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PROGRAMA No. 0148
LEVÍTICO
Capítulo 1:4 - 17
Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro recorrido por el libro de Levítico. En nuestro
programa anterior, comenzamos a estudiar el capítulo 1 de este tercer libro del Antiguo
Testamento, y avanzamos hasta el versículo 3, donde dice:
3
Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad
lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová. (Lev. 1:3)
Note usted que dice: de su voluntad lo ofrecerá. Estas palabras representan una libertad y
albedrío sin traba alguna. El Señor Jesús dijo: Si alguno tiene sed, venga a mí. Esta es una
invitación que incluye a toda la familia humana. Nadie es excluido, excepto aquellos que se
excluyen a sí mismos. El Señor Jesús da una sola condición: Si alguno tiene sed. Usted dirá
pues: “Yo no tengo sed”. Bueno, quizá esto no sea para usted. Pero si usted tiene sed, Él le
convida a venir a Él y le promete saciar su sed. Isaías también incluyó esto en su invitación en el
capítulo 55 de su profecía, versículo 1, donde dice: A todos los sedientos: Venid a las aguas.
Cualquiera puede venir a Cristo si escoge venir a Él. Debe haber una necesidad y un deseo. Y si
usted tiene una necesidad y siente un deseo, ahora es el momento de venir a Cristo Jesús.
Ahora, notemos que sólo dos tipos de animales podían ser usados para el holocausto. Los
animales silvestres que eran animales de rapiña y los animales carnívoros, no eran permitidos en
ninguno de los sacrificios. Los animales cuyas vidas dependían de la muerte de otros animales,
nunca podían revelar a Cristo quien vino para dar Su vida en rescate por muchos. Una
restricción adicional era que el animal tenía que ser un animal limpio y amansado. No podía ser
producto de la caza. Sólo aquello que era de valor y aprecio para su dueño podía ser ofrecido,
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porque Dios no escatimó ni a Su propio Hijo. Cristo sufrió en la cruz, pero el Padre sufrió en el
Cielo. La restricción final revela que el animal que se ofrecía era obediente al hombre. ¡Qué
cuadro tenemos aquí! Cristo era el siervo obediente. Vino para ministrar y fue obediente hasta la
muerte.
El holocausto es la única ofrenda que se menciona en la Biblia hasta el tiempo del Levítico, y
era la ofrenda que debían ofrecer los que querían acercarse a Dios. El holocausto se llama “olah”
en hebreo. Significa “lo que sube”. No es irreverente decir que el holocausto se esfumaba, pues
era consumido totalmente en el altar; no quedaba nada sino sólo las cenizas. Esto revela que el
holocausto es lo que Dios ve en Cristo. Pablo declaró en Efesios, capítulo 5, versículo 2, que
Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Aquí en
el capítulo 1 de Levítico, encontramos en los versículos 9, 13 y 17 que el holocausto era un
sacrificio “de olor grato para Jehová”.
Esto es lo que Dios ve en Cristo. Puede que no sea lo que usted ve en Él, ni lo que yo veo en
Él. Pero es lo que Dios ve en Cristo, y esa es la cosa más importante. Dios está diciendo que
está satisfecho con lo que Jesús hizo por los pecados suyos y por los míos. En realidad, el
Evangelio simplemente le pregunta al hombre: “¿Estará usted satisfecho?” Dios está satisfecho
de que Jesús lo haya pagado todo por usted y que le puede salvar perpetuamente si pone su
confianza en Él. Pero la pregunta es: “¿Está usted satisfecho con este sacrificio de Jesucristo?
¿Tan satisfecho que lo acepte personalmente como paga de sus propios pecados?
Notará usted que dice que el sacrificio debe ser un macho, y eso habla de poder. Habla del
hecho de que el Señor Jesús es poderoso para salvar y que le puede salvar perpetuamente, según
lo declara el escritor a los Hebreos, en el capítulo 7 de su carta, versículo 25. Entonces, el
sacrificio debe ser sin defecto. Lo que quiere decir que el animal tenía que ser un ejemplar ideal
y perfecto. Esto habla de la perfección de Cristo y no hay pecado en Él; así lo dice el Apóstol
Juan en su primera carta, capítulo 3, versículo 5. Y el Apóstol Pedro en su primera carta,
capítulo 2, versículo 22, declara: el cual no hizo pecado. También el Apóstol Pablo, en su
segunda carta a los Corintios, capítulo 5, versículo 21, dice: Al que no conoció pecado.
También, el escritor a los Hebreos, dice en el capítulo 7, versículo 26: “Porque tal sumo
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sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”. Y en el
evangelio según San Mateo, capítulo 3, versículo 17, encontramos las palabras del mismo Padre
celestial quien hablando desde los cielos dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo
complacencia”.
Volviendo ahora al versículo 3 de este capítulo 1 de Levítico, leemos: “De Su voluntad lo
ofrecerá.” Los hombres debían traer su ofrenda voluntariamente. Debido a la muerte expiatoria
del pequeño animal, el pecador era recibido por Dios. El animal tenía que ser ofrecido, no en
vida, sino en muerte. Esto era absolutamente imperativo. Amigo oyente, no es la vida sin
defectos de Cristo, ni nuestra aprobación de Él, lo que nos salva. Es Su muerte, sólo Su muerte,
la que puede salvar al pecador. Vimos en nuestro estudio en el Evangelio de Marcos que, cuando
Cristo murió, el velo del templo se rasgó en dos dándonos acceso a Dios. Es Su muerte, la que
salva al pecador; fue Su muerte la que abrió el camino hacia Dios.
Es que, el velo es Su carne, según lo vemos en Hebreos 10:20. Su perfecta vida nos excluye
de Dios. Lo que Dios demanda es una vida que sea tan perfecta como la vida de Cristo, y ni
usted, amigo oyente, ni yo podemos reproducirla. Su vida es la norma. El Padre pudo decir en
cuanto a Jesús: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Usted y yo no podemos
satisfacer esa norma. Por tanto, la vida de Cristo no puede salvarnos. Nos excluye de Dios, así
como el velo en el tabernáculo excluía al hombre de la presencia de Dios. Se hace entonces
imprescindible otra base para poder llegar a Dios.
El único camino es por medio de la muerte de Cristo. Ella fue la que rasgó el velo. En el
mismo momento en que usted y yo llegamos mediante la muerte de Cristo, el camino a Dios está
abierto. Es la muerte de Cristo la que salva al pecador.
Recuerde que la ofrenda debía ser traída voluntariamente. No era obligatoria; no es tampoco
obligatorio que usted venga a Cristo. Pero si usted quiere ser salvo, entonces tendrá que venir a
Cristo. Dios no tiene otro camino. En Juan 14:6, el Señor Jesús dijo: “. . .nadie viene al Padre,
sino por mí”. Usted puede pensar que esto es dogmático y estrecho. ¡Y le diré que es
exactamente así! Pero lo interesante es que este camino le traerá a Dios. Ahora, no es un hecho
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que usted tiene que venir; allí es donde entra en juego su libre albedrío. No es obligatorio que
usted venga, pero si quiere venir a Dios, entonces tendrá que venir por este único camino porque
Dios ha escogido este camino. El hecho es que Él no puede aceptar la justicia suya; no quiere ni
una fracción de su propia justicia. El Apóstol Pablo, escribiendo a Tito, dice en el capítulo 3,
versículo 5: “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su
misericordia”.
Volviendo ahora al versículo 3, de este capítulo 1 de Levítico, leemos que dice: “A la puerta
del tabernáculo”. Este es otro imperativo. No podían ofrecer su sacrificio expiatorio en ningún
otro lugar. Esto era para guardar a Israel de la idolatría. Estaban tan predispuestos a caer en la
idolatría y cayeron tantas veces que por fin, ésta llegó a ser la causa de la cautividad babilónica.
Y esto, a propósito, tiene un mensaje para nosotros. Y es evitar el presumir que podemos llegar a
Dios por nuestro camino, según nuestros términos. No nos toca a nosotros fijar las condiciones
para venir a Dios. Es Dios, amigo oyente, quien fija las condiciones. Y ante Dios, como dice
Isaías en el capítulo 64 de su libro y versículo 6: “todos nosotros somos como suciedad, y todas
nuestras justicias como trapo de inmundicia”. Dios no aceptará nuestras justicias. Muchos
creen que la justicia de Dios es simplemente algo que está a un nivel un poco más alto que la
justicia de los hombres. ¡Pero eso no es verdad! La justicia de Dios, amigo oyente, es
enteramente santa! La única justicia que Dios puede aceptar es la justicia de Dios, la que nos es
dada por fe en Jesucristo. No se puede trabajar para obtenerla. No se la puede comprar. Usted
no tiene nada que ofrecer a Dios y su propia justicia simplemente fracasará. Dios no aceptará
nuestra pobre justicia. La ofrenda tiene que ser presentada a la puerta del tabernáculo. Amigo
oyente, el camino de la cruz es el único camino que conduce al Cielo. No hay otro camino.
Cristo dijo que: “Nadie viene al Padre, sino por mí”. (Juan 14:6). Pasemos ahora al versículo 4
de Levítico capítulo 1:
4
Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación
suya. (Lev. 1:4)
“Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto”. El Dr. Kellogg llama a esto “un hecho
de designación”. Esto es revelado en Levítico, capítulo 24, versículo 14, donde los testigos
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debían poner las manos sobre el blasfemo antes que fuera muerto a pedradas. Moisés puso su
mano sobre Josué designándole así como su sucesor. El Dr. Kellogg escribió un libro muy bueno
sobre Levítico. Ahora está agotado, pero es un libro tan maravilloso que quisiéramos citar un
pasaje que habla en cuanto al poner la mano sobre la cabeza del animal y dice así: “Simbolizaba
una transferencia, según la provisión misericordiosa de Dios, de una obligación de sufrir por el
pecado del que ofrece, a la víctima inocente. En lo sucesivo, la víctima ocupaba el lugar del que
ofrecía, y así era tratada”. Hasta aquí, la cita del Dr. Kellog.
En otras palabras, cuando el hombre entraba y ponía su mano sobre la cabeza del pequeño
animal que debía ser muerto, designaba a este pequeño animal como su reemplazante. El hombre
estaba confesando así que él mismo merecía morir. Amigo oyente, cuando usted acepta a Cristo
como su Salvador personal, usted está diciendo que usted es pecador y que no puede salvarse a sí
mismo. Expresa que usted desea arrepentirse de sus pecados y que desea acudir al Salvador, y
que quiere vivir para Él. El pequeño animal moría como substituto de quien lo ofrecía. Eso es lo
que Cristo hizo por nosotros. Cuando usted acepta a Cristo, usted pone su mano sobre Él. Le
designa como su Salvador personal.
Hay quienes parecen tener la idea de que hay algún mérito en la acción misma de la
imposición de las manos. Creen que hay alguna transferencia de poder. Lo único que puede ser
transferido, amigo oyente, por medio de la imposición de las manos son los microbios patógenos.
No se transfiere nada, sino que designa a otro para tomar su lugar. Cuando ponemos las manos
sobre un misionero, como lo hizo la iglesia en Antioquía con Pablo y Bernabé, designamos que
está saliendo en nuestro lugar; que es nuestro representante.
Cristo pues, tomó nuestro lugar. Esto es lo que significan las palabras del Apóstol Pablo, en
su segunda carta a los Corintios, capítulo 5, versículo 21: “por nosotros lo hizo pecado”, y en
Romanos 4:25, donde dice: “el cual fue entregado por nuestras transgresiones”.
En el hebreo original esta imposición de manos sobre el animal ofrendado significa el poner
las manos de tal manera que pesan sobre otro. “Sobre mí pesa tu furor” es como traduce el
Salmo 88:7, la Biblia de Jerusalén. Esta parte de la ceremonia habla de la expiación, y la
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aceptación de parte de Dios de la ofrenda mediante la muerte de la víctima. “Será aceptado para
expiación suya” – estas son las últimas palabras del versículo 4 de Levítico 1.
Hemos dicho antes que la expiación quiere decir “encubrir”, y no “quitar”. El escritor a los
Hebreos, nos dice en el capítulo 10, versículo 4: “Porque la sangre de los toros y de los machos
cabríos no puede quitar los pecados”. El Cordero de Dios tiene que quitar el pecado.
Esta ofrenda se hacía públicamente. El ofrendante iba al tabernáculo y caminaba al lado del
altar y allí daba muerte al pequeño animal. Era un hecho público. Y amigo oyente, es necesario
que uno confiese a Cristo públicamente. Es por la fe que ponemos la mano sobre Cristo, pero el
público necesita saber que lo estamos haciendo. Creemos que esto es principalmente el
significado del bautismo del creyente en Cristo. El bautismo significa “ser identificado con”.
Esta es una confesión pública de que uno se ha identificado con Cristo en Su muerte y en Su
resurrección. A partir del versículo 5 de este capítulo 1 de Levítico, comenzamos a considerar el
ritual del holocausto. Leamos el versículo 5:
5
Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de
Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la
puerta del tabernáculo de reunión. (Lev. 1:5)
Llegamos ahora al ritual del holocausto. El pecador debía traer la víctima para la ofrenda a la
entrada del tabernáculo donde se encontraría con un sacerdote. El pecador mismo mataba la
víctima. Hay una sola excepción que notaremos en los versículos 14 y 15. El Apóstol Pablo, nos
dice en Romanos 6:23: “La paga del pecado es muerte”. Aquí el inocente muere por el
culpable. De la misma manera, “También Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo
por los injustos”, según lo expresa el Apóstol Pedro en su primera carta, capítulo 3, versículo 18.
Nuestros pecados, amigo oyente, mataron a Jesucristo. El pecado mío y el pecado suyo causaron
la muerte de Cristo. Nos cansamos a veces de escuchar los argumentos en cuanto a quién causó
la muerte de Cristo. Acusan a los príncipes religiosos, a la nación de Israel, a la nación romana,
en fin. Pero, amigo oyente, pueden argüir todo lo que quieran; el hecho es que si yo no fuera
pecador y si usted no fuera pecador, ninguno le habría matado. Fue nuestro pecado que le mató.
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Notemos ahora que cada sacrificio tenía que ser muerto. O bien el pecador, o sino el
sacerdote que representaba a la nación, mataba la víctima. No había perdón aparte de la sangre
derramada de la víctima. Y así hoy en día, es sólo la sangre de Cristo la que nos puede limpiar
de todo pecado. Después de matar la víctima, el sacerdote era quien se encargaba de lo demás.
Rociaba la sangre sobre el altar. La sangre simbolizaba la vida y el rocío la presentaba a Dios.
Leamos ahora los versículos 6 al 9 de este capítulo 1 de Levítico:
6
Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas. 7Y los hijos del sacerdote Aarón
pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. 8Luego los
sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los
intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar; 9y lavará
con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar;
holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová. (Lev. 1:6-9)
Todo tenía que hacerse decentemente y con orden. Dios no es un Dios de confusión, amigo
oyente. La ofrenda debía ser despedazada en porciones para que pudiera ser descubierta y
también para que pudiera ser consumida con más facilidad por el fuego. La vida interior del
Señor Jesucristo ha sido abierta para nuestra inspección ya por más de 2.000 años, y en verdad,
Jesucristo ha sido examinado más que cualquiera otra persona. Hay más desacuerdo en cuanto a
Jesucristo que en cuanto a cualquier otro personaje histórico. Esto fue cierto en el tiempo cuando
Él vivía sobre la tierra, y todavía es verdad hoy en día. Jesús todavía hace la pregunta: “¿Quién
dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” Hay toda clase de criterios hoy en día y no
faltan los que realmente son blasfemos. Sin embargo, todavía es cierto que Él es “santo,
inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”. (Heb. 7:26) Leamos ahora los versículos 10
al 13, de Levítico capítulo 1:
10
Si su ofrenda para holocausto fuere del rebaño, de las ovejas o de las cabras, macho
sin defecto lo ofrecerá. 11Y lo degollará al lado norte del altar delante de Jehová; y los
sacerdotes hijos de Aarón rociarán su sangre sobre el altar alrededor. 12Lo dividirá en
sus piezas, con su cabeza y la grosura de los intestinos; y el sacerdote las acomodará
13
sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar; y lavará las
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entrañas y las piernas con agua; y el sacerdote lo ofrecerá todo, y lo hará arder sobre
el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová. (Lev. 1:10-13)
Note usted una vez más, que la ofrenda es despedazada en porciones y totalmente
descubierta. Jesucristo, quien ha sido puesto bajo examen por todos estos años, todavía hoy es
del todo deseable.
Notemos también que el fuego tenía que ser usado en el altar. El fuego no representa
necesariamente el infierno, ni la venganza, ni la ira. No estamos de acuerdo con los que exageran
tanto este significado del fuego. El fuego no simbolizó estas cosas en la zarza ardiente que le
apareció a Moisés. El fuego muchas veces simboliza la fuerza purificadora y el poder irresistible
de Dios. Malaquías 3:3 nos dice: “Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a
los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata”. El fuego es aquella fuerza irresistible
de Dios, que a veces destruye y a veces limpia, y a veces consume. La índole del objeto
determina el proceso que tomará.
Aquí en el holocausto, el fuego habla de la entrega total de Cristo a Dios. Es la consagración
absoluta. En nuestra experiencia, esto también es esencial si es que vamos a adorar a Dios en
espíritu y en verdad. Deuteronomio 4:24 dice: “Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor,
Dios celoso”.
Amigo oyente, usted no puede simplemente divertirse y salir bien con Dios. Y es por eso
mismo que hay tanto que es falso en nuestras iglesias hoy. Es por eso que hay tanto que es falso
en lo que se hace pasar por servicio cristiano en nuestros días. Amigo oyente, queremos
decírselo bondadosamente, pero usted no está sirviendo a Dios a menos que usted esté
permitiéndole limpiar y purificar su vida. Nos hemos olvidado de este asunto de la santidad en
nuestros días. Hace falta en las iglesias y en nuestras propias vidas. Continuemos ahora leyendo
los versículos 14 al 16 de Levítico, capítulo 1:
14
Si la ofrenda para Jehová fuere holocausto de aves, presentará su ofrenda de
15
tórtolas, o de palominos. Y el sacerdote la ofrecerá sobre el altar, y le quitará la
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cabeza, y hará que arda en el altar; y su sangre será exprimida sobre la pared del altar.
16
Y le quitará el buche y las plumas, lo cual echará junto al altar, hacia el oriente, en
el lugar de las cenizas. (Lev. 1:14-16)
La pobreza no constituía ninguna excusa para no traer a Dios una ofrenda. Se podía
substituir al becerro o cordero por un ave. Cualquiera podría salir a buscar una ave para
ofrecerla. ¿Notó usted que cuando nuestro Señor Jesucristo nació, Sus padres ofrecieron
tórtolas? Sus padres eran pobres, y Jesús nació en la pobreza. Veamos ahora en el versículo 17,
cual es el motivo del holocausto:
17
Y la henderá por sus alas, pero no la dividirá en dos; y el sacerdote la hará arder
sobre el altar, sobre la leña que estará en el fuego; holocausto es, ofrenda encendida
de olor grato para Jehová. (Lev. 1:17)
Note usted que esta es la tercera vez que se menciona que era una ofrenda de olor grato para
Jehová. Es claro que este era el motivo del sacrificio. Es lo que Dios ve en Jesucristo. Y aquí,
amigo oyente, tenemos que detenernos por esta oportunidad. En nuestro próximo programa,
Dios mediante, estudiaremos la ley del holocausto, aunque en realidad esta ley no aparece aquí en
el capítulo 1 de Levítico. La ley del holocausto se encuentra en el capítulo 6, en los versículos 8
hasta el 13 y le recomendamos estudiarla y prepararse para nuestro próximo programa. Le
recordamos que las notas y bosquejos de estos estudios bíblicos están a su orden sin costo alguno
de su parte. Solicite este material escribiendo a la dirección que mencionaremos en unos
instantes. Esperamos recibir su carta muy pronto. Será pues, hasta nuestro próximo programa,
amigo oyente, es nuestra oración ¡que el Señor le bendiga en gran manera!
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