El amigo el’, un cuento de Oscar Wilde sobre la amistad
Nadaban en un estanque unos patitos con su mamá pata. Una rata de agua asomó la cabeza y
les vio pasar. Mamá pata les indicaba cómo sumergir la cabeza en el agua para ‘quedar bien’
en sociedad. Y los patitos, ajenos a lo importante que debía ser aquello, preferían no hacer
caso y jugar en el agua.
– Desde luego- dijo en voz alta la rata de agua- ¡Qué hijos tan desobedientes! Casi sería mejor
que se ahogaran…
Mamá pata, que había oído el comentario, protestó:
– ¡De eso nada! Aunque tenga que explicarles mil veces lo que deben hacer, lo haré
gustosamente. La paciencia de los padres es in nita…
– Buah, vaya pérdida de tiempo. Es mejor la amistad que el amor de una familia– dijo
entonces la rata- Desde luego, es un amor mucho más noble y desinteresado.
– ¿Eso piensas? ¿Y qué ofreces tú a tu amigo a cambio?- dijo entonces un ave que escuchaba
todo desde una rama.
– ¿Que qué ofrezco? Pues delidad… ¡vaya pregunta! En eso consiste la amistad…
– Tal vez no hayas escuchado nunca el cuento del amigo el…
– ¿Un cuento? No, no lo conozco- dijo la rata- Pero me gustan los cuentos. Así que si me
interesa, lo escucharé.
– Vaya que sí- dijo entonces el ave- Es más, podrías aplicarlo a ti misma…
Mamá pata sintió cierta curiosidad por escuchar el cuento y también se acercó hasta donde
estaban la rata y el ave.
El pequeño pájaro empezó a contar su historia:
Había una vez un bondadoso jardinero, pequeño, muy humilde y pobre, pero con un hermoso
jardín que cuidaba y mimaba para obtener durante la primavera y el verano algunas monedas a
cambio de sus bellas ores. Se llamaba Hans. Tenía el jardinero todo tipo de ores, de todos
los colores y olores: desde rosas hasta azaleas, desde petunias hasta tulipanes, calas de agua
y deliciosos narcisos, imponentes madreselvas y delicadas campanillas. Tenía claveles, dalias,
lirios, orquídeas… Así que su jardín era tan bonito y colorido, que durante muchos meses
llenaba de belleza los ojos de muchos.
Tenía el jardinero un amigo, o al menos él decía que era su mejor amigo. Se llamaba Hugo. Era
un molinero, al que nunca le faltaba dinero, pues vendía su harina a buen precio.
En cuanto el jardín del pequeño Hans se llenaba de ores, el molinero acudía con un cesto
vacío para que se lo llenara.
– Aquí viene tu mejor amigo– decía Hugo- Dispuesto a que me llenes el cesto. En eso consiste
la amistad… No puede haber un gesto que más te llene de felicidad que ofrecer a tu mejor
amigo, es decir, a mí, las mejores ores de tu jardín…
– Claro que sí- decía el pobre Hans- Te daré las más bonitas que vea.
– Verás cómo tu corazón se siente dichoso. No me des las gracias, aunque sé que las
merezco… Yo te hago feliz porque soy tu amigo.
– Oh, qué bien hablas, Hugo- decía Hans, el amigo el, mientras llenaba su cesto de ores.
Sin embargo, el molinero nunca le daba a Hans nada a cambio por sus ores, porque
pensaba que él era tan buen amigo, que ese era su ciente pago. Ni siquiera en invierno,
cuando Hans apenas tenía para comer y se veía obligado a pasar frío, creía el molinero
necesario ayudarle.
– Pienso mucho en mi amigo Hans ahora que hace frío- decía el molinero delante de su mujer
y su hijo- Debe de estar pasando calamidades… pero es de un buen amigo dejarle tranquilo en
su soledad y su tristeza, porque no quiero agobiarlo.
– Qué bien hablas, querido- decía su mujer- Y qué bueno eres…
– Pero papá- dijo entonces su hijo- Si pasa frío y hambre Hans, puedes decirle que venga con
nosotros. Yo le puedo dar parte de mi comida…
– Ay, hijo, qué pena de colegio, que no aprendes nada… Te perdono porque eres joven aún y
no lo entiendes: si invitamos a Hans, al ver todo lo que tenemos, sentirá envidia, y no hay peor
sentimiento que ese… Sentirá tantos celos que se estropeará la amistad.
Y el pobre niño agachó la cabeza muerto de vergüenza.
Pasó el invierno, y con la primavera, el jardín de Hans se llenó de nuevo de preciosas ores. El
molinero pensó que era el momento de ir a ver a su amigo:
– Ahora sí- le dijo a su mujer- Iré a ver a Hans y llevaré la cesta para que la llene de ores. Se
pondrá muy contento al ver lo buen amigo que soy.
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Al llegar a casa de Hans, vio las ores y sonrió:
– Aquí está tu amigo, pequeño Hans, tu mejor amigo… ¡He pensado mucho en ti este invierno!
– Oh, gracias, qué detalle por tu parte- dijo el jardinero- Sí, la verdad es que pasé malos
momentos… Tuve que vender todo lo que tenía de plata y hasta mi carretilla… Ahora con
estas ores, las venderé y recuperaré mi carretilla.
– ¡Pero no tienes que comprar la carretilla! ¿Para qué están los amigos? Yo tengo una muy
vieja que si la arreglas, tal vez pueda servirte. Cierto que no anda muy bien, pero te la doy,
para que veas lo buen amigo que soy… Ah, y mira, he traído la cesta más grande que tenía
para que me la llenes con tus ores.
– Ay, pero… Tenía pensado vender las ores para recuperar mis botones de plata…
– ¡Pero bueno! Yo te acabo de regalar una carretilla y ¿me vas a negar unas ores? ¿A tu mejor
amigo?
– No, no, claro que no… Y el pobre jardinero llenó la cesta del molinero con sus mejores ores.
Al día siguiente, cuando el jardinero se iba a poner a trabajar, llegó el molinero con unos sacos
de harina:
– Amigo, traigo estos sacos para que los lleves al mercado por mí… Al n y al cabo, yo te voy
a regalar una carretilla. He pensado que no te importaría hacer un favor a tu amigo.
– Bueno, tenía que trabajar en el jardín, pero sí, lo haré.
El jardinero tardó todo el día en ir al mercado y regresar… y estaba tan rendido, que se quedó
dormido hasta las 10 del día siguiente. Oyó entonces al molinero que le llamaba. Venía a por el
dinero.
– ¡Pero serás perezoso! ¿Estabas durmiendo? Mira, te digo esto porque soy tu mejor amigo, y
me duele ver que duermes hasta tan tarde… Es más, yo venía a decirte que vengas a
arreglarme el techo, que seguro que ayudando a tu mejor amigo, te sentirás mucho más feliz.
– Si tienes razón… Y hablas tan bien, que no puedo negarme. Claro que te ayudaré.
Y el jardinero, el amigo el, pasó todo el día arreglando el techo del molinero.
El jardinero se acostó agotado. Aún así, pensaba levantarse pronto, pues llevaba muchos días
sin arreglar el jardín y se iba a echar a perder… Pero esa misma noche, llegó el molinero y
aporreó la puerta para que le abriera:
– ¿Qué pasa?- preguntó el jardinero.
– Mi hijo se ha caído de la escalera y necesito que venga el médico. He pensado que como
eres mi mejor amigo, puedes ir tú mientras yo consuelo a mi hijo…
– Claro, pero hay una tormenta tremenda y apenas se ve… ¿me dejarías tu linterna para no
caerme en ninguna zanja?
– Lo haría gustosamente, amigo, pero es nueva y tengo miedo de que la pierdas…
– Bueno, no pasa nada, ya me las apañaré.
Hans tuvo que andar durante tres horas, en medio de la oscuridad y una terrible tempestad.
Llegó hasta la casa del médico y le avisó.
El médico iba en caballo, y Hans le seguía detrás, a pie, pero con la tormenta, le perdió de
vista, tropezó y cayó a una zanja muy profunda y llena de agua. El pobre jardinero se ahogó,
y al día siguiente encontraron su cuerpo otando.
Al entierro fueron prácticamente todos los habitantes del pueblo, pero el molinero pidió ir el
primero:
– Para eso era su mejor amigo- dijo.
Y así terminó la historia, y aquí acaba el cuento… – dijo entonces el pájaro.
– Vaya, ¿y qué le pasó al molinero?- preguntó la rata– Me siento muy identi cado con él, sin
duda… Un gran amigo, lo que yo decía… Tan noble y el…
– No sé cómo acabó el molinero, ni me importa lo más mínimo- dijo el pájaro- Creo que no
entendiste la moraleja de la historia.
– ¿Moraleja? ¿Tiene moraleja? ¡Haberlo dicho antes! No te hubiera escuchado… odio esas
historias que te intentan ‘comer’ la cabeza con moralismos estúpidos.
Y diciendo esto, la rata de agua volvió a entrar en su madriguera.
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