EVALUACIÓN PSICOPEDAGÓGICA
AFECTIVA INFANTO JUVENIL
UNIDAD Nº I
Procesos Cognitivos en la Infancia y Juventud.
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SEMANA 2
Consideraciones previas
Alineación Curricular del Material de Estudio
El contenido que se expone a continuación está ligado a la siguiente unidad de
competencia:
- Identificar las características de los procesos afectivos, considerando el rango etario infantil
o juvenil en la que se encuentre el individuo.
Sobre las fuentes utilizadas en el material
El presente Material de Estudio constituye un ejercicio de recopilación de distintas fuentes,
cuyas referencias bibliográficas estarán debidamente señaladas al final del documento. Este
material, en ningún caso pretende asumir como propia la autoría de las ideas planteadas. La
información que se incorpora tiene como única finalidad el apoyo para el desarrollo de los
contenidos de la unidad correspondiente, respetando los derechos de autor ligados a las ideas e
información seleccionada para los fines específicos de cada asignatura.
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Introducción
¡Bienvenidas y bienvenidos una vez más al curso de Evaluación Psicopedagógica
Afectiva Infanto-Juvenil!
En la primera semana de nuestra asignatura, nos abocamos a la compleja tarea de definir
las emociones y su incidencia en el plano educativo. Es bien registrada la influencia que
diversas emociones tienen en el rendimiento académico o en el bienestar de niños y niñas;
su carácter social la provee de una extraordinaria significación para la educación de niños,
adolescentes, jóvenes y adultos. La autoestima es de naturaleza dinámica,
multidimensional y multicausal, es decir, diversidad de influencias que la forman en
interacción continua.
La labor investigativa ha demostrado el modo en que los conflictos afectivos pueden
interferir en la capacidad de aprendizaje de los sujetos, lo que hace imprescindible que la
identificación y expresión de emociones se constituya en un aspecto fundamental a
desarrollar en el hogar, lo que facilitará el apoyo mutuo en las etapas difíciles individuales
o familiares. Indagaremos, precisamente, en esas etapas difíciles, revisando las
principales alteraciones emocionales y cómo impactan en la consecución de objetivos
pedagógicos de los estudiantes.
En esta nueva semana, es turno de profundizar en una de las emociones más relevantes
y que mayor trascendencia tiene en el plano académico: la autoestima. La autoestima se
puede definir como el valor que la persona se otorga a sí misma; será mayor en la medida,
en que la persona se acepte y menor, según, la proporción de desaprobación que se
atribuya. Es un término que ha recibido profusa atención desde hace un buen tiempo:
autores como Freud -que se refería a ella como “el deseo de ser importante"- y Ayn Rand
–quien sostenía que la “psicología de la autoestima” sería indispensable para el
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crecimiento intelectual del individuo y el completo bienestar psicológico- avizoraron la
importancia que tendría a nivel de las humanidades. Junto con definirla conceptualmente,
y revisar cuál ha sido la trayectoria del término en las últimas décadas, revisaremos cómo
se gesta, cómo se ve potencia -o aminora-, y el rol que los grupos de referencia -familia y
escuela, especialmente- pueden desempeñar en su incremento.
Ciertamente, la familia y la escuela juegan un papel esencial, pues son los medios donde
el joven aprende los valores de su cultura y se empapan de relaciones sociales afectuosas
lo que termina por constituir una personalidad: la autoestima es un sentimiento valorativo
de nuestro ser, de quiénes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales
y espirituales que configuran esa personalidad.
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Ideas fuerza
• Autoestima, autoaceptación, autovaloración, autoafirmación, autoimagen,
autoconcepto, autoevaluación, autonomía y un largo etcétera. Muchos conceptos
para una idea sumamente relevante, pues la autoestima atraviesa toda la
trayectoria biográfica de la persona; se incrusta en su personalidad y le va a
determinar en una serie de ámbitos: la educación es solo uno de ellos, aunque
tremendamente importante.
• El aspecto común a todas las definiciones sobre autoestima es concebirla como
multidimensional, pues además de las variables tradicionales (sexo, edad,
apariencia física, personalidad, asertividad, etc.), se consideran otras no tan
convencionales (entorno familiar, estatus socioeconómico, modalidades de
socialización, valores personales) como antecedentes.
• El concepto de autoestima suele encontrarse unido al de autoconcepto,
utilizándose muchas veces de manera indistinta. Existen dos aspectos en las
percepciones del sujeto respecto a sí mismo: por un lado, un aspecto cognitivo
vinculado al autoconcepto, idea o concepto de sí mismo, y un segundo aspecto
predominantemente emocional, donde se incluye la autoestima.
• La autoestima puede disminuir o aumentar, debido a múltiples sucesos
relacionados con elementos tan variados como la familia, la escuela o la
comunidad, y en dependencia de la sensibilidad del sujeto. Peor aún, la baja
autoestima puede estar presente en muchos problemas psicológicos, así como
también en el rendimiento académico o profesional, puesto que la opinión que
tenga un estudiante de su rendimiento influirá en su autoevaluación y a su vez en
su autoestima.
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• La autoestima es una de las principales fuentes de motivación de las personas
adolescentes en la escuela. El respaldo social, que en sus primeros años reciben
de la familia, contribuye a que el menor posea una buena autoestima, lo que debe
ser ampliado en años posteriores por los otros grupos de referencia en los que va
insertándose -compañeros de escuela, docentes y amigos.
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Índice
EL CONCEPTO DE AUTOESTIMA .................................................................................... 8
ALTERACIONES EN LA AUTOESTIMA: CAUSAS Y CONSECUENCIAS ............................................15
AUTOESTIMA Y RENDIMIENTO ACADÉMICO ...............................................................16
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Desarrollo
EL CONCEPTO DE AUTOESTIMA
Autoestima, autoaceptación, autovaloración, autoafirmación, autoimagen, autoconcepto,
autoevaluación, autonomía y un largo etcétera. Muchos conceptos para una idea
sumamente relevante, pues la autoestima atraviesa toda la trayectoria biográfica de la
persona; se incrusta en su personalidad y le va determina en una serie de ámbitos: la
educación es solo uno de ellos, aunque uno tremendamente importante.
El término “Autoestima” es la traducción del concepto “self-esteem”, un constructo
introducido en la disciplina psicológica para dar cuenta de la valoración que una persona
hace de sí misma (por ello se vincula con esos otros conceptos que mencionamos al inicio,
como self-concept y “self-efficacy”. Es un concepto que nos remonta a los cimientos de la
Psicología: el padre de la disciplina, el estadounidense William James, la introdujo en su
monumental obra “The Principles of Psychology”, en 1890, en el capítulo que dedica a la
conciencia del yo. La concebía como un autosentimiento, dependiente de lo que nos
propongamos ser y hacer. Se suele decir que el autoestima, para este pionero, podría
expresarse en la siguiente fórmula: Autoestima = Éxito/Pretensiones.
Con una capacidad visionaria que sorprende (para una obra escrita hace más de 130
años), James distinguía tres tipos de autoestima: la material, la social y la espiritual. La
primera hacía referencia a la vanidad personal, la modestia, el orgullo por la riqueza o el
temor a la pobreza, entre otras ideas. La autoestima social apuntaba al orgullo social y
familiar, la vergüenza y la humildad. La autoestima espiritual, en cambio, se vincularía al
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sentido de la superioridad moral, sentido de inferioridad o de culpa, entre otras
sensaciones.
Con posterioridad a James, múltiples autores y entidades, de diversas ramas del
conocimiento, quisieron aportar en la discusión entregando nuevas definiciones y
particularidades. Desde la década de los 80, incluso, la autoestima ha pasado a
amplificarse el uso del término hacia ámbitos no estrictamente psicológicos, como la
publicidad, la economía o la política, refiriéndose a ella como algo cuya posesión o
carencia determina todas las posibilidades de equilibrio psicológico y éxito personal de un
sujeto (González, 1999: 218)
Sin lugar a duda, el investigador que mayor tiempo dedicó a trabajar la autoestima ha sido
el psicólogo estadounidense Stanley Coopersmith. Definió la autoestima como la
evaluación que hace el individuo respecto de sí mismo, y que expresaría una actitud de
aprobación o desaprobación, poniendo de manifiesto el grado en que el sujeto se
considera importante, capaz, con éxito y valioso. En ese sentido, la autoestima sería una
percepción subjetiva que se manifiesta como actitud de aprobación o desaprobación, a
menudo de forma inconsciente.
Un compatriota suyo, el connotado psicólogo humanista Carl Rogers -a quien un estudio
de 1982 lo colocó como el psicoterapeuta más influyente de la historia, incluso por delante
del mismísimo Sigmund Freud-, definió la autoestima como un conjunto organizado y
cambiante de percepciones que se refiere al sujeto, quien reconoce como descriptivo de
sí y que percibe como datos de identidad.
Para Polaino-Lorente (2000), la autoestima es la creencia acerca del propio valor,
susceptible de dar origen y configurar ciertos sentimientos relevantes acerca de uno
mismo y a través de ellos del propio concepto personal, de los demás y del mundo.
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La denominada “Biblia de la Psicología”, el diccionario de la American Psychological
Association, define la autoestima como el grado en que las cualidades y características
contenidas en el propio autoconcepto son percibidas como positivas; refleja la imagen o
representación física de la persona, la visión de sus logros y capacidades, así como de
los valores y de la percepción del éxito, es decir, cuanto más positiva sea la percepción
del conjunto de esas cualidades y características mayor será su autoestima.
Latinoamérica no ha quedado fuera de la discusión en torno al concepto: Renny
Yagosesky, destacado psicólogo venezolano y doctor en Psicología Cognitiva, define la
autoestima como el resultado del proceso de valoración profunda, externa y personal que
cada quien hace de sí mismo en todo momento, esté o no consciente de ello. Para él, la
autoestima es un constructo que transciende la idea básica de autovaloración, y va más
allá a incorporar aspecto biopsicosocial, pues la debilidad de la autoestima afecta la salud,
las relaciones y productividad mientras que su robustecimiento potencia la salud, su
adaptabilidad social y sus capacidades productivas.
Para Milicic (2001), por su parte, autoestima, sería el sentimiento del propio valer, la
apreciación de sí mismo, el aprecio de intereses propios a partir de sus habilidades,
indicando a su vez que existen diferencias entre los niveles de autoestima que tienen
influencia en el estilo de vida y el desarrollo personal.
Otros autores, como Silva-Escorcia y Mejía-Pérez (2015) vinculan la autoestima con otros
términos como la autorrealización, concibiéndolo como su componente final (Recordemos
que en la conocida “Pirámide de las necesidades”, postulada por Abraham Maslow, la
autorrealización tiene un espacio preponderante, en lo más alto de ella), o con la
autodignidad que conformaría el cimiento primario de la autoestima, ya que es una
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impresión socialmente natural de nosotros mismos con respecto a lo que somos
merecedores de aspirar como seres humanos.
Pilares de la autoestima.
Fuente: Silva-Escorcia y Mejía-Pérez, 2015
En general, el aspecto común a todas estas definiciones es percibir la autoestima como
un constructo jerárquico, con la autoestima global ubicada en el vértice superior de la
jerarquía, y multidimensional, pues además de las variables tradicionales (sexo, edad,
apariencia física, personalidad, asertividad, etc.), se consideran otras no tan
convencionales (entorno familiar, estatus socioeconómico, modalidades de socialización,
valores personales) como antecedentes.
Bracken, en la misma línea, establece una escala multifuncional donde se identifican seis
dimensiones de la autoestima: académica, social, familiar, competencia personal o ética,
afectiva y física. Otros autores plantean que el desarrollo de la autoestima tiene seis fases
organizadas en orden ascendente en términos de complejidad: autoconocimiento,
autoconcepto, autoevaluación, autoaceptación y autorrespeto. La sexta es la síntesis de
todo lo anterior que se traduce en la autoestima. Para Hernández, Belmonte y Martínez
(2018) algunos aspectos de los que depende una buena autoestima son la formación
personal, la construcción de la felicidad y salud mental, el establecimiento de relaciones
adecuadas con el entorno, mayor relajación y autocontrol, y el desarrollo del aprendizaje
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y por ende del rendimiento escolar. Finalmente, otros investigadores suelen asociar cinco
factores a la autoestima: la “seguridad”, la “identidad”, la “integración”, la “finalidad”; y, por
último, la “competencia” (Toala y Grasst, 2020)
Cabe consignar que el concepto de autoestima suele encontrarse unido al de
autoconcepto, utilizándose muchas veces de manera indistinta. El autoconcepto consiste
en un proceso mediante el cual la persona percibe sus propias características y
reacciones, siendo la imagen que el individuo tiene de sí mismo y reflejando las
experiencias y los modos en que estas experiencias se interpretan. La autoestima, en
cambio, insiste más en la evaluación de las características. (Melcón y Melcón, 2001)
Para Polaino-Lorente (2000), el autoconcepto se entiende como el conjunto de
cogniciones y actitudes que cada persona tiene respecto de sus aptitudes, capacidades,
corporalidad, habilidades, destrezas, roles sociales, etc., es decir, acerca de su entera
personalidad. El autoconcepto suele estar asociado a diferentes niveles: cognitivo,
emocional-afectivo y conductual, y los factores que lo determinan tienen que ver con la
actitud, la motivación, el esquema corporal, el concentrado de aptitudes y el conjunto de
valoraciones externas a las que tenemos acceso (Silva-Escorcia y Mejía-Pérez, 2015)
Para Melcón y Melcón (2001) existen dos aspectos en las percepciones del sujeto
respecto a sí mismo: por un lado, un aspecto cognitivo vinculado al autoconcepto, idea o
concepto de sí mismo, y un segundo aspecto predominantemente emocional, donde se
incluye la autoestima.
Otro elemento que cabe mencionar es que, si bien solemos hablar de una autoestima
individual, existe una nueva línea de pensamiento que postula la existencia de una
autoestima colectiva, pues la pertenencia a grupos o categorías sociales suelen verse
como fuentes de la autoestima. La autoestima colectiva sería entonces la evaluación que
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hace el propio individuo y a la percepción de la evaluación que hacen otros acerca de esos
grupos. (Sánchez, 1999)
ANTES DE CONTINUAR CON LA LECTURA…REFLEXIONEMOS
¿Cómo puedo saber si mi autoestima es alta o baja? ¿Se puede medir?
Antes de revisar algunas alteraciones que afectan la autoestima, debemos hacernos una
pregunta: hemos mencionado reiteradamente las implicancias de contar con una
autoestima alta o baja, pero ¿cómo llegamos a esa conclusión? ¿podemos medir algo que
no podemos observar? Tal situación es, con seguridad, la mayor complejidad en materia
de diagnóstico e intervención del fenómeno: cómo poder cuantificar algo que no podemos
ver a ciencia cierta ni palpar. Además, mencionan Acosta y Hernández (2004), la
privacidad que del concepto de sí mismo tiene cada persona complejiza su valoración.
¿Qué solución nos queda?
Para responder a la anterior interrogante, debemos considerar la utilización de
metodología inferencial, consistente en describir por una persona, que no sea el propio
sujeto, la autoestima que de sí mismo tiene un individuo a partir de una serie de productos
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del sujeto en cuestión: respuestas a test proyectivos, conductas específicas, contenido de
entrevista, y otros (Acosta y Hernández, 2004)
Desde la década de los sesenta, se han desarrollado diferentes instrumentos con el fin de
evaluar la autoestima. Coopersmith, de a quien mencionábamos previamente, comenzó
con un estudio pionero, en 1959, que le significaría años después publicar una escala de
medición de autoestima para niños. Utilizando una enorme muestra, de 1947 niños de 10
años de edad, elaboró un instrumento que, incluso hoy, es ampliamente utilizado y
adaptado, incluso para población adulta. Chile no quedó fuera de tal tendencia: sobre la
traducción de Prewitt-Díaz, se adaptó la prueba por parte de Brinkmann y un equipo de la
Universidad de Concepción, tarea que se desarrolló, en 1988, sobre un grupo de 1.330
estudiantes de 1° y 2° de enseñanza media.
Un segundo ejemplo, igualmente o más reconocida es la RSES, Rosenberg Self-Esteem
Scale o Escala de autoestima de Rosenberg (1973), quizá la más utilizada en las
investigaciones científicas -incluido nuestro país-, quienes la han validado y traducido a
múltiples idiomas. Además de su aceptación, cumple una serie de requisitos muy valiosos:
su administración es muy sencilla, se lleva a cabo y corrige en muy poco tiempo y devuelve
información sobre la autoestima a nivel global. Estos ejemplos representativos responden
a nuestra interrogante y nos dan luces sobre cómo es posible medir la autoestima, aunque
sea de manera indirecta.
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ALTERACIONES EN LA AUTOESTIMA: CAUSAS Y CONSECUENCIAS
La autoestima puede disminuir o aumentar, debido a múltiples sucesos relacionados
elementos tan variados como la familia, la escuela o la comunidad, y en dependencia de
la sensibilidad del sujeto. Peor aún, la baja autoestima puede estar presente en muchos
problemas psicológicos, así como también en el rendimiento académico o profesional,
puesto que la opinión que tenga un estudiante de su rendimiento influirá en su
autoevaluación y a su vez en su autoestima.
Algunas de las causas que provocarían una baja de la autoestima podrían ser: el miedo,
la tensión, los fracasos, las enfermedades, la angustia, la ansiedad, la disfunción sexual,
las neurosis, la gordura, el incumplimiento de las metas, y las adicciones, entre otras
(Acosta y Hernández, 2004)
Niveles bajos de autoestima han sido asociados con sentimientos de aislamiento, apatía
y pasividad, mientras que una autoestima alta se relaciona con personas más activas,
menos ansiosas y con mejores relaciones sociales. (Hernández, Belmonte y Martínez,
2018) Una causa que se repite constantemente en los diversos estudios sobre causas de
una autoestima baja es el estrés, provocada a su vez por diversos factores sociales
(Acosta y Hernández, 2004)
Podríamos hablar de la existencia de trastornos de la autoestima, tanto menores o
mayores. En el caso de los primeros son los que acontecen en personas que no padecen
propiamente un trastorno psicopatológico específico, por lo que las alteraciones de la
autoestima suelen estar más relacionadas con el desarrollo de la personalidad, las
prácticas de crianza, la educación recibida, los conflictos familiares y las dificultades en el
contexto sociocultural (Polaino-Lorente, 2000: 121). Es así como pueden gravitar en su
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gestación, padres y educadores pueden hacer mucho también en la , prevención,
detección precoz y posible intervención psicopedagógica.
En el caso de los trastornos mayores, por otra parte, son los excesos y defectos de la
autoestima como consecuencia de otros trastornos psicopatológicos más o menos graves
que preceden, acompañan o siguen a aquella. El caso más emblemático es el déficit de
autoestima en la enfermedad depresiva, aunque no está remitido solo a esta: también
ocurre con los trastornos obsesivos-compulsivos, la anorexia nerviosa, la esquizofrenia,
los trastornos de la personalidad, la ansiedad, las toxicomanías y los trastornos
psicosomáticos (Polaino-Lorente, 2000).
AUTOESTIMA Y RENDIMIENTO ACADÉMICO
Como venimos mencionando desde la pasada semana, las emociones se encuentran
relacionadas fuertemente con el rendimiento académico, y la autoestima es uno de los
ejemplos más representativos de tal vínculo; son muchos los estudios que han hallado
relaciones entre autoestima y rendimiento, creatividad y ajuste.
Melcón y Melcón (2001) sostienen que su experiencia en el campo educativo les ha
revelado la importancia que tiene la autoestima, como fuerza estimuladora, para llegar a
la madurez personal; la falta de propia estimación constituye un poderoso factor
desencadenante de inadaptación, capaz de alterar el curso normal de la vida del niño o
del joven.
Por este y otros motivos, el rol que la familia y la escuela pueden desempeñar debe ser
una obligación que aúne la educación en valores y que coordine la intervención ante
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posibles dificultades en niños y adolescentes; la colaboración familia-escuela es
imprescindible para la educación de niños y adolescentes.
De acuerdo con variadas investigaciones, la autoestima podría ser el resultado de la
percepción del entorno familiar inmediato. En esa dinámica, interactúan componentes
como el capital social, humano y económico, haciendo del medio ambiente familiar uno de
los mejores predictores de la autoestima global. En consecuencia, esos estudios proponen
que:
a) los componentes del entorno familiar inmediato se relacionarán positivamente
con la autoestima; y
b) la autoestima mediará las relaciones entre los componentes del entorno familiar
inmediato y el desempeño académico (Omar, Urteaga, Uribe y Soares, 2010)
Pese a lo que podría pensarse a priori, el nivel educacional de los padres (capital
humano), la fortaleza de las relaciones padre-hijo (capital social) y la frecuencia
con que padres e hijos realizan actividades culturales conjuntas (capital cultural)
tienen mayor relevancia sobre la autoestima que el capital económico disponible
por parte de la familia. (Omar, Urteaga, Uribe y Soares, 2010: 108)
Volviendo al plano educativo, sabemos que la autoestima es una de las principales fuentes
de motivación de las personas adolescentes en la escuela. Estudiantes con autoestimas
bajas son propensos a presentar resultados insuficientes, además de conductas poco
productivas en la esfera social, como renuencia, hostilidad y desgano. (Silva-Escorcia y
Mejía-Pérez, 2015: 254). La importancia de la etapa escolar radica en que define o ayuda
a definir la personalidad de los niños toda vez que, teniendo una autoestima alta, le
permitirá ser más decidido y tener más confianza en sí mismo, como así también afrontar
con entereza momentos difíciles de la vida. Por el contrario, los niños con una autoestima
baja están más propensos a trastornos, falta de amor propio, desmotivación y, la mayoría
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de las veces, susceptibles de adquirir malos hábitos o adicciones relacionadas al
alcoholismo o drogadicción (Fernández, 2014).
La conducta del niño y la niña deben ser motivadas y uno de los compromisos mayores
del establecimiento educativo debe ser facilitarle vivencias satisfactorias. (Melcón y
Melcón, 2001). En la edad escolar, los niños y niñas son capaces de formar autoconceptos
amplios e inclusivos que integran diferentes aspectos del yo, reconociendo cualidades y
defectos, capacidades y dificultades. En cuanto al desarrollo de su autoestima, algunos
autores sostienen que dependerá de la visión que posean de su propia capacidad de
trabajo productivo, lo que se resuelve a esta edad con una crisis evolutiva denominada “la
suficiencia frente a la inferioridad”, que desarrolla la virtud de la competencia
proporcionándoles una visión de sí mismo como alguien capaz de dominar las habilidades
y realizar las tareas. El respaldo social, que en sus primeros años reciben de la familia,
contribuye a que el menor posea una buena autoestima, lo que debe ser ampliado en años
posteriores por los otros grupos de referencia en los que va insertándose -compañeros de
escuela, docentes y amigos.
Los niños y niñas con una autoestima positiva suelen atribuir el fracaso a factores ajenos
a sí mismos o a la necesidad de realizar un mayor esfuerzo y, si inicialmente no tienen
éxito, perseveran buscando nuevas estrategias; por el contrario, quienes poseen una baja
autoestima va a atribuir los fracasos a sus propias deficiencias, las que consideran
incapaces de cambiar; tal frustración y desesperanza les restringe de la motivación
necesaria para intentar nuevas estrategias
En los siguientes años, y con la entrada en la adolescencia, la situación se complejizará,
pues comienza una etapa de búsqueda identitaria, posibilitada por las capacidades que
ha adquirido en su desarrollo cognitivo. Esa formación de identidad suele tener una
naturaleza de imitación, en el sentido en que los adolescentes toman como modelos a
otras personas. Otro factor a incorporar en esa ecuación es la inserción del sujeto en la
actividad laboral. Dependiendo de la cultura en la cual se encuentre inserto, existirán
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ciertas habilidades que resulta imperioso que sepan, pues son aquellas que la sociedad
valora de mayor manera. Esa comunidad evaluará las habilidades del sujeto y tal
evaluación determinará directamente a la autoestima, lo que debe relevarse desde muy
temprano en la trayectoria biográfica. Los esfuerzos para dominar una destreza pueden
ayudar a los niños/as a formar un autoconcepto positivo, como la “virtud” que se desarrolla
con la resolución satisfactoria de una crisis en competencia, una visión del yo como capaz
de dominar destreza y completar tareas.
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Conclusión
La autoestima ha pasado a engrosar las filas de los conceptos esenciales de la educación
en el mundo. Paradójicamente, muy pocos diagnósticos conciben el estudio de la
autoestima de los estudiantes, debido fundamentalmente a la falta de conocimiento teórico
al respecto y a la falta de instrumentos que permitan medir el nivel de desarrollo de un
proceso interno como es la autoestima.
Esa “invisibilidad” complejiza la tarea de abordar el autoestima, especialmente en áreas
como las que competen a este curso, es decir, en la evaluación. Un enfoque meramente
cognitivo del desempeño de los niños y niñas en sus actividades reduce las posibilidades
de abordar integralmente tan complejo problema, por lo que resulta preciso considerar las
esferas afectiva y volitiva que intervienen en el mismo, en este caso la educación de la
autoestima y la perseverancia.
Un segundo obstáculo radica en la falta de colaboración que muchas veces se percibe
desde las propias familias y otros agentes socializadores, llegando hasta el punto de
enfrentar puntos de vista y entrar en acusaciones mutuas, cuando el resultado de la
educación o socialización no es el deseable.
Bajo ese panorama poco alentador se debe levantar la labor profesional. Si bien es
complejo, no resulta imposible abordar el fenómeno de la autoestima; es más, las
investigaciones indican que las intervenciones llevadas a cabo en edades tempranas
parecen resultar más eficientes cuando se llevan a cabo en el ámbito escolar, siendo éste
un lugar particularmente favorable para producir mejoras.
El empleo de estos programas de intervención puede resultar especialmente útil en
poblaciones donde la autoestima es más inestable (Rodríguez y Caño, 2012)
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Precisamente, la forma en que podemos evaluar esta y otras emociones será el tópico a
revisar en la siguiente unidad del curso, lo que nos instará a revisar no solo otros aspectos
teóricos, sino, más práctico aún, profundizar en los instrumentos en materia evaluativa
que nos ayuden a sopesar el efecto del plano afectivo en la educación
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