, 185 Río Blanco 65
Río, Diego Bernardo dei 135 Catalina, convento 13
Ríos de la Rosa, Ermenegildo = Díaz Cruz 129
de la Rosa, E. Cruz del Chol (Valle de Urrán) 135
Rivas, Fray Diego de 33, 37, 41,42, 71, Cruz del Próspero = Próspero, El
135, 136, 154, 184 - Eulalia 63, 135, 182
Rodríguez, Melchor, Capitán 41, 60, Santo Domingo (Audiencia) 139
144, 153, 154, 156, 157, 160, 170, D om ingo de Xenacoj 109
183, 184 - N om bre de Jesús (Tipené, Tipen-
Roldán Abarca, Pedro, escribano 26 , h é ) 135
27, 30 - Tomás 68, 102
Romero, Fray Francisco 184 Sarstún (Sarstoon), río 68, 130
Roque, Fray Francisco 68 Seibal 54
Rosica de Caldas, Alfonso 132 Sonsonate 49, 167

Lugares: Personas:
Sacapulas 129 Salazar, Fray Gabriel 102, 134
Sac Balam (Çac Balan, Sac Balante, Kak Salazar, Gonzalo, Obispo 113
Balam etc.) 62, 63, 106, 184 San Cipriano, Fray Salvador 130
Salamanca, España 97, 112 Sánchez de Berrospe, Gabriel, Presi­
Salamanca, Yucatán 112 dente 64, 138, 185
Salinas de Acalahá 66 San Francisco, Elvira de, Abadesa 13
Salto de Agua 62 Saraza, Francisco, O idor 17, 119, 136
Salvador, El 12, 53 Seals (de Seals, Descais, De Escals),
San Agustín 171, 172 Joseph, O idor 30, 35, 40, 45, 102,
A ntonio Nuevo 74 143, 178, 184, 185
- Bartolomé 42 Scherzer, Karl v., científico alemán 46
Cristóbal (Ciudad Real de Chiapa) Sepulveda Ginés, Ju an de 96
132 Serrano, Frayjuan 135
Ermenegildo 183 Serrano, Fray Leonardo 135
Esteban, «labor» en el Valle de Soberanis, Roque de 118, 119
Mixco 13 Solís, Ignacio de 89, 183
- José 0ehatán, Jehachán) 135 Solomá 65
- José May 184 Soto, D om ingo de 96
- Joseph 183 Sulamna (Sulabna, Xulapna etc.) 78,
- Juan de Dios 28, 183 79, 89
Lorenzo M onroy 13 Sutojil, lengua 46
Lucas Zalah (Zalac) del Chol 41,
133-135 Tabasco 19,42,52,54,57,65,80,81,93,
- Luis 70, 71 112, 113, 164, 180, 183
Luis, Sierra de 181 Tahimcham, Cacique 70
- Mateo Istatán 16, 41, 42 Taiza = Itzá, Ahitzá etc.
Miguel 64, 80, 186 Talamanca 136
- Nicolás (estancia de los domini­ Tampamac 184
cos) 172 Tampico 53
- Pedro Nolasco (Lapconop) 135, Tanquinhá 182
183 Tayasal (Tayashol) 34,43,50,51,54,55,
Ramón 64, 186 60, 61 , 63, 74-77, 112-114, 118,
Santa Casilda 28, 181 120-122, 155-158, 160, 184
Catalina, campamento 28 Taximcham, rancho 42
Villagutierre y Sotomayor, Juan de 35, Yaxal 74
36, 38, 40,44,45,47, 57, 58,63,69, Yaxcabnal 127
72,73,75,78,80, 87,115,116,132, Yaxhá (Axhá) 114, 130
159, 160, 178 Yucatán 19,36,41,42,44,51-55,57,59,
Villahermosa 112 64, 66, 74, 76, 77, 81, 93, 102, 112,
Villalobos, Joseph 29 113, 116-119, 121, 131, 134, 136,
Vitoria, Francisco de 95, 96, 124 154, 161, 162, 185
Yucateca, lengua 53, 56, 60, 61, 64, 65,
Xacabal 66 69, 76, 77, 91, 92
Xacmoilha = Xocmo, río 72 Yucateco(s), yucateco 52, 53,59,76,77
Xecchán (Xecchahan) 115
Xenacoj = Santo Dom ingo de Zacchay, riachuelo 184
Xicalango = Términos, Laguna de 112 Zaclún (San Felipe y Santiago) 115,116
Ximénez, Fray Francisco 17,28, 35, 36, Zactún = Maytol (Sarstún etc.) 130,
38, 40,45-47,49, 57, 58, 66,68,69, 133
72,77,78,80,92,135,136,155,156, Zapote, El (Topiltepec ?) 61, 128
159, 160, 178, 184 Zelaya, Frayjuan de 68, 105
Xocmo, lugar y río 58, 71, 72, 155 Zendal = Tzeltal
Xocmoes (X oquinoes) 57, 58, 69, 71, Zoquinoes 72
72 Zucthoc 75
Xocmoxchinic, río 72 Zutuhil 74
Xocoloc 0ocoló) 127
Xoy (Chixoy; Tujal) 127
Xulapna =Julabna, Sulamna etc.

198
Teapa 112 Urrán, Valle de 67, 110, 135, 136
Techín, tío 68 Ursúa y Arismendi, Martín de 51, 57,
Tegucigalpa 176 77, 102, 117-122, 160, 185
Tehuantepec 52, 53, 121 Usumacinta, río 50, 53, 54, 56, 62 , 64-
Tello de G uzm án,Juan Bruno 117 66, 72, 76, 79, 80, 112, 130, 134
Tenosique 56, 65, 76, 78, 79, 112, 156 Utatlateca, lengua 74
Términos, Laguna de (Xicalango) 65, Uxmal 54
112,134
Terrumpíes (Torrumpías, Tirumpíes)
81 Valenzuela Benegas, Francisco de,
Tichahac, riachuelo 184 Licenciado 13, 176
Tikal 123 Valenzuela, Diego de, Cabo 13
Tikax 114 Valenzuela de, N N ., Padre 13
Tila 62 Valenzuela de Castro y Ayala, María
Timuchuch 184 Tomasa 13, 14
Tipanché 184 Valenzuela, Nicolás, hijo de Nicolás
Tipú 113-116 12, 13
Tixchel 65, 66 Valenzuela, Nicolás de 11-19, 22, 26 -
Tixonte 70 28, 30-34, 36-42,44-46, 51,60,63,
Tobilla, Marcos Antonio de la, Capitán 64, 67-72, 74, 75,77-79,83,85,87,
145 90,93,100-102,104,105,107,110,
Tojolabal 53 118, 132, 134, 136-138, 141, 142,
Toltecas 55 144-148, 155, 156, 162, 169, 171,
Tomás de Aquino 96 175-178, 180-184
Topiltepec 61 , 128 Valladolid, España 44
Toquegua = Loquegua (Loquenes etc.) Valladolid, Yucatán 154
Torquemada 73 Vargas Escudero, Gregorio de 29, 42,
Torre, Fray Tomás de la 127 143
Totonicapa(n) 49, 167, 170 Vargas Machuca, Bernardo de 143-153,
Tovilla, Martín Alonso 62, 63 162
Tuilha, arroyo 184 Vázquez, Fray Francisco 44, 46-49
Tujal (Xoy), río 66 Vega Balbuena, Miguel de la, Capitán
Túmbala 62 14
Tusta 168 Velasco = Díaz de Velasco, Juan, Capi­
Tustecat (Tuztecat) 63, 89, 90 tán
Tuxnol (Tunhol) 63, 89, 90 Venezuela 124
Tuzulután («Tierra de Guerra») 124- Veracruz 52
126 Vera Ordóñez de Villaquirán, Diego,
Tzactzi (Itzatzi) 78, 79, 89 Adelantado de El Próspero 50, 81,
Tzagues 74 132, 141, 156, 159
Tzeltal(an) 53, 54, 61, 62, 64, 65, 92, Verapaz, Alcalde Mayor de 17,41,134,
130 171-174
Tzotzil 54 Verapaz, Provincia 17, 19, 26, 28, 34,
Tzucthoc 121 36,41,52,57,61,62,66,67,77,108,
Tzuncal 184 111, 113, 123, 125-128, 130, 135,
143, 144, 153, 158, 159, 161, 163-
Uaxactún 123 168, 171, 172, 174, 184
Urbina, Andrés de 143 Vico, Fray D omingo de 60-62,66,127,
Urdanis, Martín de 144, 180 128

197
INDICE

Introducción 5

I. NICOLÁS DE VALENZUELA, SU PERSONALIDAD Y OBRA 11


1. Personalidad de Valenzuela 11
2. Génesis y forma del «Manuscrito de Berlín» 18
3. Las intenciones de Valenzuela al redactar su «Relación» 31
4. La «Relación» de Valenzuela comparada con las fuentes
contemporáneas más importantes 42

II. EL CON TEX TO ÉTN ICO 52


1. La población indígena antes de la llegada de los españoles 52
2. La población indígena en la época de la entrada de 1695 57
3. Los indios vistos por los españoles 81

III. EL CON TEX TO HISTÓRICO 93


1. «Conquista política» y «Conquista espiritual» 93
2. «Entradas» desde Yucatán y Tabasco 112
3. «Entradas» desde Guatemala y Chiapas 123

IV. LA EXPEDICIÓN DE 1695 COM O MODELO


DE U N A «ENTRADA» 139
1. La planificación militar y estratégica 139
2. Los preparativos logísticos 161
3. El curso de la entrada 179

Bibliografía 187

Indice onomástico 191


B I B L I O T H E C A I BERO - A M E R I C A N A
1 Max Uhle, Wesen und Ordnung der Altperuanischen Kulturen. 132 S.
2 Hans Horkheimer, Nahrung und Nahrungsgewinnung im vorspanischen Peru.
160 S.
4 Peter A. Schmitt, Paraguay und Europa. Die diplomatischen Beziehungen
unter Carlos A ntonio López und Francisco Solano López 1841-1870. 368 S.
5 Rudolf Geske, Góngoras Wamrede im Zeichen der Hekate. 135 S.
6 Cary Hector, Der Staatsstreich als Mittel der politischen Entwicklung in Süd­
amerika. 226 S.
7 Fritz H oppe, Portugiesisch-Ostafrika in der Zeit des Marques de Pombal (1750-
1777). 360 S.
8 Ju an Carlos Aguila, Soziale Strukturen und soziale Wandlungen in Argentinien.
280 S.
9 Friedei Maurer-Rothenberger, Die Mitteilungen des Guzmán de Alfarache. 131 S.
10 Georg Thomas, Dieportugiesische Indianerpolitik in Brasilien 1500 bis 1640.244 S.
11 Ulrich Fleischmann, Ideologie und Wirklichkeit in der Literatur Haitis. 312 S.
12 Ronald Daus, Der epische Zyklus der Cangaceiros in der Volkspoesie Nordost­
brasiliens. 156 S.
13 Martin Gerbert, Religionen in Brasilien. 128 S.
14 K äte Harms-Baltzer, Die Nationalisierung der deutschen Einwanderer und ihrer
Nachkommen in Brasilien als Problem der deutsch-brasilianischen Beziehungen.
248 S.
15 Thomas Becker, Die deutsche Mexikopolitik 1913/1914. 352 S.
16 Klaus Rother, Wirtschaft und Berufserziehung in Venezuela. 200 S.
17 Gustav Siebenmann, Die neuere Literatur Lateinamerikas und ihre Rezeption
im deutschen Sprachraum. 96 S.
18 Reinhard Peterwerth, Das Vertragswerk des Zentralamerikanischen Gemeinsamen
Marktes. 134 S.
19 Armando Abad Franco, Parteiensystem und Oligarchie in Ecuador. 292 S.
20 Renate García y Más, Die Biblioteca Nacional in Madrid. 128 S.
21 K onrad Tyrakowski, Ländliche Siedlungen im Becken von Pueblo-Tlaxcala
( Mexiko) und ihre Entwicklung im 19■ und 20. Jahrhundert. 120 S.
22 Waldo Ross, Problemática de la literatura hispanoamericana. 16 S.
23 Richard A. Cardwell, Juan R. Jiménez: The Modemist Apprenticeship 1895-1900.
329 S.
24 Arnold Spitta: Paul Zech im südamerikanischen Exil 1933-1946. 292 S.
25 Hans Haufe, Funktion und Wandel christlicher Themen in der mexikanischen
Malerei des 20. Jahrhunderts. Textteil 232 S., Bildteil 136 S. (323 Abb.)
26 La emigración europea a la América Latina: Fuentesy estado de investigación. 268 S.
27 Gerónimo de Vivar: Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile
(1558). Edición de Leopoldo Sáez-Godoy. 368 S.

C O LLO QUIU M VERLAG BERLIN


m anejar bien la plum a es una ventaja
adicional. El valor de su relación consiste
en que se puede leer en ella más que en
otras m uchas crónicas valiosos detalles
de la realización de tal expedición de
p u n to de vista técnico y m ilitar.
El segundo to m o contiene un com entario
de la „en trad a“ de 1695, una de las últim as
conquistas realizadas al estilo tradicional.
Ahí está presentada no solam ente la per­
sonalidad del cronista Valenzuela, hasta
ahora casi desconocida; se tra ta tam bién
de trazar sus intenciones al com poner su
relación, y además se consigue un análisis
critico del m anuscrito mismo y de su
génesis. El au to r bosqueja con líneas cortas
pero relevantes los contextos étnicos,
historio-ideológicos y técnicos de esa em ­
presa m ilitar que inició la destrucción de
los Lacandones e Itzá, contribuyendo así
esencialm ente a la com prensión de este
acontecim iento.

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