CURSO: PLAN LECTOR - 4TO
EQUIPO DOCENTE
despojado de las magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el cadáver a los a
FICHA N° 02 LA ILIADA (Fragmento)
«No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces di la vuelta, huyendo, en torno de la
gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele a
afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos a los dioses por testigos, que serán los mejores y
los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Jove me concede
la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas, oh
Aquiles, entregaré el cadáver a los aqueos. Obra tú conmigo de la misma manera.»
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No
me hables de convenios. Como no es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que
estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos a otros;
tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre
a Marte, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de valor, porque ahora te es muy preciso obrar
como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar. Palas Minerva te hará sucumbir pronto,
herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas
furiosamente la pica.»
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar
el golpe: clavóse aquélla en el suelo, y Palas Minerva la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor
de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelida:
«¡Erraste el golpe, deiforme Aquiles! Nada te había revelado Júpiter acerca de mi destino, como afirmabas;
has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi
fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y
frente a frente te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mí broncínea lanza. ¡Ojalá que
todo su hierro se escondiera en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los teucros, si tú murieses;
porque eres su mayor azote.»
Así habló; y blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro; pues dio un bote en el escudo del Pelida.
Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente
por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo,
el de luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su vera. Entonces Héctor
comprendiólo todo, y exclamó:
«¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro
del muro, y fue Minerva quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte que ni tardará, ni puedo
evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, a Júpiter y a su hijo, el Flechador; los cuales,
benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Cumplióse mi destino. Pero no quisiera morir
cobardemente y sin gloria; sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros.»
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se
arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la
tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles
embistióle, a su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo
labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines
de oro que Vulcano colocara en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay
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en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche; de tal modo brillaba la pica de
larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba
cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la
excelente armadura que quitó a Patroclo después de matarle, y sólo quedaba descubierto el lugar en que
las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta, que es el sitio por donde más pronto sale el
alma: por allí el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor que ya le atacaba, y la punta, atravesando el
delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía
ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó
del triunfo, diciendo:
«¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí
porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas
naves, y te he quebrado las rodillas. a ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a
Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.» Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante
casco: «Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me
despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi
padre y mi veneranda madre, y entrega a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y
sus esposas lo pongan en la pira.»
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «No me supliques, ¡perro!, por mis
rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas.
¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque me den diez o veinte
veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte a peso de oro; ni
aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pondrá en un lecho para llorarte, sino que los perros y las
aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.»
Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco: «Bien te conozco, y no era posible que te
persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que
atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te harán
perecer, no obstante, tu valor, en las puertas Esceas.»
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los
miembros y descendió al Orco, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo
vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto le viera:
«¡Muere! Y yo perderé la vida cuando Júpiter y los demás dioses inmortales
dispongan que se cumpla mi destino.»
ANÁLISIS
1. Menciona los personajes que intervienen en el fragmento y explica el rol que desempeñan.
2. ¿Qué características presentan los dioses en la obra?
3. Describe el enfrentamiento entre Aquiles y Héctor. Comenta las actitudes de ambos.
4. ¿Por qué Héctor ruega a Aquiles que le permita tener un funeral adecuado?
5. ¿Qué opinión te merece la venganza? ¿Actuarías motivado por ella? ¿Por qué?