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Créditos
Moderadora de Traducción
Jessibel
Traductoras
Jessibel Florpincha
Lvic15 Leidy V.
Cjuli2516zc Andrea GDS
Jul
Moderadora de Corrección
Tamij18
Correctoras
Nuwa Loss Jessibel
Daliam
Lectura Final
Pagan Moore
Diseño
Jessibel
Índice
Sinopsis
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Agradecimientos
Sobre El Autor
Sinopsis
Una noche con un extraño sexi es justo lo que el doctor me recetó…
Cuando una compañera enfermera predice a Beth Roberts que
conocerá a un alto, desgarrado y totalmente delicioso extraño quien
cumplirá sus más profundos deseos, ella rió mucho. Teniendo en cuenta
su trágica vida amorosa, Beth no tenía deseos de involucrarse otra vez.
¿Pero quién podría haber predicho que conocería en una boda al doctor
con una pícara sonrisa, o que la química desatada entre ellos trataría de
romper sus defensas?
El Dr. Gabriel North pasó dos años culpándose por la muerte de
su esposa. Habiendo finalmente luchado a través de la culpa y vencido
sus demonios, está listo para seguir adelante. Cuando conoce a una
atractiva enfermera en la boda de su amigo, la atracción es inmediata y
fuerte, y él no pierde tiempo en tomar ventaja. Una noche con la mujer
que lo hizo sentir vivo otra vez no es suficiente, pero ganar la confianza
de Beth tomará más que la seducción...
Dedicatoria
Este libro es dedicado a los hombres de mi vida: mis hijos, Philip
y Justin por su fe y respaldo a todo lo que hago. A Tommy, mi esposo,
por ver tanta televisión solo, comer lo que sea que le pongo en el plato y
solo estar ahí para mi. Ustedes son mi vida.
“Una palabra nos libera de todo el peso y el dolor de la vida; y esa
palabra es Amor.”
~Sophocles, Oedipus At Colonis
1
Traducido por Jessibel
Corregido por Daliam
Arrastrando su silla cerca de la mesa, Beth Roberts reprimió una
sonrisa y observó a su camarero retroceder a través de los comensales
de la mañana. Connie estaba mirándola como si ella habría rechazado
una sextravaganza toda la noche con Hugh Jackman.
—Está bien, retrocede un minuto. —Connie agitó las manos como
si limpiara una pizarra. El ruido de los cubiertos contra los platos y la
conversación de los comensales vecinos hicieron poco para ahogar la
incredulidad en su voz—. Estás conduciendo hasta Lexington para
ayudar a tu hijo a hacer una sesión de fotos para la boda, pero Drew ha
hecho planes de última hora para recorrer la Universidad de Kentucky
y pasar el rato con sus amigos todo el fin de semana.
—Sí.
—Así que... tienes una suite en el Hilton, cortesía de los padres del
novio, para todo el fin de semana y planeas pasarlo… ¿sola? —
Empujando su café a un lado para que el camarero pudiera establecer su
desayuno sobre la mesa, Connie sacudió la cabeza—. Hay algo
definitivamente mal con este escenario.
—¿Sí? —Con una sonrisa de agradecimiento al camarero, Beth
desenvolvió los cubiertos de la servilleta—. ¿Y eso sería...?
—La parte en la que vas de nuevo al Hilton sola.
Beth añadió una cucharada de crema a su café y lo movió con su
cuchara. Amaba encontrarse con Connie para sus encuentros de
desayuno semanales en Cracker Barrel. No sólo era una de las mejores
enfermeras de Beth en Ridgemount ER, también era su mejor amiga. No
había secretos entre ellas. Lo suyo era un nada es sagrado, amistad sin
tabúes que habían perseverado desde la escuela primaria.
Cuando Beth se quedó embarazada en su último año de escuela
secundaria, Connie había estado como su dama de honor en su boda con
Jamie. Tres años más tarde, cuando su unidad desplegó a Afganistán,
Connie había llorado con ella en el aeropuerto, y luego le tomó la mano
cuando regresó un hombre cambiado, retraído y amargado. Cuando la
ira de Jamie eventualmente se concentró en Beth, tornándose abusivo y
reclamando la vida de su hijo no nacido y más tarde esa noche su propia
vida también, Connie estuvo a su lado cuando los había puesto a
descansar.
—Estás perdiendo el punto del viaje. —Beth roció jarabe de arce
sobre sus panqueques y cortó un trozo con el tenedor—. No se trata de
mí. Se trata de Drew.
Había estado tan emocionado por su primer trabajo independiente
pagado, que Beth había pensado que tendría que tenerlo colgado del
techo cuando, después de fotografiar a su maestra de ceremonia, su
dama de honor contactó con él para que haga el de ella también.
Connie hizo un gesto con la cuchara. —No me estoy perdiendo
nada. Drew es un gran chico y un increíble fotógrafo. Estoy totalmente
de acuerdo en que esta es una oportunidad patea culos para él, pero no
hay razón por la que este viaje no puede ser sobre ti, también.
Beth estudió el plato de sustancia viscosa opaca al lado del plato
de Connie.
—¿Cómo alguien puede considerar llamar a un plato
de sémola apetecible?
—¿Cómo puedes llamarte sureña y no gustarte la sémola de maíz?
—respondió ella.
—Sólo porque soy de Kentucky no significa que tenga que... no
empujes esas cosas por aquí. ¡Basta!
Riendo, Connie se llevó una cucharada de granos a la boca y tragó.
—Yum. Ahora, de vuelta a tu estancia en el hotel por ti misma…
Beth suspiró. La chica nunca se rendía. —Estoy perfectamente bien
con pasar el fin de semana a solas —dijo—. Voy a disfrutar de una
agradable y relajante noche bebiendo vino y sumergida en el jacuzzi
hasta que esté floja como un fideo, mientras Jace Everett canturrea Bad
Things para mí en mi iPod. Luego, tengo que trabajar en el horario del
personal, y revisar los currículos y solicitudes para posibles nuevos
empleados…
Connie resopló. —Bueno, eso suena como a mucha diversión. Sé
que es lo que me gustaría para pasar mi fin de semana fuera de la ciudad.
Lamentablemente, al haberlo dicho verdaderamente en voz alta,
Beth tuvo que acceder. Cuando Drew le había contado de sus planes
para pasar el rato con los chicos y tener salidas del campus, la
perspectiva de un fin de semana de paz y tranquilidad con servicio a la
habitación con una llamada de teléfono había sonado como un sueño
hecho realidad. Ahora, cuanto más pensaba en ello, menos atractiva se
convertía.
Después de la muerte de Jamie, Beth había centrado su existencia
en Drew y su trabajo, determinada a recoger los restos rotos de su vida
y seguir adelante. Entrar en otra relación con un hombre no estaba
incluido en el plan. Ahora Drew estaba desarrollando su propia vida
social y haciendo planes para la universidad. En un año se trasladaría, y
por primera vez en sus treinta y tres años, Beth estaría realmente sola.
El corazón le dolía un poco ante la idea. ¿Era el síndrome de pre-nido
vacío? Tal vez, pero en los últimos meses había llegado a comprender la
cita, no tienes que estar solo para estar solo. Últimamente se había estado
sintiendo un poco... ansiosa. Un poco... inquieta.
Está bien, sólo admítelo. Extrañas el sexo.
Ya. Lo había dicho. Bueno, no en voz alta, pero incluso el auto-
reconocimiento fue liberador.
Echaba de menos el sexo. Todo en él, la fiebre del descubrimiento
de la atracción mutua, el coqueteo, el baile del tira y afloja, podremos y
lo hacemos, el roce de los cuerpos mientras los límites son puestos a
pruebas y establecidos, luego cuidadosamente penetrada.
Y los besos. Oh, Dios, le gustaba la sensación de la boca del hombre
contra sus labios, en su piel. Ella y Jamie habían compartido una
vigorosa vida sexual sana. Hasta que regresó a casa del Ejército.
Entonces, todo había cambiado.
Compartir la revelación con Connie, sin embargo, estaba fuera de
cuestión. Su amiga estaba esperando, lista para saltar a la oportunidad
de volver a introducir a Beth a la escena de citas. Ella llegaría allí, pero
a su manera y a su debido tiempo.
Connie, con su pelo castaño liso recogido en una cola de caballo
que terminaría inevitablemente fuera del centro antes del final de su
turno, tamborileó con los dedos sobre la mesa. —Tu plan tiene potencial,
pero está viciado por desgracia, mi amiga. Carece de imaginación y no
tiene chispa, no hay sexo. Ahora, si se tratara de mi plan, me gustaría
conectar con uno de los padrinos de boda…
La mandíbula de Beth cayó. No tomó un GPS para ver a dónde
Connie iba con esto. —Por favor, dime que no estás sugiriendo que yo...
tenga una aventura de una noche con un extraño.
—No estoy sugiriendo nada por el estilo. ¿No te dije, si
fuera mi plan?
Beth se sentó en su silla y levantó una mano por la paz. Una vez
que Connie masticó el asunto, ella se colgó de ello como un bull terrier—
. Entonces por todos los medios, continúa por favor.
—Gracias. —Connie dio a Beth un movimiento de cabeza de
reina—. Ahora, ¿dónde estaba antes de ser interrumpida tan
groseramente? Oh, sí... Me gustaría conectar con uno de los padrinos de
boda y llevarlo de vuelta al Hilton donde él me haría cosas malas en el
jacuzzi hasta que él esté flojo como un fideo. Y olvida servir vino. —
Calentando el asunto, Connie cerró los ojos como si visualizara la
escena—. Lo lamería desde su ombligo, el interior perfecto. —Ella hizo
un pequeño círculo con su dedo índice.
Connie pintó un cuadro claramente atractivo, y Beth no tuvo
problema alguno en llevar la escena un poco más lejos. Esa delgada línea
de pelo de seda justo debajo de su ombligo podría tentarla. Ella seguiría
con su lengua, hacia abajo a su...
—¡Pajarito!
Beth volvió de golpe a la realidad cuando un niño pequeño cerca
suyo golpeó una silla e hizo conocer sus deseos. Mientras el escenario
atractivo de su amiga mantuvo un claro llamado, Beth se sintió obligada
y lo suficientemente malhumorada para inyectar un poco de la realidad
a la fantasía.
—El ombligo tiene pelusa.
—¡Eeewww! —Connie abrió un ojo agraviada y apuntó a Beth—.
No hay pelusas en el ombligo de este hombre. Y olvídate de la parte de
los fideos, también, porque no hay nada flojo en esta fantasía, tampoco.
Lamería el vino de su gran... palpitante… —Ella movió sus cejas—,
pajarito.
—¡Connie! —La bruja. Ella sabía exactamente lo que Beth había
estado pensando. Miró a su alrededor para ver si alguno de los
comensales vecinos había oído su comentario.
—Bahh. —Connie ladeó el pulgar hacia el tabique de madera que
separa las zonas de comedor. Desde el otro lado, el niño continuó
llorando y golpeando una cuchara en la bandeja de la trona—. Nadie me
puede escuchar sobre eso. Además, el niño lo dijo primero.
La conversación pausó cuando su camarero se detuvo en su mesa,
llenando hasta arriba su café y repartiendo sus cuentas antes de pasar a
la siguiente mesa.
—Suena como que tienes este fin de semana todo arreglado. —
Beth deslizó una propina bajo el salero para el camarero—. ¿Por qué no
vas en mi lugar, y me hago cargo de tus turnos en la sala de emergencia?
—De ninguna manera. No soy una tumba polvos1.
Una risa sobresaltada escapó de la garganta de Beth. —No estoy
segura de que una chica puede incluso conseguir tumbar un polvo. ¿No
es eso una cosa de hombres?
—Semántica. —Connie se encogió de hombros—. El punto es que
no podría ni debería ser la implicada. Si tan sólo pudiéramos ver el
futuro. —Entornando los ojos, se llevó los dedos a las sienes y le dijo—:
Mi predicción es que, Beth Roberts, se encontrará con un alto,
desgarrado y totalmente lamelicioso2 desconocido que satisfacerá sus
deseos más profundos... desde el otro lado de una habitación llena de
gente. —Ella sonrió—. ¿Y eso no sería impresionante?
Sacudiendo la cabeza en la extravagancia de su amiga, Beth se
limpió la boca con la servilleta y se apartó de la mesa. —Está bien, eso
es todo. Sin duda has estado viendo más de tu cuota de películas
románticas, y utilizo este término vagamente, y tan deliciosamente
entretenida como esta comida ha sido, tengo una reunión con el
1 “Cockblocking”: es la palabra en inglés que se les dice a los amigos (masculinos) que impiden tener
sexo con alguien.
2 “Lick-o-licious” - palabra en inglés que se les dice a una persona o cosa tan apetitosa que quieres
lamerla.
arquitecto esta mañana para ir a través de los planos para la expansión
de la sala de emergencias y tengo que darme prisa. —Beth hizo su
camino a través del laberinto de mesas y fuera de la caja registradora,
Connie la siguió detrás—. Lamelicioso —murmuró ella, entregando su
tarjeta de débito al cajero—. Eso no es ni siquiera una palabra de verdad.
—Claro que lo es. —Connie se detuvo para admirar la barra de
chocolate de cinco libras de Hershey en la pantalla—. Incluso puedo
usarlo en una oración: Esa barra de chocolate se ve
absolutamente lameliciosa.
—Reconozco mi error. —Beth enganchó su brazo con el de Connie
y la condujo al estacionamiento bañado por el sol—. Te diré qué. Si veo
algo este fin de semana, incluso remotamente parecido a lamelicioso, te
voy a comprar esa barra de chocolate.
—Trato. Y si te puedes enganchar a una de las cámaras de Drew,
las fotografías serán bienvenidas también. —Connie abrió la puerta del
coche y estudió a Beth sobre la parte superior—. Si una persona fuera a
pensar en tener una aventura de fin de semana para trabajar unos pocos
problemas —y por favor siéntete libre de interpretar eso en cualquier
forma que elijas—, esto sería tu oportunidad de oro. Un fin de semana
fuera de la ciudad, una suite de hotel para ella sola, desatando la zorra
interior y desarrollando sus fantasías con un chico caliente del que
puede alejarse la mañana siguiente… —Ella movió su mano hacia el
coche de Beth—. Sabes que daría las bolas de mi ex-marido por un coche
así, pero lo único que digo es que sería bueno poner tus manos en un
poco de músculos que no viene con cuatro neumáticos, motor de
trescientos cincuenta caballos de fuerza y una transmisión de cuatro
velocidades, en algún momento antes de que llegue la menopausia y tu
vagina deje de funcionar.
—Sí, si una persona estuviera muy interesada. —Riendo, Beth
abrió la puerta de su Chevelle 1969 SS, arrojó su bolso en el asiento del
pasajero y se sentó al volante. Si bien el comentario de Connie golpeó un
nervio sensible, su amistad era demasiado vieja, demasiado sólida para
que Beth se ofendiera por el empujón de seguir adelante con su vida
personal—. ¿Pero sabes qué? Yo controlo el poder detrás de este músculo,
cada pulgada cúbica de ella. —Abrochó su cinturón de seguridad y le
sonrió a Connie a través de la ventana—. Y mi vagina está muy bien,
gracias.
Beth dio reversa a su coche fuera del lugar del estacionamiento y
saludó a Connie cuando se alejaba, consciente de que el ceño fruncido
preocupado de su amiga la seguía mientras ella se retiraba de la zona
del aparcamiento. En el semáforo, buscó su iPod, conectó el equipo de
música a la toma auxiliar, desplazó hacia abajo la lista de reproducción
y escogió su canción favorita. El interior del coche se llenó del latido
lento y sexi de Jace Everett, Damned If I Do. Su voz baja y áspera, la
envolvió en un capullo sensual mientras él canturreó ser condenado por
querer a su amante. Un profundo anhelo se enrolló en el pecho de Beth.
¿Cómo se sentiría tener a un hombre deseándote tanto que vagaría por
las calles pensando en ti, llorando en la noche, te deseo? La soledad brotó
y atrapó su corazón en un vicio.
Mientras la canción sonaba, Beth daba unos golpecitos con los
dedos sobre el volante al ritmo de la música y miraba a través del
parabrisas en el coche delante de ella. ¿Podría bajar sus defensas lo
suficiente como para disfrutar de una sola vez? ¿Ignorar sus
inseguridades y disfrutar de la compañía de un hombre, su tacto, su
cuerpo presionando contra ella mientras profesaba su necesidad por
ella, sólo por una noche?
El conductor detrás de ella tocó su bocina, sacándola de su triste
depresión. Ella aceleró el coche en marcha, aflojó el embrague, y se
adentró en el tráfico de la mañana. Los pensamientos de un romance y
de una sola noche se desvanecieron con las últimas notas de la canción,
y Beth canalizó sus pensamientos al día por delante, mientras que una
pequeña voz se burlaba, ¿qué pasaría si...?
Hay un código en la recámara de la novia: lo que se dice allí, se queda
allí.
Mientras la peluquera trabajaba en el pelo de la novia, su séquito
descansaba en la amplia sala de estar de la habitación de la suite,
bebiendo champán y chismorreando. El tema candente del momento era
un tal Dr. Gabriel North. A pesar de que no estaba escuchando
activamente la conversación, un fragmento de aquí y un comentario allí
lograron capturar su oído cuando se movía por la habitación ayudando
a Drew mientras tomaba fotos antes de la boda. Ciertamente parecían
saber bastante sobre el buen doctor.
—... renunció a una próspera práctica como neumólogo después
de que su esposa murió. Trabaja en el RE ahora…
—...se ha culpado por la muerte de Rita.
—¿Qué es una embolia pulmonar, de todos modos?
—...sin vida social para hablar, a excepción de su familia y
amigos...
—¿No es uno de los padrinos de boda?
—...muy guapo, ¿y has visto ese pelo precioso? —Un suspiro
colectivo desvaneció este comentario.
La peluquera sonrió a Beth mientras tejió una cadena de perlas
antiguas a través del peinado alto de la novia. —Tengo que estar de
acuerdo con ellos porque entre tú y yo, de la forma en que el doc rellena
el esmoquin... —ella hizo cara de Oh—. Estoy apostando a que esa
magnífica cabellera y barba partida viene junto con un cuerpo caliente.
Uno en el que no me importaría poner mis manos además.
Insegura de cómo responder, ella estaba sintiendo un toque de
simpatía, así como una pizca de curiosidad por el médico, Beth se limitó
a sonreír y le entregó a la peluquera otro pasador.
Después de una última foto que capturó a la hermana de la novia
tiernamente tocando con sus dedos las perlas en el pelo de la novia,
Drew le hizo un gesto a Beth para que lo siga fuera de la habitación.
Cuando Beth se dirigió a la puerta, una de las damas de honor se paró y
se alisó la falda de su vestido platinado que acentuaba sus curvas.
—Bueno, la población femenina de Lexington está siendo
desprovista de un ejemplo típico de la especie masculina, y creo que ya
es hora de que alguien traiga a Gabe al camino de regreso a la tierra de
los vivos. —Ella hizo su camino a través de la habitación, comprobando
el ajuste de su vestido en un trío de espejos cheval, y luego hizo un
puchero a su reflejo—. Y si no estuviera tan locamente enamorada de mi
pareja, estaría tentada a entregarle el mapa yo misma.
Murmullos de aprobación flotaron alrededor de la habitación, lo
que incitó a otra discusión sobre la mejor manera de llevar al Dr. North
al lado oscuro.
Los comentarios de la pelirroja le recordaron a Beth las
declaraciones de despedida de Connie en Cracker Barrel sugiriendo
seguir adelante con su propia vida personal. Amigos. ¿Qué haríamos sin
ellos?
—¿Mamá? —Drew dio un suave empujón trayendo a Beth de
vuelta al presente, y con una última mirada por la habitación para
garantizar que ningún equipo se quedó atrás, ella lo siguió fuera de la
habitación.
El resto de la tarde transcurrió en un torbellino de actividad. La
mayor parte del tiempo, Beth tuvo que correr para mantener el ritmo de
Drew mientras corría de un lugar a otro con el fin de realizar una captura
única. Los dedos de sus pies palpitaban, una muestra de que un par de
zapatos con buen aspecto no garantiza la larga duración de confort, sin
importar la publicidad en la caja.
Ahora, con la boda encima y la recepción en pleno desarrollo, la
misión actual de Beth era localizar a la novia y sus damas para
acomodarlas en la siguiente zona para las fotos, mientras Drew
terminaba una larga serie de fotos de la familia. Varias veces Beth había
observado que otro invitado de la boda se acercaba a él, conversaban
por un momento, y luego tomaba su tarjeta de presentación. Su orgullo
en él anulaba el dolor en sus pies cada vez que lo veía sonreír y darle la
mano a un cliente potencial.
Dirigiéndose hacia un gran seto para un poco de sombra y la
oportunidad de recuperar el aliento, Beth tomó un momento para
explorar el mar de personas dando vueltas por la zona de la recepción.
Ajustando la correa de la cámara que cubría su hombro, enfocó la zona
hacia Drew.
Un estallido de carcajadas llamó su atención hacia un grupo de
hombres de pie un poco alejados de la multitud. Con una sonrisa que
divide su atractivo rostro de oreja a oreja, el novio se puso dentro de un
círculo de hombres, el destinatario de una ronda de golpes cordiales en
su espalda. Las probabilidades eran que estaba recibiendo consejos
sobre cómo llevar a cabo la noche de bodas. Una sonrisa tiró de los labios
de Beth. Tal vez debería enviar al novio a las mujeres de la recámara de
la novia por un par de ideas también, porque si conseguía la mitad de
las cosas sucias que ellas habían soñado para el médico, su esposa sería
una mujer feliz.
Beth pensó en su propio día de bodas mientras observaba al novio
deslizar su mano por el pelo oscuro y reír de algo que uno de los
hombres dijo. Poco después de intercambiar sus votos, ella y Jamie se
habían escabullido al armario de los abrigos en la iglesia, de todos los
lugares, para un polvo rápido. Oh, cuán presumidos habían sido, tan
jóvenes y con ganas el uno al otro, seguro que habían logrado colarse
lejos de la fiesta de bodas sin ser vistos. Y cuán avergonzada ella había
estado cuando salieron del armario para el aplauso atronador de sus
padrinos y damas de honor.
Si hubieran sido capaces de mantener esa sensación...
Uno de los hombres se apartó del grupo y sacó un teléfono celular
desde el interior de su chaqueta de esmoquin. Estudió la pantalla, dio
un movimiento de su dedo pulgar, y luego lo llevó a su oreja, su otra
mano apoyada en la cadera. El infame Dr. Gabriel North.
Lo había visto antes, cuando Drew tomó fotos antes de la boda, y
luego otra vez durante la ceremonia. Ella había pensado que era guapo,
de pie bajo la pérgola cubierta de flores al lado del padrino de boda. Su
expresión había sido solemne, su atención en la novia y el novio
mientras intercambiaron votos.
Ella tuvo que dar crédito a las chicas de la recámara nupcial de que
realmente tenía un buen cabello. Tirado hacia atrás y asegurado en la
coronilla de la cabeza, la mitad inferior de su cabello castaño dorado
estaba libre de cepillar ampliamente y sus hombros estaban vestidos de
Armani. Y sí, él hizo un buen trabajo rellenando dicho esmoquin. Ella
todavía estaba admirando la vista cuando Drew vino trotando, con sus
ojos de color gris brillante llenos de entusiasmo.
Beth suspiró ante el tirón familiar en su interior. ¿Cuándo su niño
se había convertido en este joven alto y guapo de pie frente a ella? Lo
alcanzó, con ternura tocó su mejilla áspera con rastrojo, que no hace
mucho tiempo, habría sido manchada con suciedad. Él enganchó un
brazo rollizo sobre sus hombros y apretó.
El tintineo de la risa femenina flotó a través del seto. Sonriendo,
Drew llegó junto a ella y separó el follaje para revelar la novia y sus
damas sentadas en un par de bancos de mimbre blanco debajo de un
enorme árbol lleno de las flores blancas fragantes. La luz del sol se filtró
a través de las flores, capturando las lentejuelas y perlas en el vestido de
la novia y emitiendo un brillo mágico a la escena.
Rodeando el seto, Drew levantó la cámara y capturó la imagen. —
Tengo esto —dijo por encima del hombro—, ¿por qué no tomas cinco?
Disparándole un apreciativo pulgar hacia arriba, Beth cambió su
peso de un pie al otro. Sus pies pedían un descanso, y sentarse lejos del
sol por un momento sonaba celestial. Miró a su alrededor. La sala de
estar en una tienda de campaña cubierta le hizo señas a corta distancia.
Ella dio un paso hacia la sombra, y luego ralentizó para tomar aliento.
Espinas de conocimiento brillaron por su columna vertebral. Miró por
encima del hombro, directamente en un punto, evaluando la mirada del
Dr. North.
Se puso de pie con las piernas preparadas, su chaqueta de
esmoquin negro estaba abierta y frenada por las manos casualmente
metidas en los bolsillos del pantalón. El collar de la camisa gris perla
estaba abierto, dejando al descubierto la fuerte columna de su garganta,
su corbata de moño negro colgando a un lado.
Algo perezosamente seductor en la forma en que la miraba
disparó su pulso deslizándose de manera alarmante. Esos ojos oscuros
convincentes se tomaron su tiempo, deteniéndose aquí, deteniéndose
allí, dejando a su paso la sensación cálida de la caricia de un amante.
Luego sonrió. Una lenta sonrisa de dime lo que necesitas y me aseguraré
absolutamente de que lo consigas, que golpeó su pulso un poco más alto.
El novio llamó e hizo señas al Dr. North para que regresara al
rebaño. Cuando apartó la mirada, y volvió a entrar en el círculo de los
cromosomas Y, Beth tuvo que recordarse a sí misma de respirar.
Oh, sí, había estado caliente antes, pero ahora, al verlo de cerca,
con toda esa intensidad centrada exclusivamente en ella...
¡Oh, mamá! Cada célula pequeña en su torrente sanguíneo se
levantó en atención, haciendo el baile feliz y apuntando pequeños dedos
excitados en su dirección. Profundos impulsos sensuales, que habían
permanecido latentes durante tanto tiempo se liberaron de su letargo y
exigieron su atención.
Beth se tambaleó sobre sus talones, tiró del dobladillo de su
chaqueta, luego se tambaleó de nuevo, el dolor en sus dedos de los pies
largamente olvidado mientras contemplaba esa mirada, esa sonrisa, y lo
más importante, su reacción a ellos.
Maldita sea. ¡Lamelicioso de verdad!
2
Traducido por Jessibel
Corregido por Daliam
Gabe metió los pulgares en los bolsillos del pantalón y miraba a
los invitados. Disfrutaba de las bodas, la proclamación pública de amor,
el ambiente festivo, buena comida y buena música... Bueno, la música
podría ir en cualquier dirección. Afortunadamente, la banda local
contratada para la recepción de la boda estaba haciendo una
sorprendentemente buena cobertura de Twist and Shout de los Beatles.
Varios de los invitados de la boda estaban moviéndose con entusiasmo,
especialmente el tío del novio, Albert Montgomery.
Hace una semana, Albert se presentó a la sala de emergencias
durante el turno de Gabe con una queja de un recurrente dolor en el
pecho. Gabe hizo un estudio de diagnóstico cardiaco sobre él y lo
admitió para pasar la noche en el hospital para observación, con una
prueba de esfuerzo cardíaco programada al día siguiente. A la mañana
siguiente, Albert firmaba en contra del consejo médico antes de
someterse a la prueba. Ahora estaba haciendo su detestable movimiento
para impresionar a su novia mucho más joven, y a los cincuenta y nueve
años y estando en sobrepeso moderadamente, Albert estaba teniendo un
pésimo momento en hacerlo. Un día triste, Gabe decidió, cuando te
encontrabas prestando menos atención a los giros persuasivos de la
rubia y más a la muy idiota diaforética cara de escarlata con ella.
Observó a Albert gruñir y batirse con la música. A pesar de que
había pasado un tiempo desde que había hecho el Twist, Gabe no
recordaba el movimiento bastante extraño con el brazo izquierdo y el
hombro como parte de la danza.
Mierda.
Gabe había aprendido por las malas que pasar por alto incluso los
signos y síntomas más sutiles te podría costar. De cómo en el momento
en que te alejas de cuidar de alguien más que amas y te das cuenta de lo
que estaba pasando contigo, ya era demasiado tarde. Así que él cree en
estar preparado, y la bolsa médica que mantiene guardada en la parte
trasera de la CR-V era lo que le gustaba llamar Standard Plus, además de
tener cualquier otra cosa que podía meter en ello, lo que pudiera
necesitar.
Hizo un cálculo mental de la distancia entre la zona de recepción
y su coche, que había estacionado en la casa, y consideró conseguirlo por
si acaso, pero decidió no hacerlo. Podía ir y volver en menos de dos
minutos si era necesario. Mientras él no fuera particularmente
supersticioso, no había ningún punto en fastidiar y sacar el tema ahora.
Gabe se quitó la chaqueta y la colgó sobre una silla de aspecto
frágil, con un enorme lazo blanco atado a la espalda. Se dejó caer en la
silla, enrolló sus mangas, y estiró las piernas. La canción terminó y Gabe
dio un suspiro de alivio, pero la banda hizo la transición a una entusiasta
interpretación de The Stones, Start Me Up, y Albert se unió a esa,
también. Lejos de arrastrar físicamente a Albert fuera de la pista de baile
y tratar de meter algo de sentido común en su tonta cabeza, no había
mucho que Gabe pudiera hacer excepto mantener un ojo sobre él e
intervenir en caso de ser necesario. Manteniendo a Albert en su visión
periférica, Gabe miró a lo largo de los invitados. El joven fotógrafo, uno
muy cerca de los tempranos veintitantos, pasaba como un fantasma a
través de la multitud, capturando fotos naturales de invitados a la boda
con la habilidad de un profesional. Se puso en cuclillas para un tiro, giró
para otro, todo ello bajo la atenta mirada de una morena, posiblemente
entre finales de los veinte y o a principio de los treinta y tantos, con un
cuerpo que, como el vocalista gimió, haría a un hombre muerto correrse.
Gabe había sido testigo del tierno intercambio entre ellos antes. La
familiaridad entre ellos había sido tangible, haciéndolo preguntar quién
era el joven, y qué relación con la morena podría tener. ¿Era ella una
hermana? ¿Una prima? ¿Amiga? ¿Amante? Entonces ella miró en su
dirección, lo sorprendió mirándola y había pensado, qué demonios, no
hay daño en mirar.
Y le había gustado todo lo que había visto.
—Puede haber mejores maneras de pasar un sábado por la tarde,
aunque en la parte superior de mi cabeza, no puedo pensar en una sola.
Esa es una buena vista la que tienes pasando, mi hombre. —Ian
Montgomery, padrino y hermano del novio, eligió la silla de relevo de
Gabe y cuidadosamente se sentó en ella, haciendo una mueca cuando
dio un gemido ominoso de protesta.
—Mis pensamientos exactamente —acordó Gabe.
Ian se movió y la sillita se tambaleó bajo la presión de su peso. —
Creías que habían puesto sillas en las que un hombre adulto se sentiría
seguro sentado —se quejó, entregando a Gabe una Heineken.
Gabe miró a Ian y probó jodidamente no reírse. Ian no era su
ejemplo típico de la mayoría de los hombres adultos. De pie con seis pies
y tres pulgadas y llevando alrededor de doscientas libras de músculo
sólido, el SEAL de la Marina hizo un espectáculo cómico posado en la
sillita de proa con respaldo. Gabe empezó a decírselo, y luego recordó
que estaban bastante cerca del mismo tamaño, más o menos una
pulgada o una libra. Dando un golpe bajo a su compañero cuando
probablemente se veía tan tonto como él, chupó toda la diversión fuera
del gancho, por lo que Gabe dio marcha atrás, levantó su cerveza e hizo
un brindis.
—Por la novia y el novio —dijo, y chocó la botella con Ian.
—Y por la asistente del fotógrafo —añadió Ian con un guiño.
Sonriendo, Gabe inclinó la cabeza. Luego esperó. Esperó a que la
culpa lo arrastrase, la vergüenza se levantara y lo golpeara como lo había
hecho innumerables veces en los dos años desde la muerte de Rita. Para
recordarle lo descuidado que había estado con ella, cuán establecida su
práctica había estado, tomando prioridad sobre ella, y todo lo que había
perdido a causa de ella.
Como que no merecía siquiera mirar a otra mujer.
Demonios, él sabía que no era digno de una segunda oportunidad.
No estaba buscando una. Tenía toda la responsabilidad que necesitaba
o quería para trabajar en la sala de emergencias.
Su familia y amigos siempre estaban allí para ayudarle a salir de
los días difíciles, pero no habían sido tantas veces cuando se sintió
abrumado y perdido sin Rita a su lado. Especialmente por la noche,
cuando regresaba, para llegar a ella, sólo para encontrar sus brazos
vacíos.
Su cuerpo finalmente había exigido liberación, ansiando el calor y
el socorro del toque de una mujer. Encontrar a una mujer dispuesta
nunca fue un problema. Tomó lo que se ofreció y se aseguró de que
saliera de su cama con una sonrisa de satisfacción en su rostro y el
conocimiento de que él no estaba buscando nada más de momento. Sin
embargo, había estado tentado, por el contrario.
Por extraño que parezca, cuando alargó su cuello y observó la
morena sobre la botella, su viejos amigos, Culpa y Vergüenza no le
dieron una paliza hoy, o al menos no por el momento, y se sentía
jodidamente genial.
Cuando el chico se movía, ella se movía, al igual que las curvas
exuberantes bajo el traje a la medida, azul real. La falda delgada
terminaba justo por debajo de la mitad del muslo, mostrando unas
torneadas piernas largas. Del tipo que se envuelve alrededor de un
hombre, tiran de él profundamente y lo retienen allí mientras ella se
corre a su alrededor.
Su mirada cayó a los pies de ella. Un gruñido apreciativo escapó
de su garganta. Si ese hombre fuera suertudo, estaría llevando esos
zapatos de BDSM aprieta bolas mientras lo hacía. Tacones altos con una
red de correas y hebillas entrecruzaban sus pies, terminando justo por
encima de los tobillos. Los zapatos decían, ven consigue un poco, pero el
ángulo de confianza de la barbilla, la manera en que se conducía, dijo
que la mujer que los llevaba podría patear el culo con ellos si quería.
Detrás de él, alguien en la multitud gritó—: ¡Bet! —Se dio la vuelta,
un giro elegante de su cuerpo que acentuó la generosa curva de sus
pechos y la atractiva curva de su culo. Su mirada saltó más allá de él,
luego se balanceó hacia atrás y viajó sobre él con una incandescente
evaluación con sus ojos negros que perduró en su entrepierna, un
tiempo un poco largo, para ser un accidente antes de ir hacia atrás para
encontrarse con sus ojos.
Por un momento, Gabe pensó que necesitaría un desfibrilador
para poner en marcha su corazón, pero luego inició la marcha de nuevo
y martilló contra las costillas. La vida, tan potente como los más robustos
bourbon de Kentucky, corría por sus venas, tan embriagadora como la
ardiente necesidad hinchando su pene. La forma en que sus pechos se
levantaron en un tirón de su respiración, los ojos amplios y brillantes
como campanillas sugirieron que había sentido algo, también.
Cuando ella miró más allá de él de nuevo, sonrió a quien fuera que
la había llamado, Gabe bajó la botella. Su aliento salió con un gruñido.
¿Qué demonios?
Un aspecto borroso de satén plateado y carne bronceada obstruyó
la visión de Gabe de la morena. Se enderezó en su silla, pasó un tobillo
sobre la rodilla y dejó caer el brazo por encima de su regazo.
Eve Winters, dama de honor y la hermana de la novia, plantó su
trasero bien formado en la silla entre Gabe e Ian y miraba
codiciosamente la cerveza de Gabe. Cuando llegó por ella, él hizo lo que
hubiera hecho por su propia hermana, la mantuvo fuera de su alcance.
Con un resoplido delicado, Eve giró hacia Ian y batió las pestañas
con timidez exagerada. Ella obtuvo la cerveza y una maldición por lo
bajo. Gabe se sorprendió con la facilidad que Eve siempre había
conseguido irritar a Ian, desde que eran niños, y la cantidad perversa de
placer que ella obtuvo al hacerlo. También es interesante que, a pesar de
su maldición y refunfuñar, Ian siempre venía a por más.
—Entonces, ¿quién es la morena que cubría al chico con la cámara?
—Al ver que cumpliría los treinta y seis en unos pocos meses, Gabe
sintió justificación en etiquetar al fotógrafo como chico.
Eve tomó un sorbo de cerveza, suspiró con admiración, y se la
devolvió a Ian. —El chico es Drew Roberts, un chico genio absoluto con
una cámara. —Ella buscó en la multitud hasta que se fijó en él—. Él
estará asistiendo a la Universidad de Kentucky el próximo año después
de que se gradúe con un grado en periodismo gráfico.
—¿Graduado? —Frunció el ceño, Gabe echó un vistazo más de
cerca al fotógrafo. Eve asintió, saludando con la mano a alguien en la
multitud de invitados. Gabe movió la cerveza para recuperar su
atención—. ¿Qué quieres decir con graduado?
Eve esquivó el balanceo de la botella de delante de su cara. —
Escuela secundaria. El año que viene. —Ella le dio un golpe en el costado
de la cabeza—. Presta atención.
Luchó por paciencia. —Entonces... ¿cuál es la relación? ¿Hermano?
¿Primo?
Su cabeza se inclinó hacia un lado. —¿Por qué quieres saber?
Los molares de Gabe tomaron medidas drásticas cuando él hizo
un movimiento de asfixia con las manos en la garganta esbelta de Eve.
Ian le envió una mirada cansada sobre su cabeza soleada y dijo—: Es
como la cría de gatos en la grieta.
Eve volvió la nariz hacia arriba a Ian y dio a Gabe una sonrisa
descarada. —La morena —hizo una pausa por pura molestia, estaba
seguro de ello—, es su madre.
No era frecuente que Gabe se encontrara sin palabras,
prácticamente tenía una reaparición de sabelotodo para cualquier cosa
arrojada a su camino, pero maldita sea si él tenía una ahora.
¿Su mamá? Demonios, ella debe haber estado en la pubertad
cuando había dado a luz.
La banda forjó las notas finales de You Shook Me All Night Long de
AC / DC y anunció su descanso.
El aire se llenó repentinamente de la animada sibilancias de un
acordeón.
Las mujeres aplaudieron y se lanzaron a la pista de baile.
Los hombres gimieron y trataron de escaparse.
Eve se puso de pie, levantó los brazos y gritó—: ¡El baile de la
gallina! —Ignorando por completo a Ian, agarró a Gabe en una llave de
brazo sorprendentemente fuerte y lo arrastró a la pista de baile.
No fue fácil mantener su ritmo, hacer picos y aleteos de alas
cuando su atención se centró en la búsqueda de la mujer hermosa entre
la multitud. Gabe decidió localizar a su hijo, ya que era más o menos un
pie más alto que su madre, lo que sería su mejor apuesta en la búsqueda
de ella. Cuando lo vio, el chico estaba inmortalizando digitalmente una
de las colas de plumas de la bailarina en plena marcha.
¡Aplauso! ¡Aplauso! ¡Aplauso! ¡Aplauso!
Cuando vio a Beth, pensó, maldición, y perdió su ritmo de nuevo.
Se puso de pie, como había esperado, unas yardas a distancia del chico,
en una mancha de sol de primavera que capturó e iluminó la caída de
cabello caoba, —la cual ella estaba retirando rápidamente en una coleta.
¡Pico! ¡Pico! ¡Pico! ¡Pico!
Con sus movimientos apresurados, Gabe apenas tuvo tiempo de
apreciar la forma en la que la tela de su chaqueta quedó atrapada debajo
de sus pechos cuando levantó los brazos, desenganchó la correa de la
cámara que colgaba de un hombro y buscó en el bolso colgando del otro.
Ella salió con un par de guantes de examen azules y lo que parecía ser...
¿una máscara respiratoria?... y saltó a la pista de baile.
¿Qué demonios?
Gabe se interrumpió a mitad del aleteo y rápidamente escaneó a
los bailarines. Un grito desgarrador se impuso en el aire, seguido por la
urgente orden—: ¡Drew, llama al 911!
Oh, mierda. Había estado tan concentrado en la morena que había
olvidado por completo a Albert. Gabe metió la mano en el bolsillo del
pantalón, sacó sus llaves, y se las dio a Eve. —Dile a Ian que traiga mi
bolsa que está en el coche. Rápido.
Gabe llegó a Albert a tiempo para ver a Beth ayudando a la novia
de Albert, en el suelo de la pista de baile de madera dura. Se dejó caer
de rodillas, hizo una evaluación rápida y luego dio una introducción
igualmente rápida. —Gabe North. ¿Tiene pulso? —Sin esperar una
respuesta, rasgó la camisa de Albert, salpicando la pista de baile con
pequeños botones de perlas.
No hubo respuesta de Albert cuando Beth comprobó el pulso de
su arteria carótida. El pecho empapado de sudor de Albert se contrajo
con respiraciones jadeantes, ineficaces y Gabe se abandonó al silencio
gracias a que él todavía estaba vivo.
—Beth Roberts. —Su propia introducción fue breve y concisa, sus
ojos estaban fijos en el rostro de Albert mientras apretaba sus dedos
contra su cuello—. No hay pulso, respiración agónica —dedujo ella, lo
que confirma su propia observación del patrón de respiración de Albert.
Ella era una mujer fuerte. Profesional.
Asintiendo, Gabe entrelazó los dedos mano sobre mano,
colocando la palma de la mano derecha sobre el esternón de Albert y
comenzó las compresiones. —Vamos, Albert. Regresa para poder vencer
la mierda de ti —murmuró en voz baja.
Eso llamó su atención. Gabe fue contando las compresiones,
observando brevemente a Beth, con los ojos amplios antes de que ella
bajara la cabeza, reanudara el montaje de la máscara y luego la colocara
sobre el rostro de Albert. Ian se deslizó en el lado de Gabe. Con un
rápido vistazo a su tío, dejó caer la bolsa médica en el suelo, abrió la
cremallera y lo hizo rodar hacia fuera. Agradecido por la calma del
SEAL, especialmente porque era un miembro de su familia el que estaba
allí tendido, Gabe liberó la última compresión cuando Ian aplicó las
almohadillas de electro al pecho de Albert y una voz mecánica
advirtió—: Análisis de ritmo, no toque al paciente.
Todo el mundo se movió hacia atrás cuando doscientos julios de
energía eléctrica gritaron a través de los diminutos cables para poner en
marcha el corazón de Albert.
3
Traducido SOS por Jessibel & Lvic15
Corregido por Tamij18
—Oh, Dios mío, estabas tan tranquilo.
—Ese hombre estaba muriendo y lo trajiste de regreso.
—¡Fue como ver una escena de Anatomía de Grey3!
—Y nosotras tuvimos a nuestro mismísimo Dr. McEncanto…
Beth reconoció amablemente los comentarios desde los ojos muy
abiertos de los invitados de la boda y se disculpó cuando vio al Dr. North
hablando con la familia Montgomery. Albert había sido estabilizado
después de una descarga del desfibrilador y, mientras estaba siendo
metido en la ambulancia, se negó a permitir que su hermano lo
acompañara al hospital, ordenándole quedarse en la boda con su hijo.
Después de aceptar un apretón de manos, lo cual se transformó en
un emotivo abrazo del padre del novio, el Dr. North se dirigió a la pista
de baile, se acercó al micrófono y llamó a la atención de todos.
—He hablado con el médico de urgencias, a cargo de Albert y se
encuentra bien y estable. El electrocardiograma fue negativo a un ataque
del corazón. —Hizo una pausa debido a los aplausos y comentarios de
3Serie de televisión estadounidense, que narra el día a día de los cirujanos, de un ficticio hospital en
Seattle.
alivio, cuando disminuyeron continuó—: Y estaban esperando a
obtener los resultados de su análisis de sangre. Estará en el hospital por
unos días para exámenes más extensos y pide a todos que continúen con
la celebración de la boda, ¡y se tomen uno por él!
Convencidos del bienestar de Albert, la multitud comenzó a
dispersarse y el alboroto por la emergencia médica comenzó a
desaparecer. La banda estuvo una vez más en pleno auge, trayendo a los
invitados de regreso a la pista de baile. Los camareros circulaban entre
la multitud, con comida y bebidas, y la atención volvió a la novia y el
novio. Convocado por la novia, Drew estaba tomando fotos
improvisadas de último minuto.
Aprovechando el momento de tranquilidad y la oportunidad de
descansar, Beth escogió una mesa bajo una de las grandes carpas blancas
de la recepción y se sentó, entonces inmediatamente deseó haber parado
en la barra por una botella de agua. Tiró de la banda de su coleta y le dio
a su cabello una rápida peinada con sus dedos, mientras miraba
alrededor, esperando atrapar a uno de los camareros. En su lugar, vio al
Dr. North, sus largas piernas rápidamente devoraron la distancia entre
ellos con un paso sexy, despreocupadas zancadas que hicieron su boca
agua y comenzaron un tipo de sed completamente diferente.
Tenía una bebida en cada mano y una expresión de pura
determinación masculina en un rostro hermoso que hacía derretir tu
lengua, y sí, una leve partidura que dividía su mentón, como si su
creador hubiera extendido la mano y le hubiera tocado con delicadeza
con un dedo para que fuera un bombón.
Se detuvo en su mesa y sonrió, la misma sonrisa excitante que le
había dado anteriormente, que alborotó sus hormonas a alta velocidad
una vez más.
Beth reprimió un gemido. Tierra, solo ábrete y trágame completa. ¿En
qué demonios había estado pensando, coqueteando con la mirada con
él? Solo fue un juego, una recompensa por la chisporroteante despedida
que le había dado antes. Se suponía que no debía seguirlo por gritar en
voz alta, y definitivamente tenía una mirada de seguimiento en sus ojos.
No había tiempo para avergonzarse mientras trabajaba en Albert, pero
ahora con él aquí de pie, tan largo como la vida y el doble de sexy.
Sin esperar una invitación, Gabe se dejó caer en la silla al lado de
Beth y deslizó una de las largas copas en frente de ella. —Ahora que
tenemos a Albert lejos y a su familia tranquilizada, ¿empezamos de
nuevo? Hola, Soy Gabriel North.
Gabriel, ¿eh? Antes, mientras trabajaba sobre Albert, había sido
Gabe. Ahora era Gabriel. Apuesto a que usaba eso con todas las chicas, y
diez a uno, funcionaba todo el tiempo. Beth se las arregló para apartar
la mirada de los más hermosos ojos marrones que había visto y bajó la
vista para mirar la mano que sostenía hacia ella. Ella deslizó la palma
sobre la de él, completamente desprevenida para la fricción de calor que
se movió sobre su piel cuando sus dedos se cerraron alrededor de los de
ella.
—Beth Roberts —respondió, cerca de lo que parecía como un fardo
de algodón en su boca. Retiró su mano de la de él y alcanzó su vaso, la
condensación del frío choque contra sus dedos aún chispeaba por su
toque.
Bajo la mesa, sus muslos rozaron los de ella y entonces persistió,
encendiendo una chispa de calor bajo su piel. Un destello de aprensión
recorrió su cuerpo, luego se desvaneció rápidamente y ella se relajó. En
los cuatro años transcurridos desde que fue sometida al abuso de Jamie,
había dejado de rehuir a los hombres en general. No se inmutó al
repentino movimiento ni esperaba ser apartada del camino en tiempos
de proximidad inesperada. No conocía a Gabriel, pero se sentía
extrañamente a gusto con él, sin sentir nada amenazante o presuntuoso
en sus acciones. Era como si simplemente él… pertenecía. Trabajando al
lado de alguien, luchando por devolver la vida a otro humano formaba
una unión común entre las personas, incluso si esas personas habían
estado duramente flirteando con la mirada solo momentos antes, pensó
tristemente.
—Gracias por la bebida. —Ella levantó el vaso, tomó un cauteloso
sorbo.
—Agua y limón. No sabía tu preferencia, y parecía la opción más
segura.
Beth observó mientras se llevaba el vaso a la boca y bebía un gran
sorbo. Tragó saliva, como si el frío líquido se deslizara por su propia
garganta repentinamente reseca y se preguntó cómo el simple acto de
agua deslizándose por sus labios podía parecer tan erótico. Y la manera
en que se lamió los labios, no el viejo y habitual movimiento, claro está,
sino un placentero deslizamiento de su lengua y casi podía sentir el roce
de ella a lo largo de los pliegues de su…
El calor, oscuro y rico, impregnó su sexo. Se movió en su asiento y
presionó sus caderas hacia abajo en un intento de aliviar el dolor que se
estaba formando allí, solo para descubrir que aumentaba la sensación.
—No es muy cómodo, ¿verdad?
Parpadeando, Beth observó la boca de Gabe curvarse en una leve
sonrisa. Cuando levantó la vista, un destello de hambre divertido
iluminó sus ojos.
Él sabe. Él sabe lo que me está haciendo. ¡Qué vergonzoso! Y cuán
increíblemente caliente.
Se aclaró la garganta. —¿Perdón? —¿Fue esa su voz, toda
entrecortada y sensual?
Se detuvo, la estudió por un momento, y luego dijo—: La silla... no
es muy cómoda.
El alivio la invadió, seguido rápidamente por un toque de
decepción. ¿Lo había malinterpretado? —No, no lo es. —Para
demostrarlo, Beth se movió de nuevo y cruzó las piernas. Ella gimió
interiormente cuando el cambio de posición frotó los muslos y el
territorio necesitado entre ellos, intensificándose su pequeño problema.
—A veces —comenzó Gabe cuidadosamente, girando el vaso en
pequeños círculos en la mesa y atrayendo su atención allí. Su amplio
pulgar rayaba la condensación sobre el vaso y luego se detenía para
rodear lentamente un área pequeña. Beth se retorció un poco y apretó
los muslos—. A veces, tienes que encontrar sólo la ubicación... correcta.
¡Aprieta!
—Sí, bueno. —Beth apretó los dedos alrededor de su vaso. Sus
dedos se cerraron en el interior de sus zapatos. Ella se movió un poco,
arrastrando su mirada desde el movimiento de su dedo pulgar sobre el
cristal. Los ojos cálidos y observadores la miraron, llena de promesas y
posibilidades. Bien. Tal vez ella no lo había malinterpretado después de
todo—. Afortunadamente, no voy a estar sentada en ella por mucho
tiempo.
—Afortunadamente. —Estuvo de acuerdo solemnemente.
Los ojos de Beth se ampliaron. ¿Le temblaban los labios? Con el
ceño fruncido, deseó que su cuerpo se comportase. Es más fácil decirlo
que hacerlo, con la dura longitud del muslo musculoso presionando
contra ella cada vez que cualquiera de los dos se movía. —¿Decías?
Él la miró por un momento, como si estuviera considerando su
pregunta, luego rodó su vaso entre sus manos. —Trabajas en el cuidado
de la salud.
El giro brusco en la conversación tomó por sorpresa a Beth. Tardó
un segundo en reagruparse y formar una respuesta, pero al menos había
dejado de frotar el maldito vaso. —Eso es obvio, ¿verdad?
—No todo el mundo lleva guantes de examen y una máscara
respiratoria en su bolso.
—O tiene una bolsa de médico con un desfibrilador en su coche —
respondió ella.
Su boca se curvó en una sonrisa irónica. —Cierto —admitió,
inclinado hacia abajo su vaso—. Has hecho un gran trabajo con Albert.
—Golpeó con el pulgar la mesa—. Supongo que eres un paramédico o
trabajas en urgencias.
Beth inclinó la cabeza, reconociendo su campo y aceptando el
cumplido. Una calidez desconocida se extendió en el pecho por su
elogio. ¿Qué demonios estaba mal con ella? Los compañeros de trabajo
se elogian entre sí todo el tiempo, especialmente después de una
situación particularmente intensa. Fue tanto el estrés como un
interruptor de felicitaciones por un trabajo bien hecho. Sin embargo, un
elogio de Gabe significaba algo para ella, tal vez más de lo debido. —
Soy una enfermera de urgencias, pero ya no cuido pacientes. —
Suspiró—. Las cosas se han complicado en los últimos meses. Es una
larga historia.
Gabe se hundió más en su silla, echó un breve vistazo a la
recepción de la boda que seguía en plena actividad, y luego volvió su
atención a ella. —Parece que pasará un tiempo antes de que termine la
fiesta. —Él ladeó la cabeza—. Tenemos algo de tiempo.
El brillo de interés en esos ojos chocolate oscuro envió un cálido
resplandor a través de Beth. De repente se sintió femenina de una
manera que no había sentido en años. La precaución susurró una
advertencia en su oído, pero ella la empujó con firmeza hacia un lado.
No permitiría que el pasado le robase este momento con un hombre que
la hacía sentir como una mujer otra vez. Tampoco quería que el caos
actual en su hospital interrumpiera la noche. Tendría que hacer una
versión resumida, y luego quería relajarse, olvidarse de sus problemas
y simplemente disfrutar el hombre a su lado.
—Basta con decir que nuestro hospital está pasando por una
depuración de algunos de los principales administrativos, consiguiendo
el gran enema, por así decirlo. —Esperó a que su risa disminuyera. Dios,
le encantaba su risa. Se movió, inclinando su largo cuerpo hacia el de
ella, dándole la sensación de que su atención se centraba exclusivamente
en ella. A ella le gustó. Mucho.
—¿Y conseguiste ser arrastrada a lo largo de la... evacuación?
Beth se inclinó ante el doble sentido, divertida por ser capaz de
continuar la broma con una cara seria. Como parecía genuinamente
interesado, ella respondió—: Sí y no. Hubo problemas, la corporación
intervino, y ahora tenemos varias ofertas de trabajo en la administración
y gerencia, dos de los cuales eran el gerente de enfermería de la sala de
urgencias y el director médico.
—Un barrido limpio. —Gabe asintió—. ¿Y cómo te involucró esto?
—Fui nombrada Gerente de Enfermería provisionalmente y, hace
dos meses, acepté el cargo de gerente.
Gabe levantó su copa a modo de saludo. —Felicitaciones por el
ascenso.
—Gracias, aunque a veces me siento abrumada, especialmente con
el proyecto de expansión de la sala de urgencias que viene en los
próximos meses. Espero que pronto se elija un nuevo director médico
para ayudar a asumir parte de las responsabilidades en la toma de
decisiones.
—Estoy apostando que puedes manejar cualquier cosa que se te
cruce.
La sincera admiración en la voz de Gabe trajo otra ola de calor a
las mejillas de Beth, sintiéndose agradecida por la sombra fresca de la
carpa que ensombreció su rostro. Tan halagador como ser el centro de
su atención, necesitaba redirigir la conversación antes de que su rostro
estallara en llamas. Sabía que era un cardio-neumólogo y trabajó en
urgencias, según los fragmentos de información que había escuchado de
las damas de honor, pero dudaba que le agradara saber que había sido
objeto de sus cotilleos. —Entonces, ¿cuál es tu formación médica?
Había pasado tiempo desde que Gabe había visto a una mujer
ruborizarse tan fácilmente... o tan bellamente. Beth era una compilación
intrigante de sensualidad inocente. Jugaba con su servilleta, poniéndola
de nuevo hacia abajo, y luego la recogió otra vez y procedió a plegarla
como un abanico.
Le gustaba ver su cara llenándose de color, sabiendo que había
sido él quien la había puesto así, casi tanto como había disfrutado
viéndola retorcerse en su silla y saber que había causado eso. Sin lugar
a duda, ella se había excitado, y estaba dispuesto a apostar que si hubiera
deslizado su mano por esas largas piernas encontraría aún más calor.
Gabe se movió un poco también, abriendo sus piernas para dar
cabida a la erección presionando contra su bragueta. Contrólate, North.
¿Qué le había preguntado? Algo sobre sus antecedentes médicos...
—Estuve en urgencias durante casi dos años. La transición de la
práctica privada fue más fácil de lo que esperaba. —De hecho, había sido
exactamente lo que había necesitado. El ritmo acelerado le dejó poco
tiempo para pensar en sus fracasos con Rita, y el agotamiento al final de
su turno le hizo que fuera más fácil dormir por la noche. La mayor parte
del tiempo—. Me gusta la dinámica, el cambio constante y la variedad
de la sala de urgencias. —Negó—. Nunca hay un momento aburrido,
como bien sabes.
—Es verdad.
Una cálida brisa se levantó, llevando consigo el aroma tentador de
Beth. Levantó la vista de su agua y la encontró mirándole, tranquila y
quieta. Su mirada cayó sobre su boca, gruesa y rosada, con el tirón más
pequeño hacia abajo en las esquinas. Había una serie de cosas que le
gustaría hacer con esa boca, una serie de lugares donde le gustaría que
ella la pusiera. Su lengua salió, dejando un brillo de humedad en su labio
inferior. Su pene se sacudió contra la tela de sus pantalones al imaginar
esos labios abriéndose, deslizándose sobre su palpitante punta.
El sudor perlaba la frente de Gabe. Consumido por la repentina
necesidad de probar esa boca pecaminosamente tentadora, comenzó a
inclinarse.
—¡Hola, mamá! —Drew llegó corriendo, con una cámara en una
mano, la otra colgando de una correa sobre su hombro.
Gabe se echó hacia atrás, tan frustrado por que interrumpieran su
breve momento de intimidad con Beth cuando estaba conmocionado
por la imperiosa necesidad que arrollaba en su vientre. ¿Qué había en
ella que le afectase de esta manera? No había tenido esta intensa reacción
hacia una mujer en años. Sacudiendo la cabeza, le prestó atención al
niño.
Si bien Gabe no era un experto en fotografía, sí conocía una pieza
de costoso valor cuando la veía. El chico obviamente iba en serio sobre
su oficio, y por la forma en que le había visto trabajar, imaginaba que
tendría un futuro prometedor en la fotografía.
Unos pocos centímetros más bajo que él, Drew tenía el pelo casi
negro y ojos de color gris pálido. No encontró nada de su madre allí. Su
mirada se precipitó a la mano izquierda de Beth. No había anillo. Ni
siquiera una línea de bronceado que indicara que lo hubiera llevado
hacía poco. ¿Estaba el padre todavía en la foto?
—Doctor North. —Drew tendió su mano—. Eso fue
impresionante, lo que hizo con el señor Montgomery. Obtuve algunas
grandes fotos.
Devolviéndole el apretón de manos, Gabe sonrió. —Tuve una gran
compañera.
Drew se puso en cuclillas junto a la silla de Beth y le dio un
empujón a su hombro y una sonrisa. El orgullo por su mamá brillaba en
sus ojos. Las palabras no fueron necesarias. Alcanzó su vaso, vaciándolo
de un trago largo. —Los muchachos están a pocos minutos de distancia,
así que voy a guardar mis cosas en el coche. —Él movió el vaso vacío y
comenzó a ponerse de pie—. Te traeré otra agua.
—La tengo. —Gabe hace una seña a uno de los camareros, levantó
su copa y dos dedos—. ¿A dónde vas? —¿Y qué, se preguntó, estaba
haciendo Beth en el ínterin y, cómo podía hablarle para que lo hiciera
con él?
—Gracias. Estamos tomando el fin de semana para mirar
alrededor de la universidad para tener una idea de la zona del campus
y sus alrededores. —Drew vaciló, rebotó su mano sobre sus muslos,
claramente en desacuerdo con dejar a su madre a solas mientras él y sus
amigos tomaban el pueblo. Sin embargo, cuando ella tiró de la correa de
la cámara y le pidió que tomara algunas fotos para mirarlas a la hora de
llegar a casa, él asintió. Su teléfono sonó. Miró la pantalla y se levantó—
. Ellos están aquí. ¿Quieres que te sigamos de vuelta al hotel?
Ah, maldición, Gabe necesitaba más tiempo para explorar su
reacción a Beth... y persuadir un poco más de ella también. Borra eso.
Quería persuadir mucho más de ella. Su cerebro dio patadas a toda
marcha, en busca de una excusa plausible para que ella se quedara.
¡Pregúntale a ella, idiota!
Él abrió la boca para hacer precisamente eso cuando Beth estiró y
pasó la mano por la mejilla del chico, de la manera en que había visto
hacerlo antes. La mezcla de amor maternal y el humor ante la
preocupación de su hijo iluminó sus ojos azules.
—Deja de preocuparte por mí y diviértete con los chicos —le dijo
a Drew. Otro chico podría haber eludido la mirada, avergonzado por la
exhibición pública de afecto, sobre todo delante de otro hombre, pero
Gabe le dio crédito a Drew por simplemente asentir y correr al encuentro
de sus amigos.
Recostándose en su silla, Gabe dio un golpe a sus pensamientos,
totalmente preparado para volver a sumergirse en el estado de ánimo
suave que había rodeado a Beth y a él, antes de que su hijo los
interrumpiera. Beth, sin embargo, disparó directamente al infierno
cuando se levantó y cogió su bolso colgado en el respaldo de la silla.
—Fue un placer conocerte, Gabe. —Ella le sonrió y le tendió la
mano, que él tomó de forma automática—. Puedo decir sinceramente
que esta fue la boda más interesante a la que he asistido.
¡Mierda!
La frustración arañó la parte posterior de la garganta. El universo
definitivamente estaba jodiendo con él hoy. —¿Te vas?
Su mirada dejó la de él para llegar sobre la zona de recepción. Los
sonidos de la música y la risa flotaban en el aire. Por un instante, la
melancolía se coló en su expresión. Ella no quería irse.
¡Sí!
—Es temprano. Quédate. Toma una copa y disfruta de la música
—instó, trayendo su atención de nuevo a él.
La incertidumbre frunció el ceño de Beth. —No lo sé. Realmente
debería volver al hotel. Necesito trabajar en unos papeles, revisar los
currículums… —Su voz tenía una nota casi imperceptible de pesar.
Descaradamente, jugó con ello. Cambiando su agarre en la mano,
Gabe rozó sus dedos sobre la parte interior de la muñeca de Beth. Su
pulso se sacudió, y luego se instaló en un ritmo rápido y constante antes
de que él la soltara. Quería presionar su boca contra esa piel de seda,
sentir la emoción de su corazón contra su lengua y saber qué lo había
causado. —¿El mundo se va a acabar si no terminas esta noche?
—Bueno, no, pero...
—Entonces quédate un rato, conmigo. —Gabe contuvo la
respiración cuando Beth se quedó allí, su bolso colgando de su mano
mientras luchaba una batalla interna, debatiendo si debía quedarse o
irse. Entonces, un suspiro levantó sus pechos.
—Bueno. Por un rato —admitió, puso su bolso sobre la mesa y
volvió a sentarse.
Gabe se dejó caer en su silla, empujando el aire lentamente de sus
pulmones. Junto a él, Beth se deslizó en su asiento, cruzó las piernas y
se movió de nuevo. Su pequeña silla con respaldo de proa se estaba
volviendo incómoda nuevamente. Dando el tiempo suficiente, y con su
consentimiento, él planeaba aliviar cada dolor entre esas piernas
inquietas.
Luego iba a tener esa pequeña silla bronceada.
4
Traducido por Jessibel & Lvic15
Corregido por Tamij18
A medida que el sol se ponía en la finca de Montgomery, las
cuerdas de luces blancas brillantes iluminaban los techos de las tiendas,
dando un ambiente acogedor y más íntimo. Los camareros se filtraban a
través de las mesas, encendiendo las velas que estaban en cuencos de
cristal.
La banda cambió del rock que bombea sangre a tonos lentos y
románticos, y algunas parejas se balancearon en la pista de baile. Una
brisa fresca flotaba en el lago que bordea los exuberantes jardines,
trayendo consigo la rica fragancia de la madreselva y las flores silvestres.
Y a Gabe.
Por el rabillo del ojo, Beth observó un elaborado falso bostezo,
estirando el brazo sobre el respaldo de la silla. Cuando ella levantó las
cejas debido a la muñeca colgando sobre su hombro, sonrió
infantilmente.
—Este era mi movimiento clásico en la escuela secundaria. En
aquel entonces, era bastante malo —admitió.
Las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba. —Todavía es
bastante penoso. —Pero ella permitió que su brazo permaneciera ahí,
disfrutando del calor, el peso de este estaba sobre sus hombros.
Extrañaba esto, la presión sólida del cuerpo de un hombre contra el
suyo. Contenta, descansó contra él y se permitió que sus sentidos la
absorbieran.
Ella casi se había alejado. Casi se metió en su coche y condujo de
regreso al hotel. Sin Drew, no había ninguna razón para quedarse.
Excepto por el hecho de que quería hacerlo. Entonces Gabe había
tomado su mano, y le pidió que se quedara… con él. Por un momento,
pensó que su corazón saldría de su pecho. ¿Podría existir un afrodisíaco
más fuerte que un hombre suplicando por su presencia?
Él ajustó el brazo por encima de su hombro, desplazó su cuerpo,
colocándola contra su costado.
—Mi próximo movimiento sería el de tratar y aprovechar la
oportunidad. —Gabe flexionó los dedos.
Estirándose, Beth cazó esos dedos cuando en broma los extendió
hacia abajo y le dirigió una advertencia con los ojos entornados. —¿Te
gustaría averiguar cuál será mi próximo movimiento?
Riendo, la tomó de la mano, girándola ligeramente y pasando el
pulgar por encima de su dedo anular. —¿Hay un hombre esperándote
en casa?
—No —respondió, sorprendida y complacida por la franqueza de
la pregunta—. Soy viuda.
—Lo siento. —Él le dio un apretón reconfortante—. ¿Hace cuánto
tiempo?
Beth miraba hacia el lago, observando a una grulla sumergirse,
mojando un ala en el agua y cortando la superficie vidriosa. Ella lo
sentía, también, por la juventud vibrante que había evolucionado hasta
convertirse en el hombre amargo con problemas.
—Cuatro años —dijo, alejándose del pasado. Ella pensó en los
fragmentos de información compartidos en la recámara de la novia, la
vida social de la que hablaron y el comentario de la pelirroja sobre su
necesidad de regresar a la tierra de los vivos. Eso no necesariamente
significaba que no había una mujer en su vida—. ¿Y tú? ¿Hay una mujer
esperándote en alguna parte?
Una sombra oscureció sus ojos. —No, perdí a mi esposa hace dos
años.
Perdió, reflexionó. No, falleció, o murió. Ni siquiera, "Soy viudo",
sino que la perdió. La profundidad de su amor, el peso del dolor en su
voz le recordó a Beth su canción favorita. Podía ver a Gabe caminando
por las calles de noche, gritando el nombre de su esposa, y nuevamente
se preguntaba cómo sería ser amada tan profundamente, se preguntó
acerca de la mujer que había evocado y había recibido ese amor.
—Lo siento. —Ella le devolvió el suave apretón, luego soltó su
mano y cogió la copa.
La banda anunció el último baile, ansiosa por dejar atrás los
pensamientos del pasado, Beth dirigió su atención a la pista de baile. La
melodía de When A Man Loves A Woman llenó el aire. La mirada de Beth
aterrizó en una pareja de ancianos, o más específicamente, en la mano
del anciano, ya que se deslizó hacia abajo para apretar el culo de su
pareja.
—Movimiento clásico. —Gabe se rio entre dientes.
Mientras la pareja arrastraba los pies, la mujer agarró la mano en
su trasero, tiró de ella hacia arriba, y la plantó con firmeza en su cintura.
Beth rio. —Creo que se puede clasificar como un fracaso épico.
—Me gustaría pensar que tengo mejores movimientos que él,
entonces.
Ella acababa de apostar que los tenía. Beth levantó la vista,
mirando por debajo de las pestañas y cedió a la necesidad de jugar. —
¿De verdad?
—Es verdad. Aprendí de la manera difícil después de la
secundaria que las chicas de la universidad eran conocedoras.
Esperaban más. Tuve que ampliar y añadir a mi repertorio habilidades
de seducción.
Beth atrapó el labio entre sus dientes. —Así que, ¿vas a tratar de
deslumbrarme con tus viejos movimientos universitarios, ahora?
—No, estoy bastante bombardeado con ellos, también.
Dudaba que Gabe hubiera bombardeado alguna vez cuando había
perseguido a una mujer, y se lo habría dicho, si no hubiera perdido la
capacidad de hablar cuando su cálido aliento le cubrió la mejilla.
—Tengo todos los nuevos movimientos, ahora. Particularmente
me gusta éste. —Reclamando su mano, la mirada de Gabe sostuvo la
suya mientras rozaba la dura almohadilla de su pulgar sobre sus
nudillos con el mismo lento deslizamiento que hacía su muslo contra el
de ella debajo de la mesa—. ¿Qué te parece?
Ella no podía contestar, al menos no con claridad. —Eso es, eh,
bastante bueno.
—Hmm. ¿Bastante bueno? Bueno, ¿qué tal éste? —Él se llevó la
mano a la boca, la miró a los ojos y presionó un beso suave y húmedo en
su palma.
El calor susurraba bajo su piel. Su respiración se aceleró, una
bocanada rápida de sorpresa ante cuán rápido e intensamente ella
respondió al tacto de su boca sobre su piel. Su boca se aflojó, sus
párpados fueron hacia abajo con la sola fuerza de la excitación sexual
asaltándola. Cuando ella los levantó de nuevo, pudo ver exactamente lo
que ella estaba sintiendo, lo que le estaba haciendo. Ella nunca había
sido tan audaz y esa decadencia era emocionante en sí misma.
Ella quería más. —Ése es un... movimiento realmente bueno.
Sus ojos cayeron a su boca y ella sintió su mirada allí tan segura
como si la hubiera tocado físicamente. —Tengo más.
Y quería experimentar todos y cada uno de ellos.
Oh, Dios, ¿qué estoy haciendo?
Estoy haciendo lo que quiero, y quiero hacerlo con este hombre.
Con esa determinación, Beth abrió la puerta a sus deseos
largamente reprimidos y los liberó. Inclinó su cabeza e inclinó sus labios
en una sonrisa burlona. —¿Te gustaría ver alguno de los míos?
—Absolutamente.
Extendió su mano, llevó sus dedos a su pelo, acunó la base de su
cráneo y acercó la boca de él a la de ella.
Sorpresa. Ella sintió su breve pausa por el shock mientras sus
labios se encontraron, y luego levantó las manos y enmarcó su rostro. Su
boca se movió, abarcando la de ella, y poseyéndola.
Calor. ¿Alguna vez la boca de un hombre se había sentido tan
caliente? La codicia la consumió. Sus dedos se apretaron en su pelo y
tiró de él. Su gemido se deslizó entre sus labios y sobre su lengua. La
sangre latía en sus oídos, inundó su sexo. Los sonidos de la recepción de
la boda se desvanecieron por completo y no existía nada excepto la boca
de Gabriel sobre la de ella... y la persona que gritaba su nombre.
Beth rompió de mala gana el beso, deslizó sus dedos libres por los
sedosos mechones de su pelo y se echó hacia atrás en su silla. Le dio una
mirada a Gabe que era mucho más estable de cómo ella se sentía y lamió
el sabor de él de sus labios. —Alguien te llama.
—No me importa.
Ella se habría reído de la respuesta contrariada si él no pareciese
tan serio y si ella no se sintiera igual de frustrada como él aparentaba
estar. Cada fibra de su ser quería agarrar su mano y salir corriendo,
aferrarse a esta maravillosa sensación por un poco más de tiempo. Para
llevarlo aún más lejos.
Entonces haz algo al respecto.
Él le ganó la mano. —Salgamos de aquí... vamos a por un trago.
—Sí. —Su respuesta salió de prisa.
Alguien gritó su nombre de nuevo. Cuando él la agarró de la mano
y la ayudó a levantarse, Beth esperaba que la sacara de la tienda, pero él
tiró de ella, cogió en un puño la parte de atrás de su chaqueta y tomó su
boca en un beso rápido y duro. —Déjame cambiarme este esmoquin y
nos vemos en tu coche en diez minutos.
La sonrisa voy-a-follarte había regresado, y le dijo a Beth que
Gabriel North tenía mucho más en su mente que simplemente ir a por
una bebida.
Gabe se detuvo, miró alrededor del estacionamiento, y maldijo. Si
hubiera estado pensando con la cabeza que tenía sobre sus hombros en
lugar de la de sus pantalones, habría pensado en preguntarle a Beth qué
coche conducía. No debería ser tan difícil. Pensó que sería algo con clase,
tal vez el Cadillac CTS negro o el Chrysler 300 SRT blanco. Su mirada
saltó al coche elegante y fuerte... y luego volvió de nuevo.
De ninguna jodida manera.
Sí, allí estaba ella, esas caderas curvilíneas apoyadas en el
guardabarros delantero de un clásico negro sobre azul Chevelle Super
Sport del 69. El coche gritaba fuerza, potencia y actitud, todos esperando
ser liberados a su voluntad, controlado por sus manos. Su cerebro fue
directo a la cuneta, impregnándose de juveniles imágenes de ventanas
llenas de vaho y el coche balanceándose sobre sus resortes, mientras
Beth estaba a horcajadas sobre él en el asiento trasero y lo montaba hacia
un dulce olvido. Dulce infierno, no podía decidir sobre cuál de ellos
quería tener sus manos primero.
—Entonces, ¿cómo te gustaría hacer esto?
En el capó. En el asiento trasero. Contra la puerta. El cerebro de Gabe
confuso por el deseo desechó un escenario sexual tras otro. Sin embargo,
la mirada curiosa en el rostro de Beth y la forma en que hacía girar las
llaves en su índice le sugirieron que había querido decir algo
completamente distinto, y ella parecía estar esperando una respuesta.
Claro. Las bebidas en la ciudad.
—¿Por qué no te sigo a tu hotel, dejas tu coche y podemos tomar
el mío desde allí? —No tenía ningún sentido hacer un viaje de regreso a
la finca a por uno de los vehículos, porque de cualquier forma en que lo
hicieran, Beth terminaría conduciendo de regreso a la ciudad sola. No
había manera en que enviase a una mujer sola, en la oscuridad, en un
territorio desconocido.
Las llaves hicieron otra vuelta en su dedo, y luego chocaron con su
palma. Ella lo miró, sin expresión, sólo sus ojos azules fijos en él, y luego
dijo—: Eso funciona para mí.
Gabe soltó un suspiro y le dio al gran coche una última mirada
codiciosa. Hombre, le encantaría ponerse detrás de todo ese poder sólo
una vez. Como si leyera su mente, Beth sonrió, extendió su mano y le
ofreció un juego de llaves con una pequeña etiqueta en la anilla que
ponía, Mi pie y tu culo deben encontrarse. Su frente se arqueó. —¿Te
gustaría conducir el mío?
—Oh, sí. —Intercambiaron llaves.
—Apuesto que sabes cómo manejar un palo.
—Nunca he tenido ninguna queja. —Él lanzó las llaves en su
mano. La mancha de color rosa en sus mejillas reconocieron la
insinuación sexual. El destello de calor en sus ojos dijo que estaba
interesada. Sí, las cosas estaban mejorando.
—Le gusta un pie suave en el embrague y uno pesado en el
acelerador. —Su voz estaba un poco entrecortada, una octava más baja
de lo habitual. Puede que no llegáramos a tomar las bebidas.
—Seré gentil.
Alisó su mano sobre el guardabarros, pero sus ojos permanecieron
firmes en los suyos. —No lo seas, le gusta rudo.
Oh, joder sí.
5
Traducido por Andrea GDS
Corregido por Jessibel
El tráfico en el centro de Lexington estaba menos pesado de lo que
Beth había esperado, especialmente para ser una tarde de sábado. Gabe
se estacionó en el parqueadero de Bolton’s on Main, apagó el motor y se
deslizó atrás del volante. Con las llaves en su bolsillo, dirigió una
apreciativa mirada sobre el auto mientras caminaba alrededor de este
para abrirle la puerta a Beth.
—Tienes un excelente automóvil. Dime que no lo pones en
carretera cada día. —La mano de Gabe rodó libremente por la pequeña
espalda de Beth mientras cruzaban el estacionamiento hacia la sala de
estar. Cada paso que ella tomaba, cada balanceo de sus caderas,
desplazaba sus dedos sobre el tejido de su chaqueta en señal de una
caricia. Beth se estremeció al imaginar aquellos dedos tan cálidos sobre
su piel desnuda.
Exhaló el aire tomado, en busca de calma.
—¿Qué, ese vejestorio? —se burló ella, pasando su cabello por
detrás de sus orejas—. No, tengo un Camry para eso. El Chevelle lo uso
exclusivamente para fines placenteros. —Sus tacones retumbaban sobre
el andén que conducía hacia la entrada del lugar. Gabe extendió su
mano adelante y empujó la puerta amplia y decorada, girando hacia un
lado mientras ella pasaba al lado suyo.
—¿Eso significa que este fin de semana es de…placer? —El cálido
aliento de Gabe atravesó el oído de Beth, erizando la piel de su brazo.
Estaba tan cerca que el menor giro de su cabeza podría llevar su boca
hacia él. Levantó su mirada y conoció la intensidad de sus ojos negros.
El aire entre ambos hirvió como una corriente de tensión sexual. Sus
labios se separaron, pero antes de que ella pudiese dar una respuesta,
un suave empujón de la mano de Gabe sobre su espalda la condujo sobre
el umbral y la instó a entrar al vestíbulo elegantemente decorado.
—Bienvenida a Bolton’s on Main.
Arrastrando su mirada hacia Gabe, Beth parpadeó cuando el
maître salió de detrás de la plataforma.
—Si me acompañan...
El maître los acompañó hasta una sala de estar privada, cuya mesa
estaba cubierta por un mantel de lino acompañada de sillas tapizadas.
Ella colocó un menú con las bebidas disponibles entre ellos.
—El camarero estará con ustedes enseguida —murmuró y se
retiró de forma discreta.
Gabe ayudó a Beth a sentarse. Una vez sentada en la mesa, sus
manos se situaron de la parte trasera de la silla de ella hacia sus brazos
y se deslizaron hasta acomodarse sobre sus hombros. Sus dedos se
sumergieron en el cuello de su chaqueta y le rozaron la clavícula,
enviando una ola de calor por su espina dorsal antes de que se deslizara
y se sentara frente a ella. Su toque era pura seducción.
Para calmarse, Beth descansó sus brazos sobre la mesa, con las
manos dobladas, y tomó un momento para mirar alrededor. Las
columnas griegas estaban estratégicamente ubicadas, rodeadas por
frondosas palmeras, lo que les brindaba mayor privacidad mientras
tomaban sus bebidas. Los candelabros de la pared tenían una
iluminación suave y las parpadeantes luces de té en las mesas añadían
un romántico, incluso un sensual tono, mientras una suave melodía
sonaba en el fondo.
Un camarero apareció para tomar su orden de bebidas, un
Disaronno con hielo para Gabe y una copa de vino blanco para Beth,
luego se retiró.
—Estás muy callada. —Gabe extendió su mano a través de la mesa
y pasó sus dedos por encima de los de ella.
—Lo siento. —Beth devolvió su atención hacia Gabe y lo encontró
mirándola con una curiosa intensidad—. Solo estaba observando todo
esto, es muy…
—¿Demasiado?
La suave pregunta tomó a Beth con la guardia baja.
¿Era demasiado? ¿Muy pronto? De nuevo, echó un vistazo alrededor de
una forma aún más discreta. La música suave, luces bajas, mesas
privadas. El lugar perfecto para el romance, para la seducción. A pesar
de su anterior confesión de haber perdido interés en el sexo, Beth se
sintió un poco abrumada. Pero cuando volvió a mirar a Gabe, a sus
cálidos ojos marrones, la incertidumbre que amenazaba con arruinar su
velada se desvaneció. Ella quería esto, quería ver a dónde los llevaría
esta noche.
Con Gabe.
Con su determinación en su lugar, sonrió y dijo—: No, en lo
absoluto. Estaba pensando en... la intimidad.
Gabe alcanzó sus dedos a través de la mesa y tiró de ellos hasta
que estos se aflojaron y entonces, los envolvió con los suyos.
—¿Y cómo te sientes al respecto?
¿Y no fue esa la pregunta de la tarde? Su mirada giró en torno a
sus anchos hombros, a sus músculos que se vislumbraban bajo la suave
tela de su camisa.
—Me siento bien con ello. Muy bien.
La áspera yema del pulgar de Gabe pasó por encima de sus
nudillos. Sus facciones se endurecieron. Los músculos de su garganta se
contrajeron cuando tragó saliva.
—Yo también.
El camarero llegó con las bebidas y entonces, se dirigió a otra
mesa. Gabe levantó la suya y tomó un profundo trago.
Beth giró el pálido vino color oro en su copa y tomó un sorbo.
Cerró sus ojos, dio la bienvenida al trago de alcohol mientras el líquido
frío se deslizaba por su garganta y sentía como los dedos de Gabe se
apretaban alrededor de los suyos. Sus pestañas se alzaron. Él miraba su
boca de forma tan hambrienta que la dejó sin aliento. Un delicioso
estremecimiento de calor se formó en el fondo del estómago de Beth.
Ella se sorprendió por el impacto del suave apretón de Gabe, la mirada
intensa en sus ojos, él no hizo ningún esfuerzo para ocultar su atracción
hacia ella.
Su caricia alteró su equilibrio, le era difícil generar cualquier
pensamiento coherente cuando todo lo que quería era inclinarse sobre
la mesa y sentir su boca sobre la de ella de nuevo. Lo que estaba
sintiendo no tenía nada que ver con la razón, en cambio sí todo con el
deseo. Deseo por un hombre que apenas conocía. Necesitaba algo de
distancia, tiempo para reunir sus sentidos reavivados y ponerlos en
perspectiva.
Dejó a un lado su bebida, se aclaró la garganta y con un suave
tirón, sacó su mano del calor de la suya.
—¿Qué te hizo decidirte por la carrera de medicina?
Como si saliera de una especie de trance, Gabe sacudió su cabeza.
Su pecho se elevó y cayó mientras se acomodaba en la silla.
—Me enganché completamente en la secundaria cuando
participamos en un simulacro comunitario de desastres, llamado
Tornado F5, yo era el paciente número doce y tenía un traumatismo
craneal con una fractura abierta del brazo y pierna del lado derecho.
—Tremendas lesiones.
Él sonrió.
—Sí, muy sangrientas también. Los clubes de arte y drama
hicieron un impresionante trabajo con el maquillaje y la utilería.
—Dejando a un lado las terribles lesiones, ¿qué fue lo que te
impresionó tanto para que quisieras convertirte en doctor?
Gabe miró más allá de su hombro, como si estuviese visualizando
la escena de nuevo.
—Todo. Era un estudiante antiguo, así que en cuanto alcancé la
mitad de los dieciocho, me matriculé en clases de EMT y luego trabajé
en el equipo de fuego y rescate a través de la universidad. —Tomó un
trago del licor y la estudió por encima del borde del vaso antes de
colocarlo en la mesa—. ¿Qué hay sobre ti? ¿Qué fue lo que te atrajo?
—Espera —Beth sonrió inclinándose hacia adelante—. ¿Fuiste un
bombero?
—Sí.
—Así que... —Sus cejas se levantaron de forma especulativa—
¿posaste para alguna de esas fotos sobre bomberos sexis de mirada
dulce?
Una mancha rojiza apareció por su cuello.
—¡Lo hiciste!
—Sí, está bien, lo admito. —Él se movió, descansando su
antebrazo en la mesa, encantadoramente avergonzado por la confesión
hecha—. Pero solo una vez, y fue para una recaudación de fondos.
—¿Un calendario?
Gabe asintió.
—¿Qué mes?
—Diciembre. Y sí, me puse un gorro de santa.
—¿Y una guirnalda?
—Sí.
Beth levantó las cejas.
—Alrededor de mi cuello. Tiene una mente muy sucia señorita
Roberts. —El brillo en sus ojos lo aprobaba—. Volviendo a mi pregunta.
¿Qué te hizo elegir enfermería?
—Me temo que nada tan dramático como tu historia.
—¿Alguna vez posaste como enfermera traviesa para una foto?
Beth dejó escapar una sonrisa.
—De acuerdo, me merecía eso.
—¿Eso significa que…?
—No.
Su mirada se deslizó sobre ella.
—Lástima.
Beth le echó un vistazo, tomó un sorbo de su vino y dejó la copa
en la mesa.
—Después de que Drew naciera, trabajé como técnico en urgencias
y supe que había encontrado lo mío. El hospital ofreció un programa de
reembolso de matrícula, y fui por él. —Se encogió de hombros—. No
hay otro campo en el que quisiera estar. ¿Dónde más se puede sentir tan
bien el hecho de marcar la diferencia, sentirte frustrado, fuera de ti y
entretenido, todo al mismo tiempo, y que además te paguen por ello?
—Te entiendo. —Él tomó su mano—. O conocer a una increíble
sexi mujer mientras realizaba una reanimación cardiopulmonar a un
invitado de la boda. —La áspera yema de su pulgar se resbaló sobre la
suave piel de su muñeca interior—. Una mujer con la que me gustaría
pasar mucho más tiempo.
Ella se quedó mirándolo sin decir ninguna palabra, incapaz de
negar la chispa de excitación que se encrespaba en su vientre ante la
perspectiva de prolongar la velada. Gabe le había dado vuelta a la
conversación con bastante facilidad, llevándolos de vuelta a la increíble
red invisible de atracción que había entre los dos. Una atracción que
estaba ansiosa por explorar al máximo.
—¿Me mostrarás algunos de tus movimientos? —Connie estaría
orgullosa de su audaz y coqueto comportamiento.
—Sí, pero ahora mismo, realmente me gustaría una repetición de
los tuyos. —Su mirada se posó sobre su boca.
—Entonces, ¿qué es lo que te detiene?
Esa fue toda la invitación que necesitó. Maldiciendo por lo bajo,
Gabe arrastró su silla, moviéndose cada vez más cerca hasta que no
quedó espacio entre los dos. Su boca tomó la de ella, reclamándola como
suya, sin darle oportunidad de negarse a la invitación. No es que ella
quisiera. No cuando por fin pudo probar el dulce y amargo sabor de su
bebida mientras su lengua se hundía en su interior, enredada con la de
ella, la cual solo retrocedía para sumergirse de nuevo.
—¡Dios, qué bien sabes! —murmuró Gabe sobre sus labios, antes
de lanzarse por otro bocado—. Como a vino, mujer y pecado. —Su
hombro izquierdo resbaló sobre el respaldo de su silla, rodeó sus
hombros y la acercó. Su mano derecha se movió sobre su estómago,
rozando con la punta de su pulgar la suave parte inferior de su pecho.
Beth se arqueó, ofreciéndole más. Un suave gemido salió de su boca
cuando él la tomó, envolviendo su pecho en la calidez de la palma de su
mano.
Deseo, oscuro y delicioso como el más potente vino, fluía con una
agresiva fiebre a través de sus venas. El calor inundaba su sexo. El suave
murmuro de las voces apenas penetraba el sonido de su corazón
palpitando en sus oídos.
Beth rompió el sello de sus labios al retirarse. Sus párpados se
movieron hacia arriba. Sus ojos brillaron hacia ella.
La maître pasó junto a ellos, sentando a otra pareja a pocas mesas
de distancia. Los ojos de Gabe la siguieron, y luego volvieron hacia Beth.
—Este no es el lugar…
El comentario sin terminar flotaba entre los dos como un cebo
colgando del gancho. La implicación era clara, la elección era solo suya.
Podía levantarse, tomar el cebo y todo lo que este ofrecía. O podría
cortarlo y correr. Respiró hondo y optó por sumergirse.
—No, no lo es.
Un músculo se marcó en la mandíbula de Gabe.
—Vamos.
Lanzó un par de billetes sobre la mesa, tomó su mano y la llevó
fuera del salón.
Beth se sentó en el asiento del coche y observó las luces de la calle
pasando por su ventana mientras manejaban de regreso a su hotel, el
silencio se rompía únicamente por la canción que sonaba en la radio.
Su cuerpo continuaba vibrando con sus sentimientos, sensaciones
que creía muertas hace mucho tiempo. Nunca había tenido una relación
de una sola noche, ni siquiera había contemplado tener una... con
cualquier hombre, especialmente con uno que sólo había conocido
durante unas horas, pero eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Gracias Connie por plantar aquella semilla en mi cabeza.
¿Estaba bromeando? Culpar a su amiga bien intencionada no era
justo. Ella era humana después de todo. Tenía las mismas fantasías,
deseos y necesidades que la mayoría de las mujeres. Tenía el juguete
secreto, y un par de sus primos, con todas las campanas y silbatos
escondidos en la parte trasera de su cajón de lencería que servía a un
propósito inmediato. Pero una solución rápida no era lo quería, lo que
necesitaba esta noche. Necesitaba unos fuertes brazos que la sostuvieran
contra un largo y musculoso cuerpo, unas manos ásperas deslizándose
sobre su piel... un duro pene entrando suavemente en ella.
Echó una mirada de soslayo a Gabe y observó las luces de la
ciudad sobre su cara. Sí, ella sabía exactamente lo que necesitaba, lo que
quería y a quién para que se lo diera. Pero ahora estaba tan silencioso,
con el codo apoyado en la puerta del coche y el pulgar tocando su boca
distraídamente, con un ceño pensativo que le arrugaba la frente
mientras se concentraba en el tráfico. Ese silencio la estaba matando.
—Háblame, dime en que estás pensando.
Gabe entró en el estacionamiento del hotel y apagó el motor.
Colgando su muñeca sobre el volante, se volvió y la miró.
—No estoy listo para terminar esto, y creo... espero que estemos en
la misma vía. Si no, entonces me disculpo, pero creo que deberías
invitarme para que veamos a dónde va esto.
Estaba sorprendida y muy aliviada al oír sus palabras, las cuales
reflejaban sus propios pensamientos. No había dudas sobre lo que
estaba sugiriendo, ni tenía sentido fingir lo contrario. La anticipación
envió un brillo de excitación a través de ella. La adrenalina corrió a
través de sus venas ante lo que estaba a punto de decir…lo que estaba a
punto de hacer.
—Sí, me gustaría eso —murmuró con voz un poco temblorosa.
Cuando Gabe soltó un suspiro de alivio y la alcanzó, levantó la mano—
. Pero tengo una condición.
La expresión en su rostro habría sido cómica si la situación no
estuviera tan cargada de emociones, Beth casi sonrió. Habría apostado
su nuevo estetoscopio a que él esperaba que ella le dijera: sin sexo. Bueno,
no podía estar más lejos de la realidad, ella quería todo lo que él podía
darle... y más.
—No tengo espacio para un romance o relación en mi vida, no lo
quiero. Nada de complicaciones, y así, tú podrás esperar lo mismo de
mí. Esto es solo por una noche —dijo.
Gabe asintió. El alivio en su rostro le indicó que estaban en la
misma página en cuanto a la parte emocional. Bien.
—Deberías saber que estoy libre de cualquier enfermedad de
transmisión sexual. Me hice la prueba después de que mi esposo murió.
—Continuó cuando el asintió de nuevo—. Esto es puro y simple sexo,
consentido entre dos adultos, nada más. ¿Estamos de acuerdo?
—No.
Por un momento, no estuvo segura de que había escuchado
correctamente. —¿No?
—No, tengo un par de condiciones propias.
Bien, ciertamente no había esperado esto. Se movió en su asiento.
Desconfiada y más que un poco aprensiva le dijo—: Por favor, continúa.
—Antes que nada, debes saber que nunca he tenido una
enfermedad de transmisión sexual en mi vida. Ahora bien, estoy de
acuerdo con el no tener un romance o relación ni ninguna complicación
y que esto es sexo consensuado.
Gabe se inclinó sobre el asiento, empujó sus dedos en su pelo,
tomó su boca y su aliento junto con él. Fue rápido y minucioso, un poco
rudo con urgencia.
—Ahora, mis condiciones. —La miró, sus ojos eran serios—. Tú
establecerás el nivel de comodidad en todo lo que hacemos. Quiero que
sepas que estás a salvo conmigo. He estado duro por ti desde el
momento en que te vi por primera vez. Te quiero con calma y lento, duro
y rápido. —Su mirada cayó a su boca, la áspera yema de su pulgar se
deslizó sobre su labio inferior, y lo que dijo a continuación le quitó el
aliento—. Quiero sentirte venir alrededor de mi pene y contra mi boca,
y más que nada, quiero sentir que me la chupes lo más profundo de lo
que alguna vez lo hayas hecho. Te quiero de espaldas, a horcajadas sobre
mis caderas, y sobre tus manos y rodillas. Puede ser dulce e inocente o
puedo tomarte hasta que no puedas caminar si así lo deseas, pero no
habrá nada puro o simple sobre eso. ¿Estamos de acuerdo?
El calor se encrespó sobre su sexo. Sus pezones se endurecieron
hasta tal punto que incluso el suave roce de su sostén se sentía abrasivo.
No dio una respuesta, así que sólo se limitó a asentir mientras miraba
fijamente sus pesados párpados, que contenían sus ojos llenos de lujuria.
Sus palabras eran oscuras y eróticas, su voz era profunda y rica en
promesas, y lo quería todo. Nunca había estado tan excitada en su vida.
—¿Estamos de acuerdo? —repitió él.
—Sí, estamos de acuerdo.
Gabe sostuvo su mirada por un momento más, y luego se deslizó
fuera del coche. No hubo palabras de elogio para su vehículo esta vez
cuando él la ayudó a ponerse de pie. Se enfocó exclusivamente en ella.
Ella sintió el poder, el hambre dentro de Gabe mientras ajustaba
su paso largo para igualar el suyo. Atravesaron el vestíbulo del hotel y
entraron en el ascensor.
—¿En qué piso estás? —preguntó, estudiando el panel numerado
de la pared. Luego, deslizó su brazo alrededor de su cintura,
sosteniéndola a su lado con una posesividad que encontró reconfortante
y excitante al mismo tiempo.
—Once. —Ahora, después de haber tomado la decisión de pasar
la noche con Gabe, Beth tenía la intención de tomar el consejo de Connie
para liberar su animal interior. Esta noche sería sobre sexo. Sobre dejar
sus inseguridades e inhibiciones por una noche con el primer hombre
con el que había querido ir a la cama en años. Un hombre del que se
alejaría en la mañana y nunca volvería a ver. Él la deseaba, sin ninguna
duda. Las cosas que le había dicho en el auto hicieron que sus
intenciones fueran explícitamente claras, esa voz, áspera y profunda, la
cual utilizó para decirle en términos inequívocos lo que él quería
hacerle... y que ella hiciera por él, provocó un estremecimiento de
anticipación a través de ella.
6
Traducido por Florpincha & Jessibel
Corregido por Jessibel
Gabe siguió a Beth a su habitación, cerró la puerta y soltó un
silencioso silbido de aprecio. Era amplia y estaba decorada en tonos
crema y blanco, había una pequeña zona de estar con un par de sillones
y un gran televisor de pantalla plana montado en la pared sobre un bar
completamente abastecido. En un rincón, estaba un área de oficina
compacta ya en uso, un ordenador portátil y varias carpetas abiertas
ocupaban el escritorio.
A su derecha, una puerta abierta reveló un cuarto de baño, pero el
punto focal de la habitación era la cama tamaño extra grande.
Puso su bolso en la mesa de entrada, miró a su alrededor y pasó
sus manos por sus caderas. Ella apretó el labio inferior con sus dientes y
él casi podía ver las ruedas girando, los pensamientos que nadaban en
su bonita cabeza, pensando, ¿y ahora qué?
—¿Tú, eh... quieres algo para beber?
Solo a ti. Beber de tus deliciosos labios y de esa mancha dulce y húmeda
entre tus piernas.
—No, estoy bien, gracias.
Ella apartó la vista, pasando sus dedos por el pelo.
—Nunca he hecho algo como esto. —Ella dejó salir una respiración
temblorosa y parecía que su cuerpo entero temblaba cuando sopló—.
Yo... creo que debes saber que no ha habido nadie desde Jamie, mi
marido... y nadie más antes que él. —Sus manos subieron y cayeron a
sus costados—. No tengo idea por dónde empezar.
Fue la incertidumbre lo que lo mató.
Gabe no había pensado que era posible estar tan lleno de deseo y
tan humillado en el mismo momento. Cuatro años. Había probado el
deseo en sus labios, sentido su cuerpo vibrar con él. ¿Había retenido
toda esa pasión durante cuatro años, o dado lo que la naturaleza le había
regalado y se había complacido? Él optó por este último y la imagen
mental que el pensamiento evocó envió una lanza de lujuria
directamente a su miembro.
—Estoy honrado de que me hayas escogido. —Se apartó de la
puerta y tomó su mano, se la llevó a los labios y la sostuvo allí con los
ojos cerrados, absorbiendo su calor y aceptando su precioso regalo—.
¿Por qué no empezamos con esto? —Él deslizó las manos por los brazos
y por encima de los hombros para atravesar la pesada cortina de su
cabello. Inclinó su cara hacia arriba y tomó su boca. Él quería ir despacio,
pero cuando ella inclinó su cuerpo en el suyo, hizo un sonido suave en
la parte posterior de su garganta... ¡maldición!
Arrastrando su boca de la suya, Gabriel vaciló, dándole la
oportunidad de cambiar de opinión y rezando para que no lo hiciera.
—¿Estás segura? —preguntó él.
—Estoy segura.
—Gracias a Dios. Estaba listo para mendigar. —Él pasó los dedos
por su mandíbula—. ¿Te hubiera gustado?
Las comisuras de su boca, húmedas por su beso, se alzaron.
—Quizás después.
Gabe tragó saliva, encontró su boca seca después de todo, y se
maldijo por no tomar la oferta para una bebida.
Tomándole la mano, la acercó a la cama. Cuando se volvió hacia
él, la atrajo.
—Dime lo que te gusta.
Su mirada se posó en su boca.
—Besos. Me gusta la forma en que me besas.
—Un placer... —Le abrió los labios y deslizó la lengua para frotarla
contra la suya de una manera totalmente sexual, puramente carnal.
Cuando le dio una pequeña y rápida succión, él arrastró su boca de la
de ella, tragó aire.
—Me estás matando —gruñó. Apoyó su frente contra la de ella, lo
que le dio una atractiva vista de su escote—. Me gustaría una muerte
lenta, por favor.
Gabe pasó el dedo por el interior de la solapa de su chaqueta.
Podía ver la débil hendidura de sus pechos, luego abrió el botón
superior para revelar un poco más. Cuando ella alzó la mano y comenzó
a trabajar con los botones, él la detuvo.
—Déjame —murmuró—. Me he estado volviendo loco todo el día,
preguntándome qué estás usando debajo de allí, y cómo hablarte de ello.
—Su boca formó un pequeña "o" sorprendida. ¿Acaso nadie le había
dicho jamás lo condenadamente sexi que era? Se encargaría de eso esta
noche.
Él era un hombre que apreciaba a la mujer por completo, tanto su
mente como su cuerpo, pero ahora, con Beth toda caliente y dócil, en
todo lo que podía pensar era en quitar de encima ese pequeño traje azul
y conseguir desnudarla.
Gabe la desenvolvió como si fuera el regalo que era, sacó cada capa
con los dedos que temblaban con la necesidad de apresurarse, con la
necesidad de saborear. Su chaqueta cayó de los hombros, revelando
lencería negra y lavanda diseñada para burlar y atormentar la locura de
un hombre. Gabe extendió sus manos alrededor de ella, desenganchó el
sujetador y lo deslizó por sus brazos. El encaje se aferró a la punta de
sus senos, como si se resistieran a renunciar a tan precioso premio, luego
acompañó a la chaqueta en el suelo. Sus pezones se elevaron, hinchados
y necesitados. Él inclinó su cabeza y lamió uno antes de chuparlo dentro
de su boca, luego le dio la misma atención a su gemelo. Un suave jadeo
de placer se levantó de su garganta y casi lo privó de su resolución de ir
despacio. Con un golpe final de su lengua, liberó su suave montículo.
Arrodillado, Gabe corrió sus manos sobre la firme curva de su
trasero. Encontró la cremallera en la parte trasera de su falda,
deslizándolo hacia abajo. Beth balanceó sus caderas y la tela se agrupó
en sus pies. Posando su mano en el hombro para estabilizarse, pateó la
tela a un lado.
Él se sentó en sus talones, embriagado con la imagen de ella. No
había nada más erótico en la tierra que una mujer curvilínea, con su
pecho desnudo y puntiagudo, vistiendo nada más que un pedazo de
satén y encaje entre las piernas, con sus piernas largas y unos tacones
sexi como el infierno. Entonces otra vez, su opinión estaba sujeto a
cambios, pensó, alcanzando el pedazo de encaje.
—Ah, ah… mi turno. —Beth retrocedió e instó a Gabe a pararse.
Ella tiró de su camisa por la cintura de sus vaqueros y la levantó, pero
la diferencia de su altura le impidió de tomarla más lejos. Gabe agarró
el cuello y tiró de ella por su cabeza, dejándola caer al suelo.
Por un momento, Beth simplemente observó, y luego sus manos
estaban sobre él. Su aliento salió en un siseo de placer mientras ella
deslizaba las palmas de sus manos por su pecho, sus dedos tanteando
los pezones. Sus músculos se estremecieron y saltaron bajo sus dedos,
mientras bajaba a su abdomen. Permaneció de pie perfectamente sin
embargo, dándole el tiempo que ella necesitaba para explorar su cuerpo.
Pronto, sería su turno.
Bajo su bragueta, su pene se engrosó y alargó. Cuando ella alcanzó
y frotó suavemente sus vaqueros, un gruñido de apreciación retumbó
desde lo profundo de su pecho.
—Solo quiero arrastrar mi lengua por todo tu cuerpo.
—Entonces, hazlo.
Ella levantó su cabeza, sus ojos muy abiertos, como si hubiera
estado inconsciente de haber dicho su deseo en voz alta. La mancha
rosada que tiñó sus mejillas declaró el hecho, y porque él quería
desesperadamente sentir su boca en él, Gabe deslizó sus dedos a través
del pelo y la atrajo.
Ella arrastró su lengua por su abdomen, un golpe mojado que
grabó un camino de líquido caliente a través de su piel. Levantó su
cabeza, presionó sus labios sobre su pezón y chupó. Sus dedos se
apretaron alrededor de su cráneo y movió su cabeza sobre él,
mostrándole lo que él quería, lo que él anhelaba. Ella levantó su mirada
hacia él, los ojos resplandecían con fuego, y le dio a su pezón una fuerte
pequeña mordida. La lujuria se apoderó de su miembro. Apretó sus
manos antes de deslizarlas libremente por su pelo.
De rodillas, Gabe deslizó sus dedos dentro de su casi desnudo
pedazo de encaje, en la coyuntura de sus muslos y lo deslizó hacia abajo,
revelando un lunar en forma de fresa, justo debajo de su pequeña
mancha de oscuros rizos. Sus bolas se tensaron. Tenía que conseguir su
boca en ella y pronto. Inclinado hacia adelante, presionó un beso en su
lunar.
Era cierto lo que decían sobre las pequeñas cosas de la vida que te
hacen feliz, y en este momento, con el rico aroma embriagador de una
mujer excitada llenando sus fosas nasales, él era un hombre muy feliz
sin duda.
Tanto como lo odiaba, los zapatos tenían que irse. Su fantasía de
hundirse en ella con esos pecadores tacones punzando sobre su trasero
no iba a sostener lo que tenía en mente para ella, por el momento.
Levantando un pie, luego el otro, Gabe liberó las correas, deslizó sus
zapatos y los puso a un lado. Rozó con sus manos la curva de su
pantorrilla, deteniéndose en su rodilla y envolviendo su hombro. La
suave seda de su muslo era un contraste erótico a la suave piel
bronceada de su ingle. Empujó la rodilla con el lado de su mejilla,
presionando un suave beso allí. Sí, había renunciado a los zapatos por
esto. Su sexo brillaba, tentadora y mojada. Su clítoris lo llamaba y se
burlaba… pruébame. Su boca se hizo agua en anticipación.
Levantó su mirada para encontrarla observándolo con lánguidos
ojos. Sus pechos se levantaron y cayeron con cada aliento errático.
—¿Sabes cómo te sientes contra mis dedos? —Él suavemente rozó
la parte posterior de sus dedos sobre su piel sedosa—. Suave y mojada. —
Arrastró su dedo a lo largo de sus pliegues—. ¿Serás jugosa y dulce
contra mi lengua?
Su aliento se apresuró, con un suspiro tembloroso. Suavemente,
ella inclinó sus caderas.
—Pruébame y verás.
Con un gruñido, Gabe sumergió su cabeza y la lamió, capturando
su dulce néctar en su lengua. Un gemido de enorme placer desgarró la
garganta de Beth. Llevó una mano a su hombro, empuñando la otra en
su pelo y sosteniéndolo allí, entre sus temblorosos muslos.
Aplastó su lengua y la lamió de nuevo, de abajo hacia arriba,
aumentando el placer cuando alcanzó el bulto de nervios bajo su
clítoris.
—¡Ah! Gabe… yo…
—Lo sé, bebé. Lo sé. —Enganchando un brazo sobre el muslo,
ahora atrapado en sus hombros, Gabe deslizó su pulgar a través de los
humedecidos rizos y los frotó sobre su capa, persuadiendo a su clítoris
de su escondite. Lo sacudió con la punta firme de su lengua, tirándolo
de entre sus labios y brindando rápidos y succionadores besos.
Cuando tiró su cabeza hacia atrás, suspendida en el borde, él
atrapó la tensa perla entre sus dientes para una mordida suave. Ella se
vino contra su boca, fuertes espasmos que causaron temblores a sus
piernas e hicieron a su miembro llorar. Llegar dentro de ella se convirtió
en su objetivo principal.
La inclinó suavemente sobre la cama y empujó sus rodilla hacia
arriba y abiertas. Su sexo continuaba apretando, eróticamente
enmarcada por las oscuras medias.
—Eres tan hermosa. —Rápidamente tiró de sus vaqueros y ropa
interior y los pateó a un lado. Levantándose y acomodándose sobre ella,
Gabe forzó su peso en un brazo y agarró su miembro. Arrastró la punta
por sus pliegues, mojándola con sus jugos, estremecido cuando el
contacto causó que su sexo se contrajera contra él. Ella fue la más
receptiva de las mujeres con las que había estado alguna vez,
resbaladiza, caliente y lista, levantando su pelvis en invitación y él
estaba más que listo para confirmar la invitación. Se deslizó dentro y
observó su estrechez para aceptarlo.
Entonces la sanidad prevaleció.
—¡Maldición!
—¡Sí!
—Condón. —Él retrocedió a regañadientes y se apartó.
—No. —Ella llevó sus brazos hacia arriba, deslizándolos bajo su
espalda, sujetando su trasero y sosteniéndolo en ella casi
desesperadamente—. Está bien. No puedo quedar embarazada.
Con la poca sangre que le quedaba en su cerebro, y su erección
ejerciendo presión en la entrada, Gabe estaba teniendo dificultades para
concentrarse en cualquier cosa, sino en la cálida, mojada mujer bajo él,
suplicando para ser tomada, pero las palabras no puedo quedar
embarazada se registraron. Ellos ya se habían cerciorado de que ambos
estaban seguros… el pensamiento de ir descubriendo, carne contra
carne, sentir ese calor mojado, un paraíso acogiéndolo… apretándolo…
—¿Estás segura?
Ella alcanzó su mano entre ellos, cerrando sus dedos alrededor y
guiándolo hacia ella, arqueando sus caderas hacia arriba y frotando la
cabeza de su pene sobre su cálida y mojada entrada.
—No quiero un preservativo. No quiero nada entre nosotros dos.
Quiero sentirte, solo tú dentro de mí. —Ella acarició su pene desde la
base hasta la punta—. Solo esto.
El corazón de Gabe golpeó en su pecho, latiendo en sus oídos. Su
miembro pulsó. No podía recordar nunca haber estado tan duro, o
deseando a una mujer tanto.
—Llévame dentro. —Él levantó sus caderas y la observó guiarlo.
Ella estaba apretada, pero abrió sus piernas ampliamente, asegurando
sus tacones sobre su trasero y apretó, empujándolo profundo. Ella se
cerró alrededor de él, un sedoso tornillo caliente, y tomó cada onza de
la voluntad que poseía para no hundirse en ella hasta el final.
—¿Estás bien? —jadeó, los músculos de sus brazos quemaban
mientras él se contenía, luchando por controlarse.
—Te siento. —Ella miró hacia abajo, en el punto donde sus
cuerpos se unieron, estirándose entre ellos y cerrando su mano
alrededor de la parte que quedó fuera de ella, movió sus dedos sobre su
eje—. Siento...
—Dime.
—Puedo sentirte estrechándome, llenándome. Puedo sentir la
forma de tu… y lo quiero todo.
La dificultad de su voz mientras describía cómo se sentía dentro
de ella, la forma que su aliento quedó atrapado mientras hablaba, fue la
cosa más malditamente caliente que una mujer, cualquier mujer, le había
dicho. Sin embargo, al mismo tiempo lo tocó en un lugar que estaba
lejos, más allá de la lujuria que estaba llevándolo malditamente a la
locura. La duda en su voz… fue como si ella nunca hubiera sentido eso
antes, y el orgullo creció por ser el hombre que le dio eso a ella.
—Quiero todo lo que me puedas dar, solo por una noche —
susurró ella.
—Es todo tuyo. —Cuidadosamente empujó hasta que ella pudo
tomarlo cómodamente, Gabe tragó sus suaves gemidos de placer
cuando ella se levantó para encontrarse con cada empuje.
Y lo hizo con un codicioso apetito que igualó al de él.
—Dime lo que necesitas, bebé —jadeó.
—Fuera, todo el camino fuera —dijo ella, empujando a sus
caderas, mientras que las suyas se retiraron—. Quiero sentirte todo
cuando regreses dentro de mí… duro.
¡Mierda!
Gabe se retiró, y Dios, ella estaba en lo cierto. Cada vez que él se
retiraba, sentía el dulce arrastre de su caliente y sedosas paredes
aferrarse a él, y la suave humedad de bienvenida cada vez que se hundía
en ella. Estaba ahogado en sensaciones que pensó que estaban muertas,
y no le importó si nunca subió por aire.
Su agudo jadeo le dijo a él que le estaba dando lo que ella
necesitaba. Cuando sus gemidos se volvieron lentos y roncos, él supo
que ella estaba a punto de llegar al clímax.
Gabe se desplazó, dejando caer sus piernas, deslizó una mano bajo
las caderas de Beth y la inclinó hacia arriba. Él presionó duro, rotando
sus caderas mientras se mecía dentro de ella, riendo en triunfo cuando
ella se arqueó y jadeó su placer.
—¡Otra vez! —gimió ella, apretando sus dedos alrededor de los
músculos apretados de su trasero mientras él se conducía dentro de ella,
enterrando sus tacones en la parte trasera de sus apretados muslos—.
Hazlo otra vez.
Con una fuerza que nació por pura voluntad, Gabe luchó de nuevo
con la urgencia de venirse. Miró a Beth, su cabeza en el colchón, sus
pechos rodando con cada empuje de sus caderas.
—Dios, eres hermosa. —No pudo llegar demasiado lejos, no pudo
ir lo suficientemente profundo. Deslizándose, él empujó sus rodillas
arriba de su pecho, deslizando su mano bajo la espalda y ahuecando sus
hombros.
—Por favor. Necesito…
—Espera, amor, estamos casi allí —jadeó. Cuando el primer
cosquilleo golpeó su espina dorsal, indicando su orgasmo, Gabe casi
entró en pánico. Maldita sea si el era el primero en acabar. Luego ella se
arqueó, gimiendo su nombre y tiró de él hacia un dulce olvido con ella.
7
Traducido por Lvic15 & Jessibel
Corregido por Jessibel
Los ojos oscuros mirando hacia abajo a Beth tenían una pizca de
asombro. La palma cálida que rozó su espalda la atrajo en lugar de
empujarla lejos. Sus labios eran reverentes sobre los de ella, y cuando se
levantaron, tenían una sonrisa tierna que le robó el aliento.
Beth cerró sus ojos y se estiró en el abrazo de Gabriel, arqueándose
en las manos que adoraban sus pechos.
—Con suerte, será mejor la próxima vez —murmuró Gabe.
Sus ojos se abrieron de golpe y sintió un momento de ansiedad,
esperando que la crítica viniera después de todo, pero el ceño que él
intentó se fue. Sus cálidos ojos marrones se arrugaron en las esquinas, y
su boca se dividió en una amplia sonrisa. Él le estaba tomando el pelo,
jugando con ella, y el corazón le dio un pequeño aleteo.
—Creo que tendremos que seguir intentándolo —dijo.
—Me gusta una mujer con un plan de acción. —Él deslizó su mano
sobre su cadera y tocó su muslo entre sus piernas.
—El plan en este momento es ir al baño. —Beth salió de sus brazos,
se sentó y se deslizó por el borde de la cama, las sábanas eran suaves y
frías contra su piel todavía altamente sensibilizada.
Se dirigió hacia el baño con sus calcetines, Beth fue consciente de
los ojos oscuros que la observaba desde la cama. El gemido que siguió
mientras avanzaba, le dijo que él estaba disfrutando de la vista. El
conocimiento de que podía sacar esa reacción de Gabe le trajo una
sonrisa de pura satisfacción femenina a sus labios. Si había alguna duda
de que hubiera tomado la decisión correcta al invitarle a compartir su
cama, lo que había sucedido entre ellos había puesto esa preocupación
de reposo.
Se miró en el espejo del baño, apenas reconoció a la mujer que le
devolvía la mirada. Los labios de esta mujer estaban hinchados por el
beso de un hombre, con su pelo enredado por sus dedos peinándola. La
piel de esta mujer tenía las débiles abrasiones de una barba. Pero fueron
sus ojos los que captaron la atención de Beth. Los ojos que le devolvían
la mirada eran indolentes, nublados por el sexo, saciados. Los ojos de
una mujer a la que le habían hecho apropiadamente el amor.
No, se corrigió, la había… follado apropiadamente. Por un hombre
que, definitivamente, sabía lo que estaba haciendo, y a pesar del hecho
de que él le había dado tres orgasmos que desgarraban el alma en menos
de treinta minutos, su sexo se hinchó, ávido de otro.
Girándose del espejo, Beth miró alrededor del baño de lujo. Su
mirada se posó en la gran bañera de hidromasaje, un Jacuzzi. La sonrisa
que curvó sus labios podría haber pertenecido a la mujer en el espejo,
pero los pensamientos detrás de ella pertenecían exclusivamente a Beth.
Beth quitó sus calcetines y se acercó a la bañera. Entró y abrió el
agua, probando la temperatura con la mano. El comentario de Connie
sobre hacer cosas malas en el jacuzzi se coló y Beth se encontró
tarareando la melodía en su cabeza. Al parecer, este era uno de esos
momentos en los que tenía que dar a su amiga crédito donde debía pues
había un gran número de cosas muy malas que quería hacer con Gabe
en esta bañera.
Gabe cruzó sus manos detrás de su cabeza, miró al techo y sonrió.
No podía sentir sus piernas.
Aparte de su primera vez con una mujer, no recordaba nunca
haberse corrido tanto y durante tanto tiempo. Demonios, no solo se
había corrido, ella lo había ordeñado, envolviendo esas largas piernas
alrededor de su trasero y así estuvo hasta que fueron una maraña de
extremidades débiles, sudorosas y jadeantes respiraciones. Incluso con
su cuerpo en una masa de músculos relajados y huesos cansados, su
pene se agitó en su muslo en anticipación de una repetición.
La oyó moverse en el baño. ¿Estaba tarareando? Su sonrisa se
amplió. No hay nada como una mujer con tarareo postcoital para
acariciar el ego de un hombre.
Su garganta seca le pedía hidratación a gritos, Gabe se levantó de
la cama, se acercó al mini bar y agarró una botella de agua. La vació y
luego cogió otra, mirando alrededor de la sala de estar y a los artículos
de uso personal que Beth tenía alrededor.
Sus ropas yacían en una pila desordenada donde se la habían
quitado y la habían dejado caer al suelo. No necesitarían eso en un
tiempo. Aun así, la recogió y la puso sobre una de las sillas.
Su portátil estaba en el escritorio, en la zona de oficinas. Varias
carpetas amarillas estaban abiertas a su lado y su contenido esparcido
por toda la superficie. Gabe tomó un horario de personal con el nombre
del hospital, Ridgemount General, en la cabecera. Miró por encima de
él, notando el impresionante número de enfermeras, técnicos y
empleados bajo su supervisión y luego lo colocó de nuevo en el archivo.
Los currículums y aplicaciones componían otra pila. Había
subrayado ciertas áreas, circundado otras, y hecho anotaciones en los
márgenes. Sin duda, el personal potencial para la expansión que había
mencionado. Una bolsa grande y negra estaba en el suelo junto a la silla
con más carpetas. Gabe dejó caer el papel de nuevo sobre la mesa y
frunció el ceño. Beth había estado trabajando antes de la boda, notó, y
tenía la intención, obviamente, de continuar esta noche. Sola. Gabe negó
con la cabeza, riéndose en silencio por la incredulidad. Una mujer tan
apasionada como Beth nunca debería pasar una noche a solas.
—Hay una botella de vino enfriándose en la nevera, si no te
importaría abrirla —gritó Beth desde el baño.
Se giró y regresó a la nevera y encontró el vino que ella había
pedido, lo abrió y tomó un par de vasos del armario sobre el fregadero.
Mientras se dirigía de nuevo a la cama, oyó el sonido del agua corriendo
en la bañera. Bueno, no estaba sola ahora, pensó, y con una sonrisa, giró
para ir al baño.
La vista que lo recibió casi lo puso de rodillas. Ella estaba de pie
en el escalón de la bañera, doblada por la cintura, una mano apoyada en
el borde con azulejos, mientras que la otra ajustaba alternativamente el
grifo y probaba el agua. La posición entregaba una atractiva vista de su
trasero, y justo debajo, viéndose entre sus piernas ligeramente
separadas, las almendras gemelas de su bonita vagina rosa. Y esa
escalera para la bañera... bueno, parecía ponerla casi a la altura
correcta...
Dejó el vino y los vasos en el lavabo de mármol y decidió
comprobarlo.
El tintineo del cristal contra el lavabo superior tenía a Beth
mirando por encima del hombro para encontrar a Gabe caminando por
el suelo del azulejo pulido hacia ella. Él era, como Connie había
predicho, alto y rasgado, los músculos de los muslos flexionados y
agrupados con cada paso, su erección completa y orgullosa mientras
caminaba hacia ella.
Sus ojos se movieron con avidez sobre su trasero y hacia abajo a
su vagina. Mientras miraba, él se agachó y acarició perezosamente la
parte inferior de su pene, un toque que parecía calmar, así como
despertar, como si fuera la promesa de un regalo. Un temblor de calor
rodó a través de ella.
Estaba completamente a gusto con su sexualidad, y fue por mucho
la cosa más erótica que jamás había presenciado. Ella le dio una sonrisa
de bienvenida, y mientras sus manos se deslizaron sobre sus caderas, su
excitación floreció en completo deseo.
—¿Te he dicho lo suave que es tu piel? —Él apretó la boca contra
la parte baja de su espalda, arrastró la lengua por su columna vertebral.
—Me has dicho muchas cosas esta noche, pero no creo que era una
de ellas. —Beth se extendió contra la caricia mientras Gabe deslizaba las
manos por su espalda, sobre los hombros, luego hacia abajo y alrededor
de sus pechos.
—Umm, suave como… —Él siguió avanzando, deslizó su erección
entre sus piernas. Miró hacia abajo, le dio un amplio vistazo a la punta
y se refugió entre sus muslos, brillantes y húmedos con su jugo, mientras
masajeaba el manojo de nervios sensibles allí. Ella apretó las piernas
juntas, aumentando la sensación. Su clítoris se agitaba—.... Suave
como...
Ella presionó su parte inferior contra su estómago y sacudió sus
caderas, facilitando el ritmo.
—... Suave como.... ah demonios, perdí mi tren de pensamiento —
gruñó y tiró de ella hacia arriba, contra del amplio calor de su pecho.
Ella se estiró hacia atrás, curvó una mano alrededor del firme músculo
de su trasero y deslizó la otra hasta curvarse alrededor de la parte
posterior de su cuello. La mano de Gabe abandonó su pecho para
ahuecar su mandíbula mientras se inclinaba a su alrededor y tomaba
posesión de sus labios. El beso fue caliente y desvergonzadamente
carnal—. No puedo tener suficiente de ti. —Él rozó el borde de su oreja
con los dientes, aliviándola con su lengua—. ¿Estás bien?¿Me puedes tomar
de nuevo?
Lo que él preguntó le dijo a ella que iba a retroceder a su petición.
Que estuviese preocupado lo suficientemente para preguntar, hizo que
lo deseara aún más. Que él estaba duro por ella de nuevo, para encender
el fuego.
—Sí, te deseo... Te puedo tomar... otra vez. —Él presionó la palma
de la mano entre sus omóplatos y suavemente la instó a inclinarse hacia
adelante hasta que sus manos se posaron en el borde de la bañera, y
luego sacó su erección de entre sus piernas.
—Abre para mí. —La gentil orden envió una sacudida de deseo
directamente a su núcleo. La levantó, Beth abrió sus piernas y él empujó
con cuidado. Hubo un momento de incomodidad que le causó tensarse.
Ella lo sintió apartarse, pero inclinó su pelvis, se echó hacia atrás y tomó
todo de él, girando sus caderas mientras su hambre rápidamente era
construida.
—Así, ¿verdad? —Sus manos se deslizaron por la espalda
mientras salía de ella y se dejaba caer de nuevo.
—Mmm, siii… —Miró por encima del hombro, despojada de
palabras adicionales ante el hambre cruda en sus ojos mientras miraba
a su pene salir y entrar de ella. Su sexo se contrajo, apretando alrededor
de su eje.
—Joder, se siente bien. Apriétame de nuevo. Sí, así —siseó.
Él apretó sus glúteos, y luego deslizó su pulgar hacia abajo,
masajeando los labios de su sexo mientras bombeaba y rodaba sus
caderas. Cada vez que se retiraba, ella tensaba sus músculos internos
alrededor de él, apretando su eje y arrastrando un profundo gemido de
su pecho.
Él se situó en torno, ahuecó su pecho en una mano y empujó la
otra entre sus piernas, jugando con el manojo de nervios hinchados por
encima de su clítoris. La posición la dejaba vulnerable, sumisa. Se
acurrucó sobre ella, alrededor de ella, cubriéndola desde el cuello hasta
los tobillos. Sus brazos congregados alrededor de ella, enjaulándola en
él.
Beth contuvo el aliento, esperó a que el pánico se estableciera, pero
el peso de su cuerpo grande presionando hacia abajo sobre su espalda
era todo menos aterrador. Se sentía... protegida, apreciada. Era la cosa
más fuertemente afrodisíaca. Todo su cuerpo palpitaba de deseo.
—Gabe, por favor —gimió ella, empujando su trasero apretado
contra su vientre—. Necesito...
—Está bien, encanto. Déjame cuidar de ti —murmuró—. Te daré
todo lo que necesites.
Él le dio eso y más. Sus manos acariciaban y calmaban,
atormentando y burlando. La llevó hasta el borde, sostuvo su equilibrio
y luego tiró de ella, sólo para llevarla de nuevo. Por un momento, sólo
en ese momento, no existió nada más que el fuego ardiente que se
libraba entre ellos.
Podía sentir los músculos flexibles de sus muslos tensos y la
liberación contra la parte posterior de los suyos, el roce suave de sus
bolas contra los labios sensibles de su sexo. Su aliento era caliente y duro
contra su cuello mientras le susurraba oscuras y sensuales palabras de
aliento. Las palabras la hicieron temblar y apretarse a su alrededor
mientras se movía sobre ella, alrededor de ella, y tan profundo, muy
dentro de ella.
El placer sopló a través de ella como una tormenta, y se abandonó
a las sensaciones. La necesidad de él hizo caso omiso de todo lo demás.
Su respiración era baja, entregando gemidos, y cuando la tensión se
acumuló, la calmó a lo largo del borde con tanta ternura que cuando se
vino con ella, su cuerpo estaba tan sensible que imaginó que podía
sentirlo liberarse dentro de ella.
Nunca había conocido tanta dulzura, nunca se había sentido tan...
cuidada, nunca supo, nunca pensó que esas manos podían sentirse tan
cálidas, tan suaves, pero al mismo tan exigentes. Las emociones que
brotaban en su interior amenazaban con acabar con ella. Ella temía que
cuando la noche terminase y él desapareciera de su vida, nunca sería tan
bueno para ella otra vez.
8
Traducido por Florpincha, Jessibel,
Purple Girl & cjuli2516zc
Corregido por Jessibel
Gabe dejó a Beth caer en la cálida y arremolinada agua. Se reclinó,
apoyó los brazos en el borde de la bañera y se obligó a no tocarla de
nuevo... al menos por un rato, pero no se lo ponía fácil.
Le había dicho que habían pasado cuatro años desde que había
tenido a un hombre; por supuesto, sería tierno, especialmente después
de la forma en que lo habían hecho. Ambos habían estado hambrientos,
desesperados por ello. Él la había tomado con fuerza y rapidez, y ella lo
había encontrado con un golpe.
Ahora, cabalgando sobre su regazo mientras el agua giraba
alrededor de ellos, ella se acercó y tiró de la cinta elástica negra de su
cabello. Sus delgados dedos se peinaron a través de su pelo húmedo,
masajeando su cuero cabelludo. Si ella seguía haciendo eso, él acabaría
haciendo algo totalmente embarazoso, como babear o ronronear o
alguna mierda.
Como un animalito privilegiado ansioso por el toque de su amo,
apoyó su cabeza en la caricia, y si el contento suspiro que retumbaba en
su garganta tenía un tono extraño, ¿a quién le importaba? Si una noche
era todo lo que tenía con ella, estaba condenadamente bien con torcer
cada onza de placer, cada matiz de lujo que podía de ella.
Levantó los brazos y sus pechos se alzaron junto a ellos, húmedos
y relucientes con pequeñas gotas de agua que goteaban de sus pezones
rosados mientras levantaba su propio cabello en una cola de caballo alta
en la parte posterior de su cabeza. Todo lo que tenía que hacer era
inclinarse hacia adelante, sólo un poco, y chasquear la lengua sobre esos
apretados cogollos. Era como si lo estuvieran llamando, diciendo—:
Bueno, aquí estamos, ¡ven a jugar con nosotros!
Pero eso llevaría a otras cosas, como envolver sus piernas
alrededor de su cintura y deslizarse en su caliente…
No, necesitaba dejarla sola. En cambio, alargó la mano y la agarró
por la cintura para arrastrarla hacia él para un fuerte y sonoro beso que
la hizo reír. Él le dio la vuelta y la atrajo hacia su pecho, y al hacerlo,
presionó su dulce trasero contra su pene, que definitivamente había
disfrutado del espectáculo. Luego jugó con sus pechos.
Echaba de menos esto: la fácil cercanía con su pareja después del
sexo. Le gustaba acariciar, el resplandor cálido, el aroma del sexo y la
mujer. No había querido esto con ninguno de sus ex compañeras desde
la muerte de Rita, pero esta noche, con Beth apoyada contra su pecho,
su cabeza descansando contra su hombro, sus pechos llenando sus
manos, de alguna manera se sentía... bien. Correcto. Y porque se sentía
conforme y bien, Gabe decidió no cuestionarlo, en su lugar, lo disfrutó
por lo que quedaba de su tiempo con ella. Se reclinó contra la bañera, la
acercó un poco más e intentó ignorar la racha de posesividad que
entraba en su corazón.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Las manos de Beth se
deslizaron por sus muslos y se apoyaron en sus rodillas mientras se
movían de un lado a otro en el agua.
—Claro, pregunta —dijo felizmente, divirtiéndose con sus
pezones.
Ella volvió la cara hacia su cuello, acariciando su nariz contra su
mandíbula. —Es personal.
Gabe agachó la cabeza, enterró la cara en el cuello de ella. El vapor
se elevó del agua, rodeándolo con su olor. Él la inhaló, llenó sus
pulmones con su fragancia. Bajo el agua remolinada, el pene de Gabe se
agitó, golpeando su espalda baja. —No es mucho más personal que esto,
cariño.
—¿Me hablarás de tu esposa?
Se quedó completamente inmóvil. ¿Había cruzado la línea?
—No tienes por qué si te sientes incómodo con ello —dijo Beth
rápidamente—. Es sólo que... antes de la boda, en las recámaras de la
novia, había algunas mujeres hablando, y dijeron que fue una embolia
pulmonar que se la llevó. Me preguntaba si ella había estado enferma…
Podía sentir que se relajaba, casi un músculo a la vez. Después de
un momento, dijo—: ¿Quid pro quo?4
Esto por eso. Por supuesto que preguntaría. Ella debería haberlo
esperado. Beth deslizó la mano de su rodilla, tocó la pequeña cicatriz en
su abdomen inferior. ¿Cuán cómoda estaba ella compartiendo con él?
Aparte de su terapeuta, no había hablado sobre lo que pasó entre ella y
Jamie a nadie, excepto su familia y Connie. A diferencia de muchos de
los que se le habían acercado con lástima poco después de que hubiera
Quid pro quo- locución que significa: algo por algo, la sustitución
4
de una cosa por otra.
pasado, que dieron su amor y apoyo, desahogando y maldiciendo con
ella. Dio marcha atrás cuando necesitaba estar sola. Ella odiaba la
compasión. Mordió su labio.
—Sí, quid pro quo —finalmente estuvo de acuerdo.
Sus manos cayeron de sus pechos, se hundieron en el agua en sus
caderas, como si tocarla íntimamente al hablar de su mujer le hacía
sentirse incómodo, no importa que estaban desnudos, sentados en una
bañera con su trasero acurrucado contra su ingle.
—Rita era una fisioterapeuta deportiva. Ella y su ayudante estaban
haciendo una sesión con un jugador de fútbol en las barras de equilibrio.
Un individuo grande, uno noventa y cuatro de alto, alrededor de ciento
nueve kilos, con una lesión en la columna. Todas las medidas de
seguridad estaban en su lugar, pero… —Su pecho se elevó y cayó contra
ella de vuelta—. Fue un accidente que no debería haber ocurrido. Él cayó
encima de Rita, rompió su fémur. —Gabe encontró la mano de ella en el
agua y se la llevó de nuevo hasta descansar en su rodilla. Deslizó la
palma sobre el dorso de la mano, entrelazando sus dedos con los de
ella—. Tu turno. ¿Cómo murió tu marido?
—Vehículo contra peatones —respondió ella sin vacilar—. Salió
corriendo de un bar, a la calle, hacia el camino de un camión de
dieciocho ruedas. El camión ganó. —Ella lo sintió temblar. Su suave
gruñido de conmiseración hinchó el otro lado de su mejilla.
—Maldita sea. Corriendo, como... ¿de algo? —Su voz adquirió un
acento ascendente al final. Es evidente que no se oye a menudo de
alguien corriendo fuera de un bar, a menos que, o bien estaba en llamas
o tenías un portero enojado tras de ti.
—Aplicación de la ley, lo estaban deteniendo por asalto y
agresión. ¿Por qué sientes que fue tu culpa la muerte de Rita?
Su pecho se levantó contra su espalda con una respiración
contenida rápida, sostenida allí, y luego salió en un resoplido que se
dirigió rápidamente más allá de su oreja.
—Bueno, demonios, esas mujeres, obviamente, saben la historia
de mi vida. Tal vez necesitas buscar a una de ellas para esa respuesta.
Ella lo había puesto a la defensiva, era lo último que hubiera
querido hacer. Se volvió sobre sus rodillas, apoyó una mano en su pecho
y ahuecó su mejilla con la otra.
—Lo siento, eso fue imprudente de mi parte preguntar. —Pero
quería saber.
Gabe inclinó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo.
Pasó sus manos por la cara, como si al hacerlo borrara los recuerdos.
—Lo siento. No, está bien. —Él apoyó su frente contra la de ella,
cerró los ojos brevemente, y luego se inclinó de nuevo y respiró—. Yo
solía tener una práctica privada como neumólogo. Estaba muy metido
en las visitas al consultorio, los ingresos, las consultas, mi horario de
guardia apestaba, ya sabes la rutina, especialmente cuando estás
construyendo tu práctica. —Beth asintió, por lo que continuó—. Cuando
ocurrió el accidente, estaba tan envuelto en mi práctica que no vi lo que
estaba pasando justo debajo de mi propia nariz, con mi propia esposa.
—Él inclinó su cabeza hacia un lado—. ¿Quién hizo el asalto a tu
marido?
—Yo. ¿Qué estaba ocurriendo que no lo viste?
—¿Qué? —Gabe se enderezó en la bañera, salpicando agua por
encima del borde. —Espera, espera... retrocede. ¿Qué quieres decir, tú?
Y aquí vamos.
—Él era abusivo.
La conmoción siempre estaba primero, y Gabe no fue diferente.
No importa cuántas veces se lee al respecto en los periódicos, se vea en
las noticias, o tratado con él en el trabajo, enterarse de que la violencia
doméstica había tocado a alguien que conocías o te importaba, era difícil
de absorber. Beth entendió la conmoción, lo había visto en las caras de
sus compañeros de trabajo cuando la ambulancia la llevó a la sala de
emergencias. Fue allí cuando llegaron los padres de Jamie y supieron lo
que había hecho su hijo. La ira vino con los padres de ella cuando vieron
las suturas en su cara, las contusiones, la sangre en su ropa del equipo
de emergencias, que había cortado su cuerpo maltratado. Tanta
sangre…
Gabe la alcanzó. Ella se echó hacia atrás para apoyarse contra el
otro extremo de la bañera y fingió no darse cuenta. Sería fácil, muy fácil
acercarse a él, sentir sus brazos alrededor de ella y sujetarla contra su
cuerpo grande y cálido mientras ella se retractara del horror de aquella
noche, pero tanto como ella ansiaba ese calor, ese consuelo, tenía que
recordar lo que era esta noche. No quería su compasión, su empatía, se
había llenado de eso a través de los años. Para permitir su toque, aceptar
la comodidad que ofrecía indicaría un vínculo emocional, una conexión
que iba más allá de su acuerdo de no cadenas, sin relación, sin
complicaciones. Esta noche era sobre sexo, y nada más. Encubriéndose
con indiferencia, Beth tomó un respiro fortificante y continuó.
—No siempre fue así. Por favor, no me des esa mirada. No lo estoy
defendiendo, te estoy diciendo cómo fue. Comenzó cuando regresó de
Afganistán. —Una vez que empezó, lo dijo todo.
»Fuimos los típicos novios de la escuela secundaria, animadora
principal, capitán del equipo de fútbol. Él estaba un año adelante de mí
y en su primer semestre de la universidad en una beca de atletismo
cuando me quedé embarazada. —Ella levantó sus rodillas, colocó los
abrazó cerca de su cuerpo y se centró en el aumento y caída constante
del pecho de él.
»Estuvimos casados durante el otoño. El dinero estaba escaso.
Jamie trabajaba a tiempo parcial, asistía a clases y entrenaba con el
equipo de fútbol el resto del tiempo. Él era el único jugador casado y fue
arrastrado mucho por sus compañeros de equipo. Comenzó a salir más
con ellos, de fiesta. Sus calificaciones comenzaron a caer y no pasó
mucho tiempo antes de que fuera expulsado del equipo y perdiera su
beca. Nunca olvidaré la mirada en su cara cuando él vino a casa y me
dijo. Jamie comía, vivía y respiraba el juego. Él era todo sobre el equipo,
había jugado desde Pee Wee League en la escuela primaria. El fútbol era
su pasaje a la universidad. La bola de la universidad era su oportunidad
para los pros, y sí, él era así de bueno. Luego se fue.
»Estaba devastado, deprimido. Durante los dos años siguientes
pasó de un trabajo a otro. Nuestra relación mermó: apenas hablábamos,
rara vez intimamos, y aunque él nunca decía nada, yo podía sentir su
resentimiento hacia mí creciendo, como si fuera mi culpa. Lo más difícil
era que apenas prestaba atención a Drew. —Su propio resentimiento se
encendió, como siempre lo hacía cuando pensaba en la forma en que
Jamie había evitado a su hijo, un inocente atrapado en medio.
»Creo que unirse al ejército fue una forma de escape para él, su
manera de dejarnos sin dejarnos realmente, aunque no lo vi en ese
momento. Una vez que empezó el campamento de entrenamiento, de
repente fue de nuevo el viejo Jamie, vibrante y feliz. El ejército le dio la
estructura y la disciplina que faltaban en su vida. No era fútbol, pero era
parte de un equipo otra vez. Nuestra relación mejoró, fue incluso mejor
que antes, y se desvivió por Drew cuando regresó a casa. Estaba tan feliz
que no registré que yo era la única triste cuando era hora de que él
volviera al deber. —Ella giró su mano en el agua, miró fijamente las
yemas de sus dedos. Se estaba arrugando como una pasa.
»Luego volvió a enlistarse, fue desplegado a Afganistán, regresó a
casa con menos frecuencia, a veces menos de una vez al año. Cuando lo
mandaron a casa, él era un hombre diferente, las cosas que había visto,
las cosas que había hecho. Se volvió retraído, de mal humor.
—Trastorno de estrés postraumático.
—Sí. —Beth giró sus hombros, pero el nudo de tensión se rehusó
a moverse—. Tenía los síntomas habituales, pero lo peor eran los
episodios impredecibles de ira y hipervigilancia. VA organizó una
terapia familiar, y Jamie se sumió en la psicoterapia, se obsesionó con
ella. Eventualmente su psique retrocedió, buscando y fijando el
momento en que su vida había cambiado. Ese momento había sido
cuando le dije que estaba embarazada de Drew. Luego dio un paso más
y decidió que...
—Si no hubieras tenido sexo con él, nada de eso hubiera pasado.
—Sí. —Los ojos de Beth se dispararon a los de Gabe en la
declaración de hecho. Conocía su psicología. Tragó saliva, con la
garganta seca y apretada, y buscó el vino que Gabe había puesto en la
mesa de cristal al lado de la bañera.
—Te sirvo. —Él vertió dos copas, le entregó una, él bebió una y se
sirvió otra. Luego esperó, paciente y callado, para que siguiera adelante.
—Como es típico, comenzó con el abuso emocional, todo lo malo
en su vida fue culpa mía. Mi embarazo empezó todo, y él no tuvo ningún
reparo en decírmelo, yo debería haber tomado la píldora; Debería haber
usado más restricción, dijo que no… que no debería haberlo querido
tanto. —Las lágrimas quemaron la parte de atrás de sus párpados. Ella
parpadeó—. Cuando le señalé que él también había sido un participante
activo, me dijo que yo estaba sobreexcitada y necesitaba ver a un
psiquiatra.
Gabe levantó la mano, su médico se apoyó firmemente en su lugar.
Gracias a Dios no había piedad. Podía manejar la conmoción, la ira, pero
nunca la compasión.
—No estás sobrexcitada. Su pensamiento era irracional.
Etiquetarte era su manera de cambiar la culpa de sus fracasos en ti.
—Sí, lo sé, pero a veces, si se te dice algo lo suficiente, si eres lo
suficientemente vulnerable, empiezas a creerlo. —Pero ella se sintió
muy bien al oírlo decir eso. Saber que no había mantenido las
inseguridades de insinuarse, no le dio la confianza para ponerse allí otra
vez para arriesgar una relación con alguien nuevo.
»Poco después, el abuso se volvió físico. La primera vez que me
empujó contra la pared... —Ella se estremeció, recordando el brillo de
satisfacción en los ojos de Jamie cuando ella gritó de dolor—. Se
intensificó desde allí, y luego la noche que le dije que estaba embarazada
de nuevo... Yo debía haberlo sabido por algún tiempo, pero...
Gabe entrecerró los ojos. Beth pudo ver las ruedas girando, al
médico recopilando datos. No le tomaría mucho tiempo poner dos-y-
dos juntos y llegar a la ecuación exacta.
—Sabías que no lo tomaría bien.
—No. No lo tomó bien. Drew estaba allí, trató de ayudarme, y
Jamie... golpeó a Drew.
—Y perdiste al bebé.
No. No perdí al bebé. Él me lo sacó a golpes.
—Sí, y la capacidad de concebir a otro. Tengo solo un ovario, una
trompa de falopio bien y un útero que funciona de vez en cuando.
Gabe tomó el vaso de su mano y lo puso en el borde de la bañera.
No se había dado cuenta de lo apretados que estaban sus dedos
agarrando el vaso hasta que él lo sacó suavemente de su agarre. Esta
vez, cuando él la alcanzó, ella entró voluntariamente en sus brazos. Ella
se hundió en su abrazo, cediendo a la abrumadora necesidad de sostener
y ser sostenida después de desnudar su alma. Sus manos se movieron
sobre su espalda, el ritmo constante de su corazón bajo su oído era
reconfortante. Cuando su aliento se estremeció, sacó su fuerza. El nudo
de tensión entre sus hombros se deslizó.
Sus ojos se cerraron y sus defensas cedieron un poco más. Esta
noche, sólo por esta noche, se permitiría sentir. Y mañana, ella lo dejaría
ir.
El agua había empezado a enfriarse. Él levantó el pie y manipuló
el grifo con su dedo y añadió algo de calor.
—Quid pro quo.
—¿Hmm?
—Ya te he dicho el mío, ahora dime el tuyo. ¿Qué pasaba con la
condición médica de tu esposa que no viste?
Él apagó el agua y se recostó contra la bañera, tirando de ella entre
sus rodillas. —Qué te parece esto... te mostraré el mío si me muestras el
tuyo.
¿Estaba dando rodeos? Ella podría arreglar eso. Sacando el dolor
del pasado, echó la cabeza hacia atrás y le sonrió. —¿Qué tal si me dices
el tuyo, entonces lo guardamos bajo llave todo y jugamos al doctor?
Sus brazos se tensaron alrededor de ella y pareció tomarle un
momento para reunir sus pensamientos. —Juegas sucio.
—Es un curso de enfermería especial, muy parecido al que los
médicos toman en caligrafía ilegible.
El pecho de Gabe se movió con una risa silenciosa, entonces
inspiró un respiro fortificante. —La llamé durante el almuerzo y me dijo
que se sentía un poco sin aliento. Ella se había levantado, moviéndose
con sus muletas, así que le dije que se relajara y se tranquilizara. —Él
negó con la cabeza—. Lo veía una vez, quizá dos veces al mes en un
paciente remitido a mí después de una larga fractura ósea, pero seguro
que no lo vi en mi casa. Estaba justo ahí, el signo más común de un
coágulo de sangre en los pulmones... y no lo vi.
Ella acarició su mano sobre su pecho, sintió el fuerte golpe de su
corazón bajo su palma. Era imposible imaginar el dolor, el
remordimiento, la culpa que se ponía sobre sí mismo. No había nada
que pudiera hacer con el dolor—sólo el tiempo sanaría esa herida, pero
ella podía darle claridad. Lo que él hizo con ello dependía de él. Nadie
podía hacerlo por él.
Empujándose lejos de su pecho, Beth se recargó contra su brazo
donde descansaba sobre el borde de la bañera.
—¿Rita estaba aumentando su tiempo con las muletas, empujando
un poco más cada día?
Una leve sonrisa tocó sus labios. Recuerdos. Buenos.
—Cada día. Se empujó tan fuerte como lo hizo con sus pacientes.
Tal vez incluso más fuerte, especialmente si alguien no estaba allí para
detenerla.
—¿Tenía algún signo de embolia cuando la dejaste esa mañana?
¿Alguno de los síntomas que acabas de describir?
—Ella estaba bien cuando la dejé, pero...
—¿Fue algo que comenzó lentamente, algo que habías visto
aumentar gradualmente en cuestión de días?
La mirada que le dio claramente dijo, ¿estabas durmiendo en clase
durante la conferencia sobre esto?
—No claro que no. Sabes tan bien como yo que no es así como un
coágulo de sangre funciona en esta instancia.
Bingo.
—Y si se tratara de uno de tus pacientes o de un colega, si la
situación fuera al revés, ¿qué les diría?
Él sólo la miró, las ruedas girando, pensamientos procesándose.
Cuando finalmente habló, su voz contenía un temblor.
—Lo mismo que me estás diciendo. Lo que todo el mundo me ha
estado diciendo durante los últimos dos años.
—¿Y eso es?
—No fue mi culpa. —Su pecho se elevó y cayó con grandes tragos
de aire—. No fue mi culpa. —Él envolvió su cuerpo alrededor de ella y
enterró su rostro en la curva de su cuello. Ella lo sostuvo allí, mientras
el agua se agitaba alrededor de ellos, hasta que el temblor se detuvo.
9
Traducido por Jessibel
Corregido por Jessibel
Iba a tener que dejarlo ir pronto.
Las emociones, desiguales y crudas, se levantaron y apretaron el
corazón de Beth.
Gabe era todo lo que podía esperar de un amante, reflexivo,
exigente, esperanzador e inventivo. La llevó hasta el límite, la empujó
más allá de los límites de sus deseos sexuales y la siguió con mucho
gusto, sólo para enviarla de vuelta otra vez. Era como si él percibiera
cada necesidad de ella, localizándolas y obteniendo placer en dárselas a
ella. Sin embargo, no fue sólo a su cuerpo que le daba placer, ella
disfrutó de su sonrisa, su sentido del humor, y la forma en que
amorosamente acarició la memoria de su difunta esposa. Hablar con él
sobre Jamie había sido más fácil de lo que esperaba, y después, cuando
la había abrazado...
Me podría enamorar de él.
La realización la golpeó como un rayo, una sacudida directamente
al sistema nervioso la dejó débil y temblorosa. Sería tan fácil bajar su
guardia, dejarlo entrar.
Gabriel se tumbó en la cama, la almohada doblada y escondida
detrás de la cabeza, las sábanas agrupadas por encima de su ingle
mientras hojeaba una revista de turismo que ofrece el hotel. Su pierna
izquierda doblada hacia arriba de la rodilla, la otra extendida sobre el
colchón, estaba completamente relajado y cómodo con su desnudez.
A gusto con ella.
Ella se acercó más y trazó la línea de su mandíbula. Su barba algo
crecida pinchó sus dedos, le recordó la forma en que se había sentido
cuando él la había arrastrado al otro lado de su piel... a través del
montículo de su sexo. Una oleada de calor surgió a través de su centro.
Los primeros rayos del sol de la mañana se filtraron a través de los
visillos membranosas que cubren las ventanas, un recordatorio de que
su noche juntos estaba llegando a su fin.
No estoy lista para dejarlo ir.
No tienes que hacerlo. Estar con él así otra vez, para sostener y ser
sostenida...
Sigue el inicio del plan, ningún romance, no relación, no complicaciones.
Beth hizo retroceder el dolor pellizcando su
corazón. Ella no perdería sus últimas horas con este hombre maravilloso
sufriendo la pérdida de mañana. Eso vendría muy pronto. Por lo tanto,
ella tomaría lo que pudiera, aquí, en este momento... y luego lo dejaría
ir.
—¿Qué estás mirando? —Ella intentó alcanzar la revista, pero él
sonrió y la sostuvo fuera de su alcance, obligándola a extenderse a través
de él para conseguirla. Él le robó un beso rápido antes de rendirse y
volver a caer en la almohada, cruzando los brazos detrás de la cabeza.
Beth arrojó la revista sobre la mesita de noche y agarró la botella
de vino y las copas puestas allí. Llenó los vasos, le dio una a Gabe, y
tomó un sorbo de la suya mientras lo contemplaba por encima del borde.
Era tan delicioso... ella buscó una palabra para describir con precisión a
el hombre sonriendo perezosamente hacia ella, y la única que se le vino
a la mente fue, masculino.
Cuando ella bebió su copa, se extendió a través de sus piernas para
colocar el vaso y la botella en la mesita de noche. Ella sonrió a su
murmullo de apreciación y a el deslizamiento de la mano sobre su
trasero desnudo donde el camisón que ella se puso había subido.
Cuando sintió su pene batirse contra su cadera debajo de la sábana,
jadeó un poco para sí misma.
Enderezándose, ampliando las rodillas, puramente por el bien del
equilibrio, por supuesto, ella cruzó los brazos en el dobladillo y se
levantó el camisón, dejándolo atrapado debajo de sus pechos y dando
un tirón inteligente que las hizo rebotar tentadoramente. El tarareo de
Gabe se convirtió en un gemido. La sábana se levantó impresionante
entre sus piernas.
Ella lamió sus labios, se agachó, tiró de la sábana a un lado, y
envolvió sus dedos alrededor de la erección de Gabe, maravillándose
cuando se puso grueso y se alargó en su mano. Ella inclinó su mirada
hasta su torso, lo vio meter la barbilla, bajar la cabeza, sus párpados se
pusieron pesados cuando él anticipó su siguiente movimiento. Con los
ojos fijos en los de él, bajó la cabeza y arrastró su lengua hasta la longitud
de su eje, desde la raíz hasta la punta. Sus caderas se sacudieron. La copa
olvidada se tambaleó en su mano, amenazando con derramar el
contenido en las sábanas.
—¿Te he dicho lo que mi amiga previó en mi futuro para el fin de
semana? —preguntó Beth mientras soltó su miembro y alcanzó su vino.
Su aliento salió lento y desigual.
—No, pero estoy muy interesado en saber. —Su palma flotó por
encima de su trasero y le dio un apretón alentador.
Su miembro estaba duro contra su vientre. Ella se agachó, pasó su
pulgar a lo largo de la vena pulsante.
—Hmm, eso veo. —Su pie se deslizó por las sábanas y su rodilla
cayó a un lado, una invitación abierta para hacer lo que ella quisiera. Sus
ojos lo recorrieron ávidamente. Estaba a punto de ser muy, muy
complaciente, y él también.
Beth echó la cabeza hacia atrás, drenando su copa, y luego se la
pasó a Gabe. Su mano temblaba cuando ciegamente la puso sobre la
mesa, sin apartar los ojos de ella. Ella se inclinó hacia delante, apoyó las
manos en sus muslos y dejó gotear el vino de su boca, sobre la cabeza de
su pene y abajo del eje.
Sus manos empuñaron las sábanas.
Ella se desplazó, moviéndose sobre su vientre, su cabello caía
sobre sus caderas cuando tomó el resto del vino en su ombligo, y luego
le dio un sorbo al salir, lamiendo el pequeño círculo. La punta directa de
su erección empujó la mejilla, como si pidiera ser lamida. Con un leve
giro de la cabeza, lamió una gota de líquido pre seminal desde la punta
de su miembro. Su cabeza se disparó de la almohada, endureciendo los
músculos de su abdomen.
—Beth… —Podría haber sido una petición, o tal vez una
advertencia, pero de cualquier manera, el resultado fue el mismo. A él
le gustaba tener su boca en él, y a ella le gustaba ponerla allí.
—Ella dijo que me encontraría con un hombre extraño, alto,
musculoso, y totalmente lamelicioso que cumpliría mis más
profundos deseos. —Ella se sentó sobre sus talones, plantó sus puños en
las caderas, y lo miró de pies a cabeza—. Ella tenía razón, por mucho.
Sus cejas se levantaron y le dio una sonrisa arrogante.
—Lamelicioso, ¿eh?
—Mmm-hmm. —Ella asintió—. Me pareció que sonaba ridícula en
ese momento, pero ahora… —Ella deslizó la punta de sus dedos sobre
su abdomen, disfrutando de la forma en que los músculos tensos
temblaron ante su toque—. Y que iba a lamer el vino de su ombligo... un
rincón perfecto. —Ella dio a su ombligo otro movimiento de su lengua,
haciendo que los firmes abdominales saltaran de nuevo.
—¿Qué más predijo? —Sus manos abandonaron las sábanas, se
movieron a través de su pelo. Las arrastró por encima de su piel, y luego
contuvo una mano en su espalda, mientras con la otra acariciaba su
espalda, por su trasero de nuevo.
Ella lo tomó en su mano, frotó la mejilla contra su eje como un gato
apoyado en una caricia.
—Ella también predijo que iba a lamer el vino fuera de su… —
Volvió la cabeza, chasqueó la lengua y le dio a la cabeza de su miembro
una firme lamida—, ...salida perfecta. —Y ella procedió a hacer
precisamente eso. Lamiendo, mordisqueando, bañando su erección con
la lengua.
Su cabeza se enterró en la almohada, luego se levantó de nuevo
para ver mientras ella lamía, limpiando el vino. Dirigió sus dedos por el
cabello, masajeando su cuero cabelludo.
—¿Cuál es su nombre? —Sus caderas sobresalían hacia arriba, una
petición de más.
—¿Quién?
—La psíquica a quien le debo mi bola izquierda.
—¿Esta bola? —Llegando entre las piernas extendidas de Gabe,
Beth ahuecó sus testículos, girándolos en su palma. Los fuertes
músculos de sus muslos se tensaron—. Su nombre es Connie —dijo
distraídamente, jugando con sus bolas con una mano mientras la otra se
movía arriba y abajo de la longitud de su eje.
—Sólo por curiosidad, a Connie no se le ocurrió mencionar la
posibilidad de que abrieras esa boca preciosa y …¡sí!
Ella lo devoró, capturó la cabeza aterciopelada entre la lengua y el
techo de la boca y chupó el último residuo de vino de él. Una mano se
cerró sobre su cráneo, trabajando suavemente su boca sobre su
miembro, mientras que la otra se deslizó por su columna vertebral, a
través del valle de sus nalgas y se sumergió en los resbaladizos pliegues
de su sexo. Ella inclinó sus caderas y sintió que sus dedos se deslizaban
más profundamente en ella mientras su boca se movía abajo de su eje.
—Beth... ... decide… rápidamente… —dijo entre dientes. Sus
caderas se impulsaron hacia arriba, empujando más profundo en su
garganta.
Podía saborear el líquido pre seminal salado que se filtraba de él,
se la tragó con avidez, pero se retiró antes de que llegara. Se dio la vuelta,
sintió que sus dedos se deslizaban de ella cuando lanzó su pierna sobre
su cadera y horcajadas sobre él, atrapando a su eje entre sus pliegues y
su vientre.
—Dentro de mí, quiero sentir que te derramas dentro de mí. —
Una última vez.
Ella apoyó las manos sobre el pecho agitado mientras él la tomaba
alrededor de su cintura y la levantaba.
—Ponlo adentro —ordenó con voz ronca. Los músculos se
agruparon en sus brazos, luchando mientras la sostenía por encima de
él. Ella agarró su miembro, gimiendo cuando se deslizó sobre su clítoris
y luego más atrás a su entrada dolorida.
Tomó todo de él, de forma rápida, bruscamente. Ella echó la
cabeza hacia atrás, el pelo caía en cascada hacia abajo, y dejó que la
consumiera su avaricia, haciendo gala de la magnitud de su propio
deseo, incluso mientras las lágrimas quemaban detrás de sus párpados,
y deseaba que la noche nunca terminase.
10
Traducido por Jessibel
Corregido por Jessibel
Gabe salió de la ducha y envolvió una toalla alrededor de su
cintura. El servicio a la habitación estaría aquí con su desayuno en breve
y tendría que despertarla. Pero no todavía. En primer lugar, sólo quería
mirarla.
Ella era una visión, tumbada de lado, su pelo oscuro desplegado
en la almohada, la piel enrojecida por el último episodio de sexo. El sexo
había sido grande, muy caliente, pero más que eso, había disfrutado
de ella, de su calor, su sentido del humor, la fuerza y la determinación
que había tomado por ella para superar su pasado. Quería gritar por el
sufrimiento que había sufrido a manos de su marido, y los años que
había enterrado a su naturaleza apasionada a causa de ello. Al mismo
tiempo, quería gritar al universo, gracias por dejarme encontrarla, por ser el
que la trajera de vuelta. ¿Qué iba a hacer con esa pasión recién despertada
ahora? ¿Quién sería el hombre afortunado que la haría llegar al clímax
la próxima vez?
Yo.
La necesidad de reclamación se levantó y lo estranguló.
Su única noche juntos se había convertido en algo más para él, algo
que no estaba listo para dejar ir.
Se dejó caer al borde de la cama, deslizó su mano por debajo de la
sábana y sobre la curva de su cadera. Los firmes músculos y piel de seda
se movieron en un tramo suave digno de una tigresa bien alimentada.
Sus pechos levantados en una toma de aliento, sus párpados se abrieron,
y los ojos empañados por el sueño lo miraron. Ella sonrió y la parte
inferior cayó justo fuera del estómago de Gabe. Nunca se había sentido
tan conectado físicamente a una mujer desde Rita.
Rita. Gabe pasó la mano por la cara y resopló. Había hablado con
ella sobre su última esposa, algo que nunca había hecho con otra mujer.
¿Habló? Demonios, había desnudado su alma con ella. Había escuchado
sin ofrecer un juicio o simpatía. Luego ella le había empujado a pensar,
no como un marido sumido en el dolor y la culpa, sino como un médico,
recopilando datos, analizando la causa y efecto, y formando el
diagnóstico preciso. Lo había oído antes, de su familia y colegas, pero
algo en la forma en que Beth lo acompañó a través de ello, le hizo abrir
los ojos, para que viera como realmente era. No había palabras para
describir la libertad de la liberación de la culpa de sus hombros, y luego
ella lo había sostenido.
En algún momento durante la noche, sus prioridades habían
cambiado. Una noche con Beth no iba a ser suficiente. Quería más, para
llegar a conocerla, demostrarle que ella era más que un rollo de una
noche o una muleta emocional para ayudarle a llegar más allá de su
sentimiento de culpa por Rita. Él quería salir con ella, averiguar lo que
le gusta comer, las películas que le gustaba ver. ¿Una relación? Tal vez.
Necesitaba tiempo para averiguarlo.
Ella levantó sus brazos, rodeando su cuello y tiró de él hacia abajo.
El beso sacudió hasta los dedos de sus pies.
—Buenos días —ronroneó.
Gabe tomó su mano alrededor de su cuello y la trajo de vuelta
hacia arriba. Un beso no iba a hacerlo.
—Quiero verte de nuevo —murmuró, pasando por alto el saludo
de la mañana por otra probada de ella. Algo brilló en sus ojos.
¿Sorpresa? ¿Esperanza? ¿Alegría? Entonces, sus pestañas bajaron y las
cerró, bloqueando sus sentimientos. Bloqueándolo. Ella se echó hacia
atrás, puso un poco de espacio entre ellos. Fue sólo unas pocas pulgadas,
pero pudo muy bien haber sido una milla.
—Eso complicaría las cosas.
Su mano se deslizó por su brazo, una pequeña conexión para
evitar que se desplazara más lejos.
—Verse de nuevo no tiene que ser complicado.
—Pero, lo haría, y estuvimos de acuerdo en… una noche...
—Al diablo el acuerdo. He cambiado de opinión. Quiero más. —
La frustración hirvió debajo de la piel. Los dedos inquietos se estrellaron
por el pelo. Tenía que hacer algo, decir algo para cambiar su opinión,
pero primero, tenía que mantenerse bajo control. Gabe guardó sus
emociones y alcanzó la calma que empleaba cuando luchaba por la vida
de un paciente. ¿Por qué se sentía de repente como si estuviera luchando
por la suya? —Sólo estoy diciendo que debemos dar a esto una
oportunidad, ver a dónde nos lleva. Hay una conexión entre nosotros,
te sentiste tan bien como yo.
—Sí.
—Entonces, vamos a hacer esto.
Ella meneó la cabeza.
—Entramos en esto con los ojos bien abiertos, sabíamos que
íbamos a ir por caminos separados cuando lo hicimos. Este —Señaló la
cama—, fue un encuentro casual, no planificado y sin complicaciones.
Como ya he dicho, nunca he hecho algo como esto antes, y no tengo la
intención de hacer que esto ocurra nunca más, y no me arrepiento. Fue
maravilloso. Tú eres maravilloso. Me has dado mucho más de lo que
puedo devolver, pero hay algo dentro de mí que tengo que dejar de lado
antes de que pueda comprometerme en una relación. —Ella levantó una
mano, cortando efectivamente su siguiente argumento—. O incluso la
posibilidad de uno, y mereces mucho más de lo que soy capaz de dar
ahora.
Merecer. Ahí estaba esa palabra otra vez. Es gracioso que la traiga
ahora sólo cuando empezaba a pensar que era digno de intentarlo de
nuevo. Tratar con ella. Sólo sirve para demostrar a donde el
pensamiento te llevará.
—Fue increíble entre nosotros, y creo que puede ser mejor.
Sus ojos azules volaron a los suyos, amplios y vulnerables, y luego
apartó la vista.
—Fue bueno con Jamie al principio y mira cómo terminó eso.
Fue como si algo finalmente hizo clic en su cerebro. Confianza. La
de ella se habían hecho añicos. No era el hombre que había roto ese
vínculo frágil, pero él era el hombre que tendría que ganarla de nuevo.
El pensamiento apenas pasó por la cabeza antes de que otro siguiera, no
era a él a quien ella estaba rechazando, pero él era el hombre que estaba
rechazando.
La injusticia de eso aumentó su ira. Podía manejar la ira, darle
incluso la bienvenida. Fue leve en comparación con la otra emoción que
lo agobiaba y que amenazaba con hundirlo. Que lo comparase con el
hombre que había abusado de ella, juzgado y condenado por un delito
impuesto en ella por otro hombre, lo hirió hasta el hueso.
—Yo no soy él, Beth. Nunca te haría intencionalmente daño. —Si
sentía alguna pequeña muestra de satisfacción por la vergüenza que
iluminó su hermoso rostro, entonces que así sea.
Gabe se levantó de la cama y se vistió. Ella se sentó con las piernas
cruzadas, sus dedos tiraron de la sábana sobre sus pechos. Sus ojos lo
siguieron mientras él se acercó a ella, se inclinó y tomó su barbilla en la
mano. La tomó de la boca de nuevo, rudo en un primer momento,
sorprendido por lo mucho que quería, que necesitaba una última probada
de ella. Se quedó allí, apoyó la frente contra la de ella.
—Gracias por lo de anoche, por todo.
Sus ojos se llenaron.
—Gracias a ti.
Tomó aire, echándolo hacia fuera.
—Así que, ¿no hay nada que pueda decir para que cambies de
opinión?
Los ojos de Beth se cerraron. Un pequeño tembloroso suspiro salió
de sus labios. Por un momento Gabe pensó, esperó, que tuviese dudas,
pero luego se levantó y sacudió la cabeza.
—No.
Los segundos pasaron, luego asintió, se apartó de la cama, de ella,
y se acercó a la mesa. Los papeles de trabajo de Beth se quedaron allí, a
la espera de su atención. Se agachó, pasó el dedo sobre el papel con
membrete del programa del personal, y echó un vistazo a los currículos
mientras fragmentos de su conversación anterior se reprodujeron en la
cabeza.
—Este es mi celular. —Tomó la pluma al lado de su ordenador
portátil, escribió el número en una nota autoadhesiva y la pegó a su
portátil—. Por si cambias de opinión. —Se dirigió a la puerta, giró el
pomo, y echó un vistazo por encima del hombro—. Beth... cambia de
opinión.
La puerta se cerró detrás de él con un tranquilo clic. El peso de una
nueva carga se estableció en los hombros de Gabe mientras abría camino
por el pasillo hasta el ascensor. El sabía sin lugar a dudas que se alejaba
de lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, y él acababa de
cometer el mayor error de su vida. Sabiendo que era irrelevante; había
hecho todo lo posible. Dependía de Beth ahora.
Beth vio a Gabe salir por la puerta, mientras agarraba la sábana
contra su pecho. El suave chasquido cuando se cerró detrás de él, hizo
eco en la habitación como un disparo de cañón. La frágil retención que
había manejado para mantener el control sobre ella se deslizó y cayó
sobre las almohadas, mirando hacia el techo cuando el aroma de Gabe
se levantó de la cama y la rodeó.
¿Qué he hecho?
Lo correcto, la única cosa que podía hacer.
Beth tragó el nudo que se formó en su garganta, se puso de lado.
Ella puso las mantas alrededor de ella y aspiró su olor, se envolvió en
un capullo de incertidumbre. Había estado cerca, tan cerca, a decir que
sí, pero necesitaba tiempo. Todo era tan nuevo, tan fresco, muy pronto
después de su noche juntos, mientras que sus defensas estaban bajas y
su cuerpo vibraba de su amante, para comprometerse a volver a verlo.
Necesitaba un poco de distancia para ordenar sus pensamientos, volver
a un nivel estable.
Ella le había hecho daño con ese comentario sobre Jamie. No había
querido hacer una comparación, pero el destello de angustia en los ojos
de Gabe... ella pudo también haberle dado un golpe físico. ¿Cómo podía
haber causado tal dolor a un hombre tan gentil? Eso no tenía que
suceder. Una noche, y luego ir por caminos separados, había sido el
plan.
Prueba suficiente de que no tenía nada que dar.
¿Seré capaz de darme por completo a cualquier hombre?
Nunca lo sabrás a menos que pruebes, la molesta voz de la razón se
burló.
Un toque en la puerta y una voz sin rostro llamó—: ¡Servicio a la
habitación! —El estómago de Beth se revolvió ante la idea de comer. Ella
dejó que llamara de nuevo y luego oyó que se alejó. Tal vez alguien lo
detendría, lo llevaría a su habitación y disfrutaría de ella. Ella estaba allí,
en el calor somnoliento de la cama que había compartido con Gabe,
y agarró la almohada contra su pecho. A pesar del hecho de que las
sábanas aún mantenía el calor de su cuerpo, un escalofrío se propagó a
través de ella y sintió un extraordinario vacío en su ausencia. La soledad
tiró de ella como un peso de acero.
Si había hecho lo correcto, ¿por qué se sentía como si hubiera
simplemente dejado que la mágica oportunidad más inesperada se
deslizara a través de sus dedos?
11
Traducido por Jessibel y Leidy.V
Corregido por Nuwa Loss
—Entonces, ¿cómo fue el viaje a Lexington? —Connie rompió la
tapa de un recipiente de plástico de galletas de salchicha sobrantes y la
puso en la parte superior del horno de microondas en la sala de descanso
de empleados.
Beth no estaba por encima de sobornar al personal con los
alimentos para conseguir que asistan a las reuniones departamentales
mensuales. Era una forma segura de provocar al turno de la noche a
relajarse, y al turno de día para venir temprano. Había alitas de pollo
picante y patatas rellenas con el fin de garantizar una buena
participación de la reunión en el cambio de turno esta noche.
Ella recogió los folletos sobrantes de la reunión del personal de la
mañana, les dio un golpecito con elegancia sobre la mesa y los puso en
una carpeta. A pesar de que habían pasado dos semanas desde su viaje
a Lexington, hoy fue la primera vez que había visto a Connie por más
de unos minutos a la vez. Ella había sabido que Connie preguntaría,
había pensado en lo que le diría a ella y en lo que no haría. Lo que sea
que divulgue, sólo quería decirlo una vez, y luego arropar los recuerdos
de ese fin de semana lejos para siempre. Pensando en ello sólo hizo
desear cosas que no podía tener, y había hecho poco más que pensar en
Gabe y su noche juntos.
—La boda estuvo hermosa. Drew capturó algunas imágenes.
Incluso consiguió algunos de nosotros dando primeros auxilios a uno de
los invitados de la boda. Él envió a algunas de ellas a mi teléfono. —
Tomó su celular de su bolsillo y se lo entregó a Connie.
—Me estás tomando el pelo. Simplemente no puedes alejarte del
trabajo, no importa qué —se quejó Connie. Subió las fotos y las deslizó
a través de la pantalla—. Esa es la cosa con ser una enfermera. Si fueras
un tendero y uno de los profesionales del servicio de comida, gritabas;
¡Eh, estoy sin pan!, sólo saltas y empiezas a mirar a tu alrededor por el
pan, ¿verdad? Pero no, ser una enfermera y ver a alguien perder el
conocimiento y automáticamente caer en el pecho del chico y empiezas
a golpear… hola.
—¿Qué?
—¡Santo cielo, un galán en esmoquin, Batman! ¿Es ese Thor dando
compresiones? —Connie trabajó sus dedos sobre la pantalla, ampliando
la fotografía para ver mejor.
Beth agarró la pila de folletos a su pecho. No había pasado a través
de las fotos. No había querido ver la cara de Gabe en la pantalla. No
había querido recordar lo bien que habían estado juntos... y que ella lo
había enviado lejos.
—Eh, déjame ver. —Ella echó un vistazo a la foto. El corazón se le
aceleró. El resto de ella se inundó con calor—. Oh, ese es, eh... Dr. North.
Era un, ah… padrino.
—Me encanta el pelo —murmuró Connie—. Demonios, me
encanta todo. —Pasó a otra foto e inclinó la cabeza, parpadeando a la
pantalla—. Beth, te está mirando el culo.
—¿Qué? Déjame ver eso. —Beth arrancó el teléfono de la mano de
Connie.
El punto focal de la foto era de los paramédicos que cargaban a
Albert en la ambulancia, mientras que en el fondo, ella, Beth, estaba de
rodillas, y sí, su culo estaba en el aire mientras guardaba el desfibrilador
de nuevo en su maletín. Efectivamente, ahí estaba Gabe, de pie justo
detrás de ella... mirando de frente a su culo.
Beth cerró los ojos, dejó caer la cabeza. Oh, Dios, ¿había Drew
notado esto? ¿Había ya enviado copias a los novios? Si no es así, ¿podría
tener la suerte de encontrar su computadora, entrar en su archivo y
eliminar las malditas cosas? El calor picó sus mejillas.
Connie miró la foto de nuevo y luego de nuevo a Beth. Sus ojos
verdes se estrecharon. —¡Echaste un polvo… con el Dr. Thor!
Si su cara se ponía más caliente, su piel podría humear. Beth se dio
la vuelta y salió de la sala de descanso, Connie pisó duro en sus talones.
Corrió por el pasillo detrás de ella y a su oficina.
Connie cerró la puerta, se apoyó en ella, y se cruzó de brazos. —
Escúpelo, hermana, y quiero detalles.
Sabiendo que su amiga no dejaría su oficina hasta que ella
entregara algo, algo jugoso e íntimo, Beth arrojó sus papeles en el
escritorio y abrió el cajón de abajo. Ella sacó un objeto plano grande
cubierto de papel distintivo de regalo de Cracker Barrel y se lo entregó
a Connie, quien inmediatamente lo rompió. Con un chillido, levantó la
barra de chocolate de Hershey de cinco libras.
—¡Lamelicioso!
Beth empezó por el principio, con la conversación que había oído
en las recámaras de la novia. Ella le contó sobre el beso en la boda y en
el salón.
—Así que... en el viaje en el ascensor, ¿ustedes dos ...? —Connie
movió las cejas.
Beth puso los ojos en blanco mirando el techo. —Lo siento, no hay
historia allí.
Connie puso mala cara por un segundo antes de agitar una mano
en el aire. —No importa, siempre y cuando finalmente llegues a las cosas
buenas. —Sus ojos se entrecerraron—. Y obtuviste cosas buenas,
¿verdad?
El calor inundó las mejillas de Beth.
—¡Increíble! No te he visto enrojecer así desde que te hablé para ir
a mi fiesta de juguetes sexuales. —Connie rió, luego se puso seria y le
preguntó—: Sólo tengo una pregunta... ¿te hizo feliz, cariño?
Beth cerró los ojos, dando paso a los recuerdos que había estado
manteniendo a raya para no dejarlos salir. —Muchas veces.
—¿Vas a verlo de nuevo?
Beth... cambia de opinión. Las palabras de despedida de Gabe
resonaban en su cabeza.
Oh, Dios, ella quería. Quería ver su sonrisa, escuchar su voz, sentir
su tacto.
—No.
La boca de Connie se hizo una línea fina. —Sabes, sería una lástima
si Jamie Roberts todavía estuviera moviendo tus hilos.
Podría haber sido los nervios, o la falta de sueño de la noche
anterior, pero el comentario de Connie molestó a Beth, todo el camino
hasta los pies. Eso alcanzó demasiado cerca el origen que pudo haber
tenido un poco que ver con ella, y eso lo mantendría para sí misma.
Debido a que su amistad significaba más para Beth que un argumento
sin sentido, ocultó su molestia en la limpieza de una mancha de su
ordenador portátil en el escritorio.
—El único tirando de mis cuerdas es la administración y la reunión
que tengo en —Comprobó su reloj—, oh, mierda, veinte minutos.
—Hmm. —Si Connie tenía más que decir, lo mantuvo para sí
misma—. ¿Estás disponible para pizza y una película este fin de
semana?
—Claro. Llámame más tarde y arreglamos. —Agradecida de que
Connie había tomado la indirecta y dejó el asunto, Beth cogió la maleta
del ordenador portátil. Connie levantó un pulgar hacia arriba, metió la
barra de chocolate gigante bajo el brazo, y se fue.
Beth inclinó su cabeza de un lado para el otro, estirando sus
músculos rígidos con la tensión. Podía culpar a las bandas apretadas que
le cubrían el cuello y los hombros en el trabajo. O ella podría admitir la
verdad y terminar con esto. A pesar de su horario ocupado, los
pensamientos de Gabe penetraron en sus días... así como sus noches.
Más de una vez había cuestionado sus razones para adherirse a su
acuerdo, y más de una vez, se preguntó; Maldición ¿Habré cometido el
mayor error de mi vida?
No debería haber sido tan difícil, dejar que Gabe saliera por esa
puerta y fuera de su vida. Ella lo había visto coger su ropa, cubriendo el
cuerpo que le había dado placer mucho más allá de lo que pudiera haber
imaginado. Su rostro sonriente la perseguía. El recuerdo de su tacto la
atormentaba. Él había roto sus defensas y le había devuelto la vida.
Y tú lo enviaste lejos, se burló esa voz aguda en su cabeza.
Quiero verte otra vez. Se aferró a esas palabras como lo haría con un
salvavidas en un mar tempestuoso. Por un momento, sólo por un
momento, pensó lo maravilloso que sería sentir estar con él otra vez...
luego se sorprendió.
Una sola noche. Sin romance. Sin complicaciones. Sin relaciones.
Sus estipulaciones.
Entonces, ¿por qué tenía este hueco en el pecho? ¿Por qué, después
de pasar una tarde y una noche en los brazos de este magnífico hombre,
pensar en él le causaba tanta angustia?
Volvió a cerrar la tapa de la computadora. Un pequeño cuadrado
de papel amarillo le devolvió el gesto, como lo hacía cada vez que la
abría. Dos veces lo había quitado y lo había tirado a la basura, sólo para
cogerlo de nuevo y volverlo a poner en la tapa de la computadora, como
si tenerlo allí mantuviera una parte de él cerca.
Ahora lo arrancó y pasó el dedo por el número. El agujero en su
pecho se profundizó.
Lo echaba de menos.
Beth se recostó contra su silla y su aliento salió en un silbido. Ahí.
Ella lo admitió, y la pesadez que presionaba sobre su pecho se aclaró un
poco. ¿Cuánto tiempo hacía que no extrañaba a un hombre? No desde
Jamie...
Beth se levantó de su silla. La piel de gallina ardía en sus brazos.
Sus dedos se apretaron alrededor de la pequeña pieza de papel amarillo.
Oh Dios, Connie tenía razón. Jamie seguía tirando de sus cuerdas,
controlando su vida... incluso desde la tumba. Su ritmo cardíaco se
aceleró, con la mandíbula apretada. No. Ella estaba permitiéndole el
control. Su estómago se agitó ante la injusticia.
No más.
Tomó su teléfono. Sus dedos temblaron cuando marcó el número
de Gabe, y luego vaciló. ¿Y si él no quería hablar con ella, dejaba que su
llamada vaya al buzón de voz, y lo eliminaba sin escuchar lo que tenía
que decir? O peor, ¿Qué pasa si él contesta, y sus nervios la pateaban, y
ella parloteaba algo estúpido que no tenía sentido y le colgaba?
Podía escribirle, pero eso era tan impersonal. Quería escuchar su
voz.
Su pulgar flotó sobre la pestaña de llamada cuando un
pensamiento aterrador se produjo. ¿Y si él hubiera cambiado su opinión?
¿Y si le hubiera hecho daño con su comparación irreflexiva con Jamie y
ha decidido que ella no valía la pena y le dice que lleve su mantra de
una sola noche con un proctólogo para un asesoramiento de un mejor
lugar donde meterlo?
Entonces otra vez, ¿qué si ella no lo contactaba, y pierde una
oportunidad única en la vida? ¿Cómo sabría ella si al menos no le dará
un intento?
Era hora de dejar de vivir en el mundo de y si.
Y la primera cosa que tenía que hacer era disculparse con él por
herirlo.
Ella tomó un fuerte aliento y presionó llamar. Por favor, por favor
no vayas al buzón de mensajes. Las cosas que tenía que decir, no quería
dejarlas en una máquina. Él contestó durante el tercer repique.
—Doctor North.
Segundos pasaron, y luego respiró hondo. —Hola Gabe. Es Beth.
—¿Beth? —La sorpresa resonó en su voz. —¿Cómo estás?
Tragó saliva. —Estoy bien. ¿Tú? —Gah, ¿Podía sonar más
patética?
—Bien. En el camino.
El pie de Beth tocó un rápido tatuaje en la alfombra.
Una conversación como ésta podía durar horas sin decir nada... o
simplemente podía escupirlo.
—Yo...ah, sólo llamé para decir... —Por favor, no me deje estropear
esto. —... He estado pensando en lo que dije, justo antes de que te
fueras…
—¿Sí? —¿Era eso esperanza en su voz?
—Sobre las cosas estando bien con Jamie al principio… No estaba
haciendo una comparación. Lo siento si te lastimé.
Su vacilación al responder lo confirmó. —Oh. Disculpa aceptada.
Nunca tengas miedo de decir lo que sientes, Beth. No a mí.
Es ahora o nunca, Beth. Solamente dilo. —He cambiado de opinión.
Silencio. Su estómago se hundió.
—Has cambiado de opinión como en…—La precaución arrastró
las palabras que no eran ni pregunta ni comentario.
—Como en… nosotros, si tú todavía…
—Sí, todavía lo hago. —El tono de finalidad en su voz no dejó
duda.
Era como si alguien hubiera sacado el tapón de reserva de tensión
almacenada en el cuerpo de Beth y la felicidad se precipitó y la llenó de
nuevo.
Alguien llamó a la puerta de Beth, y como de costumbre, una
cabeza se asomó antes de que pudiera decir sí o no. El jefe de radiología
levantó su muñeca y golpeó la cara de su reloj. —Reunión en dos.
Beth miró su reloj y gimió. —Estaré ahí.
—¿Te tienes que ir? —Su voz profunda contenía pesar y
resignación.
—Sí. Lo siento. Otra reunión —suspiró. —Hay mucho más que
necesito decir. —Otro jefe de departamento se detuvo en su puerta, hizo
señas a Beth para que la siguiera, y luego salió corriendo—. Pero
realmente me tengo que ir.
Gabe se aclaró la garganta. —Necesito decirte... —Su
buscapersonas se apagó, otro recordatorio para ponerse en marcha. —
Pero el deber llama —suspiró—. Me alegro de que hayas llamado, Beth.
Te he echado de menos.
Su corazón flaqueó, y luego se reanudó con un golpe rápido contra
sus costillas. La cavidad hueca en su pecho se expandió y la más extraña
sensación se adentró y probó el espacio. La alegría, largamente ausente
cuando estaba asociada con el sexo opuesto, brotaba y rodeaba su
corazón en su cálido abrazo.
—También te he echado de menos —admitió Beth mientras otra
cabeza se asomaba y le hacía señas con la cabeza para que la siguiera—.
Lo siento me tengo que ir. ¿Hablamos después?
—Oh, sí, puedes contar con eso.
Beth terminó la llamada, cogió un bloc de notas y una pluma, y se
dirigió a la reunión. Sus tacones golpearon sobre el piso de baldosas
brillantes con un nuevo propósito mientras recortaba el pasillo hacia la
sala de conferencias. La Beth que había visto en el espejo del hotel estaba
de vuelta y se sentía muy bien.
12
Traducido por Florpincha, ∞Jul∞,
Jessibel y Cjuli2516zc
Corregido por Nuwa Loss
Beth miró su reloj y sofocó otro insatisfactorio bostezo de boca
cerrada. El Director Financiero hizo clic en su mando a distancia,
mostrando otra diapositiva de gráficos de colores brillantes a través de
la enorme pantalla desplegable de la sala de conferencias. El zumbido
nasal y monótono de su voz hizo que sus ojos brillaran, y si no lo
enrollaba pronto, estaría babeando como Homero Simpson.
Echó una ojeada subrepticia alrededor de la larga mesa ovalada y
vio el ocasional frotamiento de cuello o lápiz golpeando en un bloc de
notas. Al menos no era la única que tenía problemas para concentrarse.
Sin embargo, ella estaba dispuesta a apostar que ninguno de ellos había
sido despertado en medio de la noche por un orgasmo pulsante después
de un sueño inquieto, erótico de un médico recorriéndole con una
lengua muy talentosa. El sueño había sido tan vivo que Beth podía jurar
que olía su olor a la almohada. Espero que ese sueño pronto se convierta
en realidad. Ella no sabía dónde se dirigía esta… relación o dónde
terminaría, pero ahora que había tomado la decisión de seguir adelante
con ella, estaba ansiosa por empezar.
Los papeles crujieron alrededor de la mesa. La gente cambiaba de
posición, reorganizándose en sus sillas.
Por fin, gracias a Dios, la pantalla quedó en blanco, el CFO volvió a
sentarse y las luces se encendieron. Parpadeó, Beth alcanzó a ver su
reflejo en las ventanas de piso a techo en el otro lado de la mesa de
conferencias y rápidamente se irguió de su caída.
Enderezando su pequeño montón de folletos, unidos con un clip
como el CEO, Brad Crawford, comenzó su actualización sobre la
próxima construcción del nuevo servicio de urgencias. Anotó fechas
para reuniones y proyectaba plazos alrededor de garabatos, dibujos y
corazones.
¡Corazones, para gritar en voz alta!
El celular de Brad sonó y él se disculpó antes de tomar la llamada.
—¡Genial, envíenlo! —Terminó la llamada y se dirigió a la reunión—.
Nuestro nuevo director médico de ER está subiendo. —Murmullos de
sorpresa y notas perdidas circularon por la habitación. Levantó la mano
y el orden se reanudó—. Como ustedes saben, lo redujimos a dos
solicitantes. Recibí la llamada de aceptación esta mañana de nuestra
primera elección, y no vi el punto en el envío de un memo cuando él se
unía a nosotros para la reunión de hoy.
Como la administración y el comité ejecutivo médico estaban
conduciendo las entrevistas, el único contacto que Beth tenía con las
contrataciones potenciales era durante los viajes de la ER. Había estado
fuera de la ciudad en las reuniones corporativas en algunos de esos días
y había perdido la reunión de un par de ellas.
Su teléfono hizo un pequeño sonido de cierre relámpago en el
bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y echó una mirada a la pantalla.
¿Todavía tienes los ojos bizcos?
Connie era una tonta malvada, pero al menos rompió la
monotonía de esperar a que llegaran sus invitados. Beth releyó el texto
y sonrió. Había una buena probabilidad de que Gabe necesitara un
aburrimiento en su propia reunión.
Ella tecleó su mensaje, sacando de una de sus películas favoritas.
Pregunta sorpresa: Tienes una botella de vino, no de cristal, y una sed
poderosa. ¿Qué haces?
La pequeña postal sonó y un globo verde apareció en la pantalla
con su mensaje dentro. Beth soltó una risita y dejó caer el teléfono en el
bolsillo. Podría pasar horas antes de recibir el mensaje.
Un golpe llamó a la puerta de su espalda.
—Ah, bueno. —El CEO se paró y caminó alrededor de la mesa
para abrir la puerta—. Bienvenido, doctor North.
Beth levantó la cabeza. ¿Qué...? ¡No, no podría ser! Ella empezó a
girarse, y luego captó el reflejo de los dos hombres en la ventana frente
a ella.
Oh. Mi. Dios.
El CEO extendió la mano y dijo algo, pero todo lo que Beth oyó fue
un zumbido en sus oídos. El hombre que estaba de pie en la puerta
levantó la vista del teléfono en la mano, una enorme sonrisa en su
hermoso rostro. Un rostro que ella conocía demasiado bien, una cara que
había flotado sobre la suya mientras él empujaba dentro de ella hasta
que gritaba de placer.
Gabriel North.
Su Gabe.
El sonido en los oídos de Beth se calmó mientras observaba a Gabe
deslizar su teléfono en el bolsillo de su camisa. Tomó la mano del CEO,
le dio una sacudida firme. —Gracias. Lo siento. —Golpeó su bolsillo—.
Un mensaje muy importante que requirió una respuesta inmediata.
Beth apartó la mirada de la ventana y sacó el teléfono de su
bolsillo.
Verterlo en la peca entre tus piernas y lamerlo.
Beth parpadeó en la pantalla. El pequeño ruido que salía de su
garganta llamó la atención de su compañero de trabajo. Él estiró el
cuello, tratando de echar un vistazo a su teléfono. Lo dejó caer en el
bolsillo como una patata caliente y le dedicó una débil sonrisa. —Nueva
aplicación del horóscopo. Realmente... detallado —susurró ella.
—Ah. —Él frunció los labios y susurró hacia atrás—, parece que
las cosas están mirando hacia arriba.
Ella le dio un evasivo. —Hmm.
La gente se levantó de sus sillas, intercambió apretones de manos
y presentaciones con Gabe y salió de la sala de conferencias. Su olor la
alcanzó unos segundos antes de que lo hiciera. Beth respiró hondo, llenó
sus pulmones con él. ¿Cómo podría hacer esto? Se levantó, respiró
hondo y se volvió.
—...Y por último, esta es Beth Roberts, nuestra gerente de
enfermería de la ER. Los tres nos reuniremos más adelante en la semana
y conoceremos el proyecto de construcción para la extensión. Ustedes
dos estarán trabajando juntos con el arquitecto en el diseño,
intercambiando ideas entre sí...
La sonrisa de Gabe se suavizó mientras ella deslizaba su mano
sobre la de él. Aunque su sonrisa era un poco demasiado amplia para
dos profesionales que se reúnen por primera vez, nadie pareció darse
cuenta mientras salían de la habitación y se dirigían a sus departamentos
prospectivos. No podía creer que estuviera aquí, en su hospital, y
estarían trabajando juntos. Su estómago tomó un baño bajo en la
montaña rusa emocional que estaba cabalgando hoy. Hace menos de
una hora, habían acordado empezar a verse. Bueno, ciertamente lo
estarían, al parecer, pero en un sentido profesional.
De todos los hospitales de todas las ciudades, entró en el de ella.
¿Era su vida una película clásica o qué? Seguir en una aventura era muy
diferente a tener un romance con un compañero de trabajo. Ella estudió
su rostro, esperando ver la sorpresa y la confusión que la bombardearon
reflejada de regreso, pero sus ojos tenían la misma determinación que
cuando cruzó el césped y se aparcó en su mesa en la boda.
La conmoción de la realización la golpeó con fuerza completa.
Había sabido que era su hospital, que estaría aquí, y no lo había
mencionado cuando habían hablado por teléfono. Las emociones
conflictivas la asaltaban desde todas las direcciones. Alegría.
Incertidumbre. El dolor roedor de una mentira por omisión.
Esto no podría estar sucediendo. Ahora no. No cuando ella sólo
había trabajado la confianza para intentar una relación con él. Cada fibra
en el cuerpo de Beth anhelaba correr hacia él, decir, al infierno con
cualquier razón que lo trajo aquí, incluso mientras luchaba con la
incertidumbre que le apretaba el corazón.
Lo primero era lo primero, y ahora tenía que superar este
momento con la mayor gracia posible.
—Es un placer conocerle, Dr. North. Espero que seas feliz
trabajando con nosotros aquí en Ridgemount. —Ella luchó por mantener
un tono uniforme, no afectado, pero su voz salió un poco trémula, un
poco ronca en los bordes. Él dudó sólo un segundo antes de recoger su
señal para mantener el hecho de que ya se habían conocido. Sus dedos
se apretaron alrededor de ella, lo suficiente para tranquilizarla de que
estaban en la misma pista... y enviar un chisporroteo de calor por su
brazo.
—Gracias, estoy seguro de que lo seré. —Sus ojos se abrieron sobre
los suyos, confiados y seguros. Confía en mí. La orden estaba allí, con la
misma seguridad que si hubiera hablado en voz alta. Un resplandor de
esperanza brilló en su corazón.
El chirrido persistente del bíper del CEO hizo que Beth regresara
al momento. Ella tiró de su mano de la de Gabe, acurrucó sus dedos en
un puño suelto, y lo dejó caer a su lado.
Brad volvió a colocar el bíper en su cinturón y miró su reloj. Con
una mueca, se volvió hacia Beth. —Tengo una llamada en conferencia
esperando. ¿Le importaría orientar a Gabe a la sala de emergencias y
luego mostrarle su oficina? —Él sacó un juego de llaves del bolsillo del
pantalón, se las dio a Gabe y le estrechó la mano otra vez—. Es bueno
tenerte a bordo, Gabe. Te dejo en manos muy capaces. —Su teléfono
sonó de nuevo cuando entró por la puerta, dejándola abierta para que
Beth y Gabe lo siguieran.
Las preguntas siguieron zumbando a través de la cabeza de Beth
hasta que se mareó con ellas. Contemplando los suaves ojos marrones
de Gabe, Beth se esforzó por comprender el giro de los acontecimientos.
—Lo siento, pero estoy teniendo un pequeño problema con lo que acabo
de interpretar. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Soy tu nuevo director médico —dijo, dándole otra sonrisa
envuelta en hormonas.
Maldiciendo aquellas hormonas débiles por doblar las rodillas
hasta la gelatina, Beth cortó a Gabe con una mirada de no darme
ninguna mierda. —No estoy de humor para bromas.
La diversión desapareció de sus ojos. Con una mano en la cadera,
Gabe se frotó la parte posterior de su cuello con la otra. —Sí, puedo ver
eso.
—¿Por qué no me dijiste que habías tomado esta posición cuando
hablamos antes?
—Intenté, pero te interrumpieron. Además, quería contártelo cara
a cara.
—Bueno, ya estás aquí. —Ella cogió sus papeles y los sostuvo
frente a su pecho como un escudo. Una lluvia de pensamientos y
sentimientos confundidos la bombardearon: la alegría de estar aquí y
una sensación de traición de haber aceptado este trabajo sin su
conocimiento. Ella quería empujarlo lejos, demandar respuestas y
lanzarse en sus brazos al mismo tiempo.
—Estás molesta. Entiendo. Crucé un par de líneas, y lo siento. —
Se frotó la cabeza con la mano, tiró de la cola de caballo de la nuca. Su
mirada cayó sobre los papeles que ella tenía en el pecho—. Demonios,
probablemente sientas que te estoy acechando.
Algo de su ira se evaporó ante su tono auto-castigador. Ella forzó
sus emociones dispersas en orden. —No, no me siento como si
estuvieras acechándome. —Los hombros de Gabe cayeron aliviados y
dio un paso hacia ella. Beth sacudió la cabeza—. ¿Por qué tomaste este
trabajo? Podrías haber ido a cualquier parte.
Él se movió rápidamente para un hombre de su tamaño, cerrando
la distancia entre ellos en un instante. Sus manos enmarcaron su rostro,
obligándola a mirarlo. —Porque aquí es donde estás. —Su mandíbula
se tensó incluso cuando su pulgar rozó suavemente su labio inferior—.
Vine aquí por ti.
La urgencia cruda de la confesión de Gabe borró el último vestigio
de duda. Su aliento resbaló en un jadeo justo antes de que sus labios
bajaran para reclamar los de ella.
La suave ferocidad de su boca derritió los huesos de ella. La
pasión estaba allí, pero no podía competir con la fuerza de las otras
emociones que pasaban entre ellos.
Levantando la cabeza, Gabe clavó a Beth con una mirada que casi
sintió en sus bragas.
—Estoy aquí porque no puedo sacarte de mi cabeza, la forma en
que te ruborizas, la forma en que te retuerces en una silla y te aprietas
las piernas juntas cuando te calientas. Estoy aquí porque cuando me
acuesto por la noche, todavía puedo oír ese sonido suave que haces
cuando te separas en mis brazos, y quiero hacer que suceda de nuevo.
Estoy aquí porque cuando estoy contigo no me siento vacío por dentro.
Me haces reír de nuevo. —Él contuvo el aliento y reclamó sus labios.
Beth se sentía como si se estuviera ahogando, nadando a través de
una neblina de euforia y lujuria. Ella estaba a punto de sumergirse por
tercera vez cuando el sonido de voces en el pasillo mientras pasaban por
la puerta de la oficina la trajo de nuevo a la superficie. Colocando su
mano sobre el pecho de Gabe, de mala gana lo empujó hacia atrás.
—A riesgo de sonar cliché, este no es el lugar —dijo ella, tomando
aliento en un suspiro tembloroso—. Si bien el hospital está feliz de darle
la bienvenida al personal, no creo que esto sea lo que tenían en mente
como parte del comité de bienvenida.
—No hay nada malo con un poco de demostración pública de
afecto —dijo Gabe, y la alcanzó de nuevo, pero ella hábilmente eludió
su alcance.
—Cierto. Por desgracia, este tipo de exhibición pública de afecto
podría hacer que nos despidan. —Beth miró a su alrededor por sus
papeles, y luego sacudió la cabeza cuando se dio cuenta de que todavía
los tenía apretando contra su pecho. Un toque, un beso, y su cerebro se
hizo papilla. Ahora que su materia gris estaba funcionando de nuevo,
las complicaciones de su situación se establecieron. Los romances en el
trabajo rara vez fueron un éxito.
Bajando la mano, Gabe ajustó su erección a un ángulo más
cómodo. —En este momento, casi me gustaría correr el riesgo. —Se
metió las manos en los bolsillos—. ¿Crees que podrías mostrarme mi
oficina en primer lugar, antes de que me despidan en mi primer día en
el trabajo por caminar por ahí con una erección?
Luchando de nuevo por la necesidad de correr sus dedos sobre la
firme columna, empujando contra la parte delantera de los pantalones
de Gabe, Beth se recompuso y lo llevó fuera de la sala de conferencias y
al final del pasillo.
—Por cierto, ¿cómo averiguaste dónde trabajaba? No recuerdo
decirte.
—Vi tus papeles en el escritorio en el hotel —admitió—. La idea
de solicitar el trabajo no cruzó mi mente en ese momento, pero después
de salir del hotel… —El músculo de la mandíbula se marcó—. No te
podía sacar de mi cabeza. Había estado considerando un cambio de
escenario, me entrevistaron en un par de hospitales antes de conocernos,
pero nada me llamó la atención. Nada captó mi interés… hasta que te
conocí. —Tomó aire y lo empujó hacia afuera—. No había terminado
cuando entré por esa puerta, no para ninguno de los dos. La única
manera de demostrar eso, era estar cerca de ti.
—¿Y si no te hubiesen contratado?
—Hubiera encontrado otra manera.
El paso de Beth vaciló. Una parte de ella todavía quería estar
molesta con él, pero maldición, con confesiones así saliendo de su boca,
lo único que quería hacer era arrastrarlo al armario del conserje y tener
su loco camino con él.
Doblaron en una esquina y se dirigieron hacia la sala de
emergencias. —Estás callada —dijo Gabe, dando un paso hacia un lado
cuando un técnico de radiología empujó a un paciente por delante de
ellos en una camilla.
—Necesitamos hablar. Vamos a trabajar juntos…
Él asintió y siguió caminando. —Ese es el plan.
—Nuestras oficinas están por aquí. —Pasaron a través de un
conjunto de puertas dobles y en un pequeño pasillo lateral con dos
puertas en frente. —Esta es mía. —Señaló la puerta a la izquierda.
Gabe estudió la placa en la puerta que decía Beth Roberts, MSN,
gerente de enfermería, servicio de urgencias. —¿Y la mía?
—Ahí. —Señaló la puerta al otro lado de la de ella, lo vio deslizar
la llave dentro y activar la cerradura—. Tenemos que hablar.
—Tienes razón. —Él la agarró por la muñeca, la arrastró dentro y
encendió la luz. Pateó la puerta para cerrarla, él le dio la vuelta y la
atrapó con su cuerpo—. Vamos a hablar... después de hacer esto.
Él reclamó su boca, tomó posesión total, con una intensidad cruda
que no dejó ninguna duda de su necesidad. Dios, él sabía tan bien, tan
bien como ella lo recordaba. Su aliento salió precipitadamente, se tragó
su gemido... ¿o era el de ella? El trozo de madera dura en su espalda era
nada comparado con la pared sólida de músculo y el hombre
presionando en él. Beth se arqueó, frustrada con las diferencias en sus
alturas, la forma en que denegó áreas vitales en el encuentro. Se puso de
pie sobre las puntas de sus cómodos zapatos de tacón bajo, pero no fue
suficiente.
Él estaba en lo correcto. Podían hablar después.
Con un gruñido irritado, Gabe apartó la boca. —Necesito sentirte.
—¡Oh, Dios, sí! —Justo aquí, en este momento, Gabe no era su
compañero de trabajo, era un hombre. Su hombre. Ya no le importaba
los detalles de cómo llegó a estar aquí... sólo que él estaba.
Trabajó en el botón de su cintura, tiró de la cremallera hacia abajo
y condujo su mano en el interior. Sus dedos se deslizaron por su sexo
una vez, dos veces, y luego se sumergió profundo. Su cuerpo tembló,
sus paredes internas agarraron y apretaron sus dedos, pero no fue
suficiente.
—Más —jadeó ella—. Necesito... tener mis manos encima de ti. —
Beth sacó la camisa de sus pantalones, muy consciente de la espesa
columna de su pene presionando contra la bragueta. Ella hundió sus
manos debajo de la tela suave, alisó las palmas arriba de las firmes
crestas de su abdomen. Ella presionó la mano en su pecho, justo sobre
su corazón, sintió el galope y el tono de la misma por debajo de los
músculos y huesos.
Por ella.
Ella estaba en un gran problema y a ella le importaba un comino.
Ahora mismo, en este momento, todo lo que le importaba era este
hombre, y que él estaba aquí, de pie ante ella. Deseándola.
Su frente tocó la de ella, su respiración entrecortada y desigual.
Retiró la mano de su pene, la agarró por las caderas y la arrastró,
moliendo su erección contra su abdomen superior. —He soñado
contigo, desperté con tu sabor en mi boca.
Se quedó sin aliento en la garganta. —He soñado contigo, también.
Con tu boca, tu lengua en mí. —Se estremeció contra él.
—Dios, Beth.
—Me vine, pero no fue suficiente. No es suficiente por ahora. Te
necesito... dentro de mí. Aquí mismo, ahora mismo.
—¡Maldito infierno!
De no haber sabido que era la lujuria lo que causó que sus dedos
mordieran sus caderas, Beth habría estado asustada, pero sabía que
estaba a salvo. Por el modo en que sus ojos ardían con ello, el modo en
que sus hombros se movían mientras luchaba por el control, por el modo
en que su toque se apaciguaba, ella lo sabía. La sensación hueca en su
pecho se llenó hasta desbordar, se selló y se curó. Una nueva sensación
entró y golpeó su corazón. Se abrió, llamó, y vio lo que esperaba.
Tela se desplazó, sólo lo suficiente para acomodar. Beth se quitó
los zapatos, se deslizó los pantalones y las bragas para liberar una
pierna. Gabe luchó por abrir su cinturón, tiró de su cremallera y empujó
sus pantalones sobre sus caderas. Su pene salió libre, pesado y lleno.
Él dobló las rodillas, ahueco su culo en sus manos y la alzó. —
Aférrate a mí. Lo siento. Esto va a ser rápido —se disculpó y alcanzó
entre ellos para alinear la longitud rígida de su pene entre sus muslos—
. Ah, maldita sea, estás tan mojada —dijo entre dientes, y luego se
deslizó en ella.
Beth enterró la cara contra su cuello, pasó su lengua por la línea de
su mandíbula. Su cuerpo se estremeció. Ella lo envolvió, rodeó su cuello
con los brazos, apretó las piernas alrededor de sus caderas y lo sostuvo
allí. Él era grueso y duro y ella pensó que había venido de la felicidad
pura de tenerlo dentro de ella otra vez. Se retiró, todo el camino hasta la
punta, y, cuando volvió a empujar, la puerta traqueteó contra sus
bisagras.
Ambos se congelaron.
Beth aspiró profundamente. —Oh, Dios, tanto como me encantaría
que hicieras eso de nuevo…
La frente de Gabe golpeó contra la puerta. —Odiarías ser
despedida por haberme follado contra la puerta de mi oficina. —Se dio
la vuelta, se movió hacia un lado y apoyó su espalda contra la pared.
Beth miró alrededor de la pequeña habitación, su mirada aterrizó
en el escritorio. Gabe se rió, haciendo que su pene se flexionara y
sacando un gemido de su garganta.
—Bebé —dijo con voz ronca—, no hay nada que me gustaría más
que doblarte sobre ese mueble y llevarnos a los dos al cielo, pero a menos
que esté clavado en el suelo...
—Oh, Dios. —La imagen que pintó, empujando sobre el escritorio,
conduciendo dentro de ella... su vagina se apretó.
—¡Ah, joder! Apriétame así otra vez —jadeó—. Sólo... aférrate a
mí. —Alargando su postura, Gabe agarró las caderas de Beth y la
levantó, hundiendo su pelvis hacia arriba mientras él la traía hacia abajo
de nuevo duro en su eje. Luego lo hizo de nuevo.
—¡Gabe, eso es... oh, yo... simplemente no te detengas! —Cada
pausa fue puntuada con otro ascenso y empuje.
—No hay manera en el infierno. Simplemente no grites cuando te
vengas. —Y luego se movió, levantando, bajando, girando sus caderas
para encontrar ese punto dulce que la volvía loca.
Comenzó en las plantas de sus pies—ese chisporroteo de
electricidad que señalaba su orgasmo. Serpenteo sus piernas, se enrollo
alrededor de sus muslos interiores, y con un sonido bajo y penetrante,
Beth enterró su rostro en el cuello de Gabe y le dio la bienvenida
mientras perforaba su clítoris con un orgasmo que se aferraba a cada
centímetro de Gabe mientras él la conducía hacia ella. Estaba en lo cierto
con ella, su respiración era un siseo duro contra su oído mientras
empujaba profundamente y la sostenía fuertemente contra él.
El suave roce de los labios de Gabe sobre su sien sudorosa estaba
en completa contradicción con las respiraciones entrecortadas que
levantaban su pecho contra el suyo. —Te he echado de menos, extrañé
esto —susurró con voz ronca.
—Yo también. —Después de un momento, cuando recuperó el
aliento, Beth levantó la cabeza y dijo—: Realmente...
—Necesitamos hablar —suspiró—. Lo sé.
—Esto no puede volver a pasar.
Gabe se subió los pantalones, metió su camisa y se subió la
cremallera. Era difícil concentrarse en los pros y los contras de un
romance de oficina, con Beth inclinada, su culo desnudo balanceándose
mientras deslizaba sus bragas sobre su pie. —Ajá.
Ella le lanzó una mirada por encima del hombro, siguió su línea
de visión y se dio la vuelta, y al hacerlo, le dio una visión igualmente
distrayente de sus pechos en un sujetador que expuso mucho más de lo
cubierto.
—¡Gabe!
—¿Hmm? —Su mirada subió para encontrar su ceño fruncido.
Ella abrochó los botones de la blusa, y si no estuviera cubriendo
tal punto de vista preciosa, Gabe se hubiera maravillado de la fina
destreza de sus dedos ágiles.
—A menos que eso sea un otoscopio en tu bolsillo, no has oído una
palabra que he dicho.
Gabe miró hacia la parte delantera de sus pantalones y,
efectivamente, había obtenido una erección al ver su vestido, y ella
estaba preocupada por eso. Lo que sea que supiera o no, ya tenían los
ingredientes de una relación en marcha. Miró hacia arriba, le dio una
tímida sonrisa y se encogió de hombros. —¿Qué puedo decir? Estoy feliz
de verte.
Ella plantó sus puños en la cintura e inclinó la cadera. —¿Podrías,
por favor, ser serio? Esto es serio.
Era serio y lo sabía, pero cuando Beth se peinó con los dedos su
pelo y los alisó de nuevo en su lugar, todo lo que él quería hacer era
conducir sus manos a través de ella y desordenarlo de vuelta. Porque él
sabía que conseguiría estar en más problemas, y era de esperar que
habría otra oportunidad en el futuro cercano para revolverlo, se sentó
en una de las dos sillas frente a su escritorio, le ofreció la otra y resistió
el impulso de tirar de ella en su regazo. Cuando ella había tomado su
asiento, Gabe deslizó su silla para mirarla. Si había aprendido una cosa
de su noche juntos, fue como Beth abordaba sus problemas de frente.
Ella tenía razón. Esto era serio.
—Tenemos dos problemas importantes aquí. —Gabe se inclinó
hacia adelante y apoyó los antebrazos en los muslos, las manos colgando
entre las rodillas—. Conseguir este trabajo como lo hice, ha arruinado tu
confianza, y de nuevo, me disculpo por eso, pero si te habría llamado,
decirte lo que pensaba hacer, hubieras estado en contra de ello.
Varias expresiones conflictivas cruzaron su cara hasta que
finalmente asintió. —Tienes razón, probablemente lo habría hecho.
Probablemente. Gabe se tragó una sonrisa.
—Lo que hice, bien o mal, lo hice por nosotros. —Alcanzó sus
manos, frotando su pulgar sobre el dorso de sus dedos—. Esa mañana,
en el hotel, cuando pregunté verte de nuevo, casi dijiste que sí.
El impacto estrechó los ojos de ella, abrió los labios. Por un
momento, Gabe pensó que iba a negarlo, y entonces fue como si algo la
liberó y se relajó. —Sí. —La admisión se deslizó hacia fuera en una
respiración tranquila. Sus dedos se cerraron alrededor de ella mientras
su corazón retumbaba en el pecho. Este edificio frágil balanceándose
entre ellos de repente se convirtió en lo más importante en su vida.
Arruinarlo no era una opción.
—Hace menos de una hora, decidimos vernos a nivel personal.
Espero que eso signifique que estábamos en la misma página. —La
observó trabajar eso en su cabeza y aplacó la necesidad de bombear el
puño al aire cuando ella asintió—. Este trabajo es el ruido de fondo. Tú
y yo, es mi más importante asunto. Necesito saber si todavía es el tuyo.
Sus ojos azules sostuvieron la mirada de él, firme y sin parpadear.
—Sí. Quiero que esto funcione.
—Bien. —Eso era lo que quería oír. Lo que más le sorprendió fue
lo mucho que lo había necesitado—. Estás demasiado lejos. —Se echó
hacia atrás y palmeó sus muslos—. Ven aquí.
Su barbilla subió. Bueno. Su chica todavía tenía una pequeña pelea
que quedaba en ella. Su chica. Maldita sea, le gustaba el sonido de eso.
Estaba ridículamente complacido cuando ella se empujó fuera de su silla
y se sentó en su regazo. Él esperó hasta que ella se sentó, luego envolvió
un brazo sobre sus caderas y el otro sobre los hombros. Deslizó la yema
del pulgar por su brazo, la sintió temblar, y luego la abrazó más cerca.
Confianza.
—Tomé este trabajo porque es aquí donde te encuentras, para
darnos la oportunidad de una relación. Puedo caminar lejos en este
momento y nunca dar a este hospital otro pensamiento excepto que
trabajas aquí, pero a menos que me pidas que me vaya, me quedo.
Ahora, ¿qué te tiene tan preocupada sobre nosotros trabajando juntos?
—Había visto relaciones entre departamentos que funcionaron, pero era
algo que tenía que resolver y haría lo que fuera necesario para que se
sienta segura en lo que los dos estábamos preocupados.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. El aliento le hizo cosquillas en
el cuello cuando ella habló. —Trabajar juntos en el mismo departamento
será difícil. —Sus hombros se tensaron. Él deslizó sus manos allí y aflojó
los músculos—. Si nadie sabe acerca de nosotros...
—No. No voy a mentir u ocultar lo que está pasando con nosotros.
Si estamos haciendo esto, lo estamos haciendo de verdad. Quiero salir
contigo, conocer a tus padres —Movió sus cejas—, cortar el césped.
—A la administración no le va a gustar.
—Ellos pueden cortar su propio césped.
Ella suspiró. —Sabes lo que quiero decir.
Sí, sabía lo que quería decir, pero ahora que estaba tan cerca de
tenerla en su vida, no había manera en el infierno que dejaría a su trabajo
obtener el camino de mantenerla allí. Cerrando los ojos, Gabe arropó su
espalda y apoyó la mejilla en la parte superior de su cabeza. La alegría
se apoderó de él como una manta muy gastada y estaría condenado si
alguien o algo se la quitara.
Esto funcionará, él lo lograría, pero primero tenía que trabajar en
hacerlo funcionar con Beth.
—Está bien, vamos a ponerlo sobre la mesa. ¿Qué problemas
estamos mirando?
Ella puso su mano en su antebrazo, rozando sus dedos sobre el
cabello allí. —Un encargado y una enfermera de planta tuvieron una
relación hace unos años. El trato preferencial causó celos y resentimiento
entre el resto del personal hasta que la enfermera a cargo se transfirió a
otro departamento.
—Por lo tanto, tenías a una pareja donde uno supervisó al otro.
—Sí.
Se encogió de hombros. —Los dos estamos en puestos de
liderazgo, por lo que no vemos un problema allí... a menos que alguien
se ofenda si abro la puerta para ti, o te permito elegir en qué mesa
sentarnos para el almuerzo. —Eso fue bastante fácil—. ¿Qué más?
—El tiempo libre del trabajo. Digamos que queremos ir de
vacaciones... ambos gerentes se habrían ido.
—Asistentes, ambos los tenemos. No es la misma cosa como
sustituir a dos miembros del personal.
—Los desacuerdos en el trabajo se filtran en nuestras vidas
personales y causan problemas entre nosotros.
—Somos profesionales. Cuestiones relacionadas con el trabajo
permanecen en el trabajo. —Sigue poniéndolos, nena, y voy a conseguir
derribarlo.
Ella permaneció en silencio durante un momento. Él le dio un
empujoncito con la barbilla. —¿Es así? ¿Eso es todo lo que tienes? —El
suspiro pesado que levantó su pecho le dijo que el siguiente era algo
grande. Tráelo, y voy a derribarlo, también.
—Si… —Ella tragó—. Si esto no funciona... entre nosotros ... sería
difícil trabajar juntos...
—No. —Gabe detuvo ese pensamiento antes de que ella pudiera
llevarlo más lejos. Retiró su rostro de su cuello, echó la cabeza hacia
atrás sobre su hombro, y selló su boca sobre la de ella. La desesperación
y la necesidad aromatizaron el beso, aunque él no podía discernir de
quién—. El único si aquí, es si el trabajo se interpone en nuestro camino,
y yo estaba buscando un trabajo cuando me encontré con éste. Elegí éste
para estar cerca de ti, y eso es todo. Encontrar otro no será un problema.
Estamos primero. —Él agrupó sus brazos alrededor de ella—. Tú estás
primero. —Ella tenía que saber eso, creerlo. Confiar en ello—. Cometí
ese error una vez; No tengo la intención de hacerlo de nuevo. Tú y yo
sabemos mejor que nadie que la vida no ofrece ninguna garantía, pero
me dice que tome lo que tenemos ahora y sigamos con ella, llevarlo a lo
más lejos que llegue.
Estuvo en silencio por un momento y luego murmuró—: Quiero
esto. —Levantó la mirada hacia él, sus ojos feroces con resolución—.
Todavía tengo problemas para trabajar en ello, y lo siento por lo que dije.
Nunca te compararé con él.
Él rozó sus labios sobre los de ella. Entonces, porque podía hacerlo,
lo hizo de nuevo. —Los dos tenemos problemas, vamos a resolverlos
juntos, y te juro que no importa lo que pase, no importa lo enfadado que
esté, nunca voy a levantarte una mano. No puedo, sin embargo,
prometer que no vamos a discutir o pelear por cosas estúpidas. No soy
perfecto.
Ella le dio una mirada. —Es verdad. Pero, ¿sabes qué es lo mejor
de discutir y pelear con un amante?
—¿Qué?
—El sexo de reconciliación es muy caliente.
Ella sonrió.
Se sentó allí por un tiempo, contento de solo abrazar a Beth, sentir
su suspiro mientras se relajaba en sus brazos. —¿Recuerdas en la boda,
justo antes de que Albert se fue fuera de combate? Estaba teniendo una
cerveza con Ian y tú estabas ayudando a tu hijo.
—Lo recuerdo. Estábamos flirteando con la mirada.
Resopló. —Cariño, eso fue follar con la mirada si alguna vez hubo
una.
Su mandíbula cayó. —De todos modos, cuando miré hacia arriba
y vi que me mirabas, me sentí... viva.
Ella lo miró, con los ojos brillantes y húmedos, cuando encontró
los de él. —Al igual que regresar a la tierra de los vivos.
Había dado en el clavo. —Sí, exactamente así. ¿Sabes lo que quiero
decir?
Ella presionó su boca a la suya. —Sé exactamente lo que quieres
decir, y planeo hacer que te sientas de esa manera por un tiempo muy
largo.
Fin
Agradecimientos
Muchas veces, leemos que la escritura es un esfuerzo solitario con
una persona sola que se agacha sobre el teclado escuchando las voces en
su cabeza. Puede sentarse inmóvil, los dedos colocados en las teclas
durante un tiempo indeterminado, luego saltar de su silla y caminar por
el suelo, haciendo gestos extraños de la mano mientras murmura en voz
baja. Ella habla con el monitor y lleva un cuaderno y una pluma con
orejas de perro para anotar ideas, escenas y diálogos fugaces. Google se
convierte en su mejor amigo.
Hay ciertas personas especiales que jugaron un papel muy
importante en la evolución y la finalización de esta, el debut de mi
publicación. Con eso en mente, reconozco humildemente lo siguiente:
A mis compañeras enfermeras de urgencias, Ellen Horn y Kelly
Polak, por leer una parte muy aproximada de este libro y por insistir en
que me apresure y termine, y a Angela Hunter por leer fragmentos y
piezas durante nuestros turnos de noche en la sala de emergencias y por,
bueno... solo ser tú. No hubiera tenido tantos personajes de apoyo en
este libro si no hubiera sido por ustedes tres. Tu amistad y apoyo
significan tanto para mí como la de Connie para Beth.
Mi compañera de crítica, Cathryn Fox, por ser una amiga tan
fabulosa y por mantenerme recta cuando la historia me lanzó curvas.
Sus consejos y sugerencias han desempeñado un papel importante en el
éxito de este libro.
Mis editores: Heather Howland por ver el potencial en este libro y
darle a un nuevo autor la oportunidad de su vida, ya Tahra Seplowin
por su paciencia con un novato, su increíble visión y ayudándome a que
brille.
A Wendy Marcus por estar allí al principio, cuando comenzó una
competencia de propaganda, y Laura Kaye por responder alegremente
a numerosos correos electrónicos. Tu consejo fue y es oro.
Las damas del foro Arlequín "Work in Progress". Sus comentarios,
sugerencias y aliento han significado mucho para mí. Gracias por
celebrar la venta de Playing Doctor conmigo. ¡Estaré allí para ti en tu
día!
A todos los escritores de todos los libros que he leído, luego volví
y leí otra vez y pensé: ese es el tipo de libro que quiero escribir, el tipo
de historia que quiero contar.
A cada lector que lea este libro... Espero que disfrute leerlo tanto
como yo disfruté escribiéndolo.
Sobre El Autor
Jan Meredith siempre le ha gustado leer novelas románticas y
picantes. En 2012, decidió escribir una propia. Lo que comenzó como
una propaganda de dos párrafos para un concurso de escritura terminó
siendo Playing Doctor. Vive en South Central Kentucky, cerca de
Mammoth Cave National Park, con su esposo, Tommy. Pasa los fines de
semana trabajando como enfermera de terapia de infusión y los días de
la semana escribiendo y tramando su próximo libro. Tiene dos hijos,
Phillip, también un RN, y Justin, un estudiante en Western KY
University, estudiando para su BSN en enfermería.
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todos los comentarios, ya sean positivos o negativos. ¡Gracias por leer!