Era el éxodo de los muertos.
-¿La muerte es un bien?
-¿La muerte es un mal?
– La muerte es el peor de los males.
-¿Para quién? ¿ Para el que muere ? ¿ Para los
que sobreviven ?
- Para el que deja por siempre esta vida, que
por mucho que en contra de ella se diga, es siempre
amable.
-
- Para los que aquí se quedan , si el que ha
muerto era muy amado de ellos .
- De la muerte del ser más querido se consue.
lan todos, más pronto o más tarde.
- Es sabia ley de la naturaleza .
-
- 9 2
Lastenia Larriva de Llona
-Sin embargo, se dan casos ....
- Cuando existe o sc breviene un desequilibrio
mental: las personas de cerebro bien organizado se
consuelan siempre.
-
-¿Es eso un elogio o un reproche?
- Ni una ni otra cosa. Es simplemente hacer
constar un hecho .
-¿No cree usted que hay muchas personas que
desearían ardientemente que resucitaran sus deudos,
a ser esto posible?
- Nó, no lo creo .
-¡Escéptico!
-¡Este hombre es terrible !
- Desengañense ustedes : bien están los muer:
tos en sus tumbas.
- ¿Se ha muerto usted alguna vez?
-
– To:!avía no; pero para cuando llegue el caso ,
no quiero resucitar . Afortunadamente no anda ya
Nuestro Señor por el mundo, pues no desearía ser un
nuevo Lázaro .
- Porque no es usted casado ....
– Porque no tiene usted hijos ....
- Porque no tiene usted madre ....
- Porque no tengo madre: eso es . Sólo los que
tienen madre pueden volver a la vida con la espe.
ranza de ser bien recibidos.
- Según eso : ¿no cree usted en el amor de los
hermanos, ni en el de los hijos, ni en el de las espo.
sas, más allá de la tumba?
7
En lo que no creo es en el deseo sincero y ar
diente de los vivos, de que vuelvan los que les die.
- 10 -
Cuentos
ron su eterna despedida, sobre todo, pasa los los pri.
meros días de agudo dolor. Y aun me atrevo a afir
mar una cosa, y es que si los muertos resucita los
no serian bien recibidos, deberíase esto no sólo a la
falta de amor de sus deudos, sino, en muchos casos,
a la falta de merecimientos de aquellos .
-Sí , tratándose de los malos....
- Y también de los que pasaron por buenos, de
los muy llorados....
- ¡Hombre! pero si han sido muy llorados ....
A menos que después de llorar una mujer a su ma
rido, por ejemplo, venga a notar los defectos de que
adolecía .
- Exactamente .
-
- Sin embargo, lo que por lo general se obser:
va es que se elogia a todos los muertos hasta la
exageración.
- Signo de cobardía social ; de la debilidad hu
mana, en general. Además por malos que hayan si
do con nosotros los que ya no existen , puesto que
la muerte nos vengo de ellos, ya nada nos cuesta el
elogiarlos. ¡Si a tan poca costa nos hubiéramos de
librar de todos nuestros enemigos, no se cansaría
nuestra lengua de cantar sus alabanzas en hiperbó.
licas necrologias! Y a propósito, sé un cuentecillo.
-¡Pues a contarlo, a contarlo !
- Escuchadme .
Todos los que de sobremesa sostenían esta con .
versación filosófico -psicológica y que habían escu
chado con creciente interés a aquel de ellos que con
sus apreciaciones daba muestra de mayor pesimis-.
-11
Lastenia Larriva de Llona
mo, le miraron con curiosidad , y se le aproximaron ,
dispuestos a no perder una sílaba del relato que ya
parecía palpitar en sus labios.
El , sin disimular esa satisfacción que produce
siempre en el ánimo del que habla, tener atento au
ditorio, comenzó así:
El sepulturero de mi pueblo, era un sér origi.
nal . Ejercía su lúgubre oficio desde antes de que yo
naciera y, a pesar de dicho oficio y de las rarezas de
su carácter, que eran inofensivas, todos le querían en
el lugar. Era yo, de chiquillo, uno de sus predilectos
amigos, tal vez porque me hallaba siempre dispues
to a escuchar sus extrañas historias, que a menudo
tenían origen en las alucinaciones de que padecía .
Era un hombre que, en medio de sus extrava
gancias, no carecía de cierta cultura, y, por lo tanto,
no pude explicarme nunca, ni me explico hoy mis
mo, el por qué había elegido, o aceptado, el poco en
vidiable empleo que desempeñaba. Indudablemente
era esta una prueba de que su cerebro no era nor:
mal .
Ya he dicho que sus cuentos me divertian , y
después de mis largos paseos, solía entrar a hacerle
compañía por un buen rato en esa silenciosa ciudad
de que era guardián.
En una herinosa tarde, - era ya yo un adolescen
te, - sentados ambos sobre una tumba, a la sombra
2
de los cipreses y de cara al sol poniente, cuyos ra
yos ya casi horizontales, doraban las enhiestas ci
mas de esos árboles amigos y compañeros de los
muertos, me contó la macabra escena que había
presencia do la noche anterior, y aunque comprendí
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Cuentos
yo que era sólo producto de su imaginación enfermi.
za, me causó su relato tan honda impresión que ja
más se ha borrado de mi memoria.
Debo advertiros, antes de dejarle a él la pala
bra , que Lorenzo, - este era su nombre, - estaba
tan familiarizado con sus muertos, que solía dormir
entre ellos, ya junto a una sepultura, ya junto a
otra, en cualquiera de las fúnebres avenidas en que
le tomaba la hora del descanso.
Y ahora , oid su historia que, como os he dichio
yá, tengo tan presente, que creo podré repetirosla
sin quitar ni añadir palabra .
- ¡ Día muy agitado fué el de ayer, como que
estuvimos a 2 de noviembre. La noche, sobre todo
La noche ha sido terrible para mí .
Así comenzó él . Yo le invité a que siguiera y
no volvi å interrumpirle hasta que concluyó.
– Las visitas que habían recibido mis huéspe
des, – prosiguió, refiriéndose a los muertos, – los
-
tenían inquietos y mal humorados. Su reposo había
sido turbado y no podían recuperarlo. Las protestas
de cariño eterno que a través de la losa sepulcral
habían escuchado de parientes y amigos; las lágri
mas que se habían filtrado por los intersticios de las
lápidas, habían hecho renacer en ellos el deseo de la
vida y de aquí que prorrumpieran en clamorosos
ayes y que los más ardientes ruegos al Todopodero
so, turbaran el acostumbrado silencio de estos lu
gares .
Al principio hablaba y se quejaba cada uno ais.
ladamente dentro de su tumba ; después comenzaron
a comunicarse sus impresiones.
-
- 13 -
Lastenia Larriva de Llona
Primero fueron monólogos; en seguida diálogos.
-¡Mis pobres hijos! ¡Cuánto han llorado hoy!
-
¡Y que no me sea permitido ir a enjugar su llanto!
-¡Mi mujer! ¡ Mi inconsolable esposa! ¡ Si el Se.
ñor me concediera la gracia de que fuera a hacerle
una visita !
- Yo no tenía más que a mi hija, – gritaba una
voz femenina . – Solas, desamparadas, trabajábamos
juntas para vivir. ¿Qué será de ella , les de que le fal
to? ¡Señor, Señor, muy cruel ha sido tu decreto ! ¡Haz
que vuelva a la vida, para el consuelo de la hija de
mis entrañas!
– Vosotros todos habíais cumplido vuestra mi.
sión en la tierra ; - sollozaba otril voz de mujer,
pero yo , yo que he muerto a los dieciocho años! ....
¡Yo que he dejiudo a mi novio en la más horrible de
sesperación !.... ¡ Yo soy la que tengo el derecho de
reclamar unos años Inás de existencia !
- Todos queremos volver a la vida .
- Todos.
- Todos, gritaron muchas voces a la vez .
El Angel de la Muerte, ese bello Angel de la
Muerte, que se yergne sobre su herinoso pedestal en
meilio de la gran avenida, se volvió lentamente ha
cia los sepulcros de donde salían las quejas. Separó
de sus labios el dedo que sobre ellos tiene en acti .
tud de imponer silencio, y se oyeron estas frases so
lemnes, que resonaron con eco pavoroso en medio de
la noche, en la fúnebre mansión :
- El Dios de la Eternidad , el Dios uno y trino,
permite volver a tomar la forma humana a todos
los que así lo deseen; pero a condición de que sólo
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Cuentos
permanecerán bajo ella los que sean bien recibidos
por sus deudos. Los demás volverán aquí , para caer
de nuevo en sus sepulcros. La prueba ha de hacerse
esta misma noche. Levantaos y andad.
Se hizo otra vez el silencio y recobró el Angel
de piedra su inmovilidad acostumbrada .
Comenzaron a abrirse los sepulcros .
En sus bocas tenebrosas fueron apareciendo sus
habitantes. Despojándose rápidamente del sudario,
los esqueletos tomaban sus antiguas formas.
En este momento ilsomó la luna su faz plateada
por entre los altos cipreses. Su luz pálida y miste
riosa, fué a reflejarse sobre el málinol de las tum
bas, dándoles un aspecto fantástico.
De ésta salía un viejo de figura venerable; de
la de más allá, un hombre en la fuerza de la edad ,
gallardo y simpático. Ya aparecía una anciana ca
duca; ya una bellísima adolescente. Y también figu .
ras repelentes; hombres yу mujeres marcados con el
sello de los vicios y de las pasiones más repugnan
tes. Vi a uno, sobre todo, a un mocetón , hasta de
unos veinticinco años, con la fisonomía más repulsi.
va que darse pueda. Tenía una expresión bestial , si
expresión puede llamarse a la revelación , por medio
de innobles gestos, de los más perversos instintos
de que es capaz el alma humana. Había sido un beo.
do consuetudinario, un ebrio impulsivo que maltril
taba a diario a su propia madre y que tal vez en cas
tigo de su infame conducta , fué asesinado una noche
en una orgía.
Todos en larga hilera , en no interrumpida pro
cesión , caminando con cierta rigidez cada vérica, co
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Lastenia Larriva de Llona
menzaron a desfilar por delante del Angel de la
Muerte, y a cada paso que daban , iba aumentando
su número .
Era el éxodo de los muertos.
Pronto se perdieron por las calles que hacia
afuera de esta triste mansión conducen .
Atónito yo, ante semejante despoblamiento, al
cé los ojos asombrados hacia el Angel de la Muerte,
autor inmediato del desconcierto .
Volvieron a moverse sus labios pétreos.
- No tardarán en regresar a este recinto, -dijo,
contestando a mi muda interrogación , - porque no
-
hallarán quien los reciba de buena voluntad .
- ¿Y todos esos que vienen a llorar ante sus
tumbas; todos esos que traen flores y tarjetas? – me
atreví a preguntar, - inienten todos? ¿Fingen un
dolor que no sienten ?
-Sobre eso habría mucho que decir. Algunos
lo sienten verdaderamente, otros no. Pero entre es
tos últimos se encuentran muchos a quienes no pue.
de tachárseles de hipócritas, sin embargo. Maridos y
mujeres hay que muestran un gran dolor por lil
muerte de sus l'espectivos cónyuges, y este senti
miento que aparentan, no es una hipocresía sino
erosidad que va más allá de la tumba . Fue
ron infelices en su matrimonio y no quieren confe
sarlo después de muerto aquel o aquella que fué su
verdugo, sino que siguen ocultándolo, como lo ocul.
taron mientras vivió. Es una especie de pudor y co
mo tal , digno de respeto.
A la verdad , - continuó diciendo el sepulture.
10 , – no sé si todo esto me lo dijo real y efectiva
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Cuentos
mente el Angel de la Muerte o me lo sugirió mi
propia imaginación, -extraordinariamente exaltaila
-
en esos momentos por las excepcionales circuns
tancias; - pero el hecho es que yo obtuve la les
puesta a mis dudas de un modo claro y preciso.
Vibraban aún en mis oídos las últimas frases
de ella, cuando vi que avanzaba hacia nosotros el
mismo compacto grupo de personas que había sali.
do del cementerio pocos momentos antes. Ya esta
ba de regreso .
A la cabeza del grupo venía el anciano y cami
naba con tal celeridad , que claramente demostraba
que más prisa tenía por volver a su antiglio reposo,
que la que había tenido por abandonarlo .
-¡He visto a mis hijos ! - gritaba.- Desde que
-
yo falto, se han casado los tres. Se repartierún mi
fortuna , y cada cual vive feliz . He ido a las tres ca
sas y los he visto sin que me vieran ellos . No me
rechazarían , probablemente; pero no les hago falta .
Sus mujeres que no me han conocido, no tienen por
qué amarme. A sus hijos, que no me han visto ja
más, tal vez les inspiraría miedo mi semblante adus.
to y lleno de arrugas. Me he regresado presuroso :
bien me estoy en mi tumba .
- Yo he visto a mi mujer, – dijo el que seguía ,
-
que era el apuesto joven . – ¡ Ojalá no hubiera salido
de mi ataúd! No vive ahora con el lujo a que yo la te
nía acostumbrada . En huinilde cuarto estaba y to.
dos nuestros hijos dormían apaciblemente en la mis
ma estancia . Ella velaba y cosía . De cuando en cuan
do caía de sus cansados ojos una lágrima que iba a
perderse en la tela en que trabajaban sus enfiaque.
-17 3
Lastenia Larriva de Llona
ciulas manos . Pensé que lloraba por mi y ya iba a
revelarle mi presencia cuando por su frente blanca
y pura como su conciencia, ví pasar sus pensamien.
tos y he aquí lo que en ellos leí:
-¡Déjame llorar de gratitud, Dios mío! Mucho
amé a mi Alfonso, mucho sentí su muerte; pero hoy
comprenilo tu misericordia infinita al decretarla y
te doy gracias desde lo intimo de mi alma. Ahora
me doy cuenta de que se hallaba él al borde de ho
rrible abismo, del abismo de los vicios, y de que allí
se habría sepultado irremisiblemente a haber vivido
algún tiempo más; y mis pobres e inocentes hijos,
que hoy veneran su memoria , habrían quedado des
honrados y aún , quizás, hubieran seguido sus funes
tos ejemplos.... ¡Gracias, Señor, gracias! Mucho le
amé, pero tu sabiduria admiro y tu misericordia
alabo !....
Y de un salto, se hundió de nuevo el mozo, en
su abierto sepulcro.
-¡Es más dichosa que cuando yo vivía !....
– venia diciendo la viejecita, entre sollozos desga
Italores. ¿ Cómo no adiviné que se sacrificaba por
mi? ¡ Se ha casado! Estaba enamorada desde que yo
existía; pero ocultaba su amor por no abandonar
me, ni despertar los celos de mi cariño. Su marido
es pobre, pero la hace dichosa. ¿ Para qué había de
presentármele ? No me necesita. Vuelvo a ponerme
mi sudario .
-
- ¡ A la tumba ! ¡ A la tumba ! – gritaba la bella
adolescente, que en pos de los otros venía ; – crei
encontrar desesperado a mi novio, - prosiguió ver
tiendo abundantes lágrimas, – a mi novio, que ase
- 18
Cuentos
guraba morirse si yo le faltaba, - y le encuentro ju .
rando amor eterno a su nueva futura ! ¡ A la tumba !
¡ A la tumba ! No hay amores eternos en el mundo ! .....
- ¿Así es que volvéis completos? – preguntó
con su voz grave, pero en la que se advertía cierto
acento irónico, el Angel de la Muerte.
- No todos: se ha quedado uno, - contestó el
último de los del grupo que había emigrado de esta
mansión de la paz.
-¿Cuál ?
- Santiago: aquel que fue asesinado en una or
gia: el que golpeaba a su madre .
-
-¿Y quién le recibió ?
- Ella .Apenas le vió, se abalanzó hacia él , abia .
zándole tan fuertemente que no habría sido posi .
ble arrancarle de sus brazos. Ni él lo pretendió.
¡Hay diferencia entre el duro y frío ataúd y los amo
losos brazos de una madre!....
Calló Lorenzo, y yo callo también , - concluyó
el narrador. ¿No os parece que tuve razón al deciros
que sólo los que tienen madre, pueden resucitar ?