HH.
CARMELITAS TERESAS DE SAN JOSÉ-JORNADA DE RETIRO MENSUAL- ENERO 2021
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
Motivación
La escucha de la Palabra ha sido y será siempre nuclear en nuestra espiritualidad. Por eso intentaremos
afinar el oído para escuchar por dónde Dios nos marca el camino a seguir como comunidad. Es su
Palabra, su presencia entre nosotros nuestra brújula diaria en medio de tantas oscuridades y
ambigüedades.
En estos últimos años hemos hecho un camino como Congregación, como comunidad, y queremos
seguir el derrotero que nos marcamos en el 27 Capítulo General y crecer en fidelidad al Señor. Habrá
novedades a las que nos abriremos, pues cada año es una oportunidad para acoger el misterio de la
vida comunitaria. Seguro que con la lámpara de la oración, de la comunión y, en definitiva, de la fe,
afrontaremos lo que llegue.
Por ello propondremos líneas fuerza para poder caminar avanzando, dando pasos nuevos, en fidelidad
a la Iglesia y a la realidad que clama. Y en comunión. Porque no podemos ser auténticas si no
caminamos en unión de corazón y de espíritu. En el retiro de este mes dejaremos que sea la imagen de
la Vid y la Viña la que nos dé pistas, sugiera nuestra reflexión e ilumine nuestra oración.
La Vid, que es Jesucristo, nos invita a vivir injertadas a su Cuerpo y, al mismo tiempo trabajar en su
viña. Dejaremos, por tanto que las parábolas de la viña nos sugieran y nos interroguen. Al mismo
tiempo queremos que sea la experiencia de estar injertadas en comunión con
Cristo, verdadera vid, la fuente de nuestra vida interior.
Prepárate interiormente para el encuentro con el Señor invocando la
asistencia de su Espíritu:
Canto: El Señor os dará su Espíritu Santo…
Textos bíblicos:
a) Lectura del Evangelio según San Juan 15,1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A
todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no
permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da
fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como
el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis
palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi
Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Como el Padre me amó, yo también
os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en
mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
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b) Is 5, 1-7
Voy a entonar en nombre de mi mejor amigo
el canto dedicado a su viña.
Mi amigo tenía una viña
en un terreno muy fértil.
Removió la tierra, la limpió de piedras
y plantó cepas de la mejor calidad;
en medio de ella levantó una torre,
y preparó también un lagar.
Mi amigo esperaba uvas dulces de la viña,
pero las uvas que dio fueron agraces.
Ahora, habitantes de Jerusalén, gente de Judá,
decid quién tiene la culpa,
si mi viña o yo.
¿Había algo más que hacerle a mi viña?
¿Hay algo que yo no le haya hecho?
Yo esperaba que diera uvas dulces,
¿por qué, entonces, dio agraces?
Pues bien, voy a deciros
qué pienso hacer con mi viña:
le quitaré la cerca, para que la destruyan;
le agrietaré el muro, para que la pisoteen;
la dejaré abandonada.
No la podarán ni la desyerbarán,
y se llenará de espinos y maleza.
Y ordenaré a las nubes
que no envíen su lluvia sobre ella.
La viña del Señor todopoderoso,
su plantación preferida,
es el país de Israel,
el pueblo de Judá.
El Señor esperaba de ellos respeto a su ley,
y solo ve asesinatos;
esperaba justicia,
y solo escucha gritos de dolor.
Reflexión sobre el texto
En el Templo de Jerusalén había una hermosa vid para significar a Israel. Este canto de gozo y de
esperanza por parte de Dios, pronto se convirtió en canto de decepción. “Esperó uvas y le dio
agrazones”. Ese pueblo no era la vid verdadera. Ahora la vid no va a ser un pueblo sino una persona:
la persona de Jesús, la verdadera Vid. Y esta nueva Vid dará el fruto que al Padre le agrada. Él es la
savia, él es la gracia y los que creen en El y lo aman viven ya vida divina, están sellados por el amor
de Dios. En este mundo, los sarmientos, a pesar de estar injertados a la vid, están expuestos a los fríos
y a los calores, a las heladas y a ser podados por las contrariedades de la vida; pero si su cepa está
unida a la vid-madre, nada puede temer porque en las tribulaciones, el alma crece en la fe y en la
esperanza y su tronco se vuelve duro y nada lo podrá desangrar de lo que es su alimento y vida: la vida
divina en él…
¿Quién me podrá apartar del amor de Dios, manifestado en Jesús, mi amado Señor? Nada ni nadie. Y
si por un acaso fuera arrancada del tronco y echada fuera para quemar, su gran misericordia me
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restituirá a la Madre Vid, pues Dios conoce lo que hay en el hombre y sabe que lo buscamos como el
primero y único amor.
Con la imagen de la vid, Jesús, en la última cena, alude tácitamente al nuevo vino selecto, al que ya
se ha había referido en Caná y que Él ahora nos regala: el vino que vendría de su pasión, de su amor
«hasta el extremo» (Jn 13, 1). En este sentido, también la imagen de la vid tiene un trasfondo
eucarístico; hace alusión al fruto que Jesús trae: su amor que se entrega en la cruz, que es el vino nuevo
y selecto reservado para el banquete nupcial de Dios con los hombres. Nos señala el fruto que nosotros,
como sarmientos, podemos y debemos producir con Cristo y gracias a Cristo: el fruto que el Señor
espera de nosotros es el amor -el amor que acepta con Él el misterio de la cruz y se convierte en
participación de la entrega que hace de sí mismo- y también la verdadera justicia que prepara al mundo
en vista del Reino de Dios.
Para la reflexión personal:
Purificación, fruto, vino nuevo, bodas, mandamiento, permanecer, amor, unidad:
¿Cómo afronto mi vida desde estas claves?
¿Cómo me dejo moldear por Dios desde estos parámetros ¿Cuál me cuesta más?
¿Qué experiencias o aspectos crees que debemos trabajar a nivel personal y comunitario en el
momento actual de revitalización y reestructuración en nuestro Instituto?
¿Cuál es mi historia de amistad y amor de Dios conmigo?
¿Cómo descubro que la historia de mi comunidad es historia de amistad con Dios?
Palabras del Papa Francisco
Nuestro Señor expuso esta alegoría a sus apóstoles la noche de la Ultima Cena, y con ella nos introduce
a todos los cristianos en el seno de su intimidad divina. Nos está diciendo que estamos unidos a Él con
un vínculo tan profundo y tan vital como los sarmientos están unidos a la vid. El sarmiento es una parte
de la vid, una especie de -emanación- de la misma. Y por ambos corre la misma savia. Los sarmientos
y la vid no son la misma e idéntica realidad -como no lo son la raíz y el tallo, aunque forman un único
árbol-; son, más bien, la prolongación de la vid. De esta manera, nuestra unión con Cristo es un bello
reflejo -pero muy lejano- de la misma vida trinitaria. Dios nos ha amado tanto que quiso hacernos
partícipes de su naturaleza divina, como nos dice san Pedro en su segunda carta (II Pe 1,4) y nos creó
para gozar de la comunión de vida con Él (Gaudium et Spes, 19).
¡No podía ser más íntima nuestra inserción a la persona de Cristo! Diría yo que es todavía más profunda
y vital que la unión que existe entre la madre y el bebé que lleva en su seno. La criatura recibe todo de
la madre: sangre, alimento, calor, respiración, pero el niño tiene que separarse de la madre en un
momento dado para seguir viviendo y poder crecer y desarrollarse. Más aún, moriría si permaneciera
en el vientre más tiempo del estrictamente necesario. En cambio con los sarmientos no sucede así, sino
al revés: tienen que estar siempre unidos a la vid para seguir viviendo y para poder dar fruto. ¡Así de
total y definitiva es nuestra unión y dependencia de Cristo!
Juan Pablo II en carta apostólica:
Dios nos pide una colaboración real a su gracia (…), pero no se ha de olvidar que sin Cristo “no
podemos hacer nada”.
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No hay que valorar demasiado la acción, ni siquiera la acción apostólica, como si ella fuera la que, en
definitiva, ‘justifica’ nuestra vida consagrada. El seguimiento radical de Jesús, la consagración y la
vida comunitaria son ya en sí mismas, profecía y apostolado, y por tanto, verdadera evangelización.
Habrá que recordar siempre que la cumbre de la acción verdaderamente apostólica es “la pasión”. Para
el apóstol, el declive de sus fuerzas no es el declive de su obra, sino una nueva fase ascendente porque
le invita a un nuevo don de sí mismo, a un nuevo abandono en las manos del Padre: El verdadero
apostolado no es tanto una acción nuestra cuanto una acción de Jesús y del Espíritu –y de María- a
través de nosotras. No es tanto ‘hacer’, cuanto ‘dejar hacer’.
De Místicas de la acción
La unión y comunión viva con Dios, en Jesucristo es la raíz última de toda verdadera acción en servicio
de los hombres. Pero, a su vez, esta acción, cuando es verdaderamente apostólica es principio y raíz
de contemplación y de viva unión con Dios. Ya no hay ‘dos vidas’, sino una sola. Ya no hay
‘dicotomía’, sino unidad e integración vital. Porque ya no es una acción principalmente ‘ascética’, en
cuanto realizada desde nosotras mismas, sino verdadera y propiamente ‘mística’, porque la realizan
Jesús y su Espíritu en nosotras y desde nosotras. Y nosotras consentimos activamente en esa acción.
Oración ante el Santísimo Sacramento desde el verbo “permanecer”, con las siguientes
frases, si te ayudan:
Permanecer en Jesús, vivir unidos a Él acontece…
*Cuando la alegría no depende de que te vayan “bien” las cosas, sino de que Dios sea Dios y lleve
adelante su Reino.
*Cuando das gracias y te alegras por tantos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen del bien
de los demás el centro de sus vidas.
*Cuando todo se resquebraja y una misteriosa fuerza te sostiene, de la que no puedes disponer.
*Cuando haces lo que te toca y dejas al Señor llevar tu vida, la de los otros y la historia entera.
*Cuando más allá de los vaivenes psicológicos una paz misteriosa te sujeta por dentro.
*Cuando solo quieres querer lo que Él quiere y hacer lo que a Él le agrada.
*Cuando la cruz se te hace compañera y Él está contigo llevándola.
*Cuando Jesús, el Señor, lo llena todo, en el amor del Padre y del Espíritu Santo, traspasando el cielo
y la tierra, volcándose en derroche de gracia y bendición.
Se puede concluir compartiendo en comunidad lo experimentado en este día y agradeciendo todo lo
que el Señor nos ha regalado en esta jornada.
Canto final: Gracias, Madre, por tu presencia, tú nos llevas a Jesús, gracias, Madre, por tu
silencio, tú estimulas nuestra fe.
Gracias porque tú sigues amando, gracias porque tú vas actuando, gracias, Madre. Gracias. Porque lo
haces todo entre nosotros, porque tú nos quieres como a hijos, gracias Madre, gracias.
Gracias, Madre, por tu presencia…