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Laura Méndez - Víctor Díaz

Clarita del sur


Historias increíbles pero ciertas de la Patagonia

Ediciones

Pido la Palabra
Los autores
Laura M. Méndez es Doctora en Historia y docente de la Universidad Nacional del
Comahue en Bariloche. Autora de numerosas publicaciones referidas a la historia
regional y a la enseñanza de las Ciencias Sociales.
Víctor A. Díaz es ingeniero industrial y escritor. Autor de numerosos cuentos refe-
ridos al espacio patagónico.

Méndez, Laura
Clarita del sur : historias increíbles pero ciertas de la Patagonia / Laura Méndez y
Víctor Díaz. - 1a ed. 3a reimp. - Neuquén : Pido La Palabra, 2014.
96 p. : il. ; 22x15 cm.

ISBN 978-987-97379-5-8

1. Narrativa Argentina. I. Díaz, Víctor II. Título.


CDD A863

Fecha de catalogación: 07/02/2014

© Copyright Laura Méndez - Víctor Díaz

Es un libro de
Ediciones Pido la Palabra
[email protected]
TE: 0299-155046442

Digitalización de tapa: Emilio Bertogna

Hecho el depósito que marca la ley 11.723


Libro de edición argentina
ISBN 978-987-97379-5-8

Primera edición: marzo 2007


Primera reimpresión: noviembre 2007
Segunda reimpresión: marzo 2011
Tercera reimpresión: febrero 2014

La reproducción total o parcial de este libro en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, escrita
a máquina por el sistema “multigraph”, mimeógrafo, impreso, etc., no autorizada por los editores, viola
derechos reservados.
Laura Méndez - Víctor Díaz

Clarita del sur


Historias increíbles pero ciertas de la Patagonia

Ilustraciones
Walter "Kameyo" Moreno

Corrección de estilo
Verónica Fernandez Battaglia

Ediciones

Pido la Palabra
Uno
Es difícil definir a Clarita, aunque tiene dos rasgos
que hacen imposible confundirla con otras chicas del
barrio: uno es su pelo negro, tan pero tan largo, que
cuando se sienta lo aplasta con la cola. El otro es un
lunar justo ahí, en el medio de la nariz. Una vez en el
recreo le dijo a Maitén, su mejor amiga, que estaba
esperando crecer para maquillárselo, y aunque Mai-
tén intentó convencerla de que le quedaba lindo,
no hubo forma de hacerle cambiar de idea.
Clarita vive en Bariloche con su papá, sus abue-
los y conmigo, su tía. Nuestra casa está en un barrio
sobre la montaña, que se llama “El alto”, donde viven familias muy
humildes: algunas sin trabajo, y otras ocupadas en la actividad turística
y la construcción. Los padres de Clarita se separaron. Su mamá se fue
a vivir más al sur y Clarita la ve dos veces al año, en
las vacaciones del cole. Aunque recibe muy
seguido noticias de ella, por medio del chat,
del mail o de algún amigo viajero, la extraña
mucho. Su papá es cocinero y trabaja en un
restaurant del centro.
Cuando recién se mudaron, Clarita empezaba
quinto grado. Nunca supo si fue por la mudanza, por-
que extrañaba a su mamá, o porque le daba miedo el
maestro de quinto: la cosa es que las primeras noches
que pasó en la casa del alto, no pudo dormir.

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No le dijo nada a nadie, pero sin duda, se movió tanto en la cama, que
despertó a todos. Incluso el abuelo Luis, que decía que ya no oía bien,
se acercó a su lado y le preguntó:
-¿Qué pasa Clarita que no dormís? Mirá que mañana hay que levantarse
temprano para ir a la escuela.
-Es que no tengo sueño- dijo Clarita. -¿Puedo mirar tele?
-No- dijo el abuelo. -Tengo una idea mejor. Voy a contarte una historia.
Y ahí empezó la fascinante vida de Clarita, a través de las historias del
abuelo, increíbles -pero ciertas- aventuras en la Patagonia.

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El susto de Pigafetta
Había una vez un chico llamado Aon, que pertenecía a la tribu de
los Aonik‘enk (así se llamaban los indígenas que hoy conocemos como
tehuelches del sur). Tenía 10 años y pasaba sus días entre las horas que
ayudaba a su madre, tareas que poco a poco Aon iba dejando de lado
por considerarlas poco dignas de un futuro hombre cazador, y las horas
que compartía con su padre, aprendiendo el arte de cazar, cuerear los
animales y construir armas y herramientas con madera, piedra y huesos.
Una tarde fresca de invierno, Aon fue solo al mar. Le gustaba recorrer
la playa buscando las cosas que el mar arrojaba cuando la marea subía.
Escarbaba la arena en busca de mejillones con su cuchillo de piedra,
afilado por él y su padre con el golpe de otras piedras. Cuando la marea
bajaba, los peces quedaban atrapados en piletones, y él los pescaba
fácilmente o los atrapaba usando un arpón improvisado con un palo
puntiagudo. Luego la madre los cocinaba y los servía bien calientes en
las noches de invierno.
Un día había encontrado en esa misma playa un diente de goos (que
quiere decir orca en su idioma). Había corrido a mostrarle a su padre
el diente del monstruo de las profundidades. Su padre le había contado
que él había visto de cerca a ese tipo de goos y, desde entonces, el mayor
anhelo de Aon era ver desde la orilla a ese animal tan grande que un
solo diente ocupaba sus dos manos.
Tan concentrado estaba mirando la arena en busca de nuevos trofeos
de aventuras que tardó en darse cuenta de que no estaba solo en la playa.
Escuchó unas voces extrañas y miró hacia el mar. Se asustó mucho y salió
corriendo a esconderse detrás de unas piedras. No podía creer lo que
veía: una canoa gigante con tres palos que casi tocaban el cielo. Unos
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hombres con pelos en la cara y pieles brillantes bajaban de esa gran canoa
a otra más pequeña. ¿Serían los genios del bien y del mal?- pensó Aon.
-Dos meses es más que suficiente para darse cuenta de que en estas
tierras no vive nadie -dijo uno de los marineros mientras ayudaba a los
otros a poner el bote sobre terreno firme.
-¿Quién podría sobrevivir en estas tierras tan inhóspitas y hostiles alejadas
de la mano de Dios? –preguntó otro marinero.
Aon no entendía lo que decían los genios, pero observaba todo lo
que hacían para luego contarle a su padre lo que había visto en el mar.
-¡Antonio! -gritó otro de los marineros -¿Adónde crees que vas?
Antonio, se alejaba por la playa con un catalejo en sus manos para
poder observar de cerca la fauna del lugar. Cuando escuchó los gritos,
se dio vuelta para contestarles.
-Ya sabéis que la misión de un escribiente es contar todo lo que ve, por
ello reconoceré estas playas para luego contar la experiencia en la bitácora,
si no veo cosas nuevas no puedo escribir nada nuevo, y a ustedes ya os conoz-
co bastante, ¡forajidos holgazanes! Esto último lo dijo en tono amistoso
mientras seguía alejándose del grupo. Al anochecer estoy de vuelta.
Aon no se animaba ni a respirar. Desde su escondite miraba como
uno de los genios de pieles brillantes, se dirigía hacia donde él estaba.
Se encogió lo más que pudo sin dejar de espiar por un pequeño hueco
entre las piedras. Vio como el genio se detuvo, para luego tomar el
camino que llevaba a la zona de las rocas.
Luego de un buen rato de caminar, Antonio descubrió un lobo marino
tomando sol. Pero este marinero jamás había visto un animal como ese
y calculó que debía pesar como tres o cuatro ovejas. Cuando se acercó
un poco más para verlo, sus botas resbalaron sobre las rocas y cayó con
tanta mala suerte que se golpeó la cabeza.
Aon, que lo había seguido por entre las matas que bordeaban la costa,
para no dejar sus huellas en la arena, se aproximó con mucha cautela
al lugar del accidente. Al ver al genio tirado en el piso, con una mancha
roja en la frente, se dio cuenta que no debía ser tan peligroso si no sabía

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caminar con cuidado por las rocas resbalosas. A pesar de los pelos que
le cubrían la cara y le daban un aspecto feroz, su estatura era menor a
la de su padre y su coraza, que sin duda lo protegía de los golpes, no
sirvió para impedir que se lastimara la cabeza. Aon sabía que si lo dejaba
en ese lugar quedaría atrapado por la marea alta. Herido como estaba,
tenía pocas posibilidades de salvarse. Decidió hacer algo para ayudarlo:
lo arrastró hasta un charco, le mojó la cara y le lavó la herida.
Cuando Antonio se despertó por el contacto con el agua fría, vio a
un chico cubierto a medias por cueros de animales, y enseguida llevó la
mano a la empuñadura de su corta espada. El pánico se apoderó de él.
Jamás habría imaginado que esa tierra pudiera estar poblada por seres
salvajes. Pero al observar los ojos curiosos de Aon, se incorporó y le dijo:
-De modo que tú me has despertado, ¡menudo golpe me he dado!
Cuando su cabeza comenzaba a acostumbrarse a la posición vertical y
la sien parecía latirle menos salvajemente, Antonio advirtió que el chico
le señalaba el mar. Debí haber pasado bastante tiempo inconsciente, el
agua está mucho más cerca, pensó. De no haber sido por este niño de piel
colorada, hubiera quedado atrapado por las aguas de la marea alta. Mien-
tras Antonio reflexionaba sobre lo que le había sucedido, Aon seguía
señalándole el mar con insistencia.
-Ya me di cuenta de todo muchacho, ahora nos vamos -dijo Antonio con
voz ronca mientras se terminaba de levantar.
Al llegar nuevamente a la playa de arena, Antonio se dejó llevar con
mucha desconfianza por el pequeño que lo tironeaba, tratando de alejarlo
del mar. Luego de un rato de caminar por el desértico paisaje patagónico
se encontraron con un arroyo y comenzaron a remontarlo por la orilla.
Cuando el sol comenzaba a caer, llegaron a donde vivía Aon. Debajo de
unos mimbres, había una decena de toldos construidos con cueros de
animales y palos. Antonio pensó que seguramente éste sería su fin, solo y
rodeado por seres salvajes que no entendían su idioma ni sus costumbres.
Unas niñas que sobaban cueros se escaparon gritando al ver al ex-
traño hombre que acompañaba a Aon. Dos o tres mujeres gordas se

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escondieron tras los toldos y desde allí espiaban la escena. El chico lo
guió hasta un toldo que parecía más grande que los otros, de donde
salió un hombre de considerable tamaño. La piel rojiza de su cuerpo
estaba cubierta a medias por cueros al igual que el muchacho, aunque
su ropa parecía de una piel más fina y más trabajada. En sus pies unos
cueros atados a las plantas hacían las veces de calzado. El gran hombre
y Antonio se miraron detenidamente.
Poco después, Antonio advirtió que de otros toldos se acercaban más
hombres, todos de mayor estatura que él. Algunos estaban armados con
arcos cortos y flechas hechas de caña, con la punta de piedras afiladas y
plumas en el otro extremo. Antonio se sentía rodeado. Estaba paralizado,
con su mano derecha junto a su espada. No entendía de qué hablaban, ni
qué hacían con unas bolsas de cuero llenas de piedras atadas a las manos
y a las piernas. Cuando comenzaron a realizar una especie de danza con
movimientos circulares de las manos, señalando con sus dedos el cielo,
el marinero se dio cuenta de que lo estaban homenajeando, y que no
tenían ninguna intención de atacarlo.
Antonio se levantó y creyó conveniente imitarlos en señal de buena
voluntad. Aon por su parte se había quedado en todo momento muy
cerca de Antonio como para no perder el protagonismo que le daba
el haber llevado a ese extraño genio hasta la tribu. Otros chicos, hasta
algunos bastante mayores que él, lo miraban con respeto.
A la danza le siguió una rueda en torno a un fuego, que encendieron
las mujeres con palos de los arbustos de la zona y bosta seca de algún
animal herbívoro.
Sobre un costado de la toldería y bajo un mimbre grande que estaba
cerca del río pudo ver dos animales muy raros, uno vivo, atado al árbol
y el otro colgando de él ya sin vida. Jamás se imaginó que en esa tierra
árida pudieran existir animales de ese porte. Mucho tiempo después
aprendió que se llamaban guanacos, que los indios los comían y que con
sus pieles se abrigaban y armaban los toldos. Un animal como ese sería
un buen alimento fresco para la tripulación del barco por varios días, pensó.

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La carne salada que llevaban en las bodegas ya había cansado a todos y
creyó que un poco de esa carne serviría para que el cocinero se luzca.
Luego de un rato en el que las mujeres cocinaron sin mostrarse de-
masiado, pues cuando se acercaban mucho al español eran alejadas con
gritos y gestos de disgusto por los hombres, sirvieron una cena caliente
basada principalmente en pescado y mejillones. Antonio no estaba
acostumbrado al sabor de esos alimentos, pero comió con agrado. El
padre de Aon se había maravillado al ver un collar de cuentas de colo-
res que colgaba del cuello de Antonio. Cuando terminaron de comer
y haciéndose entender por señas, el español cambió su collar, de muy
poco valor, por el guanaco vivo.
Mas tarde, un par de hombres y por supuesto Aon -quien arrastraba
al guanaco con una soga hecha con finas tiras de cuero trenzadas-, acom-
pañaron a Antonio hasta la playa donde estaba el barco. No fue la última
vez que Antonio vio a Aon y a su tribu, ya que estuvieron en ese lugar
por un par de meses y tuvieron oportunidad de conocerse un poco más.
El haber sido quien descubriera a los navegantes y se animara a llevar
a Antonio hasta la toldería le valió a Aon el respeto, no sólo de los chi-
cos, sino también de los grandes, quienes al poco tiempo comenzaron
a llevarlo en las excursiones de caza como un cazador más.

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Lo que cuenta la Historia
Los primeros habitantes de la Patagonia fueron los pueblos originarios
que desde hace muchísimo tiempo –alrededor de 13000 años atrás-, vivían
en estas tierras, dedicándose a la caza, la pesca y la recolección de frutos
y trasladándose varias veces al año de un lugar a otro en busca de refugio y
comida. Estos grupos que se llamaron así mismos aonik´enk, gunun a kuna
y selkman, vivían en pequeñas comunidades de no más de 100 personas,
en las que había hombres, mujeres y niños. Y, al igual que nosotros, tenían
sus propias creencias y una forma propia de hablar, de vestirse – usando
el cuero de guanaco como vestimenta principal- , de aprender, de jugar y
de divertirse.
Fue a fines del siglo XV cuando un grupo de españoles, comandados por
el hoy famoso Cristóbal Colón, descubrió por accidente este “nuevo mun-
do”. A partir de entonces, nuevos aventureros se animaron a venir por estos
lados, en busca de metales preciosos para llevar a España y con la intención
de evangelizar a la población nativa.
La expedición de Hernando de Magallanes en el año 1520 tuvo otra
misión: bordear las costas de América hacia el sur buscando un paso hacia
el océano Pacífico. Al llegar a la Patagonia se les averió el barco y fueron
sorprendidos por fríos meses de invierno. Decidieron entonces refugiar sus
naves en puertos seguros esperando la primavera para continuar su viaje
hacia España. El escribiente de esa expedición – es decir, quien todos los
días redactaba en un diario de viaje llamado bitácora lo que había pasado- se
llamaba Antonio Pigafetta. Antonio dejó algunos testimonios escritos de su
encuentro con los habitantes de la zona, a los que describió como “gigantes
salvajes”.

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