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Rubiera

La historia narra la masacre de 16 indígenas cuibas a manos de 8 llaneros en La Rubiera, Arauca, en 1967. Los llaneros invitaron a los indígenas con engaños y luego los asesinaron brutalmente con armas y herramientas. Los asesinos argumentaron ante el juez que no sabían que matar indígenas era un delito. El documento explora los factores históricos y culturales que llevaron a la masacre.

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Rubiera

La historia narra la masacre de 16 indígenas cuibas a manos de 8 llaneros en La Rubiera, Arauca, en 1967. Los llaneros invitaron a los indígenas con engaños y luego los asesinaron brutalmente con armas y herramientas. Los asesinos argumentaron ante el juez que no sabían que matar indígenas era un delito. El documento explora los factores históricos y culturales que llevaron a la masacre.

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¿cuales son los aspectos contextuales, históricos, culturales, legales y

comunicativos que dieron origen a lo sucedido en La Rubiera? Según el siguiente


articulo:
por qué considera que es un asunto crítico para la comunicación el siguiente
articulo ?

Fueron tres golpecitos a la puerta de una de las habitaciones. Tres golpes que
significaban nada para los indígenas cuibas, absortos en la comida tras más de un
día de viaje, pero sí para los ocho llaneros que estaban escondidos con
revólveres, hachas y garrotes, que horas antes habían acordado matar a sus
invitados.
(Esta historia se publicó originalmente el 7 de julio del 2022)
Salieron por la puerta y las ventanas. Los cuibas, atemorizados al ver a seis
hombres y dos mujeres armados amenazándolos, intentaron huir y salieron de la
casa principal. Sin embargo, estaban rodeados y no había escapatoria.
“El primero que yo maté fue un indiecito pequeño, de un machetazo. El segundo lo
matamos con carizales tirados con un revólver. El tercero lo matamos con
Anselmo Aguirre: ese estaba herido y yo lo apuñalié con un cuchillo. Y la otra era
una india pequeña, le di dos tiros. También maté una india pequeña con
revólver y le di un tiro por la espalda”.
Esa fue una de las confesiones de Luis Morín ante un juez de Villavicencio, donde
se adelantó el proceso por el asesinato de 16 indígenas la tarde del 27 de
diciembre de 1967 en Arauca, cerca de la frontera con Venezuela. Fue frente a un
juez, además, cuando los detenidos argumentaron que no sabían que matar
indios era delito. Pensaban que no estaban cometiendo un pecado.
-¿Por qué lo hizo?- preguntó el juez a Pedro Ramón Santana, otro de los
implicados.
-Yo no sabía que eso era malo, que lo castigaban a uno, pues en caso contrario
no lo hubiera hecho- respondió el hombre.
El camino hacia la matanza de La Rubiera
La tarde del 25 de diciembre de 1967 Anselmo Aguirre, de nacionalidad
venezolana, y Marcelino Jiménez, colombiano, estaban pescando en el río
Capanaparo, un afluente entre Colombia y Venezuela, en la cuenca del Orinoco,
y que había sido siempre generoso con los llaneros.
Era una jornada rutinaria hasta que vieron varias canoas llenas de indígenas que
se dirigían hacia ellos. Había hombres, mujeres y niños recorriendo el afluente.
Lo primero que pensaron los hombres al ver al grupo que se acercaba hacia ellos
mientras recorrían el río fue matarlos. Lo segundo, es que ese no era el lugar
adecuado, pues se les podían escapar algunos. La escena, escribió Germán
Castro Caycedo, quien como reportero de este diario cubrió el juicio, “les hizo
sentir cosquillas en la boca del estómago”.
Así que para tener una faena con todas las de la ley, decidieron preparar un mejor
escenario para acabar con la vida de estas personas que, para ellos, no eran
nada, como en la época de la conquista y la colonia.
(Le puede interesar: La historia de la familia que fue masacrada con un hacha en
Medellín)
La decisión fue invitarlos hasta el hato de La Rubiera. Era a más de un día de
camino, pero para los llaneros, valía la pena. No todos los días se encontraban un
grupo de 18 indígenas que aceptó ir con ellos tras el ofrecimiento de abundante
comida y regalos.
Después de dos días de viaje por el Capanaparo y a pie, al fin llegaron a la tierra
prometida. Ya era el atardecer del 27 de diciembre y Aguirre y Jiménez
invitaron a otras personas a participar de la matanza.
Hasta La Rubiera también llegaron Eudoro González, Celestino Rodríguez,
Cupertino Sogamoso, Pedro Ramón Santana, Luis Ramón Garrido y Elio
Torrealba. En la cocina, preparando el sancocho estaban María Elena Jiménez y
María Gregoria López.
Los indígenas esperaban sentados en un corredor, en el suelo, hasta que fueron
llamados a la mesa, cuando la comida estaba lista.
“La comida se les sirvió en la mesa en un platón, porque ellos no necesitan
cubiertos, comen con la mano y si es caldo se lo tragan a boca de olla”, relató
Morín.
Y fue ahí, mientras ellos estaban comiendo, cuando sonaron los tres golpes que
dieron inicio a la matanza. Los indígenas no tenían cómo defenderse. De hecho,
solo uno tenía un cuchillo.
Los llaneros en sus intervenciones ante el juez durante las primeras audiencias,
según recopiló este diario en su momento, narraban lo que hicieron como si
hubiera sido una hazaña. Se sentían orgullosos.
“Tenía una macela (garrote grueso) y corrí detrás de uno que iba tirado (herido)
con revólver y cuando le di con la maceta por un costado lo acabé de matar. Volví
a la casa y me regresé a la ranchería donde estaba trabajando”, contó Sogamoso
al juez, cuyo testimonio fue publicado EL TIEMPO en la edición del jueves 11 de
mayo de 1972, unas semanas antes de comenzar la etapa final del juicio.
Fue un baño de sangre y cada testimonio entregado al juez lo demostraba. Una de
las sobrevivientes, narró Caycedo, quien intentó esconderse debajo de la mesa
donde estaban los cuerpos descuartizados de otras dos indígenas, se topó
con González, quien confesó cómo la mató.
“Entonces le di un machetazo en la nuca y cayó al suelo y estando en el suelo le di
tres machetazos más. Cayó boca abajo. Al principio la india se quejaba porque
quedó medio moribunda y ahí fue cuando le di otros tres y ya quedó muerta, esa
india tenía como ocho años de edad”, narró en su confesión.
Y agregó: “Regresé a la casa y me encontré con otra que iba saliendo por la
esquina del alambre de la palizada y la alcancé también y le di un macetazo
(garrotazo) por la nuca y también cayó al suelo y en el suelo le di cuatro más y ahí
murió. Esa no se quejó. Del primer macetazo que le di quedó quieta. Tenía como
unos 18 años. Tenía vestido amarillo y calzones negros. La primera que maté
cargaba guayuco. Luego me sirvieron la comida y me fui a acostar”.
Los muertos fueron 16. Ramoncito, de 30 años de edad; Luisito, de 20; Cirila, de
45; Luisa, de 40; Chain, de 19; Doris, de 30; Carmelina, de 20; Guafaro, de 15;
Bengua, de 14; Aruse, de 10; Julio, de 8; Aidé, de 7; Millo, de 4; Alberto, de 3 y un
niño que aún no tenía nombre, quien estaba en compañía de su madre.
Mientras sucedía la masacre, las mujeres que prepararon la comida
permanecieron en la cocina con los niños, pero les fue imposible no darse cuenta
de lo que sucedió. Los gritos, disparos y sonidos de los garrotazos y
machetazos fueron imposibles de esconder.
La masacre hubiera quedado impune y jamás se hubiera conocido si Antuco y
Ceballos no hubieran sobrevivido. Inmediatamente los llaneros aparecieron, estos
dos indígenas alcanzaron a escapar y, trepados en unos árboles cercanos a la
casa, vieron cómo mataron a sus compañeros.
Luego, cuando ya no había peligro, huyeron hasta su comunidad en El Manguito,
a unos 20 kilómetros de Arauca capital.
Los llaneros, por su parte, se acostaron a dormir y solo hasta la mañana siguiente,
el 28 de diciembre, se deshicieron de los cadáveres. A algunos tocó rematarlos y
luego fueron incinerados. 18 días después, cuando Antuco y Ceballos contaron lo
que había pasado, las autoridades capturaron a seis hombres y a dos mujeres por
la matanza de 16 cuibas.
¿Por qué los mataron?
En los informes que realizó Castro Caycedo para este diario contó que luego de
cuatro años de encierro, previo a la condena, los sindicados “han comenzado a
comprender que el indio no es “un animal dañino”, como se les inculcó desde
cuando tuvieron uso de razón”.
Para los llaneros matar indígenas era algo normal. Para ellos, como para los
españoles cuando llegaron a América, estas personas no tenían alma y “no
sospechaban que eran iguales”.
En 635 páginas quedaron consignadas no solo los crueles asesinatos, también las
razones. Los cronistas de la época se atrevieron a afirmar que era, entonces, uno
de los casos más sangrientos de la historia delictiva de nuestro país.
En diversos interrogatorios y declaraciones a medios de comunicación, los
implicados coincidieron en que era algo natural para ellos matar indios. Sus
abuelos lo hicieron, sus padres lo hicieron y ellos lo hacían.
Por ejemplo, Eudoro González explicó que participó en el hecho porque le dijeron
que los cuibas se dirigían a su territorio a robar.
“Yo he oído decir que más antes don Tomás Jara dizque mandaba a matar a los
indios. Por eso ese día yo maté a esos indios porque sabía que el gobierno no
los reclamaba ni hacían pagar el crimen que se cometían”, narró González.
Para Alejandro Reyes, quien en la década de los 70 fue coordinador de Asuntos
Indígenas en el ministerio de Gobierno en el Meta, llanos orientales y selva
amazónica, y quien es experto en temas indígenas, lo que sucedió en La Rubiera
fue una muestra del conflicto que históricamente ha existido con los indígenas en
nuestro país y que, básicamente, se resume como la ignorancia de los llamados
colonos.
“Los mataban porque no eran personas, porque no hablaban español o
porque no tenían nuestras costumbres. Era una barbaridad. Eso representaba
el pensamiento de los colonos ignorantes del llano. Todos ocuparon territorios que
antes ocuparon indígenas y lo hicieron desplazando a los indígenas a la brava”,
aseguró Reyes, quien incluso fue asesor durante los diálogos de paz con la
guerrilla de las Farc en temas de tierras.
Los condenaron, pero la guerra siguió
Fue el martes 6 de noviembre de 1973, cuando luego de varios años de juicios y
de aplazamientos, fueron condenadas seis personas por la masacre de La
Rubiera.
El jurado, integrado por un fotógrafo, un comerciante y un viejo empleado de la
rama judicial decidió que eran culpables por estos hechos. Seis personas
debieron pagar 15 años de cárcel por el asesinato de los indígenas.
Sin embargo, durante esos años de proceso, pese a que los medios nacionales
cubrieron esta matanza, la guerra en los llanos seguía.
Una de las más crueles fue en la región de Las Planas, la cual recuerda Reyes.
Cuenta que la creación de una supuesta guerrilla indígena generó una gran
matanza por cuenta de no entender las diferencias culturales.
“Un gran desencuentro entre la cultura indígena y la cultura dominante nuestra.
Ninguno de los dos estaba entendiendo lo que hacía el otro, ni las razones que
había detrás para que los indígenas organizaran una cooperativa para defenderse
del abuso de los comerciantes. Eso no lo entendía el Gobierno, los indígenas no
entendían la posición del Gobierno, los ganaderos del Meta exageraron e inflaron
la denuncia de una guerrilla indígena que en realidad no era nada, era un grupito
de 15, 20 indígenas montados en el camión de la cooperativa huyendo del
Ejército”, rememoró Reyes.
El hombre considera, además, que en el país aún tenemos los mismos conflictos
de la época de la colonia, y de la época de La Rubiera.
“Colombia es un museo vivo del conflicto. Aquí ningún conflicto termina
nunca de resolverse. Todavía tenemos conflicto territorial, típico de la conquista
española, en la cual blancos comerciantes o narcotraficantes están entrando a
territorios indígenas del Amazonas, desplazan, roban territorio, sacan recursos y
se van. Aquí no han terminado las relaciones de coloniaje. No hemos superado el
periodo de la colonia”, sentencia.
Sin embargo, parece, hay quienes pueden cambiar. O eso podría sugerir un
diálogo entre el juez y María Elena, cuando comenzaron los últimos días del juicio.
Esta mujer, quien en el veredicto final fue absuelta, incluso dio a luz en la cárcel.
-¿Qué piensa de los indios? –preguntó la juez.
-Son igual que un cristiano pero les falta lo que a uno: la civilización.
-Ajá, ¿y usted cuando se civilizó?
-En estos cuatro años. Aquí en la cárcel.

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