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Actividad 4

El documento analiza la participación política de las mujeres y los conceptos teóricos relacionados. Explica que la Ilustración excluyó a las mujeres de la ciudadanía y la política, viéndolas como inferiores. Aunque ahora tienen derecho a votar, las mujeres siguen enfrentando barreras para participar plenamente en la política.
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Actividad 4

El documento analiza la participación política de las mujeres y los conceptos teóricos relacionados. Explica que la Ilustración excluyó a las mujeres de la ciudadanía y la política, viéndolas como inferiores. Aunque ahora tienen derecho a votar, las mujeres siguen enfrentando barreras para participar plenamente en la política.
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INSTITUTO DE ESTUDIOS SUPERIORES DE LA CIUDAD DE

MÉXICO ROSARIO CASTELLANOS

CARRERA: DERECHO Y CRIMINOLOGÍA

PLANTEL: GUSTAVO A. MADERO

MATERIA: TEORÍAS DE GÉNERO

ACTIVIDAD: 4

ALUMNA: FÁTIMA OSORIO SILVA

MAESTRO: YULIANA LÓPEZ RODRÍGUEZ

GRUPO: 702

Ciudad de México a 24 de octubre del 2022


7. LOS SUPUESTOS DE LA MODERNIDAD EN CLAVES FEMINISTAS PARA LIDERAZGOS
ENTRAÑABLES DE MARCELA LAGARDE (167 – 175)

En todos lo países ya existe una gran cantidad de liderazgos de mujeres. No imaginamos que
queremos que haya liderazgos, más bien nos pensamos desde una acción política, práctica, en la
que hay una tradición importante de liderazgos de mujeres.

Hasta el siglo pasado la participación de las mujeres en muchos procesos se realizaba


como parte de comunidades, de pueblos o de grupos. No había una participación específica de las
mujeres separadas de sus comunidades, de los hombres, con una cierta independencia. Es en el
siglo XX que los liderazgos de las mujeres van emergiendo con un perfil y un papel propios en los
grupos sociales, en los movimientos sociales. La clave es que esa participación se ha ido
transformando desde una participación social y política con una referencia de identidad propia
prefigurada por las mismas mujeres.

Por lo tanto quiero partir de la siguiente visión: somos mujeres del siglo XX y, por lo tanto,
estamos encapsuladas, enmarcadas en la cultura de la modernidad. Esa cultura que nos define
tiene un supuesto político, la igualdad; pero, ya lo sabemos, la igualdad enunciada o normada no
corresponde necesariamente con procesos de igualdad social y con procesos de la experiencia
vivida.

En algunos procesos históricos, las mujeres han dado por supuesta la igualdad porque
consideran que es una característica de definición ontológica; en otros procesos políticos han
asumido que la igualdad no existe y tienen que luchar para construir la igualdad. La sociedad es
distinta en la modernidad, ha cabalgado entre la norma de la igualdad y la desigualdad legítima.

Por su lado, los conceptos democracia y desarrollo forman parte de la modernidad, pero
obviamente en la mayoría de los países, aunque las mujeres hayan participado social y
políticamente, la democracia y el desarrollo no han sido formulados ni pensados para abarcarlas
como sujetas de la historia.

La democracia genérica, apuntaré brevemente, es una revisión crítica de las concepciones


modernas sobre democracia; se basa en el planteamiento de que ésta no contempla la inclusión
protagónica de las mujeres. Por lo tanto, propone construir otro tipo de relaciones democráticas y
otro modelo democrático que incluya no solamente a las mujeres, sino que -más complejo aún-, se
modifique el posicionamiento de los hombres y se establezcan relaciones democráticas entre los
géneros.

Esta visión va adquiriendo una aceptación cada vez mayor entre las mujeres de todo el
mundo, nunca antes en la historia ha habido una coincidencia cultural de horizontes tan
importantes, con mujeres de culturas diferentes, con una plataforma con sentido de presente y
futuro. Nunca como hoy habían coincidido mujeres africanas y latinoamericanas, nórdicas y
australianas.

Sintetizando sobre lo que he llamado la construcción de la democracia y el desarrollo


humano sustentable con perspectiva de género, quiero decir que coincidimos con hombres
paradigmáticos. No es sencillo armonizar coincidencias, pero, en efecto, el paradigma del
desarrollo humano sustentable y la democracia también ha sido pensado por hombres que forman
parte de categorías sociales, movimientos políticos; hombres y mujeres que no nos creímos el final
de la historia con la que nos amenazaron los filósofos de la posmodernidad.

En 1999 no hay ciudadanas plenas en ninguna parte del mundo. Existe lo que llamamos
genéricamente una ciudadanía mutilada de las mujeres, incompleta, inadecuada, que le falta
igualdad. Nada más que a finales del siglo XX ya no pensamos la igualdad de las mujeres en
relación con los hombres como lo hacían Olimpia de Gouges y sus congéneres revolucionarias. Las
radicales del siglo XX decimos que la igualdad entre los géneros, y dentro de ios géneros, es una
cosa compleja y complicada.

La ciudadanía de las mujeres está marcada por la más grande construcción filosófica que
hemos elaborado las mujeres en este siglo, los derechos humanos de las mujeres la creación de los
derechos de las humanas es la verdadera armazón de la ciudadanía de las mujeres, aunque
todavía no forman parte de la cultura política social, todavía no son conciencia colectiva suficiente.

La ciudadanía es un espacio en el que nos movemos, un espacio simbólico en el que


actuamos para transformarlo y construir las bases mínimas de la democracia genérica. Para poder
hacer todos estos cambios las mujeres actuamos en diversos espacios, pero especialmente en uno
importante, simbólico y político, de acogida, que no es natural, que es histórico: el espacio de la
sociedad civil.

8. LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE LAS MUJERES ELEMENTOS TEÓRICO ‐ CONCEPTUALES DE LA


PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE LAS MUJERES. DE LAS CUOTAS DE GÉNERO A LA PARIDAD DE
ADRIANA MEDINA ESPINO (15-29)

El análisis de la situación de las mujeres en el ámbito de la participación política con curre


con el desarrollo de la teoría de género, un corpus de conocimiento fundamental a través del cual
es posible distinguir y explicar los mecanismos socio‐culturales a través de los cuales las
diferencias entre mujeres y hombres se han traducido en múltiples dimensiones de desigualdad de
género.

La política constituye uno de los ámbitos sustantivos en el que se expresa la situación de


desigualdad entre mujeres y hombres. Sus dispositivos y estructuras restringen el derecho de las
mujeres para acceder y participar de la misma manera que los hombres en los espacios políticos y
de toma de decisiones y, en general, en todos aquellos ámbitos clave de poder, determinantes en
la definición del interés colectivo de la sociedad.

Los filósofos de la Ilustración consideraban a la razón y a la igualdad como cualidades


intrínsecas al hombre, no así a la mujer. Su premisa se basaba en la afirmación de que la
individualidad y autonomía eran cualidades propias y exclusivas de los hombres y, por ende,
también lo sería la ciudadanía.
La filosofía de la Ilustración puso en entredicho la calidad de humanas de las mujeres, toda
vez que sus planteamientos expresaban que eran seres cuya “minoría moral” les impedía formar
parte de la ciudadanía y, por tanto, ser sujetos de derechos y deberes jurídicos y políticos4
(Canterla, 2002: 19‐20). Bajo estos supuestos se negó la capacidad de las mujeres para ejercer
autoridad y liderazgo, así como para tomar decisiones vitales en los asuntos considerados del
interés colectivo. Al excluirlas del estatus de individuos, se les privó de la participación en el
mundo público de la igualdad, el consenso, la convención y el pacto social (Pateman, 1996:31‐32).
Así, se sentaron las bases de la política como un ámbito pensado y definido a partir de normas,
mecanismos y prácticas consideradas propiamente masculinas.

La dicotomía entre lo público y lo privado situó a mujeres y hombres en una división sexual
del trabajo caracterizada por la definición de jerarquías, disparidades y relaciones de poder de
género. Lo masculino se impuso sobre lo femenino a través de la oposición de los roles,
actividades, capacidades, actitudes y motivaciones definidas como “intrínsecas” de mujeres y
hombres (Sánchez, en Beltrán y Maquieira, 2001); todo ello se tradujo en múltiples dimensiones
de desigualdad y expresiones de discriminación hacia las mujeres en el acceso, uso y control de
oportunidades, adopción de decisiones, manejo de recursos y de servicios, así como en la falta del
reconocimiento de sus derechos.

La aspiración de igualdad entre mujeres y hombres expresada en estas reivindicaciones


retomaba los principios de la Ilustración y los ampliaba a la población femenina, centrando su
exigencia en el reconocimiento a la ciudadanía e igualdad de las mujeres, así como su derecho a
participar en los asuntos considerados del interés público. De esta forma, las mujeres empezaron a
reclamar para sí mismas y sus congéneres los beneficios, derechos y responsabilidades
monopolizados por el mundo masculino.

El sufragismo se alimentó del cuestionamiento al carácter representativo de los gobiernos


y desplegó una movilización cívica para reivindicar la igualdad política entre mujeres y hombres. A
través de este movimiento, se afirmó la necesidad de fortalecer los procesos de individuación de
las mujeres y de su autonomía en la toma de decisiones vitales en tanto sujetas de derechos.

En el sufragismo participaron sucesivas generaciones de mujeres, logrando, apenas de


manera difusa en 1948, el reconocimiento internacional de su derecho a participar en el ámbito de
la política como un derecho humano fundamental, a través de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos que establece, en su artículo 21, que toda persona tiene derecho a participar
en el gobierno de su país.

El derecho al sufragio femenino ha ampliado el sentido del ideal de ciudadanía universal ya


que con el reconocimiento formal de idéntica categoría de pares ante la ley, mujeres y hombres
son igualmente ciudadanos ante la norma jurídica. Dicha igualdad formal (igualdad ante la ley)
constituye un principio jurídico y un pilar fundamental de los Estados modernos (Gallo y Salinas,
2007).

La experiencia evidencia que el “trato igual” en el que se sustenta la igualdad de jure entre
mujeres y hombres, ha resultado ser omiso y ciego ante las desigualdades de género, al no
reconocer las múltiples dimensiones de desventajas, subordinación y discriminación sistemáticas y
estructurales hacia las mujeres, que impiden su participación de manera equilibrada con los
hombres en el ámbito de la política.

La desigualdad en la participación política de las mujeres ha motivado, desde las últimas


décadas del siglo XX, el cuestionamiento internacional acerca del carácter representativo de los
gobiernos, así como el reconocimiento de la necesidad de implementar mecanismos que
garanticen a mujeres y hombres las mismas oportunidades de participar en la política de forma
efectiva y equilibrada a fin de integrar de igual manera en la agenda pública sus visiones,
necesidades, intereses y problemas.

Las políticas de equidad se basan en el reconocimiento de la necesidad de adoptar


medidas especiales de carácter temporal –acciones afirmativas–, a fin de acelerar la igualdad de
facto entre mujeres y hombres. Se trata de poner en marcha un conjunto de medidas de carácter
temporal encaminadas a acelerar la igualdad de hecho entre mujeres y hombres, las cuales tienen
por objeto eliminar las desventajas estructurales de las mujeres para acelerar su participación
equilibrada con los hombres en todas las esferas de la sociedad.

Entre las medidas tendientes a garantizar la participación política equilibrada de mujeres y


hombres se encuentra la necesidad de implementar mecanismos que fortalezcan el liderazgo de
las mujeres y eliminen las barreras implícitas que les impiden o restringen su pleno acceso y
permanencia en los más altos niveles ejecutivos, de responsabilidad pública y representación
política.

Otro elemento fundamental que no debemos dejar de lado al abordar el tema del
liderazgo y la participación política de las mujeres tiene que ver con los estereotipos de género.
Según Celia Amorós (2001), éstos se refieren a la construcción subjetiva que incluye creencias,
expectativas y atribuciones sociales como imágenes de alta elaboración cognitiva que suelen no
coincidir con la realidad, sino que son una simplificación deformada de ésta, a través de ideas
preestablecidas a las que se adscriben las personas por el mero hecho de pertenecer a uno de los
sexos.

Se asume que los puestos de poder conllevan rasgos masculinos y, por tanto, sus titulares
se asocian con la imagen, valores, actitudes y aptitudes relacionadas con el estereotipo masculino,
debido a que per se, las actividades políticas se consideran un ámbito masculino. Por ello, si bien
existen mujeres que participan en la política, su presencia limitada impide la maduración de
modelos de liderazgo femenino que contribuyan de manera sustantiva a transformar de fondo la
cultura política hegemónica.

La paridad

La expresión democracia paritaria es reciente y su mayor impulso parece coincidir con la


realización de la Conferencia de Atenas en 1992, en la cual se definió la paridad como la total
integración, en pie de igualdad de las mujeres, en las sociedades democráticas, utilizando para ello
las estrategias multidisciplinarias que sean necesarias (Zúñiga, 2005:1).

De manera que la democracia paritaria busca garantizar la participación equilibrada de


mujeres y hombres en la toma de decisiones, teniendo como marco la promoción de la igualdad
de oportunidades (Cobo, 2003). La necesidad de su implementación se basa en que la limitada
participación de las mujeres en los niveles decisorios obstaculiza el desarrollo humano, al no
incorporarse las demandas e intereses de las mujeres en todos los aspectos de la vida política,
social, cultural y económica de la sociedad.

Lo que se evidencia con la demanda de la paridad es la incoherencia de los regímenes


democráticos, cuyos principios apelan a la igualdad entre las personas y, no obstante, siguen
mirando con indiferencia la paradójica situación que implica la limitada presencia de mujeres en el
poder político y en los espacios de toma de decisiones, situación que de manera potente
contribuye a la deslegitimación política de las democracias modernas que han aplicado la lógica
estamental: democracia para los varones y estatus adscriptivo para las mujeres (Amorós, 1999,
citada por Zúñiga, 2005).

Los argumentos que legitiman la paridad son diversos, entre ellos destacan los siguientes:

• Argumento sobre la justicia: las mujeres representan la mitad de la población y tienen


derecho a ocupar la mitad de los espacios de decisión.
• Argumento sobre la experiencia: las mujeres tienen experiencias diferentes, construidas
desde su condición social, que deben ser representadas.
• Argumento sobre las necesidades diferenciadas: mujeres y hombres tienen necesidades
hasta cierto punto diferentes y, por lo tanto, para que la agenda de dichas necesidades sea
considerada es necesaria la presencia de mujeres que representen y defiendan dicha
agenda.
• Argumento sobre la modificación de las normas y el contenido de la política: la
importancia de que las mujeres participen en la política estriba en que su presencia en
igualdad de condiciones con los hombres contribuye a modificar las normas, usos y
costumbres de hacer política, así como a transformar el contenido de la agenda política
(Huerta y Magar, 2006).
REFERENCIAS

LAGARDE, MARCELA (2000) Los supuestos de la modernidad en Claves feministas para liderazgos
entrañables, Pág. 167-175 Managua, Nicaragua.

MEDINA ESPINO, ADRIANA (2010) La participación política de las mujeres. De las cuotas de género
a la paridad, Pág. 15-29 Distrito Federal, México.

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