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Las alas de la catarina
Literatura: cuento
Carolina Hernández Mata (ENOI)
Cata, una pequeña catarina, de intenso color rojizo como el de una granada, cubierta y
adornada con diminutos puntos circulares más negros que el carbón, estaba reconociendo un
espacio exterior; el primer territorio al que tenía acceso en su corta vida. Ella comenzaba a conocer
el mundo y, gracias a su juventud, sus pasos resultaban inciertos. De volar ni hablar, no sabía de
esa facultad para hacerlo. Su hogar, un jardín espléndido vadeado por árboles frondosos y
exuberantes plantas, en donde la familia de las mariquitas resguardaba de todo tipo de plagas
deseosas de invadir ese maravilloso escenario.
Un día un joven pasaba por aquel edén, y nuestra amiguita se postró sobre su mano, el chico
no dudó en capturarla para que fuera su nuevo entretenimiento, sin importarle que la separase de
su familia. Él sabía de catarinas pues había leído un par de libros que lo dotaron de conocimientos
sobre sus características y de los beneficios de estos insectos para el control de plagas. Le fascinaba
observarla. Sin embargo, aunque reconocía que podía vivir mejor en libertad, prefirió encerrarla en
una caja de cristal fino, que la ambientó de tal manera que no se diera cuenta que estaba encerrada.
Le encantaba sentirla segura y bajo su resguardo, se maravillaba al ver como poco a poco iba
creciendo, y frecuentemente jugaba con ella al ponerla en sus manos; sobre todo en espacios
cerrados para evitar que volase y se fuera de su vida.
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Cata estaba contenta y se ilusionaba día a día por ver al mozuelo quien prolongaba cada vez
más los momentos que estaba con ella, aunque sentía deseos de volver a ver a su familia, quienes
se encontraban desolados por sus esfuerzos fallidos por encontrarla.
Hasta entonces la catarina no era consciente que en realidad estaba prisionera y de todas
aquellas habilidades de las cuales estaba dotada, en específico que podía volar. En una ocasión, a
lo lejos vio a su hermana volando y por los gritos que emitía se dio cuenta que se encontraba
buscándola, Cata caminó con rapidez e intentó llegar hasta ella, fue cuando se dio cuenta que se
encontraba en cautiverio y lo más importante, que al ser mariquita ¡también podía volar!
Fue así como, decidida por alcanzar su libertad, dedicó horas para practicar sus habilidades
de vuelo. Esto resultaba complicado y doloroso, pues al estar en la caja de cristal, el espacio era
reducido y frecuentemente se golpeaba con los límites de su fina prisión.
Las vicisitudes propias del entrenamiento constante en horas de vuelo se convirtieron en
habilidades, pues ejercitó sus alas y patas para tener movimientos más precisos. En cada acrobacia
se alimentaba la esperanza de regresar a su casa. En ese momento, la tristeza y nostalgia carcomía
a la pequeñita.
Una mañana que el joven fue a visitarla, la catarina le enseñó lo que había aprendido, ¡a
volar!, dio giros y acrobacias que se deleitaba en realizar. El chico se dio cuenta de su nueva gracia,
era realmente hermosa su amiguita, tanto que sintió enojo y miedo, de ver su esplendor y de que
pudiera huir.
Por la noche, cuando la mariquita dormía profundamente, la sacó de su cajita y apoyado de
unas pinzas, cortó con delicadeza sus alas, por el miedo a ser descubierto, se retiró tan deprisa que,
no se percató que no tuvo el cuidado de conservar las evidencias de su malvado acto. El joven
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enseguida comenzó a sentir remordimiento y pensó que le diría a su amiga que en el invierno a
todas las catarinas se le caían las alas.
Al despertar, la catarina se disponía a volar, pero no pudo, se quedó atónita porque no sentía
sus alas, percibió ausencia en su cuerpo, un cierto vacío en el alma; fue hasta que observó que una
de sus alas estaba tirada próxima a ella; desesperada y triste llamó al joven quien acudió después
de varios minutos de los alaridos inconsolables de Cata. Al llegar, él preguntó qué pasaba, aunque
conocía lo acontecido.
La mariquita cuando llegó se quedó sorprendida pues, una de sus alas el joven la traía en la
solapa de su saco, ella no dijo nada pues entendió lo que había ocurrido, se dio cuenta que estaba
prisionera y que el chico no quería dejarla ir, que él era culpable de que estuviera lejos y apartada
de su familia.
La pequeña rompió en llanto, al tal grado, que en tan sólo unos minutos, la cajita se fue
inundando con toda la tristeza que emanaba como agüita. El joven, preocupado por lo ocurrido,
sacó de su prisión a su diminuta amiga para secarla y resguardarla de morir ahogada en su propio
llanto, pero ella estaba débil que sus intentos parecían fallidos.
Cata no volvía en sí. La despertó un rayo de luz que la calentaba sobremanera, vio los
colores rojos con puntos negros, pensaba que era parte de su delirio, pero sus sospechas fueron
reafirmadas tras escuchar su nombre que era emitido por los miembros de su familia que la
buscaban. Con la poca energía que aún tenía, echó fuerza de ello para levantarse. Por fortuna, se
encontraba fuera de su prisión, ahí la dejó su captor. En ese momento pudo observar que la ventana
tenía unos orificios que sin problema podía salir por ellos.
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Con esfuerzo, se levantó con gran sigilo y caminó hacia su libertad, tenía miedo pero
continuó con pasos de plomo para huir, mientras lo hacía toda su familia la veía por la ventana,
ellos no sabían qué hacer, pero no quería renunciar a ella. En ese trance, la catarina estaba a un
punto de salirse cuando llegó el joven y era espectador de aquel suceso que le provocó un intenso
escalofrío de la impresión, su reacción para detenerla fue correr donde ella se encontraba y la
presionó con tanta fuerza que la apretó dejándola sin el poco aliento que tenía.
La familia de Cata vio con horror aquel acontecimiento que no daban crédito de la maldad
del joven, quien sintió singular vergüenza de aquel acto de cobardía y egoísmo, pero ahora ya no
podía hacer más. En una acción desesperada de redención, sacó su cuerpo para que la familia
pudiese darle sepultura.
Una vez fuera de su pequeña prisión, la rodeó su familia y con el calor del sol, el aire fresco
y puro, y con un aroma a pulgones (alimento favorito de Cata), fue recobrando el sentido, pues si
bien el apretón del joven había sido intenso, nuestra amiguita tenía un caparazón fuerte que había
reforzado tras su práctica de vuelo.
Todos felices se encontraban contemplándola, el joven se acercó temeroso a ofrecerle
disculpas, desde lo profundo de su alma le manifestó lo avergonzado que se sentía con cada acto
que atentó contra su libertad y hasta la propia vida de la mariquita, como parte de un ritual de
perdón entre la catarina y el joven, él propuso construir juntos un santuario de catarinas, donde
pudieran ampliar la colonia de estos insectos.
La mariquita sentía aún dolor por la falta de sus alas, poco a poco se dio cuenta que, no
debía ser una limitante y que tenía que dedicarse a otra nueva habilidad, ahora era una magnífica
corredora y saltarina, pensaba que las alas se llevan en el alma y no en una parte de su cuerpo.
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Mientras que el joven lideró una campaña con todos los niños de su localidad para respetar
y evitar tener en cautiverio a las catarinas que encontraban, pues si bien la belleza de estos pequeños
seres era tentadora para capturarlas, era más satisfactorio verlas en libertad.