Juan: El Rey divino
Introducción
La fe cristiana se construye sobre una secuencia lógica simple. Un hombre llamado Jesús
vivió en la antigua Palestina. Afirmó ser Dios. También afirmó que sería asesinado y que
resucitaría de los muertos. Él fue asesinado. Resucitó de entre los muertos. Por tanto, su
afirmación de divinidad fue verificada indudablemente y, con eso, la autoridad de toda su
enseñanza con respecto a quién era, por qué vino y la importancia de su muerte por nosotros.
Este es el mensaje de todos los Evangelios. Pero ninguno proclama esta preciosa secuencia
de evidencia más claramente que el Evangelio de Juan. ¿Por qué fue escrito este libro?
Echemos un vistazo a lo podríamos llamar la «declaración de tesis» de Juan en el capítulo
20, versículos 30-31.
«Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están
escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo
de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».
Durante nuestro tiempo juntos en la mañana de hoy, examinaremos todo el Evangelio de
Juan, pero este versículo será nuestra guía. Discutiremos brevemente la autoría del libro, la
fecha y la composición. Luego, en primer lugar, miraremos lo que Juan que deberíamos
creer: «Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios».
En segundo lugar, veremos por qué deberíamos creer: «Pero éstas se han escrito para
que creáis». «Éstas» son las señales milagrosas que Juan registra, dándonos una razón para
creer.
En tercer y último lugar, miraremos los resultados de creer: «para que creyendo,
tengáis vida en su nombre».
Autor y fecha
Pero inicialmente, como ya mencioné, algo de contexto básico, empezando por la autoría. Al
igual que los otros Evangelios, el autor de libro de Juan no se identifica. No obstante, a
diferencia de los otros Evangelios, cuando el autor escribe acerca de los discípulos, no habla
del discípulo Juan en tercera persona. En cambio, menciona «el discípulo a quien amaba
Jesús», y en el capítulo 21 indica que él es el discípulo amado. De allí, que el apóstol Juan se
registra como el autor de este Evangelio a comienzos del siglo II d. C. por el padre de la
iglesia, Policarpo, quien era discípulo de Juan. Y la riqueza de los relatos de primera mano
en este libro, especialmente en escenarios privados, sugiere que el autor debió haber sido
parte del círculo más íntimo de Jesús.
El evangelio parece haber sido escrito después de los otros tres, en parte porque alude
la futura muerte de Pedro en el capítulo 21:18-19 como un acontecimiento pasado. Dada la
tradición de que Juan vivió una vida bastante larga en Éfeso, se cita una fecha bastante
antigua en el siglo I, quizá cerca del año 90 d. C. Curiosamente, dada su fecha tardía, es
gracias a Juan que tenemos el fragmento físico más antiguo de cualquiera de los Evangelios,
que data alrededor del año 125 d. C.1.
Composición
Pero volviendo a la composición del libro en sí, al leerlo, notas de forma inmediata algunas
diferencias significativas de los tres primeros Evangelios en tu Biblia. Eusebio, un padre de
la iglesia primitiva, escribe: «Juan, sabiendo que los detalles externos habían sido registrados
en los Evangelios, animado por sus discípulos y movido divinamente por el Espíritu a
componer un Evangelio espiritual», en otras palabras, un Evangelio más enfocado
exclusivamente en la identidad y propósito de Jesús como el Hijo de Dios.
1
Rylands Library Papyrus P52
Lo que eso implicó es un libro de cinco secciones. Estas se destacan en el bosquejo
de tu folleto.
La primera mitad del capítulo 1 contiene las famosas palabras del prólogo: «En el
principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios», y la increíble
descripción del Jesús divino que sigue. El resto del capítulo 1 hasta el capítulo 12 relata el
ministerio público de Jesús, conteniendo la mayoría de las señales milagrosas que Juan usa
para incitar la fe de su audiencia. El capítulo 12 marca entonces un momento decisivo en el
Evangelio. Previo a este punto, Jesús ha comentado frecuentemente: «Aún no ha venido mi
hora» (2:4, 7:6, 7:8, 7:30, 8:20). Pero inmediatamente seguido de la entrada triunfal en
Jerusalén en el capítulo 12:23, escuchamos a Jesús decir: «Ha llegado la hora para que el
Hijo del Hombre sea glorificado»2.
Y a partir de este punto, Jesús enseña de manera privada, un ministerio que abarca los
capítulos13 al 17. Los capítulos 18 al 20 describen su pasión, muerte y resurrección. Y el
capítulo 21, actuando como un epílogo, culmina el libro con una exhortación a seguir a este
Mesías resucitado.
Habiendo establecido el contexto, volvamos a la declaración de propósito de Juan en
el capítulo [Link] «Pero éstas [señales] se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo,
el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».
Lo que deberíamos creer
En primer lugar, ¿qué deberíamos creer? Debemos creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de
Dios. Dos cosas básicas que vemos aquí: que Jesús es Dios, y que cuando Jesús vino como
el Mesías, vino para hacer algunas cosas muy específicas. Veremos cada una de ellas por
turno.
2
Véase también 13:1, 16:21, 16:32, 17:1.
Jesús es Dios
Primero, debemos creer que Jesús es Dios. A muchas personas les gusta hablar de Jesús como
un sabio ambulante, un profeta radical, un maestro dotado, un hombre de negocios ejemplar,
o como un simple reflejo del carácter de Dios. Pero muchos de aquellos que realmente
conocieron a Jesús, que caminaron con él y le escucharon enseñar, no lo consideraron como
nada de eso. Lo odiaban.
Vemos esto a lo largo de todo el libro de Juan. Se escandalizan de él en el capítulo 2 (2:12-
15). Lo llamaron mentiroso en el capítulo 7 (7:12). Frecuentemente intentaron juzgarlo (7:30-
32) e incluso apedrearlo en los capítulos 7 y 8 (8:59). ¡Incluso buscaron asesinar a Lázaro
después de que Jesús lo resucitó de los muertos en el capítulo 12 (12:10-11)! Y luego, por
supuesto, Jesús fue traicionado, arrestado, amarrado, interrogado, golpeado, azotado,
burlado, coronado con espinas y crucificado.
Claramente, cualquier cosa que Jesús enseñó que suscitó una reacción violenta, no fue solo
una sabia enseñanza acerca de ser amables los unos a otros. No, estas reacciones parecen
resultar de cómo Jesús se describió a sí mismo como Dios.
Ahora bien, adivino que la mayoría estará de acuerdo con esa declaración. Después de todo,
nos encontramos en una iglesia creyente de la Palabra esta mañana. Sin embargo, no te retires
aquí. Si vamos a ser fieles en el evangelismo, necesitaremos insistir en que Jesús afirmó ser
Dios. Así que, al estudiar esta declaración en el libro de Juan, ten presente a tus amigos no
cristianos. Incluso más significativamente, como cristianos, la verdad de este hecho, que
Jesús afirmó ser Dios, es vital para nuestra fe. No hay mejor lugar al que acudir para recordar
y meditar sobre esta verdad que el Evangelio de Juan. Permíteme examinar brevemente algo
de esta evidencia.
Jesús le dijo a Nicodemo en el famoso Juan 3:16 que él es el «Hijo unigénito» de Dios.
Explicando lo que eso significa en el capítulo 5, versículo 26, Jesús dijo: «Porque como el
Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo». El Padre
tiene «tiene vida en sí mismo»; es autosuficiente. Sin embargo, ¡el Padre da al Hijo «vida en
sí mismo»! Lo que eso significa en el contexto es que el Hijo de Dios también es
autosuficiente, su vida no depende del Padre; más bien, como Dios, el Hijo puede dar vida a
aquellos que están espiritualmente muertos. Este acuerdo recíproco de igualdad entre el Padre
y el Hijo, glorificándose mutuamente por igual (Juan 17), está en el centro de la enseñanza
de Jesús de sí mismo.
Y sus afirmaciones de deidad fueron entendidas. En Juan 5:18, sus oponentes estaban
furiosos porque «decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios». Más adelante,
los judíos insisten, en el capítulo 19, versículo 7: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra
ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios». No solo uno de muchos hijos de
Dios; el Hijo de Dios.
Y no deberíamos malinterpretar esta filiación como algo secundario a, o creado por el Padre.
Jesús la usó de forma opuesta, para demostrar que él era de la misma esencia de Dios. Vemos
esto particularmente en los famosos dichos «Yo soy» del Evangelio de Juan: «Yo soy la vid
verdadera» (15:1), «Yo soy el buen pastor» (10:11), «Yo soy la resurrección y la vida»
(11:25), «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (14:6) y así sucesivamente. Todos estos
habrían incitado a la mente hebrea a recordar las palabras de Yahvé a Moisés por la zarza
ardiente: «YO SOY EL QUE SOY» (Ex. 3:14). Por esa razón, cuando Jesús dice «De cierto,
de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy» en Juan 8:58, el pueblo trató de
apedrearlo. Jesús está afirmando ser eterno, preexistente… Dios mismo.
Como lo dice tan claramente en Juan [Link] «Yo y el Padre uno somos».
Incluso si tu profesor universitario o nuestros amigos musulmanes, o la revista Time lo
niegan, podemos escuchar lo que esos judíos monoteístas y piadosos escucharon en los
tiempos de Jesús: Jesús estaba afirmando ser Dios.
Pero eso es solo la mitad de lo se nos dice que debemos creer. «Pero éstas se han escrito para
que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios…». ¿Qué dice Juan acerca de que Jesús es
el Cristo (la palabra griega para Mesías)? ¿Qué vino a hacer Jesús?
Lo qué Jesús vino a hacer
El Evangelio de Juan nos dice que como el Cristo, él vino a hacer una serie de cosas.
En primer lugar, vino a exponer la incomprensión y la desobediencia. Estaba mostrando a
una sociedad profundamente religiosa, pero hipócrita que necesitaban a un salvador. Este es
el punto de gran parte de la controversia en torno a Jesús sanando en el día de reposo. Como
Jesús dice después de dicha sanidad, en Juan [Link] «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo
trabajo». ¿El punto? Mira la lógica: Dios no deja de trabajar por el bien de todo el pueblo en
el día de reposo. Jesús sana a un hombre en el día de reposo y dice que está actuando justo
como su Padre. Por tanto, Jesús es Dios. Para los fariseos, el día de reposo era una manera
de medir su tarjeta de fariseísmo. Para Jesús, era una manera de demostrar su identidad como
el Salvador. Los fariseos no entendieron el punto. Y así, Jesús expuso sus corazones
endurecidos de incredulidad.
Pero para quienes que lo escuchan, la segunda cosa que vino a hacer fue proveer un sacrificio
para la salvación de los pecadores. Como dijo a los judíos en el capítulo 12: «No he venido
a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo». Por eso, Juan el Bautista en el capítulo 1 llama a
Jesús: «El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1:29). Jesús es el cordero de
Pascua que fue asesinado en lugar de los pecaminosos seres humanos. Y así, en el capítulo
6, luego de alimentar a los 5000, Jesús dice: «De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la
carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero» (6:53-54).
Tenía la intención de derramar su sangre y quebrantar su cuerpo cuando lo levantaron en la
cruz. Lo que quiere decir con esta enseñanza es que los pecadores deben poner su confianza
y su fe en su sacrificio sustitutivo.
Pero por encima de nuestra salvación, hay un tercer y mayor propósito para todo esto:
que Jesús pueda ser glorificador por el Padre. Al entrar en Jerusalén, Jesús anuncia: «Ha
llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado» (12:23). Y al orar en Juan 17
justo antes de ser crucificado: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también
tu Hijo te glorifique a ti» (17:1). La pasión que está en el clímax de este libro no es en
definitiva una historia contigo y conmigo en el centro, aunque somos los beneficiarios eternos
de este sacrificio. No, es una historia que se centra en el Padre y el Hijo, recibiendo
correctamente la gloria de nuestra salvación, a medida que las promesas de misericordia y
las afirmaciones de justicia de Dios finalmente se reconcilian.
Eso es lo que deberíamos creer según el libro de Juan. Que Jesús es el Hijo de Dios,
y que como Cristo, vino a revelar nuestro pecado, a salvarnos de él y a ser glorificado.
Por qué deberíamos creer
Las señales
¿Por qué deberíamos creer? Esa pregunta nos lleva a las señales reveladoras que marcan el
libro de Juan. Juan estructura su Evangelio en torno a siete milagros (ocho, si incluyes la
resurrección) que proporcionan evidencia para la afirmación de Jesús de ser el Cristo, el Hijo
de Dios. Y, afortunadamente para nosotros que somos lentos para entender, la mayoría de
ellos están acompañados de una extensa enseñanza que nos ayuda a entender lo que significan
estas señales.
Recorramos las páginas del libro de Juan juntos para mostrarte de lo que estoy hablando.
Señal #1: Juan 2 comienza con Jesús convirtiendo el agua en vino en la boda: «Este principio
de señales hizo… y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él» (2:11). ¿Qué
significa esta señal? Más adelante, en el capítulo 3, Jesús explica a Nicodemo que solo se
puede entrar en el reino de Dios si ha nacido «de nuevo». Y esto debe ser un milagro del
Espíritu de Dios: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,
espíritu es» (3:6).
Por tanto, la señal muestra el poder de Jesús para transformar. Su principal interés no es la
transformación de un líquido a otro. Está aquí para inaugurar un nuevo pacto, en el cual su
propio cuerpo es el nuevo templo del pueblo de Dios. Y ese nuevo pacto, como predijeron
los profetas, requerirá una transformación del corazón humano más milagrosa que cualquier
otra señal, una transformación tan completa que es llamada el nuevo nacimiento.
Señal #2: Llegamos al capítulo 4. Jesús está hablando con la mujer samaritana en el pozo, y
dice que si ella supiera quién era realmente, le habría pedido «agua viva» (4:10). ¿Está esta
nueva vida, el nuevo nacimiento, disponible a todo el que pide? Más adelante en el capítulo,
un oficial le pide a Jesús que sane a su hijo. Pese a que están muy lejos del muchacho, el
oficial se entera después que a las siete, justo cuando Jesús había dicho «tu hijo vive», es
precisamente cuando su hijo fue sanado. Esta es la segunda señal, y demuestra que podemos
pedirle vida a Jesús, y será otorgada.
La señal #3 está en el capítulo 5, y es la sanidad del día de reposo en el estanque
llamado Betesda que mencione anteriormente. El milagro hace que la multitud reconozca que
Jesús reclama la misma autoridad que Dios el Padre. Por tanto, puedes ver que el cuadro se
completa. El hombre que fue sanado escuchó la voz de Jesús en cierto sentido; pero Juan
5:25 dice: «Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los
que la oyeren vivirán». Señala un milagro mucho mayor.
Las próximas dos señales (#4 y #5), la alimentación de los 5000 y Jesús caminando
sobre el agua, se explican en el discurso del «Pan de Vida»: «Jesús, el pan de vida» en el
capítulo 6. Y aquí tenemos una nueva arruga en la historia. ¿Cómo se dará esta nueva vida?
Ya mencioné la analogía de Jesús. «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida
eterna…» (6:54). Sí, Jesús es el pan del cielo que alimenta y salva a su pueblo. Pero tal
salvación solo será impartida, porque su propio cuerpo es dado a sus seguidores.
Señal #6: Ahora las señales y las explicaciones invierten el orden. En el capítulo 8, versículo
12, Jesús afirma ser la luz del mundo, que da vista espiritual. Esta afirmación es ratificada en
el capítulo 9 cuando Jesús sana al hombre ciego de nacimiento. La sexta señal. Jesús explica
en Juan 9:4-5: «Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura;
la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del
mundo». El milagro de Jesús es una ilustración de la necesidad de todos nosotros de ser libres
de la ceguera spiritual, y una advertencia de que él es el único que puede hacerlo.
Señal #7: Y esto nos lleva a la explicación de la séptima señal, que está por llegar.
Paradójicamente, Juan yuxtapone el discurso del «Buen Pastor» de Jesús en el capítulo 10,
donde dice que él entregará voluntariamente su vida por sus ovejas (10:14, 17-18) y la
resurrección de Lázaro en el capítulo 11, donde demuestra que posee poder incluso sobre la
muerte. Ahora bien, si Jesús puede levantar a los muertos ¿Por qué sacrificaría su propia
vida? La respuesta está en Juan 10:18. «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.
Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar». Si Jesús resucita a Lázaro
de los muertos, luego entrega su propia vida, podemos estar seguros de que su muerte no es
un accidente ni una conspiración del destino. Él ha entregado su vida por decisión propia,
por amor a nosotros, sus ovejas.
La séptima señal, entonces, la resurrección de Lázaro en el capítulo 11, es lo que finalmente
nos conduce a la pasión de Cristo y a la mayor de las señales en el libro de Juan, la
resurrección de Jesús de entre los muertos.
Así que… ¿por qué deberíamos creer? En realidad no por causa de las siete señales. Muchos
vieron los milagros de Jesús y no creyeron en él. Es lo que significan los milagros, como
Jesús les explica, lo que debería hacer que nos aferremos a Cristo en fe. Como mencioné al
inicio de la clase, Jesús afirmó ser Dios, predijo su resurrección, y de hecho, resucitó de los
muertos. Esa es toda la evidencia que necesitamos. Pero creemos porque estas señales nos
muestran que estamos espiritualmente ciegos, condenados por Dios y con una necesidad
desesperada de una nueva vida.
Qué significa creer
En un momento en el capítulo 6, el pueblo pregunta directamente qué deben hacer para
complacer a Dios. Jesús responde: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha
enviado» (6:28-29).
Quizá esta mañana estás aquí y reconoces que Dios es santo y justo. Nos creó y espera que
le obedezcamos y complazcamos en cada área de la vida. Pero todos hemos fallado en
cumplir ese encargo. Lo que es peor, hemos abandonado a Dios en nuestro pecado y vivido
para complacernos, en lugar de quien nos creó. Por ello, Dios es justo al condenarnos a todos
al castigo eterno en el infierno. Con todo, como ya hemos visto en el libro de Juan, que hay
una gran esperanza para nosotros, porque de tal manera amó Dios al mundo: «que ha dado a
su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»
(3:16). Jesús murió y resucitó de la tumba, para que todos los que se arrepientan de sus
pecados y crean en él puedan ser perdonados y hereden esta nueva vida, por su gracia
complaciéndole eternamente.
Si así es como somos reconciliados con Dios, entonces creer es fundamental para
comprender. Entonces, ¿cómo creemos? ¿Qué significa creer?
En Juan 1, aprendemos que significa «recibir» a Jesús. Versículos 12-13: «Mas a todos los
que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;
los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón,
sino de Dios». Por tanto, creer es una especie de recibir, y aparentemente Dios produce esto
en nuestros corazones.
Incidentalmente, la idea de que creer es, en última instancia, obra de Dios, está escrita en
todo el libro. En Juan 5:21 se nos dice que el Hijo da vida a quien él desea. Vemos en el
capítulo 6, versículo 37 que el Padre nos da al Hijo para que podamos creer. Y en Juan 10:16,
aprendemos que cuando las ovejas que no son del rebaño de las ovejas de Dios entran, son
«traídas» por él.
Entonces, creer es un tipo de recibir, y es obra de Dios. Pero, ¿qué es exactamente lo que
recibimos?
Bueno, para empezar, recibimos y creemos sus palabras. Jesús describió la incredulidad como
el fracaso de tener la «palabra morando en vosotros» (5:38). Positivamente, describió el creer
como confianza en lo que las Escrituras dicen acerca de él (5:39).
Pero, además, la fe verdadera no significa simplemente creerle a Jesús, es decir, creer que
está diciendo la verdad. Más bien, la frase que vemos una y otra vez es creer en Jesús. «El
que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá
eternamente» (11: 25-26). Creer, entonces, es confiar completamente en su persona y confiar
totalmente en lo que enseña de sí mismo.
Creer, entonces, para resumir, es recibir a Cristo como un acto de Dios. ¿Qué significa
recibir? Confiar en las palabras y la obra de Jesús. Y con esta idea de confianza en su lugar,
tiene sentido que Jesús describa la vida de un creyente como una vida de amor por Dios.
Jesús dijo a sus discípulos: «el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y
habéis creído que yo salí de Dios» (16:27). Este amor no es un simple sentimiento; Juan
14:21 nos recuerda que la fe amorosa resulta en obediencia: «El que tiene mis mandamientos,
y los guarda, ése es el que me ama».
Debemos creer en estos hechos acerca de Jesús: que vino de Dios, vivió, murió y resucitó. Y
debemos creer en la persona y obra de Jesús, que podemos confiar en su amor y sacrificio
por nosotros en la cruz. Pero cuando recibimos estas cosas a través de la obra de Dios en
nuestros corazones y vidas, creeremos en él con amor y obediencia perseverantes.
Los resultados de creer
Y eso nos lleva a la tercera parte de la declaración de propósito de Juan para el libro: «Pero
éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que
creyendo, tengáis vida en su nombre» (20: 31). ¿Cuáles son los resultados de creer? Como
dice Juan en este versículo, al creer, se nos dará vida en el nombre de Jesús. Varias
declaraciones están involucradas en este proceso.
Es importante saber dónde comenzamos: en la muerte. Jesús nos dice en el capítulo 5, el
versículo 24: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió,
tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». En ese
sentido, nacemos muertos. Sin fe, estamos condenados por nuestro pecado.
Creer da como resultado salvación
Pero, como Jesús le dice a Nicodemo: «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (3:17). ¡Alabado sea el Señor!
Jesús vino a salvar. El primer resultado de creer es nuestra salvación.
Pero hay más.
Creer da como resultado vida
En segundo lugar, creer da como resultado vida. El tema resuena en voz alta a lo largo de
todo el Evangelio. Jesús dio vida al hijo del noble en el capítulo 5. Se llamó a sí mismo el
«pan de Dios» que da vida al mundo (6:33).
En esto, Jesús se diferencia de los líderes religiosos de la época. Jesús sintetiza el contraste
entre ellos y él en Juan [Link] «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he
venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». Entonces… ¡vida en
abundancia! Él nos puede dar una vida plena porque nos da su vida, ¡una vida llena de gracia,
verdad y gozo! Mientras oraba al Padre en el capítulo 17: «Pero ahora voy a ti; y hablo esto
en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (17:13). ¿Es esta vida gozosa
libre de dificultades? No. Citando a Jesús en Juan 16: «En el mundo tendréis aflicción; pero
confiad, yo he vencido al mundo» (16:33).
Si eres cristiano, pero sientes ese gozo distante y ausente, pasa un tiempo en el libro de Juan
aprendiendo de la plenitud de la vida de Jesús, del gozo de Jesús. Debido a que este gozo está
en él, y no en ti y tus circunstancias, esto significa que los cristianos pueden encontrar
verdadero gozo en medio de la adversidad.
Creer da como resultado vida eterna
Pero la vida que proviene de creer no es solo plena, es eterna. «De cierto os digo», dice Jesús:
«El que cree en mí, tiene vida eterna» (6:47). La vida eterna se da como un regalo de Cristo:
«yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (10:28).
La vida eterna es de otro mundo: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida
en este mundo, para vida eterna la guardará» (12:25). Y la vida eterna, finalmente, es
comunión con Dios. Jesús la define hermosamente en su oración final: «Y esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado»
(17: 3).
Creer da como resulta en amor
Por último, creer no solo da como resultado salvación y vida eterna, sino que también da
como resultado amor. «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo
os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis
discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (13:34-35). Para nosotros en CHBC,
amarnos unos a otros puede sonar como un cliché. Pero Jesús dice que es una señal reveladora
de la fe cristiana. Tal vez podríamos usar este versículo para diagnosticar el estado de nuestra
fe esta semana. Mentalmente repasa tus relaciones en la iglesia y pregúntate: «¿Estoy
pensando, hablando, actuando de manera amorosa hacia esa persona?». Luego, reflexiona
sobre el amor de Cristo que vemos en Juan. Don Whitney escribe: «Dios es la fuente del
amor que arde en el corazón cristiano. Debemos disfrutar de su amor antes de que podamos
esperar que brille consistentemente en nosotros hacia los demás»3.
¿Por qué es tan importante para nosotros obedecer los mandamientos de Cristo? Porque él
dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». Y de esta manera podemos saber que
realmente creemos no solo acerca de, sino en, este salvador, Jesucristo. Si lo amamos a él y
a su pueblo.
Conclusión
Así que ese es el mensaje del libro de Juan. El objetivo: creer en Jesús como el Hijo de Dios:
El motivo: las señales que nos ha dado. El resultado: la vida eterna, demostrada en nuestro
amor mutuo.
Una manera de resumir el libro es mirar la historia del fariseo, Nicodemo. Aparece en este
Evangelio casi como una versión en miniatura de lo que Juan anhela ver en todos nosotros.
En el capítulo 3, un Nicodemo curioso, pero escéptico se acerca a Jesús, de noche, en
privado, para hacerle algunas preguntas. Y se va confundido. Ya en el capítulo 7, Nicodemo
sugiere públicamente que quizá Jesús merece un juicio más justo. Y en el capítulo 19, se
encuentra presente en el entierro de Jesús y ayuda a preparar su cuerpo. Juan nos muestra que
3
Whitney, Diez preguntas para diagnosticar tu salud espiritual.
ha ocurrido una transformación: Nicodemo pasó de ser escéptico a simpatizante, y de
simpatizante a salvo.
¿Has experimentado tal transformación? ¿Un nuevo nacimiento? ¿Ves el amor de Cristo por
ti en tu amor por otros? Lee el Evangelio de Juan, y úsalo conforme a su propósito: nacer en
tu corazón para que también tengas vida eterna.
Primera edición en español: 2019
Copyright © 2019 por 9Marks para esta versión española