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Trudy Mangel: Superviviente del Holocausto

El documento habla sobre la vida de Trudy Mangel de Spira, una sobreviviente del Holocausto nacida en 1932 en Checoslovaquia. Describe su infancia feliz hasta 1938 cuando comenzaron los cambios debido a las leyes antisemitas. En 1944 fue deportada a Birkenau y sobrevivió, regresando después a su ciudad natal desolada.

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Trudy Mangel: Superviviente del Holocausto

El documento habla sobre la vida de Trudy Mangel de Spira, una sobreviviente del Holocausto nacida en 1932 en Checoslovaquia. Describe su infancia feliz hasta 1938 cuando comenzaron los cambios debido a las leyes antisemitas. En 1944 fue deportada a Birkenau y sobrevivió, regresando después a su ciudad natal desolada.

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Trudy Mangel de Spira: hija del milagro

Nació el 14 de agosto de 1932 en Kosice, entonces Checoslovaquia y a partir de 1938


Hungría. Tras su dolorosa estadía en Birkenau entre 1944 y 1945 regresó a su desolada
ciudad natal, de la que en 1948 partió hacia Inglaterra y más tarde hacia Canadá e Israel.
Llegó a Venezuela en 1955

«¿Cómo se sobrevive? No hay nada que pueda hacerse. El que tiene fe dice que fue Dios
quien lo hizo. Yo tengo fe porque gente más capaz y más inteligente no sobrevivió, pero yo
sí. Los sobrevivientes a veces nos sentimos culpables de haber vivido. Ahora que soy
mayor, que han pasado tantos años, pienso que por alguna razón me salvé, que por algo fui
escogida (…) Después de la guerra todos queríamos rehacer nuestras vidas, donde fuera. Se
debe admirar a los sobrevivientes, gente deshecha que se levantó en un nuevo país, sin
familia, sin profesión, sin resentimientos. Nosotros lo único que pedíamos era vivir, donde
fuera»

En mi niñez la vida estaba muy revuelta ya, por eso no tuve una infancia totalmente
normal, aunque sí feliz. Provengo de una familia observante ortodoxa. Éramos mi madre,
Frida; mi padre, Lazar y mi hermano Nisu, catorce meses menor que yo. También estaban
mis abuelos paternos Meleh y Malka, nombres que en hebreo significan rey y reina: decían
que esa pareja estaba hecha en el cielo.
Teníamos un negocio de telas, pero papá también era vendedor y viajaba. Nuestra casa
irradiaba amor, felicidad. Mis padres estaban dedicados a la educación de sus hijos. Éramos
una familia muy hermosa, sumamente unida, todo se hacía en conjunto, todo se resolvía
alrededor de la mesa de shabat. Mientras los niños estábamos a la mesa todo era alegría.
Imagino que cuando nos retirábamos las conversaciones cambiaban.
En casa hablábamos en húngaro, pero por ser la nuestra una ciudad fronteriza, se
hablaba también eslovaco y alemán. Hasta el día de hoy hablo los tres idiomas.
Vivíamos en un edificio de nuestra propiedad, en una de las calles principales. El primer
piso lo ocupábamos mi papá, mi mamá, mi hermano y yo, y la planta baja mis abuelos
paternos. Cuando mamá y papá no nos complacían, corríamos donde los abuelos. Fui la
primera nieta, la mas mimada.

Lejos de los días tranquilos


En Kosice la gente era muy amable, educada. Era una ciudad de setenta mil habitantes
de los cuales diecisiete mil eran judíos. La comunidad judía era organizada, con sinagogas,
cementerio, colegio, departamento de beneficencia y un departamento religioso que velaba
para que hubiera carne kasher.
A mi hermano, por ser muchacho, lo mandaron al colegio hebreo, que era privado,
donde no había clases el sábado y por lo que mi papá podía llevarlo a la sinagoga. Yo, en
cambio, iba a un colegio público donde había niños judíos y no judíos.
Empecé el colegio en septiembre de 1938, a los seis años. Pero los días de normalidad
duraron poco. Apenas un mes después de empezar cerraron las aulas y nos mandaron a casa
por cuatro o seis semanas. Fue el momento en que Eslovaquia pasó a ser Hungría. Tuvieron
que cambiarlo todo, los libros, el pensum, había un nuevo idioma.
En 1938 todos éramos iguales en el colegio, todos éramos amigos. La única diferencia es
que a quienes proveníamos de hogares judíos ortodoxos no nos daban tareas para hacer los
sábados y nos permitían ir vestidos sin uniforme. A partir de 1939 comenzaron a suceder
verdaderos cambios más allá de mi pequeña vida infantil. Mi papá perdió su negocio, no le
renovaron el permiso y cuando quiso hacer otro tipo de negocio ya fue tarde, los judíos
pasamos a ser ciudadanos de segunda clase. Por suerte teníamos rentas fijas de qué vivir,
además mi papá había guardado la mercancía que quedó del negocio y la seguía vendiendo,
aunque no a luz pública.
No fue sino hasta 1940 o 1941 cuando aparecieron los primeros soldados alemanes.
Aunque no habían ocupado oficialmente Hungría, ya tenían mucha influencia en los
gobiernos, aparecían, estaban ahí, dictaban ciertas pautas. Fue entonces cuando
comenzamos a sentir las diferencias entre judíos y no judíos. Recuerdo que en 1941 hubo
un concurso de composición libre a nivel de toda Hungría. Y como a mí me gustaba
escribir participé y mi trabajo ganó el primer premio, pero cuando se enteraron de que era
judía me lo quitaron. Para mí eso fue terrible, un dolor muy grande, porque yo siempre tuve
mucho orgullo de lo que hacía; me gustaba destacarme y sentí que merecía el premio, que
me lo había ganado y me lo quitaron por ser judía.
Cuando empezó el año escolar en 1943 nos dijeron que al día siguiente todos los judíos
teníamos que llevar una estrella de David amarilla. No quería volver al colegio, no quería ir
marcada. Mi mamá trató de convencerme de que era una situación pasajera, que teníamos
que aceptar los hechos, que yo no era la única. Suponía que los niños no judíos se
acercarían y nos dirían que nada había cambiado. Pero ni uno solo de los compañeros con
quienes compartía las aulas desde el kindergarten dijo algo para tranquilizarme. Vieron en
nuestras caras el sufrimiento, pero no dijeron nada. Algunos alumnos hasta nos llegaron a
maltratar. Salió de pronto en ellos el antisemitismo y se acabó la camaradería. Esto fue mi
primera decepción con el ser humano.
Un jueves bombardearon nuestra ciudad, dijeron que fueron los ingleses, aunque
también había una versión de que habían sido los mismos alemanes para obligar a Hungría
a sumarse a ellos. Sé que era jueves porque ese día se hacía limpieza profunda en las casas
judías para el shabat y yo había ido donde una amiga para no molestar a mamá en sus
quehaceres. Mamá decía que yo no le había dicho que saldría y cuando empezaron a caer
las bombas se puso histérica, corrió a la calle a buscarme, veía las ambulancias pasar, no
sabía dónde estaba yo. Esa situación duró apenas unos minutos, hasta que aparecí.
Fue terrible, había destrucción, susto, miedo. Uno no sabía qué hacer, dónde esconderse.
De ahí en adelante nos prepararon sobre cómo comportarse en un bombardeo. En el colegio
nos enseñaron a utilizar las máscaras antigás, a distinguir las sirenas. Hasta que nos fuimos
en abril de 1944 no hubo otro bombardeo.
La familia de mi mamá, que vivía a tan solo sesenta kilómetros, estaba en otro país,
Eslovaquia, donde ya comenzaban a llevarse a los judíos a Auschwitz. Por eso mi mamá se
hizo cargo de mis seis primos, hijos de sus dos hermanos. Fueron enviando a los niños a la
frontera de dos en dos, siempre una hermana y un hermano. Mi madre los esperaba en el
bosque con los documentos de mi hermano y los míos: los llevaba a Budapest, donde los
ponían presos, y luego los reclamaba como tía responsable de ellos. Era un proceso terrible.
Eso duró como mes y medio hasta que los seis niños estuvieron en nuestra casa. Otro
hermano de mi mamá envió también a su hijo, pero a ése sí lo fusilaron. La situación era
muy difícil. Un hogar que estaba acondicionado para dos niños de repente debió albergar a
ocho, en una época de racionamientos. Nuestra vida cambió absolutamente. Eso sí, para mi
mamá ningún sacrificio era demasiado grande. A sus hijos nos exigió que nunca
discutiéramos con ellos. Decía que mientras nosotros todavía éramos una familia unida,
esos niños no tenían a sus padres. Mamá insistía en que teníamos que acostumbrarnos,
dormíamos dos en una misma cama.
En 1941, un viernes en la noche, irrumpieron en el edificio soldados húngaros. Buscaban
a mis abuelos que, aunque habían vivido siempre en Kosice, eran polacos. Escuchamos el
ruido, bajamos para ver qué pasaba: se los iban a llevar. Trataron a mis abuelos con mucha
brutalidad, sin darles explicación. Los empujaban, les gritaban en un vocabulario al que no
estábamos acostumbrados. Mi hermano y yo vimos cómo se los llevaron. Para nosotros
ellos eran la gente más buena, más noble que puede haber. Todavía hoy resuenan en mis
oídos las palabras de mi abuelo. Miró a mi mamá, a quien adoraba, y le dijo: “¡Frida, tú
permites esto!”. Mi mamá quedó traumatizada, incluso se enfermó por eso. Nunca más
volvimos a ver a los abuelos. Después supimos que habían sido fusilados.

Sobreponerse a la realidad
En 1942 uno no sabía a dónde se llevaban a nuestra gente. Solo al final supimos que
había cámaras de gas, campos de concentración y exterminio, crematorios. Ya se sabía
todo. ¿Cómo? Pues a los primeros que se llevaron les permitieron escribir a casa, aunque
con censura. Pero ellos decían, pronto voy a visitar a la tía Sara. Y la tía Sara estaba muerta.
Entonces se entendía todo.
Unos pocos lograron escaparse y contaron. Papá nos empezó a preparar, estaba
convencido de que si uno sabe cuál es el peligro al que se enfrenta, tiene muchas más
oportunidades de salvarse. Y él, de una forma muy suave, nos explicaba de las duchas, las
cámaras de gas. Nos alertaba sobre cualquier abertura por donde pudiera pasar gas.
Yo era una niña, pero debía entender cosas de adulos. Pasaba el día jugando, pero
cuando regresaba a casa sentía mucha tensión, veía las caras tristes y preocupadas de mis
padres. Vivía dos vidas. No podía discutir frivolidades como que una niña me rompió el
vestido de la muñeca. Me sentía culpable. Es difícil para un niño pasar por esa situación,
nos deja después marcados para el resto de nuestras vidas.
Años después, inconscientemente, quise revivir mi niñez. Cuando mis hijos tuvieron
seis, siete u ocho años, me hizo falta mi propia infancia y empecé a jugar con ellos, me
sentaba en el suelo, hacía cosas de niña, quería ser una mas del grupo. Me di cuenta de eso
sólo cuando mi hijo me dijo “mamá, queremos jugar solos”. Me levanté y me fui.
A partir de 1941 a los hombres judíos de Hungría los llevaban por cierto tiempo a
realizar trabajos forzados y a mi papá siempre lo llamaban porque era joven. Mamá a
menudo se iba detrás para saber a dónde llevaban a papá y tratar de sacarlo a través de
dinero e influencias. Nosotros nos quedábamos solos en casa por días enteros. Teníamos
que arreglárnoslas, buscar comida, estar pendientes de cuando repartía huevos o tomates.
Pero cuando teníamos cinco minutos libres jugábamos, éramos niños. Me daba mucho
miedo por mamá, miedo por papá, miedo de quedarnos solos. Todo era miedo.
Una tarde papá regresó contando que estaban quitando las bancas de la sinagoga: creía
que reunirían allí a los judíos. Los vecinos le reclamaban su pesimismo, pero él insistía. El
viernes en la mañana mi mamá salió al mercado a hacer las compras para shabat, mi papá
se estaba afeitando y mi hermano y yo nos quedamos en la cama jugando. Dos soldados
húngaros irrumpieron en la casa y preguntaron por mi mamá. Papá respondió que estaba en
el mercado. Entonces se dirigieron a mí, “vístete ve a buscar a tu mamá”. Y dijeron a papá
que empezara a embalar las cosas que pudiéramos cargar en las manos: nada de joyas, ni
dinero, ni ropa.
Mi hermano y yo salimos entonces corriendo, encontramos a mi mamá y le contamos lo
que ocurría. Ella nos agarró por la mano y nos dirigimos con pasos muy rápidos a casa de
un vecino. Pero este hombre empezó a discutir con mamá y a decirnos “sálvense,
escóndanse”. Mamá prácticamente lo empujó, le dijo que no dejaría a su esposo solo. Esos
segundos de discusión cambiaron nuestras vidas, pues nos retrasaron e hicieron que cuando
llegáramos a la puerta del edificio encontráramos a papá, que nos dijo “¡corran, corran!” Y
mientras corríamos nos decía,“¡esto no puede ser, esto es la mano de Dios, los alemanes
adentro y nosotros todos afuera!” El caso es que los soldados habían permitido a mi papá
salir a buscar ayuda para rodar los muebles, que eran muy pesados.
El sábado lo pasamos escondidos donde un amigo de la prima. Ya el domingo vino a
buscarnos un guardabosques amigo de mis tíos. Nos llevó ropas de campesinos, como la
que se vestía en Eslovaquia. Salimos entonces hacia el bosque. El guardabosques partió con
mi mamá y mi hermano; mi papá salió con otra señorita y yo salí con otra señora. Los
alemanes habían revisado en nuestra casa todas las fotografías y las llevaron consigo para
ubicarnos. Sabíamos que a las dos en punto teníamos que estar en la frontera, pues a esa
hora nos iba a esperar otro guardabosques para llevarnos con mis tíos. Pero llegamos todos
menos mi papá. El guardabosques húngaro no quería seguir esperando y nos pedía que
continuáramos. Mamá se negó y dijo que sin su esposo no iba a ningún lado. Hizo que
nuestro guía regresara a casa de la prima para buscar a papá. Y él estaba allí. Hasta el día de
hoy no entendemos porqué. Cuando el guardabosques volvió con mi papá había pasado la
hora acordada. Una vez más entendimos que fue Dios quien así lo quiso.
Fuimos entones a la frontera. Casi al anochecer apareció el guardabosques eslovaco que
nos conduciría. El nos contó que fue una suerte que no estuviéramos en el lugar acordado,
pues estaba lleno de alemanes que lo apresaron con la certeza de que él estaba esperando
gente. Aunque lo maltrataron no dijo nada. Fue una bendición.
Llegamos por fin a casa de mis tíos, quienes nos consiguieron documentación falsa y
algo de dinero para seguir hasta Bratislava, capital de Eslovaquia, donde podríamos
ocultarnos. Había que buscar dónde vivir, era una ciudad desconocida, estábamos
asustados, teníamos dinero pero no en abundancia, a mi hermano y a mi se nos había
olvidado el eslovaco. Mamá y papá procuraban que no abriéramos la boca.
En Bratislava la comunidad judía nos ayudó a conseguir nuevos documentos. Papá
encontró trabajo en una fábrica para no levantar sospechas de que éramos refugiados. Mi
hermano y yo vivíamos cada uno con una familia distinta, y mis padres con otra. Estábamos
en una suerte de gueto, de barrio judío.
En Eslovaquia pronto empezaron también a llevarse a los judíos. Volvió el peligro, el
miedo. Unos primos de mi papá,—que nos querían mucho y tenían posibilidades
económicas—, alquilaron para nosotros y otros familiares suyos una casa de dos pisos en
un barrio muy lujoso y elegante de Bratislava que estaba prohibido a los judíos. En
ocasiones los alemanes irrumpían en esa casa, nos pedían documentos y se iban. Mi
hermano temblaba temiendo que algo nos pudiera pasar. Y nos pasó.

El principio del fin


Una noche, cerca de las once, escuchamos un tiroteo y golpes a la puerta. Entraron unos
alemanes gritando que nos vistiéramos, que cargáramos con lo que nos entrara en las
manos. Afuera había un camión estacionado, lleno de gente con caras tristes, asustada.
Habían arrasado con todo el barrio. También a nosotros nos llevaron. Sabíamos que era el
principio del fin.
Embalamos lo que pudimos. Yo quería una pijama de satén y mi papá me complació, se
la pidió a su familiar y me la puse debajo de la ropa. También me llevé la muñeca con la
que siempre jugaba.
Nos montaron en el camión y nos llevaron a un lugar donde habían reunido a todos los
judíos de Bratislava. Era mucha gente, no había comida ni bebida para todos. Enviaron a
algunas mujeres a sus casas a recoger provisiones que luego se repartieron entre el grupo.
Fue la primera vez en mi vida que probé comida no kasher. Mi padre nos obligó a comerla,
diciendo que había que sobrevivir. Papá tenía enormes deseos de vivir y nos lo contagió.
Al día siguiente, nos llevaron a otro campo en la misma Eslovaquia llamado Seret. Era
un campo de trabajo donde confluían judíos de Eslovaquia. Cuando bajamos de los vagones
nos esperaban alemanes que nos exigieron entregarles dinero, joyas. Nadie se atrevía a
darles nada, pero una pareja de ancianos se salió de la fila, rompió las hombreras de sus
abrigos y sacaron montones de dólares. Entonces los alemanes empezaron a rompernos los
abrigos a todos y cuando no encontraron nada más golpearon a esos viejitos, los tumbaron
al piso, les dieron patadas.
Una vez en las barracas vimos que debíamos deshacernos de los dólares que llevábamos
escondidos en la pelota de tela de mi hermano y en las cintas de mis medias. Entonces
fuimos al baño y mamá hizo pedazos los dólares, los echó en la poceta. Pero ocurrió que el
agua no bajaba, los billetes flotaban y debíamos desaparecerlos, pues si los alemanes los
encontraban nos matarían a todos. Tras un largo tiempo lo logramos y con esos dólares se
iba nuestra esperanza.
A la mañana siguiente —era la segunda mitad de 1944— nos llevaron a la estación de
ferrocarril. Nos esperaban unos vagones de ganado. Nos metieron allí amontonados. Papá
estaba seguro de que nos llevaban a Auschwitz. Nos recordó que había que luchar,
cuidarse, sobrevivir.
El viaje duró tres días. Fue la última vez que la familia estuvo junta. Hoy trato de
recordar esto como algo grato, hasta con una sonrisa. Hasta se me olvidó lo malo: las
limitaciones de espacio, la falta de comida y bebida. A veces me pregunto dónde hacíamos
nuestras necesidades. Es como si lo desagradable de aquellos tres días se hubiesen borrado.
Cuando abrieron las puertas del vagón nos dimos cuenta de que había cadáveres entre
nosotros. No sabíamos dónde estábamos. De lejos vimos un portón de hierro que decía en
alemán “El trabajo libera”. Era Birkenau. Junto a los rieles había soldados alemanes con
perros. Nos hicieron bajar y hacer fila. Llegó de inmediato un alemán muy alto y guapo.
Era Méngüele. Decían que él miraba a alguien y ya sabía su edad, su condición física.
Hablaban de él como si fuera un superhombre. Cuando llegó mi turno, me miró. Papá me
había advertido que dijera que tenía dieciséis años para que me llevaran a trabajar. Yo era
entonces muy alta, por lo que el médico no dudó y me hizo una seña para que me fuera con
los adultos. Más atrás venía mi hermano, él dijo que tenía catorce años por las mismas
razones. Méngüele no le creyó, pero le dijo que como era un muchacho inteligente se fuera.
En ese momento pensamos que habíamos ganado el primer round: seguíamos juntos. Pero
nos separaron. Yo me fui con mamá y mi hermano con papá. Mamá lloraba. Papá le decía
“estoy seguro de que nos volveremos a ver, si no en este mundo en un mundo venidero”.
Esa fue la última vez que mi mamá vio a papá, yo si lo volvería a ver luego.
Nos repartieron unos papelitos con números. De pronto vi que estaban poniendo ese
número en el brazo, con una aguja y cientos de pinchazos. Empecé a llorar. Dije que no me
iba a dejar poner eso, que dolía. Mamá temía que con ese comportamiento saliera a relucir
mi verdadera edad. En su desesperación mamá cambió nuestros papelitos para que le tocara
a ella primero. Si existieran registros de esa numeración se vería que yo tengo el número de
mi mamá: A27165.
Tres días después de estar en Birkenau, volvieron a hacer una selección y me separaron
de mi mamá. Al menos tuve tiempo de despedirme y decirle “mamá, mírame bien, que te
quede bien grabada mi cara, porque nunca más me vas a ver, porque yo sola aquí en estas
condiciones es imposible que pueda sobrevivir”. La dejé con el corazón destrozado. Hoy
que soy madre me doy cuenta de lo cruel que fui. Yo solo quería asegurarme de que no se
olvidara de mí, estaba segura que nunca más nos volveríamos a ver.
Me quedé a los doce años absolutamente sola en Birkenau, consciente de todos los
peligros que me rodeaban, enfrentándome a la vida y a la muerte, desesperada. Aquella
misma noche me enteré de que el grupo donde estaba mi mamá, lo iban a llevar a otro
campo, que estaban ya en la estación de ferrocarril, que los estaban montando en los
vagones. Yo quería estar con mi mamá una vez más. Había toque de queda, pero salí
corriendo. Me agarraron, me tumbaron, me golpearon, me dieron patadas. Fue terrible. No
pude llegar a la estación. Pasé la noche entera llorando y mas sola que nunca.
Mi trabajo en Birkenau era tejer mechas para bombas. Tenía un capataz checo, no judío,
prisionero político —en Birkenau también los había—. Él me tomó cariño y me permitía no
hacer todas las tareas. Un día hablamos de mi papá. Al día siguiente el hombre que trajo la
materia prima fue mi papá. No podía creerlo. Resulta que se conocían, que estaban en la
misma barraca e hizo los arreglos para que pudiera ver a mi papá. Durante varias semanas,
dos veces al día, cinco minutos, pude estar con mi papá, aunque no podíamos demostrar
nuestra relación.
Una mañana apareció un nuevo capataz alemán y el que trajo la materia prima ya no era
mi papá. No podía preguntar. Esa noche vi de lejos una fila de hombres y entre ellos a mi
papá. Le hice señas para que viera que tenía buenos zapatos, para tranquilizarlo, pues él
siempre estaba preocupado de que mis pies se congelaran. Al día siguiente, un señor se me
acercó y me dio unos zapatos que me enviaba mi papá. Quizá él pensó que le estaba
mostrando que no tenía buenos zapatos. No sé. Esta fue la última vez que vi a mi papá,
nunca más.
El nuevo capataz se dio cuenta de mis dificultades y me castigó. Me hacía estar en una
fila desde las cuatro de la mañana hasta las siete de la noche, a la intemperie, con frío, sin
comida. Era invierno, un 24 de diciembre. Algunas personas a mi lado se congelaban. Yo
regresaba arrastrándome a la barraca, pasaba la noche entera gritando de dolor. En la
mañana me vi las piernas negras hasta las rodillas, hinchadas y llenas de ampollas. El dolor
era inaguantable. Me dejaron acostada y luego me llevaron al hospital.
En esos días el frente de batalla se estaba acercando, por eso en el hospital se ocupaban
de destruir los registros y no de los enfermos. Sabían que pronto acabaría todo. Mis heridas
eran enormes, estaban infectadas, el dolor era terrible. Yo estaba en una litera con otra
muchacha mayor que yo, también muy enferma. Una tarde veo a un muchacho, un niño
prácticamente, del otro lado de la barraca. El muchacho miraba en cada litera, como si
estuviera buscando a alguien. Era mi hermano. Llevaba tres semanas buscándome.
Los alemanes en ese hospital me cortaron tres dedos del pie derecho, sin anestesia. Los
dedos estaban congelados y como no podían curarlos, para evitar más infección, o para
torturarme, no sé. Grité mucho, me taparon la boca para que no gritara mas, la herida estaba
totalmente abierta.
Aquella misma noche evacuaron Birkenau y Auschwitz. Aquella fue la noche en la que
llevaron a la gente de Auschwitz a la marcha de la muerte. Allí iba mi hermano y quien
después sería mi esposo. Esa noche de la marcha fue cuando quemaron los crematorios y
las cámaras de gas. Nos advirtieron que nadie se quedara, que nos matarían. Pero yo no
podía levantarme, mucho menos caminar.
Esa noche vimos las barracas incendiándose. Los que pudieron se arrastraron y salieron.
Yo también quería escapar, pero no podía. Me tiré de la litera, me quedé en el suelo, me
pisaron. Me quedé sola, esperando que en cualquier momento la barraca se encendiera.
Afortunadamente quedó intacta. En la mañana regresó la gente, la que se quedó, que era
poca. Me volvieron a subir a mi litera. Los alemanes se fueron, nos quedamos solos, sin
comida, sin bebida. Los que tenían un poco de capacidad salieron a buscar: algo trajeron, lo
compartíamos, pero era todo muy difícil.
Unos días más tarde los alemanes volvieron pero no se quedaron sino unas horas. Y el
sábado 27 de enero una de las muchachas que salió a buscar comida regresó asustada,
diciendo que había visto soldados rusos escondidos. No sabíamos si eso era bueno o malo.
Los soldados rusos entraron muy borrachos, después nos enteramos que ese día les habían
repartido la comida de la semana y esto incluía vodka. El ruso en aquel entonces era muy
atrasado, tenían mucho miedo a los enfermos y como les dijeron que quienes habíamos
quedado éramos puros enfermos, no se atrevían a acercarse, así que seguíamos sin comida.
Estábamos tanto o más asustados que antes. A la mañana siguiente llegaron los oficiales
rusos, entraron a las barracas y nos dijeron “somos los oficiales de la armada rusa, vinimos
a liberarlos, de ahora en adelante están libres”.

El alma a la intemperie
Tras seis años de persecuciones, ¡estábamos libres! No sabíamos qué hacer con eso, qué
era ser libre. No podía imaginar que afuera había otro mundo. Estaba sola, hambrienta,
adolorida, pesaba veintidós kilos. No podía entender cómo la libertad podía cambiar mi
vida. Mi condición física me permitió salir de allí el dos de mayo siguiente, después de que
los rusos me alimentaron y cuidaron y un médico ortopedista de Berlín alivió mis pies.
Apenas los rusos nos liberaron nos filmaron. Yo me negaba a aparecer en la película,
decía que si mi mamá me veía en esas condiciones me iba a dar por muerta. Pero me
filmaron y años después mis familiares vieron la cinta y me reconocieron. Esa película esta
hoy en el Museo del Holocausto de Washington.
Me sacaron de Auschwitz en una cama especial que colocaron en el tren que iba a
Rumania vía Eslovaquia. Pero no me dejaron bajar en mi ciudad, decían que había una
epidemia y me llevaron a un hospital en Rumania, donde estuve seis semanas. Tuvieron que
sacarme el hueso del pie, que estaba infectado. Hoy, cuando los médicos ven mi pie, no
entienden cómo me puedo parar, porque este es el hueso que mantiene el equilibrio. Desde
1945 vivo así, con dolores constantes y terribles, con los pies hinchados, pero trato de que
no se note mi sufrimiento.
Me habían llevado a Rumania y yo quería era llegar a mi casa, saber a quién tengo, si
tengo madre, padre, si quedó alguien de la familia, si tengo hogar. Tenía 12 años, quería
saber qué iba a pasar con mi vida. Escribí a casa y respondió mi tía, la hermana de mi
madre. Habíamos acordado que mi casa sería el punto de encuentro después de la guerra.
Empecé a pedir para que me llevaran a casa. Un muchacho de nuestra ciudad lo hizo. Yo no
estaba en condiciones, tuvieron que hacer una silla especial. Una semana después, tras
muchos avatares y un viaje demasiado largo, con un bastón, llegué a la puerta de mi casa.
Estaba temblando cuando me paré frente a la casa. Subí y encontré a mis tíos y mi
primo. De mis padres no se sabía nada. Unos pocos días después llegó la noticia de que mi
hermano estaba en Budapest. Él creía que nos habían matado a todos, por eso estaba
decidiendo entre ir a Palestina o a Estados Unidos. Sabía que si mi hermano partía nos
perderíamos para siempre. Por suerte antes de irse mi hermano quiso ver una vez más su
casa y fue a nuestra ciudad. Caminó desde la estación de tren hasta la puerta de la casa,
pero cuando se detuvo frente al edificio y vio lleno de maleza el porrón de flores que mi
madre siempre cuidó, se dijo “si mamá estuviese en casa no permitiría eso”. Entonces se
dio la vuelta y regresó a la estación de tren. En el camino se encontró con el conserje, que
no lo había reconocido y le dijo “Trudy está allí”. Cuando él escuchó la palabra Trudy se
volteó y empezó a correr hacia la casa.
Mi hermano había sufrido tifus antes de la liberación, por eso estaba totalmente calvo y
delgado. Vestía un uniforme de soldado alemán que le colgaba. Eso fue para mí la felicidad
mas grande. Pero seguíamos sin saber nada de nuestros padres. Una noche viene un señor y
me cuenta que se encontró en tal ciudad con mi papá, que llegaba a la noche siguiente. Me
llevé un pedazo de pan, una fruta y fui a la estación. Pedí a mi tía que nadie me
acompañara, ni siquiera mi hermano. Esperé toda la noche. Del tren bajó un señor que era
muy parecido a mi papá —a menudo los confundían—, pero no era mi papá. Regresé a la
casa y durante días no me levanté. Esto fue un trauma muy grande, perdí la esperanza de
ver a papá.
Mientras sufría esta tristeza llegó una telegrama de Praga, diciendo textualmente: “Estoy
bien, llego viernes en la tarde, firma Frida”. Pregunté a mi tía que quién se llamaba en
nuestra familia Frida. Ella me contestó “¡tú estas loca, no sabes que es tu mamá! “
Mi tía preparó un shabat especial. Pero ya era tiempo de prender las velas y mamá no
llegaba; mi tío regresó de la sinagoga, hizo kadish y mamá no llegaba. Nos sentamos, nadie
podía tragar, mamá no llegaba. Toda la noche esperando, mamá no llegaba. El sábado,
como a las diez de la mañana, mi mamá llegó. Por fin llegó. Ese encuentro es algo que no
puedo describir.
Mi mamá nunca imaginó que iba a encontrar vivos a sus hijos que estuvieron en
Auschwitz. Era un milagro. Nadie de nuestra edad regresó. Ahora venía para ella la labor
de educarnos, levantar de nuevo el hogar. Teníamos ya muy pocas esperanzas de que papá
regresara.
Volvimos al colegio. Éramos los únicos niños judíos. No teníamos nada en común con
nuestros compañeros. Habíamos perdido todo interés en el estudio, no entendíamos en qué
nos ayudarían a sobrevivir las matemáticas, la ciencia, pues pensábamos que de ahí en
adelante solo tendríamos que luchar por salvarnos. Mamá se dio cuenta de eso y supo que
tendría que sacrificarse y enviarnos a otro ambiente que no nos recordara el pasado, para
poder seguir estudiando, hacer una carrera, y tener una vida más o menos normal. Por eso
en 1948 nos envió a Inglaterra, donde intentamos olvidarlo todo.
En 1949 mi mamá se fue a Israel. Ahí las cosas tampoco fueron fáciles. Era como volver
al campo, tenían que hacer fila para que le dieran comida, vivir en barracas. Mamá estaba
desesperada, no lo soportó. Inglaterra había cerrado la inmigración y nos aconsejaron ir a
Canadá. Y eso hicimos mi hermano y yo, dos niños todavía. Mientras, las cosas de mi
mamá en Israel mejoraron, consiguió trabajo, una casa y cuando quise llevarla a Canadá se
negó.
Mi hermano empezó a estudiar en Canadá, yo trabajaba para ayudarlo. Pero un día, en
1952, decidí que no quería seguir lejos, que quería otra vez una estabilidad familiar, un
hogar, a mi mamá. Dejé a mi hermano en Canadá y me fui a Israel, donde pasé tres años
como turista, pues no estaba segura de si me iba a acostumbrar. Trabajaba con el gobierno,
pues no había mucha inmigración anglosajona y mi inglés era perfecto. Luego conocí a mi
esposo, que vivía en Venezuela y estaba de visita en Israel. Nos casamos y vine a
Venezuela. Mi mamá se quedó en Israel, pero cuando cumplió ochenta y siete años, contra
su voluntad, me la traje porque no era capaz de vivir allá sola. Para ella eso fue como un
castigo, yo le decía “mamá, no te traigo a morir a Caracas, te traigo a vivir”.
La Shoá me dejó huérfana de padre, me dejó mal de los pies, me dejó mal de todo. Pero
ahora, cuando me siento a la mesa del shabat con toda mi familia doy gracias a dios. Pero
me falta mucho. Me mataron a mi padre, me fusilaron a mis abuelos, ellos me faltan y
nunca lo puedo olvidar y nunca lo olvidaré. En la historia del pueblo judío siempre hubo un
Haman de turno que quería aniquilar el pueblo judío, pero nunca lo logró. Hitler casi lo
consigue, sin embargo hoy existe el pueblo judío, hay un país libre y soberano. Todavía
estamos dando ejemplo al mundo, todavía recibimos premios Nóbel, todavía creamos
escuelas judías, establecemos universidades. Hitler y sus colaboradores se suicidaron, no
tuvieron el valor de enfrentarse a la justicia ni a la historia. Pero nosotros, los
sobrevivientes, tenemos generaciones que nos siguen y todavía vamos a aportar mucho a la
humanidad.

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