jack el destripador, el
primer asesino en serie
mediático de la historia
La identidad del autor del brutal de asesinato de cinco prostitutas
del East End de Londres en 1888 sigue siendo un misterio que
alimenta todo tipo de teorías más de un siglo después. De hecho,
a pesar de haber transcurrido más de un siglo, los investigadores
siguen intentando descubrir al asesino con las técnicas de ciencia
criminal más adelantadas que existen.
Revolución industrial Biografías
Guardar
En 1888, una serie de horribles crímenes cometidos en el barrio de Whitechapel
horrorizaron a los londinenses y a Europa entera. Nada se supo del autor, bautizado como
Jack el Destripador, lo que da idea de su brutal modus operandi.
Foto: Le Journal Illustré
Redacción
Actualizado a 01 de septiembre de 2022 · 13:36 · Lectura: 12 min
finales del siglo XIX. Inglaterra es la más poderosa de las naciones de la
Tierra, y Londres, la mayor ciudad del mundo. Incluso sin saberlo, eso es
algo que cualquier viajero puede intuir de una mirada. Las torres
del Parlamento de Westminster se alzan orgullosas para hablar
del dominio político británico, del mismo modo que los bancos de
la City controlan el comercio internacional. Mientras, el Times da cuenta de
las diversiones de la aristocracia en todo lo que va del music hall a las
batidas para la caza del zorro. Para guardar la paz, la Armada rige los
mares y la admirada policía británica "revela, nada más verla, el esplendor
del Imperio". Desde el palacio de Buckingham, la reina Victoria corona la
edad de mayor brillo y poder de la historia de Inglaterra.
Lee sin límites la revista Historia National Geographic por solo 3€/mes
Empieza ahora
Sin embargo, no todo es brillo en aquella Inglaterra. Y para comprobarlo
no hace falta irse a las minas de carbón o a los "satánicos telares"de
Manchester. A muy poca distancia de las elegancias del West End,
todavía existe en Londres una zona "inexplorada como Tombuctú". Es
el East End y, dentro del East End, Whitechapel es el lugar donde la
miseria toca fondo. Hablamos de un dédalo de callejas inundadas por
las emanaciones malolientes del Támesis. De unos bajos fondos donde
las enfermedades, el alcoholismo y la prostitución causan estragos entre
sus ochenta mil almas. De un barrio cuyas casas, hacinadas, parecen
inclinarse amenazadoramente sobre quien reúna el valor para pasearse a
su sombra. Whitechapel es el Londres que el resto de Londres no
quiere ver. Pero, en el otoño de 1888, toda Inglaterra terminaría por
volver los ojos a esa barriada de mala nota. Porque Whitechapel iba a ser
el siniestro escenario de los crímenes de Jack the Ripper, el Destripador.
En el barrio donde tuvieron lugar los crímenes del Destripador vivían 80.000 personas
hacinadas entre la suciedad, el alcoholismo y el crimen.
para saber más
EL MEDIO RIÑÓN QUE ENVIÓ JACK EL DESTRIPADOR
Leer artículo
EL ENIGMA DEL ASESINO
Es posible que Jack el Destripador no fuera el más mortífero de los
asesinos; a cambio, bien puede ser de los más crueles y –sin duda– es
el más famoso de todos ellos. Será que su nombre todavía nos evoca ese
miedo que sólo pueden provocar unos pasos en la oscuridad, el
resplandor de un súbito cuchillo en una calle solitaria. Será que algunos
criminales nunca fueron capturados, pero que a él hubo que ponerle un
alias porque ni siquiera se capturó su identidad. Será, en fin, que "los
crímenes de Whitechapel" conmovieron los cimientos bienestantes de
la sociedad victoriana y desvelaron la existencia de una Gran Bretaña
distinta, humillada y pobre.
La venganza del abandono. El título de este grabado alude a las penosas condiciones
sociales del East End, escenario de los crímenes del Destripador en 1888.
Más de un siglo después de sus crímenes, lo
que sabemos del Destripador es lo mismo que
sabían en su época: nada
Sin embargo, estas explicaciones no bastan para aclarar por qué, más de
ciento veinticinco años después, la figura del Destripador se ha
convertido en leyenda; por qué siguen apareciendo libros y más libros en
torno a sus crímenes; por qué hay revistas especializadas en estudiar su
perfil o por qué las investigaciones han llegado incluso a dar nombre a
una materia, la "ripperología", a medio camino entre la ciencia y la mera
especulación. La respuesta es sencilla: de haber sido apresado, Jack el
Destripador hace mucho que hubiera dejado de interesarnos. Pero
ocurre que, tanto tiempo después, lo que sabemos de él es, en esencia,
lo mismo que sabían en su tiempo: nada. Nada cierto, nada seguro,
absolutamente nada. Por eso, a nadie debe extrañarle que, de tantos
misterios como rodean al Destripador, cada pocos meses aparezcan
puntualmente nuevas hipótesis sobre su identidad. Las ha habido para
todos los gustos y todas las fantasías, como puede comprobarse con un
dato: si para algunos the Ripper fue nada menos que un encumbrado
personaje de la Casa Real, otros han postulado que el asesino era un
gorila escapado del zoo. Entre ambos extremos, el elenco de
los sospechosos abarcará desde gentes de tanto mérito como Lewis
Carroll (el autor de Alicia en el país de las maravillas) hasta pobres como
un zapatero londinense, cuyo único pecado fue el de ir por las calles con
las herramientas de su oficio.
Sin duda, la fama de Jack el Destripador se debió a la brutalidad y el misterio con que
acompañó cada uno de sus crímenes, que fueron debidamente amplificados por la
cobertura sensacionalista que hizo la prensa de la época. Sobre estas líneas, una página
de The illustrated Police News, un periódico semanal que abordó el caso ampliamente.
para saber más
LOS SOSPECHOSOS DE SER JACK EL DESTRIPADOR
Leer artículo
LO QUE SE SABE DE JACK EL DESTRIPADOR
En puridad, lo único que se sabe de Jack el Destripador, por obvio que
suene, es que mató. Pero ni siquiera hay consenso en torno al número
de sus víctimas. No en vano, sus asesinatos son tan sólo una parte de
los once "crímenes de Whitechapel" que tuvieron lugar en la época. Y
aun cuando las fuentes oscilen a la hora de dar cuenta de su actividad
criminal, los investigadores más reputados limitan a cinco sus
víctimas. Se trata de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride,
Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly, todas ellas prostitutas, todas ellas
abatidas por el alcohol y todas ellas, por desgracia, mucho menos
recordadas que su asesino.
La mayoría de expertos limitan a cinco
prostitutas lo asesinatos de Jack el Destripador,
las "víctimas canónicas"
El grabado de la época muestra la entrada al edificio donde Mary Kelly tenía su
habitación, Miller's Court. Arriba a la izquierda, el callejón que conectaba la calle Dorset
con Miller's Court. El dibujo central muestra la entrada a la habitación a la que la prostituta
acude acompañada de su asesino.
También se ha acotado temporalmente la actuación del monstruo: de
finales de agosto a mediados de noviembre, el Destripador asesinó
durante apenas setenta días. Tal y como iba a escribir el detective Reid, uno
de los más sagaces de los que siguieron el caso, "éstos son los únicos
hechos comprobados. Todos los crímenes se cometieron tras el cierre
de los bares; todas las víctimas eran de la misma clase –la más baja
entre las bajas– y vivían no más lejos de un cuarto de milla unas de otras.
Todas, además, fueron muertas del mismo modo".
El resto es todavía sombra y misterio impenetrable. De hecho, su crueldad
sin precedentes fue en buena parte responsable del fenomenal pánico
levantado tras las muertes: como dijo uno de los encargados de las
autopsias, no le bastaba con matar, sino que también tenía que hacer un
"daño gratuito al cadáver". Con pocas excepciones, su modus
operandi era el siguiente: comenzaba por cortar de un lado a otro la
garganta de la víctima con una cuchillada para, acto seguido, abrir,
también a cuchilladas, su cavidad abdominal. En la mayor parte de los
casos, pasaba entonces a extirpar sus órganos; en alguno de ellos,
además, aprovechó para llevarse un riñón, por ejemplo, a modo de
macabro souvenir. Ante tales matanzas, la descripción forense de los
cadáveres todavía puede turbar al hombre más templado: "Las vísceras
se hallaron en diversas partes: el útero y los riñones, bajo la cabeza; el
otro pecho, junto al pie derecho, el hígado junto a los pies, los intestinos
junto a su costado derecho [...] El corazón faltaba del saco pericárdico".
para saber más
RICARDO III, UN TIRANO EN EL TRONO DE INGLATERRA
Leer artículo
Como bien apunta un ripperólogo, "el núcleo del miedo es que es
incomprensible [...] y lo desconocido es lo más temido de todo". En el
caso del Destripador, el misterio iba a ser el terreno cedido al temor.
Nunca nadie oyó un solo grito, una petición de socorro, en un barrio
donde las gentes vivían, literalmente, empaquetadas. Ninguno de los
cadáveres presentaba las heridas defensivas que resultan de oponer
resistencia a un ataque. De hecho, el único presunto avistamiento del
criminal sólo ha servido para arrojar más pavor sobre su modo de matar.
Compensa recordarlo. En la noche del 8 de septiembre de 1888, una mujer
se encontró con Annie Chapman acompañada de un extranjero de piel
morena y mediana estatura, ataviado con una capa oscura y una gorra
como la de Sherlock Holmes. El encuentro se había producido recién
pasadas las cinco y media de la madrugada; pues bien, a las seis y diez
–cuando el médico G. B. Phillips acudió a levantar el cadáver–, el
Destripador ya había matado a Chapman. Como sus otras víctimas, ella
tampoco pudo "ni resistirse ni gritar".
La prensa dio pábulo a todo tipo de especulaciones y bulos, siempre apuntando a los
extranjeros. El mensaje estaba claro: un criminal tan horrendo no podía ser
un gentleman británico. La imagen muestra la portada del Evening News Post, que
anuncia el arresto de William H. Bry, que había matado a su mujer, uno de tantos
sospechosos de ser Jack.
DE APARIENCIA INOFENSIVA
En un Londres todo miedo y rumores, hasta la reina Victoria iba a tener
sus teorías sobre el asesino. En su caso, como en el de buena parte de la
aristocracia, la hipótesis bien podía resumirse en el titular de un diario de la
época: era imposible que un inglés hubiera cometido tales crímenes.
Como fuere, la nobleza no fue la única en mostrar su partido previo, porque
los asesinatos del Destripador sirvieron para que cada capa de la sociedad
británica proyectara sus propias obsesiones. Por ser Whitechapel lugar de
residencia de numerosos judíos, los antisemitas tuvieron su coartada. Y
entre las clases más olvidadas cobró fuerza la convicción de que tales
asesinatos sólo podían ser obra de algún aristócrata perverso. La
intelectualidad de la época también tomó partido: para el dramaturgo
George Bernard Shaw, los crímenes buscaban, ante todo, denunciar las
penosas condiciones del East End. Y hasta las sesiones espiritistas, tan
en boga en el Londres de entonces, iban a ofrecer sus dudosas conjeturas
para la busca y captura del asesino.
La única testigo que dijo haber visto al criminal
lo describió como un extranjero de piel morena
y mediana estatura
Fueron muchos los factores que jugaron en contra de Scotland Yard para resolver el caso
del Destripador con éxito. Entre los no menos importantes están los errores del propio
cuerpo policial. La división entre sus mandos, la tardanza en reaccionar o el
desconocimiento de la zona fueron algunos de ellos.
Scotland Yard –la policía metropolitana de Londres– interrogó a cientos de
personas. Se aludía a la cercanía de Whitechapel al puerto: podía haber
sido un marinero de paso o tal vez un estibador. Se supuso que el
asesino tenía que ser un médico o –como mínimo– un carnicero, es
decir, alguien con conocimientos de anatomía o, por lo menos, de despiece.
Pero incluso las posibles pistas multiplicaban la confusión. Por ejemplo, la
inscripción en tiza junto al delantal ensangrentado de Catherine
Eddowes, en la que se culpaba a los hebreos: "Los judíos son los
hombres que no serán culpados por nada"; el texto fue borrado
enseguida para evitar ataques antisemitas. O una de las piezas mayores de
la ripperología: la carta con remite "desde el infierno" que, acompañada de
un trozo de riñón, recibió la policía y que, por una vez, no parecía
invención de la prensa.
Son pocos los consensos en torno a la personalidad del Destripador. Uno
de los pioneros en la elaboración de perfiles criminales sería el doctor Bond,
cuyo dictamen ha merecido el aplauso general: "El asesino debe de haber
sido un hombre físicamente fuerte y de gran frialdad y audacia [...] En
su aspecto exterior debe de ser un hombre tranquilo, de apariencia
inofensiva, probablemente de mediana edad y vestido de modo cuidadoso y
respetable". Hay otro rasgo que Bond no señaló: el asesino tenía
un conocimiento minucioso de Whitechapel y sus ínfimas callejas. El
perfil del doctor ha recibido alabanzas hasta hoy, pero se sigue sin contestar
la pregunta básica: ¿Quién?
Una carta escrita "desde el infierno"
acompañada de medio riñón es la prueba más
creíble y más macabra de la personalidad del
asesino
Para responderla, ripperólogos en busca de publicidad han llegado
incluso a mencionar el nombre de William Gladstone, cuatro veces
primer ministro de Gran Bretaña. Estratagemas de comunicación aparte,
tanto la policía como la prensa de la época tuvieron sus preferidos. Y, del
siglo XIX hasta hoy, la investigación ha venido sumando otros hasta
engrosar un catálogo de centenares de sospechosos.
La policía recibió muchas cartas firmadas por Jack the Ripper, como esta. La inmensa
mayoría no fueron escritas por el asesino en serie, de hecho, algunas incluso fueron
enviadas por los periodistas con la intención de aumentar la tirada de sus medios.
para saber más
EL LUGAR EXACTO DONDE APUÑALARON A JULIO CÉSAR
Leer artículo
UN SINFÍN DE POSIBLES CULPABLES
Una de las supersticiones del caso afirma que éste se suicidó tras
cometer los crímenes. Entre los investigados por la policía, Montague
John Druitt cumplía ese papel: adulto joven, de buena ascendencia, pero
venido a menos, su cuerpo apareció en el Támesis en diciembre. Eso sí,
a efectos de culpa, él –como casi todos– tenía una buena coartada para
librarse: el día del primer crimen se hallaba jugando al cricket en el condado
de Dorset. También Seweryn Klosowski se vería exculpado: era conocido
por su afición a envenenar mujeres, pero ocurre que los asesinos en serie
rara vez cambian de modus operandi. En cuanto a Aaron Kosminski –a
quien no ayudó ser judío polaco–, se le ha supuesto tan deteriorado
mentalmente que de haber sido el autor de los crímenes hubiera sido
incapaz de guardárselo. ¿Francis Tumblety? También investigado, es uno
de los personajes excéntricos que rodean al caso: un médico extraño,
dado a flirtear con la delincuencia y aparente poseedor de una colección
de órganos humanos.
La prensa, por su parte, no dejaría de privilegiar con su atención a un
cierto doctor Cream, también envenenador de amantes, que al parecer
habría hecho una confesión –incompleta, eso sí– en su agonía: "Soy Jack
el...". El estamento médico siempre ha tenido relevancia en el ámbito de las
sospechas en torno al Destripador, y más aún si –como en el caso de sir
William W. Gull– hablamos de quien era el médico de la reina Victoria, lo
que aporta morbo añadido. Algo semejante le pasaría a sir John Williams,
ginecólogo de la princesa Beatriz y acusado de asesinar a las prostitutas
en un vano intento de investigar las causas de la infertilidad femenina.
para saber más
JACK EL DESTRIPADOR, EL SANGRIENTO ASESINO QUE
ATERRORIZÓ LONDRES
Leer artículo
La pista aristocrática continuaría con todo un príncipe, Alberto Víctor,
duque de Clarence, nieto de la reina Victoria, hijo del crapuloso Eduardo
VII y segundo en la línea de acceso al trono. Desde sus primeras
incriminaciones hace ya más de medio siglo, se supone que Alberto Víctor –
solo, o en compañía de un supuesto amante– habría como mínimo
conspirado para erradicar a quienes supieran de un presunto hijo
ilegítimo suyo. Quien juzgue esta historia complicada puede ahondar en la
de Alexander Pedachenko, quien (según cierto manuscrito perdido
de Rasputín y en su calidad de agente de la policía secreta zarista, la
Ojrana) habría cometido los crímenes para manchar la reputación
de Scotland Yard. ¿No es inverosímil que Rasputín, nada menos, tuviera
algo que ver con las muertes de Whitechapel? Será que la verosimilitud no
ha sido nunca el fuerte de la ripperología.
Sir Charles Warren fue jefe de Scotland Yard entre 1886 y 1888. Se vio obligado a dimitir
ante las críticas por la ineficacia de la policía en el caso de Jack el Destripador.
Los estudiosos del tema han barajado
centenares de nombres como sospechosos,
algunos tan absurdos como el primer ministro
Gladstone o un agente secreto ruso
NADIE SABRÁ NADA
Los tratadistas más benevolentes afirman que las muertes de 1888
sirvieron para tomarse en serio la situación de suburbios en verdad
mortales como Whitechapel. La insalubridad de esas zonas de peste
llegaría, en efecto, a sede parlamentaria. Para entonces, sin embargo,
la fiebre asesina del Destripador ya se había convertido, como dice uno
de los grandes historiadores de la ciudad, "en un aspecto perdurable
del mito de Londres". Jack the Ripper fue el primer criminal de una gran
metrópoli. Y la atmósfera misérrima de aquel East End febril contribuyó a
que "las calles y casas del barrio se identificaran con los mismos
crímenes, hasta casi el punto de compartir la culpa", "como si el espíritu o
la atmósfera de la ciudad hubiera tenido un papel" en las muertes.
Los ripperólogos coinciden en que las cinco víctimas canónicas que murieron a manos de
Jack el Destripador eran prostitutas, alcohólicas y vivían de manera tan miserable que
muchas veces no tenían ni los pocos chelines que costaban las habitaciones en las que
llevaban a cabo su oficio y dormían.
Al final, el verdadero hito del caso de Jack el Destripador es que todos los
crímenes sin resolver terminan por remitir al suyo. Quizá por redimir ese
interés del morbo, no hace tanto que, en una encuesta, Jack the Ripper fue
elegido "el peor británico de la historia". Es un consuelo para sobrellevar la
triste verdad que, todavía en tiempos del asesino, afirmó uno de los
prebostes de Scotland Yard: "Nadie sabe nada, ni sabrá nada en mil
años, sobre la historia verdadera del Destripador".